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Fragmento del libro de Ian Gibson. Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado.

Punto de lectura. 2007 Santillana S.L. (páginas 689-691) ISBN 9748-84-663-6929-9

[Nota: A finales de Enero de 1939, tras la derrotade la República, Antonio Machado, su hermanao José y
su esposa Matea con la madre de los machado, Ana Ruiz, cruzan la frontera española por Cerbère e
inician su exilio instalándole en Colliure, en el hotel «Bougnol-Qiintana».
Lo que sigue es la crónica de los últimos días del poeta que murió el día 22 de febrero. Tres días
después moriría también su madre]

«Una tarde baja Machado al salón con una pequeña caja de madera, un joyero. Se lo
entrega a Pauline Quintana y le dice:

- Es tierra de España. Si muero en este pueblo, quiero que me entierren con ella.

Cuando la dueña del hotel trata de hacerle desistir de tal obsesión, el poeta mueve a
ambos lados la cabeza y le dice:

- Mis días, señora, están contados.

Pauline Quintana guardará el joyero hasta su muerte, a los casi 100 años.

La condición de la madre está empeorando. Y la del poeta. «Como mamá Ana estaba
tan mal –recordará Matea Monedero-, yo me levantaba por la noche e iba a verla varias
veces. Una noche, cuando entré en la habitación, ya casi de mañana, observé algo raro
en antonio. Salí y le dije a mi marido: «Pepe, Antonio está muy mal». Pepe se levantó
enseguida. Serían como las seis de la mañana y decidimos que fuera en busca del
médico»
Matea llega poco después a casa de Juliette Figuères que vive en la cercana Rue
Michelet. «Me dijo que estaba muy enfermo y que tenía que verlo un médico- recordará
madame Figuères-. Le dije: «escuche, voy a acompañarle a casa del doctor Cazaben,
que es nuestro médico y que vendrá» Fuimos las dos por él y vino inmediatamente.
Dijo que esra grave. Era asmático y cogió frío en Cerbère. Como tenía asma, le médico
lo encontró muy mal porque tenía una congestión».

Los testimonios concuerdan. «El doctor Cazaben- siguió contando Matea- le recetó
algunas medicinas y nos dijo que no se podía hacer nada. Antonio se moría, de eso ya
no nos cabía la menor duda. A veces se le oía decir: «¡Adiós, madre, adiós, madre!»,
pero mamá Ana que estaba bien cerquita en otra cama, no le oía, porque estaba
sumida en un coma profundo»

¿No le oía? Pero ¿qué sabemos de las largas horas compartidas en aquella habitación
por la madre y el hijo al que, de todos los suyos, más quería? ¿No se despertaría en
algún momento Ana Ruíz, siquiera momentáneamente, para intercambiar con Antonio
alhunas últimas palabras? ¿No estarían unidos sus corazones en trance tan supremo?

Sólo nos contesta el silencio.

Parece ser que el episodio contado por Matea Monedero ocurrió el sábado 18 de
febrero, cuando Antonio «empezó a sentir una gran angustia del corazón» como
escribirá José poco después en su carta a Tomás Navarro Tomás.

Con la madre y el hijo en estado tan crítico se colocó entre las dos camas, según
recuerda Juliette Figuères, «un fino biombo de tela».

Sería alrededor del 20 de febrero cuando Machado, haciendo un último esfuerzo, dictó
a José una carta para su amigo Luis Álvarez Santullano, ahora secretario de la
Embajada de España en París. Le aseguró –según apuntará después el destinatario-
que su salud ¡iba en alza! Y que esperaba verle pronto en la capital francesa. «Esto
decía la letra de la carta – comenta Santullano- , pero los trazos de la firma vacilantes
en temblorosa huida, declaraban que la existencia del Poeta se escaba al más allá...»

Y así fue. Machado entra en coma poco después y muere en su cama el 22 de febrero
de 1939, Miércoles de Ceniza, a las tres y media de la tarde.

(...)

De las últimas reflexiones de Machado apenas sabemos nada. Con una sola
excepción. Unos días después de su muerte, José encontró, en un bolsillo del viejo
gabán, (un pequeño y arrugado trozo de papel). Allí, escritos a lapiz, había tres
apuntes. El primero, las palabras iniciales del monólogo de Hamlet, "Ser o no ser...",
tantas veces repetidas por el poeta en sus borradores. El segundo, un verso
alejandrino: "Estos días azules y este sol de la infancia". El último (con una pequeña
variante en la primera línea), cuatro versos de "Otras canciones a Guiomar (a la
manera de Abel Martín y Juan de Mairena)":

Y te daré mi canción:
Se canta lo que se pierde
con un papagayo verde
que la diga en tu balcón.

Gracias a este emocionante documento sabemos qu, poco antes de morir, Antonio
Machado, transido de dolor por el derrumbamiento de la República, pensaba en la
mujer amada que no pudo ser suya. Y que, intuyendo que llegaba el final, se sintió una
vez más transportado a la Sevilla de sus años primaverales, aquella Sevilla preñada de
oro y azul que fue eterno presente en su corazón de poeta caminante.

¿Recordó también, tan cerca de las olas, la estrofa final de su "Retrato"?¿Se sonrió,
quizás, al cosntatar su ironía y su amarga verdad?

Y cuando llegue el día del último viaje,


y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontrareís a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Nunca tan ligero, él que jamás había poseído casi nada, como al lado del mar de
Collioure en aquellos postreros momentos de su vida, fracsada la gran aventura de la
república que tanto amaba y por la cual tanto había luchado»

Ian Gibson, Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado. Punto de lectura. 2007.
Santillana (páginas 689-691)