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La Leyenda del Hombre Fiel

Por Angel Y. Ortiz Torres

En un poblado, un joven aventurero descubre en un tropezón el comienzo de


una dulce y hermosa melodía en el rostro de la más hermosa mujer que sus ojos
dictaron al corazón. La melodía fue correspondida y sus pasos se detuvieron ante
esta. La música era armonía, unión y vida. Toda persona que caminaba por allí podía
sentir que el aire palpitaba y la música, que era muda a todos, llenaba a los demás con
energía y alegría. Aunque la envidia pudo además asomarse.

Esa melodía parecía inmortal, y esta crecía en los corazones de los dos jovenes.
Pero el pecador conocimiento se asomó y descubrieron que la melodía era siempre
repetitiva. Poco a poco la melodía pareció imperceptible mientras se acostumbraron a
esta. Luego sintieron que ya la melodía había muerto y el joven sonrió y pareció
alejarse. Acciones extrañas, peticiones sin lógica alguna, el joven sólo tenia su sonrisa
coherente hacia ella.

La joven pareció entonces apagarse lentamente. Los miedos y las dudas la


abarcaron. Las voces externas acordaban que todo había acabado y debía afrontarlo.
Lo posible era que todo había acabado, el joven se había cansado, sus aventuras lo
llamaban o otra mujer estaba en sus ojos. Todo esto la hizo sufrir y alejó la sonrisa
penetrante del joven. Sólo veía sufrimiento en sus alternativas y no se encontraba
lista para aceptar la muerte de su melodía.

El tiempo y las voces de la razón, ejercieron su labor y temblorosamente


soltaría en el río los recuerdos de esa música. Lentamente abría sus manos al agua
mientras se prometía dejar atrás toda la felicidad de su pasado. Justo en ese momento
su acto fue interrumpido por un anciano que cantaba desentonadamente mientras
caminaba por una sendero al lado del río. Ella sólo pudo virar su rostro en lágrimas
hacia el anciano que caminaba. Pudo entonces notar que era un ser todo andrajoso, de
aspecto pobre pero a su vez de alguna forma extraña irradiaba luz justo en armonía
con su sonrisa. Este anciano se percató del rostro perdido de la joven y le dijo:

—¿Qué don de la vida pretendes entregar a la merced del río?

—El cadaver de una música viva— le respondió la joven.

El anciano con un rostro paterno se dirigió a ella.

—Joven, cierra los ojos y escucha.

La muchacha extrañada obedeció al anciano. Entonces comenzó a escuchar al


río, algo a lo que ella estaba acostumbrada. Luego el viento rozando los árboles y las
campanas y las guirnaldas de las casas. Escuchó el sonido de los pájaros, y de
muchos animales. Las personas que cultivaban sus tierras e incluso sonidos que jamás
había escuchado. La armonía de los sonidos la llenó de paz y de una incontrolable
alegría. El anciano le dijo mientras ella tenía los ojos cerrados.

—La música nunca muere, sólo que al acostumbrarnos a ella dejamos de oírla.

La joven abrió los ojos y lo entendió todo. El anciano ya no estaba allí pero sus
pensamientos no se detuvieron en ese hecho. Ese anciano le había enseñado que la
música estaba allí pero mayor aún que eso, que ella poseía la música. Ella misma
tenía la música que alborotaba sus emociones, la hacía reír, llorar y sonreír. Había
descubierto su propia melodía.

Esto la hizo levantarse de la orilla del río y caminar hacia el poblado. Escuchó
que el muchacho se encontraba en uno de los colmados y decidió ir a enfrentarlo. Ya
sea si este se cansó, necesitaba continuar su camino o otra mujer quería ella debía
saberlo. Estaba consciente del seguro disgusto que tendría pero ya no le temía, puesto
que su música jamás la iba a perder.

Llegó al colmado y allí encontró a su adversario. Pudo ver lo que buscaba el


muchacho. Una mujer. Esa mujer era mucho más hermosa que ella y además mucho
más grande. Sus latidos parecieron acelerarse mientras el muchacho describía esa
mujer a quien quiera que fuera su oyente. La muchacha empezó a pensar que todo lo
que había descubierto en esa mañana no la iba a ayudar. Mientras se mantenía alejada
de la vista del muchacho con los oídos atentos, sólo podía verse en un espejo y
compararse con todo lo que oía. Esa mujer a la que describía parecía muy superior a
ella pero cuando se fijó en su reflejo dichas descripciones eran referidas a ella.
Entonces comprendió que el cambio del muchacho y la visión de este era en torno a
ella misma pero siendo una mujer realizada. Su corazón comenzó a latir más y la
melodía pareció renacer pero con muchas energía que jamás hubiera tenido. Decidió
salir de su escondite y se dirigió a él. Este la miraba con los ojos abiertos pero sin
sonrisa y escuchaba la misma melodía que ella.

—La melodía ha vuelto a mis oídos—le dijo ella.

—A mis oídos habías llegado en cada paso que había dado. En las montañas, en los
senderos... Pero cuando te vi, te reconocí inmediatamente y pronto sentí que serías la
mujer que eres ahora— le contestó el muchacho.

Surgieron lágrimas de alegría y entre besos y abrazos con la energía de su


música continuaron caminando juntos por los senderos de la vida.

Durante su aventura volvieron a encontrarse al anciano que ella vio y se dirigió


a agradecerle.

—Quiero agradecerle por devolverme la percepción.


—Nunca te la devolví. Lo que sucede es que la música evoluciona como las orugas a
mariposas. Estos momentos de cambio parecen ser la muerte pero no lo es. La muerte
es sólo una idea y muere sólo el que deja de caminar. Continúen caminando y tenga la
esperanza de que todo sufrimiento es un portal para la felicidad. Sólo debes caminar.

Por Angel Yamil Ortiz Torres 2010 ©


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