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Mm EL BARCO a DE VAPOR « i w 8 Pees 1) Héctor Hidalgo ‘7 Cuentos mdgicos | del sur del mundo Una pagina en blanco muy dificil de Henar El regreso de Venezuela fue para Gustavo todo un cambio de pagina. Una pagina en blanco muy dificil de lenar. Estaba tan acostumbrado a los mosqui- tos, al clima himedo y caluroso, a animales distintos a los ya conocidos, a tantas plantas y arboles frondosos que verdeaban por donde dirigia la mirada, que lo que ahora lo rodeaba en Chile le parecia muy diferente. Habia pasado muchos anios alejado del pais. Por ello, se sentia torpe y distanciado de la gente, a tal punto que le costaba conversar con sus antiguos amigos. El tono venezolano de su hablar actual producia sonrisas y miradas curiosas entre sus alumnos de la Universidad. Pero, como tenia muchos deseos de integrarse, su empeno fue notable. La casa elegida tenia parrones, naranjos y un viejo rosal en el antejardin, todo muy a su gusto. Prepar6 la mejor habitacion para el taller de pintura. En ella la luz se colaba por el ventanal y ofrecia con agrado las diversas tonalidades de los cambios del dia. Uno de los naranjos rozaba la ventana y regalaba permanentemente la fragancia de sus hojas perfumadas y lustrosas. El parron bordeaba el patio de baldosas musgosas, alargandose hasta casi unirse al muro de] fondo, enmelenado de hiedras colgantes. Era un bello lugar para reanudar la tarea que mas amaba: pintar y pintar. Queria pintar su tierra sofiada por largo tiempo desde la distancia. Recrear figuras de personas que le parecieran interesantes, descubrir sus rasgos cotidianos; es decir, articular en sus cuadros la vida que habia dejado suspendida mientras estuvo en el extranjero. Asi lo intenté el primer fin de semana libre. Se lanzd con entusiasmo al trabajo de afinar el pulso para recuperar los colores olvidados, pero sucedié algo 40 inesperado. Como todavia latia en su mente un sinfin de ecos del tropico, per- Sonas y lugares que habia dejado apatecieron en su mente con porfia, Se sintid desolado. Nada surgid en los croquis, nada de interés en los bocetos que le permitieran cumplir sus Ppropositos. Gustavo comenzé a pasearse por el taller. No podia creer que se hubiera olvidado de comunicarse con los suyos. Su pequefia figura resaltaba en el delantal blanquisimo, desprovisto de las “picas manchas, revueltas y coloreadas, propias de un pintor de oficio. Una boina negra le cubria la ceja izquierda acercandose a sus ojos siempre risuefios, pero mds bien risuefios por un tic nervioso que por alegria verdadera. 4 La vieja agenda Cuando ya nada le resultaba, el pintor sintid que necesitaba comunicarse con alguien. Entonces tomé la vieja agenda que conservaba como si fuera un tesoro de valor incalculable. Una agenda que registraba las teléfonos de numerosas amistades. Y comenz¢ a llamar. Recorridé con obsesién nombres y numeros, ntimeros y nombres... Puf, cambios de domicilios, personas muy ocupadas, amigos que no le recordaban o que no deseaban verlo todavia. “Ya hablaremos”, le decian; te pedian el ntimero telefénico y conclufan con un “después te llamo”. Para colmo, estaban todos casados, y en muchos casos, contestaron nifios que al escuchar un acento extranjero cortaron con un “eguivocado, sefior”, sin llamar siquiera a sus padres. Volvis a la tela con desesperacion y, como siempre, aparecid el trépico con su abultada carga de verdes, sepias, 13 anaranjados, rojos encendidas, amarillos encarnados, ocres pastosos y verde limén. Sin embargo, era notorio que a Gustavo le faltaba el blanco y gris pizarra de la cordillera de los Andes, el verde profundo dei mar, el azul intenso del cielo del amanecer después de una luvia en Santiago, el verde htimedo y carnoso del Sur, el dorado de los trigales de los valles de la zona central 0 el tono café pastel, destefiido y difuso, de la inmensa extension de los desiertos. Nada de aquello aparecia, y lo echaba tanto de menos. Y de nuevo regresé a la agenda para hacer otros intentos. Asif fue como insistié con el numero telefonico de su mejor amiga, Mariela. Eila habia sido compaftera de curso en la Facultad de Bellas Artes, amiga inseparable de ensuefios cuando se juraron Hegar a ser grandes artistas. El teléfono sonaba y sonaba, hasta que le contestd la empleada de ja casa: ~La sefiora Mariela esta en El Quisco; se fue a la playa con Andresito 14 por el fin de semana. Tampoco esta don Carlos; él tuvo que hacer un Viaje al Sur Y NO regresara hasta el lunes por la tarde. Si gusta dejarles un recado... Espérese un poquito que voy por un lapiz y papel ~explicé solicita la mujer. ~iLa sefiora Mariela tiene teléfono en la playa? -Si, sefior, ahora mismo se lo doy. A ver... pot aqui me lo dejé anotado la senora. Nunca se sabe lo que puede pasar. Fijese que el otro dia... _ Disctilpeme, pero sdlo necesito el numero telefénico —le contest el pintor para cortar la incontenible conversaci6n de la mujer. Por cierto que se sentia muy aliviado al tener en sus manos aguel maravilloso ntimero, Eniretanto, la tarde avanzaba con la lentitud de un sdbado veraniego en Santiago. La temperatura se fue haciendo agradable y por la ventana penetraba el fresco olor de las plantas recién regadas. 15 El Enanifero se comunica con la playa Mariela se mostré muy feliz al escuchar a su amigo. Le hizo tantas preguntas como éi a ella. Conversaron animosamente entre muchas interrup- ciones de su hijo que le tironeaba la falda para arrastrarla a la playa. Entre sus “te acuerdas de...", el pintor ofa repetir a cada rato a su amiga: "ya, Andrés, quédate tranquilo, déjame hablar”. —Pero, mami, ;quién es?, gcon quién hablas tanto? Gustavo apenas escuchaba la voz atolondrada del nifio que insistia una y otra vez apurando al pintor. -Si, es Andrés. Me acapara durante todo el dia. No me deja ni respirar, pero es muy simpatico y curioso. —{Qué edad tiene, Mariela? ~Tiene poco mas de seis y ya termin6 primero basico... Pero, Andrés, basta; me tienes toda desarmada. Ve a jugar con tu perro. 17 ~Déjame hablar con tuamigo, mami -insistié el nifio con tono molesto. —Deja que hable, Mariela, si no hay problema. -Pero es un latero. Te haré muchas preguntas; se lo lleva en eso. -Al6?, zme escuchas? -el nifto ya le habia arrebatado el] teléforo a su madre-. Mi mami me tiene que llevar a la playa. Tenemos que hacer un castillo de arena; me lo tiene prometido y debe ser antes que se vaya el dia. A propésito, ct sabes a qué parte se va el dia? -E] dia no se va a ninguna parte, Andrés. Es el Sol quien provoca tal sensacién. A} Sol le gusta viajar por el cielo y recorrer la Tierra sin descanso; claro que la Tierra también esta viajando, ti lo sabes. Cuando el Sol se aleja, dejaa su socia, la Luna, para que siga alumbrando. -Mi papa tiene varios socios en su negocio. ¢Qué negocio tiene el Sol con la Luna? -Bueno, si asi lo planteas: tienen un negocio muy antiguo. Cuando el Sol 19 trabaja y lo hace de dia, nos da calorcito y ayuda a que veamos las cosas con lindos colores... _ -Eso ya lo sé. Hasta un nino chico lo sabe. 2Y la Luna?, ¢qué pasa con la Luna mientras tanto? . -La Luna también trabaja jluminando, pero no nos da calorcito; mbi e sonar con ella, en cambio nos hac lugares lejanos y misteriosos. -Y cuando esté nublado, ise quedan en sus casas descansando? -No, Andrés, elios siempre siguen trabajando; pero lo hacen por sobre las nubes. 5 ~2Y por qué sabes todas estas cosas‘, gacaso también eres socio de ellos? sQuién eres?, equé haces, aparte de Jlamar a mi mami y conversar tanto? —Para, muchacho, me haces muchas preguntas a la vez y no sé por cual empezar. sere ~Bien, empecemos por la siguiente: iquién eres? -Soy un buen amigo de tu mama 20 que ha regresado del extranjero y la ha llamado pata saludarla. —~De dénde?, sde Francia, de Italia o del Japon? No te puedo seguir preguntando por paises, porque no me acuerdo de otros. ~De Venezuela; un hermoso pais muy diferente al nuestro. ~ZY qué hacias alla? -Pintaba y daba lecciones de arte a los j6venes universitarios. ~(Pintabas? Yo también pinto: tengo lapices de madera, de cera, acuarela y témperas. Podriamos trabajar juntos. Yo pongo los lapices y ta el papel. ;Estds de acuerdo? -Podria ser. Y ti, gqué pintas? ~Bueno..., lo que mds me gusta, animales, casas, arboles y aviones. 3Y tui? —Ahora no se me ocurre nada, es mi gran problema. Pero en Venezuela hice grandes cuadros que presenté en exposiciones. —jQué es una exposicién? -Es la exhibicién de los cuadros de un pintor. Generalmente esto sucede en una galeria de arte o un Museo. A . lugares va mucha gente que compra los cuadros o simplemente los va a ver. Si las pinturas son muy buenas, los museos se encargan de comprarlas. -7Y te iba bien?, jtienes cuadros en museos? oes Si, tengo varios, pero no aca: estan todos en Venezuela. - —Y como efes verdaderamente? Si pintas cuadros tan grandes y te los compran los museos, tt debes ser ad grande también, ;de qué porte eres: _-No me vas a creer: soy muy pequenito. - , ; -;Qué tan pequefio?, gcomo Yo: Aunque yo no soy tan chico, para que sepas; soy el cuarto mas grande del curso. _Mucho mas pequefio todavia. A ver, déjame comparar: pequeno como la ufa de tu dedo menique. , —;Tan chico! ;Qué incretble! zY cémo te las arreglabas para pintar Sao 0 grandes?, te debe haber costado muc hacerlo. ~jHas visto cémo los picaflores se quedan suspendidos en el aire? Estos pajaritos mueven tan rapido las alas que casi no se ven y son capaces de permanecer fijos en el aire sin caerse. Pues bien, yo me afirmaba entre sus alas y les daba drdenes al ofdo para que volaran en distintas direcciones recorriendo ia tela. Asi pintaba. -jQué increible! ;Sabes?, no te creo. Nadie puede ser tan chico. Yo conozco a los enanos y miden como un metro; son como de mi porte, pero siempre del mismo porte. En cambio, yo seguiré creciendo. ~Andrés, ;quieres saber qué es lo que mas me gustaba pintar? —Debe haber sido una hormiga, un zancudo, una pulga, o algo chico por el estilo. -No, no, nada de eso: dibujaba estampillas; pequefias estampillas que recorren el mundo pegadas alos sobres aéreos. Pintar estampillas era mi pasion y me quedaban muy lindas. -iY qué dibujabas en las 23 estampillas? Yo tengo varias, ahora me acuerdo, de otros paises; tengo estampillas de Canada, un tio me las manda, también de Estados Unidos y de Argentina. Se las cambio a mis amigos por bolitas de vidrio o por laminas que me sobran de mi album de la selva. -Dibujaba animales del tropico, paisajes y personajes histdricos, todos pequefiitos, en miniatura. Algun dia te regalaré una de mis estampillas. -zY como llegaste a Chile? No creo que en avidn, se me ocurre que no, aunque por tu estatura mi siquiera te cobrarian pasaje. 24 -Hice varias escalas y siempre me ayudaron mis amigos los pajaros. Viajé en una gaviota hasta Colombia, en un papagayo hasta Ecuador, en un condor hasta Peru, y a Chile llegué en gohondrina, siempre bordeando la costa. Fue un largo viaje de varias semanas, y aqui me tienes ahora. -Es lo mas fantastico que he escuchado. ;Y cémeo te llamas? Es la ultima pregunta que te hago, porque se conversar. Puedes lamar a mi mami cuando quieras, no hay problemas, y no te olvides de hacerlo. Ahora dime rapido cémo te llamas; estoy muy apurado. -Este, eh, mm, mm, digamos que... —{No me quieres decir tu nombre? -Oh, si, si, te lo diré, pero sdlo para ti y tus mejores amigos. Te recomiendo que guardes el secreto; los extrafios no te creerdn. Este, eh, mm, e... me llamo Enanifero. —Enanifero! Es un nombre perfecto. Yo en cambio me llamo Andrés, y no tiene nacia que ver conmigo. -Entonces, me despido; hasta la proxima, amigo. ~Chao, Enanifero. El nifto corté y a Gustavo le quedd un revoltijo de nuevas ideas. Estaba impresionado por las cosas gue le habia dicho al nifio. Se sentia inquieto. Una extrafia fuerza hab{fa nacido de aquella conversacion tan insdlita, le cosquilleaban las manos, tal cual le sucedia cuando comenzaba a pintar. Parecia que el nifio, sin proponérselo, habia abierto de par en par las compuertas de su umaginacion. Entonces tom6 un lapiz y comenz6 a dibujar al Enanifero montado en un picaflor. Por supuesto, aparecieron sus propios ojillos risuefios, la boina negra y la nariz redondeada. El Enanifero de su dibujo pintaba por primera vez la majestuosidad de la cordillera de los Andes, con los tipicos picachos nevados, y no tuvo ninguna dificultad para colorear las quebradas con el tono gris pizarra preciso. El entusiasmo del Enanifero Las siguientes semanas se transformaron para Gustavo en una agitada actividad. El Enanifero sv: clavé en su mente como si fuera un -usurro que le obligaba a trabajar. Como por arte de magia, fue acumulando telas sobre temas tan esperados y carifios recuperados. Y siempre el Enanifero aparecia en algun rinc6én de los vifiedos, sobre una roca viendo correr riachuelos pedregosos, descansando bajo la sombra de los sauces sofolientos, abriéndose paso por las suaves colinas cubiertas con peinados triga les, viajando en barcaza hacia los islotes del Sur, siguiendo la sonrisa ancha y generosa de los girasoles que buscaban la luz del dia o contemplando el ajetreo incansable de las gaviotas por entre los acantilados costeros. Habia recuperado los colores de su tierra gracias a Andrés. Su mano viajaba segura trasladando sus suenos a las telas, porque la mayor felicidad para un creador consiste en convertir en realidad su mundo interior. Todo esto debja comunicarselo al nifio. Qué importaban sus seis afios; entendfa que era una persona muy valiosa para él. Andrés habia llegado cuando mas lo necesitaba. Por tal razén lo amé al dia siguiente. ~jHola, Enanifero, al fin me llamas! No he podido convencer ami mami para que me lleve a tu casa. Recuerda que me debes una estampilla. -Escichame, Andrés, soy el Enanifero mas feliz de la Tierra, porque estoy trabajando con mucho entusiasmo en pintar la naturaleza. —Pero, Enanifero, si la naturaleza ya esta pintada. Todas Jas cosas nacen con sus propios colores. —De acuerdo, de acuerdo, pero... ghas mirado el cielo de Santiago? ~Esta bastante sucio. En el colegio nos han enseriado que todo se debe a la contaminacion. ~Y tienen razon. La contaminacioén le quita los colores a la naturaleza. Las hojas pierden el brillo, las flores se marchitan y todo se llena de hollin. Es un asco, amigo, {no crees? -Si estés empefiado en pintar la naturaleza, debes tener harto trabajo. Con razon no me has Hamado. ~Mucho. Me he propuesto recuperar todos los colores perdidos; pintar por aqui, repintar por alla. Te voy a mandar de regalo... -jLa estampilla! -Esta bien, Ja estampilla, pero también algunas de mis nuevas pinturas. ~iMe las traerds tu? Preguntale la direcci6n a mi mami y que sea un domingo. —jPor qué prefieres un domingo? -Los domingos son bastante aburridos. Aqui Jo tinico que hacen es dormitar en los sillones 0 ver television. Eso es en la tarde, porque en la mafana no sueltan los diarios hasta el mediodia; es cuando mi mami sale a la carrera al 30 Supermercado a comprar comida preparada. No sabes tt cudntas pizzas, pollos asados con papas fritas y empanadas me he comido los domingos; esa comida ya no me catusa ninguna gracia. Asi que vena dejarme personaimente las pinturas, por favor. -No insistas. Te mandaré mis trabajos por correo, :de acuerdo? ~¢Qué te cuesta venir? Tti eres mi amigo y te echo mucho de menos. ~Es que tengo un gran problema, Andrés. No te olvides de que soy muy pequeiiito. Soy tan pequefio que nadie se ha dado cuenta de mi presencia. ~Toma un taxi o un pajaro. En fin, lo que fu quieras, -Ni lo uno ni Jo otro; prefiero que nos comuniquemos por teléfono. Asi no rompemos Ja magia y mi animo para seguir pintando; presiento que si nos vemos se acaba mi inspiracién. Ademés, ya No viajo en pajaros, es muy arriesgado; tienen las plumas muy suaves y cuesta mucho afirmarse de elias. ~En qué lo haces ahora? 3y _Sobre un caracok. Bs lentisimo pero seguro. También te voy 4 mandar ina dibujo donde aparezco sobre mi nuevo medio de transporte. -Ojald tus regalos me Neguen a dia domingo. Seria la mejor solucién a mL imiento. cage acuerdo, amigo. De immediato me pondré a dibujar el caracol. Adis, Andrés; ya tendras de nuevo noticias mias. 32 Cuando la amistad se profundiza Antes que el verano concluyera, Gustavo ya tenfa terminados varios cuadros con temas relacionados con frutas de la estacion. Por ejemplo, sandias que dejaban ver su carne jugosa y despedian el brillo azabache de las pepitas que rodeaban el corazén de rojo encendido. Manzanas tan tersas y naturales que daban deseos de pegarles una buena mascada. Para qué hablar de los racimos de uvas que desbordaban los platos y dejaban caer sobre un mantel blanco los granos cristalinos y dorados. Gustavo se sentia satisfecho con lo que hacia, y cada hallazgo, cada color recuperado, cada rincén interesante, se lo hacfa notar a Andrés en largas conversaciones telefénicas. E] nifio acumulaba los pliegos pintados por el Enanifero, cuiddndolos como el tesoro mas querido. Jamas dejaba de hablar de su amigo misterioso. Quienes le escuchaban sonreian y se encogian de hombros, pensando quiza en elamigo secreto e imaginario que los nifios inventan en una etapa de su vida. Pero cuando observaban los dibujos y pinturas, permanecian silenciosos, Hlenos de dudas y de curiosidad, sdlo su madre parecia comprender. Cuando Andrés regresd al colegio, se transform6 en un experto observador de la naturaleza, y cada vez que descubria un color escondido, una tonalidad original, comentaba para si: "Buen trabajo, Enanifero, estas progresando”. "El Enanifero debe estar muy ocupado comprando tinturas sepia, amarilia, café dorado, pastel, granate oscuro, y gris, también gris, como el cielo nublado”, pens el nifio con cierta preocupacién. No le gustaba para nada el gris. Lo peor era que notaba que cada vez se hacia mas abundante. A lo mejor, el Enanifero habia agotado su provision de colores. 34 Pero cuando lo llam6 para ofrecerle sus lapices y cajas de témperas, por sile faltaban, lo notd distante, poco comunicativo, como si quisiera decirie algo y no se atreviera a hacerlo. ; ”; Para el Enanifero seria tambien un problema el gris?” y nada le contestaba, solo evasivas. Por tiltimo, e} niAo se tranquilizd pensando que su amigo tendria un gran trabajo en pintar el otono. E! color dei invierno ~Mami, algo muy malo le debe es- tar pasando al Enanifero. No esta traba- jando. : —{Por qué lo dices, hijo? El es muy responsable, no creo que pierda el interés en su deber, liamalo y preguniale. -Lo he hecho varias veces y no me contesta. Nunca esté en su casa; tal vez esté erifermo en un hospital. El nino permanecia horas mirando desde la ventana como el jardin perdia los colores; los Arboles también estaban desnudos, el césped se habia secado, ya no quedaban flores y todo estaba convertido en un penoso paisaje en gris. Andrés levanté la mirada al cielo y se preocupé mucho més todavia al observar los pesados y oscuros nubarrones que anunciaban la inminencia de la lluvia. Entretanto en el jardin, el viento arremolinaba la hojarasca reblandecida por la humedad constante. De pronto, un relampago 37 encandild al nifio, quien retrecedié asustado. De inmediato el trueno estremecié los vidrios y el nifio gritd horrorizado. La tupica Huvia azoté los escudlidos arboles y reboté con violencia sobre el techo de Ja casa. Chorros de agua bajaron por la ventana empafiada y Andrés llord con desconsuelo. Su cuerpo vencido por la angustia se encorvé y, finalmente, se desplomé sobre la alfombra. Estuvo largo rato tiritando de frio, sollozando en Ja soledad de la habitacién, hasta que su madre lo tomé entre sus brazos y lo arrastr6é hacia la cama. Andrés tenia fiebre y convulsiones. E] nifio estuvo varios dias enfermo. Se notaba melancélico, desganado, mientras la Huvia seguia atacando sin contemplaciones. El patio estaba convertido en un lodazal, los charcos de agua sucia cubrian el césped del antejardin y verdaderos riachuelos de agua achocolatada se desplazaban por las calles. Las noticias de Ja televisién anunciaban el apogeo de un frente de 38 mal tiempo y cuadrillas de hombres salfan al rescate de las familias que tenfan inundadas sus casas. En las noches, Andrés tenia pesadillas. Despertaba gritando cuando vela insis- tentemente al Enanifero aferrado a una fragil hoja seca, luchando para no ahogarse en medio de un mar de aguas Sucias y pestilentes. Los padres estaban muy preocupados por la salud del nifo. 39 El médico fue llamado en varias ocasiones, y las recetas, siempre diferentes, no daban resultados claros, pues seguia muy mal. -Mami, llama al Enanifero. Es urgente que nos salve; deberia estar pintando el Sol, el cielo azul, las nubecitas blancas de la primavera. Si no vuelve a trabajar, moriremos todos. Andrés gritaba angustiado en medio de la fiebre y las convulsiones. Pero nada nuevo sucedia. La madre volvié a llamar a su amigo y nadie contest6. Cuando faltaba poco menos de un mes para que concluyera el invierno, Mariela logré, por fin, comunicarse con Gustavo. —,Qué sucede contigo, Gustavo? Andrés esta muy enfermo y llama todos los dias al famoso Enanifero. Lo que fue simpatico, ahora se ha transformado en una verdadera pesadilla. Ta inventaste al tal Enanifero y temo que a mi hijo le esté produciendo un dafio irreparable. Sus palabras eran duras, llenas de teproches, pero aun asi Gustavo no contestaba; permanecia silencioso. 40 Gustavo, no te quedes ahi callado. Debemos buscar alguna solucién. éDonde te habias metido? Hace dos meses que no sabemos nada de ti. —Perdéname, Mariela, pero no estaba en el pafs. Mi mujer me envié un telegrama urgente. Tt sabes que ella trabaja en Caracas y yo me vine primero Para armar un hogar en Chile. La idea era que vendiéramos el departamento de Caracas y asi regresariamos todos. Pero nada ha resultado como lo habiamos planeado, todo se ha complicado. Mi hijo ha vuelto a Caracas; terminé sus estudios en Francia y ha decidido trabajar en Venezuela. Mi hija esta muy enamorada y piensa casarse este fin de ano; por lo tanto, ‘fampoco tiene intenciones de venirse a Chile. Mi fa- milia ha tomado otro rumbo y hemos convenido reunirnos en Venezuela, al menos por algunos afos. Después regresaré con mi mujer a Chile. -2Y mi hijo?, ;qué pasard mientras tanto con mi hijo? Gustavo, debemos hacer algo por él; Andrés no puede seguir en tal estado. 4t —Mariela, lo he pensado mucho. Si le contamos la verdad ahora, le mataremos todas sus fantasias, perdera la magia de su vida. Déjame a mi; ya veras que todo saldra bien. Cada paso siguiente debia darse cuidadosamente. Gustavo estaba tan aproblemado como el nifio. Cada uno estaba obligado a detener sus ensuenos, aunque era preferible que Andrés no lo hiciera todavia. Gustavo pinté durante el resto del dia con toda la fuerza que pudo acumular. Sabia que le faltaba mostrar al nifo el color del invierno. Alatardecer, ya tenia varios trabajos realizados. Eran verdaderamente hermosos y apropiados para demostrarle al nifio que hay belleza en cada momento de la vida, en cada estaci6n del afo, en cada cosa que miramos, porque son nuestros ojos los que embellecen las cosas que nos rodean. Con gran emocion marcé el niinero telefonico de Andrés. Una sorpresa para Andrés —Hola, Enanifero, al fin me llamas. Eres un traidor; has dejado que el invierno !o eche todo a perder. ;Dénde estabas? ;Es que ya no somos amigos? —Por cierto que seremos amigos por el resto de nuestras vidas, te Jo aseguro. Te debo contar que tuve que hacer un viaje urgente a Venezuela y aproveché para traer mas colores para pintar la primavera. No alcancé a despedirme; fue un gran descuido de mi parte y te pido perdén. —-Enanifero, me has hecho sufrir mucho, Pensé que nunca mas me llamarias. -Tranquilo, amigo, debes estar contento, porque traje una gran cantidad de colores. Allé abundan todo el afio y aca se hacen escasos. Como ves, aqui me tienes de nuevo. -jQué bueno!, entonces volveremos a trabajar juntos? ;No te iras nunca mas? ~Es muy dificil decirtelo Andrés, pero 43 temo que me auseritaré de nuevo; no an- tes de dejar pintada la primavera, por supuesto., El nifilo comenzé a sollozar; permanecia silencioso, apesadumbrado, hasta que le contesté con su voz entrecortada: -No me puedes abandonar, Enanifero. Eres el amigo a quien mas quiero. Ademas, le tengo miedo al invierno: no se va nunca y es muy triste y descolorido. —He pintado para ti muchas cosas del invierno, Cuando las veas, te dards cuenta de que no es tan feo, porque !a 44 belleza permanece siempre y depende de nuestro coraz6n. -Qué gusto me da escucharie, Enanifero. Te quedaras por un tiempo, éverdad? Demorate harto en pintar la naturaleza. No hay prisa; ahora que me has llamado, estoy mas tranquilo. -No te preocupes, trabajaré lento para que todo salga mas bonito. La primavera se lo merece, jno lo crees? Quiero contarte algo que pensé en. mi viaje, gte acuerdas de mis estampillas? —¢Me vas a dar otra? ~—No, no, no se trata de eso, es algo mucho mas importante todavia. Pensé que cuando un pintor termina un cuadro, si lo vende a una persona, el cuadro permanece en un hogar y lo disfruta sdlo esa familia y los amigos que los visitan. Si lo vende a un museo, lo admirarén muchas personas, pero no tantas como las que vieron las estampillas. —Comeo los escritores que escriben un libro y esta después en todas las librerias. —Claro, Andrés, eres muy 45 inteligente; también en las bibliotecas y en las casas. Si, es cierto. Nosotros compramos el Papelucko, de Marcela Paz; todos mis compafteros lo tienen. -Exacto, y lo tendrdn por mucho tiempo; y cuando se vendan todos los ejemplares, la editorial hace mas y asunto resuelto. ~¢Qué pretendes, Enanifero? —Hagamos un libro, socio. -iUn libro? -Si, un libro con nuestra historia, con nuestra amistad, con mis ilustraciones y dibujos. ;Me los prestas por poco tiempo?, los necesitaré todos. —Pero me los devuelves, nunca me desprenderé de ellos. —No sélo eso; tendras los dibujos en nuestro libro. —~Seremos personajes? —Seremos personajes, Jos principales, pero nos falta el titulo, itienes alguna idea? ~jPongamosle el Enanifero! 46 Un regalo de Navidad Rapidamente Andrés recuper6 el apetito. Del mismo modo como se fue retirando el invierno, el nifio volvid a sentirse alegre, con 4nimo renovacdo; se afirmaron sus piernas, que adquirieron la elasticidad de antes, y poco a poco se asom6 al jardin. Los brotes de las plantas y de los Arboles anunciaban la llegada de la primavera. “Un verdecito por aqui, otro por alla, jbien, fantastico! ;Vas muy bien!”, exclamaba Andrés ante los numerosos hallazgos del jardin. Por otra parte, el nifio se propuso aprender a leer bien lo antes posible. Debja resolver el problema antes de diciembre, fecha prometida para tener el esperado libro en sus manos. Asi fue como no supo del transcurrir del tiempo, tales eran su ansiedad y excelente estado de animo. Hasta que el dia mas esperado por los nifios llegé finalmente: la Navidad. Su casa se veia hermosa con el arbol navideno tan engalanado. Muchos globos, luces de colores pestafiando, copitos de algod6n, golosinas en un canasto de mimbre pintado de rojo con el mango amarillo y... jmisteriosos paquetes rodeando el drbol! Pero faltaba todavia la aburrida cena concandelabros y musica con campanas y voces de nifios. Andrés parecia un atieta dispuesto a lanzarse a la carrera cuando se diera la sefial. Nunca habia comido tan rapido y se habia portado tan bien en Ja mesa. Hasta que los pa- dres dieron la largada... El nifo corrié hacia el arbol que le esperaba con su ampulosa bondad de estrellitas plateadas y luces de colores. Rompié los papeles y fueron apareciendo los regalos. Un tren a cuerda... ;No! Una pelota... ;No! Un juego de video... ;No! Un robot... ;No! Un vidrio de aumento... ;No! Una linterna... No! jUn libro! ;Si, un libro! -jEnanifero! ;Enantfero! -exclamé Andrés con alegria desbordante. Luego corrié a su habitacién, ignorando el resto de los regalos. 48 -Una pagina en blanco muy dificil de llenar —-comenzo a leer en voz alta. Repitié la frase que iniciaba el libro, siempre en voz alta, sin poder coniener la emocién, y después nada lo detuvo, estaba metido en su propia historia, historia que concluia con un bello dibujo donde aparecia el Enanifero con su nar z redonda y la boina negra cubriéndole la ceja izquierda. Con una mano se aferraba a las plumas de un picaflor en vuelo y con la otra estiraba el pincel hacia la tela, daba los Ultimos toques a un gran cuadro de la primavera, una primavera naciente, brotando recién, como su propia vida, preparaéndose para erecer y llenar el mundo de colores. 49 we ° Ts = = Quy w a [a a del Horizonte Los HOMBRES del Sur vivian desde tiempos inmemoriales arrimados a los cerros precordilleranos. Desde sus chozas se distinguia, con perfecta armonia, la estrecha cintura de la region. Dos cadenas cordilleranas acorralaban la espesura de la selva poblada de arrayanes, coigties, lengas, canelos, lilenes, chauras y, de tramo en tramo, de milenarias araucarias que cumplian con dignidad el resguardo de la serena naturaleza. Bella vida la de aquellos hombres. Realmente siempre, siempre lo tuvieron todo. A pesar de ello, su historia era simple, placida y plena de recurrencias naturales. 53 El transcurso del tiempo, la fijaci6n de los hechos mas importantes de sus existencias, eran medidos por la huella que dejaba en sus conciencias la inevi- table presencia de la naturaleza. Su comunicacién siempre se referia a ella. “Té naciste cuando el rayo cay6 sobre la araucaria”, “aquella vez del tenvporal de viento norte y relampagos”, “en la tiltima nevazén”, los céndores atacaron a los gua- nacos”, “para el florecimiento de los copi- hues”, “después de la granizada”..., asi se comunicaban y eso bastaba. Del mundo poco sabian. Sdlo conservaban vagos recuerdos de otros hombres. Como los que un dia, hace mucho tiempo, conocieron venidos desde mas al sur. Huian de las nevazones y andaban tras la caza de pudwies y huemules. Los ancianos contaban que no hubo discordias con ellos. Intercambiaron semillas, pieles 0 bebieron licor de flores en una larga noche de fogatas. Después partieron hacia mas al norte, tan silenciosos como habian llegado, pero 54 abiertamente amistosos. Jamas volvieron a saber de esos lejanos cazadores, salvo que terminaron formando parte del recuento de su propio tiempo; nada mas que eso. Pero un dia se tronché con violencia el dulce transcurrir de las vidas ¢=2 los Hombres del Sur. El verano ya casi llegaba a su plenitud cuando sintieron el trepidante ruido de una nave muy extrafa. Era un gigantesco pajaro metalico que rondaba por el borde de la selva y recorria con escrupuloso cuidado las inmediaciones de las colinas. De inmediato el temor cruzd de punta a punta por la pequefia aldea. Los ancianos cuchicheaban, se notaban muy preocupados; sabian que debian dar una explicacién a su pueblo, pues siempre recurrian a su sabiduria y experiencia. Aquella tarde el mas sabio de ellos se dirigid a su gente: -Son los Hombres del Norte. Debemos cuidarnos, porque son peligrosos. Han inventado muchas maquinas. Son violentos y ambiciosos 55 Como lo sabes, venerable anciano, si nunca los has visto? -replicé dudoso el Jefe det pueblo. ~Debia guardar el secreto hasta que aparecieran. De nada habria servido si se lo hubiese contado antes. Nunca quise crearles preocupaciones. —jQuién te hablo de ellos? ;Nos haraén dafio? ~pregunto una mujer abrazando a su hijo. ~La vez que estuve en el mar, con mis propios ojos vi cruzar por el cielo, hacia el extremo sur, a una de estas naves. Ademas, recuerdo que mi padre me conté de sus interminables guerras y violentas acciones. Todavia tengo muchos secretos guardados que ustedes algtin dia heredaran. —Pero por qué rondan este lugar y no siguen su camino como los que tu viste aquella vez? —volvié a inquirir con impaciencia el Jefe del pueblo. ~Ya se han ido, no se preocupen mas por ellos. Ademas, es imposible que puedan descender en un jugar tan boscoso y escarpado como el que nosotros habitamos. 57 Sin embargo, tres dias después aparecio en el lugar una nave mas pequefia que la otra, pero de temible apariencia. Sus grandes aspas estremecian las copas de los Arboles, los pajaros huian en desbandada, los nifos corrian a ocultarse en las chozas. Lanave dio unas cuantas vueltas revisando minuciosamente el lugar y después se retir6. Pero dejé entre los lugarefios un sombrio presentimiento. —Ahora no nos queda otra cosa que desarmar las chozas y ocultarnos, por algun tiempo, en ia alta montana. Llevaremos alimentos, unos pocos animales y borraremos las huellas de nuestro pueblo. Después de este consejo del anciano, comenz6 rapidamente el arduo trabajo de la huida. —-Calma, calma, no ternan; ya se iran definitivamente y regresaremos a nuestra tranquila vida -decia el jefe, apurando el desmantelamiento de las chozas; luego agregd con tono autoritario- yo permaneceré en el lugar 58 con cinco de los mejores hombres. Nos ocultaremos entre el roquerio a investigar. Si nada pasa durante algunos dias, iremos por ustedes. Ast lo hicieron. Pasaron otros dos dias y nada anormal ocurrid. Haga que al tercer amanecer, de nuevo la maquina tronaba suspendida en el cielo, a unos diez metros de altura. Desde ella dejaron caer una larga escala trenzada. Bajaron dos, cuatro, ocho hombres. Buscaron una planicie, enterraron estacas, clavaron banderolas amarillas y verdes, hicieron sefiales con sus gorras y la nave descendié levaniando el polvo y la hojarasca de maleza reseca. Con rapidez descargaron instrumentos extrafios y comenzaron a trazar con tierra blanca largas lineas bordeando las colinas y apuntando hacia el interior de la selva. Al anochecer montaron un par de viviendas de lona y encendieron una gran fogata. Desde la distancia, los Hombres del Sur, agazapados entre las tocas, oyeron sus risas, su lenguaje 59 desconocido, su musica estridente, es decir, una nueva forma de vida que aplastaba a la suya. Entonces el Jefe partid, con tres de sus hombres hacia la alta montafia y dejé a dos vigilando el lugar. Sabia qr e debia convocar a otra reunién para buscar la solucién a un problema tan preocupante y desconocido. Cuando dos dias después se encontraba ya con su pueblo entre los pefascos de la montana, regresaron los | j otros dos hombres que se habian quedado vigilando. Con ojos desorbit contaron que vehiculos de gra ruedas y poderosas hojas de reluciente y afilado aplastaban arboles, y que una cuadrilla de homb con picotas, hachas y gigantescos — cuchillos dentados se abrian camino selva adentro -;Qué hacemos, honorables ancianos? —preguntaron todos a gritos con desesperacién. ~jLa guerra, la guerra! -exclamaban los mas jévenes. -No, no, jamas la guerra. Nunca 61 hemos peleado, no tenemos armas, ya nada podra detener a los vandalos que nos asedian. Ya nada se puede hacer. Peor si nos mezclamos con ellos; poco a poco terminariamos esclavos de sus peligrosas costumbres —respondid el} anciano con energia. -Nos moriremos de hambre, no sabemos vivir en la montafia. ;Per qué estamos huyendo?, jdefendamos nuestro territorio! j;A Ja guerra! jA la guerra! -insistian los jovenes, mientras a la distancia los Arboles eran descuajados y la crujidera apretaba los pechos de los Hombres del Sur. Violentas explosiones hacian saltar por el aire grandes rocas como si fueran plumillas revoloteando con el viento primavera. Y el anciano sabio del puebio volvié a hablar casi sollozando. ~Sélo nos resta coger en nuestros cuerpos el resplandor del herizonte. —,{Qué es eso?, jpor qué tanto misterio? Cuenta pronto, jhay algo que nos salve de los intrusos? 62 -No lo sé, pero es la tinica oportu- nidad para defender lo que somos. La selva se doraba con los rayos del sol del atardecer. Cuando las ultimas pepitas de luz se reflejaron en los preocupados rostros de los Hombres del Sur, se oyé de nuevo la emocionada vGz del anciano. ~Nuestros antepasados ~—dijo~ conservaron con gran celo este secreto. Sélo yo lo poseo y debia entregarlo antes de mi muerte, a menos que una terrible desgracia amenace a mi pueblo. Creo que éste es el momento que todos lo escuchen. E] silencio se hacia dramdatico entre los apacibles hombres. Los nifios clavaban sus ojos en el rostro de) anciano, porque intuiant que vivian el momento mas importante de sus cortos afios. ~—Cuando el verano haya llegado a su completa madurez —continué el anciano, aprovechando la expectacién que provocaban sus palabras-, aparece por una sola vez el resplandor del horizonte, pero hay que recogerlo en las 63 montanas de las nieves eternas. Todavia tenemos el tiempo justo. En una semana mas llegaremos al lugar preciso y en una semana mds aparecera también el tesplandor del horizonte. Partames entonces de inmediato. Cuidernos a los débiles, pues el viaje sera peligroso y arriesgado. Si no nos cuidamos, podriamos morir congelados en el camino. Partieron sin gran preparacion. Escalaron con denuedo, envueltos en pieles, protegiéndose unos a otros. Una larga caravana de hornbres, mujeres esforzadas, nifios y ancianos se encaramd por las rocas nevadas y en el camino recibié las ultimas recomendaciones del viejo sabio. —Les advierto que todos vamos a experimentar una gran transformacién. Para que lo logremos es importante preparar nuestras almas; abramos con generosidad sus compuertas; llenémonos de fe, de carifio solidario, de lo que siempre hemos sido. El viento quemaba sus muisculos, la nieve heria sus pies cubiertos con escudlidas pieles, los dias y las noches se hacfan interminables. Hasta que por fin Hegaron a la montaiia de las nieves eternas. Era un atardecer de extraordinaria belleza. El frio y el cansancio fueron olvidados cuando se transparenté ante $us Ojos el extenso manto verdeante de ia lejana selva. Mas alld, otras montafias mas pequefas que las que ellos recorrian; y, mas alld atin, la inmensa franja azulina del océano, quieto, sereno, majestuoso. El sol bajaba lentamente; su esfera dorada fue tomando tonos anararjados, hasta que mansamente se dejé caer sobre la Ifnea del mar. ~Ahora, querido pueblo ~-empezo a gritar el anciano-, todos, sin que falte inguno, extiendan sus brazos al cielo. Abran bien los ojos: verdn algo maravilloso, algo que jamas podran. olvidar. Recuerden, mientras tanto, la larga convivencia con los arboles, con los animaies, con la luvia y las estrellas. Saquen de sus corazones el egoismo, siéntanse uno solo, Amense mas que nunca. El anciano gritaba enronquecido; de pronto, como un fogonazo en el horizonte, desde la misma médula del sol, como una chispa plateada y luminosa, como un hilo de luz encandilante abalanzandose desde el mar y atravesando las primeras montanas, la espesa ramazon de la selva, las ondulaciones de las colinas, las aris- tas de las rocas, las quebradas de las altas montafias, con vertiginosa decision, el resplandor llegé hasta los Hombres del Sur, envolviéndoles en un tibio abrazo. jFue un segundo en un apretado mensaje de eternidad? No lo supieron, porque de inmediato la noche inund6 las montanias; sdlo las estrellas seguian picoteando el espacio, ausentes de las desventuras y suefios de los hombres. La negra noche contribuyé a que no sintieran su cuerpo. Pero sus ropas descolgadas de sus fantasmales figuras fueron e} primer indicio de que estaban 66 empequeneciendo a la mitad de su tamano original, mds abajo todavia, hasta quedar de unos treinta centimetros los més altos. También sintieron que desde sus cinturas, y hacia la cabeza, les crecia una membrana delgada y latente, uniendo sus brazos extendidos, adquiriendo una forma triangular, como una capa que protegia la cabeza ahora mas redondeada y calva. Sus ojos crecieron relumbrando intermitentes; parecian conservar el vestigio mortecino de los ultimos desiellas del resplandor del horizonte. Entonces, el anciano dio un liviano salto sobre una roca y desde allf contempl6 asu pueblo, desnudo, con Ja piel escamosa y tornasolada, con la nueva mirada que posefa, capaz de atravesar la espesa noche que todo lo enceguece. —-Ahora somos pajaros -grit6-, somos peces, somos hombres, somos los unicos herederos de los elementos. Dancemos alegres para dar la bienvenida a nuestras nuevas formas. No teman a nada ni a nadie, porque nadie sabré de nosotros si no queremos 67 que nos conozcan. Porque también somos aire; si, aire puro y transparente como el que respiramos en estas montafias. Después de la danza partieron volando hacia los valles, bajando por las hondonadas, planeando alegremente. Era una misteriosa bandada de seres definidos por la idea de conocer otros lugares, de tener otras experiencias donde pudieran hablar con los peces, con los céndores, con las cuncunas y las hormigas; donde pudieran interpretar el rumor de las hojas de las araucarias y arrayanes mecidas por la brisa de la noche, 68 HNO nn ! Ae ERT Alegres se desplazaban por el cielo los nuevos Hombres del Sur, desplegando sus brazos membranosos, dominando las distancias con sordos aleteos. Y las estrellas, desde la profunda cuenca del espacio, se convirtieron en los unicos testigos de cémo unos hombres en el sur de] mundo fueron capaces de recolectar el resplandor del horizonte. 70 El Hombre “de los Cuatro Vientos Hace MUCHOS miles de miles, o tal vez millones de millones de afios, jas noches eran mas silenciosas, pues la vida no existia aun en ningtin rincén del Universo. Las estrellas parecian piedras preciosas incrustadas en el profundo manto del cosmos. Aunque si mirdramos el cielo en una noche de | verano, ahora llegariamos a una conclusién muy similar. En cambio, en aquellos lejanos tiempos, la Tierra estaba cubierta por una dorada capa de polvo y arena. Las extensas planicies, dunas y colinas 73 LLL cambiaban de forma permanentemente tras el persistente paso de los vientos. Es que vivian en la Tierra los cuatro vientos. Cuatro vientos que soplaban por turnos, sin atropellarse, sin ofuscarse por lo que hacia uno o deshacia el otro. Durante todo el dia y también en la noche, en un afan sin descanso, se dedicaban a dibujar bellas ondulaciones de polvo y arena. Y cuando se sentian de buen humor, levantaban nubes de color ladzillo para formar en el espacio figuras de seres que alin no habian nacido. Con entusiasmo echaban a andar la imaginacién y creaban siluetas y formas que se desplazaban por los valles desolados. Los cuatro vientos se sentian orgullosos de saberse los tinicos elementos capaces de generar suitiles movimientos en la solitaria Tierra. Todo marchaba bien, hasta que un dia el Viento Norte se aburrié de ver desaparecer su trabajo que tantos soplidos le costaba. Como siempre, el 74 Viento Sur le seguia los pasos y de un estornudo desvanecia sus dunas, colinas y nubecillas de polvo. Refunfufiaba molesto el Viento Norte. Se iba a otros valles para realizar su trabajo con tranquilidad, pero alla llegaban el Viento Sur, el Viento Este y el Viento Oeste y cada cual, aprovechando sus turnos, demolia de un suspiro lo que al Viento Norte le significaba tanto esfuerzo. Entonces comenzé a hacer jo mismo que sus compafieros, pero no se sintié bien. Cuando destruia las figuras 75 mee de los demas vientos, sus redondeados pomulos se sonrosaban de vergiienza. No soportando mas la terrible situacion, rugié con furia el Viento Norte Hamando a los demas vientos a una reunién urgente. E] punto de encuentro seria justo sobre las escarpadas quebradas andinas. Y allf se juntaron una mafiana muy temprano, cuando recién el sol recteaba los colores de tanta piedra y roquerio. —Los turnos no dan buen resultado, olvidense de ellos. Ya no soporto ver c6mo mi obra se diluye por la irresponsable accién de ustedes ~rezong6 el Viento Norte muy enojado. ~Yo pienso lo mismo de ti. -Y tti no lo haces nada de mal. —Pero qué podemos hacer si todas las figuras que aparecen en la Tierra nos pertenecen. No tenemos oiro lugar donde soplar. Los reclamos se desplazaron por las montafias, chocaron con los pefascos, se internaron por las quebradas y hondonadas, asumiendo un tono grave y 76 enérgico, para regresar donde ellos se encontraban, como un eco a cuatro voces jamds escuchado hasta aquel momento. -Como ven -conciuyé el Viento Norte- estamos molestos porque nuestras obras nunca perduran. -Entonces creemos algo que viva permanentemente en la Tierra, se desarrolle solo y que no sea destruide por nuestra propia fuerza -sefialé el Viento Sur entusiasmado y angustiado a la vez, por no saber qué podrian hacer que cumpliera tales caracteristicas. El Viento Oeste, tan viajero y conocedor de las interminables rutas de la Tierra, apunté dudoso: ~Y si soplaramos juntos, ;qué sucederia? ~jUna tragedia de consecuencias incalculables! -respondid el Viento Sur con firmeza. ~Tienes razén, amigo. Un choque de vientos provocarfa un estruendo ensordecedor. Generariamos tanta energia, que a lo mejor ni siquiera la podriamos controlar después —declaré temeroso el Viento Este. 72. ~Por algo soy el Viertto Oeste y saben que conozco mucho mundo. Pocas veces me aburro como ustedes: me gusta experimentar. Les prometo que hacer cosas diferentes, nuevas, es bastante entretenido. ~jAcordado! -exclamaron todos los vienttos impulsivamente. Y de nuevo el eco regresé de las montafias, pero ahora con voces animadas y alegres. Pronto comenz6 la fiesta de los cuatro vientos. Cada uno retrocedié a su lugar de origen y desde alli se abalanzé hacia el centro del valle; hacia el punto donde se encontrarian para reventar en un pederoso abrazo. El cielo se iluminé y nacié por primera vez el relampago. Un rayo recorté con violencia el espacio y se enterré en los arenales. —jAllé vamos! -gritaban los cuatro vientos. Y la Tierra se estremecia con las tormentas eléctricas, con los relumbrones de energia desbocada. Nadie habia para asustarse, Nadie 73 estaba para admirarse. Nadie se sentiria dafiado, porque nadie existia todavia. iNadie? Un momento: cosas extraordinarias estaban sucediendo en todas partes. El cielo se empezo a nubiar, no con polvo, sino con diminutas particulas de agua. Los cuatro vientos decididamente habfan perdido la compostura. Empujaron las nubes, se recostaron sobre su mullido lomo o se ecultaron en su espesura preparandose para otro encuentro. Y de nuevo los relampagos, los rayos, pero ahora algo mis... jla lluvia! La primera lluvia sobre la reseca faz de la Tierra. A lo lejos las montafias se cubrieron de nieve, por las quebradas bajaron limpios hilos de agua que fueron uniéndose como brazos amistosos para formar los primeros rios. Fue entonces cuando la Tierra se sintié palpitar como si fuera el unico corazén con vida del. Universo. Pasaron los dias, los afios, los siglos, los milenios y los cuatro vientos se 80 sentian muy regocijados cuando veian crecer las plantas, los arboles, las flores, los animales, siempre cerca de los riachuelos. Los cuatro vientos estaban muy dichosos por su nueva obra. Pero habia mucho que hacer todavia. Era tal el trabajo pendiente, que casi no tenian tiempo para conocer en su totalidad la nueva creaciOn que se multiplicaba por la Tierra, sola y maravillosamente. Hasta que regresaron a sus conciencias las preocupaciones. Com- prendieron que no serian capaces de cuidar lo que habian hecho, solos jamés lo lograrian. Entonces convinieron que debian colaborar para que naciera aiguien que los ayudara a cuidar lo que tanto amaban. No querian por nada regresar a los ingratos tiempos de los turnos, cuando todo lo que hacfan desaparecia sin dejar huellas ni recuerdos. Y se reunieron de nuevo enel lugar que acostumbraban cuando habia problemas importantes: en las montarias andinas, tan hermosas con sus cimas 81 nevadas. Porque todo estaba cambiado: las quebradas recogian las vertientes y numerosos arbustos y animales convivian alrededor de aquellas aguas frescas y perfumadas. También los pajaros ensayaban los vuelos aprendidos de los vientos. -;Quién protegera lo que hemos hecho? -comenzé a hablar el Viento Este, sintiéndose duefio de casa, porque habia nacido en la cordillera de los Andes. -No creo que lo sepamos todavia. Pero pienso que sien a Tierra ha creciclo todo lo que hemos hecho, la Tierra es el lugar preciso para que formemos a nuestro guardian y nuevo compafiero. Asi reflexioné el Viento Oeste, siempre muy sabio y conocedor de tantas cosas. -jPero qué forma tendrd? -pregunté el Viento Norte, muy dispuesto a colaborar. -La forma de nuestra sabiduria, de nuestros sentimientos, de nuestras alegrias -somid el Viento Oeste y agregs-: bajemos a los valles como en nuestros 82 mejores tiempos. Por el camino Henémonos de buenas intenciones; vecordemos lo mejor de cada uno para fertilizar con nuestro espiritu, un punhado de tierra. Ya veremos los resultados; nada malo sucederd si le ponemos todo el ernpenio y la inspiracion. Asi lo hicieron. Suaves soplidos de cuatro vientos fueron formando una figura. Cada soplido portaba un mensaje de viejos trotamundos. Cada vientecillo fue redondeando un cuerpo que lentamente se erguia desde Ja tierra y con la terra. Hasta que por fin aparecid por primera vez la singular figura del Hombre de los Cuatro Vientos. El hombre dio los primeros pasos, imprecisos, dudosos, pero tenazmente exploradores. Cuando sus ojos registraron el impresionante horizonte verde, plasmado de vida, cuatro vientecitos susurraron en sus ofdos. Entonces el Hombre de los Cuatro Vientos apunté con un dedo al érbol, al rio, al pajaro, ala montafia y a cada uno le puso el nombre que ahora tienen. 83 Después se fue caminando hacia el bosque para seguir nominando las hierbas, los insectos y las flores silvestres. Al atardecer se sentia agotado. En unclaro del bosque vio un tranco caido como si fuera un animal dormido sobre la espesa alfombra dei pasto. Se sent6 estirando sus cansadas piernas sobre la hierba, apoy6 la espalca en el tronco, sintiendo su reciedumbre protectora, y pronto sus ojos se cerraron, dejando abierta la invitacion para que sofara con miles de trabajos y viajes, mientras cuatro suaves vientecilios refrescaban sus placidas mejillas. CUENTOS MAGICOS DEL SUR DEL MUNDO _ reine tres cuentos donde la realidad y la fantasia generan expectativas en el publico lector: équién no ha sofiado con tener un amigo que sea capaz de pintar al mundo?, écémo sobrevivieron los pueblos del sur cuando la civilizaci6n Wleg6 con su aplastante tecnologia?, el viento... ées uno solo o son varios? Y si son varios, ¢qué pasaria si se reunieran? HECTOR HIDALGO, reconocido autor de literatura infantil, desarroll6 en esta obra, su mejor faceta sensitiva y comunicativa. Sus creaciones siempre han sido reconocidas por el publico lector y tos docentes: La mujer de goma, El pino en la colina y otros cuentos, Receta para espantar la tristeza y Cuentos magicos del sur del mundo, todos ellos publicados por Ediciones SM. Al partir de F avis ISBN 956-264-235-6