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ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

ÍNDICE

FUNDAMENTOS EPISTEMOLÓGICOS DE LA CIENCIA CONTABLE FUNDAMENTOS EPISTEMOLÓGICOS DE LA CIENCIA CONTABLE. BASES HISTÓRICO- CONCEPTUALES DEL PROGRAMA DE INVESTIGACIÓN ICODEANA

1. INTRODUCCIÓN

2. SOBRE LA CRISIS DE LA FILOSOFÍA DE LA CIENCIA EN EL SIGLO XX.

31

3. LA HISTORIA DE LA CIENCIA Y LA FILOSOFÍA DE LA CIENCIA SOBRE EL DESARROLLO DE LA

CIENCIA. UNA VISIÓN PANORÁMICA

4. ACERCA DEL PROBLEMA DE UNA METODOLOGÍA NORMATIVA PARA EL DESARROLLO DE LA

CIENCIA.

4.1. ¿DEBEN LOS FILÓSOFOS DE LA CIENCIA SER BUENOS HISTORIADORES DE LA CIENCIA (Y VICEVERSA)?

4.2. LAS NORMAS METODOLÓGICAS Y EL PROBLEMA DE LA RACIONALIDAD.

5. RACIONALIDAD Y PROGRESO DEL DESARROLLO CIENTÍFICO DE LA CONTABILIDAD COMO

CIENCIA AUTÉNTICA: UNA CONTROVERSIA METAMETODOLÓGICA

5.1. METODOLOGÍA

5.2. RACIONALIDAD

5.3. RACIONALIDAD Y PROGRESO

62

6. EL ESTRUCTURALISMO EPISTEMOLÓGICO COMO FUNDAMENTO PRAGMÁTICO DEL DESARROLLO DE LA CIENCIA CONTABLE

7. BIBLIOGRAFÍA

LA CONTABILIDAD DEL CONOCIMIENTO LA CONTABILIDAD DEL CONOCIMIENTO. APROXIMACIONES TEÓRICAS Y METODLÓGICAS INTERDISCIPLINARIAS

CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN

1.1 PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

1.2 OBJETIVOS DE LA INVESTIGACIÓN

1.3 SUPUESTOS E HIPÓTESIS

1.4 MÉTODO Y PROCEDIMIENTOS

CAPÍTULO II: EL DESARROLLO DE LA CONTABILIDAD Y LOS SISTEMAS SOCIALES HUMANOS

2.1 LOS SISTEMAS SOCIALES HUMANOS EMERGENTES EN EL CONTEXTO DE LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO

2.2 EL DESARROLLO DE LA CONTABILIDAD EN EL PROCESO HISTÓRICO Y LOS RETOS DE LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO

2.3 LA CONTABILIDAD Y EL FUNCIONAMIENTO DE LOS SISTEMAS ARTIFICIALES EMERGENTES Y SUS PERSPECTIVAS TEÓRICAS

CAPÍTULO III: EL CONOCIMIENTO: OBJETO DE INVESTIGACIÓN INTERDISCIPLINARIA Y SUS CONSECUENCIAS TEÓRICAS Y METODOLÓGICAS EN LA ESTRUCTURACIÓN DE LA CONTABILIDAD DEL CONOCIMIENTO

3.1 EL CONOCIMIENTO, ¿REALIDAD COMPLEJA?

3.2 EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO

3.3 ESTRUCTURA CREENCIAL

3.4 ESTRUCTURA MENTAL

3.5 EL CONOCIMIENTO Y LAS POSIBILIDADES TEÓRICAS DE LA CONTABILIDAD DEL CONOCIMIENTO

CAPÍTULO IV: LA CONTABILIDAD DEL CONOCIMIENTO: APROXIMACIÓN A LA MEDICIÓN CONTABLE DEL CONOCIMIENTO

4.1 FUNDAMENTO DE LA CONTABILIDAD DEL CONOCIMIENTO

4.2 PROYECTO METROLÓGICO CONTABLE DEL CONOCIMIENTO

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

AUDITORIA CONTABLE DEL CAPITAL INTELECTUAL AUDITORIA CONTABLE DEL CAPITAL INTELECTUAL. FUNDAMENTOS Y METODOLOGÍA

1. INTRODUCCIÓN

2. EL PROBLEMA TEÓRICO DE LOS ACTIVOS INTANGIBLES, EL CAPITAL INTELECTUAL Y DEL CAPITAL CONOCIMIENTO

3 LOS PROYECTOS DE INVESTIGACION DE INTANGIBLE-INTELECTUAL-CONOCIMIENTO

162

3.1.- EL PROYECTO MERITUM 3.2. EL MODELO INTELLECTUS 3.3 EL PROYECTO “CONTABILIDAD FUNDHERENTISTA DEL CONOCIMIENTO” DEL INSTITUTO CONTABILIDAD Y DESARROLLO (ICODE)

4. MODELOS DE MEDICIÓN DEL CAPITAL INTANGIBLE, DEL CAPITAL INTELECTUAL O DEL CAPITAL CONOCIMIENTO

A. BALANCED BUSINESS SCORECARD (KAPLAN Y NORTON, 1996)

B. NAVIGATOR DE SKANDIA (EDVINSSON, 1992-1996)

C. MODELO INTELECT (EUROFORUM, 1998)

D. MODELO DE GESTIÓN DEL CONOCIMIENTO DE KPMG CONSULTING (TEJEDOR Y AGUIRRE,

1998)

E. KNOWLEDGE MANAGEMENT ASSESSMENT TOOL (KMAT)192

F. PROCESO DE CREACIÓN DEL CONOCIMIENTO (NONAKA, TAKEUCHI, 1995)

5. PERSPECTIVAS DE LA AUDITORIA CONTABLE DEL CAPITAL INTELECTUAL 195

A. TIPOS DE AUDITORIA

B. PASOS HACIA EL DESARROLLO DE INFORMES DE CAPITAL INTELECTUAL

6. CONCLUSIONES

7. BIBLIOGRAFÍA

EL CONTADOR COMO GENERADOR DEL CAPITAL INTELECTUAL

CAPITULO I: GESTIÓN DEL CONOCIMIENTO (KNOWLEDGE MANAGEMENT)

1.1. NECESARIA CONCEPTUALIZACION

1.2. GESTIÓN DEL CONOCIMIENTO EN LAS ORGANIZACIONES

1.3. EL CAPITAL INTELECTUAL

1.4. ESTAMOS EN LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO, ¿QUÉ RECURSOS GENERAN MAYOR VALOR EN ESTA ECONOMÍA? TANGIBLES O INTAGIBLES?

CAPITULO II: EL CONTEXTO ACTUAL Y LA CONTABILIDAD

2.1. CARACTERIZACIÓN DEL ENTORNO EMPRESARIAL

2.2. NUEVO ENTORNO, NUEVOS REQUERIMIENTOS

2.3. CRITICAS AL MODELO CONTABLE ACTUAL PARA VALORAR EL CAPITAL INTELECTUAL

2.4. DECADENCIA DEL PARADIGMA CONTABLE DE UTILIDAD217

2.5. IMPLICANCIAS DEL PARADIGMA DE UTILIDAD

2.6. ¿QUÉ IMPLICA DESARROLLAR UN NUEVO MODELO CONTABLE?

CAPITULO III: CAMBIOS PARADIGMATICOS EN EL CONTADOR PÚBLICO PARA QUE PUEDA GENERAR EL CAPITAL INTELECTUAL

3.1. ACTIVIDADES QUE DEBE CUMPLIR EL CONTADOR PARA INCREMENTAR Y DESARROLLAR SU CAPITAL INTELECTUAL

3.2. EL BALANCED SCORECARD APLICADO AL CONTADOR PÚBLICO

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

Vivimos en un mundo pletórico de datos, frases e íconos. La percepción que los seres humanos tenemos de nosotros mismos ha cambiado, en vista de que se ha modificado la apreciación que tenemos de nuestro entorno. Nuestra circunstancia no es más la del barrio o la ciudad en donde vivimos, ni siquiera la del país en donde radicamos. Nuestros horizontes son, al menos en apariencia, de carácter planetario.

Eso no significa que estemos al tanto de todo lo que sucede en todo el mundo. Lo que ocurre es que entre los numerosos mensajes que recibimos todos los días, se encuentran muchos que provienen de latitudes tan diversas y tan lejanas que, a menudo, ni siquiera acertamos a identificar con claridad en dónde se encuentran los sitios de donde provienen tales informaciones. Por ello, se habla mucho de la Sociedad de la Información o de la Sociedad del Conocimiento. ¿Qué rasgos la definen la sociedad actual? ¿En qué aspectos resulta novedosa? ¿En qué medida puede cambiar la vida de nuestros países, nuestras organizaciones, de nosotros mismos, etc.? ¿Qué limitaciones tiene ese nuevo contexto? Son preguntas urgentes que requieren respuestas ingeniosas para proponer nuevas formas de actuar cotidiana y profesionalmente, de explicar tecnológica y científicamente y de comprender racional e históricamente a la sociedad contemporánea.

Pero, por ahora a este nuevo contexto socioeconómico lo definen características como las siguientes: Exuberancia. Disponemos de una apabullante y diversa cantidad de datos. Se trata de un volumen de información tan profuso que es por sí mismo parte del escenario en donde nos desenvolvemos todos los días. Omnipresencia. Los nuevos instrumentos de información, o al menos sus contenidos, los encontramos por doquier, forman parte del escenario público contemporáneo (son en buena medida dicho escenario) y también de nuestra vida privada. Nuestros abuelos (o bisabuelos, según el rango generacional en el que estemos ubicados) fueron contemporáneos del surgimiento de la radio, se asombraron con las primeras transmisiones de acontecimientos internacionales y tenían que esperar varios meses a que les llegara una carta del extranjero; para viajar de Barcelona a Nueva York lo más apropiado era tomar un buque en una travesía de varias semanas. La generación siguiente creció y conformó su imaginario cultural al lado de la televisión, que durante sus primeras décadas era sólo en blanco y negro, se enteró con pasmo y gusto de los primeros viajes espaciales, conformó sus preferencias cinematográficas en la asistencia a la sala de cine delante de una pantalla que reflejaba la proyección de 35mm y ha transitado no sin asombro de la telefonía alámbrica y convencional a la de carácter celular o móvil. Los jóvenes de hoy nacieron cuando la difusión de señales televisivas por satélite ya era una realidad, saben que se puede cruzar el Atlántico en un vuelo de unas cuantas horas, han visto más cine en televisión y en video que en las salas tradicionales y no se asombran con la Internet porque han crecido junto a ella durante la última década: frecuentan espacios de chat, emplean el correo electrónico y manejan programas de navegación en la red de redes con una habilidad literalmente innata. Esa es la Sociedad de la Información. Los medios de comunicación se han convertido en el espacio de interacción social por excelencia, lo cual implica mayores facilidades para el intercambio de preocupaciones e ideas pero, también, una riesgosa supeditación a los consorcios que tienen mayor influencia, particularmente en los medios de difusión abierta (o generalista, como les llaman en algunos sitios). Irradiación. La sociedad contemporánea también se distingue por la distancia hoy prácticamente ilimitada que alcanza el intercambio de mensajes. Las barreras geográficas se difuminan; las distancias físicas se vuelven relativas al menos en comparación con el pasado reciente. Ya no tenemos que esperar varios meses para que una carta nuestra llegue de un país a otro. Ni siquiera debemos padecer las interrupciones de la telefonía convencional. Hoy en día basta con enviar un correo electrónico, o e-mail, para ponernos en contacto con alguien a quien incluso posiblemente no conocemos y en un país cuyas coordenadas tal vez tampoco identificamos del todo. Velocidad. La comunicación, salvo fallas técnicas, se ha vuelto instantánea. Ya no es preciso aguardar varios días, o aún más, para recibir la respuesta del destinatario de un mensaje nuestro e incluso existen mecanismos para entablar comunicación simultánea a precios mucho más bajos que los de la telefonía tradicional. Multilateralidad / Centralidad. Las capacidades técnicas de la comunicación contemporánea permiten que recibamos información de todas partes, aunque lo más frecuente es que la mayor parte de la información que circula por el

mundo surja de unos cuantos sitios. En todos los países hay estaciones de televisión y radio y en

Sin embargo el contenido de las series y los filmes

más conocidos en todo el mundo suele ser elaborado en las metrópolis culturales. Esa tendencia se mantiene en la Internet, en donde las páginas más visitadas son de origen estadounidense y, todavía, el país con más usuarios de la red de redes sigue siendo Estados Unidos. Interactividad / Unilateralidad. A diferencia de la comunicación convencional (como la que ofrecen la televisión y la radio tradicionales) los nuevos instrumentos para propagar información permiten que sus usuarios sean no sólo consumidores, sino además productores de sus propios mensajes. En la Internet podemos conocer contenidos de toda índole y, junto con ello, contribuir nosotros mismos a incrementar el caudal de datos disponible en la red de redes. Sin embargo esa capacidad de la Internet sigue siendo poco utilizada. La gran mayoría de sus usuarios son consumidores pasivos de los contenidos que ya existen en la Internet. Desigualdad. La Sociedad de la Información

ofrece tal abundancia de contenidos y tantas posibilidades para la educación y el intercambio entre

la gente de todo el mundo, que casi siempre es vista como remedio a las muchas carencias que

padece la humanidad. Numerosos autores, especialmente los más conocidos promotores de la

Internet, suelen tener visiones fundamentalmente optimistas acerca de las capacidades igualitarias

y liberadoras de la red de redes (por ejemplo Gates: 1995 y 1999 y Negroponte, 1995). Sin

embargo la Internet, igual que cualquier otro instrumento para la propagación y el intercambio de información, no resuelve por sí sola los problemas del mundo. De hecho, ha sido casi inevitable que reproduzca algunas de las desigualdades más notables que hay en nuestros países. Mientras las naciones más industrializadas extienden el acceso a la red de redes entre porcentajes cada vez más altos de sus ciudadanos, la Internet sigue siendo ajena a casi la totalidad de la gente en los países más pobres o incluso en zonas o entre segmentos de la población marginados aún en los países más desarrollados. Heterogeneidad. En los medios contemporáneos y particularmente en la Internet se duplican –y multiplican– actitudes, opiniones, pensamientos y circunstancias que están presentes en nuestras sociedades. Si en estas sociedades hay creatividad, inteligencia y arte, sin duda algo de eso se reflejará en los nuevos espacios de la Sociedad de la Información. Pero de la misma manera, puesto que en nuestras sociedades también tenemos prejuicios, abusos, insolencias y crímenes, también esas actitudes y posiciones estarán expresadas en estos medios. Particularmente, la Internet se ha convertido en foro para manifestaciones de toda índole aunque con frecuencia otros medios exageran la existencia de contenidos de carácter agresivo o

incómodo, según el punto de vista de quien los aprecie. Desorientación. La enorme y creciente

cantidad de información a la que podemos tener acceso no sólo es oportunidad de desarrollo social

y personal. También y antes que nada, se ha convertido en desafío cotidiano y en motivo de

agobio para quienes recibimos o podemos encontrar millares de noticias, símbolos, declaraciones, imágenes e incitaciones de casi cualquier índole a través de los medios y especialmente en la red de redes. Esa plétora de datos no es necesariamente fuente de enriquecimiento cultural, sino a veces de aturdimiento personal y colectivo. El empleo de los nuevos medios requiere destrezas que van más allá de la habilidad para abrir un programa o poner en marcha un equipo de cómputo. Se necesitan aprendizajes específicos para elegir entre aquello que nos resulta útil, y lo mucho de lo que podemos prescindir. Ciudadanía pasiva. La dispersión y abundancia de mensajes, la preponderancia de los contenidos de carácter comercial y particularmente propagados por grandes consorcios mediáticos y la ausencia de capacitación y reflexión suficientes sobre estos temas, suelen aunarse para que en la Sociedad de la Información el consumo prevalezca sobre la creatividad y el intercambio mercantil sea más frecuente que el intercambio de conocimientos. No pretendemos que no haya intereses comerciales en los nuevos medios –al contrario, ellos suelen ser el motor principal para la expansión de la tecnología y de los contenidos–. Pero sí es pertinente señalar esa tendencia, que se ha sobrepuesto a los proyectos más altruistas que han pretendido que la Sociedad de la Información sea un nuevo estadio en el desarrollo cultural y en la humanización misma de nuestras sociedades.

muchos de ellos, producción cinematográfica

La sociedad contemporánea es expresión de las realidades y capacidades de los medios de comunicación más nuevos, o renovados merced a los desarrollos tecnológicos que se consolidaron en la última década del siglo: la televisión, el almacenamiento de información, la propagación de video, sonido y textos, han podido comprimirse en soportes de almacenamiento como los discos compactos o a través de señales que no podrían conducir todos esos datos si no hubieran sido

traducidos a formatos digitales. La digitalización de la información es el sustento de la nueva revolución informática. Su expresión hasta ahora más compleja, aunque sin duda seguirá desarrollándose para quizá asumir nuevos formatos en el mediano plazo, es la Internet.

Lo anterior hace posible entender a la globalización como una serie de procesos multidireccionales

y no simplemente como la internacionalización de culturas y mensajes que solían estar apartados

unos respecto de otros. Giddens recuerda cómo "la globalización presiona no sólo hacia arriba, sino también hacia abajo, creando nuevas presiones para la autonomía local". En Internet entre otras formas de intercambio surgen nuevos modos de solidaridad, desde las cadenas de mensajes hasta la coordinación de protestas o adhesiones respecto de las más diversas causas. Y también aparecen nuevas formas de aislamiento, tanto entre las personas como entre las naciones.

Por otro lado, especialmente vista desde la perspectiva económica, tenemos la influencia del conocimiento en la sociedad contemporánea. La generación y utilización eficaz del conocimiento constituye un factor de desarrollo económico de importancia creciente. Sin embargo, la sola existencia del conocimiento no garantiza el cambio y la innovación de las organizaciones y de nuestros países. La capacidad de una sociedad para incorporar la ciencia y la tecnología como factores dinámicos para su progreso depende de condiciones políticas, económicas y sociales que la ciencia misma no puede crear. La competitividad que se sustenta en la capacidad de generar y difundir el progreso técnico -competitividad estructural- se caracteriza como un fenómeno cuya emergencia depende sistemáticamente de fenómenos de menor nivel que se generan como resultado del funcionamiento de los sistemas educativo, productivo, y de ciencia y tecnología, de las interrelaciones entre ellos, y de su interacción con el resto del sistema social. En este trabajo se profundiza en la caracterización de las condiciones estructurales que deben darse para la emergencia de la competitividad. Cuatro niveles de análisis de la estructura de la economía social - los niveles micro, meso, meta y macro- son considerados. La articulación orgánica y de orden estructural que debe darse entre los sistemas productivo, educativo, y de investigación y desarrollo se conceptualiza y “diseña” en el nivel meso, y se operacionaliza en el nivel micro. Las acciones conjuntas en los niveles meso y micro son posibles gracias a condiciones adecuadas en los niveles macro y meta. Para cada uno de los niveles considerados se requieren políticas y estrategias cuya operacionalización es necesaria para garantizar las relaciones de orden estructural que deben darse al interior de cada nivel, y entre niveles, en un esfuerzo por contribuir a la clarificación de la estructura organizacional requerida para viabilizar la innovación tecnológica y el cambio de nuestras organizaciones.

Las economías más avanzadas basan su barrera de competitividad cada vez en mayor grado en la generación y utilización eficaz del conocimiento. La investigación científica y tecnológica, en su calidad de actividad generadora de conocimiento, es un componente esencial de la competitividad económica. Sin embargo, la aplicación social de este conocimiento depende de diversos aspectos

y condiciones que ni la ciencia ni la tecnología por sí mismas pueden crear.

La generación en un país de fuentes perdurables de ventaja comparativa en relación con otros países debe sustentarse en una estrategia de desarrollo basada en conocimiento científico moderno, que visualice la participación en la dinamización de la frontera de la innovación como un elemento fundamental de dicha estrategia. Por lo tanto, debe fundamentarse sobre un conjunto de políticas que favorezcan el desarrollo de capacidades científico-tecnológicas endógenas, así como la inserción y asimilación de éstas de manera efectiva en la economía como elemento clave de fortalecimiento del sector productivo. Condiciones estructurales determinadas son necesarias para hacer esto posible.

Tanto las exigencias económicas, tecnológicas y cognoscitivas de la nueva sociedad implica directamente el surgimiento de las comunidades nootrópicas. Esta comunidad requiere un análisis más detallado para comprender la nueva realidad social que está surgiendo y en las cuales actuarán las profesiones o disciplinas futuras.

Se dice que cuanto más y mejor acceso tengamos a la información, seremos más sabios y más

ricos. De hecho, a quienes es más probable que les suceda tal cosa es a quienes viven dentro de comunidades nootrópicas, esto es, comunidades orientadas a desarrollar procesos basados en el conocimiento o generadores de conocimiento, porque –una vez más conviene insistir en ello- lo esencial no es la información, sino la cantidad y clase de conocimiento que ésta contiene. Siempre que nos refiramos a procesos cognitivos, no a mera comunicación social, es preciso admitir la supremacía del conocimiento sobre la información.

Hablemos de la noosfera, a la que subdividiré a efectos didácticos en tres estructuras. Podemos

asumir como una metáfora útil que todas las ideas, obras de arte, lenguas, ideologías, músicas, poemas, ecuaciones matemáticas, fórmulas químicas, teorías, datos registrados sobre la

Naturaleza, diseños, textos, fotografías, religiones, ritos, mitos,

noosférica: es el reservorio del conocimiento, el territorio universal de los productos de la inteligencia humana. Hagamos la hipótesis de que es aproximadamente factible contar con registros de todos los ítems de dicho reservorio.

, constituyen la primera estructura

Bien mirado, el entorno artificial en el que viven los humanos es otra estructura de la noosfera, ya que sus elementos tangibles, siempre renovables, sean viviendas, muebles, iglesias, puentes, aviones, fábricas, redes eléctricas, carreteras, ordenadores, lentes de contacto, instrumentos musicales, sean procesos u organizaciones sociales, proceden de la aplicación del conocimiento. En particular, el instrumental técnico, científico e industrial forma la tecnosfera, un mundo de “paquetes” de conocimiento integrado, que es algo así como una proyección material de la noosfera.

El conocimiento, con independencia de su campo de especialización y haciendo salvedad de cómo quede fijado en objetos materiales, se maneja, expresa, registra y difunde muy habitualmente por un grupo de signos, al que podemos llamar neutralmente información. Es por esa razón que la infotecnología, o tecnología de la información y de las comunicaciones, si se prefiere, juega un papel capital en el progreso del conocimiento y en el desarrollo de la tecnosfera, de la que forma parte.

Por último, unas cuantas copias sueltas y personalizadas de algunas pequeñas parcelas de la noosfera-reservorio habitan en cada momento en la mente de cada ser humano, de modo que podría decirse que asintóticamente existe una copia completa de la noosfera en la humanidad viva, sólo que fragmentada irregularmente en miles de millones de mentes. Es la tercera estructura. Armados con esos fragmentos, los humanos se organizan para acomodarse a su entorno social y ambiental o para transformarlo, contribuyendo en muchos casos a enriquecer la noosfera, cada día más frecuentemente, todo hay que decirlo, con fines lucrativos.

De lo expuesto hasta aquí podemos resumir que la noosfera, esto es, los conocimientos en sentido amplio, constituye un conjunto dinámico formado por tres estructuras: a) los registros del conocimiento (noosfera-reservorio); b) el entorno artificial producido por la aplicación del conocimiento (a destacar la noosfera-tecnosfera); y c) las copias vivas, fragmentarias, especializadas y diminutas, que bullen activas en las mentes de los humanos, con las que éstos difícilmente pueden afrontar, solos, el crecimiento exponencial de los dos primeros, por lo demás en gran medida debido paradójicamente a la fragmentación sistemática del saber humano en currículos o especialidades. Dicho crecimiento, tanto en cuanto a su diversidad –llamémosla noodiversidad-, como en cuanto al número increíble de sus componentes y a la complejidad de muchos de ellos, lleva a la Humanidad actual a una era de complejidad y a nosotros a preguntarnos si los humanos sabrán compatibilizar su aportación continuada al desarrollo de la noosfera con una gestión adecuada de la complejidad resultante. Cabe subrayar a este respecto que los cambios potenciales secundarios a la explosión y aplicación sistemática del conocimiento desbordan largamente la capacidad humana individual de comprensión y asimilación.

Hipotéticamente, la noosfera-reservorio está siempre más o menos disponible, prácticamente en régimen de autoservicio universal, para todos los seres humanos, pero lo cierto es que hay comunidades que, por libre elección de sus componentes, se han desarrollado más

nootrópicamente que otras y hoy ostentan posiciones de liderazgo, cultivando además parcelas reservadas de la noosfera en provecho propio, cuyos productos venden a otras comunidades deficitarias. Han implementado resortes sociales, instrumentos políticos y materiales, recursos y sistemas “atractores” para incentivar y facilitar los procesos relacionados con el conocimiento, bien sea acceso a él, almacenaje, difusión, creación, debate, utilización: Bibliotecas, museos, infraestructuras técnicas, conservatorios musicales, teatros, campos deportivos, universidades, centros de saber, academias eruditas, laboratorios y centros de I + D, instituciones culturales, colegios profesionales, fundaciones, publicaciones, leyes, iniciativas institucionales, partidas presupuestarias, empresas que transforman conocimiento en valor, etcétera. Han comprendido que la noosfera es no sólo la fuente del desarrollo intelectual y cultural, sino que podía convertirse también en la principal fuente de riqueza individual y colectiva.

Ahora, describamos lo anterior en clave antropológica. Según Arsuaga (El collar del neandertal), los humanos, a partir del Homo habilis, nos hemos especializado en la inteligencia, hemos creado “un sistema revolucionario de transmitir información, el manejo de símbolos, el lenguaje articulado”. No sé lo que dirán los paleoantropólogos ante mi osadía, pero creo que el despliegue de esa capacidad (noos) está llevando a los humanos más evolucionados a agruparse y diferenciarse en comunidades de economía productiva basada en el cultivo de los campos del conocimiento, a la que podríamos llamar noocultura.

El conocimiento se cultiva, también se fabrica, como asimismo se fabrican las herramientas y técnicas para cultivarlo o fabricarlo, y con él se inventan y fabrican todos los artefactos que componen nuestro entorno artificial, igual que se crean instituciones, procedimientos y artes. Como cualquier ser vivo, el humano forma parte de la biosfera, pero con su inteligencia simbólica construye y reconstruye un mundo propio y aparte, la noosfera, poblado de seres tangibles – automóvil, lentillas– e intangibles –teoría, fórmula química, música, poema, sistema de numeración– en el que habita y con el que coevoluciona.

El centro, ya no único pero sí último, de producción y explotación de la noosfera son las mentes humanas. La mente, al momento de nacer, no contiene nada de la noosfera, pero, si se conecta vital o socialmente a ésta, irá guardando algo de ella, copias personalizadas sin duda, mejores o peores. Los seres humanos aprenden de otros seres humanos por imitación o repitiendo acciones ya probadas hasta conseguir ciertas destrezas. Sin embargo, los genuinos canales multiplicadores del conocimiento han sido los contenedores portables de información, especialmente el libro impreso. Las medidas de instrucción pública para difundir entre la población las artes de leer y escribir, y, luego, sucesivas disposiciones para aumentar una y otra vez sus niveles educativos, han hecho el resto. Ahora, cuando hemos estabilizado la noción de aprendizaje permanente, nos cuesta trabajo creer que en pleno siglo XV eran pocos los reyes y nobles que supieran leer y escribir.

Así pues, en las sociedades desarrolladas actuales adquirir copias mentales de la noosfera se ha convertido en una necesidad individual permanente, y perentoria, al margen de que para muchos pueda ser circunstancialmente también un placer. Bajo muy diversos grados, formas y categorías, las sociedades actuales son todas sociedades de conocimiento y sociedades de información, simplemente por una cuestión de evolución. Dado que sólo es operativo el conocimiento que se construye en la mente (o en alguno de sus derivados), el proceso individual –y por extensión el grupal o societario– de extraer conocimiento de la información noosférica deviene en dispositivo social básico.

En el año 1991 se publicó en Claves de Razón Práctica un extenso artículo titulado “La sociedad informatizada: Apuntes para una patología de la técnica”, en el que, para analizar, entre otros, los efectos de la hiperinformación, dibujaba un flujograma básico de los procesos individuales cognoscitivos que transforman la información que contiene conocimiento en conocimiento adquirido, y luego, en una fase posterior y disociada, aplican este conocimiento en algún tipo de acción. No deje el lector de observar que el análisis de entonces, incluía de modo explícito la acción. Con la perspectiva actual, y las reflexiones del presente, en conjunto podría constituir la

base para un modelo general de los flujos de información y conocimiento en la “nueva” economía, también llamada economía del conocimiento o economía creativa.

La relación conceptual de la información con el conocimiento es especial y confusa –Edgar Morin diría que es una relación de complementariedad, concurrencia y antagonismo–, pero lo que quisimos resaltar es fundamentalmente su dependencia respecto del observador o receptor. Ya que antes hablábamos de libros, imaginemos, a título de ejemplo, que tomamos uno cualquiera que exponga un ensayo minucioso sobre los orígenes y evolución del universo físico. Desde el

punto de vista de un observador neutral, ese libro es en primera aproximación sólo un extenso grupo de símbolos, que expresa de forma ordenada el saber de su autor y lo registra en la noosfera. Precisamente, su autor ha utilizado ciertas agrupaciones de signos, tales como palabras, fórmulas, imágenes y esquemas, para pulir, ordenar y codificar sus teorías y transmitirlas a los demás. Pero, desde el punto de vista de la noosfera, entendida en su acepción de inventario del conocimiento de la Humanidad, ese ensayo es un registro informativo de conocimiento, y por ello lo computamos como conocimiento. Ahora bien, desde el punto de vista de un posible lector, ese ensayo se ve –más allá de sus códigos lingüísticos-, bien como un paquete de información incomprensible, si el lector es totalmente ignorante, bien como un paquete de información que parece contener un conocimiento interesante, merecedor del esfuerzo de estudiarlo, descodificarlo

y asimilarlo. El segundo lector posee, de entrada, un nivel de conocimientos que lo capacita

potencialmente para aplicar las claves que descodifican los significados de los conceptos que componen el conocimiento contenido en esa información y está dispuesto a hacer el esfuerzo para metabolizarla e incorporarla como conocimiento propio, adaptado a sus características intelectuales. Dicho sea como inciso, parte del conocimiento previo y del esfuerzo necesarios pueden incluir la traducción de otra lengua, hoy habitualmente el inglés, a la suya propia. Al final del esfuerzo, el lector se habrá convertido en poseedor, ciertamente no exclusivo, de una copia mental de un pedazo de conocimiento almacenado en la noosfera.

Así, el proceso cognoscitivo puede proseguir y transformarse en recurso para la acción, y en general lo hace. Recurriendo posteriormente a otros conocimientos ya adquiridos o acopiando otros nuevos si fueran necesarios y aportando más esfuerzo y resortes diversos disponibles, que podrían incluir cooperación con otros individuos, el sujeto considerado terminará desarrollando acciones con finalidades muy variadas, que, sin duda, dejan su huella en el mundo. Es corriente que tales acciones se repitan después una y otra vez sin necesidad de procesar nuevos conocimientos, de hecho en esto radica la eficacia.

En el esquema descrito se recorre una secuencia general de etapas y elementos, que enumerativamente son: a) información/conocimiento procedente de la noosfera-reservorio; b) conocimientos previos y esfuerzo por parte del individuo; c) conocimiento adquirido, compuesto por una cierta “copia” mental de alguna parcela de la noosfera; d) más esfuerzo; y f) acción.

Los resultados de este flujo de etapas y sus características dependerán del grado de conocimiento

y del grado de esfuerzo involucrados en cada circuito personal, del número y agrupaciones de

circuitos, y del tipo y variedad de acciones. Desde el punto de vista de una sociedad concreta,

cuanto mayor y más variado sea el número de sus ciudadanos que desarrollen procesos cognoscitivos que requieran altos grados de conocimiento y esfuerzo, y cuanto mayor sea el número, volumen y calidad de comunidades enfocadas a un objetivo común, mayor será su nivel de nootropismo, y más intensiva será como sociedad del conocimiento. Un ejemplo de sociedad de conocimiento de baja intensidad, y por tanto una sociedad reproductora, imitativa, débilmente nootrópica, es aquella en que se realicen mayoritariamente procesos con conocimientos elementales y bajos esfuerzos, por mucha información que circule, como es el caso conocido del consumo masivo de los medios de comunicación audiovisual, típicamente pasivos.

Como corolario de lo dicho, se deduce la conveniencia de que las fuerzas sociales acuerden reforzar las siguientes pautas: Acceso fácil y universal a la información; mejora de los niveles de cualificación y educación; motivación y racionalización de los esfuerzos; estimulación de las iniciativas orientadas a integrar cuantos procesos cognoscitivos sean necesarios para acometer

acciones colectivas superadoras de los efectos perniciosos producidos por la fragmentación del conocimiento; canalización del mayor número posible de acciones hacia el enriquecimiento sistemático de las tres estructuras noosféricas.

Antes, las comunidades vivían aisladas unas de otras durante años, durante siglos o siempre. Ahora, el mundo se ha transformado en un espacio social que se recorre informativamente en segundos y en un espacio físico que se cubre en horas (o en segundos). Fuerzas económicas, técnicas y políticas de un poder antes desconocido gobiernan los flujos que modifican los estados de ese mundo y de sus habitantes. En medio de las turbulencias y de tanta complejidad, los cerebros humanos operan imprevisiblemente regidos por una mezcla misteriosa de racionalidad y animalidad. La constitución de comunidades nootrópicas y el despliegue progresivo de la noocultura no garantizan la práctica de la justicia, la virtud, la solidaridad o la sabiduría. De hecho, la fragmentación del conocimiento, que conduce invariablemente a la superespecialización, es, en primera instancia, sinónimo de ignorancia. Es seguro que de ese juego de fuerzas surgirá un nuevo orden.

Hasta aquí la concepción filosófica, antropológica y sociológica de la sociedad contemporánea, llamada sociedad del conocimiento, que sustenta teóricamente, y fácticamente, las investigaciones que agrupan este compendio de trabajos de investigación denominado LA CONTABILIDAD EN LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO. Investigaciones Icodeanas. Tomo I. Las Investigaciones Icodeanas se publican con la finalidad de compartir los logros teóricos del Instituto Contabilidad y Desarrollo (ICODE) y se incluyen los trabajos más significativos y relevantes de sus investigadores.

El tomo I de estas investigaciones incluye cuatro trabajos a saber: FUNDAMENTOS EPISTEMOLÓGICOS DE LA CIENCIA CONTABLE. Bases del Programa de Investigación Icodeana, del Prof. Zósimo De la Cruz Sullca. Aquí se plantea que cada disciplina científica tiene su objeto de estudio y métodos específicos para producir y aceptar conocimientos. Lo que se diga y cómo se diga, así como la manera peculiar de proceder para generar y aceptar conocimientos, todo esto, son cuestiones peculiarmente científicas, y cada disciplina desarrolla sus propios procedimientos, sus propios métodos. Pero algo común a todas las disciplinas es que deben delimitar cierto campo de estudio y proceder de esta cierta manera para obtener conocimiento acerca de su campo de estudio, par lo cual siempre es necesario contar con ciertos recursos metodológicos y instrumentos teóricos estructuradas en la Epistemología.

Seguir un método significa tener un procedimiento sistemático para proponer hipótesis o teorías que pretenden ofrecer conocimiento del mundo y para aceptar o rechazar esas hipótesis o esas teorías como genuino o auténtico conocimiento del mundo.

Cualquiera que sean las reglas metodológicas, y cualquiera que sea su rango de generalidad o especificidad, las reglas existen y se supone que los científicos deben seguirlas si quieren obtener determinados fines.

Ahora bien, los métodos de las ciencias, aun si los entendemos en el sentido estrecho como conjunto de reglas que en su totalidad expresan un procedimiento para obtener ciertos fines, presuponen otros dos tipos de elementos fundamentales, a saber, las creencias y conocimientos previos, por una parte, y valores, por otra.

Una idea central, cada vez más aceptada en la epistemología contemporánea, es que los fines y los valores de la investigación científica no siempre han sido los mismos. Los fines y los valores de la investigación científica no están fijos ni son inmutables. Así como las creencias y los conocimientos sustantivos que producen las ciencias han cambiado a los largo de la historia, también han cambiado los fines los valores en función de los cuales se desarrolla la investigación científico.

La realidad actual, en el ámbito contable se caracteriza por los intentos de elaboración de una estructura teórica que unifique la contabilidad en un intento integrador de las distintas subáreas

contables específicas, en vez de un conjunto de convenciones defectuosamente conectadas. Este fenómeno no surge por el azar, sino es consecuencia lógica de todo un proceso histórico.

La ciencia es el conjunto de conocimientos científicos estructurados como un sistema hipotético deductivo, es decir, conocimientos objetivos, verdaderos, universales y necesarios, comunicables. Esto es ciencia auténtica. La única manera o estrategia de desarrollar a la contabilidad es convertirla en ciencia contable auténtica. No discutiendo en qué normas nos ponemos de acuerdo, sino fundamentando cuales de los supuestos son científicos. La implicación inmediata de tal salida es la exigencia de realizar investigaciones científicas en contabilidad, por un lado, y, por otro lado, realizar investigaciones metateóricas que permitan la construcción o reconstrucción de la ciencia contable.

Lo anterior implica un trabajo de investigación metateórica sobre los fundamentos epistemológicos de la ciencia contable auténtica, que no ha sido discutida con seriedad en la comunidad académica internacional contable, pues todavía se adolece de la formación rigurosa que exige ésta tarea en el ámbito epistemológico. Los eventos académicos internacionales están dedicados con prioridad a temas o áreas que implican la labor profesional del contador en cada nuevo entorno socioeconómico mundial. Pero la discusión teórica y epistemológica está casi abandonada.

El segundo trabajo titulado APROXIMACIONES TEÓRICAS Y METODLÓGICAS INTERDISCIPLINARIAS A LA CONTABILIDAD DEL CONOCIMIENTO del CPC. Jesús Capcha Carbajal, sostiene que con la irrupción y desarrollo de las nuevas tecnologías se están produciendo una serie de cambios estructurales, a nivel económico, laboral, social, educativo, político, de relaciones. En definitiva, se está configurando la emergencia de una nueva forma de entender la cultura y la realidad socioeconómica. En esta coyuntura, la información y el conocimiento aparecen como los elementos clave, aglutinadores, estructuradores de este tipo de sociedad.

En este contexto, la Contabilidad del Conocimiento es una técnica, en emergencia, que permite la descripción mensurable del conocimiento, como entidad biplanar: la estructura creencial y de la estructura mental, relevante y adecuado que posee una organización para el cumplimiento de sus fines y objetivos. La estructura creencial se manifiesta en forma de un complejo cognitivo que está constituido por los datos, la información y el saber. Y la estructura mental se manifiesta en forma de proceso cognitivo que está constituido por los estados, los acontecimientos y los hechos cognitivos. Ambas estructuras constituyen una base del conocimiento y ésta para ser gestionada deberá ser medida. Dicha medición, cuando se trata de los sistemas artificiales como las organizaciones o empresas es deseable que sea contable si queremos identificar la eficiencia o ineficiencia de tal conocimiento o funcionamiento empresarial.

Cómo hacer factible dicha medición es la tarea de la contabilidad del conocimiento. La medición de la estructura creencial y mental sólo es posible mediante la jerarquización de los conocimientos y el análisis de los niveles de conocimiento. El resultado de la aplicación de la jerarquización y nivelación permiten describir y explicar el proceso y el complejo cognitivos, en algún elemento de aquellos. Y esto permite establecer los indicadores más significativas del conocimiento en cuestión. La descripción de la metodología y del proyecto metrológico de la contabilidad del conocimiento se realiza en términos semiaxiomático o informalmente axiomáticos. Lo anterior es viable si analizamos el funcionamiento de la contabilidad del conocimiento a través de la teoría de la inteligencia híbrida.

Por otro lado, debemos dejar constancia que la propuesta se nutre de muchas investigaciones, entre los más importantes tenemos el Proyecto Meritum y el Modelo Intellectus. Por eso, hacemos una presentación resumida de sus propuestas y luego mostrar nuestras diferencias tanto metodológicas, conceptuales y epistemológicas (teóricas).

La tercera investigación denominada AUDITORIA CONTABLE DEL CAPITAL INTELECTUAL. Fundamentos y Metodología del CPC Víctor de la Cruz Cerrón plantea la tesis de que si aceptamos que el objetivo de las empresas es la creación de valor para el accionista, deberíamos evaluar a

partir de dicha hipótesis la utilidad de la información financiera y no financiera presentada por una organización a los usuarios de la misma.

Las críticas que las distintas disciplinas de la administración han venido realizando a las prácticas contables desde hace varias décadas, por no cumplir a cabalidad con el objetivo señalado, se han profundizado en el último lustro, a partir de la aceptación que estamos viviendo una transición hacia una nueva economía global basada en el conocimiento.

Los criterios para construir riqueza, parafraseando a Lester Thurow, están cambiando. La gestión

de los activos intangibles se ha convertido en la principal fuente de competitividad de las empresas

y

de los países. La creación y desarrollo de los activos intangibles (marcas, patentes, investigación

y

desarrollo, carteras de clientes, conocimientos y su gestión en la empresa, procesos, etc.) se ha

convertido en la principal fuente creadora de valor para las compañías. Capital Intelectual se le ha denominado a este proceso de crear y desarrollar activos intangibles.

¿Cuál es el problema? Dice L.Thurow: El conocimiento es la nueva base de la riqueza. Nunca lo había sido. En el pasado, cuando los capitalistas hablaban de su riqueza se referían a las fábricas,

a los equipamientos y a los recursos naturales que poseían. En el futuro, cuando los capitalistas

hablen de su riqueza estarán refiriéndose al control que poseen sobre el conocimiento. Si se habla de “poseer” capital, equipamientos o recursos naturales, el concepto de “posesión” (tener un activo

desde nuestra perspectiva contable) es claro.

En este marco, las asignaciones de recursos en la economía entre las distintas empresas, regiones y países, empiezan a basarse en conceptos y criterios que difieren del pasado. Difieren en contenido y en velocidad. Tenemos más información disponible, pero menos tiempo para decidir. Los riesgos y las oportunidades aumentan exponencialmente y viajan a la velocidad de la luz. En este contexto, los informes financieros, siguen jugando un papel crucial en la asignación de recursos en la economía. Su adaptación a las nuevas demandas y su comprensión por todos los agentes intervinientes, adquiere una importancia crucial.

¿Estamos los contadores preparados para responder a estos retos o tienen razón los profesionales de otras disciplinas al decirnos que hemos perdido el tren de la nueva economía? Frente a esta problemática estamos todos preocupados, pues depende de nosotros salir a derrotar el problema con alternativas ingeniosas.

Finalmente tenemos la investigación titulada EL CONTADOR COMO GENERADOR DE CAPITAL INTELECTUAL, del CPC. Hernán Capcha Carbajal. El contexto actual esta caracterizado por la aceleración del cambio, que se ha constituido en el motor del desarrollo científico y tecnológico, esto se hace patente en el nuevo entorno digital de los negocios, en estas condiciones las empresas deben aprender a adaptarse a los continuos cambios y que las clases de organización de antaño son las que menos probabilidades tienen de dominar el mañana, el nuevo entorno también significa nuevos requerimientos y para satisfacerlos la administración moderna debe lograr que los elementos interdependientes busquen el logro de la EXCELENCIA TOTAL, en este contexto es cuando mas se hacen notar las debilidades y limitaciones del actual modelo contable, diseñado para las empresas de siglos anteriores, especialmente porque son históricas y no permiten valorar los activos intangibles lo cual impide gestionar el capital intelectual, asimismo los riegos a los cuales se enfrenta la empresa no son revelados por los estados contables, esto se origina en la decadencia del marco conceptual o teórico vigente es decir el paradigma contable de utilidad (se orienta a brindar la mayor utilidad posible a la toma de decisiones), debemos mencionar los otros dos paradigmas anteriores al mencionado tales como el paradigma del beneficio económico ( que tiene como objetivo el conocer la realidad económica) y anterior a éste el paradigma de registro o legalista con el cual se inicio la contabilidad formalmente( el objetivo principal era suministrar datos al propietario sobre su situación acreedora y deudora). A todo lo mencionado debemos precisar las implicancias de desarrollar un nuevo modelo contable, se debe evaluar las carencias detectadas en prácticas actualmente vigentes y las dificultades que tienen los destinatarios de la información contable y proponer caminos para superarlos, esto supone una

reconsideración al marco conceptual vigente, una evaluación a las normas contables a aplicar, el replanteo del concepto de valor y la identificación de las nuevas necesidades del entorno empresarial y profesional.

En este panorama cómo el contador publico puede realizar cambios y tomar acciones que le permitan participar de manera decisiva en la generación del capital de su cliente, y para ello el propio contador debe empezar por desarrollar su capital intelectual, medirlo y luego gestionarlo, para ello planteamos que la herramienta del BSC aplicado al Contador publico como individuo tendrá como efecto positivo una mejora en la generación de capital intelectual en sus clientes. Para ello el contador publico debe cumplir actividades generadoras de capital intelectual mediante su incursión en el desempeño profesional en otras áreas afines y de actualidad, para ello el contador al igual que las empresas deben prepararse y desarrollarse en ambientes competitivos, asimismo debemos mencionar que en el XXIV CIC Uruguay 2001se planteo el proyecto COGNITOR que equivale a un administrador de capital intelectual. El BSC decíamos que se presta como herramienta de medición del capital intelectual del contador por cuanto se puede aplicar en las cuatro perspectivas teniendo presente que la perspectiva financiera se refiere en este caso a la satisfacción de necesidades en el ámbito profesional, social, familiar y personal. La perspectiva del cliente en el que se identifican los segmentos de clientes y de mercado, también se encuentra la perspectiva del proceso interno y la de formación y crecimiento que implica el hábito de la educación continua, el compromiso por el auto desarrollo y la motivación.

En síntesis la temática del presente volumen de las investigaciones icodeanas abarca desde la epistemología hasta la formación, desde la teoría hasta las propuestas técnicas. Esta forma de percibir nuestro trabajo investigativo es el resultado de una filosofía sistémica y rigorista que busca en todo el bagaje cultural de humanidad alguna intuición que repercuta en el avance científico de la contabilidad contemporánea, ello implica una actitud científica de no exclusión de las reflexiones.

Para finalizar esta Introducción, he de manifestar, a nombre de todos los investigadores del Instituto Contabilidad y Desarrollo, nuestra gratitud a cuantos nos han estimulado, directa o indirectamente, a llevar a cabo las investigaciones, la evaluación y la redacción de la presente obra con sus sugerencias, objeciones y consejos. En primer lugar, a los intelectuales de la comunidad epistemológica, especialmente a Mario Bunge (Universidad Mc Gill, Canadá), Stephen French (Universidad de Leeds, Inglaterra), Rom Harré (Universidad de Oxford, Inglaterra), Jesús Mosterín (Universidad de Barcelona, España), Luis Villoro y León Olivé (Universidad Nacional Autónoma de México), Juan Abugattas Abugattas, Luis Piscoya Hermoza, Arsenio Guzmán Jorquera y Holger Saavedra (Universidad Nacional Mayor de San Marcos), Miguel Giusti, Ciro Alegría y Pablo Quintanilla (Pontificia Universidad Católica del Perú), David Sobrerilla (Universidad de Lima), Francisco Miró Quesada Cantuarias (Sociedad Peruana de Filosofía) quienes nos han hecho llegar valiosas indicaciones. En segundo lugar, agradecemos a los académicos del área contable, especialmente a CPA Leonardo Rodríguez (Cuba en el exilio), CPA Enrique Zamorano García (México), CPA Víctor Abreú Páez (Rep. Dominicana), Jorge Tua Pereda (España), CPA Guillermo León Martínez Pino y Rafael Franco (Colombia), Juan Carlos Viegas y María del Carmen Rodríguez de Ramírez (Argentina), Víctor Vargas Calderón y Oscar Pajuelo Ramírez (Perú) y muchos compatriotas de la comunidad contable.

Con la esperanza de que seguiremos recibiendo las sugerencias y críticas de nuestros lectores ponemos a consideración de la comunidad académica contable nacional e internacional el presente esfuerzo intelectual colectivo.

Prof. Zósimo DE LA CRUZ SULLCA Director de Investigaciones del ICODE

FUNDAMENTOS EPISTEMOLÓGICOS DE LA CIENCIA CONTABLE

Bases Histórico-Conceptuales del Programa de Investigación Icodeana

1. INTRODUCCIÓN.

Prof. ZÓSIMO DE LA CRUZ S. SPE-UNMSM/INTERCIENCIAS-PERÚ Director de Investigaciones del ICODE zdelacruzfil@hotmail.com

Puede concebirse la filosofía en general como una actividad reflexiva de segundo nivel respecto de actividades reflexivas de primer nivel, es decir, de ciertos modos conceptualmente articulados con que los seres humanos se enfrentan a la realidad. La filosofía tiene entonces como objeto de estudio esas reflexiones previas; trata de analizarlas, interpretarlas, fundamentarlas, criticarlas, e incluso a veces mejorarlas. Así, el modo religioso de enfrentarse a la realidad da lugar a la filosofía de la religión; el modo moral, a la filosofía de la moral (o ética); el modo artístico, a la filosofía del arte (o estética), etc.

Uno de los modos más efectivos, sorprendentes y “revolucionarios” de enfrentarse a la realidad ha sido (al menos en los últimos cuatro siglos) el modo científico. Por ello no es de extrañar que la filosofía de la ciencia (o epistemología) ocupe un lugar preeminente en la filosofía actual. Dada la innegable influencia que ejerce la ciencia en nuestra cultura, es difícil negar la perentoriedad de una reflexión filosófica sobre ella. A tal reflexión la denominamos “filosofía de la ciencia”.

Es conveniente en este punto hacer una aclaración terminológica, de trasfondo metodológico. Entenderemos aquí por “ciencia” el conjunto de las disciplinas teóricas conocidas usualmente como “ciencias empíricas o factuales”, es decir, aquellas disciplinas que tienen por objeto hechos directa o indirectamente contrastables por la experiencia sensorial humana. Este rótulo incluye en consecuencia tanto las llamadas “ciencias naturales”, las “ciencias sociales” como las llamadas “ciencias socionaturales”. De hecho, el punto de vista metodológico general desde el cual se ha configurado nuestra exposición es el de que no existe un “abismo ontológico” infranqueable entre los objetos de estudio de esos tres grupos de disciplinas ni entre la naturaleza de sus conceptos, teorías y métodos respectivos. Por supuesto que pueden detectarse diferencias metodológicas importantes entre la física y la economía, pongamos por caso; pero es difícil argüir que ellas han de ser necesariamente más profundas o radicales que las que se dan entre la física y la etología, por un lado, o la economía y la teoría literaria, por otro. Es más, hoy día proliferan las áreas disciplinarias con respecto a las cuales ni siquiera sus propios especialistas concuerdan en adjudicarlas al campo de las ciencias naturales o al de las sociales; la psicología, la lingüística y la geografía (por mencionar sólo algunos ejemplos) se encuentran claramente en esta situación. Así, pues, cuando hablamos aquí de filosofía de la ciencia, nos referimos a la reflexión filosófica sobre las ciencias naturales, sociales e “intermedias”.

La ciencia es un fenómeno cultural relativamente reciente en la historia de la humanidad, al menos en comparación con otros modos de reflexión como el religioso o el moral. Incluso tomando un punto de vista laxo, es difícil identificar claros ejemplos de ciencias empíricas antes del periodo helenístico, y aun allí cum grano salis. Pero muchos más reciente, naturalmente, es la toma de conciencia de que, con el surgimiento de las ciencias empíricas, se había producido un hecho cultural esencialmente nuevo. Sólo entonces pudo concebirse una filosofía de la ciencia en sentido estricto. Esta toma de conciencia filosófica no se produjo sino hasta fines del siglo XVIII. Quizá pueda considerarse a Kant como el primer filósofo en quien podemos detectar algo parecido a la filosofía de la ciencia en el sentido actual. Sin embargo, la filosofía de la ciencia de Kant (esencialmente filosofía de la mecánica) se halla aún inextricablemente ligada a cuestiones más tradicionales de teoría del conocimiento y metafísica. Es en el siglo XIX cuando aparecen autores más concentrada y específicamente dedicados a nuestra disciplina: Comte, Wheeler, Mill, Mach,

Poincaré, Duhem fueron probablemente los más influyentes.

Ahora bien, tan sólo en el sigo XX alcanza la filosofía de la ciencia su madurez metodológica y llega a institucionalizarse como disciplina relativamente autónoma. Para ello fue crucial que la reflexión filosófica sobre la ciencia pudiera disponer de las herramientas conceptuales que había forjado la generación inmediatamente anterior: la lógica formal, la teoría de conjuntos y, más en general, los métodos semánticos de la filosofía analítica. Para ello fueron decisivos los trabajos de Frege y Russell, principalmente. De esta confluencia de vectores (los intereses epistemológicos de los autores decimonónicos mencionados por un lado, y nuevos métodos analítico-formales, por otro) surgió el primer enfoque específico y autoconsciente de la filosofía de la ciencia en su etapa de eclosión (en la década de 1920-1930): el positivismo lógico (empirismo lógico, en un sentido más lato) del Círculo de Viena y grupos emparentados, como la Escuela de Berlín, la Escuela de Varsovia y diversas figuras aisladas en los países anglosajones y escandinavos. Probablemente, hoy en día ningún filósofo de la ciencia acepte los postulados específicos del positivismo lógico; sin embargo, es innegable que el desarrollo posterior de la filosofía de la ciencia, e incluso gran parte de la temática abordada y de los métodos utilizados actualmente, presuponen los planteamientos originados en dicho movimiento.

Es un tópico afirmar que en la filosofía, a diferencia de las ciencias, no puede hablarse de progreso. Como todo tópico, éste es o trivial o falso. Si por “progreso” se entiende la mera acumulación lineal de juicios que, una vez establecidos, nunca más son sujetos a examen crítico o revisión, entonces manifiestamente es cierto que no hay progreso en filosofía, pero entonces tampoco lo hay en ninguna ciencia ni en ninguna otra área de la cultura. En cambio, si por progreso entendemos el proceso por el cual se alcanzan perspectivas más complejas y diferenciadas, que por su propia diferenciación hacen imposible una “vuelta atrás”, así como un amplio consenso sobre lo más valiosos de los resultados obtenidos hasta la fecha, entonces está claro que hay progreso en filosofía, y muy en particular en filosofía de la ciencia. Dejando a un lado el caso de la lógica (de la que puede discutirse si forma parte o no de la filosofía), la filosofía de la ciencia es el área de la filosofía que más progresos tangibles e incuestionables ha hecho en lo que va de siglo. No sólo se trata de que se ha alcanzado una perspectiva mucho mejor articulada sobre la ciencia que la visión estimulante y prometedora, pero primitivamente ingenua, que propugnaba el positivismo lógico; se trata también de que pueden reseñarse una serie de resultados concretos sobre lo que hay en la disciplina el mismo tipo de consenso que es característico de las disciplinas científicas añejas (a saber, resultados sobre los cuales “ya no se discute”). Mencionemos sólo algunos: una tipología precisa y diferenciada de los diversos conceptos científico, que supera en mucho el burdo par cualitativo/cuantitativo; la demostración efectiva de que los conceptos teóricos no pueden reducirse a los observacionales; el abandono definitivo del principio de verificabilidad para las leyes científicas; la determinación exacta de la naturaleza del método axiomático, de las diversas formas que éste puede adoptar y su aplicación concreta a innumerables teorías científicas particulares; la introducción de distintos modos de metrizar conceptos científicos (superando, entre otras cosas, la idea primitiva de que sólo las magnitudes extensivas pueden metrizarse); el abandono tanto de la concepción “cumulativista” como de la “falsacionista” en el análisis diacrónico de la ciencia.

2. SOBRE LA CRISIS DE LA FILOSOFÍA DE LA CIENCIA EN EL SIGLO XX.

El origen del debate sobre las relaciones entre la Historia de la Ciencia y la Filosofía de la Ciencia se sitúa normalmente en la publicación de la obra de Thomas S. Kuhn La estructura de las revoluciones científicas (1962), aunque algunas críticas recibidas en los cincuenta por la concepción de la ciencia heredada del empirismo lógico ya estaban basadas en la constatación de un cierto desajuste entre la estructura de la ciencia tal como la describían los filósofos tradicionales y la práctica real de los científicos en la historia, además de otras razones epistemológicas. En todo caso, con o sin precedentes, el éxito de la obrita de Kuhn consiguió que la relevancia de la Historia de la Ciencia en el planteamiento y la respuesta de los problemas filosóficos, metodológicos o epistemológicos fuera algo que, unos años después, se aceptaba casi fuera de toda duda. Así, de acuerdo a una poderosa tradición expositiva que, por lo que alcanzo a saber, se remonta a la

introducción escrita por Frederick Suppe al libro La estructura de las teorías científicas, en la Filosofía de la Ciencia (o al menos en su dominante versión anglosajona, aunque sus principales líderes eran autores de origen germano emigrados en los años treinta) había existido entre los años cuarenta y los sesenta un notable consenso sobre la naturaleza básicamente formal de la disciplina, emparentada sobre todo con la lógica y la metamatemática; Suppe, siguiendo a Putnam, denominó “Concepción Heredada” (received view) a la síntesis de los principios básicos establecidos en este consenso.

Estos principios incluían, desde el punto de vista de la metodología de trabajo de los filósofos de la ciencia, la idea de que las teorías científicas debían reconstruirse en un lenguaje formalizado que sirviera como herramienta básica para los posteriores estudios epistemológicos, con lo que una de las principales tareas del filósofo sería la de expresar el contenido de las teorías con absoluta claridad, y esto significaba en la práctica fabricar una versión de las teorías científicas a la que pudieran ser aplicadas las técnicas desarrolladas desde finales del XIX para el análisis formal de los sistemas lógicos axiomáticos. Otro principio metodológico fundamental de la “Concepción Heredada” era la distinción absoluta entre lo que Reichenbach denominó “contexto de descubrimiento” y “contexto de justificación”, respectivamente, afirmándose además que sólo el segundo de estos contextos era relevante para la Filosofía de la Ciencia. Finalmente, esta concepción tradicional también afirmaba que debía existir algún criterio de tipo lógico que permitiera distinguir el conocimiento verdaderamente científico de las afirmaciones pseudo- científicas.

Con respecto a los principios sustantivos de la “Concepción Heredada” sobre la estructura de la ciencia, los más importantes se referían a la necesidad de distinguir dos vocabularios en el lenguaje de las teorías (correspondientes a los términos observacionales y a los teóricos), al análisis del valor epistémico de las teorías basado en la relación de confirmación (que podía estudiarse en términos cualitativos, al estilo de Hempel, o cuantitativos, al estilo de la lógica inductiva de Carnap), y a la idea de que el desarrollo de las ciencias maduras procede fundamentalmente mediante la reducción de las teorías exitosas antiguas a teorías nuevas más amplias y precisas. De la distinción entre los términos observacionales y los teóricos se derivaba a su vez una clasificación de los enunciados científicos en regularidades empíricas, leyes teóricas y reglas de correspondencia, así como una tesis sobre la interpretación semántica de cada uno de ambos tipos de términos: mientras que los observacionales recibirían una interpretación completa directamente a través de la experiencia, los teóricos sólo recibirían una interpretación empírica parcial, a través de las reglas de correspondencia.

A modo de síntesis podemos afirmar que la concepción derivada del empirismo lógico basaba su análisis de la ciencia en tres grandes dicotomías conceptuales: la distinción entre enunciados analíticos y sintéticos (digamos, entre forma y contenido dentro de las expresiones lingüísticas), la distinción entre conceptos observacionales y teóricos, y la distinción entre enunciados positivos (descripciones) y normativos (justificaciones). Estas tres distinciones se presuponían como absolutas, válidas para todo contexto histórico, y conducentes siempre a los mismos resultados independientemente de cuándo, dónde y por quién fuera aplicadas.

Siempre según de acuerdo a la tradición expositiva de la moderna historia de la Filosofía de la Ciencia, este gran consenso se habría roto bruscamente con la aparición de la obra de Kuhn, que habría substituido aquel marco de análisis de las teorías científicas por otra concepción de acuerdo con la cual lo más importante son las pautas del desarrollo histórico de la ciencia, pautas que sólo pueden comprenderse debidamente usando categorías históricas, sociológicas y psicológicas. El principal debate de la filosofía de la ciencia a partir de la segunda mitad de los sesenta se habría centrado, entonces, en la cuestión de qué categorías de este tipo serían las más apropiadas para describir o explicar el desarrollo de la ciencia. Por citar sólo cuatro de las propuestas más famosas, estas categorías podían ser las de Kuhn (“paradigmas”, “ciencia normal”, “revoluciones”, “cambio

de Gestalt

conceptuales”

las de Laudan (“tradición de investigación”, “problemas empíricos”, “problemas las de Lakatos (“programas de investigación”, “núcleo firme”, “cinturón protector”,

),

),

teórica”, “evolución teórica”, “reducción aproximativa”

otras tantas variantes del tipo de concepciones de la ciencia que habrían resultado de la “Revolución Historicista”, ordenadas de menor a mayor grado de formalización. Mi inclusión de la concepción estructuralista o “no enunciativa” sneediana entre estos cuatro ejemplos tiene, obviamente, la intención de mostrar que lo más importante de dicha “Revolución” no habría sido, en particular, el abandono de las herramientas típicas del lógico matemático y su sustitución por las del historiador, sino el cambio del centro de interés, entre los filósofos de la ciencia, desde la estructura de las teorías hacia su dinámica. Se puede argumentar que en el caso de la “concepción no-enunciativa”, el aspecto esencial seguía siendo el análisis de la estructura de las teorías, y que la insistencia de autores como Stegmüller y Moulines en los aspectos dinámicos de la ciencia se debía, más que a otra cosa, al intento de hacer aceptable este “nuevo patrón de reconstrucción” a una relativa mayoría de filósofos convencidos por los argumentos historicistas de Kuhn. Pero, sea dicha insistencia el resultado de una argucia retórica o de un interés filosófico auténtico, lo más importante sería, para la tradición expositiva a la que me estoy refiriendo, que ambas posibilidades demostrarían la existencia de un cambio radical de intereses dentro de la comunidad de los filósofos de la ciencia.

Estas cuatro propuestas vendrían a ser

).

De todas formas, la influencia de Kuhn se habría dejado notar especialmente en el surgimiento de los que podríamos denominar “enfoques sociologistas radicales”, que, sobre todo a partir de la constitución del llamado “Programa Fuerte en la sociología del conocimiento”, han intentado llevar hasta sus últimas consecuencias la intuición de que, para entender la ciencia, lo más relevante es explicar de qué manera influyen el contexto histórico, la estructura social de las comunidades científicas, y los intereses personales y colectivos, en las decisiones de los investigadores. Aunque estos enfoques no están ni mucho menos despreocupados por entender el contenido y la estructura de las teorías científicas, lo que más les interesa de ambas cosas es encontrar en cualquiera de ellas indicios de “influencias sociales”, y, por lo tanto, el mero análisis formal se considera como una herramienta bastante ineficaz.

Por otro lado, la “Concepción Heredada” como una especie de paradigma (en sentido cuasi- kuhniano), que dominara la disciplina casi de manera hegemónica, no resiste el paso del tiempo. Dado lo reducido de la población de filósofos de la ciencia en los años cuarenta y cincuenta, los “críticos” del empirismo lógico y de sus seguidores distaban mucho de ser una minoría marginal, y, además, fuera de los Estados Unidos llegaban a ser una abrumadora mayoría. Piénsese, por ejemplo, en la influencia de Karl Popper en Gran Bretaña y de Gaston Bachelard en Francia. Por otro lado, desde la publicación de las primeras obras “americanas” de Carnap y Reichenbach, que distaron de lograr un consenso inmediato en los Estados Unidos (por entonces dominado filosóficamente por el pragmatismo), hasta la aparición de La estructura de las revoluciones científicas, pasaron escasamente veinticinco años, mientras que desde la publicación de esta obra hasta nuestros días han transcurrido casi cuarenta, y en esta segunda etapa ha habido corrientes que, además de tener un número apreciable de seguidores, han perdurado tanto como lo pudo hacer el empirismo lógico. Esto nos permite sospechar que el período de posible hegemonía de la “Concepción Heredada” no es realmente una etapa de consenso seguida por una “crisis” que a su vez da comienzo a una bifurcación en la disciplina, sino que, en mi opinión, las cosas se describen mejor diciendo que en ningún momento ha existido una tradición hegemónica en la Filosofía de la Ciencia del siglo XX, sino que siempre han coexistido vigorosos enfoques muy diferentes y contrapuestos, aunque con el aumento del número de especialistas ha habido una tendencia creciente al aumento de la diversidad de enfoques. Agrupar todos estos enfoques alrededor de la influencia que sobre ellos haya podido tener la “Revolución Historicista” no deja de ser una clasificación artificial, excesivamente simplificada; en particular, porque, como señala Giere,

“aunque en los noventa existen muy pocos filósofos de la ciencia que se identificarían a sí mismos como empiristas lógicos, la mayoría aún se ocupa de temas y emplea métodos de análisis que son históricamente continuos con los del empirismo lógico”.

Entre estos temas y métodos de análisis podemos citar la teoría de la confirmación bayesiana y sus alternativas, la teoría de la medición, la naturaleza de las explicaciones científicas, la estructura

de las teorías, la reducción interteórica, la naturaleza y función de las leyes y los modelos, los problemas del realismo y de la verosimilitud, el análisis de la causalidad, etcétera, además de los numerosos problemas conceptuales derivados de muchas teorías científicas reales, cuestiones todas ellas que podían caer plenamente bajo los intereses de los representantes de la “Concepción Heredada” y que pueden ser discutidas, y de hecho lo son muy a menudo, con pocos miramientos hacia los problemas históricos, aunque sin compartir dogmáticamente los presupuestos del empirismo lógico. Giere también indica que difícilmente podemos interpretar la revolución kuhniana como una invitación a “volver a tener en cuenta la ciencia real”, en vez de las pretendidas caricaturas de la ciencia que aparecerían en las discusiones sobre la confirmación de las leyes y el significado de los términos teóricos de la “Concepción Heredada”, pues los creadores del empirismo lógico (aunque tal vez no tanto sus primeros discípulos americanos) no sólo estaban perfectamente al tanto de “la ciencia real”, siendo muchos de ellos profesores de física en la universidad germana de entreguerras, sino que el principal estímulo filosófico a lo largo de la vida de estos autores fue el de crear una teoría de la ciencia que estuviese a la altura de las dos grandes teorías físicas desarrolladas en las primeras décadas del siglo: la mecánica relativista y la mecánica cuántica. Si hubo una mayor “atención a la ciencia real” a partir de la revolución kuhniana, esto ha de entenderse más bien como un aumento de la importancia de los estudios históricos, psicológicos y sociológicos en la Filosofía de la Ciencia, algo que no ha venido a sustituir, ni mucho menos, a la lista de cuestiones ofrecida al principio de este párrafo, sino que simplemente se ha añadido al conjunto de temas que han pasado a ser objeto legítimo de estudio en nuestra disciplina, y ampliando así el número de posibles enfoques utilizados en el análisis de estos temas.

Por otro lado, la mayor parte de estos asuntos habían sido ya estudiados muy intensamente por parte de otras tradiciones de investigación sobre la ciencia distintas del empirismo lógico. No sólo se trata de que el enfoque historicista de Kuhn y otros autores hubiera tenido algunos “precursores” notables, como Ludwig Fleck, o de que la relatividad de los enunciados observacionales hubiera sido asumida desde muy pronto por algunos notables defensores del positivismo lógico, como Otto Neurath, sino que este mismo positivismo lógico era hasta cierto punto en la Europa Central de entreguerras una corriente filosófica marginal, y otras corrientes más dominantes, como la fenomenología de Edmund Husserl y Max Scheler, la sociología del conocimiento de Karl Mannheim y el neokantismo de Ernst Cassirer, la teoría “psicoanalítica” de la ciencia de Gaston Bachelard en Francia, o el pragmatismo de John Dewey en los Estados Unidos, todas ellas habían asumido en mayor o menor medida la esencial relatividad del conocimiento científico con respecto a las condiciones culturales, sociales o económicas de cada época, si bien esta asunción se había llevado a cabo más a partir de una posturas filosóficas determinadas que mediante un estudio sistemático de la historia de la ciencia. Dentro de este contexto, el empirismo lógico tuvo la suerte de ganar la adhesión de la mayor parte de los filósofos de la ciencia de Estados Unidos inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, pero ni mucho menos puede llegar a considerarse como una “ortodoxia” temporal en la historia de la Filosofía de la Ciencia. Así, una representación gráfica medianamente realista de dicha historia en la segunda mitad del siglo XX sería, por lo tanto, mucho más confusa que la que se muestra en la figura 1, pues contendría numerosos enfoques más o menos relacionados entre sí, y tan mezclados en algunos puntos que sería difícil reconocerlos como escuelas autónomas.

3. LA HISTORIA DE LA CIENCIA Y LA FILOSOFÍA DE LA CIENCIA SOBRE EL DESARROLLO DE LA CIENCIA. UNA VISIÓN PANORÁMICA

Sea como sea, el hecho es que desde los años sesenta hubo un creciente interés por la Historia entre los filósofos de la ciencia, si bien la pretendida “Revuelta Historicista”, más que dar un cambio completo de rumbo a los intereses, problemas y perspectivas de la disciplina, se limitó a introducir en ella nuevos temas y nuevos enfoques sin eliminar los que ya existían, aunque afectándolos en mayor o menor medida. Entre los problemas más importantes que se suscitaron debido a este creciente interés podemos señalar el de la objetividad del conocimiento científico, el del progreso de la ciencia y el de su racionalidad, cualidades que casi todos los filósofos de la ciencia, tanto fuera como dentro del empirismo lógico, habían dado por sentadas anteriormente, y que ahora se

convirtieron en cuestiones de intensa disputa. El análisis de estos problemas hacía más razonable el uso de argumentos derivados de la historia de la ciencia (bien que entre otras clases de argumentos), y por este motivo se suscitó desde finales de los sesenta una literatura más o menos voluminosa sobre “las relaciones entre la Historia de la Ciencia y la Filosofía de la Ciencia”. A continuación resumiré algunas de las posiciones más importantes sostenidas a lo largo de dicho debate.

Una de las primeras obras en las que se experimentó el choque entre la Historia de la Ciencia y la Filosofía de la Ciencia fue el libro de Joseph Agassi titulado Towards an Historiography of Science (1963). En ese libro, el conocido discípulo de Popper criticaba la mayor parte de las obras de historia de la ciencia entonces existentes por estar basadas, desde su punto de vista, en imágenes falsas del método científico, como eran el inductivismo y el convencionalismo. Esto supone que los trabajos de los historiadores de la ciencia cometerán un doble error: por una parte, al imaginar (equivocadamente) que los grandes científicos del pasado han seguido uno de esos dos métodos, no acertarán a reconstruir el proceso del desarrollo del conocimiento tal como realmente sucedió (por ejemplo, tenderán a ignorar, por no ser capaces de percibir su importancia, las continuas disputas metodológicas entre los científicos); por otra parte, al intentar emplear esas mismas (y defectuosas) metodologías como historiadores, no conseguirán elaborar teorías verdaderamente interesantes y exitosas sobre la historia de la ciencia. Agassi, en cambio, intenta utilizar la hipótesis de que los científicos han seguido más o menos la metodología falsacionista, en el sentido de que sus experimentos y observaciones no fueron realizados como una mera búsqueda de hechos, sino como contrastaciones de teorías, y afirma que, con esta metodología, es posible porducir investigaciones historiográficas mucho más relevantes. Un curioso paralelismo entre la obra de Agassi y la de Kuhn es que, mientras esta última hizo que muchos filósofos de la ciencia considerasen importante la Historia, la primera intentaba demostrar que los historiadores de la ciencia debían emplear de un modo consciente los resultados de la Metodología.

La obra de Agassi fue duramente criticada en el libro del historiador Maurice Finocchiaro, History of Science as Explanation (1973). Su argumento parte de la distinción entre dos tipos de obras en Historia de la Ciencia, a saber, las descriptivas y las explicativas. Las primeras se limitan a acumular hechos relevantes, sin pretender ofrecer interpretaciones muy profundas de los mismos, y su función principal es la de servir como fuente de referencias. Las segundas, en cambio, intentan explicar por qué los científicos del pasado actuaron como lo hicieron. El primer tipo de obras no necesitaría estar basado en ninguna concepción filosófica; las del segundo tipo, en cambio, habrán de basarse principios a partir de los cuales generar las explicaciones. Finocciaro argumenta que muchos de estos principios difícilmente se encontrarán en las teorías metodológicas mencionadas por Agassi, todas las cuales se ocupan más del “contexto de justificación” que del “contexto de descubrimiento”, que es el que centra la antención del historiador. Por ejemplo, el esquema popperiano de “conjeturas y refutaciones” no es tanto una estructura lógica en la mente de los científicos reales de la historia, sino una estructura en la mente del filósofo, que en ocasiones puede confundir más que iluminar los hechos históricos. Además, incluso cuando ciertos principios de una metodología son útiles para explicar la conducta y las creencias de un científico, eso no implica que los principios de otra metodología rival no puedan ser igual de útiles en otros casos, con lo que el historiador no debe elegir entre las diversas metodologías, sino que puede y debe utilizarlas todas. Finocchiaro afirma incluso que el conocimiento de la ciencia contemporánea, y no sólo el de la filosofía actual de la ciencia, puede llegar a ser perjudicial para el historiador, pues este conocimiento (al estar por lo general mucho mejor justificado que el de épocas anteriores) puede impedirnos entender los verdaderos procesos de razonamiento de los científicos del pasado.

En su contribución al simposio del que surgió el ya citado e influyente libro La estructura de las teorías científicas, editado por Suppe, el conocido historiador de la ciencia I. B. Cohen criticaba el uso que los filósofos suelen hacer de los ejemplos históricos, en parte por extrapolar categorías científicas y metodológicas actuales al pensamiento de los científicos de otras épocas, y en parte por no estar lo suficientemente preocupados de determinar si esos ejemplos son realmente correctos desde el punto de vista histórico. Por otro lado, “los filósofos”, afirma, “se sirven de la

historia para dotar a sus afirmaciones de contenido empírico, o al menos para encontrar ejemplos en el mundo de la ciencia (tal y como se la ha practicado de hecho) que sirvan para ilustrar una tesis propia o para refutar alguna opuesta”; y añade que “es evidente que para este objetivo resulta más útil la historia verdadera que la falsa”. En cambio, el historiador no tiene este tipo de prejuicios filosóficos a la hora de realizar sus investigaciones, y él se ocupa de averiguar, en la medida de lo posible, qué era lo que realmente pensaban los científicos del pasado, o qué influencias recibieron y ejercieron de hecho, sin preocuparse, por lo general, de establecer tesis generales sobre el proceso de investigación científica. Además, aunque no niega que la Filosofía de la Ciencia puede aportar conceptos útiles para el historiador, Cohen no piensa que la mayor parte de los historiadores de la ciencia se vayan a beneficiar mucho si dedican una parte de su esfuerzo a convertirse en expertos en Metodología, pues la mayor parte de la literatura de dicha disciplina existente hasta finales de los sesenta era muy difícilmente aplicable de forma directa a la investigación histórica. Además, muchos casos en los que obras de Historia de la Ciencia han sido elaboradas desde ciertos presupuestos filosóficos muestran que, al rechazarse o pasar totalmente de moda las filosofías que las iluminaron, resulte “difícil, si no imposible, leer esas obras hoy con algún provecho”. En general, para comprender el pensamiento de un científico, sería mucho más importante estar al corriente de la filosofía general y la filosofía de la ciencia de su época que estar familiarizado con la filosofía de la ciencia contemporánea. Por contra, en su comentario a este artículo de Cohen, Peter Achinstein indicaba que difícilmente puede un historiador averiguar qué tipo de razonamientos hicieron los científicos del pasado si no tiene unas nociones claras, proporcionadas básicamente por la filosofía de la ciencia, de cuáles son los tipos posibles de razonamiento científico y lo ignora casi todo sobre la validez y aplicabilidad de cada uno.

Posiblemente la contribución más relevante a la literatura sobre las relaciones entre la Historia y la Filosofía de la Ciencia fue el artículo de Imre Lakatos titulado “La Historia de la Ciencia y sus reconstrucciones racionales”, presentado originalmente en un simposio en el marco de la reunión bianual de 1970 de la Philosophy of Science Assocation. En este artículo Lakatos mantiene dos tesis principales. La primera, inspirada posiblemente en la obra de Agassi comentada más arriba, es que cada doctrina metodológica (Lakatos examina, como Agassi, el inductivismo, el convencionalismo y el falsacionismo, además de su propia metodología de los programas de investigación) puede entenderse como un “programa de investigación historiográfico” que intenta explicar los “juicios de valor” emitidos por los científicos en el pasado sobre las diversas teorías, hipótesis o programas de investigación que han sido propuestos a lo largo de la historia, en particular, los juicios sobre su aceptación o rechazo. La segunda tesis lakatosiana es que puede utilizarse la historia real de la ciencia para determinar cuál de aquellas doctrinas metodológicas está mejor “corroborada”. Así, igual que en la investigación científica las teorías se usan para explicar los hechos y los hechos para contrastar las teorías, Lakatos propone que la Filosofía de la Ciencia proporcione teorías para explicar los hechos “descubiertos” por la Historia de la Ciencia, y ésta sirva, por tanto, como juez para decidir qué teoría filosófica sobre la ciencia es la más apropiada. La archiconocida frase con la que Lakatos comienza su artículo, parafraseando a Kant, resume lo esencial de ambas tesis: “La Filosofía de la Ciencia sin la Historia de la Ciencia es vacía. La Historia de la Ciencia sin la Filosofía de la Ciencia es ciega”.

La primera tesis condujo a Lakatos a efectuar una distinción entre “historia interna” e “historia externa” diferente de la distinción habitual. Según el uso más corriente de estas dos expresiones, la historia interna de una disciplina es la historia de sus contenidos “puramente científicos” (la evolución de las teorías e hipótesis, el desarrollo de las pruebas experimentales, etcétera), mientras que la historia externa consistiría en la investigación de la influencia que sobre esa disciplina hayan podido tener los diversos factores “extracientíficos” (hechos económicos, creencias religiosas, ideologías, decisiones políticas, etcétera). En cambio, Lakatos llama “historia interna” al conjunto de decisiones sobre la aceptación y el rechazo de teorías que, de acuerdo con una doctrina metodológica en particular, se muestran como “racionales” o “justificables”, mientras que la “historia externa” serían todas las demás decisiones que los científicos reales tomaron. Esto quiere decir que el contenido de los conceptos de “historia interna” y “externa” sería dependiente de cada metodología. Por su parte, el criterio meta-metodológico defendido por Lakatos en la segunda tesis citada es el de que es preferible aquella metodología que consiga incluir una parte

mayor de la historia real como “historia interna”, es decir, como decisiones o juicios de valor racionales. Sobra decir que es su propia metodología la que, según él, sale mejor parada de esta contrastación con la historia.

Las tesis de Lakatos recibieron numerosas críticas. Por ejemplo, Kuhn señaló que si un filósofo defiende una cierta metodología de acuerdo con la cual una parte de la historia de la ciencia es irracional, sólo usará la parte restante (su propia visión de la “historia interna”) como fuente de datos relevantes para juzgar su propia metodología; es decir, “el filósofo sólo aprenderá de la historia, por lo que al método científico se refiere, lo que previamente haya introducido en ella”. Richard Hall criticó la identificación lakatosiana entre, por un lado, el “código de honestidad científico” realmente existente en una comunidad, o el propuesto por una metodología, y, por otro lado, los criterios de racionalidad, ya que en muchas ocasiones puede ser racional ser deshonesto; aunque pueda ser cierto que muchas metodologías no establecen una clara distinción entre ambas cosas, no ocurriría así con el inductivismo, al menos en las contribuciones de Carnap y Hempel, afirma Hall, pues éstos distinguen claramente entre las estrategias que puede utilizar un científico para aumentar el grado de confirmación de una teoría (por ejemplo), maximizando una función de utilidad epistémica, y las que puede seguir para alcanzar sus objetivos personales, maximizando su función de utilidad individual. Cuando Lakatos utiliza el adjetivo “racional” se está refiriendo, aparentemente, sólo al primero de estos sentidos. Además, se entiendan en cualquiera de los dos sentidos, las recomendaciones de una metodología serán normalmente hipotéticas más que categóricas, es decir, tendrán la forma “en tales circunstancias, será racional hacer tal cosa”, de modo que la aplicación de estas normas a casos concretos de la historia de la ciencia será sumamente difícil, porque el historiador y el filósofo actuales tendrán pocas oportunidades de averiguar si en la situación en la que se encontraban los científicos del pasado se daban exactamente dichas circunstancias. Empero, la crítica más severa de Hall a Lakatos es que, según su segunda tesis, una metodología que considerase racionales cualesquiera decisiones científicas, incluso las que de acuerdo con el sentido común y con el consenso mayoritario de los científicos son decisiones irracionales, esa metodología, si hiciéramos caso a Lakatos, sería la mejor “corroborada”, pues según ella toda la historia de la ciencia sería “historia interna”, y no quedaría nada que fuera “historia externa”.

El filósofo polaco Stefan Amsterdamski también ha criticado las tesis de Lakatos, basándose fundamentalmente en la incapacidad de la Metodología para proporcionar criterios realmente practicables de selección de teorías. Por una parte, los criterios de selección en los que efectivamente se basan los científicos están determinados por factores extralógicos, que dependen de la “imagen ideal de ciencia” vigente en cada época y en cada contexto, y, en último término, de los factores sociales que rodean el desarrollo de la ciencia. Además, el problema de la selección de teorías, en la ciencia contemporánea, se refiere sobre todo al reparto de los recursos económicos que van a destinarse al desarrollo de cada teoría, y esa decisión suele ser tomada por instituciones colegiadas que necesitan algún criterio de racionalidad, difícil de encontrar en las teorías de los filósofos acerca del método científico. Así pues, los criterios de selección han de ser básicamente de naturaleza social. Esto no conduce a Amsterdamski, empero, a una posición radicalmente sociologista ni relativista, pues concede que el ser humano es capaz de perseguir desinteresadamente la verdad, así como de argumentar y tomar decisiones racionalmente, pero el concepto de racionalidad subyacente a esta visión estaría muy alejado de los principios considerados tradicionalmente por la Metodología de la Ciencia.

Pero, sin duda, las críticas más severas al artículo de Lakatos procedieron del bando de los historiadores de la ciencia. Éstos, por una parte, se resistieron a la idea de que la Filosofía debiera ser la única y exclusiva fuente de explicaciones que pudieran usarse en la investigación histórica, es decir, rechazaron la tesis de que subyaciendo a cada enfoque historiográfico existiera una filosofía de la ciencia claramente articulada (o articulable) como “núcleo duro” del propio enfoque (por usar los términos de Lakatos). En particular, se señalaba el hecho de que la mayor parte de los historiadores de la ciencia resultaban inclasificables bajo los “programas de investigación historiográfica” esquematizados por Lakatos, y en general, se criticó como carente de fundamento la idea lakatosiana de que un mismo autor debería defender necesariamente la misma

“metodología” en el plano filosófico que “metametodología” en el plano historiográfico. Por otra parte, los historiadores están más interesados en descubrir los procesos de investigación tal y como tuvieron lugar que por ofrecer una “reconstrucción racional” de los mismos, apta para el consumo de los filósofos. Por ejemplo, al historiador le interesa la cuestión de cómo llega a emerger un programa de investigación con su “núcleo”, y no solamente lo que le pasa al programa una vez que ha sido constituído, que es para lo que el enfoque de Lakatos ofrece alguna indicación. Todo esto significa que la Historia de la Ciencia es autónoma con respecto a la Filosofía de la Ciencia, según la mayoría de los historiadores, pues éstos no necesitan que la teoría del conocimiento o la metodología abstracta les dicten cuáles son los problemas más interesantes que deben resolver, ni cuáles son las líneas que deben seguir para solucionarlos.

Otro artículo muy conocido sobre las relaciones entre la Historia de la Ciencia y la Filosofía de la Ciencia, y que defiende una postura muy diferente de la de Lakatos y de la de sus críticos historiadores, es el que Ronald Giere publicó en 1973 con el curioso título de “Historia y Filosofía de la Ciencia: ¿relación íntima o matrimonio de conveniencia?”. La tesis principal de Giere es que, aceptando que la Filosofía de la Ciencia no puede desentenderse de la ciencia tal como realmente se practica, ni de la forma y el contenido reales de las teorías científicas, el estudio sistemático de la historia de la ciencia es bastante irrelevante para resolver los problemas específicos de la Filosofía de la Ciencia. En especial, estos problemas se refieren a la evaluación o validación de los conocimientos y métodos científicos, y para ello es razonable utilizar como punto de referencia las teorías más recientes, que son las que estarán mejor validadas. Extrapolando la tesis de Giere a una o dos décadas después, cuando el tema del realismo (más que el de la racionalidad) se convirtió en el centro de atención de una gran parte de los filósofos de la ciencia, podríamos indicar, en la misma línea que este autor, que para aclarar la cuestión de si debe aceptarse o no la existencia independiente de las entidades o estructuras postuladas por las teorías científicas, lo más interesante con diferencia es preguntarnos si existen o no los quarks, los agujeros negros o los genes, más que los epiciclos, el flogisto o el éter, y por ello, estudiar la historia de aquellos episodios de la investigación científica en los que se discutió la existencia de estas últimas entidades resultaría, cuando menos, filosóficamente poco atractivo. Así pues, el filósofo de la ciencia está obligado a conocer de cerca la ciencia, pero no necesariamente la historia de la ciencia. Una tesis similar defendía varios años después Daniel Garber, indicando que la principal función de la metodología de la ciencia es el de promover las mejores prácticas científicas posibles, aunque este autor reconoce que la historia puede ofrecernos ejemplos de “buen pensamiento científico” que podemos tener en cuenta al desarrollar las teorías metodológicas.

Entre algunas de las respuestas que recibió el polémico artículo de Giere, destacaré las de Ernan McMullin y Richard Burian. Según el primero de estos autores, la ciencia real no es sólo un instrumento que le sirve al metodólogo o epistemólogo para resolver algunos de sus problemas filosóficos, sino que también es el objeto del que se ocupa la Filosofía de la Ciencia. Cuando se contrastan históricamente las afirmaciones de los filósofos sobre la ciencia, muchas de ellas resultan ser simple y llanamente falsas; con el fin de evitar estos errores, sería necesario conocer con bastante detalle la Historia de la Ciencia. Además, McMullin señalaba, desde algunos antes, que la historia de la ciencia es en cierto sentido más relevante para el filósofo que la ciencia contemporánea porque la primera proporciona casos de estudio completos en su dimensión temporal. Burian, por su parte, en una vena mucho más kuhniana, afirma que las propias teorías científicas son entidades históricas, en el sentido de que no pueden ser consideradas como estructuras inmutables, sino que su propia identificación y evaluación es un proceso que sucede a lo largo del tiempo, en el marco de un contexto histórico determinado, en el que se dan muchos factores subyacentes que simplemente desaparecen al “reconstruir racionalmente” las teorías. Así, cuando un filósofo ofrece y discute alguna reconstrucción de una teoría del pasado, debe estudiar si está teniendo en cuenta suficientemente la evolución histórica de la teoría y el contexto en el que fue desarrollada y evaluada.

Mas el autor en cuya obra ha sido más decisiva la cuestión de las relaciones entre la Historia y la Filosofía de la Ciencia ha sido, seguramente, Larry Laudan, que es uno de los filósofos de la ciencia de primera línea que más se ha involucrado en la investigación histórica. En particular, su

libro El progreso y sus problemas constituyó una síntesis muy notable de los enfoques “historicistas” derivados de la obra de Kuhn y los enfoques “racionalistas” al estilo de Popper y Lakatos. En esta obra, Laudan sostiene que, si la tarea del filósofo es la de dilucidar la racionalidad de la ciencia (y esta última noción, a su vez, la reduce Laudan a la cuestión de si una determinada tradición de investigación progresa o no), entonces el filósofo debe obtener de la historia de la ciencia, en primer lugar, un conjunto de “intuiciones preanalíticas sobre la racionalidad científica” (es decir, ejemplos paradigmáticos de decisiones sobre la aceptación o el rechazo de teorías, que se tomen como prácticamente fuera de duda para cualquier persona científicamente educada), intuiciones con las que contrastar la metodología preferida por cada filósofo, y, en segundo lugar, un registro lo más detallado posible de casos históricos de evolución de tradiciones de investigación, para determinar cómo pueden ser aplicados los criterios de esa metodología a dichos procesos, y esto, a su vez, con el fin de juzgar si aquellas tradiciones de investigación han sido más o menos progresivas. La Historia de la Ciencia sería, así, esencial para la Filosofía de la Ciencia, pero sin constituir por ello un tipo de investigación subordinado conceptualmente a ésta, como proponía Lakatos.

En trabajos posteriores, Laudan ha ido más lejos que lo que las tesis que acabamos de ver implican a propósito de las relaciones entre la Historia y la Filosofía de la Ciencia, al afirmar que la propia Historia de la Ciencia es la fuente de la que la Filosofía de la Ciencia extrae su carácter normativo, o más bien, sus posibles prescripciones concretas. Esto es, curiosamente, una consecuencia del enfoque “naturalista” adoptado por Laudan tras la publicación de El progreso y sus problemas, y desarrollado en particular en el libro Ciencia y valores. Según este enfoque, no existe ninguna discontinuidad entre la ciencia y la filosofía, en el sentido de que la filosofía debe emplear, en general, los mismos métodos de investigación que las ciencias empíricas; esto implica que no es posible justificar las intuiciones normativas sobre el progreso y la racionalidad en una concepción apriorística de la ciencia, por muy ilustradas que estén dichas intuiciones por los casos históricos. Ahora bien, mientras que otros autores sacarían a partir de aquí la conclusión de que el único estudio válido de la ciencia es el de tipo psicologista o sociologista, Laudan añade que esa estrategia también eliminaría el carácter prescriptivo de la metaciencia, pues se limitaría a mostrar cuáles han sido los juicios de valor mantenidos por los científicos a lo largo de la historia. En cambio, opina Laudan, si la metodología ha de seguir manteniendo un espíritu normativo, debe utilizar la historia de un modo distinto. Las normas metodológicas han de entenderse como imperativos hipotéticos, es decir, como enunciados que establecen una cierta conexión entre los valores o los fines que los científicos pretenden conseguir y los medios (“métodos”) que son precisos o convenientes para alcanzarlos de manera satisfactoria. Pues bien, los dos elementos presentes en estas normas deben ser extraidos de la Historia de la Ciencia, pues sólo ella nos puede decir qué fines han perseguido de hecho los científicos y cuál ha sido el grado de eficacia de cada regla metodológica. La importancia de la Historia de la Ciencia va todavía más allá, pues no sólo sucede que los valores científicos justifiquen las normas metodológicas, sino que las propias teorías científicas que han sido validadas con ayuda de aquellas normas, al indicarnos cómo es el mundo, qué cosas son posibles y cuáles no, etcétera, también tienen algo que decir acerca de qué fines son alcanzables, qué valores son compatibles entre sí, y qué métodos son más dignos de confianza. Las normas de la metodología sólo son justificables, pues, investigando la historia de las teorías científicas que las fundamentan y que, a su vez, son fundamentadas por ellas. Es innegable que todo esto implica un alto grado de circularidad, pero la conclusión de Laudan es, precisamente, que por ser así la relación entre valores científicos, principos metodológicos y teorías, no podemos esperar que la Filosofía de la Ciencia se base en fundamentos con validez absoluta, sino que sus conclusiones serán siempre tan provisionales como las de la propia ciencia, y tendrán, como mucho, el grado de aceptabilidad que tengan las teorías científicas.

4. ACERCA DEL PROBLEMA DE UNA METODOLOGÍA NORMATIVA PARA EL DESARROLLO DE LA CIENCIA.

4.1. ¿Deben los filósofos de la ciencia ser buenos historiadores de la ciencia (y viceversa)?

Generalmente, tras la cuestión de si la Historia y la Filosofía de la Ciencia eran disciplinas independientes o se necesitaban la una a la otra se solían esconder varias disputas de naturaleza puramente académica, como, por ejemplo, la de si la Historia de la Ciencia debía englobarse en los departamentos de Lógica y Filosofía de la Ciencia o constituir un departamento aparte (posiblemente en las propias facultades de ciencias), o la de si el historiador de la ciencia como historiador debía defender y emplear una cierta postura filosófica en su trabajo, y el filósofo ciencia como filósofo debía embarcarse en investigaciones historiográficas. Con respecto a la primera cuestión, tradicionalmente la Historia de la Ciencia ha venido siendo una disciplina muy dispersa en su distribución académica, en el sentido de que algunos de sus practicantes se han adscrito a departamentos de Lógica y Filosofía de la Ciencia, otros han ocupado un lugar en las facultades de aquellas disciplinas cuya historia estudian, e incluso se han constituido algunos centros de investigación autónomos para el estudio la historia de la ciencia. Dos décadas después de los momentos más ácidos de la polémica que estoy exponiendo, no parece que esta situación tenga nada de especialmente malo o especialmente bueno, pues, con independencia de su adscripción académica, los historiadores de la ciencia parece que pueden hacer un trabajo de buena calidad. Resulta curioso, en cambio, que no se haya cuestionado tan a menudo la mayoritaria adscripción de los filósofos de la ciencia a los departamentos de Lógica, al menos dentro de las facultades de Filosofía, cuando, tras la pretendida “revolución historicista”, si algo quedó meridianamente claro es que la metodología no es una simple “lógica aplicada”. Empero, esta situación tampoco parece tener consecuencias particularmente negativas.

Con respecto a la segunda cuestión (la de si historiadores y filósofos deben utilizar en su trabajo las herramientas de los otros), mi propia postura se aproxima más a las de Paolo Rossi y Ronald Giere que a ninguna de las demás que han sido expuestas. En concreto, pienso que el filósofo de la ciencia necesita tener un conocimiento profundo (y esto requerirá generalmente que sea “de primera mano”) sobre algunas ramas de la ciencia, y un conocimiento amplio de algunas otras ramas, aunque no necesariamente tan profundo (y, por tanto, puede basarse para ello en “fuentes secundarias fiables”). Los tiempos en los que el filósofo debía ser el integrador de todas las ramas del conocimiento han quedado, si es que alguna vez existieron, definitivamente atrás, sobre todo tras la explosión de las disciplinas científicas en el último siglo y medio. Pero aunque es conveniente que una buena parte de los conocimientos que el filósofo tenga sobre la ciencia lo sean sobre la historia de la ciencia (por lo menos para evitar cometer serios anacronismos y otros errores graves al referise a la ciencia del pasado), no considero imprescindible que su fuente básica de contacto con la ciencia real sea la Historia de la Ciencia, sino que me parece más conveniente mantener una relación directa con las prácticas científicas de alguna disciplina científica contemporánea. Al fin y al cabo, el historiador de la ciencia no puede experimentar de forma verosímil el sentido de participante en las actividades que él investiga (y mucho menos si su actividad como historiador no es la principal), al menos no tanto como quien se involucra de forma efectiva en las discusiones de una disciplina concreta. Esto no significa, ni mucho menos, que el filósofo pueda permitirse ignorar la historia de la ciencia (justificaré precisamente lo contrario en la sección siguiente), pero sí afirmo que me parecen más relevantes sus contactos con la práctica de la ciencia contemporánea que su dedicación a la investigación historiográfica.

Por otro lado, pienso que el trabajo de los buenos historiadores de la ciencia no se deja representar de forma mínimamente fiel en la caricatura lakatosiana de alguien que intenta aplicar a los datos históricos los principios de racionalidad científica elaborados desde una cierta epistemología, sobre todo si ésta es apriorística. Es verdad que muchos historiadores han pretendido que sus descubrimientos servían para apoyar algunas tesis filosóficas, pero creo que, por lo general, esta clase de pretensiones ha tendido más a oscurecer y obstaculizar la investigación historiográfica que a iluminarla. En concreto, pienso que está totalmente fuera de lugar el requerimiento de Lakatos de que los historiadores de la ciencia tendrían que limitarse a

contrastar la evolución real de las teorías científicas con su evolución tal como “debería” haber ocurrido según alguna doctrina filosófica, esto es, con las “reconstrucciones racionales” de dicha evolución. Más bien me parece que el historiador tiene bastante trabajo con establecer de forma suficientemente verosímil cuál fue la evolución real de la ciencia, y puede dejar a los filósofos interpretar sus resultados como deseen. En particular, más que tomar partido por una metodología determinada y “reconstruir” con ella las decisiones de los científicos que estudia, el historiador tendría que averiguar qué principios metodológicos aceptaban o practicaban efectivamente los científicos del pasado, por qué lo hacían así, y qué consecuencias tenía esto sobre sus otras decisiones. Si ocurriese que unos científicos hubieran seguido (o creído seguir) un tipo de metodología y otros hubieran hecho lo propio con una metodología distinta, esto sería algo que de ninguna forma se podría averiguar si los historiadores se limitaran a seguir las recomendaciones de Lakatos, pues este autor plantea el uso contrastador la historia en el sentido de que dicha contrastación debería darnos como resultado alguna tesis que afirmase que una sola metodología (y Lakatos apuesta obviamente por la suya en particular) es la que mejor consigue explicar el desarrollo de la ciencia.

Naturalmente, en la medida en la que las investigaciones científicas del pasado hayan estado influidas por cuestiones o polémicas de tipo metafísico, epistemológico o metodológico, será absolutamente imprescindible para el historiador que las estudia tener un conocimiento suficiente sobre tales problemas. Pero esta necesidad debe ser bien entendida, y en particular hay que advertir dos cosas. La primera consiste en darse cuenta de que esto no implica que el historiador deba tener una opinión formada sobre cuál puede ser la solución más aceptable a esas cuestiones filosóficas, pues es posible que el mero hecho de querer defenderla le lleve a ofrecer una visión sesgada de aquellos acontecimientos históricos; más bien lo importante es que el historiador sepa percibir claramente todos los argumentos y las posibles falacias que pueden cometerse al defender cada posición. Lo segundo que hay que advertir es que, de forma análoga a como el filósofo sacará en general más ventaja de conocer a fondo la ciencia contemporánea que la ciencia pasada, así para el historiador será generalmente más útil dominar las disputas filosóficas del pasado que las contemporáneas, pues a él le interesará sobre todo conocer el estado de la discusión sobre ese tipo de problemas en la época sobre la cual él está investigando.

Todo esto no quiere decir que la Filosofía contemporánea de la Ciencia sea inútil para la Historia de la Ciencia pues, como ha afirmado por ejemplo el historiador John Murdoch, muchas veces el intento de explicar las teorías científicas pasadas a la luz de conceptos científicos y filosóficos modernos, aunque generalmente nos conduzca a la conclusión de que los segundos no pueden aplicarse a las primeras, sí que nos sirven para descubrir y entender aspectos de aquellas teorías que seguramente no habríamos llegado a descubrir si no las hubiéramos contemplado desde este punto de vista. De todas formas, no creo que la sugerencia de Murdoch deba entenderse como una estrategia que los historiadores deberían seguir regularmente, sino sólo como un punto de contacto más entre la Historia y la Filosofía de la Ciencia.

En resumen, y contestando a la pregunta con la que encabezaba este subapartado: es cierto que el historiador puede beneficiarse en cierta medida de la Filosofía de la Ciencia, y que el filósofo puede sacar aún más partido de la Historia, pero esto no implica que cada uno de ellos deba dedicarse a las actividades habituales del otro. Es decir, merece la pena que, por ejemplo, el filósofo tenga conocimientos abundantes sobre la historia de la ciencia (es, incluso, imprescindible), pero no creo que sea necesario en ningún modo que haya obtenido dichos conocimientos mediante una investigación historiográfica realizada por él mismo; basta con que se aplique a estudiar (y tal vez discutir) buenos libros y artículos de Historia de la Ciencia, los cuales, al fin y al cabo, siempre serán mejores si los ha elaborado un historiador especialista que si los ha escrito el propio filósofo “en sus ratos libres”. Y lo mismo cabe decir del historiador.

4.2. Las normas metodológicas y el problema de la racionalidad.

De todas formas, cuando el tema de discusión se va desplazando hacia la pregunta de si las actividades del historiador y del filósofo de la ciencia dependen mutuamente entre sí, o hacia la

pregunta de si ambas actividades deben entremezclarse, pienso que vamos desenfocando el asunto más importante de la discusión, el cual, desde mi punto de vista, no es otro que el siguiente: si pretendemos que la metodología de la ciencia tenga un carácter eminentemente normativo, indicando qué pautas de acción de los científicos son racionales, o qué desarrollos teóricos son progresivos, entonces resulta inevitable contrastar con las prácticas científicas reales los criterios de racionalidad y progreso ofrecidos por los filósofos. Defender una teoría sobre la racionalidad científica que nos llevara a la conclusión de que la inmensa mayoría de los investigadores han sido irracionales casi todo el tiempo, estaría más cerca del fundamentalismo que de la propia filosofía. Por tanto, cada filósofo deberá utilizar “datos” obtenidos de la ciencia real para defender sus propias teorías y criticar las de sus oponentes, pero es ya menos relevante la cuestión de si esos “datos” los obtiene a partir de la ciencia pasada o de la ciencia actual.

Ahora bien, puesto que la mayor parte de los estudios históricos no están elaborados como intentos de responder a las preguntas planteadas por las metodologías contemporáneas en disputa, puede ser difícil encontrar en las obras de los historiadores de la ciencia el tipo de “datos” que los filósofos necesitan, pero eso no obliga de ninguna manera a los historiadores a cambiar el tipo de trabajos que llevan a cabo, y sólo ofrecerán ese tipo de colaboración si les resulta interesante. En particular, los historiadores estarían más dispuestos a responder con sus trabajos a las preguntas formuladas por los metodólogos si percibieran que estas preguntas les podrían servir para desarrollar nuevos enfoques historiográficos interesantes desde su propio punto de vista (por ejemplo, si una historia de la termodinámica clásica elaborada con la intención de averiguar si respondía o no a la metodología lakatosiana o sneediana fuese a aportar alguna novedad valiosa a nuestro conocimiento histórico de la ciencia de aquella época). En la medida en la que las teorías filosóficas no sean capaces de aportar perspectivas iluminadoras para los historiadores, no es de esperar que éstos las adopten como hipótesis de trabajo.

El filósofo puede responder que, dado que el historiador no sólo quiere describir el pasado, sino

también “explicarlo” (en el sentido de hacerlo inteligible), debe también tener alguna teoría, aunque ésta sea no explícita, que le permita afirmar que entre unos hechos y otros se dan unas relaciones tales que los primeros explican los segundos. Esto es lo que quería indicar Lakatos con la segunda parte de su célebre frase (“la Historia de la Ciencia sin la Filosofía de la Ciencia es ciega”). Pero el

historiador, a su vez, puede muy bien dudar de que el tipo de “teorías” que él necesita vayan a ser

precisamente las que le ofrecen los filósofos. Por ejemplo, ¿por qué no dar cuenta de los hechos históricos basándonos en teorías psicológicas o sociológicas, en lugar de teorías filosóficas sobre

la “racionalidad científica”? De forma aún más específica, ¿por qué debería utilizar el historiador

teorías normativas, que afirman lo que los científicos deben hacer, en lugar de teorías positivas, que se limitan a exponer cómo influyen unos factores sobre otros? Al fin y al cabo, si no pensamos en la Historia de la Ciencia, sino en cualquier otra rama de la Historia, un relato basado en

concepciones previas acerca del bien y el mal tenderá a parecer “mera ideología” (al menos para quienes no compartan esas preconcepciones); ¿por qué habría de suceder de otra manera en el caso de la Historia de la Ciencia? En este sentido, una historia de la Revolución Científica

elaborada desde los “presupuestos” del falsacionismo no creo que fuera a resultar menos subjetiva

e inaceptable que una historia de la Conquista de América basada en el supuesto de una

congénita superioridad moral e intelectual de los europeos sobre los indígenas americanos. Teniendo esto en cuenta, no es de extrañar que entre los historiadores de la ciencia hayan gozado de más predicamento algunas tesis sociologistas (empezando por las de Kuhn) que las teorías metodológicas más en boga entre los filósofos de la ciencia.

La raíz de este problema se encuentra, desde mi punto de vista, en una cierta confusión acerca de la propia idea de una “metodología normativa”. Larry Laudan y Ronald Giere han ayudado considerablemente a deshacer esta confusión al mostrar que las normas metodológicas, usando los famosos términos kantianos, tienen la estructura de los imperativos hipotéticos, más que la de los categóricos. En tal sentido, dichas normas no le dicen al científico lo que debe hacer sin más, sino lo que resulta racional hacer si pretende alcanzar ciertos fines. Esto implica que aunque dos científicos tomen decisiones diferentes en un contexto similar, tal cosa no debe llevarnos necesariamente a concluir que al menos uno de ellos tomó una decisión irracional, pues es posible

que el motivo de la discrepancia haya que buscarlo en los diferentes objetivos que ambos persiguiesen, o bien en el hecho de que cada científico poseyera información diferente sobre la situación, o no dispusieran ambos de los mismos recursos. Desde este punto de vista, podemos afirmar lo siguiente (en contra de la tesis de Lakatos): la aplicación a la historia de las normas metodológicas, como explicaciones de la conducta de los científicos, no tiene por qué llevarnos a la conclusión de que algunas decisiones científicas han sido racionales (la “historia interna” de la ciencia) y otras irracionales (la “historia externa”), sino que en principio podemos suponer que todas las decisiones de los científicos han sido “racionales”, en el sentido de haber sido, o haber pretendido ser, instrumentalmente eficaces para satisfacer sus aspiraciones, al menos desde la situación en la que cada decisión fue tomada, y dada la información que cada científico tenía en ese momento.

Esto no es más que una aplicación del principio de racionalidad a la Historia y la Filosofía de la Ciencia, tal como ese principio se utiliza en algunas ciencias sociales, en especial en la economía, y, para ser más precisos, en la teoría económica neoclásica. Dicho principio afirma que todo el mundo hace siempre lo que cree que es mejor para él, es decir, aquello que “maximiza su utilidad”, dentro de sus posibilidades. Expresado de esta manera, se trata de un principio totalmente vacío, pues, dada cualquier conducta, siempre podemos imaginar una “función de utilidad” tal que esa conducta sea la que permite maximizarla. Pero esto no hace que el principio sea inútil científicamente; el mismo problema existe, por ejemplo, con la segunda ley de la mecánica: dado cualquier tipo de movimiento, siempre podemos imaginar alguna fuerza que haga moverse a los objetos precisamente de esa manera. Lo que necesitamos hacer para convertir el principio de racionalidad en una tesis verdaderamente explicativa es intentar reducir el conjunto de objetivos de los científicos lo máximo posible, preferentemente de tal manera que todos los científicos persigan básicamente los mismos fines, y de tal modo que la conducta de cada uno se diferencie sólo porque sus opciones, y los costes asociados a cada una, sean distintos en cada caso. Es decir, la tarea del filósofo de la ciencia, con respecto al problema de las normas científicas, consistiría sobre todo responder a la siguiente cuestión: ¿qué objetivos pueden tener los científicos para que sea racional aceptar las normas que aceptan, dadas las situaciones a las que se enfrentan? Una buena respuesta a esta pregunta sería aquella que redujera la cantidad y la variedad de dichos objetivos lo máximo posible, y que fuera consistente, por otro lado, con las consecuencias que pudiéramos extraer de otros tipos de testimonios (por ejemplo, sus declaraciones directas) sobre los fines o valores adoptados por los científicos.

En el próximo apartado ofreceré una respuesta parcial a esta cuestión, pero ahora quiero volver al tema de la normatividad. Como hemos visto, las normas metodológicas tendrían en este enfoque el carácter de imperativos hipotéticos, y esto implica que resulta problemático entender la aceptación de dichas normas como si dicha aceptación fuera equivalente a una especie de “canon de honestidad científica”. Este es un problema que tiene en general la concepción económica del ser humano cuando intentamos utilizarla para explicar los aspectos morales de la conducta: si todo el mundo se limita a intentar maximizar su utilidad, y la conducta de cada uno sólo se diferencia por las opciones que tiene a su alcance y por algunas peculiaridades de su función de utilidad, ¿qué diferencia hay entre quienes trabajan honradamente y quienes se dedican al robo? Al fin y al cabo, ambos están “maximizando su utilidad”. Existen varias teorías que intentan resolver esta dificultad, pero la solución que me parece más razonable es la siguiente:

a) en primer lugar, algunos “imperativos categóricos” se pueden defender teóricamente si se muestra que, supuesto que los científicos sean racionales, habrá ciertas cosas que deban hacer independientemente de cuáles sean sus fines (i. e., puesto que un imperativo hipotético dice que “si quieres conseguir X, debes hacer Y”, tendríamos un imperativo categórico si demostráramos que “para todo X, si quieres X, debes hacer Z”);

b) en segundo lugar, lo más importante para dar carácter normativo a las reglas científicas no me parece que sea su estructura formal (si son reglas condicionales o incondicionales), sino el hecho de que el científico individual se haya comprometido con unas reglas determinadas; una regla, en este enfoque, no debe entenderse como una “regularidad” en la conducta de los científicos, sino

más bien como un principio con el que cada científico se puede comprometer (o no); una conducta “deshonesta” no equivaldría, por tanto, a una conducta que meramente no coincide con las normas adoptadas por la mayoría, sino en la violación de una norma a la que el propio sujeto ha decidido otorgar carácter normativo.

Así, cuando nos preguntamos por las “normas adoptadas por los científicos”, nuestra cuestión es triple. Por un lado, queremos saber si algunas normas científicas tendrán necesariamente un carácter universal. Por otro lado, nos preguntamos también qué fines pueden haber sido los que les han llevado a unos científicos a aceptar exactamente las normas que han aceptado (de las cuales podemos suponer que, en general, no serán universalmente aceptadas). Finalmente, podemos preguntarnos por qué en ciertas ocasiones los sujetos deciden incumplir esas mismas normas. Con respecto a la primera cuestión, sólo se me ocurre algo que toda persona debería hacer si quiere ser racional, e independientemente de los fines que se proponga conseguir, y es, simplemente, intentar averiguar, en la medida de lo posible, qué consecuencias puede esperar de cada una de las acciones que podría llevar a cabo. Esto podemos entenderlo como una especie de compromiso mínimo de la racionalidad con la verdad. Se trata un compromiso con la verdad porque, ceteris paribus, cualquier persona que intente obtener los mejores resultados posibles con sus decisiones, preferirá tener creencias verdaderas antes que creencias falsas. Pero es un compromiso mínimo porque no implica necesariamente que el objetivo del científico sea “descubrir (o publicar) la verdad”, sino que el requisito considerado se refiere sólo a la conexión entre las decisiones del científico y sus resultados; por ejemplo, al científico le interesa saber que, haciendo ciertos experimentos, aumentará la probabilidad de que sus trabajos sean aceptados, pero no es necesario que el mismo investigador sostenga una interpretación “realista” de los resultados de esos experimentos. En cambio, la existencia de este compromiso mínimo sí que puede utilizarse como un argumento (entre otros) contra las epistemologías o sociologías del conocimiento radicalmente relativistas, pues, si los científicos son capaces de descubrir ciertas verdades (las relacionadas con sus prácticas sociales), y además están interesados en ello, no se entiende por qué otro tipo de verdades estarían inevitablemente más allá de su alcance y de sus intereses.

Con respecto a la segunda cuestión, que analizaré con más detalle en el apartado siguiente, digamos ahora simplemente que mi estrategia será más o menos abductiva: dadas las normas que, aparentemente, los científicos han seguido en el curso de la historia y parecen seguir en la actualidad, intentaré buscar algunos fines que cumplan las dos siguientes condiciones:

a) que parezcan simples y razonables, y

b) que resulte posible inferir que la obediencia de aquellas normas es una estrategia racional para alcanzar precisamente dichos fines.

Por último, con respecto a la cuestión del incumplimiento de las normas, la respuesta es sencillamente la misma que podemos dar a la pregunta de por qué una persona puede aprobar el establecimiento de una ley contra el robo, y, simultáneamente, decidir robar alguna cosa de vez en cuando, siempre que el riesgo de ser descubierto sea muy bajo. Esta doble decisión no es irracional, al menos en el sentido instrumental del término, en la medida en que ambas cosas (la aprobación “pública” de la ley y su incumplimiento “privado”) forman parte de una estrategia que maximiza la utilidad de esa persona. Así, en el caso de los científicos, es perfectamente racional que uno de ellos acepte el compromiso de describir con rigor el resultado de sus observaciones, pongamos, y a la vez no cumpla dicho compromiso si en cierta ocasión es poco probable que sea descubierto y las ventajas que puede obtener falsificando sus datos son considerables. Como en el caso del orden social y económico, los científicos mismos verán si la frecuencia con la que se incumplen las normas ha llegado a un punto en el que se vea amenazada la consecución de los fines de cada científico, y, en tal caso, pueden plantearse si reforzar esas normas de alguna manera (estableciendo mecanismos de control más severos, por ejemplo) o dejar simplemente las cosas como están (pues el coste de aplicar estas nuevas normas puede ser tal vez demasiado alto).

Concluiré este apartado volviendo al tema de las relaciones entre la Historia y la Filosofía de la

Ciencia. En el enfoque sobre las normas científicas que acabo de esbozar, y al que daré un mayor contenido en el próximo apartado, la Historia de la Ciencia es relevante en un sentido muy cercano al que proponía Lakatos, a saber, para proporcionar los “hechos básicos” que la teoría sobre las normas debe explicar; pero, al contrario que en el caso de Lakatos, nuestra teoría no debe estipular cuáles son los objetivos de los científicos, sino que más bien se limita a proponer una hipótesis sobre cuáles pueden ser esos fines, si las normas derivadas de la historia deben poder ser explicadas como elementos de una estrategia racional por parte de cada científico. Con respecto a la tesis de Laudan, según la cual el contenido normativo de la teoría se deriva completamente de la Historia, mi enfoque establece más bien que, aunque es cierto que la Historia nos proporciona las normas efectivamente seguidas, e incluso nos sugiere algunos fines perseguidos por los científicos, lo que la teoría añade es la justificación del carácter normativo de tales normas, es decir, la demostración de que es racional seguir esas reglas si lo que se pretende es alcanzar aquellos fines.

Concluiré este apartado indicando un uso filosófico adicional que puede darse a una teoría de las normas científicas concebida según la pauta que he descrito. Dicho uso es, simplemente, el de discutir si las normas aceptadas por los científicos son eficaces para alcanzar otros fines, que cada filósofo pueda pensar que merece la pena perseguir. Por ejemplo, podríamos tal vez llegar a la conclusión de que el descubrimiento de la verdad objetiva sobre la estructura de la realidad no es un fin situado muy alto en la escala de valores de la mayor parte de los científicos, y que, consecuentemente, éstos no se preocupan mucho de adoptar aquellas normas que garanticen la consecución de aquel fin; pero de aquí no se sigue de ningún modo que las normas de hecho adoptadas carezcan en absoluto de la capacidad de proporcionarnos verdades que sean válidas desde el punto de vista de alguna teoría epistemológica. Tal vez los científicos, persiguiendo sólo sus propios intereses profesionales, sean conducidos hacia la verdad “como guiados por una mano invisible”, por decirlo con las famosas palabras de Adam Smith. ¡Claro, que también existe el riesgo contrario!: es posible que los científicos intenten descubrir la verdad, pero que el juego de sus intereses les lleve a adoptar normas y a seguir estrategias que dificulten de hecho el logro de tal objetivo. Y, finalmente, el filósofo también puede usar la teoría de las normas de manera puramente estipulativa: si ciertos argumentos le llevan a pensar que tales y cuales fines son los que debería perseguir la ciencia, entonces podría seguir el enfoque defendido aquí para intentar deducir cuáles tendrían que ser las normas metodológicas que maximizarían las posibilidades de alcanzar sus fines favoritos. Que los científicos de carne y hueso le hagan caso después, ya será otra cuestión.

5. RACIONALIDAD Y PROGRESO DEL DESARROLLO CIENTÍFICO DE LA CONTABILIDAD COMO CIENCIA AUTÉNTICA: UNA CONTROVERSIA METAMETODOLÓGICA

En esta parte de nuestro estudio nos proponemos examinar la relación entre las nociones de racionalidad y progreso, aplicadas al problema del desarrollo científico de la contabilidad desde una perspectiva formal, la que posibilita la aplicación en otras ciencias sociales. Para ello partiremos de la consideración de un enunciado metametodológico que, además de involucrar un análisis de la relación entre los conceptos mencionados, conduce también a problemas como los de la estructura y el proceso de cambio de los marcos conceptuales como los de la estructura y el proceso de cambio de los marcos conceptuales en la ciencia y el papel de la historia de la ciencia en la evolución de metodología científicas y, en general, su relación con la filosofía de la ciencia.

El enunciado metametodológico en cuestión tiene la forma de un imperativo y puede expresarse como una norma metametodológica:

(NMF) Norma metametodológica fundamental: Una metodología científica debe reconstruir lo más posible de la ciencia del pasado como una actividad racional que produce resultados bien fundados y que se desarrolla racionalmente. De esta norma fundamental se deriva un criterio comparativo para la elección entre metodologías:

(CEM) Criterio de elección entre metodologías: Una metodología de la ciencia es preferible a otra si reconstruye como racionales más episodios de la historia de la ciencia que la otra y si muestra que

esta historia reconstruida es progresiva.

Podrían surgir de inmediato dos preocupaciones con respecto a esta norma y este criterio. Una sería relativa a su vaguedad e imprecisión. La otra a que efectivamente sean, o hayan sido, significativamente defendidos dentro de la filosofía de la ciencia contemporánea.

5.1. Metodología

Para analizar la norma metametodológica (NMF) y el criterio derivado (CEM), es necesario, en primer lugar, indicar en qué sentido se entiende el término ‘metodología’. Por una metodología entenderemos un modelo de cambio y desarrollo científicos propiamente dichos, como por ejemplo, según ciertas metodologías, que los científicos deberían hacer generalizaciones inductivas o, según otras, que los científicos deberían aceptar sólo aquellas proposiciones que sean falsables empíricamente. Diferentes metodologías pueden proponer normas distintas, lo cual puede conducir a rivalidades entre metodologías. Las normas del tipo aludidos forman parte de los criterios de cientificidad y de los criterios de evaluación de teorías científicas, los cuales deberían estar también incluidos en las metodologías. Tales normas forman parte de esos criterios en el sentido de que las acciones o las decisiones de los científicos deberían mostrarse conformes con ellas para ser aceptadas efectivamente como científicas y como conducentes a genuino conocimiento científico. Las metodologías también incluyen valores, de acuerdo con los cuales se orientan las acciones de los científicos y los cuales operan también para la elección de teorías. Asimismo, las metodologías incluyen los fines en función de los cuales se produce, evalúa y acepta el conocimiento científico (de acuerdo con cada metodología). Sin embargo, una cierta metodología puede reconocer que no existe un único conjunto de normas y reglas de investigación científica que sean validasen todo momento del desarrollo de la ciencia; en diferentes épocas pueden estar vigentes diferentes normas. Lo mismo ocurre con los fines de la investigación científica.

Una metodología, entendida así, presupone una cierta concepción epistemológica de la ciencia, es decir, una concepción de la naturaleza y de la justificación del conocimiento científico, incluyendo una concepción del papel de las acciones de los científicos en la producción, evaluación y aceptación de ciertos cuerpos de creencias como genuino conocimiento científico.

Tal vez puede entenderse mejor lo anterior si subrayamos los siguientes niveles en las discusiones de filosofía de la ciencia:

1. El primer nivel es el de los análisis en cada ciencia particular, especialmente de sus teorías y métodos específicos; éstos incluyen normas, en particular reglas de experimentación y criterios de evaluación para la aceptación de creencias como conocimiento científico dentro del campo en cuestión.

2. El segundo nivel es el de las metodologías en el sentido arriba indicado. Los trabajos más influyentes en la filosofía de la ciencia de los últimos años puede interpretarse como si ofrecieran modelos de desarrollo científico, lo cual quiere decir que reconstruyen la metodología científica, en el sentido aquí indicado. Para reconstruir adecuadamente el proceso de desarrollo científico, los modelos deben incluir, aunque sea en la forma de presupuestos, concepciones acerca de la estructura de las teorías científicas.

3. El tercer nivel contiene explícitamente las concepciones epistemológicas acerca de las ciencias, las cuales pueden estar sólo presupuestas en los modelos de desarrollo. Estas son las concepciones acerca de la naturaleza del conocimiento científico y del problema de su justificación y aceptabilidad racional; incluyen ideas sobre el papel de la observación y la experimentación en las ciencias, así como acerca de los marcos conceptuales presupuestos por las teorías y las actividades científicas. Contienen también ideas sobre la objetividad, la racionalidad y el progreso científicos. Se trata, pues, del nivel en el que se someten a discusión y crítica las metodologías mismas, entendidas como modelos de desarrollo científico; por esta razón puede llamársele legítimamente el nivel de la metametodología, y las disputas dentro de este nivel pueden entenderse como controversias metametodologícas.

5.2. Racionalidad

Un término clave en la formulación de la NMF es el de ‘racionalidad’. Sin embargo, existen muchos sentidos posibles de este término, lo cual da lugar a una seria ambigüedad. En el caso de la ciencia del pasado, el término ‘racionalidad’ suele aplicarse a por lo menos dos tipos diferentes de cosas: por un lado a las decisiones y actividades de los científicos, y por extensión a las creencias que se generan y aceptan como resultados de tales decisiones y acciones; por otro lado el término se aplica al proceso de desarrollo de la ciencia.

A su vez las decisiones de los científicos pueden referirse a:

a. Medios para obtener fines dados;

b. Valores y fines;

c. Aceptación o rechazo de concepciones del mundo (entramados conceptuales más comprensivos que las teorías);

d. Aceptación o rechazo de teorías;

e. Aceptación o rechazo de datos como evidencia pertinente;

f. Aceptación de reglas y normas;

g. Aceptación o rechazo de principios lógicos.

Cada uno de estos niveles da lugar a un concepto de racionalidad, y coinciden en gran medida con los conceptos de racionalidad de Mario Bunge. Siguiendo de manera aproximada sus ideas, cada uno de los anteriores niveles puede verse como si diera lugar a los siguientes conceptos de

racionalidad.

1. Racionalidad instrumental o de medios-fines: trata de la elección de los medios más adecuados para la obtención de fines dados.

2. Racionalidad evaluativa: acerca de los fines que son realizables y que merecen ser perseguidos porque les asignamos un valor.

3. Racionalidad ontológica: requiere la adopción de una visión del mundo consistente, compatible con la ciencia y la tecnología disponibles.

4. Racionalidad epistemológica: requiere que las teorías que se acepten tengan apoyo empírico y evita conjeturas que sean incompatibles con el cuerpo de conocimiento científico y tecnológico aceptado por medio de buenas razones.

5. Racionalidad metodológica: requiere que la aceptación de creencias se haga después de una crítica cuidadosa y sólo cuando exista una adecuada justificación, es decir, pruebas o evidencia favorable y que no existan razones suficientemente poderosas como ara abandonar la creencia en cuestión: asimismo exige que la aceptación de creencias esté basada en normas y reglas que tengan alguna garantía, aunque también ellas sean revisables.

6. Racionalidad lógica: exige evitar las contradicciones.

Puede llamarse racionalidad completa al concepto que englobe todos estos niveles. Cuando se ejemplifica uno de estos niveles, o una combinación de algunos de ellos, podemos hablar de racionalidad parcial.

La anterior caracterización de la racionalidad completa pretende tener una utilidad para el análisis de la racionalidad y el progreso de la ciencia, no pretende caracterizar algún concepto universal de

racionalidad.

Al hablar de la racionalidad de los científicos al tomar ciertas decisiones o al realizar cierto tipo de acciones debe distinguirse entre la racionalidad de los científicos como individuos y la racionalidad de las comunidades. Por ejemplo, puede resultar racional para una comunidad el que diferentes subgrupos de ella persigan programas diferentes, aunque analizadas a nivel individual, o a nivel de los subgrupos, y dejando de lado el contexto de toda la comunidad, algunas de las decisiones de perseguir tal o cual programa a la larga parezcan irracionales; sin embargo, analizadas en el

contexto de la comunidad, es decir, al tomar en cuenta los recursos, las creencias y el conocimiento previo disponibles para esa comunidad, esas acciones pueden resultar racionales, por ejemplo bajo un principio de cooperación dentro de la comunidad, o bajo un principio según el cual la comunidad queda “cubierta” en las apuestas que hace.

Conviene señalar que en el caso de la racionalidad instrumental, la toma de decisiones o las acciones que se ejecutan requieren un acuerdo acerca de los principios lógicos, normas, valores, ejemplos paradigmáticos, creencias y conocimientos previos y fines, esto es, las decisiones se toman bajo el supuesto de que se comparte un mismo marco conceptual.

En cuanto a las aplicaciones del predicado ‘racional’ al desarrollo de la ciencia conviene distinguir claramente la racionalidad del proceso de desarrollo científico mismo y la toma de decisiones de los científicos o las comunidades en cada uno de los niveles antes mencionados. Ese proceso debe verse como una sucesión de marcos conceptuales dentro de los cuales existen principios lógicos, normas y reglas, métodos de investigación, conocimientos y creencias, teorías, valores y fines. Daremos por sentado que la filosofía de la ciencia postempirista ha ofrecido suficientes razones para considerar que el desarrollo de la ciencia está constituido por esa sucesión de marcos conceptuales.

Bajo este planteamiento existen dos problemas de interés:

a) Primero: ¿qué puede querer decir que dicho proceso de desarrollo científico sea racional?

b) Segundo: ¿puede reducirse la racionalidad del proceso mismo a las decisiones y acciones de los científicos o de las comunidades de los científicos?, es decir, la calificación de racional del proceso ¿no significa nada más que ser el resultado de decisiones y acciones de los científicos o de las comunidades, las cuales pueden calificarse de racionales?. Es claro que ese proceso es resultado, en parte, del conjunto de decisiones y acciones realizadas por los científicos, pero ¿se agota la explicación y el significado mismo de lo que quiere decir que el proceso de desarrollo científico sea racional con las decisiones de los científicos o de las comunidades? Lo que nos proponemos defender adelante es que la respuesta debe ser negativa: el proceso de desarrollo científico, tal y como puede ser legítimamente reconstruido, tiene una genuina autonomía con respecto a las decisiones de los agentes, sean científicos individuales o sean comunidades.

Para esto es necesario insistir en que el proceso de desarrollo científico consiste en una sucesión de marcos conceptuales. Así, la noción de racionalidad del proceso de desarrollo puede plantearse en términos de la racionalidad de las transformaciones de los sucesivos marcos conceptuales:

sean MC 1 y MC 2 dos marcos conceptuales sucesivos en el proceso de desarrollo científico (de acuerdo a una cierta reconstrucción), la transformación del primero en el segundo, o la sustitución del primero por el segundo, es racional si un sujeto racional que parta de MC 1 puede ser convencido, en una discusión racional con un sujeto racional que se adhiera a MC 2 –o de abandonarlo- de tal manera que las transformaciones resulten en MC 2 .

Esto presupone varias ideas:

1. Que los agentes que se adhieran a uno y otro marco conceptual tienen una competencia comunicativa y una capacidad de diálogo.

2. La posibilidad de que dicha capacidad pueda ejercerse discutiendo únicamente en términos de razones y excluyendo ejercicios de poder que no sean epistémicos, es decir, que no se basen en la fuerza de las razones, de las pruebas y de los argumentos.

3. Que a partir de la realización de los elementos que suponen (1) y (2) puedan ponerse a discusión, entre agentes que parten de marcos distintos, los principios lógicos aceptados dentro de cada marco, así como sus respectivas reglas y normas metodológicas, conocimientos y creencias previos, concepciones del mundo, valores y los fines, así como los medios que se consideran adecuados para obtener los fines buscados. Cada uno de estos elementos puede ponerse a discusión de manera individual y en la discusión puede recurrirse

a todos los otros niveles. Así, por ejemplo, puede pensarse en la discusión de un cierto fin que persiga el sujeto que se adhiere a MC 1 ; tal vez su marco conceptual le impide darse cuenta de que el fin en cuestión es irrealizable, nuestro supuesto es que es posible aducir razones que provienen de MC 2 y que pueden resultar aceptables para ese sujeto precisamente como razones para reconocer que el fin que perseguía es irrealizable (aunque tal vez requiera cambios en MC 1 , pero cambios que gradualmente puede aceptar hacer, también con base en razones). Todo esto supone que puede haber modificaciones importantes en MC 1 , además de que el resultado de la discusión sea el abandono del fin en cuestión. Los cambios en los presupuestos bajo los cuales piensa y actúa el sujeto en cuestión (principios lógicos, normas, creencias previas, etc.) pueden llegar a ser tan fundamentales que ya no coincidan más con MC 1 , sino que se acerquen más a MC 2 . esta es la idea central dentro de la concepción de cambios graduales y racionales de marcos conceptuales. Pensemos en otro ejemplo, digamos en la modificación de la idea acerca del dominio de aplicación de un cierto principio lógico, por ejemplo, que se cambie de la idea de que tenía un dominio universal de aplicación, a la idea de que existen razonamientos sobre los cuales no es aplicable; esto puede ocurrir, digamos, si se aceptan ciertas teorías sustantivas, cierta visión del mundo, por ejemplo la que se deriva de la aceptaciones de la mecánica cuántica, pues entonces puede pensarse que un sujeto racional que admita la mecánica cuántica podría ser llevado por medio de una discusión racional a la modificación de su marco conceptual, en el sentido de reconocer que para razonar acerca del nivel de los fenómenos cuánticos no se aplican todos los principios de la lógica clásica. Análogamente, una cierta visión del mundo preferida bajo un cierto marco conceptual, puede llegar a ser modificada racionalmente por los agentes racionales que se adhieran a ella, si en una discusión racional se les muestra que su visión del mundo es internamente inconsistente, inconsistencia que quizá desde su marco conceptual fuera inapreciable, pero que a la luz de evidencia disponible a partir de otro marco conceptual puede quedar en claro.

Lo anterior quiere decir que en el proceso de desarrollo de la ciencia es posible reconstruir las transformaciones de los marcos conceptuales de una manera en la cual pueden encontrarse razones que para los científicos y las comunidades en cuestión hubieran sido suficientes para modificar elementos de sus marcos conceptuales, desde principios lógicos hasta normas, valores y fines. El compromiso de la reconstrucción es que esas razones efectivamente hubieran sido razones comprensibles y aceptables para los científicos o las comunidades de que se trata, aunque eso hubiera requerido una discusión racional que quizá no se haya dado de hecho como fenómeno histórico.

Mediante el examen de este tipo de razones es posible hablar de una reconstrucción racional del proceso de desarrollo de los marcos conceptuales presupuestos por las teorías y las actividades científicas. Según lo expuesto, la transformación de un marco conceptual en otro sucesivo puede reconstruirse como racional, y por eso todo el proceso puede reconstruirse como racional, aunque marcos conceptuales que se encuentren bastante alejados entre sí puedan diferir en casi todos sus elementos, o incluso en todos.

Notemos que la idea anterior rechaza la noción de racionalidad metodológica como conjunto de reglas y normas válidas para toda comunidad y dentro de todo marco conceptual para justificar la adopción de ciertas creencias o la ejecución de ciertas acciones. Los conjuntos de reglas pueden estar fijos dentro de cada marco conceptual, pero pueden variar de uno a otro. Por esto, la racionalidad del proceso de desarrollo científico debe entenderse en el sentido de racionalidad completa, según el sentido sugerido arriba. Esto quiere decir que el proceso admite una reconstrucción según la cual se presupone esa racionalidad completa, la cual funciona como idea regulativa, pero que se ejemplifica de hecho, al menos como racionalidad parcial, en numerosas ocasiones dentro del proceso. Esa idea implica también que los científicos son sujetos que pueden ejercer su capacidad de ser racionales, la cual aquí se entiende en el sentido de una disposición a actuar y a sostener creencias, valores y fines de acuerdo con la racionalidad completa.

Deliberadamente hemos hablado de la reconstrucción racional del proceso de desarrollo de la ciencia y no de la historia de la ciencia. La reconstrucción racional se refiere a la reconstrucción de

los marcos conceptuales y a su sucesión. Puede haber reconstrucciones diferentes, cada una de las cuales conduce a un cierto modelo de desarrollo, que es lo que hemos llamado una metodología. Es preciso distinguir entre las reconstrucciones racionales y la cuestión que de hecho los científicos o las comunidades hayan modificado sus marcos, o los hayan sustituido, mediante decisiones tomadas sobre la base de las razones que a podemos reconstruir. Quizá en ocasiones la sustitución de un marco por otro se debió a causas no epistémicas, por ejemplo ejercicios de poder u otro tipo de factores sociales no epistémicos, tales como influencias de tipo ideológico, coerción, etc. Eso no sería un obstáculo, en principio, para realizar una reconstrucción del estilo de la sugerida que sea racional y correcta en el sentido de que, independientemente de la cuestión de hecho, las razones que pueden observarse en la reconstrucción hubieran sido accesibles a los agentes pertinentes. Esta es la razón por la cual la noción de racionalidad del proceso de desarrollo científico no puede reducirse a la toma de decisiones racionales por parte de3 los científicos individuales o de las comunidades.

5.3. Racionalidad y Progreso

Hemos visto que si adoptamos una noción amplia de racionalidad que incluya tanto a la racionalidad instrumental como a la evaluativa, la ontológica, la epistemológica, la metodológica y la lógica, la cual nos permitiría concebir los procesos de cambio de creencias, reglas, valores y fines con base en razones, entonces la noción de progreso implica la de cambio racional, no sólo en el sentido de que se requiere un comportamiento racional (instrumental) de científicos del pasado para que desde el punto de vista de ahora exista una base de inducción que vuelva razonables las decisiones que ahora se toman y tenga sentido así la noción misma de que ha habido progreso, sino también en el sentido de que ha habido una selección de todos esos elementos que permite la elección de fines realizables, la elección de mejores medios para obtenerlos, la selección de normas y reglas que mejor permiten lograr esos fines, etc.

Pero si además aceptamos que lo anterior admite una reconstrucción por medios de diversos y sucesivos marcos conceptuales, entonces a la luz de cada uno de ellos es posible reconstruir las razones que convencerían a sujetos que se adhirieran a otros marcos conceptuales previos de la conveniencia de aceptar ciertas transformaciones en ellos, transformaciones que incluirían fines y valores, tanto como reglas metodológicas y conocimientos. En este caso, puede apreciarse que la pretensión de que el último marco dentro de la sucesión ha resultado y se ha beneficiado del desarrollo de las transformaciones de los anteriores, es decir, la pretensión de que el desarrollo ha sido progresivo, puede explicarse porque el proceso ha sido racional, esto es, desde cada marco posterior es posible encontrar razones para modificar al marco previo, y tal reconstrucción racional no depende de que de hecho hayan ocurrido los episodios históricos en los cuales los científicos de determinada comunidad hayan hecho elecciones racionales. La racionalidad del proceso es autónoma e irreducible a la racionalidad delos científicos individuales y sus comunidades.

En suma, la noción de que el proceso de desarrollo científico ha sido progresivo exige explicaciones de los pasos de una marco conceptual a otro. Dentro de estas explicaciones deben tomarse en cuenta a los factores epistémicos y a los no epistémicos. En muchas ocasiones el papel de los factores epistémicos es notable y ofrece una explicación de un proceso que se llevó a cabo por la operación de razones para las comunidades en cuestión, o de decisiones y acciones racionales. En otras ocasiones además de factores epistémicos pueden haber operado muchos otros, no epistémicos, que el historiador de la ciencia debe analizar. Pero se reconstruye como progresiva una sucesión de marcos conceptuales, una de las mejores explicaciones de ese progreso es en términos de la racionalidad del mismo. Con base en lo anterior podemos concluir:

a. La afirmación de algunos epistemólogos como Laudan de que la racionalidad no se requiere para dar cuenta del progreso científico está equivocada.

b. La norma metametodológica fundamental expresada al principio es correcta.

reconstrucción racional presupone una caracterización de la racionalidad, pero la metodología, y por consiguiente la corrección metodológica, no es idéntica a la racionalidad, sino que la metodología presupone la racionalidad.

d. Bajo esta perspectiva la historia de la ciencia no es la piedra de toque para las reconstrucciones racionales y, por consiguiente, no se asumen compromisos previos a una caracterización de la racionalidad.

e. El criterio de elección entre metodologías debe ser modificado al efecto de que reconozca la diferencia entre reconstrucción racional del proceso de desarrollo científico e historia de la ciencia. La modificación puede ser la siguiente: (CEM’) Criterio de elección entre metodologías:

Una metodología de la ciencia es preferible a otra si ofrece una sucesión de marcos conceptuales cada uno de los cuales permite ofrecer razones aceptables y suficientes para que sujetos racionales que, partiendo del marco previo en una discusión racional, llegaran a modificar su marco de partida y a aceptar el marco sucesivo en virtud de esas razones. Es preferible la metodología que explique mejor, es decir, la que reconstruya más clara y completamente los marcos conceptuales que históricamente existieron, de manera que se expongan claramente las razones que hubieran sido aceptables para quienes partieran del marco previo; esto explica el hecho de que el desarrollo de la ciencia haya alcanzado los niveles actuales de una manera racional y tal que permite asegurar que ha habido progreso en ese desarrollo.

Ante la posible acusación de que este criterio promueve la historia ficción de la ciencia, la réplica es que los marcos conceptuales que la metodología debe reconstruir son los marcos conceptuales que históricamente han existido de hecho; no hay nada de ficción en eso. Lo que es cierto es que muchas veces ha habido transformaciones de marcos conceptuales causadas por factores no epistémicos. La reconstrucción racional no toma en cuenta esto, sin que ello implique que eso no sea importantísimo para la historia de la ciencia, la cual debe dar las explicaciones completas de lo que realmente ocurrió y de cuáles fueron sus causas. Esta diferencia, y la idealización que supone la reconstrucción racional (por la eliminación de factores no epistémicos), es la que produce el “aire” de ficción. Pero la ficción no es tal, se trata de la profunda diferencia epistemológica entre el nivel de la metodología de la ciencia y el de la historia de la ciencia. El nivel de la metodología, entendida como la reconstrucción racional de la ciencia, tiene un estatus epistémico por derecho propio, el cual está relacionado con el de la historia de la ciencia, pero no es el mismo.

El nivel de la metodología es precisamente en donde se deben construir modelos que hagan explícita la racionalidad e la ciencia y de su desarrollo. La racionalidad y el desarrollo de la ciencia son hechos históricos, la disciplina que se encarga de ofrecernos explicaciones de cómo son ellos posibles es la filosofía de la ciencia al nivel de las metodologías. En general, la epistemologías parte del hecho de que existe el conocimiento y una de sus tareas es decirnos cómo es el conocimiento posible, cómo se justifica y cómo se desarrolla. La filosofía de la ciencia, al nivel de la metodología, parte del hecho de que hay conocimiento ci8entífico, su tarea es la de explicarnos cómo se desarrolla. Lo que hasta ahora no ha enseñando es que se desarrolla por medio de una sucesión de marcos conceptuales, sucesión que es progresiva porque es racional. Cierto que existe una fuerte competencia entre diferentes metodologías para detallar el mejor modelo. Arriba hemos ofrecido un criterio para elegir entre los diversos modelos que ahora se nos ofrecen. Una buena razón para rechazar ciertos modelos es que sólo describen el carácter progresivo del proceso de desarrollo de la ciencia, pero no explican por qué lo es.

La historia de la ciencia no puede ser entonces la piedra de toque para decidir y evaluar metodologías, pero en la medida en que los marcos conceptuales reconstruidos por cada metodología deben ser los que históricamente existieron, la historia de la ciencia ejerce un importante control sobre la metodología. El nivel de las metodologías no es una disciplina empírica, ni cada metodología es u modelo de aspectos de la realidad empírica. El nivel de las metodologías forma parte de una disciplina filosófica encargada de hacer análisis conceptuales. Por eso no debe extrañar que no exista una piedra de toque empírica para su contrastación. La evaluación de las metodologías, tratándose de uno de los niveles de la filosofía de la ciencia, no puede ser sino con base en análisis conceptuales y en razonamientos, controlados, eso sí, por los datos de la historia

conceptual de la ciencia.

6. EL ESTRUCTURALISMO EPISTEMOLÓGICO COMO FUNDAMENTO PRAGMÁTICO DEL DESARROLLO DE LA CIENCIA CONTABLE

El desarrollo metódico que observamos en la filosofía de la ciencia actual, es, por lo demás totalmente independiente de la cuestión de si hay que formalizar o no las concepciones epistemológicas. Algunos autores han interpretado el llamado “giro pragmático“ en la filosofía de la ciencia como un abandono de los métodos de análisis formales. Esto es una interpretación metodológica errónea. Por lo menos desde los trabajos de Richard Montague sabemos que se puede construir una pragmática general formalizada; y muchos de los temas centrales de la teoría de la ciencia, como, por ejemplo, el concepto de explicación o la problemática de los términos teóricos, se tratan hoy día partiendo de concepciones a la vez pragmatizadas y formalizadas. En realidad, ya los clásicos de la teoría formal de la ciencia, en primer lugar el propio Rudolf Carnap, habían subrayado la necesidad de incluir elementos pragmáticos en una reconstrucción lógica completa de los constructos científicos. Ya en su monografía sobre los fundamentos de la lógica y de las matemáticas (Carnap 1939) había indicado cómo habría que emprender correctamente un análisis formal-pragmático del lenguaje descriptivo de la ciencia. Así pues, el “giro pragmático” en la filosofía de la ciencia no surgió apenas en los años 60, sino que ya estaba, por así decir, “programado” desde el principio. Sin embargo, es cierto que los clásicos de la teoría formal de la ciencia, en sus trabajos más sistemáticos, se dedicaron casi exclusivamente a los aspectos sintáctico-semánticos de la ciencia. Ello tenía por otro lado sus buenos motivos metodológicos: en primer lugar, no se puede hacer todo a la vez; en segundo lugar, primero había que explorar todas las capacidades de la lógica clásica, de la semántica de Tarski y otros medios formales análogos para analizar las estructuras sintáctico-semánticas, antes de que se pudiera pasar a un aparato conceptual más general. Por razones parecidas, las estructuras diacrónicas de la ciencia no es que fueran completamente descuidadas por los epistemólogos clásicos, pero sí fueron dejadas a un lado con ventaja de la perspectiva sincrónica.

Hoy día, la situación es completamente distinta. La dinámica propia de la teoría formal de la ciencia ha conducido a un complejo de resultados y planteamientos, ante los cuales, en rigor, carece de sentido establecer una distinción tajante, por un lado, entre semántica y pragmática, y por otro, entre sincronía y diacronía. Estas distinciones metodológicas siguen siendo útiles como idealizaciones que nos sirven, a modo de medios heurísticos, al principio de cualquier análisis conceptual de la ciencia; pero debemos concebirlas en realidad como la famosa “escalera de Wittgenstein”: las podemos arrojar una vez que hayamos alcanzado la visión correcta de las cosas.

Ahora bien, de todas las concepciones de la teoría de la ciencia que actual-mente están en discusión, el programa estructuralista de reconstrucción de las teorías es, en mi opinión, el enfoque en el que la síntesis de las diferenciaciones metodológicas antes citadas se ha llevado a cabo de la manera más consecuente y prometedora. Este enfoque pertenece al campo de la teoría formal de la ciencia en el sentido de que no solo se hace uso de la lógica formal, sino también de los conceptos y métodos de la teoría de modelos tarskiana y de los medios de representación de la teoría de conjuntos elemental. En esto último se ve inspirado sobre todo por los trabajos previos de Patrick Suppes y sus colaboradores, quienes ya han reconstruido una gran porción de las ciencias empíricas con medios relativamente elementales de la teoría de conjuntos y utilizando el método que se conoce como “axiomatización por medio de un predicado conjuntista”. Tarski y Suppes son, pues, los dos precedentes metodológicos inmediatos de la concepción estructuralista, tal como ésta fue iniciada primero por Joseph Sneed (1971), reelaborada y divulgada por Wolfgang Stegmüller (1983 y 1981), y que ha culminado (al menos por el momento) en la obra conjunta An Architectonic for Science (Balzer, Moulines y Sneed 1987). El enfoque estructuralista procede formalmente o semiformalmente en todos aquellos aspectos de la reconstrucción de la ciencia que pueden tratarse de manera puramente extensional; pero también pone en claro que hay diversos aspectos que al menos de momento no pueden tratarse así, y como no está claro en qué medida se puede aplicar una lógica intensional formal a dichos aspectos, deja como cuestión abierta hasta qué punto hay que proceder en una formalización y qué partes del análisis deben ser informales. El

punto de vista puramente sintáctico juega un papel escaso en la concepción estructuralista, aunque no del todo inexistente; en cualquier caso, lo característico de este enfoque es una combinación original de los modos de análisis semántico y pragmático. Estos últimos, a su vez, los toma el estructuralismo como la base para un análisis a la vez sincrónico y diacrónico de determinados aspectos de los constructos científicos. En lo que sigue, me propongo exponer cuáles son los elementos esenciales de la metateoría estructuralista que pueden tratarse desde un punto de vista semántico-formal, especialmente modelo-teórico, y cuáles son aquellos que tienen un carácter más pragmático-informal, y que tienen más que ver con la perspectiva diacrónica.

El estructuralismo metodológico debe su nombre a su punto de partida reconstructivo, a saber, la propuesta metodológica de que no hay que tomar, como es usual en la filosofía de la ciencia, los enunciados o proposiciones como las unidades básicas del conocimiento científico, sino más bien diversos tipos de estructuras, en cuanto entidades no-proposicionales, que son inherentes al conocimiento científico. El término —estructura“ se entiende aquí como término técnico de la teoría de conjuntos, y más concretamente dicho, en el sentido de Bourbaki. De acuerdo con este enfoque, las teorías científicas se conciben como determinados complejos consistentes en diversos tipos de estructuras. En un primer paso (y solo este primer paso podemos dar en este breve ensayo), esos complejos que son las teorías científicas consisten en modelos en el sentido de la semántica formal, esto es, en estructuras que satisfacen determinados axiomas. Así pues, un modelo es un tuplo de la forma

<D 1 ,

,

D m , IR 1 ,

,

R n >

donde los D i representan los llamados “conjuntos básicos” (o sea, la —ontología“ de la teoría), mientras que las R i son relaciones construidas sobre los conjuntos D i . En las disciplinas cuantitativas se tratará ahí generalmente de funciones métricas definidas sobre dominios de objetos empíricos y números reales. En cualquier caso, la identidad de una teoría (en este primer paso) viene determinada por una clase de modelos así definidos. La formulación que se escoja para los axiomas que han de ser satisfechos por estos modelos es considerada por el estructuralismo como una cuestión relativamente secundaria. Lo principal es que la forma axiomática escogida fije exactamente la clase de modelos que necesitamos para la representación formal de un determinado dominio de la experiencia que por alguna razón nos interesa. Es por ello que el análisis sintáctico de una axiomatización dada juega en el estructuralismo un papel relativamente subordinado con respecto a los planteamientos metateóricos generales; el análisis sintáctico es a lo sumo un medio heurístico para la reconstrucción adecuada de teorías particulares en estudios concretos. Al discutir la metateoría general, lo que pasa al primer plano son los conceptos y principios semántico-modelo-teóricos.

Si bien, según lo anteriormente dicho, la elección concreta de los axiomas que determinan una teoría es relativamente secundaria para identificar dicha teoría, en cambio, lo que es esencial es la distinción entre dos tipos generales de axiomas dentro de cada teoría. En efecto, hay que distinguir entre las condiciones de marco o determinaciones conceptuales de los modelos, por un lado, y los verdaderos axiomas con contenido, o sea, las leyes fundamentales, por otro. Esta distinción se puede hacer también desde un punto de vista puramente modelo-teórico: llamaremos “modelos potenciales” a aquellas estructuras a las que solo se imponen las determinaciones conceptuales y que por lo tanto constituyen el marco conceptual de la teoría; a su totalidad la simbolizaremos por Mp“. A las estructuras que, por añadidura, satisfacen las leyes genuinas de la teoría, las llamaremos “modelos actuales”; las simbolizaremos simplemente por —M“. Es evidente que vale M Mp”. En caso de que la teoría en cuestión no sea empíricamente trivial, siempre valdrá: M Mp.

Así pues, de acuerdo con el estructuralismo, la identificación de una teoría dada cualquiera comienza por la fijación de sus clases Mp y M. La fijación de estas clases normalmente se hará dando una lista de fórmulas de la teoría de conjuntos que aceptamos como axiomas. No obstante, hay que tener presente siempre que estas fórmulas, como ya hemos indicado, solo son en realidad medios auxiliares para la identificación de las clases de modelos en cuestión y no constituyen la

“sustancia” de la teoría. Podríamos tomar otros axiomas para determinar las mismas clases de estructuras y por tanto la misma teoría. Confundir los axiomas concretamente escogidos con la teoría en sí misma sería un error parecido al de confundir el número de pasaporte de una persona con la identidad misma de esta persona.

En principio, y mientras no se deban tomar en cuenta ulteriores complicaciones, el par de estructuras <Mp, M> constituye la identidad formal de una teoría dada. Llamaremos a este par — núcleo (estructural) formal o simplemente —núcleo“ de la teoría y lo simbolizaremos por —K. Ahora bien, la identidad —K = <Mp, M>“ solo vale en un primer paso de aproximación a la identidad formal de la teoría. En realidad, a dicha identidad le corresponden al menos tres complejos estructurales adicionales (o bien cuatro, si se quiere tratar la cuestión de la aproximación empírica); estas estructuras adicionales corresponden, respectivamente, a las siguientes constataciones metateóricas:

a. al hecho de que los modelos de una misma teoría no suelen darse aislados unos de otros, sino que aparecen conectados entre sí mediante las llamadas —condiciones de ligadura“;

b. al hecho de que los modelos de una teoría dada suelen estar esencialmente ligados a los modelos de otras teorías y de que estas conexiones son de diversos tipos;

c. al hecho de que hay que distinguir dos niveles conceptuales y metodológicos dentro de una teoría T dada: el nivel de los conceptos que son específicos de esa teoría, y a los que llamamos conceptos —T-teóricos“, y el nivel de los conceptos que provienen, por así decir, del —medio ambiente“ de T, a los cuales llamamos conceptos “T-no-teóricos”.

Estos tres (o cuatro) complejos adicionales que hay que tomar en cuenta para identificar formalmente una teoría son también definibles en términos modelo-teóri-cos y en principio deberíamos definirlos aquí también, si expusiéramos la identidad de una teoría de una manera completa. Ello, sin embargo, rompería el estrecho marco de este ensayo. En el presente contexto, nos contentaremos con la simplificación drástica de que el núcleo formal de la teoría consiste meramente del par < Mp , M>; esta idea simplificada de las teorías basta para exponer los elementos esenciales de la concepción estructuralista de la ciencia.

Ahora bien, una tesis fundamental de esta concepción radica precisamente en la idea de que el núcleo formal (incluso si tomamos en cuenta la simplificación arriba mencionada) no representa el único componente de la identidad de una teoría empírica. Esto es, no sabremos realmente de qué teoría se trata si solo indicamos el marco conceptual y las leyes fundamentales de una teoría. Al contrario de lo que ocurre en las teorías de la matemática pura, en el caso de las disciplinas empíricas necesitamos la indicación del dominio de aplicaciones intencionales de estas teorías para identificarlas de manera completa.

Ahora bien, resulta que una teoría empírica no viene dada solamente por un núcleo K, sino también por un dominio de aplicaciones intencionales que es independiente del primero, y al cual simbolizaremos por —I: T = <K, I >. Es justamente cuando nos planteamos la cuestión de una determinación ulterior de este dominio I, que se ponen de manifiesto las insuficiencias de una consideración puramente semántico-sincrónica de las teorías y que nos vemos llevados directamente a la inclusión de elementos pragmático-diacrónicos en nuestro concepto de teoría. Para comprender por qué ello es así, debemos preguntarnos primero cómo habría que imaginar la aprehensión modelo-teórica del dominio I:

En primer lugar, hay que concebir las aplicaciones intencionales de una teoría dada como aquellos sistemas empíricos a los que queremos aplicar las leyes fundamentales de la teoría en cuestión, para posibilitar, por ejemplo, explicaciones, predicciones y quizás también transformaciones tecnológicas de hechos concretos. Para alcanzar este objetivo, esos sistemas, sin embargo, deben estar ante todo concebidos en términos de los conceptos de la teoría misma, de lo contrario, no obtendríamos ninguna homogeneidad conceptual entre las leyes generales y los datos o hechos concretos. Ello significa que los sistemas empíricos en cuestión deben ser representados ante todo como modelos potenciales de la teoría. En nuestro simbolismo, significa esto que debemos

presuponer que I Mp.

De acuerdo con esta presuposición, las aplicaciones intencionales serán reconstruidas como determinados modelos potenciales de la teoría que nos interesan para determinados fines empíricos. Se trata aquí simplemente de un supuesto metodológico para que simplemente podamos empezar con el trabajo aplicativo de la teoría. Entonces, podemos imaginar distintas posibilidades con respecto a la cuestión de la aplicabilidad de las leyes, es decir, respecto a la relación entre M e I; debemos considerar aquí tres alternativas posibles:

1)

2)

(I) I M;

3)

(II) No es el caso que I

M pero sí I M ;

(III) I M = .

(I) representa el caso de un éxito total de la teoría, es decir, todos los sistemas que sehan propuesto como aplicaciones intencionales resultan ser efectivamente modelos actuales de la teoría, lo cual a su vez significa que todos ellos satisfacen exactamente las leyes planteadas. Es muy probable que en la historia real de las ciencias nunca se haya dado esta situación ideal, si prescindimos de aproximaciones e idealizaciones. El caso (II) representa la situación de una teoría que tiene un éxito parcial o, dicho de otro modo, que ha sido —refutada parcialmente: algunos sistemas empíricos que nos interesan cumplen las leyes, mientras que otros no. Cuanto mayor sea la intersección I M en relación con la diferencia I œ M, tanto más exitosa será la teoría. El caso en que vale (III) significa una —catástrofe total para la teoría: en efecto, se trataría en este caso de una teoría que no es capaz de abarcar entre sus modelos actuales ni uno solo de los sistemas a los que se pretendía aplicar; a una teoría así podemos eliminarla sin más del escenario científico, pues carece por completo de valor, al menos, desde un punto de vista empírico. Así pues, para una evaluación metodológica adecuada de una teoría dada, lo más decisivo es la pregunta de cuál de las tres alternativas indicadas es la real, o sea, que debemos preguntarnos por la relación existente entre I M e I œ M. El problema, sin embargo, es que si nos limitamos a emplear los medios conceptuales hasta ahora reseñados de nuestro concepto de teoría, no podemos dar una respuesta satisfactoria a dicha pregunta. Desde un punto de vista puramente estático-semántico, lo único que podemos constatar es que I es un subconjunto de Mp , pero no podemos decir nada acerca de cuáles son los bordes exactos de I dentro de Mp , cuáles son sus límites. Ello a su vez proviene del hecho, esencial para el estructuralismo, de que el dominio I, por su constitución misma, es lo que se puede llamar un —conjunto abierto“; esta denominación no del todo correcta no pretende significar otra cosa sino el hecho de que la determinación exacta de los bordes de I solo puede llevarse a cabo, por principio, si hacemos uso de conceptos pragmáticodiacrónicos: I es una entidad con bordes imprecisos y constantemente cambiantes. Aparte de la determinación modelo-teórica relativamente débil según la cual —I Mp “, la identificación de I presupone implícitamente una serie de parámetros sociohistóricos, que son irreducibles a conceptos puramente semántico-sincrónicos. Dado que la identidad de la teoría incluye el concepto de aplicación intencional, y éste a su vez, depende de dichos parámetros, resulta en consecuencia que la determinación de la teoría en su totalidad deberá tomar en cuenta dichos parámetros. Llegamos aquí a un punto en que la concepción estructural muestra claramente la necesidad de una cooperación interdisciplinaria entre lógicos, sociólogos e historiadores para resolver el problema conceptual, metatéorico, de la identidad de las teorías científicas, pues la elucidación de los parámetros pragmático-diacrónicos que la constituyen deberá tomar en cuenta los resultados de esas disciplinas diversas. Más que ningún otro enfoque de la actualidad, el estructuralismo pone de relieve la necesidad del trabajo interdisciplinario en la metateoría de la ciencia.

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LA CONTABILIDAD DEL CONOCIMIENTO

APROXIMACIONES TEÓRICAS Y METODLÓGICAS INTERDISCIPLINARIAS

CPC. Jesus capcha carbajal Presidente de del Instituto Contabilidad y Desarrollo ICODE Premio Interamericano de Investigacion Contable "Roberto Casas Alatriste" AIC 2005 jcapcha@contasis.net

CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN

La Contabilidad, en los últimos tiempos, se ha desarrollado de manera vertiginosa. Especialmente porque su papel en el funcionamiento de las organizaciones se ha convertido en fundamental. Por eso, la discusión sobre su naturaleza científica también es básica en la actualidad. Ahora sabemos que el conocimiento científico no consiste en la mera acumulación de hechos o de datos sobre el mundo, sino, especialmente, en la generación de modelos y teorías. Una teoría es un sistema explicativo concreto y causal que incluye leyes, interpreta la realidad y genera nuevas observaciones y experimentos. Es así, que el progreso de la ciencia se caracteriza por el surgimiento, el desarrollo, la corrección y la sustitución de dichos sistemas llamadas teorías científicas. De esta caracterización no escapa la ciencia contable.

Una particular característica de la etapa actual del desarrollo de la ciencia contable, de sus cambios cuantitativos y cualitativos, es la acción simultánea de dos tendencias: diferenciación e integración de las distintas esferas del conocimiento científico contable.

Una de las manifestaciones más eficaces de la tendencia integradora en la ciencia contable la constituyen las investigaciones desde perspectivas sistémicas. La especificidad de estas investigaciones consiste en su orientación hacia el estudio de los problemas complejos, integrales, de gran envergadura; como las: socioeconómicas, político globales, ecológicos y teóricos (teorías y metateorías); de los hechos o sistemas contables; en la orientación consecuente del investigador no sólo hacía el conocimiento de la esencia de los problemas en estudio y los correspondientes objetos, sino también hacía la creación de los medios que permiten asegurar la dirección racional de estos objetos, contribuir a la solución de los procesos planteados. Esta unidad de las funciones investigadoras y transformadoras determina el carácter integral, interdisciplinario de las investigaciones sistémicas.

1.1 PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

La forma más radical de iniciar el planteamiento del problema es definiendo los términos que se utilizan en su formulación. Entendemos por contabilidad al conjunto de técnicas y procedimientos que permiten la descripción de los estados, acontecimientos y hechos contables. Los estudios de los fundamentos teóricos y valorativos de la contabilidad se denominan teorías contables. Razón por la cual hay muchas teorías contables. La ciencia contable, en cambio, es el estudio de las regularidades del hecho contable, que es una forma específica de los hechos económicos y éstas son de los hechos sociales. La ciencia contable es el sistema explicativo, hipotético-deductivo y teórico de los hechos contables. Los hechos contables están constituidos por los estados y acontecimientos contables como los estados financieros.

Al desarrollarse, la contabilidad ha ido abarcando ámbitos que antes no se consideraban propios de la contabilidad, como la ecología, los intangibles, y ahora el capital intelectual, especialmente, el conocimiento y la información.

Estos nuevos ámbitos fueron contemplados en sucesivas conferencias Interamericanas de Contabilidad, en las que se plantearon los siguientes temas implícitos en la evaluación del modelo contable actual y la búsqueda de alternativas:

a. Tendencia al suministro de mayor cantidad y mejor calidad de información

b. Equilibrio entre información financiera y no financiera

c. Alcance de la información a contemplar por parte del modelo contable a utilizar

d. La problemática relacionada con el “capital intelectual”

e. Riesgos de una divulgación excesiva

f. La incidencia de la “auditabilidad” de la información a brindar

g.

Importancia de la objetividad de la información y de su comparabilidad

h

Posibilidades de acceso “igualitario” a la información por parte de distintos usuarios

Reconociendo estos temas implícitos, se puso en cuestión el hecho de que la contabilidad sólo suministre los tradicionales estados contables o, además de aquello, los llamados informes de negocios (que si reflejen los nuevos ámbitos señalados). Por un lado quienes a partir de una posición conservadora plantean anexar como información complementaria a los estados contables información sobre el capital intelectual o sobre el conocimiento, como puede verse en la información complementaria denominada Capital Intelectual (sin señalar qué unidad de medida se utilizó y cómo se podría mensurar dichas variables); y por otro lado, quienes consideran que los estados contables serían sólo un componente más de los llamados informes de negocios (que se caracterizan por brindar información cualitativa y no financiera de los intangibles).

Detrás de estas últimas discusiones y planteamientos aún se ciernen sobre la Contabilidad una serie de dificultades teóricas y prácticas. ¿Cuáles son las principales variables generadoras de valor de una empresa en el presente?, ¿Pueden ser identificadas y medibles por la contabilidad tradicional?, ¿Cuál es el concepto de capital intelectual que maneja el marco conceptual para Activos Intangibles, NIC 38?. Debería existir un informe de capital intelectual o del conocimiento? ¿ Suplementario o complementario a los estados financieros? ¿Cuáles son las nuevas responsabilidades de la profesión? En términos de evaluación epistemológica historicista, el paradigma de utilidad o de responsabilidad social resultan entonados con la problemática contable actual?.¿Los estados financieros consideran la influencia de las actividades desarrolladas dentro de las empresas como fuente generadora de valor? ¿Permiten los estados contables extraer conclusiones válidas sobre la evolución económica y financiera de las empresas basadas en una razonable correlación entre los ingresos y gastos asociados a la utilización del conocimiento?

De esta panorámica lo que nos interesa son los siguientes problemas: ¿qué naturaleza tiene aquella contabilidad que cumpliría la tarea de medir el conocimiento en las empresas?, ¿cómo puede adecuarse la explicación de la inteligencia híbrida en la organización y presentación del conocimiento desde perspectivas contables? y ¿qué características debe tener una teoría de la medición (metrología) contable del conocimiento? Estos problemas serán analizados en la presente investigación.

1.2

OBJETIVOS DE LA INVESTIGACIÓN

1.

Estructurar y fundamentar la Contabilidad del Conocimiento.

2.

Determinar los procedimientos mínimos necesarios para el diseño de la medición “contable” del conocimiento relevante para el desarrollo de la organización empresarial.

3.

Establecer los límites metodológicos de la contabilidad del conocimiento.

4.

Establecer los límites epistemológicos de la contabilidad del conocimiento y de su naturaleza técnica.

1.3

SUPUESTOS E HIPÓTESIS

La Contabilidad del Conocimiento es una técnica que permite la descripción mensurable del conocimiento (de toda su estructura biplanar: la estructura creencial y de la estructura mental) relevante y adecuado que posee una organización para el cumplimiento de sus fines y objetivos.

Es decir, la contabilidad del conocimiento es la técnica que permite la descripción del conocimiento

relevante para el desarrollo de las organizaciones a través de un sistema axiomático que cumple

función mensurable. La modelación de las organizaciones que deben ser medidas como clase conocimiento se realiza a través de la Inteligencia Híbrida, es decir, las organizaciones consideradas ejemplares de inteligencia híbrida.

El desarrollo de la contabilidad del conocimiento pasa necesariamente por fundamentar su teoría de la medición. Y para ello se requiere del método sistémico, especialmente del modelo de jerarquización y del modelo de los niveles propuesta epistemológica actual que describe y norma las potencialidades y el desarrollo de las técnicas, teorías y ciencias.

1.4 MÉTODO Y PROCEDIMIENTOS

La metodología general aplicada a nuestra investigación, en concordancia al objeto de estudio:

medición del conocimiento, es el fundherentismo. Estructurada epistemológica y lógicamente por Susan Haack. Se sustenta en los siguientes principios:

1. (FH1) La experiencia del sujeto es importante para la justificación de sus creencias empíricas, pero no es necesario que exista una clase privilegiada de creencias empíricas justificadas exclusivamente por el apoyo de la experiencia, independientemente del apoyo de otras creencias;

2. (FH2) La justificación no es exclusivamente unidireccional, sino que incluye relaciones omnipresentes de apoyo mutuo.

Los anteriores principios fundan los siguientes procedimientos que se utilizarán en el desarrollo de la investigación:

1. Se brinda una panorámica del problema que le es inherente a las nuevas exigencias teóricas teniendo presente las alternativas o respuestas que han ido surgiendo frente a dicha problemática.

2. Se realiza una descripción y explicación de la naturaleza del objeto a estudiar, analizar o medir con perspectivas interdisciplinarias.

3. Se fundamenta la técnica o la teoría en forma de estructura básica.

4. Se estructura una metodología básica de autoconstrucción de la técnica o teoría.

5. Se modela, simula o aplica la técnica o la teoría o en su defecto se proyecta operativamente dichas actividades.

CAPÍTULO II: EL DESARROLLO DE LA CONTABILIDAD Y LOS SISTEMAS SOCIALES HUMANOS

Los sistemas sociales humanos, en los últimos tiempos, ha ido artificializando con mayor complejidad. Las organizaciones han cambiado radicalmente en base a las decisiones profundamente innovadoras de los seres humanos. Estas nuevas realidades han venido exigiendo nuevas respuestas de los grupos profesionales, académicos o científicos. La contabilidad no ha escapado a esta exigencia, además es su única alternativa de sobrevivencia.

2.1 LOS SISTEMAS SOCIALES HUMANOS EMERGENTES EN EL CONTEXTO DE LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO

2.1.1 Los sistemas sociales

Lo que a continuación anotamos sobre los sistemas sociales, especialmente emergentes, corresponde a las definiciones (D), axiomas (A) y corolarios (C) expuestas por Bunge (1995) y tendrán que ser entendidas como un resumen apretado de sus ideas.

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D2: Un sistema social humano es un sistema social compuesto por seres humanos que

dependen del trabajo propio o ajeno para subvenir a sus necesidades y satisfacer sus deseos.

3 D3: Un sistema social humano es: (a) natural, o espontáneo, si y sólo si es auto-organizado, o sea, si emerge espontáneamente por reproducción, asociación o autoensambladura; (b) artificial, o formal, o una organización, si y sólo si es formado y sostenido conforme a finalidades, planes y reglas.

4 D4: Una sociedad humana es un sistema compuesto por cuatro subsistemas principales:

(a)

el sistema biológico.

(b)

el sistema económico.

(c)

el sistema político.

(d)

el sistema cultural.

1 D5: Una supersociedad humana es un sistema compuesto de sociedades humanas.

2 D6: El sistema social mundial es la supersociedad humana compuesta por todas las sociedades humanas.

3 D7: Un proceso (o actividad) social humano es un proceso en el que intervienen por lo menos dos personas interactuantes.

4 D8: Un movimiento social es un proceso dirigido (no espontáneo), que ocurre al menos en un sistema social artificial (u organización) y que arrastra a agentes que no pertenece originariamente a éste.

5 A1: Todo ser humano pertenece por lo menos a un sistema social.

6 C1: No hay personas totalmente marginadas.

7 A2: Los sistemas sociales se mantienen unidos por lazos de varios tipos: biológicos, psicológicos, económicos, políticas o culturales.

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