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Sergio C. Spinelli

Cuentos para leer gratis del libro Cuentos Iniciales

http://www.sergiospinelli.com.ar

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soy un modesto, modestísimo obrero del pensamiento, que acopio y ordeno materiales para que otros que vengan detrás de mí sepan aprovecharlos. La obra humana es colectiva; nada que no sea colectivo es ni sólido ni durable

Niebla, de Miguel de Unamuno (1864-1936)

Revisión:

Mzo. 2012, empachumu

enjoy it !!!

;o)

keywords= historias, cuentos, relatos, cultura, literatura, narrativa, cuento, prosa, ficcion, terror, suspenso

<!--- Start of Note and / or Warning ---> Todo empezó cuando al empezar a leer el contenido del sitio web, estaba interesado en terminarlo, pero debía continuar con mis deberes temporalmente suspendidos.

Me tome varios minutos más en bajar cada una de las páginas web para leerlas después, en mi tiempo libre. Mi mejor amiga y compañera, o sea "mi chica", me dio la idea de ordenarlos en un sólo archivo de texto, y de esta manera leerlo de continuo.

Una vez terminada la lectura, en mi equipo portátil HPC720, le mencione la grata lectura que había hecho. Me solicitó le "pasará" el archivo resultante. Al finalizar su lectura, me dijo algo similar a lo que primeramente le había mencionado.

Y con la finalidad de compartir el gusto de la lectura del archivo indicado con los demás integrantes de la comunidad, he "subido" este documento, en un principio como TXT, pero para mejorar la calidad de vista del mismo, lo he convertido como PDF.

En este texto digital se ha puesto el mejor empeño en

ofrecer al lector una información completa y precisa

se ha respetado, en lo mejor posible, el sentido y el estilo ortográfico

utilizado por el autor, respetando la grafía de los textos obtenidos de Internet ---de sitios públicos y/o traducciones propias de fans--- incluidos los "posibles" errores ortográficos

Por tal motivo

Solo para uso personal, con fines didácticos, educativos y/o similares. Sin ánimo de lucro.

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Sergio C. Spinelli

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L O S

A M A N T E S

Este cuento es el último de los que fueron escritos en otras épocas, ya muy atrás en el tiempo.

No te dejes llevar ni por lo que dice ni por cómo lo dice. Es más un juego que un acto literario. Poco de lo que dice es cierto, a diferencia de los otros. Parece cruel, pero no lo es. También parece sucio, y sí, es sucio.

Es el único en este estilo y no tiene un significado oculto. Es, simplemente, un

juego

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Rodolfo Quinteros tenía 28 años en ese entonces, era hijo único y vivía con su madre. Cada día se subía al colectivo atestado de gente con el mismo rostro hosco y taciturno tras sus gruesos cristales verdes. Bajaba y caminaba con ese típico modo de caminar desgarbado que tienen los hombres extremadamente flacos. Desde la parada del colectivo recorría las cinco cuadras hasta el banco mirando continuamente al piso, indiferente a los ruidos endemoniados de esta implacable ciudad. Había nacido en La Paternal pero la familia Quinteros se mudó al barrio cuando Rodolfo tenía ocho años. Ya desde temprana edad evidenciaba su timidez, era extremadamente huidizo y parco en las respuestas. Sus ojos pequeños siempre estuvieron semiocultos detrás de gruesos cristales de aumento, haciendo aún más conmovedora su imagen.

Los chicos del barrio lo apartaban por su apariencia frágil y por su falta de personalidad. Tras los gritos de ¡traga! ¡traga! los niños, crueles desde su pequeñez e ignorancia, lo acusaban por ser uno de los mejores alumnos del grado. Más de una vez recibió una paliza por el solo hecho de ser y estar. Yo me compadecía, pero poco podía hacer con mi cuerpito flaco y débil, parecido al de él, pero un poco más bajo. Sólo tenía la decisión y una pizca de coraje y así, cuando ya no soportaba que recibiera los golpes sin hacer nada, me interponía y amenazaba con denunciar al agresor. De esa manera alguna que otra golpiza pude evitar. En realidad, eso era

posible gracias a Marcelo, un muchacho gangoso y robusto, quién no asistía a clase con nosotros porque era mucho mayor de lo que en aquel entonces éramos, y como vivía casi exactamente frente a mi casa, se había tomado la labor de cuidarme y que no me sucediera lo que a Rodolfo. De esta manera, como la fama de Marcelo de mano pesada y mirada de acero tras las palabras casi imposibles de entender habían llegado a varias cuadras a la redonda, se cuidaban mucho de atacarme. Al tomar bajo mi tutela a Rodolfo, casi con certeza que si algo pasaba, Marcelo en algún momento encontraría al agresor. No nos unía ningún afecto con Rodolfo, ningún lazo de amistad había podido establecer con aquel ser taciturno tras los cristales que empequeñecían aún más sus pequeños ojos. Era tan impenetrable que nadie sabía mucho de él y eso ayudaba para que los chicos se enardecieran.

Su padre abandonó la pequeña familia cuando Rodolfo tenía doce años. Al día siguiente de su cumpleaños se marchó con la mejor amiga de la madre de Rodolfo, una tal Anita, entrada en años y en kilos. La señora Quinteros perdió la razón junto con su matrimonio, se internó en algún lugar de su propia mente para nunca más salir. Permanecía continuamente en cama y a menudo se ensuciaba encima. La hermana de la señora Quinteros llegaba cada día cerca de las nueve de la noche para bañarla, cambiarla y darle algún alimento, tarea que Rodolfo hacía todas las tardes con mucho dolor y esfuerzo. Pero por más que pusiera todo su empeño, su tía, una mujer mucho más vieja que su madre y realmente fea, siempre le gritaba y hasta le pegaba algún cachetazo que otro porque Rodolfo comía muy poco y tenía que tirar la comida.

Madre e hijo quedaron bajo la protección económica de un antiguo amigo y compañero de correrías del señor Quinteros, el señor José Peralta, quien, desde que conoció a la que después fue la mujer de su mejor amigo, se había enamorado de una forma enloquecedora. A partir de la desaparición del señor Quinteros, Peralta aparecía una vez por semana con un ramito de flores robada en algún jardín de los que abundaba el barrio, algún juguetito barato que Rodolfo terminaba tirando a la basura siempre, y un fajito de billetes que deslizaba por la cajita de los ahorros mirando al niño con ojitos de rata. Nunca le hizo faltar a Rodolfo las palmaditas en la mejilla que hacían que el chico se mordiera el labio inferior, de pura rabia contenida. Después, Peralta se miraba en el espejo del comedor, se pasaba la mano sucia por el cabello engominado y luego entraba en la habitación de la madre silbando bajito. Rodolfo seguía escuchando el silbido mientras Peralta desde el otro lado de la puerta giraba la llave en la cerradura. El niño se quedaba con la vista clavada en la puerta empecinadamente cerrada mientras escuchaba ruidos acompasados y suspiros entrecortados, mantenía los dientes fuertemente apretados y un odio sordo latía entre sus sienes. Un sentimiento que, con el pasar de los años, crecía y crecía, y había logrado que cierta llamita de vida brillara en sus pequeños ojitos.

Año tras año Peralta continuó con sus visitas semanales, y con cada visita llevaba el eterno ramito, la baratija para Rodolfo que crecía velozmente recibiendo las

palmaditas en la mejilla, y el fajito de billetes que terminaba en la caja bastante maltrecha. Hasta que la señora Quinteros decidió escapar de todos pero principalmente de sí misma, muriendo en brazos de Rodolfo mientras la cambiaba. Tosió brevemente, lo miró a los ojos ---Rodolfo aún hoy jura que lo reconoció--- y así, como quien cierra un libro que ya no quiere seguir leyendo, murió.

Luego del sepelio Rodolfo se encerró durante cinco días. En el banco, preocupados por su ausencia porque jamás había faltado en sus seis años de trabajo en el lugar, llamaban insistentemente por teléfono, que sonaba y sonaba. Cuando llegó el día de la visita semanal, Peralta entró sin flores, baratija ni billetes. Y sin una palabra se sentó a la mesa del comedor, justo frente a Rodolfo, quien lo miraba con el seño fruncido. Después de unos minutos Rodolfo se levantó despacio y también sin una palabra, en silencio, se metió en el dormitorio. Peralta titubeó un instante, un fugaz momento que desapareció enseguida. Se levantó y fué detrás de Rodolfo. Cerró la puerta silbando bajito.

La madre de Rodolfo, desde un retrato de madera y con rostro sonriente, sobre la repisa del comedor, tenía la vista clavada en la puerta empecinadamente cerrada mientras escuchaba ruidos acompasados y suspiros entrecortados.

© 2006 Sergio C. Spinelli

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2

B O C E T O

Suelo dibujar hasta muy entrada la noche. Infaltables compañeros, el cigarrillo y el café velan mi labor nocturna. Afuera, en la calle empedrada, los automóviles dejan su rastro de humo como fantasmas apurados en desaparecer en el aire dulce de marzo. La ciudad duerme y oigo su lento respirar bajo el manto oscuro de la noche salpicada de estrellas y recuerdos. Mi casa, pequeña y baja, es una isla de luz en la inmensidad de la noche. No tengo muchas cosas. Dibujo sobre una mesa vieja de madera noble y dura, gastada por el roce de los manteles y las hojas, incontables desayunos sin terminar y multitudes de imágenes como pedazos de mi propia existencia. Más allá está la computadora latiendo con su corazón de silicio y cristal, intrincada red de cobre y plástico acercando mundos distantes y extraordinarios, inalcanzables si no fuera por la maravilla de las iridiscentes perlas rodando velozmente por el hilo telefónico.

En ciertas ocasiones dejo la labor artesanal del dibujo a pincel para sumergirme en ese mundo de colores luz y pinceles de electrones aislándome del mundo que me rodea para salir, paradójicamente, al mundo de las infinitas posibilidades de comunicación. Autismo circundante, comunicación redundante, soledad, de todos modos. El tablero de dibujo duerme allí, en un rincón, solitario testigo de mi dolor. Todavía está el boceto sin terminar, amarillento y cubierto por una delgada capa de polvo de años, luna y amor. Nunca más toqué el tablero y su dibujo pegado como una segunda piel, esperando incansablemente que ella lo termine, que le dé el álito de vida con su mano de marfil. Sus ojos verdes salpicados de oro y miel lograban que mis trazos fueran mas fluidos, etéreos seres que se deslizaban raudamente logrando intensos paisajes de tinta y acuarela. Su cabello rebelde y dorado se reflejaba en mis ojos miopes de leer y dibujar como un poseído y sus labios, sus eternos labios iluminando todo cuanto tocaba con su sonrisa de perlas.

Un día apareció allí, parada en el marco de la puerta y con el sol como una aureola de oro tras su cabeza coronada de negro azabache. Quiero aprender a dibujar, dijo con voz femenina y serena. Yo también, le respondí. Su risa me estremeció. Y desde ese momento la amé.

Fueron días intensos los que siguieron. Nos amábamos a cada instante, en cada lugar, y a toda hora. Una tarde de verano mientras terminaba una ilustración para un libro de cuentos para chicos ---un dibujo fascinante que ella había pensado y yo había desparramado sobre una hoja de papel francés hecho a mano, esos de bordes irregulares y textura intensa--- nos rozamos levemente los dedos en un ademán

descuidado, y bastó para encender la hoguera y llenar de chispas y luz la casita pequeña y baja en la que comencé a conocer la felicidad. Nos tiramos al piso y casi nos arrancamos las ropas, riendo y besando, palpando y suspirando. Hicimos el amor frenéticamente primero y dulcemente después, como sumergidos en un mar dulce y tibio. Sentía su corazón latir como los pasitos de una bailarina clásica, su boca húmeda y tierna pronunciaba mi nombre paladeando cada letra y su cadera creaba mundos en cada movimiento. Su piel, dorada, me fascinaba. Recorría con mis labios cada centímetro, inspeccionando, hurgando, incorporando cada célula a mi propia memoria. Mientras alcanzábamos la cima, la cumbre, la estratósfera de la pasión, abrazados y empapados de amor, golpeamos el tablero y el frasco de tinta china rodó. Detrás del frasquito vinieron los pinceles, las espátulas, el vaso con agua, la huevera con los colores preparados listos para usar, las gomas, tijeras, cortantes y cuanto elemento de dibujo teníamos allá arriba. Terminamos pintados con acrílicos y tinta china bajo un charquito de colores y sudor. Desde esa tarde no hacíamos, pintábamos el amor.

Se mudó a casa al mes de conocernos, y desde el primer momento que compartimos parecía que nos hubiéramos conocido desde siempre. Después de tantos años de soledad tamaña felicidad me aturdía. Pintaba y dibujaba poco, pero mejor que nunca. Ella aprendía rápidamente, tenía talento y lo desarrollaba a pasos agigantados. Me quedaba colgado de sus pestañas mientras ella seguía con la mirada el trazo de su pincel, seguro y cargado de emoción. Mis amigos no podían entender como un cosaco como yo había cautivado semejante exponente de mujer, culta, inteligente, extremadamente bella, cariñosa, dulce, comprensiva, y cuanto adjetivo pueda desear un hombre para una mujer. Ella era todo.

Un amanecer, en una fiesta organizada por mi amigo Javier, abogado de profesión y alcohólico por elección, nos sorprendieron pintando en la escalera que llevaba hacia la terraza. Un poco avergonzados, quisimos disculparnos pero Victoria, la esposa de Javier y descubridora de nuestra pasión por pintar el amor, nos obligó a encerrarnos en su cuarto y no salir hasta haber desfallecido de cansancio. Hombres y mujeres nos admiraban, nos envidiaban un poquito también.

Y una noche se fué. El automóvil desapareció en el aire nocturno llevándose su vida y mi felicidad. Cuando escuché los frenos gritando al horror salí con el corazón apretado. La ví acostada en la acera como si se abrazara, como si quisiera aferrarse a su propio cuerpo que la estaba despidiendo. Me acerqué corriendo y quise tomarle la mano pero no veía bien. Tenía un océano en cada ojo, y los caballitos de mar y las estrellas pugnaban por salir. Suspiró una vez, suave, despacio, y se fué.

No asistí al entierro. No recibí a nadie en casa, desconecté el teléfono y me senté en el tablero a contemplar el dibujo que había dejado allí, a medio camino de la vida, a medio camino de la muerte.

Con el correr de los días creció en mí la convicción firme que el dibujo recibiría el toque final que lo hiciera real, posible. Ya han pasado ocho años y cerca de doscientos dibujos de su rostro y su figura me rodean en toda la casa. Qué pésimo ilustrador soy, finalmente. No logro acercarme siquiera un poco a lo que ella fué. El tablero espera. Yo también. Entre café y cigarrillos mi vida se escurre como un chorro de tinta. Dejo la puerta abierta todas las noches porque ella siempre olvidaba las llaves.

Y allí está, el dibujo incompleto de mi rostro esperando que regrese. Y aquí

estoy, el boceto inconcluso de un hombre esperando

© 2006 Sergio C. Spinelli

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3

B

U B U

Conocí la historia de causalidad, viajando en un tren atestado de gente, con olores de todo tipo invadiendo los sentidos y el aire enrarecido que parece no alcanzar

a satisfacer la demanda de oxígeno. La señora parecía culta y vestía ropas que en otro momento habían sido elegantes y caras. Las sucesivas crisis que hemos vivido ha generado estas personas que en su momento fueron brillantes en lo suyo y hoy son apenas sombras viviendo de lo que en otro momento parecía ser. El caballero que la escuchaba parecía mucho mas joven que ella y la sonrisa sarcástica colgando de la comisura de sus labios hablaba de una relación antigua, gastada y casi marchita. Ella estaba muy asombrada de la historia y quería contársela con lujos de detalles.

Después de un empujón de un hombre que quiso bajar a último momento, ella le decía con los labios rozando el saco sport pasado de moda:

---Me escuchás, Roberto?

---Sí, te dije que si. ¿Cómo puede ser que te creas semejante pavada?

---Siempre pensaste que era medio estúpida, pero no hace falta que lo comentes en alta voz para que todos lo sepan. Te digo que después que Gladys me lo contó, Jorge me dijo que lo había leído en un sitio de noticias, en internet

.--- Dejate de joder! ¿Cómo era? La gallina de Facundito?

La mujer se pasó los dedos sobre el labio superior, en la base de la nariz. Unas gotitas diminutas de sudor se le estaban juntando en el vello incipiente que podía ver gracias a que el sol estaba detras de ella, casi incrustada contra la puerta automática.

De frente al hombre, ambos estaban de perfil desde mi posición privilegiada. Mis anteojos de sol no dejaban ver que seguía interesadísimo la conversación. El viaje es largo y no podía sacar mis apuntes para leer, así que no perdía detalle de ambos.

---La puta, no aguanto mas el olor! ¿Por qué no se bañan?

---Qué boquita, Susana palabras?

no podrás

ser

un

poco mas

cuidadosa en las

---¡Dejate de joder vos! ¿No sentís el olor a chivo? Son las ocho y media de la mañana, este olor es viejo!

---A ver, concentrate. La gallina de Facundito se llamaba Bubu, no?

---Se llama Bubu, todavía vive. Facundito le puso así porque era muy miedosa desde chiquita. Te acordás que se la regaló el abuelo Juan Carlos?

---Sí, me acuerdo. Y bueno, contame qué le pasó, cómo fue la historia.Susana - --así la había llamado Roberto, el señor del saco sport gastado sonrió. Pareció como si hubiese pensado "sabía que estabas por caer, no aguantás la intriga, eh?".

Me miró a los ojos pero seguro se vió reflejada en mis lentes de sol. Por las dudas miré para otro lado sin mover la cabeza. Apoyó sobre el pecho de Roberto una mano que sacó desde la maraña humana apretada y siguió contando.

---Marisa, la hermana de Facundito, estaba barriendo el patiecito que tienen antes de llegar al césped que bordea el estanque que llaman piscina, cuando vió a la gallina flotando boca abajo. Empezó a gritar desesperada y llamó a su abuelo Juan Carlos. Con los gritos apareció Facundo que enseguida se puso a llorar. Vos sabés cómo grita cuando el marranito ese llora, no? La vecina de al lado se asomó por la ligustrina y también empezó a los gritos. ¡Imaginate el desastre!

---Sí, me hago una idea, pero creo que todo lo que pueda imaginar es poco comparado con el despelote que deben haber armado.

---Sabías que Marisa se recibió de enfermera y está trabajando en un hospital?

---¿Marisa, que era más tarada que esa gallina de mierda?

---¡Roberto! No hables así de Marisa!

Susana estaba muy ofendida, con la mano que tenía apoyada sobre el pecho del hombre lo empujó un poco y la mujer que estaba detrás de él giró la cabeza con mucha vehemencia y miró la nuca de Roberto. Como el hombre ni cuenta se dió de la mirada de odio, la mujer me miró como para tener un descargo. Giré levemente la cabeza hacia el lado contrario, como siguiendo con la mirada algo muy interesante fuera del tren. No quería que me interrumpiera la historia, quería saber qué había pasado con la gallina Marisa. No, Marisa era la tarada, la gallina era Bubu.

---¿Por qué no puedo decir eso de Marisa, si es la verdad? No te acordás que no sabía leer un termómetro y me decís que ahora es enfermera? Es que de pronto le surgió la inteligencia? Lo único que quería era revolcarse con el primo, el grandote ese que lo único que sabe es patear una pelota.

---¿Será posible que todos mis parientes son idiotas para vos? Claro, si en tu familia abundan los genios, como Fernanda, no?

---¡Mi hermana será puta, pero no es tarada!

Tragué saliva. En la televisión no podía encontrar escenas así, y mirá lo que tengo en el viajecito hasta Retiro! El tema era si alguno se ponía violento. El espacio

se estaba poniendo cada vez mas sofocante y si empezaban a repartir algun golpecito, muchos tendríamos una dosis por el solo hecho de estar compartiendo casi el mismo espacio.

Roberto, cuando le gritó eso a Susana, había dejado que unas cuantas gotas de saliva salieran disparadas de su boca y un hilo sutil y plateado caía desde su mentón al saco. Susana, con cara de asco, se limpió parte de las gotas con la mano que había empujado a Roberto. Pestañeó repetidas veces y esbozó una sonrisa falsa que demostraba miedo. "Parece que Roberto es agresivo" pensé mientras movía un pie entre los que tenía alrededor para preparar una posible huida si el grandote decidía ponerla en vereda. "Pero que estoy pensando" me dije enseguida. "Voy a permitir que "

La voz de Roberto interrumpió

un hombre le pegue a una mujer? Pero es grandote mis pensamientos.

---Mirá, de eso vamos a hablar mas tarde. Pero con o sin gallina de mierda, Marisa es, fue y será una flor de pelotuda, estamos?

---Sí, tenés razón, Robert. ---Susana lo miraba con miedo, estaba consciente que había pasado un límite y no quería que la cosa empeorase. Suspiró casi junto conmigo.--- Dejame que te termine de contar, si?

---Si, pero no hables de mi familia o la cosa termina mal.

---¡Si sabes cuanto los quiero a todos!

---No te hagas la boluda vos ahora. Y si queres contar esa mierda, hacélo ahora y sin hablar mal de nadie o me bajo y espero el tren de atrás.

---Bueno, el abuelo Juan Carlos no podía meterse por la artosis, la artritis o no sé qué es todo lo que tiene el viejo. Marisa se estiró y la agarró. La sacó y vió que no respiraba, estaba muerta. Gladys me dijo que Marisa se puso el pico de la gallina en la boca y empezó a soplar.

Se me escapó una pequeña risita que enseguida disimulé con un ataque de tos. Como no podía tapar mi boca por tener las manos aprisionadas por la gente a mi alrededor, corrí el rostro hacia la izquierda y la mujer que había sido aprisionada por la espalda de Roberto cuando él fue empujado por Susana, recibió todo mi aliento. No tengo caries y me cepillo seguido, así que no podía alegar mal aliento, pero como ya venía un poco enojada por el hermoso viaje, el empujón de Roberto, el olor espantoso, el calor sofocante y el traqueteo ruidoso, hizo que me putera de arriba abajo. Mi madre fue muy nombrada y mi inteligencia también fue algo que destacó la señora. Intenté disculparme pero parece que fue peor.

Opté por correrme aprovechando una parada y que la gente estaba moviéndose, pero no quería perder a la pareja y a la historia. No sé cómo pasó, pero

quedé detrás de Susana. Ella pareció de pronto notar mi presencia detrás suyo y logró que su cuerpo se adaptara al mío perfectamente. Asombrado y con mi nariz en su rodete, intentaba pensar en cualquier estupidez para que las cosas quedaran así y no se despertara nadie. Al menos el perfume que tenía tapaba muchos de los olores que disfrutábamos. Quise seguir escuchando y ella mientras hablaba aumentaba la presión

de sus nalgas sobre mí. Empecé a transpirar.

volvió a soplar en el pico y Bubu abrió grandes los ojos! Entonces le sopló

muchas veces hasta que la gallinita se levantó. ¿Entendes Roberto que se levantó la

gallinita?

--- y

Yo no sabía si hablaba de la historia o de mi. Tragué saliva. Ella no sólo seguía aumentando la presión, sino que se movía intencionalmente, la muy atrevida. Él le dijo algo cerca del oído y ella se rió y se frotó con mayor ganas.

De pronto me doy cuenta que estamos ingresando en la terminal, estamos llegando a Retiro. Y como siempre, se abre la puerta del otro lado, nunca la que estoy cerca. Comienza la descompresión y con tristeza y alivio siento como Susana despega su cuerpo del mío. Como tengo mis apuntes en una mano puedo disimular tranquilamente, aunque nadie se va a fijar en mi en la monstruosa multitud.

No puedo seguirlos, la gente es demasiada y se interponen en mi camino. Y a

mi me es un poco difícil avanzar. Llego a salir caminando lentamente y me dirijo al

subterráneo, ya sin ninguna presión pero pensando más en Susana que en la gallina. ¡Es increíble que una mujer estando en presencia de su marido, pareja, concubino o quien sea, haya hecho semejante acto de desparpajo! ¡La sociedad está verdaderamente fuera de cauce, cómo pretender que las cosas mejoren si nos comportamos como esa mujer!

Apenas llegué a la oficina me puse a investigar sobre la historia. Dijo que alguien lo había corroborado en Internet, así que eso es un juego para mí. Después de unos minutos de búsqueda y de resolver dos o tres pavadas laborales, lo encontré.

En un sitio nacional de noticias y periodismo en internet estaba la nota, era muy pequeña y decía esto:

"Una mujer llamada Marisa debió aplicar técnicas de resucitación para salvar a

la gallina de su pequeño hermano que había caído en un estanque y estaba

aparentemente ahogada.

Boo Boo, tal era el nombre del ave, fue encontrada por la señora Marisa, una enfermera retirada, flotando boca abajo en el estanque familiar. Instantáneamente la extrajo y observó que no respiraba ni se movía.

Desesperada, le practicó respiración boca a boca y el animal respondió favorablemente. "Soplé dentro de su pico y abrió muy grandes los ojos. Volví a soplar y los abrió nuevamente", relató la mujer.

La gallina Boo Boo, que lleva ese nombre por lo asustadiza que es, está a salvo y la familia cree que habría caído al agua tras espantarse por la presencia de algún otro animal."

Y bueno, los argentinos siempre hacemos lo mismo. No podía llamarse "Bubu", tenía que ser bien al estilo yanqui "Boo Boo". Y Marisa era una enfermera retirada habrán querido poner "retardada" y fue un error? Poco importa. Lo interesante de todo esto es que Susana me siguió en el subte, cuando salimos me pidió fuego y después de tres semanas, estamos vivendo juntos en su departamento. Roberto sigue llamando de vez en cuando, muy desconsolado. Y Bubu corre lejos del estanque.

o

© Sergio C. Spinelli

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4

E T E R N I D A D

Este cuento está dedicado con profundo amor y respeto al Dr. Daisaku Ikeda,

mi maestro de vida.

"Breve et irreparabile tempus omnibus est vitae."

("El tiempo de vivir es para todos breve e irreparable.") Virgilio.

"El tiempo es la materia de la que he sido creado." Jorge Luis Borges.

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Soy un estudioso de la filosofía budista desde hace unos diez años, ya lo sabes. Intento sumergirme en la profunda corriente filosófica que comenzó en la India ochocientos años antes de la era Cristiana con Siddharta Gautama, conocido como

Shakyamuni y que cobró su real sentido con Nichiren Daishonin en el Japón del siglo

XIII.

Estudiar no significa comprender ni mucho menos, aprehender, esto también lo sabes. Muchos conceptos milenarios me han cambiado la vida para mejor, como también la forma de percibir la realidad y mis relaciones humanas. Pero otros se han enquistado y me han permitido entrar en otro mundo, sin fin ni comienzo. Estoy loco?

Si,

seguramente lo estoy o ya lo estarás pensando

intentaré brevemente explicar:

En el capítulo "Duración de la vida" (segundo) del Sutra del Loto, la eternidad

de

la vida está expresada por el pasaje, "No hay flujo y reflujo de la vida y la muerte,

y no hay existencia en este mundo y un posterior ingreso a la extinción" (The Lotus Sutra, pág. 226, traducción de Burton Watson, Universidad de Columbia, Nueva York, 1993). Aunque es natural apreciar el nacimiento como un comienzo y la muerte como

un fin, esta es una perspectiva incompleta. El Budismo enseña que nosotros repetimos

el ciclo de nacimiento y muerte continuamente. Podemos aceptar esta concepción o negarla y creer que esta es la única vida y que la muerte es la ausencia de esa vida. Pero por un momento, por un breve lapso, pensemos que la vida y la muerte se suceden continuamente como ocurre a cada instante en nuestro propio cuerpo. Miles

de células mueren a cada instante y son reemplazadas por otras. Que el mismo universo nace y muere en ciclos increíbles e incontables, dando nacimiento y muerte en su interior a estrellas, planetas y toda forma de vida que podamos concebir. Si no hay flujo ni reflujo de vida y muerte, si no hay existencia en este mundo ni ingreso a la extinción, significa que existe un eterno ahora. Significa que eso que llamamos tiempo, no existe.

Santo Tomás de Aquino (o era Aristóteles?) decía que mientras no le preguntaran qué es el tiempo, sabía cabalmente esa respuesta. Pero una vez que la pregunta era formulada por otro y debía poner en palabras la definición, no sabía en absoluto qué decir al respecto.

Qué extraño! justamente un budista citando a un filósofo cristiano! Pero no creas que esta aparente contradicción es lo que hace débil a mi planteo, o a mi cordura.

El mismo Platón decía que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad. Claro, en realidad, el tiempo es una invención humana. Lo hemos creado para tener fragmentos mensurables de eternidad. Si, eso es el tiempo, la división en pequeños fragmentos de la eternidad. Todo comenzó hace unos años cuando visité a la región de Ibaraki en Japón, una bella y antigua tierra montañosa, con densas neblinas y ríos caudalosos.

Mientras caminaba bajo el suave sol me encontré con dos jóvenes muchachas de no mas de quince años, vendiendo hierbas medicinales cerca de un delicioso río turquesa. Ellas llevaban una cesta bien decorada con moños rojos y dorados, llena de hierbas coloridas y de aromas atractivos e invitaban a los caminantes con vibrante voz a comprar sus mercancías.

---"Konnichi-wa (Buen día)" ---las llamé.

Me sonrieron luminosamente y me dijeron en un inglés cristalino:

---"Ofrecemos cualquier tipo de medicina. Escoge las que quieras.

Sonreí del buen humor de ellas y pregunté en mi inglés rudimentario:

---"¿Tienen algo para hacerme crecer el cabello?"

Se quedaron sorprendidas, pero sólo por un instante:

---"Lo siento, acabamos de vender el último." ---me respondieron con chispas en sus bellos ojos negros.

Mi risa, grave y potente, se escuchó rebotar por el valle y a lo largo del río a esa ingeniosa respuesta y sentí la calidez como si una suave brisa primaveral me hubiera rozado el rostro. Como dice un proverbio chino: "Aun una simple palabra dicha desde la bondad puede entibiar el corazón en el peor invierno".

Y vaya si me hacía falta esa tibieza en mi corazón justo en esos momentos.

Tenía asida la eternidad en mi mente y sentía el frío de la soledad subiendo por mis piernas y tomando cada centímetro de mi cuerpo. La noche anterior había soñado con un reloj de arena monstruoso, inconcebiblemente inmenso, donde en lugar de tener granos de arena, cada elemento que caía eran personas. Dentro de la botella de vidrio de tamaño colosal, cada cuerpo se deslizaba hacia un abismo sin fondo donde caían al vacío en un movimiento lento, demasiado pausado, hasta que la oscuridad y la distancia los hacía desaparecer. Nunca se vaciaba la parte superior, donde los cuerpos desnudos se entremezclaban sin importar edades ni sexo. Uno a uno lentamente caía en silencio, abriendo las bocas como mudos fantasmas.

Desperté aterrorizado y de inmediato escribí lo que en ese momento recordaba del sueño, sabiendo que si no lo hacía desaparecería de mi memoria como tantos otros. A mi lado, cuando me acuesto (sin importar donde esté), cada noche dejo una libreta y un lápiz para estos casos. Me levanté luego de escribirlo y me serví un vaso de agua mientras miraba por la ventana. La noche afuera era fresca y la densa niebla se esparcía por el valle y entre las montañas. Parecía que el tiempo estaba ausente,

nada se movía, sólo el suave reptar de la niebla sobre los árboles y rocas y el sutil y milenario polvillo depositándose sobre los muebles de la habitación. Mi corazón se mantenía aún latiendo rápido, estaba siguiendo el ritmo de mis pensamientos. Un reloj

mediría el tiempo algo así? o

gigante lleno de seres humanos, cayendo uno a uno era un contador de vidas, engullendo una tras otra?

Fue allí donde me percaté realmente de la estrecha relación entre los seres humanos y el tiempo. Sin alguien que lo piense, que lo sienta, lo perciba, lo experimente, el tiempo no existe. Si, claro que me acuerdo de la concepción filosófica de Kant, que establece el espacio y el tiempo como necesarios por cualquier experiencia humana, lo sé muy bien. Pero fue en ese momento en que caí verdaderamente en la cuenta.

Y justamente me caí al mediodía del tercer día DS (empecé a hablar de fechas

"Antes del Sueño" -AS- y "Después del Sueño" -DS-). Caminaba solo por entre las rocas de una montaña morada, indescriptiblemente bella, escuchando el dulce canto de unas mujeres al borde del río allá abajo. Sorpresivamente se abrió el piso bajo mis pies y caí hasta que di contra unas blandas arenas, finas y blancas, que amortiguaron el golpe. Un rayo de sol se colaba por el agujero que me había tragado y por él pude calcular la altura desde donde había caído: unos nueve o diez metros! Me palpé el cuerpo que sobresalía de la arena buscando algo roto y sólo encontré los suaves granos en cada lugar y pliegues de mis ropas. Comencé a incorporarme apoyando

ambas manos sobre la suave superficie y viendo con horror como se hundían sin encontrar nada sólido. Ya estaba semienterrado y cada movimiento me sumergía mas y más en la confortable y tibia arena. Sólo atiné a tomar una bocanada desesperada de aire y la arena pronto me engulló.

En la total oscuridad de los ojos cerrados, sentía como los granos se escurrían por cada oído, dentro de mis fosas nasales e invadían cada parte de mi cuerpo. El aire de mis pulmones se estaba agotando y la desesperación, el horror de una muerte tan angustiante me invadió. Me debatí en silencio y desesperadamente, esperando encontrar el lugar por donde la arena se estaba escurriendo y de pronto sentí una fría brisa en el rostro y la sensación de caer. Abrí los ojos y me encontré dando vueltas en la nada, rodeado de millones de granos de arena blanca y fina cayendo conmigo. La imagen del sueño se me repitió y mi corazón latía como un potro salvaje. Tragué arena al inspirar y tosía y caía dando vueltas.

Así fue como encontré las tumbas. Sí, ya sabes todo esto. Mi nombre recorrió el globo por el descubrimiento de todas las épocas. Una civilización humana de mas de veinte mil años de antigüedad, con sus registros en pergaminos sobre casi todo lo que se necesitaba saber sobre ellos. De raza negra, altos y hermosos por sus pinturas y por los cuerpos casi intactos dentro de sus sarcófagos. Las miles de tumbas eran tétricas losas de mármol negro que revestían las paredes, cubiertas de extraños jeroglíficos de oro que jamás hubiese imaginado. En el piso había símbolos astrológicos estilizados, espectrales y oscuros. Los colores predominantes eran oro y carmín, mezclados con un vívido cobre esfumado que se disolvía gradualmente en la semioscuridad. Todo esto enterrado en un pueblo del Japón.

Muchas nuevas teorías sobre el

tiempo,

el origen

del homo

sapiens, la

arqueología y hasta la misma geología invadieron el mundo científico.

Decidí seguir mi vida anterior, lejos del ruido y los flashes y me fui a un pueblito perdido en China, en medio de la nada de los cultivos de arroz.

El resto del viaje transcurrió sin sobresaltos y a mi regreso seguía pensando en el sueño, en la caída, en las tumbas y en el tiempo. Esbocé teorías propias, ensayé conjeturas, imaginé universos, resolví crucigramas, pero nada me satisfacía. Mi imaginación siempre fue abundante y frondosa, pero ahora parecía mas bien pobre para responder al interrogante del reloj monstruoso. Sólo me obsesionaba el reloj con su contenido de seres humanos.

Empecé a investigar en la red, en enciclopedias, en libros, en personas conocidas, en los diarios, hasta en la gente del barrio. Nadie tenía una respuesta que no haya imaginado antes y muchos se reían perspicazmente de la imagen de la gente desnuda aglomerada. Se interesaban mas sobre esa situación, que sobre el encuentro causal (nada es casual) que se me había cruzado. Justo antes de encontrar a las

muchachas vendiendo sus hierbas había pensado que cada fragmento infinitesimal de eternidad contiene a la misma eternidad, completa y condensada, como esas fotografías holográficas que, al romperse, cada fragmento contiene toda la imagen de la que era parte. Y si eso era posible, con recordar, con vivir continuamente un fragmento, uno puede aprisionar a la misma eternidad.

Y así, con la eternidad aprisionada, convertida en un poco de sabor a menta,

vivimos continuamente un fragmento suspendido en el tiempo, que no existe. Es por eso que estás leyendo una vez mas este relato, aunque ya lo sepas pero no recuerdes todas las ocasiones anteriores, ni las futuras. Cuando recuerdes, la eternidad será liberada.

© 2006 Sergio C. Spinelli

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5

O

J 0 S

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M A S C A R O N

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O R D I O S E R O

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A

V A S I J A

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9

LA LIBELULA

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