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Ss poe Rescates emocionantes Titulo del original: Guide's greatest rescue stories, Review and Herald Publ. Assn., Hager- stown, MD, E.U.A., 2011. Compilacién: Lori Peckham Direccién: Claudia Brunelli Traduccién: Claudia Blath Disefio de la tapa:Leandro Blasco, Ivonne Leichner Disefio del interior: Ivonne Leichner Ilustracién: Walter Gémez (tapa); Sandra Kevorkian (interior) Libro de edicién argentina IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina Primera edicién MMXII-10,5M Es propiedad. Copyright de la edicién original en inglés © 2011 Review and Herald Publ. Assn. Todos los derechos reservados. © 2012 Asociacién Casa Editora Sudamericana. La edicién en castellano se publica con permiso de los duefios del Copyright. Queda hecho el depésito que marca la ley 11.723. ISBN 978-987-567-996-2 Rescates emocionantes / Compilado por Lori Peckham / Dirigido por Claudia Brunell. -1* ed. - Florida : Asociacién Casa Editora Sudameri- cana, 2012. 160 p. sil. ; 21x 14cm. Traducido por: Claudia Blath ISBN 978-987-567-996-2 1. Vida cristiana. I. Peckham, Lori, comp. Il. Brunelli, Claudia, dir. UI. Blath, Claudia, trad. CDD 248.5 Se terminé de imprimir el 03 de diciembre de 2012 en talleres propios (Av. San Martin 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires). Prohibida la reproduccién total o parcial de esta publicaci6n (texto, imagenes y disefio), su manipulacién informatica y transmisién ya sea electronica, mecénica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor. ~106274-SEC (7724) -106358-PL (7800) -106352-STK (7799) Capitulo 12: Ana y el oso Ina Walter / 11 de julio de 1973......... 81 Capitulo 13: Una combinacion triunfal Karen Foster / 2 de julio de 1975 ...... sorragstetksatenict 87 Capitulo 14: EI abrigo mas feo del mundo Elsie Farworn Fox / 29 de diciembre de 1976 ee 93 Capitulo 15: Hay un camino Kenneth L. Scott (h) / 16 de marzo de 1977 35 101 Capitulo 16: La regia de oro se estira Jan Schleifer / 1° de junio de 1977 «00.0... Pues 105 Capitulo 17: La busqueda Jean A. Nicholson / 17 de agosto de 1977 suuscansen | PLS Capitulo 18: “Por favor, busquen a mi bebé” Joan Beck / 30 de abril de 1980 ........... crenata: croe, 128 Capitulo 19: Milagro en el pozo Kay Warwick / 5 de febrero dé 1981... erty 1338: Capitulo 20: j£sconderse o morir! Mary Louise Kitsen / 6 de enero de 1990 .. eciede nner EIDE Capitulo 21: Raja al rescate Judith Quealy / 20 de diciembre de 1997 .............. igsopmal[A3) Capitulo 22: La lucha por la supervivencia Charlotte Richard / 2 de julio de 2005 ............. raagenervenll 49. Capitulo 23: Traduccidn celestial Cheryl Porter / 24 de mayo de 2008 .. sorestenea eect NOS: Dedicadc a... Mi hermana, Teri, que me salvé la vida al menos una vez. cuando éramos chicas. Brillante, servicial y de mente rapida, todavia participa de rescates como técnica de emergencias mé- » dicas (TEM) y emergentdloga en espacios exteriores. od, a Un agradecimiento especial a... El personal de Guide: Randy Fishel, editor; Rachel Whitaker, editora asociada; y Tonya Ball, asistente técnica. Estas colec- ciones Guide no existirian sin su maravillosa vision y ayuda. Los que han compartido sus asombrosas historias de resca- te con la revista Guide a lo largo de los ajios, y el personal que reconoci6 su valor. Las personas que actlian con heroismo, ya sean rescatis- “tas entrenados, personal médico, padres, hermanos, amigos o transeuintes. "Nadie tiene mayor amor gue este, gue uno ponga su vida por sus amigos” Quan 15:13). Capitulo J Carlo, e/ viejo dormilén Keith Moxon | invierno lleg6 de repente ese afio. El termometro habia estado bajando gradualmente en los ultimos dos o tres dias, y luego el cielo lleno de nubes se volvid plomizo. Para Carlo, el viejo perro San Bernardo, esa era la sefial para mudarse adentro de la casa. Se estiraba comodamente en las partes mas calidas de la sala y dormitaba por horas. Una noche Jenny, cuando le pidieron que pusiera la mesa, no lo vio. Tropezé con esa figura adormilada y casi derramé la leche. —jMamia! -estallo-, ojala nos deshiciéramos de este perro perezoso. Es una molestia. Rescates emocicnantes _ (Eso crees? -pregunté la mama-. Yo creo que es muy agra- dable. Siempre estd estorbando -grufié Jenny. -Si estamos jugando a la pelota, se acuesta y se echa a dormir justo encima del arco, y es tan pesado que nadie puede moverlo —afiadié Pedro, el hermanito. -Y cuando queremos hacer huerta, siempre la estropea —continud Jenny-. El verano pasado insistia con echarse a dormir sobre mis plantas de tomate. —Pero, chicos —dijo la mama-, deben recordar que cuando ustedes eran pequefios, él siempre les tenia paciencia, y los llevaba a pasear sobre su lomo y nunca le importaba lo que le hicieran. —Pero eso fue hace muchos, muchos afios —objeté Pedro. —El tio Juan dice que deberiamos pegarle un tiro y ponerle fin a sus sufrimientos. Tiene reuma -dijo Jenny. -Y esta medio ciego —afiadid Pedro. —Bueno, chicos, tal vez sea asi -reconocié la mama con un suspiro—. Pero, de todos modos no tendremos a Carlo por mucho mas tiempo, y creo que debieran ser amables con él por todos los buenos momentos que les supo dar. Tienen una deuda de gratitud con él. -jDeuda de gratitud? ;Bah! —dijo Jenny entre dientes. Sin embargo, para entonces la cena estaba lista, y como a Jenny y a Pedro les encantaba todo lo relacionado con la comida, por el momento dejaron de lado lo que iban a hacer con Carlo. Después de unos dias de clima helado, hubo un periodo calido y luego cayé un poco de nieve que cubrié de un blanco brillante los arboles pelados de alrededor de la casa. Uno o dos dias mas tarde cayé la primera nevada fuerte, con grandes bo- ! Carlo, el viejo dormilén las de;nieve que descendian pesada y rapidamente, y se formo una capa de treinta centimetros en el patio. Para Jenny y Pedro, . ahora era el momento para hacer bolas y mufiecos de nieve, largarse en trineo y patinar. -Vayamos a ver si ya se congeld el arroyo —le dijo Jenny a Pedro, después de largarse por trigésima vez en trineo por la colina, cerca de su casa. Si, vamos! -exclamé Pedro. Pero cuando Jenny miré el rostro expectante de su herma- No, resoné en su mente lo que su mami les habia dicho cuan- do salieron a andar en trineo: “No vayan a ninguna otra parte. Vengan directo a casa”. Bueno, el arroyo estaba casi de camino a casa, solo que el trayecto era un poquito mas largo. Y ademas, en realidad, ella era una nifia grande ahora, casi una joven. Sin duda, se podia tener plena confianza en ella para apenas ir a mirar el arroyo. Cediendo a sus pensamientos, tom6 la mano de Pedro y jun- tos partieron hacia el arroyo. El esfuerzo a través de la nieve, después de tanto tiempo de deslizarse en trineo, les llevé mas tiempo del que Jenny habia calculado. Antes de llegar a destino, un nifio rendido pidid descansar. “Esta bien”, decidié Jenny, quiza debian olvidarse del arroyo y volver a casa. Cuando se dieron vuelta para desandar sus pasos, por pri- mera vez Jenny se dio cuenta de que el cielo se estaba oscu- reciendo. Antes de haber recorrido la mitad del camino hacia su casa, habia cambiado a su caracteristico tono plomizo que solo significaba una cosa: jnieve! Quedar atrapado a pie en una tormenta de nieve en Canada es de temer. Una pizquita de ansiedad pasé por la mente de Jenny, por lo que le pidid a Pedro que caminara mas rapido. A Rescafes emocionantes No obstante, la naturaleza humana no puede hacer tanto. Pronto el nifito pidié descansar nuevamente y, después de eso hubo, descansos frecuentes. Al observar las nubes amenazantes que se cernian sobre ella, Jenny apuraba lo més posible a su hermano menor, pero Pedro pronto lleg6 a un punto en que no pudo dar ni un paso mas. Comenzaron a caer copos de nieve y, presa del panico, Jenny tomo a Pedro, se lo subié a caballito y continué con mucho esfuerzo. Pero ahora, era ella a quien le venian momentos de agota- miento. La carga doble era demasiado. Bajo a Pedro al piso y cay6 desplomada. Los copos de nieve comenzaron a caer cada vez con mayor intensidad, hasta que todo a su alrededor era una cortina de nieve que caia, ocultando todo de la vista. Jenny se acurrucé junto a su hermano, diciéndole que pron- to la nieve se detendria y que luego podrian continuar. Pero las horas pasaban, y la nieve que caia suavemente no cesaba. Pedro se quedd dormido y recost6 su cabeza en la falda de su hermana. De tanto en tanto Jenny retiraba la nieve que intentaba cubrirlos, y buscaba ansiosamente una sefial de que la tor- menta estuviese disminuyendo, pero era en vano. En silencio, comenzo a llorar de miedo y a temblar porque el frio se filtraba por su ropa. Entonces, el cansancio comenzo a pasarle factura. Intento luchar contra él por un tiempo, pero luego decidié dor- Mirse una siestita. Esto la haria sentirse renovada, y entonces podria cuidar mejor a Pedro. Mientras todavia sostenia la cabeza de su hermano en la falda, se recost6 sobre un codo y cerré los ojos. Al quedarse dormida, se fue deslizando lentamente hacia abajo hasta que- dar con la cabeza en la nieve. W2 Carlo, el viejo dormilén Un. manto blanco comenz6 a extenderse sobre ellos. Todavia dormian cuando cayé el sol y la negrura de la noche se cerré sobre la escena. Dos 0 tres horas antes de esto, la sefiora Curtis, en la finca, habia visto que se aproximaba la tormenta. Con los primeros copos de nieve habia ido hasta la ventana a examinar con sus propios ojos la ladera donde sabia que sus hijos habian ido a deslizarse en trineo. Pero no habia ningun indicio de ellos alli. Se puso el abrigo y salié corriendo hasta el establo donde su esposo estaba trabajando. Alli tampoco habia ningtin rastro de ellos. Todavia no era momento para angustiarse, se dijo a si mis- ma la mama, pero algo aceleraba sus pasos mientras ella y su esposo iban hasta la colina, donde encontraron el trineo abandonado casi cubierto de nieve. Ahora sin disimular su ansiedad, regresaron a la finca y salieron en diferentes direc- ciones para revisar todos los lugares posibles donde los nifios podrian estar. Los minutos pasaban. Los nifios no aparecian. Ahora no habia dudas para los afligidos padres: jsus hijos estaban en medio de la tormenta de nieve! Carlo, como de costumbre, estaba dormitando junto a la estufa de la cocina. Pero su mente de repente se sacudio y se desperté por el sonido del llanto de la sefiora Curtis. Abri6 los ojos para verla, con el rostro palido y temblando se enjugaba los ojos con el pafiuelo mientras se aferraba al brazo de su esposo que hablaba por teléfono. Varias veces el sefior Curtis colgaba el teléfono y lo volvia a levantar Ilamando a diferentes casas para preguntar por el pa- radero de sus hijos y, luego, preguntaba si alguien podia venir a ayudar a buscarlos. Rescafes emocicnantes Carlo no entendia todo eso, pero sus sentidos le dijeron que algo andaba mal. Caminaba lentamente por ahi, ahora curioso por toda la agitacion. La llegada de una cantidad de gente extrafia en respuesta al llamado del sefior Curtis pidiendo ayuda era un desafio para Carlo, y este se paseaba pesadamente, ladrando y quejéndose. Una y otra vez las palabras “Pedro”, “encuéntrenlos”, “Jenny”, “perdidos”, “encuéntrenlos”, “busquen” llegaban a sus ofdos perrunos y, de repente, en un arrebato de inteligencia, se dio cuenta de que Jenny y Pedro no estaban alli y de que to- dos estaban tratando de encontrarlos. El sabia donde estaban. Estaban jugando con el trineo en la colina. £1 los iria a buscar. Inadvertido para la gente que iba y venia, Carlo lentamente se dirigio a la puerta y se abrid paso en la oscuridad. La busqueda continuo durante toda la noche con faroles y linternas. La sefiora Curtis, a la que le prohibieron dejar la casa, hacia innumerables bebidas calientes e incontables sandwiches. Al sonido de buscadores que se aproximaban, ella corria hasta la puerta y miraba con ojos vidriosos hacia la noche, exclamando: ~jAlguna noticia? ~jTodavia nada! jTodavia nada! —era la triste respuesta. Y entonces mas bebidas calientes y sandwiches, mas char- la, mas palabras de aliento de todos. La pobre madre no podia olvidarse del termémetro que col- gaba afuera de la ventana, y trataba de no fijarse en los peque- fos abrigos que colgaban detras de la puerta de la cocina. Y entonces, jlos gritos! ¥ con los gritos, jlos ladridos! La esperanza se precipits como un fuego encendido, y la mama llego a la puerta de un salto. i. : Carlo, ef viejo dormilén ~ A\la distancia, escuchd que gritaban: —jLos encontramos! jLos encontramos! {Gracias a Dios! Tratando de retener las lagrimas y las risas, la sefiora Curtis sali sin abrigarse al aire fro de la medianoche para recibir al tropel que se refa y gritaba. Un hombre tenia a Pedro, otro a Jenny y, en brazos de dos jovenes, habia un perro alborotado que ladraba: jCarlo! —Bueno, maméa, no era necesario preocuparse por los abri- gos -se rid el sefior Curtis. jTenian el edredon mas calentito y acogedor que te puedas imaginar! La sefiora Curtis, mientras abrazaba a Jenny y a Pedro de a uno a la vez, balbuced: —jEdredon? Qué... qué... —jEra Carlo! -dijo el grupo a coro, y luego todos se rieron de la idea ~Yo escuché ladrar a Carlo -tomé la palabra uno de los hombres- y cuando llegamos alli, jestaba esta enorme cosa tirada directamente encima de los nifios como una gran piel de oso! Los nifios estaban profundamente dormidos y calentitos como una tostada debajo de él, en un hueco en la nieve. -Yo me desperté algunas veces —balbuceé Pedro-. Carlo era pesado. Y entonces todos se largaron a reir otra vez. Fueron muchos los abrazos que hubo esa noche, no solo para los nifios sino también para Carlo. Todos los que entra- ban tenian que frotarle la cabeza y hacerle cosquillas detras de las orejas. Nunca habia recibido tantos huesos de una sola vez. Y la atencién especial no termind aquella noche. Desde aquel dia en adelante, una nifia llamada Jenny no es- catimaba esfuerzos para darle afecto al perro. Carlo finalmente habia comenzado a cobrarse su deuda de gratitud. Ne B ee Capitulo 2 €/ circule de fuego Leonard C. Lee uando era chico y vivia en Dakota del Norte, con frecuencia salia al campo a encontrarme con mi pa- dre cerca de su hora de regreso. A veces, me dejaba volver a casa sobre el arado o en uno de los caballos. Una tarde, cuando tenia cinco afios, fui en direcci6n a él caminando a través del pasto alto que habia sido pisoteado en parte por los caballos que iban y venian por el campo Vi que mi padre dirigia un grupo de cinco caballos negros, tres adelante y tres atras, que tiraban de un arado doble. Entonces, de repente, jlos caballos comenzaron a co- trer rapido! Los cascos sonaban como truenos, y venian directamente hacia donde yo estaba. Tra- té de correrme, pero no tuve tiempo. 7 Rescates emociconantfes Afortunadamente, los caballos me vieron y se hicieron a un lado para evitar atropellarme. Entonces divisé a mi padre parado sobre el arado agitando un latigo largo y gritandoles “jso, so!” a los caballos. Levanté la vista y alcancé a distinguir su cara asustada cuando la rueda del surco casi dio contra mi. Me agaché tratando de librarme del arado, y antes de po- der levantarme escuché que los caballos regresaban. Todavia corrian, pero no tan rapido. Mi padre pated la palanca, y las rejas del arado golpearon contra el pasto, levantando polvo que volaba a tres metros. Esto freno a los caballos a un trote de distancia de mi. Se habrian detenido, porque el pasto era pesado y duro, pero mi padre volvio a blandir el [atigo, y ellos continuaron. A mi alrededor araron tres surcos dobles y parte de un cuarto. Entonces mi padre los detuvo, vino, me levanté y me puso so- bre el arado mientras encendia un fésforo y quemaba todo el pasto dentro del anillo que habia arado. Escarbé un circulo de un metro y medio de diametro en el centro de la superficie in- cendiada y, levantindome por los hombros, me puso adentro. —jQuédate aqui hasta que yo regrese! —me ordend-. No salgas de este circulito. Habia hecho todo tan rapido que no me atrevi a preguntar por qué. Nunca antes habia visto a mi padre asi, ni hacer cosas tan rapido. Luego salt6 sobre el arado, sacudio el latigo y les grito a los caballos. Ellos se alejaron corriendo, y yo me quedé preguntan- dome por qué se fueron a casa sin mi. Yo no lo sabia, pero mi padre habia visto un incendio en la pradera que habia sido iniciado por alguna persona descui- dada, y que el viento lo estaba Ilevando directamente hacia nuestra casa. Mi madre, mi hermana y mi hermanito estaban IE €/ circule de fuego alli, y papa se apresuré a llegar a casa para tratar de salvarlos a ellos y a la vivienda. No teniamos vecinos cercanos, asi que papa sabia que todo dependia de él. Yo quise seguirlo a casa, pero habia aprendido a obedecer. Habia descubierto, a fuerza de errores que cuando mi padre me daba una orden, realmente hablaba en serio y era mejor obedecer. Asi que me senté en mi circulito y esperé hasta que regresara. Muy pronto hubo animales que comenzaron a entrar en mi circulo. Varias ardillas rayadas llegaron corriendo y luego una liebre. Los urogallos de las praderas revoloteaban encima de mi cabeza, y otras aves comenzaron a sobrevolar. Entonces comencé a sentir el olor acre del fuego, y el aire se volvid pesa- do y lleno de humo. Un coyote entré corriendo en mi circulo. Me echo un buen vistazo y salid corriendo para el otro lado a través del pasto alto hacia el campo que mi papa habia estado arando. Un conejo con el pelaje algo quemado entro al circulo y trato de acurrucarse debajo de mi. Traté de apartarlo, pero no pude. El aire se volvid abrasador, y me dieron ganas de salir co- triendo, pero papa habia dicho: “;|Quédate hasta que venga!”, y sabia que tenia que quedarme. Entonces se puso tan calien- te que casi no lo podia soportar, pero tenia que hacerlo. EI fuego llego hasta el exterior de los surcos arados a mi alre- dedor, y las llamas se extendian como los brazos de un gigante que trataba de arrebatarme. Mi ropa comenzo a quemarse. Di vueltas en el suelo y traté de atrincherarme en el pasto que- mado, pero fue en vano. El conejo medio chamuscado y yo tratamos de escondernos uno detrds del otro. Entonces oi el estruendo de los cascos de los caballos y supe que mi padre estaba viniendo. Traté de abrir los ojos, pero 19 Rescafes emocicnantes tenia la cara tan ampollada por el calor que apenas pude abrir un ojo. El equipo venia directamente por la pradera en llamas. Su pelaje negro estaba blanco del sudor y la espuma, y corrian como nunca vi correr caballos desde ese dia. Papa sostenia las cuatro cuerdas en una mano y el latigo en la otra. Los caballos entraron directamente al circulo, pero no me atropellaron. Mi papé se arrancé la camisa, hdmeda de sudor, y me cu- brid con ella para extinguir el fuego, porque parte de mi ropa estaba ardiendo del calor. Esto es lo Ultimo que recuerdo, por- que me desperté en casa, en la cama. Papa, con la ayuda de algunos vecinos, salvo la casa al arar surcos frente al fuego y haciendo contrafuegos. Luego el vien- to cambid, y el fuego comenzo a avanzar hacia mi refugio. Papa habia hecho girar a los caballos cansados y los habia azotado hasta convertirlos en furias espumantes en la cabalga- ta salvaje para salvarme la vida. En su corazon estaba la temi- ble pregunta: “;Habra obedecido mi hijo?” La vida y la muerte dependian de la palabra “obedecer”. A menudo pienso: Ahora no estaria vivo si no hubiese obe- decido a mi padre. Y algtin dia me acordaré de las pruebas y pe- ligros de esta vida y pensaré: No habria obtenido la vida eterna sino hubiese obedecido a un Dios y a un Salvador amante. Porque aprendi por experiencia que hay seguridad en la obe- diencia. Nuestro Padre celestial esta tan interesado en nuestra seguridad eterna, como mi padre lo estuvo en mi seguridad temporal. Si obedecemos perfectamente a nuestro Padre celes- tial, estaremos a salvo. Me gusta escuchar un canto titulado: “Dios es nuestro guia”, una de sus estrofas dice: “Algunos por las aguas, algunos por los aluviones, algunos por el fuego, pero todos a través de la sangre”. 20 Capitulo 3 en la haya Iuy R. Doherty e voy a cazar mapaches con los perros esta tarde -le anuncié Tim a su hermano Bud— ile gustaria venir conmigo? —No puedo -respondié Bud entre bocado y bocado de pan con miel-. Le prometi a Bill y a Joe que me encontraria con ellos a las 13:30 en el arroyo para nadar. Se desilusionarian si no apareciera. al Rescates emocicnantes Si, supongo que si-Tim termind su almuerzo y se levanto de la mesa. —jA donde vas a cazar? —pregunto Bud. -No estoy seguro, pero estaré fuera unas dos horas. Los perros no se han divertido en mucho tiempo. Después de despedirse de su madre, Tim partié con los pe- tros, un Collie y dos de caza. Divis6 algunas nubes negras en el horizonte mientras se dirigian hacia el norte, pero no les dio mucha importancia. A casi dos kilometros de la casa, el Collie comenzo a ladrar con furia, y los sabuesos estaban mas alborotados todavia. “Arriba en esa haya! jArriba en esa haya!” parecian tratar de decirle a Tim. iSi, alli estaba! Justo lo que todos habian esperado encon- trar: un mapache gris y sedoso que miraba con indignacion el revuelo de abajo. -Bueno, mapache -Tim se dirigio al animal-, Collie, Terry y Spoty no pueden subir para buscarte, y tu no tendras la ama- bilidad de bajar, asi que subiré por ti. E| mapache lo miré con asombro. Todavia no estaba dis- puesto a darse por vencido. Tim trepé por el tronco del arbol, con las venas llenas de emocidn. ;Qué pensaria Bud del hecho de que él atrapara un mapache? Dos ramas mas, y estaria a la altura del mapache. Los perros ladraban frenéticamente, y el mapache estaba medio mareado observandolos alternadamente a ellos y a Tim que se iba acer- cando cada vez mas. Una rama mas, ahora, y Tim estaria alli. Trepo los Ultimos metros, mientras el sudor brotaba de su tostro. jLo logré!, se felicitd. Pero no iba a ser tan facil atrapar al mapache. Cuanto mas se le acercaba Tim, el mapache avanzaba més hacia la punta Prisionero en la haya de fa rama. Tim sintio que la rama se doblé peligrosamente y tuvo que retroceder a una rama mas baja a esperar. Los perros ._ impedirian que el mapache bajara, asi que no habia peligro de que se escapara. Mientras esperaba, Tim advirtio que las nubes se cerraban cada vez mas y se volvian mas amenazantes, y que estas es- taban mucho mas cerca de lo que las habia visto la primera vez. Se senté a silbar una tonada y a seguir el ritmo con el pie contra el tronco del arbol, que sonaba a hueco. Entonces de repente, el mapache fue directamente a donde él querfa que fuese, dandole la espalda a Tim mientras miraba hacia abajo a los perros. Como un rayo, Tim subid al arbol. Extendio la mano para alcanzar el premio, pero justo cuando su mano se apoderaba del animal, jcrash! jTim se encontraba cayendo por el interior del tronco ahuecado! Su ropa se en- gancho en un pedazo de madera seca y esto redujo el impacto de su caida, pero no lo detuvo, y en un instante Tim era un prisionero en el fondo de la gran haya. Punzadas heladas de miedo hincaban su espina dorsal. jAlguien lo encontraria alli alguna vez? Su casa estaba a casi dos kilometros de distancia. Nadie podria oirlo, aunque grita- ra a todo pulmon. No le habia dicho a nadie en qué direcci6n saldria. Y estaba muy oscuro alli adentro, era un lugar muy mal ventilado y espeluznante. El Unico rayo de luz provenia de un agujerito en el suelo. Los perros comenzaron a gemir. Entonces Tim tuvo una idea. —jVe a casa, Collie! -exclam6 Tim a voz en cuello-. jVe a casa, Collie! Tim esperd, poniendo la oreja lo mas pegada posible al suelo, hasta donde se lo permitia el espacio dentro del arbol. 23 Rescafes emocicnantes Escuchaba para saber si todavia habia tres perros aullando o solo dos. 7 Todavia habia tres que aullaban con todas las ganas. Una vez mas Tim le grité a Collie que fuera a casa y luego esperd. Esta vez solo los dos sabuesos formaban un duo. jCollie se habia ido! Pero ;conseguiria ayuda? Tim supo cuando llegé la noche, porque el punto de luz en el fondo del arbol se desvanecié y desaparecid. Los perros aullaban solo a intervalos ahora. A medida que los minutos se convertian en horas, el rugido de los truenos se aproximaba cada vez mas y, por algtin lado, desde arriba, los salpicones de Iluvia comenzaron a abrirse paso a través del oscuro hueco. Tim comenzo a pensar en su casa. Mama y papa, jestarian Preocupados por él? jPor supuesto que si! Y estaba en lo cier- to: en ese mismo momento lo estaban buscando, orando y pidiéndole a Dios ayuda para poder encontrarlo sano y salvo. Prometieron que harian todo lo posible por él. {Qué estaba haciendo Bud? jComo deseaba que su herma- no hubiese ido con él! Tim penso en todas las cosas ruines que le habia dicho y hecho a Bud. Recordaba cudn a menudo habia desobedecido a sus padres, y prometid solemnemente que, si Dios lo sacaba de esta pesadilla terrible, jseria un nifio mas bueno! Poco tiempo después Bud, que esperaba solo en casa mien- tras sus padres buscaban a Tim, oy que alguien arafiaba y la- draba en el tejido de la puerta de atras. Se precipito para abrirla, pero Tim no estaba alli, solo vio a Collie. Rapidamente, Bud escribid una nota para contarles a sus padres que Collie habia venido a casa y que él pensaba hacer que el perro lo guiara has- ta donde estuviese su hermano. Bud se puso el impermeable y las botas, y partid, guiado por Collie. Prisionero en la haya Bud nunca antes habia estado afuera en una noche asi. ;Y si Tim se habia caido y se habia roto un brazo o una pierna? . iY si los rayos...? Su mente se negaba a pensar en esto al co- mienzo, pero finalmente tuvo que hacerlo. jY si Tim estaba muerto? Bud le prometié a Dios que si Tim volvia a casa sano y salvo, seria mejor hermano. En el arbol, Tim seguia esperando. Las piernas le dolian porque no podia ni sentarse ni acostarse, aprisionado en ese espacio siniestro. {Qué fue eso? Bud se detuvo en seco, y Collie se acurrucd bien a su lado. Bud paré la oreja en direccién al viento. Habia escuchado un grito. Estaban cerca de una haya, y los sabuesos se abalanzaron para lamer a Bud en todos los lugares que tenia disponibles para lamer. —jDonde esta Tim? ;Donde esta Tim? -les exigia Bud, pero lo Unico que hicieron fue volver a lamerlo. Se llevé las manos a la boca y grit6 el nombre de Tim, y justamente al lado de él salid una respuesta apagada: —Estoy adentro del hueco de la haya, Bud. Estoy empapado, y tengo las piernas paralizadas. Es horrible estar aqui. —jTe lastimaste, Tim? -jNo, pero sdcame de aqui! Bud no tenia ninguna soga, hacha o alguna otra cosa que pudiera ayudarlo. —Mantén la calma -grito-. Voy a buscar a mama y a papa. Bud volvié corriendo a su casa y alli encontré a sus padres, Porque habian regresado por un minuto para ver si Tim habia vuelto. El padre y varios vecinos partieron con Collie para que los guiara nuevamente. Bud protesté diciendo que él debia ir para mostrarles el camino, pero estaba temblando de frio y 2 Rescafes emocionantes empapado, y su mama lo hizo quedar adentro. Porque habia muchas hayas y el terreno era tan grande que Bud solo podria darles una vaga idea de donde encontrar a Tim. Collie iba adelante, pero el esfuerzo de correr de aca para alla ya comenzaba a notarse en él. Después de un corto tiem- po, se tendié en el piso y no se movio de alli. Se escuchaba un débil ladrido a la distancia. El padre agudi- Z6 su oido hacia donde provenia el viento, como habia hecho Bud antes, y tuvo la certeza de haber escuchado a uno de los sabuesos. El grupo de salvamento salié a toda prisa. —jstas alli, Tim? -grito el papa. La Unica respuesta fue un aullido de los sabuesos. Llamo una y otra vez. De repente, frente a él salid un grito apagado que casi era un sollozo. —Estoy aqui, papa. Justo aqui. Debes estar cerca de mi, por- que puedo escucharte claramente. El corazon de los rescatistas se llend de alivio. Ahora el problema era sacar al prisionero. Podian usar el hacha o el se- rrucho que habian llevado, pero Tim no se podia mover, asi que podria ser peligroso usar esas herramientas filosas. Se ne- cesitarian hachazos fuertes para cortar el arbol, y al hacerlo, una parte blanda podria ceder de repente y el hacha podria pegarle a Tim. Si el arbol caia dernasiado pronto, Tim podria lastimarse mas que con un hachazo. El serrucho presentaba dificultades similares. Habia solo una salida razonable, y era usar una soga. Pero incluso esto tenia sus inconvenientes. ;Cuan estrecho era el tunel dentro del arbol? Si los pedazos de la madera vieja sobre- salian hacia el centro del arbol, la cuerda jllegaria hasta donde estaba Tim? El muchacho estaba muy cansado a esta altura, ~ ot Prisionero en la haya ipodria agarrarse de la soga? ;Podria encontrarla si la bajaban y esta no lo tocaba? El hombre mas joven del grupo se ofrecié para subir la soga al arbol. Luego, decidieron que debia ir un segundo hombre para alumbrar y prestar toda la ayuda que fuese necesaria. La haya estaba humeda y resbalosa, y pas6 algun tiempo hasta que el primer hombre llego hasta la abertura y comenz6 a bajar la soga. Finalmente, la cuerda toco la cara mojada y entumecida de Tim que, tomandola con todas sus fuerzas, se agarro bien Mientras era arrastrado hacia arriba. La rama en la que su ropa se habia enganchado la tarde anterior ahora lo rasgufié mucho. Se habia puesto contento la primera vez porque le amortigué la caida, pero la subida fue muy diferente. Se preguntaba si sus piernas todavia estaban alli. Una vez que dejé el piso no podia sentirlas. ;Podria volver a caminar? Pero lo principal en ese momento era salir del Arbol, y para salir tenia que agarrarse bien, asi que dej de preacuparse y se concentro en sostenerse bien. —Tiren fuerte -suplico con una voz cansada y ansiosa. jEso! jEso! jArriba, arriba! Lo lograron. Lo bajaron con la cuerda hasta los brazos de su padre. Tim no se pudo contener mas y se largo a llorar. EI padre y los hombres se turnaban para transportar a Tim hacia su casa. Los primeros rayos del alba brillaban a través de las Gltimas nubes de la tormenta cuando los rescatistas cansa- dos y el muchacho rendido llegaron a la casa. Bud y la mama estaban pegados a la cama de Tim cuando lleg6 el médico. EI dijo que quince horas en un arbol himedo y hueco, parado en una sola posicién todo el tiempo, no era bueno para nadie. Pero que Tim era joven, y en pocos dias <= 27 Rescafes emocicnantes podria sentirse como nuevo, jcomo si nada! Tim por un buen tiempo no quiso saber nada de la lluvia ni de arboles. Cuando mis tarde Bud observaba como dormia Tim, recor- daba que habia pensado que Tim podria estar muerto y que habia prometido solemnemente que, si Tim volvia a casa sano y salvo, seria un hermano mas amable y considerado, Cuando la mama y el papa entraron en puntillas en el cuarto, recor daron que habian orado para que Tim volviera a salvo, y que habian prometido a Dios y a si mismos que harian todo de su parte para ayudar a Tim para convertirse en un buen hombre, si se salvaba y volvia con ellos. Al final de la tarde, Tim abrié los ojos y sonrid. De pie junto a su cama estaban el papa, la mama y Bud, y cuando los vio a todos alli, recordé que debia ser mejor hermano e hijo, porque Dios habia oido su clamor. Nadie dijo ninguna palabra acerca de lo que habian prometido, pero todos parecieron compren- der lo que habia en el corazon del otro. iY el mapache? jAh, si! jSe escapo! Capitulo 4 Veintidos horas en ef mar Kay Heistand | botecito se inclinaba peligrosamente sobre la cresta de una ola elevada. Calvin Swinson cayo de costado, pero al momento recuperé el equilibrio. ee 97 Rescafes emocicnantes Era un caluroso dia de verano. Los tres alumnos de la se- cundaria, Calvin Swinson y los hermanos Ben y Bill Wade, habian estado trabajando en un barco camaronero durante sus vacaciones de verano. Después de una larga noche de trabajo arduo se habian ido a dar un chapuzon en las aguas saladas del Golfo y, ahora, estaban regresando al barco grande en un bote de cinco metros y medio. Entonces dieron contra otra ola. Esta tumb6 el bote comple- tamente y arrojé a los muchachos al agua. Calvin salié chapoteando y riéndose. Con todo el opti- mismo de sus 18 afios acepté el accidente con calma. Pero, su sonrisa desaparecid cuando vio que el bote se habia ido a pique. Los muchachos estaban fuera de la vista del barco camaronero y fuera de vista desde tierra firme. Y fue en ese momento en que se dieron cuenta de que no tenian chalecos salvavidas. De repente, la situacion se volvié muy seria. Calvin era un excelente nadador, pero es dificil nadar o flo- tar en aguas turbulentas. Con enormes brazadas logré acercar- se a los dos hermanos. -Sera mejor que nos mantengamos juntos —grito-. Asi sera mas facil que nos encuentre el barco. Bill y Ben estuvieron de acuerdo, pero decirlo era una cosa, y lograrlo era imposible. Calvin hizo todo lo posible, pero parecia que las olas mali- ciosamente intentaban separarlo de sus amigos. Ben y Bill se turnaban para ayudarse: uno flotaba mientras el otro lo soste- nia para que descansara. Aunque Calvin luchd, no le quedo mas remedio que mirar mientras sus amigos se alejaban de él. Al principio no se preocup6 demasiado. No habian ido muy lejos del barco, y sin duda alguien notaria su ausencia y co- 30. Veintidés horas en el mar menzaria a buscarlos. Sin embargo, luego se supo que todos los que estaban a bordo del camaronero se habian ido a dor- mir, cansados de la agotadora noche. Nadie descubrié durante muchas horas que los tres muchachos no habian vuelto de su paseito. Para entonces, era demasiado tarde para encontrar algun rastro de ellos. Calvin siguid nadando, je intentando mantenerse despier- to! Le sobrevino un deseo abrumador de dormir, un gran anhe- lo de entregarse en los brazos de la inconciencia. Pero no bien se relajaba y se hundia en las verdes profundidades, los pece- citos le mordisqueaban los dedos de los pies. E! sobresalto lo asustaba y se despertaba, y comenzaba a nadar nuevamente. Posteriormente comento que, para él, los peces fueron agentes directos de Dios, enviados para mantenerlo despierto. Calvin nunca habia sido un muchacho particularmente reli- gioso. Quedé huérfano de muy pequeno y fue criado por una tia anciana que casualmente lo habia llevado a toda iglesia que estuviese cerca de donde vivieran. Sin embargo, de repente, alli, solo, rodeado por las vastas y desoladas expansiones del mar y del cielo, Calvin se puso a pensar en la vida. Su vida, y el propdsito por el que habria sido puesto en esta tierra por 18 cortos afios. jy ahora parecia como si estuviese a punto de dejarla! ;Cual seria la raz6n que estaba detras de todo eso? Calvin estaba tan cansado que ya no podia pensar mas. No habia mas nada que hacer que tratar de seguir vivo y orar. Y ahi, flotando, nadando, hundiéndose en las aguas sa- ladas del golfo de México, Calvin aprendio a orar. Aprendio a hacerlo, no con los labios, no por casualidad, sino con el corazon. EI largo y caluroso dia declind, y Calvin perdio toda nocion del tiempo. Al principio, la frescura de la oscuridad de la noche IT Rescates emocicnantes le trajo alivio del sol abrasador del dia, pero pronto se held y comenzo a temblar de frio. Ya tenia el cuerpo quemado por el sol; la piel de gallina lo torturaba. Flotaba lo mas y mejor que podia, pero se habia levantado viento en la costa del Golfo, como todas las noches, y las ele- vadas olas le llenaban la cara de sal y lo enceguecian. Sus ojos se cerraron. El bendito suefio lo llamaba, y se hun- did a dos metros en las aguas acogedoras. Alli un dolor agudo en uno de los dedos del pie lo sobresalt6 y lo desperto. j{Una vez mas un pez que lo mordisqueé le habia salvado la vida! Dos veces durante la noche, Calvin vio las luces de las em- barcaciones pesqueras. Se arruiné la garganta de tanto gritar, pero sus gritos se perdian con el ruido de la vibracién de las maquinas. Los barcos pasaban de largo y, a medida que las luces iban desapareciendo en la oscuridad, la desesperacion de Calvin se hacia absoluta. Pero Calvin ya no sentia miedo de morir. En su mente ahora no habia lugar para otra cosa que no fuera su nueva fe en Dios, la fe que habia nacido y habia crecido a través de la oscura des- esperacion de esa larga noche. Ya no oraba: “Por favor, querido Dios, envia un barco para salvarme”. Ahora el tema principal de su oraci6n era: “Que se haga tu voluntad. Soy tu siervo. Si es tu voluntad, llévame al descanso. Solo existes tu”. Palabras, versiculos y oraciones olvidadas que habia apren- dido en los dias de su nifiez volvian a su mente. Y mientras oraba y descansaba en los brazos de Dios, Calvin seguja lu- chando, nadando, flotando. Despunto el nuevo dia y, de repente, con el resplandor del sol naciente, un gran barco camaronero aparecio encima de él. El deseo de vivir volvid a arder en el muchacho, y grité saltando lo mas alto posible del agua, agitando los brazos fre- 32 Veintidés horas en el mar néticamente. jCuadnto deseaba tener un pedazo de tela para hacer sefias! Todos sus gritos fueron arrastrados por las olas calidas y relucientes que subian y bajaban ante sus ojos desesperados. Parecia que no habia nadie en la cubierta del barco. El sol brilla- ba sobre el agua metilica. El barco estuvo a un metro de Calvin y siguid de largo. Desaparecio en el horizonte como el juguete de un nifio y, con él, se fue la ultima esperanza de Calvin De alli en mas, ninguna cosa fisica tuvo un verdadero sig- nificado para él. Flotaba, se hundia y nadaba de a ratos, guia- do por un poder mayor a si mismo. Su corazon joven dejo de luchar, dedicd su alma a Dios y encontré la paz. Asi fue que con una sensaci6n de anticlimax Calvin oy6 la vibracion de los motores de otro camaronero que se acercaba en direccin a él. En medio de una bruma de dolor y sin poder creer de que la vida estaba a punto de comenzar otra vez para él, Calvin fue rescatado. Su cuerpo ampollado fue colocado con mucho cuidado en un cabestrillo, fue levantado de las aguas y el ca- maronero se dirigi hacia Port Aransas. Un susurro de agradecimiento a Dios fueron las primeras palabras que salieron de entre sus labios secos. Calvin dejo de tomar el agua fresca que un marinero le daba con cuchara y que le causaba mucho dolor al tragar, para decir: —Dios los envid, jverdad? El marinero se ruboriz6 pero asintid. Su oficial superior, un capitan de cabello gris, dijo: —Parecia como que estabas casi muerto cuando te encon- tramos. Si, asi es dijo Calvin con dificultad-. Pero Ben y Bill... idonde estan ellos? B Rescatfes emocicnantes —Ellos estan bien. Fueron recogidos por un camaronero des- pués de estar en el agua casi diez horas. Se tenian el uno al otro para sostenerse, y uno nadaba mientras el otro descansa- ba. Incluso encontraron una tabla que flotaba, y eso ayudé a salvarles la vida. Pero tu, muchacho... —el capitan sacudié la cabeza asombrado-. ;Como te mantuviste con vida? {Te diste cuenta de que estuviste en el agua casi 22 horas? Nosotros habiamos perdido toda esperanza de encontrarte incluso, pero algo nos impulsaba a continuar con la busqueda. —Dios hizo que continuaran con la busqueda —dijo Calvin fervientemente. ~jQué fue lo que te sostuvo, Calvin? -el marinero le ofrecié otro sorbo de agua y le sostenia la cabeza en alto mientras él bebia. -jDios enviaba pececitos para morderme! -el muchacho sonrié y movid los dedos de los pies agradecido. -Solo la magnifica condicién fisica del muchacho y el aguante lo mantuvieron vivo. Es un milagro —le susurré el ma- rinero con reverencia a su capitan. Los ojos sabios del hombre mayor se posaron por largo tiempo sobre el joven gigante de ojos azules y cabellos rubios que habia librado una batalla tan terrible contra la naturaleza y habia ganado. —Si, es un milagro, un milagro de Dios -coincidié. Calvin no los escuch6. Sus ojos se empajiaron al mirar hacia el futuro. En su corazon habia una oracién de agradecimien- to a Dios, a quien habia aprendido a creer y a amar durante su larga prueba. Sus ojos vacilaron y se cerraron. Pero antes de quedarse dormido susurré: “Dios, solo existes tu. Mi vida siempre te perteneceré a ti”. Capitulo 5 Como burlar a un delincuente William |. Rankin osé colgo el teléfono de la cocina y salié al patio. Alli su hermano mayor, Teo, estaba agachado sobre una moto- neta Cushman de segunda mano empufiando un des- tornillador. —Mama acaba de llamar -le dijo José a Teo-. Esta en lo de tia Lili, y quiere que vayamos alla con la motoneta y traigamos a casa el auto. Papa siempre lo necesita los viernes. 5 Rescafes emocionantes —j{Qué esta haciendo alld? -Envasando duraznos, y tienen mucho mis para hacer, asi que se quedard hasta mafiana de mafiana para terminar el tra- bajo. —Bueno. Teo dejé de lado el destornillador y se subié a la motoneta. José subid detras de su hermano y se sujeté bien. Teo tomé un camino menos transitado que rodeaba la ciu- dad, como su papa les habia aconsejado hacer cuando andu- vieran en la motoneta. Seguin la forma de pensar de José, Teo ya era demasiado grande y serio como para divertirse con él; pero entonces un conejo salié saltando delante de ellos y se puso tan nervioso por el ruido que dio una vuelta alrededor de la motoneta y volvié corriendo en direccién a donde salid. Teo solté una carcajada tan fuerte que José sintid que era como en los viejos tiempos otra vez. Cuando llegaron a la casa de tia Lili, cinco kilémetros al otro lado de la ciudad, los muchachos se vieron obligados a sentarse frente a un plato de duraznos y crema espesa antes de irse. —Diganle a papa que llegaré a casa mafiana de mafiana en algun momento; tio Jorge me llevar -dijo la mama mientras los tomaba de los hombros-. Ahora, tengan cuidado al ir a casa. Estd oscuro afuera. Teo, cuya licencia de conducir todavia estaba nueva y relu- ciente en su billetera, se senté al volante del auto de la familia y le echo un vistazo a José. —Mejor, abréchate el cinturén de seguridad -le advirtio-. Quizas decida hacer algunas maniobras locas esta noche. Ambos sonrieron. jLo que menos se imaginaban era qué maniobras alocadas harian antes de llegar a su casa! 36 Como burlar aun delincuente —Vayamos por la ciudad -suplicd José-. Me encantan sus luces de noche. —Bueno —accedié Teo rapidamente, y se dirigié hacia la ave- nida que atravesaba el centro de la ciudad. Era una noche fresca, agradable. José estaba sentado tran- quilo mirando los lugares de interés y las luces de nedn. En una interseccion céntrica concurrida, puso la luz de giro a la derecha y se dirigié hacia otra calle ancha de cuatro carriles que llevaba a los suburbios donde vivian. —jTeo, espera! —José rompio el silencio de repente-. jNo, sigue! Pero gira a la derecha y vuelve a dar la vuelta a la man- zana. —jQué fue? —Un hombre corpulento se dirigia a ese estacionamiento... y parecia como que no queria ser visto. Teo doblé en la esquina y luego redujo la intensidad de las luces al entrar en el callej6n. Vieron el pequefio estacionamien- to privado al lado del edificio de teléfonos, y estaba rodeado por un muro de piedra cuya altura llegaba hasta la cintura. Cuando los muchachos avanzaban lentamente por el calle- jon. alcanzaron a ver que se abria la puerta trasera de un sedan verde de cuatro puertas. Un débil clic les dio a entender que la cerraron con el menor ruido posible. Los muchachos habian llegado a la calle nuevamente. Teo gird a la derecha y fue hasta la entrada de la playa de estacio- namiento donde José habia visto al extrafio por primera vez. —jQué vamos a hacer, Teo? Teo habia estado pensando al respecto. —Entraremos y... —jEy, mira! -interrumpid José-. jHay una mujer que se esta subiendo en ese mismo auto! 37 Rescafes emociconantes —Debe haber salido recién de su trabajo en ese edificio. -jNo podemos advertirle? —José miro a su hermano mayor con los ojos bien abiertos. —Demasiado tarde -respondié Teo mientras estacionaba el auto junto a la acera-. Ella arrancd el motor. De todos modos, no habriamos entonado mucho con ese hombre en una playa de estacionamiento en penumbras. Sigamosla. Cuando la sefiora Daniels salié del estacionamiento a la calle, un par de luces molestas brillaban a través del espejo retrovisor. Ella extendio la mano y tocé un botén en el espejo para girarlo a un angulo superior. Eso ayuds, pero las luces todavia seguian siendo molestas. ;Por qué el conductor de atras no tenia sufi- ciente sentido comtn o cortesia como para bajarlas? La sefiora Daniels se corrié al carril central, pero las luces se corrieron con ella. Volvié al carril exterior, y esas luces todavia destellaban so- bre sus hombros —Adolescentes, supongo, que salieron para ver a quién pue- den molestar. Bueno, se las haré dificil -se dijo a si misma, dis- minuy6 la velocidad a paso de tortuga y avanz6 poco a poco a lo largo de varias cuadras, con la esperanza de que el que estaba detras se cansara del juego y terminara por buscar otra diversion. No funciono. El auto de las luces altas seguia firme detras de ella. —Bueno, gqué puedo hacer? -se pregunté la sefiora Daniels. Mentalmente busco ideas que pudieran funcionar para de- sorientar a los perseguidores. Entonces, record6 un truco que su hijo le habia descripto. Habia un semaforo mas adelante. Trataria de burlarlos. Avanzo lentamente hasta que la luz verde se puso en rojo y luego chirrid en la interseccion. Pero el auto de atrds la siguid sin siquiera perder la distancia de un auto. 38 Como burlar aun delincuente Toda clase de pensamientos espantosos comenzaron a inundar la mente de la mujer. {Sera un delincuente que quie- re robarme o hacerme dario cuando llegue a los suburbios? Empezo a sentir panico. —Tengo que reponerme —murmuro, pero le temblaban las rodillas. No se le ocurrié hacer otra cosa que correr hasta su casa. Su esposo probablemente estaria leyendo en la sala. Si pudiera subir por la entrada pocos metros antes que el automdvil que la perseguia, podria correr hasta la puerta del frente y pedir ayuda. Si, eso es lo que haria. Piso el acelerador. Después de lo que le parecio una eternidad, comenzaron a aparecer casas conocidas. Luego divis6 su casa, y su corazon sucumbid. No habia ninguna luz encendida. En un momen- to desenfrenado penso en pasar de largo, pero ja donde po- dria ir? En forma automatica, su pie piso el freno para doblar. Inmediatamente, apreté el acelerador para llegar a la entrada de autos lo més rapido posible. Se detuvo, tird de la manija del auto, corrié hasta la puerta del frente de la casa. —Por favor, Dios, haz que la puerta esté abierta -suspiro. Las luces que encandilaban la habian seguido hasta la en- trada. Ella era consciente de que su resplandor se reflejaba en el costado de la casa, y el corazon le latia deprisa. EI picaporte gird; jla puerta estaba abierta! Se desplomé contra la puerta cerrada y, aturdida, gird la llave desde adentro. Gradualmente la sefiora Daniels se dio cuenta de que el auto que encandilaba todavia estaba en su entrada. La luz pe- netraba a raudales a través de su ventana. Se acercé para mirar. El auto extrafio se qued6 pegado detras del de ella con las luces altas encendidas. jA qué estaban jugando? Se propuso descubrirlo. Se dirigié al teléfono y llamo a la policia. Bo: Rescafes emocicnantes Una vez mas, la sefiora Daniels fue a la ventana y observo. En un santiamén estaba sonando una sirena. EI patrullero, con la luz roja titilando, se acercé al cordon de la vereda y los dos policias bajaron de un salto. Por extrafio que parezca, salieron dos personajes del auto que encandilaba. —Ahora tendran su merecido —musito. Pero mas extrafio todavia fue observar que los cuatro se pu- sieron a conversar en su jardin por unos momentos. Entonces, los oficiales se dirigieron al auto de ella. El primer policia en llegar abrio la puerta del auto y entrd. éDetrds de qué estardn?, se pregunto. Para su horror, un hombre corpulento y fornido fue sacado por la fuerza de la parte trasera de su auto. ;Cudndo habian entrado alli? jSeria posible que haya estado alli cuando ella habia salido del estacionamiento? Le llovieron toda clase de preguntas en su interior que exigian una respuesta. Solo habia una manera de averiguarlo. Se acercé a la puerta, la desengan- cho y camino hasta donde los policias acababan de esposar al hombre. -Yo soy la mujer que llamo -comenzo, y su voz sonaba extrafia y chillona. —Sefiora, creo que tiene que agradecerles aqui a estos mu- chachos por haber llegado a su casa a salvo. Este hombre se habia metido en su auto y estaba escondido en el piso, detras del asiento delantero. ~jQuiere decir que estuvo alli en el auto conmigo todo el tiempo, y...? -Y estos muchachos lo sabian. Lo vieron colarse furtiva- mente en la playa de estacionamiento, pero no tuvieron tiem- po de avisarle antes de que usted arrancara. La siguieron con 40 een NE oes Cémo burlar a un delincuente las luces altas encandilando su luneta trasera para que este tipo no le hiciera dafio -concluy6 uno de los policias. —jHey, y mire que estuvimos un buen tiempo tras ella! -se rid José. —Nos dijimos que con seguridad estaria lo suficientemente asustada como para llamar a la policia cuando llegaramos aqui, asi que decidimos que lo mejor seria quedarnos con las luces encima de su auto, para que este tipo no pudiera escaparse hasta que apareciera la policia -explicé Teo. —Esa fue una idea buena y correcta —dijo el oficial-. Y aho- ra, sera mejor que llevemos a este hombre a la comisaria y lo registremos. Cuando José y Teo Ilegaron a su casa esa noche, el papa estaba preocupado. Se preguntaba qué los habia demorado tanto. Solt6 una carcajada cuando le contaron su emocionante historia y, tanto él como la mama, esbozaron una amplia son- risa cuando los esposos Daniels pasaron al dia siguiente para agradecerles nuevamente a los muchachos. 4 Capitulo 6 La carrera del cocodrilc Yvonne Davy escansemos alli abajo junto al lago —sugirid Alfredo Matter. —Con todo gusto -respondié Tom Philips. Durante toda la mafiana los dos hombres habian camina- do por las colinas y los valles africanos, bajo el ardiente sol Rescafes emocionantes tropical. Buscaban un lugar adecuado para un nuevo puesto misionero, y estaban sofocados, con los pies doloridos y con hambre. Pusieron sus armas y su almuerzo en el suelo, debajo de un gran arbol que se abria como un paraguas. Luego, descen- dieron la colina a las zancadas en direccion al gran lago que se extendia por kildmetros frente a ellos. De repente, llegaron a un claro que tenia una franja de arena de playa. Esta brillaba bajo el sol ardiente, mientras las diminutas olas lamian la orilla. Cafias altas y elegantes acariciaban la costa. Pero, en un lugar las caflas eran menos densas, y ese parecia ser un lugar ideal para ir a nadar. -Yo podria darme un chapuzon —dijo Tom. -Si -coincidié Alfredo-. Disfrutaria mucho més mi almuer- zo si pudiera refrescarme y deshacerme del polvo y de la trans- piracion. -iY las cosas que dejamos en la colina? jEstaran seguras? —pregunto Tom. ~Claro. No hay gente por aqui, y aunque hubiese, no se les ocurtiria tocar nuestras cosas. Alfredo, de Suiza, habia estado en Tanganyika tres afios mas que su compafiero estadounidense. En un momento los hombres corrieron por la arena ardiente hasta el agua. —jGuau! Esta fria después del calor de la arena -exclamo Tom, sacando un pie y luego el otro fuera del agua helada. -Y si, jel lago Victoria Nyanza no es una fuente termal! Alfredo vadeo las olas con cautela. Entonces, con un chapoteo Tom desaparecié de la vista y nado cierta distancia bajo la superficie. Cuando salid, se sacu- dio el agua del pelo y los ojos, y miré a su alrededor para ver Se Tee La carrera del cocodrilo a su.compafero. Se rid al ver que Alfredo todavia avanzaba lentamente. —jNo te vas a mojar? Es maravilloso. Una vez que metes la cabeza abajo, ya no se siente el agua fria. —Claro, claro -respondié Alfred-. Voy a nadar en un mi- nuto, pero no me gusta sumergirme en el agua de golpe. Me gusta ir aclimaténdome gradualmente: primero las rodillas, luego el torso, un poco de agua en el cuello, un poco en la frente... —jGallina! -se rid Tom. —jGallina, nada! Ni bien me moje, correremos una carrera, y te mostraré una o dos cosas. —Nadie puede vencer a Estados Unidos —bromeé Tom. —jEso es lo que tu piensas! - volvié a gritar Alfredo—. Suiza puede ser pequefia, pero las cosas buenas vienen en paquetes pequefios. Te dejaré tan atras que pensards que estés parado. Al oir esas palabras, Tom comenz6 a nadar con entusiasmo alo largo de la orilla del lago para entrar en calor para la carrera, mientras Alfredo todavia avanzaba lentamente con su proce- so especial de humedecimiento. De repente, por el rabillo del ojo, Alfredo creyé ver que las cafias que estaban a su lado se agitaban suavemente. Qué serd eso?, pensé. Sera que hay un nido de ave fijado auna cafia? Quizd sea un pato salvaje. Me gustaria tener una cdmara. Se quedo quieto para no molestar, fuera lo que fuese. No aparecio ningun ave, pero el movimiento parecia dirigirse hacia el lago abierto. Las ondas cada vez mas amplias sobre la superficie lo hi- cieron sospechar. Retrocedié lentamente hasta la orilla. De re- pente, del agua surgieron dos ojos horribles desde un “tronco” sumergido. Rescafes emocicnantes A esta altura, Alfredo estaba a salvo fuera del agua y en la playa, pero su amigo... ;Qué seria de él? Alfredo pensd en su arma. Pero se dio cuenta de que tendria que volver corriendo cuesta arriba por la colina para buscarla, jy cada segundo era importante! Mucho antes de que pudiera matar al cocodrilo, la bestia ya habria almorzado. Luego, penso que podria chapotear en las aguas poco pro- fundas para captar la atencion del reptil, pero esa idea tampoco sirvié de mucho. El animal se dirigia directamente al nadador. Alfredo elevo una oracién silenciosa. Después grité: —jHola, Tom! ;Tu crees que estas nadando? jHombre, te es- tas arrastrando como un caracol! Te podria vencer facilmente. Vamos a ver si realmente nadas. Los suizos podemos ganarles a los estadounidenses en cualquier momento a ese ritmo. Dirigete hacia ese punto del otro lado de la bahia, y te tomaré el tiempo. Tom gird para darle una mirada al hombre que se le burlaba; luego enterrd su cabeza y con brazadas largas y continuas se dirigio al punto designado. Nunca hubiese creido que Alfredo fuera tan fastidioso. Bueno, él le iba a mostrar a ese fanfarron. jSolo porque Alfredo habia vivido en Africa uno o dos afios mas, pensaba que era listo! —jEso es lo mejor que puedes hacer? -continué Alfredo-. iPatea mas fuerte! Haz que esos brazos corten el agua. Si no puedes hacerlo mejor, perdiste antes de empezar. Tom oy6 la burla. No escuché que Alfredo murmuraba en voz baja: —Dios, aytidalo. No permitas que sea atrapado por esas crue- les mandibulas. Dale fuerzas. No dejes que la bestia avance. Entonces en voz alta Alfredo grité a voz en cuello: ~jAhora estas consiguiendo posicionarte mejor! Si te supe- Tas, voy a tener que sacarme los calcetines para ganarte. Pero La carrera del cocodrilo " jcréo que yo podria nadar un poco mas rapido que tu ahora! Cuando Ilegues a la roca, sal gateando inmediatamente para « que puedas descansar mientras me preparo para alcanzarte. Luego murmurd: —Dios, la bestia le esté ganando terreno. Esta a solo dos largos de distancia. Entonces, le grito a Tom: —Ahora para el despliegue final. Pon lo mejor de ti, como si el mismo demonio te estuviese persiguiendo. Lo lograras. No pierdas tiempo mirando para atras. Sal inmediatamente, y lue- go corre un poco porque... porque te persigue un cocodrilo! Finalmente menciono al animal mientras Tom llegaba a la saliente y se paraba encima de un brinco. Al grito de “cocodri- lo", Tom eché un vistazo por sobre su hombro y de un salto se puso fuera del alcance de la criatura... justo a tiempo para Py ver que los malvados dientes se cerraban vacios. Se desplomé aterrorizado. Mientras tanto, Alfredo habia corrido a lo largo de la orilla para alcanzar a su amigo del otro lado de la bahia. —jOh, Tom! Casi cref que no lo lograbas. Saltaste afuera del agua justo cuando el cocodrilo pensaba que te tenia. Fue el encuentro con la muerte mas cercano que espero tener alguna vez. —jQuieres decirme que viste que la criatura me perseguia y no me avisaste? j{Qué buen amigo eres! El sarcasmo corté el aire casi como los dientes del cocodrilo lo habian hecho segundos antes. —jOh, Tom, por favor no te enojes! {Qué paso cuando te dije que el cocodrilo estaba detras de ti? Te desplomaste. jY si hubieses perdido el control en el agua? Yo oraba por ti. Te grité todo lo que se me vino a la mente para estimularte. Hasta hice WT Rescates emocionantes te enojaras conmigo. Y funciond. Eres un campedn de natacién. Creo que nunca mas te volveré a desafiar. e Tom sonrié, porque se dio cuenta de que su amigo le habia salvado la vida. a > Capitulo 7 Supongamos Douglas Cooper uando Donny siguid a su papa hasta el granero al amanecer, descubrié que todos los charcos al lado del caminito estaban helados. Los pisaba a todos, disfrutando del sonido del hielo al romperse bajo su peso. El agua barrosa brotaba a chorros y le cubria los pies. Los sentia frios y hormigueantes, a pesar de sus botas de goma. El papa de Donny esperé que este pasara por el tiltimo charco, y lue- go se apresuraron a llegar al granero. Justo afuera de la puerta del granero habia un gran barril de metal. Estaba colocado debajo del alero para recoger agua 49 Rescafes emocicnantes de lluvia, y estaba casi hasta la mitad. El papa de Donny ob- servo que este también estaba congelado. ~ Como sabia bien que a su hijo le gustaba jugar con hielo: metid la mano en el barril y quebré el hielo con el pufio. Extrajo un pedazo que se veia tan grande y claro como el cristal de una ventana. Entregandoselo a Donny, dijo: Aqui tienes, hijo, diviértete un poco con esto mientras preparo las cosas para ordefiar. A Donny le gustaba sostener el hielo y mirar el sol naciente a través de él. Los rayos de luz creaban todo tipo de disefios y modelos bonitos. EI calor de la mano de Donny derritio el hielo en los bordes y se volvié resbaladizo. De repente se le escapo de las manos y al caer, tintined y se hizo mil peda- Zos. Donny, inmediatamente, tuvo ganas de tener otro pe- dazo. Su papa todavia no lo habia llamado para ir a trabajar, asi que decidio probar conseguir més hielo por su cuenta. Al mirar adentro del barril, pudo ver que habia bastante. El Unico problema era como sacarlo. Aun cuando se estird lo mas que pudo, sus brazos no alcanzaban a llegar hasta donde flotaba el hielo. Donny decidié que solo habia una forma de sacarlo. Se agarré fuerte y subié hasta el borde del barril. No tocaba el suelo con los pies, y hacia equilibrio con el estomago. Metid la mano en el barril para atrapar un gran pedazo de hielo que parecia que lo esperaba especialmente a él. Y entonces, sucedio. Donny nunca ha recordado qué pasd. Quiza haya sido una capa de hielo en el borde del barril que lo hizo resbaladizo, o quiza, en su ansiedad, haya perdido el equilibrio. Incluso antes de que tuviera oportunidad de gritarle a su papa para que lo ayudara, ;Donny cayé de cabeza dentro del barril de agua he- Supongamos lada a.medio llenar! Quedé “patas para arriba” y con la cabeza hacia el fondo. Para empeorar atin mas las cosas, los brazos de Donny que- daron inmovilizados a los costados por la abertura circular del barril. No podia liberarlos para tocar el fondo e impulsarse has- ta la superficie. Estaba atrapado e impotente, jcon su cabeza completamente debajo del agua! Donny lucho frenéticamente, pero en vano. Lo Ultimo que recuerda es que todo se puso muy oscuro y silencioso. RRR Al sefior Rice le gustaba su trabajo. Habia estado recolec- tando leche de los productores de leche en el valle, duran- te una buena cantidad de afios. Los conocia bien a todos. Generalmente se detenia a charlar el tiempo suficiente con cada uno de ellos, antes de seguir con su gran camion cisterna hasta el siguiente lugar. El sefior Rice no tenia horarios. Algunas majianas, llegaba mas temprano o mas tarde que otras. Resulta que esa manana en particular, era temprano cuando entré en la chacra de los padres de Donny. Estacioné frente al granero, y de un salto bajo de la cabina y comenzé a caminar hacia la puerta. De repente, se detuvo en seco y miré con asombro. jDe la parte superior del barril del agua de lluvia asomaba un par de botas de goma de un nifo! El sefior Rice no dudo ni un instante. Corrié hasta el barril, metid las manos y extrajo la forma inmévil del agua, al tiempo que grité tan fuerte como pudo para llamar al papa de Donny. El papa de Donny y el sefior Rice hicieron todo lo que pu- dieron, y qué alivio fue cuando Donny comenzé a balbucear y Rescafes emocionantes ~ artoser y finalmente volvi6 a respirar. Lo llevaron adentro de la casa. La mama de Donny escuché lo que habia pasado y, en- tonces, con lagrimas que le corrian por las mejillas, cambid la ropa mojada del nifio y lo abrigo en una cama calentita, junto a la estufa a lefia. Ahora, supongamos. Supongamos que el sefior Rice se hubiese tardado algunos minutos mas para desayunar aquella mafiana. Supongamos que, al salir del pueblo, el semaforo en vez de estar con luz verde hubiese estado en rojo. Supongamos que hubiese pinchado una rueda o hubiese tenido que cargar combustible. Supongamos que se hubiese quedado un poco mis en al- guna de las otras chacras. Un minuto mas en esa agua congelada habria sido demasia- do, hubiese sido el fin. Donny hoy es un adulto, y ha dedicado su vida al minis- terio. Cuando predica un sermon de cuanto se preocupa Dios por cada uno de nosotros, sabe por experiencia personal que realmente es asi. Como veran, Donny es el diminutivo de Douglas, el autor que escribid esta historia. Capitulo 8 . De larga vida Penny Estes Wheeler | viento nocturno gemia suavemente por entre el bos- que profundo que rodeaba la casita blanca. De repente, un sonido diferente de los apagados sonidos nocturnos despert6 a la sefiora Paulson. Se le tenso el cuerpo cuando se incorporé a medias para escuchar. Bajé la vista y vio que la pequefia Ana dormia profundamente en la cama marinera jun- to aella. Quizd la vaca se ha salido, se dijo, o tal vez el pestillo de la puerta esté suelto. Desearia que Karl estuviese acd y que no traba- jara lejos de casa, penso, mientras se levantaba para in- vestigar el ruido. Sin molestarse en encender una lampa- Ta, se abrid paso con lentitud por la casa oscura, deteniéndose momentaneamente en 53 Rescafes emocicnantes la habitacion contigua para controlar las figuras dormidas de David y Sara. Después de abrir la puerta principal, se ajusto la bata ante al frio nocturno y descendié los tres escalones hacia el patio. Los. rayos de una luna llena filtrados por las nubes inundaban el pe- quefio claro, delineando el diminuto cobertizo y la bomba de agua con una extrafia luz trémula. La sefiora Paulson escuchaba en la oscuridad. No se oia ningun sonido. La vaca estaba durmiendo placidamente en su cobertizo; las gallinas estaban tranquilas en su gallinero. Solamente el viento susurraba a través de los arboles, haciendo que las flores silvestres se inclinaran suavemente bajo la luz de la luna. Fue un sonido solitario, quizds el viento o un animal nocturno, pens6 la sefiora Paulson. Estoy mds alerta ahora que Karl se fue de viaje por una semana. Ella sabia que un lefiador no puede ganarse la vida a menos que pueda vender su leiia, asi que su esposo habia partido para vender lefia a una carpinteria de la ciudad, a ochenta kilometros. Se quedé un momento mas, disfrutando de la belleza de la luz de la luna. Entonces, al darse cuenta de que probablemente habia escuchado a algtin animal o que no habia oido nada, se dio vuelta para volver a su cama. Se detuvo un momento frente a la entrada. Su pie descalzo se posd por un instante sobre algo sdlido y blando a la vez, antes de echarse hacia atras. Pero ese instante fue suficiente para que sintiera una punzada en el tobi- Ilo. Entonces, escuché el sonido como de un sonajero, y vio el largo cuerpo de una serpiente que, ondulando por el pasto, se iba en direccién a la oscuridad protectora de los Arboles. Llena de terror, la sefiora Paulson se apresuré a entrar a la casa. Con dedos temblorosos encendié la lampara y luego se levanto la larga bata para examinar el doble pinchazo en el tobillo. Ya la piel de alrededor se sentia blanda. Hundiéndose De larga vida en Una silla, se sento en silencio, a la espera de que su mente asimilara la realidad que conocia, pero que no podia aceptar: al otro dia a esa hora probablemente estaria muerta. {Sera posible que solo hayan pasado menos de 24 horas desde que Karl se fue?, penso aturdida. Ni siquiera tuvo que cerrar los ojos para verlo cabalgar por el camino a través del bosque, con su camisa roja que destellaba parches de color después de desaparecer tras los Arboles frondosos, y recordar vividamente los Ultimos momentos. Td eres el hombre de la familia en mi ausencia -le habia dicho el padre a su hijo mayor. Y David, con sus trece recién cumplidos, habia asentido so- lemnemente, y habia contestado: —Si, sefior. Cuidaré a nuestras tres mujeres. Mientras sostenia a la bebé Ana, que se reia con placer, el padre se habia despedido con un beso de Sara, de diez afios, despeinando su cabello pelirrojo. Luego de desenredar los de- dos de Ana de su barba, el padre se la habia entregado a la madre, volviendo a besar a su esposa, y habia partido. —Nos vemos en una semana —habia dicho. El dolor en el talon hizo que la madre volviera a la realidad. Qué haré con los nifios?, fue el pensamiento atroz que vino a su mente. No tenemos vecinos. Nadie viene a visitarnos. Ni si- quiera hay otro caballo para que David salga a buscar ayuda. —Aytidame, Sefior -ord-. Si crees conveniente que muera, muéstrame como guardar a mis hijos sanos y salvos hasta que su padre llegue a casa. Apreté los ojos con fuerza, y rodaron gruesas lagrimas por sus mejillas. —Pero no quiero morir, querido Padre —afiadio-. Si existe alguna forma... provéela, no me dejes morir. 5S Rescates emocionantes Luego se incorpord, tom6 la lampara y caminé lentamente hasta la cocina. Ya sabia lo que tenia que hacer. Primero, el fuego. Trabajo con los carbones depositados en el horno hasta que ardieron con ganas. Con movimientos si- lenciosos para no despertar a los nifios, llend dos ollas con agua. Puso frijoles pintos secos en una olla y habas secas en la otra, y colocé ambas sobre la cocina. Luego preparé la masa esponjosa para una doble receta de pan. Cuando se senté a la mesa para descansar un minuto, sus dedos acariciaron la tela del costal de harina que la cubria. Se habia sentido orgullosa cuando terminé ese mantel; primero lo habia blanqueado al sol y luego lo habia teflido con el jugo de frutos del bosque. Ahora, sus dedos se dirigieron a la parte inferior de la pierna y tocaron en el doloroso ardor. Estoy indefensa, pensd, enojada consigo misma. Ni siquiera sé qué hacer para contrarrestar el ueneno de la serpiente. Mi abuelita habria sabido qué hacer, o mimama, o tia Freda. Todo lo que yo puedo hacer es sentarme aqui a esperar. Su mente inquieta y asustada fue ahora en otra direccion, suficiente comida para una semana, pensd. Tengo que pre- parar comida suficiente para la semana. Y casi toda la ropa de los chicos esta sucia, también. Debo lavar los pariales de Ana, aunque eso sea todo lo que logre hacer. David y Sara pueden ayudar con la cocina y la ropa. Oh, pero preferiria que duerman hasta tarde hoy. Tengo tanto miedo da tratar de explicarles lo que va a pasar. Van a quedar tan asustados mis retonos, se dijo con lagrimas en los ojos. Se paré para revolver los frijoles, agregarles cebolla y amasar el pan. Para cuando la luz del sol despertd a los nifios, las prime- ras hogazas de pan horneado llenaban la casita con su olor delicioso. ee ee er | De larga vida =Hola, maméa. jPara qué estas cocinando tan temprano? —pregunto David, refregandose los ojos mientras entraba a la . cocina. -{Vamos a tener visitas, o qué? —preguntd Sara cuando en- tro detras de su hermano. La madre alcanzé a sonreir, pensando que era bueno que su bata tapara la hinchazon de su pierna. -No podia dormir, asi que pensé en ponerme al dia con el pan. La bebé se desperté y comenzo a llorar. —Sara, tesoro, por favor traeme a Ana para que pueda ama- mantarla —dijo la madre. La bebé termino de tomar justo cuando David llegé a la coci- na trayendo un balde de leche. La cold con dos pafios blancos y luego fue a la despensa a buscar la olla grande para hervirla. —Mamé, no puedo encontrar la olla de leche —grito. La madre, que estaba en la habitacion vistiendo a Ana, le respondio: —La estoy usando para cocinar frijoles. Espérame un minuto y veré qué puedo encontrar. Lentamente y muy adolorida dio los pocos pasos hasta la cocina. —Usemos dos ollas mas pequefias —dijo. Control6 el pan antes de sacarlo del horno y de untar la cos- tra con mantequilla fresca. Después, extendid un trapo limpio sobre los panes para que se enfriaran. —Me voy a vestir le dijo a su hijo-, y luego desayunaremos. Se visti rapidamente pero con cuidado, y escogié el vesti- do estampado con ramilletes azules que generalmente usaba para los viajes al pueblo. La falda extra larga y con volados me cubrird la pierna, pens mientras enroscaba su cabello 57 Rescafes emocionantes largo y lo prendia. Se detuvo a mirarse un instante en el espejo viejo y estropeado y se enderezo el cuello doblado. : —jQué tal un desayuno a la antigua? —les propuso a sus hijos al regresar a la cocina. -jQuieres decir sin galletas ni panqueques? —pregunto Sara. -Cuando yo era muy chica y mi mama estaba apurada, este era el desayuno que siempre teniamos. Mama decia que era el que mas le gustaba de todos -le respondio la madre. —Sara, baja al sotano y trae un frasco de duraznos. Eso sera como el postre con el pan y la leche. David puso la mesa mientras la mama quebraba trozos gruesos de pan integral casi duro dentro de vasos y esparcia leche fria y cremosa encima. Sara Ilego con los duraznos y se detuvo para abrazar impulsivamente a su mama. —De veras me gusta tu desayuno a la antigua -dijo-. Puedo hacer de cuenta que soy una pionera como la abuela. Antes de sentarse, la mama trajo un pequefio banquito con almohadon para apoyar la pierna mientras comia. Trato de hacerlo mientras los nifios estaban ocupados, pero David vio que ponia el pie en una posicion comoda y le pregunto si se habia lastimado la pierna. Ella le resto importancia a la pregunta al no responder, e inclind la cabeza para agradecer a Dios por los alimentos. La pregunta de David se esfum6 en la charla de Sara acerca de cudntos huevos podria encontrar esa maijiana y del grito feliz de Ana. David trajo a la bebé a la mesa para que la mamé la tuviese mientras comian. —Por favor, jpodrias limpiar la mesa, Sara? —pregunto la mama-. Y, David, traeme la Biblia. La mama se demord en el culto tanto como se atrevid, ya que el dolor en la pierna se hacia cada vez mas intenso y sa- bia que tenia que hacer el trabajo de toda una semana en las De larga vida proximas horas. Cerro la Biblia y mir a los nifos, trago saliva y eligio las palabras con cuidado. —Hijos, tengo que contarles que me mordid... una serpiente -dijo, tratando de mantener la voz serena. Siguid hablando, tratando de borrar el miedo en los rostros que tenia frente a ella. —En el tobillo. Ya tengo la pierna hinchada y, a menos que ocurra un milagro, muy pronto deberé acostarme a dormir y quiza ya no despierte. —No, mama. jNo! -exclamé Sara, con las pecas en su ros- tro blanco que resaltaban como botones marrones. Corrid has- ta su mama y enterré la cara en el pelo de ella. David miro de frente a su mama, con los ojos marrones sin pestaniear, incrédulos. —Un médico -alcanzo a decir-. Iré a buscar a un médico. {Sin caballo, hijo mio, y sin vecinos a quienes pedirles uno prestado 0 a quienes contarles? Son demasiados kilémetros para ir y regresar a tiempo... ya lo calculé. Ella hablaba en voz baja, suavemente, acariciando el cabello de Sara con una mano, sosteniendo firmemente a Ana con la otra y mirando con ternura a David. -El mayor problema es quién los va a cuidar a ustedes hasta que Ilegue papa. Deben ser valientes. Deben ayudarme a pre- parar comida, suficiente como para que dure toda una semana. y Ana debe tener pafiales limpios. Ustedes dos, mi hombrecito y mi mujercita, deben cuidarse entre si y a Ana, hasta que papa llegue a casa. jSé que lo conseguiran! Trago saliva para no atragantarse con sus palabras. -No tengan miedo por mi. Jestis me despertara llegado el momento. Pero, para descansar en paz, debo saber que pue- den cuidarse entre ustedes y a Ana. eb e ht BO pe 9 see ei Rescafes emocicnantes David le devolvié la mirada, fuerte y valiente, mientras roda- ban enormes lagrimas por sus mejillas. : —Estaremos muy bien, mama -dijo-. Le prometi a papa que te cuidaria a ti, a Sara y a Ana, y haré todo lo que pueda. pero... La mama extendio el brazo por sobre la mesa para poner su mano sobre los pufios apretados de él. -Oremos antes de comenzar nuestro dia. David trajo agua, y él y Sara lavaron los pafiales de Ana y algo de ropa de ellos dos mientras la mama terminaba la se- gunda horneada de pan. Sara trajo papas del sotano, y la mama las hirvid. Luego, cocind los huevos que Sara habia juntado y se las arreglo para batir algo de crema. A pesar de todo, estaba preocupada porque los nifios no tendrian suficiente comida. Para el mediodia, la mama ya no podia estar mas parada. Se sento en un sofa, mientras su falda fruncida azul brillante le cu- bria la pierna que se le habia hinchado al doble de su tamafio. Sara trajo papel y un lapiz, y alli la mama escribié instrucciones para los nifios. Cémo cocinar hojas de diente de leon. Como cortar las papas hervidas con las cebollas y freirlas en la sartén. Como hacer puré de papas. Instrucciones para hacer sopa de los descartes. Finalmente, escribid una carta para su esposo. Bajo las instrucciones de su madre, Sara mezclo una for- mula para que Ana bebiera y trato de alimentar a la bebé. Sara lloraba mientras Ana se resistia a sus esfuerzos, pero la mama le aseguré que aprenderia rapidamente. -Si todo lo demas falla -le dijo la mama, conteniendo sus lagrimas- mete la punta retorcida de un trapo limpio en la leche y daselo a Anna para que chupe de alli. Podrias hacer migas de pan y agregarles leche y darle de comer eso con una cuchara. Sefialé la Biblia que todavia estaba sobre la mesa de la cocina. De larga vida =Léanla entre ustedes, jsi? -les dijo-. No se olviden de ha- cer el culto todas las majianas y todas las noches. Los Salmos . son preciosos para que los lean los nifios y, por supuesto, los cuatro evangelios. Ellos les haran compaiiia mientras esperen a papa. La mama hizo que David llevara la camita de Ana a la ha- bitacion de ellos. Sara le seguia los pasos con la ropa y las mantas de la bebé. —Después de que yo... me quede dormida, mantengan mi puerta cerrada —les dijo la mama-—. Asi no tendran tanto espa- cio de la casa para calentar en las noches frias. Y aseguirense de que Ana use escarpines, para que no se resfrie ni tenga COlicos. La mamé acuno a Ana para hacerla dormir mientras los ni- flos mas grandes corrian alrededor, siguiendo sus instruccio- nes para almacenar la comida que ella habia preparado. David puso a la bebé en su camita, luego regresé a la cocina donde la mamié se Sento a escribir otra vez con la pierna apoyada sobre una silla. -jNo quieres ir a acostarte? -le pregunto él. —Todavia no, todavia no. La cocina es muy acogedora, y me gusta estar donde pueda verlos y escucharlos a los dos. No te preocupes por mi. Me iré a acostar cuando deba hacerlo. A varios kilometros de distancia, el sefior Hamilton y su esposa, descendientes de nativos norteamericanos, estaban regresando a su casa en su hacienda, después de un dia en el pueblo y otro viajando. Se habian levantado antes del amane- cer, habian hecho el trabajo de un dia antes del desayuno, y luego habian salido de prisa de la ciudad donde habian reali- zado las compras del mes. En el viaje de regreso, con el carro lleno de compras, el sefior Hamilton llevaba las riendas sueltas waa é Rescafes emocicnantes y permitia que el caballo los llevara a casa con su caracteristico trote lento. El sol de media tarde les daba calor, a pesar de las sombras proyectadas por los arboles a ambos lados del camino. Las violetas agrupadas entre las hojas en forma de corazon se si- tuaban al abrigo de las raices de los arboles. -Las preferidas de Katherine Paulson —comento la sefiora Hamilton-. Tu sabes que ella vive a un par de kilometros ba- jando por el préximo camino al que nos estamos aproximando. -jAh, si? -fue la respuesta cansada de su esposo. —Pasemos a verla. Hace meses que no la vemos, con el in- vierno y toda esa nieve tardia que tuvimos. —Tendremos que apurarnos para llegar antes de la puesta del sol, asi como vamos -respondid el sefior Hamilton mien- tras el caballo pasé trotando por el camino que se dirigia a la casa de los Paulson. La esposa apoyé su mano en el brazo de él. —Por favor, Henry. No nos Ilevara mas de una hora pasar y saludar. Su esposo trabaja fuera de casa, ella esta sola y le gustan las visitas. Ya sabes, tiene un bebé nuevo que hemos visto solo una vez. -Si, pero.. Katherine siempre fue una buena amiga mia. jRecuerdas cuando me enfermé y ella mandé esa olla de frijoles y esa torta dulce para ayudarnos cuando yo no podia cocinar? —Reconozco las zalamerias -refunfufid Henry con buen hu- mor, mientras hacia girar el caballo y lo acicateaba para acelerar el trote. El sol ya se habia escondido detras de los arboles cuando los Hamilton entraron en el patio de los Paulson. Sara fue la primera en verlos. 62 De larga vida -jMama! jMama! jDavid! Viene alguien —pegd un grito y corrié hasta donde estaba la mama. David corrid hasta la puerta y, como un rayo, llegé junto al carro. —jMama, mami... esta muy enferma! —exclamé. Sin esperar a recibir ayuda, la sehora Hamilton recogié su falda, salto del carro y entré a la casa corriendo. Katherine, jqué es esto? -se quedo sin aliento al captar la cocina repleta de alimentos, la cara de susto de Sara y la cara palida y triste de su amiga. -Esta mafiana temprano, antes del amanecer, una serpiente me mordio en el tobillo -explicd lentamente, haciendo un es- fuerzo con cada palabra. La sefiora Hamilton levanto la falda de la mama, y vio la pierna hinchada de manera grotesca, manchada con veneno. -jHenry! jNifios! -exclamo-. Ayudenme. Debemos ir al bosque. Bajo su direccin, buscaron una enredadera silvestre entre los arboles. Cuando hubieron juntado una brazada de sus hojas, ella y su esposo regresaron a la casa, mientras Sara y David se quedaban a juntar mas. La sefiora Hamilton ayudo a Katherine a meterse en la cama, y el sefior Hamilton puso una olla de agua sobre la cocina para calentar. Luego, ella le pidié a su esposo que masticara las hojas hasta desmenuzarlas, que las escupiera y volviera a mascar mas. Ella hizo lo mismo y, en pocos minu- tos, habia comprimido y estrujado hojas. Las colocd en una parte de la pierna hinchada y salid corriendo a juntar mas. ~Tenemos que cubrir la pierna, y mascar es la forma mas ra- pida —le explicd a su esposo-. Una vez que esté bien cubierta, herviremos més, la reduciremos a una pasta y se la esparcire- mos por la pierna. 63 Rescates emocicnantes El hombre sacudié la cabeza asintiendo. -Me parece que es inutil —susurrd. -Dios puede obrar milagros, y a veces nosotros podemos ayudarlo -respondié su esposa-. Yo he visto que esto ayuda, aunque nunca en una persona tan afectada-sacudié la cabeza. Salio corriendo hacia los bosques; sus dedos volando arran- caban hojas de las enredaderas que colgaban de los arboles. —Creo que soy la Unica persona por estos lugares, excepto quizé el médico, que sabria qué hacer. E incluso el médico tal vez no sepa de estas hojas que extraen el veneno. La mama gemia en la cama, apenas consciente de la activi- dad a su alrededor. Ana lloraba, y Sara trataba de consolarla, de alimentarla y finalmente la volvid a meter en la cama para poder juntar hojas con su hermano y el sefior Hamilton. El sefior Hamilton encendié una lampara en la oscuridad, y traba- jaron hasta bien entrada la noche. La sefiora Hamilton aplicaba cataplasmas nuevas y calientes tan rapidamente como su es- poso y los nifios podian mantenerla aprovisionada. -Gracias a Dios, encontramos las plantas cerca —le dijo a su esposo, mientras este entraba otra canasta de hojas. Sara y David no quisieron dejar de trabajar para irse a dor- mir, aunque en algtin momento después de medianoche, la sefiora Hamilton les pidid encarecidamente que se fueran, solo se detenian lo suficiente como para entrar en puntillas a la habitacién de su madre y observar cuando la sefiora Hamilton le cambiaba las cataplasmas de la pierna. Lenta, casi impercep- tiblemente, aunque con seguridad, la hinchazén comenzo a ceder y el enrojecimiento comenzo a desvanecerse de la pierna deforme. Para el amanecer, los nifios cayeron exhaustos en sus camas. El sefior Hamilton se guardé un pan con mantequilla en el bolsillo y salid con su carro a buscar mas hojas. 64 De larga vida Ana lloraba, y Sara, dando vueltas en un suefio intranquilo, no la escuchaba. Pero el sonido penetré en la habitacion de la mama. Un rayo de sol cay6 sobre su rostro. Abrié los ojos, lentamente, recordando algo que queria olvidar. Sacudiendo la cabeza que le dolia, trat6 de enfocar sus ojos sobre alguien que se inclinaba sobre ella. "Luz de fuego” Hamilton? —susurro, incrédula. - Todavia estoy... jviva? El sefior Hamilton regres6 con mas hojas. Cuando volvié a irse, salid en busca de un médico. Después de que la sefiora Hamilton le aplicé la nueva cataplasma, le pregunto a su amiga si queria algo. —Un sorbo de agua, y si no estas demasiado cansada... y oh, claro que lo estas —susurré la mama-, pero me gustaria mucho que buscaras la Biblia y pudieras leerme el Salmo 91. La suave voz de la sefiora Hamilton sonaba como el canto de un angel para los oidos de la mama, aun cuando la mujer trastabillaba con algunas de las palabras. —Me invocard, y yo le responderé -ley6 la sefiora Hamilton-. Con él estaré yo en la angustia; la libraré y le glorificaré. -Hizo una pausa para sonreirle a su amiga antes de leer el versiculo final-. Lo saciaré de larga vida, y le mostraré mi salvacion. Sy Capitulo 9 Escucha con ef corazon Kay Warwick eneralmente, nada perturbaba a Rosemary cuando dormia, porque uno de los aspectos mas afortuna- dos de su discapacidad —-y quizd lo Unico que tenia de bueno- era que los ruidos comunes nunca le llegaban. Porque Rosemary, una rubia de pelo hermoso de 18 afios, era totalmente sorda. Lo que si le molestaba era no ser como las demas chicas del barrio. Rosemary habia aprendido a poner su “reloj despertador mental” a una determinada hora cada mafiana, e invariable- mente se despertaba a esa hora. Su sentido de responsabilidad estaba muy desarrollado, porque vivia con sus padres adop- tivos, el sefior Richard Starnes y su esposa, y durante el dia cuidaba a sus hermanos, mientras la mama y el papa estaban trabajando en sus negocios. Pero en esta fria mafiana de noviembre en Michigan, se des- perté con una sensacién inmediata de que algo andaba mal: habia algo que no andaba como era debido. 67 Rescates emocicnantes ta muchacha se levanto de la cama de un salto, ni siquiera se detuvo a ponerse una bata sobre su pijama de algodon azul, y entr6 corriendo al cuarto de los nifios. Alli estaban, durmiendo placidamente y, aparentemente todo estaba bien. Billy, de tres afios, estaba acurrucado entre las mantas ca- lentitas de su cama, mostrando solo la punta de su naricita. Rosemary le tocé la frente. No tenia fiebre. No estaba enfermo. Luego revistd a Bonnie, de solo dos afios. Ella también dormia dulcemente, con sus ojos azules cerrados y sus largas pestafias que le cepillaban las mejillas. Rosemary le acomod6 las colchas, le acaricid la suave cara rosada y suspiro preocupada. Olié el aire y corrié del cuarto a la cocina de la casa con un solo nivel. Pero no habia ningtin olor a gas en ese lugar, ni en ningun otro. Era sorda desde que habia sufrido una enfermedad grave, cuando tenia ocho afios. Desde ese momento, Rosemary habia desarrollado los demas sentidos con una agudeza inusual. Le habian dicho que, cuando se cierra una puerta, Dios abre otra; y sin duda creia que Dios habia hecho esto por ella. Ahora, aunque no podia escuchar nada, podia percibir una vi- bracion, no bajo sus pies sino a través de su cuerpo, y comenzo a examinar la casa para descubrir de donde procedia. Rapidamente concluyo que la extrafia vibracién no provenia de ninguna cosa de la planta baja de la casita, asi que se dirigid al sotano. No se atrevia a bajar seguido alli, pero sabia que ese dia debia hacerlo, y su intuicion la guio directamente a la puerta de la sala de la caldera. Estaba cerrada, pero al acercar su mano para abrirla percibid que estaba extremadamente caliente. jTan caliente que ni siquiera podia tocarla! Rosemary se preguntaba frenéticamente si ya habia perdido de- masiado tiempo en encontrar el problema. jEra demasiado tarde? 68 A, a rica al ee €scucha con el corazén Tratando de no entrar en panico, se precipito por las es- caleras hasta el cuarto de los ni- fios. Tomé a Bonnie en brazos y desperto a Billy, tratando de no atemorizarlo. -Billy... Billy... Estamos ju- gando un juego. Ven, tesoro, despierta —le rogaba. El niflito le obedecio, frotan- dose los ojos llenos de lagrimas. -No llores, Billy. Ven, sé un nifio grande. Vamos a la casa de los Fisher ahora mismo. jEstamos haciendo de cuenta que nos persigue un gran oso! Rosemary ni siquiera dejo que Billy tomara su bata calentita mientras salia de prisa con él del cuarto, El titubed ante la puerta del frente abierta. —jEstoy descalzo, Rosemary! Hay nieve... —gritd. -jEstamos jugando a los esquimales, Billy! Ven, ;qué nos hace un poco de nieve? Rosemary cambid al bebé de brazo y logré que Billy bajara los escalones hasta la nieve. Luego todos juntos cruzaron el patio hasta los vecinos de la casa lindante. Golped la puerta del frente de los Fisher. Cuando la sefora Fisher abrid la puerta, observ con asombro y desaprobacion a la muchacha con los pequefios llorando. -jQué, Rosemary, te volviste loca? jSalir con este clima, y sin abrigo para los nifios! {Ni siquiera zapatos o pantuflas! -La sefiora Fisher tomé al bebé en brazos, sacudiendo la cabeza. 69 Rescates emocicnantes El sefior Fisher aparecié detras de su esposa. —Callate, mama, algo terriblemente malo debe haber pasa- do. ;Cudl es el problema, Rosemary? Rosemary habia recibido una buena educacion en la escue- la para sordos, y ahora estaba bien preparada. Pudo leer facil- mente los labios del sefior Fisher. —La caldera... jcreo que va a estallar! La casa se estd sacu- diendo. Yo podia sentir la vibracion; me desperto. El sefior Fisher asintid y corrié hasta el teléfono. Justo cuan- do llamaba al departamento de bomberos, todos oyeron una gran explosion. Todos, es decir, salvo Rosemary. Pero ella la pudo sentir, y su estremecimiento fue como un eco. Todos corrieron hasta la ventana mds proxima. Llovian escombros, tablas y vidrios rotos en la casa de los Fisher. Las llamas ascendian hacia el cielo desde la casa, 0 des- de lo que habia sido su casa. Entonces Rosemary por primera vez cedid a la emocidn, y se largo a llorar. Cerré los ojos y permitio que la sefiora Fisher la estrechara entre sus brazos. Una y otra vez en su corazon silenciosamente, ella agradecia a Dios por haberla guiado esa mafiana; por haberla despertado, por haberla ayudado a salvar la vida de los nifios. El sefior y la sefiora Starnes reconstruyeron la casa. Aunque hubo gran cantidad de dafios en el interior, la estructura exte- rior se mantuvo en pie. Y no tuvieron que reconstruir sus vi- das sobre las cenizas de un gran dolor. Sus hijos sobrevivieron gracias a una adolescente perceptiva y de pensamiento rapido. Mientras Rosemary ayudaba a sus padres adoptivos a insta- larse en su nueva casa, cada vez se daba mas cuenta de que era una parte importante en la vida de ellos. Y pudo sentirse integra y completa, igual a todos los demas jovenes que la rodeaban. Capitulo 10 La marea del diablo Kenneth E. Field or primera vez ese fin de semana, Ken vio que el sol escapaba de su manto de nubes y le echaba un vistazo a él ya los demas alumnos del tiltimo afio del colegio secundario Laurelwood. Su curso se habia ido de viaje de egresados a la playa cerca de Garibaldi, Oregon. A pesar del frio del océano, él y media docena mas habian estado jugando sin tablas. Los dedos helados de cada ola los 7 Rescatfes emocicnantes entumecia un poco mds a cada minuto, y luego sin aviso, el movimiento del agua cambid. Una fuerte corriente superficial comenzo a fluir hacia afuera desde la orilla. Ken se mantuvo en pie en el agua que le llegaba hasta la cintura, después de un intento fallido de subirse a las olas para llegar hasta la playa, y se secé el agua salada de la cara. Aunque estaba totalmente entumecido por el frio, podia sentir la fuerza misteriosa que estaba adquiriendo la marea. Oyo gritar a su amigo Dan: -jSharon! jEstas en lo profundo! Durante varios segundos, el grupo se qued6 helado mientras el rugido pulverizante de las rompientes desviaba la respuesta de Sharon. Entonces todo sucedié en seguida. Dos muchachos, Wayne y Ben, nadaron en direccién a Sharon y ambos quedaron atra- pados en las garras crueles de la corriente revuelta, o la marea del diablo, como algunos la llaman. Dos chicas se dirigieron hacia la orilla pidiendo ayuda a los gritos, mientras Dan y Ken se quedaban duros, con miedo de nadar, con miedo de ira la orilla. —jAgarrate de mi mano, Ken! -exclamé Dan-. jSi morimos, al menos morimos juntos! Se dieron vuelta para no perder de vista a sus tres amigos. Ken y Dan no podian distinguir lo que estaba ocurriendo en la playa. Las olas la ocultaban de su vista. Los granos de arena debajo de sus pies eran barridos por las garras de la con- tracorriente. Ambos sabian que estaban en serios problemas y que los otros tres corrian mayor peligro aun. Las aguas revuel- tas eran tan fuertes, ahora, que se dieron cuenta de que no podrian regresar a la playa sin ayuda. Aun asi, Ken no podia apartar la vista de esas tres cabezas que se balanceaban, casi inmoviles entre los estruendos de las olas. a2 i La marea del diablo Escucharon gritos provenientes de la playa, y Ken giro sobre sus talones para ver una cadena humana de alumnos y profe- sores que se abrian paso a través del agua en direccion a ellos. Debbie, la novia de Wayne, era la primera de la fila cuando llego a Dan y Ken. Ken la tomé de la mano, aunque la suya estaba tan fria que casi no podia sentir la de ella. A medida que se abrian paso en medio del oleaje, Debbie imploraba: “jWayne. oh, Wayne, por favor, nada, por favor, regresa!” Y mientras eran golpeados una y otra vez por las olas que ahora se elevaban por sobre sus cabezas, Ken ord en silencio: “;Dios, salvalos! | Por favor, ayudalos a nadar!” Ahora con el agua en el menton, Dan todavia los conducia a través de las olas colosales, extendiendo un brazo en el agua, y con la otra mano aferrado de Ken, mientras el resto se es- forzaba al maximo detras de él. Con un esfuerzo enorme Dan tomo de la mano a Ben, el mas cercano de los tres nadadores, que a su vez le extendio la mano a Wayne y a Sharon. Wayne, de alguna manera, se las arreglé para empujar a Sharon hasta la fila de rescate. Ella estaba casi inconsciente cuando ellos la asieron de la mano, y Wayne parecia comple- tamente exhausto cuando finalmente se tom de la cadena humana. La cadena se estrechaba y se estiraba contra la marea baja, que los amenazaba vez tras vez con romperla, cuando comenzaron a forcejear hacia la playa. Todos los alumnos y los profesores de la cadena, casi ochenta de ellos, estaban en el agua agitada que les llegaba hasta las rodillas o mas arriba. La lucha era desesperada. Una vez Ken se dio vuelta, solo para ver una montajia blanca y espumosa de una avalancha de agua que cayO sobre él y casi logra desprenderlo de la cadena humana Emergio del verde enfermizo del mar, atragantado y luchando por respirar. rey Rescates emocicnantes Pelearon contra la corriente del diablo, y lentamente gana- ron. Cuando el grupo Ilego a tierra firme, Sharon se desplomé y tuvo que ser llevada hasta la fogata. Peter y Debbie ayudaron a Wayne, que se sentia mal por tragar agua de mar. Janell abrazo a Ken y lo ayudé a llegar a la fogata. El tem- blaba mucho y las llamas no parecian hacerlo entrar en calor. Sharon estaba acostada, cubierta con una manta y gritaba que tenia tanto frio que no podia respirar. Un grupo de alumnos y profesores se arrodillaron en silencio en la arena, junto al fuego, para orar y agradecerle a Dios porque todos estaban a salvo. Por extrafio que parezca, casi ochenta personas estaban justo en el lugar y en el momento en que se las necesitaba, y no dudaron en tomar parte activa, aunque la mayoria estaba con la ropa seca y el agua estaba helada. Algunos, Ken se enteré después, ni siquiera sabian nadar, pero se metieron al agua de todos modos. Si solo uno o dos hubiesen decidido desviarse del grupo, algunos de ellos, incluido el autor, no estarian vivos para con- tar la historia. jEl amor y el poder de Dios en un momento de peligro fue un maravilloso regalo de graduacion! 14 Capitulo 1] Dixie Linda Perkins Hache | magnifico dia primaveral hacia que la montana de ropa para planchar que tenia a mi lado pareciese intolerable. El perfume de las flores lila del paraiso recién abiertas Rescates emocicnantes Se elevaba por el aire y entraba por la ventana. Dos aves chi- llonas estaban construyendo un nido en las ramas del arbol, y sus dulces cantos Ilenaban el aire. Me sentia un poco apenada por tener que estar adentro en un dia asi. Pero, al menos, la vista era mia. Segui con la mirada el sinuoso sendero campestre hasta el claro de las vacas en el valle. El exuberante prado montafioso alcanzaba su punto maximo donde estaba el viejo sicémoro. Parecia majestuosamente adusto, aun vestido con su nuevo crecimiento primaveral. Pensé en las tantas veces que me ha- bia trepado por sus ramas hasta el “puesto de observacion”, alla arriba. Yo sabia, aunque mi vista terminara con el drbol, que el Prado continuaba medio kilometro, mas o menos, hasta un lugar boscoso en la parte posterior de la finca. Alli era donde las vacas prefiadas, muchas veces, buscaban refugio y priva- cidad cuando un nuevo ternero estaba a punto de llegar al mundo Mi padre esperaba que la Colorada Vieja pariera en cual- quier dia de esos, y yo me preguntaba si un ternerito flacucho habria saludado a ese bello amanecer... Justo en ese momen- to, entro papa, con el mameluco limpio por ser comienzo de semana. Al verme en mi tarea, me sonrié por un instante y luego me ofrecié: —jQué te parece si ensillamos a Dixie y arreamos a la Colorada Vieja desde el pasto de atras? Estoy seguro de que estd escondiendo a un nuevo ternero alli. jAl fin podria escapar! Euforica, desenchufé la plancha y fui corriendo hasta el granero. Dixie era la alegria de mi vida. La gente siempre decia que su color alazan coincidia perfectamente con mi cabello castafto Dixie rojizo,y el hecho de que habiamos nacido con apenas algunos dias de diferencia hacia que ella fuese muy especial para mi. Sentia un profundo respeto y un poco de temor por esa yegua. Era lo més répido que se haya visto por estos lugares durante bastante tiempo. Tuve que aprender a montar bien antes que me permitieran montar a Dixie. {Pero qué alegria fue cuando finalmente pude hacerlo! Su marcha era tan suave como una brisa de enero, jaunque tan rapida como un viento de septiembre! En las carreras zonales siempre era la primera en cruzar la linea de llegada. Dixie era buena para seguir instrucciones, pero su espiritu ardiente dificultaba la tarea de mantenerla bajo control. Papa siempre decia que, si tuviese que enfrentar a un oponente su- perior, probablemente correria hasta morir. Rapidamente ajusté la cincha de la cabalgadura y monté. Al agarrar las riendas, me di vuelta para ver si papa se estaba preparando para montar otro caballo. Para mi sorpresa, todavia andaba a pie. —Voy caminando esta vez -fue su Unico comentario. Yo me senti orgullosa de eso. Me estaba dando la respon- sabilidad mayor, y él solo me acompajiaba para ayudar. Esos buenos gestos eran propios de él. Yo sabia que estaba reco- nociendo el hecho de que yo estaba haciendo progresos, es- taba madurando y que me estaba dando el honor debido sin siquiera mencionar el tema. Era su forma de eliminar la brecha generacional. Me costé hacer que Dixie aflojara la marcha para seguirle el ritmo a mi papa. Ella no se contentaba con ninguna velocidad que no fuese la maxima, y siempre la consumia la impaciencia. Encontramos a la Colorada Vieja y a su ternero flacucho donde suponiamos, y papa acechaba entre los matorrales para Rescafes emocicnantes ahuyentarlos. Dixie y yo esperdbamos ansiosas: ella pateaba el suelo y danzaba en circulos. Yo estaba tensa en la silla de montar, inclinada hacia adelante concentrada, lista para un salto automatico que sabia que vendria cuando la Colorada Vieja saliera disparando de los arbustos y se abrirse paso ala libertad. Cuando salié la vaca, Dixie no necesit6 instrucciones. Instintivamente se precipité en la direcci6n correcta, y comen- Z6 la contienda. Cualquiera fuese el camino que la Colorada Vieja tratara de usar como escape, Dixie estaba alli dirigiéndo- la hacia casa. El avance era de solo unos pocos pasos a la vez, pero esto nos llevé muchos kilémetros de recorrido. Para un lado y para el otro, cortando y esquivando, luchaban las dos contendien- tes. Parecia que yo solo era una espectadora mientras me afe- traba a la yegua toda sudada. Estabamos en la parte mas alta de la pradera ahora, donde se levantaba el viejo sicémoro. Alli !a Colorada Vieja desace- lero; parecia casi complaciente y dispuesta, ya que se dirigia hacia el claro al pie de la colina, nuestra meta. EI viejo sicé- moro estaba detras de nosotras ahora, y yo me relajé un poco, pensando que Dixie y yo habiamos cumplido con nuestro propésito. No asi Dixie. Nunca le quité el ojo a su oponente, y su cuerpo nunca se relajé. Cuando la Colorada Vieja hizo un ultimo intento de librarse en direccién a los matorrales detras de nosotras, Dixie estaba Preparada y se lanz6 inmediatamente tras ella a toda veloci- dad. Directamente frente a nosotras se alzaban las ramas bajas del sicomoro viejo. El lomo de Dixie pasaria bien, pero no mi espalda. Dixie Meestiré lo mas que pude horizontalmente, pero sabia que no era suficiente. A la velocidad tremenda que iba Dixie, pro- bablemente yo me iba a matar. No tenia tiempo de deslizar los estribos y saltar, y Dixie estaba demasiado concentrada en la Colorada Vieja como para pensar en su jinete. Entonces, escuché que papa gritaba, desde el otro lado de la pradera, una sola palabra: —jSo! —su tono fue fuerte y claro. Instantaneamente, Dixie tenso las patas delanteras, levan- tando terrones de tierra que salpicaron contra mis piernas. La sacudida fue tremenda, y mientras trataba de enderezarme en la montura, me di cuenta de que se me habia enredado el pelo en la rama del sicomoro. Echando espuma con sudor, Dixie retrocedi6 con cuidado de debajo de la rama. Desenganché mi pelo de la rama y me deslicé temblando de su lomo. La Colorada Vieja habia escapado. Pero yo también, jgra- cias a Dixie y a su obediencia instantanea y total! Gracias, Dios -susurré-. Hazme como ella, tan ansiosa de trabajar para su sefior, tan dedicada, tan rapida en obedecer cada una de sus ordenes. en Capitulo IZ Ana y el oso Ina Walter na se detuvo en el alambrado que separaba el ca- mino de los bosques. Su primo Donald se arrastro por debajo del alambrado y luego levanté el alambre para que pasara ella. —Aprestirate -rogé él-. Ken y Betty probablemente ya es- tén alli. —jQué vamos a hacer? —pregunto Annette. ar Rescates emocicnantes -Atrapar a un oso —respondié Donald con toda tranqui- lidad. -jOh, no! -exclamé Ana, deteniéndose en medio del sen- dero-. Yo me vuelvo con tia Luisa. -jVen! -grito Donald-. Hace una semana que estas con nosotros y todavia eres cobarde. Ana sacudio la cabeza. —Dijiste que no habia animales peligrosos en estos bosques. Este oso no es peligroso. Su entrenador lo lleva a carna- vales y ferias para entretener a la gente con trucos. Los chicos hasta lo acarician. Pero ayer logré escapar y se fue. Mientras seguian caminando, Ana se mantenia lo mas cer- ca posible de Donald. —jComo sabes que estd acd? —pregunto. —Ken encontro pelos de oso en los arbustos de bayas. Vamos a hacer una trampa para atraparlo para cobrar la recom- pensa de 20 pesos. —Bueno, espero que no nos encontremos con él en este sendero -se preocupo Ana. Entonces Donald comenzo a correr. Mird hacia atrds por so- bre el hombro y se rid cuando Ana corria gritando: “jDonald, espera!” Donald siguio corriendo y pronto desaparecié de la vista. Ana corrid lo mas rapido que pudo, pero no logré alcanzarlo. Comenz6 a imaginar que veia un oso detrds de cada arbusto. En el momento en que Ileg6 a la orilla del arroyito donde esta- ban los demas, lloraba de miedo. Betty y Ken fueron corriendo a buscarla. -jDebieras sentir vergiienza, Donald Smith! -dijo Betty mientras abrazaba a Ana. —No es mas que una cobarde —dijo Donald. 82 Ana y el ose —Desearia verte solo en una ciudad, veriamos si no tienes miedo —respondié Betty-. Ven y mira nuestra trampa —le dijo a Ana. Ana se seco las lagrimas. —Parece un gran pozo en la tierra —dijo-. ;Quién lo hizo? ~-Alguien lo cavo hace mucho tiempo -explicd Ken. -{No se lastimara el oso si cae adentro? —pregunto Ana. —Vamos a tirarle muchas enredaderas, hojas y ramitas -dijo Ken-. TU puedes ayudarnos. —Serd como caer sobre un colchén —afiadié Donald. Cuando terminaron la trampa y la taparon con ramitas, ho- jas y pasto para que no se viera el pozo, Ken tomo un palo y empujé un panal de miel hasta el centro. —Esto debiera atraerlo —dijo—. Lo unico que le gusta mas que la miel a un oso es mas miel. —jCuando crees que caera? —pregunto Ana. —Esta noche cuando salga la luna —respondio Betty. —Si no antes -agregd Ken-. Vayamos a casa y démosle una oportunidad. Ya casi es hora de hacer las tareas, de todos modos -sus- piro Donald-. Hasta la proxima. Nos veremos manana tem- prano. Donald tomé6 el sendero mientras Ana lo seguia de cerca. De repente, su primo se detuvo, sefialé y dijo: —jMira! jAlli esta! Cuando Ana también pard a mirar, escucho la risa de Donald y sus pasos que echaban a correr. El corazon de Ana latia fuertemente mientras corria tras él. Estaba segura de haber escuchado algo que los seguia. Para cuando lleg6 al alambrado donde la esperaba Donald, nuevamente corrian lagrimas por sus mejillas. 3 Rescafes emocicnantes -jGallina! -se burlaba él mientras sostenia el alambre para que ella pasara por debajo. Después de la cena, Ana vio que tia Luisa y tio Bob se iban a una reunion especial de agricultores en la iglesia de campo. —Ustedes dos se pueden quedar toda la noche en la casa de los Todd les habia dicho tia Luisa antes de irse-. Te encanta- ran los Todd, Ana. Tienen tres varones y tres nenas. Donald y Ana salieron hacia alli. Era una noche calida, y la luna hacia que todo se viera platinado. -Vayamos por los bosques —sugirid Donald—. Es mas corto. -jOh, no! -exclamé Ana -. Ya de dia es bastante aterrador. Por favor, vayamos por el camino. Pero Donald ya habia pasado por debajo del alambrado. Con una risa burlona le grité que se apurara y se lanzé por el camino a través de los bosques. Ana se quedo inmévil. No podia atravesar esos bosques sola con todas las sombras de aspecto extrafio y quizd un oso. Tratando de no llorar, se quedo alli parada por varios minutos, pero Donald no volvio. ;Qué debia hacer? Miré hacia el camino. Era casi tan espeluznante como los bosques. {Y si el oso anda- ba por alli?... Para colmo, ella no sabia donde vivian los Todd. -Volveré a la casa -se dijo—. Yo sé donde tia Luisa puso la llave. Me va a dar miedo quedarme sola, pero no tanto como los bosques 0 el camino. Al volver a la casa, Ana se sento a leer uno de los libros de Donald y a esperar que alguien regresara. Estaba en la mitad de una buena historia, cuando sono el teléfono. —Soy la sefiora Todd —dijo una voz-. jEres tu, Ana? Pensé que vendrian para aqui. -jNo esta alli Donald? -pregunto Ana-. El salid, pero yo no fui. 84 Ana y el oso —No, él no esta aqui -respondié la sefiora Todd-. Seria me- jor que te fijes a ver si puedes encontrarlo. Si no, hazme una llamada. —Lo haré -prometio Ana. Ana anoté el numero que le dio la sefiora Todd. Luego, corrié hasta donde comenzaban los bosques y grité lo mas fuerte que pudo: —jDonald! jDonald! Nadie respondi6, solo una lechuza. Quizé Donald se habia caido y se habia lastimado. Quizd estaba tirado en los bosques y necesitaba ayuda. —No quiero meterme alli -se quejd Ana -. Pero tengo que hacerlo. Querido Dios, por favor, ayUdame a ser valiente. Paso por debajo del alambrado, Ilego hasta el sendero y comenz6 a gritar mientras caminaba: -jDonald! ;Donald! Casi habia llegado al arroyito cuando oy6 un grito como res- puesta. Se desvid del camino y fue corriendo entre medio de los arboles hasta donde escuché el sonido. Pronto lego hasta la trampa para el oso. —jEstds alli abajo? -llamé ella. -Si-respondié Donald-. Y el oso también. E! estaba aqui pri- mero. Yo cai encima de él. Ten cuidado. El borde se desmorona. Annette se arrodillo y trato de echar un vistazo dentro del Pozo oscuro. —{Te lastimaste? —preguntd-. jTe mordio? —Por supuesto que no. El oso es amansado, y le gusta que lo acaricien, como a un perro. Es lindo y calentito. —jComo te vamos a sacar de ahi? —pregunté Ana. Trae a los chicos Todd. Diles que traigan una linterna y una soga. ;COmo me encontraste, después de todo? 8 Rescafes emocicnantes -Volvi a la casa -admitid Ana -. La sefiora Todd Ilam6 por teléfono y me pregunto por qué no habiamos ido. Pensé que te habias lastimado, y vine a buscarte. {TU viniste por los bosques en la oscuridad, sola? -pregun- tO Donald-. Eres mucho mas valiente de lo que pensé. Tenia miedo. Y¥ todavia lo siento. Pero, regresaré a llamar por teléfono a los Todd. —Lamento haberme burlado de ti -dijo Donald-. No lo vol- veré a hacer. Supongo que obtuve mi merecido cuando cai sobre el oso. Ana solto una risita. —Me alegra que sea un oso amansado. Y me alegra que esté alli abajo contigo y no afuera aqui siguiéndome. Iré lo mas rapido posible. De vuelta en el sendero, Ana comenzo a correr. Mientras corria, decia: Gracias, Dios. Gracias por todo. 86 Capitulo 13 Una combinacicn triunfal Karen Foster rabajar en el campamento Sunnyside (Lado Soleado) como guardavidas me daba oportunidades de hacer muchos amigos. Y el hecho de hacer esqui acuatico, canotaje, montar a caballo y nadar todos los dias hacia que mi trabajo se asemejara mas a unas vacaciones que a un empleo. 8&7 Rescafes emocicnantes Esa tarde en especial, el sol brillaba sobre nuestras espaldas y se reflejaba en nuestras sonrisas, cuando un grupo de miem- bros del personal iba a toda velocidad a través del lago hacien- do esqui acuatico durante el periodo de descanso. El agua era perfecta, jno habia ni una sola onda en su superficie tranquila! Regina hizo un elegante esquema en movimiento mientras se deslizaba y giraba sobre un esqui de eslalon. Los arcoiris danzaban alrededor, y una pulverizacion de gotitas se dispara- ban como una fuente reluciente de su esqui. -jlncreible! Me gustaria esquiar asi —dijo alguien. Todos concordamos. La hora pasaba rapidamente a medida que nuestros turnos para esquiar nos dejaban empapados, pero satisfechos. —Hey, Tim, serd mejor que regresemos. El periodo de des- canso esta por terminar -grité por sobre la conversacion y las tisas de los otros en la lancha-. Los acampantes bajaran al agua antes de que nos demos cuenta. Si, tienes razon -coincidid Tim. De mala gana, gird la lancha en direccién a la orilla. Pronto aparecié ante nuestra vista el sector de nado. Todo estaba tranquilo, no como cuando 50 0 60 “peces” de dos piernas estaban nadando y chapoteando por ahi. El agua parecia calma y tranquila, tanto en el muelle cerrado como en la zona que estaba entre este y el muelle flotante anclado en el agua mas profunda para los més arriesgados. —Creo que pasaré por el sector de nado en vez de dar toda la vuelta -sugirid nuestro capitan. -Serd mas rapido. Tendremos que colgar todos estos es- quies antes de que termine el periodo de descanso. Ademas, no hay nadie nadando alli ahora -observé Tim mientras toca- ba la bocina de la lancha. e 88 | Una combinacién triunfal Desrepente, se sintid un ruido sordo desde el fondo de la lancha. Al mismo tiempo, la lancha se tambale6 hacia un cos- tado. —jTim, chocaste algo! —grité-. Apaga el motor. EI silencio llen6 el aire a medida que el motor moria, y ob- servamos sin poder hacer nada que, con esfuerzo, una figura irrumpio en la superficie del agua, apenas pudo llegar al muelle y se subi6 arrastrandose. —jOh, no! jLastimé a Ron! —La voz aterrorizada de Tim rom- pid el silencio—. Pero no lo vi; debe haber estado debajo del agua. Los gritos retumbaban a través del lago mientras las chicas de nuestra lancha observaban que Ron, uno de los tripulantes de la cocina, se retorcia y sangraba sobre el muelle. Me dirigi a Tim y le dije: —Tienes que acercar la lancha a la orilla. No podemos ayu- dar a Ron aqui en medio del lago. Tim encendid el motor y dirigié la lancha directamente hacia la orilla, encallando en el borde. Salimos en tropel de la lancha, y entramos en accion. Jeannette, la instructora de canotaje, se arrodillo en el muelle al lado de Ron mientras los demis se apresuraron a subir la colina en busca de ayuda. Como sabia que mi toalla playera estaba en el cobertizo, entré corriendo, la tomé y volvi corriendo a toda velocidad has- ta el muelle donde estaba tirado Ron. Tenia el pecho abierto, con uno de los pulmones expuestos. Podia oir el suave silbido del aire que se escapaba y vi que sangraba profusamente. Meti la toalla en la herida, y Jeannette la apreto con fuerza. éCémo puede estar vivo todavia? Me maravillaba yo. Debiera haberse ahogado cuando el agua le entré en el pecho. Debe te- ner una tremenda condicién fisica para estar con vida todavia. 89 Rescates emocicnantes Me acerqué a la cabeza de Ron. —Ron, jpuedes escucharme? -exclamé-. ;Ron? -Si, te escucho -jadeo con mucho dolor. -Ron, tienes que continuar respirando. ;Vamos, ahora, respira! Las manos de Ron se aferraron fuertemente a las mias mientras abria la boca y respiraba ahogadamente. —jRespira! Volvid a respirar y esta vez escupid una espuma roja. —jRespira! En esa sola palabra puse toda mi voluntad para que él vi- viera. Y la repeticidn de la palabra se convirtié en un canto ritmico: —Respira, respira... respira. Me parecié una eternidad el tiempo que estuve arrodilla- da al lado de su cabeza, rogandole que respirara una y otra vez. Finalmente, llego la enfermera con mas trapos y un pe- dazo de plastico para envolver el pecho de Ron. Pocos mi- nutos mas tarde, escuché el viejo camion del campamento, con un colchon en la parte trasera, que bajaba por la colina. Sunnyside estaba a casi 30 kilometros del médico mas cer- cano; 30 kilémetros irregulares, por cierto. Y no teniamos ningun teléfono. —Subamoslo al colchon —-ordené la enfermera—. Tenemos que llevarlo al hospital. Con mucho cuidado pusimos a Ron en la parte trasera del camin. Inesperadamente, el cielo radiante se oscurecid, y comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia mientras avan- zabamos a los tumbos hasta la pequefia clinica. Orabamos una y otra vez: ~Padre, permite que viva. Oh, por favor, permite que viva. Una combinacién triunfal En.la clinica, el Dr. Sims declaré que Ron tendria que ser llevado al hospital regional. Se subid a la ambulancia con Ron « para ayudarlo a luchar por su vida otros 32 kilometros. No sabiamos lo que nos esperaba, mientras acelerabamos en busca de la ayuda que tanto necesitabamos. En el Hospital Regional, se estaba llevando a cabo un simulacro de emergen- cia en caso de desastre. Como habia sido designado como el hospital de emergencia, todo el personal médico del condado estaba a disposicin para trabajar con modelos de victimas de desastres. De hecho, estaban esperando la llegada de una ambulancia que llevaba al “supuesto lesionado”. Nosotros no cumpliamos con ese papel. No habia nada de “simulacro” con nuestro desastre. Pero pronto aprenderiamos algo con certeza: Dios responde las oraciones. Ese dia Ron tuvo la mejor atencion profesional de toda la zona. Llegamos al estacionamiento de la sala de emergencias, y los encargados entraron rapidamente en accién como si nos hubiesen estado esperando exclusivamente a nosotros. Tres cirujanos de térax dialogaron rapidamente y, en diez minutos, Ron estaba en el quirofano. Uno de los cirujanos, el Dr. James, nos conto mas tarde que nunca antes habia visto una herida tordcica tan masiva, en la que el paciente haya sobrevivido. —La buena condicion fisica de Ron le ayudé a salvar su vida. Pero tuvo que tener algo mas a su favor, también —agrego pen- sativamente. jAlgo mas! Yo diria que si. Nadie puede decir a ciencia cier- ta cuanto tiempo les hubiese llevado a los especialistas llegar al hospital, si no hubiese habido un simulacro. Pero estaban alli, y Ron vivio. jEl estado fisico de Ron y la providencia de Dios fueron una combinacion triunfal! Capitulo 14 &/ abrigo Inds feo del mundo Elsie Farworn Fox las 14:30, el sehor Haymeth levanté la tiza del piza- rron en la mitad de su demostracion de matematica. Su cuerpo pesado y de poca estatura gird sobre sus talones, cuando la puerta de nuestra clase de octavo grado 3 Rescafes emocicnantes se abrid de par en par y entrd la sefiora Jacobson, la directora de la escuela. Todos nos volvimos hacia ella. sy. Sus ojos echaron un vistazo rapido por toda la sala. Luego; con una voz entrecortada y precisa, pregunto: —Sefior Haymeth, jtodos sus alumnos estan en la sala? Los ojos azules del sefior Haymeth recorrieron la sala rapi- damente y respondid: -Si. {Qué pasa? La sefiora Jacobson, una mujer esbelta de cabello negro azabache, se elevaba a 1,83 metros del suelo. Sus profundos ojos marrones parecian identificarnos exactamente a cada uno antes de que ella respondiera: ~Tenemos una emergencia extrema. Asi que, por favor, escuchen con atencién hasta que termine de hablar. Luego vayan en forma rapida y ordenada al vestuario, y ponganse las botas de goma, los abrigos, los guantes y las gorras. Luego, dirijanse hacia los 6mnibus. Pero asegtirense de subir al co- trecto. Es imperativo que nadie, repito, nadie, no importa cuan cerca viva, intente caminar hasta su casa. Los omnibus estan en la puerta ahora. Los grados inferiores ya estan arriba. Asi que, por favor, aptirense. Tenemos poco tiempo antes de que se desate una tormenta fuerte. Sus vidas dependen de la obe- diencia estricta. Vacilé y luego pregunto: -jTodos entendieron? Dirigiéndose al sefior Haymeth, agregd: —Lo hago personalmente responsable de velar por que cada alumno del octavo grado suba al omnibus. Dio media vuelta y se fue rapidamente hacia otra aula. Por orden del sefior Haymeth, cerramos los libros y los me- timos en los antiguos pupitres frente a nosotros. Salimos del ) | : €/ abrigo mds feo del mundo aula-por hileras, marchamos hasta el vestuario y nos metimos en los abrigos y las botas de goma. Mi pupitre estaba al final de la ultima hilera de la sala, asi que fui la ultima en salir. No fue problema encontrar mi abri- go. Ademis de ser el mas feo del mundo, me quedaba cuatro talles mas grande. Cuando me lo ponia, me quedaba como la carpa de un circo; yo era la estaca del centro que la mantenia levantada. En una familia del tamajio de la nuestra, usabamos ropa heredada sin quejarnos. Pero este abrigo no era heredado. Fue desenterrado del fondo del depdsito de la iglesia para los pobres. Todos los bromistas de la escuela se burlaban de la miserable prenda, y ni siquiera la seriedad del dia fue impedi- mento para las payasadas de costumbre. Mi grito salvaje hizo que se asomara el rostro del sefior Haymeth por la puerta del vestuario justo cuando Harry, el comediante de la escuela pelirrojo, pecoso y desgarbado, ha- ciendo como que era un tren de carga, saliera en direccion a la puerta con mi abrigo sobre la cabeza. El sefior Haymeth saco la mano y lo detuvo en seco a mitad de camino, haciéndolo girar sobre sus talones. Con los dedos clavados firmemente en la nuca de Harry, el sefior Haymeth hizo que el comediante marchara hacia mi, y me sostuviera el abrigo como un caballero para yo me lo pudiera poner. Harry se puso rojo como un tomate, y no bien mis manos salieron por el extremo de las mangas, se largo. Caballero, Harry no era. Generalmente me tomaba con buen humor que me gasta- ran bromas, pero ese era un dia diferente. Yo era responsable de mis siete hermanas menores, de entre seis y trece afos. Mi padre me habia grabado en la memoria y en el cuerpo que la vida de ellas era responsabilidad mia. jAy de mi si una de ellas se lastimaba yendo o viniendo de la escuela! 7 e : ‘ Rescafes emocicnantes Cuando sali corriendo por la puerta del frente de la es- cuela, casi me patiné en los escalones cubiertos de hielo. El frio artico me azotd la cara, levanté el gran cuello de piel y lo acomodé alrededor de mi cuello mientras corria hacia el Omnibus. Senti alivio al ver los siete rostros familiares cuando subia. Corria el afio 1929, y los 6mnibus escolares no eran como los de hoy. El nuestro tenia lugar para 28 alumnos sentados; el resto de los alumnos tenia que viajar parado. Como fui la ultima en subir, me quedé de pie. No habia calefaccién ni des- empafiantes, y todas las ventanas, incluyendo el parabrisas, se congelaban rapidamente. Las nubes se veian muy densas en el cielo y ofrecian una vista impresionante mientras ondeaban y giraban debajo del viento chirriante como olas ocednicas. Yo temblaba de frio in- voluntariamente. El sefior Ellery, nuestro chofer, habia conducido nuestros Omnibus escolares de la zona durante 14 afios y estaba bien familiarizado con todos los nifios de la comunidad. Algunas de mis hermanas consideraban que era muy apuesto y guapo. Pero a mi, con casi quince afios, me parecia extremadamente viejo. Después de todo, tenia mas de treinta. Mientras estaba parada en el pasillo agarrandome de los tespaldos de los asientos a ambos lados, trataba de mantener el equilibrio contra la oscilaci6n y el cabeceo del omnibus. Al mismo tiempo, luchaba contra las nauseas que amenazaban con doblegarme en cualquier momento. Los humos que su- bian por el piso del Omnibus eran nauseabundos. Joey estaba sentado de la mitad del émnibus hacia atras. Estar descompuesta frente a él hubiese sido el colmo de la humillacion. €/ abrigo mds feo del munde Nora que alguna vez se hubiera fijado en mi. Como ahora, estaba demasiado ocupado con Mary, una rubia esbelta de . ojos azules, como para prestarme atencion a mi. Yo era larga y delgada, tipo chaucha, con cabello pardusco, ojos enormes color avellana, y una contextura escasa. Pasaba muchas horas sofiando despierta con el dia en que alguien se acercara a mi y me dijera: “Hola, hermosa”. Si Joey alguna vez me dijera hermosa, literalmente moriria de pura ale- gria. jAsi que imaginense estar descompuesta justo enfrente de él! Desapareceria de la humillacion. Alguien dijo “Liesa”, y volvi de mi ensuefio. EI sefior Ellery me hizo sefias. —Liesa -repitié mientras avanzaba tambaleandome-, tengo que dejarlas en la ruta. Es una cuestidn de prioridad: ocho vi- das contra 21. Todavia no esta nevando, asi que si se apuran, quizé lleguen hasta el granero antes que se largue. El camino esta entre dos alambrados. Sigan por él. Si empieza a nevar, pueden seguir la linea del alambrado hasta el granero. El ca- lor del cuerpo de los animales debiera serles de ayuda. Si se cubren con bolsas de arpillera, debieran estar bien hasta que puedan llegar hasta la casa. Se detuvo frente a nuestra tranquera, y mis siete hermanas més pequefias salieron en tropel. Antes de abrir la puerta les advirtio: —-Ya le dije a Liesa lo que tienen que hacer. Asi que obedéz- canle. Ahora, corran lo mas rapido que puedan antes de que empiece a nevar. Dirigiéndose a mi, dijo: —Carifio, por favor no me falles. Nunca me perdonaré si les llegara a pasar algo a cualquiera de ustedes. Dios las cuide. Ahora, apresuirense. 7 Rescates emocionantes Cuando bajé, una rafaga de viento chocé contra mi abrigo pesado y casi hace volar mi figura escudlida, de cabeza contra el Omnibus en movimiento. Mis hermanas se arremolinaron a mi alrededor, gritando: -Liesa, tenemos frio. Me desabroché los botones inferiores del abrigo y meti de- bajo a las cuatro menores, al estilo gallina clueca. Traté de jugar un juego mientras las apuraba a lo largo del camino, ponién- dome entre el viento y las otras tres. Desde la ruta, el granero estaba cerca, a 800 metros. Apenas habiamos andado un corto trecho cuando la tor- menta nos alcanzo. La nieve caia como una sdabana, oscure- ciendo todo. Me entré el panico. Pero los gemidos de las cua- tro nifias debajo de mi abrigo me hicieron volver a la realidad. Dios, por favor, aytidame -oré mientras seguia adelante. Senti como si me estuviese guiando una fuerza fuera de mi. Pasaron impresiones por mi mente. Tui te diriges hacia el norte, y el viento sopla del oeste, asi que mantén el viento en tu hom- bro izquierdo. Mantente entre los dos alambrados. El viento mermé momentdneamente. En cuestidn de se- gundos todo se habia vuelto blanco e irreal. Me sentia miste- tiosamente suspendida, mientras avanzabamos en silencio a través de la nieve ligera como pluma. La nieve se detuvo por un instante cuando Ilegamos al bor- de del corral, y respiré aliviada. El granero estaba a menos de 60 metros. Yo sabia que tenia una tabla suelta del lado sur por el que podriamos entrar para refugiarnos. Seguimos adelante con mucho esfuerzo otros 30 metros, y entonces volvid a so- plar el viento, la nieve nos azotaba punzante en los rostros casi entumecidos. Para colmo, la nieve se habia acumulado tan ra- pido que tenia que levantar a las mas pequefias en los monto- 4 AL, €/ abrigo més feo del mundo nes'mas elevados. La nieve comenz6 a entrar en mis botas de goma con forro de polar, y se me estaban enfriando los pies. Desesperada traté de hacer que Millie, de trece afios, me ayudara. Empecinada, se sento en la nieve y me grito que no se moveria a menos que yo la cruzara por los montones de nieve también. Millie era menor que yo, pero era cinco centimetros mas alta y pesaba siete kilos mas. Llevarla en mi condicion ex- hausta era imposible. Traté de razonar con ella. Era testaruda. —No me moveré a menos que me lleves. Su comportamiento hechizo a las demas nifias, y en segun- dos tenia un motin con todas las de la ley en mis manos. A mi derecha se asomaba el enorme granero rojo, un bulto oscuro a no mas de 30 metros, que aparecia y desaparecia en medio de la fina niebla. Parecia que me estaba haciendo sefias, pero yo no podia dar un paso mas. Frustrada por la terquedad de Millie, comencé a pegarle con los pufios, y a gritar: —jLevantate y aytidame! Ella se nego a ceder. Las seis menores comenzaron a gritar: —Tenemos frio. Entonces Alice y Elisa, las mellizas de seis afios, decidieron acostarse sobre la nieve. Yo traté de levantarlas y me enterré de rodillas en el monton de nieve en el que estaban sentadas. Luché para librarme y aspiré el aire helado, que senti hasta los pulmones. Un dolor paralizante se apoderd de mi pecho. Entonces, supe lo que tenia que hacer y de repente me senti muy calma y con soltura. Palpé los botones de mi abrigo. Las cubriria a todas donde se habian acurrucado. Mi abrigo era feo, pero era grande y calentito. Sabia que tendria que sentarme del lado oeste para impedir que se volara con el viento. No tenia miedo de morir. Desde pequefia habia aprendido que hay un Padre en los cielos que vela por todos nosotros. 99 Rescafes emocicnantes Senti una tristeza abrumadora por haberles fallado a todos. No pude desabrochar el botén del medio. Se atasco. Me quité los guantes, pero tenia los dedos demasiado entumecidos por el frio. Oré: ~Por favor, querido Dios, envia a alguien para que nos ayude. En ese momento, papa se paro frente a mi. Pensé que esta- ba viendo cosas, pero se acerco y gritd: —jLiesa, abrochate ese abrigo antes de que te mueras con- gelada! Comencé a llorar, y él grit: Basta! Se te pegaran los ojos al congelarse. El resto fue un suefio incoherente, como si fuésemos so- nadmbulas. Las mas pequefias se pusieron de pie, y le dimos la espalda al viento. Luego llegamos a la casa de dos pisos, y estabamos abrigadas. Fue un milagro. Como veran, Dios sabia que estaba en problemas mucho antes que yo, y comenzo a responder mi oracién antes de que orara. En el preciso lugar donde Millie se habia detenido, el viento llevé nuestras voces a la casa. Papa ord para que Dios nos retuviera alli y salié por el porche trasero en direccion al sonido. También ord para que siguiésemos hablando y asi nuestras voces pudieran guiarlo en direccién a nosotras. Yo si que hablé. Grité contra el viento hasta que ya no pude mas. Luego, el Ilanto de las pequejias hizo el resto. Mediante la tozudez de Millie y el abrigo mas feo de la tie- tra, Dios nos salvé la vida en la peor tormenta de nieve de la historia en ese lugar. Si nos hubiésemos quedado en el grane- to, probablemente no habriamos sobrevivido, porque tres de los animales murieron congelados. Sin duda, Dios responde las oraciones de formas maravillosas. Capitulo 15 Hay un cainine Kenneth L. Scott (h) rometia ser un sabado espléndido. El sol ya estaba bien arriba, y el cielo era claro y azul mientras entramos al es- tacionamiento de la iglesita que ibamos a visitar ese dia. Las actividades de la manana pasaron rapidamente, y pron- to estébamos en la playa haciendo un picnic, disfrutando del almuerzo. Esa tarde mi hermano Kraig, nuestro amigo Bert y yo decidimos que la extensa playa abierta era un buen lugar para una cami- nata. Pero mi ee padre parecia ver las cosas de manera diferente. —Creo que no de- bieran ir tan lejos -nos aconsejo-. Ademas, hay una buena reunion esta tarde a la que que- rian asistir. Jol Rescafes emocionantes -jNi loco! -dije abruptamente-. No queremos soportar ninguna reunion. De todos modos, jqué tiene de malo ir a caminar? No iremos lejos, jy no nos meteremos en problemas! —Bueno, realmente quisiera que se quedaran —dijo el papa-, pero si van a ir, vayan en esa direccion y luego emprendan la vuelta inmediatamente. Al mirar hacia donde sefialaba, vio que la playa termina- ba abruptamente, y que directamente del agua se levantaban enormes acantilados. ~Pero no podemos ir muy lejos asi. —Esa es exactamente la idea —afirmdé papa. Asi que los tres muchachos salimos en la direccién que papa nos habia indicado, y en media hora habiamos llegado lo mas lejos que podiamos. Estabamos bloqueados por acantila- dos enormes de un lado y el océano del otro. —jPor qué no pudimos ir para el otro lado? -balbuceé-. jComo si pudiéramos perdernos! Entonces se me ocurrié una idea. Podriamos escalar el acan- tilado. Los dos muchachos mis jovenes estuvieron totalmente a favor, y comenzaron a subir inmediatamente detras de mi. Pero muy pronto mi pequefia saliente lleg6 a su fin, y yo podia ver rocas escondidas debajo de la superficie del agua muy por debajo. Lentamente volvimos hacia abajo y pronto estabamos en la seguridad de un terreno bien sdlido otra vez. Pero yo no habia terminado atin, y probé en algunos otros lugares antes de descubrir la ruta perfecta para subir. El comienzo fue bastante sencillo, e hicimos buen tiempo. Sin embargo, a medida que ascendiamos, el camino se hacia cada vez mas escabroso, y pronto la cantidad de lugares para apoyar los pies se fue diezmando. Cuando miré hacia abajo, la playa parecia terriblemente pequefia, y las olas diminutas sal- 102 Hay un camino picaban con fuerza sobre las rocas que anteriormente habian estado por encima de la linea de la marea. La playa, debajo de nosotros, estaba desapareciendo bajo la marea que subia. Tendriamos que continuar subiendo hasta la parte superior. Escalamos més rapido y tratamos de no mirar hacia abajo. Finalmente estabamos casi en la cima. Pero en los dos metros y medio restantes practicamente no teniamos de dénde aga- Trarnos. Al mirar hacia abajo, nos dimos cuenta de que estabamos en dificultades. No teniamos manera de subir ni de bajar. Nos turnamos para probar las paredes. Ninguno lo logrd. Entonces, me empujé hacia arriba lo mas que pude y me estiré para agarrarme de algo. Los otros chicos se pusieron debajo de mi y me impulsaron hacia arriba. Finalmente agarré una mata de pasto con la mano en la parte superior del acantilado, pero el pasto se salié abruptamente. Me sacudi desesperadamente, agarrandome del aire solamente. Entonces comet el error de mirar hacia abajo por sobre el hombro. La combinacién del desplazamiento lateral de mi peso y del viento que soplaba en la cima del acantilado hizo que perdiera el equilibrio. En ese momento insignificante de desesperacion, recordé a Dios y una stiplica de ayuda subid a los cielos. Todo mi cuerpo se tens6 mientras me desplazaba sobre la pared a 60 metros sobre el océano rocoso. Finalmente recuperé el equilibrio, bajé de mi posicion elevada y respiré aliviado. Luego le tocé el turno a mi hermano. Me coloqué debajo de él y lo empujé lo mas alto que pude. Eso fue suficiente para que se agarrara de una plantita enana, y estirandose con todas sus fuerzas, subié la pared deslizandose y llego seguro a la cima. 103 Rescates emocicnantes Con coraje renovado, una vez mas traté de dominar la pa- red. Mientras Kraig empujaba y Bret tiraba, finalmente lo logré y me senté en la cima con mi hermano. No obstante, todavia nos enfrentabamos a un enorme problema. Bret atin tenia que subir, y no habia nadie debajo de él para impulsarlo. Poniendo todo de si, Bret intenté escalar la pared. Mientras él avanzaba hacia arriba de a poco, yo traté de agarrarlo y de tirar de él hacia arriba. Pero en realidad, no me di cuenta de lo cansados que estaban mis brazos. —jResistan, muchachos! —grité alguien. Un hombre llegé corriendo hasta nosotros. Se tir al piso, tomo a Bret por las mufecas y comenzé a levantarlo. Al fin, Bret estaba tendido a mi lado. —Me pregunto qué hacian escalando estos acantilados —demando el extrafio. —Queriamos ver qué habia aqui arriba -respondi aver- gonzado. —Bueno, hay un camino que sube -respondié-, jy no vie- ron los carteles abajo? Estos acantilados estin designados como zonas peligrosas y no deben escalarse. ;Dos muchachos de su misma edad murieron hace seis meses tratando de esca- lar estos acantilados! Eso que hicieron es algo muy peligroso y nada inteligente, y espero que nunca mas lo intenten. —Si, sefior -respondi con discrecién-. Lo lamentamos. —Me alegro de que estén a salvo ahora -respondid-. Vamos. Los llevaré de vuelta por el camino correcto. El camino de regreso hasta donde estaba papa fue tranquilo y solemne. Tres muchachos cansados, arrepentidos y agrade- cidos elevaron su corazén al cielo en oracion pidiendo perd6n. Estabamos listos para la reunion de esa tarde. 104 st ee le Capitulo 16 La regla de cro se estira Jan Schleifer stupendo! jPuedes creer esto, Linda? -Julie Herrington se acomod6 satisfecha en el asiento del 6mnibus-. Realmente ya estamos en camino. 105 Rescates emocionantes Linda Tracy lanz6 el bolso de mano adentro del portaequi- Pajes. -No, a decir verdad, no puedo creerlo. jEstuvimos planifi- cando este viaje por semanas, y ahora realmente estamos sen- tadas en el omnibus... jcon destino a Canterbury! Las dos amigas se sonrieron con ilusién. Ir a estudiar a Inglaterra por un afio prometia todo tipo de beneficios para los estudiantes estadounidenses. Uno de ellos eran las excursiones Ocasionales a diferentes partes del pais al que Shakespeare de- nomino: “Esta piedra preciosa encastrada en el mar plateado”. -Lin, estoy tan entusiasmada que me pica todo el cuerpo, pero me da un poco de miedo pensar en pasar una noche fuera de la residencia universitaria. —-No te preocupes; la pasaremos fantastico. ~Seguro que si, pero me gustaria haber escrito al hostal para JOvenes de Canterbury para asegurarnos de que podemos pa- rar alli. Td sabes lo répido que se llena, y no me gustaria para nada tener que dormir en el banco de una plaza. No te preocupes, ellos tienen mucho lugar. Octubre es una €poca del afio de temporada baja -dijo Linda, categoricamente. —Si, supongo que si. Julie us6 la confianza de Linda para convencerse a si misma de que todo estaria bien. R-rr, rrr. El chofer de uniforme azul aceleré el potente motor. Con puntualidad inglesa el 6mnibus Fast Kent partié de la ter- minal de Londres exactamente a las 18:20 y viré hacia la calle. Ingeniandoselas para evitar chocar con las hordas de taxis lon- dinenses que se entrecruzaban como locos, el omnibus pas6 zumbando por las luces doradas del Big Ben y el Parlamento. Mientras circulaban por una calle paralela al rio Thames, saliendo de la ciudad, Linda, siempre practica, comento: La regla de ore se estira =Nunca me voy a acostumbrar a manejar por la izquierda —Canterbury —sojiaba Julie en sus pensamientos, sin escu- - . char realmente a su amiga. Aqui vamos otra vez —bromed Linda, con sus chispean- tes ojos marrones-. {Mas publicidad sobre las atracciones de Canterbury! —No puedo evitarlo, -se rid Julie-. Canterbury tiene un pa- sado muy emocionante. Piensa en esto: fue construida hace dos mil afios por las legiones romanas. Y la catedral es por demas espléndida. Ademas, estamos estudiando Canterbury Tales de Chaucer en la clase de literatura. T4 sabes que la his- toria y la literatura me vuelven loca. —Bueno, bueno -se rid Linda-. Ahdrrate los detalles. Ah, yo sé que estas tan entusiasmada como yo. Vamos, admitelo. Tienes razon. Ahora, planifiquemos nuestros horarios para majfiana, porque no me quiero perder nada. jTienes ese folleto a mano? Durante la hora siguiente las chicas prestaron mucha aten- ciOn para estudiar minuciosamente un folleto y el mapa mien- tras el Omnibus avanzaba rumbo al sudeste a través de aldeas pequefias que titilaban en la noche. Finalmente, la consulta termino. —Me alegra haber tenido tiempo para planificar. Sabes que me siento mas segura cuando me organizo —suspir6 Linda, aliviada. Una mujer atractiva, al otro lado del pasillo, habia estado observando la reunion del comité de las chicas con asombro. Inclinando la cabeza en direcci6n a ellas, les brindé una son- risa maternal. Chicas, ustedes son estadounidenses, jverdad? 107 Rescates emocicnantes Linda y Julie asintieron. Ella hizo un gesto con la mano enguantada hacia la carpeta de viaje que estaba en el regazo de Linda. : -Veo que van a visitar nuestra hermosa ciudad de Canterbury. -Si -respondié Julie-, jy casi no podemos esperar! Las chicas se presentaron y se pusieron a conversar con su nueva amiga. Descubrieron que era la sefiora Diane McNaught, una escultora que vivia en Canterbury. Ella les describid todas las cosas que habia para ver y hacer en su ciudad, y las chicas absorbian la informacién como los gatitos hambrientos se toman un taz6n de leche. Mientras la seriora McNaught les daba algunas instrucciones y consejos utiles a las dos “extranjeras inocentes”, Julie las escribia frenética- mente. Asi que van a pasar la noche en el hostal de jOvenes, éverdad? -pregunté la mujer cuando el omnibus entraba en las afueras de la antigua ciudad-. Bueno, mis queridas, antes de llegar a la estacién, permitanme darles mi numero de telé- fono y direccién. Si por alguna razon no pueden parar alli, son bienvenidas en mi casa. Solo llimenme. Entonces les entregé la tarjeta blanca con la informacion ~Gracias, sefiora McNaught -dijo Linda-, pero estoy segu- ra de que no tendremos ninguin problema. El Omnibus entré en la terminal exactamente a las 21, y los Pasajeros se dispersaron como un manojo de bolitas lanza- das. Cuando se dio vuelta para irse, la amistosa escultora se despidid. —Recuerden llamar si necesitan ayuda, chicas. ~iGracias, sefiora McNaught; buenas noches! -respondie- ton ellas al unisono. og 108 \ Z La regla de oro se estira Linda empujé suavemente a Julie con su bolso de mano. —Apurémonos y busquemos el hostal. No me entusiasma . mucho la idea de pasearme en una ciudad extrafia después del anochecer. —Estd bien. Pero necesitamos llevar nuestras cosas hasta la luz para que yo pueda leer las direcciones del Manual del Hostal Internacional para Jovenes. Una vez que estuvieron de- bajo de la luz de la calle, Julie encontré la pagina correcta y ley “Calle 54 New Dover”. Linda lanzo un suspiro melancdlico. -Si, y no tenemos ni idea de adénde queda eso. Animate, Lin. {Donde esta el entusiasmo que tenias en el omnibus? Lo lamento, Julie. Estoy tan cansada que lo unico que quiero es irme a dormir. —Al menos tenemos mucho tiempo: una hora hasta que cierte el hostal a las 22 -dijo Julie dandole una palmadita en el hombro a Linda. Un poco mas animada con esa noticia, Linda corrié hasta la estacion de Omnibus para averiguar la ubicacién de la calle New Dover. Regreso corriendo. Hey, tenemos suerte. Es esta calle frente a la estacion. El sefior me dijo que doble a la derecha y siga hasta que encon- tremos el numero 54. “No te puedes perder”, me dijo. Se habia levantado un viento frio y fuerte que soplaba las nubes de un lado a otro de la cara de una luna creciente, y les tapaba la Unica luz que tenian para guiarse por la calle total- mente oscura. Los arbustos y los arboles que bordeaban las aceras gemian y oscilaban como monstruos grotescos. Julie casi pensd que uno de los arboles tendiera sus ramas sobre 109 Rescates emocicnantes ella y la atrapara. Aparentemente Linda estaba ocupada con fantasias similares, porque susurré: —Esta noche realmente es fantasmagorica. -48, 50, 52 —Linda se las arreglé para balbucear mientras le castafieteaban los dientes. Desafortunadamente, el ntimero 54 de la calle New Dover era un calco de sus vecinos: oscuro, despoblado y calamitoso. las cuatro ventanas parecian negros ojos malvados que las miraban fijamente. -No parece estar abierto, ;verdad, Julie? -dijo Linda con voz débil y ronca. Julie trato de parecer optimista. ~Td espera aqui en la entrada, Linda. Yo voy a subir a gol- pear la puerta. Quizé el hostal Canterbury cierra mas temprano que los demés hostales de Inglaterra. Todavia podrian dejar- nos entrar. Practica poniendo cara de desesperada para que se apiaden de nosotras. -No tengo que practicar -se quejé Linda. ~Bueno, regreso en un minuto. Justo cuando Julie lleg6 hasta la casa, la puertita baja chi- rid sobre sus goznes y se cerré de golpe, lo que hizo que el coraz6n se le subiera a la garganta. Dio media vuelta y salid corriendo, salté por encima de la puertita y lleg6 sin aliento al lado de su amiga. Linda se rid a pesar de si misma. -jNo sabia que el miedo pudiera hacer de ti una gran atleta! Sin embargo, Julie no estaba de humor para bromas. -Veremos si te sigues riendo cuando te cuente del cartel que encontré en la puerta. Linda se serend inmediatamente. —jEs tan malo, Julie? ii ee La regla de ore se estira =Me temo que si, Lin. Palabra por palabra, este es el men- aviso. Hostal mas cercano: Dover, a 22 kilometros”’. En silencio reflexionaron sobre el asunto. Linda, la primera en hablar, sugirié probar en el lugar donde daban alojamiento y desayuno por el que habian pasado hacia un rato. -jEsa es una idea super; siempre sospeché que eras una genia! —dijo Julie con aprecio-. Muchas veces me pregunté cémo seria parar en un lugar asi: pagar por dormir en la casa particular de alguien y desayunar lo que ellos preparan de ma- flana. Apuesto a que tendremos muffins ingleses y mermelada, iqué perfectamente britanico! Las viajeras congeladas y cansadas cambiaron de sentido en la calle New Dover y caminaron una cuadra. Al detenerse en la puerta del frente, Linda dijo: —Yo tuve la idea, tu preguntas. —Muy bien. Tengo demasiado frio como para discutir. -Lo lamento -respondié el duefio ante la pregunta de Julie-, pero no tenemos vacantes. Hay muchos lugares que ofrecen alojamiento y desayuno en la calle Milton. Suban dos cuadras y luego giren a la izquierda. -Gracias, senor. —jQué estamos esperando? Ya oiste al hombre —dijo Julie, dirigiéndose a Linda. Bueno, aunque no veamos otra cosa en Canterbury, jconoceremos la calle New Dover como la palma de nuestra mano! —grufié Linda. Ambas realmente arrastraban los pies ahora, y el viento atravesaba sus abrigos. Finalmente llegaron a la calle Milton. Pero, “lo lamento, carifio, pero no tenemos mas lugar” era la respuesta que obtenian en cada lugar. ois Este hostal de javenes cerré temporalmente hasta nuevo . Rescafes emocicnantes Linda dej6 caer todos sus bolsos al piso. -Julie, estoy tan cansada que no soporto mas. Durmamos aqui junto a este cerco. : ~Tienes que estar bromeando, Lin; ya nos estamos conge- lando. Ademas, no es seguro quedarnos aqui afuera. —Te cuento que no puedo dar un paso mas. Ademas, tengo un dolor de cabeza que se me parte. ~jEscucha, estas loca si crees que yo voy a dormir aqui en- tre los arbustos, y no permitiré que tu tampoco lo hagas! -la voz de Julie era firme-. Ahora, jy si investigamos ese hotel que vimos cruzando la terminal de 6mnibus? -jCon qué vamos pagar, con una linda mirada? Podemos pagar un hostal para jovenes, jpero un hotel? Ni hablar. ~Supongo que tienes razon, Lin. Esa no fue una sugerencia muy practica. Bueno, solo nos queda una opcién, llamar a la sefiora McNaught. —Pero, Julie, son las once de la noche ahora. No podemos molestarla a esta hora. -Yo pienso lo mismo, pero estamos acorraladas. Personal- mente, creo que por la forma en que la conocimos por casuali- dad, y por la manera en que nos invito a su casa, es la solucién de Dios a este problema. El lo sabia. La voz de Julie se ahogaba un poco de la emocion. Regresaron a la terminal de omnibus, y Linda comenz6 a buscar el pedazo de papel en su cartera. -Vigila nuestras cosas mientras uso el teléfono de alli. Pronto regres una Linda sonriente. Sefialando hacia el lado opuesto de la terminal, dijo: —jVes ese parque cruzando la calle? La sefiora McNaught dijo que sigamos el camino principal y que ella nos busca en algunos minutos. | La regla de oro se estira Caminando a través del parque que se asemejaba a un ce- menterio, Linda y Julie divisaron una figura que se acercaba a . ellas en medio de la niebla de la medianoche. La sefiora McNaught corrié para saludarlas. —Chicas, me alegra tanto que me hayan llamado; estaba preocupada por ustedes. Aqui, permitanme llevar algunas de sus cosas. Nosotros vivimos aqui cerca por esta calle. Nuestra casa es modesta y pequefia, pero es un hogar, y son muy bien- venidas. Las dos amigas estaban demasiado cansadas como para ha- blar mucho, pero le aseguraron a su amable amiga inglesa que un piso tibio y seco y un techo sobre sus cabezas era todo lo que querian. —No digan tonterias; dormiran en las camas de mis hijas. jNo sera de ninguna otra manera! —Pero sefiora McNaught -protesto Julie mientras bosteza- ba-, el piso esta mas que bien. Se lo digo de verdad. Sin embargo, gan la perseverancia britanica tipica de la sefiora McNaught. Linda y Julie entraron a la casa con la nariz roja, los labios azules y las manos y los pies entumecidos. En el lapso de 10 minutos, estaban sentadas en camas tibias, comiendo una banquete de huevos revueltos, tostadas y té, totalmente ano- nadadas por la generosa hospitalidad. Las chicas se despertaron a las 8 en punto a la mafiana si- guiente, y rapidamente sobre sus faldas recibieron bandejas de desayuno con omelettes, frijoles al horno y tostadas. Mientras comian, conversaban amigablemente con Timmie, Robbin y Chrissy, las tres nifias McNaught. Luego, ansiosas por explorar Canterbury, se prepararon para salir. La sefiora McNaught no acepto sus ofrecimientos de lavar la loza o de pagarle por la I Rescafes emocicnantes joche de alojamiento. Incluso descubrieron el billete de una libra britanica que Julie escondié disimuladamente en la habi- tacion y se lo devolvieron. -E| hecho de saber que estuvieron a salvo y calentitas ano- che es suficiente recompensa. Si mis hijas se encontraran en esta situacion, quisiera que alguien las recibiera en su casa. {Puedo hacer yo menos que eso? Cuando salieron al hermoso nuevo dia, las chicas esta- dounidenses intercambiaron saludos con la familia McNaught. Julie dijo: —Gracias en realidad no es lo adecuado, pero no sabemos qué mas decir. Nos han mostrado lo que significa ser verdade- tamente hospitalarios. Las dos recordaremos su bondad por el resto de nuestras vidas —afadié Linda. Ensimismadas y reflexivas, Linda y Julie salieron caminando en direccin a las impresionantes torres goticas de la catedral de Canterbury. Julie fue la primera en romper el silencio. —Te voy a decir una cosa, Lin. La sefiora McNaught no solo practica la regla de oro; jla estira al limite! -Si -agrego Linda-, ella me recuerda las palabras del himno que cantamos en el culto la semana pasada: “Y sabran que somos cristianos por nuestro amor”. Capitulo 17 La busqueda Jean A. Nicholson ocorro! jAuxilio! -el desesperado llamado de ayu- da retumb6 a través de las ondas nocturnas. Jim se apresuré a levantar el microfono. —Aqui KNV 106; estoy recibiendo. ;Cual es su aproxima- cion 10-20? 5 Rescates emocicnantes Socorro! jAuxilio! —volvié a resonar el grito. Jim trato desesperadamente de obtener una respuesta. —Supongo que pueden emitir pero no recibir -le dijo a su amigo Jeremy con desesperacion. Justo en ese momento volvio a llegar el llamado: -jSocorro! jAuxilio! Aqui Piper Cherokee 7785 Wishkey. Estoy teniendo problemas con el motor y estoy perdiendo altitud rapidamente. No estoy seguro de mi posicién exac- ta, pero creo que estoy en algun lugar de las proximidades de Winthrop, Washington, cerca de la autopista North Cascades (Cascadas del Norte). Si alguien puede copiarme, por favor notifique a las autoridades. ;Me copia? Socorro... Aux... Luego la voz se corté, y hubo silencio absoluto. De repente el sonido del Transmisor de Localizacién de Emergencia salio al aire, indicando que el avion se habia estrellado, lo que ac- tivo el transmisor. —Muy bien, muchachos, | mosle lo que sucedié —dijo Johi El comisario querrd notificar a lamemos al comisario y conté- nson, ayudante del comisario -. ja Patrulla Aérea Civil para poder poner aviones en el aire mafiana a primera hora. Jim Daniels y Jeremy Forester, ambos en los cursos inferio- tes del colegio secundario, se habian criado juntos en el Valle Methow. El padre de Jim tenia caballos y se ganaba la vida como guia de excursiones grupales a las zonas altas. El padre de Jeremy tenia una estancia entre Winthrop y Methow. Ese verano los muchachos habian estado trabajando en el departamento del sheriff, aprendiendo a manejar las radios. Como miembros activos del Peloton Juvenil del Comisario, ya habian ayudado en varias cuadrillas de busqueda y rescate de excursionistas perdidos y de un accidente de aviacion. 116 La busqueda La Patrulla Aérea Civil (PAC) de Wenatchee habia instalado una radio para controlar el trafico aéreo en su zona, lo que les permitia a las cuadrillas de busqueda localizar aviones derriba- dos. Esta era la radio que los muchachos estaban aprendiendo a controlar cuando entro la llamada de auxilio. —De veras espero que la PAC pueda localizar el avion. Esa es una region bastante accidentada, con muchos arboles, ca- fiones y un bosque denso —dijo Jeremy. —Hablemos con el comisario Badger y pidamosle permiso para ayudar en la busqueda -sugirio Jim-. Ahora ya termino nuestro turno en la radio. El comisario Badger acababa de llegar de Okanogan, la sede del condado, y habia llevado a varios ayudantes con él para rastrear la zona. — Comisario Badger, jpodemos sumarnos al equipo de bus- queda y rescate? -pregunto Jim—. La zona donde cayo el avion es justo donde mi papa realiza sus excursiones grupales, y es- toy familiarizado con el terreno. Creo que podria servirle de ayuda. Jeremy también conoce la zona. —Podemos usar toda la ayuda que consigamos. Pero uste- des dos deben pedir permiso a sus padres antes de acompa- fiarnos. Si ellos no tienen problema, retinanse con la cuadrilla de busqueda aqui al amanecer. Ahi les asignaré su puesto. El sol apenas se asomaba por la cima de las montafias, arro- jando un brillo rosado sobre el pueblo adormecido, cuando Jim y Jeremy montaron sus caballos y partieron hacia la oficina del comisario. La PAT ya tenia sus aviones en el aire, y Johnson, uno de los ayudantes de la comisaria, controlaba las llamadas. El Transmisor de Localizacion de Emergencias del avion es- trellado estaba emitiendo una débil sefial en la frecuencia de emergencia de 121,5. 7 Rescafes emocicnantes -A los aviones de busqueda se les esta haciendo dificil concentrarse en la sefial de localizacion de emergencia, pero por sus instrucciones tenemos una idea bastante acertada de por dénde empezar -les dijo el comisario Badger a los mu- chachos-. Ustedes dos, ;por qué no toman el sendero alto hacia el norte de Sun Mountain? Aqui hay un walki-talki de la policia para que se lleven. Por favor, registrense a intervalos regulares y notifiquennos sus progresos. jTienen suficiente comida y equipo en caso de que tengan que estar afuera al- gunos dias? —Si, sefior -dijo Jeremy. -Sé que ustedes, muchachos, se criaron en esta zona, pero la region es accidentada. Tengan cuidado. —Si, sefior, tendremos cuidado. Estaremos en contacto —res- pondio Jim mientras salian del pueblo. Jim y Jeremy tenian binoculares, asi que cada vez que llega- ban a un punto estratégico en el camino, se detenian a estu- diar los alrededores con cuidado. —Estoy seguro de que no veo ninguna sefial del avidn, jy tu? -preguntd Jeremy. -No... Dejaron que los caballos descansaran un poco y, mientras, Jim sacé la antena del walki-talki y se registro. Se aproximaba la puesta del sol cuando los dos muchachos cansados se detuvieron en una antigua cabafia minera en la cumbre de Sun Mountain. —Acampemos aqui esta noche, y luego mafiana abramonos camino hacia el Oeste -sugiri6 Jim. —Me parece una buena idea. Estoy realmente agotado. Jeremy desmonto y le quité la montura a su caballo cansa- do. Ataron los caballos y entraron las monturas. 8 Sri ee ane at La busqueda -Yo enciendo el fuego y preparo la cena esta noche, y tu puedes hacerlo mafiana de mafiana -Jim abrié una lata de gui- so y la colocé en la vieja estufa de lefia. Después de la cena desenrollaron las bolsas de dormir en el piso, y se durmieron casi inmediatamente. Se despertaron al amanecer del dia siguiente, y después de fegistrarse con el comisario, desayunaron y partieron en direc- cion al Oeste, seguin lo planeado. —jSabes?, estuve pensando —dijo Jim-. Si el avién cayé por aqui, debiera haber alguna sefial de arboles quebrados 0, po- siblemente, la punta de un ala u otros fragmentos del avion. Vamos a mantener los ojos bien abiertos ante cualquier cosa inusual. Era cerca del mediodia cuando pararon para comunicarse por radio con el comisario y permitir que los caballos tomaran agua de un arroyo que bajaba por la ladera. Jim inspecciond el cafion que estaba debajo de ellos con los binoculares. —jAlli esta, Jeremy, justo alli abajo! Puedo ver la cola y la punta de un ala junto a ese afloramiento de la roca. jCon ra- zOn que los aviones de busqueda no lo podian localizar! Jeremy se registrd con el comisario y le informé que iban a descender para verificar la observacién. Apuraron a los caba- llos para que bajaran por el sendero del cafion y siguieron los pedazos del avién hasta que se acercaron al fuselaje. -jOh, no! jEstén muertos? -exclamé Jim mientras saltaba del caballo y corria en direccién a los dos cuerpos que yacian en el piso. Cuando Jim se acercé a los hombres, escuch6 que uno de ellos susurraba con voz ronca: —jGracias a Dios que estan aqui! —jCudl es la gravedad de sus heridas? —pregunto Jim. W9 Rescates emocicnantes Estoy seguro de que me quebré la pierna, y quiza un par de costillas también. Tal vez tenga algunas lesiones internas, pero no estoy seguro. Mi pasajero, el sefior Bjor, esté muy mal- herido. Ha estado inconsciente desde la caida. Yo lo saqué del avidn, pero luego me desplomé del dolor y ya no pude més. Jim tom6 su cantimplora, humedecio un trapo, le limpié la cara y los labios al piloto, y supo que el apellido del sefior era Franklin. ~Serd mejor que no tome mucha agua por ahora. Si tiene le- siones internas, eso podria empeorar las cosas. Llamaremos al comisario ahora, y ellos enviaran ayuda inmediatamente —dijo Jim, tranquilizandolo Jeremy revis6 al sefior Bjor y lo cubrid con una manta para mantenerlo caliente. Esta muy mal, Jim. Espero que nos manden ayuda inme- diatamente —dijo Jeremy mientras tomaba el walki-talki -Aqui KNV 106, unidad mévil numero 10, llamando al co- misario Badger. ;Me copia? -EI piloto y su pasajero estan vivos, pero necesitan aten- cién médica urgente. El sefior Franklin tiene una pierna que- brada y posibles lesiones internas. El sefior Bjor permanece inconsciente desde la caida. Por favor envien un helicdptero. Estamos en la pendiente oeste de Sun Mountain y en la parte inferior del Cafién Fox. Hay un pequefio claro en las proximi- dades donde puede descender el helicdptero. Vamos a hacer una sefial de fuego para guiarlos. -Te copiamos, Jeremy. Enviaré el helicdptero inmediata- mente. Enciendan ya la sefial de fuego, y sacaremos a esos hombres heridos en un periquete. -El comisario se despide. Jeremy se apresur6 a armar la sefial de fuego mientras Jim se quedo con los hombres heridos. Pronto pudieron oir el ruido 120 La busqueda metalico de los rotores cuando el helicoptero se acercd hasta una pendiente y bajo hasta el claro. La cuadrilla especial de rescate bajo de un salto y siguid a Jeremy hasta el avidn estrellado. Examinaron rapidamente a los dos heridos, les aplicaron todos los primeros auxilios posibles y los prepararon para el vuelo hasta el hospital de Wenatchee. A los pocos dias Jim recibié una llamada telefonica del se- fior Franklin, el piloto herido. —Jim, entiendo que el sefior Bjor y yo tenemos que agrade- certe a ti y a tu amigo Jeremy por nuestras vidas. Nos entera- mos de que ustedes estaban controlando la radio en la oficina del comisario cuando entré mi llamada de auxilio, y que tam- bién fueron ustedes los que nos encontraron. —Gracias, sefior. Jeremy y yo solo hicimos lo que cualquiera hubiera hecho en esas circunstancias. Hemos recibido un buen entrenamiento de parte del comisario. Aprendimos el valor de las radios, en especial para la region montafiosa donde vivimos. —Bueno, joven, creo que no cualquiera hubiese respondido tan bien como ustedes dos. Yo oraba a Dios pidiendo ayuda todo el tiempo que estuvimos tirados junto al avidn, y ustedes fueron la respuesta a esas oraciones. -Yo senti su mano guiadora todo el tiempo mientras los buscdbamos —respondid Jim. —jLe extenderias nuestro agradecimiento también a Jeremy? —pidid, antes de colgar. Unas dos semanas después, Jim y Jeremy recibieron un mis- terioso paquete. Estaba dirigido a ambos y, al abrirlo encontra- ron un walki-talki para cada uno, similares a los que habian usado en la busqueda. Adjunta habia una nota firmada por el sefior Franklin y el sefior Bjor, con estas sencillas palabras: “Gracias por nuestras vidas”. TZ] Capitulo 18 NWA 0 ae Me Ny "Por favor, busguen a int bebé” Joan Beck uss Peters se dio vuelta en la cama, tratando de de- tener el sonido que retumbaba en su mente. Pero no estoy sonando, cayo en la cuenta finalmente. Hay al- guien golpeando en la puerta del frente. yy Oo Rescates emocionantes Abrid los ojos y se fijd en la esfera luminosa de su reloj. —Once y media -murmuré mientras sacaba las piernas por el borde de la cama y trataba de alcanzar sus pantalones vaque- ros. Oy6 que su padre se tropezaba con una puerta y que luego comenzaba a palmear la pared en busca del interruptor de luz. —jUn momento... voy, voy...! no bien pueda encontrar la luz -dijo el padre. Russ y su padre llegaron a la puerta del frente al mismo tiempo. —Mas vale que sea importante, Boyd -advirtié el padre cuando vio la silueta de Boyd Matthews en la entrada. —jPeor que eso, Howard! Hubo una colision en la Curva del Hombre Muerto. Un auto se salié del camino y dio una o dos vueltas. Las personas estan heridas. Pensé que tu y Russ podrian ayudarlos a salir. Calculé que, como tu esposa es en- fermera, ella sabria qué hacer hasta que llegue la ambulancia. El sefior Matthews corrié por el pasillo hasta el teléfono. —{Bueno, no te quedes alli pardo! -grito-. Apurate a vestir- te mientras llamo a la ambulancia. Russ y sus padres se vistieron rapidamente, deteniéndose en la entrada para buscar sus abrigos y botas. El sefior Matthews le abrio la puerta de su camioneta a la mama de Russ —Indudablemente a esa curva le dieron el nombre correcto cuando la llamaron “Curva del Hombre Muerto” —dijo Russ mientras viajaban el kilometro y medio hasta la escena del ac- cidente. —jCuantos se han matado en esa curva, papa? —Creo que nadie esta seguro, pero sé de seis personas que murieron en accidentes automovilisticos alli, desde que nos mudamos aqui hace quince afios. Es uno de los peores tramos de la ruta que he visto, especialmente cuando se moja. 124 "Por favor, husquen a mi bebé” El sefior Matthews estaciono su camioneta al costado de la tuta, y luego detectaron las luces del auto volcado que alum- braban inutilmente hacia el espacio. —Tomen sus linternas —dijo el padre-. Mama, yo llevo tu botiquin de primeros auxilios. Tu toma esta linterna y sigueme. Conozco un sendero que nos llevara hasta el auto. Los demas formaron una sola fila y siguieron al papa de Russ por el sendero hasta el auto. Podian escuchar a un bebé llorando y a gente que se quejaba y pedia ayuda, mientras se acercaban. —Howard, ven aqui al frente del auto y alumbra con las lin- ternas -ordend la madre mientras se agachaba frente al para- brisas destrozado del auto-. Veamos cudntos heridos hay. Russ y los dos hombres se arrodillaron y pudieron ver a un hombre, a una mujer y a un bebé en el asiento delantero. —jCreen que podran abrir una de las puertas de adelante? -pregunto la madre. —Pienso que Boyd y yo podemos abrir ambas. Tenemos suerte de que el auto termino sobre el techo y no en uno de los costados. El padre y el sefior Matthews comenzaron a abrir la puerta del acompafiante con una palanca. —Aqui, Russ, extiende estas mantas en el piso —dijo la ma- dre mientras le pasa unas—. Fijate que ponerlas en un lugar blando. Russ se encargo de barrer las ramitas y las piedras del piso mientras vigilaba lo que hacian los demas. La puerta se abrid y el papa de Russ le entrego el bebé a la mama. Luego, él y el se- fior Matthews sacaron a la mujer del auto. Ella gemia y gritaba de dolor, pero su verdadera preocupacion parecia ser el bebé. Seguia pidiendo que le dieran a su bebé. Tay