Sunteți pe pagina 1din 27

UN MUNDO DE MUJER

UN MUNDO DE MUJER CUANDO ELLAS ME QUIERAN Jordi Mariscal

CUANDO ELLAS

ME QUIERAN

JordiMariscal

UN MUNDO DE MUJER CUANDO ELLAS ME QUIERAN Jordi Mariscal

CUANDO ELLAS ME QUIERAN

Jordi Mariscal

CUANDO ELLAS ME QUIERAN

Jordi Mariscal CUANDO ELLAS ME QUIERAN

Todos los personajes y acontecimientos mencionados en este libro son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Derechos de autor: ©Jordi Mariscal, 2010 Dirección Editorial: Maria Rempel Revisión: Vicente Carballido Maceda Diseño e imagen de cubierta: ©Daniel Sproat, Utopikka, 2010 Maquetación: Barbara Di Candia Collarino Impreso en España – Printed in Spain

Primera edición: febrero 2010 Colección: Un mundo de mujer

© de esta edición:

Flamma Editorial - Infoaccia Primera, S.L., 2010 http://www.flammaeditorial.com/

ISBN: 978-84-937283-2-8 Depósito legal:

No está permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros medios, sin el permiso previo y por escrito de la editorial.

Apreciado lector,

Agradecemos su interés por este libro, que forma parte de nuestra colección Un mundo de mujer la cual pretende reunir un amplio catálogo de obras literarias cuya característica principal es retratar a la mujer de hoy en su cotidianeidad: la vida afectiva, la conciliación familiar, la difícil carrera profesional, las relaciones amorosas, las amistades de ambos sexos, los hijos, los padres, el ocio y las aficiones. Para mujeres, pero no exclusivamente escritas por ellas.

Esta narrativa nos llevará, unas veces, a la visión distanciada de vidas ajenas, otras, nos permitirá reflejarnos en aquéllas; siempre tratando de poner a nuestro alcance unos contenidos cercanos, expresados con sugestiva belleza literaria.

Maria Rempel, editora

Carmen Boullosa, escritora mexicana:

«Narrados con soltura y voz confiable, los cuentos de Jordi Mariscal, de prosa clara y precisa, cumplen más de lo que prometen. No todos son de amor infeliz, pero sí de deseo y de exploración de la mutante naturaleza del mismo. Libro de viajes -de París a algún rincón del campo mexicano-, las elusivas o las persecutorias mujeres terminan por desaparecer siempre, burlándose del título del volumen donde se reúnen: Cuando ellas me quieran».

A mis ex novias

…El problema radica en lo siguiente: para ser felices necesitamos seguridad, cuando resulta que para estar enamorados necesitamos inseguridad.

Frédéric Beigbeder, El amor dura tres años

Índice

Prólogo………………………

….17

Gloria……………………………………

21

Freya…………………………………… 45

Julia……………….…………………

69

Anaïs…………………………………… 97

Lidia…………………………………

123

96

Anaïs

Todavía me pregunto por qué acepté visitar a mis parientes, los Deschamps, en vez de ir a la Costa Brava con Rafa, mi amigo de la

maestría. Era a principios de agosto y, de repente, me encontré aterrizando en el aeropuerto de Ginebra. Seguí las rigurosas instrucciones de

mi tía y tomé el tren hasta Chambéry. Ella me

esperaba en el aparcamiento de la estación

de

tren, con los brazos cruzados, recargada

en

su nuevo BMW negro, deportivo, de color

negro —era una apasionada de los coches—, con gafas oscuras y unos pantalones ajustados,

97

como de adolescente. Cumplí con la rutina de los saludos y subimos al coche. —Estamos muy contentos de que hayas venido —dijo mientras manejaba rápido por una estrecha y sinuosa carretera que se internaba en el bosque—. El clima es buenísimo y casi todos los días tus primos van a nadar al lago. Te va a gustar mucho este lugar. No era un día soleado; una masa de nubes grises luchaba contra los rayos del sol, una batalla desigual en la que acabaría ganando el mal clima. Entonces se quitó las gafas y descubrí unos ojos verdes parecidos a los de mamá. —No vas a reconocer a Anaïs. Creció muchísimo y se está poniendo muy guapa —comentó, orgullosa—. Ya va a fiestas, pero las últimas veces ha llegado tarde y eso me pone muy nerviosa, pero ¿qué se puede hacer?:

¿darle menos permisos?, ¿que se regrese a casa más temprano que sus amigas? No sé, ¿qué opinas tú? No recuerdo qué le contesté, tal vez dije:

«Sí, tienes razón» o «Sí, tía, no se puede hacer mucho», o alguna otra estupidez por el estilo.

98

Me pareció extraño que hablara tanto de su hija.

—¡Anaïs está en una edad muy difícil para sus papás! Pero así es la vida, a todo nos tenemos que acostumbrar, ¿verdad? Me contaba esto como si yo fuera un psicólogo o tal vez por ser uno de los sobrinos mayores que, además, vivía, al igual que ella, fuera de México, y podía por ello entender sus preocupaciones. Nunca imaginé que la casa fuera tan grande. Tres pisos con cinco recámaras, sala, biblioteca, comedor, cocina y un enorme jardín adornado de pinos anchos y altos, algunos de más de diez metros de altura. ¡Y ésta era su casa de verano! Además todo relucía, manteniéndose impecable, como si un ejército de sirvientes hubiera pulido pisos, limpiado muebles y ventanas, quizá eliminando con líquidos especiales y brillosos hasta las huellas digitales. Una limpieza perfecta, incluso molesta. —¡Yuju, ya llegamos. Nous sommes arrivés 7 ! —dijo mi tía en voz alta.

7 Ya hemos llegado. Francés. (N. de la E.).

99

Bienvenues, ya nos moríamos de hambre —apareció Antoine, su esposo, que ahora lucía más canas y una barriga grande en

forma de flotador—. A ver, à table, siéntate, ya luego te diremos dónde vas a dormir.

Al fondo de la mesa estaba mi prima.

Mascaba chicle y sacaba la lengua, paseándola por sus labios, casi infantiles, de un intenso color rojo. —Hola primo —saludó y, como si estuviera peinándose sola delante de un espejo, se acomodó coquetamente un mechón de su pelo rubio que le cubría la frente—. Qué bueno que viniste, lástima que el día esté feísimo —añadió mirándome a los ojos; luego me besó cerca de la boca, y regresó a su silla. Permanecí un instante de pie, inmóvil, y con el corazón acelerado, acordándome de lo que me había dicho mi tía: «No vas a reconocer a Anaïs».

Mi primo Jérôme me saludó sin interés,

y exclamó que tenía hambre, que ya sirvieran la comida. Mi tía lo regañó, diciéndole que ésa no era manera de hablar.

Miré a mi alrededor. En el comedor había una mesa grande y circular cubierta por

100

un mantel blanco. La mesa estaba bien puesta:

platos blancos con el borde dorado, cubiertos plateados, copas altas de cristal y, en el centro, una botella de vino tinto. Apenas me senté, me preguntaron lo que imaginaba: «¿Cómo estuvo el vuelo?», «¿qué tal tu maestría en Londres?», «cuando la termines, ¿te vas a quedar más tiempo en Europa?», «¿cómo está tu familia?», «¿todos bien?». Mis respuestas fueron igual de escuetas y aburridas. Detesto este tipo de interrogatorios o trámites de cortesía. Caroline, la sirvienta, nos sirvió la sopa. Era una mujer callada, de baja estatura y cara arrugada. Empecé a comer mientras escuchaba a mi tío que contaba la historia de los castillos de la región, hablaba con mucha lentitud, como si yo estuviera todavía aprendiendo francés. Anaïs bostezaba y Jérôme jugaba con el tenedor, dándole vueltas, como si estuviera enrollando espaguetis invisibles. El tío Antoine aburría a todos. Yo le dije hipócritamente un par de veces: «C’est très intéressant !». Intentaba cortar el filete de res, pero la carne era chiclosa, repleta de nervios y, para colmo, con demasiada salsa de mostaza, de esa que irrita el paladar y la nariz. El cuchillo, elegante

101

supongo, servía de poco, ya que carecía de filo. Y además, debía cuidar de no salpicar la salsa fuera del plato. Mi tía me observaba. De pronto ocurrió lo que temía: una buenacantidad de salsa de mostaza voló literalmente de mi plato y cayó sobre el mantel. Los ojos de mi tía se llenaron de rabia, mi prima estalló en carcajadas y yo me sonrojé, furioso conmigo mismo. —Disculpa, lo siento mucho —balbucí. Mi tía, pestañeando con rapidez, aseguró:

C’est pas grave. Ce sont des choses qui passent. 8 En el fondo, le hubiera gustado gritar:

«Idiota, sabía que eso te iba a pasar». Traté de limpiar la mancha con la servilleta pero ella me interrumpió:

—Déjalo, luego lo limpiamos. De todo este desbarajuste, lo único positivo fue que Antoine se calló y se dedicó a comer. Sin embargo, mi primita seguía riéndose, burlándose de la situación o de mi cara de inepto.

8 No es nada grave. Son cosas que pasan. Francés. (N. de la E.).

102

Anaïs Christine, arrête ! —le gritó su madre. Se puso seria, pero al poco tiempo volvió

a reírse. —Ça suffit ! —le ordenó mi tía de manera tajante. Comimos en silencio. Ya en el postre, Jérôme nos contó sobre unas nuevas

computadoras que proyectan películas con la misma calidad que en el cine. Monotemático

y

aburrido como su padre. Durante el resto de

la

comida observaba a menudo la mancha de

mostaza, y mi tía también. Dos días después, cuando el cielo por fin se despejó, fuimos al lago. Llevábamos todo ese tiempo encerrados en la casa, mirando la

lluvia, viendo películas o comiendo chocolates

y dulces. Me moría de ganas de salir de la

casa, harto de estar siendo vigilado por mi tía, pendiente de que no cometiera yo otro desmán.

Fuimos en bicicleta, igual que en las siguientes ocasiones, Anaïs, Jérôme, su amigo Christophe

y yo.

Al llegar al borde del lago, tendimos las toallas sobre el pasto de un pequeño prado rodeado de pinos. Jérôme y su amigo

103

se tumbaron boca abajo y se quedaron ahí en silencio; tal vez dormían o lo simulaban. Creo que en plena adolescencia hay poco que

decirse: fútbol, chavas, fiestas o algún chiste y poco más. Anaïs me contaba de su perro, un cocker inglés, que tuvo hace unos años, y que murió ahogado en ese mismo lago. —Un tiempo dejé de venir a nadar. Tenía malos recuerdos —dijo. Al escucharla, me di cuenta de lo que había cambiado. Podía hablar con seriedad,

o bien sonreír de manera juguetona, deseosa

de experimentar las oportunidades que le presentara la vida, sin miedo a ser rechazada. Al contrario de mucha gente que, como yo mismo, con los años y los fracasos tomamos distancia y evaluamos a la persona de lejos para ver si nos acercamos o alejamos. Parece

que la revisamos con una lista de acciones (ésta

sí y ésta no) para descifrar si nos acepta y nos

quiere. Anaïs no pensaba de esa manera:

irradiaba frescura, muy segura de sí misma. Me gustaba verla así: con una camisa color crema que llevaba una florecita rosa estampada en el centro, y sus piernas largas, blancas, sin vello,

104

estiradas para recibir el sol; una piel inocente, exenta de cicatrices, que parecía decir que la vida es fácil y bonita. Jérôme me preguntó si quería jugar fútbol. —No, estoy muy cansado; además ya no juego —respondí. Me miró con incredulidad y se fue con su amigo a la parte más descampada. Me quedé con la vista clavada en Anaïs, feliz de estar con ella.

—¿Te gusta mi bikini? —me preguntó ella tras quitarse la camisa. —Sí, mucho —sonreí, mirando su bikini de motitas azules— Te queda muy bien. —Después me quedará mejor. —Se paró

y elevó la pierna derecha a la altura de sus

hombros en una posición de bailarina de ballet. —Deja de verme, y vamos a nadar —me jaló de la mano— ¡Vamos, vamos! La seguí torpemente, intentando disimular

la erección que acababa de nacer en mí. Había

sido tan rápido, como cuando se iza una bandera en segundos, y ésta ondea felizmente.

Nos metimos al agua. El lago se extendía sin arrugas, y se parecía a una manta verde que

105

se cortaba con nuestras brazadas; éramos dos

tijeras que avanzan hacia el centro rompiendo

la armonía de la mañana. Mi pene, erecto debajo

del agua como una quilla, quería acercarse a mi prima, a sus pequeñas nalgas. Sin embargo, el agua fría poco a poco lo fue calmando; y, junto con el esfuerzo de nadar rápido, logró regresar a su tamaño normal. —¿Por qué nadas tan lento? —me dijo, riéndose. —No te quiero ganar, te estoy dando chance —hablé con la voz entrecortada por el esfuerzo. —¡Ya, viejito, apúrale! —y volvió a reír. Era una risa limpia como esa agua fría de las montañas, y como todo lo que hay en la vida antes de que los años nos contaminen. Anaïs parecía formar parte de la naturaleza: daba unas espléndidas brazadas, deslizándose rápido y con suavidad. Se acercó

a la única roca que sobresalía del agua y se

subió a ella; me hizo recordar la escultura de Copenhague llamada la Sirenita. —¡Apúrale viejito! —decía encantada

desde ahí.

106

Yo pataleaba sin coordinación como un perro que no sabe nadar, deseando que me lanzara un salvavidas con una cuerda y me jalara hasta la roca. Cuando por fin la alcancé, me faltaba aire. —Ay, primo, no aguantas nada —dijo, mientras me observaba con su cara angelical— Claro, como te la pasas de borrachito en Londres. Tienes que hacer más ejercicio. Me dio un beso en la mejilla, y miró al otro lado del lago, como si estuviera buscando algo, tal vez una lancha que nos recogiera. —¿Sabes qué quiero ser de grande? —preguntó. —Empresaria —contesté sin más—, como tu papá. —No seas tonto. Eso me da muchísima hueva. «Modelo, actriz, cantante —pensé—, o de plano, ama de casa.» —Una estrella de cine porno —dijo sonriendo.

107

Interese conexe