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ABU-LUGHOD, J.: Before European Hegemony. The World System A. D.

1250-
1350, New York, 1989.
http://www.scribd.com/doc/17839822/AbuLughod-Janet-Before-European-Hegemony

Segunda mitad del s XIII: momento remarcable en la Historia de la humanidad. Nunca


antes se había dado ese contacto entre regiones. Desde ss XI-XII se venía dando y llegó
a su apogeo a mediados del siglo XIII y principios del XIV
El papel de cohesión del mundo musulmán
No se daba algo así desde contactos entre China e Imperio Romano en primer siglo d.
C.

pp. 4-6:
Interesante la economía de ss. XIII-XIV por sí misma y porque no había un solo poder
hegemónico, de manera que contrasta con la hegemonía europea posterior. Por ello,
parece que las características de los sistemas mundiales no son invariantes. No hay una
sola forma de organizarse por las partes, como tampoco los sistemas mundiales son
estáticos.

p. 8:
Sistema mundial de 1250-1350: una parte sustancial del comercio eran productos
agrarios de gran valor como especias, pero la parte central del mismo eran bienes
manufacturados. Ello significa que la producción debía ser mayor que la de
autoconsumo, se producía un excedente para vender en el exterior y para producirlo es
necesario considerar la existencia de un proceso de trabajo más o menos avanzado.

Este comercio implicaba diversas comunidades de mercaderes con diferentes lenguas


(latín o griego, árabe, mandarín) y monedas (plata en Europa, oro en oriente y cobre en
China)
Llevaba años atravesar todo el sistema.
Si era “capitalismo moderno” y si era un “sistema mundial” es algo que ha de ser
establecido aún.

p. 9
El libro no pretende desarrollar discusiones sin fruto sobre los orígenes del “verdadero”
o del “moderno” capitalismo mundial, ni entrar en debates improductivos sobre cuándo
las economías tradicionales mundiales se metamorfosearon en el moderno sistema
mundial. Wallerstein (1974) distingue múltiples y ordinarias “economías mundiales” e
imperios desde el “moderno sistema mundial”. Aunque admite la existencia de imperios
mundiales antes del siglo XVI, todavía trata el moderno sistema mundial como si fuera
el primero. Pero no es más que uno de los más recientes que entran en la fraternidad.
Los historiadores han estado en desacuerdo tradicionalmente a la hora de datar el
nacimiento de la economía mundial capitalista (opuesta a la clásica) Incluso Marx era
ambivalente, en un momento rastrea el capitalismo hasta el siglo XIII y luego cambia de
idea y lo sitúa en el XVI. Estudiosos de la industria textil de Flandes del si

Una base empírica para distinguir entre períodos “tradicionales” y “modernos”


podría ser diferenciar sociedades organizadas hacia la producción para el mercado que
no separan propiedad del capital de la propiedad de la fuerza de trabajo respecto a las
sociedades que [p. 10] sí lo hacen. Pero un examen más cercano en esa dirección
muestra que esa distinción no se sostiene, pues el mercado libre y la monetización del
intercambio depredan por largo tiempo la “moderna producción industrial”, el trabajo y
comercio de esclavos persisten durante mucho tiempo en la era moderna, y
probablemente nunca hubo una sociedad urbana en la que los “propietarios” no
estuvieran libres de ello.
Otra distinción que suele hacerse sería entre la “revolución comercial” y la
“revolución industrial”, pero trazar la línea entre los dos podría ser demasiado arbitrario
y, en verdad, demasiado tarde. Desarrollo industrial en tiempos y lugares diferentes. El
nivel de desarrollo de la metalurgia china en el siglo XII no sería alcanzado en Europa
hasta el siglo XVI (Hartwell, 1966, 1967) y la tecnología para la fabricación del papel y
la imprenta en China no sería desarrollada en Occidente hasta muchos siglos después
(Carter, 1955, Needham, 1954-85, 1981). Aunque conocemos menos sobre el proceso
de producción en el Medio Oriente y Asia que en Europa, el hecho de que se producían
grandes cantidades de telas (algodón y lino en la región árabe, algodón y seda en la
India, seda en China) sugiere que las técnicas usadas para la producción deben haber
sido iguales a aquéllas en otras partes (como en Flandes) por la información que
tenemos.
Tampoco la escala nos permitirá diferencias el siglo XIII del XVI. Uno debe
reconocer que la escala de producción y comercio en el siglo XIII era menor de la que
prevalecía en el siglo XVI, aunque era mayor que en el XV. Pero difícilmente hay una
holgada diferencia en dichas medidas. En comparación con la escala internacional del
comercio actual, los intercambios del siglo XVI eran minúsculos. La comparación
importante no se da con el futuro, sino con el pasado. ¿Hubo un aumento significativo
en los intercambios en el siglo XIII? ¿Y unió aquello muchas áreas en desarrollo?
Muchos medievalistas claman que eso ocurrió. Los comentarios de López (1976: 93-94)
son bastante relevantes:
[…] p. 11
El mismo incremento radical en la escala del comercio internacional se observa en la
China Song. Mark Elvin (1973: 171-172) describe la expansión del comercio
internacional de China, haciendo notar que China exportaba:
bienes de hierro y cobre, porcelana, sedas, manufacturas de lino, productos químicos,
azúcar, arroz y libros, recibiendo a cambio especias y otros bienes exóticos. Parte de la
economía rural china llegó a estar directamente ligada a la producción del mercado de
ultramar.

Relativamente hablando, entonces, la escala en la Edad Media no difiere mucho


de la temprana era del “Capitalismo Moderno”, particularmente si reconocemos que la
tecnología no había cambiado drásticamente en el siglo XVI. Si no vamos a llegar a una
resolución determinada tecnológicamente de este problema, clamando que el período
“industrial” aparece cuando la energía inanimada es sustituída por la animada, debemos
abandonar el intento a priori de definir el sistema mundial, la modernidad, el
capitalismo, etc. hasta que usemos esos téminos —apropiadamente separados y
empíricamente medidos— para analizar momentos y lugares concretos en la historia.
De todos los comentarios que he leído, los de Fernand Braudel parecen ser los
más sensibles. Él admite que las economías mundiales existían en varias partes del
mundo antes del siglo XIII y que ciertamente una economía europea ha tomado forma
antes del siglo XVI, escogido como tan crucial por Wallerstein y por algunos escritos de
Marx. Argumenta que la Italia del siglo XIII tenía todas las instituciones capitalistas e
incluso la producción industrial, usando del trabajo asalariado libre, que podería
requerirse para clasificarlo como una economía mundial capitalista (Braudel, 1984: 79,
91)

p. 15:
LA INVENCIÓN DE LA MONEDA Y CRÉDITO

Italianos toman el mecanismo comercial existente de los musulmanes.

En las tres regiones los estados cumplían función importante en acuñación, imprenta y
garantía de las divisas. De hecho, la especie preferida antes del siglo XIII, en Europa y
Medio Oriente e incluso India, eran las monedas acuñadas primero por el Imperio
Bizantino y luego por Egipto. No fue hasta la mitad del siglo XIII que algunas ciudades
italianas (Florencia y Génova) empezaron a acuñar sus propias monedas de oro, pero
fueron usadas como suplemento más que para suplantar las monedas del Medio Oriente
en circulación.
En China, el dinero siguió una línea de desarrollo en cierto modo diferente.
Debido a la fortaleza del Estado (y a la preferencia por el cobre más que por el oro), la
conexión ficticia entre el valor y la moneda que lo representa se ve mucho más
transparente. La divisa tiene valor precisamente porque fue sustentada (y después
controlada) por el Estado. Esta conexión clara hace posible la introducción del papel
moneda en China en época tan temprana como los tiempos de los T’ang (siglo IX) y su
expansión posterior durante las dinastías Song y Yuan, aunque el papel moneda no
apareción en Europa hasta siglos después.
p. 16
El crédito, desde luego, es el paso intermedio entre moneda “dura” (en metálico) y papel
como oferta legal. Es importante hacer notar que los instrumentos de crédito
(esencialmente promesas de pago posterior y en otros lugares) fueron también altamente
desarrollados en el Medio Oriente y China mucho antes de que se convirtieran en
fundamentales en las transacciones comerciales de las ferias en Europa occidental.
Similarmente, el papel social del “banquero” se dio en el Oriente muco antes de
que apareciera en la forma de los bancos (“benches” or “banco’s”) de los mercaderes
italianos que los instalaban en las ferias comerciales de Champagne. Ocasionalmente,
los estudiosos occidentales señalan que las letras de crédito en cualquier lugar se daban
usualmente entre “propietarios” y sus agentes o factores en el exterior y que, al menos
en el caso de los comerciantes al por mayor del Medio Oriente y la India, incluyendo los
judíos, éstos se hallaban conectados por lazos familiares. Pero es importante recalcar
que en el comienzo, y por mucho tiempo después, los lazos que acordaron transacciones
en Europa fueron también de sangre. Las firmas familiares fueron en un comienzo las
formas originales de crédito bancario y, a través de los siglos medievales y más allá, las
casas de bancos (de los cuales los últimos Médicis de Florencia se convirtieron en el
más famoso ejemplo), fueron casas “familiares”. Esta institución continuó hacia el siglo
XIX, con las “casas” de los Rothschild e incluso Rockefeller tuvo bancos dedicados a
las finanzas internacionales.

MECANISMOS DE ACUMULACIÓN DE CAPITAL Y DISTRIBUCIÓN DEL


RIESGO
Para el comercio de larga distancia en particular, grandes cantidades de capital inicial se
requerían para comprar los bienes que debían ser embarcados para luego venderse.
Durante los largos viajes este “capital” era “asegurado” en bienes que debían o no
alcanzar sus destinos. Seis meses no era un período inusual de duración para el tránsito
y, de las naves que zarpaban llenas de mercancías de gran valor, algunas podían
hundirse y otras podían ser capturadas, con su valor perdido por completo o reducido
por las sumas necesarias para recuperarlas.
En el Medio Oriente había elaboradas técnicas de acumulación de capital entre
compañías (“partnerships”) o porcionando el beneficio sobre la base de fórmulas que
retornaban un cierto porcentaje al mercader anticipando los bienes (o el financiador
ofrecía el dinero por los bienes) y otro porcentaje para el socio que acompañara a los
bienes y viera su disposición en el punto de comercio (Udovitch, 1970a) Aquí otra vez,
sociedades se hallaban con frecuencia dentro de
[p. 17]
familias o, en caso de los judíos (y después indios y más allá de los mares chinos), entre
correligionarios o compatriotas. Esto era también cierto en Europa. Byrne (1930)
describió el elaborado sistema para el embarque de larga distancia que había en los
siglos XII y XIII en Génova.. Ofrece cierta semejanza con las instituciones ya usadas
por los árabes para conducir su comercio marítimo. Más allá, el padre y tío del ilustre
Marco Polo, que le precedieron en la capital oriental de los Khanes, constituyen
justamente ese tipo de firma familiar.
En la China del siglo XIII el Estado, debido a que era más fuerte, jugaba un
papel mucho más central en el comercio (un compañero invisible, tal y como era, para
los mercaderes) y mantenía una acción reguladora más importante. Además, la
esclavitud podría haber sido más importante en el reclutamiento de la fuerza de trabajo
usada para producir bienes para el comercio eterior en los centros de producción
reales/estatales, y los esclavos eran a veces usados como agentes por los grandes
mercaderes. Esto era también cierto en el Egipto gobernado por los Mamelucos. De
todos modos, los gremios de mercaderes independientes eran poderosos en ambos
lugares (Kato, 1936, para China: Fischel, 1958 y otros para Egipto). Ello introduce una
tercera área de similaridad.

RIQUEZA MERCANTIL
Es corriente celebrar el carácter de “laissez faire” del capitalismo occidental y
diferenciar el sistema económico europeo del modo “asiático” insistiendo en el mayor
grado de interferencia del Estado en Oriente. La ideología es que los mercaderes
europeos eran independientes del Estado mientras que los asiáticos y árabes eran
dependientes y estaban bajo el control de gobernantes que tenían otros intereses.
Ninguno de estos estereotipos es realmente correcto.
En las tres áreas culturales, la riqueza mercantil, independiente del Estado, era
un factor importante. Los mercaderes tenían una cierta latitud para acumular capital,
incluso estando en el último análisis a merced del aparato gobernante que con
frecuencia “tomaba” su capital, sin necesariamente requerir volver a pagarlos, o
imponía fuertes “contribuciones” forzadas para ingresar en las arcas públicas cuando el
Estado enfrentaba dificultades económicas. Esta función financiera de los mayores
mercaderes era común a las tres regiones.
Además, aunque en las ciudades-estado europeas hubiera un gobierno
teóricamente de “burgueses”, esto no significa autonomía. En el caso de las ferias de
Champagne, el conde, una autoridad supramunicipal
[p. 18]
jugaba un papel de control significativo, y en los casos de las ciudades textiles de
Flandes o las ciudades-estado de Italia, “patriciados” relativamente pequeños y
dictatoriales retenían una gran cantidad de propietarios y capitalistas, formulando las
reglas del “Estado” en su propio interés, que no era necesariamente el del resto de los
habitantes (Lestoequoy, 1952ª, van Werveke, 1944, 1946)
Para explicar la subsiguiente hegemonía europea, entonces, es necesario mirar
más allá de su inventiva interna y las virtudes de su espíritu emprendedor “único”.
Durante el siglo XIII, los otros poderes del mundo tuvieron un nivel de acumulación de
negocios igual de prometedor y un mucho más sofisticado equipo de instituciones
económicas que las europeas, qie en el siglo XIII habían entrado en su sistema mundial.

DIFERENCIAS
¿Qué es entonces lo que distingue las dos regiones —Europa y Oriente? La
diferencia estaba en que la Europa del siglo XIII se hallaba retrasada frente a Oriente
mientras que en el siglo XVI se hallaba considerablemente por delante. La cuestión a
responder es por qué, particularmente si uno rechaza la respuesta fácil de que Europa
tiene cualidades únicas que le han permitido hacerlo. Mi argumento [“strivig”] es que el
contexto —geográfico, político y demográfico— en el que ocurrió el desarrollo fue más
significativo y determinante que cualquier factor interno, psicológico o institucional.
Europa se desmarcó más allá porque el “Oriente” estuvo temporalmente en un estado de
confusión (“disarray”).
Aunque la respuesta completa a esta pregunta será presentada en el resto de este
libro, algunos de los hallazgos pueden ser previsualizados aquí. En primer lugar, hubo
una progresiva fragmentación de las rutas comerciales en varias regiones que habían
sido unificadas por Gengis Khan durante la primera mitad del siglo XIII pero, al final de
la centuria, habían sido subdivididas entre sus sucesores. Estas facciones en guerra
destruyeron la relativa calma que existía hasta el reinado de Kubilay Khan (bajo cuyo
seguro salvoconducto los Polo fueron capaces de atravesar toda el Asia Central). El
Asia Árabe sobrevivió a los cruzados y la captura de Bagdad por los Mongoles (1258),
pero no parece haber sobrevivido a las depredaciones de Tamerlán en torno a 1400. La
prosperidad de Egipto y el papel en el comercio mundial sobrevivió
[p. 19]
a los de Bagdad; la prosperidad de El Cairo alcanzó su cima en la tercera década del
siglo XIV (Abu-Lughod, 1971)
En segundo lugar, la Peste Negra, que se expandió desde China hasta Europa en
la “calamitosa” mitad del siglo XIV entre 1348 y 1351, diezmó la mayor parte de
ciudades a lo largo de la gran ruta marítima del comercio mundial, perturbando el
comportamiento tradicional, cambiando los términos de intercambio debido a las
diferentes pérdidas demográficas, y creando una fluidez en las condiciones mundiales
que facilitaron las radicales transformaciones, beneficiando a unos y dañando a otros
(Gottfried, 1983, McNeill, 1976).
Esto mismo puede verse en Europa, donde Inglaterra, anteriormente parte de la
periferia, comenzó a jugar un papel más central después de la Plaga, debido a que su
tasa de mortalidad fue inferior a la del continente, y también en la península italiana,
que había sido golpeada con mayor fuerza por la intensidad de su comercio e
intercambios con el Medio Oriente. Y aunque la Italia del Renacimiento recuperó su
fortaleza, con las ciudades Italianas permaneciendo como enclaves prósperos y vitales
hasta el comienzo del siglo XVI y continuaron dominando el comercio mediterráneo
incluso después de que el Mediterráneo hubiera dejado de ser la vía fundamental de
comercio, en parte debido a que el Mediterráneo oriental había dejado de ofrecer una
única puerta hacia el Este.
Muy interesante resulta que fueron las galeras de las ciudades-estado italianas
las que, al final del siglo XIII, abrieron el Atlántico Norte al tráfico. Esto dio el golpe de
gracia al sistema mundial que había existido durante siglos. Hacia el final del siglo XV,
los portugueses, estratégicamente situados en el Océano, habían “descubierto” la ruta
marítima hacia la India, circunnavegando la costa atlántica de África y después su costa
este para entrar en las puertas del importante sistema del Océano Índico, todavía bajo el
control (pero no por mucho tiempo) de los barcos árabes e indios. Esto fue escasamente
un “descubrimiento”, pues los manuales de navegación árabes habían cartografiado
aquellas regiones mucho antes (Tibbetts, 1981), y la línea de costa, aunque en un orden
reverso de Este a Oeste (¡!), es descrita con gran detalle en los manuales que uno no
puede dudar de la previa circunnavegación de África por parte de marinos persas y
árabes.
De todas formas, las naves árabes e indias demostraron no tener relación para los
“hombres de guerra” portugueses que aparecieron en sus aguas en los albores del 1500.
Al terminar la década de comienzo del siglo XX,
[p. 20]
Portugal ostentaba importantes puertos de llamada en África, había derrotado a la flota
egipcia que guardaba las entradas del Mar Rojo y el Golfo Pérsico, había llegado a
establecer cabezas de playa en la costa oeste de la India y había tomado los puntos clave
de Malacca que guardaban el punto crucial del estrecho a través del cual, cual ojo de
aguja, servía de frontera que todos los barcos habían de pasar hacia China. Nótese que
todo eso ocurió mucho antes de que Venecia derrotase al Imperio Turco en Lepanto
(1571), el punto en el que Braudel (1972) proclama que el poder europeo se hallaba
asegurado, y antes de 1559, el punto de cambio escogido por Wallerstein.
El fallo no haber comenzado a contar la historia lo suficientemente temprano ha
resultado, por tanto, en una explicación causal truncada y distorsionada sobre el origen
del ascenso del mundo occidental. Espero corregir esto comenzando en un punto más
temprano, cuando el surgimiento estaba lejos de haberse determinado. El tiempo entre
los siglos XIII y XVI marcó la transición, y factores geopolíticos dentro del resto del
sistema mundial crearon una oportunidad sin la cual el ascenso de Europa habría sido
poco probable. Esto es lo que se ha explorado en los capítulos subsiguientes.
Pero antes de trasladarnos a esta historia, debemos hacer dos digresiones. La
primera contrasta Europa en los siglos XIII y XVI para demostrar cuán dramáticamente
había alcanzado un lugar central. La segunda discute fuentes, aspectos metodológicos y
los inevitables problemas envueltos en preparar un trabajo de enfoque tan ambicioso.

EJEMPLOS EUROPEOS DEL SIGLO XIII Y XVI


Un camino de ilustrar el cambio en las relaciones de Europa con Oriente entre el
siglo XIII y XVI es contrastar las vidas y preocupaciones (así como los destinos) de dos
estudiosos y hombres de su tiempo quintaesenciales: Roger Bacon, que vivió en la
primera centuria mencionada y Francis Bacon, que vivió en la segunda. Las diferencias
entre sus vidas ejemplifican claramente dos cambios centrales: las posiciones opuestas
de Oriente y Occidente y el cambio de relaciones entre la Iglesia y el Estado en Europa.
Roger Bacon, filósofo inglés, científico y
[p. 21]
reformador educacional, nació h. [hacia] 1220 d. C. y vivió hasta h. 1292; la cumbre de
su producción intelectual llegó entre 1247 y 1257, cuando se hallaba explorando nuevas
ramas del conocimiento ―matemáticas, óptica, astronomía y, de manera muy
interesante, alquimia―. Se hallaba particularmente interesado en lenguas y abogaba por
el estudio de lenguas vivas orientales, entre otras, como un medio de obtener
conocimiento procedente de los musulmanes de España y del Medio Oriente. Esperaba
reformar la educación europea incorporando el conocimiento que estaba disponible en
estas civilizaciones “superiores”.
Sir Richard W. Southern (1962, tercera edición en 1980) distingue tres fases en
la actitud europea hacia el Medio Oriente. Fase I, denominada “La era de la
ignorancoa”, extendida entre el 700 y el 1100 y basada en los mitos religiosos
(“religious myths”) y las deducciones extraídas de las Escrituras. La segunda fase
comenzó con la Primera Cruzada (1099), que introdujo más elaboradas ficciones del
mundo musulmán. Durante la primera mitad del siglo XII hubo un florecimiento de los
estudios sobre los “sarracenos”, sobre Mahoma y la alta cultura y los bravos oponentes
a quienes se enfrentaban en las Cruzadas. Southern se refiere a esta fase como el “Siglo
de la Razón y la Esperanza” (“Reason and Hope”). Hacia la mitad del siglo XII, la
mitología estaba comenzando a ser suplantada por por un conocimiento mayor,
particularmente después de que el Corán fuera finalmente traducido a las lenguas
occidentales en 1143. “Con esta traducción, el Oeste tenía por primera vez un
instrumento para un serio estudio del Islam” (Southern, 1980: 37)
Durante el siglo siguiente, los europeos desearon que los pueblos con los que
tomaron contacto en las Cruzadas pudieran convertirse al Cristianismo y la cultura
cristiana pudiera fortalecerse con el conocimiento ostentado y transmitido a través de las
culturas islámicas. Es en este contexto que se manifiesta el interés de Roger Bacon en
“lenguas vivas orientales y la dependencia de Santo Tomás de Aquino (1225-1274) de
los transmisores árabes de los trabajos de Aristóteles sobre la ética. Justo antes del final
del siglo XIII, las filosofías natural, metafísica y también moral y política de Aristóteles
fueron gradualmente siendo recobradas. La consumación de Aquino a la hora de
reconciliar la teología cristiana y la filosofía aristotélica resolvió los asuntos planteados
hasta la Reforma del siglo XVI.
Con todo, en 1250 y particularmente después del “descubrimiento” europeo de
los mongoles, la benigna esperanza de convertir al mundo al cris
[p. 22]
tianismo empezó a oscurecerse a medida que los europeos adquirían un mejor sentido
del tamaño y la población del mundo no-cristiano. En palabras de Southern (1980: 42-
43):
Los efectos del [encuentro de Europa con los mongoles] … en la mirada para la
cristiandad occidental fueron muchos y varios… Los mongoles engrandecieron
ampliamente el horizonte geográfico e incrementaron muchas veces en número la
población conocida existente en el mundo… Pedro el Venerable [estimaba] que el Islam
contenía un tercio, o posiblemente la mitad de la población del mundo … a mediados del
siglo XIII se vio que ese cuadro … era demasiado optimista. Había diez, o posiblemente
cien no creyentes por cada cristiano. Nadie lo sabía; y la estimación creció con cada
nuevo acceso al conocimiento.
Una consecuencia de ello fue que la empresa de Cruzada resultó, o bien harto
imposible, o que era necesario un drástico replanteamiento de sus objetivos y métodos.
Para el resto de la Edad Media, el mundo Occidental se encontraba dividido en uno de
estos campos: entre no atender la llamada de la Cruzada o considerar una Cruzada mejor y
en mayor escala.

Roger Bacon vivió durante la época cumbre de este cambio en el conocimiento y


actitudes de Occidente hacia el resto del mundo.
En 1257, de manera no atípica para su época, entró en una orden religiosa,
retirándose de su vida “secular” en Oxford. Escribió al papa Clemente IV, apelando a él
para poner a punto un gran proyecto ―una enciclopedia de nuevo conocimiento en las
ciencias naturales―. El impacto de las traducciones del árabe en su pensamiento no
puede ser ignorado. Como Southern hace notar (1980, 53), el cambio en la filosofía
oriental
fue muy extensamente el resultado del trabajo de un pequeño cuerpo de devotos
traductores que trabajaban en Toledo en el tercer cuarto del siglo XII- Estos hombres
introdujeron los trabajos de los grandes filósofos musulmanes Al-Kindi, Al-Farabí,
Avicena y otros en Occidente, y en gran medida otorgaron a Occidente la posesión de una
tradición de la filosofía griega y su pensamiento científico. Un extenso cuerpo de este
trabajo se hizo accesible al latín al final del siglo XII; pero no fue hasta aproximadamente
el año 1230 ―cuando Roger Bacon estaba en la edad de comenzar su carrera universitaria
[sic]― que las ideas y terminología de estos escritos se abrieron camino en la teología
latina… Podría haber asustado a los teólogos de una generación anterior ver el nombre de
Avicena citado junto al de San Agustín; pero esto es lo que ocurrió con asombrosa
rapidez, y los modernos estudiosos están encontrando de manera creciente
[p.23]
numerosas trazas de las influencias de escritores musulmanes en la teología del siglo XIII.

Roger Bacon era totalmente consciente de esta literatura y en sus cartas al papa
enfatizaba en la necesidad de suplantar las guerras y las cruzadas mediante la enseñanza
y la predicación. Para ello, se necesitaba un mayor conocimiento de las lenguas y el
sistema de creencias de aquellos que debían recibir la predicación. Esta lluvia de ideas
de Bacon continuó incluso después de la muerte del papa. Entre 1268 y 1278, produjo
una enorme cantidad de escritos, por los cuales sus colegas teólogos no ofrecieron otro
premio que el de la condena y la prisión.
Lo que para la religión supuso Roger Bacon en el siglo XIII, la política lo fue
para Francis Bacon —testimonio de la suplantación de las órdenes religiosas por el
Estado absoluto en Europa (ver Anderson, 1974a)— Francis Bacon, filósofo inglés,
hombre de letras y en un momento Lord Canciller de Inglaterra, nació en 1561 y murió
en 1626; su vida pues se desarrolló a caballo entre el período de eclupse del Islam y el
ascenso durante el largo siglo XVI de Europa hacia el vértice del envolvente sistema
mundial.
La esparanzada pero no correspondida actitud de Roger Bacon hacia el papa es
paralela a la más secular relación entre Francis Bacon y la monarquía. En 1584 se
convirtió en miembro del Parlamento y consejero político de la reina Isabel. En 1597
publicó sus primeros Ensayos, junto con otros trabajos, pero sus conexiones partidistas
con Lord Essex le condenaron en 1600, conduciéndole a una pérdida del favor de la
Reina. Después del acceso del rey James I en 1603, Bacon fue gradualmente recobrando
el favor realdedicando sus Advancement of Learning de 1605 al nuevo rey. Este era un
plan para la reorganización del estudio de las ciencias naturales, pero entonces aquellas
ciencias eran autóctonas. En 1618 fue elegido Lord Canciller y en 1620 publicó su
Novum Organum. En 1621, acusado de haber aceptado sobornos, fue encarcelado en la
Torre de Londres; aunque el rey después le redujo la pena, nunca volvió a sentarse en el
Parlamento y en vez de ello pasó sus años finales en más tranquilas actividades
académicas.
Nótese en ambos los paralelos y las diferencias. Los principales paralelos son
sus compromisos con las ciencias naturales, apelaciones a las autoridades para respaldar
sus propuestas y las eventurales caídas en desgracia. Las diferencias son en muchos
sentidos más interesantes. Mientras que la orientación de Roger Bacon se daba hacia lo
sagrado, Francis Bacon estaba
[p. 24]
directamente metido en un mundo mucho más secular. Mientras que Roger esperaba
convencer al papa, Francis apelaba al monarca. La diferencia más elocuente, sin
embargo, residía en sus actitudes hacia el conocimiento. Para Roger, el conocimiento se
hallaba en el este, de ahí su interés por las lenguas orientales y el Islam. Francis craía
que poco podría aprenderse de los otros; asumió que el conocimiento podía ser nuevo y
adquirido en el ámbito indígena. Quizás nada revela más claramente cómo habían
cambiado las relativas posiciones de Oriente y Occidente en aquellos tres siglos.

PLAN DEL LIBRO


Ningún sistema mundial es global, en el sentido de que todas las partes articulan
equitativamente unas con otras, a pesar de si el papel que juegan es central o periférico.
Incluso todavía hoy, el mundo, globalmente integrado en mayor medida que nunca en la
historia, se halla fragmentado en diversas subesferas o subsistemas, como el sistema del
Atlántico Norte (Europa occidental y los Estados Unidos-Canadá), los contornos del
Pacífico (Japón, Taiwán, Corea, Indonesia, Malaysia, etc.), el “bloque” socialista,
China, todavía un sistema en sí mismo, y el Norte de África-Asia Occidental y mundo
árabe. Cada uno de estos subsistemas puede tener su propio corazón, que contiene un
estado hegemónico cuya economía asienta los términos de comercio para sus “satélites”.
Lo que Friedmann y Wolff han llamado “ciudades mundo” [“world cities”] (1980)
existe dentro de estos lugares dominantes o, como en los casos de Hong Kong y
Singapur, incluso lo constituyen por sí solas. Estas metrópolis explotan sus propios
hinterlands, extrayendo excedenetes no solamente de las áreas rurales, sino incluso
también de las capitales de sus territorios satélites.
Pero sobre y por encima de estos subsistemas regionales hay un prevalente
sistema mundial que trabaja a través de las ciudades mundo cuyas “transacciones” se
incrementan unas con otras. Significativamente Friedmann y Wolff mapearon sus
“ciudades mundiales” usando un mapa base de Japan Airlines. La proyección polar
elimina el prejuicio usual de Este y Oeste derivado de la proyección de Mercator, y las
rutas aéreas demuestran de manera precisa justamente cuan “centrales” son algunas
ciudades mundiales.
En el siglo XIII, también, había subsistemas (definidos por lengua, religión,
imperio) dominado por ciudades imperiales o centrales,
[p. 33]
así como mediadas por enclaves esecialmente sin un hinterland [“as mediated by
essentially hinterlandless tranding enclaves”] Sus interacciones entre uno y otro, aunque
dicícilmente tan intensas como las de hoy, definieron los cotornos del mayor sistema.
En vez de en el caso de las líneas aéreas, estas ciudades estaban enlazadas por líneas
marítimas, ríos y grandes rutas terrestres, algunas de las cuales han estado en uso desde
la Antigüedad. Puertos y oasis sirvieron con las mismas funciones que los terminales
aéreos, trayendo bienes y personas desde largas distancias
Dadas las primitivas tecnologías de transporte que existían en tiempos pasados,
no obstante, pocas ciudades en los extremos opuestos del sistema hicieron negocios
directamente unas con otras. El camino tenía que romperse geográficamente, con
centros entre cada uno de los flancos, sirviendo de lugares almacén [“break-in-bulk”] y
puntos de intercambio para los bienes destinados para mercados más distantes.
Tampoco era aquel sistema mundial la “aldea global” de hoy en día, que compartiera
metas comunes de los consumidores y trabajo en líneas de producción en una vasta
división del trabajo internacional. Era raro entonces, aunque no desconocido, el caso de
que los productos parcialmente producidos en un lugar fuesen finalizados o
ensamblados en otros. Los subsistemas en el siglo XIII eran más autosuficientes de lo
que lo son hoy en día y por ello menos vitalmente dependientes que hoy en día para la
supervivencia común. Lo que es remarcable es que, a pesar de las penurias y obstáculos
del comercio de larga distancia entonces llevado a cabo, mucho de aquello seguía
adelante.
Había más o menos ocho subsistemas interconectados envueltos, que, por turnos,
podían ser agrupados en tres largos circuitos ―el occidental europeo, el de Medio
Oriente y el del Lejano Oriente (véase figura I para las formas aproximadas de estos
subsistemas y la ubicación de ciudades que jugaron un papel clave en ellos)― Aquéllos,
tomados sucesivamente, organizan el texto. Comienzo en la Primera Parte con el
subsistema europeo y luego nos vamos moviendo hacia el Este, aunque este orden no
puede defenderse en el terreno conceptual. Con todo, desde la idea de que pretendo
refutar la imagen de Europa como inherentemene superior, es importante desde el
principio establecer los relativamente primitivos niveles de su desarrollo durante la
época medieval.
Hacia la mitad del siglo XIII, tres nodos [“nodes”] europeos se estaban
formando en un solo circuito de intercambio: la Francia central-oriental, que albergaba
las ferias de Champagne en cuatro ciudades ―los centros de producción y comercio de
Troyes y Provins y los más pequeños centros mercantiles de Bar-sur-Aube y Lagny
(discutidos en el capítulo 2)―; la producción textil de la región de Flandes, en la que
Brujas era el más importante centro comercial y financiero y Gante
[p. 34 Mapa]
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la ciudad industrial líder (tratado en el Capítulo 3); y los puertos internacionales de
comercio en los lugares opuestos de la Península itálica, Génova hacia el Oeste y
Venecia hacia el Este (tratados en el Capítulo 4)
Admisiblemente, estos tres nodos eran escasamente los únicos participantes en la
parte europea envuelta en la “economía mundial”, tal y como la lista de los
comerciantes forasteros que las frecuentaban revela claramente. He seleccionado estas
comunidades porque casa una era el lugar de reunión para mercaderes llegados de
muchos lugares, y porqye el comercio no-local que formaba la base de su prosperidad
circulaba entre ellas.
[…]
Debido a este mayor alcance, no tiene sentido tratar el (primer) subsistema europeo
aisladamente del (segundo) sistema transmediterráneo que unía los puertos italianos con
el Asia Oriental. Cuando discutimos el comercio de Medio Oriente, como hacemos en la
II Parte, no podemos dejar atrás a los italianos. Ellos estrablecieron tres cabezas de
playa críticas en el Medio Oriente.
Una de esas cabezas de playa estaba en el Mar Negro donde comenzaba un
tercer subsistema que unía Constantinopla con China. Este circuito terrestre, cuyo
reticulado en el siglo XIII debió mucho a la unificación del Asia Central alcanzada por
los mongoles y, más intensamente, con la conquista de la propia China, es tratado en el
Capítulo 5.
Una segunda cabeza de playa se encontraba a lo largo de la costa de Palestina
donde la implantación temporal de los reinos cruzados puso a Europa en comunicación
con un cuarto subsistema que discurría por vía terrestre hacia Bagdad antes de dividirse
en dos ramas, una hacia el Norte para unirse con el circuito de caravanas del Asia
Central, y el otro que se dirigía hacia el Sur, hacia el Océano Índico vía Golfo Pérsico.
Incluidos en este último circuito estaban los puertos que flanqueaban el Golfo (por
ejemplo, Ormuz, Siraf) o que se hallaban a lo largo de las costas meridionales de la
península arábiga (como Aden). El Capítulo 6 describe este subsistema.
Los europeos habían intentado arduamente establecer una tercera cabeza de
puente ―en la costa del Norte de África, en Egipto― No obstante, después del
desastroso
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fracaso de la Cruzada de San Luis en 1250, se vieron forzados a contentarse con una
muy constreñida participación de comercio controlado por los gobernantes de Egipto.
Esto dio a los utalianos un límite y sólo accesos indirectos hacia el quinto subsistema
que conectaba Egipto con el Océano Índico vía el Mar Rojo.
Por la misma razón que ignoro España, Alemania, la Rusia del Báltico,
Dalmacia y el África subsahariana en la Parte I, incluso aunque contribuyen con
importantes recursos al circuito, reluctantemente omito el África Oriental de la Parte II.
Sin ninguna duda, las zonas costeras de las actuales Etiopía, Kenya, Tanzania y la isla
de Madagascar se integraban en el comercio de Egipto, Aden, Basora, Ormuz y hasta
Gujarat en el subcontinente indio. El contacto entre estos lugares era intenso. Pero la
geografía africana alcanzada era relativamente limitada. Los mercaderes africanos eran
ampliamente locales y los bienes africanos raramente llegaban a China o Europa. (La
evidencia de lo contrario, a saber los fragmentos de cerámica china que se encuentran
en la costa este africana, parece que eran arrojadas como lastre en los barcos árabes y de
Gujarat)
La tercera parte del libro se dirige a los actores clave del circuito asiático (y
sobre todo del mundo entero, como mostraremos) pero, tal y como era cierto con
respecto a los italianos en el Mediterráneo, no podemos dejar a los árabes y persas atrás
cuando examinamos el comercio en el Océano Índico. Tres subsistemas entretejidos se
hallaban envueltos en ello: el circuito mayoritariamente occidental que enlazaba el
mundo árabe con el oeste de la India (subsistema sexto, introducido brevemente en el
Capítulo 6 y 7 pero discuito en gran detalle en el Capítulo 8); el circuito central que unía
el sureste de la India a la zona del estrecho de Malacca (subsistema séptimo, cubierto en
parte en el Capítulo 8 y más en el Capítulo 9); y el mayoritariamente oriental circuito
entre los estrechos y China (el subsistema octavo, descrito en el Capítulo 9)
Pero los mercaderes chinos estaban presentes en Srivijaya (en el Estrecho), y los
comerciantes musulmanes ―árabes, persas e indios― estaban presentes en lo que
podría considerarse como “puertos acordados” [“treaty ports”] (una versión más antigua
de lo que vino después). Los comerciantes chinos, uniendo el Mar de China con el Sur
(subsistema 8) con el gran corazón de las estepas de Asia y el Norte y Este, son tratados
en el Capítulo 10 del libro. Eran ellos quienes cerraban el círculo conectando China con
el subsistema 3 que doblemente volvía a Rusia (Samarcanda), Per
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Persia y el Asia Menor para reunirse en los puestos avanzados que Génova mantenía en
el Mar Negro.
Como puede verse, aunque este no era un sistema global o extendido por todo el
mundo (el Báltico estaba justo comenzando a verse atraído, sólo la costa este de África
estaba envuelta e ello, el Nuevo Mundo todavía estaba aislado, Japón era un suplemento
marginal y las islas del Pacífico, incluida Australia, estaban desconectadas del mismo),
cubría una significativa porción de la masa central de tierra de Europa y Asia,
conteniendo la mayor parte de la población entonces existente, desde el momento en
que las regiones periféricas estaban pobladas de manera muy espaciada.
[…]
A pesar de estos cometedores comienzos, sin embargo, durante las décadas
centrales del siglo XIV el sistema se fragmentó y muchas partes comenzaron a declinar
simultáneamente. Al final del siglo, lo que previamente había sido un sistema de
circulación con varias rutas alternativas se había visto reducido a un más estrecho
conjunto de enlaces y numerosas interrupciones habían aparecido. Las dificultades
económicas experimentadas prácticamente de manera universal durante la segunda
mitad del siglo XIV son síntoma de la ruptura del sistema. Buena parte del mismo se
había disuelto en el tiempo en que Portugal, un nuevo jugador, entró en el Océano
Índico en los comienzos del siglo XVI para poner en movimiento una nueva fase de la
integración mundial.

Traducción: José Manuel Ventura Rojas