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LA ORIENTACIÓN LACANIANA CURSO DE 2007- 2008

Contenido

Curso del miércoles 14 de noviembre de 2007

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Curso del 21 noviembre de 2007 - JAM

14

Curso del miércoles 5 de diciembre de 2007

25

Curso del miércoles 12 de diciembre de 2007

40

Curso del miércoles 16 de enero de 2008

52

Curso del miércoles 23 de enero de 2008

61

Curso del miércoles 30 de enero de 2008

69

Curso del miércoles 6 de febrero de 2008

77

Curso del miércoles 13 de febrero de 2008

85

Curso del miércoles 12 de marzo de 2008

94

Curso del miércoles 19 de marzo de 2008

107

Curso del miércoles 14 de noviembre de 2007

(JAM solicita que la asistencia se distribuya en la sala de manera tal que él no tenga que forzar la voz, mientras verifica por su parte que los micrófonos funcionen correctamente).

Querría este año, para dar comienzo a este Curso, dejar correr un poco de aire fresco, para despejar los olores de agua estancada, las exhalaciones malsanas que contaminan la atmósfera.

Como esta vez puedo hacerlo a título confidencial, les diré que el aire me importa mucho. Precisamente por esa razón elegí como emblema del Campo Freudiano, la figura mítica de un Eolo de Dürer, una figura que sopla, ¡fuuuu!, es el viento que desaloja los malos olores y el viento que hincha las velas.

Si quieren verificar el valor que puede tomar esta expresión de "gonfler les voiles" –inflar, henchir las velas–, consulten el comentario de Lacan acerca de El Banquete en el Libro VII del Seminario; me evitarán así superar los límites del pudor.

El aire tiene mucha importancia para mí, teniendo en cuenta mi patronímico: Miller; es la razón por la cual, además, mi estilo de escritura no llega a ser clásico, pese a mis preferencias personales. Es preciso que adopte todos los estilos a la vez, sucesivamente, porque tengo Mille airs.

Veamos entonces aquí cómo logro que corra un poco de aire. En estos tiempos que son los nuestros, me decía –tal la frase que me fue acordada para comenzar, "en los tiempos que corren"…– y allí ya hago una pausa.

En efecto, es preciso saber correr y saber hacer una pausa. Por lo demás, en el transcurso de mi semana, este Curso, esta enseñanza, es mi pausa. Es algo que se dispone de esta manera, estoy aquí para reposarme, para refrescarme.

Hacer una pausa es muy importante, especialmente para un psicoanalista. Hacer una pausa no equivale a reposarse. Se hace una pausa, uno debe hacer una pausa como psicoanalista para no dejarse sugestionar, tal la esencia de la posición del analista, al menos como la concibo o la defino, a partir de lo que llego a captar de ella. Se trata de no dejarse arrastrar, precisamente cuando algo (ça) va muy rápido.

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Un cierto número de ustedes están al corriente de que, en ciertos aspectos, estos días algo va muy rápido. Yo mismo voy muy rápido.

¡¿Yo mismo?! Yo mismo en tanto que, por el momento, logro concentrar en mi accionar las fuerzas considerables, extendidas, de lo que se da en llamar Campo Freudiano; voy muy rápido, me cuesta incluso darme alcance, puesto que hoy en día bastan tres "clicks" para enviar un significante a través del universo.

Es precisamente cuando esto ocurre que es preciso no dejarse sugestionar, no dejarse arrastrar. En el fondo, es preciso hacer la pausa al mismo tiempo que uno va muy rápido.

Se trata de algo similar a lo que ocurre con los tifones, creo; en fin, no tuve tiempo de estudiar

detalladamente los diferentes tipos de perturbaciones atmosféricas para esta mañana. Pero en lo que hace

a los tifones –o quizá se trate de los huracanes, es lo mismo, si bien son dos palabras diferentes…– o bien, si ustedes están más al tanto, ¿cuál es la perturbación atmosférica en la que hay un ojo precisamente en el centro? Sí, se trata siempre del tifón, en todas partes, todo el tiempo.

Así, cuando se intenta desencadenar un tifón, es preciso que uno mismo se ubique en el ojo, en ese centro muy tranquilo, muy sereno. Algo que resulta arduo cuando uno es tirado de la brida con voces de mando en sentido contrario, pero por eso mismo resulta tanto más esencial. Y es esencial en la práctica del analista, donde el movimiento natural es el de quedar hipnotizado por el analisante, por su discurso; resultar hipnotizado insidiosamente. Eso que se llama "posición del analista", supone estar en el ojo.

De modo que no imaginé un solo instante suspender este Curso por causa de una huelga que ofrece la ventaja de vaciar las calles, lo que me permitió llegar desde mi casa en un tiempo record y dirigirme en la fecha a un auditorio de elite, al que saludo y agradezco, y me permite entonces hacer en público mi pausa de la semana.

Volvamos a esa frase que me fue inspirada como para un poema: en los tiempos que corren.

Es cierto que los tiempos corren más que nunca y resulta muy divertido que esta impresión –y no debo

ser el único en registrarla es lo mejor de todo!

¿O sí? ¿También corre para ustedes? – tenga un fundamento científico. ¡Esto

Gracias al hecho que en estos tiempos hago un diario, cuya periodicidad se acelera más que de costumbre, me encuentro muy a gusto; les diré que realizo así un sueño de infancia, de ahí que me sienta tan cómodo. Nunca pensé de chico en llegar a ser psicoanalista; por lo demás, hasta el día de hoy no es posible encontrar ningún chico cuyo sueño sea ése, ni siquiera entre los hijos de los psicoanalistas. Bombero o policía sí, aviador también, pero psicoanalista no.

Pues bien, como hoy me ubico en la vía de las confidencias, les diré que para mí, en mi recuerdo–y el análisis no me ha permitido ir más allá de él–, lo primero que tuve ganas de llegar a ser fue periodista. En casa se leía, entre otras publicaciones, Paris–Match y cuando supe leer, abordar la doble página que se ocupaba de los asuntos del mundo con un increíble aplomo –quizás algunos lo recuerden, era Raymond Cartier quien la firmaba–, me parecía el colmo de la felicidad.

Así, yo me veía escribiendo esos artículos a doble página todas las semanas, ocupándome de todas las cosas que ocurrían en este mundo. Bueno, después eso pasó. Pero es cierto que, como lo diría

Nietzsche

muchas personas, en particular la de Agnès Afflalo, a quien vi llegar, mi bastón, no precisamente el de la vejez, pero el bastón que me permite avanzar, digo, si hago un periódico tan bueno es porque, en conformidad con lo enunciado por Freud, realizo un sueño infantil. Es por esa razón que, como quiera que sea, voy a seguir en esa dirección ahora que encontré mi vía.

en el momento en que se volvió loco, si hago un periódico tan bueno, con la ayuda de

Hacer un periódico me permite obtener información a montones, más apasionantes unas que otras y justamente, aquí, obtuve una acerca del tiempo que pasa. A decir verdad, es en presencia de un amigo que yo dije algo así como "No tengo tiempo" y él me respondió: "Es normal, la Tierra gira más rápido".

Si alguien les declara algo por el estilo y es un desconocido cualquiera, ustedes no acuerdan importancia

a loa afirmación o bien se preguntan si a esa persona la cabeza le funciona bien del todo. Pero ocurre

que este amigo es el director de una organización muy seria, designada en inglés por la sigla GEO, The Group on Earth Observations, organismo internacional encargado de asegurar las redes entre todos los

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sitemas de observación de la Tierra que existen. Entonces, cuando es un señor así quien les dice "Tenés toda la razón de no tener tiempo, porque la Tierra gira más rápido", la cuestión cobra un cierto peso. Este amigo me explicó por qué y yo le pedí que lo pusiera por escrito; será entonces un scoop.

Pero quizá yo pueda hacerle perder un poquito la frescura de su novedad, ya que se hilvana en el tema y hace soplar aire fresco.

Imagínense que a partir de marzo–abril de este año, la velocidad de rotación de la Tierra se aceleró; ustedes no sabrán adivinar por qué: es por causa de La Niña. No sé si escucharon hablar de ella, es la gemela de El Niño, que es cálido, que era cálido y provocó importantes destrucciones a su paso. La Niña, por su lado, es fría; uno podría evocar al respecto un mito de la Antigüedad griega o japonesa.

La

Niña es fría y por serlo, enfría las aguas del Pacífico, algo que a su vez resta velocidad a los vientos

del

Oeste. Ustedes no habrían sabido adivinarlo, pero es así. Los vientos alisios se vuelven más lentos y

este efecto, sumado al enfriamiento de las aguas del Pacífico, frena el movimiento de la atmósfera. No

me pidan detalles al respecto. En todo caso, podrán pedírselos a mi amigo, de quien les daré el nombre:

José Achache; se trata de alguien que sigue muy de cerca los asuntos del Campo Freudiano y es el compañero de alguien que muchos de los aquí presentes conocen, Dominique Miller.

Mi amigo no explica todo en detalle en la nota breve que me hizo llegar. Pero en fin, esos son los dos

factores que frenan el movimiento de la atmósfera y por esa razón el movimiento de la Tierra se acelera.

La explicación según la cual el hecho que los alisios menos fuertes determinan que el globo gire más

rápido, me dejó estupefacto.

Es muy simple. Ocurre que hay en física un parámetro, una fórmula llamada momento cinético, de la que no les aporto los detalles, es demasiado complicada para ustedes, y ese momento cinético se conserva. Dicho de otro modo, si los vientos se vuelven más lentos, es preciso que la cantidad perdida se recupere por otro lado, y esto es lo que hace girar a la Tierra más rápido.

El resultado es que los días son ahora más cortos y es la razón por la cual a nosotros nos falta el tiempo. Respecto de marzo–abril de este año, los días se han acortado en un milésimo de segundo. Ustedes me dirán que no es gran cosa, pero en fin, un segundo es un segundo y un milésimo de segundo, es un milésimo de segundo; es ese milésimo de segundo que perdí el que hace que sienta que los tiempos corren.

Pues bien, hice soplar así un poco de viento en la atmósfera de este Curso pero, de toda evidencia, el hecho que los tiempos corren responde a otras razones que a la debilidad de los alisios y a la energía empleada por la Tierra para girar más rápido en torno a su eje.

Los tiempos corren por razones que no son físicas, sino metapsicológicas, en el sentido propio del término, es decir, más allá de la psicología. Que los tiempos corran remite –veamos qué voy a decir– al movimiento de la civilización. Hay algo que se aceleró en la civilización, en nuestro modo de estar en ella y de gozar en la civilización. Si aplicamos allí, por analogía, metafóricamente, la ley de conservación del momento cinético, hay entonces algo que sin duda se volvió más lento en alguna parte.

¿Cómo abordar ese fenómeno registrado de la aceleración del tiempo, que afecta a quienes habitan lo que convenimos llamar nuestra civilización? Quizá podamos hacerlo valiéndonos para captarlo de ese significante que es lo "nuevo".

En efecto, hubo un momento en el que uno se consagró a desear lo "nuevo". Evidentemente, lo "nuevo",

en sí mismo, es una función temporal, no dura y con toda claridad, lo "nuevo" dura cada vez menos. Apenas se compraron un Iphone para lucirse ante su vecino o su vecina y resulta que ya habrá pasado al estatuto de antigüedad. De ahora en más, uno se transforma en antigüedad en el lapso de uno, dos meses, algo que se mide por el precio de reventa. Ustedes se compran un Rolls de teléfono, no sé, a mil euros y a la hora de revenderlo, cuesta el equivalente de un Deux chevaux. Hay entonces algo que se ha acelerado en el estatuto mismo de lo "nuevo", ese "nuevo" que nos vemos llevados a seguir en tropilla, como vacas al matadero.

Baudelaire evoca esto en algún pasaje, la dictadura del tiempo que nos conduce como bueyes al matadero. Creo que lo hace en el Spleen de París; busqué desesperadamente mi Baudelaire esta mañana, cuando surgió en mí esta idea, pero no logré dar con él.

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Hablaba entonces de lo "nuevo", nos topamos con lo "nuevo" y tomé de inmediato como ejemplo, tal como ustedes deben haberlo comprendido, un ejemplo que se impone por su propio peso, un objeto manufacturado –como se dice– cuya obsolencia está programada; esto tiene que ver con la producción y, en ese terreno, no estamos sugestionados.

Para nosotros, por supuesto, la producción está –¿cómo decirlo?– en el centro del lazo social; constantemente se la mide, se la anticipa, se la compara de empresa a empresa, entre países. La salud de la economía es una dato fundamental de la existencia. Algo por lo demás reciente, como es sabido; inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial no vivíamos así, pendientes de las nuevas economías. Hubo un momento, en el transcurso de los años `60, en que se registró esto como un déficit que era preciso compensar, el hecho que la información en materia económica de los franceses era insuficiente; hoy nos movemos en esa cuestión como peces en el agua. ¡No! No estamos como peces en el agua, sino como pescados en una sartén, listos para freír.

Es evidente que se trata de una referencia esencial; esos datos económicos condicionan hoy, por ejemplo, el estado de huelga declarado por un cierto número de trabajadores, por razones comprensibles, que pueden situarse en el contexto de conjunto. Por lo demás, todo lo que es real es racional, ¿no es cierto?

Así, la producción, para nosotros, se ubica en el centro del lazo social, algo que no ha sido siempre de este modo, no siempre lo vivimos así. ¡La información económica de los Romanos era desastrosa!

En fin, yo digo esto pero ahí tenemos una vez más el tipo de cosas que me aventuro a lanzar sin haber tenido tiempo suficiente para compulsar esta perspectiva. Hay en todo caso, no lo sé bien, un libro de Moses Finley que debe titularse "Economía y sociedad en la Grecia antigua". Lo leí hace mucho y de haber tenido tiempo, hubiese ido a ver, así y todo, lo que dice acerca de la información económica en aquellos tiempos. Cuando lo leí, lo hice sin plantearme esta pregunta –y resulta más interesante entrar en un libro con la pregunta que uno se plantea. Pero en fin, estamos sólo en el primer Curso y tengo tiempo para compensar mi retraso.

La información económica de Luis XIV, monarca que trabajaba mucho, que ocupaba su lugar, un monarca detestado por Lacan. Nunca entendí por qué y no me lo explicó tampoco; creo que lo encontraba cobarde, debía haber leído algo al respecto. En fin, la información económica mejoró mucho en el Imperio, pero quedaba reservada a los especialistas, no se difundía al público. Como quiera que sea, allí, justamente, hacemos una pausa; admitimos, grosso modo, que la producción no siempre se situó en el centro del lazo social, no fue siempre el centro de gravitación de las actividades humanas, tal como lo es hoy en día. Se trata precisamente de esto.

De esto se trata en lo que determina que, entre nosotros, una cierta cantidad se retuerza, se repliegue, cuando se acelera el movimiento que conduce todas las esferas de la existencia hacia ese punto de convergencia.

Intentemos explorar una economía elemental; por lo demás, yo mismo me vi conducido a tener que hacerlo, siguiendo a algunos economistas un poco en el estilo cool que habían leído a Lacan. No hay que tener miedo de lanzarse, es preciso darse alcance / asirse (se rattraper), pero hay que lanzarse. Yo, por ejemplo, en ocasión de escribir un prefacio para la obra de mi amiga Francesca Biagi–Chai acerca de Landrú, esbocé una teoría criminológica. Cuando uno se detiene a considerar cómo están hechas, es algo a tal punto estrafalario, que con ideas simples se consigue mejorarlas en mucho.

Así, por mi parte, en ese prefacio, sostengo lo siguiente: opongamos crímenes que responden a un fin de utilidad y crímenes que responden al goce. Ustedes se deshacen de alguien que les causa daño, que les impide progresar, es un crimen que responde a la utilidad. Por el contrario, si ustedes liquidan a lo largo de su existencia una treintena de mujeres jóvenes, de cabellos largos –y además de liquidarlas, se permiten someter los cadáveres a diversas obscenidades–, hasta que alguien les impide seguir haciéndolo, allí no estamos en el registro de lo útil sino en el del goce. Estos crímenes son los que Thomas de Quincey, en su obra "Acerca del asesinato considerado como una de las bellas artes", nombra en términos de crime of pure voluptuousness.

Una vez que inventé esto, encontré que estaba de acuerdo con este escritor, uno de mis favoritos, y de cuya obra muy poco ha sido traducido al francés; incluso en inglés se lo ubica con dificultad. Contaba con una edición completa del siglo XIX y me enteré que hay ahora otra completa, del siglo XX; pero en fin, se trata de alguien a quien no se le acuerda su justo valor, aun cuando haya sido objeto de la

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admiración de Baudelaire. Como ustedes deben saber, Baudelaire mismo tradujo "Las confesiones de un fumador de opio" de Thomas de Quincey.

Hagamos entonces el esquema de una teoría económica. Opongamos producción religada a la necesidad y producción en función del deseo. Una producción que responde a la necesidad, es una producción limitada. Un ejemplo al respecto, lo encontramos en el terreno de la restauración. Hay allí algunas fórmulas astuciosas, pienso en este momento en la cadena belga Chez León, que proponen un plato,

mariscos con papas fritas, por ejemplo, y precisan "papas fritas a voluntad". Abren allí, respecto de la voracidad del cliente, un espacio indeterminado; a mí me gustan las fritas, pero como ustedes se dan cuenta muy rápido, aun cuando ese sea el caso, no pueden comer sino una cantidad bastante limitada.

¡a voluntad! Ustedes tendrían voluntad de seguir comiendo, pero no dan

más, tienen que trabajar todavía, no es bueno para conservar la línea y entonces, finalmente, se sienten

Sueñan con papas fritas, pero

en un estado todavía más lamentable al salir, puesto que León les ofrecía todas las papas fritas del mundo y ustedes sólo pudieron comer dos pequeñas porciones.

Allí tienen entonces lo que les decía: la producción conectada con la necesidad no va lejos y podríamos decir que durante un buen período ése fue el caso, lo esencial de la producción se reportaba a la necesidad y así anduvo, bien o mal. No era por allí que pasaba el deseo. Y después, en un momento dado, surgió otro tipo de producción, ésta sí enganchaba al deseo y fue en ese momento que todos los límites fueron superados.

Por ejemplo, para considerar un sujeto que conozco, que observo, esto es, yo mismo, queda claro que intento instalarme en la producción basada en la necesidad, para resistir a la producción basada en el deseo. Ocurre esto con las computadoras y las series de nuevos modelos. Cuando la cuestión comenzó, hace una década, no veía por qué tendría necesidad de un nuevo modelo cuando el que tenía funcionaba muy bien; hasta allí, procuraba establecer una relación de necesidad con el objeto. Pasan uno, dos años, deciden comprar un disco duro y ya no es compatible con la instalación que requería el precedente. Entonces se proponen prescindir del disco duro. Al final, tendrán que prescindir de todo, se quedan con su objeto de necesidad, que podrá asegurar cada vez menos funciones.

Lo hice una vez y me encontré ante un objeto de necesidad que estaba allí, que sólo pedía funcionar, pero que no contaba ya con las conexiones necesarias para hacerlo. Me decidí entonces a comprar otro y procuré volver a empezar con él, pensando que esta vez sería posible. Pero claro está, la cosa anduvo todavía a mayor velocidad. Comprendí entonces la lección: si quería poder funcionar, tenía que seguir el movimiento. Así se consigue hacerles comprar –es lo esencial de lo que está en juego– aquello que no necesitan. Y allí se abre, en efecto, un espacio de ilimitación.

Como quiera que sea, es interesante saber que históricamente, el psicoanálisis jugó un gran papel en el perfeccionamiento de los métodos que permiten hacerles comprar aquello que no necesitan.

En un texto que escribí, ublicado en el periódico al que me refería, algunos colegas encontraron que me había extendido demasiado acerca de los métodos de los publicitarios. Por mi parte, no estoy de acuerdo; en mi criterio, es muy importante saber que quien había sido el Papa de la publicidad en los Estados Unidos, el gurú de esa publicidad, Ernst Dichter –un nombre formidable, así y todo– era un vienés que se había acercado un poco al psicoanálisis y cuya condición de judío lo forzó a expatriarse a los Estados Unidos, donde adquirió fama elaborando una teoría de la publicidad que él designó Strategy of desir.

No se trata del deseo en el sentido estrictamente lacaniano, en la medida misma en que la definición lacaniana es estricta, pero así y todo su base es la manipulación de lo que Dichter había captado del psicoanálisis. Como quiera que sea, tenía la idea de que aquello que debía comprar los objetos de la producción era el Ello (le ça) y que el Ello no piensa, no está en relación con la realidad, tiene que ver con las pulsiones y que era el Ello lo que había que saber provocar y activar. Es incluso más complicado, porque es preciso fundarse en el Ello.

Pero el colmo, lo que constituye verdaderamente la cima del arte publicitario, es llegar a satisfacer, al mismo tiempo que se moviliza al Ello, hacerle trampa al pequeño Superyo de ustedes, asegurándoles que no hay culpa alguna en esa compra y garantizarle al Yo, quien estaría en relación con la realidad, que se trata allí de algo sólido, de algo que se impone según el criterio de la racionalidad común.

No es una anécdota entre otras. Es algo, esta provocación del deseo, que constituye un factor de la economía, un factor esencial que corresponde saber y que resulta establecido así: para hacerles comprar,

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es preciso hablarles y además, imponerles una cierta cantidad de semblantes imaginarios que los van a dejar chiflados.

En el curso de la célebre campaña "depresión" que debía culminar el 11 de noviembre –y que no obstante continúa, es el colmo– comienza a manifestarse una cantidad cada vez más importante de gente

que se siente mal. Recibo ahora en mi condición de periodista, pequeños textos escritos en general por

–, donde describen el efecto que tiene en las personas ese golpeteo insistente. Para una cierta cantidad, el hecho de ver expuesto a plena luz el desastre de la melancolía, se traduce en un retorcerse de tripas, de modo tal que los pequeños deprimidos se consideran protagonistas de una gran depresión, lo que constituye el fin perseguido por el montaje.

gente que trabaja en el terreno –psicoanalistas, trabajadores sociales

quienes me envían viñetas

Debo decir que no tengo televisión porque me resisto a ella, resistencia de la que viene a quedar eximida Internet, de modo que me enviaron el spot televisado al respecto. Es un horror. El Francés presentado

así

después no hay más nadie y en fin, se trata de algo capaz de desfondar el estado de ánimo de

, cualquiera, basta que en una noche uno se encuentre solo. Y todo eso para provocar el reflejo de compra.

Entonces, en relación con esta teoría económica que expongo –la de la producción conectada con la necesidad y conectada con el deseo–, si la memoria no me falla, hubo en los años `60 un economista

astuto, pero más astuto que gran economista, que había explotado esta perspectiva. Quizá Pierre–Gilles Guéguen conoce algo al respecto. ¿Se acuerda si se trataba de alguien llamado Marc Guillaume? Leí

todo esto en los años `60 y no tuve tiempo de ir a verificarlo ahora

milésimo de segundo que me quitaron, no tuve tiempo para ir a verificar esa cuestión!

¡No tuve tiempo! ¡Por causa del

Claro está, así planteado resulta muy simple. En lo que a mí respecta, estoy convencido de que la producción tuvo desde siempre un modo de estar conectada con el deseo.

En los museos, cuando uno va a ver los vestigios de las civilizaciones desaparecidas, hay todo un conjunto de objetos que son objetos de las necesidades: aceiteras, trípodes sobre los que se encendía el fuego, cucharas, que por lo demás son a menudo –como lo hace notar Lacan en su Seminario– de una remarcable belleza, belleza que su fabricación según diseño no consigue aportarnos.

Están los objetos de la necesidad y además, por supuesto, los objetos de deseo: todas las joyas femeninas, las pulseras, los collares, los anillos –que también los hombres llevaban en ciertas ocasiones–, todos objetos inútiles que nos muestran esa parte de la producción económica que estaba precisamente conectada con el deseo.

Procuraré por mi parte encontrar el tiempo, en el curso de este año, para retomar algunas de esas obras – por supuesto, no puedo hacerlo sino de segunda mano–, para buscar cómo se reparte la producción basada en la necesidad y aquélla basada en el deseo.

Pero, ¿qué se puede decir al respecto? Antes, la proporción entre esos dos tipos de objetos no era la misma que la de hoy. Se puede decir que se trataba de una cuestión de tecnología, noción acerca de la cual me gustaría mucho este año tener el tiempo de aportar precisiones. Siempre me interesó y estamos en un momento en el que llegamos a la biotecnología. Uno se da perfectamente cuenta de que la tecnología no está subordinada a la ciencia, sino que representa una dimensión propia de la actividad y del pensamiento. La tecnología tiene su dinámica propia.

Querría entonces, desde el punto de vista lacaniano, abordar el estatuto de la tecnología y hacerlo también refiriéndome a lo que parece ser una ausencia de tecnología psicoanalítica.

Nosotros llevamos adelante nuestra práctica en los muebles de la abuela, quiero decir: el diván, el sillón, el escritorio. En ese plano somos antiguos. Cuando ustedes entran en el consultorio de un dentista, si encuentran un diván, un sillón y nada más, lo que esperan al menos ubicar es una máquina para explorar los agujeros. Quizá llegue el día en que sea preciso presentar el consultorio del psicoanalista bajo ese modo, para ser tomados en serio. Después de haberle indicado que se acueste en el diván, sería cuestión de decirle al analizante: ¡Abra la boca, hable! (risas).

En fin, lo que quiero decir es que hay allí un buen reactivo para pensar en nuestra técnica.

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Por otra parte, algo que siempre me pareció divertido es que durante todo un período los psicoanalistas sólo hablábamos de nuestra técnica. ¡Nuestra técnica! En fin, en esa época la técnica se ubicaba en el cenit del discurso de la semántica social.

Como mi formación se basaba en la historia de las ciencias, cuando se hablaba de técnica psicoanalítica me preguntaba: ¿dónde están las herramientas? ¿Dónde están las máquinas? Al fin comprendí, gracias a Lacan, que la máquina era el discurso.

Pero como quiera que sea, esa manera de acordarle a la técnica un primer plano fue relevada. En la literatura analítica, se trata de un término que fue progresivamente evacuado y que hoy es muy secundario, no sólo entre los lacanianos, sino también entre los demás.

(JAM se dirige a P.-G. Guéguen): ¿Logra recordar el nombre? Bueno, ¡entonces me redactará una nota

al respecto!)

Pues bien, como decía que a mi entender la producción siempre estuvo conectada con el deseo, quizá corresponda situar como lo verdaderamente nuevo para nosotros, lo que nosotros registramos ahora,

desde hace unos diez años, la conexión con el goce. Se trata del goce en un puesto de avanzada. Lacan

lo explica, creo que es en el Seminario XVIII o en el XIX –como los terminé casi al mismo tiempo, en

este punto no hago la diferencia entre uno y otro–, en uno u otro de esos Seminarios Lacan explica que

el goce, para los Antiguos, era el Otium.

Se trata del término latino para expresar que uno se deja ir a la buena vida, se despreocupa (se la coule douce). [1] Uno trabaja, se ocupa de sus asuntos, combate a los bárbaros, se activa para asegurar la construcción de las rutas romanas, en fin, todo eso que ven desplegarse en Astérix, por ej., para tomar una referencia erudita conocida por todo el mundo y después, en un momento dado, uno se desprende del cuidado de sus obligaciones y se consagra a sus propios asuntos: se ocupa de sus viñedos, bebe con sus amigos, bromea con sus siervos, se acuesta con su favorito, lee filosofía, charla en confianza como

se

ve en las Tusculanas de Cicerón

Esa era su manera de gozar.

Y

como lo señala Lacan, para nosotros, incluso hasta el día de hoy, las diferentes formas de la diversión

tienen un estilo de trabajo forzado. En fin, eso me dicen. Me lo dicen porque veo personas que se van al otro extremo del planeta cargados de valijas y vuelven cansados.

Intenté programar un encuentro en mi casa de campo con el director de L´Express, un hombre que escribe bien y que, sobre todo, a un tiempo que dirige esa publicación, hace todos los días un comentario y una entrevista en la cadena de televisión LCI, incorporada a Internet; durante un largo período no me perdía ninguno porque, en cada oportunidad, él renovaba la cuestión, siempre con mucha seguridad y además, el mismo día, en el curso de la tarde, hacía una entrevista. Yo me preguntaba cómo lograba hacer todo eso, dónde encontraba el tiempo para hacerlo. Incluso cuando esta persona estaba de vacaciones en Venecia, seguido de un camarógrafo, hacía su comentario instalado en una góndola, etc. Este muchacho me sorprendía.

Dado que teníamos en común nuestra condición de ex–alumnos de la Escuela Normal Superior, yo me decía que eso podía crear lazos e intenté entonces encontrarlo. ¿Qué me dijo su colaboradora? "Bueno, recién vuelve de vacaciones, le dejo algunos días para que se reponga" (risas). Mi observación fue "¡Qué país, verdaderamente!". Ocurre otro tanto con el gabinete del Presidente; el 1º de noviembre, están todos de vacaciones; ahí tienen lo que es un aparato de Estado: muchachos que se echan un sueñito. Si no durmiesen, podrían construir un aparato de Estado, en fin, es mi convicción, por lo menos dentro de ciertos límites. ¿Ustedes leyeron "Técnica del golpe de estado" de Malaparte? Bueno, yo sí lo leí.

Volvamos a la diferencia entre esas maneras de gozar. Por un lado, el Otium y después, ya encontramos

todo lo que tengo que preparar como salsa para explicar el interés de la pausa. Es cierto que actualmente, irse de de vacaciones supone el despliegue de una cantidad formidable de actividades, antes durante y

después. A menudo, escucho hablar al respecto en mi gabinete

vacaciones (risas). Por lo demás, es algo que limito al máximo y sólo elijo como destinos lugares donde

precisamente no se plantean esos problemas.

y no me dan muchas ganas de irme de

Es evidente, además, que todo el mundo en Francia se resiste a este asunto. La célebre cuestión de las 35 horas, ¿qué es? Es un debate acerca de la manera de gozar. Los franceses –como se dice– quieren darse

el tiempo de vivir. En el planeta, constituyen un escándalo permanente, porque como quiera que sea

resisten al avance del trabajo forzado. Allí reside el debate respecto de la manera de gozar. Mientras

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unos destacan la eficacia económica, el producto nacional bruto, etc., los otros dicen: queremos acordarnos el tiempo de estar con nuestros hijos y además, bueno, de ir a comprar la última computadora en el gran comercio especializado, etc. De toda evidencia, no hay escapatoria, pero se trata de un conflicto entre maneras de gozar.

En efecto, hoy no tenemos siquiera la impresión de que esté en juego una producción basada en el deseo, sino que está basada en el goce, es decir, en la producción acelerada del objeto a, causa del deseo, a manera de tapón; se trata de dos estatutos diferentes.

Ustedes tienen, por un lado, el buen objeto a –si puedo expresarme así–, causa del deseo y aun cuando el término resulte inadecuado no encontré otro mejor esta mañana, ese objeto causa del deseo pertenece a ese registro, de una manera u otra se relaciona con la determinación marcada por "ése". El ejemplo que aporta Lacan al respecto es el de Dante y Beatrice. Dante se cruza con Beatrice cuando ella tiene nueve años y se enamora de ella para toda la vida. En la actualidad, ¡quedaría detenido, acusado de pedofilia! (risas)

Entonces, allí, el objeto a causa del deseo, tal como lo sitúa Lacan, bastan tres guiños para que ese objeto a de la mirada, exquisito, se desprenda y quede fijado a ella, a ésa, para toda su vida. El objeto a tapón, no tiene nada que ver con él, aun cuando su estructura fundamental sea la misma, si puedo decirlo así. En cuanto a este otro objeto a tapón, uno no puede evitar que cumpla la función de "tapa–agujeros", de comodín, respecto de un agujero imposible de cerrar, un agujero cuyo modelo es el barril sin fondo de las Danaides, es decir, que reclama siempre más. Uno no puede dejar de pensar, cuando ve esto, que hay un defecto de fabricación elemental en la especie humana. Lo designamos con el término de castración, es su nombre clásico, bien fundado, pero en fin, se lo puede generalizar. Se trata de algo cuyos detalles han sido mal trabajados.

Esa es, por lo demás, la tesis de los gnósticos. Según ellos, el diablo es el padre del mundo, algo de lo que se dieron cuenta viendo el estado en el que se encuentran los humanos. Si nos detenemos a considerar ese estado, como quiera que sea se pone en evidencia que algo no quedó bien enganchado en alguna parte y esto responde, sin duda alguna, a las malas intenciones del diablo.

Es el sentimiento, la impresión, el registro, el reconocimiento de la falta (du manque), el sentimanque. Usted merece todo mi respeto, Señora (J´ai beaucoup de sentiments pour vous, Madame). [2]

Vamos a volver sobre esto, pero ya podemos ubicar bien que los tiempos corren, los tiempos que corren, son expresiones que tienen, vagamente, otro alcance semántico que el correspondiente a el tiempo que pasa; incluso decir el tiempo pasa demasiado rápido, no tiene el mismo sentido que decir hoy en día (par les temps qui courent). [3]

En primer lugar, tenemos el plural, los tiempos, curioso plural aplicado al tiempo. Se trata, sin embargo, de un uso clásico en francés, donde siempre, cuando decimos los tiempos, estamos indicando que no se sabe muy bien qué es el tiempo. Siguiendo a los gramáticos, digamos que el plural aporta aquí un valor de indeterminación.

Decimos los tiempos cuando no se sabe ya muy bien dónde, cuándo es, indicando así que se trata de algo remoto, obscuro, opaco. Decimos, por ej.: en los tiempos más remotos; la noche de los tiempos; el origen de los tiempos. Si ustedes se sirven del singular, la cuestión no marcha en francés, todas esas expresiones exigen el plural. Se dice: la sucesión de los tiempos; el signo de los tiempos (Cf.: de la época). Otro tanto ocurre en latín. Cuando Cicerón exclama eso que repiten todos los vejestorios: ¡Oh tempora! ¡Oh mores! –¡Qué época! ¡Qué costumbres!–, Tempora es un plural.

¿Por qué Cicerón decía eso y por qué se trata de algo que encontró eco a través de los siglos? Es porque siempre hubo gente con la impresión de que eso iba demasiado rápido, siempre se tuvo la impresión de que la moral se había acabado. Es el estilo de Catón el Antiguo. No tengo tiempo de hablarles de él, un personaje que siempre me resultó el más sabroso de la Antigüedad romana; es él quien jugaba el rol del viejo romano; era un viejo romano pero además lo ponía en escena, remarcándolo. Y siempre hubo lugar, en cualquier momento, para que el vejestorio llegue y diga: ¡Oh tempora! ¡Oh mores! Es un rol constante.

Hoy en día, lo más divertido es que son los psicoanalistas quienes lo juegan, son ellos quienes adoptan la postura de Catón el Antiguo: ¿Dónde estás, Nombre–del–Padre? ¿Dónde estás, falo? ¡Te estoy buscando! Hay que decirlo, es algo que provoca el llanto, nos reímos pero es triste. Se trata, así y todo,

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de gente analizada, el análisis funciona con boludos –perdón–, funciona incluso con personas que no comprendieron todas las sutilezas de la técnica y como quiera que sea, es desastroso verlo. ¡En fin! Dejemos esto de lado.

Entonces, la expresión francesa les temps, señala siempre, como creo haberlo demostrado con rapidez, precisamente aquello remoto, aquello donde uno no se ubica. Pero me parece –no llevé adelante una investigación al respecto, no tuve tiempo para hacerlo– que lo específico de la expresión les temps qui courent (hoy en día) es que designa el presente; cuando uno la emplea así, con la indeterminación que corresponde al plural indica que uno no llega a ubicarse en el presente. En el fondo, se trata de una expresión empleada cuando el presente se vuelve opaco, tan opaco como el pasado más remoto. Y precisamente, se emplea cuando uno ya no puede tomarse su tiempo (on ne peut plus prendre son temps). Se trata de algo que uno puede decir así: par les temps qui courent, on n´a plus le temps de prendre son temps (hoy en día, uno ya no tiene tiempo de acordarse tiempo).

Es un problema para el psicoanálisis, porque en el psicoanálisis es preciso acordarse su tiempo. Es preciso tomarse el tiempo de ir, eventualmente de esperar en la sala antes de ser recibido, es preciso acordarse el tiempo de la sesión, el tiempo para volver de ella y además, como dice Lacan, para que todo eso tenga una culminación, il faut le temps (hace falta tiempo).

Y hoy en día, ¿tenemos tiempo? Allí se sitúa justamente el elemento que parece antiguo en el

psicoanálisis. En el fondo, se trata del tiempo de la pausa al que me refería hace un rato. El análisis es una suerte de jubilación, ustedes entran en jubilación anticipada. Bajan del tren, se quedan en la sala de espera y los trenes pasan.

Hay entonces, al fin de cuentas, una parte de la población, no de la población en general, sino de la población sospechosa que puebla los ministerios, los organismos oficiales, toda una población parasitaria, integrante de un ambiente cada vez más corrupto, a la que le debemos esas campañas, etc., una parte especial de la población.

Sé muy bien que mis afirmaciones cobran así un aspecto algo populista; es una inclinación que tengo, lo reconozco, efectivamente resulta un tanto populista. Para mí, esos altos funcionarios que planificaron esta campaña, esos que no declararán jamás su conflicto de intereses porque viajan financiados por los

laboratorios, etc., todos ellos para mí son de lo peor, para mí la escoria son ellos. Al lado de ellos, el lumpenproletariado, como se decía, es de oro; yo lo frecuenté en mayo del `68 y en comparación con

ellos, estos tipos trajeados, que me toca frecuentar

Bueno

Entonces, para esta población, estamos durando demasiado tiempo. ¿Qué estamos haciendo todavía aquí? ¿Todavía hay tantos? ¿Y allí dentro gritan tanto todavía? Para ellos, pertenecemos al s. XIX. Los psicoanalistas no tienen su lugar en la civilización que ellos nos dibujan.

En cuanto a Baudelaire, sí, era él quien hablaba de la dictadura del tiempo, de la brutal dictadura del tiempo. Y lo hacía precisamente en el momento en que se imponía el tiempo de la Revolución Industrial. Porque desde cierto punto de vista, la Revolución Francesa sólo corresponde al registro de la merliture. [4] La revolución y aquello que la acompañó, la revolución que contó, esto es, la Revolución Industrial, ocurrió en Inglaterra. Evidentemente, todo el mundo quedó fascinado con la Revolución Francesa, incluso Hegel –¡en fin, Hegel!–, quien parece haber ordenado su "Historia de la fenomenología del espíritu" en función de la historia francesa. Pero si miramos con atención, la Revolución Industrial está allí muy presente, justamente bajo la forma del utilitarismo, una de las llaves –y allí reside una de mis viejas obsesiones– de la historia moderna y contemporánea.

Baudelaire habla de la brutal dictadura del tiempo en el momento en que la producción se apodera de los

comandos de la civilización y, de golpe, la civilización se vuelve mucho menos civilizada, algo que todo

el mundo remarcó.

Talleyrand decía: quien no haya conocido el Antiguo Régimen no sabe lo que es la alegría de vivir. No

lo cito textualmente, pero en fin, él se refería a los últimos años del s. XVIII, antes de la Revolución

Francesa, como a un tiempo en el que la felicidad de vivir había alcanzado su punto culminante. Sin

duda esto era así para un sector de la población, pero no es seguro, porque cuando uno lee a Rétif de la Bretonne, el pueblo humilde, del que aporta en todo caso una descripción quizá lisonjera, ese pueblo disfrutaba de la vida sin preocupaciones, de una tranquilidad que en todo caso todo el mundo sintió perdida cuando llegaron los buenos apóstoles de la Revolución Industrial y de eso que se daba en llamar

la disciplina de la fábrica, disciplina que supone ser puntual, trabajar en el lugar asignado y no discutir.

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Marx supo describir ese pasaje de un modo de producción manufacturero, artesanal, a las modalidades de producción en las fábricas, con la disciplina que de allí se desprende y determina que todos llevemos un reloj de bolsillo en la muñeca, porque vivimos tomándolo como referencia. Yo no consigo prescindir de él, pero respeto mucho a la gente que logra pasear por la vida sin ese reloj.

Y allí, a partir del momento en que la producción tomó el comando de la civilización, digamos que

verdaderamente el sujeto vino a quedar más en relación con el objeto del deseo, del goce, con el plus–

de–goce que supone una cierta indiferenciación del objeto, que implica una numeración del objeto, donde la pregunta es: ¿cuánto?

No es una pregunta que se le plantee al Dante; para él, se trata de una, de la única, no es algo que se cuente. Por el contrario, observen el número de actividades humanas donde la pregunta ¿cuánto? tiene un lugar central. Escribo: ¿cuántas consagran ustedes entre ellas?

Gracias a mi actividad de periodista, alguien me enviaba un testimonio acerca de lo que hoy significa escribir para un joven escritor, escribir en presencia de la cifra de ventas que a uno le refriegan por la nariz en permanencia, testimonio que enumeraba las obras famosas de la literatura francesa de las que se habían vendido cuatrocientos ejemplares, supuestamente antes de ser reconocidas como tales.

Hablo entonces de una producción basada en el goce, caracterizada por la indiferenciación del objeto, su numeración y que conlleva, en consecuencia, una manera de gozar cuyo aspecto es el de la adicción. Esto fue subrayado por mis colegas. En efecto, hoy se tiende a ver el conjunto de las conductas repetitivas del ser humano según el modo aditivo. [5] Por ejemplo, yo me drogo con Lacan, ¿por qué no? Es una manera de considerar la relación con el objeto.

Hace un momento hablaba de crímenes, de criminología. Fíjense bien, hacia el final de los años `70 apareció la expresión –y lo que aparece en la lengua tiene siempre valor, incluso si se puede decir que no data de hoy– serial killer, asesino serial. Se trata de algo que no había sido inventado antes, aun cuando los hubiere, no se había inventado el asesino serial.

Fue Landrú quien despertó en mí el interés al respecto. Respecto del propio Landrú, resulta difícil

decirse que hoy se lo llamaría asesino serial. Para nosotros, se trata de un personaje familiar, del viejo conocido de las familias; hay films donde aparece como un personaje encantador; Truffaut lo mostró bajo el perfil de Charles Denner, un enamorado de las mujeres –al comienzo del film se ven piernas de mujeres. Landrú las mata, pero es un detalle. Landrú es un delicado, antes las beneficia; fíjense cuando

es Charlie Chaplin quien lo ilustra, también es un aficionado delicado y maravilloso. Así, a partir de Landrú yo reconstituí el serial killer, ustedes apreciarán así y todo la diferencia.

Por un lado, los crímenes detallados por un autor que aprecié mucho en mi juventud y a partir de quien aprendí inglés, la inglesa Agatha Christie. Si bien ya conocía el idioma, lo aprendí verdaderamente, despegué con él viviendo en Londres cuando tenía catorce años; tenía libros de literatura y después compré obras de A. Christie; me importaba saber cómo terminaban las historias y entonces leía y aprendía, absorbía mucho inglés de esa manera. En A. Christie, un asesinato es un asunto de familia. Uno mata, en general, a la gente que uno conoce. Hay algunos pícaros malhechores que matan a otros que no conocen, para disimular el asesinato de la persona que cuenta para la prensa, ABC contra Poirot, por ejemplo.

En fin, por lo común, uno mata a gente de su familia, al vecino o la vecina, gente que uno aprecia, familiares. Y por otra parte, es mucho más meritorio porque uno puede resultar sospechoso; no es lo mismo que matar al azar y emprender la fuga, eso a A. Christie no le interesa, en todo caso es material para la novela negra. Lo que sí le importa a A. Christie es el pequeño círculo, la gente que juega su partida de bridge y después, en un momento dado, hay uno de ellos que rueda por el piso; se trata de saber cuál de los compañeros de juego es el autor del asunto.

Por lo demás, entre esas partidas hay una, la murder party, el juego de la muerte, donde la condición de víctima y de asesino responde al sorteo de unos papelitos. ¿No lo conocen? Pues bien, los jugadores se reúnen y están esos papelitos, en uno es cuestión de víctima y en el otro de asesino. En un momento dado, ocurre el crimen y los demás deben descubrir quién es el autor. Las partidas se juegan en casas de campo.

Cuando se trata del serial killer, ¿quién mata a quién? Se mata al vecino que conoce el secreto que uno guarda, al chantajista, uno mata a su mujer para partir con su amante –o bien al marido, para partir con

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el

amante–, uno mata a su padre para heredar. Pero el serial killer no conoce a nadie; tiene una silueta en

la

pupila, a la manera de Bundy, para quien se inventó esa expresión, serial killer. La silueta que Bundy

tenía era la de una mujer joven, menor de veinticinco años, blanca, de cabellos largos, por lo general estudiante. Comenzó a matar a los catorce años y fue atrapado cuando tenía unos treinta y cinco; había alcanzado a matar hasta entonces entre treinta y cuarenta mujeres –cito de memoria, lo escribí, lo verifiqué.

Es decir, no se trata del detalle, no es el escenario del Dante y Beatrice; se trata del Dante y Beatrice una, dos, tres, cuatro, cinco veces, etc. Y no me detengo a considerar lo que le hacía a sus víctimas, ya que matarlas no bastaba; además las enterraba, después las desenterraba, les maquillaba el rostro o les cortaba la cabeza –creo que era una cosa o la otra, no está claro– y después, con los cadáveres, incluso en estado de putrefacción, se libraba a lo que debe ser considerado así y todo como relaciones sexuales;

es una manera rápida de consignarlo pero en fin, no contamos con el detalle científico del asunto. Allí tenemos a Ted Bundy, el serial killer.

Y allí tenemos una relación con el objeto caracterizada por la indiferencia del objeto; excepción hecha

de algunos rasgos de la silueta, lo que cuenta es la serie, se trata de algo del registro aditivo. Entonces, así presentado, me parece algo moderno, si bien hay cosas mucho más entretenidas. Hoy en día, aunque

seguramente siempre han existido, es en la actualidad que se ponen más en evidencia lo que por mi parte llamaría serial lover, los amantes en serie, la amante en serie.

Llegó hasta mi consultorio una dama que analicé en los años ´90. Por entonces, ella mantenía con su marido una relación verdaderamente lujuriosa; esta señora se mostraba celosa como una fiera, en tanto que el pobre marido, verdaderamente, no parecía ser de los que dirigen su mirada a otras mujeres; ella le guardaba una gran fidelidad y le hacía escenas espantosas apenas el desdichado alcanzaba a decir una

palabra. Quiso que entrevistase a su marido y lo hice; tenía el aspecto de ser de lo mejor, un diplomático

con toda la dignidad de su condición, que había elegido a esta histérica por cierto provocadora dejemos eso ahí.

Bueno,

Ella vino a consulta durante varios años, en tanto el marido durante ese lapso residía en París, lo cual producía un cierto efecto que por mi parte registré, pero no en todos sus alcances; así fue que en un momento dado esta señora partió siguiendo a su diplomático; después volvió y desde hace un año la recibo nuevamente cuando ella pasa por París. Entre tanto, me había tenido sólo de vez en cuando al corriente de dónde se encontraba; en otras ocasiones, si bien se proponía pasar por París, esto no ocurría.

Cuando la vuelvo a ver ahora, la encuentro serena, prudente y le digo que la veo muy cambiada. Ella me responde: "Se lo debo a Ud.". La felicito y agrega: "Ud. recuerda hasta qué punto estaba apegada a mi

marido

Ud. la conozca un día". "Sí, por qué no" –le digo, y le pregunto–: "¿La soledad no le pesa?". Me responde: "No, escribo mucho, publico, estoy ocupada y además, tengo un amante". Y sigue el diálogo:

"Bien, ¿qué ocurre con ese amante?". "Bueno, no me acuesto con él, pero hago todo el resto en su compañía". "¿Ah sí? ¿Todo el resto?". "Sí, leemos, salimos, él viene a cenar todas las noches porque su mujer le da muy mal de comer". "¡Ah! Bueno". "Y además, como es escritor, estudio literatura con él". "¿Él soporta esa abstinencia?". "Bueno, yo no lo excito, no soy un objeto sexual para él". "Pero entonces, ¿por qué Ud. habla de amante?". "Porque yo soy celosa, no soporto que mire a las otras mujeres". "Ah, bueno". "Ud. sabe, además él no tiene nada; yo le doy cien euros por mes para sus gastos". "¿Es su gigolo?". "¡Cómo me puede decir eso!". "¿Es su gigolo intelectual?". "Bueno, si Ud.

quiere

"Y entonces, esa relación, de una manera u otra bastante extraña, ¿le llena la vida?". "¡Ah, no!

Hay otro". "¿Ah, sí? ¿Hay un segundo?". "Sí, este otro es rico, muy rico, es un hombre político importante. Entonces, para él sí soy su objeto, es muy posesivo, por lo demás está muy celoso del escritor. Es muy rico pero no me da nada; me hizo hace poco un regalo, no valía nada. Y soy yo la que quiere". "En el fondo, Ud. tiene de un lado el esclavo y del otro lado el amo". Ella se ríe y agrega: "¡Ah, sí! Es un amo, me controla bastante, pero felizmente no conoce a mi amante". "¿Al escritor?". "No, al tercero" (risas).

Pues bien, ya no estoy más casada, vivo sola, tengo una hermosa casa –por lo demás, quizás

".

Le pregunto entonces: "¿Y quién es?". "Un proxeneta" (risas).

"Ud. sabe, es verdaderamente el más amable de todos –continúa ella–; no se imagina lo bueno y generoso que es; me lleva a todas partes, me hace regalos, me dice que yo los tengo muy merecidos y que merezco todavía más. Y además es muy hermoso, en la cama me hace disfrutar de los orgasmos más completos

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Bueno, sigue la descripción del proxeneta de oro, etc. y le digo: "Sí, las chicas trabajan para él". "Sí, pero él se deja hacer trampa; ellas trabajan en un departamento de él, le pagan un alquiler, pero siempre "

le digo que no ceda, que no se deje manejar

(risas).

Le digo entonces: "Aquí ya me está pareciendo que lleva una vida muy ocupada". Y me responde: "Pues "

sí, no me queda mucho tiempo que digamos para el cuarto

(risas).

"¡Ah! ¿Tiene un cuarto?". "Sí, el cuarto tiene quince años menos que yo. Usted sabe, mi marido se fue al

mediodía y a las seis de la tarde encontré a este otro

".

Y sigue la descripción, muy interesante por otra parte. Como ven, no hablo a menudo de mis casos, pero

cuando lo hago

Le digo entonces: "Bueno, yo la conocí muy ligada a su marido, quizás excesivamente y ahora la reencuentro con cuatro amantes". Y me responde: "¿Está sorprendido? Todo el mundo vive así en Nueva York, en Buenos aires, por cierto en París, pero Ud. no lo sabe porque se queda en su escritorio". "Sí –le digo–, es cierto, sin duda, no lo sé". "¡Ah!" –continua ella– "Sí, no cabe duda, ¡usted es de verdad un caso!" Bueno, de acuerdo, en el fondo yo lo soy. Y le pregunto: "¿Usted permite así y todo que cuente su caso una vez?". "¡Sin duda!" –me responde. Le aclaro entonces: "No podría decir su nombre, ¿qué nombre quiere que le asigne?".

Y su respuesta fue: "Anna O." (risas).

En fin, no creo por mi parte que se trate de algo tan difundido como ella dice, esta cuestión de andar

haciendo juegos malabares con cuatro amantes

para ella los hombres eran como plantas y que ella tenía la mano verde (risas).

Por lo demás, esta paciente me explicó también que

Su casa está cubierta de plantas y para ella los hombres son plantas salvajes con las cuales ella sabía cómo arreglárselas. Por ejemplo, el joven que no trabajaba, era una suerte de hippie cuando lo encontró. Él quería ser padre, pero no llegaba a conseguirlo porque su mujer no lo enganchaba lo suficiente. Mi paciente me dice al respecto: "Pues bien, yo lo formé, pudo acostarse con su mujer, pudo hacerle dos hijos y ahora es un contratista en la industria de la construcción y gana mucha plata. Ahí tiene lo que hago con esos hombres, son plantas que hago crecer".

En el fondo, no es sin duda algo nuevo, pero así y todo, constituye –¿cómo decirlo?– un sigo de los tiempos que corren, donde encontramos, al lado de los serial killer, los serial lover.

No llegué siquiera a la asociación de ideas que les iba a dejar para continuar la semana próxima –y cuando ustedes aportan una asociación de ideas es evidentemente irrefutable, es algo que les hace pensar

en

mi asociación es la siguiente: en los tiempos que corren, me decía yo, el desierto crece.

–,

Esta frase, el desierto crece, es una frase de Nietzsche, comentada por Heidegger en un libro que tuvo mucha importancia para mí, titulado "¿Qué significa pensar?". Un libro en el que además –de esto me di cuenta cuando lo retomé esta mañana–, Heidegger incluyó la dedicatoria: "A mi fiel compañera". Ahora bien, se acaba de publicar recientemente la correspondencia entre Heidegger y su mujer; las Éditions du Seuil me hicieron llegar un ejemplar que todavía no tuve tiempo de leer, pero el agregado de prensa me dijo: "¡Usted no sabe! Elfried, la esposa de Heidegger, le fue infiel. El segundo hijo de Heidegger no es de él". Yo quedé estupefacto y esta misma mañana veo esa dedicatoria, ¡"A mi fiel compañera"! Entonces, no sé qué significa "pensar", pero en todo caso esto da qué pensar

De modo que contaba darle continuidad a esta introducción partiendo de esa frase, el desierto crece. Entiendo que es el desierto de la cuantificación, de la devastación, de eso que Heidegger designa muy bien como desolación [6] y escribe entonces –les citaré como quiera que sea este pasaje antes de despedirme hasta la próxima–: "La desolación de la Tierra, que se corresponde con el más alto standing alcanzado en la vida del hombre y asimismo con la organización de un estado de bienestar uniforme para todos los hombres".

Pues bien, nos encontramos justamente en la época en que se desarrolla la ciencia del bienestar,

promovida además por un extraordinario Lord inglés, Lord Layard, a propósito de quien ustedes tendrán

la ocasión de leer en mi diario un estudio realizado por Pierre–Gilles Guéguen y otro por Éric Laurent.

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Estamos en la época en la cual, en efecto, la cuantificación se adueña de todos los aspectos de la existencia y esto hace resonar / razonar en nosotros la obra de este autor tan apreciado por Lacan, T. S. Elliot, quien apenas despuntado el s. XX, poco después de terminada la Primera Guerra Mundial, había escrito y publicado ese poema sorprendente –y que sigue siéndolo–, "The Waste Land" ("La Tierra Yerma"), la tierra asolada, elegido por Lacan para terminar su "Discurso de Roma".

Pues bien, allí estamos, en los tiempos que corren estamos en la tierra asolada y tenemos que vérnosla con quienes Nietzsche llama "los últimos hombres". Allí se inscribe la campaña Accoyer, la anti– campaña depresión, que se prolonga en una campaña contra la cuantificación total; es nuestro combate contra los últimos hombres.

De toda evidencia, se trata de un fenómeno de civilización. ¿Estamos en combate con un fenómeno de civilización? Como quiera que sea, la época de Freud fue la del diagnóstico, aquél del "malestar en la cultura", apuntando que algo no marchaba bien. La de Lacan fue la de los impasses en la civilización, donde todo aquello que en Freud estaba todavía confuso, difuso, se fue afilando y en los tiempos de Lacan despejó sus líneas decisivas.

Pues bien, lo que se espera de nosotros hoy no es el diagnóstico, no es por allí que pasa la acción lacaniana. El discurso de la cuantificación, hoy, de manera perfectamente explícita, busca apropiarse las emociones, la campaña depresión no es otra cosa. Consiste en adueñarse de los secretos, de lo más profundo del ser de la tristeza y recubrir esta emoción íntima con una base (Cf. química, matemática) repugnante. Procura también integrar por completo los fenómenos del registro subjetivo en los formularios de investigación. Así es como la cuantificación avanza hoy hacia el Campo Freudiano.

Es teniendo como fondo este panorama de nuestra civilización que tracé rápidamente, que se producen los acontecimientos a los cuales vamos a asistir o en los que vamos a participar en las próximas semanas.

El profesor Huntington hizo que hablásemos mucho de las civilizaciones; dije por mi parte que los choques de civilizaciones son choques de maneras de gozar, pero hay también una guerra civil en la civilización occidental. Una guerra civil entre maneras de gozar.

Pues bien, esta es la guerra civil que con total civilidad, nosotros llevamos adelante y no lo hacemos por razones accidentales, circunstanciales, azarosas, sino por razones que tienen como fundamento la estructura y la historia del discurso analítico; es en función de ellas que partimos en campaña.

Hasta la semana próxima.

Fin de la Primera Sesión del Curso JAM 2007-2008 - 14.11.07

Notas 1-Tener en cuenta que en esta expresión coloquial francesa, el verbo "couler" introduce una idea de discurrir, de transcurso, de tiempo que se deja pasar en calma, lentamente. (N. de la T.). 2-"Sentiments", en plural, se emplea por lo común en la lengua escrita, como parte de las fórmulas acuñadas para expresar respeto y reconocimiento en el cierre de la correspondencia, por ej.: "Veuillez agréer, (Madame) (Monsieur) l´expression de mes sentiments distingués". (N. de la T.).

3-A partir de aquí, el texto pone de relieve una especificidad de la lengua francesa, donde la palabra "tiempo" se escribe siempre en plural, temps; ése es, además, el empleo más habitual del término. La diferencia entre el plural y el singular queda marcada por el artículo que antecede, "le" o "les". En los casos en que esta particularidad se presta a confusión en el desarrollo que sigue, optamos por dejar el término en francés y aportar, cuando lo consideramos necesario, la expresión que le corresponde en castellano. (N. de la T.). 4-No encontramos el equivalente de este término en castellano. (Orig.: pág. 10, 2da. col., último párr.)

(N. de la T.).

5-Entendemos que en este pasaje JAM hace jugar, valiéndose de un equívoco en la ortografía, el término francés addition (suma, agregado) y el inglés addict, addition, que en su significado incluye,

además de ser aficionado a

,

la narcodependencia. (N. de la T.).

6-El término francés desolación reenvía, por un lado, a ruina, destrucción, devastación, daños causados por el hombre con violencia y rapidez, que afectan una gran extensión; por otro, a aflicción extrema.

(N. de la T.).

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Curso del 21 noviembre de 2007 - JAM

En lugar de hacer curso, me decía que debería hacerme una entrevista. No me gustaba hasta ahora utilizar en francés esa palabra, esa palabra inglesa de interview. Ahora lo he hecho, es: inter-vit-ooh! (risas) ¡Hay algo de [vite] rápido! Una entrevista, introduce en el discurso lo que falta en el curso, a saber un elemento del azar, aleatorio, bajo la forma de una persona que le plantea preguntas que usted autoriza y que, lo fuerza a hablar. Evidentemente, vuestra presencia masiva, colectiva, juega ese papel, pero, para mí, ustedes forman una mirada impersonal, silenciosa, y hosca. Mientras que, una gentil entrevistadora, es ya algo completamente diferente.

El discurso del profesor. A alguien, una joven y brillante filósofa, que me hacía amonestaciones porque creía que yo le pedía interesarse en obras de una erudición minuciosa, le he dicho: "Yo, adoro la erudición minuciosa". Ella me replicaba: "Una erudición minuciosa cortada del mundo". Pero es justamente lo que adoro. Me consagro a los demonios de la actualidad, y luego lo que me relaja, lo que relaja mi órgano pensante, mis neuronas, mi cerebro, son las obras de erudición minuciosa, donde no tengo nada que hacer, precisamente porque ellas están cortadas del mundo. Y por otra parte, no tan completamente cortadas del mundo. Compré la semana pasada, una obra que se llama El poder de los medios [de comunicación] en el imperio romano (risas). Los significantes de hoy son, para los historiadores, retro-proyectados: estoy seguro de que es necesario que lea esa obra para guiarme en mis asuntos de hoy. Pero, de todos modos, añadía ella, que era mi auditora –de otra parte, tal vez ella esté aquí, no puedo saberlo- y me decía: "no es eso lo que he aprendido escuchándolo". No parezco, pero también soy minucioso.

Incluso si hago esfuerzos, aquí tengo un discurso de profesor (¡Pfff! JAM resopla), y el profesor es siempre, si puedo decirlo, [pro fessée] pro nalgada. Él da la nalgada, reduce el otro al silencio. Ese modo de enunciación tiene sus leyes. Entonces, claro está, corrientemente ofrecemos una pequeña válvula de seguridad [soupape]: una vez que se ha hecho de Papa durante una hora y media, se abre una escotilla para que los sub-papas [sous-papes] (risas) puedan un poco abrirla. Para relajarse. No me gusta eso, no alcanzo a pasar del discurso pro nalgada a un discurso acariciador, si puedo decirlo así.

Mientras que, en la entre-vista, hay una intersubjetividad que me encanta. Me he dado cuenta de que yo soy entrevistado [interviewé] (risas). Eso no me ha pasado durante treinta años, ahora eso llega. Y evidentemente tengo la tendencia a moldearme a partir el otro, a partir del entrevistador. Pero es la misma cosa cuando yo hago entrevistas, es lo que hago ahora. Por ejemplo, he entrevistado esta artista que se llama Orlan, cuya cara tricéfala adorna un afiche que he visto a la entrada de este curso. La he entrevistado durante tres horas, el domingo en la noche en mi casa. Es una persona absolutamente encantadora y extremadamente dinámica, que se ha modificado ella misma por diversos implantes. Eso me inspiraba. Yo no podía hacerme implantar (risas), pero, como la he visto maquillarse para la foto, le he pedido, tal vez para estar más cómodo en la entrevista, que me dibujara un punto sobre la frente (risas). De este modo pensé que nos comunicaríamos mejor, con una empatía mayor. Bien. Es lo contrario del psicoanálisis, claro está –a pesar de que mi excelente colega Widlöcher, el querido Widlöcher, piensa que el psicoanálisis funciona con empatía. En lacaniano ortodoxo, no lo creo, pero en la entrevista, sí. En mi consultorio analizo, en mi salón empatizo (risas).

Era tanto más simpático –comienzo por allí, porque esto me hacía pensar, justamente –que era para un periódico, que se llama Charlie Hebdo, que me había delegado una free-lance como se dice, una amazona. Oh, puedo decir su nombre porque verdaderamente va a aparecer en el periódico, es una rubia de ojos azules que se llama Helene Fresnel, y resultó ser la bisnieta de Augustín Fresnel, el físico- es por lo menos un reencuentro. Y bien, que se llama Fresnel, ella no me frenó para nada, al contrario, me invitó a soltar los frenos. Entonces la recibí durante dos horas y media; ella me ha prometido que me daría una copia de la grabación. Me dije entonces que podría, en lugar de mi curso, poner en marcha un aparato, escucharíamos eso juntos. Porque lo que ustedes encontrarán sin duda en el periódico –que no estaba en el kiosco esta mañana, he bajado a comprarlo- no será más que una pequeña píldora de esa entrevista.

Eso no funcionaría si me hiciera entrevistar por, no se, un estudiante del Departamento de psicoanálisis, que intentaría ser muy serio. Mientras que ella, no intentaba ser seria. Por ejemplo, suelto en un momento: "la realidad es una buena chica". Ella me dice "¿qué es una buena chica?" (risas) Entonces he debido reflexionar –en fin, ¡reflexionar!-, he debido responder lo que es una buena chica. Justamente, las buenas chicas regularmente no hacen pensar (risas), son las malas que hacen pensar. Entonces, he

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debido, en la marcha, responder que una buena chica, es una chica que se deja hacer –pero que se deja hacer sólo lo que le place. ¿Eso me parece muy bien, ha? Como definición de la buena chica.

Entonces, esta entrevista me ha hecho aún pensar de otro lado, que Helene Fresnel me ha gentilmente transmitido la presentación que ella quería hacer de mí en el periódico, presentación que me ha dejado pensativo (risas). Les leo la frase: Filósofo, psicoanalista, normalista, viejo alumno de Althusser, Jacques-Alain Miller es, a los 63 años (risas) –tengo que leerlo para poderlo creer- (risas), el guardián del templo de los Escritos de Jacques Lacan (risas) con cuya hija, Judith, se ha casado.

Le he dicho: ¿Podríamos cambiar un poco esto? (carcajadas) Me casé con la hija, Judith, es indiscutible, pero ¿soy el guardián del templo? Encuentro que eso no refleja lo que soy. Ella me dice: ¡Ah si! pero de todos modos (risas). ¿Qué quiere usted que yo haga? Le he dicho: "¿Usted insiste en decir que tengo 63 años?" (risas) Y bien, ella insistía.

Le he dicho: "Usted dice viejo alumno de Althusser, no lo reniego, pero, si usted quiere mi opinión al respecto, me considero hoy ante todo como alumno de Cangilhem, para quien he hecho mi memoria de Filo[sofía]. He seguido su seminario en el Instituto de historia de las ciencias en la rue du Four. Y después, me considero, en segunda línea, alumno de Foucault, con quien hice exploraciones en las bibliotecas. Y en seguida, en tercera línea, frecuenté mucho a Derrida desde que lo descubrí en una pequeña sala en la Sorbona en 1962. Y, en cuarta línea, de acuerdo, Althusser". Ella tiene su idea, Helene Fresnel, no se de donde la ha sacado, que yo soy ante todo viejo alumno de Althusser. "Filósofo antes que Psicoanalista, le he dicho, ¿cree usted que es justo?" Y bien, es la idea que ella tiene. Creo que ella jamás me haya escuchado aquí, ni leído, pero tiene esa idea y entonces soy filósofo, coma, psicoanalista.

Entonces me dije: Y bien, si, voy a hacer filosofía. Es cierto que mis referencias más familiares son

filosóficas, y que he leído más filosofía que psicoanálisis. Lacan, de otra parte, tenía el psicoanálisis

como esparcido por una literatura

inmediatamente). ¡Ah!, gracias. Ha aparecido hoy. ¡Ah, si! Y bien, es muy gentil "Consideraciones recogidas por Helene Fresnel". ¡Oh! Han hecho ilustrar esto por un dibujante que me gusta mucho. Se ve alguien en una oficina que dice "Aló, ¿la policía? ¡Tengo un colega que pretende no ser depresivo!" (carcajadas) ¡Ah! al menos ya está pasando a la opinión pública. Hay otro dibujo donde se ve a alguien verdoso tendido en un diván, y el psicoanalista le dice: "¿Y cuando comenzaron sus problemas?" El otro responde: "Cuando he leído la campaña publicitaria para la depresión" (risas de JAM y del público). Aquí está: "filósofo, psicoanalista, es el responsable –¡Ah!, ella ha quitado Guardián del templo (risas)-, él es responsable de la publicación de los Seminarios de Lacan" ¡Ah! esta bien, eso, bueno, y bien voy a leerlo, Gracias Amid, ¿dónde lo encontró? ¡Es Agnes Aflalo! claro está. Gracias Agnes, gracias Amid.

(Amid

aporta un ejemplar de Charlie Hebdo que JAM ha hojeado

Entonces, me aprestaba, este año, a hacer filosofía, al menos para comenzar, Lacan tenía la literatura psicoanalítica por una literatura delirante. He leído los clásicos del psicoanálisis, e incluso en una época, cuando me aplicaba, al principio de los años 70, he hecho algunos seminarios donde, en efecto trabajaba los grandes artículos –que de otro lado, no han sido jamás reunidos, al menos en francés, es aún una cosa que podría hacer-, los grandes artículos clásicos y sólidos de la tradición psicoanalítica. He publicado, y hecho traducir un cierto número en Ornicar? Pero, en fin, en cantidad, si se trata de cuantificar, he leído mucho menos psicoanálisis que filosofía e historia de las ciencias.

Esto quiere decir, que no creo que se pueda ser lacaniano y filósofo. Lacan pensaba y ha escrito que hay un error en la base de la filosofía, sin tal vez explicitarlo completamente. Podremos, este año, intentar enunciar, lo más precisamente posible, cuál es ese error. No se puede ser, en mi opinión, lacaniano y filósofo- filósofos, algunos lo son profesionalmente, pero, cuando son lacanianos, eso tiene la tendencia a hacerlos inclinar de otro lado. Creo que es una contradicción en los términos, volveremos sobre esto.

Esto no impide que la palabra que he recordado la última vez, el enunciado de Nietzsche, El desierto crece- en el sentido del crecimiento, no en el sentido de la creencia [croît]-, esta palabra, que he subrayado recientemente porque es especialmente fijada por Heidegger en su libro, en su curso, ¿Qué significa pensar?, este enunciado, me doy cuenta de que me ha acompañado desde que lo he leído. Si la frase de Sollers, Todo es para lo mejor en el peor de los mundos posibles, me ha gustado tanto, es porque es un eco, una versión de esta frase, una versión irónicamente leibniziana. Entonces, ¿cuando he leído esta frase? El curso de Heidegger fechado en los comienzos de los años 50, fue publicado en francés, lo he verificado, en 1959, pienso que lo he leído en los años 1962-1963, donde en efecto me volví normalista [se refiere a la Escuela Normal Superior]. No tenía más entretenimiento que estudiar para mi preparatorio [dicho en argot], a pesar de que, los seis primeros meses, había continuado distrayéndome, es en los tres primeros meses antes del concurso que en efecto se comienza a sentir una

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cierta presión que no es favorable para el pensamiento independiente. Entonces eso remonta a muy lejos. No hago el cálculo porque se vería que tengo 63 años (risas). Pero, en fin, los tengo, se me dice que los tengo, y los tengo en mi calendario. No los tengo en mi cabeza –no voy a dejarme sugestionar por las cifras, estoy contra el fanatismo de las cifras (risas). Es, además, una cosa que he enunciado delante del Doctor Lacan, en la mesa, en familia –me he casado con su hija, como se sabe- y he dicho: "yo, en mi cabeza, siempre tengo 17 años". Y entonces cada uno ha dicho la edad que tenía en la cabeza. Incluso el Doctor Lacan. ¿Quieren saber que edad ha dicho que tenía en su cabeza? Si. Ha dicho "Yo tengo siempre 5 años" (risas). ¡Y era verdad! Es precisamente antes del Edipo, o, en todo caso, antes de la declinación del Edipo en que se instala el llamado superyó prohibitivo. El Doctor Lacan, cuando quería algo, lo quería ¡inmediatamente! Y vociferaba para tenerlo.

Me es ahora más fácil que antes contar anécdotas sobre el Doctor Lacan. Me he preguntado por qué, y me digo que es tal vez porque 63 años es la edad exacta que tenía el Doctor Lacan cuando lo encontré. Lo encontré el 15 de enero de 1964, cuando lo vi subir a la tribuna en la sala Dussane en la Escuela Normal para pronunciar esa lección que más tarde titulé "la Excomunicación". Él tenía 63 palos [dicho en argot gitano]. Por eso me conmueve ver la cifra 63, porque me he dicho: "Y bien, tengo la misma edad que él, en la época en que yo tenía 20 años, me parecía venerable". Bueno, no he terminado de meditar sobre ese colapso temporal. Ella me entrevistó el sábado en la mañana, me envió su presentación el sábado en la noche, entonces no me hice a mis 63 años sino después de ese momento (risas), Eso va a continuar. Debo hacer aún un esfuerzo para demostrar que tengo siempre 17 años.

Entonces, me he dado cuenta de que después de 1962 tenía peso para mí ese poema en reducción que se enuncia El desierto crece. Es un poema, pero es también un diagnóstico de una época: vamos a ver la desertificación, la devastación, el estrago. Es, si se quiere elevar a la potencia, una protesta romántica. Es eso que nos permite hoy, si puedo emplear un lenguaje marxista, o sindicalista, la unidad de acción con los humanistas: el hombre contra la cifra. De nuestra parte, es oportunista, porque, en lo concerniente al hombre, si no somos limpiados de humanismo después de pasar por Lacan (risas), nada lo hará. Pero hay ambigüedades útiles, y, allí hay una ambigüedad evidentemente útil. No podemos comprender y admitir el sentido profundo de la protesta humanista –en ciertos límites que serán por otra parte a precisar.

Entonces, no es solamente El desierto crece que me ha marcado, como se dice, es esa obra de Heidegger y la noción, el sentimiento, la construcción, que da sobre la cuestión del pensamiento.

Ustedes tienen razón, para mí el pensamiento tiene un peso especial, como lo tiene para el sujeto obsesivo, que ha tenido la experiencia de la consistencia, de la inercia, del retorno de los pensamientos. Para un tal sujeto, un pensamiento, no es una estrella fugaz, no es plástico [light], eso se presenta con una densidad especial. Y es con ese material, el sujeto obsesivo, que tenemos a la vez lo que se llama pensadores, lógicos, y también burócratas. Es una cierta raza de personas. Cuando no hay nada para combatir eso, no es muy intersubjetivo, un obsesivo. La histeria, sí. Cuando él se deja ir por su tendencia, el obsesivo, es más bien intrasubjetivo. Pero en fin, Freud precisa, concerniendo la neurosis, como ustedes saben, que es de todos modos la histeria la que es el núcleo del asunto, y he tenido la suerte de disponer de un cierto quantum de histeria, si puedo decirlo, que me he aplicado a aumentar con el paso del tiempo, lo que hace que puedo conversar con jóvenes periodistas free-lance (risas) de igual a igual –finalmente, espero. Estoy verdaderamente contento de que hayan quitado lo de guardián del templo, eso me alivia.

¿Qué llamamos pensar? es una cuestión filosófica, pero que tiene un eco clínico –me dirijo aquí a todos los obsesivos que me escuchan (risas).

Con ese propósito, porque hago filosofía, y entonces me he autorizado a hacer más que nunca de profesor, hay algo que es preciso leer si se hacen estudios de filosofía –algunos aquí lo sé, se dedican a eso-, algo muy simple, muy construido, con lo cual se pueden hacer disertaciones hasta la agregación, ¿ah?

Cuando era candidato a la agregación, creía haber estudiado minuciosamente el perfil del jurado, para convencerlo. No les estudié suficientemente, les di demasiada confianza. En lo que se llama, la gran lección en la que hay que disertar durante una hora sobre un tema que se ha preparado en 7, lo cual es muy extenso, saqué al azar el tema de la jerarquía, y por dármelas de astuto, despaché en un cuarto de hora los tópicos sobre la jerarquía en Platón o Augusto Comte, y bla,bla,bla, para dedicar media hora a la jerarquía de los tipos en Bertrand Russel. Estaba muy orgulloso de mí, como Artaban. Derrida, quien tenía los ecos del jurado –siendo un gran filósofo, al mismo tiempo era un tutor muy atento de sus

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normalistas-, me hizo una llamada telefónica. Le he dicho: entonces, ¿los engañé? y él me respondió ¡ verdaderamente, no! (risas) no sabían de qué se trataba (risas). Hoy creo que deben estar en la cola, pero en fin, en la época la lógica matemática, incluso un tópico como la teoría de los tipos, eso aparentemente pasaba sobre las cabezas del jurado, fue sin duda necesaria toda la voluntad de Cangilhem, que me apreciaba, para que obtuviera la agregación con honores. Pero en fin, sólo obtuve 14 en mi gran lección, y no 18- era algo amargo, aún lo recuerdo.

Entonces, no puedo decirles, que lo que les aconseje convenga a vuestro jurado –estudie su perfil-, pero

es un fragmento extremadamente sólido, y muy lacaniano. Es –lo cito de memoria porque está perdido

en mi biblioteca- un capítulo de la tesis de Deleuze, Diferencia y repetición, aparecido en PUF [Prensa Universitaria de Francia] si recuerdo bien. Debe haber cuatro o cinco capítulos en el libro, y hay uno que se llama "La imagen del pensamiento", que hace referencia, entre otras cosas, a ¿qué significa pensar? Deleuze no quería a Heidegger, hace una sátira para morirse de la risa de la que les hablaré después, pero allí, no se había aún soltado contra él, y hace un comentario verdaderamente pertinente de ese libro. Recomiendo el pasaje a todos los aspirantes a filósofos.

Si mi recuerdo está bien, opone dos imágenes del pensamiento –Procede por una antítesis de profesor,

pero muy eficaz.

De un lado, la imagen número 1, la imagen contemplativa del pensamiento –lo llama así y verificaremos como es en el texto-, una imagen serena, una imagen que es del orden del reconocimiento. Se reconoce

lo que hay. ¡Ah, miren a Sócrates, ¡Buenos días Sócrates! (JAM mima darse la mano con Sócrates,

risas): Se ha reconocido a Sócrates. Sócrates está aquí en el mundo, ustedes tienen la imagen mental, y en todo caso pueden decir: Es Sócrates. Sócrates responde: That´s me –en fin, en griego. Eso, es el

pensamiento tranquilo, es el pensamiento en tanto que doble de la realidad, en tanto que esposo de la realidad, y donde es su ideal de –para decirlo en inglés –tofit. De casarse con la forma del mundo. Es hecho a la medida.

Es también el pensamiento en tanto que hecho de encadenamientos. No de desencadenamientos, sino de encadenamientos. Usted tiene un pensamiento, y luego, lógicamente, usted pasa al pensamiento siguiente, cuando usted está en ese pensamiento siguiente usted pasa al contiguo. Y eso se encadena, no hay dispersión, no hay contradicción, usted deduce en su pensamiento. Hay allí entonces una misma imagen del pensamiento, que sea un doble, o que sea un encadenamiento deductivo.

También puede ser articulador: aquí se tiene un pensamiento, allá se tiene otro, usted busca el pensamiento que los une, y que permite articularlos. Esto pasará entonces muy bien entre A y B: "B, ¿está usted de acuerdo para estar con A? –Sí, señor C." Y he aquí [el pensamiento articulatorio].

También se tiene el orden dialéctico. En clase de preparatoria tenía un profesor que era alumno querido de Alain, aquel que ha hecho la edición de sus Consideraciones en la Pleidae, Maurice Savin, que no sabía absolutamente nada de filosofía. Pero que sabía de Alain. Era un tipo para morirse de la risa. El día en que intentó explicar Hegel, se puso en el fondo del salón de clase, y dijo "Yo soy la tesis", corrió hasta su escritorio (JAM camina con un paso decidido desde el tablero hasta el pupitre, risas). Luego, ha hecho de antítesis (JAM se contorsiona jugando con los codos, risas). Y después, hizo de síntesis. De este modo (JAM abre los brazos como un paracaídas, risas). Eso me ha quedado, bien (risas). Eso también, está en la imagen número uno del pensamiento, si ustedes quieren.

Y entonces, hay lo que Deleuze opone a lo que ha agrupado en este paréntesis, que esbozo, porque no

pensé antes con tiempo suficiente para ir al texto- es de memoria, y por tanto, estos ejemplos no están en

Deleuze, es la noción de lo que es. De otro lado, hay otra cosa, que es del orden del forzamiento, es decir: están las cosas que fuerzan a pensar.

Deleuze las encontró, por ejemplo, en el Parménides. En un momento, hay paradoja, y ustedes no saben

cómo salir, no saben qué pensar, y esto, los fuerza a pensar. Precisamente porque usted fracasa. Allí, no

se

trata más de imágenes de orden, de conciliación, y de recognición. Deleuze no dice reconocimiento,

él

dice recognición para el "Buen día Sócrates", se reconoce la cosa. Mientras que, del otro lado, se

presenta justamente algo que no se parece a nada, que no se puede reconocer, y que en consecuencia juega el papel de causa (JAM aplaude una vez), en el sentido de Lacan, de causa del pensamiento.

Es por esta razón que considero que la construcción de Deleuze –y no solamente está en su tesis- es la prolongación de Lacan. Cuando se haga la historia de las ideas de ese período, se va a percibir que hay más, no guardianes del templo –no hay sino uno solo, o, ahora, ya no hay ninguno (risas)-, sino que hay

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más de un heredero del pensamiento de Lacan. Por ejemplo, en el libro de Roland Barthes –¡Ah si! también fui alumno de Roland Barthes, que contó mucho para mí-, su libro sobre la fotografía, la oposición entre el studium y el punctum proviene directamente de la oposición homeóstasis y repetición, el ojo y la mirada, en una proyección de Lacan en una taxonomía de las teorías filosóficas del pensamiento.

Entonces, en número 2, Deleuze captura lo que funciona como causa pequeña a del pensamiento, y que está siempre ligada a un fracaso, un desgarramiento de la imagen contemplativa, serena, del pensamiento.

Heidegger, quien también ha contado mucho para mí- me ha incluso atado mucho- por lo que dice de la edición. Él no habla únicamente del Ser, habla de la edición y de la prensa. Hay una observación suya que me ha llamado mucho la atención en esa época, que está en los Holzwege, los [Caminos del bosque

o Sendas perdidas], Caminos que no llevan a ninguna parte, como se ha traducido al francés. Eso, es el

lado campesino souabo que es tan gracioso en Heidegger, jamás lo hubiera creído, y Deleuze se burla de esto de manera muy jocosa, pero en fin, es el ambiente del mundo de Heidegger. Heidegger no está en los aeropuertos internacionales, eso no es el jet-set, es el camino en la selva Suaba (JAM se pasea con paso lento y pesado, risas), el caminante que talla su camino, y después en un momento dado se detiene,

entra en su casa, donde encuentra a Bobonne [juego de palabras entre su tonta mujer y su sirvienta] "mi fiel compañera", como se dice, no demasiado fiel, ¡según las últimas noticias! Salvo que ella no se fue

como Cecilia [Sarkosi] (risas), pero bueno. No es el camino que lleva a algún lado, la autopista, por la que "queremos ir a algún lado", al contrario, el camino que cuenta verdaderamente, es aquel que no lleva

a un lugar, sino aquel donde uno se abre su camino por sí-mismo con su hacha- no es la vía romana, [la

calle real], no está adoquinada, enlosada, pavimentada, etc., no- donde uno siente, al final del día, el peso de la fatiga, y entra at home. Pero no para mirar una emisión imbécil en la televisión o escuchar los chistes de Gerard Miller (risas). Entonces, ¿qué se hace de noche, en esta concepción? El campesino suabo, supongo que come un poco- pero de eso, no se escucha hablar a Heidegger. Él mira ponerse el sol. Y se dice -¿qué se dice? ¿Es que puede incluso decirse: "el sol saldrá mañana"? ¡pfft!- el dice: "Eso es". He aquí a Heidegger en toda su atmósfera.

Esto dice, Heidegger ha dado en los Holzwege desarrollos sensacionales sobre Descartes, en tanto que el cogito ergo sum prescribirá los datos fundamentales de nuestro desierto. Porque es Descartes quien ha formulado que se tratará de volverse amo y poseedor de la naturaleza. Se ve el resultado. Es un programa, el de la dominación de la naturaleza por lo simbólico, que evidentemente es un programa de recorte calculado, de destrucción. Y cuyos sub-productos son los problemas del entorno, entonces los Verdes, etc., entonces el pensamiento mayor es organizar los embotellamientos en las calles de París para asquear a las personas de tomar sus autos, es decir, que utilizan los métodos comportamentales. Los Verdes son comportamentales. Es lo que he dicho en el Charlie Hebdo, pero no lo conservaron, creo (risas). Bueno, ¿dónde estaba?

En el capítulo de los Holzwege que muestra cómo el desierto contemporáneo ya está prescrito por el cógito cartesiano, hay una pequeña anotación de pasada, que me ha impresionado enormemente en la época en que editaba los Cahiers por l’analyse. Decía en resumen: En el fondo, hoy, no hay más autor. Él dice eso muy temprano. Lo dice en los años 50, ve lo que se produce, hubiera podido decir lo mismo antes de la guerra. Tuvo una pequeña ausencia durante la guerra, de acuerdo, no vio lo que se producía delante de sus narices, gran falta, error grosero, bueno, pero eso no le resta nada de pertinencia a su diagnóstico, de otro lado, me excuso. Se nos recomienda todos los días de no leer a Heidegger, nos lo recomiendan por las peores razones, claro está, porque es una crítica muy exacerbada del mundo de la cuantificación, que criticamos nosotros mismos. Y entonces, en un pequeño pasaje dice: No hay más autor, ahora el amo del proceso de la escritura es el editor. Él gobierna. Gobierna los textos, gobierna los libros (JAM aplaude), nos hacen colecciones, se les completa, entonces estamos ya en un mundo sin verdadero autor. Eso me ha parecido profundamente pertinente, y eso ha frenado en seco en mí, lo que sentía como talento por el oficio de editor. Siempre tuve más ideas de las que lograba realizar, hubiera podido encargar muchas obras a otros y estimularlos a realizarlas, pero esa frase de Heidegger fue para mí como una barrera moral. Me doy cuenta en el momento en el cual, de cierta manera, la he franqueado, porque voy a trasformarme, al menos durante un tiempo, en director de una colección, en director de un periódico, y donde voy a ser llevado, ya lo estoy, a encargar textos. Lo hago porque es preciso hacerlo en las actuales circunstancias. Se bien, de qué participo haciendo esto. Participo del desierto. Pero, en fin, trato de remover algo.

Sobre el periodismo, en ¿qué significa pensar? Heidegger critica las comparaciones hechas en la vida de

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donde, procede sin decirlo, el estilo predigerido que es hoy, el de toca-todo-histórico-universal, es la revista ilustrada- Soy yo quien hace el Nouvel Âne (risas)- que es justamente una revista ilustrada, y toca-todo-histórico-universal, es exactamente mi proyecto.

¿Cómo he llegado allí? (risas) ¿Cómo he llegado a darle al lacanismo una salida en una revista ilustrada? Me he planteado la cuestión seriamente. Cuando actúo no me hago ninguna pregunta, estoy en lo que hago. Cuando preparo el curso o estoy desbordado, me planteo preguntas: ¿qué hago? ¿Por qué hago esto? ¿Por qué es que mi acción dice que es bien hacerlo? Llevo, en efecto, bastante mundo conmigo (risas).

¿Por qué? Tengo la respuesta. Heidegger no es mi único maestro. Está Hegel también. Tal como Lacan lo tenía por maestro. Quiero, siempre he querido que la enseñanza, es decir, el pensamiento de Lacan, pese, pese en lo que Hegel llamaba con una palabra que es también freudiana: la Wirklichkeit- la realidad efectiva.

Hay pensamientos que pasan a la Wirklichkeit. Hay otros que la han acariciado, sin hacerle nada. Hay pensamientos que han guardado para sí- que han guardado para sí y para su analista cuando se está en análisis y que se es honesto, lo que no siempre es el caso. He sabido cosas en algunas ocasiones que tales analizantes se lo habían guardado bien, ¡durante tres años!, porque a pedido de sus amigos, de decirme algo, que podría sin duda hacerme sufrir (risas); se ocultaba un pequeño secreto de grupo que era mejor dejar de lado. Es un embrollo en un análisis. Es ciertamente mi error que él haya podido pensar que la pasión institucional era tanta en mí que, si disponía de esa información confidencial, hubiera actuado en el mundo para aplastar sus proyectos fantasmagóricos. Pero, en fin, bueno. Entonces, normalmente, hay pensamientos que se han guardado para sí y que se comparten con su analista –¡se debe compartir todo con su analista! (risas), Se comparte con él una parte de su fortuna (risas), se comparte con él una parte de su vida, y, en el orden del pensamiento, se debe compartir todo. Incluso cuando él no está allí, se comparte. Es un espectro, el analista, presente en los pensamientos del analizante, piénselo o no.

Es por lo cual, cuando se es analista, se siente como una intrusión esa gran voz que se hace escuchar en Francia y que dice: Usted está triste, usted está achacoso, es una enfermedad. Se ve bien que ella está en una competencia con el analista. Todos los medios del Estado-que el Estado esté o no al corriente- han estado puestos al servicio de una voz que se insinúa en las profundidades, en el subsuelo del pensamiento, para decir: Interpreta eso como una enfermedad. Entonces, evidentemente, el analista se encuentra pequeño al lado de esa enorme voz (risas), no hay razón para soportar eso, él se haya dispuesto a quebrarlo todo (risas). Es de legítima defensa (JAM golpea con un puño la mesa). Es una legítima defensa de la esfera privada, una legítima defensa psicoanalítica, una legítima defensa ciudadana.

Cuando he debido ir a Milán recientemente para conversar con algunos colegas, he almorzado con alguien en un restaurante de la Galería Víctor Emmanuel –cerca del Domo, todos los que han pasado por Milán lo conocen-, hablaba en francés con una persona italiana que estaba conmigo, y una dama en la

mesa de al lado, reparándonos como extranjeros, se nos dirigió en inglés (risas), una americana que se rebanaba los sesos para saber cuánto se debía dejar de propina. La conversación se inicia –no invento nada, ¡ah!- resulta que ella es una abogada de Washington, le he dicho: "¡Ah, eso, los abogados, los hay

por toneladas allá

que allí estaba muy ocupado por la campaña depresión que comenzaba entre nosotros, pero que claro está, en Estados Unidos era conocida desde 1991. Y esta dama me ha dicho: "¡No me hable de eso! Es un verdadero atentado a la privacy". Es lo que nos aferramos a defender cuando hablo de quebrarlo todo.

",

poco a poco fuimos tejiendo la conversación y le he dicho que yo era analista, y

Hay que creerlo: tenemos una buena oportunidad de ganar. Evidentemente, nuestra voz es más débil. Pero tomamos el ejemplo del éxito público considerable que ha obtenido una posición más débil que la nuestra, la del cognitivismo.

Las personas se imaginan que el Nouvel Âne iguala la Campaña depresión. Recibo artículos de personas que fueron un poco lentas al principio y que me envían textos sobre la depresión. No vamos a estacionarnos indefinidamente en la depresión, es deprimente (risas). Vamos a continuar sobre la depresión en la investigación científica, vamos a hacer un gran coloquio que se llama: "Depre, Depresión", al final de Enero –podré confirmarles la fecha y decirles el lugar-, vamos a publicar las Actas del coloquio, con los textos complementarios –entonces, es muy legítimo escribirlo-, en la colección del Campo freudiano en las ediciones Seuil. Pero, en nuestro órgano de combate que es ese Nouvel Âne, no podemos hacerlo más.

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El cognitivismo, eso ocupa un lugar increíble. Se ha vuelto una Vulgata para los poderes públicos, e incluso para el común de las personas. Nosotros tomamos posición frente al excesivo recurso a la farmacia: y bien, sus primeros aliados son cognitivos. Cogne-tivistas [golpea-tivos]: han tenido el arte de golpear (risas).

Porque para mí, la psicología, ya que evoqué 1962, la he conocido, en la Sorbona, al inicio de los años 60. En la época, la Sorbona era la Universidad de París, no estaba multiplicada y diversificada como hoy, ¡Ah! (JAM da un golpe en la mesa). En la verdadera Sorbona, la psicología era una disciplina despreciada, que se pegaba a los muros. Era un divertimento reciente de la filosofía. Habían obtenido la autonomía como psicología, y los filósofos que se dirigían hacia ella eran considerados como degenerados, claudicantes, se consideraba que ellos se vendían, se degradaban.

Tal vez ustedes recuerden el artículo histórico de Georges Cangilhem sobre la psicología, que de otra

parte, inmediatamente hice los Cahiers pour l’analyse, lo he publicado de primero. Eran, por lo tanto, sus viejos alumnos los que ocupaban los nuevos laboratorios de psicología, y Canguilhem iba con la ametralladora, la que había llevado durante la Resistencia. Es un artículo que Lacan ha leído en los Cahiers pour l’analyse, y que le ha inspirado un comentario elogioso, donde evoca el desliz sensacional de la psicología, del Panteón a la prefectura de Policía –está en los Escritos, el último texto, "la ciencia y

la verdad".

Esa psicología despreciada, me ha interesado. No veía por qué debía obedecer a una jerarquía. Hice psicología social- sobre todo la psicología social-, me divertía mucho, por ejemplo, Moreno. Entonces, yo no compartía ese desprecio. Pero, en fin, era su estatuto, digo algo objetivo.

Y henos aquí, ¡reestablecimiento sensacional! Esa psicología entonces miserable, odiada, impresentable,

no recibida en los salones de la filosofía: No, usted no,¡ fuera! (JAM hace un gesto de desprendimiento, risas) ustedes saben, como en los restaurantes chic´s. Se ve eso en las películas americanas con Charles Chaplin que es sacado por el portero furioso, etc. Era así, la psicología. La psicología, entonces, se iba, así (JAM parte cabizbajo), y luego vuelve así (JAM vuelve con la cabeza en alto, risas), la última moda, dirá Mallarmé, tendencia: "Somos ahora una disciplina científica, y no solamente, una disciplina dura, una ciencia dura, Señoras y Señores. Antes éramos una disciplina blanda, ahora somos una ciencia dura (JAM se aconcha e infla el torso alternadamente, risas). ¿Y con quién tratamos nosotros? Con los neuro- cientistas, los quimistas, los biologisistas, los fisicalistas. No invento nada. No se si voy a tener el tiempo de detallarles esto, pero no invento nada. Mi psicología, es como la Cenicienta, estaba allí para hacer la limpieza (risas), encontró un Príncipe Encantado (risas), que no he aún identificado absolutamente, se volvió la Princesa, y ahora no se oye sino hablar de ella. Y esta buscona, dotada de un increíble coraje, de un aplomo infernal, hay que reconocerlo, tiene seducidos a los poderes públicos.

Adoro esa expresión, los poderes públicos, pero en fin, allí, hay que ser nominalistas, cuando se les lanza un significante grueso así, como un zeppelín, los poderes públicos, hay que utilizar la navaja de Occam. Es una abstracción, ¿qué hay allí debajo? Debajo, hay, en general, una tal burocracia, detrás del escritorio N320 (JAM se sienta detrás del escritorio), y luego hay otros, un poco por todas partes, que tienen secretarias, que tienen computadoras, que a veces buscan algo que hacer (risas). Y cuando ellos ven llegar una bella muchacha así, vestida a la última moda, le dicen "¡Pero, inmediatamente, vas a ver como voy a descubrirte las leyes del espíritu! y con ellas tu irás mucho mejor. Y todos nuestros compatriotas contigo- y bien, se lanzan sobre la ocasión. La psicología ha seducido metódicamente los poderes públicos.

¿Dónde estábamos nosotros durante ese tiempo? Me lo pregunto. Sé al menos desde cuando me lo pregunto: me lo pregunto después del jueves en la noche, cuando entrevisté, durante tres horas, al biólogo Jean-Didier Vincent, que acaba de publicar su Viaje extraordinario al centro del cerebro. Es ante todo, entre paréntesis, un viaje extraordinario al centro del cerebro de él (risas), un cerebro muy divertido, no se aburre uno ni un segundo con él, es especial. Para introducir reflexiones sobre el inconsciente de Freud, él comienza por explicar su viaje a Viena, con una amorosa compañía (risas), para contar uno de sus sueños. Se le puede reprochar muchas cosas, pero he aquí a alguien que no se obliga a mostrar los signos convenidos de la cientificidad. Es también alguien que, de paso, habla del genio de Freud y del de Lacan –pero es para que no se le vaya a buscar camorra. Lo que es extraordinario, es que al final, cuando le he dicho: Antes de la publicación le mostraré lo que habré hecho, él me respondió: No, déme la sorpresa (risas). Dado que solté algunas bombas, es necesario que mida exactamente lo que podrá soportar de las sorpresas que él aporta (risas).

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Él dice muy precisamente: "¿por qué es que ustedes, los analistas –yo, no era analista en esa época, entonces no tengo nada que reprocharme (risas)-, por qué ustedes los analistas, cuando el cognitivismo ha comenzado a crecer, no intervinieron, por qué ustedes no dijeron lo que tenían que decir? Y Sartre tampoco lo dijo, y Foucault no lo dijo suficientemente". Me he dicho: Él no está equivocado, tomamos eso como una broma.

Así, en Ornicar? Hicimos una entrevista a Jean-Pierre Changeaux, quien no es cognitivo, sino biólogo,

pero en fin que ha hecho, un poco más tarde, el atajo a los cognitivos. Hicimos esa entrevista porque Eric Laurent conocía a alguien que trabajaba en el equipo de Changeaux, y eso le dio la idea de que podíamos invitarlo, y lo hicimos, y lo entrevistamos varios. Fui a llevarle el manuscrito editado al laboratorio del Instituto Pasteur, fue hacia 1984-1985, algo así, él encontró eso muy bien, y le he dicho:

"tengo un título que quisiera ponerle si usted está de acuerdo, es el hombre neuronal". Me dijo "es un bello título". Y luego la editora Odile Jacob a leído esto en Ornicar? Y, conformemente al proceso heideggeriano, le ha encargado un libro titulado El Hombre neuronal, que fue un betseller histórico, y Changeaux muy gentilmente menciona que soy el inventor del título. Aparentemente me tuvo aprecio durante un tiempo, porque, cuando él tenía necesidad de un sparring partner para hacerle objeciones en una conferencia, me invitaba. Hicimos un dúo así en la Fundación Saint Simon, donde los intelectuales tenían la ocasión de encontrar los grandes nombres del mundo de los negocios. Fui porque estaba Changeaux. Después, me enviaron un cheque con una gruesa suma por mi tiempo, y verán como soy: no

lo cobré. Porque no quería tocar un dinero que venía de esa fuente.

Entonces, Jean-Didier Vincent, como yo le reprochaba de no haberse opuesto suficientemente al cognitivismo, me ha dicho ¿¡Y usted! Es usted el que ha hecho famoso a Changeux? (risas). Si, es cierto

que hay algo que yo no vi. Me he detenido en ello, encontraba a Changeux extremadamente simpático, y de otra parte, es aún el caso. Jean-Didier Vincent me ha dicho: "Oh, si usted lo aprecia así, es porque usted lo lanzó". Y le he respondido: "Si, debe ser como El viaje del Señor Perrichón (risas)". Usted sabe que el señor Perrichón no ama a su salvador sino a aquel que él mismo ha salvado. Su hija tiene dos pretendientes, hay uno que piensa conquistarla salvando al señor Perrichón de un mal paso, mientras que

el otro, más astuto, se pone en un mal paso, y es el señor Perrichón que lo salva, y entonces, cada vez

que lo ve, el señor Perrichón se siente un héroe (risas).

Estoy muy decidido a que esto no recomience. Eso va a servir, una empresa como la del Nouvel Âne, puedo decir que apuesto muchas cosas. Comprometo conmigo, he contado 80 personas, sólo para producir eso en un segundo tiempo que va a venir. Es necesario que esa abstención en el momento de la subida del cognitivismo, no se reproduzca. Tenemos una voz, podemos hacernos escuchar. Y como dice Nietzsche, como dice Zaratustra: "Lo que mata verdaderamente, no es la ira, es la risa". ¡Podemos matarlos a golpes de risa! (JAM endurece su tono) Entonces, vamos a ensayar.

El cognitivismo, tal que lo hemos conocido al final del siglo XX y al comienzo del siglo XXI (JAM golpea violentamente la mesa), eso se detiene aquí. No es suficiente con golpear la mesa, estoy de acuerdo (risas), pero eso ayuda. Ayuda a fijar las ideas: no hay nada inevitable, han comenzado miserables, han comprado vestidos nuevos, es una doctrina de la impostura, ahora se trata de desnudarla, como la recién casada de Duchamp.

Felizmente, la escuela de Jean-Didier Vincent dice eso también. Jean-Didier Vincent, un profesor del Colegio de Francia de nombre Prochiantz, y un tercero llamado Schwartz, que Jean-Didier Vincent llama los tres cangaceiros, ellos dijeron eso y fueron golpeados. Al final, ha terminado por soltarme eso. Le he dicho: Usted conoció una derrota. Él me ha respondido: Si.

Pero la guerra no ha terminado. Apenas comienza.

Ellos han logrado arrancar al Estado millones de euros para construir una fábrica de gas que se llama

NeuroSpin. Cuando oí hablar de eso, hace dos años, a partir del artículo de una revista, reí. Fui a Tolosa, creo, había leído eso en el tren o en el avión, no se ya, y compartí mi hilaridad del proyecto NeuroSpin con una sala. Se va a mirar cuales son los aires del cerebro que se alumbra cuando hay esto o aquello, y eso va a dar resultados formidables porque se sabrá determinar exactamente que color hay que dar al detergente para que tengamos aún más ganas de comprarlo. Está escrito (JAM golpea la mesa). Bueno.

Y al mismo tiempo sólo prometiendo eso, esto va a darnos las leyes del pensamiento.

Entonces, recobremos la calma (risas). Es una captura por lo imaginario. Ellos están fascinados porque, en efecto, tienen acceso a imágenes que jamás se habían visto. Era lo mismo cuando se comenzaron a ver los tubos que se paseaban por el esófago y al interior del estómago, se veían paisajes extraordinarios

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que se mostraban en la televisión. Eran Viajes extraordinarios. Es de Julio Verne. Es un viaje extraordinario en efecto al cerebro, se miran las neuronas, eso se alumbra, ¡oooh! Jamás se ha visto eso antes. Bueno, ¿y luego? ¡Francamente, dónde están los resultados prácticos? Ninguno.

Los psicoanalistas no han jugado su papel en la época. De acuerdo. Ni los filósofos. ¡Y bien! Es a nosotros [que nos corresponde] jugarlo ahora. Con los medios de la época. No es suficiente hacer un coloquio en algún lugar, una sabia publicación, incluso de 5000 o 10000 ejemplares. Hay que entrar en los medios de comunicación. Porque sin eso no se entra a la Wirklichkeit. Es así. Cuando los poderes públicos están en las manos de una élite, cuando la ciencia está hecha por una élite, sin duda no se pasa por los medios de comunicación. Y aún, lean Balzac y vean cómo se tiene el ojo sobre el periódico. Pero, hoy, en efecto, se gobierna con los ojos fijos sobre el asunto. Una vez en mi vida almorcé en el Hotel Matignon, con Michel Rocard Primer ministro, y el pobre explicaba que no tenía el tiempo de gobernar porque le era preciso que corriera una alerta de los medios a otra. No se puede hacer nada, decía él. Era verdadero lo que decía –ese era su eslogan, hablar verdadero. Pero, finalmente, desgraciadamente, la verdad es estúpida (risas). Entonces hay que entrar allí, si se quiere que el pensamiento no se vuelva vapor, que el pensamiento se vuelva una fuerza material.

Es lo que descuidábamos en el tiempo del marxismo mecanicista: se creía que la producción, era la de los obreros solamente. Y bien, no, la organización del trabajo, el pensamiento según el cual se organiza el trabajo, es también un factor de la producción. Los alumnos de Althuser han debido aprender esto con el tiempo.

El pensamiento, es simbólico. Es por ello que los remito al texto de Lacan "Televisión": no confundir el pensamiento y el alma. El alma, su definición por Lacan es aristotélica: es el doble del cuerpo, la forma del cuerpo. Y francamente, no hay una palabra en el último libro de Jean-Didier Vincent que supere eso. Lo que encuentra con su Viaje extraordinario al centro del cerebro (JAM aplaude), es, entre comillas, el alma como forma del cuerpo. Eso se pasa en secuencias, con los circuitos hipotalámicos, etc. elementos de los que no disponía Aristóteles, pero que están en el mismo marco conceptual.

Es por esta razón que Vincent tiene tanta dificultad para situar el sexo. Porque, para él, el sexo, es un asunto del alma y del cuerpo en el sentido aristotélico. Y entonces dice: "Pero, de todos modos, Freud

exagera, no solamente existe el deseo sexual, existe el deseo de comer, hay el deseo de (

) etc. él

encuentra todo eso en su almacén-, ¿por qué habría únicamente el deseo sexual? Y, en efecto, a nivel del cerebro, esto se alumbra también fuera (risas). Bueno Teniendo en cuenta, con todo, que el sistema sexual está aparte. Le he dicho: ¡está aparte! Me respondió: Un poco aparte (risas). Bueno, de acuerdo, es él que sabe, no soy yo. Bueno, de un lado, él anota eso- no hay únicamente el deseo sexual-, pero él mismo lo dice en su libro: Si, pero entonces, ¿cómo pasa que no pensamos sino en eso? (risas). No tuve el tiempo de interrogarlo más sobre el asunto. Voy a decirle: Las personas sólo piensan en eso, ¡es usted que siempre piensa en eso! (risas) las personas piensan en muchas otras cosas. Trato de explicarle que justamente el sexo no está únicamente incrustado en el alma, lo está en el alma-cuerpo, que el sexo está incrustado en el pensamiento. Es lo que se encuentra en el psicoanálisis, que está articulado en el pensamiento, en lo simbólico. Y entonces, eso produce un cierto tipo de perturbaciones, especiales. Vincent es muy simpático. No éramos capaces de despedirnos (risas).

Su Viaje extraordinario al centro del cerebro es extraordinario, claro está, por las cosas maravillosas que encontramos en el curso de ese viaje, pero lo es también por todo lo que no encontramos. Y ¿cómo se encontraría la proporción sexual? (JAM aplaude) No existe. Entonces ustedes no pueden hacer un viaje extraordinario al centro de la relación sexual (risas). La frase capital de "Televisión" que dice bien esto y va a aclararles el Viaje extraordinario al centro del cerebro, es: el pensamiento es desarmónico con el alma (JAM subraya golpeando la mesa). El pensamiento no está en armonía con el alma, es otra función que desorganiza las funciones del alma-cuerpo. Y es por ello, a pesar de todo, en el Sistema de Jean- Didier Vincent, el deseo sexual no se inscribe bien al lado de los circuitos hipotálamicos del deseo de comer. Incluso a nivel del hipotálamo –apliquémonos- y bien, el amor y el apetito, eso no funciona de la misma manera.

El pensamiento –lo que Lacan llama el pensamiento- es significante. Y, allí, tomamos en serio el término que Lacan fija el significante, e incluso, del cual fija el signo como tal, a saber, la cifra, palabra que tiene todas las razones para retener nuestra atención dado que hacemos una campaña contra el fanatismo de la cifra. Entonces, porque debo interrumpir el curso de hoy en pleno aliento, los remito a ese texto de Lacan que se llama: "Introducción a la edición alemana de los Escritos".

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Vean un poco el título que pone Lacan. No es banal. Jean-Didier Vincent que sabe como vender su libro dice. Viaje extraordinario al centro del cerebro y Lacan "Introducción a la edición alemana de los Escritos" (JAM subraya cada palabra golpeando la mesa). Ustedes ven la diferencia de estilo. Los títulos de Lacan, a partir de cierta fecha, son verdaderamente áridos, repelentes. Él va a la radio y llama eso "radiofonía", ¡verdaderamente! (risas). Va a la televisión y llama eso "Televisión" (risas). Allí era yo quien entrevistaba, obtuve que eso no sea enterrado en su revista Scilicet que nadie compraba por fuera

de un pequeño medio, logré hacer de aquello un libro aparte, a poner una bella imagen en la portada, y le he dicho: No podemos llamar eso Televisión. Me dijo, ¿cómo usted llamaría eso? No me quejo por lo que había encontrado en ese momento, eso debe ser ahora una fábrica de muebles que ahora se llama así,

le he dicho El arte de vivir (risas prolongadas). Bueno. En la época no existía (risas), y era algo que me

preocupaba mucho, encontrar un arte de vivir, yo no tenía el arte de vivir. Me dijo: de acuerdo. Y luego,

a la mañana siguiente, llamada telefónica: "No, déjalo Televisión". Eso me hizo pensar, si ustedes

quieren, a esas bellas niñas que se afean. Porque es de los textos más atractivos, y Lacan, malévolamente, le ponía un texto absolutamente no sexy, como se dice (risas). Ustedes recuerdan a Lamiel, en Stendhal: como los muchachos corrían detrás de ella, y ella se pone en la mejilla un horroroso tumor artificial para que la dejen tranquila. Hay algo de eso en Lacan con sus títulos.

Entonces, subraya, en la "introducción alemana a los Escritos" –está hecho para desalentar incluso al pronunciarlo, al mencionarlo-, él subraya la ambigüedad de la palabra cifra, diciendo, allí, hay una maraña. Los remito a la página 554 de los Otros escritos. Y en efecto, es una ambigüedad fecunda, porque cifra, desde el comienzo, eso designa la maraña del significante. Un mensaje cifrado, es un mensaje- no se puede decir que no se comprende el sentido porque hay frases en lenguaje corriente, o en otra lengua, en las que no se comprende el sentido, donde el significante es opaco.

Pero, Lacan formula un principio, del que me doy cuenta que no lo he jamás martillado en este curso,

que no obstante dura desde hace mucho tiempo: La cifra funda el orden del signo. No es la cifra contra

la cual se llama a la revolución, o al menos a la revuelta. La cifra de la que se trata, es la cifra en tanto

que criptografía. Entonces, ¿en qué la cifra funda el orden del signo? Y bien, es porque el principio del

cifrar es la sustitución.

Por ejemplo, si usted quiere un método simple de cifrar, usted escribe el alfabeto –porque llegamos a decirnos todo con las letras del alfabeto-, y luego usted procede a esa sustitución- no les aconsejo hacerlo si tienen mensajes secretos que enviar porque es muy fácilmente descifrable, hoy estamos verdaderamente más allá de eso-, allí donde normalmente había una A usted escribe una E, allí donde se tenía una B usted escribe una F, etc.

A

E

B C D F G H

Con una intercalación, se obtiene como resultado un mensaje cifrado. Y, una vez que se tiene la clave, usted puede descifrar el mensaje cifrado.

Entonces, cuando Lacan dice: la cifra funda el orden del signo, es decir: el signo está fundado por la

sustitución, el signo es lo que es sustituible. Por eso, en la página antecedente, el lo dice: El signo del signo –lo que hace que un signo sea un signo-, es que cualquier signo cumpla bien la función de cualquier otro- es decir, que en el mensaje, cuando se tiene A o que se tenga E, es igual, la E puede tomar el lugar de A, y Lacan ve la esencia del signo en esa sustitución -que cumpla igual la función de otro, precisamente por el hecho ser sustituido, Eso, es lo que Lacan ha dicho del modo más simple y claro sobre el significante. Antes, estaba más cerca de Jakobson o de Lévi-Strauss, aquí, tiene un abordaje del significante que no es propiamente analítico, por que lo que lo ocupa, es que, precisamente

el inconsciente es una máquina para cifrar.

Escucho decir que los analistas lacanianos no interpretan los sueños. Tal vez que sus pacientes, sabiendo esto, no sueñan, no lo se. Yo adoro interpretar los sueños. Lo encuentro extremadamente divertido. Es de todos modos un oficio árido, y el oasis, para mí, es cuando llega un sueño, un pequeño sueño bien constituido, y que se lo puede descifrar. Entonces, se le comunique o no se le comunique, pero no veo por qué no se lo comunicaría, lo más frecuente es que el analizante se beneficia de esa lectura.

Entonces, cuando Lacan añade: el signo no tiene alcance sino por estar cifrado, el formula un principio. Todo lo que ha podido decir de la lingüística, lo reformula de la manera más próxima a la experiencia analítica. Uno se imagina que hay un signo natural, un signo de primera intención, y luego, el signo que

le es sustituido, ese, sería artificial. Pero lo que dice Lacan, es que todo signo es, de entrada, una cifra, es

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que todo signo comporta una opacidad. Y esa, es la buena manera de atrapar el significante, me parece, cuando se está en análisis.

Entonces, la semana pasada, he dicho, si, que me volvía periodista, y que mi primer deseo de niño había sido de ser un periodista. He hecho muy bien al decirlo, porque eso hizo que alguien me dijera: He hecho el camino inverso, he comenzado como periodista y ahora soy psicoanalista. Y entonces planteé la pregunta: ¿en qué periódico? ¿En qué función? Y así he descubierto, en los entornos inmediatos de la Escuela de la Causa Freudiana, la perla que buscaba desde hace años, a saber alguien que tiene una competencia profesional superior a la mía en materia de rewriting y de preparación de la copia para la imprenta, y a quien puede delegar toda una parte de lo que hacía antes yo mismo. Y el mismo día, jueves pasado que es para mí un día bendito de los dioses, he encontrado, además, la fotografía lacaniana de mis sueños, y otra notable persona a quien puedo dirigirme para el secretariado de redacción que aseguraba yo sólo.

Entonces, he dicho eso la semana pasada, no lo lamento, pero, reflexionando sobre el asunto, puedo con todo decir lo que anticipaba en mi infancia mi profesión de psicoanalista. Es que siempre adoré los mensajes secretos. No para enviarlos a alguien, sino la constitución del mensaje secreto.

De otra parte, conservé ese gusto luego, porque tengo muchas obras de criptografía. La criptografía hoy, no puedo seguirla más, es de una complejidad extraordinaria, la criptografía electrónica, etc., es una ciencia que se desarrolla por sí misma, con funciones aleatorias. Es de esas cosas que he podido seguir hasta los años 60 – 70, y después se terminó.

Pero si recuerdo bien, en verdad no he verificado nada, hay un mensaje secreto en el libro de Julio Verne "Viaje al centro de la tierra" - ¿no? Yo creo que hay un escrito. Está el Escarabajo de oro de Edgar Poe, adoré eso. En el Misterio de la cámara amarilla -, es un mensaje secreto, tanto más secreto que es una frase banal que no se comprende y que está camuflada allí dentro - ¿se recuerdan ustedes?-, lo cito de memoria: el presbítero no perdió nada de su encanto, ni el jardín de su resplandor, es Frédéric Larsen quien dice eso. O aún, en el ABC contra Poirot, donde hay que descifrar los mensajes para anticipar quién va a ser la víctima del próximo crimen. Hay de eso en Borges también.

En el mensaje secreto, estamos en relación con el Otro del significante, del cual es preciso que no se pueda saber todo. Es necesario separarse del Otro del saber. Se sustrae algo a un Otro de la vigilancia, y se lucha contra ese Otro. Yo, siempre estoy allí, luchando con el Otro de la vigilancia.

La obra mayor, que he descubierto más tarde, gracias a Lacan, gracias al discurso de Roma, es el de Leo Strauss, La persecución y el arte de escribir. Strauss trastorna todo el edificio filosófico mostrando que hay muchos filósofos que han escrito bajo amenaza (JAM aplaude) de prisión, del verdugo o del arresto, y entonces han debido deslizar sentidos secretos para descifrar. Y él lo demuestra de una manera magistral en Maïmonide, Spinosa y otros autores. Es la referencia de Lacan para indicar que es necesario aprender a leer entre líneas.

Es siempre de actualidad (JAM asume un tono de confidencia). Siempre lo hubo ¿qué? Los espíritus libres, no me gusta mucho esa expresión, no se es muy libre, no voy a decirlo como Nietzsche, el pobre, los hombre superiores, eso es una cosa en lo cual no creo, pero en fin siempre hubo un cierto tipo de revuelta, que es necesariamente perseguida, y la cual, necesariamente, aprende a no decirlo todo – a no decir todo de manera clara, a medio decirlo.

Como los analistas, al mismo tiempo que vociferamos, o vociferamos o susurramos a la bella oreja de nuestras entrevistadoras, también dispersamos algunos mensajes secretos que serán del estilo a buen entendedor pocas palabras bastan. Porque, del psicoanálisis, de la locura que es el psicoanálisis, no podemos decirlo todo, ni a todos.

Hasta la próxima semana. (Aplausos).

Traducción al español: Mario Elkin Ramírez NEL-Medellín

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Curso del miércoles 5 de diciembre de 2007

Entiendo por qué están aquí: esperan que continúe amándome delante de ustedes.

Es de ese modo que sitúo el límite del ejercicio, tal como se me mostró la última vez, después de haberlo hecho. Ocurre que haga lo que haga, me describo como amable.

Resulta en extremo singular que incluso un análisis, después de todo, sólo es impulsado hasta un cierto punto. Y es aun lo que ocurre con el cortejo de injurias y calumnias que me acompaña desde siempre, algo que ya es para mí una suerte de animal familiar; siento que algo me falta cuando no tengo la jauría ladrándome detrás y buscando morderme los talones. Este último tiempo, por ejemplo, ¿dónde está?

Pues bien, pese a esto y a toda la ironía que puedo consagrarle, hay en mí algo que debe pertenecer al registro de la certeza psicótica o en todo caso, de la certeza –y quizá podría decirse que toda certeza es psicótica, sobre todo en los tiempos que corren. Tengo la certeza, incluso sin saberlo, pero me doy cuenta cuando me releo, tengo visiblemente, ridículamente la certeza –cómo decirlo, voy a recurrir a la distancia que me permite un vocabulario un poco anticuado–, la convicción de tener un alma adorable.

No creo en el alma, como no sea reportándome al modo según el cual la consideran Aristóteles y Lacan, en tanto designa la unidad del cuerpo, cuya imagen en el espejo sería el analogon más próximo, más presente. Como dije al pasar, no me miro en el espejo, al punto tal que ignoro tener los cabellos grises, según parece.

No creo en el alma, ni siquiera soy coqueto –quizás ustedes se hayan dado cuenta–; me visto a las apuradas, soy capaz de ponerme lo mismo durante una semana. Admiraba mucho lo que se decía de Jean–Jacques Servan–Scheiber, en otros tiempos: se vestía siempre con un traje azul, del que tenía varios ejemplares del mismo corte, una camisa blanca y una corbata negra, siempre la misma, de modo tal que no hubiese tiempo que perder por las mañanas. Esto me parecía la prudencia misma.

La apariencia es así algo de lo que no me ocupo; jamás me creí irresistible para las damas y de haberlo creído, hubiese sido desmentido en los hechos. Sin embargo, todo indica que en cierto modo, como decía el Dr. Lacan, creo ser adorable.

Tal es el fundamento de lo que evocaba como mi erotomanía, por lo menos en lo que hace al binario según el cual Lacan da a elegir entre la erotomanía y otra cosa en la relación con el amor. Ustedes encontrarán esto en sus "Propósitos introductorios para un Congreso acerca de la sexualidad femenina". Es respecto de ese binomio que venía a situarme más exactamente del lado erotomaníaco.

Esto determina que, evidentemente, una convicción así resista a los hechos. Hay un número absolutamente increíble de gente que me odia y esto no mella para nada mi convicción.

En el fondo, ¿qué me digo, qué debo decirme? Algo así como: me odian porque no me conocen bien (risas); de no ser así, verían que soy del todo gentil –bueno, no, totalmente gentil es decir demasiado.

Es demasiado decir, pero sin duda se trata de una posición, la mía, que habría podido conducirme a la paranoia.

En el fondo, siempre sentí que tenía más afinidades primarias, inmediatas, con aquel modo de concebir el corazón del hombre que se da en Jean–Jacques Rousseau, es decir, aquél que sostiene su bondad esencial, que con el pesimismo cínico de Freud y de Lacan. Si desde lo intelectual puedo adherir a este último –y de hecho adhiero, la práctica psicoanalítica por lo demás me impulsa en esa dirección–, como diría el otro, el niño en mí, hijo de madre, se inclina hacia la otra perspectiva.

Incluso si corrijo esta concepción, es así y todo ella la que modela mi política institucional. Siempre estoy a favor. Uno se da bien cuenta que Lacan, siguiendo la concepción que él desarrolló, expuesta en sus Seminarios y en sus Escritos, mantenía las riendas de su Escuela, los puños apretados; cuando la asamblea general duraba más de un cuarto de hora, se impacientaba, uno comprendía que era preciso partir y partíamos. En lo que a mí respecta, debo decir que no seguí para nada su ejemplo, no sólo porque debí consagrarme al asunto un poquito joven, muy lejos de su autoridad, sino porque lo hice de un modo por completo distinto.

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Lo hice, en efecto, por la vía de la conversación, hasta diré fatigando a la gente al dejarles libre todo el horizonte para hablar, apostando a la dialéctica de las opiniones, al hecho que ella encontraría finalmente un punto de equilibrio, preconizando la transparencia, término que por excelencia se ubica en la perspectiva de Rousseau. Es preciso decir que así y todo hubo quienes se rehusaron a entrar en el juego; fue cuestión a menudo de personalidades muy crispadas, en fin, grandes pesimistas en cuanto al ser humano, desconfiados. Pero aquellos que sí se prestaron al juego, después de todo ahora suman millares de gente en todo el mundo, como también se generaron instituciones muy sólidas, que en el presente viven su propia vida, donde no tengo en absoluto que girar la manivela. Lo hice al comienzo, un poco por todos lados, pero después de todo se trata de algo que generó también en ellos confianza en lo que a mí respecta, como pude verificarlo recientemente. Confianza en mi lealtad, por lo menos en cuanto a un esfuerzo de justicia y de promoción de las personas –y en cada generación, de los más jóvenes.

Llegó a ocurrir que los fatigue; no hice todo cuanto podía al respecto, según creo, en este país mismo, en Francia, porque me dejé absorber desde hace ya varios años y de manera muy exclusiva por la redacción de los Seminarios de Lacan. Me retrasé un poco en Francia a causa de esto, pero estoy recuperando ese retraso ahora y lo voy a hacer a marcha forzada.

Así, esta doctrina respecto del mal o de lo malo, que en mi caso relaciono con el hecho de ser hijo de una madre fóbica, es algo que continuó en acción. Es allí donde se funda la mucha simpatía que tengo, en primer lugar, por los hijos de madre, como Sollers, por ejemplo. Es algo que yo reconozco, pero que es en él muy exclusivo, evidentemente.

Pero en el fondo, incluso en el momento más fuerte del machismo intelectual de la Escuela Normal Superior (ENS), que era por cierto notable, resulté captado por ese machismo antes de adoptarlo. Por ej., cuando Spinoza dice: el hombre piensa, la convicción que modelaba nuestros actos era: la mujer no piensa. Nuestra experiencia era bastante limitada desde ese punto de vista. Era entonces considerable ese machismo intelectual; alguien que lo padeció –y por lo demás conservó la marca al respecto– es Catherine Clément. Ella se interesaba en nosotros y nosotros encontrábamos que tenía lindas piernas, pero en cuanto a lo demás, no la estimábamos como ella merecía. Es lo que ocurre cuando uno entra en un cuerpo constituido y prestigioso como ése, incluso teniendo un espíritu independiente, toma la tintura de ese medio.

Por ejemplo, en la Escuela Normal, aprendí muy rápido que el toque chic, en fin, aquello que constituía la elegancia misma cuando los filósofos nos hablábamos entre nosotros, cuando estábamos presentes dos o tres, era la actitud de mirarse los pies. Y así era como los alumnos de Althusser se hablaban entre sí (JAM hace la mímica); por consiguiente yo también empecé a hablar así (risas).

Sin embargo, si ustedes quieren, tengo un recuerdo muy preciso de mi independencia, justamente. Es decir, de la primera cena de la que participé en el refectorio de la ENS, sentado a una mesa donde había otros normalistas. Cuando la conversación estaba animada, en un determinado momento dije –lo recuerdo por el silencio helado que siguió a mi intervención–: como quiera que sea, resulta divertido pensar que hay aquí la misma cantidad de boludos que en cualquier otro sitio… (risas). Visiblemente, la idea no era compartida por mis camaradas.

Entonces, según creo, se trata de un efecto que responde al medio. A mi entender, como hijo de madre que soy, siempre tuve simpatía, vibración empática por –cómo decirlo–, como ellas dicen, el discurso femenino.

El hecho de amar la lógica, y la lógica seca, no me impidió nunca escuchar los discursos húmedos, si puedo decirlo así. Es una oposición un poco rudimentaria, ya que hay sin duda mujeres secas y hombres muy húmedos.

Bueno, sí, veo que nos divertimos. Así y todo, es necesario que les aporte precisión respecto de algo. Ocurre que habitualmente, cuando vengo a hablar aquí, he pensado en la cuestión durante la semana y después, el miércoles por la mañana, me concentro durante dos, tres, cuatro horas, leo, escribo, tomo notas, elijo a último momento el camino a seguir –camino que me sorprende a veces a mí mismo, es lo que ocurre más a menudo– y así es como se acumulan notas que no utilizo y que podrán volver en el transcurso del año.

Esta vez no hice eso, no pude hacerlo, digamos que no dejé de estar en la acción ni siquiera un segundo.

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Para mí es entonces un recuerdo muy alejado el del momento aquél –la semana pasada– en el que había tenido tiempo de darme tono y tomar distancia, ese momento en el que se me ocurrió hacer un love fest conmigo mismo.

Esto se me presenta como muy lejano ahora que tengo delante de mí las notas para continuar, cuando todavía no les he dicho nada. Todo cuanto les digo lo traigo así, ex tempore. Qué quieren ustedes, evidentemente opongo lo seco y lo húmedo como lo masculino y lo femenino; se trata de la inercia imaginaria, no salimos de ahí. En fin, salimos cuando tenemos un pequeño momento para reflexionar.

Entonces, mi diferencia con Sollers se hace manifiesta respecto de muchos puntos y planos, pero en definitiva, clínicamente se sitúa en lo siguiente: en cuanto a él, puedo escribir en términos astrológicos desviados hacia el psicoanálisis, pocos o ningún padre en su cielo. En cuanto a mi cielo, hay muchos, muchos padres. Allí se fundamenta, por lo demás, lo bien que me entiendo, en general, con las hijas del padre –¿ven ustedes a qué me refiero? Pero con las hijas de la madre también.

Evidentemente, no me relaciono con la idea de lo nacional a la manera en que lo hace Sollers. Para él, a todas luces, la idea de la patria se ubica del lado del padre. Mientras él no le asigna ninguna importancia, para mí cuenta, y por mucho. Sin duda, esto responde al hecho que, por mi parte, tuve que inventar yo mismo esas raíces, de ahí que me sienta tan enraizado en la cultura francesa y en la Historia de Francia.

Como quiera que se lo considere, esto es un logro de la República Francesa, el de transformar al hijo de judíos polacos, nacidos en el ghetto de Varsovia, de manera tal que llegue a sentirse como me siento yo, un francés pur sucre. [1] Claro está, deseo que esta máquina de transformar continúe, que no desfallezca.

De modo que para mí, la patria cuenta; siempre me hicieron vibrar los grandes episodios de la Historia de Francia y así como conté la última vez, si recuerdo bien –y tengo buena memoria–, el rol que había podido jugar la imagen gloriosa de mi padre radiólogo dominando el mundo, su mundo de fotos y de secretarias que tomaban múltiples discursos siguiendo su dictado, de esa manera yo me sentía bien cuando estaba en sintonía con esa imagen, como aquí mismo.

Mis momentos de elación, mis períodos que podrían ser calificados clínicamente de hipomaníacos, son consecuencia de la identificación con esta imagen. Yo debía tener por entonces seis o siete años, no más; puedo situar la fecha, puesto que él abrió su consultorio de radiólogo en 1950, 1951, resulta fácil de ubicar.

Se trata así de una imagen radiosa, por entero positiva, que incluye claramente mujeres en una posición subordinada. Son mujeres que trabajan para él, que toman nota y sostienen su palabra, en tanto él se ubica en una posición evidentemente de dominio y de saber total.

Conocemos las consecuencias clínicas, a menudo enojosas –es en todo caso lo que por mi parte pude ver–, del hecho que un niño sea en clase alumno de su propio hermano o de su propia madre. Claro está, ustedes podrán aportarme muchos ejemplos donde todo transcurre muy bien; por mi parte, he verificado que ciertas dificultades de ser, contemporáneas respecto de este incidente o más alejadas en el tiempo, son consecuencia de él.

Esto no es un equivalente de la familia Schreber, hijo de un padre educador, pero si el familiar del que se trata no maneja la cuestión con tacto –y es todo cuanto se pueda decir al respecto, porque no existe un buen método, pero aun así–, si carece de tacto tenemos consecuencias enojosas.

Es algo así como ser hijo de médico. Puede que decida a su vez ser médico; hay dinastías brillantes

fundadas sobre esa base, por ejemplo, el profesor Debré. Se mostró tan brillante respecto de mí que un magnífico hospital lleva hoy su nombre en signo de reconocimiento a su agudeza. En fin, ciertamente

hizo muy bien otras cosas

médico y un juez de instrucción, devenido ministro y presidente actual del Consejo Constitucional.

El Prof. Debré engendró un primer ministro, quien a su vez engendró un

¡Ah, sí! También tuve una disputa con Bernard Debré, nieto de aquel otro Debré. Era un día en que comenzaba a desplegarse nuestra ofensiva contra la reforma Accoyer; había por entonces aceptado presentarme en un panel televisivo, conducido por Franz–Olivier Giesbert. Por otra parte, como no me habían transmitido con exactitud la fecha, yo creía que la grabación iba a darse al día siguiente y llegué cuando la emisión ya estaba por la mitad. Por consiguiente, estaba un poco lejos del centro del asunto cuando en un momento dado, un periodista del Nouvel Observateur comentó, de un modo si no

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malintencionado al menos muy grosero, que los analistas querían escapar a la escrutación del dominio público.

Por lo demás, Pierre Bénichou se entendía bien con mi hermano y vino a decirme, después de la emisión, hasta qué punto su familia guardaba un recuerdo de nosotros. Su tío Paul Bénichou, gran crítico ante el eterno, había mantenido un vínculo muy próximo con Sylvia Bataille y Lacan, etc. Pero en fin, durante la emisión, puso voz de trueno para preguntar qué eran todas esas historias con esos análisis, etc. Por mi parte, veía correr la hora; me iba quedando poco tiempo, estaba al fondo, en el segundo rango, sometido a una filípica que afectaba, a través de mi persona, a todo el discurso analítico. Entonces se me ocurrió hacer algo que me pareció lo más razonable, esto es, dar un puñetazo sobre la mesa que casi la desfonda. Tuve así el placer de ver todo ese pequeño mundo pegar un salto en su silla y fue mi turno de increparlos.

En ese preciso momento, el Dr. Bernard Debré, nieto del otro, el genio de la medicina infantil, se volvió hacia mí tomando aires de emperador –él, que es a diferencia de mí, tan coqueto– y me dijo: "¡Qué imagen da Ud. de su profesión!".

Porque para estos imbéciles, la imagen que el analista debe dar es la de quien se traga todo, la del flemático.

Volví a encontrar esto después de esta semana y era de lo que quería hablarles, pero en fin

demás, en ese momento fue lo que permitió a Jean–Didier Vincent, que formaba parte del panel, acudir en mi auxilio. Por cierto, no era lo que me esperaba de parte de un biologista. Acudió en mi auxilio con una gentileza, una premura que ahora me explico por el hecho que hay entre nosotros verdaderamente una relación afectuosa. En todo caso, él llora de alegría ante la idea que podremos al fin darle una zurra

a los cognitivistas, algo que él espera desde hace mucho. Yo le dije: ahora estamos listos, me consagro a hacerlo, ya lo verá. Pues bien, se trata de algo que empezó en ese panel.

Por lo

Había comenzado a decir que hay dinastías de médicos, donde la manera de arreglárselas es llegar a médico uno mismo. Como lo indiqué, se trata de algo que me quedó vedado desde un comienzo. Siempre pensé que podía desempeñar no todos los oficios pero en fin, me mantenía abierto, aunque no lo supiese. Pero sabía algo y era que había al menos una profesión que no ejercería nunca, por lo menos una, la de médico. Y no podía porque era la suya.

Ustedes ven hasta dónde llevaba yo el respeto del edipismo: puesto que es la tuya, la conservás, es para vos. Pero el resto es asunto mío –en particular, los libros. No había en casa una gran biblioteca; estaban las obras de Shakespeare, de Voltaire, de Verlaine, con ilustraciones, sobre todo recuerdo las ilustraciones de las cartas de Voltaire, ¡quizá sea por eso que me gusta tanto ese autor! Había allí, en El Ingenuo, pequeñas figuras un poco desvestidas de Mademoiselle de Saint–Yves que eran un deleite. En todo caso, fue algo que le dio mucha fuerza a mi gusto por la lectura.

En fin, lo que había en aquella biblioteca era ese tipo de grandes clásicos y fui yo quien tuvo que llenar la casa de libros; animado por la familia, tuve incluso mesa franca –es mi costado de señorito, no puedo negarlo– en la librería que se llamaba por entonces El 73, ocupada más tarde por alguien que venía de las Ediciones Maspero, una gran librería que ya no existe, donde hay un quiosco y demás. Por entonces era propiedad de la mujer de un médico que conocía a mi padre; yo cursaba en el Liceo Louis le Grand el tercero, el cuarto año y cuando salía iba allí, tomaba los libros que quería, los anotaban y estaba pago. Era el cielo.

Disfruté de eso durante cuatro o cinco años; no sé si se dan cuenta lo que significa, pero en todo caso representaba por cierto mucho dinero. La idea era que no hay que obstaculizar el saber –algo muy propio de los judíos–; se trata del bien más preciado, el saber, no el dinero, al contrario de lo que se imaginan los medios poco gratos. Y como se trataba de algo que a mí me gustaba, pues bien, todos los días tenía tres, cuatro libros nuevos.

Decía entonces que todas las profesiones parecían posibles, pero no la de médico; tal era mi versión extrema del edipismo, ante un padre –es preciso decirlo– que gozaba del dominio que le era acordado por ese saber acerca de los cuerpos, incluidos los de sus hijos.

En casa no consultábamos al médico. Mi padre no era de los que dicen "No, no, en la familia no", de modo que tanto los pequeños percances como las cosas graves, molestas, eran tratados en casa. Todo

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esto era muy coherente con esa posición paterna según la cual "Todo comienza conmigo", donde no había referencia a un pasado, puesto que "El año cero soy yo".

Esto representaba un cierto peso del que el hijo mayor, yo mismo, intentó durante al menos toda su infancia, sino toda su adolescencia, descargar sus espaldas; sus repetidas cóleras, sus arranques, su sensibilidad a la burla, eran eso.

Se trataba a un tiempo de constituir y de aceptar el todopoderío del padre, conteniéndolo en ese al– menos–una, pero sintiendo el peso y, por consiguiente, la incomodidad. Es sin duda ese todopoderío el que venía a representar la estatua de Beaumarchais enfurecido; si mi memoria es buena, está de brazos cruzados, en una actitud de cólera, provisto de un largo bastón.

Querría así y todo llegar a decirles lo que hice esta semana; hasta el momento les he dicho simplemente lo que venía a continuación en mi papel, para formularlo después de hablar de la imagen radiosa del radiólogo.

Por lo demás, puedo decirlo, Melman tenía como analista el mérito, ubicándose allí, de un cierto peso. Lo veía como un pequeño ovillo, denso –algo que representa bastante bien el objeto a, en tanto yo, justamente, siempre me había vivido en mi adolescencia, durante todos los años de mi juventud hasta mi análisis, como algo liviano, que resultaba afín al aire –mil aires / Mill–airs–, liviano como el aire. El dios que había elegido como reparo desde mi infancia era Hermes, el que tiene las alitas en los pies, ésas que le permiten salir de todas las situaciones. Ligero y liviano, por consiguiente, pero con la idea, con un deseo contenido de hacer peso. En ese punto estaba satisfecho, engordé –incluso demasiado, según me dijeron. Pero por entonces era tan delgado como es hoy mi hermano, quien se mantuvo en esa línea; en la cena de anoche, no comió más que un steak tártaro, hasta me burlé de él: "¡Otra vez steak tártaro!". "¿Y por qué no? ¡Es bueno!". ¡Steak tártaro!

Así, la idea es la de hacer peso, como también la de adentrarse y dejar una marca, como quiero hacerlo con el pensamiento de Lacan, ya lo dije. No quiero que sea sólo una vaguedad, no quiero que sea sólo para los eruditos que van a compulsarla y a presentar ponencias. También quiero al respecto que no por esa razón resulte algo ligero, liviano, sino que entre en el mundo, que en efecto reestructure lo que pueda reestructurar del mundo. Porque en lo que se refiere a nosotros, nuestro mundo interior lo hemos constituido y no va a crecer, si puedo decir así; en fin, si crece vemos bien cuál es el principio: nos hablamos entre nosotros, nos apreciamos, hacemos venir a los colegas de América Latina o de Europa del Este, pero se trata de nuestra conversación.

La pregunta era: ¿cuándo será algo que concierna a todo el mundo? Pues bien, en eso estamos. Se trata de algo que sin nosotros ha hecho tantas imbecilidades que ahora –cómo decirlo, es un tono de

predicador–, ese mundo nos necesita

comunicación directa, para decirnos: "No, el mundo no los necesita" (risas).

(Se escucha el timbre de un teléfono) ¿Qué es eso? Acaso una

Pues bien, qué había además de esta cuestión de hacer peso, lo cual tiene ya un gran mérito cuando se trata de alguien tan inquieto. Son dos las interpretaciones de Melman que yo recuerde, no más. La más brillante de ellas, de esa escuela, se refería a este punto, a esta imagen de radiólogo. Con una voz de trueno pronunció: ra–(dió / dios)–logo (ra–dieu–logue). ¡Ah! Como pueden apreciar, ese ra–(dió / dios)– logo me quedó resonando.

Ahora que tengo experiencia como analista, puedo decir que Melman estaba utilizando diferentes matices de un mismo color, quiero decir, no apuntaba a cambiar algo, por lo demás no fue algo que cambiase nada; no tenía por qué ser modificado, ya que, por el contrario, era el principio en el que podía apoyarme en la existencia. No es lo que por mi parte ahora habría interpretado. Lo que habría interpretado es aquello que Melman dejó pasar sin interpretación, quizá porque en ese momento me di cuenta de algo, como se debe –y esto es lo que me impulsa ahora a avanzar en mí y en mi recuerdo.

En el curso de esa misma visita, aquélla al nuevo gabinete de radiólogo donde se instalaba mi padre, cerca del Parc Monceau, Rue de Lisbonne, en planta baja, vasto laberinto de largos corredores, a diferencia del lugar donde habíamos vivido hasta entonces que era más exactamente, como dije, una pequeña caja cuadrada, con pocas piezas, donde incluso su consultorio era pequeño; en un momento dado, hasta llegó a coincidir nuestro lugar de vivienda y su consultorio, un poco a la manera de los Lacan después de la guerra, cuando era toda la familia la que habitaba la Rue de Lille. Quienes conocieron el lugar –5, Rue de Lille– saben que no es grande; pues bien, toda la familia se alojaba allí, incluida la abuela rumana de Silvia. Lacan admitía todo eso, aceptaba la partida: amaba a la mujer,

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tomaba a la abuela también; siempre era muy respetuoso con ella, mucho más que con los demás y ella misma tenía para con él muchas reverencias, según lo que escuché.

Aquella visita tuvo lugar en momentos en que mi padre dejaba de ser generalista y pasaba a ser

especialista; su consultorio cambiaba de barrio y por lo tanto, cambiaba el paseo; me llevó a mí con él y no a mi hermano, que por entonces debía tener seis meses o un año. Vi entonces lo que había realizado,

el mundo nuevo en el que se disponía a vivir, la potencia increíble que de allí se desprendía; todo esto

debió ocurrir en la misma visita, porque no hice muchas más; era su lugar de trabajo y yo no tenía nada que hacer allí, aunque más tarde volví. Pero fue en el transcurso de esta misma visita que me mostró sus aparatos, más numerosos que en el pequeño gabinete de la Rue des Francs–Bourgeois.

Y esto fue lo que hizo cuando lo volví a encontrar. Algo que me aclaró mucho respecto de mí mismo,

incluso de cosas que suelen decirme con frecuencia y que tienen su fundamento. A menudo me han sorprendido mucho –y a veces herido– cosas que me dice gente muy allegada, familiares o amigos míos, quienes han llegado a decirme que mi manera de hablar, de mirar, de apretar los dientes, daba miedo. Algo que no le resulta fácil de integrar a quien tiene la convicción psicótica de ser adorable, si bien hay un principio muy preciso para que así sea.

En el transcurso de esa visita, decía, después del gabinete donde mi padre dictaba sus informes a sus secretarias, se situaba la sala de máquinas, en cierto modo. Mi padre me mostró entonces sus aparatos nuevos y me dijo: con esto, uno ve el interior del cuerpo, el esqueleto, se ve lo que ves en las fotos –así como lo decían los radiólogos. Y no encontró nada mejor que ubicarme detrás de uno de esos aparatos, a mí, a su hijo, y durante un momento las luces se encendieron; mientras por mi parte no veía nada, sabía que era visto hasta lo más recóndito de mí.

Era cuestión de que se vean mis huesos, que en el fondo me vean ya muerto, que vean mi interior, ya sin guardar secretos; el Otro de la vigilancia ganó allí, mientras yo no lo veía y él me veía por completo, como jamás llegaría a verme por mi cuenta o habría podido verme. Esa mirada era el colmo de la inquisición y quedé transido por ella; se puede decir que ese momento se fijó en mi carne. No sé si ustedes sienten escalofríos, no se trata de algo que uno pueda inventar; si yo me quedé tieso es porque sé que ese momento me dejó transido, esa visión, la de saber que mi padre me había en cierto modo abierto, leía en mí como en un libro abierto.

No me desmayé, no lloré, debió ser algo imperceptible, pero quedó en mí como una referencia, algo que comprendí antes de entrar en análisis, leyendo textos psicoanalíticos; era esto lo que podía darme esa mirada que una de mis mujeres, justamente en el momento en el que yo ingresaba a la ENS, calificó así:

tenés la mirada de un juez.

Fue algo que me sorprendió, porque precisamente yo no estaba identificado con el Otro de la vigilancia; llegado el caso, estoy identificado con su objeto, por eso me debato tanto cuando siento que se presenta. Tratándose de los cognitivistas, por ejemplo, me identifico ya sea a su objeto o bien al objeto atacado con elocuencia por el Otro que vigila.

Así, otra ocasión que recuerdo data de mis trece años, cuando estábamos en pensión con mi hermano

durante el invierno –me veo obligado a hacer sus confidencias al mismo tiempo que las mías, en fin, al menos algunas–, ya no recuerdo dónde, durante quince días. Se forma allí toda una pequeña sociedad, las chicas, los muchachos, conversan entre sí y por mi parte me enamoré perdidamente de una chiquita rubia, belga, que volví a ver años más tarde, próxima del Campo Freudiano. Pero habían pasado cincuenta años, más o menos. Por entonces teníamos sobrenombres; el mío era el de abogado; no tengo

el recuerdo preciso, pero sí guardo memoria de ese sobrenombre; supongo que hablaba y pleiteaba, de

modo que la identificación a un juez, es decir, aquélla que me situaba del otro lado, del lado del Otro de

la vigilancia, siempre me sorprendió, pero evidentemente es algo que se instaló en mí con ese episodio,

tanto como con el otro.

En fin, no es algo sintónico respecto de mi intención, pero es evidente que ya cuando se combate al Otro de la vigilancia, se lo vigila, no se le quitan los ojos de encima. Es por eso que puedo de inmediato, a partir del momento en que sé que vendrán a visitarnos los expertos del Departamento de Psicoanálisis, en el mes de enero, mi primera reacción es la de decir que somos nosotros quienes vamos a investigarlos –los pobres no saben dónde meten los pies–, que voy a saber todo acerca de cada uno. No me van a venir con la historia del experto designado, nombrado por una comisión. ¿Quién es Ud., señor experto? ¡Presénteme sus papeles!

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Algo que por lo demás ya hice. Hablé por teléfono con el jefe, después de haberlo contactado por correo electrónico. No sabía aún quién era cuando ya había comenzado con aquello de "Envíemelo con toda

rapidez

sobre la cuestión, le respondí: "Sírvase mandarme a vuelta de correo los documentos oficiales atestando

quién es Ud.". Fíjense que ese tipo me llama por teléfono, me manda un mail y yo tendría que vamos!

",

en fin, ése era el tono del primer contacto más amable. Dos días después, cuando insistió

¡Pero

Esa respuesta mía le hizo efecto. Me llamó para decirme cómo podía poner en duda su buena fe. Le dije que no se trataba en absoluto de eso. Si Ud. me pide presentar una pieza oficial, por mi parte le pido una pieza oficial para presentarla (risas). Todo esto por mail. Y puedo publicarlo mañana, sin el nombre del desdichado.

Pero evidentemente, con esa ocurrencia que tuve de inmediato, la de sacarme ese tipo de encima, dar vuelta la mesa y dejarlo a él en esa situación –ya ven los gestos que hago para decirlo–, nada más que pensándolo uno se vuelve un poco parecido a él. No recuerdo quién lo dijo –creo que fue Nietzsche–, pero es una frase que había tenido un gran impacto en mí: se transformó en aquello que combatía. Había también otra frase, la de esa historieta americana que se llamaba Pogo, que es para morirse: We´ve seen the enemy and it is us.

Se le agregan todavía otras cosas, sobre todo la doctrina misma de Lenin, según la cual el Estado es la burguesía organizada con sus fuerzas armadas, sus finanzas, etc., de modo que para luchar contra ese Estado hay que hacer otro tanto. Y concibió al Partido Comunista así y todo como un contra–Estado, dotado de los mismos defectos o de otros aun peores. Lenin se dio cuenta que había parido una suerte de monstruo.

Ustedes ven bien que es un asunto difícil; para combatir el lobby cognitivista que opera en Francia extracciones abusivas desde hace treinta años, para hacer caer esta fortaleza –ya lo conseguiremos–, no son planos en el aire los que hacen falta, sino que es preciso convertirnos en lobby a toda velocidad, es decir, hablar con los hombres políticos. Claro está no es esto lo que hice durante treinta años, no quería siquiera tocarlos con pincitas. Era indiferente a tal punto respecto de estas cosas, que Roland Dumas era amigo de la familia desde siempre y yo no quise nunca tocar la mano de Mitterrand, por quien había votado. Había votado, sí, pero no sabía nada al fin de cuentas acerca de quién era ese tipo. Tenía una pequeña idea, pero no buscaba aproximarme, no me interesaba tener que formular algunos agradecimientos.

Y lo más sencillo es que Roland Dumas se situó muy bien, debo decirlo, comprendió esto

intuitivamente, quedó entendido sin que jamás hablásemos al respecto, eran sus asuntos. Pero esto se

terminó gracias al señor Accoyer.

De modo que nosotros hablamos con los hombres políticos, procuramos incluso hacerlo con las mujeres políticas, ya que ahora las mujeres ocupan un lugar en ese terreno.

Lilia, presidente de la Escuela de la Causa Freudiana, reconocida de utilidad pública –es la prosperidad de la virtud–, habló con Roselyne Bachelot en su oficina, como había sido invitada a hacerlo. En un momento dado, tuvieron una controversia porque, al parecer, Roselyne cantó el pasaje de una ópera;

creía que era algo de Verdi, pero era de Mozart, en fin

Así van las cosas, así somos.

Se podrá notar que no se llega tocando la mandolina, sino con una caja importante, se llega con el Nouvel Âne, que no es en especial complaciente, pero sabe hacer la diferencia entre los hombres políticos apartados por su administración, por un lado, y por otro los verdaderos de verdad, que están allí, persiguiéndonos encarnizadamente desde hace años.

Los ministros pasan, los ministros cansan, los ministros no son especialistas del terreno del que se trata. Por el contrario, los otros sí, los pequeños hombres grises están allí, desde hace años, para intentar ajustarnos las cuentas y estiman que ahora les llegó el momento.

Hablaba ayer por la noche con Robert Hue, ex–secretario general del Partido Comunista. Quienes asistieron al Foro extraordinario saben que en un momento dado evoqué la Fundación para la

Innovación Política, de derecha, diciendo: pero entonces, ¿qué hay a la izquierda? Y mi hermano indicó:

la Fundación Gabriel Péri, dirigida por Robert Hue.

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A esa Fundación por la Innovación Política fui en el momento en que se suscitó el asunto Accoyer.

Conozco al director, un egresado de la ENS, en tanto el presidente del Consejo Científico es un ex– alumno mío, François Ewal. Mi amigo Jean–Didier Vincent también la integra ahora y, según me enteré en el Foro Extraordinario, la misma Catherine Clément se ha sumado. Por consiguiente, no hay dificultades por ese lado, pero fue preciso el Foro Extraordinario para que mi hermano me recuerde que existía esta fundación Gabriel Péri, dirigida por Robert Hue.

Así fue que después lo llamé por teléfono a mi hermano y le dije qué esperaba para que nos encontremos con R. Hue, para que cenemos juntos. La cena de los tres ocurrió ayer y puesto que se nos recibe con honores en el Palacio de la República ocupado por el equipo de Sarkozy, también estamos contentos de cenar con un viejo comunista que nos tiene simpatía. Por lo demás, dijo que si Jospin hubiese ganado, él habría sido ministro de salud, al parecer ya se habían puesto de acuerdo al respecto. Pues bien, nos recibe Roselyne Bachelot, pero si se hubiese tratado de Robert Hue, nos hubiese recibido él. Esto no

quiere decir que la izquierda y la derecha sean lo mismo, pero el psicoanálisis es el psicoanálisis, esto es

lo que defendemos, defendemos el psicoanálisis de interés público. Me sorprendió encontrarme esta

mañana con un texto mío de 1992, donde ya hablaba del interés público al respecto.

¿Dónde había dejado? Estaba hablando de la cena con Robert Hue, ¿pero antes de eso? Es preciso hablarles ahora, de manera gentil, sin injuriarlos. Me refiero a los ministros de salud, de la enseñanza superior, de la investigación –también se trata de una dama, una señora joven, pero desembarca en un territorio donde los odios existen desde hace décadas. Tampoco se la puede considerar responsable de todo.

Cierro este pasaje para decirles –es la única razón por la cual considero el episodio–, que de chico no me llamaban Jacques–Alain, aunque esos fuesen mis nombres. Fui yo quien a los 16 años decidió ponerlos a circular, inscribiendo un guión entre uno y otro; decidí llamarme Jacques–Alain, hijo de sus propias obras. Hasta entonces, me llamaban Jacky, algo de lo que ya empezaba a estar harto.

Estoy llegando a donde quería llegar y a la razón por la cual estoy llegando justo. Es por eso mismo que no me acordé la tregua de algunas horas esta mañana.

El miércoles ceno entonces con un buen conocedor del aparato universitario y le pregunto: ¿Qué ocurre con este asunto que me llega un poco de todas partes, según el cual el Departamento de Psicoanálisis como tal queda sometido a una visita de evaluación, un nuevo aparato universitario del que nadie había oído hablar? Se trata de la Agencia de Evaluación de la Investigación y de la Enseñanza Superior (AERES). Se pone en marcha y todos los departamentos de Paris VIII están patas arriba, no saben cómo responder a esto.

Se trata de algo que ya me había conducido, diez días antes, a solicitar al director del gabinete de Salud, a quien conozco, que me ponga en contacto con el director del gabinete de Enseñanza Superior e Investigación, para defender la causa del Departamento.

Nada nuevo bajo el sol, por lo demás. Ahora lo decimos. Hasta 1981, la presencia del Dr. Lacan protegía

el Departamento; era su amigo personal, Edgar Faure, quien había creado Vincennes, transformada en

Paris VIII. Como ustedes saben, Lacan murió en 1981, pero también teníamos otros protectores. Foucault aportó su firma cuando fue necesario, Barthes otro tanto y a continuación, hasta 1991, estuvimos tranquilos como reyes.

A partir de 1991, cada vez que queríamos crear un diploma o se hacía preciso renovar su habilitación,

cada vez que nos enviaban expertos, por mi parte no los encontré nunca; felizmente estaba mi hermano

menor para apoyar esta cuestión y en cada oportunidad los expertos –dos psicólogos– elevaban un informe desfavorable. En cada ocasión, Gérard Miller, apoyándose en su notoriedad, pedía una entrevista en el gabinete del Ministro de Educación. Era recibido, explicaba que habíamos sido degollados por los expertos psicólogos y en cada ocasión, el gabinete y por consiguiente el propio ministro, pese a la estimación desfavorable, prorrogaba la vigencia de nuestros diplomas.

Así fue como funcionaron las cosas desde 1991. Felizmente, Gérard Miller, que era conocido, seguía estando allí. Incluso Robert Hue llegó a decir: ahora, Gérard, sos más conocido que yo. Y es cierto, cuando uno camina con él por la calle, la gente se da vuelta. Él puso esta notoriedad al servicio del Departamento de Psicoanálisis.

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De modo que el trámite al que me refería no dejaba de ser algo habitual, sólo que este año la cuestión iba

a ser diferente.

Redacté una nota de una página, como se hace en los ministerios y la entregué al director del de Salud para que la transmita al del gabinete de la Enseñanza Superior, buscando tomar contacto. Una semana

después, recibí un mail del director del gabinete de Salud diciéndome: puede llamar al director adjunto

del

gabinete de la señora Pécresse.

Me

pregunté por qué tenía que tratarse del director adjunto. Miré cómo estaba constituido el gabinete. El

director es un profesor universitario, en tanto de los dos directores adjuntos, porque hay dos, éste es un inspector de finanzas; por consiguiente, es un egresado de la Escuela Nacional de Administración (ENA), como el director del gabinete de Salud, por lo tanto supongo que eran esos vínculos los que prevalecían.

Tenía así, por un lado, esta cuestión en el fuego; como no me dieron el teléfono, fue necesario todavía

que llame a la secretaria; ella me dijo que me lo hacía llegar en quince minutos, pero hacia el fin de la tarde aún no había llegado nada. Me llamó al día siguiente, lamentándose al explicarme que fue cuando estaba a punto de dormirse que se dio cuenta de su olvido, por el cual yo seguía sin el código del mail;

me reporté entoncese a una tercera persona en el gabinete de Salud y por fin lo conseguí.

Así, mientras hacía esos llamados, por otro lado le pedí a Jean–Claude Maleval una nota acerca de la psicología clínica en la universidad; por esa vía empecé a tener noticias del hecho que estaban demoliendo los programas de formación en el Departamento de Psicoanálisis, pero no solamente allí, sino que estaban haciendo intervenir restricciones abusivas en el conjunto de las formaciones en psicología clínica y psicopatología, como se las designa oficialmente en las universidades.

¿Qué puedo decir yo? En efecto, él representa una cierta presencia del psicoanálisis en la universidad. Crearon una suerte de sindicato, con nombre impronunciable, SIEURPP –o algo por el estilo–, dirigido

por mi viejo amigo Roland Gon. Pero en fin, así como definieron su SIEURPP, dieron verdaderamente a

pensar a todo el mundo que se trataba de algo almibarado –y en efecto lo es, hay que reconocerlo.

Recuerdo cuando lo crearon hace siete, ocho años. Por entonces, habían decidido con cuidado que sólo

los psicólogos podrían adherir a ese sindicato, lo cual excluía –era una desdichada casualidad– a la

mayor parte de quienes ejercían la enseñanza en el Departamento de Psicoanálisis de París VIII. ¿Se trataba por completo de un azar?

Mi

amigo, Philippe Grauer, que representa a los psicoterapeutas orientados en la perspectiva relacional,

me

comentó haber asistido a la gran reunión que se hizo en mayo o junio, donde había pronunciado mi

nombre. Le señalé que hacía falta una buena medida de coraje para hacerlo y me respondió: "¡Oh! No

podés imaginarte los movimientos que eso provoca

".

Un poco antes, por lo demás, yo había hablado con Gori, a quien le pregunté si era de verdad prudente

para él, que me conoce desde hace tanto tiempo –e incluso para Elizabeth–, no oponerse a las calumnias

de Melman y empujar la rueda. Me respondió que sí, o en fin, quizás, agregando: "Sabés que a vos también te beneficia, porque tenés reputación de ser el diablo". Muy bien.

En definitiva, quiero decir que hicieron todo lo posible para que no sigamos juntos. Eso por detrás de

nosotros, porque ante nosotros, al contrario, se desplegaba algo que por mi parte califiqué como la noche

o el año de los cuchillos largos.

Así, el miércoles por la noche llegué a hacerme de algunos nombres que me proporcionó un conocedor de la institución universitaria. Me dio a conocer el nombre de alguien que yo desconocía por completo; se trata de Jean–Marc Monteil, el mandamás; les doy el nombre completo, con la ortografía exacta, porque hoy pueden contar con el Google y no duden en recurrir a él; hoy mismo lo hice yo, entre un paciente y otro.

El jueves llamé al director adjunto del gabinete de la Enseñanza Superior y la Investigación, a quien su colega había omitido de transmitir mi nota, pero son cosas que pasan. Le expliqué los comienzos del Departamento de Psicoanálisis, el hecho que siempre nos habían restablecido, agregando que ya era suficiente ahora.

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Reconocí que, por mi parte, ni siquiera había seguido de cerca esos episodios, ya que mi hermano se ocupaba de todo. A mi entender, resultar admitidos a último momento después de quince años ya iba demasiado lejos y señalé que había una presión creciente de evaluaciones en la universidad. Solicité que se constituyese ahora una sección especial del Comité de las Universidades para el psicoanálisis, de tal manera que si la moda de ellos así lo dictaba, los psicoanalistas pasen por un peritaje, pero a cargo de otros psicoanalistas y no de verdugos de ratas… (risas) –no fue esta la expresión que empleé.

Me respondió que crear una sub–sección era difícil y le dije que ese problema era de ellos. La demanda

es de ustedes, retrucó. Sí, admití. Pero hace un tiempo supe que esto forma parte de un paisaje mucho más vasto y que estaba en marcha una liquidación del psicoanálisis en la universidad. Dijo que no estaba al tanto. Le pregunté si no conocía al Sr. Monteil, durante largo tiempo director de la Enseñanza Superior y la Investigación y en la actualidad consejero del Sr. Filon, así como al Sr. Roger Lécuyer,

presidente de la Federación Francesa de Psicología, también director en el gabinete de Enseñanza Superior, y al profesor Fayol, de Clermont–Ferrand, supervisor de todos los equipos encargados de ir a degollar tanto a psicoanalistas como a clínicos.

Agregué mi contento por el hecho que él fuese inspector de finanzas, porque al menos así no quedaba atrapado en esos odios añejados y compactos. Pero sepa –precisé– que desde hace años los psicólogos clínicos son el blanco de los psicólogos experimentalistas, como se los llamaba antes, en tanto ahora lo son de los cognitivistas; eran los clínicos quienes drenaban el mayor flujo de estudiantes, en tanto el poder universitario lo tienen los cognitivistas, quienes decidieron ahora liquidar a sus rivales. ¿Ud. lo entiende? –le pregunté. Me respondió que ese no era su ámbito. Ya lo sé, le dije, y agregué: yo mismo podría haber hecho mis estudios en la ENA, pero soy egresado de la ENS y me gustaba demasiado la filosofía para hacer la ENA.

Como no le daba cabida a mi demanda, decidí decirle lo siguiente para que comprendiese: Sus expertos,

los voy a considerar uno por uno y los voy a bajar a tiros en mi diario. No sirven para nada y todo el

mundo lo va a saber. ¿Conoce mi diario, Nouvel Âne? ¡Ah, no lo conoce! Deme su dirección y se lo hago llegar de inmediato. Cuando me indicó el 21, Rue Descartes, continué: ¡Ah! Es allí donde antes estaba la Escuela Politécnica; mi hijo cursó allí (risas) –tiene su utilidad mostrar que uno es del mismo mundo. Me doy bien cuenta, respondió. Y agregué: Le hago llegar el diario y Ud. hace llegar la nota que hasta ahora no transmitió a su colega del gabinete de Salud.

Mi tono era vehemente –por lo demás, me disculpé por eso hacia el final–, en tanto él se mostraba

flemático y persuadido, tal como uno aprende en esas escuelas: ser flemático es el colmo de todo cuanto hay en el mundo. No le enseñaron que la posición flemática es la del esclavo; quizá lo haya aprendido en

esta ocasión, porque le dije: Querría que tome nota de un mensaje (risas), dirigido a la Sra. Pécresse. Y comencé a dictárselo: "Estimada señora, nuestra común amiga, Catherine Clément, me informa que Ud.

no

se muestra del todo contraria a nuestro combate contra la reforma Accoyer, en la medida en que Ud.

no

quiere que sus hijos morfen Ritaline. Pues bien, me importa en estas circunstancias darle a conocer

mi

simpatía personal. Jacques–Alain Miller, director del Departamento de Psicoanálisis", etc. Ud. se lo

entregará. Sí, por supuesto –respondió– y agregó: Voy a llamar de inmediato al presidente de la AERES y retomo contacto con Ud.

Ya estábamos saliendo allí de los bajos fondos del equipo de expertos que se nos destina, pasábamos a

un nivel superior.

El jueves al mediodía llamé un correo para despachar el periódico; vino a buscarlo hacia las 14 hs. –esto

me disculpa ante quienes tuvieron que ejercitar la paciencia un cierto tiempo en mi sala de espera– y con

ese ejemplar de L´Âne envié una nota. Pensé que de otro modo me iba a extrañar. Tenía conmigo la nota de Maleval, con las informaciones que me había proporcionado la víspera, hacia el fin de la tarde, gracias a las cuales yo estaba muy al tanto de la circulación de estudiantes y demás, ya van a ver un poco.

Le envié esa nota y llamé por teléfono. Le pedí a la secretaria el mail de ese señor y le hice llegar el

documento de Maleval más una nota donde había cifras: más de 40.000 estudiantes de psicología en Francia considerando el lapso de un año; 12.000 cursando la maestría I; 5.000 en la maestría II –no conozco nada al respecto, estrictamente nada–; de esos estudiantes, entre las dos terceras y las tres cuartas partes se orientan hacia la psicopatología clínica –algo significativo–, polo fuerte de la enseñanza, etc.

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Además de la oposición entre clínicos y cognitivistas, la política de Claude Allègre, a comienzos de 1990, era la de reorganizar las ciencias humanas y sociales, de manera tal que viniesen a coincidir con el modelo cognitivista propio de las ciencias duras. Para lograr ese objetivo, se pusieron en ruta dispositivos de peritajes; esos peritos favorecieron sistemáticamente lo (¿?) [*]y lo experimental. Nosotros cosechamos hoy los frutos de la normalización socialista; sus efectos son catastróficos para la orientación clínica, etc.

Lo divertido es esto, el hecho que el partido socialista está en la oposición, pero son sus ideas las que tienen el poder en el aparato administrativo. Pues bien, será preciso decir esto y pedirles cuentas, por cierto. Para el Foro busqué un socialista y encontré uno, el senador Sueur, pero debía permanecer en Orléans, donde se presenta como intendente.

Pues bien, hay uno pero no hay dos. Le pedí a alguien que conoce bien al partido socialista que me encuentre a uno para el foro extraordinario y al día siguiente, esta persona me dijo: no hay nadie; o están contra nosotros, o tienen miedo decirlo. Por lo que hace a la izquierda, como dice BHL, se trata de un gran cadáver dado vuelta. A mí me parecía que exageraba un poco, pero podría ser que tuviese razón.

Les contaba todo esto que pasó; a las 16,30 hs. le mandé esta cuestión por mail y me dije que posiblemente, una vez más, no iba a conseguir que me entendiese bien, que el destinatario no iba a darse cuenta hasta dónde estoy dispuesto a llegar. Y es preciso que lo comprenda. Ya me debe tener clasificado entre los medio locos, lo cual es bueno, pero mejor si me ubica entre los completamente locos.

Esa fue la estrategia de Nixon respecto de los vietnamitas; la única ocasión en la que se anotó un punto, fue aquélla en la que los persuadió que él era capaz de todo, que podía lanzarles una bomba atómica. Ahí, ellos dudaron. Fue el único momento en el que un americano llegó a dar vuelta a los vietnamitas. Y esto lleva un nombre en materia de estrategia, es la estrategia del loco.

Ustedes saben, para jugar el contrapoder la pregunta es: ¿qué tengo entre manos? Esta gente tiene todas las radios, todos los diarios, nuestra campaña anti–depresión no llega a abrirse camino; llegará a conseguirlo, pero ya ven el tiempo que requiere.

Elkabbach, cuando fue puesto al corriente de la reforma Accoyer, dos días después, sin haber fijado previamente el encuentro, me tocaba el timbre, entraba en mi salón; a la mañana siguiente me llevaba a la radio y al otro día por la tarde, con Accoyer, a su televisión, Público Senado. Allí, la misma mano, la misma voz lo previno. Preguntó de inmediato el asunto y desapareció de pantalla. Quince días después volvieron a la carga y él desapareció otra vez de la pantalla.

Es mi amigo Jean–Pierre; hice de él por entonces una presentación en Atenas, explicando que era el Sócrates moderno –incluso se lo dije y le gustó. Pero aparentemente, como Europe 1 pasa la publicidad del INPES sobre la depresión, eso debe atarle las manos –quizá sea así y es comprensible. Pero será necesario secar las cajas del INPES para volver a encontrar a nuestro amigo Jean–Pierre.

Decía que le resulta difícil a esta campaña anti–depresión abrirse paso en la opinión de la multitud, y sin embargo llega. Charlie Hebdo, Elle, en fin, Favereau en Libération, ayer, se despertó. Me llamó por teléfono y me dijo que se proponía publicar algunas cosas.

Entonces, hasta el presente ¿qué me queda en las manos? El mejor equipo de redacción que hay en Francia respecto de temas como esos; de toda evidencia, no es algo insignificante. Y además, una prensa poderosa, que llega a un tiraje de hasta 10.000 ejemplares. Con esto es necesario que se los haga entender.

No quería dejarle terminar su jornada sin que de verdad tenga en mano lo necesario para comprender de qué se trataba. Entonces, por teléfono, le expliqué al maquetista del Nouvel Âne, en ese momento consagrado a otra cosa por completo distinta, pero en fin, trabaja para varias cuestiones a la vez, es un taller, le pedí si podía distraer un momentito para hacer un trabajo encomendado con urgencia, que podía tener los mejores efectos del mundo.

Érik –ese es su nombre, Érik, con "k"–, dijo que sí. Le hice llegar entonces ciertos documentos y demás y él consiguió hacerme lo que podía ser la tapa del Nouvel Âne de enero; no el que debe salir en diciembre, que está un poquito atrasado, pero que esperamos salga para mediados de diciembre; ése ya está concluido, pero hay otro que esperamos para fines de enero.

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Por cortesía, quería dárselo a conocer rápidamente a mi interlocutor y pude enviárselo a las 19,45 hs. Sólo media hora antes de venir aquí, pensé que en el fondo nada me impedía hacer un tiraje para mostrárselo a ustedes, para que ustedes vean lo que vio ese director de gabinete y que quizá mostró a su entorno –había sido hecho para eso. Así fue como, a toda velocidad, lograron hacerme un tiraje de esa tapa. Antes de mostrársela, les voy a contar cómo siguió la historia.

Tenía la impresión de ocupar el ministerio de la Enseñanza Superior durante el día jueves. Después, fue necesario que vuelva para fabricar el Nouvel Âne Nº 8, algo que así y todo resulta preocupante. El lunes, a pedido de los colegas de la Escuela de la Causa Freudiana que publican "La letra en línea" (La lettre en ligne) –quizás algunos de ustedes la reciban–, redacté un texto donde yo mismo me daba cuenta que comenzaba a dominar el tema.

Ya se hizo bastante tarde, pero es necesario que se los diga, sí. Empleaba por otra parte un lenguaje el momento en que me dedicaba a corregir ese texto, me decía que no había recibido el llamado telefónico de quien había quedado en recontactarme después de haber hablado con el presidente de la AERES.

En

Por lo demás, yo había dicho: a partir de ahora está en marcha el metrónomo, cada hora que pasa tiene un sentido, es decir, él se pregunta qué hacer conmigo, se pregunta si van a hacer con Jacques–Alain Miller lo que hicieron con Roland Gori, quien representa la mitad de la psicología clínica universitaria, unos doscientos universitarios, el único sindicato de la psicología clínica universitaria. Gori hizo un manifiesto que firmaron 8.000 personas; yo dije no, le dije que me parecía inútil y contraproducente; él protestó, señaló la cantidad que había firmado ya, etc. Pidió una entrevista a la Sra. Pécresse, le envió una carta muy gentil, fortalecido como estaba por su representatividad. Ella hizo esperar la respuesta durante un mes y cuando llegó decía: mi agenda no me permite fijar la fecha de un encuentro en un plazo adecuadamente próximo. Razón por la cual no le proponía absolutamente nada, ni siquiera encontrar a quien barre la puerta.

Hacía veinticinco años que por mi parte no había visto a Gori, cosa que además lamento, pero no es algo que dependiese de mí; no era alguien conocido como ahora; habíamos comenzado a hacer juntos una pequeña revista, Cliniques, así, en plural, pero en ese momento él divorciaba y hubo que interrumpir. Tres o cuatro años más tarde, vi salir una revista, dirigida por él, Cliniques –en plural– mediterranéennes –en plural–; me dije: visiblemente no quiere continuar conmigo. Dejémoslo ahí. Es una revista que ocupa su sitio.

Después creó su SIEURPP, que no estaba armado para que trabajemos juntos, en tanto yo sabía bien que había allí, en ese desdichado SIEURPP, equilibrios difíciles entre gente de la IPA, gente de la Escuela de la Causa, etc.; Gori se consagraba, allí, a mantener ese equilibrio, algo que le gusta y requiere, justamente, algún toque almibarado. Cuando volví a verlo le dije: "Como sabés, no podría vivir así, pero es cuestión de maneras de ser, un asunto personal. Vos te encontrás a gusto en eso, en tanto yo necesito otro tipo de cosas, es como los gustos y los colores". Todo lo cual no quita que me sienta también yo herido cuando lo tratan de esa manera.

Pero yo ya había escrito que no consideraba a la Sra. Pécresse como responsable de esto; se trataba verdaderamente –y podía reconstituirlo– de algo que respondía a Monteil, es decir, que ellos habían pasado a la etapa de liquidación activa.

Cuando ustedes se encuentran en esa etapa, no discuten más. Se terminó el discurso. Es un momento terrible, muy hermoso también, que pueden encontrar en los frescos; vuelvo a ver un pequeño símbolo de Fra Angélico, en Florencia, en La masacre de los inocentes. Se pueden ver en ese cuadro hombres armados de puñales y en el deslinde, a la vista, cascos derribados; uno entiende que allí se trata de una suerte de mecánica que no se detiene.

La carta de la Sra. Pécresse quería decir esto. Ahora no hablamos más con ustedes, los matamos. Ya están muertos, ya son cadáveres en la universidad. Habrá sobresaltos, etc., pero son patos sin cabeza.

No estoy dramatizando; el lenguaje es ese: rehúsan hablar, rehúsan recibir. Algo así como lo que ocurre en Bazajet, ustedes saben, cuando ella dice salgan, todo el mundo sabe al salir que se trata de la muerte. Barthes y Julien Gracq lo analizaron: ese "salgan" equivale a "los matamos". Pues bien, en esta ocasión, el hecho de no recibir era esto mismo, algo que ya había sido escrito, aunque no por la Sra. Pécresse.

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Me pregunto cuál sería la razón para que esta mujer joven, nieta de un médico a quien Chirac estaba muy ligado –razón por la cual el retoño fue promovido–, alguien conocido por Catherine Clément, capaz de decirle que se da cuenta del hecho que no estamos forzosamente errados cuando nos oponemos a Accoyer y no quiere, por su parte, que sus hijos morfen Ritaline –le pregunté a C. Clément si era esa exactamente la expresión empleada, morfar Ritaline, de modo que Valérie Pécresse habla francés–, por qué esta señora querría sin más matar a Gori. No hay razón.

De modo que Valérie Pécresse hace de biombo, detrás del cual están quienes planifican esto, quienes ya montaron esta cosa horrible que se llama AERES, destinada a pasar como el azote de Atila por las universidades francesas; están quienes planificaron, quienes hicieron la lista del Departamento de Psicología Clínica y Psicopatología y después la del Departamento de Psicoanálisis. Ellos no se ocupan de decir rápidamente si uno es o no psicólogo; le confiaron todo eso al profesor Fayol de Clermont– Ferrand, sucesor del Sr. Monteil en el mismo laboratorio, secundado por la Federación Francesa de Psicología, organismo inútil y vacío, distinguido con el privilegio de ser el único organismo de psicología en Francia que puede acordar títulos europeos.

Porque en la inter–burocracia es así como se elige. Será Lecuyer y ninguna otra persona. ¡Por allí pasará la psicología francesa, señores jurados!

Esta mañana –es lo que contribuyó todavía más a mi retraso– recibí una carta formidable. Ayer fue conocida mi diatriba anti–cognitivista, que allí está. Y antes de venir no pude resistir el placer de redactar un comunicado suplementario, con el documento que me envió mi amigo Jean–Robert Rabanel de Clermont–Ferrand, esta mañana, a las 10.37 hs. Lo redacté y partió unos treinta minutos antes que yo llegue aquí; como quiera que sea, no habría tenido la suficiente tranquilidad de espíritu como para pensar en mí mismo, aunque haya podido hablar al respecto.

El comunicado en cuestión es el siguiente:

"Comunicado Nº 11"

"″La Letra en línea″ (″La Lettre en ligne″) de la ECF difundía ayer mi primera diatriba anti–cognitivista. Recibo esta mañana un mail de nuestro colega Rabanel, que le hago conocer de inmediato (Cf. más adelante). Por lo demás, mi amigo Saint–Clair Dujon me señala el coloquio de los Laboratorios de Ciencias Humanas y Sociales de la Escuela Normal Superior (ENS), que tuvo lugar el 30 de noviembre ppdo., de 9 hs. a 18 hs., acerca de "Evaluar, devaluar, reevaluar la evaluación" (esto indica que hay todo un movimiento en curso). "En particular, pone de relieve la interesante intervención de Barbara Cassin (a quien en ese mismo momento invitamos a la Mutualidad, acompañada por Badiou), a propósito de ″¿La calidad es una propiedad emergente de la cantidad?″ (tema que viene a coincidir en todo con lo que por mi parte difundí ayer, destinado a la organización internacional de matemáticos), donde Cassin desarrolla aquello que constituye lo ideológico del Google: una cita es un voto; un click en un sitio, es un voto. El modo según el cual es evaluada la investigación, conduce al investigador a considerar el instrumento evaluador como el fin mismo de su investigación (es luminoso) (publicar para ser citado, no para avanzar). En lo que hace a la lengua de la evaluación, reportarse a Klemperer (Victor), ″Lingua Tertii Imperii″ (será preciso que hablemos al respecto). La grabación hecha de este Coloquio tendría que estar disponible en el lapso de una semana, en principio, en el sitio ″difusión de saberes″ de la ENS. Muy atentamente. Jacques–Alain Miller, 5 de diciembre 2007".

Les doy a conocer ahora el mail de Jean–Robert Rabanel de esta mañana, a las 10.37 hs. Lo encuentro especialmente regocijante, porque es evidente que acaba de comenzar la gran vigilancia. Ahora son ellos quienes van a estar en la mira, es acerca de ellos que nos vamos a enterar de algunas cosas.

"Estimado J.–A. Miller,

Después de haber procedido a la lectura de sus respuestas a ″La letra en línea″, querría decirle unas palabras respecto de Jean–Marc Monteil. En primer término, se trata de un recuerdo.

En el momento en que fue creada la Sección Clínica del Instituto del Campo Freudiano en Clermont– Ferrand, le había solicitado a Ud. que redactase una carta al decano de la Facultad de Letras, para que él acepte alquilarnos salas. Éste aceptó nuestra demanda, al mismo tiempo que nos rogaba dar cuenta de ella al Presidente de la Universidad; por entonces se trataba, justamente, del Sr. Monteil.

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Telefónicamente, el Sr. Monteil no me hizo objeción alguna, precisando que éramos a tal punto diferentes, que no nos perjudicaríamos. Agregó con amabilidad que había podido apreciar favorablemente la ayuda que por mi parte había prestado, como analista, a alguien de su entorno cercano.

Ese fue el único contacto que tuve con J.–M. Monteil y como Ud. puede apreciar, estuvo impregnado de cortesía. Conocí a continuación el desarrollo de su carrera, primero en Bordeaux, después en París. En la Universidad Blaise–Pascal, en Clermont, había creado a partir de las ruinas del Instituto de Psicología Aplicada, su Laboratorio de Psicología de la Cognición. Fue Presidente de la Universidad de 1992 a 1997; después vino a desempeñarse como rector de Bordeaux. Escribió entonces un importante informe titulado ″Propuetas para un nuevo abordaje de la evaluación de los docentes″, que le hizo llegar a François Bayrou, Ministro de la Educación Nacional. Supongo que ese informe tiene algún tipo de incidencia en su designación, en julio 2002, como Director de la Enseñanza Superior. El ministro que lo nombró era Claude Allègre. El 21 de marzo ppdo., asumió como Presidente del Consejo de la Agencia de Evaluación de la Investigación y de la Enseñanza Superior (AERES), cargo que debió abandonar el 22 de mayo, cuando fue nombrado Encargado de Misión ante François Fillon. Es, sin duda alguna, el experto en evaluación de la universidad francesa. El Prof. Fayol, quien lo sucedió en el laboratorio de Clermont, lo eligió para supervisar los numerosos equipos de la AERES que van a consagrarse a lo largo del año a los peritajes de todos los clínicos y psicoanalistas universitarios. Ese es el triunfo de ellos.

Uno puede preguntarse cómo la Facultad de Psicología de Clermont, donde enseñó Foucault, que resultó marcada por su enseñanza (Por entonces yo veía a Foucault a su regreso de Clermont; venía a ver a Barthes, a la salida del seminario al que por mi parte asistía en 1964 y yo le caía simpático; así, con frecuencia, iba a cenar con ellos en el momento de esos retornos), pudo transformarse en un bastión del cognitivismo. Ocurrió como lo voy a consignar.

(En este punto, empiezan a abrirse los archivos del Sr. Monteil).

Para asistirlo en Clermont–Ferrand, Foucault había elegido a la Sra. Pariente, quien se convirtió en Directora del Instituto de Psicología Aplicada. Era una clínica y como Simone y yo lo hemos sostenido siempre (Se trata de Simone Rabanel), una egresada de la Escuela Normal, como su marido, el filósofo Jean–Claude Pariente, de quien ustedes conocen la reputación y quien vino incluso, en marzo último, a dar en la Asociación Causa Freudiana una hermosa conferencia acerca de la noción de nombre propio, conferencia que vamos a publicar. La Sra. Pariente tendría mucho para decir respecto de su combate en Clermont, su evicción y la supresión del Instituto de Psicología Aplicada, en beneficio del laboratorio del Sr. J.–M. Monteil.

René Haby, primer Ministro de la Educación Nacional durante la presidencia de Giscard, promotor de un "colegio único", fue rector de la Universidad de Clermont. Alice Saunier–Seité, quien le sucedió en las universidades en 1978, rehizo la carta de las facultades de psicología y erradicó de Clermont la clínica, a favor del cognitivismo. Algo que por entonces causó sorpresa, tanto más cuanto que la Sra. Pariente era partidaria de Giscard, en tanto el Sr. Monteil era conocido por su inclinación hacia el Partido Socialista. Como quiera que sea, así fue como la "Fac de Psico" de Clermont terminó convirtiéndose en lo que se convirtió.

Es ahora el Prof. Fayol quien reina como amo absoluto en el terreno de la psicología en Clermont. De Monteil a Fayol, en treinta años, no hubo siquiera un profesor, ni siquiera un encargado de conferencias, ni un asistente, ni un responsable de cursos que haya provenido de la clínica. El desierto. Esto es así al punto que no existe en Clermont un doctorado de 3er. ciclo (DESS) en psicopatología, lo cual constituye, según Jean–François Cottes, un caso único.

¡Estos son los candidatos propuestos para evaluarnos objetivamente!

Después de guardar esto, Jean–Robert Rabanel recuperó en la computadora la carta que yo había escrito el 30.03.92 al Decano de la Facultad de Letras de Clermont Ferrand, impresa en papel con membrete del Departamento de Psicoanálisis de la Universidad Paris VIII. Me causó placer releerla. Dice así:

"Señor Decano y estimado colega,

Me permito dirigirme a Ud. a propósito de una ″Sección Clínica″ de Clermont–Ferrand, que hace valer la recomendación del Departamento dirigido por mí en la Universidad París VIII.

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Conozco personalmente desde hace años al Dr. Jean–Robert Rabanel, quien es apreciado por mí y la mayor parte de los miembros del equipo doctoral "Psicoanálisis y campo freudiano", que animo en el Departamento. En particular, el Dr. Rabanel fue invitado a colaborar en la "Sección Clínica" de París, creada por nosotros en el marco del servicio de Formación Permanente de la Universidad.

Son numerosos los psicoanalistas que, por su parte, han querido crear en el extranjero otras Secciones Clínicas como ésta. Por esa razón acepté acordar los auspicios del Departamento a las "Secciones" abiertas en Bruselas, Madrid, Roma y Barcelona. Se trata de establecimientos cuya gestión queda cargo, en forma autónoma, de sus responsables locales, en general a través de asociaciones sin fines lucrativos. Por el contrario, los programas, los contenidos y los métodos de enseñanza se acuerdan con nosotros.

Una "Sección Clínica" fue abierta con todo éxito el año pasado en Bordeaux. El Dr. Rabanel quiso crear una en Clermont y le aporté mi apoyo.

Si la Universidad de Clermont–Ferrand tuviese la posibilidad de acordarle locales a ese proyecto,

desearía vivamente que lo hiciese. Según entiendo, hay un verdadero interés público ligado a la divulgación de una enseñanza metódica y racional del psicoanálisis (era hace quince años): el deseo de "realizar su personalidad" permite explotaciones desvergonzadas; no es posible suprimir ese deseo, nutrido por el "desencanto" moderno, pero se lo puede orientar hacia una disciplina que busca la verdad, que no es incompatible con una perspectiva científica y que tiene su lugar en la universidad: la disciplina analítica.

Multiplicar "Departamentos universitarios de psicoanálisis" sería deseable; a falta de hacerlo, en la medida en que la universidad ayude a las "Secciones clínicas", puede jugar un rol salubre.

Sírvase aceptar, señor Decano y estimado colega, la expresión de mi distinguida consideración".

Jacques–Alain Miller

Como podrán apreciar, no he cambiado en absoluto en todos estos años.

A quienes permanecieron aquí, les voy a hacer ahora dos regalos. No sé por cuál comenzar. Por un lado,

está el documento que envié el jueves por la tarde y por el otro, el llamado que recibí el lunes. Pues bien,

comencemos por este último.

El lunes, a las 16 hs., me dicen: el secretario particular de la Sra. Pécresse quiere hablarle. Tomé el aparato –como lo hago siempre– y me puse en comunicación con la secretaria particular de la Sra. Valérie Pécresse, quien me dio a conocer que la Sra. Pécresse deseaba verme. Me propuso un horario un tanto incómodo para la entrevista, un jueves; le dije que no desplazaba a mis pacientes y negociamos entonces un horario que todavía está por confirmar –lo digo para quienes vienen a verme a veces–: el lunes 17 de diciembre a las 19 hs.

Algo pasó por consiguiente en el corazón, no del faraón, sino de la Sra. Pécresse. Supongo que la Sra. Bachelot o su director de gabinete le hablaron positivamente de mí. Por lo demás, yo le había explicitado por escrito a su director que jugaba sobre seguro, pero jugaba limpio.

Les voy a mostrar ahora el documento que envié, diciendo que se trataba de un proyecto (risas) y que era confidencial. Ya no lo será ahora, como ya no es tampoco un proyecto. Puedo entonces mostrárselos.

¿No ven nada? Arriba de todo, hay tres líneas:

Valérie Pécresse,

asesinar al psicoanálisis,

¿está bien?

Aquí, una figura tricéfala, la Sra. Pécresse, provista de tres rostros. Y después: Resistir al cognitivismo, como slogan. Y abajo, la nota de Jean–Claude Maleval: "La unidad de la psicología ya pasó".

Tal el documento que pudo circular por el Ministerio de la Enseñanza Superior y la Investigación. Es lo que Charlie Hebdo designaba como "la tapa a la cual Ud. escapó".

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Bien, la próxima vez nos reencontramos en el gran anfiteatro y espero poder continuar, en el fondo, sobre el fondo del cognitivismo.

Fin de la Cuarta Sesión del Curso JAM 2007-2008 - 05.12.07

N. de la T., respecto del término "pexer" (Cf. Sesión III, pág. 15, lí. 4 de la trad.), aclaramos lo siguiente:

proviene del vocabulario de los videojuegos; indica la operación por la cual se llega a matar los monstruos, a fin de acumular puntos de experiencia y pasar al nivel superior.

De modo que la versión correcta del comienzo de ese párrafo sería:

"Si puedo sostenerme en el intento de matar los monstruos y seguir acumulando puntos así,

indefinidamente, sin llegar a la publicación y encontrar mi interés en esa modalidad (

)".

Notas *Así figura en el original francés, pág. 13, 1er. párr., línea 29 (N. de la T.). 1-Entendemos que JAM juega aquí con dos expresiones: pure souche (pura cepa, aludiendo al origen) y pur sucre (todo azúcar, toda miel –con referencia a la amabilidad, a la condición de amable). (N. de la T.).

Curso del miércoles 12 de diciembre de 2007

Este año veo el Curso como una suerte de refugio de paz. Y mi deseo sería consagrarme, silenciadas las

pasiones, a algunos trabajos sabios, minuciosos, incluso quizá algo inútiles cubierto de polvo. Tengo la impresión que acabo de bajar del caballo.

Y una y otra vez llego

No puedo decir que soy un guerrero aplicado, según la expresión de Jean Paulhan que se hizo canónica, retomada una vez por Lacan y de la que hicimos un estereotipo; no serlo supone una distancia, la que tomo aquí, sin duda; pero en fin, el resto de la semana soy un guerrero apasionado y prudente –no son condiciones incompatibles entre sí.

Estoy visiblemente atrapado por un imaginario heroico, proveniente de las malas lecturas que hice en mi infancia –o de las buenas, según se considere–; es así como vivo esto y estoy bien instalado en esa perspectiva, demasiado bien sin duda.

Yo que nunca fui un gran lector de René Char, así y todo aprecio su imperativo: ¡Avanza hacia tu riesgo!

Y avanzo hacia el mío con prudencia, con cálculo, razón y logro. El logro es esencial en el asunto.

El acto es necesario, explica Lacan. Allí donde hay acto, es preciso que el inconsciente esté cerrado. Un

verdadero acto es correlativo del cierre del inconsciente, es en ese sentido que Lacan puede hablar de acto analítico. Algo que vale para todo acto. Si ustedes tienen un lapsus, un fallido, un error de cálculo,

es porque el inconsciente volvió a abrirse.

En lo que a mí respecta, no se vuelve a abrir. Pondré mucha atención en eso.

Me di cuenta de esto a propósito de una cierta hinchazón. Se trata de algo que se conjuga bien con el rol. Pero como quiera que sea, puedo yo mismo tomar distancia respecto de la postura heroica que me asedia desde siempre.

Pero ustedes lo pudieron apreciar bien hace cuatro años, hacia fines del año 2003, yo vi perfectamente cómo los psicoanalistas se escondían en una madriguera cuando se descolgó, en la Cámara de Diputados, una reforma aberrante que definía las psicoterapias.

Para que llegue a ser anulada, fue preciso que un grupo le diga no a la unanimidad de la Cámara de Diputados. Era el grupo de la Escuela de la Causa Freudiana. Por entonces, dije que el voto que había faltado entre nosotros para hacer la unanimidad, no era el mío.

Yo sé quién votó no. Lo hizo por espíritu de contradicción, en fin, era para prestar servicio, para que no

se diga que todos

confrontamos nuestra unanimidad a la otra, dije bromeando que ese sería nuestro 18 de junio.

Fue una mujer quien votó no y tuvo razón de hacerlo Pero en fin, la tarde en que

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Pues bien, lo fue. Y además, fuimos recompensados con un reconocimiento de utilidad pública, altamente merecido, que inspira la esperanza en la república, como diría el otro.

Cuatro años más tarde, veo que son los universitarios quienes se esconden. Es más impresionante. Entre los psicoanalistas, es algo profesional.

Ya Lacan echaba pestes contra la doctrina según la cual, en toda circunstancia, tanto mejor cuanto uno menos dice y hace. Es abusivo hacer extensivo así, a todos los contextos, aquello que según creemos constituye la posición analítica. Pero en fin, es la pendiente de la profesión y, por consiguiente, no me produjo sorpresa.

Los universitarios, aquellos que pude conocer, tenían más recursos. Pero se trata de una generación que ya pasó. De mi generación de los Canguilhem, también de los Foucault, de Derrida, no queda nadie, lo cual terminará por dar la razón al Times Magazine y su consideración acerca de The dead of french caution. Es impresionante ese silencio, especialmente entre los filósofos.

Ocurre que en un momento dado, la filosofía analítica les dio vuelta la cabeza, cuando esa filosofía ya había empezado a declinar en los Estados Unidos e Inglaterra, en el mundo de habla inglesa. Fue entonces cuando muchos se pasaron, con armas y bagajes, al campo de quienes tomaron por vencedores, los cognitivistas. Y quienes no lo hicieron, bajan la cabeza y no piensan que forma parte de la posición del filósofo hablar a la ciudadanía. Todavía mucho tiempo después, deben comentar la muerte de Sócrates, pero sacando de allí la conclusión que es preciso guardar la calma.

En todo caso, por el momento el silencio es ensordecedor, en tanto viene a quedar emplazada la gran máquina de descerebrar, como decía Jarry, mientras se monta –es el Año I– esta institución llamada AERES, Agencia de Evaluación de la Investigación y de la Enseñanza Superior. Pensamos que les falla ahí su intelección. No comprendieron todavía que se trataba de su Némesis.

Ser boludo no es una excusa. Por mi parte me inclinaría, en función de ese hecho, a rendir homenaje al hombre que concibió esta máquina; ya pronuncié su nombre, lo escribo ahora en el pizarrón: Jean–Marc Monteil.

Su único defecto es el de ser demasiado discreto. Algo que no resulta coherente con las cosas que dice. Mientras tuvo a su cargo la Dirección de la Enseñanza Superior, y en especial entre 2002 y 2007, pronunció una buena cantidad de discursos dirigidos a los universitarios. En uno de ellos, que leí rápidamente y quizá pueda encontrar, celebra las virtudes de la mediatización. Aquí está; no figura la fecha, pero faltaban pocos meses para la elección presidencial de 2006. Dice allí:

"La investigación entró, desde hace mucho tiempo, en una lógica de competición internacional. Desde hace algunos años, los resultados de esta competición son objeto de una mediatización más importante, siguiendo modalidades que por lo demás, no siempre son extremadamente rigurosas. Como quiera que sea, lo que es preciso remarcar es que esa mediatización acrecentada de los resultados de la investigación internacional, tiene sin duda efectos positivos".

Se trata de la famosa clasificación de Shangai, según la cual la universidad francesa y el conjunto de sus instituciones universitarias quedaban ubicados a la cola del pelotón. Son las virtudes de la mediatización.

Es una pena que el propio Sr. Monteil rehúse aparecer. Pero le rindo homenaje. Es un hombre habitado por un deseo, el de transformar el mundo, el de transformar la universidad francesa. Concibió esta AERES, por cierto, tan bien como pudo. Es él quien debió inventar la sigla, combinando un día las letras en un papel.

Hasta hace quince días, yo no conocía siquiera su nombre, no sospechaba su existencia. Ahora ya es una suerte de amigo para mí, como yo lo soy para él. La semana pasada tomó contacto conmigo. Tan discreto como es, llamó por teléfono a uno de mis amigos, que resultó formar parte de su entorno conocido. Francia es un pequeño país.

Llamó por teléfono al Prof. Roland Gori, el lunes por la tarde. Él tenía mi número telefónico. El Sr. Monteil tenía mi número, porque yo me había dado el trabajo de hacerle llegar mi diatriba anti– cognitivista a uno de sus allegados, diciéndole que le acordaba todo derecho de respuesta, tanto a él como al Sr. Monteil, y que tenga la gentileza de hacérselo saber.

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Me dije: vamos a ver cómo lo toma. No podía fallar, fue algo que lo tocó de cerca. Se procuró entonces, por vía de un amigo común del Prof. Gori y de él mismo, el número del celular del Sr. Gori; lo llamó hacia la media tarde para decirle que yo había sostenido respecto de él propósitos indignos, insultantes e injustos. Esos son los tres adjetivos que empleó, en ese orden, como lo pude verificar con el propio Gori.

En consecuencia, rogó a mi amigo Gori me transmita su número de teléfono, para que yo lo llame y le diga eso mismo a él, a Monteil, en la propia cara. Por supuesto, pregunté si esa era exactamente la expresión de la que se había servido. Me lo confirmaron y me dije: ¡Ah! ¡No es un purista!

Debo decir que me bailaron los ojos de contento. Encontré muy divertido el asunto, el hecho que no me haya llamado directamente y que su respuesta a la indignidad, el insulto y la injusticia fuese ofrecerme que hable con él. Es sin duda algo que anunciaban esos términos que utilizó, propósitos indignos.

Quiere justificarse –me dije. Y tampoco quería dejar huellas, puesto que todo se iba a dar por teléfono.

Redacté entonces una carta para él, se la hice llegar al Hôtel Matignon, donde se desempeña como Encargado de Misión ante el Primer Ministro; se trata de una función alineada a continuación de aquélla de Director de Gabinete; sólo hay cuatro o cinco encargados de misión. La nota es un poco larga, pero en fin, voy a leerles tan siquiera el comienzo.

Señor y estimado colega,

El Prof. Roland Gori se comunicó por teléfono ayer por la tarde, para decirme que Ud. se había procurado mi número de celular por intermedio del Prof. Jean–Paul Caverni y que Ud. lo había llamado promediando la tarde.

Ud. le dijo que consideraba mis propósitos –lo cito citándolo a Ud.– indignos, insultantes e injustos, en ese orden.

Por consiguiente, le pidió me comunique su número de teléfono –allí consigno el número en cuestión– y le confió la misión de hacerme llegar el mensaje, aquél según el cual se trataba de decirle a usted eso mismo en su propia cara.

Pues bien, lo haré con gusto. Deseaba conocerlo y el montón de epítetos con el que usted recubrió mis propósitos, apelando a la aliteración, no me hace cambiar de idea.

Me permito, por lo demás, hacerle notar que el texto que corrió el azar de disgustarlo, así como la carta del Dr. Rabanel de Clermont–Ferrand que él suscitó, Ud. no los hubiese conocido si yo mismo no los hubiese enviado al Prof. "X" por correo electrónico, indicándole que le dejaba abiertas así, tanto a él como a Ud., las mismas columnas y la misma difusión para toda réplica, corrección, complemento de información u otra interpretación que ustedes pudiesen considerar necesarios para mantener al público informado.

Le hago notar que él puede tomar contacto conmigo, le reitero mi oferta y agrego lo siguiente –es un poco largo, no les leo los detalles–:

Deseo entrevistarlo para mi diario LNA, Le Nouvel Âne; puede ser cuando Ud. quiera, durante la jornada o en horario nocturno, sábado y domingo incluidos, ya sea en mi domicilio o en su despacho del Hôtel Matignon.

Le anuncio que llamaré por teléfono el martes, promediando la tarde y me despido: Esperando que Ud. tendrá a bien recibir el testimonio de mi decidido interés, le ruego acepte, señor y estimado colega, la expresión de mi distinguida consideración.

Llegué entonces, sin dificultad, a ponerme telefónicamente en contacto con el Sr. Monteil; bastó que una simple secretaria fuese a ver si estaba en su despacho. Él me dijo: "¡Ah! ¡Justamente, lo estaba leyendo!".

Le hice llegar entonces esta carta por un correo puerta a puerta, así como los documentos que había enviado a su amigo, además del último número publicado del Nouvel Âne.

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Un hombre encantador. ¿Quién dijo el lunes por la tarde que mis propósitos eran indignos e insultantes? Debe ser alguna otra persona. Encantador, disponible, me explicó que se mantenía en una posición de reserva, que no podía acordar una entrevista, no podía ser fotografiado ni grabado, pero deseaba que discutiésemos. Le pregunté entonces si yo podría transmitir sus propósitos y me respondió que me acordaba su confianza.

Le precisé que le entregaría el texto de lo que por mi parte habría comprendido. Cuando le dije que podríamos fijar la fecha para el miércoles próximo, porque ese día no dictaba mi Curso, estuvo de acuerdo. Quedamos entonces para las 15 hs. del miércoles próximo, en su despacho del Hôtel Matignon. Me dijo que tenía una reunión a las 16 hs.; le pregunté si podía en ese caso tener previsto que me espere un taxi para esa hora. "En absoluto –me respondió–; mi chofer lo acompañará".

Por consiguiente, estamos en una República y me doy el trabajo de aportarles los detalles de todo esto, en el comienzo de este Curso, porque lanzo al mismo tiempo un llamado. Si entendí bien, el Sr. Monteil tiene la reputación de ser muy difícil de contactar. Para quienes quieran hacerle preguntas, incluso algún reproche para hacerle, es el momento. Es el momento de transmitirme las informaciones, para que yo pueda cuestionar a esta potencia. Les dejo entonces el código de mi correo electrónico:

JAM@lacanian.net

No meto mi bandera en un bolsillo, ¿no es cierto?

Muy felizmente, ya hubo alguien que hizo uso de esta vía. Recibí este mail hoy, a la una menos diez. Me lo envió alguien de quien no les daré el nombre, porque no sé si el remitente puede temer medidas de represalia y no quiero correr riesgos, pero me dije que se los leería, a modo de ejemplo de lo que se me puede dirigir en estas circunstancias.

Estimado señor,

En ocasión de su último Curso, Ud. citó el rol jugado por el Sr. Jean–Marc Monteil en el plan destinado a desmantelar los departamentos de Psicología Clínica y de Psicoanálisis en la universidad.

Quien me hizo llegar este correo (no doy su nombre, aunque esté fuera de todo alcance; se trata de una psicoanalista que estaba aquí, yo la vi, alguien que quizá pueda estar presente también hoy) me comunicó su mail, ya puedo agregar algunos matices impresionistas al cuadro que Ud. presentó del Sr. Monteil.

En efecto, Ud. relató su guerra contra la psicología clínica en la universidad de Clermont–Ferrand (se trata de alguien que no es de Clermont–Ferrand). Diría por mi parte que fue algo percibido como una verdadera cruzada, que parecía desmesurada incluso para la comunidad cognitivista, que no llegaba a comprender del todo ese encarnizamiento.

Se hablaba por entonces del "triángulo de oro" (la remitente lo hace figurar así, entre comillas) que el Sr. Monteil había construido entre las universidades de Clermont–Ferrand, Rennes y Aix, en la perspectiva de su política de hacer tabla rasa.

En fin, el término pronunciado casi en voz baja a propósito de él (es extraordinario, ¿no es cierto? Casi en voz baja, ¿qué quiere decir esto?) es el de "destructor" (así lo hace figurar, entre comillas).

Preciso que en los comandos de la Dirección de la Enseñanza Superior –la DES, entonces– fue él quien piloteó la reforma LMD.

Su misión consistía, como lo subraya en una entrevista acordada el 07.02.07 a la publicación mensual de la universidad, Magazine Universitaire, en –lo cito– salir de la lógica de los espacios cerrados y transformados incluso en santuarios. (Esto coincide muy bien con otros textos que por mi parte leí acerca de él, donde en efecto queda consignado que se trata de obtener una movilidad general de los aprendizajes propuestos, de retirar todo aquello que funcione como obstáculo para comunicación entre las disciplinas, para llegar a contar sólo con un espacio uniforme. Y el Sr. Monteil es un progresista, es decir, desea la igualdad de todos para el ingreso a la universidad, como así también que ésta sea en sí misma, claramente, un conjunto sin particularismos. Su conclusión es: continuemos el trabajo).

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Cito un ejemplo entre muchos otros: una formación destinada específicamente a profesionalizar la escritura de escenarios, no fue sin embargo habilitada; se la juzgó demasiado lujosa, casi insultante respecto de otros departamentos que carecían cruelmente de recursos.

En efecto, todos los argumentos son buenos cuando se trata de hacer desaparecer los santuarios. Es por cierto el conjunto de la universidad el que peligra –es quien remite el correo que lo afirma–, amenazado por esta voluntad de hacer desaparecer las disciplinas juzgadas menores y sin un resultado óptimo y cifrable bien establecido.

Pues bien, le preguntaré al Sr. Monteil si escuchó hablar del "triángulo de oro". Quizá lo ponga al tanto del hecho que ese era el nombre asignado a lo construido por él entre Clermont–Ferrand, Rennes y Aix. También le preguntaré si sabe que hay quienes se refieren a él como "el destructor". Y tomaré nota de cuanto se diga.

Por consiguiente, hay aquí personas que vienen de diferentes puntos de Francia. En esta ocasión, siento que estoy en esa asamblea como en una cámara de resonancia. Diría que ha llegado el momento sino de levantar la cerviz –no puedo forzar a nadie a hacerlo– de continuar hablando; lo haré por mi parte en voz baja, voy a continuar murmurando, pero ayúdenme, ayúdense ustedes mismos.

A propósito de la calma, hay unos versos que periódicamente recuerdo –yo, que conozco pocos versos–,

que dicen así: "¡Oh, recompensa después de un pensamiento / una mirada penetrante / en la calma de los dioses!".

Y en el fondo, la calma de los dioses siempre se asocia –así son las cosas– a la figura de Gœthe.

Tampoco queda del todo sumida en la figura de Gœthe, pero como ella tiene cierto encanto para mí, no veo por qué intentaría agrietarla.

Esta figura de Gœthe estaba más viva, resultaba más vivaz para los franceses, en la cultura francesa, antes de la Segunda Guerra Mundial que después; era la figura de referencia del joven Gide, tan apasionado, en cuanto a atravesar el deseo culpable. Según la biografía de Jean Delay, fue hacia los 25 años que se estabilizó en él una referencia imaginaria esencial centrada en la figura de Gœthe.

No releí para hoy esas páginas, de modo que voy a reinventar el asunto. Digamos que se trata de algo que se relaciona sin duda con la imitación, con el hecho de imitar lo antiguo.

Se ha perdido el sentido de lo que es imitar, de la dimensión del ejercicio que consiste en seleccionar, para decirlo con un término de la informática, seleccionar en el catálogo de las grandes figuras, aquélla que resulta afín con la sensibilidad, con el inconsciente de ustedes. Y modelar una manera de ser acorde con ella, la propia manera de sentir y de escribir.

Somos más plásticos de lo que creemos, pero nadie, durante siglos, se consideró disminuido por el

hecho de inventarse imitando. ¿Cuándo desapareció ese sentimiento, esa pendiente, esa práctica de la

imitación?

De toda evidencia, es algo que empezó a palidecer cuando apareció, con la revolución industrial, el culto de lo nuevo. Ya Baudelaire quiere ir al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo.

Y el culto de lo nuevo se volvió frenético entre nosotros. Es una resistencia a esa incitación lo que me

conduce a apreciar la imitación de los Antiguos, a cultivar en ustedes una pequeña experiencia al respecto, con el aporte de Gœthe.

En su artículo integrado en los Escritos, "Juventud de Gide", hay un pasaje donde Lacan comenta,

pongan atención, la biografía de Jean Delay. Considera que en cuanto a la validez del concepto, la personalidad del joven Gide encuentra su punto culminante, su punto de capitón, recién cuando adopta

la imitación de Gœthe, el momento en cual Gide introyecta Gœthe –utilicemos ese verbo que no es

francés y que quizá no está siquiera en su lugar, clínicamente hablando, es algo a discutir. Es posible que

se pueda introyectar hasta los 25 años. La pregunta queda planteada. En fin, como nadie sabe

exactamente en qué consiste la introyección, se trata de algo acerca de lo cual uno puede seguir preguntándose durante largo tiempo, es un asunto que toca definir.

A decir verdad, pensé en aportar alguna lectura de Gœthe, sobre todo con motivo de ese poema que tanto

me gusta y que lleva por título "Cifra", según la traducción del Prof. Lichtenberg; en la traducción más

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reciente de Claude David –que es la más fácil de encontrar, forma parte de la colección Gallimard en libro de bolsillo consagrada a los poetas–, figura como "Lenguaje cifrado". Y como por mi parte había evocado los mensajes secretos, es una pieza a integrar al expediente.

Y también es para hacer, por mi parte, una retractación pública respecto de la lengua alemana. Hablé de las dificultades claramente inconscientes que tenía con ella. Las dificultades son conscientes, pero las raíces, el cómo, el por qué, en fin, el modus operandi, es opaco. Hacer retractación pública respecto de la lengua alemana, decía, porque los poemas de la antología de Gœthe titulada "El diván oriental– occidental" –¡ah, sí! Así es como se llama–, pese a mi precario conocimiento del alemán, mi ignorancia de su pronunciación correcta, me parecieron encantadores. Por ese motivo traje esta edición donde figura el texto alemán y no la otra.

Así, integro al expediente de mensajes secretos, este poema cuyo título en alemán es Geheimschrift, Lenguaje cifrado o Cifra. Pertenece a esa antología del "Diván" (1819) y entre los diversos libros allí integrados, lo encontramos en el que se titula Souleika. Y esto suma una razón más, ya que el personaje de Souleika también está presente en el poema de Nietzsche donde figura la frase "el desierto crece".

Es, según creo, por los comienzos del s. XIX, que comenzó la moda del lirismo persa, descubierto particularmente en Physe y que después de Gœthe, siguieron Nietzsche, Gide y más tarde Aragón. Todo esto forma parte de las pequeñas referencias que no tengo tiempo de desarrollar y que ya tenía un poco dispuestas.

Souleika, además del nombre que ya en sí hace soñar, decepciona un poco cuando uno se entera que su nombre corresponde, en la leyenda persa, al personaje que en nuestra cultura conocemos como la mujer de Putiphar, aquélla que seduce al joven Joseph y de quien se nos dio a conocer, por otra parte, un personaje un poco escabroso. En nuestro imaginario no es alguien recomendable, pero a partir de ella fue elaborada Souleika –y Souleika encanta.

Como el conjunto de los poemas incluidos en el Diván, éste data de los años 1814, 1815; respecto de la mayor parte de ellos se conoce con bastante exactitud el día en que Gœthe los compuso; la fecha que corresponde a Souleika es la del 21 de septiembre de 1815, en Heidelberg, durante el congreso de Viena.

Por mi parte, lo leí hace unos diez, quince años y por entonces no era algo que me tocase de cerca; en ese momento no contaba con la edición reciente y se me presentó en términos de: son las poesías de un hombre viejo, de 65 años.

Como pueden apreciar, continúo interrogándome acerca de si soy un hombre viejo.

Gœthe había atravesado años de morosidad y a continuación descubría el lirismo de los poetas persas; según creo, seleccionó siete y se consagró con entusiasmo a intentar una forma literaria, una forma de expresión que no había sido nunca hasta entonces la suya, sin renegar de su referencia a la literatura clásica, griega y latina, que seguía ubicando en un primer plano. Como quiera que sea, su creación pasó, durante esos años, por las poesías que escribió y que a mi gusto se ubican entre las más encantadoras que se hayan escrito nunca.

Gœthe se dedicó a imitar la poesía persa en alemán y tenemos allí otro motivo para reflexionar acerca de las virtudes de la imitación.

Por ejemplo yo, que arrastro mucha gente conmigo en la aventura de este LNA, del que espero mucho, los invito a imitar a Voltaire, a escribir imitando a Voltaire antes que a Lacan.

Cuando uno hace periodismo intelectual, es lo que resulta más convincente. En fin, se pueden elegir otros modelos, pero no está mal tener alguno. No se llegará a producir como el modelo, pero al menos uno se cultivará, corregirá ciertas modalidades familiares. Y para mí, Gœthe es también algo de lo que estoy de toda evidencia muy lejos, esto es, la sabiduría. Ésa que le hace decir: conviene saber gozar de todos los momentos de vida. Incluso aquellos del hombre viejo.

Lo que resulta muy hermoso en el Diván es que se trata, así y todo, del libro de un amor; no hubiese sido escrito sin un amor acerca del cual uno se interrogó mucho. Algo respecto de lo cual no corresponde que avance mi opinión, porque verdaderamente, no conozco eso sino de segunda o tercera mano.

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En fin, en 1814, Gœthe encuentra a un banquero de Francfort, llamado Willemer, un hombre agradable

y, poco después, conoce a la esposa de Willemer, su tercera esposa. Willemer tiene por entonces 55 años

y su esposa, Marianne, 30. La diferencia de edad entre los dos es de treinta años. Al parecer, ella es algo así como la hija adoptiva de Willemer. Hay unos 35 años de diferencia entre ambos, la diferencia de edad que Lacan consideraba óptima entre un hombre y una mujer. Lo dijo al pasar un día y no cayó en oreja de sordos. Aunque no en el mismo sentido de Gœthe y Marianne, consideraba que 40 años de

diferencia era verdaderamente lo mejor. Hay que reconocer que en la actualidad, es algo que vemos en los dos sentidos. Me refiero a Marguerite Duras respecto de Yann Andréa.

Gœthe es entonces su huésped en Francfort, se instala allí durante cinco semanas; según se dice, parte en

el momento en que la amistad intelectual y literaria con Marianne hubiese podido dejar lugar a otra cosa.

No lo sabemos. En todo caso, Marianne no sólo es bella, sino que es inteligente, contribuye a la producción del Diván; hay cientos de poesías que, según se dice, fueron hechas por ella; un sobrino de ella pretende incluso que esa contribución intervino en el poema así titulado, Diván, de modo que los especialistas discuten al respecto.

Este sobrino, justamente, los recibe en Heidelberg algunos días después de ese 21 de septiembre, fecha en que fue escrito ese Geheimschrift; debió recibirlos el 22 o 23 de septiembre; después de dos o tres días, Marianne se va y Gœthe no volverá a verla nunca más; se diría que no quiso volver a verla, pero seguirán escribiéndose hasta la muerte de Gœthe.

Quizá esto responda a mi corazón de costurerita, pero esta historia me parece hermosa, muy oscura también, pero en fin

Y entonces, al parecer, Gœthe fue conducido por Marianne justamente a la práctica que él evoca en ese

Lenguaje cifrado, a saber, la de escribirse mensajes a partir de la referencia en común a un escrito –tengo que volver a encontrarlo, no puse el señalador. Se cita de ese texto la frase importante y se llega a un acuerdo acerca del libro del que se trata; así, la correspondencia se intercambia valiéndose de las palabras de un poeta o de un escritor. Todo esto lo explica aquí, en las Notas del Diván, pág. 388, notas preciosas en sí y por lo que hace al uso del texto.

"En Oriente –dice Gœthe– el Corán se aprendía de memoria; de ese modo, la menor alusión a las suratas

o los versículos permitía a las personas ejercidas comprenderse sin dificultad. Conocimos lo mismo en

Alemania cuando, hace cincuenta años, la educación buscaba volver a la juventud "fuerte en Biblia"; no sólo se aprendían de memoria los versículos importantes, sino que se adquiría también un conocimiento

suficiente acerca de otros; había así muchas personas que se destacaban en el arte de aplicar las sentencias bíblicas a todo cuanto ocurría y de valerse de las Santas Escrituras en la conversación habitual. No correspondería negar que esto daba lugar a los intercambios más espirituales y felices; todavía hoy, algunos pasajes eternamente aplicables vuelven de manera dispersa en la conversación."

A mí me encanta leer esto, el sembrado abundante del texto, del escrito, en la palabra; el escrito que

vuelve y se aplica allí como eternamente, en las diferentes circunstancias y contingencias de la vida.

Nosotros nos servimos de Lacan un poco de este modo, en fin, para quienes están dopados con Lacan, es algo que les resulta por completo natural citarlo cuando algo se presenta como similar. ¿Y por qué no? Es el mejor uso que se puede hacer. Uno necesita de ese soporte, del soporte del escrito, para poner un poco de orden en el caos de lo que se vive.

Así, Gœthe se refiere a la práctica por él evocada, la del Geheimschrift:

"(

simultáneamente valiéndose de una cifra: es el caso de dos personas que llegan a un acuerdo respecto de un libro y que, componiendo una carta con la ayuda de números que designan páginas y líneas, tienen la garantía de que el destinatario sabrá descubrir fácilmente el sentido.

)

Recordaremos una manera muy conocida, pero siempre misteriosa de comunicarse

La poesía que designamos bajo el título de Cifra (se trata de Geheimschrift), alude a una convención de ese tipo. Los amantes llegan a un acuerdo para tomar los poemas de Hafis como instrumento de su comercio amoroso; designan la página y la línea que expresa su sentimiento presente y así nacen cantos combinados que suscitan los más bellos efectos. Pasajes dispersos del incomparable poeta se articulan unos a otros por la pasión y el sentimiento; la inclinación y la libre opción acuerdan al conjunto una vida interior y los amantes separados encuentran un consuelo resignado, engalanando su duelo con las perlas de su palabra."

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Encontramos a continuación uno de estos poemas así combinados, acerca del cual la bibliografía de referencia de Gœthe nos dice está "compuesto a partir de los pasajes de Hafis indicados en una carta

cifrada, escrita por Marianne". Sin duda, entonces, ella jugaba a esto con Gœthe y se supone incluso que

es ella quien le habría enseñado a hacerlo.

Es necesario que lo lea un poquito, como quiera que sea, y después pasaremos a otra cosa:

¡Oh, diplomáticos! (Lasst euch, o Diplomaten!) (*)

¡Oh, diplomáticos,

Tomaos a pecho esta empresa

Y aconsejad a vuestros potentados

Fina y sabiamente! Que el envío de cifras secretas Ocupe el mundo, Hasta que por fin todo este asunto Encuentre por sí mismo su equilibrio.

Esta es la apertura. Se trata de los mensajes cifrados de la diplomacia. Después se aborda la diplomacia íntima. De mi dulce amante La cifra me resulta familiar. Ya me resulta placentero el hecho Que haya sido ella quien encontró este arte; Es la plenitud del amor En el más amable de los dominios (Est ist die Liebesfülle Im lieblichsten Revier) La dulce y fiel voluntad Que nos une a ella y a mí. (Der holde, treue Wille, Wie zwischen mir und ihr).

Es un ramillete de vivos colores matizados De millares de flores, Una casa poblada por entero De angélicas almas; Un cielo sembrado De pájaros de variado plumaje, Un mar rumoroso de canciones (Ein Klingend Meer von Liedem) donde circulan soplos perfumados.

Viene ahora el final, que no está traducido de la misma manera en ambas versiones. En ésta figura así:

La expresión secreta y ambigua / De una pasión absoluta.

Y en la otra, de este modo:

Es un amor absoluto / Lenguaje secreto y ambiguo.

Esta última conserva la inversión que figura en el original alemán:

Ist unbedingten Strebens / Geheime Doppelsschrift.

Y es ese Doppelsschrift el que resulta traducido como lenguaje ambiguo, el lenguaje ambiguo cifrado.

Allí, evidentemente, es hermosa la unión de lo absoluto, de la pasión y de la ambigüedad del lenguaje que ese absoluto expresa:

Que penetra en la médula de la vida / Como una flecha después de otra flecha. (Die in das Mark des Lebens / Wie Pfeil um Pfeile trifft)

Como ven, no tenemos necesidad aquí de conocer el alemán, es algo sonoro. La revelación que os he aportado / Ha sido desde hace tiempo un disfrute piadoso.

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Me gustan mucho los dos últimos versos:

Y si lo habéis adivinado, / Callaos y servios de él también.

(Und wenn ihr es gewahre, / So schweigt und nutzt es auch). Cállense y hagan lo mismo, en cierto modo.

En esto consiste la lección de Gœthe, donde se mezclan el amor prohibido, el amor en infracción y el lenguaje secreto que se combina con él, el absoluto y la recomendación de hacer sin decir.

Por mi parte, quiero decir en las acciones; en torno al Sr. Monteil digo mucho, pero esto forma parte de

la estrategia de decir mucho. Procuro que se levante un rumor, por supuesto, para que alguien que vive,

que nunca estableció comunicación como no sea por medio del Geheimschrift, del lenguaje cifrado, pero en el sentido de (¿?), [1] de toda evidencia, vea crecer en la universidad quizás un rumor. Esto determina que yo hable. Claro está, no digo todo.

Agregaría tal vez algo para concluir mi confesión. Hablo de mi confesión y se trata, evidentemente, de un ejercicio, por excelencia dudoso –me doy cuenta de ello–, incluso si tiene por referente un análisis. Esto explica, así y todo, porqué me consagro de este modo a señores como Monteil. Antes era Accoyer, después era Basset; visiblemente los amo, de lo contrario no serían objeto de todos mis cuidados. Es por eso que no iría a su encuentro así.

¿Por qué tengo que vérmelas con esa gente, finalmente, por qué me movilizan, por qué mi libido se

dirige hacia

dirige hacia el Sr. Monteil, con la mejor intención?

?

Como quiera que sea, es más encantador lo que hay en Gœthe, ¿por qué mi libido se

S ¯ Aencantador lo que hay en Gœthe, ¿por qué mi libido se Evidentemente, doy la clave de

Evidentemente, doy la clave de lo que está en juego. Ocurre que si me inscribo como sujeto barrado, tengo visiblemente una relación esencial, al mismo tiempo carnal e intelectual, con el gran Otro –lo llamé Otro de la vigilancia–; es también cuestión del ojo del padre, radiólogo, atravesando los cuerpos.

S ¯ Adel ojo del padre, radiólogo, atravesando los cuerpos. De toda evidencia estoy aquí y me defiendo

ojo del padre, radiólogo, atravesando los cuerpos. S ¯ A De toda evidencia estoy aquí y

De toda evidencia estoy aquí y me defiendo de esta causa, con toda mi pasión, cabe decirlo; tuve verdaderamente un momento de pasión, existe una pasión de Jacques–Alain Miller, en fin, de Jacky, la pasión de haber padecido la intrusión de esa mirada. Por consiguiente, soy eso y me defiendo de serlo, continúo defendiéndome, todavía hoy, queda claro.

Pero al mismo tiempo no puedo defenderme como no sea ocupando en cierto modo este lugar, es decir, siendo al mismo tiempo –no se trata en verdad de una oscilación–, seamos duros conmigo mismo, es lo que quiere esta lógica, el Otro implacable.

Se llega a curiosos resultados, ¿no es cierto? Hablábamos de la espera, del hijo de la madre fóbica y llegamos al Otro implacable.

Y de construir esto así, puedo deducir que a la edad de 13 años, porque esa era la edad que tenía,

seleccioné a Robespierre entre las figuras imaginarias que podía conocer. Conocía muchas, puesto que era, como ya dije, un gran lector; me gustó Pericles, esta claro, e hice la prueba con esa figura; ocurrió otro tanto con otras que podría recordar, Bruto, por ejemplo, pero así y todo seleccioné a Maximilien Robespierre.

Comprendo por qué construyo esto así. Ocurre que Robespierre encarna el Otro implacable, pero lo hace bajo la figura más desinteresada; es implacable pero al servicio de una causa, al servicio del interés, del beneficio público. Entonces, por un lado, es inflexible –y en ese término es preciso entender también su valor fálico– y, por otro, termina siendo víctima. No logra sostenerse, lo guillotinan. [2] Y es así como pasa a la historia, en tanto crucificado en nombre de la causa que él sostiene.

Tiene, por consiguiente, una imagen doble. No es la del triunfo, ni tampoco la de ese retiro del mundo, lento y espantoso, como el de Napoleón en Santa Helena. Es el disparo que le quiebra la mandíbula y lo conduce a la guillotina, ésa de la que él mismo se había servido, había hecho un uso de terror.

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Entiendo que hay así, puntualmente, una lógica que da cuenta del golpe inflexible que debía conducirme, como hacia una forma de solución, a exaltar esta figura; aunque no había contado nunca con imágenes piadosas en mi infancia, al punto que no sabía siquiera cuál era el uso que se hacía de ellas, cuando tenía 13 años fui así y todo a comprar, en los bordes del Sena, un retrato de Robespierre; encontré una reproducción del que está en el Museo Carnavalet; lo ubiqué en la cabecera de mi cama y allí lo conservé durante años, hasta que se perdió en el curso de una mudanza. Me ocurrió eso.

Por lo demás, Robespierre ha sido víctima de una injusticia, ya que ese gran hombre, que había movilizado la energía nacional contra los invasores y se había opuesto a la guerra extranjera que buscaban los girondinos, no es una figura a la cual se le rindan honores en el panteón francés, no se le asigna allí un lugar. Quizá sí en Arras, donde no fui nunca; en París creo que todo cuanto lleva su nombre es una callecita, una calle cualquiera.

Algo muy diferente ocurre con Adolphe Thiers, quien despertó en mí una cólera permanente a lo largo de todos mis estudios. Fue así hasta el punto que llegué a elaborar todo un desarrollo contra Thiers en el examen de ingreso a la Escuela Normal, cuando fui interrogado acerca de los Derechos del Hombre en el ´89. Logré insertar un párrafo contra Thiers, quien era para mí la figura opuesta a Robespierre. El informe del concurso lo relevó, indicando que hay candidatos que por cierto van a buscar asuntos que no tienen nada que ver con el tema. En fin, como quiera que sea, yo conocía bien la cuestión de los Derechos del Hombre en el ´89.

Lo que emergió allí era la vieja cólera que alimentaba por el hecho que Robespierre contase sólo con una callecita, en tanto el nombre de Thiers –ahora se lo reemplazó mucho por de Gaulle, en muchos lugares– siempre era asignado a un gran boulevard, a una plaza central.

Claro está, el nombre mismo de Robespierre no es indiferente, puesto que está allí presente "pierre", piedra. Ya dije cuál era el papel que había jugado para mí "el hombre de piedra", esto es, la estatua de Beaumarchais. Ese hombre de piedra representó en un momento dado a ese Otro en vías de constituirse, cuando yo tenía entre seis y siete años y consideraba imprudente pasar a los pies de esa estatua. No puedo decir que fuese porque imaginaba que iba a saltarme encima. En el fondo, estaba racionalmente persuadido de que eso no era posible, pero esa idea de que podía "saltarme encima" persistía.

Por consiguiente, Robespierre, el inflexible Robespierre, con su nombre de "piedra" me atrajo. Esto fue, si considero el razonamiento de Lacan a propósito del Gœthe de Gide, un punto de capitón. No el último, pero un punto de capitón.

Por lo demás, ¿cuál fue el último? Según creo, como quiera que sea el último fue Lacan. Encontré a Lacan cuando tenía 20 años y si consideramos la cronología que él mismo propone, a esa edad uno puede todavía introyectar algo. Pues bien, de toda evidencia fue algo que me hizo mucho bien. Es mucho más fácil, uno vive más fácilmente introyectando a Lacan que introyectando a Robespierre (risas).

Pero sí, en este momento improviso porque no me había preguntado qué era lo que había introyectado en último término. En el fondo, esto explicaría el fenómeno tan curioso del que fui víctima después de la muerte de Lacan. Era preciso continuar, la vida seguía su curso; yo tenía que dictar cursos, debe haber todavía gente que me escuchó por entonces. Durante un año o dos, en mi cabeza –hubo quienes lo registraron– imité al Dr. Lacan, su elocución, su manera de hablar, no podía dictar curso de otra manera.

Esto fue así al punto que más tarde, quienes podían reconocer este fenómeno incluso a partir de pequeños detalles, a saber mi esposa y mi hija, abandonaron una de mis exhibiciones absolutamente

fuera de sí, reprochándome luego esa payasada, que por cierto lo era, pero que resultaba irreprimible y

más tarde se extinguió. Ahora me costaría dar con ese fenómeno de nuevo, ya no está

que surgió del duelo, algo surgido sin duda de ese trozo, quizá psíquicamente introyectado.

Pero hay algo

Hablaba entonces de las contradicciones entre el verdugo y la víctima. No hay contradicción, por el contrario, sino conciliación, un mixto entre uno y otra que finalmente aprendí a conocer. Cuando al comienzo veían en mí a la vez a quien no cambia de posición y al juez, pensaba que había error en cuanto a la persona. Más tarde comprendí, así y todo, cómo funcionaba esto y aprendí a jugar en cierto modo con esta cuestión; es así como puedo presentar en alternancia una vertiente o la otra.

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Siento que hay algo así también en Monteil, a distancia, ¿no es cierto? El lunes por la noche lo insulté,

lo injurié y al día siguiente se mostró conmigo absolutamente encantador; cuando terminó nuestra

comunicación telefónica casi éramos buenos camaradas. Por eso siento esa suerte de vertiente peligrosa.

El peligro reside en que uno sabe cuál es la faz que va a ser presentada. De toda evidencia, la gente que

es monofásica tienen la desventaja de dar a conocer con mayor precisión dónde se van a encontrar, en tanto los otros cuentan con una gama más extensa.

Hay otra conciliación que llevo en mí y que hace también a una contradicción, aquélla referida al aire y a la piedra.

Por un lado, la inmovilidad y, por el otro, al contrario, la extrema movilidad. Como diría el otro, allí reside la lógica de mi vida. Encontré a Lacan, su enseñanza, cuando tenía 20 años y me sentí bien. Allí estoy todavía, a los 60. Y esa fue verdaderamente mi sinecura, no puedo decirlo de otro modo. Por otra parte, en el marco de esto mismo, he sido de todos modos alguien muy revoltoso.

En el fondo, ahí están las dos figuras. Más joven, había seleccionado a Hermes como el dios que me correspondía entre los doce dioses del Olimpo y a los 13 años, elegí a Robespierre. Allí están las dos figuras: por un lado las pequeñas alas en los pies; del otro, la inmovilidad, incorruptible y glacial.

Podemos agregar la guillotina; dado que, como quiera que sea, el pensamiento debía representar un cierto peso para mí, la idea de poder encontrarme aliviado de él de golpe, con uno solo que bastase, ¡clack!, era algo que debía complacerme de algún modo. En todo caso, tenía claro lo que eso podía garantizar.

De allí proviene, sin duda, mi gusto por dar un corte definitivo, decidir por sí o por no, situándome por entero en esa decisión, sin el glogló de mi amigo Gori con su SIEURPP. ¡Hay que inventarlo, un nombre así! ¡Es para sacarse el sombrero! En el fondo, ahí está, él no debió quedar identificado con la guillotina, sino más exactamente con la mare aux canards. [3] Claro está, como representación de la castración, es algo que difícilmente pueda ser superado; uno va derecho por allí a una representación mayor de lo cortado.

Puedo decir incluso que existe todavía una conciliación, contradicción–conciliación que está presente; en función de ella, tenemos por un lado el significante al servicio de lo verdadero, donde se fundaba la intolerancia de mis tiempos infantiles a todo uso dañino o mentiroso del significante y, por el otro, la práctica misma del significante, alimentando el sentido de la combinatoria. Aquélla por la cual uno puede decir esto, pero también puede decir aquello. Por consiguiente, de un lado el significante al servicio de lo verdadero y por el otro, el significante–semblante.

Y por ese motivo me gustó mucho –y transmití ese gusto a mi hermano menor– la pieza de Courteline

"Un cliente serio". En ella, Barbemolle comienza por ser el abogado de Lagoupille y después, una vez que el sustituto del procurador ha sido evacuado y Barbemolle es nombrado procurador; esto es, en el mismo proceso viene a ocupar el lugar del procurador y dice lo contrario de lo que había dicho como abogado, a partir de los mismos hechos. Lo que está en juego es saber si Lagoupille bebe siete consumiciones o sólo una; el asunto aparece desde ángulos distintos y los mismos hechos son evaluados de una manera diferente.

Tenemos así, por un lado, el significante al servicio de lo verdadero y, por el otro, el significante como semblante. Llevé esta cuestión bastante lejos, porque siempre aprecié profundamente y sigo apreciando

la tipografía, la compaginación, la maqueta, todo lo cual explica que pueda consagrarme con placer a

fabricar Le Nouvel Âne.

En cierto modo, fue una sorpresa para mí volverme analista, porque no era ésa en absoluto mi ambición en la vida. Llegué a analista porque tropecé en el análisis, en la vida; en cierto modo todo me conducía hacia allí, por lo menos, esa relación con el significante. En un sentido, se trataba de algo que no me convenía en absoluto, ya que siempre aprecié el movimiento, siempre me gustó correr, me gustó la urgencia –la urgencia en el psicoanálisis, ya sabemos de qué se trata–; la paciencia, la inmovilidad, el hecho de volver a empezar, no eran cosas por las que tuviese una afinidad.

Concluiré este capítulo de las confesiones evocando mi complejo paterno, que es lo que me precipitó al análisis.

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Ocurre que mi complejo paterno siempre me condujo a respetar el número uno. Mi imaginario siempre era el de ubicarme como el joven que secunda. Siempre pensé que era eso y sin duda es lo que hago todavía ahora, respecto de Lacan; no es para nada seguro que se trate de algo concluido.

Como lo dije aquí y como, por otra parte, se lo dije a Elizabeth Roudinesco –es una de las pocas cosas que le dije–, cuando conocí a Lacan yo me identificaba con Henriot ubicado en el entorno de Carlomagno.

¡Lacan! En lo que a él respecta, no era necesario ponerme en su presencia. ¿Quién es la primera vez que lo veo? Está perseguido, es así como se muestra, el perseguido, la víctima de una potencia impersonal llamada IPA. Allí está, él mismo se presenta como Spinoza, disfrazado de Spinoza y con un "Necesito de Uds." gritado entre líneas y que era a tal punto cierto, que reclutó a muchachitos de veinte años, recién salidos del cascarón, los recogió de la calle para incluirlos en su escuela, quiero decir la Escuela Normal; una vez dictados sus seminarios, esos seminarios que se siguen leyendo medio siglo después, llegó a unas cien personas. Llegamos a ser cien hacia fines del año universitario, cuando fundó la Escuela Freudiana de París, esto es, a comienzos del verano `64, el 21 de junio. Sin duda tenía necesidad de nosotros.

Además le gusté, me queda claro que le gusté, cuando vuelvo a pensar en el asunto y puedo decirlo, como quiera que sea, puesto que allí reside sin duda el principio del odio eterno que les inspiro a quienes gravitaban a su alrededor.

Encontré por primera vez a Lacan el 15.01.64. Fui a su casa por primera vez –5, Rue de Lille–, respondiendo a su invitación, en febrero; lo hice en compañía de Milner. Me invitó a pasar en Guitrancourt las vacaciones de verano del ´64, el mes de agosto, con él y con Sylvia. Habían pasado seis meses y era como si nunca me hubiese conocido. Pude leer allí seminarios de cuya existencia no tenía la menor idea, no sabía que Lacan había dictado seminarios antes. Cabe decir que fue él quien me orientó en ese sentido. Recuerdo muy bien que no sabía cómo agradecerle. Su biblioteca inmensa estaba completamente desordenada y entonces le propuse ponerla en orden. Fue lo que hice y claro está, mientras la ordenaba, leía algunas cosas. Pero en el fondo, me tuvo simpatía.

En este número que está por salir de Le Nouvel Âne, Milner hizo un artículo donde es cuestión del ser; estábamos un poco apurados para encontrar una ilustración y dije: tengo enmarcado en casa el sobre de una carta que me había enviado Lacan; la podemos fotografiar. Milner estaba muy contento. A propósito de esto, miré con más atención la carta de la que se trata; lleva la fecha del 21 o el 22 de diciembre de 1964 y recuerdo, en efecto –en fin, creo que es así– haber recibido por entonces la invitación de Lacan para pasar las fiestas de Navidad con él, allá.

Se trata de algo que, de toda evidencia, funcionó un poco en los dos sentidos. Es decir, yo encontré a alguien, pero Lacan encontró algo en mí, que sin duda, en el fondo, incluso si por mi parte olvidé de qué se trataba y no debí percibirlo con tanta nitidez, fue algo que no debió pasar desapercibido para quienes giraban a su alrededor. Supongo que esta es la razón por la cual todavía hoy, cuarenta años después, cargo con ellos.

Resulta entonces muy simple saber en qué momento entré en análisis. Es pan comido. Entré en análisis en el momento en que llegué a ser el número uno del Departamento de Psicoanálisis, es decir, cuando me convertí en el Director de ese Departamento; fue algo que llegó a alterarme, puedo decirlo.

Llegó a alterarme porque tenía que distribuir cosas; veía gente que se acercaba a mí para pedirme cargos o bien horas y por lo visto, yo quedaba identificado con el caballero errante, con el joven que no tiene, pero en todo caso no con el señor.

Esto era profundo al punto que, cómo decirlo, dicté cursos pero –lo recuerdo muy bien–, en los primeros que di en calidad de Director del Departamento de Psicoanálisis, en el ´74 –no data de ayer–, me sofocaba la angustia. Ya había dictado cursos antes sin dificultad, nunca encontré obstáculos para hablar en público, pero allí la cuestión no era evitar de hablar en público, era inexplicable para decirlo todo. No era algo ligado al hecho de dictar curso, sino al de ser el número uno y situarme del lado de los que tienen. Por consiguiente, entré en esa posición porque verdaderamente no era simplemente (¿?). [4]

Todo lo cual determina que, como queda claro, yo haya adoptado y adopte valores clásicamente viriles:

me importa la valentía, la rectitud, asuntos que tienen que ver con la lealtad

presente para mí. Me interrogaba acerca de lo que ocurría cuando uno se había situado como jacobino y

Todo eso se mantiene

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ese mundo desaparecía. ¿Uno se volvía bonapartista o seguía siendo jacobino? Algo que no resulta muy tentador cuando se ve la suerte que corren en Balzac, etc. Historia de Francia, fin del s. XVIII y comienzos del s. XIX; los regímenes cambian cada quince años, algo que no deja de plantear preguntas. ¿En qué consiste la lealtad? ¿Uno es leal a qué?

Por un lado estaba, entonces, toda esta problemática viril un poco molesta, que la identificación con Lacan ayudó a pasar. Y del otro, con toda evidencia, aquello que cala muy hondo en mí, ya que fue lo que me condujo al análisis, ese "have not", es decir, una afinidad con la posición femenina.

Es bastante barroco. Tienen por un lado al caballero que guerrea, montado en su cabalgadura de batalla, feliz; si es un caballero no es un señor, tampoco es una bonita muchacha. Y al mismo tiempo, es un tierno. Claro está, es un personaje equívoco, ambiguo, doppel; es quizá por eso que traje a Gœthe en esta ocasión: yo mismo soy una Doppelschrift, una cifra doble.

Bien, espero que el año 2008 los encuentre en buena salud y que por mi parte pueda continuar en "el desierto crece", dejando por detrás de mí al viejo Jacques–Alain Miller.

Fin de la Quinta Sesión del Curso JAM 2007-2008 - 12.12.07

Notas 1-Así figura en el orig. francés, pág. 9, 2ª col., 3er. párr. (N. de la T.). 2-Juego de palabras: Il ne tient pas le coup, on lui coupe le cou. (N. de la T.). 3-No encontramos en español el equivalente de esta expresión. De considerarla término a término, remite al charco cenagoso de los patos salvajes. En sentido figurado, sería el lugar donde uno chapotea, farfulla, se enreda con la diversidad de cosas que allí puede encontrar. Es, por otra parte, el nombre asignado a una sección del diario "Le canard enchaîné", periódico de gran tiraje, consagrado a investigar y revelar ante la opinión pública escándalos políticos, guardando siempre una distancia irónica respecto de aquello mismo que denuncia. (N. de la T.). 4-Así figura en el orig. francés, pág. 13, 2ª col., penúltimo párrafo. (N. de la T.).

Curso del miércoles 16 de enero de 2008

El curso de JAM reinició este miércoles, luego de la interrupción de las vacaciones y de las fiestas de fin de año. JAM, fiel a su "estilo de vida", no tomó vacaciones. Ha trabajado mucho y tenemos solamente algunos ecos, esparcidos, en las consideraciones de este Curso, sobre sus realizaciones y sus proyectos. Elegante y de muy buen humor, JAM nos divierte con su "momento spinozista"que nos comparte generosamente. Ustedes leerán la definición que él ha dado, al inicio, y a modo de introducción. No obstante, si TLN debiera elegir un pasaje, sobre el conjunto de las luces ofrecidas por este Curso, subrayaríamos aquellas que conciernen una consideración "enigmática" de Lacan, en su TDE (Seminario XXIV, L’Unbewuste, Lección X, del 19/IV 1977, de pronta aparición) "El psicoanálisis debe ser una práctica sin valor". Hemos encontrado su inédita argumentación perfectamente convincente. (Por TLN).

Voy a iniciar con otro tono diferente al del trimestre precedente. Ha llegado para mí, lo espero, el momento spinozista. Llamo el momento spinozista el momento que sobrepasa la perspectiva polémica, a la cual he sacrificado tanto, hay que decirlo, en los cinco encuentros precedentes.

La polémica y la sátira, es de todos modos, cuando se está, cuando se quiere estar en el momento spinozista, una revuelta contra lo real. La debilidad de la polémica es que ella está animada por un espíritu de indignación, que no puede estar fundado más que sobre un prejuicio. Dialécticamente, si

puedo decirlo, esto debe ser seguido por la elucidación, lo cual supone la aceptación de lo que es, a título de hecho. No digo que sea preciso rebuznar el Si que evoca Nietzsche, en su Zaratustra, en el hocico del asno. El asno no sabe decir más que si, es incapaz del no. Después de todo, admitamos que se comienza por un no, pero luego, se trata de comprender: intelligere como lo recomendaba Spinoza. Eso no es la última palabra, pero, en fin es una escansión necesaria y es a eso a lo que sacrificar durante esas cinco

próximas sesiones (

)

Entonces, esta mañana, pensaba en La Boéte, el amigo de Montaigne, su alter ego, aquel del famoso por era él porque era yo y en su obra El contraUno. Está animada por una indignación. Me decía, he ahí a alguien que tenía el sentimiento de que el hombre estaba dominado, sujetado, y que consintiera su sujetamiento, es de otra parte el título de la obra, De la servidumbre voluntaria. Y La Boétie llamaba, a ese hombre, de cierta manera, a la insurrección, a la revuelta. En su tiempo, el opresor, el dominante, el

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amo, lo designaba como el Uno: monos. Porque esa dominación se encarnaba, según toda apariencia, en

la figura del monarca. El monarca era, ¿cómo decir? El operador del poder. Cuando es considerado del

otro lado, no del lado de los oprimidos, sino del lado del amo, esa figura toma el nombre del Príncipe. Es en la figura del Príncipe que se reúnen un cierto número de hilos entre los que Maquiavelo deshace la madeja, enseña cual conviene halar para obtener primero la conservación del poder y luego su aumento. La percepción de la dominación es concentrada en una persona, distinguida.

Pensaba en eso en relación a hoy donde El contraUno me parece terminado. El sentimiento de la dominación, de ser dominado, de que hay un amo, perdura, uno se sacude, se agita, con relación a lo que uno se imagina de esa dominación, pero el amo no es más el Uno.

Se puede decir que eso se ha cumplido, que se ha consagrado con la revuelta que se ha bautizado Revolución, esta revuelta del pueblo francés que ha dado al mundo el ejemplo de llevar el ContraUno de

La Boétie hasta sus últimas consecuencias, un cierto 21 de Enero, que ha marcado los espíritus más que

la ejecución de Carlos Primero de Inglaterra. Y luego, en efecto, que otros se pusieron en su lugar, esto

no fue la misma cosa.

Entonces, el Uno tiene bellos restos, aún hoy. Hay siempre la función del Uno que es representada. Es frecuentemente lo se llama los presidentes, que son elegidos, más que los monarcas. Por supuesto que hay monarcas que subsisten, pero generalmente subsisten sin poder, y eso vuelve evidente que allí se trata de una sobrevivencia debida al arraigo de una tradición, que eso no está animado por un dinamismo portador de futuro, en mi opinión.

Deseo tener reservas sobre este punto de vista, porque no vamos a negar la incidencia del Uno, del individuo, en un cierto número de acciones colectivas. Si se piensa –voy a tomar un ejemplo reciente y actual– en la guerra norteamericana en Irak, se puede decir que el presidente del país tuvo una incidencia particular en el desencadenamiento de ese acontecimiento, un coeficiente personal que tuvo consecuencias, una voluntad, una concepción, un forzamiento, todo esto le corresponde a él. Pero, ¿debemos tomar esto como paradigmático? Tengo más bien la tendencia a clasificar eso como un paréntesis, una aberración, más que una regularidad.

Todo eso para decir que estamos más bien tentados en encarnar la dominación hoy en un discurso más que en un Uno.

Lo que se presenta bajo los aspectos polémicos, es la noción de discurso dominante sería el de la cuantificación.

Es una palabra que me parece todo el mundo comprende, que es de todos modos rebuscada, es una palabra inglesa, importada recientemente, a mediados del siglo XIX, esa fecha ciertamente da sentido, y origina la palabra en la lengua inglesa. Mientras que la palabra cantidad, es, claro está, más antiguo, testimonia del siglo XII. Cuantificar es atribuir una cantidad determinada y determinar esa cantidad. Es entonces cuestión, allí, de números, de medidas, en consecuencia, de unidades homogéneas unas con otras. Se cuantifica lo que es susceptible de medidas.

Bergson, cuyo discurso, cuya enseñanza, es a la vez un síntoma y una elaboración de la elevación del universo cuantificado, distribuía cantidad y calidad entre ciencia y filosofía.

El dominio de la ciencia es aquel de la cantidad, es decir, decía él, de lo que es común a cosas diferentes.

Y

en el fondo esto pone en valor en efecto lo que la óptica cuantitativa borra las diferencias, por la cual

se

ve lo que ella tiene, si puedo decirlo, de progresista: la ciencia está habitada por un cierto: todos

parecidos, especialmente manifiesto en la práctica de la elección política, un hombre, una voz. En

ciertos aspectos, el aumento de la potencia de la organización democrática de la sociedad se inscribe en

el

discurso de la cuantificación. Lo que, por otra parte, conduce al presidente Bush a forzar las cosas en

la

dirección de esa guerra en el Medio Oriente: eso se justifica en un discurso de extensión de la

democracia, pero del cual se puede hacer un vástago del discurso de la cuantificación. Entonces, hay una vertiente progresista de la óptica cuantitativa, y luego, está la vertiente en que es, como se dice, reduccionista, porque desprecia, sólo puede prevalecer que a condición de desdeñar, borrar las diferencias. Bergson pensaba en cambio que, el dominio propio de la filosofía, era aquel de la calidad donde todo es heterogéneo.

Esta oposición de lo homogéneo a lo heterogéneo, por elemental que sea, estructura bien los debates de hoy, y también la confusión de nuestros sentimientos, si puedo decirlo así.

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Entonces, ese discurso de la cuantificación, del cual imagino nombrar el análogo, el homólogo de lo que La Boétie llamaba el Uno, ese discurso de la cuantificación no ha podido alcanzar ese lugar y ejercer su potencia sino en razón del extraordinario desarrollo del discurso de la ciencia. Es una consecuencia – lo que me apresuraré de aberrante–, es una consecuencia, es una fase de la dominación creciente del discurso de la ciencia.

Elevación formidable, si se piensa en los pequeños comienzos del discurso de la ciencia, en los pequeños rincones, voy a decirlo, desperdigados en Europa, en algunos pequeños salones de sabios, los comienzos muy humildes, en que fue necesario todo el juicio y la agudeza de gentes de la Iglesia para discernir rápidamente el potencial de ese discurso de la ciencia. En todo caso es el sentido que me divertiré al darle al hecho de haber puesto a nuestro amigo Galileo bajo las rejas. Ensayar de todos modos de taponar eso. Y ese discurso de la ciencia es puesto por tipos que debían tomar enormes precauciones para predicar este asunto, sus valores, su proyecto, para alabar lo que Heidegger llama el proyecto matemático. Spinoza que busca hacerse olvidar, Descartes que se eclipsa en Holanda, aquellos que eran los portadores de ese discurso deberían tomar garantías. Entonces, más astutos, como Leibniz, eran al mismo tiempo hombres de la corte, se hacían ver bien de las autoridades y podían continuar sus asuntos tranquilamente. Pero, en fin, eso comienza así, hay sobre el mapa cierto número de puntos que se alumbran, de correspondencias que se establecen, pero es algo muy sigiloso. Si se compara al lugar que eso tiene hoy, en relación al momento en que eso comienza es un succes story extraordinario.

Entonces, digo discurso de la ciencia, como Lacan lo dice, pensando en la física matemática.

Las matemáticas son más antiguas que eso, pero, ¿qué vamos a decir? Ellas no tenían realmente consecuencias, era la exploración de un dominio sui generis –simplifico–, pero en fin, los matemáticos eran, al inicio, una secta. De eso conservan algo.

Acontece que, para ese diario polémico, que con un cierto número, una centena de personas, trabajo para producir, y que va a venir bastante grueso, 64 páginas, que va a venir al final de este mes, pasa que para esa publicación, he entrevistado, en un momento dado, a un matemático que tenía a la mano, que tenía en mi familia (risas). No tenía el tiempo de pescar otro, he tomado a mi hijo. Era alguien que yo no conocía (risas), que subrayaba que los matemáticos se sientes de todos modos parte de la sociedad. Lo que no les impide ocasionalmente de tener como hobby dirigir orquestas o hacerse sindicalitas. Pero hay algo que los pone a parte. Es sensible que él mismo considerara las matemáticas como la excelencia del género humano (risas), la forma de vida superior de la inteligencia, comparándose, de manera muy aventajada, con las formas de vida inferiores de las ciencias humanas y sociales, donde no se tiene el sentimiento de la dignidad de la disciplina, y donde hay una multiplicidad de capillas que se disputan. Está bien visto, y reconozco allí las consecuencias de la estima trascendental que siempre he tenido por las matemáticas, pero, digamos, sentía como un pequeño reflejo de esos comienzos sectáreos de las matemáticas. Una sombra que pasaba así.

Pero es verdad que no se fecha el discurso de la ciencia en el comienzo de la secta de los matemáticos. Se la fecha a partir del momento en que las matemáticas tuvieron una incidencia en la naturaleza, es decir, se fecha el discurso de la ciencia a partir de la física matemática, de la conjunción entre matemática y naturaleza.

Es sin duda la influencia de Koyré que se hace sentir tanto en Lacan como en nosotros. El lugar dado al dicho de Galileo: La naturaleza está escrita en lengua matemática. Lo que tiene como consecuencia, si puedo decirlo, de transformar la naturaleza en real, y de transformarla en un real que contiene un saber. Es así que Lacan ubica el saber científico como saber en lo real.

Evidentemente ese no es el real, si puedo decirlo, del más allá. Desde que hay saber en lo real, lo real de

lo que se trata pasa enteramente a lo simbólico, si puedo decirlo así. Y entonces eso no es lo real in–

inscribible en lo simbólico, que Lacan desprenderá de paso, después.

A partir del momento en que se realiza esta conjunción de las matemáticas y de la naturaleza tenemos el

arranque del discurso de la ciencia, la producción de objetos. La producción más rápida de objetos, y luego, la producción de objetos inéditos, y después la sobreproducción, si puedo decirlo así, de objetos cada vez más inéditos y cuya utilidad se vuelve cada vez más misteriosa.

Todos estamos allí. Evocaba, creo, hace algunos meses, el momento de la producción del iPhone, que ha hecho un poco la sensación, y ayer en Internet miraba la nueva producción Apple, el computador portátil no más espeso que una hoja, dos centímetros (risas), sostenido en su sobre. Me preguntaba: ¿tengo

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verdaderamente necesidad? (risas) Es más liviano que el otro, evidentemente (risas). Y, en ese momento de mirar ese objeto, me sentía yo mismo dominado. Dominado por un discurso. ¿Cómo determinar, medirla utilidad? ¿El placer?

EN todo caso el discurso de la ciencia ha recubierto el mundo de objetos. Y allí donde esos objetos faltan se ha constatado en todo lugar que son deseados, que son esperados, y que entonces allí, la humanidad, en tanto exista esa unidad, la humanidad tiene que ver con los objetos de la ciencia. Es un objeto amable del que hablo, un objeto de consumo corriente, hay evidentemente los famosos, los grandes objetos amenazantes, los objetos mortíferos, que no están en venta libre evidentemente –aunque en los Estados Unidos no han logrado hasta el presente prohibir la producción.

Entonces, la incidencia de las matemáticas sobre la naturaleza, pasemos. Pero hay, evidentemente las incidencias sobre la sociedad.

Parece que se vuelve cada vez más perceptible que las reorganizaciones de la sociedad se atribuyen al desarrollo y a la aceleración del discurso de la ciencia. Se puede decir que después del final del siglo XX, y ahora que estamos en el siglo XXI, las cuestiones de la sociedad obedecen al ritmo, todos los días, del desarrollo del discurso de la ciencia.

Es decir que se interroga sobre: ¿qué hacer con?

¿Qué hacer con el animal clonado? Del que incluso hemos, con Eric Laurent, celebrado el nacimiento. El divino clonado ha nacido, los Americanos, ayer, han encontrado ya un primer uso del animal clonado, que es el de comerlo (risas). La Agencia sanitaria americana autoriza desde ahora comer el cerco clonado. Y entonces, poco a poco, con la fuerza del discurso y debates, eso penetra [la sociedad].

Se sabe el planteamiento de interrogaciones, de cuestiones, que suscita en particular todo lo que en adelante concierne a la incidencia directa del discurso de la ciencia sobre la vida, no solamente del orden del medicamento, sino de la tecnología que opera en las raíces mismas del organismo vivo. Al punto que tal investigador americano podía alardear de que entramos en adelante en la era en que vamos a poder escribir el código genético.

Y entonces, yo hubiera ya asistido a eso en mi vida. La presencia, la insistencia del discurso de la ciencia en la vida cotidiana, en la sociedad es incomparablemente más acentuada hoy que lo que era hace diez, veinte o treinta años. Y eso no va sino acelerándose.

Eso toma forma de dominación, me parece, bajo los aspectos de la demanda de cuantificación universal.

Esa demanda de cuantificación universal toca por ejemplo –eso consterna eso nos indigna–, toca por ejemplo, muy profundamente, la enseñanza superior y la investigación. He dedicado tiempo, en esa publicación de 64 páginas, para pasar en quince días, de 4 páginas a 28, para ensayar de encasquillar esta nueva máquina de la evaluación que fue instalada en Marzo último en Francia, que se llama la A.E.R.E.S., Agencia de Evaluación de la Investigación y de la Enseñanza Superior, que es en todo caso una aberración. He pasado tiempo a tratar de encasquillar eso sabiendo en efecto de qué orden de fatalidad es la avanzada de esa demanda de cuantificación universal.

Entonces es un combate. Es un combate que nos instala en una posición de lo que Carl Schmitt, que tiene tan mala reputación –justificada–, de lo que Carl Schmitt llamaba el retardador, aquel que trata de encasquillar las evoluciones inevitables esperando que se cruce, en un momento, otro acontecimiento y que, ganando tiempo, finalmente se abra otra vía posible.

Entonces, no reniego de toda esta agitación que me ha conducido a los ministerios, que me ha conducido a los peores lugares. No lo lamento que esa A.E.R:E:S. ha visitado el Departamento de Psicoanálisis

ayer en la tarde. Sé sólo lo que me han dicho, porque no he querido estar presente (

)

Me he abstenido. Pero, en fin, toda esta agitación, que sobrepaso en mi momento spinozista, no impide que piense que esta agitación, la mía, fue positiva, porque, según los relatos convergentes que me han hecho, es ese equipo de visitantes y de expertos que se encontró sobre el banquillo. Tienen la costumbre, piden al jefe que se quede, y a los otros de salir, durante un momento, luego de volver: los profesores del Departamento se negaron a prestarse a esa comedia –y ellos no insistieron. Según me ha dicho Gerard Miller era el quien estaba interrogándolos (risas) sobre lo que él pensaba era el conflicto de intereses que hubiera debido impedirles venir a evaluarnos, y diciendo que él mismo no se hubiera permitido ir a

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evaluar los trabajos de tal persona de ese equipo, que si hubiera debido hacerlo los hubiera encontrado nulos (risas). Las dos horas parece que pasaron sobre ese tono. Lo cual es muy satisfactorio de un lado porque no lograron producir el efecto de pérdida de la estima de sí, si puedo decirlo, que es el primer efecto buscado, en el evaluado, en la evaluación. Es decir, el evaluado es radicalmente y de entrada un devaluado. Eso es satisfactorio. Lo que no impide que, evidentemente, ellos pueden llenar la casilla:

"visita del Departamento de psicoanálisis ha sido hecha, tal día, de tal hora a tal hora", y, en un cierto nivel, es homogéneo con el resto. Es un paréntesis, ustedes ven con qué tranquilidad evoco este episodio.

En el fondo –este episodio muestra–, en efecto, que el punto de vista homogéneo, en ciertos aspectos, aporta la paz. El lenguaje matemático aporta la paz. La demostración se supone aporta la paz. Porque, cuando ella es impecable, no tenemos más que inclinarnos frente a ella. Es una forma de la dominación pacífica que la demostración, que supone evidentemente que se acepta los principios y las coordenadas de base en el interior de lo cual se cumple la demostración, pero una vez que es aceptada, es la paz.

Hay que decirlo, los presupuestos del discurso de la ciencia han estado muy ampliamente aceptados, han hecho unanimidad, y desde allí, las disciplinas que tratan de exceptuarse a las reglas del discurso de la ciencia se han encontrado apoyadas en lo falso.

Entonces, evidentemente, no hay que olvidar que Freud mismo ha querido inscribir el psicoanálisis en las formas del discurso de la ciencia. Lo que hacía obstáculo, digamos, es una disciplina, si es una, tenía que ver con un cierto real oponiendo una cierta resistencia a conformarse con el régimen de lo homogéneo. Y, al mismo tiempo que vemos esa postulación de Freud, se ve también por qué vías descompleta su propia empresa.

Eso, no detuvo la psicología. Porque la psicología, digámoslo rápidamente, no tiene que ver con un real. Es extraordinariamente plástica, y, constatando el desprecio en el cual era tenida como disciplina –en fin, es un verdadero camaleón–, ha decidido adoptar los alrededores del discurso de la ciencia. Eso pasó durante los años 1960 –por lo que se ha percibido–, y entonces se volvió cognitiva, en el fondo por simulacro con el discurso de la ciencia. Y hay que decirlo bien que ella ha tendido por allí, la psicología cognitiva, a tomar una extensión extraordinaria de la cual se trata de comprender la pertinencia.

Entonces, en todo caso, el régimen de la homogeneidad pone entre paréntesis la cualidad, o intenta de cuantificar la calidad. Se trata y se logra.

El señor Falissard, que es un investigador, un profesor francés, tiene la idea de medir la subjetividad. Él comienza por decir: no vemos bien como hacer entrar la tristeza en nuestras variables, y luego, la hace entrar, la cuantifica, sobre el modelo incomparable del un poco, medianamente, mucho, apasionadamente, considerando que los intervalos entre esas diferentes marcadores son iguales –lo que

es un puro y simple postulado–, y después se lanza la estadística sobre el asunto. Evidentemente es aquí que se juzga: llegar a cuantificar las cualidades.

El amor. El amor es cuantificable. La demostración fue hecha. Se encuentra eso ahora en las revistas femeninas (risas), pero en fin esto estuvo, en un comienzo, en obras sabias. Hay una dama antropóloga, que era cognitiva y ha escrito una obra sobre la química del amor romántico. Ella define lo que es estar enamorado: estar enamorado es ver bajar su taza de serotonina a menos del 40% (risas). Eso fue constatado, medido en conejillos de Indias, quienes lo demandaron –entonces, evidentemente, hay que demandarle–, se ha retenido, entre los conejillos del estado amoroso, aquellos que aseguraban pensar al menos cuatro horas en el día en el ser amado (risas), y bien, en ellos, se ha constatado que había al menos 40% de serotonina al menos.

El amor loco. Ustedes creen que el amor loco es un término poético, surrealista, etc. El amor loco hace subir la dopamina. Entonces si usted tiene una propensión al amor loco es que usted tiene sin duda una falta de dopamina. Y etc.

Y eso, hoy, decía que llegó en las revistas femeninas: está en el discurso corriente. Si ustedes siguen la

producción de las revistas femeninas semanales o mensuales que ustedes encuentran en los kioscos, hay, desde hace un año, dos años, una enorme producción de ese género de revistas, que retranscriben su vida emocional, sus hábitos alimenticios, etc., en términos cuantitativos. Y si hay esas revistas –es el mercado– es porque eso se compra.

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En el fondo, el hombre contemporáneo le gusta imaginarse ser una máquina. A fuerza de producir máquinas, de manejar máquinas, de ser interlocutor de máquinas, algo se ha producido que es tomarse por una máquina, o de querer ser tratado como una máquina.

He anticipado eso hace algunos años, recuerdo, que se me hablaba del porvenir del psicoanálisis en relación a otras modas –en la época se trataba del medicamento, etc.–, y yo decía: Y bien eso dependerá, si las personas se piensan como un automóvil que se va a hacer reparar en el garaje, evidentemente eso será difícil para el psicoanálisis. Hoy, se puede decir, que algo se ha cumplido de ese lado.

Entonces, es gracioso, se encuentra eso en Moliere, el hombre de calidad –eso significa el noble, o alguien que manifiesta nobleza de espíritu y de comportamiento–, evidentemente estamos en la era del hombre de cantidad. Y eso va hasta la masa, que es un concepto moderno –en fin, será necesario ver cuando emerge verdaderamente pero es de todos modos moderno–, es el momento donde se cesa de contar y se estima simplemente el gran número.

Entonces, en nuestros términos, se ve bien que eso pone en cuestión lo que llamamos con Lacan el significante Uno: S1.

No puedo escribir el significante Uno, en ese contexto, sin evocar el significante mismo, si puedo decirlo así, el concepto de significante. El concepto de significante es ya el significante como unidad cortada de continuum de la lengua. El significante eso procede del discurso científico. Ciertamente, los estoicos habían ya puesto el dedo en la llaga, pero eso toma otro valor, otro sentido, en Saussure, y luego se sabe que Chomsky ha aplicado el discurso de la ciencia, de otra manera aún, con otros paradigmas de la lengua. Entonces, cuando hablamos de significante, estamos ya, sin saberlo, sobre el camino que conduce a la cognición. Luego volveré sobre esto.

El S1, que es la forma inicial que Lacan ha elegido como indicando, indexando el amo, es la insignia, la insignia única, que se puede representar por los atributos del poder –el cetro, la corona, el trono–, pero también por las palabras que se piensan como absolutas y que se imponen, si así puedo decirlo, en una especie de aniquilamiento. Es la frase que me gusta mucho y que he frecuentemente citado de la página 808 de los Escritos: El dicho primero decreta, legisla, vuelve aforismo, es oráculo, confiere al otro real su oscura autoridad. Y si se toma, dice Lacan, un significante como insignia de esa omnipotencia, es el rasgo unario, que él ha bautizado así, y que es el núcleo del ideal del yo.

¿Qué es ese adjetivo unario que Lacan ha forjado, a partir de Freud, rodeando a Freud? Unario es una variación de único, pero que, en el fondo, toma su sentido en relación a binario, que da, a binario, su antónimo, su contrario, si puedo decirlo así. Unario quiere decir: no dos; no hay dos parecidos. El significante del amo comporta esa exclusión del dos. La exclusión del dos quiere decir que él no es comparable, que no es homogéneo, que es absoluto, es decir, separado.

En la fórmula que Lacan da de la sexuación masculina, es representada por ese existe un x tal que fi de x,

es representada por ese existe un x tal que fi de x, acoplado con para todo
es representada por ese existe un x tal que fi de x, acoplado con para todo

acoplado con para todo x fí de x:

.
.

Aparece aquí que al menos uno no se sostiene sino a partir de todos los otros, como no–homogéneo precisamente– lo homogéneo está del lado del para todo x–, y entonces se ubica como lo incomparable:

para todo x–, y entonces se ubica como lo incomparable: Se ve bien la insurrección que

Se ve bien la insurrección que produce el avance de la práctica de la evaluación en la Universidad. Es que el sólo hecho de aceptar la evaluación dice: Ustedes no son incomparables, ustedes son comparables, ustedes son contrastables. Y entonces de entrada, hay una destitución, digamos la palabra, una destitución del sujeto como incomparable.

El sujeto, que está aferrado al S1, del cual el S1 viene a colmar la marca invisible que tiene el significante como dice Lacan,

S1

$

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el sujeto es in–homogéneo, el sujeto no es una categoría, el sujeto no es susceptible de reducirse a una

categoría.

Es la promesa del psicoanálisis. No se ha verdaderamente hablado jamás de psicoanálisis de grupo, porque la promesa del discurso analítico es lo contrario del discurso de la evaluación, es: Tú no serás comparado.

Es por lo cual, cuando operamos con la noción de diagnóstico, hay un ajuste que no se hace con el discurso analítico propiamente dicho: el diagnóstico, si hay uno, pertenece a los preliminares de la instalación del discurso analítico –y es por eso que es preciso más bien llegar a hacerlo rápidamente–, el diagnóstico es preliminar, porque quiere decir clasificar en categorías.

Tanto, una vez que el discurso analítico está instalado, el sujeto es incomparable. Tanto hay una destitución inmediatamente por el discurso, por la cultura de la evaluación, el discurso analítico comporta en sí mismo, una institución del sujeto, y, hay que decirlo, una valorización. Tanto la evaluación devalúa, tanto el discurso analítico, de manera natural, estructuralmente, valoriza el sujeto.

Cuando Bion podía decir que el analista debía olvidar al momento de recibir su paciente, indicaba algo de este orden: Tú no compararás incluso el paciente a sí mismo de una sesión a otra. Estamos allí en un orden que proscribe la comparación.

Me he ilustrado por ejemplo a propósito de la obra del señor Monteil, del que hablé hace algún tiempo, leyendo un trabajo de decriptage, de desciframiento de mi amigo y colega Hervé Castanet que va a aparecer pronto. La categoría esencial del señor Monteil, quien ha concebido las A.E.R.E.S., quien es un psicólogo social cognitivo, y bien para él la categoría esencial del orden social es la comparación: el hombre comienza con la comparación y entonces la humanidad llega de manera natural a la evaluación, La evaluación es la forma superior de la humanidad, el superhombre es el evaluado –en fin, eso ha asistido al parto de la humanidad de lo que en ella había antes.

El

psicoanálisis se inscribe eminentemente en falso con relación al discurso de la cuantificación –eso no

es

simplemente una anécdota que encontramos así una cierto apunte, el psicoanálisis se inscribe de

modo muy natural en falso con relación al discurso de la cuantificación para el cual todo puede ser comparable y entonces todo es comparable.

El discurso de la cuantificación busca encarnarse, volverse moneda –es el caso de decirlo, en el mercado, donde todo tiene un precio, todo tiene un valor, pero no un valor absoluto, un valor sobre la escala de valores establecidos. La constitución de las escalas de valor es una práctica condicionada por

el discurso de la cuantificación. Por ejemplo, en la clínica, el discurso de la cuantificación procede por el

establecimiento de las escalas de valor, que en general llevan el nombre de su inventor –por ejemplo para la depresión, en señor Widlöcher ha aportado una importante contribución estableciendo la escala de la depresión, ha habido en ese sentido una incidencia sobre la práctica.

Entonces, es en ese contexto que se comprende el dicho enigmático de Lacan en su última enseñanza: el psicoanálisis debe ser una práctica sin valor. Eso no dice que sea sin valor en el sentido del mercado, eso dice que es una práctica que debe escapar a la escala de valores y al discurso de la cuantificación.

Hoy, entonces, se constata de todos modos un muy extendido eclipse, e incluso una desaparición total del amo como encarnado en el significante amo.

Si

se toma a Francia, la evaluación de los ministros es folclórica (risas), pero eso traduce que el amo no

es

de otra esencia. Quiero decir que eso traduce la voluntad de demostrar que estamos en un mundo

homogéneo, y el presidente mismo, heredero del monarca. Hasta hace poco, se podía decir que los semblantes de la heterogeneidad presidencial eran multiplicados, cultivados. Ahora, al contrario, ocupa ese lugar un personaje, que comunica: Yo no soy más que lo que ustedes son, que muestra todos los semblantes de la homogeneidad con los gobernados: Como ustedes yo quiero la Star Academy. Como ustedes, como ustedes, como ustedes.

Y entonces, ese término es verdaderamente negado:, y asumido como tal, es decir, como eso no existe.

Eso, eso no existe (JAM muestra: ). Y entonces, en efecto, se adoptado el estilo de la serie.

Todo el mundo ha notado de otra parte que, en el estilo presidencial actual, se voltea la página muy rápido como se dice, se pasa a la secuencia siguiente –término que es debido, pienso, a los escenarios de

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las telenovelas, o a la información–, se cambia de secuencia y se está en el régimen del más uno: ¿cuál es el próximo episodio? Y entonces, en la desaparición de lo in–homogéneo, se adopta el estilo de la serie.

Desde entonces, el amo no es más el Uno, eso sería más bien lo múltiple. Y hay que decirlo, esta multiplicidad, nos es representada gustosamente bajo la forma de la experticia, que toma el lugar de lo que Lacan llamaba el decreto, o el oráculo. Se confía en la experticia, y ésta se hace siempre en comité. Hay expertos distinguidos, es lo que tenemos, lo que llamamos en la época, subrayados como los comités de ética. Estamos en el régimen de las comisiones, y la verdad es supuesta como saliente de una comisión.

En adelante, lo Verdadero, lo Bueno, no solamente ya no son los significantes amos, sino que son los significantes esclavos, que son subordinados al acuerdo de los expertos. Entonces, hay un deslizamiento, y evidentemente todo esto reposa sobre el mundo homogéneo.

De tal suerte que, sean los que sean, los sarcasmos que podamos tener, las indignaciones, y todo eso, hay un nivel en el cual eso no está operando: es operante en el nivel del retardo de la puesta en marcha de los aparatos, pero hay un nivel donde tenemos que ver con una mutación ontológica, con una transformación en la relación del sujeto al ser. En adelante, la cifra– la cifra de cuantificación– es la garantía del ser. En el fondo, es la incidencia de la ciencia sobre la ontología.

Entonces, eso tiene una incidencia sobre la debilidad mental de aquellos que son los gobernantes o los expertos. El discurso de la ciencia, sobre esta debilidad mental, produce utopías autoritarias, que, desde hace una decena de años, y sobre todo los últimos años, quiere multiplicarse, de manera asombrosa, comprendido el país de buen sentido encarnado, a saber, Inglaterra, al cual hemos de dedicar investigaciones en las próximas publicaciones. Se constata que la utopía autoritaria se ha vuelto la producción normal del comité de expertos. Pero todo esto reposa sobre el hecho de que hoy estamos seguros de que algo existe si es reductible a la cifra.

Entonces, la ideología de eso, la forma ideológica de eso, e incluso la epistemología de eso, está dada por el cognitivismo.

El cognitivismo, en fin, la cognición, es a poner en la serie con lo que se llamaba el conocimiento, y lo que Lacan y nosotros mismos llamamos el saber.

Se sabe bien cómo se distinguen conocimiento y saber. Lacan producía el saber en relación al conocimiento donde acentuaba, después de Claudel, el valor de co–naître, [co–nacer y conocer] nacer al mismo tiempo. El conocimiento supone una afinidad del conocimiento y de lo conocido. Se puede decir que la filosofía antigua no cesa de de comentar esta afinidad, lo que debe haber de común entre lo que conoce y lo que es conocido. Tenemos un eco lejano –o próximo después de todo–, en Heidegger, cuando evoca el entendimiento con el ser.

Hablando del saber Lacan pone al contrario el acento sobre lo que comporta de artificio. Es un sistema de elementos discretos, que no supone ninguna afinidad porque, al contrario, se trata también de poder dar su lugar al saber inconsciente.

Lo que se llama la cognición, no está tan lejos de lo que Lacan llamaba el saber, en fin, bajo una forma reservada, ¿No?–, es también supuesto constituido o representable bajo la forma de elementos discretos. Solamente, se añade la suposición de que el hombre es todo saber, es decir, que todo lo que es en el hombre, si es el término de referencia, pasa bajo esta forma. Es decir, el punto de vista cognitivo es aquel del hombre computacional. El cognitivismo, es la ideología, es la creencia –porque hay que decirlo, que a ese nivel es una orientación fundamental, eso no es una demostración–, es la creencia de que el hombre es una máquina que trata la información. Es una máquina que recibe la información, y que esa máquina misma trata y escupe información.

Es un punto de vista que tiene su fuerza, pero digamos que se añade a esta definición la exhaustividad del humano.

Considerando fríamente las cosas, el estructuralismo ha preparado la vía al cognitivismo, o mejor, el estructuralismo era una primera forma de cientismo que ahora a florecido con el cognitivismo.

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El cognitivismo, puede decirse, es un exclusivismo del S2. No conoce más que el S2 y el sistema de significantes. Lo que es del orden del sujeto, del objeto pequeño a y se puede incluso decir del significante unario, es términos que no pueden inscribirse en su mundo.

S2

$ / a / S1

El resultado es la identificación del hombre a la máquina, a la máquina informática, a la máquina de información, una identificación de la que debemos constatar que es aparentemente agradable para las poblaciones– como dicen los ministros–, que es agradable a la población, que es una identificación que no repugna.

Poder ser cifrado, ser una realidad susceptible de cifra, eso está anclado en el ser.

Si el amor, verdaderamente, es correlativo al 40 % de la serotonina en menos, y bien, es que ¡el amor

existe realmente! Hoy es la serotonina, mañana eso será cuantificado por activación eléctrica de las neuronas, poco importa. Es una referencia cuantificada.

Hay una cierta eclosión de la personalidad en tanto que personalidad no cualificada sino cuantificada: Yo soy una personalidad cuantificada. Hay allí, un tipo de esplendor, que es de un modelo bastante diferente de lo que se consideraba antes. Todo esto se ha cruzado, todo eso no ha conocido ese desarrollo extraordinario y construido de nuestro amo actual, más que por ese materialismo mecánico que el cognitivismo ha encontrado en su objeto mayor: el cerebro, y entonces, en efecto, concluye que: Es allí donde eso pasa. Ese es el lugar. El lugar que es en efecto un callejón sin salida –Lacan hablaba del callejón sin salida cerebral–, el cerebro es un callejón sin salida. Y gracias a lo que se ha desarrollado después de quince años, la imaginería por resonancia magnética, que permite representar la actividad neuronal, estamos dotados hoy de un muy potente imaginario del simbólico. Hay que constatarlo. A tal punto que ahora sabemos que el significante amo, en fin, el sufijo amo, es: neuro–. Ayer o anteayer, teníamos en Le monde, la neuro–economía. Con curvas bibliométricas. Cada vez más universitarios hablan de neuro–economía, es un hecho. Y entonces ustedes saben cuatrocientos personas en el mundo que se dedican a la neuro–economía, la fundación Carnegie que da diez millones de dólares, y ha partido. Entonces, ¿en qué consiste esto? Eso consiste observar la actividad eléctrica del cerebro mientras usted toma decisiones de inversiones (risas).

Y entonces, evidentemente, todos los aspectos de la vida humana son susceptibles de ser así

neurologizados: todo eso activa el cerebro, entonces

psicoanálisis ya ha nacido, si ustedes lo ignoraban. Había antes un conflicto entre cognitivos y clínicos, pero la neuropsicología clínica ha nacido, se los anuncio. Y entonces, todas las actividades humanas son susceptibles de tener neuro–delante de ellas. No hablamos de la neuro–política, que debe ciertamente practicarse clandestinamente para saber porqué se ha elegido a un candidato más que a otro. La neuro– religión que ya ha comenzado, porque se observa el cerebro durante la oración y se constata que eso hace un bien loco a las neuronas; hubo esa encuesta; la creencia en dios es igualmente susceptible de ser vuelta imagen.

comentaré

esto en otra ocasión, el neuro–

Ahora, hay que constatarlo, y eso parece irresistible, lo real se volvió neuro–real.

Es el neuro–real que es llamado a dominar los años que vienen. ¡Y bien! Es a nosotros de saber cómo hacer con ese neuro–real. Les hablaré de esto la próxima vez. (Aplausos).

(Recapitulación de los esquemas del tablero)

(esquema 4)

neuro–réel

(esquema 1)

S1

$

(esquema 3)

S2 $ / a / S1

61

(esquema 2)

61 (esquema 2) La barra de negación sobre la función Φ, JAM la ha dibujado en

La barra de negación sobre la función Φ, JAM la ha dibujado en el tablero cortada por la barra de la negación que pesa sobre la variable X

Fin de la Sexta Sesión del Curso JAM 2007-2008 - 16.01.08

Curso del miércoles 23 de enero de 2008

¡Que magnífica lección! JAM, serio, ligero y muy concentrado (ni el poco confort del anfiteatro T, ni los numerosos sonidos de los teléfonos portátiles parecieron perturbarlo), nos da un curso notable por su rigor. Su introducción, a partir del "último de los hombres" de la introducción al Zaratustra (y su "caída" risible sobre lo que el LNA no es) anudada a su anticipación de una "neuro–psicología clínica" por venir, es a subrayar como uno de los rasgos mayores de su estilo de enunciación. En efecto, diremos que JAM se ha dedicado a tomar muy en serio las "tesis" del cognitivismo, para proceder, luego a "deshacer su retórica", señalando aquí y allá ños matices, la impostura, el alcance y su operación "de explotación y de sujetamiento", notablemente JAM define el modo de operación del cognitivismo, designándolo bajo el nombre de indiferencia ("Operación lógica por la cual se admite una proposición en virtud de su lazo con otras proposiciones que ya son tenidas por verdaderas"). (Por TLN).

Entonces, la cifra. La cifra como garantía del ser. La cifra hoy vale como garantía del ser, el cual siempre ha tenido necesidad de una garantía. Es hoy la cifra que hace la diferencia entre la apariencia, los semblantes, y lo real. Es vano, lo he subrayado, de sublevarse contra, eso sería erigir una barrera contra el Pacifico, mientras que esta concepción es hoy común, hace parte del sentido común del ser, que compartimos tengamos lo que tengamos. El ciframiento es, ciertamente, necesariamente, llamado a recubrir todos los aspectos de la existencia. Eso no es ni siquiera una profecía, es una constatación, que se verifica incesantemente, y con relación a lo cual tenemos que saber tratar su lugar en el psicoanálisis. Podemos comprender que colegas, colegas practicantes, hayan sido conducidos a buscar las condiciones de introducir la cifra en el psicoanálisis; ellos la introducen bajo la forma propia de lo que se llama el cognitivismo, es decir, bajo la forma del sufijo neuro–, que es la forma que toma la cifra cuando viene a apoderarse, cuando viene a capturar lo psíquico.

Entonces, he dicho la cifra. Como lo he subrayado después de Lacan, la palabra es en sí misma ambigua, porque conlleva a la vez el sentido que tiene la palabra cuando se habla del mensaje cifrado y el sentido del número. El psicoanálisis tiene parte ligada con la cifra en el primer sentido, y lo que evoco, es la dominación del número, la misteriosa dominación del número sobre los espíritus.

El viejo problema, el problema antiguo de la relación del pensamiento con el ser fue renovado, en la problemática cognitiva, de la siguiente manera, me parece.

Hubo, en el siglo XVII, la emergencia y afirmación de la ciencia matemática de la naturaleza; la matemática se apoderó del concepto, del pre–concepto de naturaleza, y eso nos ha dado la física matemática. Después, digamos que en el siglo XX, tuvimos la emergencia de la ciencia matemática de la vida, si se puede así decorar la biología molecular. Y se nos explica que el siglo XXI, verá la afirmación de una ciencia, de la ciencia matemática del pensamiento, y esto, a partir del estudio de un órgano del viviente, que es el cerebro.

Es por lo cual, eso que el cognitivismo llama, curiosamente —es el plural que es curioso, dudoso—, las ciencias cognitivas, se nos explica que ellas hacen parte de la ciencia matemática de la vida, que es un sector determinado de las ciencias de la vida.

Eso traduce el movimiento que hemos podido observar, en el último tercio del siglo pasado, a saber, la psicología se adueñó de la biología. Ella se ha deslizado precisamente en la neurobiología, ha considerado que el garante de la psyché —al que se refiere la palabra misma de psicología—, que el garante real de la psyché, era el cerebro. Y apoyándose sobre esto podíamos tener, parece, un acceso directo a la actividad cerebral por la vía de la imaginería de la resonancia magnética, ha considerado que se podía retomar remozada la observación psicológica.

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Entonces, el primer postulado, el primer axioma, es que el psiquismo es cerebral.

A partir de aquí, el cognitivismo se desarrolla como una filosofía de la neurobiología, abriendo

perspectivas, haciendo promesas, promesas de exhaustividad, que están ciertamente cualificadas, es decir, moderadas, por la consideración de la complejidad de la arquitectura cerebral, pero que en el fondo prolongan los resultados en anticipaciones maravillosas

Entonces, de un lado, es una filosofía, por no decir una ideología.

Y de otra parte, el cognitivismo aporta, a la neurobiología y a la observación de imágenes, cuestiones

psicológicas. A saber: ¿qué pasa en el cerebro? ¿Qué es observable en la imaginería cuando hay transmisión de informaciones? ¿Cuándo hay conocimiento? ¿Cuándo hay emoción? ¿Qué se ve cuando hay tristeza? ¿Qué se ve cuando hay alegría? ¿Qué se ve cuando hay decisión? ¿Qué se ve cuando hay palabra y escucha, escritura y lectura? Y, por observación, se puede, en efecto, recolectar cantidad de

hechos de observación.

A partir de lo cual, la operación cognitiva esencial es, en el fondo, la indiferencia: a partir de esos hechos

de observación se infierne procesos mentales que estarían en causa y que darían cuenta de las observaciones.

Dicho de otro modo, la psicología ha pasado, aquí, de la observación de comportamientos a la

observación de las neuronas. Ella no reniega su origen behaviorista, o pragmatista, al contrario, piensa continuar el mismo programa con un instrumento nuevo, que es el que procura el IRM, la imaginería de

la resonancia magnética. Que es la herramienta esencial de sus investigaciones.

Entonces, se trata de una voluntad. Una voluntad animada por el cognitivismo, la de demostrar que es legítima la reducción de la realidad humana al cerebro, que el hombre es esencialmente un cerebro, y que el cerebro es una máquina para tratar la información.

Esta semana tuve la ocasión de oponer, un poco rápidamente, el cognitivismo a la clínica, respondiendo a un periodista, que el cognitivismo no juraba sino sobre la estadística, y entonces que su punto de vista era radicalmente el opuesto al de la clínica, que toma los sujetos un por uno. Sí. Es demasiado rápido, porque no se ve que la potencia del sufijo neuro– esté limitado por el dominio de la estadística, nada impide de descender al uno por uno. De la misma manera que hay en adelante una neuro–economía, no se ve porque los cognitivos no han aun puesto sobre el mercado una neuropsicología clínica. ¿Por qué no haría yo, a mi vez, una anticipación? Veremos próximamente una neuropsicología clínica. EN lugar de simplemente tener recurso al gran número, se hará la descripción de la actividad cerebral de un sujeto. No se ve muy bien que conclusiones se sacarán, pero podemos tener confianza de la inventa de la inferencia.

Dicho de otro modo, la neuroclínica individual es para mañana. No se le puede poner a priori una barrera. Y entonces, estamos sobre el camino de persuadirnos de la extensión progresiva y sin duda ineluctable de esta concepción en todas las prácticas. Todas las prácticas tendrán muy pronto una alternativa cognitiva, que reduce sus maneras de hacer, sus perspectivas, a la observación cerebral.

Eso es un mundo, se puede decir, que fue anunciado, y para la ocasión verdaderamente profetizado, por alguien a quien me he referido al comienzo —he retardado el momento de decir el pasaje pero lo hará ahora—, Hemos ahora entrado en el mundo anunciado por Nietszche, en su Zaratustra, es decir, el mundo del último hombre.

Quería este año hacer un comentario de ese pasaje que figura en el quinto parágrafo del "Prólogo de Zaratustra". Zaratustra sale de su gruta, viene de hablar al pueblo, y le habla, dice él, de lo que es más despreciable. Es decir, que viene hablarle al pueblo en nombre de valores, que se pueden llamar aristocráticos, valores que son clasificados en una escala, valores que son absolutos, y que oponen lo que es honorable a lo que es despreciable. Lo que él considera como lo más despreciable, es el hombre, quien, de una vez por todas, ha cesado de referirse a ese absoluto de los valores, y ese es el que llama el último hombre.

No es el último de los hombres —en fin, lo es también—, pero es tal vez la última figura de humanidad que nos ofrece su historia, al menos de la emergencia, bien problemática, de lo que él llama, de otra parte, el superhombre, aquel que se desprende de ese estatuto del último hombre.

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Describe ese mundo como —lo traduciré así— el tiempo del no deseo, en tanto que el deseo es siempre dependiente de un elemento que no es homogéneo, mientras que la demanda tiene esencialmente una parte ligada a la cantidad. Es dicho en términos poéticos. ¡Hay! ¡Llega el tiempo en que el hombre dejará de lanzar la flecha de su anhelo más allá del hombre, y en que la cuerda de su arco no sabrá ya vibrar! ¡Hay! Llega el tiempo en que el hombre no dará ya a luz ninguna estrella. ¡Ay! Llega el tiempo del hombre más despreciable, el incapaz ya de despreciarse a sí mismo. ¡Mirad! Yo os muestro el último hombre. ¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es anhelo? ¿Qué es estrella? —así pregunta el último hombre, y parpadea. Heidegger ha comentado el parpadeo del último hombre. Nosotros, diremos que ese movimiento del ojo traduce su posición de no engañado. Por excelencia, se puede decir que, con relación a todo lo que es del orden de la creación, el cognitivismo, que reduce todos esos fenómenos a lo neuro–real, encarna bastante bien ese último hombre.

La tierra se ha vuelto pequeña entonces, y sobre ella da saltos el último hombre, que todo lo empequeñece. Entonces, Maurice de Gandillac traduce: "De la dicha hemos hecho el descubrimiento", es más claro cuando se traduce: "Nosotros hemos inventado la felicidad". Nosotros hemos inventado la felicidad —dicen los últimos hombres, y parpadean. Enfermar y desconfiar son a sus ojos pecado. Se observa esto. La transformación de la enfermedad en pecado en nombre del valor salud. Y nos explicaban hace poco que uno de las dificultades de los franceses en la competición internacional es que eran desconfiados y que hoy para triunfar, el porvenir es de los pueblos confiantes. Entonces eso me parece completamente verificar la profecía de Nietszche en la materia. ¡Sin pastor, un solo rebaño! Cada uno quiere la misma cosa, ¡todos iguales! "En otro tiempo todo el mundo desvariaba"— dicen los más sutiles, y parpadean.

He aquí lo que ha servido desde entonces de referencia a innumerables ensayos filosóficos. En el neo– conservador de Fukuyama, en la época en que podíamos creer en el final de la historia, se encontraba, si recuerdo bien, la retoma de ese último hombre como esencia misma del ciudadano democrático. En cambio, pasé tal vez muy rápido sobre el hecho que los últimos hombres, cuando Nietszche habla de nuevo al final del Zaratustra, los hace adoradores del asno. Pero en fin, es porque sin duda la revista ilustrada de la que hablé fue llamada Nuevo Asno [Nouvel Âne]: para explicar que no es el mismo (risas), que no es el asno de los últimos hombres.

Ahora, volvamos a este asunto del número, porque —eso, no es explicitado por Nietszche, pero podemos añadirlo— ellos no juran sino sobre el número. Esta adoración del número está prescrita por su pre–comprensión del mundo como una realidad homogénea, una realidad donde todo es cantidad, incluso la cualidad.

Cuando ellos se ven enfrentados con realidades cualitativas, entre comillas —que no llaman tales desde el punto de vista de la cantidad, de las realidades que no se prestan inmediatamente a la cantidad—, cuando se encuentran enfrentados con realidades cualitativas como ellos las llaman y que clasifican como emociones —decía la tristeza, la alegría, el amor—, la operación cognitivista consiste en ligarlas a realidades cuantitativas. Por ejemplo para el amor, lo decía la última vez, se le anuda a cantidades de neurotransmisores. Se homologa las realidades cualitativas a las realidades cuantitativas, y, entonces, se demuestra que su cuantificación es posible. Aquí es sobre los neurotransmisores, mañana será sobre la actividad cerebral del cerebro. Poco importa la realidad cuantitativa a la que se les amarre, lo que cuenta es el anudamiento, esta homologación cuantitativa, que verifica el axioma según el cual, todo es cantidad.

La noción según la cual todo es cantidad, decía, es del orden de la voluntad, es del orden del deseo. En todo caso, no está determinado por el dominio mismo que eso abre, es una pre–concepción que abre un cierto dominio de investigación. Entonces, hay, en principio, una enunciación, hay, en principio, un deseo de que sea así.

Ese deseo, sin duda, es, él mismo, susceptible de ser interrogado.

Es un deseo de dominio, porque hay la idea que se puede actuar sobre las cantidades: se puede aumentar los porcentajes de dopamina, bajar el de serotonina, se puede, por medio de electrodos, actuar sobre la actividad eléctrica del cerebro. Es un deseo de dominio y, se puede decir, un deseo de igualdad. Eso abre sobre un mundo donde las diferencias no son más que cuantitativas, por allí eso se presta, eso se ofrece a la gestión de poblaciones como se dice. Eso parece especialmente adecuado a la edad democrática, con relación a aquel que viene a recordar los valores absolutos como el pobre Zaratustra hablando al pueblo que evocaba hace un momento.

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Entonces, ¿cómo hemos llegado allí? Estamos obligados a imputar a lo que Kant, antes de Lacan, llamaba la ciencia, por lo cual, tanto Kant como Lacan, entendían la física matemática.

Es allí que se hizo el corte esencial, que no ha alcanzado sus efectos, los efectos que vemos desarrollarse hoy, más que en el momento en que la matemática ha podido capturar la vida. Mientras que permaneció aún ciencia de la naturaleza, ciencia matemática de la naturaleza, en tanto que permaneció física, perduró a distancia de la realidad humana, se quedó, muy distante de capturar el pensamiento, la sociedad, el arte. A partir del momento en que la biología se volvió molecular y matemática, si puedo decirlo así, en ese momento, algo fue franqueado en la lógica del viviente, que, hoy, se impone por sus consecuencias mayores en la organización del mundo.

Tuve que responder esta semana, porque lo he querido, a un cuestionario que distribuía una revista que tiene la ambición de publicar grandes textos que hayan cambiado la historia del mundo y que ofrecía a cierto número de personas de dar su opinión sobre el asunto. Hasta diez títulos. Eso me ha divertido bastante para que tratara de responder y he pensado en diez textos que continúan determinando los cambios por venir del mundo.

Esto me ha permitido inscribir, en buen lugar, La interpretación de los sueños. Me he dicho que no deberían interrogar de esa manera a los psicoanalistas y que era legítimo introducir La interpretación de los sueños e igualmente, los Escritos de Lacan (risas), que han tenido hasta ahora una incidencia mayor sobre la historia del mundo, pero se puede esperar que será el caso en el porvenir. En todo caso me he dicho que si, cuando me interrogan, no digo esto (risas), falto a todos mis deberes. Bueno. Entonces, el descubrimiento del inconsciente y la reformulación de este descubrimiento merecen su lugar.

En cuanto al lazo social, ¿Qué es lo que es tan determinante para el porvenir? He creído que no podía

despreciar El Decálogo. Es de todos modos una gran formulación de la neurosis de la humanidad. Lacan decía hace tiempo que ese era el decálogo de las leyes de la palabra. Esa es la formulación de la neurosis edípica de una manera que ha tenido un éxito sensacional —sin duda en razón de la arquitectura neuronal del cerebro (risas). Oh! Pero se demostrará sin dificultad en que el Edipo está especialmente adaptado a una fisura neuronal. Y después La Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano,

es decir, un fundamento del individualismo contemporáneo y del futuro. Esta Declaración, se podrá

notar, no es una declaración de derechos y de deberes del hombre y del ciudadano, eso escapa a la ideología del donante–donante del que nos quieren hacer hoy el alpha y el omega del lazo social, y si eso ha marcado la historia del mundo, es bien porque es la afirmación de los derechos, y que los derechos tienen aquí avanzada sobre los deberes. En el fundamento de la democracia, hay, de todos modos, un absoluto, que no es susceptible de relativizar por el intercambio.

El psicoanálisis, el lazo social entendido como el cimiento de la sociedad, ¿qué hay después de eso? Después de eso, es el discurso de la ciencia: yo no veo nada, en importancia decisiva, que pueda compararse.

Entonces, las matemáticas, eso se prestará para una enumeración considerable, lo más simple es de tomar lo que está en el origen, y entonces, he dado entre los diez grandes textos, Los elementos de Euclides. Es el testimonio, el testamento de la emergencia del discurso de la matemática.

Y luego, de las ciencias, ¿qué hay? Las ciencias de la vida y las ciencias de la naturaleza.

Con relación a las ciencias de la vida, pienso que hay que hacer un lugar al concepto de evolución y

entonces a Darwin y al Origen de las especies. Y luego está la biología molecular de donde puede tomarse la orientación en la obra tan divertida de Crick y Watson La doble hélice. No se puede decir que

el libro mismo haya cambiado la historia del mundo, pero digamos que está ahí como la prueba del

testimonio de la afirmación de la biología molecular en el último tercio o la mitad de la última mitad del siglo XX.

Y después está la física matemática. Y allí no veía como, sobre diez textos, en efecto, no nombrar a

Galileo por su Saggiatore, donde él formula que la naturaleza está escrita en lenguaje matemático, los Principia de Newton, es siempre la mecánica válida aquí abajo, y Einstein por los cuatro grandes artículos del año 1905, que se llama su agnus mirabilis, donde ha refundado la física matemática, y especialmente por su cuarto artículo, aquel donde figura la fórmula que da la equivalencia entre la masa y la energía.

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He aquí, No he hecho figurar aquí nada literario o artístico, porque, si se interroga sobre los resortes de las transformaciones en el mundo, lo que más pesa, para hoy y para mañana es el discurso de la ciencia. Se puede decir que nosotros estamos en la época donde todo está al desnudo. Los progresos del discurso de la ciencia y las nuevas tecnologías, es el dominio de la realidad que pone el ritmo a las transformaciones que se transmites, con una rapidez notable, a la vida cotidiana y a los debates de las sociedades. Es aquello que hemos percibido, hace algunos años, cuando hicimos una especie de curso periodístico conectado sobre las noticias de la semana: lo que hemos sentido, hoy, es que debemos hacer

la teoría.

Debemos constatar que nosotros, que somos practicantes de una tecnología ya antigua, la tecnología psicoanalítica, hemos sido transferidos, querámoslo o no, a una posición de conservación —salvo cuando nosotros mismos anunciamos las innovaciones, lo que visiblemente estamos tentados a hacer cuando tocamos nuestro dispositivo.

Nosotros tocamos nuestro dispositivo, por ejemplo, en los establecimientos que hemos abierto y que practican las curas de duración limitada. Es una innovación, para nosotros al menos y objetivamente, ya que no se parece a la manera en la que esto ha sido practicado en el pasado en las otras orientaciones analíticas.

Cuando nos dedicamos a esta innovación, lo que es más sorprendente, no es que vinieran las críticas, es que no se escuche la crítica de desviacionismo. Ya que, el siglo XX estuvo lleno de murmuraciones, en

todos los órdenes del discurso, de las acusaciones de desviacionismo. Es lo que, aún en el siglo pasado,

la idea de respetar una orientación inicial, o de desviarla, y bien, eso preocupaba. Eso preocupaba las

personas. Hoy, se puede decir que la innovación es de alguna manera —es como el verum de Spinoza—,

es el index sui, la innovación se beneficia de un privilegio en tanto tal. No hay más la idea de una

emergencia absoluta, que será necesario respetar, sino, al contrario, hay una inclinación, que es completamente lo opuesto, y que consiste en valorizar el ensayo innovador.

Diría que Lacan lo ha sentido.

Entonces, es aún más sorprendente que, cuando Lacan ha comenzado su enseñanza en medio del siglo XX, lo hizo sobre la égida del retorno a Freud, entonces, explícitamente como anti–desviacionista. Es incluso bajo ese pabellón que hizo pasar las verdaderas innovaciones que él aportaba tanto a la teoría como a la práctica del psicoanálisis con sus sesiones cortas de las que se guardó de hacerle propaganda:

en su Informe de Roma, hay algunas consideraciones sobre la duración de la sesión, sobre el tiempo y la cura, hay algunas indicaciones fugitivas pero no hay nada que se parezca a la sesión corta. En él la teoría, está dada por la práctica de la sesión corta. Se puede decir que él la ha enmascarado, que tuvo su innovación, y que es ciertamente a informar lo que es del orden de la Persecución del arte de escribir, es decir, que él ha pensado que eso no era necesariamente algo que pudiera recibirse en la época. Y entonces eso permaneció en una especie de penumbra.

Sin embargo, en sus últimos dichos, ha formulado cosas que aparecieron como sorprendentes en la época y que nosotros comprendemos tal vez mejor en el contexto de hoy como: A cada uno de reinventar

el psicoanálisis. Eso, es una dirección que es completamente opuesta al retorno a, es más bien la

invitación a eso que se llama hoy la innovación. Bueno, reinventar cualquier cosa: el psicoanálisis. Sin duda. Pero el acento está puesto sobre una cierta liberación con relación al estándar. Y de la misma

manera, el acento que Lacan pudo poner sobre la invención de saber, que es también consonante con el tiempo presente. De la misma manera, su desprecio declarado hacia todo lo que era del orden de la tradición. Como él lo pudo decir: Una tradición es siempre estúpida [conne].

Entre la bandera primera de la enseñanza de Lacan y estos enunciados, hay una inflexión que va casi hasta el giro brusco.

Y entonces, me parece que esa es la dirección en la que, querámoslo o no, la práctica del psicoanálisis

será conducida a comprometerse cada vez más. Es lo que hará ley, es, como lo quiere el discurso de la

época, el resultado. No hay, no hay más nobleza en la intención, el valor está concentrado en el resultado. Y eso supone ciertamente, de nuestra parte, una cierta conversión de nuestra posición.

Decía, entonces, que hay que remitirse a la emergencia de la ciencia matemática de la naturaleza para aprehender las raíces de la empresa contemporánea del número.

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La elaboración de esta ciencia matemática no fue el hecho, el punto de partida, de los físicos, fue el hecho de los pensadores. Es lo que observa Heidegger: En la época todos los investigadores eran filósofos. Él lo observa en su libro llamado ¿Qué es una cosa?, que fue traducido al francés en 1971 y que comporta una elucidación del concepto matemático. Él puede decir, en los Griegos, las consecuencias que luego conllevó la física matemática. Es aquí que Heidegger examina las cosas matemáticas, en griego ta mathemata, y considero que es muy probable que sea a partir de ese curso de Heidegger que Lacan inventa su palabra matema. No tengo ningún testimonio directo de su parte, pero la coincidencia me parece hablar por sí misma.

Entonces, es allí que no hay que ser positivista. El positivismo es la concepción según la cual, si resumo, un hecho es un hecho, el positivismo es la creencia en lo absoluto del hecho, y entonces, los conceptos aparecen, dice Heidegger, como simples expedientes. En cambio, aquello de lo que testimonia la elaboración misma de la ciencia matemática de la naturaleza, es de la relatividad de hecho al concepto. Como lo dice Heidegger: Un hecho no es lo que es más que a la luz del concepto que lo funda. Este enunciado, ¿cómo decirlo? Podría ser de Canguilhem. Es un enunciado, un principio de epistemología, que es necesario, claro está, aplicar, poner en obra también cuando nosotros nos interrogamos sobre la emergencia y la afirmación de la perspectiva cognitivista y de la voluntas que la anima.

Entonces, ¿qué es lo que hace la diferencia entre el discurso de la ciencia tal como emerge en el siglo

XVII y eso que era la ciencia en la Antigüedad o en la Edad Media? Es sorprendente que, sobre este

aspecto, osaría decir que Heidegger no está lejos de Koyré. A saber que, en lo concerniente a la observación, lo que atañe la experimentación, de la medida e incluso de la medida cifrada, no es allí que está la diferencia. Todo eso está presente en el saber antiguo y medieval. Verdaderamente, la diferencia

está en otra actitud respecto del saber, cuyo carácter fundamental es lo que Heidegger llama su pretensión matemática. Él se apoya, hay que decirlo, sobre una afirmación de Kant en sus Primeros principios metafísicos de la ciencia de la naturaleza: Afirmo que en cada teoría particular de la naturaleza no puede encontrarse ciencia propiamente dicha sino en la medida en que se encuentre en ella la Matemática.

Entonces, es aquí que Heidegger nos presenta una lectura, que puede ser una ficción sin duda, pero una lectura del ta mathemata de los Griegos.

¿Qué es ta mathemata? Es lo que puede ser aprendido y por allí, eso que se enseña. Observemos que

Lacan ha dado ese sentido a lo que él ha llamado matema. La palabra no figura en la traducción que ha

sido hecha de Heidegger, es Lacan que ha afrancesado ta mathemata, diciendo el matema y definiéndolo,

a la manera griega, como lo que puede ser enseñado.

Lacan fue conducido a decir que lo que puede ser enseñado, por excelencia, del psicoanálisis, es cierto número de fórmulas de apariencia matemática. Él ha inventado y popularizado el término matema en el momento en que ponía en el tablero sus esquemas de los discursos, esquemas permutativos de símbolos de apariencia matemática. De los cuales, él mismo ha elaborado una seudo–matemática, una seudo– lógica matemática del psicoanálisis, para conformarse, en el fondo, al requisito kantiano. Como si el psicoanálisis pudiera ser científico en la medida en que pudiera comportar matemática, pero, en fin, alojando el psicoanálisis sobre la margen de la ciencia.

Pero, si he llegado a censurar el cognitivismo como siendo una monería de las ciencias duras, ese

elemento de imitación, de semblante de ciencia, hay que reconocer que Lacan ha jugado con el, para el psicoanálisis, que eso haga parte de la misma irresistible atracción hacia el discurso de la ciencia. El estructuralismo completo se impuso un ideal de cientificidad. Hemos pensado, de todos modos, en los años 1960, salir de la retórica de las humanidades para pasar a un abordaje cuyo ideal fue la cientificidad, pero evidentemente, utilizando, en las matemáticas, las zonas que parecían prestarse al

tratamiento que queríamos hacer. Por ejemplo, Lacan se inspiró en la teoría de los grafos, en su gran grafo, se inspiró en la teoría de la comunicación y de la información, en la que el cognitivismo encuentra también un apoyo, se piensa en los trabajos de Warren sobre la teoría de la información, él se apoya en la cibernética, como se decía en la época, la cibernética de Norbert Wiener. Él ha explotado —como dice el cognitivismo—, ha explotado los recursos de la elaboración matemática hasta conducir, el psicoanálisis,

a los nudos, que producían mayores dificultades en esa época que ahora, cuando se han elaborado instrumentos más finos para aprehenderlos en el discurso matemático.

Entonces, ta mathemata: lo que puede ser aprendido y enseñado, bien más allá de los límites de la escuela o de la erudición.

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Heidegger inventa alojar ta mathemata en relación a cuatro términos griegos. A mi conocer es una verdadera creación de su parte. No tengo el recuerdo de que haya habido en ningún filósofo, en lo que he podido leer, que haya podido serme enseñado, que yo haya podido aprender, no tengo el recuerdo que haya habido esa colocación, que es sugestiva y que se apoye sobre el lenguaje filosófico griego.

Él opone entonces ta mathemata en principio a lo que es del orden de la Physis, o de la poiesis, es decir, lo que es del orden de la naturaleza, o del arte, de la fabricación, del artificio. Ta mahemata es distinto de ta physiké, las cosas naturales, en fin en el lenguaje de Heidegger las cosas en tanto que ellas surgen de

sí mismas, por oposición a ta poioumena, aquellas que surgen de la mano del hombre. Las cosas

naturales, o las obras de arte. Hay en tercer lugar, ta kremata, las cosas que son en el uso, de las que nos servimos, que en ese sentido son constantes. Y en cuarto lugar —he llegado a hablar de esto en otro contexto— ta pragmata, aquellas que vienen de la praxis, de la acción, las cosas con las cuales nos las

tenemos que ver, sean las cosas materiales y que sea también la acción, lo que hay para hacer.

Esos cuatro términos son para Heidegger distintos de lo que aísla como ta mathemata, que son las cosas en tanto que las aprendemos, las cosas en tanto que ellas tienen que ver con el conocimiento, pero en una acepción muy particular en la que no se trata de aprender el ahora de las cosas, su uso, sino que se trata —inventa él—, se trata, en la matemática de llevar al conocimiento lo que, desde siempre, sabemos, y entonces lo que de una cierta manera llevamos en nosotros mismos.

Para ilustrarlo, él tiene esta consideración sobre el número tres. Yo cuento: Uno, dos, tres (JAM muestra tres libros). Según él: Podemos contar que esas cosas son tres, sólo ya si conocemos el "tres". Las cosas mismas no nos ayudan en nada a acceder al tres. Esto dice de una manera que es hecha para dejar presagiar lo que más tarde será la noción de que número es innato, y el debate de los platónicos y de los empiristas para saber si el número es innato o viene de la experiencia. Esa cuestión continúa siendo completamente de actualidad para la psicología cognitiva, a la que le gustaría mostrar, demostrar los fundamentos de la aritmética en la vida mental: es el objeto de las investigaciones que están en curso y que en mi opinión permanecerán durante largo tiempo.

Entonces, se trata para Heidegger en principio, en la matemática, de lo que podemos aprender en contacto con las cosas, pero sin que ese saber lo hayamos extraído de las cosas. Por allí, la matemática será el presupuesto de todo saber. El número vendrá a representar por excelencia la matemática en este sentido. El hilo del cual él da aquí el punto de partida, lo reencuentra en Galileo —Citaré el pasaje en otra ocasión—, él lo reencuentra también en Newton.

La versión Lacaniana concerniente al número es hacer de los números una excepción de lo simbólico, es de enunciar: Los números son de lo real.

Cuando Lacan dice que los números son de lo real quiere decir que no son de lo imaginario, pero que tampoco de lo simbólico. No son significantes, en tanto que los significantes son hechos para llevar significación, en tanto que los significantes son soportes de lo imaginario. Y si se quiere hacer de ellos significantes, entonces son, por excelencia, significantes sin significado.

Lacan llegó a llamar desesperadamente sus deseos de un significante nuevo, que no tuviera significación

y que, no obstante, operara, y bien se puede decir que el número fue antes un significante nuevo operando sin significado.

Es esa vacuidad de la significación del número que sin duda anima a la ideología de la objetividad del hecho cifrado. Y es, así mismo que el número, que un cifrage es acreditado como siendo en sí mismo sin significación. He incluso cuando es salido de la vía extremadamente marcada como la de las encuestas políticas donde las preguntas, el momento de las preguntas, la formulación de la pregunta, la dirección de la pregunta, están marcados, están infectados por tendencias completamente patentes, y luego ustedes tienen el 10%, el 15%, etc., y cuando la cifra llega, hay un efecto de estupefacción, un efecto de acreditación de deflagración, que es siempre interesante de observar. Allí, después de tres días, las cifras estás malas para el presidente de la República, e inmediatamente, sobre la base de cifras y de comparaciones de cifras, ustedes tienen una mutación general del discurso articulado: la semana pasada aún era genial y después de tres días se les explica, sobre la base de cifras, hasta que punto él se había equivocado, que no había que hacer eso, que no podrá salir del asunto, que está muerto, etc. Aquí, la incidencia de los significantes sin significado, que son las cifras, son de tal naturaleza que hacen virar las significaciones del discurso de una manera inmediata.

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Lacan corrige, si se quiere, esta acepción diciendo —eso no es completamente claro— que los primeros números tienen de todos modos un sentido. Se debe entender aquí los sentidos mitológicos que afectan el número. Él dice: Los primeros hasta cuatro, hasta cinco puede ser, vamos hasta seis. No he identificado aquí la referencia que él tenía en la cabeza, pero digamos eso no tiene nada que ver con la función real de los números.

Ustedes saben que Lacan entiende esta ausencia de sentido en la ciencia misma, llega hasta enunciar que la ciencia no tiene ninguna especie de sentido, como el número. En esto Lacan es fiel al enunciado de Bertrand Russel quien encantaba a Kojève y que Lacan cita varias veces: El matemático no sabe de que habla. Traduzcamos eso aquí: El maneja los números como siendo del real.

Sobre esta perspectiva, que me permitirá diversos desarrollos, quería, antes de terminar, hacer un lugar, al menos señalar lo que se puede sacarse de un texto cognitivista eminente, la lección inaugural, en el Colegio de Francia, de la primera carga académica de ciencia cognitiva que jamás fue creada, la carga de Psicología cognitiva experimental.

Stanislas Dehaene comienza por recordar la definición, por Wiliam James, de la psicología como la ciencia de la vida mental. Se hace su deudor, y eso vuelve tanto más impactante el título de su lección inaugural: Hacia una ciencia de la vida mental, digamos que hemos pasado, de William James a Stanislas Dehaene, de la ciencia de la vida mental a una. Es un movimiento que se observa de otra parte a lo largo de toda esa lección inaugural. No dice que va a encontrar las leyes del pensamiento, dice de las leyes del pensamiento. Y así continúa. En el fondo, tenemos esa curiosa bajada de tonalidad, al mismo tiempo que tenemos la afirmación de la pretensión de las ciencias cognitivas de hacer parte de las Ciencias de la Vida, ¿pero esto se apoya sobre qué en definitiva? Como él lo explica —esa es su frase— explotando toda la panoplia de los métodos de la biología.

Creo que el verbo es muy justo: el cognitivismo es un explotador. Es un explotador de la biología, y no pretende incluso ser un explotador de los resultados de la biología, sino un explotador de sus métodos. Prácticamente, ¿a qué conducen los métodos de la biología que son así explotados? Llevan a la imaginería magnética. Y es dicho claramente que la neuro–imaginería, la imaginería cerebral, juega un papel central. Por ello, cuando el Señor Dehaene da el ejemplo de las investigaciones sensacionales que se apresta a llevar en el hilo de las investigaciones que ya han comenzado, es la observación de la imaginería magnética que aquí viene como ejemplo. Es esencialmente por esa vía que se amarra a la biología, es decir, que él le toma ese instrumento.

Entonces, al mismo tiempo, las ambiciones no se detienen en el cerebro, porque él piensa igualmente trabajar en la intersección de la biología del cerebro y del entorno, incluso, la cultura. Y se ve que el pasaje problemático, es aquel que va de la observación cerebral, de un lado, a las realizaciones de la cultura, del otro. Se tienen muy pocos elementos que hacen verdaderamente la articulación, es decir, que se está constantemente reenviado a los datos de la imaginería, y simplemente es por la vía de indiferencias extremadamente tenues y problemáticas que se llegaría a lo que es del orden de la cultura.

Esto no impide que el Sr. Dehaene prometa que aquello de lo que se trata en su carga académica tiene por ambición enunciar las leyes generales del pensamiento. Él no dice las leyes, sino de las leyes generales del pensamiento. Esa es la promesa del poder pasar de lo que él observa de la vida mental, es decir, de la actividad neuronal, de poder pasar de esa observación a las determinaciones universales concernientes al pensamiento en todos sus aspectos: de la percepción a la motricidad; de la memoria; la percepción de la palabra; el concepto; la emoción; la intención; la decisión; la introspección. Todo esto se observa, y todo eso responde a una sintaxis de operaciones que las que podríamos formular las reglas. Cereza sobre el pastel, él podría igualmente —o él lo desea— determinar la diferencia, para el cerebro, entre una información conciente y una información inconsciente.

Él mismo percibe un cierto exceso de amplitud en su programa y reconoce que para muchas personas la psicología no es más que una ciencia blanda y no una ciencia dura. Hay que decir que todo lo que él enuncia —es lo que es impactante— es prestado, es una explotación de la biología, incluso la química, etc. Y es lo que le sirve de prueba, o de ánimo, eso sería el reconocimiento con el cual se beneficia la psicología de la comunidad científica.

Hay que confesar que Jean Pierre Changeux, que me divertía tanto en el tiempo de El Hombre neuronal — que yo había bautizado así en mi inconsciente—, que Jean Pierre Changeux ha logrado en efecto introducir ese programa en el Colegio de Francia, y entonces permite al Sr. Dehaene hacer espejear, lo cito, la posibilidad que las leyes que la psicología es susceptible de descubrir sean tan sólidas y

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universales que las leyes de la física. Encuentro esto grandioso. Él no dice: las leyes que la psicología ha descubierto —de las que se podría discutir su estatuto—, es; las leyes que la psicología es susceptible de descubrir, ¡y bien!, no es imposible que sean tan sólidas y universales como las leyes de la física. Y él cita a Galileo, Newton y Einstein. Mientras que, prácticamente, vamos de la observación del cerebro a la imaginería magnética y de las comparaciones con la computadora: el cerebro como máquina para tratar información, dice él, de donde podrán inferirse los algoritmos del pensamiento.

Y lo que ustedes encontrarán aquí no es nada! Con el apoyo de sus proposiciones grandiosas, ustedes tienen —enumeraré esto tal vez la próxima vez—, ustedes tienen algunas pobrezas sobre el disminución del ritmo del pensamiento en ciertas condiciones, ustedes no tienen nada que parezca ni siquiera de lejos a una ley universal sea cual sea. Pero tenemos aquí la formulación de una ambición, que es moderada por el hecho que, en efecto hay una arquitectura extremadamente compleja del cerebro. La convicción esencial del psicólogo es que, aquí, él tiene un acceso más directo a lo que llama los mecanismos del pensamiento —porque, eso, hace parte del deseo inicial: el pensamiento tiene mecanismos—, un acceso directo a los mecanismos del pensamiento gracias a la imaginería magnética más que a la sola observación de los comportamientos. Dicho de otro modo, simplemente, la ambición que antes se realizaba por el análisis de los comportamientos, a saber inferir el pensamiento que está detrás, se ha transferido. Él cree que, porque él va a ver la neurona y la actividad de la neurona, entonces estará más cerca, más directamente ligado a los mecanismos del pensamiento.

Entonces el conejillo de indias en observación, se le anima a tomar decisiones y se mira cuales son las neuronas, las zonas cerebrales, que están activas en el momento de la toma de decisión. Y, porque se constata que hay esa correlación, entonces se dice: la decisión, eso no es más que una cierta actividad neuronal. Y entonces se concluye con la ilusión del libre arbitrio de las decisiones humanas. Y sobre todo se concluye que lo que antes se consideraba como datos subjetivos es susceptible en delante de un tratamiento objetivo. Y en el fondo, es esa la gran ambición del cognitivismo a través de esos diferentes métodos: En la psicología de hoy, concluye, los datos subjetivos de la conciencia son objetos de estudio legítimos, que la modelización y la imaginería ponen en relación directa con los datos objetivos de la arquitectura cerebral.

He aquí sobre lo que concluye su lección inaugural, es decir, sobre la ambición, digamos, de dar un estatuto objetivo a la subjetividad por la modelización matemática y por imaginería cerebral. Esta ambición, hay que decirlo, a través de sus diferentes modalidades y a través de la multiplicidad de las investigaciones en curso, anima el cognitivismo, que resulta se de una pobreza esencial: la pobreza de un método de indiferencia que trata de hacer el salto, de hacer la unión entre los datos de observación y procesos, lo que bautizan procesos, de los que hay que decir, la realidad, al leerlos, aparecen absolutamente fantasmáticos.

Bueno. Continúo la próxima vez.

Fin de la Séptima Sesión del Curso JAM 2007-2008 - 23.01.08

Curso del miércoles 30 de enero de 2008

JAM continúa con la interrogación de las "tésis" del cognitivismo. Trata de examinar en este Curso, en la enseñanza de Lacan,las fuentes que le permitieron situar el lugar de "vástago" del estructuralismo confrontado a la fenomenología.JAM recorre esta enseñanza a partir de la crítica de Lacan a la neuropsiquiatría (1946) hasta su TDE, marcando las escansiones más importantes.La perspectiva es totalmente inédita. Su construcción sigue siendo tan esclarecedora y precisa, ofreciendo un nuevo punto de capitón a su Curso del año anterior, "El muy último Lacan (TDE)". En efecto, preparando este número de TLN – y a riesgo de confundir anticipación y precipitación –, nos hemos planteado una cuestión:¿no se trataría en esta formulación, de una presentación de lo que sería el séptimo paradigma del goce? Paradigma que podría enunciarse siguiendo de cerca las propuestas de JAM, a partir de la definición del inconsciente que Lacan promueve en su texto "L'esp d'un laps" (1976). JAM produce la extracción de una definición de lo real propio al psicoanálisis.Es el "real de la contingencia", consecuencia de la no relación sexual (paradigma VI). Esto es precisamente lo que él considera que es el punto sobre el cual Lacan nos ha dejado.Momento en definitiva "optimista", pues se trata "de una invitación a hacer con la contingencia de lo real, es decir, también con la invención y la reinvención, sin ningún fatalismo".Alegrémosnos de la oportunidad que este curso nos ofrece. (From TLN)

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¿Qué fuentes encontramos en la enseñanza de Lacan para situar en su lugar lo que llamamos en este momento el cognitivismo?

No creo equivocarme diciendo que no encontramos nunca esa palabra en el texto que subsiste de los Seminarios de Lacan y tampoco en sus Escritos. Cuando Lacan deja de hablar y de escribir, el cognitivismo ya había nacido, tenía ya partidarios y es una referencia importante para un cierto número de disciplinas. Tomemos esto como una indicación fechada, cronológica, con respecto a la influencia de esta ideología. En un tiempo en el que Lacan recorría sin problemas las disciplinas punteras, podía dejar de lado la existencia y el nombre mismo de cognitivismo.

La última vez dije que renunciaba aquí a la polémica a cambio de la elucidación, del intelligere de Spinoza, y voy a matenerme en esta orientación buscando en Lacan lo que indicaría una vía de abordaje. Entonces, utilizo nuestro momento cognitivista para volver a la enseñanza de Lacan y a lo que hace a nuestra posición en la práctica y en la teoría con el fin de aclararnos al respecto.

Lo evoqué la ultima vez, lo que surge primero es que con el estructuralismo hay una postulación hacia la ciencia que ha incidido en el pensamiento.

Se puede decir que el estructuralismo, al menos en Francia, y Lacan tiene ahí un papel de suma importancia, el estructuralismo se planteó por medio de una crítica a la fenomenología, tal como había sido manejada y tal como aparecía en la ideología dominante, a través de la obra de Merleau–Ponty, La Fenomenología de la percepción, o en el existencialismo de alguien como Sartre. Y Michel Foucault había insistido, en el momento de la publicación de su obra, Las palabras y las cosas, en mantenerse en una postura crítica frente a la inspiración fenomenológica.

En el curso de los años 60 existió un binario, fenomenología versus estructuralismo, y la idea de que uno sobrepasaba al otro. Y desde donde nosotros estamos ahora, lo que aparece es que el estructuralismo sólo ha sido una transición para volver ahí donde la filosofía fenomenológica se constituía en la crítica aparentemente triunfante, a saber, lo que yo llamaré el cientificismo que domina hoy bajo el modo de cognitivismo. Al mismo tiempo, lo que del estructuralismo rechazó al cientificismo se inscribe bajo el dominio no de una disciplina, sino de un campo de exploración que lleva un nombre que no hemos practicado aquí pero que se impuso sobre todo a partir del eco que recibió en los Estados Unidos, el postestructuralismo, que a su vez promovió el nacimiento en las universidades americanas y luego a través del mundo, de un campo múltiple, equívoco, que yo llamaría por su nombre inglés, the cultural studies. Y, entonces, me parece que, de alguna manera, ahora se ve mejor, el residuo del estructuralismo, una vez que este se desprendió del cientificismo y que a la vez el cientificismo se impuso.

del cientificismo y que a la vez el cientificismo se impuso. Este esquema sitúa, en efecto,

Este esquema sitúa, en efecto, nuestro estructuralismo como un momento de transición y, también, un momento equívoco, e invita cuando se relee a Lacan, a distinguir ahí proposiciones que son compatibles

o afines con el cientificismo, al mismo tiempo que, ciertamente, esta enseñanza no se reduce a esto. Pero

se puede decir que la postulación científica del lacanismo abrió la vía al cientificismo contemporáneo y, en cualquier caso, sin duda nos ha dejado desatentos frente a sus progresos.

Si vuelvo a la enseñanza de Lacan, ¿de qué nos encantábamos en la época?

Y bien, se consideraba como un progreso del pensamiento, un progreso de elucidación –tomo este

ejemplo–, poder transcribir lo que Freud llama fantasma en una fórmula de apariencia matemática como es S tachado, losange, pequeño a, entre paréntesis. Es decir, una secuencia de tres símbolos, incluso de cinco si se le añade los parentesis. Esto ha formado parte de la seducción del discurso de Lacan, esta retranscripción sistemática de los términos freudianos en escrituras de alcance científico.

Fantasma: ($ ◊ a)

Comentó él mismo esta escritura en la pag. 816 de los Escritos en los términos siguientes. Lo llama sigla, el término antiguo. Utiliza este término antiguo, pero es para decir que lo introduce a título de algoritmo, es decir, de una fórmula que prescribe un cierto desarrollo normativizado. Entonces, ahí se reintroduce el equívoco que le hace subrayar que en esta sigla volvemos a encontrar, escindidos, los

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términos de la abreviatura del signiticante: Sa. Es lo que enuncia diciendo: rompe el elemento fonemático que constituye la unidad significante hasta su átomo literal. Hay que entender que es Sa, la abreviatura del significante, la que se rompe aquí en dos letras. Y lo abre a la multiplicidad diciendo:

está hecho para permitir cientos de lecturas diferentes –entonces, una multiplicidad de la cual no enumera las posibilidades–, multiplicidad, dice, admisible hasta que lo hablado quede tomado en su álgebra –bueno, lo que se autoriza verdaderamente de los usos que no encuentran aquí ningún límite. Y, en ese momento, caracteriza el conjunto de las siglas algorítmicas que utiliza en su grafo: no constituye un metalenguaje, dice, no son significantes trascendentes, son los index de una significación absoluta. Una significación absoluta, la fórmula es fuerte, la dice especialmente adaptada a aquello de lo que se trata en el fantasma (JAM subraya la palabra fantasma en la pizarra).

Podemos admitirlo. El fantasma es en absoluto en efecto, en el sentido de separado del resto del sistema de las significaciones. Freud mismo acentúa esto. El fantasma, de alguna manera, viene como un plus,

sin que sus lazos sean manifiestos con lo que la palabra del paciente ha podido revelar; respecto a esto,

el análisis puede desarrollarse dejando recubierto el fantasma, dejándolo no confesado, como una

significación aparte, un escenario significativo fuera de todo. Pero, y es sin duda por esto que Lacan distingue entre sus siglas la sigla del fantasma, al mismo tiempo hace del carácter de index de

significación absoluta, la marca de todas las siglas que ha colocado en su grafo.

Hubo un tiempo donde se intentaba penetrar en el valor propio de los términos de Lacan. Si los consideramos retroactivamente, se percibe que tenemos ahí términos equívocos, que toman prestado la

experiencia analítica y decoran los términos que provienen de ella con una matematización de la cual no

es excesivo decir que es de semblante, que es, de alguna manera, atraída por el cientificismo por venir y que, al mismo tiempo, Lacan multiplica las reservas que le impiden caer ahí.

Este equívoco, podemos decir, está destinado a marcar el conjunto de su enseñanza. Esta enseñanza está a la vez habitada por un ideal de matematización, que es incesantemente denegado, y por razones fundamentales.

He evocado la última vez la fuente que Lacan había provablemente encontrado en el curso de Heidegger sobre ¿Qué es una cosa? y, en particular, en las páginas que conciernen al matema. Tuvimos ecos de ello –mucho más tarde en su enseñanza, mucho más tarde que esta página 816 tomada de "Subversión del sujeto y dialéctica del deseo"–, tenemos un testimonio de ello en su escrito que se llama "´L'Etourdit", que figura en la recopilación de los Otros Escritos, en la pág. 481. Esto viene, me parece, directamente de Heidegger: "El matema, dice Lacan, se profiere desde el único real reconocido primeramente en el lenguaje: a saber, el número. El término de real es sin duda de Lacan, pero la noción de que la primera realización del matema es el número, esta noción la encontramos en Heidegger.

Lacan señala el atractivo que presenta el matema, o que presenta el número, o que presenta el campo matemático, para el pensamiento, y acentúa esta atracción diciendo que el pensamiento encuentra ahí el nonsense propio del ser. El pensamiento encuentra en la matemática el nonsense propio del ser. Creo que aquí hay que dar a la palabra inglesa nonsense no el valor humorístico que puede tener, sino más bien su valor que se trascribe en francés: ausencia de sentido, no tener sentido. Como lo recordé la última vez, esto vuelve varias veces bajo la pluma de Lacan. Es el término de Bertrand Russell el mismo que seducía a Kojève, a saber: que el discurso matemático, la matemática, no se sabe de qué estamos hablando. Y aquí veo un eco de esto. No se sabe de qué estamos hablando, es decir, es un discurso sin más allá, es un discurso que precisamente no sirve de index para lo que Lacan llamaba más arriba, una significación absoluta.

Lo que hay –digámoslo así–, lo que hay, está enteramente contenido en el discurso mismo.

Y ahí Lacan formula lo que sería la esencia de la matemática de esta manera, a saber, un uso nonsense

del lenguaje, precisamente en el momento en que toma un poco de distancia con la matematización, esta matematización para la cual, en su enseñanza, ha dado mucho, y también en "L'Etourdit" puesto que utiliza ahí términos, elementos, relaciones, que pertenecen a la lógica matemática.

Entonces, este equívoco, este uso equívoco de la referencia a la ciencia y a las matemáticas en la ciencia, Lacan intentó romperlo, ir más allá –y en el fondo es sin duda la indicación, el index más prometedor que dejó–, invitando a definir para el psicoanálisis un real que solo tendría que ver con él.

Lo dijo en los términos siguientes: el inconsciente testimonia de un real que le sea propio. Esta fórmula, por sí misma, marca una prudencia y al mismo tiempo una dificultad, que se concentra en el uso del

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verbo testimoniar. No dice que el inconsciente muestra un real, no dice que el inconsciente nos fuerza a definir un real, no pone como sujeto de la frase el psicoanálisis es su real. Pero digamos que esta es la orientación: apremiado por el discurso de la ciencia que constituye a lo largo de su enseñanza su referencia, diría, de la misma manera que para Freud, Lacan fue en la dirección de elaborar un real que sería propio de lo que sólo se impone por el discuso analítico, a saber, el inconsciente. El condicional con el cual afectó un discurso que no sería semblante se encuentra aquí en el subjuntivo de un real que le sea propio.

Este real propio, este real identificante, si se puede decir, este real particularizado, él lo sitúa en el campo de la sexualidad.

Por ello, su elaboración de la relación sexual ha sido lo que respondió de la manera más ajustada a lo que yo llamaba la presión del discurso de la ciencia sobre lo que él podía desarrollar. Es decir, retomó el fallo sensible de la teoría analítica, en función del discurso de la ciencia, con esta carta que trajo de la relación sexual, con los rasgos singulares con los que dotó a esta relación sexual.

Entonces, precisamente esto debería ponernos en la vía de elucidar por qué caminos la cantidad, la medida, la cifra, el número, han advenido al hombre.

Lacan mismo lo evoca. Es la configuración especial de la relación sexual en la especie hablante, en los seres hablantes, la que podría explicar el acceso que estos encontraron al número. Para anticipar un poco, sería lo inaccesible de la relación sexual lo que explicaría el acceso al número. Esta cuestíón, en los tiempos de Lacan, podría parecer especulativa, aunque ya no lo es hoy, puesto que la cantidad, la medida y el número, es ahí donde nuestra época, lo que es ahora nuestra época –esto no era tan evidente para nosotros al final del siglo pasado–, es ahí donde la época va a buscar sus significantes amos.

Entonces, ya he puesto en oposición el número y la insignia. La insignia, lo que Lacan llamaba así, es el significante como absoluto, o, más precisamente, un significante como absoluto, es el significante de lo incomparable, del sin igual y, por lo tanto, lo que se sustrae a toda multiplicidad. Mientras que el número, al contrario, es la vía por la cual viene a imponerse a nosotros la comparación. Es la vía por donde, cuando se puede numerizar, colocar un número, contar, todo deviene comparable, no equivalente, sino homogéneo, y homogéneo en una escala, en una escala de valores.Se percibe sensiblemente que lo que ha prestado credibilidad, como se dice, a la evaluación universitaria, contra la cual, por otro lado, llevamos a cabo una cierta polémica –y esto no acaba aquí–, lo que ha dado credibilidad a la evaluación universitaria, es el momento en el que hemos visto aparecer una clasificación mundial de las universidades, es decir, donde, a través de los países y a través de las lenguas, hemos afirmado que todo era comparable. Se puede decir aquí que el fenómeno, la realidad llamada mundialización, ha validado, valida, todos los dias, el significante amo del número, el significante amo de la cantidad. Respecto a esto, el hecho de que haya un sistema mundial de intercambios, de comercio, de la producción, es contemporáneo de la subida al cénit de los significantes que yo decía: la medida, la cantidad, el número.

Entonces, hay ahí una realidad que no parece dispuesta a desaparecer en lo inmediato. La alegría de la polémica, la alegría de criticar y de bromear con los agentes de la cuantificación, no debe hacernos desconocer que hay ahí lo que podemos sin duda llamar un real. Hay ahí algo de lo cual siempre podemos decir que es ilusorio por muchos lados, podemos decir que la evaluación es imposible, que sólo es una ficción, esto no le quita nada a lo que aparece aquí fundado de una manera extremadamente potente y a lo cual se opone ¿qué? ¿el culto del sin igual?

He hablado del fetichismo de la cifra, yo mismo he presentado a los evaluadores como una secta. En efecto, aquellos que ponen en marcha, que se hacen los guardianes y los propagandistas de la evaluación, pueden presentarse así actualmente, una falange de primera línea, de vanguardia. Pero correlativamente aparecen los sectarios del sin igual. Y tampoco da mucha confianza pensar que Sartre era uno de ellos, un sin igual.

Recientemente, me interesé por el valor, diserté sobre el sentido que habría que dar a su famoso no al Premio Nobel de literatura, que quedó en la memoria de todos y que es uno de sus grandes azañas. Y bien, si rechazó el Premio Nobel – se lo explicó muy bien a Simone de Bouvoir–, si rechazó el Premio Nobel es porque rechazaba ser comparado. Él podía decir: me gusta Heminway, he ido a verle a Cuba, pero yo no quiero ser lo mismo, no quiero ser clasificado al mismo nivel, rechazando la clasificación, la comparación, que le parecía –no puedo reprochárselo–, que le parecía lo opuesto a lo que es la literatura.

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En definitiva, este rechazo se fundaba en la noción de un cierto absoluto de la conciencia. Y aquí encontramos de nuevo este término de absoluto.

A través de las teorías, están los sectarios de lo absoluto y, del otro lado, están los de lo relativo. Lo

relativo toma hoy la forma de la cantidad, de la cuantificación, y esto es tan potente que echa del lado del orden de los valores aristocráticos al culto del sin igual y que podríamos burlarnos de él –ciertamente no voy a ser yo el que voy a encargarme de esto–, como nos burlamos de la evaluación.

Es decir, los dos hacen par, hay como una solidaridad entre los dos.

Esto hace que habrá que encontrar otra cosa –y, por otro lado, va a haber que encontrar otra cosa de muchas cosas– (risas). La última vez evocaba el nacimiento inevitable de la neuropsicología clínica: es porque yo estaba atrasado. Quizás dije que ya debía existir en algún lugar. En cualquier caso, eso existe. Nada más llegar a mi casa me vi invadido de e–mails (risas), haciéndome conocer la existencia de laboratorios de neuropsicología clínica. No hay ninguna razón, en efecto, que la clínica resista en el nivel de lo neuro.

A propósito de esto, encontramos sin embargo en Lacan una fuente que hay que volver a poner en

circulación, una fuente que concierte a su posición y a la nuestra con respecto a la perspectiva cognitivista. La encontramos en su "A propósito de la causalidad psíquica" que está en el volumen de los

Escritos.

A la salida de la Segunda Guerra Mundial y en los albores de su enseñanza, tenemos el manifiesto de

Lacan contra la neuropsiquiatría. Fue elaborado a partir de una polémica con su camarada Henry Ey cuya teoría, llamada organodinamismo, encontraba sus fundamentos en la aplicación de los principios de Jackson a la neuropsiquiatría. En esa fecha, se habla a voluntad de trastorno mental, el lenguaje del disfuncionamiento está ya en curso y la crítica fundamental de Lacan con respecto a la neuropsiquiatría

es que ésta busca la génesis del trastorno mental en el espacio, más precisamente, en la extensión, que es

la que explora la física matemática, que él llama la física clásica. Lo que funda la neuropsiquiatría es el

recurso que encuentra en la evidencia de la realidad física, una realidad física fundamentalmente estructurada como la extensión cartesiana, llamada partes extra partes, partes en el exterior de las partes, sin superposición, sin encabalgamiento, una extensión que es, como decia en otra época Merleau–Ponty, sin escondites, y en cuyo interior tendrán lugar todas las interacciones que ustedes quieran. Lacan habla de interacciones moleculares, pero si pasamos a lo neuronal, nos quedamos en el régimen de la extensión partes extra partes.

Es esta perspectiva la que se ha asentado como cognitivismo, del cual en el inicio de su enseñanza Lacan se desprende y desprende al psicoanálisis.