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El capitalismo exuberante se entrega al Estado

La aguda crisis de los mercados financieros ha sacado a la luz las debilidades y contradicciones del ultraliberalismo, ha puesto contra las cuerdas a algunos de sus principales actores y ha culminado en la intervención del Estado al rescate de gigantes en quiebra. Para el autor, la solución estructural es «un sistema económico alternativo, orientado para servir a las personas y no para que las personas estén al servicio de aquél».

La aguda crisis que están viviendo estos días los mercados financieros, y especialmente los bancos de negocios, es una consecuencia más de la política económica defendida por los herederos del padre teórico de la escuela ultraliberal, Milton Friedman. El hipercapitalismo, basado en la ausencia total de reglas, en la ganancia a corto plazo, el tráfico de influencias y la preponderancia de la economía virtual sobre la real, acarrea estos riesgos. Todo parece indicar que asistimos al primer acto de una tragicomedia que traerá aparejadas otras consecuencias, hoy y por hoy difíciles de prever.

La compraventa compulsiva de acciones en búsqueda del beneficio instantáneo, no importa el método empleado, las fusiones y absorciones de compañías sin ningún plan industrial detrás, y el

resto de operaciones especulativas que se han dado en los últimos años han catapultado a la cumbre de las economías financieras a bancos, grupos energéticos o constructoras que fijan su gestión en la ganancia fácil y rápida, huyendo de las prácticas asentadas en la creación de riqueza y, en última instancia, en la satisfacción de las necesidades de las personas, que debiera ser el objetivo principal

a conseguir.

Muchas empresas han dejado de ser herramientas que ofrecían productos o servicios a la sociedad, a la vez que otorgaban beneficios a sus propietarios, para convertirse en puros fines en sí mismas, en plataformas financieras que tan sólo se dedican al pelotazo, la inversión a cortísimo plazo, incluso en cuestión de horas y, por consiguiente, a la más descarnada especulación.

Estamos frente al capitalismo exuberante de que hablaba el ex responsable de la Reserva Federal estadounidense, Alan Greenspan, un capitalismo irracional, que ha estado cabalgando al galope sin riendas y al que el propio caballo ha arrojado al suelo sin piedad. Las bancarrotas de bancos de inversión como Lehman Brothers no son sino producto de semejante exuberancia, originada en un principio por la crisis hipotecaria en Estados Unidos, que no ha sido sino el detonante para que el castillo de naipes empiece a derrumbarse.

Habrá más víctimas honorables en este episodio de ajuste que estamos presenciando. Quienes muestren mayor fortaleza en sus cuentas de resultados comprarán a precios de ganga antiguos imperios financieros venidos a menos y las fusiones defensivas se convertirán en algo habitual. El capitalismo, como sistema económico dominante, no va a perecer en el intento, no nos engañemos, pero algunos de los tiburones más agresivos, quienes han realizado las políticas más arriesgadas, acabarán cayendo devorados por las fauces de otros depredadores, más acostumbrados a navegar a menor velocidad y con un mayor grado de seguridad.

Dicho esto, hay que considerar el modo en que vuelve al primer plano la gran contradicción de la

ideología neoliberal, sustentada en la primacía del mercado y en la paulatina jibarización del Estado como agente interventor en la esfera económica. En situaciones menos alborotadas se vislumbraban ya las contradicciones. Por ejemplo la que se da entre el desprecio al Estado como agente regulador

y el apoyo al mismo cuando se trata de intervenir sobre el terreno en una disputa por las materias

primas, véase el caso de Irak. ¿Alguien ha escuchado a algún neoliberal quejarse por la intervención del Estado en forma de Ejército, Policía o Poder Judicial, cuando se ponen en duda la propiedad privada o el orden que defiende sus intereses?

Sin embargo, ahora mismo la contradicción entre el discurso neoliberal y la práctica seguida en la crisis es todavía más flagrante. La nacionalización encubierta de las agencias hipotecarias

estadounidenses Fannie Mae y Freddie Mac, las ingentes ayudas públicas a la aseguradora AIG o las anteriores intervenciones de rescate a Northern Rock (nacionalizado en febrero pasado por el Gobierno británico) o Bear Stearns (absorbido por JPMorgan con la mediación de la Fed), no son sino la demostración más palpable de que los profetas de la desregulación y el laissez faire se arrugan a las primeras de cambio y piden sopitas al odioso papá Estado cuando las cosas se complican. La prueba evidente es que las medidas intervencionistas han sido saludadas en todos los casos con sonoros hurras en los mercados bursátiles de Occidente, se supone que templos sagrados de la ley de la selva económica.

Pero conviene señalar que la intervención estatal sobre empresas en dificultades no es un fenómeno nuevo. Gobiernos estadounidenses como los de Richard Nixon y James Carter ya se hicieron cargo del rescate de la militar Lockeed Aircraft o de la mismísima Chrysler. Asimismo hay que subrayar que a las intervenciones puntuales para sostener a empresas en riesgo de quiebra, se le suman estos días las inyecciones millonarias de liquidez efectuadas en comandita por los principales bancos centrales, la última por 180.000 millones de dólares.

La dimensión de la crisis, que expertos como Alan Greenspan sitúan en la mayor en cincuenta años, ha hecho que a muchos neoliberales les tiemblen las piernas. El presidente de la CEOE española, Gerardo Díaz Ferrán, afirma que «hay que hacer una paréntesis en la economía libre de mercado» y aboga por medias intervencionistas como las adoptadas en Estados Unidos. Vuelven a salir como champiñones los economistas que añoran a Keynes y gurús como el ex director gerente del Banco Mundial, Joseph Stiglitz, califican de «hipocresía» del sistema todo lo que está aconteciendo.

Algunos otros líderes de opinión se han sumado a la nueva moda y la Reserva Federal estadounidense y el organismo que controla los mercados bursátiles, la Sec, estudian la puesta en marcha de una agencia estatal que se haga cargo de aquellos activos dañados durante la crisis, para poder sacarlos de los balances de las compañías en riesgo. Se trataría de una nueva versión de la Resolution Trust Corporation creada en 1989 con parecidos objetivos. Al final va a resultar que el Gobierno de George W. Bush, sustentado en las difusas tramas de los neocon ultraliberales, se va a encumbrar como el gabinete estadounidense más intervencionista de la historia de su país.

Pero, ¿cuál es la solución? Por supuesto que la verdadera salida a este tipo de situaciones reside en la puesta en marcha de un sistema económico alternativo, orientado para servir a las personas y no para que las personas estén al servicio de aquél. Un sistema que disponga de mecanismos que administren con austeridad los recursos y fomente la paulatina desaparición de las diferencias sociales entre ricos y pobres.

No obstante, entretanto alcanzamos esa utopía, habrá que exigir a los gobiernos de turno que pongan freno a esa exuberancia irracional de los mercados, acotando la especulación y el tráfico de información privilegiada y de influencias. Unos gobiernos que se comprometan a llevar ante la justicia a todos esos ejecutivos agresivos, recién salidos de las escuelas de negocios más exclusivas, que se dedican a dilapidar la riqueza jugando de forma compulsiva al monopoly, sin que les importe nada la economía real o las necesidades básicas de tantos millones de habitantes de este planeta.

Joxerra Bustillo Kastresana, periodista.

[Artículo publicado en el diario Gara el 26 de septiembre de 2008]