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Simón Quijote de América

Selección y prólogo a cargo De Juvenal Herrera Torres

Lecturas Bolivarianas Ediciones Convivencias de la Corporación Bolivariana Simón Rodríguez

portada

Medellín Colombia 2004

Prólogo:

CONTENIDO

Lecturas Bolivarianas galopando en el tiempo

3

Simón Bolívar José Martí

11

Bolívar José Enrique Rodó

24

Bolívar, Profesor de energía José Veríssimo

58

Alabanza de Bolívar Juana De Ibarbourou

65

Con Bolívar hasta Bolívar, o el patriotismo de un continente Jaime Torres Bodet

79

Simón Bolívar B. Vicuña Mackena

87

Creación bolivariana Fray Hipólito Larrakoetsea

91

Don Quijote Bolívar Miguel De Unamuno

102

Los cien años Waldo Frank

121

Sobre la viudez de América GiletteI Saurat

138

La bacanal de las fieras Juvenal Herrera Torres

172

Bolivarismo y monroísmo Anatoli Shulgovski

212

Empeño y desempeño cultural José Luis SalcedoBastardo

229

Bolívar visto por Carlos Marx Vicente Perez Silva

261

Un canto a Bolívar Pablo Neruda

278

En casa de Bolívar Juvenal Herrera Torres

281

PROLOGO

LECTURAS

BOLIVARIANAS GALOPANDO EN EL TIEMPO

La Corporación Bolivariana Simón Rodríguez tiene el gusto de presentar a ustedes esta preciosa antología que busca animar las lecturas bolivarianas de nuestro proceso histórico y cultural. Se trata de una selección inicial de ensayos breves sobre la presencia histórica y política del Libertador, que, no obstante que son verdaderos clásicos en el mejor sentido de la épica lírica y de la penetración objetiva de eminentes pensadores, son muy poco conocidos en nuestro medio, en el que, hoy más que nunca, se pretende darle muerte a la historia.

La clase dominante que ha usurpado el poder en Colombia desde la muerte física de Bolívar, ha elaborado una coartada para cubrir sus crímenes, exaltando a sus progenitores con el rango de próceres y paradigmas, y ocultando a Bolívar y tergiversando la historia. Si el pueblo colombiano conociera su historia como decía el no bien recordado Camilo Torres Restrepo-, los días de los opresores en el poder estuvieran contados. Y, desde luego, no estaría Santander en las estatuas, ni el bandido Obando fuera un prócer, ni el señor Zea, el defraudador de la hacienda pública de Colombia, seguiría siendo, como lo sostiene todavía la Universidad de Antioquia, un “paradigma de moral”.

Es que, en Colombia, como muy bien lo ha manifestado Martín Acantilado, “los paradigmas están equivocados”. Lo mismo puede afirmarse de otras naciones hispanoamericanas.

Por eso partimos de un paradigma indiscutible: Simón Bolívar: el militar, el caudillo, el héroe, el tribuno, el legislador, el estadista, el internacionalista, el maestro, el adalid, el pensador: poliedro formidable, como lo define Rodó. Y profesor de energía, poeta de la acción, potente idealista que creó desde la nada y cuya pasión fue construir una América libre y unida, iniciando su anfictionía en Panamá, como lo destaca Veríssimo, el notable intelectual brasileño, cuando escribe: “Bolívar quedará siempre como uno de los ejemplos más completos de energía moral, de constancia inquebrantable, de tenacidad invencible, de virtud, en el alto sentido primitivo de la palabra”.

Al concebir a la América Latina como un todo, como un gran bloque de fraternidad y de intereses afines, Bolívar nos invita a “la eliminación total de las fronteras políticas”, como bien deduce esa portentosa Juana de América, la Ibarbourou: “Hispanoamérica es Bolívar. Y nunca podrá tener un nombre más claro y más grande, que cuando se le llame con el nombre de su libertador total”. Y así lo proclama Jaime Torres Bodet: él es el corazón del continente, el manifiesto de la utopía: “su sueño significa el más positivo factor de todo intento de construcción” y su legado más precioso configura “la carta orgánica de América: el bien y la dignidad del hombre, del hombre al servicio del mundo, de un mundo al servicio del hombre”.

El mundo nunca había contemplado una epopeya más hermosa y revolucionaria, como esa de vuelo continental que hizo centellear las clarinadas libertadoras de Boyacá, Carabobo, Pichincha, Junín y Ayacucho. Que lo diga Vicuña Mackena: “su caballo ha bebido las aguas del Orinoco, del Amazonas y del Plata”: jinete y

cóndor de América que elevó a los siervos y esclavos a la dignidad humana y que paseó su corazón siempre encendido y su palabra como una copa de luceros para desgarrar las tinieblas que apresaban a nuestra América.

Y como en Bolívar nos encontramos todos, escuchemos la

oración bolivariana y pronunciada por Fray Hipólito Larrakoetzea,

un fraile vasco que toma al libertador Simón Bolívar como el más

alto manifiesto de homenaje al pueblo vasco, porque “siendo la libertad una propiedad de la naturaleza humana” y entendiendo que “todos los hombres nacen libres y para ser libres” y que “no hay quien haya nacido esclavo ni para ser esclavo; ni el blanco del negro, ni el negro del blanco”, se deduce que “si es un crimen que un individuo esclavice a otro individuo, no es menor crimen que una nación prive de su libertad e independencia a otra; y así como decíamos que todos los individuos tienen iguales derechos en orden a libertad, otro tanto hay que decir de las naciones. No hay naciones hechas para dominar, y naciones formadas para ser colonias o esclavas de otra” y, concluye el fraile: “ocurre lo que decía San Agustín: que los grandes Estados no son sino grandes rapiñas”.

El sermón apunta sobre la significación del paso dado por Bolívar,

cuando se pone al frente de unos pueblos humillados y azotados por el colonialismo, para libertarlos y constituirlos en naciones independientes y republicanas. Por eso es el primero en la

historia de la humanidad al que se ha dado el título de Libertador.

Y destaca muy especialmente su iniciativa como revolucionario,

anotando “¿Qué le importaba a él que todavía nadie hubiese dado semejante paso? Los grandes hombres no necesitan que nadie les enseñe el camino; son ellos los guías de los pueblos”.

Ese Bolívar Quijote que nos describe Unamuno, de naturaleza enfática y teatral, seguido por el pueblo en armas su Sancho múltiple-, que al arengar sus soldados les advierte que “la libertad

del nuevo mundo es la esperanza del universo”. Ese soñador sin límites en su generosidad, que supo darse entero sin cálculos mezquinos, porque “los servicios de un don Quijote no pueden ser pagados con dinero”: “Tal fue el hombre de la América española”, que, como expresa Unamuno, “ha encarnado el alma inmortal de la hispanía máxima, miembro espiritual sin el que la humanidad quedaría incompleta”.

El destacado intelectual y escritor norteamericano Waldo Frank, así como la notable historiadora francesa Gilette Saurat, nos dan su visión objetiva, inobjetablemente documentada y penetrante de lo que han hecho los falsos paradigmas desde el poder en Colombia y en Hispanoamérica. Esos conspiradores que atentaron contra el Libertador y asesinaron a Sucre, que trafican con la soberanía nacional porque sus intereses nunca se identificaron con el pueblo, han hecho de Colombia, como escribe Frank, “un caos estratificado, y su patrón es Francisco de Paula Santander, el abogado virtuoso y aficionado a presenciar las ejecuciones”. La crueldad, la intolerancia, el terror y el crimen serán los puntales inconmovibles hasta hoy de los usurpadores del poder. Así lo testimonia la sangre derramada de millares de colombianos y los magnicidios impunes de Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán, Jaime Pardo Leal y los más esclarecidos líderes.

Por eso, como lo dice Saurat en forma tan cruda e irrefutable: Con la muerte de Bolívar y de Sucre se culmina la etapa de los héroes y se abre la de los asesinos y déspotas: los Santander, Obando y sus epígonos en el continente, que se erigirán como verdugos de sus pueblos y entregarán sus naciones a los intereses del gran capital extranjero. Se inicia, como lo afirmo en mi ensayo titulado “La bacanal de las fieras”, el latrocinio en el poder y la represión más brutal y constante contra el pueblo. Porque una cosa es bien clara: si Bolívar construyó a Colombia y fue la garantía de su integración y unidad, ofreciendo al mundo la más alta lección de

soberanía y dignidad; Santander, en cambio, inicia la destrucción política y moral de Colombia, y sus pupilos han ofrecido al mundo el vergonzoso espectáculo de una nación despedazada, desidentificada, inmoral de arriba abajo, cuyos gobernantes llegan al extremo de proponer una invasión armada del imperialismo yanqui para sofocar los problemas sociales.

Porque otra cosa es bien cierta: cuando Bolívar se llamaba a sí mismo liberal, lo hacía para pregonar un concepto de libertad de naturaleza popular y democrática, en la que la voluntad general y el bien común definían el principio rector de toda su acción política. Bolívar estimaba que los intereses de la comunidad estaban por encima de los intereses particulares de los individuos, por prepotentes que sean.

Pero el liberalismo que finalmente se impone, expresa una idea muy distinta y opuesta sobre el concepto de libertad: impone la avidez explotadora del liberalismo manchesteriano, beligerantemente desarrollado por la burguesía puritana de los Estados Unidos y dócilmente aclamada por el santanderismo. ¿Qué libertad proponen? La libertad de mercado, la libertad de las mercancías, la libertad del individuo para enriquecerse a costa de la miseria pública. Es la “libertad” pregonada por Stuart Mill y Jeremías Bentham, que Bolívar combatió y Santander idolatró. Mientras Bolívar se plantea liberar esclavos y siervos, redimir a los indígenas y encomendó a su ejército defender las libertades del pueblo, las garantías sociales, la integridad territorial de la nación y la soberanía popular, el liberalismo británico y norteamericano y el santanderismo convertido en su instrumento de penetración, coincidían en una premisa fundamental: sea libre el mercado aunque oprimida quede la nación.

Si los Estados Unidos y el liberalismo europeo se opusieron a Bolívar porque en él veían con temor la tiranía de la mayoría, es perfectamente claro que identificaron en el Libertador al más

firme adalid contra la tiranía de la minoría.

De José Luis SalcedoBastardo, destacado historiador venezolano, hemos incluido su importante escrito que nos muestra el altísimo magisterio de Bolívar en la construcción del nuevo mundo: su visión programática, su vivo interés por la educación, el papel creador de la mujer, la importancia de la cultura, las bellas artes, la ciencia, la formación de la opinión pública y del periodismo. En una palabra “la artillería del pensamiento”. La ciencia y el arte son los dos caminos que conducen al conocimiento completo del hombre y del mundo. Porque, como lo enseña Bolívar, los científicos son los verdaderos descubridores de la realidad física, mientras los poetas y los artistas son los que trazan el mapa espiritual de las naciones: son los constructores de la moral de los pueblos.

Tal como lo ha escrito SalcedoBastardo: “La condición juvenil de América es proclive al desconocimiento y al olvido de su verdad óntica. Es pueril pensar, sin análisis, que la juventud por sí misma sea una virtud. Juventud es un instante de historia que significa promesa, pero que al mismo tiempo dice: escasa y débil realidad, verdad en germen. La juventud de América no es mérito para la inercia, sino deber y obligación e impulso para el desvelo futuro. Bolívar presiente la avalancha de sistemas y formas culturales que (…) pueden a la larga diluir la nacionalidad hispanoamericana. Prensa, escuela, maestros, universidades, pensadores, artistas, constituyen la materia efectiva para este dique espiritual en previsión y defensa de catastróficas inundaciones foráneas”.

Por último, hemos escogido para la presente antología la muy interesante conferencia del distinguido intelectual Vicente Pérez Silva sobre Bolívar visto por Marx, que toca un tema que durante un tiempo fue objeto de tendenciosas manipulaciones. A los actores más retardatarios siempre les sirvió oponer a Marx al

libertador, y los supuestos marxistas tarados por el dogmatismo y la ignorancia de nuestra historia, ayudaron no poco a la ultraderecha, al tomar como una revelación el lamentable escrito

de Marx sobre Simón Bolívar.

Sin embargo, Pérez Silva en su cuidadosa exposición pone en claro las deficientes informaciones en que se basó Marx y, no obstante ello, aproxima a estos dos colosos de la lucha revolucionaria de los pueblos del mundo. Es propio de toda la

oscura mentalidad fundamentalista ver en hombres como Bolívar

y Marx jerarcas infalibles. La humanización de Marx y la

reivindicación de Bolívar, el más grande revolucionario de la lucha contra el colonialismo, quedan irrevocablemente manifiestos en

su conferencia.

Y concluyo reiterando algo que he manifestado muchas veces en mis escritos y conferencias: es que el pensamiento de Bolívar como acontece con el pensamiento de hombres como Carlos Marx-, trasciende los tiempos. Tiene y tendrá continuadores. Por eso se habla del pensamiento marxista y por eso se habla de la vigencia histórica y política de Simón Bolívar. Cada cual, naturalmente, con sus propios esquemas y acentos. Uno y otro, partiendo de mundos y de realidades diferentes, hicieron la crítica fulminante de la opresión existente y trazaron caminos a los pueblos.

Juvenal Herrera Torres

BOLIVAR

Señoras, señores:

JOSE MARTI

Cuba

CON LA FRENTE CONTRITA DE LOS AMERICANOS QUE NO han podido entrar aún en América; con el sereno conocimiento del puesto y valer reales del gran caraqueño en la obra espontánea y múltiple de la emancipación americana; con el asombro y reverencia de quien ve aún ante sí, demandándole la cuota, a aquel que fue como el samán de sus llanuras en la pompa y generosidad, y como los ríos que caen atormentados de las cumbres, y como los peñascos que vienen ardiendo, con luz y

fragor, de las entrañas de la tierra, traigo el homenaje infeliz de mis palabras, menos profundo y elocuente que el de mi silencio, al que desclavó del Cuzco el gonfalón de Pizarro. Por sobre tachas y cargos, por sobre la pasión de elogio y la del denuesto, por sobre las flaquezas mismas, ápice negro en el plumón del cóndor, de aquel príncipe de la libertad, surge rabioso el hombre verdadero. Quema, y arroba. Pensar en él, asomarse a su vida, leerle una arenga, verlo desecho y jadeante en una carta de amores, es como sentirse orlado de oro el pensamiento. Su ardor fue el de nuestra redención, su lenguaje fue el de nuestra naturaleza, su cúspide fue la de nuestro continente: su caída, para el corazón. Dícese Bolívar, y ya se ve delante el monte a que, más que la nieve, sirve el encapotado jinete de corona, ya el pantano en que se revuelven, con tres repúblicas en el morral, los libertadores que van a rematar la redención de un mundo. ¡Oh, no! En calma no se puede hablar de aquel que no vivió jamás en ella: ¡de Bolívar se puede hablar con una montaña por tribuna o entre relámpagos y rayos o con un manojo de pueblos libres en el puño, y la tiranía descabezada a los pies…! Ni a la justa admiración ha de tenerse miedo, porque esté de moda continua en cierta especie de hombres el desamor de lo extraordinario; ni el deseo bajo del aplauso ha de ahogar con la palabra hinchada los decretos del juicio; ni hay palabra que diga el misterio y fulgor de aquella frente cuando en el desastre de Casacoima, en la fiebre de su cuerpo y la soledad de sus ejércitos huidos, vio claros, allá en la cresta de los Andes, los caminos por donde derramaría la libertad sobre las cuencas del Perú y Bolivia. Pero cuanto dijéramos, y aún lo excesivo, estaría bien en nuestros labios esta noche, porque cuantos nos reunimos hoy aquí, somos los hijos de su espada.

Ni la presencia de nuestras mujeres puede, por temor de parecerles enojoso, sofocado en los labios el tributo; porque ante las mujeres americanas se puede hablar sin miedo de la libertad. Mujer fue aquella hija de Juan de Mena, la brava paraguaya, que al saber que a su paisano Antequera lo ahorcaban por criollo, se

quitó el luto del marido que vestía, y se puso de gala, porque “es día de celebrar aquel en que un hombre bueno muere gloriosamente por su patria”; -mujer fue la colombiana, de saya y cotón, que antes que los comuneros, arrancó en el Socorro el edicto de impuestos insolentes que sacó a pelear a veinte mil hombres; -mujer la de Arismendi, pura cual la mejor perla de la Margarita, que a quien la pasea presa por el terrado de donde la puede ver el esposo sitiador, dice, mientras el esposo riega de metralla la puerta del fuerte: “jamás lograréis de mí que le aconseje faltar a sus deberes”; - mujer aquella soberana Pola, que armó a su novio para que se fuese a pelear, y cayó en el patíbulo junto a él; -mujer Mercedes Ábrego, de trenzas hermosas, a quien cortaron la cabeza porque bordó, de su oro más fino, el uniforme del Libertador; -mujeres, las que el piadoso Bolívar llevaba a la grupa, compañeras indómitas de sus soldados, cuando a pechos juntos vadeaban los hombres el agua enfurecida por donde iba la redención a Boyacá, y de los montes andinos, siglos de la naturaleza, bajaban torvos y despedazados los torrentes.

Hombre fue aquél en realidad extraordinario. Vivió como entre llamas, y lo era. Ama, y lo que dice es como florón de fuego. Amigo, se le muere el hombre honrado a quien quería, y manda que todo cese a su alrededor. Enclenque, en lo que anda el posta más ligero barre con un ejército naciente todo lo que hay de Tenerife a Cúcuta. Pelea, y en lo más afligido del combate, cuando se le vuelven suplicantes todos los ojos, manda que le desensillen el caballo. Escribe, y es como cuando en lo alto de una cordillera se coge y cierra de súbito la tormenta, y es bruma y lobreguez el valle todo; y a tajos abre la luz celeste la cerrazón, y cuelgan de un lado y otro las nubes por los picos, mientras en lo hondo luce el valle fresco con el primor de todos sus colores. Como los montes era él ancho en la base, con las raíces en las del mundo, y por la cumbre enhiesto y afilado, como para penetrar mejor en el cielo rebelde. Se le ve golpeando, con el sable de

puño de oro, en las puertas de la gloria. Cree en el cielo, en los dioses, en los inmortales, en el dios de Colombia, en el genio de América, y en su destino. Su gloria lo circunda, inflama y arrebata. Vencer ¿no es el sello de la divinidad? ¿vencer a los hombres, a los ríos hinchados, a los volcanes, a los siglos, a la naturaleza? Siglos, ¿cómo los desharía, si no pudiera hacerlos? ¿no desata razas, no desencanta el continente, no evoca pueblos, no ha recorrido con las banderas de la redención más mundo que ningún conquistador con las de la tiranía, no habla desde el Chimborazo con la eternidad y tiene a sus plantas en el Potosí, bajo el pabellón de Colombia picado de cóndores, una de las obras más bárbaras y tenaces de la historia humana? ¿no le acatan las ciudades, y los poderes de esta vida, y los émulos enamorados o sumisos, y los genios del orbe nuevo, y las hermosuras? Como el sol llega a creerse, por lo que deshiela y fecunda, y por lo que ilumina y abrasa. Hay senado en el cielo, y él será, sin duda, de él. Ya ve el mundo allá arriba, áureo de sol cuajado, y los asientos de la roca de la creación, y el piso de las nubes, y el techo de centellas que le recuerden, en el cruzarse y chispear, los reflejos del mediodía de Apure en los rejones de sus lanzas: y descienden de aquella altura, como dispensación paterna, la dicha y el orden sobre los humanos. -¡Y no es así el mundo, sino suma de la divinidad que asciende ensangrentada y dolorosa del sacrificio y prueba de los hombres todos! Y muere él en Santa Marta del trastorno y horror de ver hecho pedazos aquel astro suyo que creyó inmortal, en su error de confundir la gloria de ser útil, que sin cesar le crece, y es divina de veras, y corona que nadie arranca de las sienes, con el mero accidente del poder humano, merced y encargo casi siempre impuro de los que sin mérito u osadía lo anhelan para sí, o estéril triunfo de un bando sobre otro, o fiel inseguro de los intereses y pasiones, que sólo recae en el genio o la virtud en los instantes de suma angustia o pasajero pudor en que los pueblos, enternecidos por el peligro, aclaman la idea o desinterés por donde vislumbran su rescate. ¡Pero así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo,

sentado aún en la roca de crear, con la inca al lado y el haz de banderas a los pies; así está él, calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy: porque Bolívar tiene que hacer en América todavía!

América hervía a principios del siglo, y él fue como su horno. Aún cabecea y fermenta, como los gusanos bajo la costra de las viejas raíces, la América de entonces, larva enorme y confusa. Bajo las sotanas de los canónigos y en la mente de los viajeros próceres venía de Francia y de Norteamérica el libro revolucionario, a avivar el descontento del criollo de decoro y letras, mandado desde allende a horca y tributo; y esta revolución de lo alto, más la levadura rebelde y en cierto modo democrática del español segundón y desheredado, iba a la par creciendo con la cólera baja, la del gaucho y el roto y el cholo y el llanero, todos tocados en su punto de hombre: en el sordo oleaje, surcado de lágrimas el rostro inerme, vagaban con el consuelo de la guerra por el bosque las majadas de indígenas, como fuegos errantes sobre una colosal sepultura. La independencia de América venía de un siglo atrás sangrando: -¡ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí misma! Así, en las noches amorosas de su jardín solariego de San Jacinto, o por las riberas de aquel pintado Anauco por donde guió tal vez los pies menudos de la esposa que se le murió en flor, venía Bolívar, con el puño al corazón, la procesión terrible de los precursores de la independencia de América: ¡van y vienen los muertos por el aire, y no reposan hasta que no está su obra satisfecha! Él vio, sin duda, en el crepúsculo del Ávila, el sequito cruento…

Pasa Antequera, el del Paraguay, el primero de todos, alzando de sobre su cuello rebanado la cabeza: la familia entera del pobre inca pasa, muerta a los ojos de su padre atado, y recogiendo los cuartos de su cuerpo: pasa Tupac Amarú: el rey de los mestizos de Venezuela viene luego, desvanecido por el aire, como un fantasma: dormido en su sangre va después Salinas, y Quiroga

muerto sobre su plato de comer, y Morales como viva carnecería porque en la cárcel de Quito amaban a su patria; sin casa adonde volver, porque se la regaron de sal, sigue León, moribundo en la cueva: en garfios van los miembros de José España, que murió sonriendo en la horca, y va humeando el tronco de Galán, quemado ante el patíbulo: y Berbeo pasa, más muerto que ninguno, -aunque de miedo a sus comuneros lo dejó el verdugo vivo, -porque para quien conoció la dicha de pelear por el honor de su país, no hay muerte mayor que estar en pie mientras dura la vergüenza patria: ¡y, de esta alma india y mestiza y blanca hecha una llama sola, se envolvió en ella el héroe, y en la constancia y en la intrepidez con ella; en la hermandad de la aspiración común juntó, al calor de la gloria, los compuestos desemejantes; anuló o enfrenó émulos, pasó el páramo y revolvió montes, fue regando de repúblicas la artesa de los Andes, y cuando detuvo la carrera, porque la revolución argentina oponía su trama colectiva y democrática al ímpetu boliviano, ¡catorce generales españoles, acurrucados en el cerro de Ayacucho, se desceñían la espada de España!

De las palmas de las costas, puestas allí como para entonar canto perenne al héroe, sube la tierra, por tramos de plata y oro, a las copiosas planicies que acuchilló de sangre la revolución americana; y el cielo ha visto pocas veces escenas más hermosas, porque jamás movió a tantos pechos la determinación de ser libres, ni detuvieron teatro de más natural grandeza, ni el alma de un continente entró tan de lleno en la de un hombre. El cielo mismo parece haber sido actor, porque eran dignas de él, en aquellas batallas: ¡parece que los héroes todos de la libertad, y los mártires todos de toda la tierra, poblaban apiñados aquella bóveda hermosa, y cubrían, como gigante égida, el aprieto donde pujaban nuestras armas, o huían despavoridos por el cielo injusto, cuando la pelea nos negaba su favor! El cielo mismo debía, en verdad, detenerse a ver tanta hermosura: -de las

eternas nieves, ruedan, desmontadas, las aguas portentosas; como menuda cabellera, o crespo vellón visten las negras abras árboles seculares; las ruinas de los templos indios velan sobre el desierto de los lagos: por entre la bruma de los valles asoman las recias torres de la catedral española: los cráteres humean, y se ven las entrañas del universo por la boca del volcán descabezado: ¡y a la vez, por los rincones todos de la tierra, los americanos están peleando por la libertad! Unos cabalgan por el llano y caen al choque enemigo como luces que se apagan, en el montón de sus monturas; otros, rienda al diente, nadan, con la banderola a flor de agua, por el río crecido: otros, como selva que echa a andar, vienen costilla a costilla, con las lanzas por sobre las cabezas: otros trepan un volcán, y le clavan en el belfo encendido la bandera libertadora. ¡Pero ninguno es más bello que un hombre de frente montuosa, de mirada que le ha comido el rostro, de capa que le aletea sobre el potro volador, de busto inmóvil en la lluvia del fuego o la tormenta, de espada a cuya luz vencen cinco naciones! Enfrena su retinto, desmadejado el cabello en la tempestad del triunfo, y ve pasar, entre la muchedumbre que le ha ayudado a echar atrás la tiranía, el gorro frigio de Ribas, el caballo dócil de Sucre, la cabeza rizada de Piar, el dolmán rojo de Páez, el látigo desflecado de Córdoba, o el cadáver del coronel que sus soldados se llevan envuelto en la bandera. Yérguese en el estribo, suspenso como la naturaleza, a ver a Páez en las Queseras dar las caras con su puñado de lanceros, y ha vuelo de caballo, plegándose y abriéndose, acorralar en el polvo y la tiniebla al hormiguero enemigo. ¡Mira, húmedos los ojos, el ejército de gala, antes de la batalla de Carabobo, al aire colores y divisas, los pabellones viejos cerrados por un muro vivo, y en todo el campamento el júbilo misterioso de la casa en que va a nacer un hijo! ¡Y más bello que nunca fue en Junín, envuelto entre las sombras de la noche, mientras que en pálido silencio se astillan contra el brazo triunfante de América las últimas lanzas españolas!

…Y luego, poco tiempo después, desencajado, el pelo hundido por las sienes enjutas, la mano seca como echando atrás el mundo, el héroe dice en su cama de morir; “¡José! ¡José! Vámonos, que de aquí nos echan: ¿adónde iremos?” Su gobierno nada más se había venido abajo, pero él acaso creyó que lo que se derrumbaba era la república; acaso, como que de él se dejaron

domar, mientras duró el encanto de la independencia, los recelos

y personas locales, paró en desconocer, o dar por nulas o

menores, estas fuerzas de realidad que reaparecían después del triunfo: acaso, temeroso de que las aspiraciones rivales le decorasen los pueblos recién nacidos, buscó en la sujeción, odiosa al hombre, el equilibrio político, sólo constante cuando se fía a la expansión, infalible en un régimen de justicia, y más firme cuanto más desatado. Acaso, en un sueño de gloria, para la América y para sí, no vio que la unidad de espíritu, indispensable a la salvación y dicha de nuestros pueblos americanos, padecía, más que se ayudaba, con su unión en formas teóricas y artificiales que no se acomodaban sobre el seguro de la realidad: acaso el genio previsor que proclamó que la salvación de nuestra América está en la acción una y compacta de sus repúblicas, en cuanto a sus relaciones con el mundo y al sentido y conjunto de su

porvenir, no pudo, por no tenerla en el redaño, ni venirle del hábito

ni

de la casta, conocer la fuerza moderadora del alma popular, de

la

pelea de todos en abierta lid, que salva, sin más ley que la

libertad verdadera, a las repúblicas: erró acaso el padre angustiado en el instante supremo de los creadores políticos, cuando un deber les aconseja ceder a nuevo mando su creación, porque el título de usurpador no la desluzca o ponga en riesgo, y otro deber, tal vez en el misterio de su idea creadora superior, les

mueve a arrostrar por ella hasta la deshonra de ser tenidos por usurpadores.

¡Y eran las hijas de su corazón, aquellas que sin él se desangraban en lucha infausta y lenta, aquellas que por su magnanimidad y tesón vinieron a la vida, las que le tomaban de

las manos, como que de ellas era la sangre y el porvenir, el poder de regirse conforme a sus pueblos y necesidades! ¡Y desaparecía

la

conjunción, más larga que la de los astros del cielo, de América

y

Bolívar para la obra de la independencia, y se revelaba el

desacuerdo patente entre Bolívar, empeñado en unir bajo un gobierno central y distante los países de la revolución, y la revolución americana, nacida, con múltiples cabezas, del ansia del gobierno local y con la gente de la casa propia! “¡José! ¡José! Vámonos, que de aquí nos echan: ¿adónde iremos?”…

¿Adónde irá Bolívar? ¡Al respeto del mundo y a la ternura de los americanos! ¡A esta casa amorosa, donde cada hombre le debe

el goce ardiente de sentirse como en brazos de los suyos en los

de todo hijo de América, y cada mujer recuerda enamorada a aquel que se apeó siempre del caballo de la gloria para agradecer

una corona o una flor a la hermosura! ¡A la justicia de los pueblos, que por el error posible de las formas, impacientes, o personales, sabrán ver el empuje que con ellas mismas, como de mano potente en lava blanda, dio Bolívar a las ideas madres de América! ¿¡Adónde irá Bolívar! ¡Al brazo de los hombres para que defiendan de la nueva codicia, y del terco espíritu viejo, la tierra donde será más dichosa y bella la humanidad! ¡A los pueblos callados, como un beso de padre! ¡A los hombres del rincón y de

lo transitorio, a las panzas aldeanas y los cómodos harpagones,

para que, a la hoguera que fue aquella existencia, vean la hermandad indispensable al continente y los peligros y la

grandeza del porvenir americano! ¿Adónde irá Bolívar?

último virrey de España yacía con cinco heridas, iban los tres siglos atados a la cola del caballo llanero, y con la casaca de la victoria y el elástico del lujo venía al paso el Libertador, entre el ejército, como de baile, y al balcón de los cerros asomado el gentío, y como flores en jarrón, saliéndose por las cuchillas de las lomas, los mazos de banderas. El Potosí aparece al fin, roído y ensangrentado: los cinco pabellones de los pueblos nuevos, con verdaderas llamas, flameaban en la cúspide la América

Ya el

resucitada: estallan los morteros a anunciar al héroe, -y sobre las cabezas, descubiertas de respeto y espanto, rodó por largo tiempo el estampido con que de cumbre en cumbre respondían, saludándolo, los montes. ¡Así, de hijo en hijo, mientras la América viva, el eco de su nombre resonará en lo más viril y honrado de nuestras entrañas!

Discurso pronunciado en la velada de la sociedad latinoamericana en honor de Simón Bolívar el 28 de octubre de 1893.

BOLIVAR……

CUENTAN QUE UN VIAJERO LLEGÓ UN DÍAACARACAS AL anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A todos:

al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.

Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar, ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el

gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el país en que nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino ser bribón. Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso: la llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con rudeza, o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y como la llama. En América se vivía antes de la libertad como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la carga, o morir.

Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro al su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres va miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la

luz.

Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las palabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido, que le pesaba en el corazón, y no le dejaba vivir en paz. La América entera estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchos hombres y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de Bolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando parecía que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo habían echado del país. Él se fue a una isla, a ver su tierra de cerca, a pensar en su tierra.

Un negro generoso lo ayudó cuando ya no lo quería ayudar nadie. Volvió un día a pelear, con trescientos héroes, con los trescientos libertadores. Libertó a Venezuela. Libertó a la Nueva Granada, libertó al Ecuador. Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación de Bolivia. Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos. Todo se estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Los generales peleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un ejército de jóvenes. Jamás se peló tanto, ni se peleó mejor, en el mundo por la libertad. Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres a gobernarse por sí mismos, como el derecho de América a ser libre. Los envidiosos exageraron sus defectos. Bolívar murió de pesar del corazón, más que de mal del cuerpo, en la casa de un español en Santa Marta. Murió pobre, y dejó una familia de pueblos

BOLIVAR

JOSÉ ENRIQUE RODÓ

Uruguay

Grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en la gloria, grande en el infortunio, grande para magnificar la parte impura que cabe en el alma de los grandes, y grande para sobrellevar, en el abandono y en la muerte, la trágica expiación de la grandeza. Muchas vidas humanas hay que componen más perfecta armonía, orden moral o estético más puro; pocas ofrecen tan constante carácter de grandeza y de fuerza; pocas subyugan con tan violento imperio las simpatías de la imaginación heroica.

Cuando se considera esa soberbia personificación de original energía, en el medio y la hora en que aparece, se piensa que toda la espontaneidad reprimida, toda la luz y el color escatimados en la existencia inerte de las diez generaciones sujetas al yugo colonial, se concentraron, por instantáneo desquite, en una vida individual y una conciencia única.

Virtualidad infinita, el genio está perennemente a la espera en el fondo de la sociedad humana, como el rayo en las entrañas de la nube. Para pasar al acto ha menester de la ocasión. Su sola dependencia es la del estímulo inicial que lo desata y abandona a su libertad incoercible; pero ese estímulo es la condición que se reserva el hado, porque lo trae a su hora el orden de la sociedad que tienta y solicita el arranque innovador.

Larga sucesión de generaciones pasa, acaso, sin que la extraordinaria facultad que duerme, velada en formas comunes, tenga obra digna en qué emplearse, y cuando, en la generación

predestinada, el rebosar de una aspiración, la madurez de una necesidad, traen la ocasión propicia, suele suceder que la respuesta al silencioso llamamiento parta de una vida que ha empezado a correr, ignorante de su oculta riqueza, en un sentido extraño a aquel que ha de transfigurarla por la gloria.

Algo de esta súbita exaltación hay en el heroísmo de Bolívar. Desde que su conciencia se abrió al mundo vio acercarse el momento de la revolución, participando de los anhelos que la preparaban en la secreta agitación de los espíritus; pero ese vago hervor de su mente no imprimió carácter a una juventud que, en su parte expresiva y plástica tuvo un sello distinto del que buscaría como anuncio de las supremas energías de la acción.

Su primer sueño fue de belleza, de magnificencia y de deleite. Si las fatalidades de la historia hubieran puesto fuera de su época la hora de la emancipación, habría llevado la vida de gran señor, refinado e inquieto, que prometía, mientras repartió su tiempo entre sus viajes, el retiro de su hacienda de San Mateo y la sociedad de la Caracas palaciana y académica de los últimos días de la colonia. Algún destello del alma de Alcibíades parece reflejarse en el bronce de esa figura de patricio mozo y sensual, poseedor inconsciente de la llama del genio, en quien la atmósfera de la Europa, inflamada en el fuego de las primeras guerras napoleónicas, excitó el sentimiento de la libertad política, como una inclinación de superioridad y de nobleza, llena del tono clásico y hostil, por su más íntima sustancia, a toda afición demagógica y vulgar.

Aún no enunciada en aquel momento la gloria, pero sí el brillo que la remeda, allí donde no hay espacio para más. Uníanse en la aureola de su juventud el lustre de la cuna, los medios del pingüe patrimonio, todos los dones de la inteligencia y de la cortesanía, realzados por el fino gusto literario y la pasión del bello vivir.

Y esta primera corteza de su personalidad no desapareció

enteramente con la revelación de su profunda alma ignorada. “Varón estético”, como se dijo de Platón y como puede extenderse

a toda una casta de espíritus, continuó siéndolo cuando el genio

lo llevó a sus alturas; y héroe, tuvo la elegancia heroica, la

preocupación del gesto estatuario, del noble ademán, de la actitud gallarda e imponente, que puede parecer histriónica a los que no hayan llegado a una cabal comprensión de su personalidad, pero que es rasgo que complementa de manera espontánea y concorde la figura de estos hombres de acción, en quienes el genio de la guerra, por la finalidad visionaria y creadora que lo mueve, confina con la naturaleza del artista y participa de la índole de sus pasiones. ¿No ha asimilado Taine, en riguroso análisis de psicología, la espada de Napoleón al cincel escultórico de Miguel Ángel, como instrumentos de una misma facultad soberana, que ejercita el uno en las entrañas insensibles del mármol y el otro en las animadas y dolientes de la realidad?

Así aparece desde el día en que selló sus esponsales de la vocación, que ya lo enamoraba e inquietaba, cuando de paso Roma, sube, como arrebatado de un numen, a la soledad del

Aventino, a cuyos pies mira extenderse el vasto mar de recuerdos de libertad y de grandeza, y, como hablando a la conciencia de esta antigüedad, jura libertar un mundo. Así aparece luego en Caracas, cuando, entre el espanto del terremoto que despedaza

la ciudad, al iniciarse la revolución, levanta, sobre las ruinas

convulsas de la iglesia de San Francisco, su figura nerviosa y altanera, y allí, en presencia de la multitud despavorida, prorrumpe en las soberbias palabras, a cuyo lado palidece la imprecación famosa de Ayax de Telamón: “¡si la naturaleza se opone, lucharemos con ella y la someteremos!”.

En la batalla, en el triunfo, en la entrada a las ciudades, en el ejercicio del poder o entre las galas de la fiesta, siempre luce en el mismo instintivo sentimiento de esa que podemos llamar la forma

plástica del heroísmo y de la gloria. Concertando la febril actividad de una guerra implacable, aún queda algo en su imaginación para honrar, por estilo solemne, la memoria y el ejemplo de los suyos en pompas como aquella procesión, semejante a una ceremonia pagana, que llevó triunfalmente el corazón de Girardot, en urna custodiada por las armas del ejército, desde el Bárbula, donde fue la muerte del héroe, hasta Caracas. En la memoria de sus contemporáneos quedó impresa la majestad antigua del gesto y el porte con que, constituida Colombia, penetró al recinto de la primera Asamblea a resignar en ella el mando de los pueblos.

Ante las cosas soberanas y magníficas del mundo material experimenta una suerte de emulación que lo impulsa a hacer de modo que entre él mismo a formar parte del espectáculo imponente y a señorearlo como protagonista. En su ascensión al Chimborazo, que interpreta la retórica violenta, pero sincera, en su énfasis del “Delirio”, se percibe, sobre todo otro sentimiento, el orgullo de subir, de pisar la frente del coloso, de llegar más arriba que la Condamine, más arriba que Humboldt, adonde no haya huella antes de la suya.

Otra vez se acerca a admirar la sublimidad del Tequendama. Allí su espíritu y la naturaleza componen un acorde que lo exalta como una influencia de Dionysos. Cruzando la corriente de las aguas, y en el preciso punto en que ellas van a desplomarse, hay una piedra distante de la orilla el justo trecho que abarca el salto de un hombre. Bolívar, sin quitarse sus botas de tacón herrado, se lanza de un ímpetu a aquella piedra bruñida por la espuma, y tomándola de pedestal, yergue la cabeza, incapaz de vértigo, sobre el voraz horror del abismo.

Era la continuación, transfigurada según conviene a la grandeza heroica, de aquel mismo carácter de su juventud que le hizo escribir, mientras deshojaba en las cortes europeas las rosas de sus veinte años, esta confesión de una carta a la baronesa de

Trobriand: “yo amo menos los placeres que el fausto, porque me parece que el fausto tiene un falso aire de gloria”. Y esto venía tan del fondo de su naturaleza que, en rigor, nunca hubo carácter más inmune de todo amaño y remedo de afectación. Nunca le hubo, en general, más espontáneo e inspirado. Todo es iluminación en sus propósitos; todo es arrebato en su obra.

Su espíritu es de los que manifiestan la presencia de esa misteriosa manera de pensamiento y de acción que escapa a la conciencia del que la posee y que, sublimando sus efectos muy por arriba del alcance de la intención deliberada y prudente, vincula las más altas obras del hombre a esa ciega fuerza del instinto, que labra la arquitectura del panal, orienta el ímpetu del vuelo y asegura el golpe de la garra. Así, para sus victorias, le valen el repentino concebir y el fulminante y certero ejecutar. Y en la derrota, una especie de don anteico, como no se ve en tal grado en ningún otro héroe; una extraña virtud de agigantarse más cuanto más recia fue y más abajo la caída; una como asimilación tonificante de los juegos de la adversidad y del oprobio, no en virtud del aleccionamiento de la experiencia, sino por la reacción inconsciente e inmediata de una naturaleza que desempeña en ello su ley. Su fisonomía guerrera tiene en este rasgo el sello que la individualiza. Bien lo significó su adversario, el general español Morillo, en pocas palabras: “más temible vencido que vencedor”.

Sus campañas son el desenvolvimiento gradual y sistemático de un plan de sabiduría y reflexión que proceda por parte, reteniendo y asegurando lo ya dejado atrás, y proporcionando las miras del arrojo a la juiciosa medida de las fuerzas. Son como enormes embestidas, como gigantescas oleadas, que alternan, en ritmo desigual, con tumbos y rechazos no menos violentos y espantables, desplomándose de súbito el esfuerzo que culminaba avasallador, para resurgir muy luego en otra parte, y de otro modo, y con más brío, hasta que un impulso más pujante o

certero que los otros sobrepasa el punto de donde ya no puede tomar pendiente el retroceso, y entonces la victoria persiste, y crece, y se propaga como las aguas de la inundación, y, de nudo en nudo de los Andes, cada montaña es un jalón de victoria.

Nadie ha experimentado más veces, y en menos tiempo, la alternativa del triunfo con visos y honores de final, y el anonadamiento y el desprestigio sin esperanzas para los otros- de levante.

Revolucionario fracasado y proscrito, falto de superior renombre y de medios materiales de acción, se alza un vuelo al pináculo de la fama militar y de la autoridad caudillesca con aquella asombrosa campaña de 1813, que inicia a la cabeza de medio millar de hombres, y que lo lleva, en ciento y tantos días de arrebato triunfal, desde las vertientes neogranadinas de los Andes hasta el palacio de los capitanes de Caracas, donde, sobre lo transitorio de honores y poderes, vincula para siempre a su nombre su título de Libertador.

Aún no ha transcurrido un año de esto y las costas del mar caribe le miran fugitivo, abandonado y negado por los suyos; vuelta en humo, al parecer, toda aquella gloria, que ni aún le defiende de la ira con que le acusan y de la ingratitud con que le afrentan. Y cuando se busca a dónde ha ido a abismar su humillación, vésele de nuevo en lo alto, empuñando el timón de la Nueva Granada, que desfallecía, entrando con la libertad a Bogotá, como antes a Caracas…, y apenas se ha doblado esta página, aparece, otra vez, desobedecido y forzado a abandonar en manos de un rival oscuro las armas con que se aprestaba a entrar en Venezuela, y entonces su reaparición es en Haití, de donde, con el mismo propósito, sale acaudillando una expedición que por dos veces toma tierra en costa firme y las dos veces acaba en rechazo, y la última en una nueva ruina de su poder y de su crédito, entre denuestos de la plebe y altanerías de la emulación ambiciosa.

Pero la natural autoridad que emana de él es una fuerza irresistible, como toda voluntad de la naturaleza, y poco tiempo pasa sin que aquella grita se acalle, sin que sus émulos le reconozcan y obedezcan, sin que los destinos de la revolución estén de nuevo en sus manos, desde la Guayana, donde Piar ha asegurado el resplandor de las futuras campañas, hasta los llanos del Apure, donde hierven las montoneras de Páez. Funda gobierno, guerrea, sofoca todavía rebeliones de los suyos, la adversidad le persigue implacable en La Puerta, en Ortíz, en el Rincón de los Toros, y una noche, después de la última derrota, un hombre, sin compañero ni caballo, huye, escondiéndose en la espesura de los bosques, hasta que, a la luz de la aurora, reúne una escolta de jinetes dispersos, con los que orienta su camino. ¿Es Bolívar, que perdidos su ejército y su autoridad, marcha, qué mucho, siendo él?, a forjarse nueva autoridad y nuevo ejército. No tardará en conseguir lo uno y lo otro: la autoridad, robustecida por la sanción de una asamblea que le da el sello constitucional; el ejército, más regular y organizado que cuantos tuvo hasta entonces.

Es el momento en que su constancia inquebrantable va a subyugar y volver en adhesión firmísima las desigualdades de la suerte. La iluminación de su genio le muestra asegurados los destinos de la revolución con la conquista de la Nueva Granada. Para reconquistar la Nueva Granada es menester escalar los Andes, luego de pasar ciénagas extensas y ríos caudalosos, y es la estación de invierno, y tamaña empresa se acomete con un ejército punto menos que desnudo.

Otros pasos de montaña puede haber más hábiles y de más ejemplar estrategia; ninguno tan audaz, ninguno tan heroico y legendario. Dos mil quinientos hombres suben por las pendientes orientales de la cordillera, y bajan por las de occidente menor número de espectros, y estos espectros son los que eran fuertes

del cuerpo y del ánimo, porque los débiles quedaron en la nieve, en los torrentes, en la altura, donde falta el aire para el pecho. Y con los espectros de los fuertes se gana Boyacá, que abre el camino de la altiplanicie donde Colombia ha de poner su centro; y de vuelta de la altiplanicie se gana Carabobo, que franquea hacia oriente el paso de Caracas. Desde ese instante el dominio español, sostenido por ejércitos de España, y no, como en otras partes, por reclutas indígenas, ha perecido en cuanto va de las bocas del Orinoco hasta el istmo de Panamá.

El conjunto de este tempestuoso heroísmo es de un carácter singular e inconfundible en la historia. Lo es por el enérgico sello personal del propio héroe, y lo es también por la vinculación estrecha e indisoluble de su acción, con cien íntimas peculiaridades del ambiente en que se genera y desenvuelve.

Y ésta constituye una de las desemejanzas que abren tan ancho

abismo entre Bolívar y el que con él comparte en América la gloria del libertador. San Martín podría salir de su escenario sin descaracterizarse, ni desentonar dentro de otros pueblos y otras epopeyas. Su severa figura cambiaría, sin disconveniencia, el pedestal de los Andes por el de los Pirineos, los Alpes o los Rocallosos. Imaginémoslo al lado de Turena: valdría para heredero de su espada previsora y segura y de su noble y sencilla verdad. Transportémoslo junto a Washington: podría ser el más ilustre de sus conmilitones y el más ejemplar de sus discípulos.

Pongámoslo en las guerras de la revolución y del imperio: llenaría

el lugar del abnegado Hoche, cuando se malogra, o del prudente

Moreau, cuando sale proscrito.

Es, considerando aparte del gran designio a que obedece, el tipo de abstracción militar que encuentra marco propio en todo tiempo de guerra organizada, porque requiere, no la originalidad del color, sino el firme y simple dibujo de ciertas superiores condiciones de inteligencia y voluntad, que el carácter humano

reproduce sobre las diferencias de razas y de siglos.

En cambio, la figura de Bolívar no sufre adaptación que la real. Fuera de la América nuestra, y lidiando por otra libertad que la nuestra, quedaría desvirtuada o trunca. Bolívar, el revolucionario, el montonero, el general, el caudillo, el tribuno, el legislador, el presidente, todo a una y todo a su manera, es una originalidad irreductible, que supone e incluye la de la tierra de que se nutrió y los medios de que dispuso.

Ni guerrea como estratégico europeo, ni toma para sus sueños de fundador más que los elementos dispersos de las instituciones basadas en la experiencia o la razón universal, ni deja, en su conjunto, una imagen que se parezca a cosa de antes. Por eso nos apasiona y nos subyuga, y será siempre el héroe por excelencia, representativo de la eterna unidad hispanoamericana.

Más en grande y más por lo alto que los caudillos regionales, en quienes se individualizó la originalidad semibárbara, personifica lo que hay de característico y peculiar en nuestra historia. Es el barro de América atravesado por el soplo del genio, que trasmuta su aroma y su sabor en propiedades del espíritu, y hace exhalarse de él, en viva llama, una distinta y original heroicidad.

La revolución de la independencia sudamericana, en los dos centros donde estalla y de donde se difunde, el Orinoco y el Plata, manifiesta una misma dualidad de carácter y de formas. Comprende en ambos centros la iniciativa de las ciudades, que es una revolución de ideas, y el levantamiento de los campos, que es una rebelión de instintos. En el espíritu de las ciudades, la madurez del desenvolvimiento propio y las influencias reflejadas del mundo trajeron la idea de la patria como asociación política y el concepto de la libertad practicable dentro de instituciones regulares.

Deliberación de asambleas, propaganda oratoria, milicias organizadas fueron los medios de acción. Pero en los dilatados llanos que se abren desde cerca del valle de Caracas hasta las márgenes del Orinoco, y en las anchurosas pampas interpuestas entre los Andes argentinos y las orillas del Paraná y el Uruguay, así como en las cuchillas que ondulan al oriente del Uruguay, hacia el océano, la civilización colonial, esforzándose en calar la entraña del desierto, el cual le oponía por escudo su extensión infinita, sólo había alcanzado a infundir una población rala y casi nómada, que vivía en semibarbarie pastoril, no muy diferentemente del árabe beduino o del hebreo de tiempos de Abraham y Jacob; asentándose, más que sobre la tierra, sobre el lomo de sus caballos, con los que señoreaba las vastas soledades tendida entre uno y otro de los hatos del norte y una y otra de las estancias del sur.

El varón de esta sociedad, apenas solidaria ni coherente, es el llanero de Venezuela, el gaucho del Plata, el centauro indómito esculpido por los vientos y soles del desierto en la arcilla amasada con sangre del conquistador y del indígena, hermosísimo tipo de desnuda entereza humana, de heroísmo natural y espontáneo, cuya genialidad bravía estaba destinada a dar una fuerza de acción avasalladora y de carácter plástico y color a la epopeya, de cuyo seno se alzarían triunfales los destinos de América. En realidad, esta fuerza era extraña, originariamente, a toda aspiración de patria constituida y toda noción de derechos políticos con que pudiera adelantarse, de manera consciente, a tomar su puesto en la lucha provocada por los hombres de las ciudades. Artigas, al sur, la vinculó desde un principio a las banderas de la revolución, Boves y Yañez, al norte, la desataron a favor de la resistencia española, y luego Páez, allí mismo, la ganó definitivamente para la causa americana.

Porque el sentimiento vivísimo de libertad, que constituía la

eficacia inconjurable de aquella fuerza desencadenada por la tentación de la guerra, era el de una libertad anterior a cualquier género de sentimiento político y aun patriótico: la libertad primitiva, bárbara, crudamente individualista, que no sabe de otros fueros que los de la naturaleza, ni se satisface sino con su desate incoercible en el espacio abierto sobre toda valla de leyes y toda coparticipación de orden social; la libertad de la banda y de la horda, esa que, en la más crítica ocasión de la historia humana, acudió a destrozar un mundo caduco y a mecer sobre las ruinas la cuna de uno nuevo, con sus ráfagas de candor y energía.

La sola especie de autoridad conciliable con ese instinto libérrimo era la autoridad personal, capaz de guiarlo a su expansión más franca y domeñadora por los prestigios del más fuerte, del más bravo o del más hábil, y así se levantó, sobre las multitudes inquietas de los campos, la soberanía del caudillo, como la del primitivo jefe germano que congregaba en torno de sí su vasta familia guerrera sin otra comunidad de propósitos y estímulos que la adhesión filial a su persona.

Conducida por la autoridad de los caudillos, aquella democracia bárbara vino a engrosar el torrente de la revolución, adquirió el sentimiento y la conciencia de ella, y arrojó en su seno el áspero fermento popular que contrasta con las propensiones oligárquicas de la aristocracia de las ciudades, al mismo tiempo que imprimía en las formas de la guerra el sello de originalidad y pintoresco americanismo que las determinase y diferenciara en la historia. Frente al ejército regular, o en alianza con él, aparecieron la táctica y la estrategia instintivas de la montonera, que con la agilidad heroica: el guerrear, para que son únicos medios esenciales el vivo relámpago del potro, apenas domado y unimismándose casi con el hombre en un solo organismo de centauro, y la firmeza de la lanza esgrimida con pulso de titán en las formidables cargas que devoran la extensión de la sumisa llanura.

Bolívar subordinó a su autoridad y su prestigio esta fuerza, que complementaba la que él traía originariamente en ideas, en espíritu de ciudad, en ejército organizado. Abarcó, dentro de su representación heroica, la de esa mitad original e instintiva de la revolución americana, porque se envolvió en su ambiente y tuvo por vasallos a sus inmediatas personificaciones. Páez, el intrépido jefe de llaneros, la reconoce y pone sobre sí desde su primera entrevista, cuando él viene de rehacer su prestigio, perdido con la infausta expedición de los Cayos, y en adelante las dos riendas de la revolución están en manos de Bolívar, y la azarosa campaña de 1817 a 1818 muestra, concertados, los recursos del instinto dueño del terreno y los de la aptitud guerrera superior y adecuada.

En los extensos llanos de Apure el Libertador convive y conmilita con aquella soldadesca primitiva y genial, que luego ha de darle soldados que le sigan en la travesía de los Andes y formen la vanguardia con que vencerá en Carabobo. Tenía, para gallardearse en ese medio, la condición suprema, cuya posesión es título de superioridad y de dominio, como es su ausencia nota de extranjería y de flaqueza: la condición de maestrísimo jinete, de domador de potros, de insaciable bebedor de los vientos sobre el caballo suelto a escape, tras el venado fugitivo, o por pura voluptuosidad del arrebato, tras la fuga ideal del horizonte. El Alcibíades, el escritor, el diplomático de Caracas era, cuando cuadraba la ocasión, el gaucho de las pampas del norte: el llanero.

Este contacto íntimo con lo original americano no se dio nunca en San Martín. El capitán del sur, apartado de América en sus primeros años y vuelto a edad ya madura, sin otra relación con el ambiente, durante tan dilatado tiempo, que la imagen lejana, bastante para mantener y acrisolar la constancia del amor, pero incapaz para aquel adobo sutil con que se infunde en la más

honda naturaleza del hombre el aire de la patria, realizó su obra de organizador y de estratégico sin necesidad de sumergirse en las fuentes vivas del sentimiento popular, donde la pasión de libertad se desataba con impulso turbulento e indómito, al que nunca hubiera podido adaptarse tan rígido temple de soldado. La accidental cooperación con las montoneras de Güemes no acortó estas distancias. En el sur, la revolución tiene una órbita para el militar, otra para el caudillo. El militar es San Martín, Belgrano o Rondeau. El caudillo es Artigas, Güemes o López. Uno es el que levanta multitudes y las vincula a su prestigio personal y profético, y otro el que mueve ejércitos de línea y se pone con ellos al servicio de una autoridad civil.

En Bolívar ambas naturalezas se entrelazan, ambos ministerios se confunden. Artigas más San Martín: eso es Bolívar. Y aún faltaría añadir los rasgos de Moreno, para la parte del escritor y del tribuno. Bolívar encarna, en la total complejidad de medios y de formas, la energía de la revolución, desde que, en sus inciertos albores, le abre camino como conspirador y como diplomático, hasta que, declarada ya, remueve para ella los pueblos con la autoridad del caudillo, infunde el verbo que la anuncia en la palabra hablada y escrita, la guía hasta sus últimas victorias con la inspiración del genio militar, y, finalmente, la organiza como legislador y la gobierna como político.

Valióle para tanto su natural y magnífica multiplicidad de facultades. El genio, que es a menudo unidad simplísima, suele ser también estupenda. Veces hay en que esa energía misteriosa se reconcentra y encastilla en una sola facultad, en una única potencia del alma, sea ésta la observación, la fantasía, el pensamiento discursivo, el carácter moral o la voluntad militante, y entonces luce el genio de vocación restricta y monótona, que, si nació para la guerra, guerrea silencioso, adusto e incapaz de fatiga, como Carlos XII el de Suecia; si para el arte, pasa la vida, como Flaubert, en un juego de belleza, mirando con indiferencia

de niño las demás cosas del mundo; y si para el pensamiento, vive en la exclusiva sociedad de las ideas, como Kant, en inmutable abstracción de sonámbulo.

La facultad soberana se magnifica restando lugar y fuerza a las otras, y levanta su vuelo, como águila solitaria y señera, sobre la yerma austeridad del paisaje interior. Pero no pocas veces, lejos de obrar como potestad celosa y ascética, obra a modo de conjuro evocador o de simiente fecunda; para su confidencia y complemento, suscita vocaciones secundarias que rivalizan en servirla, y como si tras el águila del parangón se remontaran, de los abismos y eminencias del alma, otras menores que le hicieran séquito, la potencia genial se despliega en bandada de aptitudes distintas que rompen concertadamente el espacio en dirección a una misma cúspide. A esta imagen corresponden los genios complejos y armoniosos, aquellos en quienes toda la redondez del alma parece encendida en una sola luz de elección, ya ocupe el dentro de esa redondez la imaginación artística, como en Leonardo, ya la invención poética, como en Goethe, ya, como en César o Napoleón, la voluntad heroica. Tanto más gallardamente descuella la arquitectónica mental de estos espíritus múltiples, cuando la vocación o facultad que lleva el centro en ellos el quilate- rey, si recordamos a Gracián halla cómo orientarse, de manera firme y resuelta, en una grande y concentrada obra, en una idea constante que le imprima fuerte unidad y en la que pueden colaborar a un mismo tiempo todas las aptitudes vasallas, de suerte que aparezca operando, en el seno de aquella unidad enérgica, la variedad más rica y concorde.

De esta especie genial era Bolívar. Toda actividad de su grande espíritu, toda manera de superioridad que cabe en él, se subordina a un propósito final y contribuye a una obra magna: el propósito y la obra del Libertador, y dentro de esta unidad coparticipan, en torno a la facultad central y dominante, que es la de la acción guerrera, la intuición del entendimiento político, el

poder de la aptitud oratoria, el don del estilo literario. Como entendimiento político, nadie, en la revolución de América, lo tuvo más en grande, más iluminado y vidente, más original y creador, aunque no pocos de sus contemporáneos le excedieran en el arte concreto del gobierno y en el sentido de las realidades cercanas. El, con más claridad que el presente, veía el porvenir. Desde Jamaica, en 1815, aún lejano y oscuro el término de la revolución, escribe aquella asombrosa carta, ardiente de relámpagos proféticos, en que predice la suerte de cada uno de los pueblos hispanoamericanos después de su independencia, vaticinando así la vida de ordenado sosiego de Chile como el despotismo que ha de sobrevenir en el Plata con Rosas.

El sistema de organización propuesto en 1819 al Congreso de Angostura manifiesta, a vuelta de lo que tiene de híbrido y de utópico, la crítica penetrante y audaz de los modelos políticos que proporcionaba la experiencia, y una facultad constructiva, en materia constitucional, que busca su apoyo en la consideración de las diferencias y peculiaridades del ambiente a que ha de aplicarse. Esta facultad toma aun mayor vuelo y carácter en la constitución boliviana, extendida en el Perú, obra del apogeo de su genio y de su fortuna, donde los sueños de su ambición forman extraño conjunto con los rasgos de una inventiva innovadora que ha merecido la atención y el análisis de los constitucionalistas, como la idea de un “poder electoral”, seleccionando del conjunto de los ciudadanos, en la proporción de uno por diez, al que correspondería elegir o proponer los funcionarios públicos.

Con estos planes constitucionales compartía la actividad de su pensamiento, en los días de la plenitud de su gloria, la manera de realizar su vieja aspiración de unir en firme lazo federal los nuevos pueblos de América, desde el golfo de México hasta el estrecho de Magallanes.

No concurre en el Libertador merecimiento más glorioso, si no es

la realización heroica de la independencia, que la pasión ferviente con que sintió la natural hermandad de los pueblos hispanoamericanos y la inquebrantable fe con que aspiró a dejar consagrada su unidad ideal por una real unidad política. Esta idea de unidad no era en él diferente de la idea de la emancipación eran dos fases de un mismo pensamiento, y así como ni por un instante soñó con una independencia limitada a los términos de Venezuela ni en los tres pueblos de Colombia, sino que siempre vio en la entera extensión del continente el teatro indivisible de la revolución, nunca creyó tampoco que la confraternidad para la guerra pudiese concluir en el apartamiento que consagran las fronteras internacionales.

La América emancipada se representó, desde el primer momento, a su espíritu como una indisoluble confederación de pueblos, no en el vago sentido de una amistosa concordia o de una alianza dirigida a sostener el hecho de la emancipación, sino en el concreto y positivo de una organización que levantase a común conciencia política las autonomías que determinaba la estructura de los disueltos virreinatos.

En el istmo de Panamá, donde las dos mitades de América se enlazan y los dos océanos se acercan, creía ver la situación predestinada de la Asamblea Federal en que la nueva anfictionía erigiese su tribuna, como la anfictionía de Atenas en el istmo de Corinto. Desde que ocupando a Caracas, después de la campaña de 1813, gobierna por primera vez en nombre de América, asoma ya en su política esta idea de la unidad continental, que ha de constituir el supremo galardón a que aspire cuando vencedor y árbitro del mundo.

La realidad inmediata negóse a acoger su sueño; mil fuerzas de separación que obraban en el roto imperio colonial, desde la inmensidad de las distancias físicas, sin medios regulares de comunicación, hasta las rivalidades y desconfianzas de pueblo a

pueblo, ya fundadas en una relativa oposición de intereses, ya en el mantenimiento de prepotencias personales, volvían prematuro

y utópico el grande pensamiento, que aún hoy se dilata más allá

del horizonte visible, y ni siquiera la unidad parcial de Colombia alcanzó a subsistir.

¿Qué importa? La visión genial no dejaba de anticipar por ello la convergencia necesaria, aunque haya de ser difícil y morosa, de los destinos de estos pueblos; la realidad triunfal e ineluctable de un porvenir que, cuanto más remoto se imagine, tanto más

acreditará la intuición profética de la mirada que llegó hasta él. En lo formal y orgánico, la unidad intentada por Bolívar, no será nunca más que un recuerdo histórico; pero debajo de esta corteza temporal está la virtud perenne de la idea. Cuando se glorifica en Mazzini, en D´Azeglio o en Gioberti la fe anunciadora y propagadora de la Italia una, no se repara en las maneras de unión que propusieron, sino en el fervor eficaz con que aspiraron

lo esencial del magno objetivo.

Con más o menos dilación, en una u otra forma, un lazo político unirá un día a los pueblos de la América nuestra, y ese día será el pensamiento del Libertador el que habrá resurgido y triunfado, y será su nombre el que merecerá, antes que otro alguno, cifrar la gloria de tan alta ocasión.

El régimen del consulado vitalicio, que Bolívar preconizaba, no podía resolver, ni el problema de la confederación de estos pueblos, ni el de su organización interior. Era un desvirtuado simulacro de República; pero en este punto debe decirse que si Bolívar no llegó a la aceptación franca y cabal del sistema republicano, con su esencialísimo resorte de la renovación del cargo supremo, sostuvo siempre -y es indisputable gloria suya- el principio republicano en oposición a la monarquía, de cuyo lado le solicitaban las opiniones más prudentes y valiosas, y que era el ideal del gobierno con que venía del sur, en cumplimiento del

programa político de Buenos Aires, la triunfadora espada de San Martín.

La República íntegra y pura tuvo en América revolucionaria, y desde el primer momento de la revolución, un partidario fidelísimo y un mantenedor armado, nada más que uno, y este fue Artigas; pero aún no se sabe bien, fuera del pueblo que vela dentro de su alma esa tradición gloriosa, porque acontece que algunos de los aspectos más interesantes y reveladores de la revolución del Río de la Plata, o no están escrito, o no están propagados. Yo lo pensaba, hace poco, leyendo el resumen, admirable de perspicuidad y precisión, que de los orígenes de la América contemporánea hizo, en sus recientes conferencias de Madrid, el alto y noble talento de Rufino Blanco-Fombona. Dícese allí que la revolución del extremo sur nació y se mantuvo en un ambiente de ideas monárquicas, y es relativa verdad, porque no se cuenta con Artigas, y la revolución del extremo sur es, en efecto, una revolución monárquica, sin la acción excéntrica de Artigas, el removedor de la democracia de los campos, hostilizado y perseguido, como fiera en coso, por la oligarquía monarquista de los Posadas y los Pueyrredones, y despedazado e infamado luego, en historias efímeras, por los escritores herederos de los odios y aquella política oligárquica. Una fundamental revisión de valores es tarea que empieza en la historia de esta parte del sur, y cuando esa revisión se haya hecho, mientras pasarán a segundo plano figuras pálidas y mediocres, se agigantará, como figura de América, la del caudillo de garra leonina que en 1813 levantaba por bandera de organización, íntegra y claramente definido, el sistema republicano que Bolívar opuso luego, aunque en menos genuina forma, al programa monárquico de San Martín.

Tratándose del Bolívar político, llega de suyo el tema de su ambición. Este rasgo es capital e inseparable de su imagen. Siempre formaré tan pobre idea del disernimiento histórico de quien se empeñe en presentar a Bolívar inmune de la pasión de

mandar, como el grado de comprensión humana de quien le inicie por tal pasión un proceso que tire a empequeñecerlo o macularlo. Importa recordar, desde luego, que la perfección negativa, en el orden moral, no puede ser la medida aplicable a ciertas grandezas de la voluntad creadora, de igual manera que no lo es, en orden estético, cuando se está delante de aquella fuerza de creación que da de sí la Divina Comedia o las estatuas de Miguel Ángel.

La naturaleza no funde en sus moldes caracteres como los que cabe obtener por abstracción, eliminando y añadiendo rasgos, para componer el paradigma de un cuerpo de moral que satisfaga las aspiraciones éticas de una sociedad o de una escuela: funde la naturaleza caracteres orgánicos, en los que el bien y el mal, o los que luego ha de clasificar como tales el criterio mudable y relativo de los hombres, se reparten según una correlación en que obra una lógica tan cabal e imperiosa como la lógica del pensamiento discursivo, con que se construye los sistemas de ética, aunque la una y la otra no se asemejen absolutamente en nada. Y si bien el análisis del criterio moral puede llegar lícitamente al carácter que modela la naturaleza, para señalar lo que halle en él de imperfecto, transportado al mundo de la libertad, nunca deberá extremarse en ese fuero cuando se encuentre frente a los grandes temperamentos personales, de eficacia avasalladora, y deberá aspirar a ver desintegrada o enervada, por un molde ideal de perfección facticia, esa original estructura del carácter, cauce de piedra de la personalidad, donde reciben el pensamiento su troquel, y la acción el impulso con que se desata.

Hay una manera de heroísmo en que la ambición es natural atributo. Quien dijera que la energía genial y el desinterés no caben en un centro, afirmaría una oposición sin sentido entre dos vagas abstracciones; pero quien dijera que cierto género de energía genial y cierto género de desinterés son términos

naturalmente inconciliables, pondría la mano en una relación tan segura como la que nos autoriza a sentar que ningún animal carnicero tendría los dientes ni el estómago de los que se alimentan de hiervas, o que nunca pudo haber una especie en que se unieran, como en el grifo mitológico, la cabeza del águila con el cuerpo del león.

Y si la energía genial es de aquel temple que supone como condición específica la fe indomable en la virtud única y predestinada de la propia acción; y si con el nombre de desinterés se clasifica, no el fácil desarrimo respecto de egoísmos sensuales, sino el apartamiento de la obra cuando está inconclusa, y el desdén de la autoridad que trae en sí los medios de desenvolver la parte de obra que aún está oculta y recogida en las virtualidades de una iluminación visionaria, entonces es lícito afirmar que la convivencia de ambos caracteres implica contradicción. Un Bolívar que, después de la entrevista de Guayaquil, abandonara el campo a su émulo, o que, una vez consumada su obra militar, renunciara a influir decisivamente en los nuevos destinos de América, sería un contrasentido psicológico, un enigma irresoluble de la naturaleza humana. En cambio, esos desenlaces de renunciamiento son cosa espontánea y congruente en los héroes de la especie moral de San Martín. Espíritus de vocación limitada y reflexiva, la abnegación de un poder, al que no les atrae ningún alto propósito que realizar, viene después de la segura constancia con que han dado cima a un pensamiento único y concreto, y aquella condición, encima de ésta, cae como esmalte.

Así, nada más natural, en uno y otro de los dos capitanes de América, que el voluntario eclipse y el mayor encendimiento de gloria con que resuelve sus opuestos destinos la histórica entrevista de 1822. Tiene el alejamiento de San Martín explicación en su noble y austera virtud; pero en no menor parte, sin duda, tiénela en las indeliberadas reacciones del instinto, y la

había anticipado Gracián en el “Primor” decimocuarto de El Héroe, donde define el “natural imperio” y dice: “Reconocen al león las demás fieras en presagio de naturaleza, y sin haberle examinado el valor le previenen zalemas: así a estos héroes, reyes por naturaleza, les adelantan respeto los demás, sin aguardar la tentativa del caudal”.

Fuera de la actividad de la guerra, en la aspiración o el ejercicio del gobierno civil, la ambición del mando de Bolívar deja más libre campo a la controversia y a la crítica; pero aún en esa parte, nunca será legítimo juzgarla sino levantándose de la altura de donde se alcanza a divisar, infinitamente por encima de egoísmos vulgares, al héroe que persigue, con el sentimiento de una predestinación histórica, un grande objetivo, que estimula y realza su ambición personal. No significa éste criterio que toda voluntad y todo paso del héroe hayan de concordar necesariamente con el fin superior que él trae al mundo, sin que la fe en sí mismo pueda inducirle a aberración. No significa tampoco sostener la irresponsabilidad positiva del héroe ante la justicia de sus contemporáneos, ni su irresponsabilidad ideal para el fallo de la posteridad. Significa solo conceder todo su valor a la indivisible unidad del carácter heroico, de modo que aquella parte de impureza que se mezcla acaso en el fermento eficaz, no se presente a juicio abstraída de las otras, como el elemento material que, disociándose de un conjunto donde es virtud o sazón, para en crudo veneno.

La muchedumbre, que válida en su instinto, a veces tan seguro como el mismo instinto del genio, se encrespa frente al héroe y le cruza el paso; el punto de hombres de reflexión o de carácter, que opone a las audacias de la voluntad heroica las previsiones de su sabiduría o las altiveces de su derecho, tendrán o no razón contra el héroe: frecuente es que la tengan; pero el historiador que luego tienda la vista por el proceso de acciones y reacciones que entretejen la complejidad del drama humano verá en la voluntad

disparada del héroe una fuerza que, con las que se la asocian y las que la limitan, concurre a la armonía de la historia, y jamás confundirá los mayores excesos de esa fuerza con la baldía y perturbadora inquietud del héroe falso, que disfraza una ambición egoísta y sensual en la mentida vocación de un heroísmo, simulando las guedejas del león sobre el pelo atusado de la raposa.

Tan interesante como la aptitud política es, entre los talentos accesorios del libertador, la facultad de la expresión literaria. Su nombre, en éste género de gloria, vive principalmente vinculado a la elocuencia ardiente y pomposa de sus proclamas y arengas, las más vibrantes sin duda, que hayan escuchado en suelo americano ejércitos y multitudes. Pero ya, sin negar nuestra admiración a tan espléndida oratoria, muchos somos los que preferimos gustar al escritor de la literatura, más natural y suelta, de sus cartas. Las proclamas y arengas, como cualquier análoga especie literaria, en que el énfasis del acento y el aparato de la expresión son caracteres que legitiman la oportunidad, tratándose de solicitar el efecto presentáneo y violento en la conciencia de las muchedumbres, se marchitan de estilo mucho más que la obra acrisolada y serena que la íntima y espontánea.

Por otra parte, en la trama de esos documentos oratorios suele mezclar sus hebras desteñidas y frágiles el vocabulario de la retórica política, que es la menos poética de las retóricas, con sus vaguedades y abstracciones y sus maneras de decir acuñadas para socorro común en las angustias de la tribuna; y así, en las proclamas y arengas del Libertador, el relámpago genial, la huella leonina: la imagen, la frase o la palabra de imperecedera virtud resaltan sobre el fondo de esa declamación seudoclásica, adaptada al lenguaje de las modernas libertades políticas que, divulgándose en los libros de Raynal, de Marmontel y de Mably y en la elocuencia de montañeses y girondinos, dio su instrumento de propaganda a la revolución de 1789 y lo dio después, de

reflejo, a nuestra revolución hispanoamericana. Este inconsistente barro en manos de Bolívar, es material que modela un artífice de genio, pero barro al fin. En cambio, en las cartas, la propia naturaleza del género mantiene un aire de espontaneidad que no excluye, por cierto, ni la elocuencia ni el color. Ya abandonadas y confidenciales, ya acordadas a un tono algo más lírico u oratorio, si la ocasión lo trae de suyo; ya dando voz a las concentraciones de su pensamiento, ya los aspectos de su sensibilidad, radiante o melancólica, las cartas forman interesantísimo conjunto. La margen nueva y significativa realza a menudo la idea: “Estábamos como por milagro (escribe en 1826), sobre un punto de equilibrio casual, como cuando dos olas enfurecidas se encuentran en un punto dado y se mantienen tranquilas, apoyada una de otra, y en una calma que parece verdadera, aunque instantánea: los navegantes han visto muchas veces este original”. Hay soberanos arranques de personalidad, como este de la carta en que repudia la corona real que le ha propuesto Páez: “Yo no soy Napoleón, ni quiero serlo. Tampoco quiero imitar a César; menos aún a Iturbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria. El título de Libertador es superior a cuantos ha recibido el orgullo humano. Por tanto, me es imposible degradarlo”. Otras veces subyuga la atención el brío con que está sellada la sentencia: “Para juzgar bien de las revoluciones y de sus actores es preciso observarlos muy de cerca y juzgarlos muy de lejos”. “Sin estabilidad, todo principio político se corrompe y termina por destruirse”-. “El alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad: se enfurece en los tumultos o se humilla en las cadenas”.

Pérdidas de que nunca nos consolaremos han mermado este precioso tesoro de sus cartas; pero tal como se le conserva es, no sólo el indeleble testimonio del grande escritor que hubo en Bolívar, sino también el más entero y animado trasunto de su extraordinaria figura. El poema de su vida está allí. Y en verdad, ¡qué magnífico poema el de su vida para esta estética de la

realidad y de la acción que hace de una vida humana un poema plástico!

Nadie la vivió más bella, y aún se diría, en sublime sentido, más dichosa o más envidiable; por lo menos, para quien levante por encima de la paz del epicúreo y del estoico su ideal de vivir. Los ojos de la virgen fantasía, por donde llega la luz del mundo a despertar la selva interior, abiertos en el maravilloso espectáculo de aquella aurora del siglo XIX, que desgarra la continuidad realista de la historia con un abismo de milagro y de fábula; para temple del corazón, un amor malogrado, en sus primicias nupciales, por la muerte: una pasión insaciada, de esas que, dejando en el vacío del desate de una fuerza inmensa, la arrojan a buscar desesperadamente nuevo objeto, de donde suelen nacer las grandes vocaciones; venida de aquí la revelación íntima del genio, y para empleo e incentivo de él, la grandiosa ocasión de una patria que crear, de un mundo que redimir.

Luego, el arrebato de quince años de esta gigantesca aventura mantenida con satánico aliento; la emoción del triunfo, cien veces probada; de la derrota, cien veces repetida; el escenario inmenso donde, para imagen de esas sublimes discordancias, alternan los ríos como mares y las montañas como nubes, el soplo calcinante de los llanos y el cierzo helado de los ventisqueros, y, al fin, el flotante y fugitivo sueño que se espesa en plástica gloria: el paso por las ciudades delirantes, entre los vítores al vencedor; las noches encantadas de Lima, donde un lánguido deliquio entreabre la marcialidad de la epopeya, y la hora inefable en que, desde la cúspide del Potosí, la mirada olímpica se extiende sobre el vasto sosiego que sigue a la última batalla… ¿Queda más todavía? La voluptuosidad amarga que hay en sentir caer sobre sí la Némesis de las envidias celestes; la proscripción injusta e ingrata, de donde sabe exprimir la conciencia de los fuertes una altiva fruición: cuerda de ásperos sones que no pudo faltar en esa vida destinada a que en ella vibrase la más compleja armonía de

pasión y belleza.

Alma para estas vidas trajo aquel asombroso tiempo suyo, que renovó con un soplo heroico y creador las cosas de los hombres y dio a la invención poética el último de sus grandes momentos que merezcan nota de clásicos. Cuando la explosión de personalidad y de fuerza halló cómo dilatarse en el sentido de la acción, suscitó los prodigios del endiosamiento napoleónico, con sus reflejos de soldados que se coronan reyes. Cuando hubo de consumirse en imágenes e ideas, engendró el ansia devoradora de René, la soberbia indómita de Harold, o la majestad imperatoria de Goethe. Jamás, desde los días del renacimiento, la planta humana había florecido en el mundo con tal empuje de

savia y tal energía de color. ¿Y el renacimiento, no se llama, para la historia americana, la conquista? ¿Y entre los hombres del renacimiento que conquistaron a América o la gobernaron todavía esquiva y montaraz, no vinieron hidalgos del solar de los Bolívares de Vizcaya, cuyo blasón de faja de azur sobre campo de sinople había de trocarse, en su posteridad, por un blasón más

alto, que es la bandera de Colombia?

recuerdo la vocación heroica, lanzada a destrozar el yugo de la Conquista, se representa en la imaginación como si el genio de aquella misma sobrehumana gente que puso por sus manos el yugo, despertase tras el largo sopor del aquietamiento colonial, con el hambre de la aventura y el ímpetu en que acaba el desperezo felino. El Libertador, Bolívar pudo llamarse también el Reconquistador.

Cuando se ilumina este

Al finalizar 1826, en la cúspide de los encumbramientos humanos, numen y árbitro de un mundo, volvió Bolívar a Colombia para asumir el mando civil. Pronto la embriaguez del triunfo y de la gloria había de trocarse en la “embriaguez de absintio”, de que hablan los trenos del profeta. Todo lo que resta de esa vida es dolor. Aquella realidad circunstante, que él había manejado a su arbitrio mientras duró su taumaturgia heroica,

plegándola, como blanca cera, al menor de sus designios; sintiéndola encorvarse, para que él se encaramara a dominar, como sobre el lomo de su caballo de guerra, y viéndola dar de sí la maravilla y el milagro cuando él los necesitaba y evocaba, se vuelve, desde el preciso punto en que la epopeya toca a su término, rebelde y desconocedora de su voz. Antes las cosas se movían en torno de él como notas de una música que él concertaba, épico, Orfeo, en armonía triunfal; ahora quedarán sordas e inmóviles, o se ordenarán en coro que lo niegue y denigre. Lógica y fatal transición, si se piensa.

Esa realidad social que le rodeaba, esa América amasada a fuego y hierro en las fraguas vulcánicas del conquistador, escondía, cuando sonó la hora de su revolución, bajo el aparente enervamiento servil, un insondable pozo de voluntad heroica, de virtualidades guerreras, acrisoladas por su propio letargo secular, como el vino que se añeja en sombra y quietud. Apenas llegó quien tenía la palabra del conjuro, toda aquella efervescencia adormecida salió a luz, capaz de prodigios: en el genio agitador y guerrero halló entonces la realidad el polo que la imantase según las afinidades de su naturaleza, y allí donde el genio fue, la realidad lo siguió y obedeció con anhelo filial. Pero, consumada la parte heroica, la obra que esperaba el héroe, a la vuelta del triunfo, como las preguntas de la esfinge, era la manera de asimilar, de organizar el bien conquistado, de desenvolver, de la eficacia del valor civil y de la sabiduría política, aquel germen precioso, aunque en pura potencia, que el valor militar y la inspiración de las batallas habían conquistado, menos como premio disfrutable que como promesa condicional y relativa. Y para semejante obra no había en la realidad más que disposiciones adversas; no había en el carácter heredado, en la educación, en las costumbres, en la relación geográfica, en la económica, más que resistencia inerte u hostil.

Fundar naciones libres donde la servidumbre era un tejido de

hábitos que espesaban y arreciaban los siglos; naciones orgánicas y unas donde el desierto ponía entre tierra y tierra habitada más tiempo y azares que la mar que aparta a dos mundos; infundir el estímulo del adelanto donde confinaban con la hosquedad de la barbarie, el apocamiento de la aldea; formar capacidad de gobierno donde la cultura era una superficie artificial y tenuísima; hallar resortes con qué mantener, sin la represión del despotismo, el orden estable: tal y tan ardua es la obra. El conflicto de fin y medios que ella planteaba, a cada paso, en la realidad externa, no perdonaba al mismo espíritu del obrero, del Libertador, mucho más predestinado para héroe que para educador de Repúblicas; mucho más grande, en sus designios políticos, por la iluminada visión del término lejano y la soberana potencia del impulso inicial, que por el esfuerzo lento y oscuro con que se llega de éste a aquel extremo en las empresas que son de resignación, de cautela y de perseverancia. Junto a estos obstáculos esenciales quedaban todavía los que accidentalmente encrespaban la ocasión: quedaba aquella impura hez que deja al descubierto las resacas de las revoluciones; las energías brutales que se adelantan a primer término; los calenturientos delirios que se proponen por ideas; la ambición, que pide el precio usurario de su anticipo, de valor o de audacia, y la exacerbada insolencia de la plebe, que recela del más legítimo uso del poder en el mismo a quien ha tentado, o tentará mañana con los excesos brutales de la tiranía.

Desde las primeras horas de gobierno, Bolívar tiene en torno suyo la desconfianza, el desvío y, muy luego, la conspiración que le amaga, mientras en el fondo de su propia conciencia él siente agitarse aquella sombra que, excitada por la hostilidad prematura y violenta, pone en sus labios la confesión viril del mensaje en que ofrece al Congreso su renuncia: “Yo mismo no me siento inocente de ambición”. No habían pasado de esto dos años y la autoridad que investía no era ya el mandato de las leyes, sino el poder dictatorial. La organización política que dejara fundada, con el

omnipotente prestigio de sus triunfos en el Perú y Bolivia, se deshace en su ausencia; los intereses y pasiones toman allí otros centros, que tienden al desquite de la sumisión servil a las ideas y a las armas del Libertador, encelando el espíritu de autonomía, y la guerra estalla entre Colombia y el Perú. Él había soñado en congregar las naciones creadas por su genio en una nueva liga anfictiónica, y aún no bien constituidas, peleaban entre sí, como desde el vientre de la madre pelearon los hijos de Rebeca.

Entre tanto, en Colombia, la exacerbación de la discordia civil llegaba hasta a armar el brazo de los conjurados, que en la noche del 25 de septiembre de 1828, asaltando la casa de Bolívar, intentan dirigir sus puñales al pecho del Libertador. Y mientras la frustrada conspiración de sus enemigos deja en su pecho, sino la herida sangrienta, la amargura de tamaña iniquidad, el conciliábulo de sus propios parciales hace relucir afanosamente ante sus ojos tentaciones monárquicas que él sabe rechazar con imperturbable conciencia de su dignidad y de su gloria. Merced a esta firmeza no surge de tanto desconcierto una completa ruina de las instituciones democráticas; pero resiste la aciaga fatalidad de la dictadura, donde por fuerza había de amenguarse la talla del héroe, el ministerio indigno de su altura moral. La rebelión contra el gobierno de hecho se desata en Popayán, con López y Obando; más tarde, en Antioquia, con Córdoba, y no es reducida sino a costa de sangre, que fomenta los odios. Ni acaban las calamidades en esto. En 1829, lograda ya la paz con el Perú, cosa aún más triste y cruel sucede a aquella guerra fraticida. Venezuela se aparta de la unión nacional que diez años antes completó los laureles de Boyacá; la unidad de Colombia perece, y el grito de su emancipación llega a los oídos de Bolívar coreado por el clamor furioso y procaz con que, desde la propia tierra en que nació, enceguecidas muchedumbres le acusan y exigen de la Nueva Granada su anulación y destierro.

La estrella de Bolívar ha tocado en la sombra que la anegará; su

ruina política es, desde ese momento inconjurable.

En enero de 1830 abría sus sesiones la asamblea llamada a restaurar el orden constitucional, y el Libertador abandonaba el poder y se retiraba, aunque todavía sin franco ánimo de obscurecerse, a su quinta de las vecindades de Bogotá, de donde salió muy luego para Cartagena, en alejamiento que había de ser definitivo. Ni la salud ni la fortuna iban con él, como prendas salvadas del naufragio. Flaqueábale el cuerpo, herido de irremediable mal del pecho, que estampaba ya en su exterior lo signos de una vejez prematura. De la heredada riqueza no quedaba nada: toda la habían consumido entre la abnegación y el abandono. En cuanto a penas del alma, cruzaban sus dardos sobre él las del dolor desinteresado, como de padre o de maestro, y las del dolor egoístico de la ambición rota y afrentada. Y ni aún en el pensamiento del porvenir había refugio a tanto dolor, porque lo más triste de todo es que Bolívar vivió en el escaso resto de sus días en la duda de la grandeza de su obra y la desesperanza de los destinos de América. Por si alguna chispa de fe pudiera alentar bajo estas cenizas, no tarda mucho tiempo en persuadirse de que su ostracismo no tendrá siquiera la virtud de restablecer el sosiego. Harto a menudo, un ruido de armas removidas, allí donde hay guarnición de soldados, anuncia, no como un día, la gloria de la guerra, sino la vergüenza del motín; los restos del ejército que había libertado un mundo se disolvían en esa agitación miserable.

De los vecinos pueblos hispanoamericanos llegaba el eco de parecidas turbulencias. Y como si todo este espectáculo de la América anarquizada y en delirio necesitara, para herir a Bolívar más de agudo, condenase en un solo hecho atroz que colmase las ingratitudes y las subversiones y le traspasara a él en el centro de sus afectos, pronto había de saber el vil asesinato de Sucre, el preclaro Mariscal de Ayacucho, cazado, como un vulgar malhechor, en un desfiladero de los Andes, sin que fuese escudo

a la saña de la demagogia la gloria militar más austera y más pura de la revolución de América.Amarguísima carta escrita en aquella ocasión por Bolívar trasluce hasta que punto extremó su desaliento ese crimen. Tal es la situación de su ánimo cuando se oye llamar de Bogotá, donde el gobierno de Mosquera ha sido derribado y el motín, triunfante, quiere la vuelta del Libertador. Un último encrespamiento de su instinto de dominación y de su fe en sí mismo le estremece, y por un instante vuelve los ojos a los que le llaman; pero luego que advierte como es la sedición militar la que, sin conocida sanción de los pueblos, le tienta con un poder arrebatado a sus poseedores legítimos, recobra su voluntad de apartamiento y su actitud estoica, y altivo arranque de su dignidad le libra de romper aquel solemne ocaso de su vida con las vulgares pompas de un triunfo de pretor.

Agravado su mal, trasládase en el otoño de 1830 a Santa Marta. Allí, donde diez y ocho años antes tomó el camino de sus primeras victorias; allí, arrullado por el trueno del mar, espera la cercana muerte, epilogando como el mar, con la tristeza de una calma sublime, la sublimidad dinámica, de sus desates tempestuosos. Su espíritu, purificado y aquietado, solo tiene, en aquellas últimas horas, palabras de perdón para las ingratitudes. Pocos hombres vivieron, en el torbellino de la acción vida tan bella; ninguno murió, en la paz de su lecho, muerte más noble. Comenzaba la tarde del 17 de diciembre de 1830 cuando Simón Bolívar, el Libertador de nuestra América, rindió el último aliento.

Había dado a la América de origen español su más eficaz y grande voluntad heroica, el más espléndido verbo tribunicio de su propaganda revolucionaria, la más penetrante visión de sus destinos futuros, y concertando todo esto, la representación original y perdurable de su espíritu en el senado humano del genio. Para encontrarle pares es menester subir hasta aquel grupo supremo de héroes de la guerra, no mayor a diez o doce en la historia del mundo, en quienes la espada es como demiurgo

innovador, que, desvanecida la efímera luz de las batallas, deja una huella que transforma, o ha de transformar en el desenvolvimiento de los tiempos, la suerte de una raza de las preponderantes y nobles.

¿Qué falta para que en la conciencia universal aparezca, como aparece clara en la nuestra, esa magnitud de su gloria? Nada que revele de él cosas no sabidas ni que depure o interprete de nuevo

las que se saben. Es ya del bronce frío y perenne, que ni crece ni mengua, ni se muda. Falta solo que se realce el pedestal. Falta que subamos nosotros y que nuestros hombros encumbrados a

la altura condigna, para pedestal de estatua semejante, hagamos

que sobre nuestros hombros descuelle, junto a aquellas figuras universales y primeras, que parecen más altas solo porque están más altos que los nuestros los hombros de los pueblos que las levantan al espacio abierto y luminoso. Pero la plenitud de nuestros destinos se acerca, y con ella la hora en que toda la verdad de Bolívar rebose sobre el mundo.

Y por lo que toca a la América nuestra, él quedará para siempre

como su insuperado héroe epónimo. Porque la superioridad del héroe no se determina solo por lo que él sea capaz de hacer, abstractamente valoradas la vehemencia de su vocación y la energía de su aptitud, sino también por lo que da de sí la ocasión en que llega, la gesta a la que le ha enviado la consigna de Dios, y hay ocasiones heroicas que, por trascendentes y fundamentales,

son únicas o tan raras como esas celestes conjunciones que al girar de los astros no reproducen sino a enormes vueltas de tiempo.

Cuando diez siglos hayan pasado; cuando la pátina de una legendaria antigüedad se extienda desde el Anáhuac hasta el Plata, allí donde hoy campea la naturaleza o cría sus raíces la civilización; cuando cien generaciones humanas hayan mezclado, en la masa de la tierra, el polvo de sus huesos con el

polvo de los bosques, mil veces deshojados, y de las ciudades, veinte veces reconstruidas, y hagan reverberar en la memoria de hombres que nos espantarían por extraños si los alcanzáramos a prefigurar, miríades de nombres gloriosos en virtud de empresas, hazañas y victorias de que no podemos formar imagen, todavía entonces, si el sentimiento colectivo de la América libre y una no ha perdido esencialmente su virtualidad, esos hombres, que verán como nosotros en la nevada cumbre del Sorata la más excelsa altura de los Andes, verán, como nosotros también, que en la extensión de sus recuerdos de gloria nada hay más grande que Bolívar.

BOLÍVAR, PROFESOR DE ENERGÍA

JOSÉ VERÍSSIMO

Brasil

Este hombre llamado Simón Bolívar, el más grande de las Américas y uno de los más grandes de la humanidad, reunió en grado eminente y en una perfecta armonía cualidades excepcionales de pensamiento y de acción.

Aplicando esas cualidades de acción y pensamiento con maravillosa energía y una actividad sobrehumana, realizó Bolívar, con débiles y escasos recursos, y en las condiciones más desfavorables, un hecho tal vez sin igual en la historia: él arrancó a una potencia, entonces el mayor de los imperios coloniales, más de la mitad de sus dominios; él fundó cinco naciones e influyó poderosamente en la formación de otras.

Venezuela, su patria, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia le deben a la vez la emancipación y la existencia; Argentina y Chile le deben potente y decisivo apoyo moral que las ayudó a formarse. Todas las colonias españolas de América encontraron en él ya un valiente paladín, ya un estímulo y un maestro.

En América se le cambió su nombre, de clara estirpe española, por el título de Libertador, con el cual entra en la historia. Si la dominación española no se prolongó en América quién sabe por cuánto tiempo; si el sistema monárquico no se implantó en nuestro continente; si las antiguas colonias nacieron a la emancipación con alguna conciencia de lo que hacían; si no se

anarquizaron por completo, y si el particularismo de cada colonia cedió a un sentimiento de fraternidad continental, todo se debe al Libertador.

La correspondencia de Bolívar, lo mismo que sus escritos políticos, completan gloriosamente la imagen que nos formamos de él a través de los historiadores. Un eminente escritor sudamericano, Rufino BlancoFombona, ha publicado en París, con diligencia eficaz e inteligentes aclaraciones las Cartas de Bolívar y los Discursos y proclamas del mismo. Por medio de estas contribuciones al estudio de Bolívar conocemos al héroe más íntimamente. En sus obras aparece como nos lo pintan los biógrafos: es el mismo personaje en toda su magnífica humanidad y su espléndido civismo.

Este papel de héroe, tan difícil e ingrato, nadie lo ha representado con más gracia y valor, ni con más genio. Y cuando tuvo que escribir cartas particulares y las escribió en gran número- o documentos de carácter político, ¿quién hizo derroche de mejor estilo? De los escritos del Libertador pudiera extraerse una infinidad de máximas en donde la originalidad del pensamiento no resplandecería menos que la expresión, tan vigorosa como elegante.

Uno de los biógrafos ingleses de Bolívar observa y no exagera cuando lo dice-, que el Libertador es el único hombre que ha creado de la nada. Los ingleses no prodigan tales hipérboles: en último análisis, la aserción de ese historiador es exacta. En extrema penuria, careciendo de parques y de ejércitos, es decir, sin medios de acción, Bolívar, derrotado ya una vez y mal visto en su misma patria (1814), emprendió de nuevo y condujo a término la emancipación de las colonias americanas. Habiéndolas ya libertado (1824), les dio administraciones regulares y las gobernó él mismo, les otorgó constituciones por él en persona escritas, las organizó, en suma; y, “cansado de mandar”, como lo repitió tantas

veces, y predicando que “un soldado feliz no adquiere ningún derecho para gobernar a su patria”, abdicó voluntariamente, en los organismos de soberanía que él mismo creara, aquel inmenso poder de que las circunstancias lo revistieron. “La única fuente legítima de todo poder humano escribe al presidente de Haití- es el sufragio del pueblo”.

Dotado de una imaginación ardiente de poeta de la acción, potente idealista, Bolívar soñó una confederación de los pueblos hispanoamericanos. En esta grandiosa empresa el Libertador empeñó la parte viva y sana de su obra. Arranques impulsivos no lo hicieron desviar de su propósito. Nada más reflexivo que aquel proyecto del Hércules. La clara inteligencia política de que dio tantas pruebas lo traicionó, sin embargo. La visión de epopeya que llevaba en el fondo de sus ojos se disipó más pronto que las energías gigantes que borbotaban en su alma. Caballero errante de la libertad de un mundo nuevo, fue engañado por la propia realidad. Fue engañado por aquel mismo hecho enorme y deslumbrante de la emancipación que él había querido realizar, y había realizado, contra toda esperanza razonable. Como creó de la nada en la guerra, creyó hacer el propio milagro en la paz.

Desde el momento en que aparece, y durante todo el curso de su actividad revolucionaria, Bolívar es uno de los pocos espíritus, sino el único, que penetra con lúcida comprensión el levantamiento de América contra España, su trascendencia ulterior y el medio social de las colonias. Lo atestiguan claramente sus cartas, sus discursos, sus mismas proclamas. En tales documentos abundan las ideas, las previsiones, las sagacidades de sociólogo, y aún consejos y sugestiones de mero buen sentido, dignos de la discreción de un Washington. Es de ver la perspicacidad y el vigor de su pensamiento, la propiedad de su expresión, la justeza con que define o caracteriza los pueblos sobre los cuales obra. Analiza las capacidades de cada uno de ellos, les inculca virtudes y hasta les predice el porvenir;

predicción que se cumple en todos, desde México hasta Chile y el Plata.

Su ardor cívico, con todo, era más grande, y su idealismo más exaltado que su visión de las cosas, generalmente perfecta. Ensombreciendo su clara mirada de hombre de Estado, se pone en contradicción con su propia experiencia y con su propio juicio sobre aquel medio social, del cual era, puede decirse, producto no natural, sino milagroso. El proyecto de confederar o unir los pueblos de Hispanoamérica hace más honor a su noble espíritu que a su inteligencia práctica, aunque de ésta diera prueba en múltiples ocasiones. Esa vasta confederación debía tener su sede en el istmo de Panamá, del cual comprendió Bolívar mejor y antes que nadie la importancia. ¿No fue el precursor de la apertura del canal? ¿No quiso él mismo realizarla en 1822? Ya en 1815 escribía respecto a Panamá y Centroamérica:

Esta magnífica posición entre los dos mares podrá ser, con el tiempo, el emporio del universo. Sus canales acortarán las distancias del mundo, estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia, traerán a tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. Acaso sólo allí podrá fijarse algún día la capital de la tierra, como pretendió Constantino que fuese Bizancio la del antiguo hemisferio.

Los gérmenes arrojados por el Libertador no se han perdido. El panamericanismo, “inventado” después por Blaine, en exclusivo provecho de los Estados Unidos, debe realizarse con estos o contra estos. Ya durante la vida del Libertador la importancia de su personalidad y su influjo fueron tales que crearon un panamericanismo, obrando en la formación de la América emancipada, aunque en grados diferentes, desde México hasta el Río de la Plata. El señor BlancoFombona lo ha demostrado. Es la idea continental de Bolívar, resucitada en su gloria perenne, la que anima nuestras aspiraciones actuales de cordialidad

latinoamericana.

Aunque es el mayor caudillo de la América, no es, sin embargo, Bolívar el vulgar caudillo, vergüenza y flagelo de nuestras democracias rudimentarias. El molde de Bolívar se ha roto. Al revés de los que han venido después, Bolívar, noble de raza, de carácter y de educación, fue un caballero, un literato y una muy vasta inteligencia. Tenía altos proyectos y el genio para realizarlos.

Considerando sus aptitudes políticas, sus recursos diplomáticos, sus empresas militares, el vuelo y la osadía de sus concepciones y la rapidez en la ejecución de sus planes, puede afirmarse que el genio de Bolívar no era inferior al de César o al de Napoleón. Guerrero improvisado, los iguala y aún los aventaja, si comparamos los elementos con que cada uno de ellos contó, las circunstancias que los rodearon y el resultado definitivo de la acción de los tres. La campaña de Carabobo, obra maestra de talento militar, rivaliza con las más famosas de Napoleón. Respecto al paso de los Andes, en 1819, certifican los conocedores que es más admirable, por las dificultades vencidas, que la travesía de los Alpes porAníbal y Bonaparte.

Bolívar quedará siempre como uno de los ejemplos más completos de energía moral, de constancia inquebrantable, de tenacidad invencible, de virtud, en el alto sentido primitivo de la palabra.

En uno de los momento más aflictivos de su tormentosa existencia, viéndose abandonado, traicionado, vencido, enfermo, se le acerca uno de sus amigos (el señor Joaquín Mosquera) y le pregunta:

- ¿Y usted, qué piensa hacer ahora?

Aquel hombre, de semblante cadavérico, con su débil voz de enfermo, responde:

-

Triunfar.

Y

habiendo formado un ejército en semanas, triunfa, poco

después en Junín, batalla que fue el glorioso prefacio de la victoria decisiva de Ayacucho, donde desapareció de América el poder español, y victoria que obtuvo Sucre, teniente de Bolívar y ejecutor fiel de su voluntad.

Como profesor de energía, Bolívar es, acaso, el más grande que

yo conozco en la historia.

En sus cartas, en la intimidad de sus pensamientos y de sus sentimientos, es donde el Libertador, al revés de la mayor parte de los héroes, nos parece más admirable y, desde luego, más amable. Esas cartas, de que el señor BlancoFombona ha publicado apenas un primer volumen, son excelente y eterno

comentario a la obra colosal de Bolívar. Por ella sentimos correr el escalofrío de una grande alma emotiva, vibrante; conocemos las sensaciones de aquel temperamento; vemos cálidos torrentes donde se confunden efusiones de amistad, planes de guerra, meditaciones de República. Y en casi todas esas epístolas del Libertador apunta o trasciende la misma idea, la idea fija y absorbente de Bolívar: América, su América; porque él, más que

en las pequeñas patrias coloniales, piensa en una gran patria que

sueña unida, libre, organizada, remontándose cada día hacia un porvenir magnífico.

Aquello era apenas un sueño; pero fue el sueño de su vida. Terminó con la existencia misma de Bolívar, muerto a los cuarenta y siete años, casi en abandono, aunque fiel a sí mismo y a su sueño, que nunca dejó de proclamar.

“Pocos hombres dice el ilustre uruguayo Rodó-, pocos hombres vivieron en el torbellino de la acción vida tan bella; ninguno murió, en la paz de su lecho, muerte más noble”.

La estatura moral de Bolívar crecerá en la historia a medida que crezcan las naciones que fundó, a medida que crezca toda esta América del sur, cuya redención a él se debe en primer término y de la que es la primacial figura.

Traducción de Francisco Villaespesa)

ALABANZA DE BOLÍVAR

JUANA DE IBARBOUROU

Uruguay

Los hombres de luces y honrados son los que debieran fijar la opinión pública. El talento sin probidad es un azote.

El que no está con la libertad,

puede conservar las cadenas del infortunio y contar con la desaprobación universal.

Mi política ha sido siempre por la

estabilidad, por la fuerza y por la verdadera libertad.

-

BOLÍVAR

Grande como Napoleón y como Alejandro, la grandeza de Bolívar no desmerece al lado de los más ilustres capitanes de la historia; mejor, diríase que resplandece con un fulgor distinto y aún quizás más vivo, pues estando en admiración de los hombres tan altos como el corso inmortal y el glorioso macedonio, su aureola tiene una luminosidad pura, que le da un carácter augusto y único. Es que, aquellos son los conquistadores y el héroe de Venezuela es el reconquistador. Hay una diferencia enorme entre una designación y otra. La conquista es la usurpación, el gran hurto que cobija la historia; la libertad de un pueblo o sea su reconquista, es la revolución obtenida a fuerza de heroísmos y de sacrificio. A la primera la amadrinan la ambición y la avidez de mayores bienes materiales; la otra es la hija de la justicia, se enraíza en el derecho y hace de cada soldado un visionario y un estoico. Hay entre ambas la misma diferencia que existe entre un halcón y un águila. Y si en la admiración del mundo las dos se

aparejan, es porque el alma del hombre es épica en el fondo y nada la hace vibrar con más fuerza que el espectáculo de la victoria con su ampulosidad y su resplandor. Por otra parte el hombre que triunfa constituye siempre una excepción superior, sea cual fuere el campo en que actúa. Y esa superioridad,

respetada por la masa, le crea un ambiente de consideración más

o menos general (según la calidad del individuo y las

circunstancias que le rodean) y le hace merecedor de títulos que van en escala ascendente desde el vivo hasta el genio.

Imagínese, pues, lo que tiene que significar para todo el mundo civilizado un ser como Bolívar, en el cual parecen haberse dado

cita todas las excepciones. Si cada necesidad origina el hecho en

el cual ha de satisfacerse y el genio es creado por una suma de

imperativos que tienden a una solución, bien puede afirmarse que Bolívar es el resultante de trescientos años de coloniaje fructificando en una concentrada avidez de libertad. Nació para ser grande. ¡Quién sabe en qué crisol fundó el destino aquel espíritu que tuvo vislumbres de Platón y de Brummel, de Tamerlán

y Cicerón! No hay en la historia del continente figura más

completa y avasalladora que la de Bolívar. Fue el genio, secundado por el encanto. De su nombre se desprende aún hoy una sugestión poderosa que debió rendir en su época todas las voluntades y hacer de él un rival temible, pues cuando el valor se une a la simpatía, conviértese en el dueño de un arma con más

poder ofensivo y defensivo que la espada. Asu misión sin igual del Libertador, no de un solo pueblo, sino de pueblos, se unía una cultura superior, una elocuencia natural y ardiente, un minucioso cuidado de su ademán y su figura y en todo momento tal seguro gesto de gran señor, que quizá Bolívar ganó tantas victorias con

su sola presencia como con sus ejércitos. No fue el militar rudo, al

estilo de Matto Libio de la novela de Flaubert. Tuvo la cortesanía

de

un aristócrata de pura sangre y la elegancia de un Eduardo VII

de

veinte años. Fue algo enfático y algo teatral, pero es que, en el

fondo estaba dominado por la grandeza de su papel y el de su

romántico juramento del Aventino hasta la soberbia ascensión a la cumbre del Chimborazo; desde la delirante y desesperada imprecación a la naturaleza en rebeldía la noche del tremendo terremoto de Caracas, hasta la arrogancia de su salto frente al Tequendama, y la pompa antigua de los funerales de Girardot, Bolívar fue siempre el actor sin igual de un drama sin precedentes. Pero, entiéndase bien: el actor, no el histrión. El énfasis formaba el fondo de la naturaleza exaltada y visionaria de Bolívar. Aquel hombre que no estaba dentro de las normas generales no podía tampoco estar dentro de las medidas corrientes. Si a algún ser humano le cabe el título de súper hombre, es a él, sin discusión; porque Bolívar es la figura más empinada y más altiva que posee la historia de América. Fue el héroe, de la misma manera que el diamante es el diamante; por donde quiera que se le mirase, física o espiritualmente, en conjunto y en detalle. En él no había nada vulgar, ni de inferior. Parece que Dios mismo se hubiera complacido, al crearlo, en hacer de él la imagen más atrayente del heroísmo. Si tuvo faltas y defectos, su propia grandeza los borra de tal modo, que con él es ya caso imposible hacer crítica fría o sencillamente serena; avasalla, sugestiona y por fuerza de todo estudio sobre su personalidad vertiginosa se transforma en alabanza exaltada y en rendido panegírico. Es que emana de él un poder irresistible que es quizá la suma de su genio, de su elegancia y de su fuerza. Bolívar tiene tanto de legendario que yo misma confieso que sólo empecé a advertir su contorno humano cuando me puse a estudiar su vida y sus hechos. Vi entonces combatir y padecer como los hombres aquella especie de Ulises, que tenía en la imaginación; el héroe fue cobrando entonces un relieve vivo y la admiración haciéndoseme más entrañable y más cálida. Ahora puedo asegurar que nunca un hijo de mujer, se ha alzado ante mis ojos más alto y más circundado de claridad.

Bolívar nació en Caracas pero descendía de vascos. Poseía así todas las características de entereza y voluntad que singulariza a

los celtas de los Pirineos; y a ello se unía el instinto de indomable independencia del llanero que hace de las inmensas sabanas de su patria una dilatada prisa de carrera, como si un secreto impulso de raza le obligara a beber los vientos libérrimos en galopadas fantásticas. Tuvo el romanticismo del ibero cuyo símbolo eterno es Don Quijote, y la orgullosa altivez de la raza india cuya encarnación más completa es Caupolicán. Fue a la vez un militar y un caudillo; un orador y un visionario; un legislador y un diplomático. “Artigas más San Martín, eso es Bolívar” dice Rodó-

y para darnos una idea más completa de su personalidad le suma

a Moreno, el más notable pensador de Sur América en los tiempos

de la emancipación. Bolívar reunía en sí todas las condiciones que fulguraron dispersas en distintos prohombres de la época. Sólo Martí, más tarde, le iguala en ardiente elocuencia y sólo nuestro Artigas comparte con él la gloria del más puro ideal republicano. Mientras Pueyrredón y la Junta de Buenos Aires claman por un rey inglés o español, Artigas opone a tales planes las célebres instrucciones del año XIII que le hacen acreedor al título de paladín de la democracia; mientras los países escalonados a lo largo del Pacífico sueñan también con la monarquía y se la ofrecen a su mismo Libertador, Bolívar le escribe a Páez, que le trasmite la propuesta de realiza:

“No soy Napoleón, ni quiero serlo. Tampoco quiero imitar a César. Menos aún a Iturbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria. El título de Libertador es superior a cuantos ha recibido el orgullo humano. Por tanto, me es imposible degradarlo”.

¡Supremo desinterés y soberano desequilibro mental que hacen de Bolívar el héroe completo y el reconquistador por excelencia! Puede asegurarse que la revolución americana tuvo siempre médula monárquica y que, desde el Golfo de México hasta el estrecho de Magallanes, nació con la ambición de un trono y la aspiración de cambiar su gorro frigio por una corona regia. En

1864 México llegó a ver cumplido este sueño y el desventurado Maximiliano de Austria pagó cara la realización de ese ideal suicida. Sólo Bolívar y Artigas miran hacia el futuro con seguridad de adivinadores. Bolívar, pugnando por el consulado, y Artigas, francamente adicto a la República, salvan definitivamente la dignidad de toda la independencia en América. Es que el héroe de Venezuela fue en todo un vidente. Este mismo ideal americanista que ahora nos agita, tiene su raíz en aquel sueño de Bolívar que quería hacer de todos los pueblos de América una sola confederación supeditada a una liga política y militar, regida por un cuerpo anfictiónico que reprodujera la liga Aquea de Grecia. No nos dirigimos a ello, por ahora, porque aún los hombres no están preparados para la abnegada eliminación total de las fronteras políticas; pero las borramos ya ideológicamente y la América española tiende a realizar el gran sueño del vencedor de Carabobo y Ayacucho.Todos los congresos americanistas de hoy están presididos por la sombra inmensa y tutelar de Bolívar.

El 1800 trajo a América el soplo contagioso y cálido de la revolución francesa. Prendió la llama en las clases altas, conscientemente descontentas, y corrió como una culebra ígnea hasta los hombres semiprimitivos de la campiña, para los cuales la libertad, más que un supremo bien y un natural derecho, ha sido siempre una fiera necesidad. En los países del Plata se alzó el gaucho, centauro tremendo que hasta en los perros cimarrones buscó ayuda para su causa; a lo largo del Pacífico, sucesivamente, el llanero, el cholo y el roto formaron los ejércitos sangrientos de la Revolución. Y desde el Mar Caribe hasta el Paraná-Guayu charrúa, se cumplió una epopeya sin igual en la historia del mundo, pues era la primera vez que en menos de tres décadas todo un continente se hacía libre de un solo empuje y florecía en laureles de punta a punta. Nombres que son sinónimos de sagacidad y heroísmo quedaron clavados para siempre en el pedestal que sustenta la estatua de la libertad de América: Artigas, que es la representación más típica y más noble

del caudillo; San Martín, militar por excelencia; Sucre, O´Higgins, Páez, Santander, Girardot, Miranda… Aquel bizarrísimo general Miranda que aunque nacido en “la pobre Venecia chica” que descubrió Alonso de Ojeda, fue uno de los más brillantes girondinos; enciclopedista profundo, comentador de clásicos y filósofos, diplomático como quizás no haya habido otro en el continente, precursor de la Revolución liberadora y por lo tanto primera raíz de la independencia americana. Pero, al lado de todos ellos, Bolívar tiene el puesto de gran capitán en la pléyade inmortal y heroica. Es que en él estaban, como si su personalidad tuviera la inflexible perfección del círculo, que “no puede dejar de ser más ni menos redondo sin dejar de ser círculo”.

Dice un historiador hispanoamericano: “Las colonias inglesas de Norte América estaban preparadas social y económicamente para la emancipación; las de la América española no lo estaban. Esto explica que así como la emancipación fue para las primeras el perfeccionamiento de su régimen colonial, en las segundas constituyó el hundimiento, la destrucción completa de este régimen”. Y esta fue la obra magnífica y potente de Bolívar. Crear el caos y levantar de él pueblos no sólo libres, sino también organizados y legislados, prevenir la anarquía, luchar contra los desgarramientos internos; saltar del campamento al Congreso y del Estado Mayor a la Asamblea; defender las jóvenes repúblicas contra su propia incapacidad de gobernarse sin tropiezos que pusieran en peligro su estabilidad; correr del norte al sur, sacrificado, visionario, victorioso, hasta el punto de que sus mismos enemigos lo admiraban y quince generales vencidos, al entregarle sus espadas, después de Ayacucho, aún tuvieran para él una altiva frase de glorificación. Eso es Bolívar. Con su espada y con su verbo, con su visión genial y su sorprendente facultad adivinatoria, “arrebató a España los títulos de aquella fabulosa propiedad que Colón pusiera trescientos años antes en manos de Isabel y Fernando”.

La oratoria es el más poderoso auxiliar de la guerra, sea ésta de conquista o de libertad. Una proclama vibrante es a veces más eficaz que la posesión de veinte cañones; un discurso de alta elocuencia puede, en una hora, cambiar la faz política o social de un país y decidir la suerte de toda una campaña. La Revolución Francesa está hecha a base de tumultuosa oratoria. Y hasta el caudillo analfabeto, cuando ve flaquear sus tropas en el combate, les sabe inyectar entusiasmo con una bárbara arenga, de eficacia nunca desmentida. Bolívar es, con Martí, el más grande orador de América. Sus discursos tienen el fuego y la pasión que engendran el arrebato en la multitud; dichos por él debieron ser realmente subyugadores. Leídos, admiran por el equilibrio y la belleza del estilo, a la vez que por el buen gusto que preside todas las frases y la profundidad de pensamiento con que penetra todos los problemas.

En la polémica, su agilidad y exactitud para la respuesta causaban asombro. El inglés Miller, a pesar de no ser muy adicto a Bolívar, cuenta que en un solo día lo vio contestar a dieciséis arengas y que sus contestaciones hubieran podido imprimirse como salían de sus labios y ser admiradas por su precisión y oportunidad.

O´Leary, que a pesar de su nacionalidad irlandesa, fue secretario del Libertador, dice que “sus proclamas son modelo de elocuencia militar”. Y en la célebre Convención de Ocaña, “donde se discuten los destinos de la República”, el general Santander, jefe del partido disidente, advierte a la Asamblea, ante el peligro de que Bolívar se presente, llamado por sus amigos: “Que no venga. Tal es su influencia y la fuerza secreta de su voluntad, que yo mismo, infinitas ocasiones, me he acercado a él lleno de venganza y al solo verle y oírle me ha desarmado y he salido lleno de admiración. ¡Ninguno puede contrariar cara a cara al general Bolívar y desgraciado del que lo intente!”.

Además, Bolívar poseía, dicen sus biógrafos, todas las cualidades exteriores que contribuyen a hacer resaltar la personalidad del orador. Sin ser alto, lo parecía a fuerza de gallardo; su voz era de escaso volumen, pero penetrante y matizada, con un gran poder de simpatía y convicción. Sobrio de ademanes, su expresiva fisonomía subrayaba cuanto con las palabras quería sugerir. Era además muy cuidadoso de su persona, lo que creaba una admirable armonía con su elocuencia elegante y ardiente, enfática, sin caer jamás en la lamentable pérdida de la línea, que es la altisonancia; decisiva, rica, verdaderamente magnética. A su gran cultura unía una memoria sorprendente y una rara elasticidad de pensamiento, a la vez que el don de convencer hasta a los más reacios. Se cuenta de él un hecho que puede dar una idea aproximada del potente poder de persuasión que poseía: en 1814, cuando Boves malogró la segunda República, y en el desconcierto creado por los acontecimientos adversos los criollos se dejaron ganar por el desaliento y la anarquía, un aventurero italiano llamado José Bianchi, se alzó con el tesoro y las armas de la Revolución, que los patriotas habían puesto secretamente bajo su custodia. Bolívar, al tener conocimiento de tan grave hecho, se embarca solo con uno de sus jefes, Mariño, y emprende la persecución de tal peligroso lobo de mar. Al fin lo alcanzan y pueden exigirle la devolución de lo hurtado. El pirata lo increpa furioso y alega que se lleva todo aquello en retribución a los servicios prestados a la causa nativa, y que aún no le han sido pagados. No hay esperanzas ni posibilidad de que el desprejuiciado italiano deje de cobrar su deuda en una forma tan ilegal. Los veinticuatro cajones de alhajas y plata labrada están bien seguros en el fondo de su barco y las garras de estos hombres no son de las que se aflojan sobre la presa. Mariño, desalentado, conmina a su compañero para el retorno. Bolívar se exalta, habla, ruega, promete. Y consigue al fin que aquel aventurero sin escrúpulos dirija de nuevo la proa hacia Margarita y devuelva a los patriotas el tesoro hurtado.

Comenta un escritor venezolano: “¿Obtener por persuasión que un pirata potente y desalmado devuelva su presa, máxime en las condiciones de Bianchi, no es un triunfo, un gran triunfo de la palabra? Bolívar jamás obtuvo, con la espada del verbo, victoria superior a esa victoria contra la barbarie, la rapiña, la avaricia y la fuerza”.

La revolución por la libertad de los cuatro países bolivianos vive, más cálidamente que en los textos de historia, en las páginas donde se han recogido los discursos y las cartas de Bolívar. El Libertador es grande en la oratoria; pero, su estilo epistolar tiene un encanto indecible. Nada más sobrio y más elocuente a la vez. Estas cartas escritas con simple elegancia abogan mucho en favor del buen gusto y el personalismo de Bolívar. El epistolario político traduce energía, decisión, lealtad, aparte del indudable genio militar que revelase y de la actividad asombrosa de que son testimonio. Se cuida hasta de los menores detalles y sostiene una correspondencia copiosísima, especialmente con Sucre su lugarteniente predilecto, al que dice con nobleza en una carta que es toda una lección de orgullosa generosidad.

“UD. créame, General, nadie ama la gloria de Ud. tanto como yo. Jamás un jefe ha tributado más gloria a un subalterno. Ahora mismo se está imprimiendo una relación de la vida de Ud., hecha por mí, cumpliendo con mi conciencia le doy a Ud. cuanto merece. Esto lo digo para que vea que soy justo; desapruebo mucho lo que no me parece bien, al mismo tiempo que admiro lo que es sublime”.

Y en esta relación de la vida del gallardo general, Bolívar termina la preciosa biografía con estas frases que le señalan escritor de raza:

“El general Sucre es el Padre de Ayacucho: es el redentor de los

hijos del Sol. La posteridad representará a Sucre con un pie en el Pichincha y el otro en el Potosí, llevando en sus manos la cuna de Manco Cápac y contemplando las cadenas del Perú rotas por su espada”.

Las imágenes tienen tal plasticidad que uno se representa vivo ante los ojos el grandioso monumento que el Perú de hoy debe al

gran capitán y que la imaginación ardiente del Libertador concibió

para que un escultor potente lo realizara en el porvenir.

´

Las cartas íntimas de Bolívar denuncian el fondo romántico y visionario del apasionado lector de Juan Jacobo Rousseau y Chateaubriand. Pero Bolívar fue un hombre de extraordinario buen gusto y de una innata elegancia. Ni su naturaleza enfática, ni la influencia de sus autores predilectos, ni el amaneramiento literario de la época, le hacen caer en excesos de ninguna clase, ni lo llevan jamás a la ridícula situación de la gente que quiere lucir en su correspondencia sabiduría. Nada más inelegante que una carta con grandes tiradas poéticas y grandes párrafos pretenciosos. La carta, conversación en ausencia y en distancia, constituye quizá uno de los géneros literarios más difíciles de cultivar. Para no caer en lo anodino, o lo difuso; para no ser empalagoso, ni seco; para mantener el interés y el encanto, ¡qué instinto de la medida, qué dominio de sus propias facultades hay que poseer! Por eso Bolívar merece que se le tenga por un verdadero escritor. Poder librarse de la forzosa grandilocuencia de su cálida oratoria, de la teatralidad inevitable de su dramática situación, de la pomposa forma literaria en boga y dejarnos estos libros claros desde los cuales aún parece estar él dialogando con sus generales y sus amigos, y hacer que esas cartas, además de su valor histórico, constituyan una lectura de interés permanente por lo que tienen de humana y admirablemente escritas, es tan extraordinario que sólo un genio múltiple como el de Bolívar es capaz de haberlo realizado. ¿Qué copiosa biografíanos puede ofrecer un panorama más exacto de su vida y de los

acontecimientos que lo rodearon que este epistolario al cual él ha transmitido sus sueños, sus dudas, sus esperanzas, sus luchas, el orgullo del triunfo, la amargura de la decadencia de su astro y cuanto había en él de ejecutivo, de apasionado y de vidente? Bolívar, desglosado del libertador y constructor de pueblos, tiene lo mismo una personalidad vigorosa e independiente. Si no hubiera sido la enorme figura heroica que fue, si estas cartas no tuvieran relación con ningún acontecimiento grande, como tienen, hubieran pasado a la historia como las de madame de Sevigné, por su sobria elegancia y su hondo interés humano. Pero a esto hay que agregarle el riquísimo valor documentario que poseen. Existe una carta fechada en Jamaica el año 1815 que parece escrita por un Profeta. De tal modo había él penetrado en los secesos de la época y pulsado la situación de los pueblos de América, que en ella se predicen hechos luego cumplidos fatalmente, como la tiranía rosista en la Argentina. Los discursos de Bolívar son, en cambio, relampagueantes de imágenes felices. Sólo su discurso en el célebre Congreso de Angostura, “maravilloso de maestría”, tiene un corte sobrio y severo como si el padre de aquella República colombiana que iba a crearse bajo sus auspicios, hubiera considerado más propio de su dignidad patricia la grave contención de su verbo, en lugar del habitual desborde de su elocuencia.

Para Bolívar la guerra nunca fue la abolición del estudioso. Voltaire, Montesquieu, los clásicos griegos y latinos que él leía en francés, Rousseau y Homero, formaron siempre parte de su bagaje. Olmedo, autor de aquella célebre oda a Junín, que Bolívar criticó con tanta sagacidad y fino gusto artístico, asegura que si el Libertador se hubiera dedicado a la poesía habría excedido a Píndaro. Pero de él no queda más que una estrofa dedicada al padre de Gabriel Picón, el héroe adolescente, y que no tiene ningún valor poético, aunque traduce bien a las claras su entusiasmo ante todos los hechos que estuvieran revestidos de épica grandeza.

Alguien, creo que el brasilero José Veríssimo, llamó al general Bolívar “profesor de energía”. Y este nombre sienta a maravilla a quien como él tuvo que luchar contra todas las contrariedades que inevitablemente se desencadenan ante empresas como la suya y hombres de su talla. Un puño de hierro era necesario para dirigir los acontecimientos y evitar todo desplante anárquico. Ahí está el fusilamiento de Piar, el bravo descontento, como una prueba de esa necesaria y terrible energía. Bolívar poseyó, además, un dinamismo pocas veces igualado y tal conocimiento del corazón humano, tal flexibilidad de espíritu, que aquel hombre que brilló en los más aristocráticos salones de las cortes europeas, aquel amigo de Humboldt y de Bompland, pudo convivir con sus llaneros y ser el ídolo de un ejército semibárbaro, casi todo formado por indios y mestizos analfabetos.

El general Bolívar tiene su símbolo en las montañas más altas del Continente que hizo autónomo. Se llama el Libertador, pero también puede llamarse El Enorgullecedor. Porque cuando un pueblo comprueba que puede culminar en un ejemplar semejante, una gran altivez cuaja en la entraña y una completa fe en su destino le da ese aplomo que sólo tiene el que se siente señor de sí mismo.

Además, hispanoamérica es Bolívar. Y nunca podrá tener un nombre más claro y más grande, que cuando se la llame con el nombre de su libertador total. Porque si de hecho el héroe de Venezuela independizó a cinco países, no hubo uno solo en el Continente que no sintiera su influencia, y la emancipación de cada uno emanó, en una u otra forma, de su ejemplo o de su fuerza. Y ahora, además, le estamos quizá debiendo esta libertad ideológica que ya se inicia y que nos viene tal vez de aquel sueño de la confederación americana de Bolívar.

No es posible, siendo mujer, comentar al héroe de Venezuela sólo

en sus aspectos de guerrero y orador. Posee, además, otra arista brillante que ilumina de simpatía a toda su compleja personalidad. Y es ésta su faz de hombre de mundo, galante por naturaleza y por naturaleza también vehemente en sus afectos. Tiene un dulce y melancólico encanto el desgraciado romance de amor con aquella endeble y graciosa María Teresa del Toro, cuya muerte fue tal vez el origen secreto de su gloria.

Otra mujer comparte con la esposa tempranamente perdida el orgullo de haber sido amada por Bolívar. Es Manuelita Sáenz, la hermosísima quiteña que tuvo por él un culto permanente y que fue quizá la única mujer, después de María Teresa, a quien el héroe quiso de veras. Manuelita, llamada por él “la amable loca”, poseía un carácter resuelto y apasionado que más de una vez puso en graves aprietos a Bolívar. Casada con un médico inglés, mister Thorne, dejó familia, posición social, conveniencias y consideraciones por seguir al gallardo general, cuya vida salvó aquella trágica noche de septiembre, en que un grupo de conjurados intentó asesinarle en su propia habitación. Por esto Bolívar la llamó a su vez “La Libertadora”. Y ella está en la historia de América, junto a su inmortal amante, como si fuera una preciosa flor del trópico prendida sobre la casaca de gala del Libertador.

CON BOLÍVAR HASTA BOLÍVAR, O EL PATRIOTISMO DE UN CONTINENTE

JAIME TORRES BODET

Argentina

Yo he combatido por la libertad y por la gloria; de consiguiente, juzgarme de tirano y con ignominia, es el complemento de la pena.

Soldado por necesidad y por inclinación, mi destino está señalado en un campo o en cuarteles. El bufete es para mí un lugar de suplicio.

-BOLÍVAR

Cuando se piensa en las circunstancias que rodearon, cual las hadas pretéritas de los cuentos, la cuna del protagonista inmortal de América, se recibe la sensación de que los augurios depositados sobre esa cuna sólo anunciaban en realidad, una cosa cierta: la vida que ahí empezaba no tendría paz.

Evoquemos la circunstancia a que he aludido:

Por una parte, en lo familiar, un hogar donde la riqueza aseguraba

la tradición y permitía el esparcimiento de la cultura; pero que, por la audacia con que la época se gozaba en modificar los canales de la cultura, inducía a alterar esa tradición.

Por otra parte, en lo nacional, una incertidumbre anterior al advenimiento político del Estado, un país que ignoraba su esencia como país y, encerrado en los muros de la Colonia, miraba en la ley extranjera una imposición, en la educación un automatismo de servidumbre, en sus recursos la fuente de sus temores, y en su pueblo el tormento de una conciencia que anhelaba poner en orden lo que esperaba y lo que sufría.

Finalmente (y ya en dominios que no sé si calificar de intencionales, pues la palabra intencional no tenía entonces el valor que nosotros le atribuimos) un conjunto de masas, África, Asía, más perfiladas que definidas por el resplandor de los rayos que desde Europa atravesaban el cielo de un pensamiento del que iba a surgir la revolución.

Corazón de un continente

Un niño nacido, como Bolívar, el 24 de julio de 1783, podría crecer inclinado hacia el sol de las monarquías desfallecientes. Seguir la causa del señorío crepuscular que, con la sangre, le transmitían sus precursores. O buscar, al contrario, en su propia fuerza, el sentido futuro de la República. Encontrar, en su propio dolor, el dolor del pueblo. Romper la estructura social que le proponía continuidad, conformismo y calma. Vencerse solo. Seguro entonces de su aptitud, vencer después a sus adversarios, de doctrina o de carne y hueso. Descubrir, en su alma, la voz de América. Sentir, dentro de su pecho, el corazón desnudo de un continente. Dar a ese continente un destino humano. Y saber que el destino de un nuevo mundo no puede ser sino el de ofrecerse a la libertad.

Ese el más duro y el más glorioso- fue el camino magnífico de

bolívar. Camino que, de su América a nuestra América, hubo de conducirle por muchas patrias; camino que lo llevó a Roma como discípulo de Plutarco, a Londres como gestor de la independencia, a Kingston como profeta del hemisferio, a Angostura como legislador, a Boyacá como gran soldado, a Bogotá como Presidente y, por fin, cierto día, hasta Santa Marta, como espectador de su propia muerte, poeta de su agonía, y filósofo trágico de sí mismo.

A través de ciudades y de llanuras, entre volcanes y sobre volcanes y sobre riscos, aquel camino tomó la cordillera por pedestal, fustigó las tinieblas como un relámpago y, tras de despertar en mil partes mil voluntades, cesó de pronto, sin concluir. Porque no podemos afirmar que haya concluido una ruta que todavía estamos abriendo para llegar, con Bolívar, hasta Bolívar.

Presencia de Bolívar

La sola enumeración de los sitios que visitó y las múltiples condiciones en que tuvo que visitarlos, nos revelan muy claramente la diversidad varonil de sus cualidades y la noble abundancia de sus presencias. Presencia, en México y en España, de viajero sentimental. Presencia del candidato a marqués en los salones de Carlos IV. Presencia de investigador de tormentas en el París inquietante del Primer Cónsul. Presencia de diplomático ante el Gabinete británico de 1810. Presencia de vencedor hasta en los desastres. Y, en las victorias, presencia de desdeñoso de la victoria.

¿Qué virtudes americanas no exaltaron el ánimo de Bolívar? Y ¿qué alturas, de las que puede codiciar un americano, no acometió con bríos su intrepidez?

Orador, militar, político y estadista, fue al par que Don Juan de la libertad, uno de sus mártires más ilustres. Porque, siendo su

vocación la libertad, resultó su culto, su fe, su dogma. Y él, que la respetaba como un precepto, la difundió entre las sombras como una aurora y la anunció, entre los odios, como un perdón.

¡Bolívar, progenitor! Y no me refiero exclusivamente a esas hijas dilectas de su osadía, las naciones que arrancó de la esclavitud con la espada o con la palabra. Porque, en sus labios la palabra fulgía como una espada y, en sus manos, la espada se estremecía con el ardor de una imprecación. Me refiero, también, a esos otros pueblos que, por remotos, no recibieron de él la existencia misma; pero, a falta de paternidad que se lega en la sangre de las batallas o en la tinta de las constituciones, reconocen la paternidad de su ejemplo en la persistencia y lo adoptan como su guía, a él para quien América todaAmérica- fue una sola pasión y un igual deber.

El hombre al que hubiera podido satisfacer el ser padre de patrias, sufrió de serlo. Le ufanaban los estandartes que repartía; pero le angustiaban las posibles rivalidades de esas banderas. Y, tras de dar libertad a muchas Repúblicas, comprendió que la dicha de esas repúblicas nunca se lograría sino merced a la asociación dentro del derecho, en la armonía de la justicia y por los beneficios recíprocos de la Unión.

Unidad en la libertad

Esto fue lo que, desde su muerte, nos empeñamos en llamar “el sueño de Bolívar”. En nuestros afanes por obtener, cada país por su propio esfuerzo, la independencia, la vida y el bienestar, ¡qué lejos estábamos de advertir la posibilidad material de sus concepciones!

Utopía, sueño, quimera… Durante un siglo, esos fueron los nombres que mereció para muchos políticos realistas la unión de nuestras Repúblicas; porque, mientras cualquier cacique se

asegurara un altar de vergüenza en la cobardía de los esclavos, el paladín de los triunfos y las desgracias, el que llegó a compararse con Don Quijote en la cima desierta de su amargura, no podía arrancar el criterio práctico sino, a lo sumo, el reconocimiento -¿indulgente?- de su capacidad como soñador.

Superando el escepticismo que muchos experimentan ante los poderes del espíritu, hemos aprendido por fin ¡a costa de cuántos sacrificios!- que la derrota no es, a menudo, sino la máscara que protege los rasgos de la victoria y que, entre la aptitud creadora y el entusiasmo no existe más diferencia que aquella que separa, en el litoral del espejo, a la figura y a la imagen. Hemos aprendido que Bolívar, según los señala Waldo Frank, “aun en su fracaso es el símbolo de la posible victoria de una nueva cultura humana”. Y hemos aprendido que, en América, su sueño significa el más positivo factor de todo intento de construcción.

“Lo mismo que a Colón dice el escrito norteamericano- a Bolívar le faltaba la herramienta para realizar su proyecto”. Así fue. Y así debió ser. Porque la síntesis de su genio no podía, contra la duración de su sola existencia endeble, completar una empresa que requería convertirse en paciente fruto de abnegación, madurado por muchas generaciones.

Paso a paso, nuestras Repúblicas hubieron de inventar los útiles adecuados para la fábrica que Bolívar, en un solo destello de inspiración, concibió en sus líneas fundamentales. La vida de relación en el Continente no tiene, desde entonces, mayor sentido. ¿Y los instrumentos jurídicos, políticos y económicos que hemos ido allegando a partir de la fundación de la “Unión Internacional de las Repúblicas Americanas”, qué otra cosa son sino la herramienta que nos permite labrar ahora, en la realidad de los hechos, las iniciativas del Libertador?

Suyo fue, suyo será siempre, el sentimiento inicial a cuyo calor

lograron desarrollarse los ideales del estadista. Y de él, siempre de él serán los principios que descubrió en la profundidad de ese patriotismo que fue tan suyo: el patriotismo de un Continente.

Oigámoslos con recogimiento, porque antes, ahora y después- en ellos está el origen de la solidaridad de nuestras Repúblicas:

“El nuevo mundo se constituirá en naciones independientes, ligadas todas por una ley común, que fijase sus relaciones exteriores y les ofreciese el poder conservador de un congreso general y permanente”.

“El orden interno se conservaría intacto entre los diferentes Estados y dentro de cada uno de ellos”.

“Un equilibrio perfecto se establecería en este verdadero nuevo orden de cosas”.

“La fuerza de todos concurriría al auxilio del que sufriese por parte del enemigo externo o de las facciones anárquicas”.

“Ninguno sería débil respecto al otro: ninguno sería más fuerte”.

Mientras no alcancemos aquellas metas, dentro del patriotismo continental que, como una llama, le encendió para consumirle y le consumió por la misma razón que le iluminó, la obra de Bolívar seguirá entre nosotros como un testigo: acusándonos, si la interrumpimos, estimulándonos a perfeccionarla y aguardando el término que le demos con el trabajo de nuestras manos, con la honradez de nuestras mentes y con la persuasión de nuestra verdad.

La carta orgánica de América

Afortunadamente, asociadas por el esfuerzo de la ascensión, las Repúblicas americanas avizoran ya, en la distancia, la

inmensidad de la tierra prometida. Aquella que, sin saber mantenerse fieles a su esperanza, será su tierra. La que el presentimiento bolivariano les destinó a fin de que, amándola y fecundándola, extrajeran de ella el caudal de una vida nueva, para una nueva humanidad, en un mundo nuevo.

Hemos de dejar atrás los recelos, los egoísmos y los rencores. Y sin tardanza, hemos de establecer, con respeto absoluto para la libertad de cada país, los últimos peldaños del entendimiento continental.

La Carta Orgánica de América que, a iniciativa de México, considerada con el espíritu más generoso por la totalidad de nuestras naciones, se ha de escribir en Bogotá-, marcará el principio de una era económica, social y cultural, propugnarán un ideal todavía más elevado: el de la paz permanente en una convivencia redimida de la enfermedad y de la miseria, del temor

y de la ignorancia. Porque si, durante un siglo, nuestro fin ha sido

la unidad de América, el fin de la unidad de América no puede ser

otro que el bien y la dignidad del hombre, del hombre al servicio del mundo, en un mundo al servicio del hombre.

Así lo pensó él, el batallador representado por esa estatua; el que, desde todas las estatuas que le han ofrecido el fervor de los pueblos de América, muere cien veces cada día para descender hasta el hombre que le contempla y que a lo largo de las aceras, busca refugio en los huecos oscuros de la ciudad. Y así lo piensa, también, el hombre de la calle, el que desde abajo lucha por sostenerlo, a fin de poder algún día subir hasta su grandeza, entrar dentro de su bronce y vivir y triunfar con él.

A propósito del hombre que celebramos decía Rodó: “falta que

subamos nosotros y que sobre nuestros hombros descuelle, junto a aquellas figuras universales que sólo parecen más altas porque están más altos que los nuestros los hombros de los

pueblos que las levantan”. Y, adivinando acaso nuestro momento, añadía el autor de Ariel: “se acerca la plenitud de nuestros destinos y, con ella, la hora en que toda la verdad de Bolívar rebose sobre el mundo”.

El mundo sangra es cierto- por todas sus heridas, teme con todos los temores, llora con todas las lágrimas. Pero la conciencia de América está despierta. Y la luz de Bolívar rebosa sobre nosotros como la promesa inefable- de un día mejor.

SIMON BOLÍVAR

B. VICUÑA MACKENA

Chile

Bolívar, caudillo improvisado de las huestes de su patria rebelada, se presenta en el campo sin maestros. Él inventa una guerra de prodigios… En diez años cuenta 14 campañas y otras tantas batallas de fila. San Martín no hizo sino la campaña de Chile y la del Perú; no dio más batallas que las de Maipó y Chacabuco. Bolívar, como caudillo militar de un pueblo, es mucho más grande de San Martín, generalísimo de los ejércitos.

Bolívar se asimila por el heroísmo, por la constancia, por la gloria, por sus desastres mismos a la nación, que marcha tras sus pasos en ardientes tropeles; y así cada una de las grandes batallas es seguida de las ovaciones delirantes de la muchedumbre, que siembra de laureles sus pasos de vencedor. Da la batalla de Carabobo el 24 de junio de 1821, y entra en Caracas, libre, cinco días más tarde; liberta a Cundinamarca en Boyacá (7 de agosto de 1819), y a la mañana siguiente penetra en Santa Fe. Violenta los pasos del Juanambú y en Bomboná (mayo de 1822) y antes de que termine aquel mes es dueño de Quito.

¡BOLIVAR! ¡Cuán gran figura en todos los siglos y en todas las naciones! Durante sus días de grandeza americana, que se prolongan por el espacio de veinte años cumplidos, el cielo del continente está enrojecido de luces ardientes, y un estremecimiento volcánico se hace sentir en todos sus ámbitos. ¡Bolívar está a caballo! Por todas partes se cruzan los ejércitos. Los caminos de los llanos marcan en espesas polvaredas movedizas el avance de los jinetes, mientras que los agrestes desfiladeros repercuten el eco de las dianas militares que anuncian el alba en todas las montañas. Los campanarios de todas las aldeas echan a los vientos los anuncios de las victorias de la tarde y la mañana, y las ciudades populosas siembran de flores el tránsito de los que llegan en su rescate, al paso que todos los campos se blanquean con los huesos de los que han muerto en la demanda. Todos tiemblan y todos esperan. ¡BOLÍVAR! Esta palabra es el grito de salvación en el naufragio de la América, y las madres, en las noches de pavor, cuando truena a lo lejos el cañón de la batalla, apartan de sus convulsos senos el labio de los hijos para enseñarles a balbucear aquel nombre de redención:

¡BOLIVAR, ELLIBERTADOR!

De Cumaná a Potosí nada le ha detenido. Ha destrozado virreinatos, ha borrado todas las líneas de las demarcaciones

geográficas: ¡ha rehecho el mundo! Quita su nombre a la América

y

da a la parte que ha hecho suya el nombre de Colón (Colombia),

y

más adelante decreta el suyo propio a su última conquista. Su

caballo ha bebido las aguas del Orinoco, del Amazonas y del Plata, las tres grandes fronteras que dio la creación al Nuevo Mundo. Pero él las ha suprimido en nombre de la gloria, esta segunda creación de la omnipotencia…

Semejante a aquel río de los trópicos, el mayor del universo, que cuando sale de madre, en las súbitas creces del verano, baña en un solo día comarcas tan vastas que formarían por sí solas un

dilatado imperio, y arrasa en sus hinchados turbiones los bosques como deleznable yerba, y se desborda por la cima de las montañas que comprimen su cauce, Bolívar, hijo del Amazonas, desciende desde las montañas de Aragua e inunda de bayonetas todos los valles de América, que aclaman sus victorias.

Bolívar apenas cabe en el estuario del más grande de los ríos de América.

Bolívar es el vuelo, el ave, el águila de las sabanas que se remonta hasta los astros y hace resonar, bajo la bóveda del firmamento, los roncos gritos de sus victorias. Para juzgar a San Martín es preciso, al contrario, descender a los abismos, interrogar sus sienes de granito, pedir a los arcanos eternos la explicación de su grandeza, acusada a veces de terrible, pero incomprensible todavía.

Y cuando la hora del éxito llega para los campeones, ¡de cuán

distinta suerte la acogen sus almas, tan diversamente templadas y tan diversamente grandes! -Hemos ganado completamente la acción: tal es el boletín de Maipó-. La América del Sur exclama Bolívar, empinándose sobre los Andes, que resuenan todavía con las descargas de Ayacucho-, la América del Sur está cubierta de los trofeos de vuestro valor; pero Ayacucho, semejante al Chimborazo, levanta su cabeza erguida sobre todo. ¡Soldados colombianos, centenares de victorias alargan vuestra vida hasta el último término del mundo!

Otra diferencia de soldados y caudillos. Bolívar es solo. Nadie manda donde él manda. Nadie puede donde él está, porque él es todopoderoso. San Martín, hijo de las Logias, al contrario se ve sujeto, bajo ley de muerte, a una tenebrosa subordinación que al fin lo pierde. Bolívar, después de Chacabuco, no habría repasado

los Andes, solitario viajero. Había desobedecido al Eterno y, con

la lanza en los riñones de Ordóñez, había entrado junto con él a

Talcahuano.

Como hombres, la diversidad es aún más sostenida. Bolívar tiene la organización del águila, la estructura nerviosa, la mirada de fuego, la tez bronceada, el paso ágil, el corazón siempre encendido. San Martín, semejante a los robles de las primitivas selvas en que vio la luz, encubre bajo se ruda corteza todo lo que hay de ardiente y de fecundo en la savia que le alimenta.

Bolívar, más joven, más brillante, mejor dotado que San Martín en todo lo que deslumbra y fascina, se presenta en la lid de la América como el paladín que tributa culto de adoración a una deidad celeste y le jura lealtad caballeresca hasta su postrer suspiro. Por eso, condenado a dejarla, repudiado por ella, nada ni nadie alcanza a arrancarle a la playa querida, y muere en Santa Marta, porque su alma no podía desprenderse de aquella tierra de Colombia que era la beldad de sus amores. San Martín, al contrario, severo e inflexible, tuvo en nuestro suelo la misión de un padre. Cuando creyó que no era necesario o se desconocía su tutela, dijo un adiós eterno al suelo que había redimido y se fue a amarlo en silencio más allá del mar…

BOLIVAR, gran capitán, gran poeta, gran orador, todo a la vez, es la prodigiosa multiplicidad de las facultades del genio…

ORACIÓN BOLIVARIANA

FRAY HIPÓLITO LARRAKOETZEA

País Vasco

No sólo justa sino también provechosa es la alabanza de los varones insignes. La justicia exige dar a cada uno lo suyo. Por ende, el reconocer y proclamar la grandeza de los hombres insignes, la ciencia de los sabios, el valor de los héroes, la virtud de los santos, es cosa que demanda la justicia, puesto que no se les da más de lo que es suyo.

Pero el confesar y proclamar la grandeza de los hombres grandes, si justo para ellos, es provechosísimo para los demás. Somos la mayoría de los hombres pequeños, rastreros, así en nuestros ideales como en nuestras empresas. Los valientes, los héroes, los magnánimos y los de corazón generoso son muy pocos y sólo en contadas épocas aparecen en el mundo. Difícilmente llega a tener un pueblo uno solo de estos hombres en cada siglo.

Pues bien, señores; nosotros los pequeños y rastreros tenemos necesidad de recordar a esos hombres grandes y de apoyarnos en ellos, si no queremos perecer en nuestra pequeñez y miseria. A la manera que los pájaros, al ver volar a sus padres, sienten el deseo de imitarles, del mismo modo nosotros, al considerar las gloriosas hazañas de los hombres grandes e insignes, experimentamos el deseo de reproducirlas; desearíamos hacer otro tanto. Así como el sol ilumina y calienta cuando alcanza con sus rayos, de la misma suerte los grandes hombres infunden a cuantos se les acercan propósitos de emular sus empresas gigantescas.

Y si tan provechosa es la memoria de un hombre cualquiera, mucho más útil resulta cuando ese hombre es de nuestra raza, lleva nuestra sangre, procede de nuestro pueblo. Apenas lo recordamos, exclamamos espontáneamente: ¿Cómo? ¿No puedo acaso ser yo también tan grande y famoso como él? ¿Acaso aquel hombre no fue también de mi pueblo, hijo de mis antepasados, de mi parentela, de esa casa de ahí? ¿Si aquél ha llenado el mundo con la fama de su nombre, por qué no hacer yo otro tanto? ¿Por qué no seré yo también de corazón noble y generoso renunciando de una vez a estas ruindades y miserias que me atormentan?

El pueblo vasco tiene, no uno que otro, sino muchos varones grandes e insignes.

No tenemos los vascos que mendigar de otros pueblos los varones excelsos; nos bastan y sobran los nuestros. Y a la verdad que son grandes nuestros hombres. Los héroes y varones ilustres de otros pueblos tienen con frecuencia empañada su gloria con las lágrimas y sangre de otros pueblos, a quienes han oprimido y martirizado; si aparecen grandes, si su figura aparece en alto, constituyen su pedestal millares y millares de cadáveres. No son de esa especie nuestros grandes hombres. Los vascos, nuestros héroes, jamás han querido elevarse sometiendo, oprimiendo a los demás; han aborrecido grandeza y fama empañadas con las lágrimas y sangre de los oprimidos y fundada en la injusticia. Si ellos son grandes, lo son por sus méritos, por su rectitud.

Tal fue también el hombre que hoy honramos, el insigne Bolíbar. Originario de esta Puebla, no obstante que transcurrieron varios siglos desde la partida de sus antepasados a la América, todavía ocurría abundante y vigorosa por sus venas la sangre vasca; y juntamente con la sangre el alma noble, recta y valerosa de los vascos. Impulsado por esa sangre y alma vasca sobrellevó las

mayores penalidades para coronar su laudable y heroica empresa; para libertar los pueblos americanos sujetos a la dominación española y merecer el gloriosísimo título de Libertador.

Muchos y gruesos volúmenes se han escrito sobre este hombre extraordinario para relatarnos quién fue y sus épicas hazañas; sin embargo, no bastan para describirnos su grandeza real. Empresa ardua, por consiguiente, es la mía: pretender exponeros en un breve sermón la figura de este vuestro insigne paisano.

Cuando el nombre está bien impuesto, debe expresar el ser del que lo lleva; por ende, el nombre de Libertador que han dado a Simón Bolíbar debe expresar también su nota característica; es decir, que si Simón Bolíbar fue insigne por otros títulos, la raíz principal de su grandeza y fama es la de haber dado vida libre e independiente a tantos pueblos. ¿Por qué os parece que han erigido ese monumento Venezuela y demás Repúblicas americanas? Seguramente por haberlas librado de la dominación extranjera. Así pues, también yo lo consideraré por este aspecto de Libertador.

El don más preciado que Dios ha hecho al hombre es la libertad; la libertad, el poder disponer de sus actos como dueño y señor consciente le diferencia más que ninguna otra propiedad de las bestias y demás seres de la creación. Las bestias obran por instinto y por necesidad; no así el hombre; si el hombre obra en uno u otro sentido, lo hace libremente; si hubiera querido, habría podido obrar precisamente al contrario. Y Dios mira con gran respeto la libertad humana, don suyo; jamás la destruye ni encadena. Enseña, sí, al hombre el camino recto por donde debe caminar; le prescribe, aun bajo severas penas, dirigir sus pasos por él; pero nunca jamás lo fuerza y coacciona a ello; siempre deja en manos de su libre albedrío el cumplir o quebrantar sus mandamientos.

Siendo la libertad una propiedad de la naturaleza humana, se sigue que es propia de todos los individuos de la especie humana. Todos los hombres nacen libres y para ser libres; no hay nadie

que haya nacido esclavo y para esclavo; ni el blanco del negro, ni

el negro del blanco. Dios nos ha hecho a todos iguales y, por

ende, nadie tiene derecho a reducir a esclavitud a ningún hombre,

y quienquiera lo hiciere perpetra uno de los crímenes más

detestables, ya que roba y conculca uno de los derechos más grandes e inviolables que Dios ha dado al hombre.

La igualdad esencial de todos los hombres, la consiguiente

libertad de todos los individuos y el que nadie tenga derecho, por

lo tanto, a esclavizar a ningún hombre, por débil, por impotente

que sea, sea cual sea el pueblo o raza a que pertenezca, parece una verdad evidente y de todos conocida. Sin embargo, no ha sido así. Los mayores sabios de Grecia y Roma anteriores a Jesucristo desconocieron esa verdad; según ellos, no eran iguales todos los hombres. Ellos, los de su nacionalidad, nacieron para dominar; los extranjeros, para ser sus esclavos. Y con arreglo a semejantes principios esclavizaron, ora por fuerza, ora por dinero, , a millares y millones de individuos humanos, a quienes miraban y trataban como a bestias y objetos de su propiedad; los mataban, vendían y compraban en público mercado como nosotros las bestias. Si nosotros vemos tan claro la igualdad esencial de todos los hombres en cuanto a sus deberes y derechos, lo debemos a Jesucristo y a su iglesia. Jesucristo nos ha enseñado que todos somos hijos de Dios, obra por igual de sus manos, de origen único; que todos somos iguales en su presencia, seamos pobres o ricos; que Dios ama por igual a todos los hombres, sean de un punto o de otro; que para Dios no indica preferencia que uno sea blanco o negro, español o francés, de idioma vasco o extranjero, europeo o indio; que para él no hay más que hombres criados a imagen y semejanza suya y redimidos por la sangre de Jesús.

Pues bien, señores, ¡cuántos años y cuántos siglos se han

necesitado para que los mismos cristianos conocieran semejante verdad y sobre todo cumplieran los deberes que de ella se seguían! Hasta el siglo pasado ocurría en América lo que antiguamente acontecía entre los griegos y romanos. Los europeos que emigraban allá en busca de riquezas, creían bueno

y justo todo medio con tal que sirviera para apagar su sed de

dinero. Entre otros, empleaban el de esclavizar a los mismos indígenas americanos o indios, a los dueños legítimos de aquellas riquezas y tierras, y sobre todo a los negros, cazados como fieras en sus tierras africanas. Excelente medio que les

proporcionaba los brazos necesarios sin el problema de jornales

y salarios.

Los vascos hemos sido siempre amantes de la libertad e independencia hasta el individualismo; nosotros hemos querido constantemente gobernarnos a nosotros mismos sin sufrir intromisiones extrañas. Este amor a la libertad e independencia

ha sido la causa principal por la que la nación vasca ha subsistido

a través de siglos y siglos a pesar de su pequeñez numérica, en tanto que otros pueblos grandes y célebres en la historia desaparecieron hace ya muchos siglos.

Pues bien; si uno es amante de su libertad y al mismo tiempo de corazón recto y generoso, querrá también para los demás lo que tanto ama para sí; si él aborrece vivir encadenado, tampoco querrá esclavizar a los demás. He ahí precisamente lo que ha ocurrido en el pueblo vasco; en Euzkadi jamás se ha conocido esa vergüenza de la esclavitud; los vascos nunca se han sentido dominados por el apetito de conquistar y sojuzgar otros pueblos. Así como ellos han querido ser libres, así también han dejado que los demás lo sean. He ahí también precisamente lo que le ocurrió a Bolíbar, descendiente de vascos. Bolíbar sintió desde muy joven este amor a la libertad. Su noble espítiru no podía sufrir el

espectáculo de un hombre privado de su libertad, esclavo de otro hombre, ni siquiera de sí mismo. Por eso su primer acto fue dar libertad a los negros esclavos que heredara de sus antepasados. Fue el primero en realizar tal acto. Comprendía Bolíbar que con ello recibía gran quebranto su hacienda, pero prefería morir de hambre y de miseria a ver a un hombre encadenado como a un perro. ¿Qué le importaba a él que todavía nadie hubiese dado semejante paso? Los grandes hombres no necesitaban que nadie le enseñe el camino; son ellos los guías de los pueblos.

Que un individuo no tiene derecho para privar de la libertad, para esclavizar a otro individuo, es una verdad que hoy, creo, la admiten todos. Pero no tan sólo los individuos, sino también los pueblos, las naciones, tienen derecho a vivir libres, y en verdad por derecho recibido de Dios, pues, siendo las naciones obra de la naturaleza y por consiguiente de Dios, autor de aquella, se sigue que sus propiedades dimanan también de Dios. De donde, si es un grave crimen que un individuo esclavice a otro individuo, no es menor crimen que una nación prive de su libertad e independencia a otra; y así como decíamos que todos los individuos tienen iguales derechos en orden a la libertad, otro tanto hay que decir de las naciones. No hay naciones hechas para dominar, y naciones formadas para ser colonias o esclavas de otra; si los africanos no tienen derecho para dominar a Europa, tampoco los europeos tienen derecho para sojuzgar el África. Es esto pura y estricta verdad; sin embargo, son muchos lo que no la conocen. Creen muchos que se puede y se debe amar a la propia nación sin medida; que todo medio es bueno y justo con tal que contribuya a la grandeza de la Patria. ¿Que para ensanchar sus fronteras conviene aplastar o suprimir otra nación? Pues se le aplasta y suprime. ¿Qué le vendría muy bien a la propia nación las ricas y hermosas tierras de la vecina? Pues se le quitan y arrebatan. Si un individuo arrebata por fuerza o fraude a otro una cosa, se le llama ladrón; pero si oprime, roba y destroza un pueblo, una nación, entonces con frecuencia, por no decir

siempre, se le recibe entre vítores y aplausos, se le considera y celebra como a un héroe a quien no es sino un bandido y malvado. Quedan los hombres entusiasmados al ver a su patria extensa, rica y poderosa, y no consideran que en general o siempre ocurre lo que decía San Agustín: “que los grandes Estados no son sino grandes rapiñas”.

No, señores, no; no tiene derecho una nación para sojuzgar a otra, una raza para esclavizar a otra; y lo que se arrebata sin derecho es latrocinio y rapiña; y así como el dueño tiene siempre derecho a exigir al ladrón la devolución de lo robado, de la misma suerte los pueblos oprimidos por la fuerza conservan siempre su derecho a la libertad e independencia. Sólo en el caso rarísimo, hipotético casi, de que un pueblo se vea acometido por otro que le quiere arrebatar su independencia, podrá en justa defensa de su derecho, y siempre que no le quede otro medio de legítima defensa, sojuzgar y dominar a la nación injustamente invasora de su propia libertad; pero aún en este caso, en tanto grado y por tanto tiempo cuanto lo exija la defensa de su propia independencia. Más aún; no sólo los pueblos sojuzgados por la fuerza, sino también los legítimamente y por natural evolución formados, tienen derecho a la independencia desde el momento en que han llegado a ser capaces de gobernarse a sí mismos, a la manera que los hijos mayores tienen derecho a emanciparse de la patria potestad y constituir propio hogar.

Esta verdad tan encarnada en la conciencia tanto individual como colectiva de los vascos, según queda arriba indicado, dominaba totalmente el espíritu noble de Bolíbar. Bolíbar vio que los pueblos americanos tenían derecho a la independencia. Quizás también lo vieron otros, pero sólo él, Bolíbar, se sintió con voluntad y resolución de poner en posesión de ese legítimo derecho a la mayor parte de la América sujeta al dominio español. Si hoy son libres Venezuela, Colombia, Panamá, Ecuador, Perú y Bolivia, se lo deben a Bolíbar; él fue la cabeza y el brazo de cuantos

trabajaron por su independencia.

Antes que en ninguna otra cabeza, surgió en la suya el propósito de libertar a su patria, cuando apenas contaba 21 años y se encontraba en Roma. Apenas regresó a su patria fue el alma de todos los patriotas; él inflamaba en amor patrio a cuantos le rodeaban. Sin embargo, considerándolo demasiado joven y poco experto en el arte de la guerra, en un principio confiaron a otros el mando del ejército patriota. Mas pronto hubieron de arrepentirse; todos, menos Bolíbar, quedaron derrotados, deshechos a las primeras acciones con los españoles. Aquellos generales demostraron no poseer ni cabeza ni corazón de caudillos. Vencidos en los primeros encuentros, renunciaron por imposible la empresa de libertar a su patria. Pero allí estaba Bolíbar. Solo, empero animoso y optimista como nunca, seguro del triunfo. Sin hacer caso más que a su cabeza y a su corazón, desde las montañas de Colombia llamó, como otro Matatías, a cuantos sintieran el amor a la libertad e independencia, y puesto al frente de los pocos valientes que respondieron a su voz, destrozó a cuantos ejércitos españoles le salieron al paso, y al cabo de pocos años aseguraba la independencia de Venezuela y Colombia.

No bastaba esto, sin embargo, para satisfacer su espíritu de libertad. Viendo el Ecuador, Perú y Bolivia todavía bajo el dominio español, resolvió correr en ayuda de los que allí luchaban por su independencia, y, tras quebrantar en duros encuentros los últimos restos del poder español, entró triunfador en Quito y Lima. Llovían por todas partes vítores y aplausos, felicitaciones al Libertador. ¿Quién no ensoberbecerse? ¿Quién no perder la cabeza con tanto incienso? Entonces demostró Bolíbar que era verdaderamente grande, mucho más grande que cuando abatía a los enemigos de su patria. Muchos otros grandes generales ha habido, pero que hayan sabido no perder la cabeza, sin ensoberbecerse ni enloquecer entre las aclamaciones de los

pueblos, ha habido muy pocos. Se le acercó por aquellos días de fortuna y gloria un amigo suyo, venezolano, sugiriéndole que se coronara emperador de las tierras libertadas, a semejanza de Napoleón, y he aquí lo que Bolíbar, republicano convencido, como buen vasco, le contestó: “Napoleón era grande y único, y además sumamente ambicioso. Aquí no hay nada de esto. Tampoco quiero imitar a César… Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria”.

Bolíbar dio por la independencia de su patria cuanto tenía: su inmensa fortuna y su salud robusta; en recompensa no quería sino el bienestar, la completa libertad, la tranquilidad y la gratitud de sus compatriotas. Nada de dignidades. Nada de mando. Convencidos los pueblos redimidos de que nadie mejor que él podía gobernarlos, repetidas veces le confiaron sus destinos, pero él rechazó constantemente tales ofertas.

Ante la gigantesca cuanto penosa labor de Bolíbar, parece que todos los americanos rebosarían de gratitud hacia su libertador. Así era, en efecto, en cuanto a la inmensa generalidad. No le faltaron, sin embargo, enemigos y envidiosos, y precisamente entre sus mismos camaradas de antaño. La grandeza de Bolíbar les hacía sombra, les mortificaba su fama, y olvidando los favores de él recibidos, resolvieron asesinarlo. No lograron su propósito, porque en la oscuridad de la noche pudo huir Bolíbar. Salió vivo materialmente de aquel peligro, pero herido mortalmente en su corazón. No podía comprender que aquellos a quienes tan costosamente diera él la vida de libertad e independencia, quisieran quitársela. Triste, apesadumbrado, con el corazón manando sangre, se retiró a un apartado rincón; no ciertamente para madurar cruel venganza de sus enemigos, pues él no aborrecía a nadie, sino para prepararse a una muerte cristiana. Y si siempre aparece grande, noble, Bolíbar, su figura alcanza gigantescas proporciones en su última hora. Al ver las rivalidades, bandos y miserias surgidos en su patria, exclama: “si

mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”…

De este modo, solo, pobre, en casa ajena, fuera de su patria, moría el 17 de diciembre de 1830, a los 47 años de edad.

Es Bolívar, por cualquier aspecto que se le considere, como hombre, como caudillo, como estadista, grande, noble, magnánimo y verdaderamente cristiano hasta sus últimos instantes, sin otra ambición que el bien de su patria libre. Inteligencia clara, voluntad firme y activa, carácter afable. Como legislador, general, orador, es Bolíbar una de las figuras más brillantes de la humanidad; pero sobre todas sus glorias y la que compendia todas, está la de Libertador, característica directamente recibida del pueblo vasco que lo ha producido.

Vosotros, bolíbartarras, sus paisanos, recordadlo constantemente a la vista de ese monumento; imitad sus virtudes, sus hazañas, su amor a la libertad individual y patria, y, si no las alabanzas de los hombres, tendréis las de Dios, que premia toda obra buena.

DON QUIJOTE BOLÍVAR

MIGUEL DE UNAMUNO

España

Cuando me pongo a escribir estas líneas sobre Bolívar, uno de los más grandes y más representativos genios hispánicos, arde la guerra, una guerra tan metódica como cruel, en lo mejor de Europa. Y a través del fragoroso polvo de esta guerra, tan largos años meditada y preparada, se me aparece más grande, mucho más grande la figura de nuestro Bolívar, como guerrero, como estadista, como creador de patrias, y sobre todo y ante todo como hombre.

Bolívar fue un maestro en el arte de la guerra y no un catedrático en la ciencia si es que es tal- de la milicia; fue un guerrero más que un militar, como decía Ganivet que suele ser el español; fue teatral y enfático, tal como es naturalmente y sin afectación su raza, nuestra raza, pero no fue un pedante. Bolívar fue un hombre, todo un hombre; un hombre entero y verdadero, y ser todo un hombre es más, mucho más que ser Uebermensch lo dejaré, para mayor oscuridad, en alemán-, una mera abstracción nietzcheniana, de los que quieren y presumen, pero no logran. Bolívar era de la estirpe de Don Quijote, el de los bigotes grandes, negros y… caídos.

El capitán general inglés C.G. Gordon, el héroe de Jartún, estando sitiado por las huestes del Mahdi en esa ciudad sobre el Nilo en que muriera, llevaba un Diario que ha llegado hasta nosotros. Y el día 13 de septiembre de 1884 escribía en él:

“Me parece que en vez de la táctica o los libros sobre el arte de la

guerra deberíamos hacer que nuestros jóvenes oficiales estudiasen las Vidas de Plutarco; sería mejor. Vemos allí a hombres no sostenidos por nuestra verdadera fe, a paganos, haciendo, como cosa corriente, el sacrificio de sus vidas, cuando en nuestros días el mayor mérito es no escapar”.

Sin duda alguna que Bolívar leía, como acostumbraban a leer Miranda y San Martín, las Vidas de Plutarco, pues su educación había sido enteramente plutarquiana y los dejos de su estilo, tan de transición del siglo XVIII al XIX, lo son. No puede caber duda de que su maestro, Don Simón Rodríguez, le plutarquizó rousseanizándole. En sus conversaciones mencionaba a Licurgo y a Catón (ver Diario de Bucaramanga, pág. 71).

En su correspondencia también menciona, a menudo, a los héroes de Plutarco. Así, el año de 1820, en carta al general Carlos Soublette, dándole cuenta de las ocurrencias políticas de España insurrección de Quiroga y Riego y jura por Fernando VII de la Constitución- termina quejándose de lo mal que le secundaban a él sus colaboradores, “del imperio de la apatía”, y agrega: “¡Y después querrán gobernar, y después intrigarán, y después mandarán, y después harán morir como a Milcíades a los libertadores de la patria!” (Cartas de Bolívar, 17991822, pág.

289).

Y aquel maestro en el arte de la guerra y en el de hacer patrias, que no catedrático de la problemática ciencia militar, conocía a los hombres que vale más que conocer soldados. Como que eran hombres, hombres de verdad y no máquinas, no números de regimiento, los que guiaba a la victoria o a la derrota.

Querer aplicar al estudio de un hombre así, a un hombre, a un héroe, los procedimientos lombrosianos, como lo ha intentado el doctor P.M. Arcaya, me parece una pedantería y nada más. Bolívar no era otro doctor doctor en milicia-; Bolívar era un

hombre que hacía la guerra para fundar la única paz duradera y valedera, la paz de la libertad.

E hizo la guerra puede decirse que solo, sin Estado Mayor, a lo

Don Quijote. La humanidad que le seguía la humanidad y no mero ejército- era su Sancho.

No, Bolívar no fue nunca pedante, nunca doctor, nunca catedrático. Fue teatral y enfático, cierto es, como Don Quijote, como su casta española, con teatralidad y énfasis perfectamente naturales y espontáneos. A un francés que me hablaba una vez del énfasis español hube de atajarle diciéndole: “en los espíritus de naturaleza enfática, el énfasis es natural… ahora, siga usted”.

Con Don Quijote comparé a Bolívar hace algunos años y quiere volver a esa comparación y repasarla.

“L…, dijo entonces S.E. es decir, Bolívar-, es malo, es hombre sin delicadeza y sin honor; es un fanfarrón lleno de viento y vanidad; es un verdadero Don Quijote”. Así nos asegura Perú de Lacroix en su diario de Bucaramanga que dijo una vez el Libertador. Donde aparece nuestro Don Quijote completamente desfigurado. Pero es que al decir eso hablaba Bolívar sin duda acomodándose

al

vulgar y corriente, aunque falso, concepto de nuestro caballero,

y

no la que tenía él mismo, Bolívar, que leyó como último libro,

dícese la historia de nuestro Don Quijote, en un ejemplar que un

español el marqués de Mier- le regalara y en cuya casa murió.

Su físico mismo, tal como no lo describe el francés Perú de Lacroix y el inglés O`Leary, ambos oficiales, y luego biográfos de Bolívar, tiene no poco de quijotesco. “Bolívar tenía la frente alta escribe O`Leary-, pero no muy ancha y surcada de arrugas desde temprana edad; pobladas y bien formadas las cejas; los ojos negros, vivos y penetrantes; la nariz larga y perfecta; los pómulos salientes; las mejillas hundidas, desde que lo conocí en 1818; la

boca fea…”. La estatura de Bolívar era algo cesárea, y la de Don Quijote muy procera; pero oíd a O`Leary: “tenía el pecho angosto, el cuerpo delgado, las piernas sobre todo…” (memorias del general O`Leary, vol. II, pág. 486). La semejanza acrece cuando se le ponía al Don Quijote americano el rostro ceñudo, manifestando pesadumbre, pensamientos tristes e ideas sombrías. Solo que el Libertador, que tenía las patillas y el mostacho tirando a rubio, no usaba en sus últimos años bigotes, mientras que los de Don Quijote eran grandes, negros y … caídos.

Y quién no recuerda aquella frase de Bolívar ya casi moribundo:

“¡Los tres más grandes majaderos de la historia hemos sido Jesucristo, Don Quijote… y yo!”. A unos podrá parecerles esta frase en extremo irreverente y hasta blasfema, por lo de Jesucristo; otros dirán que mezcla a un ente de ficción entre dos de realidad, más esto sería mezquindades de pobres hombres incomprensivos. Y en llegando al campo espiritual en que vivía, obraba y creaba a Bolívar, el fundador de patrias, y donde acaba la realidad y empieza la ficción, o más bien donde termina la ficción y empieza la realidad. La historia era en Bolívar leyenda.

He sostenido en mi Vida de Don Quijote y Sancho que la raíz de la locura quijotesca hay que buscarla en aquel amor silencioso, avergonzado, tímido, que durante doce mortales años profesó Alonso Quijano a Aldonza Lorenzo, su convecina, sin osar en todo ese tiempo dirigirle la palabra. ¿No sería la raíz de la noble locura bolivarezca aquel terrible pesar que le causó la pérdida de su mujer, del grande y hondo amor de su vida?

Solo un año vivió, como marido amante y enamorado, con su Teresa. En Bilbao, en mi Bilbao, no lejos, pues, del solar de los Bolívar, la cortejaba, en Madrid, a fines de 1801, se casó con ella. Un año después enviudaba. Y años más tarde, en plena acción militar y política, dijo a Perú de Lacroix: “Usted, pues, se casó a

los 45 años… yo no tenía diez y ocho cuando lo hice en Madrid, y enviudé en 1803 (el 22 de enero), no teniendo todavía diez y nueve años. Quise mucho a mi mujer y su muerte me hizo jurar no casarme. He cumplido mi palabra. Miren ustedes lo que son las cosas: si no hubiera enviudado quizá mi vida hubiera sido otra; no sería el general Bolívar, ni el Libertador, aunque convengo en que

mi genio no era para ser alcalde de San Mateo”.

Amores, amoríos más bien, tuvo varios Bolívar; no le faltaba algo de Don Juan. Basta recordar a Josefina, a Anita Lenoit, a

Manuelita Saenz, a la niña del Potosí y a aquella vieja de Bolívar

de que nos habló Cunninghame Graham (ver Cartas de Bolívar-

1799-1822-, pág. 335, nota). Pero acaso el recuerdo de aquel amor de sus diez y ocho años fue lo que se transformó en amor a Dulcinea del Toboso, a la gloria.

Libros de caballerías, sus libros de caballerías, leyó muchos; los que se leían en su tiempo, reciente la Gran Revolución y en plena epopeya napoleónica. La misma gran revolución se alimentó de historias de Grecia y Roma, de memorias de los héroes de Plutarco. “Yo no soy como Syla, que cubrió de luto y de sangre a su patria; pero quiero imitar al dictador de Roma en el desprendimiento con que abdicando el sumo poder, volvió a la vida privada y se sometió en todo al reino de las leyes. No soy un

Pisistrato… etcétera”. Así decía el Libertador en su discurso del 2

de enero de 1814 en Caracas, ante la asamblea reunida ese día

en el templo de San Francisco. Y de esas reminiscencias aparecen a cada paso en sus escritos.

Y luego su Amadís, Napoleón. Porque es innegable la fascinación que Napoleón ejerciera sobre Bolívar, como sobre todos sus contemporáneos. Y la ejerció más cuando más quiso apartarse

de sus malos ejemplos. Cabe decir, sin exceso de paradoja, que

nunca trasuntó más Bolívar a Napoleón que cuando se esforzó en

no imitarlo. Era lo de Chateubriand con Rousseau.

En el diario de Bucaramanga se nos cuenta los recuerdos personales que de Napoleón conservaba Bolívar, cuando asistió en Italia, en la llanura de Monteshiaro, cerca de Castiglione, a una gran revista pasada por el capitán sentado en un trono, y cuando en París, en diciembre de 1804, lo vio coronarse. Hablando del primer recuerdo decía: “Yo ponía toda mi atención en Napoleón, y sólo a él veía entre toda aquella multitud de hombres que había allí reunidos; mi curiosidad no podía saciarse y aseguro que entonces estaba muy lejos de prever que un día sería yo también el objeto de la atención, o si se quiere, de la curiosidad de casi todo un continente y puede decirse también del mundo entero”. ¿Lo oís? ¡El eco de todos los heroísmos y hasta de las santidades! “¡Un día seré adorado por el mundo!”, exclamó el pobrecito de Asís. Y sin ese resorte humano, muy humano, y por lo tanto divino, no hay heroísmo.

“Usted lo habrá notado, no hay duda, que en mis conversaciones con los de mi casa y otras personas nunca hago el elogio de Napoleón; que, al contrario, cuando llego a hablar de él o de sus hechos es más bien para criticarlos que para aprobarlos, y que más de una vez me ha sucedido llamarlo tirano, déspota, como también el haber censurado varias de sus grandes medidas políticas y algunas de sus operaciones militares. Todo esto ha sido y aún es necesario para mi, aunque mi opinión sea diferente; pero tengo que ocultarla y disfrazarla para evitar que se establezca la opinión de que mi política es imitada de la de Napoleón, que mis miras y proyectos son iguales a los suyos, que como él quiero hacerme emperador o rey, dominar laAmérica del Sur como ha dominado él la Europa; todo esto lo habrían dicho si hubiera hecho conocer mi admiración y mi entusiasmo por aquel gran hombre”.

El napoleonismo de Bolívar es evidente y en nada amengua su grandeza, más bien la engrandece más. Sólo los grandes, los

genios, los héroes, alcanzan a los grandes, los genios y los héroes. Cierto que fue menos egoísta, más humano que Napoleón. Huyó de la tiranía. Y pudo escribir frases tan nobles sobre su renuncia al absolutismo.

“Legisladores: al restituir al Congreso el poder supremo que depositó en mis manos, séame permitido felicitar al pueblo porque se ha librado de cuanto hay de más terrible en el mundo:

de la guerra, con la victoria de Ayacucho y del despotismo con mi resignación. ¡Proscribid para siempre, os ruego, tan tremenda autoridad; esta autoridad que fue el sepulcro de Roma!”. Así dijo en el discurso que pronunció ante el Congreso de Lima, el diez de febrero de 1825, aniversario del día en que se encargara de la dictadura. Palabras que deben meditar aquellos pueblos de charca, que, como las ranas a Júpiter, piden rey, piden dictador, piden cacique, es decir, piden un supremo esclavo. El Libertador sabía que el supremo esclavo es el tirano, y no quiso esclavizarse a sus pueblos para mejor poder libertarlos.

El quijotesco amor a la gloria, la ambición, la verdadera ambición,

no la codicia, no la vanidad del pedante, no el deseo de obtener pasajeros aplausos como un histrión, sino la alta ambición quijotesca de dejar fama perdurable y honrada, le movía. Lo reconocía él mismo. “Yo vivo de la estimación de los hombres”, escribía en 1829 a Sir Robert Wilson, apesadumbrado ante las calumnias y los ataques de que estaba siendo víctima, y según los cuales aspiraba a la tiranía. “Feliz el hombre de quien no pueden ser calumniadas sus intenciones”, escribió a tal respecto César Cantú. (Ed. Esp., vol. VI). Bolívar se preocupaba de lo que de él dijera la historia, como los héroes homéricos y como también los condenados dantescos.

Y su amor propio era excesivo, de lo que nos dan numerosos

ejemplos El diario de Bucaramanga y las memorias de O`Leary, ya cuando perdía en el juego, ya cuando siendo joven

presumía de saltar bien, ya cuando no era lo bastante tolerante con los que le contradecían, ya cuando en los paseos a pie trataba de cansar a los que le acompañaban. “Su corazón es mejor que su cabeza” decía de él su principal Sancho, el bueno de Perú de Lacroix-. ¿Y por qué no es buena su cabeza, aquella cabeza que han llamado “la cabeza de las maravillas”?

Yo sé quien soy exclamó una vez Don Quijote lleno de fe en sí mismo. Y este grito aparece a menudo en los escritos de Bolívar, si bien en otra forma-.

Y conoció, como nuestro caballero, las horas de desaliento y

desilusión, cuando contemplando aquel las imágenes de relieve y entalladura confesaba no saber a dónde le llevaban sus trabajos. “¡Estoy cansado de mandar!” exclamaba Bolívar. “Comienzo ya a sentir las flaquezas de una vejez prematura”… ¡a los treinta y ocho años! “Mi conciencia sufre bajo el peso de las atroces calumnias que me prodigan, ya los liberales de América, ya los serviles de Europa. Noche y día me atormenta la idea, en que están mis enemigos, de que mis servicios a la libertad son dirigidos por la ambición”. (O´Leary, II, 325). Y al final de aquel mensaje al Congreso Constituyente de Colombia, el 20 de enero de 1830, aquella frase terrible: “Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido, a costa de los demás”. (Véase Discursos y proclamas, pág. 135).

Aunque añadió: “pero ella nos abre la puerta para reconquistarlos bajo vuestros soberanos auspicios, con todo el esplendor de la gloria y de la libertad”. ¡Cuántas veces no meditaría en lo que es eso de la independencia de un pueblo y en lo que ello significa! ¡Cuántas veces no pensaría que de nada sirve comprar una independencia política puramente ficticia a costa de un alma

colectiva, de un espíritu nacional, de la dignidad acaso! Porque él,

el Libertador, no pensó en crear naciones más o menos: pensó en

crear patrias.

A pesar de las terribles confrontaciones con la realidad, pronto volvía como Don Quijote, a su locura vivificadora y libertadora de los demás.

Y todo ello, ¿para qué? ¿Cuál fue su obra? ¿Cuál su finalidad? Su formalidad ya la hemos visto, formalidad de genuino héroe quijotesco, teatral y enfático, pero no pedantesco, sino sincero y espontáneo: de maestro en el arte de la guerra y en el de crear patrias, no de catedrático de ciencia militar ni de ciencia política; ¿mas su finalidad?

En la proclama que el día 29 de julio de 1824, año 14º de la independencia, dirigió a sus soldados desde el Cuartel General libertador en Pasco, en el corazón de los Andes australes, lo decía: “¡El Perú y la América toda guarda de vosotros la paz, hija de la victoria: y aun la Europa liberal os contempla con encanto, porque la libertad del Nuevo Mundo es la esperanza del universo!” ¡La esperanza de libertad para el mundo todo!

Ahora, en estos días de terrible guerra, cuando se han desencadenado sobre Europa las más feroces pasiones atávicas, ¿no pensarán en la América que forjó Bolívar que la libertad del Nuevo Mundo es la esperanza de la Tierra?

Con verdad escribe Emilio Ollivier, el ministro de Napoleón III, que en tiempo de Bolívar el nombre de éste circulaba entre los pueblos de Europa sin excluir a España- como sinónimo de libertad. Con el nombre de bolívar en los labios, en canciones patrióticas, tomaron a París los revolucionarios de 1830.

¿Y acaso Bolívar, libertando a la América del Sur del dominio español, no ha contribuido a la futura, completa liberación de España?

Se ha hablado mucho del antiespañolismo de Bolívar juzgando por esas frases de inflamada retórica que inspiran las guerras civiles y más que civiles bella… plus quam civilia que dijo otro español, Lucano- como lo fueron las de la Independencia americana. Pero ¿quién va a dar más que valor convencional y del momento a todo aquello de feroz despotismo, de los crueles españoles, bandas de tártaros y otras explosiones retóricas propias de proclamas?

Cuando yo era muchacho, en plena guerra civil, y mientras nos bombardeaban los carlistas, se cantaban en mi pueblo, Bilbao, unos cantares en que se les llamaba nada menos que… ¡¡caribes y fariseos!! Y ¿quién ha de hacer caso cuando en una carta dice Bolívar: “Más grande es el odio que nos ha inspirado la península que el mar que nos separa de ella; menos difícil es unir los dos continentes que reconciliar los espíritus de ambos países”? ¡Retórica, retórica, retórica! ¡Y más retórica cuando él, Bolívar, el puro descendiente de españoles, de origen vasco, nos habla de haber roto las cadenas que había remachado Pizarro a los hijos de MancoCápac!

Una vez oí a un español culpar a los cubanos de ingratos por haberse separado políticamente de España, añadiendo:

“¡Después que descubrimos, conquistamos y poblamos aquello…!” ¿Nosotros? le contesté-; ¡será usted, que yo por lo menos no! No recuerdo haberlo descubierto, conquistado ni poblado”. “Nosotros precisamente no me replicó- pero nuestros padres”. “Los de ellos más bien” le retruqué-.

Mejor que nadie acaso conocía a Bolívar su más noble contendor que no fue el virrey Sámano, ni el virrey Montalvo, ni el virrey La Serna, ni el francés Canterac, sino el general español don Pablo Morillo, y decía de él: “tiene su noble estirpe española rasgos y cualidades que le hacen muy superior a cuanto le rodea”. Y, sin duda, muy superior a los que llevaran sangre de Manco Cápac, a

cuyos hijos remachó las cadenas Pizarro, aquel Pizarro mucho más hermano de Bolívar que del Inca.

Ya se quejaba Bolívar de que en la guerra de América hubiesen muerto tantos españoles: “porque son ellos agregaba- los que debían poblar y civilizar nuestros desiertos”. (Memorias del Libertador Simón Bolívar, por el general Tomás Cipriano de Mosquera).

Otra vez puso en un documento las siguientes o parecidas palabras: “No confundamos al gobierno de España con los españoles. Hagamos la guerra al uno, no a los otros”.

Y no fue Bolívar, en cuyas venas corría sangre quijotesca, quien

escribió: “Es nuestra ambición ofrecer a los españoles una

segunda patria, pero erguida, no abrumada de cadenas”. Esto se

lo decía al Rey Fernando VII, desde Bogotá, en 1821. Cincuenta y

dos años más tarde, en 1873, otro grande héroe americano el más grande acaso de sus héroes por el pensamiento!, Domingo Faustino Sarmiento, el argentino, en su célebre discurso de la Bandera decía, o más bien declamaba, quijotescamente también: “¡Habrá patria y tierra, libertad y trabajo para los españoles, cuando en masa vengan a pedírnosla como una deuda!”.

Y tengo que decir de Bolívar lo que de Sarmiento he dicho y

repetido, y es que nunca se me aparece más español que cuando habla o parece hablar mal de España… ¡en español! No. Don Quijote nunca puede hablar mal de España, aunque maldiga a los españoles.

Su estilo mismo, el de Bolívar, era un estilo quijotesco, algo enfático, muy español, entre gongorino y conceptuoso, aunque con evidente influencia de los escritores franceses del siglo XVIII. ¿Quién no se ha detenido ante las frases de sus discursos y

proclamas? Urgiendo, al principio de la revolución, porque se declarase la independencia, pregunta: “¡que los grandes proyectos deben prepararse en calma! ¿Trescientos años de calma, no bastan? ¿Se quieren otros trescientos todavía?”. Y en

otras partes dice: “¡Creando el nuevo mundo bajo el fatal imperio de la servidumbre, no ha podido arrancarse las cadenas sin

“éramos ciegos; los golpes nos

despedazar sus miembros!”

han abierto los ojos…”. “¡Soldado! Centenares de victorias alargan vuestra vida hasta el término del mundo”. Y otras cien frases así.

Era un hombre, todo un hombre, un hombre entero y verdadero, que vale más que ser sobrehombre, que ser semidiós todo semi o a medias es malo y ser semidiós equivale a ser semihombre-; era un hombre este maestro en el arte de la guerra, en el de crear patrias y en el hablar al corazón de sus hermanos, que no catedrático de la ciencia de la milicia, ni de la ciencia política, ni de la literatura. Era un hombre; era el hombre encarnado. Tenía un alma y su alma era de todos y su alma creó patrias y enriqueció el alma española, el alma eterna de la España inmortal y de la humanidad con ella.

En materia de interés o de intereses allá se las iban Don Quijote y Bolívar. Don Quijote no llevaba consigo blanca, ni se preocupaba de ello, porque “él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno las hubiese traído”. (Cap. III). Bolívar dice: “yo no quiero saber lo que se gasta en mi casa”; y como era millonario y manirroto, y como sus verdaderos intereses no eran acuñables; gasta en poco tiempo, en Lima, ocho mil duros en agua de Colonia; sostiene en Madrid “tren de príncipe”, derrocha en Londres “ciento cincuenta mil francos en tres meses”, regala sus alhajas a don Fernando Peñalver para que se remedie la miseria, declara libres, de un golpe en su hacienda de San Mateo, a mil esclavos negros, que le representaban un valor de más de doscientos cincuenta mil duros, y renuncia los millones

en metálico que decreta para él la gratitud de los pueblos.

No. Los servicios de un Don Quijote no pueden ser pagados con dinero, pero para renunciar a millones, en pleno siglo XIX, se necesita ser un Don Quijote de buena ley, genuino. Washington, que no lo era, aceptaba por eso las modestas dádivas de su país.

La idea de la justicia o la justicia misma era muy semejante en uno

y otro Caballero.

En mi vida de Don Quijote y Sancho, cap. XII, he escrito: “Don Quijote castigaba, es cierto; pero castigaba como castigan Dios y la naturaleza, inmediatamente, cual en naturalísima consecuencia del pecado”.

Así Bolívar. Fusiló a propios y a extraños, pero jamás con ensañamiento. Su justicia, como la de Don Quijote, era rápida y ejecutiva. Boves lo derrota en La Puerta, y hace una carnicería de las suyas: Bolívar fusila inmediatamente ochocientos prisioneros; Piar, su teniente, se insubordina, huye del ejército y trastorna el orden, en momentos angustiosos: Bolívar lo hace aprehender,

juzgar y fusilar. Lo propio hizo con Berindoaga, ministro de guerra

y traidor, en Perú. Lo mismo con Vinoni, el único de los realistas

vencidos, a quien fusiló en el campo de Boyacá, en 1819, porque siendo oficial suyo lo había traicionado en 1812, haciéndole perder el castillo de Puerto Cabello. “La justicia sola es la que conserva la República”, decía. (Cartas del Libertador: O´Leary, vol. XXX).

Conviene leer, en la edición comentada que de las Cartas de Bolívar (1799-1822) ha hecho Rufino Blanco-Fombona, lo que dice éste de la guerra a muerte decretada por Bolívar en 1813. No es la crueldad fría de los corazones felinamente tiernos, débiles; es el rugido de desesperación y dolor de los corazones generosos pero recios.

El mismo Blanco-Fombona ha escrito que los reveses hacían temible a Bolívar, y con el éxito se hacía magnánimo. Así es la verdad.

Recuérdese aquella noble respuesta de Bolívar al general Salom que sitiaba el Callao, donde se defendía heroicamente el heroico general español Rodil, aquel mismo Rodil que fue luego en España, presidente del Consejo de ministros y uno de los pacificadores de las Vascongadas. Salom, desesperado con la resistencia, amenazaba, en carta a Bolívar, a los defensores del Callao. El Libertador le responde: “el heroísmo no es digno de castigo. ¡Cuánto aplaudiríamos a Rodil si fuera patriota! La generosidad sienta muy bien al vencedor, general”. (O´Leary, vol. XXX).

Apedreado y robado por Ginés de Pasamonte y demás galeotes a quienes libertara en Sierra Morena, Don Quijote, algo pesaroso, dijo: “el hacer bien a villanos es echar agua en el mar”.

Algo semejante ocurrió a Bolívar y consideración semejante hizo. Insultado, calumniado, atropellado, proscrito por aquellos mismos pueblos que libertara, exclamó: “he arado en el mar”. Sólo que uno y otro idealista, el manchego y el caraqueño, reinciden en su fe quijotesca a pesar de las tristes realidades.

Un hombre así suele culminar en su religión. ¿Cuál fue la de Bolívar? He aquí el problema más oscuro de su vida. Su religión fue su obra, fue su quijotismo.

Hijo del siglo XVIII, pensó en religión como entonces se pensaba en ella; pero ¿cómo la sintió? En el Diario de Bucaramanga se nos dice que Voltaire era el autor favorito del Libertador y se nos exponen las ideas filosóficas o pseudo filosóficas de él respecto a religión, unas ideas, a base condillaciana, de una desesperante

superficialidad. Y como buen volteriano, distinguía entre el hombre y el ciudadano. Él, en cuanto ciudadano, y para dar el ejemplo, iba a misa, pero llevando para leer en ella un tomo de la biblioteca americana, sin persignarse, y sólo por ciudadanía al modo pagano. “Soy filósofo para mí solo o para unos pocos amigos y sacerdote para el vulgo” decía con la única pedantería que he encontrado en él y es cuando de religión hablaba. Porque su volterianismo era pedantería. Más no se le iría, sin él saberlo, el alma toda religiosa en aquella frase con que termina su proclama dada desde el cuartel general de Bogotá, a 8 de marzo de 1820, 10º de la independencia, y donde dice: “¡Viva el Dios de Colombia!”. Por ahí, por el Dios de la patria, había hallado su religión. Porque Dios no es dios de individuos, lo es de pueblos; el Dios de las batallas es Dios de patrias.

El cristianismo que se gestaba a fines del siglo XVIII y principios del XIX, cristianismo muy imbuido en racionalismo enciclopédico y no menos frío y seco que éste, no podía satisfacer a un alma como la de Bolívar. Y además para el Libertador la acción fue pensamiento.

Ni Bolívar, como los incrédulos faltos de imaginación y sobrados de petulancia pedantesca, cayó en cientificismo. Se burlaba no sólo del doctor Moor, sino de la ciencia médica. Don Simón Rodríguez, que “sólo amaba las ciencias”, no logró contagiarle; no lo logró aquel su pedagogo, que en un gabinete de física y química de un alemán se ocupaba en estudios y que hablaba, en alemán, con su amigo tudesco mientras Bolívar, el pupilo, yacía enfermo en cama. Don Simón Rodríguez quiere convencer a Bolívar de que en la vida hay otra cosa que el amor el héroe había enviudado ya- que podía ser muy feliz entregándose a las ciencias o a la ambición. “¡Ah, Rodríguez, prefiero morir!” exclamaba Bolívar. (Cartas, pág. 42). ¡Tenía veintiún años!

Luego se entregó a la ambición, a la más noble, el amor a

Dulcinea, no a la ciencia, y por no haberse dedicado exclusivamente al estudio profesó sobre religión las doctrinas entonces corrientes entre los de su clase y su educación. Más no nos importa como pensó la religión, sino cómo la sintió, cómo sintió la religión quijotesca del Dios de Colombia.

Bolívar, hombre de ideas y de ideales, tuvo conciencia clara de su alta misión quijotesca de su función del libertador. A menudo lo demostró. En solemne ocasión creo que intentaba expedicionar, en son de liberación, contra las Filipinas- dijo, más o menos: “Mi deber es sacar siempre la espada por la justicia y luchar donde haya pueblos esclavos que defender”. Otra vez, en ocasión más solemne aún porque fue en el trance de la muerte-, una de sus últimas y desconsoladas frases fue la siguiente, ya citada: “Los tres más grandes majaderos de la historia hemos sido Jesucristo, Don Quijote… y yo”. Se ponía entre los redentores.

Tal fue el hombre de la América española.

De sus visiones proféticas, de lo que hizo por la apertura del Canal de Panamá, por el Arbitraje Internacional, por el Derecho Público Americano; de lo que dijo sobre el porvenir de los pueblos del nuevo mundo y sobre su democracia, nada comentaré aquí. Esto pertenece a otro campo que el que aquí me ha acotado.

Baste decir que algunos de aquellos pueblos que empezó a forjar Bolívar, algunas de aquellas patrias que surgieron al golpe de su espada y al conjuro de su voz inflamada aún andan buscando alma, aún buscan aquellos bienes que ni al precio de la independencia deben ser vendidos. Y para esos pueblos aprendices indóciles de libertad, aún las palabras del Libertador son una enseñanza, son palabras libertadoras. Y pueden serlo para nosotros, los españoles. Nuestros más generosos héroes de la libertad, los que lucharon por ella desde Cádiz y luego bajo el horrendo reinado del abyecto Fernando VII, aquellos héroes no

superados por los liberales españoles de tiempos más próximos al nuestro, por liberales de engañifa, aquellos nobilísimos doceañistas y sus inmediatos sucesores convivieron con Bolívar y con él se hicieron. ¿No os parece el mismo Bolívar un héroe doceañista, el verdadero héroe del doceañismo? A él, al Libertador de la América española del sur, debe mucho, muchísimo, el liberalismo español. Y no me cabe duda de que nuestros buenos liberales, los de los tiempos en que nacía la España nueva, que tanto tarda en levantarse de la cuna y dejar las mantillas, no me cabe duda de que aquellos españoles rendían culto, bien secreto al Libertador. Los diplomáticos extranjeros en Madrid transmitían a sus gobiernos conversaciones con personajes de la época que patentizan la admiración que inspiraba Bolívar, como Napoleón, hasta a sus enemigos.

Entre las cartas más lisonjeras que se dirigieron a Bolívar, lisonjeras por venir sobre todo de sus adversarios los más altivos, cuéntanse las del general La Torre, las del general Morillo y de otros militares españoles que pelearon contra él aquella formidable guerra de América, tan mal estudiada en España. El general Canterac, a quien un motín militar asesinó cerca de la Puerta del Sol, el 18 de enero de 1835, siendo capitán general de Madrid; el general Canterac derrotado por Bolívar en la batalla de Junín, y luego, junto con La Serna, en Ayacucho, escribió al Libertador, en nombre de los generales, la siguiente carta:

“Huamanga, 12 de diciembre de 1824. Excelentísimo señor Libertador, general don Simón Bolívar.

“Como amante de la gloria, aunque vencido, no puede menos que felicitar a vuestra excelencia por haber terminado su empresa en el Perú con la jornada de Ayacucho. Con este motivo, tiene el honor de ofrecerse a sus órdenes y saludarle en nombre de los generales españoles, éste su afectísimo y obsecuente servidor,

q. b. s. m., José de Cantera”.

Y gracias a Dios que hemos llegado a tiempos en que un español, sin renegar de su españolidad, sino más bien afirmándola más aún, puede rendir culto, y culto patriótico, de la gran patria, lo mismo que a ese colosal Bolívar, a un Martí, a un Rizal.

Mi intención ha sido mostrar, en rápida fulguración, con frases del mismo Bolívar, al hombre español, al Quijote de la América hispana libertada, a uno de los más grandes héroes en que ha encarnado el alma inmortal de la hispanía máxima, miembro espiritual sin el que la humanidad quedaría incompleta.

LOS CIEN AÑOS

WALDO FRANK

Estados Unidos

Se dirá que yo liberté al nuevo mundo, pero no se dirá que logré la estabilidad o el bienestar de ninguna de las naciones. Temo por la generación presente y por las futuras.

LOS HEREDEROS

En 1881, El Pensamiento, de Bogotá, publicó una evocación de Bolívar firmada con la inicial, P., que quizá correspondía a la del apellido de Victoriano de Diego Paredes. P. había visto al gran hombre en el baile municipal de 1829, el último al que asistió Bolívar:

“… El libertador su cuerpo pequeño y frágil- era el hombre que dominaba la frívola escena. La nota destacada de su rostro era su severo desasosiego, su expresión desagradable, a pesar de la regularidad de sus facciones. Los fisonomistas sostienen que la dureza de corazón daña a la belleza, pero en Bolívar parecía que la ausencia de bondad nacía del sufrimiento, más que de la naturaleza. La cara de un hombre que está siendo atormentado por una pena lenta y cruel tendrá una expresión desagradable que parecerá que arranca del corazón. La frente de Bolívar, ancha y surcada de arrugas profundas, y sus grandes ojos inquietos, eran ajenos a su sonrisa; nunca los ojos y la boca sonreían juntos, y ese desacuerdo significaba dolor. Aquel hombre estaba maduro y acabado antes de su tiempo, a punto de desvanecerse… no pertenecía ya a la tierra, era una sombra…”

Según P., Bolívar permaneció en el ángulo del salón, rodeado de oficiales y de financieros. Aunque P., que en aquel entonces era joven, oyó con claridad lo que Bolívar habló, no pretende recordar las palabras exactas al publicar su relato, ya anciano:

“Los intereses en pugna impedirán durante muchos años la consolidación del país. Habrá toda la variedad posible de gobiernos hasta que los anglosajones invadan las posesiones hispanoamericanas y formen una nación monstruo que, andando el tiempo, dominará los mares americanos y llevará la civilización y la cultura de Europa al gran continente. Los destinos de América son grandiosos y profundos, pero antes pasará por todos los cambios de los pueblos de la Edad Media. Yo sólo he traído la independencia; ese era mi papel. Las naciones que he fundado después de largos sufrimientos desaparecerán para convertirse en Estados de la gran República americana…”

Sería inútil tratar, de captar el pensamiento exacto de Bolívar en el relato anterior, refractado por los años. Nadie puede decir hasta qué punto el sufrimiento había corroído su propia visión de las cosas: Don Quijote se arrepintió en su lecho de muerte de sus cruzadas, pero no viven estas con menor esplendor porque él se sustrajese a ellas; la summa del de Aquino seguiría firme aún en el caso de ser verdad la leyenda de que este la hubiese desautorizado. Lo que Bolívar el vivo, no el moribundo- quiso decir con “la gran República americana” (si fueron estas sus palabras) nos lo revela suficientemente el Congreso de Panamá. En el proyecto de Bolívar estaban incluidos los Estados Unidos:

aspiraba a un hemisferio de naciones unidas (incluyendo Haití, la república negra); “ninguna será débil en relación a la otra; ninguna más fuerte… y en el transcurso de los siglos habrá quizá una nación que abarque todo el globo: La Unión Federal”; cada unidad cedería voluntariamente la suma de derechos soberanos

necesaria para asegurar el todo, sería abolida la esclavitud; el arbitraje sustituiría a la guerra en todas las disputas; una vez asegurada la defensa contra las potencias europeas agresivas, se tomaría la iniciativa y se invadirían democráticamente las naciones reaccionarias, empezando por España. Sabemos por las notas de Bolívar que este era su programa mínimo (el símbolo del sacrificio de los derechos nacionales fue su ofrecimiento de internacionalizar el Istmo).

Sabemos también que Bolívar se daba cuenta de que su proyecto no llegaría a realizarse, por lo menos en vida suya. Lamentó la disposición negativa de los Estados Unidos, que no quisieron participar activamente en el Congreso y que fruncieron el ceño ante su plan de libertar a Cuba y a Puerto Rico. Comprendió que el sistema americano de Henry Clay se extendería, inevitablemente. “Todos los americanos deberían tener una sola patria” era la frase de Bolívar. Conocía la respuesta de John Quincy Adams con tanta claridad como si la hubiese leído: “En cuanto a un sistema americano, ya lo tenemos; nosotros constituimos el todo del mismo”. En este proponer una acción que él está seguro habrá de fracasar, Bolívar surge como el héroe en una tragedia; como hombre que conoció el triunfo final de los valores que él representaba, por encima de su fracaso individual, Bolívar fue un profeta. Tuvo, probablemente, la sensación de que el impulso del sistema de Clay Adams, que se encaminaba ya hacia Cuba, se dirigía hacia el sur. Quizá previó el día en que la fusión de los valores americanos, los del norte y los del sur, reavivada por el apremio de una nueva época peligrosa, transfiguraría aquello que Adams entendía por su sistema americano… y ese sería el alborear de su propia idea. Si eso fue así, Bolívar se convierte en un profeta para los Estados Unidos tanto como para la América española.

Durante toda su vida, Bolívar había profetizado. En París, dijo del primer cónsul “dentro de muy poco tiempo, el gobierno de

Bonaparte será más duro que el de los pequeños tiranos a los que

él ha derribado”, predijo que Nueva Granada caería en manos de

Morillo, y agregó: “yo volveré”. Esbozó en sus ensayos de Jamaica los rasgos políticos de las futuras Repúblicas hispanoamericanas. Predijo la batalla de Carabobo: “Antes de veinte meses habrá en Venezuela un segundo Boyacá; pero no habrá otro Barreiro a quien hacer prisionero, porque el general

Morillo es demasiado hábil para repetir la rendición”. De Iturbide,

el efímero emperador de México (que impresionó a San Martín),

previó la caída y muerte violenta. En las bocas del Orinoco, y cuando ni siquiera tenía en su poder Angostura, habló de sus triunfos en Potosí. Estas predicciones no eran cosa de mística o de magia, sino análisis lejanos de una realidad. Eran también subjetivos. En tanto que el impulso lírico de Bolívar estaba a tono con el surgir de su pueblo, su desprendimiento de las cosas lo situaba siempre un paso por delante de los acontecimientos, y sus buenas noticias se referían a él y a su pueblo. Cuando se desató el caos, y el poder, cada vez menor, de Bolívar para

hacerle frente hizo borroso ese desprendimiento o despegue, sus frases sombrías expresaban tanto la situación actual de su país como su propio sumergimiento. “Hemos arado en el mar”, le dijo

a su amigo Montilla; tenía entonces una conciencia de la

estructura en potencia de su mundo, menor que de su actual tenebrosidad. Era un hombre expresivo, exento de inhibiciones, que escribió millares de cartas y centenares de artículos, proclamas y notas. Instó a Santander a que no permitiese la publicación de las cartas que él escribía porque eran muy desordenadas. Dictaba a sus secretarios, a varios simultáneamente; sus cartas reflejan con frecuencia un determinado momento y estado de ánimo; a diferencia de las frases calculadas de muchos escritores y hombres públicos, están llenas de contradicciones. Su prosa, que nunca está exenta de incorrecciones, resulta a veces lo mejor del idioma español de la época; pero esas cartas son con frecuencia, en su expresividad fugitiva, más semejantes a las notas de un Walt Whitman que a

los escritos calculados de un estadísta; de Jefferson, por ejemplo para citar a uno de los hombres públicos de los Estados Unidos que pueden compararse con Bolívar en su capacidad intelectual.

Las cartas nos descubren que Bolívar podía ser noble y ruin, un egoísta y un hombre que se daba cuenta de su egoísmo y lo trascendía, un mártir de abnegación y un monstruo de orgullo. Era capaz de amar y despreciar al mismo individuo; sabía ser hipócritamente astuto y (lo fue muchas veces con Santander) y, al mismo tiempo, impetuosamente espontáneo. Bolívar era una personalidad integrada en la obra de su vida, no en el tejido diario de los años de la misma. Pero su profecía, repetida varias veces, acerca de los sombríos cien años, de las dolorosas dos o tres generaciones posteriores a su muerte, forma parte de su obra vital; porque su propio fin y el de Sucre entraban en el cumplimiento de esa visión suya del porvenir. Bolívar estuvo engranado a la realidad americana en su fracaso no menos que en su triunfo; no más en su voluntad de libertar a América y de levantar la ciudad del hombre, que en el trágico derrumbamiento de los métodos y de los instrumentos con que trató de levantarla.

La América que Bolívar había libertado era unaAmérica en la que él no podía vivir. Su propio final y el de Sucre constituían el símbolo de esa verdad. Sus herederos fueron sus enemigos: los Obandos, los Santander, los hombres del caos, como Páez, también esto lo previó Bolívar: también esto pertenecía a su drama creador.

Obando, el que asesinó a Sucre, elegido por Bolívar como heredero suyo, era un arquetipo. Un año después de la muerte de Bolívar, Obando fue presidente provisional de la República de Nueva Granada. No permaneció largo tiempo en el poder. En 1840, cuando las confesiones de sus compinches lo complicaron en el asesinato de Sucre, se le permitió, bajo palabra de honor, marchar al sur para defenderse ante el Tribunal. Faltó a su

palabra e inició una revolución, provocando un torbellino en toda la Nueva Granada; trató de complicar al general Flores, del Ecuador, y al general Barriga, que se casó con la viuda de Sucre; por último, huyó al Perú, donde organizó una invasión de su propio país que casi tuvo éxito, al mismo tiempo que escribía un libro para tratar de demostrar su inocencia y, además, que él y no Bolívar era el auténtico héroe nacional.

La carrera posterior de Santander descubre idéntico caos, aunque en un plano intelectual mucho más elevado. Uno de los primeros actos del nuevo régimen antibolivarista de Nueva Granada, después que fue derribado Urdaneta, consistió, al igual que lo hizo Venezuela, en perdonar a todos los supervivientes de la conspiración del 25 de septiembre, en devolver a Santander sus derechos y riquezas y elegirlo después por Presidente. Santander a su regreso de París gobernó a su patria, desde 1832 hasta 1837, con frío cerebro y mano fría. Aplastó de manera implacable las insurrecciones; si se realizaban ejecuciones, Santander asistía a ellas, de la misma manera que lo había hecho después de Boyacá, cuando el general español Barreiro y treinta y ocho oficiales fueron fusilados a la sombra de la catedral, al mismo tiempo unificó la deuda nacional, fomentó la enseñanza, liberalizó las leyes. Sus compatriotas hicieron de él, con razón, su héroe nacional, porque su carácter esquizoide era expresión del de ellos. Hombre virtuoso y hombre de leyes, como Bolívar lo llamó, Santander pretendió ocultar a su misma conciencia su participación moral en el complot para matar a Bolívar; hombre culto y religioso, a la manera suave y solemne de los príncipes del Renacimiento, era también traicionero y cruel. (En contraste con esa comparación, Obando no nos hace recordar a los cultos mata sietes de las ciudades Italianas, sino a los césares asesinos de la Roma de los últimos tiempos). Lo mismo que en Santander los rasgos contradictorios se estratificaron en su pueblo. Debajo estaba la masa, sumisa hasta el día de hoy. Encima, en las grandes ciudades como Bogotá, Medellín, Cali, Cartagena,

Popayán, estaba la clase refinada, dividida en su devoción a la iglesia o al liberalismo, pero unida en su amor a las letras y al vivir refinado. Esta división, general en toda la América española (y en realidad por todo el mundo), llegó a ser en Colombia una separación casi absoluta.

Los dos partidos, el conservador y el liberal representan facciones de una minoría que está divorciada del pueblo,

cuyos votos solicita recurriendo a las retóricas rivales de la iglesia

o de la democracia laica, estando ambos alejadísimos de los

problemas básicos de aquel. La falta de contacto con la nación que trabaja se compensa con un partidismo histérico rayano siempre en la violencia, y también con la válvula de escape de una cultura exquisita al alcance de quienes no necesitan luchar por el pan o por los cargos gubernamentales. En Colombia no existen las formas literarias por el estilo de la novela social, que requieren que el intelectual y la gente del pueblo se mezclen. Las dos novelas clásicas colombianas, María, de Jorge Isaac, la Vorágine, de José Eustasio Rivera, tienen en común lo siguiente:

el único personaje de ambas es la naturaleza; sus figuras humanas, sus muñecos que representan de una manera abstracta las pasiones. En cambio, en la poesía pura, Colombia ha alcanzado la supremacía desde el discípulo de Poe, el romántico José Asunción Silva (que se suicidó), hasta poetas modernos como Guillermo Valencia, Porfirio Barba Jacob, Jorge Rojas, Eduardo Carranza y el centellante León de Greiff, que son técnicamente parejos a Verlaine, Valéry y Rilke. Falta la sustancia

vital de la gran literatura. Eso mismo ocurre con las artes plásticas colombianas. Desde México hasta Chile y la Argentina, la pintura

y la construcción se han inspirado en las cualidades vitales del

pueblo; la única excepción es Colombia, la afiligranada. Existen otros síntomas de esa estratificación esquizoide. El pueblo que se siente agrietado siente también que le falta algo, y el abuso del alcohol y la costumbre endémica del alboroto y el asesinato, constituyen escapes de esa represión interior. En la Colombia

cortés y refinada, el asesinato político es cosa corriente; y en ningún otro país de América excepción hecha de los Estados Unidos, es la clase intelectual tan aficionada a beber con exceso como en Colombia. La sangre y la embriaguez rompen la monotonía del movimiento del péndulo que va desde el partido liberal al partido conservador, y desde una moda literaria a la otra. Las violencias que tuvieron lugar el año 1948, cuando el pueblo, enfurecido por el asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán, incendió la parte más céntrica de Bogotá, son más típicas de la esquizofrenia de Colombia que el hecho de que, tras el espantoso estallido no se realizase un análisis investigador y se manifestase un pensamiento constructivo. El pueblo permanece en suspenso, espera el levantamiento que lo derrumbe todo y que lo fusione. Los hondos valores de los indios en los valles, de los negros en las minas, de los antepasados hispánicos, no han encontrado todavía una voz moderna: yacen sepultados como las profundas esculturas de San Agustín. Colombia es un caos estratificado, y su patrón es Francisco de Paula Santander, el abogado virtuoso y aficionado a presenciar las ejecuciones.

Páez frente a Santander es un paralelo de Venezuela frente a Nueva Granada. Santander estudió leyes en el severo seminario de San Bartolomé. La escuela de Páez fueron las inundaciones y sequías de Apure, la doma de caballos salvajes, la de los llaneros más indómitos todavía que los caballos, y la de los aborígenes comedores de tierra. Antes de aprender al leer era ya hombre y jefe. Tres veces presidente de la República de Venezuela, vivió treinta años mandando y viéndose derribado del mando, desterrado y vuelto a la patria, siempre mitad patriarca y mitad niño. La oligarquía lo aduló y se sirvió de él; era vanidoso, voluble y sensual, pero era también leal a sus amores diversos, y humilde ante la belleza. (Llegó a ser un aficionado al violonchelo y protector de la música). Páez no contaba con un mecanismo intelectual -como contaba Santander- para esquivar la conciencia de su culpabilidad cuando era culpable, y de ahí su jactancia, su

autobiografía, con frecuencia mendaz, y su veneración conturbada hacia Bolívar. Siendo ya anciano llevó a un amigo suyo al campo de batalla de Carabobo, y empezó su relato: “allí estaba el Libertador” y se calló. Tenía los ojos cuajados de lágrimas, le temblaban los labios; quizá no pensaba en la victoria, de la que tanto parte de gloria le correspondía, sino en el papel que había desempeñado en la derrota final de Bolívar. Sin decir una palabra más, se alejó a caballo. Esta anécdota sentimental nos revela al hombre que, a pesar de todas sus culpas, no perdió jamás el contacto orgánico ni con el tosco barro de su propio pueblo, ni con lo más elevado de su espíritu. Por esa razón Bolívar, que nunca pudo confiar en Páez, no dejó nunca de sentir amor por él. (Bolívar había tenido confianza en Santander, sin llegar a sentir amor por él).

Cuando Páez sentía o hacía algo, lo sentía o lo hacía con todo su ser, y su pueblo es como Páez. Venezuela había vivido pobre, abandonada; cuando, hacia finales del siglo XVIII, empezó a prosperar, la guerra la sangró con una violencia no igualada en ninguna parte del continente. Y siempre seguía viéndose achicharrada por el sol ardiente y ahogada por la lluvia torrencial. El pueblo se veía despojado, torturado, asesinado; pero jamás se quebrantó la integridad de su gente. Un núcleo inviolable resistió y produjo grandes hombres. Del organismo de Venezuela, tensas sus energías por la desgracia, surgieron Sucre, Simón Rodríguez, Miranda, Andrés Bello, Soublette, Urdaneta, Gual, veintenas de militares y estadistas, que constituían la punta de lanza de la libertad continental… y surgió Bolívar el más consumado de todos. Durante los cien años que siguieron a la muerte de Bolívar, Venezuela se vio desgarrada por revoluciones; la gente había adquirido el hábito de guerrear; a falta de españoles y de realistas, Venezuela siguió luchando consigo misma. Las granjas quedaron invadidas por la mala hierba, las minas se hundieron, el desierto y la manigua se dilataron, las calles y las carreteras se cubrieron de hierba, las

casas incendiadas se deshicieron y la lucha seguía siempre adelante. Caso típico del estancamiento del país fue que la esclavitud, tantas veces puesta fuera de la ley por Bolívar, no dejó de existir en Venezuela hasta el año 1854, ¡cuarenta años después de la hecha por Bolívar a Petión! Pero el corazón de la población no se dividió, los venezolanos no se convirtieron en un pueblo esquizoide. Aún en sus tipos peores se le ve revestido de cierta magnífica integridad, como es Juan Vicente Gómez, que llegó a ser su amo y señor, el año 1908, cuando empezaron a producir los campos petrolíferos. Gómez, dentro de su manera repugnante, era un gran hombre. Robó una fortuna (calculada en doscientos millones de dólares) a la rentas nacionales; tuvo veintenas de hijos con veintenas de concubinas; aplastó a los poetas y estudiantes rebeldes, enviándolos encadenados en cuadrillas a trabajar para abrir carreteras a fuerza de voladuras de montañas, o teniéndolos esposados en celdas en las que no podían estar con la cabeza alta. Sin embargo, las instituciones infalibles de Gómez, que se sostuvo en el poder durante treinta años, demuestran que estaba próximo a su pueblo. En el otro extremo de la escala de valores estaban sus enemigos, los artistas y los intelectuales, que no eran tejedores exquisitos de naderías, como los poetas colombianos, sino viriles iluminadores de la realidad venezolana, como el novelista Rómulo Gallegos, y los admirables poetas, prosistas y pintores, que sublimaron los anhelos apasionados de Venezuela dándoles formas precisas y tiernas como las del cuerpo humano. Hombres de semejante calibre son productos de un carácter sin agrietamientos.

Al sur de Nueva Granada, en la parte que luego fue el Ecuador, el país de los volcanes y de las formas esbeltas, ocurrieron revoluciones parecidas, escaramuzas entre liberales y la iglesia, con el ejército oscilando entre esta y aquellos. Pero subsistió el principio del orden. Bajo el caos político hubo también allí un contacto orgánico entre los intelectuales y el pueblo; por eso surgió también una escuela de arte lírico lleno de vitalidad y las

acerbas novelas ecuatorianas de revolución social. El papel desempeñado por el pueblo en las conmociones políticas has sido principalmente el de un veto: a medida que cada facción sube al poder, el pueblo parece decirle: “tampoco sois los nuestros”.

Vidas rotas

Dos hombres y una mujer habían compartido con cierta intimidad la vida de Bolívar; y los tres compartieron su destino simbólico:

Sucre en su muerte; Simón Rodríguez y Manuela Sáenz en las miserias de su supervivencia.

Rodríguez había escrito en su carta de despedida que, sin Bolívar, no había sitio en América para el maestro de Bolívar. Sobrevivió veinticuatro años a Bolívar y no regresó a Europa, donde anteriormente había prosperado. La muerte de Bolívar lo sorprendió en Arequipa, sin dinero alguno. Diez años más tarde fundó en Santiago (Chile) una pequeña fábrica de velas. Y en el mismo edificio funcionaba su escuela; en la puerta de la misma había un rótulo:

LUCES Y VIRTUDES AMERICANAS. Esto es, velas de sebo, paciencia, jabón, resignación, cola fuerte, amor al trabajo.

Se había convertido en el auténtico tipo raro de América. Pero en su filosofía de la educación, Rodríguez se parece a John Dewey, su preceptor: “todos los derechos se derivan de la sociedad y todas las obligaciones se refieren a ella. El niño debe aprender en la escuela a trabajar y a vivir como un integrante social”, la hubiera podido firmar el autor de Democracy and Education. Rodríguez era un medio ambientista, un pragmático, mucho antes que se inventase este vocablo. También su método consistía en libertar al niño de viejas disciplinas, yertas ya y rancias. Si resultaba un tipo raro era porque su época no le daba ni alimentos ni medios de vida.

Tal es la diferencia de los destinos humanos: John Dewey, honrado por el mundo de su tiempo; Rodríguez, sin blanca y sospechoso; los designios del genio varían según crezca en un suelo propicio o ingrato. Rodríguez no volvió a prosperar y no interrumpió sus vagabundeos. Después de Santiago abrió sus lamentables escuelitas y sus fábricas de velas o en las ciudades ecuatorianas de Quito, Ibarra, Lacatunga, otra vez en el Perú y otra vez en Nueva Granada. Iba con él su manuscrito acerca de la educación, titulado Sociedades Americanas, y su apología de Bolívar, titulada El Libertador de Sudamérica y sus compañeros de armas, defendido por un amigo de la causa social. Jamás habló una sola palabra contra su gran amigo; y ni siquiera en sus días de hambre quiso explotar aquella amistad suya.

Intentó en todas partes a donde iba que se publicase su libro; fracasó siempre; y él no disponía de dinero para imprimirlos. No era el anciano un sentimental. Dijo: “yo, que deseaba convertir la tierra en un paraíso para todos, la he convertido en un infierno para mí mismo”. Y “amé la libertad más que el bienestar”. Andrés Bello, el humanista venezolano, que también había dado clase a Bolívar en Caracas, se encontró con Rodríguez en Chile, el escritor colombiano Manuel Uribe Ángel corrobora, el año 1850, la impresión de Bello: Rodríguez seguía siendo a los ochenta años “un atleta de anchos hombros y pecho abultado. Sus cejas y cabellos eran blancos, caminaba con las piernas abiertas, igual que un marinero, y llevaba siempre sus gafas subidas en la frente”. Era una ruina, valeroso, altivo, monumental. Alos ochenta años estaba escribiendo un libro nuevo: La tierra y sus habitantes…, ¡nada menos! Dijo que iría a los Estados Unidos o a Europa para que se lo publicasen, puesto que no había en Bogotá, Quito o Lima quien quisiese hacerlo. “Pero decía don Simón- cuando en pienso en abandonar a América, me ocurre lo del enamorado que ha peleado con su amante. Se aleja con pies

de plomo, esperando que ella le llame, seguro de que a cada paso

lo llamará…”

Por último, Rodríguez, que siempre se había llamado a sí mismo Robinson, pensando en el héroe de Defoe, llegó en sus vagabundeos a Paita, puerto del Perú próximo a las costas boscosas del Ecuador, y ciudad pequeña en una bahía en forma de concha rodeada de bosques, por la que se embarcaban hacia

el Pacífico los envíos de café, tabaco, frutas y algodón. Las calles

polvorientas tenían casas de madera con pórtico y tejado de Bálago; en una de ellas permanecía el anciano Rodríguez largas horas con una mujer.

Tenía ella cincuenta y cinco años y se había puesto obesa, todos

cuanto la veían en su silla de inválida, atendida por dos ancianas negras, Jonatas y Natán, experimentaban, al contemplar su porte

y su bella cabeza, la impresión de que estaba sentada en un

trono. Rodríguez dijo a Manuela que había perdido todos sus manuscritos en un incendio; tendría que volverlos a escribir desde el principio. Y para estar cerca de su antigua amiga se quedó a vivir en Amotaje, aldeíta cercana, y allí falleció a los

ochenta y cinco años. Manuela se hizo llevar por sus dos criadas

al funeral.

La muerte de Bolívar la había curado de sus exuberancias extravagantes; la moderó y la redujo a su esencia heroica. Al emprender Bolívar su último viaje la había dejado en Bogotá, donde ella apoyó activamente a Urdaneta y suplicó vivamente a Bolívar, al mismo tiempo que aquel, que regresase. Cuenta la leyenda que Manuela, al saber la muerte de Bolívar, trató de suicidarse haciéndose morder (como Cleopatra) por una víbora. El relato es indudablemente falso, aunque lo recogiese en sus memorias, el superficial doctor Boussingault, al que Bolívar había importado de París para dirigir un instituto técnico en Bogotá: si Manuela hubiese resuelto morir, se habría matado. Urdaneta fue

derrocado, los enemigos de Bolívar se hicieron dueños de la ciudad, y le dieron de plazo a Manuela treinta días para marcharse. Se negó a ello, y una escuadra de soldados la obligó a cumplir la orden por la fuerza, entonces, ella se refugió en Jamaica con sus dos inseparables mujeres y su cofrecito de cartas de Bolívar. Maxwell Hyslop, el bondadoso comerciante que había ayudado a Bolívar el año 1815, le proporcionó fondos. Manuela escribió al general Flores, amo y señor de Quito, pidiéndole que le enviase los intereses acumulados de la finca de su difunta madre. No obtuvo contestación; cuando, el año 1834 (a la edad de cuarenta años). Embarcó para Guayaquil e inició desde esta ciudad el viaje hasta Quito, los soldados de Flores la obligaron a retroceder y fue nuevamente desterrada. Su hermanastro José María Sáenz tomó parte en una sublevación contra Flores y, al abortar esta, el hombre fuerte del Ecuador lo hizo fusilar. Manuela embarcó en Guayaquil para Paita. Dos años más tarde Flores, ya más seguro en el poder, anuló la orden de destierro; pero Manuela era demasiado orgullosa para regresar a su ciudad natal mandando en ella el ejecutor de su hermano. De cuando en cuando le llegaron algunas pequeñas cantidades procedentes de las posesiones de su madre; pero se ganaba la vida preparando conservas de frutas, que eran pagadas a muy buen precio en las embarcaciones que tocaban el puerto de Paita. Los habitantes de esta población no tardaron en cobrar afecto a la que había sido señora de Lima y de Bogotá. Los matrimonios jóvenes la solicitaban para que fuese madrina de sus bebés. Si se trataba de un varón, le ponían siempre el nombre de Simón. Recogía perros vagabundos y los bautizaba con el apellido de los generales que habían sido infieles a Bolívar: Páez, Córdoba, Santander, Lamar, eran alimentados con los huesos y los desperdicios de carne, por sus dos criadas. De tiempo en tiempo el doctor Thorne, su fabulosamente leal marido que todavía vivía prósperamente en Lima, le suplicaba que regresase; ella rehusó a hacerlo. El le envió dinero: ella no lo aceptó. Al morir el doctor; el año 1840 (asesinado en una oscura

calle de Lima), se vio que en su testamento la instituía principal heredera de su fortuna, Manuela no quiso tocarla.

Murió la vieja Natán; Manuela tomó para sustituirla a otra negra, la Morito. En su humilde morada hervía a fuego lento un caldero de conservas, y cerca de la silla de inválida de Manuela estaba el sólido cofre que contenía las cartas de Bolívar. Siempre se negó a enseñarlas, y solo con Rodríguez hablaba de Bolívar. Uno de los hombres que la visitaron fue el libertador italiano Garibaldi. Y he aquí lo que dijo: “me despedí de ella con lágrimas en los ojos. Doña Manuela es la más simpática y gentil dama que yo he conocido”. Era ahora una reina por derecho propio.

El mes de diciembre de 1859, cuando los húmedos vientos de la corriente de Humboldt refrescaban las costas del Perú, reinó consternación en Paita. Doña Manuela se ahogaba, víctima de una infección a la garganta. Murió de difteria, y las cartas de amor de Bolívar se perdieron en la fumigación que se hizo en casa de la muerta.

El destino de aquel hombre y de aquella mujer, ambos de buena voluntad y amigos de Bolívar en su juventud y en sus días gloriosos, viene a constituir un ejemplo del destino que cupo a las personas de su clase en la vida pública durante el primer siglo de vida de las nuevas naciones. Las repúblicas tuvieron estadistas de gran estatura: Domingo Sarmiento, maestro, que llegó a presidente de la Argentina; Manuel González Prada, poeta socialista, del Perú; Eloy Alfaro, el político santo, del Ecuador; José Martí, inspirado poeta mártir de Cuba; Benito Juárez, gran reformador y presidente de México…, son unos pocos de los discípulos de Bolívar durante el siglo. Pero, en general, el poder estuvo en manos de los explotadores del caos, de dictadores tales como Rosas, en la Argentina; Castilla, en el Perú; García Moreno, en el Ecuador; Santana y Porfirio Díaz, en México:

herederos de Páez, Santander, Lamar, Obando…

SOBRE LA VIUDEZ DE AMÉRICA

GILETTE SAURAT

Francia

El mal no debe hacerse siempre. ¿Antes que el bien haya tenido tempo de morir?

Byron

Bucaramanga, una pequeña ciudad encantadora más próxima a la frontera venezolana que Bogotá, en donde puede verse todavía la casa en que Bolívar vivió durante más de dos meses una de las etapas de su calvario. El Libertador no la había escogido deliberadamente como lugar de retiro.

Mientras que se desarrollaban las elecciones en las que había prohibido a los funcionarios oficiales que lo rodeaban influir sobre el voto, de cualquier manera que fuese, la amenaza de un desembarco español en la costa de Venezuela lo había llevado a ponerse otra vez en camino. La noticia de que la amenaza se había disipado lo alcanzó en Bucaramanga, en el momento mismo de la apertura de las sesiones de la Gran Convención de Ocaña. Decidió entonces instalarse en esa población, más cercana que Bogotá de la sede de la Asamblea Constituyente, el eco de cuyas deliberaciones deseaba escuchar.

La actitud adoptada por el Libertador frente a los manejos de Santander ha sido interpretada como un signo de debilidad por numerosos biógrafos, que erraban bastante según parece.

Francia conoce bien, a través del último de sus héroes, el sentido de esas reiteradas movidas por el orgullo y el desdén. Digamos que Bucaramanga, a pesar de todas las diferencias que se aplican a situaciones históricas dadas, tanto como al carácter de los pueblos, puede considerarse como la Colombey o la Irlanda de Simón Bolívar.

Conciente de su grandeza, pensaba que su vida abogaba por él. Sus ideas políticas eran conocidas, no había hecho un misterio de ellas. Aspiraba no a la tiranía o la corona, sino a la presidencia vitalicia en una América organizada, según un sistema que le parecía adecuado para asegurar el futuro que soñaba para ella. Juzgaba legítima y proporcionada a su valor y a los servicios prestados la ambición de desempeñar en el continente libertado un papel supranacional. Apasionado desde su juventud por el juego de la política en el sentido más noble del término, capaz de usar todos los ardides y todos los trucos dentro de las reglas del juego, se negaba a comprometerse, empleando o dejando que se emplearan en su nombre procedimientos parecidos a los de Santander. Es indiscutible que si Bolívar hubiera decidido, como era su derecho, presentarse en Ocaña preparando la operación como sabía hacerlo, hubiera borrado de un golpe, con su sola presencia, el resultado de los esfuerzos del “hombre de las leyes”. Pero hubiera dado con eso mismo el espectáculo de un enfrentamiento y hubiera demolido la imagen del árbitro que ambicionaba seguir siendo. Juzgaba que una victoria electoral, la victoria de un partido sobre el otro, era de todos modos un hecho irrisorio dentro de la situación en la que estaba sumido el continente cuyo porvenir él sabía comprometido. Yo no puedo mejorar las cosas, no tengo el poder de hacerlo. Yo no soy Dios, no puedo cambiar los hombres y la materia. Colombia y la América están perdidas para una generación, su voz se hará oír en Ocaña por medio de un mensaje que se leerá durante la sesión de apertura. Es un hombre severo el que se dirige a la asamblea; despojado de toda demagogia, pinta la situación del país sin

perdonar nada ni a nadie, pero sin exagerar nada, al decir de sus contemporáneos.

El Libertador de un continente no se apartará de la línea de conducta política que se había trazado, una vez por todas. Pero el hombre sufría y dejaba de estallar con frecuencia su cólera y su amargura. El reflejo de la vida cotidiana de Bolívar en Bucaramanga aparece en el libro de Perú de Lacroix, ese oficial de origen francés, nacido en Montelimar, que se había puesto al servicio del ejército colombiano. Se convertía en alguien cercano al Libertador, en la época de la convención de Ocaña. La autenticidad de las palabras que atribuye a Bolívar ha sido objeto de muchas controversias. Hoy parece que se haya hecho la unanimidad de los historiadores en cuanto al real valor histórico de la mayor parte de la obra. Cuando más el autor ha hecho resaltar la violencia de ciertas críticas cuando éstas se referían a sus propios enemigos. En el diario de Bucaramanga que Perú de Lacroix escribía en el mayor secreto, se ve vivir al Libertador a través de una serie de instantáneas.

Se ha quitado el uniforme, está vestido de blanco, con corbata negra, botas de montar y un ancho sombrero de paja, el “Bolívar”, desde luego. Toma una taza de té por la mañana y se administra algunas medicinas para no vejar a su médico a quien considera como “un mueble de lujo” perfectamente inútil, porque no cree en la virtud de las drogas. Durante los paseos a pie o a caballo, va siempre delante y obliga a su escolta a apretar el paso.

No fuma y no permite que se fume en su presencia. Bebe poco vino, fuera de dos dedos de Burdeos o de Madeira. Aprecia el champaña. Prefiere las arepas de maíz al pan, y las frutas a los pasteles. Antes de sentarse a la mesa, exige que los cubiertos estén bien dispuestos. En fin, insiste en aderezar él mismo la ensalada, pensando que lo hace mejor que nadie, ya que ha aprendido ese arte “de los franceses”. Va cumplidamente a misa,

el domingo, con sus oficiales; Perú de Lacroix observa que nunca sabe muy bien en qué momento hay que arrodillarse o sentarse. La Odisea, a Walter Scott al que critica; Rousseau, el estilo de la Nueva Heloísa parece admirable pero la historia muy aburridora. Su autor favorito es Voltaire. Se indigna con la lectura del Gabinete de Saint Cloud. Le gusta contar episodios de su juventud. Su Excelencia se electriza cada vez que habla de su viaje a Europa. Uno se da cuenta de que supo observar y sacar partido de sus observaciones. Monta en cólera fácilmente, pero se calma muy pronto; tiene el talento de describir en pocas palabras al individuo cuyo retrato quiere hacer. En el Diario de Bucaramanga es posible hacerse una idea de los juicios que se formaba sobre sus compañeros.

Una escena llama la atención. Se ha dado cuenta de que un joven teniente no toma sus comidas con él como los otros oficiales. Se le hace notar que es de origen modesto y que no tiene modales. Bolívar insiste en tenerlo a su mesa. Evidentemente, el nuevo comensal tiene una educación a la altura del cuerpo de guardia. El Libertador, muy hombre de mundo, interviene: señor oficial, cuando un plato no está a su alcance, no se estire así, simplemente pídale a la persona más cercana que se lo pase. Terminada la comida: en efecto es muy rústico, le dirá a Perú de Lacroix, pero que no deje de venir a tomar su comida con nosotros, lo desbastaremos y lo educaremos.

En el Diario aparecen los comentarios sobre Ocaña. Nada indulgentes y premonitorios son los juicios sobre los liberales:

Crueles, sanguinarios, frenéticos, intolerantes, cubren sus crímenes con la palabra libertad que no temen profanar. Se creen

tan autorizados a utilizar el crimen político, como los inquisidores

a

derramar la sangre humana, cuando lo hacen a nombre de Dios

y

de la iglesia. En cuanto a sus partidarios, quienes vienen a

veces en persona a darle cuenta de lo que pasa en Ocaña cuando no le envían mensajeros, los juzga con una especie de

impaciencia, irritado por su torpeza. No quiere ayudarles pero los querría más diestros como un padre que hubiera echado a su hijo al agua y se exaspera de verlo chapalear y envanecerse de sus esfuerzos desmañados. Un día, cuando O´Leary, diputado en Ocaña, se encontraba en Bucaramanga y manifestaba su confianza en la conclusión satisfactoria de los debates, Bolívar le dijo con sorna: usted va a ver cómo Santander los envuelve a ustedes como a niños. Eso es lo que va a pasar, aunque el señor O´Leary, uno de nuestros grandes diplomáticos de Ocaña, no quisiera creerlo. El coronel O´Leary, agrega Perú de Lacroix, sonrió pero no respondió.

En Ocaña el tono de las pasiones subía de punto. Santander ganaba terreno, pero estimaba que los debates se eternizaban y se dedicaba por todos los medios a reducir la resistencia de un adversario virtualmente vencido, y a asegurar, además de la victoria de sus ideas constitucionales, los fundamentos del régimen del cual quería ser el único responsable.

En el curso de más reuniones secretas, se le nombró jefe de un movimiento cuyo primer objetivo era el asesinato de Bolívar, perpetrado simultáneamente con pronunciamiento en los cuarteles en donde existiera el riesgo de que el ejército reaccionara. En esa atmósfera de violencia y de amenazas apenas disfrazadas, los diputados bolivarianos, en minoría, estimando que no podían ejercer sus prerrogativas, se retiraron. No llegándose al quórum la Convención estaba disuelta.

En el país, en el cual se había extendido durante los meses precedentes el eco de los excesos de Ocaña, la conmoción era considerable. Se reunían asambleas del pueblo en las plazas mayores, a medida que iba llegando la noticia de la disolución de la Convención a los pueblos y a las ciudades, para reclamar, ya que amenazaba la anarquía…, a Bolívar. La hipótesis de una actividad en este sentido por parte de los partidarios del

Libertador en el país, evidentemente, no está excluida. Sin embargo es característico que ninguna voz se haya levantado en las masas populares para pronunciar el nombre de Santander. Esas asambleas hubieran podido convertirse en réplicas de Ocaña. Lo cual tiende mucho a probar que la influencia del vicepresidente no se ejercía sino sobre una franja cuya actividad no podía desarrollarse, como lo había expresado él mismo en la forma de una batalla campal, según las verdaderas leyes de la guerra.

La asamblea de Bogotá le envió un correo a Bolívar para pedirle que fuera a tomar el poder. La revolución imprevista de la situación no provocó ni la alegría ni el entusiasmo del Libertador. Su sueño no era tomar el poder, como quieren hacerlo creer algunos de sus detractores, sino organizar los Estados hispanoamericanos. Era demasiado consciente de los peligros que implicaba recurrir a un salvador en los momentos de crisis para experimentar ninguna satisfacción al ponerse en camino para Bogotá. La vergonzosa disolución de la Convención, las revueltas populares no son lo que yo quería. Movimientos como esos no afirman la República. Ellos destruyen en el pueblo el sentido moral, la obediencia y la disciplina, habituándose al caos político, a los excesos, a la sedición.

El espíritu combativo del viejo luchador que era, parece, haberse despertado entonces, sin embargo, porque aludiendo a Santander, le habría dicho a uno de sus amigos: el toro está en la arena, vamos a ver cuál de los dos se le va a enfrentar con valor. El Libertador, no obstante, no debía ignorar que los aficionados son precisos en la materia. “Judas no hubiera podido ser torero en ningún caso”. El arte del quite, eminentemente caballeresco, se salía del campo de las posibilidades de Francisco de Paula Santander.

Bolívar ejerció el poder dentro del marco del “decreto orgánico del

27 de agosto de 1828” y rechazó el título de dictador que había llevado durante los períodos revolucionarios para tomar el de LibertadorPresidente. Este gobierno cuyo texto fundamental atribuía al jefe todos los poderes, incluso el de reformar las reglas establecidas, no por eso dejaba de ser una dictadura. Conviene subrayar sin embargo que ésta sobrevino en razón de una vacancia del poder y no como consecuencia de un golpe de fuerza armada, y que según un jurista colombiano representó el esfuerzo deliberado y dramático de quien, colocado delante de la dura obligación de asumir todos los poderes, optó por la prudente medida de “autolimitarse” en las instituciones y en el tiempo. En efecto, Bolívar creó un Consejo de Estado como órgano consultivo de su gobierno. Un Consejo que asumió plenamente su papel. Es más, en la proclama que acompañó la publicación del decreto orgánico, precisaba una línea general que respetó rigurosamente: “No retendré la autoridad suprema sino hasta el día que me mandéis devolverla, y si antes no disponéis otra cosa, convocaré dentro de un año la representación nacional…”.

¡Colombianos! “No os diré nada de libertad… ¿bajo la dictadura quién puede hablar de libertad? ¡Compadezcámonos mutuamente del pueblo que obedece y del hombre que manda solo!”.

Dentro de ese espíritu y esos límites, Bolívar gobernó hasta la fecha que se había fijado con todo el aparato de los regímenes de emergencia y las necesidades de una situación que sus adversarios se esforzaban por complicar y envenenar.

Esos hombres, que bajo una verdadera tiranía se hubieran ido a meditar a la prisión o para el otro mundo, hacían públicamente se mantenía la libertad de prensa- la apología del tiranicidio. Se dedicaban a interpretar y a deformar todos los actos de Bolívar. ¿Recibía en su mesa a los altos dignatarios de la iglesia? Se clamaba en voz alta que esto era el signo de una tendencia

netamente reaccionaria. Se advierte con sorpresa en la pluma de varios biógrafos que estos comparten en ese punto por lo menos- el parecer del partido de Santander. De hecho, la actitud de Bolívar frente a la iglesia evolucionaba en función de la nueva política del Vaticano respecto a las nuevas naciones suramericanas.

Durante las guerras de emancipación, la Santa Sede se había alineado en el campo del Rey Católico. Una vez adquirida la independencia, el papa León XII tuvo la sagacidad de inclinarse delante del hecho cumplido, y Bolívar la de no rehusar el beneficio de una nueva tendencia cuyo interés era evidente en razón del espíritu religioso de la población. En la época de su regreso a Bogotá, el Vaticano acababa de darle al gobierno colombiano el derecho de nombrar seis obispos. Al invitar oficialmente a esos altos dignatarios, el Libertador no hacía otra cosa que cumplir como debía sus funciones de jefe de Estado.

Mientras que Bolívar ponía todo su cuidado en enderezar la situación financiera, viendo en el desarrollo de la economía y la explotación de las riquezas el medio de desembarazar a Colombia del yugo del capital extranjero, bajo el cual la había puesto Santander, el mismo Santander proseguía su obra de destrucción. Con el fin de privar a esa oposición que él sabía decidida a todo y solo representativa de una minoría del país, el Libertador había nombrado al exviceministro embajador en Washington. Este último había aceptado el nombramiento, pero acumulaba las maniobras dilatorias con el fin de retardar su partida, ya que en Colombia se desarrollaba el proceso iniciado en Ocaña.

El 25 de septiembre de 1828, Bolívar se ha retirado muy temprano a sus habitaciones del palacio de San Carlos. Está fatigado, desazonado, y decidido a llamar a Manuela. Sin duda había habido alguna querella. Ella manda decir que ella misma

está enferma. El insiste. Ella dice que irá. Ha caído una lluvia fina sobre Bogotá desde por la mañana, las calles están hechas un lodazal. El último golpe de las nueve suena en el campanario de la catedral cuando la joven llega al porche de la suntuosa residencia. Después de una sonrisa al centinela, se quita los chanclos amplios, informes, que según la costumbre de la época se ha puesto sobre los escarpines. Llevándolos en las puntas de los dedos, se mete a la derecha por el largo pasillo, pasa por un salón y por dos puertas, y otro pasillo antes de llegar al lado del Libertador. Lo encuentra apaciguado. Ha tomado un baño y se dispone a meterse al lecho. Las domésticas se han retirado. Manuela se instala cerca de él en un sillón y le lee en voz alta. Como ella tenía pasión, según se sabe, por la antigüedad, puede tratarse de la historia de César.

Sobre la ciudad ha caído el silencio. Algunos retrasados por las calles desiertas se afanan por volver a sus casas. Un hombre sale de la suya, sin olvidar su espada: Francisco de Paula Santander ha decidido ir a pedirle hospitalidad a su hermana por esa noche. ¡Una de esas ideas que le pasan a uno por la mente sin que les pueda hallar la razón!

En su alcoba, el Libertador se ha quedado dormido. Manuela, por su parte, no se decide a acostarse. Se queda inmóvil en su sillón y pone oído cuando oye gruñir a los dos perros familiares de Bolívar, que están, ella lo sabe, en el patio cercano; gruñir primero, y luego ladrar furiosamente. Pero entonces ya ha comprendido. Resuenan gritos, retumban disparos, cesan los ladridos y suenan otros gritos y otros tiros. Ella ha despertado a Bolívar. Sacado brutalmente del sueño, éste salta hacia la puerta, armado de su espada y de una pistola. Ella lo hace volver en razón, le aconseja vestirse, él conviene en ello, está listo en pocos minutos. Sabe, al oír los golpes, que una de las pesadas puertas que llevan a las habitaciones privadas acaba de caer, sin duda a hachazos los conjurados atacan la segunda. Manuela

empuja a Bolívar a la ventana, lo compromete a desaparecer. Es, claro está, ambidextro, pero sus asesinos vienen en grupo. Busca sus botas, su ayuda de cámara se las ha llevado, se pondrá los chanclos de Manuela. Ella ha abierto la ventana, la calle está

desierta. El Libertador salta, ella le lanza su espada y le aconseja dirigirse al cuartel más próximo. Un hombre sale de la sombra, es un doméstico de palacio. Acompaña al Libertador y permanecerá

a su lado bajo los arcos del puente llamado del Carmen, hasta

cuando los gritos de “¡viva Bolívar!, viva el Libertador” les hacen comprender que la tentativa de sublevar al ejército ha fracasado.

Manuela, en el palacio de San Carlos, no ha cerrado aún la ventana cuando entran hombres armados de puñales y pistolas derribando la tercera puerta. Una decena de jóvenes, civiles ellos uno de los cuales es el segundo marido de Bernardina Ibáñez- y otros tantos soldados. Locos de rabia al comprobar que Bolívar no se encuentra en la habitación, se desparraman por los aposentos. Algunos interrogan a la joven. Ella está impávida. ¿Bolívar? Está en el consejo. ¿En qué sala? Ella no sabe nada. ¿La ventana abierta? Quería saber de dónde venían los gritos. Uno de los conjurados la sacude, la golpea en la cara; otro se interpone: “No estamos aquí para maltratar mujeres”. El “tirano” se ha escapado. El atentado ha fallado.

Le había costado la vida a seis soldados de guardia y a Fergusson, edecán de Bolívar, abatido con una bala en pleno corazón por un amigo de la víspera, uno de los pocos oficiales

que se unieron a los conjurados. ¿Y Santander? La inspiración de

ir a pasar la noche en casa de su hermana había sido feliz. En la

primera fase del asunto, cuando corría el rumor de que Bolívar había sido apuñalado, un grupo de oficiales seguidos de los habitantes del barrio se habían precipitado a su casa para hacerle correr la misma suerte, y habían encontrado la casa vacía. La primera persona que se presentó para manifestar su alegría y felicitar a Bolívar cuando éste apareció en la plaza mayor fue

Francisco de Paula Santander. Parece que no haya tenido la calma para hacer largas frases.

-Tú eres la Libertadora del Libertador, le dirá Bolívar a Manuela al volver a verla en el palacio de San Carlos.

En la mañana del 26 de septiembre, después de algunas horas de reflexión, Bolívar optó por la clemencia. Se apartó de la opinión de los miembros del Consejo de Estado y de su estado mayor. Se arrestó a los conjurados. Entre ellos, algunos exaltados de corazón puro, que creían actuar por el bien de la patria; personajes más que dudosos igualmente: un tal Horment, que parece haber estado a sueldo de los españoles; un doctor Arganil, a quien Bolívar, al corriente de su carrera de malversaciones, le había negado un auxilio, poniendo de su puño y letra en la petición: que se contente con lo que ha robado; un poeta, VargasTejada y Santander.

Catorce de ellos, condenados a muerte, fueron ejecutados. Santander, con incomparable maestría, protestó de su inocencia. El tribunal apoyado en las pruebas pudo demostrar, si no su participación en el atentado, por lo menos su conocimiento de los hechos y su complicidad. Bolívar le conmutó la sentencia de muerte por unos años de cárcel y, luego, por el destierro. El desterrado conservaba la cara alta con la prensa, que seguía apareciendo libremente bajo el reinado del tirano. Todas las actas del proceso han desaparecido de los archivos de la época. En París, a donde se dirigirá, Santander se encargará de deformar la imagen de Bolívar.

Toda la correspondencia del Libertador en esos días atestigua que estaba consciente de su debilidad y al mismo tiempo era incapaz de adoptar otra posición… “estoy desbaratando el abortado plan de conspiración; le escribe a Sucre, todos los cómplices serán castigados más o menos; Santander es el

principal, pero es el más dichoso porque mi generosidad lo defiende…”.

El puñal de los conjurados no lo había alcanzado, pero Bolívar no

se recobrará de la noche del 25 de septiembre de 1828.

En los meses que siguieron, enfermo y con la desesperación en el corazón, asistió a la desintegración de su obra y vivió el fracaso de su sueño. En el sur de Cundinamarca, algunos de los diputados de Ocaña intentaron un levantamiento, José María Obando y José Hilario López dos nombres para recordar. Luego fue Córdoba, el héroe de la jornada de Ayacucho, quien quiso tener también una cabeza política. Su fin lamentable fue rematado por un soldado mercenario- de una idea de la violencia de las pasiones. Luego, dos explosiones del imperialismo del Perú tuvieron las más graves consecuencias. La primera amenazó las fronteras de Bolivia. Sucre, que llegaba al término de dos años de la primera magistratura que había aceptado por deber, escapó a una tentativa de asesinato. Se había casado por poder con Mariana Carcelén. Renunció a sus funciones y fue a reunirse con su mujer. No pudo gozar mucho tiempo de la paz y de la dicha conyugal.

A petición de Bolívar, fue a rechazar a las tropas peruanas que

habían entrado a Guayaquil y habían invadido el sur del Ecuador.

El agresor, La Mar, uno de los oficiales que habían combatido en

Ayacucho, proclamaba en voz alta que él había sido el verdadero artesano de la victoria. Sucre le inflingió en Tarqui la prueba más contundente de sus méritos respectivos. Le concedió, como era su costumbre, condiciones de capitulación generosas. La Mar las violó. Bolívar tuvo que dirigirse él mismo a Guayaquil. Allí cayó gravemente enfermo y tuvo que guardar el lecho durante meses, mientras que Sucre rechazaba definitivamente a los peruanos.

Durante su ausencia, la situación se complicó, a causa de las

iniciativas de sus partidarios que, no sin inquietud, veían acercarse la fecha de convocación del Congreso, el fin de la dictadura, y concibieron, de acuerdo con agentes franceses y con el ministro Campbell, el proyecto de afirmar el gobierno transformándolo en monarquía. La fórmula que se contemplaba hacía de Bolívar el regente de un reino hasta su muerte, fecha en la cual un príncipe europeo sería elevado al trono. ¿Sí, pero qué príncipe? Uno francés, los amigos del Libertador eran partidarios de eso, en razón de la similitud de las religiones, lo cual no le convenía a Campbell. La posición de Bolívar, a través de los documentos de archivo es nítida: no quiere la corona o la regencia, va a renunciar a sus funciones, le corresponderá al

Congreso decidir el porvenir del país. Le reprocha a sus ministros el haberse comprometido en un asunto sin consultarle. A Campbell le escribe especialmente: “…por mi parte,… determinado como estoy a dejar el mando… más ¿quién podrá mitigar la ambición de nuestros jefes…? ¿No cree usted que la Inglaterra sentirá celos por la elección que se hiciera de un

y ¿los Estados Unidos que parecen destinados por

la Providencia para plagar la América de miserias a nombre

de la Libertad?

Borbón?

yo me reservo para dar mi dictamen definitivo

cuando sepamos qué piensan los gobiernos de Inglaterra y la Francia…”

Pero el asunto se filtró y Páez, decidido a convertirse en presidente de la República de Venezuela, hizo de éste el tema de una odiosa campaña contra el Libertador que quería imitar a Bonaparte.

Bolívar hizo su última entrada a Bogotá el 15 de enero de 1830. Las calles de la capital, cuenta un testigo, no habían estado nunca tan abundantemente engalanadas. Regimientos de caballería y de milicias rendían honores al paso del cortejo. Se puede asegurar que todo el que tenía una cabalgadura vino ese día a ver a Bolívar, pero entre esa multitud reinaba más la tristeza

que la admiración. El instinto del pueblo veía en esa solemnidad los funerales de la gran República, más que la entrada triunfal de su glorioso fundador.

El Congreso que había convocado el Libertador se había reunido. Sucre había sido elegido presidente de ese congreso. El 20 de enero, Bolívar renunció a sus funciones. En la conclusión de su alocución ante el Congreso afirmó:

-¡Conciudadanos! Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de todos los demás.

Las pasiones se habían desencadenado de nuevo con motivo del voto de la Constitución, objeto de los trabajos del nuevo congreso. Blanco de los insultos de la prensa que Santander dirigía desde París, en oposición con ciertos partidarios suyos a causa del plan monárquico y de la Convención de Ocaña, Bolívar comprendió que estaba de más y decidió trasladarse a Cartagena.

Tenía el proyecto de embarcarse allí para Europa. Pero estaba sin recursos. Los sueldos y beneficios, los había repartido. La quinta de Bogotá, se la había donado a un amigo. De la fortuna personal que ascendería hoy a millones de dólares, no le quedaban sino unos cuantos bienes en Venezuela. Había dado orden de que los negociaran. Recibiría el producto en Cartagena.

Con esa esperanza, salió el 8 de mayo de 1830, por la mañana, de la que ya no era la capital del Estado que él había fundado. La división de la Gran Colombia ya estaba consumada entonces. Atravesó la ciudad ante un silencio hostil, roto de tiempo en tiempo por las injurias groseras de algún amigo de la libertad.

Que había partido para siempre, era algo de lo que a nadie le cabía duda, salvo a Manuela. Que estuviera tocado de muerte,

ella no lo quería creer. Los liberales pueden estar de luto, le escribía a un amigo, muy en serio, el Libertador es inmortal, resistirá hasta el fuego. Ella se quedó en Bogotá, a fin de preparar allí su regreso, a su manera, acumulando las locuras. Cuando sepa que he muerto querrá destruirse. Sin duda la extraordinaria vitalidad de todo su ser se negó a un acto fatal. Seguirá amándolo, más aún: cuando vivía, lo amaba, desde que ha muerto lo adoro. Será desterrada, despojada de sus bienes. Cuando, ya apaciguadas las pasiones, pueda regresar al continente suramericano, se instalará en el pequeño puerto peruano de Paita, siempre acompañada de Jonatás y Natán. James Thorne querrá pasarle una pensión, ella no lo querrá. Al morir, la hará su heredera universal. Ella rehusará la herencia. Vivía de la venta de las confituras que hacía y de las cuales proveía a los barcos de paso por el puerto. Recogía los perros vagabundos a los más feos les ponía los nombres de los enemigos del Libertador. Con los años sus formas se ampliaron, ya no se movía para nada de un sillón colocado ante el marco de una ventana, y no se separaba jamás de un cofrecillo puesto sobre una banqueta a su lado: éste contenía las cartas de Bolívar. Su rostro, muy bello siempre, había adquirido una gravedad soberana aún más ennoblecida por la aureola de una gran sombra. Recibía numerosas visitas, por instinto, adivinaba los móviles que empujaban hacia ella a algunos de esos desconocidos. Con frecuencia, asediada por preguntas, permanecía obstinadamente muda. Un día, le anunciaron a un extranjero. Era alto, con algo de brío que le recordó quizás a la vieja dama a algún caballero entrando a Quito un día de verano. La visita durará varias horas. El la interrogaba con pasión. Por él ella accedió a remover sus recuerdos. “No he conocido nunca mujer más encantadora que doña Manuela”, dirá al salir.

Mientras seguía con la mirada la silueta que se alejaba por la callejuela hacia el puerto, más abajo, ella encantada repetiría su nombre varias veces. Las sílabas tintineaban como las notas de

un allegretto vivace. Todavía se ignoraba que éstas se convertirían en el tema de una marcha heroica. Era Giuseppe Garibaldi.

Pero en 1830, la mujer joven que sentía en Bogotá el dolor de una separación que creía momentánea no suponía que desde ese instante el destino la había consagrado a la soledad. Armaba planes de venganza contra los execrados liberales y seguía con el pensamiento al hombre desesperado que se dirigía hacia las orillas del Magdalena.

Una comitiva numerosa acompañaba a Simón Bolívar. A los pocos leales, entre ellos su sobrino Fernando, que seguiría con él en el exilio, se habían unido, además de los miembros del nuevo gobierno y el cuerpo diplomático, muchos oficiales y notables que se habían mantenido al margen de las luchas partidarias. Deseosos de honrarlo, de demostrarle su pesar o su adhesión, hicieron con él las pocas leguas que separaban la capital de Colombia del pueblo de Facatativá. Allí, los dos grupos se separaron y el Libertador prosiguió su camino.

Los que tenían que volver sobre sus pasos no podían resolverse a hacerlo. Inmóviles, silenciosos, siguieron con la mirada, largo tiempo, a ese jinete que se alejaba a través de las praderas verdes del altiplano andino, testigo de sus hazañas y de sus victorias. Cuando el pequeño grupo ya no fue sino un punto en el horizonte, quien dejó estallar su emoción fue un súbito de su majestad británica. Campbell, sombrero en mano, dio un paso adelante exclamando:

-he is gone, the gentleman of Colombia (se ha ido, el caballero de Colombia).

La acogida de los pueblos a todo lo largo del trayecto, los testimonios de adhesión que le llegaban por el camino a través de

innumerables mensajes: un remedio casero sobre una herida mortal, porque la movilización de la opinión pública estaba por fuera de los medios que el Libertador se sentía autorizado a emplear contra las camarillas de Bogotá o las oligarquías que se habían formado por todo el continente.

En Honda, el puerto del embarque en el Magdalena, tuvo el espectáculo del dolor mudo y acuciante de toda una población desarmada por completo ante la evolución dramática de la situación, la caída del héroe, e impresionada por el estado lastimoso del hombre.

Desde la hamaca tendida en el corredor de una casa ribereña percibía el eco de la animación de la ciudad. Se hacía allí una colecta para preparar su descenso por el río en las condiciones de comodidad que requería su salud y de decoro que exigía su rango. Con ojos indiferentes, seguía la llegada de las embarcaciones, su abastecimiento con toda clase de provisiones, vinos finos, frutas, ricos presentes y modestos óbolos provenientes de todos los rincones de la región, el arreglo de un gran champán provisto de una cabaña central elegantemente amoblada, tapizada con la zaraza más fina y demás armoniosos colores, en la cual viajaría él con sus acompañantes.

Pero nada hubiera conseguido disipar el sentimiento de frustración y de rebeldía del gobernante, desposeído brutalmente de la autoridad que había mantenido durante diez y siete años. Distraer el espíritu de un prometeo quebrantado por la tarea de moldear la arcilla americana, o apartar de sus labios unas palabras obsesivas. ¿Por qué?

-¿Por qué piensa usted que estoy yo aquí, mi querido coronel?, le preguntó a quemarropa a Posada Gutiérrez, el más activo de los organizadores de su viaje, el más atento a aplacar por lo menos el

dolor de una herida que adivinaba incurable.

-La fatalidad, mi general.

-¡La fatalidad! No, replicó Bolívar con vehemencia. Yo estoy aquí porque no he querido dejar la República en manos del colegio de San Bartolomé.

Ese colegio de San Bartolomé del que salió, como se sabe, Santander y sus corifeos, en cuyos claustros habían resonado las últimas consignas antes de la noche del 25 de septiembre.

El Libertador, a despecho de las apariencias, sabía bien que aunque las maniobras del ex-vicepresidente de Colombia, y su ambición desmedida fueran las causas determinantes del proceso fatal, Santander tenía más de una réplica en todas las clases dirigentes de los países hispanoamericanos. De suerte que en Bolívar las rebeliones del hombre, mal repuesto de las sacudidas de acontecimientos demasiado recientes para estar olvidados, no afectaban sino de modo pasajero la larga meditación del héroe atormentado por el sentido profundo, el pleno significado de su destino.

El drama de Simón Bolívar. El de un grande hombre enfrentado a un pueblo pequeño. Un juicio debido a la pluma de un escritor suramericano excesivamente severo respecto de una generación capaz de los sacrificios que se le conocen por la conquista de una patria. Digamos más bien la tragedia del genio creador, del abuelo, del fundador, del iniciador, incomprendido y vencido en su lucha contra una nube de epígonos. Imitadores por esencia, obnubilados por los ejemplos de la Revolución Francesa y de la Independencia Norteamericana, los Santander, los Páez. Los La Mar y otros Gamarra no cesaban de dirigir sus miradas al pasado. En el movimiento emancipador no vieron sino el medio de tomar asiento en los sillones de los virreyes; adornados, claro

está, con el titulo de presidente, sostenidos por las ondas de una fraseología republicana tanto más hueca cuanto más inadecuada. Vestidos con trajes cortados sobre el patrón diseñado en Washington, pues eran incapaces de medir las diferencias del pasado colonial en cada parte del continente americano; ensordecidos por la resonancia de su propia retórica contra el muro de sus limitaciones, ¡cómo hubieran podido oír la voz y abarcar la visión de aquel que desde las playas del Orinoco hasta la cima del Potosí había percibido los primeros estremecimientos de la crisálida de América y, conciente de la extraordinaria originalidad del fenómeno, se esforzaba por preparar las vías favorables a su metamorfosis!

Vencido por el número, desarmado, Simón Bolívar había aceptado para sí mismo los golpes de esa fatalidad que lo llevara a Honda. Conservaba una esperanza de salvación para su obra. Esa esperanza llevaba un nombre: Antonio José de Sucre. Siempre y cuando que ese Mozart a quien no le gustaba la composición musical, ese Rafael que no manejaba los pinceles sino cumpliendo órdenes, llegará a sacar de su ardiente patriotismo el deseo y el valor necesarios para recoger la bandera. El Libertador quería contemplar todavía el porvenir bajo esos augurios consoladores. Así que, en la mañana del 15 de mayo de 1830, de pie en popa del champán que a la cabeza de la flotilla tomaba la corriente del río, agitando el sombrero para corresponder a los adioses de las gentes, el gentleman de Colombia se esforzaba por erguir el cuerpo y sonreír. Al porvenir de ese pueblo que amaba, un porvenir a salvo de la anarquía, de la miseria y de una servidumbre que amenazaba ser más cruel que la servidumbre de la que él había querido libertarlo.

¿Qué fuerza misteriosa y omnipotente decidió, al iniciar el tema del ocaso escoger como escenario el curso del Magdalena? Fatalidad, destino o providencia, ella iba a convertirse en la gran ordenadora para cerrar el ciclo heroico, para inscribir las últimas

etapas en la línea estética del personaje, y apoyarse en la turbadora dialéctica de los signos y los símbolos.

Los nombres que lanzaban al aire húmedo y caliente las voces de los bogas, mientras que la flotilla bajaba por el gran río, no eran sino recuerdos de las primeras victorias que habían jalonado diecisiete años atrás la ruta del joven coronel venezolano. En orden inverso. Barranca, Tenerife, Mompox, El Banco, Tamalamaque: una aurora. Tamalamaque, El Banco, Mompox, Tenerife, Barranca: un crepúsculo que los ecos de la furia de una jauría desatada iban a transformar en ascenso hacía las tinieblas.

En las escalas le llegaban correos al hombre abatido.

Un Congreso reunido por Páez en Valencia para sellar con una votación la disolución de la Gran Colombia había exaltado el espíritu de los asesinos del 25 de septiembre. En un impulso de entusiasmo patriótico, por la unanimidad menos una voz, “siendo el General Bolívar un traidor a la patria, un ambicioso que ha tratado de destruir la libertad, el Congreso lo había declarado proscrito de Venezuela”. El presidente Páez, además, le había hecho saber al gobierno de Bogotá que ninguna relación podría mantenerse entre los dos países mientras el general Bolívar permaneciera en el territorio de la República de Colombia. En consecuencia, los pocos bienes que el proscrito había conservado en su país natal se encontraban bajo secuestro y él privado de los medios de hacer frente con sus leales a los gastos de la expatriación.

De París, en donde Santander, en uso del perdón, se dedicaba a las más bajas tareas, llegaban en los diarios los reflejos de una polémica a propósito de El Libertador, entre Benjamín Constan, su acusador y el abate De Pradt, su defensor.

La ligereza y la ingenuidad del primero en cuanto a la condición

del pueblo que hubiera debido siquiera percibir por encima de los setos del parque de Coppet sólo se equiparaban con la ingenuidad del segundo y con la pobreza de la argumentación:

“¿me elogia y no me defiende?” se quejará Bolívar. Pensó en tomar la pluma para replicarle a Constant, luego renunció a emprender un diálogo de sordos, mientras que en París se hacían canciones con su tragedia.

“¿Bolívar es acaso un héroe? Sí, dice el abate en tono lírico Es el dios Marte de la América. No dice Constant al respecto, ¡le ha dado muerte a la República! Y cada cual con su respuesta Comparte la turba de tonto”.

El instinto del pueblo parisiense sin embargo, no se engañará. No tomará como base de un campo de opinión unas cuantas habladurías de salón y de oficina, conservará su admiración por el hombre que encarnaba la idea de la libertad. En su nombre al escandir una estrofa valgan lo que valgan sus versos, los revolucionarios de 1830 invadieron el ayuntamiento de París:

“El fuego sagrado de las Repúblicas brotó alrededor de Bolívar, las rocas de las dos Américas son el baluarte de los pueblos”.

Demasiado tarde para que El Libertador pudiera conocer esa estrofa y haber hallado algún consuelo en ella.

De Bogotá, mientras que se desplegaban calumnias inmencionables en las hojas a sueldo de Santander, salían las peticiones de socorro. Provenientes angustiados delante del

aumento de la anarquía, entre ellos los ministros de los Estados Unidos y de la Gran Bretaña, deseaban ver regresar a Bolívar ponerse otra vez al timón del Estado, es decir, bajo el puñal de los asesinos. Bolívar, más que por él mismo, lo temía por el honor de Colombia.

En ese estrépito, que desgarraba el corazón del proscrito algunos acentos de armoniosa melancolía. De uno de ellos no llegará a enterarse.

La noticia de su paso corría por las orillas del gran río. En una casa de Tenerife le llegó a una muchacha solitaria. Estaba ella en todo el esplendor carnal de su belleza, con una mirada cuya dulzura resignada hablaba de los días, de los años de espera siempre en vano. Y ahora la ocasión se presentaba. Él estaba vencido, se decía, solo y desesperado. Sin vacilar buscó una embarcación y bajó ella también por el curso del Magdalena. La suerte quiso que se retrasara siempre una etapa. Llegaba a un puertecito cuando él ya había partido de allí la víspera. No se halló presente a la hora de su muerte, pero llegará el día de su entierro. Entre el grupo de las mujeres que lloraban, vestida de luto, Anita Lenoit, con los cabellos de oro bajo una mantilla, seguirá el cortejo fúnebre llevando en sus brazos un enorme ramo de siemprevivas.

Una carta salida de Guayaquil le llegará al Libertador en el momento en que, dejando la vía fluvial se dirigía a Cartagena para embarcarse allí, costara lo que costara, vía Jamaica o Inglaterra.

Al reconocer la letra, abrió el pliego con temblor en las manos.

Mi glorioso, decía la carta, estoy fuera de mí, me aflijo, y estoy espantada de que haya usted podido salir de Colombia… en el peso de mi sufrimiento, una sola cosa me consuela, tener a usted

dentro de mi corazón, estrecharlo en mis brazos, admirarlo…

reciba usted la expresión del pesar y de la indefectible admiración

de

la que se atreve a firmar: Gloriosa Joaquina… y Bolívar.

Y

Bolívar. En dos palabras, la confesión de un secreto, el

desmoronarse de un sueño de muchacha, la renunciación a una vida de mujer.

Para él, desde hacía años, la felicidad no tenía sino un nombre:

América. Pero sin duda debió repetir no sin una ironía amarga:

¡mi glorioso!

Mariano Montilla era gobernador de la provincia de Cartagena. Basta esto para decir que el proscrito encontró, en una ciudad hostil a las agitaciones de Bogotá, la calma y el reposo necesarios después de las fatigas del largo viaje. Instalado en una casa del pie de la popa, a pesar de las amonestaciones de Montilla quien le recordaba lo exiguo de sus recursos, persistía en su deseo de alejarse del continente. “Los ingleses no me abandonarán”, repetía.

La noche del primero de julio, Montilla a quien no esperaba, hizo

irrupción en el patio en donde Bolívar acababa de cenar con sus edecanes y su sobrino. Antes que El Libertador, que había leído en el rostro amigo la señal de una catástrofe, hubiera podido hacerle una pregunta, con voz entrecortada le dijo:

-Sucre no ha sido asesinado.

Después de la clausura del Congreso, cuya presidencia había asumido el joven Mariscal de Ayacucho se había impuesto el deber de regresar a Quito. Hubiera debido, como se le aconsejaba, tomar la vía marítima, para desembarcar en Guayaquil y proseguir su ruta hacia la capital del Ecuador. Pero tenía prisa por reanudar el hilo de una luna de miel interrumpida

por la Guerra del Perú y los acontecimientos de Bogotá y prefirió el camino más corto, pero igualmente el más peligroso, a través de la montaña. No conocía enemigos. Se puso en camino sin escolta, en compañía de un amigo y de sus servidores. Cinco personas por todo. Sus asesinos, tres sicarios que habían recibido cincuenta pesos cada uno como precio de sangre, lo esperaban en el sombrío desfiladero de Berruecos. Dos balas alcanzaron a Antonio José de Sucre, que cayó del caballo bajo el impacto de la primera y fue rematado en el suelo por la segunda. El crimen tuvo lugar el cuatro de junio. El primero de junio, en El Demócrata de Bogotá, una de las hojas en manos de los agentes de pluma de Santander, esta información: Nos llegan del sur cartas en que se nos hace saber que Sucre marcha sobre Pasto para atacarla. Pero el valiente José Maria Obando, amigo y sostén de la libertad, se precipita a detenerlo con la ayuda de los invencibles de Pasto. Y puede ser que haga de Sucre lo que no pudimos hacer de Bolívar. Se desarrollará más tarde un proceso que implicaba a Obando y a Hilario López, cuyas piezas de convicción serán las notas que conservaban por sí acaso los ejecutores del crimen. Hilario López era uno de los diputados conjurados de Ocaña. Las minutas del proceso, como las relativas a la conspiración del 25 de septiembre, desaparecerán de los archivos judiciales de Colombia.

Bajo el choque de la noticia, El Libertador se había tambaleado. Los desgraciados, dijo, golpeándose la frente con el puño, han derramado la sangre de Abel.

Señaló sin vacilar a los culpables, luego pidió que lo dejaran solo, y hasta el amanecer se paseó por el patio. Através de Sucre era a él a quien habían querido alcanzar.A la pena de ver desparecer a los treinta y cinco años a ese hombre joven al cual le había profesado su ternura de padre se agregaba la desesperación de comprobar que nadie era capaz de remplazarlo.

¡Sucre! No habían tenido ni el uno ni el otro el consuelo de un último abrazo. Cuando El Libertador ante la creciente del odio, había tomado la decisión de desterrarse, Sucre estaba en misión en la frontera venezolana. Al regresar a Bogotá, le había escrito a Bolívar para decirle su pesar. Al amanecer por la centésima vez, El Libertador releyó la breve carta: cuando fui a su casa, pensando poder acompañar a usted, ya usted había partido. Tal vez esto me hizo el bien de evitarme el dolor de la despedida… mi corazón no sabe qué decirle, pues las palabras no pueden expresar mis sentimientos. Usted sabe que no fue su poder sino su persona lo que me inspiró el más tierno afecto. Adiós, mi general, reciba usted en prenda de amistad las lágrimas que vierto en este instante sobre su ausencia. Que sea usted feliz y cuente usted siempre con la devoción de su amigo más apasionado y más fiel. Antonio José de Sucre.

Una voz de ultratumba. El “hijo”, el discípulo, ya no existía, con él había muerto la esperanza de ver salvarse su obra.

Poco después de la muerte de Sucre, quienes rodeaban al Libertador comprendieron que aunque hablara todavía de partir ya no creía ni en él mismo. Erró de una ciudad en otra, se instaló en un lugar llamado Soledad, luego en Barranquilla, ciudad situada en la orilla occidental del estuario del Magdalena. Se quedaba largas horas contemplando el mar. El suave correr de las ondas, el asalto furioso de las olas contra las rocas, las crestas espumosas, los senos profundos trazados por la violencia del alisio o la estela de un barco, luego de una a otra hora, la desaparición del trabajo efímero del viento o del paso del hombre en una superficie, otra vez en calma sin la menor huella de un surco, sin la sombra de un pliegue. La imagen misma de su obra. Una tarde, despojado de todo, hasta de la fe, toma la pluma. El que ha servido a una revolución ha arado en el mar. Labriego rendido, desilusionado, se encontrará entonces en el umbral de la última etapa. Ironía trágica de la suerte, que lo llevará, en la

ciudad más realista del continente, a aceptar la hospitalidad de un español, don Joaquín de Mier.

Originario de Cádiz, Mier se había mantenido al margen de las luchas para ocuparse de sus negocios que llegaron a ser muy prósperos. Cuando se produjo la independencia optó por la nacionalidad colombiana y se hizo amigo de Montilla. Informado por ese canal del estado de salud del Libertador, al cual profesaba como caballero- una viva admiración, puso a disposición del enfermo una casa de campo, una quinta que poseía a una legua de Santa Marta, entre el mar y la montaña, en los valles frescos que domina la sinfonía en blanco y negro de la ruda sierra andina.

A bordo del bergantín Manuel, perteneciente a Joaquín de Mier, el

Libertador llegó a Santa Marta por la tarde, el 1º de diciembre de 1830. En el muelle en donde tuvieron que desembarcarlo, tendido sobre una camilla, su huésped lo esperaba en compañía de las autoridades de la ciudad y de dos médicos. Uno, el doctor Night, de la goleta Grampus, de la armada de los Estados Unidos, anclaba en la rada; el otro, un francés, Próspero Réverend, quien habría sido alumno de Dupuytren en París; obligado a emigrar a causa de sus opiniones liberales, había decidido radicarse en Colombia, en 1824. Después del examen y de la consulta, los facultativos llegaron al mismo diagnóstico: tuberculosis pulmonar. Se pusieron de acuerdo, en razón del pronóstico pesimista que les inspiraba el estado del enfermo, en un tratamiento por lo menos paliativo.

Night volverá al mar desde el día siguiente, Próspero Réverend

asistirá entonces solo a Simón Bolívar. Va a cerrar su consultorio para seguirlo a San Pedro Alejandrino, permanecerá noche y día

a su cabecera. Nunca aceptará los honorarios que quisieron

reconocerle don Joaquín de Mier y mucho más tarde el gobierno de Venezuela. Una bella figura que es placentero imaginar al lado del Libertador en esas horas dolorosas.

En la ignorancia de la naturaleza tropical, en medio de los platanales, cacaotales, cocoteros, tamarindos, cámbulos y ceibas, rodeada por sus plantíos de caña, la quinta era una hacienda azucarera como San Mateo. Menos opulenta, tal vez sin embargo le recordaba al Libertador, por el ritmo de vida y la elegante simplicidad de la casa del dueño, la atmósfera de la hacienda solariega donde había corrido su infancia. ¿Apaciguamiento en el clímax de la tortura? No se sabría decirlo.

Llegó en compañía de Réverend. Sostenido por Fernando Bolívar y su edecán, Bedford Wilson, penetró en el porche en donde lo esperaba doña Isabel de Mier y su esposo para conducirlo a su cuarto. La ventana daba al oriente sobre la Sierra Nevada.

Cerca del lecho colonial, de caoba, una bella consola, en un rincón un reloj, en el otro un estante con algunos libros. Como Bolívar le echara una mirada, don Joaquín de Mier deploró no poder ofrecerle una biblioteca más completa.

-Tiene usted allí toda la historia de la humanidad respondió el Libertador-, en dos libros. Gil Blas de Santillana, el hombre tal como es, Don Quijote de la Mancha, tal como debiera ser.

Al ritmo de los boletines médicos que Próspero Réverend fijaba dos veces al día en la puerta de entrada, los acompañantes del enfermo y la población de Santa Marta seguían los progresos del mal y presentían que el fin estaba próximo. ¿Se daba cuenta él? No tenía sino cuarenta y siete años. Ya en San Fernando, luego en Pativilca lo habían dado por muerto. Se esforzaba por luchar, se negaba con frecuencia quedarse en su cuarto. Bajo un gigantesco tamarindo milenario que puede verse todavía en San Pedro Alejandrino, se sentaba, rodeado por sus compañeros Montilla, Laurencio Silva y Perú de Lacroix, quien vino a visitarlo

enviado por Manuela. Comentaba los sucesos, luego caía en largas ensoñaciones, el mentón sobre el pecho y la mirada fija. ¿Qué veía?, el gorro frigio de Ribas, las verdes selvas de Guayana, la carga de los llaneros, la apoteosis de Bolivia, o más bien el calvario de Bogotá.

-¿Saben ustedes, dijo un día con una leve sonrisa, quienes han sido los tres imbéciles más grandes de este mundo? Jesucristo, don Quijote y yo.

Enterado por Réverend de la inminencia de un desenlace fatal, Montilla se encargó de hacer traer al obispo de Santa Marta y a un notario. Su excelencia, escribe el médico en el boletín fechado el 10 de diciembre, a las veintiuna horas ha tomado las disposiciones espirituales y temporales con la mejor serenidad. No he notado la menor falla en el ejercicio de sus facultades intelectuales.

Ese testimonio del médico francés parece capital en la controversia a propósito del fin cristiano del Libertador, cuya autenticidad niegan algunos historiadores. No se ve la razón por la cual Réverend se habría hecho cómplice de una mentira de esa naturaleza, estando aún Bolívar con vida. Se ha admitido por otra parte que el obispo de Santa Marta permaneció varias horas a solas a la cabecera del Libertador y que un sacerdote del pueblo vecino de la quinta vino la misma noche con sus acólitos a administrar al ilustre enfermo. En cuanto a disposiciones temporales, Bolívar ya no tenía nada que legar. “Moriré desnudo como nací”, dejaré un testamento político bajo la forma de una proclama a los pueblos de Colombia.

“Colombianos: habéis presenciado mis esfuerzos para plantar la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aún mi tranquilidad. Me separé del mundo cuando me persuadí que desconfiabais de mi

desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono.

“Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales. Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

Una mañana, a las ocho, entró en agonía. Uno a uno, los compañeros entraron a su alcoba y rodearon el lecho. Pronto oyeron muy distintamente: -vámonos, vámonos, aquí no nos quieren. Vamos hijos míos, lleven mi equipaje a la fragata. ¿Hacia qué orillas lo arrastraba su delirio? Carúpano, Güiria, Cartagena, Angostura o Guayaquil.

No, Próspero Réverend se había inclinado, se enderezó. Todo había terminado, esta vez la fragata había salido a la alta mar.

-Señores, su Excelencia el Libertador Simón Bolívar ha dejado de existir.

Mariano Montilla se dirigió al reloj. Lo detuvo para siempre. Era la una de la tarde del 17 de diciembre de 1830.

Al llegar el año a su término, la América estaba dos veces viuda. Con la muerte de su paladín en junio, y la de su genio en diciembre se acababa el tiempo de los héroes. El de los asesinos

iba abrirse: Santander regresó del destierro para presidir al fin solo los destinos de una república que repudiara hasta el nombre

de

Colombia para tomar el de Nueva Granada. José Hilario López

se

instalará, también, con la frente en alto en el solio del primer

magistrado del país, y lo mismo José María Obando. Desde entonces la vida política tendrá el semblante de esos hombres:

estrechez, demagogia y crueldad. Bajo etiquetas diferentes, sus herederos ocuparán por turnos el proscenio. Se darán golpes de pecho en nombre de la patria de ellos esta no recibirá grandeza

alguna- y del pueblo que sólo conocerá la ignorancia, la miseria y

la servidumbre. Así se preparará el soporte de una estirpe de

tiranos que abandonarán el continente a la explotación económica del extranjero.

Y sobre los muertos dormidos

Sobre los héroes revolviéndose en sus tumbas

Los que habían conquistado la grandeza, ¡la libertad y las

banderas!

Caerán las “Moscas”. Las Moscas Trujillo, las Moscas Tochos, Las Moscas Carías, las Moscas Martínez,

Las Moscas Ubicos, las Moscas mojadas de la sangre del pobre,

Y de mermelada.

Será la era de la Frutera, del all right y del very well cuando vaya mal para el pueblo hispanoamericano, de las repúblicas azúcar

y las repúblicas bananas, de las monerías grotescas y

sangrientas de sus dirigentes, desde el siniestro presidente de

Asturias hasta el trágico e irrisorio patriarca de García Márquez. Los acordes de la opera buffa llegarán a ahogar el galope de la cabalgata heroica y, en la perspectiva de la historia, por un fenómeno de encogimiento, serán numerosos los que, sobre todo

en Europa, vendrán a confundir al Libertador con esos dictadores

suramericanos golpistas.

Pero el tiempo con el cual el héroe se había encontrado en “la sublime frente del dominador de los Andes”, el Tiempo acabará por decir él mismo la verdad a los hombres. A su manera habrá dejado correr los años un punto en el infinito de la eternidad- para darles ocasión, a las naciones enceguecidas, de abarcar, en la total negación de su obra, la exacta dimensión del genio de Simón Bolívar.A esos pueblos desgarrados, vueltos hacia sus orígenes, prosternados al pie de las estatuas de ese guerrero que galopa hasta el cansancio en todas las plazas mayores de las ciudades del continente, les dirá que la espada ha cumplido su obra; que si conviene conservar el libro de la epopeya con la devoción que merece la sublime grandeza del pasado, importa también construir el futuro. Recordará entonces que bajo la frente del héroe se encuentran los genes del verdadero destino de América. Y la América española contemporánea comprenderá la lección.

Un nuevo fervor sube hacia Bolívar, hacia el Fundador, el Iniciador, el Creador. Se instituyen en las universidades seminarios de estudios bolivarianos, bajo los considerandos de que “el análisis de su vida y su obra es fecundo para el presente y el porvenir americanos”. Un gran movimiento indigenista del Perú, se pone bajo la invocación de aquel que no tuvo sino que atravesar el Imperio del Sol para ver a través de las humaredas del incienso, y osó trazar un surco que no tardaron en llenar el egoísmo y la estupidez. La Confederación de los Andes vuelve a la orden del día, y a la primera plana de los diarios. Toda una juventud deplora los efectos de una ocasión perdida. En la obra legislativa y el pensamiento político de un hombre, de cuyo nacimiento hace poco se celebró el bicentenario, se buscan las soluciones a los problemas de un mundo que se acerca hacia el segundo milenio.

El gigante libre de sus lazos se ha erguido por fin. Allá, en el corazón del continente, en la vasta Puna, entre la antigua capital de los Incas y las aguas azules del gran lago, los mares,

iracundos durante mucho tiempo, de Choquehuanca, se apaciguan. La gloria de Simón Bolívar “crece como las sombras cuando el sol declina”.

LA BACANAL DE LAS FIERAS

JUVENAL HERRERA TORRES

Colombia

Perú de Lacroix, autor del Diario de Bucaramanga, fue uno de los pocos extranjeros que lograron el rango de general de brigada en Colombia. Se había unido a Bolívar después de haber participado en el ejército de Napoleón. Conocido por su lealtad al Padre de Colombia, fue desterrado brutalmente por los santanderistas, bajo el gobierno de Obando en 1831, arrancándolo del lado de su esposa e hijos, que eran colombianos. Desesperado por la miseria y la soledad se suicidó en París, luego de escribir a las autoridades sobre los motivos de su fatal decisión. En sus líneas sobre Mis últimas voluntades, puede leerse:

“Nadie ha sido mejor esposo, mejor padre y mejor ciudadano que yo: la hoja de mis servicios que va adjunta hará reconocer los empleos que he desempeñado en la República de Colombia desde 1821 hasta después de la muerte del Libertador Simón Bolívar. Mis opiniones han sido siempre liberales, y yo soy republicano por principios: el tirano, el verdugo de Colombia, execrable y sanguinario General José María Obando, no me ha tenido en cuenta para nada, su furor y su venganza saciándose han sobre mí, como sobre mil otras víctimas: aquel asesino es el autor principal de mi desgracia y de la de mi familia; más mi consuelo es que Colombia me hará justicia y la hará igualmente al monstruo que deshonra la Nueva Granada, el feroz Obando”

¡Qué tragedia la de Colombia! La muerte del Libertador provocó

la bacanal de las fieras que pusieron en la presidencia al asesino Obando. En su demencial odio a Bolívar, las fieras repudiaron el nombre de COLOMBIA. Siempre fueron enemigas de la patria de

la que odiaban su nombre que le había sido dado por el

Libertador, y le impusieron al país el de la NUEVA GRANADA, que fue el que había impuesto el rey de España a su colonia en

nuestro territorio. Con Obando a la cabeza del santanderismo en

el poder empieza una tormentosa pesadilla cuya sangre nos

sigue ahogando hasta hoy.

Ese mismo gobierno desterró a Manuela Sáenz, luego de haberla reducido con un pelotón de soldados armados con fusil y bayoneta, que la llevó a la cárcel de mujeres de Bogotá, antes de arrojarla del país. La Libertadora del Libertador vivió miserablemente en Jamaica durante tres años. Pensó en regresar a Quito, donde confiaba sustentarse con la renta de una propiedad suya tras la muerte de su madre. En tal sentido le escribe al general Juan José Flórez, a quien explica los motivos

de su destierro:

Yo amé al Libertador, muerto lo venero, y por eso estoy desterrada por Santander… y nada más, pues usted no ignora

que nada puede hacer una pobre mujer como yo; pero Santander

no piensa así; me da un valor imaginario, dice que soy capaz de

todo, y se engaña formidablemente; lo que soy es de un formidable carácter, amiga de mis amigos y enemiga de mis

enemigos: pero ahora que (Santander) se tenga duro: existe en

mi poder su correspondencia particular al Libertador, y yo estoy

haciendo buen uso de ella. Mucho trabajo me costó salvar todos

los papeles del año de 30, y esto es una propiedad mía, mía…”

Cuando Manuela llegó a Guayaquil y tomó el camino de Quito, el general Vicente Rocafuerte, que se turnaba el poder con el general Flórez para oprimir al Ecuador, tildó a Manuela de

chihuahua o revolucionaria. En Bogotá había sido procesada por la difusión de un papel titulado La Torre de Babel, que era una sátira mordiente contra el gobierno, y en Quito, su hermano José Sáenz, había sido fusilado por subvertir el orden contra el gobierno legítimo. Manuela, pues, fue expulsada hacia Guayaquil y echada de ese puerto siguió al Perú. Su esposo la llamó a Lima. Pero ella lo rechazó y prefirió la soledad del pueblo de Paita, frente al mar.

Allí, ya inválida y sentada en una silla de ruedas, la conoció Ricardo Palma y su impresión fue tal, que creía estar mirando a la Libertadora en un trono. Allí la vio Garibaldi. En las Memorias del héroe italiano están consignadas sus notas sobre las tertulias en que Manuela hablaba sobre Bolívar, a veces en compañía del filósofo Simón Rodríguez, que también estaba solo, frente al mar, en un poblado cercano llamado Amotaje.

Garibaldi profesaba una gran admiración por el Libertador y dice que su “existencia estuvo enteramente consagrada a la emancipación de su patria; y cuyas virtudes no fueron bastantes para librarlo de la envidia y del jesuitismo que amargaron sus últimos días”, y en relación a su encuentro con Manuela escribe que “a ambos se nos humedecieron los ojos, presintiendo que aquel día será para los dos el último”.

Un día, en su humilde vivienda, Manuela supo que su esposo había sido asesinado en Lima, dejándole una cuantiosa fortuna. Manuela despreció la herencia, pues, como solía decir: “¡Bolívar me dejó llena de amor!”.

Simón Rodríguez estaba en Arequipa cuando supo la muerte de Bolívar. Luego había pasado a Santiago de Chile donde estableció una fábrica de velas, cuyo local le servía así mismo para educar a los niños. En el portón del vetusto local había un letrero: “LUCES Y VIRTUDES AMERICANAS. Esto es, velas de

sebo, paciencia, jabón, resignación, cola fuerte, amor al trabajo”

Su pobreza lo hizo emigrar. Después se le verá tratando de formar escuelitas y talleres populares en Quito, Ibarra y Lacatunga, para volver nuevamente al Perú. Este trashumante andaba siempre con sus manuscritos: Sociedades americanas, sobre el tema de la pedagogía, y El Libertador de Suramérica y sus compañeros de armas defendidos por un amigo de la causa social. Nadie quiso editárselos, y su miseria económica le impedía imprimirlos por cuenta propia.

Este maestro del Libertador explicaba así su situación: “amé la libertad más que el bienestar”. Pero él seguía escribiendo y estaba culminando un nuevo libro: La tierra y sus habitantes… Y, como anota Frank, “no había en Bogotá, Quito o Lima quien quisiese editarlo”

Rodríguez pensó en regresar a Europa, pero decía él- “cuando pienso en abandonar América, me ocurre lo del enamorado que ha peleado con su amante. Se aleja con una falsa sonrisa, jurando que ya nada quiere saber de ella… se aleja con pies de plomo, esperando que ella lo llame, seguro de que a cada paso lo llamará…”

Finalmente, y después de que sus escritos fueron consumidos por un incendio, Rodríguez se instala en la perdida aldea de Amotaje, cerca de Paita y frente al mar, desde donde pasaba a visitar a Manuela. Cuando el maestro murió, Manuela se hizo llevar en su silla de ruedas al funeral de su amigo. Después falleció la Libertadora, y sus cartas con Bolívar y la correspondencia particular de Santander con el Libertador, desaparecieron en el incendio que se produjo cuando fumigaban su casa contra el virus de la difteria, o peste, según se dijo… ¡Qué “casualidad”!

¡Y qué símbolo: Bolívar, su maestro y su amada Manuela, tenían que morir de frente al mar!

La muerte del Libertador fue la coyuntura para que el santanderismo abriera su caja de Pandora. El gobierno de Bogotá hizo llegar una nota de cobro al gobernador de Santa Marta, por haber sufragado con dineros del Estado el austero funeral de Bolívar.

Fue entonces cuando Santander reconoció como suyo un libraco que había escrito contra Bolívar en 1829. Ese escrito fue agregado a sus Memorias. Allí Santander afirma: “Yo fui uno de los que, siendo vicepresidente de Colombia, contradijeron y resistieron sus proyectos con firmeza y legalidad; me opuse a la dictadura militar a que él aspiraba ardientemente (…) Sus decretos después del año de 1828, en que subió al poder absoluto, parecen dictados por el gabinete de Felipe II. Sólo la Inquisición no se ha restablecido en Colombia. Bolívar no ama al clero, aunque le hace corte con destreza y maña. Menos ama a los abogados y literatos.

Santander no hacía más que copiar el repugnante lenguaje utilizado contra Bolívar por los diplomáticos y espías de los Estados Unidos. Por ejemplo William Tudor:

“La profunda hipocresía del general Bolívar ha engañado hasta ahora al mundo… muchos de sus antiguos amigos (¡como Santander!) han descubierto sus intenciones hace más de un año y ya lo han abandonado. Con la violenta disolución del Congreso (Lima, 1826), la máscara debe caer del todo y el mundo verá con indignación, o con maligno deleite, que quien atraía la atención de los políticos de todos los países, aquel a quien el destino por una afortunada combinación de circunstancias había preparado los medios para dejar una de las más nobles reputaciones que la historia pudiera registrar, sea recordado como uno de los más

rastreros usurpadores militares, cargado con el peso de la maldición de sus contemporáneos por las calamidades que su conducta ha de traer aparejadas”

¡Qué extraordinaria semejanza hay entre los escritos infames de Santander contra Bolívar y los de los funcionarios de Washington! Ya hemos visto cómo unos y otros tenían una unidad de propósitos que llevaron a la muerte de Bolívar y Colombia. En cambio, Santander era objeto de halagos y zalemas por parte del gobierno de los Estados Unidos, lo que trae a la memoria aquella sabia frase de Sainte Beuve: ¡“Dime quién te admira y te diré quién eres”!

Es público y notorio que no sólo Jackson (quien apoyó a Inglaterra para apoderarse de las islas Malvinas), sino Clay, subalterno de Adams y superior de Tudor, Harrison y otros eminentísimos diplomáticos y espías norteamericanos, eran particularmente deferentes con Santander. ¿Quién lo discute? El propio Santander es el que da fe de ello y con orgullo.

¡Es tan cierto que Santander fue el más estimado de los renegados de la antigua Colombia, por parte del gobierno de Washington, como lo es también que los imperialistas de los Estados Unidos odiaban al Libertador, y odian hasta su memoria, como a ninguno otro de los hijos de las Gran Colombia, de la cual fue su inspirador, su padre, conductor y defensor hasta el último instante!

Los nuevos dueños del poder en la Nueva Granada, combinaban muy astutamente sus actividades: mientras iban fusilando a sus adversarios políticos, calumniaban a Bolívar en ultratumba y posaban como liberales y demócratas. José Hilario López, por ejemplo, anotó en sus Memorias:

“Otro suceso eminentemente interesante vino a despejar un poco

el horizonte político, a dar una fuerza mágica a la buena causa, y

a desmoralizar a la vez a los sectarios de la dictadura: ¡La muerte de Bolívar! Bajo estos auspicios tan favorables a la libertad se presentó la aurora del año 1831… Ya no existía el talismán con que se embaucaba a los pueblos para forzarlos a ponerse bajo su dominio”.

Y como estos caudillos liberticidas necesitan escribir la “historia”

para esconder sus fechorías y justificarse a sí mismos, leamos lo que escribe Florentino González: “… desde que fue patente para nosotros que la República y la Democracia no habían sido objeto de sus afanes y trabajos, ni era para fundarlas que se habían exigido al pueblo tan grandes sacrificios, nuestra adoración (¿?) se cambió en horror por el ambicioso que así había frustrado todas nuestras esperanzas y querido convertir en su provecho personal todo lo que el pueblo había hecho por adquirir el derecho de gobernarse a sí mismo. No causó impresión ninguna de dolor en el pueblo (¿?) la muerte de Bolívar, ni lamentaron su pérdida sino aquellos que favorecían sus miras liberticidas. ¿Cómo podrían libertarse los pueblos de ambiciosos de esa clase, si, cuando se mueren, se pusiesen a honrar su memoria?”.

¡Estos son una muestra de los próceres: ideólogos y héroes oficiales del Estado santanderista! Se comprende por qué no se enseña historia de Colombia en las escuelas y universidades.

¡Así surgió el liberalismo en Colombia! Su odio al Libertador fue simplemente instrumento de la política del gobierno de Washington para impedir la unidad de las nuevas naciones y destruir a Colombia. El gobierno de los Estados Unidos odiaba a Bolívar de un modo tan escandaloso, que el conde Dudley, secretario de Estado británico en 1827, recibió de Willimott, su procónsul en Lima, una carta en la que le decía:

La maligna hostilidad de los yanquis hacia el Libertador es

tal, que algunos llevan su animosidad hasta el extremo de lamentar abiertamente que allí donde ha surgido un segundo César no hubiera surgido un segundo Bruto!”

¡Muy grande debió ser la alegría de los imperialistas de los Estados Unidos, cuando vieron que en los Estados Desunidos hispanoamericanos podían alentar el levantamiento de tantos Brutos para destruir a Bolívar!

Venezuela, o mejor dicho, el gobierno, acogió con sus brazos abiertos a varios Brutos de esos. Algunos habían tomado parte en la conspiración septembrina de 1828 y, como es sabido, fueron amnistiados (como en Bogotá) y ¡condecorados! Dos días antes de la muerte del Libertador, los diputados de Puerto Cabello habían propuesto que el nombre de Bolívar “¡fuera condenado al olvido!”.

Leamos lo que escribió Juan Antonio Gómez, gobernador de Maracaibo, para comunicar al gobierno de Caracas la muerte del Libertador, en correspondencia fechada el 21 de enero de 1831:

“¡Bolívar, el genio del mal, la tea de la discordia, o mejor diré, el opresor de su patria, ya dejó de existir. Su muerte, que en otras circunstancias y en tiempo del engaño pudo causar el luto y la pesadumbre de los colombianos, será hoy sin duda el más poderoso motivo de sus regocijos. Porque de ella dimana la paz y el avenimiento de todos! ¡Qué desengaño tan funesto para sus partidarios y qué lección tan imprevista a los ojos de todo el mundo, al ver y conocer la protección que por medio de este suceso nos ha prestado el Supremo Hacedor! Me congratulo con Usía por tan plausible noticia!”.

El júbilo de la oligarquía venezolana fue, pues, indescriptible. Ya no había que simular composturas, como cuando no se opuso a que se decretara el 9 de mayo de 1830 una ordenanza que

calificaba a Bolívar como “el primero y mejor ciudadano de Colombia”.

Los voceros de la oligarquía venezolana no sólo atacaron la ordenanza, sino que pasaron a la ofensiva y se dieron a la tarea de elaborar un proyecto de ley cuyo texto es el siguiente:

Que el año

de 1813 fue proclamado Simón Bolívar Libertador de Venezuela (…)

1.

3.

Que por ley de 17 de diciembre de 1819 se dispuso que la capital de la República llevaría su nombre.

4.

Que el 20 de junio de 1821 se decretaron honores de triunfo con motivo de la batalla de Carabobo.

5.

Que el 11 de febrero de 1825 se decretaron también honores de triunfo, con motivo de la campaña del Perú.

6.

Que por acuerdo del 1º de marzo de 1825 de la municipalidad de esta ciudad se determinó la erección de una estatua ecuestre que representase a Bolívar.

7.

Que por decreto del 9 de mayo de 1830 se le declaró el primero y mejor ciudadano de Colombia… y considerando:

1.

Que estos

timbres de distinciones sólo los conceden los pueblos libres a las eminentes virtudes públicas (siguen ocho considerandos).

“DECRETAN:

Artículo 1º. Los títulos de honor y gloria que los cuerpos representativos de Venezuela consagraron a Simón Bolívar serán todos recogidos por el Poder Ejecutivo.

Artículo 2º. El mismo, con acuerdo de su Consejo de Gobierno, señalará, por un decreto particular, un día en que en medio de la

plaza de armas se quemen todos los monumentos de gloria concedidos a un hijo espurio que pretendió clavar el puñal parricida en el corazón de una madre amorosa:

Artículo 3º. Se tendrá por aciago en la República el 17 de diciembre de 1830 en que murió naturalmente Bolívar, cuando debió morir de una manera ejemplar”

La publicación de este pavoroso documento, como lo indica Cornelio Hispano, tiene este pie de imprenta: “Caracas, imprenta de Tomás Antero, 1833”, del cual existe un ejemplar en la Biblioteca nacional de Bogotá. Sección Pineda. Orden Público, 1,

74…”

No olvidemos que Páez era el jefe supremo y señor de Venezuela en aquellos días. Sin embargo, años después, posiblemente mordido por sus rendimientos, escribió en su autobiografía: “… permítaseme que nuevamente califique de calumnia y mala fe la aseveración de que yo fui enemigo personal del Libertador…”.

La historia es un proceso vivo, dinámico, dialéctico, constante:

nunca se detiene. En la historia el pasado no existe como fenómeno estático. El presente viene siendo desde el pasado y el futuro empieza ahora mismo. En Colombia, y en general en América, no se enseña historia porque ella descubre a los autores de la opresiva situación que hoy vivimos. Descubre el origen de su poder y los métodos y aparatos de fuerza usados para conservarlo y reproducirlo. El crimen, los fraudes, las intrigas, las masacres de los adversarios: así se fue haciendo el poder de estas oligarquías que irónicamente se llaman así mismas “demócratas”.

¡Esta es la historia que no se enseña! ¡Esta es la historia que se oculta! Al fin y al cabo, como dice Eduardo Galeano “La historia

oficial desprecia lo que ignora, ignora lo que teme. Es una historia que refleja el miedo de los que mandan. Ellos han contado esa realidad desde el punto de vista de los vencedores: blancos, ricos, machos, militares”.

Con el santanderismo en el poder en la Nueva Granada, se completa la desmovilización y desarme de los últimos reductos que quedaban del ejército libertador. Mediante ley del 29 de noviembre de 1831, la Convención granadina ordenó que se borraran del escalafón militar todos aquellos que fueran sospechosos de ser Bolivarianos o desafectos al santanderismo. Con esa misma argumentación la ley ordena la purga de todos los civiles que hubiesen hecho parte de la administración pública en tiempos anteriores al mando santanderista del general Obando.

Había corrido un mes de expedida esa abominable ley, que podemos denunciar hoy como la precursora del clientelismo y la corrupción dentro del Estado en Colombia, cuando Florentino González, que era el secretario de la Convención Granadina, le da cuenta a Santander: “… Han sido borrados de la línea militar… su número pasa de trescientos. También serán removidos de sus destinos todos los empleados civiles que se hallen en igual caso. Esta medida ha costado mucho trabajo recavarla; ha habido sesiones de dos horas, pero al fin pasó por una gran mayoría…”

Las oligarquías de Colombia y Venezuela tenían un interés común, que las identificaba con las del continente: impedir que la guerra de independencia desembocara en el proyecto republicano e internacionalista del Libertador. Por eso, una de las primeras realizaciones de la contrarrevolución antibolivariana en el poder, fue la de arrasar con todo lo realizado por Bolívar en materia económica, política, jurídica y social: “En 1832 la Convención Granadina unánimemente declaró nulos los decretos del Libertador”

Mientras en Caracas, el sujeto Pedro Carujo (que fue uno de los que intentó asesinar a Bolívar en la conspiración septembrina de 1828), fue el actor principal del golpe de Estado en Venezuela en 1833, “contra el gobierno civil, constitucional y verdaderamente liberal del eminente ciudadano José de Vargas, para establecer un gobierno militar autocrático”. Imperaba ya en hispanoamérica el crimen alevoso, el golpe faccioso, el terror de la fuerza y el fraude como vehículos de acceso al poder.

Posada Gutiérrez da cuenta del fraude electoral que ayudó al tenebroso general José María Obando al ascenso al poder: “El registro del cantón de Purificación, en la provincia de Neiva, se perdió, y con ésta perdida el general Domingo Caicedo, que con los votos en él contenidos habría tenido mayoría sobre el general Obando, resultó en cuarto lugar, y, por eso entró el general Obando en la terna. ¿Será juicio temerario sospechar que no fue pérdida sino sustracción la de éste registro?”.

En medio de crímenes y fraudes, pero eso sí, con el rótulo del liberalismo democrático, la oligarquía granadina constituye “un Congreso de absoluta mayoría liberal, sumiso en su soberanía a los dictados democráticos del señor Presidente”

La bacanal de las fieras llega a su apogeo cuando el santanderismo, sirviéndose opulentamente del congresillo de cabecera, le sirve a su presidente en bandeja de sangre la pena de muerte contra los adversarios políticos. Los mismos que habían calumniado al Libertador llamándolo tirano, sanguinario y déspota, decretan ahora la pena de muerte:

“La ley draconiana del 3 de junio de 1833 escribe Posada Gutiérrez-, expedida por un Congreso liberal”, que “en su artículo 26 condenaba a la pena del último suplicio:

“A los que por medio de tumultos o facciones tomen las armas

para destruir las autoridades constituidas o para cambiar la forma de gobierno; “A los que tengan comunicación con el enemigo, tumulto o facción; “A los que aconsejen, auxilien o fomenten la rebelión, traición o conspiración”

Duarte French opina razonadamente que dicha ley ostenta una vaguedad sorprendente, “porque aconsejar, auxiliar y fomentar no son, en sí mismas buenas ni malas” y advierte que “es absurdo, por lo mismo, que el artículo 1º coloque a nivel de igual responsabilidad, con referencia específica a la pena de muerte, a quien de hecho se levanta en armas contra el gobierno y a quien sólo aconseja, auxilia o fomenta. Con la circunstancia realmente increíble, de que por el artículo 35º se impone a los alcaldes y jueces parroquiales la obligación de aprehender a los reos, bien sea que los aprehendan en flagrante delito de conspiración, o que por cualquier otro medio tengan noticia de que se trama contra la seguridad pública; procederán además a la formación del sumario` y, etc., etc.”

Los juicios críticos del historiador sobre la abominable ley, concluyen en que, por medio de ella se establece en nuestro país, por primera vez desde que se independizó de España, la pena de muerte para los delitos políticos. “Y a fin de hacer más expedita

la represión, queda derogado todo fuero (artículo 24) y todo

anterior procedimiento”

“De manera anota el general Posada- que aunque el objeto de las facciones, o conjuraciones (…) no se hubiese llenado, bien porque descubiertos los conatos o proyectos de rebelión, huyesen los comprometidos en ellos, o porque desistiesen de su intento, viendo que delatados no podían realizarlo, o por

cualquier otro motivo, la ley los condenaba al banquillo. Y no sólo

a ellos sino a los que tuviesen comunicación con ellos, de

manera que bastaba hablarles para merecer la muerte.

¡Jóvenes liberales estudiad la historia y juzgad a vuestro

partido!”

Es más: “el artículo 27 de la misma ley imponía la pena de cinco a ocho años de presidio a los auxiliadores de los revolucionarios, cuyos conatos no se hubiesen realizado; a los que tuvieran comunicación con ellos; a los que sabiendo que se tramaba una revolución no la denunciaran; a los expulsados fuera del país que quebrantasen la expulsión, y a los que tratasen de seducir a alguno con el objeto de auxiliar a los revolucionarios”.

En síntesis, Santander y su camarilla decretaba la pena de muerte contra los que cometían los actos que él y sus secuaces hicieron contra Bolívar. Anotando, como lo hace Posada Gutiérrez, que “no fueron tan lejos los decretos del Libertador contra los conspiradores; pero entonces, como ahora, como siempre, los liberales pueden hacer con aplauso lo que en sus adversarios condenan. Los hechos y no mis palabras lo prueban”

Y

concluye: “Conforme a esa ley se siguió el juicio a los acusados,

y

ya se sabe que las causas políticas se agravan o se atenúan

según los jueces sean adversarios o copartidarios de los encausados. En la de que se trata, más parecía que se estaba juzgando la revolución de 1830 que la disparatada de 1833, y más al Libertador que a los comprometidos en ésta.

La macabra ley fue saludada jubilosamente por los más encopetados caudillos santanderistas que exigieron su aplicación inmediata. En sus escritos, inflamados por el rencor y el sectarismo más extremos, saturaban el ambiente con la incitación abierta al asesinato político contra todos los que fueran sospechosos de ser bolivarianos. Leamos, por ejemplo, lo que escriben y firman Florentino González y Lorenzo Lleras:

No haya compasión con nuestros enemigos: es necesario que mueran ellos o que muramos nosotros… la ley los condena a todos; todos deben desaparecer del número de los vivientes”

Bastó una “carta anónima” en la que supuestamente se informaba a Santander sobre la amenaza de una “revolución bolivariana” de la que participaban el general Sardá y los oficiales Pedro Arjona y ManuelAnguiano, para poner en movimiento toda la maquinaria represiva del Estado. De los 46 sospechosos detenidos en Bogotá, Santander en persona escogió nominalmente los primeros 17 que quería fusilar. Y se fijó para ello la fecha del 16 de octubre.

El santanderismo tenía desde antes una lista negra que registraba a quienes eran conocidos por su lealtad con el Libertador. Sin embargo, en este caso, la mayoría de los reos eran gente humilde, sin ningún peso político en la vida nacional. Pero al fusilarlos Santander enviaba un mensaje de terror a sus opositores.

Llegado el día y la hora de la ejecución de los reos y estando ya confesados por los curas los que creían que con ello entregaban su alma a Dios, la orden de fuego no se daba todavía. Se le preguntó entonces al comandante Zabala cuál era la razón del retraso del macabro espectáculo y qué hacía falta para llevar a cabo los fusilamientos, y éste se limitaba a responder: ¡“todavía no, su Excelencia no ha acabado de almorzar”!

La bacanal de las fieras siempre ha ofrecido al pueblo el hórrido festín de la muerte, la tétrica cátedra abierta del crimen que derrama la sangre inocente. Pero lo más aberrante de todo es que los ejecutores de esa barbarie secuaces todos de Santander y defensores del asesino José María Obando-, se constituyan, por gracia del poder y de la fuerza del Estado, en los paradigmas

de Colombia.

Cuenta el general Joaquín Posada Gutiérrez, que una vez consumado el sacrificio “…se hizo desfilar las tropas por frente a los cadáveres, aún palpitantes… Despejada la plaza, el general Santander se retiró al palacio, por el mismo camino que trajo, es decir, por frente a los banquillos, deteniéndose minutos a examinarlos, y le acompañábamos los ayudantes generales del estado mayor general, llamados por el secretariado de guerra. Por consiguiente, todo esto lo vi yo, que era uno de ellos”.

Así mismo fue capturado, arrastrado y fusilado el coronel Mariano París… Luego se ejecutó al joven oficial Manuel Anguiano… Después, Pepe Serna. Ser o haber sido solidario con Bolívar se convirtió en delito castigado con la pena de muerte, el presidio o el destierro. El escritor Tomás Rueda Vargas, admirador de Santander debió admitir que éste “no supo entonces… medir su severidad, que degeneró en violencia”.

La brutalidad del santanderismo en el poder se hizo tan escandalosa que, en cierta ocasión en que se abrió un debate en sesión plena del Congreso, el general Antonio Obando hizo su defensa con las siguientes palabras: “… Pero yo no tuve la perfidia de mandar asesinos a la casa de estos desgraciados para que los matasen fingiéndose de su partido, como se hizo aquí en 1834; yo no di orden al comandante de una escolta que llevaba preso a un individuo para que suponiendo que quería escaparse, lo asesinasen por la espalda, como sucedió aquí con el señor Mariano París”

¡Estos son los liberales que acusaron a Bolívar de tirano! El general Posada Gutiérrez nos dice que en los debates previos a la imposición de la pena de muerte “El señor Rafael Mosquera, enemigo de la pena de muerte por delitos políticos”, era la contraparte del “general José Hilario López que la sostenía en

todas las ocasiones que ocurrían, lo mismo que el general Santander, el general José María Obando y todos los prohombres del partido liberal”.

Los santanderistas, naturalmente, defendían a los criminales que militaban en sus filas, con el pretexto de que la vida humana debe ser respetada. En cambio, justificaban la matanza de sus adversarios políticos, tal como lo denuncia el general Posada:

“Los predicadores del respeto a la vida entre nosotros son incomprensibles: no quieren que se castigue con la muerte a insignes malhechores (…) pero admiten, ejecutan y aplauden el asesinato de hombres inocentes, los más de ellos inofensivos, o de algunos valientes que combaten por una causa justa y santa contra los facciosos adueñados del país (…) del poder arbitrario y de la fuerza que el crimen ha puesto en sus manos”.

El santanderismo ha sido desde entonces, tanto en su vertiente que hoy se nombra todavía como liberal, o en la conocida como conservadora, un ejemplo patético de cómo se abusa del poder y cómo se delinque desde las más altas posiciones del Estado. Así lo corrobora el crimen cometido para eliminar a José Sardá, revolucionario de origen catalán, que había combatido en Rusia y en México y que estuvo al lado de Bolívar cuando estaba muriendo en Santa Marta.

Resulta que para eliminar al general Sardá, Santander comisionó a dos oficiales: el teniente Pedro Ortiz del batallón No. 10, y el teniente de artillería Ignacio Torrente, quienes, según el plan convenido, visitarían al doctor Cleto Margallo, amigo de confianza de Sardá, fingiendo que querían ponerse bajo el mando de éste. De este modo lograrían, como en efecto ocurrió, que Margallo les revelara el refugio del catalán y, dice el testimonio de Posada Gutiérrez, que “tres casas separaban esa casa de la mansión presidencial de San Carlos, donde Santander

espera el resultado del ardid que ha de poner punto final a la vida del insurrecto. Porque no se le quería detener sino eliminar”

Y agregaba el excepcional testigo, que ciertas intimidades del

siniestro plan fueron de dominio público, “y fue que Ortiz se

resistía a matar a Sardá, porque le tendrían por asesino”, y que el general Santander lo convenció diciéndole “que él no iba sino a ejecutar una sentencia de muerte dictada por los tribunales, como

lo hace el oficial que manda una escolta”.

Se fundaba entonces el sistema totalitario y atroz que todavía padecemos. Uno se pregunta ¿si el partido conservador se constituyó con los que en esa época se llamaban liberales moderados, no será que el partido liberal fue creado por los conservadores radicales? Con razón declaraba Bolívar a Posada Gutiérrez: “No sé dónde se arrogaron los demagogos el derecho de llamarse liberales”. Y éste le respondió: “Se robaron la palabra, ni más ni menos, como se roban todo lo que cae en sus manos”

Bolívar chocó, no como conservador sino como revolucionario, contra unos demagogos conservadores, retrógrados y conspiradores que se habían robado la palabra liberal, del mismo modo que se robaron la palabra democracia, para darle un tizne “progresista” (así fuera solamente verbal) a sus acciones antipopulares y proimperialistas.

A propósito de esta cuestión, si la enfocamos desde el punto de

vista etimológico, lingüístico, histórico y filosófico la ideología liberal nunca tuvo nada en común con el santanderismo granadino, ni con los separatistas de Venezuela, ni con los monarquistas de Buenos Aires, México y Chile, ni con la pretendida aristocracia limeña. Esas oligarquías se robaron la palabra liberal, como se robaron la palabra democracia para justificar lo que han venido haciendo: oprimir a nuestros

pueblos.

Ahora, si esos mismos términos de liberal y democracia los enfocamos desde el punto de vista de la economía política, resultan ser incompatibles, porque el primero se refiere a la libertad del mercado: las mercancías deben fluir sin trabas y con plena libertad y proclama como derecho absoluto el enriquecimiento individual. Y este derecho no puede ser restringido por el Estado. Es más, el Estado no debiera intervenir en los asuntos de la economía sino para servir al mantenimiento del orden público.

En cambio la democracia reclama, para ser digna de tal nombre, el gobierno del pueblo y para el pueblo y constituye el Estado con la función específica de organizar la sociedad y producir el bienestar social de todos los asociados. La democracia propone la igualdad social como su objetivo primordial y exige al capital y a la propiedad no restringir el progreso de la comunidad. De este modo, mientras la economía política liberal rinde culto al absolutismo de lo individual y privado, el ejercicio de la democracia hace prevalecer los intereses de la sociedad por encima del individualismo egoísta.

Por esta razón chocó Bolívar, que era el Libertador y líder de la integración y del bienestar de la comunidad, con hombres como Santander y Obando que sólo pensaban en sus intereses de poder y enriquecimiento individual, y con individuos como Florentino González que sólo le interesaba la libertad de comercio y era enemigo recalcitrante de que el Estado atendiera las reivindicaciones populares.

Veamos algunos aspectos sobre la iracundia que provocó el libro de García Márquez sobre Bolívar, en la entrevista que María Elvira Samper le hizo al ilustre escritor:

M.E.S. “Detesta a Santander? G.G.M. “No, pero hizo el país que tenemos hoy. M.E.S. “¿Cómo es? G.G.M. “Un gran país, pero que está muy jodido por una cosa que viene de la mentalidad de Santander, que es que las instituciones no corresponden a la realidad… En Colombia hay teatro, pintura, literatura… Hay de todo. Pero el Estado prácticamente no da un centavo para la cultura, para la creatividad. El Estado tampoco gasta en educación, en salud pública. Y el capitalismo colombiano, los oligarcas colombianos nos se sacrifican en nada y por eso cada cual tiene que defenderse como puede. Por eso dicen que la economía está bien y el país está mal. Pero si es que es un Estado tacaño, ¡completamente santanderista!

M.E.S. “¡Y más puyas para Santander! G.G.M. “Ese era el concepto que Santander tenía del Estado”

La entrevistadora expresa involuntariamente, supongo, la intolerancia oficial contra la verdad histórica. Decir la verdad es “antisantanderismo”. ¡O sea que Santander es la historia! Bueno… no puede negarse que la historia oficial de Colombia es escrita por el santanderismo.

M.E.S. “Insisto en que hay antisantanderismo detrás de todo eso. G.G.M. “Yo digo que no hay antisantanderismo, porque la discordia entre Santander y Bolívar era recíproca (…) Pero en todo caso he tratado de que Santander se vea como es (…) Santander representa exactamente el pensamiento conservador de España. Fue el creador de unas instituciones perfectas en el papel, pero con una visión muy limitada. Bolívar, en cambio, era un liberal destacado, tratando de crear la alianza más grande y poderosa del mundo”

García Márquez concluye manifestando: “Hay quienes sostienen

que Bolívar tenía la visión de un hombre del siglo XVIII y que por eso no tenía la noción de Nación. Que la idea de la gran alianza americana lindaba en la utopía. En cambio, dicen que la mentalidad de Santander es del siglo XIX y que entendía muy bien el problema de las fronteras. Entonces tenemos en Colombia esa cosa curiosa que es que el creador, el fundador del partido liberal, fue conservador: Santander. Como el partido que quedaba era el conservador, entonces se lo atribuyeron a Bolívar. Yo no sé cómo hacen los liberales y los conservadores ahora. Bueno… ahora todos son conservadores, como son santanderistas”.

Cuadran muy bien aquí las apreciaciones de Liévano Aguirre:

“Que el empequeñecimiento de la política internacional de Colombia y de su poderío militar no representaba solución ninguna, quedó comprobado a corto plazo: fallecido Bolívar, licenciados los ejércitos libertadores y desembarazada la nación de su marina de guerra cuyas unidades fueron abandonadas en los astilleros de Cartagena y Puerto Cabello y luego desmanteladas y vendidas como leña vieja-, la crisis fiscal no desapareció, sino que, agravada, se prolongó por más de un siglo. No podía suceder de otra manera, porque el problema fiscal no residía en la magnitud de las metas señaladas por el Libertador a la nación colombiana, sino en la impreparación demostrada en Bogotá para planear una política financiera a la altura del gran movimiento de integración continental que abanderaban Bolívar y la República de Colombia en el Nuevo Mundo”

Ahora, si decir esta verdad, como lo hace Liévano Aguirre, es antisantanderismo, eso quiere decir que el santanderismo es la mentira. Recordemos a nuestro filósofo Fernando González en su libro titulado Santander, publicado en 1940 y sacado de circulación por el gobierno: “No llamemos historia los veinticuatro tomos del Archivo Santander: son los documentos

que dejó para cubrirse.

En mi concepto la mejor obra del filósofo antioqueño es su libro Santander, porque en él logra hacer una radiografía perfecta de

la personalidad mañosa, ladina y feroz del personaje y, a través

de él, deja los fundamentos para un psicoanálisis del santanderismo perpetuado en el poder con los rótulos de conservador y liberal. Nos muestra así mismo cómo, el llamado “hombre de las leyes”… “le formó pelea a Bolívar en el campo en que Santander era invencible: el de la pequeñez, las elecciones, compadrazgos, congresos, libelos, suspicacias, intrigas”.

Y el filósofo concluye demostrando que Santander “es un falso

héroe nacional”. Conclusión absolutamente irrefutable, que, por cierto, provocó la más franca animadversión de la politiquería criolla, haciendo más luminosa la recordación que nos merece el filósofo González.

Y agrega: “Hijo y padre a un mismo tiempo de esta república.

Padre del conservatismo y del liberalismo, los cuales apenas se diferencian en que éste tiene remordimientos en la hora de la muerte, y, por eso, es el hijo predilecto de Santander”.

Es verdaderamente asombroso que el Estado colombiano sostenga todavía a Santander como prototipo del héroe nacional. Pero, como lo uno se sustenta en lo otro, si lo que Santander hizo es heroísmo, se comprende perfectamente por qué el Estado colombiano es como es y hace lo que hace. Cuando ese Estado, con todos sus aparatos ideológicos y en primer lugar las academias de historia hicieron el homenaje al recuerdo de Santander, con motivo del centenario de su muerte, Fernando González escribió:

“El espíritu neogranadino que aún perdura como elemento oficial, gobernante, dirigente de Colombia, del general Santander ha

olvidado la cobardía, ha cubierto la pequeñez y le ha envuelto en la gloria de Bolívar: por eso aparece hoy, a los cien años de su muerte, como el indudable héroe nacional de los granadinos de

1940…”.

Con el santanderismo en el poder nace un régimen de corte presidencial autocrático y feroz que, para sostenerse y perpetuarse necesita de un aparato de fuerza y de terror que gradualmente será institucionalizado como el ejército del Estado. Tal como lo refiere José Luis Salcedo:

“A todo lo largo y ancho del continente americano las autocracias han hallado su sustentación en el militarismo, que fue tan fustigado por el Libertador, como degeneración viciosa de una digna responsabilidad, vecina del sacrificio y del desprendimiento. En diversos tiempos se han formado verdaderas fraternidades castrenses entre tiranos de distintos países. La función militar tan noble a la hora de ganar para estas patrias la libertad, ha sido envilecida por los déspotas”.

También señala el citado historiador que “otra manifestación de la misma contrarrevolución antibolivariana, junto a las autocracias, es la serie larga de guerras internas que azotaron nuestros países, y particularmente… a aquel donde nació Bolívar”

Y desde entonces esas guerras internas no han dejado de azotar

a Colombia.

Tenía que morir Bolívar para que surgiera el régimen de la antidemocracia. Pero la oligarquía criolla no podía estar tranquila sino se exterminaba a todo lo que tuviese relación con el Libertador: “el gran estorbo, el portavoz de los humildes, el maestro de la revolución”.

El santanderismo destruyó a Colombia. La despedazó. La hizo

trizas desde el punto de vista económico, político, geográfico, físico, moral y cultural. La usó como trofeo de sus vindictas. Negoció con su soberanía y su territorio. Asaltó su economía y sus recursos. Ofició como testaferro político del imperialismo yanqui. Invitó y apoyó la invasión peruana promovida por Tudor y los Estados Unidos. Invitó y apoyó la invasión venezolana sobre Cúcuta y la Guajira. Anexó las provincias de Pasto y Buenaventura y el cantón de Iscuandé al Ecuador. Abandonó a Panamá.

Si fracasó en su empeño de entregarle al Ecuador el territorio del Valle del Cauca, ello se debió, como lo anota Posada Gutiérrez, a que “en Cali, ciudad grande y hermosa que está llamada a ser el emporio del ameno y rico Valle del Cauca, el pueblo se pronunció espontáneamente, sin aguardar la reunión de la Asamblea de Buga; sitió la fuerza que estaba a órdenes del coronel Eusebio Borrero, teniente del general Obando, y la obligó a capitular.

El amor a la patria es un sentimiento y un principio que el santanderismo nunca conoció. Bolívar es la refutación fulminante de esa pustulenta conducta contra Colombia, y nos enseña con su ejemplo y con sus palabras que ese amor y principio de amar a la patria es el primer deber de todo republicano. Leamos su recriminación cordial a sus amigos los señores Toro:

“¿Mis queridos amigos, se han muerto ustedes o han bebido las aguas del Leteo? Un silencio tan profundo me hace pensar que ustedes han cesado de existir en el mundo político (…) Vengan ustedes, queridos amigos, a morir por su país o por lo menos a morir en él. Yo creo que es preferible la muerte a la expatriación y a la vida apática y nula que ustedes sufren. Digo más, que es preferible vivir en cadenas por la patria, a existir fuera de ella en una triste inacción. En fin, amigos, ustedes deben venir a envolver sus cenizas con las de sus padres, amigos y compatriotas (…) la conciencia debe

decirles noche a día que el destino que ahora tienen no es el que la patria y el deber les ha señalado…”

¿Qué es lo que el santanderismo ha hecho de Colombia en ésta prolongada y tormentosa bacanal de fieras? Respondamos con

la certera síntesis hecha por el mayor Gonzalo Bermúdez Rossi:

“… como en un bajo fondo de la política: administraciones demasiado ineficaces, mandatarios sombríos, patíbulos activos, gobernantes dispuestos a traicionar la naciente patria, innumerables golpes de Estado, guerras civiles a granel,

violencia continuada y sistematizada, violación de la Constitución

y los derechos humanos, relajamiento absoluto de la moral

pública y una despiadada explotación y empobrecimiento de los nacionales proletarios y clases medias”

El empobrecimiento de la nación y la ruina de los artesanos y de

los productores nacionales, se constituyen en el factor que activó los primeros brotes socialistas en Colombia, que fueron brutalmente aplastados por el Estado santanderista. Pero esos primeros pronunciamientos encerraban el germen de una gran verdad y una alternativa estratégica para salir de la miseria, tal como lo expone Gerardo Molina:

“Nuestro enemigo es la clase rica, nuestros enemigos reales son los inicuos opresores, los endurecidos monopolistas, los agiotistas protervos. ¿Por qué esa guerra de los ricos contra nosotros? (…) porque saben que lo que tienen es una usurpación

a la clase proletaria y trabajadora, porque temen que se les

arrebaten sus tesoros, reunidos a fuerzas de feroces exacciones

y de diarias rapiñas, porque temen verse arrojados de sus

opulentos palacios, derribados de sus ricos coches con que insultan la miseria de los que los han elevado allí con sus sudores y su sangre; porque ven que las mayorías pueden abrir los ojos y recobrar por la fuerza lo que se les arrancó por la astucia y la maldad; porque temen que los pueblos desengañados y

exacerbados griten al fin como deben hacerlo y lo harán un día no muy lejano: ¡Abajo los de arriba!”

Y esa es la lucha que continúa. Ya lo había advertido don Simón

Rodríguez: “La América española pedía dos revoluciones a un tiempo: la pública (o política) y la económica. Las dificultades que presentaba la primera eran grandes: el general Bolívar las ha vencido. Los obstáculos que oponen las preocupaciones a la segunda, son enormes. La guerra de independencia no ha tocado a su fin”

Todavía estamos en las tinieblas del primitivismo más cruel. “Las antiguas Repúblicas escribe Simón Rodríguez- eran crías de soldados, porque todos los derechos se deslindaban con las armas: ha llegado el tiempo de entenderse con palabras (…) si queremos hacer República, debemos emplear medios tan nuevos como nueva es la idea de ver por el bien de todos”

¡Entenderse con palabras!: ¡No olvidemos nunca esta lección!

Como tampoco podemos olvidar que el Libertador nos enseñó reiteradamente que la función de las fuerzas armadas consiste en defender las garantías sociales, cuidar de las fronteras de la nación y aquilatar las libertades del pueblo. Nos enseñó que la razón de ser del Estado es la de producir el bienestar social de la nación. Es que, como anota Manuel Muñoz, “la finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales

e imprescriptibles del hombre. Estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión”

A la sociedad no se la puede privar de la propiedad que le ayuda a

vivir con decoro. Los verdaderos revolucionarios nunca odiaron la riqueza: odiaron la miseria. Odiaron el hambre, el desempleo, la ignorancia, la mendicidad, la delincuencia. Una sociedad que, como la nuestra, produce estas lacras en forma tan masiva, debe

ser combatida y transformada.

Otra valiosa lección que nos da Bolívar es que nunca podremos crear un Mundo Nuevo si no nos renovamos nosotros mismos, constantemente, sin cesar. Para ello debemos estudiar mucho, pensar con nuestra propia cabeza, mirarnos con nuestros propios ojos, superar el lastre del sectarismo que aliena y paraliza, ser originales, creativos, imaginativos, realistas, dialécticos, nutrirnos de nuestros valores, de nuestra historia, identificarnos con nuestro pueblo, con nuestra tierra y con nuestra época.

Bolívar es un ejemplo espléndido: nos despierta y nos enseña a

diferenciarnos de la común ordinariez, de lo superfluo y nos invita

a

lo grandioso y a lo esencial de la vida. Nos invita a ser humanos

y

universales, a querer el suelo que pisamos y el paisaje nativo

que nutrió nuestra infancia. Nos invita a reconocernos, a amar nuestros ancestros, y nos reta a luchar contra esa otra opresión, que es invisible pero demoledora: la tiranía de la costumbre, el peso de la rutina. Y por sobre todo, nos invita a realizar lo imposible, ¡porque de lo posible se encargan los demás todos los

días!. Hay que crecer todos los días con la dignidad de ser hijo de Bolívar y Colombia y sentir como él que nuestra patria es América

y que debemos dar todo lo mejor de la vida al servicio de la humanidad.

“Es verdad escribe Sáchica-, bajo el brillo de las ideologías y la contundencia de la costumbre, cada libertad es hija de la necesidad, es una necesidad humana satisfecha. No hay, por eso, libertad donde la necesidad recorta a la persona y degrada su dignidad. La liberación de las necesidades morales, espirituales y materiales es la libertad del hombre”

El imperialismo y la oligarquía temen sobre todo que nuestro pueblo se encuentre con Bolívar y tome conciencia de su ser y de su papel como ser humano y como pueblo. Para oprimirnos nos

ha impuesto su ideología y sus pretendidos valores. Esa ideología fue y siempre será opuesta a la enseñanza y trascendencia de hombres como Bolívar y Marx y, en general, contraria a toda formulación social y humana que dignifique al hombre y que materialice los principios de la cooperación internacionalista de los pueblos del mundo.

Es bien sabido que Carlos Marx escribió una desafortunada crítica contra Bolívar que ha sido objeto de diversos tipos de manipulación, lo cual ha confundido a no pocos grupos políticos propensos al dogmatismo, que es lo mismo que el fanatismo de secta. Sin embargo, los grandes revolucionarios coinciden más temprano que tarde. ¿Cómo podrían ser opuestos Bolívar y Marx?

En efecto, el artículo de Marx sobre Bolívar, no obstante estar plagado de errores y de haberse nutrido de fuentes viciadas, constituyó, para muchos dogmáticos como los hay en todas las sectas políticas y religiosas, un acto digno de fe sin examen y además infalible, haciendo de Marx un Papa, como hacen los católicos con el suyo. Involuntariamente por supuesto, cuando Marx intentó documentarse sobre el pensamiento, la obra y la personalidad de Bolívar, la literatura que encontró fue la reproducción de calumnias y de infamias de los enemigos de la portentosa obra bolivariana, que, como hemos visto, tachaban al Libertador como “tirano” y bonapartista”.

Las erróneas apreciaciones hechas por Marx, que fueron por un tiempo un dogma puro para muchos que pretendían ser marxistas, han sido, vale la pena registrarlo, criticadas y corregidas por eminentes historiadores e intelectuales marxista de diversos países del mundo. Y esto ha significado por doble vía, por un lado la tarea de humanización de Carlos Marx, y por el otro la reivindicación de Bolívar como el gran dirigente revolucionario que fue y que trasciende el tiempo.

Quizás uno de los primeros en hacerlo en América fue Gilberto Vieira, el desaparecido líder comunista colombiano, cuando escribió “Sobre la estela del Libertador” en el año de 1942.

“Los comunistas dice Vieira- tenemos el sagrado deber de contribuir a rescatar el espíritu bolivariano de en medio de la hojarasca mentirosa de la interpretación oficial y proimperialista de su obra, con el propósito de devolver viva su imagen a las masas populares de América. Son ellas las herederas legítimas de su ardiente pensamiento genitor, y el limo fecundo que ha de encarnarlo y multiplicarlo en la hora de ahora y en la historia de los siglos”

El historiador Anatoli Shulgovski, de la academia soviética, hace

notar que “en los comentarios del artículo de Marx en las Obras,

el

Instituto de MarxismoLeninismo se detuvo particularmente en

el

análisis de las causas que predeterminaron en general una

relación negativa de Marx a Bolívar”

La clara deducción que hace Shulgovski, como la de muchos otros estudiosos de formación marxista-leninista, es que “en ese tiempo Marx no disponía de fuentes sólidas y se vio obligado a utilizar libros y memorias de personas que por una serie de causas estaban predispuestas contra el Libertador y se dedicaban a veces simple y llanamente a la calumnia y la falsificación. Tal ocurrió, por ejemplo, con las memorias del francés DucoudrayHolstein y del inglés Hippisly. Todo ello imprimió su huella, influyendo en el contenido del artículo de Marx y en su calificación de la personalidad de Bolívar”.

A estos detractores hay que agregar lo escrito por Miller, el

general inglés que se agrió con Bolívar porque no cedió a sus pretensiones de reconocer la distinción y rango que ostentaba cuando era colaborador de San Martín, tal como lo expone

brillantemente el historiador colombiano Vicente Pérez Silva, en su magistral conferencia titulada “Bolívar visto por Marx”, pronunciada en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia.

El pensamiento y obra de Bolívar ha venido siendo objeto de estudio interdisciplinario y científico por parte de numerosos historiadores, filósofos y académicos de la República Popular de China. Tal es el caso de Yang Enrui, quien además de ser miembro del Instituto de Historia universal de la Academia de Ciencias Sociales de China, ha sido traductor de importantes escritos del Libertador y de historiadores bolivarianos del español al chino.

Yang Enrui define a Bolívar como el más auténtico “heraldo de la democracia”, y considera que “por su pensamiento democrático y republicano, Bolívar fue un caso excepcional entre los líderes de las jóvenes naciones” de comienzos del siglo XIX

Los eruditos Li Xuezhi y Wang Ke escriben que las “obras escogidas de Bolívar traducidas y publicadas por primera vez China, constan de unos 170.000 caracteres y comprenden 50 documentos que reflejan su pensamiento político y su pronunciamiento social”.

Al hacer relación de los eventos realizados en China desde 1982 para estudiar a fondo a Bolívar, dan cuenta que la Sociedad China de Estudios de Historia Latinoamericana, celebró en junio de 1983 el Primer Simposio académico sobre Simón Bolívar, indicando que “los asistentes presentaron más de una docena de ponencias. Tomando el marxismoleninismo y el pensamiento Mao Zedong como guía y basándose en los más recientes materiales históricos, los ponentes expusieron las grandes proezas históricas de Bolívar en los terrenos ideológico, político, educativo y militar y su importante puesto en la historia mundial”.

“Desde su alto mando de gobernante nos dice Yang Enrui-, Bolívar se empeñó en elevar a una categoría superior a las nuevas sociedades de Colombia y Perú, a través de decretos que suprimían el caciquismo entre los indígenas, abolían la esclavitud, aceleraban el reparto de la tierra, etc. Todo esto perseguía un fin: corregir las pronunciadas diferencias sociales e imponer la justicia e igualdad. Procuraba una y otra vez dejar bien establecida la democracia y fue ejemplar en la observancia de la legalidad. Soñando con una sociedad madura y culta, fundó centros docentes y tomó la iniciativa de reformar las universidades”.

Así las cosas, las fieras que utilizaron contra Bolívar y contra el propio Marx, las apreciaciones erróneas del referido artículo, han quedado refutadas. Bolívar y Marx se encuentran y completan el pensamiento revolucionario del mundo de hoy. Veamos, por ejemplo, el contenido de la resolución del XIII Congreso del partido comunista colombiano:

“Creemos en el Bolívar de masas, el que soportó durante quince años al nivel de sus soldados los rigores de su naciente ejército de pobres. Que fraternizó material y espiritualmente con pardos, esclavos e indios. Que desbordó a su propia clase social al bregar porque la liberación de la patria trajese la liberación de los hombres y la devolución de tierras a los despojados. Que imaginó una guerra de independencia de contenido social, con formas y estilo americanos. Que amasó una concepción de democracia no con teorías abstractas sino con las esencias de la América en marcha”.

El Estado colombiano ha asesinado a los cuadros más notables de este partido, así como a sus más reconocidos activistas. Pero el pensamiento que hay en dicha resolución es inmortal. El historiador norteamericano Waldo Frank destaca que han sido pocos los verdaderos discípulos del Libertador, que influyeron en

las nuevas Repúblicas de América: “Domingo F. Sarmiento, maestro, que llegó a presidente de la Argentina; Manuel González Prada, poeta socialista, del Perú; Eloy Alfaro, el político santo, del Ecuador; José Martí, inspirado poeta mártir, de Cuba; Benito Juárez, gran reformador y presidente de México”.

Pero lo cierto es que la misma tierra americana que Bolívar amó como que más, es un suelo predispuesto para la siembra de la libertad. Ahí están los nombres del general Ezequiel Zamora, sacrificado conductor del pueblo venezolano; el del general Rafael Uribe Uribe en Colombia, asesinado en las mismas gradas del Capitolio Nacional en Bogotá; el caudillo agrarista de México Emiliano Zapata; Augusto César Sandino el nicaragüense general de hombres libres; el general Francisco Morazán, el hondureño paladín de la unidad centroamericana; el sacerdote Camilo Torres Restrepo, el colombiano que unió su apostolado a las esperanzas del pueblo; Ernesto Guevara: Quijote galopando los Andes sobre el Rocinante de sus sueños; Fidel Castro: el primer conductor triunfante de una revolución popular en América. Y muchos más, afortunadamente. Lo mismo que en el terreno del pensamiento americano, y de su literatura y de sus artes.

Pero es forzoso reconocerle a Frank la certeza de su afirmación cuando escribe que, “en general, el poder estuvo en manos de los explotadores del caos, de dictadores (…) herederos de Páez, Santander, La Mar, Obando…”. Los Garrastazu, Videla, Pinochet, Stroessner, Carías, Duvallier, etc.: aberraciones del terror y la tiniebla, sostenidos por el imperialismo militar y económico de los Estados Unidos.

Es un eclipse oprobioso que nos niega la luz de la libertad que es el decoro humano. Una tiniebla opresiva y terrorista ejecutada por tiranuelos de todas las mañas y etiquetas: crueles, vende patrias, sanguinarios y retrógrados. Taciturnos y terribles peleles puestos

en el poder por una oligarquía que jamás se sacia, y que desde el principio, nos ha impuesto violentamente su pretendida libertad, que no es otra cosa que la apertura absoluta al enriquecimiento

individualista a costa de la miseria humana. Pero es eclipse, al fin

y al cabo, y por lo tanto temporal como lo había pronosticado el mismo Bolívar:

“Amo a mi país y creo que lo comprendo (…) Cuando Colombia era presa del despotismo español, arriesgué mi vida y mi fortuna por la victoria de la independencia. He ido aun más lejos. He llevado el nombre de Colombia a las laderas del Chimborazo y de Pichincha (…) No he logrado otro bien que la independencia. Esa fue mi misión. Las naciones que he fundado, luego de prolongada y amarga agonía, sufrirán un eclipse, pero después surgirán como Estados de una gran república: América”

“Los ideales de Simón Bolívar escribe Pividal- superaron a los de Washington y Napoleón, porque el primero no llevó con su espada la independencia a ningún otro pueblo fuera de las Trece Colonias, y el segundo se extendió por casi toda Europa, pero para esclavizarla. Como la semilla que ambos sembraron no germinó en fruto de pueblos o países, por eso no existen en el mundo países washingtonianos ni tampoco bonaparteanos, pero

sí existen pueblos y países bolivarianos”.

No podemos entrar al conocimiento de nuestra América y Colombia sin abrir la puerta de Bolívar. Bien lo dice el poeta Pablo Neruda: “No se puede conocer a América del Sur sin conocer a Bolívar… De todos los protagonistas de las luchas de la independencia americana no hay ninguno más discutido, más apasionadamente analizado, pero ninguno es tan brillante, tan eficaz y victorioso como él, Simón Bolívar es el gran Libertador del continente”

La unión de Bolívar y nuestra América mestiza constituyen

nuestro ser y nuestra autoctonía, como bien lo manifiesta José Enrique Rodó: “Bolívar, el revolucionario, el montonero, el

caudillo, el tribuno, el legislador, el presidente, todo a una y todo a

su

manera, es una originalidad irreductible”.

Y

es el más sublime tributo de América a la humanidad, a

despecho del falangismo español y de los imperialistas que lo odian, porque, tomando las palabras del gran pensador don Miguel de Unamuno: “a él, al Libertador de América española del Sur, debe mucho, muchísimo, el liberalismo español (…) ¿Y acaso Bolívar, libertando a la América del dominio español, no ha contribuido a la futura, completa liberación de España?.

Unamuno concluye que “Si Bolívar no hubiera existido la humanidad estaría incompleta”.

Todo en la vida pasa a través del tiempo y del espacio: las fieras devoran con pavorosa voracidad, excretan y se pudren. En tanto que, aquellos genios que fueron luz para los pueblos y esperanza

de la humanidad, son como estrellas que no se apagan nunca. La

luz es inmortal. Por eso Bolívar sigue combatiendo en nuestra América. Porque, como dice Martí, “de hijo en hijo, mientras la América viva, el eco de su nombre resonará en lo más viril y honrado de nuestras entrañas”.

BOLIVARISMO Y MONROISMO

ANATOLI SHULGOVSKI

Rusia

La enemistosa campaña contra Simón Bolívar fue desatada no sólo en Colombia y Europa, sino también en los Estados Unidos. Y aún en éste país, que para los opositores de que Bolívar se constituyera en patrón de la organización estatal, lo acusaron de usurpación del poder, el antiliberalismo, contraponiéndole a Santander como al “liberal auténtico”. Mas, como ocurrió en la polémica con los liberales europeos, Bolívar defendió su concepción revolucionario-democrática de la soberanía popular en el espíritu de las ideas de Rousseau, por lo cual en sus valoraciones de la campaña enemiga de los Estados Unidos se mantuvo en las posiciones de resuelto rechazo a las instituciones estatales norteamericanas. Refutando a quienes veían la solución de todos los problemas de los países latinoamericanos en la implantación de las formas estatales estadounidenses, Bolívar expresaba con toda exactitud: “Es desgracia que no podamos lograr la felicidad de Colombia con las leyes y costumbres de los americanos”. Y hace tiempo son conocidas las siguientes palabras de Bolívar, las cuales se han vuelto clásicas:

“Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la Libertad”.

Con frecuencia estas palabras se consideran de modo general, como testificación de la asombrosa capacidad de Bolívar de prever el gran peligro que podían encerrar las ambiciones imperiales de los Estados Unidos, con su política expansionista, para los pueblos latinoamericanos. En tal enfoque Bolívar es

caracterizado como el precursor del antiimperialismo, lo cual, fuera de toda duda, es importante. Sin embargo, el enfoque resulta bastante insuficiente si se parte de la situación histórico- concreta en la cual le correspondió actuar al Libertador y de la orientación y sentido de la lucha política e ideológica que se desenvolvió entre él y sus partidarios, de un lado, y la élite dirigente norteamericana, del otro. En este contexto es especialmente importante dilucidar a cuál libertad se refirió Bolívar respecto a los Estados Unidos. ¿Por qué estos últimos parecían, según sus palabras, destinados por la misma Providencia a traer males a los jóvenes Estados Latinoamericanos, en nombre de la sagrada libertad?

Corrientemente esta pregunta se intenta responder en los marcos de un problema tal como el de “Bolivarismo contra monroísmo”. Además de que este mismo problema es tratado de manera diversa, en dependencia de las concepciones políticas, filosóficas e incluso religiosas a las cuales adhiere uno u otro intérprete.

Durante los últimos años se ha promovido, ante todo por sociólogos y politólogos norteamericanos, el punto de vista de que la aguda confrontación de Bolívar y sus partidarios con los círculos dirigentes de los Estados Unidos se explica por el tratamiento diametralmente opuesto de categorías fundamentales como son la libertad, la democracia y la igualdad. Sin consignar por ahora nuestras valoraciones de tal planteamiento, quisiéramos solamente señalar que esta problemática merece atención extrema, en tanto que todo ello es importante.

En efecto, el rechazo de Bolívar a las instituciones estatales de Estados Unidos debe examinarse en el contexto general de su búsqueda de los ideales sociales que mejor se adecuaran a las condiciones históricas concretas de la vida de los pueblos de

América Latina y de las bases sociales y políticas de los jóvenes Estados de la región. El asunto había sido tratado por Bolívar desde su discurso de Angostura, aunque en verdad de manera un tanto tangencial. Pero resurgió con toda su fuerza durante el último período de la vida del Libertador, en especial después de que se promoviera el proyecto de Constitución para Bolivia. Como es conocido, en él encontraron encarnación, del modo más completo, los persistentes esfuerzos de Bolívar por crear una sociedad de justicia social y de igualdad.

No fue menos importante el hecho reiteramos esto una vez más- de que el “modelo” constitucional elaborado por Bolívar, por principio, se diferenciaba en gran parte de la Constitución norteamericana, con su recortada y limitada soberanía popular, por los innumerables obstáculos jurídicos en el camino de su realización. Sin hablar de que ambas constituciones se distanciaban diametralmente una de la otra con respecto a la esclavitud.

El general Santander y sus partidarios vieron su ideal político en las instituciones estatales de Estados Unidos, acercándose en sus concepciones a la ideología del federalismo norteamericano. No fue casual que Santander y su círculo se hubiera transformado en los adeptos más fervorosos de la política de los círculos dirigentes norteamericanos, los cuales intentaban impedir a cualquier precio la realización de los proyectos revolucionarios bolivarianos. Todo esto se encubría con razonamientos sobre la aspiración de transformar a los nacientes Estados latinoamericanos en baluarte de la democracia y de la libertad bajo la égida de Norteamérica. Al pronunciarse en el parlamento colombiano en pro de una estrecha colaboración con los Estados Unidos, Francisco de Paula Santander expresó (2.I.1825): “Colombia va a tener el laudable orgullo de ser el primer Estado de la antigua América española unido con la