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COR TRAETS, S. J.

ORIENTACIONES PARA UNA TEOLOGÍA DE LOS SACRAMENTOS

Orientations pour une théologie des sacrements, Questions Liturgiques, 53 (1972) 97-

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Introducción

El fin de este artículo no es esbozar un tratado de los sacramentos a grandes rasgos, ni tampoco elaborar todos los principios básicos sobre los que debería construirse este tratado. Nos proponemos simplemente llamar la atención sobre algunos principios a partir de los cuales creemos que debe concebirse una teología sacramental y sobre algunos aspectos de esta teología que en nuestros días deben subrayarse. Lo haremos desde un punto de vista no sólo especulativo, sino también de catequesis de los sacramentos.

Hemos tenido en cuenta, en primer lugar, a aquellos teólogos que desde hace muchos años han contribuido a una mejor inteligencia de los sacramentos. Citamos a dos pioneros: E. Schillebeeckx y K. Rahner. El primero ha empalmado la teología sacramental con las concepciones desarrolladas por la tradición de los Padres de la Iglesia y por santo Tomás; ha cla rificado, además, el sacramento a partir de la realidad del encuentro. El segundo ha iluminado la dimensión eclesial del sacramento y ha intentado integrarlo en la totalidad de la existencia cristiana.

También nos ha parecido necesario tomar en consideración las cuestiones que los creyentes actuales se plantean a propósito de los sacramentos y los problemas que éstos les acarrean. Muchos fieles se esfuerzan por llevar una vida sacramental auténtica. Pero en muchas ocasiones, los sacramentos les suscitan un malestar real, porque no acaban de ver el sentido que tienen en el compromiso de la fe y en la realización de la salvación.

Se dan a un tiempo renovación y malestar; malestar a pesar de la renovación. La situación es paradójica. Ratzinger la ha formulado así: "por una parte, se ha llamado a

nuestro tiempo el siglo de la Iglesia; se le podría llamar también siglo del movimiento litúrgico y sacramental. Porque el descubrimiento de la Iglesia, hecho entre las dos guerras mundiales, descansa sobre el redescubrimiento de las riquezas espirituales de la

liturgia antigua y sobre el descubrimiento del principio sacramental

más que un aspecto de la situación. Pues nuestro siglo del movimiento litúrgico y de la

renovación de la teología sacramental vive, al mismo tiempo, una crisis de "lo sacramental", un malestar ante la realidad del sacramento, cuya fuerza y agudizamiento no han tenido, sin duda, precedente en el seno del cristianismo".

Pero esto no es

Nuestra exposición constará de cinco partes: las dos primeras tratan de lo que constituye el fundamento del sacramento: su aspecto antropológico y religioso, su aspecto teológico y dogmático. Añadimos otras tres consideraciones muy breves: el papel de la fe en el sacramento; las relaciones entre tradición y renovació n; las aportaciones enriquecedoras de los contactos ecuménicos.

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APROXIMACIÓN ANTROPOLÓGICA Y RELIGIOSA

Es necesario partir, por una parte, de la base sólida y amplia que proporcionan las ciencias humanas y, por otra, de la reflexión teológica. Desde el punto de vista antropológico hay que situar el sacramento en el interior del conjunto de acciones simbólicas y de celebraciones de acontecimientos de la vida humana, tanto profanos como religiosos; desde el punto de vista teológico hay que hacer inteligible el sacramento a partir del misterio de la salvación en Cristo y en su Iglesia. Sólo así se podrá evitar el aislamiento del sacramento y, por tanto, el que lo percibamos como una realidad extraña a la vida. Este aislamiento ha sido el que ha provocado el malestar, al menos en parte. Los sacramentos son celebraciones de la existencia cristiana. Cristo, en una acción simbólica, ritual, actualiza en nosotros la salvación. Tal actualización se hace posible por nuestra disposición de acogida de Cristo y de su salvación. Es necesario, pues, iluminar el sentido y la importancia de las acciones simbólicas y rituales, de la experiencia de la trascendencia y de los momentos de fiesta en nuestra vida.

Compromiso y don

Se debe considerar el sacramento como un acontecimiento en el que se encuentran indisolublemente unidas una acción humana y una intervención divina. La comunidad eclesial es la que hace los ritos sacramentales y, al mismo tiempo, es el Señor quien, por estos ritos, actualiza su salvación en nosotros.

Es necesario que, ya en la vida profana, esta unidad indisoluble de la aportación activa del hombre y de la intervención de Dios halle su prefiguración. Pues esta unidad es constitutiva de toda acción humana auténtica. Trátese de la experiencia de la amistad, del amor, de la fidelidad, de la verdad o de cualquier otra experiencia, éstas nos alcanzan como un don del que no disponemos. Nuestro empeño por estar disponibles, hace posible un acontecimiento que nos sobre-viene.

A nivel religioso y, por consiguiente, también de la vida sacramental, nos encontramos ante un compromiso humano en la fe (la parte activa del hombre que se expresa en una acción ritual) por la cual un acontecimiento de salvación (la intervención divina) nos concierne. Hay que evitar un esquema de pensamiento que combine estas dos realidades como si fueran fuerzas separadas cuya acción se intenta armonizar por un mecanismo sinergético. Tampoco se pueden oponer una a la otra, como si la acción divina ganara en intensidad en la medida en que se debilita el compromiso humano, o a la inversa.

Para comprender la eficacia sacramental partiremos siempre de la unidad de la acción. Quisiéramos hacer comprender cómo los gestos simbólicos tales como el rito -en cuanto

acción simbólica revestida de carácter propio-

contribuyen a unir en una sola realidad la acción que nosotros realizamos y el

y la celebración de la existencia,

acontecimiento que nos sobreviene.

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Función de lo simbólico en la vida humana

Al hombre occidental le resulta difícil dar en su vida el lugar que le conviene al comportamiento designado con el nombre de acción simbólica. Nuestra mentalidad lleva la marca de un empobrecimiento de la actitud hacia lo real: las cosas y las personas. Consiste en un estrechamiento de la percepción; reducimos las cosas y los acontecimientos a lo que nosotros verificamos por medio de los aparatos de medida. La realidad, cuantitativamente objetivada, con frecuencia se reduce a objeto de trabajo y de manipulación. De esta manera es difícil percibir el mundo concreto, visible y sensible como signo, revelación de una realidad no- medible, más profunda y más plena, sobre la que no tenemos asidero. Correlativamente reina una desconfianza muy comprensible de cara a toda experiencia de la trascendencia y de lo trascendente.

Sin embargo, muchos filósofos, especialistas de psicología religiosa y de historia de las religiones han redescubierto el papel esencial de la función simbólica en la vida humana. Sus trabajos aportan a la teología sacramental una ayuda preciosa. Es necesario que la actitud de contemplación y de acogida, inseparable de la percepción simbólica, vuelva a ser practicada. Se trata de llevar nuevamente a los hombres a hacer una experiencia tal de la realidad vívida por ellos que descubran progresivamente en ella la manifestación del fundamento último y verdadero de la existencia que nosotros llamamos Dios. Así estarán preparados para participar en los sacramentos.

Y de aquí se deduce ya una conclusión: para la iniciación en los sacramentos no basta apelar a la psicología o a la teología. La iniciación comienza ya en el modo de relacionarse con las cosas.

¿Pérdida de la capacidad simbólica?

No todos están de acuerdo en la pérdida de la capacidad simbólica. De hecho se sigue

empleando el lenguaje de los símbolos: se expresa la amistad, por ejemplo, ofreciendo

El filósofo holandés Verhoeven declara que "el

símbolo auténtico ha conservado en la vida actual la importancia que tenía en la antigüedad, y esto no solamente en la vida, sino también en el pensamiento que de ella resulta". Vale la pena recalcar que el interés por los símbolos, también por los símbolos religiosos, se ha renovado. El hecho va acompañado de una nueva sensibilidad para la experiencia de la trascendencia, aunque realizada fuera del dominio de la religión oficial (pensemos, por ejemplo, en el Jesus-Movement).

flores, invitando a un banquete

Este fenómeno se podría atribuir a que, en la religión cristiana, los símbolos han perdido fuerza bajo el influjo de las tendencias racionalistas de los últimos siglos. La teología sacramental se ve tentada de reducir a conceptos unívocos, una realidad que es esencialmente polivalente y más rica.

Esta desviación amenaza la celebración sacramental misma al prodigar en exceso las explicaciones y las enseña nzas. Hay que volver a dar al símbolo -reducido a un gesto tímido- su riqueza original.

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Ritualismo y compromiso

Los sacramentos son celebraciones rituales. La acción simbólica está fijada de una forma bastante tradicional y hierática. Este ritualismo ha provocado una reacción. Pero, como se ha escrito recientemente, J os comportamientos de reacción, dado que proceden

de una actitud negativa, no pueden conducir más que al empobrecimiento". Por esto hay que estimular el sentido del comportamiento ritual. Hay que mostrar a los fieles, y quizá más particularmente a los jóvenes, que el hombre en su vida recurre a los ritos porque éstos -precisamente por sus formas estables- favorecen e incluso realizan el compromiso

y la comunión interpersonal. Viviendo el gesto ritual reconocemos que toda situación vivida auténticamente por nosotros comprende algo más que el resultado de nuestra acción y de nuestro esfuerzo.

Al mismo tiempo cabe llamar la atención sobre la función de las instituciones depositarias de los ritos. Contribuyen a estimular tanto los cambios como las experiencias personales. La Iglesia, en concreto, nos posibilita encontrarnos en una misma comunidad de salvación, adherirnos a una misma comunidad de fe, compartir a través del tiempo y del espacio su experiencia. Pero, por otra parte, hay que tomar conciencia de los peligros de ritualismo que pueden degradar el comportamiento de los individuos y de las instituciones mismas.

Acceso a la trascendencia

Hemos hablado ya de la renovación que experimenta en nuestros días la experiencia de la trascendencia; La novedad consiste en que la trascendencia de la existencia se

experimenta menos exclusivamente que en el pasado en la naturaleza cósmica como tal,

y más en el contacto humano con las cosas y en la participación con otros hombres de una condición común; no tanto en circunstancias extraordinarias y más en los acontecimientos concretos de la vida.

¿Cómo puede ser provechosa esta sensibilidad para el conocimiento y la práctica de los sacramentos? En primer lugar, el acontecimiento sacramental será vivido, más conscientemente que en el pasado, como una acción de la comunidad. Además, su relación con la vida real concreta aparecerá de forma más explícita. Se habrá de subrayar, al mismo tiempo, el carácter trascendente de la dimensión específicamente cristiana.

Por ser celebración de nuestra existencia cristiana los sacramentos hacen posible la experiencia de la que acabamos de hablar. Pero muchos se preguntan: ¿qué influencia real puede ejercer en la vida concreta esta celebración, esta escenificación sagrada con ayuda de palabras y símbolos? En la confrontación con los problemas del mundo, ¿no debemos acudir sobre todo a un análisis social y político de las situaciones en que nos encontramos y a un compromiso?

Una teología sacramental no se puede dispensar de tratar en sus prolegómenos la pluri- dimensionalidad de la existencia.

La acción directa es necesaria. Pero la vida humana no comporta solamente estructuras sociales y políticas. La realización de nuestra vocación humana y cristiana exige algo

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más. Por esto -en la misma vida profana- sentimos a intervalos regulares la necesidad de momentos de fiesta, de celebraciones. Muchos elementos, plenos de sentido, contenidos en estos momentos de fiesta, clarifican y realizan nuestra existencia. En ellos advertimos que no son tanto resultado de nuestros propios esfuerzos y análisis cuanto un don que se nos ofrece.

De esta manera nos encontramos preparados para el sacramento propiamente dicho, para un acontecimiento en el que, de una manera explícita, alabando a Dios y dándole gracias, celebramos el misterio de nuestra redención y de nuestra salvación en Cristo, anticipando su acabamiento final.

REFLEXIÓN TEOLÓGICA Y DOGMÁTICA

Para comprender lo que es un sacramento cristiano no bastan las consideraciones antropológicas. Los sacramentos nos ponen en relación con Cristo y su salvación. Por consiguiente, hemos de entender los sacramentos a partir de la economía de la salvación cristiana, conforme a lo que podemos entender por la Escritura y por la reflexión ulterior de la Iglesia. Esta es la tarea propia de la reflexión teológica y dogmática.

Pero esta tarea y la de las ciencias humanas son complementarias. Existe de la una a la otra una continuidad discontinua. Cristo aporta, superando toda expectativa, la realización de todas las esperanzas humanas y de todas las revelaciones divinas. El sacramento aparece entonces como la acción simbólica religiosa en que nuestra existencia es asumida en la historia de salvación originada en Cristo. Afirmar esta complementariedad en la práctica, es tarea ardua. Se trata de construir una teología sacramental en la que los datos de las ciencias humanas no figuren sólo como un capítulo preliminar, sino que acompañen y sostengan la reflexión dogmática en todos los puntos.

Sacramentos y vida cristiana

En primer lugar hay que situar los sacramentos, a nivel de la reflexión dogmática, en el marco de la totalidad de la vida de pertenencia a Cristo, ya que nuestra pertenencia a Cristo se despliega en gran parte fuera de las celebraciones sacramentales.

Ahora bien, "no se puede negar que la conciencia religiosa media de los últimos siglos ha identificado, casi instintivamente, la acción de la gracia con la acción sacramental". Los sacramentos parecían el único medio de encuentro con la salvación de Cristo. De aquí se ha producido un verdadero aislamiento de los sacramentos. El cristiano debía, de alguna manera, dejar su vida profana para encontrar a Dios en el contexto de una celebración sacramental. Pero el cristiano de hoy tiene un sentido muy agudo del valor - .y también del valor cristiano- del mundo concreto en el que vive y trabaja. Le resulta muy difícil pensar que su experiencia cristiana alcanza su punto culminante en el ámbito segregado de las celebraciones sacramentales.

Los sacramentos cristianos encuentran su realización a partir de la vida misma. En la medida en que vivimos nuestra vida entera en unión con Cristo, la vida nos prepara a la celebración de los sacramentos, y nosotros los celebramos para descubrir más

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explícitamente, para aceptar y realizar más profundamente el verdadero sentido de nuestra vida entera.

Sólo situando los sacramentos en el marco de la totalidad de la vida santificada por nuestra pertenencia a Cristo, la teología podrá dejar claro el carácter específico del sacramento cristiano.

Relación con Cristo y con la Iglesia

Con este mismo fin la teología sacramental tendrá que dar un relieve especial a la dimensión cristológica y eclesial de los sacramentos.

Los sacramentos se han de ver en la prolongación de la sacramentalidad, concebida en un sentido más amplio, de Cristo y de la Iglesia. Hablamos de sacramentalidad en un sentido amplio para dar a entender que no se trata aquí de celebraciones rituales, cultuales. Es importante saber que la prioridad, como lo muestra el uso que Pablo y los Padres hacen del término mysterion-sacramentum, recae no en los sacramentos rituales, sino en Cristo y en la Iglesia. Los sacramentos concretan la sacramentalidad de Cristo y de la Iglesia.

En las situaciones fundamentales de nuestra existencia recurrimos al sacramento para que nos una a Cristo, y para vivirlas con él y para él. La Iglesia juega aquí un papel esencial. Es, como dice Rahner, el signo querido por Cristo que actualiza, en y para el mundo, la presencia salvadora de Dios de una manera duradera y victoriosa, prolongando así la sacramentalidad de Cristo. Para unirnos a Cristo ha tomado, del mundo natural que le rodea, ritos religiosos a los que ha dado una forma y un contenido específicos, capaces de manifestar la presencia de la acción salvadora de Dios.

Pero es necesario que la Iglesia se haga digna de fe en su actividad ritual cuando muchos fieles se preguntan por el significado y la necesidad de la misma Iglesia como institución.

La Iglesia debe manifestar, en su teología y en su catequesis, y quizá más en la manera como dispensa los sacramentos, que la actividad que ella ejerce está en función directa de la misión que tiene como comunidad de salvación. Debe manifestar que su actividad sacramental es prolongación de la sacramentalidad de Cristo y recibe sin cesar vida de la vida de Cristo. Uniéndonos a Cristo, la Iglesia se constituye como comunidad que no puede vivir sino en Cristo y por él.

Los sacramentos no se celebran, pues, sólo con vistas a la santificación de los fieles, sino que en ellos la Iglesia actualiza su propio misterio y se lo muestra al mundo.

Contexto del sacramento

Hay que alegrarse de que la teología sacramental comprenda hoy mejor que en el pasado que el sacramento es una acción de Cristo. Lo cual significa que Cristo actualiza para nosotros, en el rito sacramental y por él, su existencia humana en su disposición de abandono total a su Padre, que él nos asume en su muerte que lleva a la vida.

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Para que el conocimiento y práctica de los sacramentos se vean favorecidos, la teología debe esclarecer mejor la acción sacramental de Cristo en este contexto más amplio. En primer lugar el contexto de la pertenencia a Cristo fuera de las celebraciones sacramentales. En todos los momentos de nuestra existencia Cristo resucitado nos asume en el destino de su propia vida. Por eso no podemos reducir la actualización del misterio de su vida en nosotros a los momentos de celebración.

Pero, entonces, ¿qué añade el sacramento? Recurrimos al sacramento en las situaciones fundamentales de nuestra existencia. Estas situaciones son ritualizadas en una celebración cultual que expresa la acción de Cristo. Celebrados por la Iglesia, estos ritos evocan a la vez, por unas palabras y gestos apropiados, el pasado salvífico vivido por Jesús, la realidad actual de su presencia, su venida final en un porvenir hacia el cual él nos re-envía. Y, al mismo tiempo, el rito se convierte en la expresión de nuestra acogida de la salvación en la fe.

En resumen, lo que tiene lugar en el sacramento, en tanto que acontecimiento de gracia, tiene lugar en la totalidad de nuestra existencia de redimidos. Pero, lo que se extiende a toda nuestra vida, recibe en el sacramento su explicitación formal.

Pero, además, es una explicitación decisiva. El sacramento cristiano es un rito eclesial. Es la Iglesia la que dispone del rito; y es la Iglesia la que, en momentos fundamentales de nuestra vida, nos une a Cristo asumiéndonos en su propia comunión.

Rasgos específicos

Ahora resulta posible indicar los rasgos específicos propios del sacramento cristiano. Sin querer dar una definición, trataremos de describir su naturaleza por medio de tres características. El sacramento cristiano es: a) una celebración cultual -con todo lo que comporta como expresión explícita de nuestra relación con Dios-; b) por la cual somos religados, en las situaciones fundamentales de nuestra existencia, a la salvación de Cristo y a la misión en su nombre en la Iglesia; y además, uniéndonos a Cristo, la Iglesia se compromete y se actualiza ella misma como signo eficaz de la salvación que Cristo trae; y por fin, c) la gratuidad y la iniciativa de la gracia divina y la respuesta que nosotros damos en la fe encuentran en este acontecimiento la expresión manifiesta y vivida.

De esta forma nuestro destino humano encuentra en los sacramentos explicación iluminadora y su fundamento último. Pues nos revelan a Dios (que viene a nosotros y nos llama a vivir como hombres libres) y a Cristo (que hace posible esta vocación y nos permite ser asumidos en su propio destino por la pertenencia a la Iglesia).

Así, pues, dando toda la seriedad necesaria al valor de salvación contenido en la parte extra-sacramental incluso profana pero, sin embargo, santificada, de nuestra existencia cristiana, se podrán relativizar los sacramentos sin caer, no obstante, en ningún error. Los sacramentos no son el medio único de nuestro encuentro con Cristo. Tampoco son, necesariamente y siempre, los puntos culminantes de nuestra experiencia religiosa. Pero la teología y la catequesis deben poner de manifiesto el valor propio y la necesidad de la vida sacramental.

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ADHESIÓN PERSONAL EN LA FE

Es necesario que la teología dé un lugar más amplio a la función esencial que tiene la adhesión personal de fe en el acontecimiento sacramental. Es verdad que la teología no ha cesado jamás de subrayar la necesidad de nuestra fe para que el sacramento produzca en nosotros la gracia. Pero la reacción a causa de la Reforma ha llevado a considerar en primerísimo lugar el carácter objetivo de la eficacia del rito sacramental. Los manuales prestan poca atención al sacramento como expresión de la fe personal, como acontecimiento de fe. Numerosas publicaciones recientes y la Constitución sobre la Liturgia del Vaticano II manifiestan, sin embargo, que se ha producido un cambio completo en el curso de los últimos años.

En esta materia nos parece que hay que poner de relieve:

1) En el acontecimiento sacramental la necesidad de la fe debe ser comprendida a partir de la exigencia primordial y fundamental puesta al hombre: le es necesario creer en Cristo para ser salvado. Tal es el mensaje del NT. La teología sacramentaria, a partir del mensaje bíblico, deberá iluminar la manera como la fe exigida para la salvación se expresa por medio de los sacramentos. Deberá evidenciar cómo estos sacramentos nos hacen vivir nuestra fe de manera auténtica.

La fe es una exigencia, una llamada dirigida al hombre. Pero esta misma exigencia es liberadora y fuente de vida. De esta forma el sentimiento de tener que cumplir, recibiendo los sacramentos, una obligación exterior dejará lugar al gozo de poder participar en un acontecimiento de salvación, porque encontramos en él algo liberador y vivificante.

2) Importa que nuestra fe personal pueda encarnarse de una manera real en el acontecimiento sacramental. Hay que tomar en serio el sacramento como acción simbólica con sus dos aspectos: la intervención divina y el compromiso humano.

Nos parece que el malestar constatado no es otra cosa que una reacción justificada contra una representación deficiente de Dios que se ha infiltrado también en la práctica de los sacramentos. ¿No se ha intentado inconscientemente salvaguardar la acción de Cristo en los sacramentos, minimizando en cierta manera la acción del hombre? La intervención divina se lleva a cabo a través de la acción humana; no solamente a través de la acción de un ministro o de una comunidad, sino también a través de la acción que aquel a quien se confiere el sacramento.

La fe es condición y efecto del sacramento mientras Cristo es la causa. La doctrina sobre la eficacia objetiva del rito ex opere operato sólo tiende a expresar que la iniciativa y la primacía de la acción es de Cristo. No se trata de derogar esta doctrina, sino de completarla.

¿Decimos lo suficiente al afirmar que la fe es condición de eficacia y efecto saludable de los sacramentos? Esto podría significar que nosotros nos acercamos con nuestra fe a un sacramento ya plenamente constituido, de manera que pondríamos en marcha su mecanismo y haríamos brotar así la fuente de la salvación. Se constata enseguida una mentalidad que tiende a reducir el rito a una realidad puramente objetiva.

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Pero el rito sacramental concreto es mucho más. Es, a la vez y de una manera indisoluble, un acontecimiento que nos sobreviene (algo objetivo) y una acción que nosotros realizamos (la expresión y como la encarnación de nuestra fe). La primacía de esta acción, con todo, la tiene Cristo. El es quien, en la acción simbólica que encarna nuestra fe, ejerce su acción salvadora.

3) Se insiste actualmente en la función mediadora de la fe de la Iglesia. Se ha redescubierto un pensamiento central de los Padres y de los teólogos de la Edad Media. Pero la fe de la Iglesia no reemplaza nuestra fe personal. Por el contrario, la fe de la Iglesia se actualiza en la fe de una comunidad concreta, de personas concretas, a las que trasciende. Es pues oportuno preguntarse si se puede dar la acción sacramental sin que exista un mínimo de fe personal. No se puede eludir la pregunta porque es un problema pastoral agudizado con referencia a los sacramentos del bautismo y del matrimonio. Se trata, en efecto, del bautismo de niños cuyos padres han abandonado toda práctica religiosa, y del sacramento del matrimonio solicitado por personas no practicantes.

TRADICIÓN Y RENOVACIÓN

Nuestra época es más consciente que otras de los condicionamientos históricos y culturales que afectan al cristianismo. Estos no impiden que Dios haya dirigido, en y por Cristo, un mensaje definitivo a la humanidad. Pero este mensaje lleva, incluso en su expresión neotestamentaria, el sello de una cultura determinada, de una experiencia determinada de la existencia y del mundo. Las tradiciones cristianas sucesivas se han esforzado en dar al acontecimiento único y decisivo de la salvación una expresión satisfactoria para sus contemporáneos. Nosotros también lo debemos hacer. Hay que dar a la realidad sacramental una forma concreta capaz de estimular la fe de nuestros contemporáneos y de permitirles expresarla de forma auténtica y encarnada. Como se ve, se trata de algo más que de dar a los ritos una forma apropiada. En efecto, la comprensión misma de lo que es un sacramento ha conocido una cierta evolución hasta nuestros días. Pero esta evolución no se ha orientado en el sentido del progreso.

La teología sacramentaria deberá apoyarse sobre la tradición transmitida del pasado. Pero este lazo con la tradición, lejos de constituir un freno, debe más bien orientar e inspirar nuestros esfuerzos. La evolución vendrá determinada, en gran parte, por la situación social y cultural de la sociedad existente.

La reflexión se centrará sobre la relación que existe entre la manera tradicional como los sacramentos han sido comprendidos y celebrados, y la necesidad de renovar su comprens ión y su expresión.

Surgirán problemas concretos: ¿habrá que buscar otra expresión ritual para los cristianos no occidentales?, ¿no habrá que dar a los pequeños grupos y a las comunidades de base mayor amplitud y libertad que les permita crear en su vida sacramental formas que correspondan mejor a su situación?

Hay que hacer algo más que un inventario del pasado. Hay que ir más lejos y atreverse a emitir sobre el pasado -también sobre el pasado católico- un juicio crítico. Toda traducción del misterio tiene sus límites y no se ha dado a todas las épocas el traducir y vivir siempre este misterio con la misma fidelidad. El examen de las tradiciones del

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pasado nos llevará también a considerar nuestras propias concepciones y realizaciones con mirada crítica.

LOS CONTACTOS ECUMÉNIC OS

Los acercamientos ecuménicos entre las diferentes confesiones cristianas no han dejado de ejercer en las iglesias respectivas una influencia que se ha extendido igualmente a la comprensión y a la práctica de los sacramentos. Como en otros campos, la atención se ha fijado no tanto sobre lo que separa, sino sobre los puntos de encuentro. Esto no quiere decir que los problemas, a veces fundamentales, se silencien. Pero el diálogo, menos preocupado por la controversia, ha ganado en apertura. Se acepta lo legítimo de la diversidad.

Quisiéramos señalar aquí dos síntomas bastante significativos. Ciertos teólogos protestantes no interpretan tan desfavorablemente como sus predecesores la doctrina católica sobre la eficacia de los sacramentos ex opere operato. Por su parte, la teología católica tiende a reconocer que los reformadores, subrayando fuerte y a veces unilateralmente en el acontecimiento sacramental la importancia de la fe y de la palabra, han estado animados por la preocupación de salvaguardar algunos de sus elementos esenciales.

En el diálogo han salido a la luz aspectos oscuros: ¿qué relación existe entre el sacramento y el mensaje de fe que nos es propuesto antes de la celebración sacramental y fuera de ella? Independientemente de los problemas ecuménicos, esto pone en cuestión la relación entre evangelización y sacramentalización.

¿Cuál es la relación en la celebración misma entre el gesto ritual y la palabra? Los estudios actuales sobre el análisis del lenguaje prestan aquí una ayuda preciosa. También los puntos de vista de los Padres sobre la palabra sacramental constituyen una fuente muy rica de inspiración. Todo esto muestra claramente que, en la celebración sacramental, la palabra es más que una simple fórmula de recitación, más que una palabra de información. Evocativamente, proclama y revela el acontecimiento de la salvación; invita a un abandono de fe y es la expresión misma de la fe. Más profundamente todavía, Dios es quien obra por la palabra llena de fe de la comunidad celebrante. De esta manera la palabra sacramental desempeña un papel esencial en la eficacia del sacramento. Recordamos la tentativa llevada a cabo por K. Ralhner de presentar el sacramento a partir de la palabra como "la realización suprema de la Palabra divina activa".

Desde hace varios siglos la Iglesia católica-romana y las Iglesias Ortodoxas reconocen explícitamente la existencia de siete sacramentos. ¿Son todos de igual importancia o se impone una distinción entre sacramentos "centrales" y sacramentos "periféricos"?, ¿no hay que ser prudentes cuando se les agrupa a todos indistintivamente en el concepto unívoco de sacramento? Por otra parte, hay un lazo que los une. Para comprenderlos bien, ¿qué realidad se ha de tomar como punto de partida?

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Conclusión

No sobrepasaremos las orientaciones que hemos querido indicar en este artículo. Subrayamos simplemente que la comprensión de la realidad sacramental no es un fin en sí misma. Está en función de una vida sacramental auténtica.

La Iglesia y nosotros con ella debemos intentar presentar los sacramentos como dignos de fe para nosotros mismos y para nuestros contemporáneos. No podemos olvidar que se trata de la credibilidad de un dato de la fe; sólo los que creen podrán reconocer plenamente y vivir los sacramentos. Pero no es un lujo inútil acudir en ayuda de la comprensión de la fe. Frente a los problemas cruciales de nuestro tiempo nos encontramos, como ha escrito Meyer, ante el dilema siguiente: "O podemos justificar a los ojos del mundo -y a nuestros propios ojos- el esfuerzo que hacemos en materia de. religión, y en el caso que nos ocupa, en materia de sacramentos, o debemos renunciar a nuestros esfuerzos y consagrar nuestro trabajo a cosas más útiles".

Tradujo y condensó: JESÚS BALLAZ