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NINGUN

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Torne o

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de l

PROLOG O

D

E

cruzad o

MARÍA EDMÉE ÁLVAREZ

EDITORIA L

PORRUA ,

S .

A .

AV. REPUBLICA ARGENTINA, 15. MEXICO, 1979

"SEPA N

CUANTOS

"

N Ü M . 22 2

D O N

FERNAND O

CALDERÓN

DRAMA S

Y

SUS

ROMÁNTICOS

Para hablar del teatro romántico de don Fernando Calderón hay que recordar primero, en qué consistió el romanticismo. En el siglo xvi n fue usada por primera vez la palabra romántico por el viajero inglés Bowell, al hablar del pintoresco aspecto de la Isla de Córcega. El vocablo se puso de moda y se tradujo al francés por romanesque, novelesco, y posteriormente por romantique. De esta última voz se derivan nuestros términos: romántico y romanticismo. Una imaginación romántica es una fantasía quimérica y aventurera. Los nuevos principios estéticos del Romanticismo contradicen a los que habían estado en el panorama de las letras, es decir a los del Neo- clasicismo. Allí donde se hacía protagonista de la existencia, la razón se opone el sentimiento y el misterio.

El imitar los modelos greco-romanos es sustituido por la libre efu-

sión del corazón; frente al clasicismo del siglo XVIII, considerado como

símbolo de lo puramente racional, el medievo aparece como u n espe- jismo, como un mundo ideal en el cual la vida, dominada por el sentimiento de Dios conservaba la espontaneidad nativa de sus impul- sos; si el Neoclasicismo acude a los dioses mitológicos, el Romanticismo va en busca de inspiración a la religión cristiana.

esté

sujeto a normas en sus relaciones con cuanto lo circunda, opone la

libertad de la existencia

A su vez hay que afirmar que el movimiento fue también una re-

valorización de viejos ideales; atendió amorosamente a lo nacional y popular, presentando temas, leyendas y tradiciones de gran riqueza humana; los temas románticos se referían a asuntos medievales con castillos, guerreros y damas enamoradas, a descripciones que presenten una nueva visión de la naturaleza en cuya contemplación, si es agreste, como el bosque y la montaña, hallaran sinceras emociones.

En nuestra patria, el Romanticismo encontró medio propicio para propagarse. El medio social de agitación incesante en que se había vivido durante los últimos años de la dominación española y en la época de la independencia, eran a propósito para sentir y difundir la gallarda manifestación literaria que dio comienzo a una nueva era artística y poética.

La división social se manifestó entonces en la literatura de un modo

evidente: las clases superiores, españoles y criollos, salidos de la Uni- versidad y de los Seminarios, propagan las tendencias clásicas y se

A la tentativa de colocar

la vida

en una esfera

supremo.

donde

todo

como anhelo

IX

X

PRÓLOG O

empeñaban en continuar con la corrección y pulcritud académica de los modelos del "Siglo de Oro" . En cambio la clase media, beneficiada con la Independencia, pre-

L A

PRÓLOG O

ACADEMI A

D E

LETRÁ N

XI

sentaba a sus literatos y poetas poseedores de mayor espontaneidad y

disciplinas

en u n libertinaje retórico

y prosódico, que ponía espanto

í

Fundada por jóvenes entusiastas amantes de las letras patrias, la

sinceridad, es decir, francamente románticos, y salieron, según u n crítico

\a

en San Juan de Letrán

logró reunir en su seno de

1836 a

literario, desenfrenados, incorrectos, desbaratando reglas, rompiendo

1856, a la generación que llenó con su nombre medio siglo de nuestras letras. Asistían a la Academia con amplio sentido de tolerancia, con-

en el lado aristocrático de los clásicos.

servadores y liberales, o sean clásicos y románticos, para discutir libre- j¿ú mente temas literarios y gramaticales, y de éstos particularmente, pro- sódicos. Pero l o más important e de esas reuniones fu e l a tendencia a

DATO S BIOGRAFICOS

D E DO N FERNAND O

CALDERÓN

mexicanizar la literatura, emancipándola de toda otra y dándole carácter

Nació en la ciudad de Guadalajara el 26 de julio de 1809, hijo de

una distinguida y linajuda familia originaria de Zacatecas. Desde niño tuvo afición decidida a la lectura y a los libros, a grado tal , que en su adolescencia escribía ya versos y asistía, más tarde, a las reuniones de

la sociedad político literaria "L a Estrella Polar". Hizo

yes en la Universidad, y se recibió de abogado en 1829 cuando contaba

20 años de edad. E n Guadalajara

primeras obras dramáticas escritas cuando estudiaba. Concluidos sus es- tudios pasó a Zacatecas en donde comenzó a ejercer su profesión sin abandonar el cultivo de las letras; po r el contrario, di o a la escena en l a tierra dé sus mayores, nuevas piezas dramáticas que hicieron

famoso su nombre; nosotros. Se mezclo

ideas liberales, peleó en 1835 contra las fuerzas de Santa Anna, y en la

acción de Guadalupe quedó gravemente herido y fue hecho prisio- nero. A poco, desterrado del Estado por el Gobierno, pasó a refugiarse

a la ciudad de México, donde sufrió algunas escaseces; pero pronto

BU fama literaria le proporcionó amistad con personas influyentes que

lo ayudaron.

Por el tiempo en que estuvo en México, disminuida su fortuna fa- miliar y' siendo ya notable, no sólo por la fama que le daba su talento

poético, sino también po r sus

nunca desmentida de su noble corazón, mereció de do n José María Tornel, Ministro de la Guerra, protector de la juventud estudiosa, y Mecenas entusiasta de los poetas y sabios mexicanos, que intercediera ante el gobierno del Estado de Zacatecas para que se le permitiese retornar. "E l genio —decía — n o tiene enemigos y los talentos deben respetarse por la Revolución." v A su regreso ocupó diversos puestos importantes como Secretario del Tribunal Supremo de Justicia, Magistrado, Diputado al Congreso local, y además, se le otorgo el grado de Coronel de la milicia nacional. Contrajo matrimoni o co n Manuel a Letechipía, dama distinguida, y des- pués de u n año de terrible enfermedad falleció el escritor el 18 de enero de 1845, en la Villa de Ojocaliente a la temprana edad de 36 años, dfjando sin concluir u n drama titulado "E l Caballo Negro", y u n poema con él título de "L a Creación".

principios políticos y la generosidad

su carrera de le-

y en Zacatecas se representaron sus

obras que en su mayoría no ha n llegado hasta a la política de su Estado y en defensa de sus

'*

peculiar. En novelas, poemas, leyendas y dramas, los escritores se imponían temas nacionales; ya estuviesen relacionados con el pasado precorte- siano, colonial, o ya se tratara de cuadros de costumbres o descripciones de tipos y paisajes.

|

Fueron representantes del clasicismo en la Academia

los

destacados

hombres de letras:

do n Francisco Manuel Sánchez de Tagle, sensible

y

delicado conocedor de Horari o y de Virgilio , que seguía a los repre-

sentantes del neoclasicismo

español; do n Francisco Ortega, autor que

supo cantar la causa de l a Patria, al amor y

a la religión;

se destacó

j^,

por su "Od a al Emperador" en la

cual con elocuencia y valor ante la

'•'

efímera visió n d e u n trono , sup o canta r l a verda d y l a justicia ; do n José Joaquín Pesado, escritor de refinada cultura y sólida educación,

\r

del latín, el italiano, el francés y el inglés, figura prominente" entre los clásicos, que se singulariza como poeta descriptivo, que canta, con delicioso mexicanismo, lugares de Orizaba y Córdoba, además, es introductor del indigenismo en la poesía; don Manuel Carpió que escoge para sus poemas, asuntos bíblicos; al lado de ellos aparece

j

do n Ignacio Ramírez del partido liberal, quien cultivó la poesía al par

\e la oratori a civi l y parlamentaria; do n José Rosas Moren o

juzgado

 

como el mejor fabulista mexicano; don Manuel Eduardo de Gorostiza, poeta dramático con personalidad propia. ' A las voces líricas de la Academia de Letrán se asocia el cubano

j

do n José María Heredia, considerado como precursor de l Romanticismo en México po r su poema El Teocalli de Cholula; do n Guillerm o Prieto, fundador junto con don J. M . Lacunza, de la Academia de Letrán, y

l

que por su calidad pintoresca y folklórica fue estimado como el más mexicano de nuestros poetas; don Ignacio Manuel Altamirano, perso- nalidad ejemplar, que pronto se destacó vigorosamente por pretender dar a l a poe¡sía u n sello propio , auténticamente nacional ; do n Ignacio Rodríguez Galván, que buscó para sus poemas y para sus dramas,

j

importantes leyendas y episodios históricos del país.

|

E n esa reunión de jóvenes ilustrados, do n Fernando Calderón ve- nido de Zacatecas obtuvo, desde su arribo a la capital, una acogida

benévola y amistosa. Allí di o lectura

a dos de sus bellísimas composi-

•;,

clone s líricas : "E l Sueñ o de l Tirano " y "E l Soldad o d e l a Libertad" , que sigue de cerca a "L a Canción del Pirata" de Espronceda y que

x a

PRÓLOG O

muestran el estudio de buenos modelos del romanticismo español. De

sus compañeros en la Academia recibía, principalmente del autor de l

Teccalli de Cholula, indicaciones qu e le ayudaron

para sus dramas. Como testimonio de gratitud les dedicó los poemas mencionados; así es que su estancia en la ciudad de México le resultó| sumamente provechosa porque corrigió y llevó a la escena alguna de las obras que ya tenía escritas y otras que compuso entonces, como los dramas románticos que le dieron fama: El Tornee, Ana Bolena, Her-

a refinar su estilo

mán o la Vuelta del Cruzado

y l a comedia A Ninguna de las Tres.

Esas obras dramáticas fueron publicadas dos veces en su tiempo,

prologadas en una de las ediciones por el eminente escritor clásico

don José Joaquín Pesado; quien, co n ser do n Fernando

tendencia de los románticos, opuesta a la del autor, se expresa de sus obras con la apreciación siguiente: "Se notará en las obras de Calde- rón, algunos defectos, algunos descuidos, algunas incorrecciones, pero

en cambio ¡cuánta poesía, cuánta dulzura, y a veces cuánto fuego! Su locución es clara, sus pensamientos exactos, sus pasiones nobles, y siempre caballerescos sus sentimientos. E n ellos, como que se pinta

o revela el alma de l autor; así es que a l pasar la vista po r sus páginas

se sienten movidos los afectos y arrebatado el corazón. Sus mismos descuidos son hijos de su facilidad, defecto común en los ingenios dotados de aquella rica prenda." El lector perdona los ligeros defectos que hay en la obra, en gracia del raudal de armonía que lo suspende.

Calderón de l a

*

*

*

OBRAS

" E L

TEATRALES

TORNEO "

En los años de su destierro político en la ciudad de México

según

se ha dicho, do n Fernando Calderón escribió

Bclena (1842) , Hermán c la Vuelta del Cruzado (1842) , de acuerdo

con los principios literarios del romanticismo, que entonces

Hay que recordar a Schiller (1759-1805), el autor dramático más grande de Alemania, y una de las figuras más nobles de la literatura

universal, cuya influencia en el teatro romántico fue decisiva en todo el mundo. Do n Fernando Calderón culto y estudioso, debió haber co- nocido las obras de teatro del dramaturgo alemán, que en todo momento llevaban a defender al que consideraba desgraciado y así opone la inocencia y dignidad de la Reina María Estuardo —comprendiéndola

y disculpándola en sus fallas — a la pérfida hipocresía de Isabel; le

conmueve profundamente Juana de Arc o a la que presenta co n los as- pectos más humanos que se han atribuido a la famosa heroína de Orleans; le inflama la hombría de bien de Guillermo Tell y de sus compañeros, animados po r justos y sanos afanes de independencia.

El

Torneo

(1839) ,

Ana

dominaba.

PRÓLOG O

XIII

Do n Fernando Calderón no hizo pues sino seguir el ejemplo de figuras

tan prominentes en el teatro romántico universal, cuyo medievalismo no reconocía fronteras. Así él, para su teatro romántico, incipiente én México, no hizo sino buscar donde los hubiera, temas extraordinarios,

a los que rodease el prestigio de la leyenda y de la historia, dando a

sus protagonistas, las cualidades de generosidad-y-nobleza característicos en el autor mexicano.

qu e fueron

En l a novela

romántica

de carácter histórico, Ivanhce,

escrita po r

Walter Scott (1771-1839), hay u n Torneo, ehriism o nos dice que el

autor lo describe maravillosamente.

Fernando Calderón, familiarizado con esas justas, ta n en boga entre los caballeros de la Edad Media, escribe el drama titulado El Torneo. La obra tiene lugar en Londres, y se compone de cuatro actos: el primer acto, titulado "L a despedida", se desarrolla en u n salón gótico del Castillo del Barón Fitz Eustaquio, ricamente amueblado y con trofeos militares.

Se prepara una boda con

gran aparato, habrá baile, u n torneo y

u n

festín, porque

Isabel la hija

del

Barón Fitz-Eustaquio,

se

casa co n

u n

caballero que ostenta el mismo título nobiliario que su padre; pero

que al decir de los cortesanos que murmuran en el salón, tiene "u n genio endiablado", augurio de desdichas para la dama, que podría ser feliz con Alberto, galán sin blasones, cuyo nombre se ignora, porque fue recogido por el Barón Fitz-Eustaquio a cuyo lado se formó y al que

le ligan los lazos de agradecimiento.

no tengo títulos brillantes, ni ilustres abuelos, ni padres, ni nadie

Nada: no poseo más que un peche honrado

de

entusiasmo

lleno.

Mi

honor, es mi

padre,

madre.

mis titules

.

.

no la tengo

tedos

en

mi espada llevo.

,

En

la Palestina

combatí cual bueno

allí la fortuna

coronó mi

y Ricardo

esfuerzo,

mismo

me

armó caballero.

Mi

nombre, mi gloria

a

nadie la debo

XIV

PRÓLOG O

Los dos jóvenes, Isabel y Alberto se aman; pero éste le manifiesta, en una sentimental despedida, su separación porque el Barón de Bohun anuncia con música marcial su llegada, acompañado de los caballeros que forman su séquito.

El acto segundo se titula "E l Reto" y tiene el mismo escenario que

el primer acto. Isabel con lujoso vestido de boda relata a Leonor su

pena cuando llega el prometido, Barón de Bohun, a expresarle sus sen-

sinceridad lo que" le

dicte su corazón. Ant e esa petición, ella co n franqueza descubre su amor por Alberto; el orgulloso Barón a l sentirse menospreciado insulta a

quien saca su espada qu e envaina e n seguida po r considerar

sagrado el castillo en que ha crecido. Mientras tanto los gentiles-hom- bres que acompañan al Barón, brindan felices por la boda, cuando se presenta un a dama de luto, cubierta con u n velo y relata que fué sepul- tada en una prisión por u n perverso que hizo anunciar su muerte para apoderarse de sus riquezas; alza el velo y todos reconocen a Lady Arabela viuda de Rolfo Bohún, hermano del contrayente. Ella pide con vehemencia que algún caballero se bata por ella; en u n Juicio se ofre- cen varios, pero ninguno con la decisión de Alberto.

Albert o

timientos rogándole a la doncella manifieste con

Ei acto tercero se titula "E l Juicio de Dios"; se desarrolla en u n

gabinete gótico con ventanas que dan al patio del Torneo. En el patio, preparado para el Torneo que sería un o de los motivos de diversión en la boda, Alberto confiado en que Dios le dará l a victoria en este Juicio, habla con Isabel, ya que su presencia le infunde valor y parte confiado al campo donde el Barón lo espera. Combaten enardecidos a caballo, caen de él y continúan la lucha a pie; después se oye ruido de espadas y el tiempo que transcurre le parece a la joven una eternidad.

E l acto tercero terminó

e l acto cuarto comienza

cuando conducen al Barón cubierto de sangre con la muerte reflejada

en su rostro. Alberto ha vencido, e Isabel es libre. Lady Arabela feliz porque la justicia de Dios ha estado de su parte y agradecida, nombra al caballero que combatió por ella su heredero; el escudero que ha acompañado a Lady Arabela, pide permiso para hablar y descubre otro secreto: el hijo de ella que también el Barón mandó asesinar, vive, y

recogido del noble Fitz Eustaquio, Alberto. E l gozo de todos no

tiene límites pero ninguno como el de Alberto que conoce a su madre y sabe que ya n o habrá ningún obstáculo para unirse a su amada Isabel.

En el acto cuarto: "E l Hijo y la Madre."

el resultado de l Juicio; y

dejando en suspenso

es el

A N A

BOLEN A

A don Fernando Calderón, conocedor de la historia como Schiller,

el autor dramático alemán, le conmueve la desgracia de An a Bolena que llegó a ser Reina de Inglaterra, después del repudio del Rey En - rique VII I a su legítima esposa Catalina de Aragón y co n ese asunto escribe u n drama en verso.

P R O

L O G O

XV

y tiene po r personajes a An a

Bolena, Reina de Inglaterra; Enrique VIII , Rey de Inglaterra, Cromwell,

Ministro del Rey; Juana Seymour, dama de la Reina; Duque de Nor- folk, Presidente del Tribunal; Smeton, paje de la Reina.

El acto primero, "E l Baile", tiene lugar en u n salón del palacio de

White-Hall, iluminado profusamente

juega a los naipes y murmura de la conducta ligera de la Reina y del amor silencioso del paje; rumores que aprovecha Cromwell enemigo de la Reina para informar a Enrique VII I de las supuestas infideli- dades de An a Bolena, ya que h a sorprendido que la pasión del Rey p o r ella va a declive pues comienza a brillar la estrella de Juana Sey- mour u n nuevo amor del voluble monarca, que el intrigante Ministro procura atizar.

En el acto segundo aparece u n soberbio gabinete adornado con magnificencia, es la estancia de la Reina que conversa con su hermano presintiendo la horrible tempestad que la amenaza y que Cromwell, su enemigo, con toda perfidia, desata contra ella. Le relata u n sueño

en el cual todo el esplendor que la había rodeado, se cubría de repente por una roja nube que iluminaba torrentes de sangre. Sentía que la corona se le hundía en el cráneo, que el cetro le abrasaba su mano como si fuera de ardiente metal, el manto de púrpura y oro se tornaba negro paño de muerte y en horrible dogal, el soberbio collar de su

no lo logra. E l acto termina con

la prisión de la Reina por Cromwell.

En el acto tercero en el gran salón en White-Hall , adornado con grandes y solemnes muebles habita Enrique VIII . Cromwell le informa

que sus órdenes de prisión, de la Reina y de cuatro gentiles-hombres,

sólo falta que u n tribunal presidido

por Norfolk tío de la Reina pero resentido con ella y por jueces, ene-

migos de la Soberana, dicten la sentencia por el delito de adulterio que

la calumnia ha formulado para la Reina. E n tanto el Rey se dispone a

cortejar a Juana Seymour joven limpia y pura que con temor es llevada

a su presencia.

En el acto cuarto ""L a Sentencia". E n la Torre, llamada l a Sala del Rey, es dictada la sentencia por los jueces, sin que haya ningún cor- tesano que se atreva a pronunciar una palabra de compasión. A l final del acto aparece An a Bolena vestida de negro y rodeada de sus damas entre las qu e está Lady Seymour. El acto quinto "L a Torre y el Cadalso". An a Bolena en la Torre de Londres n o tiene sino un a mesa y u n Crucifijo y aunque algunos amigos conmovidos se acercan a ella, no siente ningún consuelo ante

la perspectiva del suplicio que se acerca y espera al verdugo para ser

amigos de ella, están cumplidas y

cuello. Quiere recobrar

en el cual u n grupo de cortesanos

La obra se compone

de cinco actos

la calma, pero

decapitada dentro de la Torre ante la satisfacción de Cromwell y la impaciencia de Enrique que deseaba cuanto antes desposarse co n la Sey-

mur; u n cañonazo, dispuesto po r su

y la sepultura precipitada del cadáver de An a en la Torre de la capilla. ¡Extraño degenerado fue Enrique VIII ! ¡Siendo poderoso señor de horca y cuchillo recurre al Primado de la Iglesia Anglicana que él ha

ministro le anunciaría la muerte

XVI

PRÓLOG O

formado para anular el matrimonio con An a Bolena! Se oye el caño-

nazo consabido ante los regocijados oídos del Monarca que exclama:

aquí termina el drama de

horror y de muerte que no es único en la corte inglesa.

¡Ya no existe An a Bolena, Juana es mía! Y

"HERMÁ N

O

L A VUELTA

DE L

CRUZADO "

PRÓLOG O

Hoy puedo por ti rogar

a Dios;

sin crimen al cielo alzar; hoy puedo, en fin, esperar

infeliz, pero inocente.

hoy puedo mi frente

Tú en mi sepulcro vendrás

XVII

 

a

colocar una flor

Es u n hecho histórico de la Edad Media el que se conoce con el

y

mi virtud amarás,

nombre de Cruzadas; cuyo fi n primordial era el rescate de Jerusalem

y

enternecido dirás:

con el sepulcro de Cristo; movimiento de grandes alcances en que el patriotismo y la religión eran superficiales.

murió digna de mi amor

el

Renacimiento se escribió la epopeya clásica que con el título de la . "Jerusalem Libertada", escribió Torcuato Tasso. D o n Fernando Calderón —s i bien en proporciones más modestas— tiene gran simpatía por el grandioso hecho histórico y presenta a Her- mán, el protagonista como u n peregrino que regresa a Alemania de Palestina, después de pelear como bravo siguiendo al emperador Con- rado; y para explorar el terreno es decir los sentimientos de Sofía que

fuera su amada antes de partir, se presenta ante ella y le refiere que tuvo un amigo, Hermán de nombre, a quien vi o caer como fiel soldado dé Cristo; noticia que deja consternada a la dama quien se deshace en

descubre su identidad para reprocharle su traición

4 a l a fe jurada al contraer matrimonio ventajoso con el duque Othón.

Este hecho histórico excepcional di o temas a la Literatura; en

llanto. E l peregrino

Ella explica que la voluntad de su padre moribundo, la obligó a ese matrimoni o sin amor. Hermán insiste en qu e se marche co n él,

cuando ella, fiel a sus deberes, le contesta: "Recuerda que estoy casada, yo moriré desgraciada pero pura moriré" y él vuelve a ponerse el disfraz de peregrino. Entra el duque, y su esposa le explica que al saber que aquel hombre venía de Palestina manda abrir las puertas del castillo para que se guareciera de la tempestad. E l compañero del duque, Jorge, no cree en la explicación dada por la duquesa; antes hace nacer la

duda y la desconfianza en el esposo

que creyó advertir entre la duquesa y el peregrino.

El acto segundo se desarrolla en u n parque del palacio del duque Othón, donde son sorprendidos Hermán y Sofía por Jorge el amigo del duque y por el duque mismo que piensa en la infidelidad de su esposa; desenvaina su espada para pelear contra el que se ha llamado soldado de Cristo, quien logra abrirse paso e intenta arrastrar a Sofía para que huya con él. La convicción de que el deber, en una mujer honrada, está antes qu e todo, hace decir a Sofía:

po r ciertas señales de inteligencia

¿Me quieres envilecer? Un impuro corazón no fuera digno de ti Hermán, Hermán, compasión de un padre la maldición no caiga ¡ay Dios! sobre mí

Hermán comprende que tiene razón y que sólo le resta morir con ella a lo que se niega la amada y le ruega siga la bandera de Cristo y tal vez se cubra algún día de gloria. En el acto tercero titulado: "L a Revelación", pasa la escena en la

habitación del acto

ta el motivo que l a obligó a casarse co n él. E l esposo lleno de rencor le anuncia su muerte qu e será después de la de su amado. Es entonces

cuando u n

en estar ante la presencia del duque para narrarle u n hecho que es

preciso conozca en aquel instante: es la deshonra de una joven por

un poderoso que huyó al conseguir su propósito, dejando en el vientre

paje anuncia la presencia de una desconocida que insiste

primero. E l duque recrimina a Sofía, quien le rela-

de la

infeliz mujer el fruto de aquel amor desdichado del que nació u n

niño.

U n hombre

compadecido, al encontrarla en una choza con aquella

criatura, después de que la madre abandonó con su vergüenza el hogar paterno, la conforta y sirve de padre al niño. El duque oyó el relato

ccn interés y fue enorme su sorpresa al conocer el nombre del seductor ¡era e l de él mismo ! Pregunta dónde está el hijo, y l a madre le dice que es Hermán y está próximo a morir . E l duque enloquecido de dolor y con la mayor ansiedad ordena a sus servidores que corran a salvarlo y suspendan el suplicio. Hermán, al saber su triste historia, comprende mejor qu e nunca su situación, pues n o puede seguir amando a la es-

le

posa de su padre. Se despide de todos desolado y al dicejos últimos versos:

llegar a Sofía

[Ahí.

. y un suspiro

.

tu amor para

para mí.

mi

padre

Este drama se estrenó el 12 de mayo de 1842 en el Principal. U n periódico lo juzgó inmoral, porque el protagonista ama a la mujer de su Guillermo Prieto, que estimaba mucho a Calderón y tenía motivos de agradecimiento para el dramaturgo, salió en su defensa y habló con entusiasmo en el periódico llamado Siglo XIX, del éxito obtenido por Fernando Calderón, que supo aprovechar en esta obra los recursos teatrales experimentados en sus dos dramas anteriores. El emi- nente crítico teatral don Francisco Monterde considera este drama como

XVIII

PRÓLOG O

el más acentuadamente romántico de los dramas caballerescos de Cal-

derón y afirma "qu e se salió del marco habitual de nuestro teatro, no sólo porque sus lecturas y preferencias le llevaron a otros países y otros tiempos, sino porque l a situación política le impedía tratar, en serio, temas entonces actuales y prefirió refugiarse con sus dramas en el pasado, para manifestar, sin trabas algunas sentimientos elevados que no cabían en u n presente mezquino. A l hacerlo, procedió como otro dramaturgo hispanoamericano de s u época: e l argentino José Mármol en 'E l Cruzado' cuando se expatrió de l a tiranía de Rosas; además cedió Calderón a inclinaciones temporales del público y de las compañías dramáticas españolas que recorrían América, formadas den- tro del medievalizante romanticismo europeo".

" A

NINGUN A

D E

LAS

TRES "

es un a deliciosa comedia única, de asunto y

ambiente mexicano, ya que las demás obras de Fernando de Calderón, según se ha visto, son de asunto extranjero.

en tres actos es-

A ninguna

de las Tres,

El autor debió conocer

a l escribirla un a comedia

crita por Manuel Bretón de los Herreros (1796-1872) que lleva po r título Marcela, o ¿A cuál de los Tres? estrenada en Madri d en 1831 . Antes de escribirla había compuesto otras, con una rica variedad de tipos; graciosos unos, caricaturescos otros, que son muestra de la

fuerza picante y sal cómica del autor; pero con ninguna había obtenido

el triunf o qu e

que no guarda de su matrimonio recuerdos agradables y juega con fina coquetería con los tres enamorados a quienes desprecia con gracia; Agapito goloso y afeminado, Amadeo poeta silencioso y tímido, Martín locuaz y aguerrido capitán de artillería. Todos reciben de la ingrata "buenas palabras" pero ninguno el corazón, ya que la viuda opta por seguir disfrutando de su libertad.

los Herreros,

le di o Marcela. E l asunto se refiere a un a mujer viud a

Do n Fernando Calderón como réplica a Bretón de

escribió l a deliciosa y popular comedia que aún ho y se representa en algunos lugares titulada: A Ninguna de las Tres, y qu e estrenó e n e l Teatro Principal la última semana de octubre de 1868.

A Ninguna de las Tres es un a comedia de carácter, escrita e n verso

en que el autor hace una crítica de la mala educación hogareña y de los

mexicanos que reniegan de su país y sólo ensalzan l o que viene de fuera, en este caso, de París. Los personajes: el vulgar Do n Timoteo y la orgullosa e inculta Doña Serapia, son padres mu y satisfechos de la educación de sus hijas:

Leonor, Clara y María; la primera vivía a lo romántico y trataba de imitar a las heroínas con su palidez y melancolía, como dirían los

poetas co n quienes estaba familiarizada a través de sus lecturas; conoce

a Werther, el protagonista de la novela inmortal del alemán Goethe y

quiere como

él, morir porque:

,

PRÓLOG O

"El siglo en que estamos

carece

de encantos:

XDC

pasiones

comunes

miramos

no más.

•}

v

Por ello encontraba en sus libros u n mundo más bello e invita su padre a que bajen los dos a la tumba que "es el puerto seguro acaba el dolor", pero Do n Timoteo rehusa acompañarla porque:

será puerto, será lo que quieras; más yo estoy contento del mundo en la mar.

a

do

María, es la imagen de la frivolidad. N o lee, hojea cuadernos de modas, ya que sólo piensa en adornarse para aparecer elegante y her- mosa, dispuesta a seducir a imaginarios novios y rendirse ante cual- quier adulador que la admire; para ella el ideal es gozar de su juventud.

Cantar,

debe

esto se llama

y lo demás es morir.

bailar

y reír,

sólo ¡a mujer

placer,

.

,

'

Clara, es la erudita de la familia a ella diplomacia, l a historia y puede gozar con no hay autores que n o haya leído, según

le encanta la política, la cualquier, discusión ya qu e

son familiares:

afirma. Le

Horacio, el gran Cicerón, Ovidio, Petrarca Tarso,

>

^ Cervantes y Garcilaso, Mariana, Solís Buffón, comedias de Moratín

y se avergüenza de sus hermanas "un a en extremo ligera, otra en ex-

tremo sensible" ella en

concierto, cree demostrar sus inquietudes que n o son sino falsa erudi-

ción como

o en "La s

Los padres, Do n Timoteo y Doña Serapia vulgar en demasía el primero e inculta la segunda, son admiradores de sus hijas, se sienten muy satisfechos de ellas y n o piensan n i remotamente, que alguien pueda rechazarlas. Hay^ u n personaje Carlos, señalado po r sus- cuali- dades negativas que desdeña l o mexicano constantemente porque le parece inferior a l o europeo; se expresa en francés porque "e l idioma castellano es tan frío " que diera u n brazo por ser francés o británico".

cambio con citar

frases en latín, sin orden n i

en las protagonistas dé "La s Preciosas Ridiculas" de Moliere

Cultas Damas" ridiculizadas por u n escritor contemporáneo.

No se encuentra una nación atrasada; da vergüenza; aquí no hay nada;

\ que México

ni gusto, ni ilustración,

, ni ornato, ni policía, * ni finura, ni alegría, ni hermosura ni elegancia; repito que sólo en Francia se vive con alegría.

Cualquiera

podría

creer

que la estancia en París del afranci

habría sido de largos años y po r ello perdido e l contacto co n n u patria y hay que saber que solo estuvo fugazmente y po r si fuera _ este tipo es además u n embustero, estafador y falso amigo. Contr

actitud de esta persona se alza do n

como reacción, toma en defensa lo mexicano y elogia en particul ios poetas dramáticos, entre ellos a do n Fernando Calderón, des ciados por el maniático.

El pretendiente, Do n Juan, es discreto en sus sentimientos, de . palabras como auténtico mexicano y no se decide po r ninguna de tres hijas de Do n Timoteo y Doña Serapia; pero sabe retirarse, herir, al dejar la posibilidad de que podría llegar a amar a Leo si ésta tuviera otra educación mejor dirigida.

Antoni o que co n frases expresi

La comedia contiene una lección múltiple "v a contra la afecta

de una falsa cultura y de una vanidad absurda; va contra la extf jerización que e n vez de imitar lo mejor de los países apenas conocí se propone destruir lo nacional porque lo considera propio de u n subdesarrollado, como se dice ahora.

Un crítico contemporáneo afirma que don Fernando Calderón

ha mostrado en sus poesías y otros dramas un a actitud romántica; e comedia " A Ninguna de las Tres" demuestra todo lo contrario y es al burlarse de u n romanticismo importado l o hace por criterio na nalista. Como conclusión, para finalizar, se puede afirmar que todo

esta

comedia está realizado co n gracia y l a prueba de ello es qu e

más

de u n siglo de su aparición aún continúa llevándose a la es

en distintos teatros de l a Metrópoli y de otras ciudades de núes patria y del extranjero, despertando siempre e n e l auditorio, interés, simpatía por su humorismo sano.

Es

asombrosa

la vitalidad de las obras

de Calderón;

hace

u

cuantos años, u n grupo de aficionados en que intervenían maestros Enseñanza Media llevó a la escena la comedia " A Ninguna de las T r

en competencia con otros grupos teatrales de distintos lugares del paí obtuvo el primer lugar en él concurso. E n estos días, en el Teatro U

versitario se h a estado representando

co n

éxito Hermán o ta Vue

del Cruzado, de ahí deriva e l interés

qu e

ha n puesto los editores

"Sepan Cuantos

" para su divulgación.

MARÍ A EDMÉJE ÁLVAREZ.

PERSONAJE S

DCN TIMOTEO

DOÑA SERAPIA

LEONOR

MARIA

CLARA

DON CARLOS

DON JUAN

DON ANTONIO

escena pasa en México, 18 don Timoteo.

.

en

la

casa

ACT O

PRIMER O

Sala decentemente amueblada

ESCENA

I

b. TIMOTEO, DOÑA SERAPIA (De

gala.)

TIMOTEO.—Vaya, Serapia, estás hoy muy elegante; ¡qué bello!

¡qué rico vestido!

¡diablo!

si no fuera por tu pelo un poco blanco, y las rugas de tus mejillas, apuesto que ninguno te daría más de treinta y cinco. SERAPIA.—¿Cierto? ¿Con que no parezco mal? TIMOTEO.—¿Cómo mal? si poco me- [nns

estás hoy como aquel día que nos casamos: me acuerdo como si fuera hoy. SERAPIA.—Con todo, treinta y dos años y medio hace que pasó. TIMOTEO.—Es verdad, ¡qué pronto se pasa el tiempo! SERAPIA.—¡ Y qué tiempos! TIMOTEO.—Muy felices; no se parecen a éstos:

¡Ay ! hija, por más que digan los pisaverdes modernos, aquello era mucho, ¡mucho! ¿Te acuerdas con qué salero bailabas una "gavota"? SERAPIA.—Y tú también, picaruelo, aquel "minuet de la corte". TIMOTEO.—Y el "calafat". SERAPIA.—Y el bolero. TIMOTEO.—No; pero nada, Serapia, como el "campestre": me acuerdo que estaba yo como tonto, mirando tus movimientos:

desde la primera parte,

sentí dentro de m i pecho

cierta

lo que llaman los modernos simpatía; pero ¡vaya! cuando hizo tu pie derecho aquel molinete, entonces se me trastornó el cerebro.

cierta cosa

¡Ay!

¡y qué noche me diste!

En toda ella estuve

tus pies en m i fantasía;

y era tan grande el empeño de recordarlos, que dije

al

que me guisara a otr o

unas patitas de

punto a mi cocinero,

viendo

día

puerco.

SERAPIA.—¡Ah!

TIMOTEO.—Te ríes,

¡ah!

¡ah!

y con razón, lo confieso,

si digo que estaba loco, loco de remate, y luego con tus desdenes malditos me hacías rabiar. SERAPIA.—Lo creo, me amabas mucho, me amabas

como se amaba en mi tiempo:

y yo también te quería;

¿pero, cómo luego luego lo había de confesar? No, señor. TIMOTEO.—¡Oh! no, primero

era preciso pasar unas noches al sereno, ¿no es verdad? SERAPIA.—¡Cabal! Ahora todo es más pronto .

5

6

FERNANDO CALDERÓN

TIMOTEO.—Se han hecho

SERAPIA.—Y

muy

buenos,

muchos progresos en todo;

y

muy morales.

llega un jovencillo lleno

TIMOTEO.—¡Caramba

 

de perfumes; media hora

si

eran morales!, me

acuerdo

de charla, suspiros tiernos,

que una vez salí llorando

semblante triste; en la tarde

como chico de

colegio,

una vuelta en el paseo

de ver

a San Agustín

 

junto al coche de la niña:

quedar

convertido.

en la noche algún encuentro

SERAPIA.—En

en las "cadenas"' o el teatro:

TIMOTEO.—Qué

siervo,

ni

qué

.

si un cómico dice un verso

que hable de amor, al instante el rendido caballero dirige ardiente la vista al palco, como diciendo:

"Esa Julieta, eres tú

y

Gon esto queda concluido

el asunto, y de concierto

los amantes. A otr o día

lleva el joven algún verso

a la novia: poco importa

yo

soy ese

Romeo. "

SERAPIA.—Es verdad,

tienes razón, ya me acuerdo, es en santa Genoveva

lo del venado.

acabó, y las tonadillas

que llamaban "intermedios".

Y a

eso

Hoy está en boga un tal Fugo. TIMOTEO.—Hugo dirás.

SERAPIA.—¿Yo qué

entiendo

de esos nombres que no están en el calendario nuestro?

Hasta en eso entró la moda:

el que sea suyo o ajeno:

a

nadie le ponen

Diego,

 

cambia el nombre si es preciso,

ni

Jacinto, ni Macario,

en vez de "Silvia", poniendo

ni Roque, ni Timoteo;

Anastasia, porque al cabo, dos sílabas más o menos poco importancia substancia es lo esencial.

sino Arepo, Arturo, Adolfo; en fin, santos extranjeros que ni estarán bautizados. En todo caso me atengo

SERAPIA.—¡Por supuesto! TIMOTEO.—Por fortuna en estos días

los nuestros, que por fin son ya conocidos viejos,

a

hace todo el mundo versos.

y

el refrán dice:

"Más

vale

SERAPIA.—Pero no en latín.

malo conocido, que bueno

T i MOTEO.—¿ Latín ?

por conocer."

 

¡Pues estás fresca! yo apuesto que no saben declinar " A Musa Musae".

TIMOTEO.—Calla, calla. Serapia, ¿qué estás diciendo? ¿Qué disparates ensartas?

SERAPIA.—Ya;

SERAPIA.—(Aflojándose

el

vestido.)

TIMOTEO.—Pero saben italiano, francés, inglés.

¿Pues qué, digo mal? El cielo sabe m i intención. ¡Dios mío!

SERAPIA.—Mas no griego

¡ Y

qué traje

tan molesto

 

como en mis días.

es

el vestido de gala!

TIMOTEO.—Serapia, para mí es un mundo nuevo en el que vivimos hoy; ya ves. hasta el coliseo ha cambiado: ya no agradan las comedias de aquel tiempo:

Juana la Rabicortona, El Mágico de Salerno, La Fuente de la Judía, El Príncipe Jardinero. Estos eran comediones divertidos.

Sólo por ser, Timoteo, día de t u santo, pude apretarme tanto. TIMOTEO.—Cierto:

¿y piensas tú. mona mía, que yo no te lo agradezco? Mucho, mucho; siempre has sido un acabado modelo de esposas: tengo tal gusto, que no me cabe en el pecho. Sí, Serapia. hoy es el día en que se vaq ^mis deseos

*

A NINGUNA DE LAS TRES.

ACTO I

a colmar, con la elección

que

haga Juanito. Y o

creo

que

Leonor ,

que

le gusta más las otras dos.

SERAPIA.—-Yo pienso lo mismo; no, y la muchacha lo merece.

TIMOTEO.—Por supuesto. ¡Pobrecilla! SERAPIA,—¿Y don Antonio

vendrá a comer

hoy?

TIMOTEO.—Lo

SERAPIA.—Aquí viene

espero.

ya.

t

ESCENA

I I

Dichos, DON ANTONIO

ANTONIO.—¡Oh!

vecina,

¿pues qué tenemos de bueno que está usted tan adornada?

SERAPIA.—Que diga a usted Timoteo el motivo: yo me voy

a mirar por allá dentro

yo lo hago todo: no quiero que se molesten mis hijas, a quienes ha dado el cielo inclinaciones más altas. ANTONIO.—(Con ironía.)

Es

verdad.

7

lo que ocurre: ya usted sabe

SERAPIA.—Pues hasta luego.

 

que para esto del aseo

(Se

va haciéndole

una gran

cortesía

de

la casa

y la cocina,

a

don

Antonio.)

i

ESCENA

II I

DON TIMOTEO, DON ANTONIO

TIMOTEO.—¡Pobre Serapia! está loca con las muchachas, y cierto tiene razón: cada una

es en verdad un portento.

Mariquita toca, canta, baila; en fin, es un modelo de perfección: ágil, viva, siempre de broma y riendo. Clara, por distinto

¡Ah! don Antonio, el talento

de

ya ve usted, siempre leyendo periódicos literarios

y políticos:

mi Clara es mucha cosa:

apuesto

que sabe más ell a sola,

que tres ministros. ANTÓN IO.—(Riendo.) En eso no hay mucha ponderación,

amigo don Timoteo. Adelante. TIMOTEO.—¿Pues Leonor?

¡Oh! Leonor es mucho cuento:

¡Qué corazón tan sensible, tan encendido, tan tierno! ¡De cualquiera cosa llora! Antes de ayer, por ejemplo, estaba triste, bajando los ojos cada momento:

otras veces los alzaba fijándolos en el cielo; y por fin, la.pobrecilla

se puso a llorar: yo lleno de ANTONIO.—(Con ironía.) Ya, ¡como padre! TIMOTEO.—Yo le pregunté el objeto de sus penas, y me dijo :

8

"¡Oh padre mío, yo muero de dolor! la pobre Clara

"

FERNANDO CALDERÓN

ese

a sus hijas.

mod o

co n que educa

-

—¡Qué!, —le dije muy inquieto—,

TIMOTEO.—Bueno, bueno;

 

¿Le ha sucedido a tu hermana

siempre está usted con Jo mismo.

alguna cosa? Volemos

ANTONIO.—Sí,

señor,

siempre:

el

a

verla. "No ,

padre

mío,

[afecto

me respondió, nada de eso,

que profeso

a usted me hace

no hablo de Clara mi hermana,

Clara de

pasó la infeliz! ¡Qué lucha

sostuvo entre sus afectos

y su deber!"

¡Qué tormento

ANTONIO.—¿Con

que

todo

su dolor y desconsuelo era por haber leído

una novela? ¡muy bueno! ¿Y sabe usted por ventura

a qué se reduce el cuento de ese libro ?

TIMOTEO.—•No,

pero dicen que es muy bueno. ANTONIO.—¡Oh, sí, muy bueno!

señor;

Se

[trata

de una joven, que algún tiempo resistir supo a un amante; pero como el bribonzuelo era tenaz, ella en uno de aquellos fuertes momentos de ternura, faltó al cabo al marido. TIMOTEO.—¡Diablo! ANTONIO.—Pero eso sí, no faltó en nada

a la virtud.

TIMOTEO.—No lo entiendo:

sin faltar a la virtud hacer a un nos preserve!

¡San Diego

ANTONIO.—Pero,

amigo,

si fue tan sólo un momento

de

extravío.

TIMOTEO.—Con

mil diablos,

¿pues qué no basta con eso?

ANTONIO.—No,

señor,

porque

fue

 

[todo

sin mala

intención.

TIMOTEO.—Reniego

hablarle así. TIMOTEO.—Según eso,

¿usted quiere que sofoque

de mis hijas los talentos?

¿Que laven, cosan o planchen,

estén, siempre en el brasero, disponiendo la comida,

y,

en fin, que tengan empleo

de

criadas?

ANTONIO.—No, señor;

pero que sepan al menos

aquellas obligaciones que son propias de su sexo. La música, la pintura,

el baile, todo es muy bueno,

y

sirve

a una señorita

de

atractivo y de

recreo:

pero, amigo, todo es malo cuando se lleva al exceso.

TIMOTEO. — Mu y bien: agradezco [mucho

tan

mas yo tengo

saludables

consejos;

mis

razones:

conque

así,

no

disputemos.

Supongo

que esto no

turba

nuestra amistad.

ANTONIO.—Nada de

eso:

mi

cariño es siempre el mismo;

yo

digo

a usted lo que

pienso;

pero

sólo a

usted le

toca

hacer

lo que

quiera en

esto.

TIMOTEO.—Bien

está,

pues

¿Usted, según lo que

no

estamos

veo,

sabe por

qué

motivo

hoy previniendo

a

otra

[cosa.

una fiesta? ANTONIO.—No, en verdad. TIMOTEO.—Pues, don Antonio, yo

de su intención. ANTONIO.—Pues,

amigo,

quejarme

de usted.

 

[debo

tod

o esto n i más n i menos

ANTONIO.—¿Por

qué?

 

TIMOTEO.—¿Cómo

por

qué?

usted

dice la tal novelita. Sabe usted, don Timoteo,

 

[ha

puesto

A NINGUNA DE LAS TRES.

ANTONIO.—Lo

confieso:

no me

acordaba.

ACTO I

TIMOTEO.—Pues bien,

ya

que

a comer

nos

lo

sabe usted, y

acompañará

hoy.

cuento

ANTONIO.—Lo

TIMOTEO.

agradezco.

Bueno;

pues

no

esto

[sólo:

tome usted ahora un asiento,

y oiga el principal motivo

/ de mi gozo. En otro tiempo,

(Se cerca de seis meses antes de casarme, me vi lleno de miseria, joven, libre, sin algún conocimiento del mundo, sin un amigo

que me mostrara el sendero de la dicha, y entregado

a juveniles excesos,

agoté cuantos recursos me habían dejado, muriendo, mis padres; contraje deudas, y, por fin, llegué al extremo

de no tener un asilo, ni aun el preciso sustento. Los amigos, que algún día eran siempre compañeros de mis vicios y locuras, que mientras tuve dinero solícitos me seguían, mis errores aplaudiendo, viéndome pobre, abatido,

y sin recursos, se fueron

retirando, y quedé solo, de rabia y vergüenza lleno.

sientan.)

En medio de mi desgracia, me quiso mandar el cielo un hombre , o más bie n u n ángel, porque tal era don Pedro de Mirando, rico, noble, ' con un corazón dispuesto

a hacer bien a todo el mundo:

Este amigo de colegio, que mil y mil ocasiones me reprendió mis excesos, viéndome luego abatido,

me auxilió, me dio los medios para salir del apuro;

y no tan sólo le debo

la riqueza que hoy disfruto,

la

franqueza con que siempre

en

olvido que hoy es día

sino la

no

puedo

he

hablado a usted: yo no apruebo

de

mi santo.

9

recordar sus beneficios sin llorar. ANTONIO.—Bueno ¡muy bueno! Esas lágrimas, que pocos derraman, don Timoteo,

honran a usted. En verdad. , (Aparte.) Es lástima que los cielos como le han dado virtudes

no le den entendimiento.

TIMOTEO.—En aquellos mismos días, tuve una fiebre, y don Pedro, siempre al lado de mi cama, siempre de ternura lleno, me sacó, como quien dice, del sepulcro. ANTONIO.—Bien, ¿y luego?

TIMOTEO. —

Tuvo que marchar a [Europa

por asuntos de comercio.

Nos despedimos llorando, mas no pasaba un correo sin recibir carta suya

y escribirle yo. Don Pedro

era viudo y tenía un hijo que llevó a Europa. A su seno llamó, en fin, Dios a m i amigo,

y durante mucho tiempo

no supe del hijo suyo la suerte: hará mes y medio

que él mismo vino a mi casa

a visitarme, diciendo

que al morir su anciano padre, le encargó que en el momento •

que pusiera el pie en su patria viniera a verme: no tengo que decir a usted el gozo que tuve al punto de verlo,

y lo he alojado en mi casa:

Juanito, a quien tanto aprecio tiene usted, ése es el hij o

de mi

amigo.

ANTONIO.—Y un

modelo

de honradez: no se parece

a su tonto compañero,

al don Carlitos. ¡Caramba! ¡Jamás he visto un muñeco más fastidioso !

TIMOTEO.—Ya al punto concebí el mejor proyecto

que me ha ocurrido en mi vida, para pagar lo que debo al padre de Juan, y dije

a nuestro joven:

yo

tengo

10

tres hijas, elige una para esposa, y heredero de una parte de mis bienes serás.

ANTONIO.—Muy buen

pensamiento;

y él ¿qué respondió?

TIMOTEO.—Me

dijo

que era preciso primero conocer bien a mis hijas;

mas n o me bastó con eso,

y señalamos u n plazo

para que

eligiera.

ANTONIO.—Bueno:

¿Y cuándo se

cumple?

TIMOTEO.—Hoy

mismo,

que es m i santo.

veremos

lo que resulta. TIMOTEO.—(Levantándose.)

ANTONIO.—Pues

Ya

en

tarda

llegar.

ANTONIO—¿Y el embustero de don Garlitos vendrá con don Juan? TIMOTEO.—Así lo creo. ANTONIO. — Pues no cuente usted

[conmigo para comer hoy: no puedo sufrir a ese charlatán.

Sin cesar está mintiendo:

a título de que ha visto

FERNANDO CALDERÓN

Si no encuentra nada bueno en su patria, debería por gratitud, por afecto, ccilarsé, disimular,

y compadecerla:

que tenemos cosas malas,

a

pero, ¿qué nación, amigo, hay que no tenga defectos? No; yo soy mu y mexicano.

cierto

m i pesar

lo

confieso:

TIMOTEO. — Pero, don Antonio, al

[menos.

haga usted el sacrificio siquiera por hoy ; sí, cuento con usted. Por u n amigo se pasa un mal rato. ANTONIO.—Cedo por usted; pero repito qué soy muy duro de genio;

y aunque

no sé si podré.

(Ruido

quiera

coche.)

de

reprimirme,

CARLOS.—(Dentro.)

Cocheros

más tontos que los de aquí no se encuentran.

ANTONIO.—Ya

tenemos

al charlatán en campaña:

yo me voy por allá dentro

al corredor, y me iría,

por no verlo, al mismo infierno.

a

París, todo lo nuestro

Llevaré algún diario.

le

disgusta, todo es malo

TIMOTEO.—¡Ya!

para él, si no es extranjero. Criticar siempre de todo en su país, es un efecto

de una educación muy baja;

Como usted guste.

ANTONIO.—Hasta

(Vase,

luego.

tomando

de sobre

papel.)

la mesa un

ESCENA

IV

DON TIMOTEO, DON JUAN, DON CARLOS

JUAN.—(A don Timoteo.)

Mu y buenos

días, amigo.

CARLOS.—(Al mismo, .apretándole la [mano.)

Adiós, caro, ¿cómo va? Ya nos tiene usted acá. TIMOTEO.—Me alegro mucho. GARLOS.—Testigo

voy a ser de la ventura de m i Juan, ¡dulce amistad! (A don Juan.) Pero vamos, la verdad, ¿quién ha de ser la futura? ¡Vive Dios, que Leonorcilla es la que más te ha petado!

¡Oh!

¿te pones

colorado?

A NINGUNA DE LAS TRES.

ACTO I

Pues la cosa es mu y sencilla, sí: me gusta la elección; parece una parisiense:

11

CARLOS.—¡Sus cosas! Do n Timoteo,

ése es lenguaje

mu y llano.

TIMOTEO.—Hablo mal el castellano,

 

pero

se entiende.

 

no es,menester que l o piense, tengo gran penetración:

CARLOS.—Lo

creo.

Es ella, ¿es verdad?

es ella:

(A

don Juan,

que

se ha

sentado

si lo dije el primer día:

hace

algún rato

a leer

¡os

impre-

aquella melancolía,

aquel aire ¡cómo es bella!

En fin , es una mujer

"ccmme i l faut"; tan sólo en Fran- [cia tendrá igual: ¡oh! no es jactancia:

sé lo bueno conocer; sólo en la fisonomía adivino si una hermosa es afable o desdeñosa, si es un ángel o una harpía.

Miren ustedes: yo v i allá en la plaza de Greve, una hermosura, y mu y breve su Carácter descubrí:

bajo un hermoso semblante ocultaba un corazón "tres méchant", era un dragón. TIMOTEO.—No pase usted adelante, sin que se sirva decirme qué es eso de "tres méchant". CARLOS.—Vaya, si lo he dicho, Juan yo no puedo discurrir por un momento siquiera sin hablar francés ¡qué diablo! ¡Es tan bello!, yo lo hablo sin advertir, con cualquiera. El idioma castellano es tan helado, tan frío:

(A don Juan.) Diera un brazo, amigo mío, por ser francés o britano.

TIMOTEO.—Pero el "tres méchant", [por fin ,

¿qué significa? CARLOS.—Un "fripon". TIMOTEO.—Menos lo entiende. CARLOS.—Un bribón, un hombre bajo y ruin. TIMOTEO.—Lo voy comprendiendo [ya. CARLOS.—Mas ¿dónde están las her- [mosas?

¿En su "toilette"?

TIMOTEO.—En

sus cosas

que tienen ellas allá.

sos.) ¿ Y cuál es ese papel? JUAN.—Es el Diario de gobierno. CARLOS.—¡Vaya el tal Diario al in- fierno!

Si

(A don Timoteo.)

Ése es bueno: ya se ve ¿Y me quiere usted decir

quién lo da? Vo y a escribir

un

fuera el

"Universel".

poco de "varietés".

TIMOTEO.—¿Quién lo da? el repar-

tidor:

y no lo da, que le vende.

CARLOS.—Amigo, usted no me en- ciende:

que

¿quién es el

redactor?

TIMOTEO.—¡Ah! no l o sé. CARLOS.—(Hojeando los papeles.) ¿Y está aquí? TIMOTEO.—¿Para qué pagar su abo- [no

si

no lo

entiendo?

CARLOS.—Por

¿Va usted a la ópera? TIMOTEO.—Sí. CARLOS.—Entonces hace usted mal ,

tono.

si el italiano no entiende.

se compren-

de. CARLOS.—¡Bravo!, ¡y qué es univer-

TIMOTEO.—Fácilmente

sal!

De la música el idioma:

¡Cuánto me agrada Rossini!

Pero es más tierno Bellini, más "tocante": yo v i en Roma, no, no en Roma, fue en Milán,

vi "Pirata", vi "Extranjera":

¡Oh, qué hermosas! Creo que era por la fiesta de San Juan.

¡Cabalmente! Pero nada como "Norma " ¡qué belleza! Habla allí naturaleza. JUAN.—(Aparte.) ¡El tal Carlos ya me enfada! ¡Qué loco tan hablador! TIMOTEO.—(Aparte.)

12

¡Qué joven tan estupendo!

¡Según l o poco que entiendo,

es alhaja de valor! Si pudiera colocar

a Mariquita con él

. CARLOS.—-{A don Juan.)

Hombre, deja t u papel,

y, acércate a conversar.

Me maravillo que en día para t i de tal contento estés ahí macilento, Heno de melancolía:

vamos, hombre, ven aquí. ¡Qué paciencia! ¡Qué cachaza! JUAN.—Si no dejas meter baza. CARLOS.—Pues no hagas caso de mí. Y o soy completo francés, alegre, vivo, ligero. ¡Vaya! Si no hablo, me muero. JUAN.—Habla cuanto quieras, pues. CARLOS.—¿Y esta noche qué come- dia

en el teatro darán?

¡ A

que nos encajarán

una clásica tragedia!

¡Vaya! no se puede estar en el teatro, ¡qué feo!

N o parece coliseo,

sino viejo palomar.

N o se encuentra una nación

más que México atrasada; da vergüenza: aquí no hay nada:

ni gusto, n i ilustración, ni ornato, n i policía,

ni

ni hermosura, ni elegancia;

repito que sólo en Francia

finura, n i alegría,

FERNANDO CALDERO*

se vive con alegría. En las "soirées" ¡qué finura! ¡Qué dulce afabilidad! ¡Cuánta sensibilidad! ¡Cuánta graciosa locura! El amable aturdimiento, el entusiasmo, el bullicio, ¡vaya! si yo pierdo el juicio (Mirando adentro.) al verme aquí ¡qué tormento! ¿Mas no es aquella Leonor?

N o hay duda que es ella, sí;

Juanito, ya viene allí el objeto de t u amor. ¿No sientes u n dulce afán? ¡Qué elegante! ¡Qué bonita! ¿Tu corazón no palpita?

Eres u n clásico, Juan.

Eres hijo del país, no, no lo puedes negar. JUAN.—(Parándose.)

N i tampoco remediar.

CARLOS.—Para amar sólo en París;

allí sí se estudia el modo hasta de poner el pie, los ojos, la boca, ¡qué! por principios se hace todo.

Ven, y mírala, entregada toda entera a la lectura:

¡Cuánto es bella una hermosura distraída, abandonada! TIMOTEO.—Siempre usted la verá [así,

no conoce otro placer.

CARLOS.—Divina,

"charmante" mu - [jer.

¡Qué lástima que esté aquí!

(Sale

leyendo

ESCENA

V

Dichos, LEONOR

sin ver a nadie, y se sienta en un sofá; después de una

ligera pausa deja el libro

y

representa.)

LEONOR.—¡Ha muerto, ha muerto el [mísero

joven

desventurado,

modelo acrisolado de ternura y amor!

¡Ay ! ese pecho candido despojo de la muerte, mereció mejor suerte, ¡oh, vida de dolor! ¿Quién no derrama lágrimas

A

NINGUNA D E LAS TRES.

ACTO I

al

leer t u triste historia?

Y

¿quién a tal memoria

no se siente morir? Recibe, triste víctima, recibe el llanto mío:

yo t u destino impío

siempre sabré seguir. (Deja el libro: queda como medita- bunda en el sofá.) CARLOS.—¡Qué pecho tan simpático! TIMOTEO.—Sí, es mu y sensible, mu - idlo.

, LEONOR.—¡Qué vos escucho! ¡Oh padre! ¿Dónde estoy?

Hija

Mirad

.

su rostro pálido,

ese

¡Ha muerto! ¡Está perdido!

T i MOTEO.—Escúchame:

vuelve en t u acuerdo ¡mísera! Su corazón palpita. ¡Paloma! CARLOS.—¡Señorita! TIMOTEO.—(A don Juan.) Habíale tú. JUAN.—¡Leonor! CARLOS.—¡Leonor! ¡Qué hombre tan [frígido!

yo soy:

¡Qué pecho tan helado! Dil e a sus pies postrado:

(Postrándose delante de Leonor y tomándole una mano.)

"¡M i bien! ¡Mi dulce

amor!"

empujan-

do a don Carlos.) Dejadme, dejadme. ¿Y es ésta la vida, tormentos, horrores, continuo penar? ¿Y el hombre se afana por ella? ¡Insensato! Más vale a la tumba mil veces bajar. TIMOTEO.—Escucha, hija mía, (Siguiendo a Leonor, que se pasea agitada por el teatro.) la voz de t u padre. LEONOR .—(Sosegándose.) ¡Oh, padre! ¿Y es cierto? ¿Fue todo ilusión? CARLOS.—Ya vuelve en su acuerdo:

LEONOR.—(Levantándose y

¡Miradla qué hermosa! (A don

Juan.)

Acércate, calma

su fiel corazón.

13

¿No sientes t u pecho saltar de ternura? JUAN.—No. CARLOS.—¿No? Eres un mármol,

palabra de honor.

LEONOR.—¡Oh, padre!, perdona:

la

historia de Werther

mi

pecho ha llenado

de

horrible dolor.

¡Tan joven!

¡tan tierno!

¡tan bello! ¡tan fino! ¡Qué suerte tan fiera! TIMOTEO.—Olvida eso ya. CARLOS.—Amable belleza,

aquí está Juanito;

miradle qué triste, ¡qué pálido está! LEONOR.—(Tendiéndole la Amigo.

JUAN.—¿Ha

pasado

el rato funesto?

mano.)

LEONOR.—¡Oh!, sí, y a ha pasado. TIMOTEO.—Ya vuelve a reír.

JUAN.—¿Y por qué leer libros

que dan a usted

pena?

LEONOR.—Amigo, sin ellos

no

puedo vivir.

El

siglo en que estamos

carece de encantos:

pasiones comunes miramos no más.

¡Mil veces

felices

seres dichosos,

que vieron el mundo mil años atrás! Entonces, entonces

un buen caballero,

cifraba su dicha

tan sólo en amar.

La voz de una amada

mandaba en su vida,

sabiendo por ella la muerte arrostrar. Diez años o veinte pasaban sin verse,

y no se entibiaba

los

por eso su amor. CARLOS.—¡Terrible constancia! LEONOR.—¡No se halla en el día! CARLOS.—¿Dos meses? que LEONOR.—¿Dos meses? ¡qué horror!

14

No,

la vida

yo no quiero

presente;

¡helada existencia! ¡funesto vivir!

Y o encuentro en mis libros

un mundo más bello. ¡Oh, Werther! yo debo contigo morir.

TIMOTEO.—¿Morir? ¡San Francisco! ¡Qué dices, muchacha! ¿Y a u n padre que te ama quisieras dejar? LEONOR.—¡Oh, padre! ¡bajemos los dos a la tumba! CARLOS.—¡Bien dicho! TIMOTEO.—¡Mal dicho!

N o quiero bajar.

Es cierto que a veces amarga la vida; mas siempre la muerte, es mucho peor. LEONOR.—¡Ah! no, no, la tumba, la tumba es el puerto, el puerto seguro do acaba el dolor. TIMOTEO.—¡Muy bien! será puerto,

será lo que quieras; mas yo estoy contento del mundo en la mar. CARLOS.—Amigo, en Europa no se anda con ésas; allí cuando alguno se quiere, matar. toma un "pistolet", lo carga, y al punto del picaro mundo se va "sans facón". ¡Oh! no hay como Francia, ¡se vive contento. contento se muere! LEONOR.— ¡Dichosa nación! TIMOTEO.—Muy buena es la moda; yo tengo mal gusto:

¿y usted, don Garlitos? GARIOS.—¡Oh! yo por mi fe, os juro que sólo en ésta no he entrado.

FERNANDO CALDERÓN

JUAN.—¿De veras? (Riendo.) GARLOS.—Te digo. que no me maté. N o hablemos más de esto;

de amores, de gozo, _ en día tan bello debemos hablar. MARÍA.—(Dentro.) Muchacha, mis flores. CARLOS.—"Cual voce o i sentó de goia é di espeme mió sen palpitar." TIMOTEO.—(Aplaudiendo.) Muy bien, don Carlitos. JUAN.—De risa me muero.

LEONOR.—Dichosos ustedes que pueden reír. TIMOTEO.—(A Leonor.)

vamos.

LEONOR.—No puedo, no puedo:

Aliéntate,

y

mis nervios padecen,

siento morir.

me

TIMOTEO.—Pues ve con Juanito:

el aire del campo te hará bien: Juanito, llevadla al jardín. JUAN.—(Presentando el brazo a Leo- nor.) Iremos. TI MOTEO.—Despacio. JUAN.—(Aparte.) ¡El cielo me ampare! LEONOR.—Adiós, padre amado. TIMOTEO.—Adiós, serafín. LEONOR.—Adiós, don Carlitos. GARLOS.—(A don Juan a tiempo de

*

ir andando: aparte.) Adió. cara. Aprieta, al uso de Francia, con mucho calor.

JUAN.—(Aparte

a

Carlos.)

Si

llora por Werther.

GARLOS.—Si Werther ha muerto.

Aprieta, te digo.

TIMOTEO.—¡Qué

amable

candor!

A

NINGUNA DE LAS TRES.

ACTO I

15

ESCENA

VI

DON TIMOTEO, DON CARLOS

TIMOTEO.—¿Ha visto usted en su [vida,

una joven

Vaya, vaya,

más

sensible?

no es posible;

es muy tierna m i Leonor. CARLOS.—¡Es verdad, a fe de Car- [los!

CARLOS.—No hay en el cuerpo una [parte

que

¿Le falta, a usted una pierna,

un brazo,

Pues va usted a u n artesano,

y en

no suplan mu y igual.

un ojo, una

u n par de horas ya está.

Es la más tierna belleza:

 

TIMOTEO.—¿Y las rugas?

 

¡N

o respira, q'ué pureza!

CARLOS.—Un licor,

¡N

o

son sus ojos, qué amor!

¿Usted no ha estado en París?

 

hace rejuvenecer. TIMOTEO.—¡Ay qué gozo!

¡qué

   

[placer!

TIMOTEO.—No, señor. CARLOS.—Mucho lo siento:

allí sí que es un portento

.

.

Pues, señor, me voy allá. CARLOS.—¡Bravo! un hombre

como

¡Oh, la preciosa ciudad!

[usted,

Allí no hay una mujer

 

que tiene tanto dinero,

que sea helada n i egoísta;

es

un tonto, un majadero,

hasta Una triste modista

si

no hace un viaje.

tiene sensibilidad.

TIMOTEO.—Es

verdad;

¡Todo es amor en París! ¡Cómo se inflama el deseo! Hasta usted, don Timoteo, fuera víctima de amor.

pero a la mar tengo miedo. CARLOS.—¡Tontera! ¿Ve usted aquí como ando yo? pues allí hay mayor seguridad.

TIMOTEO.—Vaya, vaya, yo me río,

 

(Aparte.)

 

¿amores yo, y a m i edad?

(Ojalá

caiga

este tonto,

 

CARLOS.—Pues es la pura verdad.

a

ver si me voy

con él

TI MOTEO.—¿Cierto? CARLOS.—Palabra de honor. TIMOTEO.—Pero ya ve usted mis [canas.

.

y

hago un brillante papel.)

TIMOTEO.—Me voy animando a ir. CARLOS.—Bien hecho, amigo, bien [hecho;

CARLOS.—¡Bueno! ¡valiente friolera!

sfisas

las quita cualquiera

.

aun aquí que es buen decir. TIMOTEO.—¿Y mis arrugas? CARLOS.—También.

Las quitan allí al momento. TIMOTEO.—Será por encantamiento. CARLOS.—No, señor. TIMOTEO.—Quiero reír

¿Con que es decir

entra un achacoso anciano

y sale un mozo

que en París

lozano

lleno de gracia? CARLOS.—Cabal. TIMOTEO.—Pues, amigo, digo

a us-

ted, que ha llegado a mucho el arte.

pasará usted buena vida. (Aparte.) (Para que al fin se decida, voy a charlar y mentir.) Verá usted, don Timoteo, qué calles tan espaciosas, todos los pisos de losas de mármol. TIMOTEO.—¡Cuánto primor!

CARLOS.—Hay

algunas

que tendrán

cuatro leguas.

TIMOTEO.—¡Qué! ¿las losas?

CARLOS.—No, las calles.

qué

[hermosas!

¡ Y

En las casas,

Las hay de mármol, de bronce,

de esmalte, y aun marfil,

¡qué

esplendor!

16

grabadas por u n buril que parece celestial:

Teatros hay en que sin duda podrán caber dos millones. TIMOTEO.—¡Santo Dios! y qué pul - [mones

de los cómicos! CARLOS.—No tal, que cualquiera voz se escucha por todos perfectamente. TIMOTEO.—¿Y cómo? CARLOS.—Muy fácilmente, por medio de un tornavoz. TIMOTEO.—¿Y para ver de tan lejos será preciso un anteojo? CARLOS.—No, señor, que cualquier [ojo

ve sin él. TIMOTEO.—¡Válgame Dios! ¿Y cómo?

CARLOS.—Hay ciertos espejos puestos de cierta manera,

. fácil una explicación:

Tod o es por máquina, todo

que

así

.

no fuera

TIMOTEO.—¡Qué

malditos

extranje-

 

[ros!

Si creyera en hechiceros, dijera que ellos lo son. CARLOS.—-(Aparte.) A fe mía no encontraba cómo salir del apuro. (Alto.) Amigo, yo os aseguro que hay muchísimo que ver:

allí dinero es el todo:

lleve usted el suyo allá, y le digo que tendrá una vida de placer. TIMOTEO.—Mire usted, cómo Juani-

[to

nada de esto me contaba. CARLOS.—{A parte.) ¡Cielos! ya no me acordaba:

¡Juan me puede desmentir! TIMOTEO.—Pues, señor, estoy resuel- to,

me voy a Francia, me voy.

FERNANDO CALDERÓN

CARLOS.—Si útil de algún modo , soy

TIMOTEO.—Si

[ir. CARLOS.—Pues en mí encontrará us-

ted

usted también

ha de

un

"cicerone".

TIMOTEO.—¿Qué?

CARLOS.—Un guía.

TIMOTEO.—¡Ay, qué gusto! ¡qué ale- gría!

Rabiando

estoy

por marchar.

CARLOS.—(Aparte.) Ya cayó en la ratonera. TIMOTEO.—¡Oh! muy presto nos ¡re- finos.

CARLOS.—¿Y cuándo?

TIMOTEO.—Ya, ya

veremos,

yo podré necesitar

para arreglar mis asuntos

¡Oh!

mu y poco, mu y poquito

.

veinte años. CARLOS.—(Aparte.) ¡Viejo maldito! ¡Si los pensará vivir! TIMOTEO.—Sí; para este tiempo creo que estaré desocupado. CARLOS.—(Aparte.) Pues, señor, bien he quedado después de tanto mentir. (Se oye cantar dentro a Mariquita.) TIMOTEO.—Ya viene allí Mariquita:

¿Oye usted?, siempre cantando, nunca la he visto llorando; tiene un bello corazón. Dejo a usted quien le acompañe, yo me voy con don Antonio. (Se va.)

CARLOS.—"Bien, tres bien." ¡Anda"al [demonio!

¡Qué viejo

tan socarrón!

Me divertiré un momento con esta preciosa loca:

yo pensé viajar de coca, ¡ay, qué chasco tan fatal! ¡Vaya, si tengo razón! Nada hay en México bueno; he aquí un viejo de oro lleno; pero el más grande animal.

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A NINGUNA Í>E LA S TRES.—ACTO I

l ' 17

ESCENA

Vil

DON CARLOS, MARIA

(Sale ésta cantando, sin ver a don Carlos, y va derecha a un tocador

habrá al frente,

a componerse

el

peinado.)

qué

MARÍA.—Vamos, vamos, n o estoy [mal,

este rizo m e va bien; ¡oh! yo tengo cierta sal una cara angelical:

¿y quién me resiste, quién? "Sí , Mariquit a e,s mu y bella. " Dirán muchos elegantes:

"Parece luciente estrella, ¡qué!, si no hay otra como ella." Ho y tendré muchos amantes, hasta seis puedo ajusfar, sin contar con los ausentes; es número regular. ¡Qué placer es conquistar! ¡Pobrecillos inocentes! Veamos si puedo traer

sus nombres a l a memoria

.

.

(Se voltea, y ai ver a don Carlos, queda como avergonzada.)

¡Ay,

Pios!

CARLOS.—¿Y no ha de haber

una plaza

en esa ta n larga historia?

que obtener

MARÍA.—¡Ah!

[aquí? CARLOS.—Contemplando esa hermo- [sura.

MARÍA.—¿Y me ha escuchado usted? CARLOS.—SÍ, mas no tema usted de mí, encantadora criatura.

MARÍA.—¡Oh!, yo hablaba

¿qué estaba

usted

neceda-

des:

cosas que en verdad no siento. CARLOS.—Pero hablaba usted verdades.

MARÍA.—No, D . Carlos, vaciedades

de

que después me arrepiento.

CARLOS.—No, no; yo puedo por m i propio corazón, que no puedo adivinar cómo es posible encontrar tal gracia en esta nación.

jurar,

Casi, casi voy amando

a este mísero país:

estoy a usted contemplando,

y e n ese rostro mirand o

un destello de París. Dejadme, ninfa del Sena,

contemplar tanta beldad,

esa frente ta n serena,

que brilla cual luna llena de apacible claridad.

"Radiante", encantadora, de gracia y beldad modelo, ¿quién te mira y no te adora? ¿Eres Venus, o eres Flora;

o más bien ángel del cielo?

MARÍA.—Soy sólo una mexicana. CARLOS.-—¡Imposible! ¡N o es verdad!

eres francesa, italiana, o siquiera de La Habana; pero no de esta ciudad. MARÍA.—Pues. CARLOS.—No me hables castellano, destruyendo la ilusión; ese rostro soberano no puede ser mexicano, lo dice m i corazón. MARÍA.—(Enfadada.) Buen modo de enamorar, ¡despreciar m i patria así! CARLOS.—(Sumiso.) Dígnese usted perdonar; ¡es ta n difícil hallar una cosa buena aquí!

MARÍA.—Pues abierto está el camino, ¡qué pesado y qué tenaz! Llene usted su alto destino; vuelva usted por donde vino; déjenos usted en paz; si usted no está bien hallado en el suelo en que nació, vaya usted al otro lado,

que u n galán almibarado,

no es mucha pérdida, no. ¿Conque quiere usted decir, que aquí no hay una hermosura? ¿Y esto se puede sufrir?

CARLOS.—Mas dígnese usted oír

alabo la finura!

¿ Y allá aprendió usted a ser

MARÍA.—¡Pues

.

tan galán? (Ríe.) risa me da. CARLOS.—IA parte.)

¡Oh!

¡qué maldita mujer!

todo se ha echado a perder; mas todo se compondrá. Vamos, vamos, señorita, (Altó.) he cometido un error; mas una joven bonita perdona: sí, Mariquita,

calme usted ese furor.

¿Con quién comparar es dado esa gracia, esa belleza,

ese pi e ta n delicado,

ese talle torneado,

esa divina cabeza?

(Durante

este

diálogo,

se va

cal-

mando

Mariquita

hasta

el

grado

de sonreírse, arrimándose ¡o<)

al

espe-

MARÍA.—¡Oh!,

pues hoy estoy mu y [mal,

lo

juro a fe

de

María.

CARLOS.—(Animado.)

Está usted

.

angelical,

adorable

amiga

mía.

MARÍA.—(En el

espejo.)

•,

Mas ¿no ve usted? esta flor está mu y mal , ¡qué desgracia! CARLOS.—Mariquita, es un error; si la prendiera el amor, no tuviera tanta gracia.

. MARÍA.—El rizo está pasadero CARLOS.—¡Oh! muy bello, muy gra- cioso,

]iY

ese rizo

ta n

hermoso!

todo, todo es delicioso.

MARÍA.—El maldito

zapatero

nunca me sabe calzar:

(Mostrando los pies.) aquí caben mis dos pies; si casi no puedo andar, ¡oh!, y usted se va a admirar:

¡el zapatero es francés! CARLOS.—¡Vaya! hermosa

Mariqui-

ta,

no recuerde usted m i error, que el corazón me palpita; esa boca ta n bonita hable sólo del amor.

MARÍA.—Pero

si

no

soy

francesa.

CARLOS.—Pero es usted mexicana. MARÍA.—Es decir, tonta. í CARLOS.—¡ Traviesa! ¡Si ya digo que me pesa! Es usted mu y inhumana. MARÍA.—(Al espeja.) . ¡Oh, qué traje tan ma l hecho!

me

hace desairado

el talle.

CARLOS.—No tal : está mu y bien he-

[chp.

Palpitará más de u n pecho al ver su elegancia. MARÍA.—¡Calle! ¿Con que más allá del mar, según lo que estoy oyendo, aprendió usted a adular? CARLOS.—No; pero es fuerza

admi-

rar

prodigio tan estupendo; ¿cree usted que es adulación? Consulte usted a su espejo, verá que tengo razón. Sólo por moderación otras alabanzas dejo. Vaya, brillante hermosura, pues hemos hecho la paz,

colme

oiga de esa boca pura un "sí".

usted ya m i ventura,

MARÍA,—¡Y es usted

CARLOS.—¿Quiere

[sea, cuando su rostro he mirado? ' ¡Ojalá fuera usted fea! * MARÍA.—¡Gracias! ¿habrá quien l o [crea? CARLOS.—Yo estuviera sosegado, pero su rostro divino, esos ojos bailadores, (Tomándole una mano.) ¡ay!, este cutis tan fino han fijado m i destino,

l o

tenaz!

usted

que no

y muriendo estoy de (Postrándose.)

amores.

Míreme usted a sus pies, alivie usted m i dolor. MARÍA.—(Riendo.)

¡Bravo!

¡gracioso francés!

¿A una mexicana?

CARLOS.—Es

el ídolo de m i amor;

déme usted por Dios el "si" ,

o de pena moriré:

A -íñhíeUNA tífí LA » TRES.—ACTO I

w

mire usted, n o estoy en mí,

MARÍA.—No.

es fuerza

morir aquí.

CARLOS.—Pues el

octavo.

MARÍA.—•Amigo

l o pensaré.

MARÍA.—No.

CARLOS.—¡Oh, qué respuesta tan

[fría

para u n pecho tan ardiente! Por Dios, amable María, vuélvale usted su alegría

a este corazón doliente.

MARÍA.—Pero si n o puede ser,

••. CARLOS.—¿Ya el número se llenó? Pues hágame usted suplente. MARÍA.—(Queriéndose levantar.)

¿No me quiere usted

dejar?

CLARA.—(Dentro.)

Blasa. CARLOS.—Perdí la ocasión;

si está la plaza ocupada.

CARLOS.—Un lugarcito ha de haber.

¿Me verá usted padecer

sin piedad?, joven

el séptimo seré.yo

de la lista solamente.

amada,

pero mientras vuelvo a hallar, esta prenda he de tomar, que alivie m i corazón. (Quita a María un anillo de bri-

llantes del dedo.)

ESCENA

VIII

Dichos, CLARITA

CLARA.—Don Carlitos, buenos días:

¿sabe usted algo de nuevo?

¿qué noticias corren

hoy?

¿se h a ocupado

el ministerio?

¿esa "pauta de se aprobó ya?

comisos"

CARLOS.—Nunca leo

periódicos

mexicanos.

CLARA.—Pues, amigo, mu y mal he-

[cho,

que todo buen ciudadano, debiera casi saberlos de memoria: ¡venturosos fueran entonces los pueblos! La imprenta, la imprenta sola es el ancla en que tenemos fundadas las esperanzas de ilustración. CARLOS.—Por supuesto CLARA.—Pensaba yo redactar un periódico. CARLOS.—¡Muy buentí! Y el artículo de modas desempeñarlo prometo.

CLARA.—¿Qué modas,

amigo

mío?

si justamente pretendo criticar eso: si rabio dé ver nuestros diarios llenos de yaciedades: ocupan una columnita, o menos,

en el asunto importante,

y l o demás en dicterios,

en insultos insufribles,

en avisos, y algún verso tan helado como inútil.

No

de ilustrar a los mortales:

si copian, copien al menos

a Juan, Jacobo, a Segur,

a Vattel, a algunos de estos cuyas magníficas plumas han escrito tanto bueno. Esto sirviera de mucho,

o proponer al congreso

n o es

,

señor,

ese

el

medio

alguna ley importante

o

hablar algo sobre

fueros,

o

los códigos antiguos

arreglar, como el

"Digesto".

CARLOS.—Me indigesta esa palabra. CLARA.—Pues, amigo, mu y mal he- [cho,

es u n cuerpo muy antiguo.; CARLOS.—Que l o lleven al Museo. CLARA.—"Sed fugit interea, fugit",

"irreparabile

tempo".

CARLOS.—¡Bravo! ¡bravo! Doña

(Conteniendo

¿Parla usted latín?

la

risa.)

[Clara

20

CLARA.—Lo leo

• regularmente, y me agradan los clásicos. ¡Qué momentos paso leyendo a Virgilio, a Cicerón, al modelo de la elocuencia romana! Vea usted qué trozo tan bello:

"Quosque tándem abutere, Catilina," CARLOS.—{Aparte, riendo.) ¡Yo reviento! CLARA.—Patientia nostra?" CARLOS.—^Con ironía.) ¡Qué hermoso! CLARA.—Diga usted ¿en los moder- [nos

habrá una cosa ta n grande? Mas nada como aquel verso

dé Ovidio: "Cu m subscit illius"

.

Vaya, vaya, m e enajeno. CARLOS.—Usted, hermosa Clarita,

puede ocupar u n asiento en la cámara. CLARA.—Mil gracias; algo hiciera de provecho, no estuviera como algunos, no más calentando el puesto. Y o no sé por qué injusticia se ha quitado a nuestro sexo un derecho ta n sagrado como legislar. Y o creo que l o hiciéramos mejor que muchos hombres; y luego no encuentro razón alguna

FERNANDO CALDERÓN

para n o tener empleos

en otros ramos. CARLOS.—¡Bien dicho! CLARA.—Como si sólo el talento fuera exclusivo en el hombre. CARLOS.—Lo que es falso, porque [vemos

en usted, que bien podía ocupar u n ministerio. CLARA.— Y o n o l o dig o po r mí soy aficionada, cierto; pero nada más. CARLOS.—¡Caramba!

"enchanté"!

.

.<¡

¡si estoy

MARÍA.—(Maña,

que

se

ha

estado

viendo

al espejo,

entra

en

conver-

sación.)

Y o

en mis flores, en mis trajes, y estoy contenta con eso.

Y o

porque mande Juan o Pedro:

pienso

no he de estar más bonita

todo es lo mismo. CLARA.—¿Lo mismo? ¡Jesús! ¡qué poco talento! no digas eso, María; ¿que no sientes en t u pecho

^

el amor patrio? "Amor patriae"

como dijo

. quién lo dijo. CARLOS.—Pero alguno lo dijo. MARÍA.—Sí, por supuesto.

no me

acuerdo

ESCENA

IX

Dichos, DON TIMOTEO, DON ANTONIO

TIMOTEO.—(Con un periódico en la mano.) ¡Albricias, hijas, albricias!

En

esta

noche

tenemos

comedia

nueva.

CARLOS.—¿Es de Scribe? TIMOTEO.—«No, señor. CARLOS.—¿O de Hugo? TIMOTEO.—Menos. CARLOS.—¿Es u n Vodevil?

TIMOTEO.—Tampoco:

no, señor, no es nada

es obra de u n mexicano.

de eso:

. ANTONIO.—(A don Carlos.) ¿Qué tenemos, que hace usted tal mala

CARLOS.—Puff

¡Qué peste!

cara?

CARLOS.—¿Por u n mexicano? cierto que será u n mamarrachón. ANTONIO.—¿Por qué ha de ser caba- ñero?

¿Un mexicano no es hombre

A NINGUNA D E LAS TRES.—ACTO I

capaz de escribir u n verso

como cualquiera? CARLOS.—¡Oh! les falta todavía mucho tiempo

para saber

discurrir.

ANTONIO.—-Gracias, por el

cumpli-

[miento.

¿ Y usted qué es? GARLOS.—¿Yo? por

desgracia

soy mexicano, y l o siento, vergüenza me da decirlo, porque todo en este suelo está atrasado.

ANTONIO.—Sin

duda:

y la mejor prueba de eso es que sufrimos, don Carlos,

muchos tontos, que debemos arrojar por los balcones.

CARLOS.—Hay

ANTONIO.—Sí;

usted.

muchos.

por

ejemplo

CARLOS.—¡Cómo! poco a poco:

expliqúese usted. ANTONIO.—Pues creo que hablo bien claro. CARLOS.—¡Caramba!

¿Sabe usted que no me

insultar? Y o "ciño espada

y aliento

dejo

coraje".

ANTONIO.—¡Bueno! CARLOS.—O el florete, o la pistola. TIMOTEO.—Vaya, señores, ¿qué es [eso? ,

Dejen

las

ustedes por hoy

cuestiones.

ANTONIO.—Si no puedo reprimirme; no es posible.

Que hable mal u n extranjero de algún país, es mu y malo, pero, señor, a l o menos

si a la política falta,

no falta al deber más bello de un hombre, que es procurar la fama, el nombre, el concepto de su patria: yo me voy.

TIMOTEO.—No,