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Cía.

Copyright by Editora Nacional, S.

A.

Hecho el depósito que exige la ley

México-1945

Impreso,

COMPAÑIA

publicado y distribuido por la

EDITORA NACIONAL,

S.

Donceles 97

México, D.

A.

F.

CIENCIAS

Y

HECHOS

ni

SOCIALES

PSICOLOGIA

COLECTIVA

P o r

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Doctor

CHARLES

BLONDEL^

M iem bro

del In stitu to de Francia

TRADUCCION DE

NAZARIO J. DOMINGUEZ

EDITORIAL

AMERICA

D o n c e l e s

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MEXICO-1945

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INVESTIGACIONES

SOCIALES

PREFACIO

Todas las ciencias del hombre se hallan interesadas en el progreso de la psicología colectiva. Mas para lo­ grar ese progreso, para superar la diferencia de méto­ dos y de doctrinas, para sobrepasar la etapa de las ge­ neralizaciones empíricas y de la observación moral, pa­ ra asegurar objetivamente sus resultados, es preciso que la psicología colectiva adquiera, mejor que lo ha he­ cho hasta el presente, conciencia de su objeto y del lu­ gar que le corresponde en el conjunto de los estudios psicológicos. He aquí por qué el presente libro no es una psico­ logía colectiva, sino una introducción a la psicología colectiva. Y por qué intenta solamente definirla, deter­ minando sus hipótesis de trabajo y orientando y siste­ matizando sus esfuerzos. Fieles a este propósito, empleamos en él dos medios:

el estudio de las concepciones psicológicas de Comte, de Durkheiin y de Tarde, y el análisis de la vida mental concreta, tal como ella se ofrece a nuestra observación. Caminos, ambos, por los cuales llegamos a las mismas conclusiones. El individuo humano se halla siempre y por doquiera profundamente socializado; los fenóme-

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nos mentales, aunque acantonados siempre en las con­ ciencias individuales, comportan todos un reflejo co­ lectivo; la psicología colectiva es, por consiguiente, una rama fundamental de la psicología; la mayor parte de las cuestiones relativas a la vida intelectual, afectiva o volitiva, comúnmente tratadas por la psicología general, dependen, en todo o en parte, de la psicología colecti­ va. Solamente el estudio de la psicología colectiva pue­ de permitir la determinación de lo que, en toda activi­ dad mental, es independiente de la acción de los grupos

y corresponde, por consiguiente, a los caracteres de la

especie o a las particularidades individuales. Sólo la consideración metódica de los diversos sistemas de re­ presentaciones colectivas que se lian sucedido en el cur­ so de las edades, mostrándonos lo que fueron nuestros

antepasados, puede llegar a explicarnos lo que somos. Lejos de ser un complemento, un anexo de la psicología,

la

psicología colectiva, así concebida, llegará bien pron­

to

a ser el centro y el nudo. Esta concepción no se presenta ni como un postula­

do, ni como una verdad demostrada, antes bien como una hipótesis de investigación que, aunque parezca ac­ tualmente como la más compatible con el conjunto de nuestros conocimientos, habrá de ser juzgada, no obs­ tante y en definitiva, por sus resultados.

Introducción

Conocido es el interés creciente despertado desde el último siglo por el estudio de los procesos psíquicos y de sus múltiples relaciones con la vida colectiva. Esta curiosidad ha suscitado, en direcciones muy diversas, un gran número de investigaciones naturales presentadas como científicas desde su alumbramiento. Pretender enumerar todas esas “ ciencias” nuevas equivaldría a co­ rrer el riesgo de dejar alguna en el tintero. Sin embar­ go, podemos citar algunas de entre ellas: interpsicolo- gía, psicología social, psicología colectiva, psicología de las razas, psicología de los pueblos, psicología de las ma­ sas, psicología de las sectas, Volkskunde, Volkerpsy- chologie, Volkermssenschaft, por decirlo en dos len­ guas y en algunas de las etiquetas adoptadas en cada una de ellas. Desgraciadamente, no todas esas ciencias han enri­ quecido nuestro saber tanto como ellas hubiesen desea­ do, faltas, como estaban, de límites suficientes a sus dominios recíprocos, de precisión en sus finalidades res­ pectivas y de seguridad en sus métodos propios. ISTo se ha logrado establecer aquí, entre los investigadores, una inteligencia satisfactoria sobre la naturaleza y el ca­

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rácter de sus estudios. De ahí la desagradable impre­ sión de confusión y desconcierto que se experimenta cuando, en el estudio de esas materias, se pasa de los autores alemanes a los autores italianos, ingleses, ame­ ricanos o franceses, e incluso, en cada lengua, de un autor a otro. Razón por la cual, Mauss y Febvre, sociólo­ gos e historiadores, han podido estar de acuerdo en de­ plorar que verdaderamente nadie sabe por dónde se anda entre todas las ciencias alemanas que tratan de los problemas psicológicos planteados por la vida en so­ ciedad. Y esto, cierto por lo que concierne a Alemania, es igualmente válido para todos los demás países. Singularmente, alrededor de 1890 a 1900, fué, bajo el nombre de psicología colectiva, aislada una discipli­ na, si no en el espíritu científico, al menos en el proce­ dimiento ; en esta disciplina, la llamada psicología de las colectividades fué y ha seguido siendo el principal ob­ jeto. La mayor parte de estos trabajos de psicología co­ lectiva, por no decir todos, presentan, desde el punto de vista científico, los mismos manifiestos defectos. Al capricho de la actualidad o del gusto personal, los hechos arrancados acá y allá a la observación dia­ ria o a la historia anecdótica dan origen a apresura­ das, extrañas generalizaciones, y a imperiosas deduc­ ciones, impresionantes y fáciles, que juegan con los con­ ceptos, sin cuidars» de limitarlos o precisarlos. Le Bon, por ejemplo, hace un amplio y constante uso de las no­ ciones, tan confusas todavía y siempre, de raza, pueblo, nación y masa, añadiendo, por si fuera poco, de su cuen­ ta el tomar unas por otras, el pasar sin escrúpulos de una a otra, trasladando así a segundo plano lo que tie­ nen de obscuro y de desconcertante. Si el lector se diese siempre cuenta, el mal no sería ciertamente grave; pero la verdad es que gran número de lectores se han sentido

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BIBLIOTECA - UNIVERSIDAD NACIONAL

a sus anchas en el dédalo de quidpro-quos y de paralo­

gismos que ofrecen la Psicología de los pueblos y la Psi­

cología de las colectividades, seguramente porque no se han preocupado mayor cosa porcia exactitud del detalle para poder apreciar el valor del conjunto y porque han reputado bueno cualquier camino con tal que conduzca

a Roma.

A

Roma, es decir,

a la condenación de la colecti­

vidad. Condenación sin apelación ni reserva cuando se trata de la inteligencia: toda colectividad es intelec­ tualmente inferior a los individuos que la componen y constituye, a este respecto, un nivelamiento por lo bajo. Desde el punto de vista moral, la condenación es, sin embargo, menos formal; aunque la colectividad, en principio, sólo piensa en destruir, se halla moralmen­ te capacitada, de acuerdo con las circunstancias, para mejorar o empeorar, pudiendo retornar al estado pri­ mitivo, a sus ferocidades, pero también a sus heroísmos. En esta regresión en la escala de la civilización, los im­ pulsos irreflexivos de la colectividad nos son dados como condición: “ Si las colectividades hubiesen razonado frecuentemente y deliberado sobre sus intereses inme­ diatos, ninguna civilización se hubiese desarrollado qui­

zá sobre la superficie de nuestro planeta, y la humani­ dad carecería de historia” .

de

las colectividades, la idea no es nueva, y ha sido pre­ sentada hace ya mucho tiempo con menos pretensión doctoral y más felicidad de frase. “Considerado aisla­ damente, dice Schiller, cada quien se encuentra razona­ blemente dotado de juicio y de inteligencia. Tomadlos in corpore y, de golpe, tendréis que habéroslas sólo con imbéciles” . “Cuando los hombres se congregan, advier­ te Mme. Roland, sus orejas crecen” . Los modernos psi­

Al

menos en lo que concierne a la

inteligencia

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cólogos de multitudes no tienen, pues, sobre sus ante­ cesores, ni el mérito de la novedad, ni la ventaja de la concisión; sus fórmulas no han contribuido tampoco a hacer la idea más precisa. Hay mucha distancia entre una observación moral que se acomoda a las contradic­ ciones y a las excepciones, porque no pretende ser válida para la universalidad de los casos, y una teoría cientí­ fica, que no podría ser verdadera sino a condición de abarcar metódicamente el conjunto del dato. Ahora bien, si es preciso creer que el individuo pierde en la co­ lectividad mucho de su inteligencia y moralidad, como al mismo tiempo es evidente que la inteligencia y la mo­ ralidad individuales no adquieren todo su desarrollo si no es en la colectividad y por ella, no es posible escabu­ llirse admitiendo, como lo hace Sighele, que en cada ins­ tante la empresa colectiva determina desde el punto de vista estático regresiones, el conjunto de las cuales, desde el punto de vista dinámico, constituyen progreso, ya que no hay manera de entender cómo a fuerza de caminar a reculones podremos ser llevados hacia adelan­ te. Antes, más bien es preciso reconocer que a proble­ mas demasiado vastos se han querido aplicar soluciones demasiado brutales y demasiado rápidas en su ambi­ ciosa simplicidad, y que hay motivos sobrados para po­ ner de nuevo manos a la obra, precisar el problema y rectificar su solución. Por otra parte, muchos autores permiten frecuente­ mente que sus pasiones o prevenciones morales, socia­ les o políticas se deslicen en sus obras o incluso que apa­ rezcan ostentosamente en ellas. Tal es, como se sabe, el caso de Le Bon. Sighele hace resaltar el dolo y la vio­ lencia de toda civilización con tal vivacidad que la di­ rección de la Biblioteca Sociológica Internacional, al publicar la traducción de la Psicología de las sectas, cre­

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yóse obligada a formular algunas reservas. Sin ir tan lejos, Elwood intenta la exposición de “ideas que, acep­ tando los resultados positivos de la ciencia moderna, eviten las doctrinas sociales negativas o destructoras:

el materialismo, por una parte; el individualismo, por la otra. Ideas que conserven, en consecuencia, los valo­

res más

estima su deber el asegurarnos que sus simpatías polí­ ticas están con el individualismo y el internacionalismo. Si tales confidencias e intromisiones personales fuesen legítimas y necesarias, sería preciso llegar a la conclu­ sión de que no habría psicología colectiva posible mien­ tras nuestras propias opiniones morales y políticas no se hallasen científicamente fundadas. Afortunadamente, parece que es posible considerar al hombre y a la so­ ciedad independientemente de nuestras convicciones in­ dividualistas o socialistas, imperialistas o intemacio­ nalistas. En todo caso, no hay matemáticos, físicos, químicos ni naturalistas que, antes de sus experiencias, o durante ellas, juzguen conveniente introducir en éstas sus sentimientos íntimos; ninguno de ellos se preocupa por saber si las teorías son destructoras o negativas, sino solamente si son falsas o verdaderas. La psicología colectiva hará bien imitándoles, si es que quiere ser, o por lo menos llegar a ser, una verdadera ciencia. Finalmente, y sobre todo, el defecto esencial, por ser defecto de principio, de la mayor parte de las obras que tratan de psicología colectiva, consiste en que, al considerar la sociedad y el individuo, suponen definido el uno en razón de la otra, admitiendo como incontesta­ ble que lo que todos sabemos por experiencia propia y sin más esfuerzo sobre el individuo y los fenómenos in­ dividuales constituye la verdad del caso. Nueva mani­ festación, la más característica sin duda, y la más gra­

elevados de nuestra vida social” . Y Me. Dougall

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ve de todas, de la tendencia, muy corriente en psicolo­ gía colectiva, de partir de la práctica corriente y de sus datos vulgares, sin someterlos sistemáticamente a una desconfianza y rigurosa crítica. Pues, aquí tal vez más que en ningún otro dominio de investigación, no son des­ de luego y a primera vista los hechos en sí mismos los que interpretamos, sino las ideas que de ellos nos for­ mamos o que se han formado en torno nuestro por anti­ cipado. Al tomar estas ideas como objeto de nuestra in­ vestigación operamos, cuando más, con el conjunto de nuestras opiniones; pero sin atenernos al conocimien­ to de los hechos correspondientes. La fisiología no pudo ser considerada como ciencia hasta el día en que supo determinar y aislar los hechos fisiológicos, separando las realidades vitales de la maraña de prenociones en la cual se hallaban como escondidas. De igual manera la psicología, tanto colectiva como individual, no llegará, sin duda alguna, a alcanzar la categoría de ciencia, sino cuando sea capaz, en relación con los hechos psicológi­ cos, de una operación semejante. Nada más evidente, nada más claro, en apariencia, que la fórmula de Baldwin: “la psicología trata del in­ dividuo y la sociología del grupo” . Pero cuando se pasa de la teoría a la práctica, la gran dificultad está en saber dónde acaba el individuo y comienza la sociedad. Si es cierto, como pretende Halbwachs, que todo acto de memoria supone la intervención de marcos colectivos, falto de los cuales el hombre sería incapaz de recons­ truir su pasado y de revivirle, nuestras concepciones co­ rrientes de lo individual y lo colectivo no tienen aplica­ ción posible. En efecto, todo acto de memoria es cosa individual; pero al mismo tiempo es cosa colectiva, ya que muchos de sus caracteres están constituidos por da­ tos que sobrepasan al individuo y pertenecían a la socie­

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dad de la cual forma parte. De esta manera, la indivi­ dualidad real, lo que hay de exacta y exclusivamente individual en nosotros, no respondería a la totalidad de la individualidad empírica; ésta no ocuparía en rea­ lidad sino un lugar bastante restringido; existiría ya un algo colectivo en el seno de las conciencias; y la socie­ dad no sería ajena del todo a lo que llamamos los indi­ viduos, puesto que estaría siempre y en todas las cir­ cunstancias presente y operante en ellos. Sin prejuzgar si esta solución es la verdadera, o cuando menos la más verosímil en la actualidad, hay ahí un problema que se ha cometido el error de pasar muchas veces en silencio

o de resolver a poco costo.

En todo caso, y es a esto a lo que queríamos llegar, no es cuestión de presentar ahora, a propósito de la psi­ cología colectiva, un volumen en el que se hubiese con-

densado el conjunto de los resultados obtenidos. No hay entre los investigadores ningún entendimiento real,

o

casi ninguno, sobre el objeto, los principios, el método

y

las conclusiones de su trabajo. Sobre el terreno de la

observación corriente, cada uno escoge su lugar y le­ vanta en él su casa, con materiales acarreados por to­ das las manos. Querer establecer el catastro de todos estos dominios y edificaciones sería poco conveniente y sin provecho para nadie. Una ciencia se estima por lo que ha logrado alcanzar, y un orden de investigaciones en el que pueden introducirse impunemente, de golpe, como lo hizo Duprat, 108 leyes nuevas, con las que poder hacer la gloria de muchas generaciones de físicos, está ya científicamente juzgado. En estas condiciones, en lugar de enumerar por un orden más o menos aparente, sin perspectiva y sin crí­ tica, los resultados, cuando menos dudosos, de una psico­ logía colectiva que no se ha encontrado todavía, lo más

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razonable es buscar cómo sería posible transformarla en objetiva y científica, fijando a este efecto un punto de partida y directivas precisas, y encontrando la hipó­ tesis de trabajo, cuyo valor, juzgado desde luego y antes de su contraste por su concordancia en general con la experiencia y las exigencias del pensamiento positivo, se apreciaría definitivamente por sus resultados ulterio­ res. En otras palabras, vale más no pretender exponer la psicología colectiva, sino presentar simplemente, co­ mo nuestro título indica, una introducción a la misma. En primer lugar, fijemos nuestra atención sobre dos puntos íntimamente ligados. Ya hemos visto la importancia del problema que plantea la exacta delimitación de lo individual y lo co­ lectivo. Del sitio en dónde se establezca la frontera entre los dos depende la extensión del campo en cuyos lími­ tes ha de desarrollar la psicología colectiva sus inves­ tigaciones. “La psicología social, dice Richard, parte de un hecho de observación : el de que los productos de la actividad de un grupo humano, lenguaje, industria, ar­ tes, costumbres, indumentaria, legislación, o por mejor decir, los conocimientos comunes y los símbolos, las creencias y las reglas de acción común, entran en el con­ tenido de la conciencia individual y la modifican” . La comprobación de un hecho tal impone un primer deber:

establecer el inventario de todo lo que en la conciencia individual no procede de ella misma, sino de la colecti­ vidad. Si la psicología colectiva es, como quiere Külpe, la ciencia de los fenómenos psíquicos que tienen lugar en una comunidad de individuos, y la conciencia indivi­ dual se encuentra llena de aportaciones colectivas, mu­ chos fenómenos mentales llamados individuales proce­ den en realidad de la psicología colectiva, sin que por ello sea necesario que las colectividades o los grupos

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hayan estado presentes y actuales en el momento de su producción. El punto de partida de toda psicología co­ lectiva debe ser, pues, una hipótesis previa, consciente de que va a tener que sufrir incesantes revisiones, que fije la extensión probable de su dominio y el total de los puntos acerca de los cuales tenga que hacerle cesión la psicología individual. Pero no es suficiente el haber determinado con apro­ ximación el objeto de una ciencia. Es preciso, además, saber en qué momento y según cuáles investigaciones hay que abordar su estudio. Hay entre las ciencias una jerarquía lógica que, expresando el modo de su conse­ cución, regula no solamente el orden según el cual se enseñan, sino también el orden de su descubrimiento Sabemos que la física viene después de las matemáticas, la química después de la física, la biología después de la química; que el biólogo debe saber química, el quími­ co física y el físico matemáticas. En lo que concierne a la psicología colectiva, parece a primera vista evidente que su conocimiento viene después del de la psicología individual y que, sobre el camino de la investigación, conviene ir del individuo a la sociedad y no de la socie­ dad al individuo. Sin embargo, esta evidencia no ha sido probada. Nada nos asegura que no sea falsa. Y precisa­ mente el orden según el cual conviene emprender el es­ tudio de lo individual y lo colectivo constituye el se­ gundo punto que vamos a tratar de dilucidar. Ahora, como el lector gusta, en general, de saber de antemano a dónde va, indicaremos en pocas palabras cuáles serán nuestras conclusiones. Sobre el primer punto, vamos a intentar probar que conviene pasar a cuenta de la psicología colectiva una gran parte de lo que, bajo los títulos de psicologías de la inteligencia, de la voluntad e incluso de la afectividad,

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viene siendo considerado hasta la fecha como de la ex­ clusiva incumbencia de la psicología individual. Según la fórmula que Ribot ha hecho suya después de Comte, nuestra psicología ha caído frecuentemente en el error de encastillarse en el estudio del adulto blanco, nor­ mal y civilizado. De tal manera que, como ha notado muy bien Ribot, ha venido dejando a un lado al anormal, al niño, al primitivo y al alienado, limitando así, inde­ bidamente, su dominio. Pero al mismo tiempo, acrecen­ tando también por extensión e indebidamente ese mis­ mo dominio, como el propio Ribot ha hecho algo más que sospechar, ya que el adulto blanco, normal y civi­ lizado, la consideración del cual ha atraído siempre a la psicología, debe sin duda alguna sus particularida­ des mentales a su edad, a su blancura y a su cualidad de ser normal; pero más aún a la civilización de la cual es producto, es decir, a la sociedad de la cual forma par­ te. Circunstancias éstas que hacen que rebase el marco de la psicología individual, la cual no sabría, por otra parte, entendérselas ella sola con él como sujeto exclu­ sivo de estudio. Sobre el segundo punto, nos proponemos sentar que las ciencias que tratan de la mentalidad humana, de sus. manifestaciones, de sus causas y de sus efectos, de­ ben ordenarse y constituirse en el orden siguiente: psi- cofisiología, psicología colectiva y psicología individual. Para lograr nuestros propósitos no podemos pensar en resolver el problema a gusto nuestro, haciendo abs­ tracción de todo cuanto se ha dicho antes de nosotros. Las convicciones personales, a menos que sean geniales, son rara vez convincentes. Tampoco podemos pensar en relacionar en todo su desenvolvimiento histórico la mu­ chedumbre de opiniones que han sido emitidas y la multitud de debates que han tenido lugar en todos los

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países a propósito del objeto y “1 sitio que corresponden a la psicología colectiva. La limitación en que nos move­ mos haría que tal exposición pecase de falta de clari­ dad si quería ser exacta, o de falta de exactitud si que­ ría ser clara. Por lo demás, no siendo nuestro objeto enumerar las diversas maneras como la psicología co­ lectiva ha sido concebida, sino como ha de serlo en rea­ lidad, es preferible, sin duda alguna, ver la manera de llegar a ello sin tantos rodeos. Esa es la razón de que hayamos adoptado un térmi­ no medio. En la primera parte del presente libro anali­ zaremos, desde el punto de vista que nos interesa, las concepciones de tres autores, Comte, Dudkheim y Tarde, los últimos de los cuales ofrecen la ventaja de dife­ rir tanto como es posible en cuanto a espíritu, carác­ ter y doctrina. Nos ha parecido un hecho altamente sig­ nificativo el comprobar que, si se hace abstracción de sus divergencias teóricas para referirse al estado de hecho que ambos reconocen, uno y otro se ponen de acuerdo para invitarnos a adoptar en psicología colec­ tiva unas mismas hipótesis de trabajo, ■precisamente las que hace un instante indicábamos. En la segunda parte examinaremos, a titulo de confirmación concreta, algunos problemas de psicología general, y demostrare­ mos cómo todos ellos, en realidad, forman parte, en ma­ yor o menor grado, de la psicología colectiva. La constitución de una psicología colectiva que res­ ponda a las exigencias objetivas del método y del espí­ ritu positivo es esperada con impaciencia, ya que su concurso es indispensable al desenvolvimiento progresi­ vo de buen número de disciplinas afines. En tanto que la psicología colectiva no esté hecha, la historia, por ejem­ plo, no podrá darse por terminada. Como ha dicho Feb- vre, “ cuando se considera la existencia de las socieda­

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des humanas, no se tienen en cuenta en ellas la psicolo­ gía individual, y mucho menos la colectiva” . Aunque nuestras reflexiones no consigan delinear exactamen­ te sus caminos en el porvenir, serán, al menos, útiles por el hecho de atraer de nuevo la atención hacia un problema de tamaña importancia. Esta es la esperanza que nos ha sostenido en nuestro esfuerzo.

Primera

Parte

LA PSICOLOGIA SEGUN COMTE, DURKHEIM Y TARDE

Capítulo primero

EL PUNTO

DE

VISTA

DE

AUGUSTO

COMTE

El sistema de Comte es cada vez mejor conocido, Su importancia crece en razón de su conocimiento. Nuestra intención, pues, no es la de reestablecer aquí una inútil exposición global, ni la de señalar de nuevo su alcance universal. Pero si se sabe que en 1a, jerarquía de las ciencias, entre la biología, que es la quinta, y la socio­ logía, que en el Curso de filosofía positiva está colocada como la sexta y última, Comte no tiene en cuenta la psi­ cología, se ignora muy a menudo, o se olvida casi siem­ pre, que a partir del tomo II de su Política positiva, apa­ recido en 1852, consideró necesaria la constitución de una séptima ciencia, la última verdaderamente esta vez, a la cual dió el nombre de antropología o de moral. Es preciso recordar por qué Comte elimina a la psi­ cología del número de las ciencias. Entendía él, por psi­ cología, el estudio, ante todo, del espíritu, tal como Cou- sin le ha concebido y comenzaba a imponerle, al menos en los medios universitarios, donde la filosofía, bajo su influencia, iba a pasar, sin armas ni bagajes, del campo de las ciencias al de la literatura. Antes de eso, los fi-

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lósofos, Descartea, Leibnitz, Malebranche, Spinoza, Hume, Kant, eran o sabios de genio o inteligencias for­ madas en las disciplinas científicas; pero en adelante iban a salir en Francia casi exclusivamente, de la Es­ cuela Normal o de la Sorbona, Facultad o Sección de Letras. Tal como Cousin la comprende, la profesa y la utiliza, la psicología le parece a Comte el último refu­ gio de la metafísica, puesto que la contemplación del yo nos pone al mismo tiempo en relación y en contacto con Dios y con el infinito. Semejante actitud es la consa­ gración del compromiso cartesiano, que en su tiempo tuvo sin duda los más felices resultados en el desen­ volvimiento de las ciencias de la materia, al libertarlas del yugo de la teología y de la metafísica; pero cuyo sos­ tenimiento indefinido entrañaría para el espíritu hu­ mano las más funestas consecuencias, ya que, al intro­ ducir entre el alma y el cuerpo una distinción radical, estipula de golpe que uno y otra no podrían ser objeto de un conocimiento del mismo orden, y la vida mental, sustraída a la ciencia de cuyo dominio la dispensa el mundo físico, quedaría de esa manera y para siempre como del dominio exclusivo de la metafísica y de la teología. Con el compromiso cartesiano, con la psicolo­ gía metafísica que de él resulta, no hay unificación del saber, y sin unificación del saber no hay regeneración posible de la humanidad, ni, por consiguiente, positivis­ mo, ni científico ni religioso. La posición de Comte fren­ te a la psicología tenía, pues, una razón muy poderosa. Por otra parte, la psicología, tal como Comte la veía practicar no conocía otro método que el de la introspec­ ción. Y esta introspección, manejada por Cousin, no sólo conducía a los resultados que hemos visto, descubriendo en nosotros a Dios y la criatura, el infinito y el yo, sino que era ante todo contemplación. Contemplación que, di­

rigida hacia los fenómenos, en ellos y por ellos mismos,

no nos enseña en realidad nada. Todo conocimiento real, regido por el principio de las leyes, no se deja arrastrar por los fenómenos, sino que incluye a éstos entre sus causas y sus efectos. Los estados mentales no llegan a ser objeto de ciencia sino después que han sido compro­ bados y definidos desde fuera; de la misma manera que comprobamos y definimos las cosas, buscamos en torno y fuera de ellos las razones de lo que son. Una pretendi­ da disciplina que se oponga, por lo contrario, a las exi­ gencias del saber positivo, está naturalmente destinada

a ser estéril y no merece ser considerada entre las cien­

cias. Sin embargo, si la psicología no existe como cien­ cia, existen los fenómenos psíquicos, y Comte, que no es de ningún modo epifenomenista, no piensa ni en negar­

los ni en disimular su existencia. Antes bien, ellos cons­ tituyen para el conocimiento un objeto ; pero sin que haya necesidad, para alcanzarlo, de imaginar una ciencia es­ pecial. La vida mental se origina en la vida, simple­ mente, y por consiguiente, el estudio de ella tiene su fundamento en la ciencia de la vida, en la biología. Pre­ cisando el concepto, en lugar de la psicología inútil e in­ operante, dos ramas de la psicología, la psicología ani­ mal y la psicología cerebral, son llamadas a recoger y

a hacer fructificar su herencia, y, desembarazadas de

sus ilusiones y de sus anteojeras, a tratar, por el sólo método positivo, tanto del animal como del hombre, del anormal como del normal, del primitivo como del civi­ lizado, del niño como del adulto. La fisiología animal de Comte es el estudio de la vida de relación bajo sus dos formas: sensibilidad e irritabi­ lidad, acción del medio y reacción frente al medio. Di­ gamos simplemente que Comte se muestra como un ver­

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dadero precursor. Nuestra psicofísica, nuestra psicofi- siología de la actividad senso-motriz, son las formas mo­ dernas de su fisiología animal. A la fisiología cerebral, de la cual, por desgracia, bajo la influencia de dos fanáticos, Gall y Broussais, se tiene desde el principio una idea falsa, pertenecen la determinación de los órganos cerebrales y de sus fun­ ciones. Mas tan pronto como la fisiología cerebral quiere realizar su programa, se topa con una dificultad inmen­ sa que no conoce la fisiología animal. En los sistemas frenológicos, tales como los de Gall y Broussais, tal co­ mo Comte quería instituir el suyo a imagen de los pre­ cedentes, se trataba, no lo olvidemos, de encontrar los órganos cerebrales que correspondían a instintos como el amor maternal, a pasiones como la codicia, a aptitudes como la memoria verbal o el sentido estético. Sabemos hoy, gracias al microscopio y a los cortes ordenados, que la corteza cerebral se distribuye en áreas histoló­ gicamente diferenciadas. Gall, por el contrario, no co­ nocía el microtomo (1) y desconfiaba del microscopio. Para interrogar al cerebro, su ojo no tenía más auxiliar que su mano, muy hábil, por otra parte, para manejar el escalpelo. El examen anatómico, operado en esas con­ diciones, no podía prácticamente bastar para identifi­ car y delimitar hipotéticos órganos sin el concurso de la fisiología. Hacía falta saber, al menos grosso modo, cómo las facultades o disposiciones mentales, es decir, las funciones cerebrales, se distribuían en el cerebro, para poder, con ayuda de estos datos fisiológicos, dar a los datos anatómicos la precisión que ellos por sí mis-

(1)

Instrumento

que sirve

para sortar los objetos

ser observados

con el microscopio.— N. del T.

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que han

de

mos eran incapaces de alcanzar. Pero para distribuir así las funciones cerebrales en el cerebro era preciso saber de antemano indentificarlas y delimitarlas. De lo contrario, se corría el riesgo, bien de multiplicarlas sin razón, tomando por manifestación de una facultad au­ tónoma la acción combinada de dos o muchas faculta­ des, bien de reducir indebidamente el número, poniendo a cuenta de una sola las manifestaciones de muchas fa­ cultades, diferentes de hecho. Errores fisiológicos que hubiesen tenido como consecuencia otros tantos erro­ res anatómicos. Al final de cuentas, la fisiología, o más exactamente la anatomi-fisiología cerebral de Comte, comprendía en realidad dos partes: una anatómica y otra fisiológica. Comte creyó desde luego que estas dos partes podían y debían ser tratadas independientemente una de otra y que la fisiología cerebral resultaría de la convergencia de sus resultados. Pero luego acabó por reconocer, e in­ cluso por proclamar, que el estudio fisiológico era la condición previa del estudio anatómico, y, vista la posi­ ción del problema, que la fisiología estaba llamada a dic­ tar aquí sus leyes a la anatomía. Para constituir la fi­ siología cerebral tal como la concebía Comte, era pre­ ciso, pues, comenzar por el estudio y determinación de las funciones cerebrales, de las facultades, dicho de otra manera, y de las inclinaciones reveladoras de toda actividad mental, es decir, de lo que llamamos en nues­ tro lenguaje el análisis psicológico del espíritu huma­ no.

La dificultad que señalábamos antes va a manifes­ tarse ahora en toda su crudeza. Para hacer la anatomía de los órganos cerebrales basta con disecar cerebros, es­ tudio que sigue siendo biológico. Mas para determinar las funciones cerebrales, para proceder al análisis del

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espíritu humano, el estudio propiamente biológico de los individuos no sería suficiente. Es imposible realizar sobre el individuo la fisiología cerebral. Los fenóme­ nos mentales se muestran muy inasibles, muy com­ plejos, muy entremezclados, muy metidos unos en otros, muy limitados y condensados en su evolución por la brevedad de las vidas individuales. Para obtener una noción exacta, es necesario cierto abultamiento que nos niega la sola observación de los individuos y que es pre­ ciso que la biología salga a buscar en el campo de la so­ ciología. La fisiología cerebral no puede ser prosegui­ da y acabada en el plano propiamente biológico; para hacer que órganos y funciones puedan corresponderse con los datos biológicos que nos suministra el examen de los cerebros, es necesario superponer otros datos, susceptibles sin duda de llegar a ser biológicos secun­ dariamente, pero que comienzan por ser sociológicos, ya que sólo son directa y plenamente accesibles a la pura investigación sociológica. En efecto, solamente tomando en consideración la evolución de la sociedad, y no la de los individuos, po­ dremos observar los fenómenos mentales con el aumen­ to necesario. Luego el estudio de la humanidad y de su evolución es precisamente el objeto de la sociología. La sociología es, sin duda, una ciencia original y autónoma; tan original y autónoma en comparación con la biología, como ésta lo es en comparación con las ciencias físico-químicas. El mundo, para Comte, no está constituido por una serie única de fenómenos, sino por muchas series de fenómenos, mecánicos, físi­ cos, químicos, biológicos, sociales, que son irreducti­ bles entre ellos. El pensamiento positivo, la única íor- ma de pensamiento científica y humanamente válida, no puede establecer entre unas y otras una continui-

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flad material. Puede llegar a comprobar entre sus prin­ cipios directores y sus leyes generales cierta identidad formal; comparar, por ejemplo, la inercia con la cos­ tumbre; pero tiene forzosamente que admitir al comien­ zo de cada serie de datos de hecho, cada vez nuevos, aquí el movimiento, allí la vida o el lazo social, que ninguna deducción operada a partir de los datos ante­ riormente obtenidos con las series precedentes, permi­ te otras previsiones y otras reconstrucciones. Pero al mismo tiempo, por irreductibles que sean entre ellas las diferentes series de fenómenos, cada una tiene, no obstante, en la precedente su condición indis­ pensable de existencia; la vida, por ejemplo, tiene por condición la materia. Y la noción de esta dependen­ cia, junto a la de esta irreductibilidad, va a permitir­ nos comprender la doble actitud de Comte frente a las

relaciones de la biología y de la sociología y sus conse­ cuencias para la fisiología cerebral. A medida que en cada serie los fenómenos conside­ rados se alejan de los datos iniciales y crecen en com­ plejidad, se pone más de manifiesto la imposibilidad

de relacionarlos directamente con los fenómenos perte­

necientes a la serie anterior. Al cabo de algunas gene­ raciones, las formas diversas tomadas por la activi­

dad humana sólo conservan sus condiciones biológicas por intermedio de la acción ejercida por las generacio­ nes anteriores sobre la generación siguiente, siendo so­ lamente explicables, en realidad, por esta influencia. Pero en los comienzos de la humanidad, el lazo entre los fenómenos sociales y sus condiciones biológicas ha podido y debido ser más inmediato, ya que entonces la acción de las generaciones no se interponía aún resuel­ tamente entre estas condiciones y sus consecuencias.

A lo largo de la historia humana, nada ha podido rea-

29

lizarse en la sociedad que no haya sido biológicamen­

te posible para el individuo,

la

pues siendo precisamente

social, lo

biología la

condición

indispensable de lo

sociológicamente

real

deber ser

biológicamente reali­

zable.

Se ve desde entonces cómo para Comte la evolución de la humanidad, plenamente traducida en historia y progreso social, independiente de la sociología, llega in­ directamente a revelarnos la biología de los individuos, su fisiología cerebral, su psicología, en una palabra; y esto porque al enseñarnos lo que de generaciones en ge­ neraciones el hombre ha cumplido socialmente y lo que, por consiguiente, ha sido biológicamente capaz de hacer, nos abre por último las puertas de su organización cere­ bral o psicológica, en la cual deben encontrarse necesa­ riamente todas esas capacidades. Es así cómo, por ejemplo, la ley sociológica por ex­ celencia, la de los tres estados, que regula a través de los tiempos la evolución sobre todo de la inteligencia y de la actividad humanas, no ha podido ser descubierta sino interrogando la historia. Pero ella no domina sola­ mente el desarrollo de la humanidad, sino también el de los individuos. En efecto, todo hombre pasa primero por el estado teológico, antes de alcanzar el estado positivo, al cual llega a través del estado metafísico, ya que los espíritus pueden ser positivos cuando los conocimientos no lo son aún. La infancia de la humanidad tiene su fiel trasunto en el alma de los niños, su fase crítica en la de los adolescentes y su madurez en la de los adultos. De este modo se precisa una concepción fundamen­ tal de la que Comte deduce todas las consecuencias, cuando, en el tomo I de la Política positiva, redacta el cuadro correlativo de las funciones cerebrales y de sus órganos. Se le ve, en efecto, partiendo de datos que con-

BIBLIOTECA - UNIVERSIDAD NACIONAL

sidera resultado de la historia

consideraciones que juzga sociológicas, establecer la lis­ ta de las facultades mentales del hombre, operar su cla­ sificación y fijar su jerarquía, para asignarles en seguida otros tantos asientos cerebrales que, por su situación relativa, simbolicen precisamente en el espacio esta je­

rarquía y esta clasificación. Obra que nació muerta para nosotros y casi, inclu­ so, para sus contemporáneos, ya que se publicó apenas diez años antes del descubrimiento de Broca, antes de las primeras aplicaciones a las localizaciones cerebra­ les de los métodos anatómico-clínico y experimental, los cuales, al precisar el problema, iban, en contacto con los hechos, a modificar radicalmente los datos. Pe­ ro obra en la que su autor tenía una confianza inque­ brantable y de todo punto significativa. Estaba cier­ to de haber llegado por ella a una doctrina fisiológica de la actividad mental, que la anatomía estaba destina­ da a confirmar y que con el tiempo bien podía pasar de confirmación anatómica, circunstancia a la que si era preciso renunciar no por ello iba a quedar la doctrina disminuida en su alcance. A sus ojos era la mejor hi­ pótesis compatible con los hechos, y las localizaciones que ella supone no tienen necesidad de ser verificadas para adquirir todo su valor simbólico, valor que es, po­ demos decir, a la vez mnemotécnico y moral; lo primero, porque permiten retener mejor la clasificación de las facultades; lo segundo, porque son la justificación bio­ lógica de su jerarquía.

de la humanidad y

de

Pero no

nos entretengamos

en estas vanas divaga­

ciones en las que se encuentran motivos, según el buen o mal humor con que se hagan, tanto para reir como para llorar. Hagamos a un lado la novela anatómico-fisioló­ gica compuesta por Comte, para poder retener solamen-

31

te la idea directriz. La biología, o cuando menos una de sus ramas, la fisiología cerebral, que es para nosotros la más significativa, no puede ser acabada sino con la ayuda de la sociología y después que lo haya sido ésta. Hasta la fecha, el conocimiento había ido del mun­ do a la humanidad a través de la vida; hoy, para com­ pletar la biología es preciso que la humanidad retorne hacia la vida. Pues para Comte, el punto de vista objeti­ vo consiste en ir del mundo a la humanidad, y el pun­ to de vista subjetivo, por lo contrario, en retornar de la humanidad al mundo. Entre la síntesis objetiva, que es el objeto del Curso de filosofía; positiva, y la síntesis

subjetiva, que, a partir del Sistema de política positi­ va, domina las preocupaciones de Comte, la fisología ce­ rebral, señalémoslo sin insistir, realiza el tránsito, ya que para constituirla, nos es forzoso interpretar los fenóme­ nos vitales en función de los fenómenos sociales. De esa manera puede, considerada en sí misma, ser todo lo arbi­ traria posible y el principio que la fundamenta no con­ cuerda con lo que el pensamiento de Comte tiene quizás de más específico, al menos que sostengamos contra buen número de apariencias que ha pasado la segunda parte de su vida dedicado a renegar de la primera. En el positi­ vismo integra], tal como Comte lo ha querido, el movi­

miento de ideas que acabamos

de

resumir representa

Tealmente una pieza capital. En todo caso, la psicología, la fisiología cerebral, tal como la concibe Comte, se instituye después de la socio­ logía sobre una base sociológica. Para Comte, ella elabo­ ra la interpretación biológica de los resultados que reco­ ge la’historia del espíritu humano, de la sociología; pero también, para nosotros, de la psicología colectiva o social. Ella es el resultado de investigaciones en las que la consideración de la humanidad y del grupo domina e in­

32

cluso suprime la del individuo. Ella no puede, pues, pro­ porcionarme otro conocimiento que el del hombre en general. Ahora bien, este hombre en general es una abs­ tracción. Y lo es no solamente porque el hombre aisla­ do no existe, porque sólo la humanidad es plenamente real, porque en cada momento el desarrollo de las vir­ tualidades humanas está determinado en cada uno por el medio natural y, sobre todo, por el medio social, sino porque ningún hombre es jamás lo que podría ser el hombre, y el hombre no basta para explicar lo que tie­ ne realización en cada hombre. Más particularmente aquí, este hombre en general sigue siendo una abs­ tracción porque, humanidad condensada, reúne en su de­ finición todos los caracteres que, comunes a todos, no son propios de nadie, eliminando, en razón misma del procedimiento empleado para alcanzarlo, todas las par­ ticularidades que hacen de todos los hombres otros tan­ tos individuos. La fisiología cerebral, pues, nos da a co­ nocer la humanidad en el hombre, como la zoología la felinidad en el gato; pero sin poder llegar a darnos a conocer los individuos. Sin embargo, los individuos existen. E incluso exis­ ten más y más para Comte a medida que las preocupa­ ciones religiosas y morales, relativas siempre en fin de cuentas a los individuos, toman en su pensamiento un lugar cada vez más grande. Desde luego, tanto por la persistencia de su acción, cuanto por la fuerza de sus influencias, las condiciones materiales, como el medio físico, las condiciones bioló­ gicas, como el sexo y la raza, y las condiciones sociales, como la división del trabajo, introducen entre los seres humanos una variedad creciente. Pero estas diferencia­ ciones progresivas caracterizan más bien a los grupos (razas, sexos, pueblos o profesiones) que a los individuos.

33

Con ellas lo individual no se desprende precisamente de lo colectivo, con lo cual permanecemos aún sobre el terreno de la sociología o de la psicología colectiva. En realidad es sobre su organismo, sobre su consti­ tución anatómico-fisiológica, distinta para cada uno, donde los individuos asientan sus particularidades con­ cretas y su personalidad. En efecto, en la fisiología cerebral de Comte, la re­ gión anterior del cerebro, que es el sitio de la inteligen­ cia, está unida al mundo exterior por los nervios sen­ soriales. La región media, que es el sitio de la actividad, está unida por los nervios motores. Pero la región pos­ terior, que es el sitio de la afectividad, no entra en rela­ ción con el mundo exterior sino por intermedio de las regiones precedentes, no está ligada directa e inmedia­ tamente sino con las solas visceras. Fisiológicamente, estas particularidades tienen, se­ gún Comte, enormes consecuencias. Más exactamente, son la traducción en lenguaje anatómico de comproba­ ciones sociológicas o psicológicas muy importantes, y, gracias a éste artificio, aparentan explicar los hechos limitándose en realidad a describirlos. Del hecho de su relación directa con el mundo exte­ rior, las regiones anterior y media del cerebro, la inte­ ligencia y la actividad, experimentan en todos los se­ res la acción continua de la naturaleza y de la, sociedad. Esta acción, regular y sometida a leyes, viene, pues, a imponer directamente desde fuera su determinismo y su regularidad a la actividad y a la inteligencia, las cuales, aunque obedeciendo en todos los individuos a las mismas influencias, no pueden, sin embargo, producir en todos ellos los mismos frutos. Gracias al acuerdo que su co­ mún relación con el exterior establece entre ellas, las diversas manifestaciones de las inteligencias y de las

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actividades individuales son susceptibles de ser refor­ zadas las unas por las otras adicionando sus efectos, y su generalidad, su regularidad, su fijeza, su duración, circunstancias todas que les hacen indelebles, les asegu­ ran naturalmente un papel y, en consecuencia, un lu­ gar en la evolución colectiva de la humanidad. La región posterior del cerebro, es decir, la afectivi­ dad, está sometida a la acción reguladora de las regio­ nes anterior y media, inteligencia y actividad. El orden y el progreso que la acción de la naturaleza y de la so­ ciedad introducen en la actividad y en la inteligencia, penetran, pues, por contragolpe, hasta la vida afectiva, cuyas manifestaciones intervienen y son, por tanto, re­ gistradas en la historia de la humanidad. Pero ésta misma región posterior, en donde la afec­ tividad tiene su sitio, sufre al mismo tiempo, de una manera incesante y continua, la acción directa e in­ mediata de las visceras. Esta acción visceral, tan desor­ denada y particular como la acción de la naturaleza y de la sociedad era regular y universal, es eminentemen­ te variable en cada individuo. Sus efectos no son pro­ longados ni durables, diferentes de un individuo a otro, en lugar de adicionarse y reforzarse se anulan entre sí, no ejerciendo sobre la evolución de la humanidad ninguna influencia notable, De donde resulta, vista la naturaleza de sus efectos, que la acción de las visceras sobre la región posterior del cerebro, la afectividad, es­ capa a la consideración del sociólogo. De esa manera, la vida afectiva se encuentra pene­ trada, por una parte e indirectamente, por influencias exteriores, sociales o materiales que, estabilizando y uni­ formando sus manifestaciones, le permiten incorporar­ se a la vida colectiva; por otra parte y directamente, por influencias fisiológicas que resuenan, por el contrario,

35

únicamente en las conciencias individuales, sin dejar en la vida colectiva huella alguna de sus pasos. Estamos, por consiguiente, siendo naturalmente arrastrados a atribuir a estas últimas influencias y a reducir a sus efectos lo que hay de esencialmente indi­ vidual en nosotros. Si consideramos en conjunto la vi­ da mental, la inteligencia y la actividad —y la afectivi­ dad misma, por mucho que ella se deje influenciar por la actividad y por la inteligencia— están abiertas a las in­ fluencias colectivas y, recíprocamente, se muestran ca­ paces de participar en la vida colectiva. Quedan, pues, como del solo dominio de la individualidad propiamente dicha, esas reacciones víscero-cerebrales de carácter afectivo que, aisladas de todo contacto con el mundo ex­ terior, en su fugacidad divergente escapan a toda ac­ ción reguladora procedente de afuera y, recíprocamente, no ejercen en la colectividad ninguna acción firme. Tal es la comprobación que acabó por decidir a Com­ te a introducir en su clasificación de las ciencias una im­ portante modificación, añadiendo a las matemáticas, a la astronomía, a la física, a la química, a la biología y a la sociología, como séptima y última ciencia, la antro­ pología o moral. La sociología no puede conocer y estudiar de la acti­ vidad mental otra cosa que no sean las manifestaciones susceptibles de repercutir sobre la evolución colectiva. Las vidas intelectual y activa, que no nos son científi­ camente accesibles sino gracias a esta repercusión, cons­ tituyen, pues, solamente el dominio propio de la socio­ logía. Por el contrario, la vida afectiva no tiene relación con la sociología sino por intermedio de las dos pre­ cedentes y en la medida en que, plegándose a su ac­ ción reguladora, se capacita para aportar a la historia sus efectos colectivos. Mas toda la parte de la vida afec­

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tiva cuyas relaciones víscero-cerebrales constituyen el alimento directo y exclusivo, permanece por naturaleza radicalmente individual, traduciéndose apenas en la vi­ da colectiva por algunas variaciones muy fugitivas y escapando, por consiguiente, a la investigación socioló­ gica. Por consiguiente, si para estudiar la actividad mental no dispusiéramos de otra cosa que de la sociolo­ gía. habría en la realidad todo un dominio, el de los fenómenos víscero-cerebrales, fenómenos propiamente in­ dividuales, qiie quedarían para siempre cerrados al sa­ ber positivo. De esa manera, la pretensión del positivis­ mo de querer abarcar de una sola mirada la totalidad de lo real, se vería necesariamente puesta en entredicho. Para mantener en el positivismo su carácter complemen- tador es preciso, pues, concebir una séptima ciencia que trate precisamente de las reacciones víscero-cerebrales, y por consiguiente, del individuo. Ahora bien, ¿cuál es el lugar que, entre las otras, conviene dar a esta última ciencia? En la clasificación de Comte las ciencias son, como se sabe, colocadas en su orden de generalidad decreciente y de creciente subor­ dinación. De todos los fenómenos naturales, los víscero- cerebrales, o sea los individuales, son, por una parte, los más particulares y los más complejos, y por otra, los más dependientes, ya que el individuo sufre a la vez la influencia del medio material, del medio biológico y del medio social. Su estudio, pues, será necesariamente el úl­ timo. La séptima ciencia aislada por Comte en el tér­ mino de su clasificación debe, según él, ser colocada, no solamente después de la biología, sino también de la so­ ciología, como la más compleja, la más subordinada y,

por consiguiente,

mente sobre sus bases positivas. Comte estaba convencido de que para alcanzar su fi­

definitiva­

la más difícil

de asentar

37

nalidad suprema y regenerar a la humanidad hacía fal­ ta desde luego asegurar eu todos los dominios el triunfo del espíritu positivo y efectuar la unificación del saber sobre esta égida, sin la cual no hay, ni moral ni social­ mente, nada que esperar. Al mismo tiempo, en su impa­ ciencia por llegar, se dedicaba de buen grado a investi­ gaciones ociosas, despreciables y casi criminales. Esta impaciencia, asociada a esta convicción, le hizo adoptar con respecto a su séptima ciencia una doble actitud: la proclamó necesaria, y no quiso que retrasando su cons­ titución en el detalle se alejase la hora de sus realiza­ ciones.

La séptima ciencia, colocada

después de la sociolo­

gía y tratando sólo del individuo, es indispensable pa­ ra cerrar el ciclo positivo y dejar dentro de él toda la realidad.

“Es sobre todo a través del orden social como cada hombre soporta el yugo del orden material y del orden

vital, cuyo peso individual se acrecienta con toda la in­ fluencia ejercida sobre el conjunto de los contemporá­

neos e incluso de los antepasados

Por lo demás, es­

ta transmisión indirecta llegaría a estar plenamente conforme con la ley fundamental de la clasificación na­ tural si hubiese una distinción entre el orden individual y el orden social propiamente dicho, es decir, colectivo, añadiendo un grado final a la jerarquía general de los fenómenos. Aunque este nuevo grado difiriese mucho

menos del precedente que en ningún otro caso, le sucede­ ría, no obstante, por todas partes, como el más particu­ lar de todos y el más dependiente. Insistiré a menudo sobre la importancia de prolongar hasta este término extremo la inmensa serie que, comenzando en el mundo considerado en su más vasto aspecto, conduce hasta el hombre, determinado de la manera más precisa. Este

38

perfeccionamiento definitivo de mi jerarquía enciclopé­ dica debe solamente servir aquí para reiterar la obser­ vación precedente sobre las relaciones normales de to­ dos los órdenes naturales. En efecto, cada uno de ellos se encuentra sobre todo sometido a aquel al cual sucede objetivamente y que le transmite la principal influen­ cia de aquellos de los cuales él mismo depende” . La biología, que solamente estudia en nosotros al animal, “ no tiene en modo alguno por objeto el conoci­ miento individual del hombre, sino solamente el estudio general de la vida, considerada sobre todo en el conjun­ to de los seres que gozan de ella” . “ El estudio de nues­ tra existencia individual” no es, pues, el motivo de la biología. “Mas mí eminente precursor Gall, allanó al fin el camino que, preparado por Cabanis y Leroy, iba a desembocar en la sistematización del verdadero estu­ dio del hombre, combinando irrevocablemente el cono­ cimiento positivo del alma con el del cuerpo. Ni los mé­ dicos ni los sacerdotes han comprendido aún suficiente­ mente la importancia de tal revolución científica. Tal revolución no era, en verdad, apreciable antes que mi fundación de la sociología hubiese terminado la prepa­ ración enciclopédica que exigía el advenimiento siste­ mático de la verdadera antropología, para la cual es necesario conservar su nombre sagrado de moral. Cumpli­ da para lo sucesivo esta condición final, que me ha lle­ vado a construir subjetivamente la sana teoría cerebral, el séptimo y último grado de la grande jerarquía abs­ tracta viene a ser tan caracterizado como todos los otros. Difiere de los dos precedentes en que los combina ínti­ mamente Considerando la biología como bosquejo del estudio de la existencia humana en sus funciones vege­ tativas y animales, la sociología nos da a conocer en se­ guida nuestros atributos intelectuales y morales (inte­

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ligencia y actividad), los cuales no pueden ser debida­

mente apreciados sino en su desarrollo colectivo. De esa manera, la verdadera ciencia final, es decir, la moral, puede sistematizar el conocimiento especial de nuestra naturaleza individual con arreglo a una combinación conveniente entre los dos puntos de vista, biológico y sociológico, que necesariamente se relacionan. Además de esta base deductiva, exige directamente, como toda

ciencia, inducciones que le son propias

dad es el resultado de la esencial abstracción que la cien­ cia precedente hace de las reacciones continuas entre la física y la moral del hombre, según las relaciones nece­

sarias de las visceras vegetativas con los órganos afec­ tivos (del cerebro). En efecto, estas perturbaciones

individuales no alteran sensiblemente la existencia colec­ tiva, y son tanto menos sensibles cuanto que esta exis­ tencia se desarrolla por anticipado. Su mutua neutrali­ zación entre los diversos individuos sólo deja subsistir, en sociología, la influencia permanente de los atributos

verdaderamente colectivos

tropología propiamente dicha es a la vez más especial y más complicada que la sociología misma”.

Esta necesi­

He aquí

por qué la an­

“El sentimiento constituye

el dominio esencial de

la moral, tanto teórica como práctica, puesto que domi­ na la existencia y dirige la conducta. Su estudio siste­ mático pudo solamente ser esbozado, o mejor dicho, preparado, primero indirectamente en biología, después directamente en sociología, donde predominan inmedia­ tamente la inteligencia y la actividad. La moral puede instituirse su propia apreciación, combinándola digna­ mente no sólo con la influencia del mundo y de la sociedad, sino también con la reacción afectiva de las vis­ ceras vegetativas, esencialmente despreciables de ordina­ rio. Esta íntima relación entre la existencia corporal y

40

la economía cerebral debía, en efecto, ser descartada, en biología como prematura, y en sociología como insen­ sible con relación al orden colectivo. Pero en el estudio definitivo del orden individual adquiere una importan­ cia capital, a la vez teórica y práctica, que no permite que la descuiden, so pena de fracaso radical. Se acaba así por comprender cómo la moral difiere realmente de la sociología, y la sobrepasa necesariamente en pleni­ tud y en dignidad, bien que le esté objetivamente subor­ dinada” . Por otra parte, como corazón y vida afectiva han ad­ quirido en el sistema una importancia cada vez más grande, y como el positivismo no puede alcanzar sus de­ signios sino a condición de introducir el orden y la ar­ monía hasta en la vida individual, sin duda Comte reco­ noce firmemente la necesidad de prolongar el esfuerzo científico hasta el individuo mismo y constituir la sép­ tima ciencia, no sólo para cerrar teóricamente el ciclo positivo, sino también para poder al mismo tiempo fi­ jar sus reglas positivas al sentimiento y a la conducta. Mas en una ciencia tan compleja, importa atenerse a lo esencial, limitarse a las investigaciones que ineludi­ blemente imponen las exigencias de la práctica, huir de las vanas curiosidades cuya satifacción inútil absor­ bería nuestra inteligencia en detrimento de nuestra actividad. El punto de vista práctico domina aquí defini­ tivamente al punto de vista teórico. Más imperiosamen­ te quizás que toda otra, a la séptima ciencia se le niega el derecho a sobrepasar el círculo de sus aplicaciones hu­ manamente posibles. No se trata de saber todo sobre el individuo, sino solamente lo que es indispensable para regular positivamente sus costumbres. Cuando el legis­ lador moral se siente satisfecho, no tiene el sabio por ■qué llevar más lejos sus pesquisas. Si para fundar la

religión de la humanidad hubiese sido necesario, en efec­ to, que la séptima ciencia hubiese sido puesta en mar­ cha con anterioridad, Comte hubiera tenido que conten­ tarse con el papel de Aristóteles y renunciar al de San Pablo; pero entonces su pensamiento y su vida hubiesen perdido a sus propios ojos su sentido y su unidad. Al mismo tiempo que hacía un lugar a la antropología en .su clasificación de las ciencias, para poder acabar inte­ gralmente su obra, estimaba oportuno tomar sus pre­ cauciones, medir muy parsimoniosamente el terreno a la recién llegada y limitarla estrictamente a los problemas preparados de antemano, con respecto a los cuales se hallaba seguro de aportar una solución. “Aunque la sociología debe construir la teoría del orden doméstico antes que la del orden político, este es el primer caso que, en el fondo, presenta más dificulta­ des científicas y entraña más fuertes aberraciones prác­ ticas. Una diferencia análoga se manifiesta en seguida cuando se quiere prolongar el estudio positivo del or­ den puramente individual, el que no llega a ser indis­ pensable sino con respecto a las principales nociones (lo subrayado no está en el texto). En efecto, este últi­ mo caso ofrecería más complicación que ningún otro, afectado como está por las más diversas y numerosas in­ fluencias cuyos resultados comportan menos regulari­ dad” . Y, de una manera más significativa, más explí­ cita aún, la conclusión del largo pasaje que citamos más arriba prohíbe formalmente a la antropología entrete­ nerse en el individuo en aquello que no tiene un interés práctico. “ Cuando menos, al calificarla de moral, se la dispone felizmente a que no investigue otra cosa que las bases de la conducta humana, descartando inexorable­ mente las especulaciones ociosas, que serían, en efecto, las más difíciles de todas.”

En todo caso, sabemos ya

lo

suficiente

para

con­

cluir. Si la psicología no figura en la clasificación que Comte hace de las ciencias, en cambio los problemas re­ conocidos por nosotros como psicológicos no escapan por ello a su investigación. Antes al contrario, se imponen a su pensamiento con una insistencia cada vez más gran­ de. Pero los considera desde un ángulo completamente nuevo. En lugar de agruparlos en un solo orden de in­ vestigaciones, los distribuye entre muchos, y aunque pronunciándose en principio contra la psicología, llega a aplicar al conocimiento y solución de los problemas psicológicos una concepción sistemática que, traducida en lenguaje moderno, es poco más o menos como sigue:

No hay una, sino tres psicologías o, cuando menos, la psicología cuenta con tres ramas distintas, que difie­ ren entre sí por su objeto y por su método y son, por tanto, independientes. En primer lugar está la psicofisiología, que trata en particular de las funciones senso-motrices. Ciencia com­ pletamente biológica, donde los fenómenos psíquicos en­ cuentran inmediatamente su clave y su razón de ser en sus condiciones morfológicas y fisiológicas, sin lugar a consideraciones de otro orden y a la influencia de la vi­ da en sociedad. Las generaciones se suceden y con tal que haya que habérselas con individuos psicológicamente normales, cualquiera que sea el pueblo y la civilización a que pertenezcan, la misma excitación retiniana producirá siempre en ellos la misma sensación elemental y sus mús­ culos responderán siempre de la misma manera a una

incitación idéntica. Viene después la psicosociología, una psicología del hombre tal como lo revelan la historia y la vida social.

Esta psicología emana de la sociología y sería imposible sin ella. Por otra parte, esa misma condición podría ser al mismo tiempo su resaltado esencial. Más que una psi­ cología de la colectividad, una psicología colectiva, es una psicología de la especie, una psicología especííica, ya que nos proporciona, en realidad, la psicología del hombre en general, puesto que la humanidad no es más que un prodigioso agrandamiento del individuo, puesto que él no tiene más que una naturaleza humana, puesto que lo social es prolongación de lo biológico y no puede encontrarse jamás en contradicción con ello. Mas si la vida social nos da así a comprender al hombre en gene­ ral, es preciso no perder de vista que, según las épocas, los diversos rasgos que caracterizan el espíritu humano se acusan más o menos claramente. He ahí por qué, pa­ ra poder informarse de tales o cuales mecanismos o fun­ ciones psíquicas, conviene dirigirse de preferencia a los momentos privilegiados de la evolución de la humani­ dad, en los cuales estos mecanismos y funciones han ju­ gado un papel principal. Por ejemplo, en lo que concier­ ne a la lógica, es el fetichismo quien nos enseñará más sobre la lógica de los sentimientos, el politeísmo sobre la de las imágenes, el monoteísmo sobre la de los signos. Por otra parte, es preciso no olvidar de antemano que este hombre en general es, desde un doble punto de vis­ ta, una abstracción. Desde el punto de vista individual, primero, porque solamente existen individuos y el hom­ bre en general se encuentra en cada uno de ellos, sin que nos sea dado encontrar en nadie un puro e integral ejem­ plar. Desde el punto de vista de la sociedad, después, porque el hombre no existe aislado, su personalidad men­ tal no tiene en sí misma todas las condiciones de su ac­

44

tividad e incluso de su existencia y el hombre en gene­ ral no es, por tanto, inteligible sino en función del me­ dio social —sin el cual no existiría—, que le moldea di­ rectamente y por intermedio del cual recibe, tanto la ac­ ción del medio cosmológico como del medio vital. Por último, hay una psicología propiamente indivi­ dual, en la que Comte ha querido indudablemente limi­ tar las curiosidades, disimulada en cierto modo bajo el nombre de moral, pero no por ello menos perfecta y cla­ ramente indicada por él. Esta psicología individual, que responde a lo que nosotros llamamos ahora etología (1) o psicología diferencial, depende sin duda de las prece­ dentes en el sentido de que los fenómenos que estudia son en cada individuo el efecto del choque de sus parti­ cularidades biológicas con las características mentales que la colectividad presenta uniformemente a todos sus miembros, del sér biológico, por consiguiente, y del sér colectivo. Pero es, no obstante, independiente en el sen­ tido de que ni la psicofisiología ni la psicosociología bastan, cada una por su parte, a explicar el detalle de las mentalidades individuales, siendo indispensable, pa­ ra alcanzar esa explicación, proceder a un recorte siste­ mático de sus datos para el que ni una ni otra tienen la competencia necesaria. Una concepción semejante de la psicología define al mismo tiempo el método. La condenación pronunciada por Comte desde el principio contra la introspección no ha resultado platónica. Todo conocimiento supone, sin duda alguna, una inspección de los hechos; pero en psi­ cología esta inspección, para ser positiva, debe ser ante

(1 )

Ciencia de las costumbres o del carácteT moral del hombre del T.

— N.

45

todo extrospección: en psicofisiología, porque se trata de relacionar los estados mentales con sus condicioues

fisiológicas objetivas; en psicología colectiva y en socio­ logía, porque los estados mentales no se manifiestan si­ no por sus efectos exteriores; en psicología individual, porque la contemplación de nuestro yo no bastaría para darnos a conocer todos los caracteres diferenciales que distinguen a los individuos. En el vasto dominio de la psicología queda a la introspección el campo muy limi­ tado de nuestra propia conciencia. Es imposible com­ probar los hechos sin ella. Pero, para analizarlos y de­ terminar sus causas, sería inútil solicitar su concurso; dependen en nosotros y en los demás de las condiciones fisiológicas y sociales a las que nos hallamos sometidos

y de cuyo conocimiento sólo es capaz la extrospección.

Finalmente, el hombre en general que estudian la so­ ciología y la rama de la psicología que la sociología tie­ ne bajo su dependencia directa, constituye para nos­ otros el objeto de nuestra psicología general, tal como se

formula en nuestros tratados y se incluye en nuestros programas. Por consiguiente, Comte incorpora a la sociología y

a la psicología colectiva la mayor parte de las materias

consideradas corrientemente como del dominio de la psi­ cología general, y distingue en psicología tres clases

sucesivas de investigaciones, clasificadas según él en el orden siguiente: psicología fisiológica, sociología y psi­ cología colectiva, y psicología individual. Al doble pro­ blema que nos habíamos planteado aporta, pues, la mis­ ma solución a la cual debemos llegar. Es indudable que después de Pascal y Descartes sabemos que es la razón

y no la autoridad quien tiene que presidir nuestras con­

vicciones científicas. Pero la autoridad de los hombres emana muchas veces de la fuerza de su razón. En ese

46

sentido es alentador para nosotros el poder comprobar que, desde nuestros primeros pasos, las hipótesis de trabajo que vamos a hacer nuestras tienen ya, si no la razón absoluta, por lo menos la razón de un Augusto

Comte.

Capítulo segundo

EL PUNTO DE VISTA DE DURKHEIM

A fines del siglo último y a principios de éste, dos autores, sobre todo, se aplicaron en Francia al estudio de la vida mental del hombre en sociedad. Su notoriedad fué rápida y considerable. Ambos han ejercido una enor­ me influencia. La de Durkheim se acusa y mantiene por la formación de una escuela, la escuela sociológica fran­ cesa, de la que el Año Sociológico, fundado por el maes­ tro en 1898, ha quedado como órgano. Las obras de Tarde y de Durkheim son interesantes consideradas en sí mismas. Para nosotros lo serán, ade­ más, si logramos hallar en ellas puntos comunes y si concuerdan precisamente en aconsejarnos relacionar en parte la psicología general con la psicología colectiva y colocar a esta última antes que a la psicología indivi­ dual. Tal hallazgo será, en efecto, altamente significa­ tivo e incluso casi probatorio, ya que no sólo las doctri­ nas de Tarde y de Durkheim se oponen hasta el extremo de entrechocar y contradecirse, sino también porque es difícil imaginar espíritus y temperamentos más dispares, Todo es inesperado en la carrera de Tarde: no se co-

49

mienza generalmente por ser taupin (1) y prepararse en la Escuela Politécnica, para llegar a ser magistrado en provincias y acabar de profesor eu el Colegio de Fran­ cia. Su vida está hecha de realidades, no ha transcurri­ do en el mundo de las palabras, hablando o escribiendo. Juez de instrucción, director después eu el Ministerio de Justicia, durante muchos años dirigió sumarios e inte­ rrogatorios, administrado París, entrado en contacto con acontecimientos y personas, conocido su resistencia, te­ niendo en todo momento necesidad de adoptar decisio­ nes, y, por consecuencia, responsabilidades concretas que asumir. Su actividad intelectual no fué exclusiva:

la poesía y la comedia de salón fueron su violín de In­ gres. En su obra propiamente científica, su pensamien­ to vagabundea de buen grado con una libre fantasía. A causa de ella ama las aventuras, las diversiones arries­ gadas, las amplias comparaciones, las generalizaciones ilimitadas. Tiene la metafísica fácil; un individualismo exigente no sólo le inspira sus concepciones centrales en psicología y en sociología, sino toda una neomonadolo- gía, por la cual se aproxima a Leibnitz para ver en las mónadas la esencia misma de la realidad; pero del cual se aleja al mismo tiempo para abrir todas las ventanas sobre el exterior, pues quiere que la armonía preestable­ cida haga un lugar a la imitación. No tiene la supersti­ ción del orden y de la lógica; escribe notas, artículos, los reúne, pone algunos añadidos y de todo hace un libro. Un cierto “dilettantismo” le permite sonreír y le dicta sobre los asuntos más graves fórmulas ágiles y punzan­ tes: “ La obediencia al deber ofrece dos grandes venta­ jas: dispensa a menudo de precaver y siempre de acer­ tar”.

(1)

Estudiante de matemáticas.— N. del T,

50

Por el contrario, ninguna carrera más uniforme, más

regu lar, más normal que la de Durkheim. Quiso ser, fué

y permaneció profesor. Vista desde fuera, pocas vidas

com o la suya tan alejadas de las realidades cotidianas,

y cuyos actos, en ellos mismos y por sus efectos, hayan conservado más continuamente un carácter absoluta­ mente especulativo. Pocas obras también más concentra­ das, más retraídas sobre sí mismas, más ignorantes de

la s escapadas, m ás

P o sitiv ista , racionalista, más exactamente, como gustaba

él mismo de proclamar, enamorado de la ciencia y de su

rigor, intransigente hacia la metafísica, de la que temía los cambios ofensivos, Durkheim se propuso desde el principio hacer definitivamente de la sociología una ciencia como las otras. Nada pudo apartarle de su cami­ no. Puso en su obra todo el ardor sistemático de un pen­ samiento cuya virtuosidad dialéctica y rigidez dogmáti­ ca le valieron a veces ser tachado por sus adversarios de sofista y teólogo. Ciertamente, la gravedad casi religio­ sa de su espíritu presenta un algo implacable. En sus es­ critos hay entusiasmos, cóleras, asperezas; pero, al me­ nos que yo recuerde, ni una sola sonrisa. De esa manera, Tarde y Durkheim, no estaban he­ chos. por naturaleza, para entenderse, Añádase a eso el que ambos, casi en el mismo instante, abordaron y des­ cubrieron los mismos problemas, circunstancia que tal vez no haya dejado de producirles algún resquemor. En todo caso, ayudados por su temperamento, establecieron entre sí una rivalidad que los arrastró a oponerse a toda conciliación, a acentuar, por el contrario, la incompati­ bilidad de sus puntos de vasta, e incluso a cambiar al­ gunas rudezas: Tarde, ante Durkheim, clama contra la escolástica; Durkheim, ante Tarde, contra la literatura. Lo ciup entre investigadores obliga a pasar justamente

poderosas en su absorbente unidad.

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entre esta Scylla y este Caribdis, era para ellos motivo casi de injurias. Lo dicho es suficiente para señalar el provecho que podremos deducir del examen de las concepciones de Tar­ de y de Durkheim, si su comparación nos permite reco­ nocer que, no obstante todo lo que acusa sin cesar su an­ tagonismo, ambos se ponen de acuerdo, al menos en el fondo, si no en la forma, sobre los puntos de vista que nos interesan. Si quisiéramos respetar estrictamente el orden cro­ nológico, deberíamos comenzar por Tarde, quien, nacido en 1843, es decir quince años antes que Durkheim, em­ pezó a escribir también algunos años antes. Pero para la conveniencia de la exposición, adoptaremos el orden in­ verso. Durkheim es de la línea de Comte, a quien ha pro­ clamado “el maestro por excelencia”. Por consiguiente, es natural que al estudio del primero siga inmediata­ mente el del segundo. La idea dominante de Durkheim es, como ya hemos dicho, hacer definitivamente de la sociología una cien­ cia como las otras. Ahora bien, todas las ciencias de la naturaleza son ciencias de cosas. A toda ciencia parti­ cular debe corresponder un objeto particular que le sea propio, un objeto, es decir, una realidad que se impone desde afuera a nuestra observación, y cuyo conocimien­ to no es accesible sino por el método positivo. Una cien­ cia, una ciencia verdadera no va jamás de las ideas a las cosas, sino, por el contrario, de las cosas a las ideas; su exactitud, su rigor, su valor, son cosas que se consiguen a ese precio. Para que una sociología científica sea po­ sible, es necesario que disponga de una categoría parti­ cular de cosas de las que pueda ser ciencia, es preciso que existan cosas sociales que no puedan ser reducidas ni llevadas a ninguna otra especie de cosas. Si existen,

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en efecto, tales cosas sociales, no podrán ser conocidas si no es desde fuera y, en consecuencia, por medio del método objetivo. En estas condiciones, la sociología tie­ ne por objeto una categoría especial de cosas con las que no puede ponerse en comunicación y conocer su ob­ jeto, sino aplicándolas el método objetivo, circunstancia que la sitúa entre las ciencias de la naturaleza, ya que así satisfará todos los puntos de su definición. Los hechos sociales gravitan sobre nosotros, nos ha­

cen resistencia, nos son tan impenetrables como las cosas materiales. Es imposible modificarlos a nuestro gusto, despreciar sus leyes propias y levantarnos victo­ riosamente contra ellos y la causalidad física. Son cosas; tienen, repetimos, caracteres swi generis que los distin­ guen de las otras cosas. No es, por consiguiente, ni a la biología ni a la psicología a quienes corresponde acome­ ter su estudio, sino a una ciencia nueva, la sociología,

la cual debe, tratándolos como cosas y observándolos des­

de fuera, adoptar al mismo tiempo a este objeto nuevo las reglas del método objetivo, permitiéndonos así llegar

a resultados científicamente aceptables que de otra ma­

nera resultarían inaccesibles. He aquí por qué, en el cur­

so de toda su obra, Durkheim se esfuerza por demostrar

y probar por medio del ejemplo. Ahora bien, las cosas que hay en sociología son co­ sas bien especiales y bien singulares, ya que su esencia consiste en ser humanas y, por consiguiente, mentales. Detrás de todos los hechos sociales, de todas las insti­ tuciones, de todas las organizaciones, de todas las ma­ nifestaciones, lo que se descubre en último análisis son, por doquiera y siempre, maneras de sentir, de hablar y de obrar colectivas, comunes a los miembros de grupos más o menos extensos, los cuales, por así decirlo, se han concretado y solidificado de manera más o menos dura­

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ble en estos hechos, estas instituciones, estas organiza­ ciones, estas manifestaciones, “Todo lo que es social con­ siste en representaciones, por consiguiente, es un pro­ ducto de representaciones” . A decir verdad, no hay nada de original en tal afirmación, hoy casi trivial. “ El conte­ nido de la vida social es pensamiento”, declara, por ejem­ plo, Baldwin. Y Kreglinger escribe: “El problema de la esencia de la religión y de la magia es, antes que nada, de carácter psicológico” . Tampoco la originalidad de Durkheim consiste en relacionar todo lo que es social con los estados mentales, sino en concebir de una ma­ nera muy particular estos estados mentales y relacio­ nar con ellos todo lo que es social, abordando su estu­ dio, por muy mentales que sean, como si no lo fuesen. Por una parte, estos estados mentales, estas representa­ ciones colectivas existen y, no obstante, no existen en to­ da su integridad, en toda su pureza, en el seno de ningu­ na conciencia individual, ya que, comunes a todo un grupo, no son propios de ninguno de sus miembros a los cuales desbordan por todos lados. Nos es preciso, pues, imaginar para ellos una realidad psíquica de un nuevo orden, que no se limite a los datos de la conciencia indi­ vidual. En el universo mental, aunque por debajo de la conciencia son ahora abiertos los abismos del incons­ ciente, por encima de ella las representaciones colecti­ vas deberán en lo sucesivo elevar sus cimas. Por otra parte, si los hechos sociales son representaciones, es tam­ bién preciso que sean cosas. De otra manera, la sociología no sería científicamente posible. Tendremos, pues, que tratar las representaciones colectivas como cosas y estu­ diarlas desde fuera. No intentaremos explicar las reali­ dades sociales por vanas entidades psicológicas: simpa­ tía, sentimiento familiar, instinto social o gregario. Porque, no nos engañemos, estas representaciones colec­

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tivas, a las cuales responden en fin de cuentas todos los hechos sociales, cualesquiera que ellos sean, no son exac­ tamente comparables a los estados mentales que nos son familiares. Imponiéndose, en efecto, desde fuera a las conciencias individuales, las sobrepasan en el tiempo y en el espacio y no podrían ser su producto. Es dema­ siado evidente, en consecuencia, que la introspección uo puede darnos la clave, ni de las representaciones colecti­ vas, ni de los hechos sociales correspondientes. Es a los datos objetivos, al medio social y a la morfología, no a la. subjetividad de las conciencias, a quienes tenemos que acudir para poder descubrir las causas reales y el de- terminismo efectivo. He aquí, seguramente, una concepción de primer in­ tento paradójica, y paradójica doblemente, puesto que quiere a la vez que existan estados mentales que no sean individuales y que, siendo mentales, sean considerados como cosas. Pero no olvidemos que el solo carácter pa­ radójico de una concepción no nos autoriza a rechazar­ la. De otra manera no habría descubrimiento posible. Toda idea nueva tiene, por el hecho mismo de su nove­ dad y según choque más o menos violentamente cou las ideas antes corrientes, un carácter más o menos paradó­ jico, que va desapareciendo con el uso. Además, lo que aquí nos interesa ante todo, lo que importa a nuestros propósitos, no es tanto la concepción que Durkheim se hace de la sociología y del hecho social, cuanto la actitud que adopta con respecto a la psicología y a los hechos

psíquicos. Esta actitud es doble. Por una parte, Durkheim to­ ma de la psicología argumentos en favor de sus tesis esenciales; por otra, estableciendo en la vida mental una distinción formal entre lo que corresponde al individuo y, por consiguiente, a la psicología propiamente dicha, y

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lo que corresponde a la sociedad y, por tanto, a la socio­ logía, intenta relacionar con la sociología gran número de problemas tenidos hasta entonces por psicológicos y subordinar a la sociología una parte considerable de la psicología.

La historia de la psicología justifica la aspiración de la sociología a la objetividad y demuestra que, tanto en las ciencias morales como en las físicas, esta objetivi­ dad es precisamente la condición necesaria de todo cono­ cimiento positivo. La psicología moderna, en efecto, no ha llegado a ser científica sino cuando ha sido objetiva. La psicología científica “no ha nacido verdaderamente sino mucho más tarde (después de Locke y Condillac), cuando llegó por fin a concebir que los estados de con­ ciencia pueden y deben ser considerados desde fuera, y no desde el punto de vista de la conciencia que los ex­ perimenta”. Por consiguiente, en un caso en que el ob­ jeto a estudiar presente todas las apariencias de la más irremediable e insuperable subjetividad, hay, no obstan­ te, la posibilidad de constituir su ciencia, y la constitu­ ción de la psicología científica ha sido posible porque, a pesar de todas las apariencias, ha sido también posible sustituir el punto de vista subjetivo por el objetivo. El hecho social ha ganado, en último análisis, reduciéndo­ se a representaciones; mas su subjetividad no se presen­ ta, sin embargo, tan radical como la del hecho físico. Lo que ha podido ser para lo segundo, es natural que pueda ser también para lo primero. En sociología es posible, tanto y más¡ que en psicología, sustituir el punto de vista, subjetivo por el objetivo, e incluso es necesario hacerlo, ya que lo que es indispensable en psicología para que ésta sea científica, no lo es menos en sociología, si es que ésta quiere, a su vez, adquirir categoría de cien­ cia.

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Sostiene Durkheim, con algunos psicólogos, que la psicología es una ciencia autónoma, que no es una sim­ ple rama de la fisiología; pero, por otra parte, pretende que la sociología es igualmente autónoma, y que no es simplemente una rama de la psicología. Vida fisiológi­ ca, vida psíquica y vida social son para él irreductibles entre sí. Si se admite que los fenómenos psíquicos no se reabsorben y no se encuentran por entero en los procesos fisiológicos que les corresponden, no hay ninguna razón para admitir, por el contrario, que las representaciones colectivas, en las cuales consisten los hechos sociales, no estén aparte de los estados mentales que las hacen fi­ gurar en las conciencias individuales. La autonomía de la psicología y del hecho psíquico prepara, entraña y or­ dena la autonomía de la sociología y del hecho social. A demostrarlo se aplicó Durkheim en un artículo apare­ cido en 1898 que tituló Representaciones individuales y representaciones colectivas. Artículo curioso e intere­ sante por todos conceptos, ya que en él, y aparte su va­ lor doctrinal, la potencia dialéctica de Durkheim se muestra con vigor soberano, y aunque Bergson no esté ja­ más citado, se cree, no obstante, adivinar por más de un detalle el recuerdo y la influencia de Materia y Memoria, publicado en 1896,' lo que hace suponer al menos, entre el pensamiento de los dos maestros, una coincidencia bastante rara y que, aunque tal vez fortuita, merece ser señalada. Pero vengamos al contenido mismo del artícu­ lo para condensar sus datos esenciales. El paralelismo psicofisiológico, la concepción epife- nomenista de la conciencia, estimaba Durkheim que eran cosas de todo punto inaceptables. La ciencia no conoce en la naturaleza fenómenos supérfluos, es decir, que siendo efecto de una causa no tengan a su vez otros efec­

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tos. Ahora bien, para los epifenomenistas la vida men­ tal es una superabundancia, sin la cual todo sucedería de la misma manera. En la vida humana, como en la vida animal, la sucesión de los procesos fisiológicos bas­ ta para producirla y, por tanto, para explicarla. Cier­ tos procesos nerviosos dan nacimiento por extensión a estados psíquicos que son más bien su reflejo que su efec­ to, y que jamás se comportan como causas. Cuando un estado mental nos parece engendrar otro, es una reali­ dad que el estado fisiológico, del ciial el primero es la transposición ha provocado el estado psicológico que se transpone a su vez en el segundo. La conciencia viene a ser, así, una especie de callejón sin salida en el que los fenómenos psíquicos, sofocados alternativamente, mue­ ren sin posteridad. Lo cual supone, en fin de cuentas, borrar prácticamente de lo real, como inoperantes e inú­ tiles, toda una clase de fenómenos y levantarse, en con­ secuencia, por exceso de ambición científica, contra la ciencia misma, que exige expresamente que los fenómenos psíquicos; si es que son fenómenos, tengan no solamen­ te efectos, sino también causas. Falsa en sus princi­ pios, la concepción paralelista y epifenomenista fraca­ sa desde luego en sus aplicaciones, sin que pueda llegar a explicar el mecanismo, ni de la memoria, ni de la aso­ ciación de las ideas. Siendo así falsa a todas luces, es preciso, pues, que la memoria no se explique únicamen­ te por procesos fisiológicos, que no sea exclusivamente itna propiedad orgánica; es preciso que haya una memo­ ria propiamente psicológica, que las representaciones pasadas conserven una realidad psíquica aunque perma­ nezcan inconscientes, y que, en una palabra, las re­ presentaciones sean “realidades que, aunque sosteniendo con su substrato (orgánico) íntimas relaciones, sean in­ dependientes en cierta medida”. “Mas, prosigue Dur-

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klieim, decir que el estado psíquico no se deriva direc­ tamente de la célula, es decir también que no está inclu­ so en ella, que se forma, en parte, fuera de ella y que, en la misma medida, le es exterior”. Reconozcamos, pues, que la vida psíquica posee una realidad autónoma, sui generis, y que tiene su manera propia de existir y sus leyes propias de existencia. “Ahora bien, cuando hemos dicho en otro lugar que los hechos sociales son, en un sentido, independientes de los individuos y exteriores a las conciencias individua­ les, no hemos hecho otra cosa que afirmar del reino so­ cial lo que acabamos de establecer con relación al reino psíquico” . De la misma manera que el substrato de la vida mental está constituido por el encéfalo, por los cen­ tros diferenciados que se coordinan en sistema y por el conjunto de las células que los componen, el substrato de la sociedad está formado por el grupo, por los sub- grupos que se organizan en el seno del primero y por el conjunto de los individuos que asocian todas estas agru­ paciones. Las representaciones que forman la trama de la vida social se desprenden de las relaciones que inter­ vienen en el corazón del grupo entre los individuos y en­ tre los grupos secundarios. “Pues si no se ve nada de ex­ traordinario en que las representaciones individuales, producidas por las acciones y las reacciones cambiadas entre los elementos nerviosos, no sean inherentes a es­ tos °lementos, ¿qué tiene de sorprendente que las repre- senta^iones colectivas, producidas por las acciones y las reacciones cambiadas entre las conciencias elementales de las que está compuesta la sociedad, no se deriven di­ rectamente de estas últimas y, por consiguiente, las des­ borden? La relación que en esta concepción une el subs­ trato social a la vida social es de todo punto semejante a la que se debe admitir entre el substrato fisiológico y

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la vida psíquica de ios individuos, si es que no se quiere negar toda psicología propiamente dicha. Las mismas consecuencias deben, pues, producirse de una y otra par­ te” .

Durkheim raciocina, se dirá. Es cierto; pero reconoz­ camos que este razonamiento por analogía es singular­ mente vigoroso y que, al menos por el momento, tiene una fuerza de convicción casi apremiante. Convengamos también en que es doblemente hábil. Por una parte, liga estrechamente la causa de la sociología a la de la psico­ logía: si se quiere que reprecentadones individuales y psicología sean independientes de la fisiología, es preci­ so también que representaciones colectivas y sociología lo sean de la psicología. Por otra parte, contra la acu­ sación de materialismo tan a menudo merecida por las teorías de Durkheim, en razón de su “cosismo” social, demuestra victoriosamente que, más que dirigir contra ellas invectivas metafísicas, conviene tacharlas de espi­ ritualistas, ya que no sólo tienen la vida psíquica indi­ vidual por una realidad independiente, sino también porque suponen la existencia, por encima y más allá del psiquismo individual, de una especie de hiperpsiquismo constituido por las representaciones colectivas. En todo caso, si Durkheim compara así representa­ ciones individuales y representaciones colectivas es, evi­ dentemente, para justificarse de establecer entre ellas una distinción fundamental y de ahondar la verdadera zanja existente entre la psicología y la sociología. “La vida colectiva, como la vida mental del individuo, está hecha de representaciones; es, pues, presumible que re­ presentaciones individuales y representaciones sociales son, en algún modo, comparables. Vamos a intentar mos­ trar, en efecto, que unas y otras sostienen la misma re­ lación con su substrato respectivo. Mas este acercamien­

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to, lejos de justificar la concepción que reduce la so­ ciología a corolario de la psicología individual, pondrá de relieve, por el contrario, la independencia relativa de estos dos mundos y estas dos ciencias” . Las representaciones colectivas no tienen su equiva­ lente en las representaciones individuales. Su existen­ cia no depende de los individuos considerados aparte. La expresión que de ellas encontramos en la diversidad de las conciencias es solo una traducción aproximada e in­ suficiente. Esta prohibido confundirlas con lo que las re­ fleja en las conciencias particulares, “ con lo que podría llamarse sus encarnaciones individuales”. Lo arbitrario de los individuos no puede engendrar ni las representa­ ciones colectivas, ni los hechos sociales que se relacio­ nan con ellas. Lo que es social y colectivo no puede tener otra causa que no sea social y colectiva. Nada de lo que es social es producto directo e inmediato de inclinacio­ nes, de ideas o de voluntades puramente individuales. No hay, por ejemplo, en el hombre un sentimiento fami­ liar que sea el origen de la familia. Es, por el contrario, la organización de la familia, en sus múltiples modali­ dades, la que ha constituido en torno de ella una atmós­ fera afectiva cuyo calor ha penetrado gradualmente a los individuos.

y

Claro

está que

las

representaciones

individuales

las representaciones colectivas ofrecen, al menos entre ellas, la semejanza de ser, unas y otras, representacio­ nes. Como tales, es posible, es verosímil, que obedezcan, unas y otras, a las mismas leyes abstractas de atrac­ ción y de repulsión recíprocas, leyes de continuidad, por ejemplo, de semejanza, de contraste y antagonismo lógi­

cas, lo que da derecho a pensar en “la posibilidad de una psicología enteramente formal, que sería una espe­

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cié de terreno común a la psicología individual y a la so­ ciología”. Pero esta concesión va acompañada casi en seguida de reservas que la restan toda importancia. Las leyes abstractas que regirían a la vez el juego de las re­ presentaciones colectivas y el de las individuales nos son aún absolutamente desconocidas. En psicología indivi­ dual sólo conocemos leyes bien vagas sobre la asociación de ideas. “En cuanto a las leyes de ideación colectiva, son aún más completamente ignoradas. La psicología social, que debería tener por objeto el determinarlas, no es otra cosa que una frase que designa toda clase de generalidades, variadas e imprecisas, sin objeto defini­ do. En lo que concierne, pues, a las representaciones co­ lectivas y a las leyes que las rigen, el trabajo se encuentra totalmente por hacer. Mientras no se haga, e incluso no se termine, resulta manifiestamente imposible proceder a una comparación, para la cual faltaría, cuando menos, uno de sus términos, y de decidir, por consiguiente, si las leyes dé la psicología social se identifican o no con las de la psicología individual. Desde luego, se puede prever que entre estos dos órdenes de leyes habrá, al la­ do de las semejanzas, bastantes diferencias. La naturale­ za y el contenido de las representaciones debe influir, en efecto, sobre los modos de combinarse. Solamente consi­ derando la psicología individual, es poco probable que las leyes de asociación sean exactamente las mismas pa­ ra las sensaciones, las imágenes y los conceptos. Más bien hay lugar a pensar que a cada clase de estados men­ tales corresponden aquí leyes formales particulares. Con mucha más razón debe esperarse que las representacio­ nes colectivas obedezcan a leyes que les sean propias, pues el pensamiento social comporta leyes específicas diferentes de las leyes específicas del pensamiento indi­ vidual. Entre las representaciones individuales y las

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colectivas podemos, no obstante y sin duda alguna, pre­ sumir por otra parte semejanzas; pero ignoramos cuá­ les son y hasta dónde van. “ Es decir, que en ningún caso sabría la sociología prestar pura y simplemente a la psi­ cología tal o cual de sus proposiciones para aplicarla a tales o cuales hechos sociales”. Por consiguiente, está permitido conjeturar que existe cierta semejanza entre el pensamiento social y el pensamiento individual. Es probable que esta conjetura esté en parte fundada; pero por el momento no hay pruebas de ello. El estudio de las representaciones colectivas no puede, en esas condicio­ nes, tomarla como punto de partida. Por consiguiente, es preciso estudiar, ante todo, aisladamente el contenido y el mecanismo del pensamiento colectivo, su forma, su materia. Después y sólo después, podremos examinar cómo y hasta qué punto es semejante al pensamiento in­

dividual. Por lo demás, conviene subrayar que, situándose en el punto de vista de Durkheim, resulta extremadamente difícil admitir que puedan ser identificadas las leyes formales del pensamiento colectivo y las del pensamiento individual. Las representaciones colectivas “ son de dis­ tinta naturaleza” que las representaciones individuales. Entre las leyes que rigen las unas y las que rigen las otras no se sabría, en esas condiciones, hallar puntos de identidad. Todo lo más podría haber entre ellas, como entre la inercia y la costumbre, una analogía que res­ peta la diversidad esencial de las realidades puestas en

juego. La posición de Durkheim es en todo caso muy cla­ ra. Las representaciones colectivas, cuyo papel es esen­ cial en la vida social, y cuya importancia, por consi­ guiente, es fundamental en sociología, son autónomas. Son independientes de las representaciones individuales.

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Claro está que Comte lia proclamado que nada es reali­ zable socialmente que no sea biológicamente, es decir, psicológicamente posible, y para Durkheim, igualmente, nada puede existir en la sociedad que sea contrario a la naturaleza mental del hombre. Lo social tiene en lo psi­ cológico su condición virtual. Mas esta virtualidad, aban­ donada a ella misma, resultaría inerte e impotente. El individuo no puede por su sólo esfuerzo mental produ­ cir ninguno de los efectos que le son peculiares. Como el pedernal, es rica en chispas. Pero para sacar fuego de la piedra, es preciso golpearla con un eslabón. Y no es ella quien produce el fuego, sino el golpe que recibe. Pa­ ra dar vida a las representaciones colectivas es preciso que los individuos, en los cuales se encuentra su condi­ ción virtual, entren en contacto y se entrechoquen, a fin de que puedan, así, brotar de ese contacto y de ese cho­ que. Y de la misma manera que la intensidad de la chis­ pa depende de la habilidad y la fuerza con que ha sido dado el golpe sobre la piedra, así la naturaleza de las representaciones colectivas depende de la manera con que se haya establecido el contacto entre los miembros del grupo. Por consiguiente, para que haya sociedades y representaciones colectivas, es evidentemente necesa­ rio que haya hombres capaces de asociación y espíritus humanos capaces de pensamiento. Mas para que las so­ ciedades, para que las representaciones colectivas sean tales o cuales, es de todo punto necesario que entre los hombres y los espíritus se establezca el contacto de una cierta manera y no de otra. Es la morfología de los gru­ pos quien rige la naturaleza de las instituciones y quien especifica las representaciones colectivas correspondien­ tes. Jamás el análisis abstracto de la conciencia indivi­ dual, ni el conocimiento, por profundo que sea, de lo que ella es virtualmente capaz, permitirán comprender las

diversas formas adoptadas en el curso de las edades por los grupos, ni las distintas orientaciones adoptadas por sus pensamientos. A toda explicación psicológica de los hechos sociales opone Durkheim un fin de no admisión categórico. Ningún pasaje existe, en este sentido, d,e la conciencia individual al que, por comodidad de lenguaje, pueda llamársele conciencia colectiva, siendo de adver­ tir que así como la expresión “ conciencia individual” significa simplemente el conjunto de los estados menta­ les relativos a un individuo, y no implica en modo algu­ no la existencia de una realidad trascendente, la expre­ sión “ conciencia colectiva” designa únicamente, a su vez, el conjunto de los sentimientos, de las representa­ ciones, de las voliciones comunes a todo un grupo, sin que ni de manera remota autorice, ni siquiera discreta­ mente, a admitir la intervención en la vida de las so­ ciedades de un Volksgeist, de un alma de los pueblos,

en verdad bien hipotética. Pero, y esto es esencial, el recíproco no es verdade­ ro. Si de las representaciones individuales a las repre­ sentaciones colectivas no hay tránsito posible, en cam­ bio la circulación, por así decirlo, es ininterrumpida en el sentido opuesto, cuando se va de las representaciones colectivas a las representaciones individuales.

Las

representaciones

colectivas

no

son

representa­

ciones individuales y jamás se presentan de una manera integral en las conciencias particulares. En cambio, buen número de representaciones llamadas individuales no son en realidad sino el reflejo, en el seno de las concien­ cias, de las representaciones colectivas. Incluso es posi­ ble preguntarse si existen, aún en las mentalidades adul­ tas, representaciones exclusivamente individuales, si, por consiguiente, todas las representaciones llamadas indivi­ duales no aprovechan una aportación de las representa-

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cion.es colectivas y si desde este punto de vista, no difie­ ren solamente por la importancia de esta aportación. En todo caso, si “los hechos sociales no son el simple desarrollo de los hechos psíquicos”, “ los segundos no son en gran parte sino la prolongación de los primeros en el interior de las conciencias”. Así, por ejemplo, es la organización de la familia quien ha determinado el flo­ recimiento de los sentimientos familiares, es en el seno de la religión donde los sentimientos religiosos han co­ brado vida. La conciencia individual se formaría, pues, en una parte más o menos considerable, por la interiorización creciente de antecedentes recibidos de fuera y, más pre­ cisamente, de la sociedad. Esta manera de ver es fami­ liar a los sociólogos de la escuela de Durkheim: la encontramos, por ejemplo, en Fauconnet, en su libro so­ bre la Responsabilidad; en Davy, en su trabajo sobre la fe jurada. Mas no es exclusiva de ellos, e incluso no se­ ría extraña a Bergson mismo si son exactas las pala­ bras que Robert Dreyfus, en La vida y las profecías del conde de Gobineau, dice haber recogido en su curso del Colegio de Francia, y según las cuales el honor tendría la definción siguiente: “ una obligación hacia otro, que adquiere poco a poco el aspecto de una obligación hacia sí mismo”. Solamente esta acción de la sociedad sobre las con­ ciencias individuales cobra a los ojos de Durkheim una importancia excepcional. La atribuye un valor decisivo, haciendo hincapié en ella para subordinar casi total­ mente el individuo a la sociedad y el pensamiento indivi­ dual al pensamiento social. Ya hemos visto que no son los individuos quienes hacen a la sociedad. En cambio, es la sociedad quien hace al hombre. La sucesión de los

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estados mentales por que pasa un individuo sin distin­ guir entre ellos, la vida psicológica, en una palabra, es el efecto de la vida social y está muy lejos de ser su cau­ sa. Durkheim ha multiplicado las declaraciones sobre es­ te punto de una manera verdaderamente machacona. “Es ella (la sociedad) quien lo educa (al hombre) por encima de él mismo; es incluso ella quien lo hace. Por­ que lo que respecta al hombre, es el conjunto de bienes intelectuales lo que constituye la civilización, y la civi­ lización es la obra de la sociedad” . “ Los individuos son mucho más un producto de la vida común que su deter­ minación” . “ La vida colectiva no es hija de la vida indi­ vidual, sino que, por el contrario, la segunda es hija de

la primera” .

. Esta concepción del hombre y de la vida psicológica encuentra su aplicación más característica en la teoría sociológica de los conceptos y de las categorías, propues­ ta por Durkheim. El hombre no está solo frente a la naturaleza; la sociedad se interpone entre ella y él y es de la sociedad de donde le llegan al hombre los me­ dios para comprender y abarcar la naturaleza. . En 1903, en el Año Sociológico, encontramos, bajo la firma de Durkheim y de Mauss, un artículo titulado:

De algunas formas primitivas de clasificación. Contri­ bución al estudio de las representaciones colectivas, en el que los autores recuerdan desde luego que “las facul­ tades de definir, de deducir, de inducir, son generalmen­ te consideradas como antecedentes inmediatos en la constitución del entendimiento individual”, y comprue­ ban que “esta concepción no tenía nada de sorprendente en tanto que el desarrollo de las facultades lógicas fue­ se considerado como dependiente de la sola psicología in­ dividual, en tanto que no se llegase a la idea de ver en los métodos del pensamiento científico verdaderas insti­

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tuciones sociales cuya génesis puede seT trazada y expli­ cada por la sociología.” La ciencia sería, pues, social y colectiva, al menos en sus orígenes. Señalemos, de paso, esta idea. Más ade­ lante tendremos ocasión de volver sobre ella y discutir­ la ; pero es bueno anotar desde ahora que no es en el sis­ tema una simple pieza accesoria, sino que tiene, por el contrario, una importancia capital. Durkheim, conven­ cido de ordinario, se muestra aquí más convencido que nunca.

Sentadas estas premisas, Durkheim y Mauss analizan en seguida algunas formas primitivas de clasificación y demuestran por este análisis que “las primeras catego­ rías lógicas han sido categorías sociales; las primeras clasificaciones de cosas han sido clasificaciones de hom­ bres en los cuales estaban integradas esas mismas co­ sas.” Está por hacer y sería posible llevar a cabo el mismo trabajo “para las otras funciones o nociones fun­ damentales del entendimiento” , tiempo y espacio, por ejemplo, causa, substancia, formas de razonamiento, etc. Mientras eso llega, el caso de las clasificaciones primi­ tivas prueba que “todas estas cuestiones que metafísi- cos y psicólogos agitan desde hace tanto tiempo, serán por fin liberadas de sus obstáculos el día que sean plan­ teadas en términos sociológicos. Hay ahí al menos una vía nueva que merece ser recorrida” . Así, en lo que con­ cierne al problema del conocimiento, se requiere a la psi­ cología, que no ha sabido resolverlo, para que dé su lugar a la sociología, única capaz de encontrar la solución. La interpretación sociológica del pensamiento con­ ceptual, manifestada y preparada en el artículo al cual acabamos de referirnos, se completa y se precisa en Las formas elementales de la vida religiosa.

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La esencia del concepto no está de ningún modo en la generalidad. Según Durkheim, por su confusión erró­ nea entre concepto e idea general, Lévy-Bruhl, al com­ probar cómo las sociedades inferiores son pobres en ideas generales, ha tachado al pensamiento primitivo de prelógico, oponiéndolo así radicalmente al pensamien­ to lógico. Lo que caracteriza ante todo al concepto es que es “ relativamente inmutable” , que es, “si no univer­ sal, al menos universalizable” , que es, en fin, “ una re­ presentación esencialmente impersonal” . Tanto como las características que le oponen formalmente a las repre­ sentaciones propiamente individuales, subjetivas, perso­ nales y precarias. El concepto es contemporáneo de la humanidad porque sin él, sin las representaciones que establecen el acuerdo entre los espíritus, no hay socie­ dad concebible entre los hombres. Común a todos, es ne­ cesario que sea obra de todos, el producto de la comuni­

estamos

dad, de la inteligencia colectiva. “ Siempre que

en presencia de un tipo de pensamiento o de acción, que se impone uniformemente a las voluntades o a las inteli­ gencias particulares, la presión que ejerce sobre el indi­ viduo revela la intervención de la colectividad. Por otra parte, decíamos antes que los conceptos con los cuales pensamos corrientemente son los que están comprendi­ dos en el vocabulario. Ahora bien, no hay duda alguna de que el lenguaje, y por consiguiente el sistema de con­ ceptos que él traduce, es el producto de una elaboración colectiva. Lo que él expresa es la manera como la socie­ dad en fu conjunto se representa los objetos de la expe­ riencia. Las nociones que corresponden a los diversos elementos del idioma son, pues, representaciones colec­

tivas” . La palabra resume una experiencia colectiva que sobrepasa la nuestra en el tiempo y en el espacio, y de la cual nos servimos aunque no sea nuestra por entero,

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ya que cada vez que empleamos palabras, las aplicacio­ nes que han tenido, tienen y pueden tener en lo sucesi­ vo, están bien lejos de figurar en nuestro conocimien­ to actual y, no obstante, constituyen al mismo tiempo, para nosotros, una especie de garantía latente en el em­ pleo que de ellas hacemos. Así, pues, la experiencia co­ lectiva resumida por la palabra es precisamente el con­ tenido del concepto. Y es de ella de donde éste toma su fecundidad y el valor eminente con que aparece a los ojos de los individuos y por el cual se impone a sus concien­ cias.

Es natural que si los conceptos son de origen social, las categorías también lo sean. ¿Acaso no son conceptos? ¿No son, incluso, conceptos por excelencia, es decir, los más estables entre todos, los más universales, los más impersonales? Convencido de ello, Durkheim se aplica

a establecer en detalle la génesis social de las catego­ rías.

“ Existe,

en la raíz de nuestros juicios, cierto número

de nociones esenciales que dominan toda nuestra vida in­

telectual ; son las que los filósofos, desde Aristóteles, lla­ man categorías del entendimiento: nociones de tiempo,

de espacio, de clase, de número, de causa, de substancia,

de personalidad, etc. Corresponden a las propiedades más universales de las cosas. Son como los marcos sóli­ dos que encierran el pensamiento. El pensamiento pare­ ce no poder franquearlas sin destruirse, pues no nos es posible pensar objetos que no existan en el tiempo o en el espacio, que no sean numerables, etc. Las otras nocio­ nes son contingentes e inconstantes, concebimos que pne- dan faltar en un hombre, en una sociedad, en una época. Pero aquellas nos parecen casi inseparables del funcio­ namiento normal del espíritu; son como la osamenta de la inteligencia. Así, pues, cuando se analizan metódica­

70

mente las creencias religiosas primitivas, encontramos naturalmente en su camino las principales de entre es­ tas categorías. Son nacidas en la religión y de la reli­ gión, son un producto del pensamiento religioso” . Ahora bien, “la religión es una cosa eminentemente social” y “las representaciones religiosas son representaciones co­ lectivas que expresan realidades colectivas” . Resultados de la religión, las categorías son, pues, resultados de la

sociedad. En cuanto a las categorías de género y de especie, las Formas elementales de la vida religiosa vuelven sobre las ideas ya expuestas en el artículo del Año Sociológico. El sistema cosmológico de las sociedades primitivas está calcado sobre su organización social. La tribu, que es la organización social primitiva, se divide en fratrías (1), que a su vez se subdividen en clanes. Pero de la misma manera que los miembros del grupo, cada realidad natu­ ral, cada estación, cada región del espacio, cada espe­ cie animal o vegetal, cada montaña, cada río, cada fe­ nómeno material pertenece a una fratría de la tribu y, en esta fratría, a un clan. La tribu abarca, pues, en su totalidad, no solamente los individuos que componen el grupo, sino el universo entero. En el seno de la Tribu- Universo, hombres, seres animados, cosas inertes, mani­ festaciones naturales, se reparten y ordenan, unos al lado de otros, en las mismas fratrías y en los mismos cla­ nes. Clanes y fratrías son, pues, las primeras especies y

(1) Sociedad

constituida por hermanos y

descendientes

de un

ancestro común.

En principio sólo fué prolongación de la fam i­

lia (gens), especie de confraternidad religiosa. Más tarde so con­

virtió en agrupación de familias antiguas o nuevas que forma, ban parte de otra agrupación mayor. En los tiempos homéricos constituyó también una base de organización de los ejércitos, los cuales se dividían en fratrías o tribus.— N. del T.

los primeros géneros entre los cuales han sido distri­ buidos los tres reinos de la naturaleza. Pero estos pri­ meros marcos lógicos no son sino la réplica de los marcos sociales preexistentes. La organización lógica ha comenzado por ser indistinta de la organización social. La unidad social es originaria de la unidad lógica, las agi'upaciones sociales de las agrupaciones lógicas, y la jerarquía social de la jerarquía de los géneros y de las especies.

El tótem se revela al análisis como la materializa­ ción bajo formas diversas de una substancia inmaterial, el mana, (1) energía física y potencia moral a la vez, di­ fusa en el universo. Esta noción de mana, cuyo valor e importancia religiosos son conocidos, constituye preci­ samente la primera forma impresa por la noción de fuer­ za en las conciencias humanas. Para las sociedades primitivas, la personalidad está constituida por dos factores: uno de individuación, que es el cuerpo, y otro espiritual, que es el alma, no, en rea­ lidad, del individuo, sino de la colectividad entera. La

(1)

Fuerza inmanente que obra de distintas maneras, ya en el

sentido del bien, ya en el del mal, y que el hombre primitivo procu­ ra utilizar y dominar. Inmaterial, sobrenatural y mágica, se re­

vela, sin embargo, por la fuerza física, o por un. poder de supe­ rioridad, no sólo del hombre, sino de las cosas. Es acción, propie­ dad y estado, fuerza en potencia animadora de todos los fenóme­ nos de la naturaleza. El mana es el origen del poder de lós hechi­ ceros, que la interpretan o hacen propicia en múltiples sentidos. Esta actividad universal o energía misteriosa, difusa en el uni­ verso, so simboliza en fetiches y totems, tanto individuales como colectivos. Precisamente en este último sentido, Durkheim sos­

tiene

bres o imágenes, sino de una especie de fuerza anónima e imper­

sonal

sin embargo, con ninguno de ellos.— jST. del T.

que el totemismo

que

se

encuentra

no

en

es la religión de tales animales, hom­

todos

aquellos

seres,

sin

confundirse,

72

impersonalidad que Leibniz y Kant reconocerán más tarde a este factor espiritual es, pues, original, y el alma uo sería desde luego y en su principio sino la figuración de la sociedad que llevamos en nosotros. La causalidad es hija de los ritos miméticos, por me­ dio de los cuales el primitivo busca, en la imitación, la seguridad de la producción de los fenómenos naturales. Así, por ejemplo, derrama agua para hacer llover. Los ritos tienen, en efecto, cierta eficacia; pero una eficacia totalmente moral: el grupo, al cumplirlos, afirma más intensamente su propia conciencia. La realidad de su efi­ cacia moral hace creer en su imaginaria eficacia física. El precepto ritual, impuesto por las necesidades socia­ les, ha engendrado el precepto lógico según el cual lo semejante produce lo semejante, y con él, la primera no­ ción de una causalidad, a la cual el mana impersonal, la fuerza totémica difusa, presta el indispensable factor

de energía. Por último, tiempo y espacio son igualmente de ori­ gen social. Se encuentran primitivamente definidos pol­ las conciencias en función de las ceremonias religiosas que en las sociedades inferiores dividen el curso del tiempo, y según los clanes de la tribu; conforme al em­ plazamiento que les corresponda en la distribución del suelo, se reparten entre sí las direcciones correspondien­ tes al espacio: al norte, por ejemplo, se le asigna el. mis­ mo tótem del clan acampado al norte; al sur, el mismo del clan acampado al sur. Es, pues, en la sociedad donde las categorías tienen su verdadero origen. Son sociales. Son, incluso, doble­ mente sociales, porque no son, como los simples concep­ tos, sociales solamente por su forma, sino que son tam­ bién sociales por su materia. “No solamente provienen de la sociedad, sino que las cosas mismas que ellas expre­

san son sociales. No solamente es la sociedad quien las ha instituido, sino que son aspectos diferentes del ser social los que las sirven de contenido: la categoría de género ha comenzado por ser indistinta del concepto de grupo humano; es el ritmo de la vida social la base de

la categoría del tiempo; es el espacio ocupado por la so­ ciedad quien ha proporcionado la materia de la catego­ ría del espacio; es la fuerza colectiva quien ha sido el prototipo del concepto de fuerza eficaz, elemento esen­

cosas

sociales, desde el momento en que la sociedad está en la naturaleza y forma parte de la realidad, las categorías no son ni convenciones ni ingeniosos artificios, antes bien son naturales, tan naturales como las realidades a las cuales corresponden.

cial de la categoría de causalidad” . Expresión de

Ahora bien, las categorías son la armazón, no sola­ mente del pensamiento lógico, sino también de la cien­ cia. Puesto que son de origen social y, más precisamente, religioso, es, pues, de la religión de donde la ciencia las ha tomado. Entre la religión y la ciencia no hay dife­ rencia de naturaleza. “El pensamiento científico no es más que una forma perfecta del pensamiento religioso”. De una manera general, la religión es el origen de toda civilización, cualquiera que sea su forma. “La religión contiene desde el principio, si bien en estado confuso, todos los elementos que al disociarse, al determinarse, al combinarse de mil maneras entre ellos mismos, han dado origen a las diversas manifestaciones de la vida colectiva” . La religión, desenvolviéndose y diferencián­ dose, ha abierto los caminos a la mayor parte de las ins­ tituciones sociales: moral, derecho, lógica, ciencia; pero ella misma ha nacido de la sociedad, y en la sociedad lo que es divino y sagrado no es otra cosa que pura ob­

74

jetivación. Por consiguiente, la sociedad, siendo base ¿e la religión, es, por la religión, base de las categorías y de todas las formas del pensamiento. La razón imper­ sonal no es sino el pensamiento colectivo. La razón ha nacido de la sociedad, y es la autoridad de la madre quien proporciona autoridad a la hija. Antes de pasar adelante, reparemos en las paradojas que presenta la teoría sociológica de las categorías. Es indudablemente paradójico admitir que los mar­ cos dentro de los cuales distribuye la colectividad sus miembros, al aplicarlos al conjunto de las realidades na­ turales, puedan, en efecto, concordar tan bien con ellas que acaban por suministrarnos su conocimiento, pues aunque la sociedad es en la naturaleza y, por consiguien­ te, los marcos que utiliza son tan naturales como ella misma, el recíproco no es verdadero: la naturaleza no es en la sociedad, la sociedad no es un microcosmos y lo que es natural a la sociedad llega a ser en sí mismo perfectamente artificial una vez transferido al resto de la naturaleza, es dacir, no puede proporcionarnos ningún conocimiento real. Si religión y sociedad son ciertamen­ te, como quiere Durkheim, el origen de las categorías, también parece a primera vista que ha sido necesaria su transformación a lo largo del tiempo, bien por evolu­ ción lenta o por mutación brusca, para que lleguen a estar al alcance de nuestra experiencia, de nuestra ló­ gica y de nuestra ciencia. Pero también es paradójico creer, con el inneísmo, (1) que las leyes del pensamiento son dadas con el pensa­ miento, que las leyes de nuestro pensamiento son las de todo pensamiento, que, de esta manera, las leyes de nues-

(1)

O innatismo:

sistema filosófico

que

enseña que

las

ideas

son connaturales a la razón y nacen, con ella.— N\ del T.

75

tro pensamiento son lisa y llanamente las leyes de toda realidad pasada, presente y futura y que, por una mara­ villosa jugada de dados, al poner la necesidad en el pen­ samiento, la ponemos al mismo tiempo en las cosas, o, con el empirismo, que las reacciones particulares y con­ tingentes de espíritus efímeros ante realidades fugiti­ vas pueden dar cualquier cosa que sea permanente, uni­ versal y necesaria.

Cuando un problema no ha encontrado más que dos

después del tiempo que

los hombres llevan reflexionando sobre él, reconozcamos que hay algún mérito en haber descubierto por fin una

como

soluciones, ambas paradójicas,

tercera, bien que ella sea igualmente paradójica las anteriores.

Por otra parte, hagamos constar que las ideas soste­ nidas aquí por Durkheim se encontraban hacía ya mu­ cho tiempo en el ambiente y que, ya en nuestros días principios y consecuencias, aunque sin coordinarse siem­ pre en un sistema tan riguroso, parecían al menos po­ seer algún crédito.

Ya en 1817 Bonald escribía en La legislación primi­ tiva: “El conocimiento de las verdades morales, que son nuestras ideas, es innato, no en el hombre, sino en la sociedad, de tal manera que puede no encontrarse en todos los hombres, pero no puede no encontrarse más o menos en todas las sociedades, ya que no puede haber ninguna forma de sociedad sin conocimiento de alguna verdad moral” .

Evidentemente que en este pasaje sólo se trata de ca­ tegorías morales; pero lo que el tradicionalista y el con­ servador Bonald nos dice de la razón práctica, el socia­ lista y el revolucionario Karl Marx va a afirmárnoslo con respecto a la razón teórica: “Los mismos hombres

76

BIBLIOTECA - UNIVERSIDAD

MACIONA!.

que establecen las relaciones sociales conforme a su pro­ ductividad material —escribe en 1847— producen tam­

bién los principios, las ideas, las categorías, conforme a

sns relaciones sociales

son tan poco eternas como las relaciones que expresan,

son

Por otra parte, el principio mismo de la teoría socio­ lógica de las categorías, a saber, que el hombre comienza por ver la naturaleza a través de la sociedad, parece estar ya poco más o menos logrado. “Uno de los resulta­ dos, a primera vista paradójico, más interesante que la etnografía ha logrado en estos últimos años —declara Arnold van Gennep— , consiste en haber reconocido que, lejos de modelar su organización social sobre la natu­ raleza, el medio civilizado se representa la naturaleza como modelada sobre la organización social” . La reli­ gión de los chinos, de Granet, nos muestra el sentimien­ to de una estrecha solidaridad uniendo el mundo y la sociedad, el orden humano y el orden natural, el fondo de las creencias de la primitiva China y la concepción, plena de afectividad, de la cual se ha ido liberando len­

Estas ideas, estas categorías

productos históricos transitorios” .

tamente su sistema dogmático.

Finalmente, lo

que hay de colectivo

en la religión

y en el pensamiento, Elwood, por ejemplo, en sus Prin­ cipios de psico-sociología, lo hace constar muy claramen­ te, aunque sin la importancia sistemática de Durkheim. La religión puede parecer a primera vista una cosa to­ talmente individual; pero, en realidad, la vida religiosa no deja de estar profundamente mezclada con la vida so­ cial, de tal manera que “ cada forma de civilización pa­ rece reposar sobre un tipo particular de creencia religio­ sa” . El espíritu se desarrolla en la vida social y por ella:

percepciones, creencias, concepciones, conocimientos, son productos sociales, como también lo son el idioma, el

77

pensamiento abstracto, el razonamiento lógico. La ra­ zón no es de esencia individual: es “el aspecto universal del espíritu” . Al final de su progreso representa más bien a la raza que al individuo. “Lo mismo que el espíri­ tu, la razón ha conocido un desarrollo esencialmente so­ cial”. Ideas que igualmente encontramos en Mac Don gall.

La teoría sociológica de las categorías merece, pues, ser tomada en consideración, ya que como se ve, no hace sino sistematizar, tal vez con exceso, todo un conjunto de pruebas e ideas esparcidas en la investigación y es­ peculación contemporáneas. Las sistematizaciones son siempre útiles, pues aunque —como acontece casi siem­ pre— no resistan íntegramente la prueba, al menos nos señalan en todo caso y con claridad dónde vamos, o por lo menos, dónde iríamos a parar si los escollos contra los cuales chocan no nos pusieran en guardia contra ellas. Sigamos, pues, el pensamiento de Durkheim en las consecuencias que inmediatamente entraña bajo el pun­ to de vista psicológico. Estas consecuencias son, como va­ mos a ver, capitales.

Si, en efecto, las categorías, tales como Durkheim las define y enumera, son de origen social, nada escapa en nuestra vida propiamente mental a la influencia y al se­ llo de la colectividad.

Si nuestra concepción del espacio es de origen so­ cial, no es una de nuestras sensaciones externas que, porque dejemos de reflexionar sobre ella, porque no la

pensemos

mente socializada.

de ninguna manera,

deje de estar práctica­

Si nuestra concepción del tiempo es de origen social, como somos cosas que permanecen, ya no existe en nos­ otros, desde el instante en que nuestra conciencia se detenga en él e intentemos pensarlo por sensaciones in­

78

ternas, por impresiones incluso fugitivas que no se en­ cuentren prácticamente socializadas al menos exterior- mente y por el marco en donde las situemos. La famosa dualidad de nuestra naturaleza encuentra así, en Durkheim, una expresión y una interpretación nuevas. El hombre es un' animal refundido por la socie­ dad. Todo lo que en él sobrepasa la animalidad pura

le llega de la sociedad. Desde que se quiere estudiar en

él lo que hace de él no un animal, sino un hombre, es a

la sociología a quien hay que acudir o es la sociología

la que hay que tomar como punto de partida.

“He aquí lo que hay de objetivo en la idea del alma:

las representaciones, cuya trama constituye nuestra vida interior, son de dos especies diferentes e irreductibles. Unas se refieren al mundo exterior y natural; las otras,

a un mundo ideal al que atribuimos superioridad moral

sobre el primero. Estamos, pues, realmente compuestos de dos seres orientados en sentidos divergentes y casi contrarios, uno de los cuales ejerce sobre el otro una ver­ dadera preeminencia. Tal es el sentido profundo de la antítesis que todos lps pueblos han concebido más o me­ nos claramente entre el cuerpo y el alma, entre el ser

sensible y el ser espiritual que coexisten

en nosoti’os” .

De dar crédito solamente a este texto, podría parecer

que para Durkheim, la dualidad se establece entre el cuerpo y el alma, entre la materia y el espíritu, entre

el conocimiento de los cuerpos y la regla de los corazo­

nes, entre la ciencia y la moral. En realidad, y conforme

a la tesis, otros textos van a enseñarnos que la dualidad

es

entre la sensibilidad animal y orgánica, por una parte,

y

el pensamiento, cualquiera que sea la forma que re­

vista, por otra. “Hay realmente una parte en nosotros mismos que no está situada bajo la dependencia inmediata del factor

orgánico: ésta es la que, en nosotros, representa a la so­ ciedad. Las ideas generales que la religión o la ciencia graban en nuestros espíritus, las operaciones mentales que estas ideas suponen, las creencias y los sentimien­ tos que son la base de nuestra vida moral, todas esas formas superiores de la actividad psíquica qxie la socie­ dad despierta y desarrolla en nosotros, no van a remol­ que del cuerpo como nuestras sensaciones y nuestros es­ tados cenestésicos. Y es que, como ya lo liemos probado, el mundo de las representaciones en el cual se desenvuel­ ve la vida social se sobreañade a su substrato material,

por lejana

que sea su procedencia” .

“ Según una fórmula conocida, el hombre es doble. Hay en él dos seres: uno individual basado en el orga­ nismo y cuyo círculo de acción se encuentra, por eso mismo, estrechamente limitado, y un sér social que re­ presenta en nosotros la más alta realidad, en el orden intelectual y moral, que pudiéramos conocer por la ob­ servación de la sociedad. Esta dualidad de nuestra natu­ raleza tiene como consecuencia, en el orden práctico, la

irreductibilidad de la idea moral al móvil utilitario, y, en el orden del pensamiento, la irreductibilidad de la razón a la experiencia individual. El individuo se sobre­ pasa a sí mismo en la medida en que participe en la

sociedad, tanto cuando piensa como

“ Si, como se ha dicho, el hombre es doble, es porque al hombre físico se sobreañade el hombre moral”. En estas condiciones, es evidente que la psicofisiolo- gía, cuya legitimidad no es científicamente discutible, no tiene derecho a abordar, ni está en condiciones de resol­ ver, el conjunto ele los problemas psicológicos. Su cam­ po efectivo de observación es, en realidad, bastante res­ tringido. Se limita a lo que es solamente individual en la vida mental, a saber, las sensaciones, tanto internas co­

cuando actúa” .

mo externas, y las reacciones inmediatas a las cuales dan esas sensaciones lugar. Nada más. Porque desde que la representación interviene, e interviene siempre poco o mucho, al menos en el adulto, la vida mental cesa de de­ pender de sus solas condiciones biológicas para hacerlo de las causas sociales, y, desde este instante, es el con­ curso de la sociología y no el de la fisiología el que nece­ sariamente tiene que procurarse la psicología, si es que quiere seguir adelante en su progreso. La psicofisiología está lejos de ser toda la psicología; tan lejos, que casi siempre necesita acudir a una sociopsicología, la cual, en cambio, se encuentra muy cerca de constituir, tánta es su competencia, la psicología entera. “Por más progre­ sos que haga la psicofisiología, jamás podrá representar más que una fracción de la psicología, pues la mayor parte de los fenómenos psíquicos no se derivan de causas orgánicas” . Mas “no porque exista una vasta región de la conciencia cuya génesis sea ininteligible por la sola psicofisiología debemos llegar a la conclusión de que se ha formado sola y es, por consecuencia, refractaria a la investigación científica, sino solamente que se relaciona con otra ciencia positiva que podría llamarse sociopsi­ cología. Los fenómenos que constituirían su objeto son de naturaleza mixta; tienen los mismos caracteres esen­ ciales que los otros hechos físicos, pero provienen de cau­ sas sociales” . Nada sorprendente si vemos a Durkheim hacer, preci­ samente desde este mismo punto de vista, el más grande elogio de la Lógica de los sentimientos, de Ribot. Este último es “uno de los psicólogos que han visto mejor la luz que el estudio de los hechos sociales puede aportar

a la psicología” . Lo lia probado una vez más al saber

reconocer en el problema que plantea la lógica de los sen­ timientos una cuestión “propiamente sociológica”. “ Si

81

es evidente que esta lógica sentimental no sería posi­ ble en el caso en que la conciencia individual no se en­ contrase propicia, si, por consiguiente, ella supone unos procesos que son de la competencia del psicólogo, en cam­ bio no es menos cierto que los estados mentales que cons­ tituyen la materia de estas operaciones son esencialmen­

te colectivos. Basta ver, para estar seguros, dónde va Ribot a buscar los hechos sobre los cuales dirigir su aná­

a la patología mental, sino a la

ciencia comparada de las religiones, a las obras de Tylor,

de Frazer o de Boucher-Leclerq, o, dicho de otra manera, a los estudios cuyo carácter es esencialmente sociológi­ co. “Ha demostrado así, con la autoridad que pone en todo cuanto hace, que las formas complejas de la vida psíquica del individuo son inexplicables fuera de sus condiciones sociales, es decir, que la psicología, cuando llega a cierto grado de desarrollo, viene a ser insepara­ ble de la sociología; siendo éste uno de los no mejores servicios prestados por su nuevo libro”. Pero Durkheim no se contenta con considerar, con Ribot, que la psicología no puede elaborarse sin tomar en consideración los datos sociológicos; no se contenta con hacer constar, con Elwood, que la vida mental es una forma de proceso vital en la cual se encuentran in­ teresadas, no solamente la vida del individuo, sino las del grupo y la raza, ni con afirmar con él: “La psico­ logía individual depende de la sociología tanto como és­ ta de la psicología. La vida mental y la social son in­ separables, así como la psicología y la sociología” . Se­ gún Durkheim, para constituir la psicología es absolu­ tamente necesario, a fin de poder abarcar el conjunto de sus problemas, desdoblarla en psicofisiología y en so- ciopsicología. Pero esta psicofisiología no es solamente

lisis” . No se recurre aquí

82

inseparable de la sociología. La dependencia de las dos ciencias no es recíproca. La sociopsicología está subor­ dinada a la sociología y ordenada por ella. La primera no puede venir sino después de la segunda. Cuando más puede fiscalizar los resultados, pero no entrar en su co­ laboración. Durkheim concluye, pues, en el fondo, sos­ teniendo, como Augusto Comte, que entre la psicofisio­ logía y la psicología individual, la sociología constituye la etapa necesaria.

Capítulo III

EL PUNTO DE

VISTA DE

TARDE

En presencia del hombre en sociedad, la actitud de Tarde difiere por completo de la de Durkheim. Según este último, hemos visto a la sociología proclamar su in­ dependencia, distinguirse y separarse de la psicología para llegar a dominarla y regentarla casi por entero. Tarde, por el contrario, nos proporciona, dice Bergson, “una sociología resueltamente psicológica”, “una psico­ logía lista del todo para ensancharse en sociología” . Mientras Durkheim señala la discontinuidad entre lo psicológico y lo social, Tarde asegura una continuidad viva. Durkheim pone todo su ardor dialéctico en hacer re­ saltar todo lo que tienen de real, todo lo qué tienen de concreto la sociedad y las múltiples manifestaciones de la actividad colectiva; cómo estas manifestaciones tie­ nen una existencia efectiva y eficaz aparte e indepen­ dientemente de los individuos que son miembros o agen­ tes de ellas; cómo, en fin, constituyen propiamente rea­ lidades, en tanto que, considerados aisladamente, los in-

85

dividuos y sus actividades contingentes no son sino abs­ tracciones.

Con un alegre entusiasmo Tarde afirma, por el con­ trario, la primacía del individuo. “Descartado lo indi­

vidual, lo social no es nada, y

mente nada, en la sociedad que no exista, en estado de parcelamiento y de repetición continua, en los indivi­ duos vivos, o que no haya existido en los muertos de los que los vivos proceden” .

no hay nada, absoluta­

Así, en fin de cuentas, no hay para Tarde nada real sino el individuo, las conciencias individuales, las maneras de sentir, de pensar y de obrar individuales. Sociedad, medio social, manifestaciones colectivas de todo orden no son para él sino abstracciones de las que nuestra miopía intelectual hace empleo cómodo e in­ cluso indispensable. Pero al manejar estas abstraccio­ nes, Tarde no hace sino negarlas como tales y olvidar que una mirada más penetrante que la nuestra sabría disipar en ellas la nebulosa confusión y discernir en su seno, uno a uno, a los individuos que las componen o que las suscitan y que son íos únicos que poseen aquí una existencia realmente concreta. Pensar y proceder de otra manera equivaldría a realizar abstracciones y a hacer ontología. Las famosas representaciones colecti­ vas de Durkheim, que planean por fuera y más arriba de las conciencias individuales, estas representaciones que pertenecen a todo el mundo y que no son de nadie, no va­ len, a todo tirar, ni más ni menos que las ideas de Pla­

tón : es tan absurdo, igualmente, creer que la idea de san­ ción posee una existencia independiente de las concien­

cias individuales como el

una realidad objetiva. La vida social está hecha, para Tarde, de invenciones que aseguran la renovación y el progreso, y de imita­

atribuir a la Idea del Bien

86

ciones, que aseguran en él la continuidad y la estabili­

dad. La invención es “la adaptación social elemental” . Pe­

ro es, en su esencia, una cosa individual. Por una parte,

en efecto, supone que el individuo mira, al menos mo­ mentáneamente, por encima de los anteojos colectivos y

sobrepasa así el nivel de las ideas recibidas por el con­ junto de sus contemporáneos: “Para innovar, para des­ cubrir, para despertar un instante de su sueño familiar

o nacional, el individuo debe escapar momentáneamen­

te a su sociedad. Es suprasocial, más bien que social, al tener esta rara audacia”. Por otra parte, la imagina­ ción creadora es un privilegio personal y “las leyes de la invención pertenecen esencialmente a la lógica indivi­ dual” . Si la lógica es social es, desde luego y en todo caso, por las circunstancias de su aparición, ya que cada inven­ ción llega solamente a su hora y todo inventor toma nece­ sariamente de su medio los materiales brutos de su in­ vención. También eventualmente, por sus efectos, llega a ser social, en cierto modo por accidente, si suscita imita­ ciones, pues contrariamente a “la que está destinada a ser imitada” , la invención “que permanece cerrada en el espíritu del autor no cuenta socialmente” . Un fenómeno individual, susceptible si llega el caso de tener socialmen­ te incalculables consecuencias, tal es la invención para

Tarde. La imitación, a la cual Tarde atribuye gran impor­ tancia, es el hecho social elemental. Pero no por eso deja de ser menos individual en sus orígenes. Es la imita­ ción de sí en la memoria y en los hábitos, donde el mo­ delo nos es proporcionado por nosotros mismos, no lle­ gando a ser social sino cuando nos es suministrado por otro. La transición de la imitación de sí mismo a la imitación de otros (con la infinita complejidad que la

87

inmensa variedad de modelos que nos ofrece la vida so­ cial permite y aun impone) puede encontrarse en el

hipnotismo, que aisla frente a frente al experimentador y a su sujeto, al sugestionador y al sugestionado, al mo­ delo y a la copia, y que, no lo olvidemos, en el momento en que se iniciaba Tarde, estaba en el apogeo de su au­

es el punto

de unión experimental de la psicología y de la sociolo­ gía; nos presenta la vida psíquica más simplificada que puede concebirse y bajo la forma de la relación social la más elemental” . Un fenómeno individual, natural­

toridad y de su gloria.

“El hipnotismo

mente llamado, al extender y multiplicar sus efectos, a

dar lugar a toda la vida imitación para Tarde.

social,

tal

es en

el

fondo

la

Es natural que en estas condiciones, Tarde juzgue indispensable distinguir dos psicologías: la individual, de una parte, que es “el estudio del yo aislado, impre­ sionado por objetos totalmente distintos a sus semejan­ tes”, y, por otra parte, la psicología intercerebral o in- terpsicología, que es “el estudio de los fenómenos del yo impresionado por otro yo” . Pero desde el momento en que el individuo es la sola realidad, desde el momento en que la invención y la imitación, que son el origen de la vida social, se originan en las conciencias individuales, la interpsicología no puede ser sino la prolongación y el desarrollo de la psicología individual. “Dos psicolov gías (psicología de los pueblos y psicología de los indivi­ duos), digámoslo de pasada, que no hacen en el fondo más que una sola, la última; porque, ya se trate de mul­ titudes, de corporaciones, de iglesias o de naciones, la psicología colectiva, si pretende ser otra cosa que exten­ sión y proyección multiplicada de la psicología indivi­ dual no es sino una quimera ontológica” . De esta manera Tarde, lo mismo que Durkheim, esti-

88

jaa que los hechos sociales son fenómenos mentales. Pe­ ro para Durkheim la sociología no está por esto subordi­ nada a la psicología, sino todo lo contrario, pues los he­ chos sociales, por mentales que sean, no dependen de las conciencias individuales para existir, y, por muy men­ tales que sean, repetimos, si queremos convertirlos en ciencia es preciso olvidar que los sentimos y los vivimos en nuestra intimidad, guardándonos, por consiguiente, de la introspección, ilusoria tanto en sociología como en psicología, para tratarlos como cosas sobre las que ha­ cer aplicación exclusiva del método objetivo: las cien­ cias de la naturaleza pueden y deben diferir de objeto; pero no deben ni pueden diferir de método, pues no hay más que un método aplicable al conjunto de la experien­ cia para hacerla científica. Tarde, por el contrario, no solamente reduce, como acabamos de ver, la sociología a la psicología, sino que insiste aún sobre el privilegio, del cual disfrutamos tanto en sociología como en psicolo­ gía, de conocer en su intimidad los elementos que son las conciencias individuales y el compuesto que consti­ tuye el conjunto de las conciencias. Por consecuencia y en primer lugar, la sociología tiene un objeto propio que se diferencia, en particular, de los objetos adjudicados a las otras ciencias de la naturaleza, física, química o biología, por la manera como viene a nuestro conocimiento. En se­ gundo lugar, cuando se posee un tal privilegio, cuando así se pueden conocer las cosas desde dentro, sería absurdo renunciar a la inapreciable ventaja y condenarse bené­ volamente a descubrirlas de nuevo desde fuera. Diferente de las otras ciencias de la naturaleza por su objeto, dada precisamente la naturaleza de este objeto, la sociología también difiere de ellas esencialmente por su método. “La introspección, cuando se trata de observar fenómenos in­ terpsíquicos, es decir, sociales, es un método de observa-

ción subjetiva y objetiva a la vez. Y al mismo tiempo, el único método que logra seguramente su objeto. Porque este objeto, en materia social, es siempre, en suma, al­ guna cosa mental que tiene lugar en la conciencia o en la subconsciencia de nuestros semejantes. ¿Y dónde po­ demos estudiar mejor este objeto que en su espejo, que está, en nosotros mismos?” El método preconizado por Tarde reduce, pues, una vez más el hecho social al hecho psíquico y la sociología a la psicología.

Nos hallamos, así, en presencia de un conjunto de ideas cuya orientación parece muy firme y muy clara. Sólo los individuos son reales. La sociedad no es más que una abstracción. No hay en la sociedad sino los miem­ bros que la componen; nada más, en el hecho social, que las representaciones, los sentimientos, las tendencias que lo constituyen en las conciencias particulares. Todo lo que es social se reduce, en xiltimo análisis, a elementos de orden individual. El orden genético parece, pues, evidente. Hay, ante todo, individuos y manifestaciones individuales; después, grupos y manifestaciones colec­ tivas. La sociedad y los fenómenos sociales nacen del contacto de los individuos. Correlativamente, es lo in­ dividual lo que explica lo social, es la sociología quien debe subordinarse a la psicología, limitándose a ser su prolongación.

Pero se plantea ahora un problema, de todo punto ca­ pital para nosotros. Si el desarrollo histórico, en efec­ to se produce de lo individual a lo colectivo, ¿debe por ello operarse la investigación en el mismo sentido ? ¿El orden del conocimiento debe ajustarse al orden ge­ nético? ¿Es necesario comenzar por estudiar el indivi­ duo antes de estudiar la sociedad? ¿Por dónde se debe empezar: por la psicología individual o por la interpsi- cología? Prosiguiendo nuestro estudio, vamos a ver que

90

el sistema de Tarde nos invita, a su pesar, a practicar la

investigación, por decirlo así, a reculones, de lo colectivo

a lo individual, de acuerdo prácticamente en este pun­ to con las opiniones de Comte y de Durkheim.

su condición

Ante

todo,

el hecho social

encuentra

última en los individuos, tiene en ellos una importancia inmensa y un alcance universal. Tarde, ya se sabe, ha

imaginado, partiendo de su psicología, toda una metafí­ sica. En su neomonadología, donde se nos invita a con­ cebir a nuestra imagen y semejanza los átomos que constituyen finalmente toda la realidad, las mónadas, por una consecuencia lógica, se comportan entre ellas como si fuesen espíritus. Todo en el mundo, sociedades animales, organismos, agrupaciones atómicas, sistemas solar y estelar, nace de sus contactos y de sus interaccio­ nes, y no podemos comprender estos contactos y estas in­ teracciones sino comparando y asimilando sus resultados con las sociedades humanas, comparándolos y asimilán­ dolos a los contactos y a las acciones recíprocas que estos últimos ejercen unos sobre otros, contactos j accio­ nes recíprocas en loe cuales las sociedades humanas tie­ nen precisamente sus causas. Pues, en fin de cuentas, “toda cosa es una sociedad” y “todo fenómeno es un he­

de pensar en constituir la ciencia de

la humanidad sobre el plano de las ciencias de la natu­ raleza, no nos es posible, por el contrario, alcanzar el pleno conocimiento de la naturaleza sino por medio del

cho social” . Lejos

de la humanidad. Sólo el hecho social se encuentra, pues, en condicio­ nes de hacernos comprender en su intimidad todo el conjunto de las cosas. Y de esta suerte, la sociología no es solamente indispensable para la inteligencia del uni­ verso, sino también para la inteligencia del individuo y de los fenómenos psíquicos que en él se organizan. Para

91

Tarde, como para Comte, la sociología es “por así de­ cirlo, el microscopio solar del alma, el aumento extraor­ dinario y la explicación de los hechos fisiológicos” .

Bien está la continuidad entre lo individual y lo so­ cial, bien está el estrecho parentesco entre todos los he­ chos mentales, ya sean de naturaleza social o de natura­ leza individual, bien está también distinguir, como he­ mos visto, en psicología, la individual de la colectiva, las cuales son entre sí como la especie al género o como dos especies del mismo género; pero sobre este punto, a to­ das luces importante, Tarde no está siempre de acuerdo con él mismo y parece decidir impelido un poco por las circunstancias. La sociología cubre.así una parte de su independencia. No puede pensar en romper los lazos que unen lo colectivo a lo individual; pero tampoco puede reducirse a la psicología individual. Debe ser psicológica pero en relación no con la psicología individual, sino con la psicología social. “Pues, como Auguste Comte, como Herbert Spencer, como Stuart Mili, pedimos a la psico­ logía acumulada, a esa psicología de los muertos que se llama historia, además de pedírselo a la lógica (la cual, según Tarde, se divide, como la psicología, en individual

de la sociología” .

y social), el secreto

La distinción en psicología de dos campos de investi­

es

indispensable, pues sentimientos, pensamientos y accio­ nes no se organizan en nosotros con sujeción a un tipo único. Nuestra conciencia individual es capaz de organi­ zarse en ella misma de alguna manera; pero hay otro

modo de organización del que no llega a ser capaz sino

a condición de vivir en sociedad con seres semejantes a

nosotros, de los cuales seamos a la vez modelos y co­ pias. Al lado de las funciones mentales y de las catego­

gación,

psicología

individual y

psicología colectiva,

92

rías propiamente individuales hay funciones mentales y categorías sociales distintas e independientes de las

anteriores. En el individuo considerado aisladamente, combinán­ dose y componiéndose entre ellas, las manifestaciones de las células cerebrales se agrupan en un doble fenóme­ no de conjunto: la creencia y el deseo, que son, para Tar­ de, los dos polos de la vida mental. Dicho de otro modo, los elementos sensorio-motrices, cuya aparición en la conciencia obedece a causas puramente fisiológicas, se coordinan lógicamente entre sí para producir finalmen­ te la voluntad y el juicio, que son, así, facultades indivi­ duales. De igual manera, cuando los individuos se aseme­ jan, sus manifestaciones psíquicas aisladas, sensaciones, impulsos, juicios y voluntades, se agrupan a su rez y se coordinan lógicamente hasta llegar a producir la religión y el gobierno: religión y gobierno domésticos cuando se trata de la familia primitiva; nacionales más tarde cuando se establece la ciudad. Beligión y gobierno son al espíritu social lo que juicio y voluntad son al es­ píritu individual. Constituyen las dos grandes facultades del alma social, que, “doble aspecto del mismo yo social” , se organizan según el mismo principio y con arreglo al mismo procedimiento que las dos facultades individuales correspondientes, “ doble aspecto del yo individual” . Lo que es verdad de las facultades es verdad de las categorías; y lo mismo que a las facultades individua­ les responden las facultades sociales, frente a las cate­ gorías que regulan el conocimiento y la acción indivi­ duales, existen categorías según las cuales se ordenan el conocimiento y la acción colectiva. El espíritu social tiene, pues, sus facultades y sus categorías, como el es­ píritu individual tiene las suyas, siendo posible estable»-

93

cer entre ellas un exacto paralelismo, cuyos resultados pueden verse en el cuadro siguiente:

Funciones

Categorías lógicas

Categorías Ideoló­ gicas o semi-ca- tegorías

Espirita Individual

( Juicio

I Voluntad

í Materia - Fuerza

í Materia - Fuerza

,

Espacio - Tiempo

■|Placer - Dolor

■|Placer - Dolor

i

Espirita Social

Religión

Política

Divinidad

Lengua

Bien - M o l

I

La noción de las categorías lógicas del espíritu so­ cial es en Tarde enteramente curiosa. Vale la pena que nos detengamos sobre las explicaciones y los comenta­ rios que sobre ellas ha dado.

Estas categorías lógicas del espíritu social son dos:

lengua y divinidad.

La lengua es una categoría porque “es una concilia­ ción lógica preexistente, dada al hombre social, como el espacio y el tiempo son dados al hombre individual” . Es, pues, una categoría, y es, por añadidura, una ca­ tegoría social, el “espacio social de las ideas”, porque nos viene de la sociedad. Expresa de qué manera el gru­ po, del cual formamos parte, concibe y descompone la realidad. Abandonado a sí mismo, el hombre elabora­ ría indudablemente nociones que, totalmente individua­ les, no tendrían ninguna posibilidad de adaptarse al sis­ tema conceptual que arbitrariamente se impone con el idioma, y la adquisición de este último las ahogaría en germen, en provecho de los conceptos colectivos. “Cada palabra expresa una noción, un recorte arbitrario de lo real, impuesto por la sociedad, y que sin ella no se hu-

94

• friese producido en el espíritu del niño, el cual, en cam­ bio, abandonado a sí mismo, hubiese concebido nocio- n€s que la invasión de las ideas sociales virtuales, quie­

ro decir

las palabras, impiden nacer” .

Para cerrar el problema, es evidente, sin

duda al­

guna, que el niño es capaz de ideas generales, ya que pue­ de acoger y utilizar las que la lengua le proporciona ya hechas; pero eso no quiere decir que abandonado a sí mismo podría, por su solo esfuerzo, elaborar otras aná­ logas. En realidad, no solamente no las elabora, porque la existencia del lenguaje le evita la necesidad y los me­ dios de hacerlo, sino también porque no le sería posible elaborarlas, porque no hay idea general posible sin ex­

periencia colectiva y sin lenguaje.

se

transmita y se propague a todo un grupo. “ Hay que te-

No

hay generalización

sin

una

experiencia

que

' ner siempre en cuenta, si se quiere explicar una genera­ lización cualquiera, la comunicación social de las creen­ cias; y yo me asombro de que se haya creído posible, por los solos recursos de la psicología, sin acudir a los fenó­

sociológicos, intentar esta explicación” .

menos

No hay generalización sin lenguaje. Nuestro pensa­ miento no dispone de géneros, sobre todo de géneros su­ periores, sino a condición de disponer de las palabras correspondientes. Sólo el vocabulario puede proporcio­ narnos la noción. El niño, reducido a la memoria sen­ sorial, no tiene ideas generales, ya que el recuerdo de nuestras intuiciones sensibles, auxiliado por signos-imá­ genes que concilien u opongan entre ellos los objetos de nuestra experiencia, puede permitirnos una vaga clasi­ ficación de estos objetos; pero no una distribución entre

géneros verdaderos. El pensamiento se adquiere, pues, con el lenguaje, a medida que, por medio de este último, la experiencia co-

lectiva llega a lastrar nuestra propia experiencia y do­ tarla de su universalidad, y desde el momento eo que el lenguaje es social es preciso que el pensamiento, del cual es condición, sea social igualmente. “Cuando, a conse­ cuencia del idioma, el espíritu lia llegado a ser social

por su costumbre de pensar al modo o en la dirección de otros espíritus, orientados a su vez hacia otros, está cla­ ro que el juicio universal jamás podría limitarse a ex­

o análisis personales, unidos a las

previsiones personales sugeridas por estas experiencias o estos análisis, sino que debe, inevitablemente, esencial­ mente comprender la idea, implícita o explícita, de las experiencias o de los análisis ajenos y de las previsio­ nes ajenas” .

Tales demostraciones, tales consideraciones llevan, en verdad, demasiado lejos, más lejos tal vez de lo que Tar­ de creía y quería. Su atomismo metafísico, su individua­ lismo pueden hacerle proclamar, al mismo tiempo o en ocasiones distintas, que el lenguaje, que las palabras no existen sin los individuos que las hablan y que las emplean, que, consideradas independientemente de es­ tos individuos que han hecho, hacen o harán de ellas uso, no son más que abstracciones. Fuerza nos es volver sobre los textos que acabamos de resumir para darles su sentido.

presar experiencias

El lenguaje es cosa social. Es el hecho, no del indivi­

duo, sino de los individuos considerados en grupo.

él no habría sistema conceptual,

Sin

no sólo posible, pero

ni siquiera imaginable. Por consiguiente, ningún siste­ ma conceptual es realizable fuera de una colectividad. Ningún individuo, por sí mismo y solo, es capaz de cons­ truirse ni un idioma, ni un conjunto coherente de no­ ciones. Lenguaje e ideas son independientes de cada in­

96

dividuo aisladamente considerado. Existían antes que él, existen en torno a él, existirán después que él. Mas cual­ quier cosa que existía antes que nosotros, que existe en torno a nosotros y que existirá después que nosotros, nos es, en cierto modo, exterior, y lo que se reconoce co­ mo sucesivamente exterior a cada uno, se halla, en fin de cuentas, exterior a todos. Si las ideas generales tie­ nen su fundamento en el lenguaje, y el lenguaje en la sociedad, es preciso que lenguaje e ideas generales po­ sean una objetividad de cierto orden. El lenguaje, nos dice Tarde, es una categoría social, como el espacio es una categoría individual. Si el len­ guaje fuese, en efecto, una categoría, debería, como el espacio, tener algo de objetivo. Toda verdadera catego­ ría aparece como una condición necesaria del ejercicio del pensamiento, que escapa a lo arbitrario de las con­ ciencias individuales y que se impone a ellas, sea donde sea que se aplique su actividad. Mas todo lo que es ley del pensamiento no puede afirmarse al mismo tiempo co­ mo ley de las cosas, pues de lo contrario el pensamiento fallaría su objetivo que es alcanzar la realidad, y si nues­ tra experiencia es verdaderamente objetiva, es preciso que sus condiciones necesarias lo sean también en las mismas proporciones. Sin embargo, la argumentación que acabamos de es­ bozar carece, en realidad, de base, ya que supone que Tarde estaba en su derecho al decir que el lenguaje es una categoría. En realidad, esta afirmación no tiene sentido. Es un ejemplo de esos abandonos en la expre­ sión, e incluso en el pensamiento, de los que Tarde no sabía siempre defenderse. Una categoría, nos decía Dur­ kheim con justa razón, es una noción esencial que domi­ na toda nuestra vida intelectual. El lenguaje no es una noción. Mal podría ser una categoría, y nada válido po­

97

dría deducirse de una aserción mal fundada y contra­ dictoria en sus términos. Al querer justificar su asimilación coja, Tarde ha sido arrastrado, tal vez conscientemente, a indicar de pasada el sentido y el alcance posibles. Ya hemos visto que para él no podemos concebir los géneros, y sobre todo los géneros superiores, sino a condición de disponer de un vocabulario conveniente. ¿Y qué son estos géneros superiores, sino principalmente las nociones de tiempo, de espacio, de especie, de número, de causa, de substan­ cia, de personalidad, sobre las cuales fundamentamos el conjunto de nuestra experiencia, es decir, precisamen­ te las categorías? Por consiguiente, si las solas pala­ bras pueden suministrarnos los géneros superiores, so­ lamente el lenguaje puede ponernos en posesión de las categorías. Así, al sostener que el lenguaje es una ca­ tegoría, lo que no tiene sentido, Tarde nos invita in- cídentalmente a admitir que, nacidas del lenguaje, las categorías son sociales por las mismas razones que él, concepción que puede ser paradójica, como hemos visto a propósito de Durkheim, pero que, al menos en su ex­ presión misma no ofrece una primera y radical dificul­ tad. Con esto llegamos a la segunda categoría social de Tarde, a la divinidad, que es, entre las categorías indi­ viduales, a la materia, como el lenguaje es al espacio. En las diversas agrupaciones humanas las energías individuales, las aspiraciones aisladas de conocer y de actuar, convergen en haces colectivos hacia dos focos, uno de creencia y otro de deseo, los cuales, naturalmente acoplados, imaginan, por su acoplamiento mismo, un

sér único, “imaginario” , pero “necesario”, “fuente

puesta de todas las enseñanzas admitidas y de todas las órdenes recibidas” , “objeto creado e inevitablemente

su­

98

afirmado por el pensamiento y la voluntad colectivos” ,

que, según los grupos considerados, es el “ dios particu­

lar de la familia, de la tribu

La materia es la objetivación del consenso de las im­ presiones sensoriales, y el yo adquiere conciencia de sí en presencia de esta materia obtenida de él mismo. De igual manera, Dios es la objetivación del consenso de las voluntades y de los juicios colectivos, y la sociedad adquiere conciencia de ella misma con la ayuda de esta divinidad en la cual se encuentra exteriorizada. “ La idea de Dios, si no me equivoco, desempeña precisamen­ te en la formación primera de una sociedad el papel des­ empeñado en la formación primera del yo por la idea de materia. Este objeto, la afirmación del cual se encuen­ tra implicada en todas las sensaciones del yo, esta Rea­ lidad exterior considerada a la vez substancia y fuerza, cuerpo y alma, por el invencible y crédulo realismo de todos los hombres, excepción hecha de algunos filósofo* cuando más, no es otra cosa ciertamente que el efecto del trabajo de objetivación del cual parece ser la causa, y que consiste en la colaboración de las energías celula­

res del cerebro, consideradas en su doble aspecto, moni­

tor o impulsivo” .

También aquí la expresión parece haber traicionado un poco el pensamiento de Tarde. La idea de Dios es, en efecto una noción; pero, como el mismo Tarde dice, una noción que responde a un sér. Ahora bien, si las ca­

o de la ciudad”.

tegorías son nociones, no responden a seres. Por consi­ guiente, Dios no es una categoría. Pero dejemos estas sutilezas y vayamos al fondo de las cosas. En lugar de la divinidad, digamos lo divino y lo sagrado. Hay una noción de lo divino y de lo sagrado que tal vez no es una cateeoría, pero que por lo menos es una noción del mismó género, pues no se refiere a un sér único, sino

99

que conviene a toda una parte, variable por lo demás, de nuestra experiencia. Ahora bien, según Tarde, no solamente esta noción es de origen social, sino que la sociedad introduce además en ella todo lo que la afecta

y todo lo que la interesa, y siendo divino lo que ella tie­

ne de la sociedad, la sociedad, que es Dios en fin de cuen­ tas, puesto que reúne todo lo divino en ella, es el alma de la religión, el origen de todo pensamiento y de toda acti­ vidad religiosos.

Mas si sociedad y religión se confunden así en sus orígenes, como las nociones nacen del lenguaje y el len­ guaje de la sociedad, Tarde está muy cerca de decir con Durkheim que las categorías y, con ellas la ciencia, nos vienen de la religión. Si no lo ha dicho es, quizá, porque no se preciaba de lógico impecable e implacable y por­ que no se cuidó de profundizar hasta dónde le hubie­ sen llevado sus ideas si las hubiese impulsado hasta el fin.

Por el contrario, Tarde se atiene, en principio, a

la oposición de las categorías que él llama individuales

y las que llama sociales, no atribuyendo jamás a sus ca­

tegorías un origen social. No obstante, reconoce que no se desarrollan ni dilatan plenamente sino bajo la in­

fluencia del espíritu social y de las categorías corres­ pondientes. “El Espacio y el Tiempo, tales como los con­ cebimos, tales como la ciencia los analiza, los abre y los escudriña, con el objeto de hallar una explicación

al mecanismo total del universo, son, de la misma mane­

ra que la Materia y la Fuerza, el fruto de una larga ela­ boración social y no solamente psicológica”.

Así es como, según Bergson, tomamos un movimien­ to para expresar el desarrollo del tiempo, movimiento que, “a decir verdad, lo encontramos ya tomado. La so­

100

ciedad lo ha adoptado por nosotros. Es el movimiento de rotación de la Tierra” . Transponemos en tiempo es- pacializado el sentimiento inmediato y directamente ine­ fable que tenemos de la duración, y el “cargo” de esta transposición “ es datado en el lenguaje” . Por consi­ guiente, y esta es una comprobación de importancia in­ negable, las categorías fundamentales, espacio y tiempo, materia y fuerza, aún suponiendo que originariamente no tengan nada de colectivo, al menos tal como las apli­ camos a nuestra experiencia, no son de la incumbencia exclusiva de la actividad mental individual. La colec­ tividad les ha hecho grandes aportaciones y, para reco­ brarlas en su pureza original, hay necesidad de un aná­ lisis previo que disocie todo lo que hay en ellas debido a la intervención de la sociedad. Claro está que no se trata de forzar el pensamiento de Tarde para asimilarle al de Durkheim; pero es justo reconocer que, sobre un punto tan capital, su teoría de las categorías señala con una energía singular la ac­ ción que la colectividad ejerce sobre las mentalidades individuales. Según Tarde, esta acción está por doquiera presente en el hombre. Las mismas tendencias, comenzando por las más simples, por las más psicológicas, no escapan a ella. Esas tendencias no se manifiestan en nosotros, no revelan su presencia, no tienen existencia concreta sino bajo las formas que la colectividad les ha fijado. En tanto que la sociedad no les asigna medios particulares de satisfacción, en tanto que no especifica su puesta en práctica, las tendencias no tienen realidad exterior y permanecen en estado virtual. Sin las tendencias que son propias al hombre, la sociedad no encontraría en él so­ bre qué ejercer su influencia; pero sin la sociedad, las tendencias no sabrían cómo actualizarse en efectos. “ Sin

101

duda alguna, la sugestión social no liace más que impri­ mir su dirección propia, variable segün los países y las épocas, a nuestras inclinaciones naturales; pero sin esta dirección que les permite realizarse, las inclinaciones no pasarían de ser tendencias impotentes. Y cuando se analiza de cerca una necesidad que parece natural, se echa de ver muchas veces que no lo sería sin la sociedad ambiente” . Esta es una idea sobre la que Tarde insiste con frecuencia, reforzándola con numerosos ejemplos, como el de la sed, que, según las agrupaciones humanas, es sed de vino, de cerveza, de sidra, de agua o de té, y nunca, en ningún sitio, es sed simplemente. Es el indivi­ duo quien aporta las tendencias, mas es la sociedad quien, proporcionándole los medios y los modos de sa­ tisfacerlas, permite su manifestación, dictándole así sus maneras de expresión. Como dice Ellwood, los instin­ tos humanos son modificados por la vida social, su­ fren una “selección social”, varían según los grupos, e incluso registran diferencias entre el civilizado y el pri­ mitivo. Insistamos, pues, una vez más, si queremos de­ ducir aquí de la concepción de Tarde sus consecuencias prácticas para llegar a conocer las tendencias humanas en lo que ellas tienen de propiamente individual, en que es preciso despojarlas previamente del revestimiento con que la sociedad las ha dotado.

No solamente la acción de la sociedad se ejerce por doquiera en nosotros, sino que también es a ella a quien corresponde el primer lugar entre las influencias que las mentalidades humanas están llamadas a experimen­ tar. “En el hombre aislado, sustraído, por hipótesis, al contacto ajeno, las causas naturales que empujan a la destrucción de sí continuarían obrando, pero en vano. Tomarían otro curso. Por débil que sea la acción social

102

comparada con las acciones físicas o fisiológicas, es de­

terminante porque

lo que concierne al suicidio, en particular, Tarde puede haberse equivocado, como dice Durkheim, atribuyéndolo ante todo a la imitación, la cual, por otra parte, no es para él la única causa, pues cree que el acrecentamiento del número de suicidios se debe a la multiplicidad de relaciones sociales que favorecen el contagio de los ejem­ plos. En todo caso, no deja de estar de acuerdo con Dur­ kheim en proclamar que el suicidio es de causa social y, más generalmente, que en la determinación de los afec­ tos, de los pensamientos y de las acciones humanas, las causas sociales dominan a todas las otras, las cuales, sin aquella intervención, permanecerían, sin duda al­ guna, en la impotencia. Si las categorías son, primitiva o secundariamente, de naturaleza social; si las tendencias humanas no se manifiestan jamás sino bajo las formas que la sociedad las consiente; si las causas que obran más directa, más profundamente sobre los espíritus son las causas so­ ciales ; entonces es necesario decir que los individuos civilizados son enteramente lo que son gracias a la so­ ciedad y por efecto de su acción. Su originalidad no de­ pende, en el fondo, de ellos mismos, sino, esencialmente, de la multiplicidad y de la diversidad de influencias a las cuales se encuentran sometidos, y de las imitacio­ nes que se ofrecen a su elección. Está en el agrupamien- to de los elementos y no en los elementos mismos, los cuales proceden de afuera. Es la vida social quien hace, así, la personalidad del civilizado en lo que ella tiene de más exquisito y de más raro. No podrían citarse todos los textos en los cuales Tarde insiste sobre esta idea. Sin embargo, podemos contentarnos con acudir a algu­ nos de entre ellos.

es inmediata” . Por consiguiente, en

103

“Su autonomía (la del individuo) se alimenta de su diversidad (la de los grupos sociales de los que forma parte). Más se diversifican estas sugestiones que se con­ trarían, y más se acentúa, con la conciencia de él mis­ mo, la importancia del carácter individual que revela su originalidad, por la naturaleza de su elección entre tan­ tos modelos ofrecidos a la vez a su imitación”. “Entendámonos bien ahora sobre esta semejanza pro­ gresiva de los individuos. Lejos de ahogar su originali­ dad propia, la favorece y la alimenta. Lo que es contrario a la acentuación personal es la imitación de un solo hom­ bre, elegido por modelo en todo; pero cuando la elección se hace no sobre alguno o algunos, sino sobre ciento, mil, diez mil personas, consideradas cada una en sus parti­ cularidades elementales de idea o de acción, la natura­ leza misma y la elección de estas copias elementales, así como su combinación, expresan y acentúan nuestra per­ sonalidad original. Tal es, quizá, el beneficio más elo­ cuente del funcionamiento prolongado de la imitación” . El mérito, el valor de la sociedad consiste en emancipar al individuo, en hacer “despuntar por doquiera, no los colores del alma chillones y brillantes de antaño, las individualidades salvajes, sino los matices profundos y esfumados, tan característicos como civilizados, flora­ ción a la vez del individualismo más puro, más vigoro­ so, y de la sociabilidad más consumada”. “La vida social, con su complicado aparato de peno­ sas funciones, de repeticiones monótonas, aparecerá al fin tal como es, como la vida orgánica de la cual es con­ tinuación y . complemento: a saber, un largo pasaje, obs­ curo y tortuoso, de la diversidad elemental a la fisono­ mía personal, un alambique misterioso, de espirales innu­ merables, en el que aquello se sublime en esto, en el que se extraiga, lentamente, de una infinidad de elementos

104

doblados, triturados, despojados de sus caracteres dife­ renciales, este principio esencial tan volátil, la singula­ ridad profunda y fugitiva de las personas, su manera de ser, de pensar, de sentir, por una sola vez y en un sólo instante” . De todos estos textos y de otros muchos más aún re­ sulta que para Tarde como para Durkheim, la individua­ lidad humana se encuentra desdoblada en una indivi­ dualidad fisiológica, elemental, completamente orgánica

y

presocial,

y

una

individualidad

superior,

completa­

mente mental y postsocial, que constituye la persona­ lidad propiamente dicha, y que tiene en la vida colectiva

su condición esencial. Para Tarde no hay vida social po­

sible sin una vida psicofisiológica antecedente; pero con

toda seguridad, tampoco hay personalidad, individuali­ dad civilizada sin vida social.

no

para Tarde no existe estado psíquico independiente, a

nos sorprende saber que

En

estas

condiciones,

la

vez, de toda causa fisiológica y de toda causa social,

y

que ninguna psicología sería posible sin el concurso

de la fisiología o de la sociología” . “Nuestro yo se enciende, como una luz eléctrica, al encuentro de dos corrientes distintas y combinadas: la corriente vital y física, de una parte, y la corriente so­ cial, de otra; la primera, hipo-psíquica, por decirlo así; la segunda, hiper-psíquica”. “El hombre es un sér social injerto en un sér vital;

y al no ser más que eso, ¿qué quedaría de la psicología,

descontada la fisiología (como creo que ha dicho Taine)

si no es lo que le añade la sociología?” “ La psicología, en general, es el estudio de lo que la

biología y la sociología tienen en común, es decir, el yo

y el sub-yo, por decirlo así, que es su rasgo de unión o,

105

mejor, su punto de intersección. Por eso los psicólogos no pueden ser sino biólogos sociólogos, en los que domina, ora la preocupación de las relaciones de la conciencia o de la subconsciencia con los fenómenos de la vida —ca­ so de los alienistas, de los antropólogos, de los psicofí- sicos—, ora la preocupación de las relaciones del es­ píritu individual con los fenómenos sociales. Si se supri­ men en la psicología, de una parte, todos los informes con que los lingüistas, los mitólogos, los moralistas, los juristas, y los economistas la iluminan, no queda de ella nada” .

Poco importa a nuestro propósito si el nuevo punto de vista aquí presentado por Tarde puede conciliarse con la preeminencia que él concedía desde luego a la psico­ logía individual, con la subordinación en la cual, hace un momento, parecían tener, por relación a ella, la psi­ cología colectiva y la sociología. Si el progreso de toda la psicología, si su posibilidad, incluso, dependen de las enseñanzas que le llegan de la fisiología, de una parte, y de la sociología, de otra, parece deducirse necesaria­ mente de ello que la psicología debe ser dividida en tres ramas, la primera de las cuales se estudiará, después, o, cuando más, al mismo tiempo que la fisiología; la se­ gunda después, o, cuando más, al mismo tiempo que la sociología; y la tercera, en fin, tendiendo a reunir y coordinar los resultados precedentes, no puede, en esas condiciones, acometerse sino después que ellas y, del mismo modo, después que la fisiología y después, inclu­ so, que la sociología.

que

las consideraciones teóricas de Tarde que acabamos de señalar no se prestan a tales Conclusiones. Sin embargo, quedaría un hecho que Tarde es el primero en recono­ cer y proclamar. El individuo, en el sentido de átomo

Pero

admitamos,

contra

todas las

apariencias,

106

social, de última y de única realidad moral, a que todo hombre tiene derecho, no se presenta jamás a nuestra observación en su simplicidad y pureza nativas. El in­ dividuo viviente, el hombre real, tal como se ofrece inmediatamente a nuestra experiencia, es un compuesto de una complejidad inextricable, en la constitución del cual han intervenido innumerables influencias sociales. Lo individual y lo colectivo se compenetran en él de tal manera que no podría operarse a su respecto “como si se pudieran separar esos dos términos indisolubles” . Lo que la realidad nos propone es un entrecruzamiento com­ plejo de lo individual y de lo social. Por consiguiente, “solamente remontándose a los primeros años de la in­ fancia o a los comienzos hipotéticos de las sociedades (es decir, en un caso imaginando los hechos, puesto que es imposible observarlos; en otro, haciendo necesariamen­ te muy larga la parte de interpretación, ya que la obser­ vación es muy difícil y muy dudosa), puede llegarse a fenómenos de psicología individual,' de todo punto inde­ pendientes de los fenómenos de inter-psicología. Aquellos no se nos aparecen jamás sino a través de estos crista­ les deformantes o transfigurantes que ejercen una re­ fracción cada vez más fuerte a medida que progresa la

vida social” .

Tarde,

pues,

ha

afirmado imperativamente que el

individuo es en principio anterior a la sociedad y la pre­ cede en el orden genético. Pero, por otra parte, ha com­

probado que el hombre real, tal como se ofrece a nuestra observación, se encuentra profundamente penetrado de influencias colectivas y forma cuerpo con la sociedad de la cual es miembro. En estas condiciones, el orden ge­ nético, aún admitiendo que Tarde lo haya determinado exactamente, no puede ser el punto de partida de la in­

107

vestigación. Como lo han visto Comte y Durkheim, para llegar al individuo en el hombre, es preciso, según la propia confesión de Tarde, comenzar por determinar ]0 que él tiene de la sociedad, y la psicología colectiva debe preceder a la psicología individual.

Capítulo IV

EL RESULTADO PRACTICO

DE LAS DOCTRINAS

Así, para Durkheim, la sociedad es una realidad. Existen representaciones colectivas, independientes de las representaciones individuales y regidas por leyes, sui- generis. De lo individual a lo social, de lo psicofisioló- gico a lo sociológico, no hay ni causalidad inmediata ni pasaje directo. De nada serviría escrutar desatinada­ mente nuestras conciencias para descubrir el germen de las instituciones sociales y de sus representaciones co­ rrespondientes. El sólo método de investigación posi­ ble y válido es, aquí como en otras partes, la observa­ ción objetiva, la extrospección.

Para Tarde, la sociedad es; una abstracción; solamen­ te tiene realidad el individuo. Imaginar representaciones colectivas independientes de las representaciones indi­ viduales, es retornar a los mitos platónicos, al realis­ mo escolástico. La vida psíquica se prolonga, se desen­ vuelve y expande en vida social. De la una a la otra hay continuidad. El método válido para analizar las con­ ciencias individuales es también válido para estudiar en

109

ellas los efectos sociales; psicología individual, sociolo­

gía,

colectiva son ciencias de introspección.

psicología

Es evidente que tanto uno como otro se prestan a conjeturas que serían anticipaciones sobre los resulta­ dos de la investigación, ya que no podremos saber ver­ daderamente cuál es la realidad sino cuando en efecto hayamos llegado a conocerla. Al presentarse, no como hipótesis de trabajo sujetas a revisión, sino como verda­ des previas, tales conjeturas, dirigiendo el esfuerzo de investigación, corren el riesgo de segar metódicamente los resultados. Nosotros no vamos a tomar partido ni por Durkheim ni por Tarde. No pretendemos prever qué es la realidad, es decir, cómo se nos aparecerá cuando por fin la conozcamos. Buscamos solamente determinar la manera según la cual es conveniente abordar su estu­ dio. Nuestro punto de vista no es el del ser, sino el del conocer. El antagonismo entre Durkheim y Tarde, ni nos estorba ni nos ayuda. ¿ Cuál de los dos tiene razón ? ¿ La sociedad es una abstracción o una realidad? Esto se verá después y no antes del estudio de la psicología colectiva, de la cual intentamos precisamente fijar el objeto y el lu­ gar que le corresponde entre las ciencias. Mientras tanto, poco importa que la sociedad y las representaciones co­ lectivas puedan ser abstracciones, ya que es propio del pensamiento científico, como de las demás formas del pensamiento, manejar abstracciones, y todas, compren­ dida la del pensamiento científico, son perfectamente permisibles siempre que las abstracciones sean correc­ tas, esto es, siempre que resuman exactamente los datos de la experiencia.

Pero, por contradictorios que sean sus sistemas, Dur­ kheim y Tarde están de acuerdo, en cambio, sobre un punto capital para nosotros, pues ambos nos invitan a

110

leoncebir R- de la misma manera el objeto de la psicología,

pfque jjp es el hombre,

Para Tarde, como para Durkheim, el hombre es do-

|¿ble. Es animal, y, desde este primer punto de vista, su

vida mental refleja su vida fisiológica. Mas también es espíritu, y desde este segundo punto de vista, su vida

H

mental refleja la sociedad y la civilización que lo cir-

§|.cundan. Bajo la acción del medio social, bajo la presión

t e de la colectividad, el espíritu se afirma y se desarrolla R l en el hombre, hasta el punto de dominar al animal. En

Ej|

fin de cuentas, los seres humanos, tales como se ofre-

¡§y

cen a nuestra observación concreta, están todos íntima

fe

y profundamente socializados. Nada hay en ellos que

P

pertenezca únicamente al individuo en el sentido estric-

's

to del término, nada que no pertenezca al mismo tiempo,

.

y a veces en gran proporción, al grupo o a los grupos

|p cualquiera de sentir, de pensar o de obrar, el más ele­

gí, mental, el más espontáneo, el más conforme en aparien-

P , cia con nuestra sedicente naturaleza humana, nuestro ¡H primer deber es concebir sospechas sobre su simplicidad, i$ su autonomía, su especificidad, y someterlo sistemáti-

-

de los cuales forman parte. En presencia de un modo

V camente a un minucioso análisis para verificar en él la

%/ separación entre lo que es del individuo y lo que es de

Si

la sociedad. Por otra parte, esta actitud, a la cual Comte nos in-

¿í

vitaba ya, no es solamente la autoridad, convergente

aquí, de Durkheim y Tarde, quien nos la recomienda de nuevo. Nosotros nos sentimos también inclinados a con- ■'í|. siderarla bajo la acción insistente de este medio inte- lectual en el que hemos oído decir al mismo tiempo a un positivista puro, F. Pécaut, que “ sabemos ahora, no sin sorpresa, que no podemos asir nuestra naturaleza indi- 'ir vidual; siempre contaminada por las obligaciones so-

111

ciales, no es observable en ella misma y en estado de pu. reza; no nos es dada en la intuición”, y al filósofo del esfuerzo vital, de la individualidad imprevisiblemente creadora, que “vivimos una vida social, e incluso cósmi­ ca, tanto y más que una vida individual” . La reflexión nos ha familiarizado ya con todo lo que a este propósito tiene de revelador el lenguaje y la mími­ ca. Nuestra lengua nos viene enteramente de nuestro me­ dio. Nuestras actitudes, nuestros movimientos, nues­ tros gestos, nuestros juegos fisionómicos, nuestras risas y nuestras lágrimas se ajustan a las formas y a los usos consagrados por las costumbres. Ahora bien, sabemos sin duda, aunque muy mal aún, no obstante James y Lange, qué relación existe precisamente entre los estados afec­ tivos y su expresión fisiológica; pero hay dudas de que ésta intervenga, al menos en determinadas cosas, en la producción de aquellos, y una mímica regulada en parte por la sociedad sólo puede engendrar una emoción tam­ bién en parte socializada. De igual manera, nosotros adoptamos desde la infancia, con el vocabulario y la sin­ taxis, cierta concepción del universo y de la manera có­ mo las cosas se ordenan en él, y en las que nuestra ex­ periencia cavilante e incierta, si quiere afirmase y no renunciar a sí misma, tendrá que hallar su lugar. Lo primero es la palabra, después la idea, después, algunas veces, la cosa, y la cosa no sería para nosotros lo que ella es sin la idea que de ella tenemos, ni la idea sin la palabra. El niño habla del mar, sabe que es grande, que es verde o que es azul, antes de haberlo nunca visto. Nuestras conciencias de adultos están llenas de mares semejantes, de los que jamás veremos las riberas y de los que no adivinaríamos ni siquiera la existencia si la co­ lectividad no nos revelase por medio del lenguaje que existen, y que existen de tal o cual manera. “Entre los

112

¿hombres y el medio natural, dice Febvre, está la idea,

siempre la idea que se introduce

idea, sin duda, pero ante todo, y una vez que ella ha si­ do formada, la palabra que la transmite de generación en generación y que la introduce en los espíritus. Un pensamiento formado en el lenguaje tiene que ser un pensamiento socializado. Así, con la mímica y la pala­ bra, es la colectividad quien se introduce, se instala y se incorpora dentro de nosotros, a no ser que admitamos que, para nuestra conciencia, hemos acabado por ser solamente gestos que se esbozan, palabras que se balbu­ cen y que lo que puede haber de individual en nosotros se disimula a nuestros propios ojos bajo un revesti­ miento social. Todo el esfuerzo de un Bergson e in­ cluso de un Freud no tendría sentido si para penetrar en nosotros hasta el individuo no fuese preciso, entre otras cosas, atravesar en efecto las múltiples estratifi­ caciones sociales que, en el curso de su desarrollo, se han

depositado en su superficie. Por consiguiente, si verdaderamente se quiere llegar

y se interpone” . La

al individuo y encontrar un medio de someterlo a un es­ tudio del cual sea realmente su solo objeto, es preciso operar en el seno de los fenómenos mentales, tales como se ofrecen a nuestra observación, una disociación que los desnude de todas las aportaciones provenientes de la co­ lectividad. El orden necesario de la investigación está también ahí, al mismo tiempo. El aislamiento y el estu­ dio de lo que las mentalidades humanas tienen de la co­ lectividad deben presidir la delimitación y preceder al estudio de lo que, en esas mentalidades, es exclusivo del factor individual. Dicho de otro modo, la psicología co­ lectiva debe ser antes que la psicología individual, la

Las condiciones mismas y los

psicología stricto

sensu.

datos de la experiencia lo exigen así.

113

Mas las influencias colectivas se insinúan por do­ quiera en nuestra vida mental. Penetran además nues­ tra afectividad, actividad e inteligencia, el estudio de las cuales es considerado como un derecho por la psico­ logía general, que no se ha preocupado, hasta el presen­ te, por descubrir sistemáticamente la intervención de los factores colectivos, pues, antes al contrario, acos­ tumbra saltar deliberadamente sobre el grupo para caer sobre el individuo, el hombre en general, llegado a ser así, en el curso de las edades, una especie de arlequín cuyos chafarrinones marcan la sucesión de las civiliza­ ciones y loa sistemas.

Ahora bien, a fin de proceder a la disociación que hemos señalado como necesaria, la psicología colectiva necesitará estudiar desde este punto de vista todas las

funciones

mentales y

después

la

percepción

hasta

la

acción

voluntaria,

para

determinar lo

que en

su

me­

canismo y en sus productos puede haber de social. La psicología colectiva se encuentra, pues, forzosamente llamada a invadir el terreno propio de la psicología general. Mas ¿cuáles son en esta campaña los fines de guerra? ¿Puede ella pretender desde ahora la po­

sesión exclusiva de todo

por

el contrario, razones para presumir que deberá conten­ tarse con anexiones parciales y consentir un reparto con otros órdenes de investigación psicológica? Indudable­ mente que no lo sabremos de un modo preciso hasta que la psicología colectiva esté terminada o por lo menos muy adelantada. Sin embargo, cuando se establece una hipótesis d(j trabajo no está mal prever las dificultades con las cuales tendrá que tropezar y el consiguiente pro­ bable éxito que la espera. Y eso es lo que vamos a inten­ tar hacer aquí.

ese

territorio?

¿Hty,

En lo que concierne a la vida afectiva, parece eviden­

114

te que se lia desconocido por mucho tiempo la influen­ cia considerable que sobre ella ejerce la presión colecti­ va; pero también parecen no menos evidentes sus relacio­ nes, en su conjunto, con la psicología general, y en sus detalles, con la psicología individual. Las lágrimas son aparentemente contemporáneas de la humanidad, en ra­ zón de mecanismos en los cuales nada tienen que ver la sociedad, pero no lloramos todos de la misma manera y en las mismas circunstancias, en razón de particulari­ dades que dependen de nuestro organismo. De igual ma­ nera, nuestra actividad motriz procede de mecanismos cuyo empleo puede ser regulado por la sociedad, pero hurtados en sí mismos a su acción. He aquí, una serie de dominios que nos indican claramente que la psicolo­ gía colectiva deberá aceptar colaboraciones independien­ tes e incluso solicitar su concurso.

Queda la

inteligencia.

Queda la

actividad

volunta­

ria que, por el papel que en ella desempeñan reflexión y razón, se subordina aquí a la inteligencia, está llamada a correr su suerte. Ahora bien, la tendencia de Dur­ kheim es, según hemos visto, la de socializar toda la inteligencia. Según él la ciencia, que es la forma más acabada del conocimiento y a manera de la coronación de la inteligencia, es hija de la religión, quien a su vez, tiene su origen en la sociedad. Desde este punto de vis­ ta, todas las formas del conocimiento, desde las más sub­ jetivas hasta las más objetivas, serían, por consiguiente, de naturaleza social, y, en estas condiciones, la psico­ logía colectiva no podría abordar el estudio de la inteli­ gencia sin acabar por absorberla prácticamente por en­ tero. ¿Es preciso, pues, abrir a nuestra hipótesis de tra­ bajo una tan ambiciosa perspectiva y predecirla una vic­ toria tan completa? ¿No sería mejor, por el contrario, que para ajustarse a la realidad tuviese en cuenta las

115

concesiones por hacer y los límites que no debe sobrepa­ sar? La cuestión es fundamental, pues cuanto más re­ flexiva es la conciencia, más penetrada de inteligencia

se encuentra la vida mental. Los

adulto civilizado no son solamente experimentados, sus

un

sentimientos

de

actos no son solamente deseados; los unos y los otros son igualmente, para su conciencia, objetos de un retor­ no sobre ella misma que es una valoración de conoci­

por consiguiente, a los modos y

miento, y se ajustan,

a las formas de la inteligencia. Si la inteligencia es, pues, enteramente social, no hay en nuestro corazón ni plie­ gues ni secretos al ser penetrados por ella no lo sean también por la colectividad.

Parece imposible conceder a Durkheim que la ciencia, el conocimiento y, por consiguiente, la inteligencia ten­ gan su origen exclusivo eu la religión y, por ella, en la sociedad. El esfuerzo realizado por Durkheim para jus­ tificar su tesis no llega a la convicción y parece, inclu­ so, un poco sofístico. Según él, la humanidad primitiva tiene del universo una concepción enteramente religio­ sa, en la que se incorpora al grupo social y se organiza a su imagen. Si nuestra lógica y nuestra ciencia han po­ dido desembarazarse gradualmente de un sistema tal de representaciones, es porque, en realidad, existe en­ tre el universo y la sociedad una analogía fundamental que justifica la primitiva manera de concebir el primero después de la segunda. “El reino social es un reino natu­ ral que no difiere de los otros sino por su mayor compleji­ dad” y “es imposible que la naturaleza, en lo que tiene de más esencial, sea radicalmente diferente de ella misma, aquí y allá” . Durkheim cree demostrar cómo existe conti­ nuidad de la religión a la lógica y a la ciencia, y que “el pensamiento científico no es más que una forma más perfecta del pensamiento religioso”. No vamos a negar

116

que las sociedades son, sin duda alguna, reales, natura­ les y forman parte del universo. Pero si las sociedades forman parte del universo, no por ello son microcosmos. No creemos que las partes puedan reproducir y repre­ sentar el todo en sus detalles, y las sociedades no son en modo alguno el universo. Aunque lo fuesen, para que pudiésemos formarnos a través de ellas una concepción exacta del mundo, sería necesario tener de ellas una re­ presentación adecuada. Ahora bien, en nuestras teorías sociales conocemos bien la idea que nos formamos de nuestras sociedades contemporáneas; pero estamos a cien leguas de conocer a estas sociedades en sí mismas. De igual manera, en lo que concierne a las sociedades inferiores, el totemismo nos revela la idea que segura­ mente tenían de ellas los primitivos, idea que considera­ da en los corazones en los cuales constituye la creencia colectiva no tiene nada de ilusoria; pero que considera­ da como fórmula de la naturaleza de las sociedades pri­ mitivas en las conciencias no es la naturaleza misma si­ no que es su expresión mística y mítica, expresión tan­ to menos aproximada cuanto más mística y mítica sea. Es verdaderamente singular que, después de habérse­ nos prohibido juzgar a nuestras sociedades por las ideas que tenemos de ellas, se nos invite a tomar al pie de la letra el modo como los primitivos se representan colec­ tivamente los grupos de los cuales forman parte. Hay razones, por el contrario, para pensar que el principio totémico es una versión aún más inadecuada de la rea­ lidad social que los principios del derecho natural, del derecho histórico o del materialismo económico. /.Cómo, desde entonces, una representación inexacta de la so­ ciedad podría, generalizando el universo, llegar, por el desarrollo de un contenido objetivamente ilusorio, a dar­ nos un conocimiento preciso del mundo, susceptible de

117

orientar eficazmente nuestra acción y ponernos realmen­ te en posesión de las cosas? Los prejuicios colectivos han sido en vano para las sociedades que ellos fundan en los espíritus de una necesidad vital, pues no dejan de ser prejuicios perfectamente inútiles e incluso nocivos para la inteligencia del universo, el cual no tiene nece­ sidad de ellos para existir. Solamente dejándolos atrás, desembarazándose gradualmente de ellos con más o me­ nos prudencia, sencilla o hipócrita, es como la ciencia ha podido y debido ser constituida.

Admitir, como pretende Durkheim, que la religión de los primitivos es el origen de la ciencia, equivale a decir que de la noción del mana al principio de relativi­ dad hay una continuidad. Una tesis que, separada de sus fórmulas generales, llega a una afirmación tan sor­

prendente, tendría, para establecerse y confirmarse, ne­ cesidad de otra cosa que no fuesen vastas ojeadas en las que los sociólogos olvidan un poco que no son ni físicos ni químicos. La diligencia, el ferrocarril, son dos medios de transporte; pero las primeras locomotoras no han debi­ do a la diligencia más que detalles secundarios, como la separación de sus ruedas, por ejemplo; y de la tracción animal al empleo del vapor no hay ninguna continuidad. De igual manera, la religión totémica y la física de Eins- tein son dos interpretaciones del universo; pero entre

ambas

ha sobrevenido

en el espíritu

humano una re­

volución esencial que prohíbe transformar su continui­ dad histórica en continuidad lógica y genética. Por otra parte, es altamente característico compro­ bar que para llegar a hacer de la ciencia la hija de la . religión, Durkheim ha desdeñado, a sabiendas y volun­ tariamente, toda una parte de la actividad mental de los primitivos, parte sin discusión posible, ya que es pa­ ra ellos de una necesidad vital. Como él lo consigna des-

118

pués de Spencer y Guillen, “la vida de las sociedades australianas pasa alternativamente por dos fases distin­ tas. Ora la población está desparramada en pequeños grupos que se dedican, independientemente los unos de los otros, a sus ocupaciones, en familias aisladas que ca­ zan, pescan y procuran, en una palabra, su subsistencia indispensable por todos los medios disponibles; ora, por el contrario, la población se concentra y se condensa, por un tiempo que varía de muchos días a muchos meses, sobre puntos determinados. Esta concentración tiene lu­ gar cuando un clan o una porción de tribu es convoca­ da en su sede con ocasión de una celebración religiosa o de lo que se llama, en el lenguaje usual de la etnografía, un corrobbori” . (1) Es verdad que, para justificarse, Durkheim añade que las ocupaciones que llenan la prime­ ra fase no son de tal naturaleza que “despierten vivas pa­

siones” , lo

la pesca y que, eso no obstante, el corazón humano tie­ ne algo de eterno: para un obrero de hoy una jornada

que prueba que no le gustaba ni la caza ni

de fábrica es igualmente menos apasionante que una reu­

nión electoral o

bboris. Pero no es menos cierto que el período práctico

y económico de la vida australiana existe al lado de es­

ta consagración al culto. ¿Por qué, pues, conceder a uno solo de ellos el honor del desarrollo de la inteligencia humana sin preguntarse si el otro no servirá también para alguna cosa? Porque, en fin de cuentas, cultivar la tierra, cazar y pescar son actos que ponen en contacto con lo real, que pueden despertar la curiosidad y propor­

cionar la posibilidad de su conocimiento. La actitud adoptada a este respecto por Lévy-Bruhl

una función de cine, modernos corro-

(1) O corroí)orí: danzas de los indígenas australianos, en las que se celebran acciones guerreras, de caza o sensuales.—N. del T.

119

en sus libros fundamentales sobre la mentalidad primi­ tiva, es por el contrario, satisfactoria. El interés y el al­ cance de los resultados a que ha llegado, y que tienden

a

imponerse cada vez más, no han impedido que él sea

el

primero en reconocer que están llamados a ser sobre­

pasados y precisados, y que sus trabajos no agotan

la materia, al estudio de la cual constituyen solamente

“una introducción general” . En particular, si se ha resig­ nado a excluir de su investigación un modo fundamental

de la actividad humana, la actividad psico-motriz y las manifestaciones ya complejas que en ella ofrecen las in­ dustrias primitivas, es que, a mejor entendimiento, le fué necesario renunciar a todo obstáculo; pero se guar­ da muy bien de desconocer, como Durkheim, la impor­ tancia de lo que tuvo que olvidar momentáneamente. “ Tengo que confesar que esta introducción general está incompleta. No ha tomado en consideración la actividad mental de las sociedades primitivas sino bajo su aspec­ to místico. He dado de lado todo lo que concierne a las técnicas, otro aspecto de esta actividad que es de im­ portancia capital. He hecho de él abstracción provisio­ nal por necesidad de método. Pero sé que es una abstrac­ ción y que el análisis de las técnicas será indispensable para un estudio de conjunto de la mentalidad primiti­ va” . Es tan indispensable, que está probablemente llama­ do, no sólo a servirle de complemento, sino también a rectificarle en sus primeros resultados. “A medida que sepamos cómo se han desarrollado (las técnicas) en las diversas sociedades, tendremos sin duda necesidad de corregir la idea que nos formamos de la mentalidad pri­ mitiva” .

Para llegar a un conocimiento completo del desarro­ llo humano parece de todo punto necesario, en efecto, tomar a la vez en consideración las dos fases de la vida

, australiana, y, más generalmente, los dos medios, el fí­ nico y el social, donde vive el hombre, donde está de mo­ dos diversos y con la misma necesidad de vivir y a los cuales le es necesario por igual adaptarse so pena de muerte material o moral, y, por consiguiente, hacer un lugar al menos, al lado de la religión y de la sociedad, a la actividad psico-motriz y a laa técnicas en la géne­ sis de la ciencia y de la inteligencia. Es lo que Piéron afirmó muy claramente cuando intervino en la discu­ sión sobre la Mentalidad primitiva en la sociedad fran­

si no habrá una dua­

cesa

lidad que distinguir en los hechos concernientes a la mentalidad primitiva. Desde el momento en que las so­ ciedades humanas han sobrevivido, el hecho implica dos cosas: de una parte, que la vida de las sociedades ha sido posible en virtud de cierto equilibrio en el compor­ tamiento reciproco de sus miembros, impidiendo la diso­ lución de los grupos, y, por otra parte, que la vida de los hombres, miembros de estos grupos, ha sido posible por su aptitud para luchar victoriosamente contra el medio. En las relaciones colectivas, la mentalidad mís­ tica sería esencial para el mantenimiento del equili­ brio; pero las necesidades de la vida mantendrían, en las formas de actividad técnica en particular, la per­ meabilidad en la experiencia, que el desenvolvimiento de la mentalidad social no limitaría sino en la medida en que la vida misma estuviese comprometida, hasta el mo­ mento en que, en las civilizaciones mediterráneas, el es­ píritu experimental recobrase la supremacía” . Sabido es con qué vigor original Bergson ha señala­ do en páginas justamente célebres las relaciones entre la inteligencia y la técnica: “ Si podemos despojarnos de nuestro orgullo, si para definir nuestra especie nos ate­ nemos estrictamente a lo que la historia y la prehisto-

de filosofía: “ Me pregunto

121

ria nos presentan como la característica del hombre y de la inteligencia, no diríamos quizás Homo sapiens, sino

Homo faber. En definitiva, la inteligencia, considerada en lo que en ella parece ser el modo original, es la facul­ tad de fabricar objetos artificiales, en particular útiles de hacer útiles, y de variar indefinidamente su fabri­

cación” . Y los puntos de vista del filósofo se encuentran plenamente confirmados por las demostraciones de un práctico, que al escribir la historia de su arte ha sabi­ do utilizar su experiencia técnica para deducir de su investigación histórica las enseñanzas que ella encierra. Basta leer la Evolución de la cirugía de Lecéne para

convencerse de la importancia científica de las inicia­ tivas sensorio-motrices en el curso de las edades y reco­ nocer con él el efecto de aptitudes recíprocas, llevadas a su ápice en ciertos privilegiados. En realidad “el verdade­ ro genio creador en las ciencias experimentales”, prueba, “por ejemplo, Papin, Volta, Ampere o Faraday”, que no carece de “inclinación natural” y de “aptitud innata

para la

invención mecánica” . El sabio de laboratorio no

trabaja solamente con su cerebro, sino también con sus manos, y sus manos, tan indispensables como su cerebro para el progreso del conocimiento, hacen labor de ini­ ciación como las del primitivo, tienen su virtuosidad, me­ nos de la disciplina a la cual se hallan sometidas y so­ bre la cual la colectividad tiene parcialmente derecho a reinvindicar su formación, que de predisposiciones en­

teramente orgánicas. Ya se trate de investigaciones ex­ perimentales o de técnicas primitivas, la iniciativa sen­ sorio-motriz, cada vez más evidente y más necesaria, pri­ mero con el conocimiento empírico y después con el cien­ tífico, en relación de dependencia recíproca, no tiene nada en sí de psicosociológica, pero es un hecho psicofi- siológico que sería imprudente desconocer.

122

Sin embargo, no es posible

admitir

cou

Durkheim,

sin una información más amplia, que la ciencia es hija

É;

de la religión y poner, en consecuencia, en la cuenta de

%

las influencias y de las representaciones colectivas, to-

fe

do lo que en nuestra vida mental procede de la inteli-

|f

gencia y de la actividad intelectual. No disponemos de

V

un criterio que nos permita establecer de antemano la

f¡¿. separación entre lo

que hay en nosotros de origen co-

lectivo y lo que es de origen específico o individual. Sin-

■V

gularmente, hay motivos para pensar que cualquiera

}i

que sean las agrupaciones de las cuales forman los hom- bres parte, hay una forma de inteligencia, la inteligen-

£

cia sensorio-motriz, que es común a todos ellos, en tanto que pertenezcan a la especie humana, y en la que no po­

li

demos prever con anterioridad a toda investigación de

| lo que es capaz por sí misma y hasta dónde puede lle-

{ var sus efectos directos. Por otra parte, esta inteligencia sensorio-motriz varía manifiestamente con las disposi-

| ciones anatómico-fisiológicas de los individuos, y estas •; disposiciones anatómico-fisiológicas no son solamente la condición de una destreza manual, sino también de •’ una destreza mental que —es cosa cuya importancia no debemos reducir— se ejerce en sociedad y por medios que la sociedad ha marcado, más o menos, con su sello. Si, pues, la psicología colectiva, como hemos visto,

í tiene derecho a instalarse sobre el terreno de la psicolo­ gía general, no podría en cambio soñar con expulsarla de él sin otra forma de proceso e incluso en virtud de un decreto de principio. Es preciso que en cada caso con­ creto, para cada estado, para cada acto, para cada fun­ ción mental se apegue a determinar exactamente lo que corresponde al individuo y lo que corresponde a la co­ lectividad, de modo que se señale precisamente una fron­

más sencillo afirmar a priori

tera sobre la que es

nucho

123

que responde enteramente a la demarcación entre la sensibilidad animal y la inteligencia. Así es como, considerando ahora algunos de los pro­ blemas que nos plantea la vida mental, vamos a inten­ tar, de una parte, demostrar que es imposible, en efecto, pretender resolverlos íntegramente sin hacer intervenir las influencias sociales sufridas por los individuos, sin acudir, por consiguiente, a la psicología colectiva; y de otra parte, determinar cómo, en cada caso particular, esos mismos problemas tienden a disociarse para repar­ tirse entre las distintas ramas de la psicología.

SEGUNDA PARTE

LA PARTICIPACION DE LO COLECTIVO EN LA VIDA MENTAL

Capítulo primero

LA

PERCEPCION

Entre la sensación pura, más hipotética tal vez que real, excepcional al menos en el adulto, y la interpreta­ ción compleja de los datos sensibles en los que juicio y razonamiento intervienen explícitamente, resulta muy difícil delimitar el dominio exacto de la percepción, de la cual Claparéde ha podido decir muy justamente: “No se sabe hasta dónde se extiende este término” . Afortu­ nadamente, nos bastará aquí con ponernos de acuerdo sobre algunos puntos que importan más particularmente a nuestros propósitos. Desde luego, cuando decimos percibir alguna cosa que se inueve, un sér vivo o un hermano nuestro, hemos realizado cuatro operaciones mentales de una compleji­ dad evidentemente creciente, pero que consideramos por igual como otras tantas percepciones. Es lícito, por con­ siguiente, agrupar lógicamente las percepciones en per­ cepciones de clases, géneros, especies e individuos; y es tentador admitir con Binet que a este orden lógico res­ ponde un orden genético, que la percepción procede por etapas, de lo indeterminado a lo determinado, y que la

127

“ percepción individual comienza por ser genérica y no llega sino por grados, por una progresión regular, a su desarrollo completo”. En realidad, es muy raro que po­ damos darnos cuenta de tal progreso. Cada una de las cuatro etapas que hemos indicado es, «n general, alcan­ zada inmediatamente y de un solo salto. La percepción de lo individual es tan instantánea como la de lo espe­ cífico. Todo acto de percepción, cualquiera que sea el grado y precisión logrados, presenta siempre la misma unidad. Es posible, sin embargo, que a los diferentes ti­ pos de percepción correspondan mecanismos diferentes y aislables; psicológicamente, la percepción del indivi­ duo no implica la presencia, ni siquiera inconsciente, de percepciones menos determinadas de las cuales consti­ tuiría el refinamiento: si de esto que yo percibo como mi hermano puedo, por un razonamiento más o menos explícito, concluir que a fortiori percibo un hombre, es­ ta percepción de la especie no constituye por eso un ele­ mento mental de mi percepción del individuo. Por con­ siguiente, la distribución del estudio de la percepción entre las diversas disciplinas psicológicas exigirá otra justificación que no sea la de hipotéticos análisis. Es evidente que nuestras percepciones actuales son funciones de nuestras experiencias pasadas. Toda per­ cepción está penetrada de recuerdos. Aunque los psicó­ logos han discutido en vano sobre la manera como la me­ moria interviene en la percepción, en cambio, asociacio- nistas con Bergson, se ha puesto de acuerdo en procla­ mar la importancia y la necesidad de esta intervención, señalada para nosotros hasta en el vocabulario. Deci­ mos reconocer a alguien, cuando nuestra percepción pre­ sente se identifica con una de nuestras percepciones an­ teriores ; pero no decimos reconocer el terreno, sino cuando se trata propiamente de explorar, es decir, de

percibirle, lo cual prueba que percibir es siempre identi­ ficar, solamente que esta vez es identificar lo descono­ cido. Luego, como hemos de ver más adelante, todo un conjunto de representaciones colectivas ejercen sobre el juego de nuestros recuerdos una larga influencia. Lo cual nos autoriza a presumir que, por contragolpe, in­ fluyen igualmente sobre nuestras percepciones. Finalmente, nuestras percepciones son prácticamen­ te válidas para todos, ya que se refieren a objetos cuya . experiencia es a todos accesible. Correlativamente, ellas son de entre todos nuestros estados mentales, los más comunicables, los más exactamente transmisibles por el gesto y por la palabra. Para expresarlas disponemos del vocabulario tal vez más rico y, desde luego, el más pre­ ciso. Ahora bien, sabemos que poseemos nuestro idioma de la colectividad de la cual formamos parte; y la co­ nexión del espacio intelectualizado en el cual se desplie­ gan nuestras percepciones, del lenguaje que las expresa y de la sociedad que comprueba su conformismo y seña­ la sus errores, nos es familiar después de Bergson. Así, pues, es muy verosímil que la cosa significada partici­ pe más particularmente aquí del carácter social que lo

que parece.

Para

permitirnos

ahora operar en

el

conjunto

de

nuestras percepciones y sus disociaciones legítimas y de­ terminar la parte que conviene asignar en ellas a la ac­ ción de la colectividad, la patología mental nos sumi­ nistra un concurso que su objetividad hace de todo pun­ to precioso. Ella nos invita a distinguir tres tipos de per­ cepciones, de las que vamos a precisar sucesivamente los caracteres particulares: la percepción singular de los seres o cosas; la percepción más propiamente senso­ rial de la forma y de la corporalidad; la percepción ge­

nérica que puede ser también llamada intelectual.

129

Hay percepción singular de seres concretos, perso­ nas o cosas, cuando nuestra percepción nos aporta el conocimiento no de la especie a la cual su objeto perte­ nece, sino la del objeto mismo, discernido como tal de todos los objetos del mismo género, como, por ejemplo, cuando percibimos no un hombre o una mujer, sino el señor o señora X, no un perro, sino nuestro perro, no un paraguas, sino nuestro paraguas. Solamente percibimos así los seres y las cosas que ya hemos percibido una o muchas veces y de los que nuestra experiencia personal nos ha permitido conocer y retener las particularidades. Estas percepciones varían eminentemente de un hombre a otro, según los medios frecuentados y el ambiente ma­ terial que les haya sido familiar. No conocemos todos las mismas personas, no vivimos todos en las mismas lo­ calidades, no estamos todos en contacto durable con los mismos objetos. En una palabra, no tenemos todos la misma historia, y según que ellos hayan pertenecido o no a nuestra historia con anterioridad es por lo que so­ mos o no capaces de reconocer individualmente hombres y cosas en sus singularidades. Variables con lós interesa­ dos, según las circunstancias de su historia, tales percep­ ciones merecen, pues, en ese sentido, ser llamadas per­ sonales e históricas.

La turbación mental conocida con el nombre de am­ nesia anterógrada (1) continua de fijación y conserva­ ción que se encuentra particularmente en las intoxica­ ciones, la psicosis de Korsakow, las psicosis traumáticas, la involución y la demencia seniles, prueban que la varie­ dad de percepción que acabamos de describir goza de completa independencia y autonomía, ya que es suscep-

(1)

del T.

Que

afecta

a

la

memoria

130

de

los

hechos

posteriores.— N.

T'X\

í tibie de hallarse comprometida y desaparecer aislada­ mente. Los enfermos tratados de esta clase de amnesia, sobre los que ha hecho Dupré una observación notable

en la

presentan necesariamente ofuscaciones intelectuales pro­ piamente dichas: juicios y autocrítica pueden permane­ cer indemnes en ellos, los cuales tienen a menudo con­ ciencia de su estado. “Usted sabe bien que yo no me acuerdo de nada” , repetía sin cesar una vieja pensionis­ ta de Stéphansfeld observada por nosotros con el Dr. Courhon. En todo caso, lo que estos enfermos tienen de

Revista neurológica del 15 de mayo de 1903, no

interesante para nosotros es que son capaces de identi­ ficar los datos de sus percepciones, pero no de indivi­

dualizarlos.

un día a otro, de un instante a otro, no se encuentran en condiciones de reconocer que están en el mismo hospital. Saben que están en una habitación y al lado de un le­ cho; pero no pueden decir si es su habitación o su lecho. Saben que están cubiertos por un traje; pero ignoran si es el suyo. Saben que hablan a un médico; pero, por fre­ cuentes que hayan sido sus encuentros con él, siempre será para ellos un recién llegado. Viven en un departa­ mento, saben que un departamento se compone de una sala, de un comedor, de unos dormitorios, de una coci­ na, saben lo que verdaderamente debe haber en cada una de esas piezas; pero cada vez que entren en ellas es como si entraran por primera ocasión. En una palabra, estos enfermos sólo perciben los caracteres genéricos de las personas o cosas ofrecidas a sus sentidos. La clínica nos autoriza, pues, a aislar la percepción llamada personal o histórica en el conjunto de la activi­ dad perceptiva. Luego es evidente que hay una variedad de percepción propia de todo hombre como tal hombre,

Saben que están en un hospital; pero, de

131

pues todos los hombres poseen normalmente una memo­ ria y, por consiguiente, psicológicamente un pasado, pa­ sado precisamente individual, ya que cada hombre tie­ ne su pasado particular y por ende su memoria particu­ lar.

En consecuencia, para asegurar su pleno ejercicio, la percepción personal o histórica tiene necesidad, sin duda alguna, como nos lo enseñará el estudio de la me­ moria, del concurso de la colectividad; pero su existen­ cia no depende de este solo concurso. Escapa, pues, a la solicitud de la psicología colectiva para depender ante todo de la psicología diferencial, en tanto que es indi­ vidual y varía según los sujetos considerados. La percepción propiamente sensorial de la corporali­ dad y de la forma es la que nos enseña la consistencia de los objetos materiales, su peso, sus dimensiones, su contorno y su situación relativa en el espacio. Merece el nombre de sensorial precisamente porque se acantona en el plano de lo sensible y de la intuición especial. Es la identificación primaria de Wernicke, es decir, la toma de conciencia, más o menos explícita, acerca de impresiones preferentemente visuales, táctiles, auditi­ vas del conjunto de las cualidades sensibles de las que la presencia de estas impresiones implica la existencia en el objeto correspondiente. Por otra parte, es excep­ cional que nos conformemos con esta percepción de las consistencias y de las formas. Prácticamente, nuestras percepciones son siempre inmediatamente identificacio­ nes secundarias, según la terminología de Wernicke, es decir, identificaciones genéricas. Es una llave, un cu­ chillo, una esponja lo que percibimos de golpe y esta­ mos listos a nombrar apenas caen en nuestras manos o bajo nuestros ojos, sin que precisemos un conocimiento metódico de su forma y de su consistencia para poder

132

reconocer lo que son. De igual manera, como veremos después, puede que supiéramos decir lo que son aunque sólo tuviésemos de su forma un conocimiento enteramen­

te sumario. Todavía es aquí la clínica la que nos permite estable­ cer de una manera decisiva la independencia, la auto­ nomía recíproca de estas dos identificaciones primaria y secundaria. En la asimbolia visual, en la asimbolia au­ ditiva, tal como su nombre lo indica, las formas colo­ readas o los sonidos pierden para el enfermo la signifi­ cación que tienen para nosotros. El enfermo ve y oye; pero no sabe reconocer lo que ve o lo que oye: está, como se dice, atacado de ceguera o de sordera psíqxiica. Percibe cualidades sensibles, es capaz de situarlas en el espacio, de organizarías en representaciones pura­ mente sensoriales de forma, de consistencia y de distan­ cia ; pero estas representaciones no representan nada pa­ ra él, no reconoce, no percibe los objetos correspondien­ tes, no puede nombrai'los, no sabe hacer uso de ellos. La identificación secundaria ha desaparecido, quedando en juego solamente la identificación primaria. Las altera­ ciones del tacto, al diferenciarse y multiplicarse, son aún máé características: al lado de enfermos que pade­ cen asimbolia táctil, es decir, que son incapaces, como los ciegos y los sordos psíquicos, de percibir otra cosa que las formas, se observan enfermos que presentan aste- reognosia, es decir, que no son capaces de percibir las formas cuando todavía reconocen alguna vez los obje­ tos. Como dice Piéron, “en ciertos casos se observa que la forma es correctamente percibida y descrita, mien­ tras el objeto no es reconocido, no se encuentra su nom­ bre, no se puede ni siquiera indicar por medio de un gesto, de un empleo apropiado, que se conoce su sentido

práctico y su uso. Y otras veces, por el contrario, con una percepción de las formas muy defectuosa, el obje­ to usual es indicado, es hábilmente acertado y correc­ tamente manejado” .

Por lo demás, la observación corriente nos demues­ tra que la percepción de una máquina cuyo mecanismo

y uso conocemos, difiere de la percepción de una má­

quina sobre la cual no sabemos ni cómo marcha ni para

qué sirve: la primera comporta un orden y ofrece un sen­ tido completamente aparte de la segunda. Por otra par­ te, los objetos que clasificamos espontáneamente bajo

el mismo nombre presentan a menudo formas y dimen­

siones completamente desemejante: un rodaballo y un tiburón son, los dos, peces; un alano y un galgo son, los dos también, perros; una choza y un palacio son, ambos, viviendas. La percepción de los objetos es algo más, algo que es distinto de la percepción de las for­ mas.

Común a todo hombre, en tanto que hombre, inde­ pendientemente de toda consideración del grupo al cual pertenezca, la percepción propiamente sensorial ofrece un carácter específico y, por consiguiente, su estudio corresponde a la psicofisiología y no a la psicología co­ lectiva.

Las alteraciones mórbidas que acaban de permitir­ nos establecer la autonomía de la percepción singular y de la percepción propiamente sensorial, establecen al mismo tiempo la de la percepción genérica, la de la iden­ tificación secundaria de Wernicke, que sitúa en el géne­ ro al cual pertenecen, los objetos colocados bajo nues­ tros sentidos. Por espontánea, por maquinal, por auto­ mática que sea, esta percepción genérica supone por lo menos una sorda intervención de la inteligencia. No se contenta con aprehender los datos sensibles, sino que

134

E?"

i BIBL1QÍECA - UNIVERSIDAD NACIONAL

nos da su comprensión, nos proporciona su sentido; los sitúa dentro de los marcos de una experiencia. Pero es­ ta inserción en una experiencia es al mismo tiempo in­ serción en un régimen conceptual. Pues toda experien­

cia sistematizada se duplica en el hombre en un siste­ ma de nociones, traducción del orden y la unidad. Es como ya hemos tenido ocasión de escribir': “ Cuando un objeto se percibe, se nombra; y el nombre que evoca reac- túa sobre la percepción atrayéndola con él a ese mundo de relaciones lógicas que es precisamente el mundo de ’ nuestras palabras, pues el nombre que asignamos a un objeto es casi siempre un nombre común, montaña, ca­

ballo

caracteres individuales el objeto nombrado posee otros que le hacen pariente de los objetos de la misma especie y que, formando parte de una especie, se sitúa en un lu­

gar definido en el conjunto de nuestra experiencia y de

las nociones

percepción genérica que obtiene así inmediatamente la

denominación de los objetos ofrece, pues, por ello mismo,

un

pruebas vienen, por otra parte, a confirmar. El menor dato sensible basta, en efecto, para provo­ carla: en la noche o con los ojos cerrados, sólo es nece­ sario un contacto, el más fugitivo y limitado, para sa­ ber que estamos al alcance de una silla, de una mesa o * de otro objeto familiar cualquiera. La percepción de log objetos permanece idéntica a ella misma cualquiera que sea la sensación que la provoque: ya oigamos, veamos o toquemos una campana, nace en nosotros la misma acti­ tud mental por la cual sabemos con qué objeto tenemos que habérnoslas. El caso de ciertos ciegos-sordo-mudos perfectamente susceptibles de educación revela que la

o

casa,

que afirma, a la

vez, que

además de sus

en donde ella encuentra su unidad” . La

carácter

suprasensorial

e

intelectual,

que

muchas

135

totalidad de la experiencia sensible está lejos de ser ii| dispensable a la elaboración de la percepción genériipf a la figuración mental y al reconocimiento de los objél' tos. El objeto rebasa formidablemente el signo; y todq lo que, en la percepción genérica, escapa así a la explíf cación por los solos datos sensibles, exige que tengamog que haber recurrido para su conocimiento a iniciativas

||

Por otra parte, ya hemos visto que un ser o un obje­ to está hecho de otra cosa que de solas propiedades seif| sibles. Consiste, tanto o más, en las actividades de las cuales es capaz o en las que es susceptible de suscitar; en nosotros. Es útil, inútil o nocivo. Estos son los ca­ racteres que se revelan por las experiencias sensibles; pero ellas no son en sí mismas experiencias sensibles,| sino reflexiones de estas experiencias sobre nuestra ac­ tividad espontánea o reflexiva. No son suficientes los sentidos para su conocimiento.

mentales más complejas.

Finalmente, la percepción genérica no es posible, en general, sino gracias a un contexto y a la inteligencia de este contexto. Es necesario que interpretemos en qué circunstancias tiene la percepción lugar, para que la percepción se realice plenamente. Hay en ella tantos ob­ jetos como palabras. No leemos “excelente” de la misma manera en “este hombre excelente” y “estos hombres, ex­ celente”. Del mismo modo, según lo que veamos alrede­ dor, un mismo palo vertical es árbol de cucaña, mástil de navio o poste telegráfico. Tanto en uno como en el otro caso, el contexto nos impone inmediatamente la manera de leer las palabras y comprender los datos sen­ sibles. No es posible percibir ni leer correctamente sin comprender el texto o el espectáculo que se tiene ante los ojos.

De esta manera, la percepción genérica utiliza lo

136

sensible como pretexto para sobrepasarlo, para relacio­

nar el objeto correspondiente con el conjunto de la ex­ periencia y para conducirle de ese modo a lo ya conocido. Esta operación nos es tan normal, tan corriente, tan fa­ miliar, que no nos damos cuenta de la seguridad mental que nos proporciona. Solamente cuando no se completa es cuando el sentimiento de malestar y de inquietud que experimentamos nos advierte de la necesidad que tene­ mos de su resultado y de la satisfacción que él nos pro­ porciona. “Un niño, hace notar Jean-Richard Bloch, se detiene ante un prodigio de azul obscuro; prorrumpe en exclamaciones; su admiración clama el auxilio del mun­ do entero. Pasa una persona mayor, es una persona in­ formada y que lee un periódico; aventura una mirada y en un tono mitad escandalizado, mitad tranquilizador,

dice: “ ¡Pues bien,

no es más que un escarabajo!” Ha­

biendo llevado la sensación virgen al marco de la nomen­

clatura, habiendo

hecho entra'r el accidente posible

en

lo antes visto (somos nosotros quien subrayamos) se so­

siega y se aleja” . Desde el momento en que la percepción genérica in­ teresa la inteligencia y no procede de una actividad úni­ camente sensorial, sino que supone la intervención de procesos más complejos, cabe preguntarse si su estudio no concierne, al menos en parte, a la psicología colec­ tiva. En realidad, parece experimentar la influencia del medio social y estar orientada y presidida por él en el

progreso de sus avances. El mundo en el cual vivimos no sólo está hecho de

objetos naturales. Se compone también de objetos fabri­ cados por el hombre para su uso y cuyo número ha ido en aumento con el desarrollo de la industria. En todo tiem­ po, el recién nacido entra desde luego en contacto con

esos objetos. El

hecho es particularmente evidente en

nuestros días: a los ojos de nuestros niños el mundo na­ tural pasa a segundo plano en provecho de la masa de cosas fabricadas que constituyen su contorno inmedia­ to. Se encuentran iniciados, por así decirlo, en la per. cepción de los objetos naturales a través de los objetos manufacturados. El sentido de buen número de objetos fabricados parece naturalmente desprenderse de su for­ ma: ¿no es una silla una invitación a sentarse? ¿Un cu­ chillo una invitación a cortar? Pero, en realidad, la in­ terpretación de la mayor parte de estos objetos implica una iniciación social. Al primer golpe de vista sabemos, percibimos a qué profesión o comercio se dedican las tiendas o las casas de las calles que recorremos, por cier­ tas particularidades de ornamentación o de disposición que, variables en general de un país a otro, son entera­ mente convencionales y simbólicas. Tales, en Francia, el escudo de los notarios, el rollo de los expendios de taba­ co o la bacía de los barberos. Cuando decimos: he aquí un rosario o he aquí un aparato telefónico, nuestra afir­ mación sobrepasa enormemente la simple comprobación de las formas en efecto percibidas, supone un conoci­ miento de técnicas religiosas o científicas que debemos únicamente a nuestro medio.

La percepción incluso de las distancias y la de los intervalos de tiempo, que parecen por su naturaleza de­ pender tan estrechamente de la intuición sensible, no pueden, sin embargo, llegar a precisarse sino gracias a la utilización de los sistemas de medida de los cuales nos ha hecho provisión la colectividad. Ninguno de nosotros inventa el reloj o el metro de los cuales se sirve. La fas­ cinación de las unidades así adoptadas y de sus subdi­ visiones aritméticamente más simples se ejerce de ma­ nera evidente sobre nuestras apreciaciones de las distan­ cias y de los intervalos de tiempo. Yerkes y Urban han

138

estudiado la apreciación de los intervalos de tiempo so­ bre 700 sujetos a los cuales han pedido evaluar en se­ gundos intervalos cuya duración efectiva era de 18, 36, 72 y 108 segundos, cifras entre las cuales hay una evi­ dente relación numérica y no son exactamente expresa- bles en números redondos. Pues bien, las respuestas su­ ponen una mayoría de múltiplos de 5, o sea con termina­ ciones en 5 o en 0. Después del 0 y el 5 las últimas ci­ fras han sido de preferencia el 8 o el 2, lo que, habida cuenta de la obligación en que se encontraban los suje­ tos de formular sus respuestas en fracciones enteras de segundos, nos pone en presencia de la serie esquemáti­ ca 1 [4, 1|2, 3|4, 1, tan corrientemente utilizada. Como dicen los autores, las apreciaciones de sus sujetos han estado fuertemente influenciadas por la preocupación de unidad convencional, el minuto. Todo esfuerzo de eva­ luación cuantitativa entraña errores en favor del pa­ trón de medida utilizado y de sus fracciones simples, y cuanto más largo se hace un intervalo de tiempo es más frecuente que sea estimado igual a la unidad o a una fracción simple de la unidad. Tales experiencias nos en­ señan de una manera muy significativa que las nociones de origen evidentemente colectivo llegan con el uso a recubrir para nosotros la realidad y a insinuarse en la percepción que tenemos de ella. Un inglés contando en pies y un francés en metros podrán tener de una distan­ cia la misma percepción sensorial; pero no sabrían ob­ tener de ella la misma percepción genérica, porque la di­ ferencia que se manifiesta en la expresión de lo que am­ bos comprueban penetra más o menos hasta las com­

probaciones mismas. Por otra parte, ya hemos visto que toda percepción

de objeto

y,

es prácticamente denominación

de objeto

por

consiguiente, inserción del objeto percibido

en un

ism

sistema organizado de representaciones, en un conjuntó1, definido de nociones en las cuales se expresan uná^vi¿ sión más o menos coherente del mundo, una experiencia más o menos rígida. Esta visión del mundo, esta expe­ riencia, estos sistemas de representaciones y de nocionéÜ no son instaurados y concebidos por los individuos, iri-| capaces por sí solos de esfuerzo semejante, sino por las colectividades a las cuales pertenecen. De ahí que toda percepción genérica sea al mismo tiempo colectiva. Nos daremos mejor cuenta aún comprobando cómo, en efecto, las nociones de objeto y objetividad varíáá de una a otra época. Las cosas son o no objetivas según se conformen o no con la visión, más exactamente la previsión de lo real, propia de las civilizaciones impor- tantes y que los interesados confunden a cada momento con la realidad misma. Este es el punto de vista que ha servido a Lévy-Bruhl para decir que los primitivos no percibían nada como nosotros. En efecto, la objetividad de las cosas depende para ellos tanto, si no más, de sus propiedades místicas e inaccesibles a los sentidos como de sus propiedades materiales y, por consiguiente, sensi­ bles. La presencia eficaz se percibe en ella de otra ma­ nera que por las impresiones sensoriales que eventual­ mente puede provocai’, pero que en modo alguno son in­ dispensables para afirmarla. Tara nosotros, por el con­ trario, el mundo se encuentra más y más materializado,, y reconocemos la objetividad de las cosas exclusivamen­ te por los caracteres físicos que las hacen accesibles a nuestros sentidos.

Entre los primitivos y nosotros la humanidad ha pa­ sado sin duda alguna por toda una serie de visiones co­ lectivas del mundo, en las que la concepción de la rea­ lidad ha ido siendo gradualmente despojada de su ca­ rácter místico hasta llegar a ser más positiva y en las

140

que el juego de las percepciones genéricas ha variado paralelamente. Por ejemplo, en la Edad Media, es evi­ dente que las potencias místicas difusas, caras a los pri­ mitivos, penetrando incesantemente el universo todo, lle­ gan a concentrarse, por decirlo así, en las personas de Dios, de La Virgen, de su Hijo, de los ángeles y de los santos. El mundo se llena entonces de una actividad mística y milagrosa sobre las manifestaciones, de la cual es posible señalar nombres e incluso rostros. Así es como Juana de Arco, rica en sentidos, y en buen sen­ tido, ha visto y hablado a los arcángeles y a los santos. Era para ella tan natural verles y hablarles como ver y hablar a su padre: estaban tan presentes como éste en el mundo en el cual ella creía con todos sus contempo­ ráneos, muchos de los cuales afirmaron que había sido juguete del demonio, pero sin que ninguno pretendiese que no había visto ni oído a nadie. Hablar aquí de alu­ cinaciones es olvidar esta concordancia, es ignorar el carácter místico que la realidad y, paralelamente, la correspondiente percepción han conservado durante mu­ cho tiempo y no han perdido quizás del todo; es descono­ cer, en fin, que nuestras percepciones genéricas están hechas no solamente de lo que las sensaciones les apor­ tan, sino también, y tal vez sobre todo, de lo que las re­

presentaciones colectivas les imponen. Por consiguiente, y en parte que hemos de determinar con más precisión, la percepción genérica es el hecho del grupo y no de la especie o del individuo. Su estudio per­ tenece, pues, a la psicología colectiva, y los resultados de este estudio están, desde luego, llamados a repercur- tir, por una parte, sobre la psicología de la percepción puramente sensorial y de la identificación primaria, pues la noción de espacio homogéneo, que es totalmente

141

intelectual, ha penetrado profundamente nuestra intui­ ción del espacio sensible, y, por otra parte, sobre la psi_ cología de la percepción personal e histórica, pues auu- que esta percepción no se opere en dos tiempos y n0 comencemos por percibir un cuchillo antes de percibir nuestro cuchillo, sin embargo la idea que nosotros tene­ mos de nuestro cuchillo depende de la que tenemos del cuchillo en general y, por consiguiente, la percepción que tenemos de nuestro cuchillo contiene sin duda los caracteres que continúan sirviendo para definir la per­ cepción que tenemos del cuchillo en general.

Concluyamos, pues, que la psicología

de la percep­

estar completa, deber ser distribuida entre

las tres disciplinas de la psicología específica, la psico­ logía diferencial y la psicología colectiva, de manera que pueda determinarse en ella lo que varía con los grupos y las civilizaciones y pueda ser, así, delimitada exacta­

mente el campo de lo que las psicologías específica e individual tienen como objeto de exploración.

ción,

para

Capítulo segundo

LA

MEMORIA

La memoria histórica, estudiada por Nogué en un

artículo de la Revista filosófica, y así nombrada porque nos suministra un conocimiento ordenado de nuestro pasado, análogo al que tenemos de las vidas de Luis XIV o de Napoleón, aparece como exclusivamente pro­

pia del

superiores, incluso los domésticos, sepan ni con mucho su propia historia como nosotros sabemos la nuestra. Su comportamiento testimonia que poseen hábitos ca­ paces de imitar en ocasiones los recuerdos; pero eso no permite atribuirles recuerdos propiamente dichos. La existencia de esta memoria histórica en el hom­ bre es el origen de un prejuicio que no se formula volun­ tariamente, ya que se revela incompatible con la reali­ dad tan pronto como se formula, en el que las especu­ laciones bergsonianas e incluso psicoanalíticas sobi’e la conservación integral del pasado en el inconsciente po­ nen tal vez una parte de su seducción, y el cual, en la práctica, determina obscuramente una parte de nues­ tra conducta. En la vida social, igual que en nuestra

hombre. No parece que los

animales llamados

143

vida íntima, tendemos a comportarnos como si todo hoijjtifg bre tuviese, por medio de su memoria, el conjunto de su pasado a su disposición, como si nosotros debiéra- < - mos poder en todo tiempo dar cuenta a otro o a nos­ otros mismos de todo lo que nos ha sucedido, de todos los acontecimientos en los cuales hemos tomado parte o ante, los cuales liemos sido meros espectadores. La prue­ ba de ello la tenemos en los procedimientos judiciales:

.

el juez no vacila en exigir del acusado e incluso de los testigos que recuerden exactamente, en períodos de se­ manas, meses o años, lo que han hecho, dicho, visto u oí- do. También la tenemos en esa especie de desasosiego y de molestia que experimentamos al no poder evocar un recuerdo por insignificante que sea, no solamente cuan- . do tenemos necesidad de él, sino también cuando no nos sirve de nada, cuando es puro objeto de lujo mental; y sentimos siempre alguna humillación cuando vemos sur­

podemos

aplicar su nombre. El olvido de nombres propios es una experiencia tan banal que deberíamos tomar sobre ella una resolución: no es solamente la lista de las musas la que no conseguimos recordar, sino también la de nues­ tros camaradas de clase o la de nuestros compañeros de pelotón. Es evidente que la mayor parte de nosotros no recuerda nada, en el pleno sentido del término, de lo que ha hecho el 12 de julio último a las 9 horas de la noche. De lo único que somos capaces en semejante ca­ so es de reconstituir, por medio de una serie de retazos, que examinaremos más de cerca, con una aproximación muy variable, lo que verosímilmente habíamos podido o debido hacer en el preciso momento considerado.

gir de nuestro pasado un rostro

al

cual

no

En todo caso, vista la importancia de la memoria his­ tórica, tal como Halwachs lo ha probado muy bien en

su obra capital sobre Los marcos sociales de la memoria,

144

el punto capital por dilucidar en el estudio de los fenó­ menos mnésicos son los caracteres y las condiciones de esos recuerdos precisos, determinados, localizados y fe­ chados, relativos a acontecimientos que sólo tienen lu­ gar una vez y no son jamás íntegramente reproducidos. Recuerdos constantemente experimentados y que nos pa­ recen tan naturales, tan consubstanciales, por así decir­ lo, con nuestro ser mental, que tendemos a exagerar en ellos la frecuencia y la permanente posibilidad. Estos recuerdos precisos y determinados, que constituyen loa recuerdos en el pleno sentido del término y que, en con­ secuencia, llamaremos en adelante recuerdos propiamen­ te dichos, se engloban para cada uno de nosotros en un pasado personal que nos da la impresión de ser a la vez continuo y ordenado. Sin embargo, por una muy extra­ ña paradoja, esta impresión, impuesta a nosotros con la fuerza inquebrantable de una certidumbre intangi­ ble, es refutada sin cesar por la experiencia cada vez que quiere fundamentarse en ella. Nos es prácticamente imposible volver a recorrer íntegramente un momento cualquiera de nuestro pasado —jornada de ayer o mo­ mento que acaba de transcurrir—, volver a recomponer todos los menudos acontecimientos que lo han llenado, volver a situar los unos en relación con los otros con una exactitud rigurosa. El orden del mundo quiere que yo me haya calzado esta mañana, puesto que tengo ahora mis zapatos en mis pies, y qiie me haya puesto mi cor­ bata antes que mis puños postizos o mis puños postizos antes que mi corbata. Pero mi memoria no me dice nada sobre ello: yo no me acuerdo ni de haberme calzado ni de haberme puesto antes o después mi corbata o mis pu­ ños. De esta manera, entregados a nosotros mismos, ayu­ dados solamente con lo que nuestra memoria tiene de nosotros, sólo podemos obtener de nuestro pasado una

145

imagen fragmentaria, en la que los acontecimientos se desparramarían en intervalos mal determinados y en un orden incierto. Así, pues, desde el principio parece evidente que esta certidumbre de la continuidad y de la irreversibilidad de nuestro pasado que señalábamos en nosotros hace un instante, no podemos obtenerla de nosotros mismos y por nuestra propia y directa expe­ riencia, que la invalida a cada paso. Nuestros recuerdos se sitúan en un marco que ellos solos son impotentes para completar.

No es nuestra memoria propiamente personal la que proporciona a nuestro pasado la consistencia, la con­ tinuidad, la objetividad, en una palabra, que lo caracte­ riza a nuestros propios ojos. Vamos a intentar probar que esas circunstancias se deben a la intervención de factores sociales, a la perpetua referencia de nuestra ex­ periencia individual a la experiencia común a todos los miembros de nuestro grupo, a su inserción en marcos colectivos a los que se reportan los acontecimientos a medida que son producidos, a los que continúan adheri­ dos una vez desaparecidos y en el seno de los cuales efectuamos, no solamente la localización, sino también el recuerdo.

No es evidente a primera vista, como ha pretendido Durkheim, que la noción de tiempo homogéneo sea de origen social, y preocupados aquí, en estos tanteos pre­ liminares, de no apoyarnos sino sobre la evidencia, no nos aplicaremos a la consideración de este problema. Mas es evidente, en cambio, que todos los sistemas cro­ nológicos utilizados en un momento cualquiera de la evolución humana para medir el tiempo homogéneo son instituciones sociales. El establecimiento de los calen­ darios, la determinación del punto de partida de una cro­ nología, primera Olimpíada, Fundación de Roma, Naci­

146

miento de Cristo, huida de Mahorna, son otras tantas con­ venciones arbitrarias, universalmentc aceptadas por pla­ zos más o menos largos y por grupos más o menos gran­ des. Todo sistema cronológico, una vez adoptado es ca­ paz de abarcar el conjunto del pasado y del porvenir. No hay día, por lejano que se encuentre en el pretérito o en el futuro, al cual no pueda fijar su fecha nuestro calendario gregoriano. Podemos muy bien pensar en el 30 de septiembre del año 2394S6 antes o después de Je­ sucristo, y aunque seamos impotentes para imaginar lo que ha sucedido o sucederá en ambas fechas, estamos por lo menos seguros de que en ellas ha pasado o pasa­

rá alguna cosa en alguna parte. El espacio temporal así

medido por nuestros sistemas cronológicos viene a ser para nosotros el receptáculo de acontecimientos a la vez pasados o futuros, de los que no sabemos absolutamente

nada, o de acontecimientos sobre los que sabemos más

o

menos precisamente que han tenido o tendrán lugar,

y

de los cuales unos nos son indiferentes mientras que

otros, por el contrario, nos afectan diversamente, ya por­ que interesen a nuestro grupo, ya porque hayan tenido

a nuestros padres o deban tener a nuestros hijos como

actores o como testigos, o de acontecimientos, en fin, que son propiamente nuestros porque nosotros hayamos estado o participado en ellos. En el seno de la inmensi­ dad impersonal del espacio temporal, los incidentes de nuestra vida individual se disponen como otros tantos puntos que no difieren de los otros sino por su situación. El matrimonio de Napoleón pertenece a su biografía y también a la historia. Nuestro propio matrimonio sólo pertenece en el fondo a nuestra propia biografía; pero si es cierto que no pertenece a la historia, ni para la ma­ yoría de nuestros contemporáneos, ni para el conjunto

147

de la posteridad, no por eso deja de pertenecer a nos­ otros y a nuestros amigos, pues para ellos y para nos­ otros tiene su fecha, que no puede ser enunciada de dis­ tinta manera para un emperador y para un simple ciu­ dadano. De esa manera, nuestra biografía se introduce | en la historia del mundo y de la humanidad, localizando como ella los incidentes de los cuales está compuesta en el mismo medio anónimo y fundiéndose con ella a ese respecto.

Por otra parte, nuestra existencia, como todo lo que se desenvuelve en el tiempo, se encuentra dividida en par­ tes : años, meses, días, horas, minutos. Ahora bien, tenien­ do en cuenta nuestra sola experiencia personal, experi­ mentamos no solamente, como ya hemos visto, que el or­ den de sucesión de estas partes no persiste rigurosamente en nuestra memoria, y que ciertas de entre ellas están para nosotros vacías de todo, recuerdo, sino también que los años pasan más aprisa a medida que envejecemos, que hay días fugaces como relámpagos y minutos intermina­ bles. Si escuchamos aquí nuestro sentimiento y si no nos convencemos, por el contrario, de que años, horas y minutos son iguales entre sí, como lo son los días y los meses, que estas subdivisiones del tiempo se suceden en un orden irreversible y que todas han sido necesariamen­ te vividas por nosotros con la misma velocidad e igual consistencia impersonales, cualesquiera que sean los re­ cuerdos que ulteriormente las lleven, si no hacemos eso es que dejamos de someter nuestra experiencia personal a la experiencia colectiva, es que no nos inclinamos ante la autoridad del sistema cronológico en vigor en nuestro grupo, cuya continuidad objetiva comprende la de nues­

tro

iguales de nuestra vida, habiendo sido necesariamente

pasado

e implica,

en consecuencia, que

fracciones

148

vividas, hayan sido todas por igual el receptáculo de acontecimientos y se encuentren, por ende, igualmente

pletóricas de recuerdos virtuales. Fijamos en el curso de nuestra existencia cierto nú­ mero de fechas. Unas son relativas a acontecimientos que interesan a nuestro grupo; las otras se refieren a acon­ tecimientos que sólo nos interesan a nosotros. El núme­ ro de las primeras varía para cada uno, según la impor­ tancia de los acontecimientos políticos contemporáneos y del interés que en ellos se tenga. Estas fechas, proce­ dentes de la historia, nos sirven en su totalidad de pun­ tos de referencia para situar el detalle de nuestro pasa­ do ; pero algunas de entre ellas, por la profundidad de su repercusión en nuestras vidas, dejan una grieta tan honda entre lo que fuimos antes y lo que hemos sido después, que un primer golpe de vista basta para re­ conocer si un acontecimiento de nuestro pasado es an­ terior o posterior a ellas: tales, por ejemplo, el 2 de agosto de 1941 y el 11 de noviembre de 1918 (1). En lo que concierne a los incidentes y acontecimientos de nues­ tra propia vida, como sabemos siempre en qué día nos en­ contramos, se fechan maquinalmente a medida que se viven, aunque la mayor parte olvidan su fecha casi en seguida o, cuando menos, muy rápidamente: raramente guardamos más de una semana el recuerdo de nuestra última comida fuera de casa. Sólo o casi sólo escapa a este olvido la fecha de los acontecimientos que tienen una significación y un valor sociales. Así es como sabe­ mos más o menos exáctamente la fecha de nuestra pri­ mera comunión, la de nuestro servicio militar, la de nuestra boda o las de los exámenes o concursos en los

(1)

Fechas en que dió comienzo y

dial.— N. del T.

149

fin la píimera Guerra Mun­

que hayamos tomado parte.

acontecimientos políticos

Ya

se trate de

fechas de

acon­

tecimientos sociales importantes en nuestra vida, con­ servamos su recuerdo de la misma manera y por el mis­ mo mecanismo. La importancia de un acontecimiento político hace que lo recordemos a menudo y repitamos su fecha. De igual manera nos encontramos constantemente invitados a proporcionar las fechas de nuestro matri­ monio, de nuestro servicio militar o de nuestra promo­ ción. Tanto en un caso como en otro acabamos por apren­ der y saber esas fechas de memoria, exactamente como las de los acontecimientos propiamente históricos que pertenecen a un pasado más o menos lejano. Sabemos las fechas históricas, más que por haberlas vivido o ha­ ber sido contemporáneos de ellas, por la importancia con que han sido consagradas por nuestro medio, im­ portancia que ha hecho que las fijemos definitivamente en nuestra memoria. Nada más característico a este res­ pecto que la fecha de nuestro nacimiento: es la que co­ nocemos mejor entre todas las de nuestra biografía, sin que sea obstáculo para ello el que no tengamos de nuestro nacimiento absolutamente ningún recuerdo, cir­ cunstancia ésta que hace más bien de ella un aconteci­ miento histórico que personal. En fin de cuentas, lo esencial aquí es la manera cómo sabemos la fecha de nuestro matrimonio, la del armisticio, la de nuestro na­ cimiento o la de Waterloo, prácticamente identificadas para nosotros; y lo que determina la elección de estas fechas entre todas, por relación a los acontecimientos a que se refieren, es siempre la importancia que la colec­ tividad les atribuye y que nos invita o nos obliga a atri­ buirles con ella.

contemporáneos, ya de

Por otra parte,

como ya hemos comenzado

a indi­

car, nuestra vida se encuentra incesantemente mezclada

150

con la vida de nuestro grupo, sin que por eso tengamos que tomar una participación directa, por medio de las conversaciones y la lectura de los periódicos qué nos mantienen más o menos informados. Así se establece pa­ ra nosotros una especie de paralelismo entre la exis­ tencia de la ciudad o del Estado y nuestra propia exis­ tencia, de tal manera que tales acontecimientos de la se­ gunda responden a tales acontecimientos de la primera. Es en vano no haber sido testigos de estos últimos, no conocerlos sino de oídas, como conocemos la historia de Roma o de Grecia (las memorias más sinceras que co­ nozco, las de Elíseo Reclus, relatan ante todo, no lo que él ha visto, sino lo que ha leído en los diarios) ; como estos acontecimientos que interesan a todo el grupo re­ tienen de golpe la atención de todos los individuos que lo componen; como aunque no hayamos sabido recor­ dar su fecha nos es particularmente fácil averiguarla, ya por nuestro propio esfuerzo, ya acudiendo al esfuer­ zo de otro, estos acontecimientos, repetimos, llegan a ser los centros y puntos de referencia de nuestros recuerdos concretos. Yo concurrí a un concurso general de física un lunes del verano de 1894, y lo sé porque el presiden­ te Sadi Carnot fué asesinado en un domingo de ese año, y mi asistencia al concurso general fué al día siguiente. Para saber el mes y la fecha me basta consultar un dic­ cionario. No sabría, no podría recordar todo esto si el presidente Carnot no hubiese sido precisamente asesina­ do aquel domingo. Buen número de nuestros recuerdos se sitúan, así, en nuestro pasado, gracias a la adheren­ cia que los hechos correspondientes han contraído, a su hora, con acontecimientos políticos contemporáneos; y hay motivos para pensar que si nuestro grupo no hubie­ se tenido historia, o si nosotros ignorásemos todo en esa

151

historia, nuestra biografía perdería para nosotros mu­ cho de su nitidez.

Finalmente, existe todo un conjunto de esquemas empíricos, procedentes en nosotros de las condiciones y las exigencias de la vida social, que contribuyen a ase­ gurar el juego de nuestra actividad mental, en general, y de nuestra memoria, en particular. Hay tipos de exis­ tencia que varían de grupo a grupo, pero que, en el seno de cada grupo, conservan cierta estabilidad. En la ac­ tualidad nos basta saber que alguien es campesino, obre­ ro, comerciante o politécnico, para poder afirmar gran cantidad dé cosas sobre su instrucción, su educación, sus costumbres; sobre lo que ha sido sin duda su pasado y sobre lo que será probablemente su porvenir. Un antiguo politécnico es casi siempre oficial, ingeniero o indus­ trial; es muy raro que sea médico o cartujo y muy ex­ cepcional que sea presidiario. De igual manera, las cos­ tumbres, los usos, los reglamentos de policía hacen que exista, para los contactos de las personas entre ellas y de las personas con las cosas, una manera normal de conducirse en la calle, en el comedor, en el teatro, en el campo. Tales esquemas, cuya relación con la vida so­ cial es tan evidente, jalonan las rutas de la memoria en todas direcciones. Ni uno solo de nuestros recuerdos es­ capa a su acción, ya sea en confirmación de la regla, consistiendo entonces menos en un retorno de lo que ha sido que en la comprobación de esa confoi'midad y en la reconstitución sistemática de lo que ha sido en fun­ ción de la conformidad misma, ya sea, por el contrario, como excepción de la regla, consistiendo entonces su nitidez en la excepcionalidad misma: de las últimas ve­ ladas a que asistí en el Francés me acuerdo, sobre todo, de que la sala se encontraba como la he visto siempre;

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pero de las veces que he entrado en tal o cual café del loulevard recuerdo precisamente una en que un desco­ nocido, sentado en una mesa vecina, infringió inopina­ damente la costumbre de morir en la cama. Ahora bien, los sistemas cronológicos, los hechos de la historia del grupo, los esquemas empíricos que con­ tribuyen a preíisar la figuración que nuestra memoria nos proporciona de nuestro pasado, ofrecen igualmente

el triple carácter, propio a toda noción colectiva, de ser

comunes a todos en el seno del grupo, de no deber su ori­ gen a la iniciativa siempre renovada de los individuos,

y de ser tomados y recibidos por ellos de su medio. Sa­

bemos que tras los términos a los cuales se ciñen nues­

tras descripciones no hay siempre necesariamente cosas y que la memoria, incluso en el individuo, no es más que una frase que resume todo un conjunto de comporta­ mientos, una función, si se quiere, suponiendo que una función no sea simplemente una metáfora cuando se ig­ nora de ella el órgano o el agente. Teniendo en cuenta estas reservas, y después de lo que dejamos dicho, ¿no sería posible reconocer al grupo, como quiere Halbwa- chs, una especie de memoria, dotada de procedimientos mnésicos, que en su inmensa mayoría los individuos son incapaces de inventar por sí mismos, y rica de una ex­ periencia a la amplitud de la cual ninguna experiencia individual puede alcanzar; memoria colectiva que cons­ tituye el medio del que nuestra memoria personal toma

su

bre el cual han de apoyarse los recuerdos propiamente

continuidad y

su

consistencia; terreno

estable so­

dichos para cobrar fuerzas y vida? Por otra parte, estos recuerdos propiamente dichos son en su conjunto menos personales de lo que a pri­ mera vista parece. Rara vez los encontramos en el aisla­ miento y la soledad. Generalmente, nuestra vida se en-

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cuentra mezclada a las de los que nos rodean, padres

amigos,

camaradas,

superiores, inferiores,

relaciones e

incluso encuentros ocasionales. Está hecha de relacio­ nes materiales y, más aún, morales. Cuando nos encon­ tramos aislados nuestra soledad es, en efecto, mucho más aparente que real, pues nuestras reflexiones o nuestros pensamientos nos mantienen siempre en contacto con un medio humano real o ficticio debido a nuestro con­ torno presente o a cualquiera de nuestros contornos pasados, o bien creado sobre la marcha al grado de nues­ tras fantasías. Por una consecuencia natural, nuestros recuerdos están relacionados ante todo con situaciones en las cuales han tenido intervención otros hombres más o menos cercanos a nosotros. Esos recuerdos nos relacionan, pues, siempre con un grupo definido, con un momento definido de su existencia y de su organización:

son, por ejemplo, recuerdos de familia, de colegio, de uni­ versidad, de ejercicio profesional, incluso de viaje, si viajar no es, en cierto modo, escapar momentáneamente al medio habitual para ir a engrosar, por fugitivamente que ello sea, otros grupos nuevos y diversos. Como tales, es excepcional que estos recuerdos nos sean exclusiva-, mente propios: generalmente nos son comunes con pa­ dres, amigos, camaradas, viajeros, no solamente de de­ recho, sino de hecho. Hay que tener en cuenta que de la existencia compartida con nosotros, los interesados en ella retienen en general los mismos hechos y conservan, por consiguiente, los mismos recuerdos. Por ejemplo, el de los dos Tharaud que pasó por la Escuela Normal ha reunido en Nuestro querido Péguy todo un conjunto de recuerdos relativos a la vida normalista, tal como era alrededor de 1897. Si sus camaradas nos comunicaran a su vez sus recuerdos sobre la misma época, podrían no

abrigar sobre los hombres y las cosas los mismos senti­

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mientos que él, pero sus relatos serían materialmente po­ co más o menos idénticos al suyo. El hecho de asistir a los mismos acontecimientos, de frecuentar los mismos hombres, de contrastar en torno a esos hombres, ya esos acontecimientos, ya sus entusiasmos y sus cóleras, obli­ ga a los individuos a seleccionar de concierto su expe­ riencia común, volviendo sin cesar sobre los mismos pun­ tos, impregnando en ellos sus corazones y sus inteligen­ cias, aprendiendo así de memoria los unos de los otros los temas esquemáticos cuyo conjunto representará des­ pués para cada uno de ellos el período correspondiente

en el que todos, al evocarlo, se harán la

de

ilusión de hallar otros tantos recuerdos personales. Así, por una parte, es excepcional que seamos solos a guardar el recuerdo de un acontecimiento, siendo lo co­ rriente, por el contrario, que seamos muchos los intere­ sados en su conservación; lo propio de los recuerdos es el ser comunes a un grupo más o menos limitado. Por otra parte, los recuerdos que más asaltan nuestro espí­ ritu son los recuerdos más generalmente tenidos, los recuerdos de los cuales hemos adquirido la costumbre a fuerza de repetirlos y cuya utilización ha llegado a sernos maquinal, automática, por decirlo así, tan pron­ to como las circunstancias los hacen suyos y nos sirven, por ejemplo, para caracterizar un período de nuestro pasado o justificar una aserción. Los recuerdos exclu­ sivamente personales, en los que se encuentre evocado por primera y última vez un acontecimiento único, son

realmente rarísimos. Además de que, ¿cuáles son de tales recuerdos los

que constituyen cosas radicalmente individuales? A pe­ sar de las apariencias, parece que ninguno. Por una par­ te, por brusco que sea el asalto a la memoria del re­

su vida y

cuerdo

de un acontecimiento en el cual sólo nosotros

hayamos sido testigos o actores y haya permanecido has­ ta entonces arrinconado en el olvido, este recuerdo apa­ rece de golpe subjetivamente fechado en el sentido de la zambullida que más o menos hacemos con él hacia atrás; pero este sentimiento de lejanía no se contenta, para espíritus como los nuestros, con la apreciación cro­ nológica de la lejanía misma, en la que vemos una es­ pecie de prefiguración insuficiente. En tal caso, senti­ mos la impaciencia de precisar la fecha efectiva del acon­ tecimiento de modo que podamos verificar objetivamen­ te la impresión del retroceso, y si no logramos locali­ zar así nuestro recuerdo, el recuerdo se nos aparece co­ mo algo incompleto, confuso e irritante. Así, pues, fe­ char un recuerdo para completarlo es situarlo en el marco cronológico impersonal utilizado por el grupo y descubrir las adherencias que el acontecimiento corres­ pondiente ha contraído, a su hora, con los otros aconte­ cimientos susceptibles de proporcionar su situación en el tiempo y que interesan más o menos a la vida del gru­ po. De esa manera, siempre que hallemos su fecha, y no podemos obrar de otro modo que buscándola, los re­ cuerdos más personales en apariencia se nos revelan pe­ netrados por la experiencia colectiva. Por otra parte, el acontecimiento del cual nos acordamos puede, en efecto, haber sido único, más así y todo no habremos dejado de percibirlo con el auxilio de esos marcos genéricos co­ lectivos que hemos estudiado en el capítulo precedente y con respecto a los cuales han sido ordenados y clasi­ ficados los detalles. No hay paisaje en el mundo seme­ jante exactamente al que contemplamos tal día, a la vuelta de tal sendero; pero todos los paisajes, no obs­ tante, están compuestos de cielo, de tierra y de aguas, de arena, de roquedos, de cañadas, de montañas y de lla­ nuras, de bosques, de praderas y de landas, de árboles y

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de plantas, de casas y de cabañas, de hombres y de ani­ males. En presencia de todo paisaje, nuestros ojos, al mismo tiempo que abarcan el conjunto, notan, recono­ cen, denominan, por decirlo así, los elementos familia­ res de que está formado. Paralelamente, en nuestros re­ cuerdos intervienen objetos y personas que han figurado en otras ocasiones de nuestro pasado y que los desbor­ dan, por consiguiente, por todos lados. Como su percep­ ción, el recuerdo es un acontecimiento constituido por un conjunto único, pero con un gran número de detalles que le son comunes con otras de nuestras percepciones y de nuestros recuerdos. Todo recuerdo, como la percep­ ción que él supone, es un conjunto, una agrupación ori­ ginal de imágenes esquemáticas, representativas de tal tipo de individuos o de tal individuo en particular; es­ pecie de fichas de conocimiento, grabadas en nosotros, como hemos visto, en el rincón de la colectividad. Un conjunto tal de consideraciones nos coloca en el trance, si no de aceptar, al menos de comprender la po­ sición adoptada por Halbwaehs para definir la naturale­ za del recuerdo. Según él, nuestros recuerdos persona­

les, en la precisión de sus detalles y de su fecha, no se conservan almacenados en cualquier sitio para reapare­ cer tales como son en la conciencia. En realidad, para acordarnos partimos de nociones y de conocimientos co­ munes a los grupos a los cuales pertenecemos o hemos

pertenecido, -de

asegurados por esos grupos, a fin de reencontrar lo que hemos sido o lo que hemos hecho o visto, operación que se realiza en el seno de los marcos sociales por medio de una conjunción original de conocimientos y de nocio­ nes colectivas. Nuestros recuerdos no son reproduccio­ nes, sino reconstituciones y reconstrucciones del pasado en función de la experiencia y de la lógica colectivas

marcos

experimentales

establecidos

y

Cada uno de los acontecimientos de nuestra vida, y co_ rrelativamente la evocación que de ellos hagamos, está implícitamente contenido en la noción del medio en don­ de ha tenido lugar: se desarrolla en cierto modo con su. jeción a condiciones que la colectividad ha reconocido y definido. La experiencia pasada, como la experiencia presente, se consigue a través de los marcos y de las no­ ciones que nos han sido suministrados por la colectivi­ dad. Como la percepción genérica, el recuerdo propia­ mente dicho es el acto de una inteligencia socializada que opera sobre datos colectivos.

La tesis de Halbwachs conduce a dos afirmaciones

reproducción, sino

una reconstrucción del pasado; esta reconstrucción se realiza por medios que debemos a la vida en común. La primera de estas afirmaciones coincide con la opinión de filósofos poco sospechosos de fanatismo sociológico. “Es indudable, nos dice Brunschvicg, que cuando re­ nunciamos a la acción para retornar hacia lo que ha sido, parece como si adoptásemos una actitud inversa que restablecerá la primacía de la representación, ofre­ ciéndonos nuestro pasado bajo la forma de un cuadro que sería objeto de intuición. Pero esto no es absoluta­ mente cierto sino por la inconsistencia y débil duración adheridas en cierto modo a la actualidad de mi concien­ cia presente. Más allá, y aparte de los hechos excepcio­

nales que han alcanzado, en razón de nuestros intere­

ses y

esenciales:

el

recuerdo

es,

no una

de nuestras emociones, importancia de aconteci­

mientos históricos, la memoria nos abandonaría veloz­ mente si no fuese más que conmemoración pasiva. En realidad, se acompaña de un trabajo retrospectivo de organización, para el cual, tanto como para la sistema­ tización del porvenir en vista de la acción, aparecen, tensos y laboriosos, todos los resortes de la actividad

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i intelectual” . Precisando aun más el concepto, el mismo autor añade: “ Somos nuestro propio juez de instrucción; y cuando creemos limitarnos a interrogar nuestro pa­ sado, completamos la respuesta y nos lo reconstruimos” . Hasta llegar, por fin, a la fórmula por medio de la cual Poincaré explicaba nuestra manera de conocer no sólo nuestra propia historia, sino la del universo: “Adivina­ mos el pasado como adivinamos el porvenir” . Pero, además, en sus dos partes, la tesis de Halb- wachs encuentra en la evidencia de ciertos hechos un

apoyo por demás impresionante. Es evidente, en primer término, que nuestros recuer­ dos varían, se acentúan, se transforman o desaparecen según los grupos a los cuales pertenecemos sucesiva­ mente. Mientras vivimos en el seno de un grupo, nues­

tras pasiones, nuestros intereses nos obligan a mante­ ner frescos en nuestro espíritu los hechos de su vida, de

la vida de sus miembros y de la nuestra, y a evocarlos

oportunamente y con pleno conocimiento: el olvido de ellos podría acarrearnos, en nuestras actividades socia­

les, profesionales o mundanas, las peores consecuencias

y hacernos pasar bien pronto por incapaces o torpes.

Una vez abandonado el grupo, comenzamos a desemba­ razarnos del conjunto de recuerdos que se habían consti­ tuido en nosotros a su uso, y la velocidad con la cual nos desembarazamos de ellos es inversamente propor­ cional al tiempo durante el cual hemos formado parte del grupo: los que durante la guerra han sido traídos y llevados de formación en formación saben bien lo que ésto significa. El encuentro con un antiguo camarada “refresca” por un instante los recuerdos correspondien­ tes al período vivido en común y al grupo del que am­ bos hemos formado parte, hasta el día en que el instante en que hemos pertenecido al grupo está tan lejano, o

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nuestro apartamiento por lo que a él se refiere es tan absoluto, lia sido consagrado por un olvido tan durable, que los rostros otrora familiares no nos dicen exacta­ mente nada. La desgracia aquí consiste en que esta des­ aparición radical de los recuerdos no se prodnce en to­ dos los interesados con un exacto sincronismo y que muchas personas, de las cuales no recordamos nada, se obstinan desesperadamente en reconocernos. Incluso cuando nuestros recuerdos subsisten sucede con fre­ cuencia que la experiencia adquirida y los medios por los cuales hemos atravesado los modifican y los trans­ forman de modo más o menos perceptible. El profesor conserva, en general, de su vida de estudiante un re­ cuerdo totalmente doctoral. La laudatio temporis acti que implica una transformación semejante es impuesta a los ancianos y a veces también a los hombres madu­ ros, menos por la edad que por la dificultad creciente que experimentan ante la comprensión de las nuevas condiciones sociales, de orden material o moral, a laa que las generaciones que les siguen se adaptan natural­ mente porque no han conocido otras. La riqueza, la pre­ cisión de nuestros recuerdos parece ser obra, al menos en parte, del ambiente colectivo en el cual vivimos y, a tra­ vés de él, de los ambientes colectivos en los cuales he­ mos vivido anteriormente y cuya influencia permanece tanto más marcada cuando fué más durable y más pe­ netrante.

Tampoco es menos evidente que lo mismo que a me­ nudo nos asaltan recuerdos sobre los cuales nos esfor­ zamos en precisar su fecha, es frecuente también el ca­ so de que partamos de una fecha para evocar los recuer­ dos relacionados con ella. Son dos modos distintos del espíritu que presentan por igual una utilidad práctica. Constantemente tenemos necesidad de saber cuándo he­

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mos visto, dicho o hecho tal cosa; pero también es co­ rriente el que tengamos precisión de saber qué cosa he­ mos visto, dicho o hecho en tal o cual momento. Ahora bien, para preguntarnos qué hacíamos nosotros en 1925, en mayo último o el domingo hizo quince días, nos es absolutamente necesario conocer el mecanismo y poseer el manejo del sistema cronológico donde están compren­ didos los domingos, los meses de mayo y los años a par­ tir de Jesucristo. Este tipo de cuestiones, que nos es tan familiar, no sería directamente inteligible para un hom­ bre que no dispusiera del mismo sistema cronológico. Sería radicalmente ininteligible para el que no dispu­ siera de ninguno al que poder referir la transposición indispensable. Esta comprobación es doblemente intere­ sante. En primer lugar, no procedemos aquí del recuer­ do a su fecha y del cuadro al marco, sino de la fecha al recuerdo y del marco al cuadro. No evocamos el recuer­ do sino por llenar el marco, y no tendríamos práctica­ mente recuerdo si no hubiese marco que llenar con él. La existencia del marco es, pues, la primera condición efi­ caz del recuerdo. En segundo lugar, es evidente que el marco no es obra de nuestra experiencia personal, sino de la experiencia colectiva. Por espontánea y natural que nos parezca, por habitual que nos sea, la manera co­ mo nuestra memoria procede en semejante caso implica, en efecto, la intervención necesaria de la colectividad, ya que ni siquiera sería concebible si no tuviéramos co­ nocimiento, tomado del medio que nos rodea, de los días de la semana, los meses y la sucesión de los años. Por otra parte, es también evidente que el conoci­ miento que tenemos de nuestro pasado está hecho, a la vez, de recuerdos propiamente dichos y de lo que pode­ mos denominar conocimientos. Entre estos conocimientos comprendemos, en primer

161

término, la noción de los hechos de interés para nuestra familia, nuestros amigos, nuestras relaciones, nuestros conciudadanos, nuestro grupo, acaecidos durante nues­ tra vida, sin que por ello hayamos sido ni sus agentes ni sus testigos, y los cuales han llegado hasta nosotros a través de conversaciones o de lecturas, inmediatamente

de sucedidos o después de algún tiempo.

Cuando más

interesantes hayan sido los acontecimientos para nues­ tro medio, más han resonado en él y suscitado emocio­ nes. La incorporación a nuestra propia historia arranca del hecho de esa resonancia, en proporción a las emocio­ nes suscitadas y cuyo recuerdo permanecerá en lo suce­ sivo adherido a nosotros. No existen hiatos en nuestra conciencia entre lo que hemos visto y oído por nosotros mismos y lo que solamente sabemos haber sido visto y oído. De esa manera, nuestra existencia personal des­ borda en el espacio el marco que le ha sido estrictamen­ te asignado. También lo desborda en el tiempo. Los fu­ nerales de Luis XIV pertenecen para mí a un pasado que sé perfectamente que no es el mío. Pero el retorno de las cenizas de Napoleón, hecho también anterior a mi nacimiento, me ha sido en mi infancia tántas veces con­ tado por mi padre que ya no le sitúo en el mismo pasa­ do: el conocimiento que tengo de él y que debo a los re­ cuerdos de mi padre ha conservado algo de su calor. Al­ gunos dementes seniles, que no verifican las correcciones de que yo soy aún capaz, reproducen como recuerdos personales el relato de acontecimientos a los cuales, ha­ bida consideración de las fechas, sólo sus padres pudie­ ron asistir.

Mas entre los objetos de nuestros conocimientos, los más interesantes para nosotros son tal vez los hechos

que han

pertenecido

a nuestra propia

experiencia,

de

los

cuales

hemos

adquirido

personal

conocimiento,

de

162

los que hemos sido actores o testigos; pero de los que no sabemos sino que han tenido lugar porque es necesa­ rio, empíricamente, lógicamente, que hayan tenido lu­ gar en efecto. La experiencia, el buen sentido exigen que, desde el instante en que he cursado mis estudios en ei liceo haya ido al liceo una primera vez. Admito, pues, mejor dicho, sé, pues, que hubo un día en que fui al li­ ceo por primera vez. Mas lo cierto es que de esta primera vez que fui al liceo no he conservado absolutamente nin­ gún recuerdo. Solamente, a fuerza de frecuentar, más tarde, el liceo, he acabado por saber de memoria la ma­ nera como está construido y distribuido, el detalle de su disciplina, los nombres y los rostros de mis profeso­ res y mis camaradas; y he dicho saber de memoria por­ que no son éstos recuerdos propiamente dichos, sino acumulaciones de experiencias que se refieren a un perío­ do determinado de mi vida y no a sus momentos suce­ sivos. También he tenido ocasión de leer cuales son ha­ bitualmente los sentimientos de un niño el día en que llega por vez primera al liceo. Dispongo, pues, de todos los elementos necesarios para operar de mi primera jor­ nada en el liceo una reconstitución plausible, verosímil, hacia la cual me sentiré inclinado como si fuera autén­ tica, ya que ella no chocará ni con mi propia experiencia ni con la experiencia común. El saber abstracto del cual he partido, la noción que se me imponía lógicamente, consistente en la certeza de haber asistido una primera vez al liceo, agrandada por todos los conocimientos que la experiencia me permite y me impulsa a relacionar con ella, acabará por adoptar a los ojos de mi concien­

cia figura de recuerdo. Salta a la vista que el conocimiento que tenemos de nuestro pasado está hecho, en efecto, de la mescolanza

163

de tales conocimientos y

de recuerdos propiamente di-í

chos. De los diez años pasados en el liceo conservo un amasijo de recuerdos discretos, evoco gran número de escenas dispersas en las cuales mis camaradas y yo he­ mos tomado parte. Mas al ordenar estos recuerdos y es­ tas escenas se echa de ver que no son .suficientes para llenar diez años, que se suceden con intervalos más o menos cerrados, que no hay, en general, entre ellos con­ tinuidad ni empírica ni lógica. Si entre los momentos- así directamente conocidos de mi vida de liceo interpolo, en efecto, toda una serie de momentos más o menos fá* ciles de reconstituir, que aseguren a los precedentes la continuidad de cuya falta adolecen, es porque sé que he pasado diez años en el liceo, y si lo sé es gracias me­ nos a mi experiencia personal, ya que ella sólo me pro­ porciona el conjunto de recuerdos dispersos de que aca­

bo de hablar, que a esta regla empírica, impuesta tanto a la experiencia de otro cuanto a la mía, y que determi­ na que cuando una masa de recuerdos se refiere a los mismos lugares, ocupa una parte más o menos extensa de nuestra vida, es señal de que hemos pasado en tales lugares ese período entero de nuestra vida y, en el caso particular, que si entre los recuerdos de sus diez a sus dieciocho años un hombre posee una serie de recuerdos relacionados con intervalos más o menos regulares a un mismo establecimiento escolar, es señal de que ha hecho allí sus estudios.

En la noción de nuestro pasado, la mezcla de los re­

de los conocimientos es

tan compacta, que en ciertos casos somos incapaces de reconocer si, en efecto, tenemos que habérnolas con cono­ cimientos o con recuerdos. Cuando en 1887, por ejem­ plo, el general Boulanger fué nombrado comandante del

cuerdos propiamente

dichos y

164

Cuerpo de Ejército de Clermont-Ferrand, una parte de la población parisina quiso oponerse a su partida, y en­ tre otras manifestaciones de esta voluntad, las casas de la calle de Lyon, que el general debía recorrer hasta llegar a la estación cuando abandonase París, apare­ cieron, desde el primero al último piso, cubiertas de car­ teles que proclamaban que no partiría. Yo recorrí en­

tonces esta calle dos veces por día para ir y venir al li­ ceo: por consiguiente, es humanamente seguro que vi, con mis propios ojos, esos carteles. Pero su existencia me es también conocida: en aquel momento, por los pe­ riódicos; más tarde, por mis lecturas. Así que, cuando me pregunto hoy sobre el particular, me es absoluta­ mente imposible determinar si es que me acuerdo, en efecto, de haberlos visto, o si es que solamente que han estado expuestos, de la misma manera que sé que durante el reinado de Francisco I hubo un Proceso de los Pasquines. Cuando pienso en esos carteles, ¿los veo realmente como mis ojos de niño los contemplaron sin duda, o es sólo que auxiliado por el conocimiento que tengo de la calle de Lyon y de la manera como tales car­ teles fueron hechos y expuestos, reconstituyo simple­ mente una visión en realidad completamente desvaneci­ da hoy en mi memoria propiamente dicha? En verdad que lo ignoro, tanto más cuanto más me interrogo.

Así,

pues, entre lo

que llamamos

nuestros

conoci­

mientos y nuestros recuerdos propiamente dichos no hay solución de continuidad, y nuestros conocimientos, al en­ tremezclarse, acaban por tener figura de recuerdos. ¿No es, entonces, tentador admitir que nuestros recuerdos propiamente dichos se reconstituyen igualmente a par­ tir de nuestros conocimientos? En el primer caso, cuan­ do los conocimientos vienen a convertirse en recuerdos,

165

el proceso mental sería acompañado de esfuerzo, sería más o menos voluntario y quedaría, por consiguiente, más o menos consciente de él mismo y de su propio ca­ rácter. En el segundo caso, cuando intervinieran recuer­ dos propiamente dichos, el proceso mental debería a su espontaneidad inmediata, a su automatismo, el descu­ brir a la conciencia el secreto de su progreso. Pero en uno y otro caso, el proceso mental sería el mismo, y es- ta identidad hallaría su confirmación en la imposibili­ dad radical en que nos encontramos a veces para reco­ nocer si el conocimiento que tenemos de nuestro pasado está compuesto de recuerdos propiamente dichos o de conocimientos organizados en recuerdos.

Veamos, por ejemplo, lo que sucede cuando me pre­ gunto que hacía yo en 1905. Me remito en seguida a uno

de esos datos biográfico-históricos que figurarán en mi esquela de defunción y que he acabado por saber de me­ moria y por tener siempre a mi disposición, tánto me

he

visto obligado a repetirla o escribirla: la fecha de

mi

tesis de medicina pasada en junio de 1906. Una vez

en posesión de esta señal, parto al descubrimiento de mi

pasado orientándome conforme a los hilos conductores que me proporcionan las reglas empíricas y sociales que necesariamente han determinado mi vida. Para pasar una tesis de medicina es preciso haberla escrito y he­ cho imprimir, es preciso haber sufrido ciertos exáme­ nes y cumplido determinadas condiciones. De este modo, si puedo llenar el año de 1905 de un número creciente de acontecimientos relacionados conmigo es porque sé que soy doctor en medicina, que pasé mi tesis en 1906 y que durante el año anterior mi vida no pudo ser sino un caso particular, un ejemplar de un tipo de existen­ cia común a millares de personas en todas las Faculta­ des de Francia, conforme a los reglamentos en vigor.

166

En estas condiciones viene a ver verosímil que, en

efecto, como quiere Halbwachs, nuestros recuerdos pro­

piamente dichos sean, no reproducciones

mientos de nuestra vida pasada, sino reconstituciones o reconstrucciones irrealizables al margen de la vida so­ cial. Pues tantas pruebas convergentes nos dejan en su análisis la firme impresión de que nuestra memoria his­ tórica se resuelve, por decirlo así, en conocimientos que

de

aconteci­

somos incapaces de alcanzar y de utilizar por nuestro propio esfuerzo, ya que son marcos y nociones que la colectividad nos suministra y nos impone, que asegu­ ran en ella la indelebilidad y la coherencia, regulando para nosotros constantemente su empleo. Sin embargo, esta negación y esta socialización del recuerdo tropiezan con dificultades y objeciones no me­ nos evidentes que las pruebas que acabamos de aducir

en su apoyo. Partiendo

lectiva para reconstituir nuestro pasado, nos sería po­ sible operar muchas reconstrucciones igualmente vero­ símiles, entre las cuales tendríamos la posibilidad de elegir y, por lo tanto, de dudar. Ahora bien, es corrien­ te realizar de todas estas reconstrucciones posibles so­ lamente una, la cual se nos aparece como respuesta a lo que, en efecto, pasó en otro tiempo. ¿Por qué elegi­ mos espontáneamente esta reconstrucción con preferen­ cia a todas las otras? ¿Qué razones tenemos para re­ conocerla de golpe como verdadera? Es preciso que ha­ ya algo que determine nuestra elección espontánea y sea garantía de su exactitud. Volviendo al ejemplo en cuyo desarrollo nos encontrábamos, el reglamento de los estudios médicos exigía que antes de pasar mi tesis hiciese unas prácticas de partero, y era corriente, entre

de los

solos datos de la experiencia

co­

167

los estudiantes de entonces, que estas prácticas se lle­ vasen a cabo en las clínicas a cargo de Pinard o de Eu- din. Podemos, pues, admitir, que las reglas del grupo a que entonces yo pertenecía me proporcionan el recuer­

do de unas prácticas realizadas con Pinard o con Bu-

din. Pero si, llegado a este punto, hablo sin cavilar de

mi

pasantía con Pinard, me habrá sido preciso invo­

car

todas las circunstancias sociales que me condujeron

hasta él, y, por este camino, tropezar con algún recuer­ do propiamente dicho de una experiencia personal que, sobrevenido á la sazón, haya especificado y concretado la reconstrucción de mi pasado.

Por otra parte, disponemos de cierto número de re­ cuerdos espontáneos que tienden a buscar un lugar en nuestra biografía, en vez de nacer de la necesidad de llenar en ella una laguna. Por ejemplo, vuelvo a ver

confusamente, en un día de estío, después de unos fue­ gos artificiales, en una calle que me parece desierta y negra, un rapazuelo con las piernas al aire caminando delante de sus padres, y al que un perro que ladra poue en gran espanto. El muchacho soy yo, y los padres son mis padres. No ignoro, en primer lugar, que tales re­ cuerdos tienen algo de consuetudinario: nos referimos a ellos como a especies de ejemplares, caprichosamente escogidos entre las que fueron nuestras emociones in­

fantiles.

Tampoco ignoro, en segundo término, que de

todos esos recuerdos son éstos precisamente los más di­ fíciles de concretar en el tiempo; pero sin que dejen de presentar por eso una especie de retroceso conmovedor que representa afectivamente su fecha y que los hace retoñar en el pasado de manera distinta de como lo ha­ ría el enunciado de su año, mes y día. No sabemos

exactamente su lugar en el pasado anónimo ; pero los sentimos fuertemente en nuestro propio pasado. Final-

168

mente, todos los elementos de la escena que acabo de evocar pertenecen a la experiencia de todo el mundo:

nada más fácil que imaginarla y reconstruirla con su ayuda. Pero ¿de qué marcos, de cuáles datos partiría yo para reconstruirla en efecto y para ponerla a mi cuenta? Ni siquiera sé en dónde ni cuándo tuvo lugar; apenas si presumo que fué en el décimo segundo distri­ to y en un 14 de julio, conjeturas éstas por lo demás añadidas de golpe. Solamente atañe directamente a mi pasado. Por otra parte, entre los miedos de mi infancia, no es ella de las que su recuerdo provocaba la risa de mis padres. Con los marcos y los conocimientos que so­ licitan y permiten el recuerdo de tántas otras no parece que la evocación hecha aquí tenga ninguna adherencia que haya permitido y permita aún provocar su reconsti­ tución. Si en verdad existen tales recuerdos es necesa­ rio, pues, dejar su lugar a una memoria que sería repro­

ducción del pasado.

Por

consiguiente,

las

investigaciones

semejantes

a

las de Halbwuchs nos invitan con justa razón a dismi­ nuir en la memoria la parte de la intuición sensible y de su persistencia bajo una forma y por un mecanismo aún desconocidos, pero no podrían autorizarnos a eli­ minarlas por entero. No habría memoria si algún refle­ jo de las intuiciones sensibles iniciales, cuyo carácter es enteramente personal, no llegase a entrar de nuevo en

la conciencia. Sucede en la memoria como en la percepción. La in­ tuición sensible es la condición sine qua non de la per­ cepción; pero, como hemos visto, las intuiciones sensi­ bles no se organizan plenamente en percepciones sino gracias a un conjunto de nociones genéricas, a una vi­ sión del mundo y de la experiencia que debemos a la co­ lectividad. De la misma manera, la persistencia de las

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intuiciones sensibles, por naturalmente enigmática que sea, es la condición sine qua non de la memoria. Mas esta persistencia no nos provee de recuerdos propiamen­ te dichos, humanos en el sentido pleno del término, de­ terminados, localizados y fechados, sino gracias a los marcos y a las reglas que la colectividad nos proporcio­ na y a las cuales deben nuestros conocimientos su con­ sistencia. En el fondo es la aportación colectiva quien nos permite aprehender lo real y reconstituirlo después, una vez que ha desaparecido.

A la luz de la teoría sociológica de la memoria así rectificada, muchos hechos de la experiencia corriente nos son más inteligibles.

Las singularidades de nuestros recuerdos de la in­ fancia han sorprendido siempre a los observadores. To­ maremos aquí en consideración la rareza, la disconti­ nuidad y el desorden. En efecto, solamente a partir de cierto momento nuestro pasado y nuestros recuerdos presentan para nosotros en su conjunto esa continuidad regular anteriormente considerada. Ese momento se en­ cuentra evidentemente determinado por ciertas condi­ ciones fisiológicas, cuya importancia no puede ser des­ conocida. Según Binet y Simón, el niño normal no se encuentra capacitado hasta los ocho años para saber la fecha del día, lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que a esa edad el manejo abstracto y lógico de nuestro sistema cronológico no tenga ya secretos para él. Pero la fijación de este momento obedece también a causas sociales, además de lo en él atribuible a las condiciones fisiológicas, se encuentra frecuentemente determinado por el primer contacto con un ambiente social que reba­ sa el círculo de la familia: la entrada al liceo, por ejem­ plo. Hasta entonces la vida del niño es enteramente fa­ miliar. Se desarrolla en un espacio limitado, en el que

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la casa paterna es el centro natural, la cual engloba en <su torno los parajes de sus paseos y se pierde más allá en una especie de nada que no materializa ni objetiviza

ningún conocimiento, y en un tiempo en el que riman so­ los, sin medirle ni ordenarle con precisión, los aconte­ cimientos que han entristecido o alegrado a la familia. Cuando papá vivía aún, cuando Cuqui hizo su primera comunión, cuando Biquete estuvo enfermo: hé ahí como se fecha en familia y con los niños. Los adultos saben al mismo' tiempo el año en que papá murió, o Cuqui hizo su primera comunión, o Biquet estuvo enfermo, saben

los

en la misma época: la vida de fuera penetra por

quiera su vida y la vida de los suyos. El niño no sabe nada de esto y su vida se encuentra aislada en la vida familiar. Es así como de la única enfermedad infantil, anterior a mi entrada en el liceo, de que conozco la fe­ cha, es mi escarlatina, porque comencé precisamente a padecerla el día en que oí en la calle de Rivoli a los vendedores de periódicos gritar la muerte de Víctor Hu­ go, que sumió a París en una emoción formidable. Así, pues, tuve la escarlatina en 1885. Pero si lo sé es gra­ cias a una coincidencia que, fortuita en el niño, es regla general en los adultos. Normalmente no existen fechas para los acontecimientos de nuestra primera infancia, porque los situamos imperfectamente en relación con los acontecimientos solamente fechados para los adul­ tos que nos rodean, y cuyo orden de sucesión es para nosotros impreciso e incierto. Así, pues, cuando ya adul­ tos y en posesión de nociones y marcos colectivos, a par­ tir de los cuales intentamos el descubrimiento de nues­ tro pasado, queremos reconstituir nuestra infancia, tro­ pezamos con dificultades insuperables, en las que ni los marcos ni las nociones nos sirven de nada en la compi­

acontecimientos políticos o

sociales que acaecieron

do­

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lación de los acontecimientos que han sido vividos*

dependientemente de ellos y

que, por

consiguiente,®^

pueden ser iluminados

con

su luz.

Ello explica cu$n|t

precarios y escasos son nuestros recuerdos de infanmásj

Los procedimientos mnésicos que debemos a la colecti-?', vidad y que nos permiten establecer en todas d¡recrió-.;* nes la cadena de nuestros recuerdos, no concuerdan con* este período de nuestra vida en el que aún no hempf,:Jj

nacido

a la inteligencia socializada.

Los

recuerdos

infancia tienden a la reproducción espontánea de las '•! intuiciones sensibles, de las cuales estamos bien lejos de percibir el misterio. Contribuyen a probar su existe#J|| cia y muestran al mismo tiempo su insuficiencia parágjl asegurarnos el conocimiento de nuestro pasado en su- continuidad y en su orden.

La memoria de los hombres varía en sus formas sejg| gún su condición social. Para el campesino lo interesan-'J|| te son las estaciones en las cuales tiene que dedicarse a determinados trabajos y los años de buenas o malas co^ gl sechas. Un funcionario inglesa en la administración ;á*|É los 25 años, para jubilarse a los 60. A estas dos edadesíifl corresponden dos fechas y entre estas dos fechas se in s-** criben los ascensos regulares, los cambios de residencia .41

que suponen igualmente otras tantas fechas y

preocupación por el porvenir y la redacción de los co-

rrespondientes documentos administrativos hacen que se ;|j sepan de memoria. Para los recuerdos del funcionario

que la

'M

J|

todas estas circunstancias significan otros tantos hi- f; tos cronológicos fijados y ordenados con referencia a ellas, y si el funcionario emprende el relato de su vida, este relato adquirirá, merced a la existencia de esos hi­ tos, una continuidad y una plenitud al menos aparentes. Cuando un hombre puede decirnos lo que ha sido y don­ de ha estado, año por año y mes por mes, nos inclinamos

a juzgar su memoria como excelente. Mas si, como yo he tenido muchas veces ocasión de comprobar, pregun­ táis a un joven obrero o a un joven campesino a punto de terminar su servicio militar que ha hecho a partir de su salida de la escuela, es decir, después de la edad de los 12 a los 14 años, lo más seguro es que, con los da­ tos que os suministrará, no os sea posible llenar los sie­ te u ocho años transcurridos hasta su entrada en el re­ gimiento. Os dice haber estado tantos meses o tantos años de aprendiz aquí y de obrero allá; pero si verifi­ cáis la suma, os encontraréis muy lejos de haber encon­ trado su total. Tomad, por el contrario, a un estudiante en las mismas condiciones: él sabe que de los 10 a los 18 años estuvo en el liceo, donde, anualmente, pasó a una clase superior, después.de lo cual siguió durante dos años los cursos en una facultad. Tal clase estaba a cargo de tal profesor, el profesor tenía tal edad, y eso era en tal o cual año. En su relato, su vida, jalonada de hitos cronológicos y de sus conexiones empíricas y lógi­ cas, es evocada gracias a la sistematización colectiva de los cursos escolares con una continuidad que el campesi­ no y el obrero no pueden dar a la suya. ¿No constituye esto un ejemplo bien elocuente del papel de los marcos colectivos, si no en la reconstrucción, al menos en la

evocación de los recuerdos?

Esta

misma

confrontación

del

joven

obrero

y

del

estudiante nos invita al mismo tiempo a hacer entre la organización y la riqueza de la memoria una distinción necesaria. Puede poseerse una abundancia de recuer­ dos concretos sin tener por ello una memoria histórica propiamente dicha, es decir, sin disponer de la capacidad necesaria para agruparlos en una relación ordenada que proporcione al oyente la impresión de una biografía continua y completa. Se puede, por el contrario, hacer

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de la vida un relato satisfactorio por su continuidad cro­ nológica y su verosimilitud empírica, olvidando radi­ calmente en él la mayor parte de esos incidentes que confieren a los diversos acontecimientos de nuestra exis­ tencia su originalidad y su color. La precisión de los recuerdos ofrece, pues, en realidad, un doble sentido. Nuestros recuerdos pueden parecer precisos por la se­ guridad con la cual se conformen a las exigencias de nuestra experiencia y de nuestra lógica, por la coheren­ cia continua que se establezca entre ellos y los hitos colectivamente consagrados, incluso para los que no nos proporcionan sino referencias vaguísimas; pero pueden serlo también por la abundancia de informes que nos suministren sobre un acontecimiento particular de nues­ tro pasado, aun en el caso de que sitúen insuficiente­ mente este acontecimiento en nuestra vida y en la vida colectiva. Volvemos, pues, a encontrarnos con la oposi­ ción de la memoria socializada de reconstitución y de la memoria espontánea de reproducción, y en la cual parece que la proporción varía en cada individuo no só­ lo en razón de su condición social, sino también en la de su constitución fisiológica.

Sabemos el problema que plantea la memoria afec­ tiva y cómo su existencia ha sido negada por los unos y afirmada por los otros. Mas es curioso comprobar que ella sola, entre todas las formas de la memoria, ha sido puesta en tela de juicio. Esa clase de memoria aparece como la más individual y sus manifestaciones escapan frecuentemente a la influencia de los procedimientos mnésicos que poseemos de la colectividad. Los recuer­ dos llamados afectivos surgen espontáneamente, de una manera por completo inesperada, y son tal vez los que, representando para nosotros el retroceso más emocio­ nante, se muestran en general como los más rebeldes a

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toda precisión de fecha. El haber sido puestos en duda, ¿no será en parte por efecto de las exigencias de la me­ moria socializada, que tiende a pretender que no existen más recuerdos verdaderos que aquellos de los cuales so­ mos permanentemente dueños y a los cuales nos resulta lícito asignar sitio y papel preciso en nuestro pasado? Por último, nuestros recuerdos no pueden ser modi­ ficados a voluntad. Presentan una especie de objetivi­ dad interna que les opone a la vez a la plena exteriori­ dad de la percepción y al capricho arbitrario de la ima­ ginación pura. Este carácter es debido a la exigente persistencia de las intuiciones sensibles, sujetas después, sin embargo, a extraordinarias deformaciones, el estu­ dio de cuyo testimonio ha suministrado abundantes pruebas: es excepcional, por ejemplo, que recordemos exactamente el color de los ojos, del pelo, de los vestidos de las personas encontradas una o muchas veces. Este carácter es debido también a la objetividad de los mar­ cos y de las nociones con cuyo auxilio reconstituimos nuestros recuerdos, en cierto sentido independientes de nosotros, puesto que nos vienen de fuera. No somos los dueños de esta reconstrucción que se opera en nosotros conforme a las reglas comunes a todos y válidas para to­ dos, según las cuales se contrastan, por así decirlo, nues­ tros recuerdos y los ajenos. Es verdad que la existencia de estas reglas contribuye al mismo tiempo a deformar nuestros recuerdos, ya que es frecuente que si cerramos los ojos por un momento a lo que se las opone, ellas nos impiden después comprenderlo en nuestra reconstitu­ ción. Preciso es, por ejemplo, ser un profesional para ad­ vertir en el relevo de la guardia que el número cinco de la segunda fila ha olvidado una parte de su correaje y, por consiguiente, poderse acordar de ello. Mas este ca-

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ráeter se debe, tal vez sobre todo, a esa exigencia déf colectividad que, para la seguridad de las relaciones tre los hombres, quiere que sus recuerdos sean exactosSl* Una vez operada la reconstrucción de un acontecimien- \ to de nuestro pasado, no nos sentimos con derecho para.?.,’. ■ cambiar nada en él, pareciéndonos que nuestro deb'é^S consiste en atenernos al resultado obtenido. El empe- ^ cinamiento que ponemos en afirmar la fidelidad de un .- recuerdo es debido menos, quizás, a la resistencia que ISpÉ opondría a las modificaciones que intentásemos intro-” .' ducirle, que al sentimiento de eso que la colectividad se J¡¡ autoriza a exigir a este respecto de nosotros. La vida eaiSp? sociedad no nos ayudaría, pues, solamente a reencontrará?^ nuestros recuerdos; contribuiría también a dotarlos del'1' rigor ante el cual se inclinan nuestras imaginaciones. V*S' Del conjunto de estas consideraciones parece dedu- lu­ cirse, evidentemente, que el juego de la memoria en el j hombre está penetrado por entero de influencias sociales y que es conveniente distribuir su estudio entre la psi* cología colectiya, de una parte, para determinar preci- sámente lo que debe a las aportaciones de la colectivi­ dad, y, de otra, las psicologías fisiológica y diferencial, que investigarán lo que tiene de específico e individual. El papel, pues, de la psicología colectiva aparece aquí como esencial. No nos adueñamos inmediatamente de la memoria sino bajo sus formas organizadas tales co­ mo la acción de la colectividad las ha hecho y en las cuales vienen a fundirse, por así decirlo, en las profun­ didades, sus caracteres específicos ; en la superficie, sus singularidades individuales. Así, ¡pues, una vez más, para determinar exactamente los campos respectivos de la psicología fisiológica y, sobre todo, de la psicología diferencial, es necesario que la psicología colectiva de-

'

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termine de antemano todos los caracteres que en el cur­ so de las edades y de las civilizaciones ha tomado el me­ canismo de los recuerdos, sucesiva o simultáneamente, de los diversos sistemas de representaciones colectivas,

en el seno de las cuales actúa siempre.

Capítulo tercero

LA

VIDA

AFECTIVA

La vida afectiva y

sus manifestaciones parecen ser

enteramente personales. Se señalan por su espontanei­ dad; no necesitan ni reflexión ni estudio; se viven más

que se piensan.

Las modificaciones

orgánicas que las

preceden, las acompañan o las siguen, y que constitu­ yen, si no su ser, al menos su apariencia, las hacen in­

dividuales como el

ajustándolas a nuestra ce-

cuerpo,

nestesia, único dominio sensitivo que nos es exclusiva­