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AL MAESTRO CON CARIÑO

Pedro Conde Sturla

[El relato que el lector tiene en sus manos, escrito en el


aguardentoso diciembre de 1988, fue objeto de censura por
casi todos los periódicos y revistas del país, incluyendo el
desaparecido semanario Hablan los comunistas y el
prestigioso libelo cultural Vetas. Si no ha tenido lectores, ha
tenido censores, muchos censores, en las salas de redacción
de la libertad de prensa. El voto de rechazo a unanimidad, y
desde medios tan diversos en apariencia, se explica en buena
parte por la influencia del caudillismo y la vigencia del
autoritarismo en nuestra historia reciente. Más que el
respeto -el respeto a una figura venerada y más que
venerada endiosada- obra el miedo al poder, el miedo a los
símbolos del poder, aun por parte de quienes deberían
irrespetarlo. Obra, en fin, la intolerancia, la cultura de la
prohibición, el tabú, el culto a la personalidad de vacas
sagradas en detrimento de la conciencia crítica.
La gente piensa que hay muchos periódicos -decía
Balzac en su siglo-, pero en realidad hay uno solo. Nada más
falso que aquello de que el papel lo aguanta todo. Como la
libertad de prensa todavía tiene un policía en la cabeza, este
relato circuló literalmente al vuelo. En volandas, por
primera vez se hizo público, como ejercicio de libertad,
homenaje de devoción y agravio, y todo dentro del marco de
una gloriosa feria del libro que desplegaba, por cierto, los
estandartes culturales del poder en vísperas de nuevas
alianzas “liberales” con la caverna trujillista y balaguerista.
Hoy soplan otros vientos. El culto de Bosch se ha
reducido a retórica, si no lo ha sido siempre. Las copias están
en el gobierno, y en la práctica han demostrado que del
maestro sólo aprendieron lecciones de soberbia.]

El profesor ordenó que entraran las copias, que entraran una


por una y en orden, en fila india, a medida que él las fuera
llamando, y comenzó a llamarlas por nombres y apellidos,
añadiendo el apodo si era el caso, y las copias respondían y
entraban una por una y en orden, en fila india, a medida que él
las iba llamando, y cuando estuvieron todas, que eran cinco, en

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su presencia que era única, dio inicio a una charla sobre las
condiciones que debe reunir un dirigente político, si es que
quiere ser buen dirigente político, y la primera de esas
condiciones -explicó el profesor- tiene que ver con su capacidad
de análisis, ¿comprenden?, y para que ustedes vean la
importancia que tiene la capacidad de análisis -prosiguió el
profesor-, voy a referirme al caso de un famoso naturalista
inglés: ¿ustedes han oído hablar de un señor llamado Carlos
Roberto Darwin?, pues bien, este señor, que nació en Londres, la
capital de Inglaterra, y que era blanco y tenía los ojos azules, se
equivocó al formular su teoría acerca del origen de las especies,
y esto así porque de ser cierta la especie de que el hombre viene
del mono, ya sería tiempo de que ciertos orangutanes de la
política empezaran a manifestar los primeros indicios de su
transformación en seres humanos, ¿y por qué no sucede esto? -se
preguntó el profesor- porque Darwin sencillamente se equivocó,
igual que se equivocó Cristóbal Colón, el descubridor de
América, al pensar que había llegado a la India, ¿y saben ustedes
por qué la gente se equivoca?, porque no conoce la lógica
dialéctica, y el que no conoce la lógica dialéctica no puede hacer
análisis correctos, y esa es la lógica que ustedes deben conocer
si quieren hacer análisis correctos como yo, que por eso nunca
me equivoco, a menos que lo haga aposta para confundir al
enemigo, ¿comprenden?, quiero saber si comprenden –preguntó
el profesor- y las copias comprendieron perfectamente, ¿estamos
de acuerdo?: las copias respondieron que sí, que estaban de
acuerdo, profesor, y el profesor continuó la charla diciendo que
la segunda condición para ser dirigente político es la condición
de tener buena memoria, pero no para evitar contradecirse
-como creen algunos- sino para poder hacerlo cuando convenga
al interés del pueblo, entiéndase bien: cuando-convenga-al-
interés-del-pueblo, porque el pueblo no tiene memoria y de eso
viven muchos políticos, que aprovechan que la memoria del
pueblo es de mantequilla para decir hoy lo contrario de lo que
dijeron ayer y de lo que dirán mañana, pero no en interés del

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pueblo, que es lo que cuenta, porque también se puede mentir,
siempre que sea en interés del pueblo, ¿y saben ustedes lo que es
el interés del pueblo? -preguntó el profesor a las copias- y las
copias levantaron las manos, diciendo que sí, que sí, que sabían,
y el profesor se mostró complacido, sumamente complacido
consigo mismo, y de inmediato pasó a explicar que la tercera
condición para ser dirigente político es la condición de tener
buena reputación, como yo que soy un hombre serio que casi
siempre dice la verdad, que no tiene cola que le pisen, un
hombre que se respeta, ¿comprenden?, que ha evitado
mancharse en su vida pública, porque las manchas en política
son manchas indelebles, ¿y saben ustedes lo que significa una
mancha indeleble?, pues bien, una mancha indeleble es una
mancha que no se quita ni frotándola con lejía, y yo presumo
que ustedes saben lo que es lejía, a ver, levanten la mano los que
saben lo que es lejía, muy bien, muy bien, ahora vamos a repasar
la lección desde el comienzo hasta el final, porque también
presumo que me han entendido perfectamente desde el
comienzo hasta el final, a ver: ¿me-han-comprendido-
perfectamente-desde el comienzo hasta el final?, ¿está todo bien
claro? -enfatizó el profesor-, ¿seguro que han comprendido?, y
las copias respondieron que sí, que habían comprendido
perfectamente, profesor, desde el comienzo hasta el final, y que
todo estaba bien claro, bien claro, bien claro, querido profesor, y
el profesor se mostró una vez más complacido, sumamente
complacido consigo mismo, en extremo complacido, y para
complacerse una vez más ordenó a las copias que repitieran la
lección con punto y coma, palabra por palabra, sin omitir
detalle, a medida que él las fuera nombrando en orden
alfabético, y comenzó a nombrar y nombró, primero, a la
primera copia que repitió la lección con punto y coma, palabra
por palabra, sin omitir detalle, a pesar de que tenía boca de
trapo, y el profesor dijo que estaba aprobada, y nombró a la
segunda copia que también repitió la lección con punto y coma
palabra por palabra sin omitir detalle, a pesar de que tenía

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dientes de burro y cara del mismo animal, y el profesor dijo que
también estaba aprobada, y nombró a la tercera copia que repitió
la misma lección, a pesar de que tenía cara de inteligente, y el
profesor dijo que estaba aprobada, y nombró a la cuarta copia,
que tenía cara de seminarista y usaba lentes como cascos de
botella, y la cuarta copia repitió tres veces la lección con los
ojos cerrados, palabra por palabra, punto por punto y sin darse
tregua para respirar, y el profesor se emocionó y dijo que estaba
perfecto, tan perfecto que hizo una pausa para volver a sentirse
complacido consigo mismo, y entonces nombró a la quinta
copia que sorpresivamente dijo todo lo contrario, a pesar de que
se parecía más al original que el original mismo (o quizás
precisamente por eso), e incluso incurrió en errores y
contradicciones y además se aventuró en opiniones personales
que causaron natural desazón entre las demás copias, pero sobre
todo en el profesor que se quedó mirándola, en principio,
estupefacto, luego colérico, por último ofendido, ¿quién le
pidió, atrevida, que opinara?, ¿quién le pidió que pensara?:
sencillamente se le pidió que repitiera lo que había escuchado,
¿comprende?, y la copia asintió con la cabeza, y el profesor dijo
que en un partido político puede haber muchos indios, pero
solamente puede haber un cacique, porque con uno sólo que
piense es suficiente, así como en el campo de batalla con uno
sólo que mande es suficiente, ¿comprende?, y la copia asintió
con la cabeza, ¿y si comprende por qué no hizo lo que se le
pedía? -preguntó el profesor- y de inmediato anunció a la quinta
copia que estaba reprobada, reprobada, ¿comprende?, y la copia
asintió con la cabeza, y entonces el profesor anunció que se iba
a tomar un minuto completo para darse por ofendido y se
ofendió, en tanto que la clase permanecía sin chistar (a
excepción de la quinta copia que murmuraba por lo bajo), y al
término exacto del minuto el profesor dijo que la lección había
terminado y ordenó a las copias que salieran como habían
entrado, una por una y en orden, en fila india, pero sin esperar
que las llamaran, y las copias salieron como habían entrado, una

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por una y en orden (a excepción de la quinta, que salió
reculando como cangrejo) en fila india y sin esperar que las
llamaran, y cuando el profesor se quedó solo en su presencia que
era única, pensó que todo aquello era un atrevimiento, que le
habían faltado al respeto, que debía tomar medidas, sí señor,
tomaría medidas, y por asociación de ideas recordó que una de
las copias del comité central era sastre y tomaría medidas, pero
tenían que ser medidas drásticas porque a lo mejor estaba pasado
de peso y no iba a permitir que nadie le faltara al respeto, pero a
lo mejor no, a lo mejor no estaba pasado de peso y entonces no
había por qué tomar medidas, pero en caso contrario entonces sí
tendría que tomar medidas, porque insolencias a nadie, a nadie
pero a nadie le permitía, no señor, así que si era necesario
tomaría medidas, más no sin consultar con el espejo: de modo
que se plantó el profesor frente al espejo y procedió, quedito, a
desnudarse, con movimientos suaves de cadera, primero la
corbata, luego el saco, la camisa después, a ritmo lento,
arqueando los brazos en el trámite, contoneándose alegre y
coquetón al compás de una música interior, pero con una cara
que no iba con el compás ni la música, porque con el cuerpo
podía, en la intimidad, permitirse ciertos libertades, pero con la
cara nunca porque la cara era su máscara: de suerte que se
contoneaba y contoneaba el profesor, se desvestía a ritmo lento,
alegre y coquetón salvo la cara, hasta que ¡zas!, afuera el
pantalón, casimente desnudo quedó el profe, desnudo así quedó,
casi prendado, Narciso, de su efigie: era una suerte, qué suerte,
tener un físico como el suyo, no estaba pasado de peso, no había
engordado, no era necesario tomar medidas y qué suerte, además
-pensó mirándose el pecho, los brazos, las espaldas, las bien
torneadas pantorrillas-, qué suerte que no hubiera nada de cierto
en aquello de las manchas indelebles: estaba limpio, limpito,
ninguna mancha, en efecto, desmerecía su cuerpo de atleta
consumado.
A Enriquillo Sánchez Lengüemime, poeta homérico.
(De Los cuentos negros).

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