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EL TIMO DE LA RELIGIÓN

GONZALO PUENTE OJEA

Un timo es la “acción y efecto de timar”, y por timar debe entenderse, en su acepción general,
“quitar o hurtar con engaño”. Pero, en un sentido más específico y relevante, timo significa
“engañar a otro con promesas y esperanzas” (DRAE). En esta clase de engaños existe una
subclase especialmente dramática, en virtud del alcance y las consecuencias que puede tener
en la vida personal de los timados. Me refiero al timo de la religión.

Lo que en este timo resulta definitorio consiste en prometer algo que es de toda evidencia
contra natura: la negación de la muerte y la afirmación de una felicidad plena. Por esta razón
nuclear y fantástica, y por algunos de sus corolarios, al timo religioso le ha cabido el honor
histórico de ser el padre de los demás timos, y así, el más pernicioso, pues su engaño descansa
sobre el mito más irreal generado por la mente humana: el de la existencia de almas y espíritus
inmateriales como entes reales, y también de sus derivados, los dioses de los politeísmos, el
Dios de los monoteísmos y los espíritus de los panteísmos.

Para que ocurra un timo se precisa una relación de engaño entre dos sujetos: el timador y el
timado. Y además se requiere un referente que especificará la naturaleza concreta del engaño.
En esa relación, el oferente promete lo que en la fase profética de la religión se llamó la
salvación personal, porque está asistido por Dios o el gran Espíritu y cuenta con su delegación.
Es decir, actúa por procuración divina o parte ya como un redentor divinizado que ostenta el
poder de cumplir la realización de las promesas pactadas. Porque el vínculo personal
constituido por la fe religiosa es un contrato sinalagmático (del verbo griego synallásso o
synallátto: unir, pactar, conciliar), por el cual el oferente propone al ofertado una especie de
trato jurídico recíproco que obliga a ambos al cumplimiento íntegro de lo prometido, de modo
que, en caso de incumplimiento, las partes asumen la condición de felones según quien sea o
no el culpable de la ruptura.

Sin embargo, la constatación del incumplimiento que debe exhibir la parte que se considere
perjudicada resulta muy problemática en el momento de atribuir la carga de la prueba. Si esto
ya es así en las causas jurisdiccionales terrenales, imagínese el lector qué sucede cuando el
contrato recae entre almas, espíritus y dioses, entre ángeles y demonios o entre la demás ralea
de esos espacios celestes o infernales en los que se lucha por premios o castigos eternos, o por
rebajas de pena a golpe de costosísimas indulgencias, o por intercesiones de vírgenes y santos
con clientelas propias, con trámites complejos y costosos en los cuales los “económicamente
débiles” suelen estar en condiciones evidentes de inferioridad. Una dificultad prácticamente
insuperable se presenta cuando el máximo tribunal divino tiene que decidir quién se ha
salvado o condenado, estableciendo así, sin réplica, lo siguiente: si se ha producido ya un
incumplimiento insanable; quién ha sido el imputable, y qué pena o premio le corresponde. En
esta coyuntura se da la curiosísima situación de que el tribunal divino es juez y parte, y por su
propia entidad es omnisciente, justiciero y misericordioso. Cualquier intención del condenado
de clamar inocencia no sólo pondría en cuestión la excelencia del tribunal, sino que su rebeldía
demostraría la justicia de la sentencia y su ineludible condición de réprobo.

Lo chocante y espantoso del timo religioso consiste en su inicua ventaja sobre los timos
mundanos: mientras todos los códigos jurídicos modernos establecen garantías en relación
con la celebración y el cumplimiento de los contratos –exigiendo una eficiente identificación
personal de los contratantes o una declaración de sus voluntades sin coacción o intimidación,
etc.–, las confesiones de fe se atribuyen ritualmente por las Iglesias a recién nacidos,
enfermos, moribundos, torturados en las mazmorras de la Inquisición o poblaciones enteras
en virtud de concordatos fraudulentos que enajenan la voluntad de las personas y la soberanía
de los Estados. Los fieles depositan sus conciencias en el palio de sus iglesias mediante una fe
transmitida mecánicamente en el hogar y la escuela, una fe meramente gestual y vehiculada
por mitos infantiles y creencias que, al ser aceptadas sin verdadera convicción y sin escrutinio
intelectivo, degradan la dignidad humana y dañan la capacidad cognitiva de sujetos dotados de
los atributos innatos de inteligencia y creatividad.

Cuando las instituciones religiosas barruntan superficialmente su responsabilidad e


imputabilidad éticas, improvisan actitudes de arrepentimiento que se quedan en
imploraciones insinceras de perdón colectivo. Pero no cesan en su ejercicio del timo religioso,
alimentado por su implacable proselitismo universal a favor del timo supremo de “la vida
después de morir”. Pero, ¿cómo certificar que se produjo el timo, si no hay testigos de vista de
los hechos trascendentales? En último término, el timado tendrá solamente la consolación de
la esperanza; sin embargo, como quiera que esa esperanza se cifra en imposibles, resultará
siempre frustrada. Ahora bien, una institución carece de conciencia y no es imputable de
engaños o timos. Sólo son responsables los individuos en función de sus propios actos. Por
consiguiente, las Iglesias ni pueden pedir perdón ni ser perdonadas, a no ser por medio de la
irresponsable escenificación de un engaño suplementario. Son los sacerdotes y demás
hombres de Iglesia, y sólo ellos, quienes deberían responsabilizarse personalmente del engaño
mediante el cumplimiento de las sanciones penales, previa restitución a las víctimas por los
daños causados; y, en caso de muerte, serán sus sucesores los obligados a prestar las
correspondientes reparaciones físicas y morales.

Gonzalo Puente Ojea es diplomático. Ex embajador de España en el Vaticano. Autor de La


religión ¡vaya timo! (Ed. Laetoli)