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TRAYECTORIA CONCEPTUAL DE LA PSICOLOGÍA COMUNITARIA EN CHILE DESDE LOS AÑOS 90 A LOS 2000

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Espacio público: notas para la articulación de una psicología ambiental comunitaria

Héctor Berroeta T.

Introducción

El espacio es simultáneamente real e imaginado, actual y virtual, lugar de estructuras individuales y de experiencia y acción colectivas Soja

Los espacios públicos son heterogéneos: por una parte, instauran, preservan, promueven

y organizan la comunicación entre gente diferente. Por otra, admiten múltiples

definiciones, significados y atributos, según la perspectiva desde la cual se los comprenda.

Habitualmente, el espacio público moderno se define a partir de la separación formal, casi siempre legal, entre la propiedad privada urbana y la propiedad pública.Tal separación normalmente supone reservar el suelo libre de construcciones (excepto equipamientos

colectivos y servicios públicos) y para usos sociales característicos de la vida urbana (esparcimiento, actos colectivos, transporte, actividades culturales y a veces comerciales, etc.). Donde, lo que define la naturaleza del espacio público es tanto el uso como su estatuto jurídico. El espacio público supone, pues, dominio público, uso social colectivo y diversidad

de actividades (Segovia y Dascal 2000, p. 170). Esta aproximación, si bien delimita claramente

qué es y qué no es espacio publico, se sitúa en un acercamiento de predominio materialista, donde la determinación del espacio está dada por sus características físicas, y desde ahí se comprenden las prácticas sociales que en él tienen lugar. Para Borja (2003), la historia de la ciudad es la de su espacio público. Este autor sostiene que “el espacio público es a un tiempo el espacio principal del urbanismo, de la cultura urbana y de la ciudadanía; es un espacio físico, simbólico y político”.Agrega que “al espacio público se le pide ni más ni menos que contribuya a proporcionar sentido a nuestra vida urbana. La calidad, multiplicación y la accesibilidad de los espacios públicos definirán en buena medida el progreso de la ciudadanía”. Manuel Castells (1998) sostiene que, frente a la disolución general de las

identidades en el mundo instrumental del espacio de los flujos, el espacio de los lugares

se constituye como expresión de identidad, de lo que yo soy, de lo que yo vivo, de lo que

yo sé y de cómo organizo mi vida en torno a ello.

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El antropólogo Francés MarcAuge (1998), ha distinguido en la sobremodernidad la emergencia de lo que él ha denominado los “No Lugares”. Se trata de aquellos espacios donde no se crea una identidad singular ni relación, sino soledad y similitud. En ellos, las imágenes tienden a hacer sistema, esbozan un mundo de consumo que todo individuo puede hacer suyo, porque allí se es incesantemente interpelado a hacer como los demás para ser uno mismo; por el contrario, plantea que “Los Lugares” es donde se realiza la construcción concreta y simbólica del espacio, que es al mismo tiempo principio de sentido para quienes lo habitan y principio de inteligibilidad para quienes lo observan, lugares identificatorios, relacionales e históricos, configuran las posiciones, permiten pensar las relaciones e identidades compartidas en la ocupación de un lugar común y proponen e imponen puntos de referencia. En estos planteamientos, la noción de espacio público a la que se apela es multidimencional, compleja, pues en ella confluyen aspectos de orden material y simbólico, instituidos por su doble carácter, físico y social. Por ende, se constituye en un territorio de análisis y acción pluridisciplinar, en el que concurren las ciencias sociales, las bellas artes y las ciencias exactas. En psicología social, esta categoría ha sido abordada tangencialmente, a partir del estudio de la relación sujeto entorno, en los desarrollos teóricos de la Psicología Comunitaria y, más directamente, en los modelos de la apropiación espacial en la Psicología Ambiental. La noción de espacio público es una dimensión fundamental para situar espacialmente las prácticas comunitarias y fundamentar los procesos de acción- transformación que en su entorno tienen lugar, de ahí la importancia de explorar un relato integrador de estos dos campos de conocimiento. Esta reflexión es una aproximación preliminar de análisis de algunos recursos teóricos de la psicología ambiental y comunitaria pertinentes para comprender las acciones y escenarios que constituyen y son constituidos en y por el espacio público, así como de los fenómenos socioambientales en general. Es un ejercicio analítico que busca profundizar la propuesta de una “PsicologíaAmbiental Comunitaria “(Weinsenfeld,

2003).

En este texto, propondremos dos posibles aproximaciones a este fin, una dirección de complementariedad operativa, a través de la revisión de trayectorias y marcos afines entre ambas perspectivas; y una segunda, de análisis teórico acerca de la noción de espacio. Para ello presentaremos, en primer lugar, a modo de contextualización, los principales aspectos de estas dos propuestas, centrándonos en los conceptos de Sentido de Comunidad y Apropiación Espacial. Posteriormente, bosquejaremos un análisis del espacio desde una lectura de Acción Situada.Y finalmente intentaremos una relación de complementariedad y sinergia entre ambas perspectivas.

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Presentación Dos direcciones para una propuesta de integración

La psicología comunitaria y la psicología ambiental son dos ámbitos de conocimiento de la psicología social que se han abocado sistemáticamente a analizar la relación persona- entorno, aunque con énfasis de estudio distintos. Mientras la psicología comunitaria ha estado más centrada en conocer los procesos de interacción entre los miembros de un colectivo pertenecientes a un territorio y su relación con las condiciones de producción en las que tienen lugar, la psicología ambiental se ha preocupado por los procesos sociocognitivos presentes en la relación sujeto y entorno físico. De esta forma, ambos campos de conocimiento, con sus particulares énfasis, han estado intrínsecamente vinculados al estudio y mutación del espacio público. Por su parte, la psicología comunitaria, desde su génesis, ha estado abocada a la transformación de las condiciones de vida de los habitantes de un territorio, por lo general en el ámbito barrial. Para lo cual, ha desarrollado una serie de estrategias de intervención sobre los procesos de convivencia que se dan en estos espacios. En tanto, la psicología ambiental, en los últimos años, ha orientado fuertemente su investigación sobre los procesos de apropiación espacial que tienen lugar en el espacio público, particularmente en el escenario barrial. (Pol, Valera, Vidal, 1999), aportando significativamente en la comprensión de los procesos psicosocial que median el uso y convivencia en estos espacios. Desde esta constatación inicial y de sus desarrollos paralelos, consideramos de una alta pertinencia teórica y aplicada abocarse a una lectura de integración que permita hacer uso de ambos campos disciplinares en la comprensión e intervención de las prácticas de convivencia que constituyen el espacio público de un barrio. Esto con el afán de favorecer la incorporación de estrategias psicosociales atingentes al diseño y regeneración urbanos que potencien la integración y la cohesión social. Una propuesta de revisión para el acercamiento de estos campos, puede organizarse en dos direcciones. Un primer esfuerzo es identificar aquellos elementos comunes y las posibilidades de sinergia que se proveen ambas perspectivas. Explorar la integración de algunos marcos conceptuales y desarrollar propuestas comunes que favorezcan el diseño de estrategias complementarias para acciones más complejas en ambos campos. Un primer fundamento para esta dirección, es afirmar que las prácticas ambientales se desarrollan en entornos comunitarios. Por lo tanto, es en el escenario barrial, comunal, de la vida cotidiana, donde los sujetos despliegan sus comportamientos en relación con el medio ambiente y es en él donde se reproducen las pautas culturales y los circuitos de exclusión que los sustentan. En consecuencia, la comunidad es el espacio funda- mental para la promoción de acciones pro ambientales, pues permite favorecer procesos de concientización a favor del cuidado ambiental y del uso sustentable de recursos, además es propicio para facilitar la reflexión problematizadora acerca de las

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responsabilidades institucionales del deterioro ambiental y la generación de acciones colectivas de control ciudadano. En segundo lugar, si atendemos a que la psicología comunitaria es una psicología del cambio social que persigue la modificación de aquellas estructuras sociales que están deteriorando el bienestar (Martín y Chacón, 1993) y que, por lo tanto, sus acciones se dirigen a transformar los factores socio históricos externos al sujeto, que condicionan sus circunstancias de vida y que son responsables de su bienestar físico, emocional y social. Se hace evidente que esta dirección al cambio y a la calidad de vida, tiene lugar en escenarios materiales, en espacios físicos concretos. En ellos se expresan las contradicciones y la lucha social, el espacio público es donde, históricamente, ha tenido lugar la disputa ciudadana. De ahí que la psicología comunitaria en su desarrollo latinoamericano ha buscado que las comunidades se involucren activamente en los procesos de modificación de sus entornos, que conserven e incrementen sus recursos, que decidan sobre las modificaciones urbanísticas que les afectan y que se apropien de sus espacios públicos. En este sentido, Safa (2000) reafirma esta posición cuando define las IdentidadesVecinales como la preservación del lugar de residencia legítima a partir de la toma de decisiones en el desarrollo tanto de acciones e innovaciones socio urbanas como de demandas (preservación, cambio o mejoramiento del entorno) y sus problemáticas (contaminación, inseguridad y distribución desigual de bienes y servicios). Ambas dimensiones intrínsecas a la noción de sostenibilidad ambiental. En suma, una primera vía de aproximación se basa en plantear que ambas disciplinas tienen su punto de encuentro en la comunidad, desde donde se relevan las condiciones de posibilidad que mutuamente se proveen y los sentidos compartidos que sus objetivos sustentan. Explorar su relación en esta dirección, es un ejercicio que entregaría elementos para una reflexión integradora y para la consecución de metas compartidas. Un segundo camino, que a nuestro juicio es fundamental, para aproximarse a una lectura complementaria de estos campos, es analizar los fundamentos epistemológicos con que se aborda la noción de espacio (entorno) desde ambas perspectivas. Para ello es ineludible interrogar la tradicional dicotomía subjetivo - objetivo desde donde se conceptualiza el ambiente y el espacio comunitario. En esta vía, la psicóloga social latinoamericana Esther Weinsenfel (2003; 2001 y 2000), es sin duda, quien ha profundizado de manera más consistente y directa la intersección entre ambas disciplinas. Esta autora ha planteado la necesidad de conformar una Psicología Ambiental Comunitaria, como resultado de una revisión crítica de los fundamentos epistemológicos que sustenta la Psicología Ambiental y a su constatación de la escasa pertinencia que esta disciplina tendría para el contexto latinoamericano. A partir de este cuestionamiento, ha propuesto concebir el espacio (ambiente) desde un enfoque socio construccionista como una realidad intersubjetiva construida en la interacción social; y ha sugerido la idoneidad de una metodología que comprometa la subjetividad del investigador para el abordaje de la intervención ambiental, la Investigación Acción Participativa (Weisenfeld, 2001. p, 8).

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Este planteamiento es un aporte fundamental para desarmar cualquier propuesta de relación entre estos campos, que busque reafirmar un determinismo objetivista. Sin embargo, nos parece que niega toda posibilidad de incorporar el estatus de lo material al análisis del ambiente y el entorno comunitario, situándose en un omnipotente determinismo subjetivista.

A nuestro juicio, una lectura de integración debe pasar por reconocer que es en el espacio habitado, construido, material, donde tienen lugar las interacciones comunicativas que constituyen la intersubjetividad de lo comunitario. Las infraestructuras sociales y los espacios públicos en los entornos comunitarios, son elementos materiales que los procesos de apropiación transforman en espacios simbólicos constitutivos de identidad, que favorecen el sentido de pertenencia y de vertebración social de quienes habitan estos espacios. Por lo tanto, es necesario explorar la integración de estas dimensiones subjetivas

y objetivas presentes en la noción de ambiente y entorno comunitario, a partir de una

conceptualización híbrida que permita integrar lo físico y lo simbólico. Que se reconozca al entorno como físico, material, no humano y de apariencia inmutable, pero a su vez construido, distribuido, ocupado, de significación temporal e incompleta, según las

relaciones socio históricas en las que participa. Una perspectiva de la realidad espacial que no la conceptualice como completamente independiente de la agencia humana y de los significados que en su uso va adquiriendo, pero que tampoco la entienda como producto exclusivo de un subjetivismo discursivo capaz de construirlo todo unidireccionalmente. Nos parece que un sendero para indagar en esta dirección, es la teoría de la acción situada, desde la cual se puede pensar lo comunitario como un escenario socio-físico que condiciona las prácticas sociales que instituyen el espacio público

Psicología Ambiental y Psicología Comunitaria:

Trayectorias Contiguas

Intentaremos un ejercicio descriptivo que nos permita una visión panorámica de ambas

disciplinas, como marco de referencia para la exégesis de algunos puntos de encuentro

y relectura, que sustenten las vías analíticas propuestas. Revisaremos brevemente los orígenes, definiciones, principales enfoques,

temáticas centrales y campos de aplicación de ambas disciplinas.

Orígenes

Si bien la psicología ambiental como campo de la psicología social es reciente, la preocupación

por la influencia de los entornos ambientales en el ser humano es de larga data.

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Pol (1993, p. 164) plantea dos nacimientos para la psicología ambiental. El primero, se inicia en el primer tercio del siglo XX en Europa y luego en EE.UU.Tempranamente, Hellpach recoge las influencias de la Ecología de Haeckel (1886), de la noción de umwelt de Von Uexkül (1909) y de la Metereobiología en su publicación del año 1919 “Geopsyche”, en la que da cuenta de la influencia de los fenómenos físico-ambientales en la conducta. Luego, Egon Brunswik y Kurt Lewin, ejercen una influencia fundamental en la psicología ambiental moderna; el primero a partir de sus estudios sobre la percepción ambiental y su teoría probabilística, siendo el primer investigador que utiliza el término psicología ambiental. Por su parte, Lewin, con su teoría del campo, consideró el entorno desde una perspectiva molar, sus postulados de la investigación acción abrieron caminos para un estudio en ambientes naturales. El desarrollo de la estación psicológica en Midwest, permitió que se estudiara la relación entre situaciones ambientales y la conducta, iniciando de esta forma la psicología ambiental en EEUU. El segundo nacimiento, está ligado a las demandas provenientes del mundo de la arquitectura y el diseño urbano, a tal punto que se le conocerá como “Psicología de la Arquitectura”, el contexto de producción de esta psicología estará dominado por un bienestar económico, la primacía de referentes humanistas y una fuerte preocupación por la calidad de vida y el bienestar. Por lo que esta psicología ambiental centrará sus intereses en aspectos de orden social, relacionados con la satisfacción y calidad de vida. En esta etapa se pueden reconocer dos grandes momentos: el primero centrado fuertemente en aquellos aspectos de orden físico, como señala Proshansky y O’Hanlon (1977), en los que el ambiente construido es lo fundamental. Un segundo momento, denominado de modelos psicosociales de explicación, en los que ambiente y personas se conciben como elementos indisociables, en el que el simbolismo adquiere un rol protagónico. Por último, como señala Pol (1993, p. 184), es posible distinguir un tercer momento en este desarrollo. El de una psicología ambiental, más social, más organizacional y más verde, que está fuertemente marcada por la problemática ecológica, el desarrollo sustentable y la educación ambiental. Por su parte, la Psicología Comunitaria presenta antecedentes de origen más recientes, que responden más a un contexto social que a un campo académico. Su génesis se vincula a los diversos movimientos sociales, culturales y políticos que tienen lugar a finales de la década del cincuenta y a inicios de los sesenta. La crítica social que caracteriza este periodo, se expresó en las ciencias sociales en un fuerte cuestionamiento al modo de hacer ciencia y al nivel de compromiso que manifiestan las disciplinas sociales. Estos serán los fundamentos de lo que se ha conocido como la Crisis de la Psicología Social, cuyos efectos epistemológicos y ontológicos marcan la bifurcación de los programas de investigación en esta rama de la psicología. En psicología comunitaria estos caminos paralelos se pueden observar, con cierta claridad, en sus versiones anglosajona y latinoamericana. Otros antecedentes ampliamente citados, son los movimientos de sectorización francesa y la anti psiquiatría italiana y la formación de los Centros Comunitarios de Salud

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Mentaln en EEUU; estos son la génesis de la “postura crítica ante las prácticas psicológicas, psiquiátricas y sociales tradicionales” (Krause y Jaramillo, 1998), que caracterizará a la Psicología Comunitaria. Su inicio formal como término, disciplina y campo profesional es claramente la Conferencia de Swampscott, Massachussets, titulada “Conference on the Education of Psychologists for Community Mental Helth”, realizada el año 1965 en Boston (Tyler,

1984; Montero, 1994;Alfaro, 1993). En ella se define el rol del psicólogo comunitario

como un “agente de cambio social y conceptualizador participante en las transformaciones comunitarias” (Aguilar & Cruz, 2002. P, 56), que se adscribe a un “modelo interdisciplinario, entre las ciencias sociales y la psicología, a un campo de acción diferente, entre los individuos y la sociedad, y al cambio social planeado” (Tyler,1984). Por la característica distintiva que presenta y lo fundamental que resulta para el planteamiento de una Psicología Ambiental Comunitaria, es importante distinguir el desarrollo de la disciplina en Latinoamérica. Sus orígenes se vinculan a la crítica en los

años cincuenta, que profesionales y académicos vinculados a las Ciencias Sociales plantean

a los enfoques teóricos dominantes y a las prácticas que les suceden, cuya propuesta es

la redirección de la investigación y la intervención hacia el cambio social. Es así como

sociólogos, antropólogos y educadores orientan, progresivamente, su trabajo hacia los grupos sociales más necesitados. (Montero, 1994; Alfaro, 1993; Krause y Jaramillo, 1998). Entre sus exponentes más representativos se puede señalar al sociólogo O. Fals

Borda, al educador Paulo Freire (1970) y al trabajador social E. Ander Egg. A partir de esta multidisciplinariedad se comienzan a plantear herramientas teóricas, metodológicas

e interventivas, que posteriormente definirán a la Psicología Comunitaria, conceptos

tales como participación, autogestión y cambio social (Krause y Jaramillo, 1998). Posteriormente se desarrollan estrategias teóricas y metodológicas más disciplinares, que permiten responder a los problemas y dinámicas sociales. El Desarrollo

Comunal o Desarrollo de las Comunidades (Montero, 1980), la Psicología de la

Liberación (Martín-Baró, 1989). Si bien los inicios de ambas disciplinas son muy distintos, una nace en el formalismo académico y la interrogación ilustrada y, la otra, en la crítica disciplinar y la demanda social; progresivamente van incorporando algunas preocupaciones similares. Es así como en etapas más recientes podemos reconocer algunos puntos de coincidencia, cuando la preocupación de la psicología ambiental transita a temáticas de orden ambientalista e incorpora el concepto de sustentabilidad en sus análisis, acercándose a la idea de cambio social propugnada por la psicología comunitaria; incorpora discusiones de orden político y organizacional; se interesa por los procesos de participación social; e inicia un transito a paradigmas más cercanos como el enfoque transaccionalista o sociocultural. A su vez, la psicología comunitaria, que en sus inicios está ligada a enfoques de salud mental centrados en el sujeto, transita hacia énfasis más colectivos y críticos que incorporan una mirada holista de los fenómenos sociales, incluyendo los espacios comunitarios.

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Definiciones

Una definición de Psicología Ambiental ampliamente aceptada, es la que proponen Stokols y Altman en la introducción del Handbook of Environmental Psychology, donde se refieren a ella como el “estudio de la conducta y bienestar humanos en relación con el entorno sociofísico”(Stokols y Altman, 1987, p.1). Esta definición es lo suficientemente inclusiva para cobijar todos los aspectos involucrados en esta relación: aspectos cognitivos

e

interaccionales, individuales y grupales, así como los ambientes naturales, construidos

y

sociales.

En una definición más descriptiva,Valera señala que puede entenderse la Psicología Ambiental “como la disciplina que tiene por objeto el estudio y la comprensión de los procesos psicosociales derivados de las relaciones, interacciones y transacciones entre las personas, grupos sociales o comunidades y sus entornos sociofísicos” (Valera 1996b, p3). Por lo tanto, comparte con otras disciplinas un campo de estudio común configurado por el conjunto de fenómenos que implican directamente a las personas con sus entornos. La noción de entorno sociofísico incorpora la dimensión física y social del ambiente en relación con el comportamiento. De esta forma se intenta romper con la dualidad sujeto-entorno, relacionándolas como partes de un todo integrado. Es por ello que se considera el entorno sociofísico como el ámbito sobre el que se centra el objeto de estudio de esta psicología. La psicología comunitaria es definida como “la rama de la psicología cuyo objeto es el estudio de los factores psicosociales que permitan desarrollar, fomentar y mantener el control y poder que los individuos pueden ejercer sobre su ambiente individual y social para solucionar problemas que los aquejan y lograr cambios en esos ambientes y en la estructura social” (Montero, 1984).

Enfoques

Valera (1996b, p. 10) señala que Altman y Rogoff, en el primer capítulo del Handbook of Environmental Psychology (1987), plantean que la Psicología Ambiental esta configurada en cuatro visiones de mundo, a partir de las cuales se exploran, describen o explican sus procesos psicológico sociales, políticos, ambientales y colectivos; constituyen cuatro formas diferentes de interpretar y analizar la relación entre las personas y sus entornos. Estas cuatro perspectivas son:

Rasgo: Las características personales constituyen la base para la explicación del funcionamiento psicológico con relativa independencia de las variables provenientes de los contextos físicos o sociales. Sería un planteamiento de orden lineal.

Interaccional: considera a la persona y el entorno como unidades separadas con interacciones entre ellas. Se plantean relaciones bidireccionales.

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• Organísmica. La persona y el entorno pasan a definirse como elementos dentro de un sistema integrado con interacciones entre las partes, se plantean relaciones globales (holistas), la unidad de análisis es la “persona-en-entorno. Corresponde a una visión sistémica de la realidad.

• Transaccional. En palabras de Altman y Rogoff (1987, p. 34), se “enfatiza el estudio de unidades de análisis holísticas, con fenómenos definidos en términos de aspectos psicológicos, contextuales y temporales que resultan inseparables”; entorno y per- sona se definen y modifican mutuamente, estabilidad y cambio coexisten. Se plantean mutaciones en sub entidades que generan los procesos psicológicos sustentables.

Saegert y Winkel (1990), ofrecen una revisión en la que se propone la delimitación de

cuatro paradigmas de investigación en Psicología Ambiental:

• Paradigma de la Adaptación: el principio fundamental es que el sujeto biológico- psicológico procura enfrentarse a amenazas, cubrir necesidades básicas y restaurar o expandir sus capacidades de afrontamiento al entorno; los enfoques utilizados son el de estrés ambiental, percepción y cognición ambiental y valoración ambiental. Se destacan los estudios de Kaplan y Kaplan (1989) acerca de la percepción de entornos

naturales y los estudios ambientes hospitalarios sobre la recuperación y satisfacción de los pacientes (Ulrich, 1984).

• Paradigma del ambiente como estructura-oportunidad: se basa en la relación entre las necesidades conductuales de una persona activa y orientada hacia un objetivo y las cualidades del entorno capaces de satisfacer tales requerimientos. Se trata de un proceso de selección de las mejores opciones dentro de un sistema de restricciones y oportunidades de carácter sociofísico, enfatizándose especialmente el aspecto de planificación racional del ser humano en la planificación ambiental (Hagerstrand, 1983)

Paradigma sociocultural: Este paradigma contempla a la persona como un agente social más que como un individuo autónomo que tiene necesidades para satisfacer o llevar a término objetivos personales. La persona como agente social busca y crea significados en el entorno al relacionarse con él. Estos significados no son construidos al momento, sino que vienen modulados por la cultura y la estructura social dentro de la cual la persona opera. Se considera el entorno como un producto sociocultural, el énfasis está dado en la interacción social en un contexto sociocultural determinado.

En un cuestionamiento a estos enfoques, Weinsenfeld (2001, P. 3) se refiere a ellos como positivista y fenomenológico; en los primeros situaría a las perspectivas interaccionistas, organísmicas, de adaptación y de estructura-oportunidad y, en los segundos, al enfoque transaccional y sociocultural. Plantea que si bien existen diferencias en las dimensiones que abordan, en su forma de comprender el entorno y su relación epistemológica y en los métodos de investigación que utilizan, ambas

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perspectivas se orientan a los procesos individuales y no grupales, sus investigaciones giran en torno a variables definidas desde los investigadores, son agentes externos los que deciden los problemas, los objetivos y las estrategias metodológicas en las intervenciones, por lo cual la justificación de las investigaciones o intervenciones se da más desde el investigador o la institución responsable que desde las propias perso- nas involucradas. A partir de estos cuestionamientos, la autora propone el enfoque socioconstruccionista para abordar el ambiente; desde ahí señala que el ambiente sólo puede ser analizado en función del sentido de los sujetos, parte de una realidad intersubjetiva que cambia dinámicamente a partir de contextos y situaciones históricas. Los métodos de investigación han de ser hermenéuticos en busca de una comprensión de las construcciones sociales que las personas elaboran de sus entornos y las condiciones bajo las cuales estas llegan a constituirse. El investigador debe comprometer su subjetividad en este proceso. Diversos son los autores que dan cuenta de los enfoques o marcos conceptuales que orientan la Psicología Comunitaria (Chacón 1998; Montero, 2004; Montenegro, 2002). Chacón (1998) clasifica los marcos teóricos en: Psicología Clínica Comunitaria, en los que incluye la salud mental comunitaria, el marco conductual comunitario y el modelo

de estrés psicosocial; el enfoque organizacional, el marco ecológico, el marco transaccional

y el marco de la acción social. Por su parte, Montenegro (2002) señala que existirían en la

literatura especializada tres modelos a los que se apela bajo el rótulo de psicología comunitaria. Estos son: el de salud mental comunitaria, el ecológico y el de “transformación social”.Alfaro (2000), clasifica lo que denomina tradiciones de trabajo, que son coherentes en su planteamiento de entender la psicología comunitaria como un campo técnico de

carácter profesional sin autonomía disciplinar, que se nutre conceptualmente de la psicología

y de la psicología social. Estas tradiciones son: amplificación sociocultural, en las que

incorpora la Psicología Social Comunitaria, a la Educación Popular y a la propia Amplificación Sociocultural; la tradición de Desarrollo de Competencias, que se caracteriza por compartir los principios de la Psicología Social Clásica; y la Tradición de Redes, que corresponde a los desarrollos de la teoría de sistemas. Montero (2004) se refiere a cuatro perspectivas teóricas que se pueden reconocer en la psicología comunitaria actual: Psicología de la Liberación, el Enfoque Crítico, La Tendencia Sistémica, la Perspectiva Conductual y el modelo Iterativo-Reflexivo- Generativo; a su vez, propone la definición de un paradigma inclusivo para la Psicología Comunitaria que denomina de la Construcción y la Transformación Crítica y que se caracteriza por un rechazo a toda consideración pasiva de la comunidad, que incorpora al otro en la producción de conocimiento desde una relación de respeto e igualdad, a la inseparabilidad de sujeto y objeto; asume un rol que sitúa al psicólogo como un catalizador de las transformaciones sociales, que hace uso de metodologías que se transforman al ritmo de las comunidades y cuyo objetivo es la acción ciudadana generada a partir de la desalineación y la concientización. Este enfoque nos parece sumamente provocador y sugerente para organizar los desarrollos en psicología comunitaria que corresponden a una matriz crítica que, a nuestro juicio, se centra, prioritariamente, en una dimensión

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cultural.Y que, expresamente, no incorpora otras perspectivas que siguen estando muy vigentes al hablar de Psicología Comunitaria. Creemos necesario, para los fines descriptivos y comparativos de este apartado, reconocer los distintos enfoques conceptuales que coexisten dentro del campo de la psicología comunitaria. Si hacemos un ejercicio reduccionista que difumine los bordes borrosos entre aquellos modelos teóricos más intersticiales, podemos proponer agrupar los principales enfoques de la psicología comunitaria según sea su objeto privilegiado de intervención y los fines que se propone. Enfoques centrados en el sujeto: Estos enfoque estudian los procesos de influencia que ejerce el entorno social sobre el individuo y cómo los recursos psicológicos del sujeto permiten desarrollar mecanismos de adaptación. Se plantean la existencia de factores que operan como mediadores entre la influencia del medio y los efectos que este genera en el sujeto. Estos mediadores estarían situados en ciertas características del entorno y ciertas capacidades del sujeto; en las primeras encontraríamos las redes de apoyo social, las condiciones socioeconómicas, etc., y en las segundas, la autoestima, habilidades sociales, locus de control, etc. El origen de los problemas sociales para este modelo, estaría en la incapacidad de los sujetos para hacer frente a los requerimientos del entorno. El desbalance entre el nivel de exigencias propiciado por las condiciones socioambientales y los recursos sociocognitivos con que cuentan las personas, serían la génesis de las conductas desadaptativas. El foco privilegiado para la intervención es el sujeto; se trataría, por una parte, de fortalecer, en cada individuo, una serie de características subjetivas que son evaluadas como deficitarias, tales como autoestima, habilidades sociales, estrategias de afrontamiento, etc., y por otra, propiciar la generación de soporte social, a través de la generación de redes sociales que provean al sujeto de apoyo instrumental y afectivo; para ello se crean grupos comunitarios o se incentiva la ayuda institucional. El objetivo último es lograr el bienestar psicosocial del sujeto. El segundo es el enfoque centrado en el sistema: Desde esta perspectiva, los problemas sociales son entendidos a partir de ciertas dinámicas de relación entre los componentes de un sistema y se distinguen al hacer puntuaciones sobre sus elementos; es decir, se trata de identificar pautas de interacción que son significadas como problemáticas. Por lo tanto, las acciones que se emprenden intentan modificar las pautas de relación entre los componentes del sistema. La tercera y última perspectiva, es la que denominaremos enfoque centrado en lo histórico-cultura, entendiendo por cultura lo que Thompson (1993, p. 204) denomina

formas simbólicas, es decir, “las acciones, los objetos y las expresiones significativas de diversos tipos; en relación con los contextos y procesos históricamente específicos y estructurados socialmente, en los cuales y por medio de los cuales, se producen, transmiten y reciben tales formas simbólicas”. Se postula que en la sociedad actual los recursos económicos, sociales y culturales están distribuidos asimétricamente. La noción de problema social que se desprende de

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esta perspectiva se identifica claramente en la estructura social, entendida como la asimetría y diferencias relativamente estables, que caracterizan a los campos de interacción y a las instituciones sociales, en términos de la distribución de los recursos de diversos tipos, el poder, las oportunidades y las posibilidades de vida y el acceso a todo ello (Thompson, 1993).

Lo que persigue este tipo de enfoque es un cambio en las condiciones objetivas de las personas que participan de los procesos de intervención y cómo reflexionan sobre las causas de sus posiciones en los campos de interacción. A través de procesos de reflexión y acción es posible una transformación social. A partir de esta revisión de los principales enfoques de ambas disciplinas, planteamos la existencia de puntos de encuentro, que nos parece responden más a la adscripción a grandes programas de investigación en las ciencias sociales, en general, y a la psicología, en particular, que a factores distintivos de ambos campos. No es difícil relacionar los enfoques interaccionistas y de competencias en la psicología ambiental con lo que denominamos perspectivas centradas en el sujeto en la psicología comunitaria; en ambas visiones, la noción de entorno-sujeto se presenta separada e independiente, constituyéndose en el foco de acción el sujeto o el entorno. La relación entre los planteamientos organísmicos y el enfoque sistémico está dada por una misma matriz de análisis teórico, la teoría de sistemas, en la que sujeto y entorno son partes constituyentes de un mismo sistema. En cuanto a los planteamientos transaccionales y socioculturales de la psicología ambiental, consideramos que, en sus definiciones formales, se acercan a la perspectiva histórico-cultural, pero, concordando con Weinsenfeld (2001), visualizamos que su operacionalización está más centrada en procesos que vinculan a las personas con los espacios, que analizar los factores histórico y contextual que construyen los significados compartidos y se expresan en las maneras particulares de estar en el espacio, pero que no aborda la producción histórica y cultural en sus procesos de análisis. Sin embargo, consideramos que es éste el ámbito de desarrollo de la psicología ambiental que más aportes entrega al desarrollo de una psicología ambiental comunitaria, pues a pesar de que su nivel explicativo se reduce finalmente al sujeto, el contexto en que se desarrollan las investigaciones corresponde a comunidades territorialmente situadas.Volveremos sobre este punto más adelante, cuando discutamos acerca de las teorías de la apropiación y la comunidad.

Áreas Temáticas

Las áreas temáticas de la Psicología Ambiental, según Valera (1996b, p. 4), se pueden

dividir en cinco, que permiten ordenar los principales campos de desarrollo e investigación.

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1. Temas concernientes a la relación entre los aspectos del espacio físico y la conducta espacial. Se incluyen estudios sobre las dimensiones físico-espaciales de la conducta,

los conceptos de espacio personal, territorialidad, privacidad, hacinamiento (crowding)

y el análisis de los procesos relacionados con el tema de la apropiación del espacio.

2. Aspectos relacionados con la adaptación de las personas a las variables ambientales, incluyendo teorías sobre estrés ambiental, sobrecarga y deprivación ambientales, efectos psicofisiológicos y conductuales producidos por el ruido, la iluminación, las vibraciones, la temperatura u otros factores climáticos y ambientales.

3. Aspectos relacionados con la forma en que las personas accedemos al conocimiento ambiental. Cabe destacar los estudios y teorías sobre la percepción ambiental, la cognición ambiental y el estudio de mapas cognitivos, la representación de entornos socio-físicos, así como el análisis del significado ambiental y de los aspectos emocionales y afectivos del entorno.

4. Temas relacionados con la evaluación del ambiente. Incluyen estudios sobre personalidad y entorno, el tema de las actitudes ambientales y la conducta ecológica

responsable, la evaluación de la calidad ambiental como ámbito de la calidad de vida

y los estudios sobre preferencias de paisajes.

5. Estudios centrados en grupos específicos de población, considerando sus relaciones

con el entorno sociofísico inmediato, fenómenos de reubicación o la adaptación funcional

al espacio, destacando especialmente los ámbitos de infancia, vejez y discapacidad.

6. Estudio de entornos específicos. Destacan los estudios y propuestas metodológicas en torno al concepto de “escenarios conductuales” (behavior settings) desde la perspectiva de la psicología ecológica. Además se incluyen otros estudios centrados en entornos urbanos, residenciales, escolares, laborales, así como entornos naturales.

Las grandes áreas que recogen la producción en Psicología Comunitaria y que parecen dominar el panorama actual, según Montero, son:

a. El área de la Salud Comunitaria, que abarca la promoción de la salud, prevención y curación de enfermedades y educación para la salud, con la incorporación de la comunidad.

b. El área de la Educación Comunitaria, que incluye los aspectos psicológicos ligados al proceso de enseñanza-aprendizaje producidos en la participación, así como los factores del mismo tipo involucrados en la educación popular y su papel en los procesos de cambio social, al igual que la incorporación de la comunidad a la gestión del proceso formal y de la escuela a la comunidad.

c. El área del trabajo comunitario en organizaciones o instituciones formalmente estatuidas, cuyo énfasis se dirige a la participación, si bien no siempre se incorporan todos los miembros de la organización con la misma oportunidad participativa (Montero, 1998, p. 59).

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TRAYECTORIA DE LA PSICOLOGÍA COMUNITARIA EN CHILE

Esta autora, en una publicación más reciente, incorpora a las áreas de producción la psicología ambiental comunitaria y la Psicología política (Montero, 2004).

Sentido de Comunidad y Apropiación Espacial:

Dos vías de aproximación al Espacio

Cómo se planteaba anteriormente, creemos que el ámbito de encuentro por antonomasia entre estos dos campos de conocimiento de la psicología, son los fenómenos socioespaciales que tienen lugar en el espacio público. Esta aproximación entre lugar y comunidad, segúnVidal (2002), ya está presente en los años setenta en las investigaciones

empíricas de corte individual. Hay (1998) afirma que, alrededor de los años setenta, la investigación hacia la ligadura con el lugar emprendió una vía empírica muy parecida a la desarrollada por lo que denomina ligadura con la comunidad, consistente en el desarrollo de modelos para describir el vínculo de las personas con el lugar a partir de la evaluación de los vínculos afectivos con él, desde un nivel de análisis predominantemente indi- vidual. Como por ejemplo, la dependencia de lugar de Stokols y Shumaker (1981). En psicología comunitaria este predominio del nivel individual de análisis y la búsqueda de respuestas empíricas asociadas a la afectividad, se observan claramente cuando Sarason (1974) desarrolla el concepto de Sentimiento Psicológico de Comunidad. La Pertenencia es el eje sobre el que ha girado la aproximación de ambas disciplinas

a la noción de lugar. Mientras la Psicología Comunitaria lo ha abordado prioritariamente

a través del concepto de Sentido de Comunidad, la Psicología Ambiental lo ha hecho a partir de la noción deApropiación Espacial. El primero trata de un marco conceptual de larga tradición en Psicología Comunitaria, que se encuentra en los fundamentos mismo de esta disciplina. El segundo, es un enfoque en Psicología Ambiental de producción reciente, que introduce aspectos sociales a su análisis y que ha desarrollado experiencias recientes de investigación en ámbitos comunitarios.

Sentido de Comunidad

En psicología Comunitaria, el Sentido de Comunidad es definido como “Un sentimiento que tienen los miembros de una comunidad acerca de la pertenencia, un sentimiento de que los miembros se preocupan unos por otros y que el grupo se preocupa por ellos, y una fe compartida en que las necesidades de los miembros se satisfarán por su

compromiso de estar juntos” (García, Giuliani yWiesenfeld, 1994, p. 81). Para McMillan

y Chavis, (1986), existirían cuatro componentes que constituyen el concepto:

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Membresía

Consiste en un sentimiento de pertenencia, de ser parte de una red de relaciones sociales de un grupo que se caracteriza por: los límites que designan quiénes pertenecen

y quiénes no, la seguridad emocional para la generación de vínculos en un mínimo de

seguridad, el sentido de pertenencia e identificación con el grupo y sus características, la inversión personal que las personas hacen a su comunidad, a través del grado de

participación en ella y el sistema de símbolos compartidos, materiales y no materiales, que tienen una función integradora y afectiva.

Influencia

Es la capacidad de influir y ser influido por la comunidad; este proceso se desarrolla mediante la participación y afecta directamente la integración de las personas a la comunidad.

Integración y Satisfacción de Necesidades

En la comunidad se suscitan una serie de procesos que posibilitan la satisfacción de necesidades personales y colectivas, tanto materiales como afectivas.

Conexión Emocional Compartida:

Este componente afectivo se relaciona con las formas de interacción en comunidad; para McMillan y Chavis (1986), el componente fundamental del Sentido de Comunidad

surge a través de la frecuencia y la calidad de las interacciones, de la historia compartida

y de la inversión que las personas hacen en su comunidad.

Estas dimensiones concuerdan con los planteamientos que ligan el sentimiento de comunidad con la identidad comunitaria, incorporando una dimensión más social al término. Recientemente, en un análisis del concepto, Montero (2004) plantea las dificultades que existen para su definición, tanto por la polisemia del término como por la

confusión que se genera al intentar distinguirlo analíticamente del concepto de Comunidad. Sugiere que el constructo se clarifica más cuando es asociado a la identidad comunitaria. Obviando las dificultades para distinguir analíticamente los términos Sentido de Comunidad y Comunidad es posible reconocer tres dimensiones asociadas a éste concepto: la satisfacción con la comunidad, la pertenencia con la comunidad y la relación de la identidad con la vida en comunidad.Todos aspectos que se analizan internamente,

a partir de las interacciones que se suscitan entre los miembros de una comunidad. De

esta forma satisfacción, pertenencia e identidad, son explicadas desde: los vínculos

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TRAYECTORIA DE LA PSICOLOGÍA COMUNITARIA EN CHILE

sociales, los procesos de integración, la historia compartida y las satisfacciones personales, es decir, a partir de un análisis eminentemente subjetivista, ya sea se sitúe en el polo de

la representación o de la construcción lingüística.

Apropiación Espacial

La preocupación por el significado y la percepción de los entornos en las comunidades, la satisfacción comunitaria y los planteamientos recientes sobre la Identidad Social Urbana, son algunos de los aspectos que la Psicología Ambiental ha formalizado en su énfasis por estudiar los procesos de apropiación espacial como medio para esclarecer los mecanismos de pertenencia asociados al lugar. Vidal y Pol (2005, p. 6) distinguen diversas aproximaciones teóricas que han abordado desde ésta perspectiva, la relación entre las personas y los espacios:Topophilia (Tuan, 1974); Dependencia del Lugar (Stokols,1981); Identidad de Lugar (Proshansky,

Fabian y Kaminoff, 1983) Sentido de lugar (Hay, 1998), Satisfacción Residencial (Amérigo, 1995; Canter y Rees, 1982), Satisfacción y Sentido de Comunidad (Hummon, 1992), Identidad de Asentamiento (Feldman, 1990); Identidad Urbana (Lalli, 1992); Identidad Social Urbana (Valera, 1996a, 1997; Varela y Pol, 1994) Espacio Simbólico Urbano

(Valera, Guardia y Pol, 1998);Apego al Lugar (Altman y Low, 1992) y Apropiación del Espacio; Pol, (Korosec-Serfaty, 1976, 1996, 2002;Vidal, Pol, Guardia y Peró, 2004). El centro de Investigación CR Polis de la Universidad de Barcelona, dirigido por el doctor Enric Pol, ha desarrollado diversas investigaciones en torno a la apropiación espacial como propuesta conceptual para dar cuenta de la relación entre las experiencias cotidianas y las nociones de lugar que construyen los sujetos. Revisaremos sus principales aportes para situar esta noción. El modelo dual de la apropiación que plantea Pol (1996; 2002) explica el proceso

a través del mecanismo de Acción-Transformación que llevan a cabo los sujetos o

miembros de colectivos cuando dotan de significado sus entornos, mediante las acciones que emprenden para modificarlos y de la Identificación Simbólica como resultado de la categorización del yo, que se produce cuando los sujetos se atribuyen cualidades del espacio en la definición de su identidad individual y colectiva. Esta aproximación pone en evidencia dos procesos que están presentes en la relación entre personas y espacios, esto es: cómo se dota de significado a un lugar y cómo un lugar se constituye en una categoría de identificación.Ambas interrogantes sugerentes para enriquecer los estudios sobre la conformación de la identidad comunitaria. El simbolismo que alcanza un espacio, según Valera (1993,1996a), puede estar dado por el significado asociado a las características físicas de una estructura espacial, a la función adjudicada por su uso o a las interacciones simbólicas entre los sujetos que las ocupan. En este proceso de atribuir significado a un entorno, Pol (1997) identifica la existencia de dos fuentes de origen para la simbolización de un espacio, la proveniente

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de un órgano de poder institucional (simbolismo a priori), que apela al mecanismo de identificación, y la que se genera desde la misma comunidad (simbolismo a posteriori),

a través de la acción transformación. Esta distinción parece pertinente para comprender

los habituales conflictos de intereses que se generan en las intervenciones dirigidas por organismos gubernamentales entre los usos propuestos y los usos desarrollados por

los miembros de las comunidades.

Otro concepto desarrollado por este equipo es el de Identidad Social Urbana (Valera

y Pol, 1994); en éste se plantea que los procesos de categorización del self incorporan,

como una categoría social, el sentido de pertenencia a determinados entornos urbanos significativos para un grupo. Este proceso de categorización espacial se constituye a partir de seis dimensiones: territorial, psicosocial, temporal, conductual, social e ideológica. Estos planteamientos acerca de la apropiación espacial muestran cómo el entorno urbano supera los aspectos físicos para adoptar una dimensión simbólica y social. Se lo conceptualiza como un producto de la acción, fruto de la interacción entre las personas y el espacio público compartido. Los contenidos de estas pertenencias son, a su vez, producto de las maneras de interactuar de quienes comparten dicho espacio y de cómo los habitantes se identifican con él, desde sus significados compartidos. En síntesis, estos autores entienden “la

apropiación del espacio, dentro de un contexto sociocultural, desde los niveles individual, grupal y comunitario hasta el punto de vista de la sociedad. Este proceso se desarrolla a través de dos vías complementarias: la acción-transformación y la identificación simbólica. Entre sus principales resultados se hallan el significado atribuido al espacio, los aspectos de la identidad y el apego al lugar, los cuales pueden entenderse como facilitadores de los comportamientos respetuosos con los entornos derivados de la implicación y la participación en éstos” (Vidal y Pol, 2005, p. 13). Un estudio concreto que ha investigado estos procesos en ámbitos comunitarios, es

el Proyecto Ciudad, Identidad y Sostenibilidad CIS, dirigido por Valera y Pol (1994). El

objetivo principal de este proyecto fue analizar si las comunidades apegadas a sus entornos

y con una identidad social definida son más propensas a compartir valores que permiten

hábitat y comportamientos más sostenibles que las comunidades que no tienen un tejido

social vertebrado ni un sentido de apego con su entorno. Los resultados de la investigación confirman que la sostenibilidad en un ámbito comunitario puede ser explicada por la existencia de una identidad social, que se favorece por la calidad de los entornos urbanos

y los factores socioeconómicos. (Revisar el número monográfico dedicado a esta

investigación en la Revista Environment & Behavior City-Identity-Sustainability, Nº 34, 2002)

Cuestionamientos Cruzados

La Psicología Ambiental, a pesar de que incorpora en sus planteamientos enfoques más

holistas, mantiene en el centro de sus explicaciones los procesos de carácter individual de

la relación sujeto-entorno; su forma de incorporar lo comunitario corresponde más a una

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TRAYECTORIA DE LA PSICOLOGÍA COMUNITARIA EN CHILE

acción de ampliación de categoría, que replica los análisis de procesos individuales a una escala mayor, que a un planteamiento en el que se reconozcan las características distintivas de la comunidad; y sus planteamientos están muy cercanos a lógicas representacionistas, que privilegian el uso de metodologías cuantitativas, acercándose más a posiciones de una psicología social clásica que a una psicología social crítica. Otro aspecto en la aproximación ambiental es la escasa consideración de las relaciones de poder que condicionan las prácticas sociales de la relación sujeto-entorno

y la distancia en que se sitúa el investigador-interventor de las personas investigadas. En

este sentido, Íñiguez clarifica lo que queremos puntualizar: “el psicólogo ambiental orientado hacia la intervención forma parte de la realidad social sobre la que opera, no debe ni puede situarse en una posición de exterioridad. Será únicamente desde “dentro”, metiéndose, por así decir, en la piel de quienes viven la situación como se captan los significados profundos que estructuran la realidad ambiental (Ibáñez e Íñiguez, 1996). Por su parte, los planteamientos que ha desarrollado la Psicología Comunitaria en

relación con el entorno están principalmente centrados en los aspectos afectivos, cognitivos

y comunicativos que se suscitan en la interacción entre los miembros de la comunidad. No

incorpora claramente en sus análisis la dimensión espacial, a pesar que ya está presente en las

delimitaciones simbólicas que hacen los propios miembros de la comunidad cuando se identifican con un Barrio, Sector, Comuna o Ciudad. García, Giuliani yWiesenfeld (1994), dan cuenta de esta separación entre la dimensión física y la funcional. Estas autoras distinguen dos grandes grupos de características con que se ha abordado a la comunidad desde distintos autores: a) estructurales, y b) funcionales. Las primeras, estructurales, están conformadas por los individuos y el ambiente físico (público y privado), en el cual están asentados en este sentido, los elementos estructurales son el escenario que sustenta el desarrollo de los aspectos funcionales. Las segundas, funcionales, se refieren a todo lo que resulta de la interacción entre los individuos y su medio ambiente. Acá se incluyen la interacción entre vecinos, la formación de redes sociales, y todo intercambio que se produce en la vida cotidiana de la comunidad. Como observamos en esta distinción, el papel atribuido al aspecto ambiental se remite a la condición de escenario en el que ocurren los procesos sociales. Nuestra impresión

es que a pesar de la preeminencia por enfoques holistas en los desarrollos contemporáneos

de la psicología comunitaria, que se pueden reconocer tanto en los planteamientos sistémicos

como construccionistas, no se está integrando la dimensión espacial como un elemento

relevante en el análisis de los procesos comunitarios.

La noción de espacio: Una lectura desde la acción situada

Si consideramos que una comunidad, sin entrar en la discusión contemporánea del término,

tiene un arraigo territorial que habitualmente hace referencia a una población o barrio y,

eventualmente, a una comuna o ciudad; en la que nos encontramos con plazas, aceras, solares, edificios, prados, ríos, en fin, un conjunto de artefactos materiales con los que

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interactuamos cotidianamente, ambos planteamientos se nos presentan como incompletos. Se plantean una serie de interrogantes en torno a la consideración de estos elementos y su incidencia en los procesos comunitarios: ¿Da lo mismo el espacio físico en el que ocurren las prácticas comunitarias? ¿Deben ser incorporados estos aspectos materiales al análisis o basta con plantear que son efecto de una construcción lingüística? ¿Cómo abordar el espacio público en su doble constitución, subjetiva y material? ¿Es posible hablar de materialidad sin caer en un determinismo representacionista? Estas cuestiones son centrales a la hora de intentar un análisis mixto del espacio público o una propuesta de integración entre ambas perspectivas y nos sitúa en la discusión epistemológica y ontológica que la psicología social ha venido desarrollando hace ya un par de décadas; ahora bien, no es nuestro interés desarrollar en extenso este largo debate ni revisar todas las críticas planteadas a una u otra perspectiva. No nos interesa la discusión inicial acerca de la crítica al objetivismo representacionista, pues entendemos que el construccionismo ya es una perspectiva institucionalizada, por lo cual sus planteamientos son ampliamente conocidos. Lo que aquí queremos es plantear nuestra discrepancia con un construccionismo radical que reivindica al lenguaje como único fundamento de la realidad y que ignora otras formas no humanas. Nos parece necesario que al tratar el tema Ambiental y del Espacio reconozcamos su incidencia en la configuración de la realidad social, desde ahí nos parece que los planteamientos que abordan el conocimiento como una acción situada, nos abren caminos para una consideración de lo material y lo simbólico en este nexo entre Psicología Ambiental y Comunitaria, que se expresa radicalmente en el Espacio Público. El conocimiento como acción situada: En los últimos veinte años se han desarrollado, en las distintas disciplinas de las ciencias sociales, un conjunto de enfoques y perspectivas sobre la acción y la constitución social de la subjetividad, los cuales por medio de trayectorias diferentes, se han propuesto formular perspectivas críticas ante los grandes movimientos objetivistas y subjetivistas que hegemonizaron el desarrollo de la teoría social de gran parte del siglo XX (Sandoval, 2004). A partir de este antecedente, se postula una perspectiva del conocimiento como forma de acción situada, desde la cual, el problema de la relación entre conocimiento y realidad pasaría por la posibilidad de comprender que las prácticas de significación/construcción de la realidad social no transcurren en el vacío, y por lo tanto, éstas necesariamente deben ser analizadas en un contexto que adquiere sentido desde un cúmulo de relaciones sedimentadas como corporalidad y forma de vida. Desde esta perspectiva del conocimiento como acción situada, los procesos de significación —o construcción psicosocial del sentido—, siempre estarían situados en un trasfondo semiótico-material en el cual se articulan saberes y disposiciones corporales, con normas y tradiciones que hacen parte de una forma de vida (Saavedra, 2005, p. 32).

En nuestro objeto de análisis, la aproximación construccionista (Weinsenfeld;2001. p, 7) nos plantea que “Todas las consideraciones acerca del ambiente, sus taxonomías, definiciones, usos, se realizan en función del sentido que le confieren los usuarios”; señala,

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además, que “no concebimos al ambiente como una realidad objetiva, independiente de nuestro modo de acceso a ella, sino como la realidad intersubjetiva que las personas construyen en su interacción social, que se expresa en el conjunto de significaciones que ellas elaboran a través de la comunicación y otras prácticas sociales”. Destaca la relevancia que para este enfoque tienen los sistemas de significados y los repertorios de interpretación, para instituir la realidad social y, a su vez, la exclusión de la materialidad y lo no lingüístico de su análisis, nos parece que configura un relativismo extremo. El olvido del mundo de los artefactos, las prácticas y el cuerpo, lleva inevitablemente a una reificación del lenguaje como único soporte de la acción, apareciendo ésta en una suerte de vacío existencial. La postergación del mundo no lingüístico lleva a que el socioconstruccionismo desarrolle, explícita o implícitamente, una visión de lo discursivo como separado de las necesidades materiales y existenciales de la vida cotidiana, poniendo en jaque el estatus de realidad de nuestra propia experiencia. De ahí la necesidad de desarrollar planteamientos que aborden las implicaciones constitutivas entre materialidad y discurso (Pujol y Montenegro, 1999). Como señala Sandoval (2004, p. 104), el problema fundamental del socioconstruccionismo es que saca al sujeto del mundo, obviando (¿negando?) las constricciones culturales-histórico-materiales en las que se construye, cometiendo el olvido insoslayable de no hacer explícito que todo acto de construcción no es absolutamente lingüístico, sino que se hace desde y sobre un contexto de artefactos, saberes y prácticas materiales sedimentadas como “realidad” y encarnadas como “subjetividad” (Ema, García y Sandoval, 2003). Desde esta perspectiva, lo discursivo

refiere a una trama compleja de agencias en las cuales el lenguaje es una de las fuerzas que concurren a la significación junto a las disposiciones corporales, las estructuras arquitectónicas, las regularidades comunicativas, los objetos informáticos y otra larga red de agencias humanas y no humanas. Una mirada del ambiente y el espacio público desde esta perspectiva nos lleva a reconocer su dimensión material, a considerarlo como una agencia más parte del trasfondo semiótico-material que constituye y que, a su vez, es constituido por la acción social. Desde esta visión podemos concebir la realidad social como un proceso de articulación e hibridación en el que participan distintas agencias (materiales y simbólicas). Por lo tanto, el ambiente entendido como agencia es un elemento más de las condiciones de posibilidad en que tiene lugar la acción y que es modificado en ese acto contingente. El espacio físico y construido es parte de un proceso de sedimentación de la vida que permite la interacción simbólica; esta sedimentación histórica, en tanto incorpora elementos pasados y presentes, es lo que se denominará trasfondo, donde tiene lugar la acción, que Sandoval (2004) lo plantea en dos direcciones: la sedimentación como formas de vida, aludiendo a los juegos del lenguaje deWittgenstein, que establecen un conjunto de reglas sedimentadas como tradición que se objetivan y establecen los límites de lo posible y lo imposible, y como corporalidad, donde se encarnan la historia de experiencias, el sentido y significación de las relaciones de poder, en que el cuerpo es el resultado y condición de la práctica social. Por lo tanto, el ambiente sería constitutivo de este proceso de

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sedimentación, un agente más del trasfondo y que se hace realidad social en una experiencia contingente (temporal), producto de un proceso de articulación en el que confluyen el trasfondo y la propia acción que se constituyen mutuamente en este acto; desde ahí su intrínseca condición de situado en tanto es temporal y siempre incompleto. Desde este planteamiento pluralista epistemológico, lo relevante es comprender las formas de sedimentación de vida que tienen lugar en escenarios concretos. La psicología (subjetivismo) el ambiente (material) y la comunidad (social) son formas de agencia y elementos de trasfondo semiótico-material, por lo cual sólo tiene sentido explorarlos como forma de articulación en la acción situada histórica y corporal. Esta perspectiva nos lleva a entender la relación entre ambiente y comunidad como partes del trasfondo semiótico-material en que tiene lugar la acción y que, a su vez, es modificado por ese acto, por lo cual su separación es sólo un acto analítico que cobra sentido si se sitúa en un escenario local y temporal, como intento para abordar el proceso de subjetivación que posibilite los fundamentos locales para una práctica comprometida que transforme los agentes y agencias. Por lo tanto, asumiendo que las relaciones sociales no ocurren en el vacío, ni la identidad comunitaria se construye exclusivamente en las relaciones sociales con absoluta independencia del lugar, nos abocaremos a bosquejar algunas líneas para una complementariedad.

Bosquejos para una Integración

Una primera aproximación es fijar en la participación la articulación de algunas distinciones que proponen la noción de Sentido de Comunidad y la revisión del concepto de Apropiación del Espacio. El énfasis que describimos en los mecanismos de Acción-Transformación y de Identificación Simbólica en la explicación de la apropiación de los espacios, el apego al lugar y la identidad social urbana, se relacionan directamente con los procesos de empoderamiento y sentido de comunidad que busca generar la práctica comunitaria. Ambos planteamientos tienen su punto de encuentro en la relevancia asignada a la participación social. Cuando nos referimos a la acción transformación en una comunidad, estamos haciendo alusión directa a los procesos participativos que tienen lugar en ella, ya sean dirigidos directamente sobre la materialidad de las estructuras y espacios comunitarios o sencillamente a través de las acciones cotidianas que desempeñan las personas. En cada comunidad, la manera en que son usados estos espacios es distinta, así como su conformación y el simbolismo que se les atribuye. No es extraño ver en las comunidades que las edificaciones institucionales construidas para albergar la vida cívica de un barrio (sedes vecinales) son subutilizadas, mientras otros espacios construidos por la misma comunidad,

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por ejemplo las sedes de los clubes deportivos, son el verdadero centro de la convivencia colectiva; o las habituales disputas por el uso del territorio entre los jóvenes y los adultos de una comunidad, mientras los primeros desarrollan acciones de modificación del espacio, los segundos tienden a priorizar su conservación (Identificación).Todas estas acciones se ligan directamente con la pertenencia, con la satisfacción, con la frecuencia y calidad de las interacciones que tienen lugar en la comunidad y que conforman el sentido de comunidad. Además, hemos de reconocer que las formas de participación de una comunidad no son independientes de las condiciones de posibilidad de las agencias materiales. Por ejemplo, el tipo de acción-transformación que se lleva a cabo en los barrios de viviendas sociales ubicados en la periferia de la ciudad, que se caracterizan por ser de una calidad constructiva cuestionable, de dimensiones insuficientes, que no cuentan con servicios ni espacios públicos adecuados, son muy diversas a las que se suscitan en sectores de viviendas unifamiliares, ubicadas en los primeros anillos de la ciudad y que cuentan con instalaciones públicas y privadas. Por lo tanto, los niveles y formas de participación están situados en condiciones materiales de posibilidad. Por otra parte, la gestión ambiental como proceso interventivo que tiene lugar en la comunidad, es una acción que implica la movilización de actores y que, por lo tanto, significa asumir determinadas nociones de participación y posiciones de sujeto. Una definición que da cuenta de esta conexión entre el agente gestionador y la comunidad es la planteada por Sánchez (2001), quien define la gestión ambiental como « un proceso de acción colectiva, voluntaria, e inclusiva, mediante el cual la comunidad de manera organizada gestiona el logro de metas comunitarias, lo cual implica, generalmente, influir en las decisiones públicas relacionadas con tales metas». Si en la gestión ambiental el agente asume, como meta, la facilitación de procesos participativos en que los actores locales diseñen sus propias propuesta de acción-transformación para los espacios públicos de su comunidad, que luego serán negociados con los órganos de decisión competentes, se está apostando por la construcción colectiva de un simbolismo a posteriori que tendrá lugar a partir de las dinámicas de convivencia que constituyen esos espacios. En vez de la tan frecuente construcción unidireccional (simbolismo a priori) que se da en los procesos de regeneración urbana dirigidos desde los organismos estatales. Además, en estas acciones se desarrollan, invariablemente, procesos colectivos que favorecen la generación de pertenencia, autogestión y desnaturalización, que son propios de la construcción de comunidad. Desde este punto de vista, los procesos de intervención que tienen lugar en las comunidades y que buscan transformar sus espacios públicos, los límites entre estrategias comunitarias y lecturas ambientales es altamente difuso. En una dirección complementaria, pensar que toda acción de gestión ambiental instituye un proceso de articulación, es decir, una práctica que establece relaciones entre elementos o agentes de manera que las identidades de estos son modificadas como resultado de la práctica articulatoria, permite plantear que, en este proceso, los sujetos desarrollan acciones en sus entornos que los modifican y, a su vez, son modificados por ellos (Montenegro, 2002). Por lo cual, el agente externo (gestionador), sea cual sea su procedencia, se ve afectado por la acción de los otros y del entorno en que tiene lugar

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la acción. Desde ahí, es posible pensar la creación de articulaciones temporales entre los diversos agentes involucrados que posibiliten acciones evaluadas como pertinentes por los miembros de las comunidades y que busquen modificar sus espacios o condiciones de vida. En el plano de la regeneración urbana o el cumplimiento de las agendas 21, esta mirada abre posibilidades para pensar lógicas participativas menos consultivas y más sustantivas. Otra conexión entre estos planteamientos es la articulación entre el Sentido de Comunidad y la Identidad Social Urbana, que son distinciones que establecen formas de identificación con el espacio público comunitario, donde, a nuestro juicio, es imposible separar, más allá de un ejercicio academicista, las interacciones sociales y el espacio físico. En este proceso de pertenencia es interesante mirar las fijaciones que se producen en la articulación de las posiciones de sujeto, las agencias y las trayectorias, como categorías temporales e incompletas de la identificación asociada al espacio público.Ya sea mediante la acción colectiva y la conexión emocional compartida del Sentido de Comunidad o del proceso individual de categorización del sí mismo propuesto por la Identidad Social Ur- bana. Ellas se juegan en las acciones que tienen y se constituyen en el espacio público de la comunidad o Barrio. Por lo cual, es interesante revisar, desde estas categorías conceptuales, las relaciones que se generan entre los espacios públicos, la cohesión y la vertebración social, para la conformación de coaliciones, “bloques históricos” (Laclau y Mouffe, 1985),

de espacios sociales y políticos que se opongan a otros espacios sociales en temas específicos, como por ejemplo, en las temáticas ambientalistas y, más aún, en las de exclusión- desigualdad; es decir, entrar en la dimensión de la esfera pública que subyace a la noción de espacio público y que es tan propia de la psicología comunitaria de la transformación social.

En síntesis, la posibilidad de pensar acciones ambientales-comunitarias que busquen la articulación de distintas posiciones y agencias, que den posibilidades para una acción crítica orientada a mejorar las condiciones de vida presentes y asegurar las de futuro, son desafíos que una integración de estos campos tendría que asumir.

Consideraciones acerca de una Psicología Ambiental Comunitaria

El trabajo interdisciplinario a realizar en el escenario comunitario implica la interacción entre disciplinas, reciprocidad en los intercambios y el mutuo enriquecimiento. Es una forma de cooperación estrecha, una apertura recíproca y la comunicación entre campos de saber. Descentrarse de la propia disciplina implica una cooperación orgánica que involucra más a posiciones que a territorios. Bajo esta premisa, creemos que la integración de campos entre la Psicología Ambiental y la Psicología Comunitaria, es una dimensión implícita en el quehacer de las prácticas y que al postular una Psicología Ambiental

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Comunitaria lo que se está haciendo es instar a una nueva articulación que fije nuevas posiciones para una acción política. Consideraciones para una Psicología Ambiental Comunitaria:

• No se trata de un campo profesional, en tanto no es un área específica de intervención, pues no se puede parcelar la realidad y pretender que el ambiente es completamente independiente de quien los significa, así como tampoco plantear su absoluta dependencia.

• Tampoco está la intención de conceptualizarlo como una disciplina o subdisciplina de la psicología, pues si bien no niega la posibilidad de generar conocimiento desde la práctica, sus principales fuentes conceptuales son la Psicología Comunitaria y Ambiental; por lo tanto, es más bien un campo de análisis que tiene su centro en los procesos sociofísicos, que tienen lugar en las comunidades y que busca favorecer un cambio social sostenible.

• Abogar por la consideración en ambas disciplinas de la relación entre los fenómenos ambientales y las comunidades particulares, por lo que no se puede pretender establecer leyes generales ni dictar normas, pues se entiende que los fenómenos socio físicos están situados material y simbólicamente en un contexto histórico que se expresa localmente.

• Privilegiar el uso de técnicas de investigación cualitativas, para intentar comprender las posiciones de sujeto que articulan las interacciones que ocurren en los espacios comunitarios, desde los cuales se pueden situar las formas particulares de apropiación, los procesos de identificación y de cohesión social.

• Enfatizar la necesidad de analizar los espacios públicos, tanto por su incidencia en las condiciones materiales de las comunidades y las posibilidades de convivencia, como en su dimensión de acción política.Tal como Foucault argumenta que los mecanismos del poder han cambiado históricamente, se puede sostener que las características de las prácticas dominantes y políticas de regulación espacial también cambian, dependiendo de los efectos internos de la distribución espacial y las condiciones sociales externas dadas por la correlación de fuerzas y las necesidades de los distintos programas e intereses. (Salcedo, 2005)

• Pensar los procesos de articulación como una posibilidad de conexión temporal entre distintos agentes que se encuentran en el espacio público y que asumen posiciones distintas.

• Favorecer los procesos de participación social en las intervenciones urbanas y los planes de desarrollo, propiciando la modificación de las instancias formales, como la movilización social a partir de procesos de concientización y desnaturalización de los sistemas de producción humana que sustentan el deterioro ambiental.

• Entender la comunidad como una distinción analítica que favorece la acción de los facilitadores sociales, que debe intentar articularse con otros para la acción política como reacción colectiva frente a las amenazas ambientales.

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Referencias

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