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IDEAS

EN

PSICOANALISIS

El complejo de Edipo

Robert M. Young

longseller

El complejo de Ed ip o

© Longseller S.A., 2002

Editores de id e a s e n

p s ic o a n á l is is

Ivan Ward (Reino Unido) Juan Carlos Kreimer (Argentina) Supervisión: Lic. Irene Magán de Cid

Traducción: Leandro Wolfson Diseño interior: Marcela Rossi (A&E Longseller) Corrección: Inés Gugliotella

Longseller S.A. Casa matriz: Avda. San Juan 777 (C1147AAF) Buenos Aires República Argentina Internet: www.longseller.com.ar E-mail: ventas@longseller.com.ar

150.195

YOU

Young, Robert M. El complejo de Edipo.- 1* ed.- Buenos Aires:

Longseller, 2002. 96 p.; 20 x 14 cm.

Traducción de Leandro Wolfson

ISBN 987-550-131-X

I. Titulo - 1. Psicoanálisis

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

Impreso y hecho en la Argentina Printed in Argentina

Ninguna parte de esta publicación incluido el diseño de la tapa, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

Esta edición de 3000 ejemplares, se terminó de imprimir en los talleres de Longseller, en Buenos Aires, R e p ú b lic a Argentina, en julio de 2002.

Todos los textos freudianos traducen "anxiety" por "a n g u s t i a L a traducción establecida de las Obras Completas de Melanie Klein y autores de la llamada "es­ cuela inglesa" utilizan "ansiedad" (depresiva, esquizopa- ranoide, de separación, etcétera). En textos más actuales que estos últimos, /# misma noción vuelve a aparecer co­ mo " angustia" depresiva,, de separación, etcétera. En este libro, seguimos el último criterio.

Introducción

Siempre me pareció

extraño

que

el mito

y

el

complejo de Edipo se hallaran en el corazón mis­ mo de nuestra condición de seres humanos. Esto me resulta tan excéntrico, tan extravagante, co­ mo me resulta cómico y poco digno ser ^gx3ta3<3 Be3malmenTe por dos masas coleantes de grasa con unos pezones en el centro, o por una vena dilatada debajo de la cual cuelga una bolsa. Pero lo cierto es que la evolución, la cultura y la m oda nos han dis­ puesto de este modo, con la sexualidad y el trián­ gulo IHIJlllili entrem ezclándose y constituyéndose en preocupaciones inconscientes durante toda la vida, con ram ificaciones tanto en la historia perso­

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nal como en la social.

Las ideas freudianas del complejo de Edipo

Sigm und preud desarrolló la idea del complejo

en los comienzos del siglo XX, apoyán­ dose en su experiencia clínica, su autoanálisis y el ciclo de obras del dramaturgo griego Sófocles, en especial Edipo rey, en la que Edipo mata a su padre y se casa con su madre/ lo cual le acarrea espanto­ sas consecuencias. La tragedia deriva de que Edi­ po ha quebrado el tabú que rige contra el incesto. En la práctica cotidiana, la frase "complejo de Edi-

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po" significa, por lo común, que entile

que tienen fuertes sentimientos negativos contra el otro progenitor. Los varones aman a su madre y odian a su padre; también las niñas experimentan al principio estos sentimientos, pero luego los de­ jan atrás y pasan a odiar a la madre y a tratar de poseer al padre. En el plano inconsciente, sus sen­ timientos hacia el progenitor lilseadp (del sexo opuesto) sonÜ^iCíálés y, en cambio, los que abri­ gan hacia el del propio sexo son homicidas. Si el desarrollo del niño o la niña se desenvuelve en ‘flfprma normal}! éstos llegan a comprender que la unión de sus padres es beneficiosa para él o ella y aprenden a contener sus sentimientos posesivos y T íostíles.^ a superacióiíjdel complejo de Edipo da paso a la conciencia moral o "superyó". El niño aprende a no dejarse llevar por sus impulsos vio- lentos y a obedecer las reglas de la civilización y Iflg convenciones de la cultura y la sociedad, entre las cuales la fundamental es el tabú del incesto. Los intensos sentimientos edipicos resurgen en la adolescencia, período en el cual los jóvenes son tí- picam ente rebeldes, experimentan con su identi- dad sexual y ocasionan trastornos, a veces serios, a sus padres. Pensemos en la angustiosa falta de

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comunicación entre James Dean y su padre en la película Rebel without a Cause [Rebelde sin causaJ (1955), o en el quiebre insuperable de dicha comu­ nicación entre el padre y la hija, así como entre el hijo del vecino y su padre, en American Beauty [Be­ lleza americana] (1999).

Las personas que no logran elaborar como co­ rresponde su complejo de Edipo permanecen in­ maduras, incapaces de avanzar, enredadas en rela­ ciones difíciles con uno de sus progenitores o con ambos; tienden a actuar sus dificultades psicológi­ cas en lugar de contenerlas y / o se sienten estanca­ das en sus relaciones o en su carrera profesional; no pueden controlar sus impulsos; sufren dificul­ tades para relacionarse con las figuras de autori­ dad, y son víctimas de toda una gama de otras per­ turbaciones. Pensemos en la vida asfixiante que lleva Brick Pollitt (representado pór Paul New- man) en la relación con su esposa (Elizabeth Tay- lor) y su padre patriarcal, el "Gran Papá" (Burl Ivés), en la versión cinematográfica de Cat on a Hot Tin Roof [El gato sobre el tejado de zinc caliente], de Tennessee Williams, película estrenada en 1958 (la obra original fue publicada en 1955). Las vicisitu­ des de un complejo de Edipo no resuelto suelen transmitirse a lo largo de varias generaciones; el hecho de haber tenido una mala relación con uno o ambos padres le vuelve más difícil a un indivi-

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dúo criar a sus propios hijos. Algunos sostienen, incluso, que el complejo de Edipo y sus vicisitudes influyen en la orientación sexual. Un fuerte apego a una madre dominante, sumado a un padre débil o ausente, fueron factores fundamentales en la etiología de la homosexualidad masculina en el protagonista de otra obra de Tennessee Williams, Suddenly Last Summer [De repente el último verano], de 1958. Hay, no obstante, autores que critican enardecidamente que se establezca este vínculo.

Se trata de cuestiones de peso, que, según afir­ mó Freud en "El malestar en la cultura" (1930), sientan las bases históricas y emocionales de la cultura, el derecho, la urbanidad y la decencia. Una vez más, podemos preguntamos en este caso cuáles son los elementos esenciales. En primer lu­ gar, tenemos el triángulo edípico, por el cual el ni­ ño de tres y medio a seis años pretende tener ac­ ceso exclusivo (físico, intelectual y emocional) a su progenitor del sexo opuesto, pero debe soportar las pretensiones del progenitor del mismo sexo, anteriores a las suyas. El niño teme que este últi­ mo se vengue de él, y pronto comienza a sentirse culpable pox sus deseos incestuosos y_sus impul­ sos asesinos. La culpa pone de manifiesto la pre­ sencia del superyó, que, según Freud, es el "here­ dero" del complejo de Edipo. Toda esta cuestión relacionada con la sexualidad y la autoridad se

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vuelve a plantear en la adolescencia, y puede re­ surgir ante la muerte de uno u otro de los padres. Los pacientes que no han elaborado como corres­ ponde estos ritos de pasaje, quedan con proble­ mas edípicos irresueltos. Uno de los principales, que inhibe la satisfacción y los logros personales, es el temor a sobrepasar al padre o a la madre, te­ mor que genera el de la represalia por este "triun­ fo edípico", como se lo denomina. Otro es la peli­ grosa creencia de que uno puede ser adulto sin crecer en lo emocional, ya que entonces el sujeto espera soluciones mágicas o ilusorias para los pro­ blemas que se le presentan en la vida1.

Amén de las reservas que yo he tenido sobre el complejo de Edipo en general, me ha costado aceptar el lugar central que se le concede al trián­ gulo edípico en el psicoanálisis y la psicoterapia, comprender que el espacio analítico es un espacio edípico. Los pacientes vivencian a sus terapeutas como figuras parentales y se enamoran de ellos como antaño lo hicieron de sus progenitores. La dinámica familiar edípica resurge dentro del en­ cuadre analítico2. La relación analítica-implica que el paciente propone continuamente el incesto y el analista declina esta propuesta en nombre de la abstinencia analítica y con la esperanza de que en ese vínculo puedan trascenderse los deseos inces­ tuosos. Invariablemente, la ruptura del encuadre

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analítico significa el riesgo de que se abuse de un niño, ya que a eso se reduce precisamente el hecho de acostarse con un paciente o ex paciente.

Martin Bergmann expresa muy bellamente estas ideas en un ensayo sobre el amor de transferencia, donde menciona el caso del paciente que se ena­ mora en forma romántica de su terapeuta:

En la situación analítica, se hacen conscientes las

imágenes de la vida temprana y así se las despoja de sus

potencialidades

ción incestuosa que está por detrás del amor de transfe­ rencia afloja los lazos del incesto y allana el camino pa­ ra un amor futuro que esté libre de la necesidad com­

dinamizadoras. La revelación de la fija­

pulsiva de repetir la triangulación edípica. En un esta­ do de salud, los prototipos infantiles no hacen sino di- namizar el nuevo enamoramiento, en tanto que en la neurosis evocan también el tabú del incesto y la necesi­ dad de una nueva triangulación que repita el triángulo de la situación edípica3.

Respecto de los pacientes que mantienen rela­ ciones amorosas con sus ex terapeutas, Bergmann sostiene que afirman lo siguiente: "A diferencia del resto de la humanidad, me siento autorizado a desobedecer el tabú del incesto, eludiendo el due­ lo que éste comporta, y a poseer sexualmente a mi progenitor. Tengo derecho a ello debido a lo mu­ cho que he sufrido o, simplemente, porque soy

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una excepción"4. Desde el punto de vista del tera­ peuta, "si la relación transferencia! se vuelve se­ xual, pasa a representar simbólica e inconsciente­ mente el cumplimiento del deseo de que no sea preciso resignar el objeto infantil de amor, y de

que

amor incestuoso"5. Ésta es una variante del tema de Pigmalión. La relación analítica sólo funciona en la medida en que el terapeuta demuestre, como dice Freud, "que está a salvo de toda tentación"6.

Si se explora más a fondo la dinámica edípica, tal como se la experimenta en la relación clínica psicoanalítica, se encuentra la fantasía del coito pa- rental, que el paciente debe superar dejando atrás, en lo posible, la fantasía inconsciente de algo vio­ lento y temido, y pasando a una fantasía más be­ névola, a cuyo abrigo pueda sentirse seguro y be­ neficiado por la unión de sus padres. La práctica clínica fue venciendo poco a poco mi escepticismo conceptual sobre el complejo de Edipo. En efecto, éste se presentaba una y otra vez en el material clí­ nico. Algunos de mis pacientes no logran progre­ sar debido a que no tienen ninguna fantasía sobre la unión de sus padres y creen, en cambio, que se in­ terponen entre éstos en la cama impidiéndoles consumar dicha unión; estos pacientes no prospe­ ran en ninguna relación a raíz del daño que, in­ conscientemente, creen haber causado. Los resul-

pueda

reencontrarlo

la

realidad

del

se

en

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tados más habituales de esto son el estancamiento, la perduración del anhelo y la falta de satisfacción.

La dinámica edípica vista más de cerca

Iniciemos ahora una exploración más detenida de las formulaciones psicoanalíticas sobre la diná­ mica edípica, partiendo de un esquema evolutivo definido: el que constituye la descripción cronoló­ gica clásica del freudismo ortodoxo, tal como fue modificado y enriquecido por Karl Abraham y también, según algunos, por Erik Erikson. Empe­ zaremos con el narcisismo primario y recorrere­ mos las diversas etapas sucesivas en las que el fo­ co está puesto en determinadas zonas del cuerpo:

la oral, la anal, la fálica y la genital. La oral abarca el primer año y medio de vida; la anal, el año y me­ dio siguiente, y la fálica se inicia al término del ter­ cer año7.

Como ya he dicho, el período edípico clásico va de los tres años y medio a los seis años (algu­ nos autores sólo lo extienden hasta los cinco años). Esto lleva a la formación del superyó y a un período de latencia relativa, durante el cual los niños de sexo masculino son horriblemente varoneros (sólo se interesan por sus bicicletas, sus hobbies y sus juegos de varones), y las niñas son

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dulces y primorosas, y juegan a la mamá y a la en­ fermera, o por lo menos así se lo considera habi­ tualmente8. Las cosas vuelven a complicarse en la adolescencia, cuando los cambios biológicos coin­ ciden con el planteo de angustiantes problemas sobre la identidad de género9, la exploración y la maduración sexuales, los conflictos con los pa­ dres, la competitividad y el afán de logro. Erik Erikson ha descripto otra serie de etapas, a partir de la "moratoria psicosocial" que el sujeto requie­ re en la adolescencia tardía, seguida por la edad adulta joven, la edad adulta media — o adultez propiainente dicha— y la vejez, etapa esta última que se caracteriza por el conflicto cardinal entre la integridad, por un lado, y la repulsión y la deses­ peración, por el otro10.

Humberto Nagera, en su exposición freudiana ortodoxa de Basic Psychoanalytic Concepts on the Li­ bido Theory [Conceptos psicoanalíticos básicos so­ bre la teoría de la libido] (1969)11, ha trazado la cro­ nología detallada de las sucesivas fases del com­ plejo de Edipo. Me parece digno de ser señalado que ni en esta obra, ni en las de Freud, ni en el Dic­

cionario de Psicoanálisis,

de

Laplanche y

Pontalis

(1973)12, se hace una descripción directa que goce de consenso13. En particular, no hay acuerdo sobre

la índole del complejo de Edipo femenino:

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El enigma de la feminidad ha puesto cavilosos a los

hombres de todos los tiempos. [

]

Tampoco ustedes, si

son varones, estarán a salvo de tales quebraderos de ca­ beza; de las mujeres presentes, no se espera que sean tal enigma para sí mismas14.

El humor burlón que exhibe Freud en este pun­ to no disimula el hecho de que contempla la femi­ nidad desde un punto de vista masculino, lo cual dio origen a numerosas críticas, dentro y fuera del psicoanálisis. Con respecto al complejo de Edipo femenino, Freud enfrentaba un problema. Si todos los niños (varones y nenas por igual) tienen origi­ nalmente un vínculo estrecho con la madre, ¿cómo es que luego la niña se vuelve hada su padre para convertirse en "la nena de papá"? Algo debe rom­ per el vínculo con la madre. La respuesta que dio Freud a este interrogante le valió el oprobio tanto de feministas como de tradidonalistas. Se dice que la niña, al descubrir que no tiene pene, cae víctima de la "envidia del pene" y le pide a su mamá que le proporcione uno. Como esto no sucede, se decep­ ciona, la acusa a la madre por esta deficienda suya y se vuelca hada el padre en busca de lo que desea, no-dándose por satisfecha hasta que obtiene un pe­ ne simbólico bajo la forma de un bebé15. En el caso del varón, lo que lo aparta de la madre es el "com­ plejo de castración", el temor a las consecuendas de sus deseos incestuosos. A la niña, la versión fe-

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menina del complejo de castración, vale decir, la envidia del pene, la catapulta hacia el complejo de Edipo; pero como ella ya ha sido "castrada" y ha sufrido el destino que el varón quiere evitar, su ri­ validad con la madre cobra un carácter diferente, tal vez más duradero. Freud decía que el hecho de que el complejo de Edipo de la niña se resuelva de una manera mucho más gradual y amable, y menos brutal y abrupta que el del varón, explica por qué la conciencia moral de la niña es menos frá­ gil que la del varón. También se ha sugerido que al­ gunos hombres — como los negros esclavos y los posteriores a la época colonial— sufren permanen­ temente una amenaza tan grande, real o simbólica, de emasculación, que nunca resuelven su complejo de castración, lo cual contribuye a explicar (junto con sus escasas perspectivas económicas) la ten­ dencia observada en algunos de ellos a ser incons­ tantes y a eludir las responsabilidades familiares16.

La descripción ortodoxa del complejo de Edipo en sus diversas formas ha sido muy criticada, prin­ cipalmente y con buenas razones por las feminis­ tas (algunas de las cuales, por ejemplo, objetan la idea de la envidia del pene en la mujer y le contra­ ponen la "envidia del útero" en los hombres), pero también por los gays y las lesbianas, por los laca- nianos y por muchos otros que sería largo enume­ rar en este momento. Se ha dicho que es demasia-

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do naturalista y biologista, demasiado literalmen­ te ligada a las partes del cuerpo, demasiado deter­ minista. Como bien sabía Freud, en el mundo del desarrollo humano real, la constelación edípica da lugar, tanto en los hombres como en las mujeres, a una cantidad infinita de desenlaces: un número in­ finito de resoluciones parciales, soluciones de compromiso y sublimaciones. Además, debe seña­ larse que Freud revisó de manera constante sus concepciones acerca del complejo de Edipo mascu­ lino y femenino, y sus elucidaciones, sobre el fe­ menino son las más confusas y las menos susten­ tadas teóricamente. Como mostraré más adelante, hay una versión más kleiniana y abstracta de la di­ námica edípica, que resulta menos inverosímil.

Las polémicas sobre el complejo de Edipo directo e invertido en todos sus pormenores, así como sobre el papel de la bisexualidad en el proceso edípico, son múltiples y laberínticas, y el lector interesado puede seguirlas en la abundante literatura que exis­ te al respecto. Aquí no me ocuparé de ellas, por dos razones. En primer lugar, porque creo que un cua­ dro general como el de este libro debe trazarse sobre una tela más amplia, y -segundo, porque hay dos cuestiones vinculadas al complejo de Edipo que han sido el centro de recientes debates, por lo cual no se dispone de resúmenes sobre ellas. Me refiero a las ideas kleinianas acerca del complejo de Edipo y a las

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posiciones antinaturalistas sobre la sexualidad que ponen en tela de juicio que exista un esquema de de­ sarrollo psicosexual biológicamente dado17.

Sin embargo, antes de pasar a estas cuestiones, quiero detenerme un poco en la descripción freu- diana clásica. Freud sostuvo que el complejo de Edipo era el "complejo nuclear" de toda neurosis. En una nota al pie agregada en 1920 a "Tres ensa­ yos de teoría sexual", dejó bien en claro que cons­ tituye la piedra fundamental inamovible sobre la cual se asienta todo el edificio del psicoanálisis:

Se ha dicho con acierto que el complejo de Edipo es el complejo nuclear de las neurosis, la pieza esencial del contenido de éstas. En él culmina la sexualidad in­ fantil, que, por sus consecuencias, influye decisiva­ mente sobre la sexualidad del adulto. A todo ser hu­ mano que nace se le plantea la tarea de dominar el complejo de Edipo; el que no puede resolverla cae en la neurosis. El progreso del trabajo psicoanalñico ha des­ tacado con trazos cada vez más nítidos esta importan­ cia del complejo de Edipo; su reconocimiento ha pasa­ do a ser el shibbólet* que separa a los partidarios del análisis de sus oponentes™.

*l/i cita continúa aclarando el significado de la palabra " shibbólet" del si­ guiente modo: "Alude a Jueces, 12:5-6. Los galaaditas distinguían a sus ene­ migos, los efraimitas, porque éstos no podían pronunciar 'shibbólet'; decían ',sibbó let[N . del E. ]

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En los "Tres ensayos de teoría sexual", de 1905, en la primera referencia que hace Freud al tabú del in­ cesto en una obra publicada (ya había mencionado el "horror del incesto" y el incesto como factor "an­ tisocial" en un manuscrito inédito de 1897), dice que es "una exigencia cultural de la sociedad" que pue­ de transmitirse por herencia orgánica. En una nota agregada en 1915, afirma: "Empero, la indagación psicoanalítica muestra la intensidad con que los in­ dividuos deben luchar aún contra la tentación del incesto en las diversas etapas de su desarrollo, y la frecuencia con que lo transgreden en su fantasía y aun en la realidad"19. Según Freud, el tabú del inces­ to constituía la base de todas las demás prohibicio­ nes, tanto en el desarrollo del individuo como en la historia de la humanidad. En la lucha contra los im­ pulsos rapaces no civilizados, el arma esencial era la culpa, y la sublimación de las energías sexuales pro­ porcionaba la energía indispensable para toda cultu­ ra y civilización, conceptos que no se dignaba a di­ ferenciar. Freud sostuvo que "el incesto es antisocial y la cultura consiste en la progresiva renuncia a él"20. El codicioso "padre primordial", el patriarca sexual- mente polimorfo de la -"horda primordial", se en­ frentó con la oposición de sus hijos, que le dieron muerte; así se estableció el tabú contra el incesto, pie­ dra angular de todas las prohibiciones morales y culturales. "N o podemos prescindir de la hipótesis

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de que el sentimiento de culpa de la humanidad des­ ciende del complejo de Edipo y se adquirió a raíz del parricidio perpetrado por la unión de hermanos"21. Freud muestra que "el precio del progreso cultural debe pagarse con el déficit de dicha provocado por la elevación del sentimiento de culpa". Dice que és­ te es "el resultado final de nuestra indagación", vol­ viendo así aún más vivida la yuxtaposición de las palabras "cultura" y "malestar" en el título de su obra: la cultura causa malestar22. Freud concebía que todo el vasto panorama de la historia humana era actuado en el espacio emocional que se extendía en­ tre Eros y Tánatos: el impulso constructivo a amar y crear, y el impulso agresivo a destruir y morir.

Freud declaró que el complejo de Edipo era uni­ versal, y sobre esto hubo encendidos debates, algu­ nos de los cuales incluyeron trabajos antropológi­ cos de campo. Hoy estos debates ya son cosa anti­ gua, y tengo la impresión de que los freudianos or­ todoxos han exagerado mucho las cosas con el fin de conservar para el complejo de Edipo algún mo­ do de entender la universalidad, en tanto que sus críticos les han replicado en forma feroz, desesti­ mando las éspeculácionés históricas de Freud en tomo de la "horda primordial"23. Tenemos el privi­ legio de contar con una provechosa síntesis de es­ tos debates en la obra de Alien W. Johnson y Dou- glass Price-Williams, Oedipus Ubiquitous: The Family

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Complex in World Folk Literature [Ubicuidad de Edipo:

el complejo familiar en la literatura popular mundial] (1996). Estos autores pasan revista al problema y llegan a la conclusión de que el complejo de Edipo, tal como lo describió Freud, prevalece en las socie­ dades autoritarias avanzadas, en tanto que en las ciento treinta y nueve leyendas populares que ellos comentan se encuentra una versión mucho más la­ xa del mismo, que incluye los conflictos intergene­ racionales, aunque entre las versiones semejantes a la descripción de Freud son más numerosas las re­ lativas a varones que a niñas24. Las aseveraciones muy concretas de Freud sobre tal o cual parte del cuerpo parecen tener menos suerte que los conflic­ tos intergeneracionales de tipo general. También contamos con los interesantes trabajos psicoanalíti- cos de Alan Roland (1988), que muestran impor­ tantes diferencias culturales en esta materia en la India (donde el conflicto en hijos y padres es pro­ fundamente tabú) y en el Japón (donde el acata­ miento del tabú está hondamente arraigado en la personalidad de la mujer).

Quisiera ofrecer dos puntos de vista adicionales sobre las concepciones de Freud, a fin de contra­ ponerlos a la errónea creencia de que Freud era demasiado biologista y reduccionista, y no daba cabida a la relatividad histórica. En primer lugar si bien consideraba que el complejo de Edipo era

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universal y tenía sus raíces en nuestra herencia biológica, también pensaba que su superación nos liberaba hasta cierto punto de esa misma herencia. Freud escribió lo siguiente:

En un importante libro sobre el complejo del incesto, Otto Rank (1912) aportó la sorprendente prueba de que la elección del material, en particular en el caso de la creación dramática, está comandada por el ámbito de lo que el psicoanálisis ha llamado "complejo de Edipo", mediante cuya elaboración en las más diversas modifi­ caciones, desfiguraciones y disfraces, el creador literario procura tramitar su propia y más personal relación con este tema afectivo. El complejo de Edipo, vale decir, la actitud afectiva hacia la familia —en sentido estricto, hacia el padre y la madre—, es justamente el material en cuyo dominio fracasa el neurótico individual y que por eso constituye, por lo común, el núcleo de su neurosis2S.

La tarea que cada individuo enfrenta en su de­ sarrollo se vincula, según Freud, a características universales de la naturaleza humana. Continúa diciendo:

No debe su significación a una coincidencia incom­ prensible para nosotros, sino que los hechos biológicos de la larga heteronomía y la lenta maduración de la criatura humana, así como de la compleja senda de de­ sarrollo de su capacidad amorosa, se expresan en este realce del vínculo con los padres y traen como conse-

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cuencia que la superación del complejo de Edipo coin­

más acorde al fin sobre la herencia

arcaica, animal, del ser humano. Dentro de ésta se ha­ llan contenidas, por cierto, todas las fuerzas que serán indispensables para el posterior desarrollo cultural del individuo, pero primero es preciso que sean separadas y procesadas. Tal y como el individuo la trae consigo, esta herencia arcaica no sirve para los fines de la vida cultural social26.

cida con el dominio

En segundo lugar, la universalidad del com­ plejo de Edipo no implica que sea inmune al de­ sarrollo histórico o que la expresión de las fuer­ zas edípicas no sea relativa a cada cultura. En "La interpretación de los sueños" (1900), inme­ diatamente después de su primera mención del complejo de Edipo y tras defender su naturaleza universal, Freud pone de relieve la especificidad histórica de esta temática trascendental compa­ rando las costum bres sociales vigentes en la épo­ ca de Sófocles con las vigentes en los tiempos de Shakespeare:

En el texto mismo de la tragedia de Sófocles hay un indicio inconfundible de que la saga de Edipo ha bro­ tado de un material onírico primordial cuyo contenido es la penosa turbación de las relaciones con los padres

por obra de las primeras mociones sexuales. [

mismo suelo que Edipo rey, hunde sus raíces otra de

]

En el

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kleinianas

las grandes creaciones trágicas, el Hamlet de Shakes­ peare. Pero en el diverso modo de tratar idéntico mate­ rial se manifiesta toda la diferencia de la vida anímica en esos dos períodos de la cultura, tan separados en el tiempo: se muestra el progreso secular de la represión en la vida espiritual de la humanidad. En Edipo, co­ mo en el sueño, la fantasía del deseo infantil subterrá­ neo es traída a la luz y realizada; en Hamlet perma­ nece reprimida, y sólo averiguamos su existencia —las cosas se encadenan aquí como en una neurosispor

Hamlet lo puede

todo, menos vengarse del hombre que eliminó a su pa­ dre y usurpó a éste el lugar junto a su madre, del hom­ bre que le muestra la realización de sus deseos infanti­ les reprimidos. Así, el horror que debería moverlo a la venganza se trueca en autorreproche, en escrúpulo de conciencia: lo detiene la sospecha de que él mismo, y entendido ello al pie de la letra, no es mejor que el pe­ cador a quien debería castigar27.

Ideas kleinianas

sus consecuencias inhibitorias. [

]

¿De qué manera se vinculan concretamente las ideas kleinianas con todo esto? En primer lugar, es bien sabido qué Melanié Klein afirmó haber en­ contrado lo que ella denominó "la situación edípi- ca" en un período muy anterior de la vida, junto con las ideas persecutorias del superyó, mucho an­ tes del momento en el cual, según Freud, podría

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haber un superyó. Klein descubrió que la fantasía internalizada del coito parental ya se hallaba, para bien o para mal, en fantasías muy precoces.

Klein es una discípula muy respetuosa de Freud en lo tocante a la teoría de los dos instintos (Eros y Tánatos) y a las sombrías enseñanzas que podían extraerse de la doctrina de aquél sobre el malestar que provoca la cultura; pero hay entre ambos una divergencia fundamental con respec­ to al desarrollo y las estructuras del mundo in­ terno, y, en verdad, con respecto a todos los le­ treros indicadores que ayudan a los freudianos a orientarse en ese mundo. Las ideas kleinianas en este ámbito nos ayudan a com prender por qué es tan difícil captar a Melanie Klein. Más adelante me extenderé sobre la historia y la situación ac­ tual de la tradición kleiniana en lo que atañe al complejo de Edipo, pero antes diré cuál es mi conclusión general.

Creo que es una cuestión de figura y fondo. A primera vista, esto puede parecer trivial, pero yo le atribuyo una im portancia fundam ental. Al principio, yo pensaba que la cronología del desa­ rrollo y sus etapas, tal como las había trazado Freud, no le interesaban a Klein, y que tam poco le interesaba la hipótesis estructurad del yo, el ello y el superyó28. Estaba equivocado. Todos estos con-

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kleinianas

ceptos están presentes en su obra; lo están tam­ bién las etapas oral, anal, fálica y genital, así como el complejo de Edipo, pero no en un primer plano, sino en el fondo. Lo que aparece en primer plano en Klein es la interacción de las emociones y las posiciones. Para Klein, una "posición" es una constelación de angustias y defensas, de relacio­ nes de objeto e impulsos29. Su dicotomía funda­ mental es la que existe entre Eros y Tánatos, lo cual nos da, a su vez, pares de emociones como el amor y el odio, la envidia y la gratitud, dirigidas todas ellas a las relaciones con el objeto total o con los objetos parciales.

Además

de esta

consideración

general

de las

emociones y las posiciones, hay algo más que decir. En Klein — al igual que en Freud— > lo primitivo nunca es absolutamente superado, pero esta supe­ ración es tematizada de un modo distinto al em­ pleado en el esquema de desarrollo freudiano. En particular, las angustias psicóticas siguen irrum­ piendo en las percepciones integradas, originando una oscilación perpetua entre dos formas esencia­ les de ser en lo inconsciente: la posición esquizopa- ránoide y la posición depresiva, la primera de las cuales se caracteriza por relaciones con objetos par­ ciales, en tanto que la segunda se distingue por un pensamiento más maduro e integrado y por una re­ lación con objetos totales. A fin de simbolizar la os­

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cilación entre estas dos posiciones, se las suele unir entre sí con una doble flecha: Ep / D. Como lo pri­ mitivo continúa predominando, el esquema de de­ sarrollo está en el fondo, mientras que la interac­ ción de las emociones es la figura. Esta noción de fi­ gura y fondo se ve confirmada por la argumenta­ ción que expone Ruth Stein (1990), a la cual volve­ ré más adelante. Lo que deseo sugerir es que la di­ ficultad para encontrar nuestro camino en el mun­ do interno de Klein se explica, en gran medida, por el hecho de que los letreros indicadores han sido desmontados, como hicieron los británicos cuando esperaban la invasión de las tropas de Hitler. El re­ sultado es que pululan los sentimientos sin la ayu­ da de los mapas de ruta, límites y vías de tranvías que hacen que los freudianos se sientan seguros.

Edipo rey

Quisiera ahora detenerme un poco en Edipo. A la luz de recientes controversias y revelaciones en tomo del maltrato de menores, tuve de pronto una súbita comprensión de Edipo rey, la obra que Aris­ tóteles llamó "la tragedia perfecta", la que sirvió de inspiración a la otra candidata a tal título, Ham- leí30. Si nos preguntamos cuándo cometió incesto Edipo, las respuestas que hoy nos damos pueden ser distintas de las que nos da el relato tradicional.

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nr-Y

Lo que realmente sucedió os que ¡

ayo,

¿il onferar-

so por el oráculo de quo su hijo mataría al padre y se casaría con la madre, se abalanzó sobro 0\ fan pronto nació para apartarlo de su lado, fin las pa­ labras de Sófocles, Yocasta lo dice así:

En cuanto al niño, no tenía aún tres años cuando fue arrojado (por otras manos, no las suyas), con los pies atados, a la desolada ladera de una colina para que muriera31.

El nombre de Edipo, que le había sido puesto por sus padres adoptivos, Pólibo y Mérope, signi­ fica "de pies hinchados". Cuando Edipo crece se entera por boca de un borracho de que él no es hi­ jo de Pólibo, a quien cree su padre. Edipo interro­ ga a sus supuestos padres, quienes se espantan al saber que alguien le ha comunicado esto, y decide consultar al oráculo:

fu

i a ver a Pito,

pero regresé decepcionado con sus respuestas a mis preguntas, habiendo escuchado un relato

de horror y de desdicha:

qué yo debía casarme con mi madre

y convertirme así en procreador de una raza mal nacida,

agravio de la humanidad, y que mataría a mi padre?2.

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Edipo huyo do Corinlo, "pum no vol vor <1 vor la

patria nunca m¿ís / y que nunca so ropila oslo hecho horrible"™, con el fin de 110 dañar a Pólibo, su su­

puesto padre, y de evitar acostarse con

Mérope, a

quien cree su madre. En una encrucijada del camino tiene un encuentro casual con Layo. ¿Lo recibe su pa­ dre con los brazos abiertos? No, no lo hace. Por el contrario, lo provoca a raíz de una trivialidad dicién-

dole que a él, a Layo, le corresponde pasar primero.

Al llegar a un cruce de tres caminos, me topé con un heraldo seguido por un carruaje en el que estaba sentado un hombre tal como el que tú has descripto. El conductor me ordenó con aspereza que me apartase del camino, y su venerable amo se sumó a él con imperiosa voz. El conductor me quiso hacer a un lado, y yo, furioso, lo golpeé. El anciano vio esto, asomado al carruaje, y esperó a que yo pasase. Entonces le quitó su picana de dos puntas al que conducía y me asestó con ella un golpe en la cabeza. Pagó con creces su-temeridad; rápido como el rayo, el bastón en esta mano derecha hizo su tarea; cayó él de bruces del carruaje, y maté a todos los que lo acompañaban34.

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¿Qué había hecho Edipo, más que ser agredido al nacer y luego, nuevamente, cuando intentaba escapar del triángulo edípico35? Es verdad que su reacción ante la conducta intimidatoria de Layo fue excesiva, pero ya habían sido dos las veces en que había sufrido agresiones. Luego de eso, Edipo responde al enigma de la Esfinge sobre el ciclo vi­ tal ("¿Qué es lo que camina primero en cuatro pa­ tas, luego en dos y finalmente én tres?"), pone fin de ese modo a la tiranía de la Esfinge, obtiene el premio que le corresponde (y que será la unión in­ cestuosa con su madre), se entera de la verdad con­ tada a medias por el viejo sabio ciego Tiresias, du­ da de las palabras de éste, persigue la verdad en forma implacable y ésta le es corroborada por los antiguos criados que habían conocido los aconteci­ mientos de su infancia. Yocasta se ahorca; Edipo se arranca los ojos, lo cual a la postre le dará la sabi­ duría, al permitirle ver su mundo interno. Al leer esta tragedia, advierto lo siguiente: Edipo ha teni­ do malos progenitores, desbordados e incapaces de contenerlo; una madre que distaba de ser "sufi­ cientemente buena"; un padre que lo maltrató te- rriblémenté eiV reiteradas oportunidades, y ‘ lina "mala prensa", que podría competir con las histo­ rias sobre parejas y triángulos amorosos que nos ofrecen los periodistas de espectáculos en la actua­ lidad. Este hombre había sido verdaderamente he-

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rido y agraviado, y llevaba en sí las heridas que lo demostraban.

Sin embargo, como sucede con muchos menores que han sido objeto de maltrato, un exam en más atento revela que la historia no acaba ahí. Si con­ sultáramos su inconsciente, podríamos narrar una historia m uy distinta. En verdad, hay pruebas para afirmar que Sófocles era un proto-kleiniano: si con­ templamos el m undo interno, Edipo ya habría teni­ do, a muy temprana edad, los impulsos que explica­ rían, aunque no justificarían, la conducta de Layo hacia él. A los tres años y medio, no sólo habría de­ seado com eter incesto fantaseadam ente (como cualquier niño freudiano), sino que lo habría hecho ininterrum pidam ente desde su m ás tem prana edad (com o cualquier buen bebé kleiniano). Nada de narcisismo primario al estilo freudiano, sino re­ laciones objetales desde el propio nacimiento.

Como sostuvo John Steiner, hay buenos motivos para suponer que todos los involucrados en la tra­ gedia conocían en verdad esta otra historia, o po­ drían haberla discernido fácilmente, pero "hicie­ ron la. vista gorda"?. H e leído con. nuevos, ojos la saga de Sófocles sobre Tebas y puedo asegurar que el dram aturgo griego tiene que haber intuido, sin lugar a dudas, lo que Melanie Klein escribiría en 1928. No estoy tan seguro de que lo hizo también

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con los artículos de 1945 o 1946, donde Klein for­ muló cabalmente el papel de la identificación pro- yectiva en la posición esquizoparanoide, propor­ cionando así todos los elementos para la moderna analogía kleiniana de la historia de Edipo37.

Freud y Edipo rey

Aunque afirmar que esta tragedia causó gran impresión en Freud puede parecer una perogrulla­ da, creo que tal vez nos beneficie detenemos un momento en ese hecho. Sabemos que en 1897 Freud le dijo a su mejor interlocutor de entonces, Wilhelm Fliess, lo siguiente: "También en mí he hallado el enamoramiento de la madre y los celos

hacia el padre, y ahora lo considero un suceso uni­

versal de la niñez temprana [

Si esto es así, uno

comprende el cautivante poder de Edipo rey”38. En esa carta a Fliess, cuenta que procuró conocer su propia historia familiar y sugiere que el mismo triángulo trágico es la esencia de la dinámica inter­

generacional de Hamlet39.

Acerca de Edipo, comentó en "La-interpretación de los sueños":

].

Si Edipo rey sabe conmover a los hombres modernos con no menor intensidad que a los griegos contemporá­ neos de Sófocles, la única explicación es que el efecto de la

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tragedia griega no reside en la oposición entre el destino y la voluntad de los hombres, sino en la particularidad del material en que esa oposición es mostrada. Tiene que ha­ ber en nuestra interioridad una voz predispuesta a reco­ nocer el imperio fatal del destino de Edipo, mientras que podemos rechazar, por artificiosos, argumentos como los

otras tragedias de destino. Y, en efecto, un factor asi

está contenido en la historia de Edipo. Su destino nos con­ mueve únicamente porque podría haber sido el nuestro, porque antes de que naciéramos el oráculo fulminó sobre nosotros esa misma maldición. Quizás a todos nos estuvo deparado dirigir la primera moción sexual hacia la madre y el primer odio y deseo violento hacia el padre; nuestros sueños nos convencen de ello. El rey Edipo, que dio muer­ te a su padre Layo y desposó a su madre Yocasta, no es si­ no el cumplimiento de deseo de nuestra infancia. Pero más afortunados que él, y siempre que no nos hayamos vuelto psiconeuróticos, hemos logrado después desasir de nuestra madre nuestras pulsiones sexuales y olvidar los celos que sentimos por nuestro padre. Retrocedemos espantados frente a la. persona en quien ese deseo primordial de la in­ fancia se cumplió, y lo hacemos con todo el monto de re­ presión que esos deseos sufrieron desde entonces en nues­ tra interioridad. Al paso que el poeta en aquella investiga­ ción va trayendo a la luz la culpa de Edipo, nos va for­

de [

]

zando a conocer nuestra propia interioridad, donde aque­ llos impulsos, aunque sofocados, siguen existiendo. El contraste con el cual el coro se despide de nosotros,

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miradle: es Edipo, el que resolvió los intrincados enigmas y ejerció el más alto poder; aquel cuya felicidad ensalzaban y envidiaban todos los ciudadanos. ¡ Vedle sumirse en las crueles olas del destino fatal!

esa admonición nos hiere en nuestro orgullo —a no­ sotros,, que en sabiduría y en fortaleza nos creíamos tan lejos de nuestra infancia—. Como Edipo, vivimos en la ignorancia de esos deseos que ofenden la moral, de esos deseos que la naturaleza forzó en nosotros, y tras su re­ velación bien querríamos todos apartar la vista de las es­ cenas de nuestra niñez40.

En 1919 agregó esta nota al pie: "El 'complejo de Edipo', mencionado aquí, en 'La interpretación de los sueños', por primera vez, ha adquirido por obra de ulteriores estudios una importancia insos­ pechada para la comprensión de la historia de la humanidad y el desarrollo de la religión y la etici- dad"41. Freud adoptó el término "com plejo" en 1910 por influencia de Cari Jung, y, como ya apun­ tamos, en "Tótem y tabú" sostenía que el asesina­ to efectivo del padre por la horda primordial cons­ tituía el fundamento de la historia hum ana42.

La propia constelación familiar de Freud ofre­ cía un panoram a confuso si se exam inan las suce-

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sivas generaciones. Su padre era veinte años ma­ yor que su madre y, cuando nació Freud, ya era abuelo por vía de un hijo adulto de su primer ma­ trimonio. Ese hijo y otro tenían casi la misma edad que su nueva esposa. Sigmund fue el mayor de los hijos que tuvo con ésta, pero dentro del grupo familiar más amplio era el menor. Los otros dos niños pequeños de la familia, que tenían un año más que él y la misma edad, respectivamen­ te, eran su sobrino y sobrina. Uno de sus herma­ nos le dijo en una oportunidad que, con respecto a su padre, él no pertenecía a la segunda genera­ ción sino a la tercera43. (Recuerdo una canción de moda cuando yo era niño, referida a las relacio­ nes familiares y los nuevos matrimonios; éstos generaban una situación tan complicada, que el cantante podía exclamar con toda lógica: "¡Yo soy mi propio abuelo!".) Nada tiene de extraño que, al término de sus estudios secundarios, Freud eli­ giera estudiar el Edipo rey. Obtuvo la mejor califi­ cación de su clase con una traducción del griego del discurso inicial, en el que el sacerdote suplica a Edipo que libre a los tebanos de esa enigmática y com plicada plaga causada por la ruptura del ta­ bú del incesto entre las generaciones44.

La importancia de todo esto adquirió un realce espectacular cuando, al cumplir Freud cincuenta años, sus discípulos le regalaron una medalla en

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las

concepciones

kleinianas

una de cuyas caras estaba el perfil de Freud y en la otra, Edipo respondiéndole a la Esfinge, junto con estas palabras del final de la obra: "El que descifró los más famosos enigmas y fue un hombre de gran poder". Cuando Freud leyó este epígrafe, empali­

deció y se turbó ante la asombrosa coincidencia en­ tre dicho tributo y sus propias fantasías. En su épo­ ca de estudiante, había paseado por la galería de la Universidad de Viena examinando los bustos de los profesores célebres, e imaginado que en el fu­

turo estaría allí su propio busto

con esa misma

inscripción. Su identificación con Edipo no podría haber sido más completa45. Los sentimientos pro­ pios del triunfo edípico podían conmover incluso a Freud. A la luz de esta preocupación suya de to­ da la vida, es tanto más llamativo que jamás expu­ siera sistemáticamente por escrito sus concepcio­ nes maduras acerca del complejo de Edipo, con­ cepto que, según sus propias palabras, era la pieza

central de su teoría.

Exposición de las concepciones kleinianas

Quiero ocuparme ahora de las concepciones kleinianas sobre el complejo de Edipo. A la pre­ gunta "¿Cuándo cometió incesto Edipo?", Melanie Klein responde diciendo que lo hizo desde el co-

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mion/.o do su vida, ni monos on su fantasía incons­ ciente. Acóiva do osto punto, voy a dar mis propias vorsionos, una clara y la otra difusa. La primera puede hallarse en todas las tentativas que se han hecho hasta la fecha para diferenciar las elucida­ ciones de Klein de las de Freud. Todas ellas se fun­ dan en el esquema de desarrollo que antes esbocé y adhieren estrechamente a la cronología que di­ cho esquema implica. Si no fuese por este esquema tan diferenciado, no habría prácticamente conflic­ to alguno entre ambas concepciones. Cuando se leen las polémicas mantenidas entre los kleinianos y el resto de los miembros de la Asociación Psico- analítica Británica a comienzos de la década del cuarenta, se pone de manifiesto una y otra vez que, según los demás psicoanalistas, Klein "desestima­ ba" el complejo de Edipo clásico, que aparece a los tres años o un poco después4*1. Sus colegas afirma­ ron esto en reiteradas oportunidades. Klein nega­ ba que ftiese cierto, pero reconocía que había un conflicto con sus pares, vinculado a lo que ella y aquéllos pensaban que contenía la mente del niño de muy temprana edad. Como también he reitera­ do más de una vez, el conflicto gira asimismo en tomo de la estructura y la cronología, de la figura y el fondo, de la forma en que opera la mente y el modo do concoptuali/.arla; poro volveré sobre osto más adelanto.

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las

co ncepcio nes

kleinianas

Com encem os

con

una

exposición

simple del

complejo de Edipo según Klein47. Ella distingue entre la " situación edípica", com o la denomina, que es recurrente a lo largo de la vida, y el com­ plejo de Edipo clásico de Freud. "Según Freud, durante la fase fálica, que se extiende aproxima­ damente entre los tres y los cinco años y es con­ temporánea del complejo de Edipo, aparecen de­ seos genitales y tiene lugar una definida elección de objeto"48. El superyó y el sentimiento de culpa son secuelas del complejo de Edipo49. En opinión de Klein, el desarrollo sexual y emocional "que se produce desde la temprana infancia incluye sensacio­ nes e impulsos genitales, los que constituyen las primeras etapas tanto del complejo de Edipo in­ vertido [el deseo se dirige al progenitor del mis­ mo sexo y la agresión, al del sexo opuesto] como del directo; se los vivencia bajo la primacía de la libido oral, y se confunden con deseos y fantasías uretrales y anales. Desde los primeros meses de vida, las etapas libidinales se superponen unas a otras"50. Para Klein, el superyó tiene su origen en la etapa oral. "Bajo el imperio de la fantasía y de emociones conflicfívás, en tódás las etapas de la organización libidinal el nino introyecta sus obje­ tos — primordialmente sus padres— y a partir de

esos elementos construye el superyó. [

los factores que gravitan en sus relaciones de ob-

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Todos

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jeto desempeñan un papel desde el comienzo en la edificación del superyó"51.

Al principio, lo que se introyecta no es el proge­ nitor como totalidad, sino sólo determinados as­ pectos de él, o sea, objetos parciales significativos:

El primer objeto introyectado, el pecho materno, forma

la base del superyó. [

]

En ambos sexos, los primensimos

sentimientos de culpa derivan de los deseos oral-sádicos de devorar a la madre, sobre todo sus pechos (Abraham). Por lo tanto, los sentimientos de culpa surgen en la primera infancia. La culpa no aparece cuando el complejo de Edipo llega a su fin, sino que es más bien uno de losfactores que desde el principio le marcan el derrotero e influyen en su

desenlace52.

Las observaciones finales de Klein sobre este te­ ma comienzan con un fragmento que viene en apoyo de mi impresión; ella entremezcla concep­ tos que serían cuidadosamente diferenciados en un esquema freudiano del desarrollo:

El desarrollo sexual del niño está inextricablemente ligado a sus relaciones de objeto y a todas las emocio­ nes que desde el principio moldean su actitud hacia la madre y el padre. La angustia, la culpa y tos senti­ mientos depresivos son elementos intrínsecos de la vi­ da emocional del niño y, por ende, impregnan sus pri­ meras relaciones objetales, que no sólo consisten en la relación con personas reales, sino también con sus re­

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presentaciones en el mundo interno. A partir de estas figuras introyectadas —las identificaciones del niño — se desarrolla el superyó, que a su vez influye en la re­ lación con los progenitores y en todo el desarrollo se­ xual. Por eso, el desarrollo emocional y el sexual, las relaciones objetales y el desarrollo del superyó interac- túan desde el comienzo53.

Y concluye diciendo: "La vida emocional del be­ bé, las tempranas defensas que erige, en medio del estrés, entre el amor, el odio y la culpa, así como las vicisitudes que experimentan sus identificaciones, son temas que deberían ser objeto de investigación analítica durante un largo tiempo futuro"54. Es lla­ mativo que, aunque Melanie Klein vivió quince años más después de escribir esto y conservó su fe­ cundidad intelectual, no integró sus opiniones al respecto en las versiones maduras de sus otras pre­ ocupaciones característicamente kleinianas. Lo mismo ocurrió con Freud.

Ideas kleinianas más recientes

El artículo "El complejo de Edipo a la luz de las ansiedades tempranas" (1945) fue publicado por Klein un año antes de que acuñara una expresión para designar lo que fue, sin duda, su idea más profunda: el mecanismo que definió como una forma particular de identificación que establece el

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prototipo de una relación objetal agresiva. Sugiero para estos procesos el término 'identificación pro­ yectura'"55. Se refería a algo inherente a la posición esquizoparanoide, en la que predominan la esci­ sión, los mecanismos proyectivos y las relaciones con objetos parciales. La acción de estos mecanis­ mos se aprecia en el racismo y otras formas de odio violento, en cuyo caso un grupo externo des­ preciado se vuelve depositario de las característi­ cas "m alas" del sujeto, que éste no reconoce como propias y proyecta. Una vez más, esta configura­ ción se halla en relación dinámicai con la posición depresiva, en la que predominan las relaciones con el objeto total, la consideración por el objeto y la in­ tegración. En investigaciones posteriores, estas dos maneras de pensar fueron vinculadas entre sí. Co­ mo dice David Bell:

El conflicto edipico primitivo descripto por Klein tie­ ne lugar en la posición esquizoparanoide, en un período en el que el mundo del bebé está muy dividido y él se re­ laciona principalmente con objetos parciales. Esto signi­ fica que cualquier objeto que amenace la posesión exclu­ siva del pecho/madre idealizado es sentido como perse­ cutorio, y en él se proyectan todos los sentimientos hos­ tiles derivados de los impulsos pregenitales56.

Si el desarrollo tiene un decurso satisfactorio, las relaciones seguras con los objetos internos bue-

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nos conducen a la integración, la superación de las escisiones y la recuperación de las proyecciones:

La madre queda entonces libre, por así decir, para in­ volucrarse con un tercer objeto en un coito amoroso que, en lugar de constituir una amenaza, se transforma en el fundamento de una relación segura con la realidad in­ terna y la externa. La capacidad para rqpresentarse in­ ternamente el coito amoroso entre los padres como obje­ tos totales da lugar, a través de las identificaciones sub­ siguientes, a la capacidad para una madurez genital ple­ na. Según Klein, la resolución del complejo de Edipo y el logro de la posición depresiva se refieren a los mismos fenómenos vistos desde distinta perspectiva57.

Ronald Britton lo expresa con gran elegancia:

Las dos situaciones están inextricablemente entrela­ zadas, de modo tal que no puede resolverse una sin la otra: resolvemos el complejo de Edipo elaborando la po­ sición depresiva y resolvemos la posición depresiva ela­ borando el complejo de Edipo58.

Aquí se nos da una clave para traducir recíproca­ mente los esquemas conceptuales freudiano y klei- niano. En los dos marcos de referencia, el niño debe aceptar el lugar que le corresponde dentro del trián­ gulo familiar (ya sea que involucre a los dos proge­ nitores reales o sólo a uno, cuya mente alberga la idea de una tercera persona). En los trabajos recien­ tes de los kleinianos, esta manera de pensar ha sido

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considerablemente ampliada. Por ejemplo, se la ha aplicado al desarrollo de la capacidad para simboli- zar y para aprender de la experiencia. La integra­ ción propia de la posición depresiva — que ahora podemos considerar equivalente a la resolución del complejo de Edipo— es condición sine qua non para el desarrollo de "una capacidad para la formación de símbolos y el pensamiento racional"59. Un mejor conocimiento del objeto "incluye el discernimiento de la continuidad de su existencia en el tiempo y en el espacio, y, por lo tanto, también de las otras rela­ ciones del objeto que ese discernimiento implica. Es­ to se ejemplifica en la situación edípica. De ahí que no pueda elaborarse la posición depresiva sin elabo­ rar el complejo de Edipo, y viceversa"60. Además, para Britton "la posición depresiva y la situación edípica nunca llegan a su fin, sino que deben ser re- elaborados en cada nueva situación de la vida, en cada etapa del desarrollo y con cada adición impor­ tante a la experiencia o el conocimiento del sujeto"61.

Esta m anera de examinar la situación edípica brinda, asimismo, un modo de concebir el autoco- nocim iento o la autocomprensión.

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El triángulo fcimilicir primordial le ofrece al niño dos vínculos que lo conectan separadamente con cada uno de sus progenitores, y lo enfrenta con el vínculo entre éstos, que lo excluye. Al comienzo, el niño concibe este viñado

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parental en términos de objetos parciales primitivos y se­ gún la modalidad de sus deseos orales, anales y genitales, así como en términos de su odio expresado en forma oral, anal y genital Si puede tolerar en su mente el vinculo en­ tre los padres percibido en su amor y odio, aquél le pro­ porciona un prototipo para una relación de objeto de una tercera clase, en la cual no es un partícipe, sino un testi­ go. Cobra existencia así una tercera posición, desde la cual pueden observarse las relaciones de objeto. Si esto sucede, también cabe suponer que uno es observado. Ello nos brinda la capacidad de vemos a nosotros mismos en nuestra interacción con los demás y nos permite man­ tener otro punto de vista sin renunciar al propio, de re­ flexionar sobre nosotros mismos sin dejar de serlo62.

Considero que esta idea es muy útil y profunda.

Mientras preparaba lo que escribiría sobre este te­ ma, tuve úna experiencia extraña. Pensé que una fuente importante de material sería la polémica de freudianos y kleinianos a principios de los años cua­ renta; yo confiaba en que allí habrían debatido pre­ cisamente estos puntos63. Indagué el compendio de estos debates en busca de otros temas, en particular la fantasía y las angustias psicóticas. En el "índice te­ mático" del libro que contenía dicha polémica, había entradas muy extensas sobre estas dos cuestiones:

de una página en el primer caso y de media página en el segundo. Sin embargo, al complejo de Edipo

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sólo se le habían asignado unas pocas líneas. Luego de leer todos los fragmentos pertinentes, lo que me llevó más tiempo fue conjeturar dónde podría radi­ car esta aparente incongruencia. La respuesta es que no se trata de temas separados. Los kleinianos pu­ sieron en tela de juicio el nítido esquema de desa­ rrollo de los clásicos y los neofreudianos. Llamaron la atención hacia el contenido de los procesos emo­ cionales primitivos, mientras que los íreudianos ten­ dieron a centrarse en los modelos cientificistas y en la exposición metapsicológica de sus formas. Creo que lo verdaderamente novedoso y asombroso de las reflexiones de Klein y sus colegas fue su exposi­ ción de la ferocidad primitiva del contenido de las fantasías y angustias psicóticas inconscientes que, al decir de Hinshelwood, se hallan "'por debajo del complejo de Edipo clásico"64.

Esta función de las amenazas inconscientes es particularmente válida en lo tocante a la figura de los padres combinados y las terroríficas fantasías (angustias normales pero psicóticas) asociadas con ella65*, así como en lo que se refiere a los sentimien-

*Según Hanna Segal, autora de la introducción a la obra de M. Klein en las Obras Completas, la fantasía de los padres combinados debe entenderse co­ mo una "imagen fantaseada de los padres combinados en el coito. Se origina cuando no se diferencia al padre de la madre, y se siente su pene como parte del cuerpo de la madre. Cuando surgen ansiedades edípicas, esta fantasía se reactiva regresivamente como medio de negar el coito parental. Por lo general, se la experiencia como figura terrorífica". [N. del E.]

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tos del niño con respecto a su propio papel v si­ tuación: en riesgo, excluido, responsable. He visto a varios de mis pacientes quedar detenidos en este espacio debido a su parálisis por obra de la depre­ sión, la preocupación o el distandamiento que ex­ perimentan los padres. (André Green ha escrito al respecto un artículo conmovedor66.) No pueden se­ guir adelante con su vida porque no existe ningu­ na relación viva, ninguna figura parental combina­ da benigna a cuyo abrigo puedan sentirse conteni­ dos y prosperar. A veces, permanecen muy quietos por temor a que su estancamiento ceda paso a algo mucho peor.

A menudo me da la impresión de que los tneu- dianos y los kleinianos que participaron en estos debates no se escuchaban entre sí: los freudianos hablaban de los progenitores reales y de senti­ mientos conscientes, en tanto que los kleinianos se referían a objetos internos, objetos parciales y fan­ tasías inconscientes totalmente primitivas, prever- bales y muy angustiantes. Se me ocurre una analo­ gía con las verdades que Edipo creía estar buscan­ do y aquellas otras, más profundas, que a la postre surgieron y que, según señala Steiner, habían sido conocidas inconscientemente todo el tiempo. Uno de los rasgos principales de los recientes desarro­ llos kleinianos en este campo es que la situación edípica se considera relacionada cada vez más con

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las condiciones previas del conocimiento, la con­ tención y aquello que es contenido. El foco se ha desplazado al enigma de la Esfinge y a la búsque­ da de la verdad sobre los orígenes, que represen­ tan la búsqueda de Edipo en su sentido más am­ plio: el de la necesidad de conocer en un nivel más profundo, la epistemofilia.

Quiero ocuparme ahora de algunos temas que había adelantado brevemente. Hay varias cosas para decir. En primer lugar, las concepciones de Klein sobre la situación edípica y el complejo de Edipo se desarrollaron en interacción con otros im­ portantes conceptos, en particular los de posición depresiva, posición esquizoparanoide e identifica­ ción proyectiva. Algo semejante ocurrió con la conciencia, el preconsdente y el inconsciente de Freud (categorías topográficas profundas), y su yo, ello y superyó (categorías estructurales importan­ tes, pero no tan profundas). Freud nunca reempla­ zó expresamente su metapsicología topográfica por la estructural, ni distinguió con claridad el su­ peryó del ideal del yo67. Las teorías en evolución no son prolijas.

En segundo lugar, mis letreros indicadores sobre la figura y el fondo pueden aplicarse ahora a la rela­ ción entre los procesos primitivos, las posiciones y las emociones, por un lado, y, por el otro, los esque­

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mas de desarrollo, la cronología, la topografja y Ja hi­ pótesis estructural. Klein no discutió el fondo, pero no era esto lo que más la inquietaba: más bien, lo que le interesaba eran las profundidades del ello y de lo inconsciente. La gente pensaba que ella hablaba y es­ cribía de un modo poco ortodoxo acerca de las es­ tructuras, cuando en rigor lo que hacía era hurgar en el meollo del ser del niño. Lo que para Klein era la fi­ gura — la interacción de los sentimientos inconscien­ tes—>para los freudianos era el fondo, o bien man­ tuvieron silencio al respecto, prefiriendo presentar las cosas mediante analogías cientificistas de fuerzas, energías, estructuras, adaptaciones y demás68. Con frecuencia, Klein manda todo al diablo: a lo largo de sus escritos se reitera la frase "oral, anal y fálica" tan­ to como el término "fusionarse", como si ella estu­ viera preparando una ensalada o sumergiéndonos en un caldero hirviente o en una vorágine, en vez de remitirse a un esquema cronológico.

En

1990,

en el International Journal of Psycho-

Analysis, Ruth Stein publicó un interesante trabajo donde echaba "Una nueva mirada a la teoría de Melanie Klein"69. Argumentaba allí que la kleinia- na es fundamentalmente una teoría del afecto, donde el foco se desplaza de las explicaciones freudianas sobre las investiduras a los conceptos sobre los objetos y los sentimientos adheridos a

éstos

70. Las posiciones se toman más importantes

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que las estructuras, y éstas "se construyen en tor­ no de distintos sentimientos nucleares"71. Hay dos configuraciones psicológicas básicas, correspon­ dientes a los dos instintos básicos, que "difieren fundamentalmente en lo tocante a la capacidad del individuo para tolerar sentimientos desagrada­ bles o conflictivos"72. La vida psíquica consiste en la regulación de los sentimientos73. Stein concluye diciendo que "Klein carece de una teoría sobre el aparato psíquico, y los sentimientos no son ubica­ dos [por ella] en ningún m arco de esa índole"74. La angustia y la culpa son el resultado inevitable de la coexistencia del am or y el odio, y la situación edípica las genera75.

Esta perspectiva acerca de las ideas de Klein —junto con mi propia diferenciación de la figura

y el fondo— m e resulta útil para com prender por

qué no puedo encontrar mi camino utilizando el mapa de las estructuras freudianas con el que me

formé, cuando realizaba mis prim eras lecturas psicoanalíticas en un contexto neofreudiano nor­ team ericano. Las explicaciones kleinianas me suenan verdaderas. Así me sucedía cuando era

un paciente

y

me sigue

sucediendo

como tera­

peuta y com o supervisor de terapia individual, terapia grupal y trabajos sobre dinám ica grupal. De hecho, los trabajos sobre dinámica grupal se

crearon por los mismos motivos que estoy expli­

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cando aquí. Un distinguido paciente de Klein, y tal vez el pensador más original de su linaje, Wil- fred R. Bion, afirma en Experiences in Groups (Ex­ periencias en grupos) que las explicaciones de Freud sobre el yo, el ello y el superyó (con las que él procuró dar cuenta no sólo de los fenómenos individuales, sino también de los sociales) nada tienen de malo, salvo que no llegan hasta una profundidad suficiente y, por ende, dejan de lado las "fuentes últim as" del comportamiento grupal, tal tom o les sucedió con el comportamiento indi­ vidual76. Lo que Bion señalaba como más básico eran las angustias psicóticas, junto con las posi­ ciones esquizoparanoide y depresiva, así como las emociones y los supuestos básicos derivados de ellas que, de tanto en tanto, hacen estallar el trabajo sensato realizado en los grupos77.

Hasta ahora, lo que he intentado hacer con re­ lación a las ideas kleinianas sobre la dinámica edípica han sido dos cosas. Primero, he esbozado las concepciones kleinianas sobre el complejo de Edipo y mostrado en qué difieren de las freudia- nas. Segundo, he ofrecido un par de ideas que pueden ayudarnos a entender por qué resulta tan arduo fusionar en un único marco de referencia estas dos maneras de concebir la naturaleza hu­ mana, por qué es tan difícil mezclarlas. Creo que es porque los determinantes fundamentales de la

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naturaleza humana que cada uno de esos marcos de referencia destaca se hallan en distinto nivel. A

Klein lo que le importa son siempre los procesos primitivos, y para ella la tarea no tiene fin. Lo que les importa a los freudianos es que "Donde Ello

era, Yo debo devenir. [

]

un trabajo de cultura co­

mo el desecamiento del Zuiderzee"78. Algunos freudianos piensan que es posible superar el com­ plejo de Edipo; los kleinianos creen que uno se enfrentará siempre, una y otra vez, con la situa­ ción edípica, más¡ al estilo de Sísifo que al estilo de Prometeo.

Desafíos al determinismo del desarrollo

Es difícil, si no imposible, conciliar la postura kleiniana respecto del determinismo del desarrollo con algunas argumentaciones recientes en defensa de una "sexualidad plástica" por parte de gays, lesbianas y bisexuales, según las cuales es posible negarse a recorrer el camino edípico y elegir, en cambio, otra trayectoria de desarrollo79. Algunos aducen que la concepción kleiniana convierte a la configuración edípica en algo ineludible si se pre­ tende ser una persona lúcida y creativa. Por su­ puesto, es válido demostrar que la imposibilidad de elaborar la situación edípica puede conducir, de

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más

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hecho, a una sexualidad perversa o anómala', co­ mo ilustró David Morgan basándose en una ca­ suística impactante80. No obstante, en algunos tra­ bajos de autores kleinianos existe la premisa tácti­ ca de que la homosexualidad es intrínsecamente una enfermedad, postura ésta que Freud no adop­ tó jamás. Según él, "en todo cuanto constituye una aberración fijada respecto de la vida sexual nor­ mal, no pudimos menos que discernir una cuota de inhibición del desarrollo y de infantilismo"81. Por otra parte, no consideraba que la homosexua­ lidad o la perversión fueran enfermedades82.

Me complace señalar que otros kleinianos tie­ nen un punto de vista diferente de la ortodoxia kleiniana, y en lugar de dirigir nuestra atención a las conductas sexuales, la encaminan a las carac­ terísticas de las fantasías inconscientes. En su ar­ tículo "Reflections on Perverse States of Mind" (Reflexiones sobre los estados anímicos perver­ sos), Margot Waddell y Gianna Williams sostie­ nen que la perversión del carácter implica "la dis­ torsión y el uso inapropiado de la realidad psí­ quica y de la realidad exterior: la aniquilación de la verdad"83. Los estados anímicos perversos re-

*Cabe señalar que en la lengua inglesa "perverse" no tiene únicamente el significado de "perverso", sino también de "anómalo" o "attpico", sin conno­ taciones morales o peyorativas. [N. del T.]

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de

Edipo

presentan "una caricatura negativa de las relacio­ nes objetales". Existe en lo inconsciente "una fan­ tasía nuclear vinculada a la destrucción secreta de los bebés en lugar de su crianza, una forma indi­ recta de ataque al interior del cuerpo de la madre.

] [

En este marco, la perversidad no tiene cone­

xión alguna con los aspectos descriptivos de las elecciones sexuales, y puede estar presente o au­

sente tanto en las relaciones homosexuales como en las heterosexuales"84. Las autoras concluyen diciendo que este enfoque

está colmado de posibilidades para una mejor com­ prensión de la índole de la perversión como aspecto del carácter, y no de la conducta o elección sexual. Subvier­ te por completo la propensión actual a poner el rótulo de "perversas " o "no perversas " a ciertas clases de relacio­ nes (v. gr., homosexuales o heterosexuales) y sitúa, más bien, tales distinciones en el ámbito de la realidad psí­ quica y las intenciones tal como están representadas por diferentes estados anímicos85.

j-*

Así pues, aun frente a una conducta que, en apa­

riencia,

sería

intrínsecamente

perversa,

queda en

pie la tarea clínica de llegar a com prender su sig­ nificado interno, las relaciones de objeto y las fan­

tasías inconscientes que les corresponden, antes de diagnosticarla como patológica. Los estados aní­ micos perversos son una cosa distinta de la "per-

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versión", término éste que debería ser utilizado con sumo cuidado.

Críticas antinaturalistas del complejo de Edipo

Teoría de las relaciones objetales

Si, por un lado, los kleinianos sólo tomaron el complejo de Edipo en términos muy generales y relegaron la cronología clásica de la teoría de la li­ bido a un segundo plano, defensores de otras di­ versas doctrinas arreciaron sus críticas contra ese concepto y las premisas que lo sustentan. Hay ciertos desarrollos generales (y algunos particula­ res) del psicoanálisis que pueden considerarse compatibles con un enfoque de la sexualidad muy distinto del que sostienen los herederos de la or­ todoxia freudiana. La corriente más generalizada marca la decadencia de la adhesión al biologismo y a la teoría clásica de la libido, y el auge de la teoría de las relaciones objetales desarrollada por Meláriie Klein, Ronald Fáirbairn y D. W. Winni- cott86. Aunque existen diferencias importantes en­ tre sus respectivas formulaciones (p. ej., Fairbaim dio la espalda expresamente a la biología, cosa que Klein no hizo nunca), todas ellas tuvieron co-

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mo consecuencia que el pensamiento psicoanalíti- co se ocupara de los aspectos buenos y malos de la madre y de otras figuras y objetos parciales re­ levantes, y que tomasen como preocupación bási­ ca de la teoría y la labor clínica psicoanalíticas las relaciones con dichos objetos, más que la manifes­ tación de los instintos. El foco pasó a estar en las relaciones más que en las pulsiones, en "el objeto de mi afecto, que, como reza la canción, puede cambiarme la tez de blanca a rosada, y no en la me­ ta del instinto, según la determina la metapsicolo- gía biologista"87. Hecho esto, el sexo, la sexuali­ dad, las partes del cuerpo ligadas a lo sexual y la energía sexual ya no constituyen la retórica ni el marco conceptual para pensar el mundo interno; pasan a prim er plano, como figura, el amor, el odio, la fantasía inconsciente, la angustia y las de­ fensas88. Para Freud, el término "sexual" era muy abarcativo y designaba cualquier atributo de un tejido vivo que tuviera entropía negativa; esto es lo que quiso decir con "libido"89. Los teóricos-déla relaciones objétales adoptan Una perspectiva in­ versa: según ellos, la libido no es buscadora de

placer, sino buscadora ¿de objeto90* No es la que determ ina las relaciones objetales,

las relaciones objetales determ inan la libido91. Se­

la libido . sino que

gún mi experiencia de los últim os tiempos, el se­ xo, en su sentido restringido, cum ple un papel

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C ríticas

antinaturalistas

sorprendentemente pequeño en la formación y supervisión de los psicoterapeutas, y tiene escasa presencia en la bibliografía especializada. Más aún, hace unos años asistí a una conferencia pú­ blica dé un psicoanalista, el doctor Dennis Dun- can, cuyo título era: "¿Qué pasó con el sexo en el psicoanálisis?". Junto con el apartamiento respec­ to de la teoría de la libido, hoy se presta menor atención al esquema del desarrollo psicosexual y a la cronología bastante estricta que éste estable­ cía. Ya he dicho que al leer a Klein y sus seguido­ res no es raro encontrarse con frases como "ele­ mentos orales, anales y fálicos" entremezcladas aquí y allá como en un popurrí. En el enfoque kleiniano, se incorpora en una etapa anterior lo que en la teoría de la libido surge en puntos cro­ nológicos y de desarrollo posteriores.

Otros esquemas del desarrollo

El abandono de lá teoría de la libido y la adop­ ción de la teoría de las relaciones objetales están vinculados a la existencia de otros caminos de de- sarrollo alternativos. Este es el postulado central de algunos de los autores más interesantes que han participado de esta polémica: "¿Qué tiene de ma­ ravilloso el camino de desarrollo establecido por la teoría de la libido?". Al formularse esta pregunta,

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impugnan el carácter central del complejo de Edi­ po en el freudismo ortodoxo. Se oponen expresa­ mente a la "Ley del Padre" freudiana, sobre la cual se funda la importancia del complejo de Edipo92. Como lo expresa el teórico de la posición gay John Fletcher:

Lo que aquí se rechaza no es la masculinidad ni el fa­ lo en sí mismo, sino la polaridad que está en el corazón del mandato edípico: "Uno no puede ser lo que desea, uno no puede desear lo que quiere ser"93.

Aquello que los freudianos consideran natural es atacado por los disidentes sexuales, por entender que constituye una norma cultural contra la cual se debe luchar. Abogan por una resimbolización y una reinvestidura de un nuevo tipo de sexualidad. Sin embargo, el propio Freud había manifestado:

La disposición a las perversiones es la disposición ori­ ginaria y universal de la pulsión sexual de los seres hu­ manos, y a partir de ella, a consecuencia de alteraciones orgánicas e inhibiciones psíquicas, se desarrolla en el curso de la maduración la conducta sexual normal. [ ] Entre los poderes que circunscriben la orientación de la pulsión sexual, destacamos la vergüenza, el asco, la compasión y las construcciones sociales de la moral y la

autoridad94.

Este enfoque encuentra apoyo en los escritos del

eminente

psicoanalista

francés

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Laplanche,

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quien acepta la lista de zonas erógenas estableci­ das por la teoría de la libido (boca, ano, uretra, ge­ nitales), pero las describe de manera no tan biolo- gista, como lugares de intercambio entre el adentro y el afuera95. Sin embargo, cualquier zona del cuer­ po puede asumir un nivel de excitación sexual, lo mismo que las ideas. La concepción tradicional de la perversión sostiene que ésta constituye una alte­ ración o desvío de un orden fijó, biológicamente determinado, de las zonas privilegiadas, que cul­ mina en el coito genital capaz de llevar al orgasmo. Si nos negamos a aceptar este despliegue espontá­ neo de un programa instintual único, la propia se­ xualidad puede considerarse polimorfa y, por en­ de, para expresarlo irónicamente, "perversa". La- planche lo afirma de manera rotunda:

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La excepción —o sea, la perversióntermina con­ virtiéndose en la norma. Al presuponer la existencia de un instinto definido, de una función sexual preexis­ tente, con sus normas de cumplimiento bien estableci­ das, la excepción termina socavando y destruyendo la noción misma de una norma biológica. La sexualidad integra, o al menos toda la sexualidad infantilse con­ vierte en perversión96.

Fletcher traduce esto mismo en términos simbó­ licos que amplían la gama, los alcances y la flexibi­ lidad d e la sexualidad: "La sexualidad en su con-

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junto, como campo móvil de signos y representa­ ciones psíquicas desplazables y sustituibles, cons­ tituye una perversión del orden establecido de las necesidades biológicas y los objetos fijos"97. Si la perversión es tan ubicua, no puede seguir conside­ rándosela excepcional: es lo corriente, la regla; de ahí que se la considere "norm al". Las connotacio­ nes peyorativas del término son cosa del pasado, y al oponerse a los requisitos estrictos en materia de desarrollo impuestos por la teoría de la libido — con el complejo de Edipo en su centro— , pierde su legitimidad y su sustento teórico autoritarios.

Refiriéndose a la bisexualidad y el lesbianismo, Beverly Burch adopta una postura similar, opuesta al biologismo y favorable al constructivismo so­ cial. Esta autora afirma que "el lesbianismo y la he- terosexualidad son construcciones sociales que in­ corporan elementos psicológicos"98. Dichas cons­ trucciones difieren de una mujer a otra, y poseen orígenes y manifestaciones tan variados como las vidas individuales: "La unidad de la teoría sobre la heterosexualidad no se compadece con la diversi­ dad de las orientaciones sexuales"99. La autora si­ túa estas orientaciones en un continuo y argumen­ ta que cualquier punto de este continuo puede ser defensivo: "ninguna posición es necesaria e inevi­ tablemente patológica"100. Al pasar revista a la bi­ bliografía, encuentra que existe un relativismo teó-

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rico equiparable a su relativismo de los caminos de desarrollo:

Lo cierto es que ninguna concepción es completa y que en el camino que lleva a la elección final de objeto existen varios senderos divergentes. El camino que con­ duce a la heterosexualidad no es recto y no es posible considerar otros destinos como desvíos equivocados'™'.

Los autores que se ocupan de estas cuestiones trazan diferentes líneas demarcatorias entre lo que juzgan patológico y lo que entienden que es, me­ ramente, diversidad humana. Robert Stoller define la perversión como "la forma erótica del odio" y brinda análisis críticos del fetichismo, la violación, los asesinatos de motivación sexual, el sadismo, el masoquismo, el voyeurismo y la pedofilia, en to­ dos los cuales ve "hostilidad, revancha, afán de triunfo y un propósito deshumanizad o "102. Sin em­ bargo, al tratar la homosexualidad, muestra ser un adalid del pluralismo:

¿ Qué pruebas hay de que la heterosexualidad sea me­ nos complicada que la homosexualidad, de que no cons­ tituya, como ésta, el producto de las Juchas infantiles

*La autora juega con la la palabra "straight", que es una manera de referir­ se ala orientación heterosexual, y que tiene también una connotación de "lo correcto, lo debido, la obligación, la actitud recta", asi como de lo que lleva di­ rectamente a algún punto. Si "straight" es el camino directo, lo pen^erso es lo "desviado" de ese rumbo que se estima aconsejable. [N. del E.)

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por dominar los traumas, conflictos, frustraciones y de­ más? Como consecuencia de innumerables análisis, el

peso de la prueba [

emplean lo heterosexual como patrón de la salud, la nor­

malidad, el desarrollo genital maduro del carácter, o cualquier otro criterio ambiguo que hoy sirva a la filo­

sofía personal. [

publicados, hasta ahora el cómputo pone a heterosexua­

]

se ha desplazado a aquellos que

]

Si nos atenemos a los documentos

les y homosexuales en una situación de empate: son ciento por ciento anormales103.

He aquí otra gema de Stoller:

Cuidado con el concepto de lo "normal": está más allá del alcance de la objetividad. Trata de insinuar que posee validez estadística, pero esconde juicios brutales acerca de la virtud social y privada, juicios que, en caso de ser admitidos, hablarían afavor de grados de sinceri­ dad y de modestia que los patriotas, letrados, psicoana­ listas y filósofos aún no poseen104.

Una vez más, el auge del pluralismo respecto de esquemas alternativos de desarrollo ha hecho que algunos renegaran de la creencia en el camino de desarrollo fijado por la teoría ortodoxa de la libido, dentro <ie la cual el complejo de Edipo es el rito de pasaje a la madurez más importante. En su mayo­ ría, los profesionales de orientación psicoanalítica no están dispuestos a volver sobre sus pasos en su enfoque del desarrollo, para llegar al constructivis-

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mo social. En un compendio neofreudiano nortea­ mericano publicado en 1990, que pretende ofrecer una integración de concepciones recientes, se afir­ ma sin comentarios: "[Leo] Rangell describió el complejo de Edipo como el apogeo de la vida ins- tintual infantil, el núcleo de las neurosis y 'el ele­ mento organizador de la vida futura'"105.

Conclusiones

He procurado ofrecer una exposición acerca de la idea original del complejo de Edipo. Aunque Freud dijo que era el concepto básico del psicoaná­ lisis, nunca brindó una formulación definitiva de este concepto. Quedan muchos cabos sueltos. Ade­ más, he presentado algunas ideas de Melanie Klein y de otros kleinianos posteriores que ubican el esquema de desarrollo de la teoría de la libido en un segundo plano y amplían la dinámica edípi- ca convirtiéndola en una "situación edípica" que se reitera a lo largo de la vida. Esta concepción, menos biologista que la anterior y más ligada a las relaciones objetales, se vincula también a la madu­ rad ó n d e la comprensión y a las posiciones ésqui- zoparanoide y depresiva. Por último, he esbozado algunas ideas sobre el desarrollo de los géneros, cuyos propugnadores rechazan toda noción de que exista un camino de desarrollo privilegiado.

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De hecho, las teorizaciones cada vez más sofistica­ das de gays y lesbianas sobre la identidad de gé­ nero han alcanzado el punto en el que se sostiene que las excepciones valen más que las reglas y se propone, como objetivo a largo plazo, "eludir to­ das las formas de naturalismo en el pensamiento psicoanalítico"106. ¡Que el complejo de Edipo haga mutis por el foro!

Mis propias opiniones sobre este tema no llegan tan lejos. Es cierto que la noción original del com­ plejo de Edipo dentro de la cronología estricta fija­ da por la teoría de la libido me resulta exagerada­ mente concreta y restrictiva, demasiado ligada a determinadas partes del cuerpo; pero debo añadir que a menudo, frente a un paciente, me pregunto en qué momento de su desarrollo estará, qué eta­ pas ha dejado atrás o en cuáles se halla estancado. Lo que es aún más importante, he comprobado ca­ da vez más que pensar en términos de la situación edípica y de las dificultades para elaborarla me es útil para toda mi labor clínica. A mi entender, el complejo de Edipo, junto con la idea de lo incons­ ciente y el concepto de identificación proyectiva, constituyen las tres ideas más fructíferas del psico­ análisis. He llegado a la conclusión de que com­ prender la dinámica edípica específica entre cada uno de mis pacientes y sus padres (padrastros, hi­ jos y dem ás) es central para desentrañar los nudos

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que Ies han provocado angustia y han limitado el pleno uso de sus capacidades.

Nota final sobre Sófocles

Cuando leí cuál fue la última angustia de Yocas- ta, un viejo chiste sobre Edipo del que yo guarda­ ba memoria — y que reproduciré más adelante— se me presentó de pronto como no tan gracioso:

"Allí quedó ella lamentándose de la situación dos veces confundida de su vida de esposa: m arido en­ gendrado por marido, hijo por hijo"107. Y "cosas peores se verían aún"108: Edipo la descubre, afloja el nudo de la cuerda con la que ella se ha ahorcado y se arranca los ojos con sus broches de oro. Re­ cordé que aquí estamos en el reino de la violencia fantaseada y real, el m altrato a m enores y el inces­ to, que a veces son consentidos en apariencia, casi siempre forzados, y dejan profundas cicatrices. Las dificultades para tram itar este com plejo son enor­ mes, tanto en la actualidad com o a lo largo de la historia. Creo que el psicoanálisis kleiniano ha de­ m ostrado que se trata de una batalla que no tiene fin, dado que pasam os, en un m ovim iento oscilan­ te — a veces de un m om ento al otro, y con toda se­ guridad en las etapas m ás críticas de la vida— , de la fragm entación a la integración, de la inculpación a la reparación, del odio al amor, ida y vuelta.

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Podemos elegir los niveles. El primero está en el chiste, que antes mencioné, acerca de esa madre ju­ día, esa "idishe mome", que lleva a su hijo al psicólo­ go. Éste lo examina y hace pasar a la madre al con­ sultorio para anunciarle, en tono solemne, que su hijo tiene el complejo de Edipo. Entonces la mamá le responde: "¡Edipo! ¡A mí que me importa Edipo, siempre y cuando él la quiera a su madre!". La mu­ jer histórica de Edipo, la reina Yocasta, era igual­ mente sagaz para evitar las verdades profundas:

¿Temor? ¿Qué tiene que temer un hombre? El azar gobierna nuestra vida y el futuro es desconocido. Vivamos, pues, cada día lo mejor que podamos. No debe inspirarte temor alguno haberte casado con tu madre; son muchos los hombres que se han visto en sueños cohabitando con su madre; aquel para quien todo esto es nada soporta sin pesadumbre la carga de la vida109.

Y Sófocles nos ofrece otro remate que evoca la tragedia de la vida, en la cual, como dice Tiresias110, cada cual es enemigo de sí mismo amén de ser un criminal y un detective:

hijos e hijas de Tebas, miradle: es Edipo, el que resolvió los intrincados enigmas

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y ejerció el mas alto poder;

aquel

cuya felicidad ensalzaban y envidiaban

todos los ciudadanos. ¡Vedle sumirse en las crueles olas del destino fatal! Aprended que el ser mortal debe siempre esperar

su fin

y nadie puede llamarse afortunado

hasta el día en que descienda con su fortuna

a la tumba en pazul.

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Reconocimientos

El autor desea

agradecer los esclarecedores y

asiduos comentarios y aportes editoriales de Ivan

Ward para el mejoramiento de la obra.

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