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Prólogo a la prueba de muestra:

La única manera de que lea estás líneas es por algún interés que pudiera acaparar mi patreon, por obviedad tenía que poner algo gratis como muestra de mi interés. Esto que quizá quiera leer fue un sueño de hace unos meses, la prueba necesaria de que en realidad subo contenido con más de 10 párrafos, no como toda esa puta poesía empalagosa que podría encontrar en autores nuevos. Por supuesto que como lo dice mi página, lo mío es la filosofía y la poesía.

No soy marica, sé que éste contenido no podría tener popularidad, ahora lo que se debe de hacer es el ridículo o llamar la atención con banalidades. Así que escribiré sobre temas clichés y toda la bosta que la internet marca como tendencia popular.

Carta Póstuma:

Nacimos enteramente para amar, el odiar son efectos colaterales del amor desbordante. Dos graves errores, el primero, desconocer que el único y verdadero amor es el obsesivo, y segundo, creer que el amor más intenso es que el ofrece otro ser humano -una madre o un hijo-. El amar a una mujer sin celarla, amar a una madre sin respetarla o amarse a uno mismo sin criticar; no es amar a medias, simplemente no es amar.

No dudaría nunca en matar un ser humano que lo mereciera, un ladrón sin moral o un asesino sin criterio, pero jamás a una bebé. Aunque he perdido la cordura y ya no aprecio correctamente mi realidad, podría dar fé de que hablo de un sueño, lo recuerdo vivamente, en especial a la bebé de no más de dos meses sumergida en agua con cebolla, por obra culinaria mía. Nunca le despoje de su vestido o sus zapatos, estaba sólo allí sumergida agonizante. Realmente no recuerdo haber sido yo quien la sumergiera pero me agarro un dolor incontrolable y tuve que sacarla, allí me fijé que su cuello ya partido estaba girado 110 grados mas seguían sus quejidos agonizantes. No lo soporte más y después de tres intentos fallidos logré que 270 grados hicieran traquear la indeleble tráquea. Sin escatimar tiempo en moralidades, le introducí de nuevo en la olla pitadora y le di ruedo a la leña.

Amé a esa pequeña, mas no recuerdo haberla comido, obsesionado por la idea de que no fuese un simple sueño; cada vez que inhalaba o me remojaba los labios, un sabor intenso a sangre me recorría el cuerpo y entraba en la inconsciencia sin dar lugar al tiempo. Un día en medio de aquellos letargos de inexistencia, desperté en una casa que conocía pero que aun así no tiene relevancia mencionarla, una simple nimiedad pero fui consciente de que aún no había despertado. Lo que me despertaba era el sonido de un teléfono que al contestarlo me informaba, un niño que sólo conocía en el sueño, que la había encontrado muerta, a mi amiga, mi enamorada, la cual no correspondía a mi amor, aun así era mi todo -de nuevo he de mencionar que todo hacía parte de un sueño pues en realidad aquella enamorada apenas si he llegado a hablarle un par de veces-. Entré en pánico, no sabía si había mal interpretado el mensaje y al llegar allí encontraría el cuerpo putrefacto de la pequeña en la pitadora o verdaderamente a mi enamorada. Encontrar a mi enamorada muerta era lo que en verdad quería encontrar, en cualquier caso encontrarla a ella sería mejor que a mi pequeña.

En cuanto llegué vi a quien quería encontrar allí sobre la cama, a mi madura enamorada, le di una cachetada y un certero puñetazo en el pecho, nadie me impedía para que dejara de golpearla, quizá la gente a su alrededor aún conservaba el anhelo de verla viva. Tres golpes más en el pecho y me

pareció que la pata de gallina del ojo izquierdo se contraía frenéticamente. Con más insistencia le golpeaba el pecho y le vi abrir los ojos como a una ardilla, me miro y de la comisura de sus labios, me fijé, le escurría agua en demasiá pero fue hasta que tosió que los flechos de cebolla fueron a parar a todas direcciones. Por aquel instinto que sólo es concebido en los sueños giré de inmediato la vista hacía el rincón que al entrar no había observado y vi allí la pitadora. No estaba abierta, no se escuchaban lamentos, no veía prendas femeninas infantiles, quizá era otra olla pitadora. La lógica me mantenía cuerdo y mi amada resucitada seguía sin darle cuerda al parloteo. Seguía con los ojos de ardilla, de par en par contemplándome. Le dije que era normal que estuviese confundida pues yo bien sabía la sensación de irrealidad que produce la asfixia: primero se ha de rescatar la concepción de realidad, segundo las tres dimensiones que gobiernan nuestra realidad y finalmente el recuerdo del incidente de la asfixia. Tuvieron que pasar cinco minutos para que dejará de contemplarme y ahora se dirigiera al piso, gesticulé a los chismosos que cerraran la puertas tras de sí. Murmuró que no sabía dónde estaba y tuve que contarle sobre la llamada que minutos antes había recibido. El lector me tomará por fanfarrón por recordar textualmente sus palabras pero créame, las cosas que verdaderamente trastornan nunca se olvidan.

Y ruego a Dios todos los días antes de dormir que mi trastornada mente pueda conciliar el sueño sin tener que recordarlas.

Y en efecto desperté, aún temeroso seguía contemplando el vacío, creyendo yo que estaba soñando

mas estaba de pie contra un rincón como si fuese un caballo. Todo lo que videé no fue cuestión de horas pero las ventanas de mi habitación ya estaban opacas. ¿Qué sucede durante el tiempo de mis letargos? Desde aquel día, son cada vez más frecuentes y la olla pitadora siempre se manifiesta en

mis alucinaciones. Por supuesto que no necesito de un psiquiatra, ni de un exorcista, ya con anterioridad he sido mi médico y con éxito he logrado beneficiosos métodos para mi bienestar mental. Pero ahora estoy en la completa ignorancia.

No puedo dormir sin recordar el letargo del día porque prácticamente es un viaje diario, pero y por

qué no alucino con arcoíris y unicornios, siempre hay un ente sobrenatural y una clara alusión a aquella niña que soñé haber cocinado. Y temo ahora mismo diferenciar cuando estoy en letargo o cuando en verdad estoy presente. La experiencia me ha dotado de cierta perspicacia y agudeza óptica para encontrar matices de presencia paranormal o de mi pequeña niña. En cuestión de segundos logró aseverar la realidad del suceso e inmediatamente me planteó el cómo he llegado allí. Si cualquiera de las dos condiciones no se cumple, está claro que estoy en medio de un letargo. Justo antes de empezar a escribir me he cerciorado de ambas condiciones pero como temo el caer en letargo y videarme escribiendo y perder el hilo conductor de mi realidad, constantemente giro mi

cabeza para saber si alguna presencia paranormal se ciñe sobre alguno de mis hombros mismo compruebo y sigo en mi posible realidad.

Ahora

Hace mucho tiempo sólo esperaba ciertas horas precisas del día y el resto del día se me obligaba a estar cargando un fusil y mirar durante horas el vacío. Los días parecían tan largos y cada una de aquellas precisas horas era una meta diaria superada; y me complacía con un día más de inutilidad. Ahora desearía que el insensato reloj dejara de andar de una vez por todas, que se atreviera a desafiar las supuestas leyes de la física. Todo podría solucionarlo con el suicidio pero como ya dije anteriormente, estoy dispuesto a matar a cualquier humano que lo merezca, ¿Y en realidad lo

merezco? ¿No es suficiente ya morir cada instante sin poder darme cuenta? Espero y le ruego a Dios

se pueda apear en mis letargos y provocarme un paro cardíaco. O quizá si Él así lo desea una muerte

lenta y dolorosa, pero sabiendo que sería ésta la última, no se imaginaría amigo lector cuán gustoso estaría de recibirla.

Por supuesto que podría llegar algún día a acostumbrarme al mismísimo terror pero me temo que antes de que suceda, mi bienestar físico se vea afectado. No he empezado a escribir simplemente

para disimular el miedo constante que siento o para distraer mi mente en un punto fijo. Ya conté el incidente detonante que provocó mis letargos y los suplicios que he venido viviendo desde aquel. No

he adoptado la condición de narrador ni de intérprete, es éste mi texto póstumo, llegado a pasarme

algo.

Justo ayer creí que pasaría todo el día sin caer en la inconsciencia, mas sucedió justo cuando me disponía a caer exhausto en la cama. Claro está que vine a saber que fue en ese preciso momento después de haber cumplido con la guardia de mi letargo.

Me encontré en un parque muy conocido de mi ciudad, por inercia inspeccioné el lugar y es allí que veo una mamá amamantando una hermosa bebé vestida con la misma ropa con la que cocine a mi pequeña; cómo fue de esperar mi algoritmo interno se activó e inmediatamente me cuestioné el cómo había llegado allí y no logré responderme. Después de muchas semanas del detonante, era la primera vez que veía a mi pequeña, siempre supe que si sacaba valor para abrir la olla pitadora de anteriores letargos allí le encontraría. No niego ante el lector, mi madre o Dios, que tenía tanto miedo como un gato en una bañera, mis testículos habían perdido el tacto con el rose del pantalón, era un remedo de hombre en un parque a plena luz del día. Avance, creería yo que arrastrado pues no recuerdo mover los pies, seguí avanzando y deseé tener garras en vez de pies para hincarlas en el asfalto y no ser arrastrado por aquel frenesí de ver el rostro de mi pequeña, de cerciorarme de que fuese ella y no otra. Cuando llegué allí la madre desprendió con tanta suavidad a la pequeña de su seno y ni se molestó en cubrirse, simplemente me la pasó y de nuevo la amé. En efecto era ella misma, lo supe por el hematoma alrededor de su cuello, aunque una cintilla fucsia intentaba cubrirla sabía bien yo la causa estética de su cuello roto. La acerque a mi olfato y como era de esperar olía tan bien, y la sentí como a una hija, de nuevo mire su madre y desee que igualmente fuese ella mía, mi esposa, una mujer a quien no tuviese que ofrecerle dinero a cambio de amor. La idea me complació y le devolví nuestra hija con tanta delicadeza y lo hice con tal propósito pues era ahora su madre a quien quería gustarle. Al momento de querer soltarla, mi pequeña me apretó el dedo e instintivamente se lo llevó a la boca, fue en cuestión de segundos que con lo que creo fueron sus encías, levantó completamente la uña de mi dedo índice y me tiré al piso privado en dolor. No se oyeron gritos, ni quejidos, simplemente no me dolió pero reaccione como si lo hubiese tenido. Estaba ahora tirado al borde de mi cama con el dedo índice apretado, por unos segundos creí que seguía en

mi letargo pero mi infalible algoritmo despejó toda duda, seguía apretando mi dedo por temor a la

hemorragia pero no vi gota de sangre pues en efecto mi dedo estaba con su uña totalmente intacta

más un dolor igualmente terrible me tomó al destaparlo. Siempre que he caído en letargos estoy

completamente inmóvil como un caballo, mas esta vez me encontrada tirado apretando de mi dedo. Mi raciocinio me llega a concluir que en el momento exacto que intento subir el segundo pie sobre mi cama entro en el letargo, quedo con todo el peso de mi cuerpo sobre mi pie y durante el tiempo del letargo el ardor muscular me hace flaquear y caigo al piso sobre mi dedo. Y por instinto aprieto mi dedo partido en dos y no es difícil concluir el modo en que mi letargo tendría que interpretar el dolor.

Llegará el día en que inevitablemente subiéndome a un bus, cruzando la avenida o bañándome, me tome algún letargo. Y espero ahora lector, no dude de mis intenciones literarias.