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Poder Judicial de la Nación SERGIO ALFREDO RUIZ SECRETARIO JUZGADO CRIMINAL Y CORRECCIONAL FEDERAL 3

Poder Judicial de la Nación

SERGIO ALFREDO RUIZ SECRETARIO

JUZGADO CRIMINAL Y CORRECCIONAL FEDERAL 3 CFP 8405/2010

///nos Aires, 12 de julio de 2013. Autos y Vistos:

Para resolver en la presente causa nro. 8405/2010 caratulada “D´Alessandri, Francisco Obdulio y otros s/ privación ilegal de la libertad ” del registro de la Secretaría nº 6 del Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal nor. 3, y con relación a la situación procesal de

Francisco Obdulio D’ Alessandri (Coronel retirado del Ejército Argentino, de nacionalidad argentina, nacido el 31 de julio de 1930, con LE nro. 4.239.404 y

CI nro. 3.685.968, hijo de Pedro y de Filomena Scarpitto, con último

domicilio en calle Ortega y Gasset 1996 piso 2, departamento “A,” Capital Federal); Raúl Antonio Guglielminetti (ex Agente Civil de Inteligencia del Ejército Argentino, de nacionalidad argentina, nacido el 2 de noviembre de 1941, con LE nro. 4.392.690 y CI nro. 6.911.512, hijo de Amleto Ferrucco y de María Angélica Beleni, actualmente alojado en el Complejo Penitenciario

Federal II de Marcos Paz); Víctor Enrique Rei, (Comandante Mayor retirado de la Gendarmería Nacional Argentina, de nacionalidad argentina, nacido el 25 de abril de 1940, con LE nro. 4.573.375 y CI nro. 1.454.310, hijo de José y de María Croura, actualmente alojado en el Complejo Penitenciario Federal II de Marcos Paz), y Juan Alfredo Etchebarne, (ex presidente de la Comisión Nacional de Valores, nacido el 17 de noviembre de 1938, con LE nro. 4.280.562, hijo de Conrado Máximo y de Estela Barbará, con último domicilio en Av. Del Libertador 3000, piso 8, departamento “A”, Capital Federal); y, Considerando:

Aclaración preliminar e introducción a los hechos materia de investigación En esta resolución se ha de volver sobre algunos puntos ya tratados en otras resoluciones, ya que ello resulta imprescindible a fin de explicar aquí también el marco fáctico en el cual ocurrieron los sucesos analizados, esta vez en torno del centro clandestino de detención y tortura

que, dependiente del Comando del Primer Cuerpo del Ejército, funcionara en

la Cárcel de Encausados o Prisión Militar de Campo Mayo –tales denominaciones se usarán indistintamente en esta resolución-, que funcionara en el predio militar instalado en esa localidad de la provincia de Buenos Aires, al menos entre los meses de septiembre de diciembre del año 1978. A continuación, efectuaré una breve introducción a los hechos materia de investigación, consistente en describir las acciones desplegadas durante la última dictadura, por las fuerzas armadas -en especial en lo atinente a la presente causa, al personal del Ejército Argentino-, consistentes

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en el secuestro masivo y organizado de personas, el traslado de las mismas a los CCDT para su interrogatorio, la aplicación de tortura física o el sometimiento a pautas de cautiverio infrahumanas constitutivas de torturas, como también el homicidio y las demás acciones orientadas a convertir en “desaparecidas” a las víctimas; actividades que fueron asimismo llevadas a cabo mediante el aseguramiento de impunidad, y bajo la dirección de quienes controlaban -mediante la usurpación del poder- la totalidad de los mecanismos de control del Estado. Durante los años comprendidos entre 1976 y 1983 el gobierno de facto impuso un plan sistemático de represión ilegal, lo cual se ha acreditado en diversas resoluciones judiciales, entre las que merece destacarse la sentencia dictada por la Excma. Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal en la causa nro. 13/84. En estas actuaciones, veremos que ese plan sistemático, si bien tuvo rienda suelta a partir del golpe de estado de marzo de 1976, durante el año 1978, un segmento del accionar del aparato represivo adquirió singularidades propias, fundamentalmente dadas por las características de los sujetos pasivos y ciertos fines diferenciados en la persecución ilegal de tales víctimas. Uno de los componentes de la metodología de este plan de represión -que conforme veremos a lo largo de la presente resolución estaba contaminado de las prácticas e ideologías propias del gobierno nacionalsocialista de Alemania de las décadas del ‘30 y ‘40 del siglo XX-, era el secuestro de personas, su traslado a lugares clandestinos de detención, su sistemática tortura, y luego la liberación, la legalización o la muerte, primando la modalidad de la “desaparición” del cuerpo de la víctima y de los rastros de su muerte, a los efectos de preservar la impunidad de dichas acciones criminales. Los centros clandestinos de detención y tortura existentes en el país compartían distintas características comunes, entre ellas, el funcionamiento en lugares secretos, bajo el directo contralor de la autoridad militar responsable de dicha zona; y el sometimiento de las personas allí alojadas a prácticas degradantes, tales como la tortura física y psicológica en forma sistemática, el tabicamiento (estar vendado día y noche y aislado del resto de la población concentracionaria), la prohibición absoluta del uso de la palabra o de la escritura, en fin, de cualquier tipo de comunicación humana; la asignación de una letra y un número en reemplazo del nombre, el alojamiento en pequeñas celdas llamadas “tubos”, la escasa comida y bebida, y la total pérdida de identidad, entre otras.

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Resulta ilustrativa la declaración efectuada por el sobreviviente de cinco CCDT, Mario Villani -publicada en la obra “Nunca Más”-, en la cual describió la vida en los centros de detención: “Debo decir que, desde el momento en que alguien era secuestrado por los grupos de tareas de la dictadura, él o ella era un desaparecido. La secuencia establecida era desaparición-tortura-muerte. La mayoría de los desaparecidos transcurríamos día y noche encapuchados, esposados, engrillados y con los ojos vendados, en una celda llamada tubo por lo estrecha. [ ] Podíamos también volver a ser torturados en el quirófano y, finalmente, como todos los demás, ser «trasladados», eufemismo que encubría el verdadero destino, el asesinato. A algunos pocos, por oscuras razones que sólo los represores conocían, se nos dejó con vida”. Al respecto también es útil traer a colación el testimonio de Víctor Hugo Lubián, sobreviviente del centro de detención y tortura “Automotores Orletti” (cfr. causa 2637/04), quien en este contexto, aportó otras precisiones en torno a la mecánica de tortura en un sitio de estas características:

“…[E]l insulto, los golpes de puño y patadas, los manoseos y el estar continuamente vendado y atado o esposado, es una constante que comienza cuando uno es secuestrado-detenido y se mantiene en todo momento y en todo lugar; cuando se tortura, cuando se está de plantón o tirado en el piso, cuando se es trasladado, siempre. Muchas veces me pregunté acerca del objetivo de ese trato. Existen evidentemente en esas conductas un objetivo premeditado de antemano, el de denigrar, rebajar al detenido obligándolo a soportar cosas que en condiciones normales, provocarían una reacción inmediata, logrando así una profunda depresión psicológica […] Se crea una relación de dependencia absoluta con esa autoridad anónima y omnipresente, nada es posible hacer por uno mismo, ni lo más elemental, todo se trastoca […] estamos animalizados por completo, sucios, hambrientos, sedientos, golpeados, torturados, esperando morir en cualquier momento; a veces se piensa en ello como la única posibilidad real de salir de allí, pero hasta eso resulta imposible de hacer, tienen especial cuidado por evitar el suicidio, nos precisan deshechos pero vivos, para torturarnos y así poder arrancar «información» más fácilmente” (legajo nro. 16 de la CONADEP y fs. 99/111 de causa 42.335 bis, que corre por cuerda a la antes citada).

También vale resaltar el testimonio vertido ante esta sede por una de las víctimas del centro clandestino de detención y tortura (CCDT) Mansión Seré, Guillermo Fernández, quien al narrar los efectos de la tortura y de la despersonalización que sufrió en su cautiverio de cinco meses en el centro de detención citado, refirió que a uno de los guardias “le disgustaba el

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hecho de que no pudiera llorar”. Que él trataba de explicar que “en ningún momento [su] actitud de no poder llorar significó un acto de coraje, sino que simplemente no podía, para [él], el llanto es una actitud humana y en esos momentos [le] costaba identificarse con un ser humano, por el aspecto y fundamentalmente, por [su] relación con los otros” (declaración en causa nro. 13/84 de la Excma. Cámara Nacional en lo Criminal y Correccional Federal).

La estructura burocrática y funcional de los centros clandestinos, se reproducía incesantemente en cada uno de ellos, y evidencia de ello fue la mecánica de funcionamiento que se registró en los sitios que ya tuvieron tratamiento por este tribunal –CCDT “Automotores Orletti”, “Vesubio”, “Mansión Seré”, “Comisaría de Castelar”, “Comisaría de Haedo”, “Hospital Posadas”, “Atlético-Banco-Olimpo”, “Primera Brigada Aérea de Palomar”, “VIIa Brigada Aérea de Morón”, “Cuatrerismo-Brigada Güemes”, entre otros y en el aquí tratado “Prisión Militar de Campo de Mayo”; lugares que no estaban exentos a la lógica de funcionamiento de los restantes sitios que operaron durante la dictadura instaurada en el año 1976 como CCDT, sin perjuicio de advertirse algunas particularidades que serán resaltadas oportunamente. Las “patotas”, también llamadas “grupos de tareas”, y en este caso

en particular el “Equipo de Trabajo”, vinculada al accionar represivo del CCDT “Prisión Militar de Campo de Mayo” representan un eslabón de la cadena de mandos constituida, en lo atinente al Ejército Argentino, por:

► el General de División Carlos Guillermo Suárez Mason –f-,

comandante del Primer Cuerpo de Ejército;

► el Coronel Roberto Leopoldo Roualdés –f-, Segundo

Comandante y Jefe de Plana Mayor del Comando de Subzona Capital Federal;

► el Coronel Idelfonso Marco Solá –f-, (Jefe de la Prisión Militar

de Encausados de Campo de Mayo);

► el Segundo Comandante de la Gendarmería Nacional

Argentina Darío Alberto Correa –f-, Jefe Sección Penal de la Prisión Militar;

► el Coronel Francisco Obdulio D´Alessandri,

► el Coronel Raúl Alberto Gatica –f-,

Jefe de Equipo;

integrante del Equipo;

► el Comandante de Gendarmería Víctor Enrique Rei, integrante

del Equipo; y, ► el agente civil de inteligencia del Ejército Raúl Antonio Guglielminetti, integrante del Equipo para las detenciones. El Estado autoritario se valió de personal de las distintas fuerzas de seguridad, que de hecho, convivían en los centros de detención clandestinos -a los cuales el propio régimen llamaba eufemísticamente ”LRD”, es decir, “lugar de reunión de detenidos”-, así en los diversos CCDT se

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ha observado la coexistencia de diversas fuerzas: policías, gendarmes, militares, penitenciarios, e incluso personal civil. Asimismo, en todos los CCDT se ha registrado la presencia –en mayor o menor medida- de personal del Primer Cuerpo del Ejército. Las personas involucradas cumplieron diversos roles dentro del plan sistemático de represión ilegal. La importancia de estas distintas funciones queda graficada en las palabras de Hannah Arendt en el análisis que se realizó del rol del jerarca nazi Adolf Eichmann en el juicio llevado en su contra:

Allí escuchamos las afirmaciones de la defensa, en el sentido de que Eichmann tan sólo era una «ruedecita» en la maquinaria de la Solución Final, así como las afirmaciones de la acusación, que creía haber hallado en Eichmann el verdadero motor de aquella máquina. Por mi parte, a ninguna de las dos teorías di mayor importancia que la que les otorgaron los jueces, por cuanto la teoría de la ruedecilla carece de trascendencia jurídica, y, en consecuencia, poco importa determinar la magnitud de la función atribuida a la rueda Eichmann. El tribunal reconoció, como es lógico, en su sentencia, que el delito juzgado únicamente podía ser cometido mediante el empleo de una gigantesca organización burocrática que se sirviera de recursos gubernamentales. Pero en tanto y en cuanto las actividades en cuestión constituían un delito -lo cual, como es lógico, era la premisa indispensable a la celebración del juicio- todas las ruedas de la máquina, por insignificantes que fueran, se transformaban, desde el punto de vista del tribunal, en autores, es decir, en seres humanos. Si el acusado se ampara en el hecho de que no actuó como tal hombre, sino como un funcionario cuyas funciones hubieran podido ser llevadas a cabo por cualquier otra persona, ello equivale a la actitud del delincuente que, amparándose en las estadísticas de criminalidad -que señalan que en tal o cual lugar se cometen tantos o cuantos delitos al día-, declarase que él tan sólo hizo lo que estaba ya estadísticamente previsto, y que tenía carácter meramente accidental el que fuese él quien lo hubiese hecho, y no cualquier otro, por cuanto, a fin de cuentas, alguien tenía que hacerlo” (Arendt, Hannah: Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, trad. de Carlos Ribalta, Ed. Lumen, Barcelona, 2000, p. 436). Descriptos de manera sucinta los hechos materia de investigación, corresponde comenzar con el análisis de las cuestiones enunciadas.

Considerando Primero Génesis del Plan Clandestino de Represión

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Tal como ha sido citado en resoluciones anteriores dictadas por este Tribunal, es preciso recordar que ya en la Sentencia dictada en la causa nro. 13/84 (también denominada “Causa originariamente instruida por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas en cumplimiento del decreto 158/83 del Poder Ejecutivo Nacional”), por la Excma. Cámara Nacional en lo Criminal y Correccional Federal, el 9 de diciembre de 1985, luego de analizarse los sucesos ocurridos en el país durante el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” en lo atinente, entre otros aspectos, al sistema represivo creado desde la cúpula del aparato estatal, se tuvo por probada la existencia y el funcionamiento, de una organización ilegal, orquestada por las Fuerzas Armadas, la cual tenía como propósito llevar adelante un plan clandestino de represión. Tal hipótesis también tuvo acreditación en la en la causa 44/86 seguida contra los ex-jefes de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (causa incoada en virtud del decreto 280/84 del P.E.N.), y tramitada también por la Alzada. Así, la Excma. Cámara del Fuero en ocasión de dictar sentencia en la causa 13/84, realizó un ajustado análisis del contexto histórico y normativo en el cual sucedieron los hechos que serán objeto de análisis en la presente resolución:

“La gravedad de la situación imperante en 1975, debido a la frecuencia y extensión geográfica de los actos terroristas, constituyó una amenaza para el desarrollo de vida normal de la Nación, estimando el gobierno nacional que los organismos policiales y de seguridad resultaban incapaces para prevenir tales hechos. Ello motivó que se dictara una legislación especial para la prevención y represión del fenómeno terrorista, debidamente complementada a través de reglamentaciones militares”. “El gobierno constitucional, en ese entonces, dictó los decretos 261/75 de febrero de 1975, por el cual encomendó al Comando General del Ejército ejecutar las operaciones militares necesarias para neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos en la Provincia de Tucumán; el decreto 2770 del 6 de octubre de 1975, por el que se creó el Consejo de Seguridad Interna, integrado por el Presidente de la Nación, los Ministros del Poder Ejecutivo y los Comandantes Generales de las fuerzas armadas, a fin de asesorar y promover al Presidente de la Nación las medidas necesarias para la lucha contra la subversión y la planificación, conducción y coordinación con las diferentes autoridades nacionales para la ejecución de esa lucha; el decreto 2771 de la misma fecha que facultó al Consejo de Seguridad Interna a suscribir convenios con las Provincias, a fin de colocar bajo su control operacional al personal policial y penitenciario; y 2772, también de la misma

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fecha que extendió la «acción de las Fuerzas Armadas a los efectos de la lucha anti subversiva a todo el territorio del país»”. “La primera de las normas citadas se complementó con la directiva del Comandante General del Ejército nro. 333, de enero del mismo año, que fijó la estrategia a seguir contra los asentamientos terroristas en Tucumán, dividiendo la operación en dos partes, caracterizándose la primera por el aislamiento de esos grupos a través de la ocupación de puntos críticos y control progresivo de la población y de las rutas, y la segunda por el hostigamiento progresivo a fin de debilitar al oponente y, eventualmente, atacarlo para aniquilarlo y restablecer el pleno control de la zona. En su anexo n° 1 (normas de procedimiento legal) esta directiva cuenta con reglas básicas de procedimiento sobre detención de personas, que indican su derivación preferentemente a la autoridad policial en el plazo más breve; sobre procesamientos de detenidos, que disponen su sometimiento la justicia federal, o su puesta a disposición del Poder Ejecutivo Nacional; sobre allanamientos, autorizándolos en casos graves, con prescindencia de toda autorización judicial escrita, habida cuenta del estado de sitio”. “La directiva 333 fue complementada con la orden de personal número 591/75, del 28 de febrero de 1975, a través de la cual se disponía reforzar la quinta brigada de infantería con asiento en Tucumán, con personal superior y subalterno del Tercer Cuerpo del Ejército [ “Por su parte, lo dispuesto en los decretos 2770, 2771 y 2772, fue reglamentado a través de la directiva 1/75 del Consejo de Defensa, del 15 de Octubre del mismo año, que instrumentó el empleo de la fuerzas armadas, de seguridad y policiales, y demás organismos puestos a su disposición para la lucha anti subversiva, con la idea rectora de utilizar simultáneamente todos los medios disponibles, coordinando los niveles nacionales [ “El Ejército dictó, como contribuyente a la directiva precedentemente analizada, la directiva del Comandante General del Ejército n° 404/75, del 28 de Octubre de ese año, que fijó las zonas prioritarias de lucha, dividió la maniobra estratégica en fases y mantuvo la organización territorial -conformada por cuatro zonas de defensa nros. 1, 2, 3 y 5 -subzonas, áreas y subáreas- preexistentes de acuerdo al Plan de Capacidades para el año 1972 -PFE-PC MI72-, tal como ordenaba el punto 8 de la directiva 1/75 del Consejo de Defensa [ “Al ser interrogados en la audiencia los integrantes del Gobierno constitucional que suscribieron los decretos 2770, 2771, y 2772 del año 1975, doctores Ítalo Argentino Luder, Antonio Cafiero, Alberto Luis Rocamora, Alfredo Gómez Morales, Carlos Ruckauf y Antonio Benítez, sobre la inteligencia asignada a la dichas normas, fueron contestes en afirmar que esta legislación especial obedeció fundamentalmente a que las policías habían sido rebasadas, en su capacidad de

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acción, por la guerrilla y que por “aniquilamiento” debía entenderse dar término definitivo o quebrar la voluntad de combate de los grupos subversivos, pero nunca la eliminación física de esos delincuentes [ “Sostener que este concepto, insertado en esos decretos, implicaba ordenar la eliminación física de los delincuentes subversivos, fuera del combate y aún después de haber sido desarmados y apresados, resulta inaceptable [ “En el Orden Nacional, el Ejército dictó: a) la orden parcial nro. 405/76, del 21 de mayo, que sólo modificó el esquema territorial de la directiva 404

b) La

Directiva del Comandante General del Ejército nro. 217/76 del 2 de abril de ese año cuyo objetivo fue concretar y especificar los procedimientos a adoptarse respecto del

c) la directiva del Comandante en jefe del

Ejercito nro. 504/77, del 20 de abril de ese año, cuya finalidad, expresada en el apartado I fue «actualizar y unificar el contenido del PFE - OC (MI) - año 1972 y la Directiva del Comandante General del Ejército 404/75 (lucha contra la

d) Directiva 604/79, del 18 de mayo de ese año, cuya finalidad

fue establecer los lineamientos generales para la prosecución de la ofensiva a partir de la situación alcanzada en ese momento en el desarrollo de la lucha contra la

subversión” (cfr. Causa nº 13/84, de la Excma. Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Capital Federal.” (Sentencia de fecha 9 de diciembre de 1985, Imprenta del Congreso de la Nación, Tomo I, 1987, p. 69 y sgtes.).

Con la toma del poder por parte del gobierno militar dio comienzo el fenómeno de la desaparición de personas mediante la utilización de un plan sistemático de represión en cabeza del aparato de poder estatal que dominaban las Fuerzas Armadas.

Este fenómeno inusitado, tenía un patrón común de acción, que la Cámara Federal, en la sentencia señalada precedentemente, sistematizó de la siguiente manera:

Los secuestradores eran integrantes de las fuerzas armadas,

policiales o de seguridad, y si bien, en la mayoría de los casos, se proclamaban genéricamente como pertenecientes a alguna de dichas fuerzas, normalmente adoptaban precauciones para no ser identificados, apareciendo en algunos casos disfrazados con burdas indumentarias o pelucas [ ]” “2) Otra de las características que tenían esos hechos, era la intervención de un número considerable de personas fuertemente armadas [ “3) Otra de las características comunes, era que tales operaciones ilegales contaban frecuentemente con un aviso previo a la autoridad de la zona en que se producían, advirtiéndose incluso, en algunos casos, el apoyo de tales autoridades al accionar de esos grupos armados”.

en cuanto incrementó la jurisdicción del Comando de Institutos Militares; [

personal subversivo detenido; [

]

]

subversión)»; [

]

1) "

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“El primer aspecto de la cuestión se vincula con la denominada «área libre», que permitía se efectuaran los procedimientos sin la interferencia policial, ante la eventualidad de que pudiera ser reclamada para intervenir [ “No sólo adoptaban esas precauciones con las autoridades policiales en los lugares donde debían intervenir, sino que en muchas ocasiones contaban con su colaboración para realizar los procedimientos como así también para la detención de las personas en las propias dependencias policiales [ “4) El cuarto aspecto a considerar con característica común, consiste en que los secuestros ocurrían durante la noche, en los domicilios de las víctimas, y siendo acompañados en muchos casos por el saqueo de los bienes de la vivienda [ ](cfr. La Sentencia…, Tomo I, pág. 97 y sig.). Estos actos de terrorismo de Estado sin precedentes, fueron abordados también por los historiadores del pasado reciente, como el catedrático en Historia Social (UBA, FLACSO) e investigador principal del CONICET, Luis Alberto Romero, quien al respecto ha sostenido que:

“La planificación general y la supervisión táctica [del plan represivo estatal] estuvo en manos de los más altos niveles de conducción castrense, y los oficiales superiores no desdeñaron participar personalmente en tareas de ejecución, poniendo de relieve el carácter institucional de la acción y el compromiso colectivo. Las órdenes bajaban, por la cadena de mandos, hasta los encargados de la ejecución, los Grupos de Tareas […] La represión fue, en suma, una acción sistemática realizada desde el Estado”. “Se trató de una acción terrorista, dividida en cuatro momentos principales: el secuestro, la tortura, la detención y la ejecución. Para los secuestros, cada grupo de operaciones -conocido como «la patota»- operaba preferentemente de noche, en los domicilios de las víctimas, a la vista de su familia, que en muchos casos era incluida en la operación. Pero también muchas detenciones fueron realizadas en fábricas, o lugares de trabajo, en la calle […] Al secuestro seguía el saqueo de la vivienda…” (Romero, Luis Alberto: Breve Historia Contemporánea de la Argentina, Ed. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2ª Edición, 2001, p. 208).

Asimismo, agrega el autor que:

“El estado se desdobló: una parte, clandestina y terrorista, practicó una represión sin responsables, eximida de responder a los reclamos. La otra, pública, apoyada en un orden jurídico que ella misma estableció, silenciaba cualquier otra voz” (idem, p. 210). “El adversario -de límites borrosos, que podía incluir a cualquier posible disidente- era el no ser, la «subversión apátrida» sin derecho a voz o a

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existencia, que podía y merecía ser exterminada. Contra la violencia no se argumentó a favor de una alternativa jurídica y consensual, propia de un Estado republicano y de una sociedad democrática, sino de un orden que era, en realidad, otra versión de la misma ecuación violenta y autoritaria” (ibidem, p. 211).

En función de lo antedicho, concluye que:

“El llamado Proceso de Reorganización Nacional supuso la coexistencia

de un Estado terrorista clandestino, encargado de la represión, y otro visible, sujeto

a normas, establecidas por las propias autoridades revolucionarias pero que

sometían sus acciones a una cierta juridicidad” (ibid., p. 222). En idéntico sentido, el catedrático de Teoría Política Contemporánea (UBA), sociólogo y doctor en filosofía Marcos Novaro, recientemente, ha expresado que “[e]l plan represivo tuvo dos rostros, uno ajustado a la legalidad del régimen, y por tanto visible; otro soterrado, ilegal, aunque no del todo invisible. El primero correspondió a la administración de castigos a opositores potenciales (definidos así en las órdenes secretas con que se planificó el golpe), «corregibles» o poco peligrosos. A ellos se les aplicaron fueros militares, penas elevadas por delitos difusos como «traición a la patria» y una amplia batería de legislación represiva […] Con todo, lo esencial de la represión correspondió al otro aspecto de la estrategia: el secuestro, tortura y asesinato de los miles de militantes y dirigentes involucrados en «la subversión»” (cfr. Historia de la Argentina Contemporánea, Ed. Edhasa, Buenos Aires, 2006, pp. 70/71). Luego de secuestradas, las víctimas eran llevadas de inmediato a lugares especialmente adaptados, situados dentro de unidades militares o policiales o lugares creados especialmente por los encargados de materializar en los hechos ese plan represivo, conocidos con posterioridad como centros clandestinos de detención. En tales sitios, los secuestrados generalmente eran sometidos a largas sesiones de torturas con el fin de obtener algún tipo de información. Luego de ello, la víctima podía correr tres destinos: la liberación, la legalización de su detención o la muerte. Los centros de detención, además de servir para alojar a detenidos, eran utilizados por los grupos de tareas (los denominados “GT”) como base de operaciones para realizar sus secuestros. La primera conclusión sobre lo hasta aquí expuesto, lleva a poner de resalto que, bajo la existencia de un supuesto orden normativo -amparado por las leyes, órdenes y directivas que reglaban formalmente la actuación de las Fuerzas Armadas en la lucha contra la subversión-, las Fuerzas Armadas, en los hechos, se conducían merced a mandatos verbales y secretos. Como fuera sentado en la sentencia dictada el 15 de diciembre de 1985 en la causa

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13/84, el orden normativo se excluía con aquel aplicado para el combate de la “guerrilla”, y uno implicaba la negación del otro. Precisamente, en lo referente al tratamiento de las personas

detenidas, la actividad desplegada por el gobierno militar, lejos de responder al marco jurídico anteriormente señalado, se encontraba signado por un procedimiento absolutamente ilegal, el cual, como habrá de detallarse más adelante, fue transformándose en un tramo plagado de atrocidades que conformaron el peor capítulo de la historia argentina. Las prácticas ilegales mencionadas comenzaban al detener y mantener ocultas a las personas previamente definidas como “subversivas”, torturarlas para obtener información y eventualmente matarlas haciendo desaparecer el cadáver, o bien fraguar enfrentamientos armados como una manera de justificar las muertes. Esquemáticamente, el plan criminal de represión, llevado a cabo durante el último gobierno militar consistió en:

a) privar de su libertad en forma ilegal a las personas que considerasen sospechosas de estar enfrentadas al orden por ellos impuesto;

b) trasladarlos a lugares de detención clandestinos;

c) ocultar todos estos hechos a los familiares de las víctimas y

negar haber efectuado la detención a los jueces que tramitaran habeas corpus;

d) aplicar torturas a las personas capturadas para extraer la información que consideren necesaria;

e) liberar, legalizar la detención o asesinar a cada víctima según

criterios poco estables, lo que puso de manifiesto la más amplia discrecionalidad y arbitrariedad con relación a la vida o muerte de cada una de las víctimas. Este cruel derrotero es descripto por el Profesor Romero, en su obra ya citada supra, cuando refiere:

“El destino primero del secuestrado era la tortura, sistemática y prolongada. La «picana», el «submarino» […] se sumaban a otras que combinaban tecnología con el refinado sadismo del personal especializado, puesto al servicio de una operación institucional de la que no era raro que participaran jefes de alta responsabilidad. La tortura física, de duración indefinida, se prolongaba en la psicológica: sufrir simulacros de fusilamientos, asistir al suplicio de amigos, hijos o esposos, comprobar que todos los vínculos con el exterior estaban cortados, que no había nadie que se interpusiera entre la víctima y el victimario. En principio la tortura servía para arrancar información y lograr la denuncia de compañeros, lugares, operaciones, pero más en general tenía el propósito de quebrar la resistencia

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del detenido, anular sus defensas, destruir su dignidad y su personalidad. Muchos morían en la tortura, se «quedaban» […] En esta etapa final de su calvario, de duración imprecisa, se completaba la degradación de las víctimas, a menudo mal heridas y sin atención médica, permanentemente encapuchadas o «tabicadas», mal alimentadas, sin servicios sanitarios […] No es extraño que, en esa situación verdaderamente límite, algunos secuestrados hayan aceptado colaborar con sus victimarios, realizando tareas de servicio […] Pero para la mayoría el destino final era el «traslado», es decir, su ejecución” (op. cit., p. 209). Dentro de este sistema, se otorgó a los cuadros inferiores de las Fuerzas Armadas una gran discrecionalidad a la hora de seleccionar a quienes se le asignaría el rótulo, según la información de inteligencia, de “elementos subversivos”, de acuerdo a la terminología del Régimen. En tal contexto, se dispuso su interrogatorio bajo tormentos, sometiéndolos a su vez a condiciones inhumanas de vida, mientras se los mantenía clandestinamente en cautiverio; se concedió, por ende, una gran libertad para apreciar el destino final de cada víctima, ya se trate del ingreso al sistema legal, la libertad o, simplemente, la eliminación física. Con relación a la organización del sistema represivo y el accionar de las fuerzas armadas, Novaro, junto a Vicente Palermo, explican: "En su diseño como hemos dicho se priorizó ante toda otra consideración la eficacia de la ofensiva a desarrollar contra el enemigo que enfrentaba la nación y las fuerzas Armadas, cuya naturaleza era política e ideológica, más que militar: «el comunismo subversivo» o más simplemente «el subversivo» actuaba dentro de las fronteras y su entramado social, podía tener o no vinculación ideológica, política y financiera con los centros mundiales de la revolución, y actuaba en todos los planos de la vida social, la educación, la cultura, las relaciones laborales, la religión. Lo que debía combatirse en él era su condición subversiva que no estaba asociada sólo con una práctica revolucionaria (la lucha armada) ni con una determinada estrategia de toma revolucionaria del poder (el modelo cubano, el vietnamita o el chileno) ni con la pertenencia a un determinado tipo de organización (los grupos revolucionarios y guerrillas) sino que se extendía mucho más allá”. “Para identificar la «condición subversiva» era un dato relevante la ideología marxista y el izquierdismo. Se entendía, entonces, que para combatir eficientemente a «la subversión» había que atacarla especialmente, en su causa primera el «virus ideológico» que es diseminado por los marxistas, los comunistas o criptocomunistas, los izquierditas, los revolucionarios en general. Aunque también los católicos tercermundistas, los freudianos, los ateos y en una medida considerable, los peronistas, los liberales y los judíos representaban una amenaza para el orden, ya que difundían ideas contrarias a su preservación, por lo que también debía perseguírselo. Igual que todos aquellos que, con su prédica agnóstica,

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igualitaria o populista atacaron las bases del orden nacional. Es así que, si bien esas filtraciones eran datos suficientes, no eran del todo necesarias para identificar al enemigo que podía estar solapado bajo otros disfraces y ser inconsciente de su papel en esta guerra. Bastaba que la persona en cuestión actuara a favor de un «cambio social» y en contra del orden. En este sentido los activistas no violentos, ajenos a las organizaciones clandestinas que desarrollaban actividades políticas sindicales, religiosas o intelectuales legales y legítimas en cualquier sistema de derecho resultaban a los militares especialmente intolerantes, porque solían ser los más eficaces transmisores del virus subversivo para la sociedad. Subversivo, en suma, equivalía a ser enemigo de la Patria, de esa Patria uniforme, integrada e inmutable tal como la entendían los militares. No importaría, por lo tanto, que como sucedió en muchos casos, los secuestrados resultaran ser nacionalistas convencidos o devotos cristianos animados por sentimientos no menos profundos que los de sus verdugos. La inclusión de entre las señas de identidad del enemigo, de una amplia gama de «delitos de conciencia» y actitudes cuestionadoras fue expresada de modo prístino y reiterado por Videla: «Subversión es también la pelea entre hijos y padres, entre padres y abuelos. No es solamente matar militares. Es también todo

Y tal como

había explicado Galtieri a fines de 1974, continuando con las metáforas médicas frente a la subversión como con el cáncer, «a veces es necesario extirpar las partes del cuerpo próximas aunque no estén infectadas para evitar la propagación»" (cfr. Historia Argentina: La Dictadura Militar 1976/1983. Del Golpe de Estado a la Restauración Democrática. Ed. Paidós, Buenos Aires, 2003, p. 88 y sgtes.). En el mismo sentido, se ha señalado también, que “El discurso de la peste […] fue particularmente apropiado y resignificado por el gobierno instaurado en 1976. Las epidemias, los cánceres nacionales de todo tipo, eran los subterfugios utilizados por los militares para justificar la erradicación de los «focos» subversivos al interior del organismo enfermo. También desde 1976, con más fuerza que nunca la metáfora de la sociedad enferma se convertiría «en el diagnóstico oficial del gobierno para explicar de un modo didáctico y convincente el pasado inmediato de la República Argentina, para justificar el acceso al poder, la legitimidad de la permanencia en él y los objetivos históricos propuestos»” (Melo,

Adrián y Raffin, Marcelo: Obsesiones y fantasmas de la Argentina, Ed. del Puerto, Buenos Aires, 2005, p. 109, con cita de Delich, Francisco: Metáforas de la sociedad argentina, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1986, p. 29). Y continúan los autores citados: “…Si el diagnóstico era que el grueso de la sociedad estaba enferma, las estrategias curativas tenían que ser necesariamente drásticas y apuntar allí mismo donde los males tienen su origen. El Estado autoritario impone un lema: el supuesto enfermo debe aislarse para extirpar

tipo de enfrentamiento social (Gente n° 560, 15 de abril de 1976)» [

].

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el mal. Las terapéuticas instrumentadas fueron la desinformación, el congelamiento de la sociedad, la imposición del miedo, la desaparición física de las personas, entre las de mayor peso” (idem, p. 109/0). No es de extrañar entonces, que el resultado de esta lógica haya llevado a resultados desastrosos; que este discurso del enemigo haya conducido sin escalas a la más pura arbitrariedad, especialmente en la selección de las víctimas a someter a este perverso y feroz sistema penal ilegal subterráneo, el cual -como toda agencia policial descontrolada e impune-, arrasó con cuanto vestigio de Estado de Derecho tuvo delante; para sólo detener su propensión a la violación de las más elementales normas del Derecho y la racionalidad frente a la aparición en el horizonte de contra pulsiones provenientes del exterior, más precisamente, la presión del gobierno demócrata norteamericano y la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (con más detalle al respecto, Novaro, op. cit., pps. 102/3). En palabras de Romero “[l]o cierto es que cuando la amenaza real de las organizaciones cesó, la represión continuó su marcha. Cayeron militantes de organizaciones políticas y sociales, dirigentes gremiales de base […] y junto con ello militantes políticos varios, sacerdotes, intelectuales, abogados relacionados con la defensa de presos políticos, activistas de organizaciones de derechos humanos, y muchos otros, por la sola razón de ser parientes de alguien, figurar en una agenda o haber sido mencionado en una sesión de tortura […] con el argumento de enfrentar y destruir en su propio terreno a las organizaciones armadas, la operación procuraba eliminar todo activismo, toda protesta social -hasta un modesto reclamo por el boleto escolar-, toda expresión de pensamiento crítico […] En ese sentido los resultados fueron exactamente los buscados”. En este orden de cosas, corresponde asimismo recordar que el Poder Ejecutivo Nacional, mediante la sanción del decreto nro. 187/83, dispuso la creación de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (CONADEP), cuyo objetivo fue esclarecer los hechos relacionados con este fenómeno acontecido en el país. En el informe final presentado por la Comisión se señaló que:

“De la enorme documentación recogida por nosotros se infiere que los derechos humanos fueron violados en forma orgánica y estatal por la represión de las Fuerzas Armadas. Y no violados de manera esporádica sino sistemática, de manera siempre la misma, con similares secuestros e idénticos tormentos en toda la extensión del territorio. ¿Cómo no atribuirlo a una metodología de terror planificada por los altos mandos? ¿Cómo podrían haber sido cometidos por perversos que actuaban por su sola cuenta bajo un régimen rigurosamente militar, con todos los poderes y medios de información que esto supone? ¿Cómo puede hablarse de «excesos individuales»? De nuestra información surge que esta tecnología del

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infierno fue llevada a cabo por sádicos pero regimentados ejecutores. Si nuestras inferencias no bastaran, ahí están las palabras de despedida pronunciadas en la Junta Interamericana de Defensa por el Jefe de la Delegación Argentina, Gral. Santiago Omar Riveros, el 24 de enero de 1980: «Hicimos la guerra con la doctrina en la mano, con las órdenes escritas de los Comandos Superiores». Así cuando ante el clamor universal por los horrores perpetrados, miembros de la Junta Militar deploraron los «excesos de la represión, inevitables en una guerra sucia», revelan una hipócrita tentativa de descargar sobre subalternos independientes los espantos planificados”. “Los operativos de secuestros manifestaban la precisa organización, a veces en los lugares de trabajo de los señalados, otras en plena calle y a luz del día, mediante procedimientos ostensibles de las fuerzas de seguridad que ordenaban «zona libre» a las Comisarías correspondientes. Cuando la víctima era buscada de noche en su propia casa, comandos armados rodeaban la manzana y entraban por la fuerza, aterrorizaban a padres y niños, a menudo amordazándolos y obligándolos a presenciar los hechos, se apoderaban de la persona buscada, la golpeaban brutalmente, la encapuchaban y finalmente la arrastraban a los autos o camiones, mientras el resto de los comandos casi siempre destruía y robaba lo que era transportable. De ahí se partía hacia el antro en cuya puerta podía haber inscriptas las mismas palabras que Dante leyó en los portales del infierno: «Abandonar toda esperanza, los que entráis»”. “De este modo, en nombre de la seguridad nacional, miles y miles de seres humanos, generalmente jóvenes y hasta adolescentes, pasaron a integrar una categoría tétrica y hasta fantasmal: la de los desaparecidos. Palabra - ¡triste privilegio argentino! - que hoy se escribe en castellano en toda la prensa del mundo.“ (cfr. Nunca Más, Informe de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas, EUDEBA, Buenos Aires, 1996). Lo hasta aquí expuesto, nos permite conocer el contexto histórico nacional en el cual se desplegó el sistema represivo implementado por las Fuerzas Armadas que, reitero, consistió en la captura, privación ilegal de la libertad, interrogatorios con tormentos, clandestinidad y en muchos casos, eliminación física de las víctimas; siendo este proceso sustancialmente idéntico en todo el territorio de la Nación. Resulta relevante traer a colación aquí los desarrollos teóricos que en el marco del discurso penal se han efectuado, a partir de la irrupción de Estados autoritarios tanto en Europa como en América Latina, durante todo el siglo XX, desarrollos que sintetizan las preocupaciones de los juristas y pensadores provenientes no sólo del Derecho penal sino de diversas ramas

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de las ciencias sociales, como lo son la sociología del castigo, la antropología jurídica y la criminología. Estas preocupaciones han buscado comprender la relación entre el poder y la legalidad (entendida esta última según el modelo kelseniano que se impuso durante las décadas del ’20 y ’30 del siglo pasado), especialmente a partir de la crisis en esta relación, puesta en evidencia con la irrupción de los regímenes autocráticos de entreguerras, en especial, el nacionalsocialismo. De estos desarrollos teóricos –entre los cuales se destacan los emprendidos por los juristas europeos Alessandro Baratta y Luigi Ferrajoli y nuestro E. Raúl Zaffaroni-, surge claro que hoy en día sólo es posible comprender al Derecho penal como una técnica de minimización de la violencia, con especial referencia a la violencia estatal, que por su concentración de poder punitivo (monopolio del uso de la fuerza, disponibilidad de aparatos de poder, posesión de arsenales bélicos, etc.), siempre tiende al abuso y a la desproporción en las réplicas frente a la puesta en peligro de dicho poder que surgen de sectores alejados del mismo. De hecho, el Derecho penal moderno nació al calor de la Ilustración de fines del siglo XVIII (la obra de Beccaria, Dei delitti e delle pene, es de 1766), precisamente a partir de la necesidad de poner diques de contención al despotismo que los regímenes absolutistas ejercían sobre los súbditos, quienes hasta ese momento carecían de todo tipo de derechos. Pues bien, los hechos ventilados en este proceso muestran a las claras que el supuesto progreso civilizatorio de la mano de la modernidad y de las luces está lejos de haber alcanzado, al menos de modo concluyente, estadios superadores en la relación entre el Estado y la sociedad civil. Es a partir de este marco conceptual, que es posible visualizar una tensión permanente entre el ejercicio de poder punitivo (propio del Estado policial) y el Derecho penal como técnica proveedora de mayor paz social (propio del Estado de Derecho), tensión que está presente en todas las sociedades, más allá de la organización política que las configure (sigo aquí especialmente a Zaffaroni, E. Raúl, Alagia, Alejandro y Slokar, Alejandro:

Derecho Penal - Parte General, Ed. Ediar, Buenos Aires, 2000, p. 5 y sgtes., y 38 y sgtes.).

Esta dialéctica Estado de Derecho-Estado policial no se puede concebir espacialmente como dos frentes que coliden entre sí, dado que en verdad, el primero contiene al segundo en su interior: así, el Estado policial pugna permanentemente por su expansión en desmedro de espacios propios del Estado de Derecho, y a su vez, el Estado de Derecho aspira a reducir y

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encapsular todo lo posible los espacios librados al Estado policial que pervive en su interior. En tal sentido, la mayor expansión del ejercicio de poder punitivo estatal trae como consecuencia su necesaria contrapartida, la virtual desaparición del Derecho penal limitador y lo que éste presupone, el Estado de Derecho.

No es posible imaginar una sociedad en donde todo sea Estado de libertades (un mínimo de poder de policía resulta absolutamente necesario para la coexistencia aún pacífica), así como tampoco es concebible una sociedad con todos sus espacios de libertades anuladas: una sociedad así, abierta y completamente totalitaria, terminaría aniquilando a todos sus súbditos a través del ejercicio del terror sistemático, masivo e implacable, generando uno tras otro, nuevos estereotipos de enemigos. Si bien han existido regímenes que se han acercado bastante al ideal (probablemente, la Alemania nazi en la plenitud de su poder, circa 1942, el régimen estalinista soviético de mediados de la década del ’30 del siglo pasado), lo cierto es que también el Estado policial puro es solamente una hipótesis de trabajo para el científico social (al respecto, ver Arendt, Hannah: Los orígenes del totalitarismo, trad. de Guillermo Solana, Alianza Editorial, Madrid, 2002, pps.

687/688).

Pues bien, lo que surge claro tanto de los elementos de prueba colectados en la causa 13/84 instruida por el Superior, como por las investigaciones históricas del período inaugurado con el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, es que las pulsiones del Estado policial –conducido por la Junta Militar de aquel entonces- finalmente rompieron los últimos diques de contención que le ofrecían resistencia desde el Estado de Derecho, y anegaron todos aquellos espacios de derechos y libertades a los que desde siempre apuntaron y que hasta ese momento tenían resguardo de la Ley, mediante el empleo de un poder autoritario y manifiestamente ilegal. Para ello, y habida cuenta que el catálogo de respuestas jurídico- penales que ofrecía el Estado de Derecho usurpado les resultaba manifiestamente insuficiente a los diseñadores del régimen militar instaurado para canalizar el enorme caudal de violencia estatal que preveían inyectar en la sociedad, frente a la disyuntiva –absolutamente factible debido a la sustitución de la mismísima norma fundamental del orden jurídico vigente- de cambiar a su antojo la legalidad formal en lo referente a delitos, juicios y penas, prefirieron una solución aún más drástica, como lo fue la de transferir

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todo el aparato bélico de poder estatal a la más pura clandestinidad, esto es, a la más abierta ilegalidad. Y reafirmo esta nota de abierta ilegalidad, puesto que el Estado argentino, pese a la clara dominación del Estado policial, mantuvo remanente ciertos espacios del Estado de Derecho en ámbitos no vitales (no debemos olvidar que el código penal casi no fue modificado, así como tampoco el derecho civil, comercial, todos los cuales seguían siendo aplicados por jueces, etc.).

Dicho de otro modo, nos encontramos a partir de fines de marzo de 1976 en nuestro país con un Estado no ya constitucional sino meramente legal de Derecho, con casi todos sus espacios internos ocupados por un Estado policial liberado de toda contención y dominado por las agencias policiales (fuerzas armadas y de seguridad), y que para colmo de males, y como nota distintiva de la violencia estatal que se dio en la Argentina en aquellos años, con todos sus aparatos verticalizados de poder (fuerzas armadas, policías, servicios penitenciarios, servicios de seguridad del Estado) alineados en una sola estructura –al estilo del Leviatán que describe Hobbes-, liberado de toda atadura o contención desde la esfera de la legalidad, aunque más no sea la legalidad formal que regiría la organización política luego del golpe de Estado y hasta la restauración del sistema democrático de gobierno. Ya en la causa 13 de la Excma. Cámara Federal –que llevó a cabo el “Juicio a las Juntas”-, se tuvo por probado que desde el Estado legal de Derecho, la Junta Militar de gobierno que ocupaba el poder político del Estado Argentino, le proporcionó a los detentadores del aparato de poder unificado que había pasado a la clandestinidad, todo lo necesario para operar impunemente y en el mayor de los secretos: en primer lugar la asignación de los recursos económicos y logísticos, derivada de fondos públicos, sin los cuales la enorme empresa criminal jamás podía haberse llevado a cabo, y en segundo lugar, la promesa –cumplida por cierto-, de poner en funcionamiento el enorme poder discursivo y mediático que estaba al servicio del régimen (a través de órganos de información estatales o de aquellos privados controlados y del silenciamiento y persecución de los medios informativos independientes u opositores) para negar sistemáticamente ante la opinión pública, los estados extranjeros y las organizaciones de derechos humanos, todo lo concerniente a la actuación de aquel Leviatán desatado. Dicho de otro modo, no fue con las herramientas del ejercicio de poder punitivo formal que el régimen militar en cuestión llevó a cabo la represión contra los que consideraba sus enemigos políticos, sino que fue a través de un premeditado y perverso ejercicio masivo y criminal de poder

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punitivo subterráneo (cfr. Zaffaroni-Alagia-Slokar, op. cit., p. 24) que dieron cuenta de ellos, metodología que fue mantenida en secreto por todos los medios posibles y que, como todo ejercicio de violencia estatal liberada de las sujeciones del Estado de Derecho, degeneró en forma inmediata en terrorismo de estado.

Debemos recordar aquí que la cuestión del mantenimiento en

secreto del aparato de poder puesto al servicio de la actividad criminal no fue algo privativo del régimen militar aquí en estudio; similar estrategia fue emprendida entre otros, por el nazismo y el estalinismo, siguiendo la lógica de todo modelo autoritario de poder estatal, según la cual “…cuanto más visibles son los organismos del Gobierno, menor es su poder, y cuanto menos se conoce una institución, más poderosa resultará ser en definitiva […] el poder

auténtico comienza donde empieza el secreto” (cfr. Arendt, Los orígenes

608).

Para cumplir los objetivos propuestos, el régimen militar en el marco del cual se desempeñaron los aquí juzgados, extrajo por la fuerza a los supuestos enemigos políticos de sus ámbitos de pertenencia, ya sea familiares, sociales, culturales, y de los circuitos de comunicación social,

despojándolos de este modo de toda significación socio-jurídica: “el primer paso esencial en el camino hacia la dominación…” –sostiene Arendt- “…es matar

en el hombre a la persona jurídica” (Los orígenes

Ello se logra colocando a ciertas categorías de personas fuera de la protección de la ley: el hasta entonces ciudadano, con nombre y apellido, profesión, etc., con derechos y obligaciones de diversa índole, pasa a ser una no-persona, alguien de la cual sólo queda pendiente un cuerpo vital, lo que Agamben ha llamado la nuda vida del homo sacer, el cual está enteramente en manos del Estado policial subterráneo, no sólo para torturarlo, negarle alimento, agua o condiciones sanitarias mínimas, sino además para disponer definitivamente de esa vida, anulándola en cualquier momento impunemente, sin necesidad de razón o justificación alguna más allá del puro acto de poder, negándole inclusive, los rituales debidos a toda muerte, propios de la condición humana. Señala Agamben que allí cuando se desvanece la frontera entre orden jurídico y estado de excepción (como lo fue el régimen militar en toda su extensión), la nuda vida pasa a ser a la vez el sujeto y el objeto del ordenamiento político y de sus conflictos: “Todo sucede como si, al mismo tiempo que el proceso disciplinario por medio del cual el poder estatal hace del hombre en cuanto ser vivo el propio objeto específico, se hubiera puesto en marcha

cit., p.

cit., p. 665).

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otro proceso […] en el que el hombre en su condición de [mero ser] viviente ya no se presenta como objeto, sino como sujeto del poder político […] en los dos está en juego la nuda vida del ciudadano, el nuevo cuerpo biopolítico de la humanidad” (cfr. Agamben, Giorgio: Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, trad. de Antonio Gimeno Cuspinera, Ed. Pre-textos, Valencia, España, 2003, p. 19). De este modo, el ciudadano, la persona física y jurídica, pasaba a ser simplemente un desaparecido, sobre el cual, como bien quedó asentado en los considerandos de la causa 13, los detentadores del aparato de poder - liberados de toda atadura por parte de las cúpulas militares gobernantes- tenían amplia disponibilidad, ya sea para aniquilarlo, o bien para continuar su detención pero transfiriéndolo desde el sistema penal subterráneo al sistema penal formalizado (legalización por parte del Poder Ejecutivo), o bien liberándolo directamente o permitiendo su salida al exterior. En definitiva, y en palabras de Ferrajoli:

“La vida y la seguridad de los ciudadanos se encuentran en peligro hoy más que nunca, no sólo por la violencia y los poderes salvajes de los particulares, ni por desviaciones individuales o la ilegalidad de específicos poderes públicos, sino también, y en medida mucho más notable y dramática, por los mismos estados en cuanto tales: […] torturas, masacres, desaparición de personas, representan actualmente las amenazas incomparablemente más graves para la vida humana. Si es cierto, como se dijo, que la historia de las penas es más infamante para la humanidad que la historia de los delitos, una y otra juntas no igualan, en ferocidad y dimensiones, a la delincuencia de los estados: baste pensar […] todas las variadas formas de violencia predominantemente ilegales con que tantísimos estados autoritarios atormentan hoy a sus pueblos” (Ferrajoli, Luigi: Derecho y Razón, Ed. Trotta, Madrid, 1989, p. 936). Considerando Segundo La dimensión civil y económica de la dictadura militar Introducción Sin dudas, una de las mayores particularidades que ha presentado la investigación de autos, a diferencia del resto de los segmentos investigados por el Tribunal en lo que concierne al despliegue del aparato represivo del Primer Cuerpo de Ejército, se encuentra constituida por el componente económico que presentan los hechos que fueron atribuidos a las víctimas que hoy nos ocupan. Ese componente económico, claro está, se verá presente, desde un principio, en la imputación a las víctimas de delitos vinculados con la llamada subversión económica, al menos desde la formalidad de la que se habría pretendido dotar su persecución.

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Gran parte de las piezas procesales que conforman el plexo probatorio de autos son relativas a las distintas operaciones de Juan Claudio Chavanne, las empresas y personas a él vinculadas, el Banco de Hurlingham – de la familia Graiver- e Industrias Siderúrgicas Grassi S.A., todas ellas tildadas de sospecha por la Comisión Nacional de Valores, el “Equipo de Trabajo” del Primer Cuerpo de Ejército y, en un primer momento, la Justicia Federal –auto de fs. 1729/39 de la causa 40.528-. La simple enumeración de los actores que intervienen en el factum sobre el que recae el objeto procesal de este expediente, pone en evidencia el complejo entramado de niveles que participan en los hechos, en una mixtura que involucra a empresarios e industriales como víctimas y, sin perjuicio de las responsabilidades que corresponda formular en cada caso desde la perspectiva de la instrucción, la concurrencia de funcionarios civiles y militares en la concreción de los sucesos materia de investigación. 2.1. El carácter cívico-militar del golpe de estado Las singularidades precedentemente destacadas como características de esta instrucción ponen de manifiesto, a criterio del suscripto, la necesidad de hacer visible, junto la descripción de los hechos que constituyen el núcleo de investigación, acreditación e imputación que se analizará por la presente, una dimensión más amplia de la que posiblemente tales sucesos participen y que involucra a sujetos no necesariamente alcanzados por imputación penal alguna y a circunstancias que no llegan al terreno de lo justiciable. Esa dimensión involucra el llamado carácter cívico-militar del régimen instaurado a partir del golpe de estado del 24 de marzo de 1976 y el componente político-económico, en términos de objetivos y necesidades, que se trazó el gobierno de facto. Al respecto se ha señalado que “Todos los golpes militares de la historia argentina han sido golpes cívico-militares. La lectura que supone que las Fuerzas Armadas argentinas operan como el «brazo armado» ejecutor de las políticas que dictan los intereses civiles de turno —origen de la difundida imagen del «perro de la oligarquía»—, olvida que la intrincada trama de relaciones sociales que involucra a las Fuerzas Armadas con el resto de las élites sociales y políticas se combina en forma ambigua con el aislamiento profesional y la consolidación de un férreo núcleo de intereses y valores institucionales propios” – cfr. Canelo, Paula La política contra la economía: los elencos militares frente al plan económico de Martínez de Hoz durante el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1981) en Empresarios, tecnócratas y militares. La trama corporativa de la

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última dictadura, coordinado por Alfredo Raúl Pucciarelli Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2004-. De esta forma, “la gestación de las intervenciones militares sería producto de una reacción militar conforme a normas e intereses específicos que coinciden, en determinadas coyunturas, con los de otros grupos institucionales o políticos, posibilitando la gestación de alianzas“–cfr. Canelo, Paula op. cit.- La participación de determinados sectores civiles en la gestión del Estado durante el régimen dictatorial y en la implementación de determinadas políticas de carácter económico, suele verse representada por la icónica asunción de Martínez de Hoz al frente de la cartera económica:

“A despecho de la prescindencia de los civiles anunciada por Videla, Martínez de Hoz, era designado Ministro de Economía para desmantelar las – después de todo- módicas cuotas de modernización nacional. Lo que se aproximaba era el rediseño regresivo del país en su conjunto con un anclaje fundamental en la economía” –Muleiro, Vicente. 1976. El golpe civil. Una historia del mal en la Argentina. Editorial Booket –Grupo Editorial Planeta, Buenos Aires, 2012, pág. 13/14-.

Con la asunción de Martínez de Hoz, la mesa del poder estuvo servida para poner en marcha la utopía regresiva que recolocó al liberalismo conservador y autoritario en el centro de la escena. Las manos quedaron libres con el mejor bisturí disponible: esa representación sin cortapisas y la consecuencia reducción violenta de uno de los actores de la puja distributiva, y con él de toda forma de representación laboral y popular, todo ello adornado con el título de la guerra antisubversiva” – Muleiro Vicente, op. cit., pág. 137-. Así definió el nuevo encuadre el investigador Eduardo Basualdo:

“La estrategia dictatorial tuvo el propósito de interrumpir la expansión industrial para disolver las bases de la alianza vigente entre la clase trabajadora y la burguesía nacional y, al mismo tiempo, restablecer las relaciones de dominación de los intereses de los sectores dominantes que constituían su sustento económico y social” –citado por Muleiro, Vicente, ob. cit. pág. 14-. Esta, denominada por algunos autores, “alianza cívico-militar” aparece, al menos en parte, como la promotora del golpe de Estado de 1976, y ha sido vista como “conformada por los únicos actores que reclamaban para sí cierta condición de «inocencia» en relación con el caos que venían a conjurar proclamando una radical condena del pasado —en términos de O'Donnell, los únicos actores «incontaminados»—: una nueva gene-ración en las Fuerzas Armadas, diferente de aquella que había conducido la Revolución Argentina, y ciertos grupos de la derecha liberal tradicional, cuyos objetivos confluyeron, al menos inicialmente, con los de una nueva corriente del liberalismo económico: la derecha liberal tecnocrática“ -cfr. Canelo op. cit.-.

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Entre estos sectores civiles y las esferas militares se habría consolidado, entonces, una coincidencia ideológica fundamental, consistente en “un diagnóstico común acerca de la naturaleza de la crisis argentina y de los instrumentos fundamentales que debían ser aplicados para exorcizar el caos y restablecer el orden” y que habría encontrado como condición de posibilidad “el visceral antipopulismo que todos ellos compartían, y la percepción de una amenaza en cuyo alto grado de peligrosidad también coincidían”–cfr. Canelo op. cit.-.

un

proyecto político, social y económico en beneficio de los sectores dominantes y de

subordinación de los sectores populares” -cfr. Política económica de la dictadura.

Piñero;

http://www.derhuman.jus.gov.ar/conti/2011/10/mesa_1/pinero_mesa_1.pd

f-.

Siguiendo la línea de pensamiento de los autores citados, el proyecto político puesto en práctica por los sectores dominantes partía de la premisa de que las dictaduras anteriores, en especial la llamada “Revolución Argentina” y su ministro de Economía, Adalberto Krieger Vasena, habían fracasado por no haber podido eliminar la conflictividad de la clase obrera industrial. Ese sector de clase consideraba que la base industrial de la economía argentina y la lucha de los trabajadores industriales brindaban las condiciones para el desarrollo de los sectores que jaqueaban el orden predominante. Por ello, buscaron disciplinar a la clase obrera y colocarla en una posición subordinada, principalmente mediante la represión y la desindustrialización del país –cfr. op. cit. María Teresa Piñero-. 2.2. La represión de los sectores del trabajo En efecto, la preocupación por desarticular, junto con el resto de las instituciones del país, la estructura gremial y sindical ya se encontraba presente antes del golpe de Estado de 1976 en los encumbrados oficiales que luego concretarían el derrocamiento del gobierno constitucional. El “Plan del Ejército Argentino contribuyente a la Seguridad Nacional” del mes de febrero de 1976 –acumulado a la causa n° 14.216/03 respecto de la cual la presente resulta conexa-, ya contenía entre sus previsiones para las maniobras dirigidas a la toma del poder, por ejemplo, la ocupación y el allanamiento de una serie de sedes sindicales “para asegurar sobre ellas el control de las FF.AA.”. Tales objetivos operacionales fueron determinados a través del apéndice 2 del anexo 4 del Plan del Ejército, siendo ellas: la Seccional Avellaneda de la Unión Obrera Metalúrgica, y las sedes

María

En

otras

palabras,

“[l]a

dictadura

militar

buscó

instaurar

Teresa

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capitalinas de la U.O.C.R.A., la F.O.E.T.R.A., la Federación de los Trabajadores de la Carne y sus derivados, consignándose con relación a todos las enumeradas que “pueden encontrarse armas”. Otras sedes sindicales respecto de los cuales se impuso específicamente su allanamiento y ocupación fueron las sedes porteñas de SMATA, Luz y Fuerza y del gremio de los “canillitas”. En el mismo documento de planificación del golpe de estado se enumeraron por el Ejército “capacidades” que tenían ciertos ámbitos sociales contra del proceso todavía a emprenderse. Entre ellas, se destaca en numerosos casos el ejercicio de derechos constitucionales como ser distintas manifestaciones de la libertad de expresión (movilizaciones políticas y gremiales, la difusión a la opinión pública de “volantes y panfletos” o “leyendas murales”, y en el caso de organizaciones religiosas “contribuir a crear con su prédica disociadora, una opinión nacional e internacional contraria al Gobierno Militar”); o vinculadas a las defensas de los derechos de los trabajadores tales como paros generales,

huelgas y particularmente “[e]fectuar demandas reivindicatorias salariales orientadas a provocar la ruptura o el entorpecimiento de un nuevo orden económico, utilizando diversas maneras para formularlas, tales como: Paritarias, Reuniones de

Retiro de Colaboración, Trabajo a Reglamento”; e

incluso en el caso de las llamadas organizaciones políticas la simple negativa a “toda colaboración partidaria masiva, parcial o personal en apoyo al nuevo gobierno” o la creación de una “imagen desfavorable del nuevo gobierno en el extranjero, mediante contactos con representantes de la prensa y organismos internacionales y personalidades de relevancia mundial” –cfr. págs. 5 a 10-. Ya asumido el poder por la Junta Militar, el “Acta para el Proceso de Reorganización Nacional” del 24 de marzo de 1976 suspendió, en sus puntos 7 y 8 “la actividad política y de los Partidos Políticos, a nivel nacional, provincial y municipal” y las “actividades gremiales de trabajadores, empresarios y de profesionales”. En el mismo sentido se dictó el decreto nro. 9, por el cual, invocándose la consideración de que “los sectores agremiados del trabajo y del empresariado han sido afectados por el proceso de desorden, corrupción y subversión que ha caracterizado el quehacer nacional en los últimos años”, se suspendieron transitoriamente “la actividad gremial de las entidades de trabajadores, empresarios y profesionales, excepto la correspondiente a la administración interna de las mismas y a las de sus obras sociales, en todo el territorio nacional” (B.O. 29 de marzo de 1976, fs. 47.129; ADLA XXXVI-B-1026).

fábricas, Marchas de Protesta [

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Asimismo, por el comunicado nro. 25 de la Junta Militar, que fuera difundido a través de la agencia oficial TELAM, el gobierno de facto informó: “1) Intervenir la CGE, la CGT y ha procedido a congelar sus fondos; 2) suprimir el fuero sindical; 3) intervenir la Cruzada de la Solidaridad, a efectos de su liquidación y congelamiento de sus fondos” (cfr. “Intervinieron la CGE, la CGT

y la Cruzada”. La Nación, 25 de marzo de 1976, página 1). La voluntad castrense expresada en el comunicado precitado se materializó, a través de las leyes de facto nros. 21.263 y 21.270. Por la ley 21.263 (B. O. 26/03/1976 -ADLA 1976 - B, 1034) fueron derogados los arts. 58 y 59 de la ley 20.615 apelando, curiosamente, a la igualdad ante la ley y a los principios republicanos de gobierno al alegar que lo allí establecido importaba “la constitución de un fuero en favor de los integrantes de las comisiones directivas o consejos directivos de las asociaciones profesionales de trabajadores de cualquier grado” e invocando que “tal fuero es uno de los que rechaza el art. 16 de la Constitución Nacional, por ser violatorio de las garantías consagradas en dicho precepto y en el art. 18 de la misma Constitución”, así como también que “la vigencia de tales normas” implicaba “un condicionamiento por parte del Poder Ejecutivo, de las atribuciones del Poder Judicial, en violación a lo dispuesto por los arts. 100, 101 y 102 de la Carta Magna”.

Asimismo, a través de ley de facto nro. 21.270 (B. O. 26/03/1976 - ADLA 1976 - B, 1037) se impuso la intervención del Consejo Directivo de la Confederación General del Trabajo de la República Argentina y el bloqueo de “sus fondos, cuentas bancarias y bienes patrimoniales” –artículo 1°- siendo designado como interventor el Coronel Emilio Alfredo Fabbrizzi –artículo 2°-. Tales medidas fueron fundamentadas en la consideración

castrense de que “en los últimos años se han registrado anomalías en el movimiento sindical argentino, que llevaron a la postergación de la defensa del interés profesional y a la creciente disociación entre la voluntad de los afiliados y la actividad de los dirigentes” y en la afirmación de que “el normal desarrollo de la actividad gremial” se encontraba afectado por una alegada “ausencia de una efectiva participación de las bases obreras en la vida de las organizaciones y la administración discrecional del patrimonio sindical”. Sentado ese cuadro, la medida fue calificada por el gobierno de facto como una decisión necesaria para corregir esos “factores distorsionantes,

a fin de que los trabajadores cuenten con organizaciones que sirvan a la defensa eficaz de sus intereses, a la vez que a los altos objetivos de la Nación”.

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El plan económico del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” diseñado e implementado por Martínez de Hoz, se basó de modo central en una reforma financiera y en la apertura comercial, y procuró generar un modelo de crecimiento basado en el sistema financiero, de rearticulación del modelo agro-exportador y desarticulación del espacio industrial -cfr. informe de la Comisión Nacional de Valores, p. 16.-. La confluencia de estas tendencias, decanta, entonces, en un tipo específico de concepción económica que asume como parte integrante de ella la exclusión de la participación de los sectores del trabajo en la misma, constituyéndose en una política de estado que ha sido considerada como “el mayor intento de transformar radicalmente la estructura económica y social de la Argentina, modificar sus relaciones sociales y terminar con las causas que provocaban las crisis y desorden, para así restablecer relaciones de dominación permanentes e irreversibles, por intermedio de la represión legal y clandestina. Consideraban que no podían neutralizar la conflictividad obrera industrial” -conf. op. cit. María Teresa Piñero-. En este proceso se redefine la visión que, desde estos sectores, se poseía del movimiento político quizás más identificado con la clase obrera y/o sus organizaciones. Para los militares cohesionados tras los postulados de la Doctrina de Seguridad Nacional, el peronismo había dejado de ser, una barrera de contención contra la "subversión", y en cambio, ahora constituía su propia potencialidad movilizadota. Ello, con sus características organizativas, lo convertían en la puerta de entrada de la "infiltración ideológica subversiva" - cfr. Canelo op. cit.-. En se sentido las nociones de “peronismo” y subversión” fueron “asociados en una construcción dual del oponente: por un lado, la figura de la «subversión» —si bien era comprendida en términos muy amplios, fundamentalmente de naturaleza moral— intentaba dar cuenta de un enemigo ideológico, «nihilista», «apartida», contra el cual la corporación militar libraba una «guerra total» por otro, y asociado a la «subversión», se encontraba un enemigo «corrupto», «demagogo» y «oportunista», que había «cohabitado» con el enemigo «subversivo», fundamentalmente durante el último gobierno peronista (1973-1976), y era el principal beneficiario del entramado estatal «ineficiente» que debía ser reestructurado. De esta forma, resultaba imperativo desactivar las estructuras estatales populistas y las prácticas políticas «venales» y «corruptas» que las habían caracterizado, al tiempo que se aniquilaba militarmente a la «subversión»”. – cfr. Canelo, op. cit) La llamada lucha “antisubversiva”, entonces, apareció como el discurso simplificado racionalizador del ejercicio de violencia estatal lesivo

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de los derechos humanos, en el que la noción de “subversión”, se erigió como concepto central para aglutinar voluntades hacia dentro y fuera del núcleo de poder militar. Adaptable a las necesidades del régimen, la idea “subversión” fue sustantivizada para designar sin contenido a una otredad, y luego así, como molde vacío, luego fue adjetivado de las formas más diversas, convirtiéndolo en algo más difuso aún. Si el subversivo, a primera vista parecía ser una categorización estrictamente política bajo la denominación del régimen, su carácter de molde podía ser también subversivo educativo, religioso, gremial, y económico. Cada calificativo venía a ubicar al enemigo en determinado ámbito del quehacer social y se enlazaba con un concepto de “orden” que, siendo contravenido, habilitaba su consideración de enemigo al régimen. 2.3. La lógica de las medidas represivas de carácter económico y de la lucha contra la subversión económica La lógica precedentemente descripta se encuentra también presente en la racionalización discursiva de la represión de la llamada “subversión económica”. Las modalidades de persecución o represión contra este tipo específico de subversión así adjetivada, tuvieron inscripción en una particular concepción de lo que debía ser la estructura económica del país y cuya concreción proseguiría años después, con posterioridad a la recuperación democrática. Luego de “sucesivos y fracasados intentos de gestión económica populista, desarrollista o keynesiana que habían sumido a la economía argentina en una profunda crisis, el nudo del problema estaba claro para los civiles liberales: a pesar de sus diferencias, todos esos intentos habían intentado colocar al sector industrial como eje dinámico del proceso de acumulación, lo que, en el caso del populismo, se había visto agravado por un aumento intolerable de las expectativas y demandas de los sectores populares, y por la creciente gravitación de las organizaciones sindicales como actores políticos. De esta forma, el principal objetivo de los liberales —en versión tradicional o tecnocrática— era el desarme de las bases de sustentación económica del populismo, reestructurando economía y sociedad para acercarlas al ideal de la "eficiencia" neoclásica. “–cfr. Canelo op. cit.- “Una vez confirmadas estas casi impecables coincidencias de diagnóstico, la titánica tarea que se imponían civiles y militares requería de una férrea unidad de acción en dos frentes: el militar—que aniquilara el vasto campo de conflicto social y político que había caracterizado a la Argentina durante las

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décadas anteriores— y el económico —que desestructurara las bases socioeconómicas del modelo de industrialización sustitutiva y recompusiera canales estables de funcionamiento capitalista—, por lo que resultaban imperativos tanto la unidad en las tareas militares como el alineamiento detrás de las propuestas del ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz“ - cfr. Canelo op. cit. Para ello, pese al discurso liberal, paradójicamente se necesitó ejercer el control irrestricto del Estado, siendo uno de los ejes de la política económica romper la alianza distribucionista de la burguesía nacional con los obreros industriales. Así, podemos decir que el orden cuya subversión se pretendía reprimir, no era sino, desde esta perspectiva, un nuevo orden inaugurado desde la instalación del gobierno de facto y consistente en la restauración de antiguas estructuras y relaciones de producción, sobre las que se montó, quizás como novedad, un modelo de acumulación financiera. Y es que, durante este período se instauró un nuevo régimen de acumulación de capital, asentado en la valorización de la actividad financiera y el desplazamiento de la producción industrial del centro de la economía. Se modificó el bloque de poder y la Argentina quedó fuertemente vinculada con el mercado financiero internacional –cfr. op. cit. María Teresa Piñero-. El hito inicial de este proceso, cuyas consecuencias exceden en varios años el período del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”, suele verse en el comienzo de la implementación del plan económico de José Alfredo Martínez de Hoz. El primer año de su gestión al frente del Ministerio de Economía habría dado la apariencia de imponer un clásico y marcado ajuste librado ante shocks externos o desequilibrios endógenos causados por la dinámica del modelo industrialista (-ISI- industrialización sustitutiva de importaciones) que, con logros económicos y sociales desde 1943, aún no había resuelto las brechas productivas, externas y fiscales. Pero en lugar de corregir las deficiencias del modelo, en 1977 se dio inicio a un cambio de carácter estructural orientado a transformar radicalmente la economía del país en beneficio de sectores concentrados, con base transnacional financiera – cfr. Vanoli, A. “La economía de Martínez de Hoz”, artículo en periódico, año 2006, http://edant.clarin.com/suplementos/economico/2006/04/02/n-

03601.htm.-.

En ese sentido, “un mojón del nuevo modelo fue la reforma de la ley de entidades financieras, la liberalización de la cuenta capital, una política monetaria ultrarestrictiva y la tablita cambiaria que generó un profundo retraso cambiario “– cfr. Vanoli, op. cit. -.

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Durante ese período se liberaron los créditos y las tasas, y se podía abrir una financiera y otorgar libremente créditos garantizados por fondos del Estado, que no llevaba a cabo ningún control. Se tendió a elevar las tasas de interés para aumentar los depósitos y así lograr el ingreso de capitales y el egreso, luego, de las ganancias acumuladas –cfr. Informe de la Comisión Nacional de Valores p. 16-. Esa combinación de altas tasas de interés un marco de estabilidad cambiaria crearon “un proceso de ingreso de capital financiero que facilitó un boom de importaciones. Con la apertura comercial se efectuó una reducción del proteccionismo al mercado interno y se liberaron las importaciones. Pero esta apertura no fue igual para todos los actores, priorizando algunos a quienes siguieron protegiendo (dados sus vínculos con el capital local): automotores, siderurgia, petroquímica, papel o azúcar, entre otros. Todo ello unido al creciente cortoplacismo financiero afectó profundamente a la inversión y al conjunto de los sectores productivos “–cfr. Informe de la Comisión Nacional de Valores, p. 16-. Paralelamente, el modelo económico fue acompañado de un “programa de privatizaciones periféricas a partir de la tercerización de ciertas actividades que pasaron del Estado al sector privado, dando lugar a la configuración de un «Estado neoclásico privatizador». Pero asimismo, este Estado cívico-militar continuó el modelo empresario, mediante compra de armamento o inversión en obras públicas, como las autopistas. Si el lema liberal era «achicar el Estado para agrandar la Nación» la práctica económica de Martínez de Hoz no escatimó en gasto para embarcarse en grandes obras públicas. Este proceso fue el eje central del crecimiento de un empresariado nacional parasitario que terminó de imponerse por sobre sus pares tras un largo período de luchas, alianzas y crecimiento inestable. La denominada «patria contratista» consistió en un mecanismo de redirección selectiva de contratos para obras públicas y desarrollo bélico hacia empresas privadas con estrecha vinculación al gobierno” –cfr. op. cit. Comisión Nacional de Valores, página 17-. El programa incluyó, según los estudiosos citados, el aumento del gasto en armamentos y obras de infraestructura costosa y de baja rentabilidad social todo lo cual provocó, en el marco de la desregulación financiera, un crecimiento explosivo de la deuda externa pública y privada para financiar el creciente déficit gemelo externo y fiscal. El efecto que produjo entonces, la implementación del modelo económico fue el de “un enorme endeudamiento externo, ya que el Estado no se redujo, sino que, por el contrario, aumentó el gasto público a expensas –entre otros factores– de una reducción en el presupuesto de salud y educación (que significaron

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los más bajos de la historia argentina)”-cfr. op. cit Comisión Nacional de Valores, pág. 17-. En el marco de la desregulación financiera, se provocó entonces un crecimiento explosivo de la deuda externa pública y privada para financiar el creciente déficit gemelo externo y fiscal –cfr. op. cit Vanoli-. Se terminó de patentar un nuevo patrón de acumulación donde los grupos económicos locales y las empresas transnacionales no se endeudaron para realizar inversiones productivas sino para obtener renta mediante colocaciones financieras, en tanto la tasa de interés interna superaba largamente la tasa de interés internacional, para finalmente remitir los recursos al exterior y reiniciar el ciclo. De allí que “en la Argentina la otra cara de la deuda externa es la fuga de capitales locales al exterior” –Cfr. Basualdo, E. Sistema político y modelo de acumulación. Tres ensayos sobre la Argentina actual, Ed. Atuel, Cara o Ceca, Bs.As., 2011, p.54 en Op. Cit. CNV-. Frente a este panorama, “[l]as industrias desprotegidas, como las de electrodomésticos y la textil, se ven perjudicadas por las altas tasas de interés y por la competencia extranjera. Los empresarios prefirieron pedir créditos en dólares a bancos extranjeros, comprar pesos para colocarlos a interés a plazo fijo, esperar y luego retirar la plata para volver a comprar dólares. A esto se le llamó bicicleta financiera. Para el capital era más tentador el sistema financiero que el de producción, ya que rendía más a menor riesgo “-cfr. op. cit. CNV pp. 17/18-. Otro aspecto que no puede obviarse es el de la responsabilidad de los organismos financieros internacionales: el ingreso de capital externo de corto plazo y altas tasas de interés en el mercado interno junto a la reducción del presupuesto nacional desde el año 1976, no pudieron pasar desapercibidos ante las autoridades del Fondo Monetario Internacional, quienes eran responsables de supervisar el cúmulo de negociaciones económicas – confrontar Rapoport, M. “La política económica de la dictadura militar: Todo el poder a la elite”, en www.revista- zoom.com.ar/articulo877.html, 2006. En el mismo sentido se pronunció el Dr. Ballesteros en su reconocido fallo de la causa “Olmos”, cuando concluyó que “[l]a existencia de un vínculo explícito entre la deuda externa, la entrada de capital externo de corto plazo y altas tasas de interés en el mercado interno y el sacrificio correspondiente del presupuesto nacional desde el año 1976 no podían pasar desapercibidos en autoridades del Fondo Monetario Internacional que supervisaban las negociaciones económicas -cfr. causa n° 14.467, caratulada “Olmos ,Alejandro S/dcia”; expte n° 7.723/98, del Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal n° 2.- Este régimen luego implosionaría a partir 1979, en las postrimerías del período de Videla y Martínez de Hoz, cuando “la deuda

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externa Argentina comenzó a crecer de modo exponencial y alcanzaría ribetes de escándalo público. Hacia febrero de 1981, el plan económico había caído ya en un proceso de profunda crisis que terminaría con el mandato de Videla y el alejamiento definitivo de Martínez de Hoz del Ministerio de Economía (explicitando entonces las pujas presentes en la Junta de Gobierno como expresión de tensiones al interior de las Fuerzas Armadas, sobre todo entre la Armada y el Ejército). Asumió el Ministerio de Economía Lorenzo Sigaut, quien no compartía el estilo centralizado de la conducción económica de su antecesor, dejando con mayor autonomía a varios ministerios que antes dependían de Economía, acción que fragmentó y debilitó el poder de su gestión aún más. En abril de 1981, eliminó la “tablita” y estableció un tipo de cambio fijo, a la vez que produjo fuertes devaluaciones junto a otras medidas que tendieron a desacelerar el proceso de apertura económica. Ya a los tres meses de su gestión, se vivió una agudización de la crisis económica, una fuerte oposición interna, tres grandes devaluaciones y la renuncia de las cúpulas de los bancos Nación y Central. Un golpe interno, perpetrado en diciembre de 1981 por el sector militar disconforme con la política dialoguista hacia sectores civiles y con el cambio económico como producto de esta estrategia de acercamiento, alejó a Viola del gobierno, y a Sigaut del Ministerio de Economía, para dar lugar a la fracción dura conducida por Galtieri” -cfr. op. cit. Comisión Nacional de Valores, pág. 18-. En esta nueva etapa, la del tercer gobierno del “proceso”, se volvieron a adoptar recetas económicas de tipo ortodoxo, significando al presencia del ministro Roberto Aleman, un “retorno al enfoque liberal de Martínez de Hoz, interrumpido por la flexibilización de Sigaut durante la gestión de Viola”, período en el que “[a] la adversidad económica, que continuó, se le sumó la crisis política iniciada tras la derrota en Malvinas”. En medio de este escenario caótico se produjo otro hecho importante dentro de las transformaciones económicas efectuadas durante la dictadura militar: el Banco Central puso en marcha una organización de Préstamo Consolidado, que alivió la deuda interna de las empresas. Este mecanismo “se sumó a medidas gestionadas desde los ministros Sigaut hasta Whebe, donde se fue concretando una licuación de pasivos, que ha terminado siendo conocida como la estatización de la deuda privada. Según datos de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación (SDH) se estatizó la deuda externa privada de al menos 68 empresas. La misma consistió en beneficiar a las empresas privadas mediante avales de «seguros de cambio». En otros términos, el Estado se hizo cargo de la diferencia de sus deudas en moneda extranjera que habían adquirido tras el auge inflacionario. El gobierno pagó, de esta manera, la deuda contraída por varias empresas privadas que poseían sus gruesos capitales en el exterior, tras haberlos fugado en el momento álgido de la crisis. La socialización de pérdidas

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incluyó redescuentos a bancos, garantía pública de depósitos ante quiebras producidas por préstamos a empresas vinculadas, autopréstamos, transferencias de la «cuenta de regulación monetaria», entre otras medidas, que implicaron en conjunto una pérdida fiscal de más del 50% del PBI”. A través de ese proceso, “la deuda privada que rondaba los 15.000 millones de dólares se estatizó en un 90 %; por lo que la deuda externa pasó de 8.500 millones de dólares en 1976, a 25.000 millones en 1981, para terminar a principios de 1984 en 45.000 millones” -Benítez, D.H. y Mónaco, C.: “La dictadura militar, 1976-1983”, p.13, versión pdf en:

http://www.riehr.com.ar/archivos/Educacion/La%20dictadura%20militar%

20Monaco%20Benitez.pdf-.

Ciertos grupos económicos habrían sido beneficiados por estas medidas, razón por la cual, las fuerzas armadas habrían contado “con el apoyo de la gran burguesía nacional (el gran capital agrario y el gran capital industrial concentrado interno), las multinacionales y el capital financiero internacional, (preferentemente estadounidense), los pequeños y medianos productores rurales e industriales, la burguesía sindical, la Iglesia conservadora, y los partidos políticos tradicionales”-cfr. Informe de la Comisión Nacional de Valores, pág. 19/20-. “El proyecto de Martínez de Hoz constituyó para las elites dominantes una imperdible oportunidad para enriquecerse y a la vez utilizar al estado para eliminar la radicalización política (que resistía este proceso) llamada por ellos la «agresión marxista». Este discurso de carácter nacional generó consensos en muchos sectores que apoyaron la lucha contra un «enemigo común a todos» (discurso promovido desde la coyuntura de marzo de 1976 por los medios comunicacionales que contribuyeron a difundir y legitimar el discurso de la amenaza de la «subversión armada». La alianza de elites que tramaron y dieron sostén a la dictadura cívico-militar se asentó en un sentimiento de revancha clasista, orientada a «aniquilar» la militancia radicalizada y quebrar la capacidad de combatividad del sindicalismo de base. Se configuró una coalición golpista cuyo objetivo fue dar cierre a cuarenta años de historia de idas y venidas de proyecto nacional y popular que significaba, para ellos, «un tipo de estatismo que hizo poderoso al sindicalismo y provocó la “subversión”, y que hizo necesario, tras el fracaso del desarrollismo, un modelo de desindustrialización selectiva y disciplinamiento social». Como resultado de las políticas aplicadas se produjo una significativa redistribución del ingreso desde los sectores asalariados hacia el conjunto de los no asalariados, mediante la caída del salario real, el redimensionamiento del mercado laboral, el deterioro de las condiciones laborales y el aumento de la jornada de trabajo. Sus efectos alteraron profundamente la estructura económica y la direccionaron según los intereses del nuevo poder económico dominante. La dictadura cívico-militar desarrolló un accionar de

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terrorismo estatal y genocidio que excedió la lógica de mera implementación de un plan económico. La fuerza represora y genocida se aplicó sobre algunos cuerpos particulares pero sobre toda la sociedad en general, como parte del despliegue de una ideología y práctica sociopolítica sostenida en una discursividad de defensa de valores provenientes desde antes de los orígenes de la misma nacionalidad argentina, destinada a proteger los «valores de un cuerpo social» ante los ataques “extranjerizantes” y «ateos», ambas condiciones de nacionalidad y espiritualidad fundacionales en riesgo” -cfr. Informe de la Comisión Nacional de Valores, pág. 19/20-.

En ese orden de ideas, “la política económica de la dictadura puede sintetizarse entonces en un decidido cambio de rumbo tendiente a eliminar las bases estructurales que posibilitaron una sociedad con un importante grado de integración, debido, especialmente, al alto grado de equidad en la distribución del ingreso y la riqueza. Los rasgos más sobresalientes que operaron sobre esta realidad fueron: una desindustrialización selectiva que condujo a una desocupación estructural y a un incremento de la precariedad laboral; una importante concentración de capital en pocos actores económicos, vinculados centralmente a la «patria contratista»; la hegemonía del capital financiero por sobre las actividades productivas; y un sustancial endeudamiento externo, vinculado estrechamente al nuevo sistema de dominación. El éxito radicó en la creación de un nuevo modelo de acumulación en manos del capital concentrado trasnacional, que en conjunción con los nuevos acreedores externos conformó un bloque de poder disciplinante y distributivo que pervivirá hasta la actualidad. Dentro del campo social, se produjo un vasto proceso de reestructuración con el fin de fortalecer las bases de dominación, fragmentar al sector medio e individualizar las conductas sociales. Fundamentalmente, se tendió a la destrucción de las bases económicas de sustentación social mediante modificaciones que posibilitaron la descomposición y el surgimiento de nuevos grupos de trabajadores asalariados no obreros, de mayor precariedad y escaso poder organizativo, y por lo tanto, de mayor vulnerabilidad a las imposiciones del mercado” –cfr. Benitez, D.H. y Mónaco, C.: “La dictadura

en:

militar, 1976-1983”, p.13,

http://www.riehr.com.ar/archivos/Educacion/La%20dictadura%20militar%

20Monaco%20Benitez.pdf-.

2.4. Las medidas represivas de carácter económico de la dictadura militar Hemos visto como el nuevo gobierno de facto, surgido de lo que algunos estudios califican de alianza cívico-militar, tuvo entre sus objetivos la restauración de un nuevo orden socioeconómico cuyas características,

versión

pdf

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como en el resto de los nuevos órdenes vitales que conformaron la concepción de la sociedad que tuvo el régimen, fue impuesto por la fuerza. La persecución, entonces, dirigida contra una serie de determinadas personas aparece, también en ese contexto, como la concreción de esta idea de lo subversivo en el terreno económico, concepción que estuve presente desde los albores mismo del régimen de facto.

En efecto, fecha 18 de junio de 1976, la voluntad del gobierno dictatorial en ese sentido fue dada a conocer con el nombre de “Acta para considerar la conducta de aquellas personas responsables de ocasionar perjuicios a los superiores intereses de la Nación” -ADLA XXXVI-C, 1975-, por la que la junta Militar se concedió “la facultad y la responsabilidad de considerar la conducta de aquellas personas que hayan ocasionado perjuicios a los superiores intereses de la Nación”. Por el segundo artículo del Acta la junta castrense se arrogó la facultad de aplicarles a esas personas diversas sanciones, entre las que se encontró la de la “prohibición de administrar y disponer de sus bienes por actos entre vivos hasta tanto justifiquen la legitimidad de la adquisición de los mismos y de ejercer la profesión para la que estuvieren facultados legalmente, en su caso, durante aquel lapso”. Al año siguiente, el día 3 de febrero de 1977 los Comandantes Generales dictaron una nueva “Acta Institucional”, complementaria de la anteriormente descripta, en la que recordando que “la Junta Militar, por acta

la facultad y responsabilidad de considerar la

del 18 de junio de 1976 [

conducta de aquellas personas que hubieren ocasionado perjuicios a los superiores intereses de la Nación” señalaron que “las investigaciones practicadas en procura del estricto cumplimiento de los objetivos básicos fijados para el proceso de reorganización nacional, han demostrado la conveniencia de extender el ámbito de aplicación del acta del 18 de junio de 1976, comprendiendo -además de las personas físicas- todas aquellas personas de existencia ideal que, mediante la ilicitud de sus procedimientos, han contribuido o favorecido el desarrollo de la subversión disociadora” -B. O. 09/09/1977 - ADLA 1977 - D, 3663-.

Concordantemente con tales alegaciones, y afirmando que era absolutamente necesario “el total cumplimiento de lo preceptuado” en el artículo

2del Acta del 18 de junio de 1976, se indicó que correspondía “determinar el destino de aquellos bienes cuya legítima adquisición no se justifique”.

Así, por el artículo 1la Junta Militar declaró que asumía “la facultad y responsabilidad de declarar la inhabilitación para administrar y disponer de sus bienes hasta tanto justifiquen la legitimidad de su adquisición -conforme lo dispuesto en el art. 2º. inc. e) del acta del 18 de junio de 1976-, a aquellas personas jurídicas que conside[rara] comprendidas en alguna de las situaciones tipificadas”

]asumió

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en el art. 1º del Acta de junio de 1976, determinándose que tales bienes pasarían “al patrimonio del Estado Nacional” -art. 2-. A esta Acta, que extendió las sanciones patrimoniales al ámbito de las personas de existencia ideal, le siguió el dictado de la resolución nro. 3/1977 de la Junta Militar (fecha de emisión: 19/04/1977, B.O. 05/09/1977 - ADLA 1977 - D, 3667) por la que se impusieron las sanciones establecidas en los incisos a, d y e del Acta de junio de 1976 a Juan Graiver, Isidoro Miguel Graiver, Lidia Elba Papaleo, Rafael Ianover, Orlando Benjamín Reinoso y Francisco Fernández Bernardez. Asimismo, se impuso la medida patrimonial establecida en el inciso e del artículo 2de esa Acta a los derechohabientes de David Graiver y Jorge Rubinstein “en lo que respecta a los bienes sucesorios de éstos” -art. 2-. La resolución nro. 4/1977 de la Junta Militar (fecha de emisión:

19/05/1977. B. O. 05/09/1977 - ADLA 1977 - D, 3667) determinó la imposición de las penas establecidas en los incisos a, d y e del artículo 2del Acta de junio de 1976 a Dina Haskel de Gelbard, Silvia Ester Gelbard de Waroquiers y Fernando Gelbard. Por otra parte, la resolución nro. 5/1977 de la Junta Militar (fecha de emisión: 21/07/1977. B. O. 05/09/1977 - ADLA 1977 - D, 3668) constituyó una aplicación de lo establecido en el acta de febrero de 1977 - ampliatoria de la junio de 1976- declarándose “comprendidas en el art. 1º del acta institucional del 18 de junio de 1976" a las siguientes personas jurídicas:

"Empresas Graiver Asociadas Sociedad Anónima", "Criagro, Sociedad Anónima, Agropecuaria, Comercial y Financiera", "Santa Celia, Sociedad Anónima, Agropecuaria, Comercial Financiera e Inmobiliaria", "Indalco Sociedad Anónima, Agropecuaria Industrial, Comercial y Financiera", "Galería Da Vinci Sociedad Anónima, Comercial, Industrial, Financiera, Inmobiliaria y Agropecuaria", "Devexport Sociedad Anónima", "Construir Sociedad Anónima Constructora Inmobiliaria, Comercial y Agropecuaria", "Banco de Hurlingham Sociedad Anónima", "Banco Comercial de La Plata Sociedad Anónima", "Bagual Sociedad en Comandita por Acciones", "Círculo Sociedad en Comandita por Acciones", "Complat Sociedad Anónima", "Fundar Sociedad Anónima", "Euro-Export Sociedad en Comandita por Acciones", "Juan Graiver Inmobiliaria Sociedad Anónima", "Triángulo Sociedad en Comandita por Acciones", "Electro Erosión Sociedad Anónima Comercial, Industrial, Financiera, Inmobiliaria y Agropecuaria", "Metropol Compañía Argentina de Seguros S. A.", "Establecimientos Gráficos Gustavo Sociedad Anónima", "Producciones Helycom Sociedad Anónima", "Editorial Olta

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Sociedad Anónima Comercial e Industrial", "Agropecuaria Timbo Sociedad Anónima Comercial y Financiera", "Rivadavia Televisión Sociedad Anónima Comercial e Industrial", "Construcciones Sociales Sociedad Anónima", "Editorial Trenque Lauquen Sociedad Anónima", "Silgrana Sociedad Anónima", "Fundar del Sur, Sociedad Anónima", "Instituto de Orientación Empresaria" (I. D. O. E.), "Tecnion Sociedad Anónima", "Veccia Hermanos, Sociedad Anónima, Comercial, Industrial, Financiera e Inmobiliaria" y "Ultima Hora, Sociedad Anónima". Por el artículo segundo de la resolución citada se impuso la

inhabilitación establecida en el artículo 1del acta del 3 de febrero de 1977

con los efectos previstos en el artículo 2de la misma. El día 10 de noviembre de 1977 se dictó la resolución nro. 6/1977

(B.O. 05/12/1977 - ADLA 1978 - A, 3) por la que Junta Militar impuso nuevamente las sanciones establecidas en los incisos a, d, y e del Acta del 18 de junio de 1976 a Lidia Haydée Brodsky de Graiver, Eva Gitnach de Graiver y a Jacobo Timmerman.

La ley de facto nro. 21.670 vino a complementar este segmento

del edificio represivo de carácter económico. La normativa mencionada fue dictada a los mismos fines que motivaran las actas del 18 de junio de 1976 y del 3 de febrero de 1977, intaurándose a partir de la misma “un régimen que en vía administrativa posibilita[ra] cumplir con el propósito que se tiene en mira” -Nota al Poder Ejecutivo de facto acompañando el proyecto de ley correspondiente-. En ese marco, el Ministro de Justicia de facto Julio Arnaldo Gómez, destacó que la sanción de la ley permitiría “indemnizar en parte a la Nación Argentina, de los perjuicios que le hubieran infringido los alcanzados por el acta de responsabilidad institucional; y a éstos, disponer libremente de los bienes que hubieren adquiridos legítimamente” -ídem-. Así, la ley de facto 21.670 determinó que las personas a la cuales la Junta Militar aplicara “las medidas previstas en el inc. e) del art. 2º del acta del 18 de junio de 1976 y en el acta del 3 de febrero de 1977" no podrían “administrar ni disponer de sus bienes”, hasta tanto no acreditaran “su legítima adquisición”

en la forma que estableció esa ley - conf. art. 1-, es decir, eran los despojados por la decisión no fundada de la Junta Militar quienes tenían la carga de acreditar ante el gobierno de facto que no eran merecedores de tales sanciones.

A la par de ese procedimiento de acreditación de legítima

adquisición, se previó la creación de un órgano de aplicación (fue la Comisión Nacional de Responsabilidad Patrimonial –decreto n° 3245/1977)

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que tendría como facultades fundamentales: a) la “[d]eterminación, recaudación y seguridad de los bienes, pudiendo a tal efecto recabar informes a todos los Registros y reparticiones públicas, o cualquier otra persona, no rigiendo a estos efectos el secreto impositivo ni bancario, disponer directamente secuestros, allanamientos, embargos, inhibiciones, anotaciones preventivas y en general cualquier medida precautoria que tienda a asegurar los fines” de esa ley, y requerir “el auxilio de la fuerza pública”, b) la “[g]uarda, depósito, conservación, fiscalización y administración de dichos bienes”, c) la “[d]esignación de interventores en el caso de empresas o sociedades y en general administradores, depositarios, guardadores, auditores, peritos o liquidadores que fueren menester para la determinación, conservación administración y liquidación de los bienes” así como la designación de otros funcionarios necesarios para el cumplimiento de los fines de esa ley, reglamentando sus funciones y delegando en ellos la realización de medidas o actos de gestión determinados, d) “[i]ntervenir como parte necesaria en todo juicio de contenido patrimonial” en el que fueran parte las personas mencionadas en el ya citado art. 1º de la ley, e) “[i]nvestigar, con las más amplias facultades, la composición del patrimonio de las personas físicas o jurídicas” afectadas por esa ley, como asimismo el de aquellas que de cualquier modo resulten vinculadas a las mismas, f) ejercer las atribuciones precedentemente enunciadas y aplicar las medidas contempladas, con relación a las personas físicas o jurídicas que “de cualquier modo resulten vinculadas a los afectados por esta ley”, g) “[c]itar y hacer comparecer con el auxilio de la fuerza pública, a toda persona vinculada con los afectados” por la ley citada, o “que hayan participado o colaborado en sus actividades o negocios, o contratado con ellos, a fin de que presten declaración y den explicaciones sobre sus vinculaciones con los afectados y con relación a los actos realizados con ellos”, h)”[d]ecretar la disolución y liquidación de las personas jurídicas” afectadas por la ley o vinculadas a las mismas o a las personas físicas afectadas “cuando hubieren realizado actividades ilícitas”, designando a su liquidador, i) “[i]ndividualizar a los socios de las personas jurídicas que de cualquier modo resulten vinculadas a personas físicas o jurídicas” afectadas por la ley”, y j) “[d]ictar su reglamento interno, y designar a su personal, cualquiera sea su

jerarquía o situación de revista” -conf. Incisos “a” al “j” del artículo 8de la ley

21.670-.

Las medidas precedentemente señaladas, a título descriptivo, se cimentaron en una estructura normativa que habilitó una persecución que, en esencia, fue de tipo económico o civil, en el sentido de que implicó para sus víctimas perjuicios para el ejercicio de derechos patrimoniales y potestades

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ciudadanas centrales, como el derecho de propiedad y el trabajo- pero que no alcanzaron la dimensión de abyección de la que, podríamos llamar, represión de la oposición política. 2.5. La represión de la “subversión económica” En forma paralela a las medidas represivas de carácter económico que referenciamos en el acápite anterior, se fue implementando gradualmente desde el régimen de facto una serie de acciones dirigidas a la represión de la subversión económica que, enmarcadas ya de lleno en el terreno de la llamada “lucha antisubversiva” participaron, a diferencia de las antes descriptas, de las características propias del plan clandestino de represión ilegal.

Este tipo de represión, se distinguió de la represión a la oposición política, no desde la materialidad de su implementación, sino, por un lado, por el momento en que se concretó toda vez que puede afirmarse que estas acciones tuvieron su punto más álgido con posterioridad a la satisfacción de las pulsiones represivas contra los “subversivos políticos” y, por otro lado, la elección de los sujetos pasivos de la ilegalidad, cuyas características derivaron quizás, en un grado de mayor de necesidades de formalización de ese ejercicio de poder punitivo desatado a posteriori. Las herramientas normativas que nutrieron los fines declarados por esta modalidad que adoptó el despliegue del aparato represivo del último gobierno de facto, se encontraron constituidas, fundamentalmente, por las leyes 20.840 y la 21.460. La primera de ellas, de Seguridad Nacional, sancionada y promulgada en septiembre de 1974, estableció penalidades para las actividades subversivas en todas sus manifestaciones. Las manifestaciones económicas de este tipo específico de subversión, se encontraron previstas en los arts. 6 a 9 de dicho cuerpo legal. Por el artículo 7° se reprimió al que “con ánimo de lucro o maliciosamente, con riesgo para el normal desenvolvimiento de un establecimiento o explotación comercial, industrial, agropecuaria, minero o destinado a la prestación de servicios, enajenare indebidamente, destruyere, dañare, hiciere desaparecer, ocultare o fraudulentamente disminuyere el valor de materias primas, productos de cualquier naturaleza, máquinas, equipos u otros bienes de capital, o comprometiere injustificadamente su patrimonio” (B.O. 02/10/1974). La pena prevista para dicho delito (prisión de 2 a 6 años y multa) se agravarían en un tercio si “el hecho afectare el normal suministro o abastecimiento de bienes o servicios de uso común”, o si “condujere al cierre, liquidación o quiebra del establecimiento o explotación”; y se elevarían a la mitad

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cuando “el hecho causare perjuicio a la economía nacional” o “pusiera en peligro la seguridad del Estado”. El artículo 7° previó la comisión de iguales delitos “por imprudencia o negligencia o violando los deberes a su cargo”; mientras que el artículo 8° previo la comisión de ambos delitos (doloso e imprudente) por parte de los “directores, administradores, gerentes o liquidadores de una persona jurídica o colectiva, que a sabiendas prestaren su consentimiento o concurso para la realización de los actos mencionados”. Finalmente, el art. 9° previó un tipo omisivo reprimiendo al “síndico de una persona jurídica o colectiva que en conocimiento de los hechos [delitos de los arts. 6 y 7] no lo denunciare inmediatamente a la autoridad” (B.O.

02/10/1974).

El art. 1° de la ley citada, aporta el concepto de “subversivo” que se vino mencionando a lo largo del presente considerando, aunque es a partir del 18 de noviembre de 1976, ya instaurado el régimen militar, cuando la definición, con el aporte de la corporación castrense ya asentada en el poder, que la noción de subversión alcanza su definición más acabada, al ser caracterizada como oposición ideológica al nuevo orden jurídico dictatorial. La fecha indicada corresponde a la sanción y promulgación por Videla de la ley de facto 21.459 (B.O. 24/11/1976). En la nota de elevación del proyecto al PEN, se indicó: “se introducen diversas modificaciones a la Ley N° 20.840, a fin de adecuarla a la situación institucional actual, con la finalidad primaria de apoyar la lucha contra la subversión con una clara, precisa y severa legislación”. “En concreto, el proyecto elaborado adecúa las sanciones actualmente previstas por la ley referida, elevándose su monto, al mismo tiempo que se perfecciona la tipificación de otros delitos, de modo de adaptarlas de mejor manera a la realidad ahora vigente”. Coincidimos con el Ministerio de facto Julio A. Gómez, tal como se adelantó, en la especial importancia que tuvo “la modificación que se introduce al artículo 1° de la Ley N° 20.840 ya que la misma tiende a correlacionar su texto con las circunstancias institucionales del momento, y conforme con la nueva estructura constitucional existente”. En efecto, la definición de lo subversivo quedó así consagrada: el subversivo es quien toda aquel que “para lograr la finalidad de sus postulados ideológicos, intente o preconice por cualquier medio, alterar o suprimir el orden institucional y la paz social de la Nación, por vías no establecidas por las

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disposiciones normativas que organizan la vida política, económica y social de la Nación”.

Se patentiza entonces el contenido ideológico de la persecución y la noción de mantenimiento del orden de cosas vigente como un valor en sí mismo, estructurado en un edificio legal sin referencia a valores constitucionales. Respecto de este artículo, el Informe de la Comisión Nacional de Valores aportado a la causa destaca: “el texto [legal] resalta que los delitos pasibles de ser penados, son los que se cometen para «lograr postulados ideológicos». Una idea, clave dentro el esquema de discursos represivos, que niega la dimensión ideológica de las leyes, e impone la idea de lo político como «no ideológico». Desde ese lugar, el Terrorismo de Estado construirá el concepto de los «enemigos» de la patria y la nación, para sancionar cualquier hecho contrario en realidad al régimen político-económico imperante. También hay que destacar, dentro de este esquema, que la construcción de los enemigos ideológicos del Estado, ha sido un recurso efectivo para la aplicación de este tipo de leyes, independientemente de la alternancia de gobiernos civiles o militares. De hecho, la ley, que entró en vigencia en octubre de 1974, fue ampliada por la ley 21.459 que disponía aumento de las penas y la ampliación de figuras a penalizar. También dispuso que los hechos «subversivos» (tanto políticos o económicos) debían ser Juzgados en la Justicia Militar por consejos de guerra. Esta ley fue derogada parcialmente en 1983 a partir de la Ley 23.077 de Defensa de la Democracia, pero continuó en vigencia la parte referida a los delitos económicos. Se derogaron los artículos 1ro, 2do, 3ro, 4to, 5to, 10mo, 11mo, 12 mo, donde se tipificaban, penaban y establecían normas adicionales para los delitos de carácter «subversivo» y se modificaron (continuando en vigencia) los artículos 6to, 7mo, 8vo y 9no que trataban los delitos de subversión económica. Estableciendo que los delitos tipificados recaían en la justicia federal. Finalmente, la ley 20.840, «de subversión económica», fue derogada el 30 de mayo de 2002 por la ley 25.602 que modifica el artículo 174 del código penal, agregando el inciso 6° a dicho artículo” –cfr. pág. 22, op. cit. CNV- Estas previsiones legales, se complementaron con el dictado de la ley 21.460, sancionada y promulgada el mismo día que la anterior (B.O. 24/11/1976), mediante la cual se concedió a las Fuerzas Armadas la posibilidad de investigar delitos subversivos bajo la modalidad de prevención sumarial, cumpliendo con las disposición del orden ritual entonces vigente en el ámbito penal (el Código de Procedimientos en Materia Penal).

En el caso de autos se advierte nítidamente el entrelazamiento de estas dos leyes a los efectos de dotar al accionar represivo e ilegal de las fuerzas armadas contra los integrantes de los grupos Chavanne y Grassi de

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algún marco de formalidad como fachada que luego se habría concretado en la conformación de expedientes penales. El Fiscal Federico Delgado, interviniente en autos, ha señalado en su presentación de fs. 1619/55, si bien fuera formulada sin pretensiones de exhaustividad o precisión en términos de rigurosidad procesal –cfr. fs. 1653- la existencia de ciertos patrones comunes en la concreción de la persecución de una serie de grupos económicos (entre los que se encuentra el caso Chavanne-Grassi) que entiendo oportuno referenciar. Al respecto, el Dr. Delgado indicó que los casos como los de los integrantes de los grupos económicos Chavanne y Grassi “respondieron a una «lógica», a «una forma de actuar», un «modo de ser y hacer» que adoptó una forma sintomática de nuestra estatalidad –aquella que subordina lo publico a lo privado-. En ella, funcionaron mancomunadamente los referentes del gobierno militar pero, también, aquellos representantes del aparato de justicia afines al régimen y los organismos estatales con vinculación económica que, en definitiva, fueron los que terminaron vaciando a los grupos económicos: B.C.R.A, C.N.V., por citar algunos ejemplos recurrentes”. Tal como que hoy nos ocupa, los casos investigados analizados por la Fiscalía, como se indica en la presentación citada “revelan cómo, mediante la formación de expedientes penales, se velaba una privación ilegal de la libertad de empresarios fuertes y la intervención del patrimonio económico de esos grupos para finalmente vaciarlos. Generalmente, a través de la alegada infracción a le ley de «subversión económica» que permitió saquear a esas empresas con la colaboración de los antes enunciados organismos económicos del estado”. Siguiendo al Fiscal Delgado en su razonamiento: “se trata de la vieja historia de siempre: tipos penales amplísimos –en este caso subversión económica- que abarcan una multiplicidad de vagas infracciones permeables a una selectividad penal de hecho que opera a favor de los intereses del poder de turno. En otras palabras, la peligrosa muletilla de instrumentalizar el arma más coactiva del estado –y por tanto, la más extorsiva- para el logro de fines políticos particularistas. Todo parecería indicar que el Gobierno Militar sólo se vio forzado a echar mano de este plano formal (recordemos que la mayoría de los casos se «solucionaba» con la clandestinidad propia del sistema) cuando el secuestro, por su repercusión pública, podía hacer peligrar esa clandestinidad”. Cierto es que, estas necesidades de dotar de cierta formalidad -al menos a posteriori- al accionar represivo primigenia y esencialmente ilegal y clandestino, nos lleva a la necesidad la repensar, en estos casos, las nociones

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generales de la clandestinidad con la que operó el régimen represivo, para advertir la singularidad que cobró la misma en esta clase específica de casos. Al respecto, en el dictamen de la Fiscalía se destaca cómo “[n]os hemos acostumbrado a referirnos a la esquizofrenia represiva de la última dictadura militar como irremediable y patológicamente dividida en un plano formal y otro material. En el último, hemos visto el rostro del mal, del mal radical, acaso una expresión del mismísimo demonio”. “Las normas despersonalizaban el poder, constituyeron una manera de evitar el pudor de ejercerlo sobre la base de la arbitrariedad y la fuerza, una forma del olvido: la clandestinidad ocultaba de la mirada del demos la violencia que desafiaba toda justificación (ese exceso que mientras tanto disciplinaba a quienes, confundidos, se habían creído invitados a la política). Los intereses superiores de la nación, la amenaza al modo de vida occidental y cristiano, acaso fueron la proyección del barro de la historia, la lucha de clases, la disputa de modelos de acumulación y de distribución, mientras una buena cantidad de oportunistas, se apropiaron de las instituciones y en nombre de lo público favorecieron lo privado, o, para que los conceptos no lo muestren elegante, el bolsillo”. Y es que, en casos como el de autos, “por intereses netamente económicos, se puso en movimiento la maquinaria represiva y se la blanqueo a través del recurso a expedientes judiciales, porque claro, por un lado los seleccionados esta vez no eran precisamente meros militantes carentes de visibilidad y capital simbólico a los que sencillamente se podía hacer desaparecer, y por otro, sabido es que en un contexto capitalista el patrimonio se resguarda con especial celo actuarial y notarial (no vaya ser que recordemos la acumulación originaria!), hay que crear los títulos, valores, derechos de propiedad que, de otro modo, aparecerían como arbitrarias apropiaciones del más fuerte, hay que regularizar la excepción. La subversión económica, el aparato de justicia y la intervención societaria constituyeron la estrategia por excelencia” -cfr. fs. 1654/vta.-. Llegados a este punto, es dable destacar que el accionar de la Comisión Nacional de Valores habría formado parte de ese contexto de delineado por el régimen de facto en su dimensión económica. Conforme indica el informe confeccionado por la Dirección de Derechos Humanos de ese organismo y presentado en estos obrados: “se puede sugerir que la CNV tuvo un rol importante en la articulación de la llamada «lucha antisubversiva» en su matiz económico. Algunos de los casos […] como los de Industrias Siderúrgicas Grassi, Banco de Hurlingham, Celulosa/Canale, La Agrícola, grupo Iaccarino, Financiera Río Paraná, Finsur S.A, Casa de Cambio Brasilia y Banco Latinoamericano no solo muestran una embestida sistemática contra estas empresas que articula al ámbito judicial, la policía bancaria, el banco central y la «justicia castrense» sino también articulan lo «legal» con lo

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clandestino. En este sentido y complementario a lo anterior las causas e investigación abiertas contra agentes de bolsas mencionados (por ejemplo, Víctor Eduardo Allievi, Luis Héctor Veiga, José Julián Soto, Tomas Cuchiara y Valle) también determinan una sistemática en la articulación con la acción represiva y el desapoderamiento de bienes”. “Esta articulación de la CNV con la estructura represiva dictatorial debe ser pensada. La cuestión a debatir es si las acciones del directorio de la CNV implicaron un montaje de éste sobre la estructura dictatorial para embestir, desguazar, determinados agentes, financistas y empresarios o si sus acciones formaban parte de un plan estratégico mayor del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. Quizá la respuesta sea hallada en los grises y por lo tanto, un ensayo de ésta tendría que contemplar que si bien se utilizó el aparato montado por el gobierno de facto (no necesariamente y en todos los procedimientos) el objetivo fue cumplir con los fines propios de combatir la «subversión económica» sino que dichos accionares podrían cruzarse con otras motivaciones personales y que por ende, escapan al objetivo planteado del autodenominado «Proceso de Reorganización Nacional». En este sentido, la represión contra grupos económicos se ha llevado a cabo por la racionalidad del terrorismo de estado y la propia racionalidad, intereses, de los miembros de los grupos de tareas o funcionarios de organismos de la estructura económica del país. Así, este ensayo de respuesta debería contemplar también el cruce de los objetivos del estado terrorista con los objetivos personales de los individuos que formaron parte de este”. 2.6. El dinero de “Montoneros” y los fines de la lucha contra la “subversión económica” Desde la perspectiva de los fines perseguidos por la represión contra la subversión económica, el informe de la CNV ya citado destaca particularidades propias de este segmento del aparato represivo en cuanto a que “el secuestro a empresarios y financistas implicó una dinámica represiva en algún punto particular y una diferencia respecto de aquellos que fueron desaparecidos por razones políticas, sociales, etc.; es decir, una diferencia con aquellos que eran opositores a la dictadura. En un primer lugar, los fines del secuestro solapan la lucha contra la «subversión» en sentido amplio con la lucha contra la «subversión económica» o mejor dicho, el objetivo de los secuestros era detectar el aspecto económico de la subversión en dos sentidos: la búsqueda del dinero de organizaciones consideradas «guerrilleras» o «subversivas» [el dinero de Montoneros y el caso de Banco de Hurlingham es paradigmático] y la búsqueda de operatorias empresariales que atentaran contra la economía argentina [puede verse este aspecto al menos en la formalización de las intervenciones a los grupos económicos]”.

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En el caso particular de autos, como se indicó, se ha observado con singular gravitación un interés específico de los represores en dar con el dinero obtenido que habría obtenido la organización Montoneros a raíz del secuestro extorsivo de los hermanos Juan y Jorge Born (directivos de la firma Bunge & Born), concretado el 1° de septiembre de 1974 –cfr. “La Sentencia…”, Tomo I, página 42-. En ningún caso ese afán aparece dotado de un interés relativo a la investigación de este hecho en sí, sino que surge siempre teñido de un mero interés por el botín que, al menos en el ideario popular, habría ascendido a sesenta millones de dólares y, al menos en parte, habría administrado en vida David Graiver, dueño del Banco de Hurlingham, entre otras entidades. Al respecto, corresponde destacar que el propio Roualdes, al prestar declaración informativa el 11 de abril de 1984 vinculó la investigación, desde su génesis, al “caso Graiver”. En efecto, expresó: “regresa al país de un viaje a los Estados Unidos el día 10 de septiembre de 1978 […] que inmediatamente a su llegada el Comandante del Primer Cuerpo del Ejército, Gral. Suárez Mason, le encomienda la investigación del Banco de Hurlingham y de Industrias Siderúrgicas Grassi, suponiendo que aquel Banco estaba vinculado con el caso Graiver” –cfr. fs. 209/10 de la causa n°

42.712-.

Enrique Lucio García Mansilla (caso n° 13 de autos), al prestar declaración testimonial en la causa n° 41.712, manifestó, en relación a su secuestro en Campo de Mayo, que luego de que fue vendado se lo ubicó frente a una mesa y comenzaron a interrogarlo; que el interrogatorio duró una media hora o cuarenta y cinco minutos y se limitaron a preguntarle respecto de la presunta connivencia entre el denominado “Grupo Chavanne” y el Grupo Graiver, manifestando “que buscaban quince millones de dólares de la guerrilla” –cfr. fs. 499/501-. A su vez expreso que, a su criterio, siendo que los detenidos en la investigación eran deudores del Banco de Hurlingham y fueron detenidos antes del vencimiento de sus obligaciones, en algunos casos durante el proceso de renegociación de sus deudas y en todos los casos con amplias y suficientes garantías reales respaldando los créditos, presumía que el objetivo de los secuestros, tenían por objeto hacer caer el banco en falencia para cumplir el único objetivo de ese proceso, que era la liquidación del Banco de Hurlingham –cfr. fs. 499/501 de la causa n° 499/501-. También Juan Claudio Chavanne, al prestar declaración testimonial el 12 de diciembre de 1983 refirió que durante el tiempo que

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permaneció detenido, le dijeron que era un prisionero de guerra y lo acusaban de la venta de millones de dólares de la guerrilla -cfr. fs. 167/8-. Por su parte, Julio Eduardo Juan Spinosa, uno de los peritos de la Comisión Nacional de Valores, recordó la vehemencia y el interés obsesivo de Etchebarne por saber si se había averiguado algo sobre el dinero de Montoneros.

Dijo Spinosa que al concurrir en una ocasión Etchebarne a Campo de Mayo, “se interesó por el asunto y lo que les preguntaba de forma obsesiva era si de la documentación que estaban examinando no surgía qué había pasado con los veinte millones de dólares de los Montoneros” fs. 839/40 de la causa n° 41.712-. El Dr. Pablo Argibay Molina, quien trabajara en al defensa de los Grassi en la causa n° 40.528, destacó que tanto a él como a “Fontán Ballestra y a los demás les resultaba extraño que hubieran detenido a los dos hermanos Aguirre Saravia, pues Eduardo nada tenía que ver con Grassi ni el Banco de Hurlingham. Que las hipótesis explicativas de eso que tenían eran dos”, siendo la primera de ellas que “que tanto Etchebarne como Sarmiento y los militare hubieran pensado que como el Banco de Hurlingham antes había sido de los Graiver en ese asunto estaba el dinero de los Montoneros, y por eso detenían tan indiscriminadamente”. Por otra parte, en un careo celebrado entre Juan Alfredo Etchebarne y Julio Eduardo Spinoza, Etchebarne refirió que, no de sus intereses al concurrir en una oportunidad a Campo de Mayo estuvo residía en “la curiosidad natural de saber si era cierto lo que se comentaba sobre la supuesta relación que podría haber entre esos hechos y los fondos que Graiver debía a los Montoneros y que habían sido objeto de comentarios periodísticos” –cfr. fs. 1272/3 de la causa n° 41.712-. Los diversos testimonios, de distintas fuentes, encuentran validación documental en las constancias de la causa n° 40.528 en la que puede verse que Jorge Tejerina fue interrogado durante su cautiverio en Campo de Mayo por si “investigó la transferencia de fondos del Gpo Graiver al B.C. La Plata vinculados a la financiación de las operaciones subversivas y/o actividades terroristas” cfr. fs. 517 y sgtes-. También, puede citar el ejemplo de Aurelio Cid, quien en el extenso interrogatorio del 1° de noviembre de 1978, que luce a fs. 572/3 de la causa n° 40.528, fue preguntado por si “se investigó y/o investiga y/o ordenó investigar las transferencias efectuadas por el Grupo GRAIVER al Banco Comercial de La Plata, vinculadas a la financiación de las operaciones subversivas y/o

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actividades terroristas, pese a las denuncias efectuadas por los funcionarios de carrera del Banco de Hurlingham”. Por ello, como se verá en el considerando cuarto, la investigación de transferencia del Banco de Hurlingham en la que intervinieron directa o indirectamente los grupos económicos Chavanne y Grassi será la línea directriz que signará la lógica de las detenciones sucesivas de las víctimas, tal como se verá en el último apartado del considerando cuarto del presente resolutivo

2.7. La lucha contra la “subversión económica” como estadio posterior de lucha antisubversiva Otra de las características distintivas de la llamada lucha contra la “subversión económica”, estuvo dada por la circunstancia de que, pese a contar con los elementos normativos que habilitan formalmente el empleo del aparato represivo y, verse desde el inicio del régimen la existencia de medidas represivas de contenido económico, la represión física contra aquellas personas, esto es, la concreción del plan sistemático de represión ilegal contra las personas vinculados a los grupos o actividades económicas tildadas de subversivas, comenzó luego de implementada la represión política.

Ello tuvo lugar durante la segunda mitad del año 1978, período en el que precisamente fueron cometidos los hechos que sufrieron los miembros o personas relacionadas con los grupos Chavanne y Grassi, momento en el que el núcleo más duro de los hechos que forman parte del accionar represivo ya habían tenido lugar y, entonces, la dirección del aparato represivo buscó otros sujetos pasivos para concretar sus oscuros designios.

Respecto de este aspecto temporal puede citarse, para mensurar la cuestión, al menos en términos relativos, lo expresado por la Excma. Cámara Federal al dictar sentencia en la causa n° 13, ocasión en la que se indicó: “en el período comprendido entre el 24 de marzo de 1976 y el 18 de agosto de 1972, hubo en la Capital Federal 2404 privaciones ilegítimas de la libertad; en la Provincia de Buenos Aires, 3633; de Santa Fe, 668; de Córdoba 246; de Tucumán 338; de Santiago del Estero 52; de Mendoza 209; de La Rioja 32; de San Juan 42, de Río Negro 20, de Santa Cruz 8; de Chubut 16; de Entre Ríos 36; de Corrientes 19; de Misiones 26; de Salta 47; de Jujuy 49; del Chaco 13; de Formosa 3; del Neuquen 8, de Catamarca 10; de San Luis 9, de La Pampa 14; y en Territorio Nacional de Tierra del Fuego 4, lo que hace un total en el país de 7936” –cfr. “La Sentencia….”, tomo I, págs. 86/7-. “Ellas comprenden: 6715, que tuvieron lugar entre el 24 de marzo de 1976 y el 31 de julio de 1978; 122, entre el 1° de agosto y el 14 de

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septiembre de 1978; 373, entre el 15 de septiembre de 1978 y el 25 de enero de 1979; 281, entre el 26 de enero de 1979 y el 28 de diciembre del mismo año; 322, entre el 29 de diciembre de 1979 y el 11 de septiembre de 1981 y 109, entre el 18 de diciembre de 1981 y el 18 de agosto de 1982” -cfr. “La Sentencia….”, tomo I, pág. 87-.

Prueba de este declive también puede verse en documentos elaborados por las propias fuerzas armadas. Tal como lo destacó la Excma. Cámara al tratar sobre los delitos de lesa humanidad cometidos en el CCDT «Mansión Seré» a cargo de la Fuerza Aérea Argentina y que fuera desmantelado en el mes de mayo de 1978, ello coincidía con el hecho de que al asumir “el procesado Graffigna en la comandancia del arma el 25 de enero de 1979, proclamara la derrota de la subversión y dispusiera que correspondía pasar a la defensiva en este aspecto –marco interno- para concentrar los esfuerzos en sus objetivos tradicionales, según surge de la declaración indagatoria del nombrado y del contenido de la Directiva 02-0001 del 29 de diciembre de 1980”. El Informe de la Comisión Nacional de Valores aportado al expediente señala sobre el punto: los casos que se han reseñado en este informe acontecen en su mayoría a partir de 1978. Este año puede considerarse un momento bisagra para el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional ya que el pico de violencia de la dictadura había tenido lugar entre 1976 y 1977 y comenzaba a decaer en ese año. Según estadísticas del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), el mayor número de ingresos de NN en las necrópolis del país tuvo lugar durante los dos primeros años de la dictadura posteriormente, el número de ingresos comienza a decrecer paulatinamente. Asimismo, este dato se suma a las estadísticas de números de desaparecidos por año (incluidos asesinados y liberados): año 1975:

871 desaparecidos; año 1976: 5526 desaparecidos; año 1977: 4069 desaparecidos; año 1978: 1274 desaparecidos; año 1979: 214 desaparecidos; año 1980: 128 desaparecidos. “El número de desapariciones por año más las estadísticas de ingresos de NN a cementerios coinciden en decaer paulatinamente a partir de 1978 siendo los picos mas álgidos 1976 y 1977. Estos datos no son menores si se piensa que en ese momento comienza a desplegarse la embestida contra grupos empresariales en el marco de la lucha contra la subversión económica. Podría plantearse que el aparato represivo, los grupos de tareas, viraron su atención de la «subversión» (en sentido militante, social, etc.) a la «subversión económica» a partir de 1978, como causa o excusa, para el secuestro de empresarios y su desapoderamiento de bienes”. Resulta sumamente ilustrativo traer a colación la declaración de Bernardo Duggan (caso n° 18 de autos), en cuanto refirió que al día siguiente

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de su liberación -ocurrida entre el 1° y 2 de noviembre de 1978- concurrió junto con Marcelo Santurio a entrevistarse con Roualdes, quien los recibió estando con Gatica y les dijo que ya habían acabado con la subversión y que ahora iban a acabar con la corrupción, sin dar mayores especificaciones sobre el tema –cfr. fs. 960/vta.-. Un aspecto interesante de este viraje –o mera tendencia para ser más precisos- posee tintes relativos a la logística del aparato de represión ilegal: “el hecho de que la lucha contra la «subversión» estuviera en gran parte cumplida dejaba una estructura represiva, tanto represores como dependencias, libres para ser utilizados para otros fines. Esto implica no solo tareas represivas para la lucha contra la «subversión económica» como causa de los secuestros sino también actividades que utilizan como excusa esta «lucha» para realizar secuestros de «iniciativa privada» por determinas bandas que se organizaron dentro de la estructura represiva”. Fuera de estos últimos casos, lo cierto es que la llamada lucha contra la «subversión económica» presenta una compleja densidad de niveles que intervienen en una mixtura que involucra ab inicio designios de una determinada política de estado en términos económicos y de un específico tipo de sociedad; pasa por el empleo del aparato de represivo como posible medio para el aseguramiento de esos fines y a su vez como modo de mantener un caudal de materia prima para la supervivencia de las estructuras clandestinas destinadas a la lucha antisubversiva y culmina dejando rastros de los hechos que sufrieron las víctimas en un proceso de formalización posterior del ejercicio ilegal de violencia estatal. Sobre la forma en que se articula la ilegalidad de los hechos y las pretensiones de dotar de formalidad a esos abyectos hechos, habremos de tratar a continuación. Considerando Tercero La ilegalidad de la persecución a la víctimas Introducción En estos obrados se tendrán por acreditados los hechos que tuvieron por víctimas a veintiocho personas vinculadas a los Grupos Económicos Chavanne y Grassi, investigadas por un grupo de tareas del Primer Cuerpo de Ejército que privó ilegalmente de su libertad a: René Carlos Grassi –caso n° 1, detenido el 13/09/1978-; Juan Claudio Chavanne –caso n° 2, detenido el 14/09/1978-; Sara Duggan –caso n° 3, detenida el 14/09/1978-; Mario Satanowsky –caso n° 4, detenido del 14/09/1978-; Eduardo Augusto Aguirre Saravia –caso n° 5, detenido el 14/09/1978-; Raúl Ramón Aguirre Saravia –caso n° 6, detenido el 14/09/1978-; Jorge Luján Giménez –caso n° 7,

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detenido el 14/09/1978-; Rosa Dominga Laurito de Ernaiz –caso n° 8, detenida el 23/09/1978-; Luis Alberto José Grassi –caso n° 9, detenido el 23/09/1978-; Luis Arnoldo Grassi –caso n° 10, detenido en Rosario el 23/09/1978-; Jorge Tejerina –caso n° 11, detenido el 17/10/1978-; Marcelo Augusto Chavanne –caso n° 12, detenido el 17/10/1978-; Enrique Lucio García Mansilla –caso n° 13, detenido el 18/10/1978-; Francisco García Ordats –caso n° 14, detención acreditada el 28/10/1978-; Alejandro Augusto Pinedo –caso n° 15, detenido el 30/10/1978-; Jaime Fernández Madero –caso n° 16, detenido el 30/10/1978-; Jorge David Salvador Bulleraich –caso n° 17, detenido el 30/10/1978-; Bernardo Duggan –caso n° 18, detenido el 30/10/1978-; Marcelo Santurio –caso n° 19, detenido el 30/10/1978-; Aurelio Cid –caso n° 20, detenido el 31/10/1978-; Alberto Félix Cordeu –caso n° 21, detenido el 31/10/1978-; Jaime Benedit –caso n° 22, detenido el 31/10/1978-; Isidoro de Carabassa –caso n° 23, detenido el 31/10/1978-; Aristodemo Raúl Alberici –caso n° 24, detenido el 07/11/1978-; Edgardo Humberto Cardona – caso n° 25, detenido el 07/11/1978-; Luis Constanzo Pignataro –caso n° 26, detenido el 07/11/1978-; Mauricio Lichtenstein –caso n° 27; cautiverio acreditado a partir del 08/11/1978-; y, Luis Fernanda Rita Fabri –caso n° 28, detenida el 08/11/1978-. A excepción de dos casos (n° 9 y 28) también se tendrá por acreditado el sometimiento a tormentos de las víctimas. Los secuestros, el cautiverio y los tormentos que sufrieron las personas mencionadas constituyen hechos concretados como una realidad del despliegue del aparato clandestino de represión ilegal, pero, en un giro particular que presentan los sucesos investigados en autos, luego se pretendió burdamente dotar a los mismos de ribetes de formalidad que disimularan su abierta ilegalidad. Se recurrió para ello a la conformación de una serie de constancias documentales e incluso, la acumulación de elementos que, paradójicamente, resultan probatorios de ese ejercicio de violencia inusitada, todo ello bajo la invocación de la vigencia de la ley de facto 21.640. 3.1. La ley 21.460. La exigencia de las formas del C.P.M.P. Tal como se indicó en el considerando segundo, el mismo día -18 de noviembre de 1976-, se sancionaron y promulgaron las leyes 21.459 que definió del modo más certero el concepto de “subversivo” modificando el art. 1° de la ley 20.840 –ley que reprimió los delitos de “subversión económica”- y la ley 21.460, que contuvo la triste novedad de autorizar a las Fuerzas Armadas la investigación sumaria de delitos de connotación subversiva.

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Las leyes 20.840 –de fondo- y 21.460 –procesal- representan, en el caso de autos, los instrumentos legales de los que se vistió, con pretensiones de burda formalidad, el accionar represivo ilegal que culminó con los hechos que damnificaron a las personas antes mencionadas. En la nota de elevación del proyecto al Poder Ejecutivo, suscripta por el ministro de facto Julio A. Gómez, se indicó que por la nueva ley se disponía, como venimos diciendo, “la investigación de los delitos de tipo subversivo o vinculados con ellos, se lleve a cabo mediante una prevención sumarial, que será efectuada por la Policía Federal, las Policías provinciales, la Gendarmería Nacional, la Prefectura Naval Argentina o las Fuerzas Armadas, según se disponga.”

En lo que concierne a la forma que adoptaría esta prevención sumarial, se consignó que se sustanciaría “conforme a las disposiciones del Código de Procedimientos en Materia Penal, previéndose, además, que el personal de las Fuerzas Armadas y de Seguridad que las instruya podrá disponer la detención del presunto culpable en los casos en que fuera sorprendido in fraganti delito o cuando existan indicios vehementes o la semiplena prueba de su culpabilidad”. Se indicó también: “Esta forma de investigación, simple y ágil, permitirá reunir en breve tiempo, y en forma concreta, todos los elementos de prueba necesarios para que, posteriormente, el tribunal competente juzgue y se pronuncie sobre la culpabilidad o inocencia de los imputadas”. Finalmente, con una indescifrable referencia a la Constitución, se afirmó: “En los momentos actuales, resulta oportuno y conveniente facultar a las Fuerzas Armadas para, que puedan llevar a cabo, también ellas, la investigación de los delitos subversivos, siendo indispensable dotar expresamente al personal que, en ese ámbito, instruya, tales prevenciones sumariales de la facultad de detener a las personas que aparezcan como imputadas, de modo que esas detenciones no vulneren la garantía que consagra el artículo 18 de la Constitución Nacional” El artículo 1° de la ley 21.460 fue el que consagró que “[i]nmediatamente que se tuviere conocimiento, por cualquier medio que fuere, de la comisión de un delito de carácter subversivo, se dispondrá su investigación mediante prevención sumarial” y, el artículo 2° que “[t]ales delitos serán investigados por la Policía Federal, Policías Provinciales, Gendarmería Nacional, Prefectura Naval Argentina o Fuerzas Armadas”. Se estableció, a su vez, que para esos fines, el “Jefe de la Unidad u organismo equivalente que haya intervenido o tomado conocimiento del hecho delictivo” designaría “a un Oficial a sus órdenes” para la instrucción de la prevención sumarial, “sin perjuicio de la facultad de dicho Jefe que ejerce el control operacional sobre las fuerzas policiales y de seguridad, para efectuar tal

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designación entre el personal a que se refiere el artículo precedente si lo estima necesario”, esto es, a las fuerzas de seguridad –cfr. art. 3°, ley 21.460-. Es el artículo 4° el que contiene el mínimo de racionalidad necesaria para dotar de algún atisbo de legitimidad al ejercicio de esta habilitación punitiva, en tanto allí se prescribió: “La prevención sumarial que se debe instruir en los delitos de carácter subversivo será sustanciada de acuerdo con las disposiciones del Código de Procedimientos en Materia Penal para la Justicia Nacional. De modo que, pese a los amplios términos contenidos en los primeros artículos, de conformidad con lo reglado en el artículo 4° citado, ni siquiera en la mera legalidad formal del régimen de facto se admitió que el accionar de las fuerzas armadas en la investigación de delitos subversivos, podía apartarse de lo reglado por el ordenamiento procesal entonces vigente –la ley n° 2372-, dictado durante la vigencia del orden democrático y, aún bajo su modalidad inquisitiva, teniendo en miras la Constitución Nacional.

En el mismo sentido, el artículo 5° facultó al preventor a interrogar al imputado, pero “con arreglo a lo previsto en los Arts. 241 y 242 del Código de Procedimientos en Materia Penal”. Ambos artículos se encontraban entre las prescripciones aplicables a la declaración indagatoria, estableciendo el primero de ellos, que el presunto delincuente debía ser preguntado por “su nombre y apellido, sobrenombre o apodo, si los tuviere, edad, estado, profesión u oficio, patria, domicilio y residencia” –inc. 1.°-; el lugar en que “se hallaba el día y hora en que se cometió el delito" –inc. 2°-; “si tuvo noticias” del mismo –inc. 3°-; con “qué personas se acompañó” –inc. 4°; si “conoce el delincuente y sus cómplices o auxiliadores, y en caso afirmativo que exprese quiénes son y si estuvo con ellos antes o después de perpetrarse el delito” –inc. 5°-; si “conoce el instrumento con que el delito fue cometido, o cualquiera otros objetos que con él tengan relación, los cuales le serán mostrados al efecto” –inc. 6°-; si “ha sido procesado en alguna otra ocasión; y en su caso, por qué causa, en qué juzgado, qué sentencia recayó y si ha cumplido la pena que se le impuso” –inc. 7°-; y, por “todos los demás hechos y pormenores que puedan conducir a descubrir los antecedentes y causas que motivaron el delito y que produjeron su ejecución, como asimismo por todas las circunstancias que hayan precedido, acompañado o seguido a esa ejecución y que sirvan para establecer la mayor o menor gravedad del hecho y la mayor o menor culpabilidad del procesado” –inc. 8°-.

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Claro está que, tal como lo establecía el art. 4° de la ley 21.460, la totalidad de la prevención debía hacerse conforme a la normativa ritual vigente, de modo que, resultaban plenamente aplicables al eventualmente

interrogatorio al que hiciera referencia el art. 241, las prescripciones de los arts. 236, 237, 239 y 240 del CPMP, respecto

► La necesidad de un defensor para el acusado –art. 236 CPMP-

► La recepción de declaración indagatoria dentro de las 24 horas

de la detención del imputado, prorrogable por otro día más cuando el juez no

hubiere podido recibir la declaración o cuando el procesado lo pidiere para nombrar defensor –art. 237 CPMP-

► El derecho a negarse a prestar declaración y la no exigencia de

decir verdad –arts. 239 y 240- Incluso el art. 242 CPMP, referenciado por el art. 5° de la ley 21.460, se prescribió que, durante el interrogatorio “las preguntas debían ser “siempre claras y precisas, sin que por ningún concepto puedan hacérsele de un modo capcioso o sugestivo” y que tampoco podía emplearse “con el procesado género alguno de coacción o amenaza, ni promesa”. El art. 6° de la ley 21.460, también se remitió a lo prescripto en el orden ritual entonces vigente respecto de la detención de personas: “El personal de las Fuerzas Armadas y de Seguridad que instruya las prevenciones sumariales establecidas en el artículo 1° podrá disponer la detención del presunto culpable en los casos determinados en el artículo 184, inciso 4° del Código de Procedimientos en Materia Penal”. El inc. 4° del art. 184 CPMP prescribía que en los delitos públicos los funcionarios de Policía tendrían entre sus facultades la de proceder a la detención del presunto culpable de acuerdo con lo prescripto en el art. 4° de ese mismo código, según el cual: “El Jefe de Policía de la Capital y sus agentes tienen el deber de detener a las personas que sorprendan en in fraganti delito, y aquellas contra quienes haya indicios vehementes o semiplena prueba de culpabilidad, debiendo ponerlas inmediatamente a disposición del Juez competente”, La configuración de una situación flagrancia sólo se consideraría en situaciones en las que se presenciara la perpetración del delito –cfr. art. 1°, inc. 5 ° del CPMP-. Un piso mínimo de legitimidad en la instrucción de los sumarios prevencionales, tornó plenamente exigibles, los límites primarios al poder punitivo contenidos en el art. 1° del CPMP, respecto de: el principio de Juez natural –inc. 1°-; la detención por “orden escrita de Juez competente expedida contra persona determinada y a mérito de existir contra ella semiplena prueba de delito o indicios vehementes de culpabilidad” –inc. 2°-; a la recepción de

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declaración de inmediato al detenido –inc. 6°-, a la interrogación sin “cargos y reconvenciones tendientes a obtener la confesión de su culpabilidad” -inc. 8°-, el derecho de defensa –inc. 9°-, la prohibición de analogía –inc. 12°- y el principio in dubio pro reo –inc. 13°-. Basta con enumerar esos importantes derechos y garantías que asisten históricamente a los imputados sometidos a proceso, sin perjuicio de su concreta forma consagración legal, para advertir la burda ilegalidad de los hechos cometidos por Ejército contra las víctimas y las toscas pantomimas con las que, bajo la forma material de un “sumario”, se pretendió otorgar al accionar represivo de un marco de formalidad. 3.2. Las actuaciones labradas por el Ejército A partir de fs. 309 y hasta fs. 1002 de la causa n° 40.528, lucen una serie de actuaciones labradas por el Primer Cuerpo de Ejército que, remitidas a la Justicia Federal, pretendieron dar cuenta del inicio de una suerte de “prevención sumarial” a la manera de la ley 21.460 en fecha 13 de septiembre de 1978, y a la que fueron agregándose, sin otra explicación que la del acta inicial, las constancias de distintos interrogatorios a los que fueron sometidos las víctimas que fueron secuestradas a partir de esa fecha y trasladas al CCDT que funcionó en la Prisión Militar de Campo de Mayo. La gran mayoría de los detenidos ilegales, llamados “prisioneros” en la jerga represiva, fueron allí sometidos a condiciones inhumanas de cautiverio mientras, se rastreaban las hipótesis de la Comisión Nacional de Valores sobre los delitos cometidos por los Chavanne y los Grassi, la transferencia del Banco de Hurlingham por parte de los Graiver y, en definitiva, el dinero que, perteneciente supuestamente a Montoneros, se habría ocultado mediante esa entidad bancaria. En términos de la Excma. Cámara del Fuero, lo que el Primer Cuerpo del Ejército remitió al Juez Sarmiento fue “un remedo de actuaciones tendientes a ocultar la ilegalidad de los procederes señalados” –cfr. “La sentencia…”, caso n° 78 correspondiente a Marcelo Augusto Chavanne-. Y es que, ningún segmento del accionar de las autoridades militares contra las víctimas se encontró encuadrado por la normativa señalada en el acápite anterior, habiéndose limitado las actuaciones en cuestión a la mera invocación de una orden del Comando del Primer Cuerpo para iniciar una prevención militar con el “fin de constatar presuntas violaciones a la Ley Nro. 20.840, adoptando las siguientes medidas”; disponiéndose en el acta inicial por el oficial instructor, las siguientes medidas:

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“1) Interrogar a las personas involucradas en los hechos. 2) Interrogar a los testigos necesarios para clarificar los mismos. 3) Detener preventivamente a los responsables. 4) Secuestrar la documentación probatoria. 5) Realizar toda otra diligencia que estime necesario para cumplimentar la orden recibida” –cfr. fs.309 causa n° 40.428--. Como se advierte, la constancia citada carece de todo sustento, no existiendo fuente de legitimación alguna para la actuación desmedida, irracional y fuera de todo amparo legal realizada por el Primer Cuerpo de Ejército, ya que lo que se visualiza al tener en cuenta la totalidad de los elementos con los que contamos actualmente, es que las fuerzas represivas dependientes del Comando del Primer Cuerpo de Ejército dispusieron, sin orden ni intervención judicial alguna, diversos procedimientos que culminaron en el secuestro de personas que, sin el resguardo de ninguna formalidad, fueron trasladas a una dependencia militar oficial que estaba destinada –previo acondicionamiento- a su uso exclusivo como Centro Clandestino de Detención y Tortura. Tales procedimientos y sus fines surgen, a su vez, como predeterminados por su identidad con las investigaciones de la Comisión Nacional de Valores, no apareciendo la cadencia de la pulsión represiva dirigida sucesivamente a una u otra víctima como la resultante del acontecer propio del devenir de ese pretendido sumario militar. Las actuaciones que conforman ese curioso expediente –por darle una denominación-, fueron labradas en su gran mayoría –al menos según se dejara constancia- en la propia Prisión Militar de Campo de Mayo y pese a que su existencia intentó, como se dijo, justificar las privaciones ilegales de libertad mediante la apariencia de un proceso militar, hoy han servido como elementos probatorios de los hechos acontecidos que, analizados con el cúmulo de elementos colectados en autos, nos permiten identificar individualmente cada uno de los hechos con sus particularidades distintivas –considerando sexto, hechos imputados- y, a la vez caracterizar los patrones generales de la actuación represiva bajo los siguientes patrones:

► Las víctimas, en su totalidad, fueron detenidas sin orden escrita de ninguna clase que se haya referenciado o incluido en el expediente. Los detenidos aparecen súbitamente en el decurso de los papeles que conformaron este remedo de actuaciones –parafraseando a la Excma. Cámara del Fuero- sin darse cuenta, en ningún momento, de las circunstancias en que tales privaciones de la libertad personas fueron

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realizadas, los motivos que determinaron la adopción de semejante temperamento ni registro alguno de quién tomó la decisión.

► Permanecieron gran parte del tiempo de su detención ilegal en

carácter de incomunicadas.

► Luego de varios días, fueron “indagadas” o “interrogadas” en

esas extremas circunstancias, sin posibilidad de ejercer derecho alguno que acuerdan las leyes a los ciudadanos, sin defensa que los asistiera, y obligándolos a autoincriminarse, siendo sometidos a extensos cuestionarios durante extenuantes jornadas que comenzaban a primera hora de la mañana y culminaban en horas cercanas a la medianoche. Por ejemplo en el caso de René Grassi, el primero de los detenidos, quien fue secuestrado el 13 de septiembre de 1978, fue interrogado nueve días después, el 22 del mismo mes y año, conforme surge de las constancias de fs. 310, 311 y 312/7 de la causa 40.528. Luis Arnoldo Grassi, el décimo de los detenidos, fue detenido el

24 de septiembre de 1978 y la primera constancia de haber sido interrogado en Campo de Mayo es del 6 de octubre de ese mismo año. También pueden mencionarse a los detenidos del 14 de septiembre de 1978, Mario Satanowsky (caso n° 2) y Raúl Ramón Aguirre Saravia (caso n° 6), quienes fueron interrogados por primera vez el 7 de octubre de 1978 (cfr. fs. 369 y 374 de la causa n° 40.528, respectivamente). A Jorge Luján Giménez (caso n° 7) y Juan Claudio Chavanne (caso n° 3), detenidos el mismo día e interrogados por primera vez el 8 de octubre de 1978; y, finalmente a Eduardo Aguirre Saravia (n° 5) y Sara Duggan (n° 4), quienes también fueron detenidos el mismo día e interrogados luego de un mes de cautiverio, en el primer caso el 14 de octubre –cfr. fs 417- y en el caso de Sara Duggan el 17 de octubre –cfr. 445-.

Allanados sus domicilios y oficinas y secuestrados sus papeles

privados y documentación pretendidamente incriminante sin guardarse ningún tipo de formalidad ni constancia alguna al respecto, a no ser el propio cuerpo del detenido y la propia documentación luego agregada a este execrable proceso. Respecto de las circunstancias en las que se concretaron los diversos allanamientos que culminaron con la detención de las víctimas, he de remitirme al tratamiento pormenorizado que se realizará, de la privación ilegal de la libertad de cada una de ellas en el considerando sexto. Ahora bien, en los allanamientos también se secuestraron elementos pretendidamente incriminantes de los prisioneros.

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Así, puede verse que el día 14 de diciembre de 1978, cuando los equipos de peritos civiles remiten un informe al Comando del Primer Cuerpo de Ejército, lo hacen presentándose como “equipo de peritos constituido a los efectos de examinar la documentación, informes, libros y demás papeles de comercio relacionados con las actividades tanto comerciales como financieras desarrolladas por un grupo de personas sujetas a proceso” -cfr. fs. 953 causa n° 40.528-. Una porción de esa documentación –ya que, por ejemplo Berini señaló que los papeles ocupaban prácticamente una barraca entera en Campo de Mayo a fs. 2823/6 de autos- fue agregada al expediente n° 40.528, como parte de las maniobras tendientes a dotar de cierto formalismo a la actuación ilegal.

En efecto, el día 19 de diciembre de 1978 se acumularon a las

actuaciones militares cheques firmados por René C.A. Grassi, conforme la constancia de fs. 1100 y detalle de fs- 1111/2-. La documentación secuestrada luce a fs. 1113/28. En la misma fecha se agregaron “documentos firmados por MARCELO CHAVANNE, J.C. CHAVANNE, de Operaciones Financieras, y letras de I.S.G., secuestrados a RENÉ C.A. GRASSI” –cfr. 1129-. También se agregó un “informe del Coordinador Legal y Contable”.

A fs. 1130/1 obra un detalle de tales documentos agregados a fs.

1132/214.

► Luego de este período, fueron intempestivamente blanqueados, puestos simultáneamente a disposición del Poder Ejecutivo Nacional y de la Justicia Federal, cuando esta requería información sobre el paradero de las víctimas.

Al respecto, si bien se efectuará un racconto detallado del expediente n° 40.528 en el considerando quinto de este resolutivo, conviene recordar que en dicho marco, en fecha 24 de octubre de 1978 se hizo saber a la Justicia, por la mujer de René Carlos Alberto Grassi, que se encontraba

detenido “desde hace más de cuarenta días a disposición de Autoridad Militar (1er Cuerpo Ejército) –ley 21.160-“ –cfr. fs. 285/8-.

El 6 de noviembre de 1978 el Juez Sarmiento, dispuso librar oficio

al Primer Cuerpo de Ejército “a fin de que, para el caso en que en jurisdicción militar se instruyere sumario y se encontrase RENÉ CARLOS GRASSI y JUAN CLAUDIO CHAVANNE sometidos a proceso y privados de libertad corporal, los mismo deberán quedar anotados a orden conjunta con el proveyente” -fs. 292-. Dicho oficio, fue reiterad a fs. 304 de la causa n° 40.528, hasta

que, cien días después de la primera de las detenciones, el 22 de diciembre

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de 1978, se recibió el sumario militar el cual que dio cuenta de las mismas – fs. 309 y sigs.-. La causa de la Justicia Federal tramitó por denuncia de Etchebarne, titular de la Comisión Nacional de Valores, relativa a la comisión de delitos de llamada “subversión económica” que, como vimos en el considerando anterior, se encontraron consagradas en normativas dictadas con anterioridad a la toma del poder por las fuerzas armadas pero que, fueron empleadas, en el contexto del accionar del régimen regido bajo el paraguas del pertinaz influjo de ese discurso belicista, como meras credenciales habilitantes para el ejercicio más desatado de violencia que haya sufrido nuestro país. La criminalización primaria de tales conductas, fue la excusa para el ejercicio de un poder punitivo subterráneo o paralelo en el que se despojó económicamente a una serie de personas y se afectó a su dignidad personal, todo ello precisamente planeado y con pretensiones de formalización a través de reglamentaciones complementarias elaboradas, ya con posterioridad, por el gobierno militar. Así, el dilatado trámite del expediente n° 40.528, al que fueron acumuladas el supuesto “sumario militar”, puede verse como el escenario de una contienda entre pulsiones de violencia estatal y de garantías procesales que culminó, ya en democracia, con la nulidad de todo el accionar desplegado por los perpetradores y la búsqueda de los responsables. Que las previsiones legales antes señaladas fueron utilizadas como excusa para un despliegue represivo sin límites, lo demuestra la evolución de la causa, un continuo que va desde las más flagrantes violaciones a los derechos humanos sobre las víctimas, pasa por la legalización y una primera convalidación judicial de lo actuado y posteriormente, por su propia dinámica intrínseca, va erosionando aquella fuerza estatal hasta desbaratarla ya, definitivamente, durante el gobierno constitucional. Al tiempo que, como se señalara en el considerando segundo, el régimen desmanteló el Estado y el aparato productivo económico, los Chavanne y los Grassi eran víctimas de las más severas afectaciones a su dignidad personal. Ya interviniendo el Poder Judicial, puede verse como los operadores jurídicos, como ciegas piezas de un ajedrez, tejían sus movimientos en el expediente, fluctuantes, indecisos. Permítaseme entonces ver en el expediente 40.528 en el que se consignaron las acusaciones dirigidas a Chavanne y Cía. esa representación

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gráfica, la observación de ese constante claroscuro en su devenir, vacilante pero lineal, encaminado, al igual que el tiempo institucional, hacia el respeto de las libertades individuales. Hoy es un poco más claro qué poder detrás de esos otros poderes la trama empezó, pero también que sobre lo negro y blanco de su camino, aquella fuerza omnímoda, fue finalmente jaqueada. Sobre este último tramo, el del desbaratamiento de las pretensiones de formalidad del accionar represivo y la decisiva y definitiva declaración de su absoluta ilegalidad, habremos de ocuparnos a continuación. 3.3. Valoración anterior de la ilegalidad de la detención: Juez Blondi y la Excma. Cámara Federal Como se señaló más arriba, en un primer período la actuación convalidó, lo actuado por las prevenciones sumariales. En efecto, pueden verse como hitos procesales de esta primera etapa el auto del 19 de enero de 1979 por el cual se resolvió convertir en prisión preventiva, la detención de René Carlos Alberto Grassi y Juan Claudio Chavanne (h) (art. 6° ley 20.840); Enrique Lucio García Mansilla (art. 8° ley 20.840); Luis Arnoldo Grassi y Aristodemo Raúl Alberici (art. 7° ley 20.840); Luis Constanzo Pignataro, Edgardo Humberto Cardona, Aurelio Cid, Alejandro Pinedo y Jorge Jabib Salvador Bulleraich (art. 9° segundo párrafo en función del art. 7° primer párrafo de la ley 20.840) y decretar la prisión preventiva y ordenar la detención de Juan Carlos Rumi (art. 7°, ley 20.840) y Alfredo Gabriel Cassino (art. 7°, agravado por el art. 11° de la ley 20.840) – cfr. fs. 1729/39-. Y también la resolución de la Cámara Federal del 19 de diciembre de 1979, por la que se confirmó parcialmente, pero en lo sustancial, dicho auto de primera instancia. La resolución de la Cámara, que luce a fs. 2485/96 de la causa n° 40.528, posee una declaración contundente respecto del componente ideológico de los delitos subversivos:

“La actividad ilícita que reprime la ley de Seguridad afecta el interés nacional pues lesiona a la comunidad argentina, a sus Instituciones y a cada uno de sus componentes. Este tipo de subversión, al igual que otras previstas es autónoma y puede tener o no connotaciones ideológicas o políticas, pero sí puede servir como causa adecuada para generar otras formas de manifestaciones subversivas”. Ya en 1980 en la investigación comienza a desbaratarse probatoriamente las hipótesis criminosas del sumario militar. En fecha 17 de marzo de 1980, el Juez Narvaiz (a cargo del Juzgado Federal 3) resolvió modificar la calificación realizada en el auto de fs. 1729/39 sobre la conducta de Juan Claudio Chavanne y decretar su prisión preventiva en orden a la infracción al art. 7° primer párrafo de la ley 20.840.

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El 11 de noviembre de 1980, a fs. 2669/71, también el Juez Narvaiz dispuso sobreseer parcial y definitivamente a Alberto Félix Cordeu, Rául Aguirre Saravia, Jorge Tejerina, Jaime Benedit, Jaime Fernández Madero, Marcelo Chavanne, Sara Dugan, Alberto Manuel Laprida, Isidoro de Carabassa, Aurelio Cid, Alejandro Pinedo y Jorge Bulleraich, en orden al delito de infracción a los arts. 6 y siguientes de la ley 20.840. El 7 de abril de 1981 la Cámara Federal confirmó el cambio de calificación de la conducta de Juan Claudio Chavanne dispuesto en primera instancia descartando su obrar doloso –cfr. fs. 2692/4-. El 3 de septiembre de 1981 el Juez Marquardt, interinamente a cargo del Juzgado, resolvió sobreseer parcial y definitivamente en la causa a Juan Claudio Chavanne (h), Enrique Lucio García Mansilla y Alfredo Gabriel Cassino –cfr. fs. 2928/34-. El 27 de mayo de 1982 el Juez Narvaiz resolvió, a fs. 3062/6, sobreseer definitivamente por extinción de la acción penal por defunción a René Carlos Grassi y Juan Carlos Rumi y también sobreseer definitivamente en la causa a Luis Arnoldo Grassi, Luis Constanzo Pignataro, Edgardo Humberto Cardona y Aristodemo Raúl Alberici. No obstante ello, la Cámara Federal, en fecha 30 de mayo de 1982 confirmó el auto de fs. 3062/6 en lo que respecta a René Grassi y Juan Carlos Rumi, pero revocó lo resuelto respecto de Luis Arnoldo Grassi, Luis Constanzo Pignataro, Edgardo Humberto Cardona y Aristodemo Raúl Alberici.

Recién en junio de 1983, ante la vista que el Juez Salvi corriera a la defensa de los requerimientos formulados por la Fiscalía y la querella (Comisión Nacional de Valores) ante la vista del art. 457 CPMP, vemos agregada la primera pieza procesal al expediente, que postula la evidente ilegalidad de lo actuado –cfr. fs. 3169-. Ya restablecido el orden institucional del país, comienza el período en el que se declara la real naturaleza de lo sucedido con quienes, hasta ese momento, eran imputados. Es partir de este momento que, como veremos, la instrucción militar comienza recibir distintos calificativos, tales como ser una “infamia con forma de proceso” –según la defensa de Luis Arnoldo Grassi, Luis Constanzo Pignataro, Edgardo Humberto Cardona y Aristodemo Raúl Alberici-; “dramáticas actuaciones”, para quien declaró por primera vez la nulidad de todo lo actuado; o como algo “monstruoso”, en el sentido de “algo

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enormemente vituperable o execrable”, según la Cámara Federal al confirmar la anulación de primera instancia. Finalmente, la histórica sentencia de la causa n° 13 llamó a la prevención sumarial como un “remedo de actuaciones”. a. El planteo de la defensa en la causa n° 40.528 «Grassi» El planteo formulado por los Dres. Carlos Fontán Falestra (h), Pablo R. Argibay Molina, Diego Peres y Raúl Ramón Aguirre Saravia, el 11 de octubre de 1983 -fs. 3187/208 de la causa n° 40.528- en ejercicio de la defensa de Luis Arnoldo Grassi, Luis Constanzo Pignataro, Edgardo Humberto Cardona y Aristodemo Raúl Alberici, últimos imputados ligados al proceso, merece aquí ser referenciado por cuanto, como se dijo, constituye la primera pieza procesal del expediente que planteo que lo sufrido por las víctimas en la génesis de la causa careció de todo sustento legal. Si bien, al menos por ahora, algunos de los extremos allí consignados o sugeridos no han sido tenidos por acreditados en la instrucción, cierto es que el valor de las argumentación postulada, al candor de la persistente injusticia intrínseca del dilatado sumario, lo convierte en una fuente interesante para la descripción de la ilegalidad de lo cometido, máxime cuando la presentación en cuestión provocó el primera declaración judicial en ese sentido. Veamos. En lo que se calificó una “infamia con forma de proceso”, se relató lo siguiente: “El 31 de agosto de 1978 el entonces presidente de la Comisión Nacional de Valores, Dr. Juan Alfredo Etchabarne, formalizó denuncia por presuntas irregularidades en el Banco de Hurlingham y en «Industrias Siderúrgicas Grassi S.A.». A partir de esa denuncia […] hubo dos actuaciones paralelas, con aparente desconexión entre una y otra, pero que en los hechos estaban perfectamente ligadas y sus respectivos responsables se hallaban perfectamente al tanto de lo que en la otra sucedía”. “Una de esas actuaciones, la constituye el trámite impuesto en la causa por el entonces Juez Federal Dr. Sarmiento. Era la actuación de superficie; anodina, sin espectacularidad ni profundidad. Su lectura –ver fs. 1/305- nos permite concluir que no se estaba investigando; se estaba haciendo tiempo; se estaba a la espera de obtener mayor efectividad con otros métodos, como lo eran los desplegados en la otra actuación […]”. “A fs. 286, con fecha 24/10/78, la esposa de René Grassi con el patrocinio de uno de los integrantes de esta defensa hace saber al Juez que su marido se halla detenido, incomunicado a disposición del Tribunal, desde cuarenta día atrás. Al no merecer este escrito proveído alguno, se reitera la noticia mediante otro similar que obra fs. 288. Por fin, trece días más tarde -6/11- llega la tímida -o complaciente- respuesta del Tribunal: se ordena un oficio al Cuerpo de Ejército I

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solicitando se informe si Grassi se encuentra o no detenido –ver fs. 292-. Este oficio, así como su formal reiteración, no fueron nunca contestados. Tiempo después -29 de diciembre-, cuando el tiempo de la incomunicación se elevaba no ya a 40 sino a 100 días, se volvió hacer notar al Juez la anomalía –fs. 1023- y otra vez advertimos la falta de adecuada respuesta frente a la aberración de la que se le estaba informando. Pues bien, sólo a un cabal conocimiento del magistrado sobre lo que estaba sucediendo o a previa complacencia con la actuación militar, podemos atribuir esta falta de reacción, que se completa luego con la aceptación de la prevención que le envían y que se recibe como normal y regular, a pesar de contener las más ostensibles y graves violaciones a principios jurídicos básicos”. “Veamos qué sucedía mientras el magistrado imprimía al sumario ese trámite rutinario –septiembre/diciembre de 1978-. Un Oficial del Ejército Argentino, con aparente basamento jurídico en la ley N° 21460 –que extiende a las Fuerzas Armadas la posibilidad de actuar como preventores sumariales-, había procedido a la detención de nada menos que una treintena de personas. No estimó necesario el Oficial actuante el instrumentar cada una de esas detenciones; ni siquiera cuando se trataba de personas a las que luego se puso en libertad, con lo que resulta que hubo personas detenidas, a veces por lapsos prolongados, que no aparecen ni mencionadas en el sumario. Tampoco le pareció importante el instrumentar los secuestros de copiosa documentación, que se llevaban al cabo de espectaculares allanamientos realizados sin orden judicial y, por qué no decirlo, también sin delicadeza. El plazo máximo que para la incomunicación fija el art. 257 del C.P.C. –ocho días- debe haberles parecido exiguo porque lo extendieron a 100. Simplemente así, de hecho, sin constancia alguna en el expediente. Y ¿qué hicieron los preventores –o mejor los llamarías los captores- durante esos 100 días?; pues bien, los utilizaron en violar sistemáticamente esa disposición constitucional que se denomina «inmunidad de declaración» o, dicho de otra forma, aquello de que nadie está obligado a declarar contra sí mismo –art. 18 CN-; día tras día, fueron sacados de sus calabozos para ser interrogados hasta el hartazgo todos estos presuntos implicados, a quienes con curiosa y sugestiva terminología, por completo ajena a lo jurídico, se obstinaban en llamar «prisioneros». No hemos de entrar en demasiados detalles para explicitar los horrores sufridos. Baste con decir, porque ello está probado en autos, porque surge de lo que esos mismos señores han escrito, que todos los detenidos fueron, cuanto menos, sometidos a ese particular tormento que consiste en ser interrogado inquisitivamente durante más de tres meses,; en ser mantenido incomunicado durante ese período y, todo ello, con la fundada impresión de que no existía intervención judicial o, que si la había, era ésta por completo complaciente con el monstruoso procedimiento. En síntesis, estaban esos «prisioneros» a merced de la discrecionalidad más absoluta de quienes idearon y

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comandaron este remedo de proceso. A ese respecto resulta sugestivo –además de monstruoso- que a los interrogatorios se hiciera comparecer a los «prisioneros» siempre encapuchados. Tal vez fuera para evitar que se advirtiera que además de la autoridad militar estaba compuesta –o mejor diríamos comandada- por el denunciante Etchebarne y, -y lo diremos con estupor- hasta se nos dijo de la asistencia del Juez interveniente”. “Pues bien, esto a lo que algunos en autos han tenido la poca idea de denominar proceso y de tomarlo con seriedad, no es más que una sucesión de esos interrogatorios, con más alguna pretendida pericia que tiene la curiosa condición de haber sido confeccionada sólo por los dependientes de quien querella [la C.N.V.] sin ningún perito que simule siquiera ser objetiva y hecha con base en documentación que no se sabe de dónde se ni cómo se extrajo porque, tal como dijéramos, no se ha estimado necesario confeccionar acta de secuestro alguna con cada cosa que los señores preventores decidieron llevarse. Y decimos entonces, y no podemos dejar de decirlo con vehemencia, que tal sinnúmero de irregularidades, que semejante reiterada violación de los derechos más elementales, jamás pueden componer en su conjunto un proceso, sino que constituyen, simplemente, una infamia”. “Y esa infamia tiene claros autores. Fue menester la existencia de un mesiánico Dr. Etchebarne para orquestar semejante operatoria. Custodiando la «pureza» de las empresas sobre cuya cotización pública debía velar desde su cargo, parece no haber trepidado en la elección de los métodos más aberrantes, cuya implementación constituye de por sí un crimen, por lejos más horrible que aquél supuesto que estaba dirigido a reprimir. Y no se nos diga que pudo haber ignorado lo que sucedía en Campo de Mayo de mayo, porque más de un «prisionero» tuvo oportunidad de escuchar su voz cuando, hallándose encapuchado, se procedía interrogarlo y, además, porque todo el desarrollo dado a la prevención por el Coronel actuante marca una identidad tan absoluta con la postura de la Comisión Nacional de Valores, que sólo a esta puede atribuirse la conducción del asunto. Por lo demás, basta advertir la prevención de sus «expertos» en eso que pretender denominarse pericias realizadas durante la prevención, para que aparezca nítida e incontrastable su intervención en la infamia”. “Y este «idealista» bien intencionado discípulo de Machiavelo, que llevó hasta sus extremos eso de que cualquier medio queda justificado por la convicción en la pureza de su idea, encontró eco no sólo en la fuerza armada a la que recurrió, sino también el justicia. Creemos que esta causa habrá de constituirse en un buen ejemplo de los absurdos extremos a los que podemos arribar una vez que hemos dejado de andar de la mano del derecho; nos hace recordar aquello de «Dios, protégeme de los iluminados que de los malhechores me cuido yo»”. “Pero lo más triste e ilustrativo del extremo al que habíamos llegado, es que cuando todo esto fue presentado ante los hombres de derecho; cuando al cabo

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de más de tres meses, sucesivos jueces y luego la Excma. Cámara Federal tuvieron oportunidad de examinar lo actuado, no se escuchó la exclamación de sorpresa y estupor que era de esperar; no se dio por tierra y de un plumazo, como hubiera correspondido, con todo lo actuado. Por el contrario, se dictaron prisiones preventivas; se hizo pie en las llamadas pericias que, como dijéramos, se hallan suscriptos por dependientes del querellante; se computó como prueba de cargo los monstruosos interrogatorios realizados –que algo más que constitucionales-; y lo que es peor, nadie parece haberse sorprendido que estos detenidos, a los que denominaba «prisioneros», hubieran estado cien días detenidos, incomunicados, sin juez y con gran parte de ese tiempo con sus familias ignorantes de sus destinos. Por el contrario, se procedió a recibírseles declaración indagatoria –con algún retraso porque pasaron 14 días desde su llegada al Juzgado; art. 6 C.P.C.- y en ellas no se concretó interrogatorio alguno sino que simplemente los «prisioneros», mansamente, culminaron su calvario «ratificando» las extensas y aberrantes deposiciones que prestaran ante la todopoderosa prevención que digitaba el denunciante. Y no se nos diga que ese era el momento de decir la verdad, de denunciar los atropellos, de desmentir esa compleja urdidumbre que había tejido Etchebarne. Luego de pasarse cien días incomunicados, con buena parte de ellos encapuchados y atados, padeciendo todo tipo de situaciones infrahumanas, con la terrible incertidumbre que provenía de esa reiterada y fundada sensación de que no existía ni Juez ni Tribunal, ni autoridad alguna que pudiera poner coto a tal sinnúmero de arbitrariedades; decimos que luego de todo ello, no podía pedirse a nadie un comportamiento combativo”. “De la treintena de detenidos, llegados en el límite de su capacidad de su resistencia psíquica –algunos ya habían pasado ese límite-, ninguno se encontraba en condición de denunciar absolutamente nada y, mucho menos cuando existían sobrados motivos –los ya expuestos- para que desconfiaran del Magistrado, sin que importe para ello las eventualidades de sorpresivas licencias y reemplazos que se hallaban más allá de su comprensión. Además, y dicho sin ambages, si este proceso fue posible es porque nos hallábamos bajo el imperio del terror y, obviamente, cuando ello sucede la gente prefiere callar”. “Claro, cualquier lector desprevenido estará ya pensando que más allá de los muy reprobables métodos elegidos, los crímenes cometidos por los «prisioneros» deben haber sido graves y claros para merecer tan monstruoso tratamiento. Pues no. De la treientena de personas que el preventor envió a la justicia todos han sido sobreseidos por inexistencia de delito, excepción hecha de [Luis Arnoldo Grassi, Luis Constanzo Pignataro, Edgardo Humberto Cardona y Aristodemo Raúl Alberici] […] este ir terminando esta horrenda causa muy de a poco, lentamente, no sugiere la idea de que a la justicia le está resultando muy duro

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reconocer así, de golpe, de una sola vez, que no sólo se violaron todas las garantías sin que se tomara medida alguna, sino que, además, no existía delito en todo este fárrago, ni grave ni leve”. Sobre la realización del procedimiento en base a la ley 21.460, se afirmó “estimamos completamente inadmisible, lo que creemos que habrá de negar con énfasis hasta un estudiante de derecho, es la posibilidad de que la autoridad militar inicie actuaciones, practique detenciones en masa, realice allanamientos concretando secuestros, todo ello sin resguardo legal alguno y que pueda mantener esta situación hasta que le plazca. Tal lo que hizo. Se detuvo a partir del día 10 de septiembre y se dio intervención judicial –nos referimos a la oficial por cierto- el día 21 de diciembre con la remisión de las actuaciones y los «prisioneros». En realidad, con este criterio, las detenciones podrían haberse prolongado por años y la situación sería idéntica a estas que duraron poco más de tres meses”. “Preceptúa el art. 18 de la C.N. que nadie puede ser «arrestado sino en virtud de orden escrita de autoridad competente». En el caso de autos no existe orden de ninguna especie; ni siquiera se creyó necesario, como ya dijéramos, dejar una constancia de tales detenciones. Los «prisioneros» van apareciendo en el sumario, -de hecho declaran unos cuantos días después de sus efectivas detenciones- y los preventores no tienen porqué dar explicaciones ni tienen por qué someterse a recaudo legal alguno; actúan como si lo hicieran por derecho divino. Pero, de cualquier manera, no ha menester que nosotros fundemos lo que sabe un estudiante –de derecho, se sabe-: que la orden escrita es la del Juez y sólo la del Juez, mal que les pese a ciertos señores acostumbrados al atropello”. “Veamos cómo se ha plasmado en nuestra ley instrumental la garantía constitucional que venimos tratando –la inmunidad de arresto-. El art. 4 del C.P.C., luego de establecer en qué supuestos el personal policial puede detener a las personas a las personas agrega: «debiendo ponerlas INMEDIATAMENTE a disposición de Juez competente». Los arts. 256 y 257 al regular la incomunicación lo hacen de manera marcadamente restrictiva, fijando en definitiva un plazo máximo de ocho días. Por fin el Art. 6 dice que recibido el detenido el Juez procederá a interrogarlos y a decretar su prisión preventiva, o libertad en LAS PRIMERAS HORAS HÁBILES DE SU DESPACHO. Con ese basamento normativo, en doctrina se ha concluido que si bien la orden escrita es la de prisión preventiva – art. 366-, el arresto anterior debe tener un claro sentido de brevedad y, podemos agregar, jamás deberá exceder aquellos ocho días establecidos como máximo para la incomunicación. De manera entonces que la noticia judicial debe ser inmediata y su intervención no más allá de los ocho días de producida la detención. Sólo la efectiva vigencia de estas normas e interpretadas en la forma que se deja dicho, otorgan virtualidad a la garantía constitucional”.

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“Y decimos esto previendo la posibilidad de que a algún aventurado pueda ocurrírsele la peregrina idea de que la ley 21460 deroga las normas procesales referidas; simplemente no puede hacerlo, so pena de inconstitucionalidad, porque tal derogación importaría tanto como la de la garantía constitucional a que nos venimos refiriendo”.

“En síntesis, o interpretamos la ley en el sentido de que deroga las normas procesales referidas –arts. 4, 6, 256 y 257- y entonces deviene inconstitucional o, de lo contrario, la prevención ha incurrido en flagrante violación de esas mismas normas y del precepto constitucional del que emanan. De una u otra forma, toda esta prevención ideada por el Dr. Etchebarne es completa e insanablemente nula”. Se planteó también a la nulidad de las manifestaciones que se

atribuyeron a los imputados en la prevención y de las declaraciones indagatorias que las ratificaron en sede judicial, en estos términos:

“De las varias manifestaciones que en la ley procesal toman los principios constitucionales de la inviolabilidad de la defensa, el derecho a un debido proceso legal y el derecho a la jurisdicción, no ha quedado una sola sin ser mancillada en esta peculiar causa”. “Nos referimos a aquello de que «NADIE PUEDE SER OBLIGADO A DECLARAR CONTRA SÍ MISMO». Es cierto que las series televisivas han vulgarizado un tanto el concepto pero ello no quita que, afortunadamente, siga vigente la garantía aún en regímenes «de facto»”. “Pues bien, ¿cómo podría intentarse una compatibilización entre la aludida garantía y el proceder desarrollado a lo largo de la prevención? Sacados una

y otra vez de oscuros calabozos a lo largo de cien días, para ser encapuchados e

interrogados hasta el hartazgo de la manera más inquisitiva y apremiante que pueda todo ello sin la necesaria dimensión del tiempo que todo preso debe tener; no sabían

si

el tormento habría de durar días, meses o años; no sabían siquiera si conservarían

la

vida o, mejor dicho, sabían perfectamente que sus vidas y sus libertades estaban a

exclusiva merced de los caprichos de sus captores. Era en esas condiciones que el abogado Etchebarne y sus acólitos interrogaban a estos «peligrosos» delincuentes económicos, los más de los cuáles han sido, como ya dijéramos, sobreseídos definitivamente por inexistencia de delito”. “No hace falta la concreta prueba de los distintos vejámenes a que fueron sometidos estos «prisioneros». Basta con lo que surge de las mismas actas que escribieron los preventores. Vaya tormento que es el permanecer incomunicado por cien días, y ello surge, simplemente, de cotejar las fechas en que la prevención va haciendo aparecer los detenidos en el expte. –con unos quince días de atraso- con aquella en que se ordenó, por fin, el levantamiento de las incomunicaciones –decreto

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del 29/12; fs. 1074-. Pero la que creemos que constituye la tortura más eficaz por el deterioro psíquico que inevitablemente produce, lo constituye LA INCERTIDUMBRE. El mantenerlos permanentemente sobre ascuas, sin plazo legal alguno, sin juez o, si lo había, no estaba allí para defender derechos individuales; en fin, una situación que prolongada a lo largo de tres meses constituya a no dudar una refinada y grave forma de tormento. Y esto que se viene diciendo, surge de la misma prevención, toad vez que hasta el 21 de diciembre no se dio intervención judicial, ni ésta la tomó, mientras que las detenciones se efectivizaron a partir del día 10 de septiembre”. “Además de los tormentos, hay algo que ya de por sí descalificaría por completo las extrañas deposiciones que se prestaban ante la prevención y las indagatorias cuyo contenido son esas mismas actas –se limitan a ratificarlas-. Sucede que a los declarantes jamás se les hizo saber de su derecho constitucional de negarse a declarar, ni se colige tal derecho de la forma como obró la prevención, ni del tono imperioso que se observa en las mismas actas –no imaginemos cómo habrán sido de verdad-. Por lo demás, si en ese contexto, luego de los espectaculares procedimientos de detención; luego de meses sin dar noticias a los familiares; luego de meses de incomunicación sin juez ni esperanza de tenerlo; decimos que luego de todo ello hubiera resultado una triste mascarada que de pronto se le dijera a un «prisionero» que tenía la facultad constitucional de guardar silencio”. A su vez, respecto de las declaraciones recibidas en sede militar, se afirmó: “El título V del libro 2do del C.P.C. al regular la declaración indagatoria, es hasta reiterativo en una variedad de conceptos que apuntan, todos ellos, a lo mismo: fortalecer la garantía constitucional que venimos tratando posibilitando una deposición en cuyo curso no debe quedar resquicio para la duda sobre la absoluta libertad y espontaneidad con que se expresa el procesado. Y ese estado se halla ausente en dos situaciones: cuando en la misma ocasión de estas prestando indagatoria se someta a quien declara a algún tipo de coacción –que no es el caso-, y cuando por las circunstancias precedentes puede asegurarse que el declarante no se encontraba en situación psíquica de hacer valer su derecho constitucional. No hemos de abundar en argumentos para asegurar que luego de cien días de incomunicación, nadie se halla en condiciones de de prestar declaración válida. Además, no podemos dejar de decir que esas mentes atormentadas por el encierro, el aislamiento y principalmente la incertidumbre, tampoco tenían motivo para confiar en que la presencia del juez constituyera garantía y ello, simplemente, porque ese juez estaba dando a lo actuado el valor de un proceso legítimo, a pesar de tan garrafales y ostensibles violaciones de las más elementales garantías. No contribuyó a generar confianza el que, violando el art. 6 del C.P.C., se demorara quince días en comenzar a tomar indagatorias. Tampoco daba pábulo para al esperanza la conocida circunstancia de que ya en octubre se había dado noticia de

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las irregulares detenciones –ver escritos de fs. 286 y 288- sin que ello generara reacción alguna por parte del Tribunal”.

A su vez, también se cuestionó la ausencia de objetividad de la

investigación en todo su desarrollo. Se dijo al respecto que la prevención estaba constituida por un “conjunto de diligencias practicadas por la policía en FUNCIÓN JUDICIAL. Debe tener, por ende, la condición de objetividad, de equidistancia hacia las partes, de mesura, propia de todo ejercicio del poder jurisdiccional. Naturalmente porque ahora esa labor la realicen las fuerzas armadas, no es óbice para que se exijan iguales recaudos que, en definitiva no son más manifestaciones de de esa garantía constitucional que es el derecho a un debido proceso legal”. “Pues bien, no hay en la prevención ni un atisbo de objetividad; más bien, al contrario, el embanderamiento con la postura de una de las partes –la Com. Nac. de Valores- es completo y llega a límites grotescos. Baste citar, como prueba de lo dicho: que las pericias –si es así pueda llamárselas- están realizadas exclusivamente por dependientes del querellante; que los interrogatorios, los puntos periciales y, en fin, todo lo que hiciera el oficial actuante parece calcado de la postura de Etchebarne; por fin y como broche para lo expuesto, nada más elocuente que la particular forma que tiene este preventor para cerrar y elevar al Juez su «objetivo» sumario; lo hace redactando extensas actas que nos más que una enfática reiteración de cuanto dijera el querellante en su libelo de inicio (ver acta de fs.

100/2”)”.

b. La anulación de lo actuado y la declaración de ilegalidad de las privaciones de la libertad de las víctimas

El 5 de diciembre de 1984, el Juez Néstor Blondi resolvió declarar

la nulidad de las indagatorias de fs. 1597, 1607, 1608 y 1609; de todo lo actuado a partir de fs. 309 a 1002, de la prisión preventiva de fs. 1729/39; de la confirmatoria de fs. 2485/96 y de las piezas acusatorias de fs. 3133/44 y

3157/66.

En consecuencia, dispuso absolver de culpa y cargo a Luis Arnoldo Grassi, Aristodemo Raúl Alberici, Edgardo Humberto Cardona, y Luis Constazo Pignataro, únicos imputados aún sometidos al proceso y respecto de los cuales, tanto la Fiscalía como la Comisión Nacional de Valores habían requerido condena. La del Juez Federal Nestor Blondi constituye la primera declaración judicial que nulifica lo actuado y, fundamentalmente, que declara como ilegal, la privación ilegal de la libertad sufrida por las víctimas.

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Al relatar los pormenores del extenso expediente, el Dr. Blondi señaló: “La causa tramitó así sin mayores novedades, hasta que a fs. 1003, se da cuenta de la recepción en sede tribunalicia, el 21-12-78, de dramáticas actuaciones labradas en el Primer Cuerpo de Ejército, que tuvieron como motivo la investigación por parte de las autoridades militares de los mismos hechos que motivaran la denuncia del Presidente de la Comisión Nacional de Valores, a la cual se hizo referencia en los párrafos precedentes. Y he dicho dramáticas actuaciones sin temor a exagerar, porque los afectados a las mismas –entre los que se contaban los acusados respecto de quienes he de emitir sentencia-, habían estado con motivo de las instrucción militar, en calidad de prisioneros incomunicados un extenso tiempo –en el caso de LUIS A. GRASSI, por lo menos setenta días y en el caso de los llamados PIGNATARO, ALBERICI Y CARDONA por lo menos treinta cinco días-, y éstos para admitir exclusivamente lo acreditado en forma fehaciente, porque tengo serias sospechas que en todos los casos la detención e incomunicación se extendió por más de tres meses (setiembre- diciembre de 1978) –el resaltado es propio-“. Tal como indicó el Dr. Blondi: “Lo sucedido en este proceso es […] grave […] a poco que se repare los actuado a partir de fs. 309 y hasta fs. 1000 [el supuesto sumario militar]. “En sus respectivas declaraciones indagatorias (si así pueden denominarse tales actos), los aquí acusados GRASSI, ALBERICI, CARDONA Y PIGNATARO, tal como se ha dicho en párrafos precedentes, se remitieron –salvo algunas apreciaciones genéricas de GRASSI, a lo que supuestamente declararon en forma «espontánea» en su calidad de prisioneros de la autoridad militar, que llevó a cabo a través de, en aquel entonces Coronel, Roberto L. ROUALDES del Primer Cuerpo del Ejército, un procedimiento que careció de todo sustento legal. “En aquel momento, las Fuerzas Armadas, en virtud de lo dispuesto por la Ley 21.460, ante el conocimiento que tuvieren de la comisión de un delito de carácter subversivo, podían disponer su investigación mediante prevención sumarial, prevención que debía ser sustanciada de acuerdo con las disposiciones del Código de Procedimientos en Materia Penal para la Justicia Nacional”. “En el caso, entre otros, los acusados estuvieron largo tiempo privados de su libertad e incomunicados […] para ser puestos imprevistamente a disposición de la Justicia Federal el 21/12/78, siendo indagado GRASSI el 4/1/79, ALBERICI el 5/1/79, lo mismo que PIGNATARO y CARDONA”. “Previamente, por decreto 3077/78 de fecha 22/12/78, habían sido puestos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Así, en las circunstancias apuntadas y en el especial estado anímico que es fácil colegir tenían después del largo cautiverio (conviene atender al tenor de las largas exposiciones ante las autoridades militares a lo largo de la actuación de éstas, a la depresión de de la que

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da cuenta algún informe médico, a lo que dice RENÉ GRASSI en el acto de su indagatoria y recordar al mismo tiempo las especiales características de la época que se vivían como para tener una noción más aproximada de la posibilidad de declarar con serenidad y sin coacción moral que tuvieron los procesados), se recibieron los actos solemnes y esenciales garantizados por la Constitución Nacional –fs. 1597, 1607, 1608, y 1609-“. “Esas indagatorias fueron luego tenidas en cuenta para dictar la medida precautoria de fs. 1729/1739, confirmada luego por la Excma. Cámara (ver fs. 2037)”.

Las irregularidades detectadas, llevan al Juez a resolver en el sentido siguiente:

“En este proceso he de declarar nulas las indagatorias prestadas a fs. 1597, 1607, 1609 y 1608 respectivamente por LUIS ARNOLDO GRASSI, A. R. ALBERICI, E. H. CARDONA y L. C. PIGNATARO, porque si bien es cierto que han sido hechas ante Juez competente, con asistencia letrada y en uso de sus facultades mentales por los acusados, haciéndoseles saber sus derechos, con lo que quedarían cumplidos tales requisitos formales, en lo esencial han sido meras remisiones a declaraciones supuestamente espontáneas vertidas cuando los nombrados se encontraban ilegítimamente privados de su libertad, afectados a actuaciones de las autoridades militares totalmente carente de sustento legal, extremos que han motivado se instruya la causa n° 41.712 en la que se investigan tales hechos” –el resaltado es propio-. “Esos actos, prestado luego de un prolongado cautiverio e incomunicación como se ha reseñado, con total remisión a consecuencias directas de procederes a todas luces ilícitos, además de contradecir abiertamente las disposiciones del Código de Procedimientos en Materia Penal, han constituido una violación flagrante de las garantías procesales aseguradas por la Constitución Nacional, de la inviolabilidad de la defensa en juicio y de la del debido proceso legal, aseguradas en el art. 18 de la Carta Magna”. “Han de caer pues dichos actos, todos los actos consecutivos que de ellos han dependido y los anteriores que tienen conexidad con los mismos”. c. La nulificación declarada por la Excma. Cámara del Fuero La Cámara Federal resolvió las apelaciones formuladas por la Fiscalía y la Comisión Nacional de Valores el 11 de febrero de 1986 (CCCFed. causa n° 19.044 “Grassi, Arnolodo y otros s/infracción ley 20.840”, reg. N° 57), confirmando la ilegalidad de lo actuado en sede militar, aunque limitando la nulidad a lo allí actuado en beneficio de los imputados –cfr. fs. 3445/54 en la causa n° 40.528-

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El voto del Dr. Jorge Edwin Torlasco resulta absolutamente claro

respecto de la carencia de todo sustento legal en el sumario militar. El Camarista señaló: “Contrario a utilizar adjetivizaciones grandilocuentes, no vacilo en el caso en calificar a todo este proceso como de monstruoso, en la tercera acepción que otorga a esa palabra el diccionario de la Real Academia, en cuanto le asigna el sentido de algo enormemente vituperable o execrable. Así lo hago pues ésa es la imagen que me queda después de haber leído los 3.443 folios, distribuidos en 18 cuerpos, que componen esta causa, y al comprobar entre otras desventuras, la forma y el modo en que fueron incorporadas las versiones de las personas que hoy vienen absueltas (Luis Arnoldo Grassi, fs. 360/368, 421/423; Aristodemo Raúl Alberici, fs. 726/732; Luis Constanzo Pignataro, fs. 715/724; Edgardo Humberto Cardona, fs. 733/747) complementadas por las actas en las que aparecen declarando ante el magistrado actuante y en las que se limitan, con breves y escasas aclaraciones, a ratificar aquellos manuscritos (fs. 1597, 1607, 1608 y 1609). Así fueron obtenidas, por otra parte, las declaraciones de casi todos los otros procesados que hubo en la causa”. “Las citadas exposiciones manuscritas, precedidas por una suerte de intimación militar a declarar, carecen por completo de forma y valor jurídico y adquieren relevancia solo como prueba de ilícitos que han sido denunciados en la causa que uno de los aquí procesados, Marcelo Augusto Chavanne, inició contra las autoridades militares y judiciales responsables de su encierro (ver causa N° 41.712 del Juzgado N° 3 del fuero, cuya fotocopia tengo a la vista al correr por cuerda de la causa 13/84, en trámite ante este Tribunal en pleno)”.

gravedad

sólo citadas “parcialmente en atención a su elevado número”, siendo tales, las

siguientes:

“a) Los encausados estuvieron privados de su libertad por más de tres meses a disposición de autoridades carentes de competencia para ello. “b) Durante ese lapso estuvieron incomunicados”. “c) Pese a lo grosero de las irregularidades que ostentaban las actuaciones recibidas, el Magistrado actuante las continuó como si se tratara de una prevención realizada dentro de la normalidad y según las reglas legales, sin procurar, al menos, sanear la situación de los detenidos y del procedimiento”. “d) Tampoco el juez subrogante que actuó a continuación y que recibió de las declaraciones indagatorias, cumplió en remediar los vicios referidos”. “e) Sobre la base de esta deforme estructura, se dictaron las prisiones preventivas de fs. 1729/1739 y se ampliaron los montos de los embargos a fs. 1909/1912, que luego serían confirmadas por la resolución de esta Cámara – con anterior composición- a fs. 2485/2496”.

A su

vez,

a

ello

se

sumaron

otras

irregularidades

de

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Meses antes, ese mismo Tribunal tuvo por acreditadas las privaciones ilegales de la libertad y los tormentos a los que fueron sometidos las víctimas al dictar su histórica sentencia en la causa n° 13. d. La sentencia de la Excma. Cámara del Fuero en la causa n° 13 Al dictar sentencia en el histórico juicio a los Comandantes de las Fuerzas Armadas integrantes de las Juntas Militares, la Excma. Cámara del Fuero tuvo por acreditadas las privaciones ilegales de la libertad y el sometimiento a tormentos de veinticuatro de las veintiocho víctimas a las que alcanza el presente resolutivo. Al tratar el caso n° 78, correspondiente los hechos que sufriera Marcelo Augusto Chavanne –cfr. “La Sentencia…Tomo II, páginas 430 y siguientes- se indicó:

“La detención de Marcelo Augusto Chavanne tuvo lugar sin sujeción a formalidad legal alguna”. “La falta de orden escrita de autoridad competente para proceder a la detención, se comprueba no sólo por los dichos de la víctima, sino también por los testimonios de los oficiales que llevaban a cabo la investigación, es decir, del entonces Teniente Coronel Raúl Alberto Gatica, que declaró que los asesores les decían a qué personas debían detener y ellos procedían de conformidad, sin órdenes de allanamiento ni de detención. A ello se agregan los dichos del Comandante Principal Víctor Enrique Rei, quien ignoraba la existencia de órdenes escritas, y del Coronel Roberto Roualdes, que manifestó que actuaba en base a órdenes verbales del Comandante del Primer Cuerpo de Ejército” –el resaltado es propio-. “Se suma a estos testimonios la falta de constancias tales órdenes de detención en el sumario militar agregado a la causa N° 40.528 del Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal N° 3, caratulada “Grassi, Luis Arnoldo y otros s/infr. Ley 20.840” –el resaltado es propio-. “Asimismo, surge de la referida causa que la presunta investigación llevada a cabo en la sede del Primer Cuerpo del Ejercito se comunicó al Juez Federal en turno el 14 de diciembre de 1978 –aunque las actuaciones son remitidas recién una semana después-, oportunidad en la que se hace saber que «son prisioneros del comandante en cuerpo…» Marcelo Chavanne junto con Sara Duggan, René C.A. Grassi, Juan Claudio Chavanne, Raúl R. Aguirre Saravia, Luis A. Grassi, Jorge Tejerina, Enrique L. García Mansilla, Jaime F. Madero, Alejandro A. Pinedo, Jorge J.S. Bulleraich, Isidro Carabassa, Aurelio Cid, Jaime Benedit, Alberto Féliz Cordeu, Luis C. Pignataro, Eduardo H. Cardona y Raúl Alberici (ver fs. 1000/10003)” –el resaltado es propio-.

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“Adviértanse que entre la detención que nos ocupa y la comunicación al Juez transcurrieron dos meses”. “En oportunidad de prestar declaración ante el Tribunal, los nombrados Roualdes y Gatica afirmaron que esta detención junto con la de las demás personas relacionadas con el grupo económico Chavanne – Banco de Hurlingham – Grassi, estaba dentro de lo que se consideraba «lucha contra la subversión», aclarando el último, que se trató de averiguar una transferencia de diez millones de dólares por la compra del Banco de Hurlingham que habrían sido entregados a los montoneros por el «grupo Graiver». También aseveraron que la ley que regulaba esa prevención sumarial era la 21.460, que en su artículo primero hace referencia a la investigación de delitos de carácter subversivo por parte del personal militar y que en sus artículos 4° y 6° hace remisión expresa al Código de Procedimientos en Materia Penal en cuanto a la forma de aplicar y la detención del presunto culpable” –el resaltado es propio-. No obstante tales endebles argumentos basados en la ley 21.460, la Cámara señaló que “[d]e la confrontación de datos expuestos párrafo arriba surge con claridad meridiana que Marcelo Augusto Chavanne estuvo ilegalmente privado de la libertad por haberse incumplido con la obligación de comunicar de inmediato al Juez la detención del nombrado (art. 4, 184 inc. 4° y 188 del ya referido Código de rito)”. Y se destacó: “En la causa [40.528] se encuentran agregadas actuaciones labradas en dicha Prisión Militar, que intentaron justificar la privación de libertad mediante la apariencia de un proceso militar–el resaltado es propio-. “A partir de fs. 309 obra la prevención instruida por el Coronel Roualdes en el Comando del Primer Cuerpo del Ejército, iniciada el 13 de septiembre de 1978. En dichas actuaciones se agregan declaraciones por escrito, prestadas por Marcelo Chavanne en la Prisión Militar de Campo de Mayo (fs. 557/71, 1 de noviembre de 1978; fs. 821/30, del mismo año)”. En definitiva, tal como declaró el Excmo. Tribunal de Alzada:

“Resulta evidente pues que lo que el Primer Cuerpo del Ejército remiitó al Juez Sarmiento fue un remedo de actuaciones tendientes a ocultar la ilegalidad de los procederes señalados” –el resaltado es propio-. Para concluir este punto, entiendo oportuno traer a colación lo que Roauldes, en compañía de Gatica, les expresara a Bernardo Duggan y Marcelo Santurio al día siguiente de ser liberados -entre el 1° y el 2 de noviembre de 1978-, en cuanto les dijo que ellos iban a hacer la investigación ya que la Justicia no servía, y que luego iban a presentarle a los jueces un paquete bien atado –cfr. fs. 960/vta.-.

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Considerando Cuarto 4.1. Los centros clandestinos de detención y tortura En el marco de la política de terrorismo de estado desarrollada por la última dictadura y el mecanismo de desaparición sistemática de personas, los centros de clandestinos de cautiverio, también conocidos como

pozos”, “chupaderos” o “cuevas”, han constituido una pieza fundamental del aberrante engranaje represivo: sostiene Hannah Arendt que estos espacios físicos especialmente preparados para el cautiverio, la tortura y la muerte son la verdadera institución central del poder organizador en el marco del terrorismo de estado (ver Los orígenes del totalitarismo, tomo III, p. 653). La existencia de centros de detención y tortura en la Argentina de mediados de la década del ’70 del siglo XX es, sin lugar a dudas, la página más negra de toda nuestra historia como país, no solamente por el hecho en sí de su existencia, sino además, porque estos sitios infernales irrumpieron en el marco de una sociedad supuestamente “civilizada”, con la tasa de educación más alta de toda América Latina y con estándares culturales similares a los de Europa, al menos en los grandes centros urbanos. En sí, la generalizada irrupción en la Argentina de ámbitos que en gran medida respondían a la lógica concentracionaria no tiene nada de original. Se inscriben en una tristemente larga lista de sitios similares que acompañaron a casi todos los regímenes autoritarios al menos durante el siglo XX (es recurrente la atribución de la idea primigenia a los colonizadores ingleses en la guerra contra los boers en África austral, alrededor de 1910) y que tuvieron su punto culminante a partir de su empleo masivo por parte del régimen nacionalsocialista durante la Segunda Guerra Mundial. En todos ellos –y los nuestros no han sido la excepción- los niveles de violencia y de terror infligidos a las víctimas han sido de tal magnitud, y la muerte ha campeado en tan alta escala, que de ellos sólo puede afirmarse, como denominador común, que en su seno “todo era posible

(cfr. Arendt, Los orígenes

En referencia a ello, podemos señalar que estos centros clandestinos de tortura y de muerte constituyen “…un espacio de excepción, en el que no sólo la ley se suspende totalmente, sino en el que, además, hecho y derecho se confunden por completo: por eso todo es verdaderamente posible en ellos […] quien entraba en el campo de movía en una zona de indistinción entre […] lícito e ilícito, en que los propios conceptos de derecho subjetivo y de protección jurídica ya no tenían sentido alguno” (Agamben, Giorgio, op. cit., p. 217).

cit., p. 652).

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La imagen que nos devuelve el reflejo frente a este espejo, es la de un espectro que se acerca a la concepción del mal más radical. Al respecto, señala el mismo autor que “lo que tuvo lugar en los campos de concentración supera de tal forma el concepto jurídico de crimen que con frecuencia se ha omitido sin más la consideración de la estructura jurídico-política en que tales acontecimientos se produjeron. El campo es así tan sólo el lugar en que se realizó la más absoluta conditio inhumana que se haya dado nunca en la tierra:

esto es, en último término, lo que cuenta tanto para las víctimas como para la posteridad” (idem, p. 211).

La multiplicación de estos lugares por todo el país y su permanencia en el tiempo refleja la imagen del colapso moral de una sociedad y a la vez, del fracaso del supuesto progreso civilizatorio de toda una Nación. Sobre este último punto, con razón sostiene Agamben que “[l]a pregunta correcta con respecto a los horrores del campo no es, por consiguiente, aquella que inquiere hipócritamente cómo fue posible cometer en ellos delitos tan atroces en relación con seres humanos; sería más honesto, y sobre todo más útil, indagar atentamente acerca de los procedimientos jurídicos y los dispositivos políticos que hicieron posible llegar a privar tan completamente de sus derechos y prerrogativas a unos seres humanos, hasta el punto de que el realizar cualquier tipo de acción contra ellos no se considerara ya un delito” (ibidem, p. 217/8). Los centros clandestinos de detención y tortura, como todo espacio que adopta ciertas características del universo concentracionario, han sido funcionales en más de un aspecto al poder que los engendró. En primer lugar, fueron sitios que reforzaron el adoctrinamiento ideológico de los integrantes del aparato de poder, en el sentido de que el terror absoluto imperante en estos sitios, y las atrocidades cometidas, se convirtieron en aplicación práctica del adoctrinamiento ideológico, de

comprobación de la ideología (Arendt, Los orígenes

En segundo lugar, los campos fueron concebidos no sólo para degradar a los seres humanos y eventualmente eliminarlos físicamente, sino además para “…transformar a la personalidad humana en una simple cosa, algo que ni siquiera son los animales” (idem, p. 653). “El auténtico horror de los campos de concentración radica en el hecho de que los internados, aunque consigan mantenerse vivos, se hallan más efectivamente aislados del mundo de los vivos que si hubieran muerto […] Cualquiera puede morir como resultado de la tortura sistemática o de la inanición o porque el campo esté repleto y sea preciso liquidar el material humano superfluo” (ibidem, p. 659). “No existen paralelos para la vida en los campos de concentración. Su horror nunca puede ser abarcado completamente por la imaginación por la simple

cit., p. 652/3).

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razón de que permanecen al margen de la vida y la muerte […] las masas humanas encerradas son tratadas como si ya no existieran, como si lo que les sucediera careciera de interés para cualquiera, como si ya estuviesen muertas y algún enloquecido espíritu maligno se divirtiera en retenerlas durante cierto tiempo entre la vida y la muerte…” (ibidem, p. 662). En lo que atañe a la investigación en particular, veamos cómo fue en concreto que operaron las personas de las cuales se analizará la responsabilidad. Las personas privadas ilegalmente de su libertad eran conducidas de inmediato a este tipo de lugares, situados ya sea dentro de unidades militares o policiales con dependencia operacional de las Fuerzas Armadas, acondicionados al efecto, distribuidos a lo largo de todo el territorio nacional, y cuya existencia era ocultada del conocimiento público no obstante haber superado los 340 centros: “En todos estos casos, un lugar aparentemente anodino delimita en realidad un espacio en que el orden jurídico normal queda suspendido de hecho y donde el que se cometan o no atrocidades no es algo que dependa del derecho, sino sólo […] de la policía que actúa provisionalmente como soberana” (cfr. Agamben, cit., p 222). Mientras los familiares y amigos agotaban los recursos a su alcance para dar con el paradero de los “desaparecidos”, las autoridades públicas respondían negativamente a todo pedido de informe -incluso de gobiernos extranjeros u organismos internacionales- vinculado a las detenciones de los buscados y los recursos de habeas corpus interpuestos ingresaban en el destino inexorable del rechazo. En tal sentido, la estrategia negacionista llevada adelante por el régimen militar de un modo contemporáneo a la perpetración de los crímenes que se estaban llevando a cabo de modo masivo a través del aparato clandestino de poder que ellos mismos comandaban, quedó en la historia como uno de los ejemplos más cabales de lo que puede llegar a ser una estrategia comunicacional del poder autoritario. Nótese que uno de los máximos representantes de la criminología norteamericana contemporánea, Stanley Cohen, le ha dedicado a este ejemplo la siguiente reflexión en una obra escrita en 2001, de reciente traducción:

“La Junta Militar argentina patentó una versión santurrona única de doble mensaje. Cuando se dirigían a gobiernos y reporteros extranjeros, el tono del General Jorge Videla era de negación absoluta e indignada: Argentina había «nacido libre», los prisioneros políticos no existen, nadie es perseguido por sus ideas […] en la televisión de Estados Unidos, en 1977, Videla explicó pacientemente: «Debemos aceptar como una realidad que hay personas desaparecidas en Argentina. El

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problema no yace en ratificar o negar esta realidad, sino en conocer las razones por las que estas personas han desaparecido. Han existido -concedió- algunos ‘excesos’. Pero muchas personas, que se piensa están desaparecidas, han desaparecido secretamente para dedicarse a la subversión; estas personas han aparecido en la televisión europea, hablando mal de la Argentina»…” (Cohen, Stanley: Estados de negación: ensayo sobre atrocidades y sufrimientos. Buenos Aires, Departamento de Publicaciones, Facultad de Derecho, UBA, 2005). Concluye Cohen, que la ideología del terrorismo de Estado justifica acciones cuya existencia nunca es oficialmente admitida, al contrario, la represión, para sus perpetradores, siempre estará justificada (idem, p. 124). Ello guarda íntima vinculación con el empleo, por parte del régimen militar, de una terminología neutra para referirse a circunstancias relacionadas con la actividad represiva clandestina. Así, las unidades que operaban impunemente fueron bautizadas como “grupos de tarea” (no puede dejar de asociarse esta denominación con la de los “grupos móviles” o Einsatzgruppen, de las SS, que aniquilaron un millón y medio de enemigos políticos detrás del frente ruso entre 1941 y 1942, la gran mayoría de ellos, judíos); los campos de detención y tortura eran “lugares de reunión de detenidos” o “LRD”; los asesinatos eran “traslados”; etc. (ver al respecto Cohen, op. cit., p. 127, con expresas referencias a un manual secreto de 380 páginas publicado en 1976, donde el General Roberto Viola dispuso dos columnas de regulaciones lingüísticas: términos no uitilizables y términos utilizables).

Es que el mantenimiento en secreto, en especial de estos sitios de

secuestro y tortura, es una cuestión central para su constante reproducción. “El experimento de dominación total en los campos de concentración depende del aislamiento respecto del mundo de todos los demás, del mundo de los vivos en

general, incluso del mundo exterior” (cfr. Arendt, Los orígenes

Por último, entiendo acertadas las palabras de Enrique Vázquez quien, refiriéndose a los objetivos de la última dictadura señaló: “A partir de la represión y la censura la dictadura buscó -y en muchos casos logró- imponer como correlato el espanto y la autocensura. De tal modo los campos de detención clandestina y las cárceles eran un castigo ejemplar para una parte de la sociedad pero además significaron un espejo donde debía mirarse el resto”. “El ambicioso intento del proceso en el ámbito de la justicia fue barrer con el concepto de seguridad jurídica, llevándolo al límite de relativizar el propio derecho a la libertad y a la vida”. “Sin embargo, lo ocurrido en la Argentina no fue una catástrofe natural al estilo de un terremoto: se trató del intento más serio de buscar cambios

cit., p. 653).

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en las estructuras sociales y en las formas de organización política basado en al represión violenta […] La manipulación de las conciencias a partir de su adormecimiento y de la ignorancia de la realidad es una técnica ya ensayada por

(cfr. La última. Origen, apogeo y caída de la dictadura

militar, Ed. Eudeba, Buenos Aires, 1985, p. 65). Es que, en términos de Romero, lo que se propuso el régimen “…consistía en eliminar de raíz el problema, que en su diagnóstico se encontraba en la sociedad misma y en la naturaleza irresoluta de sus conflictos. El carácter de la solución proyectada podía adivinarse en las metáforas empleadas -enfermedad, tumor, extirpación, cirugía mayor-, resumidas en una más clara y contundente:

cortar con la espada el nudo gordiano. El tajo fue en realidad una operación integral de represión, cuidadosamente planeada…” (op. cit., p. 207); o como dice en otras palabras Novaro, “…los jefes castrenses no pensaban limitarse a satisfacer esas expectativas [las de un golpe de Estado], tenían el plan mucho más ambicioso de cambiar de raíz al país, a sus instituciones y sus habitantes, que consideraban «enfermos». Si para ello era necesario destruir buena parte de la sociedad y las instituciones existentes, no dudarían en hacerlo, a través del terrorismo de Estado, el disciplinamiento económico y lo que llamaban la «reeducación» de los argentinos…” (op. cit., p. 63). Como ya se mencionara, el caso que nos ocupa constituye una manifestación de la concreción del despliegue del aparato represivo bajo el fin alegado de aniquilar la llamada “subversión económica” y tuvo su epicentro en un de esos sitios especialmente destinados al consecución de los oscuros y ocultos designios del régimen de facto, el CCDT que funcionara en la Prisión Militar de Campo de Mayo. 4.1. Ubicación geográfica. Su dependencia del Primer Cuerpo

del Ejército

regímenes autoritarios

La Cárcel de Encausados se encontraba ubicada materialmente en la Guarnición Militar de Campo de Mayo, en el partido de San Miguel. Si bien la Cárcel de Encausados se encontraba en virtud de ello, emplazada territorialmente en jurisdicción de la Zona de Defensa IV, correspondiente al Comando de Institutos Militares, la misma dependía jerárquicamente del Comando del Primer Cuerpo del Ejército, entre los años 1976 y 1980 – conforme surge del informe obrante a fs. 581-. Tal dependencia jerárquica, además de lo informado por la propia Fuerza, surge de la conformación del Equipo de Trabajo o Grupo de Tareas que llevó adelante la investigación originada en la denuncia penal iniciada por la Comisión Nacional de Valores, que recayó en el Juzgado

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Federal n° 2, más tarde remitida al Comandante del Cuerpo (Sumario. ° 13.371), sobre la intervención del Banco de Hurlingham, y la compra de dicho Banco por parte de Juan Chavanne y sus socios, en función de un retiro de capital de 10 millones de dólares de Industrias Grassi. En efecto, el mismo se conformó por orden del Comandante del Primer Cuerpo del Ejército, General de División Carlos Guillermo Suárez Mason, en fecha 13 de septiembre de 1978 y a instancias de la Comisión Nacional de Valores. Asimismo, Suárez Mason, quien se hizo cargo de la investigación –en el marco de la cual, recordamos, de produjeron las detenciones ilegales objeto del presente auto- designó como Jefe de Equipo al Coronel Roberto Leopoldo Roualdes (Segundo Comandante y Jefe de Plana Mayor de la Subzona Capital Federal). Además, formaron parte de dicho Grupo el Coronel Francisco Obdulio D´Alessandri, el Coronel Raúl Alberto Gatica, ambos destinados a la Subzona Capital Federal del Comando del Primer Cuerpo del Ejército; así como el Comandante de Gendarmería Nacional Víctor Enrique Rei, destinado desde el 10 de febrero de 1978 en comisión al Primer Cuerpo del Ejército y el Agente Civil de Inteligencia del Ejército Argentino, Raúl Antonio Guglielminetti. Otro elemento tendiente a corroborar la dependencia de la Prisión Militar de Campo de Mayo, es que muchos de los detenidos fueron llevados primero al Regimiento de Ganaderos a Caballo, dependencia también del Primer Cuerpo del Ejército; y en un caso, a saber, el de Luisa Fernanda Rita Fabbri, que fue detenida el 8 de noviembre de 1978 en Rosario, y llevada al Comando del Primer Cuerpo del Ejército. Por lo demás, tal circunstancia se desprende del hecho de depender los detenidos del Primer Cuerpo del Ejército, tal como resultó acreditado en el marco de la causa 13/84 (cfr. declaraciones de Darío Alberto Correa y Roberto Leopoldo Roualdes). 4.2. Su función regular y el período en el cual funcionó como

CCDT

Habiéndonos referido a la ubicación de la Cárcel de Encausados y su dependencia respecto del Primer Cuerpo del Ejército, corresponde ahora determinar el período en la cual la misma funcionó como Centro Clandestino de Detención y Tortura. Al respecto, su funcionamiento como sitio de detención data de los primeros meses de 1976, época en la que se registra el alojamiento en tal lugar de varias personas que fueron llevadas allí, tras haberse negado a recibir instrucción militar por su calidad de Testigos de Jehová, registrándose incluso el testimonio de uno de los Testigos de Jehová, Juan Carlos Alcalá,

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que fue llevado a la Cárcel de Encausados de Campo de Mayo en septiembre de 1973 (cfr. fs. 1321/2). En este sentido, cabe destacar primeramente la existencia, conforme a las constancias de las presentes actuaciones, de varios períodos diferenciados de funcionamiento de la Cárcel de Encausados como sitio de detención.

Así, una primera etapa corresponde a la ya señalada, en la que se registran las detenciones de los Testigos de Jehová, que abarca desde los primeros meses de 1976 hasta septiembre de 1978, que es cuando, en una segunda etapa, son llevados a tal sitio las víctimas de los hechos objeto del presente auto, y los Testigos de Jehová son trasladados a la edificación ubicada enfrente de la Cárcel de Encausados, el Casino de Oficiales (cfr. testimonio de Ernesto Emilio Agustoni de fs. 1321 y de Juan Carlos Castet de fs. 1405/9), registrándose igualmente detenciones de los mismos hasta diciembre del año 1980.

A este respecto, cabe destacar que las condiciones de detención en las que se encontraron los Testigos de Jehová, no serán objeto de tratamiento en el presente auto, sin perjuicio de lo cual se continúa con la investigación en relación a determinar las circunstancias subjetivas y objetivas de la persecución ilegal que habrían sufrido en razón de su confesión religiosa, así como a establecer los delitos concretos respecto de los cuales, en ese marco, habrían sido víctimas. Por lo tanto, el período aquí considerado, será el que abarca desde el 13 de septiembre de 1978 –fecha de la detención de René Carlos Alberto Grassi- al 22 de diciembre de 1978, fecha en que todos los detenidos vinculados a los grupos económicos Chavanne y Grassi fueron legalizados. En lo que aquí respecta, es el período en el que en el marco del presente auto, se tendrá por acreditado el funcionamiento de un Centro Clandestino de Detención y Tortura en la ex Prisión Militar de Campo de Mayo. En concordancia con lo antedicho, Darío Alberto Correa, quien prestó servicios en la prisión militar de encausados de Campo de Mayo como Jefe de la Sección Penal desde 1977 hasta 1980, recordó en su declaración en la causa 13/84 que la seguridad de la prisión se encontraba a cargo del

el año 1978 el Coronel Idelfonso Marco

Primer Cuerpo del Ejército, y que “

en

Sola, Jefe de la prisión militar, le dijo que debía desalojar el sector destinado a los testigos de Jehová, lo que así se hizo, recibiéndose a los pocos días,

provenientes del Primer Cuerpo del Ejército un grupo de civiles [

no recibió información acerca de su situación y qué es lo que se les imputaba. Que

de quienes

]

79

recuerda entre los primeros a Juan Chavanne y René Grassi, y cree que también a Raúl Aguirre Saravia. Que después también le llevaron a un hermano de Aguirre Saravia

De la división del Centro en etapas, da cuenta además el informe presentado por el Dr. Ernesto Julio Moreau, perteneciente a la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, obrante a fs. 1319. En el mismo, se pone de manifiesto que en la primera etapa, que comienza en los primeros meses de 1976, el lugar era conocido como “El Alambrado”: “aislado por un doble cerco en el centro del penal se encontraban los calabozos. «El Alambrado» había servido de prisión para los Testigos de Jehová, soldados y otros detenidos, hasta que entre fines de 1976 y principios de 1977 fueron trasladados al Penal para Oficiales, enfrente del «Alambrado». Este fue modificado luego de la mudanza, colocándose en el perímetro chapas –en lugar de los alambres- para impedir que el resto de los detenidos pudiera ver lo que sucedía dentro”. En la segunda etapa, así, el lugar pasó a ser conocido como “Las Chapas”, “Centro de Detención de los prisioneros políticos llamados «subversivos activos» o «terroristas» por los militares” (fs. cit.), etapa que se inaugura con la detención y traslado a dicho lugar de René Carlos Alberto Grassi –caso n°

1-.

Tales dichos fueron confirmados por el nombrado Moreau, quien llevó a cabo una investigación respecto de los objetores de conciencia – Testigos de Jehová-, que estuvieron detenidos en la Cárcel de Encausados, en su declaración prestada ante el Juzgado Federal en lo Criminal y Correccional nro. 2 de San Martín. En lo que aquí interesa, el nombrado señaló que “al poco tiempo de producido el cambio de lugar de detención de los testigos de Jehová –es decir cuando ya fueron alojados en el casino de oficiales o suboficiales-, el «alambrado», fue cubierto en todo su perímetro con chapas acanaladas, para impedir su visión” (copias certificadas remitidas a fs. 855 y reservadas en Secretaría). Así, señaló, “el lugar antes denominado como «el alambrado», luego de la colocación de las chapas a las que hiciera referencia más arriba, empezó a denominarse precisamente «las chapas»”. Otro dato de interés, obtenido por Moreau en el transcurso de la investigación antedicha, y en relación al funcionamiento del sitio como Centro Clandestino de Detención, consiste en que “los testigos de Jehová tenían prohibido el ingreso al lugar denominado «las chapas» circular por el perímetro que lo rodeaba. Dice además que cuando estas personas debían ir al horno de ladrillos, toda vez que el camino hacia ese lugar los obligaba a pasar por el contorno de «las chapas», los guardias les exigían, voltear el rostro para el lado opuesto”.

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En lo que hace puntualmente al período en el que funcionó el CCDT, el mismo siguió activo hasta el año 1980, cuando los testigos de Jehová debieron limpiar el sitio, hallando claros indicios del funcionamiento de Campo de Mayo como Centro Clandestino de Detención y Tortura. En concordancia con esto, el Testigo de Jehová Mario Humberto Indavera, señaló que vio a unas personas detenidas, que “eran empleados del Banco Hurlingham, el gerente llamado Marcelo de unos 35 o 40 años, una secretaria, un contador y el subgerente, y algunas personas más. Todas estaban acusadas de «Terroristas Económicos» y eran interrogadas por abogados del Ejército que cumplían funciones de auditores e investigaban a los empleados” (fs. 1323 vta.).

Si bien el testigo referido señaló que tal circunstancia tuvo lugar en el año 1977, es claro que esto obedece a un error, y que se refiere a las víctimas objeto de tratamiento en el marco del presente auto de mérito, las que fueron detenidas en la Cárcel de Encausados durante el año 1978. En este sentido se cuenta además con el testimonio de Juan Carlos Castet, Testigo de Jehová también detenido en el lugar, quien manifestó que el predio en el que se ubicada la Cárcel de Encausados se encontraba cubierto con chapas, para evitar que se viera lo que allí sucedía. El nombrado, recordó además que en una oportunidad, otro de los Testigos de Jehová detenidos, de apellido Curros, le dijo que “están ahí

subversivos, son gente de la estafa del Banco de Hurlingham”. Al respecto, cabe destacar que el nombrado recordó haber visto a un grupo de detenidos en el marco de la llamada “lucha contra la subversión”, en los siguientes términos:

yo salgo afuera, al patio del centro de detención, y ahí es donde veo [

]

caminar,

frente mío, gente de mayor edad a mí, tal vez sesenta años, también mujeres, y una chica joven, embarazada. Era una chica bien, pelo castaño, largo, anteojos oscuros oblicuos, pecas en la cara, cara rectangular, y el vestido era de color marroncito beige, parecía con florcitas o puntitos negros”.

Como es sabido, Sara Duggan (caso n° 3 de autos) se encontraba embarazada durante su cautiverio en el CCDT. No obstante ello, Castet refirió que tal episodio tuvo lugar en el año 1980, por lo cual es posible que no se trate de las personas objeto del presente auto, sin perjucio de lo cual es importante destacar tales manifestaciones, así como las de Curros, a los efectos de considerar el funcionamiento de la Cárcel de Encausados como Centro Clandestino de Detención.

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Lo antedicho, por otra parte, coincide con la descripción del Centro Clandestino, cuya estructura edilicia se reconstruirá a continuación, en base a los testimonios de las víctimas de autos. 4.3. Estructura edilicia. La inspección ocular En relación a la estructura edilicia del lugar, la misma surge, como se dijo, de las descripciones dadas por los Testigos de Jehová, así como por las víctimas de autos –especialmente por aquéllos que no fueron tabicados-, las cuales fueron constatadas en ocasión de llevarse a cabo la inspección ocular en el sitio en el que funcionara la Cárcel de Encausados, el pasado 24 de agosto de 2011. Las mismas dan cuenta de una edificación que cuenta con celdas en el centro, cubiertas las mismas por un especie de tinglado de chapa, lo que da origen a la denominación dada al CCDT como “Las Chapas”, por parte de los Testigos de Jehová que se hallaban –en ese momento- detenidos en el Casino de Oficiales, tal como ya se expusiera (cfr. además testimonio del conscripto Miguel Ángel Robles de fs. 1380/3). Al respecto, los Testigos de Jehová Juan Carlos Castet –a cuyo testimonio ya se hiciera referencia-, Gustavo Francisco Ferrari y Carlos Alberto Issler sostuvieron que las chapas estaban ubicadas de tal forma para evitar que se viera desde afuera lo que allí sucedía (cfr. fs. 1321 vta., fs. 1322/vta. y fs. 1323vta./1324, respectivamente). Fue coincidente con tal circunstancia el Testigo de Jehová Adalberto Herrera, quien señaló que el predio siempre estuvo enchapado para que no se vea desde el exterior (cfr. fs. 1488/90); así como el Dr. Ernesto Julio Moreau, en el testimonio ya mencionado en el punto anterior. Asimismo, el edificio de la Cárcel estaba perimetrado con un cerco de alambre tejido (cfr. testimonio del conscripto Julio Castro de fs.

1395/8).

En relación a ello, del testimonio del Testigo de Jehová Roberto Urtheil, remitido por la APDH a fs. 1328, surge también esta descripción del sitio, señalando el mismo que el pabellón correspondiente a la Cárcel de Encausados se encontraba cerrado con chapa galvanizada de aproximadamente cuatro metros de altura y que “dentro de la unidad vio una serie de celdas de aproximadamente 2 x 2 m3 con puerta de metal y una ventanilla en la misma con barrotes y tejido. Tenían pasadores del lado de afuera para cerrar con candado y, entre la hilera de celdas que se enfrentaban, había un pasillo con techo de alambre tejido. En un extremo se erigía una torreta interna donde se decía que allí se apostaba un guardia con metralla. Desde allí se custodiaba, según el comentario de todos, a los «guerrilleros y secuestrados», pero nadie sabía el paradero final”.

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A los efectos de graficar lo antedicho, resulta muy útil el croquis realizado por el Testigo de Jehová Carlos Alberto Issler -cfr. fs. 1316-, en el que se pueden observar claramente la disposición del sector de alojamiento de detenidos en el CCDT y las características que fueran señaladas. Así, vemos en el mismo, las celdas, el patio y todo el perímetro cubierto por alambrado y chapas, así como su ubicación respecto del que pasó a ser el sitio de alojamiento de los objetores de conciencia, una vez que fueron allí trasladadas las víctimas de autos:

una vez que fueron allí trasladadas las víctimas de autos: Como ya se mencionara, también dichas

Como ya se mencionara, también dichas víctimas, aportaron una descripción pormenorizada del sitio, que coincide con las características delineadas ut supra. Edgardo Cardona, quien ingresó a Campo de Mayo por la entrada cercana al “Hindú Club” y fue llevado directamente a la Cárcel de Encausados –la que pudo reconocer con certeza por encontrarse señalizado el sitio y el nombrado sin venda en los ojos-, manifestó en su declaración ante esta sede que “[l]a cárcel de encausados, estaba cercada con alambre tejido, las cuales estaban cubiertas con chapas. Allí nos ubicaron en celdas individuales, de un metro y medio por dos, donde había una cama solamente, con puerta de hierro [ Acá nos permitían salir media hora por día, de a uno, por una veredita que había en el jardín” (fs. 767/73). Jorge Tejerina, por su parte, coincidió en que llegó al lugar destabicado, por lo que pudo verlo perfectamente “llegamos a un lugar donde

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había un tinglado y abajo las celdas. El auto atravesó un portón, entró al tinglado, nos dejó a nosotros en la guardia y se fue. El cuarto de guardia estaba separado del sector de celdas, en este último había tres espacios de unas seis celdas cada uno de

ellos; a nosotros nos ubicaron en celdas separada [

a continuación estaba el sector de calabozos y entre ambos espacios había un jardín con banquitos donde nos hacían sentar rotativamente, porque al principio no estábamos comunicados entre nosotros. Los calabozos eran de cemento, cada celda tenía una camita y una mesita. Los baños eran compartido y estaban al final,

pasando los calabozos, pero igual íbamos de a uno” (fs. 775/80). Asimismo, Luis Constanzo Pignataro, acompañó un testimonio por escrito, prestado ante la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación – con motivo de la tramitación del beneficio previsto por la ley 26.256-, en el que describe el lugar de detención: “allí [en la Cárcel de Encausados] fuimos internados en un predio que tenía un galpón grande que en su interior había varias celdas individuales de mampostería con puertas de chapa y cerradura exterior con pasador; las celdas serían de aproximadamente de 1,20 x 2,40 y adentro había solamente una cama, en el predio había otras construcciones como habitaciones, baños y un salón grande, el predio estaba alambrado y tapado con chapas que no permitían ver al exterior” (cfr. fs. 808). Rosa Dominga Laurito, indicó respecto de los calabozos o celdas, que sus dimensiones eran de unos dos metros por ochenta centímetros de largo, que los mismos estaban dentro de un galpón, enfrentados unos con otros, que contaban con piso de cemento y que había sólo un colchón en los mismos. Asimismo, señaló que “[e]l guardia se ubicaba en una especie de plataforma que había, un poco más arriba, y estaba armado” (cfr. fs. 822/9). Enrique García Mansilla, señaló al respecto que “me pusieron en una celda que no tenía ventanas, aproximadamente de dos metros y medio por un metro y medio, con una cama de cemento, como había hecho la conscripción, reconocí que tenía un colchón de paja y una frazada marrón”, que tenía una puerta de hierro con mirilla, que los guardias cerraban con cerrojo y candado, y que no contaba con ventanas, sólo con luz artificial (cfr. fs. 930/7). Sara Duggan, otra de las víctimas que fueron llevadas al CCDT,

señaló que el sector al que nos venimos refiriendo, “[e]ra una especie de tinglado con celdas adentro, había dos hileras de celdas, y desde donde yo fui ubicada, se veía una puerta con un jardín, típico militar, con los árboles pintados de

La celda tenía alrededor de un metro y medio por dos metros, una

blanco

puerta de chapa con una reja pequeña, alta, por donde entraba algo de luz. Además si me paraba en la cama, podía ver, a diez metros, el portón de esa especie de tinglado donde estaban las celdas. No tenía ventanas. Afuera del tinglado había un

].

Se ingresaba por la recepción,

[

].

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jardín con sillas de plaza, era como un edificio chorizo, por lo que el jardín estaba a lo largo, con una galería” (fs. 949/55). Coincidió asimismo con estas características Marcelo Augusto Chavanne, quien en su declaración ante esta sede, recordó que “[e]n el ingreso, en la casilla, me preguntaron nombre y alias, les di mi nombre, alias no tenía, y me metieron adentro de un calabozo. Era un sitio de tres metros por uno, con un camastro, no tenía ventanas, solamente una mirilla en la puerta, que era de hierro. Había luz eléctrica en la parte de afuera, y un haz de luz entraba por esa mirilla. Había un gran galpón que en su interior, tenía los calabozos. Tenía techo de

chapa el galpón y los calabozos [

perimetral. El Casino de Oficiales estaba fuera del sector de la cárcel” (cfr. fs.

986/94).

Aurelio Cid por su parte, en relación a los calabozos indicó que

nos metieron en un calabozo, sin luz, muy pequeño, donde había una silla, un catre

y un estante de hormigón [

Era un gran galpón donde

adentro tenía hileras de calabozos, separados por un pasillo. Un listón de calabozos, había uno hacia un lado y otro del pasillo. Cuantos eran no sé, pero eran bastantes. Había un lugar que estaba con chapas altas, que estaba bordeando todo ese predio, había tierra, y algunos árboles, y era donde nos ponían contra la pared, del galpón,

y los soldados se paraban atrás con las ametralladoras para apuntar” -cfr. fs.

1465/70-.

Por último, refirieron la existencia de calabozos individuales Marcelo Santurio -cfr. fs. 910/5-, Jaime Fernández Madero -cfr. fs. 812/6- y Raúl Aguirre Saravia, quien recordó la existencia de celdas individuales con camas -cfr. fs. 920/6-. De estos testimonios, se deducen las características de las celdas. En efecto, los calabozos individuales, en cuanto a su construcción, eran de cemento con una puerta de hierro que se cerraba desde el exterior, sin ventanas, de tamaño reducido –aproximadamente 2 mts. por 1, 50 mts.-, y contaban solamente con una cama de cemento con una especie de colchón o colchoneta.

En relación al sector de celdas al que nos venimos refiriendo, el

Estuve ahí 14 días sin luz; a los 14 días vino alguien

con una lamparita y puso lamparita en el calabozo [

Alrededor de este sector, había un cerco

].

].

].

testigo Juan Claudio Chavanne, refirió la existencia de dos sectores de celdas dentro de dicho tinglado, las que identificó como “Barrio Sur” y “Barrio Norte”, diferenciándose los mismos por el trato que recibían los detenidos. Así, el nombrado indicó que “[e]ran dos sectores dentro de un

galpón donde había celdas y celdas [

ubicadas en hileras, enfrentadas. A una de

]

85

ellas se les llamaba «Barrio Norte», había detenidos que, creo, tenían mejor trato. En este sitio estaban detenidos Alberto Félix Cordeu, Jaime Benedit, Luis Arnoldo Grasi, entre otros. En el «Barrio Sur», estaban Marcelo Chavanne, Satanowsky, Tejerina, García Mansilla, mi mujer, René Carlos Alberto Grassi, Alejandro Pinedo, Jaime Fernández Madero, Jorge Bulleraich, había síndicos de Industrias Grassi” (fs.

957/66).

El mismo testigo, además de estas celdas, en donde también estuvieron alojadas las restantes víctimas de autos, señaló la existencia de otras celdas más pequeñas, a las que fue destinado en carácter de castigo. Se refirió a tales sitios en los siguientes términos: “me metieron en un recipiente de 30 por 30 cm. de chapa galvanizada, me encerraron ahí adentro, y ahí me tuvieron diez días, donde salía para las palizas, y entraba para comer, si tenía ganas” (fs. cit.).

Indicó además que luego fue llevado, junto con Isidoro De Carabassa a otra celda de dimensiones aún más pequeñas, denominada “el

cepo”: “[c]uando me sacaron de ese lugar, me llevaron al cepo, era una cosa muy chica, más chica que las celdas comunes, inmunda, estábamos dos personas: Isidoro de Carabassa y yo. Ahí habremos estado noventa días. En el cepo estaba con las manos desatadas, estuve vendado muchas veces, pero después me sacaron la venda. Era una puerta de hierro, con una reja arriba de la puerta, pero como no tenía cama, no podía mirar. No teníamos luz eléctrica, porque ellos temían que nos

También en

el cepo me sacaban todo el tiempo para interrogarme. Cada diez minutos, cuando te dormías, golpeaban la puerta fuertemente para que me despertaran. Se escuchaban

muchos disparos” -fs. cit.-. Los cepos, calabozos de castigo en los que se mantenían a los detenidos inmovilizados, fueron referidos también por el testigo Marcelo Chavanne: “[t]ambién estaba un lugar donde estaban los cepos. Los cepos eran calabozos de castigo, mucho más chicos y prácticamente no te podías mover” (fs. 986/94), así como por Raúl Ramón Aguirre Saravia, quien recordó que la Cárcel de Encausados “[t]enía otra sección de celdas que tenían el tamaño del cuerpo, donde estuve los primeros quince o veinte días” -cfr. fs. 920/6-. Al respecto, además, el Testigo de Jehová Eduardo Jorge Lares,

electrocutáramos. De Carabassa estaba en otro cepo, a unos metros [

].

describió este lugar en el que compartió cautiverio con Chavanne. Puntualmente, señaló que cuando estuvo detenido en Campo de Mayo –en las circunstancias y por los motivos señalados ut supra- “fui aislado en el «chancho» durante treinta días, un calabozo –ubicado en el centro clandestino de

detención- pequeño, húmedo y frío, donde tiraban agua cada hora [

esa

oportunidad conocí a los empresarios del Banco Hurlingham, uno de ellos estaba conmigo en el calabozo, de apellido Chabane” -fs. 1324 vta.-, refiriendo además la

].

En

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presencia de una mujer embarazada, pudiéndose tratar, en virtud de la descripción que da de la misma, de Sara Duggan. En concordancia con ello, Juan Claudio Chavanne, refirió la presencia de otro detenido en “los cepos”, en los siguientes términos: “en el cepo había uno que nunca habló, no sé si era subversivo o no. Era muy flaco, porque no le daban de comer, ojeroso, muy ojeroso” -fs. 957/66-. Asimismo, el lugar contaba con una cocina y una especie de galería que daba a un jardín adonde eran sacados los detenidos a tomar aire. Además, poseía un baño con letrinas enfrentadas. Por otra parte, algunos de los testigos recordaron la existencia de una habitación en la cual eran interrogados, que se encontraba dentro del predio pero fuera de la construcción en la que estuvieron detenidos -cfr. testimonio de Marcelo Chavanne de fs. 986/94, de Enrique García Mansilla de fs. 930/7-.

Respecto de los restantes ambientes que conformaban la Cárcel

de Encausados, Pignataro, en su declaración ante esta sede, puntualizó:

“[r]ecuerdo las dos hileras de calabozos [ya detalladas], un patio, un sector con pasto y una cocina muy grande, porque en ese momento se cocinaba ahí para todo el Regimiento. Había un baño cercano a las celdas y estaba también la habitación en la que me interrogaron” -fs. 800/11-. También Rosa Dominga Laurito, refirió la existencia de más ambientes, además de los calabozos: “el lugar era una casa vieja con las ventanas tapiadas, era una suerte de rancho de material, con una galería techada

se ubicaba lo que los guardias llamaban el cuarto del sacerdote, porque ahí

dormían los sacerdotes militares. Había luego un hall [

declaraciones [

que estaba el dormitorio de los conscriptos vacío. Por otra parte, había un galpón

luego me aislaron en la

con celdas. A mi primero me pusieron en los calabozos [

habitación del sacerdote unos 20 días y después me pasaron a las celdas del galpón. Las celdas estaban en construcción, entonces el grupo de detenidos estuvo

primero en los calabozos y luego nos fueron pasando a las celdas [

jardín, con un gran árbol y un banco. También abajo de ese banco a veces tomaban

] [

],

donde tomaban

]

la cocina de la guardia [

].

Había huecos con letrinas, y recuerdo

],

]

había un

estaba la oficina

de Correa; desde ahí se impartían las órdenes “ -cfr. fs. 822/9-. Edgardo Cardona, por su parte, en su declaración ante esta sede a la que se hiciera referencia ut supra, mencionó la existencia de un lugar para la detención de los oficiales, al que ellos –las víctimas de autos- no podían ingresar. Además, se encontraban las habitaciones de los militares y

declaraciones, comían y mientras interrogaban a los detenidos [

]

87

una cocina. Asimismo, en relación al sitio de alojamiento, indicó que fueron llevados a otro sector “quince días después. Ya no era un galpón, sino que la estructura era como la de una casa. Había como habitaciones grandes, en las cuales dormíamos en grupos de diez o doce personas aproximadamente” -cfr. fs. 767/73-. Vemos aquí que tanto Cardona como Laurito, en función de lo que surge de la inspección ocular a la que se hará referencia más adelante, están haciendo mención a los dos sectores de celdas separados entre sí, que las propias víctimas identificaban como “Barrio Sur”, siendo esta la construcción más precaria, y el “Barrio Norte”, que era la construcción más estable y en las que los detenidos estaban en mejores condiciones. Aguirre Saravia precisó la ubicación de la Cárcel de Encausados,

además de los ambientes que conformaban la misma: “era un playón más o menos grande, era redonda. Tenía un cerco perimetral circular. Estaba en la confluencia de todos los fondos de los Regimientos. No tenía salida a la calle, por lo cual había que pasar previamente por algún Regimiento. Tenía alrededor de tres hectáreas. Tenía una construcción en el centro, una cocina, comedor y cuartos donde

dormían los oficiales [

Sara Duggan señaló además: “[h]abía como una galería con una cocina al fondo. También había varios cubículos, dos de ellos eran duchas, luego me contaron que el resto eran como celdas pequeñas, del tamaño de una ducha. Dentro

de este galpón también había una letrina [

seguramente comían los gendarmes, después había unas celditas, las duchas, una

Recuerdo que en algunas ocasiones me permitían salir

Después había una cocina, donde

].

Teníamos luz eléctrica, baño general” -cfr. fs. 920/6-.

].

pileta, y otros cubículos [

].

a tomar sol en un patio pequeño que había detrás del baño” -cfr. fs. 949/55-. Marcelo Chavanne por su parte, recordó que los guardias lo habían autorizado para salir y correr por el predio, y señaló además la existencia del sitio en el cual era interrogado, que era “como una casa, que dos dormitorios y un living adelante, con una pérgola afuera, era donde nos llevaban, al living, cuando tenían que preguntarnos algo de manera oral” -cfr. fs. 986/94-. Al respecto, el nombrado realizó un croquis, del que surge la ubicación del sitio indicado con respecto a las celdas:

Al respecto, el nombrado realizó un croquis, del que surge la ubicación del sitio indicado con

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JUZGADO CRIMINAL Y CORRECCIONAL FEDERAL 3 CFP 8405/2010 En relación al sitio en donde se llevaban

En relación al sitio en donde se llevaban a cabo los

interrogatorios, Enrique Lucio García Mansilla señaló que para ir al mismo

“[s]alí del lugar donde estaba y tuve que caminar por afuera del edificio [

lugar de los interrogatorios estaba al lado, para acceder a este sitio, había que ir por afuera de la construcción. Toda la estructura tenía un cerco más alto que impedía

que se pueda ver hacia afuera” (cfr. fs. 930/7), esto último en coincidencia con lo señalado por el resto de los testigos. La inspección ocular Como ya se pusiera de manifiesto anteriormente, otra fuente importante en orden a reconstruir la estructura edilicia del CCDT, la constituye la inspección judicial llevada a cabo en los términos del art. 216 del C.P.P.N. en el predio en donde funcionara la Cárcel de Encausados – actual Unidad nro. 34 del Servicio Penitenciario Federal-, el pasado 24 de agosto de 2011. Los resultados de tal diligencia, se registraron en el acta respectiva –obrante a fs. 1042/6-, así como en el Registro Judicial Audiovisual de la misma, elaborado por la Asociación Civil “Memoria Abierta” –aportado a fs. 1377-. En el marco de tal acto, los testigos Juan Claudio Chavanne, Raúl Ramón Aguirre Saravia, Sara Duggan, Marcelo Augusto Chavanne, Luis

El

].

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Constanzo Pignataro, Edgardo Cardona, y Jorge Tejerina, fueron contestes en reconocer el sitio indicado como aquél en el que estuvieron ilegalmente privados de su libertad, pese a las modificaciones que se realizaron en el mismo desde el año 1978, lo que les impidió reconocer con certeza el sector de los cepos y particularmente el sitio donde alguno de ellos fueron interrogados. En dicha oportunidad, los mismos recordaron la existencia de dos sectores: el “Barrio Sur” y el “Barrio Norte” –ya señalados en su declaración por Juan Claudio Chavanne-, separados, según los dichos del testigo Cardona, por un casino en donde estaban los militares, esto es, un sitio en el que los guardias dormían y comían. Refirieron además que tal denominación fue dada por las propias víctimas. Al respecto, el nombrado Chavanne recordó en oportunidad de celebrarse la inspección ocular, que el “Barrio Norte” fue habilitado posteriormente con motivo de la llegada de un nuevo grupo de detenidos, a fines de octubre de 1978. En igual sentido, cabe destacar que Enrique García Mansilla refirió que “era un lugar que se había hecho ad hoc, ya que se veía que era una construcción nueva, recién pintada” -cfr. fs. 930/7-. En el ingreso del lugar, Juan Claudio Chavanne, recordó la existencia de un paredón en lugar del alambrado existente en la actualidad, puntualizando Pignataro y Aguirre Saravia que el mismo tenía una parte de chapa, que contaba con una abertura de salida al exterior. En este punto, los testigos Juan Claudio y Marcelo Chavanne recordaron la existencia, en el exterior de la Cárcel de Encausados, de un pequeño techo y un árbol en el que hablaban con D´Alessandri y Gatica, en concordancia con lo dicho por Laurito en su declaración ante esta sede, a la que se hiciera referencia ut supra (cfr. fs. 822/9). Marcelo Chavanne, recordó además haber estado en el Casino de Oficiales, en varias oportunidades, circunstancia que los restantes testigos negaron. Señaló que allí funcionaba una especie de “sala de inteligencia”, ya que vio allí gráficos en los que se exponía la supuesta relación entre Graiver y el Grupo Chavanne -cfr. en este sentido, declaración ante la CONADEP del conscripto Aldo Rodríguez, aportada a fs. 488-. Al ingresar al sitio, los testigos reconocieron el ingreso al mismo, señalando Marcelo Chavanne que pese a la modificación realizada en el muro que anteriormente impedía la vista de la edificación desde el exterior, es indudable que se trata del sitio en el cual estuvieron privados ilegalmente de su libertad.

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Una vez dentro de la construcción, Sara Duggan señaló que “se trataba de un salón grande y que después estaban las dos hileras de celdas atrás” (cfr. fs. 1042/6). Sin embargo, si bien no dudaron los testigos que se trataba del sitio en el cual estuvieron, señalaron la existencia de modificaciones al mismo, tales como el techo, enfatizando Juan Claudio Chavanne que el sitio había sido incluso ampliado. Indicaron asimismo, que el piso es el mismo, que se pudo constatar que cuenta con baldosas rojas. En este sentido, no pudieron reconocer con certeza el sitio donde se ubicaban las celdas sin perjuicio de lo cual, detallaron algunas cuestiones relativas a la descripción de las mismas, tales como lo afirmado por Sara Duggan y Marcelo Chavanne, en el sentido de que enfrente de las celdas había una pared con repisas; y por Pignataro, respecto de su disposición:

había una hilera de celdas contra la pared, que al frente de ellas había un espacio para salir de las mismas, y que había otra hilera de celdas en la cual los detenidos estaban espalda con espalda”, con lo cual asintió Duggan. De igual manera, respecto de los “cepos”, Juan Claudio Chavanne recordó que el sector respectivo era pequeño, de tres metros de ancho, reconociendo la ubicación de los mismos, pero no sus dimensiones. Refirió asimismo que eran dos hileras enfrentadas de “cepos”, y separadas entre sí por un espacio de un metro y medio o dos. En relación al sitio en el cual se llevaban a cabo los interrogatorios, Juan Claudio Chavanne señaló que se hacían en otro lugar, es decir, saliendo de la construcción, en concordancia con lo dicho por Marcelo Chavanne y García Mansilla en sus respectivas declaraciones (cfr. fs. 986/94 y 930/7). Respecto de este lugar, en el acta respectiva se dejó expresa constancia de que “agregan los testigos que no lograron ubicar el sitio de interrogatorio, en virtud de las reformas que hubo en el lugar”. Asimismo, los testigos reconocieron el baño del lugar, dejando constancia de que actualmente, donde antes había letrinas, hay inodoros; y que las paredes, hoy revestidas con azulejos amarillos, eran de cemento. 4.4. Personal presente en la Prisión Militar En relación al personal asignado a la Cárcel de Encausados, surge claramente de las declaraciones testimoniales prestadas por las víctimas de las presentes actuaciones, la existencia de dos grupos diferenciados: por un lado, el personal de Gendarmería asignado a la custodia de los detenidos, y por el otro, personal del Ejército que llevaba a cabo los interrogatorios y en algunos casos torturas de los mismos, que además, se encontraban a disposición del Comando del Primer Cuerpo del Ejército.

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Además, se habrían encontrado en el predio, aunque sin tener contacto con los detenidos, peritos civiles pertenecientes a la Comisión Nacional de Valores y al Banco Central de la República Argentina, encargados, en principio de examinar la documentación, informes, libros y demás papeles de comercio relacionados con las actividades tanto comerciales como financieras desarrolladas por las personas detenidas. En este sentido, Ernesto Julio Moreau, miembro de la APDH, en su declaración ante el Juzgado Federal en lo Criminal y Correccional nro. 2 de San Martín a la que se hiciera referencia ut supra, hizo mención a la división de tareas señalada: “no sólo intervenían personas del Ejército Argentino, y personal civil denominado «grupos de tareas», sino que además frecuentemente aparecía personal de Gendarmería, que eran los encargados de custodiar el lugar en el perímetro y en el interior de las chapas mencionadas, como se empezó a denominar el sitio descrito”, esto es, dentro de la Cárcel de Encausados (copias certificadas remitidas a fs. 855 y reservadas en Secretaría). Respecto del personal de Gendarmería, cabe destacar que la Cárcel de Encausados se encontraba formalmente a cargo de dicha Fuerza, siendo su Director el Coronel del Ejército Idelfonso Marcos Solá, quien en la época de los hechos ostentaba el cargo de Jefe de la Prisión Militar de Encausados de Campo de Mayo (cfr. declaración de los conscriptos Miguel Ángel Robles de fs. 1380/3, de Claudio Martín Roja de fs. 1356/9 y de Juan Carlos Castet de fs. 1405/9, y de la víctima Enrique García Mansilla de fs.

930/7).

El encargado de la misma, era el Subcomandante –Segundo Comandante- de Gendarmería Nacional Darío Alberto Correa, quien formalmente ostentaba el cargo de Jefe de la Sección Penal de la Prisión Militar de Encausados. Con dicha función, esto es, la de encargado de la Cárcel, se presentó ante Edgardo Cardona, quien recordó al nombrado en los siguientes términos: “[a]hí nos recibe el encargado de la cárcel de Campo de Mayo, Subcomandante Correa”, se presentó así (cfr. fs. 767/73). En el marco de la inspección ocular, Juan Claudio Chavanne –en relación al personal asignado a la Cárcel de Encausados- hizo referencia a que “el capo de todos era Correa, que era Subcomandante de Gendarmería” (cfr. fs. 957/66), y en su declaración testimonial ante esta sede, lo describió de la siguiente manera: “medía alrededor de 1.75, morrudo, muy morocho, de pelo y de piel, no se metía en casi nada” (cfr. 957/66). También Rosa Dominga Laurito lo identificó como el jefe de la cárcel, que dependía de Rei, recordando al respecto que “Correa le tenía terror

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a Rei, después estuvo muy mal de la cabeza, se fue a vivir a chilecito en La Rioja, me lo contó en una oportunidad en que vino a visitarme a mi casa con su familia después de haber sido liberada. Él estaba muy traumado por las cosas que había visto en Tucumán” (cfr. fs. 822/9), pudiendo en esa ocasión reconocer la fotografía del nombrado, en los términos del art. 274 del C.P.P.N. Por su parte, Raúl Ramón Aguirre Saravia recordó su contacto en la Cárcel de Encausados con Correa en el marco de su declaración prestada en la causa 13/84, en los siguientes términos: “nos llevaron un trecho largo y llegamos a un lugar donde me tiraron al suelo y sentí una discusión violenta entre quien después yo, supe que era el jefe de la prisión, un segundo comandante de

gendarmería que no quería recibirme por el estado en que yo estaba [

segundo comandante, después supe que se llamaba Darío Correa, era el jefe de la prisión militar de Campo de Mayo” (cfr. fs. 1129/226). Al respecto de lo manifestado por Aguirre Saravia, es oportuno recordar que antes de ser llevado a la Cárcel de Encausados, fue llevado a un CCDT ubicado en la zona de Puente 12. Correa fue referido además por Luis Constanzo Pignataro, quien manifestó “[d]e los gendarmes sólo recuerdo a Correa, que era el jefe, quien parecía darle las órdenes al resto de los custodios” (cfr. fs. 800/11) y por Marcelo Chavanne, que indicó “[a]quí adentro, en la Cárcel, el jefe era un comandante de Gendarmería de apellido Correa, que respondía directamente a Rei” -cfr. fs.

986/94-.

Por otra parte, Juan Carlos Castet, testigo de Jehová que estuvo detenido en la Cárcel de Encausados de Campo de Mayo refirió que Correa estaba a cargo del CCDT, mientras que el Jefe de la Prisión era Solá (cfr. copias certificadas de su declaración ante el Juzgado Federal nro. 2 de San Martín –fs. 494/7- y presentación de Abuelas de Plaza de Mayo de fs. 536/43, y declaración ante esta sede de fs. 1405/9). En concordancia con lo dicho anteriormente, varios de los testigos-víctimas de las presentes actuaciones refirieron que la guardia del lugar estaba a cargo de Gendarmería. Así, Luis Constanzo Pignataro, Rosa Dominga Laurito, Enrique García Mansilla, Marcelo Chavanne y Jaime Fernández Madero. También Adalberto Arnaldo Herrera, objetor de conciencia del servicio militar obligatorio detenido en la Cárcel de Encausados, dijo que “[d]espués estaba la sección chapas, donde se encerraba gente, que estaba a cargo de Gendarmería. Sí sé el nombre de un Gendarme con el que tuve problemas ahí, de apodo el gato” -cfr. fs. 1488/90-.

Este

].

93

Respecto de los guardias que fueron mencionados por los testigos, se puede destacar que los testigos indicaron que las guardias eran tres y rotaban en 24 hs. por 48 hs., y todos ellos coincidieron en que sus miembros eran jóvenes, procedentes de Corrientes o Misiones, pudiéndose destacar –por la mayor precisión con la que fueron señalados- a los siguientes:

► “el gato”, al que hiciera referencia Herrera, también fue

mencionado por Rosa Dominga Laurito, quien señaló que “había otro hombre de

Gendarmería al que le decían «el gato», especificando al respecto que “había un gendarme de guardia que le decían «el gato», que creo que lo mataron porque una noche se quiso propasar conmigo y yo le conté a su jefe” (cfr. fs. 822/9);

► Pereyra: fue referido por Juan Claudio Chavanne, quien lo

señaló en los siguientes términos: “[h]abía un gordo, Pereyra, que hacía de

guardia bueno, que me traía libros” (fs. 957/66). En concordancia con ello, Sara Duggan recordó que “había un guardia gordo con bigotes, de alrededor cincuenta y cinco años. Era el más amable de todos, si le pedía llevarle algún libro a Juan, él lo llevaba sin oponer reparo alguno. Es la única persona a la que recuerdo. Creo que su apellido era Pereyra” (cfr. fs. 949/55). Asimismo, en el marco de la inspección judicial llevada a cabo el pasado 24 de agosto de 2011, Marcelo y Juan Claudio Chavanne coincidieron en que Pereyra, era un Suboficial Mayor y que los trató muy bien (cfr. fs. 1042/6);

► “el perro”: fue mencionado por Juan Claudio Chavanne, como

el guardia que ingresó en la celda en la que estaba detenida Sara Duggan, con intención de someterla a algún tipo de abuso sexual, “[e]staba uno que se apodaba «el perro», que fue quien quiso violar a mi mujer. Tenía la característica de que a la noche, se sacaba los borceguíes y andaba sólo con las medias blancas” (fs. 957/66). En el marco de la inspección ocular, recordó además que el

citado guardia, “pegaba fuertísimo” (cfr. fs. 1042/6);

► “Pacha”: fue señalado por Juan Claudio Chavanne, como uno

de los guardias, perteneciente a Gendarmería, que andaba siempre vestido de fajina y con borceguíes, proveniente de una provincia del Noreste del país – Misiones o Corrientes- (cfr. fs. 957/66). Jorge Tejerina, por su parte, indicó “[d]e los guardias, había uno que pertenecía a la guardia buena que le decían «Pacha», con él se podía hablar, siempre me preguntaba qué hacía yo en el lugar y yo le decía que era lo que estaba tratando de averiguar, era del Ejército pero nunca supe más que eso a su respecto”, señalando que además volvió a tener contacto con el nombrado luego de su liberación, “[a]l único que volví a ver fue a «Pacha» que fue a mi oficina a saludarme, me dijo que él sólo estaba cumpliendo órdenes, que trató de que la pasara lo mejor posible” (cfr. fs. 775/80). Rosa

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Dominga Laurito indicó que escuchó el apodo por comentarios, pero que no tuvo contacto con él (cfr. fs. 822/9);

► “Vaca”: fue señalado también por Juan Claudio Chavanne, con

las mismas características señaladas por el testigo en relación al guardia apodado “Pacha” (cfr. fs. 957/66). Jorge Tejerina, recordó que “él estaba en la guardia que era moderada en el trato, no la buena ni la mala. Las comunicaciones siempre las hacían a los gritos, entonces en un momento él preguntó quien se quería cortar el pelo, De Carabassa respondió con una barbaridad, entonces me sacaron a mi y me pelaron, y después a él. Ahí estuvo «la vaca» mientras el peluquero nos cortaba el pelo” (cfr. fs. 775/80). Rosa Dominga Laurito indicó –al igual que respecto de “Pacha”- que escuchó el apodo por comentarios, pero que no tuvo contacto con él (cfr. fs. 822/9);

► “René”: fue mencionado por Jorge Tejerina, quien señaló “[d]e

la guardia mala me acuerdo de uno que era más malo que las arañas, no se podía

mantener una conversación, nos sacaba y nos hacía limpiar, se llamaba «René»” (cfr. fs. 775/80);

► Graña: fue mencionado por Laurito, quien refirió que no tuvo

contacto con él en Campo de Mayo, sino posteriormente, cuando fue a pedirle

dinero, una vez liberada. Gatica le comentó que junto con “el gato” se dedicaban a secuestrar gente para sacarles dinero (cfr. fs. 822/9);

► Jesús Garrido, fue reconocido en los términos del art. 274 del

C.P.P.N. por Rosa Dominga Laurito, quien señaló al ver la fotografía del nombrado que: “[e]ste era un gendarme de guardia, estoy casi segura; igual no tenía un cargo alto, respondía a las órdenes que le daban; incluso creo que es el jovencito que dije que me pedía consejos y venía a desayunar conmigo, creo que era del Norte. Era morocho, de ojos marrones, bajo y de contextura pequeña. Ahora recuerdo que me comentó que sus padres eran muy creyentes y por eso lo llamaron Jesús de los Ángeles” (cfr. fs. 822/9).

Cabe destacar en este punto que Garrido fue mencionado además

por varios de los conscriptos que cumplieron el servicio militar en Campo de Mayo, así como por los objetores de conciencia detenidos en la Cárcel de Encausados. Así, hizo referencia al nombrado Daniel Julio Castro, quien lo señaló como el encargado de la cuadra o compañía (cfr. fs. 1395/8). Miguel Ángel Robles, por su parte, recordó que “[e]ste es Garrido

Era cabo primero. No me olvidó porque me bailó, me tuvo en cuero hasta las

tres de la mañana. Me parece que era catamarqueño” (cfr. fs. 1380/3). Asimismo, Claudio Martín Roja señaló que recordaba a Garrido, “era un sargento que estaba, según me comentaron ahí, encausado, pero él trabaja ahí, confeccionaba

]. [

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planillas sobre la cantidad de gente que comía y dormía en el lugar” (cfr. fs. 1356/9). Por último, fue mencionado por el Testigo de Jehová Juan Carlos Castet (cfr. fs. 1405/9). Continuando con la escala jerárquica, y tal como puso de

manifiesto Marcelo Chavanne, “[a]quí adentro, en la Cárcel, el jefe era un comandante de Gendarmería de apellido Correa, que respondía directamente a Rei. Rei, a su vez, era un Comandante de Gendarmería que oficiaba de ayudante de Gatica y D’Alessandri. Había dos suboficiales mayores, seis u ocho gendarmes que se iban relevando entre ellos. Dos por cada guardia, porque, en realidad, lo único que hacía el gendarme es acompañar al baño a los detenidos. La línea directriz venía desde Suárez Mason, Roualdes, Gatica y D’Alessandri” (cfr. fs. 986/94). En relación a Víctor Enrique Rei, cabe destacar que el mismo, como se pusieron de manifiesto los testigos Laurito y Marcelo Chavanne, era el Jefe de Correa. Formalmente, conforme a lo que surge de su legajo personal de Gendarmería Nacional, el nombrado fue designado el 10 de febrero de 1978 “en comisión en el Primer Cuerpo del Ejército”. Es decir, el nombrado no estaba destinado formalmente a la Cárcel de Encausados, pero se encontraba prestando funciones en comisión para el Primer Cuerpo del Ejército. Puntualmente, formaba parte del Grupo de Trabajo conformado por orden del General de División Carlos Guillermo Suárez Mason, Comandante del Primer Cuerpo del Ejército, a los fines de instruir la denuncia penal formulada por la Comisión Nacional de Valores ante el Juzgado Federal nro. 2, instrucción en el marco de la cual se procedió

a la detención ilegal de las víctimas de autos. Como se ha visto, las mismas fueron mantenidas en cautiverio en la Cárcel de Encausados de Campo de Mayo, manejada –en cuanto a la custodia de los detenidos- por Gendarmería, como se vio, encontrándose los detenidos bajo dependencia del Primer Cuerpo del Ejército, puntualmente del

Grupo de Trabajo, cuyos miembros eran los encargados de los interrogatorios

y de las torturas, aunque en este supuesto, no en forma exclusiva.

Respecto de la relación jerárquica existente entre Correa y Rei, referida por los testigos, la misma puede tener origen tanto en el hecho de encontrarse los detenidos a disposición del Primer Cuerpo como del hecho de que Rei –Comandante- ostentaba un cargo de mayor jerarquía que Correa – Subcomandante- dentro de Gendarmería. Respecto de la presencia de Rei en el CCDT, el mismo fue mencionado por Marcelo Santurio (cfr. fs. 910/5), Juan Claudio Chavanne (cfr. fs. 957/66), Sara Duggan (cfr. fs. 949/55), Marcelo Chavanne (cfr. fs. 986/94), Luis Constanzo Pignataro (cf. Fs. 800/6) y por Rosa Dominga

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Laurito, quien indicó que en Campo de Mayo “[t]ambién estaba el Comandante

de Gendarmería Rei que era terrible, torturador [

trataba de atemorizarnos, una vez me dijo que estaba con cansancio de combate, que nos agarraría a todos y nos mataría” (cfr. fs. 822/9). Asimismo, Aguirre Saravia en su declaración ante esta sede, dijo respecto de Rei que “era el Comandante de Gendarmería, era buen tipo, nunca nos torturó. Ese fue el que me llevó en el baúl del auto desde la mañana hasta la noche”, en referencia a un episodio en el cual un día lo metieron en el baúl del auto de Rei, y lo dejaron encerrado en el mismo desde las cinco de la mañana hasta las ocho de la noche aproximadamente. De Rei, dijo además que era quien estaba a cargo de la cárcel, junto con un Sargento Ayudante del Ejército (cfr. fs. 920/6).

Junto con Rei, formaba parte del Grupo de Trabajo el Coronel Raúl Alberto Gatica, quien también se hizo presente en la Cárcel de Encausados. Así, Rosa Dominga Laurito refirió que era una de las personas más visibles en dicho sitio, junto con el Coronel Francisco Obdulio D´Alessandri (cfr. fs. 822/9), quien en los hechos, oficiaba como Jefe del Grupo de Trabajo, más allá de la designación formal de Roberto Roualdes en tal carácter.

Su función puntualmente, era llevar a cabo los interrogatorios a los que fueron sometidos las víctimas, dando testimonio en este sentido Raúl Aguirre Saravia (cfr. fs. 920/6). Enrique García Mansilla, por su parte, lo señaló a Gatica como quien “llevaba la voz cantante”, cuando concurría a la Cárcel de Encausados el grupo conformado por Rei, D´Alessandri y el nombrado (cfr. fs. 930/7). Y Marcelo Santurio, también mencionó que fue interrogado por Gatica y en cuanto a su posición jerárquica, se refirió a él como “un operativo” (cfr. fs. 910/5). También se refirieron a la presencia del nombrado en el CCDT los hermanos Marcelo y Juan Claudio Chavanne (cfr. fs. 986/44 y 957/66, respectivamente, así como en el marco de la inspección ocular cuya acta obra a fs. 1042/6) y Luis Constanzo Pignataro (cfr. fs. 800/6). En relación a D´Alessandri, al igual que en el caso de Gatica, las víctimas de los hechos objeto del presente auto de mérito, coincidieron en señalar su presencia en CCDT, puntualmente en los interrogatorios a los que fueron sometidos. Así, Marcelo Santurio, quien señaló que tenía una jerarquía aparentemente superior (cfr. fs. 910/5) y Raúl Aguirre Saravia, quien lo identificó por la voz en los interrogatorios (cfr. fs. 920/6).

El comandante Rei siempre

].

97

También fue referida su presencia en el sitio de cautiverio por los testigos Rosa Laurito –como ya se mencionara-, Marcelo Chavanne (cfr. fs. 986/94), Jorge Tejerina (cfr. fs. 775/80), Luis Constanzo Pigantaro (cfr. fs. 800/6) y Enrique García Mansilla (cfr. fs. 930/7). Con lo dicho precedentemente, podemos concluir que básicamente el grupo que llevaba a cabo los interrogatorios y que tenía mayor presencia en el CCDT estaba conformado por Rei, Gatica y D´Alessandri, todos ellos miembros del Grupo de Trabajo conformado por orden del Comando del Primer Cuerpo del Ejército; así como por Juan Alfredo Etchebarne, presidente de la Comisión Nacional de Valores, con un rol activo en los interrogatorios de los detenidos que tenían lugar en el CCDT, tal como se verá más adelante. Sin perjuicio de ello, en algunas oportunidades se hizo presente en la Cárcel de Encausados de Campo de Mayo el Jefe formalmente a cargo del Grupo de Trabajo, es decir, el Coronel Roberto Leopoldo Roualdes. Así, Rosa Laurito señaló que en una oportunidad concurrió a realizar una inspección (cfr. fs. 822/9), coincidiendo con ello Jorge Tejerina, quien señaló que en una oportunidad fue a verlo a su celda a preguntarle cómo se encontraba (cfr. fs. 775/80). También hicieron mención a esta oportunidad en la que Roualdes concurrió a Campo de Mayo los testigos Aurelio Cid (cfr. 1465/70) y Enrique García Mansilla (cfr. fs. 930/7). También fue referido por Aguirre Saravia, quien señaló haber escuchado comentarios de que participaba en los interrogatorios e indicó que luego del intento de abuso sexual del que fuera víctima Sara Duggan, concurrió al lugar (cfr. fs. 920/6). Por último, Juan Claudio Chavanne refirió haber sido recibido por Roualdes cuando llegó a Campo de Mayo (cfr. fs.

957/66).

Por otro lado, algunos testigos hicieron mención a la presencia de Suárez Mason en el CCDT, también de carácter ocasional, posiblemente en la misma oportunidad en que concurrió Roualdes a los fines de realizar una inspección del lugar y los detenidos. En este sentido, declararon Rosa Laurito –aunque no tuvo conocimiento directo de la misma sino por comentarios- (cfr. fs. 822/9), Aurelio Cid (cfr. fs. 1465/70), Juan Claudio Chavanne (cfr. fs. 957/94), quien recordó que los gendarmes pintaban los árboles de blanco con motivo de sus visitas, y Jorge Tejerina, quien señaló: “[r]ecuerdo haber visto una vez de lejos a Suárez Mason, caminando como si estuviera haciendo una inspección” (cfr. fs. 775/80). Por su parte, Marcelo Chavanne señaló que en una oportunidad habló con Suárez Mason (cfr. fs. 986/94).

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Marcelo Chavanne también refirió que allí estuvo el agente civil de inteligencia Raúl Antonio Guglielminetti, cuando lo trasladó junto con Tejerina hasta dicho sitio luego de la detención de ambos–cfr. fs. 1042/6-. Asimismo, y como ya se hiciera mención, algunos civiles también se habrían hecho presentes en la Cárcel de Encausados, a los fines de someter a los detenidos a interrogatorios. En este sentido, declararon Aguirre Saravia, quien manifestó haber reconocido a Etchebarne, presidente de la Comisión Nacional de Valores, por su voz -cfr. fs. 920/6-; Juan Claudio Chavanne -cfr. fs. 957/66-; Marcelo Chavanne, quien dijo que participaba activamente en los interrogatorios -cfr. fs. 986/94- y Marcela Grassi, quien recordó que su padre, René Carlos Grassi, le mencionó que le había dicho que escuchó la voz de Etchebarne en los interrogatorios -cfr. fs. 1062/5-. Por último, Aurelio Cid, aunque aclarando que él no tuvo contacto con Etchebarne, señaló que tuvo conocimiento de su presencia en el CCDT por los comentarios de otros detenidos, a quienes interrogaba “con la capucha puesta” -cfr. fs. 1465/70-. Otros de los miembros de la CNV que estuvieron presentes en la Cárcel de Encausados –con motivo de reuniones que tuvieron lugar en dicho sitio en el marco de la investigación ordenada por el Primer Cuerpo del Ejército- habrían sido René Federico Garris –Jefe del Departamento de Asuntos Jurídicos de la misma- (cfr. testimonio de Marcelo Chavanne de fs. 986/94), así como Christian Zimmerman (cfr. testimonio de Juan Claudio Chavanne en el acta de inspección ocular de fs. 1042/6, oportunidad en la que manifestó haber escuchado su voz durante un interrogatorio). Por último, algunos de los testigos hicieron mención a la presencia de Roberto Solá, Fiscal Adjunto de Investigaciones Administrativas en Campo de Mayo. Así, Aguirre Saravia (cfr. 920/6) y Juan Claudio Chavanne, quien refirió que estuvo en los interrogatorios (cfr. fs. 957/66). En la referida declaración, Juan Claudio Chavanne expresó: “Un día, me tomaron declaración. Primero vino Conrado Saadi Masué, les dijo que me sacaran la venda, porque no estaba permitido, y se fue. Me tomó declaración Roberto Solá, quien me preguntó acerca del motivo por el cual estaba ahí. Me tomó declaración Juan Alfredo Etchebarne, Presidente de la Comisión de Valores, quien me preguntó sobre mi posición en Celulosa Argentina y en Canale. Yo tenía una gran posesión de acciones en ambas empresas junto con mi socio, Isidoro de Carabassa. No sacaron nada que fuera de satisfacción para ellos. Creo que fue el día que más me golpearon”.

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Sin perjuicio de la presencia de diversos individuos en la Prisión Militar de Campo de Mayo y de que el tenor que, en términos de responsabilidad jurídico-penal cabe asignar a dicha circunstancia, no se encuentra en todos los casos esclarecido, corresponde destacar que por el presente, habrá de resolverse la situación procesal de Francisco Obdulio D´Alessandri, Víctor Enrique Rei, Raúl Antonio Guglielminetti y Juan Alfredo Etchebarne.

4.5. El cautiverio previo de víctimas en “Puente 12” Sin perjuicio de que el epicentro del despliegue del aparato represivo se encontró, por un lado, en la propia sede del Comando del Primer Cuerpo de Ejército, desde donde tuvo inicio la decisión de la persecución a los grupos económicos Grassi-Chavanne a partir de septiembre de 1978, y por el otro, el propio centro clandestino de detención y tortura que funcionara en

la Prisión Militar o Cárcel de Encausados de Campo de Mayo y donde tal persecución se ejecutara, es dable destacar la existencia de otro sitio en el que se habrían concretado parte de los hechos que damnificaron a las víctimas. Se trata del caso de los detenidos Eduardo Augusto Aguirre Saravia, su hermano Raúl Ramón Aguirre Saravia y Jorge Luján Giménez, quienes fueron secuestrados el 14 de septiembre de 1978 y fueron mantenidos previamente en cautiverio en un sitio a un centro clandestino de detención y tortura situado en el cruce de la autopista Richieri con el Camino de Cintura, a la altura del Puente 12 durante de entre una y dos semanas antes de ser finalmente traslados al CCDT de Campo de Mayo. Cómo se verá en el tratamiento in extenso de sus casos que se efectuará en el considerando correspondientes a los hechos imputados (casos n° 5, 6 y 7 del presente resolutivo) las afirmaciones de los testigos permiten concluir que se encontraron privados de su liberad en alguno de las dependencias situadas en la intersección antes señalada, aunque aún no se ha podido determinar con certeza su ubicación exacta. Por lo demás, es dable destacar que en el marco de los autos n° 14.216/03 caratulados “Suárez Mason, Carlos Guillermo y otros s/privación ilegal de la libertad agravada” y n° 3393/2007 caratulados “Subzona 1/11 y otros sobre

se han podido establecer la existencia de

privación ilegal de la libertad

centros clandestinos de detención y tortura que funcionaron allí con anterioridad y contemporáneamente a los hechos aquí investigados, en cuatro períodos distintos. En primer lugar, en el marco de la segunda de las causas antes citadas, he afirmado por el suscripto que con relación al período anterior al 24 de marzo de 1976, hasta el momento se cuenta con pruebas suficientes para

”,

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