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CONTENIDO

INTRODUCCIÓN. Un pensador secular.................................................. 2

DESARROLLO. Existir como interpretar............................................3

Hermes, el mensajero de los dioses.........................3

“El otro podría tener razón”....................................4

La comprensión, más allá del método científico...5

SÍNTESIS CONCLUSIVA..........................................................................8

NOTAS............................................................................................................11

BIBLIOGRAFÍA............................................................................................12

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INTRODUCCIÓN: UN PENSADOR SECULAR

“La técnica es una nueva forma de esclavitud. Toda la informática es una inteligente
cadena de esclavos. Somos todos esclavos: de los medios y de los nuevos medios.
Esclavos, pero no como en la antigüedad, sino en un modo más refinado: somos
esclavos creyendo ser amos. Tanta información, demasiada información, no da tiempo
para pensar. Y esto les deseo: que no se dejen atrapar por las redes de Internet, que
aprendan a reconocer los límites, de sí mismos y del propio saber. Y finalmente, que
ojalá renuncien a tener la última palabra.”

Quien hacía estas declaraciones para un periódico alemán el 11 de febrero del año 2000,
rodeado de libros, cartas, amigos y discípulos en su casa de Heidelberg, acababa de
cumplir sus primeros lúcidos, preclaros cien años. Hans-Georg Gadamer fallecería dos
años más tarde, a pocas semanas de haber publicado su último libro, Lección de un
siglo, en el que mantenía una conversación con el italiano Ricardo Dottori. Testigo de
un siglo verdaderamente difícil, la agencia alemana DPA recogió su pensamiento en
relación con los atentados en USA del 11-S, a los que definió como “nihilismo
filosófico”, agregando, “que la única frase que quiero defender sin reservas es que los
hombres no pueden vivir sin esperanza”.

Es un hecho innegable la importancia de Gadamer en el desarrollo filosófico de la


segunda mitad del siglo XX. Discípulo de Martín Heidegger, Gadamer logró trazar los
límites filosóficos de un territorio trascendental en la crisis del pensamiento de ese
siglo: la hermenéutica. La hermenéutica de Gadamer representa el legado de toda una
tradición o, dicho de otra manera, una nueva reinterpretación de toda la historia de la
filosofía. Partiendo de Platón, Aristóteles y Hegel, Gadamer continúa los planteos de
una hermenéutica desarrollada por Schleimacher y Dilthey, pero asumiendo e
interpretando la radicalidad ontológica heideggeriana. Las teorías filosóficas de Hans-
George Gadamer ha establecido claras pautas en las corrientes del pensamiento
occidental: la historia no pertenece al hombre, sino más bien él le pertenece a ella; la
razón occidental no puede prescindir de un pasado que la determina; que es posible una
nueva racionalidad sin dogmatismos ni relativismos, fuera de todos los excesos.

En su larga trayectoria, Gadamer logra entablar un debate contra el cientificismo y el


positivismo ingenuo, debate que sustenta sobre premisas sólidas: la comprensión como
modo de ser en el mundo y en la historia; el carácter irreductiblemente lingüístico de
nuestra relación con el mundo y con los otros; la propia conciencia de la finitud tanto de
la voluntad como de la comprensión.

Ampliamente reconocido como fundador de la Escuela Hermenéutica, afirmaba que la


interpretación debe evitar la arbitrariedad y las limitaciones provenientes de los hábitos
mentales, centrando su mirada en las cosas mismas, en los textos. Para Gadamer, cada
vez que nos acercamos a un texto lo hacemos desde un proyecto, con alguna idea previa
de lo que allí se dice. Pero a medida que vamos profundizando en él, este proyecto se va
reformulando según la lectura nos vaya confirmando o alterando nuestra
precomprensión.

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EXISTIR COMO INTERPRETAR

Gadamer sostenía que siempre tenemos preconceptos y que la clave del trabajo honesto
no estaba en eliminarlos sino en hacerlos explícitos y someterlos a crítica. El
iluminismo rechazaba los prejuicios y tenía por meta eliminarlos definitivamente, pero
Gadamer veía su lado positivo, el que nos permite hacer posibles las interpretaciones. El
trabajo de interpretación, entonces, se transforma en la ruta por la cual se renuevan y
corrigen nuestros preconceptos.

Schleiermacher (1768-1834) identifica la interpretación con la comprensión de todo


texto cuyo sentido no sea evidente y constituya un problema, evidenciado por algún tipo
de distancia que se impone entre nosotros y el texto. De este pensador la hermenéutica
actual heredó el principio de entender el discurso ante todo bien o mejor de cuanto lo
hubiera entendido el mismo autor. Ya bien en la cultura contemporánea aumenta
considerablemente el problema hermenéutico. El hombre siempre se ha encontrado con
problemas interpretativos, con la necesidad de remitir determinados signos a su
significado y de construir una metodología que se ocupe de los significados oscuros de
los mensajes humanos.

Pero la propia hermenéutica contemporánea afirma que “existir es interpretar”, por lo


que en todas las épocas se ha dado el esfuerzo interpretativo. Y en rigor, la
hermenéutica es una disciplina que nace con la modernidad, y que sólo en los últimos
siglos se ha organizado como ciencia autónoma y como teoría filosófica general.

HERMES, MENSAJERO DE LOS DIOSES

La palabra hermenéutica proviene del griego, hermenéia, e indica la eficacia de la


expresión lingüística. Desde sus comienzos, estuvo unida a la experiencia de transmitir
mensajes.(1) Y surge y se afianza en Grecia como el arte de los poetas y los oráculos,
portavoces de los dioses. Con el tiempo, se entendió como el arte de interpretar
documentos, pero para el mundo antiguo no tuvo relevancia filosófica.

Para Platón, la hermenéutica era una pseudociencia, que no transmitía ni verdad ni


sabiduría. Aristóteles, en su De interpretatione, intenta desarrollar una teoría del
significado, pero sin presentar conexiones directas con el sentido específico del término.
Se podrían rescatar del mundo antiguo las investigaciones de los filósofos alejandrinos
sobre los sentidos de un escrito, o los esfuerzos de los padres de la Iglesia para lograr la
exégesis bíblica, pero en un sentido restringido a sus intenciones primigenias.

A partir del Renacimiento la hermenéutica comienza a surgir como disciplina particular,


aunque ligada a la interpretación de textos sagrados. Pero es en el siglo XVIII donde se
expande su campo de acción y comienza a analizar todo tipo de textos. Los
representantes más relevantes de aquella etapa son Chladenius, Friedrich Meier y sobre
todo el ya citado Schleiermacher, precursor de la hermenéutica actual.

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Dilthey (1833-1911) ubica el ámbito de la hermenéutica en los textos escritos. Pregona
la validez universal de la interpretación, poniendo en pie de igualdad las ciencias del
espíritu y las ciencias naturales, reclamando para las primeras la misma objetividad y
rigurosidad científicas. Es quizás con Nietzsche que se exprese más radicalmente el
carácter interpretativo de la existencia humana y del mundo en general, al negar
totalmente la posibilidad de una verdad absoluta.

Con Heidegger (1889-1976) se pasa de una hermenéutica como problema


epistemológico, a una hermenéutica como problema ontológico (2). Así. La
interpretación es el desarrollo interior de la comprensión, y el comprender es un modo
de ser del dasein, cuyo ser-en-el-mundo está relacionado con la misma comprensión. La
hermenéutica ha ido creciendo hasta convertirse en un koiné(3) o fondo común de la
filosofía y cultura occidentales, puesto que gran parte de las discusiones filosóficas se
centran en esta disciplina. Este auge de la hermenéutica responde a unas circunstancias
históricas particulares: si el hombre es un animal interpretante, lo es mucho más cuando
su experiencia del mundo se hace problemática y compleja. Toda la actual civilización
es un gigantesco sistema hermenéutico, rodeado de un sinfín de mensajes en
competencia entre sí. La experiencia de la realidad es, actualmente, experiencia de
mensajes, de información, de comunicación.

Podemos decir que la piedra basal de la hermenéutica gadameriana se mueve en base a


una búsqueda: ver si la investigación ontológica que atraviesa la vasta obra de este autor
se aplica finalmente “al modo de ser de la literatura”. Como toda la indagación
hermenéutica, la perspectiva interpretativa del texto literario según Gadamer, la
literatura no tiene menor valencia óntica que la legítima representación simbólica-
racional que posee el ser. Para Gadamer la lectura es un proceso radical de interioridad
pues en ella se resume una condición liberadora respecto de toda contingencia exterior a
la misma. Decía que toda conciencia estética se afirma o reafirma a sí misma gracias a
la legitimación de una cierta autonomía de la conciencia lectora.

Hans-Georg Gadamer otorga un especial énfasis a la vinculación lingüística-corporal de


la lectura y dice que ella comporta siempre una especie de “habla interior”. Sostiene que
la novela es a nosotros lo que la declamación fue a los antiguos rapsodas. Toda lectura
lleva implícita una representación y toda representación es susceptible de una recepción
en la lectura. Y como la lectura es un proceso, en consecuencia “... no es necesario leer
un libro de un tirón”. (4) Se puede leer pausadamente un fragmento, un párrafo, un
capítulo y detener la lectura para reflexionar y analizar lo leido. Sin olvidar un instante
que leer es interpretar un texto.

“EL OTRO PODRÍA TENER RAZÓN”

Hans-Georg Gadamer nació el 11 de febrero de 1900 en Marburg y muere en


Heidelberg el 14 de marzo de 2002, en la misma ciudad universitaria donde desempeñó
tareas docentes entre 1949 y 1968. Educado en Wroclaw –actualmente Polonia –
también estudió en su ciudad natal como en Leipzig y Fráncfort. Su padre era
catedrático de Química Farmacéutica. En su juventud, Gadamer estudió Filosofía,
Filología Clásica, Historia del Arte, Literatura y Teología, en las universidades de
Breslau, Munich, Friburgo y Marburg, doctorándose a los 22 años.

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Impartió clases de filosofía en casi todas esas universidades, llegando a cubrir el cargo
de rector de la Universidad de Leipzig, después de la 2da Guerra Mundial, cuando esa
zona de Alemania se hallaba bajo ocupación militar soviética. Tras su jubilación en
1968, Gadamer prosiguió su labor intelectual y recibía con frecuencia a discípulos y
estudiosos en su residencia del barrio de Ziegelhausen, en Heidelberg.

Fue alumno aventajado de Martin Heidegger y maestro de filósofos como el alemán


Jürgen Habermas, el español Emilio Lledó y el italiano Gianni Vattimo. En sus últimos
años manifestó su preocupación por el rumbo que iba tomando la humanidad, prueba de
ello es su reinvindicación de una mayor solidaridad ante la globalización. Además se
preocupó de la relación entre las religiones y del aumento de los conflictos sangrientos
que tenían motivaciones religiosas. “Las grandes religiones del mundo tienen que
representar ante esta situación un interés común que haga imposible la distorsión de los
valores religiosos a través del uso de la violencia”, afirmó en ocasión de su cien
cumpleaños.

Gadamer definió a la hermenéutica como el arte del acercamiento al propio pasado a


través de la comprensión del interlocutor, siendo su máxima “el otro podría tener
razón”. La inteligencia práctica, el sentido común, la subjetividad comunicativa, fueron
conceptos fundamentales en la hermenéutica gadameriana, que el filósofo veía
amenazados en el mundo de hoy, a causa de las aspiraciones totalitarias –según su
parecer- de determinadas concepciones de la política y de la ciencia modernas. Para
Gadamer, la hermenéutica empieza en términos prácticos cuando una persona es capaz
de situarse en el punto de vista de su interlocutor y comprender sus posiciones.

Durante toda su vida se sintió identificado con las ideas de Platón, a quien dedicó su
tesis doctoral, y sobre quien escribió La ética dialéctica de Platón (1928) y el tratado
La idea del bien (1978). El presidente de Alemania, Johannes Rau, elogió a Gadamer
como uno de los grandes filósofos del siglo XX, destacando que a pesar de que nunca
hizo alarde de su propia persona, o quizás precisamente por eso, la influencia de su
pensamiento fue enorme.

LA COMPRENSIÓN, MÁS ALLÁ DEL MÉTODO CIENTÍFICO

Hans-Georg Gadamer publicó en vida más de veinte tratados sobre filosofía, infinidad
de artículos y contribuciones a revistas filosóficas. Sin embargo, es recordado
principalmente por su monumental obra Warheit und Methode (Verdad y método,
1960). En ella, a través de conversaciones con filósofos como Dilthey, Husserl y
Heidegger se interroga críticamente sobre las formas del entender. Verdad y método
comprende tres secciones: 1) Esclarecimiento de la cuestión de la verdad desde la
experiencia del arte; 2) Expansión de la cuestión de la verdad a la comprensión de las
ciencias del espíritu; 3) Lenguaje como giro ontológico de la hermenéutica.

A Gadamer le fascinaba esa relación tan peculiar que se da entre el hombre y el arte.
Decía que si existía algún modelo prototípico para poder comprender el sentido de la
experiencia hermenéutica, ese era el arte. De allí que la primera sección de Verdad y
método esté dedicada a la experiencia del arte. En esos primeros capítulos intenta
demostrarnos que en las ciencias del espíritu no sólo desempeñan un importante papel
para la ciencia y el método, sino también y principalmente por la presencia misteriosa
que una obra de arte posee tanto como las cuestiones de la metafísica y de la religión.

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Gadamer critica la manera moderna de entender el arte como hecho separado de la vida
total del hombre, que nada tiene que ver con las cuestiones de lo verdadero y lo falso.
Planteada como una experiencia extra-metódica de verdad, la obra de arte se constituye
como un mundo de apariencias opuesto al mundo del conocimiento y de la ciencia.

La estética nos introduce en el corazón de la hermenéutica, pues en ella se da


necesariamente el problema del encuentro entre el mundo originario de la obra, y el
mundo del intérprete. Dividida en dos partes, esta primera sección da cuenta de cómo
Gadamer intenta mantener el carácter veritativo del arte, aferrándose al principio de que
el arte no es un suceso onírico, sino una experiencia del mundo y en el mundo, que
modifica radicalmente a quien lo produce. Bajo estos presupuestos, Gadamer construye
una ontología de la obra de arte, que muestra sus estructuras. Dicha ontología, gira en
torno a los siguientes conceptos: auto-representación, transmutación en forma, mímesis
y representación. (5)

En la segunda parte de la obra, Gadamer aborda directamente el tema de la


comprensión, elaborando su teoría específica de la experiencia hermenéutica. También
esta sección está dividida en dos partes: 1) Preparación histórica; 2) Fundamentos para
una teoría de la experiencia hermenéutica. En el primer apartado, el autor elabora una
reconstrucción histórica y crítica de la hermenéutica romántica y historicista. Hace una
fuerte objeción a su sumisión histórica a las ciencias naturales y su fatua pretensión de
objetividad, descuidando la historicidad del sujeto y el proceso interpretativo que otorga
a la ciencia histórica, falsamente, la capacidad de transportarse a cada época.

Tomando las ideas de Heidegger que le confieren al comprender humano una


historicidad radical, a través de la precomprensión, Gadamer reinvindica un saber
histórico consciente de su propia historicidad. Llama círculo hermenéutico a esa
cualidad de la comprensión de moverse en una situación circular en la cual aquello que
se debe comprender es ya, de algún modo, comprendido. Por medio de este círculo
hermenéutico vemos que nada es inmediato, y la muestra palpable de que el sujeto
pertenece al pasado es que el mismo lleva una carga de prejuicios y preconceptos. Para
Gadamer este círculo tiene un alcance ontológico –no puede ser salvado – pero el
peligro no se halla en él, sino en no tomar conciencia de nuestros prejuicios no
conscientes. Hay que abandonar esa idea iluminista de que los prejuicios son cargas
negativas, pues los mismos nos acercan a los textos, en lugar de alejarnos de ellos. Dice
Gadamer que el prejuicio inicial del iluminismo es el prejuicio contra los prejuicios.

Sobre esa base va a esbozar el autor una hermenéutica de las ciencias humanas que
defiende su pretensión de verdad, intentando mostrar que en este ámbito la pertenencia a
una tradición y la existencia de prejuicios, no son obstáculos a superar, sino que tienen
un carácter productivo que posibilita la comprensión de sentido. Mucho antes de llegar
a la autocomprensión, comprendemos según esquemas irreflexivos, de modo que más
nuestros prejuicios que nuestros juicios constituyen nuestra esencia. Para el iluminismo,
autoridad y razón son mutuamente excluyentes, pues distinguía dos tipos de prejuicios:
los procedentes del mismo individuo y los que derivan de la autoridad. De esta manera,
la autoridad parece representar el ángulo opuesto a la razón, algo que Gadamer niega.
Por ello señala la necesidad de rehabilitar la autoridad y la tradición, para recuperar los
prejuicios.(6) Este aspecto de su pensamiento fue muy criticado por Apel y Habermas,
quienes acusaban a Gadamer de conservadurismo. De todas maneras, la doctrina de la
tradición sirve para demostrar que el hombre no puede llegar a estar libre de toda

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ligazón con el pasado, y que la tradición es un momento fundacional de la actitud
historiográfica.

Como se hubo señalado, para Gadamer la primera de las condiciones hermenéuticas es


la precomprensión, que se determina en una serie de prejuicios que dan fe de nuestra
pertenencia a una tradición, la cual ata al interpretante al interpretado en un mismo
proceso histórico. Curiosamente, la cercanía de actores no excluye su alejamiento. Esto
conforma la tesis gadameriana de la simultaneidad proximidad-distancia de lo
interpretado respecto al interpretante. Si para Gadamer una adecuada conciencia
hermenéutica es la que incluye una conciencia histórica, es el tiempo el único factor que
sirve de puente entre dos mundos, pues está colmado por la tradición. Y es el tiempo
quien nos permite distinguir los prejuicios verdaderos de los falsos.

Comprender, explicar, interpretar, son los tres momentos sucesivos del trabajo
hermenéutico. Aunque el tercer momento (interpretar=aplicar) fue excluído durante el
romanticismo, Gadamer lo recupera como parte esencial y determinante del trabajo. La
aplicación supone la actualización del pasado sobre el presente, sobre cada presente, por
lo que hace de la comprensión un proceso infinito.

La tercer parte de Verdad y método está dedicada al estudio del lenguaje. Para Gadamer
todos los elementos de la experiencia hermenéutica son posibles sólo en virtud del
lenguaje y en el lenguaje. El diálogo hermenéutico es posible gracias a un lenguaje
común, que une texto e intérprete. En su proyecto de universalización de la
hermenéutica, va a tomar como hilo conductor la reflexión del lenguaje, como punto de
partida de toda disquisicón filosófica. Gadamer pone en cuestión el modo en que
tradicionalmente se ha abordado el lenguaje desde la forma de la proposición, es decir,
desde el presupuesto de que su función principal y primaria es la enunciación. Gadamer
se pregunta, ¿se agota lo que el lenguaje realmente quiere decir en lo que de hecho dice?
¿Del silencio, lo no dicho, no pertenece al lenguaje, al menos en igual medida que lo
dicho?

Al cuestionar la concepción instrumental del lenguaje, el filósofo intenta ampliar el


modelo occidental de racionalidad, que históricamente había quedado restringido como
razón enunciativa y técnico-instrumental, proponiendo una racionalidad lingüística en la
que quedaría integrada la lógica soligística por medio de la lógica de la pregunta y
respuesta, del diálogo que es lenguaje. La unión de lenguaje e interpretación está en
Nietzsche, es muy clara en Heidegger, y es sistematizada por Gadamer.

El escrito tiene la capacidad de trascender su propio tiempo, haciéndose contemporáneo


de cualquier presente. Los textos escritos no quieren ser comprendidos como
expresiones de la subjetividad de sus autores, sino por los mensajes de verdad que
guardan. Lo que se ha fijado por escrito, está liberado de la contingencia de su autor.
Afirma Gadamer que no hay experiencia sin palabras que después se subordine al
lenguaje; por el contrario, la experiencia humana está estructurada lingüísticamente. No
hay cosa donde no hay lenguaje.

El lenguaje se convirtió, en las primeras décadas del siglo XX, en uno de los temas
fundamentales de estudio de la filosofía, al atribuírsele la capacidad configuradora de lo
que es el ser humano o al considerarlo como la forma en que se expresa el
conocimiento. En realidad, la filosofía se ocupó desde sus orígenes por los problemas

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relativos al lenguaje, aunque sólo en el siglo XX se ha producido un giro, una profunda
variación, en cuanto a la concepción de éste por parte de aquélla: lo que se ha dado en
llamar el “giro lingüístico” (según R. Rorty) o el “cambio de marcha” (según J. Ferrater
Mora). (7) Siempre la filosofía tradicional había tratado el lenguaje como un
instrumento y vehículo de comunicación y de conocimiento, y nada más. A partir de las
investigaciones lingüísticas inspiradas en la Ilustración y en el Romanticismo alemán de
Herder y Humboldt, comenzó a verse al lenguaje como un elemento estructurador de lo
que es el hombre y a la vez realidad primaria en la que el hombre se halla inmerso y
anterior a él, de manera que la comprensión que el hombre alcanza del mundo y se sí
mismo no puede hacerse sino por medio del lenguaje.

Muchos autores posteriores como Husserl, Heidegger, Cassirer, Merleau-Ponty, el


mismo Gadamer, Wittgenstein y otros, han investigado partiendo siempre de la línea
iniciada por Herder y Humboldt. Los estudios etnológicos del siglo pasado reafirmaron
esta relación entre lenguaje y hombre, mediante la confirmación empírica de la relación
entre el lenguaje y la cultura, o sociedad. La conocida aunque rebatida posteriormente
Hipótesis de Sapir-Whorf estableció que el mundo real de cada uno está modelado,
siempre, de forma inconsciente por los hábitos lingüísticos del grupo perteneciente, o en
otras palabras, es el lenguaje quien configura nuestra experiencia del mundo. (8)

Al final de Verdad y método, Gadamer sintetiza los puntos principales de su ontología


hermenéutica, insistiendo en su ontologicidad y la universalidad del lenguaje como
fenómeno hermenéutico ecuménico. Retoma la cuestión de la correspondencia entre
pensamiento y realidad, afirmando que lo que garantiza la correspondencia de sujeto y
objeto, es el lenguaje mismo. Por último, intenta una síntesis de su pensamiento a la luz
del concepto de lo bello, como noción ontológica de alcance universal: la experiencia
hermenéutica tiene la misma estructura ontológica que la experiencia de lo bello.

SÍNTESIS CONCLUSIVA

La hermenéutica de Gadamer puede ser entendida como una reacción en dos sentidos:
una reacción en contra de un historicismo relativista que encierra a los actores dentro de
una visión de mundo determinada y, por otro lado, una reacción en contra del prestigio
sobrecogedor de las ciencias naturales y la insistencia en una metodología inspirada en
dicho prestigio. Agregamos a estas dos, una tercer reacción: la crítica contra el
idealismo alemán y su tradición romántica.

Es en Hans-Georg Gadamer donde vemos una preocupación de tipo heideggeriano en


cuanto a toda posibilidad de fundamentación a priori. Toda la historicidad que puede
desarrollar Gadamer sobre el entendimiento humano se mueve en el plano de este
cuestionamiento ontológico. Un cuestionamiento sobre la posibilidad del conocimiento
fuera del individuo que conoce, de un conocimiento objetivado. Empleando un estilo
más ortodoxo y modesto, pero a la par más accesible que el de su maestro y colega
Martin Heidegger, el trabajo de Gadamer se puede dividir en cuatro áreas principales: la
del desarrollo y elaboración de una hermenéutica filosófica; la del papel del diálogo
dentro de la filosofía, subrayando los importantes roles en ese aspecto de Platón y
Aristóteles, sin olvidarse de los desempeñados por Hegel y Heidegger; el compromiso
con la literatura, en particular con la poesía y el arte; sus reflexiones filosóficas y éticas
sobre el proceso de la contemporaneidad y las prácticas políticas de su tiempo.

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En su libro “La lógica de las ciencias sociales”, el filósofo Jürgen Habermas dedica un
capítulo a comentar Verdad y método. Dice este autor que si bien es cierto que los
prejuicios tienen un papel importante en la formación del conocimiento, en última
instancia este rol se da en una etapa temprana y transitoria, ya que gracias a la reflexión,
uno puede acceder a un conocimiento propio que no requiere el prejuicio. Una vez que
la estructura de prejuicios se hace transparente gracias a la reflexión, estos prejuicios se
disuelven. En otras palabras, la reflexión nos emancipa del recurso de las ideas
inculcadas. En cuanto a la reinvindicación que Gadamer hace de la autoridad, dice
Habermas que autoridad y conocimiento no convergen sino que apuntan en distintas
direcciones. Autoridad en última instancia está vinculada con un sistema de premios y
castigos. Autoridad tiene que ver con obediencia y dominación. Una reflexión que actúa
dentro de los límites de aquello que está convalidado por la autoridad carece de poder,
es una reflexión encadenada y estéril.

Si bien la filosofía gadameriana es difícil de sistematizar en tanto que no brinda


respuestas definitivas, es importante destacar el debate que encara contra el
cientificismo, a través del cual lucha contra el positivismo tardío. Gadamer realiza un
serio diagnóstico de la situación actual destacando que la praxis ha sido olvidada. El
dominio de la tecnología, en tanto que “know how” basado en la ciencia crece en el
mismo sentido que va decreciendo el ejercicio de juicio propio del hombre en tanto esta
dirige todo lo que antes pertenecía a otros dominios. Para este pensador la verdad es
tanto ocultación como des-ocultación del logos; y cuando la develamos (la verdad) se
mantiene una cierta tensión interna, lo que a su vez conlleva a investigar sobre la
capacidad interpretativa generadora de sentido y la conciencia de la alteridad radical.
Comprender no es tan solo un tipo de actividad propia que desarrollemos sino que es
parte constitutiva de nuestra existencia.

El mundo que moramos nos enfrenta a nuestra conciencia de la finitud de la experiencia


humana y es, además, un impedimento para nuestra capacidad de experiencia, pues
siempre nos pone límites que es necesario trascender, superar. Para Gadamer, la
conciencia humana es limitada. La existencia del hombre es entonces, el mundo, pero
además, el mundo es un otro que se nos presenta como interpelación y como obstáculo.
Comprender es entender el proceso de fusión de horizontes que se da en el dominio de
la tradición, entre personas, entre culturas. En este filósofo, el concepto de horizonte se
refiere al ámbito de visión que abarca y encierra todo lo que es visible desde un
determinado punto. La fusión tiene lugar constantemente en el dominio de la tradición,
en donde lo nuevo y lo viejo crecen siempre hacia una validez llena de vida. ¿Y qué es
la tradición? Para Gadamer, “la tradición es esa ´historia´ dentro de la cual nos
encontramos inmersos, la cual nos constituye y a la cual constituimos a través de un
proceso dialéctico continuo y dinámico” (Verdad y método, op.cit.)

Siendo el lenguaje el lugar en que el yo y el mundo se encuentran, en donde ambos


aparecen en su unidad originaria, superando la dualidad sujeto-objeto, es por medio de
él que nosotros, seres finitos, podemos lograr la comprensión de la realidad infinita, que
es la alteridad toda. Pues es la “lingüisticidad” de nuestra experiencia en el mundo la
que nos permite comprender e interpretar a lo otro.

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El lenguaje pone así una dimensión completamente nueva. No nos libramos del
horizonte ni adoptamos un horizonte libremente, sino que estos horizontes forman un
lenguaje que nos constituye y que nos permite comprender significados.

El ser que puede ser comprendido es lenguaje. Todo comprender es interpretar y toda
interpretación se da en medio del lenguaje que se abre a lo otro. Tener lenguaje es tener
mundo, porque no lo dominamos como la ciencia a los objetos, ni lo creamos
conscientemente, pues ya estamos en él. El lenguaje es así no un mero instrumento sino
el mundo en que vivimos desde el comienzo.

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NOTAS

1) Entre los helenos, herme personificaba al espíritu del cruce: se podía manifestar
en cualquier tipo de intercambio, transferencia, transgresión, trascendencia,
tránsito, o travesía, todas ellas actividades que involucran algún tipo de cruce, en
cierto sentido. Esto explica su relación con las transiciones en la propia suerte,
con los intercambios de bienes, palabras e información implicados en el
comercio, la interpretación, la oratoria y la escritura. (fuente;
www.wikipedia.org/wiki/hermes)

2) Heidegger, Martin, 1998, Ser y tiempo, Ed. Tecnos, Madrid.

3) Koiné significa “lengua común” o “dialecto común a todos”. Se trataba de una


mezcla de diferentes dialectos griegos, entre los que predominaba el ático. Su
uso práctico con el fin de llegar a todos los rincones del mundo gobernado por
los griegos y romanos era tal que tanto los decretos de los gobernadores
imperiales como los del senado, se traducían a la koiné para que se entendiesen
por todos los habitantes.

4) Gadamer, H.G., Verdad y método.

5) Quizás nada mejor condense el pensamiento gadameriano sobre la fusión del


mundo originario de la obra de arte y el mundo del intérprete que esta cita de
Hegel: “La obra de arte es un medio gracias al cual el hombre exterioriza lo que
es”.

6) En este caso, Gadamer se asocia al pensamiento de Hegel para quien los


hombres sólo realizan su capacidad racional en un Estado. El Estado es una
prolongación de la familia –dice- y las familias sólo pueden desarrollarse
libremente, es decir, racionalmente, dentro de un Estado. (Hegel, Elementos de
la filosofía del derecho, 1819)

7) La expresión “giro lingüístico” (Redewendung) fue popularizada por Richard


Rorty, para quien la filosofía ya no era epistemología sino hermenéutica. Decía
que “había que abandonar el giro lingüístico de la filosofía analítica, y conservar
sólo la idea de la filosofía como conversación”. Con el tiempo, esa expresión se
aplicó a la filosofía que sostiene que es el lenguaje el que organiza el
pensamiento.

8) Aunque no más que a simple título anecdótico, ver www.


enciclopedia.us.es/index.php/hipotesis_de_Sapir_Whorf

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BIBLIOGRAFÍA

• Habermas Jürgen, 2007, La lógica de las ciencias sociales, Tecnos, Madrid.


• Gadamer Hans-Georg, 1991, Ediciones Sígueme, Salamanca.
• Gadamer Hans-Georg, 1990, Verdad y método, Sígueme, Salamanca.
• Melo, C. A., 2007, Consideraciones acerca de los fundamentos
epistemológicos en la teoría de los intereses cognitivos, en: Revista
Astrolabio, Julio de 2007, Córdoba, Argentina.
• Rojas Osorio, Carlos, 2005, Genealogía del giro lingüístico, Universidad de
Antioquía, Perú.
• Vattimo, Gianni, 1995, “Más allá de la interpretación” El significado de la
hermenéutica para la filosofía, Paidós Ibérica, Madrid.

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