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Situación actual y perspectivas del enfoque de desarrollo en Venezuela

Junio de 2011

Situación actual y perspectivas del enfoque de desarrollo en Venezuela Junio de 2011

Instituto Latinoamericano de Investigaciones Sociales (ILDIS) Oficina en Venezuela de la Fundación Friedrich Ebert

Av. San Juan Bosco, cruce con 2da Transversal de Altamira, Edif. San Juan, Piso 4, Oficina 4-B. Caracas, Venezuela. Teléf.: (0212)2632044 / 2634080 www.ildis.org.ve

Coordinadores institucionales del documento:

Heinrich Sassenfeld Director del ILDIS y Representante de la Fundación Friedrich Ebert en Venezuela

Flavio Carucci T. Jefe de Proyectos del ILDIS

Asistente:

Yuraima Isabel Becerra Rivas Asistente de Proyectos del ILDIS

El presente documento es producto del esfuerzo colectivo de un grupo multidisciplinario de expertos/as y miembros activos de organizaciones políticas progresistas. Los análisis contenidos en el mismo, son de la exclusiva responsabilidad del grupo de trabajo y en nada comprometen al ILDIS como organización que coordinó su elaboración y lo sometió a debate público.

Índice

Introducción

1

I.- El actual enfoque de desarrollo en Venezuela: El rumbo perdido

4

Antecedentes del actual enfoque de desarrollo.

4

Caracterizando el enfoque de desarrollo

La regresión democrática.

6

El Estado omnipotente: la contraproducente asimetría en la relación

6

Estado- sociedad.

7

Pérdida de independencia/autonomía de los poderes públicos.

7

La ausencia del diálogo: el pluralismo perdido.

10

Regreso al militarismo.

10

Los Derechos Humanos: ¿qué tan amplio es su acceso?

11

La descentralización truncada.

15

Los derechos sociales: ¿la garantía perdida?

15

La estatización económica: el desequilibrio de las relaciones entre el Estado

19

y el mercado. La expansión del gasto público.

20

Disponibilidad y concentración de recursos financieros.

20

Participación del Estado en la economía.

21

La economía sin rumbo

22

II.- Escenarios Venezuela 2020

23

Escenario optimista: volver al futuro.

23

Escenario pesimista: pobre país rico.

24

Introducción

La crisis global iniciada en los Estados Unidos de Norteamérica a finales de 2008, se propagó a todos los países del mundo por diferentes vías. En el caso de América Latina, la crisis no se limitó a los aspectos económicos y financieros. Es la crisis de los modelos, con sus dimensiones ético-culturales, político-institucionales, económicas, internacionales, sociales y ambientales las que se traducen también en manifestaciones de naturaleza múltiple. Hoy más que nunca, la comprensión de las problemáticas globales, hemisféricas, regionales y nacionales (inherentes a los propios modelos de desarrollo), requieren de análisis holísticos, sistémicos y transectoriales como única manera de identificar respuestas de política acordes con su complejidad.

Esta breve reflexión apunta a la necesidad de analizar los modelos de desarrollo con sus múltiples aristas y desde múltiples perspectivas. En Venezuela, el principal canal de transmisión de la crisis estuvo representado en la reducción experimentada por los precios del petróleo en el mercado internacional. Ciertamente, la crisis aparece y se propaga en un país plagado de otras debilidades, a las que se hará referencia en el primer segmento del documento.

En reiteradas oportunidades, se ha señalado que la crisis venezolana, más que una crisis importada, es una crisis de modelo; sus debilidades y vulnerabilidades son, en gran medida, de naturaleza estructural: es la crisis de una determinada manera de concebir la economía, la política, lo público, las relaciones Estado-sociedad y la inserción internacional del país en un mundo globalizado. Actualmente en Venezuela, el debate sobre el modelo de desarrollo no forma parte de la agenda pública.

El presente trabajo constituye una reflexión en torno a las características del actual enfoque de desarrollo en Venezuela y, a la vez, un esfuerzo por explorar posibilidades alternativas de evolución futura.

El método utilizado, se fundamentó en la “técnica de escenarios”, adaptándola a las especificidades y requerimientos del grupo de trabajo que asumió esta iniciativa en Venezuela.

Los escenarios no constituyen pronósticos ni predicciones, aun cuando algunos de sus elementos puedan obtenerse de estimaciones probabilísticas o, en general, de los métodos clásicos de predicción. Son suposiciones plausibles sobre futuros cambios que podrían ocurrir en una realidad determinada.

La aplicación de la técnica en la temática de los enfoques de desarrollo, tuvo como finalidad explorar alternativas de cambio al modelo presente a partir de posibles variaciones de los factores o variables que definen sus actuales características.

La técnica fue aplicada por un equipo multidisciplinario de expertos quienes bajo la coordinación de la Oficina de la Fundación Friedrich Ebert de Caracas, aportaron de manera coordinada sus conocimientos así como las visiones y aspiraciones de diversas

organizaciones de centro- izquierda para generar el producto que a continuación se presenta.

El esfuerzo del equipo de trabajo abarcó dos fases o etapas de análisis. La primera, orientada a la caracterización del actual enfoque de desarrollo, se inició con la identificación y descripción de sus factores determinantes. Luego de un riguroso proceso de reflexión, se identificaron 10 factores pertenecientes a distintos ámbitos de la vida nacional (político-institucional, económico y social), con sus respectivos aspectos y manifestaciones:

La calidad de la democracia (“separación/autonomía de los poderes”; “elecciones competitivas, libres y justas”; “pluralismo democrático”; “predominio del poder civil sobre el militar”; “garantía/respeto de los Derechos Humanos”; “respeto al Estado de Derecho” y; “participación autónoma de la sociedad civil”).

La descentralización político-administrativa (“autonomía de los niveles subnacionales de gobierno” y “coordinación intergubernamental”).

Las relaciones Estado-sociedad (“Rol del Estado”; “rol de la sociedad” y; “fortaleza de los contrapesos político-sociales”).

La capacidad de gobierno (“eficacia de las políticas públicas”; “eficiencia en la administración de los recursos públicos; “calidad y cobertura de servicios públicos y sociales”; “rendición pública de cuentas” y; “fortaleza de las instituciones públicas”).

Las relaciones Estado-mercado (“controles y regulaciones gubernamentales sobre la economía y el mercado” y; “participación del Estado en actividades económicas”).

La garantía de los derechos sociales (“Nivel de consagración de los derechos sociales en la normativa jurídica vigente”; “grado de cumplimiento de los derechos sociales por parte del Estado y; grado de autonomía social).

El grado de integración social (“grado de accesibilidad urbana de la población”; “grado de desigualdad social, de exclusión y discriminación”; grado de exposición a la violencia y; “niveles de impunidad”).

El grado de autonomía social (“Nivel de participación social en la resolución de problemas colectivos”; “capacidad de la sociedad civil para incidir en la vida pública” y; acceso al derecho de libertad de asociación”).

La disponibilidad y concentración de recursos en el Ejecutivo (“Control del Ejecutivo en la estatal Petróleos de Venezuela”; “control del Ejecutivo sobre el Banco Central de Venezuela” y; “discrecionalidad del Ejecutivo para crear y controlar fondos parafiscales”) y, por último.

El grado de inclusión de la perspectiva ambiental en las políticas públicas (“grado de inclusión de la perspectiva ambiental en el desarrollo de actividades productivas”; “capacidad del Estado para gestionar recursos hídricos”; “capacidad del Estado para gestionar residuos y desechos sólidos” y; “capacidad del Estado para gestionar recursos forestales”).

El análisis del comportamiento de estos factores en la situación presente, dio lugar a

la caracterización del actual enfoque de desarrollo de Venezuela que se presenta en el primer segmento de este documento; en este caso se omitió de la narrativa la descripción del factor ambiental por considerar que todos sus aspectos/componentes están determinados por (y casi incluidos en) el factor “capacidad de gobierno”.

La segunda etapa o fase se concentró en la formulación de escenarios alternativos. Para ello se procedió, en primer lugar, a evaluar las relaciones existentes entre los factores identificados y seleccionar los más importantes, vale decir, aquellos cuyas modificaciones determinarían un cambio del enfoque de desarrollo. En el caso venezolano, los factores más influyentes son de carácter político-institucional. De acuerdo con el análisis realizado, el avance hacia un modelo de desarrollo económicamente viable, socialmente justo y ambientalmente sostenible pasa, necesariamente por cambios positivos en la calidad de la democracia, por la profundización de la descentralización político-administrativa del Estado venezolano, por la ampliación de la capacidad de gobierno y por relaciones más simétricas entre el Estado y la sociedad.

A su vez, el cambio de estos factores estaría condicionado por las características que

puedan asumir otras variables, como el nivel de consenso político y social y el valor

que asuman a futuro los precios del petróleo. Estas variables fueron consideradas como fuerzas motrices o impulsores.

Combinaciones de estadios posibles y creíbles de los factores clave y fuerzas motrices dieron lugar a dos escenarios alternativos, cuyas narrativas se exponen en el segundo segmento del documento.

De la lectura de estos escenarios se infiere que la senda hacia un desarrollo más democrático, incluyente y perdurable, requiere de un aceptable consenso entre las fuerzas políticas y sociales, así como precios del petróleo relativamente altos para emprender las reformas políticas, sociales y económicas requeridas por el país.

En una primera instancia, estos resultados fueron debatidos y validados con jóvenes líderes pertenecientes a importantes corrientes progresistas de la política venezolana. En una segunda fase ha sido prevista su socialización con un público más amplio y su conversión, dentro de lo posible, en un Proyecto de País económicamente viable, socialmente justo y ambientalmente sostenible.

I.- El actual enfoque de desarrollo en Venezuela: El rumbo perdido

Antecedentes del actual enfoque de desarrollo

Entre las décadas 40 y 70 es posible identificar en Venezuela la articulación de proyectos de desarrollo nacional enfocados en el crecimiento económico, estabilidad democrática, bienestar social y transformación cultural, siendo el Estado y la renta petrolera los dos principales vehículos para alcanzar estos objetivos. Desde la modernización urbana, la consolidación del sistema democrático electivo y el ascenso educativo y económico para conformar una fuerte capa de sectores medios, hasta la industrialización y la sustitución de importaciones, la protección del empleo y la masificación de sistemas educativos, sanitarios y de servicios básicos hacia los sectores populares urbanos, fueron proyectos de desarrollo impulsados desde el Estado venezolano contando con los recursos de la renta petrolera.

Sin embargo, los adelantos que llegaron a alcanzarse en materia económica y social a través de estos proyectos comenzaron a mostrar críticos signos de debilitamiento a fines de los años setenta. Muchos autores han definido éste como el momento en el

que se hace presente el colapso del modelo de desarrollo en lo económico, lo político

y lo social:

En lo económico, se agotó el modelo “rentístico” a través del cual ya no era posible sostener objetivos de carácter estructural con expectativas de corto plazo, en un mercado vulnerable a los “shocks” externos y en una economía limitada en su capacidad productiva y dependiente del Estado.

En lo político, se quebró el sistema conciliatorio de intereses y el bipartidismo como esquema para mantener la estabilidad democrática a causa de prácticas patrimonialistas y excluyentes del poder del Estado y la presión de nuevas demandas y actores a partir de procesos de regionalización, la descentralización política y la aparición de expresiones organizadas de sociedad civil.

En lo social, se mantuvo una ciudadanía inacabada en materia social que se degradó a prebendas clientelares aumentando los déficits de protección social y una distribución inequitativa de los recursos, con expresión en pobreza crónica y crecientes desigualdades sociales. Allí se fracturaron identidades desde el punto de vista simbólico y espacial, y se acentuó el desencanto con las élites dirigentes y gobernantes.

Entre los años 80 y 90, las difíciles condiciones económicas del país dieron pié a la aplicación de una serie de programas de ajuste económico difundidos en América Latina por organismos financieros internacionales, que no lograron superar la pobreza

y aumentaron el malestar social.

Terminando los años noventa, Venezuela enfrenta críticos problemas económicos y amplios déficits de bienestar y protección social: caída del PIB en 20%, quedando como uno de los países de América Latina con la mayor reducción de su riqueza

nacional, una inflación de 628%, 40% de hogares en pobreza, 20% de inflación anual, 15% de desempleo y 50% de trabajadores en la informalidad, 70% de la población sin cobertura de seguridad social, 60% viviendo en casas autoconstruidas en zonas precariamente urbanizadas al margen de las principales ciudades, aumento

creciente de las protestas sociales y debilitamiento de las instituciones para responder

a la agudización de los conflictos. La Asamblea Constituyente fue entonces el

mecanismo para debatir los postulados del nuevo proyecto nacional –que la población refrendaría en una nueva Constitución-. Estos postulados estuvieron representados al menos por dos visiones distintas: en primer lugar, la de los promotores del Proyecto Bolivariano liderado por el Presidente Chávez, de carácter “revolucionario y pacífico”, que perseguía romper con los postulados (neo) liberales que hasta ese momento predominaban en la política pública. En su lugar se aspiraba una sociedad más justa – igualitaria y humana-, para lo cual era necesario cambiar el marco constitucional del Estado Democrático y Representativo con la intención de “liberar” a la sociedad venezolana de la exclusión, la pobreza y las desigualdades; males atribuidos a la degradación de los poderes tradicionales desde el punto de vista de su legitimidad y desempeño. La segunda visión, proveniente de sectores favorables a cambios progresistas -partidos, empresarios, organizaciones de sociedad civil- que participaron en el debate y los cuales postulaban una reforma estructural de las instituciones para fortalecer la democracia desde el punto de vista de la inclusión y la participación, y el reconocimiento constitucional de garantías públicas a los Derechos Humanos en todas sus dimensiones.

En la nueva Constitución se adopta el concepto de “Estado Democrático y Social, de Derecho y de Justicia”, con el cual se avanzó significativamente en el reconocimiento de los derechos sociales en términos de bienestar, calidad de vida e igualdad de oportunidades protegidos y garantizados en la norma constitucional como obligaciones del Estado bajo principios de igualdad, universalidad, indivisibilidad y progresividad.

Además, en la nueva Constitución se consolidó el modelo federal de la República y dentro de éste el carácter concurrente y cooperativo de todos los poderes públicos -

nacional, estadal y municipal- en la satisfacción de los derechos sociales. Igualmente,

se reafirmó el carácter descentralizado de la organización del Estado y del Gobierno.,

estableciendo deberes de estados y municipios con la gestión descentralizada de servicios sociales transferidos desde el poder nacional y la participación de la sociedad organizada.

Asimismo, la Constitución contempló un capítulo dedicado al régimen económico y a las funciones del Estado en la economía. En este capítulo se establece que la economía tiene un papel político en la construcción del proyecto de país, adoptando los principios de justicia social, democratización, eficiencia, libre competencia, protección del ambiente, productividad y solidaridad. La economía tiene carácter mixto (público-privado), entendiendo por ello que el Estado y la iniciativa privada deben generar en forma conjunta fuentes de trabajo, alto valor agregado nacional, mejor nivel de vida de la población y soberanía económica.

El nuevo modelo de Estado y de gobierno que se construiría a partir de la Constitución de 1999, tendría expresión concreta en el Plan de Desarrollo Económico y Social 2001-2007. Dicho plan contemplaba cinco ejes temáticos vinculados con igual número de áreas estratégicas: el eje económico, cuyos propósitos eran desarrollar una economía productiva, democratizar el capital y reducir la dependencia de la renta petrolera; el eje político, cuyos propósitos incluían la profundización de la democracia mediante una mayor distribución del poder y la participación protagónica de la ciudadanía en las políticas públicas; el eje social, cuyos objetivos se centraban en el rescate de los derechos sociales, la generación de empleos y la redistribución de la riqueza y el ingreso; el eje territorial que proponía la diversificación económica en función de las potencialidades de cada región y; el eje internacional, en el cual se destacaban como hitos la integración latinoamericana y el posicionamiento del país en la economía internacional.

En la práctica, estas aspiraciones políticas, sociales y económicas establecidas en el Plan de Desarrollo se vieron truncadas frente a enfoques y medidas de gobierno que incumplieron sistemáticamente las garantías constitucionales, generando retrocesos en vez de avances en las condiciones de vida de la población. Poco a poco se fue revitalizando el tan criticado “rentismo”, el país se hizo cada vez más dependiente de los ingresos petroleros y el estatismo económico y social convirtió en utopía la diversificación económica, la redistribución del poder y la profundización de la democracia. El Estado omnipotente adquirió mayor vigencia que nunca.

Caracterizando el enfoque de desarrollo

El Estado omnipotente: la sociedad

contraproducente asimetría en la relación Estado-

En Venezuela, desde que la producción petrolera alcanzó niveles significativos, se instauró un esquema de crecimiento económico conocido bajo la denominación de modelo “rentista” o de capitalismo rentístico, con una característica bien particular: la propiedad primigenia que da origen a la renta (en este caso, los hidrocarburos) reside en el Estado y es éste quien administra su distribución entre los distintos sectores, ámbitos y segmentos poblacionales del país. Dentro de este esquema, el desarrollo del país ha sido financiado- con criterios que variaron de un gobierno a otro-con recursos que no fueron producidos por la misma sociedad.

El capitalismo rentístico estatal, sobre todo a partir de 1958 con la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y la instauración de la democracia, hizo posible la emergencia de un Estado de bienestar social. Este nuevo rol del Estado fue asimilado por la población a partir del proselitismo de los partidos políticos y de la participación efectiva de buena parte de la sociedad en los beneficios derivados del reparto de la renta. En este sentido, las políticas públicas adquieren la función de “legitimación política” del gobernante y/o partido de turno.

En síntesis, la propiedad estatal sobre los recursos petroleros, así como el control del mismo Estado sobre la administración de los excedentes rentísticos, dio como resultado un Estado omnipotente que impuso, de facto, una relación de dominación sobre la sociedad y su ciudadanía, pues no depende de ésta para su funcionamiento. Una dominación que se ha expresado, y se sigue expresando, en las distintas esferas de la sociedad: económica, política y sociocultural. Dentro de este contexto, los partidos o grupos que acceden al gobierno se convierten en dominantes pues tienden a utilizar los recursos públicos en beneficio de su parcialidad política o de intereses particulares.

Bajo este esquema, la sociedad y sus actores, también se han debilitado en términos absolutos. Su tácita aceptación de su vínculo de subordinación y dependencia para con el Estado y los grupos políticos que acceden al gobierno, se ha expresado en la permanente aspiración de beneficiarse de la renta petrolera y de sustentar un poder de compra no respaldado con capacidades propias para producirlo. Esta situación no solo ha reducido su capacidad de producción social, sino que además, ha inhibido procesos de madurez democrática y de cohesión social necesarios para pedirle cuentas al Estado sobre sus actuaciones y exigir la garantía de los derechos económicos, sociales y políticos constitucionalmente consagrados.

Es este modelo el que Chávez prometía cambiar a partir de su llegada al poder en 1999. Sin embargo, en la medida en que su poder político crecía y Venezuela entraba en un nuevo ciclo de bonanza petrolera, la intención inicial fue diluyéndose y la tentación de controlar, por medio de la renta, todos los estamentos de la sociedad y del Estado, fue consolidándose como forma de impulsar un proyecto hegemónico y personalista. En la praxis, el gobierno actual no ha hecho más que profundizar el modelo estatista, clientelar, rentista y populista que se comprometió a disolver, con varios agravantes si se le compara con las prácticas gubernamentales que le precedieron. Un gobierno sin contrapesos institucionales y políticos; la cooptación de la Fuerza Armada; sus tendencias al autoritarismo y al control absoluto de los actores políticos, económicos y sociales clave y; lo que ninguno de los gobiernos anteriores se atrevió a hacer: “partidizar” la estatal petrolera (PDVSA), colocándola al servicio de su propio proyecto político.

Paradójicamente, y con recursos petroleros mermados a partir de la crisis económica mundial iniciada en 2008, y mal administrados, están emergiendo nuevamente las condiciones que desestabilizaron la democracia desde finales de los 80’: los males del “rentismo”.

La regresión democrática

Pérdida de independencia/autonomía de los poderes públicos

El proyecto revolucionario por el que transita Venezuela, encarnado en el Socialismo del Siglo XXI, ha implicado la sumisión al Ejecutivo, de los poderes ciudadano

(Contraloría General de la República, Fiscalía General de la República, Defensoría del Pueblo), Judicial (Tribunal Supremo de Justicia), legislativo (Asamblea Nacional) y Electoral. Aún cuando la relativa autotomía de los poderes públicos ha representado una constante histórica dentro del proceso democrático venezolano iniciado en 1958 (por la decisiva influencia de los partidos políticos en la escogencia de los magistrados del Poder Judicial), la pérdida cuasi-absoluta de dicha autonomía constituye un fenómeno nuevo. En el actual sistema político venezolano absolutamente todos los poderes son ejercidos por funcionarios identificados con el proyecto revolucionario y, específicamente, con el Presidente de la República. El Jefe de Gobierno concentra así un poder que carece de controles efectivos puesto que la designación de las autoridades de las instancias formalmente encargadas de realizar dicha supervisión depende, en prácticamente todos los casos, de la decisión presidencial. Como consecuencia directa de lo anterior, la praxis política de todos los poderes, exalta el papel del “Líder Único” e impregna a la sociedad venezolana con una especie de culto a la personalidad, característica de regímenes pseudo-democráticos con tendencias al autoritarismo y de los “liderazgos mesiánicos”. Los/as diputados/as de la Asamblea Nacional, mayoritariamente oficialista, en su función de representación, no responden a los requerimientos de la población que los/as eligió; de la misma manera, aprueban cualquier ley que el Ejecutivo “someta a su consideración” y confiere de manera frecuente- y sin razones que lo ameriten- poderes extraordinarios al Presidente para legislar, utilizando recursos como la “habilitación legislativa” y el procedimiento de la “urgencia parlamentaria” para obviar la consulta ; su función de controlar las actuaciones del Ejecutivo no se ejerce y las formales rendiciones de cuenta que anualmente presenta el Presidente al parlamento, se transforman en meras arengas políticas. El sometimiento del máximo órgano legislativo al Ejecutivo Nacional, en la figura del Jefe de Estado, es reconocido-y por demás justificado- por los/as propios/as asambleistas.

Caso similar se observa en el Sistema Judicial. El Tribunal Supremo de Justicia avala con frecuencia actuaciones, cuerpos normativos y leyes que transgreden la Constitución Nacional y declara improcedente la gran mayoría de los recursos de nulidad que se introducen para revocarlas. Junto con la Fiscalía General de la República, ha “institucionalizado” la criminalización de la protesta y de la disidencia política. El hecho de que la mayoría de los jueces (aproximadamente el 70%) sean provisorios (por lo que pueden ser removidos sin mayor problema), posibilita colocar la justicia al servicio de un proyecto ideológico. Es frecuente la destitución de jueces por dictámenes que contrarían los designios del Ejecutivo Nacional. Por otra parte, declaraciones y sentencias de los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia han dejado en claro la posición de dicho órgano en temas sensibles como la separación de poderes y la independencia de la Constitución a un proyecto ideológico, y el desconocimiento de la prevalencia de tratados internacionales que en materia de derechos humanos fueron suscritos por la República.

En los órganos del Poder Ciudadano (Contraloría General de la República, Fiscalía General de la República y la Defensoría del Pueblo), la situación no es distinta. La Fiscalía, plagada de funcionarios/as provisorios (de libre nombramiento y remoción),

ha actuado frecuentemente con abierta parcialidad con respecto a las actuaciones y decisiones del Ejecutivo Nacional; en su accionar ha sido común la apertura de investigaciones y acusaciones formales que dicho Órgano ha llevado ante los tribunales, y que han tenido como destinatarios a personalidades políticas disidentes, medios y formadores de opinión independientes que les son incómodos, por diversos motivos, al presidente de la República y a su proyecto político. Lo mismo puede decirse de la Contraloría General de la República; sus debilidades para investigar y procesar innumerables casos de corrupción administrativa, entra en contradicción con la diligencia demostrada al momento de “aportar” su grano de arena al proceso revolucionario.

La Defensoría del Pueblo, Órgano encargado de proteger los derechos ciudadanos, ha tenido un peso marginal en el funcionamiento de la institucionalidad democrática. Sin embargo, su posición frente a los abusos de poder-que a menudo han cercenado derechos políticos, sociales, económicos y civiles de la ciudadanía- ha sido, en la mayoría de los casos, la de alinearse a favor de las actuaciones del ejecutivo-u otros poderes- mientras que en otros pocos ha optado por inhibirse o autocensurarse.

La falta de separación de los poderes debilita enormemente la misma institucionalidad democrática y socava peligrosamente el Estado de Derecho; de la misma manera, se cierran las puertas al pluralismo, al debate y al diálogo y se compromete el principio de la alternancia. El desorden social y la impunidad reinante como resultado del inequitativo acceso a la justicia emergen, entre otros factores, como causales de la situación de violencia e inseguridad que vive la sociedad venezolana.

El Poder Electoral, como parte del Poder Ciudadano, dista mucho de ser imparcial. En este sentido, también es víctima de la cuestionada separación e independencia de los poderes. La misma conformación del Consejo Nacional Electoral, en el que desde 2003 hay una mayoría de miembros que simpatizan con el gobierno, compromete la competencia democrática en igualdad de condiciones. La parcialidad del máximo ente comicial a favor del gobierno y su proyecto político, ha sido un denominador común en los distintos comicios electorales, y se ha expresado de diversas maneras:

postergación discrecional de procesos electorales específicos; negaciones reiteradas de solicitudes provenientes de organizaciones políticas opositoras; complacencia-falta de control- frente al uso ilegal de los recursos públicos por parte del oficialismo para fines proselitistas; retardos innecesarios y - desde todo punto de vista cuestionables- en la oficialización de resultados y; permitir el uso ilegal de “cadenas presidenciales” con fines de propaganda electoral, entre varias otras. Esta situación, combinada con actuaciones ilegales e inconstitucionales de otros poderes públicos e instituciones del Gobierno Nacional, terminan configurando un cuadro de claro ventajismo electoral que vulnera el principio de “elecciones limpias, transparentes y en condiciones de igualdad” y que, además, limitan la alternabilidad y obstaculizan procesos de profundización democrática.

La Ausencia del dialogo: el pluralismo perdido

La sociedad venezolana se encuentra frente a un modelo político “colonizado” por un partido (PSUV) que asume, implícitamente, ser una misma cosa, no solo con relación al gobierno, sino con el Estado mismo, delegando en la figura presidencial la toma de decisiones en todos los ámbitos de la vida nacional, sin que dichas decisiones puedan verse restringidas por controles institucionales ni por los límites establecidos por la Constitución y las Leyes. Adicionalmente, el partido, el gobierno y el Estado, que forman parte de un todo confuso, son- y por demás dependen de- un solo hombre. El Presidente es el Estado, el Gobierno y el Partido. En este contexto de hipercentralización del poder de carácter personalista y fundamentada en un proyecto hegemónico cualquier disidencia, cualquier crítica, es considerada explícitamente como una amenaza a dicho proyecto, y quien ose asumir tales posturas-personas, grupos, partidos, gremios, etc.- son descalificados, perseguidos y, en el menor de los casos, simplemente ignorados. No hay adversarios políticos, solo existen enemigos. Esta práctica, que ignora la pluralidad como elemento esencial de la democracia, impide ciertamente el diálogo y la institucionalización de espacios de interlocución con la sociedad, con los actores sociopolíticos y con los niveles subnacionales de gobierno, tal y como lo impone la misma Constitución de 1999. La polarización es la expresión fáctica de una estrategia deliberadamente impuesta por el gobierno. Ciertamente, la oposición, así como otros actores de la sociedad, radicalizaron también sus posiciones y entraron en el juego del gobierno, provocando situaciones peligrosas para la gobernabilidad democrática. La estrategia polarizante, cada vez más vigente, produce sectarismo, intolerancia y ausencia de diálogo. La polarización también acarrea otros efectos negativos como:

el predominio de la afinidad ideológica sobre los intereses nacionales al momento de establecer relaciones con otros gobiernos y, en general, en la conducción de la política exterior; plantea severos desafíos para la democracia venezolana, al producir conflictos de mucha intensidad entre actores políticos, sociales y económicos; e impregna la ciudadanía venezolana de una visión estrecha y estereotipada de tipo “nosotros-ellos”, acompañada de comportamientos sectarios y excluyentes: se aceptan las personas del “mismo grupo” y se rechaza el resto de manera radical. Esta visión restringida imposibilita identificar intereses y objetivos comunes pues se da por sentado que no existen y; penetra los más diversos segmentos y sectores de la sociedad también dividiéndolos: las universidades, las iglesias, las organizaciones sociales, los sindicatos y hasta las familias y; ha fomentado una suerte de apología al odio que obstaculiza la convivencia pacífica y democrática.

Regreso al militarismo

La calificación del “proceso revolucionario” como de movimiento cívico militar, desde los albores del “Chavismo” en 1999, ya presagiaba una predilección del actual Presidente de la República por la Fuerza Armada, como epicentro de su poder político. Es clara la arquitectura del poder “chavista”, fundamentada tanto en la Fuerza Armada tradicional, como en la conformación de milicias o grupos de civiles armados,

y no (como lo requeriría la ortodoxia leninista), en un partido civil ideológicamente cohesionado. Un número importante de militares activos y retirados ocupan cargos altos y medios en el gobierno (cargos históricamente ocupados por civiles) y efectivos de los distintos componentes han asumido roles protagónicos en la planificación, coordinación y ejecución de programas del Ejecutivo. De la misma manera, componentes como la Guardia Nacional y el Ejército han sido utilizados indebidamente para enfrentar manifestaciones y protestas (muchas de éstas pacíficas) en lugar de fuerzas policiales de naturaleza civil. La Fuerza Armada Nacional es asumida (y a menudo se asume) como parte del proyecto político que lidera el presidente, contraviniendo expresamente el mandato constitucional y debilitando el control civil sobre el militar, situación del todo negativa desde el punto de vista democrático. En cierta forma se ha venido configurando en el país, gradual y sostenidamente, un proceso de “militarización” del gobierno y de la sociedad, a través de un conjunto de desarrollos doctrinarios y legislativos que desembocaron finalmente en la reforma de la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas Nacionales del año 2009. En esta reforma se conjugan dos elementos: el control del presidente-y de su proyecto- sobre el estamento militar y la formalización de la simbiosis “cívico- militar”. Entre las consecuencias de esta ley, inconstitucional, podrían mencionarse las siguientes: “Partidiza” tanto los temas de seguridad y defensa como a la misma Fuerza Armada; debilita el control civil sobre la Fuerza Armada y concentra el poder de su control en el Presidente de la República; el diseño de las políticas de seguridad y defensa se encuentra en manos de una élite de exmilitares que responden a un proyecto político concreto; los Componentes ya no son “Nacionales” sino “Bolivarianos”; obligan al sector militar a plegarse al Proyecto del Socialismo del Siglo XXI, lo cual contraviene lo establecido en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 2009; se elimina la separación entre lo civil-político y lo militar; incorpora la concepción de una fuerza armada socialista, derivación de la concepción política del poder de Norberto Ceresole: unidad “pueblo” y militares y su vínculo con un caudillo líder; también se establece una fuerza armada paralela: La Milicia Bolivariana emerge como 5º componente, con funciones como “establecer un vínculo permanente entre la FANB y el Pueblo”, “Apoyar a los Consejos Comunales y conformar los Comités de Defensa Integral” y “Organizar y entrenar la Milicia Territorial y los Cuerpos de Combatientes, adscritos a órganos del sector público y privado”. En otras palabras, se militariza la sociedad y se introduce formalmente en la política de seguridad y defensa el concepto de amenaza interna, vale decir, la necesidad de defender el proyecto político frente a “enemigos internos”, que en este caso estarían representados por la disidencia política.

Los derechos humanos: ¿Qué tan amplio es su acceso?

A pesar de que la Constitución de la República Bolivariana de 1999 profundiza – en términos de calidad y cantidad- el tema de los derechos humanos, diversas leyes y prácticas gubernamentales han venido configurando una realidad en la cual el ejercicio de tales derechos es cada vez más restringido. Y no podía ser de otra manera. Un proyecto hegemónico y personalista, como el anteriormente descrito,

entra en profundas contradicciones con el “Estado Social de Derecho y de Justicia” y con el modelo de descentralización del poder enfocado en los derechos humanos propuesto en la carta magna. Más aún, los mismos rasgos descritos constituyen violaciones a los derechos civiles y políticos. Es en este marco, donde las restricciones a la libertad de asociación, las amenazas que se ciernen sobre la libertad de expresión, la criminalización y judicialización de la protesta y la disidencia, el desconocimiento a la libertad sindical y el control sobre la participación ciudadana, pasan a formar parte del paisaje político venezolano.

Aun cuando en el país no pueda hablarse de ausencia de libertad de expresión, el gobierno ha venido instrumentando una práctica “sutil” dirigida a los medios independientes, a fin de inducirlos a la autocensura; esta práctica le permite al régimen mantener una suerte de aparente libertad. Por otra parte, el Estado cuenta con un significativo número de medios que siguen la línea gubernamental y, más allá de esto, el Presidente recurre frecuentemente a las denominadas cadenas nacionales, que obligan a todos los servicios de radio y televisión a transmitir la señal del canal del Estado. Por otro lado, tal y como se mencionara con anterioridad, la descalificación, el hostigamiento y la criminalización de la disidencia y la protesta, se han transformado en prácticas recurrentes. Se aplican instrumentos legales como el Código Penal o la Ley Orgánica de Seguridad de la Nación y se utilizan al Ministerio Público, a los jueces de control y a las fuerzas del orden como instrumentos de represión de la lucha social. A menudo, es el propio Presidente de la República el que ordena públicamente la represión de cualquier manifestación disidente

De igual manera, la libertad de asociación se encuentra seriamente amenazada por averiguaciones administrativas, desalojos y expropiaciones, y los intentos de suplantar asociaciones autónomas por organizaciones paralelas de carácter para estatal. Prácticamente, ningún sector de la vida nacional ha estado exento de esta estrategia gubernamental, desde el cultural y social, hasta el sindical y empresarial. Esta tendencia a eliminar, suplantar o controlar las diversas manifestaciones de la sociedad civil para imponer un proyecto hegemónico, ha sostenido la tesis de no pocos estudiosos del tema en torno al carácter autoritario del proceso revolucionario. En los casos del sindicalismo y del empresariado, aun cuando la creación de una institucionalidad paralela para suplantar las organizaciones tradicionales y más representativas no ha logrado los resultados deseados por el gobierno, sí las ha debilitado.

El intento de desarrollar medios de control social, más allá de los grupos de interés socioeconómicos, también se han hecho evidentes. Entre éstos, dos son los que más preocupan desde la perspectiva democrática: la cooptación de los movimientos y organizaciones comunitarias mediante la conversión de los mecanismos institucionalizados de participación (como por ejemplo, los Consejos Comunales), en prolongaciones del gobierno con fines de control político y social y; la persecución, hostigamiento y judicialización de todo un conjunto de organizaciones no gubernamentales nacionales, de larga y reconocida trayectoria en la defensa de la democracia y los derechos humanos, mediante el argumento de que son financiadas

por organismos e instancias de cooperación internacional y que formarían parte de una estrategia deliberadamente orquestada por el imperio estadounidense y sus aliados para desestabilizar al país y frenar los avances revolucionarios.

En cuanto al primer caso, paradójicamente, la democracia participativa, considerada nacional e internacionalmente como proyecto bandera del gobierno bolivariano, ni siquiera en sus inicios pudo librarse de los intentos oficialistas por controlarla y ponerla al servicio del clientelismo político. Primero fueron los círculos bolivarianos, ensayos de una suerte de “Comités de Defensa de la Revolución”, y luego las misiones sociales, que más allá de sus beneficios a la población, fueron utilizadas con fines proselitistas. Sin embargo, estos primeros intentos de control social fueron revistiéndose con un “ropaje” legal, a través de recientes desarrollos legislativos entre los cuales destacan la Ley Orgánica de los Consejos Comunales (2009), el Proyecto de Ley Orgánica de Participación y Poder Popular (2009) y la Ley del Consejo Federal de Gobierno (2010). En esencia, se trata de leyes que con el pretexto de facilitar la participación, se encargan de normarla en función a los intereses político- ideológicos del Gobierno Nacional, orientándola hacia la construcción de un modelo socialista; persiguen, en última instancia, condicionar y controlar la iniciativa colectiva, contraviniendo el espíritu de la democracia participativa establecido en la Constitución. En cuanto a las organizaciones nacionales e independientes de derechos humanos, durante los últimos años se ha venido instrumentando una verdadera campaña en su contra, que incluye su persecución, descalificación y hasta judicialización por parte de importantes voceros gubernamentales y de funcionarios pertenecientes a distintos poderes públicos. Las ONG más afectadas son las de mayor visibilidad y credibilidad, tanto en el plano internacional como nacional; la verdadera intención del gobierno ha sido acallarlas, dadas sus constantes denuncias a la violación de derechos humanos en el país y que han servido de insumos para la elaboración de informes emitidos por instancias internacionales de derechos humanos, como es el caso de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En este caso, las actuaciones de los poderes públicos representan una flagrante violación a la libertad de asociación y a los convenios y pactos suscritos por la República.

De acuerdo con los análisis realizados en los segmentos anteriores, la democracia venezolana se encuentra en franco deterioro y su desempeño contrasta de manera abierta, y en la mayoría de sus aspectos, con el modelo contenido en la Constitución de 1999, tal y como se resume en el siguiente cuadro:

Democracia en el marco de la Constitución de 1999

Democracia en ejercicio

Existencia de elecciones competitivas, libres y justas

Comicios mayormente libres y limpios, pero en condiciones de clara desigualdad. El ventajismo electoral del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) resulta abrumador (Utilización de

 

recursos públicos para fines proselitistas sin control alguno, poder electoral dominado por simpatizantes del proceso

marco institucional-legal favorable al gobierno).

y

Predominio del debate y del diálogo plural como forma de dirimir conflictos y conciliar intereses

Existe un limitado espacio político para

el

debate; sin embargo, la polarización y

sus consecuencias en términos de sectarismo, intolerancia, exclusión y criminalización de la disidencia, niegan el pluralismo democrático y

 

restringen severamente el diálogo entre los actores. Un grupo político domina el sistema y cierra cualquier posibilidad de acuerdos con sus adversarios.

Separación

e

independencia

de

los

Actuaciones de los poderes judicial, ciudadano y legislativo severamente influenciadas por el Presidente y su partido. Los controles sobre el Ejecutivo son sumamente débiles. Se personaliza el Estado. Fuerza Armada al servicio de un proyecto político.

poderes públicos

 

Actuación de los poderes apegada a la Constitución y las leyes

Poderes públicos incumplen con frecuencia los principios de la Constitucionalidad y legalidad, bien sea con fines políticos o bien para favorecer intereses grupales. Estado de derecho severamente amenazado.

Participación social amplia y autónoma

 

Cambio progresivo de una democracia participativa a una democracia “revolucionaria”, donde la participación es excluyente y está supeditada a los objetivos de un proyecto político.

En resumen, la democracia venezolana podría tipificarse como de “delegativa”, de acuerdo a la clasificación propuesta por Guillermo O’Donnell, caracterizada por: el predominio de una visión centralista y personalista en la conducción del proceso político, donde un liderazgo único- generalmente visionario o mesiánico-decide y actúa con pocos controles y la participación política- aun pudiendo ser masiva-es controlada o cooptada y; el uso plebiscitario de los mecanismos de participación electoral. En el caso venezolano, las condiciones de desigualdad que imperan en los procesos electorales y el sesgo militarista del mismo régimen político, serían los aspectos de diferenciación entre el “chavismo” y la clásica definición de democracia delegativa.

La descentralización truncada

La Constitución de la República Bolivariana de 1999, vendría a reafirmar la descentralización como modelo de gobierno, destacando sus bondades administrativas, políticas y sociales.

Sin embargo, el proyecto político del Presidente Chávez, fundamentado en el ejecutivismo, personalismo y concentración del poder, pronto entró en profundas contradicciones sobre el significado y alcance de la descentralización definidos en la carta magna. Es así como la descentralización transita por una primera fase de estancamiento (1999-2002) para después retroceder y abrir caminos hacia la re- centralización como política de Estado.

Esta política re-centralizadora ha venido manifestándose a través del hostigamiento y obstaculización de gestiones subnacionales regentadas por la oposición política; de retardos en el otorgamiento de recursos que por ley el Ejecutivo Nacional, a través del Ministerio del Poder Popular para las Finanzas, debe transferir a estados y municipios; de la judicialización de gobernadores y alcaldes electos con la finalidad de destituirlos “legalmente” de sus cargos y; de desarrollos legislativos que modifican el ordenamiento territorial y merman sensiblemente las competencias de los poderes públicos estadal y municipal.

Los principios y mecanismos institucionales de coordinación entre los tres niveles de gobierno (Nacional, Estadal y Municipal), o no se cumplen (caso de los Consejos Estadales de Coordinación y Planificación de Políticas Públicas) o fueron tergiversados por leyes inconstitucionales que subordinan los poderes estadales y municipales al Poder Nacional (Por ejemplo, la Ley del Consejo Federal de Gobierno de 2010). Cuando se trata de mandatarios regionales y locales oficialistas, el Presidente simplemente ordena; cuando dichos mandatarios son de oposición, los ignora, amenaza o les impone decisiones.

Estas prácticas y desarrollos legislativos representan claros atropellos a la Constitución vigente y un importante retroceso democrático, que se expresa de diferentes formas:

el debilitamiento sistemático del poder político de los factores de oposición y por ende, del pluralismo democrático; el desconocimiento de la voluntad popular, que mediante el derecho al voto, eligió gobernadores y alcaldes con mandatos y competencias para resolver problemas de índole local y estadal; el desmejoramiento de la eficacia, pertinencia y eficiencia de las políticas, programas y servicios (asociados estrechamente con la garantía a los derechos sociales instituidos) y; la obstaculización de la participación ciudadana mediante el cierre o cooptación de los espacios naturales en los cuáles ésta podría ser más efectiva.

Los derechos sociales: ¿la garantía perdida?

Sólo entre los años 1999 y 2001, las instituciones de gobierno intentaron llevar a cabo reformas para cumplir con el mandato constitucional que ordenaba la gratuidad,

universalidad, descentralización y equidad de los sistemas de salud, educación y seguridad social, lo cual incluyó la reestructuración de algunos ministerios del sector social para recuperar sus capacidades de rectoría. Entre los años 1999 y 2003 el país estuvo sometido a fuertes fluctuaciones económicas de origen externo y a una aguda conflictividad política interna (Paro petrolero, el intento de golpe de estado de 2002 y la continuación del conflicto político hasta 2003). En este escenario, las reformas y planes sectoriales en el campo social no se llevaron a cabo.

Los órganos de gobierno dejaron de formular políticas públicas ante los problemas sociales, para abundar en lineamientos generales invocados en nombre de la revolución y ofrecer constantes planes o programas de carácter asistencial. El crecimiento des regulado de estos planes y programas creó a su vez problemas de ingobernabilidad en la gestión pública y el debilitamiento de las capacidades de las instituciones para enfrentar los problemas sociales de carácter estructural. Además, absorbieron gran parte de los esfuerzos de gobierno, incluyendo los nacionales, estadales y municipales, y con ello fueron desapareciendo actividades de planificación, inversión, gestión e información que alimentaban las políticas públicas.

En 2003, con el aumento de los ingresos petroleros, el comportamiento expansivo del gasto público se acentuó. En ese año, ante un ambiente político adverso en el que el gobierno tenía la posibilidad de perder un Referendo Revocatorio del Mandato Presidencial convocado por grupos de oposición, se iniciaron las Misiones Sociales. En cuestión de dos años el gobierno implementó 13 misiones sociales en diversas áreas sociales (educación, salud, alimentación, autogestión económica y hábitat urbano). Algunas de estas misiones alcanzaron coberturas de población considerables entre los años 2004 y 2006 en los sectores populares: alrededor de un 30% (7.2 millones) en la Misión Barrio Adentro y 53% en la Misión Mercal (12 millones). Tanto la disponibilidad de mayores ingresos en la economía como el uso expansivo del gasto público en las misiones, tuvieron un efecto conjunto de reducción de la pobreza económica.

Pero entre los años 2006 y 2007 comenzó a observarse el debilitamiento de estos programas. El hecho de constituir mecanismos de gestión pensados para intervenir en el tejido social con fines de carácter asistencial y político, y al margen de los controles ordinarios de las instituciones públicas, fueron agotando sus capacidades operativas. El debilitamiento y caída de las misiones se ha relacionado con tres factores: a) su paralelismo con relación a la institucionalidad social se convirtió en un obstáculo para su propia consolidación y estabilidad. La fragilidad de las misiones inviabilizaron su expansión y dejaron un enorme desgaste en las comunidades sin garantía real de sus derechos. El trabajo en las misiones se caracterizó además por incumplimiento de derechos laborales fundamentales como el derecho a un salario justo, la contratación colectiva, la libertad sindical y la huelga; b) la adhesión política al Presidente para recibir el beneficio de las misiones debilitó el propósito de universalizar los derechos sociales e invalidó los discursos de ética pública e inclusión social. Las misiones se llevaron al plano de la polarización y los fines sociales quedaron en un segundo plano, al igual que cualquier posibilidad de evaluación para mejorar su desempeño y eficacia. También desmejoró el acceso a la información e imposibilitó ejercer funciones de contraloría social y; c) el voluntarismo revolucionario, que imposibilitó transformar las misiones en políticas sostenidas y en sistemas de gestión estructurados. Comenzaron a mostrar fallas operativas y financieras

debido a: la estadía temporal de los médicos cubanos, la falta crónica de insumos, la baja calidad de materiales y facilitadores, locales improvisados, descoordinación y funcionarios eludiendo responsabilidades. Sus debilidades no permitieron sostener los esfuerzos ni provocaron cambios significativos en la situación social de los sectores a los que fueron destinadas.

La caída de las misiones se produce junto con el colapso de los sistemas públicos para atender las necesidades de alimentación, salud, educación, seguridad social y vivienda, y la reducción (y reorientación) del gasto público producto de la crisis global. La sistemática desatención a estos sistemas, mientras los esfuerzos de gobierno se concentraban en las misiones, provocaron el debilitamiento paulatino de sus capacidades de funcionamiento y un cuadro de agravamiento de los déficits sociales:

Extensa privación de servicios de salud públicos con la pérdida de al menos el 60% de las capacidades operativas de los hospitales debido a la ausencia de personal médico y problemas de infraestructura, dejando sin opciones a un 70% de la población –la mayoría de sectores populares- que no tienen un seguro médico ni ingresos suficientes para pagar por la atención.

Reducción de las matrículas de educación básica en el sistema educativo público por el deterioro e insuficiencia de infraestructura, y una cada vez más baja calidad de la educación, sumado al aumento del déficit de docentes . Se ha evidenciado un importante desplazamiento tanto de docentes como de estudiantes hacia la educación privada.

Contracción del empleo privado por el cierre de empresas, un sostenido sector informal de la economía y una precarización general de las condiciones de trabajo. Son comunes las contrataciones en el sector público que no cumplen con las regulaciones laborales. Hasta el presente la mayoría de los funcionarios tienen un promedio de 7 años sin discusión de nuevas convenciones colectivas y los sindicatos han sido fuertemente hostigados por el gobierno, así como cualquier acción de huelga en el sector público.

Mayor dependencia y desabastecimiento alimentario como producto de un vasto deterioro de la producción agrícola en el país, debido a la confiscación ilegal de propiedades privadas, prolongadas sequías y problemas de infraestructura no atendidos.

Deterioro generalizado del acceso a servicios públicos urbanos (agua, luz, aseo), vialidad y transporte público, así como un creciente ascenso del déficit de vivienda.

Toda esta combinación de situaciones, cedió el paso a una grave descomposición de la convivencia social, observada en un vertiginoso escalonamiento de las muertes violentas como nunca se había visto en el país. Las cifras de homicidio pasaron de 2.000 a 10.000 por año, llegando a un total de 19.133 muertes en el año 2009, afectando fundamentalmente a jóvenes entre 15 y 29 años de edad pertenecientes a sectores populares. A la vez, aumentaron los secuestros, los asesinatos por encargo y las muertes violentas en las cárceles venezolanas. Estos altos índices de violencia han sido atribuidos a mayores niveles de degradación institucional de los poderes públicos, en los que reinan la omisión y la impunidad ante la vulneración de los derechos

humanos, y a la creciente participación de los cuerpos policiales en actividades delictivas.

Los derechos sociales también se han visto afectados con la aprobación, en enero de 2008, del Segundo Plan de Desarrollo Económico y Social 2007-2013 (Primer Plan Socialista).

Con este instrumento, el gobierno abandona la idea de un desarrollo orientado hacia una mayor igualdad social y económica a través de garantías a los derechos sociales y adopta la de un desarrollo basado en la “ética socialista” y dirigido a lograr la “suprema felicidad social” mediante un sistema de producción económica de propiedad social, impulsado por individuos que sacrifican sus intereses particulares por los intereses colectivos, definidos por el Estado dentro de un proceso de planificación centralizada. Asimismo, se cambia el concepto de “democracia participativa” por el “democracia revolucionaria” definida como: “…la “verdadera democracia” en la que se entrega todo el poder originario del individuo a la comunidad y se produce una “voluntad general”, no representativa sino moral y colectivamente sustentada, que obliga a los asociados a conducirse por la justicia, la igualdad y la libertad del cuerpo político colectivo. El Estado garantiza el bienestar de todos por encima de la igualdad ante la ley y el despotismo mercantil”.

Todo un conjunto de leyes promulgadas bajo el paraguas del primer plan socialista, denominadas “Leyes del Poder Popular”, terminan por restarle autonomía a las

organizaciones sociales y a la ciudadanía en general, subordinándolas a las decisiones

de una autoridad centralizada en el Ejecutivo que dirige todo el Estado y asume todos

los poderes. Se crea una institucionalidad paralela, representada en comunas- en tanto organizaciones del Poder Popular- que se agregan para conformar distritos comunales, los cuales entran en contradicción con el ordenamiento territorial vigente y la división político-administrativa, y son controlados directamente por el ejecutivo. Son únicamente las Organizaciones del Poder Popular las reconocidas como “sociedad organizada” y “verdaderas detentadoras del poder originario del Estado”, es decir, titulares de la soberanía popular y destinatarias de las acciones de gobierno.

Además, se considera que todo esfuerzo humano y social está supeditado a las

necesidades colectivas, de tal manera que el Estado tiene el derecho de apropiarse de ese esfuerzo en nombre de la satisfacción de esas necesidades, definidas a través de actos administrativos. Esto es lo que se ha venido denominando “la estatización de lo social”. De esta concepción pueden derivarse formas de trabajo forzoso y la violación

a libertades económicas establecidas en la Constitución. Por otra parte se impone el

ejercicio de una contraloría social sobre las propias comunidades y el sector privado, bajo un criterio tan general como “todo aquello que afecte el bienestar común”, lo que tendría severas implicaciones discrecionales y desvía la vigilancia y el control del Estado hacia la sociedad. Adicionalmente, se prohíbe el financiamiento de las actividades contraloras, lo cual restringe severamente la defensa de derechos humanos por parte de organizaciones de la sociedad civil.

La creciente protesta frente a la estatización social ha llegado a considerarse en Venezuela un delito, por lo cual cerca de 3.000 personas han sido detenidas por haber manifestado y actualmente se encuentran sometidas a juicio bajo régimen de presentación en tribunales. De igual manera, se han extendido de manera alarmante las medidas arbitrarias y agresiones contra los medios de comunicación social privados y sus periodistas, así como las descalificaciones y amenazas contra organizaciones de la sociedad civil por su labor en defensa de derechos de las personas en diversos campos sociales, así como en contra de empresarios, partidos políticos y la iglesia católica por opiniones críticas a las conductas del gobierno.

En síntesis, este panorama ha impactado negativamente los derechos sociales, la integración y la autonomía social por distintas vías:

La garantía de diversos derechos sociales constitucionalmente consagrados no se está aplicando, bien sea por conductas omisivas de las instituciones públicas o bien por la indisponibilidad de sistemas públicos de bienestar.

Se está gestando un preocupante proceso de desintegración social, por las vías

la

de la desigualdad, la discriminación, la violencia, la impunidad y

participación condicionada por la adhesión al régimen político.

Se restringe la autonomía social, por el hostigamiento a la disidencia y la imposición de obstáculos para la organización y participación libre de la ciudadanía en las decisiones públicas.

La estatización económica: el desequilibrio de las relaciones entre el Estado y el mercado

El nuevo modelo económico que auguraba la Constitución de 1999, fue gradualmente anclándose en el tradicional esquema de la perpetuación del modelo de reparto y dependencia de la renta petrolera, controlado por un Estado omnipotente. Desde esta óptica, el Estado se erige también como propietario de los medios de producción. Esta posición no obedece a una lógica económica, sino a la lógica política de controlar todas las esferas y actores del Estado y la sociedad. Las premisas sobre las que se sustenta esta lógica son tan simples como preocupantes: a) El gobierno hace del conflicto su principal estrategia y profundiza su control sobre la renta petrolera para atenuar los costos de la confrontación; en este contexto, la reedición del modelo de reparto, bajo la hipótesis de que el ciclo de crecimiento de los precios se perpetuaría en el tiempo, constituye, desde su perspectiva, la mejor y más segura manera de mantener legitimidad popular aun en medio de la conflictividad política; b) la expansión del gasto público como forma de mantener la clientela política, exponiendo a la economía- y a la sociedad- a las pérdidas de bienestar que acarrea- en el marco de este modelo- las reversiones del ciclo de bonanza y; c) La profundización y sostenimiento de severos controles sobre la economía (de precios, de cambio, etc.), la imposición de condiciones cada vez más severas a la inversión privada, las expropiaciones y estatizaciones discrecionales y la imposición de

engorrosas normas y procedimientos para el emprendimiento, como parte de una estrategia de dominación y coerción sobre los agentes económicos privados.

Las consecuencias económicas y sociales de esta visión estatista de la economía ya son parte del paisaje venezolano; una economía cada vez más mermada, menos diversificada y más dependiente del petróleo; inflación crónica de dos dígitos, desabastecimiento, pérdidas sostenidas de fuentes de empleo productivo y bien remunerado y; la profundización de la relación de dependencia de la sociedad hacia el Estado.

La expansión del gasto público

A finales del año 2001 el precio del petróleo inicia un ascenso sostenido como parte del

boom de commodities más largo e incluyente de la historia para América Latina y el Caribe.

A partir de entonces, el gobierno da inicio a una expansión del gasto público y del otorgamiento de divisas en el contexto de una gran apreciación del bolívar y de tasas de interés reales negativas, impulsando el mayor boom de consumo de la historia contemporánea venezolana.

Como consecuencia de la existencia de un entorno sumamente adverso y riesgoso para la inversión privada, la expansión del consumo se concentró en importaciones y servicios ligados a éstas.

El crecimiento económico se detuvo con la caída del gasto público y del otorgamiento de

divisas, provocadas por el colapso en los precios de los commodities desatado por el estallido de la crisis financiera mundial.

La experiencia venezolana se distingue así de otros países de la región, fundamentalmente por presentar una mayor volatilidad en sus ingresos externos y fiscales y por exhibir una mayor prociclicidad en el gasto, lo cual la hace sumamente vulnerable a las fluctuaciones propias del mercado petrolero mundial.

Ciertamente, la volatilidad no es un fenómeno nuevo en Venezuela. Existen, sin embargo, diferencias cuantitativas y cualitativas importantes que distinguen al período 2005-2010 de los anteriores en al menos 3 dimensiones: disponibilidad y concentración de recursos financieros en manos del Ejecutivo; participación del Estado en la economía, incluyendo expropiaciones y; orientación ideológica.

Disponibilidad y concentración de recursos financieros

A partir del año 2005, el gobierno venezolano inicia la transformación de la arquitectura

financiera del Estado con el objeto de evitar la salida de capitales privados y permitir que dichos recursos puedan ser utilizados a discreción del Presidente de la República. La estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) retiene de los ingresos petroleros sólo las cantidades necesarias para atender sus obligaciones fiscales y financiar sus gastos operativos y de funcionamiento. El remanente es transferido mensualmente al Fondo de Desarrollo Endógeno (FONDEN) creado por el ejecutivo para: a) financiar proyectos de inversión en

la economía real, en la educación y en la salud; b) mejorar el perfil y saldo de la deuda

pública y; c) atender situaciones especiales y estratégicas. El Banco Central de Venezuela (BCV), por su parte, debe transferir de manera semestral al FONDEN las “reservas internacionales excedentarias”. De esta manera, entre los años 2005 y noviembre de 2010, el FONDEN recibió un total de 56.460 millones de dólares, 21.077 millones de PDVSA y 33.383 millones del BCV. Este monto equivale a una cuarta parte de los ingresos presupuestarios del Gobierno Central y puede ser manejado a discreción por el Presidente de la República. A esto se suma otra serie de fondos parafiscales como el Fondo Miranda, formado a partir de los gastos no ejecutados durante el ejercicio presupuestario y otros fondos binacionales (Venezuela-China, por ejemplo) que administran cantidades significativas de recursos financieros de manera poco transparente.

Con el objeto de maximizar los recursos administrados por estas vías, el Ejecutivo ha venido presentando –y la Asamblea Nacional aprobando- Leyes de Presupuesto con subestimaciones groseras de los ingresos, particularmente de los de origen petrolero a través de la estimación de precios significativamente inferiores a los esperados.

Participación del Estado en la economía

El Estado venezolano ha incrementado su participación en la economía a través del mantenimiento del control de cambios, del aumento en la cobertura de los controles de precios, de la aplicación de sanciones por supuestos incumplimientos sin apego al debido proceso y; a través de su participación en la producción bienes y servicios, en especial a través de la expropiación de empresas privadas.

El actual proceso de expropiaciones tiene sus inicios en el año 2002, con actuaciones

puntuales en áreas asociadas con la petroquímica y desarrollo agropecuario. Sin embargo,

a partir de 2007 el gobierno nacional asume esta práctica como política de Estado,

estatizando, entre otras, dos grandes compañías: La Compañía Anónima Teléfonos de Venezuela (CANTV) y la Electricidad de Caracas, al calificarlas como estratégicas para el desarrollo del país. Poco a poco, la ola de estatizaciones, expropiaciones y confiscaciones, fue extendiéndose a las más diversas áreas de actividad, sin que hubiese un motivo común que las justificase: haciendas productivas, siderúrgicas, empresas agroindustriales, desarrollos hoteleros, comercializadoras, operadoras privadas prestadoras de servicios a la industria petrolera, bancos, casas de bolsa, aseguradoras, fábricas de cemento,

metalúrgicas, procesadoras de lácteos y café, cadenas de supermercados y urbanizadoras, entre varias otras. De acuerdo con fuentes privadas, hasta el año 2010, el monto global de las expropiaciones podría ascender a 27,3 millardos de dólares, por lo que relativamente pocas empresas expropiadas han recibido la compensación estipulada en la Constitución y las Leyes.

En el sector financiero, el aumento de la participación el Estado en la economía ha sido particularmente notorio. Entre enero de 2007 y septiembre de 2010, los activos manejados por bancos del Estado como porcentaje de los activos totales del sistema han pasado de 11 a 32 por ciento.

90% de las empresas estatizadas dan pérdidas, han visto reducida su

capacidad de producción y requieren de inyecciones constantes de recursos para cubrir

Se estima que el

déficits crónicos. Como política de estado, las estatizaciones se enmarcan en la intención del gobierno por radicalizar la revolución y tiene como propósito político incrementar la concentración de poder, lo cual pasa, en este caso, por neutralizar la capacidad del sector privado para actuar con autonomía y recursos propios. En este contexto, el gobierno ha venido sistemáticamente hostigando la industria privada nacional. Según cifras del Consejo Nacional de la Industria (CONINDUSTRIA) durante los últimos 12 años el parque industrial privado en el país se ha reducido en un 36%, perdiéndose un total de 300.000 empleos productivos directos.

La economía sin rumbo

El grado de interrelación entre los factores mencionados (expansión fiscal, control del régimen cambiario, control de capitales, creación de fondos parafiscales, controles de precios y creciente participación del Estado en la economía, en el contexto de una expectativa de precios petroleros altos y crecientes) es sumamente alto; la efectividad de cada uno de los instrumentos de política depende de la acción del resto. En este sentido, su funcionamiento encuentra muchas semejanzas con la dinámica económica descrita por Dornbusch y Edwards en La Macroeconomía del Populismo en América Latina pero con acento socialista. Tal y como se comentó anteriormente, el aumento sostenido en los precios petroleros durante el período 2001-08 fue considerado por las autoridades como un cambio de carácter permanente y en la misma medida se expandió el gasto público. Los cambios en la arquitectura financiera del Estado, se orientaron a poner fin a la acumulación externa de origen privado y a reorientar estos recursos hacia un proceso de acumulación interna dirigida desde el Estado y de manera discrecional por el Presidente de la República. El control de capitales ha permitido mantener altos niveles de liquidez y tasas de interés reales negativas para financiar la expansión del crédito privado y público. La expansión del gasto público, el régimen de cambio múltiple y los controles de precios han servido para imprimir dinamismo a la economía y para mantener el poder adquisitivo de los estratos más pobres en particular. Los desequilibrios micro y macro originados por este manejo heterodoxo de la economía, conjuntamente con el discurso ideológico y los ataques a la propiedad, han generado un clima sumamente adverso para la inversión privada. Al mismo tiempo, sin embargo, han creado las condiciones propicias para continuar incrementando la participación del Estado en la economía.

Esta lógica económica ha convertido a Venezuela en el país con peores resultados económicos de América Latina en 2010. Mientras otros países reaccionaron positivamente frente a la crisis global iniciada en 2008, Venezuela continuó exhibiendo las consecuencias perversas de su enfoque de desarrollo económico: estancamiento, inflación de dos dígitos, incrementos importantes de su deuda pública y contracción del consumo, especialmente en los estratos socioeconómicos menos favorecidos.

II.- Escenarios Venezuela 2020

Escenario optimista: Volver al Futuro

La oposición venezolana, conformada por partidos políticos, organizaciones sindicales

y gremiales, organizaciones de la sociedad civil, formas asociativas de base de distinta naturaleza y fuerzas disidentes al interior del propio “chavismo”, comprendieron que

el

futuro del país pasa necesariamente por un proceso de conciliación nacional y por

la

refundación de un sistema democrático garante de las libertades, de la solidaridad y

de la justicia social. Bajo la bandera de la unidad, organizativa y programática, así como la defensa de la Constitución Nacional y de la institucionalidad democrática, lograron movilizar las fuerzas vivas del país y alcanzar la victoria electoral en 2012. Mediante la reconstrucción de reglas políticas para el diálogo, la pluralidad y el acuerdo, el nuevo gobierno de unidad nacional logra reestablecer la vigencia de la

Constitución de 1999. A través de un pacto de gobernabilidad, suscrito con representantes del “chavismo” en la Asamblea Nacional, se reeligieron nuevas autoridades en los poderes ciudadano, judicial y electoral, y se dejaron sin efecto desarrollos legislativos previos que restringieron los derechos sociales, económicos y políticos, subvirtieron el ordenamiento territorial constitucionalmente establecido y atentaron contra el carácter institucional, no político y no beligerante de la Fuerza Armada Nacional. Un ambicioso proceso de reforma del Estado, producto de un amplio acuerdo social y político, reestableció y fortaleció el modelo federal y descentralizado de gobierno, restituyó la autonomía e independencia de los poderes públicos, modernizó la institucionalidad democrática y redujo, significativamente, la dependencia fiscal del ingreso petrolero. En este contexto, la participación ciudadana libre y autónoma ha encontrado en las instancias subnacionales de gobierno canales adecuados para influir decididamente en los desarrollos local y regional y la sociedad organizada ejerce una eficaz contraloría sobre el manejo de la renta y de la industria petrolera, evitando su apropiación por parte de las élites gobernantes y/o grupos de interés económicos vinculados a las mismas. Una industria petrolera nacional despolitizada, reestructurada y fortalecida en sus capacidades de gestión, ha superado sus dificultades técnico-financieras y mediante convenios operativos ventajosos para

el país con empresas transnacionales, ha incrementado tanto su capacidad de producción como su competitividad en los mercados internacionales. Mediante estímulos a la inversión nacional y extranjera, se inició el desarrollo de la industria petrolera aguas abajo, en áreas como petroquímica y plástico, y se adelantó un ambicioso programa de sustitución de gasolina por gas, generándose un importante ahorro energético para la nación y un menor impacto ambiental. En un marco de libertades, donde el Estado asume su rol de garante de los derechos políticos, económicos y sociales previstos en la Constitución, el sistema de partidos, los gremios y la organización social se fortalecieron y transformaron en verdaderos contrapesos políticos. De esta manera se ha logrado cambiar la relación de fuerzas entre sociedad

y Estado, a favor de la primera, se concretó la democracia participativa y se

institucionalizó la rendición pública de cuentas. Como parte de una política de desarrollo concertada política y socialmente, el país transita gradual y sostenidamente

desde una economía estatizada y dependiente de la renta petrolera, hacia una

economía abierta, diversificada, basada en un sector privado fuerte y un Estado que instrumenta las regulaciones requeridas para corregir las distorsiones ocasionadas por el mercado. En 10 años, políticas de estímulo a la inversión privada nacional e internacional, el parque industrial del país se ha triplicado, generando empleos productivos y reduciendo significativamente la economía informal. Mediante estímulos fiscales y financieros, la pequeña y mediana empresa, junto con diversas formas asociativas de producción se han fortalecido e integrado, en cadenas productivas, al tejido industrial del país. El Estado, fortalecido institucionalmente, descentralizado y coordinado, con la participación de la sociedad civil organizada y el sector privado, desarrolla políticas de bienestar que reducen los niveles de exclusión social y pobreza, mejoran la distribución del ingreso y reducen los costos ambientales del crecimiento económico. Mediante la combinación equilibrada de una parte de los ingresos petroleros, de las cotizaciones de un sector laboral formal fortalecido y de aportes provenientes de un sistema tributario eficiente y progresivo, se ha logrado financiar, de manera sostenible, un régimen pensional digno y un sistema eficiente, universal y gratuito de salud pública.

Escenario pesimista: Pobre país rico

Se ha profundizado el talante autoritario del régimen, sobre todo después de una controvertida victoria en las elecciones presidenciales de 2012 (lograda mediante prácticas populistas sustentadas en precios del petróleo relativamente altos y un ventajismo electoral sin precedentes en la historia democrática del país) y frente a una oposición que no supo capitalizar el descontento social a través de una alternativa de cambio atractiva y creíble. La imposición y puesta en práctica de las denominadas leyes del “poder popular”, ha prácticamente institucionalizado el cierre de espacios para la participación plural y democrática. La participación quedó supeditada a grupos afectos al gobierno y al objetivo supremo de construir el socialismo del siglo XXI. Se han agudizado la inaplicación y/o quebrantamiento de garantías sociales, políticas y económicas. Las instancias del poder popular (Consejos Comunales, Comunas, Ciudades Comunales, Distritos Motores), han consolidado una suerte de institucionalidad paralela, subvencionada y cooptada por el Ejecutivo Nacional, que ha desvirtuado la razón de ser de los gobiernos estadales y municipales mermando significativamente sus competencias y recursos. Con instancias subnacionales como meras figuras decorativas y un Poder Popular con severas limitaciones de gobierno, la coordinación de políticas programas y servicios en las distintas dimensiones territoriales se ha hecho imposible; frente a este contexto, se ha agravado significativamente las crisis de los servicios públicos de salud, educación y vivienda, agua potable y electricidad y ha prácticamente colapsado la infraestructura urbana, interurbana y rural. La concentración de poder político en el Ejecutivo aunada a una economía estatizada, ha incrementado la dependencia de la sociedad a un Estado con severas incapacidades para satisfacer demandas sociales crecientes. Con partidos políticos, gremios-laborales y empresariales- y organizaciones de la sociedad civil, hostigadas, criminalizadas y reducidas en términos de sus capacidades de actuación, en un contexto de ausencia total de autonomía de los poderes públicos, se cierran espacios para salidas institucionales a las crisis. El extenso deterioro del acceso de la

población al bienestar, el empobrecimiento generalizado, la desaparición del Estado como garante de las libertades, la justicia y la convivencia y el uso arbitrario del poder público, han propiciado una conflictividad social de enormes proporciones, ante la cual el gobierno ha radicalizado las prácticas represivas en un intento por mantener su estabilidad en el poder. Ante la ineficacia gubernamental y una empresa petrolera con severas dificultades operativas y financieras, a pesar de precios relativamente altos del petróleo, el sistema político y económico colapsaron. Para el gobierno se ha hecho imposible seguir financiando la expansión sostenida del gasto público, así como continuar otorgando divisas a precios subsidiados y acudir a formas de endeudamiento sumamente costosas; el deterioro técnico-administrativo de la estatal Petróleos de Venezuela impide incrementos sostenibles de ingresos mediante la ampliación de su capacidad productiva. En un clima adverso para la inversión privada, el país se mantiene en la senda de la recesión económica en un contexto de crisis fiscales y externas, con tasas de inflación de dos dígitos, devaluaciones de la moneda y pérdidas progresivas del poder adquisitivo del salario. La escasez de alimentos y otros productos forman parte de la cotidianidad venezolana. Movilizaciones sociales de gran magnitud y presiones internacionales condujeron a la renuncia del Presidente de la República. Las fuerzas disidentes con el apoyo de la Fuerza Armada iniciaron un largo y tortuoso camino hacia la reconstrucción política, económica y social, mientras millones de ciudadanos siguen soñando en el país que pudo ser y no fue.