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TRAZOS

Nueva Red Cereda

Boletín No. 1

“El niño y el saber”.

Presentación del tema de la XII Jornada de Estudio del Instituto del Niño por Jacques Alain Miller, el 19 de marzo del 2011.

(Esta reseña ha sido hecha para TRAZOS por Mónica F.C. de Espinel, como parte del trabajo preparatorio hacia la Jornada del Cereda, en Bs. Aires, noviembre del 2013)

El Instituto del Niño se inaguró en el 2011 con una serie de trabajos sobre el miedo en los niños, en alusión al trabajo de Freud sobre el niño y su inscripción en el discurso analítico. Se trata del análisis de una fobia que toma la forma de un miedo irracional a los caballos.

El miedo es un afecto, término que se opone al registro del significante. Una fobia, si bien se experimenta a nivel del afecto, se analiza a nivel del significante. Por eso en el caso del Pequeño Hans, la fobia fue definida por Lacan como « un cristal significante. Esto es, una formación del inconsciente hecha de un número limitado de significante, de las cuales el niño explora todas las permutaciones posibles.

Una fobia no es un miedo. Es una elucubración de saber sobre el miedo, en la medida en que es su armadura significante.

Niño y saber son dos palabras que van bien juntas, pues el niño es la víctima del saber.

¿Qué es un niño? Un niño es el nombre que le damos a un sujeto consagrado a la enseñanza. El niño es el sujeto a « educar », a conducir. Es el sujeto librado al discurso del Amo por las vías del saber, de la pedagogía. « Pedagogo » era el esclavo encargado de conducir a los niños.

Así, el saber del que se trata puede parecer amo, pero en tanto semblante. Al verdadero amo, que es la verdad del semblante, no se lo ve. Lacan lo escribe S1/S2. El amo está escondido bajo la apariencia de un saber-amo.

El discurso que Lacan llamó de la Universidad es la estructura general de todos los aparatos en los cuales el saber está en posición de semblante.

Las controversias actuales sobre la educación son políticas. Se trata de la producción de sujetos. Se trata de reducir, comprimir, manipular, dominar, el goce del niño para extraer un sujeto “sujetado”.

Asistimos a una concurrencia de saberes para determinar cuál va a predominar en la producción de sujetos, bajo lo cual caerá el niño para ameritar devenir un ciudadano. Se evidencia en la historia. ¿Cuál historia? Hay un triángulo de saberes, cuyos vértices son el Estado, la familia y los medios.

El Estado: en Francia, hay una tradición republicana que prescribe ciertos saberes a ser transmitidos.

La familia: es la comunidad étnica y/o religiosa que desea sujetos que perpetúen las prácticas y las creencias.

Los medios, en la medida en que la distracción vehicula un saber que modela al sujeto. Podemos preguntarnos sobre las incidencias del espectáculo en el sujeto a educar, especialmente, el espectáculo violento.

Foucault forjó el término « bio-política » para designar la producción de seres vivientes, como un ejercicio de poder. « Epistemo-política » designa saberes que conciernen al niño y buscan conferirle una identidad. La cuestión es saber cuáles significantes amos lo marcarán. Para que el sujeto reciba una marca identificatoria es necesario que el goce del niño sea descompletado, que sufra una pérdida, que se realice una ablación. Es la operación mayor del saber como semblante. Se da cuando esta operación se encarna en una práctica como la escisión, pero ella manifiesta que todo saber implica una escisión, todo saber hace sobre el niño una ablación y exige que el consienta a una pérdida.

La imagen tradicional de la enseñanza es la de la nutrición. Esta nutrición puede trastocarse en voracidad y si, en la trompa de la mamá cocodrilo, es posible meter un bastón, no lo es posible en el aparato escolar o universitario, o es necesario que el niño mismo se convierta este pequeño bastón.

La voz y la mirada están implicadas en la relación del niño al saber. Es necesario que una voz porte el saber. Los psicólogos dan cuenta que los resultados escolares mejoran cuando la voz del profesor sostiene el significante. Por otro lado, la educación apunta a incorporar en el sujeto la mirada del Otro de manera que el sujeto mismo se vigile, se controle como si fuera Otro. El niño debe incorporar algo del Otro, y eso es por excelencia, la mirada del Otro.

Le corresponde al Instituto del Niño separar de la educación la función del deseo del Otro. Cuestionar el goce de los pedagogos, su goce infame que opera por la vía de los semblantes del saber sobre el goce del niño. La virtud de los pedagogos no es más que la vestimenta de un goce que, aunque no lo conozcan, puede calificarse de sádico, con los efectos de angustia en los educandos.

El Instituto del Niño debe restituir el lugar del saber en el niño. Los niños saben más de lo que sospechan los adultos, cretinizados ellos mismos por su educación.

Los niños saben más sobre el lenguaje, saben los secretos de familia, saben el deseo de los padres –lo saben a título de síntoma-, saben el deseo de los pedagogos. Y no se equivocan sobre el carácter de semblante de los saberes que se les imponen.

El saber del niño es auténtico, y como tal se inscribe en el discurso analítico. El niño entra en el discurso analítico como un ser de saber y no sólo de goce y su saber es respetado como el de un sujeto en pleno ejercicio. Saber respetado también por la conexión con el goce que encierra y con el que se confunde.

La cura no es una educación, pues recibimos a sujetos traumatizados por el saber del Otro, por su deseo y su goce. Para algunos niños, el saber, deseo y goce del Otro han tomado valor de real. Se trata de llevarlos a que el Otro no existe.

En el psicoanálisis, es el niño el sujeto supuesto saber. Cuando el Otro es incoherente y deja al sujeto sin brújula y sin identificación, se trata de elaborar con el niño un saber a la mano, a su medida y que le sirva. Se trata de hacer con el niño, que retroceda el Otro asfixiante.

El analista está del lado del sujeto y su tarea es llevar al niño a jugar la partida con las cartas que le han tocado. El analista puede operar con el niño sólo en la medida en que no sea siervo de ningún conformismo.

En algunos medios psicoanalíticos hay una cierta estandarización de la metáfora paterna, dándole supremacía a la función del padre y dándole a la castración la figura de norma.

El saber del analista es saber elucubrar lo más cerca posible del lugar original del síntoma, al ras de éste. El sinthome de Lacan es un circuito de repeticiones, de goce saber, que se desencadena a partir de un acontecimiento de cuerpo, a partir de la percusión en el cuerpo de un significante.

En el niño podemos intervenir antes de que los efectos a-posteriori de esta percusión hayan tomado la forma de un ciclo estabilizado, y aún quede un margen para orientar el ciclo del sinthome.