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1. El empirismo y la inducción

1.1. Conocimiento racional y conocimiento empírico

A grandes rasgos, las dos corrientes más importantes en la historia de la filosofía del conocimiento son el empirismo y el racionalismo. El empirismo se caracteriza por atribuir a la información brindada por los sentidos, la percepción, el papel decisivo en la producción y justificación del conocimiento. Los racionalistas, en cambio, piensan que el sujeto humano está dotado de una facultad –la razón o el entendimiento— que difiere de la sensibilidad y que permite arribar a ciertas verdades cuyo fundamento es independiente de la información empírica. Una manera gráfica y simplificada de representar la oposición entre empiristas y racionalistas es atribuir a esta última actitud la tesis de que la razón, el entendimiento o intelecto poseen ideas innatas, mientras para los empiristas la mente es algo así como un papel en blanco, en el que sólo se imprimirá aquello que los sentidos le hagan llegar. Dicho con un vocabulario más técnico, de acuerdo con los racionalistas, existen proposiciones cuyo valor de verdad se conoce a priori. A priori significa independientemente de la experiencia; no quiere decir que es un conocimiento previo a la experiencia, sino que no se funda en ella, y en este sentido es una capacidad innata. A posteriori, en contraste, es todo conocimiento adquirido o justificado por medio de la experiencia sensible. Cabe aclarar que cuando un racionalista afirma que hay ideas innatas no pretende decir que el sujeto cognoscente disponga de ellas efectivamente en el momento de nacer. El conocimiento innato es una capacidad latente, potencial, que se activa cuando la razón adquiere madurez y en las situaciones apropiadas, como sucede con las habilidades innatas de un pájaro que construye guiado solamente por el instinto un determinado tipo de nido

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característico de su especie sólo cuando llega a la etapa de reproducirse.

Las proposiciones cuya veracidad puede conocerse a priori, independientemente de la experiencia sensible, han sido denominadas verdades de razón, y se considera también que son necesariamente verdaderas, esto es, que de ningún modo podrían haber sido falsas, mientras que las proposiciones a posteriori, las proposiciones cuyo valor de verdad solamente puede conocerse por medio de la percepción, en el caso en que sean verdaderas, lo son de manera contingente, pues podrían haber sido falsas, y se las llama verdades de hecho. La principal diferencia entre los racionalistas y los empiristas radica, precisamente, en ese punto. Los racionalistas sostienen, en oposición al empirismo, que hay proposiciones dotadas de contenido informativo acerca del mundo cuya verdad es necesaria y pueden ser conocidas a priori, es decir, por medio de la razón y sin necesidad de la confirmación de los sentidos. A esta clase pertenecerían: a) las verdades de la lógica y la matemática; b) los principios que rigen el comportamiento de la naturaleza, las leyes naturales fundamentales; c) las proposiciones metafísicas. Analicemos sus características:

a) Las verdades de la lógica y la matemática:

La lógica deductiva clásica había identificado principios universales que rigen la realidad y que son aprehendidos por nuestro intelecto, por ejemplo, el principio de identidad, que establece que toda cosa es idéntica a si misma, y el principio de no contradicción, que establece que una proposición y su negación no pueden ser ambas verdaderas. De modo similar, las verdades de la matemática son de carácter necesario:

el resultado de una operación aritmética, ya sea entre números pequeños o entre cantidades inmensamente grandes, está siempre determinado y no puede

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ser otro. Y además, como en el caso de los principios lógicos, ninguna experiencia posible podría refutar ese resultado. Si colocamos siete objetos en una caja vacía y luego le agregamos otros cinco, tiene que haber necesariamente doce, cualquier otro resultado indica que ha habido un error o un engaño.

b) Las leyes fundamentales de la naturaleza En la tradición racionalista, los principios que rigen el comportamiento de la naturaleza, del mismo modo que los principios lógicos, corresponden a verdades aprehendidas por el intelecto. Así, por ejemplo, la creencia de que las estrellas y los planetas se desplazan con movimientos uniformes, eternos y circulares, como se sostuvo durante más de 1500 años, sería el resultado de la aplicación de la razón y no un fenómeno observado ni una hipótesis forjada por la imaginación de los astrónomos en su afán por dar cuenta del movimiento aparente un tanto desconcertante de los cuerpos celestes.

c) Las proposiciones metafísicas Además de las leyes de la lógica, la matemática y las hipótesis que hoy ubicaríamos dentro de disciplinas fácticas como la física o la astronomía, los racionalistas sostenían que la razón nos permite acceder a las verdades de la metafísica. Es imposible brindar una caracterización breve de este campo de pensamiento, que ocupa gran parte del territorio histórico de la filosofía, pero tal vez algunos ejemplos conspicuos de los temas que han constituido la problemática de las indagaciones metafísicas puedan servir a modo de aproximación. El problema de la existencia de Dios, si bien se enraíza en las más antiguas tradiciones de múltiples culturas, ocupa un lugar central en la filosofía clásica, en cuyo desarrollo la fe y la educación conforme a un credo ceden su lugar a la elaboración de razonamientos y la búsqueda de demostraciones. Aristóteles, Anselmo, Tomás de Aquino, Descartes,

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elaboraron una serie de argumentos racionales que pretendían demostrar la existencia de Dios. Los racionalistas sostienen que las premisas de esos razonamientos -por ejemplo, que el universo debe tener una causa primera y que tal causa es Dios- son aprehendidas en última instancia por medio de la pura razón, no por medio de la percepción. Del mismo modo, la existencia de las almas humanas inmateriales ha sido un objeto tradicional de la metafísica Asimismo, la ontología, es decir la determinación de cómo está compuesta en sí misma la realidad, qué tipos de entidades existen más allá de las apariencias que pueden presentar, constituye una rama típica de la metafísica. En el marco de la ontología encontramos, entre otras doctrinas, el materialismo y el anti- materialismo. El primero afirma que la realidad se reduce a las entidades materiales, mientras que el anti-materialismo sostiene que la materia no existe. El Obispo irlandés George Berkeley, por ejemplo, elaboró agudos argumentos para demostrar que la auténtica realidad le corresponde sólo a los entes espirituales, como Dios y las almas humanas, de manera que los objetos materiales son solamente imágenes, ideas concebidas por Dios y percibidas por los espíritus humanos que no existen fuera de esas mentes.

1.2. El empirismo, el escepticismo y la inducción Como hemos adelantado, desde el punto de vista empirista las únicas informaciones confiables son las que nos brindan directamente los sentidos y, en principio cualquier proposición que vaya más allá de lo que estamos percibiendo carecería de justificación, no podríamos saber nada que excediera la descripción de lo inmediatamente observado. Esta situación colocó al empirista frente a un dilema que se podría plantear como la necesidad en elegir entre el escepticismo y el inductivismo: O bien 1) asume que no hay ningún tipo de conocimiento posible, salvo de lo que percibe directamente en el momento y abraza así un escepticismo radical. O bien 2) adopta una posición más tolerante y admite que algunas hipótesis, aun cuando vayan más

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allá de la experiencia presente, gozan de cierta credibilidad porque están justificadas por inferencias inductivas. El escepticismo cuenta con una muy antigua tradición en la historia de la filosofía, pero en sus formas más radicales resulta insostenible. Descartado por esa razón el escepticismo extremo, y sin olvidar que muchas creencias que exceden lo que se percibe en cada momento resultarán finalmente falsas, los empiristas optan por la segunda de las alternativas mencionadas: adoptan una posición más tolerante, a saber, mantienen un escepticismo moderado que les permite rescatar los conocimientos que provienen de la vida cotidiana y de las ciencias fácticas, siempre que cuenten con una justificación aceptable. Convalidan también la lógica y la matemática, porque sin su participación el conocimiento empírico no podría formularse ni organizarse. Como hemos señalado oportunamente, los conocimientos proporcionados por el sentido común y las ciencias fácticas se formulan como hipótesis que no tienen asegurada su verdad. Por ese motivo la mayoría de los empiristas subrayan la necesidad de recurrir a las inferencias inductivas, cuyas conclusiones amplían la información contenida en las premisas. La lógica inductiva brinda criterios para discriminar entre las hipótesis cuáles son preferibles, al menos hasta que tengamos razones para abandonarlas por otras que nos parezcan mejores. La metodología inductivista, es la única herramienta que permitiría evaluar si una proposición que va mas allá de la experiencia inmediata resulta sostenible. Pero, para hacer justicia a esa metodología tal como de hecho la utilizan los científicos, los empiristas han elaborado un concepto de inducción más amplio que el ejemplificado por los modelos de inferencias inductivas elementales que hemos presentado en el capitulo I. Un poco más adelante nos extenderemos sobre esta concepción más refinada de la utilización de las inferencias inductivas, que trataremos bajo el nombre de inductivismo crítico. Pero previamente debemos hacer algunas referencias a otros temas -la posición de los empiristas acerca de la lógica deductiva, la matemática y la

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metafísica

y

también

el

problema

del

Principio

de

inducción--

cuyo

tratamiento

será

de

utilidad

para

comprender

las

motivaciones

de

los

inductivistas.

 

1.3 La lógica y la matemática en la perspectiva empirista Como hemos señalado, los racionalistas conciben las leyes de la lógica deductiva y la matemática como verdades de razón. Los empiristas, por su parte, no expresaron una opinión unánime al respecto. John Stuart Mill, uno de los más destacados impulsores de la metodología inductivista, sostuvo que las leyes de la lógica y la matemática también eran generalizaciones a partir de la experiencia, semejantes a las hipótesis de las demás ciencias aunque de un alcance mucho más amplio que el que les corresponde a las proposiciones de la química, la física o cualquier otra disciplina particular cuyo objeto de estudio es un aspecto determinado de la naturaleza. Por ese mismo motivo, por su completa universalidad, el grado de confirmación empírica de las leyes de la lógica y de la matemática es muchísimo mayor que el que podrían lograr las hipótesis de las demás ciencias. Pero otros empiristas, especialmente los que adherían al movimiento llamado Empirismo Lógico, rechazaron la tesis de Mill y sostuvieron que el empleo de inferencias deductivas u operaciones matemáticas no agrega información a la que ya se encuentra en las premisas. Admitían que la lógica y la matemática son indispensables para estructurar nuestro conocimiento pero señalaban que no brindan ningún dato nuevo, solamente exhiben las consecuencias de los informes preexistentes de una manera más útil y apropiada. La conclusión de un razonamiento deductivo sólo expresa de otro modo la misma información que se encontraba en sus premisas, así como el resultado de una operación matemática, una larga suma, por ejemplo, no brinda más información que los sumandos agregados, sólo la formula de manera abreviada. Las leyes de la lógica o de la matemática pueden

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considerarse verdaderas a priori, pero ello se debe a que son analíticas, es decir, carentes de contenido empírico, y por lo tanto no pueden ser refutadas por la experiencia.

1.4 El empirismo y la metafísica Por encima de las grandes diferencias que los enfrentan, los filósofos de diferentes tradiciones coinciden, en general, en que los interrogantes metafísicos no pueden zanjarse por medios empíricos, es decir, no pueden resolverse en medida alguna con el auxilio de la información que nos brindan los sentidos. Por esa razón, los empiristas mantienen una firme actitud escéptica con respecto a la metafísica rechazan de plano el planteamiento de problemas propios de esa temática. Algunos empiristas han llegado a sostener que tópicos tales como el de la existencia de Dios o la inmortalidad del alma constituyen pseudoproblemas y que toda doctrina que pretenda dar respuesta a estos interrogantes o a cualquier otra cuestión metafísica carece de sentido, sólo sería un conjunto de palabras sin significado cognitivo. La preocupación de los empiristas por trazar una firme distinción entre las ciencias y la metafísica se debe a que a lo largo de la historia las hipótesis científicas han estado muchas veces entrelazadas con suposiciones metafísicas y a que algunas teorías incontrastables son presentadas como si fueran científicas. Ambas circunstancias a menudo obstaculizan el avance de la ciencia. La antigua convicción metafísica de que el mundo celeste, en contraste con el terrenal, gozaba de eternidad y perfección suprema, por ejemplo, llevó a la idea de que el movimiento de los astros sólo podía ser el considerado más perfecto, el circular. Y esta creencia, que mantuvieron aun astrónomos tan revolucionarios como Copérnico y Galileo, demoró el surgimiento de una idea que a la postre resultó mucho más adecuada, la hipótesis de que las órbitas de los planetas son elípticas.

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Asimismo, el panorama de la ciencia contemporánea no ha estado libre de animados debates alimentados por la falta de contrastabilidad de las hipótesis en danza. Es el caso de algunas hipótesis económicas, psicológicas o biológicas, por ejemplo, formuladas de tal manera que ningún resultado jamás podría disconfirmarlas. Se ha objetado a la teoría de Darwin esa deficiencia y el resurgimiento de ideas afines al creacionismo en los argumentos de los actuales defensores del “Diseño Inteligente” parece ser una consecuencia de esa situación. Para sortear el peligro de embarcarse en discusiones inconducentes, los empiristas subrayan la importancia de que las teorías científicas estén formuladas de manera que cuenten con consecuencias observacionales capaces de confirmarlas o disconfirmarlas.

1.5 El principio de inducción Pese a lo que acabamos de señalar, la decisión de los empiristas de mantenerse al margen de toda suposición metafísica corre el riesgo de quebrarse debido a la necesidad de justificar los razonamientos inductivos conforme a un principio de inferencia que no pertenece a la lógica deductiva. Cuando una persona se guía, consciente o inconcientemente, por una inferencia inductiva, aun en casos tan simples como la inducción enumerativa, lo hace de acuerdo con una regla o principio implícito: la convicción de que la clase de cosas a la que se está aplicando la inferencia presenta ciertas uniformidades, de manera que las características exhibidas en la muestra examinada se extienden a todos los componentes de la clase a la que corresponde la muestra. Así, si utilizamos con buen resultado unas hojas del diario de ayer para encender un fuego, nos sorprendería que otras páginas del mismo ejemplar no se encendieran con la misma facilidad. Si esto último ocurriera, pensaríamos que se han humedecido o, considerando alternativas sumamente improbables, imaginaríamos que esas páginas no inflamables estaban fabricadas con un material diferente del de las primeras o fueron

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químicamente alteradas de algún un modo, etcétera. En resumen, suponemos que si una pieza de cierta sustancia arde en determinadas condiciones, toda otra porción de la misma sustancia se comportará del mismo modo en condiciones idénticas. El éxito de la inducción depende, pues, de que aquello a lo que se aplique la inferencia inductiva presente regularidad cuanto a las propiedades relevantes. Si no existieran uniformidades en la naturaleza, toda inducción estaría condenada, de antemano, al fracaso. De manera que cualquiera que haga uso de la inducción se compromete, sea consciente o no de ello, con la suposición de que el mundo encierra ciertas uniformidades. Esta presunción se ha llamado, precisamente, Principio de Uniformidad de la Naturaleza, y dada la estrecha relación que la utilización de inferencias inductivas guarda con este principio, algunos lo llaman también Principio de Inducción. Pero es necesario formular algunas reflexiones sobre ese principio. En primer lugar, cabe preguntarse cuál es el status de esta proposición. No parece ser una ley de la lógica deductiva, ni una definición; no parece ser un enunciado analítico, como lo sería por ejemplo Todo triángulo es trilátero, porque mientras es inconcebible un triángulo que no tenga tres lados, es perfectamente posible imaginar una realidad que no presente regularidades permanentes. Si el Principio de Uniformidad de la Naturaleza no es analítico, pareciera que la única alternativa que les resta a los empiristas –-a menos que decidan incurrir en la asunción de un postulado metafísico-- es considerar el principio de inducción como si fuera una hipótesis de las ciencias fácticas, aunque más general que la ley de gravitación o la de la inercia, por ejemplo. Pero el problema radica en que para los empiristas cualquier hipótesis de las ciencias fácticas es, en alguna medida, incierta. En el mejor de los casos, se encuentra confirmada provisoriamente gracias a la utilización, precisamente, de falibles inferencias inductivas. Pero aceptar inferencias inductivas supone, como

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hemos dicho algunas líneas más arriba, comprometerse con el Principio de Uniformidad de la Naturaleza. Y en consecuencia, la argumentación parece tornarse circular, como objetarán quienes cuestionan la legitimidad de la inducción, especialmente Karl Popper. Frente a la embarazosa necesidad de justificar el Principio de Uniformidad de la Naturaleza, los inductivistas esgrimen a menudo un argumento pragmático: a menos que se admita que existen regularidades en la naturaleza, toda creencia que trascienda lo inmediatamente percibido, y en consecuencia toda investigación científica, debería ser descartada. Sin ese principio, el empirismo colapsaría en un escepticismo extremo. Pero el escepticismo radical no es la opción por la que se inclinan los inductivistas; más aun, como ya se ha señalado, el inductivismo surge con el propósito de eludir el escepticismo radical. De todos modos, la decisión de suponer, aunque sólo sea a título de recurso metodológico, que hay regularidades en la naturaleza no garantiza que efectivamente las haya, y tampoco asegura, ni mucho menos, que los seres humanos alcancen a descubrirlas. Los inductivistas lo saben, pero piensan que el Principio de Uniformidad de la Naturaleza, lejos de ser un obstáculo, es un aliciente para profundizar la investigación. En efecto, si sucediera que una hipótesis que hasta el momento contaba con un alto grado de confirmación se viera de pronto disconfirmada, el Principio de Uniformidad de la Naturaleza movilizará la investigación en búsqueda de una hipótesis más adecuada. Recordemos, para ilustrar este hecho, la discusión en torno a la generación espontánea. El hallazgo de microbios en el material proveniente del heno aun después de haberlo sometido a alta temperatura lo convenció a Pouchet de que se confirmaba la generación espontánea. Pero, como hicimos notar cuando examinamos aquellos experimentos, la presencia de esos microorganismos fue posteriormente atribuida a dos situaciones que eran ignoradas en aquel momento, tanto por Pouchet como por Pasteur. Una se refería a la

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reproducción de microbios por medio de esporas; otra, que las esporas permiten la supervivencia de los gérmenes aunque sean expuestos a altas temperaturas. La hipótesis previa, que todos los gérmenes se destruyen a 100 grados de temperatura, no describía, pues, una regularidad de la naturaleza, pero el error sólo se hizo evidente con el establecimiento de otras regularidades, hasta entonces no advertidas, con respecto a las formas de reproducción de los microorganismos y su resistencia a la temperatura. La naturaleza encierra de todos modos regularidades, aunque a veces sea muy difícil encontrar las auténticas detrás de las aparentes.

1.6 El inductivismo crítico Los descubrimientos mencionados en el parágrafo anterior, como otros ejemplos desarrollados previamente, indican que los científicos aplican la metodología inductivista de una manera más elaborada y compleja que la sugerida por la inducción enumerativa o las inferencias analógicas presentadas en el capítulo I. Aquellas formas simples de inducción pueden dar cuenta de cómo surgen las generalizaciones empíricas, la convicción de que el Sol sale siempre por el Este y se pone por el Oeste o la hipótesis de que todos los gatos de tres colores son hembras, por ejemplo; pero no alcanza a mostrar cómo funciona la metodología inductivista cuando lo que se trata de justificar son hipótesis que se refieren a situaciones que no se pueden observar directamente. En aquella oportunidad, cuando introdujimos los esquemas más sencillos de inferencias inductivas, hicimos notar que la conclusión de un razonamiento inductivo por enumeración o por analogía excede la información contenida en las premisas, porque se extiende de los casos examinados a los que no lo fueron y aun a los que surjan en el futuro. Es decir, se trata de inferencias ampliativas, en tanto se pasa de ciertos casos observados a otros no observados. Pero el desarrollo de la ciencia ha requerido, desde épocas remotas, también otra forma de llevar a cabo

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inferencias ampliativas, a saber, las que permiten pasar de lo observado no solamente a lo no observado sino a lo inobservable. Esta posibilidad no debe sorprendernos, porque hemos dicho desde el principio que las teorías científicas no se mantienen en el nivel de las generalizaciones empíricas; por lo contrario, los científicos procuran formular hipótesis de nivel superior que contienen términos teóricos y se refieren, por ende, a entidades inobservables. Denominaremos inductivismo crítico la metodología que permite evaluar con criterios inductivos la confirmación o disconfirmación de teorías que hacen referencia a situaciones que no son directamente observables. El inductivismo crítico recibe ese nombre porque intenta sortear diversas objeciones que se le han presentado a algunas caracterizaciones versiones candorosas del inductivismo. Tales versiones ingenuas --es oportuno señalar-- han sido difundidas sobre todo por quienes no simpatizan con el empirismo, ya que los representantes más importantes de la concepción empirista, incluidos los que se denominaron a sí mismos “positivistas”, tomaban en serio la necesidad de proponer hipótesis teóricas y no pretendían reducir la investigación científica a la simple generalización de observaciones.

Una de las objeciones al inductivismo ingenuo señala, precisamente, que los razonamientos que tienen la forma de una inducción simple en el mejor de los casos podrían dar cuenta de cómo ganan cierta justificación las generalizaciones empíricas del tipo

Todo trozo de madera es combustible

a las que puede arribarse después de haber observado en múltiples ocasiones que la regularidad se ha cumplido sin excepciones, pero no dice nada sobre cómo funcionarían las inferencias inductivas cuando se trata de hipótesis que contienen términos teóricos o se refieren a situaciones que no son directamente observables. La hipótesis de que la Tierra está girando

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continuamente, por ejemplo, no sólo jamás podría habérsele ocurrido a algún astrónomo después de haber visto girar la Tierra muchas veces. Más aun ni siquiera se podría confirmar esa hipótesis tratando de observar el movimiento de la Tierra después de que alguien la propusiera, por la sencilla razón de que no es posible percibir que la Tierra se mueve. Ello explica por qué durante muchísimos siglos esa idea fue rechazada por casi todo el mundo.

Por otra parte, como ya hemos señalado, las hipótesis científicas nunca se contrastan aisladamente, y esta constituye otra seria objeción al inductivismo ingenuo. En todo caso, no son hipótesis individuales sino teorías, entendidas como conjuntos de hipótesis combinadas, las que se contrastan. Desde el punto de vista del inductivismo crítico, en consecuencia, la contrastación de las teorías científicas, aunque incorpora elementos esencialmente inductivos, solamente puede proceder de una manera más elaborada. Los inductivistas críticos entienden el concepto de inducción en un sentido más amplio que el correspondiente a la inducción por enumeración o la inducción por analogía. Admiten la utilidad de esas formas de inferencia pero extienden el concepto de inducción de modo que incluya también, y especialmente, otros procedimientos lógicos bastante complejos e indirectos con cuyo auxilio los científicos puedan evaluar la verosimilitud de las teorías. Según esta postura, así como la observación de una serie de casos en los que se ha visto flotar madera es un indicio que favorece la posibilidad de que el enunciado Todo trozo de madera flota en el agua sea verdadero, se puede juzgar la perspectiva de que una teoría científica resulte verdadera considerando los elementos de juicio que la confirman o disconfirman de manera indirecta. El criterio básico del empirismo crítico establece que una teoría científica adquiere confirmación cuando las consecuencias observacionales que se deducen de la teoría en conjunción con adecuadas condiciones iniciales

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coinciden con las correspondientes observaciones. Es importante subrayar que cuando en el curso de una contrastación se dice que una observación o un conjunto de observaciones confirman una hipótesis o una teoría, no se está aseverando que la teoría está verificada o que se ha ratificado su verdad sino solamente que se han hallado elementos de juicio que favorecen la posibilidad de que la hipótesis o teoría en cuestión sean verdaderas.

A grandes rasgos, puede decirse que la contrastación inductiva de una teoría comprende, desde un punto de vista lógico (aunque no necesariamente en orden temporal), tres etapas. La primera consiste en deducir, tomando como premisas hipótesis de la teoría en conjunción con hipótesis auxiliares y con condiciones iniciales, ciertas consecuencias observacionales. Podríamos llamar esta etapa el paso deductivo, y usualmente requiere una serie de deducciones encadenadas que principia en hipótesis de alto nivel y arriba finalmente a ciertas conclusiones observacionales. La segunda etapa, el paso observacional, consiste en determinar por medio de la percepción, si tales conclusiones observacionales se cumplen o no. La tercera etapa, que podríamos llamar propiamente el paso inductivo, equivale a transitar un recorrido inverso al del primer paso, en la medida en que si se acepta que las conclusiones observacionales se han cumplido, se concluye que la teoría ha incrementado su confirmación mientras que, en caso contrario, ha resultado disconfirmada. Podemos llamar este modo de poner a prueba una teoría científica contrastación empírica o contrastación por medio de consecuencias observacionales. Es importante tener presente que este paso inductivo, que parte de la conclusión de una deducción y regresa a las que fueron sus premisas en una etapa anterior, no equivale a probar la verdad de las teorías, constituye sólo un indicio, un elemento de juicio parcial, falible y provisorio en favor de la verdad de las hipótesis. Así, el razonamiento deductivo

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Todo trozo de madera puesto en contacto con una llama arde Este trozo de madera es puesto en contacto con una llama Por lo tanto ------------------------------------------------------------ Este trozo de madera arderá

en caso de que el trozo de madera efectivamente ardiera da lugar a inferir inductivamente (sin pretensión de haberlo probado), que todo trozo de madera es combustible. Naturalmente, la creencia en esa regularidad se incrementaría, si se observara que lo mismo sucede con gran cantidad de piezas de madera sin que se encontraran excepciones. Este señalamiento nos sugiere un primer criterio para evaluar el grado de confirmación de una hipótesis: Cuanto mayor sea el número de casos favorables, y en ausencia de casos desfavorables conocidos, mejor confirmada estará la hipótesis.

El refuerzo en la creencia de que toda madera es combustible será mayor aun si se experimenta con diferentes clases de madera, porque, en principio, podría suceder que algunas no fueran combustibles. De hecho, también hay un incalculable número de observaciones realizadas en todas partes durante miles y miles de años que apoyan fuertemente la creencia de que la madera flota en el agua. Así ha ocurrido con piezas de pino, de cedro, de roble y de prácticamente todas las especies de árboles, pero no sucede lo mismo con el ébano, una madera negra muy fina, escasa y costosa que no flota en el agua. De allí surge un segundo criterio para evaluar la confirmación de una hipótesis: el grado de confirmación aumenta no solamente con el número de casos favorables encontrados sino también con la variedad de la muestra. Continuar observando que nuevas piezas de pino flotan no agrega mucho más a lo que ya se sabía después de haber percibido que ello ocurría sin

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excepciones en múltiples ocasiones, pero ensayar con un trozo de madera de una especie de árbol no sometida a esa prueba previamente es muy relevante para evaluar la verosimilitud de la flotabilidad de la madera en general. En síntesis, en ausencia de casos favorables, la confirmación de una teoría se incrementa no sólo por la cantidad de casos favorables sino también por su variedad.

1.7. La contrastación de acuerdo con el inductivismo crítico: ¿Cómo sabemos que la Tierra gira?

A fin de ilustrar mejor la propuesta del inductivismo crítico, volvamos por un momento a la hipótesis sobre la rotación diaria de la Tierra alrededor de su eje imaginario. Esta proposición integra una teoría entre cuyas demás hipótesis se encuentra la afirmación de que la Tierra tiene también un movimiento de translación anual en una órbita elíptica en torno al Sol. La hipótesis de la rotación diaria de la Tierra explicaría, entre otras cosas, el aparente desplazamiento del sol en el cielo diurno en sentido Este–Oeste. Ese ilusorio movimiento solar es la consecuencia de que miramos el Sol desde nuestra ubicación en la Tierra, que gira continuamente en sentido contrario sin que nosotros lo notemos. La rotación de la Tierra explicaría también la sucesión de los días y las noches, ya que la parte de la Tierra iluminada por el Sol durante el día permanece a obscuras durante las horas en las que nuestra parte del planeta “mira en dirección opuesta al Sol”. La hipótesis de la rotación de la Tierra había sido propuesta inicialmente por antiguos sabios griegos, pero fue rechazada durante más de mil quinientos años por generaciones y generaciones de astrónomos. Y no les faltaban razones. Una de ellas, era que se sabía que la circunferencia de la Tierra es muy grande (Eratóstenes la había calculado con bastante exactitud más de 200 años antes de Cristo), de manera que si la Tierra diera una vuelta completa

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sobre su eje en 24 horas, alguien que estuviera ubicado en la latitud del Ecuador sería transportado en ese lapso el equivalente de más de 40.000 km, es decir, “viajaría” en una trayectoria circular a unos 1700 Km por hora, una velocidad absolutamente inimaginable en comparación con los medios de transporte de aquellas épocas. Resultaba absurdo pretender que mientras una persona estaba sentada tranquilamente bajo un árbol y sin tener la más mínima sensación de movimiento, sin percibir siquiera la perturbación de una brisa, trataran de convencerla de que en realidad estaba desplazándose a una enorme velocidad. Por otra parte, si la Tierra se moviera a tan extraordinaria velocidad, no se entendía cómo los pájaros en vuelo, que no están en contacto con la Tierra y se deslizan a velocidades treinta o cuarenta veces menores, no queden siempre retrasados con respecto al velocísimo desplazamiento de la Tierra. El esquema de la contrastación de lo que sucedería en la situación de una persona que estuviera en las cercanías del Ecuador podría reconstruirse así:

Hipótesis Teórica 1

La Tierra completa un giro sobre su eje en 24 horas

Hipótesis Teórica 2

La circunferencia de la Tierra a la latitud del Ecuador mide 40.000 Km.

Hipótesis Derivada 1 (deducida de HT1 y HT2)

Cualquier cuerpo ubicado en la latitud del Ecuador se estaría moviendo continuamente a la misma velocidad de la Tierra, es decir, 40.000 km en 24 horas = 1700 km/h

Hipótesis Auxiliar 1 (razonable conjetura de la época)

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Cualquier ser humano que se desplace a una velocidad de 1700 Km/h

experimenta una fuerte (y posiblemente insoportable) sensación de

movimiento.

Hipótesis Derivada 2 (deducida de HD2 Y HA1)

Cualquier ser humano que se encuentre en la latitud del Ecuador experimenta

una fuerte ( y posiblemente insoportable) sensación de movimiento.

Condiciones iniciales (situación imaginaria)

El 3 de enero de 213 el astrónomo Ortodoncio se hallaba en las proximidades del Ecuador

Por

lo

tanto

-------------------------------------------------------------------
-------------------------------------------------------------------
-------------------------------------------------------------------

-------------------------------------------------------------------

Conclusión observacional (se deduce HD 2 y las condiciones iniciales)

El 3 de enero de 213 el astrónomo Ortodoncio experimentó (insoportable) sensación de movimiento

una

fuerte

La conclusión era considerada falsa, porque obviamente nadie experimenta

ninguna sensación de movimiento por el simple hecho de estar sobre la

Tierra, y en consecuencia, la teoría quedaba disconfirmada, es decir, por lo

menos alguna de las hipótesis de la teoría debía ser considerada falsa.

Un resultado similar encontraríamos si esquematizamos de manera

análoga la constrastación de la predicción de que los pájaros en vuelo siempre

quedarían retrasados con respecto a la Tierra: como es obvio que los pájaros

no quedan retrasados cuando vuelan, esta observación también disconfirma la

teoría.

Ahora bien, si las disconfirmaciones llevaban a pensar que alguna de las

hipótesis era falsa, los astrónomos anticopernicanos se inclinaban a atribuir la

culpa a HT1, es decir, la hipótesis que afirma la rotación de la Tierra.

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Sin embargo, los copernicanos, convencidos de que la Tierra estaba afectada por los movimientos de rotación y translación, respondieron que el incumplimiento de la predicción se debía a la errónea Hipótesis Auxiliar 1, que suponía la producción de una fuerte sensación de movimiento si la Tierra girara. Contra-argumentaban que las sensaciones de movimiento se experimentan solamente cuando se produce un cambio brusco de velocidad y no cuando uno se desplaza a velocidad constante. Esta respuesta suena como una hipótesis ad hoc, porque en aquella época no había vehículos que pudieran desarrollar altas velocidades y, por consiguiente, no había manera de averiguar qué se sentía si una altísima velocidad se mantenía constante durante todo el tiempo. Afortunadamente, hoy cualquiera de nosotros puede constatar que la réplica de los copernicanos es sostenible, porque cuando viajamos en un avión a 700 u 800 Km/h de velocidad de crucero nuestras sensaciones corporales, a menos que haya turbulencias en el aire, son las mismas que cuando el aparato está detenido en la pista. Solamente cuando acelera para despegar o aterriza frenando bruscamente experimentamos determinadas sensaciones de movimiento. El ejemplo ilustra claramente que la presencia de hipótesis auxiliares complejiza la contrastación de las teorías científicas, en particular, porque frente a una disconfirmación de la teoría, la falla puede residir en alguna hipótesis auxiliar y no en las hipótesis fundamentales de la teoría. De todos modos, aun mucho después de que las hipótesis que describían los movimientos de la Tierra habían sido plenamente aceptadas por la comunidad científica, no se imaginaba ninguna manera de que las personas pudieran percibir la rotación terrestre mientras estuvieran ubicadas sobre la superficie de nuestro planeta. Ello se debe a que los habitantes de la Tierra, lo mismo que todo lo que se encuentra en ella, incluidos los pájaros y las nubes llevan incorporado el movimiento terrestre.

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20 Pero a mediados del siglo XIX, un brillante físico llamado Jean Bernard Leon Foucault hizo

Pero a mediados del siglo XIX, un brillante físico llamado Jean Bernard Leon Foucault hizo un descubrimiento casual que le inspiró la realización de un experimento capaz de confirmar la rotación terrestre observando ciertos fenómenos que se producirían en el mismo lugar en el que se encontraran los observadores. Mientras trabajaba en su laboratorio manipulando ciertos materiales, Foucault observó, por casualidad, una curiosa característica de los péndulos. Un péndulo está formado por una masa, es decir, un cuerpo (por ejemplo, la plomada con forma de trompo que usan los albañiles) y una cuerda, el “hilo” de la plomada. Si se sostiene de un gancho el extremo de la cuerda opuesto al de la masa y se le da un impulso a ese cuerpo, comenzará a oscilar armónicamente en un movimiento de vaivén que se mantendrá sobre un mismo plano imaginario vertical, como puede observarse en cualquier reloj de péndulo adosado a una pared: el péndulo se balancea siempre en el mismo plano vertical

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paralelo a la pared. Supongamos que la dirección que recorre el péndulo esté representada por una línea que va y vuelve de derecha a izquierda. ¿Qué pasaría si mientras el péndulo está oscilando hacemos girar un cuarto de vuelta, 90 grados, el gancho del cual pende la cuerda del péndulo? Probablemente esperaríamos que el péndulo también cambiara en 90 grados la dirección en la que oscila, es decir, esperaríamos que siguiera oscilando, pero en un plano perpendicular o al menos no paralelo al anterior: si antes era izquierda- derecha, ahora sería, como si dijéramos, ida y vuelta en la dirección adelante-atrás. ¡Pero no ocurre así! Pese a haber girado un cuarto de vuelta el gancho que sostiene la cuerda, el péndulo sigue oscilando según el plano inicial, en la dirección que hemos denominado izquierda-derecha. Eso fue, precisamente, lo que Foucault descubrió. Pero no se contentó con esa observación. Se dio cuenta de que había encontrado algo, la dirección del movimiento del péndulo, tal vez lo único que no incorporaba el movimiento de la Tierra y que, por consiguiente, podría servir como marco de referencia para observar el movimiento terrestre. Se le ocurrió que esa propiedad de los péndulos podría servir para confirmar empíricamente la rotación de la Tierra, porque si el péndulo mantiene invariable su plano de oscilación mientras la Tierra gira, tal vez habría alguna manera de registrar el fenómeno. En 1851, luego de algunos cálculos y ensayos, Foucault construyó un enorme péndulo, con una masa esférica de 28 Kg y una cuerda de casi 70 metros de longitud que colgó de la cúpula en el interior del Panteón de París. En el piso del templo, exactamente debajo del péndulo, dispuso una gran bandeja circular, de varios metros de diámetro, con arena húmeda alisada, de tal manera que una punta filosa que sobresalía de la parte inferior de la masa del péndulo pudiera trazar un surco en la arena cuando oscilara. Luego, frente a gran cantidad de público, corrió la bola del péndulo hacia un lado y la soltó para que oscilara libremente ¿Qué esperaba que sucediera? De acuerdo con su descubrimiento previo, el péndulo mantendría siempre la misma dirección de oscilación, de

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manera que si la Tierra no girara sobre su eje, la bandeja de arena también estaría inmóvil; y en consecuencia, la punta del péndulo pasaría siempre sobre la misma marca en la arena. Pero si la Tierra rota, la bandeja de arena giraría con ella, y en ese caso, como el péndulo no cambiaría su plano de oscilación (de acuerdo con el descubrimiento previo de Foucault), la punta del péndulo trazaría, mientras se mantuviera balanceándose, no una única línea sino una serie de surcos no superpuestos en las sucesivas oscilaciones, a medida que la bandeja girara junto con la Tierra. En aquella ocasión, gracias a sus dimensiones y su diseño, el péndulo permaneció oscilando más de cinco horas y -como había previsto Foucault- en la arena quedaron marcadas una serie de huellas trazadas por la punta del péndulo que se disponían con regularidad en el sentido de las agujas de un reloj (es decir en sentido opuesto al de la rotación de la Tierra).

decir en sentido opuesto al de la rotación de la Tierra). El cumplimiento de esta consecuencia
decir en sentido opuesto al de la rotación de la Tierra). El cumplimiento de esta consecuencia
decir en sentido opuesto al de la rotación de la Tierra). El cumplimiento de esta consecuencia

El cumplimiento de esta consecuencia observacional, la predicción de que el

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péndulo no trazaría una única línea sino una pluralidad de marcas separadas del surco original a medida que pasaran las horas, brindaría una confirmación observacional de la rotación de la Tierra. Vale la pena aclarar que los testigos no hubieran podido advertir simplemente cómo la Tierra, el edificio y ellos mismos estaban girando solidariamente con respecto al plano de oscilación del péndulo por más que lo miraran balancearse durante horas. Tal situación resultaba imperceptible y sólo podía ser conocida indirectamente, por inferencia, gracias a algún ingenioso recurso como el de las trazas en la arena. Ahora bien, es muy importante subrayar que esta inferencia, la que conducía a la conclusión de que la Tierra está rotando, dependía de la admisión previa de la hipótesis de que el plano de oscilación del péndulo se mantuvo fijo durante el experimento. Alguien que no estuviera inclinado a aceptar esa hipótesis auxiliar sobre el comportamiento de los péndulos podría argumentar que la no superposición de los trazos en la arena mostraba, precisamente, que el plano de oscilación de los péndulos no se mantiene invariable. Y si ese fuera el caso, el péndulo de Foucault no confirmaría la hipótesis de que la Tierra está rotando. Si en lugar de llevarse a cabo en 1851 -cuando casi todos los científicos ya estaban convencidos de antemano de la veracidad de la astronomía copernicana y de la física de Newton, teorías que incluían la rotación de la Tierra-, si el experimento se hubiese realizado, digamos, antes del siglo XV, difícilmente se lo habría interpretado como una confirmación de que la Tierra se movía. Una reconstrucción muy simplificada de toda esta tarea de contrastación podría esquematizarse así.

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La Tierra completa un giro sobre su eje en 24 horas

Hipótesis Auxiliar 1

Todo péndulo mantiene su oscilación en un mismo plano vertical

Hipótesis Derivada 1 (deducida de HT1 y HA1)

Si la Tierra gira, y el plano de oscilación de un péndulo no varia, entonces la Tierra y todos los objetos fijos sobre ella, como el Panteón y la bandeja de arena, van cambiando (imperceptiblemente) conjuntamente de posición con respecto al plano del péndulo

Hipótesis Derivada 2 (deducida de HD1)

Si todos los objetos fijos sobre la Tierra, como el Panteón y la bandeja de arena, van cambiando conjuntamente de posición con respecto al plano del péndulo, y la punta del péndulo roza la arena, entonces las marcas correspondientes se irán ubicando progresivamente en el sentido de las agujas de un reloj

Condiciones Iniciales

En 1851 se instala un péndulo en el Panteón de Paris y se lo deja oscilar durante varias horas mientras la punta de su masa rozaba en cada oscilación una superficie de arena

Por lo tanto ---------------------------------------------------------------

Conclusión observacional (Deducida HD2 y Condiciones iniciales)

Las marcas trazadas

desplazamiento en el sentido de las agujas de un reloj

en

la

arena

mostrarán

un

patrón

de

En vista de que esa consecuencia observacional resultaba innegable, bastó para que se popularizara la idea, aún repetida a menudo, de que Foucault había demostrado definitivamente, sin salir del Panteón de París, que la Tierra gira diariamente sobre su eje. Un inductivista puntilloso diría, con más precaución, que el experimento de Foucault proporcionó un fuerte elemento de juicio, que incrementó significativamente la confirmación de la hipótesis de la rotación de la Tierra.

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Cuando se lleva a cabo un experimento de características tan controladas, muchas veces se considera innecesario repetirlo, porque sus resultados parecen completamente inmodificables. Esta situación, que los resultados de un experimento o una observación realizados en una sola oportunidad o a lo sumo pocas veces se hagan tan confiables como si se hubieran confirmado reiteradamente, muestra que la repetición, aunque bien venida, no es imprescindible para el inductivismo crítico.

venida, no es imprescindible para el inductivismo crítico. De todos modos, se construyeron varias réplicas del

De todos modos, se construyeron varias réplicas del péndulo de Foucault (algunas mejoradas) y se repitió muchas veces el experimento. Pero… (siempre hay un “pero” en la historia de la ciencia, que justifica la prudencia de los inductivistas), pero –decíamos- en algunas reiteraciones del experimento de Foucault surgieron anomalías, esto es, resultados diferentes de los esperados. En

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efecto, más algunos científicos tuvieron la oportunidad de observar que durante un eclipse de Sol los péndulos que estaban ubicados dentro de la zona terrestre oscurecida por el eclipse, sufrieron alteraciones. La posición del plano de oscilación del péndulo con respecto a la Tierra varió considerablemente durante el ocultamiento del Sol, las marcas en el piso no siguieron el mismo patrón que mantiene habitualmente un péndulo de Foucault cuando no hay eclipses. Pero, como se supone que el comportamiento de un péndulo sólo tiene que ver con la gravedad y con la inercia y no depende para nada de las posiciones del Sol y la Luna, la anomalía constatada durante los eclipses ha planteado un interrogante sobre la validez de las teorías vigentes. Y hasta ahora no se ha difundido ninguna explicación de esos inesperados fenómenos. Frente a este tipo de inconvenientes muy comunes en la investigación científica, la aparición de alguna anomalía, los científicos no suelen desesperarse. Si cuentan con una teoría bastante bien confirmada, como es el caso de las hipótesis sobre la translación y la rotación de la Tierra, confían en que tarde o temprano se hallará la manera de compatibilizar la anormalidad con la teoría estándar, cómo ocurrió con las irregularidades de la órbita de Urano, resuelta, como hemos visto, con el descubrimiento de Neptuno. No se descarta que sea necesario, pues, suplementar con nuevas hipótesis la teoría vigente hasta el momento, pero también puede ocurrir que se deban introducir cambios más serios, es decir, modificar de una manera substancial las hipótesis de la teoría preexistente o reemplazarla por una teoría bastante diferente. El experimento de Foucault ilustra de qué manera hipótesis referidas a situaciones imposibles de observar directamente (como sucede en general con las hipótesis que contienen términos teóricos) puede encontrar apoyo inductivo indirecto gracias a la observación de algunas de sus consecuencias. Hemos dicho que la metodología inductiva preconiza tener en cuenta las donsecuencias observacionales de sus hipótesis como el medio idóneo para estimar la confirmación de una teoría y, por ende, la posibilidad de que sea

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verdadera. También hemos dicho que el número de consecuencias observacionales que se ajustan a las predicciones derivadas de las hipótesis incrementa su confirmación. Pero además hemos señalado que la variedad de las clases de observaciones que apoyan las hipótesis sometidas a contrastación adquiere suma importancia. Por ese motivo, el episodio narrado en el capítulo 1, sección 5.2.4 acerca del descubrimiento de Neptuno, un planeta cuya existencia no habría sido siquiera sospechada en la época de Newton, constituyó una confirmación formidable y brillante de la teoría newtoniana. Del mismo modo, la particular relevancia del experimento de Foucault radicaba en que -si bien las hipótesis referidas a los movimientos de la Tierra contaban ya con numerosísimas confirmaciones fundadas en el éxito de explicaciones y predicciones de numerosísimas observaciones astronómicas— se trataba de una observación de una clase totalmente diferente, un fenómeno bastante sencillo pero inédito que se percibía en el propio entorno inmediato sin necesidad de dirigir a vista al cielo. El breve examen que hemos realizado de la experiencia de Foucault, así como de otros ejemplos considerados previamente, muestran que la concepción epistemológica de los inductivistas críticos proporciona una reconstrucción plausible de la forma como se desarrolla la contrastación de las teorías científicas. Sus exponentes creen que su análisis de los procedimientos subyacentes en el conocimiento cotidiano y en la investigación científica permite entender por qué en ambos casos el conocimiento resulta, en general, exitoso. Pero esa reconstrucción no pretende ser una descripción estricta, una crónica, del comportamiento de los científicos, porque la labor profesional está inscripta en el insondable complejo de la existencia de los hombres de ciencia que como todas las personas viven inmersos en un contexto psicológico, histórico y social. La metodología presentada por el inductivismo crítico es un modelo esquemático que procura recoger un conjunto de criterios que pueden

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considerarse presentes, aunque no únicos, en la investigación científica, y en buena medida responsables del éxito de esa empresa.