Sunteți pe pagina 1din 5

Mtro. Elías Gerardo Cepeda Morado

Secretario del Primer Tribunal Unitario del Quinto Circuito

Propuesta de un concepto material de “juez de ejecución”

Debido al reciente ingreso de la potestad jurisdiccional en el ámbito de la ejecución de penas, resulta muy valiosa y oportuna la celebración del seminario denominado “La Reforma Penitenciaria: un eslabón clave de la Reforma Constitucional en Materia Penal, que la Suprema Corte de Justicia de la Nación, con el apoyo de un selecto grupo de expositores nacionales y extranjeros, realizará a finales del presente mes.

La razón es que dicho coloquio servirá para escuchar, en la voz de funcionarios y académicos directamente relacionados con el tema, los antecedentes, el desarrollo y el estado actual del control judicial de las penas en otras latitudes. Y esto servirá para entender y cumplir de la mejor manera posible la tarea que, por razones sociales, jurídicas y humanitarias, todos estamos obligados a cumplir en ese campo.

Desde mi perspectiva, el tema del llamado “juez de ejecución”, que es uno de los que se analizarán en el seminario, se puede abordar desde muchos puntos de vista: (1) desde el concepto de Estado de Derecho; (2) a partir de la Teoría Tripartida de la División de Poderes; (3) con base en la teoría del derecho procesal, etcétera.

Por obvias razones, el punto de partida que se elija para abordar el tema determina el concepto de “juez de ejecución”. Por ejemplo, quienes parten de la definición del Estado de Derecho concluyen, mutatis mutandis, que el juez de ejecución es el encargado de velar por el respeto del marco constitucional previamente establecido; quienes lo hacen desde la teoría de la división tripartida de poderes, sostienen que es el encargado de mantener el respeto de la esfera de competencia del poder judicial en la fase de ejecución de penas; y quienes lo

hacen desde la teoría del derecho procesal, afirman que el juez de ejecución es

el encargado de aplicar las normas adjetivas en la etapa final del proceso penal.

En mayor o menor medida, en todas esas definiciones existe un defecto que las hace totalmente inconvenientes para servir como eje central de una reglamentación. El defecto consiste en que el gobernado (interno), aunque es el titular de la garantía constitucional consistente en el derecho a la jurisdicción prevista en el artículo 17 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, juega un papel notoriamente secundario.

En la definición basada en la noción del Estado de Derecho, el juez de ejecución se presenta como un órgano al servicio del propio estado, porque su función consiste en proteger la correcta aplicación del marco establecido por el legislador; en la basada en la teoría tripartita de la división tripartida de poderes, cumple una función eminentemente política, porque su objetivo principal es evitar que el poder ejecutivo realice tareas materialmente jurisdiccionales; y, en la basada en la teoría procesal, se reduce a un simple instrumento de aplicación de las normas de enjuiciamiento, porque su marco referencial es el derecho procesal.

La diversidad de criterios, sumada a la ineludible responsabilidad de todo Estado Constitucional de Derecho de que el gobernado constituya el eje central de la potestad jurisdiccional en la fase de ejecución, hace necesario construir un concepto material (sustancial) de “juez de ejecución” que nos sirva para determinar con precisión las funciones, las facultades y las obligaciones que debe tener, y no simplemente discutir si debe denominársele “juez de vigilancia”

o “juez de ejecución”, pues la nomenclatura es totalmente irrelevante.

En nuestra situación concreta, no debemos caer en el error de limitarnos a citar los antecedentes del llamado juez de ejecución en otros países. No basta decir que Brasil fue el primer país que reguló la figura del juez de ejecución en la Ley Federal de 1922; que en Portugal, en la Ley de 16 de Mayo de 1944 y Decretos, el juez de ejecución quedó circunscrito a las medidas de seguridad; que en Francia, las Comisiones de Vigilancia, creadas en 1810, han evolucionado hasta

el Juez de Aplicación o Ejecución de Penas; y que en Italia aparece por primera

vez en el Código Penal de 1930, ampliando sus competencias hasta llegar a la

Ley Penitenciaria de 1975. No es momento de engalanarse con exposiciones históricas.

Desde mi perspectiva, el concepto de Democracia ofrecido por Ferrajoli es un buen punto de partida para determinar la esencia del llamado “juez de ejecución”, porque permite determinar con absoluta precisión la función que le corresponde cumplir y hace que el gobernado se traslade al centro de la función jurisdiccional.

Ferrajoli sostiene que el progreso del Estado de Derecho es simultáneo y paralelo al desarrollo de la jurisdicción; que esto es un fenómeno común en todas las democracias avanzadas; y que a toda expansión del principio de legalidad -a todo paso dado en la tarea de limitación y sujeción al derecho del poder-, inevitablemente ha correspondido un aumento en los espacios de jurisdicción 1 .

La jurisdicción, agrega, interviene en presencia de violaciones del derecho y, por

lo tanto, entre más se expande con la imposición de obligaciones y prohibiciones

a los poderes públicos, más se extiende el área de las posibles violaciones del

derecho mismo: violaciones que, en las democracias avanzadas, ya no son sólo las que cometen los ciudadanos, sino también, y cada vez más, las que realizan los poderes públicos.

Existen, dice, dos razones que explican la expansión del derecho y la jurisdicción: (1) el cambio de estructura del sistema jurídico ocurrido en la segunda mitad de nuestro siglo, con su evolución de las formas del Estado Legislativo de Derecho a las formas de Estado Constitucional de Derecho; y (2) el cambio de estructura del sistema político producido por el desarrollo del Estado Social y, por lo tanto, de la intervención del Estado en la economía y en

la sociedad.

1 Manuel Atienza y Luigi Ferrajoli, Jurisdicción y argumentación en el Estado Constitucional de Derecho, Universidad Nacional Autónoma de México, Serie “Estado de Derecho y Función Judicial”, México, 2005.

De esa manera, añade, se descubre entonces el valor de la Constitución como un conjunto de meta reglas impuestas a los titulares de los poderes públicos, aunque sean mayoría, obligados por la misma al respeto de los derechos fundamentales de todos.

En el Estado Constitucional de Derecho, continúa, el legislador no es omnipotente, en el sentido de que las leyes que produce son válidas sólo porque son vigentes, o sea, producidas en las formas establecidas por las normas en relación con su producción, sino que únicamente lo son si, además, son coherentes con los principios constitucionales.

De tal manera, sigue explicando, la democracia no consiste ya sólo en la dimensión política que le confiere la forma representativa y mayoritaria de la producción legislativa que, a su vez, condiciona la vigencia de las leyes, sino también en la dimensión sustancial que le imponen los principios constitucionales, mismos que vinculan su validez sustancial a la garantía de los derechos fundamentales de todos.

En una verdadera democracia -dice-, que se caracteriza por otorgar mayor importancia a lo que se puede decir (decidible) y no a quién lo puede decidir (mayoría), hay dos cosas que se deben sustraer a las decisiones de la mayoría porque son condiciones de la vida civil y razones del pacto de convivencia: (1) la tutela de los derechos fundamentales, que no se pueden sacrificar a ninguna voluntad de mayoría ni interés general o bien común; y (2) la sujeción de los poderes públicos a la ley, que es la garantía máxima contra el arbitrio y contra las violaciones de la misma voluntad de la mayoría que produjo a ley. Este es, pues, el ámbito de lo no decidibleen un democracia.

Por lo tanto, concluye, es en esos dos valores, expresiones ambos del principio de igualdad, donde reside el carácter “democrático” de la jurisdicción como garantía, por un lado, de los derechos humanos de todos y, por el otro, del ejercicio legal de los poderes públicos.

A partir de las explicaciones de Ferrajoli, yo me atrevería a proponer, sin el

ánimo de establecer una base inalterable o totalmente a acabada, la siguiente

definición:

El juez de ejecución es el garante, en la etapa de ejecución de penas, de los dos elementos no decidiblesen una democracia, que son (1) el respeto irrestricto de los derechos humanos y (2) el sometimiento de la autoridad al principio de legalidad, con absoluta independencia de los intereses de la mayoría”

En esa definición, que de ninguna manera considero acabada y que me atrevo a

proponer con el único propósito de establecer un puto de partida firme, el eje

central de la función del juez de ejecución es ahora sí- el propio gobernado,

pues éste es el titular de los dos elementos “no decidibles” en una verdadera

Democracia. Y, de esta manera, se supera totalmente la deficiencia común de

las definiciones a que me referí líneas arriba.

Además, como el acceso a la administración de justicia y la limitación de la pena

de prisión a la reinserción social son dos de las prerrogativas del gobernado, la

definición que propongo permite que el Estado cumpla lo establecido en los

artículos 17, párrafo segundo y 18, párrafo segundo, de la Constitución Política

de los Estados Unidos Mexicanos, que a fin de cuentas es el objetivo de la

reforma publicada el 18 de Junio de 2008.

En mi opinión, lo más importante es que la definición lograda a partir de la noción

de Democracia amplía el campo de actuación del llamado “juez de ejecución” y

pone de manifiesto la insuficiencia de las reglamentaciones que, bajo el título de

integrales, se reducen a la simple concentración de las normas que actualmente

se aplican en la etapa de ejecución de penas. El casuismo, contrariamente a lo

que pudiera pensarse, limita ampliamente a función del juzgador, cuya actuación,

entre más libre, más legítima y eficaz.