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Y a ti ¿quién te ha dicho que quiero una vida normal?

ella

Con su cabeza apoyada sobre el pecho de él su voz apenas resultaba audible…

-¿Sabes? El día que cumplí quince años, Isabel, mi amiga del alma, me regaló un cinturón de cuero trenzado. Lo que se llevaba en la época… esa misma noche, a solas en la intimidad de mi cama, con mi camisoncito de Minnie Mouse, un extraño instinto me llevó a desnudarme, sacarlo del cajón y frotarlo entre mis abiertos muslos para acariciarme el clítoris. El placer fue inmenso. Mi primer orgasmo. Las niñas buenas no hacen eso, me amonestó mi angelito bueno. Nadie lo sabrá, escuché de mi angelito malo. Y descubrí, en ese preciso instante, que mi disfrute sexual, conmigo misma y en solitario, iba a tomar caminos un tanto… exóticos. Definitivamente impropios de una señorita de colegio de monjas.

Por el modo en que lo dijo, parecía evidente que nunca había contado a nadie aquel pasaje de su vida. Incluso atisbé algo de pudor en su rostro tras confesarme aquello que hasta el momento no había compartido con nadie. Se había remontado a una época muy lejana para recuperar su recuerdo más íntimo y oculto por el mero placer de ofrecérmelo. Me acababa de dar lo que jamás le hubieran podido pedir porque cada cual es el único guardián de sus secretos del pasado. Ahora abría aquella puerta y verbalizaba lo que sólo existía ya como vivencia. Le confesó que era el primero que sabía del origen adolescente de sus… ‘exotismos’.

-¡Cómo

vuela

el

tiempo!

¡Cuántas

cosas

han

pasado

desde

entonces!

incorporándose al tiempo que sonreía con picardía.

-dijo

putsie

Se levantó para ir al baño. Ver la perfecta arquitectura de su cuerpo, a los treinta y tantos años, alejándose de la cama, le trajo a la memoria el momento en que se conocieron. Ella una chiquilla. Él, un joven en la recta final de la carrera. La aplicada estudiante de primero de Derecho parecía presa fácil para un casi médico. A primera vista no había mucho más que ver que una niña recatada. Su cuerpecito de muñequita era uno más en el confuso fragor de la discoteca, entre el alto volumen de la música y las luces cambiantes. En principio una más… y hubiera pasado totalmente desapercibida de no ser por un extraño magnetismo que ejerció sobre él. Algo incontrolable. Algo que le impedía pasar más de dos minutos sin echarle una mirada furtiva. Las había con más tetas, más altas, más rubias, más guapas, más… pero ninguna conseguía atraer su atención con aquella intensidad. Con el descaro propio de la edad fue a presentarse. Aquella pequeña criatura tenía un poder sobre él mucho mayor de lo que esperaba. Recordó, por un instante, del temario de fisiología la acción que las feromonas tienen sobre el ser humano. Allí mismo, sin más miramientos, se la hubiera follado. Pensó en cómo hubiera sido aquel primer encuentro en pleno Paleolítico y lamentó vivir en pleno siglo XX.

Ardores veinteañeros. Con el mayor disimulo que le fue posible le sonsacó el nombre, su dirección y qué estaba cursando. Como quien no quiere la cosa, le dio también la misma información.

Se vieron menos de lo que hubieran querido, pues a los tres meses tuvo que marchar a los Estados Unidos para continuar su formación médica. No se lo perdonó jamás, perdió su número de teléfono… Sí, por aquel entonces, los estudiantes no tenían móviles. Él, encima, ¡ni agenda!. Los tiempos, desde aquel momento, cambiarían mucho y muy rápido.

Perdió su rastro durante años, pero aquel recuerdo se conservó fresco y aparecía de forma recurrente. Doce años más tarde, estando de guardia en Urgencias, ella apareció. Acompañaba a un joven colega que había sufrido una lipotimia. Doce años… mantenía el mismo cuerpo de muñequita, el mismo cabello largo… sólo había cambiado en su desenvoltura y su nuevo aire de mujer que pisa firme, segura de sí misma. El destino se la sirvió en bandeja.

-No le pasa nada pero… es mejor que esté en observación un tiempo y que te quedes para acompañarle luego… ¿Tienes tiempo?- le pregunté con toda la intención. –Sí- dijo ella- sí tengo tiempo -y algo en su mirada traicionó sus pensamientos y la vi de nuevo como en aquella discoteca.

Ahora le divertía recordar aquel momento. La angustia, el temor a volver a perderla… no podía desperdiciar aquella oportunidad que me brindaba el azar más caprichoso ahora por segunda, ¿y última?, vez.

-Acabo en un par de horas… ya sé que será de noche, pero me preguntaba si tenías planes para cenar… – solté de sopetón.

Ella se quedó muda durante unos segundos y él supo que estaba pensando porqué nunca volvió a llamarla. Estuvo en un tris de mandarlo a la mierda. Superado ese primer arrebato, ladeó la cabeza y sonrió:

-¿Sabes cuánto tiempo hace que no ceno en un restaurante mejicano?

La conversación impidió contar los tequilas de la sobremesa. Lo que iba a ser una cita frívola se convirtió en un intercambio de crudas confesiones. Cuanto más tiempo pasaban hablando más querían saber el uno del otro. Ella, acabada la carrera, se especializó en Derecho Laboral… en realidad algo más que eso, pues dirigía con su primo y socio, el bufete familiar donde trabajaban once letrados más. En poco tiempo se había convertido en la auténtica referencia de la firma. Ni una sola decisión de importancia se tomaba sin su preceptiva aprobación. Su carácter decidido, que tanto le gustaba a él, la convertía en la auténtica mano de acero del gabinete jurídico que regentaba… por eso su despacho era el más eficiente, el mejor. Hubo también confesiones sobre su vida familiar. Se casó con un arquitecto, amigo de la infancia. No cabía la menor duda acerca de su talento, era un buen hombre, de aguda inteligencia, pero en la cama… lo definió resignadamente como ‘acelga-man’. Por lo demás, su amiga Isabel seguía siendo su ‘madre confesora’ y su único punto de apoyo desde el que hacía palanca para todo lo que movía en su día a día. Con ella se desahogaba jugando al paddle y tomando café en los huecos que siempre encontraba alguna tarde que otra. Isabel era una persona

abierta, espontánea, sincera y, tal y como ella misma me la definió: “con más cojones que el caballo de Espartero”. Desinhibidos por el tequila la conversación empezó a pisar terrenos más interesantes. Él deslizó sutilmente temas sobre sexo y ella no reculó. Se animó, no era una mojigata, y pasó al ataque:

-No me interesa el sexo por el sexo… para mí es algo más que la mera satisfacción de instintos… para mi es la sal de la vida, una forma de comunicarme, una manifestación de cariño, amor, placer y ¿misticismo? Todo en uno -conferenciaba al tiempo que valoraba en su cara el efecto de todas y cada una de mis palabras,– lo entiendo como seña de identidad propia del ser humano, algo que nos diferencia del resto del reino animal, y en ese sentido una acción intelectualmente más elaborada. Si no es así, no me atrae, carece de valor para mí.

Ella le miraba fijamente, directamente a los ojos, sin pestañear. Él dedujo que la estaba fascinando y decidió ir un poco más allá.

-De hecho -dijo tras apurar el enésimo tequila- admito que soy un fetichista impenitente. De la misma forma que el cuerpo humano me recuerda el desnudo artístico o los libros de anatomía, cuando es la lencería lo que lo reviste, entonces… entonces supone una declaración de intenciones por parte de la mujer a la que ningún hombre debería quedar indiferente. Del mismo modo opino sobre el acto sexual en sí mismo. Los humanos tenemos recursos para disfrutarlo en un escalón muy superior al resto de los seres vivos que pueblan el planeta, tenemos la suerte de poder ir más allá del mero hecho reproductivo ¿no te parece imperdonable desaprovechar esas posibilidades?

Regresó del baño y, con ella, él a la realidad.

Su forma de caminar le seguía excitando. El movimiento de su femenino cuerpo para ir de un sitio a otro era un potente afrodisíaco para él. Ella lo sabía. Todo en ella le despertaba un imparable deseo sexual. Se recreó una vez más en su rostro suavemente maquillado. Sus ojos color miel, sus torneados labios y las curvas de su pelo que eran casi una alegoría de las líneas de su cuerpo.

Se arrodilló ante él con una cuerda entre sus manos:

-Amo, putsie solicita ser atada. Le ruega que acceda si ello le place –solicitó sumisa y

ceremoniosamente-

Nunca agradecería lo suficiente los tutoriales que se pueden encontrar en internet para todo, incluso para una práctica de shibari. Una estética sucesión de nudos y bucles inmovilizaron los brazos de su sierva. La tumbó boca abajo. La visión de su culo era como ver las olas del mar o el fuego de una hoguera. En ese estado de hipnosis podía perder la noción del tiempo, sin apartar la vista, sin cansarse.

Volvió a rememorar aquella primera cita, que ahora llegaba ya en su versión 2.0. Ella quedó ciertamente impresionada por el discurso de él en aquella cena mejicana. Pero no tuvieron el efecto esperado. No se abrió, a pesar de los tequilas. Era una mujer dura de pelar. Sólo un destello de esperanza cuando antes de despedirse se avino a intercambiar las direcciones electrónicas. Que se

sincerara en aspectos tan íntimos y personales no significaba que él le iba a mostrar todas las cartas. Le dijo lo que imaginó que a ella le gustaría escuchar. No era necesario revelarle que era un depredador despiadado manejando con habilidad la palabra escrita, talento que no tardaría en poner al servicio de sus intereses en los sucesivos correos que le mandó. No tardó en caer en la red. Ella era la cerradura, él su llave y nada impediría que la abriese. Él aún no había logrado encontrar su cerradura y ella… bueno quizá una llave que pudiera encajar, pero desde luego su puerta seguía cerrada.

-Amo, mi culo tiene frío –maulló con la voz lastimera de una gata en celo.

Calló. Sabía lo que quería. La fusta impactó en su mullido trasero no menos de diez veces.

-Gracias Amo -musitó de forma casi inaudible.

Se equivocaba al pensar que sus confesiones de aquel momento que ya pertenecía al pasado no surtieron el efecto deseado. La cuestión es que ella era mucho más reflexiva. Aquel día volvió a su casa con una buena carga de tequila y un discurso que, según sabría tiempo después cuando se lo contó, le mojó completamente las bragas. Esa noche casi agotó las pilas de su vibrador. Su ‘acelga- man’ estaba durmiendo cuando llegó y ni se enteró de la fiesta privada que celebró en la parte derecha de la cama de matrimonio.

Tras una adolescente semana de múltiples intercambios diarios de correos electrónicos se citaron para comer juntos. Ese día ella tomó la iniciativa. Le puso cara de póker cuando le preguntó si sabía lo que era el BDSM. No había oído jamás aquel galimatías de consonantes impronunciables. Se sintió lerdo, lo que trató de disimular como pudo. Cuando empezó a explicarse cayó en la cuenta de qué demonios le estaba hablando. Tras detallar el significado de estas siglas: Bondage, Dominación, Sumisión y Masoquismo, abordó la cuestión con inusitada valentía y aseguró que se trataba de entender la sexualidad de forma más sofisticada y menos convencional. Consiguió despertar su interés. Fue hábil, a su manera, para llevarlo a su terreno, pero no tan hábil como acabaría siéndolo él. Habló con gran convencimiento sobre el efecto de los sentidos en el ser humano respecto de la percepción del mundo que le rodea y sus capacidades para relacionarse con el resto de los congéneres. Fue su trampolín para introducir estos conceptos con numerosas y originales conexiones con el sexo. Le ilustró acerca de la frontera, incluso sobre el terreno común donde se encuentran dolor y placer. Usó algunos trucos de retórica que mostraba de medio a medio que ella no era, ni mucho menos, una abogada de tres al cuarto. Era ella quien le expandía sus horizontes, le descubría un nuevo mundo, una dimensión sensorial desconocida, una nueva puerta de su sexualidad masculina que jamás había traspasado. Abordaba atacando con gran eficiencia sus deseos ocultos casi como si supiera de su curiosidad, anhelos y lo hacía con una estrategia digna del mejor discípulo de Maquiavelo. Fue el más erótico ejemplo de retórica aplicada que jamás había escuchado. En algún momento tuvo el impulso de levantarse y salir corriendo para documentarse sobre todo aquel mundo que le estaba revelando. Sintió, por momentos, una insoportable vergüenza infantil por lo poco que sabía de aquellos temas mientras ella los manejaba con soltura. Se sentía inferior por su escaso conocimiento que apenas le valía para serle un interlocutor medianamente válido. En silencio se prometió no sentirse jamás inferior ante aquella mujer. Algo se rebeló violentamente en su interior contra esa sensación insoportable.

-Tampoco me interesa el sexo en su versión estándar pero -dijo para rematar su exposición admitiendo abiertamente que a ella le pasaba como a él-¿sabes lo complejo que es encontrar un cómplice de confianza para estos juegos?- acabó dejando intencionadamente la pregunta en el aire.

Aquello sonó a reto. Ciertamente le estaba desafiando mientras escrutaba su cara. Pasó sucintamente su lengua por el labio inferior y una apenas visible sonrisa ladeada apuntó en la comisura de sus labios. En aquel momento algo ardió. Aquella llama seguía viva.

Del diario de Clara B.

ÉL

9 de mayo de 1996

¡¡Anoche fui a mi primera fiesta como universitaria!! ¡¡Qué divertido!!

Mis padres nunca me dejan salir por la noche, y ayer lo conseguí. He tenido que mentirles para que me autoricen dormir fuera de la residencia de monjas, pero LO CONSEGUÍ.

Isabel y yo nos hemos arreglado durante toda la tarde. Cena rápida en el comedor. Luego de copas con los compis y ¡¡mi primer vodka con naranja!!. Madre qué castaña.

Hemos bailado sin parar. Isabel ha ligado mucho y a mí me ha pasado una cosa rara. Un chico me miraba todo el rato. Me miraba con tanta intensidad que hasta se me erizaba la nuca. Notaba su mirada incluso de espaldas a él. Isabel dice que eso es efecto de tanto bailar y del vodka, pero yo sé que no.

Me he hecho la boba, hasta que se me ha acercado… Jo! Sexto de medicina, ¡qué fuerte! Se llama Javier, y con sus miradas y sus preguntas me lo ha hecho pasar supermal. Que si como me llamo… Clara. Que si cuantos años tengo… 19. Que si estudio o qué… A mí me daba apuro mirarle a la cara. Isabel dice que soy tonta. ¿Me ha gustado? Siiiiiiiiiiiiiiiiiiií. Tiene algo especial. Cuando me ha besado al presentarse, como en las pelis… un chispazo. Cuando me ha cogido de la cintura para poder escucharnos en medio del follón, me he puesto a temblar. No se ha pasado en ningún momento, pero me ha hecho temblar… Seguro que lo ha notado y cree que soy tonta de remate, como Isabel. ¿Cómo será un beso suyo en la boca? Isabel no para de decirme que me deje de remilgos morales y de tanto estudiar, que no hay nada de malo en salir con chicos, con muchos chicos. Es mi mejor amiga… pero no me atrevo a contarle mi secreto.

Me gustaría que Javier cumpliese su promesa de llamarme, es excitante charlar con alguien que sabe pensar. ¿Y si por fín me sale un novio? Voy camino de ser la única virgen de toda la Universidad.

6 de octubre de 1996

Ni rastro de Javier. Al final me he armado de valor y he llamado a su casa. Se ha ido de intercambio o algo así… y ni siquiera se ha despedido de mí.

Las señoritas no van detrás de los chicos, han de hacerse valer… Adiós Javier. ¡Vaya chasco!

20 de febrero de 2008

Dicen que la vida da muchas vueltas, pero esto de hoy no es una vuelta. Es un bucle sobre un rizo… un ‘arabesco del destino’, como diría cierto amigo mío al que adoro. Quién podía

imaginar que tras tantos años, Javier… el único hombre que he conocido capaz de excitarme sexualmente con una mirada, reaparecería en el momento más inesperado y precisamente el día de mi cumpleaños. Literalmente he tropezado con él en el hall de un hospital, del que ignoraba es casi propietario… ¿El motivo? La lipotimia de uno de mis becarios. Javier es neurólogo y ha tenido la amabilidad de atendernos personalmente, pese a la levedad del caso, pese a su rango en el staff, y tan solo como atención a mí.

Javier… los años te han tratado muy bien, francamente has mejorado. Esas pocas canas que ahora empiezan a poblar entre tu cabello equilibran la mirada traviesa de tus ojos. No he conocido a nadie con una viveza mental como la tuya. Ni tampoco con tu capacidad para sacarme una sonrisa hasta en la más adversa de las circunstancias. Javier… 6 letras y una mirada intensa que me devora con la misma fuerza de la primera vez. Moviéndome en un mundo de hombres, soporto con bastante soltura que me miren, hasta utilizo por conveniencia en juego sucio mis armas de mujer sin remordimiento alguno. Pero Javier… emana una virilidad tal que me devuelve a la inseguridad de la adolescencia y juventud, al tiempo que me hace sentir mujer con mayúsculas. Es indescriptible el efecto que su presencia me produce. Esta tarde no había vodka, ni baile… y de nuevo mi nuca se ha erizado en la salita del hospital. Es un descarado… muy correcto, muy formal, me ha invitado a cenar… Mi angelito bueno ha dicho “No juegues con fuego, te dio plantón, estás casada. No”. Mi angelito malo ha gritado como nunca antes había hecho: “sólo ganan los que se arriesgan. Una cena no implica nada… atrévete. Es tu cumpleaños. Ignacio ni notará tu ausencia”. He aceptado.

22 de febrero de 2008

Javier ha resultado un agradabilísimo acompañante: divertido, culto, viajado, nada engreído. No se ha casado, y pese a que yo jamás llevo la alianza de boda, ha aguardado discretamente a conocer mi estado civil sin presuponer nada. La botella de tequila que nos hemos bebido ha abierto la puerta de las confidencias… sin que me diese cuenta, se han diluido los demás clientes, hasta la música ambiental… su mirada, una vez más me ha hipnotizado.

Durante años vivió en EEUU donde tiene colegas familiares muy bien posicionados. La calidad de su trabajo como investigador en una universidad de prestigio internacional y como clínico, además de sus contactos de familia le han hecho prosperar mucho y rápido, según me contó textualmente. Con todo añoraba España, a sus padres… y en un arrebato de patriotismo, volvió con el apoyo de la familia y algún socio igualmente bien posicionado para montar su hospital. Un centro puntero en cuanto a prestaciones, con pacientes digamos muy solventes pero que también desarrolla una importante actividad benéfica. Me ha dejado impresionadísima.

Con el descaro que le caracteriza me ha tirado los tejos, con la sabiduría que yo he adquirido solo le he dado mi dirección de e-mail.

Javier… resistir a tus encantos va a ser un reto muy interesante de afrontar. Mi angelito bueno

está a punto de hacerse el harakiri. Nada tan estimulante como un buen reto.

25 de abril de 2008

No puedo más. Me tiene encendida de deseo. Los mails que intercambiamos a diario me enardecen más y más. Escribe muy bien, diríase que es un escultor de la palabra, y conoce

perfectamente todos los resortes del juego de la seducción. Los maneja con maligna habilidad.

Me divierto tanto, que he dejado de lado el sentido común… mi angelito bueno ni me habla de

lo indignado que está. Hoy soy yo quien le invita a comer y puesto que no tuvo el menor pudor en explicarme su visión, sus preferencias en el mundo de la sexualidad… bien, si no me acobardo

hoy

seré yo quien le explique las mías.

Mi

instinto, o el infinito deseo que me provoca, me dicen que tal vez haya encontrado al

cómplice adecuado para pasar de la fantasía a la realidad. Parece tener una mente abierta. Un rechazo suyo, que se sintiese ofendido o escandalizado me mataría.

¿Y si me rechaza?

29 de mayo de 2008

No me rechazó… ni mucho menos. Desde que aquel día escuchó atentamente, meditó y acabó llamándome por teléfono, mi vida ha cambiado. Nada es ya ni parecido a lo que había sido antes. De esa cita en una cafetería tranquila, ha transcurrido mes y medio, y yo… yo ya no me llamo Clara. Soy putsie{ES}, la sumisa de mi Señor, mi Amo, mi Dueño que ahora se llama ElSir. ¡Y cómo ha aprendido y se ha puesto al día…!

Gozo singularmente llevando Su collar,-con la correspondiente identificación-, en mi cuello. Gozo cuando me ata, cuando me azota, cuando me usa para su placer… soy Su zorra, Su

cómplice, soy cualquier cosa que ordene, porque voluntariamente soy Su posesión. Tal vez estas palabras parezcan producto de una mente enferma, tal vez así sea… pero jamás me he sentido

tan libre, tan mujer, tan mimada como desde que es mi Amo.

Folla mi cerebro, folla mi cuerpo. Su disfrute es el mío. ¿Acaso no es eso el amor?

Porque además me he enamorado de Él como nunca creí posible de nadie. Es un amante excepcional, un Amo tierno y firme a la vez, es capaz de doblegar mi voluntad a la Suya, porque yo le considero digno de mí.

Me pule, me mejora, me usa, me hace sentir la más gloriosa de las diosas. Paso a paso me lleva a superar todos mis miedos, todos los tabúes.

Al fin, un hombre capaz de aceptarme como soy y de animarme a ser quien soy.

De rodillas ante mi Señor, siempre.

El rito iniciático

Con el tiempo, aquella relación recuperada fue tomando cuerpo y continuidad. No hubo más cenas pero sí otros momentos y encuentros. Sin darse cuenta y sin pretenderlo, algo tan inocente como compartir un simple café se convirtió para ambos en un inmenso placer. Esas pequeñas y ‘casuales’ citas acabaron por ser momentos buscados que regalarse en los escasos huecos de sus complicadas agendas. Siempre surgía algo de qué hablar tan interesante como improvisado: el último libro leído, la peor película que jamás hubieran visto, los dibujos animados preferidos de la infancia, el primer sujetador que se puso (en el caso de ella), cómo fue la primera eyaculación (en el caso de él)… Pero ya no volvieron a hablar ni de BDSM ni de Dominación y sumisión. Aunque eran conceptos que estaban latentes y pendientes, los obviaban incapaces de abordarlos abiertamente. En ocasiones, sin embargo, en mitad de silencios, cruzaban miradas que parecían encerrar mensajes cifrados. Cuando había café de media mañana, sus risas, al unísono, despertaban curiosidad en los demás clientes de la terraza de la cafetería donde habitualmente quedaban. Lo que permanecía oculto a esas miradas es que germinaba la semilla de un deseo inconfesable. Un día, ella habló de su reciente manicura y, para mostrarla, extendió su mano sobre la mesa de la cafetería. Él la miró por unos instantes, ignoró por completo la esmerada manicura y tomó aquella mano entre las suyas. Aquella mínima caricia, apenas un roce con la yema de sus dedos, tuvo una respuesta física inmediata en todo su cuerpo. Clara se apartó súbitamente asustada de su propia reacción. Javier con semblante muy serio pidió la cuenta sin dejar de mirarla. No fue necesaria ni una sola palabra más.

Subieron al coche. Tampoco allí hablaron de nada. Ambos tenían la impresión de haber agotado la fase de parlamentos y conversaciones. Los dos sabían que en ese instante cualquier palabra estaba de más. Era el momento de saltar al otro lado de la línea. El tintineo de uno de los ascensores del hotel Arts al abrir sus puertas en el hall les confirmó el lugar donde estaban y las intenciones que albergaban. No se atrevieron ni a un mínimo contacto físico, pero ambos estaban presos de un deseo desconocido mientras les invadía un ligero vértigo interior.

Clara fue la primera en entrar en la suite con paso decidido. Javier se recreó en el momento y pensó ‘quien hubiera imaginado que aquella chiquilla se iba a convertir en tanta mujer’. También reparó en lo bien que le sentaba aquel traje chaqueta cuya falda estrecha estilizaba más aún sus piernas enfundadas en medias de oscura y finísima seda. Ella no miró atrás pero se sabía observada y le gustó dejarse ver moviendo sus caderas hasta el pie de la cama para darse la vuelta y buscar la mirada de Javier. Fue su modo de decirle que sabía qué hacía y que era plenamente consciente de cuánto significaba haber llegado hasta allí. Más aún. Se permitió la chulería de recrearse haciendo coincidir milimétricamente los hombros de la chaqueta que acababa de quitarse en el respaldo de una silla de la suite. Permaneció de pie, alternando el apoyo de su cuerpo entre ambos pies,-signo inequívoco de su nerviosismo para quienes la conocían bien- y sin apartar sus ojos de los de él. Entendiendo que Clara cerraba el primer acto de su función, se le aproximó muy lentamente hasta acercarse a su oído para romper el silencio que hasta ese momento les había envuelto.

-¿Querías un… cómplice? –resolvió decirle escuetamente, con pausa incluida, en un susurro aterradoramente masculino y seductor.

Clara hizo el esfuerzo de su vida por guardar la compostura y mantener firmes sus temblorosas rodillas. Tentada de asentir con la cabeza, finalmente optó por otra respuesta: Se separó un par de metros y echó la mano a su cadera para bajar lentamente la cremallera de su falda que tan bien se ajustaba a sus curvas. Javier tomó asiento en un silloncito y se pasó la mano por el mentón al tiempo que esbozaba una sonrisa. Se obligó a memorizar aquel instante con el máximo detalle para mantenerlo vivo y fresco durante el resto de su vida… así viviera cien años.

Dejó caer su falda a plomo, a diferencia de la chaqueta, a la que tanto cuidado y tiempo había dispensado. La falda, ahora, fue despachada de un puntapié para alejarla de su posición hasta un lugar indeterminado. Conservaba aún su blusa, suficientemente larga para ocultar su ropa interior, pero dejando entrever la decorada blonda elástica de sus medias. Javier se identificaba con una máquina de vapor a máxima presión que de un momento a otro se aliviaría dejando escapar un chorro de vapor por las orejas. Le estaba excitando sobremanera que fuera Clara quien realmente diera

inicio a aquel juego. Supo contenerse y se reacomodó en el silloncito con el regusto por descubrir el siguiente movimiento. Con solo la blusa, medias y tacones, sus piernas parecían mucho más largas y así paseó curioseando por la suite mientras reparaba en las láminas colgadas de las paredes, los

indecisa, o como si estuviera sola. Pero nada más

detalles de la decoración, los muebles

lejos de la realidad. Caminaba lentamente, con pasitos cortos y meditados para exhibirse con el mínimo atuendo previo al que podría ser el acto final de aquella función. Javier, desde luego, no apartaba la vista aunque trataba de simular cierta indiferencia pero sin que pareciera desinterés. Enarcó una ceja y de nuevo se dibujó en el varonil rostro una ligera sonrisa que aumentó su atractivo.

Parecía

Clara interpretó esos mínimos gestos y le leyó el pensamiento. Había llegado el momento. Con la misma parsimonia con que deambulaba por la suite, se le plantó delante. Lo levantó del silloncito para desabrocharle los botones de la camisa. Uno tras otro los liberó de sus ojales. Por vez primera, estaba frente aquel torso, origen del aroma que ya le era familiar en las ocasiones en que habían acortado distancias. Acarició tímida y tiernamente aquel pecho masculino para acabar imprimiéndole el que iba a ser su primer beso en los labios. Fue suave, lírico, aromático… nada de explosiones pasionales y fogosidades incontrolables. Ella lo quiso así de sutil. Apenas una chispa que, con seguridad, acabaría por incendiar un monte. Manejó el tempo para aplazar todas esas intenciones que ya le presuponía a Javier. Ese era su juego. Le quitó la camisa abandonándola a su suerte en algún lugar en el que no reparó, luego le invitó a que volviera a tomar asiento.

Por un instante, Clara pensó en Ignacio, su marido, y entendió que ya había cruzado la frontera. Su mente, entrenada eficazmente para la multitarea, le recordó a Julio César, la Galia y el Rubicón. ‘Línea superada… alea iacta est’ –se dijo a sí misma-. Entonces, sólo entonces, respondió desde el centro de la suite a la pregunta inicial que Javier había formulado: “¿Querías un… cómplice?”.

-Sí, bien lo sabes tú. Yo quería un cómplice ¿lo vas a ser tú?- le respondió finalmente a la cuestión que habían dejado pendiente.

En menos de un segundo, la mente de Javier consiguió recapitular de forma eficaz todas las conversaciones mantenidas con Clara en los últimos meses. El instante se vio repleto de sensaciones, preguntas, respuestas, mails, tequilas, conversaciones, risas… pero lo más potente eran las

expectativas que generaba ese momento donde parecían desembocar todos aquellos afluentes secundarios. Pero le había hecho una pregunta y se suponía que él debía dar una respuesta o mover ficha. ‘¿Cómplice?’ –pensó Javier- ‘parece que una nueva etapa ha empezado.’

-Quiero que te desabroches la blusa… con la mayor lentitud con que jamás lo hayas hecho.

Me disgustará si lo haces en menos de tres minutos

No decepciones a tu… cómplice- añadió finalmente para darle a entender que aceptaba formar parte de aquel juego.

–dijo mirando teatralmente su reloj de pulsera-.

Le pareció que la discreta sonrisa de Clara era una fachada tras la que esconder su pudor. Pero, si fue así, lo que hizo a continuación nada tenía que ver con una supuesta timidez. Entendidas, de primeras, las intenciones que flotaban en el ambiente, abordó el primer botón de su sedosa blusa color marfil. Al bajar su mirada un mechón de cabello cayó para ocultarle media cara. ‘Más de tres minutos para cinco botones es mucho tiempo –pensó ella-, me lo tomaré con calma, con mucha calma’. Cuando hubo desabrochado el primero, forzó con su dedo índice la abertura del escote y dedicó a Javier su mirada más pícara. No recordaba la última vez que usó aquellos recursos y se alegró de saberse aún hábil en su manejo pese al perceptible temblor que sufría toda su persona. Con el segundo botón le permitió adivinar la blonda negra de su sujetador que quedaba discreta y convenientemente disimulada por lo tupido del tejido de la blusa. Tras liberar el tercero casi le dejó por completo ver las filigranas que adornaban su lencería. Cada botón que soltaba era un descubrimiento, incluso para ella misma, un nuevo escalón que la animaba y la desinhibía cada vez más. Dejó para el final el más bajo de cuantos cerraban la blusa. Se dio la vuelta. Clara creyó haberlo visto en alguna película y le pareció adecuado imitarlo en aquel momento. Con la camisa abierta se curvó con mucha lentitud, y sin doblar las piernas, hasta tocar el suelo con sus manos. Habían pasado cinco minutos desde que atendió su primer botón cuando la parte trasera de la camisa se levantaba para dejarle ver, primero, el elástico de sus medias en la parte central de sus muslos y, seguidamente, unas diminutas bragas negras que le tapaban lo mínimo.

Javier estaba petrificado. Embelesado ante aquella sorpresa que absorbía todo su entendimiento. Se imaginaba, así mismo, con cara de panoli confeso. Trató de evitarlo reacomodándose por enésima vez en el sillón, por hacer algo y por si era capaz de encontrar una postura algo más relajada. Fue en vano. Ante lo más erótico que jamás había presenciado se concentró en no quedarse boquiabierto. Eso hubiera sido ya el colmo. ‘Panoli, más que panoli’ –se decía a sí mismo-. Tuvo serias dudas acerca de lo que se suponía que debía, hacer o decir, o no hacer o no decir. Se sintió como el hombre más tonto sobre la faz de la Tierra. Pero bueno, ahí estaba él en calidad de espectador de excepción que no se perdería el último acto de aquella función.

Ella, también presa del deseo, quiso ver la expresión de su único y privilegiado testigo que, según pudo comprobar, a duras penas conseguía mantener la compostura. Verlo contra las cuerdas, la animó a más y acarició intencionadamente su sexo. Recorrió, empezando por la parte central de su culo, toda la entrepierna hasta llegar al diminuto pedacito que escondía su ya totalmente mojado coñito. La imagen de su piel blanca y sus uñas rojas perfectas sobre el negro de aquellas braguitas aceleraba el deseo de él. Clara se dio la vuelta, con las piernas abiertas pero cerrando con sus brazos cruzados sobre su camisa desabrochada para retrasar, por unos segundos más, cuanto él quería ver. Su último movimiento no fue lento. Al contrario. De forma abrupta se mostró ante su ‘cómplice’ en todo su

esplendor de mujer.

Javier no esperaba aquello. ¡Cómo si de una impúdica exhibicionista se tratase!. Ese contraste, ese cambio inesperado de ritmo, le provocó una taquicardia de pura felicidad. Apenas podía mantenerse pasivo, pero parecía que así lo pedía aún el juego. Sería su cómplice. Sí, lo sería a cualquier precio mientras le parecía escuchar una sinfonía de potentes campanas de bronce. Aquella tímida niña universitaria que conoció un día, ahora convertida en una showgirl, deslizaba por su piel su blusa marfil hasta quedarse exclusivamente en combinación negra de seda y encaje, afilados tacones y medias. Allí estaba ella. La imagen viva de una mujer que aguardaba ser poseída. Ahora fue ella quien rompió el omnipresente silencio de aquella función.

-Cómplice, si te interesa lo que ves, te lo vas a tener que ganar. Necesito que me instruyas, que me tuteles, que me digas cómo he de comportarme, que me eduques, adiestres y domestiques. Hoy, si realmente eres mi cómplice, será poco más que un rito iniciático, pero cuánto tienes delante – le dijo acompañándose de un movimiento sorprendentemente lascivo- sólo será para quien sepa y merezca ser mi dueño.

Javier tenía un auténtico nudo en la garganta pero sabía que ese no era momento para achicarse. Aceptó el órdago y supuso que tocaba envidar.

- Clara, si quieres que sigamos tendrás que mostrarme mayor respeto -le conminó como consecuencia del proceso interno que le había despertado su esencia dominante- ¿Realmente crees que vas a ser capaz de satisfacerme en todo cuanto te pida? ¿No llegará el momento en que te arrepientas y te conviertas en una colegiala asustada? ¿Qué tipo de hombre crees que tienes frente a ti? ¿Sabes que soy capaz de convertir tu vida en una montaña rusa? ¿Tienes suficiente valor para afrontar una posición de sumisión?– acertó a decirle con el mayor convencimiento y aplomo que su estado de excitación le permitía pronunciar.

Quedó gratamente sorprendida y empezó a pensar que su instinto no le estaba fallando y que aquel hombre que la estaba mirando pudiera ser el Amo que buscaba. Decidió seguir el juego.

-Pues no sé, es algo que deberemos averiguar juntos. Si nada de esto me hubiera interesado, te aseguro que no estaríamos aquí. La hembra que tienes delante también es muy exigente –recalcó con cierto aire de suficiencia y orgullo femenino-, quizá antes de pasar a mayores deberías mostrarme tu pene para ver si es digno de cuanto estoy dispuesta a entregarte. -¿Pene? ¿mostrarte? Estás muy equivocada –le contestó subiendo un tono su voz para mostrarse más autoritario-, y ésta va a ser mi primera corrección. Yo lo que tengo es polla y no te la voy a mostrar… primero me pedirás permiso y, si lo obtienes, vienes aquí y te la trabajas. Si quieres algo de mí, por poca cosa que sea, te la tendrás que ganar y solicitarla con el máximo respeto.

Aquello le gustó. Javier se esforzaba por imponerse, a pesar de que le suponía totalmente turbado por la sesión que le acaba de dispensar. A Clara le parecía que aquel estudiante de Medicina que retuvo en su memoria durante tantos años ciertamente estaba destinado a desempeñar un papel en su vida. Su instinto llevaba años apuntando en esa dirección. ¿Sería cierto que estaba llamado a ser su Amo? Y al preguntárselo a sí misma notó un calor interno insoportable. Le estaba excitando la

tensión y que él tratara de ganarse una posición dominante.

-¿No me vas a mostrar entonces tu pene? –volvió a preguntarle mientras pícaramente paseaba uno de sus dedos por el borde de su sujetador. -Me iré ahora mismo si vuelves a pronunciar esa palabra tan… pluscuamperfecta. Fuera del hospital y de la consulta, no tengo pene, entérate, lo que tengo es polla y así quiero que la llames.

Secretamente le imponía y le importunaba pronunciar la palabra ‘polla’. Hasta imaginar que la pronunciaba le angustiaba.

-¿Y si no quiero? –contestó impulsivamente. -¿No quieres decir ‘polla’? –volvió a preguntar Javier para asegurarse de si era ése el

problema.

-No, no quiero –dijo ella la mar de contestona y con la esperanza de evitar verbalizar un término que aún le generaba un sonrojo acusado, además de parecerle soez e impropio de una persona de buena educación y mejor posición. -Si no lo haces, olvida cualquier posibilidad de relación. Nos despedimos aquí mismo y me iré para siempre de tu vida. No mails, no más cafés, no más citas. Nunca más Clara. –dijo Javier en su apuesta final-.

Aquello la desconcertó. Ella pensaba que con la sesión privada quedaría a su merced. Pensaba que, como un dócil corderito, accedería a cualquier cosa que ella pidiera. Cualquier hombre ya estaría rendido y no dudaría en rebajarse para complacerla en el capricho más arbitrario que pudiera ocurrírsele. A estas alturas de la función lo imaginaba ya comiendo de su mano y, sin embargo, amenazaba con marcharse. Se preguntaba si Javier estaba en realidad dispuesto a renunciar a lo que tenía delante, es decir a ella, ¿Sería capaz de cumplir su amenaza? Y pasó de cuestionarlo a, directamente, ponerlo a prueba.

-Disculpa, se llama pene –repuso en tono muy redicho para ocultar su miedo y de nuevo sus incontrolables temblores- y si quieres algo de mí me lo deberás mostrar, como ya te he dicho, para que pueda evaluar si es de mi completo agrado. Digno de mí –acabo diciendo mientras se mantenía firme en su posición.

Javier no contestó. Como si le impulsara un resorte se levantó del sillón, sorteó la falda que estaba en el suelo para no pisarla y se dirigió a la puerta de salida para abandonar la habitación mientras se ponía la camisa que había recogido de camino. Clara seguía pensando que no iba en serio. Que aquel farol terminaría en la puerta de la suite, pero cuando él cerró tras de sí, se dio cuenta de que quien podría ser el cómplice que iba buscando quizá no regresara y ahora ya para nunca. Clara pensó que otro, en su lugar, habría sucumbido, pero también era muy probable que una debilidad en aquel sentido hubiera acabado por decepcionarla. Aunque es posible que lo tuviera encendido de pasión, empezaba a valorar que no babeara y resistiera impasible a sus múltiples insinuaciones. Alguien que no se doblegara a la primera de cambio podría en verdad ser su Amo. Javier, sonó su nombre en su interior y reparó entonces en que cada vez que respiraba se alejaba un poco más de ella. Si no hacía nada por detenerlo perdería aquel último tren. Sin pensarlo dos veces, en un loco impulso, salió de la habitación casi desnuda y corrió por la moqueta del pasillo. Ahí estaba. Esperando la llegada del

ascensor, todavía abrochándose la camisa. Corrió a la máxima velocidad que le permitían sus

tacones y se le echó a los tobillos para detenerlo. En ese momento, de rodillas con la frente apoyada

en los zapatos de él y medio en cueros, se sintió sumisa por primera vez en su vida.

-Será como tu dices. Por favor, dame una oportunidad, deja que saque tu… -y paró, puesto que le costaba horrores pronunciar aquella palabra- que saque tu polla, deja que la mire y, si me permites, gozar de ella.

Javier, ahora sí, escondió muy bien su perplejidad. Ni en sus mejores sueños imaginó que una preciosidad como aquella corriera tras él en semejantes circunstancias para caer literalmente rendida a sus pies y suplicarle. Se quedó de una pieza, inmóvil, sin saber cómo reaccionar. Pero se dio cuenta de que, en ese decisivo momento, cada segundo de su silencio aumentaba el valor de su victoria. Un éxito aplastante. Cautivo y desarmado, aquel temible ejército de armas femeninas había sido totalmente anulado y sus objetivos claramente alcanzados. La guerra había terminado. Y mientras decidía regresar a la habitación, se dijo que aquel era uno de los días más afortunados de su vida.

A Clara, en aquel momento, no le importaba que pasara nadie por el pasillo y la viera en

combinación. Su única preocupación era no perderle otra vez. Entendió que desde ese momento Javier tendría un enorme poder sobre ella. Le gustaba esa sensación y se prometió no rebelarse contra ese nuevo orden. Una nueva relación empezaba allí. Humillada, suplicante, con su cuerpo

arremolinado a los pies de él se sentía especialmente llena. Esa era la puerta que deseaba traspasar y

en aquel momento ambos estaban cruzando su umbral. Pensó todo eso mientras, desde el suelo, no se

atrevía a levantar la vista. Se recordó, a sí misma, muchos años atrás, agarrada a la pierna de algún familiar mayor intentando impedir su marcha. Y esa sensación, en parte, le regresó. Se sentía niñita

de nuevo, como para ser reprendida, protegida, tutelada, educada, ¿consentida en algún momento?

Javier consideró que debía darle a entender que el encarecido y valiente ruego había tenido éxito. Había acabado de abrocharse la camisa. La miró y se llevó la mano a la cremallera del pantalón. El susurro rasgado al bajarla hizo que Clara, aún acurrucada a sus pies, levantara su cara surcada de lágrimas. Él liberó su polla en respuesta a la súplica. Cuando ella vio semejante ejemplar de

miembro viril, notó tanta actividad lubricante en su entrepierna que se ruborizó. No era, el pasillo de

un hotel, el lugar más apropiado para aquellas actividades pero obvió tales circunstancias y pensó

que era el momento ideal para poner a prueba su recién estrenada autoridad. Si era cierto lo que pensaba no le discutiría y accedería sin rechistar. Había llegado el momento de la verdad.

-Pídeme, aquí y ahora, besarme la polla –le dijo-. -Quiero besarte la polla –acertó a formular la petición haciendo un especial énfasis en la palabra que tanto le costaba pronunciar-… aquí y ahora. -Bésame la polla –le ordenó.

Clara accedió en su primera acción como sumisa. No reparó en el escenario tan expuesto a miradas

ajenas. Le había ordenado besar aquella polla en el pasillo del hotel y ella, arrodillada como estaba,

se la besó. Fue un beso largo… y con lengua. Se tomó su tiempo y no paró hasta que Javier juzgó que

había sido suficiente. Entonces le recogió delicadamente su cabello, como si fuese a peinarla en una

coleta, y tirando con firmeza la obligó a caminar a cuatro patas sobre la moqueta desandando el camino hasta la suite.

El concepto de lo correcto

Clara estaba más que excitada. A la creciente necesidad que su cuerpo le reclamaba satisfacer con urgencia, se sumaba, por vez primera, una extraña sensación de vulnerabilidad y deseo de servirle que se colaba por una rendija de su orgullo. Se preguntó si aquello, en verdad, sería una tara, un error de su personalidad, pero el placer nuevo que venía adjunto rápidamente eclipsó cualquier prejuicio. Era mucho mayor la satisfacción personal que obtenía, que las moralinas que luchaban por aflorar en su conciencia. Con cada orden que recibía se adentraba sin marcha atrás en una inhóspita selva que le era desconocida. Su mente, alterada y revoltosa, la notaba proclive a la dispersión. Pensamientos extraños le asaltaban, como qué podría haber sentido Colón al llegar al Nuevo Mundo,

o Neil Armstrong al pisar la Luna. Quizá éste era su particular, íntimo y personal descubrimiento y se sintió dichosa de haberlo hallado. Esa nueva sensación más allá de gustarle, la hizo sentirse ella misma por vez primera en su vida. Por esa razón decidió que exploraría con Javier hasta donde pudieran llegar. Fue una promesa que se hizo a sí misma.

Pero también eran momentos de dudas que hacían zozobrar sus pensamientos. Recordó sus placeres adolescentes con aquel cinturón trenzado, ahora le pasaba algo parecido. Desconocía que pasaría a continuación, si debería esperar más de Javier, si todo aquello apenas había sido un espejismo. En qué proporción podría ser correcto todo aquello… ¿Correcto? La palabra le sonó ridícula dadas las circunstancias. Algunas respuestas a aquellas incógnitas no se hicieron esperar tan pronto trató de acercarse de nuevo a él.

-Cuando quieras mi polla me lo pides. Vendrás a por ella sólo si te doy permiso –le volvió

a recordar – en lo sucesivo vas a tener que acostumbrarte a que, entre nosotros, la voluntad que

impere sea la mía. Mi voluntad será la única y la adoptarás como tuya. ¿No querías saber qué era la

sumisión?

pues empieza por interiorizar este primer axioma.

Seguía caminando aún a cuatro patas cruzando buena parte de la habitación hasta llegar a los pies de Javier. Pero antes de que abriera la boca le reconvino su forma de actuar.

-Que yo recuerde no te he dicho que vengas. He dicho que si quieres algo lo pidas. Y procura hacerlo de un modo adecuado que me agrade o de lo contrario saldré de esta habitación para no volver nunca más, aunque te amarres a mis piernas –la amenazó sabiéndose en su posición de privilegio recientemente confirmada frente al ascensor.

De nuevo a cuatro patas regresó hasta su punto de partida y pensó que, sin lugar a dudas, Javier se había documentado a fondo acerca del BDSM. Aquello prometía. Aquel cómplice era más que válido. ¿Sería el ideal? ¿El que estaba esperando desde que recordaba tener conciencia sexual? Javier empezaba a actuar como un Amo y seguramente ella debía ya comportarse como una sumisa tanto en el fondo como en la forma. Cuando alcanzó el punto de partida se giró y con voz dulce y humilde se dirigió a Javier casi balbuceando.

-Quisiera que me permitieras acceder a tu pene, yo estaría profundamente honrada –solicitó aunque le pareció haberlo dicho un tanto engolada. -¿Pene? –dijo elevando la voz, incrédulo ante la reiteración de semejante error –parece que no hemos aprendido ni tan siquiera la primera lección. -Perdón, perdón -se apresuró en corregirse la abogada- Permíteme que reformule mi petición de forma adecuada, Señor.

Esa rectificación le sonó a gloria a Javier que empezaba tomarle gusto al rol de autoridad incontestable e inapelable sobre una persona que, en casi cualquier otra circunstancia, lo hubiera mandado a la mierda sin más contemplaciones. Ahora era la personificación de la entrega y la sumisión.

- Señor, suplico, ruego humildemente que me permitas acercarme a tu persona. Si te satisface y me otorgas permiso, aunque me sé indigna de ese honor, usaré tu polla- y tras pronunciar aquella palabra Clara notó como uno de los puntales básicos de su exquisita educación se tambaleaba. Sin embargo, al mismo tiempo lo sintió como una liberación, una liviana brisa fresca que se paseó por sus neuronas. Había pronunciado aquella palabra por segunda vez en menos de cinco minutos, cosa que no había hecho nunca antes. -Sí –contestó escuetamente.

De nuevo, a cuatro patas cruzó la habitación hasta llegar a Javier quien dudaba si aquellas formas tan ceremoniosas en verdad le complacían. Se irguió para quedarse arrodillada frente a él y empezó a desabrocharle el pantalón y bajarle la cremallera. A continuación le despojó de su ropa para reencontrarse de nuevo con aquella… polla. La tomó con su mano y fue entonces cuando estuvo ya totalmente segura de que nunca jamás había visto, ni tocado una de aquel tamaño. Al tomarla, ya totalmente erecta, y se sorprendió al ver que no cubría su longitud asiéndola con sus dos manos. Empezó a chupar lo que sobresalía. Jamás se había visto en semejante escena. En ese momento notó que de su coño manaba tanto líquido que el interior de sus muslos estaba surcado por hilillos de flujo. No, desde luego, no se había orinado, pero aquello era también toda una novedad en su cuerpo que hasta aquel momento no pensó posible.

Efectivamente Javier no había acudido a la cita en blanco. Se había documentado con todos los medios y estaba ahora constatando que el rol Dominante encajaba con su personalidad mucho más de

lo que sospechaba. Para empezar le bastó aquella simple muestra de autoridad, pero había llegado el momento de ejercer ese poder en sentido estricto a favor de su voluntad. También había decidido que no le tratara de usted, después de lo compartido le parecería un artificio excesivo. Estaba bien que le llamara Amo, Señor, Dueño… pero sería mejor que le tuteara, como habían hecho siempre. Dominación no es hablar de usted. Las formas eran muy importantes, pero lo decisivo eran otros aspectos más personales y no tan protocolarios. Eso había aprendido y ya lo ponía en práctica.

Le ordenó que se levantara y consiguió romperle las bragas con un par de fuertes tirones que la zarandearon. Clara ahogó un grito, una queja por sus bragas preciosas e indecentemente caras. El coño debido al abundante flujo estaba más que lubricado. Javier no quiso esperar más. La volteó y le separó las piernas. Hizo que apoyara sus manos sobre la cama y encaró su pene al orificio vaginal. Clara notó cómo Javier se recreaba acariciándola con el glande al tiempo que lo mojaba. Rogó en silencio que no esperara más que la penetrara sin más dilación, lo deseaba con toda su alma. Sin embargo se dedicó a masturbarla con el roce de su miembro mientras esperaba que alcanzara su máxima erección. Llegado ese momento empezó muy suavemente notando como su hambriento coño engullía con facilidad todos y cada uno de los centímetros de aquella… polla. Tampoco el grosor parecía plantearle problemas, se abría paso con facilidad y pronto la lubricación fue perfecta. El placer la invadía como a quien le cae lluvia en verano. Era un gusto tibio y constante que la envolvía por completo. El movimiento lento y de compás perfecto le iba recorriendo el interior de su sexo. En progresión, le conquistó todo su interior hasta donde nunca antes nadie ni nada había llegado. Apenas había conocido a tres o cuatro hombres, pero ninguno tenía una polla con la capacidad de ocupación de que ahora era objeto. Se relajó y se abrió un poco más. El ritmo no cesaba y era casi perfecto en sus idas y venidas hasta que, sin que lo esperara, la embistió con violencia. Un extraño dolor le despertó los sentidos y soltó una exhalación, como si la polla que la había invadido le hubiera hecho sacar el mismo volumen de aire de sus pulmones. Por la boca salía, de este modo, el hálito del primer placer que hasta aquel momento, y a pesar de su edad, se le había negado. El ritmo fue aumentando y los movimientos se volvieron ya totalmente impredecibles, así como los picos de placer que de forma aleatoria recorrían su cuerpo. Aquello era desconocido para Clara, no imaginaba que Javier fuera capaz de manejarse de aquel modo. De no ser por el indescriptible orgasmo que se presentaba de forma ya inminente, se hubiera puesto a lamentar en voz alta los años perdidos hasta aquel momento. Su experiencia sexual quedaba relegada a una colección de impromptus y ahora, por vez primera, le llegaba una sinfonía completa para coro y orquesta. Cuando el placer cabalgó ya a sus anchas en ambos cuerpos, Clara, como pudo, pidió permiso para gemir ‘o lo que me salga’ -dijo-. Lo obtuvo y empezó a gritar, sollozar y gemir mientras deseaba que aquella penetración fuera eterna, que no desfalleciesen sus cuerpos y siguieran así el resto de los días de la humanidad. Ese deseo evidentemente, no se le concedió. Pero sí se llevó esa tarde tres polvos por los que un par de horas antes no hubiera apostado un céntimo creyéndolos imposibles.

Clara ignoraba lo que le depararía el futuro a partir de aquel día, pero sí hubo dos cosas que le quedaron meridianamente claras. La primera era que acababa de descubrir la auténtica dimensión del sexo; y la segunda era que Javier tenía madera de Amo. Ella debía ser su sumisa. Lo tenía decidido. Sólo restaba que la llamara al día siguiente. Interpretaría entonces que aquello no había sido una aventura y sabría que su primer día como sumisa no había sido un espejismo. Si telefoneaba a la mañana siguiente rodearía esa fecha en el calendario para celebrarla todos los años.

Llamó

Aún no eran las diez de la mañana.

-Necesitaba escuchar tu voz –le escuchó decir a Javier tan pronto descolgó el teléfono. -Yo también, me hacía tanta ilusión, no sabía si esperar o hacerlo yo misma –confesó. -No. Llamarte es cosa mía y acudir es cosa tuya –sentenció Javier. -¡Ah! -dijo ella como expresión más adecuada que se le ocurrió. -No te preocupes –terció él adivinando el estado de nerviosismo de Clara- ¿tendrás oportunidad para desayunar conmigo?

Se citaron en una de las cafeterías habituales. Una que quedaba en las inmediaciones del Barrio Gótico de Barcelona con una recoleta y tranquila terraza al aire libre. Habían quedado allí muchas veces por la equidistancia para ambos. Ordenaron un par de cafés con leche y unas tostadas. Clara tenía algo importante que decirle. Tal era su miedo y ansiedad, que lo soltó de sopetón mientras Javier rasgaba el sobrecito de azúcar.

-Javier, mírame a los ojos. Quiero ser tu sumisa ¿me aceptas?

Le sostuvo la mirada. Luego apartó la vista para verter en su taza con exasperante parsimonia hasta el último de los diminutos granos de azúcar. Sólo entonces Javier cogió la cucharilla.

Clara estaba al borde del infarto, pero le importaba poco, después de todo Javier era médico. Si no recibía una respuesta de inmediato su acelerado corazón se le escaparía por la boca y empezaría a brincar por la terraza. Aquella intriga era insoportable. No parpadeaba, apenas respiraba y no sabía qué reacción tendría si recibía una respuesta negativa.

Javier se tomó su tiempo. Al levantar la mirada encontró el semblante expectante de Clara. Fue entonces cuando le dio su cucharilla y dejó pasar un eterno segundo para que ella tuviera ocasión de quedarse atónita. Asumió definitivamente su condición de Dominante. Sólo después le dijo.

-Remuévele el azúcar a tu Señor.

Un mundo en común

Javier disponía de varios apartamentos donde había invertido una pequeña parte de su patrimonio personal. Meses habían pasado desde aquel episodio iniciático en el hotel Arts y su relación había avanzado y evolucionado a buen ritmo. Decidió reservar uno de aquellos pisos para él y para su sumisa con quien iba consolidando día a día aquella relación tan particular. Lo acondicionó como un loft de forma y manera que cuando ella puso sus pies en él por vez primera quedó sin habla. Apenas contaba con unos setenta y pocos metros cuadrados, pero lo convirtió en un comodísimo, moderno y funcional habitáculo. Tras la entrada se abría un salón con un increíble sofá de piel marrón oscuro que invitaba a echarse sobre él en plancha. Contaba con una única habitación, amplia, con sus paredes cubiertas por armarios empotrados. Su generoso cuarto de baño ocupaba la tercera parte de la superficie construida. El apartamento se completaba con una pequeña cocina. No había más, no se necesitaba más.

-Los armarios de la habitación están cerrados con llave- explicó a la sumisa en su primer día en el apartamento- no los puedes abrir… Son los armarios prohibidos. -Sí Amo- le dijo con una sonrisa de felicidad. -Te lo estoy diciendo en serio, ni se te ocurra nunca intentar abrirlos. Su contenido te está completamente censurado- insistió. -Que sí Amo, que sí. Como diga el Amo- y recordó algo del cuento de Barba Azul, que tenía una habitación cerrada bajo llave a la que sólo él podía acceder. -Desde hoy el apartamento es el mundo que tu Amo te ofrece -explicó fijando la mirada en la de su sumisa- al atravesar su umbral nuestra relación ha entrado en una nueva etapa. -Gracias Amo, me hace mucha ilusión- dijo para corresponder sin querer evitar ni disimular sus sentimientos para que trascendieran claramente. -Ahora vas a recibir un regalo. Cierra los ojos –ordenó.

Se volvió a uno de los armarios de la habitación, abrió la puerta con una llave y sacó de su interior una bolsa de terciopelo negro. Cerró de nuevo.

-Ya puedes mirar- le dijo para que viera lo que sostenía frente a ella. -¿Qué es? ¿Es para mí, Señor? –preguntó nerviosamente. -Sí – contestó al tiempo que le entregaba la bolsa de tela. -¡Qué ilusión! ¿de qué se trata?. -Lo tendrás que sacar de la bolsa para saberlo –le dijo su Dueño que se mostraba francamente divertido por la emoción que manifestaba su sumisa. -¡Vaya! –dijo al sacar de su interior un collar de cuero blanco con una brillante hebilla y un pequeño colgante con la inscripción ‘putsie (ES)’ -¡Qué preciosidad! ¿Es para mí? ¿qué quiere decir lo que pone en la chapita? - Es tu nuevo nombre. A partir del momento en que te pongas el collar, significará que admites ser mi sumisa, que te declaras de mi propiedad y que aceptas llamarte como tu Amo quiere:

putsie; significa ‘puta sierva y ES se refiere a mi nombre como tu señor: ElSir. -Es para mí un privilegio –dijo con la cabeza agachada estudiando el collar en sus manos- por supuesto que lo acepto, me hace muy feliz ser tu sierva perra. Me gusta mucho y me gustará mucho ser putsie. Suena a osito de peluche, a mascotita dulce y juguetona -al levantar la vista, ElSir pudo verle una lágrima de emoción por su mejilla. Se puso el collar alrededor de su cuello y se giró

dándole la espalda–. Amo, ¿abrocharía el collar a putsie?

Aquella primera vez que se aceptaron como Amo y sumisa sonó a compromiso de pareja. Para ambos fue una declaración en toda regla. Una relación para la mayoría extraña, muy particular y sólo de ellos, difícilmente entendible por nadie más. Aquel collar implicaba un elevado grado de responsabilidad y de pertenencia, de sincronización y complicidad extrema. Un acuerdo altamente inflamable pero innegablemente vital, corrosivo por momentos pero también de un intimismo insondable. Ambos sintieron que por vez primera tenían algo suyo, algo en común que les hacía únicos.

Los días que vinieron a continuación fueron tiempos felices. Ella, convertida en putsie a todos los efectos, ni siquiera consideraba que lo suyo fuera una infidelidad. De hecho llevaba con bastante naturalidad esa doble vida. ¡Eran tan diferentes su mundo doméstico y su mundo con ElSir! Se sentía realizada en esta nueva faceta que se alimentaba cada día que pasaba, en cómo exploraba con su Amo las nuevas fronteras de su placer, de su personalidad, de su propia existencia. Notó una mejora notable incluso en su trabajo, en el trato con el resto de personas. Le relajaba no tener que preparar nada cuando era convocada por su Amo, sólo obedecer. Le dejaba como nueva, era como una sesión intensiva de spa, robar un par de horas a la semana para postrarse a los pies de su Amo, excitar las terminaciones nerviosas de su culo a golpe de fusta y mezclar ese dulce picante con las extraordinarias dotes de amante de su Señor. En ocasiones lamentaba no haberse dedicado antes a estos menesteres, no haber conocido antes a su Amo en esta faceta… del tiempo no aprovechado. Pero le reconfortaba saber que, al menos, había llegado y que vivía en primera persona algo más que una fantasía, una experiencia vital que muchos no llegarían ni a imaginar. En su caso, la podía hasta tocar con los dedos, era algo tangible. La fusta y otras formas de estimular su sistema nervioso eran el pellizco en carne que nos dice si lo que vivimos es sueño o realidad. Pero hasta que llegaron a aquel episodio ambos tuvieron que caminar juntos un sinuoso sendero.

La primera fusta

Cuando empezaron a descubrir las realidades del mundo BDSM, Clara no imaginaba que le llegara el momento de sentirse aterrada de miedo. Su Amo, que ya le sabía como un buen estratega, como quedó patente aquella primera vez en el hotel, aún se superó a sí mismo al manejar con astucia mayúscula sus fobias y sus temores. Usó cuantos conocimientos sobre Clara iba adquiriendo para

diseñar cada uno de sus movimientos. Antes de compartir su primera sesión de BDSM, es decir, ir más allá de lo que hasta entonces había sido poco más que la asunción de roles de Dominación y sumisión, el plan de Javier, que todavía no era ElSir, fue magistral.

Durante dos semanas fue como el piloto que calcula las revoluciones del motor hasta alcanzar su máxima potencia y, cuando ya se ha exprimido al máximo, hacer un cambio rápido de marcha para aprovechar la inercia y obtener el mejor de los rendimientos. Así tuvo a Clara durante dos largas semanas: a tope de revoluciones. Cada día se apretaba un poco más el acelerador: en ocasiones era

una llamada telefónica con un enigma que dejaba en el aire, otro día una pista a descifrar escrita en un correo electrónico, también mensajes al móvil con doble intención que la dejaban en un mar de

Consiguió inquietarla e incluso preocuparla seriamente. Se le antojó si no sería un taimado

psicópata que ella mismo había despertado. En otros momentos lo que lograba era despertarle deseos o simplemente incitarla a la excitación. Dos semanas de expectativas, dos largas semanas en que llegó pensar incluso si su Amo no sería en realidad un personaje oscuro. La terrible cuenta atrás la manejó in crescendo sin que ella pudiera hacer nada que no fuera asistir como una víctima. Y así se sintió hasta que llegó el día señalado y a la hora indicada frente al número de la habitación del discreto hotel de carretera que escogió deliberadamente para aquella ocasión. No parecía aquello muy refinado, como lo fuera la vez del hotel Arts, y no hizo más que atormentarla si acaso un poco más.

dudas

Finalmente Clara se enfrentaba a la puerta de aquella habitación contra la que golpeó sus nudillos del modo que se le indicó. Tras un profundo suspiro que le sirvió para animarse a entrar cuando vio que se abría. Sobre la cama vio, a modo de exposición, todo un arsenal de fustas, cuerdas y otro instrumental que no llegó a identificar porque le dio medio mareo. Javier, no obstante, estuvo considerado. Suavizó su tono de voz y trató de que se relajara tras tanta tensión inducida en los últimos días. Fue consciente del impacto que le causaría ver todo aquel repertorio y comprendió que, para ser la primera vez, ya la tenía suficientemente asustada. Lo hizo con la intención de que, ni por un solo momento, su sumisa se tomara aquello a broma. Sabía que estaba presa del miedo. Sabía que esa era su primera ventaja.

Su Amo le ofreció que se sentara en el único sillón que había en la estancia y le ofreció un cocktail. No llevaba alcohol, pero sí estaba hecho a base de excitantes como la taurina y la cafeína. La quería bien despierta y con todos sus sentidos en perfecto estado. Tras el segundo sorbo le pidió permiso para ir al baño. Allí se lavó la cara y se tomó un valium. Regresó junto a su Amo y, aún muerta de miedo, no tuvo más remedio que permitir que le vendara los ojos y que luego la atara a la cama. El primer impacto psicológico lo daba ya por amortizado, pero a pesar de ello nunca antes había estado tan atemorizada, ni tan arrepentida, pero contuvo su primer impulso de pedir socorro a pleno pulmón.

La primera parte del plan había afectado tanto a su sumisa que Javier pensó que la vertiente física debía ser muy progresiva. Apenas se atrevió a propinarle un azote que se pudiera escuchar, pues había resuelto ir de menos a más para encontrar la intensidad adecuada. Tras el primer fustazo, ElSir quiso evaluar los daños. El parte fue una hoja en blanco pues ni había la menor marca ni putsie apenas había sentido nada. Con el tiempo ella recodaría que cerró los puños con tanta fuerza que se le clavaron las uñas, y que eso le dolió más que la primera docena de azotes que recibió su trasero. Se preguntaba si todo el miedo acumulado hasta ese momento habría sido en vano y se sorprendió a

sí misma pidiendo más. Reclamó más intensidad en proporción directa a cómo se le disipaba el miedo. No fue hasta el vigésimo azote cuando empezó a percibir cierta energía. Le hizo saber a su Amo que ése era su punto… al menos para aquel día. Establecieron que ‘limes’, palabra latina que significa límite, debería ser invocada por ella cuando se reconociera en la frontera de lo soportable. Recibió un azote más (a partir de ahí perdió la cuenta) cuyo sonido ya restalló en la sórdida habitación de aquel hotel de carretera. Empezaron a notarse los efectos de la fusta en su culo, señales ligeramente sonrosadas que alternaba con besos en partes que su cuerpo no esperaba. También intercalaba de forma arbitraria, sin seguir patrón alguno, humillaciones que susurraba en su oído y que le sonaban a poemas desvergonzados que derribaban murallas, como en su día lo hizo pronunciar la palabra ‘polla’. Ser usada como sumisa, entregada a su Amo, resultó ser algo más que aquella sensación placentera que esperaba. Aprendían a saltar barreras como los convencionalismos y volar a favor de libertades coartadas. Supieron declarar la palabra en rebeldía y usarla como instrumento afilado sin por ello perder el respeto. Descubrieron juntos también el poder de la intención y con ello le dieron un nuevo significado al azote y lo adhirieron al placer. La complicidad absoluta en el máximo clima de confianza y sintonía. Todo aquello hizo de aquella habitación barata y vulgar el lugar más sorprendente que podían imaginar.

El culo de putsie empezó a ponerse colorado. El Amo comprobaba la temperatura con sus labios, como se hace en la frente de los niños para detectarles la fiebre, antes de decidir el destino de su nuevo azote. Fusta y beso alternaban en distintas partes de su cuerpo. La palabra ‘limes’ no salió de los labios de la sumisa. A medida que avanzaba la sesión al catálogo de atenciones se fueron incorporando caricias no esperadas, pues seguía con los ojos vendados. Para el final, ElSir se reservó actuar sobre el mojado y henchido coño al que no le quitaba ojo mientras se estuvo empleando con la fusta. Cuando consideró que su culo ya había soportado suficiente para ser el primer día, decidió pasear la yema de uno de sus dedos por la rendija de su sumisa. Le gustó que no fueran los fustazos sino el tacto de su dedo en el clítoris lo que le arrancara de su garganta el gemido más acusado de la sesión. Fue un sollozo suplicante de placer al que su Amo, secretamente, supo que ya no podría renunciar a escucharlos durante el resto de su vida.

De aquella primera sesión BDSM, finalmente, apenas tres fustazos le dejaron marca visible. Más tarde, ya en casa, su marido ni se percató de las finas tiras rosadas en su piel, lo que ella hubiera justificado sobradamente como arañazos accidentales. Las señales desaparecieron por completo al cuarto día, tras pasar por ser unas líneas ligeramente amoratadas. Poca cosa. Pero hasta ese momento se estuvo mirando en el espejo cada mañana para recordar, no sin cierto orgullo, su primera experiencia. Le recordaban a su Amo, a ese mundo que ya compartían y desde el que superaba miedos y conseguía objetivos que no habría podido alcanzar de ningún otro modo… en especial, se sentía algo más poderosa al saber que podía decir polla sin que un resorte imaginario le reprendiera en su interior.

Tanto por descubrir…

Lo sucesivo no fue como aquella primera vez. Ella estaba segura de que sería algo progresivo y que crecería como persona. En un tiempo récord acabó derribando murallas relacionadas con el lenguaje

y pudiendo pronunciar y escuchar cualquier palabra sin que se le alterase el pulso como

inconscientemente le inducía su educación de señorita bien. Eso era un avance. Para ella en verdad

lo

fue y de carácter notable. En el ejercicio de su profesión ahora se sentía más segura, más capaz en

el

uso de una herramienta tan útil para ella como era la palabra. Acabó por sentirse libre para usar

sin pestañear todos los registros que el idioma ofrecía. Su educación refinada, sin que hasta ese momento hubiera reparado en ello, la tenía encorsetada. Ahora tanto podría esgrimir argumentos con lenguaje técnico frente al más duro de sus colegas letrados, como asistir impávida ante un cliente que tuviera por exclusivo lenguaje todo el vocabulario grueso de la Real Academia Española de la Lengua. Eso y determinadas insolencias le causaban problemas que le hacían tambalear su equilibrio

interno. Tan sólo había conseguido disimular sus efectos, pero no superarlos como sí había logrado de la mano de su Amo.

También estaba aprendiendo que cuando se confía sinceramente en alguien, no importa lo que diga o lo que haga. Si se es franco, no hay nada que temer. La clave era trabajarse a cada persona para saber hasta qué punto exacto era de fiar y actuar en consecuencia. Para eso desarrollo un sentido especial que le fue de gran utilidad como abogada, pero también para darse cuenta con gran velocidad del perfil personal de la gente nueva que pudo conocer desde que se reconocía ya como sumisa. Incluso su mirada se había vuelto más profunda y su ánimo mucho más forjado para enfrentarse a cualquier reto que se le pusiera por delante. Aprendió a decir no con mucha mayor rotundidad y a ejercer su autoridad en el despacho con mayor aplomo y seguridad. Todo eso lo iba aprendiendo y estaba realmente sorprendida. Aquello era algo más que abrazar una nueva dimensión del sexo. Se daba cuenta a diario, cada vez que pensaba en su Amo, de cuántas cosas tenía por delante por descubrir.

Mucho tiempo había pasado desde entonces. Casi dos años que cundieron como el doble. Desde que empezaron a compartir ese mundo en común se llamaban a diario varias veces. El motivo era lo de menos. Algún día había de por medio un tema importante que tratar, o al menos hacían como que era importante. La salud, el trabajo, la familia, el último libro que estaban leyendo… pero en ocasiones era tan solo para preguntar: ‘¿qué estás haciendo?’

ElSir mostró en esta nueva versión suya un inusitado talento creativo que putsie celebraba con gran entusiasmo. Era un artista de la tramoya y la escenografía. Preparaba a conciencia sus sesiones, que llamaba especiales, que solían ser una por mes. Decoraba por completo el apartamento. Era como el Disneyland de la D/s y eso divertía mucho a su sumisa. La relación entre ambos era de una solidez a prueba de seísmos de grado 10 en la escala Richter. No dudarían en confiar sus vidas al otro, sin pensarlo, sin albergar ninguna reserva. Era más que sexo, más que diversión, más que complicidad. No obstante era todo eso y mucho más al mismo tiempo y hecho a fuego lento.

En una ocasión, conociendo la fascinación que sentía putsie por todo lo oriental, ElSir convirtió el apartamento en una casa japonesa. Fue toda una sorpresa para ella ver redecorado aquel espacio ahora cruzado por fusumas, biombos de papel translúcido y madera. Se documentó a fondo con el único propósito que su sumisa se sintiera en Japón. La introdujo en el mundo de la casa tradicional nipona explicando qué era el genkan, o entrada, donde ambos se descalzaron, y la sala de estar o i- má que también había recreado cubriendo el suelo con un tatami. También había hecho desaparecer la cama y en su lugar había un futón, que es su equivalente en la cultura japonesa. Recreó con mucho acierto un ambiente en un rincón del salón que lo denominó como tokonoma. Había bonsáis e ikebanas por toda la estancia y, eso si que no lo esperaba, un kimono auténtico. Emocionada quedó cuando apareció una joven japonesa que le ayudó a vestirla. Alucinaba viéndola anudar el complejo obi. Su Amo había invertido cuatro meses preparando aquella sesión especial. La misma joven actuó como camarera en una comida tradicional que se les sirvió. Algo de sushi, tempura, teriyaki y sukiyaki a modo de degustación. Tras el karumetou, que es un pastel de azúcar moreno que tomaron por postre, la muchacha procedió con la tradicional ceremonia del té. Nada más finalizar el ritual, el sonido de un shamisen inundó el apartamento. La camarera, como una sombra, se marchó con el máximo sigilo.

Aquel día putsie llamó a casa para decir que no la esperasen para cenar. Alegó ante su marido una importante entrevista con un cliente de la que ni se molestó en preguntar un solo detalle. En realidad no dejaron de follar durante seis horas. En los descansos tuvo episodios de fusta en piernas, en culo, pinzas en pezones y vulva, incluso no siempre que eran descansos. Volvió a casa a las doce de la noche. Aquella sesión intensa de sexo hizo que sus piernas temblaran durante horas. Estaba tan agotada como feliz.

En una hora

Tenía un juicio a primera hora de la mañana. Era de ese tipo de vistas que son difíciles de prever en cuanto a su duración. Precisamente por ese motivo al salir del bufete dijo a su pasante que no la esperara, que no sabía a qué hora podría acabar. Si acaso ya volvería en función de lo que se extendiera. En su mente albergaba el deseo de acabar pronto y quedar con su amiga Isabel. Hacía casi un mes que no hablaban y necesitaba contarle las últimas novedades. ‘Con lo morbosa que es, seguro que le encantará saber de mis últimas andanzas’, pensó de forma fugaz. El juicio era un despido improcedente claro como el agua, pero… la otra parte podría complicarlo o, por el contrario, llegar a un acuerdo rápido antes de entrar a la Sala. La conversación previa con los abogados de la parte contraria, la empresa, fue como la seda. Puso su mejor cara de boxeadora, y con su voz, fría como el acero, y mirándolos a los ojos les explicó lo que iba a pasar dentro de la Sala.

-Mi cliente está dispuesto a llegar hasta el final. Afortunadamente tiene posibles para no tener que reparar en gastos y no está interesado en aceptar pactos mediocres para olvidarse pronto del tema –detalló con el máximo convencimiento imaginable- es más, le he aconsejado que no descarte presentar una denuncia por acoso laboral.

-Nuestro cliente está dispuesto a avenirse a razones. Haría una buena oferta, pero tragará con carros y carretas -expusieron en su defensa los otros letrados. -¿Una buena oferta? ¿buena para quién? No es que quiera amenazar pero creo que su cliente sabe que tenemos argumentos de peso para ir más allá del despido: presentar acusación de mobbing y airear el asunto en la prensa con suficiente ruido como para que este empresario se vaya olvidando de acceder a la presidencia de la Cámara de Comercio de Barcelona -Somos conscientes. Por eso plantea una buena oferta.

La oferta fue buena, muy buena en realidad. Su defendido quedó tan satisfecho como para celebrarlo. Como era viernes daría por concluida la mañana, aunque todavía no eran las diez. Estuvo en un tris de llamar a su amiga Isabel. Sacó su móvil, pero marcó el número de su Amo. A ver qué estaba haciendo.

- He acabado el juicio, bueno en realidad hemos pactado. Es viernes y, la verdad, no me apetece volver al bufete. ¿Soy una golfa?

- ¡Eres lo que me gusta que seas! –dijo mientras reía divertido-. Yo acabo de salir de

guardia, por lo que hoy ya no paso consulta. Estaba pensando en ir al apartamento.

- No es mal plan. - Bueno, he dormido suficiente porque ha sido una noche tranquila y como no me gustan las

duchas del hospital había decidido empezar ahora mismo el fin de semana dándome un baño en el apartamento.

- ¡Qué bien viven algunos solteros! –le acusó divertidamente.

- ¿Tan mal vives tu? –se defendió con el mismo tono divertido.

- No, la verdad es que no me voy quejar, pero siempre se puede mejorar y, sinceramente, no conozco mucha gente que viva mejor que tú.

- ¿Y a ti? ¿te gustaría vivir mejor?

- Bueno –empezó diciendo para ganar algo tiempo y pensar la mejor de las respuestas

posibles- hay algunas cosas que me gustaría cambiar. Si tuviera una varita mágica… sí, haría un par de mejoras notables en mi vida.

- ¿Quizá tu vida no resulta todo lo apasionante que esperas?

- Siempre he pensado que todo es mejorable –acertó en decir al tiempo que reflexionaba

sobre la birriosa respuesta anterior.

- ¿Acaso no me consideras apasionante? –interrogó su Amo con interés.

- Repito, todo es mejorable –insistió para retarle- siempre. - Muy bien. Te quiero en el apartamento en una hora –le ordenó su Dueño- vamos a comer allí. Avisa en casa para que no te esperen. -Si Amo, será como tu dices.

Una sonrisa iluminaba su rostro al finalizar la llamada.

Todas las tazas de chocolate de su vida

Usó su llave para entrar al apartamento. Le sorprendió ver a su Señor sentado en una silla, justo frente la misma puerta de entrada. Vestía únicamente su albornoz.

- Hola – saludó mientras se quitaba el abrigo.

Quiero

desnudes

aquí

- deliberadamente corresponder al saludo.

que

te

mismo,

delante

de

–dijo

secamente

obviando

- Como quiera mi Dueño –respondió al tiempo que empezaba a obedecer.

- No quiero prisas. Tenemos tiempo –le recordó.

Fue casi a cámara lenta, desde la caída de los pantalones de su traje chaqueta al suelo, hasta el momento de desabrocharse el sujetador y deslizar delicadamente sus braguitas a lo largo de sus piernas. Todo muy parsimonioso, casi ceremonial, hasta que se encontró totalmente libre de sus

ropas.

- Ahora vete a la ducha, ponte un gorro de baño y espérame allí –le indicó tajantemente su

Amo.

- Si Amo –contestó sumisamente.

A los cinco minutos de estar bajo el agua caliente, su Señor apareció llevando consigo un cubo en cada mano. Estaban llenos hasta los topes de chocolate. Entró en la ducha y sin mediar palabra le vació uno de los cubos, por completo, sobre la cabeza. El profundo aroma a chocolate se adueñó rápidamente de la cabina de ducha. Notaba su cuerpo enfundado en una tibia sustancia que ahora lamía su Señor con la fruición de un niño chico. En realidad ‘la’ estaba desayunando tomando sus pechos a dos manos y rebañando con la lengua sus pezones, siempre tersos como dos cerezas. Le acercó el otro cubo y la invitó a proceder de igual modo con su Señor. Ella también desayunó. Arrodillada succionó golosa el chocolate que cubría parcialmente su erecto pene. Se propuso no dejar ni una sola señal de tan dulce cobertura. Cuando estaba totalmente limpio prosiguió con el resto de los genitales y luego empujó chocolate de otras partes del cuerpo para seguir aplicadamente con su trabajo. Al levantarse, su Amo se llenó la mano de chocolate caliente y le untó todo el coño para masturbarla. El placer le llegaba en un extraño formato que combinaba el perfume achocolatado, la tibieza de su temperatura, su suavidad recorriendo todo su cuerpo. En unos segundos le pasó por la mente todas las tazas de chocolate que hasta la fecha se había tomado y no podía creerse que aquello, tan inocente, estuviera ahora poniéndola endiabladamente cachonda. Definitivamente, el chocolate ya no sería para ella lo mismo después de aquel pasaje y pensó si quizá, ante la próxima taza, su recuerdo le sacaría los colores. Seguía notando el dulzón olor y la agradable textura inundándola donde jamás pensó que le llegaría hasta que, finalmente, la polla de su Amo, en tamaño y dureza apropiada, pidió paso dentro de ella. Arqueó su cuerpo y abrió las piernas mientras era tomada por detrás con la esperanza de que no dejara de masturbarla. Se pasó la mano por la cara para tomar más chocolate al tiempo que gemía y notaba como también su sexo se lubricaba desde el interior. Sólo sabía que estaba extasiada y que su olfato le daba información no asociada al placer que le estaba asaltando. Siempre le había gustado el chocolate y también el sexo, pero jamás creyó posible que un día ambos le vinieran en una misma entrega. El ritmo frenético de la penetración la levantaba del suelo de tanto en tanto. Apenas de puntillas, con sus escasos 51 kilos la izaba en volandas con facilidad. El placer era creciente y disfrutaba sintiéndose tan querida como deseada, tan penetrada como follada, con tanta pasión como fiereza. Se entregó a su Amo nuevamente cuando paró para darle la vuelta. La tomó en brazos de nuevo y volvió a penetrarla a su antojo. El chocolate se escurría y se acumulaba entre ambos cuerpos. Jugaban, se mordían y chupaban, reían y gemían… Sin avisar abrió el grifo del agua caliente y empezó a diluir el chocolate para que sus cuerpos recuperaran su color natural. Las caras de ambos parecían sacadas de un comando en plenas maniobras. Les cruzaban las mejillas trazas de chocolate que parecían parodiar el camuflaje militar. El chocolate seguía fluyendo hacia el desagüe mezclado con el agua, al tiempo que los gemidos crecían en fuerza e intensidad.

Ambos cuerpos se apretaron más bajo la ducha sintiendo la inminente llegada del placer supremo. Aún se tensó más para meter su polla dentro de putsie para lo que ella se esforzó en abrirle más su coño en un intento de que su Señor la penetrara al máximo antes de explotar. Ya no sabía distinguir qué era chocolate y qué no lo era. Sólo sabía que estaba redescubriendo el significado de la palabra

posesión y por eso gritó fuerte cuando eyaculó. Su sumisa correspondió aceptando aquella condición de sojuzgada por el macho con un agudo monosílabo gutural que la dejó extasiada. El rol asumido aún aportó un regusto añadido para ambos. El agua seguía enjuagándolos cuando putsie se arrodilló para agotar del pene de su Amo hasta la última gota de semen con sus manos y su solícita boca. Ambos se permitieron un par de complacientes minutos de relax bajo el agua, entrelazados, antes de enjabonarse y abandonar la ducha. El desayuno había finalizado, pero para el resto de su vida, putsie vería ya de otro modo cualquier otro chocolate a la taza que se le cruzara por delante.

¡Firma!

Tan pronto acabaron de desayunar y abandonar la ducha, ElSir sacó de los armarios secretos unos documentos.

- Quiero que firmes estos papeles –le pidió.

- ¿De qué se trata? –preguntó putsie al tiempo que intentaba empezar a leer su contenido.

-¡No! –cortó con energía- no debes leerlos, vas a firmar sin saber de qué se trata. -¿Cómo? –quiso aclarar- ¿me estás pidiendo que te firme algo a ciegas? -Exactamente, has acertado. Si confías en mí no deberías ni planteártelo. Te pido que firmes y lo firmas. -Me debes considerar loca si de verdad piensas que lo voy a hacer –increpó elevando algo el tono de su voz- ¡Cielos! soy abogada ¿recuerdas? ¿crees que voy a hacer algo así? ¡Siempre leo antes lo que firmo! ¡Siempre! -Sí, lo vas a hacer. Lo harás si confías en tu Amo y si sabes lo que te conviene. -Lo siento Amo, no lo voy a hacer –y algo en su interior se quebró como una rama. -Muy bien, no lo vas a hacer, ya contaba con eso. Ser tu Amo significa conocerte y conocerte bien –le hizo saber. -Es que me lo impide mi propia formación, mi misma esencia. -Soy yo quien define cuál es tu esencia, soy yo quien te da forma, quien te moldea en todos los aspectos –le conminó con voz enérgica-. Tu sólo debes obedecer. -Amo, no me hagas firmar nada sin leerlo antes –le pidió de forma lastimera aunque empezaba a saber que si se lo pedía una vez más no tendría fuerzas para negarse.

Su sumisa quedó callada. Con la cabeza gacha. No se atrevía a mirar a su Amo. Sentía una profunda vergüenza, sabía que le había decepcionado. Su Dueño tenía razón. Pensó que cualquier perro obedecería y sería feliz por el mero hecho de satisfacer y por ello sentirse inmensamente orgulloso… y no necesitaría saber nada más. Cuanto pueda precisar ya se lo proporcionará su Amo. Mientras se debatía en qué hacer, mirando a cierta distancia los papeles sobre la mesa, le vendaron los ojos. Se le acercó al oído y le dijo:

-Ya contaba con eso, desde luego. Conozco bien lo que es mío, mis propiedades, y en tu caso… te conozco mejor que tú a ti misma.

-Sí Amo, lo sé –y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. -Ahora te voy a castigar, no por no firmar los papeles, sino por las formas que has empleado. Deberá ser algo que no olvides con facilidad y luego, ¿cómo no?, vas a firmar los papeles, todos y cada uno de ellos. –La sumisa permaneció en silencio imaginando que aún había más- Firmarás no por el castigo, no por que sepas qué haces… sino porque es la voluntad de tu Amo… que es la misma que la tuya. -Yo… -balbuceó- yo no quería ofenderle, Amo. -Tú no ofendes a tu Amo ¡nunca!

Mientras, su mente legal, un tanto abrumada por la petición, traducía las últimas palabras de su Amo. Llegaba a la conclusión de que al ser su voluntad la misma que la Suya, su firma sería, en el plano volitivo, signo de inequívoco de consentimiento. Un nuevo escalofrío metálico recorrió su alma. Seguía privada de visión sin saber qué estaba pasando aunque distinguió el sonido de alguno de los armarios prohibidos para ella. Aquellos en el que supuestamente guardaba todo el arsenal de útiles y herramientas que usaba o usaría en un futuro con ella. De aquellos armarios habían salido los documentos y no sabía cuantas cosas más podrían guardar. Al poco supo que su Señor había regresado al salón. Le ayudó a levantarse y la guió hasta la cocina. La puso boca abajo, apoyando su torso sobre la mesa, con los brazos extendidos y las manos al aire por la parte opuesta. No podía ver nada, pero su Amo había colocado en el suelo varias ventosas potentes, como las que se usan para manipular grandes cristales y que fijó fuertemente en el suelo. Dos frente a sus manos y otras tantas a los lados de sus pies. Le ciñó correas de cuero en muñecas y tobillos que fueron sujetadas a estas asas. En poco tiempo se encontraba desnuda, postrada sobre una mesa, con las piernas totalmente abiertas y sujeta de pies y manos. Muy asustada por la posible reacción de su Amo. ¿Confiaba en él?:

sí, totalmente, pero no había conseguido dominar aún el pánico que algunas situaciones le generaban, especialmente si había recurrido a los armarios secretos. Trataba de prepararse para lo peor y se consolaba en pensar que quizá, con lo que le pudiera venir, purgaría su falta. Iban pasando los minutos y no pasaba nada.

Su Amo se concentró para que el primer impacto fuera como si la despertaran de una conmoción. Se preparó para darle con la fuerza necesaria. Contundente como para sacarla de sus pensamientos, pero no tanto como para que otros azotes posteriores no hicieran ningún efecto. La fusta era una vara flexible de fibra de vidrió que remataba su extremo con una pieza de cuero duro en forma de rombo. Esperó para que el primer golpe de fusta la pillara totalmente por sorpresa. El sonido restalló en el salón y un grito de dolor auténtico brotó de su garganta femenina. La besó en los labios a continuación, suave, muy dulcemente y espero para que el segundo fustazo la pillara otra vez desprevenida. Resonó, contra el glúteo opuesto, como un solitario aplauso seguido de otro gemido doloroso que pudo escuchar mientras le duró el efecto en sus terminaciones nerviosas. El tercer impacto se lo reservó no para donde recibió el primero, pues sabía que lo esperaba allí y quería que se equivocara de medio a medio. La fusta fue a probar la piel de la espalda, quería azotarla en la versión más literal de la palabra, casi como un latigazo bíblico. Tanto como para considerar que lo aplicado hasta la fecha no era más que un castigo escolar. El dolor tuvo más efecto por la sorpresa que por su capacidad lacerante. El fin era que perdiera el sentido del orden de aquella sesión y que se entregara, en todo tiempo, a la siguiente acción preparando cualquier parte de su cuerpo. Deliberadamente dejó pasar algunos minutos, sabiendo que, prisionera en su oscuridad, el tiempo se le alargaría. Puso fin a la espera con un nuevo fustazo, más débil, pero que apuntó con esmero para

acertar de lleno en su vulva. Diferente, menos sonoro, pero igualmente excitante.

Intentó revolverse sobre la mesa de la cocina pero estaba muy bien atada y sujeta de pies y manos. La fusta impactó docenas de veces con intensidad y localización cambiantes a lo largo de su anatomía. Empezaba a sentir todo su cuerpo, entero, como una diana, cuando un nuevo impacto le sorprendió en la cara interna de un muslo. Fue la traca final. Un escozor le recorrió la zona como si allí mismo le hubieran abierto en vivo un hormiguero. Tampoco pudo reprimir un grito, ni una lágrima, ni resistirse al placer posterior que se extendía rápidamente por todo su organismo. Aquel fue un dolor distinto. No era escozor, ni tampoco picor. Era algo diferente que se mezclaba con toda una constelación de sensaciones que se le habían agolpado en los últimos minutos. Le estaba saturando su capacidad cognitiva, su racionalización, su visión personal. Le estaba arando como se rotura un campo sobre el que se pretende plantar una semilla de resultado aún incierto.

Cesaron momentáneamente los azotes. Le vino bien descansar. Al tiempo, notó como le colocaba en contacto con el ano algo suave y fresco que no pudo identificar. Seguidamente la tomó por la cintura y empezó a ponerle una especie de arnés de cuero, o al menos eso le pareció. En ese momento empezó a sentir como su vagina era penetrada por un objeto extraño. Era fino, sin llegar a ser suave, fresco sin ser frío. No era de un gran tamaño y desde luego no parecía un vibrador. Cuando se alojó en su interior, el Amo acabó ajustándole el arnés de forma que su ano quedó en completo contacto con aquello que le había colocado y su vagina ocupada por no sabría muy bien decir qué cosa. Imposible oponer resistencia, sólo esperar expectante, dolorida, asustada e indefensa. Su sumisa ¿no? Pues eso.

Abrió la nevera para sacar una cerveza. Se sentó en una silla y estuvo contemplando a putsie, como un espectador de excepción que asiste desde un patio de butacas. Le sacó un par de fotos en su móvil. Pensó en alguna utilidad y para que luego, ella misma, se divirtiera al verse de esa guisa. En realidad estaba esperando a que las láminas y el ‘dedo’ de jengibre, que previamente había preparado, empezaran a hacerle efecto. Le había llevado un buen rato darle la forma apropiada a la dichosa raíz para que funcionase como se suponía. Unos minutos fueron suficientes para apurar la cerveza y para que los principios activos de este tallo subterráneo actuaran, vía mucosa, en ella.

La entrepierna de putsie empezó a babear. Jamás se había notado tan… fluida. Se le escapaba su jugo íntimo por el arnés que era incapaz de contenerlo. El jengibre multiplicó por mil la respuesta erógena entre el ano y los labios de la vagina, zona que en ella ya era de por sí altamente sensible. El efecto químico sumado al lujurioso tacto del cuero la pusieron al borde del éxtasis, de hecho juraría que se encontraba en el límite entre la consciencia y la alucinación. Tal era su placer. Los conocimientos sobre neurología, tan útiles, para conocer las reacciones fisiológicas a determinados productos, fueron un valioso as en la manga que su Señor usó.

-Amo -dijo en voz entrecortada- eres un cabrón –y se alegró de poder hacer uso de aquella palabra que tiempo atrás se le hubiera atragantado. -La próxima vez que me quieras llamar cabrón me pides permiso antes –le conminó al tiempo que le dedicó un fustazo propinado con mayor energía. -Sí, sí Amo, cómo… tu digas, cómo… tú ordenes –acertó a decir entre jadeos sin poder articular una disculpa con mejores formas a causa del fustazo y del indescriptible placer que le

embargaba por completo.

Naturalmente que era un cabrón. A él le gustó que se lo dijera y responderle con un castigo que ella esperaba y deseaba. Esa palabra era casi un código secreto que siempre obtenía respuesta.

-Amo… cabrón –volvió a repetir.

Sí, ésa era la mejor palabra que en determinados momentos mejor cuadraba con su Amo, y ella una perra salida que se convulsionaba en sus ataduras, enajenada y borracha por la intensidad de su placer. Sus movimientos, a pesar de estar maniatada, aumentaban su deseo mientras notaba su coño deshaciéndose como una barra de hielo bajo el sol de verano. Otro fustazo en su culo, hasta ese momento el más fuerte, sumó una nueva sensación y empezó a cimbrear las caderas sin saber muy bien si era por el cálido escozor o por el creciente deseo. Su mente ardía, se sentía libidinosa, cachonda, lujuriosa… todo en su máxima expresión. Era uno de esos momentos en que sabía que encontraba sentido a que su nombre, putsie, viniese realmente de abreviar ‘puta sierva’. Por supuesto que firmaría, firmaría lo que fuera, su propia sentencia de muerte, el fin del mundo. Su mente estaba repleta de sensaciones eufóricas, la carga de endorfinas le desbordaba dejando su cuerpo fuera de control lo que se tradujo en un nuevo e hilarante ataque de risa. Una risa espontánea, limpia y absolutamente desinhibida. Su propia risa le excitó, como si estuviera bebida.

Su Amo le retiró el arnés y el jengibre y una oleada de frescor invadió su sexo liberado. En ese momento le untó con algún tipo de aceite, a modo de lubricante, que agradeció ya sólo por el hecho de la caricia que supuso su aplicación. Ronroneó. ‘Pequeña putsie, que puta eres’, se dijo para sus adentros.

Le guió la boca para que albergara en su interior el miembro viril de su Dueño. Su calibre era tal que se cuidó para que no le dañara con los dientes. La sumisa succionó con tanta fuerza como se lo permitía su estado y su postura. Debía hacer un complejo escorzo que le dificultaba saborearlo como le hubiera gustado. En ese momento su Señor empujó su polla hasta alcanzar el fondo mismo de su garganta. Una arcada. Resistió. Soportó aún tres envites más como el primero antes de ver como se situaba detrás suyo y desear que la penetrara cuanto antes. Pero antes hizo una visita rápida a sus armarios secretos de donde regreso con un dildo especial para su sumisa con el que le estimuló las terminaciones nerviosas que rodean el ano. Pacientemente lo fue introduciendo hasta que se perdió totalmente en su interior dejando fuera el pomo de seguridad. Con este consolador y algo de lubricante empezó a trabajarle su abertura trasera con paciencia hasta que consiguió que dilatara. Ella seguía ronroneando como una felina pues no estaba haciendo otra cosa que acumular, unas tras otras, sensaciones excitantes que cada vez la ponían más caliente. Le retiró el dildo y empezó a introducirle un vibrador de mayor tamaño. La dilatación previa y una nueva lubricación permitieron que entrara suave. Un pequeño movimiento de rotación facilitó la operación hasta que metió la mitad de su longitud. En ese momento, comprobando que el ano ya presentaba una notable abertura, se encaramó a su sumisa y colocó su glande en la puerta de su chorreante coño. Un movimiento seco, casi violento, sirvió para clavarle entera la polla que lucía una formidable erección. Al mismo tiempo, con su pubis empujó el vibrador hasta el fondo. Los dos orificios fueron penetrados de forma simultánea.

Notó como si se le escapara el alma por la boca. Empujada y penetrada por vagina y ano. Una exhalación forzada, un grito y una especie de sollozo de placer absoluto brotaron provocados por el envite. Se sintió totalmente expuesta y le vino a la mente el concepto de ‘empalada’. Notaba en su interior como el vibrador y la polla de su Amo la estaban trabajando al unísono. Se rindió, se abandonó y se abrió para todo cuánto su Señor deseara. Era la puta sierva que había cincelado su propietario a capricho y, en esa su condición, se sintió al mismo tiempo la más absoluta emperatriz del placer y de la dicha. Su cuerpo, aprisionado contra la mesa por el peso y empuje de su Dueño, se debatía entre la agitación a la que se veía sometido y la extraña sensación de estar a punto de explotar. Los cambios de ritmo en la penetración pasaban de un suave y agradabilísimo vaivén a salvajes folladas que le hacían mantener una incontrolable secuencia de gritos y una suerte de gorjeos ininteligibles. Se sentía como en una batalla y en su fragor recibió nuevos fustazos en nalgas, muslos y espalda. Multitud de sensaciones se agolpaban de forma que su mente era incapaz de analizar por separado. Llegaron todas como una carga de caballería que atacaba simultáneamente sus capacidades sensoriales. Vino sin avisar, de forma cruenta, la inminencia del orgasmo más loco que jamás había tenido. Llegó como un maremoto. Le arrebató todo atisbo de cordura y empezó a moverse cual posesa. No cesó, sin embargo, el ritmo de la penetración. En pleno éxtasis su Amo trató de sojuzgarla con un sobreesfuerzo que le mantuvo polla y vibrador en el lugar más interno que era posible. Los espasmos en el cuerpo de su Señor mostraban a las claras el punto exacto de su eyaculación. Echó sobre ella todo su peso y se sintió físicamente reducida.

Un minuto más tarde se separó de ella. Le liberó muñecas y tobillos. La apartó de la mesa. Le puso unos tapones en los oídos y la amordazó. Ciega, sorda y muda, aumentaba su indefensión. Volvió a colocarle el arnés, ahora con un vibrador de mayor tamaño en el interior de su vagina. El arnés le aseguraba que no se saliera. La hizo caminar, aunque mostraba dificultad hasta que la pudo sentar sobre el sofá. De nuevo le ató las extremidades para privarla de cualquier movimiento. Totalmente suya.

Unas pinzas metálicas unidas por una gruesa cadena se repartieron por distintas partes de su cuerpo. El frío metal lo notó en sus pezones. También en otras partes carnosas de sus pechos en número no inferior a cuatro en cada uno de ellos. También en los labios exteriores de su vagina en la medida que lo permitía el arnés. El vibrador contaba con un mando a distancia que regulaba la potencia que subía o bajaba según el parecer de su Señor. De este modo, una especie de sopor generado por un placer residual se instaló en ella hasta el punto en que llegó a desear estar así el resto de su vida… pero sólo fue hasta que su Dueño juzgó que ya era suficiente.

Como el agua mansa que llega al delta tras haber corrido de forma indómita por peñascos y cascadas, su cuerpo fue notando que amainaban todas las sensaciones. Liberada de sus ataduras, recuperadas sus capacidades sensoriales, fijaba su mirada vacía en las pinzas que apenas un minuto antes le punteaban diversos puntos de su cuerpo. Se notaba agotada, agradecida, plena, viva, relajada. Hizo acopio de sus últimas fuerzas para levantarse y, sin mediar palabra alguna, firmó todos los papeles cuidando mucho en lo leer nada. Absolutamente nada. A continuación los apiló ordenadamente, se fue hasta su Amo y se los entregó con la cabeza gacha mientras aún restaba placer en su cuerpo.

Desnuda se derrumbó sobre la cama. Se dejó caer por acción de su propio peso y dio un profundo

suspiro. Su Amo le besó en la boca. Fue un beso tierno pero no por ello menos posesivo.

-Así todo está mucho mejor –le aseguró en señal de aprobación mientras le acariciaba el pelo- pero si piensas que todo ha acabado aquí estás muy equivocada. -Amo, soy tuya. Dispón de mí, ya lo sabes, y hoy he aprendido una nueva lección. Sentirme de tu propiedad es mi mayor placer y como tal, sé que tienes todo derecho sobre mí. Quiero que sea así ¡Cielos! no quiero otra cosa. -Así es –le confirmó mientras asentía con la cabeza- en breve recibirás noticias. A partir del momento que salgas por la puerta del apartamento no quiero que te pongas en contacto conmigo por ningún medio. Tan sólo espera recibir instrucciones por correo electrónico. Cuando las tengas síguelas con la máxima fidelidad –esperó unos instantes antes de retomar la palabra para darle importancia a su última petición- para cuando te diga, sólo pondrás una excusa para desaparecer durante unos días. -Será como tu digas Amo –y le devolvió un beso en el cuello donde escondió su cara antes de quedarse dormida a su lado.

Javier se sintió como un gigante. Que firmara aquellos papeles sin leerlos, ella, una abogada de contrastada eficiencia, era una victoria aplastante que saboreaba calladamente. Era la victoria definitiva a la que aspiraba. Aquellos papeles eran la clave para que ambos se adentraran en una nueva dimensión que también iban a explorar juntos. Todo se andaría, todo a su tiempo.

Del diario de Clara B.

Una noche más

Una noche más… y aquí estoy, como siempre, repasando lo acontecido a lo largo del día. Ordenando las ideas, revisando los errores, aplaudiendo mis aciertos. Solo que hoy no ha sido un día ‘normal’ y por eso, querido Diario hoy no será como siempre. Tomo aire tan a fondo que siento dolor en mis pulmones y mientras exhalo pido a la Luna llena que ilumina la noche de forma mágica y majestuosa que sea mi amiga y me ilumine a mí.

Me miro en el espejo.

Veo la imagen de una mujer joven, ataviada para seducir en el lecho: camisón negro, de generosísimo escote y totalmente transparente, asomando lascivamente bajo un kimono de seda blanca bordado en negro. Desabrochado y abierto el kimono, no hay lugar para la imaginación. Todo se muestra, nada se oculta. Sus cabellos ligeramente ondulados descienden cubriendo su espalda. La mujer me sonríe con dulzura, pero también con tristeza. Tras la mujer, se vislumbra entre las sombras el lecho conyugal donde un hombre, su esposo, duerme como un bendito hace ya largo rato. De nada ha servido la exquisita lencería que lleva, ni los mimos que le ha prodigado, ni las súplicas con que le ha demandado. Él está cansado… y se ha ido a la cama, dejándola sola una vez más frente a su deseo, sus miedos, sus anhelos. Jura que la quiere, dice que esa sensación de rechazo son tonterías de mujer… que cómo no la va a desear si es preciosa, un capricho que muchos querrían y le hace ser envidiado por casi cualquier hombre. Ella sabe que él no tiene ninguna amante; sabe que no son tonterías de mujer.

Yo soy la mujer del espejo y sonrío dulce y triste, observando el tranquilo sueño de mi marido Ignacio. Su tórax se eleva para descender a continuación de manera pausada y rítmica. Ignacio:

el hombre que frena todo intento de sexo conmigo con la más baladí de las excusas, y que me besa la mano o la mejilla antes de irse a dormir. Caballeroso y gentil que es… Lágrimas de dolor brotan de mis ojos y se deslizan silenciosamente por las mejillas. Ignacio… creí que eras el mayor acierto de mi vida, y has resultado la mayor desilusión. Quería un compañero de patrulla y no me sirves más que de pinche de cocina… ¿Cómo pude equivocarme tanto? Isabel me pide paciencia, es mi apoyo cada vez que me fallas, cuando no me quieres acompañar a un centro de fertilidad, o te niegas a adoptar… Es amiga, hermana, paño de lágrimas y esforzada consejera todas y cada una de las veces en que me dejas tirada. Y ya son tantas…

Ignacio… pensé que ibas a ser un gran compañero en el viaje de la vida y solo eres mi gran fracaso. Admito que esa frustración que me provocas, me ha permitido a cambio crecer vertiginosamente en el campo profesional. Jamás me pones trabas a dedicarle tiempo al trabajo, todo el que haga falta. Lo primero es lo primero, faltaba más. Eso te lo he de agradecer, pero Dios mío… qué no hubiese dado por una muestra de deseo, por descubrir contigo lo que es sentirse mujer.

Debí sospechar que las cosas serían así, cuando ya en nuestra luna de miel no te importó que el tálamo nupcial lo constituyesen dos enormes camas… Mejor, más anchos dormiremos. Debí sospechar que las cosas serían así, cuando al mes de casados me confesaste que te agobiaba, que te abrumaba la intensidad de mi deseo, la necesidad de mantener sexo a diario. Me pediste que te dejara en paz… que los fines de semana bastaban y sobraban… Debí sospechar que las cosas serían así, cuando al año escaso de nuestra boda me pediste que te dejara en paz, que te sobrepasaba con creces en la cama y que no necesitabas ningún tigre de bengala, que eso era yo.

Dios ¡qué tristeza tan infinita! ¡qué miseria en mi alma!

Y en medio de esa nada, de ese vacío, apareció Javier. ¿De ser mi esposo un ‘hombre’ le habría dejado entrar en mi vida? ¿Me habría convertido en una esposa infiel tras años de callada resignación? ¿Hubiese arrinconado de un manotazo toda la decencia, la moral, las convenciones sociales? A menudo me lo pregunto… me da miedo la respuesta y nunca la dejo brotar.

Javier… tu nombre es música celestial cuando lo escucho pronunciado por mis labios.

Respiro tan hondo que de nuevo llegan a dolerme los pulmones. Invoco a la diosa Luna: Señora

de la noche ilumíname con tu luz, cédeme parte de tu magia, quiero ser feliz. La Luna se

agranda en el cielo… ¿es la respuesta que espero?

Me miro en el espejo a la luz de la mágica Luna.

Veo la imagen de una mujer joven y decidida a vivir en plenitud. Soy yo, Clara Bachs. No más lágrimas. ‘Día que se va día, que no vuelve’, reza el dicho y así es desde que Él está conmigo.

Hoy ha ocurrido algo asombroso. Un suceso que demuestra que es mi Amo, no solo el Dueño de

mi

deseo, también el Señor absoluto de mi voluntad que ya no existe porque se ha diluido hasta

ser

una sola con la Suya.

Mi

Amo me ha exigido firmar unos documentos a ciegas y me he negado. Mi padre siempre me

decía que la letra pequeña es la más importante, que no hay que firmar nada sin leer, que en

nuestra firma se encierra un gran poder. Si mi padre me hubiese visto… la vergüenza le habría matado. Además, ¡soy abogada! Consecuente conmigo misma me he negado a obedecer la orden

de mi Señor. Y mi Dueño, consecuente consigo mismo me ha castigado con intensidad por las

formas y el atrevimiento. Huelga decir que al finalizar el refinado castigo, que tanto dolor, así como placer y vergüenza por mis reacciones me ha proporcionado… no es que haya firmado sin leer… es que le he entregado de rodillas y sin reservas mi voluntad entera. Ha barrido cualquier sentimiento de independencia que me pudiese quedar. Ha obrado bien… me lastima el ego reconocerlo, pero mi Amo ha sido justo. Aunque me preocupa qué es lo que he aceptado, definitivamente desde hoy le acataré sin pensar. Esa ha sido la lección de hoy.

Me miro en el espejo a la luz de la blanca Luna.

Veo la imagen de una mujer plena, que se sabe deseada, amada, cuidada y protegida por un

hombre que es el suyo de verdad. Soy yo, putsie {ES}. Mi vida entera, que no solo mi voluntad y

mi cuerpo en Sus manos. ¿Loca de remate? Sin duda, pero por Él.

En los años que llevamos juntos, lo que se inició como ‘asignatura pendiente’ ha madurado lenta y satisfactoriamente, dando paso a una apasionada pero sólida relación. Sonrío con ironía al darme cuenta de que me he convertido en la puta que mi marido no usa y la mujer completa que mi amante y Amo adora y reclama a cada instante. Han invertido los papeles. La certeza de

que mi Señor y yo somos las dos caras de una misma moneda me llena de dicha. En las duras y en las maduras… tanto para ser su perra como para atender a mi familia en su clínica con el mayor de los cariños y esmeros. Solo temo que se canse de mí…

putsie {ES} me sonríe pícara desde el espejo y levanta su mano derecha. Una alianza de oro

blanco con diamantes incrustados lanza mil destellos a la noche. Estrellas fugaces… ¿Es lo que

voy

a ser en el firmamento vital de mi Amo? ¿Una estrella fugaz?

La

diosa Luna también me sonríe, diría que incluso con afecto al tiempo que dice: ‘Boba, mira

esa alianza, es un regalo de tu Señor, tu Amo, ElSir… es el símbolo de tu pertenencia y de Su compromiso hacia tí. Boba. ¿No lo ves? Cada destello es una promesa.’

Contemplo mi mano derecha… y sonrío feliz. ¡¡Sí, es cierto!! La alianza refulge en el dedo corazón de mi mano derecha desafiando a las sombras del oscuro miedo. Esa alianza nunca abandona ese dedo desde el ya lejano día en que mi Dueño me la colocó. Sonrío dichosa mientras rezo:

Diosa Luna graba en secreto estas palabras en el alma de mi Señor… Con esta mano, disiparé tus tristezas. Tu copa nunca estará vacía, pues yo seré tu vino. Con esta vela iluminaré tu camino en la oscuridad. Con este anillo te manifestaré mi entrega. Y con este beso, sellaré mi vida a tu destino.

Se me escapa una carcajada. ¿Quién necesita respirar? Con el aire que me dan sus besos me sobra.

Gracias Luna… voy a dormir.

Mi cariño te arropa. Duerme feliz Amo…

Unos datos

Una transferencia bancaria para una fianza de medio millón de euros y un pago de otros 80.000. Un sobre por mensajería urgente con diversos documentos donde se constataba la conformidad firmada por putsie y por ElSir respecto de las reglas de La Maison. Eso eran los papeles que su Señor quería que firmase y que lo hiciera sin leerlos. Su condición de Dominante así lo requería y ahora con aquella firma estampada al pie de cada uno de los folios le facultaba plenamente para actuar a su voluntad. Ya sabría ella cuanto tuviera que saber, a su debido tiempo.

También un íntimo cuestionario cumplimentado.

Analíticas médicas de ambos siguiendo un estricto y exigente protocolo.

Unos correos electrónicos con fotos de putsie.

Un paquete. En su interior: un estuche alargado, de collar, en cuero beige; una tarjeta de crédito con chip; y un dossier de doce páginas.

Una reserva de hotel y dos billetes de avión.

Isabel

-Vas lista si piensas que me la vas a dar con queso –le recriminaba Isabel con el máximo reproche que le permitía su amistad- a ti te pasa algo o te está pasando o te ha pasado. Mírate, irradias luz y ¿qué me dices de tu pelo? ¡hace un millón de años que no lo llevabas tan largo!

Le escuchaba, pero no la miraba. Fijó su vista en un punto perdido para no cruzar con ella ni una sola mirada delatora. Se sentaban frente a frente en la cafetería del club, tras una agotadora partida de paddle. El cabello suelto, aún húmedo tras la ducha, les daba un aire salvaje. Clara había sido derrotada y algo le decía que ahora sufriría un acoso feroz por parte de Isabel. La conocía y sabía que iba a por ella. Resistiría el interrogatorio. Debía resistir.

-Te conozco muy bien y sé cuando hay algo especial ¡Coño, qué soy tu amiga! –le soltó de sopetón usando un lenguaje más grueso para llamar su atención- ¿no me lo vas a contar? -No tengo nada que contar Isabel y además eres una amiga muy pesada para que lo sepas –le contestó con un punto de divertida chulería. -¿Me tomas el pelo? Quizá tarde en saberlo, es posible que no lo descubra nunca, pero de lo que estoy segura es que hay algo que me ocultas, algo que te ha puesto del revés y me lo estás escondiendo. -¿Ocultar? Isabel la edad te está volviendo paranoica. -¿Paranoica? ¡Y una mierda! –protestó mientras escuchaba las risas de su amiga que se resistía a confesar- ¿Te ríes? Por lo tanto acierto… sabía que hay algo ¿no se lo vas a contar a tu mejor amiga? –le añadió con su mejor tono mimoso. -Lo siento, Isabel, esa carita quizá te sirva para sacarle a tu marido un coche nuevo, pero a esta abogada dura como el pedernal no le hace mella. Además pienso que no tengo nada que contar. Ni a ti ni a nadie ¡so morbosa! -¡Ja, ja, já! –soltó una sonora carcajada- Sí tienes algo que ocultar, sí tienes algo que ocultar, que lo cuente, que lo cuente… -Va a ser que no –dijo mientras negaba con la cabeza- no hay nada que contar ya te lo he

dicho.

-Vamos a ver ¿Me estás diciendo que esto va a ser lo primero que no nos contamos? – repuso ya con el semblante mucho más serio. -Isabel, créeme, mejor que no lo sepas. Mejor para ti y para mí. Mejor para todos. -¿Tienes problemas en casa? ¿es cosa de sexo? ¿estás preñada? –preguntó haciendo nuevos requiebros que le pudieran descubrir la naturaleza del secreto. -No te voy a decir nada, no porque no te tenga confianza ni porque no te aprecie, precisamente por eso no te lo diré, pienso que mejor que es no sepas nada. -Clara, me voy a poner seria, sabes que te respeto y no pretendo inmiscuirme donde no me llaman pero entiende que como amiga tuya que soy no puedo mantenerme al margen de cosas que te puedan preocupar o que te vayan a generar algún tipo de problema. -Gracias, Isabel –le dijo al tiempo que le tomaba las manos entre las suyas- de veras te lo agradezco y te diré que si tuviera que contar algo a alguien tu serías no sólo la primera persona en la que pensaría, sino la única –aprovechó para mirar el estado del esmalte de sus uñas y agregó- y no estoy preñada.

Estas palabras tranquilizaron un tanto a Isabel que vio reforzada su condición de mejor amiga. Con todo, no quedó, en absoluto, satisfecha. Su fino instinto femenino y, sobre todo, la antigua amistad que conservaban desde hacía unos veinte años le decían que algo trascendente estaba pasando y ella quedaba al margen.

-Lo que tú veas. Lo que quiero decirte es que me tendrás aquí para lo que quieras y cuando

quieras ¿te parece bien? ¿te parece mejor así?

Clara asintió con la cabeza y le dedicó una dulce sonrisa, la más dulce que se le puede ofrecer a la amiga de su vida. Isabel fijó en ella su mirada y reconoció la reciprocidad del sentimiento. Calló, pero volvió a la carga:

-¿Cómo es él? -¡Leches! ¡Isabel eres incorregible! -¡Lo siento! –se disculpó echándose para atrás en la silla -me resisto a que algo importante para ti se me escape. Entiéndeme –añadió levantando los brazos- no estoy acostumbrada a estas cosas. Siempre lo hemos compartido todo. -Lo sé Isabel, pero te pido que respetes mi silencio. -Es usted una persona insufrible cuando se lo propone ¿lo sabía, señora letrada?

Seguía enfrascada en sus pensamientos mientras jugueteaba con el poso del café que ya se había bebido. En el fondo consideraba la posibilidad de contarle todo pero el hecho de no tener el permiso de su Amo era suficiente para pararle los pies. El esmalte de sus uñas estaba perfecto.

-No puedo y no debo –acabó diciendo- además repito que es mejor que no lo sepas. Repito, mejor para ti. -Vale de acuerdo, será así porque me lo pides y no te puedo negar nada pero ¿es una cuestión de sexo? ¿necesitabas más polvos que los de casa? -Mira Isabel, con el tiempo se descubren muchas cosas y te diré que el sexo con mayúsculas dista mucho del rutinario polvo de cada viernes. Descubrir es conocer y conocer es desear. Y no me tires más de la lengua, te lo ruego. -Como quieras, no te haré más preguntas. No te las haré porque en mi ánimo sólo estaba el querer ayudarte no el de atormentarte como haría cualquier cotilla. -De todas formas –y paró para pensar cómo iba a explicarle una cuestión tan delicada- el próximo martes -y volvió a detenerse para reflexionar sin darse cuenta que Isabel casi se mordía ya las uñas- voy a desaparecer durante unos días. Voy a poner una excusa, una tapadera, pero será todo falso. Quiero que eso lo sepas sólo tu. -Fiuuuu –silbó Isabel- Perdón –añadió arrepentida por su espontánea reacción al ver la cara que le puso Clara.

Diez minutos después de las dos

-Sólo pon una excusa para desaparecer durante unos días -es todo cuanto su Señor le dijo.

Tan sólo eso.

Preparó una excelente tapadera para ausentarse durante unos pocos días. Familia, amigos, compañeros de trabajo. Todo atado y bien atado. Dijo que se trataba de un congreso de abogados sobre Derecho Comparado Comunitario de gran interés para el bufet, convocatoria que existía en realidad y cuya inscripción formalizó de forma correcta. Procuró que lo viera tanto su marido como que tuvieran constancia real en el despacho. Y era libre. Libre para su Señor. Con precisión de reloj suizo se ajustó al capricho del Amo: preséntate a las dos y diez minutos de la tarde del martes en el

apartamento. Las instrucciones recibidas eran breves pero muy claras. Supo de ellas a través del correo electrónico que esperaba. Literalmente decía lo siguiente: “…tan pronto aparques y bajes del coche me harás una llamada perdida a mi móvil, esa llamada debe ser exactamente a las dos menos diez, luego tomarás el ascensor desde la planta baja del parking: Abre con tu llave y entra en el apartamento”.

Optó por un ajustado vestido, ni demasiado sexy ni demasiado discreto, medias negras lisas y zapatos de tacón. Calculó el tiempo para llegar con un poco de antelación. Ya en el parking de la planta baja de la finca del apartamento, aguardó sentada en su Jaguar XK rojo lo necesario para telefonear a la hora exacta. Los últimos tres minutos los consumió con su mirada fija en el reloj e hizo su llamada con la máxima puntualidad. Al entrar en la estancia la encontró inusualmente oscura, hasta las persianas estaban bajadas. Apenas pudo ver algo en el lapso en que, con ella, entró la luz del rellano.

-Entra- dijo escuetamente su Señor.

Dio cuatro pasos y tras ella se cerró la puerta. La más completa negrura la envolvió y así permaneció durante unos minutos que le parecieron horas. De pie, inmóvil, un nerviosismo creciente se iba instalando en su ánimo. Oscuridad y silencio. El levísimo resuello de su respiración era cuanto tenía por referencia de lo que sucedía en su espacio más inmediato. La sensación de vació se quebró al escuchar nuevamente la voz de su Señor. Le llegó desde un punto de la habitación que no esperaba:

-No te muevas- la orden, francamente, la sorprendió. ¿Cómo y adónde iba a moverse si no veía nada y apenas guardaba el recuerdo del lugar que ocupaban los enseres domésticos?-No te muevas ni te gires –insistió de nuevo mientras notaba que se le aproximaba por detrás.

No se movió pero trató de acomodar su visión a las mínimas condiciones lumínicas. Nada. El apartamento estaba sumido en la más completa oscuridad. Su Amo se ocupó de que así fuera y había puesto mucho empeño en conseguirlo con éxito. Una linterna, desde su espalda, iluminó algún rincón del apartamento. Apenas fue por unos instantes y sólo para que su Amo pudiera taparle los ojos. Ahora ya no tenía sentido intentar ver nada. Le acomodó un antifaz privándola de toda visión. La tomó de la mano. Avanzó con miedo y casi a tientas. El sonido de la puerta al cerrarse y la llave dando dos vueltas en la cerradura pusieron el punto final a su fugaz estancia en el apartamento. Todo apuntaba que aquello no había hecho más que comenzar. Era un breve preludio a lo desconocido.

No pudo ver la limousine Hummer de color negro a la que subió. Tan sólo supo que entraba en un vehículo que no logró identificar pues jamás había entrado en una ni llegó a imaginar de qué se trataba. Su motor estaba en marcha. Tan pronto cerraron la puerta, empezó a circular. Una dulce música deslizaba un aria de Lucia de Lammemoor a un volumen muy bajo. No sabría decir a ciencia cierta si esa melodía la relajaba o todo lo contrario. Otros fragmentos de óperas se fueron sucediendo durante el primer cuarto de hora. Respiró hondo, trató de mantener la calma e intentar recrear mentalmente su entorno. Concluyó que allí había, al menos, una tercera persona, justo cuando le tomaron sus manos para atárselas a la espalda. Tanto si eran dos como si eran tres, allí nadie decía nada. Ella tampoco pronunció palabra. Adivinó que era su Amo quien le ataba, de eso le pareció estar segura. Llegó a oler su perfume: Vetiver de Guerlain. En secreto se deleitó con el olor de su

Amo inspirando tan hondo como pudo. Una vez atada confirmó que una tercera persona se movía y se acercaba. Le subió la falda del vestido y empezó a tirar de su culotte hasta que se perdió más abajo de sus tobillos. Seguía sin saber qué pasaba, pero estaba claro que su sexo quedaba totalmente expuesto para cuantos estuvieran presentes. Por su postura y por estar remangada hasta la parte alta de sus muslos, le era imposible adoptar una posición más discreta. Además, debía mantener las piernas abiertas para ganar estabilidad y no caerse habida cuenta que tenía sus manos atadas a la espalda. Así tuvo que estar unos pocos minutos hasta que de nuevo escuchó movimientos. Sintió que se aproximaban y unas manos, con seguridad las que le habían dejado sin ropa interior, ahora le separaban los muslos.

De dos cosas estaba segura. La primera es que esas manos no eran de su Señor; y la segunda que se trataba de manos femeninas. Renunció a cualquier intento de mantenerse a salvo de posibles miradas ante la más que evidente exposición impúdica de su sexo. Siguió sin articular palabra, conteniendo incluso la respiración. No pudo evitar sobresaltarse cuando notó que un dedo entró en contacto con su clítoris. La caricia tuvo como consecuencia una exhalación rápida, al tiempo que un calor repentino e intenso conquistó su cuerpo. Cuando empezaba a notar placer cesaron las atenciones pero volverían, cíclicamente, cada diez minutos. Juraría que era su Señor quien le proporcionaba alguna de las caricias, pero no todas las que recibía. Cada vez se las prolongaban por más tiempo. Estas breves masturbaciones la mantenían en un estado de excitación constante que le hacían desear en silencio que aumentaran su duración, que no se espaciaran tanto en el tiempo. Empezó a mojar el asiento, lo que tampoco le importó demasiado pues las circunstancias ambientales le habían anulado el sentido del pudor. Además sabía que junto a ella estaba su Amo. Mojar el asiento lo valoró como un morbo añadido. Percibía movimiento dentro de la limousine antes de recibir los agradables masajes y trataba de adivinar si era su Amo o la mujer quien se acercaba. Su imaginación se erotizaba pensando en la excitación que pudiera experimentar su Señor viendo que otra mujer le daba placer. Perdida en esos pensamientos supo que de nuevo se le aproximaban y ya se dispuso

convenientemente, pero algo fue distinto. Levantó, en vano, la cara instintivamente como para recabar más información. La asieron por los tobillos y extendieron violentamente su cuerpo sobre la amplia banqueta del asiento. Reconoció las manos de su Dueño que le ataba ahora los pies a una especie de barra obligándola a mantener abiertas sus piernas que, a la vez, se las elevaba hasta quedar en alto. Si antes consideraba que su sexo quedaba expuesto a miradas (y tactos), lo de ahora era indefensión total. ‘Indefensión’… vino a su mente esta expresión tan legal, tan de su trabajo, tan alejada del momento que en ese instante vivía… Fugazmente le cruzó la mente el ambiente laboral de su bufet, la reciente conversación con su amiga Isabel, la excusa que puso a su marido… a cada segundo que pasaba todo le quedaba un poco más lejos. Al tiempo sintió inseguridad y una breve punzada de miedo que se disipó al recordar la proximidad de ElSir. El impacto inesperado de una boca, ¿femenina?, abarcó todo su sexo. Notó como si su vagina entera fuera engullida. Primero la presión de unos labios y seguidamente unos dientes mordisqueándola. Se mantuvo firme aunque no pudo reprimir un gemido de placer cuando lo que acarició su clítoris fue una caliente, amplia y húmeda

lengua. No podría afirmar si era la de su Amo

veía lucecitas. Recreándose en ese momento, se abandonó mientras la acababan de desnudar. Acabó por conservar exclusivamente las tupidas medias negras hasta medio muslo y los zapatos de tacón de ante y charol.

Solo supo que en la oscuridad de sus ojos vendados

La limousine seguía su camino por la autovía a velocidad constante mientras tras sus cristales

tintados la temperatura subía con rapidez. La suave rumor del vehículo se mezclaba con la ópera y con los gemidos de putsie.

Aletargada por la dulce resaca del reciente placer, le bajaron las piernas y le desataron tobillos y muñecas. También le retiraron el antifaz y pudo ver a su Amo y a una mujer.

-No es ni Ama ni sumisa –se apresuró a explicar su Señor- es la asistenta para lo que se pueda precisar durante el tiempo que estemos juntos. Sólo debes saber que es totalmente de fiar.

La asistenta era una mujer de mirada viva y amplia sonrisa que enmarcaba en unos bonitos y carnosos labios. Cuerpo menudito, aunque con curvas generosas. La saludó con una simpática mueca.

-Estoy para servirles según disponga su Amo-, dijo con más sentimiento de empleada que de obediencia sumisa. -Creo que es el momento de presentaros –dijo el Amo con una extraña sonrisa habida cuenta de lo que acababan de compartir los tres- Esta es putsie, mi sumisa y esta es asistenta. Se llama así:

‘asistenta’. Es de total confianza, sabe cuál es su función y su discreción está más que garantizada.

Se dieron un beso cordial y amistoso para oficializar la presentación. Seguidamente, la asistenta recibió la orden de vestir a la sumisa. Empezó por limpiarle su sexo con toallitas y retirarle las medias. Le colocó unas braguitas blancas muy pequeñas de encaje y le enfundó un pantalón blanco ceñido. Unas botas de piel marrón y un suéter color camel de angorina. Todo de su talla. Acto seguido empezó a maquillarla. Era evidente que tenía avanzados conocimientos, incluso profesionales, que se intuían en el modo de mover la brocha y pinceles. Para ella resultó ser un inesperado lujo dejarse hacer por la asistenta. Su Amo no perdía detalle de la escena que observaba en silencio sentado al fondo de la limousine. El amplio habitáculo, por su altura y confortabilidad, le daba un aire de suite rodante.

Hasta ese momento la atención de putsie había estado acaparada por las actividades en ruta. Calculaba una hora desde que subió a la limousine y ahora se preguntaba adónde la llevaría su Amo. Siempre había sabido y manejado a voluntad donde iba o la llevaban y por y para qué. Ahora no tenía respuesta ni para una sola de esas preguntas. A merced de su Señor, se sentía abocada a una loca aventura de la que ignoraba todo. Se reconocía como un peón sobre un tablero de ajedrez, sin poder influir en modo alguno en los acontecimientos que se sucedían. Su participación se restringía a obedecer y cumplir aquello que le dijera. Esa sensación de pertenencia y obediencia debida tenía un innegable punto de erotismo potenciado por el riesgo intrínseco que se experimenta al perder el control y la autonomía. Sólo la confianza ciega en su Señor le daba la absoluta certeza de que no había nada que temer. Al tomar una de las salidas de la autovía advirtió a través de la ventanilla tintada que iban al aeropuerto.

El vehículo se detuvo frente al edificio de la terminal en cuya fachada acristalada se reflejaba el imponente Hummer. La asistenta bajó primero y ayudó a que putsie se pusiera un abrigo blanco de lana con un cinturón que se ajustó. Le siguió su Amo. El chófer descargó una maleta y una bolsa de trajes que rápidamente tomó la asistenta para dirigirse con paso decidido al mostrador de facturación. Esperaron en una cafetería del aeropuerto hasta que volvió con las tarjetas de embarque.

Con gran atención las siguió con la mirada pero su Señor las guardó rápidamente en el bolsillo de su americana sin dejarle ver nada. Respetó calladamente que se le negara esa información, se aguantó la curiosidad y se concentró en ser paciente. Ya se le revelaría cuando fuera el momento. Sólo cuando accedían a la aeronave supo putsie que el destino era París.

-Así que… París- dijo putsie dando cierto sonsonete a su voz. -Oui- contestó el Amo.

8.000 metros

Era media tarde cuando el avión despegó. El Amo y putsie se sentaron juntos. Desde la ventanilla, a medida que el aparato se ladeaba sobrevolando la pista en dirección norte, se despidieron calladamente del aeropuerto de El Prat y de los diminutos automóviles que circulaban por su alrededor. La mano de él se entrelazó con la de ella hasta que el aparato alcanzó la altura y velocidad de crucero. Se desabrocharon los cinturones de seguridad. El Amo sacó un pequeño estuche del bolsillo interior de su chaqueta; alargado, forrado en cuero beige. Se lo entregó para que lo abriera. En su interior una fina gargantilla de eslabones de calabrote de plata. En el centro una chapa redonda con la inscripción: putsie (ES).

-Quiero que la lleves desde este mismo instante.

Un beso apasionado a 8.000 metros de altitud.

Toujours Paris

Al atardecer, un sembrado de delicados destellos en el horizonte anunciaba la proximidad a París. La voz del comandante ordenando abrocharse de nuevo los cinturones avisaba del inminente aterrizaje en Orly. El ruido aumentaba a consecuencia de la resistencia de los flaps al viento. Daba la impresión de que la aeronave quisiera pararse en el aire. Una amortiguada sacudida preludiaba el contacto del tren de aterrizaje sobre la pista. Media hora más tarde ya pisaban suelo de París. La asistenta, delante, se apresuraba en tomar las maletas y cruzar con ellas el hall hasta la misma salida del aeropuerto. Un Mercedes S de color plateado y tapicería de cuero negro, con los cristales oscuros, esperaba a pie de calle. El chófer acomodó el equipaje en el maletero. La asistenta se sentó a su lado sólo después de que el Amo y putsie tomaran asiento en las amplias plazas traseras. Se pusieron en marcha.

Pasear en coche por París, cuando no se vive allí, ni se trabaja, ni hay horarios… es una delicia. La señorial berlina bordeó el Jardin des Tuileries hasta llegar al barrio de la Opera. Sus calles siempre ejercen fascinación en los recién llegados a París y mucho más si es en el tránsito de la tarde a la noche. Pasar por delante de los elegantes y exclusivos escaparates de sus tiendas aporta un extraño plus de glamour que envuelve como un buen perfume. Se antojaban como ventanas a un mundo mejor y más selecto al que cualquiera podría acceder con sólo asomarse. El chófer se detuvo a la altura del número 33 de la mítica Rue Cambon, frente al hotel Castille, un edificio de arquitectura francesa del siglo XIX. La asistenta se apresuró con el equipaje y fue directa a recepción para confirmar las reservas y retirar las llaves de las habitaciones reservadas. En la cafetería del propio hotel pidieron un kir royal, para saberse en Francia, convicción más que confirmada cuando subieron al ascensor Art Decó del propio hotel. Sus metales dorados, aunque antiguos, relucían y putsie pensó que seguro que los bruñían con esmero todos los días. El botones ya les había subido las maletas y la asistenta guardado la ropa en los vestidores. El Amo y putsie ocuparon una suite duplex donde predominaban el blanco y los espejos. Una vez instalados le mostró a putsie un par de pendientes muy sencillos, en realidad, tan sólo lucían una única perla blanca en cada uno de ellos.

-Son para ti -le dijo al tiempo que se los ponía en la mano- son para esta noche-. -Gracias Amo –dijo putsie- la verdad es que en este momento me siento superada por todo. -¡Bien, bien! –río divertido- me parece muy bien, pero ahora quiero que duches a tu Amo.

Una amplia cabina forrada de pizarra negra con luces led en la parte superior abarcaba un volumen suficiente como para ducharse cuatro incluso seis personas al mismo tiempo. El vapor ya empañaba

la

puerta de cristal cuando putsie indicó a su Señor que estaba todo listo. El agua caliente, al surcar

la

espalda hace que el planeta gire más despacio. Mientras se siente su tibieza uno piensa que todo es

posible y deja de lado cualquier preocupación por un momento. Se dedicó de forma aplicada a enjabonar a su Señor mientras éste entrecerraba los ojos deleitándose y aumentado su regusto. Tuvo mucho cuidado, eso sí, en no dejar ni un solo milímetro del cuerpo de su Amo sin su jabonosa caricia. Con decisión y energía, incluso con devoción, repasó toda la geografía de su anatomía, en especial cuando se trataba de las zonas sexuales o erógenas. Tras enjuagarle cuidadosamente, insistentes llamadas a la puerta reclamaron su atención, pidió permiso a su Señor para dejarle bajo la generosa cascada de agua caliente y se puso un albornoz para abrir. Era la asistenta. Entró.

-¿Qué ocurre?– quiso saber putsie, -El señor me ha dicho que venga para ducharla -respondió la asistenta.

Un tanto desconcertada y algo molesta la acompañó hasta el baño, putsie se quitó el albornoz y volvió a entrar en la ducha. La asistenta hizo lo propio. El Amo se mantenía aún bajo el agua mientras la asistenta empezó a enjabonar a putsie a conciencia. Al principio, por la evidente falta de costumbre, se sentía un poco incómoda, pero consintió a sabiendas de que era el deseo de su Señor que asistía visiblemente complacido a la escena. Acabó por acordarse de Cleopatra y dejarse hacer con sumo agrado. La asistenta la lavó por completo: le levantó los brazos, le abrió sus piernas, le dio la vuelta y no dejó parte alguna de su cuerpo que quedase sin repasar. Cuando se dispuso a enjabonarle el cabello, el Amo quiso salir. Para atenderle, putsie apartó a la asistenta y se apresuró para ofrecerle el albornoz a su Señor. Después volvió a la cabina para que le acabarán de duchar.

A

los pocos minutos salieron ambas envueltas con los algodonosos albornoces blancos que lucían en

la

parte delantera derecha el logo del hotel bordado. La asistenta llevó a putsie al piso inferior de la

suite duplex para acomodarla en un gran tocador con un amplio espejo con un marco dorado digno del Louvre.

-¡Très française!– dijo en voz alta para que le escuchara su Señor, aunque no le contestó.

Provista de un secador y un par de cepillos la asistenta empezó a trabajarle el pelo con gran habilidad. Se dio cuenta de que era peluquera… al menos tenía trazas de serlo. Luego dejó que le repasara su esmerada manicura y pedicura y que le aplicara laca de uñas. Productos de alta cosmética se extendían por el tocador junto a un búcaro con una docena de rosas rojas. La asistenta no perdía el tiempo. Educadamente pidió a putsie que se levantase, para extender y masajear por todo su cuerpo, incluso sus partes más secretas, con un exquisito aceite de Santa Maria Novella. La asistenta se recreaba sin recato en sus pechos, en su vientre, en sus muslos y putsie se sentía una muñeca sin voluntad. La muñeca preferida del Señor. Sonrió ante semejante idea, al tiempo que la

asistenta, infatigable, la cubría con una fina bata de seda y procedía a iniciar el ritual del maquillaje:

masaje facial, mascarilla antifatiga, crema hidratante, corrector y fond de teint. Acabó aplicando rimel, el punto adecuado de colorete y un carmín que, sin ser escandaloso, dejó un bonito rojo en sus labios.

-¡Voilà! –dijo la asistenta antes de retirarse a su habitación.

Subió la escalera que comunicaba las dos plantas del duplex acariciando con su mano la barandilla blanca. Casi flotando tras las emociones y el relax, se paró frente a la cama y se quitó la bata. Se inclinó sobre el lecho, en actitud felina, y buscó a su Amo que estaba recostado y en ropa interior.

-No– le paró en tono tajante- tu Señor necesita ahora una dama. Ya te dirá cuando quiere a una zorra. -En seco, tuvo que reprimir su primer impulso, se incorporó y se mantuvo erguida esperando instrucciones- en el vestidor encontrarás todo cuanto necesitas –indicó- ve vistiéndote que nos vamos-.

Al abrir la puerta corrediza del vestidor de la suite se iluminó un pasillo de unos cinco metros de longitud. Avanzó descalza pisando el kilim turco que cubría el suelo. Armarios a derecha e izquierda, casi vacíos, donde destacaba un elegante vestido rojo de cocktail colgado en una percha. Parecía claro que era ése el elegido. En la parte baja, un cajón semiabierto, mostraba apenas un body rojo de blonda con ligueros y unas medias finas de las que se conocen como de cristal. Como calzado, unos estilettos negros con casi quince centímetros de tacón. Eso le elevaría más o menos a la altura de su Señor. El toque final del atuendo lo constituía una gabardina negra forrada en cálida piel y un foulard de auténtica pashmina en negro y color crema. Se tomó su tiempo para vestirse, como si fuera una ceremonia, notando el tacto suave con que los tejidos besaban su piel. Coronó su puesta a punto con los regalos de su Amo: los nuevos pendientes de perla y la gargantilla. Sin reloj, ni bolso o cartera alguna, entendió que se le prohibía su uso, llevar identificación, dinero o tarjetas de crédito. Una vez más en manos de su Señor… Contempló su imagen en el espejo de cuerpo entero del vestidor. Dio dos pasos sobre los tacones de vértigo y se echó la gabardina negra al hombro al tiempo que giraba sobre sí misma. Se vio elegante y sofisticada como pocas veces. Cuando salió del vestidor se sentía resplandeciente, con luz propia. Su señor vestía muy sobrio con un traje negro y una camisa blanca de popelín. Sujetaba, doblado en su brazo, un abrigo de paño negro y una bufanda con finas rayas grises.

-Estás muy guapa, señora putsie -le susurró al oído al tiempo que le ofrecía su brazo derecho para salir de la habitación.

Cena en el Barrio Latino

El chófer les abrió la puerta del coche que esperaba con el motor en marcha y enfiló la calle pasando por delante de Chanel el ‘templo de la haute couture’. Pensó putsie que se sentía como una princesa de cuento. De ahí hasta llegar al Jardin des Tuileries, apenas un suspiro. Se sumaron al tráfico que les condujo, tras cruzar el Sena, hasta el Barrio Latino. El chófer paró frente a Le Coup-Chou, un vetusto restaurante de innegable alma parisina con la fachada cubierta por hiedra. Las paredes de arenisca de su interior sumaban suficientes siglos de historia como para guardar secretos y conspiraciones de la Francia revolucionaria. Sus altas chimeneas de piedra aún parecían acoger a los oficiales napoleónicos a cuyo calor comentaban viejas batallas. Le Coup Chou era con certeza absoluta uno de los lugares del mundo más adecuados para una cena romántica. Multitud de pequeños reservados se esparcían en su caprichosa distribución. Algunos de reducidas dimensiones, incluso para sólo dos personas, pero todos, invariablemente, con velas sobre sus mesas redondas. Confortables sillones burgueses y cortinajes pesados completaban una decoración hecha para una novela de Víctor Hugo. Desde un oscuro y discreto rincón del salón principal, un pintoresco cuarteto tocaba en directo al mínimo volumen posible. Como no queriendo ser oídos, interpretaban viejas canciones de amor francesas de dulzón sonido melancólico. Al cruzar la estancia el bohemio acordeonista del cuarteto musical, de imponente mostacho, les siguió con sus ojillos alegres y una sonrisa amistosa. El maître les condujo hasta un pequeño reservado a puerta cerrada con mesa para dos. En una chimenea de piedra blanca rematada por una oscura viga de madera, chisporroteaba un grueso tronco ya en brasas. En la parte contraria, un sofá de piel verde oscuro y ribetes de terciopelo moraba en solitario. Sobre él, un bodegón, al estilo de Cézanne, comprado seguramente a algún pintor en ciernes de Montmartre y un retrato de un notable francés del siglo XIX con toda la pinta de ser auténtico en su antigüedad.

En menos de cinco minutos el sommelier estaba abriendo una botella de Château d’Yquem. A putsie se le iluminaron los ojos viendo el dorado líquido que servían en su copa. ¡Era su favorito y el Señor lo había escogido para hacerla feliz! Un micuit, un revuelto salteado de morilles, cèpes, mousserons et compagnie y excelente brie de la cercana Meaux, cubrieron la mesa para acompañar el primer brindis. El rojo del vestido de putsie parecía atraer todas las luces de la media docena de velas del reservado y… seguramente también todas las miradas si hubiera más gente en la reducida estancia. La botella se descorchó en aquella tenue luz, tan íntima, antes de que se sirviera un steak tartar. Tras apurar el sauternes, el sommelier presentó al Amo una botella de champagne: Comtesse Marie de France Brut millésime de 1999. No cabía en sí de dicha, putsie se volvía loca: su Señor la consentía en extremo. El postre supuso un nuevo gozo: crepe suzette especialmente preparado para ellos fuera de carta. Con todos aquellos manjares, putsie pensó que la cena bien merecía un brindis pero a punto de levantar la copa, su Amo la detuvo.

-La señora que me acompaña hará un paréntesis –se tomó su tiempo para mirarla y prosiguió-

la señora ahora dejará paso a la zorra. Moja tu dedo en la copa e impregna de champagne tus pezones- ordenó al tiempo que se recreaba en el efecto de sus palabras sobre putsie- luego te quitas los pendientes y pinzas con ellos tus pezones.

Hasta los objetos inanimados contuvieron su respiración pendientes de aquel instante. Al crepitar de nuevo la chimenea, putsie metió su dedo en la copa mientras fijaba sus ojos en los de su Señor. Sin desviar su mirada buscó primero un pezón y luego repitió la operación para el otro. Seguidamente se quitó los pendientes, se desabrochó el lateral del vestido y deslizó su mano por debajo del body. Un pequeño rictus de dolor apareció fugazmente por su cara cuando prensó el primer pezón. Lo mismo con el segundo.

-Brindemos dijo ahora su Amo.

Cuando putsie apuró la última gota de su copa, su Amo le ordenó que se dirigiera hasta la chimenea. Le dijo que le diera la espalda al fuego y que se levantará el vestido hasta que su trasero quedará expuesto al calor. Lo hizo lentamente, sabía que le gustaba así y ella no encontraba mayor ilusión que complacerle. Fue como si se levantara lentamente el telón que iba descubriendo sus muslos, sus medias y su body rojo con liguero. Curvó su cuerpo para exponer más su culo y empezó a notar el efecto contundente del fuego en su piel. Se removía balanceando sus caderas, casi como si fuera un baile. Su Señor, mientras le acercaba a sus labios una copa de champagne para que no variara su postura, le indicó que siguiera así. Se sentó en el sofá de piel que quedaba frente a la chimenea y estudió la cara de su sumisa.

-¿Nota la señora el fuego en el culo? –le preguntó con cierta sorna. -Sí Señor –contestó putsie que empezaba a sufrir lo que se denominaría como una más que ligera molestia térmica. -No te muevas -le insistió al tiempo que se levantaba para darle un poco más de champagne - quiero que te arda el culo y el coño. No he follado nunca a una puta a la brasa y hoy es el día elegido para probarlo-.

Dicho esto derramó un poco de su copa por el caldeado trasero, lo que fue una gloria para putsie. Ya no era la señora que había entrado al restaurante y empezó a considerarse nuevamente el instrumento de placer de su Amo. Lo que casi llegó a olvidar habida cuenta de los últimos pasajes. Eso le gustó y le hizo recordar también que tenía sus pezones prisioneros por las presas de los pendientes de perla que no aflojaban en ningún momento. Después de unos cinco minutos terribles y dos copas más de champagne su Amo se dispuso a probar. Se sacó su sexo y sentado en el sofá hizo que putsie se abriera de piernas y fuera bajando poco a poco para ser penetrada. Ciertamente encontró caliente su piel, al límite de lo que hubiera podido ser una quemadura. Un par de minutos más y la noche hubiera acabado en ese momento. No fue el caso. La carne de putsie estaba caliente, pero sólo eso. Para su Señor ese calor no era más que una cálida sensación que acompañó a la lubricada y testimonial penetración que simbolizaba su arbitrario poder sobre ella. Un gemido escapó de la garganta y acto seguido brindaron con la última copa que vino desbordando placer.

La Maison

Con una champañera repleta de hielo para acabar con el exclusivo Comtesse Marie de France salieron del restaurante cogidos por la cintura. El chófer les aguardaba con la puerta abierta. Al ocupar el asiento trasero, putsie mostró alguna dificultad debido a la sesión extra de calor recibida en la parte sobre la que ahora debía sentarse. Rieron los dos. Para aliviarla, su Señor tomó una servilleta que había tomado prestada del restaurante, la mojó en el agua fría de la champañera y le hizo que se levantara la falda, se desabrochara el body y se sentara sobre ella. El frescor le alivió como dio a entender la sonrisa que esbozó para su Dueño. El chófer conducía bajo las luces de París bordeando el Sena hasta llegar al puente de Bir Hakeim. En ese momento un bateau mouche, iluminado cual atracción de feria, surcaba las negras aguas de la arteria fluvial parisina mientras a bordo servían cenas a los turistas. Se sonrió pensando que toda aquella gente probablemente tendría programado hasta el último de sus minutos en la ciudad de la luz y ella, en cambio, no tenía ni idea de cómo y dónde iba a acabar aquella misma noche. Al llegar a Trocadéro, el chófer ralentizó su marcha debido al denso tráfico que solía haber a esas horas por la avenida Montaigne. Para amenizar la espera, putsie miraba distraídamente los imponentes edificios de los hoteles, la embajada Canadiense y los caros escaparates de Chloé, Ralph Lauren, Dolce & Gabbana y la nueva tienda de Chanel. Notaba mejora en sus posaderas cuando su Amo le acercó una nueva servilleta para secarse y un tubito de crema antiinflamatoria.

-Ponte un poco y luego siéntate sobre la servilleta– le aconsejó.

Le dio un poco de risa al saberse con el culo al aire en plenos Campos Elíseos. Era una divertida sensación escrutar las caras de los peatones mientras, en secreto, tras los cristales oscuros, con la palma de su mano extendía generosamente la crema dándose un ligero masaje circular en sus nalgas. Al llegar a la plaza Charles de Gaulle ya estaba sentada sobre la servilleta. En ese momento el Amo le ordenó desnudarse de cintura para arriba. El vestido contaba con un práctico botón tras el cuello que hacía muy ágil esta operación. Bajar los tirantes del body fue también muy rápido con lo que en menos de un minuto tenía los pechos al descubierto. Los pezones de putsie aún estaban prensados por los pendientes hasta que su Amo los liberó. Fue entonces cuando el dolor también se expandió. Usó hielo de la champañera para mitigar el efecto. A pesar de la liberación de sus pezones, estos no olvidaban la presión y el recuerdo de los pendientes se mantenía todavía muy vivo en ellos. La memoria de la opresión y el tacto gélido que ahora recibía resultó ser una experiencia que pensó toda mujer debería probar dentro de un Mercedes mientras se circula por París.

Seguía sin conocer su nuevo destino, como iba siendo habitual en aquellas horas de su vida. Empezaba a tomarle el gusto a estar a disposición de su Amo y que éste la sorprendiera de forma continuada. Adoraba estar en sus manos, ser objeto de sus maquinaciones y, sobre todo, no tener que ocuparse de nada. Era una descarga para ella ser un títere, subrogar su voluntad sin tener que decidir, sin que nadie esperara saber su opinión. El bufete y su amiga Isabel se le antojaban en ese momento como algo muy lejano y no sólo por la distancia física. Ensimismada en sus pensamientos cayó en la cuenta de que la ligera sesión de sexo en el restaurante, así como los otros antecedentes sucedidos desde que salió del apartamento, no habían conseguido satisfacerla por completo. Sí, en cambio, notaba muy vívida su libido que se mantenía latente con los pequeños juegos a los que se veía sometida desde hacía… ¡horas! No se atrevió a decir nada, pero en su interior notaba una creciente necesidad sexual que, a pesar de todo lo vivido, aún le ruborizaría confesar. Por otro lado, su Amo, deliberadamente, la mantenía en ese estado con una intención aún oculta. Bebieron algo más de

champagne mientras pasaban frente al parque Monceau y por delante del museo de Erotismo de París, en dirección hacia Goutte d’Or, justo antes de parar en la rue Coustou. Allí, frente al Atelier Théâtre de Montmartre, se detuvo el Mercedes. Era una casa de cuatro plantas, típica de los barrios parisinos. Llamaron a un timbre. Como respuesta se requirió una ¿contraseña?:

-Il est deux heures et demie –dijo por el interfono el Amo y añadió pasados tres segundos- je suis un mouton à cinq pattes? Se abrió la puerta.

La fachada de la finca se correspondía con la de una casa de vecinos pero una vez dentro se advertía que allí no vivía ni una sola familia. Tras franquear la puerta encontraron en la entrada un mostrador tras el cual atendían dos mozos cuyos músculos apenas cabían en las mangas de sus camisas. Al dirigirse a ellos, el Señor entregó una tarjeta que pasaron rápidamente por un lector de chips. A los pocos segundos se la devolvieron para abrirles seguidamente la puerta del ascensor. En el primer piso se encontraba una amplia estancia con las paredes tapizadas de tela azul. Algún tema famoso de jazz flotaba en el ambiente como si fuera una niebla invisible. El suelo lucía un parqué muy bien cuidado y destacaban en el mobiliario un par de grandes divanes de impoluta piel blanca con estructuras de madera oscura decoradas por elaboradas volutas. También varios macetones con enormes ficus y costillas de Adán. En uno de los divanes se encontraba una pareja charlando animadamente que saludó tan pronto les vieron entrar. En dos de las esquinas unas lámparas Tiffany y en otra una estufa de fundición por cuya ventanita se podía ver su ígneo contenido. En ese momento, putsie recordó el episodio de la chimenea en Le Coup-Chou… Una puerta se abrió e hicieron pasar a la otra pareja a una habitación contigua por lo que educadamente se despidieron. Se sentaron en el diván. La sensación en el culo parecía estar, más o menos, bajo control, pero seguía con el body desabrochado en su parte baja.

Cinco minutos pasaron antes de que volviera a abrirse la misma puerta y un empleado de la casa les invitara a pasar a otra estancia. Les esperaba un señor de mediana edad que les dio la bienvenida en francés con refinados modales. Se presentó como el ‘taxateur’, una especie de tasador. Pero tasador, ¿de qué? No tardó mucho en averiguarlo. El objeto de la tasación era ¡ella misma! El Amo, que sí lo

sabía, se separó un par de metros para que el `taxateur’ pudiera hacer bien su trabajo con la sumisa. Le puso un dedo en la barbilla para levantarle la cara. Le acarició el pelo. Y le hizo dar algunas vueltas sobre sí misma. A continuación le pidió que caminara por la habitación. Sabía que no era capaz de esconder su nerviosismo ante semejante evaluación y que su lenguaje corporal la estaba delatando. Por un momento imaginó los mercados de esclavos donde los compradores examinaban la mercancía humana. Cuando consideró que ya había caminado suficiente le hizo acercarse y dio varias vueltas a su alrededor. Tocó sus muslos por debajo del vestido comprobando su firmeza al tiempo

que emitía un sonido de

gesto de asentimiento y ella se sorprendió obedeciendo al instante. El vestido cayó al suelo. Quedó con el body rojo y las medias sujetas por el liguero, los dichosos estilettos, el collar con su nombre y los pendientes de perla. No llevaba bragas y no se había vuelto a abrochar el body.

¿aprobación? Le ordenó que se desnudara. Su Amo hizo un imperceptible

–Voulez vous dancer?– le dijo el tasador mientras miraba sus pies.

De nuevo miró a su Amo de quien recibió un ligero gesto de asentimiento para que procediera a bailar. Si esa era su voluntad, ella estaba allí para cumplirla. Usó la música ambiental para empezar

a moverse. Sus caderas empezaron a contonearse al tiempo que levantaba sus brazos y cruzaba sus muñecas para enmarcar su cara. Era innegable que sabía sacar partido a su sensualidad y estaba dando toda una lección rozando el nivel que podría exhibir una bailarina profesional.

-“Suffisant… ça suffit, merci”– apuntó el tasador cuando comprobó las aptitudes de putsie.

Seguidamente deslizó sus manos por debajo del body para palpar primero sus pechos y luego explorarle la vagina a conciencia. Fue un tacto profesional, frío. Tomó un pañuelo de papel y se secó los dedos. La forma de bailar, de caminar y las otras comprobaciones aportaron los datos precisos para hacer la tasación de putsie. El Amo le entregó al ‘taxateur’ su tarjeta y salió con ella de la habitación. Su sumisa sería valorada para esa noche con la nada despreciable cantidad de 30.000 puntos que serían abonados en la cuenta del Señor. Se volvió a poner el vestido.

Al minuto entró una joven ataviada como el servicio doméstico decimonónico. Largo vestido negro que le tapaba hasta los pies, un gracioso tocado y manguitos blancos. Le pidió que le acompañara. Todo estaba perfectamente estudiado y no le cupo la menor duda de que su Señor era plenamente consciente de cuanto pudiera ocurrir en aquella casa. Le inquietó el hecho de tener que separarse de él, en un lugar desconocido, con gente de la que no sabía nada, pero así parecía que estaba previsto. Así parecía que ella debía cumplir y siguió a la joven. Cruzó una mirada a modo de despedida.

Sola

No tardó en darse cuenta de que no le gustaba encontrarse sola en aquel lugar. En una casa extraña, rodeada por desconocidos de intenciones ignoradas. Tan sola y sorprendida como asustada. A cada paso que daba por el largo pasillo tras la sirvienta, el miedo le crecía en su interior exponencialmente. ¿Qué era aquel sitio? ¿de qué trataba todo aquello? Cada minuto que pasaba se sentía como quien nada mar adentro, sin parar y sin volver la vista atrás. Confiaba en su Señor, pero esa seguridad que le daba su presencia ahora le faltaba. Sus tacones resonaban marcando el ritmo de su excitación galopante. Notaba un extraño vértigo. Si 24 horas antes le hubiera dicho que se hubiera visto en esas circunstancias, sin lugar a dudas lo hubiera dado por imposible. Sin embargo, allí se encontraba. La sumisión debida a su Señor y el contexto la estaban llevando donde jamás hubiera imaginado. El corazón la latía con fuerza y tenía algo de miedo. Pero también notaba que ese miedo le estaba estimulando. Le funcionaba como un afrodisíaco muy potente e incontrolable. Notaba que a cada golpe de tacón su vagina reaccionaba. Cada paso era una sacudida, un nuevo roce que acariciaba su sexo.

Llegaron hasta una puerta doble de color marfil con la pintura cuarteada que abrió la empleada a la

que seguía. Accedieron a una pequeña estancia intermedia, a modo de sala de espera, donde otra joven vestida de igual forma fue a su encuentro al verlas entrar. La sirvienta que le había acompañado hasta ese momento se dio la vuelta para que su compañera le bajara la cremallera que cerraba su atuendo por la espalda. Sus vetustos ropajes eran de una sola pieza y así quedaron colgados en una percha. Resultó no ser mas que un atrezzo. La sirvienta quedó con un tipo de uniforme de azafata de vuelo que llevaba debajo. Falda estrecha roja, blusa de tono salmón pálido y zapatos planos cómodos. El moño recogido ahora no parecía del siglo XIX sino del estilo propio de una empleada de compañía aérea. Se atusó la falda y comprobó su estado general frente a un espejo. Seguidamente empezó a desnudar a putsie antes de cubrirla con una bata de seda negra. Le pidió que la acompañara hasta otra puerta que daba a su vez a una sala de relajación. Luces tenues en azul, temperatura cálida, delicado aroma a lavanda y unas impresionantes tumbonas. Le invitó a acomodarse. Se relajó cuanto pudo. ¿Y su Amo? ¿Dónde estaría? ¿Sabría él lo que le estaban haciendo, lo que le iban a hacer? Una nueva empleada entró y la llevó hasta una camilla, donde inició en su espalda un masaje hawaiano lomi lomi. Ahí sí se pudo relajar incluso por un momento olvidar dónde se encontraba. Finalmente acariciaron su cuerpo con un aceite de aroma neutro que le dejó la piel muy suave antes de que se levantara perezosamente de la camilla. Una de las azafatas entró para ayudarle a ponerse de nuevo la bata y, siempre en silencio, llevarla a otra parte de la casa.

Una enorme sala hexagonal totalmente diáfana se mostró delante suyo. Con la misma forma geométrica una gran alfombra cubría su espacio central. Adosados a las paredes había varios tocadores, perfectamente iluminados. Cada uno de ellos en un estilo diferente, pero todos barrocos, señoriales, incluso excesivos. También multitud de flores, rosas y tulipanes rojos, liliums, cascadas de gladiolos, orquídeas, gerberas… Del techo pendía una espectacular lámpara de cristal de roca con más de medio centenar de luces, digna de la Sala de los Espejos del palacio de Versalles. De un lado para otro, un pequeño ejército de sirvientas, con idéntico atuendo ‘aéreo’, ocupándose de otras mujeres que, enfrentadas a los tocadores, eran objeto de sus atenciones. Una de las azafatas, sentada al piano, interpretaba con un particular sello personal boleros y tangos que daban un aire entre surrealista y cálido a la escena. A putsie la llevaron hasta el centro de la estancia. Allí, de pie, pensó que aquello era una versión actualizada de un serrallo o de un harén. Se mantuvo quieta hasta que una sirvienta le retiró la bata. Sólo le permitieron conservar el collar de calabrote de plata con su nombre de sumisa. El resto de sus pertenencias se guardaron en una caja de seguridad. Algo le decía que tardaría un tiempo en recuperarlas.

La sensación, de entrada, no le pareció agradable. Desvalida y desnuda, si bien nadie parecía reparar en ella, le estaba mezclando incomodidad y ansiedad. Respiró en profundidad varias veces a modo de ejercicio de relajación. Después de varios minutos, empezó a serenarse pero sin que la inquietud llegara a desaparecer. El entorno, a medida que se iba acostumbrando y sin dejar de asombrarse por su particular parafernalia, parecía aceptar su presencia como un personaje más que se encontraba en aquel salón. Notaba que su ánimo se dejaba llevar y que empezaba a mimetizarse con el lugar y los actores de aquella puesta en escena. Se concentró y trató de autosugestionarse con el fin de intentar disfrutar de aquel extraño ambiente. Si es que era posible. Sólo entonces empezó a ponderar la fuerte energía erótica que emanaba de todo aquello, lo que suponía la vertiente más interesante de cuanto la envolvía. Era la cara opuesta de la moneda del miedo que completaba el argumento de aquella obra. Las nuevas sensaciones, sin embargo, no le apartaban de la pregunta que se estaba haciendo desde que entró en la casa ¿qué hacía allí? ¿qué se esperaba de ella? A todas esas cuestiones, mientras

observaba, le surgió una pregunta nueva ¿quiénes son las otras mujeres que son atendidas por las sirvientas?

Una mujer de mediana edad e irresistible atractivo se le puso delante y empezó a examinarla sin ningún disimulo ni recato hacia su desnudez. Vestía un impecable traje chaqueta negro que permitía adivinar poderosas caderas y un trasero que muchas jóvenes de 20 años quisieran para ellas. Sus pechos, operados o no, apuntaban inequívocamente adelante. Su ondulado pelo negro, sus ojos oscuros y su tez blanca hacían destacar más aún sus labios rojos. En aquella atmósfera irreal su cerebro le gastó una broma: se preguntó si sería Blancanieves o tal vez su malvada madrastra. En realidad se trataba de la maîtresse: así se presentó a putsie. La observó con detenimiento. Sus expertos ojos y criterio le valían para conseguir que el lucimiento de esta nueva sumisa fuera el máximo. Esa era la tarea que le habían encargado: preparar a las sumisas; y así se lo hizo saber. ¿Prepararla? ¿Para qué? En ese momento tuvo el último amago, la postrera intención de pedir explicaciones, pero sus labios no se despegaron. No lo hicieron porque estaba totalmente convencida de que su Señor era plenamente consciente de cuanto sucedía y que así quería que ella actuara.

Alguna de las otras sumisas que estaban en el salón ya se encontraban en fase de preparación. De este modo putsie comprobó que una de ellas, que lucía un envidiable cuerpo perfecto era ayudada a

enfundarse una malla de acharolado látex negro que se le ajustaba como una segunda piel. Le cubría

el cuerpo salvo estratégicas aperturas en su sexo, ano y pechos. El efecto era extraño: parecía un

maniquí vivo, un androide sexual, una catwoman en celo. Era difícil decirlo, pero parecía estar totalmente relajada, como si no fuera su primera vez y eso, inexplicablemente, la tranquilizó otro tanto.

En otro tocador dos sirvientas se afanaban aplicando un maquillaje corporal a otra joven que con toda seguridad no superaría los 25 años. El excepcional trabajo le cubría todo el cuerpo de purpurina plateada que alternaba con pequeños cristales de Swarosky sobre dibujos de latiguillos de inspiración Art Noveau. El pelo, con gran volumen, era pelirrojo y bajo la luz mostraba sutiles brillos. Quizá fuera por el maquillaje, sus ojos verdes o la forma que tenía de mover sus manos, pero había algo en ella que recordaba a las serpientes y ese poder hipnótico que se les supone.

De pie frente a otro tocador y rodeada de cinco sirvientas, otra chica, también de más o menos su edad, rondando los treinta años, lucía un etéreo vestido de gasa copia exacta de la ninfa que pintó Boticcelli en El nacimiento de Venus. Dos capas de un vaporoso tejido, con delicadas flores bordadas y mangas abullonadas, de tan delicada factura que a través de éste se podía ver la tamizada desnudez y la ausencia de ropa interior. Muy a las claras, pero según su postura o movimiento, se advertían sus oscuros pezones y su recortadísimo vello púbico. Por los hombros caían con gran elegancia los bucles de su pelo castaño que se recogía en la frente con una delgada tira de cuero marrón. Mientras una sirvienta se esmeraba en su colocación, otras la maquillaban y le calzaban unas sencillas sandalias de cuero que dejaban a la vista la palidez de sus pies. Parecía ciertamente una delicada diosa mitológica sacada de un cuadro del Renacimiento pero, en realidad, era la chica de la pareja con la que habían coincidido en la primera sala.

A otra joven, de raza oriental y menudo tamaño, le ajustaban varias piezas cromadas en piernas y

torso, brillantes como espejos. Era un tipo de armadura que fácilmente se identificaría para una

valkiria. Sobre sus hombros un abultado complemento a modo de boa de plumas negras. El negro se repetía en otras partes de su guerrero atuendo junto con el rojo que contrastaba y combinaba en su

textura de terciopelo con el pulido metal. Esta joven también se mostraba muy tranquila, incluso llegó

a pensar si para alguna de las presentes aquella no era su primera vez. Cuando las sirvientas

consideraron que las correas con las que fijaban las piezas de aquella armadura quedaban bien sujetas se apartaron de la muchacha. Ya todas a una distancia prudencial, la joven empezó a moverse muy lentamente en una extraña coreografía que quedaba a mitad camino entre una cata de artes marciales y una bailarina del ballet Bolshoi.

Una nueva joven entraba ahora por la puerta de acceso al salón. Mantenía un porte digno, casi altivo, que parecía acentuar sus rasgos caucásicos. ‘La espía que vino del frío’ pensó para sí al ver la frialdad que parecía contagiar a su alrededor. De nívea piel y ojos azules, al caminar, desplegaba la misma elegancia que un cisne al abrir sus alas. Cuello estilizado y largo, un perfil afilado y por encima de todo una poderosa cabellera rubia de ondas indomables. Accedió a la estancia vistiendo un vestido pañuelo en tonos turquesas y azules y unos botines de piel negra y fino tacón. La llevaron a su lado. Se mantuvo impasible con su mirada perdida. Una nueva caja de seguridad. La desnudaron por completo.

De un vestidor que quedaba a su derecha salió una mujer negra, una auténtica escultura de ébano cuya piel brillaba por efecto de algún aceite. Emanaba sexualidad en el estado más puro que cabría imaginar. Lo exhalaba por todos sus poros, como si su formidable cuerpo no fuera capaz de contenerla. Con toda seguridad superaría el metro ochenta de altura lo que, junto con unas sandalias inspiradas en las cáligas romanas con tacones de infarto, la elevaban ‘a una altura estratosférica’, pensó putsie al verla caminar. Las doncellas le ayudaron a colocarse un voluminoso chaquetón de ensueño de pelo de yak blanco que contrastaba con su oscura piel. El juego de texturas ofrecía un efecto muy original. El mullido y exageradamente largo pelo blanco de la única prenda que llevaba, caía como una cálida cascada dejando ver las largas y brillantes piernas negras. Pero con todo, lo más formidable de aquella mujer era su fascinante mirada. Unos ojos negros de insondable profundidad y misterio la convertían en un ser casi irreal, en un animal humano de extraordinaria belleza. Tanto la estaba impresionando que putsie por vez primera pensó sexualmente en una mujer y en las posibilidades que ofrecería aquella espectacular hembra en un ambiente íntimo compartiéndola con su Amo. Ciertamente sería algo extraordinario.

La maîtresse seguía sopesando los encantos y potencial de putsie hasta que a su señal dos sirvientas

la acompañaron hasta el vestidor que acababa de quedar libre. Para ella eligieron un corsé de cuero,

blonda negra y satén dorado, unas diminutas braguitas negras, unas tupidas medias oscuras como la noche, unos guantes largos de lamé de oro y unas botas de plástico transparente de altísimo tacón. Las sirvientas empezaron a vestirla con varias acciones simultáneas. Se sintió superada por tantas manos diestras a su servicio. Cuando estuvo medio lista, sacaron un aplique con gran cantidad de plumas negras y verdes con brillos metálicos que colocaron en su zona lumbar. La longitud de las plumas se elevaba por encima de su cabeza. Frente al espejo pudo ver que su cuerpo quedaba enmarcado en una especie de suave abanico semicircular. Su visión ante el espejo le recordó a los pavos reales. Sobre la suavidad de las plumas oscuras, destacaba la textura, aunque también negra, de su exclusivo corsé, ‘que me está dificultando algo la respiración’ –pensó putsie-, y aún hacía destacar más las prendas doradas. Cuando lo tuvo todo perfectamente ceñido, las sirvientas se

retiraron para que la maîtresse evaluara el resultado. Miró de arriba abajo y le pidió que girara sobre sí misma. De nuevo le pidieron que bailara un poco. Lo hizo lo mejor que supo… y pudo, algo muy lento aprovechando las notas del bolero ‘Muñequita linda’ que de forma atenuada se escuchaba dentro del vestidor. Requirió un último complemento: una máscara veneciana dorada, llena de arabescos en relieve rematada por unos volantes de tul negro con pequeños bordados. Se la colocaron. Quedó lista y aprobada.

Le asignaron un tocador y otro grupo de serviciales doncellas que se dedicó a completar su puesta a punto con un adecuado maquillaje. Al sentarse tuvo un momento de recuerdo para su culo. Apenas ya le escocía, en especial después de aplicarse la crema antiinflamatoria, pero todavía residía el recuerdo de la quemazón. Sirvieron un poquito de champagne frío. ¡Qué bien le estaba sentando! Agradeció su paso por la seca garganta, seguramente debido a la calefacción que, necesariamente, estaba a buen nivel habida cuenta del escaso vestuario que, por lo visto, era habitual para las invitadas a la casa… Mientras saboreaba la copa la pianista interpretaba el bolero ‘Contigo aprendí’ en otra acertada versión libre. Le hizo pensar de nuevo: ¿Dónde estará mi Amo? Se moría de ganas por que la viera en su nueva imagen ¿Sabía en realidad su Señor dónde la había metido? Muchas preguntas, pero pocas respuestas… aún.

La última joven salió del vestidor. La pudo ver reflejada en el espejo del tocador que le servía como retrovisor. En su caso habían potenciado su lividez mediante un ajustado top blanco y un culotte del mismo tono. Tanto el top como el culotte eran de una tela muy elástica por lo que marcaban completamente su sexo y sus endurecidos pezones. Por encima llevaba un arnés en cuero blanco lleno de anillas que cruzaba todo su torso. Unas altas botas blancas y una boa de plumas también blancas completaban su atuendo. Pero lo que más llamaba la atención era su pelo. Era evidente que una peluquera había entrado al vestidor y había hecho un excelente trabajo. Concluyó en que jamás había visto una mujer rubia que luciera más que aquella. Aunque de aspecto frío, incluso gélido, era pura incitación al sexo. Uno de sus bucles le caía por la frente y hasta casi la mejilla dándole ese aspecto de inocencia y picardía tan irresistible para los hombres. No había visto ese efecto así, en directo, nunca. Lo más parecido que recordaba era en alguna mítica actriz de Hollywood de los años cincuenta. Ahora lo tenía delante y ejercía una atracción casi sobrenatural.

Colocaron a todas las mujeres en el centro del salón. Se les ordenó que entregaran sus gargantillas. En ese momento putsie se percató que todas llevaban una como la suya. Ese detalle le había pasado por alto. Se consideraba una mujer muy observadora, pero pensó que quizá no estaba al completo de sus capacidades dado el nerviosismo. Donde antes lucían finas gargantillas ahora llevarían una argolla de acero. En cada una de ellas un número colgaba de una chapita. A putsie le tocó el 4.

Le Chenil

Javier subió a la segunda planta. Al abrirse el ascensor se encontró en Le Chenil. Un confortable salón a semejanza de los clubs ingleses. Maderas nobles y cuero por doquier que tapizaban mullidos sillones y sofás. Un suelo de parqué brillante como se podía observar en los espacios que dejaban entrever la colección de alfombras que se distribuía por todo el salón. Algunas de las paredes también forradas de madera con distinguidas molduras e ilustradas con cuadros que en otras circunstancias les hubiera dedicado unos minutos. La iluminación, para su gusto, un tanto escasa pero suficiente para ver con claridad que otros Amos se encontraban charlando animadamente en la barra. Hasta allí dirigió sus pasos y pidió un gin-tonic de G’vine con tónica al cardamomo.

Se le acercó Bernard, el anfitrión quien, tras saludarle pasó a presentarle al resto de invitados. El primero que conoció fue Mario, un argentino afable que rápidamente extendió su mano para estrecharla. Su saludo fue tan cordial como elocuente sin dejar de ser exquisitamente correcto. De talla espigada y de pelo negro, evidenciaba raíces latinas, quizá italianas como parecía proclamar su mirada despierta, cierto aire campechano y un movimiento incansable de manos mientras hablaba. A continuación el anfitrión le presentó a André, un francés de sólido corpachón y vozarrón grave. Al estrecharle la mano pensó que, con toda seguridad, sería un buen comedor de quesos y mejor bebedor de vinos. Al separarse, tras el saludo, cayó en la cuenta que su abdomen le impediría con toda seguridad abrocharse la americana. El tercero en ser presentado fue Chuan, un chino un tanto circunspecto a quien claramente se le adivinaba sofisticación y buen gusto por la ropa. Mostró muy buenos modales que hablaban a las claras de que era una persona de mundo. Se advertía que estaba en buena forma y hubiera apostado a que el traje que llevaba era de Armani. A su lado estaba Bill un norteamericano en zapatillas que saludó levantando la mano y que no tuvo el detalle de levantarse del taburete que le tenía pegado a la barra. Le recordó a los ejecutivos de esas empresas tecnológicas tan desenfadadas. También le fue presentado un joven de aspecto latino, que confirmo su ascendencia italiana al saludar con un ‘ciao’ y llamarse Paolo. Su impecable porte, en traje de indiscutible diseño, tanto le valdría para imaginarlo al volante de un Lamborghini o sobre una scooter. En ambos casos, un icono perfecto de la dolce vita. Por último, vio al joven con el que coincidió fugazmente en la primera sala de La Maison. De pelo rubio oscuro y tez blanca, fornido, con una espalda tan ancha como para competir con los nadadores olímpicos, pero con cierto aire que se debatía entre lo juvenil y lo pueril. Se llamaba Kolia, era de origen ruso pero vivía en España, según le dijo:

-Desde que a mi padre le amenazaron de muerte y tuvo que retirarse de sus negocios -le confesó al tiempo que le guiñaba un ojo.

Dejó por un momento el gin-tonic sobre la barra para que se enfriara al tiempo que escuchaba las indicaciones de Bernard acerca de las reglas de La Maison.

-Todos ustedes tienen su tarjeta que cuenta con un crédito de puntos en función de la tasación de sus propiedades humanas. Como ya saben esos puntos les darán opción para pujar por las sumisas que deseen, de la forma que gusten y en función de sus apetencias– hizo una pausa antes de continuar para asegurarse de que todos le habían entendido. Al no haber preguntas prosiguió- sabemos, por sus

informes, que todas las sumisas tienen una depurada educación y han sido debidamente instruidas en la sumisión. Además de los cuestionarios que como Dominantes y Amos han cumplimentado, La Maison también ha hecho discretas investigaciones sobre todos los que hoy son sus huéspedes. Son normas de la casa.

El anfitrión cambió de tono para exponer los límites que regirían.

-Les recuerdo que no se admiten acciones con efectos irreversibles sobre las sumisas, éstas y otras cuestiones deberían ya conocerlas por el dossier informativo que se les facilitó. Tampoco está permitida la coprofagia… siempre nos ha parecido especialmente insana.

La explicación continuó sobre los distintos sistemas de seguridad, dentro de las bases aceptadas del BDSM, con especial hincapié en lo referido a ‘sensato’ y dando por supuesto la condición del libre consentimiento de las sumisas. Insistió en la importancia de la documentación firmada por ellas sin la cual no se les hubiera permitido la entrada a aquella casa. Una vez estuvo seguro que de que todos habían comprendido esta parte tan importante pasó a explicar el uso de los puntos:

–Llegado el momento deberán pujar en secreto por las sumisas, excepto por la propia y no sabrán, hasta el final, cuál de ellas es la que les corresponderá, pues está en función del resultado final de la subasta –de nuevo miró a los Amos por ver si había dudas antes de proseguir- Una infracción grave de las normas supondrá una sanción que se descontará de los 500.000 euros depositados como fianza. Ya saben que también han firmado su consentimiento y aceptación de las reglas. Por otro lado, los puntos no consumidos pueden canjearse por dinero aunque les recomiendo que consuman todo el crédito y que lo usen para la puja por una o varias sumisas.

Invitó a que todos cogieran sus copas y le acompañaran al salón contiguo. Se trataba simplemente de hacer un poco de tiempo. En esta otra dependencia se encontraba un museo de útiles muy particulares. Repararon en una primera vitrina repleta de todo tipo de fustas ante la que les habló Bernard del marqués de Sade y la Francia de Luis XV y su amante Madame de Pompadour, así como del incipiente mundo del BDSM que se inició en aquella época. El anfitrión se permitió dar rienda suelta a diversos comentarios aprovechando la cualificada audiencia del momento:

-Las relaciones sexuales, como el BDSM, son cuestiones que descansan en conceptos muy relativos –explicó con cierto aire de discurso ensayado- En la época actual, en lugares como Arkansas está penado como delito el sexo oral, mientras que en la vecina Holanda, según algunos casos tipificados, está práctica está contemplada en el marco de las relaciones sexuales entre adultos y menores de dieciséis años -hizo una pausa para valorar el resultado de la información que compartía antes de continuar- naturalmente con el BDSM pasa eso y mucho más. Ya saben que en principio el hecho de que sea consensuado aleja casi todos los fantasmas y problemas legales… Como bien sabrán, y para tranquilidad de todos, La Maison está bajo el control y supervisión de la Erotic Power Exchange Information Center-. -El aval de la E.P.E.I.C. ha sido el motivo definitivo que, en mi caso, me ha convencido para traer a mi sumisa –terció Kolia– para mí es suficiente garantía. -Lo es para todos –repuso el americano- hay mucho advenedizo y pirado en este mundillo. Sólo desde el más consciente consenso por parte de todos el BDSM tiene cabida.

-Precisamente por este tipo de confusiones y de falta de información muchas veces se ve mezclado con conceptos como parafilias patológicas, enfermedades, aberraciones –añadió Kolia- incluso conductas delictivas. -Bien señores –intervino Bernard- no culpemos a la sociedad. Ustedes saben que es una cuestión individual optar por este tipo de relaciones y que es algo muy personal y siempre asumido conscientemente por las partes que participan. -Discúlpenme –apuntó Mario que quería hacer un inciso- pero me temo que mis conocimientos sobre estos temas se encuentran en desventaja. Les agradecería poder aprovechar mi estancia en La Maison para conocer con mayor profundidad la organización a la que se están refiriendo. -La E.P.E.I.C. –se relamía Bernard ante la solicitud de información de su invitado argentino - es una prestigiosa organización mundial que ha sido requerida para emitir informes periciales en casos judiciales. Aunque en condiciones normales está clara la línea divisoria entre el abuso y la práctica consentida, en ocasiones se plantean dudas. Cuando lo que se trata es esclarecer qué son prácticas BDSM y qué acciones condenables. El consenso, el consentimiento –declaraba ya el francés como un profesor emérito- siempre ha sido el denominador común en la fórmula mundialmente admitida, donde lo sensato y lo seguro han completado la ecuación del BDSM. Son mundos ciertamente ocultos, alejados de lo convencional, como lo han sido otras muchas facetas humanas en multitud de campos como la cultura o la ciencia. Movimientos como la masonería, tampoco fue bien entendida en su época y fue objeto de persecución, incluso el homosexualismo sigue siendo un nudo gordiano en no pocas sociedades que se llaman modernas. Pero peor les fue a muchos hombres de ciencia cuando se las tuvieron que ver con la Inquisición y sus hogueras. A fin de cuentas –dijo encogiéndose de hombros -personas que no entienden a personas. Quizá por eso algunas cuestiones son casi mejor que permanezcan en el subsuelo hasta que puedan ser, no sólo toleradas socialmente sino plenamente asumidas como consecuencia de la evolución del pensamiento colectivo.

Siguió explicando alguna otra característica propia de ‘La Maison’:

-Les recuerdo, además, aunque con toda seguridad lo sabrán por la lectura del informe que se les entregó, que los huéspedes sólo pueden visitarnos una vez cada dos años y que nunca se les hace coincidir con el mismo grupo. Además, puedo añadir –continuó diciendo- que hay una sesión cada dos meses, si bien se alterna entre Amos y sumisas por un lado, y Dóminas y sumisos por otro lado… y otras combinaciones que se organizan, digamos, fuera de programa. -Significa eso que en un par de meses estas instalaciones serán ocupadas por Dóminas y sumisos –se interesó ElSir-. -Efectivamente, así será, aunque aprovechamos ese tiempo para hacer cambios, mejoras. Les aseguro que si alguno de ustedes repitiera en un futuro no sólo no encontraría a la misma gente, sino que tampoco sería el mismo escenario. De hecho –hizo una pausa- quizá ni siquiera ocupemos este edificio. Quien sabe.

Al finalizar la ilustrativa visita guiada por este museo-almacén, los siete Amos, el anfitrión y el ‘taxateur’ formaron un pequeño grupo frente a la puerta del ascensor. Subieron a la tercera planta donde fueron conducidos hasta una sala con un pequeño escenario. Eligieron el asiento que más les gustó y se acomodaron a placer. Bernard explicó que para cada una de las sumisas, en función de las

fotografías facilitadas por sus Dueños, se había preparado una breve introducción audiovisual. Su visionado, a modo de presentación, prologaría la subasta que seguidamente tendría lugar. Era una primera entrega donde se reflejarían también detalles como la edad, especialidades y limitaciones, en el caso de que las hubiera.

ElSir se removió preso del ansia por el espectáculo que de un momento a otro iba a comenzar. De la parte alta del pequeño escenario bajó silenciosamente una pantalla. Las luces menguaron su intensidad de forma progresiva y se inició la proyección. Empezó con una animación que explicaba como introducir la tarjeta en la ranura de la consola que se encontraba en uno de los reposabrazos de la butaca. En ese momento se leería el crédito en cada caso. La puja se haría marcando primero el número de la sumisa y posteriormente la cifra de puntos con que se pujaba. Para esta operación debían usar el teclado que se encontraba junto al lector de tarjetas. Colocó la suya y esperó.

Hasta siete

El montaje audiovisual empezaba anunciando con el número uno a la primera de las sumisas. Una mujer de raza oriental. Se visionaron algunas fotos suyas en distintas facetas personales. En unas vestida de gala, en otras aparecía en lencería o totalmente desnuda y finalmente otras donde era objeto de algunas técnicas BDSM entre las que estaba el fisting.

Al continuar con el número dos se dio cuenta de que se trataba de la joven que había visto en la sala de espera. Estaba muy sonriente en las fotos, era muy fotogénica. En una de ellas figuraba en bikini. Finalmente pasaron otras en las que vestía unos pantalones de cuero rojo rotos. En las últimas, en una mazmorra, se le podía ver sujeta por correas a un aspa de gruesos tablones de madera y con una mordaza en la boca.

El número tres resultó ser una chica de color. Su primera foto estaba tomada en un gimnasio,

concretamente en una clase de aerobic, o algo similar, llevando una malla blanca y roja donde era imposible esconder ningún defecto físico. El resto de imágenes enseñaban directamente su sometimiento simultáneo a dos Amos. Muy explícitas.

Con el número cuatro se presentaba su sumisa. La primera imagen correspondía a un día que comieron juntos. Vestía un pantalón vaquero ajustado de color claro y unos estupendos tacones. La verdad es que daba gloria verla y en ese momento volvió a sentirse orgulloso al saberla de su propiedad. En otra foto con un corsé, lucía francamente atractiva. Con certeza sabía que el resto de Amos apreciarían las imágenes que le tomó postrada sobre la mesa de la cocina. Ésa era su putsie.

Con la quinta sumisa no se bajó el nivel, pues se trataba de una chica muy joven, o al menos causaba ese efecto por ser pelirroja y conservar aún lo que parecían pecas propias de otra edad no muy lejana. En su primera foto estaba patinando con una faldita muy corta. La segunda dejaba ver sus pechos en una imagen en la playa tomando el sol en top-less. Las siguientes ya la mostraban en actitud provocativa, propias de un reportaje profesional de fotografía, con una lencería de escándalo. En la última estaba frontalmente expuesta al objetivo de la cámara, donde fijaba su mirada de forma descarada, y se introducía un vibrador en su sexo.

El número seis, ocupando toda la pantalla, presentaba a una chica de un país del Este. No era tan joven como la anterior, pero presentaba un porte majestuoso… tenía algo que recordaba a las chicas malas de James Bond’. Su primera imagen parecía sacada de un banco de fotografías donde se hubiera buscado el perfil de ‘mujer ejecutiva`. Las otras imágenes eran también muy elaboradas. En una de ellas, en artístico blanco y negro, posaba mirando distraídamente por una ventana, vistiendo sólo una camisa desabrochada que medio enseñaba uno de sus pechos mientras sujetaba una taza de café en sus manos. Las imágenes posteriores la mostraban desnuda, una de ellas haciendo piruetas en una barra de striptease.

Atendiendo a lo que anunció Bernard con el siete llegaba la última sumisa. Se trataba de una mujer que podría rondar los 40 años pero que exhibía un físico fabuloso. Así se apreciaba ya en su primera imagen donde vestía unos pantalones vaqueros y una camiseta ajustada. En la siguiente, con un corto camisón rosa pálido de encaje y arrodillada sobre la cama con el pelo revuelto, dedicaba una mirada desafiante a la cámara. Otras escenas recibiendo fustazos en distintas partes del cuerpo completaron su presentación. La pantalla volvió a enrollarse hasta que el escenario quedó totalmente despejado.

La primera parte de la presentación había acabado pero todavía no era el momento de pujar. ¿Por quién se decidiría? ¿Con quién acabaría putsie? ¿pujarían mucho por ella? El momento álgido de la noche se acercaba.

Sorpresa de última hora

Bernard detuvo la presentación. Subió al pequeño escenario y se dirigió a los presentes.

-Disculpen que interrumpa el programa pero –hizo una pequeña pausa como si no supiera como excusarse- llegados a este punto les he de revelar algo de lo que hemos sido sabedores hace apenas un par de horas y que acabamos de confirmar ahora mismo. En principio, cuantos aquí se encuentran son parejas declaradas que acceden a poner bajo subasta a sus sumisas y pujar por las de otros. Sin embargo –hizo otra pausa en un intento de buscar empatía con el patio de butacas- dos de ustedes no responden a este perfil. Previamente a que ustedes llegaran ya descartamos a una octava pareja que resultaron ser periodistas que intentaban infiltrarse con el ánimo de conseguir, incluso grabar imágenes para un morboso reportaje de una televisión alemana. Ahora es el momento de tomar decisiones: o consensuan ustedes qué hacer sobre lo que a continuación les detallaré o La Maison actuará por su cuenta. -¿De qué se trata exactamente? –quiso saber Kolia.

-Como les decía hay dos parejas que en realidad no lo son. La número tres, que recordarán fácilmente por ser una sumisa de color, no tiene pareja verdadera. Se trata de una adinerada mujer norteamericana que contrató a un Dom profesional al objeto de ser admitida en La Maison. El otro caso es similar, se trata de un Amo que ha pagado a una prostituta, seguramente con una considerable suma, para poder acceder también de forma fraudulenta. Es norma de esta casa que los presentes acudan voluntariamente, sin que medie dinero en dicho consentimiento y que la relación entre ambos sea real y como consecuencia directa de su libertad para tomar decisiones. Ahora está en sus manos qué decisión desean que tome la dirección.

Todos guardaron silencio. En realidad no estaban preparados para una sorpresa de este tipo ni tampoco habían llegado hasta allí para tomar decisiones de esta clase. Por un momento pareció que nadie iba a decir nada. Bernard pareció ponerse un tanto nervioso al ser objeto de siete miradas. Cada una de ellas significaba una opinión sobre lo expuesto.

-Dejemos que hablen los dos Amos implicados –concluyó Mario viendo que nadie aportaba iniciativa alguna sobre la cuestión- escuchemos antes qué tienen que decir y luego ya actuaremos en consecuencia.

Todos fijaron su atención en el Amo oriental, Chuan, que se levantó de su asiento. A la vista de todos empezó a hablar:

-Caballeros, debo pedir disculpas y ponerme a su disposición. Yo soy el caso que monsieur Bernard ha apuntado acerca de la contratación de una prostituta. Les quiero pedir disculpas pero también matizar que la que se presenta como mi sumisa, que se corresponde con el número seis del audiovisual, es en verdad una sumisa. Soy un exitoso hombre de negocios que apenas tiene la oportunidad de pasar más de una semana en un mismo sitio. Viajo constantemente alrededor del mundo y mi vida transcurre la mitad sobre un avión y la otra mitad en hoteles de los que apenas recuerdo sus nombres. Natasha, que así se llama, es mi acompañante habitual cuando me desplazo a Moscú. Quisiera compartir con ustedes que no me es una desconocida, aunque lo que me une a ella no es una relación estable sí es bastante regular. Es cierto que está aquí por dinero, pero llamarla prostituta quizá no se corresponda bien a su condición –hizo una pequeña pausa para controlar la situación y serenarse en un momento tan tenso para él-. Está perfectamente educada en el mundo de la Dominación y la sumisión y les aseguro que no habrá ni un solo problema ni con ella ni conmigo. Disculpen que haya ocultado estos detalles, pero las reglas de La Masion no me permitían acceder de otro modo. Mi vida me impide disfrutar del tiempo necesario para poder mantener una relación D/s auténtica. Es, quizá, mi paradoja personal. Soy un Dom pero mi vida privada es esclava de mi éxito económico. No les reprocharé que no me acepten y daré por perdida mi fianza de medio millón de euros si eso les parece justo. No tengo nada más que añadir.

De nuevo el silencio planeó sobre el auditorio. La historia impresionó a los presentes que trataban de digerir la primera noticia y la posterior confesión pública. Además, empezaron a caer en la cuenta de que si su pareja no era la sumisa también oriental ¿con quién estaría relacionado entonces? Otros trataban de averiguar quién podría ser el segundo Amo ‘falso’, qué historia contaría (si es que la había) y a qué sumisa acompañaba.

Al levantarse de su butaca André, el corpulento y afable francés, pareció que ya quedaba descubierto el segundo Dom acusado de fraude.

-Messieurs… -carraspeó antes de continuar-. He de disculparme yo también. Me temo que en mi caso la historia que les pueda contar no va a ser tan de su agrado. Mi móvil ha sido estrictamente económico. Una sumisa que había contratado dos veces mis servicios profesionales como Dom, aprovechando sus visitas turísticas a París, me convenció para que aceptara ser su acompañante. La sumisa es muy persuasiva… -paró como para pensar su siguiente movimiento- les he de confesar que me tiene loco de pasión y no pude negarme. Me pareció mi gran oportunidad. Mi sumisa –y nuevamente se detuvo moviendo la cabeza gacha como si estuviera negando- es Diana, la mujer de color. Se trata de una destacada directiva de una empresa norteamericana que tiene su principal delegación europea en Francia y… no puedo añadir mucho más.

Una vez aclaradas estas cuestiones previas, ahora correspondía tomar una decisión que no iba a ser fácil. Entre los Amos se había instalado cierta incomodidad desde que la dirección de La Maison les cediera la potestad de tomar las medidas que considerasen oportunas. No habían llegado desde distintas partes del mundo hasta allí para verse en ese brete.

-Propongo que los cinco Amos nos quedemos solos aquí para deliberar –acertó en decir Kolia para dinamizar la situación que amenazaba con bloquearse-, al ser número impar, si debemos votar creo que llegaremos a algún tipo de acuerdo.

Bernard consintió que así fuera siempre y cuando el ‘taxateur’ quedara a título de observador. Les pareció bien a todos. El director y los dos Amos ´falsos´ salieron de la sala.

-No sé en vuestro caso –dijo Kolia cuando quedaron solos- pero me pone un tanto nervioso que en este preciso momento se trunque todo por una desagradable sorpresa. -Sí es desagradable, un auténtico fastidio –asintió Bill- entiendo que es suficiente como para que nos levantemos todos y reclamemos una compensación generosa. -Estaríamos en nuestro derecho –reforzó Kolia. -Pero tampoco nos vayamos a precipitar –volvió a intervenir el norteamericano en un intento de analizar la situación. -Creo que lo mejor es romper la baraja –dijo Paolo en su primera intervención en toda la velada- en lo que a mí respecta ya no sé si me apetece continuar con todo esto. -Yo estoy con Bill –terció ElSir- pienso que no debemos tomar a la ligera ninguna decisión. Parece que tenemos ante nosotros dos opciones. La primera es, como ya se ha dicho, tirarlo todo por la borda, exigir una compensación y marcharnos a casa. La segunda propuesta es readmitirlos y continuar. Tomemos alguna decisión al respecto, pero no lo demoremos. Seamos rápidos. -A mí se me ocurre una tercera vía- agregó Kolia- que se queden los auténticos y se vayan los falsos. Es decir que André y la sumisa con el número seis abandonen La Maison y que se queden la chica de chocolate y el chinito. -Yo ya me conformo con no descubrir más sorpresas… como que ninguna de las sumisas sea un travesti –dijo nuevamente Bill haciéndose el chistoso. -Caballeros, de eso puedo dar yo fe –intervino el ‘taxateur’- no tengan cuidado en ese

sentido.

Las palabras del tasador les devolvieron a la realidad: sobre la mesa tenían una importante cuestión que resolver y, en beneficio de todos los presentes, cuanto antes tomasen una decisión mucho mejor.

-De acuerdo –irrumpió Mario- ¿les parece que lo sometamos a votación?

No hubo más debate. Todos entendieron que la situación debía saldarse sin más pérdida de tiempo. Votaron rápidamente y se obró en consecuencia.

- El caballero y la dama contratados se van a casa –informó el ‘taxateur’ a Bernard que escuchaba con atención la propuesta de los invitados – El Amo y la sumisa contratantes, se pueden quedar si aceptan actuar como pareja. Además, esperan una compensación por parte de ‘La Maison’.

-Muy bien, me parece bien. Les ofreceré una compensación de 150.000 euros por pareja y una invitación para pasado mañana en Le Petit Palais –decidió el anfitrión. -Me parece una oferta generosa tanto en el plano económico como en el de servicios –juzgó el tasador. -Inicia los preparativos para una batida en Le Petit Palais. No hay nada como compartir una cacería para estrechar lazos. Seguro que olvidan este incidente –concluyó Bernard.

El anfitrión despidió al Amo y a la sumisa profesionales. Informó a los interesados de la pérdida íntegra de la fianza a cambio de reintegrarse en el grupo de la forma sugerida. Aceptaron agradecidos. El dinero no era un problema para ninguno de ellos. Los Amos restantes recibieron de forma satisfactoria el resultado final y se dispusieron a continuar la velada ya sin más sobresaltos.

Se volvieron a apagar las luces del pequeño auditorio.

Empieza la función

La maîtresse explicó primero a las sumisas el funcionamiento general de ‘La Maison’. Informó de la instalación de un circuito cerrado de televisión, con cámaras en todas las estancias, que permitía, para mayor seguridad, controlar lo que pudiera suceder en cada habitación. El mismo sistema permitía otras ventajas, como ver en unas dependencias lo que sucedía en otras. También incidió en la absoluta discreción de todo cuanto sucediera en aquel edificio, piedra angular de esta institución que cumplía ya más veinte años ofreciendo sus servicios. Despertó mucho interés la dinámica de la subasta donde serían objeto de puja. Sobre esto se apresuró a aclarar que era deseo unánime de los Amos que se exhibiesen una a una en el escenario. El consentimiento de las sumisas, en virtud de la documentación firmada, se entendía por otorgado para prestarse a aquella exhibición y a cuanto se derivara a continuación. Por y para eso estaban allí, para mostrar cuán perras eran y qué estarían dispuestas a hacer para deleite de sus Señores. De sus habilidades, de sus tablas, dependía en gran parte el éxito de la velada. El deseo que fuesen capaces de despertar en los Amos condicionaría la cuantía de las pujas y acrecentaría el placer que posteriormente gozarían en privado Amo y sumisa adquirida. La maîtresse dedicó suficiente tiempo para explicar las reglas de aquel juego, al tiempo que les recordó que cumplir con ellas era voluntad expresa de sus Amos. Debían mostrarse como eran, no obstante, y en función de su amplia experiencia, les ofreció recomendaciones y consejos. Algunos con carácter particular en función de las aptitudes que había detectado en cada una de ellas.

A putsie, le costó mucho encajar aquel viraje. ¿Pujas? ¿Acaso se encontraba en un mercado de esclavas? ¿Pujaría su Amo por otra sumisa? ¿Por cuál de todas? ¿Sería ella capaz de abstraerse del entorno? ¿Deseaba su Amo que se entregara a un extraño como una profesional del sexo? Ninguna otra sumisa dijo nada, todas aceptaban y ella no quiso destacarse. No quiso que, quizá, se señalara por su culpa a su Amo. Hubiera hecho mil preguntas, pero algo le decía que no correspondía. En su interior había un gran debate sobre lo que debía hacer y lo que iba a hacer. La cabeza le daba vueltas. Vagaba en el mayor de los vacíos, perdida sin rumbo en el espacio… y debía aterrizar. Aunque fuera un aterrizaje forzoso. ¿Había opción para abandonar en ese mismo momento? ¿Y si la vendían a algún loco peligroso? Lo pensó mejor… ¿realmente su Amo quería que lo hiciera? ¿lo

quería hacer ella? La respuesta a la primera pregunta lo era también para la segunda. La lección, o mejor dicho, el correctivo recibido cuando se negó a firmar documentos sin su preceptiva lectura se mantenía fresco en su memoria. Se convenció por enésima vez de que su Señor no consentiría que nada malo le sucediera y eso la reubicó en el lugar y el papel que desempeñaba en ese momento. Se armó de valor y se animó a sí misma como quien sube a una montaña rusa sufriendo de vértigo:

‘Vamos allá. Él no me dejaría en manos de ningún indeseable.’

Había recibido como sugerencia que bailase. Bailar constituía su mejor baza. Siempre le había gustado, desde pequeña, cuando la llevaron a algunas academias tanto de baile clásico como de jazz y en las clases de body power y similares que con tanto agrado seguía ahora en el gimnasio. La maîtresse valoró la sensualidad natural de los movimientos de putsie. Aseguró que, llegado su turno, atraería las pujas de más de uno. Sí. Ese sería su punto fuerte.

El número que figuraba en cada argolla determinó el orden de las actuaciones. Así la primera en salir fue la sumisa de raza oriental. Parecía evidente que era toda una veterana. Quizá por eso abrían con ella el espectáculo… por eso y por la soltura con que demostró desenvolverse en el escenario. Así lo pudo ver en un monitor que había entre bambalinas. La verdad es que esa sumisa desarrolló toda una exhibición de cómo poner cachondo a un hombre a más de diez metros de distancia. La mirada lasciva y los escorzos eran el sexo hecho danza. La misma putsie, viéndola, notó, en algún momento, un cosquilleo extraño.

Tras el uno, el dos…era la sumisa que vestía con el traje renacentista. La que coincidió con ellos cuando llegaron a ‘La Maison’. Su actuación fue in crescendo, de un adagio a un prestísimo. Un tanto nerviosa al principio, empezó a soltarse primero ajustándose el vaporoso tejido a su cuerpo para marcar todas sus curvas, luego procedió a levantárselo con mucha intención. Tuvo mucho arte para ir descubriendo de forma progresiva su cuerpo. Desbordó sensualidad cuando apenas mostró parte de la areola de sus pezones por encima del escote que se había bajado lo justo para insinuar su color más oscuro. Sus pechos parecían luchar por salir pero en ningún momento llego a descubrirlos. La parte más erótica la reservó para el final cuando se retiró la cinta del pelo y se acarició con ella el clítoris. El movimiento generado con ese acto hizo flotar el vestido a su alrededor. Fue entonces cuando putsie pensó que ella lo haría mejor y se sorprendió al descubrirse interesada por participar en tan singular exhibición. Se dijo a sí misma si acaso no tenía alma de geisha incluso, y sin más rodeos, directamente de putón.

La tercera sumisa, la de color, salió al escenario atronando con sus tacones. A alguno le pareció notar las vibraciones de un seísmo en aquella sala. Caminó hasta ganar la zona más avanzada del escenario. Al darse la vuelta apenas se adivinaba la parte baja de sus glúteos. No tardaron mucho los Amos en dejar de imaginarlo. Se subió el chaquetón para enseñar la inusual capacidad de aquel culo para desafiar la gravedad. Fue apenas un instante antes de volver a ocultarlo. Seguía de espaldas cuando empezando a desabrocharse, se inclinó dejando ver su sexo desde atrás. Al poco sus dedos aparecieron para mostrar en esa posición como podía masturbarse. Sus piernas eran como un arco de brillante ébano pulido coronado por una fabulosa sesión de autocomplacencia que no dejó a nadie indiferente. Cuando tuvo los dedos mojados se dio la vuelta y, con su propio fluido, se untó sus dos pezones que reflejaron la luz como dos tazas de café muy cargado. De nuevo, abrochó el chaquetón y como si fuera una modelo de pasarela internacional, abandonó la escena. Jamás un silencio fue tan

ruidoso.

La maîtresse le dio su último consejo antes de salir al escenario.

-Piensa en tu Amo, qué y cómo le gustaría verte. Lo haces por Él y para Él –le recordó- sal y haz que se sienta orgulloso de su propiedad. Suerte.

Muy despacio, intentando controlar su inseguridad, putsie llegó al centro del escenario. Tras la máscara cerró los ojos. Dejó que la música entrara en su cuerpo y guiara sus movimientos. Se

concentró en su Amo y en la canción. Se dejó llevar. Con estudiada parsimonia empezó a quitarse los guantes de lamé dorados mientras acariciaba el apretado corsé. Aunque las luces la cegaban sabía que había gente observándola sin perder detalle. Cerró los ojos de nuevo y recordó aquella primera vez en que se masturbó con el cinturón. Balanceó sus caderas con movimientos pausados y sinuosos

y repitió aquella operación de su adolescencia ahora con el largo guante. El lamé dorado pasó por

su entrepierna. El brillo sobre fondo oscuro marcó el camino que le llevaba a su centro de placer. Sin dejar de bailar pensó, morbosamente, que algún desconocido podría estar preso de un ataque de

excitación al verla. Se sintió putsie y decidió ir un poco más allá. Su mano se deslizó por debajo del elástico de las braguitas y fue a buscarse el clítoris. Primero sólo se adivinaban las caricias por debajo de su ropa interior. Quiso que su Amo, desde algún punto desconocido en la oscuridad, pudiera ver algo más, algo nuevo que incluso a Él pudiera sorprenderle. Tiró de una de las plumas de

su aplique trasero y, desplazando el pequeño triángulo delantero de sus braguitas de seda, demostró

cómo la usaba para la más dulce y exótica caricia que se iba a ver esa noche. Cuando acabó, lanzó la pluma al aire y mientras descendía perezosamente para caer al suelo, salió del escenario. Varios suspiros inaudibles quedaron suspendidos en la pequeña platea.

Pensó que su Amo estaría contento con su actuación. De hecho muchas cosas le habían pasado desde que se despidieron en aquel primer salón donde la recogió la sirvienta. Se moría de ganas por

conocer la opinión de su Dueño, de que valorara el resultado, de saber el grado de satisfacción por

su sumisa.

Mientras seguía reflexionando sobre estas cuestiones la número 5 ocupaba ya la escena. Dudaba mucho de que ninguno de los supuestos espectadores se hubiera aburrido, pero con esta sumisa pelirroja menos aún. Con la piel totalmente cubierta por purpurina, avanzó a cuatro patas hacia el frente. Las luces impactaban en la cobertura metálica y pequeños cristales de su maquillaje corporal emitiendo infinidad de brillos y destellos. También le daba un aire irreal su pelo cobrizo. Reptaba. Cada movimiento era una provocación, pero nada comparado con el apoteósico final cuando se abrió de piernas y mostró el contraste de su piel plateada con su sonrosado sexo. Era como una rosa en el centro de una escultura metálica. En ese momento, sacó un consolador de cristal y lo alternó en vagina y en ano. Cuando empezó a jadear, con una más que evidente excitación, abandonó el escenario, reptando, de la misma forma que entró.

No existió número 6 y no supo hasta más tarde la razón de su exclusión. De este modo, cerró la serie de actuaciones la sumisa con el número 7. A todas luces una veterana. Las luces se reflejaban en su acharolado y ajustado atuendo de látex negro como si de un espejo en movimiento se tratara. Su entrada fue acrobática pues enlazó dos volteretas laterales y una tercera sin manos para caer de pie.

Sólo después se revolvió como una felina e imitó algunos de sus gestos. Empezó a lamerse el reverso de sus manos y a chuparse los dedos en escorzos propios de contorsionista. Era en verdad una catwoman en busca de un igual que la montara. Su actitud era un reclamo de sexo salvaje. Seguía lamiéndose las manos, los brazos, sus piernas, De nuevo se chupó los dedos y finalmente se masturbó emitiendo dulces sonidos que recordaban a los maullidos de las gatas en celo. Las luces se fueron apagando progresivamente hasta que sólo se le oía y, finalmente, todo quedó en silencio y a oscuras.

Un foco iluminó la parte central del proscenio. Era nuevamente Bernard indicándoles el inicio de las pujas por las sumisas que desearan. Luego cada Amo se retiraría a una sala privada adonde se les llevaría la sumisa que les correspondiera. Cada una de aquellas estancias estaban equipadas, entre otras cosas, con un monitor de televisión de grandes dimensiones donde, si así lo deseaban, podían ver a su sumisa satisfaciendo a quien hubiera sido su máximo postor. Era una medida de seguridad y, si acaso, un morbo añadido si así se deseaba. En unos minutos todo quedaría resuelto.

Las pujas

Chuan apostó todo por putsie. Los 23.000 puntos que finalmente le concedieron. Sólo pujó por ella, porque su opción era putsie o ninguna. Así lo decidió aún a riesgo de que alguien hiciera una mayor puja única y le superara. No fue así.

Mario, el Amo argentino, también pujó con 7.000 por putsie pero finalmente se quedó con la sumisa oriental por la que nadie superó sus restantes 19.000 puntos.

Curiosamente Bill, el norteamericano que era la pareja de la sumisa número 1, no pujó por nadie. Manifestó su interés por canjear la totalidad de sus 17.500 puntos por dinero. No quería ninguna sumisa para él, su placer esa noche iba a ser que su propiedad la disfrutara otro Amo por dinero… y poderlo presenciar con el máximo detalle junto a una botella de Jack Daniels. Al tomar esa decisión parecía claro que alguien podría quedarse con dos sumisas, lo que estaría en función de la combinación de las pujas restantes.

El italiano Paolo quedó fascinado por la número 5. Tenía la fantasía sexual de apoderarse algún día de una pelirroja, por lo que apostó fuerte sus 24.000. Le restaban otros 6.500, que reservó para la sumisa de color aunque la consideraba con un físico excesivo para él. Se dio el capricho de pujar por ella aunque no le sirviera para nada.

La afroamericana de inacabable potencial sexual fue concedida finalmente a Kolia. Superó por mil puntos la propuesta del italiano. Empleó la misma cantidad también para la exótica catwoman de látex, pero esa cifra sí fue superada por otro Amo. Kolia estaba satisfecho y presto para tener con la sumisa negra una noche memorable. Consideró que era una oportunidad única en su vida y estaba dispuesto a exprimirla al máximo.

ElSir, finalmente destinó 15.000 puntos por la sumisa de inspiración felina y otros tantos por la que parecía sacada de una bucólica escena renacentista. Dispondría, por tanto, de dos sumisas para dar y recibir cuantas atenciones y acciones deseara. Era el momento para pensar qué hacer con dos sumisas tan distintas: el pecado y la virtud. No lo tenía claro aún, pero el simple hecho de tener dos hembras a su disposición multiplicaba las posibilidades de forma exponencial. Su imaginación empezó a maquinar y rápido. Le corrió la adrenalina.

Uno entre un millón

Por separado, se trasladaron todos a la cuarta y última planta del edificio. Las sumisas, atadas por sus collares a una especie de atelaje, obligadas a mantenerse en fila de a dos, como si del tiro de un carruaje se tratara. Perras o yeguas ¿qué importaba? La maîtresse las condujo por un pasillo que, a derecha e izquierda, distribuía las salas privadas. En cada una de ellas esperaba un Amo y serían adjudicadas en función de las pujas. Era el momento del reparto. Ni los conocían ni sabían qué les esperaba tras aquellas puertas. Simplemente actuarían como sumisas, dado que sus Amos querían que participaran de aquel juego.

Hasta ese momento no se había sentido tan nerviosa. El entorno era bastante inquietante y el papel que le había tocado representar todo un reto. Pero ahora sabía que iba a ser entregada a un extraño y aquello ya era otra cosa muy distinta a ponerse ciertos ropajes o bailar sobre un escenario. Todas las historias de asesinos psicópatas que conocía salían atropelladamente al paso de sus otros pensamientos. Desde que cruzó la puerta de La Maison, cada minuto que pasaba la empujaba a un lugar más extraño, a una situación más sorprendente, a un abismo cada vez más profundo. De nuevo, hizo un esfuerzo por serenarse, rearmarse de valor, ponderar la excitación de lo desconocido y autoconvencerse de la singularidad del momento. El corazón palpitaba en su pecho con frecuencia y fuerza inusitadas. Pensó que sólo se vive una vez y, en su caso, era una suerte ser la abogada tenaz y la sumisa sin otra voluntad que la de su Señor. Sabía que mucha gente jamás entendería su entrega, la entrega de su voluntad. Pero no se trataba de la gente, se trataba de ella y de lo que la hacía sentir especial. Eso era mucho más que suficiente. Estando en estos pensamientos la maîtresse la llamó por su número. La sala 1 era su destino. La liberaron del collar y llamaron a la puerta.

Un fibroso hombre de raza oriental la esperaba de pie. A su lado, una inmensa cama circular de tres metros de diámetro, llena de almohadones y tan alta que le llegaba a la cintura. Todo parecía de seda negra. Apenas algunas luces diminutas punteaban el techo, como estrellas en la noche iluminando mínimamente la estancia. Ella temblaba de manera visible, lo que agitaba las plumas que la adornaban haciéndola aún más vistosa, como un ave que despliega su cola presta a iniciar el ritual de apareamiento. La recibió con una sonrisa, se le acercó y besó su mano enguantada. No ocultó su complacencia ante tan galante recibimiento, en especial cuando se trataba de una sumisa que estaba lista, incluso, para la humillación. El temblor de su cuerpo menguó. Descubrió rápidamente las cámaras, debido al piloto rojo encendido en su base, retransmitiendo en directo. El techo estaba pintado de gris y las paredes en negro alternando con grandes espejos ahumados. Una extraña sensación de oscuridad presidía la sala, bien por la escasa luz, bien por los tonos tan apagados en que se había decorado. Un armario de un negro brillante se encontraba en uno de los laterales. Era el único mueble que rompía la sencillez de la decoración. El minimalismo era a todas luces intencionado para que la atención no se dispersara en cosas secundarias. También, como le informaron antes de entrar, había una pantalla de televisor en la que podrían ver a la sumisa del Amo que a ella le había correspondido y lo que parecía una cadena de música. Estaban apagadas.

Se mantuvo de pie, con la mirada fija en el suelo, en señal de respeto y sometimiento, a la espera de instrucciones. De primeras sólo fue minuciosamente observada. El nerviosismo iba y venía en tanto llegaba la siguiente sorpresa de aquella velada surrealista. Haciendo acopio de voluntad alzó la vista lo suficiente para ver que el Amo Chuan se quitaba la chaqueta y caminaba descalzo sobre la

moqueta. Mirándola fijamente, con arrogancia, empezó a desabrocharse la blanca camisa hasta mostrar desnudo su torso. Atónita vio que tenía casi toda la piel tatuada. Era un mural humano repleto de figuras. Puro arte oriental sobre su cuerpo. Un dragón policromado le rodeaba el tronco a cuyos lomos trepaban otros personajes humanos, mitológicos o animales. Otro flash en su mente: “El dragón rojo y la mujer revestida de sol”. El famoso grabado de William Blake inspirado en el capítulo 12 del Apocalipsis… la lucha del bien contra el mal. Desechó tan pintoresca idea. Trató de no mirar con demasiada insolencia, pues desconocía si eso pudiera molestar al Amo pese a la evidencia de que aquellos tatuajes estaban hechos para ser admirados.

Chuan francamente satisfecho por el interés despertado, se acercó para que los pudiera apreciar mejor. Exhibiéndose ante ella, levantó los brazos y giró lentamente. Le divertía la curiosidad de putsie, que a su vez sufrió un tercer flash mental, esta vez “El paraíso perdido” de Milton: “Vale más reinar en el Infierno, que servir en el Cielo” ¿Su cordura se había perdido? Aquel Amo, ajeno a los intrincados pensamientos de su nueva adquisición, hizo cuanto se le ocurrió para relajarla, no tenía interés alguno por la humillación. Ya sabría de sus intenciones.

Muy inquieta, probó a disipar la tensión calculándole la edad. Difícil tarea tratándose de otra raza, pero le supuso poco más de 35 años. Lucía, además, una media melena lisa hasta los hombros que, de tanto en tanto, se recogía para a continuación volver a soltar. Intuyó que él también estaba algo nervioso. Daba una y otra vuelta alrededor de ella con exasperante parsimonia. Se sentía como una diminuta bacteria bajo un microscopio, analizada, medida… y la sensación era, a la par, inquietante

y halagadora. Este Amo le fascinaba con su comportamiento.

-¿Te gustaría ver qué pasa al otro lado del monitor de televisión? –le dijo mientras parecía sopesar en su mano el mando a distancia.

La voz de Chuan le sorprendió por la autoridad que emanaba de su tono a pesar de haber formulado

una pregunta. Se le antojó que era un hombre culto, bastante occidentalizado y sin duda acostumbrado

a salirse con la suya.

-Lo que desee Señor, Su voluntad es la mía -contestó con dulce humildad. -Bien, bien, pues… lo dejo apagado, de momento –y se mantuvo en silencio sin dejar de contemplarla hasta que decidió por donde empezar- tienes una forma de moverte capaz de enloquecer a cualquier hombre. Baila para mí. ¡Ahora!

En un segundo putsie escuchó la suave melodía que empezó a sonar tras conectar la música. Dejó que las notas la penetrasen. Se recreó en ellas y empezó a moverse. Miró de reojo la lucecita roja de la cámara y rezó para que su Amo la estuviese observando. Al imaginarlo un fuerte calor se apoderó de ella y la llevó a adoptar una actitud más sensual, más desinhibida… Se cimbreó tanto como el corsé permitía. Empezaba a acostumbrarse a aquella prenda tan opresora, pero no por ello podía expandir los pulmones a sus anchas. Mientras su cuerpo, cada vez con mayor libertad, respondía al dictado de la música, Chuan se le acercó hasta posar sus manos sobre ella. Se vio reflejada en los espejos mientras apenas la rozaba con las yemas de los dedos. Sintió un escalofrío -el enésimo- pero no dejó de moverse al compás de la música ni cuando le dijo que se quitara sus braguitas y le dejó a la vista su coño. Pudo verse de nuevo reflejada y con gran esfuerzo venció su pudor para seguir bailando de

forma imperturbable.

Chuan se alejó para obtener mejor perspectiva de la danza y de su ejecutante. Empezó a desnudarse.

-Mastúrbate para mí, quiero ver como lo haces, pero no dejes de bailar– le ordenó.

Siguió sus instrucciones lo mejor que pudo mientras a muy poca distancia podía ver como evolucionaba la erección. Ella misma empezó a erotizarse con aquella visión. Consideraba, además, que el hecho de que aquel hombre fuera de raza oriental añadía un exotismo que le abría el apetito sexual. Era un secreto muy íntimo que tuvo siempre y del que casi se había despedido: tener una relación interracial. Ahora era casi seguro que estaba a pocos minutos de cumplir su sueño. Pensó en la oportunidad que le brindaba el destino.

-No pares de bailar –le insistió mientras se aproximaba.

Ya a escasos centímetros de putsie, alcanzó a rozar su piel con las palmas de las manos mientras ella no dejaba de contornearse al son de la melodía. Le seguía sus movimientos como si temiese tocarla y romperla, hasta que la caricia llegó a sus muslos y se tornó en firme sujeción. Acoplaron sus cuerpos y siguió la danza que ya era de dos. Así, fue excitándose, mientras le acariciaba zona tras zona hasta dejar el clítoris para el final.

El Amo Chuan le quitó la máscara veneciana. En ese instante putsie fijó su mirada en la cámara a modo de silenciosa dedicatoria a su Amo, para que supiera que no iba a olvidar en ningún momento quien era su auténtico Dueño. Se separó de ella para dirigirse al armario. Un sonido metálico que salió de su interior la sobresaltó. Sin dejar de bailar vio que se aproximaba con un amasijo de cadenas. Las dejó caer de manera intencionadamente brusca a sus pies. Se arrodilló y empezó a ajustarle bandas de cuero de distinta anchura en muslos, abdomen y bajo las axilas. Detuvo aterrorizada su baile. Seguidamente le colocó y fijó una nueva máscara que la privó absolutamente de visión, oído y casi hasta de aire que respirar. Notó como enganchaba las cadenas a las correas de cuero que ya tenía abrochadas y aseguraba los anclajes de los mosquetones. También le ató las manos a la espalda. Llegados a ese punto todo se paró. Sólo silencio, oscuridad y la amenaza de unas lágrimas. Intuía el próximo paso, a pesar de no tener referencia visual ni auditiva. Estaba completamente a merced del Amo Chuan. El desconcierto la estaba paralizando al sentir lo que parecía el sordo murmullo de un motor y un creciente miedo empezó a apoderarse de ella. Privada aún de su vista, le dio un vuelco el corazón cuando un cable al que supuestamente la había atado empezó a tirar de su cuerpo hacía arriba hasta el punto de que sus pies perdieron contacto con el suelo. ¡Estaba suspendida en el aire! En pocos segundos se encontró en posición horizontal, paralela al suelo sin saber con exactitud a qué distancia se encontraba de él. La inquietud no era por lo que no sabía, sino por la escasa información que sus sentidos podían aportarle. Así la mantuvo durante un lapso de tiempo indeterminado, momento que putsie aprovechó para serenarse cuanto pudo y valorar el grado de comodidad de su postura que, en realidad, no esperaba encontrar. Seguidamente notó el tacto de una mano que untaba su sexo con alguna sustancia. No pasó más de un minuto hasta que sintió una mezcolanza de picor y calor. Aislada en el interior de aquella máscara le parecía que todo estímulo que afectaba a su cuerpo se amplificaba desmesuradamente, incluido el efecto del vibrador con el que empezó a estimularle el clítoris. Eso de que la masturbaran como si estuviera flotando

empezó a gustarle y tanto más cuando el consolador, además, penetró en su coño. Flotaba en el plano físico y en el psíquico.

La estimulación se mantuvo lo suficiente como para olvidar el miedo inicial y entregarse al placer del momento. En ese instante lo que deseaba eran nuevas sensaciones. Ser objeto e instrumento de placer tal y como su Amo había dispuesto. Le retiró el vibrador y la fue bajando cuidadosamente hasta que recuperó su posición vertical. Liberada de sus arneses le retiró igualmente la máscara, le desató las manos y, tras un pequeño descanso, le ordenó nuevamente que bailara mientras el Amo Chuan, recostado en la cama circular, actuaba como espectador de excepción. Su erección era gráfico testimonio de su deleite y excitación frente a putsie. El efecto seductor era tan potente como para que al momento se levantara. Se colocó detrás de ella y de nuevo trató de mover al unísono sus cuerpos.

Sin parar de bailar llegaron hasta las inmediaciones de la cama, donde le pidió que apoyara el tronco. Seguidamente la abrió para empezar a penetrarla. No opuso resistencia. No hubiese podido ni queriendo. Notó que aquel miembro no era, ni de lejos, el de su Señor y se hubiera sentido decepcionada de no ser por la velocidad endiablada que imprimía al ritmo de sus penetraciones. De ese modo le pareció que compensaba las deficiencias observadas y empezó a experimentar las primeras sensaciones placenteras. A los pocos minutos la volteó para cambiarla de posición. Nuevamente le metió la polla y continuó con sus rápidos movimientos. Empezó a pensar si lo que le deparaba la noche sería eso: un polvo con un chino. Ciertamente le cruzó por la mente la sombra de la decepción. Pero no. Algo pasó que no esperaba. Un foulard de seda rodeó con una vuelta su cuello. Empezó a apretar, cada vez más, hasta que entró en hipoxia. Cuando le aflojaba, tomaba aire a la desesperada. Con la creciente falta de oxígeno su consciencia fluctuaba, y los tatuajes de Chuan cobraron vida propia. El dragón iba y venía. Ella era la mujer revestida de sol a punto de ser devorada. El ritmo no cesaba y la polla masajeaba a gran velocidad el interior de su coño. Empezó a notarse cada vez más mojada y de nuevo la seda estranguló el perímetro de su cuello. El ritual seguía su curso, una y otra vez. La estaba llevando al extraño territorio de un deleite desconocido. Sintió algo diferente al gozo sexual, algo fuera de lo sensorial, casi una experiencia mística. Experimentaba un indescriptible efecto de dicha que inundaba no sólo su cuerpo, sino su mente. Era como un viaje astral, como un éxtasis celestial. El dragón tatuado la devoraba sin piedad en una espiral de locura incontrolable. Se encontraban fusionados en un mundo irreal donde el sexo parecía ser la única razón de la existencia humana. Un fuerte y agudo grito anunció la inminente eyaculación al tiempo que le vio tensar todos sus músculos y apretar más el foulard hasta un punto en que temió por su vida. Se sintió mareada, con nauseas al tiempo que un orgasmo único entre un millón la devolvió al mundo de los vivos.

No sabría con certeza si la muerte llegó en verdad a rondarle en algún momento. Pero supo que jamás olvidaría aquello y que tampoco volvería a prestarse. Nunca.

Un versus deux

Ordenó a las dos sumisas que entraran y esperaran de pie, quietas, en un rincón y en absoluto silencio. Estaba atento al monitor de televisión. Le preocupaba que Chuan supiera bien qué estaba haciendo. Desconocía hasta qué punto era experto en esta técnica y estaba dispuesto a salir de forma urgente para realizarle a putsie una reanimación cardiopulmonar al menor signo de alarma. No fue necesario. Además existía una sala de control desde la que el ‘taxateur’ y otro personal de seguridad cuidaban en todo momento que no hubiera ninguna práctica de riesgo excesivo o para actuar en caso de emergencia. Suspiró aliviado cuando se dio por finalizada la sesión y, ya para terminar, putsie le estaba procurando un masaje en la espalda… ¿o quizá tan sólo estaba repasando con sus dedos los múltiples tatuajes? Mejor si se relajaba y se entregaba también él a los placeres que le esperaban obedientemente en el rincón.

-Mi nombre es ElSir ¿Cómo os llamáis vosotras? –dijo a modo de presentación. -Mi nombre, por el que le ruego que se dirija a mí, Señor, es vulga. Es un compuesto de dos palabras italianas vulpe y gata, ese es el nombre que me puso mi Amo –contestó la sumisa vestida con la ajustada malla de látex negro. -¿Y tu?-preguntó a la que le recordaba al cuadro de Boticcelli. -Señor, me llaman imya, tengo entendido que significa ‘nombre’ en ruso y me lo pusieron porque le pedí a mi Amo que me diera… eso… un nombre –respondió con la cabeza gacha- me llamo así en castigo por mi insistencia.

-Bien, aún estoy pensando qué hacer con vosotras. Para esta noche no tenía previsto verme con dos sumisas al mismo tiempo –les anunció.

Se dedicó a mirarlas con detalle para apreciar sus momentáneas posesiones humanas. Serían de su propiedad durante un tiempo limitado. Para verlas mejor situó a ambas en el centro de la habitación que tenía forma de paralelogramo y ocuparía unos 40 metros cuadrados. Una cama de época con un intrincado cabezal de bronce, un par de sillones y una chaise-longue rococó eran sus muebles. Las paredes de la sala estaban revestidas con telas tornasoladas sobre las que se reflejaban de forma cambiante las luces. Los tonos iban desde una gama de naranjas a rojos suaves. También la omnipresente cámara con su piloto rojo indicaba que estaban siendo observados. No se consideraba ni exhibicionista ni un voyeur pero tampoco le importó demasiado.

En primer lugar hizo que subieran a la cama y se pusieran a cuatro patas para poder contemplar cómodamente sus coños. Le maravilló aquella visión. Un fantástico par de coños. Se acercó y empezó a acariciarlos al mismo tiempo. No paró hasta que notó que ambos ya segregaban flujo lubricante. El de vulga fue el primero, pero el de imya, aunque tardó más, lo hizo finalmente con mayor cantidad. Con los dedos mojados pasó a explorar el interior de las dos vaginas estimulando simultáneamente sus puntos G. No tuvo prisa. Ninguna. Se tomó su tiempo. Ellas lo agradecieron.

Le indicó a vulga que se mantuviera a cuatro patas y que, de la misma forma, se masturbara. Mientras, tomó a imya y la ató de pies y manos en la cama. Lo hizo de forma que quedó con las piernas abiertas y sus muñecas juntas sobre su cabeza. También le puso un antifaz que le privó de visión. Todo el material que utilizaban los Amos lo proporcionaba el más que bien surtido almacén de La Maison del que se nutrían los armarios de cada sala y en cuyo interior los Doms encontrarían cuanto necesitaran. Cuando acabó de fijarla sobre la cama se sentó en uno de los butacones para contemplar la escena durante unos minutos antes de dar sus primeras órdenes.

-Deja de masturbarte vulga. Toma estas tijeras y corta el vestido de imya como si una pantera lo hiciera jirones con sus garras.

De un salto felino subió a la cama y se plantó entre las piernas de imya. Le mostró las tijeras en un teatral conato de amenaza. Se dejó caer violentamente de rodillas entre las piernas abiertas de la otra sumisa y puso una mano sobre el vientre de la otra. Seguramente hasta le hizo notar sus uñas. Más que cortar rasgaba y en menos de un minuto el etéreo vestido era un conjunto de retales que dejaban ver sus muslos. La siguiente orden fue que la masturbara con un vibrador. ElSir observaba que en cada acción vulga disfrutaba y que gozaba mucho más cuando imya empezó a gemir. Estaba a cuatro patas, volcada sobre la sumisa atada a la cama, por lo que su sexo se ofrecía asomándose en la estratégica apertura que su ajustada malla. Ese acceso a coño y ano fue una tentación a la que no quiso resistirse. Buscó en el armario otro vibrador para masturbar a la mujer gato, iniciativa que claramente le gustó pues recompuso su posición para facilitar la recepción del consolador. A los pocos minutos pidió y obtuvo permiso para dirigirse a su Dueño momentáneo.

-Esta vulga solicita del Amo que le permita acceder libremente a la otra sumisa si eso le place –pidió con sumisión.

No tenía muy claro qué era lo que pretendía pero algo le dijo que sí debía acceder. Tan pronto le concedió su permiso, giró sobre sí misma y hundió su cara en el sexo de imya. Estaba claro que su

lengua trabajaba bien a juzgar por cuánto estaba disfrutando la otra sumisa que, aún atada en la cama,

se debatía entre espasmos bruscos y delirantes gemidos. Finalmente también vulga le acercó su sexo

para sentir el mismo tacto cálido y húmedo de la lengua. El momento tenía una elevada carga erótica. No sólo porque a muchos les pudiera excitar una relación entre dos mujeres, sino porque siendo ambas sumisas, una lo era aún más y la otra, convertida en una fiera, la tomaba a su antojo. Con todo, ElSir estaba esperando el momento para ejercer su condición de Dominante indiscutible y supremo. Aguardó pacientemente hasta que consideró que las dos hembras alcanzaban su máximo grado de excitación. Así las quiso antes de recurrir nuevamente al armario para obtener una segunda cuerda con que atarlas. Ambas quedaron enlazadas en la misma posición que ya mantenían. Sacó también una vara de caña de bambú, fina y tersa, con la que distribuyó diversos toques de forma aleatoria en el amasijo de cuerpos. El hecho de que diera en ropa o en carne aún hacía más imprevisible el impacto, el resultado, el efecto…

Con las tijeras cortó las ataduras en un santiamén. Ambas quedaron liberadas. Tomó a las dos por sus collares y las obligó a que le practicaran simultáneamente sexo oral. La más mínima falta de atención o de aplicación era reparada por el tacto siempre correctivo y aleccionador del bambú. Una nueva cuerda apareció en escena. Las puso espalda contra espalda para una figura de shibari para dos sumisas que siempre había deseado poner en práctica. Las ató de modo que el movimiento de una tensaba a la otra. Los nudos no llegaban a marcar en exceso y la presión no estrangulaba la circulación sanguínea si se mantenían más o menos quietas. ElSir había desarrollado un inusitado talento para el shibari en sus juegos con putsie. Primero hizo que vulga se arrodillara y se postrara hasta soportar el peso de imya sobre su espalda que era penetrada de manera agresiva. Luego alternó las posiciones para poder penetrar a la sumisa ‘medio-gata’ cuyos gritos le excitaban por lo salvajes que resultaban. Ambas, unidas de aquel modo, le recordaban las figuras de los naipes franceses. Se concentró para mantenerse en el punto de tensión sexual necesario y lograr que ambas alcanzaran el adecuado clímax que las desinhibiera por completo. Seguidamente las desató y las conminó a que compartieran placeres entre ellas. Le sorprendió que fuera imya quien se abalanzara sobre vulga con una fiereza que no hubiera imaginado. Daba la impresión de que el shibari le estaba conteniendo una pasión que, al soltarla, se desató de forma incontrolada. Sus manos recorrían el cuerpo de vulga con inesperada avidez y acabó hundiendo la cabeza en su pubis al tiempo que ofrecía también el suyo para recibir de su lengua las mismas caricias que ella ya estaba dispensando. Ambas se aceptaron de muy buen grado.

Se recreó ante tan excitante escena. El placer de ellas se le contagió rápidamente y empezó a participar siendo bienvenido por ambas. Penetró nuevamente a imya mientras no dejaban de

practicarse sexo oral. De hecho vulga alternaba sus atenciones bucales entre ambos lo que renovaba

el deseo sexual de los tres. Al poco reclamó también para ella el soberbio pene del Amo. Se colocó

a cuatro patas y, agachando su torso, elevó aún más su acharolado trasero que mostraba al

descubierto su brillante vagina totalmente lubricada. Frente a ella se colocó la otra sumisa que le ofreció su sexo para que tampoco cesaran sus atenciones. De esta forma, al tiempo que cataba el coño de imya notó como era penetrada con un golpe seco que le metió más de veinte centímetros en su cavidad vaginal. Crispó sus manos y gritó de puro placer. Fue para ella un éxito memorable. Las posteriores reacciones las canalizó a través del sexo oral que le dedicaba a su compañera de

sumisión. Las embestidas la fueron llevando poco a poco camino del orgasmo, al que finalmente llegó con un inesperado chorro de squirting. Hasta entonces, ElSir jamás había visto la llamada eyaculación femenina y quedó perplejo durante unos segundos. El líquido a presión le salpicó hasta el pecho y le animó a seguir penetrándola hasta que la sumisa ya no pudo más. Entre jadeos se echó a un lado boca arriba al tiempo que vulga saltó sobre ella como la gata que parecía ser para lamerle todo el coño. Los gritos de placer eran ya descontrolados. La penetración siguió ahora con vulga mientras contorneaba su trasero haciendo notar la dureza de la polla en las paredes internas de su vagina. Levantó la cabeza para gritar y maullar, cuando también el orgasmo inundó su cuerpo al tiempo que se ofrecía aún más para recibir cuanta polla fuera capaz de albergar. Se corrió en su interior pero fue imya quien luego le buscó para relamer hasta la última gota de semen mientras se escuchaban profundas y entrecortadas respiraciones. Cayeron los tres muertos de cansancio, con la respiración agitada y los corazones bombeando a la máxima potencia.

El piloto rojo de la cámara seguía encendido. En unos minutos recogerían a las sumisas para retirarlas de la sala. Sólo debía pulsar el botón de un timbre para que vinieran a por ellas. Mientras tanto las tuvo acurrucadas a sus pies, como un par de mascotas, mientras distraídamente y a dos manos, les acariciaba el cabello. Se recreaba en un momento que sabía que difícilmente volvería de nuevo a vivir.

Todos conformes

Amos y sumisas fueron conducidos a salas de ducha separadas. Fue un rápido intermedio antes de volver de nuevo a La Chenil. Bernard tenía algo importante que comunicar:

-Están todos, ustedes y sus sumisas, invitados a una cacería que les estamos preparando en nuestra finca de Bois Brûle para pasado mañana. De momento espero que se tomen un día de descanso. Disfruten de las posibilidades de la Ciudad de la Luz, tanto si ya la conocen como si desean descubrirla. En compensación por el incidente, ‘La Maison’ ofrece, además de la cacería, que sean huéspedes de nuestro fantástico pabellón conocido como Le Petit Palais ubicado en la misma finca. Pasaremos a recogerlos a sus hoteles a todos y cada uno de ustedes… pero antes, por favor, les ruego que echen un vistazo al plan y a la agenda, cuyo contenido no debería trascender a las sumisas –solicitó mientras entregaba un dossier para cada uno-, pues de ese modo se perdería el efecto sorpresa. Les ruego me hagan saber su conformidad. Se trata, ya lo verán, de una actividad de confraternización, lúdica… -y se calló para que pudieran consultar el planning-.

Espero unos minutos para que todos pudiera leer su contenido al tiempo que observaba sus semblantes. Todos, uno tras otro, se mostraron de acuerdo y aceptaron el programa diseñado. No hubo más que hablar. Ni un solo comentario más. Los Amos quedaban satisfechos con el plan cuyos detalles quedaban guardados en el interior de las carpetas. Muy satisfechos.

Horas intensas

El garaje de la finca de La Maison tenía su acceso por la parte trasera del edificio. Desde allí se podía entrar o salir discretamente con los vehículos sin tener que pisar la calle. Uno de los coches que permanecía estacionado era el de ellos con su paciente chofer al volante. Sólo después de subirse, en la intimidad de su interior, cruzaron su primera mirada. Para ambos había sido una experiencia irrepetible. Increíble hasta el punto de coincidir en que si tuvieran oportunidad de contarla nadie les creería. Rieron imaginando las caras de personas conocidas si supieran lo que acababan de vivir. En especial, putsie pensaba en la reacción de Isabel, su morbosa amiga, si llegara a saber de tan extraordinario episodio de su vida. Fue una risa hilarante que les sirvió para relajar las tensiones acumuladas. Lo que pasó, lo que vivieron esa noche era, sin lugar a dudas, una de esas cosas que a uno le acompañará a la tumba como parte importante de su bagaje vital.

Dentro del coche, ya de vuelta al hotel, apenas compartieron algunos detalles que habían vivido en La Maison. Los dos pensaron que tiempo tendrían para profundizar sobre todo lo acontecido en aquella casa. Para ambos habían sido las más intensas e inenarrables horas de sus vidas. Las sensaciones tanto particulares como compartidas, las sorpresas, el inquietante ambiente… todo daría para hablar durante años. Ahora estaban cansados. Sólo querían llegar al hotel y entregarse a una mullida cama. Mañana sería otro día.

No preguntó nada sobre la carpeta que estaba al lado de su Señor. Estaba exhausta. Demasiadas emociones para un sólo día. No tuvo fuerzas para curiosear y, además, sabía que tampoco le serviría de nada preguntar. Su Amo ya proveería lo necesario en el momento justo. Recordó el momento en que hizo sonar el timbre del apartamento por primera vez. Desde entonces habían pasado tantas cosas… tantas.

A la mañana siguiente

La suave luz de la mañana que despuntaba por la parte baja de la cortina anunciaba que un día nuevo ya estaba en marcha en París. Se obligó a mirar el reloj para ver que ya eran las diez y cuarto de la mañana. Le pareció una hora estupenda. Ni demasiado temprano ni demasiado tarde. Quizá un poco fuera de lugar para un desayuno, pero no tanto como para privarse de tomar algo frugal que permitiera recuperar fuerzas. Levantó el auricular del teléfono y encargó café, unas tostadas y una jarra de zumo de naranja. Ella estaba acurrucada a su lado. Había abierto los ojos.

-Buenos días –le deseó dedicándole la primera sonrisa de la mañana.

Él la besó en la mejilla y le pasó el brazo por los hombros. Ella reacomodó su postura para sentirse en sus brazos.

-Tomaremos algo ¿no te parece? –le preguntó en voz baja. -Sí, pero me gustaría primero darme una ducha… sola –le hizo saber ella que no tenía ningún interés en compartir ese momento con nadie y mucho menos con la asistenta. -Claro ¿cómo no? –consintió al tiempo que su cabeza trataba de organizar el día que se

presentaba.

Se levantó de la cama, cruzó la habitación caminando casi de puntillas y se perdió tras la puerta del baño. Encendió la luz. Abrió el grifo de la ducha. Un café, una tostada y un zumo después, se encontraban ambos en la calle. Les apetecía pasear. Bajaron por la rue Cambon hasta cruzar Tuileries y caminar por sus jardines sin perder de vista el Sena. En su paseo abordaron algunos de los sorprendentes pasajes de la noche anterior. Compartirlo todo era ingrediente básico de su relación, y así lo fueron haciendo hasta que sus pasos les llevaron al pont des Arts. Se sentaron en uno de sus bancos dejando que el sol les calentara. El cielo estaba medio cubierto por unas nubes altas que le daban un aspecto dramático.

-Parecemos dos lagartijas –dijo ElSir mientras mantenía sus ojos cerrados tras las gafas de

sol.

-¿Lagartija? Habla por ti, Yo me siento como una mariposa -respondió de forma automática. -¿Una mariposa? ¿y yo que soy? ¿un capullo? –repuso divertido. -No –río la ocurrencia- en verdad tú eres el Sol.

-Así está mejor.

Ambos permanecieron en silencio durante unos minutos. Curioseaban con los turistas y gente en general que cruzaba la pasarela, se entretenían viendo a algunos pintores que trabajaban sobre sus caballetes, o seguían con la mirada la estela dejada por las embarcaciones que regularmente cruzaban bajo la madera de la pasarela. Gozaron del paso de los minutos sin nada qué hacer. Se lo tomaron como una terapia de relax mientras observaban la Île de la Cité.

-¿Te apetecería visitar Notre-Dame? - No –contestó ella- la verdad es que preferiría ir al Louvre y comer por la zona. -Eso está hecho, continuemos el paseo.

Se levantaron del banco y se dirigieron hacia el museo que se encontraba justo al otro lado del puente. De camino, putsie pidió permiso y aprovechó para hacer un par de llamadas desde su móvil a casa y al trabajo. Aprovechando que era la hora de comer, decidieron hacer cola para sacar un par de entradas con tiempo sólo para una visita de una hora. Habida cuenta del escaso tiempo que se concedían, convinieron en elegir, cada uno, una pieza del museo. La Victoria alada de Samotracia fue la opción de la sumisa, mientras que su Señor propuso la Virgen del canciller Rolin, de Jan van Eyck.

-¿Por qué has elegido la Victoria de Samotracia? -Porque… -inspiró antes de continuar- siempre me he sentido identificada con esta escultura. Fíjate –le dijo mientras ambos se encontraban a sus pies- es una heroína. Es un ser fabuloso, tiene el mejor par de alas que jamás he visto en una escultura. Se desperezan hacia atrás, al tiempo que desafía con el resto de su cuerpo a cuantos la quieran mirar. Es una actitud de valentía frente a todos. Ofrece su cuerpo, lo expone al peligro y saca pecho ante la adversidad, ante lo desconocido, ante la amenaza si fuera preciso, ante cualquiera. Al mismo tiempo es consciente y orgullosa de su condición femenina. Siempre me ha fascinado como sus ropajes se adhieren a su piel y tornean sus muslos y sus curvas. Es una oda a su identidad de mujer y al tiempo transmite algo de elegía. Con todo –hizo una pausa- lo más fantástico es que se mantiene erguida y sin que su espíritu se resienta a pesar de haber sido decapitada y mutilada en ambos brazos. A pesar de todo eso, sigue para adelante, sigue siendo mujer y así seguirá, otros mil años y más, seguirá imperturbable mientras quede un grano de su mármol sobre el pedestal. Siempre me he sentido identificada con ese espíritu y no puedo estar frente a esta obra sin que se me erice el vello de la nuca.

Formidable. ElSir estaba fascinado con la explicación que acababa de escuchar. Fueron palabras mágicas ante la milenaria estatua griega. Se sintió gratamente impresionado con la emoción manifestada por su sumisa ante aquella obra clásica. La sabía como una mujer sensible y ahora descubría que más instruida de lo que imaginaba.

-Afortunadamente a ti no te han decapitado –y plantó un beso en los labios de putsie a la sombra de la figura de mármol- es lo menos que te mereces.

Fueron a paso rápido hasta encontrar el cuadro de van Eyck. Era una tabla flamenca donde el citado canciller Rolin aparece en posición orante frente a la Virgen. No es una obra de grandes

dimensiones.

-Ahora te toca a ti –le dijo desafiante la sumisa- ¿y esto? –preguntó en un tono burlón pensando en las escasas posibilidades de aquella obra frente a la majestuosidad de ‘su’ escultura. -¿Me retas? -se rió de la actitud de su sumisa- me gusta tu capacidad para generar enfrentamientos donde no debiera haberlos. -Lo siento, Amo –le dijo en voz baja acercándose al oído para que aquella palabra quedara entre ambos- pero me temo que no vas a superarme –y le dio un mordisquito al lóbulo de su oreja. -Eres, eres… – y volvió a reír al no encontrar el calificativo adecuado.

Quedó absorto durante un momento, mirando la tabla flamenca, antes de empezar. En realidad, putsie no sabía hasta qué punto le gustaba el arte a su Señor, ni que se encontraba aún tan secretamente complacido por el comentario que le había escuchado frente a la Victoria de Samotracia. Empezó su particular disertación para justificar la obra elegida:

-El canciller era un hombre estricto –empezó diciendo como si le recordará por un trato personal- recto, incluso severo. Así trasciende en los rasgos de su cara que el pintor refleja. Su

rostro rígido no invita a la relajación, ni a la cordialidad y su tensión la traslada al espectador. Es la seriedad personificada. Pero lo más sorprendente es que mantiene esa postura ante la mismísima Virgen con el Niño en brazos. Nada ni nadie puede cambiarle. No consiente, ni ante la propia Madre de Dios, adoptar una actitud más sumisa, de recogimiento ante tan importante personaje -hizo una pequeña pausa pues sabía sin duda alguna qué estaba diciendo y a quién-. Te invito a que repares en

el tamaño de las dos figuras principales ¡es más grande el canciller que la propia Virgen! –y decidió

parar al objeto de no parecer demasiado redicho.

A putsie le gustó aquella visión que su Amo le mostraba sobre aquella obra de arte. Quiso más.

Permaneció atenta.

-El canciller se atreve a mirar frontalmente a la Virgen y, hasta tal punto se plasma su

carácter, que la Madre de Dios agacha su cabeza. El cuadro debió haberse titulado ‘La sumisión de

la Virgen’, pero, la sumisión ante un mortal y, aunque sólo sea una obra de arte, esa relación, ese

mensaje, ha quedado así para la posteridad. Las cuestiones técnicas, calidades de los ropajes, tratamiento del color y la luz, del fondo, del detalle minucioso y otros análisis que gustosamente haría, las reservaré. No tienen importancia en relación con el motivo que me ha hecho elegir esta tabla.

Quedó muda. Aquella tabla ya no la vería del mismo modo después de escuchar a su Señor, por eso era tan especial, por eso ella era su sumisa.

El chofer les esperaba a la salida, como le habían ordenado, tras agotar el tiempo que tenían previsto permanecer en el Louvre. No iban a comer en los alrededores del museo. Eran sitios o malos o caros y no les apetecía tomar un kebab entre turistas. No, al menos, en ese momento.

-A La Frégate, en el número uno de la rue du Bac –decidió el Señor.

No quisieron sentarse a la mesa más tarde de las dos y media. En España ese horario sería normal, en Francia ya estaban cerrando las cocinas. En diez minutos ya estaban frente a la puerta de La Frégate. El restaurante se inscribía en la más pura tradición de los establecimientos parisinos. Ocupaba un amplio chaflán, frente al Pont Royale, con una amplísima terraza y vistas muy abiertas. Una sopa de cebolla gratinada y unos caracoles para compartir abrieron el apetito. Un carré al tomillo para dos y una botella de Burdeos fueron la parte central de la comida. Tarta tatín flambeada fue el postre elegido. Ya sólo quedaban ellos en el restaurante. Desde su mesa, pegada a las soleadas ventanas, podían ver transcurrir melancólicamente las aguas del Sena. Un café y una infusión, pero que lo sirvan en la terraza ‘s’il vous plaît’. La tertulia de sobremesa, ese día no podía ser de otro modo, fue sobre arte. ‘Délicieux après-midi’.

Decidieron curiosear escaparates. Tener una tarde de compras. Un vestido negro de terciopelo de tirantes, con sencillas hechuras e innegable elegancia fue el capricho de putsie para la cena de esa noche. Pensaron que era el complemento ideal para los nuevos pendientes de perla.

-Deberías probártelo.

-¿Tu crees?

Espera un momento, no tardaré.

Salió del probador. Su Señor levantó el pulgar.

Vieron languidecer el día desde Montmartre. El chófer les dejó en la parte baja de la escalinata que conduce a Sacré Coeur. Se lo tomaron con calma. Subieron sin prisa mientras se recreaban en las vistas que ofrecía París en su atardecer. No se pudieron resistir a entrar en la imponente basílica que preside la colina. Tan blanca, tan curva… Muy respetuosos, dejaron de hablarse en su interior. Al salir respiraron de nuevo aire puro en el ocaso de la tarde. Callejearon por la parte trasera, bajando por las escaleras que ya iluminaban las pequeñas bombillas entre sus adoquines que imitan las constelaciones estelares. Llamaron al chófer para que pasara a recogerlos.

A la luz de las velas

La asistenta había preparado cuidadosamente todo en la habitación a falta del vestido que acababan de comprar. Un baño caliente y humeante, con diez centímetros de espuma les esperaba y docenas de velas cuyas llamitas punteaban sobre el pulido mármol travertino reflejando su titilante luz. Presidía el conjunto un gran jarrón con dos docenas de rosas rojas que expelían un ligero aroma floral. El momento se completó cuando empezó a sonar, con volumen débil pero con claridad, una selección de canciones de Aretha Franklin. Cerraron los ojos y se dejaron envolver por las notas aterciopeladas del soul en su pequeño mar de espuma y tibieza. Los minutos compartiendo la amplia bañera se sucedieron sin darse cuenta.

Pasada casi media hora, putsie dio por terminado el baño y esperó a su Señor para tenderle el albornoz. Quiso maquillarse ella misma, como solía hacer, muy natural y estrenó el vestido. Él esperaba en la planta inferior de la suite duplex para verla descender por las escaleras. Apoyados los codos en los reposabrazos del silloncito, puso sus manos delante de la boca para tratar de disimular el asombro que sintió al verla vestida de terciopelo negro.

-¿Te gusto? –preguntó mientras se daba media vuelta toda coqueta ella.

No supo muy bien qué contestar. Se sintió en uno de esos momentos en que se debe acertar con la respuesta adecuada y, además, no tardar mucho en dar con ella. Sabía que estaba esperando una contestación y debía ser rápida. Notaba que el tiempo se le estaba agotando y temía tartamudear. Finalmente, como una luz, se le ocurrió decir algo.

-Esta noche -paró para darle emoción y porque todavía no tenía claro si era ésa la mejor de las propuestas- vas a cenar con tus bragas en mi bolsillo. -Como quiera mi Señor –y se dispuso a quitárselas cuando todavía le quedaban cuatro escalones por bajar. -No –la detuvo- no ahora ni mucho menos aquí. Ya te diré.

Cruzaron París de noche hasta dar con La Gare, una antigua estación de tren reconvertida en un curioso restaurante frente a los Bosques de Bolonia. Su estructura, como antigua estación de tren, le confiere una extraña personalidad con techos altos de los que penden largas lámparas cilíndricas y una especie de tapices. En el centro de la otrora ferroviaria nave, se ubica un curioso reservado que sólo se aísla del resto del local por unos cortinajes rojos sujetos a unas barras curvas elevadas formando un círculo. Al entrar, no pudieron evitar la asociación visual con las cortinas de baño. En el interior de este reservado se estaba a cubierto de las miradas, pero no completamente puesto que las siluetas, debido a la iluminación, se dejaban entrever en un juego de sombras y perfiles.

Pidieron una cena ligera. Ensalada con vinagreta de Jerez y unas tostas con mi-cuit, mermelada de ruibarbo y algo de ahumados. Picotearon aleatoriamente de los platos combinando sabores según apetecía en cada momento. La conversación, como la cena, fue pasando igualmente de un tema a otro.

-Si mi Amo me lo permite me gustaría hacer un par de llamadas –pidió esperando que se lo concediera. -Por supuesto –accedió complaciente. -Quiero llamar a mi marido y a mi primo, quiero saber cómo va todo, tanto en casa como en el despacho –explicó- si no te importa. -Claro, siempre y cuando no me desatiendas en lo que te pida, lo puedes hacer.

Sacó su móvil y empezó a marcar el número de su casa. Cuando quedaban dos dígitos por pulsar, su Amo la interrumpió.

-Quiero que te levantes y te quites las bragas mientras hablas con tu marido.

Ella ya sospechaba que le pediría lo que quedaba pendiente en el momento más inesperado. Acabó por marcar el número de casa y mientras escuchaba los tonos empezó a meterse la mano por debajo del vestido para tirar de sus bragas. Cuando estaban por las rodillas contestó su marido al auricular. Supo que todo iba sin problemas cuando las tenía por los tobillos. Le deseó que se lo pasara bien cuando se le engancharon en el primer tacón y le dedicó un beso de despedida en el momento en que ya las ponía en la palma de la mano de su Dueño. Al colgar le dedicó una sonrisa que decía, claramente, ‘eres el Amo más travieso que podría encontrar’. A continuación se dispuso a llamar a su primo, lo que era ya una llamada de interés profesional pues compartía con él la titularidad del bufete. Había algún tema que le preocupaba y consideraba que dedicarle cinco minutos en medio de aquella aventura era lo menos que podía hacer. Aún de pie, sin sentarse, se dio la vuelta para, momentáneamente, apartar la vista de su Señor y concentrarse en su trabajo. Apoyó una mano sobre la mesa cuando el móvil empezó a dar tono. Antes de que le contestaran, su Amo ya le había atado ese brazo al cuerpo con el cinturón que se había quitado del pantalón. Cuando escuchó la voz de su primo por el auricular, le levantó el vestido hasta la cintura y le pinchó el coño con el tenedor. Fueron pinchazos muy ligeros pero notó el punzante frío del metal. Por supuesto que le desconcentraba para mantener una conversación medianamente razonable, pero pudo abstraerse lo suficiente como para mostrarse coherente al teléfono. Al colgar, se liberó de su atadura y se volvió con falsa rabia y verdaderas ganas de seguir el juego. Le bajó los pantalones, se arrodilló y le mordió el pene. Una risa y un pequeño grito y otra risa. Todo al abrigo de las cortinas del reservado.

Un postre de chocolate blanco sobre tarta de queso y sirope de limón verde puso el punto final. Al salir no quisieron reparar en si estaban siendo objeto de miradas de indignación, envida, curiosidad, cotilleo… Tomarían algo en la terraza de La Gare, en su segunda planta. Un distinguido pub que daba a una amplia balconada llena de plantas, farolas, sombrillas grandes y muebles de jardín. El mojito no es, desde luego, muy francés, pero el barman sí era cubano. Que sean dos y dos más. Todo muy animado.

Se asomaron desde la terraza, apoyados en su balaustrada de piedra, para ver la calle de noche. ElSir apuraba a pequeños sorbitos la copa que mantenía en una mano (los mejores, en un mojito, nunca son ni los primeros ni los últimos), mientras, con su otra mano, jugueteaba con la cadera de putsie que la sabía libre de ropa interior. Se notaba al tacto. Le gustaba ese tacto que evidenciaba la desnudez latente y clandestina bajo la ropa. La lluvia fina, pero que iba arreciando, les obligó a protegerse bajo las grandes sombrillas ahora reconvertidas en paraguas circunstanciales. Era un

pasatiempo genial para una noche lluviosa en París. El cansancio, y que empezaba a refrescar en exceso, les hizo considerar que áquel era el mejor momento para dar por terminada la velada. A la mañana siguiente estaban invitados a la cacería en la finca de Le Petit Palais.

Ordenó al chófer que les llevara de vuelta al hotel pero atravesando por uno de los puentes que cruzan el Sena. Era ya noche cerrada y lloviznaba sin cesar. Al vadear el río hizo que se detuviera el coche. Era muy tarde y el escaso tráfico permitió aquella pequeña licencia. Bajaron los dos, sin paraguas, soportando las inclemencias. Se asomaron a la barandilla desde donde podían ver como la lluvia alimentaba el caudal. ElSir extrajo las bragas de su bolsillo, que aún conservaba, las levantó entre ambos y las movió pendularmente. Luego extendió su brazo hasta sacarlas fuera del puente. Con la otra mano cogió la cintura de putsie y la besó durante el tiempo que tardaron en caer al río y que se las llevara la corriente.

-Es nuestra ofrenda a la ciudad del amor –dijo escuetamente.

Un prestigio que defender

En diez minutos estaban pisando el hall del hotel. Entraron en la suite. La asistenta les esperaba en la cama para que no la notaran fría. Se despidió para marcharse a su habitación. Se desnudaron. Se acostaron.

Con las luces de la habitación apagadas, dejaron descorrida la cortina del ventanal de la habitación para ver desde la cama cómo las gotas de lluvia hacían carreras deslizándose por el cristal. La iluminación de la calle daba un tono romántico que les hizo acurrucarse bajo las sábanas. Sólo el arrítmico sonido de la lluvia al aumentar su intensidad rompía el silencio. El tacto de la piel era tibio. El de su coño, además, húmedo. Su perfume aún le estimulaba el olfato. El de ese día le pareció elegante y sofisticado. Una inevitable erección ya se manifestaba hasta el punto que ella la apreció sobre su muslo. No tardó en dedicarle atenciones.

-¿El Amo perdona a su perra el bocado en la polla? –preguntó falsamente arrepentida. -El Amo no perdona nada. Si lo dices por si me ha dolido te diré que, al Amo, una perra nunca le puede hacer daño ni queriendo –contestó con orgullo. -¿Nunca? -Nunca, jamás. Eso es imposible –reforzó.

Se metió bajo las sábanas y buscó. Se colocó el pene entre los dientes y empezó a presionar de forma progresiva tratando de encontrar el umbral de dolor de su Señor. Le dolían ya las mandíbulas cuando notó cómo tensaba los músculos del pene hasta hacerle abrir aún más la boca. No se atrevió a emplearse con mayor intensidad. Su Señor no se quejaba, pero ella estaba convencida de que podría acabar dañándolo seriamente. Pensaba que, con la presión ya ejercida, con toda seguridad, le habría marcado los dientes. Quitó la sábana. Encendió la luz. Sí. Pequeñas marcas rodeaba el grosor del pene de su Señor, pero su cara era impasible. Esperó a ver si había algún tipo de reacción. Nada, de momento.

No es que le obsesionara, ni tan siquiera que le preocupara, pero muchas veces se sorprendía a sí misma intentando averiguar qué sería aquello que más le atraía de su Amo. En las ocasiones en que se había detenido a pensarlo jamás había logrado desentrañar ese misterio. Lo que sí tenía claro es que le resultaba irresistible. Su mera presencia le llevaba a entregarse en cuerpo y alma. Una palabra suya le bastaba para que su sexo reaccionara y se mostrara receptivo. Cuanto más tiempo pasaba más ligada y dependiente se sentía de su Señor. También tenía claro que una de sus más notables habilidades era su imprevisible imaginación y su capacidad por sorprenderla cuando ya había llegado a la conclusión de que no sería posible ir más allá. En unas ocasiones se trataba de detalles románticos, en otros momentos, locuras divertidas, también invenciones imposibles. Pero aquello no era sólo sexo y una caja de sorpresas sin fondo. Andaba meditando en estas cosas, por enésima vez, tras propinarle el bocado más feroz que jamás hubiera dado a un pene. Algo le decía que aquello traería alguna consecuencia. Le daba igual la que fuera. Pero lo deseaba.

Se levantó de la cama con la polla dolorida y palpitante. No debía dar muestra alguna de la terrible sensación que sufría. Ni siquiera quiso mirarla. Como si no hubiera pasado nada. Como si no se la hubiera mordido con todas sus fuerzas. La cuestión era que ella dudara seriamente si en verdad había sentido dolor y hasta qué punto. Tiró de la sábana hasta sacarla por completo de la cama. Con ella lió a putsie de cintura para arriba. En la parte superior le dejó espacio suficiente, como si se tratara de un gran globo, para que pudiera respirar y ver al trasluz la escasa claridad que llegaba desde la ventana. Con la misma sábana le ató los brazos que quedaron pegados al cuerpo. En ese momento se miró el pene. La erección seguía siendo tan digna como para sacar un molde y hacer vibradores de silicona, a no ser por las marcas recientes de los dientes. Incluso por una de ellas le pareció que

sangraba un poco. No iba a castigarla, ni a vengarse. Claro que no. Pero aún le dolía y a pesar de eso le debía un buen polvo. La vio con la sábana liada a la cabeza y medio cuerpo maniatado. Le estaba esperando. Quiso besarle su sexo y que probara la calidez de su lengua. Le seguía doliendo mucho, pero la tenía que penetrar. No iba a renunciar a su derecho ni a decepcionarla. Tenía un prestigio de Amo que defender. Estaba muy excitado. Pensó en lo guapa que la había visto durante todo el día. Empezó a penetrarla y ella gimió en su cárcel de tela. Le dolía el pene pero el placer eclipsaba

cualquier otra sensación. Dolía, pero empujó hasta que entró todo

¡joder!

Café y pan tostado

Sin abrir los ojos se arrebujó entre el amasijo desordenado en que se había convertido la funda nórdica y la sábana. Habían abierto la ventana, y el fresco matutino de París, tras la lluvia de la noche, invadió la suite dúplex a gran velocidad. Intentó refugiarse en la calidez de la cama. Sin abrir los ojos emitió un gruñido reclamando la presencia de su Señor. La respuesta fue el sonido de la ducha. Se conformaría regalándose los mejores minutos de la mañana holgazaneando en la inmensa cama que ahora era sólo para ella. Pensó que, al menos, durante el tiempo suficiente hasta que la ducha quedará libre. No fueron más de cinco minutos. La asistenta, que ya andaba por la suite, la sacó de su más dulce pereza. La hizo levantar. Orden del Señor.

Medio zombi caminó hasta la ducha. Llevaba un cortito camisón transparente de una ligerísima tela en blanco roto con pequeños bordados en azul marino enmarcando el escote. Su Amo la vio aproximarse a pesar del vaho que enturbiaba las paredes de la cabina. Apoyó su cara para que le viera en la horrible mueca que todos tienen cuando la estampan contra el cristal. Le río la ocurrente payasada y le imitó. Era una forma de desear los buenos días con buen humor. Se dejó desnudar por la asistenta que a continuación le abrió la puerta de la ducha y la empujó suavemente a su interior. Un par de grados más que la temperatura de su cuerpo le dieron la bienvenida en forma de lluvia. Un enorme dispensador desde la parte superior rociaba ambos cuerpos. Era un agua cálida, relajante… Además los chorros laterales masajeaban con delicadas punzadas otras partes de su anatomía que iban variando en función del movimiento. Por si fuera poco, había música dentro de la cabina. Jamás había considerado más oportuna la banda sonora original de Memorias de África. Se ducharon mutuamente. Con compañerismo. Casi como un acto social de relación personal. Evitaron cualquier connotación sexual. Fue una operación de higiene sin más. A ambos les divirtió que fuera así aunque no estaba pactado.

Dos albornoces y dos toallas enormes de algodón fueron dispuestos por la diligente asistenta. El penetrante aroma de pan tostado y café recién hecho les saludó. Venía desde abajo. Se calzaron unas cómodas zapatillas de rizo y bajaron para compartir el desayuno. Sentados junto a la ventana, contemplaron los coches y la gente cuyas figuras se reflejaban en los charcos de la lluvia de la noche anterior. Como adolescentes enamorados se prodigaron mimos: te unto la tostada, te pongo el azúcar… Una sonrisa de complicidad. Un sorbo de café con leche. Un beso de buenos días.

La asistenta, tras preparar la ropa de ambos, se dedicó a acicalar a putsie hasta que su aspecto fue el apropiado para salir a la calle desde un hotel de la parisina Rue Cambon. Los dos se vistieron de manera casual con jeans, calzado deportivo y jerseys de cashemere. Ella obtuvo permiso para llevar gafas de sol. Media hora tardaron en abandonar la suite. Esperaron en el hall del hotel hasta que apareció un microbús. El chófer les avisó de que había llegado ya su transporte. Subieron.

Camino de Bois Brûle

Al quitarse las gafas de sol comprobó que en el microbús se encontraban todos los asistentes a la sesión de La Maison. Cruzó la mirada con varios de ellos sonrojándose al ver a Chuan y saludó en general. Todos sin excepción participaban en la cacería. Para putsie era toda una novedad pues no había cazado nunca. De hecho, jamás había tenido en sus manos un arma de fuego. En una ocasión, siendo mucho más joven, acudió a una batida de jabalíes y venados, y aquello le horrorizó. Sabía que se trataba tanto de un acto social como de un deporte y con esa idea lo encajó preguntándose si su Señor participaría activamente.

El microbús serpenteó a través del tráfico hasta que pocos minutos después ya circulaban fuera del núcleo urbano en dirección noroeste. La conversación se animaba o decaía por momentos. Los dos asientos delanteros los compartían Bernard y el ‘taxateur’. Alguien comentó que en una ocasión tuvo la oportunidad de participar en un safari en Tanzania, lo que fue seguido con escaso interés por los pasajeros. De todas formas, la experiencia la contó de principio a fin. Más de una hora de autobús da

para mucho. Algo de música de Yann Tiersen amenizó el ambiente pero, justo cuando parecía que iba a cundir el desánimo, Bernard tomó el micrófono para sacar a los presentes del aburrimiento.

-Buenos días a todos de nuevo. Permítanme que una vez más reitere mis disculpas por el inesperado incidente de la noche de anteayer. Agradecerles –dijo mirando a todos y cada uno de los invitados- que hayan aceptado las compensaciones ofrecidas por La Maison. Como bien saben han sido invitados a una cacería que deseamos fervientemente resulte de su agrado. Nos encaminamos a una finca propiedad de la organización: Le Petit Palais, ubicada en el Bois Brûle. Espero que finalizada la jornada su satisfacción sea completa. Tan pronto lleguemos, visitaremos brevemente las instalaciones y se servirá un ligero almuerzo en el salón principal. Luego, por la tarde iniciaremos la cacería.

Aún tardaron más de una hora en llegar hasta Le Petit Palais, que nada tenía que ver con su homónimo de París, sede del Museo de Bellas Artes. Nada que ver en ningún sentido. Se trataba de una mansión de estilo alto renacimiento francés con tejado de pizarra y numerosas ventanillas abuhardilladas. La fachada, imponente, en orden simétrico exhibía de forma razonada la disposición de las ventanas de sus tres plantas. El cuerpo central del edificio, plano, unía dos torreones en ambos flancos rematados en tejado cónico también de pizarra. Una elegante y ancha escalera daba acceso al palacete y, como no podía ser menos, unos cuidadísimos jardines y fuentes preludiaban las inmediaciones de tan aristocrática construcción. El telón de fondo lo acotaban masas frondosas de coníferas que delimitaban los prados verdes que se extendían por la finca. Un escenario perfecto para rodar una película sin tener que recurrir a ni a un solo artificio de tramoya o decorados. Simplemente perfecto.

El microbús se detuvo frente a la escalera principal. Bajaron todos como si se tratara de un grupo turístico que visita los castillos del Loira. Bernard muy en su papel de guía los reunió a todos en un corrillo improvisado. Estaba claro que anhelaban conocer el siguiente paso.

-La Maison les da la más cordial bienvenida a Le Petit Palais. Se trata de una finca de 80 hectáreas que combina prados y un bosque, además de la zona que ocupan los jardines y el propio palacio. Tal y como saben todos –dijo arqueando las cejas de un modo sospechoso- se va a celebrar una cacería. En primer lugar ruego a los Amos que me sigan. Les mostraré el pabellón de caza con su interesante colección de armas antiguas. Las sumisas, por su parte, guiadas por nuestra encargada de jardines, recorrerán el singular invernadero e instalaciones anexas. Al finalizar, se ofrecerá el almuerzo.

De nuevo tuvieron que separarse Amos y sumisas. Le plantó un beso en la frente… un beso un tanto extraño. ¿Más sorpresas?

El invernadero

Las sumisas dieron un breve paseo por algunos de los arriates de los jardines que rodeaban la casona. Apenas unas sucintas explicaciones sobre las distintas variedades. Parecía que la encargada tuviera prisa por acabar la visita que, por otro lado, tampoco despertaba en el grupo ningún interés particular. Al poco entraron en el invernadero. Una primera estructura metálica acristalada daba acceso a otro pabellón construido en sillería con el que se comunicaba al fondo. Pasaron por el invernadero casi a la carrera, sin detenerse, hasta que llegaron a la nave anexa. Allí no había ni plantas ni flores. Sólo unos bancos de madera y una vieja conocida: la maîtresse. A putsie, por su fría mirada, le recordó al ama de llaves de ‘Rebeca’.

-Es para mí un placer volver a saludarlas señoritas. Mi felicitación por su exquisita y esmerada educación, por los modales exhibidos como sumisas. Como bien saben, han sido invitadas junto con sus Amos a una cacería –y paró para recrearse en el momento y generar la máxima tensión-, me complace informarles de que son ustedes las piezas a cazar… y sus Amos los cazadores.

No fue posible evitar un murmullo entre las seis sumisas, si bien ninguna se atrevió a pronunciarse por encima del resto. La maîtresse impertérrita continuó hablando:

-Por si alguna de ustedes cuestiona si debería o no prestarse a ser pieza de caza les comunico que tengo consentimiento firmado por parte de todos sus Amos. Ninguna de ustedes puede, por tanto, negarse a participar.

De nuevo un murmullo de exclamaciones de sorpresa donde se pudo escuchar alguna palabra suelta como ‘cabrones’ o expresiones como ‘no me lo puedo creer’. En ese momento, putsie especuló acerca del contenido de la carpeta con la que salió su Amo de La Maison dos noches atrás. Juraría que allí había estado todo y ahora se revelaba su contenido.

-Si desean protestar… adelante, pero salvo ponerse en evidencia ante el resto nada más conseguirán. Cada una de ustedes es propiedad de un Amo y es Su voluntad la que prima. Les aconsejo, en cambio, que se concentren en memorizar las reglas del juego que les voy a explicar que a buen seguro les serán de gran utilidad –esperó a que de nuevo se hiciera el silencio antes de continuar y decidió puntualizar alguna cuestión que en ese momento juzgó importante recordar-. Queridas señoritas, ustedes no son absolutamente nada… ni lo que visten, ni lo que piensan, ni lo que consta en esa documentación civil de la que intencionadamente se las ha despojado temporalmente. No son ni tan siquiera lo que creen ser… en realidad su existencia se limita a ser la imagen especular de aquello que sus Amos desean poseer en cada momento. El día en que cada una de ustedes aceptó el collar de sumisa… puso en manos de su Señor todos sus derechos, cada rincón de su esfera más íntima y personal. No hay más voluntad que la del Amo. El Amo es quien tiene el poder del goce y el sufrimiento en cada instante y aspecto de sus vidas. Proporcionarle el placer y diversión que merecen es el faro que debe guiar cada uno de sus actos –las miró a todas de hito en hito y no encontró ni un solo gesto de contrariedad. Todas sabían que lo dicho era rigurosamente cierto-. En este día van a vivir la persecución, el acoso, el cerco y, en el peor de los casos la sensación de ser abatidas. Como pueden imaginar, el cazador que cobra una pieza es propietario de la misma y tiene derecho a retirarla para su beneficio. Creo que en este sentido no es necesario que siga.

-Disculpe maîtresse, ¿qué significa retirarla para su beneficio? –quiso saber quien había vestido dos noches atrás como una catwoman y que parecía tener cierta confianza con ella. -Pues en realidad, hasta la hora de la cena, que se servirá a las once, podrá llevársela al sótano del palacete y, créanme, les aseguro que conviene esconderse bien hasta que den las ocho, momento en que la cacería quedará ya suspendida.

Efectivamente, habría sorpresas que no querían ni imaginar. En ese momento le vino a la memoria alguna de esas frases famosas de las que casi nadie recuerda el nombre de su ilustre autor. Era algo así como no hay triunfo sin peligro ni victoria sin renuncia, sufrimiento y entrega. Y al pensar en esas palabras entendió que ese peligro, que sin duda alguna ahora se cernía sobre ella y sus compañeras de aventura era, al mismo tiempo, el inapelable triunfo del interés que en cuerpo y alma pondrían sus Amos en su búsqueda. Más, si cabía, que el que ellas como sumisas entregadas pudieran ofrecer. Por otro lado, también gozarían de su particular victoria, de ésa que dicen que no existe sin renuncia, sufrimiento y entrega. Y de eso, todas las allí presentes, sabían mucho.

-Bien -siguió ahora detallando instrucciones de utilidad- en primer lugar las piezas, es decir, ustedes, van a ser equipadas. Vestirán un mono de gruesa tela, unas botas de montaña, un casco de

kevlar y una visera transparente de metacrilato irrompible. Ése será su uniforme. Tienen terminantemente prohibido quitárselo desde el mismo instante en que se les entregue. Sólo una cosa más, la más importante, se les facilitará a cada una un diminuto auricular que emitirá una señal cuando un cazador se encuentre a menos de 150 metros. Podrán moverse en libertad dentro de una amplia extensión vallada a la que no pueden acceder físicamente los cazadores, pero sí en cambio sus proyectiles. Además hay una zona en el corazón de este recinto, que denominamos La Reserva, donde podrán estar a salvo. Pero sólo durante períodos cortos. Exactamente diez minutos. Pasado ese tiempo el mismo auricular producirá un agudo y desagradable sonido hasta que la abandonen. Una vez fuera de La Reserva, traten de ponerse a salvo de los proyectiles.

Hizo de nuevo una pausa pues sabía por experiencia que esta última parte iba a plantear más de una pregunta.

-¿Cómo? ¿Nos van a disparar? ¿Qué significa ‘proyectiles’ exactamente? –exigió saber la sumisa del Amo argentino.

-En verdad no hay nada irreversible, ya lo saben, nada de qué preocuparse, ningún Amo admitiría que se dañase su propiedad, pero a partir del momento en que las soltemos por la finca, aconsejo que eviten a los cazadores. Ellos las perseguirán equipados con fusiles de aire comprimido de largo alcance. La munición consiste en unas bolitas de pintura. Los proyectiles de cada uno se distinguen por teñir, tras su impacto, con un color distinto. Si alguna es capturada o alcanzada por algún disparo la pintura marcará su indumentaria y, a partir de ese momento, se la considerará pieza cobrada a favor del Amo que acredite ese color. Si logran escapar de los cazadores o permanecer escondidas sin ser descubiertas hasta las ocho de la tarde, quedarán libres. Insisto, el equipo que se les proporciona es una protección básica. Reitero la prohibición de quitarse cualquiera de sus piezas. Es una cuestión de seguridad, los proyectiles no son peligrosos, pero tampoco totalmente inofensivos para animales tan valiosos como lo son ustedes.

En ese momento un grupo de sirvientas entró acarreando unas bolsas de viaje, una para cada sumisa, en cuyo interior se encontraba el citado equipo básico que se tenían que poner. Se vistieron y seguidamente se les sirvió un aperitivo. Tan pronto lo consumieron se abrió una puerta lateral por donde soltaron a las seis sumisas. Desorientadas, empezaron a correr hacia la espesura del bosque. El sol estaba en todo lo alto. Era la una y media del mediodía.

-Suerte –les deseó a modo de despedida.

Instintos

Un completo equipo de camuflaje, un subfusil alimentado por una botella de aire comprimido y una pequeña mochila para guardar la munición extra era el kit facilitado a cada Amo. Parecían un comando sacado de una película de Rambo. Alguno de ellos lo pensó, no dijo nada, pero una sonrisa le cruzó la cara. La cacería no iba a ser, ni mucho menos, tan fácil como un pim, pam, pum de feria. Las presas podían detectar la presencia de los cazadores a través de diminutos transmisores ocultos en diversas partes de su equipo. Eso las equiparaba a los animales que con sus finos sentidos pueden oler, escuchar o ver en largas distancia a sus depredadores. Eso les explicó Bernard mientras consultaba el planning de la jornada. Todos atendieron sus explicaciones:

-Es irrelevante, en este caso, caballeros, que les guste o no la caza. Lo importante es sentirse cazadores. Ya lo verán, va a reafirmarles en su condición, alimentará ese ego, su calidad de Dominantes, porque el que caza siempre ocupa en la escala trófica una posición más elevada que su presa. Hoy tendrán la oportunidad de encaramarse hasta lo más alto, puesto que van a cazar la máxima pieza: hembras humanas. En algún recóndito lugar de sus cerebros se esconde como atavismo genético latente, la irrenunciable identidad de especie cazadora. Lo que hoy les ofrece La Maison es una regresión a ese instinto primitivo que todo hombre alberga en su interior. Y piensen en el efecto totalmente contrario en las sumisas que ya se esconden desesperadas por los bosques de la finca. El terror de saberse perseguidas, el miedo a ser presas, cazadas, capturadas por una fuerza superior contra la que opondrán su más desesperada resistencia. ¿Acaso no hay una conexión natural entre el sometimiento y el deseo que va más allá del ámbito humano?, ¿por qué los leones muerden la nuca a las leonas cuando las copulan? –y dejó la pregunta en el aire flotando sobre el silencio de la reflexión.

Flujos de adrenalina es lo que provocaron las palabras del anfitrión. Un aliciente añadido en todos los Amos que ya ansiaban salir del salón donde se estaban equipando y empezar con la búsqueda. De súbito les asaltó un instinto que desconocían por rastrear, descubrir pistas, ser más listos que sus presas, ya no sumisas, y disparar. Empezaban a sentirse como una jauría, como un clan de lobos en busca de sangre.

-Las presas pueden esconderse en cualquier punto de la finca que es el auténtico coto de caza, si bien se les respetará el tiempo que puedan estar en La Reserva y ustedes tienen terminantemente prohibido acceder al interior de las zonas valladas, aunque pueden disparar desde fuera. Las presas capturadas –explicó Bernard para aclarar el funcionamiento- serán trasladadas al sótano de la casa. Allí, caballeros, podrán disfrutar de las ventajas que siempre corresponden al cazador habilidoso –apuntilló con un aire despreocupado. -¿El sótano? ¿Qué hay en el sótano? – preguntó Kolia. -¡Ah! el sótano, el sótano… Les aseguro que las posibilidades del sótano son francamente muchas y variadas. Ya lo averiguarán llegado el momento, permitan a éste su servidor y anfitrión que se reserve para sí esa pequeña sorpresa. Y en otro orden de cosas, aclarar que sólo está permitida la caza de una única presa por cazador. Ahora bien –matizó con precisión- pueden asociarse varios de ustedes para crear una partida conjunta y compartir las piezas cobradas si les parece más interesante. ¡Ah, se me olvidaba! un último detalle: la veda se abre a las dos y media de la tarde –consultó su reloj- y se cerrará a las ocho en punto. Podrán salir en poco más de veinte minutos. Lo que no se cace en ese tiempo quedará fuera del alcance de los Amos. El sótano abrirá a las cinco de la tarde y cerrará a las diez. A las once hay una cena de gala para Amos y sumisas. Las habitaciones de invitados para pasar la noche ya están preparadas. Nada más. Señores, ¡buena caza!

Bernard salió del salón con su habitual solemnidad y dejó a un sirviente en la puerta para que autorizara la salida a la hora convenida. Los cazadores templaban sus nervios oteando a través de la ventana y mirando nerviosos sus relojes. Trataban de hacerse una idea del espacio que ocupaba la finca, de la zona de los bosques, de los prados que alternaban con las masas forestales… Imaginaban por dónde empezar a rastrear, a buscar, a intentar sopesar las dificultades a superar y, también pero en última instancia, a planear cómo disfrutar de los placeres posteriores a la caza.

Cinco minutos y se repasó por última vez el equipo y la munición de repuesto. Cuatro minutos y los segundos parecían no correr. Tres minutos y la sangre empezaba a bullir. Dos minutos y la cara impasible del sirviente que cuidaba la puerta cerrada exasperaba a los cazadores. Un minuto para la auténtica cuenta atrás. A la hora señalada, se abrió la puerta y salieron todos en tromba. A por las hembras.

Ninguna sabía con exactitud de cuánto tiempo disponían para ocultarse, pues las habían despojado de sus relojes. Tampoco antes se habían tenido que ocultar de nadie de esa forma, nunca hasta entonces habían sido perseguidas. Apenas algún recuerdo de cierto juego infantil, ahora tan lejano, que en esta ocasión carecía de relevancia. Tampoco sabían con certeza en qué se verían en caso de ser capturadas. Y mientras corrían hacia el bosque resonaban en sus cabezas las últimas palabras de la maîtresse: “las llevarán al sótano de Le Petit Palais y, créanme, yo trataría de esconderme bien hasta que dieran las ocho”. También generaba no poca inquietud otra advertencia: “El equipo suministrado es de protección básica y no es aconsejable quitarse ninguna de sus piezas. Es una cuestión de

seguridad, los proyectiles no son peligrosos… pero tampoco totalmente inofensivos”.

Algunas de ellas pudieron ver a lo lejos cómo los Amos salían en tropel y alcanzaban el prado en dirección a las zonas boscosas. La cacería había comenzado.

No es tan fácil

En una amplísima zona cercada, en el interior de la masa forestal que lindaba con los prados, fue donde se concentraron todas las sumisas que pensaron esconderse en su espesura. Además, contaba con una elevación natural del terreno a modo de atalaya que presumiblemente les daría alguna que otra ventaja. Para las presas era una posición de privilegio que les permitía ver a los cazadores mucho antes de que estos las tuviesen a tiro. También escuchaban los pitidos del localizador aunque, algunas veces, ni siquiera era necesario el avisador acústico porque los cazadores ya habían sido descubiertos visualmente. En estos casos era suficiente cambiar de zona, sin demasiadas urgencias, con el único fin de no estar a la vista. Por su parte, los cazadores debían dar rodeos al perímetro de la zona vallada, con la esperanza de sorprender a alguna sumisa. Misión imposible cazarlas en estas condiciones. No pudieron tener a tiro ni a una sola.

Cuando los Amos empezaban a impacientarse, Bill consiguió convocar a Mario, Kolia, Chuan y ElSir a fin de diseñar una estrategia conjunta aunando inteligencias y esfuerzos. Decidieron que la primera medida a tomar sería desprenderse de toda su ropa al objeto de no ser detectados por los localizadores electrónicos. Seguidamente, actuar en equipo. Dos de ellos acosarían mientras el resto esperaría agazapado en la parte opuesta prestos a disparar cuando tuvieran blanco seguro. Vistos los lamentables resultados obtenidos hasta el momento a todos los pareció que, al menos, bien merecía la pena intentarlo.

Bill y Chuan se despojaron de toda su ropa, -exceptuando el calzado y los boxers-, y salieron a la carrera, fusil en mano, a explorar. Pensaron que era lo mínimo que podrían llevar con la duda razonable de si las propias botas o el arma pudieran también ir marcados con algún tipo de localizador. Cuando estaban a punto de bordear el lado Este de la zona vallada, visualizaron a lo lejos a la sumisa de color. No les había detectado, pero rápidamente se detuvo y empezó a mirar a su alrededor. Les estaba buscando. Parecía claro que la poca ropa que aún les restaba continuaba de algún modo delatándolos. Deberían quitárselo todo. Regresaron junto al resto de cazadores compartieron con ellos su descubrimiento. Esto les dio muy buenas ideas. Para empezar se desnudaron todos por completo y decidieron no llevar tampoco las armas. Si sus sospechas eran ciertas, las sumisas no se acercarían a los lugares desde donde les diera aviso acústico sus localizadores. Otra cosa es que esa señal se correspondiera exactamente a los cazadores o a sus ropas o complementos.

Desnudos y descalzos, cubrieron sus cuerpos con barro para camuflar con el entorno sus pieles insultantemente blancas. Se contemplaron unos a otros. Parecían protagonistas de un documental de National Geographic. A ElSir, todo aquello le recordaba alguna escena de ‘El señor de las moscas’ de Willian Golding, no sólo por la estética mostrada en su adaptación al cine, sino por aflorar esa reminiscencia primitiva que el ser humano nunca ha borrado por completo respecto de su impulso a organizarse y pertenecer a una tribu o clan. La estrategia grupal que se decidió consistió en hacer pensar a las sumisas que los cazadores se aproximarían, cuando en realidad las señales serían emitidas por los localizadores ocultos en las ropas. Supusieron que por precaución y miedo las sumisas, en lugar de pensar, empezarían a correr en dirección contraria a las alertas respondiendo a su instinto de supervivencia.

Todos participaban de la misma estrategia conjunta. Bill y Chuan resolvieron azuzar a las sumisas para iniciar el engaño. Se trataba de confundirlas para que creyesen que los Amos habían saltado el límite prohibido, induciéndolas a huir en dirección opuesta hasta donde, con evidente maldad y alevosía, se encontrarían acorraladas e indefensas frente a sus disparos. Para ello, recogieron la ropa de todos, pusieron piedras en su interior para voltearlas y lanzarlas con fuerza al interior de la zona vallada. Desde allí los localizadores ocultos mandaban señales de proximidad que eran interpretadas erróneamente por las sumisas. Progresivamente se reducía el espacio por el que se podían mover hasta ser empujadas hacia el área más estrecha del recinto vallado.

Los ojos de los Amos rezumaban emoción con la persecución. Sus cuerpos saltaban entre las rocas y esquivaban en carrera algunos arbustos. Todos sus músculos estaban en tensión como nunca antes recordaban, se sentían como animales que formaran parte natural del entorno. De tanto en tanto soltaban algún alarido gutural, primitivo, como expresión de triunfo, del acoso que estaban llevando a cabo que no hacía otra cosa que aterrorizar aún más a sus presas. Les enardecía saber que iban a cazar… la manada entera.

Las sumisas, por su parte, también se habían organizado, desplegándose de forma concéntrica dentro de la zona reservada. Trataban de mantener contacto entre ellas a fin de que, tan pronto detectaran alguna presencia, la información se compartiera inmediatamente con las demás. La sumisa de Mario fue quien dio la primera alarma. Su avisador acústico se volvía loco. A los pocos minutos empezó a sonar con numerosos pitidos. No le cupo la menor duda de que los cazadores habían entrado en la zona prohibida y tenía que avisar a toda prisa. En su carrera dio aviso a todas. La sumisa oriental sugirió que fueran juntas a la Reserva hasta comprobar qué estaba pasando exactamente. No se atreverían a entrar a la Reserva, aunque, según parecía, también tenían vedado el acceso a la zona vallada y todo indicaba que habían entrado.

Se atrincheraron en la Reserva. Se trataba de un espacio reducido en comparación con la amplísima zona vallada. Unos escasos 3.000 metros cuadrados con unos veinte árboles y algún peñasco que les ponía a salvo. En teoría allí no tendrían nada que temer, pero por tiempo limitado. Esperarían los diez minutos que se les permitía permanecer. Ninguna llevaba reloj. Poco a poco fueron recibiendo nuevas señales acústicas. El miedo y el pánico hicieron aparición. Todas estaban muy asustadas. En las primeras horas todo había ido muy bien, los evitaron con facilidad y se mantuvieron fuera del alcance de sus fusiles. Los cazadores no habían tenido ni opción de dispararles. Ahora, malditos tramposos, iban a por ellas.

-Es evidente que han infringido las reglas. Es intolerable –protestaba indignada putsie mientras el insistente aviso acústico en su auricular era cada vez más potente - no pueden, a su conveniencia, alterar de forma arbitraría las normas –seguía diciendo como buena abogada-. Es inadmisible y esto no va a quedar así. Me da igual si somos sumisas o no lo somos. No vamos a aceptar trampas. -Tiene razón –se sumó la sumisa de color- yo tampoco voy a aceptarlo. Podemos ceder

nuestra voluntad, la soberanía sobre nuestro cuerpo, pero jamás me han tomado el pelo de esta forma

y desde luego ésta no va a ser la primera vez.

Mientras discutían acaloradamente, los pitidos en todos y cada uno los auriculares eran cada vez más insistentes. El estado de nerviosismo aumentaba y ya rozaba el rango de ataque colectivo de histeria. Esperaban que de un momento a otro aparecería una partida de caza entre la espesura del bosque. Casi los podían ya ver. Finalmente, un zumbido de frecuencia superior al umbral del dolor las obligó

a salir de la Reserva. Habían agotado el tiempo y ahora sí estaban indefensas.

Salieron todas a la carrera, con la mayor celeridad que les fue posible, huyendo del territorio donde con toda seguridad, los Amos tramposos se encontraban pisándoles los talones. Les quedaba poco más de una hora para el fin de la cacería pero lo ignoraban ¿Tendrían tiempo suficiente aún para esconderse? ¿Quedaría suficiente espacio por delante como para seguir escapando? ¿Aceptarían las lógicas protestas por haberse incumplido flagrantemente la norma básica que impedía a los Amos acceder al recinto de sumisas? No. Desde luego que no. Ahora correrían y se esconderían, pero la batalla posterior iba a ser a degüello, no estaban dispuestas a dejarse tocar ni un solo pelo por unos tramposos. Palabra de sumisa. Palabra de mujer.

Acribilladas

Habían ido lanzando ropa y botas por encima de la valla para que pensaran que los Amos cada vez estaban más cerca. Evidentemente no la habían saltado, pero ellas debían creer que sí habían violado ese límite y que iban a por ellas. Nada de eso. Pero el ardid logró el efecto deseado. Las sumisas estaban aterradas e indignadas y en su desespero por salir corriendo ni pensaron,- ¡inocentes!-, que todo era una encerrona, una burda emboscada.

Se vieron literalmente acribilladas. Todas. En bloque. Recibieron tanta pintura como sorpresa. Casi habían sido fusiladas a placer ¿Cómo podían estar allí todos? ¿De dónde habían salido? ¿Cómo habían sido capaces de dar un rodeo tan rápido si sabían que les venían pisando los talones y ahora los encontraban de frente? Cayeron todas. Y como resultado del acuerdo, todas estaban impregnadas con los seis colores de los seis Amos. Los que prepararon el señuelo cedieron sus fusiles a los tiradores para disponer también de derecho sobre las hembras cazadas. Ahora las seis sumisas parecían cuadros abstractos.

El engaño había sido un éxito. Capturadas en manada, limpiamente. Ellas se sintieron ganado salvaje, sometidas de verdad. Algunas empezaron a comprender con exactitud la jugada. Los Amos iban totalmente desnudos. Habían sido perseguidas por… ¡sus ropas!

Dos pick-ups con jaulas en el remolque entraron en la zona vallada. Cargaron a las sumisas. Con sus monos pintarrajeados de colorines y prisioneras en las jaulas parecían sacadas de un circo, mezcla de payasos y leonas. Las que no estaban sentadas con la cabeza agachada, asomaban sus caritas suplicantes entre los barrotes a los que se asían para no perder el equilibrio. Las camionetas se pusieron en marcha. El sótano era su destino.

Bill sacó seis puros. Uno para cada uno. ¡Qué más daba si no fumaban!

Las dos camionetas pararon en el lateral del edificio. Abrieron las jaulas y bajaron. A pie de calle les recibía la maîtresse. Algo en su mirada denotaba decepción por no haberse salvado de la cacería ni una sola de las sumisas. Un grupo de prisioneras uniformadas, temblorosas y asustadas, se presentaba acribillado a manchas de colorines que les confería cierto aire pueril. Las contempló durante un tiempo y tras suspirar de manera enigmática las condujo por unas escaleras descendentes que daban acceso a una estrecha puerta, tan estrecha que las obligó a pasar de una en una. Tras cruzar un pasillo entraron a lo que parecía un vestuario de instalaciones deportivas. Unos austeros bancos metálicos y duchas comunitarias con algunas perchas en las paredes. Unas sirvientas les ofrecieron toallas y jabones. Todas compartieron las duchas colectivas como si fueran compañeras de un mismo equipo de baloncesto que acababan de perder un partido.

El sótano de ‘el kaiser’

Cuando se estaban secando entró un nuevo grupo de criadas acarreando cepos de madera, de los que se usaban para los condenados en la Edad Media. Cerraba el cortejo el personaje que se presentó a sí mismo como El kaiser, el maestro del sótano de Le Petit Palais. Recreándose en la tarea con indisimulado placer, colocó personalmente los cepos, uno tras otro, víctima a víctima, de modo que muñecas y cuello quedasen bien atrapados en aquel artilugio. Para terminar, se aseguró de que cada cierre estuviera asegurado con un viejo y oxidado candado. El kaiser pensó que una cacería con tan glorioso éxito en cuanto a número y calidad de piezas cobradas, bien se merecía un extra. Se encaró a una de las sirvientas, que rauda y sigilosamente le acercó un cesto de mimbre. Sí, claro que sí. Extrajo a cámara lenta seis mordazas, de modo que ellas pudiesen verlas bien para anticiparles el tormento y subir un peldaño más en la escala de su miedo. Con mayor deleite si cabe que en la tarea anterior, las ajustó delicada pero firmemente en las bocas de las chicas. Descalzas, sin otra ‘prenda’ que el cepo, y amordazadas con gag-balls, una tras otra enfilaron un nuevo pasillo hasta llegar al sótano: el reino de El kaiser. Se trataba de una estancia alargada, con techo abovedado que permitía ver la crudeza de los sillares de piedra. Unas ventanas en la parte alta apenas dejaban adivinar que el día ya acababa, por lo que unas lámparas industriales se ocupaban de iluminar el recinto.

El kaiser imprimía un extraño acento a cada una de sus órdenes, lo que le confería cierto aire teutón que cuadraba muy bien con su apelativo. Las obligó a ponerse de cara a la pared, donde se extendía una gruesa viga de madera a media altura. Todas tuvieron que inclinar sus cuerpos cuando fijó allí los cepos. Al acabar con la última, se retiró para que su campo de visión abarcara los seis culos, seis bonitos culos de perra sumisa. Se complació en ver la variedad de formas que presentaba el conjunto perfectamente alineado. Corrigió a alguna para que mantuviera las piernas abiertas en el ángulo que consideraba correcto. Debían presentar una imagen lo más uniforme posible mientras en su mente se repetía como un mantra: ‘muy quietecitas, bien calladitas, culitos al aire’. El kaiser los miró uno por uno. Esta cacería había cundido y ofrecía una excelente colección de trofeos humanos. Rara vez los Amos concentraban tantas piezas cobradas en una sola batida. Sí, los culos eran francamente estupendos y a él le gustaba admirarlos en esa posición. En alguno de los casos, no sólo podía ver los culos en todo su esplendor, sino que las vulvas se encontraban abiertas como un molusco bivalvo. Podía oler el deseo. Podía oler el miedo. El miedo de ellas, tan vulnerables y totalmente sometidas, le provocaba una borrachera de endorfinas. Soltó una carcajada repentina que reverberó siniestramente en la sala, y llamó a otra sirvienta. Casi al instante volvió la muchacha con otro cesto de mimbre. Esta vez las prisioneras no le veían, sobraba la teatralidad, pero él disfrutaba plenamente el momento que era sólo suyo. Al tiempo que tomaba el cesto dijo: “Zorras. Mejor zorras que perras“ y cubrió cada indefenso ano con un plug del que pendía una hermosa cola de zorro.

Resultaba ser El kaiser un fetichista de los culos, pero aquellos no eran de su propiedad. Para no tentarse se mantenía a una distancia prudencial que evitara ni tan siquiera rozarlos. Aunque le ardía el alma no podía acariciarlos, besarlos, morderlos… Sin embargo, tenía el encargo de que fueran ligeramente azotadas, pero para evitar aquella latente tentación de abalanzarse sobre las presas, traspasó esa tarea a la ‘maîtresse’. En verdad, un privilegio cedido, pues a él le correspondía como maestro y señor absoluto del sótano. Era la mejor solución pues conocía los impulsos incontrolables que no podría reprimir si empezaba a azotarlos personalmente. A petición propia, en su enorme butacón, fue atado por las sirvientas para poder mantenerse al margen. Esa sensación además, le

suponía una excitación añadida: saberse atado sin posibilidad de participar en lo que él mismo había preparado. La escena tenía un parentesco claro con Ulises y los cantos de las sirenas.

Las sirvientas empezaron masajeando con una crema especial los culos de las seis zorras. Era un producto emoliente que protegía la piel para que encajaran mejor los golpes de fusta que les iban a propinar. Por supuesto ni pizca de anestésico o analgésico. No fueron golpes fuertes, ni tan siquiera dejaron marcas. La ‘maîtresse’ era una auténtica virtuosa. Su función era, simplemente, evidenciar una vez más,- como si a estas alturas alguna pudiese dudarlo-, que estaban totalmente a merced de cuanto pudieran disponer los cazadores cuya entrada se esperaba inminente. Recibieron una sesión de fustazos así, abiertas, con la cola entre los muslos y atrapadas cada una en su cepo, sin poder moverse ni un ápice o tan siquiera gemir.

En la mente de putsie, arrastrada por un conato de delirio, una tonadilla infantil: “Seis zorritas, tiene la zorra, seis zorritas que mueven la cola”. La cancioncilla reverberaba en su mente al mismo tiempo que, en un esfuerzo por anclarse a la realidad, trataba de recordar el maratoniano programa al que se había visto arrastrada desde que entró en el apartamento a oscuras. Le maravilló el amplio catálogo de experiencias y sorpresas que en pocas horas había acumulado. Tuvo un recuerdo para los momentos más románticos y también para las múltiples aventuras en las que se había visto involucrada. Sin saber muy bien por qué, vino a su memoria en ese instante la imagen de sus bragas cayendo al Sena, dejándose llevar por la corriente. Dudó si debería contárselo a su amiga Isabel cuando la viera. Su recuerdo, en aquel instante, como en algún que otro momento de estos últimos días, le parecía muy lejano, casi ajeno a su existencia, pero en realidad le sirvió en aquel sórdido lugar como la única forma de tener conciencia de su otro yo, del que se correspondía con su vida cotidiana. Isabel, la única persona, además de su Amo que sabía que estaba en París, le venía a la mente, en aquel momento, como el contrapunto que le hacía valorar cuánto le estaba sucediendo. Le atraía la idea de compartir con su mejor amiga todas aquellas extraordinarias vivencias, pero al mismo tiempo le aterraba que, nadie que no fuera su Amo, supiera detalle alguno del cúmulo de experiencias que iba acumulando a velocidad de vértigo.

La puerta se abrió y entraron los Amos tal cual habían acabado de la cacería. No podían verles pero sus cuerpos desnudos embarrados les conferían un aspecto amenazador y fiero. Entraron en tropel, en un ambiente de camaradería, como si fueran miembros de la tripulación de un barco que acaba de atracar después de meses en alta mar. Charlando amigablemente, haciendo bastante alboroto, soltando alguna risotada y voceando. Una de las sumisas no pudo soportar el nerviosismo y se orinó.

El kaiser fue atado a su trono mediante correas de cuero en muñecas, tobillos, pecho y abdomen. Cuando se supo totalmente bloqueado, y sólo entonces, dio la orden. Todo estaba ya listo.

Un festín

Al ver a las seis sumisas totalmente preparadas para su disfrute y expuestas como trofeos de caza, hicieron un pequeño corrillo y bajaron la voz para que no supieran de qué hablaban. Los Amos convinieron en compartir la manada capturada y hacer libre uso de ellas. El primer paso fue que cada uno de ellos se colocase justo detrás de una sumisa. El orden fue el mismo que les correspondió por el número de sala que se les asignó en La Maison. Empezó Chuan que se puso tras la sumisa oriental. El segundo fue Bill a quien le correspondió en suerte la muchacha que vistió atuendo renacentista. El tercero fue Mario el que supo claramente quien le había tocado, pues se trataba de la sumisa de

color. Kolia se colocó tras la número cuatro que era putsie. En quinto lugar se puso ElSir que iba a empezar con la sumisa pelirroja. En último lugar, Paolo, cerraría el grupo colocándose tras la que vistió de látex negro. Ahora todas desnudas y ofreciéndose, parecían más parejas. Salvo la sumisa negra, por su mayor envergadura y color, el resto casi eran iguales.

Cuando se hubieron colocado todos la maîtresse dio dos palmadas y seis sirvientas fueron hasta donde estaban los Amos. Les eliminaron hasta el último residuo de barro con toallitas húmedas y les practicaron una felación hasta conseguir que los seis penes presentaran unas estupendas erecciones. Acto seguido aplicaron lubricante a las vaginas de las sumisas y luego se retiraron discretamente. Se miraron todos los Amos, sacaron de un tirón los plugs y al unísono penetraron los seis coños de una sola embestida. Las seis sumisas trataron de soltar un gemido que las mordazas tan bien ajustadas ensordecieron. Sí se oyó, en cambio, el grito de El kaiser que se debatía en su puesto, aún fuertemente atado, viendo perfectamente cada detalle de la escena.

Tres minutos exactos es lo que habían pactado los Amos para cada una de las penetraciones. Pasado ese tiempo la maîtresse haría sonar una campana para cambiar de sumisa. Así hasta completar el recorrido de las seis piezas cazadas.

ElSir reconoció a la sumisa pelirroja porque parte de su cabello podía verse por encima del cepo. Al penetrarla encontró su coño muy abierto, demasiado para su gusto. Durante los tres minutos estuvo pensando que estaba excesivamente dilatado, tanto es así que cambio de orificio cuando iba por poco más de un minuto y le penetró el ano. Lo hizo con mucho cuidado y tras untar con el lubricante sobrante del coño tanto su polla como el culo de la sumisa. Con todo, brotaron sonidos ahogados de la garganta femenina. Ahora consiguió mayor placer, además tenía un trasero tan generoso como bien definido.

Cumplidos los tres minutos pasó a su izquierda para ocuparse de la sumisa-gata. La reconoció y le gustó recordar la sesión de hacía dos noches. No gritó, ronroneó y ElSir se relamió goloso. Ella, felínamente, balanceaba sus caderas tratando tanto de agradar a su penetrador como de recibir un placer extra acogiendo más polla en su interior. Le supieron a poco los tres minutos con la gata hambrienta.

Tuvo que peregrinar luego hasta la primera de las sumisas. Era la más menuda de todas y acertó al pensar que era la de raza oriental. Al acercarle el pene vio como de su coño manaba tanto flujo que apenas podía creer que fuera todo suyo. Al penetrarla un agudísimo gorjeo a modo de llanto fue la expresión del placer que le generaron los más de veinte centímetros que presentaba la erección de ElSir. Esa especie de llanto le animó a penetrarla cada vez con mayor pasión. También le parecieron escasos los tres minutos con esta hembrita en celo y, además, cada vez se notaba más excitado.

La campanita le hizo cambiar de nuevo a la sumisa de su izquierda. No sabía muy bien quien pudiera ser, pero por eliminación supuso que era la muchacha con la que coincidieron en la sala de espera el primer día. A la sumisa le temblaban las piernas. Su vagina presentaba una apertura inusual que era una invitación irrenunciable. No quiso perder ni un segundo, asió fuertemente caderas y la penetró de inmediato notando como el cuerpo de la joven se estremecía con cada una de sus embestidas. El kaiser seguía gritando de impotencia y removiéndose maniatado desde su butacón. Sus reacciones

daban al momento un toque surrealista e histriónico. Casi de locura. Locura de la que todos participaban cumpliendo su papel.

La penúltima de las sumisas era la negra. Jamás había tenido la oportunidad de hacerlo con una mujer de esta raza. A diferencia de putsie nunca se había planteado sexo interracial. La examinó con la curiosidad de un científico, con la emoción de un niño chico. Lo que más llamó su atención fue que tenía una vagina especialmente prieta, o acaso la habilidad de contraer con gran fuerza los músculos internos del periné. Fuera como fuese, su polla quedó casi aprisionada. Con cada movimiento sentía como si fuera ordeñado por la sumisa que emitía al compás un sonido grave desde su garganta. Cuando sonó la campana y sacó su pene estuvo seguro de que jamás se lo había visto ni tan grueso ni tan largo. Gran descubrimiento esta hembra.

Los gritos de El kaiser resultaban ya molestos, por lo que la maîtresse ordenó a dos criadas que lo montaran hasta que se corriera y dejara de dar tanto alarido que ya retumbaba en el sótano como si estuvieran haciendo una matanza. Las sirvientas se pusieron a trabajar de inmediato y convirtieron los gritos en gemidos. Hasta tres veces consecutivas tuvieron que atenderle sexualmente las dos criadas, que se iban turnando. Tres orgasmos en apenas quince minutos lo dejaron finalmente exhausto. Toda la excitación contenida se diluyó tras eyacular por tercera vez en la cara de una de las serviles muchachas que aguantó estoicamente todo el semen. Luego se desplomó, flácido en su sillón.

Su particular orden de turno acabaría con putsie. La hubiera reconocido con los ojos cerrados. Tenía el coño colorado y brillante. Muy abierto. Muy lubricado. Se paró un momento para contemplarla. Su culo era el mejor de los seis. Notó una renovada excitación por ese triunfo añadido y empezó a penetrarla muy despacio, apenas usando la tercera parte de su erección. Supo que su sumisa había descubierto al auténtico Amo. Se dio cuenta cuando de su garganta salió algo así como una exigencia. Se sonrió y aceleró paulatinamente el ritmo. Enmudeció putsie por un momento y empezó a mover su culo del modo que le gustaba. Sabía con certeza que era su Señor quien la estaba penetrando y aún se abrió un poco más de piernas y arqueó su cuerpo. Decidió premiarla. Un sonido profundo de placer constante salía de su garganta entrecortado por los envites cada vez más fieros que recibía. El sudor perlaba la frente y el pecho de ElSir que tuvo la sensación de estar engendrando el propio universo y así fue cuando notó la inconfundible sensación orgásmica que empezaba a recorrer eléctricamente su cuerpo y que iba a descargarse enteramente en el interior más íntimo de putsie.

Le propinó un cachete en el culo al acabar, también un mordisquito como marca de su territorio. ‘Putsie, putsie… perrita traviesa’ –dijo para sus adentros.

Machihembrada

“Seis zorritas, tiene la zorra…” Qué hacía ella, una mujer que conoce como la que más el terreno que pisa, coherente, reconocida profesional, una triunfadora, ahora amarrada a una viga, presa en un cepo, humillantemente amordazada y con algo peludo bien metido en su ano pendiendo entre los muslos. ¿Contarle esto a Isabel? Dios, antes muerta.

Cualquier mujer se hubiera sentido herida en su orgullo, sin embargo, en el caso de putsie aquella humillación le hacía sentir su condición de hembra como nunca y no una hembra cualquiera. Las vivencias a las que su Amo la había arrastrado la disparaban a un millón de años luz de la hembra común. Era una hembra, hembra. Le dolía el cuello y mucho. Le dolía el culo. Y no notaba su sexo, agotado por completo en el límite de su sensibilidad. Como si sus pensamientos hubiesen sido escuchados, unas manos frescas y suaves masajearon la piel de su trasero con alguna crema. El alivio duró poco. La azotaron, y de nuevo su orgullo se resintió más que su cuerpo. ¿Qué iba a venir ahora? Subastada, usada, cazada… Inmovilizada como estaba su campo visual se reducía a la pared que tenía enfrente, no podía anticipar ni ver nada más. “Seis zorritas, tiene la zorra…” la tonadilla

seguía machacándola. Aguzó el oído y pudo escuchar como se abría una puerta, la del sótano. Identificó voces masculinas risueñas, eufóricas, que llenaron el ambiente e imaginó un grupo de amigotes de despedida de soltero. No, los cazadores que celebraban su éxito. Su Amo, su Señor, se encontraba cerca. Bastó esa certeza para tranquilizarla un poco, y recordar que era Él quien la había llevado hasta allí. No estaba sucediendo nada que su Señor no quisiera que pasara, no en vano había depositado en Él su máxima confianza y le había entregado su entera voluntad. Eso le hizo reflexionar: cuanto sucedía era voluntad de en quien había depositado su máxima confianza. Ocurriese lo que ocurriese aguantaría el tirón y se aplicaría en ser lo que su Dueño esperaba que fuera: Su puta sierva. Esa reflexión propia la llevó inmediatamente a establecer una frontera más entre la igualdad de derechos que defendía a capa y espada en su vida diaria y su necesidad de sentirse sometida cuando se encontraba junto a su Señor. Esos compartimentos estancos marcaban una importante y crucial diferencia y distancia.

El sonido de unas palmadas cortó el débil hilo de sus pensamientos. Pasos. Jadeos. No duró demasiado la reflexión.

De nuevo unas manos tocaron sin pudor sus genitales. ¡Qué grandísima humillación incluso en aquel contexto! Untaban generosamente su coño con lo que supuso era un lubricante vaginal. ¡A ella!, que se jactaba de ofrecer un coño siempre listo para la penetración, la estaban untando como si de una mísera tostada se tratase. Lágrimas de rabia amenazaron con brotar de sus ojos. Las tragó con amargura sintiendo que la humillante caricia ni mucho menos la dejaba indiferente.

¡Ah! De cuajo, con brusquedad, le arrancaron el plug anal y juraría haber escuchado un coro de risotadas eufóricas que prologó una penetración igualmente brutal. Una única embestida le clavó una polla desconocida hasta el fondo. Unas manos igualmente desconocidas, grandes, gruesas y torpes, pellizcaron sus pezones. La folló, pero no la poseyó. Amante mediocre con buena polla

Una campanita. ¡Mira!, como el anuncio del rezo del Ángelus en el colegio de monjas que ahora inoportunamente venía a su memoria. Y otro Amo. Con las uñas recorriendo su columna antes de sujetarla fuertemente por los hombros y empezar a penetrarla, poco a poco, avanzando y retrocediendo, como quien no quiere la cosa hasta que su clítoris chocó con los cojones de él. La satisfacción proporcionada fue mayor que con el primero. La excitación alcanzada también.

‘Ding, ding…’ de nuevo la campanita anunciaba cambios. Se sintió más vaca que yegua, definitivamente más res doméstica que zorra de lujo con un pene normalucho profanando su vagina. No. Este individuo no le gustó, y además le pareció tripón y vulgar, babeando sobre su culo al cubrirla que no follarla. ¡Qué alivio cuando la liberó!

El tintineo daba entrada a otro capítulo de aquella sesión. Dedos largos, finos y posesivos pasaron brevemente por su espalda. No pudo distinguir qué dijo una voz autoritaria pero seguidamente le limpiaron las babas de su culo. Tembló al reconocer a quien tan arriesgadamente había jugado con ella en La Maison. Su excitación subió varios peldaños al revivir lo que había significado pertenecerle por una noche, ser elegida como Su posesión. Muy a gusto hubiera gritado al sentir como le pellizcaba el clítoris. Anguila pequeña, pero muy habilidosa. Gozó y la hizo gozar. Un pedazo de follador sin duda.

El cansancio hacía mella en su cuerpo. No es fácil ser usada sin tregua mientras un cepo y una mordaza te aprisionan. Al menos ya no sufría el plug. Ingenuo pensamiento, su culo volvió a quedar lleno con su nuevo huésped de turno. Todos los orificios de su cuerpo aptos para el sexo le habían sido cubiertos si contaba con la con la bola que aún conservaba metida en su boca. Estaba muy excitada, tanto o más que cansada, y se supo viva. Como un buen helado italiano, este Amo la refrescó, la satisfizo pero no la empachó. Notable alto.

Una vez más el inefable repiqueteo metálico. El sexo ardiendo. Percibía que su coño era un manantial. Sentía el flujo brotar, deslizarse por su vulva abierta y finalmente caer al suelo. Con mucho cariño una polla la penetró tímida y familiarmente. El tacto inconfundible de dos manos en sus caderas le indicó que esta vez sí se trataba de ElSir, su Amo y Señor. La polla conocía muy bien los modos y formas que gustaban a su cautiva anfitriona. Lentamente se abrió camino, hasta que de repente aumentó el ritmo y profundidad de la cópula. Ella era Su sumisa, y le correspondió agradecida abriéndose más y haciendo algo que sabía gustaba mucho a su Amo. Manifestó su deleite con movimientos circulares de cadera, que al contraer el periné estrechaban en el punto justo las paredes de la vagina para proporcionar el esperado y merecido placer a su Dueño. Se sabía descontrolada, cachonda y caliente al máximo. A cada envite de Él le contestaba con un gemido. Ambos se corrieron simultáneamente. ElSir la premió con un cachete y un mordisco que dejó una buena marca en su nalga derecha. Se sintió domada, por vez primera y al menos en lo que a sexo se refería, totalmente adiestrada para lo que su Amo dispusiera siempre y en cualquier circunstancia. Y mientras gozaba de aquella polla modélica, disfrutó de las dotes de su propietario para tratar a las hembras: sin lugar a dudas, un amante sublime. Cuando se separó de ella, putsie sintió un vacío infinito.

Break

Cuando todos los Amos terminaron, fueron conducidos a las habitaciones de invitados que, para tal efecto, habían sido preparadas en Le Petit Palais. Las sumisas quedaron en perfecta exposición durante unos pocos minutos más. El kaiser las fue liberando de sus cepos con gran desgana. Una por una. Personalmente. En silencio, como si estuviera apesadumbrado. En realidad, se encontraba totalmente abatido tras la tensión acumulada a lo largo de tan excitante sesión y el trepidante desenlace final del que había sido objeto mientras se mantenía voluntariamente prisionero por múltiples correas. Ahora, apenas le afectaba ver los seis coños expuestos, brillantes, abiertos y chorreantes, donde unos minutos antes los hubiera devorado con la mayor brutalidad imaginable.

Las sumisas empezaron a incorporarse al tiempo que trataban de aliviar sus espaldas de la incómoda postura mantenida durante tanto tiempo. Cada una de ellas presentaba un aspecto distinto. Las había que parecían haber querido mucho más. Otras aún no habían salido de la sorpresa y aturdidas, deambulaban sin rumbo por el sótano, desentumeciendo los músculos del mejor modo que se les ocurría. Los seis cuerpos desnudos buscaron distintos acomodos. Unas acabaron por sentarse, otras se mantuvieron de pie, apoyando las dos manos contra el muro de piedra, haciendo estiramientos. Mudamente estaban todas repasando la secuencia desde que bajaron del microbús, en lo que pensaban iba a ser una plácida jornada de cacería y ahora todas trataban de recuperarse de tan singular experiencia.

Otro grupo de sirvientas las condujo de nuevo a los vestuarios tan escasamente apropiados que ya conocían. Allí se pudieron duchar como si estuvieran en un barracón militar. Este pasaje fue casi una broma pues al acabar se les hizo entrega de unos confortabilísimos albornoces y zapatillas de rizo que vistieron camino del spa y salón de belleza de Le Petit Palais. Las seis compartieron un amplio jacuzzi donde encontraron el momento de relax que todas necesitaban. La ocasión fue francamente placentera, pues acabaron todas charlando y riendo bien ocurrencias, bien repasando pasajes que de una forma u otra habían compartido. De algún modo, desde el punto de vista psicológico, todas habían terminado por asumir su papel en aquella función que levantó el telón en el instante en que llegaron a La Maison. La perspectiva del tiempo les hacía darse cuenta de ese efecto y a putsie le vino a la mente algo relacionado con el experimento de la cárcel de Stanford que le ayudó a analizar lo sucedido. Entre pensamientos más o menos profundos, las seis sumisas fueron alternando el baño turco con el jacuzzi. Posteriormente se les dieron diversos masajes relajantes en una batería de camillas que en una dependencia anexa estaban preparadas. Al entrar les embargó un penetrante aroma de lavanda. A la luz de las velas entrecerraron los ojos, cesaron las conversaciones y se abandonaron mientras unos estudiados masajes distendían pacientemente todos sus músculos y les dejaban el ánimo y el cuerpo en la más dulce laxitud.

Una sesión de peluquería, maquillaje, y manicura en albornoz fue la última fase de tan relajante episodio. Le pareció increíble que la misma casa dispusiera de un salón de belleza propio tan bien equipado. Había pasado una vez más, en tiempo récord, de ser casi una prostituta a una aristócrata. A medida que iban terminando el trabajo con cada una de las sumisas, cada cual fue acompañada por una sirvienta a la habitación de invitados que se les había asignado y donde sus Dueño ya esperaban.

¿Se puede?

Unos golpes de nudillos sonaron en la puerta. ElSir abrió para ver a putsie tan espléndida como podría esperarse de alguien que llega tras una esmerada sesión de salón de belleza de alto nivel. Hasta el albornoz le sentaba de maravilla. Antes de traspasar el umbral de la puerta se puso de puntillas y besó la boca de su Amo.

-¿Se puede pasar?- dijo ladeando graciosamente su cabecita. -Por supuesto. Llevo una hora ocioso, sin saber ya que hacer –le confesó. -Está muy bien la habitación –observó ella al tiempo que entraba y cerraba la puerta tras de

sí.

-Sí, muy amplia y bien decorada. Se conoce que esta gente sabe lo que es vivir bien –aprobó al tiempo que la atrajo para sí.

Un nuevo beso más prolongado, con las manos en la cintura de ella, dio contenido a los dos minutos que siguieron a continuación. Sólo cuando acabó el beso, sin prisas, putsie abordó la cuestión.

-¿Cómo se supone que debo encajar lo sucedido? -¿Cómo te has sentido? -Sólo lo puedo encajar si entiendo que ha sido un placer para mi Señor –contestó con lo que

ella pensaba que era la única respuesta correcta-. -Eso no es lo que yo te he preguntado –dijo volviendo a la cuestión que en verdad le

interesaba-. -Bueno, quizá no lo sea –dijo separándose un poco de Él- pero yo he preguntado antes y tampoco me has contestado. -De acuerdo –le respondió resolviendo contestar primero-. La verdad es que me ha parecido una aventura trepidante. Sentirse cazador ha sido toda una experiencia, en especial cazador de hembras humanas. Y también he pensado que asumir el rol de pieza y huir de los depredadores sería, de algún modo, una nueva dimensión de la sumisión o, cuanto menos, un ejercicio afín interesante. -Ya veo. -Y me ha gustado disponer de ti de ese modo. Ahora contesta tú. No creas que vas a evadirte de mi pregunta. -He de reconocer que ha sido toda una vivencia. ¡Qué duda cabe! y si a mi Amo le ha gustado, nada más he de decir –confesó en la versión más formal y correcta en que una sumisa que se precie debe adoptar-, pero añadiré que creo que ha sido la mayor locura que he vivido, de la que no me arrepiento en absoluto. No olvidaré jamás todo lo que ha sucedido. Me siento como un pulpo al que le han vuelto del revés su bolsa y, sin embargo, por una extraña razón me siento más mujer de lo que me haya podido sentir en toda mi vida. Puede parecer una aberración, pero hasta hoy no me había reconocido tanto en mi condición de hembra humana. He experimentado una sensación atemporal, atávica, ‘extrasocial’… algo que respondía a mis instintos más básicos que sólo han florecido a consecuencia del sometimiento más absoluto que pudiera imaginar. Me ha parecido fabuloso como experiencia, pero sólo eso, como una experiencia. Aunque más allá de lo vivido, creo que he interiorizado como nunca que cuando esté mi Amo conmigo yo ya no dispongo de mí. Es algo que ahora comprendo con la mayor claridad. -Mi putsie –le dijo mirándola fijamente a los ojos-, mi perra. -Mi Amo –le contestó con una dulce sonrisa al tiempo que era atraída hacia ElSir para ser besada nuevamente en los labios. -Creo que no debemos entretenernos más –le indicó sin soltarle la cintura- nos esperan para la cena y deberías ver el vestido que te han preparado. Lo tienes en el armario. –le dijo señalando el mueble.

Al abrir la puerta del armario encontró un largo vestido verde esmeralda -¡su color preferido!-, de finos tirantes y ligera pedrería en cintura y escote. Una genialidad de Dior, de su talla exacta, para la cena que ya se preparaba en el salón principal de Le Petit Palais. Mientras ella se engalanaba con aquel diseño exclusivo y se calzaba unas sandalias con tiras de lentejuelas, también en verde esmeralda, su Señor apareció por detrás en un elegantísimo smoking. Le colocó y abrochó de nuevo el collar de calabrote con su nombre de sumisa. Les esperaba una cena.

Una singular cena de gala

Bajaron por las escaleras hasta el hall del palacete, donde un sirviente les indicó la puerta que daba acceso al salón principal. Un techo de madera labrada de gran altura desde el que pendían dos fastuosas lámparas de cristal de roca fue lo primero que les llamó la atención, aunque ElSir se entretuvo más admirando las pinturas que decoraban las paredes. No era un experto en Impresionismo, en realidad no pasaba de ser un aficionado al arte, pero hubiera jurado que uno de los cuadros que colgaban las paredes era un Seurat. Seguidamente tomó por el talle a su sumisa.

-Fíjate –le dijo- esos otros dos cuadros son de Toulouse-Lautrec… seguro. -Sí lo parecen, desde luego –convino putsie- y si no, al menos, son preciosos.

El resto de invitados que ya estaban en el salón merodeaban por la sala observando los cuadros y otros objetos que, con toda certeza, eran de un valor elevado. Definitivamente, quienes regentaban aquella organización constituían un compendio extraordinario de buen gusto, imaginación, poderío económico y conocimiento de los instintos humanos. Excelente combinación.

Ya de noche cerrada entró Bernard y la maîtresse que para la ocasión vistieron de gala igual, que todos los invitados. Les siguieron unos camareros portando bandejas con diversos cocktails que ofrecieron a los invitados. Tomaron alguno mientras Bernard ejercía en su papel de anfitrión. Efectivamente se trataba de un Seurat. Y eran tres y no dos las obras de Toulouse-Lautrec, quien, precisamente, había nacido muy cerca de donde se encontraba Le Petit Palais. Por supuesto, todas las

obras y piezas eran auténticas, la duda hubiera ofendido. También hubiera sonado a ofensa sospechar que el Martini no estuviera fresco y en su punto.

Al finalizar el pequeño paseo por el comedor, empezaron a tomar asiento atendiendo los cartelitos con el nombre que para tal fin se habían dispuesto frente al plato de cada comensal. En ese momento todos supieron los nombres de todos. Cada cual tenía delante su nombre de Amo o de sumisa. Los repasaron con curiosidad al tiempo que pensaban que era un tanto extraño que conocieran sus nombres justo en la última noche que iban a compartir. A las ya consabidas vulga e imya, catwoman y la muchacha renacentista, respectivamente, descubrieron que la sumisa de color se llamaba sheren, el nombre de la pelirroja era leipre y que la oriental respondía al apelativo de akuma.

Una excelente sopa vichyssoise abrió el menú de la cena que, según explicó Bernard, es marca de la casa desde que contrataron como cocinero a un familiar directo de su creador. Nadie descubrió que putsie odiaba la vichyssoise. Frunció el ceño poco convencida, pero sin comentario alguno la probó quedando gratamente sorprendida. En pocos minutos todos apuraron tan deliciosa crema que platos y cucharas fueron rápidamente retirados por el personal de servicio. El segundo plato fue bastante más consistente, incluso demasiado para ser una cena según comentó discretamente alguno de los comensales. Sirvieron un bife argentino para lo que usaron los afiladísimos cuchillos que pulcramente esperaban junto al plato. La carne estaba hecha a la brasa y eran tan tierna que se cortaba con enorme facilidad. Jugosa y con el grosor adecuado, convenció incluso a los más reticentes. Con toda seguridad, la actividad de la tarde hizo que la cena despertará un apetito superior al habitual.

Mario, el Amo argentino explicó sobre el bife de chorizo, como lo llaman en su país, la importancia que se le concede al corte de la carne, según la perpendicular del músculo del animal para conseguir la textura más tierna. De hecho, confesó tener decenas de miles de cabezas de ganado como una de sus ocupaciones profesionales. También destacó la importancia que los argentinos otorgan al afilado de los cuchillos para cortar el bife.

-No hay peor sensación ante una buena pieza de carne que tenerla que destrozar con un cubierto que no esté bien afilado –apuntó-, los argentinos, si pudieran, la cortaríamos con un bisturí o con una cuchilla.

Dicho esto tomó su cuchillo y lo pasó por el tirante del vestido de leipre que se encontraba a su izquierda. Tiró suave de él y se cortó como si hubiera sido de papel.

-En verdad los afilaron bien –dijo sin dar mayor importancia a lo que acababa de hacer-.

Bill soltó una carcajada y quiso comprobar si también el suyo estaba debidamente afilado, haciendo lo mismo con el tirante del vestido de vulga que estaba sentada a su lado. Lo que sucedió a continuación fue algo tan inesperado como sorprendente. Todo el mundo utilizó los cuchillos indistintamente para comer o para cortar parte de la ropa de aquellos que tenían sentados a derecha e izquierda. A sheren le pidieron que se levantara y, tomando en un puño la parte trasera de su vestido, cortaron un círculo que dejó al aire su estupendo trasero negro. Volvió a sentarse, divertida, y siguió cenando. A putsie le rebanaron la parte delantera de su pechera para que sus fabulosos pezones

quedasen a la vista de todos, que siguieron cenando y esperando la siguiente ocurrencia. Fue akuma la que tomó el pantalón de Paolo y le cortó la parte delantera hasta liberar el pene de toda vestidura. Antes de que llegaran los postres, nadie conservaba intacta su indumentaria. La cena, que pretendía ser de gala, se había convertido en un divertido despropósito. En esta ocasión, no fue nada preparado ni respondía a programa alguno, fue algo improvisado. Nadie hubiera alcanzado a imaginar cuando se presentaron tan impecablemente ataviados en tan distinguido salón que la cena tomaría tan sorprendente giro.

La diversión era generalizada cuando llegó el postre. Los anfitriones quisieron que su ingrediente básico fuese el chocolate, pensando que es, por antonomasia y por estadística, el dulce que a más personas gusta. Un tipo de brownie a los tres chocolates, cubierto por chocolate blanco líquido sobre base de crema Chantilly. Entre risas y bromas devoraron el postre en maridaje con un oporto vintage que sirvieron en delicadas y pequeñas piezas de exquisita cristalería tallada. El día había sido muy intenso. No hubo ni ganas ni tiempo para más. Se despidieron los unos de los otros y cada pareja se retiró a su habitación.

Buenas noches

Sabían que a algunas parejas no las volverían a ver ni tan siquiera a la mañana siguiente. Los distintos horarios de vuelo para regresar a sus lugares de origen así lo imponían. ElSir cedió gentilmente el paso a su sumisa en la puerta del salón y la siguió en dirección a la habitación. Al subir las escaleras que les conducían a las dependencias, levantó distraídamente la vista y se topó frontalmente con las caderas de putsie, advirtiendo cómo se movían sensualmente dentro de la delicada tela de su vestido verde esmeralda. No quiso ni rozarla, tampoco dijo nada. Tan sólo se deleitó con el ligero y constante balanceo que le premiaba la vista a cada escalón que subía. Lamentó, aunque procuró ocultarlo, alcanzar tan pronto la planta superior. Hubiera subido así, tras ella, hasta el mismísimo cielo. Caminaron sobre la alfombra del pasillo hasta que llegaron frente a la puerta de su habitación. La sumisa abrió la puerta y le dio al interruptor de la luz.

A pesar de la jocosidad de la ocurrencia de los cuchillos afilados y de lo bien que lo habían pasado, era un atentado imperdonable haber roto aquellos vestidos y la estupenda colección de smokings. No se salvó de aquella ‘noche de los cuchillos largos’, ni tan siquiera el vestuario de los anfitriones, quienes también rieron de buena gana. A ElSir le pesó en su conciencia un sincero arrepentimiento al ver el elegante vestido verde de putsie con dos agujeros justo a la altura de sus pechos. Se planteaba si compensaba la diversión efímera de aquel momento respecto de la destrucción de algo tan bello. Más ocultos parecían los pensamientos de putsie quien, sin parar de caminar, se quitó el vestido que dejó caer en el suelo donde quedó abandonado. Se vio fugazmente reflejada en el espejo del tocador con aquella ropa destrozada, pero no dijo nada.

La suite era de generosas proporciones. Contaba con un salón anexo, amueblado con un sofá de piel y una mesa baja de mármol negro sobre una mullida alfombra de color marfil. Todo estaba dispuesto para ver tranquilamente la enorme pantalla de televisor que colgaba de la pared o bien para deleitarse tocando el imponente piano de cola que compartía espacio. Ni una cosa ni la otra iban a entretenerles aquella noche. Sobre sus sandalias de tacón alto, putsie fue hacia el armario para buscar un camisón. Aún conservaba intactas y perfectamente colocadas sus medias con blondas a

medio muslo y unas braguitas brasileñas sin costuras de color nude. Encontró un pequeño camisón que fue de su agrado. ElSir estaba sentado desabrochándose los zapatos sin dejar de mirarla. No quería perderse detalle. No sabría explicarlo bien, pero algo en su interior, y después de todo cuanto había sucedido en los últimos días, le impulsaba irremediablemente a seguir mirando a su sumisa. Ella era totalmente ajena al efecto que le estaba causando. Sólo sabía que estaba cansada. Sólo quería ponerse el camisón y acostarse. Sólo quería dormir.

Se colocó el camisón que resultó ser un encantador baby doll color marfil de finísimo tirante, ajustado bajo el pecho y que le dejaba casi toda la espalda desnuda. Justo donde empezaba el elástico de sus medias acababa la mínima falda que, a modo de volante, bamboleaba mientras iba desde el armario hasta el cuarto de baño para desmaquillarse. El tejido presentaba transparencias en tiras verticales de unos tres centímetros de anchura insinuando aquello que, no por serle sobradamente conocido, había perdido ni un ápice de interés. ElSir dudaba si en realidad putsie había escogido tan sugerente prenda de lencería para dormir o estaba lanzando algún mensaje codificado. Pensó en ese momento algo que en algún lugar escuchó: lo más bonito de la flor son sus pétalos. Siguió desvistiéndose con esos pensamientos.

Cuando salió del baño, putsie seguía presentando la misma imagen. La única prenda que vestía ElSir eran unos elásticos boxers blancos y la camisa del smoking. Se acercó a su sumisa para que le ayudara a desabrocharse los gemelos. No sólo accedió gustosamente, sino que no tuvo prisa alguna a pesar del cansancio que le invadía, también eso formaba parte de su sumisión. Fuera porque su Dueño tenía la camisa ya desabrochada o por su proximidad, putsie inhaló el inconfundible perfume de su Amo. Esa indescriptible sensación que secretamente le causaba la mezcla del olor corporal de ElSir con aquel perfume masculino de Guerlain. Pura virilidad… Sintió una punzada en su interior que intentó desatender. Se concentró, sin alzar la cabeza, en el segundo gemelo. Se resistía. Los ojales de los puños de aquella camisa de eran especialmente estrechos. O los gemelos demasiado grandes. Aquellos segundos la seguían espoleando desde aquella afrodisíaca sensación olfativa que la estaba revolucionando. El gemelo no salía del puño de la camisa y ya se sentía algo turbada. Su visión perimetral le mostraba los abdominales de su Señor. No era un producto de gimnasio, pero podía repasar con sus dedos los músculos y contarlos casi uno por uno. ‘El gemelo… putsie… quítale el gemelo’, se dijo para si misma mientras seguía con sus finos dedos tratando de liberarlo del ojal. Mientras, su olfato, seguía alimentándose con aquel embriagador aroma. Lo tenía tan cerca…

ElSir tiró del puño y el gemelo salió despedido por los aires. Sin quitarse la camisa abrazó a putsie y la cubrió con los besos más dulces que fue capaz de dedicarle. La hizo retroceder paso a paso hasta apoyar su espalda contra la columna del dosel de la altísima cama con que estaba equipada la habitación. No dejó de besarla en los labios, en los ojos, en el cuello… Las manos de putsie, como si tocaran un arpa, acariciaron la nuca de su Señor. Respiró hondo. Estaba muy cansada, pero cómo resistirse a todo aquello. No lo hubiera hecho ni aún sin considerar que era su obligación irrenunciable como sumisa.

Llegó a la conclusión de que su Señor se había propuesto conquistarle el cuerpo con una invasión masiva, lenta y persistente de besos. No usaba a su sumisa en aquel momento. En realidad ¡la estaba amando del modo más romántico que podría imaginar! En un pequeño receso ambos cruzaron la

mirada. Ella se sintió atravesada por el sentimiento que pudo leer en sus ojos y algo en su interior le impulsó a gritar: ¡Victoria! Ya no recordaba lo cansada que estaba. Mientras los besos ahora poblaban todo su vientre pensaba en que, con toda seguridad, tendría tiempo de sobra para dormir. De hecho, tenía toda una vida por delante para descansar.

Los labios de ElSir eran lluvia sobre su piel. Pasaban los minutos y aquel incansable bombardeo de delicadas sensaciones despertaba sus sentidos a toda velocidad. Unas dulces cosquillas en el ombligo le hicieron sonreír y estremecerse, pero nada comparado con lo que empezó a experimentar cuando notó como iba descendiendo la boca de su Señor y con sus manos tiraba de sus braguitas. Creyó enloquecer de emoción cuando advirtió que aquella cascada continua de besos tenía por destino final su sexo. También cayó en la cuenta de que, sorprendentemente hasta aquel momento, jamás la había honrado con sexo oral, tampoco en ninguno de aquellos alocados días en París. Repasaba mentalmente los segundos, como una cuenta atrás, ansiando el momento en que llegara a sentir la lengua de su Amo en el clítoris. Ya percibía la calidez y la humedad en las ingles, incluso rondando su vulva. No se notaba excitada sino enardecida aguardando ese momento que sabía iba a ser sublime. La inminencia del desenlace la llevaba a un paroxismo que jamás había imaginado posible. Hasta que le rozó suavemente el clítoris con la punta de la lengua y sintió como todo su cuerpo de mujer se convirtió en agua tibia. Fue más un sollozo de placer que un gemido lo que le nació de su atenazada garganta. Y ese roce no fue más que el principio de un increíble, y hasta el momento inédito talento, que tenía su Amo para proporcionarle una nueva sensación. Aquello trascendía lo puramente sexual. La hacía viajar por mundos extraños al notar el delicado tacto de la lengua, la tierna presión de sus labios abarcando todo su coño, la avidez con que en ocasiones le relamía hasta el más recóndito de sus rincones o los pícaros e inocentes mordisquitos que iba alternando. Sintió que estaba convirtiendo su sexo en un modo de dar sentido a su existencia, alrededor de aquella sensación justificaría cualquier aberración. Sin embargo, lo que dijo distaba mucho de estos pensamientos:

-Javier, te quiero –le confesó abiertamente haciendo saltar por los aires toda su relación como Amo y sumisa- te quiero –repitió en distintos modos, intensidades y alargando las vocales tanto como duraban las oleadas de placer.

Le cogió el pelo con fuerza y le levantó la cara hasta tenerlo frente a ella. Tenía la mirada perdida. Estaba totalmente ebrio de placer tras haberle dedicado aquellos intensos minutos de sexo oral que siempre había evitado hasta aquel día. Se miraron ambos y se dijeron muchas más cosas de las que se podrían comunicar verbalmente en una semana con sus días y sus noches. Ella, se armó de valor, sabía que lo tenía que hacer y lo hizo, de nuevo.

-Javier, te quiero –le dijo ahora mirándole fijamente a los ojos. -Clara… sabes que has sido siempre el amor de mi vida… -le devolvió él como respuesta al tiempo que ella estuvo a punto de desmayarse ante semejante confesión- ¿sabes cuántas veces he pensado en ti, durante cuánto tiempo y en cuántos sitios distintos?

La pregunta no esperaba respuesta. Sólo era una declaración que hablaba del pasado. De la vida vivida. Estaba compartiendo con ella el último rincón cerrado que le quedaba a su corazón… y estaba dispuesto a algo más.

-Clara… te quiero –manifestó por fin- te quiero Clara y te quiero puta y sierva –y se incorporó para besarle de nuevo los labios como quien firma un documento que atestigua el sentido de aquellas sencillas pero reveladoras palabras.

Se besaron con la pasión que hasta aquel momento no se habían dedicado. Habían sido cómplices, amantes, compañeros, confidentes, Amo y sumisa… pero aquello tenía un significado muy distinto. Ella notaba el peso de su cuerpo sobre sí y hubiera deseado que así hubiera sido hasta el fin de los tiempos. Él detectaba cada milímetro cuadrado de su menudito cuerpo bajo el suyo y le parecía absorber una extraña energía que le hacía sentirse capaz de cualquier hazaña. Ambos se acomodaron y sin pretenderlo la polla erecta encontró el receptivo coño que, si bien se conocían, ahora iban a redescubrirse. Cuando la penetró lo hizo mirándola a los ojos. Ella entreabrió su boca y Él inspiró con fuerza el aire que ella liberaba de sus pulmones. Ambos, en silencio, supieron que en ese momento estaban, por vez primera, haciendo el amor. Ella no pudo reprimir la idea, por absurda que pudiera parecer, de que en ese preciso instante acaba de perder su auténtica virginidad. El constató que, por vez primera, putsie, Clara, era realmente suya.

Una servilleta

Dos manos unidas. Con paso rápido seguían a la asistenta que cargaba con el equipaje buscando la puerta de embarque que les llevaría al avión de vuelta a casa. El aeropuerto de Orly se mostraba especialmente atestado de gente, pero el murmullo apenas era audible para quienes entrelazan sus dedos y se recrean en el tacto y calor de la mano ajena.

Se acomodaron en el interior del Airbus. Junto a la ventanilla putsie se despedía de París con la mirada perdida en el gris de las nubes. El sónico zumbido de los motores de avión empezó a subir en su escala tonal hasta que una dulce sacudida les empujó a toda velocidad por la pista de despegue. El tren de aterrizaje fue el último contacto con la citè. Era la vuelta.

A mitad del vuelo una azafata, esta vez sí de una compañía aérea, les ofreció un pequeño refrigerio que aceptaron gustosamente. Pidieron un zumo y un café. Al servirlo lo colocó en las mesitas abatibles. También una cucharilla de plástico y un sobre de azúcar. Se volvió hacia el carro de servicio y seguidamente les dejó también un par de servilletas. Le agradecieron la atención. La azafata se retiró. Sólo después de que se perdiera de vista a lo largo del pasillo cayeron en la cuenta. En la servilleta de ElSir había un número de teléfono móvil y algo subrayado: ‘La Maison’. En otro renglón en tres idiomas el mismo mensaje: “Don’t ask to the air hostess, only call the number. / Ne pas demander à l’hôtesse, seul composer le numèro / No pregunten a la azafata, sólo llamen al número”. El mensaje estaba firmado por ‘klein’.

Guardó la servilleta.

A ti ¿quién te ha dicho?

La asistenta colocó las maletas en el portaequipajes de la misma limousine que en su momento les sirvió para el viaje de ida. Sobre el hombro de su Amo, confiada, putsie dormitó durante una buena parte del viaje de vuelta. A Él le gustó tenerla tan cerca, saberla tan relajada y feliz a su lado.

Se reanimó de su pequeño letargo cuando estaban ya en las inmediaciones de la ciudad. Ella no pudo evitar cierta sensación de tristeza por saberse abocada nuevamente a su vida que desde ahora se le antojaría anodina. No es que pensara en realidad que su día a día fuera así, pero después de aquella experiencia ¿cómo no iba a llegar a esa conclusión? ¿quién se hubiera resistido a comparar siquiera? De todas formas, reflexionando en silencio llegó a la acertada conclusión de que eso tampoco sería ‘vida’ y que lo tenía que tomar como un pasaje de su experiencia, de su tránsito por este mundo.

Él también tenía ocupados sus pensamientos acerca de su vida, de su futuro, de su relación con putsie, de su relación con Clara. Se preguntaba cómo encajarían todo esto a partir de ahora. Se preguntaba cómo sería el día después. Se preguntaba qué le diría tan pronto se despidieran y para ese momento apenas quedaban unos escasos minutos. wi

Abrieron la puerta del parking para entrar con la limousine hasta donde estaba el coche de putsie. Se dieron un beso que parecía el último… aunque no lo iba a ser. Un nudo apretó el estómago de ElSir al ver que todo aquello tocaba a su fin. Se trabó, se sorprendió totalmente azorado al no saber muy bien qué decir. No sabía si dar las gracias, si pedir perdón, si… y lo segundos seguían pasando. La puerta de la limousine abierta y él, mudo, hecho un pasmarote. Se dijo para sí mismo que no podía despedirse sin más, como si hubieran estado tomando un café en una terraza un día cualquiera. Se azoró mucho y mucho más cuando descubrió que, contrariamente a él, su sumisa presentaba un aspecto visiblemente relajado. Eso le confundió aún más. Finalmente resolvió decirle algo:

-Esto… quería decirte que… -titubeó muchísimo más de la cuenta ante la que era su sumisa, su entregada e incondicional putsie- la verdad es que… hasta aquí llega la sorpresa que te había preparado. Espero que te haya gustado.

Ella le miraba sin pestañear. Incluso arqueó una ceja cuando escuchó eso de “espero que te haya gustado”.

-Bueno… putsie, Clara, no sé… habla –le dijo para ver si le traspasaba a ella algo de la tensión del momento-.

Contemplaba a Javier enternecida. Conocerle, ganarse su confianza, había sido el mayor reto de su vida como putsie y como Clara, pero después de muchos esfuerzos, de mucha paciencia y de demostrarle que ella estaba ahí, lo había conseguido. Sabía lo mucho que le turbaba mostrar sus

emociones, sabía que para él era todo un hándicap. Y ahí lo tenía ahora, frente a ella. De no haberle parecido una crueldad hubiese sonreído divertida. Por nada quería romper ese momento, por nada quería olvidar sus palabras de amor de la noche anterior, así que se concentró al máximo para controlar la risa, viendo a su poderoso Amo transformado en un auténtico corderito atolondrado. Quiso recrearse en un momento tan poco común, que le hizo amarle aún más. Y ¿por qué negarlo?, que lo cortés no quita lo valiente, se lo tomó como una secreta venganza por algunas cosas que le hubiera podido hacer en el pasado y por otras muchas que, esperaba, le pudiera seguir haciendo en el futuro.

Por su parte, Él estaba sumido en otro tipo de pensamientos. Atormentado e incluso con cierto cargo de conciencia. Ella había confiado ciegamente en su Amo y Él la había, poco menos que, obligado a firmar lo que hubiera podido ser su sentencia de muerte. No fue para tanto, pero sí casi un secuestro de varios días. Ella, la abogada de prestigio, había sido arrastrada cual prostituta por una especie de burdel parisino. Había sido expuesta como una puta del barrio rojo de Amsterdam, subastada, comprada, usada por extraños, emputecida por deseo de Él. Su confianza la llevó a extremos tan increíbles como para convertirse en algo muy parecido una pieza de caza. Ahora se sonrojaba pensando que Él, un médico de reputada fama y ella, una letrada reconocida, hubieran estado fornicando en una mazmorra inmunda donde un desequilibrado gritaba como un poseso. La había entregado para ser follada por unos cuantos desconocidos. Se volvía medio loco pensando adónde la había llevado, las cosas que aquella mujer había hecho por Él y en qué había traducido su entrega. Un sentimiento de culpa y de duda sobre su proceder le revolvió el alma. Siguió sin saber muy bien qué decir, pero algo tenía que salir de Él.

-Quiero que sepas que mañana será para mí un día tan o más especial como lo son todos desde el momento en que entraste en mi vida y que… –hizo una pequeña pausa- en ocasiones me culpo cuestionando si no te estaré complicando la vida, si no seré yo el causante de haberte desquiciado una placentera y doméstica existencia habiéndote arrastrado hasta este mundo tan surrealista.

Clara le escuchó impertérrita, seria, atenta. Le escuchó y guardó silencio con la cabeza agachada estudiando con inusitado interés sus zapatos. Al fin, alzó la mirada, tomó entre sus manos el rostro atribulado de Javier y le besó dulcemente en los labios. Seguía callada. Su mirada penetró en la de Javier revolviendo hasta la última neurona de su cerebro. Sonrió, putsie sonrió malévola.

-Pero qué te has creído ¿No prometiste convertirte en la montaña rusa de mi vida? ¿Acaso no soy tuya porque es mi voluntad y mi destino pertenecerte?- cogió aire y guiñando traviesamente un ojo a su Amo continuó: Además –dijo ya subiendo a su Jaguar y transmitiendo absoluta seguridad en sus palabras- y a ti ¿quién te ha dicho que yo quiero una vida normal?

Las luces rojas brillando con intensidad en la trasera del Jaguar y el afinado sonido de su motor al salir del garaje fueron la estela que su declarada sumisa dejó tras de sí. ‘Era cierto que ella no quería una vida normal’, se dijo para sí al tiempo que acariciaba el teléfono móvil dentro de su bolsillo. Lo sacó y buscó su nombre en la agenda. Pensó por un momento en llamarla pero no había nada más que añadir a las últimas palabras que le escuchó. En su lugar, hizo otra cosa: editó el contacto que guardaba como Clara y cambió su nombre por putsie. A partir de ese momento la buscaría en la letra

‘p’.