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MATEMÁTICAS Y HUMANISMO *

Honrosa, y a la par difícil, es la misión que se me ha encomendado en el día de hoy, al confiárseme el Discurso de Clausura del III Congreso Bolivariano de Matemáticas. Entiendo que esta distinción me ha sido conferida, sencillamente, por ser Rector de una Universidad donde el estudio de las matemáticas ocupa un lugar preeminente, tanto por el aspecto instrumental que ellas poseen en relación a las diversas ramas técnicas que enseñamos en nuestra institución, como por la importancia que en sí mismas tienen –en cuanto matemáticas puraspara la configuración científica y espiritual de nuestro tiempo. Pero esta preeminencia que se le confiere a las matemáticas en nuestra Universidad no es meramente casual, ni obedece a razones fortuitas o azarosas. Estamos conscientes de que si una Universidad quiere cumplir con eficacia su misión en nuestro tiempo, debe comprender que estamos viviendo un auge de las matemáticas sin paralelo en la historia y que este mismo hecho impone que ellas adquieran, cada día más, un sitio relevante y un papel fundamental en la formación intelectual de los estudiantes. Pero este matematicismo de los tiempos tampoco es casual, ni como se ha dicho obedece a circunstancias fortuitas o azarosas. Vivimos en nuestros días una radical transformación en la concepción del mundo y de la vida. En efecto, cada vez se hace más tangible el imperio de una concepción del mundo dominada por la técnica, como fruto o consecuencia de la aparición de una nueva modalidad de la razón en la historia –la razón técnica, la razón instrumental, la razón manipuladora, que ha venido a reemplazar a la razón pura y al pensamiento contemplativo y esencial. Ahora bien, esta razón técnica, este logos técnico que alimenta e inerva nuestra concepción del mundo y de la vida, requiere para ejercer sus funciones un tipo de pensamiento calculador que se opone, como he dicho hace un momento, al pensamiento contemplativo o esencial. Trataré de enhebrar algunas breves reflexiones para aclarar esta idea. Efectivamente, el logos técnico, la ratio-technica, es una suerte, modalidad o especie de logos, que sólo en nuestros tiempos se ha desarrollado o comienza a desarrollarse en su total plenitud. Cierto es que a lo largo de la historia ha habido atisbos de semejante logos y modalidades incipientes de la técnica; pero sólo en nuestros días, y sobre todo a partir de los últimos años, podemos decir que comenzamos a vivir dentro de una concepción del mundo donde

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Discurso de clausura que Ernesto Mayz Vallenilla, como Rector de la Universidad Simón Bolívar, dictara para el III Congreso Bolivariano de Matemáticas. Caracas, 17 de noviembre de 1971. Anexo de Cuadernos de Estudios Generales de la USB. Mecanografiado.

definitivamente predominará, como ratio o logos de ella, eso que hemos llamado ratio- technica, instrumental o manipuladora. Si revisamos la historia, vemos que tanto en el mundo griego, como en el cristianismo, en el renacimiento, e incluso en gran parte de la edad moderna, prevalecía una concepción del mundo y de la vida que era completamente opuesta a la que comienza a insinuarse en nuestro tiempo. Tanto el hombre griego como el cristiano, así como el renacentista o incluso el de la edad moderna, vivía en un mundo al cual concebía como algo dado y hecho. Dentro de ese mundo existían cosas, entes u objetos; y cada cosa o cada ente u objeto tenía su correspondiente esencia. En base a este orden esencial o eidético, existían también las leyes naturales, como aquellas ordenaciones generales que expresaban el comportamiento regular, necesario y universal de los entes, cosas y objetos del universo. Dentro de este mundo de cosas, entes, objetos, esencias y leyes naturales –dadas y hechas de una vez por todas, pensar y descubrir la verdad consistía en adaptarse contemplativamente a las cosas o entes, y arrancarles a ellos sus correspondientes eidos o esencias, o asimismo las leyes naturales que regulaban su comportamiento universal, permanente, necesario y definitivo. Pues bien: eso ha variado radicalmente en nuestro tiempo. La razón técnica, razón que es impulsada y dirigida primordialmente por una vertiente ontológica filiada en la voluntad de dominio o de poder sobre el universo, no admite que existan cosas hechas, entes definitivos, leyes naturales permanentes o invariables. Por el contrario, para semejante voluntad de dominio o de poder que dirige e impulsa al logos técnico, la meta primordial radica en enseñorearse sobre las cosas, sobre los entes, sobre el universo entero, colocando estas cosas, esos entes y el universo entero (incluyendo al hombre mismo entre ellos) a su servicio instrumental, valga decir, bajo su voluntad de manipulación y de dominio. Ahora bien, para una razón que busca dominar el universo, para una razón que aspira a enseñorearse sobre las cosas y sobre los entes, incluyendo al propio hombre, no pueden existir cosas, entes, esencias, ni leyes definitivamente dadas ni definitivamente hechas. Para esta razón, por el contrario, las leyes, las cosas, los entes, tienen que inventarse. En tal sentido, señores, el hombre de nuestro tiempo y especialmente el científico, como portador de la razón técnica, ha asumido el papel de un demiurgo frente a la actitud meramente contemplativa que prevalecía hasta nuestra época. En efecto, en el hombre de nuestro tiempo aparece hoy como actitud característica la de sentirse capaz –cual un auténtico demiurgode crear con su razón y su poder nuevas formas de vida, nuevas leyes naturales. El hombre, en tal sentido, no simplemente debe obedecer a la naturaleza, sino que frente a la naturaleza se halla para que ésta le obedezca. Seguramente, conocen y recuerdan ustedes las inmortales palabras de Kant en el Prefacio a la segunda edición de la Crítica de la Razón Pura, donde por vez primera, aunque no con la completa claridad con que la vemos

hoy en día, vislumbró cuál era la más radical revolución del pensamiento que iba a decidir el cauce de la segunda parte de la edad moderna. Voy a permitirme leer brevemente esas palabras para enhebrar con ellas algunas otras reflexiones sobre este mismo tema. En efecto, decía Kant:

Cuando Galileo hizo rodar sobre un plano inclinado las bolas cuyo peso había señalado, o cuando Torricelli hizo que el aire soportara un peso que él sabía igual a una columna de agua que le era conocida, o cuando más tarde Stahl transformó metales en cales y éstas a su vez en metal, quitándole o volviéndole a poner algo, puede decirse que para los físicos apareció un nuevo día. Se comprendió que la razón sólo descubre lo que ella ha producido según sus propios planes; que debe marchar por delante con los principios de sus juicios determinados según leyes constantes, y obligar a la naturaleza a responder lo que lo propone, en vez de ser esta última quien la dirija y maneje. De otro modo no sería posible coordinar en una ley necesaria, observaciones accidentales que al azar se han hecho sin plan ni dirección, cuando precisamente es lo que la razón busca y necesita. La razón se presenta ante la naturaleza, por decirlo así, llevando en una mano sus principios (que son los únicos que pueden convertir en leyes a fenómenos entre sí acordes), y en la otra, las experiencias que por esos principios ha establecido; haciendo esto, podrá saber algo de ella, y ciertamente que no a la manera de un escolar que deja al maestro decir cuanto le place, antes bien, como verdadero juez que obliga a los testigos a responder a las preguntas que les dirigen. De suerte, que bien se advierte que la física debe tomar la provechosa revolución de sus pensamientos a la ocurrencia de que sólo debe buscar en la Naturaleza (no inventar = nicht anzudichten, se dice en alemán) [óigase bien esto, porque después aludiremos a esta diferencia] no inventar aquello que la razón misma puso en conformidad con lo que desea saber, y que por sí sola no sería factible alcanzar. A esta revolución debe principalmente la física haber entrado en el seguro camino de la ciencia, después de haber sido por largos siglos un simple ensayo y tanteo.

Observen ustedes que Kant, con su genialidad característica, vislumbra cuál debe ser el camino; pero sin embargo, como lo he insinuado y remarcado en la lectura, hay ciertos matices de su pensamiento apegados todavía a cierto reato de pensamiento contemplativo, donde aún la noción de la verdad era la de la escolástica. En efecto, como ustedes saben, la noción de verdad de la escolástica era la de la adequatio y se definía en la célebre fórmula de: “Veritas est adequatio intellectus et rei”, valga decir: adecuación del pensamiento y la cosa. La verdad, en tal sentido, era el producto de una adecuación que el pensamiento hacía con la cosa, contemplando y arrancando de esta cosa su verdad, su razón, sus logos, o su esencia. Pues bien, volvamos a oír de nuevo a Kant: ¿Qué dice? Dice textualmente:

La física debe toda la provechosa revolución de sus pensamientos a la ocurrencia de que sólo debe buscar en la Naturaleza (no inventar), aquello que la razón misma puso en conformidad con lo que se desea saber, y que por sí sola no sería factible alcanzar.

Ahora bien, en eso de no inventar, es en lo que varía radicalmente nuestro tiempo –la era tecnológicacon respecto al pensamiento kantiano y, por supuesto, en relación a los primeros tiempos de la edad moderna. Hoy la razón, el logos o ratio-technica, inventa, crea, ordena nuevos mundos, nuevas leyes. No se conforma simplemente con adecuar el pensamiento a las cosas, pues no existen esencias ni cosas, sino que el mundo está ahí,

frente al hombre, para ser transformado y éste existe para ser un demiurgo. La razón técnica, el logos técnico, es aquél que, frente al perfil natural de las cosas o entes, trata de transformar en todos los sentidos a esos entes o cosas con el fin de aprovecharse de ellos, de ejercer su señorío sobre ellos, de manipularlos y ponerlos a su servicio, a fin de lograr en tal forma la dominación del mundo y del universo. La verdad, pues, ya no es simple adecuación. Pensar no significa adecuarse a las cosas. Pensar significa: inventar, crear las cosas. La verdad, por eso, se establece en base de la formal e inmanente coherencia del pensar consigo mismo. He aquí la fuente de donde arranca toda la prodigiosa fecundidad –pero también los peligrosdel formalismo matemático. Si pensar es inventar y la verdad de semejante pensamiento sólo tiene como límite y rigor la coherencia de aquél consigo mismo… ¡cuántos objetos y entes ideales es capaz de crear, imaginar, forjar el pensamiento humano! Atenido a semejante criterio, el ímpetu de la creatividad matemática no conoce otras fronteras que no sean las de la simple coherencia de sus axiomas con las conclusiones y consecuencias que de ellos se derivan formando un todo o sistema que carece formal e internamente de contradicciones. No voy a convertir estas palabras de clausura en una clase de epistemología; y menos de epistemología matemática, porque ya la osadía sería temeraria e insensata. Pero quisiera señalar, no obstante, que la más fecunda polémica entre los matemáticos contemporáneos –valga decir, entre los formalistas y los intuicionistaspuede rastrearse e incluso filiares en esa doble vía del pensamiento kantiano que hemos mencionado. En efecto, mientras los intuicionistas, sobre todo Brower y Kronecker, se atienen un tanto al clásico esquema kantiano (aunque para la “construcción” de los conceptos no acuden a una intuición a priori, ni mucho menos a una intuición empírica), los formalistas, especialmente Hilbert, tienden sus audaces construcciones axiomáticas a partir más bien de una modificación del mismo, apoyando tal modificación, sin embargo, en la posibilidad ya diseñada de que el pensamiento y la verdad se establecen y sostienen en base de una simple coherencia. Ahora bien, sin entrar a discutir cuál de estas dos ramas o concepciones tienen razón en sus planteamientos, quisiéramos brevemente recapitular algunas de las afirmaciones que hemos hecho –refiriéndonos, por último, a la concepción formalistapara enhebrar, en base de ellas, algunas reflexiones complementarias. En efecto, como hemos dicho, la razón técnica niega la existencia de los entes o las cosas dadas como hechas y definitivas. Asimismo, tampoco cree en la existencia de leyes naturales, ajenas e independientes del hombre. Por el contrario, esta razón técnica, para llevar a cabo sus fines, que son los de dominar el universo y ponerlo al servicio del hombre, ha tenido que construir un tipo de pensamiento, instrumentado por las matemáticas, donde el criterio de verdad está representado por la simple coherencia o concordancia formal de aquel pensar consigo mismo. Ahora bien, en base de esta vertiente (que es la que predomina en el formalismo) es posible explicarse, vgr. lo que sucede con el espacio de (n)

dimensiones, de uso tan común y corriente en nuestro tiempo. Sin embargo, siendo algo tan común en nuestros días, ese tal espacio de (n) dimensiones no hubiera podido ser concebido por Kant (como de hecho no lo fue) por impedírselo su propia concepción gnoseológica. En efecto, basándose la existencia de los objetos matemáticos en la construcción de los conceptos, y hallándose tal construcción atenida a una intuición, Kant sólo podía concebir la existencia de un espacio intuitivo semejante al euclideo, pero no la de un espacio imaginario, irreal, perfectamente in-existente, como es el de (n) dimensiones. ¿Qué es, pues, lo que ha sucedido? Lo que ha sucedido es que hoy la razón, sabiéndose omnipotente para inventar y crear nuevos entes u objetos ideales, se ha lanzado a crear esos espacios, cuya “existencia” y “verdad” nada tienen que hacer con la realidad empírica, sino que son producto de un pensamiento perfecta y absolutamente coherente consigo mismo, por cuyo efecto y acción se constituye una supranaturaleza que reemplaza a la realidad natural y a sus limitados objetos. Por ello, si es cierto que ese espacio de (n) dimensiones no existe en ninguna parte de la realidad empírica, nadie puede, sin embargo, negarle que es “verdadero”, ya que su “verdad” no sólo puede demostrarse matemáticamente, sino que su “existencia” (aunque irreal) es utilizada por el propio hombre para conocer y dominar el universo. No obstante –añadamos por últimosiendo algo sólo inventado, construido, forjado por el hombre, semejante espacio de (n) dimensiones, al igual que cualquiera otra criatura del demiurgo humano, no tiene ni puede tener “esencia”, en el sentido clásico del

término…

Detengamos aquí la reflexión y anudémosla con otras en parte ya sabidas, pero que,

a la luz de lo que sigue, adquirirán una nueva perspectiva. En efecto, como ya hemos dicho,

la ratio-technica, armada con su ímpetu matemático, no reconoce esencias y se siente capaz de inventar nuevos mundos, puramente formales y coherentes, a los que asigna un contenido verdadero porque sirven para dominar al universo. Ahora bien: ¿Es posible ensayar ese mismo procedimiento, de crear e inventar nuevos mundos y nuevas leyes, en la esfera de los valores y de la existencia del hombre? ¿O hay aquí algún límite? ¿Pueden, acaso, matematizarse los valores y la conducta humana, y dentro de la conducta, aquello que la alimenta, valga decir, la libertad del hombre? ¿Es cuantificable y mensurable la libertad humana, o es esa libertad un “plus” metafísico, característico de eso que se llama el

espíritu, distinto al soma, e incluso a la psiquis, y, por tanto, in-mensurable, in-cuantificable

y no-matematizable? En este Congreso se han escuchado voces que han aludido a la posibilidad de un humanismo fundado en las matemáticas. ¿Qué se quiere decir con esto? ¿Qué significa fundar un humanismo en las matemáticas? Entiendo que aquellos que creen en la posibilidad de semejante humanismo deberían plantearse, como cuestión previa, los límites de la matematización del universo. ¿Es posible, acaso, una mathesis universalis (tal como la denomina Leibniz), valga decir, un arte combinatorio o característica universal, donde todos

los entes y regiones (incluyendo al hombre, a su libertad y a los valores morales) sean mensurables y, por tanto, matematizables? ¿O existen, por el contrario, regiones entitativas del universo que no resisten ni son adecuables a la matematización? No voy a entrar aquí a solventar, ni siquiera a abordar, semejante problema. Quisiera solamente dejarlo señalado para llamar la atención y dar una voz de alerta. Ahora bien, sea cual fuere la respuesta que se le otorgue a semejante pregunta, creo que es mi deber, como humanista y educador, traer a colación, ante este ilustre Congreso, la siguiente cuestión: ¿cómo pueden ayudar las matemáticas al humanismo contemporáneo y a la educación en general de nuestro tiempo? Frente a esta pregunta me limitaré a decir sólo dos cosas. En primer lugar debo señalar que el humanismo de nuestro tiempo, sea cual fuere su dirección específica, no puede concebirse desligado de la técnica. Efectivamente, si el humanismo ignora la técnica, valga decir, esa revolución que sacude y conmueve a nuestra época, será un humanismo condenado al fracaso e inevitablemente nacerá como una simple criatura de museo. Por el contrario, si el humanismo quiere ser contemporáneo y servirle al hombre como guía y luz de su existencia, él debe brotar y enraizarse en los más profundos estratos de esa misma existencia, potenciada y sojuzgada por la técnica, en un movimiento dialéctico, creador y destructor al mismo tiempo. En tal sentido, si debe ser así, ese humanismo debe tener en cuenta las posibilidades que la técnica otorga y niega a la existencia humana, para lo cual deben esclarecerse los efectos que la praxis de aquélla ejerce sobre el hombre. Ahora bien, para conocer esa técnica y dominarla, así como para entender los efectos de su praxis, son absolutamente necesarias las matemáticas. En tal sentido, hallándose la técnica escrita en caracteres matemáticos, para entender su lenguaje, y por ende, sus efectos sobre la existencia, es necesario contar con aquellas matemáticas como instrumentos imprescindibles de todo humanismo. Ahora bien: si las matemáticas como afirmamosson un instrumento necesario para el humanismo… ¿son, acaso, también su finalidad? Señores: el objeto y la finalidad del humanismo, su meta y su misión, no son las matemáticas, sino el hombre mismo en cuanto creador de ellas. Las matemáticas pueden servir como instrumento a ese humanismo, en tanto ayuden a descubrir e iluminar los misterios del hombre, las interrogantes que constelan sus actos creadores, por cuya obra incluso existe esa prodigiosa posibilidad de conocer con pasmosa exactitud los infinitos confines de nuestro universo… Ahora bien, teniendo como finalidad y objeto al hombre mismo, debe ser también preocupación de ese humanismo hacer tomar conciencia a éste de la creciente alienación que amenaza a su existencia por obra de la progresiva tecnificación del universo. En tal sentido, siendo posibilitada semejante tecnificación por el incremento de una paralela matematización que se extiende por todos los ámbitos y regiones de entes, al humanismo corresponde la tarea de esclarecer y determinar los límites que debe respetar aquella

matematización si no quiere que bajo el pretexto de una “mathesis universalis”, se desvirtúe

y desconozca lo verdaderamente original e intransferible que tiene el hombre entre los

demás entes del universo. Si aquello llegase a ocurrir y bajo la apariencia de una “matematización” fuera el hombre objetivado y tratado como un ente cualquiera, el porvenir que lo aguarda es el de verse identificado progresivamente como una simple cosa, que en cuanto tal funcione al modo de un medio o instrumento al servicio de la omnipotente

voluntad de dominio que impulsa y dirige la técnica.

Por otra parte –añadiré por últimosería ocioso y superfluo señalar en este Congreso

la importancia que tienen las matemáticas para la educación en general y, en especial, para

nuestros pueblos latinoamericanos. En tal sentido, me atreveré a decir que el papel que le corresponde a las matemáticas en relación a la formación cultural y educativa de nuestros pueblos es doble. Primeramente el de servir –como lenguaje preciso y rigurosopara hacer que disminuya, y desaparezca si es posible, esa vacía y exuberante retórica que aqueja a nuestro modo de pensar y expresarnos como fruto de la peor herencia hispano-latina recibida. Frente a tal legado –del cual hacen indisimulado y frenético uso desde nuestros poetas, pasando por nuestros políticos, hasta nuestros pseudos pensadoresbien nos harían unas gotas de la sobriedad, el rigor, la precisión y hasta la sequedad del lenguaje matemático. Pero a parte del aspecto retórico, que ante todo se trasluce en la expresión y en el lenguaje, la más importante influencia a desear de las matemáticas sería aquella que ejerciera sobre la formación del pensar mismo. En efecto, en nuestra educación, donde casi nadie se preocupa por formar en el alumno una mente lógica y coherente, donde tanta confusión y desorden prevalecen en el pensar de aquellos mismos que enseñan, indispensable es sembrar el hábito del orden, del rigor, de la coherencia y la claridad que distinguen al razonamiento matemático. Semejante sentido formativo no es sólo deseable para aquéllos que piensen dedicar su vida al cultivo de las disciplinas científicas, sino también para todos los que, por cualquier circunstancia, tengan una tarea de dirección en sus manos. Sin ese orden, sin ese rigor, sin esa coherencia y esa claridad, mal pueden los dirigentes de nuestros pueblos intentar pensar con lucidez y profundidad cuáles pueden ser las metas que debe alcanzar nuestro continente en esta hora crucial de su destino. Señores: perdonen ustedes la osadía que he tenido, como filósofo, al atreverme a tocar tan graves y delicados temas del mundo matemático. Pero ¡ay! de aquél que no se arriesgue a interrogar lo desconocido y lejano. Sólo quien a ello se aventure –tocando los límites de lo extraño e ignoradoserá capaz de tomar conciencia de su propia finitud y admirar la inmensurable fuerza creadora que distingue al espíritu del hombre. Con estas palabras declaro concluido el III Congreso Bolivariano de Matemáticas.

Caracas, 17 de noviembre de 1971