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DONADO A UNIVERSIDAD DE CONCEPCION

(.hiedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribu- i mu de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

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MI, ASURE OFREALITY

tjininlijitdíion and Western Society, 1250-1600

Tonina ion castellana de JORDI BELTRAN

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llusliucion de la cubierta: Jan Vermccr, ti! geógrafo, 1669. 111 l‘)‘>7 : amhridge l Juivcrsity Press, Cambridge id 1998 de la traducción castellana para España y América:

( RlTl( A ((it ijalho Mondadori,

ISBN: 8d 7423 885 4 Itcposilo legal B ’6 .599 1988

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S.A.), Alagó, 385, 08013 Barcelona

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Quitad el número de todas las cosas y todas las cosas pere­ cen. Quitad el cálculo del mundo y todo queda envuelto en os­ cura ignorancia, y tampoco el que no sabe calcular se distingui­ rá del resto de los animales.

San Isidoro de S evilla (c. 600)

Y todavía vienen, recién llegados de aquellas naciones para las cuales el estudio de lo que puede pesarse y medirse es un amor apasionado.

W. H. A uden (1935)

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PREFACIO

Este es el tercer libro que he escrito en toda una vida dedicada a la bús­ queda de explicaciones del asombroso éxito del imperialismo europeo. Los

no fueron los imperialistas más crueles ni tampoco fueron los más

bondadosos, ni los primeros ni tampoco los últimos. Fueron excepcionales por la magnitud de su éxito. Puede que conserven esta distinción eterna­ mente, porque es improbable que una sección de los habitantes del mundo vuelva a gozar alguna vez de ventajas tan extremas sobre las demás. Ciro el Grande, Alejandro Magno, Gengis Jan y Huayna Cápac fueron grandes conquistadores, pero todos ellos se vieron limitados a un solo conti­ nente y, en el mejor de los casos, parte de otro. Eran personas caseras en comparación con la reina Victoria, en cuyo imperio (si se me permite resuci­ tar un viejo lugar común) el sol literalmente nunca se ponía. Tampoco se po­ nía jamás en los imperios de Francia, España, Portugal, los Países Bajos y Alemania cuando estaban en su apogeo. Las explicaciones de este triunfo, po­ pulares en Europa hacia 1900, eran alimentadas por el etnocentrismo y justi­ ficadas por el darwinismo social. Decían, sencillamente, que los miembros de la especie humana más sometidos a dolorosos quemaduras de sol eran las

más recientes, las más altas y, con toda probabilidad, las últimas ramitas del árbol de la evolución, que iba exfoliándose. Las personas pálidas eran los se­ res humanos más inteligentes, más enérgicos, más sensatos, más avanzados estéticamente y más éticos. Lo conquistaban todo porque lo merecían. Esto parece cómicamente improbable hoy, pero ¿qué otras explicacio­ nes hay ? He escrito libros sobre las ventajas biológicas de que gozaban los imperialistas blancos. Sus enfermedades causaban gran mortandad entre los indios americanos, los polinesios y los aborígenes australianos. Sus ani­ males v sus idantas, cultivadas y silvestres, les ayudaron a «europeizar» grandes extensiones del mundo y convertirlas en cómodos hogares para los

europeos

europeos.1 Pero mientras interpretaba mi papel

de determinista biológico

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me importunaba la impresión de que los europeos obtenían resultados muy buenos, incomparables, enviando barcos que cruzaban los océanos con destinos determinados de antemano a los que llegaban dotados de un ar­ mamento superior: por ejemplo, cañones superiores a los que tenían los otomanos y los chinos; de que eran más eficientes que nadie en la tarea de administrar sociedades anónimas e imperios cuya extensión y nivel de acti­ vidad no tenían precedentes; de que eran, en general, mucho más eficaces de lo que deberían haber sido, al menos al juzgarlos de acuerdo con sus propios precedentes y los de otros. Los europeos no eran tan magníficos eomo creían, pero sabían organizar grandes concentraciones de gente y de nq>iltd y explotar la realidad física en busca de conocimientos útiles y de poder de manera más eficiente que cualquier otro pueblo de la época. ¿Por qué? La respuesta clásica, expresada de forma sencilla, es: ciencia y tecno­ logía: y no cabe duda de que lo fue durante generaciones y sigue siéndolo en gran parte del mundo. Pero si atravesamos con la mirada el siglo XIX y culminamos los comienzos del imperialismo europeo, vemos poca ciencia v poca tecnología como tales. La ventaja de los europeos, en mi opinión, ra­ da aba al principio no en su ciencia y su tecnología, sino en la utilización de hábitos de pensamiento que en su momento les permitirían avanzar rápida­ mente en ciencia y tecnología y, mientras tanto, les daban unas habilidades titlminislralivas, comerciales, navales, industriales y militares decisivamen­ te importantes. La ventaja inicial de los europeos radicaba en lo que los his­ toriadores franceses han llamado mentalité. Durante la baja Edad Media y el Renacimiento apareció en Europa un nuevo modelo de realidad. Un modelo cuantitativo empezaba justo a des- plaz.ar al viejo modelo cualitativo. Copérnico y Galileo, los artesanos que aprendieron por su cuenta a fabricar buenos cañones uno detrás de otro, los cartógrafos que trazaron los mapas de las costas que acababan de des­ cubrirse, los burócratas y los empresarios que administraban los nuevos imperios y las compañías de las Indias Orientales y Occidentales, los ban­ queros que ordenaban y controlaban los torrentes de riqueza recién adqui­ rida. toda esta gente, al pensar en la realidad, empleaba términos cuanti­ tativos con mayor constancia que cualquier otro miembro de su especie. I 'ueron, a nuestro modo de ver, los iniciadores de un cambio revolucio­

nan /WU. Cambridge University Press, 1986 (hay Irad. casi.: Imperialismo ecológico. La ex­ pansión biológica de Europa, 900-1900, Crítica, Barcelona, 1988); id., The Cotumbian Ex- i liangc lliological and ( 'ultural ( 'onseipiences o f N92, (ireenwood Press, Weslport, Comí., 19/'.'; a l. (irruís, Sceils. and Animáis: Siuilirs ni EcológicaI llislorw Sliarpe, Armonk, N. Y.,

PREFACIO

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nario, y de ello no cabe duda, pero también fueron los herederos del cam­ bio de mentalité que venía fermentándose desde hacía siglos. El presente li­ bro trata de tales cambios.

Escribir este libro ha sido una gran batalla para mí, y nunca hubiera pensado en la posibilidad de librarla sin mis numerosos aliados. Estoy en deuda con la Fundación Guggenheim y la Universidad de Texas por el tiem­ po y el dinero que me proporcionaron, y debo a la Biblioteca del Congreso el acceso a sus estanterías y los consejos y el asesoramiento de su personal. Agradezco a Brenda Preyer, Robín Doughty, James Koschoreck y André Goddu la revisión de los capítulos que hablan de sus especialidades res­ pectivas. Martha Newman y Eduardo Douglas leyeron todo el manuscrito y me salvaron de cometer muchos errores. Debo especial agradecimiento a Robert Lerner, que leyó atentamente la totalidad del manuscrito y meticu­ losamente largas extensiones del mismo, e impidió que cayera en muchos precipicios. Finalmente, doy las gracias a mi editor de Cambridge, Frank Smith, que leyó mi libro tantas veces como lo escribí y lo reescribí, verda­ dero calvario de Sísifo.

Primera parte

CONSECUCIÓN DE LA PANTOMETRÍA

Pantometría (Pantometry) [gr. Ttavxo-, Panto-, todo + gr. -|i£Tpía, medida.] 1. Medida universal: véanse citas. Obs. [1571 Diggs (título) A Geometrical Practice, named Pantome- tria, divided into three Bookes, Longimetra, Planimetra, and Steriometria.]

Oxford English Dictionary

1. PANTOMETRIA: INTRODUCCION

Toda cultura vive dentro de su sueño.

L ewis M umford (1934)'

A mediados del siglo ix d.C. Ibn Jurradadhbeh calificó la Europa occi­ dental de fuente de «eunucos, niñas y niños esclavos, brocado, pieles de cas­ tor, gluten, martas cebellinas y espadas», y no mucho más. Un siglo después otro geógrafo musulmán, el gran Masudi, escribió que los europeos eran gentes de mente embotada y hablar pesado, y «cuanto más al norte están, más estúpidos, groseros y brutos son».12 Esto era lo que cualquier musulmán culto hubiera esperado de los cristianos, en particular de los «francos», que era el nombre que los europeos occidentales recibían en el mundo islámico, porque esta gente, bárbaros la mayoría de ellos, vivían en la remota margen atlántica de Eurasia, lejos de los centros de sus elevadas culturas. Seis siglos más tarde los francos eran por lo menos iguales a los musul­ manes y a todo el resto del mundo e incluso les llevaban la delantera en cier­ tos tipos de matemáticas y de innovaciones mecánicas. Se encontraban en la primera etapa de creación de la ciencia y la tecnología que serían la gloria de su civilización y el arma afilada de su expansión imperialista. ¿Cómo habían logrado todo esto aquellos palurdos? ¿Cuál era la naturaleza del cambio habido en su mentalité, como dirían los franceses? Antes de tratar de responder a esta pregunta, deberíamos exa­ minar la mentalité en el siglo xvi. Es el efecto y, conociéndolo, sabremos mejor qué es lo que debemos buscar para conocer también las causas.

1. Lewis Mumford, Technics and Civilization, Harcourt, Brace & World, Nueva York, I9(>2, p. 28 (hay Irad. casi.: Técnica y civilización. Alianza, Madrid, 1994).

2. Ilernaid Lewis, Tlic Mnslini Dixcovery af l'jim/ic, Norton, Nueva York, 1982,

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F igura 1. Pieter Bruegel el Viejo, La templanza, 1560. H. Arthur Klein, Graphic Worlds

F igura

1.

Pieter Bruegel el Viejo, La templanza, 1560. H. Arthur Klein, Graphic Worlds ofP eter Bruegel the Ei­

der, Dover Publications Inc., Nueva York, 1963, p. 245.

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El kitsch es una mirilla que nos permite ver muestras, si no siempre de los lu­ gares comunes de una sociedad, sí de lo que está pensando con la mayor intensi­ dad y hasta de cómo lo está pensando. Ofrezco como prueba de ello un grabado de 1560 que es obra de Pieter Bruegel el Viejo y lleva el título de La templanza3 (figura 1), que a la sazón era la más prestigiosa de las antiguas virtudes. El lema en latín que aparece impreso debajo del original es trivial («Debemos cuidar de no entregarnos a los placeres vanos, el despilfarro o la vida luju­ riosa; pero también de no vivir en la suciedad y la ignorancia, a causa de la mezquina codicia»),4 pero el artista, cuyo objetivo era vender, se aseguró de que prácticamente todo el resto del grabado fuesen cosas nuevas o, como mínimo, de éxito reciente. Nadie hubiese querido o podido crear tal grabado quinientos años antes o, en su totalidad, siquiera cien años antes, como tam­ poco se hubiera podido trazar un mapa de América. Una serie de occidentales progresistas ejercen sus respectivos oficios al­ rededor de la figura de la Templanza. El xvi fue un gran siglo para la astro­ nomía y la cartografía — fue el siglo de Nicolás Copérnico y de Gerardus Mercator— y así en lo alto y en el centro un astrónomo temerario se tamba­ lea sobre el Polo Norte y mide la distancia angular que hay entre la Luna y alguna estrella vecina. Debajo de él, un colega hace una medición parecida de la distancia entre dos lugares de la Tierra. Justo debajo y a la derecha hay un revoltijo de instrumentos de medir — brújulas, una escuadra de albañil y una plomada entre otras cosas— y personas que los utilizan. Es obvio que Bruegel daba por sentado que sus contemporáneos y los posibles clientes se enorgullecían de su capacidad de medir, de obligar a una realidad fluida a detenerse y someterse a la aplicación del cuadrante y la regla en forma de T. La parte superior derecha del grabado está dedicada a la violencia. En ella, la gente y los instrumentos — mosquete, ballesta y artillería— están re­ lacionados con la guerra, de la cual podría decirse que era la ocupación cen­ tral de los europeos en el siglo de Bruegel. En la Edad Media las batallas las había decidido el choque de aristócratas montados a caballo, pero la tecno­ logía militar había cambiado y ahora lo que dominaba las batallas era el en­ frentamiento de grandes bloques de plebeyos que luchaban a pie e iban per­ trechados con armas que se usaban «a distancia» como, por ejemplo, picas, ballestas, arcabuces, mosquetes y artillería. Mandar los nuevos ejércitos exigía algo más que tener valor y saber montar a caballo. Los manuales militares del siglo xvi solían incluir tablas de cuadrados y

3. Mi interpretación de este grabado procede en gran parte de H. Arthur Klein y Mina C.

Klein, Peter Bruegel the Eider, Artist, Macmillan, Nueva York, 1968, pp. I 12-1 16.

4. H. Arthur Klein, (Iruphic Worldx of Peter Bruegel the Eider, Dover, Nueva York,

1963, pp. 243-246.

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raíces cuadradas que ayudaban a los oficiales a desplegar a cientos e inclu­

so miles de hombres en las nuevas formaciones de batalla del Occidente re­

nacentista: cuadros, triángulos, tijeras, cuadros irregulares, cuadros amplios, etcétera.5 Los oficiales, los buenos, tenían ahora que «vadear en el extenso mar del álgebra y los números»6 o reclutar a matemáticos para que les ayu­ dasen. Yago, el viejo soldado y villano de Otelo, de Shakespeare, desprecia

a Cassio porque es un «aritmético» que «nunca ha desplegado un escuadrón

en el campo de batalla»,7 pero estos expertos en números se habían conver­ tido en una necesidad militar. El nuevo tipo de guerra había reducido los soldados de a pie a cuantos. Más aún que los hombres de la falange griega y la legión romana, estos sol­ dados aprendieron a comportarse como autómatas. Empezaron a hacer algo que desde entonces hemos considerado característico de los soldados: mar­ car el paso. Nicolás Maquiavelo, teórico militar además de político, declaró que «del mismo modo que un hombre que baila y sigue el compás de la mú­ sica no puede dar un paso en falso, también un ejército que sigue como es

debido el toque de sus tambores no es fácil que pueda caer en el desorden».8

I os libros de texto y los instructores redujeron las complicadas manipula­

ciones de picas y armas de fuego que hacían los soldados de infantería a una serie ríe movimientos distintos — veinte, treinta, cuarenta— que requerían, lodos ellos, aproximadamente la misma concentración y duraban igual.

Ii ¡im,'ois Rabelais se reía de los soldados que se comportaban como «un per-

ledo mecanismo de relojería»,9 un tipo de maquinaria del que volveremos a ocuparnos en el capítulo 4. En el grabado de Bruegel, justo debajo de los dos cañones que vemos en la parle superior derecha, hay cinco hombres que probablemente discuten sobre el contenido del voluminoso libro que hay a su lado, que con la mayor probabili­ dad es la Biblia. Eran disputas de esta clase las que empujaban a los hombres a

5. Bernabé Rich, Path-Way to Military Practise (London 1587), Da Capo Press, Ams-

lerdain, 1969.

6. Tilomas Digges, An Arithmetical Militaire Treatise Named Stratioticos (London

1571), Da Capo Press, Amsterdam, 1968, p. 70.

1. William Shakespeare, Otelo, acto 1, versos 18-30 (hay trad. cast.: Otelo, trad. de L. Asuana Marín, Aguilar, Madrid, 1988).

8. Nicolás Maquiavelo, The Art ofWar, en The Works ofNicholas Machiavel, Thomas

Ilavies y oíros, Londres, 1762, pp. 44, 47, 54 (hay trad. cast.: Del arte de la guerra, Tecnos,

Madrid, 1988). Véase también William H. McNeill, The Pursuit of Power: Technology, Ar-

tnrd Porce, and Society since A. D. 1000, University of Chicago Press, Chicago, 1982, pp. I ’H I 14.

9. han(,'ois Rahelais, The Histories of Gargantua and Pantagruel, trad. ing. de J. M.

Cohén, IVngnin Books, llarmondsworlh, 1955, p. 141 (hay Irad. casi.: Gargantúa y Panta-

gntcl, liad de I Burju. Akal. Madrid. 1994)

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fabricar cañones y a convertir a los soldados de a pie en piezas de maquinaria. Debajo de los que discuten un maestro instruye a unos niños en la lectura del abecedario. Saber leer y escribir era cada vez más importante para los ambicio­ sos. Hasta los sargentos necesitaban saber leer y escribir, «porque es difícil ha­ cer bien de memoria tantas cosas como le encomendarán al mismo tiempo».10* Un siglo antes, Johannes Gutenberg había estandarizado las letras gó­ ticas vaciándolas en las caras de pequeños cubos de metal de dimensiones uniformes, exceptuando la anchura (después de todo, la «eme» es más an­ cha que la «i»). Las alineaba en un bloque como filas de soldados en for­ mación, las aseguraba con cuñas y luego apretaba el bloque sobre el papel, con lo cual imprimía una página entera de golpe. Su realización más fa­ mosa fue la Biblia Mazarino: cuarenta y dos líneas por página de alrede­ dor de 2.750 letras cada una, con márgenes justificados a la izquierda y a la derecha." La parte inferior izquierda del grabado aparece dedicada a una tempestad de cálculo. Un mercader cuenta su dinero, con el cual medimos todas las co­ sas. Un contable calcula utilizando números indoarábigos, y alguien — ¿un campesino?— parece hacer cálculos en la parte posterior de un viejo laúd o fuelle. ¿Qué es la señal que tiene junto a la mano? Parece la versión dibujada de una vara de contar, un trozo de madera con unas muescas que indican va­ lores numéricos: una muesca amplia para un florín, una muesca más estrecha para las divisiones del mismo.12 Seguidamente, en la dirección de las agujas del reloj, hay un pintor — ¿el propio Bruegel?— vuelto de espaldas a nosotros, posiblemente porque se siente avergonzado. En este grabado Bruegel infringió la regla principal de la perspectiva renacentista, según la cual un cuadro debía ser constante en su geometría y no tener más de un punto de vista. Juntó varias escenas en un mismo grabado, apretadamente, cada una con su propio punto de vista. La gente y los objetos del lado derecho están relacionados espacialmente (aun­ que de manera vaga) con escalones que suben, esto es, se alejan, hacia la parte de atrás (la parte de arriba). En cambio, los tubos del órgano de la iz­ quierda se alejan en línea recta del espectador hacia un horizonte que no se ve pero que obviamente es más bajo. El astrónomo y el cartógrafo se mue­ ven de modo autónomo en un espacio surrealista. El efecto es deshilvanado, pero Bruegel sabía muy bien lo que hacía. El

10.

Digges, Stratioticos, p. 87.

I I.

Michael Clapham, «Printing», en Charles Singer y otros, eds., A History of Techno­

logy, C'larendon Press, Oxford, 1957, 5, pp. 386-388; Gulenberg Bible, Humanities Research (Vnler, lliiivcxily ol Texas, Austin.

12. Karl Meiininger, Nnmher Wortls añil Niiinhrr Svmholx A Cultural History ofNion-

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y sus clientes estaban familiarizados con las reglas geométricas de la pers­

pectiva renacentista y la infracción de las mismas le permitió indicar la inde­ pendencia de las escenas, que, por lo demás, eran contiguas, dando a cada lina de ellas su propia perspectiva. (En el capítulo 9 hablaremos mucho más

de la perspectiva del Renacimiento.) Directamente por encima del artista hay varios músicos y un azacán que inyecta aire en un órgano. Los cantores ejecutan la música de unos textos. Son niños y adultos de diversas edades y, por ende, de diferentes tesituras vocales, y les acompañan el órgano, un sacabuche, un cornetto y otros ins­ trumentos. Es probable que su canto sea polifónico y, en tal caso, es seguro que necesitan textos. El xvi fue el siglo de Josquin de Prés y Thomas Tallis, la edad de oro de la polifonía de iglesia, tipo de música tan complicado que la mejor manera —tal vez la única— de ejecutarla es con la ayuda de la notación escrita. Al igual que la nuestra, que desciende de ella, la notación musical del Renacimiento consistía en líneas que indicaban, de arriba abajo,

la altura del sonido de las notas, y sobre ellas unas figuras que indicaban el orden de las notas y las pausas, que, en duración, eran todas iguales o múl­ tiplos o tracciones exactos unas de otras. Tallis, uno de los contemporáneos de Bruegel, compondrá Spetn in alium, en cuarenta partes separadas, posi­ blemente para el cuadragésimo cumpleaños de la reina Isabel en 1573.13 l Me motete es el no va más de la forma cuántica de abordar el sonido y has­

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el momento no ha sido superado como brillante exhibición de contrapunto.

Para demostrar que su época no consistía sólo en guerra, trabajo y técni­

ca difícil, Bruegel incluyó una referencia al teatro contemporáneo, con bu- lon y todo, en el ángulo superior izquierdo. Al parecer, este pintor tenía ol­ fato para captar no sólo las tendencias del momento, sino también las futuras. Lope de Vega nacerá dos años después de que Bruegel termine este dibujo, y Shakespeare otros dos años más tarde. La Templanza misma ocupa el centro del grabado. En la mano izquierda sostiene las gafas, símbolo de sagacidad, y en la derecha tiene las riendas que llevan hasta un bocado que representa el dominio de sí misma. Lleva es­ puelas en los talones (control sobre un gran poder) y ciñe su talle con una sei picnic (¿malas pasiones dominadas?). Se encuentra de pie sobre un aspa de un molino de caja giratoria, la mayor aportación que la Europa medieval hizo a la tecnología de la energía. Situada en el centro exacto del dibujo

y sin duda no fue por casualidad— , lleva en la cabeza lo que en aquel

tiempo era el más claramente occidental de todos los aparatos que se usabanI

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l’aul Doe. ■■tallis, Tilomas», en Slanley Sadie, ed., The New Grave Dictionary of

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para medir cantidades: el reloj mecánico, cuyo titánico tictac llevaba ya 250 años tronando en los oídos de Europa.14

El grabado de Bruegel es una especie de popurrí de lo que estimulaba la atención de los europeos occidentales urbanos hacia 1560, de lo que po­ dríamos llamar «el sueño renacentista de Occidente». La miscelánea es tan grande que no resulta fácil poner nombre a dicho sueño. Nadie se preocupa­ ba por su coherencia interna o siquiera lo consideraba un conjunto. Era un anhelo, una exigencia, de orden. Muchas de las personas del grabado de Bruegel se dedican de un modo u otro a visualizar la sustancia de la realidad como conjuntos de unidades uniformes, como cuantos: leguas, millas, gra­ dos de ángulo, letras, florines, horas, minutos, notas musicales. Occidente empezaba a decidirse (al menos en parte) a tratar el universo en términos de cuantos uniformes en una o más características, cuantos que a menudo se conciben dispuestos en líneas, cuadrados, círculos y otras formas simétricas:

pentagramas, pelotones, columnas de libro mayor, órbitas planetarias. Los pintores concebían las escenas como conos visuales dotados de precisión geométrica o pirámides enfocadas en el ojo que las observaba. Si damos por sentado que las eras tienen Zeitgeist, el logro sin precedentes y, de momen­ to, no superado del Renacimiento en la pintura, la más puramente visual de las artes y las labores de artesanía, era previsible, incluso inevitable; pero me estoy adelantando a mí mismo. El Occidente renacentista decidió percibir visualmente y de una vez una parte tan grande de la realidad como fuera posible, rasgo que entonces y du­ rante siglos venideros sería el más distintivo de su cultura. La decisión abar­ có incluso lo que era menos visual y más fugaz, la música. En una página puedes ver de golpe varios minutos de música. No puedes oírlos, por su­ puesto, pero puedes verlos y obtener en el acto conocimiento de todo su arco a través del tiempo. Lo que el Renacimiento decidió en el caso de la música fue limitar la variación, reducir la improvisación. Decidió lo mismo en el caso de la guerra y coreografió las acciones de los hombres perdidos en el sombrío terror de la batalla. Parece que el xvi fue el primer siglo en que los generales de la Europa occidental hicieron supuestos tácticos con solda­ dos de plomo sobre una mesa.15 ¿Qué nombre hemos de dar a esta afición a dividir las cosas, las energías, las costumbres y las percepciones en partes uniformes y contarlas? ¿Reduc-

14. Klein, Graphic Worlds of Peter Bruegel the Eider, pp. 243-245.

Kisl, Jacob de Gheyn: The Exerclse of Arms, A Commentary, McGraw-Hill,

Nueva York, IU7I, p. (r, .1. R. Hale, War and Society in Renaissance Europe, 1450-1620 , Jnlms llopkins l’ress, Ballimore, lUHS, pp. 144-145 (hay liad, casi.: Guerra y sociedad en la l'urnpa del Rciiiicimicnto, Minislerio de Delensa, Mailud, I1)1)!)).

15. J. B.

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cionismo? Sí, pero esta es una categoría muy ancha; no nos ayuda a situar en relación con otras innovaciones la respuesta que en el decenio de 1530 dio Niccoló Tartaglia a la pregunta de qué inclinación hacia arriba debía darse a un cañón para que disparase una bala tan lejos como fuera posible. Utilizan­ do una culebrina, disparó dos balas del mismo peso y con idéntica carga de pólvora, con una elevación de 30 y 45 grados respectivamente. La primera cayó a una distancia de 11.232 pies veroneses; la segunda, a 11.832.16 Esto es cuantificación. Así es como cogemos la realidad física, apartamos sus preciosos rizos y la sujetamos por el cogote. A nosotros, que, según dijo W. H. Auden, vivimos en sociedades «para las cuales el estudio de lo que puede pesarse y medirse es un amor apasio­ nado» 17 nos cuesta imaginar otra forma de abordar la realidad. Para hacer comparaciones necesitamos ejemplos de otra manera de pensar. Los escritos de Platón y Aristóteles celebran un planteamiento no metrológico, casi anti- mclrológico, y tienen la ventaja complementaria de ser representativos de lo mejor de nuestro ancestral modo de pensar. listos dos hombres tenían una opinión de la razón humana mejor que la que leñemos nosotros, pero no creían que nuestros cinco sentidos fuesen ca­ paces de medir la naturaleza con exactitud. Así, Platón escribió que cuando el alma depende de los sentidos para obtener información «es atraída por el cuerpo hacia el reino de lo variable y se extravía y se confunde y siente vér­ tigo» IK Los dos griegos aplicaban criterios diferentes de los nuestros para divi­ dir los ríalos en dos categorías, a saber: aquello de lo que podemos estar muy seguros y aquello de lo que nunca podremos estar seguros. Usted y yo esta­ mos dispuestos a reconocer que los datos en bruto de la experiencia cotidia­ na son variables y que nuestros sentidos son falibles, pero creemos que te­ nemos una categoría que los dos filósofos no pensaban tener: una categoría de cosas que son suficientemente uniformes para justificar que las midamos, después de lo cual es posible calcular promedios y medias. En cuanto a de­ pender de los sentidos para hacer tales mediciones, señalamos los logros que hemos alcanzado basándonos en ellos: telares mecánicos, naves espa­ ciales. tablas aduanales, etcétera. No es una respuesta sólida — nuestros éxitos pueden ser fruto de la casualidad— , pero es un ejemplo de la mane-

lf). A. K. Hall, Haüistics in the Seventeenth Century, Cambridge University Press, 1952, pp IK a?.

17 W. II. Aiulen. The English Auden: Poems, Essays and Dramatic Writings, 1927­

1919, I iilier A l'aher, Londres, 1986, p. 292.

18 Edilli I laniillnn y llunhnglon Cairns, eds., I’he Colleeted Dialogues of Plato, Prin-

erlon llmversily l’iess, Pimcelon. N. J., 1961. p. 62 (Imy timl. casi.: Diálogos, 1 vols., Ore- dos. Madi ni. I1)-).’ 19 9 1).

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ra en que los seres humanos suelen evaluar sus capacidades: esto es, ¿qué funciona y qué no funciona? ¿Por qué Platón y Aristóteles, que eran en ver­ dad inteligentes, se alejan, asustados, de la categoría de lo que es útilmente cuantificable? Cabe hacer al respecto dos observaciones como mínimo. En primer lu­ gar, los antiguos definían de forma mucho más estrecha que nosotros la me­ dición cuantitativa, y a menudo la rechazaban para adoptar una técnica que podía aplicarse de forma más general. Aristóteles, por ejemplo, afirmó que el matemático mide las dimensiones sólo después de «eliminar todas las cuali­ dades perceptibles, por ejemplo, el peso y la ligereza, la dureza y su contra­

ria, y también el calor y el frío y otros contrarios

les, «el Filósofo», como le llamaba la Europa medieval, encontraba la descripción y el análisis más útiles en términos cualitativos que en términos cuantitativos. Nosotros afirmaríamos que el peso, la dureza, la temperatura «y otros contrarios perceptibles» son cuantificables, pero eso no se encuentra implíci­ to ni en estas cualidades ni en la naturaleza de la mente humana. Nuestros psicólogos de la infancia declaran que los seres humanos, incluso durante el período de lactancia, muestran indicios de que tienen el don innato de poder contar entidades discretas20 (tres galletas, seis pelotas, ocho cerdos), pero el peso, la dureza, etcétera, no se nos presentan como cantidades de entidades discretas. Son condiciones y no colecciones; y, peor aún, con frecuencia son cambios fluidos. No podemos contarlos como son; tenemos que verlos con el ojo de nuestra mente, cuantificarlos por decreto y luego contar los cuantos. Eso es fácil de hacer cuando se mide la extensión: por ejemplo, esta lanza tie­ ne tantos centímetros de longitud y podemos contarlos colocando la lanza en

el suelo y andando a pasos cortos junto a ella. Pero la dureza, el calor, la ve­

locidad, la aceleración

Lo que puede medirse en términos de cuantos no es tan sencillo como pensamos nosotros, que tenemos la ventaja ex postfacto que nos brindan los errores de nuestros antepasados. Por ejemplo, cuando en el siglo xiv los es­ tudiosos del Merton College de Oxford empezaron a pensar en los benefi­ cios de medir no sólo el tamaño, sin también cualidades tan escurridizas como el movimiento, la luz, el calor y el color, siguieron adelante, saltaron la valla y hablaron de cuantificar la certeza, la virtud y la gracia.21 De hecho,

perceptibles».19 Aristóte­

¿cómo diablos cuantificaríamos estas cosas?

19. W. D. Ross, ed., The Works ofAristotle, Clarendon Press, Oxford, 1928, 8, p. 1.061a.

20. B. Bower, «Bahies Add up Basic Arilhmetic Skills», Science News, 142 (29 de agos­

to de 1992), p. 1.12.

21. I. A. Weisheipl, «(lekliam and lile Merlonians», en .1.1. Callo, ed., The History of the

UniversilY of Ox/onl, <Ixlord Univel Miv Press, ( Ixlord, I9H4, vol

I, p. 619.

24

LA M EDIDA DE LA REALID AD

si eres capaz de pensar en medir el calor antes de que se invente el termó­ metro, ¿por qué razón no pensarías en hacer lo propio con la certeza, la vir­ tud y la gracia? En segundo lugar, a diferencia de Platón y Aristóteles, nosotros, con po­ cas excepciones, aceptamos el supuesto de que las matemáticas y el mundo material están relacionados de manera directa e íntima. Aceptamos como hecho que se explica por sí mismo que la física, la ciencia de la realidad pal­ pable, debe ser intensamente matemática. Pero esa proposición no se expli­ ca por sí misma; es un milagro sobre el cual han tenido sus dudas muchos sabios. Probablemente las matemáticas más complejas que el simple contar con los dedos de las manos y los pies tuvieron su origen en los avances de las mediciones necesarias para pesar el grano para venderlo, y contar y tomar nota de gran número de ovejas y otros animales en mercados como los que había junto a los ríos Tigris e Indo, para medir la marcha del firmamento con el lili de escoger el día apropiado para plantar, y medir los campos húmedos

y sin accidentes en Egipto después de las inundaciones que causaba el Nilo.

Peí o

do a mantener la separación desde entonces. Pesar, contar y medir eran acti­ vidades mundanas, pero resultó que las matemáticas tenían cualidades tras­ cendentales que embriagaban a quienes trataban de alcanzar la verdad alinvesando la cortina de lo mundano. Los agrimensores debieron de cono- eei el teorema de Pitágoras (el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo leeiangulo es igual a la suma de los cuadrados de los catetos) durante siglos •mies de que uno de ellos se diera cuenta de sus consecuencias filosóficas y místicas. El agrimensor decidió que el teorema era la prueba de la presencia ile lo trascendental; era abstracto, perfecto, y tan misteriosamente referen-

eial como la aparición de un arco iris entre las neblinas y la lluvia torrencial.

I negó, este protopitagórico salió con dificultad de los campos embarrados y probablemente fundó una orden religiosa. Desde aquel día hasta hoy la ma­

temática pura y la metrología han sido ciencias distintas. I .a primera, según Platón, pertenecía a la filosofía, por medio de la cual se aprehendía el ser verdadero». La segunda pertenecía al reino de lo efí­ mero: la guerra, por ejemplo, para la cual el soldado debe saber matemáticas con el lin de desplegar sus tropas de manera apropiada; y el comercio, para

el cual los tenderos deben saber aritmética con el fin de llevar la cuenta de

las compras y las ventas.22

luego la medición práctica y las matemáticas divergieron y han tendi­

22. //;<■ Rcpithlie of Hato, trad. ingl. de Francis M. Cornford, Oxford University Press,

Nueva York, Idd.S, pp. 242-243 (hay Irad. cast.: 1.a república, trad. de J. C. García Borrón, Alhaniliia, Madrid, l'W ').

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Platón recomendó alejarse del mundo material porque «siempre está cambiando y nunca es lo mismo» y acercarse a «lo que siempre es lo mismo y nunca cambia».23 Dirigió nuestra atención hacia la belleza, la bondad y la rectitud absolutas, y hacia el triángulo, el cuadrado y el círculo ideales, ha­ cia abstracciones que él estaba seguro de que existían con independencia del mundo material. Estaba convencido de que el conocimiento de tales entida­ des únicamente podía alcanzarse por medio de «la inteligencia por sí sola». La inteligencia podía iniciar su viaje a la consecución del conocimiento fi­ losófico por medio del estudio de las matemáticas. Recomendó que los fu­ turos reyes-filósofos estudiaran matemáticas «hasta que, mediante la ayuda del pensamiento puro, lleguen a ver la verdadera naturaleza del número».24 Es difícil saber con exactitud qué quería decir con estas palabras, pero podemos ilustrarlo. Platón decidió que el número de ciudadanos del estado ideal era de 5.040. Esta cifra parece sensata porque puede representar más o menos el número de personas que pueden oír cómo habla un individuo sin amplificación especial, pero Platón no la eligió por este motivo. La eligió porque es el producto de 7 x 6 x 5 x 4 x 3 x 2 x I.25 Esto es misticismo ma­ temático, y el camino que va de él a la numerología es más corto que el que lleva a la contabilidad por partida doble. Aristóteles se inclinaba a pensar que el platonismo carecía de lastre. A diferencia de su gran maestro, honraba a quienes dan puntapiés a las pie­ dras y, en medio del dolor, insisten en que un dedo roto es la prueba de que las piedras son reales. Aceptaba los datos sensoriales, pero dudaba de que las matemáticas tuvieran mucha utilidad para interpretar dichos datos. La geometría, por ejemplo, estaba muy bien, pero las piedras nunca eran per­ fectamente esféricas y tampoco las pirámides eran perfectamente piramida­ les, así que ¿de qué servía tratarlas como tales? Por supuesto, la persona inteligente vería que una piedra era mayor que otra, más o menos redonda que otra, pero no malgastaría tiempo tratando de medir exactamente algo tan variable como la realidad material. La ciencia (y muchas más cosas características de las sociedades moder­ nas) puede definirse como el fruto de la aplicación de las matemáticas, con su precisión platónica, a las toscas realidades de Aristóteles. Pero las mate­ máticas abstractas y la metrología práctica se repelen tanto como se atraen mutuamente. Ciertas figuras de la civilización mediterránea clásica — Pto- lomeo, por ejemplo— las entretejieron con muy buenos resultados, pero el tejido se deshilachó durante los últimos siglos del imperio romano de Occi-

23.

Col/cacti Dialogues of Plato, p. 1.161.

24.

Kc/uihlic of Plato, p. 242.

23.

(';ii'l II lioyer, A fUstor\ <>l Mallicniatius, Puna-Ion lJnivcrsily Press, Princeton,

N.

.1., I'HiK. p

26

LA M EDIDA DE LA

REALID AD

líente y se deshizo en la alta Edad Media. Otros genios de otras civilizacio­ nes — la maya y la china, por ejemplo— alcanzaron triunfos intelectuales utilizando técnicas matemáticas para analizar y manipular medidas, pero también en estas sociedades lo teórico y lo práctico acabaron divergiendo. Cuando los españoles llegaron a las costas de Yucatán y de América Central en el siglo xvi, los mayas se hallaban sumidos en el estancamiento intelec­ tual y ya no perfeccionaban sus matemáticas y su calendario.26 Cuando los españoles y los portugueses arribaron al Asia oriental, los chinos ya se ha­ bían olvidado de los relojes gigantescos de la dinastía Sung y su calendario

era defectuoso y siguió siéndolo hasta que los jesuitas les ayudaron a corre­

girlo.27

Eos anales indican que en la historia de la humanidad la norma consiste en ciclos de avance y de retroceso, en este caso de combinación de matemá­ ticas abstractas y medición práctica y luego de dar cabezadas y dormirse y

ol viciarse. El logro intelectual distintivo de Occidente consistió en juntar las

matemáticas y la medición y aplicarlas a la tarea de entender una realidad perceptible por los sentidos que los occidentales supusieron de muy buena

le que era temporal y espacialmente uniforme y, por tanto, podía someterse

a semejante examen. ¿Por qué logró Occidente que saliese bien lo que era un

matrimonio a la fuerza? ¿Cómo, por qué y cuándo pasaron o empezaron a pasar los europeos de sus dudosos comienzos en el terreno mensurativo a —o al menos hacia— las rigurosas artes, ciencias, técnicas y tecnologías que Bruegel presentó a sus clientes en su obra La templanza? ¿Cómo, por qué y cuándo fueron más allá los europeos de una simple acumulación de datos sensoriales del mismo modo que las urracas recogen objetos llamativos que no sirven para nada? 'orno, por qué y cuándo se libraron de pasarse una eternidad aullando a la lima de la realidad platónica? El «cómo» es el tema principal de este libro.

I I '-porqué» es tal vez el principal misterio de la civilización occidental, un

ai eilijo envuelto en un enigma, y el tema de la segunda mitad del libro. El •i liando- puede que sea el más fácil de los tres interrogantes y podemos tra- lai de responder a él inmediatamente.

No cabe duda de que el conocimiento de la cuantificación por parte de la civilización occidental data como mínimo de una era tan remota como es el Neolítico (mi rebaño tiene doce cabras y el tuyo, sólo siete), pero pasaron milenios antes de que se convirtiese en una pasión. Ptolomeo, Euclides y

26. Alvin M. Josephy, The ludían Heritage of America, Knopf, Nueva York, 1969,

pp. 209 212.

27. Al herí Chali, «Late Ming Society and the Jesuit Missionaries», en Charles E. Ronan

y llonnie 1L ( \ Oh, eils., East Meets West: The Jesuits in China, 1582-1773, Loyola Univer-

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otros matemáticos de la Antigüedad mediterránea se habían dedicado fruc­ tíferamente a la medición y las matemáticas, pero pocos europeos occiden­ tales comprendían o siquiera tenían acceso a sus obras en la alta Edad Me­ dia. Los occidentales creían en la Biblia, donde se decía que Dios lo dispuso todo «con medida, número y peso» (Libro de la Sabiduría, 11,20), pero ha­ cia el año 1200 prestaban poca atención deliberada o deliberativa al concep­ to de la realidad como cuantificable. Los maestros albañiles de las catedrales góticas, que levantaban edifi­ cios de proporciones agradables que raramente se derrumbaban, eran una especie de excepción, pero su geometría era puramente práctica. No cono­ cían a Euclides, pero, al igual que los buenos carpinteros de hoy, ejercitaban la geometría manipulando, a menudo en sentido literal, unas cuantas figuras básicas: triángulos, cuadrados, círculos, etcétera. En general, su tradición se difundía oralmente y la medición sobre la marcha consistía en que el maes­ tro señalase con su vara la piedra y dictase: «Par cy me la taille» (Por aquí me la cortas).28 Luego, entre 1250 y 1350, se produjo un cambio acentuado, no tanto en la teoría como en la aplicación práctica. Probablemente, podemos reducir aquellos cien años a la mitad: de 1275 a 1325. Alguien construyó el primer reloj mecánico y el primer cañón de Europa, dos cosas que obligaron a los europeos a pensar en términos de tiempo y espacio cuantificados. Los por­ tulanos, la pintura en perspectiva y la contabilidad por partida doble no pue­ den datarse con precisión porque eran técnicas nacientes y no inventos con­ cretos, pero podemos decir que los ejemplos más antiguos que se conservan de las tres cosas datan del citado medio siglo o de inmediatamente después. Roger Bacon midió el ángulo del arco iris, Giotto pintó teniendo presen­ te la geometría y los músicos occidentales, que llevaban varias generaciones componiendo un pesado tipo de polifonía llamado ars antiqua, alzaron el vuelo con el ars nova y empezaron a componer lo que ellos denominaban «canciones medidas con precisión». No volvió a haber nada parecido a es­ tos cincuenta años hasta los comienzos del siglo xx, momento en que la ra­ dio, la radiactividad, Einstein, Picasso y Schónberg causaron una revolución parecida en Europa.29 La señal cuantificativa apareció cuando la Europa occidental, hacia el año 1300, alcanzó su primer apogeo en lo que se refiere al crecimiento de-

28. Lon R. Shelby, «The Geometrical Knowledge of Mediaeval Master Masons», Spe-

culum, 47 (julio de 1972), pp. 397-398, 409; Erwin Panofsky, Cothic Arcliitecture and Scho- lasticism, Arcliahhey Press, Lairohe, Pa., 1956, pp. 26, 93 (hay trad. casi.: Arquitectura góti­ ca y pensamiento escolástico. Piqueta. Madrid, 1986).

29. Slephen Keru, The Culture o]"Tinte and Spaee, ISSO láIS, Londres, Wcidcnlcld &

Nwolson,

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LA

M EDIDA DE LA REA LID A D

mográfico y al económico, y persistió cuando Occidente tropezó y cayó en un siglo de horrores, de derrumbamiento demográfico, guerra crónica, ca­ tástrofes naturales, descrédito de la Iglesia, hambrunas periódicas y oleadas de infección, la mayor de las cuales fue la peste negra. En el transcurso de ai|itel siglo Dante escribió su Divina comedia; Guillermo de Ockham blan­ dió su incisiva navaja; Richard de Wallingford construyó su reloj; Machaut compuso sus motetes; y algún capitán de barco italiano zarpó del cabo Fi- nisterre y ordenó al timonel que pusiera rumbo al golfo de Vizcaya para ir a Inglaterra, rumbo que no escogió consultando opiniones ajenas, de viva voz o escritas, sino una carta de navegación. Otro italiano, posiblemente uno que tenía intereses en el barco en cuestión, confeccionó algo que se parecía a una hoja de balance. Para el historiador es como observar un halcón herido que entra en una corriente invisible de aire caliente y se eleva más y más.

2. EL MODELO VENERABLE

El deseo más profundo de la mente, incluso en sus operacio­ nes más complejas, corre parejas con el sentimiento inconscien­ te del hombre ante su universo: es una insistencia en el conoci­ miento, una apetencia de claridad. Para un hombre entender el mundo es reducirlo a lo humano, poniéndole su sello.

A lbert C amus (1940)1

Pantometría es uno de los neologismos que aparecieron de forma cre­ ciente en las lenguas de Europa en la primera mitad del segundo milenio cristiano, palabras que nacieron respondiendo a la llamada de nuevas ten­ dencias, instituciones y descubrimientos. Millón y América son otros. Una oleada general de más en el siglo xm hizo que mil millares, que raras veces se utilizaba, cayera en desuso e inspiró una útil palabra sustitutiva: millón. Colón y Américo Vespucio y otros por el estilo crearon la necesidad de la palabra América unos dos siglos después. Estas palabras eran chispas que producían las ruedas de la sociedad occidental al virar y rozar los lados de viejas rodadas. Los virajes y las rozaduras son el tema del presente libro, pero primero debemos examinar las rodadas, esto es, la visión de la realidad que la mayoría de los europeos occidentales de la Edad Media y el Renaci­ miento aceptaban como correcta. Podemos empezar dejando de lado la palabra rodada. La antigua visión de la realidad tuvo que desecharse en su momento, pero fue útil durante un milenio y medio, y mucho más incluso si tenemos en cuenta que gran parte de ella había sido la norma en el mundo clásico también. Permitió que de­ cenas de generaciones entendiesen el mundo que les rodeaba, desde las co­ sas que tenían más a mano hasta las estrellas fijas. No, una rodada, no: es

I. Al herí ('¡milis, Tlw Mylli of Sisyplws, liad. ingl. de Justin O’Brien, Vintage Books,

Nueva York. l'Wl. p. 17 (hay liad, casi.: /■./ mito tic Si.sifo, Alian/.a, Madrid, I9956).

30

LA M EDIDA DE LA REALID AD

mejor decir surco, con sus connotaciones de repetición, utilidad y facilidad, aunque es aplicable de modo demasiado general para ser útil en otros con­ textos. Daré a la visión antigua el nombre de «el modelo venerable», «vene­ rable» porque, en efecto, es antigua y merece respeto. Si el modelo venerable casi monopolizó el sentido común europeo du­ rante tantas generaciones fue porque poseía el sello propio de la civilización clásica y por una razón más importante: porque, en conjunto, cuadraba con la experiencia real. Además, respondía a la necesidad de una descripción del universo que fuera clara, completa y debidamente formidable sin causar es­ tupor. He aquí una ilustración: cualquier persona podía ver que el firma­ mento era vasto, puro y totalmente distinto de la Tierra, pero también que daba vueltas alrededor de ésta, que, aunque pequeña, era el centro de todas las cosas. El modelo venerable proporcionaba estructuras y procesos con los cuales una persona podía vivir emocionalmente además de comprenderlos intelec­ tual mente: por ejemplo, un tiempo y un espacio de dimensiones humanas. El tiempo era formidable, pero no hasta el extremo de superar la capaci­ dad de comprensión de la mente. Eusebio, hacia el año 300 d.C., declaró que I)ios había creado el universo y había dado cuerda al tiempo y luego lo ha­ bía puesto en marcha 5.198 años antes de la encarnación. Beda el Venera­ ble, hacia el año 700, estaba seguro de que la creación era todavía más reciente: la cifra, según sus cálculos, era de 3.952 años antes de la encarna­ ción.2 En la Edad Media y el Renacimiento ningún occidental de renombre sugirió que los años transcurridos desde el principio, desde la creación has­ ta la encarnación y hasta el momento presente, fueran nada menos que 7.000. Sin duda entre 250 y unas 300 generaciones humanas serían sufi­ cientes para incluir todo el tiempo desde el principio hasta el presente y has­ ta el inevitable fin. (Los occidentales, por supuesto, creían en el infinito era un atributo de Dios— , pero el infinito era la antítesis del tiempo, más que su prolongación.) El espacio también era vasto, pero no hasta el extremo de causar pasmo. ( lossoin de Metz, que escribió alrededor de 1245, calculó que si Adán hu­ biera echado a andar hacia el cielo inmediatamente después de ser creado, a mi ritmo de unos 40 kilómetros diarios (cifra que representa una buena mar­ cha, pero no demasiada para un hombre joven y sano), aún le faltarían 713 años para llegar a las estrellas fijas. Unos cuantos decenios más tarde Roger Bacon calculó que una persona que anduviera unos 32 kilómetros diarios lardaría 14 años, 7 meses y 29 días y pico en llegar a la Luna. Para algunos

2. Li'iisl Hicisach, lUstoriograpliy: Aneient, Medieval, and Modera, Universily ofClii-

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MODELO V E N ER A B LE

31

de los estudiosos mejor informados de Occidente la extensión del universo aún podía describirse en términos de andar.3 La realidad (palabra que usaré para referirme a todo lo material dentro del tiempo y el espacio, más esas dos dimensiones per se) tenía unas di­ mensiones que los seres humanos podían comprender y funcionaba de ma­ neras que las personas podían entender o a las que podían resignarse, pero eso no significaba que fuera esencialmente uniforme. Los seres humanos percibían la realidad como una especie de cosa desigual, heterogénea, acti­ tud que quizá sea rara hoy día pero que en el pasado era común y compartí­ an, por ejemplo, con los lejanos e indiscutiblemente cultos chinos.4 Los ga­ tos, por así decirlo, podían perseguir siempre a los ratones al norte del ecuador y nunca viceversa, pero ¿quién podía decir lo que tal vez ocurría en las antípodas? ¿Y qué cristiano podía dudar de que Matusalén vivió 969 años en la primera era después de la creación, por improbable que semejan­ te longevidad resulte en la era actual? Los europeos afrontaban la heterogeneidad esencial de la realidad reco­ nociéndola incluso en las manifestaciones más inmediatas: el fuego subía y las rocas caían no porque tuvieran cantidades diferentes de la misma cosa abstracta — peso— sino porque eran distintos y sanseacabó. La realidad, sin embargo, no era absolutamente caótica — eso sería en verdad penoso— , pero la posibilidad de predecirla no se derivaba de ella misma per se, sino del Dios único. «El Creador ha ordenado las leyes de la materia de tal modo -escribió Guillermo de Canterbury— que nada puede suceder en su crea­ ción excepto de acuerdo con su justa ordenación, ya sea buena o mala.»5 ¿Significaba eso que los seres humanos podían cuantificarla? Bien pu­ diera ser, suponiendo que Dios se dignara ser razonable en términos huma­ nos, aunque la obsesión de los investigadores con la inconmensurable causa primera, Dios, durante mucho tiempo desviaría la atención de las causas se­ cundarias perceptibles de manera inmediata y posiblemente mensurables: la velocidad, la temperatura, etcétera. Los que creían en el modelo venerable adoraban el simbolismo, que es mas útil experimentar que describir de modo abstracto. Pasemos a los ejem­ plos, uno de la geografía (espacio) y uno de la historiografía (tiempo). Los

L Alhcrl Van Helden, Measuring the Universe: Cosmic Dimensions from Aristarchus

lo llnllcy, IJniversity of Chicago Press, Chicago, 1985, pp. 35-38; The Opus Majus ofRoger Hurón, liad. ingl. de Robert B. Burke, Russell & Russell, Nueva York, 1962, vol. 1, p. 251.

■1. Derk Boddc, Chínese Thought, Society, and Science: The Intellectual and Social llackgronnd oj Science and Technology in Pre-Modern China, University of Hawaii Press,

I

lo n n h ilii.

19 9 1. p.

104.

s Bcncdicla Ward. Mirarles aml the Medical Miml: Vheorv, Record and Event, 1000-

/.’/ V 11111 veis iIy ni IViiiisylvama Press, liladcllia. 1987, p

'I

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LA M EDIDA DE LA REALIDAD

cristianos estaban de acuerdo en que la crucifixión de Jesús fue el eje central de todo el tiempo y, por consiguiente, del mundo. Jerusalén, el escenario de la crucifixión, tiene que ser el centro de la superficie habitada de la Tierra. ¿Acaso no dice Ezequiel 5, 5, previendo la agonía de Jesús: «Esta es Jerusa­ lén; yo la había colocado en medio de las naciones, y rodeada de países»? Los europeos medievales creían comúnmente que el centro tenía que es­ tar situado en el Trópico de Cáncer con los continentes tal como se conocían entonces reunidos a su alrededor, Asia al este, África al suroeste y Europa al noroeste. Al visitar Jerusalén en el siglo vn, el obispo Alculfo encontró una columna levantada en el lugar donde el contacto con la Cruz del Señor ha­ bía devuelto la vida a un muerto. Alculfo escribió que dicha columna era la prueba de que la ciudad estaba en el trópico: en el mediodía del solsticio de verano la columna no proyectaba absolutamente ninguna sombra. En el si­ glo xi el papa Urbano II, en el sermón que fue el origen de la primera cru­ zada, también dijo de Jerusalén que era «el centro de la Tierra» (y, además, que estaba en medio de una «tierra fructífera por encima de todas las otras, como otro paraíso de delicias»)/’ Cuando sir John Mandeville (que proba­ blemente es un personaje ficticio, pero no importa) viajó por Oriente Pró­ ximo trescientos años después, repitió el convencimiento común de que Je­ rusalén se encontraba en el centro de la parte del globo terráqueo ocupada

por seres humanos.67 ¿Utilizó alguien un

ba en el trópico? No más de lo que nosotros consultaríamos el Nuevo Tes­ tamento para comprobar los datos que nos diera el gnomon. La centralidad de Jerusalén no necesitaba confirmación; era histórica y teológicamente obvia. Muchas personas, incluidos los historiadores, pensaban que toda la his­ toria se hallaba encarnada en el esquema de los cuatro reinos que se deriva de un pasaje del Libro de Daniel. Nabucodonosor sueña con una estatua que liene cabeza de oro, pecho y brazos de plata, vientre y muslos de bronce, piernas de hierro y pies de hierro mezclado con arcilla. (Los pies de arcilla perduran en nuestro aforismo sobre la debilidad inevitable de incluso los po­ derosos.) Los antiguos europeos creían que la cabeza representaba el impe- i io babilónico, al que sucederían imperios de plata, luego de bronce y final­ mente de hierro hasta totalizar cuatro. El último, hecho de hierro, duraría

gnomon para ver si Jerusalén esta­

6. «The Pilgrimage of Alculfus», The Lihrary of Palestine Pilgrim ’s Text Society, Lon­

dres. 1897, vol. 3, p. 16; Donald A. White, ed

Press, Ilomcwood, III., 1965, p. 352. Bernardo el Sabio señaló la centralidad de Jerusalén al­ rededor ile 870; véase John B. Friedman, The Monstruous Races in Medieval Art and

l'hought, Harvard University Press, Cambridge, Mass., 1981, pp. 219-220.

Medieval History: A Source Book, Dorsey

7. M. C. Seymour, ed., Mandeville's Trovéis, Oxford University Press, Londres, 1968,

p. 142. Para otros estudios, véase el capítulo 53 de Innoccnls Ahro/ul, de Mark Twain.

EL MODELO V EN ER A BLE

33

mucho tiempo y se identificaba a menudo como el imperio romano, que du­ raría, bajo una forma u otra, hasta los acontecimientos que llevarían directa­ mente al fin de los tiempos. Esto obligó a los cristianos a recurrir al truco de identificar los imperios carolingio y otomano como romanos. Hacer lo con­ trario hubiera sido destruir un símbolo de valor incalculable que unía un pa­ sado santo y lejano, un presente fugaz y un futuro santo e inminente.8

Ahora, una vez se nos ha advertido que no debemos pensar que el «sen­ tido común» ha sido común a lo largo de los siglos, podemos continuar y ha­ cer una breve evaluación de tres facetas del modelo venerable: el tiempo, el espacio y lo que hoy nos parece un medio muy útil de medir y pensar en es­ tas dimensiones: las matemáticas. Daremos vueltas por un milenio, desde el declive del imperio romano hasta la Edad Media y el Renacimiento, en bus­ ca de materiales para nuestra evaluación. Nuestros criterios no incluirán ne­ cesariamente la respetabilidad intelectual, sino la distribución y la duración:

¿en qué medida y durante cuánto tiempo mantuvieron los europeos occi­ dentales una actitud dada? La nuestra será una «aproximación estática» (concepto de Cario M. Cipolla) que hará hincapié en el consenso de mil años como si fuera una unidad. Es un capricho, pero resulta útil. El «sentido co­ mún» de mil años servirá de telón de fondo sobre el cual resaltarán clara­ mente las innovaciones.9 Empecemos por el tiempo. Los europeos no pensaban que hubiera mu­ cho tiempo. San Agustín previno contra la desfachatez de tratar de calcular la totalidad del tiempo, esto es, el número exacto de años que van desde el principio hasta la aparición del Anticristo, la segunda venida de Cristo, el Apocalipsis y el fin de los tiempos. Unos cuantos lo intentaron, de todos modos, pero nunca se pusieron de acuerdo sobre una cifra exacta. Sin em­ bargo, todos convinieron en que el día del juicio final estaba mucho más cer­ ca que el principio.10 A pesar de ello, los europeos medievales solían prestar poca atención a los detalles del tiempo. Podían datar los acontecimientos con dolorosa pre­ cisión: por ejemplo, un tal conde Charles fue asesinado «en el año mil cien­ to veintisiete, en el sexto día antes de las nonas de marzo, en el segundo día, esto es, después del principio del mismo mes, cuando habían transcurrido

8. Daniel, 2, 31-46; Breisach. Historiography, pp. 83-84, 159.

9. Cario M. Cipolla, Before the Industrial Revolution: European Society and Economy,

1000-1700, Norton, Nueva York, 1980, pp. v, xm.

10. G. J. Whitrow, Time in History: The Evolution ofOur General Awareness ofTime

and 'Temporal Berspeetive, Oxford University Press, Oxford, 1988, pp. 80-81. 131 (hay trad. casi.: El tiempo en la historia. Crítica, Barcelona, 1990); Patrick Boyde, Dante Philomythes añil l'hilosopher: Man in the ( 'asmas. Camhridjte University Press, 1981, p. 157.

u

LA MEDIDA DE LA

REALIDAD

dos días de la segunda semana de la cuaresma y el cuarto día iba posterior­ mente a amanecer, en el quinto concurrente y la sexta epacta». Pero nor­ malmente databan los acontecimientos sólo de modo vago. Por citar un solo ejemplo entre muchos, existe un documento inglés fechado «después de que el rey y el conde Thierry de Flandes celebraran conversaciones el uno con el otro en Dover antes de que el conde partiera con destino a Jerusalén».I11 Pe­ dro Abelardo, el filósofo sin par de Occidente a comienzos del siglo x ii, in­ cluyó pocas fechas en su autobiografía; le bastaron expresiones como, por ejemplo, «unos cuantos meses más tarde» y «un día».12 Santo Tomás de Aquino, cuya importancia mientras vivía y cuya fama después de su muerte quizás inducirían a esperar exactitud en la cronología documentada de su vida, nació en 1224, 1225, 1226 o 1227.13

Nuestra dificultad crónica con el tiempo medieval y renacentista es que, al igual que un pulpo, su forma era sólo aproximada. Los europeos de anta­ ño mostraban una tolerancia enorme con el anacronismo. Por ejemplo, en el siglo vi Gregorio de Tours conocía a personas que habían visto con sus pro­ pios ojos las rodadas de carro que los israelitas habían dejado en el fondo del mar Rojo al huir del ejército del faraón, rodadas que se renovaban milagro-

saínenle después de cada nueva acumulación de

tonces el año exacto del éxodo no era demasiado importante, quizá ni tan solo muy interesante. El tiempo, más allá de la duración de la vida indivi­ dual, se concebía no como una línea recta marcada con cuantos iguales, sino como un escenario donde se representaría el mayor de todos los dramas, el de la salvación contra la condenación. Los europeos occidentales tenían varias maneras de dividir aquel esce­ nario temporal. Las divisiones en dos períodos (desde el principio hasta la

légamo.14 Si era cierto, en­

I I. Patrick J. Geary, ed., Readings in Medieval History, Broadview Press, Lewiston, N. Y., 1989, p. 420; M. T. Clancy, From Memory to Written Record: English, 1066-1307, Har­ vard University Press, Cambridge, Mass., 1979, p. 237.

12. Marc Bloch, Feudal Society, trad. ingl. de L. A. Manyon, University of Chicago

Press, Chicago, 1961,

vol. 1, p. 74 (hay trad. cast.: La sociedad feudal, Akal, Madrid, 1987);

Alcxander Murray, Reason and Society in the Middle Ages, Oxford University Press, Oxford, 1978, pp. 175-177 (hay trad. cast.: Razón y sociedad en la Edad Media, Taurus, Madrid,

1982).

13.

James A. Weisheipl, Friar Thomas D'Aquino: His Life, Thought, and Work, Dou-

hleday, Garden City, N. Y., 1974, pp. ix, 3 (hay trad. cast.: Tomás de Aquino: vida, obras y doctrina, EUNSA, Barañáin, 1994).

14. Gregorio de Tours, The History ofthe Franks, trad. ingl. de Lewis Thorpe, Penguin

Books, Harmondsworth, 1974, pp. 75-76; Jacques Le Goff, La civilisation de TOccident me­ dieval, B. Arlhaud, París, 1964, pp. 221-222 (hay trad. cast.: Ixi civilización del occidente medieval. Juventud, Barcelona); Murray, Reason and Society, pp. 175-176, 177; William

l.angland, Piers the Plottghman, trad. ingl. de J. I'. Goodridge, Penguin Books, llarmonds- worlli, 1060, p. 82.

E L MODELO V E N ER A B LE

35

encarnación, y después) y en tres períodos (de la creación a los diez manda­ mientos, de los mandamientos a la encarnación, y de este acontecimiento al presente y más allá hasta la segunda venida) eran conocidas de todos los cristianos.15 Un sistema más abstruso pero citado con frecuencia era el de los cuatro reinos, derivado de un pasaje de Daniel, que ya hemos examina­ do. San Agustín, el más importante de los padres de la Iglesia occidental, fue el principal arquitecto de un sistema de edades dividido de acuerdo con los seis días de la creación más el sábado. Las primeras seis edades empezaban, respectivamente, por la creación, el diluvio, Abraham, David, el cautiverio de Judá y el nacimiento de Cristo. La sexta edad terminaría con la segunda venida. Luego habría un sábado y finalmente la eternidad.16 Las edades, fuera cual fuese su número, eran cualitativamente distintas. La salvación era imposible para todos los que habían vivido antes de Jesús, fueran cuales fuesen sus virtudes, a menos que el Hijo de Dios los rescatase en persona. Esto explica por qué Dante encontró a hombres tan buenos como Homero, Horacio, Ovidio, Lucano, Sócrates, Platón y Ptolomeo en el limbo y no en el purgatorio o el paraíso.17Las distintas cualidades de las dis- 1intas edades incluso podían causar diferencias cuantitativas. San Agustín sabía que las personas antediluvianas de la primera edad habían vivido cien­ tos y cientos de años cada una — así decía la Biblia— y también que eran mucho más corpulentas que sus contemporáneos. Así decían Virgilio y Pli- nio el Joven, y una y otra vez las inundaciones hacen salir a la superficie huesos que impresionan por su gran tamaño. Agustín escribió que había vis­ to un diente humano tan grande que, si se dividía en dientes de tamaño nor­ mal, hubiera salido un centenar.18 Tales creencias eran comunes porque los europeos no tenían un concep­ to vivido de la causalidad a través del tiempo, esto es, de una sucesión de factores, cada uno de los cuales conduce a otro, que llevan a cabo cambios significativos. Las transiciones de una edad a otra habían sido bruscas — por ejemplo, el diluvio, la encarnación— y, desde el punto de vista humano, ar­ bitrarias. Pasar de unos predecesores gigantescos que vivían siglos a noso­ tros, pequeños y de vida breve, en sólo unos cuantos miles de años no es di-

15. Breisach, Historiography, pp. 83-85; «Historiography, Ecclesiastical», en The New

( 'atliolic Encyctopedia, Catholic University of America, Washington, D. C., 1967, vol. 7, p. 6.

16. San Agustín, The City ofGod, trad. ingl. de Marcus Dods, Modera Library, Nueva

York, 1950, p. 867 (hay trad. cast.: La ciudad de Dios , trad. de L. Riber y J. Bastardas, CSIC, Madrid, I9922).

17. Dante Alighieri, The Divine Comedy: Inferno, trad. ingl. y ed. de Charles S. Single-

.1., 1970, pp. 40-45 (hay trad. cast.: Di divina

comedia, liad, de A. Crespo, l’laneia Agoslini, Barcelona. 1996).

Ion, l’rincrlon l Iniversily Press, l’rincelon,

N.

36

LA

M EDIDA D E

LA

REALID AD

fícil si tienes un concepto de un Dios omnipotente donde muchos de noso­ tros tenemos un concepto de evolución. Los europeos occidentales tenían un calendario razonablemente exacto que heredaron de los romanos, de Julio César, para ser precisos. Para enton­ ces el año civil u oficial de Roma se había alejado tanto de la sincronización con el año solar que el equinoccio de primavera ocurría en invierno. César, que nunca fue reacio a ejercer el poder, declaró que el año que hoy designa­ mos 46 a.C. debía tener 445 días, con lo cual el año civil se colocaría a la al­ tura del año solar. (A esto se le dio el sobrenombre de «el año de la confu­ sión».) A partir de entonces, el año civil tendría 365 días, con un año bisiesto de 366 días cada cuatro años. Este calendario, el denominado «juliano», fue la pauta para la cristian­ dad durante un milenio y medio, pero muchos otros detalles temporales continuaron sin resolverse. La fecha para el comienzo de un año dado —el 1 de enero, la opción romana; el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación y la opción cristiana; ¿o qué?— era uno de tales detalles. Otro era cómo nume­ rar los años. Los romanos numeraban los suyos a partir de la fundación de su ciudad y a partir del comienzo del reinado de un emperador o cónsul dado.19 Los occidentales hicieron todo lo posible por seguir su ejemplo. El sínodo de Hatfield (680 d.C.), por ejemplo, se celebró «en el décimo año del reinado de nuestro devotísimo señor Egfrido, rey de Northumbria; en el sexto año del rey Etelfrido de Mercia; en el decimoséptimo año del rey Aldwulfo de Anglia Oriental»;20 y así sucesivamente. Muy torpe era el sis­ tema, y distaba de ser universalmente informativo en una Europa descen­ tralizada. Después de siglos de confusión Occidente adoptó el sistema de Dionisio el Exiguo, monje del siglo vi que había declarado que la era cris­ tiana había empezado con la encarnación de Cristo en el antro Domini, o «año del Señor», número l.21 Los occidentales tenían la suerte de disponer del calendario juliano, pero éste no era perfecto. Al año solar real le faltan unos cuantos minutos para llegar a 365 -i y, debido a ello, el calendario juliano da demasiados años bi­ siestos. Esto no importaba en absoluto a los campesinos y los nobles, pero era un asunto de gran significación para los eclesiásticos meticulosos que se esforzaban por adaptarse a una religión de Oriente Próximo con una fiesta

19. Whitrow, Time in History, pp. 66-67, 74, 119; D. E. Smith, History of Mathematics,

Dover. Nueva York, 1958, vol. 2, p. 661.

20. Bede, A History ofthe English Church and People, trad. ingl. de Leo Sherley-Price,

Penguin Books, Harmondsworth, 1968, p. 234.

21. Smith, History of Mathematics, vol. 2, p. 661. Dionisio el Exiguo empezó la era ac­

tual no con cero, sino con I, razón por la cual la mayoría de nosotros no sabemos si el próxi­ mo milenio empezar,i con el año 2000 o con el 2001

EL MODELO V EN ER A B LE

37

vertiginosamente movible llamada «Pascua». Los cristianos recurrieron a una extraña combinación de calendarios — consuetudinario, lunar y solar— para tener la seguridad de que su Pascua no cayese jamás en el mismo día que la judía. El concilio de Nicea declaró en 325 que la Pascua debía caer en el primer domingo después de la primera luna llena después del equinoccio vernal.22 La Pascua corretea por las primeras semanas de primavera como un reflejo en agua que se mueve. La dificultad de concretar la fecha de la Pascua atormentó a los entendi­ dos en astronomía y matemáticas. El día de año nuevo podía ser uno cual­ quiera, y lo mismo el número de un año dado, pero la Pascua, en la que se conmemoraba la resurrección de Cristo y a partir de la cual se calculaban las fechas de otras fiestas movibles, tenía que caer en el domingo apropiado. Eso dependía de la fecha del equinoccio vernal que en el calendario juliano iba acercándose al verano, empujada con suavidad por el exceso de años bi­ siestos. En el siglo xm la divergencia entre la fecha juliana y la real era de siete días y luego de ocho. Roger Bacon escribió al papa sugiriéndole que se reformara el calendario, pero su consejo no fue escuchado. Muchos de los matemáticos y astrónomos más grandes — Regiomontano, Nicolás de Cusa, Copérnico— se ocuparon de este problema, pero las elites políticas y ecle­ siásticas y la masa del populacho eran tan indiferentes a los detalles del ca­ lendario que la reforma gregoriana (véase el capítulo 4) no llegó hasta las postrimerías del período que nos ocupa.23 Las horas, las antiguas unidades que en Oriente Próximo designaban las divisiones del día y la noche, eran las unidades más pequeñas de las cuales se ocupaban comúnmente las personas. Sabían, por supuesto, que había pe­ ríodos más cortos, pero podían improvisar formas de ocuparse de ellos: las instrucciones de cocina del siglo xiv indicaban a los principiantes que un huevo debía hervir «durante el tiempo que se tarda en decir un miserere».24 Las horas, sin embargo, eran demasiado largas y demasiado importantes para conjeturarlas. El propio Jesús había dicho en Juan, 9, 9: «¿No son doce las horas del día?» (dando a entender que había doce también para la noche). Europa no se extendía a ambos lados del ecuador y, por ende, la duración del tiempo diurno y la del tiempo nocturno cambiaban radicalmente duran- (c el año. Aun así, necesitaban tener doce horas cada una. Los europeos te­ man un sistema de horas desiguales que se hinchaban y deshinchaban como

22. Whitrow, Time in History, pp. 190-191.

23. Gordon Moyer, «The Gregorian Calendar», Scientific American, 246 (mayo de

I9H2), pp. 144-150; Smilh, History of Mathematics, vol. 2, pp. 659-660; Whitrow, Time in History. p. 191.

24. Don I .epan. The ( ’ofinitivi■Kevointion in Western ( 'iilture. I: The Hirth oj Ex¡>ecta-

lion. Maiinillan l’iess, l.oiulns, I9H9. p. '»I.

38

LA M EDIDA D E LA REALID AD

el fuelle de un acordeón con el fin de asegurarse de que hubiera una docena de horas para el día y otra para la noche, en invierno y en verano.25 Para agravar la confusión (la nuestra y no la suya), estas horas desiguales, de las cuales sabemos como mínimo que eran duodecimales, no eran las horas de tipo vernáculo. La mayoría de las personas, cuando no juzgaban el tiempo por el sencillo procedimiento de observar la posición del Sol en el cielo, lo medían guiándose por las campanas de las iglesias, el medio de información más eficaz de la época. Era el sistema, que todavía se sigue en los monaste­ rios de hoy, de las siete «horas» canónicas — maitines, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas— que indicaban los momentos en que debían re­ zarse ciertas oraciones (Salmos, I 19, 64: «Siete veces al día te alabo por tus justos juicios»). Servía tanto a los piadosos como a los impudentes. En el canto xv del Paraíso Dante habla de las campanas de su Florencia natal to­ cando a tercia y nona; y cuando Boccaccio señala momentos específicos en su Decamerón se refiere a una hora canónica.26 En el principio mismo de la Edad Media había sólo tres de estas horas, que más adelante serían cinco y finalmente siete, y nunca estuvieron ama­ rradas con firmeza al tiempo que señala el reloj. Eran extensiones y no pun­ tos de tiempo. Escoger el momento, durante ellas, para hacer sonar la cam­ pana de la iglesia era problemático. Podemos hacernos una idea de ello examinando el heroico viaje de la palabra inglesa noon. Esta palabra se de­ riva de la hora canónica llamada «nona», cuyo nombre procede de la pala­ bra latina que designa la novena hora del día, la cual, contando hacia ade­ lante desde el amanecer, en un principio sonaba hacia las 3:00 de la tarde o 15:00 horas. Durante la Edad Media el momento de tocar a nonas retrocedió en el día hasta alcanzar su lugar de descanso definitivo, el mediodía, ya en el siglo x ii. No cabe duda de que la rapidez del retroceso varió según la lo­ calidad. En la Inglaterra del siglo xm, donde la fusión de los normandos y los sajones aún no había creado los ingleses, parece que el proceso fue es­ pecialmente complicado: puede que norte significara media tarde en francés, pero en inglés era el mediodía.27

25. El Yale College todavía utilizaba este tipo de hora en 1826 con el fin de aprovechar

plenamente la luz solar. Véase Michael O’Malley, Keeping Watch: A History of American Time, Penguin Books, Harmondsworth, 1991, p. 4. Nuestro sistema de ahorro de luz diurna es una forma poco elegante de hacer lo mismo.

26. Dante Alighieri, The Divine Comedy: Paradiso, canto xv, verso 98; Giovanni

Boccaccio, The Decamerón, trad. ingl. de G. H. McWilliam, Penguin Books, Harmonds­ worth, 1972; Giovanni Boccaccio, Decamerón, Amoldo Mondadori, Milán, 1985 (hay trad. cast.: El decamerón, trad. de Esther Benítcz, Alianza, Madrid, 1987).

27.

lio di

W. Rothwcll, «The Hours of Ihe Day in Medieval I-ranee», h'rench Studies, 15 (ju­ 1959), p. 245.

E L MODELO

V EN ER A BLE

39

Es posible que la larga marcha de nona tuviera su origen en monjes que no podían comer hasta la nona durante los ayunos, y, por tanto, se encarga­ ban de que la nona sonara cada vez más temprano. De hecho, san Benito, probablemente la figura más importante de la historia del monaquismo oc­ cidental, recomendó en el siglo vi que la nona «se dijera un poco antes de tiempo, hacia la mitad de la hora octava». Es probable que su motivo fuese el hambre que pasaba debido al alargamiento de los días en verano.28 Según Dante, el momento de tocar a nona retrocedió hasta el mediodía o la sexta porque ésta significaba seis. La hora sexta era «la más noble de todo el día, y la más virtuosa», pues seis era la suma de sus factores, 1, 2 y 3, y, por tanto, noble. (Llegaremos a los números que poseen simbolismo poéti­ co dentro de unas cuantas páginas.) Y por esta razón la lectura de los oficios divinos gravitó hacia el mediodía, esto es, los de primera hora avanzaron y los de última hora retrocedieron.29 (Cómo saldría esto en la práctica no es fá­ cil de entender.) El desplazamiento de noon ilustra una característica segura de la mayo- i la de los europeos medievales. A su modo, se ocupaban tanto del tiempo como nosotros, pero era un modo muy diferente del nuestro. Tenía mucho que ver con valores simbólicos y poco que ver con la precisión.

El concepto que los europeos tenían del tiempo se parecía de manera crucial al nuestro en por lo menos un sentido. La mayoría de los seres hu­ manos — los platónicos griegos, los indios navajos, los hindúes, los ma­ yas creían que las pautas del tiempo en sus dimensiones mayores eran i inuo las pautas que tenemos directamente ante nosotros: el ciclo de las es- i.k iones, la rotación del cielo, etcétera. Creían en el tiempo cíclico y no les picocupaba que se desenrollara hasta el final mismo. Los europeos occiden­ tales también reconocían los ciclos de la vida porque es innegable que los unos son un ciclo repetitivo de estaciones: hasta ahora a todo crepúsculo le lia correspondido un amanecer, y así sucesivamente. Además, creían que el Antiguo Testamento prefiguraba en sus detalles el Nuevo Testamento. Pero,

,'K David S. Landes, Revolution in Time: Clocks and the Making of the Modern World, IIn i .ud University Press, Cambridge, Mass., 1983, pp. 404-405. ."i ¡lie Oxford English Dictionary, s. v. «noon»; C. T. Onions, ed., The Oxford Dictio- o/ English Etymology, Clarendon Press, Oxford, 1966, s. v. «noon»; Jacques Le Goff,

liim Work, and Culture in the Middle Ages, trad. ingl. de Arthur Goldhammer, University .>1 i lin agn Press, Chicago, 1980, pp. 44-45; Klaus Mauriee y Otto Mayreds, eds., The Clock- n,'ik Universa, Germán Clocks and Autómata, 1500-1650, Neal Watson, Nueva York, 1980, l'l' l io 147; The Rule of Si. Renedict, trad. ingl. del eardenal Gasquet, Chato & Windus,

1

lies, I‘>25. pp 84 85 (hay liad, casi h i regla de san Benito, Madrid. BAC, 1993); Dan-

ii

AIii’liii'ii, The ( ’onvivio o / Oante, liad. ingl. de Philip 11. Wickslecd, J. M. Dent, Londres,

I*i

I * pp 145 147 (hay liad

casi

convite. Círculo de I edincs, Barcelona, 1905).

40

LA MEDIDA DE LA

REALIDAD

como eran cristianos, no podían abrazar el ciclicalismo de manera exclusi­ va. Dios había sacralizado el concepto del tiempo lineal entrando en el tiem­ po con el fin de dar a la humanidad la posibilidad de salvarse. «Sigamos an­ dando, pues, por la senda recta, que es Cristo — dijo san Agustín— y con Él como nuestro Guía y Salvador, apartémonos en nuestro corazón y nuestra mente de los irreales y fútiles ciclos de los impíos.»30 El tiempo lineal tuvo un principio y tendrá un fin. Puedes contarlo des­

de el principio hasta el final

si tienes ganas.

En la Edad Media y el Renacimiento el espacio era tan decididamente fi­ nito como una pecera, esférico y cualitativo en su estructura. Dentro de su esfera más exterior había otras esferas, encajadas de manera apretada, una dentro de otra. No había ningún vacío entre ellas: en aquel tiempo la natura­ leza aborrecía los vacíos aún más que hoy.31 Las esferas eran de una trans­ parencia perfecta y llevaban los cuerpos celestes. La esfera más exterior con carga visible llevaba las estrellas fijas, cuyas posiciones en relación unas con otras no se alteraban (al menos con la rapidez suficiente para que al­ guien lo notase en el transcurso de una vida o varias vidas). Eran lo que de­ finiríamos exclusivamente como las estrellas. Dentro de su esfera estaban las esferas que llevaban los planetas, el Sol y la Luna. Todas las esferas y su carga visible se movían describiendo círculos per­ fectos porque el cielo era perfecto y el círculo era la más perfecta y noble de las formas. Las formas tenían cualidades y el círculo, al igual que el núme­ ro 6, era intrínsecamente noble. El movimiento en línea recta era la antítesis de la naturaleza del cielo. Todos los cuerpos celestes y sus esferas se com­ ponían del quinto y perfecto elemento, que era inmutable, inmaculado, no­ ble y totalmente superior a los cuatro elementos con los cuales estaban en contacto los seres humanos. (Saludamos con deferencia a esta teoría siem­ pre que utilizamos la palabra quintaesencia, que se refiere a la quinta esen­ cia o elemento.) Todo lo que había bajo la Luna era variable e innoble, es decir, se com­ ponía de los cuatro elementos. Justo bajo la Luna estaba la esfera del fuego, justo debajo de ésta la esfera del aire, luego la del agua y finalmente, en el centro, la Tierra, que era «el fundamento del universo». Obviamente, estos elementos no estaban siempre apilados con cuidado formando estratos, sino que se encontraban mezclados, la tierra seca entre los mares, por ejemplo.

30. San Agustín, City ofGod, p. 404. Esta y otras cuestiones relativas a este lema están

bien resumidas en Annc Higgins, «Medieval Nolions of the Slruclure of Time», Journal of

Medieval and Renaissance Sindiex, Id (otoño de 1080), pp. 227-230.

31. E. J. Dijkslerluiis, The Mechan i nlion o/ the World rielare, trad. ingl. de C. Dik-

slioorn, ( Ixlord Univcrsily Press, ( )xloid, ldr>(), |> I M

EL MODELO VEN ERABLE

41

Ilabia varias explicaciones y algunas de ellas eran muy audaces; una, por ejpmplo, proponía que las aguas retiradas de la tierra estaban apiladas en al­

guna parte.32 Aquí en la Tierra, donde el viento te arrojaba arena a los ojos y a menu­ do tenías los pies fríos y mojados, la falta de permanencia era la regla. En el siglo xiii Bartolomé el Inglés declaró que la Tierra era el «más corpulento y tiene menos de sutilidad y de simplicidad» de todos los cuerpos del univer­ so. Trescientos años más tarde un francés lo dijo de forma más sencilla: la Tierra «es tan depravada y deshecha en toda suerte de vicios y abominacio­ nes que parece ser un lugar que haya recibido todas las porquerías y purga­ ciones de todos los demás mundos y edades».” En la zona sublunar el mo­ vimiento natural no era perfecto y circular, sino recto y alterable sólo por medio de la violencia. Si se le dejaba hacer, el fuego se alzaba en línea rec­ ia hacia su hogar apropiado en la esfera de fuego, y las piedras, motivadas ile modo parecido, caían en línea recta hacia la Tierra. Nuestro barrio bajo sublunar era heterogéneo, y no sólo en cuanto a cli­ ma. flora y fauna, sin también en verosimilitud. Trovéis, de sir John Mande­ ville, uno de los libros más populares del Renacimiento, declara sobriamen­

te

que en el reino del Preste Juan había un mar de grava sin agua que «fluye

y

refluye en grandes olas como otros mares, y nunca está quieto ni en paz»,

luí Etiopía las personas sólo tenían un pie, el cual «es tan grande que su sombra protege todo el cuerpo del sol cuando se echan a descansar». (Pue­ de que san Agustín sea la fuente de donde Mandeville sacó esto: el santo ha­

bía oído decir que los etíopes tenían dos pies en una única pierna.)34 La geografía era cualitativa. La gente de las Indias era lenta «porque es­ tán en el primer clima, el de Saturno; y Saturno es lento y se mueve poco»,

pero los europeos, gente activa, eran de una tierra del séptimo clima, el de la

I una, que «rodea la Tierra más rápidamente que cualquier otro planeta».35

12. M. C. Seymour, ed., On the Properties ofThings: John Trevisa's Translation of llarlholomaeus Anglicus de Proprietatihus Reruni, Clarendon Press, Oxford, 1975, vol. 2, l> (i0(); Nicholas H. Steneck, Science and Creation in the Middle Ages: Henry of Langenstein (iI. IJV7) on Génesis, University of Notre Dame Press, Notre Dame, Ind., 1976, pp. 78-80. Ilay muchas fuentes secundarias sobre astronomía medieval; para exactitud y brevedad, re- i omiendo A. C. Crombic, Medieval and Early Modern Science, Doubleday, Gardcn City,

N Y

1959, vol. 1, pp. 19-20,75-78.

t.t. On the Properties ofThings, vol. 1, p. 442; vol. 2, p. 690; E. M. Tillyard, The Eliza-

helhan World Picture, Challo & Windus, Londres, 1958, p. 36. Para una buena fuente se- i muían,i sobre la versión medieval de la Tierra, véase «Dante’s Geographical Knowledge», apéndice de George 11 T. Kimble, Geography in the Middle Ages, Melhuen, Londres, 1938, pp. 241 244.

14. Mantlcville's Trovéis, pp. 122, 210; Sun Agustín, Cilv o/ (íntl, p. 530.

42

LA MEDIDA DE LA REALIDAD

Hasta los puntos cardinales eran cualitativos. Sur significaba calor y se aso­ ciaba con la caridad y la Pasión de Jesús. Este, hacia la ubicación del paraí­ so terrenal, el Edén, tenía una potencia especial y por esta razón las iglesias estaban orientadas de este a oeste con el extremo principal, el altar, en el este. Los mapamundis se trazaban con el este en la parte de arriba. El «nor­

te verdadero» estaba al este, principio al que presentamos nuestros respetos

cada vez que nos «orientamos».

La ignorancia dictaba que la cartografía fuese sencilla. Durante siglos fueron muy apreciados los mapas T-O del mundo, en los que Jerusalén solía estar en el centro. Los mapas T-O se llaman así porque se trazaban como una

O con una T dentro: esto es, un círculo con una línea diametral y, formando

ángulo recto con ella, una línea que dividía una mitad en dos partes. La línea

más larga representaba el río Don, el mar Negro, el Egeo, Jerusalén y el Nilo todos juntos como una divisoria norte-sur, y resaltaba Asia como una mitad de la masa continental del globo. La otra línea representaba el Mediterráneo y dividía la otra mitad del pastel en dos cuñas, Europa y África.36 Algunos europeos creían que Europa, África y Asia constituían sólo una

cuarta parte de la Tierra y que ésta se hallaba separada de las otras cuartas par­ tes por grandes mares que iban de norte a sur, de este a oeste. Parecía impro­ bable que alguien viviese en las otras tres cuartas partes y posiblemente era una blasfemia pensar que alguien viviera allí. ¿Cómo podría alguien haber viajado hasta allí desde el monte Ararat, donde, al bajar las aguas del diluvio,

se había posado el arca de Noé, que contenía todos los descendientes vivos de

Adán y Eva (esto es, todos los seres humanos)? Por tierra, no, obviamente, y las distancias por mar eran enormes. San Agustín opinaba que «es demasiado absurdo decir que algunos hombres tal vez tomaron un barco y atravesaron todo el ancho océano y cruzaron de este lado del mundo al otro». Además, desde el monte Ararat sólo podrían haber viajado a los dos cuartos meridiona­ les cruzando los trópicos inhabitables, literalmente abrasadores. Dante dijo que quien creyese que en las antípodas vivía gente era un necio.37

El mundo, que Dios había creado para sus fines y donde habían actuado

36. Samuel Y. Edgerton, Jr., «The Art of Renaissance Picture-Making and the Great

Western Age of Discovery», en Sergio Bertelli y Gloria Ramukus, eds., Essays Presented to Myron P. Gilmore, La Nuova Italia, Florencia, 1978, vol. 2, p. 148; C. Raymond Beazley, The Dawn of Modern Geography, Henry Frowde, Londres, s. f., vol. 2, pp. 576-579; O. A. W. Dilke, Greek and Román Maps, Cornell University Press, Ithaca, N. Y., 1985, p. 173; Da­

vid Woodward, «Medieval Mappaemundi», en J. B. Harley y David Woodward, eds., The History of Cartography, I: Cartography in Prehistoric, Ancient, and Medieval Europe and the Mediterranean, University of Chicago Press, Chicago, 1987, pp. 340-341.

37. San Agustín, The City of God, p. 532; Kimble, Geography in the Middle Ages,

p. 241; John Carey, «Ireland and ihe Anlipodes: The Helemdoxy of Virgin of Sal/hurg», Spet ulmn, í>4 (enero de IOS1)), pp. I 1.

E L MODELO V EN ER A BLE

43

Adán, Eva, Abraham, David, Salomón, Jesús y sus santos, y Satanás y sus diablillos, estaba adornado con regiones de potencia religiosa. Era posible visitar y pasear por Belén, Jerusalén y Judá, beber del mar de Galilea y pes­ car en él, así pues, ¿por qué no podía uno encontrar, por ejemplo, el infier­ no? El autor de Travels de Mandeville escribió sobre una entrada real del in- ficrno, un «valle peligroso» con oro y plata que atraían a los mortales a él, donde «en seguida eran estrangulados por los diablos». El autor situaba el Edén en el Asia oriental, en la cima de una montaña tan alta que tocaba la órbita de la Luna. En este paraíso terrenal había un pozo «que arroja las cua­ tro inundaciones que corren por tierras diversas», esto es, los ríos Ganges, Tigris, Éufrates y Nilo. Los hombres que intentaban subir por estos ríos se volvían sordos a causa del ruido de las aguas que «bajan tan furiosamente de los lugares altos de arriba».38 Colón, hallándose en la costa de Venezuela en 14‘)8, estaba seguro de que el Orinoco era uno de estos ríos y que estaba cer­ ca riel paraíso terrenal.39

un mapa las personas que creían estas cosas?

¿( ’ómo examinaban los cristianos el mapa de Ebstorf, lo último en mapa­ mundis del siglo x h i? Nosotros reparamos en sus tergiversaciones, omisio­ nes y rotundos errores y nos parecen perdonables teniendo en cuenta los po­ cos datos de primera mano y los escasos conocimientos de geometría que

tenían los cartógrafos. Pero no sabemos qué pensar del mapa en conjunto. Está trazado sobre un fondo en el que aparece Cristo crucificado, con la ca­ beza en el Lejano Oriente, las manos perforadas en los extremos norte y sur,

V los pies heridos ante la costa de Portugal. ¿Qué trataban de decir los auto-

¿Cómo

examinaban

íes del mapa? Desde luego, no que el Nilo desemboca en el Mediterráneo a exactamente tantas leguas al sur y al oeste de Antioquía. Su mapa fue un in­ tento no cuantificativo y no geométrico de facilitar información sobre lo que estaba cerca y lo que estaba lejos, y lo que era importante y lo que no lo i ia Se parecía más a un retrato expresionista que a una foto de identifica-

i ion. Era para los pecadores y no para los navegantes.

En nada de lo que hemos tocado hasta ahora es nuestra forma de pensar mus diferente de la de los occidentales de la Edad Media y el Renacimiento que en las designaciones de cantidad. Honraban a Ptolomeo y Arquímedes, pero no habían heredado de ellos el gusto por la expresión exacta de la can­ tidad. En las instrucciones para fabricar vidrio, cálices, órganos y otras co-

tK Mantleville ’.v Travels, pp. 234-236; véase también fín the Properties ofThings , vol.

I pp 635-657.

I1)

Samuel I-’liol Morison, Admira! oj the Orean Sea: A l.ife of Christopher Columbas ,

44

LA MEDIDA DE LA

REALIDAD

sas había muy pocos números: «un poquito más» y «un trozo de tamaño me­ diano» eran suficientemente precisas. En el siglo xiv había en París tantas viviendas particulares que contarlas sería como contar «tallos en un campo extenso, o las hojas de un bosque inmenso».40 Los europeos medievales usa­ ban los números por su efecto y no por su exactitud. El héroe de la Chanson de Roland anuncia antes de la batalla: «Descargaré un millar de golpes y los seguiré con setecientos más, y veréis el acero de Durendal [su espada] ba­ ñado en sangre». Muere en la batalla y cien mil francos lloran.41 Además de la afición a lo general e impresionista, los europeos occiden­ tales, especialmente los que vivieron en lo que denominamos Edad Media, sufrían a causa de la falta de un medio claro y sencillo de expresión mate­ mática. No tenían signos de más, de menos, de división, de igual o de raíz cuadrada. Al igual que los antiguos, donde necesitaban la claridad de las ecuaciones algebraicas producían oraciones retorcidas, casi proustianas.42* Su sistema de expresión numérica, heredado del imperio romano, era apro­ piado para el mercado semanal y para la recaudación de los impuestos loca­ les, pero no para algo de mayor envergadura. Los números romanos, con sus repeticiones de I, V, X, L, C y M (con líneas horizontales arriba y abajo para separar los números de las letras), eran fáciles de aprender, y entender sus combinaciones requería poco más que las sumas y restas más sencillas (ge­ neralmente sólo la suma porque era más sencillo añadir más al número me­ nor que restar de uno mayor). Pero las cifras latinas eran muy poco apropia­ das para expresar números elevados. Por ejemplo, un número como 1.549 solía escribirse así: MCCCCCXXXXVI11J. (La J del extremo significaba el final del número y garantizaba que nadie podía añadirle algo). Por suerte, los romanos, que eran poco dados a las teorías, y los europeos medievales raramente tenían que usar números elevados.41 Los europeos medievales escribían sus números con cifras romanas, pero no utilizaban ese sistema para el cálculo. Poseían en las manos y los de­ dos una útil calculadora y, para operaciones más difíciles, el ábaco o table­ ro contador. La mejor descripción que tenemos del sistema de manos y de­ dos es la de Beda el Venerable (673-735), que en el prefacio de su tratado de cronología escribió una breve disquisición sobre «la necesaria y práctica ha­ bilidad de contar con los dedos». Los números hasta el 9 se designaban do­ blando los dedos: un meñique doblado significaba 1, un meñique y un anu-

40. Murray, Reason and Society, pp. 175, 176, 179.

41. Medieval Epics, Modcrn Library, Nueva York, s. f„ pp. 126, 173.

42. Para ejemplos de la prosa matemática de la Edad Media, véase Edward Grant, ed.,

A Source Hook iu Medieval Science, Harvard University Press, Cambridge, Mass., 1974,

pp

102-135.

4

1

S ■111 111. Ilistorv oj Mdlhcinalic.w vol. 2, pp. 50 (t i.

EL MODELO VEN ERABLE

45

l,n doblados significaban 2, y así sucesivamente (el 6, al ser perfecto, se in- ilu aba doblando el más noble de los dedos, el anular, solo). El 10 y sus múl- uplns se especificaban por medio de varias configuraciones de los dedos, IM>! ejemplo, tocando con el pulgar ciertas articulaciones. Los números más elevados entrañaban complicaciones y Beda hizo uso de las manos, los bra­ zos. los codos y el torso. Cincuenta mil se expresaba señalando el ombligo . mi el pulgar de una mano extendida. Hubo quejas porque los números más altos requerían «las gesticulaciones de las bailarinas». Ni Beda ni ninguno de sus contemporáneos en la Europa occidental co­ nocían el valor de la posición ni el cero, pero calcular con los dedos les per­ mitía obrar como si los conocieran. Las articulaciones de los dedos propor-

i limaban el valor de la posición — una articulación, decenas; otra, centenas;

etcétera— y el cero se indicaba mediante la posición normal, relajada, de los

dedos

i nícalos sencillos, 6 x 8 , por ejemplo, o incluso, con un poquito de multipli­

cación mental, 13 x 14.44 (Si

■maulé libro Number Words and Number Symbols, de Karl Menninger.) Pero calcular con los dedos no era suficiente para las operaciones com­ plicadas. Para ellas los europeos recurrían al ábaco. Hoy la palabra «ábaco», aunque es de origen griego y latino, se refiere al instrumento procedente del Asia oriental que se usa para efectuar cálculos haciendo correr cuentas por unos alambres. Para los europeos de la Edad Media y el Renacimiento la pa­ labra designaba un tablero contador en el cual unas líneas hacían las veces de alambres y se utilizaban guijarros o fichas en lugar de cuentas (figura 2). El tablero contador era un instrumento con el cual la persona que sabía manejarlo podía hacer toda suerte de cálculos rápidos y exactos, incluso con números elevados. Ofrecía las ventajas tanto del valor de la posición como del cero sin el inconveniente de tener que pensar en ellos. Si querías expre- ur el difícil número 101, colocabas una ficha sobre la línea de las centenas v otra sobre la línea de las unidades. No tenías que estrujarte el cerebro pen­ cando cómo expresar ninguna decena o cincos o cualquier cifra entre los dos, sino que sencillamente dejabas vacía aquella línea o aquellas líneas. El ábaco sigue usándose mucho en gran parte del mundo por la sencilla ia/rtn de que es uno de los inventos más baratos y más felices de la humani­ dad y su ausencia de la Europa occidental entre aproximadamente 500 y

mediante la nada, por así decirlo. El sistema hasta servía para hacer

quiere usted saber cómo, le recomiendo el fas-

44. Kart Menninger, Number Words and Number Symbols: A Cultural History ofNum-

hers. liad. ingl. de Paul Broneer, MIT Press, Cambridge, Mass., 1969, pp. 202-218; Smith, Ihslorv oj Matheimitics, vol. 2, pp. 196-202; Florence A. Yeldham en Roben Sleele, ed., The Siorv <>l Keektmtnx in the Muidle Ay es m Enulisli, liarly bnglish l'exl Society, Londres,

46

LA MEDIDA DE LA

REALIDAD

46 LA MEDIDA DE LA REALIDAD I kíiika 2. Calculadores utilizando números indoarábigos y un tablero

I kíiika 2. Calculadores utilizando números indoarábigos y un tablero contador, IM)3. Karl Menninger, Number Words and Number Symbols, MIT Press, Cam­ bridge, Mass., 1977, p. 350.

1000 d.C. prueba que la civilización alcanzó su punto más bajo allí. Cuesta creer que todo el mundo lo olvidase, que durante cinco siglos nadie trazara con un palo líneas en la arena y empujase guijarros de una línea a otra con la puntera de una sandalia para confirmar una conjetura sobre cuántas cabe­ zas de ganado había en las siete manadas que habían llegado al mercado por la mañana. Sea cual sea la verdad sobre ello, el hecho es que el tablero con- latlor no aparece en los anales escritos ni en los restos arqueológicos duran­ te quinientos años.45 El renacer del tablero contador en Occidente tiene que ver con el monje francés Gerberto de Aurillac (el futuro papa Silvestre II), que en la segunda mitad del siglo x estudió en España, en aquel tiempo un hervidero de erudi­ ción y ciencia islámicas. Allí se enteró de la existencia de los números in- iloarábigos y del tablero contador, que posiblemente se llevó consigo al vol­

McmimgiT, Number Words, p. 322; Smilh, History of Mathematics, vol. 2, p. 1K6; Muiiay, Keason and Soeietw pp. I(>3 U>3.

as

EL MODELO V EN ERABLE

47

ver a casa.46 En las postrimerías del siglo xi y en el xii los tratados de cálcu­ lo elemental eran, por regla general, libros que hablaban del uso del tablero contador y en Inglaterra había un verbo nuevo, to abacus, que significaba

calcular.47 En el siglo xvi los tableros contadores

tín Lutero pudo referirse de pasada a ellos para ilustrar la compatibilidad del

igualitarismo espiritual con la obediencia a tus superiores: «Para el maestro de cuentas todas las fichas son iguales, y su valor depende de dónde los co­ loca. Del mismo modo son iguales los hombres ante Dios, pero son desi­ guales según la posición en la cual Dios los haya colocado».4* Algún tiempo después de Gerberto, quizás en el siglo xm, las líneas del tablero que se usaba en la Europa occidental describieron un cuarto de vuel­ ta y pasaron de verticales a horizontales. La reorientación nos parece apro­ piada — ahora las fichas podían leerse lateralmente, como las palabras— , pero no hay nada en las matemáticas que dicte este cambio. Karl Menninger ha sugerido que tal vez el cambio fue inspirado por el pentagrama musical ile Guido d’Arezzo, en el cual la altura del sonido dependía de la posición vertical pero las notas se leían y ejecutaban de izquierda a derecha.49 (Vol­ veremos a hablar de Guido en el capítulo 8.) Los tableros contadores tienen capacidad para los números elevados y los cálculos complicados, así que no podemos echarles la culpa de lo que cabría denominar «la impotencia matemática de los occidentales de la Edad Me­ dia». Su ignorancia (G. R. Evans dice que hasta mediados del siglo xii fue­ ron «subeuclidianos»)50 explica gran parte de su ineptitud al razonar acerca de cantidades, pero había algo más que eso. Para nosotros, exceptuando unas cuantas supersticiones como la triscaidecafobia, los números son totalmente neutros, en sí mismos y de por sí moral y emocionalmente libres de todo va­ lor, puras herramientas, tanto como una pala. No era así para los europeos antiguos: los consideraban cualitativos además de cuantitativos. «No debemos despreciar la ciencia de los números», escribió aquella íuente de dogma cristiano del siglo v que fue san Agustín. Y añadió que di­ cha ciencia es «de gran utilidad para el intérprete cuidadoso». Dios creó el universo en seis días porque el 6 era un número perfecto, como ya nos ha en­ señado Dante. El 7 también era perfecto. En su época el 3 era el primer nú­

eran tan comunes que Mar­

46. Menninger, Number Words, pp. 322-327; Murray, Reason and Society, p. 164.

47. Gillian R. Evans, «From Abacus to Algorism: Theory and Practice in Medieval

Ai Mlimetic», fíritish Journal for the History of Science, 10, 2.a parte (julio de 1977), p. 114; Smith, History of Mathematics, vol. 2, p. 177.

48.

Menninger, Number Words, pp. 365-367; Yeltlham, Story of Reckoning, p. 89.

49.

Menninger, Number Words, pp. 340-341.

50

Gillian K Evans, «The SulvEuelidian (¡eomelry oí'(lie Earlier Middle Ages, up lo

48

LA MEDIDA DE LA

REALIDAD

mero impar y el 4 el primer número par. Sumados, daban el perfecto 7. ¿Y no había descansado Dios en el séptimo día, después de terminar la crea­ ción? El 10, por ser el número de los mandamientos, simbolizaba la ley, y, por ende, el 11, que es un número más allá del 10, significaba la transgresión de la ley, el pecado. El 12, en cambio, era el número del juicio porque las dos partes del número 7, es decir, el 4 y el 3, multiplicados el uno por el otro, dan 12. El 40, que es el número de días de la cuaresma y el de los días que el Salvador pasó en la Tierra después de la resurrección, representaba «la vida misma» para san Agustín.51 Al cabo de la mayor parte de un milenio, santo Tomás de Aquino con­ virtió el número 144.000, que es la suma de los que el Apocalipsis promete que se salvarán al final de los tiempos, en una catedral de referencias santas. El mil de 144.000 designaba la perfección (es de suponer que porque 1.000 es 10, el número de los mandamientos, multiplicado por sí mismo 3 veces, y el 3 es el número de la Trinidad y de los días comprendidos entre la cruci­ fixión y la resurrección). Los ciento cuarenta y cuatro de 144.000 son 12 ve­ ces 12. El 12 significa fe en la Trinidad, esto es, el 3 multiplicado por las 4 partes de la Tierra. Se puede interpretar que uno de los 12 que deben multi­ plicarse significa el número de los apóstoles y el otro el número de las tribus de Israel.52 Hoy utilizamos números cuando queremos concentrarnos en determina­ do tema y obtener la máxima precisión en nuestras deliberaciones. Los anti­ guos europeos preferían un enfoque amplio y se conformaban con la impre­ cisión porque tenían la esperanza de abarcar tanto como fuera posible de lo que podía ser importante. A menudo lo que pretendían no era comprender la realidad material, sino encontrar una pista acerca de lo que había más allá de la cortina de la realidad. Eran tan poéticos en relación con los números como en relación con las palabras.

Gran parte del modelo venerable nos parece tan rara como la versión de la realidad de un chamán tungús. Mostramos desdén ante sus errores — que la Tierra es el centro del universo, por ejemplo— , pero nuestro verdadero problema con el modelo venerable es que es dramático, incluso melodramá­ tico, y teleológico: Dios y el Designio se ciernen sobre todo. Queremos (o pensamos que queremos) explicaciones de la realidad desprovistas de emo­ ción, tan anodinas como el agua destilada. Nuestros astrofísicos, al buscar un título para el nacimiento del tiempo y el espacio, han rechazado creación,

5 1.

Vineent I'. Hopper, Medieval Number Symbolism, Columbia University Press, Nue­

va York. 1‘riS. pp.

EL MODELO VEN ERABLE

49

palabra con referencias y reverberaciones que continúan eternamente. Han elegido el título burlón del big bang con el fin de minimizar el dramatismo del tema y las tergiversaciones y aceleraciones del pensamiento ditirámbico. Los europeos de la Edad Media y el Renacimiento, al igual que el chamán, al igual que todos nosotros parte del tiempo y algunos de nosotros todo el tiempo, querían explicaciones que fuesen concluyentes de modo inmediato y satisfactorias desde el punto de vista emocional. Anhelaban un universo que, como dice Camus, «pueda amar y sufrir».53 En tal universo la balanza, la vara de medir y el reloj de arena eran ins­ trumentos de poco más que utilidad práctica e inmediata. El universo de los antiguos europeos era de cualidades y no de cantidades.

3. CAUSAS NECESARIAS PERO INSUFICIENTES

En términos causales la presencia de oxígeno es una condi­ ción necesaria pero no suficiente para el fuego. Oxígeno más combustibles más encender una cerilla ilustrarían una condición suficiente para el fuego.

W illiam L. R eese (1981)'

La razón de ser del presente libro es describir una aceleración que des­ pués de 1250 aproximadamente se produjo en el proceso en virtud del cual ( laúdente pasó de la percepción cualitativa a, o al menos hacia, la percep­ ción cuantificativa. Deseamos de forma muy especial descubrir el origen de dicha aceleración. Las proporciones de la segunda mitad de la tarea son enormes y antes de empezar debemos analizar qué es exactamente lo que buscamos, no fuera que nos convenciéramos de haberlo encontrado antes de ilempo. Por ejemplo, la llegada de los números indoarábigos fue importan- io una, pero no fue más de lo que los lógicos consideran una condición ne- i esacia pero insuficiente. No debemos pasar por alto tales condiciones (el oxigeno y los combustibles del epígrafe), pero el objetivo final de nuestra búsqueda es el «encender una cerilla». lin este capítulo hablaremos del oxígeno y los combustibles, esto es, de la ascensión del comercio y el estado, el renacimiento del saber, y de otros leiiomenos necesarios pero insuficientes para explicar el ascenso del pensa- iiiirnio cuantitativo en Occidente durante la Edad Media y el Renacimiento. ( 'on el fin de tener la seguridad de que no nos enfrentamos a meras ma- imalizaciones, examinaremos datos reales de la tendencia a la cuantifica- cion, los relojes mecánicos, las cartas de navegación, etcétera. Luego, mu­ chos capítulos después de éste, buscaremos la cerilla encendida.1

1. William L. Rcese, Dielionary of Phiio.sophy and Religión: Kastern and Western

Thonglit. Ilumanilies l’ivss, Atlantic 1lighlaiuls,

N.

.1

1‘JHI, |>. IKI.

C A U SA S N EC ESA R IA S PERO IN SU FIC IEN TES

51

Las percepciones occidentales cambiaron al cambiar la experiencia de los europeos. La población de Occidente se multiplicó por dos y puede que hasta por tres entre 1000 y 1340. Muchas personas emigraron a tierras pan- lanosas recién drenadas y a bosques que acababan de desbrozarse, y al este,

donde se disputaron las tierras fértiles con los eslavos. Otras se convirtieron

en gente de ciudad y a menudo trabajaban en las nuevas industrias de la lana

y el lino, y surgieron nuevas ciudades al tiempo que crecían las antiguas.

A principios del siglo xiv Venecia y Londres ya tenían quizá noventa mil

habitantes cada una, cifra que, a lo sumo, representaba una quinta parte de la

población de El Cairo, pero que era inmensa comparada con las pautas de

Occidente en

diados del siglo xiv, la población de Europa disminuyó en un tercio y conti­ nuó cayendo hasta bien entrado el siglo siguiente, y es probable que la po­ blación de las ciudades disminuyese más rápidamente que la rural. Sin embargo, en el plazo de cien años los occidentales se recuperaron y supera­ ron su anterior nivel máximo y se reanudó el crecimiento de las ciudades.3 Una y otra vez, especialmente en épocas de expansión demográfica, los occidentales se pusieron en marcha por tierra o por mar con la intención de invadir tierras islámicas y paganas por Dios, por la conquista de nuevos feu­ dos y por el comercio; y en todas partes veían cosas que no entendían por­ tille su experiencia no les había preparado para ellas. Fulcher de Chartres participó en la primera cruzada y escribió que el Levante tenía hipopótamos, cocodrilos, leopardos, hienas, dragones, grifos y mantícoras, los cuales te­ nían rostro humano, voces aflautadas y tres hileras de dientes cada uno.4 Aumentó el comercio entre los millones de campesinos de Occidente y los miles de personas frenéticas que vivían en sus ciudades. Aumentó el co­ mercio entre regiones alejadas unas de otras e incluso con la morada del is­ lam y las tierras apenas imaginadas de las que volvió Marco Polo con histo­ rias inverosímiles. El estado empezó a consolidarse, con su insaciable

siglos anteriores.2 Luego, con el brote de la peste negra a me­

2. John H. Mundy, Europe in the High Muidle Ages, Longman, Londres, 1973. pp. 86­

87 (hay trad. cast.: Europa en la alta Edad Media, Aguilar, Madrid, 1980); Ross E. Dunn, lite Adventures of Ibn Battuta: A Muslim Traveler of the I4tlt Century, University of Cali- lornia Press, Berkeley, 1986, p. 45.

3. J. C. Russell, «Population in Europe, 500-1500», en Cario M. Cipolla, ed., The Fon­

tana Economía History of Europe: The Middle Ages, William Collins, Glasgow, 1972, pp. 36-41; Massimo Livi-Bacci, A Concise History of World Population, trad. ingl. de Cari

Ipsen, Basil Blackwell, Oxford, 1992, pp. 44-45 (hay trad. cast.: Historia mínima de la po­ blación mundial, Ariel, Bacclona, 1990); Roger Mols, «Population in Europe, 1500-1750», en Cario M. Cipolla. ed., The Fontana Economic History of Europe: The Sixteenth and Se- venteenth (.'entunes, William Collins, Glasgow, 1974, vol. 2, p. 38.

4. lulcher de Chartres, A History of the Expedition to Jemstdem. /tW 1127, liad. ingl.

de ITanees l< Kyim, Noilim, Nueva York. 1909, pp. 284 288

52

LA M EDIDA DE LA REALID AD

apetito de impuestos. La Iglesia, fuente de misericordia y salvación, cobra­ ba impuestos con tanto vigor que muchos cristianos empezaron a dudar de que el papa todavía poseyera «aquel poder concedido desde el cielo a san Pedro, a saber: el de atar y desatar, toda vez que demostró ser totalmente dis­ tinto de san Pedro».5 Nuevos tipos de persona brotaron del suelo de la sociedad europea de la Edad Media, la cual tenía tres pisos (el campesinado, la nobleza, el clero). La nueva gente la integraban compradores, vendedores, cambistas, y gene­ raba y se deleitaba con lo que Jacques Le Goff ha llamado «un ambiente de cálculo».6La nueva gente eran mercaderes, abogados, escribas, maestros del estilo, la pluma y el tablero contador. Eran la burguesía, los ciudadanos del bourg o burg o ciudad, una meritocracia que conocía mejor las letras y los números que la mayor parte del clero y la nobleza de Europa. Felipe el Hermoso de Francia, monarca con poder suficiente para desafiar tanto al rey de Inglaterra como al papa, encomendó el mando de su marina a un merca­ der genovés y la administración de sus finanzas a un mercader florentino. Estos dos hombres, Benedetto Zacearía y Musciatto Guidi, respectivamen­ te,7 se encontraban en una posición intermedia de una jerarquía social que teóricamente no tenía ninguna plaza para nadie en el medio. Muchos miembros de esta nueva gente alcanzaron sus posiciones socia­ les por medio de la riqueza que habían acumulado utilizando máquinas para explotar fuerzas naturales. La Europa medieval construyó decenas de miles de molinos de agua para moler grano, abatanar paño y otras aplicaciones. Según el gran catastro que se llevó a cabo por orden de Guillermo I el Con­ quistador, en Inglaterra había 5.624 cuando la invadieron los normandos, lo cual representaría aproximadamente uno por cada cincuenta unidades do­ mésticas. Los occidentales inventaron, al parecer de modo independiente, el molino de caja giratoria, es decir, el tipo de molino de viento con eje hori­ zontal y aspas que forman ángulo recto con él que la mayoría de la gente asocia con los Países Bajos.8 Los molinos de caja giratoria abundaban en la alta Edad Media, y a principios del siglo xiv Dante pudo describir un Sata­

5. Chronicles of Mutthew París: Monastic Life in the Thirteenth Century, trad. ingl. de

Richard Vaughan, Alan Sutton, Gloucester, 1984, pp. 82, 275.

6. Jacques Le Goff, «The Town as an Agent of Civilisalion, 1200-1500», en The Fonta­

na Economía History of Europe: The Middle Ages, p. 91; Jacques Bernard, «Trade and Fi-

nance in the Middle Ages, 900-1500», en ihid., p. 3 10.

7. Robert S. López, The Commercial Revolution of the Middle Ages, 950-1350, Cam­

bridge University Press, 1976, p. 166.

8. Jean Gimpel, The Medieval Machine: The Industrial Revolution ofthe Middle Ages,

Penguin Books, Harmondsworth, 1976, pp. 12, 16-17, 24, 167-168; Lynn White, Jr., Medie­ val Technology and Social Change, Oxford University Press, Oxlord, 1964, pp. 8 1-87 (hay

trad. cast.: Tecnología medieval y cambio social. Paulos Ibérica, Barcelona. IO«)0).

C A U SA S N EC ESA R IA S PERO IN SU FIC IEN TES

53

nás gigantesco y alado, confiando en que sus lectores lo entenderían, di­ ciendo que parecía «un molino que el viento hace girar».9 En el siglo xv y tal vez mucho antes, la proporción de personas que comprendían el funcio­ namiento de las ruedas, las palancas y los engranajes era mayor en Occi­ dente que en cualquier otra región de la Tierra, y los occidentales del norte y del sur iban acostumbrándose a los repetitivos zumbidos y golpes metáli­ cos de las máquinas.

En el Occidente de la baja Edad Media el cambio no fue mayor de lo que sería en aquella sociedad medio milenio más tarde durante la revolución in­ dustrial, pero puede que lo pareciese. Europa en el año 1000 no tenía una

forma determinada de pensar en el cambio — desde

que se refiere al cambio social— , mientras que la Europa de 1750 por lo me­ nos estaba familiarizada con el concepto. Sin embargo, Occidente, comparado con las civilizaciones musulmana, india y china de la época, estaba preparado de forma única para soportar e incluso beneficiarse de la avalancha de cambios. La Europa occidental tenía las características que los médicos que buscan el medio de contrarrestar los trastornos de la senectud esperan encontrar en el tejido fetal, es decir, no tan­ to vigor per se, aunque sin duda esto es valioso de por sí, como una falta de diferenciación. El tejido fetal es tan joven que conserva la posibilidad de convertirse en la clase de tejido que haga falta. Occidente carecía de firmeza en lo que se refiere a autoridad política y religiosa y, en el sentido más amplio de la palabra, cultural. Era un caso úni­ co, entre las grandes civilizaciones, por su empecinada resistencia a la cen­ tralización y la estandarización políticas, religiosas e intelectuales. Compar­ tía una sola cosa con el universo según lo describían místicos como Nicolás de Cusa y Giordano Bruno: no tenía centro y, por tanto, tenía centros en to­ das partes. La Europa occidental era una maraña de jurisdicciones — reinos, duca­ dos, baronías, obispados, comunas, gremios, universidades y más— , una mezcla de medidas que impedían que el poder se concentrara en un solo gru­ po. Ninguna autoridad, ni siquiera el vicario de Cristo en la Tierra, tenía ju- i isdicción efectiva en la esfera política, religiosa o intelectual. Esto se hizo manifiesto al producirse la revuelta protestante: por ejemplo, José Justo Es-V.

luego no la tenía en lo

V. Dante Alighieri, The Divine Comedy: Inferno, trad. ingl. de Charles S. Singleton,

l’i mcclon Universily Press, Prineelon, N. J., 1970, p. 361 (hay liad, cast.: Ixi divina comedia, li.nl. de Á. Crespo, Planela-Agoslini, Barcelona, 1996 ). Quienes necesiten un correctivo a la uileipivlnción curocénlriea de la historia de la tecnología podrían leer Donald R. Hill, «Me-

i líame.il l'.ngineeiing in llie Medieval Near liasl», S rie n lific Am erican, 264 (mayo de 1991 ),

*1

LA

MEDIDA DE LA REALIDAD

llllgCI'O conservó tanto su fe religiosa como la piel emigrando de la católi- i .1 I rancia a la fervorosamente protestante Ginebra y luego a la tolerante I rulen. La descentralización de Occidente había salvado a disidentes tam­ bién. Cuando Guillermo de Ockham se negó a aceptar la autoridad de Juan

XXII sobre la pobreza evangélica y otras cuestiones, el papa lo excomulgó,

es decir, lo arrojó del seno de la Iglesia al cero absoluto de una vida sin sa­ cramentos ni el auxilio ni el consuelo de cualquier cristiano, en teoría. El condenado se refugió en el enemigo del papa, el emperador alemán, Luis de llaviera, y continuó como antes hasta que fue silenciado, no por el papa,

sino, probablemente, por la peste negra.10 Y, desde luego, quienes desobe­

decían la autoridad secular por obediencia a Roma generalmente podían re­ fugiarse en la Iglesia de Roma. Los papas mantuvieron durante genera­ ciones un grupo de recusantes y otros «traidores» por el estilo. En épocas

posteriores y más seculares, reyes, dictadores y primeros ministros hicieron lo mismo. La Europa descentralizada siempre ha tenido una habitación en el

ático o al menos un rincón seco en el granero para los emigrados.

Las elites tradicionales de Occidente, así seculares como sagradas, no es­

taban unidas en grado suficiente como para defender sus propios intereses

contra sus rivales más obvios y directos en la competencia por el poder. La

rivalidad no era entre unas elites y otras, y tampoco era con los tártaros o los musulmanes, sino con los mercaderes con los cuales las elites se codeaban to­ dos los días si vivían en las ciudades. Las aristocracias política y religiosa de Asia y el norte de África siempre acababan uniéndose para impedir la ascen­ sión de los nuevos ricos. En Occidente, en cambio, los mercaderes y los ban­ queros incluso se las arreglaron para fundar sus propias dinastías familiares e introducirse en el primer plano de la política; los más famosos, por supuesto, fueron los Médicis, pero estaban también los Fugger y buen número de me­

nores

linajes de riqueza e influencia. Los cambistas eran la levadura que la

masa

—el campesino, el sacerdote, el noble— jamás pudo expulsar ni esteri­

lizar,

y que aumentó e incluso encontró adeptos entre las clases tradicionales.

Las elites de los palacios y las catedrales no pudieron reprimir a la bur­ guesía porque no confiaban en poder cumplir sus propias ambiciones sin contar con la riqueza y las habilidades de aquella arrogante meritocracia. Antes de que las clases altas pudieran convertir su desprecio y su naciente temor en una política efectiva, los mercaderes ya habían creado una civili­ zación en la cual los demás podían alcanzar sus propias satisfacciones sólo si compraban los servicios de los que vivían de contar, amén de concederles

privilegios.

10. Firnest A. Mootly, «Ockham, William t>f», en Charles Conlslon (¡¡Hispió, ed., The

C A U SA S

N EC ESA R IA S PERO IN SU FIC IEN TES

55

Occidente no estaba solidificado ni intelectual ni socialmente. Era un caso singular entre las grandes civilizaciones por carecer de una tradición clásica filogenética. Las síntesis clásicas de las otras estaban profundamente enraizadas en el pasado. Sus preceptos formaban parte de sus antiguas cultu­ ras, hasta en el caso de los musulmanes, la gran mayoría de los cuales no eran beduinos, sino descendientes de persas, egipcios, griegos y otros. Estas personas cultivadas no se sentían obligadas a replantearse sus conceptos bá­ sicos de la realidad. Incluso iban a la zaga en lo que se refería a inventar o adoptar las minucias de la disposición y el formato propias de los escribas —alfabetización (o algún equivalente para los caracteres chinos), puntua­ ción, sangría, mayúsculas, folios de página, etcétera— que, como veremos más adelante, resultaron tan útiles para los no iniciados en Occidente." Los civilizados en la Antigüedad tenían escaso sentido de ser no iniciados. Por decirlo de forma sencilla, los occidentales eran periféricos. Para ilus­ trarlo basta con señalar sus santuarios más sagrados, que se hallaban fuera de Occidente y, después del triunfo de Salah al-Din Yusuf (Saladino), fuera

de la

ro de gran parte del modelo venerable eran sus contradicciones internas. Sus elementos griegos y hebreos, respectivamente racionalistas y místicos (per­ mítanme esta simplificación excesiva en atención a la brevedad), eran dis­ cordantes. Occidente, a diferencia de sus rivales, tenía una necesidad cróni­ ca de explicadores, ajustadores y resintetizadores. La verdad teológica y filosófica, cuya función era explicar, adquirió autoridad antigua y perfección contemporánea en la alta Edad Media y, en consecuencia, paradójicamente, pasó a ser un enigma más que un consuelo. En el siglo xii los eruditos occidentales Adelardo de Bath, Roberto de Ches- ler y otros estudiaron con doctos judíos y musulmanes, por lo general en Es­ paña, y, al volver a casa, ofrecieron a la cristiandad las traducciones latinas de obras de algunos de los sabios más grandes de la cultura griega antigua y la islámica de la época: Platón, Ptolomeo, Avicena y otros. En el siglo xm la traducción de todo el corpus de escritos de Aristóteles llegó a Occidente como un ánfora de vino que cayera de un birreme griego a una coca del mar del Norte. Por primera vez los occidentales tuvieron que vérselas con un corpus completo de conocimiento detallado e interpretación sutilísima por parte deI

cristiandad.12 Por lo menos tan problemáticas como el origen extranje­

I 1.

Toby E. HulT, The Rise ofEarlv Modern Science: Islam, China, and the West, Cam­

bridge University Press, 1993, p. 292.

12. Samuel Y. Edgerlon, Jr., «From Mental Matrix to Mappamundi to Christian Empi­

re: l'lie llerilage ol Plolemaie Cartography in the Renaissanee», en David Woodward, ed., Ail añil ( ’tutoymphy: Si\ Historiad I'.ssiiys, llniversily ol Chicago Press, Chicago, 1987, pp. 24-2‘t.

56

LA MEDIDA DE LA

REALIDAD

un pagano. «El Filósofo», como dieron en llamarle, lo explicaba práctica­ mente todo : ética, política, física, metafísica, meteorología, biología. El li­ bro de texto clásico que se usaba para enseñar teología en la Edad Media,

Sum m a sententiarum , de Pietro Lombardo, escrito a mediados del

tenía, entre miles de citas de los padres de la Iglesia, sólo tres de filósofos seculares; pero la Suninui theologiae de santo Tomás de Aquino, escrita en­ tre 1266 y 1274, tenía 3.500 citas sólo de Aristóteles. Mil quinientas de ellas procedían de obras que cien años antes eran desconocidas en Occidente.13 El modelo venerable perdió definición, no porque los occidentales deci­ dieran que era erróneo, sino porque a veces las diversas explicaciones del pasado no eran exactamente colindantes o no eran exactamente apropiadas para los requisitos actuales. Por ejemplo, según los antiguos griegos y ro­ manos, los cuatro elementos eran la tierra, el aire, el fuego y el agua, pero la historia de la creación tal como se presenta en el Génesis no menciona el aire. Santo Tomás de Aquino explicó que Moisés «no hace mención expre­ sa» de este elemento invisible «para evitar poner ante personas ignorantes algo que está más allá de su conocimiento».14 Otro ejemplo: en 1459 fra Mauro confeccionó un mapa del mundo en el cual Asia era tan grande que desplazaba a Jerusalén de la posición más honorable, el centro. Fra Mauro

explicó que:

siglo x ii,

Jerusalén es en verdad el centro del mundo habitado en sentido latitudi­ nal, aunque en sentido longitudinal está un poco al oeste, pero dado que la porción occidental está más densamente poblada debido a Europa, Jerusalén es, por tanto, también el centro en sentido longitudinal si consideramos no el espacio vacío sino la densidad de población.1516

El modelo venerable perdió definición bajo la intensa luz de la clarifica­ ción. Según algunos de los más sabios historiadores modernos de la baja Edad Media —Johan Huizinga, Lynn White, Jr., William J. Bouwsma— , Occidente estuvo debatiéndose en un abismo de desesperación cultural, un estado de confusión perpetua, desde las postrimerías del siglo xm hasta el siglo xvt.Ift Sus maneras tradicionales de percibir y explicar no cumplían su

13. R. W. Southern. Medieval Hunianism, Harpcr & Row, Nueva York, 1970, p. 46.

14. Edward Grant, ed., A Source Book in Medieval Science, Harvard University Press,

1974, p. 26; Tilomas S. Kuhn, The Copernican Revolution: Planetary Astronomy in the De- velopment of Western Thought, Harvard University Press, Cambridge, Mass., 1957, p. 110.

15. G. R. Crone, Maps and Their Makers: An Introduction to the History of Carto­

graphy, William Dawson, Folkestone, Kent, 1978, pp. 28-29.

16. J. Huizinga, The Waning of the Middle Ages, Doubleday, Nueva York, 1954 (hay

liad, casi.: El otoño de la Edad Media, Alianza, Madrid, 1994''); I-ymi Wliilc, .Ir., «Dealli and lile Devil», en Roherl S. Kinsman, ed., The Ihirler Vision of the Renaissunt i llevoinl the

C A U SA S

N EC ESA R IA S

PERO IN SU FIC IEN TES

57

la

experiencia que pueda dar a la vida una medida de fiabilidad y reducir así, aunque no pueda abolirías del todo, las incertidumbres fundamentales y ate­ rradoras de la vida».17 Muy despacio, tentativamente, y con frecuencia de modo inconsciente, los occidentales empezaron a improvisar una nueva versión de la realidad partiendo de elementos heredados y de la experiencia del momento, que a menudo era comercial. El naciente modelo nuevo, como lo llamaremos, se distinguía por la importancia cada vez mayor que daba a la precisión, la cuantificación de los fenómenos físicos, y las matemáticas. Los principales artífices del modelo nuevo eran gentes de ciudad, los ciudadanos más inquietos de la sociedad occidental, como de la mayoría de las sociedades. De la misma manera que las células de un feto son creci­ miento, estas personas eran cambio, incluso cuando pertenecían a elites an­ tiguas: por ejemplo, el obispo en su nueva, vasta y carísima catedral urbana. Algunas de las personas de ciudad pertenecían a elites nacientes, de la van­ guardia cultural, y les debemos especial atención. Pasaban sus horas de tra­ bajo en uno de dos centros: la universidad y el mercado. El segundo centro era más antiguo que la escritura o la rueda, pero los occidentales tuvieron que inventarse el primero. La expansión demográfica, el florecimiento de la Iglesia y el estado, la proliferación del conocimiento y la amenaza de varias herejías produjeron conjuntamente una demanda de más maestros, estudiosos, burócratas y predicadores que superó la capaci­ dad de las antiguas escuelas catedralicias y dio origen a las universidades. La primera mitad del siglo xii fue el período heroico de la educación su­ perior en Occidente, una época en que los estudiantes se reunían espontá­ neamente alrededor de maestros como el racionalista radical Pedro Abelar­ do, a los que incluso seguían de ciudad en ciudad si hacía falta. Los maestros impartían conocimiento y sabiduría, a veces con un poco de escepticismo a modo de estímulo, pero no podían conceder títulos ni reclamar efectiva­ mente prerrogativas jurídicas para sí mismos ni defender a sus alumnos en las luchas entre la gente de la ciudad y los estudiantes. Éstos no podían ob­ tener ninguna certificación oficial de la erudición adquirida ni tenían la se­ guridad de que los maestros no se presentarían borrachos a dar la lección o se mudarían de la ciudad o incluso dejarían de enseñar, y tampoco podían

función principal, que era, según dice Bouwsma, «imponer sentido a

l'ields of Reason, University of California Press, Berkeley, 1974, pp. 25-46; William J. Bouwsma, «Anxiety and Ihe Formation of Early Modern Culture», en Barbara C. Malament, ed., Aftcr the Refonnation: Essavs in Honor o f ./. II. Hexter, University of Pennsylvania Press, 1'iladeUia, I(>K0, pp. 215-246; Donald R. Iloward, «Renaissance World-Alicnation», en ihid., pp. 47-76.

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LA M EDIDA

DE LA

REALID AD

los estudiantes defenderse de los prejuicios de la gente de la ciudad y de la explotación. Dicho de otro modo, los maestros y los estudiantes no eran ins­ tituciones.iS En el siglo xii los dos grupos se unieron y formaron instituciones. La Universidad de París, cuya especialidad era la enseñanza de las artes libera­ les populares en una ciudad capaz de proporcionar alimentos, alojamiento, diversión y entusiasmo suficientes para legiones de estudiosos, fue la más influyente. A mediados del siglo siguiente la universidad era lo bastante grande y prestigiosa como para tener la certeza de que ella misma y las uni­ versidades en general serían un elemento permanente e importantísimo de la civilización occidental.1819 Los maestros parisinos, entre 1150 y 1200, siguiendo el ejemplo de los médicos, los mercaderes y los artesanos, se constituyeron en gremio o uni- versitas. El canciller de la catedral de la ciudad libró una larga batalla con los maestros por el dominio de la nueva institución. Con el respaldo del pa­ pado, que quería debilitar la autoridad episcopal, los maestros ganaron la ba­ talla. El gobierno municipal y el populacho se opusieron a los maestros al reclamar éstos privilegios especiales y a los desmanes de los estudiantes, e incluso rompieron unas cuantas cabezas para que quedase claro lo que pen­ saban; pero de nuevo ganó la universidad, en este caso también con el res­ paldo de reyes Capetos que querían cultivar la prosperidad y el prestigio de la ciudad que era su capital. En 1231 el papa Gregorio IX promulgó una bula en la que reconocía a la Universidad de París como corporación protegida por el pontífice, lo cual respaldó a la Universidad en su pretensión de que se la eximiera de obedecer a la autoridad local. Occidente había inventado una institución duradera cuya función era proporcionar empleo a los profesionales del pensar y del aprender. En el si­ glo xii los que celebraban el statu quo habían perseguido a Abelardo hasta hacerle abandonar París y la enseñanza, pero en el siglo xm Alberto Magno, Tomás de Aquino, Buenaventura e incluso, durante un tiempo, el casi heré­ tico Sigerio de Brabante disfrutaron, como maestros de la Universidad de París, de un empleo muy seguro así como de cierto grado de libertad de pen­ samiento y de expresión.20 A modo de recompensa por satisfacer a las universidades, la Iglesia y el

18. R. W. Southern, «The Schools of Paris and the School of Chartres», en Robert L.

Benson, Giles Constable y Carold D. Lanham, eds., Renaissance andRenewal in the Twelfth Century, University of Toronto Press, Toronto, 1991, pp. 114-118.

1962,

pp. 59-73.

20. Il¡islinj;s Rashdall, The Universities of Europe in tlie Midille A^cs, Oxford Univer-

sily Press, Londres, l'MO, vol. I, pp. 2(>') 581

19. Nathan

Schachner,

The Medioeval

Universities, Barnes,

Nueva

York,

C AU SAS N ECESA RIA S

PERO IN SU FICIEN TES

59

estado recibieron generaciones de obispos, administradores y diversos buró­ cratas cultos, inteligentes y dotados de rigor intelectual que habían asistido a las universidades y a menudo enseñado en ellas.21 Por ejemplo, Nicolás de Oresme y Philippe de Vitry, productos de la Universidad de París de los cua­ les volveremos a tener noticia, fueron consejeros de reyes de Francia y lle­ garon a ser obispos de Lisieux y Meaux respectivamente.

Los maestros de filosofía y teología en las universidades, los escolás­ ticos, fueron los intelectuales que más influencia ejercieron en el Occidente medieval. Estuvieron entre los abuelos, cuando no los padres, del modelo nuevo, aunque no fueron innovadores intencionales. No creían que su obli­ gación fuese inventar o descubrir sabiduría, sino sólo redescubrirla. San Buenaventura los llamó «compiladores y tejedores de opiniones aproba­ das».22 Se les puede entender mejor como herederos que como profetas, así que empecemos por su pasado. Sus antepasados intelectuales de la alta Edad Media se dedicaron a sal­ var la cultura. Confeccionaron resúmenes y enciclopedias del saber antiguo que habían heredado, adaptando y simplificando de acuerdo con las creen­ cias cristianas lo poco que tenían y a menudo, como los arqueólogos que ca­ talogan fragmentos de cerámica, se obsesionaban con minucias. En el siglo vil san Isidoro de Sevilla, por ejemplo, escribió una enciclopedia de todo el conocimiento humano, las Etimologías, que durante siglos fue la más popu­ lar de la Europa occidental, en la cual explicaba casi todo lo que tenía im­ portancia, con frecuencia por medio de análisis incorrectos de los orígenes de las palabras.23 La concentración en la compilación, la ordenación y el lenguaje per se también fue característica de la baja Edad Media. La diferencia entre los es­ fuerzos culturales de los dos períodos fue que el primero representó un in­ tento de salvar todo lo posible de un cuerpo de conocimientos que iba en­ cogiéndose — un aferrarse desesperadamente a una esperanza, por así decirlo— y el segundo fue un intento de entender la totalidad de un cuerpo de conocimiento que crecía y se desbordaba.

2 1. Willis Rudy, The Universities of Europe, 1100-1914 , Associated University Presses, l.ondres, 1984, pp. 20-26; Southern, «The Schools of París and the School of Chartres», pp. I 19, 129; John W. Baldwin, «Masters at París from 1179 to 1215: A Social Perspective», en Renaissance and Renewal in the Twelfth Century, pp. 141-143, 151-158.

22. Jorge J. E. (¡rucia, «Scholuslicism and the Scholastic Method», en Joseph R. Strayer,

ed., The Dietianary afilie Middle Ayes, Scrihner’s, Nueva York, 1982-1989, vol. 11, p. 55.

23. iTcdcrick II. Arl/., The Mind afilie Middle Ages. A. I). 200-1500, University of Chi­

cago Press Chicago, 1980, p 191; Eniesl Urehnul, An Enevelopedisl of lite Darle Af¡es. Co­ tí mil na 11nivel sil y l’iess, Nueva York. 1 9 1 pp ’ 15 22 I

60

LA MEDIDA DE LA REALID AD

Los escolásticos tuvieron que resolver el enorme problema de cómo or­ ganizar la inmensa herencia del pasado pagano, islámico y cristiano antes de poder afrontar de modo efectivo el problema, que era aún más difícil, de conciliar las contradicciones de los pensadores cristianos y no cristianos e incluso entre santo y santo. Los cómodamente ignorantes o los confiada­ mente cínicos hubieran resuelto ambas dificultades desechando lo que pare­ cía excesivo o no encajaba. Pero los escolásticos eran intensamente, aunque estrechamente, cultos y terriblemente serios. Los textos, sagrados y profanos, tal como se recibieron por primera vez de los antiguos, eran masas no diferenciadas, sin segmentar y sin asideros, tan difíciles de gobernar como las ballenas varadas en una playa. Los esco­ lásticos inventaron títulos de capítulo y folios (codificados a menudo por el tamaño de las iniciales y por el color), remisiones e incluso citas de los auto­ res que se mencionaban. Hacia el año 1200 Stephen Langton (que pronto se­ ría el arzobispo de Canterbury que aconsejaría a los barones y al rey Juan en la crisis cuyo resultado fue la Carta Magna) y sus colegas idearon el sistema de capítulos y versículos para los libros de la Biblia, que hasta entonces eran bosques sin caminos.2425En el siglo siguiente Hugh de Saint Cher, dominico de la Universidad de París, dirigió un grupo de eruditos que escribió, entre otras obras de consulta maestras, la voluminosa Correctoria, que era una lis­ ta de las lecturas variantes de la Vulgata. Estos eruditos y otros parecidos produjeron concordancias para las Escrituras, índices de palabras clave y de temas para las obras de los padres de la Iglesia y luego para las de Aristóte­ les y otros autores antiguos.26 Cuando usaban números en su andamiaje cul­ tural sustituían las cifras romanas por los nuevos y brillantes guarismos in- doarábigos antes de que la mayoría de los mercaderes y banqueros hicieran la misma transición.26 Durante generaciones los escolásticos no encontraron un principio que les permitiera ordenar masas de información de un modo que facilitase la ta­ rea de localizarlas. Creían que el principio debía pertenecer, sobre todo, a la importancia relativa de los datos. En los catálogos de las bibliotecas, por

24. Beryl Smalley, The Study of the Bihle in the Middle Ages, Basil Blackwell, Oxford,

1952, pp. 222-224.

25. Ihid., pp. 222-224, 333-334; «Hugh of St. Cher», en Dictionary of the Middle

Ages, vol. 6, pp. 320-321; Lloyd William Daly, Contributions to a History of Alphahetiza- tion in Antiquity and the Middle Ages, Latomus Revue d’Etudes Latines, Bruselas, 1967, p. 74; Richard H. Rouse y Mary A. Rouse, Preachers, Florilegio and Sermons: Studies on the Manipulus florum ofThomas of Irekmd, Pontifical Institute of Mediaeval Studies, To­ ronto, 1979, p. 4.

26. Brian Stock, The ¡mplications of Uteracy: Written Language and Models of Inter-

pretation in the Eleventh and Twelfth Centnries, Princeton I Jniversily Press, Princclon,

.1.,

N.

C A U SA S N EC ESA R IA S PERO IN SU FIC IEN TES

61

ejemplo, la Biblia debía ir en primer lugar, luego los padres de la Iglesia y así sucesivamente, con los libros sobre las artes liberales en último lugar. Pero ordenar basándose de modo exclusivo en el prestigio no daba buenos resul­ tados siempre, especialmente en lo que se refiere a las minucias, y por esta ra­ zón los escolásticos complementaron este sistema con otro que se había uti­ lizado de vez en cuando en el mundo antiguo y posteriormente, pero nunca con frecuencia ni de modo constante: la alfabetización. Tan abstracta como una progresión de números, la alfabetización no hacía necesario juzgar la im­ portancia relativa de lo que ordenaba y, paradójicamente, tenía, por tanto, uti­ lidad universal. Podía usarse para organizar diccionarios de palabras, concordancias de las proclamas de Dios o de las afirmaciones de los griegos antiguos, catálogos de libros y colecciones de documentos gubernamentales. Los escolásticos proporcionaron manuales y diccionarios alfabetizados de materiales para sermones destinados a los predicadores que en las postrime­ rías del siglo xii competían con los herejes por las almas de los habitantes de las florecientes ciudades. Y hemos estado alfabetizando desde entonces.27 Tal vez el más innovador y útil de todos los inventos discretos de los es­ colásticos fue el sistema del índice analítico de materias. Grecia y Roma nun­ ca habían ordenado sus textos de manera que un principiante pudiese avanzar con confianza desde lo general hasta lo temático, lo subtemático y lo concre­ to, para volver luego a lo general. Los escolásticos, sí. Su sistema ayuda no sólo a localizar algo determinado en un libro, sino también a seguir líneas de argumentación y, al igual que la técnica matemática, a pensar con claridad. Hs un cedazo de varios niveles, graduados de lo grueso a lo fino, en el cual arrojamos nuestras ideas confusas. Lo primero que hay que cerner son las materias generales, que en nuestra adaptación de este invento escolástico se designan con los números I, II, etcétera. Seguidamente se seleccionan los te­ mas, A, B, etcétera; luego los subtemas, 1, 2, etcétera; y, en caso necesario, éstos se subdividen en a, b y así sucesivamente. Puede que Alejandro de Ha­ les, el maestro franciscano, fuese el primero en introducir el sistema. Dividió el conjunto en partes y luego en membra y articuli. Santo Tomás de Aquino, que nunca perdía el hilo de la discusión, dividía el conjunto en partes, y és­ tas en quaestiones o distinctiones, y éstas a su vez en articuli.28

27. Daly, Contributions to a History of Alphabetization, pp. 74, 96; Smalley, Studv of

llw Hihle, pp. 333-334; Rouse y Rouse, Preachers, Florilegio and Sermons, pp. 4, 7-15; Mary A. Rouse y Richard H. Rouse, «Alphabetization, History of», en Dictionary of the Middle Ages, vol. 1, pp. 204-207; Stock, The Implications of Literacy, p. 62. 2X. Krwin Panol'sky, Cothic Architecture and Scholasticism, Archabbey Press, Latrobe, Pn . 1951, pp. 32-35, 95 96 (hay liad, casi.: Arquitectura gótica v pensamiento escolástico, Pic|iicla, Madrid, 19X6); víase también Olio 13ird, «llow lo Reail un Arliclc ol Ihe Sunmui», New Si hohislii imii , 77 (ala il di 1951), pp. 17.9 159,

62

LA M EDIDA DE LA

REALIDAD

Las habilidades organizadoras de los escolásticos se unieron a su abso­ luta seriedad para impedirles que se refugiaran tanto en el oscurantismo como en el cinismo. Dominaban plenamente sus textos, sabían que eran co­ rrectos, sabían que a menudo eran aparentemente contradictorios y se esfor­ zaban mucho por atravesar con el pensamiento el laberinto que insistían en construir para sí mismos. No lo lograron, desde luego, pero durante el in­ tento reinventaron para Occidente el rigor en la lógica y la lucidez en la ex­ presión formal. Analizaban meticulosamente sus textos, se encaramaban con cuidado a escaleras de silogismos desde la premisa hasta la conclusión, y perfeccionaron en su prosa un instrumento apropiado para la expresión de sus prudentes pensamientos. Ningún escolástico actuó más hábilmente o con mayor economía de me­ dios que santo Tomás de Aquino. La armadura de su lógica puede verse y ponerse a prueba, y su prosa es un mínimo descarnado donde no hay alite­ raciones, figuras retóricas o incluso metáforas, excepto donde la tradición exigiera lo contrario. (No podía rechazar la poesía de los Salmos, pero criti­ co a Platón por su extravagancia en el lenguaje.)29 Su razonamiento y su len­ guaje son casi matemáticos: nuestros traductores emplean a veces símbolos algebraicos porque consideran que son el mejor medio de expresar en el in­ gles del siglo xx lo que Tomás de Aquino escribió en latín del xm, aunque lales símbolos no aparecieron ni tan sólo en las matemáticas hasta las postri- mei las del Renacimiento. Para un ejemplo de su lógica y su prosa, examinemos unas cuantas oraciones de la primera de sus pruebas de la existencia de Dios:

Ahora bien, la misma cosa no puede ser a la vez tanto realmente x \sit si- muI en el original en latín] y potencialmente x, aunque puede ser realmente x y potencialmente y [secundum diversa ]: lo realmente cálido no puede ser a la vez potencialmente cálido, aunque puede ser potencialmente frío. En conse­ cuencia, una cosa en proceso de cambio no puede causar ella misma el mis­ mo cambio: no puede cambiarse a sí misma. Necesariamente, pues, cualquier cosa en proceso de cambio la está cambiando otra cosa.30

(I'.slc agente fundamental, por supuesto, resulta ser Dios unas cuantas ora­ ciones más adelante.) Ln nuestro tiempo la palabra «medieval» se usa con frecuencia como si­ nónimo de atolondrado, pero puede emplearse con mayor rigor para indicar definición precisa y razonamiento meticuloso, es decir, claridad. Tomás de

20 M. D. Chenu, l'owaril Utulerslanding Saint Thomas, trad. ingl. tic A.-M. Landry

y I) Iluchos, llonry Kegnery, Chicago, 1964, pp. 59-60, 117-119.

1(1

Sanio Tomás du Aquino, Snmiini ilicologiac, lllacklíiars, Londres, s. í., vol. 2,

pp 12 I I (hay liad i asi. ituna ilr teología, Irarl ilr .1 Marloivll, HA( Madrid, 1994).

C A U SA S N EC ESA R IA S PERO IN SU FIC IEN TES

63

Aquino, un santo, era favorito de René Descartes,31 príncipe heredero de la filosofía racionalista y virtual inventor de la geometría coordenada o ana­ lítica. Si se siguen hasta sus extremos, la organización cuidadosa, la lógica y la precisión en el lenguaje conducen a las matemáticas. El siguiente paso a par­ tir de santo Tomás no fue tan largo como quizá nos parecería hoy porque la mayor parte de las matemáticas, más allá de contar y de la aritmética senci­ lla, todavía se expresaba verbalmente. Sin embargo, fue una larga zancada desde el punto de vista conceptual, tan larga que los escolásticos nunca ter­ minaron de darla. No pudieron, o sólo muy raras veces, ir más allá de lo que los estudiosos del siglo xx han llamado «filosofía logicomatemática». Los escolásticos no tenían la ventaja de los signos que representan más, menos, raíz cuadrada y otras operaciones. No tenían la ventaja de muchos de los ti­ pos más básicos de decisiones sobre qué había que medir y cómo, decisio­ nes que ellos empezaron a tomar por nosotros. En el caso de la temperatura, por ejemplo, ¿eran el frío y el calor dos entidades diferentes o aspectos di­ ferentes de una sola? Lo más importante de todo: los escolásticos, que eran los herederos de sabios cualitativos como Platón y Aristóteles más que del cuantitativo Ptolomeo, aún no poseían la habilidad de pensar en términos de cantidades medidas o no se sentían a gusto pensando así. Richard Swineshead de Oxford, por ejemplo, tenía la habilidad, no de ocuparse de la medición exacta, sino de evitar el tema. No medía el peso, pero encontraba maneras de pensar en él sin medirlo. Reflexionaba sobre lo que podríamos llamar «experimentos mentales» relativos al peso. Si una vara caía verticalmente al centro del universo (la Tierra) y lo atravesaba, la parte por la que pasara en primer lugar «caería» hacia arriba, lo cual afecta­ ría al resto de la vara, que seguiría cayendo. ¿Coincidiría alguna vez el pun­ to medio de la vara con el centro del universo? Era un problema que consti­ tuía un desafío al más agudo de los lógicos, un problema que ha empujado a los intérpretes de Swineshead a producir torrentes de álgebra, pero un pro­ blema que huele más, mucho más, a lámpara de erudito que al mechero Bun- sen del científico que hace experimentos.32 Aun así, en el siglo xiv ciertos escolásticos — Swineshead y sus colegas monjes del Merton College de Oxford, y, el más productivo de todos, Nico­ lás de Oresme de París— hicieron grandes progresos en el campo de las ma-

3 1. Albert G. A. Balz, Descartes and the Modern Mind, Yale University Press, New Ha- ven, Conn., 1952, p. 26; René Descartes, Correspondance, ed. de C. Adam y G. Milhaud,

Presses Universitaires de trance, París, 1941, vol. 3,

sieur Des-Canes, Daniel I lonthcmcls, París, 1891, 1“ parle, p. 286.

John Mmdoch y lúlilli Sy lia, «Swineshead. Richard», en Dictiniuirv of Scientific

.301; Adrien Baillet, La vie de Mon-

p.

32.

64

LA MEDIDA DE LA

REALIDAD

64 LA MEDIDA DE LA REALIDAD F igura 3. Representación oresmiana de varios movimientos: a) velocidad

F igura 3. Representación oresmiana de varios movimientos: a) velocidad unifor­ me, b) movimiento acelerado uniformemente, c ) velocidades no uniformes. David C. Lindberg, The Beginnings o f Western Science, University of Chicago Press, Chi­ cago, 1992, p. 299.

temáticas sin medición. Los ingleses obtuvieron mejores resultados que los demás occidentales en lo que se refiere a usar el álgebra para considerar lo que Aristóteles denominó cualidades: la velocidad, la temperatura, etcétera. Oresme fue más lejos y geometrizó las cualidades, incluso la velocidad en su manifestación más desconcertante, la aceleración. Produjo lo que equiva­ lía a gráficos (bastante parecidos a pentagramas musicales; véase el capítu­ lo 8), en los cuales la progresión del tiempo se expresaba con una línea ho­ rizontal y la intensidad variable de una cualidad, con líneas verticales de alturas diversas. El resultado final era una abstracción elegante y pura, una representación geométrica de un fenómeno físico que variaba a lo largo del tiempo (figura 3).33 Por convincente que pudiera ser el trabajo de estas personas, una y otra vez nos sorprende la falta de medición real. No tenían traducciones — o, si las tenían, hacían caso omiso de ellas— de las secciones que Ptolomeo, Euclides y otros cuantificadores clásicos dedicaban a la medición. Como Aristóteles, los escolásticos consideraban que unas cosas eran más y menos que otras,

33. David C. Lindberg, The Beginnings of Western Science, llnivcrsily of Chicago Press,

Chicago, 1992. pp. 294-301.

C A U SA S N EC ESA R IA S PERO IN SU FIC IEN TES

65

pero no en términos de múltiplos de una cantidad definida como, por ejem­ plo, pulgadas, grados del arco, grados de calor y kilómetros por hora. Para­ dójicamente, los escolásticos eran matemáticos sin ser cuantificadores.34 Había excepciones, la más famosa de las cuales era Roger Bacon. A fi­ nales del siglo xiii Bacon dijo que las matemáticas eran «la puerta y la lla­ ve» del conocimiento, que los santos habían descubierto en el principio del mundo. Las matemáticas, según él, eran nuestro guía infalible en astrono­ mía, tiempo meteorológico, geografía y otras cosas de este mundo, y en fi­ losofía y más, incluso en teología.15 A veces midió realmente cosas, por ejemplo, el ángulo de 42 grados entre el arco de un arco iris y la línea de los rayos del Sol que caen sobre la espalda del medidor. La influencia (o su fal­ la) de esta incursión en la meteorología práctica, sin embargo, fue lo que us- led y yo sabemos considerar raro. Otros investigadores medievales en el campo de la óptica hicieron poco caso de la medición de Bacon, y el más afortunado de ellos, Teodorico de Freiberg, parece ser que la redujo a la mi­ tad en su tratado sobre los arcos iris. ¿Se debió a un error suyo o de algún co­ pista? Lo que es más importante es que, al parecer, el error no preocupó a nadie durante cientos de años.-11’’

Otra fuente de la tendencia cuantificadora, una fuente más importante que el esfuerzo de los escolásticos por ir más allá del verbalismo, nos hace volver a lo que puede que fuera o no fuera la raíz de todos los males pero que sin duda fue la raíz principal de la civilización moderna. Muchos de los es­ colásticos que se ocuparon de cuantificar cualidades — Roger Bacon, Al­ berto de Sajonia, Walter Burley, Enrique de Hesse, Gregorio de Rímini y Juan Buridán— también escribieron sobre dinero?1 Nicolás de Oresme compuso todo un tratado sobre el asunto en el cual se concentró en el miste­ rio de la inflación, en virtud de la cual más se convertía misteriosamente en menos. Dijo que sí, que adulterando la moneda se hacía más dinero, pero que éste tenía menos valor y empobrecía a la sociedad. Trató inútilmente de disuadir a los reyes franceses de tal costumbre.38

.14. Anneliese Maier, On the Threshold of Exacf Science, trad. ingl. de Steven D. Sar- genl, University of Pennsylvania Press, Filadelfia, 1982, pp. 169-170.

35. The Opus Majus of Roger Bacon, trad. ingl. de Robert B. Burke, University of

IVinisylvania Press, Filadelfia, 1928, vol. 1, pp. 116, 117, 120, 123, 128, 200, 203-204.

36. A. C. Crombie, «Quantification in Medieval Physics», en Sylvia L. Thrupp, ed.,

( 'hnnge in Medieval Society: Europe North of the Alps, 1050-1500, Appleton-Century- ( 'rotls, Nueva York, 1964, p. 195.

17. .loel Kaye, «The linpael of Money on the Developinenl of Fourieenlh-Cenlury

Si leiililie Thouglil”, Journal o¡ Medieval Historv. 14 (seplis mine de 1988), p. 260.

18.

Ihi<l

pp 254. 257 ’58

’OO.

66

LA M EDIDA DE LA

REALIDAD

Sólo Dios superaba al dinero en poder y ubicuidad. Santo Tomás de Aquino reconoció su poder:

Verdad es que el dinero está subordinado a otra cosa que es su fin; empe­

ro, en la medida en que es útil en la búsqueda de todos los bienes materiales

por su poder de un modo u otro los contiene todos tiene cierto parecido con la beatitud.39

Es de esta manera que

El imperio romano había funcionado basándose en el dinero, pero al principio no fue así en el caso de Occidente. Había poco comercio y gran parte de él consistía en trueques. Las monedas tenían poco valor abstracto aparte del valor del metal de que estaban hechas. Los hombres poderosos que tenían monedas las daban a sus seguidores para cultivar su lealtad o las esparcían entre los pobres; un noble de Limousin llegó a sembrar un campo

con monedas de plata para adquirir prestigio. No era raro que se fundiera el dinero y que se refundiese y atesorara en forma de vajilla, coronas, crucifi­

jos y cálices,

o que se enterrara con los muertos.40 La moneda dejó de circu­

lar a causa de la falta de comercio, el comercio se cortó por falta de moneda y el dinero enseñó a pocos las ventajas de la cuantificación. Pero con el tiempo los musulmanes y los vikingos abandonaron sus co­ rrerías y se quedaron en casa o echaron raíces en otra parte, los señores feu­ dales instauraron la ley y el orden, si así se les podía llamar, y la producti­ vidad agrícola fue subiendo de manera gradual. Aparecieron técnicas e instrumentos nuevos: una especie de arnés que permitía a los caballos tirar con la espaldilla en vez de con el cuello; arados pesados que eran más idóneos para el suelo arcilloso de la Europa atlántica; y otras mejoras que indivi­ dualmente tenían poca imporancia pero que colectivamente tenían mucha.41

La oferta creció, el comercio y las ciudades se reactivaron, y la avaricia parpadeó y se frotó los ojos al ver dinero. Las monedas surgieron de sus es­ condrijos y fueron llegando poco a poco del extranjero. Inglaterra, que tenía sólo diez cecas en el año 900, contaba setenta en el 1000. Las ciudades y luego las naciones empezaron a acuñar moneda y las monedas occidentales sustituyeron a las no occidentales como el tipo de dinero más común.42

39. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, vol. 41, p. 261.

40. Maro Bloch, Feudal Society, trad. ingl. de L. A. Manyon, University of Chicago

Press, Chicago, 1961, vol. 1, pp. 66, vol. 2, p. 311 (hay trad. cast.: La sociedad feudal, Akal, Madrid, 1987); Alexander Murray, Reason and Society in the Middle Ages, Clarendon Press, Oxford, 1985, pp. 34-35 (hay trad. cast.: Razón y sociedad en la Edad Media, Taurus, Ma­ drid, 1982).

41. Lope/., I’lw Conwiercial Revolution, pp. 30-57.

C A U SA S N EC ESA R IA S PERO IN SU FIC IEN TES

67

Los occidentales fueron deslizándose hacia una economía monetaria y durante este proceso cada una de las cosas que formaban parte de su vida se redujo a un patrón único. «Todo artículo vendible es a la vez un artículo me­ dido»,43 dijo Walter Burley del Merton College en el siglo xiv. Al trigo, la cebada, la avena, el centeno, las manzanas, las especias, las lanas, las sedas, las tallas y los cuadros les salieron precios; y eso fue relativamente fácil de entender porque eran cosas que podían comerse, llevarse puestas, tocarse y observarse. Más difíciles de entender eran los casos en que el dinero susti­ tuía a obligaciones de servicio y de trabajo instauradas mucho tiempo antes

por la costumbre. Cuando resultó que el tiempo

tenía precio — es decir, in­

terés sobre una deuda calculado de acuerdo con el paso de meses y años— el hecho puso a prueba la mente y también el sentido moral porque el tiem­ po era propiedad exclusiva de Dios.44 Si el tiempo tenía un precio, si el tiempo era una cosa que podía tener un valor numérico, ¿qué ocurría con otros imponderables que no se dividían en segmentos, como el calor o la ve­ locidad o el amor? El precio lo cuantificaba todo. El vendedor fijaba un precio para lo que tenía que vender porque todo lo que él necesitaba o quería también tenía que pagarse. En 1308 el papa Clemente V proclamó que el precio del per­ dón de un año de pecados consistía en aportar un penique, en moneda de Tours, a la buena causa de la cruzada contra los musulmanes.45 «El oro es excelentíssimo — dijo, exultante, Cristóbal Colón, dos siglos más tarde— ; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hage cuanto quiere en el mun­ do, y llega a que echa las ánimas al Paraíso.»46 Las ciudades del norte de Italia acuñaron las primeras monedas de oro occidentales que circularon mucho durante largo tiempo: Génova el genois y Florencia el florín, ambas en 1252, y Venecia el ducado en I284.47 El va­ lor de estas monedas no era sólo el que su metal tendría en el mercado, sino también el que declaraban los gobiernos que las acuñaban. Algunas de ellas conservaban su valor en el mercado durante períodos considerables: una

43. Kaye, «The Impact of Money», p. 260.

44. Jacques Le Goff, Yoitr Money or Your Life: Economy and Religión in the Middle

Ages, liad. ingl. de Patricia Ranum, Zone Books, Nueva York, 1988 (hay trad. cast.: La bol-

ai v la vida, Gedisa, Barcelona, 1987).

45. William E. Lunt, Papal Revenues in the Middle Ages, Octagon Books, Nueva York,

19(i5, vol. 2, p. 458; Elisahcth Vodola, «Indulgences», en Dictionary ofthe Middle Ages, vol. í>. pp. 446-450.

46. Cristóbal Colón, Textos y documentos completos: relaciones de viajes, cartas y

memoriales, edición, prólogo y notas de Consuelo Varela, Alian/,a, Madrid, I992\

p

i

’ /

68

LA M EDIDA DE LA REALID AD

nueva y abstracta medida del valor apareció en la Europa occidental. Cuan­ do incluso el valor de genois, del florín y del ducado fluctuaba, o cuando no podía cerrarse una transacción porque el valor de las monedas de un tipo que se ofrecían era una fracción de más o de menos comparado con el tipo de monedas empleado para expresar el precio, o cuando el valor de las mone­ das subía y bajaba tan rápidamente que nadie tenía la seguridad de conocer

sus valores relativos

había que presentar y pagar facturas, los europeos occidentales dieron otro paso gigantesco hacia la abstracción. Ampliaron como nunca antes la útil ficción de la «moneda de cuenta», escala idealizada que consistía en lo que al cabo de un tiempo se fijarían arbitrariamente como los ratios de los valo­ res de las monedas prestigiosas. El sistema era tan abstracto que continuó funcionando incluso después de que algunas de estas monedas dejasen de

circular.48

El carácter abstracto de la escala de valor de los mercaderes occidenta­ les hace pensar en algunas de las especulaciones más etéreas de Platón, pero en este caso se trataba del fruto de las astutas prácticas de aquellos hombres cuyo sustento dependía del balance de gastos y beneficios. La moneda de cuenta era tan útil y extraña como un sistema de medición del tiempo que los músicos inventaron en la misma calle de la ciudad: los témpora (tempi), que eran homogéneos, cada uno igual a cada uno de los demás, aunque se com­ ponían de sonido o de silencio. En el vertiginoso vórtice de una economía monetaria Occidente aprendió los hábitos de cuantificación. La economía de la Europa occidental no fue la primera en ser monetiza­ da, no lo fue por miles de años: ¿por qué, pues, aquella alteración tuvo efec­ tos tan distintivos, incluso únicos, en Occidente? Sin duda contribuyó a ello su crónica escasez de monedas. La Europa occidental no tenía grandes de­ pósitos de oro y plata fáciles de extraer y, por tanto, cuando mordió el an­ zuelo de la economía monetaria, no tenía metal precioso propio en cantidad suficiente para que su economía funcionase de modo eficiente. Occidente padeció un problema crónico de la balanza de pagos hasta algún momento

cuando todo cambiaba continuamente y, pese a ello,

48. Kaye, «The Impact of Money», p. 259; P. Spufford, «Coinage and Currency», en M.

M. Poston, E. E. Rich y Edward Miller, eds., Economía Organization and Policies in the

Middle Ages, Cambridge Economic History of Europe, vol. 3, Cambridge University Press, 1963, pp. 593-595; F. P. Braudel, «Pnces in Europe from 1450 to 1750», en E. E. Rich y

C. H. Wilson, eds., The Economy of Expanding Europe in the Sixteenth andSeventeenth Cen-

turies, Cambridge Economic History of Europe, vol. 4, Cambridge University Press, 1967,

p. 379; Elgin Groseclose, Money and Man: A Survey of Monetary Experience, University of

Oklahoma Press, Norman, 1976, pp. 66-67; Cario M. Cipolla, Money, Prives, and Civiliza- tion in the Mediterranean World, Fifth to Seventeenth Centnrv, Gordian Press. Nueva York,

CA U SA S N EC ESA R IA S PERO IN SU FICIEN TES

69

•••■I siglo xvi. Las monedas fluían de la Europa septentrional a los puertos mediterráneos y de allí a los países de Oriente con los cuales se mantenían "'l.u iones comerciales. En el decenio de 1420 Venecia exportaba alrededor de cincuenta mil ducados anuales sólo a Siria. El flujo de oro hacia el este i tan continuo y duró tanto tiempo que los españoles le daban un nombre >■.pecial: «evacuación de oro». I.uropa sacaba de sus propias minas tantas monedas como podía, impor­ taba oro de lugares tan lejanos como el África tropical, y, después de que se "■activara su manufacturación, vendía sus mercancías por monedas siempre que era posible, pero siempre los metales preciosos iban a parar a Oriente. I "s tipos de interés, por ende, eran de hasta el 15 por 100 en los empréstitos a largo plazo que se concedían a mercaderes e instituciones respetables • "ino, por ejemplo, la comuna de Florencia, y del 30 por 100 y más en los que se concedían a reyes y príncipes. Los gobiernos decretaban tipos de in­ icies máximos — el 15 por 100 en Génova durante todo el siglo xiii, el 20 poi 100 en Francia en 1311— , lo cual hace pensar que los tipos reales ten­ dían a ser aún más elevados.49 I,os occidentales estaban obsesionados con lo que no podían conservar:

I I dinero. Marco Polo habló elocuentemente de la abundancia de oro en al- l,'unas partes de Oriente. Colón estaba obsesionado con encontrarlo en su nuevo mundo. Y los aztecas decían que el oro despertaba en Cortés y sus es­ pañoles un hambre «de cerdos».50 No había en la Tierra gente más interesa­ da en las monedas que los occidentales, nadie que se preocupara más por el peso y la pureza de las monedas, nadie que hiciera más trucos con letras de ' ambio y otros papeles que representaban dinero; no había en la Tierra gen­ te más obsesionada con contar y contar y contar.

TI Cipolla, Money, Pnces, and Civilization, pp. 63-65; Geoffrey Parker, «The Emer- ' iii e ol Modern Finanee in Europe, 1500-1730», en The Fontana Economic History of'Eu-

n 7>e ilw Sixleenth and Seventeenth Centuries, pp. 527-529; Harry A. Miskimin, The Eco-

iiu iiiy of Earlv Renaissance Europe, IMÍO-1460, Prentice-Hall, Englewood Cliffs, N. J.,

I'»"'», p. 155 (luiy liad, casi.: Ixt economía de Europa en el alto Renacimiento, Cátedra, Ma-

ilinl.

i iimhndge IJniversily Press, 1977, pp. 22-23, 2H, 35-43.

1980); llarry A. Miskimin, The Economy of Later Renaissance Europe, 1460-1600,

5(1

Miguel I eón Portilhi, ed

The Hroken Spvars: The Atice Account of the Cont/uest of

4. EL TIEMPO

El Horologiu.m

no sólo indica y registra la hora ante nues­

tros ojos, sino que, además, su campanilla la anuncia a los oídos de los que están lejos o se quedan en casa. Por ende, en cierto sentido parece estar vivo, ya que se mueve por impulso propio, y hace su trabajo por cuenta del hombre, noche y día, y nada po­ dría ser más útil o más agradable que eso.

G iovanni T ortelli (1471)'

El tiempo dejaba perplejo a san Agustín: «Sé muy bien qué es, siempre

y cuando nadie me lo pregunte: pero si me preguntan qué es, y trato de

explicarlo, me desconcierto».2 Las mediciones suelen ser de algo definido

— cien metros de camino, de prado, de lago— , pero cien horas, felices o tris­

tiempo.

La insustancialidad del tiempo era incomprensible para san Agustín y es incomprensible para nosotros, pero permite a los seres humanos imprimir en

él su propia concepción de las partes en que se divide. No es extraño que los

europeos occidentales de la Edad Media dieran en la medición del tiempo su primer paso gigantesco hacia la metrología práctica. Tampoco es extraño que ello ocurriera en la medición de las horas, más que en la reforma del ca­ lendario. Las horas no estaban delimitadas por acontecimientos naturales,

sino que eran duraciones arbitrarias y susceptibles de definirse de modo

también arbitrario. Los días, en cambio, tenían tales límites en la oscuridad

y la luz, y, además, los calendarios eran artefactos de milenios de civili­ zación, plagados de incrustaciones de costumbres y santidad.12

tes, son un centenar de horas de

1. Alex Keller, «A Renaissance Humanist Looks at “New” Inventions: The Anide “Ho-

rologium” in Giovanni Tortelli’s De Orthographia», Technology and Culture, I I (julio de 1970), pp. 351-352, 354-355, 362, 363.

2. San Agustín, Confessions, trad. ingl. de R. S. Pine-ColTin, Penguin books, llar-

E L TIEMPO

71

Veamos una ilustración de lo que acabo de decir. Cuando en 1519 Jeró­ nimo de Aguilar se encontró con cristianos después de pasar años entre los mayas de Yucatán la primera pregunta que les hizo fue en qué día de la se­ mana estaban. Al decirle sus salvadores que, tal como él pensaba, era miér­ coles, con lo cual confirmaron que había logrado llevar la cuenta de los días de la semana a pesar de su aislamiento, prorrumpió en llanto. Lo que tanto le conmovió no fue que su calendario fuese correcto según las estrellas, sino el haber podido mantener su programa de plegarias mientras se hallaba en­ tre los infieles.3 A este hombre atento al calendario, típico de su época y de su gente, no le interesaba la exactitud per se, sino relacionada con la tradi­ ción y la posibilidad de salvarse.

En el caso de los campesinos los horarios eran aproximados: el tiempo meteorológico, el amanecer y el atardecer dictaban su ritmo de vida. Pero las horas tenían una importancia fundamental para los habitantes de las ciu­ dades, a quienes el comprar y el vender ya habían iniciado en la moda de la cuantificación. Su tiempo ya era oro, como lo llamaría Benjamín Franklin, hombre al que prefiguraron. En 1314 la ciudad de Caen instaló un reloj en un puente y puso en él la si­ guiente inscripción: «Doy a las horas voz / Para que la gente común se ale­ gre».4 (Recuerde que en aquel tiempo la gente común era todo el mundo ex­ cepto los miembros de la aristocracia y de la Iglesia.) En el siglo xv una petición de un reloj municipal para Lyon proclamaba: «Si tal reloj se cons­ truyera, más mercaderes vendrían a las ferias, los ciudadanos se sentirían muy consolados, alegres y felices y llevarían una vida más ordenada, y la de­ coración de la ciudad aumentaría».5 La palabra inglesa que significa «reloj», clock, está emparentada con la Irancesa cloche y la alemana Glocke, que significan «campana». En la Edad Media y el Renacimiento la vida en las ciudades seguía el ritmo que dictaban las campanas: «una ciudad sin campanas — según dijo incluso el nada puntual Kabelais— es como un ciego sin bastón».6 Pero las horas que daban al empe­ zar el segundo milenio eran canónicas e imprecisas, y había demasiado pocas

' Francisco López de Gomara, Cortés: The Life of the Conqueror hy His Secretary,

liad ingl. de Leslcy Byrd Simpson, University of California Press, Berkeley, 1964, p. 31

(nnginal castellano: La historia de las Indias y conquista de México, Zaragoza, 1552).

David S. Laudes, Revolution in Time: Clocks and the Making ofthe Modern World,

llaivnrd Universily Press, Cambridge, Mass., 1983, p. 81.

s Cario M. (¡¡¡polla, Clocks and Culture, 1300-1700, Collins, Londres, 1967, p. 42.

(i l ianyois kabelais, The Histories of Gargantua and Pantagruel, trad. ingl. de J. M.

( ola n, Pengimi Books, I larmondsworlli, 1955, p. 78 (hay liad, casi.: Gargantua y Punta- eme!, liad ingl.de I ltai]a. Akal, Madrid. 1994).

•I.

72

LA MEDIDA DE LA REALID AD

por día para proporcionar un ritmo que conviniera a las actividades urbanas. Los habitantes de los burgos comprendían el valor práctico de los relojes, se encontraban a gusto con la cuantificación y eran hábiles en el manejo de las máquinas, pero eso no significa necesariamente que inventasen el reloj mecánico. Si la historia fuese lógica, habría tenido que inventarlo un astrólo­ go o un monje por ser miembros de los dos grupos que en la sociedad euro­ pea de la Edad Media trabajaban durante la noche, fuera ésta nubosa o des­ pejada, cuando juzgar el tiempo era difícil. Los astrólogos, por ejemplo, tenían que fijar las posiciones de los planetas móviles en relación unos con otros cuando reyes, papas y protectores acaudalados nacían, morían, entabla­ ban batallas, etcétera. Los monjes tenían que levantarse a oscuras para re­ citar las plegarias apropiadas en los momentos indicados. Poner en marcha el día en los maitines era una tarea difícil: la regla de san Benito decretaba: «Si alguien viene a los maitines después del Gloria del Salmo 94, que por esta ra­ zón deseamos que se diga lentamente y sin prisas, no ocupará su lugar en el coro, sino que irá el último de todos, o a algún lugar aparte que el abad pue­ da asignar para quienes de este modo fallan a su modo de ver».7 Los relojes mecánicos eran al principio tan enormes y caros que dudo que un astrólogo o astrónomo construyese el primero de ellos, aunque uno de estos brujos podría haberlo construido en el caso de contar con el patro­ cinio de un duque o un obispo. Mi opinión es que la hazaña fue obra de un monje, un miembro de una organización grande y probablemente rica. Si la historia fuese lógica, habría sido un monje de la orden cisterciense, que era avanzada desde el punto de vista tecnológico y cuyos abades estaban segu­ ros de que la gracia guardaba correlación con la eficiencia y, por consi­ guiente, con los molinos de agua y de viento, los engranajes y las ruedas.8 La lógica sugeriría también que la invención se produjo en el norte. Allí, las variaciones estacionales de la duración del día y la desigualdad de las ho­ ras desiguales eran mayores que en la Europa mediterránea y el agua de los relojes de agua, más propensa a congelarse. Cabe suponer que el escenario fue la Francia septentrional, patria de la arquitectura gótica y la polifonía, donde la innovación avanzaba dando saltos. Dejemos ya la lógica, que la historia pasa por alto con frecuencia. No sa­ bemos quién construyó el prototipo europeo de nuestros relojes mecánicos ni dónde se construyó, y probablemente nunca lo sabremos. En lo que se refie-

7. Rule ofSt. Benedict, trad. ingl. de Charles Gasquet, Chalto & Windus, Londres, 1925,

pp. 36, 78 (hay trad. cast.: La regla de san Benito, BAC, Madrid, 1993); Laudes, Revolution

in Time, p. 68.

8. Jcan Gimpcl, The Medieval Machine: The hulnsliial Revolution oj the Miihlle Ages.

E L TIEMPO

73

ii* a cuándo, fue en los últimos decenios del siglo xii justo antes o poco des­ pués de que se inventaran las gafas (lo cual no fue una simple coincidencia:

invención de

ayudas tecnológicas a los sentidos humanos).9 No podemos precisar el año, pero es probable que el decenio fuera el de 1270. Al principio del mismo, Ro- hri lo el Inglés comentó intentos de construir una rueda que hiciese una revo­ lución completa cada veinticuatro horas. En el mismo decenio algún miem- hm de la corte del rey Alfonso el Sabio, en España, trazó el bosquejo de un irloj de pesas regulado por el fluir de mercurio de un compartimento a otro en una rueda hueca.10*Más o menos en la misma época o poco después de ella el poeta Jean de Meun, coautor de Le román de la rose, incluyó en esta obra, el <gran supervenías» de la época, un Pigmalión que era todo un mecánico. Inventó varios tipos de instrumentos musicales — un órgano diminuto, por

( Iccidente empezaba en aquel entonces su largo arrebato de

e|emplo, en el que inyectaba aire y tocaba mientras «cantaba motete o tri- l>hmi o voz de tenor»— y relojes que daban campanadas «por medio de me­ llas complicadas e ingeniosas que funcionaban sin detenerse jamás».11 Si el poela no había visto relojes, al menos le habían hablado de ellos. Es indudable que después de 1300 el reloj mecánico fue una realidad, luda vez que hubo un gran incremento en el número de referencias a máqui­ nas de medir el tiempo.12*Dante, en el canto xxiv del Paraíso, escrito hacia I (20, utilizó el reductor como metáfora de las almas inmersas en la felici­ dad absoluta, dando vueltas en éxtasis:

Y como andan las ruedas en las máquinas de los relojes, donde la primera parece a quien la observa que no se mueve, y la última que vuela.1-1

9. Edward Rosen, «The Invention of Eyeglasses», Journal of the History of Medicine

añil Allied Sciences, 11 (enero de 1956), pp. 28-29.

10. Pierre Mesnage, «The Building of Clocks», en Maurice Daumas, ed., A History of

I i-i linology and Invention through the Ages, trad. ingl. de Eileen B. Hennessy, Crown, Nue- i York, 1969, vol. 2, p, 284; H. Alan Lloyd, Some Outstanding Clocks over Seven Hundred Venís, 1250-1950, Leonard Hill, s. c., 1958, pp. 4-6.

Guillaume de Lorris y Jean de Meun, The Romance ofthe Rose, trad. ingl. de Char-

I' I Uhlberg, University Press of New England, Hanover, N. H., 1986, p. 343 (hay trad. cast.:

I I loman de la rose: el libro de la rosa, trad. de C. Alvar, Quaderns Crema, Barcelona, 1985).

I I

I .1. D. North, «Monasticism and the First Mechanical Clock», en J. T. Fraser y N.

i

m irnce, eds., The Studv ofTime: Proceedings ofthe Second Congress ofthe International ii iriv Jar the Studv ofTime, Springer, Nueva York, 1975, vol. 2, pp. 384-385.

I

Dante Alighicri, The Divine Comedy, trad. ingl. de John Ciardi, Norton, Nueva

t

inI 1961, p. 541 (hay trad. cast.: h i divina comedia, liad, de A. Crespo, Planeta-Agostini,

liiin clona, 1996); Erncsl I

.mi/ Kt naissam c, .loliii Mimad. Allí inchain.

Edwardcs, Weight-Driven Chamber Clocks of the Middle Ages

1965, pp. 19-21. VCase el calilo X del Paraíso

I. IMuir pata olía imagen u lacioiiada con el irlijj

74

LA M EDIDA DE LA REALIDAD

En 1335 Galvano della Fiamma describió un «reloj maravilloso» que ha­ bía en la Capilla de la Santísima Virgen (actualmente San Gotardo) en Mi­ lán y que con un martillo daba las veinticuatro horas del día y de la noche:

A la primera hora de la noche da un sonido, a la segunda, dos golpes, a la tercera, tres, y a la cuarta, cuatro; y de este modo distingue una hora de otra, lo cual es en gran medida necesario para los hombres de toda condición.14

tenían esfera ni manecillas— ,

pero la Europa occidental ya había entrado en la edad del tiempo cuantifica- do, quizá demasiado profundamente para dar la vuelta y salir. La mayoría de los inventos son perfeccionamientos o adaptaciones de dispositivos anteriores, pero el reloj mecánico, por su mecanismo clave, fue

verdaderamente original. Para la mayoría de la gente el tiempo era algo que Huía sin estar dividido en segmentos. Debido a ello, experimentadores y cha­ puceros malgastaron siglos tratando de medir el tiempo imitando su paso fluido, esto es, el fluir de agua, arena, mercurio, porcelana molida, etcétera, o el lento e ininterrumpido arder de una bujía protegida del viento. Pero nadie lia ideado jamás una manera práctica de medir períodos largos utilizando ta­ les medios. La sustancia en movimiento se gelifica, se hiela, se evapora, se coagula, o la bujía arde perversamente demasiado aprisa o demasiado despa­

cio o su llama parpadea y acaba apagándose

Resolver el problema es posible cuando dejas de pensar en el tiempo como si fuera un continuo que no se interrumpe y empiezas a pensar que se trata de una sucesión de cuantos. San Agustín sugirió que era posible, por ejemplo, medir una sílaba larga como dos veces una corta: «Pero cuando dos

sílabas suenan una después de otra — la primera corta, la segunda larga— ,

¿cómo retendré

escape. Con él, la sílaba corta se convirtió en el espacio de tiempo entre el «tic» y el «tac». La Europa occidental estaba llena de molinos, palancas, poleas y engra­ najes dentados cuando Roberto el Inglés describió un medidor de tiempo impulsado por una pesa que colgaba de un cable enrollado alrededor de un cilindro, y la idea de utilizar parte de esta tecnología para medir el tiempo debió de ocurrírseles a varios protomaquinistas. El problema era cómo im­ pedir que la pesa de la máquina que proponía Roberto el Inglés cayera pre- upiladamente o tuviera la descortesía de retrasarse y encallarse. Resultaba

la corta?».15 La respuesta tecnológica (no filosófica) fue el

Los relojes

sólo tenían campanas — aún no

algo sale mal.

14. líilwaiiles, Weif’ht-Driven Chumher Clocks, pp. 46-47.

I i

( 'liarles M. ShcTovcr, eil„

The Human Kxperience ofTime: The Development of lis

E L TIEMPO

75

bastante fácil hacer que el descenso de la pesa fuera más lento, pero ¿cómo podía hacerse para tener la garantía de que el cilindro giraría ininterrumpi­ damente? ¿Cómo se podía tener la seguridad de que la primera hora medida

tendría la misma duración que la última? La respuesta fue lo que llamamos «el escape». Este «sencillo» dispositi­ vo oscilante interrumpe de manera regular, en miles y miles de repeticiones diarias, el descenso de la pesa del reloj y garantiza que su energía se gastará de modo uniforme.16El escape no contribuyó de ninguna manera a resolver los misterios del tiempo, pero sí domesticó a éste. Los occidentales no fueron los primeros en tener relojes mecánicos. Los chinos ya tenían varios de tamaño gigantesco en el siglo x. De hecho, cabe la posibilidad de que la noticia de la existencia de los mismos estimulase la

de Occidente.17 Sea cual sea la verdad al

respecto, es indiscutible que Occidente se singularizó por su entusiasmo por los relojes (volveremos a hablar de ello pronto) y por la rapidez con que cambió las horas desiguales por las iguales. Que nosotros sepamos, desde el principio los relojes mecánicos de Occidente midieron el tiempo en térmi­ nos de horas iguales, en invierno o en verano. Esto no se debió a que el pro­ blema de crear un reloj para las horas que variaban con las estaciones fuera insoluble: los japoneses crearon uno después de que el reloj mecánico llega­ ra de Europa.18 Ocurrió siglos más tarde y es probable que la tecnología me­ dieval no estuviera en condiciones de acometer tal tarea. Aun así, es intere­ sante que en los anales no se mencione ningún intento en tal sentido. Quizá los primeros capitalistas querían horas iguales para poder exprimir a los obreros y sacarles una hora entera de trabajo en los días más oscuros y cor­ tos del invierno. Quizá los occidentales ya empezaban pensar que el tiempo era homogéneo, como da a entender la polifonía del siglo xm. Sea como fuere, el empleo de horas iguales en vez de desiguales ya em­ pezó a generalizarse en 1330 en Alemania y hacia 1370 en Inglaterra. En este ultimo año Carlos V de Francia decretó que todos los relojes de París conta­ sen las horas de conformidad con el reloj que en aquellos momentos estaba instalando en su palacio de la íle de la Cité. (El Quai de l'Horloge, con un re­ loj, sigue estando allí.) Jean Froissart, el historiador de la guerra de los Cien

invención de los primeros relojes

16. [.andes, Revolution in Time, pp. 6-11.

17. Joseph Needham, Wang Ling y Derek J. de Solía Pnce, Heavenly Clockwork: The

(í reo! Astronomical docks of Medieval China, Cambridge University Press, 1960, pp. 55- Vi; I.andes, Revolution in Time, pp. 17-24. Sería más apropiado dar a estos instrumentos chi­

nos el nombre de «máquinas astronómicas» en ve/, de «relojes», como algunos dirían tam­ bién en el t aso de los primeros relojes europeos.

76

LA M EDIDA

DE LA

REA LID A D

Años, pasó de las horas canónicas a las nuevas horas de reloj cuando llevaba

escrita la mitad de su Crónica

«Fue en la ciudad europea — dice A. J. Gurevich— donde, por primera

vez en la historia, empezó a “aislarse” el tiempo como forma pura, extrínse­

ca a la vida.»20 Aunque invisible y sin sustancia, el tiempo fue encadenado. Los efectos del reloj fueron múltiples y tremendos. Era una máquina complicada cuya construcción requería un buen maquinista, a la vez que para su mantenimiento se recomendaba contar con un matemático práctico.

A modo de ejemplo, permítame remitirle a Richard de Wallingford, abad de

Saint Albans de 1326 a 1336, que construyó un reloj de torre para su abadía y escribió un tratado sobre la construcción de relojes. Parecía más un mecá­ nico que un monje y debió de cortar, limar, ajustar, apretar y probar docenas

de piezas de metal, y era un hombre que necesariamente hablaba en nú­ meros:

probablemente en el decenio de 1380.19

La rueda de la pesa para el movimiento de día se divide en 72 dientes. El centro de la rueda está separado de la base por una distancia de 13 dientes de la misma rueda, y está a una cuerda de 6 dientes de la línea central de todo el mecanismo, siendo la longitud de su árbol una cuerda de 15 dientes más allá ilc la espiga.21

I I abad cuantitativo era un fantasma del pasado helenístico o, más pro­

bablemente, del futuro.

I I reloj brindó a los occidentales una manera nueva de imaginar, de me-

laimaginar. Lucrecio, el poeta romano, había creado la imagen de la machi­ n a n n in t li, «la máquina del mundo», en el primer siglo de nuestra era y luego oíros la habían usado de vez en cuando, pero el «universo de relojería» fir­ memente específico, que muchos dirían que ha sido la metáfora dominante de la civilización occidental, no apareció hasta el siglo xiv. Nicolás de Ores-

mc, en sus teorías y técnicas, fue un anticipo de los grandes astrónomos de

los siglos xvi y xvn, especialmente cuando dijo que Dios había creado el cie­

lo

de forma que funcionaba «de modo tan templado y tan armonizado que

la

situación es muy parecida a la de un hombre que construye un reloj y deja

que funcione y continúe su propio movimiento por sí solo».22

I1)

Edwardes, Weifiltl-Driveit Chamber docks , p. 3; W. Rothwell, «The Hours of the

Dny ni Medieval I reneli», I-rendí Studies, 13 (julio de 1959), p. 249.

.’().

A.

.1. (¡urevicli, «Time as a l’rohlem oí Cultural Hislory», en L. Gardel y otros, eds.,

( itllmes tiltil Ilute, UNESCO Press, París, 1976, p, 2 4 1.

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ingl. de J. D. Norlli,

( laieiidon Press, ( Ixlonl, 1676, vol. I, pp. 465, 47 1,473 474.

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Nicolás de <ticsnic, en Allu il I) Meinil y Alrxaiidci I 1Hnuiiiy, eds , l.e l.lerc tln

E L TIEMPO

77

Cuando Johannes Kepler, tres siglos después de Oresme, intentó expli­ car la idea que guiaba sus impresionantes especulaciones, escribió:

Mi intención es demostrar que la máquina celeste no es una especie de ser vivo, divino, sino una especie de mecanismo de relojería (y quien crea que un reloj tiene alma atribuye la gloria del constructor a la obra), en la medida en que casi todos los múltiples movimientos los causa una sencillísima fuerza magnética y material, del mismo modo que todos los movimientos del reloj los causa una sencilla pesa.23

La metáfora de Oresme guió los pensamientos de los hombres que nos dieron la física clásica y cabría argüir que tuvo igual importancia para los creadores de la ciencia económica clásica y del marxismo. Ya hemos hablado bastante de los genios; ¿qué hay de las demás per­ sonas, cuyo juicio último sobre el tiempo cuantificado, al igual que sobre todo, sería decisivo? No sabemos casi nada sobre lo que pensaban del re­ loj los campesinos, la gran mayoría, pero podemos estar seguros de que los habitantes de las ciudades tenían la máquina del tiempo en gran estima. Todas las ciudades grandes y muchas de las pequeñas se impusieron tri­ butos onerosos con el fin de tener por lo menos un reloj, y hay que decir que en su primer siglo los relojes eran enormes, solían instalarse en torres y resultaban muy caros. Puede ser que en toda la historia de la tecnología antes del siglo xvii ninguna máquina complicada se difundiera tan rápida­ mente como el reloj. Jean Froissart, que, con su prolífica pluma y sus gustos normales y co­ rrientes es más valioso para el historiador social de la Europa medieval que cualquier genio, se enamoró perdidamente de la nueva máquina. Su poema «L'Horloge amoureuse» presenta el reloj como imagen del corazón de un enamorado. La belleza de la dama amada del poema motiva a su enamorado del mismo modo que la pesa impulsa el reloj. El deseo del enamorado sería incontrolable si no lo frenase el miedo, como el escape que regula la caída de la pesa. En los mecanismos de la nueva máquina de medir el tiempo Froissart encontró imágenes para todos los moradores alegóricos del reinoi

i ir/ el tlu monde, trad. ingl. de Albert D. Menut, University of Wisconsin Press, Madison, 1968, p. 289. Véanse también Nicholas H. Steneck, Science and Creation in the Middle rí'c.v.- Henry of Ixingenstein fd. 1297) on Génesis, University of Notre Dame Press, Notre I limic, Ind., 1976, p. 149; Otto Mayr, Authority, Liberty and Automatic Machinery in Early Modern Europe, Jolins Hopkins Press, Baltimore, 1986, p. 39.

' Arlluir Koesller

l'he Steepwalkers: a History ofMan's Changina Vision ofthe Uni­

t se, IViiguin Books, Harmondsworlh, 1964. p. 343 (hay liad, casi.: I.os sonámbulos, Sal­ ' it. Uaiivlona. 1994 2 vols.).

7X

LA

M EDIDA D E LA

REA LID A D

del amor: la lealtad, la paciencia, el honor, la cortesía, el valor, la humildad,

la juventud.24 El poema mismo es una especie de canto de amor al reloj por­

cino la máquina da las horas incluso cuando no hay sol:

De ahí que tengamos por valiente y sabio

al

primero que inventó este mecanismo

y

con su conocimiento se encargó de construir

una cosa tan noble y de gran precio.25

Algunos de los relojes más espectaculares de todos los tiempos se cons-

iruyeron durante las primeras generaciones posteriores a la invención del es­ cape. El famoso reloj de Estrasburgo, empezado en 1352 y terminado dos anos más tarde, daba las horas e incluía un astrolabio automatizado, un ca­ lendario perpetuo, un carillón que tocaba himnos, estatuas de la Virgen con

el niño Jesús y los Reyes Magos adorándolo, un gallo mecánico que canta­

ba y batía las alas y una tablilla que mostraba la correlación entre el zodíaco

y las partes del cuerpo e indicaba los momentos apropiados para practicar

sangrías.26 Decir que el reloj de la ciudad daba las horas y no decir nada más

ci ia como decir que las vidrieras de colores de su catedral dejaban entrar la luz y no decir nada más. Itíñante generaciones el reloj municipal fue la única máquina complica­ da que cientos de miles de personas veían cada día y oían una y otra vez to­ dos los días y todas las noches. Les enseñó que el tiempo invisible, inaudi­ ble y sin costuras se componía de cuantos. Al igual que el dinero, les enseñó cuanlilicación. N estilo moderno de tiempo industrial disciplinado apareció ya en una lecha muy lejana: la primera mitad del siglo xiv. Por ejemplo, el 24 de abril de I335 Felipe VI concedió al alcalde y los concejales de Amiens la facul- lad de ordenar y controlar por medio de una campana la hora en que los tra­ bajadores de la ciudad debían ir al trabajo por la mañana, la hora en que de­ bían comer, la de volver al trabajo después de comer y la hora en que debían dejar de trabajar.27Cuando doscientos años después el Pantagruel rabelesia-

24. Jean Fmissart, Chronicles, trad. ingl. de Geoffrey Brereton, Penguin Books, Har-

innndsworlh, ll)78, pp. 9-10 (hay trad. cast.: Crónicas, trad. de V. Cirlot y J. E. Doménec, Si- mrl:i, Madrid, 1988); F. W. Shears, Froissart, Chronicler and Poet, Routledge, Londres,

luto, pp. 202-203.

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I .andes, Kevolulion in Time, p. 82.

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1 ( 1

larber, « The Calhedral Clock and llic Cosniological Clock Mctaphor», en The

Slmlv «I lime, vol. 2, p. 399.

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Ineques I ,e (¡olí, Time. Work and ('tillare in the Miihlle At¡es, Irad. ingl. de Artluir

( iiildhammei. I Imvrisily ni ( 'luengo l’ievs, ( 'lila igo, IUHU, pp 4S ■!(’

EL TIEMPO

79

no proclamó «que ningún reloj indica mejor el tiempo que el estómago»,28 la suya fue una voz que se alzaba en un cuantificado desierto urbano.

«El calendario —escribe Eviatar Zerubavel en una frase especialmente feliz— es la urdimbre del tejido de la sociedad y atraviesa de modo longitu­ dinal el tiempo y lleva y preserva la trama, que es la estructura de las rela­ ciones entre los hombres y las cosas que llamamos “instituciones”.»29 Sien­ do eso verdad, no es extraño que los europeos occidentales tardaran más en reformar su calendario que en construir relojes y guiarse por ellos. En reali­ dad, el hecho mismo de que llegaran a reformarlo es más extraño que su tar­ danza en hacerlo. Philip Melanchthon, el reformador luterano, habla de un «doctor» (po­ seedor de un título universitario) que dijo que no había necesidad de preci­ sión en las divisiones del año, porque «sus campesinos sabían muy bien cuándo era de día, cuándo era de noche, cuándo era invierno, cuándo era ve­ rano». Muchas personas hubieran estado de acuerdo, pero el docto y piado­ so Melanchthon proclamó que alguien debería «cagarse» en el sombrero del antedicho doctor «y volver a ponérselo en la cabeza». El teólogo protestan­ te declaró (y en esto el católico Jerónimo de Aguilar hubiera estado de

acuerdo): «Es uno de los grandes dones de Dios

da tener las letras de los días de la semana en la pared».30 La entrada de Dios en el tiempo con la encarnación de Cristo había sa- cralizado ciertas fechas, en especial la Pascua. El concilio de Nicea había declarado que la fecha de la Pascua debía ser el primer domingo que siguie­ se a la primera luna llena después del equinoccio vernal.31 Calcularlo re­ sultaba complicado, pero no tan difícil como puede parecer, si conoces la fe­ cha del equinoccio vernal. Pero los autores del calendario juliano, como señalábamos en el capítulo 2, se habían equivocado al calcular la duración del año solar y su error produjo demasiados años bisiestos y una fecha de ca­ lendario para el equinoccio vernal que se alejaba del verdadero suceso as­ tronómico y se acercaba al verano. Eso significaba la posible celebración de la Pascua en un domingo que no fuese el indicado, lo cual era una situación

que todo el mundo pue­

28. Rabelais, Cargantua and Pantagruel, p. 588.

29. Eviatar Zerubavel, «Easter and Passover: On Calendars and Group Identity», Ame­

rican Sociological Review, 47 (abril de 1982), p. 289.

30. Anthony Grafton, Defenders ofthe Text: The Traditions of Scholarship in an Age of

Science, 1450-1800, Harvard University Press, Cambridge, Mass., 1991, p. 104; véase tam­ bién Michel de Montaigne, The Complete Essays, trad. ingl. de M. A. Screech, Penguin liooks, Harmondsworlh, 1991, pp. 1.160 (hay Irad. casi.: Ensayos completos, 3 vols., trad. de J. G. de I,naces, Iberia, Madrid, 1968).

H. /enibavel, «Easlri and Passover», pp. 284 289.

so

LA M EDIDA DE LA REALIDAD

intolerable para las personas meticulosamente piadosas. Astrónomos y ma­ temáticos cristianos — Roger Bacon, Nicolás de Cusa, Regiomontano, Jo- hannes Schóner, Pablo de Middelburgo y Nicolás Copérnico— señalaban el lamentable estado del calendario siempre que les pedían su opinión sobre el asunto. La discrepancia entre el calendario juliano y la realidad solar era ya de once días en 1582. En aquel año el papa Gregorio XIII convocó una conferencia de expertos expertos católicos— con el fin de reformar el calendario. Los expertos dis­ cutieron, meditaron y ofrecieron al papa una versión corregida del calendario juliano que desde entonces se ha conocido por el nombre de «calendario gre­ goriano». Siguiendo la recomendación de los expertos, el papa proclamó que el jueves 4 de octubre de 1582 iría seguido inmediatamente del viernes 15 de octubre de 1582. En cuanto a la diferencia entre el año de calendario abstrac­ to ile días enteros y el año solar real de 365 días y una fracción, la reforma gregoriana retuvo el sistema juliano de un día extra cada cuatro años, con una leve pero importante corrección: los años que dan principio a un siglo sólo son bisiestos si son divisibles por 400 (como 1600 y 2000).32 I .a reforma disgustó a mucha gente. El católico Michel de Montaigne se quejó diciendo «Aprieto los dientes, pero mi cerebro lleva siempre diez días de adelanto o de retraso: no para de musitarme al oído: “Ese ajuste concierne solo a los que todavía no han nacido”».1213 Los cristianos ortodoxos y protes­ tantes se aferraron al calendario juliano como si fuera un fragmento de la ( Vil/, verdadera, y en muchos casos continuaron haciendo lo mismo durante siglos. «La chusma inglesa —escribió Voltaire— prefería que su calendario discrepara del Sol a estar de acuerdo con el papa.»34 Los expertos, tanto los que lo eran de verdad como los que pretendían serlo, construyeron un muro de tratados alrededor del calendario gregoriano. José Justo Escalígero, calvi­ nista, juzgó que el nuevo calendario era un mal remedo de buen calendario y llamo a su principal defensor, el jesuíta Christoph Clavius, o Clavio, «gordin­ flón alemán». Clavio silenció esta crítica y otras con su obra de 800 páginas Pnmani calendarU a Gregorio XIIIP. M. restituti explicatio. I a batalla continuó durante mucho tiempo después de morir Escalígero

12. Gordon Moyer, «The Gregorian Calendar», Scientific American, 246 (mayo de

IUK2). pp. 144-152. I I. Montaigne, Complete Essavs, p. 1.143. Deberíamos ser siempre reacios a corregir a Monimgne, pero técnicamente llevaba un desfase de once días y no de diez. La confusión se debe a que cuando el papa introdujo once días en el mes de octubre de 1582, esto es, cuando el I ile octubre fue seguido del 15 de octubre, lo que hubiera sido el 5 se convirtió en el 15, una dilerem-ia de dic/.

II ( ¡eorge Saltón, .S’r'v Wmys: Mrn of Science in the Renaissance. Indiana University

E L TIEMPO

81

y Clavio y la reforma gregoriana venció. No venció por ser perfecta, sino porque era práctica: no perdería un día entero del año solar durante más de 2.000 años. Johannes Kepler, matemático, astrónomo y protestante, consi­ deró aceptable la definición imperfecta que la reforma hacía del mes lunar, fundamental para crear el calendario de la Iglesia: «La Pascua es una festi­ vidad y no un planeta».15 Como dije antes, que la reforma gregoriana se llevase a cabo es más ex­ traño que el hecho de que fuese tardía y a menudo mal recibida. Si nunca se hubiera ajustado y corregido el calendario juliano, hoy llevaríamos sólo unas dos semanas de diferencia con el año solar, lo cual no sería suficiente para cambiar la vida de los agricultores, los pescadores, etcétera. Los mu­ sulmanes, entonces como ahora, se las arreglaban muy bien con un calenda­ rio lunar que designaba las festividades religiosas en días del año solar con algo que parecería desenfreno a cualquiera salvo a un astrónomo atento. El ramadán, el mes santo de ayuno, pasa de un extremo del calendario solar al otro cada treinta y dos años y medio. El caos del calendario no parece des­ concertar a los prácticos adoradores de Alá. Hay calendarios laicos para quienes por alguna razón necesitan fechas solares.3536 Pero hace cuatrocientos años una leve falta de rigor en la datación de la Pascua provocó una reforma importante en Occidente, donde la entrada de Dios en el tiempo había turbado a los cronólogos cristianos para siempre y donde los descendientes de los herederos bárbaros de Roma continuaban sintiéndose incómodos en presencia de las costumbres distintivas de su reli­ gión de Oriente Próximo. La reforma gregoriana fue una mejora enorme en lo que respecta al ca­ lendario, pero no bastó para satisfacer a los cuantificadores verdaderamente doctrinarios, de los cuales Occidente tenía más que eran a la vez fanáticos y devotos de la aplicación de las matemáticas a la cronología real que cual­ quier otra sociedad. Otro ejemplo de reforma del calendario en el siglo xvi, el período juliano, se acercó más a la perfección, aunque era asombrosa­ mente poco práctico para su uso común. José Justo Escalígero, al que ya mencioné como crítico del nuevo calen­ dario católico, fue un erudito monumental en una época de grandes eruditos:

sus contemporáneos le llamaban «mar de ciencias» y «pozo de erudición sin fondo».37 Su laboriosidad y su capacidad de concentración lindaban con lo

35. Moyer, «Gregorian Calendar», pp. 144-152.

36. Louis Gardet, «Moslem Views of Time and History (with an Appendix by Abdel-

majid Me/.iane on the Kmpiricul Apperceplion ofTime among the Peoples of Maghreb)», en

Cultures tintl Time. p. 201.

E L TIEMPO

83

ducirlo en una fecha en los otros dos ciclos. Podría hacerse una correlación de las cronologías hebrea, cristiana, romana, griega, arábiga y otras.4243 Después de investigar y de más cálculos, Escalígero decidió que Cristo había nacido en el año 4.713 del período. Como diríamos nosotros, el pe­ ríodo había empezado en 4713 a.C. Quedaban todavía unos 1.700 años. Por supuesto, el período empezó antes incluso de las fechas más antiguas que las fuentes judeocristianas atribuyen a la creación, lo cual ponía nerviosos a los literalistas, pero Escalígero buscaba una solución matemática y no la fecha en que el Dios del Génesis había movido la superficie de las aguas. Quería un período suficientemente largo que permitiera incluir todos los aconteci­ mientos documentados en un sistema en el cual fuese posible hacer una co­ rrelación precisa de los tres ciclos.41 De emendatione temporum fue una obra maestra de la cronología, tal vez la más grande de todas, pero nunca fue muy leída. Su lectura era difícil y el sistema del período juliano resultaba demasiado engorroso y extraño para quienes no fuesen matemáticos. Luego, al aparecer fechas egipcias que supuestamente caían antes de 4713 a.C., Escalígero tuvo que añadir un pe­ ríodo que precedía a su período juliano, lo cual despojó a su sistema de su pulcritud inclusiva, que era una de sus mayores cualidades. No se populari­ zó una forma satisfactoria de datación anual hasta después de que el jesuíta del siglo x v ii Petavio (Denis Petau) diera los últimos toques en nuestro ac­ tual sistema a.C./d.C. y no señaló ninguna fecha para el principio, con lo cual cortó el nudo gordiano que representaba elegirla.44 Pero el sistema de Escalígero no fue a parar al cubo de la basura. Lo adoptaron los astrónomos, a los que volvían locos las complicaciones de los calendarios comunes, con sus semanas de siete días sin ninguna coordina­ ción con todo lo demás y sus doce meses de duraciones variables. Imagine las dificultades que comportaría tratar de decir el número exacto de días en­ tre el paso del cometa Halley por delante del Sol el 16 de noviembre de 1835 y la siguiente repetición del suceso el 20 de abril de 1910. Los astrónomos, utilizando el único cuanto del período juliano, el día solar medio (día julia­ no), pueden decir que transcurrieron exactamente 27.183 días julianos entre las dos visitas que el cometa Halley hizo al Sol en el siglo xix.45

42. fbid., p. 162.

43. Ibid., pp. 162-163.

44. Ibid., pp. 171-173; Gordon Moyer, «The Origin of the Julián Day System», Sky and

i'elescope, 16 (abril de 1981), pp. 311-312; Donald J. Wilcox, The Measure of Times Past:

Pre-Newtonian Chronologies and the Rhetoric of Relative Time, University of Chicago

Press, Chicago. 1987, pp. 203-208.

45. Mover. «Origin ol Ihe Julián Day Syslem», pp. 311 312; «Julián l’criod», en The

Worhl Almnnai and Hook of lai is / dr /09.5, I 11 ti k & Wagnalls, Mnhvvnh. N .1., 1904, p. 289.

82

LA M EDIDA DE LA REALID AD

sobrehumano. Se encontraba en París el día de San Bartolomé de 1572, pero, según cuenta él mismo, estaba tan enfrascado estudiando hebreo que

casi no se enteró de la matanza de que eran objeto sus correligionarios y du­

rante un rato no oyó «el chocar de las armas

las mujeres lamentándose, fo] los hombres gritando».38 De joven aprendió el oficio de su padre, uno de los eruditos más desta­ cados de mediados del siglo xvi, absorbió idiomas — una docena y pico añ­ ilando el tiempo— y pulió sus habilidades encargándose de la edición de las obras de Catulo, Tibulo y Procopio. Una vez se hubo convertido en posible­ mente el más grande de los filólogos y estudiosos de la literatura clásica de su época, volvió su atención, que parecía un rayo láser, hacia la cronología (término que, al igual que América, se acuñó para responder a necesidades nuevas).39 Desdeñó a los cronólogos anteriores y contemporáneos, «todos los cuales parecen haber jurado no decir nunca la verdad», y ofreció un an­ tídoto contra los errores de los mismos en su voluminosa obra De emenda- tione temporum (1583), que hizo que la cronología dejara de ser una seu- dociencia para convertirse en una ciencia de verdad.40 Escalígero juntó las ediciones más antiguas y mejores de los clásicos de la cronología y todos los calendarios que pudo encontrar — más de cincuen­ ta prescindiendo de si eran cristianos, islámicos o lo que fuese. Aunque era un cristiano devoto, no dio ningún crédito especial a la Biblia y declaró que la verdad es sagrada aunque se oiga en labios profanos. No trató de descubrir un orden divino en la historia, sino conseguir la exactitud del calendario y la conflación recíproca de todos los sistemas de datación más importantes.41 ( ’rcó «el período juliano» (al que dio este nombre en recuerdo de César) como base para un nuevo sistema de tiempo. Obtuvo el citado período mul­ tiplicando tres ciclos cronológicos conocidos: un ciclo solar de 18 años, un ciclo lunar de 19 años y el ciclo de 15 años que los antiguos romanos idea­ ron para fines impositivos. El producto de la multiplicación fueron 7.980 años, el período juliano. Los tres ciclos empezaron juntos al principio de este invento puramente abstracto; no volverían a estar sincronizados así has­ ta el final del período. Sería posible obtener una fecha del período juliano para cualquier acontecimiento datado en cualquiera de los tres ciclos y tra-

los quejidos de los niños

The Autohiof’ruphy ofJoseph Scaliger, trad. ingl. de George W. Robinson, Harvard t Inivcrsily Press, Cambridge, Mass., 1927, pp. 76, 77.

19. Amo llorsl, The Orderiitf> of Time from Ihe Ancient Computus to the Modern Com­

puter. (rad. ingl. de Andrevv Winnard, University ol Chicago Press, Chicago, 1993, p. 104.

40 Anthony T. C¡rallón, «Joscph Scaligcr and 1lisiorieal Chronology: The Rise and Hall

ni a IJisciplmc", Ilistón' and Theorx, 14, n." 2 (1975), p. 15H.

84

LA

M EDIDA DE LA

REALID AD

El precio que la obsesión por la precisión temporal cobró por sus servicios lúe la ansiedad. La Inteligencia, uno de los personajes de la obra del siglo xiv Piers the Ploughman, proclama que «sabe Dios que de todas las cosas de la Tierra nada odian más los que están en el Cielo que la pérdida de tiempo».46 I,eon Battista Alberti, hombre de principios del Renacimiento (al que volve­ remos a encontrar en el capítulo 9), declamó: «Huyo del sueño y el ocio, y siempre estoy ocupado en algo». Al levantarse por la mañana confeccionaba una lista de lo que había que hacer aquel día y asignaba un momento a cada cosa47 (anticipándose con ello trescientos años a Benjamin Franklin). Petrarca prestaba rigurosa atención al tiempo de un modo muy poco tra­ dicional. Sabemos, por tanto, que nació al romper el alba del lunes 20 de ju­ lio de 1304. Sabemos que se enamoró de Laura el 6 de abril de 1327, que ella murió el 6 de abril de 1348 y que él murió el 19 de julio de 1374.48 Sa­ bemos que el tiempo nunca se le escapaba de los dedos; «antes bien me lo arrancaban. Incluso cuando estaba metido en algún negocio o en los deleites del placer aún caía en la cuenta de que “Ay, este día se ha ido irreparable­

mente”».417

Exhortaba a su lector a desechar el concepto tradicional de su vida como un barco que se mueve de aquí para allá según los diversos vientos y olas». Insistía en que no, que la verdad es que

una velocidad inalterable es el viaje de la vida. No es posible volver atrás ni detenerse. Avanzamos a través de todas las tempestades y del viento que so­ ple, sea cual sea. Ya sea el viaje fácil o difícil, corto o largo, a través de todo hay una sola velocidad constante.50

Tres siglos más tarde esta clase de tiempo, despojado incluso de la de­ sesperación, se convirtió en el tiempo de la física clásica. En 1687 sir Isaac Newton lo definiría así: «El tiempo absoluto, verdadero y matemáti­ co. de por sí, y por su propia naturaleza, fluye serenamente sin relación con nada externo».51 Escribo estas líneas a las 22:38, hora de Greenwich, en el 2.449.828 día juliano.40*********

40 William Lungland, Piers the Ploughman, trad. ingl. de J. F. Goodridge, Penguin

llooks, Ilarmondsworth, 1959, p. 108.

47. Ricardo J. Quillones, The Renaissance Discovery ofTime, Harvard University Press,

( amhridge, Mass., 1972, p. 191.

48.

//)/(/.,

pp. 109, I 10,

113.

49.

//,/,/„ p. 135.

50.

Ihiil

p. 108,

51

Isaac Newton, Matliematical Principies of Natural Phibsophy and llis System oj the

World, liad, ingl de Andrew Moiie y I'lorian Cajón. University oí California Press, Ucrkeley,

Principios matrniatii u\ de la filosofía natural, léenos. Madrid, 1987’).

PM4.p (illi,ty liad casi

5. EL ESPACIO

En lo sucesivo extiendo alas confiadas al espacio:

no temo a ninguna barrera de cristal o de vidrio:

hiendo el cielo y me remonto al infinito.

G iordano B runo (1591)'

El cambio en la percepción del espacio por parte de los occidentales no fue tan espectacular como el que se produjo en su percepción del tiempo. No hubo ningún comienzo rápido como la invención del reloj mecánico. Gio­ vanni Tortelli, que alrededor de 1450 escribió sobre todas las cosas nuevas que estaban transformando su mundo —el reloj, la brújula, el órgano de tu­ bos, el azúcar, la bujía de sebo— , mencionó sólo una relacionada con la me­ dición de la extensión, un nuevo tipo de carta marina, el portulano, y reco­ noció que la novedad no le impresionaba tanto como a los demás porque «es el fruto de largos trabajos y de la diligencia cuidadosa más que de un reto di­ vino».12 La transformación de la percepción occidental del espacio, que cul­ minó con cambios tan radicales como los que conmovieron la física a co­ mienzos del siglo xx, fue al principio lenta como una tortuga.

La brújula, que se importó de Asia al empezar el segundo milenio, per­ suadió a los marineros a arriesgarse a hacer el largo viaje desde el cabo Fi- nisterre hasta Inglaterra o a atravesar el Mediterráneo en invierno cuando las nubes cubrían la Estrella Polar. Por supuesto, necesitaban estar seguros del rumbo magnético correcto, para lo cual sería útil tener cartas, es decir, dibu-

1. Dorothca Waley Singer, Giordano Bruno, His Life and Thought, Greenwood Press,

Nueva York, 1968, p. 249.

2. Alex Keller, «A Renaissance Humanisi Looks al “New” Invenlions: The Article “Ho-

mlogium" in Giovanni l orielli’s De orlhographia», Terlinologv and Culture, I 1 (julio de 1972). p. W2.

86

LA MEDIDA DE LA REALID AD

jos exactos de masas de agua, así como de las costas que las rodeaban, en re­ lación unas con otras, con indicaciones de los rumbos magnéticos más cortos entre los rasgos más destacados, visual y comercialmente, de dichas costas.3 Los primeros mapas útiles que tuvo la Europa occidental para trazar rumbos magnéticos se llamaban «portulanos». El ejemplo más antiguo que se conserva data de 1296, es decir, de la misma época extraordinaria en que se construyó el primer reloj.4 Los portulanos, en cuyos comentarios y dibujos escaseaban las referencias a Dios, a dioses o a monstruos, eran dibujos uti­ litarios de costas en los que las aguas adyacentes o intermedias indicaban los rumbos (magnéticos) por medio de líneas tiradas con regla. Al consultar un portulano, el navegante solía comprobar que ya estaban trazados en él los rumbos que había que seguir para ir de un puerto importante a otro, que con frecuencia era el que él necesitaba. De no ser así, a menudo encontraba un rumbo paralelo al que necesitaba y entonces podía utilizarlo para calcular su derrota. I.os portulanos se concibieron para emplearlos en aguas cerradas o casi cerradas como, por ejemplo, el Mediterráneo, el golfo de Vizcaya y el mar del Norte y el Báltico. En estas aguas cumplían bien su cometido porque eran razonablemente exactos y las distancias entre recaladas eran cortas. Las deformaciones, que eran inevitables porque nadie sabía de la desviación de la aguja y porque los portulanos eran dibujos planos de la superficie curva de la I'ierra, dibujos ingenuos desde el punto de vista geométrico, eran in­ significantes. Pero estas cartas náuticas resultaban peligrosamente ilusorias en el caso de las distancias largas. Los marineros que surcaban los oceános necesitaban mapas que les permitieran fijar rumbos en la superficie del pla­ neta tal como se mostraban en las cartas geométricamente rigurosas.5 El si­ guiente paso grande en cartografía consistiría en medir la extensión y la for­ ma, además de la dirección y la distancia. El concepto de dibujar mapas de acuerdo con una cuadrícula ya existía

L Frcderic C. Lañe, «The Economic Meaning of the Compass», American Historical

Keview, 47 (abril de 1963), pp. 613-614.

4. Ibid.

5. Jonathan T. Lanman, On the Origin ofPortolan Charts, The Newberry Library, Chi­

cago, 1987, pp. 49-54; Lee Bagrow, History of Cartography, Precedent, Chicago, 19852, pp. ti.’ 66; A. C. Cromhic, Medieval and Earlv Modern Science, Doubleday, Garden City, N. Y.,

1959, vol. I, pp. 207-208; C. Raymond Beazley, The Dawn of Modern Geography, Henry liowilc. Londres, s. I'., vol. 3, pp. 512-514; John N. Wilford, The Mapmakers: The Story of

in Cartography from Antiquity to the Space Age, Vintage Books, Nueva

Voi k, 1981, p. 51; Tony Camphell, «Portolan Charts from the Late Thirteenth Century to I MIO», en .IB I larley y David Woodward, eds., The History of Cartography, vol. I: Carto- grapltv in l’rehisloric, Ancient, añil Medieval Europe and the Mediterranean, University of

tlw (Iretil l’ioneers

E L ESPACIO

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en la Europa occidental y en otras partes en la primera mitad del siglo xiv.6 Algunos de los portulanos que han llegado hasta nosotros se dibujaron así, pero es probable que los cartógrafos que los confeccionaron recurrieran a la cuadrícula sólo como ayuda para reproducir dibujos de navegantes. Para que la técnica floreciese fueron necesarias las matemáticas y la teoría de la cien­ cia antigua. Entra (o vuelve a entrar) en escena Claudio Ptolomeo, el antiguo heleno sin el cual los europeos occidentales hubieran tardado mucho más en llegar a ser lo que fueron. Hacia el año 1400 un ejemplar de la Geografía de Ptolomeo llegó a Flo­ rencia procedente de Constantinopla. Si en el cambio de la percepción del espacio hubo algo equivalente a la aparición del escape en la percepción del tiempo, fue la Geografía. Sus novedades se propagaron hacia el oeste con el comercio y el capital italianos destinados a la península Ibérica, cu­ yos marineros, que bajaban siguiendo la costa de África y se internaban en el Atlántico, necesitaban cartas marinas para los viajes en los que dejaban muy atrás los habituales puntos de reconocimiento o incluso dejaban por completo de ver tierra.7 Expresada de forma sencilla, la aportación de Ptolomeo a la cartografía consistió en tratar la superficie de la Tierra como espacio neutral plantando una cuadrícula sobre ella, unas coordenadas entrecruzadas que se calculaban de acuerdo con las posiciones de los cuerpos celestes. Proporcionó a la Europa del siglo xv tres métodos distintos, coherentes desde el punto de vis­ ta matemático, por medio de los cuales la superficie curva de la Tierra pu­ diera representarse en mapas planos con las inevitables deformaciones re­ sueltas de un modo que permitiese a las personas informadas tenerlas en cuenta.8 En el siglo siguiente las técnicas de Ptolomeo ya formaban parte del bagaje de conocimientos de los cartógrafos de la Europa occidental. La Tie­ rra era ahora una esfera atrapada en una red de latitudes y longitudes, con una faz teórica tan uniforme como una bola de billar.9Cuando América y el Pacífico irrumpieron en la percepción occidental, ya existían los medios de representarlos fielmente.

6. Lanman, On the Origins ofPortolan Charts, p. 54.

7. Crombie, Medieval and Early Modern Science, vol. I, p. 209; Marie Boas, The Scien-

tific Renaissance, 1450-1630, Harper & Row, Nueva York, 1962, pp. 23-24; Samuel Y. Edgerton, Jr., The Renaissance Rediscoverv of Linear Perspective, Basic Books, Nueva York, 1975, pp. 97-99.

8. Samuel Y. Edgerton, Jr., The Heritage ofGiotto’s Geometry: Art and Science on the

Eve ofthe Scientiftc Revolution, Cornell University Press, Ithaca, N. Y., 1991, pp. 99-110.

9. En realidad, la Tierra no es tan sencilla, como los cartógrafos pudieron comprobar al

pasar el tiempo. Está aplastada por los polos, es un poco obesa en el ecuador y está sometida a vai(aciones magnéticas.

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LA

M EDIDA D E

LA

REA LID A D

La historia de la cartografía occidental nos enseña que este arte avanzó como pudo, dando saltos y adelantándose a la teoría, que trataba de darle al­ cance. La historia paralela de la astronomía (a menudo, pues, de la astrolo- gía) es una historia de teoría, en este caso más verbal que matemática, que Ilolaba en el aire como el humo, y de práctica, que en este caso era observa­ ción y cálculo, que intentaba alcanzarla. La versión que el modelo venerable ofrece del espacio era demasiado restrictiva e innoble para algunos de los espíritus más libres entre los esco­ lásticos. ¿Por qué habría colocado Dios la Tierra en el centro del universo, posición que la mayoría de los reyes reservaban para sí mismos? Y si la es­ tabilidad era más noble que el movimiento (verdad manifiesta, comprende­ rá usted), ¿por qué el cielo estaba en movimiento y la Tierra era el único

cuerpo en reposo? ¿Era posible que la Tierra diese vueltas y que la esfera de las estrellas fijas fuese estable? Después de todo, en el mar resultaba difícil distinguir, al mirar un barco desde otro, cuál de ellos se movía, así que ¿cómo podía ser más fácil mirando el cielo desde la Tierra? Nicolás de Ores­ me (c. 1325-1382), amigo de Petrarca, hizo que la discusión diera un paso hacia el sistema copernicano al señalar, como habían señalado otros, que la

i.1/0 11 no proporcionaba el

lo o la I ierra.10* ( hesme se tambaleó al borde del relativismo y la herejía y se echó atrás. I>c*pues ile lodo, la Biblia decía que en la batalla de Jericó Dios había dete­ nido el Sol y no la Tierra. Oresme hizo que su especulación pasara como ■diversión o ejercicio intelectual».11 De hecho, puede que fuera exactamen­ te eso: algunos escolásticos se deleitaban con juegos intelectuales. En el siglo siguiente, el xv, los filósofos y los protocientíficos tendían a hacer las cosas en serio. La vanguardia occidental (que solía ser la italiana) pasó del aristotelismo al platonismo. (Debería decir «neoplatonismo» por­ que desde los tiempos del ateniense se le habían añadido muchas cosas de origen cristiano y pagano). Cosme de Médicis patrocinó una academia pla­ tónica en Florencia, donde Marsilio Ficino tradujo a Platón y a Plotino al la­ tín e instó a imitar a Sócrates por ser lo que más se acercaba a imitar a Cris­ to.1’ Pensadores como Ficino se deleitaban con los elementos místicos del legado clásico y se inclinaban por una especie de adoración cristiana del Sol

medio de distinguir si las vueltas las daba el cie­

10. Edward Gran!, ed., A Source Book in Medieval Science, Harvard University Press,

( '.imili idjse, Mass

o/ ilie Middle Ayes, University oí Pennsylvania Press, Filadelfia, 1973, pp. 127-130; Ernest

A Moody, «Hundan, Jean», en Charles C. Gillispie, ed., The Dictionarv of Scientific Bio- Kiuphv, Serihner’.s. Nueva York, 1970-1980, vol. 2, pp. 603, 607.

1974, pp. 46-48, 500-510; Richard C. Dales, The Scientific Achievement

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