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Ediciones del Tábano c/Pozo 94 (bajo), Alicante c.p.03004 www.eltabano.org

Ediciones del Tábano

c/Pozo 94 (bajo), Alicante

c.p.03004

www.eltabano.org

SUMARIO

Portada Así se baila el tango. Oscar Grillo. Poesía Arritmia. Apuntes de mujer dormida. Herencia. ¿Herencia?. Nelo Curti (págs. 3-4)/Death (ilustración). Oscar Grillo (pág. 5)/Sobrevivida. Profecía de un náufrago. Mireisy García Rojas (pág. 6)/Ahora que nadie viene a verme. Hacía falta vivir. Complejidad (ilustración). Missael (págs.7) /”Y esto no es lo quería escribir”. Résped. Respuesta de Mayo. “La novia de la noche está en coma”. Lucas Barale (págs. 8-9)/Conocimiento de la tierra. Paco Alonso (pág. 10)/ Vidriera (Ilustración). Oscar Grillo (pág. 11) Cuento Los ciclístas nocturnos. Diego L. Monachelli (págs. 12-18)/Eyes (ilustración). Lips (ilustración.) Oscar Grillo (págs. 15 y 19) Ensayo La formación del consenso como sustrato del orden. Juanma Agulles (págs. 20-21) /La emergencia del trabajador reaccionario. Los energúmenos (págs. 22-24) Nombres propios Giorgio “Il Barbone” Tagliatella y los fenómenos paranormales. (págs. 25-26)/Sentencias y exabruptos de Nicanor Revuelta.(pág. 27) Humor Arthur. Maxi Sanguinetti (pág. 21) Reseña El documental: un cine vehicular. David Barber (pág. 29)/Oficios de las máscaras absurdas (a propósito de Jacobo Fijman). Diego L. Monachelli (págs. 30-35)/Con fragancia de abismo gravita un pétalo(reseña sobre Flor Loynaz). Mónika González. (págs. 36-37) El sótano Jam Session (ilustración de Oscar Grillo). Introducción con forma de historieta. Entrevista a Oscar Grillo. (págs. 38-43)

Contraportada Al son de villancicos europeos

”. Nelo Curti.

Redacción:

Nelo Curti, Diego L. Monachelli, Juanma Agulles, David Barber, Pedro Coiro, Sebastián Miras.

Ilustraciones interior:

Leo Sarralde (SAR), Gonzalo Núñez, Maxi Sanguinetti.

Diseño web e informática:

Boris Garcés, José Manuel Cámara, David Vilariño.

Maquetación y diseño:

Nadia Yujnovsky, Pedro Coiro, Diego Monachelli.

Colabora en este número:

Oscar Grillo, Mónika Gónzalez, Lucas Barale, Mireisy García Rojas, Missael, Paco Alonso, José Manuel Cámara Más.

Edita:A.J. «El tábano» Depósito Legal: A-571-2004 ISSN: 1698-4706 Imprime: CEE Limencop S.L.

La tirada inicial de este número es limitada:

guarde celosamente su ejemplar, en el futuro será pieza de coleccionista.

su ejemplar, en el futuro será pieza de coleccionista. Las posibles colaboraciones deberán ser enviadas a

Las posibles colaboraciones deberán ser enviadas a editabano@hotmail.com, o a la dirección postal C/ del Pozo, 94 (bajo). 03004 Alicante

Cuadernos del Tábano es una revista indepen- diente. Y, ¿ qué quiere decir eso exactamente?, se preguntará alguien. Pues quiere decir que no res- pondemos a ningún interés comercial o editorial y que cualquier colaboración en este sentido (venga desde el ámbito público o privado), será exclusiva- mente como aportación desinteresada al desarrollo de nuestro proyecto. Y punto.

Editorial

¿Fuimos de verdad tan críticos? (Ajuste de cuentas tras cuatro años de Cuadernos del Tábano)

I

¿Hemos sido tan críticos como estaba en nuestras intenciones? ¿Hemos construido realmente algo distin- to? ¿O hemos caído sin darnos cuenta en la reproduc- ción acrítica de un tipo de relaciones que quisimos des- truir? Partimos de un desierto. Esta ciudad amnésica y estúpidamente feliz, su aridez, hace difícil que algo arraigue, que eche raíces —que se radicalice. Pero pre- cisamente por eso, este debía ser un intento más enco- nado, suicida si era necesario, pues se trataba de hacer crecer algo en el lugar en que la vida desaparece.

II

De las actitudes que nos honran, la intransigencia ha sido una de las más importantes. No es que hayamos sido los más listos del cementerio, pero siempre tuvi- mos claro qué era aquello que no queríamos hacer.

Pronto dejó de preocuparnos la cantidad de partici- pantes en nuestras actividades; casi siempre el grupo ha decrecido brutalmente, y lentamente se ha vuelto a poblar, para repetir el ciclo. Los que permanecemos desde el principio, hemos desarrollado una capacidad alentadora para no ser ni optimistas ni pesimistas al res- pecto de nada, y hemos aprendido a mirar con frialdad cualquier tipo de éxito.

No nos ha importado más el buen trato que el resultado de lo que se estaba haciendo. El maldito

«buen rollo» nunca presidió ninguno de nuestros encuentros. Más bien todo lo contrario, lo que explica alguna de las estampidas memorables de personas que se acercaron a nosotros para «pasarlo bien un rato».

No hemos hecho bandera de ninguna ideología; aunque cada cual haya tenido sus ideas, que han ido variando con el tiempo. El único lema que presidía un lugar íntimo fue: Lumpenismo o muerte, pero tampo- co lo hemos seguido al pie de la letra.

Hemos sabido beber: es decir, hemos bebido siem- pre más de la cuenta; lo que explica en parte la elección de la divisa anterior.

Lejos de querer figurar como escritores o artistas, hemos preferido pasar por borrachos y provocadores. No nos hemos adornado con plumas para salir a pase- ar por las avenidas del éxito. Y si lo hemos hecho, algu- na vez, ha sido para reírnos de nosotros mismos.

Nos hemos podido burlar públicamente de nuestras pretensiones precisamente porque son muy serias.

Nos han tildado de sectarios y no nos hemos defen- dido de la acusación para salvaguardarnos del sectaris- mo anti-sectario.

Hemos hecho cuanto estaba en nuestra mano para recuperar dinero público (pensamos siempre que sigue siendo nuestro) con el fin de costear nuestros desvarí- os. Lejos de ser un impedimento para desvariar, ha supuesto la profundización de algunos delirios y la acu- sación directa a la ineptitud de aquellos que pagan. Nuestros fines siempre fueron fraudulentos y los medios les correspondieron.

Hemos sido desorganizados hasta la desesperación y nunca nos han cerrado las cuentas. Nuestras finanzas son la contabilidad pública de la miseria privada. Estamos por ello orgullosos: si todo el mundo se com- portase como nosotros, las cosas no funcionarían tan bien para aquellos a los que les va tan bien.

Esperamos seguir siendo, por mucho tiempo, com- pletamente inútiles.

III

entrañable sin entender una palabra de lo que soste- nemos.

Pero llega el decisivo momento de la autoincul- pación. Hemos descuidado varios aspectos y es necesario ser tan intransigentes con nosotros como lo hemos sido con otros. No se nos ha comprendido y es nuestra responsabilidad.

Nunca hemos participado del vomitivo espectá- culo provinciano de la política en esta ciudad, y menos de sus poses «alternativas». Sin embargo, nos siguen identificando con ellas. Hemos estado al mar- gen, sí, pero no hemos sido lo suficientemente beli- gerantes como para provocar el desprecio de aque- llos a quienes despreciamos.

Utilizamos las más conocidas máscaras del ene- migo para conseguir lo que queríamos, pero no estu- vimos atentos para que no se nos pegasen a la cara demasiado tiempo.

Por la voluntad de reírnos de nosotros mismos a cualquier precio, descuidamos el ataque directo a quienes tratando de tomarnos «en serio» en realidad se burlaban de nosotros.

Nuestro silencio en la soberbia se ha entendido muchas veces como un síntoma de amabilidad. Y por eso hemos dado lugar a que se nos vea de forma

Aparentemente hemos sido lo suficientemente hábiles como para encontrar únicamente los obstá- culos que nuestra propia actividad generaba, pero no hemos llegado a hacerlos insuperables. No hemos tenido verdaderos problemas por lo que hacemos — y lo que es peor no los hemos causado—, y eso nos debe hacer pensar.

Hemos puesto todo el cuidado para no caer en ninguna impostura, pero hemos dilatado en exceso el momento de destruir las imposturas del resto. Hemos sido lo suficientemente perversos hacia adentro, pero a costa de seguir pareciendo buenos hacia fuera.

IV

Ha llegado el momento de no dejar pasar ni una oportunidad más de hacernos detestables para aque- llos ante los que aún aparecemos como una sorpren- dente curiosidad. Es el momento de abandonar la estética y pasar al crimen, o disolvernos en silencio en la contracara marginal de su historia y aceptar el triunfo de la imbecilidad.

Poemas de Nelo Curti

Arritmia

Canción para no odiar

los desaforados edificios que brincan en la espalda del deseo

y perdonar

a ese enano, maldito ritmo atado a las muñecas. Veo vasos de colores,

gente ahorcada a un hilo de humo

y demencias

tras las rejas del sonido. Alguien ríe

y tic – tac

se peina, reza, tic – toc firma, sube,

cumple, baja, duerme

y sin embargo

toc – tac – tic el tiempo gotea en su sien.

Apuntes de mujer dormida

¿Es este hombre amenazado

el mismo que bebe vasos de colores

mientras piensa un canto para no matar?

Y tic

no lo consigo tac pero no mato toc nos esfumamos.

poesía

Te estoy mirando, misterio, y vos callado. Mejor así, como juego, casi dormido,

sin el afán grotesco de lo que intenta hacerse visible. No sé si quiero entrar, me acerco.

¿Miedo?

Ganas de darle a las ideas un destierro

y morder

los anzuelos del absurdo. Te miro, ahora te miro, y qué más, qué más. Hay razones para desnudarte, también para salir huyendo.

Me quedo, no lo sabés, no sepas nunca, con los ojos, abiertos, grandes, más grandes que yo y es raro pero de golpe estoy flotando en esa mirada que ya ni puede acordarse de sí misma. Levanto un dedo a veces y todo se asusta. El dedo, yo, la noche, tememos que despiertes

y se rompa el último silencio,

donde sobrevivía lo imposible.

poesía

Herencia

Destinado a ser el máximo poeta del siglo de oro español nací tarde, en otro continente,

y los contemporáneos me acusan

de emigrante trasnochado, cosa que soy por devoción a la cerveza

y el amanecer miope de las últimas barras.

Lo demás es lo de siempre, terquedad del sur, tradicional desgracia de llegar a fin de fiesta.

El día en que la escuela iba por un segundo

a traicionar su aburrimiento

para soltar una paloma por el escote de la profesora perdí la bicicleta en los jardines de una adolescente que al final no quiso darse; costumbres del sur, repito, patrimonial tristeza de bofetones y de olvidos.

Lo que no entiendo es por qué coincido siempre en el mismo lugar, la misma mesa donde tira sus cartas la miseria, por qué diablos llego a tiempo a esa cita.

¿Herencia?

Se va llenando esta necesidad de vino en nubarrones que mojan, degüellan un pasado con vacas y olor a bosta fresca. No hubo nunca un país, mentira, lo que llamaron patria nos embarraba los zapatos mientras íbamos para la escuela ensayando un himno que acabaríamos cantando con los pies mojados. Había rejas, alambrados, no tie- rra, y nos prestaban la sombra pero nunca fue nuestro el árbol, nunca la semilla. Era verde la distancia, la yerba del continuo mate, el potrero y el futuro demasiado verde como para aceptar que lo arrancaran y nos dejaran temblando, amamantando un hijo muerto. No canción si vena que habla en nubarrón que va llenando la necesidad de vino en la tarde que ya se viste de bostezo. Estabas vos, milonga, brillando alrededor del fuego con las muchachas que nos enseñaron a callar bajo los faroles negros, teníamos hambre y lo sabías, piojos, padres que trataban de reír en el suicidio de los meses y sos- tenían una luna color arroz hervido. Herencia de guitarras, patria tamboril, cuna callejón y río, sigan soñando esta necesidad de vino por un tiem- po fusilado, que cada tanto respira.

poesía

poesía página 5

poesía

Poemas de Mireisy García Rojas

Sobrevivida

“Sobre qué muerto estoy yo vivo” Roberto Fernández Retamar

No soy culpable de ser sobreviviente fue el designio irrefutable de la Ley un sacro trasplante del espacio una contracción a través del túnel

hasta debutar en la escena sobre las primeras manos Noche tatuada en la semilla de la memoria El himen del viaje roto por mi cuerpo sitiado en otro cuerpo que se amputa la carne,

el llanto, la presencia

recorre sin remedio hasta el exilio

Ceniza que respiro junto al polvo

Soy un tercio de otro tercio

o la parte más ínfima de un todo

que se extiende discontinuo por encima de una voz para dejarme colocar mi letra en el testimonio de los que mañana hemos muerto

Tal vez por eso no me convenza de que existo en mi propia vida.

Profecía de un náufrago

En ti reconozco el perfil de los sueños

el ave matriz vuelve para restaurar sus alas

donde anidan los violines.

La isla es un duende besándome los labios en el relente descanso el cuerpo sobre la yerba húmeda

o tal vez desde la luz de una estrella muerta convoco a la esperanza

contemplo el eco de un susurro escondido en el agua porque tu piel nació del agua

y de ti yo provengo

escúchame, no es el río quien mueve las piedras mis ojos bastan para girar tu sangre al revés para omitir el reflejo de un relámpago

o sanar el dolor de una imagen triste en lo profundo.

yo soy quien viaja en ti como una mancha en vigilia de tu sueño y tu presente, sin mi no llegaría nunca al sosiego que corona con asombro el imposible en una aparición todavía mas fuerte. Para cada día encontrarás una lectura sobre un césped cubierto de manzanas camina, nunca te detengas aunque todo se vuelva noche yo estaré siempre ante tus ojos restaurando el tacto de las luces

en otro cuerpo, otros labios, otra suerte

poesía

Ahora que nadie viene a verme

Poemas de Missael

Ahora que nadie viene a verme

ahora que soy sombra inmóvil dentro de la piedra quién se anima a tocar la puerta quién quiere compartir oxígeno Ahora desnudo solo con tanto recuerdo volcado en un cuarto pequeño en una habitación con luz roja la sangre es ola carcomiendo muro ahora escucho música y poesía dos milagros que salvan al hombre dos tranquilizantes para el masoquismo hispano No se puede hacer nada más agarra guitarra y mujeres

Hacía falta vivir

Hoy salí a la calle y había muerte muerte en la pantalla del cine en las casas desiertas como bóvedas en los bancos de los parques con tu ausencia Hoy hubo muerte en los almanaques en los ceniceros en los orgasmos en los buenos amores en el odio de mi corazón Hubo cruces multiplicadas en el cielo nocturno de diciembre había muerte en los jardines Esta noche enterramos al olvido esta noche fúnebre de donde salí para entrañarme en la primera puerta donde imaginé vida donde regalaban recuerdos insanos

y

alcohol y canto

y

lluvia y truenos

y

amor y desamor

y

vomita versos

y

grítale adiós a la muerte.

y a
y
a

Al fin me escapé por un arsenal de añejos libros

el paladar me supo a cóctel de letras muertas

remembranza de polvo y de hojas que se van al viento hacía falta vivir para contarlo no escapé de la muerte aquella noche.

poesía

Poemas de Lucas Barale

“Los escritores son las putas del universo” Charles Bukowsky

y esto no es lo que quería escribir. son tan pocas las veces cuándo.

en varias ocasiones se preguntó para qué.

si la pirámide social, si el dinero, si la familia.

concluirá por escribirlo, de mala gana, con estos mismo dedos:

escribir no es la mejor manera de hacer amigos de ser eso algo necesario.

si estaba solo cuando su cabeza se disolvía

como una mancha de aceite en los baños del cuento.

y sin embargo esto no es, no será. cuando lo lea en voz alta del otro lado del cráneo entre las delgadas paredes.

lo cierto es que hay una traducción

constante

en busca de su código

está ahí, como un perfume largamente recordado.

algo que quisimos decir antes

y mejor.

résped. singular masculino. Lengua de las serpientes. || Intención malévola en las palabras.

la tacita descascarada el corazón de la hipérbole tres notas de madera en el tabaco el sigilo constante de los años

una liviana condición para el desconcierto restos de comida pudriéndose en un rincón paseos en taxi como escarabajos por la avenida

y una cierta manía con el color azul

tardes detenidas en el émbolo memoria poemas que desbordan el cajón de las cosas inútiles

como prendedores

o

o

de extraños insectos

folletos

cadáveres

-respuesta de mayo-

llamálo a rené que tiene pastillas de identidad

qué pienso que escribo sin mover esta mano probable

tocar el trombón en este orqueste fariseo

y todo es mentira

estar en casita masturbándose por tevé

o

contra una máquina contra otra máquina contra vos

si

otros mil amanecen muertos por el salitre de la cifra y el olvido

nada importa lo que creemos religión es basura

superar la valla cordera para retractar al insomnio

una estrella

dos

mil

matamos al carnicero celestial con cada satélite

es imposible saber algo porque se sabe todo

poesía

“Oh soledad si pudiera morar contigo.” Jhon Keats

la novia de la noche está en coma

y nadie vendrá a enjuagar su vestido de vidrio con la sangre de mil palomas

ya no seremos invitados a su procesión cereza

a su lento caminar por las calles dorsales

amparada en el frío

y la bravura del aire

ella no conoce la marisma que la engendró hija de un coito desesperado

está a punto de morirse

mientras mira al cielo acostada en su ataúd abierto bajo la tierra de la palabra grave

una madrugada fetal

no paran de decírselo

que en sajón significa tumba

Lucas Barale nació en Berisso, provincia de Buenos Aires, en marzo de 1982. Plan para Sonámbulos, su primer libro, fue editado en el año 2006. La segunda parte se llama Bienvenido Peligro.

poesía

Conocimiento de la tierra

Cada día que pasa converso con la tierra. Antes creí que bastaba con observarla, con mirar yerba y hoja y árbol y pájaro.

Me acostaba en la tierra.

Ponía mi cuerpo contra la verde hojarasca, sobre la dimensión y cuerpo

de arena y barro o agua.

A menudo me detenía

viendo los diminutos insectos:

Poemas de Paco Alonso

pariendo hojas de hierba, matorrales y arbustos.

las

afanosas hormigas,

Y

del cuerpo surgían las hermosas

las

mariquitas de élitros rojos.

criaturas animales: las fieras y las bestias.

Recostado sobre la yerba

La

silvestre riqueza de los campos antiguos

se

siente el crepitar profundo

ya

no existe. Todo es desolación

de

las entrañas minerales,

en

la pulpa abrasada. Como un surco

el

mundo que existe debajo

abierto hacia la muerte.

del

roble o de la alta encina.

Cuando la amo ahora como la estoy amando,

Mi

cuerpo en la tierra. Y en el aire las cigarras.

me confundo, me pierdo, me trasunto en manzana,

en madera, en la hoja más pequeña de un árbol.

Había imaginado que aquello bastaría

Quisiera que mi brazo se convierta en raíz,

para interpretar sus movimientos,

mi

pierna en una rama, mi corazón de hombre

sus

interpelaciones y angustias

en

el cauce de un río.

o sus circunstancias.

Me limitaba al mundo más cercano y próximo,

lejos estaba yo

de los caballos que atraviesan praderas

o del ciervo que va por los montes.

Cuando pongo mi piel escucho

el quebranto o el llanto de la tierra. Que existe

Un día supe que la amaba. Que quería a la tierra con una adoración exaltada y mística como si fuera una diosa o una mujer desnuda. Pero nunca he sabido

si es mujer o si es tierra,

desde lejos no advierto más que el cuerpo. No sé

una queja extensísima y amarga,

si

es montaña acostada o rumoroso valle,

un

ininterrumpido alarido .

o

un sexo que se abre o una fuente que brota.

El

día del incendio sufrí con la tierra,

cuando las llamas voraces consumieron su elevada estatura,

cuando el fuego devoraba sus intestinos vegetales,

Lejos estoy de toda su reposada anchura,

de su calor de pechos o de montañas. Vientos

su

corazón de fruta y trigo,

van recorriendo el vientre y los ojos cerrados,

No presiento si es la mujer o la tierra,

su

alma de animal y de paz y de lucha y de tiempo.

con nostalgias telúricas que sólo en ella existen.

Un

odio inexplicable, una codicia larga,

pero la lluvia a veces la bautiza en un íntimo

se

extiende por la tierra.

viaje por los veneros, hasta donde se agota

Se

está quedando seca y agotada,

su

pereza o cansancio o tiempo en el que duerme.

los

árboles se mueren en el voraz incendio

que llega a las raíces.

Yo

no sé si ya sabe que soy hombre, o un árbol.

Que el hombre inicuo y torvo, con decisión sombría, arder hace los bosques. Aquí, donde está el acre rescoldo de ceniza,

era un rumor profundo de vegetal sustancia

el que se oía. Era un fecundo vientre

No sé si ahora me espera o me ignora. El olvido

o el desamor. Y se está haciendo tarde.

Yo no sé si lo sabe o si lo ignora aún.

Duerme allá, donde hay pájaros, la mujer o la tierra.

Yo no sé si acercarme, como otra tierra o sombra,

a su quietud o beso o reposo. No sé

si es posible el amor.

página 11

cuento

Los ciclistas nocturnos

Diego L. Monachelli

El último, siempre, el último. Sin importar dónde, qué hora, yo siempre era el último, siempre lo fui. La

disposición geográfica de mi casa con respecto al cen-

tro neurálgico de la ciudad seguramente ayudaba a sem-

brar esas largas horas de espera, las interminables cami- natas o el intrincado paisaje destramado en bicicleta. Una vez que las copas se vaciaban, que los anfitriones comenzaban a desaparecer detrás del sueño o que lite- ralmente éramos empujados a abandonar aquel lugar donde nos halláramos, yo, sí, yo siempre era el último

en emprender el regreso extenuante. Y aquella noche

no fue una excepción. Luego de una cálida velada con mis muy queridos Piquet y Neira (siempre tuvimos la afectuosa y respe-

tuosa costumbre de llamarnos por nuestros apellidos) y

de haberme instalado pacientemente a esperar el colec-

tivo (virtud imprescindible en pasajeros noctámbulos) me extravié caprichosa e inocentemente en una idea que, sin saberlo, vendría a preludiar lo que acaecería en breve, la idea de lo insignificante. Todo a esa hora de la madrugada en la ciudad se ve afectado de una lánguida, casi inmóvil calidez amari- llenta y obscura, de un silencio profundo, reflexivo, estremecido de tanto en tanto por algún convulso y estúpido automovilista. Debo reconocer que disfrutaba de aquello, de aquel

silencio casi anaranjado, de la gran avenida despoblada internándose en el corazón de la ciudad, delgado trián- gulo en fuga hacia la noche intempesta, allá, a lo lejos, desde el abismo de las playas hacia la infinita pampa. Observé el blanco reloj del palacio municipal. Daban las dos de la madrugada y tal vez, producto de

mi

cansancio, comenzaba a sentir frío. Decidí sentarme

en

el umbral de una antigua casa convertida en “Salón

de

belleza.” Antes de hacerlo observé dentro. Me pre-

gunté qué comprendían, a qué se referían con “belle- za”. Me dejaba llevar por ese impulso de anárquicos pensamientos, asociaciones de ideas, un fluir inquieto y desprolijo de donde emergen las más sublimes expre- siones junto a las más banales, los más caprichosos e infantiles pensamientos con los más lúcidos e inconfe-

sables, dignos todos de olvido. La noche parecía haber- se detenido y con ella la ciudad entera. Hay algo miste- rioso y bellísimo en esa inmóvil laguna de silencio. Sin saber cuanto tiempo había transcurrido (las altas copas de los árboles ocultaban el reloj del munici- pio) me incorporé estirando mis músculos como quien recién despierta y atravesé la ancha vereda hasta al cen- tro de la avenida. El aroma del mar se adentraba en la ciudad con la sola compañía del silencio, nada eviden- ciaba la cercanía del colectivo y hacia el otro lado de la ciudad la noche parecía amoratarse hasta lo increíble. Lentamente y desde aquella profunda oscuridad, un leve y constante chillido comenzó a emerger. Parecía acompañar a un diminuto punto que se acercaba. Me quedé inmóvil observando. El rechinar rítmico se hacía más claro, el pequeño punto parecía estirarse con pulso constante, más claro y más alto. Ganaba nitidez con fluida lentitud. Una imagen confusa, apenas una delga- da línea insignificante que se estiraba, bamboleándose con suavidad. Pronto distinguí, para mi sorpresa, lo que parecía un esbelto y desproporcionado cuerpo de dos cabezas, brazos increíblemente largos, coronados los hombros por una capa de colores suaves flameando. Por debajo, en lo que debería ser el pecho de aquella deformidad ambulante, un rostro pálido; por encima, el otro, de largos cabellos rubios. El acompasado ritmo no se detenía y la aterradora silueta, cuanto más cerca más deforme, lenta pero invariablemente dio paso a lo cierto. Montados en una antigua bicicleta negra, con porte sereno y decidido, una pareja atravesaba la silenciosa madrugada. Él, de negro traje, zapatos brillantes, lus- trados con esmero, con el saco abierto y el chaleco per- fectamente abotonado; una blanca y reluciente camisa dividida en dos por la negra corbata, aprisionando un pecho amplio y agitado. Ella, de pié sobre el porta equi- pajes, tomada de sus hombros, de amplio y extenso ves- tido con enormes rosas diseminadas sobre el blanco, de largos cabellos rubios rezagados en el aire. Alta, defini- da, casi arrogante. Ambos con la mirada puesta hacia el porvenir; sí, no miraban hacia delante, parecían mirar el porvenir, escudriñando severamente la noche. Cualquiera que deambulara a esas horas de la madrugada hubiese desconfiado de alguien que estu- viera detenido en medio de la avenida, como yo lo esta- ba. Cualquiera hubiera intentado una maniobra de eva- sión, un desvío, un alejamiento o al menos hubiera observado, de rabillo, celosamente, intentando prever cualquier movimiento amenazador. Pero ellos pasaron delante de mí como si no estuviera ahí. Sus ojos fijos en el porvenir; sus labios, esbozando levemente una sonri- sa, parecían situarlos en otra esfera de lo real, yendo

hacia algo que yo no podía observar, que desconocía. Ambos tenían un porte tan esbelto, tan digno de quien desfila ante una multitud sobre una carroza, que sin advertirlo incliné mi cabeza con humildad de lacayo que saludara a una pareja Real. Los vi pasar delante de mí, los vi alejarse lentamente, sin detenerse en las esqui- nas, sin girar sus cabezas, sin perder de vista, ni siquie- ra por un instante, eso que delante de ellos les espera- ba, o perseguían con paciencia o los guiaba hipnótica- mente. No había cielo para tanta noche. Proseguí inmóvil mientras avanzaban, todo parecía abrirse ante ellos. La quietud misma parecía dejarse penetrar. De haber alzado las manos hubiera rosado sus cuerpos, pero la abstracción que vi en ellos provocó en mí la extraña sensación de pervertir algo frágil y delica- do. Los quejidos de aquella vieja bicicleta, claros y rít- micos, poseían algo de primitivo y ritual. Los vi alejar- se imperturbables y desde la lejanía las luces del colec- tivo comenzaron a acercarse. Como no podía ser de otra manera, fui el últi- mo en subir. Apenas una o dos veces nos detuvimos en

el recorrido para que descendieran otros pasajeros y, si

me fuera lícito no contar al chofer, fui el último en abandonar el viaje, aunque me aferraba a esa idea reconfortante para no ser el último. Cuando sólo que- damos los dos, el conductor y yo, el trayecto parecía interminable y podía sentir a las claras cierta expecta- ción que gradualmente aumentaba hasta convertirse en nerviosismo. Lo cierto es que a esas horas y por aque-

llos barrios nadie se sentía seguro. Los robos y la vio- lencia asumían el protagonismo total, entonces a medi- da que nos adentrábamos en lo que llaman la periferia (sin dejar muy en claro nada con esto) las miradas fur- tivas a través de los espejos y los reflejos en las venta- nas se sucedían con mayor asiduidad. La incomodidad

y una angustiosa necesidad de dirigir unas palabras al

otro se apoderaban de ambos. Levantarme del asiento,

detenerme en medio del pasillo como dudando mi

caminar hacia la puerta trasera o la delantera, era el punto álgido de aquel transcurrir silencioso. Luego el estruendo del timbre como un gesto caprichoso y dado

a conservar las formas. El resoplido de los frenos, la

puerta al abrirse y mi voz; creo no haber disfrutado tanto de ella como cuando la esgrimía en un “Buenas noches” y descendía del colectivo. Esa era mi estrategia para no ser el último, de seguro el chofer llegaría a la no muy lejana Terminal pensando en aquella circunstancia, en esa tensión de la desconfianza o del instinto de supervivencia y resonaría mi voz aun al despedirse. Esa era mi tonta manera de intentar no ser el último, o al menos me gustaba creer que así me prolongaba en él y ambos lo éramos.

cuento

A la mañana siguiente monté en mi bicicleta para acudir a la rutina diaria del trabajo sin poder despojar- me de una confusa idea que había despertado conmigo. Me preguntaba si se me podía considerar el último sien- do que simultáneamente era el primero. Al vivir solo, yo era ambos, primero y último, único. Pero no estaba seguro si cabe esa calificación, no soy dado a esas diser- taciones del pensamiento y así, sin darme cuenta, llegué

a mi trabajo. Ya todos estaban en sus puestos como humanas prolongaciones de sus máquinas y herramientas, así, mansamente, me sumé a ellos. El ruido y la distancia entre unos y otros gobernaban el ambiente, haciendo de él un sitio ideal para la introspección, exceptuando los dos breves descansos de la jornada, a los cuales tenía derecho, por orden del trabajo, es decir, por la dis- posición de las tareas, en última instancia. Eso me libra- ba de toda responsabilidad y eran raros los días en que contaba aquella circunstancia como una más de mi pos- trer sitio. Exactamente por la misma razón, finalizado ya el día, era yo el encargado de darle cierre. Una vez fuera me sentí atribulado e indeciso. No tenía deseos de volver a mi casa pero tampoco sabía bien dónde ir o qué hacer. Decidí al fin montar en mi bicicleta y simplemente pasear, por así decirlo. La noche había cubierto la ciudad y las luces de la calle volvieron a teñirlo todo con un silencioso anaran- jado. La fuerza de la costumbre, o el capricho del des- tino, quiso que volviera al mismo sitio donde la noche anterior había visto a aquellos ciclistas nocturnos. Me detuve y justifiqué aquello, ante mí mismo, como unos minutos de descanso. Permanecí sentado largo rato, nada tenía movimiento y la avenida parecía dispuesta a alcanzar la lejanía penetrando la oscuridad. La pueril justificación que antepuse a mi verdadero deseo pron- to se esfumó y el nerviosismo de la espera se hizo pre- sente. Quería volver a verles, quería escuchar el rítmico rechinar, quería sucumbir al extrañamiento, la oscuri- dad y esa incipiente sensación de esperanza que sin saber porqué despertaron en mí. En un arrebato volví

a los pedales y la tracción a sangre. Cuando uno comienza a transitar ciertos caminos escabrosos del pensamiento a los que no está acostum- brado, la confusión suele ganar sobre cualquier intento de esclarecimiento. Un hombre simple y rudimentario como lo era yo, no tenía armas suficientes para enfren- tar esa ruptura en la línea de los días. Así, a medida que avanzaba en los intentos de disipar la imperante necesi- dad de volver a los ciclistas nocturnos, me enredaba más en un impulso irrefrenable de curiosidad. Nada con demasiada claridad debería destacar de aquellos, si bien la normalidad a la que nos acostumbramos en este

cuento

pueblo con ansias de gran ciudad dicta que no es segu- ro deambular a altas horas de la madrugada, nada de

el

último, incluso en saber que en todo era el último. Aquella noche sucumbí al enredo de la pesadumbre

curioso debería tener el hallar a una pareja retornando

y

la inmovilidad, desahuciado en una melancolía vaga,

a

su hogar en bicicleta.

adormecido en la inútil complejidad de un pensamien-

El sabor que debe tener la muerte ardía en mi boca.

Retornar. Me aferro a la idea. No eran ellos los que retornaban, era yo. Ellos no volvían a ningún sitio, sólo intento restarle importancia a eso que no comprendo. Ellos eran el ir, ellos parecían dejarlo todo atrás. Pero en estas circunstancias es en vano prolongarme en ello. Sólo intento explicar el extrañamiento del que fui presa. Mi descontento y agitación dieron paso a una extra- ña melancolía que fue acrecentándose a medida que me acercaba a la casa. Fue un regreso silencioso, lento y caprichoso en su desarrollo. Avanzaba, retrocedía, me alejaba unas cuantas calles hacia la derecha, volvía a la avenida central. La dejaba atrás y me adentraba hacia la izquierda. Un zigzag perezoso que en el devanar pensa- mientos me llevó a la conclusión de que los sentidos de derecha, izquierda y centro, son unas operaciones men- tales tan relativas que no tienen el más absoluto de los sentidos. Me abandonaba al capricho del paisaje y a una

to monótono e incriminatorio – “Culminación de toda circunstancia, remate de todo lo insignificante”- Las pocas esperanzas que albergaba, la pueril creencia de que no sería siempre así, de que sería capaz de revertir ese estigma de mi vida, las vi desaparecer como cenizas arrojadas a un río caudaloso por una mano que ni siquiera fue la mía. Arrastrando los pies de mis ideas, entré en la morada del sueño.

La noche transcurrió sin necesitar nada de mí, como la había hecho, casi por completo, la mañana. Sin prisa, sin el espasmo habitual de la tardanza y las responsabi- lidades eludidas o quebrantadas, desayuné. No me detuve a meditar argumentos que justificaran mi tar- danza en el trabajo, simple y maquinalmente no me importó. Así, con el mismo desdén con el que desper-

y culminé las tareas matutinas del cuerpo y la casa, así

vaga intuición que pronto descubrí como deseo. Los estaba buscando. En un rapto de lucidez, aprecié lo absurdo de mi comportamiento y tomé el camino más corto para regresar. Me pregunté si existía alguna diferencia entre

arriba y abajo. Por un instante creí que sí, pero confir- mé que los tres sentidos básicos y rudimentarios de derecha, izquierda y centro, son tan subjetivos que al fin son lo mismo, sobre todo encarnados en el hombre moderno. Decidí erradicar de mi vocabulario esas tres palabras, acaso hiciera lo mismo con las otras. Con poca destreza irrumpí en la casa. El aroma del encierro y la quietud desencadenaron una avalancha de situaciones últimas que no pude contener: El último hijo de una pareja resignada y trabajadora, el último nieto de ambas familias. En virtud de esto, el último en entrar en la escuela. El que ejercía de último dueño de los juguetes, de las ropas y zapatos, guardapolvos y libros de todos los hermanos, primos y demás nomen- claturas familiares. Ni siquiera tuve la fortuna de que alguno, de los más cercanos en edad, repitiera el curso

me decidí a no hacer uso del servicio público de trans- porte. Emprendí el viaje en la veterana bicicleta. La ciudad se me antojaba lánguida y gris, mal olien- te, pero no hubo en mí el atisbo de la repugnancia o la crítica; ni el nervio de la nausea tensionado, ni el insul- to viril hacia los anónimos arquitectos faltos de sensibi- lidad estética. Algún engranaje entre mis pies dio un estridente quejido. Pensé en lubricantes como quien puede pensar que en alguna ciudad multitudinaria un auto espera el cambio a verde de las luces del semáforo mientras su conductor, ajeno al mundo, hurga violenta- mente su nariz. Al llegar fui víctima de una preocupación medida, justa e interesada; acorralado por preguntas retóricas de énfasis innecesario. Contados de a tres o de a seis meses, tres eran los lustros de mi vida que habían trans- currido entre esas paredes, y helos ahí, los jefes, ocul- tando detrás de su preocupación personal la manifiesta razón del alboroto. Lo mismo daba si me hubieran atropellado que si me hubiese dormido o si alguna de

y

así concluir juntos. Fui el último en terminar los estu-

dios, sin olvidar que por un curioso vértigo en el des- arrollo de los huesos, siempre fui el último de la fila, ordenada, como dicta la costumbre, del más bajo al más alto a un brazo de distancia. Fui, por miedo, ideal o estupidez, el último en conocer los placeres del sexo y las tribulaciones de la pareja; el último en recibir las burlas de unos y los consejos de otros. Hasta fui, gra- cias al legado de mi apellido, el último de todas las lis- tas; el último número en la horrible e inacabable maña-

na del sorteo del servicio militar. El último en enterar- me de la muerte de mis padres; último en irme del cementerio. Cualquier cosa que fuera capaz de recordar

las máquinas se rompía. La producción menguaba, se atrasaba y entorpecía. Era esa la verdadera preocupa- ción. Sus minúsculas mentes ya estaban ideando una

sustitución más barata y productiva, habían dado evi- dencia de eso despidiendo a uno de los más viejos de los trabajadores sin ninguna contemplación. El factor humano es frágil y susceptible a cambios de ánimo que afectan su dinámica. Mi respuesta a sus inquisiciones fue un gesto, un balbuceo ininteligible. Arrumbé mi biciclo en un rincón y me di a la monótona tarea. Pensé en conductores hurgándose la nariz y en lubricantes. El transcurso del día fue indolente, miserable. A

cada ciclo de las máquinas, se repetía otro de desprecio

o

imaginar mi situación era postrera. En definitiva, fui

y

aburrimiento. A cada culminación, un golpe sordo

cuento

que laceraba los oídos y la paciencia. A cada incremen- to de la producción, el doble de hastío y fragilidad. Tan atribulado estaba que al cerrar la jornada emprendí el regreso a pié. Casi extinto, el atardecer me brindaba imágenes tan claras en su conjunción de objetos, en el juicio que parí- an esos elementos, que no pude más que perderme en la contemplación: un perro atropellado en medio de la calle, una mujer y un pequeño de su mano pasando junto a él. Un sacerdote bien ataviado, con lustrosos zapatos y un pequeño maletín, cruzando indiferente delante de la mano tendida de una anciana herrumbro- sa que mendigaba. Unos niños jugando en un baldío, basural insospechado, junto a un edificio alto y acrista- lado de modernidad. Unos gatos bebiendo los charcos de la vereda. Una pareja besándose en el umbral de una casa tapiada, exhibiendo en sus paredes una pin-

basura amontonadas en una esquina. Un escarpín entre los escombros de una casa derruida, un espejo en lo alto, sobreviviendo en la única pared enhiesta. Una silla en el umbral. Un zapato aplastado. Un ciego esperando en una esquina. Una silla de ruedas que lleva a un hom- bre, que recoge el zapato aplastado y canta sonriendo. Una pareja a lo lejos y en bicicleta que atraviesa las calles sin detenerse. En ese instante fui conciente de mi olvido, estaba seguro -son ellos- maldije entre diente y me lancé a la carrera discretamente, acelerando el paso, pero el ritmo de aquellos los alejaba de todo esfuerzo. Pronto me hallé corriendo desenfrenadamente, como un impulso eléctrico que emergiera desde el más senti- do deseo sin demasiada conciencia de si mismo. Corrí desesperado, abriéndome paso entre las calles, las gen- tes, atravesando encrucijadas y recibiendo las injurias de los bocinazos y los conductores que de seguro pron- to se hurgarían la nariz ante el primer semáforo. El rechinar constante, idéntico al de aquella noche, se movía en oleadas, envuelto en la marea del viento y los ruidos de una ciudad convulsa que regresa a la noche en busca de la mañana. Cuando mis fuerzas se vieron extintas, me detuve sin poder hacer otra cosa que observarlos hundirse en la lejanía y el cemento. Apoyé las manos sobre las rodillas, me sentí próximo al desmayo, y al filo de ese abismo, absurdo. Reanudé la marcha y busqué la parada más cercana para retornar a la casa. El comportamiento que había demostrado me parecía inaudito, excéntrico y,

simultáneamen-

te, natural, debido… Sí, debía hacerlo, debía alcanzar aquel rechinar, aquellas rosas diseminadas en el blanco vesti- do. Debía saber de ellos y su destino. Saber porqué, hacia dónde. Su andar era hipnótico y no sabría describir con tanta cla- ridad como lo sentí, que no era el suyo un simple mirar hacia delante, ellos posaban sus ojos sobre el

porvenir, lo buscaban con certeza.

El aire apenas cálido de la noche entraba por la ven- tanilla y daba en mi rostro. Me había alejado más de lo

tanilla y daba en mi rostro. Me había alejado más de lo tada: “La libertad es

tada: “La libertad es la ausencia de miedo.” Un tumul- to de gente entorpeciendo el tránsito, alimentando su morbosidad, observando a los heridos de un accidente. Un adolescente abstraído, sentado solo en medio de una plaza, escudriñando las ramas que lo separaban del cielo. Una bella y delgadísima joven coronada por una gran capelina, corriendo entre las primeras sombras de la noche. Una rata emergiendo desde las bolsas de

cuento

que imaginaba. Intentando calmar mi angustia y mis nervios cerré los ojos. Fui cayendo en un sueño imper- fecto pero súbitamente toda aquella vetusta máquina se

La casa, desde su mudez, parecía rechazarme. Por

un placer descomunal al ir recorriendo mi cuerpo, como si fuera la primera vez. Descubrí pliegues, cicatri- ces, gestos en la naturaleza de mi geografía que desco-

estremeció en un temblor, una insinuación de giro vio-

nocía. Mi cara, con la palidez del recién afeitado, sonre-

lento. Se oyeron los frenos y las expresiones onomato-

ía

frente al espejo mientras con gran destreza las

péyicas de los pasajeros. Luego un murmullo y los

manos, una y otra vez, distribuían, sobre la corta y tupi-

comentarios entre desconocidos que, signados por el

da

cabellera, una gomina añeja que aun sobrevivía en

destino de un hecho fortuito, se dirigen la palabra

los estantes. El peine dividía matemáticamente la cabe-

como si fueran viejos amigos. Aunque al otro día se

za

en dos sin decidirse. Al fin la oscura y espesa mata

cruzaran, ninguno sería capaz de alzar un gesto de salu- do hacia aquel con el que habían hablado. En medio de aquel parloteo desde distintas voces llegaron las pala- bras: Dos. Bicicleta. Tan jóvenes. Sin mirar. Eso bastó para despertar en mí nuevamente esa violenta y eléctri- ca sacudida, como un cazador al acecho que oyera los ruidos de una presa cercana. Algo se desprendió de mí en ese instante, algo que no podría nombrar. A partir de entonces mis ojos escudriñaron los cruces y las calles transversales. Lenta pero progresivamente entra- ba en un estado de ansiedad. Abandoné el asiento. Me

quedó fragmentada en dos, brillante y estirada hacia atrás. El mismo detenimiento y atención puse al vestirme. Todo, aquella mañana, me resultaba novedoso y defini- do. Desde la habitación escuché un ruido pero contra- riamente a lo habitual, no me sobresalté. Concluí mi tarea con un poco de colonia en los lóbulos de las ore- jas, las muñecas y las manos. De pié y en silencio, me descubrí observando mi figura en el reflejo de una ven- tana. Mansamente, como todo en aquel despertar, recordé la pequeña y muda caravana que acompañó los

quedé en pié, busqué el mejor lugar para abarcar la mayor cantidad de ángulos posibles. Recorrí el peque- ño pasillo. Me parapeté detrás del conductor, luego junto a la puerta trasera. Volví al centro. Abrí algunas

féretros, primero el de mi padre, detrás, el de mi madre. Recordé el sol y el verde. Las flores marchitas, muertos olvidados. Un gato observando desde lejos y, un poco más allá de él, los altos pastizales mecidos con timidez.

ventanillas que, por sucias, me impedían ver las calles.

La

negra tierra al caer, golpeando a unas puertas que ya

Los pasajeros pronto retornaron al murmullo. Mi

jamás se abrirían. Último sonido de este mundo.

deambular provocaba movimientos esquivos y el bisbi-

Consideré justo que fuera ese eco lo último que se oirá

sar de los que estaban sentados. Pero todo aquello, aun-

de

nuestras vidas. La casa, en su inmovilidad, era ausen-

que fuera a mi lado, parecía suceder a gran distancia, lejos de mi pequeña realidad. Sólo pensaba en encon- trarlos.

cia, vacío. Volví a la pequeña jarra. Aún ardía. El rojo abrasador parecía vivo en su pulso. Abrí las otras hor- nallas y me marché.

Al llegar a mi destino los pocos pasajeros que aún quedaban rompieron en una gran carcajada, a excep-

 

En la puerta de aquella fábrica estaban conversan-

ción de un joven que dormía y babeaba profusamente.

do

agitadamente los jefes. El primer impulso de uno de

El gesto adusto del conductor y el mío, propio del que busca infructuosamente y su fatiga, se entrelazaron en

ellos, al verme, fue un gesto severo, dio unos pasos hacia mí alzando su dedo acusador pero las palabras se

los espejos. Con un bramar violento la vieja máquina se puso en marcha poco antes de descender por comple- to.

momentos se encogía interponiendo en mi camino los

detuvieron en el humeante cuenco de su boca sin salir. Pasé junto a ellos inclinando la cabeza casi de manera imperceptible a modo de saludo. Todos estaban en sus puestos, sucios y atormentados por el ruido. Los que me vieron al pasar se distraían de sus ocupaciones haciendo extrañas muecas a los más cercanos. Pronto

pocos objetos que la pueblan. Sus ventanas se resistían

nadie se ocupaba del trabajo. Algunas máquinas se

a

mis manos, sus puertas, con entrecortadas quejas, se

detuvieron. Di unas vueltas por el lugar hasta dar con

abrían o cerraban. El agua corría con violenta pereza.

Desperté junto al fuego celeste y el rojo ardiente de

un

pequeño aceitero, lo envolví en unas hojas de diario

La luz se me antojaba oscura. Mis pies descalzos pare-

y

fui hasta el rincón donde estaba mi bicicleta.

cían andar por sobre una inmensa tumba. Me senté junto a la cocina, encendí una hornalla.

Cuidando de no ensuciarme comencé a lubricar lo más accesible de aquel venturoso aparato. Oí la crepitación de unos pasos que se acercaban y detenían detrás de mí. Yo hacía girar los pedales hacia

la

pequeña jarra, ya seca, a punto de fundirse. Observé

atrás para que toda la cadena, el piñón y la corona se

mansamente el pulso del hierro candente y comencé a demorarme en las tareas matutinas del cuerpo, no así en las de la casa. Sentí la necesidad, la imperiosa nece- sidad de ducharme, de afeitarme, cortarme las uñas y peinarme prolijamente. Así lo hice. Sorprendido, hallé

empaparan bien de aquel oscuro aceite. Las máquinas habían cesado por completo en su rugir. También yo me detuve. Por un instante todo fue silencio. Un breve carraspeo estremeció el aire. Luego insistió. Uno de los jefes se balanceó sobre sus zapatos y comenzó a hablar-

le a mi espalda. Dijo que habían notado que mi con-

ducta no era la de siempre. Cierto descuido en el traba-

jo, las llegadas tardes. Habló de preocupación nueva-

mente. Dijo, incluso, que habían pensado en despedir- me, no sin antes claro está, darme la posibilidad de hacer mi descargo, de argumentar alguna explicación. Cuando dijo esto observé al resto de los trabajadores y supe, por las miradas esquivas, que ellos ya sabían de

esta decisión. El otro aclaró su garganta y dijo que de haber sabido lo que estaba sucediendo se hubieran aho- rrado muchas inquietudes pero que serían más flexibles

ya que comprendían la situación, aunque no justifica-

ban mi comportamiento. Yo me di vuelta y me incor- poré. “Vemos que está de luto - prosiguió – Si nos lo hubiera dicho le hubiéramos dado unos días –exhaló una bocanada de humo- ¿Algún familiar?”. Mi silencio parecía incomodarlos. Volví al aceite y el velocípedo. Se alzaron algunas toses. Ellos continuaron sus discursos, alternando entre la comprensión de uno y la rectitud ante el deber del otro. Lentamente ambos discursos

cuento

amarillo invitando a los conductores a estacionar. Dentro de unas bolsas de plástico, colgadas del manu-

brio, si es que así se llama, se adivinaban muchos y des- iguales zapatos que se mecían por la peligrosa cercanía de los autos al pasar. Seguí caminando. Llegué a la esquina del perro atropellado. Sólo quedaba de él ape- nas una mancha tenue que tendía a desaparecer. Así de insignificantes somos –pensé- y no me detuve hasta dar con la casa tapiada. Ahora unos afiches de circo, unas publicidades engañosas y caras sonrientes de dudosos políticos, reducían el espacio que delimitaba a la frase pintada: “La libertad es la ausencia de miedo”. De pié por largo rato leí una y otra vez aquella frase anónima,

al menos para mí. Recordé haber leído alguna vez de un

gran artista “La belleza es la ausencia de dolor”. En ese instante y mientras me sentaba, comprendí que no sen- tía miedo, que no me aquejaba el dolor y a pesar de eso no me sentía libre y mucho menos bello. Me conformé con las miradas que me dedicaban los transeúntes. Pronto comprendí que a una persona vestida de

fueron caldeándose al obtener de mí, sólo mi espalda y

traje no le está permitido sentarse en las veredas,

alguna leve sonrisa. Sus argumentos menguaban en humanidad y se acrecentaban en soberbia, a punto tal que toda bondad y comprensión, su formalidad toda, desaparecieron cuando me puse de pie, tomé la bicicle- ta y salí hacia la calle. En ese momento, con airados ges- tos y voces tronantes pusieron en juicio la respetabili- dad del oficio de mi madre, recordaron la anatomía de

mucho menos junto a una bicicleta. Así son las insigni- ficantes convenciones que nos rigen. Nadie transgredió el estúpido asombro y lo convirtió en gesto, en mano tendida. Nadie se acercó a preguntar nada, sino todo lo contrario, como es debido. Al verme, los caminantes daban un paso más allá para evitarme. “La libertad es la ausencia de miedo”. Me sonreí.

mi

hermana, me encomiaron a algunos santos de dudo-

La casa fue envejeciendo con el transcurso de la

sa

reputación y definieron decididamente tanto mi

tarde. La cenicienta noche fue mitigando las voces de la

sexualidad como mi salud mental.

ciudad. Ahora lo escrito apenas era una sombra, un

Lejos ya de aquel lugar, sin haber montado en mi bicicleta, el capricho de las calles quiso que diera con la fachada de la casa de unos viejos y queridos anfitriones, la de Vidal y Bos. Ellos solían acoger nuestra nocturni- dad. Piquet, Neira, Álvarez, De Ritto, Castro, todos deambulábamos por aquella casa como si de la nuestra propia se tratara. Siempre intentando destramar ideas y volcarlas sobre lo cotidiano. Siempre intentando el sor- tilegio de la creación que diera a nuestros días la gracia

desgarro silencioso en la pared. Ya todo estaba predis- puesto. Monté mi bicicleta y comencé a vagar por las calles. Mi oído se aguzaba, buscaba un indicio, un rozar de metales infatigables. El concepto de lo insignifican- te pareció alejar de mí toda ansiedad, toda urgencia. Así, mansamente y al acecho, recorrí incontables calles hasta dar con aquel delgado cartabón en fuga, con aquella avenida despoblada internándose en el corazón de la ciudad. El reloj del palacio municipal una vez más se había detenido. Ahora el salón de belleza era una

de

vivir de aquello que deseábamos. Sentado del otro

pinturería. Tuve deseos de escribir sobre la inmensa

lado de la calle, el arco de la puerta de entrada me pare- ció inexpugnable. Como una boca cerrada, ya nadie entraría a través de ella. Lo que sobrevivía de aquellos

vidriera “El progreso no se detiene”. Me acerqué y sin apearme apoyé mi hombro sobre los gruesos cristales. La noche parecía repetirse, inmensa y anaranjada, silen-

días sólo era un salir perpetuo, un despojarse de las vie-

ciosa. El aroma del mar recorría las vacías calles. El

jas

risas, un andar por caminos que no tienen retorno y

cansancio del día comenzaba a hacer mella en mí. Mis

multiplican. Lejos de caer en la melancolía, sentí el fervor del agradecimiento. La tranquilidad de lo bien brindado y a tiempo. Las ventanas, como ojos bien

se

parpados buscaban el encuentro de todo aquello que se cierra. Las ideas erraban dócilmente hasta que una fati- gosa enumeración de postreras situaciones dio comien-

cerrados, hacían de las casa un gran ser dormido y yo,

zo. Todo en mi vida parecía estar dispuestos para no

mi vigilia, la observaba dormir y sin saberlo me des- pedía.

La ciudad, en su espasmo inagotable, me llevó por

en

dejar jamás aquella ubicación. Por más que me empe- ñara caprichosamente en refutar circunstancias, todo descendía a mi postrer sitio. Lo insignificante comenzó

sus entrañas como si fueran ríos. El hombre de la silla

a

pesarme en las ideas. Causalidad o casualidad, todo

de ruedas sonreía bajo el sombrero y agitaba un trapo

resultaba inútil. El último –dije en voz baja- y como un

cuento

eco infatigable prosiguió la enumeración. El último hijo. El último nieto. El último de la fila. El último en conocer… El último en saber… Sin darme cuenta siquiera comencé a sentir una violenta contracción en el pecho y como por un rayo fui alcanzado por un rechi- nar hipnótico. Eran ellos. Ellos que recorrían la aveni- da en dirección al mar. Inmutables, desafiantes, tan exactos, claros y definidos como aquella noche. Alelado me quedé observándolos mientras se alejaban. La vio- lenta contracción abandonó toda sutileza y me dobló en dos. Me estremecí, respiré hondo y me lancé a la carrera. De mi silenciosa bicicleta sólo se oían las gomas en su pulso friccionado sobre el asfalto. Los veía, me acercaba. No había vacilación en su andar, parecían perfectamente sincronizados con el mundo todo e indiferentes a su entorno, quizás lo supieran todo de él. Largo tiempo permanecí a una distancia prudencial. Lo suficientemente lejos para no perderlos, lo suficien- temente cerca para observarlos casi en detalle. La con- tracción se repitió y desató una sacudida eléctrica. Aceleré la marcha tanto que me coloqué justo detrás de ellos. La fragancia que despedían aquellos cuerpos me hizo recordar los tilos. Las ruedas casi se tocaban. El vestido de ella flameaba delante de mi cara, al alcance de las manos. Busqué con un suave ademán su tacto pero en ese instante ella se reclinó sobre los hombros de él, bajó la cabeza y pareció susurrarle al oído. Jamás se dieron vuelta. Poco después aceleraron la marcha. Dejé que se alejaran un poco pero advertí que no tení- an intención de desacelerar. El rechinar parecía enfure- cido y ganar timbres más agudos. Hice un gran esfuer- zo y les di alcance una vez más. Sólo veía sus espaldas, la cabeza de ella erguida, inmóvil, de frente al provenir.

Dediqué una mirada al entorno. Nada reconocía de él. Miré hacia las estrellas. No había cielo para tanta noche. Quizás por la agitación, la falta de oxigeno o quizás por las violentas ideas que se sucedían en mí, en un arranque convulso aceleré la marcha. A cada pulso mío, ellos daban otro. A cada sacudida mía, un bajar con- tundente de sus piernas sobre los pedales. Una peque- ña batalla se comenzaba a librar aunque yo sospeché que era el último en saberlo. Ellos disponían el trayec- to, el ritmo, la velocidad. Bajé la mirada, me paré sobre los pedales y vi mis zapatos brillar. Arremetí con mis fuerzas todas. Mis manos, que emergían de los blancos puños de mi camisa, sudaban, se tornaban rojas y ama- rillentas por sectores. El saco aprisionaba mi pecho agi- tado, lo mismo que el chaleco. La corbata parecía haber cerrado más su nudo sobre el cuello. Ya estaban a mi lado. No me atreví a contemplarlos directamente, pero estaban ahí, sus cuerpos, el rechinar. Ellos, ahí, a mi diestra. Pulso a pulso nos debatimos. Nadie, ninguno apartó la vista del frente. Podía escucharlo respirar a él, pero, a pesar del esfuerzo, no había agitación. No apar- taba la vista. Ella, silenciosa. Entre el rechinar su vesti-

do daba latigazos en el aire. Sí, olían a tilos. Bajé la mira- da, mis zapatos brillaban tanto como los de él. Arremetí con violencia, aceleré, continuando la enume- ración de las postreras situaciones de mi vida. Comencé

a dejarlos detrás, comencé a ganar distancia. Miré mis

manos y mis zapatos. Ya no olía a tilos, sólo a mi sudor. No desvié ni un instante mis ojos de lo porvenir, si es que algo así estaba dispuesto para mí. Los imaginé hun-

dirse en el misterio, pero no podía detenerme, ya no era

el último.

dispuesto para mí. Los imaginé hun- dirse en el misterio, pero no podía detenerme, ya no

ensayo

La formación del consenso como sustrato del orden

Juanma Agulles

1

Con-senso quiere decir compartir un sentido. Para la reproducción del orden es necesario que se compar- ta por una mayoría la marcha del mundo, transforma- da en destino por el discurso triunfante. Así el interés de una ínfima parte del conjunto impone al todo que consienta su gobierno. Se consensúa mediante la in- formación y la represión de las expresiones del disen- so. Pero no hay que olvidar que esta represión confie- re cierto protagonismo a lo Otro opositor que, en defi- nitiva, es imprescindible para generar la distancia entre el conjunto que acepta y aquello de lo que se diferen- cia en su aceptación. Tan importante es el acuerdo al interior del conjunto como el límite del mismo que, en último término, lo contiene. Al interior pueden haber diferencias parciales pre- cisamente porque el límite exterior queda bien defini- do en la divergencia con lo ajeno, transfigurado en terrorismo por la legalidad vigente. En la medida en que lo extraño acepta y asume el papel otorgado, ter- mina por reforzar el aspecto externo del consenso. Esto permite que lo Otro sea percibido como pánico:

sin forma ni matices diferenciadores; mientras que la expresión homogénea del orden atiende a múltiples variantes internas bien controladas. Así sobreviene la sensación de que el orden es libre y múltiple, y el des- orden esclavo y totalitario. Esta reversión es quizá una de las más importantes que acompaña al giro econó- mico del llamado postfordismo y uno de los “éxitos” de la posmodernidad. Los medios represivos quedan justificados por la defensa del límite entre lo Uno y lo Otro; y en la medi- da en que se dota de poderes extraordinarios al Estado para la defensa de la mayoría, la represión puede vol- verse al interior de la misma sin perder legitimidad. (Carteles en el metro: “miles de cámaras velan por su seguridad”). Dado que se han relativizado las fronteras para poder sostener esa sensación de libertad segura, lo Otro puede aparecer enquistado en lo Uno y su detec- ción y aislamiento deviene imprescindible para resta- blecer la distancia. De modo que entre unos y otros lo que va tomando forma es un Estado de la represión y el miedo, firmemente asentado en el acuerdo mayori-

tario inducido, que además termina por verse a sí mismo como libre elección. Esta es la dinámica de la formación del consenso en el capitalismo actual. Su in-formación a través de las encuestas de opinión pública corre pareja al fortaleci- miento de la propiedad privada. Las mayores libertades en la expresión individual de cierta rebeldía, son para- lelas al aplastamiento violento de cualquier expresión colectiva del disenso. La unidad de los demócratas es la comunión en la

debilidad, la apuesta última por la imbecilidad de quie- nes asumen los intereses de una clase poseedora cam- biando la explicación de la lucha de clases por la del Bien enfrentado a unos malvados sin rostro. La imagen es tan ficticia como los lazos del consenso, y ambas sólo se sostienen por el uso constante de la violencia. Aquello que queda fuera del círculo democrático es útil para delimitar bien el estrecho margen de la expresión política de los que están dentro, al mismo tiempo que trata de poner a cada participante del espectáculo elec- toral en la situación de votar o callar para siempre. Por ese día festivo de participación y expresión ilusa de una opinión inducida —de marcar casillas prescritas— se asume toda una vida de miseria y aceptación, de conti- nuar bajo el yugo del trabajo asalariado, reproduciendo el orden de las clases poseedoras. Es cierto: si las elec- ciones sirviesen para algo ya las hubiesen prohibido.

2

Lo que va tomando forma es una sociedad sin deseo. Como decía Ibañez:

“El deseo humano deserta de este sistema; se acep- ta de hecho, pero no de derecho, desencantadamente.” (Jesús Ibañez. La realidad como desencanto en A contraco- rriente.)

Hoy se aniquila el deseo no por su prohibición o dilación —cosa que, como sabemos, logra reforzar- lo— sino por su realización en tiempo real; por la ope- rativización tecnológica del placer y el just in time de la producción capitalista generalizada a todas las esferas de la vida humana. Es cierto que los canales de comu- nicación crecen, pero en la misma medida en que el mensaje pierde todo sentido, diluído en unos lugares comunes cada vez más impotentes. El deseo por el Otro está multiplicado en sus posibilidades técnicas y suprimido en la realidad. Puedes hablar con quien quieras, en cualquier lugar y tiempo, pero no se habla de nada importante, precisamente porque falta lo mediato, la elaboración del sentido que permite soste- ner el contacto humano. Toda inmediatez en lo comu-

nicado favorece la estructura jerárquica de la domi- nación y reproduce el orden. El deseo requiere de una distancia y al interior del consenso la distancia se anula frente al Otro visto como amenaza. La distancia entre Verdad y Mentira, Realidad y Ficción, Política y Propaganda… todo es relativo, y sólo queda el límite bien marcado de lo indeseable. Así el deseo se circunscribe a aquello que tiene resultados en el momento, de hoy para mañana, porque el Sueño es imposible en una sociedad que ha de estar siempre alerta. Los anhelos no crecen por la grandeza de sus expectativas, sino por la brutalidad del espectá- culo en su realización. El formato del reality show cumple el papel de abrevadero de mierda para aquellos discursos que quieren mantener la vigilan- cia —de vigilia, de estar despierto—: el descuarti- zador en serie aparece como ejecutor heróico de los deseos de la mayoría; siempre, cuando ha sido atrapado por la ley y puede convertirse en espectá- culo, espejo cóncavo donde contemplarse. Así la mayoría acaba por reclamar la policía necesaria para disuadirse a si misma de llevar a término sus deseos más inconfesables. En el consenso el deseo siempre cabe en la medida de lo posible. Lo anhelado y repudiado no tiene nombre, por lo que tampoco existe una forma de acercarse o alejarse de él: la idea que se quiere imponer es que nos asalta. Entregarse al placer y al diablo requiere de una presencia de ánimo y un carácter fuertes, y eso es precisamente lo primero que se abandona al pasar el umbral de los conformes. Toda actividad desde ese momento, tiene como objeto la aniquila- ción del deseo mediante la frenética actividad de consumo que hace desaparecer el espacio de la producción entendida como elaboración de un sentido.

3

Pero el discurso unívoco lo es a condición de tolerar una actitud cínica de la mayoría que, en oca- siones, aparenta cierta lucidez en el cuestionamien- to del orden. Se deja traslucir que la aquiescencia es un juego lingüístico más al que se accede por comodidad. Así da muestras de su debilidad, toda vez que descansa en la capacidad de cada sujeto de desarrollar un yo fuerte y bien distinguido para tener éxito, pero dentro de las prerrogativas de unas formas comunes de rebelarse. Son límites relativos. En cualquier caso flexibles y permeables,

en constante desequilibrio. Y el punto de ruptura —ese que no permite más elasticidad— es impre- decible. Por eso ciertos reformadores pueden apa- recer como criminales en potencia, mientras que nihilistas de toda especie son acogidos en el seno del orden para que lo revolucionen constantemen- te.

Lo malo es que el entrenamiento en el cinismo, no parece que vaya encaminado a comprobar dónde está ese punto de ruptura, sino más bien al contrario, cuando se sugiere que ese punto está cercano, el descreimiento en el consenso se vuelve una fuerza centrípeta reaccionaria y, a la relativa autoinculpación necesaria para el cinísmo más des- preocupado por los límites, le sucede la búsqueda desesperada de amparo y la ejecución de un culpa- ble.

La esquizofrénica escenificación del discurso fuera/dentro —que puede dar resultados a veces inesperados y contradictorios para el orden— se vuelve peligrosa cuando se desliza hacia la distin- ción ciudadano/terrorista. Ahí ya no existe relati- vización sino juicio sumario y venganza de la mayoría. En este país en que el consenso democrático fue de facto un indulto a los asesinos y una agresi- va ofensiva contra todo movimiento autónomo, se ha conseguido —mediando catorce años de gobierno socialista que hacía política de derechas refugiado tras sus siglas—, que varias generaciones nazcan en márgenes estrechísimos para el desarro- llo de una conciencia crítica. Las más afortunadas de nuestras mentes inquietas tienen alguna res- puesta —más o menos original— para las cuestio- nes que se plantean desde la opinión mayoritaria; rara vez se cuestiona el origen de la pregunta y la definición de las posibles respuestas; casi nunca se llega al punto de ruptura en que el orden es cues- tionado en sus mismos fundamentos. Si pensar se

ha convertido en una actividad sospechosa, actuar —en este lugar católico y monárquico hasta la médula— nunca dejó de ser un crimen.

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La emergencia del trabajador reaccionario (ONG´s y trabajo asalariado)

Los energúmenos

La llamada terciarización de la economía ha venido solapando el proceso de desindustrialización en los paí- ses más avanzados del capitalismo. El desmantelamien- to de la fábrica en estos países ha venido acompañado por la implantación de la lógica industrial a cada vez más ámbitos de la vida. La fábrica se ha extendido a toda la existencia. De modo que la terciarización da como resultado nuevas formas del trabajo y nuevas for- mas de construcción de la identidad de los trabajado- res. Como gran parte de la cultura obrera se decantó por la figura del trabajador industrial, las nuevas condi- ciones del capitalismo de servicios y gestión en los paí- ses más avanzados, se ha superpuesto a unas clases tra- bajadoras sin códigos para orientarse en los nuevos espacios de lucha. Esto ha supuesto que la contrarre- volución, desde la segunda mitad de los 70, haya hecho enormes progresos en los países capitalistas más des- arrollados, consiguiendo la aparición de una clase tra- bajadora atomizada, primero en grupos y, más tarde, en una amalgama de individualidades radicalizadas en el peor sentido del término. La figura del trabajador reaccionario es el producto más acabado del capitalismo en su etapa actual, y en los países donde se concentra su base de servicios y ges- tión tiene cada vez mayor protagonismo. Los cuadros medios gestores, sometidos a la presión de la proletari- zación por un lado, y al agresivo discurso del éxito a través del consumo por otro, desarrollan una patología masiva: un síndrome de Estocolmo mayoritario que reacciona violentamente contra todo aquello que cues- tiona el consenso en la mentira más burda que es la base de su existencia.

Dentro del ámbito de la economía «terciarizada» merece especial análisis el sector de las ONG´s. Fruto de abolengo netamente posmoderno donde se des- arrollan «empresas humanitarias», «jerarquías participa- tivas», «patronos enrollados» y «trabajadores volunta- rios»; al mismo tiempo que son financiadas por el Estado para que proclamen su independencia del ámbi- to gubernamental. El asalto contra las clases trabajadoras por parte de las clases dominantes desde los 80, se amparaba en las que muchos han denominado «políticas neoliberales». Estas políticas tenían una premisa básica: reducir el déficit de las economías nacionales de los países capi- talistas más avanzados, a través del recorte presupues- tario en el gasto público. Sobre todo en el gasto públi-

co redistributivo; no así en el gasto público represivo (policías, ejércitos, armamento, cárceles, I+D militar,

etc.). Estos recortes en el aparato estatal, unidos a las nuevas proclamas en favor de la «descentralización», dieron como resultado la aparición del sector capitalis-

ta de la beneficencia. Sector que hasta no hace mucho

era monopolio de las organizaciones religiosas —aún las ONG más importantes son aquellas que siguen teniendo carácter confesional. La relativa apertura de ese monopolio por la exter- nalización de servicios y gestiones de beneficencia pública, ha dado como resultado la proliferación de Asociaciones, Organizaciones, Fundaciones y empre- sas encubiertas, que han absorbido una parte de la fuer- za de trabajo que el desmantelado tejido industrial no podía ni quería asimilar, pudiendo trasladarse a lugares donde practicar su rapiña con mayor impunidad.

Una parte importante de eso que algunos han bau- tizado como «capitalismo relacional» tiene a este sector en auge como avanzadilla en los progresos de la domesticación de las nuevas generaciones trabajadoras. La reestructuración hacia abajo de la burocracia estatal sobre la base de una beneficencia religiosa, da como resultado un trabajador híbrido de funcionario y misio- nero. Un tipo mucho más cercano a la lumpen-burgue- sía que al obrero industrial. La fuerza de trabajo empleada en este sector tiene como condición previa la asunción de la dicotomía asa- lariado/voluntario. Esta aparente contradicción en los términos ejerce una notable influencia en el reajuste de los sueldos a la baja, al mismo tiempo que exige una dedicación cercana a los votos, en evidente continuidad

con los orígenes del sector. La sobreproducción de titulados universitarios de saldo genera el ejército de reserva necesario para que se sostenga en el nivel más miserable de la supervivencia

a la fuerza de trabajo empleada en las ONG´s. De

modo que, en muchas ocasiones, se da la paradoja de encontrar trabajadores de la beneficencia que, por sus condiciones de vida, debieran estar del lado de esos «excluidos» que tratan de recuperar a toda costa para la dinámica de acumulación. Esta cercanía en lo material, lejos de provocar una alianza contra las condiciones que la generan, tiene como consecuencia la aparición

de las actitudes reaccionarias y la incapacidad alarman-

te para hacer la crítica despiadada a todo el sistema del que son el penúltimo eslabón.

Para solapar la sensación de estar haciendo el ridí- culo al enfundarse el uniforme de policía poniendo cara de santo, gran parte de quienes se emplean en el sector operan una identificación a ultranza con «la causa» que la ONG de turno defienda, o con la «pobla- ción de referencia» para la que trabaja. Nada mejor que esconder la miseria tras las siglas. De ese modo se puede ser un reaccionario y pasar a ojos de la mayoría como un luchador social. Es otra de las virtudes de la capacidad de absorción de las ONG: cooptan fuerza de trabajo que podría pasar al bando de la subversión ofreciéndoles —ya que no un buen trabajo— un trabajo bondadoso. Y lo increíble es que en esos términos tan vulgares funcio- na el chantaje aceptado mayoritariamente; lo que da la medida del punto en que nos encontramos para articu- lar una conciencia crítica y unas prácticas subversivas contra el orden existente. Como la productividad del sector es poco medible —y en realidad encuentra resistencia si se utiliza como argumento— el giro discursivo pasa por presentar la actividad asalariada como una oportunidad de «partici- par» en la mejora de las condiciones sociales, en el tra- bajo bajo valores «altruistas» y «solidarios», en definiti- va esclavizarse por una «buena causa». Como la reali- dad se encarga de demostrar que son fundamental- mente prescindibles y despreciables para la dinámica de acumulación, el machacón discurso quiere ganar la complicidad de quienes allí trabajan por el argumento de lo necesario e importante de su tarea, por el lado humano y vocacional de este trabajo miserable que saca su plusvalía de una penúltima explotación de la miseria. Nuestra experiencia vital en este sentido nunca ha dejado de sorprendernos: jamás se ha articulado una crítica más allá de reclamar una cesta de navidad para estos asalariados de la miseria. Los conflictos —que los ha habido y en algunos participamos—, en el fondo iban encaminados a conseguir un poco más de poder adquisitivo (para gastar, suponemos, en tiendas de comercio justo.) La asombrosa capacidad para contem- porizar y empatizar con quienes les pisan el cuello, corre pareja a una profunda ignorancia histórica y vital que convierte a los trabajadores de ONG´s en poco más que monaguillos rebeldes. Al desempeñar su actividad en un ámbito en que lo productivo queda a un lado para trabajar sobre «valo- res», la crítica de la posesión de los medios de produc- ción se vuelve difícil de articular; teniendo en cuenta, además, que la mayoría de esa fuerza de trabajo es reclutada de las Universidades —centros especializa- dos en imposibilitar de por vida el pensamiento crítico. Así, durante la confrontación en el espacio de tra- bajo, muchas veces el discurso queda atenazado por «la culpa». Y son callejones sin salida porque siempre hay

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alguien que ante la huelga o el boicot levanta el dedo para hablar por los «usuarios», y las consecuencias que sufrirán esos pobres excluidos que necesitan de la figu- ra educativa para no suponer un peligro para si mis- mos… ni para nadie. La falsa conciencia anega de inmediato los intentos de subversión, y aborta cual- quier intención de radicalizar la acción en una reunión o asamblea de trabajadores. Los «buenos sentimientos» estropean de continuo cualquier intención de profun- dizar siquiera un milímetro en el cuestionamiento ínte- gro del orden.

Si la «cultura juvenil» en los 80 fue una forma de desarticulación y canalización hacia la inocuidad de los inconformismos, el llamado «tercer sector», cumple en la actualidad una labor aún más importante en la des- movilización y cooptación del potencial crítico contra la sociedad industrial. Los más críticos de estos entor- nos defienden sin rubor los argumentos del «Partido del Estado». Así, la crítica a las condiciones laborales miserables se entronca con la defensa de la interven- ción estatal, la «equiparación salarial» al funcionariado, las medidas de seguridad, etc. Es decir, se reclama la distancia con la miseria para poder tratarla de manera más aséptica y productiva. La reciente aprobación del Convenio Colectivo del Tercer Sector está en sintonía con esta línea y, aunque a regañadientes por las migajas conseguidas, se ha admitido sin que nadie diga que, en lo fundamental, cualquier «mejora» en este sentido supone un refuerzo de las condiciones de explotación que producen la miseria. Al identificarse casi por com- pleto la fuerza de trabajo con los medios de produc- ción, su reapropiación significaría una excomunión de esas profesiones; su destrucción ludita: el suicidio. Es una prueba más de la sumisión al orden domi- nante por parte de aquellos que debieran negarlo en todos sus frentes, y otro ejemplo del giro reaccionario que toman las reivindicaciones parciales cuando no se sostienen en una práctica subversiva y una teoría críti- ca.

La ideología oenegera es nefasta porque imbuye a la fuerza de trabajo más joven que comienza su anda- dura bajo sumisiones que la harán derivar, cada vez más rápido, hacia la colaboración activa con las fuerzas del orden, a cambio de una miserable «estabilidad». Este truculento aprendizaje, revestido de bondad y de una ignorancia soberbia que cada tanto se defiende voceando «por lo menos yo hago algo que mejora el mundo», está en la base de todo argumento represivo. La vuelta de tuerca más sórdida se prepara con la legislación en el ámbito de las conocidas como Empresas de Inserción, y la normativa sobre «cláusulas sociales» en las contratas de la administración pública. Necesitaríamos otro espacio para hacer la crítica exhaustiva de este nuevo avance en las condiciones de

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la dominación. Pero, a grandes rasgos, supondrá —en un futuro no muy lejano— que toda ONG que se pre- cie entonará un mea culpa ante las acusaciones de asis- tencialismo y creará sus propias empresas para poner a trabajar a sus «excluidos», bajo la vigilancia de tuto- res/educadores que supervisarán su correcto tránsito de la marginalidad irrecuperable hacia el mercado de laboral «normalizado». El Estado será garante de este nuevo instrumento de dominación a través de la sub- contratación de servicios (limpieza, mantenimiento, jar- dinería, catering, etc.) con estas «empresas caritativas». Ya se pueden ver a sus buenrrollistas gerentes pontifi- cando sobre las bondades de este modelo empresarial y productivo frente a la rémora asistencialista del tercer sector y su atraso en la modernización. Tecnócratas «alternativos» capaces de piruetas lingüísticas nunca vistas para justificar la explotación mientras sostienen su carácter liberador y revolucionario.

Para hacer frente al capitalismo, a su sociedad industrializada y contaminada hasta la médula por el óxido del conformismo, hay que romper de una vez por todas con los argumentos de «no confrontación», de la empatía y de la compasión. Hay que destruir con pasión, que es muy distinto. Y siempre sometiendo la práctica subversiva a los necesarios momentos de refle- xión y debate en que se va construyendo una teoría crí- tica. Una teoría crítica no es un círculo editorial, ni una moda radical, ni un fetiche universitario para hacer carrera. Una teoría crítica es la respiración natural de la práctica contra lo existente, su momento de análisis y

tensión dialéctica que la devuelve hacia la acción con la estrategia más clara. Todo el ruido y la mierda que la ideología «oenege- ra» mete en las cabezas de los más jóvenes que aún tie- nen inquietudes, hay que contrarrestarla con palabras duras y claras, pero también con actos irrecuperables. Sabemos que hay gente que está dentro y que tiene ideas parecidas. Para ellos: que continúen cuestionando todo lo posible, y que se defiendan lo mejor que pue- dan de la recuperación a la que ya, queriéndolo o no, están sometidos. Para los más decididos el camino está claro: boicot y deserción. Para aquellos que sufren a sus terapeutas porque en algún momento fueron clasificados como «excluidos», que atenten todo lo posible contra ellos, que los hagan desesperar para que elijan de una vez por todas de qué lado están. La única vía posible para el cuestionamien- to del orden es el cuestionamiento en todas sus facetas. La única actitud coherente ante una ONG: dinamitarla. En las actuales condiciones cualquier especialista colabora con las fuerzas del orden. Cualquier «educa- dor» es un policía encubierto. Son los enemigos con la máscara de la bondad; los más peligrosos por ser dema- siadas veces los más ignorantes, los que «hacen cuanto está en su mano» por mejorar las condiciones de la dominación y así perpetuarla.

los que «hacen cuanto está en su mano» por mejorar las condiciones de la dominación y

nombres propios

nombres propios Giorgio ‘Il Barbone’ Tagliatella y los fenómenos paranormales Hemos recibido en la jornada de

Giorgio ‘Il Barbone’ Tagliatella

y los fenómenos paranormales

Hemos recibido en la jornada de ayer, una circular invitándonos a participar de una sesión de espiritismo organizada por la “Sociedad Polaca de Estudios Psíquicos”. Rehusamos el convite excusándonos en miedos ancestrales y dificultades cardiovasculares, que difícilmente soportarían los avatares propios del enfrenta- miento con lo que está más allá. Ciertamente, estos guisos espiritistas, sazonados con tanta cer- tificación y prolijidad, se digieren sólo con la des- esperación porcina de una alcancía. Las delicadas partidas remiten mayormente a un análisis pro- fundo de las posibles estrategias del fraude nor- mal; y no es que no corresponda, pero la expe- riencia mística disminuye. Lo que se estila son al menos veinticuatro horas de rigurosa prepara- ción científica antes de comunicarnos con fuer- zas desconocidas. El controlador de las sesiones, encadenado a otras dos personas, debe por con- trato sospechar de toda vajilla que decida estre- llarse contra la pared, por no hablar del escepti- cismo con que debe experimentar la súbita son- risa del coronel retratado ciento cincuenta años atrás, para luego contener la estampida de quince personas atadas unas a otras, que resuelven exi- liarse de la sala cuando el coronel abandona su óleo y recrimina a diestra y siniestra que la cobar- día personificada señores, fueron ustedes en las batallas de Río Grande do Sul. Tagliatella estre- chó con aquel fango.

botijas de mi barrio me pusieron Juan

Corbata. Lo de Juan fue porque una mañana en que yo había ido a hacer un mandado, un negri- to amigo mío golpeó la puerta de casa y salió mi abuela; que querés, le dijo; el negro Tito de los nervios se equivoca de mote y le dice: vengo a buscar a Juan Cuello; mirá, te voy a decir negro trompeta que mi nieto se llama Luis Alberto y no le pongas nombretes o te voy a arrancar las motas. El negro quedó blanco del susto y cuan- do se iba, mi abuela le grita: ¡y no le dicen Juan Cuello, le dicen Juan Corbata!” Al morir su abuelo en la primavera de 1987, recuerda aquel fragmento que de pequeño encontró en las barbas del difunto un día que compartían empanadas en Pedernal y Garibaldi.

los “

La gracia de las empanadas era carne y jamón y queso; pero mantendrían otros apodos, porque aquella tarde Giorgio no masticó más que aire. Se le humedecen los ojos a nuestro héroe cuando rememora la tunda con que su abuelo recompen- só al Empanador etéreo al comprobar la infamia; y ansioso por agradecer la defensa decide comu- nicarse con el ya fallecido. Las primeras sesiones, en que lo tenemos como único participante, fracasan, y sólo le per- miten comunicarse con el cuidador del Cementerio del Norte, quien sabiamente le reco- mienda una parcela junto al difunto Luis Alberto. Decide entonces un quem quaeritis propio cuan- do corbatas y cuellos lo asfixian y acude, sin for- tuna durante algún tiempo, al médium polaco Frank Kluski:

–Metapolaco, ¿porqué golpearme con su puerta tantas veces? –Debemos atribuirlo, neodepresivo mío, a la ingratitud de alguna fuerza. –Sí, la suya, hijo de una gran siete. Advirtiendo la ira creciente del Nieto aban- donado, el médium puso los ojos en blanco, y entonando algún folclore, saca un péndulo con el que hace jueguito hasta que el Nieto pródigo ronronea en el quicio de la puerta. Admitido en la casa del Polaco, se le asigna una habitación designada con la intención de normalizar su ánimo. Qué calma al despertar la de nuestro Giorgio, lector. Desde allí sale glorio- so y envuelto en sábanas, aquel que tomará asien- to en el chanchullo estofado. La sesión, presidida por Kluski, formó parte de una gira auspiciada por la Sociedad citada y la cacerola donde se guisó fue un salón que Madame de C, aristócrata polaca, alquila al Gran Embaucador. El médium polaco es encadenado al doctor Rehm y a Madame de C., quienes se aferran a sus piernas para disminuir las chances del polaco. El suelo es cubierto con aserrín a cuenta de detectar posibles aberturas. Todos los muebles son retirados, con excepción de la mesa en torno a la que se reúnen los comensales, unas velas, una lámpara apoyada en aquella, y los cua- dros que ilustran la sala. Contaminado por la des-

nombres propios

confianza, Tagliatella se dispone de mala manera a ser encadenado a Sir Oliver Lodge, a quién encuentra de mangas holgadas según declararía al mismo Lodge. Una vez encadenados los doce participantes, un escri- bano firma las ataduras así como una tira de seda que unía los picaportes de la puerta del salón. El recelo de Il Barbone estaba lejos de desaparecer; comenzando la sesión lo tenemos con Oliver Lodge a su izquierda y Eugenia de Noche a su derecha. Más tarde o más tem- prano, en su autobiografía y bajo el epígrafe “Te va a comer el cuco”, haría referencia a este momento:

Encontrar manos condesas y rodillas infantes no aleja la sospe- cha. En dos ocasiones el pulgar del mamotreto Lodge se alejó de mis dominios sensitivos, ahí nomás me prometí que no existiría una tercera escapada y comencé a configurar yo mismo la apari- ción del abuelo. Cómo me justificaba yo delante de esos almáti- cos si el tata no aparecía. Su ausencia me pondría en ridículo; sobre todo ante Eugenia de Noche, que desde hacía tiempo se mostraba extasiada, y quién soy yo si el ascendente considera otras tareas antes que la de permitirme unas lágrimas en sus difusos hombros y dos o tres imprecaciones financiero-heredita- rias. Y aún presentándose, qué si el polaco, o cualquier otro, se descubría culpable del fraude mientras el inocente nieto maravi- llado ante el misterio de la vida. Temeroso de un desplante como estaba; cada fenómeno que se producía era atribuido por Giorgio a señales del mismísimo Luis Alberto. Si la mesa se movía unos centímetros: “Este Juan Corbata siempre igual”; si algún asistente percibía contacto físico:

“Tata, sólo con las manos limpias”. Una vela se elevó derramando cebo en la mesa y Tagliatella contestó:

“Derechito al infierno habrás ido, degenerado”. Pero

la paciencia de aquellos que querían experimentar esa iniciación sin parentescos, terminose cuando un salero impactó en las narices del Nieto descifrador. Giorgio procedió entonces a liberarse de sus veci- nos, atarlos entre ellos y comenzar una fantasmagórica actuación. Oliver Lodge dejó un informe de la sesión, en el que encontramos: “El doctor Reihm tuvo la impresión de que a su lado se hallaba un animal que olía como un perro”; y más adelante: “Durante la segunda parte de la sesión, el ser, demasiado grande, no podía ser un perro, además hablaba y parecía con- tento cuando se le daba un nombre”. Lo vemos inflando su pecho espiritista y deslizan- do su materia ahora alada y etérea cual empanada, como la llamó Manuel Velloso. La luz es también deli- cada y lo protege. Verlo agotar con tanta gracia los movimientos posibles de una extremidad, lector, nadie pudo. Pero es posible imaginar esa escalada al extremo vertical de la habitación, contemplando el círculo mís- tico de los once almáticos, tan crédulos en su inicia- ción al por mayor; y el nieto que se convierte en el difunto convocado y contesta como tal. Ve como las manos se entrelazan conmovidas. Pero el ataúd es pesado y Giorgio no lo soporta sólo, lector, como tam- poco tú podrías, y llora disculpándose. En aquel momento, el Gran Embaucador, fijó su vista en Tagliatella, y alzando su puño en un gesto más halaga- dor que intimidatorio, se pronunció: ¡Que fenómeno!

Tagliatella, y alzando su puño en un gesto más halaga- dor que intimidatorio, se pronunció: ¡Que

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Sentencias y Exabruptos de Nicanor Revuelta

1

Nicanor, envuelto en la nube espesa que siempre le acompaña, con su eterno cigarrillo negro colgado del labio inferior, escucha decir a un amigo —visiblemente preocupado por su adicción—, «¿no has oído que el tabaco compro- mete seriamente la salud?». A lo que Nicanor, después de dar una perpleja calada, sólo puede contestar:

—Claro. La vida, en su conjunto, es perjudi- cial para la salud. Fíjate que, después de consu- mirla, todo el mundo acaba muriéndose.

2

Sobre un artista con reputación de estar com- prometido socialmente, que en los últimos tiem- pos parece haber alcanzado cierto reconocimien- to y estatus, una amiga le comenta a Nicanor, muy irritada:

—Es sorprendente que alguien como él se haya vendido de tal forma. —¿Por qué sorprendente? Quizá lo hayan comprado, por fin, al precio que pedía. —¿Y tú harás lo mismo, entonces? —¡Ah, no! Yo sólo me ofrezco a quien no puede comprarme.

3

En el bar donde Nicanor suele tomar su cer- veza después de pasear por el puerto, muchas veces, cuando no hay partido en la televisión, sur- gen discusiones políticas. Él escucha en silencio, hasta que algún parroquiano pregunta:

—¿Y tú, qué piensas, Nicanor? —Creo —responde—, que la vida existe a

pesar del capitalismo, y que el capitalismo existe a costa de la vida. La gran mentira, muy cómoda cuando se cree sin aspavientos, es que el capita- lismo es la vida misma y que, por tanto, no hay vida más allá del capitalismo. Esto último, por cierto, es algo en lo que creen con fervor capita- listas y anticapitalistas, cada uno a su manera, por supuesto.

4

«La misma típica frase de no hay nada nuevo que escribir después de los clásicos griegos, da la medida de la falsedad de su contenido: evidente-

mente, ningún clásico griego pudo decir que no había nada nuevo que escribir después de los clá- sicos griegos. Ahí está la novedad.»

5

Suele Nicanor pasearse por las cercanías de un vivero que hay a las afueras de la ciudad. Sacia así su escaso interés por lo que él denomina, genéricamente, el campo. En uno de esos paseos, observando una enor- me planta que se alza, amenazante, entre todas las demás, piensa lo siguiente: «Si una planta carní- vora devorase a un vegetariano, ¿podríamos decir que estamos ante un crímen político?»

6

«Un gobierno, de cualquier signo, sólo puede atender a un pequeño número de grandes intere- ses».

humor

humor

Reseña sobre el documental:

un cine vehicular

por David Barber

«A mí no me gusta sugerir algo, dar una recomenda- ción a mi audiencia. Eso es lo que hoy en día el cine de Hollywood hace, guiar al público hacia donde ellos quieren. Lo que yo pretendo es que el público mire la pantalla sin que yo le indique nada»

Abbas Kiarostami

Hoy voy a escribir sobre ese cine que no tiene litera- tura narrativa ficticia, ni argumento. Este tipo de cine no necesita buscar una relación externa al espectador como punto de luz para dar coherencia y estructura al relato fíl- mico. La dialéctica que usa es la del testimonio, el de la vida propia, de carne y hueso. Es un de cine que grita frente a la fisura, frente al abismo de los olvidados, de los que no tienen voz, ni cara, pero sí cuerpo y algo que mos- trar.

Este cine documental no se mueve por los sólidos pavimentos de las grandes urbes, ni come en los restau- rantes con estrellas michelín, no se pasea en limusina por Sunset Boulevard, ni lleva peluca, ni tan siquiera maqui- llaje; la luz que usa es la del sol, y los vientos que suenan, son los que buenamente se tercian.

Este cine crece en todas partes, no necesita sellos con tipografía dorada, ni grandes letras que coronen monta- ñas; nos lo encontramos en las manos de Iñaki Arteta, Elias Querejeta, Mercedes Alvárez, Pino Solana, Abbas Kiarostami, Victor Erice, Ross Kauffman y Zana Briski; Rithy Panh, Marta Rodríguez y Jorge Silva; y Nahuel García, entre muchos más, que les vale con tan solo una cámara, un buen ojo cercano que sepa ver, hablar y sobre todo, que escuche las voces mudas.

Son documentos personales que no van dirigidas a la comunidad en conjunto, a esa turba de gente que com- parten corro y orejas, sino que van dirigidas a los espec- tadores en su individualidad, para llegar a la entraña. Ya no busca al espectador holgazán de domingo; porque, según creo, estas películas se debieran proyectar entre semana y tienen que ser misivas que lleguen al especta- dor, que acerquen dos superficies distintas en un princi- pio, pero igualmente compatibles. El lugar que ocupas, sí importa aquí.

reseñas

Los documentales a los que me estoy refiriendo, te reúnen con la circunstancia de lo concreto, con un tema desnudo de superficialidad, te lo muestran después de despojarlo de lo innecesario. Aquí no se apoyan en gran- des tramas argumentales donde las personas se convier- ten en personajes por un momento, sino que comparte persona y personaje la propia vida, son los personajes llamados absolutos, con vida propia que hablan al espec- tador y que seguirán hablando después de las cámaras, aunque su voz ya no se oiga.

Las cámaras dejan atrás las páginas de los periódicos y se adentran en la noticia en primera persona, para poder después decir: Yo. Los creadores de los docu- mentales se trasladan a lugares unas veces inhóspitos; otras, a lugares olvidados, o quizá a la vuelta de la esqui- na, con la única función de captar la forma visual de los hechos concretos. Se introducen en ellos para hacer una memorable estampa, una muestra concreta. Paralizan el tiempo remoto concretizándolo, dando color a los nom- bres propios, acercándonos a unas realidades inusuales, arrugando el mapamundi, para unir dos versiones distin- tas.

Aquí el interés se traslada de las taquillas a la comu- nicación del mensaje. La gramática que usa es la de la prosa, pero no cualquiera, sino aquella que emociona, que hace que el espectador se de por comunicado, que experimente el mensaje. Y aquí es donde radica todo el peso del documental, alrededor del que gira todo el mús- culo del fenómeno.

Dos de los elementos que más peso toman en estos documentales son la música y la fotografía. Tanto una, como otra serán catalizadoras del mensaje, serán capaces de hacer que el mensaje nos llegue íntegro.

Supongo que después de lo dicho, nadie tendrá en mente esos documentales que son verdaderos fósiles de museo, que no se preocupan más que de ir coleccionan- do datos, y en un efusivo arranque de notoriedad, inter- pretando mientras caen las balas; ni tampoco esos otros “arengosos” de pasquín.

Estos nuevos documentales hacen un trato distinto de los datos, mucho más íntimo y personal. Para empe- zar, ya no se consideran datos, sino hechos reales. El tiempo que toman es el real y te lo entregan sin modifi- carlo, solo lo calcifican hasta la entrega.

Levántate y camina. Recuerda que este cine te ha hablado a la cara, sin bajar los ojos, sin ninguna muestra de conferenciante cansado, ojeroso y moralista.

reseñas

Oficios de las máscaras absurdas

por Diego L. Monachelli

“Yo soy un muerto. Un muerto en vida.” Jacobo Fijman

Existen rituales silenciosos, perversos. Manos indi-

ferentes que los llevan a cabo como un gesto banaliza-

do por la rutina burocrática, por el alejamiento de lo

esencial y desconocen esa larga e inextricable sucesión

de hechos que culminan en un pie, en el dedo de ese

pie, en el delgado hilo que lo circunda, en el cartel que pende de él y tiende hacia el suelo y lo muerto retiene como último gesto de resistencia. La tinta insensible señala, sin decir nada acerca de la vida: Jacobo Fijman. 72 años. Muerto de edema pulmonar. “El viento tiene los pies desnudos… Los días levan sobre su cuello la noche imperfecta de su muerte… La noche es la luz donde los muertos reposan su sole- dad… He sido el más ausente: el buscador de formas! Del sándalo purísimo del sueño trabajaron la balsa de

mi vida y todavía el muelle de mi ser bosteza… Los cie-

los mueven el puente de los días… Ahora vivo detrás

de mí, ventana sobre los astros…”

La ironía de los días había ejercido su capricho y él, que reclamaba en el verso “Yo soy un muerto. Un muerto en vida”, el 2 de Noviembre, el día de los muer- tos, de 1942 era internado en el por entonces llamado Hospicio de las Mercedes. La policía había allanado

unos días antes el ático donde vivía sobre la avenida de Mayo. En él sólo encontraron dos carpetas con apuntes y dibujos, una caja de lápices, un centenar de libros, un peine y una única muda de ropa sucia. La comunicación

de la internación decía:

Hospicio De Las Mercedes, 30 De Noviembre De 1942.

Tengo el agrado de dirigirme a V.S. para manifes- tarle que el sujeto JACOBO FIJMAN ha sido remitido por la Policía de la Capital Federal a este Hospicio, el día 2 de noviembre por hallarse afectado de alineación mental, la que fue diagnosticada de Psicosis Distímica- Síndrome Confusional.

En los límites inimaginables del Hospital Neuropsiquiátrico “Borda”, el propio Fijman diría:

“Desde niño me llamaban El Poeta. Mi cuerpo se acos- tumbró a alimentarse del dolor… Esto no es ambiente para la poseía. Hasta ella se espanta en este sitio. Si, estoy de paso. Veintiocho años que estoy de paso”.

“El silencio le ha puesto al viento un candado de horas”

Jacobo Fijman había nacido el 25 de enero de 1898 en Orhei, un pueblo de Besarabia (región entonces bajo dominio de la Rusia zarista, hoy perteneciente a la República Moldava). Su padre, Samuel Fijman y su madre, Natalia Fedora Súriz, junto a Jacobo y sus dos hijas Fedora y Aída, deciden emigrar a la Argentina huyendo de la persecución antisemita en 1902. Se ins- talan en Río Negro, en Choele-Choel. Su padre trabaja como colocador de vías ferroviarias. La familia vive en campamentos. Jacobo, el primogénito, inicia los estu- dios primarios pero, presionados por la situación eco- nómica, los Fijman se trasladan a Lobos, provincia de Buenos Aires. Por ese entonces el padre logra adquirir una tienda modesta. La economía es deficitaria y como consecuencia llega a la quiebra. Poco tiempo después, ya agonizante, el padre, ante la insistencia de su esposa para que le revele si tiene guardado algo de valor, le entrega una manzana.

“El corazón del mundo en nuestra boca”

La situación económica nunca mejoraría y en Mayo de 1910 Jacobo Fijman es enviado a Mendoza; al cui- dado de parientes lejanos, donde comienza sus estudios secundarios; estudios que concluiría en Lobos. Luego abandonaría definitivamente a su familia, hacia 1917, y haría una breve escala en la Facultad de Filosofía y letras. Como autodidacta desarrolla una desbordante actividad; estudia filosofía, leyes, matemática, gramáti- ca, medicina, astrología y adquiere un gran conoci- miento de griego, latín y francés. Sigue estudios en el Profesorado de Lenguas Vivas y egresa como profesor de francés, materia que luego enseñaría por escasos meses en el Liceo Nacional de Señoritas de Belgrano. Sin olvidar su gran afición a la música que lo lleva al estudio del violín. Instrumento que ejecutaría con gran destreza. De esta época datan sus primeros poemas, pero son años turbulentos, confusos y hundido en una oscura crisis emprende un viaje por todo el país, donde se gana la vida como músico ambulante. Lo guía el hambre y una imperiosa necesidad de búsqueda. Tiene 21 años. El próximo paraje es el Chaco Paraguayo. Allí se emplea como peón en un aserradero para su preca- rio sostén. A su regreso en 1921 a Buenos Aires Fijman se des- empeña como periodista, pero los días le reservan crue- les jugadas. Sufre un confuso episodio, es detenido arbitrariamente por la policía , maltratado y objeto de vejámenes, conducido primero al Instituto de Detención de Villa Devoto, luego al Hospicio de las Mercedes. Ingresa el 17 de Enero de 1921 y es dado de

alta el 26 de julio del mismo año. Los castigos a que es sometido influirán decisivamente en toda su vida. Muchos años después le contaría acerca de esta extraña detención a Zito Lema, “Hace ya de esto muchos años.

Yo era joven. (

respuesta a los golpes y me quedé quieto contra la pared…” Los años venideros no son más benevolentes con él, la miseria lo acosa. Vive en Uruguay donde trabaja en una casa editora y desde Montevideo envía sus pri- meros poemas de juventud a su amigo Carlos M. Grünberg. Cuatro de ellos se publican en la revista Vida Nuestra (de la comunidad judía en Buenos Aires). Luego publicará en Noticias literarias (de Buenos Aires) su comentario ‘El lector de Bach’. Vuelve a la Argentina y se incorpora al grupo literario Martín Fierro. Allí conoce a Borges, Girondo, Marechal, Macedonio Fernández, Pompeyo Audivert, José Planas Casas, Alfredo Bigatti, entre otros. Colabora en distin- tos periódicos y revistas: “Vida Nuestra”, “Mundo

“Yo soy el Cristo Rojo” fue mi única

)

Argentino”, “Revista Número”, “Martín Fierro”, “Arx”, “Crítica”. Su obra poética recibe elogios públi- cos de Raúl Scalabrini Ortiz y Antonio Vallejo.

“Es muy larga la noche del corazón”

El 1º de setiembre de 1926 edita en Buenos Aires su poemario Molino rojo (editorial “El Inca”, 94 pági- nas, edición de 5oo ejemplares. Reúne un total de 41 poemas), con xilografías de Pompeyo Audivert y José Planas Casas, financiado en parte con la venta de las propias ilustraciones de Fijman. Este libro aparece en un momento de gran desequilibrio político y social. El título es inmediatamente asociado a los movimientos anarquistas y socialistas. Por el contrario, Fijman busca “esos estados del alma” donde habitaban los fantasmas, el espanto de su internación dentro del hospicio y la abominable postración de un hombre que hallaba en la demencia un instancia poética muy superior a la de cualquier mortal. Él mismo hablaría así de su libro, desde su última internación: “Molino Rojo recuerda la demencia, el vértigo. Yo buscaba un título para esa obra que significara mis estados y reparé en un molinito viejo que tenía en la cocina. De color rojo. Para moler pimienta. Y vi en ese objeto todo lo que mi poesía que- ría expresar”

“En el sueño del padecer nacen albas”

A comienzos de 1927 viaja a Europa ayudado y en compañía de Oliverio Girondo y Antonio Vallejo. Del otro lado del Atlántico, el surrealismo, está en su apo- geo. París es Reino de la Poesía, de la Cultura. Poco antes de su viaje a Francia, Fijman relata: "Un presagio

reseñas

me inquieta: si el barco naufragara en el camino a

Europa sufriría dos tragedias: el cambiarme las medias y lavarme la ropa". Desembarca en París y una noche conoce a varios de los precursores del nuevo movi- miento. "Nos citamos para leer poemas, estaban

Con Artaud nos conocimos

en un café, en la Coupole. Estuvimos a punto de pele- arnos. Yo me identificaba con Dios y Artaud con el dia- blo. Y el Conde de Lautréamont era un loco perverso. Se había entregado a los vicios y hacía con ellos poe- sía". Luego de esa estadía en Francia viaja a España, conoce la tumba de Don Quijote de la Mancha, de Sancho Panza y de La Gitanilla. Y le da la mano a Don Miguel de Cervantes y Saavedra, “que estaba lleno de telarañas pero no tenía mal olor”. Se hace amigo de Valle Inclán, a quien salva de un atentado y le regalaría un paquete de cigarros de las Islas Canarias. El largo viaje parece concluir y envuelto en una gran confusión teológica regresa a Buenos Aires, pose- ído de una profunda crisis religiosa. Vive en la indigen- cia. "Sus bolsillos abultados, llevaban un rosario, un catálogo que reproducía las vírgenes del Louvre, y algu- nas estampas de santos"- narra el escritor Juan Bajarlía. Poco tiempo después Natalio Botana, director del dia- rio Crítica, convoca a los mayores exponentes del grupo Martín Fierro y junto a Enrique Pichón Riviere, dan forma a las columnas de arte y cultura. Por este entonces traba amistad, en “La Peña” del Tortoni, con Quinquela Martín y Alberto Pineta. Participa junto con Pompeyo Audivert en la reuniones de ‘‘Camuatí’’, una agrupación de trabajadores de la cultura. Comienza a asistir con su amigo Mario Pinto a la iglesia de los Benedictinos y se vincula con escritores católicos con quienes comenzarán a publicar, en 1929, la revista Número: Ignacio B. Anzoátegui y Osvaldo H. Dondo, entre otros. Ese mismo año es bautizado en la Parroquia de San Benito, en Buenos Aires y convertido al catolicismo; escribe su segundo libro Hecho de estam- pas, publicado en Buenos Aires en 1930 (edición de 500 ejemplares. Manuel Gleizer editor. Reúne 15 poe- mas) y es bien recibido. En la revista católica Criterio, Tomás de Lara destaca su figura y obra poética:

"Hablamos de poetas, como el autor de este libro, que en una atención tensísima se revela eso, un poeta; pero su poesía no se percibe a la luz del sol, fuerte y femeni- na a la vez, como debe ser; sino escondida en un salón, agobiada de joyas, de metáforas, de conceptos, casi ocultada". El mismo Fijman decía de su libro: “En cuanto a Hecho de Estampas, yo trataba de volver a la filosofía escolástica. Y volver fundamentalmente a Aristóteles. Y en una visita al museo del Louvre quedé impresionado por los maestros clásicos, por su pintura religiosa. Cuando luego vi unas estampas de esos cua- dros religiosos, las asocié a mis poemas. De ahí Hecho de Estampas”. En 1930 Aparece el primer aviso en la revista

Breton, Desnos, Eluard

reseñas

Número con el anuncio de la próxima publicación de

San Julián el Pobre (cuentos), de J. Fijman, editado en

la ‘’Colección Signos’’ de la editorial Número, edición

no concretada. En junio colabora con la revista Ichthys

y obtiene una cátedra de Francés, lo que le permitirá

más tarde y con sus propios ahorros, volver a Europa. Recorre Italia, España y Francia. Finalmente llega a Bélgica, con la ambición de tomar votos sacerdotales y dedicarse a la penitencia entre los benedictinos; pero es rechazado por la jerarquía Benedictina. En el transcurso de 1931, edita, con el apoyo de Osvaldo H. Dondo, su tercer y definitivo libro, Estrella de la mañana (et dabo illi stellam matutinam). La Argentina es gobernada por la dictadura de José Félix Uriburu y la presencia militar en las calles es una cons- tante. "El libro, corresponde a la época más oscura que he conocido en este país. La gente era perseguida de la manera prevista por el Apocalipsis".

“Golpeamos llenos de horror las voces que enlazan palabras”

Durante la década que va de 1932 a 1942 publica dos poemas en el diario La Nación. Muere su madre, por quien Jacobo sentía profundo amor; el poeta asiste fugazmente al velatorio. Publica en la revista ARX su poema Letanía del agua perfecta. Escribe muy poco, pinta, vive en conventillos, por las noches toca el violín en tugurios para poder subsistir y es paulatinamente absor- bido por su misticismo. La vida del poeta se limita, según su testimonio y el de quienes lo conocieron, a intensos estudios y lecturas: escolástica, gramática, len- guas, teología y filosofía. Se entrega por completo al estudio de los maestros de la patrística griega y latina. Para ello asiste, en soledad, durante años y cotidiana- mente, a importantes bibliotecas de Buenos Aires, en primer lugar la Biblioteca Nacional. Sí, concurría asi- duamente a la Biblioteca Nacional Argentina hasta octubre de 1942, cuando el director de la misma, Gustavo Martínez Zubiría, decidió prohibirle la entra- da aduciendo que se había dirigido de manera irrespe- tuosa y violenta al personal. Atacado por una de sus cri- sis, deambuló varios días por la ciudad, y su comporta- miento errático llevó a que la policía allanase el ático en que vivía sobre la Avenida de Mayo. Lo detienen y es llevado a la cárcel de Villa Devoto, donde permanece dos días. Hambriento, sin familia, sin amigos y en una crisis espiritual total, Fijman es internado por segunda

y definitiva vez en el Hospicio de las Mercedes, con

diagnóstico de Psicosis Distímica, Síndrome Confusional. A pesar de todo, sobreponiéndose a todo, pinta y dibuja con mayor asiduidad, desarrollando una obra de singular importancia; y continúa con su poesía; alcanzando con ella estados que casi no admiten com- paración en la literatura americana. Desde entonces

vivirá allí hasta el día de su muerte. Durante esta inter- nación y como era buena costumbre para la salud de los internos sufre la aplicación de electroshock. Fijman, mucho tiempo después, ironizaría: "Me aplicaron elec- troshock. Se ve que querían sacarme la enfermedad del cuerpo". Unos ocho años después, hacia 1950, es tras- ladado sin consideración alguna a la siniestra Colonia de Alienados ‘‘Open Door’’. Permanecerá en esta colo- nia dos años hasta que el psiquiatra Jorge Saurí y Osvaldo Horacio Dondo, amigo de Fijman, lo retiran de la colonia «Open Door» y lo llevan de regreso al Neuropsiquiátrico ‘‘Borda’’. En el año 1948, Leopoldo Marechal lo incluye junto al pintor Xul Solar y al escritor Macedonio Fernández en su mítico libro, Adán Buenosayres. Aquel extraño habitante de la noche parisina, que volvía de sus largas caminatas con una crónica inusual sobre algún aspecto de la ciudad, era ahora Samuel Tesler. En el comienzo de la obra nos ofrece un perfil de filósofo parodiando las Vidas de filósofos ilustres de Diógenes Laercio y escribe: “Bien que su padre fuera sólo un discreto remendón de violines y su madre apenas una dulce teje- dora de cáñamo, Samuel Tesler afirmaba descender en línea recta de Abraham el patriarca y de Salomón el rey, y cuando alguno ponía en duda el carácter sacerdotal de su estirpe, exhibía su frente rugosa en la que juraba y perjuraba sentir los dos cuernos de los iniciados. Un lustro apenas tenía cuando emigró con su tribu y sus dioses a las tierras del Plata, donde creció en fealdad y sabiduría, recorrió paisajes, tanteó caracteres, estudió costumbres, y gracias al más asombroso de los mime- tismos llegó a considerarse un aborigen de nuestras pampas, hasta el extremo de que, mirándose al espejo, solía preguntarse si no estaba contemplando la mismí- sima efigie de Santos Vega”. Fijman fue uno de los pocos personajes que Marechal reconoció como fuen- te de inspiración para componer los personajes del Adán Buenosayres. Al respecto afirmaba: “Quise incor- porarlo a la mitología de nuestra ciudad, junto al Xul Solar, señalando su categoría de héroes metafísicos, es decir, en un nivel superior del mito”. También en 1985 una semblanza póstuma lo recordaría como Jacobo

Fiksler en la novela El que tiene sed, de Abelardo Castillo.

El 3 de enero de 1953 Lisardo Zía publica en el dia-

rio Clarín la primera recordación pública que se hace

del poeta después de casi dos décadas de silencio. Luego, entre 1957 y 1959 también es recordado en notas periodísticas de Juan Carlos Ghiano, León Benarós y Alberto Pineta.

A fines de la década del 50 y en la del 60, Fijman -

que hace esporádicas salidas para pasear, visitar a cono- cidos y concurrir a bibliotecas- entrega dibujos y origi- nales de sus poemas a algunas personas: Osvaldo H. Dondo, Lisandro Z. D. Galtier, Juan-Jacobo Bajarlía y la bibliotecaria Larisa Danzini, entre otros. En 1962 y en 1964 es incluido en dos importantes antologías poé-

ticas, y por fin en 1966 Lisandro Z. D. Galtier publica

en la revista Testigo dos poemas inéditos de Fijman, los primeros después de tantos años de silencio. Una publi- cación psiquiátrica hace lo propio con otro poema en

1968.

“Bajo a mi oscuridad y avanzo entre mis brazos… Arranco vísperas de muros inclinados”

A partir de este mismo año, la vida del poeta, que- dará marcada por la presencia del escritor y abogado Vicente Zito Lema, a quien Fijman concederá los más lúcidos conceptos sobre el arte y la locura y en quien depositará uno de sus máximos temores. "Sé que den- tro de muy poco me voy a morir. Ya soy viejo y he sufri- do lo suficiente. Pero tengo miedo de lo que me espe- ra. No de la muerte porque ya estoy muerto en Cristo sino de que me abran la cabeza como hacen con todos los internos. ¡No quiero presentarme ante Dios cuando resucite con el cerebro dañado y chorreando sangre! Mi vida ha sido el estudio, la poesía, quiero estar hermoso, digno. Además va a estar ella, la Virgen, la única que no se burló de mi amor, ni me rechazó". Luego de una extensa lucha, Zito Lema es nombrado curador de Fijman, cargo que le permite llevarlo a vivir los fines de semana a su propia casa. En 1969, un grupo de perso- nas, encabezadas por el joven tutor del poeta, edita el primer número de la revista Talismán, íntegramente dedicada a “Jacobo Fijman, poeta en hospicio”, y así se inicia la tarea de divulgación y rescate de la obra del poeta quien a pesar de su total lucidez y capacidad inte- lectual, sigue siendo considerado “incapaz” por la justi- cia. "No soy enfermo. Me han recluido. Me consideran un incapaz. Quiénes son mis jueces… Quiénes respon- derán por mí. Hice conducta de poesía. Pagué por todo”. También a mediados de ese año aparecen en la revista Extra, propiedad del periodista Bernardo Neustadt, una serie de notas firmadas por el propio Fijman. La dictadura de Onganía agoniza, la idea de una Argentina más próspera es sólo una ilusión y la vio- lencia recrudece. Al año siguiente, Fijman es invitado al programa de televisión "La Ciudad Creadora", emitido por Canal 7. Lo acompaña, entre otros el actor

reseñas

Federico Luppi. En un momento dado sucede algo impensado. Fijman alza la vista, acaso como si hubiera visto la luna que tanto amaba, y dice: "Tengo que con- tar un secreto que llevo toda la vida conmigo". Las cámaras lo buscan, quieren el mejor plano. Hay expec- tativa, y como un golpe en pleno rostro, afirma: "todos los domingos, en misa, los sacerdotes comen mierda". El silencio recorre el estudio y la tensión se hace inso- portable. El poeta acaba de propiciar la más fulminan- te declaración escuchada, por aquellos años, en un medio del Estado. Y lo sabe. Como también es cons- ciente de que la muerte está a pasos de hacerle la últi- ma zancadilla "¿Se ocupará de mi cuando muera? Sáqueme a toda prisa de la morgue. No dejen que me destrocen. ¿Me lo promete?"- le suplica a su amigo Vicente Zito Lema quien en 1970 publicaría “El pensa- miento de Jacobo Fijman o El viaje hacia la otra reali- dad.”

Martes 1º de diciembre de 1970 Jacobo Fijman muere en el Hospital Nacional Dr. José T. Borda, ex Hospicio de las Mercedes, como con- secuencia, según el parte oficial, de un edema pulmonar agudo. Es velado, con la presencia de unos pocos ami- gos, en la sede de la Sociedad Argentina de Escritores. “Poeta”, Jacobo Fijman, como dijeron las necroló- gicas de aquél entonces; hombre al que es difícil con- templar separadamente de su propia obra, un asceta que vivió para el verbo y que tras los 28 años de inter- nación y de los terribles obstáculos que esto suponía, continuó escribiendo, dibujando y pintando. Un hom- bre que sólo dejó tres libros publicados, un cuaderno con dibujos, lo que llevaba puesto y mucho por contar.

“Mi soledad es pura, como un desierto lavado en estrellas; alta cual la montaña en que resbalan mis espantos”

“La vida de Jacobo Fijman ha sido una constante peregrinación hacia Lo Absoluto. Su original obra lírica permanece en armonía con sus ideales espirituales; lo que pone en duda el grado de su presunta insania”.

Para esta breve cronología (de la que se omitieron muchos detalles) se han consultado y utilizado:

Molino Rojo, Jacobo Fijman: Publicado el 1 de septiembre de 1926. Editorial “El Inca”, 94 páginas, edición de 5oo ejemplares. Reúne un total de 41 poemas. Hecho de Estampas, Jacobo Fijman: Escrito en 1929, durante su estadía en París. Publicado en Buenos Aires en el año 1930. Edición de 500 ejemplares. Reúne 15 poemas. Estrella de la Mañana, Jacobo Fijman: Publicado a mediados de noviembre de 1931 por la Editorial Número. Edición de 500 ejemplares. Reúne un total de 42 poemas. Textos diversos de: Centro Jacobo Fijman, Vicente Zito Lema, Jacobo Bajarlía, Revista Talismán, Inmaculada Decepción, Leonardo Iglesias, Marcelino Alvarado, Crónica Literaria, Carlos Ricardo.

reseñas

Molino Rojo:

Sobre este texto V. Z. Lema:

”Es total la entrega al sufrimiento como único camino a la verdad. He leído tantas veces estos poemas

podido expulsar la sensación de remordimiento que me causan. Alguien está diciendo: soy de los que no vuel- ven, hermanos míos; la oscuridad ha sido franqueada”. “No se concibe el mundo de Fijman, sin el convocar de las esencias de lo eterno, sin el castigo, sin la soledad. Pero Fijman siempre ha tenido total conciencia de sus elecciones, preveía los castigos que su actitud iba a desencadenar en la sociedad”. ”Toda su poesía ha quedado marcada en su cuerpo”.

y no he

CANTO DEL CISNE

ALEGRIA

Demencia:

El camino más alto y más desierto.

Oficios de las máscaras absurdas; pero tan humanas. Roncan los extravíos; tosen las muecas

y descargan sus golpes

afónicas lamentaciones. Semblantes inflamados; dilatación vidriosa de los ojos en el camino más alto y más desierto. Se erizan los cabellos del espanto. La mucha luz alaba su inocencia.

El patio del hospicio es como un banco

a lo largo del muro.

Cuerdas de los silencios más eternos. Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío. ¿A quién llamar? ¿A quién llamar desde el camino tan alto y tan desierto? Se acerca Dios en pilchas de loquero,

y ahorca mi gañote

con sus enormes manos sarmentosas;

y mi canto se enrosca en el desierto.

¡Piedad!

Agua de sol, cencerros de horizontes enlazaban la intensidad armónica de nuestros cuerpos claros y vigorosos, en plenitud de luces infinitas. Sones de llamas en el aire rosado; jadear de bosques y expansión de mares. ¡La danza de la tierra! ¡La sinfonización del universo! Y repicaban los paisajes; agua de sol, cencerros de horizontes. ¡La alegría del mundo en el pecho redondo de la tarde!

MADUREZ

Soles ancianos;

madura el horizonte en los caminos.

Tu piedad es alondra en mis mañanas.

¡Hazme nuevo en los cantos de tu vida!

Mi sueño es un aroma

gris y ya viejo de sí mismo.

¡Ah, cómo son de tristes las madureces!

Mi soledad es pura,

como un desierto lavado en las estrellas; alta cual la montaña

en que resbalan mis espantos.

Todas las albas de la eternidad dejáronme las huellas de sus anunciaciones; pero mi sueño es gris y viejo. ¡Madura el horizonte en los caminos!

Estrella de la Mañana:

reseñas

Refiere V.Z. Lema:

“Es un libro de sentido místico.”

“No existe en nuestra literatura nadie de semejante categoría en el tratamiento poético de las escenas religiosas, y

de su formación espiritual

profunda vía purgativa de los sentidos. Dios está presente, nombrado, reiterado en el texto y él lo busca como des- tinatario”. “Lo particular de Fijman, es no solo la época y el contexto social dentro del cual ha desarrollado su obra, sino fundamentalmente, el haber llevado hasta sus últimos extremos el delirio místico, con la consecuencia previsible

de que los símbolos objetos de su canto, toman apariencias, despiertan sensaciones y asociaciones totalmente aje-

nas a todo dogma o doctrina religiosa. Dios en Fijman es realmente la última forma del amor”.

Es que Fijman es el poeta que escribe para Dios. Todo ese libro es una constante,

VI

Sobre mis manos agudas descienden las llamas de las visiones. Soles y soles. Corren los soles soles y soles.

Aguas y aguas corren las aguas sobre la luz, sobre

las

aguas multiplicadas.

Mi

boca grande de oración derrama vuelos.

Amo tu nombre con pavor amoroso. Con pavor amoroso mi camino se alegra y

regocija con tu nombre.

Oye mi soledad; mira en mi llanto.

Mi sed crece en mi llanto; tu soledad llega a mi

llanto.

Ha

entrado la noche en nuestro llanto.

XII

Los días anchos, las noches largas,

los días altos y las noches profundas entran por

muertes de

cruz.

Días y noches en luz donde los muertos reposan

su soledad comenzada y desmenuzada. Días y noches acabados

comienzan a desmenuzar las tierras y los cielos.

La noche en luz

donde los muertos reposan su soledad de niños cantores arraigados en

Cristo,

desmenuzados en

Cristo.

La tierra se reposa en la belleza de toda la

semejanza en su belleza. Aman los días entrados en misterios, días de amor de adentro de los días del más puro gozar. Días cuajados de padecer de días en llanto. Padre nuestro que estás en los cielos

En el próximo número publicaremos más poesía de Jacobo Fijman y una entrevista realizada por Zito Lema al poeta realizada en el Hospital Psiquiátrico Borda.

reseñas

Con fragancia de abismo gravita un pétalo

por Mónika González

” Escribía en una libreta, con notas al margen

que amplían el conocimiento de su personalidad. De los cuatro hermanos fue la única que no tuvo interés en publicar su obra y a menudo repetía: La que vale es Dulce María, de ella deben hablar.”

Así era Flor, del cuarteto formado por los herma- nos Loynaz, la de personalidad más impactante. Nació el 11 de Octubre de 1908, en la casa No. 18 de la calle San Rafael esquina a Amistad. Fue bautizada con el nombre de Flor Crombet debido a la amistad que unía a su padre, el General Enrique Loynaz del Castillo con el notable patriota. Marcada desde pequeña por la influencia poética que ejercía la figura de su hermana, escribe el primer poema, Ocaso, a los once años y lo dedica a la madre. Habiendo profanado de esta forma el silencio blanco de las hojas, ya no podría volver atrás; negarse a las palabras, al punto que tenía la facilidad de componer sonetos mientras dormía, luego los copiaba al desper- tarse, a causa de este fenómeno literario Dulce María comentó en una entrevista: “ Los poemas los sacaba de su cabeza, cual si los temas y las cosas las hubiera grabado. Sin embargo en lo que quedó de su obra, existe no sólo sensibilidad, sino que brilla un oficio, una técnica muy suya.” Ciertamente la poesía de Flor Loynaz se encuentra subrayada desde un inicio por los caprichos de la espontaneidad. Versos apuntalados contra temas inve- rosímiles de su vida rescatan del interior de esta forma de ser los últimos rezagos de cordura, acomodados con sencillez y lirismo. Acostumbrada a la excentricidad en el año 1934 consigue escandalizar a la aristocracia habanera, ami- gos y familiares al raparse la cabeza y exhibirse por las calles de la ciudad manejando su Fiat, o bajándose a tomar un ron en El Templete, conversando con quie- nes frecuentaban el bar. Si le preguntaban por su abundante cabellera, respondía: “El pelo es una cosa superflua, las personas son bellas o feas, inteligentes o tontas sin ayuda de los pelos ” La llegada a la Habana de Federico García Lorca, suceso antecesor al de su cambio de peinado, contri- buyó a aumentar la extravagancia de esta mujer, pues en compañía de su hermano Carlos Manuel y del poeta, se paseaba desenfadadamente por el bajo mundo de los muelles habaneros, tomando ron, jugan-

do billar o cubilete en los bares; según confesión pro- pia, fueron estos algunos de los mejores momentos de su vida. Si Lorca ganó predilección dentro del círculo de amigos escogidos por Flor, Juan Ramón Jiménez no corrió la misma suerte. Lo encontraba impenetra- ble y tales conjeturas acerca del carácter del andaluz la llevaron a negarse a entregarle sus poemas para la publicación de la famosa Antología de la poesía cuba- na en 1936. Ese mismo año decide casarse con el arquitecto de origen inglés Felipe Gardyn, unión que no duró casi nada. Flor pretendía que su esposo permaneciera en casa usando una armadura semejante a la que vestía el Rey Arturo, tamaña bufonería no le hizo gracia al señor Felipe. Gracias al empeño de vivificar cada uno de sus idi- lios logró Flor acaparar la atención de personalidades de talla universal, como el cineasta cubano Tomás Gutiérrez Alea ( Titón) quien escribió en su libro Los filmes que no filmé: “Vivía aislada en la casona con más de cuarenta perros. Era una personalidad extraordina- ria. Siento no haber hecho algo con ella en cine, no haber dejado testimonio de ese personaje tan rico de

nuestra realidad. (

Flor hubiera resultado una película más interesante que Los sobrevivientes.” En el año 1984 Flor es ingresada en el hospital Hermanos Ameijeiras para ser operada de cáncer en la garganta, en ese lugar escribió sus último poemas, enorme valentía que no sirvió de mucho. Un año des- pués, el 22 de junio de 1985 desistió de sus delirios; rodeada de su hermana mayor y unos pocos amigos que interpretaron su partida como único gesto de cor- dura; estos mismo fueron quienes la acompañaron hasta el cementerio. Nadie despidió el duelo, sólo se escuchó la palabra de Dulce María que, cumpliendo su última voluntad, susurró el final del poema En víspe- ras de una segunda operación.

)

Quizás si hubiera hecho algo con

“ En cuanto a mí, casi no pido nada; sólo que pongan en mi mano helada el eslabón de una cadena rota”

Soneto al ron

Si de tu mal he de morir un día,

que llegue a mí la muerte en buena hora.

Si

es veneno, por cierto que atesora

la

belleza, el amor y la poesía.

Trae la copa triunfal

apasionadamente la incolora bebida que me embriaga seductora adormeciendo mi melancolía.

apuraría

Y los que dicen acertadamente

que a causa tuya, moriré temprano, sepan que yo lo sé, y que demente,

fascinada tal vez por un lejano

sueño que se hizo sed, bajo la frente

y mendiga de ti, tiendo la mano.

(193_?)

A la “ Bobina”, mi FIAT de 1930

Muéstrate indiferente o refractaria

al elogio que tienes bien ganado,

pues que sin duda aquel que te ha elogiado

desconoce tu alma extraordinaria.

Alma que de manera involuntaria

a

la par que tu hierro se ha forjado;

el

alma de un titán encadenado

-grande y sumisa- está en su maquinaria.

Temo que te rebeles algún día , cansada de mi frágil tiranía; en tanto vas veloz cuando yo quiero sin que nadie jamás ose alcanzarle pues te envidio el corazón de acero.

(1935)

La vida es quien me mata:

parece que conmigo El Amor y la Muerte se han dado por vencidos.

 

(1946)

Hasta ahora la Muerte fue implacable conmigo:

que mucho me ha quitado ¡y además no me quiso!

 

(1946)

reseñas

A una hoja de papel que me regaló Dulce María ( Regalo inconcebible en estos tiempos)

Es una fina hoja de papel con la que alegre el viento jugaría:

¡ Cuántas cosas en ella contaría que al corazón me suben en tropel ¡

Mas, seguiré guardándolas en él, en esta delirante algarabía donde el llanto, la risa y la poesía se mezclan como acíbar, sal y miel.

Dejemos esta hoja en su pureza guardando la palabra inmaculada:

Si quiere, por el viento arrebatada,

andar el mundo

que no será mi mano fatigada quien sujete su vuelo a mi tristeza.

¡ Vuelve con presteza!

(1976)

sótano

sótano página 38

sótano

El sótano: Oscar Grillo

sótano El sótano: Oscar Grillo Oscar Grillo nació el 28 de agosto de 1943. Originario de

Oscar Grillo nació el 28 de agosto de 1943. Originario de Lanús, ingresó en 1950 en la escuela Panamericana de Buenos Aires. En 1959 publica viñetas de humor en la revista Tía Vicenta. Un año más tarde comenzó a trabajar como animador asistente en Popeye y en Sir Wellington Bones Show. Entre 1960 y 1969, al mismo tiempo que se desempeña en animación, trabajó como dibujante de humor para revistas, como ilustrador de libros, y de pintor. En 1969 se trasladó a España donde ilustró Esperando a Godot, El Hombre sin atributos, y Los can- tos de Maldoror. En 1970 vivió en Italia trabajando como ilustrador. Al año siguiente un viaje que pretendía ser de dos semanas se convirtió en más de treinta años viviendo en Inglaterra. Allí, Oscar Grillo dirigió, diseñó y animó Seaside Woman, un corto con música de Linda McCartney que le val- dría el premio Palm d´ Or en el Festival de Cannes de 1980. En los últimos años, sus ilustraciones, dibujos y películas han dado lugar a grandes exposicio- nes, desde el Festival de Annecy (“The Boop Sisters”) hasta Roma, pasando por Argentina -en Rosario en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia y en Buenos Aires con la exposición “Dibujos irresponsables”-. Además, la estación de metro Humberto Primo, en la ciudad de Buenos Aires, alberga seis murales pintados por este maestro de la línea. La lista de trabajos de Grillo es extensa, aquí traemos una charla realizada en la ciudad de Córdoba (España) -donde expuso en el Festival de Animacor- y algunos dibujos que hemos des- perdigado a lo largo de este número. Lo que sigue es una introducción que, como no podía ser de otra forma, es un garabato.

sótano

Sobre Maimónides y la transmigración de las almas o a propósito del disparatado viaje al Guadalquivir o introducción a una entrevista

.por Núñez, Cámara+ y Coiro

Un alcalde prohí-

be morirse en el pueblo por escasez de cementerio.

Encuentran un perro que sabe fumar. No

Tampoco

¡Acá está! Oscar Grillo expone en la ciudad de

Córdoba

t á ! Oscar Grillo expone en la ciudad de Córdoba Emprendimos el viaje hacia el
Emprendimos el viaje hacia el suroeste con la certe- za de que encontraríamos al dibujante
Emprendimos el viaje hacia el suroeste con la certe-
za de que encontraríamos al dibujante en algún
café o entre sus obras. La distancia eran unas pocas
horas para nuestro Reanult Dauphine del ´68, con 4
cilindros 845cc y una potencia de 26cv, alcanza una
velocidad de 117 km/h y le hemos incorp
perdón.
La ciudad que habían construído emires, califas y reyes se abandonaba al cam-
balache de un turismo esperpéntico, a la voluntad de grúas y fotografías des-
cartables. Llegabamos justo para el segundo entierro.
En el Palacio de la Merced
ya no quedaban rastros de
la exposición; el centinela
sólo nos habló de la orogra-
fía de Úbeda, y tampoco
fue preciso en este punto.
Empezamos a caminar por la
ciudad, el calor no nos deja-
ba pensar -lo cierto es que
se trata de una excusa-.

sótano

La suerte ya estaba echada. Habíamos recorrido todos los bares de la ciudad; nuestros hígados quisieron disuadirnos de continuar con tan etílica búsqueda pero, como suele suceder, a último momento

M A I M Ó N I D E S !
M
A
I
M
Ó
N
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D
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S
!

-Mi nombre es Mose Ben Maimon. Soy el más importante y humilde pensador sefardí. Puedo

deciros todo cuanto queráis saber; he escrito

desde la obra especulativa teológica más densa

hasta un tratado sobre las hemorrodides.

más densa hasta un tratado sobre las hemorrodides. Nos indicó el camino hacia el hotel, Grillo

Nos indicó el camino hacia el hotel, Grillo estaba aún en Córdoba, pero no por mucho tiempo. Luego pensamos que también habría sido una buena entrevista.

La ciudad se volvió una alfombra interminable.
La ciudad se volvió una alfombra interminable.

Llegamos a tiempo. Ahí estaba Oscar con algunos amigos tomando café y dibujando.

estaba Oscar con algunos amigos tomando café y dibujando. -Pero -¡Camarero! siete carajillos sin hielo- contestamos

-Pero

-¡Camarero! siete carajillos sin hielo- contestamos al unísono.

muchachos, ¿una entrevista? vamos a cagarnos de risa un rato.- mandó con adolescencia.

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Una charla con Oscar Grillo

CT: Oscar, te conocí cuando era un niño en el pro- grama televisivo Caloi en su tinta, todavía recuerdo a Caloi dicendo: "Señores, les voy a presentar a un gran- de de la animación: Oscar Grillo” y pasaron el corto Seaside Woman. Oscar Grillo: Qué vergüenza. Sí, el negro lo vio y me preguntó si lo podía usar. CT: ¿Cómo ilustradores saben donde esta cada uno? Oscar Grillo: No, hay muchísima gente, lo que pasa es que es un placer encontrarte cofradías. Nosotros dibujamos como amigos, y nos sentamos a joder y a contar chistes, y eso pasa en todos lados. Con el negro Caloi nos reunimos con Tabaré, Rep, Quino, Crist, era- mos como veinte tipos dibujando en el estilo del otro y firmando como el otro, ¡ahí estaba Quino dibujando como Milton Cane! Quino, con lo tímido que es. CT: Los dibujantes tienen eso de ser algo retraídos. Oscar Grillo: Pero siempre pasa así, y lo mismo con “Menchi” (Hermenegildo Sábat), que es muy tímido también. Yo tambien lo soy. CT: Sí, te cuesta la palabra, pero hablando en serio, ¿hay algo de retracción en esta profesión? Oscar Grillo: Si, es verdad, porque todos tenemos algo de eso, pero la cuestión es que -desgraciadamente ya lo dijo Perón-, la valentía consiste en superarse a sí mismo, en vencerse a sí mismo. En Inglaterra, donde las ventajas son enormes en todos los aspectos, cuando llegué, en el momento de salir a hacer cosas –y con mi pobre inglés-, yo me mandaba adelante, porque sino… ¿qué iba a ser de mí? CT: Te venciste a vos mismo entonces… Oscar Grillo: En alguna forma sí, pero no en la de Perón porque yo no soy peronista. Es cuestión de sobrevivir, de salir a vender tu trabajo, si no lo vendes vos no lo vende nadie. CT: En cuanto a Argentina… Oscar Grillo: Yo en argentina no tengo presencia CT: Vos deberías ir allí y dar unas clases. Oscar Grillo: No me niego a hacerlo, pero no me gusta golpear puertas, si alguien viene y me lo ofrece yo voy corriendo, incluso si se trabaja gratis, no es ese el problema. Yo he tenido aparte dos experiencias bellísi- mas Primero unos tipos que eran publicitarios, que

vendían medios de comunicación, me consiguieron el "Palais de Glace", una sala hermosísima, y montamos allí alrededor de ciento ochenta dibujos míos y tres salas de proyección. Hacía cuarenta y cinco grados y vinieron como dos mil personas. CT: Aunque la oficialidad falle la gente sí conoce cómo dibujas. Oscar Grillo: Sí, eso salió fenómeno, después un tipo de Rosario me dijo tímidamente: "¿no harías una expo en Rosario?". La dibuje especialmente para allí, fue en un centro cultural, una cosa emocionante lo bien que me trataron, y estaban el negro Fontanarrosa, Tabaré, Crist, éramos una barra de amigos y eso me gustó mucho, fue una experiencia hermosa. CT: ¿La experiencia del mural de la nueva estación del subte? Oscar Grillo: Ahí tenés otra que anduvo bien, yo hice el laburo que me pidieron, y Menchi fue el direc-

tor de arte, el que movió todos los hilos, es un tipo que sabe admirar a quien merece ser admirado, como el mural de Nine, ¿vieron ese mural? Menchi dice que es

lo más parecido que ha visto a El jardín de las delicias;

Nine tiene unas manos privilegiadas. CT: A veces pareciera que se inflama esa cosa de los referentes, pero ustedes lo son. Oscar Grillo: No, Yo no. Yo he vivido de amores también, y me encontré con gente, por ejemplo lo conocí a Divito. Yo tenía 16 años, me hizo pasar, me hizo servir un café, miró los dibujos respetuosamente y me dijo “todavía están muy verdes, no puedo publicar esto, pero si te interesa ver como es la cosa…” Me mostró la revista, y me dijo “te va a ir bien, trabajá mucho” Un hombre muy cortés y elegante. Y esto se lo digo a quien me venga a ver a mí, porque tengo que respetar a estos chicos, para que pueden darse cuenta de que tienen meritos. No, Divito, era un campeón.

También conocí a Mark Davis, uno de los mejores ani- madores de Disney Estábamos en un festival de ani- mación, el tipo estaba sentadito ahí, solo, y yo me acer- qué y le dije: Disculpe, ¿le puedo dar un beso? El tipo dijo: ¡Eh!, entonces me senté al lado y no pusimos a charlar y descubrimos que estabamos en el mismo hotel. Al otro día, a las ocho de la mañana, me golpean

la puerta. Era él: “Oscar, ¿vamos a tomar el desayuno?”

Salimos y yo voy para el café del hotel y él: “No, vamos

a un bar”. Cuando llegamos me dijo que le pida un

güisqui doble. Así empezamos, a las ocho de la maña- na. A las doce de la noche ninguno de los dos estaba en pedo; la buena compañía tiene eso. La gente que ha hecho algunas cosas que gustan es importante que reci- ba a los otros con el respeto que se merecen. También lo conocí a André François. ¿Lo cono- cen?. Se murió hace muy poco, lo que le pasó a ese tipo es que a los ochenta y siete años se le quemó el estudio con todo lo que tenía adentro. Por un momento Milton

Glaser –al que también conocí- pidió que todos los que tuviéramos laburos se los mandásemos. Eso fue de las cosas más tristes, hay un documental con imágenes de antes y después del incendio. El tipo, con lo que se había quemado empezó a hacer collage, te partía el corazón. Para mí era dios. Era húngaro emigrado a Francia en los años 30. Pintaba como Bonnard, muy suelto, muy loco, y como Saúl Steinberg, el maestro de la línea. CT: Y Steinberg con Grillo tienen algo que ver. Oscar Grillo: No, François es más. Yo adoro Steinberg, pero es intocable. Es como Piazzola, los que lo imitaron se fueron a la mierda. El problema con que- rer imitar a Steinberg es que te volvés loco, no podés. A mí me gusta mucho George Herriman, es acojo- nante y además escribe como un hijo de puta. Borges hablaba de él, en los años veinte ya. Argentina fue uno de los pocos países fuera de América donde lo publi- caron, en Crítica, un diario que fundó Natalio Botana, que había hecho un diario medio a la moda americana, de periodismo amarillo y muy combativo, pero medio gánster también. El diario tenía un suplemento domi- nical como los americanos, en colores, se publicaban los grandes ahí. CT:¿Ves que el mundo va cambiando en el sentido de que pierde la calidad? Oscar Grillo: El problema son los medios de difu- sión, el entusiasmo de la gente joven es igual, yo me alío con ellos porque creo que ese entusiasmo es con- tagioso y yo soy entusiasta de viejo. Para mí eso es importante, porque ellos tienen una dificultad, como ustedes, quizás yo ahora tengo menos, y es que los medios de difusión se han cerrado más. Yo adoro la internet pero no podes llevártela a leer al baño. Yo subía a la terraza en mi casa de Lanús oeste, un barrio pobre, San Juan y Boedo antiguo… bueno, no había terraza, era el techo, y me agarraba una pila de Paturuzú, Paturusito, lo que fuera, yo leía de todo… y me sentaba a leer y eso no es lo mismo que internet. Aparte me molesta esos que muestran sus cosas, fana- tizados, esperando que un productor los encuentre y les diga “vengan para acá” y son realmente malos. Yo los mando a la concha de la lora. CT:¿Qué te parece Disney? Oscar Grillo: Se dice que Roy Disney tenía la ofici- na debajo de una pirámide. Yo he sabido que la gente que está debajo de una pirámide desarrolla una gran inteligencia, este es un caso donde se da lo contrario. Yo odio Disney, la institución es nauseabunda. Amo las películas de Disney, las viejas. Y además ahí ya

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no queda nadie. CT: ¿Existen unas actitudes morales del dibujo en tu trabajo? Oscar Grillo:

El problema son los medios de difusión, el entusiasmo de la gente joven es igual

Yo no soy moralis- ta, no me interesa para nada la moral. Pero si creo en un respeto por el

material con el que uno trabaja. Yo no creo que no haya que mostrarle el pito a los viejos, pero sí cuando uno se enfrenta con estas cosas tener esa actitud de respe- to.

Hay unos límites de información que reciben los jóvenes que tendrían que estar buscando todas las ave- nidas, y que en muchos momentos, sobre todo en el mundo de la animación se están concentrando en los japoneses. Yo les decía a muchos [en Animacor] que representen lo que les pasa al lado. Hay una animación de Joanna Quinn, Britannia, que es de un bulldog que está dominando el mundo y está haciendo cagada tras cagada, y en un momento dado se va convirtiendo en

un caniche. Entonces todos se cagaban de risa; pero ojo, ella hace eso sobre su país, con cojones criticando el colonialismo inglés; ustedes tienen hacer algo sobre el rey visitando Marruecos, acá no hay nadie perfecto. El problema de los jóvenes es que se están limitando en cinco o seis formas de dibujar que se empiezan a hacer muy internacionales. Yo no tengo nada con los dibujos japoneses pero no puede ser lo único. No digo que tengas que dibujar tu vida, pero es importante que tu vida penetre en el trabajo. Yo creo que Quino lo sabe hacer. Ahí tenés una anécdota inte- resante que me contó Quino. Para mí un gran héroe –y tuve el orgullo de conocer a sus hijos- fue Calé que hacía “Buenos Aires en camiseta”. Dibujaba la ciudad,

y la gente, y los muebles comprados a cuotas. Calé le

dijo una vez a Quino -que era un joven que empezaba

a dibujar en Rico Tipo y era moderno, sintético-: “¿no

te enojás si te digo una cosa? Vos nunca dibujás la vere- da de enfrente”. Yo sé que desde ese día Quino no dibuja más que la vereda de enfrente, continuamente. Quino es un grande, y un gran tipo. CT: Bueno Oscar, sabemos que te tienes que ir, no te molestamos más. Fue un placer charlar contigo.

Oscar Grillo: El placer fue también mío.

No digo que tengas que dibujar tu vida,

pero es importante que tu vida penetre en el trabajo

Ediciones del Tábano

Publicaciones

Dioses Ajenos, Pedro Coiro

Alguien encerrado en su habitación, la habitación encerrada en la ciudad y la ciudad en sus derivas mientras los pája- ros miran desde los cables la razón desconcertada de los hombres. Cada tanto crece algo del asfalto, cada tanto cae un dios, pero nadie se detiene ante la flor ni limpia el terror del destronado. Es bueno visitar esa ciudad, rastrear la habitación, llegar al hombre y comprender, con cierto miedo, que se trataba de un espejo.

Con la lengua al cuello, Quirón Herrador

Si quiere pasar la tarde del domingo disfrutando en familia de poemas que lo lleven entre nubes a conocer mundos de calma y sortilegios, no se le ocurra meter la nariz en este libro, donde lo cotidiano camina con olor a barrio y los paya- sos se quitan el disfraz en medio de la pista. Si al día siguiente lo ahoga la corbata y siente cosquilleos en las plantas de los pies, no se preocupe, mire hacia arri- ba: verá que tiembla el techo y su oficina se derrumba como un cascarón enorme.

La ternura y la rabia, Juanma Agulles

Aquí hay unas páginas que cuentan y no se quedan quietas. No abandone este libro a una estantería, no se puede. Una tarde estará sangrando, otra lo verá rozando una cola de gato entre las piernas de su esposa o almorzando un sui- cidio mientras baila en unas manos la distancia del autobús. No se apresure -tampoco-, a proclamarlo superior en le géne- ro: cuando termine de leer estos cuentos, comprenda que Edgar, Abelardo y James también merecen unas horas. Sin mas que esta advertencia, lo demás es la ternura y la rabia.

Los sonidos del niño roto, Nelo Curti

Sería de agradecer que usted se adentrase en este libro con la pasión que requiere todo viaje que merezca ese nom- bre. Porque hay un trayecto en sus páginas que le exigirá cierta complicidad, cierta alegría traviesa y un tanto diabólica. Recuerde cuando aún podía sonreír malévolamente, ensoñando con la pedrada que abriría la grieta en el cristal, dejan- do libre la ventana por la que escapar al mundo. Se dará cuenta, sin remedio, de que todos somos ese niño roto que duer- me abrazado a un gato, y, si no le puede el hastío y la rutina -las múltiples formas de la muerte con sus innumerables nombres-, al volver la última página no podrá dejar de añorar, aunque sea por un segundo, a aquel pequeño demonio que, algún día -cuando todavía una mañana soleada era promesa de erotismo desbocado-, reventó a pedradas certeras todos los muros.

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Nuevas Publicaciones

Palabra de barro (Antología poética), Paco Alonso

Esta antología reúne muchos de los poemas que Paco Alonso ha ido escribiendo a lo largo de más de 35 años. La soledad y la esperanza mezcladas en las noches de una ciudad que parece desconocerlo, perdido por las calles, preguntándole a los muros por la infancia y el deseo, con la dolorosa libertad de quien se sabe abandonado por los dioses. Las fotografías de Pablo Valero acompañan el viaje del lector por estas páginas que serruchan desde el comienzo cualquier postura indiferente

Introducción al fabulismo, Nelo Curti

Al leer el título cualquiera se preguntará ¿qué es el fabulismo?, ¿una corriente artística?, ¿otro manifiesto?, ¿un partido político?, y aumentará su desconcierto si continúa interrogándose en ese sentido, ya que no se trata de un esquema a puertas cerradas, sino de un compromiso con el juego, la incertidumbre y el absurdo. Ilustrado por Leo Sarralde, “Introducción al fabulismo” reúne relatos y poemas de Nelo Curti que caminan

Non legor, non legar (literatura y subversión), Juanma Agulles

El segundo libro del autor en nuestra etditorial recoge los artículos que durante cinco años se han ido publican-

do en “Cuadernos del Tábano”. Artículos sobre Sartre, Camus, Hawthorne, Bukowski

que intentan aunar dos términos que actualmente (en el estadio del capitalismo espectacular) están desligados: la lite- ratura y la subversión, la fuerza evocadora de la palabra y el pensamiento crítico sobre los hechos.

y ensayos de crítica social

Asesinos de parto, Diego L. Monachelli

En el ejercicio de la transición, en el movimiento de la certeza que se transforma lentamente, existe un segundo de claridad grávido de sombras. Este ínfimo vislumbre necesita desarrollarse en el caos de su centro para acuñar el valor necesario y acometer el desentrañar la espesura de todo aquello que presiente, que intuye y no alcanza, no puede asir. En ese instante surge la imperiosa necesidad de mutilar la inocencia, de violar el ritmo, de ahondar el verbo hasta que sangre de él lo que oculta. De este alumbramiento entre sombras devienen las páginas precedentes con más de una década de antigüedad, con la misma vitalidad de entonces, con la misma urgencia de búsqueda y el mismo reclamo de poesía en transición o metamorfosis poética. Los que han tenido la riesgosa, dudosa ventura de leer trabajos pretéritos entenderán de qué hablo. Aquellos que no, válgales esta breve descripción de los paisajes del parto como advertencia.

¿Colaborar con Cuadernos del Táb ano? Consulte antes con su médico o farmacéutico.

del parto como advertencia. ¿Colaborar con Cuadernos del Táb ano ? Consulte antes con su médico

“Al son de villancicos europeos y bailes típicos fue iluminado el árbol navideño de 26 metros que adornará la plaza de San Pedro, en Ciudad del Vaticano, en estas fiestas decembrinas”

Por desgracia el espeluznante anuncio no termina ahí. Al prelado o periodista que lo escribió le hizo falta agregar que el abeto “perfectamente cónico” pesa más de tres toneladas y tiene -¿tiene?- aproxima- damente 140 años. Vayamos por partes, y empecemos sincerándonos:

no puede asombrar el ritual asesinato de un árbol por parte de una institución que a lo largo de los siglos, vendiendo bálsamos contra la muerte, se ha dedicado a ejecutarla de las maneras más escabrosas que pueda imaginarse; ni tampoco vamos a espantarnos porque Benedicto XVI haya comentado que “la tala se practi- có sin dañar la vida del bosque”, tras saber que usa sotana desde que pasaron de moda los uniformes nazis. Así que bajemos la vista y contemplemos a la delegación de fieles que viajó desde la provincia de Bolzano hasta el Vaticano para “presentar el abeto al Papa”. Me pregunto con qué palabras explicaron las virtudes del difunto, e imagino a Benedicto, armado de paciencia, manos juntas a la altura del pecho, son- risa embalsamada, sacando a relucir todos sus recur- sos de actor para que ningún miembro de la expedi- ción descubriese el inevitable desconcierto de un hombre al que acaban de regalarle tres toneladas de árbol muerto.

Al final un abrazo emo- cionado habrá unido a los románticos leñadores con el representan-
Al final
un abrazo emo-
cionado habrá
unido a los románticos
leñadores con el representan-
te de aquella modesta carpin-
tería que dio sus primeros
pasos hace más de dos mil
años en Jerusalén.
Para terminar, escribo un mal consuelo:

siglos atrás, estos mismos señores, cortaban árboles para quemar vivos a quienes rechazaban su sermón, hoy exhiben el cadáver de un abeto y lo adornan con luces de colores. Tal vez quieren ser buenos y, por tradición, no pueden; a lo mejor tan noble esfuerzo tenga por premio un paraíso. En cualquier caso, que Dios se lo pague, y menos mal que al Reino de los Cielos no se puede entrar con hachas.

Nelo Curti

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