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GLOBALIZACIÓN Y LA 'NUEVA' MORFOLOGÍA DE LA CIUDAD LATINOAMERICANA

En la última parte del texto se ha mostrado la vigencia de nuevos dis- cursos sobre la ciudad, encuadrados en el impacto de la globalización so- bre los procesos urbanos. Sin embargo, la evaluación de su pertinencia requiere necesariamente examinar la morfología social y física de la ciudad latinoamericana, asociándole, necesariamente, con los cambios económi- cos en la región derivados de los procesos de globalización y el tránsito hacia un nuevo paradigma de desarrollo que Gwynne y Kay (2001) defi- nen como neoliberal, sostenido en la apertura total al mercado global, el sacrificio de las actividades identificadas como 'no competitivas', la dis- minución de la intervención estatal en muchas esferas de la vida económi- ca y social y su reorientación a proveer nuevas 'ventajas competitivas' a través del desarrollo de recursos humanos que respondan a las exigencias del mercado global (p. 13). Es necesario establecer, empero, que tal proceso no es una ruptura sino una continuidad en la dinámica de reestructuración económica dependiente iniciada en la década de los 70. Así, citando a Roberts (1995), conviene reco- nocer que a pesar de que hoy tenemos unas dinámicas económicas y sociales diferentes a aquellas imperantes hace 30 años, las contradicciones del capita- lismo que daban forma a las ciudades latinoamericanas, siguen siendo esen- cialmente las mismas. Entonces, la urbanización contemporánea, como pro- ducto del desarrollo y la expansión capitalista, ha generado en la región una morfología social y urbana propia de espacios dependientes o, como los cali- fica Santos (1991) espacios derivados, en los que las nuevas formas resultan- tes de la intervención de nuevos actores, se mezclan con formas anteriores que siguen reproduciéndose ante la no resolución de las contradicciones. Un ejemplo de esto último es la incapacidad de la economía urbana para absor- ber el exceso de mano de obra y la generación de una dualidad permanente tanto a nivel social, como físico.

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¿Cuáles son, entonces, los elementos característicos de la morfología social y urbana de la ciudad latinoamericana hoy?. Para responder es nece- sario indagar si, como ejemplifica Martinotti (1997) pata Europa, ha sur- gido una nueva morfología social de las ciudades, entendida por tal una nueva distribución y organización de los grupos sociales dentro de la ciu- dad. En ese sentido, varios autores (Angotti 1996; Borsdorf 2003; Clarke y Howard 2001) entre otros, coinciden en plantear que ha surgido un nuevo escenario urbano caracterizado por la marginalización, la mettopolización de la pobreza (Brito 1998), la segregación y autosegregación creciente, la caída del empleo y el crecimiento del sector informal. En esa nueva estratificación social, la organización de los grupos sociales en la ciudad es en gran medida dependiente de nuevas maneras de articulación de las empresas a las economías nacionales e internacionales (Klein y Tokman 2000), en tanto ellas redefinen la división urbana del trabajo y las posibilidades de localización residencial, así como las priori- dades de infraestructura.

Así, Portes (2003) identifica, a partir de una análisis comparativo de la estructura de clases en América Latina con respecto a 1989, cuatro cambios fundamentales: Un visible crecimiento en la desigualdad del ingreso, una persistente concentración de la riqueza, una rápida expansión de la clase de microempresarios (como respuesta a la caída del empleo gubernamental) y el crecimiento del proletariado informal. De lo anterior se deriva la conforma- ción de 3 grandes clases que estructuran hoy la sociedad latinoamericana y condicionan la morfología urbana de sus ciudades:

Las clases dominantes. Compuestas por los capitalistas, ejecutivos y profesionales con funciones de responsabilidad. Esta clase corresponde en promedio al 10% de la población económicamente activa pero obtiene ingresos en promedio 13 veces por encima del ingreso mínimo de subsis- tencia (línea de pobreza) que no alcanza a recibir casi el 75% de la PEA (p. 59).' En esta clase, uno de los grupos que más sintieron el impacto del proyecto neoliberal ha sido el de los ejecutivos o managers, consentidos por la creciente terciarización de la economía y la reestructuración de las funciones del estado, aumentaron considerablemente sus ingresos y dieron lugar a un nuevo estrato o grupo gerencial, que absorbió eficazmente los

1 Según datos de la (CEPAL 2004) el 10% más rico de la población concentra, en el prome- dio de varios países, el 36,5% de la riqueza y el 30 % más rico el 63.6%. En el país más desigual que es Brasil, tales porcentajes son del 46,8 % y 72,3 % respectivamente.

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discursos de competitividad y globalización. Por ello, son identificados como participantes de una ideología corporativista e internacional (Klein y Tokman 2000). La pequeña burguesía. Integrada por microempresarios y trabajadores no manuales, tienen como función, en términos de Portes (ibid), vincular la economía capitalista, liderada por las clases dominantes, con las clases traba- jadoras informales de la base de la jerarquía (ibid., 45).Este grupo aparece como uno de los de mayor crecimiento en los años recientes debido a la contracción del empleo público y del sector privado formal (grandes compa- ñías). Estas últimas redujeron su participación en el empleo urbano de un 44,1% en 1980 a un 30% en 1992 (Clarke y Howard 2001). Tal situación obligó a un alto porcentaje de esta población a la búsqueda de alternativas de autoempleo, lo cual explica el crecimiento de la microempresas que, en datos de Klein y Tokman (2000, 17), generaron en 1998 el 100% de todos los empleos urbanos, y el 61 % de todos los empleos en los años noventa. Este gtupo tiene salarios equivalentes a 5 veces el ingreso de línea de pobreza (Por- tes 2003, 59). El proletariado. Corresponde a los trabajadores manuales y es subdi- vidido en formal y no formal, constituyendo la mayot parte de la pobla- ción económicamente activa (más del 80% según datos de Portes (ibid. P 57)). Sin embargo, los ingresos que obtienen son inferiores en 4 veces el valor que divide la línea de pobreza. El grupo fue severamente afectado por los procesos de globalización y desregulación que atacaron los salarios con una pérdida real de su poder adquisitivo 2 , una creciente informatización del trabajo y un aumento considerable de la diferencia de ingresos, (entte 40 a 60 % entre 1990-1994), con respecto a los profesionales (Klein y Tokman 2000). En ese sentido, el subgrupo de mayor crecimiento ha sido el de los trabajadores informales, que se estima corresponden a más de un tercio de la población económicamente activa y que se encuentra marginada de las relaciones capitalistas modernas (Portes 2003, 53). En el proletariado formal Klein y Tokman (2000) resaltan el impacto de la maquila y la incorporación, en condiciones frecuentemente precarias, de una importante cantidad de mano de obra, especialmente femenina. Es- tos fenómenos conducen a la formulación de la idea de cómo las econo-

2 Klein y Tokman (2000: 11) encuentran, por ejemplo, que los salarios industriales están hoy pot debajo de los niveles de 1980.

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mías urbanas, y especialmente los empleos, en América Latina se han crecientemente informalizado en las dos décadas anteriores, con impac- tos importantes en la motfología social y física expresados en el debate y conflicto permanente alrededor del espacio público y el mantenimiento de espacios residenciales precarios, no como elementos residuales de la ciudad, sino muchas veces como la mayor parte del espacio construido. En síntesis, la estructura social de la sociedad latinoamericana se ha polatizado aún más en las dos últimas décadas de liberalización económica, con unas tendencias marcadas hacia el debilitamiento de una proporción importante de la clase media, principalmente aquella que había derivado su estatus de la contratación pública en las décadas de los 60 y 70 (De Oliveira y Roberts 1996), la caída de la clase trabajadora ante la reestructu- ración del trabajo, el aumento del proletariado informal empujado por la precarización del empleo industrial y del rango bajo de los servicios, a la vez que la incapacidad de las economías urbanas para generar suficiente empleo, presionado también pot la destrucción de las economías agrarias y la concentración de migrantes campesinos en las ciudades. En contraparti- da el sector más calificado de la fuerza laboral aumentó considerablemente sus ingresos, al igual que los capitalistas que sobrevivieron o se integraron a la nueva lógica liberal. Ante este panorama, nuevas estrategias fueron desarrolladas por los dife- rentes grupos y fenómenos como la migración internacional o la creciente economía del crimen, surgieron como "estrategias adaptativas" a las conse- cuencias económicas del proyecto neoliberal (Portes 2003, 75). En ese mis- mo orden de ideas, Klein y Tokman (op cit.), siguiendo a Castañeda, ejemplifican que en la sociedad latinoamericana han aparecido nuevos gru- pos de población que son dependientes de la articulación de las economías nacionales al mercado global, sea en la forma de remesas de los migrantes, de la sostenibilidad de las exportaciones (incluida la maquila) o de los ingresos generados por el turismo internacional. Para estos autores, tales grupos ma- nifiestan nuevas formas de organización social que se traslada a la vida urbana

y lleva, según ellos, a incluso redefinir conceptualmente la categoría de clase social (p. 29). Revisemos ahora como se traduce la acción de éstos grupos en la ciudad

y particularmente como generan nuevas formas urbanas y/o transforman las antiguas. Uno de los procesos que más ha llamado la atención de los investi-

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gadores ha sido la de los conjuntos cerrados 3 , reconocidos como una varia- ción de las tendencias urbanas norteamericanas donde el interés por ambien- tes rurales, sumado a la excelente infraestructura y la capacidad económica, empujó a las clases medias-altas y altas hacia los bordes metropolitanos. En ese sentido el estudio de las "gated communities" se considera especialmente arraigado al discurso de la escuela de los Angeles (Salcedo y Torres 2004) y para América Latina se entienden como una consecuencia del modelo neoliberal, no solo en tanto los hizo posible a través de la desregulación eco- nómica y la penetración profunda del capital financiero en el mercado inmo- biliario, sino también porque impone, al nivel de la vivienda, un estilo de vida globalizado que evidentemente solo pueden adoptar las clases altas, co- nectadas a la economía global (Coy y Pohlet 2002, 363). Así, los cerrados se erigen como la manifestación más evidente de una ciudad crecientemente fragmentada donde estas formas adquieren el estatus de "islas de riqueza", frente a una población mayoritaria empobrecida que, sin embargo, busca localizarse estratégicamente cetca de ellas para aprovechar el empleo terciario en servicios que ofrece, generándose así una coexistencia funcional entre las áreas ricas y pobres (ibid.). 4 Las implicaciones de este fenómeno son variadas. El énfasis mayor se hace sobre la privatización del espacio público, en tanto los equipamientos urbanos se consideran privados y accesibles solamente a los habitantes de los

3 La complejidad de este tipo de formas hace que frecuentemente se designe como tal a diferentes tipos de esttucturas residenciales, heterogéneos en la composición y hábitos de sus habitantes, que se homogenizan con esta adjetivación. Seguin (2003) identifica al menos dos grandes categorías, los barrios residenciales cerrados y los clubes de campo (que en la jerga local para Bogotá se asemejan más a la figuta de condominios). En todo caso es de resaltar que aunque en las capas medias y populares se presentan conjuntos habitacionales cerrados, estos no pueden asimilarse en las características socioculturales de sus habitantes a las comunidades autosegregadas de las clases altas que son el objeto central de estos estudios. Bosdotf (2003) incluso evidencia la ptogtesiva transformación de estos cerrados en verdaderas ciudades- pueblo autosuficientes. 4 En ese sentido (Salcedo yTottes 2004) encuentran, en su estudio de Santiago, que los cerrados pueden ser, contrario a las tesis mas comunes, vehiculizadores de una interacción mayor entre diferentes clases. En mi opinión lo que se evidencia es que las manifestaciones espaciales de las élites no son independientes de los patrones de ocupación de ottos grupos, y todas las decisiones de localización en la ciudad están mutuamente interconectadas. Se ratifica así la interpretación dependentista de la dualidad de la ciudad latinamericana cjue es antagó- nica en sus expresiones físicas (morfología), pero funcionalmente tales elementos opuestos son complementarios.

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condominios. (Séguin 2003) recalca igualmente que tal privatización con- duce a la erosión de la cohesión social en términos de proyectos utbanos colectivos y búsqueda de reducción de las desigualdades, aumentando la se- gregación de clases en la ciudad. Es necesario considerar, empero, que la autosegregación en comunidades cerradas es solamente un nuevo mecanis- mo de exclusión en reemplazo de las viejas prácticas de control social, las cuales siempre estuvieron presentes en la ciudad latinoamericana, tal como lo plantea Caldeira (citado pot Seguin 2003, 180) 5 . Un segundo elemento ha sido el carácter extraterritorial de estos comple- jos donde se erigen formas de gobernabilidad comunitaria en muchas ocasio-

nes impuestas como política de admisión (Coy y Pohler 2002; Séguin 2003)

y que los coloca por fuera del control y la planificación pública (Coy y Pohler 2002), igual que de los reglamentos que rigen el resto de la sociedad urbana. Sin embargo, y principalmente para el caso de América latina, la construc- ción de este tipo de urbanizaciones está fuertemente garantizado por los go- biernos urbanos; ya sea porque la seguridad es ofrecida en gran medida por las fuerzas policiales del estado, como lo muestra Salcedo y Torres (Op. Cit

, 35) ilustrando como la consolidación del conjunto cerrado hace llegar las

fuerzas de seguridad; o porque los cerrados son dependientes de la infraes- tructura de comunicación, (Coy y Pohler 2002, 357), la cual generalmente es proveída con una participación mayotitaria de recursos públicos, (así su administración sea privatizada). Finalmente, es necesario enmarcar la evolución de los cerrados en el con- texto de la localización y desatrollo de otros usos y actividades en la ciudad (Femandez-Maldonado 2002, 185). Así, estos nuevos desarrollos presionan el desplazamiento de las actividades productivas hacia la periferia y condicionan la inversión de la infraestructura vial y de servicios públicos que, al servir a

5 Qu e incluían la cultura, la servidumbre, el adoctrinamiento teligioso y diferentes manetas pata disponer "adecuadamente" a los ciudadanos en la ciudad según su condición de clase o

etnia. Com o ilustración basta citar la forma como se da la dispersión po r clases que describe Romero para la posguerra (Romero 1999: 429) o el papel de las estrategias de planificación

que "desde las leyes de indias,

la propiedad privada" (Angotti 1996: 21), mecanismo eficaz para segregar el espacio urbano. Técnicas evidentemente más sutiles que la violencia política la cual, empero, también ha sido profusamente utilizada; a ese tespecto es válido traer como ejemplo el caso de Ciudad de Guatemala, ilustrado po t (Portes y Dore 1996: 51), donde se señala como los altos niveles de tepresión estatal hicieron innecesario el desplazamiento de las élites hacia los suburbios.

han sido importadas del norte y han reforzado el régimen de

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espacios periféricos y discontinuos, se hace más costosa, postetgando inversio- nes importantes en las áreas más deprimidas de la ciudad. Sin embargo, el impacto mayot se identifica respecto a la relación con los espacios de consumo. Los patrones globalizados de consumo cultural de las clases altas y media-altas estimulan la construcción de centros comerciales en los bordes metropolitanos (o al menos en las periferias urbanas cuando los procesos de metropolización no son masivos), dotados de numerosos servicios e igualmente atraen la locali- zación de actividades extensivas en uso del suelo (universidades, colegios bilin- gües, clínicas, clubes). Para Capron (2002) la aparición de estos nuevos objetos urbanos (centros comerciales y cerrados) ha modificado los esquemas de orga- nización urbana, dinamizando especialmente la policentralidad en la ciudad y reconfigurando la estructura alrededor de las grandes autopistas cuyos ejes, muchos heredados desde los cincuenta, condicionan la localización de los cita- dos objetos. Una argumentación verificada empíricamente para Ciudad de México, por Aguilar y Ward (2003) quienes identifican la progresiva confor- mación de una estructura multinuclear en el área metropolitana, basada en la conformación de una "periferia extendida" que se hace cada vez más importan- te en la comprensión de los procesos de crecimiento de las megaciudades lati- noamericanas (pp. 13 y 18). 6 Ahora bien, no deja de ser irónico que una parte importante de los análi- sis urbanos se orienten al estudio del comportamiento espacial de las élites, a pesar de que, por otro lado, los procesos de urbanización informal, que marcaron la configuración de la ciudad moderna latinoamericana, siguen constituyendo un porcentaje mayoritario del espacio construido. Efectiva- mente, Clichevsky (2000) ha mostrado que la informalidad sigue siendo espacialmente dominante y en la década de los noventa habría incluso creci- do frente a la urbanización formal (p. 13). Igualmente Abramo (2003, 176) recalca que en América Latina gran parte del suelo urbano ha sido ocupado a partir de una lógica de la necesidad y de relaciones informales de mercado. 7 Diversos análisis de la dinámica de las favelas en Brasil también ilustran la

6 Para Bogotá (Barco 1998) ha identificado varias centralidades, que sin embargo, distan bastante de ser subcentros complejos con servicios y actividades suficientemente impottantes como para competit con el CBD expandido de la ciudad. 7 Contrapuesta a la lógica del estado (de bienestar) y del mercado informal que domina en las ciudades de países desarrollados. El mismo autot opone, igualmente, dos lógicas en la locali- zación residencial, la de las clases altas privilegiando estándares de calidad de vida, calma, baja densidad, y la lógica de las clases bajas, detetminadas por la necesidad del abrigo y por la accesibilidad a los medios de superviviencia que ofrece la ciudad.

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magnitud del fenómeno; Perlman (2003) señala, por ejemplo, que la pobla- ción favelada en Río de Janeiro pasó de representar el 7,24% del total en 1950 a un 18,66% en el 2000, si bien también se recalca que la expansión de este tipo de urbanización hacia las áreas metropolitanas ha sido pequeño, principalmente por la fuerte dependencia locacional del pobre frente a las redes de transporte y el empleo terciario de servicios inferiores, generalmente disponible en el centro de la ciudad y en los barrios ricos. Tarchópulos (2003), de su lado, recalca que la urbanización clandestina, desarrollada en condiciones de escasa habitabilidad, responde a una lógica mer- cantil tanto del sector formal e informal, con explotación intensiva del suelo, principalmente a partir de altas densidades y en desmedro de los espacios colec- tivos. Igualmente las políticas de formalización han contribuido mas bien a estimular la urbanización informal y aumentar los gastos para el pobre en la figura de impuestos y servicios (Clichevsky 2000, 35); otras políticas de vi- vienda social han sacrificado enormemente la cantidad de espacio para las fami- lias. 8 y se corresponde más con la intención del gobierno urbano de hacerlas rentables para los promotores inmobiliarios, que de reconocer las necesidades de los usuarios de la vivienda (Tarchópulos 2003, 10). Así, se configura para las ciudades latinoamericanas un proceso de urbani- zación jalonado por las oleadas de migrantes, ahora en gran medida interurba- nos ante el agotamiento en muchos países de las fuentes rurales de población (CEPAL - Centro de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos 2001, 35), que extienden las ciudades en amplias áreas metropolitanas, ocu- pando en muchas ocasiones espacios de poca vocación urbana (laderas y humedales); las mayores áreas ecológicas en la ciudad están ocupadas por el pobre (Ward 1998, 76). En ese sentido Rocha (2000) califica de metropolización de la pobreza el proceso de crecimiento, no solo de las ciu- dades, sino especialmente de los pobres como un número cada vez mayor de los habitantes urbanos. 9 Ello tiene impactos importantes sobre la estructura

8 En Bogotá, mientras una unidad tesidencial de estrato 4 (clase media) tiene en promedio 90 m", las unidades consideradas de "intetés social", (incluidas una patte importante de las diseñadas con el proyecto metrovivienda), tienen un área de 35 m"; bastante menos que la vivienda informal que generalmente supera los 50 m". 9 La misma aurora (ibid.) recalca que, ante la complejización que para la economía urbana significa su creciente dependencia de los ciclos económicos extemos, la pobreza se convierte en un indicador altamente variable. Así, por ejemplo señala que en Sao Paulo los pobres pasaron de reptesentat el 33.6% en 1990 al 41.9% en 1993; hacia 1995 la pobreza se tedujo en un 11% en todo el país y se estabilizó para los años siguientes (p. 12).

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urbana, incluyendo, además de la citada urbanización informal, la densificación de los antiguos barrios populares y la relocalización de la población pobre de los centros urbanos en los procesos de gentrificación. Como ilustración de estos dos últimos elementos, convienen mirar la situa- ción de Ciudad de México, donde la mayot parte de los asentamientos informa- les que se habían levantado en la década de los 50 y 60 fueron densificados a los largo de los 80 y 90 (Ward 1998). 10 Esta densificación de la antigua periferia responde, por un lado, al agotamiento de las tierras cercanas a los centros y subcentros urbanos, pero también al hecho de que estas periferias fueron literal- mente engullidas e incorporados para "conformar el anillo intermedio de la ciu- dad" (ibid., 66). Igualmente el proceso de consolidación implica la expansión de los grupos familiares que, ante la dificultad del acceso a vivienda, invierten en la ampliación y construcción de nuevas unidades habitacionales y así no es extraño encontrar varias generaciones viviendo en la misma unidad de suelo, donde se han añadido en altura más unidades residenciales. Como resultado, las ciudades latinoamericanas mantienen unos valo- res de densidad altos respecto a sus contrapartes europeas, aunque similares o inferiores al de las megaciudades africanas y asiáticas (cuadro 2.). Ello pone en escena los procesos de gentrificación que se han desarrollado en el centro de las ciudades latinoamericanas. En ese sentido Fernandez- Maldonado (2002) encuentra que tales centros, en su mayoría, han estado cayendo en población; fenómeno estimulado por el estado que busca la recuperación de éstas áreas, ya sea formulando proyectos de vivienda para clases medias, y en no pocas ocasiones expulsando por la fuerza los habi- tantes de los centros históricos. Ilustración de tales acciones son identifica- das por Lungo y Baires (2001) para varias ciudades, donde los proyectos de renovación han significado el desplazamiento de los grandes grupos de población hacia las periferias pobres; en ocasiones de manera dramática como ilustra para Santo Domingo (p. 6), aunque también se han implementando proyectos de mejoramiento del habitat marginal (ibid., 8), que es el caso de las favelas brasileñas, sometidas a excesiva presión como para ser desalojadas sin riesgo de una explosión violenta. "

1 ° La consolidación de un mercado informal de la vivienda también es analizada en detalle pot (Abramo y Faria 1998) para la ciudad de Río de Janeiro. 1 ' Uno de los procesos más complejos de revitalización urbana fue desarrollado durante los últimos años por la administtación distrital de Bogotá. Para tal efecto se arrasaron completa- mente 11 hectáteas del centro de la ciudad y se invirtieron más de 6.5 millones de dólares para

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Cuadro 2. Densidades urbanas para algunas ciudades en habitantes/hectárea.

La Paz

142

Sao Paulo

69

Toronto

78

(2001)

Río de Janeiro

44

Gran Santiago

96

Nueva York

96

(2000)

Bogotá

110

Delhi

144

Amsterdam

36

San Salvador

82

Lagos

69

París

36

Quito

91

El Cairo

346

Leipzig

32

C. de México

260*

Madrid

50 **

Melbourne

26

Datos: World

páginas we b d e las

Development

Report

1999/2000,

(**

p. 220; *Ward

respectivas ciudade s

2003) .

(1996)

y

Es importante también señalar, siguiendo a Ward (1998, 79), que en muchas ocasiones los procesos de renovación urbana no han dado los resulta- dos esperados, comparativamente con procesos similares en ciudades euro- peas y norteamericanas, entre otras razones por el significativo número de pobres que viven, (habitando y de las actividades económicas) en el centro de las ciudades. Este elemento introduce, en la discusión de la morfología social de la ciudad latinoamericana, la problemática del comercio informal (calle- jero) y la dificultad que encuentran los gobiernos urbanos para armonizar la defensa del espacio público con las altas tasas de desempleo urbanas, a la vez que se exacerba el conflicto social entre las clases medias y altas que deman- dan una ciudad ordenada y la realidad de unos grupos al margen de la econo- mía urbana que desarrollan ya sea una economía informal o una economía criminal. De esta manera, el potencial de conflicto es tan alto que el sectot privado difícilmente invierte en grandes proyectos en el centro renovado, aparte de que en unas sociedades donde el estatus es importante y se define en gran parte por la localización residencial, vivir en el centro de la ciudad no es atractivo para las clases medias-altas (ibid. 80). Para concluir, señalemos que en los procesos de dinámica de expansión y relocalización residencial, a la segregación generada por los procesos ya ilus- trados, se añade el desplazamiento de una fracción de las clases medias que, ante la reestructuración económica impuesta por el neoliberalismo, se ha

recuperar "el cartucho", una zona deprimida casi aislada socialmente del testo de la ciudad y donde se concentraban actividades delincuenciales de todo tipo. Hoy, aunque el atea dettiba- da se mantiene como un vacío en el centro de la ciudad, las actividades ilegales siguen desarrollándose y, ante el desalojo, se han comenzado a afectar las áreas cercanas donde tien- den a concentrarse los grupos marginales, generalmente drogadictos y petsonas sin vivienda fija, que poblaban la zona (Espejo 2004),

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empobrecido y ha debido buscar residencia en barrios de trabajadores o en áreas de menor costo del suelo (Lungo y Baires 2001). Para algunos (De Oliveira y Roberts 1996), esta situación contribuye a la disminución de la segregación, pues permite una mayor interacción entre clases: Otros autores, por el contrario ven en tal proceso nuevas formas de segregación, donde las clases de mayores ingresos se segregan incluso de las clases medias (Clichevsky 2000: 39).