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Pilar González Bernardo

LA “IDENTIDAD NACIONAL” EN EL RÍO DE LA PLATA POST-COLONIAL.


CONTINUIDADES Y RUPTURAS CON EL ANTIGUO RÉGIMEN.

Problema de la formación de los estados nacionales y del “nacionalismo”, en el que se han hecho avances
sustantivos (historiográficamente), de los que destaca el poner el acento sobre el carácter histórico y
arbitrario de la nación moderna. Ello permitió avanzar en el estudio del proceso histórico de construcción
de los estados nacionales, como en el de la constitución imaginaria de la nación como “comunidad de
pertenencia”. La autora separa estos dos aspectos del problema, en base a una primera hipótesis: la
posible existencia de una “nación identitaria” que preceda la construcción del estado nacional; hipótesis
que parte de una constatación histórica: la formación tardía de de los estados nacionales en
Hispanoamérica.
Para que exista un estado-nación se necesitan habitantes leales y sometidos al poder, un estado que
debe ejercer un control coercitivo sobre la población e integrar los diferentes espacios regionales a una
economía nacional, desarrollando al mismo tiempo las instituciones “nacionalizantes”. Según estos
criterios, salvo Chile, Brasil y bajo ciertos aspectos México y Paraguay, las condiciones mínimas para la
existencia de una nación no están cumplidas hasta la segunda mitad del XIX. Hasta esta fecha no hay,
propiamente dicho, ni estado, ni nación, en el sentido que damos actualmente a ambos.
Reflexión sobre el período de “transición” en que en el Río de la Plata se invoca la nación como
sujeto de soberanía, sin que exista ni un estado como realidad política y territorial al cual pueda asociarse
un sentimiento común de nacionalidad, ni una sociedad compuesta de individuos libres e iguales. Esto
llevo a Chiaramonte a afirmar la inexistencia de una nación y una identidad nacional durante la primera
mitad del siglo XIX. Este autor considera la visión opuesta como anacronismos de la historiografía
liberal, al “proyectar sobre comienzos de siglo lo que será su resultado”. Para la autora, al denunciar un
anacronismo comete otro: suponer que el modelo de nación identitaria que se da hacia fines del siglo XIX
es el único que permitió la identificación con la idea de nación. El no encontrar a comienzos de siglo un
nacionalismo del tipo de fines, no es prueba suficiente de la inexistencia de una representación nacional
de la comunidad e incluso de un discurso de la nación en cuanto a las identidades colectivas. Los
estudios sobre la nación no parecen tener cuenta de ellas, pues se tiende a confundir formas de
pertenencia e identidad con el discurso sobre la nación. Existe una necesidad de conjugar históricamente
no sólo la representación de la nación en tanto comunidad de pertenencia sino también el tipo de
identidades que le son asociadas.

La nación como comunidad política


Un concepto de “nación” surgido con la revolución es el de la nación como sujeto de soberanía.

Movilización patriótica de los “pueblos” en representación del rey ausente, es en sí un hecho


revolucionario. La soberanía de la nación plantea el problema de su representación. Ésta arrastra con ella
el problema de la igualdad entre españoles y criollos, pero también el problema del sujeto de
representación: para los americanos éste será la nación como principio de igualdad, no cultural (étnica)
sino política. En el imaginario social de la época, una nueva representación social se forja al ritmo de los
acontecimientos políticos. La nación invocada es la sociedad soberana, entendida como comunidad de
individuos ciudadanos. Mutación cultural que hace posible a la nación como sujeto de soberanía, y luego
como pacto constitutivo de la sociedad. Ruptura que no hay que pasar por alto cuando se estudia la nación
identitaria. ¿Por qué hay que suponer que la nación identitaria tiene que ser necesariamente una
manifestación de la “comunidad étnica”? En toda Hispanoamérica primó durante el primer período
independiente una definición de la nación fundamentalmente política. Con ello los americanos confunden
la nación con el estado, pero la nación no se limita al estado, es también la sociedad, pero ello en buena
medida gracias a la permanencia de antiguas identidades que vienen a asociarse a la nación como
comunidad política de permanencia.

El problema de los orígenes identitarios de la nación argentina


Estudios sobre la nación: hasta hace poco seguían el modelo interpretativo de la historiografía liberal del
siglo XIX, como ser Mitre. Tesis liberal: porque la identidad criolla venció a España, los americanos
lograron su independencia. A principios del siglo XX esta identidad fue “nacionalizada”: argentinos,
chilenos, vencen a España, o sea que los habitantes de un territorio cuya unidad política se establece a

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partir de fronteras culturales son los que declaran la independencia. Anacronismo, queda por estudiar el
problema de la relación que se establece entre las antiguas identidades y la nación que los nuevos
gobiernos republicanos dicen representar. Hay una permanencia, luego de la independencia, de múltiples
pertenencias de la población que no sólo no corresponden a la idea que tenemos de “nacionalidad”, sino
que incluso pueden ser contradictorias. ¿Son estas permanencias un indicio de la inexistencia de una
identificación cualquiera con la nación como principio de soberanía y pacto constitutivo de la sociedad?
No para la autora, ella lo ve como un modelo interpretativo muy rígido, aunque ciertas situaciones
históricas pueden funcionar como fuerza de agregación de diferentes pertenencias, dando un sentido
único a las diferentes identidades, sin por ello invalidar las diferencias en su origen. Ejemplo: Patria, dos
criterios de pertenencia asociados durante la independencia, aunque contradictorios:
1- Pertenencia a la comunidad política antigua, la ciudad (pueblo).
2- Pertenencia a la patria que la revolución dice encarnar.
Por eso es necesario plantear el problema de la nación identitaria a partir del estudio de las múltiples
pertenencias de la población.
Identidades políticas: remiten tanto al apego a la patria republicana, como a las identidades políticas
tradicionales territoriales: reinos, provincias, ciudades; ambas aunque contradictorias coexisten durante la
primera mitad del siglo XIX1. Si bien se trata de una forma identitaria que supone la negación de la
nación moderna, ha servido para imaginar esta nueva comunidad política. Otro caso de permanencia es el
que hace a las identidades étnicas, por ejemplo, la identidad criolla, si bien no estaba fundada en un
sentido estricto en un criterio étnico; podría preguntarse si la nación evocada por los revolucionarios no
era bajo muchos aspectos una identidad criolla revestida de revolución. Es sobre todo a través de la
noción de “civilización” que la identidad criolla va a imprimir sus rasgos étnicos a la nación identitaria.
Cuando un conflicto opone claramente dos grupos étnicos, la civilización es sistemáticamente
identificada con la acción de los “criollos”, por ejemplo, la guerra de Sarmientos contra gauchos y
rebeldes, guerra contra los araucanos, etc.
El repertorio de permanencias de antiguas identidades que vienen a asociarse a la nación moderna es más
amplio, ejemplos: comunidades de creencias, vínculos entre religión e identidades comunitarias.
Existe un tipo de identidad comunitaria particularista, que permite la identificación de los habitantes con
la nación como fundamento del poder político y principio constitutivo de la sociedad. El hecho de que la
“nacionalidad argentina” que resulta de un proceso histórico no preceda a este proceso es cierto (Tesis de
Chiaramonte), pero no resuelve el problema de saber como y porque la población se identifica con el
proyecto político nacional. Necesidad de abordar el problema de la nación identitaria desde una
perspectiva diferente, que consiste no sólo en buscar los elementos de una “identidad nacional” incipiente
en las nuevas representaciones sociales, sino también en analizar las manifestaciones identitarias de una
población que se reivindica como nación soberana, a partir de fronteras geográficas y culturales
imprecisas, y de sentimientos de pertenencia que a nosotros se nos hacen refractarios al surgimiento de
una identidad nacional. Partir del supuesto de que los canales a través de los cuales la población se
identifica con la nación se identifica con la nación son diferentes de una sociedad a otra, y que estas
diferencias no marcan grados de madurez en la construcción nacional, sino que son indicios para estudiar
la configuración de los imaginarios colectivos que llevan a la población a identificarse con la nación.

Las nuevas figuras identitarias de la nación: la sociabilidad y la civilidad

Pone acento en las permanencias, pero no para afirmar que la “identidad argentina” se inscribe en una
línea de continuidad con la identidad colonial. Lo que cambia con la revolución no son tanto los
componentes de las identidades colectivas, sino la arquitectura identitaria de la sociedad. Las viejas
identidades comunitarias persisten, pero la nación –como nueva sociedad de individuos soberanos- se
define ahora en el marco de la sociedad civil, a partir de nuevos vínculos sociales que implican nuevas
figuras identitarias. En este sentido las viejas y nuevas identidades que suponen representaciones
comunitarias en contradicción, cohabitaron sin plantear mayores dificultades, un ejemplo de esto es
Sarmiento (ver).
El sentimiento de pertenencia nacional debe primar sobre las pertenencias particularistas, pero no
necesariamente reemplazarlas; para la construcción de esta sociedad nacional se requiere de los
individuos un sentimiento racional de la patria que hace de la esfera pública el único ámbito a partir del
cual la nueva nación se hacía pensable. La necesidad de desarrollar este sentimiento de pertenencia era
más urgente en el Río de la Plata, porque aquí el pacto fundador de la comunidad política no logra tomar
forma. Chiaramonte tiene razón en señalar las consecuencias identitarias de los fracasos constitucionales,

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Para mí (Horacito) no son necesariamente contradictorias, mientras que para el amigo Guillermo
Massey si lo son, pues unas hablan de Antiguo Régimen versus modernidad….

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pero las concepciones rivales de la soberanía que explican el fracaso de las tentativas constitucionales no
anulan toda identificación con la nación, sino que obligan a pensarla de otro modo. Río de la Plata: nación
identitaria cuyas configuraciones imaginarias difieren de aquellas que se encuentran en otros territorios
del ex-imperio español.
Dos figuras identitarias claramente asociadas a la nación
1- Noción de sociabilidad: que tiene como función la de asociar la idea de comunidad a la de
vínculo contractual, a partir del cual se funda la metáfora asociacionista de la nación como
comunidad política de pertenencia. Será la generación de 1837 la que claramente vinculará la
idea de desarrollo de una nueva sociabilidad con la constitución de una sociedad nacional. La
acepción que estos dan al concepto de sociabilidad no se refiere a formas de relacionarse entre
los hombres, sino al resultado de éstas, es decir a un principio de cohesión social que sirve de
fundamento de la sociedad contractual, que está vehiculando la nueva representación de la
comunidad política. Ya no como resultante de un pacto de sujeción, sino como fruto de esta
“sociabilidad” que supone la existencia de una comunidad de individuos racionales, libres e
iguales y la “sociabilidad” como principio de nacionalidad –pertenencia a una comunidad
política- se define a través de un concepto aún más universal: el de civilización.
2- La segunda figura identitaria asociada a la nación: civilidad como práctica de pertenencia
comunitaria, cumple una función doble: servir de criterio de distinción social para las elites que
pretenden encarnar la nación, y al mismo tiempo permitir pensar el vínculo nacional a través de
la adquisición de comportamientos civiles que sirven tanto para pacificar a la sociedad como
para asociar a la nación con el movimiento de la civilización. La identificación con la nación
como comunidad de pertenencia se opera a través de relaciones de civilidad que sirven como
criterio identitario.
Estas figuras identitarias tienen como función principal la de identificar a la nación como comunidad
de pertenencia con la sociedad civil como sociedad de derecho natural. Esta parece ser una de las
principales especificidades del imaginario nacional en la región. Grandes diferencias con las figuras
identitarias del rosismo, que se construyen contra la noción de sociedad civil y de derechos naturales.
La dificultad que encuentra Rosas en vencer a la oposición liberal que logra finalmente monopolizar
la nación identitaria proviene de su dificultad de pensar al individuo y a la nación como sociedad
civil

A modo de conclusión
¿Existe entonces una “identidad nacional” en el Río de la Plata durante la primera mitad del siglo
XIX? No, en esos términos no. Sería disparatado afirmar que existe una identidad común al conjunto
de los habitantes de los territorios que hoy forman Argentina, pero lo sería igualmente pretender que
no existen relaciones entre las múltiples pertenencias e identidades colectivas y el proyecto de
construcción de una nación en la región.
Intención del trabajo: mostrar la necesidad de conjugar históricamente la representación de la nación
como el tipo de identidad que le son asociadas a fin de romper con la estructura monista que impide
imaginar los componentes múltiples y variados de una experiencia histórica. Pretende introducir dos
elementos en la discusión sobre la creación de la nación como comunidad de pertenencia:
1- Recordar la especificidad de la nación invocada durante el período. Se trata de una definición
político cultural de la comunidad de pertenencia que se presenta como superación de lo étnico,
ello no necesariamente excluye la dimensión identitaria.
2- Señalar la particularidad de este representación de la comunidad nacional como sociedad de
individuos que lleva a que la sociedad nacional sea imaginada en el marco de la esfera pública,
tomando de ésta las principales figuras identitarias. Lo cual supone que la manifestación de
permanencia de viejas identidades no es en sí indicio de la inexistencia de una nación identitaria,
puesto que ésta se piensa como superación de las anteriores lo que permite la coexistencia de
identidades.

NACIÓN IDENTITARIA: noción que la autora usa para hacer referencia a la nación en tanto que
comunidad de pertenencia, a fin de distinguirla de las otras acepciones del término que aparecen en el
texto: nación-estado, nación-etnia, nación-democracia representativa (p. 109).

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Este texto se debe contraponer necesariamente con los de Chiaramonte.

[Pilar González Bernardo, “La “identidad nacional” en el Río de la Plata post-colonial.


Continuidades y rupturas con el antiguo régimen”, en Anuario IEHS 12, Tandil, UNCPBA, 1997,
pp. 109-122.]