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CAPÍTULO VII

La Gran Guerra y la

"paz fallida

Desencadenada por una especie de «mecanismo» frente al cual los estadistas se vieron impotentes, la primera guerra mundial era una zambullida en lo desconocido. Se creía que iba a ser corta —incluso se había movilizado a los obreros de ciertas industrias de guerra porque se consideraba que los stocks eran suficientes—. Duró más de cuatro años. Se sabía que iba a ser sangrienta, pero nadie babía previsto la espantosa hecatombe que costó la vida a 8 millones y medio de hombres, de los cuales 1.394.000 fueron franceses y 1.700.000 alemanes. Cuando se desencadenó, los Estados no tenían en general objetivos de guerra precisos. Intentaron formularlos, al menos en secreto, pero se daban cuenta de que, en último extremo, todo dependía de la suerte de los ejércitos. La Entente se dividió en el mismo momento en que quedó vencedora y sólo consiguió una paz de compromiso. Para finalizar, nadie podía prever en 1914 que Rusia, considerada como una potencia de primera magnitud, sufriría una revolución de una importancia incalculable para el futuro, pero que como combatiente se hundiría en seguida, mientras que una po- tencia no europea, los Estados Unidos, jugaría un papel decisivo. Para el historiador, los problemas esenciales parecen ser los de la estrategia político-militar, los relativos al tratado de paz y al nuevo «sistema» europeo que iba a resultar de él, y los relativos a la transformación interna de los Estados.

1. Estrategia y política durante la guerra

En agosto de 1914, la «Entente» estaba compuesta por Francia, el Reino Unido y Rusia, y por dos pequeños estados, Serbia y Bélgica. Las «Potencias centrales» eran Alemania y Austria-Hungría. La estrategia «inicial» de estos dos campos se desplegó durante seis semanas dramáticas, Pero al cabo de este breve lapso de tiempo

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quedaba claro, en uno y otro lado, que había fracasado y que era preciso inventar nuevas formas de guerra. No insistamos en el plan francés, el «Plan XVII», aprobado por Joffre, nombrado jefe del Estado Mayor general en 1911. Se basaba en esperanzas más que en una concepción racional. Destrozar el potente ejército alemán atacándolo en la zona de las boscosas colinas de Lorena, y sólo porque se debía de practicar la «ofensiva a cual-

quier precio», iba a culminar en un fracaso. El plan alemán —el plan Schlieffen de 1906, revisado— era mucho más racional. Para evitar la guerra en dos frentes era necesario aniquilar ante todo al ejército francés. Con vistas a ello, los generales alemanes juzgaban indispensable atravesar las llanuras de Bélgica

y corno consecuencia violar la neutralidad belga con el grues'o de

sus tropas, que a continuación se dirigirían hacia el sur y después hacia el sudeste, y cercarían al ejército francés concentrado en el este, El fracaso de este plan estuvo pendiente de un hilo, tanto más cuanto que Joffre tardó en seguir los consejos de su subordinado Lanrezac,

y en hacer trasladar el ejército hacia el Oeste, En el fondo, el éxito francés se debe a una cuestión de mando. Joffre, que se había equi

vocado completamente, tenía un temperamento tranquilo y una ener- gía poco común. Enfrentado a su desengaño, supo reaccionar, mante- ner el orden en un ejército en retirada y preparar con calma su respuesta: un ataque por el flanco desde París, ideado por Gallieni. Por lo contrario, von Moltke, su rival alemán, perdió los estribos

y

envió demasiado pronto algunas divisiones hacia el frente oriental.

Si

hubieran permanecido en su lugar, si Joffre no hubiese convencido,

en el transcurso de una entrevista patética, al mariscal Frencb, su colega británico, de que lanzara a sus cinco divisiones a la batalla,

el plan Schlieffen hubiera sin duda tenido éxito.

Su fracaso se engendró en el «frente occidental». Después de la batalla del Mame (5-9 septiembre) y de la «carrera hacia el mar», los dos ejércitos se encontraron frente a frente y se establecieron sobre una línea de fortificaciones terrestres, las trincheras, El «frente»

que así se creó simbolizaba cruelmente la realidad del equilibrio europeo, trasladado al plano militar. Desde aquel momento, todo giró en torno a este frente occidental. Las absurdas ofensivas de 1915 demostraron con claridad que sería difícil romperlo y que era preciso, pues, imaginar tácticas nuevas o replantearse el problema en su conjunto. Sin pretender dar un cuadro completo de los inmensos esfuerzos realizados, puede decirse que el pensamiento de los dirigentes de ambos campos se orientó hacia tres direcciones: la ruptura, el des- gaste y la diversión.

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La ruptura era el ideal de los jefes militares. Tan sólo ella permi- tiría volver a iniciar la maniobra. Y a medida que transcurría el tiempo sin que se lograse, su resultado psicológico sería más fulmi- nante. Pero para provocar la ruptura, se necesitaba muchísimo ma- terial y una momentánea superioridad de efectivos. Ni Joffre en 1916 con la batalla del Somme, ni en abril de 1917 Nivelle, que creía posi- ble el éxito de un ataque brusco sobre un frente amplio, lo consi- guieron. Tan sólo Ludendorff, aprovechándose de la ventaja numérica que le daba la desaparición del frente oriental, lo logró durante un tiempo en 1918, jugando a fondo con la sorpresa, disponiendo su artillería en situación muy adelantada de modo que pudiese seguir ofreciendo protección una vez tomadas las primeras líneas, y des- plegando un enorme potencial de fuego. Pero, en último extremo, el cansancio de sus tropas fue la causa de que el transcurso de sus cuatro ofensivas de primavera no pudiese impedir que los Aliados «taponasen las brechas». Su adversario Foch, mucho mejor táctico que estratega, imitó su método y, al disponer desde julio de 1918 de una creciente superioridad, realizó sucesivas embestidas y obligó al ejército alemán a una retirada lenta, pero sin esperanzas. En 1916 el ejército alemán intentó, con Falkenhayn, sustituir la ruptura por el «desgaste», y de ahí la batalla de Verdún. La región

de Verdún —los altos del Mosa— no se prestaba a la ruptura y por

ello los franceses no esperaban el formidable ataque que se desen- cadenó el 21 de febrero. El objetivo consistía en aprovecharse de la ofensiva para infligir al enemigo un número de pérdidas que fuese tres veces superior a las pérdidas alemanas. Francia, agotada, no so- portaría desde el punto de vista psicológico esta sangría y la opinión pública empujaría al gobierno a pedir la paz. Se trataba, pues, de doblegar la voluntad del enemigo, no de conquistar terreno ni de romper líneas. De hecho, esta estrategia de desgaste se basaba en un

cálculo falso: que las pérdidas de los defensores serían superiores. Joffre rehusó engullir progresivamente al ejército francés en el crisol de Verdún y envió refuerzos al general Pétain con gran parsimonia. Cuando los franco-británicos, en el transcurso del verano, lanzaron

a su vez la ofensiva del Somme, demostraron que la estrategia de

desgaste había fracasado. Los alemanes se replantearon la estrategia de un modo muy dis- tinto, el 9 de enero de 1917, cuando decidieron desencadenar la «guerra submarina a ultranza». Los cálculos de ílindenburg, de Ludendorff y del almirantazgo se basaban en que si se podía conseguir que las pérdidas de tonelaje de la Entente pasasen de 350,000 to-

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neladas por mes (a fines de 1916) a 600.000 toneladas, en seis meses

la Entente sería inexorablemente derrotada.

Los submarinos eran vulnerables cuando tenían ¡que observar a

los buques de comercio para ver si eran enemigos o Neutrales. Hundir

a cualquier buque a la vista aumentaría mucho su^l posibilidades y

disminuiría los riesgos. Sin duda, como opinaba el canciller Beth- mann-Hollweg, el presidente de lo-s Estados Unid;bs, Wilson, gran defensor de la «libertad de los mareo» y de los derechos de los neutra- les, no toleraría semejante afrentat al derecho internacional, y los Estados Unidos se unirían a la Entente en la guerra. Pero su ejército era tan débil quf la Entente sería vencida antes de su efectiva par- ticipación en los combates. Uno de los elementos de los cálculos

resultó exacto: las pérdidas aliadas sobrepasaron las 600.000 tone- ladas mensuales, e incluso alcanzaron las 874.000 en marzo. El otro elemento: que en seis meses la Edítente, asfixiada, se vería obligada

a rendirse, resultó falso. Y, puesto que los Estados Unidos entraron en guerra, esta nueva tentativa de guerra de desgaste fue funesta para las potencias centrales. '

• (La guerra de desgaste fue principalmente idea de Alemania, La estrategia de diversión fue sobretodo obra de la Entente. Si no se podía vencer al enemigo en el sitio donde era más fuerte —el frente occidental—, había que intentar Atraer sus reservas hacia otros puntos. Esto suponía que había que reclutar nuevos aliados y crear nuevos frentes, ya gracias a estos nuevos aliados, ya, mediante vastas expedi- ciones periféricas. No era útil reclutar aliados con vistas a una guerra

corta, En este terreno, los éxitos, de los Imperios centrales fueron más limitados, ya que tan sólo se unieron a ellos Turquía (noviembre 1914)

y Bulgaria (octubre 1915). La Entente o'btuvo éxitos diplomáticos

mucho más importantes ya que,'además del Japón, que entró en guerra

en agosto de 1914 para conquistar las colonias alemanas del Pacífico,

a la Entente se incorporaron sucesivamente Italia (mayo 1915), Ru-

mania (junio 1916), Portugal| (marzo 1916), Estados Unidos (abril 1917). Grecia (junio 1917), China y varias Repúblicas latinoameri-

para practicar

una estrategia periférica. En Jel seno del gabinete británico, el primer lord del Almirantazgo, Wiriston Churchill, logró que se decidiese

—pese a las fuertes reticencias francesas— uña expedición contra los Dardanelos (febrero 1915),/sólo marítima, y luego terrestre y maríti- ma en la península de Gallípoli. Después de su fracaso, en lugar de repatriar las tropas, se decjidió hacerlas desembarcar en Salónica, al norte de Grecia; ésta, dividida entre el primer ministro Venizelos, partidario de la Entente, y leí rey Constantino, cuñado de Guillermo II,

/

canas.J Pero la Entente no aguardó estas intervenciones

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MAPA 5.

Europa durante la

primera guerra mundial

Países de la Entente

Potencias centrales.

Neutrales

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retrocedió en el' último momento y no entró en guerra hasta 1917. El frente de Salónica quedó limitado, hasta el verano de 1917, a los suburbios de la ciudad. Pero permitió emplear al ejército serbio que, en 1915, había decidido evacuar Serbia después de una dura retirada. Este ejército desempeñará un papel importante a partir de la ruptura de septiembre de 1918. Los otros frentes eran:

1.° El frente ruso donde los austro-alemanes atacaron en 1915 y conquistaron enormes territorios; donde los rusos recuperaron una pequeña parte del territorio perdido en 1916; pero que se hundirá en 1917.

2.°

3.° El frente italiano, que se mantuvo estable hasta el desastre de Caporetto, el cual llevó a los italianos del Isonzo al Piave en octubre de 1917. 4.° El frente del canal de Suez, y después de Siria, contra los oto- manos. 5,° Y, finalmente, los frentes coloniales, absolutamente secundarios.

Es preciso señalar un caso especial,- el de Siberia. Cuando se hundió el frente ruso, la Entente soñó con una expedición que protegiera los inmensos depósitos de Vladivostok y enlazara con la «Legión checoslovaca», creada recientemente con prisioneros del ejército austro-húngaro. Era en 1918. Tan sólo los japoneses y los americanos podían colaborar en esta reconstitución de un «segundo frente». Los japoneses se apresuraron, únicamente por razones personales. Por lo contrario, "Wilson dudó. Temía desagradar a los rusos y, al hacerlo, reforzar a los bolcheviques. Accedió en junio de 1918, pero sólo envió 7.000 hombres, mien- tras que en noviembre de 1918 se hallaban en Siberia 70.000 japoneses. Hecho curioso, Foch, comandante en jefe de los ejércitos aliados desde abril de 1918, presionó con todas sus fuerzas a los americanos para que interviniesen. Y Wilson basó sus vacilaciones en su repugnancia en debilitar el frente occidental, que consideraba decisivo.

Al final no fueron ni el desgaste ni la estrategia periférica los que dieron la victoria a uno de los campos. Tampoco fue de un modo directo la ruptura. Fue el temor de una próxima ruptura, en provecho de la Entente, debido a una creciente superioridad numérica y al agotamiento del ejército alemán, lo que llevó a Hindenburg y Lu- dendorff a proponer a su gobierno que pidiese el armisticio.

El frente serbio, que se hundirá a fines de 1915.

2. La paz de compromiso

Cuando Hindenburg y Ludendorff propusieron el 29 de septiembre de 1918 al emperador Guillermo II la apertura de negociaciones para el armisticio, eran perfectamente conscientes del estado de agotamiento del ejército alemán y de la permanente amenaza de ruptura que sobre

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••(

él pesaba. Pero en su mente este armisticio permitiría acortar las líneas, reconstituir las tropas y reemprender eventualmente la lucha en las mejores condiciones, al cabo de unas semanas. Había, por su parte, una doble quimera: que la Entente caería en la trampa; y que la población alemana aceptaría de buen grado la continuación de un doloroso esfuerzo, que el hambre hacía todavía más difícil. La táctica adoptada consistió en pedir el armisticio no a todos los Aliados, sino al presidente Wilson, jefe de la potencia «asociada». Era el único que había publicado un programa de paz relativamente preciso (los «Catorce puntos» del 9 de enero de 1918). Aunque este programa implicase la pérdida de Alsacia-Lorena y la reconstitución de una Polonia con acceso al mar, parecía menos peligroso que los objetivos imperialistas de los otros enemigos. Y lo que era más, quizá podría convencerse a Wilson, el idealista, de que jugase un papel de arbitro entre los dos campos. Disponía de los medios para ello, por ser el único de los implicados que no había prometido nunca firmar una paz por separado. Pero Wilson tenía su propia teoría sobre Alemania, que consistía en separar a la población, susceptible de acceder a la democracia, de la «pandilla militar», responsable de una guerra de agresión. Cuando el 5 de octubre recibió la nota alemana, Wilson decidió res- ponder sin consultar a los Aliados —inquietos e irritados—, pero responder con energía. Los intercambios de notas que hubo entre él

y el canciller Max de Bade explicaron con claridad a los alemanes

que no se iba a negociar con el Kaiser y que se aprovecharía el armis-

ticio para destruir su potencia militar, al mismo tiempo que se suble- vaban las nacionalidades de Austria-Hungría y que Bulgaria y Turquía concluían sus propios armisticios. El resultado fue que el régimen imperial se hundió el 9 de no- viembre después de la sublevación de los marinos y el pueblo, de que el social-demócrata Ebert tomase el poder en una Alemania en plena efervescencia, y de que los Aliados y asociados adoptasen un

plan, presentado por Foch, que implicaba la entrega por parte de Alemania de inmensos depósitos de armas y la continuación del blo- queo. El 11 de noviembre, la delegación alemana aceptó estas con- diciones y se firmó el armisticio sobre la base de los Catorce puntos,

a los que Francia había añadido el principio de las reparaciones que

Alemania debía pagar por los daños infligidos a las poblaciones civiles. Todos los territorios ocupados eran evacuados. El paso de la interrupción de los combates a la paz, como era de prever, se hizo muy difícil y espinoso. El compromiso fue la so- lución a la mayor parte de las disensiones. De ahí que resultase un tratado frágil, fuente en sí mismo de ulteriores dificultades.

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A través de la historia complicada y apasionada de la Conferencia

de París, inaugurada en enero de 1919, pueden captarse algunas líneas

directrices analizando someramente los problemas que se plantearon,

problema Wilson. Wilson se había creado una

— El primero fue el

doctrina, la

nuevo en el que la paz no estuviese asegurada por el ineficaz equi- librio de las potencias, sino por la satisfacción de los derechos legí- timos (en especial los de las nacionalidades) y por la creación de una League of Nations susceptible de eliminar la agresión mediante san- ciones económicas o militares. Se enfrentaba a algunos estadistas europeos —en particular Clemenceau, Lloyd George y Orlando—, a quienes no repugnaba en absoluto una «paz del derecho», pero que consideraban que tenían particulares deberes para con sus pueblos:

seguridad por parte de Clemenceau, satisfacción de las aspiraciones «irredentistas» por parte de Orlando. Su razonamiento, infatigable- mente desarrollado, consistía en demostrar que la Sociedad de Na- ciones garantizaría la seguridad y que ya no habría necesidad de fronteras estratégicas ni de ocupación militar. Pero Wilson no tenía nada del «Don Quijote ciego y sordo» descrito por John Maynard Keynes. Era un negociador hábil, enérgico y bien informado. Hubo» pues, disputas extremadamente vivas. Wilson obligó a Clemenceau a abandonar la idea de la separación de Renania y de su ocupación per- manente por los Aliados —el compromiso fue que la ocupación du- raría de cinco a quince años—, Logró que se rechazasen las ambi- ciones francesas sobre el sur del Sarre y se opuso a las ambiciones italianas más allá de Trieste (habrá que esperar al mes de noviembre de 1920 para que Yugoslavia, al no gozar ya de su apoyo, se vea forzada a capitular ante las exigencias italianas). Finalmente, los europeos debieron admitir una concepción de la seguridad en la que sólo tenían una confianza limitada. — El segundo problema es el problema alemán. Se había excluido, por medio de una práctica totalmente nueva, a los vencidos de la discusión del tratado. El texto les fue sometido a examen en mayo de 1919. Y, como es natural, los alemanes quedaron estupefactos e indignados. Sin duda, el tratado no desmentía en general los puntos de Wikon. Sin embargo, los alemanes consideraron que eran inter- pretados con la máxima dureza, sobre todo al dividir su territorio en dos mediante un «corredor polaco». Los historiadores alemanes

y franceses están ahora de acuerdo en estimar que Alemania tenía

derecho a protestar sobre un punto particular: las reparaciones. Los alemanes, en el momento del armisticio, se habían comprometido a pagar por los daños civiles. Ahora bien, a instancias de Lloyd George, que. pretendía acrecentar la parte británica, se añadieron subrepticia-

de

la

«nueva diplomacia»,

Quería fundar un mundo

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mente las pensiones militares, lo que casi doblaba las cifras. Los alemanes creían que los aliados fijarían una cantidad a tanto alzado moderada —unos cuarenta mil millones de marcos oro—; pero el tratado no fijó nada, lo que impedía que la economía alemana se re- construyese sobre bases firmes, El tratado estipuló que el 1.° de mayo de 1921 se presentaría la «adición», el «estado de los pagos», y que en él se tendrían en cuenta todos los daños y pensiones, lo que im- plicaba que no se iban a preocupar de la «capacidad de pago» de Alemania. ¿Iban a tenerse en cuenta las protestas alemanas? Ésta era la opinión de Lloyd George, muy sensible a la evolución de la opinión británica. Muchos ingleses, una vez pasada la época del rencor, so- ñaban con volver a iniciar a partir de entonces un comercio activo con una Alemania rehecha. También sentían una cierta desconfianza hacia Francia, que se había convertido en la mayor potencia militar de Europa. Lloyd George temía que los alemanes se negasen a firmar. ¿Cómo obligarles? ¿Mediante el bloqueo? ¿Mediante una operación militar? Semejantes aventuras irritaban vivamente a los británicos. Lloyd George proponía, pues, suavizar el tratado. Frente a él, Clemenceau, presionado por una parte de la opinión que ya encontraba de por sí demasiado suave el tratado, exigía que se mantuviesen todas las cláusulas por duras que pudiesen parecer. Creía que Alemania se vería obligada a ceder. Wilson jugó el papel de arbitro. Y, al contrario de lo que se hubiese podido creer, arbitró en favor de Clemenceau. Estaba con- vencido de que el proyecto de tratado concordaba con las reglas de la «nueva diplomacia», y que por lo tanto era fundamentalmente sano. Cuando el 3 de junio Lloyd George pidió ciertas concesiones, res- pondió': «Es un poco tarde para decir todo eso. La cuestión estriba

en saber si nuestras anteriores decisiones fueron justas o no,

tenemos que hacer concesiones a los alemanes simplemente porque no quieran firmar lo estipulado,» A causa de la actitud de Wilson, el tratado no se suavizó en absoluto. Los alemanes lo firmaron el 28 de junio en la Galería de los Espejos de Versalles, pero protestaron durante mucho tiempo contra el Diktat, — El tercer gran problema de la paz lo planteaban los bolcheviques, Entre los negociadores había absoluta unanimidad en condenar su régimen y en desear su caída. Por otra parte, esta posición no era indiferente ni desinteresada, Se temía que esta doctrina se infiltrase, si no en Europa occidental, al menos en Europa oriental y central. Los bolcheviques guerreaban en los países bálticos contra las milicias locales y los restos del ejército alemán (los «cuerpos fran-

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ALEMANIA

MAPA 6.

Europa después de

os tratados de paz (1919-1923)

eos»). Pero, ninguno de los métodos que se estudiaron resultó eficaz. La intervención directa, durante la guerra, en Arkángel, Odesa, Bakú

y Vladivostotk, debió interrumpirse a causa de la desgana de loa

soldados deseosos de que les desmovilizasen. El método de las nego- ciaciones se intentó en enero de 1919 cuando "Wilson invitó a los rusos rojos y blancos a la isla de los Príncipes, en el mar de Mármara. Pero los blancos se negaron a ir. Clemenceau y Churchill se mostra- ron entonces partidarios de la intervención directa, con la ayuda

de los rusos blancos, Koltchak, Denikin y Wrangel. Pero pronto se descubrió que éstos eran débiles y odiados por la población. Entonces

se limitaron a crear un «cordón sanitario» de Estados anticomunistas

a lo largo de las fronteras. Pero, ¿podía impedirse que las ideologías

se infiltrasen oponiéndoles ejércitos? Desde 1920 era patente el fra- caso de todas estas políticas. No reconocida, sin haber participado en los tratados, arruinada, pero con un gobierno cada vez más poderoso, la Rusia soviética constituía para la Europa de Versalles una miste-

riosa y temible amenaza.

Recordemos finalmente un último problema: el del Senado americano. La Constitución de los Estados Unidos prevé que debe aprobar los tratados con una mayoría de dos tercios. Ahora bien, "Wilson olvidó en exceso consultar a esta asamblea de mayoría republicana. Cuando regresó a los Estados Unidos, a principios de julio, la situación era inquietante. Las críticas contra el tratado se multiplicaban bajo el impulso de Henry Cabot Lodge. El «nacionalismo»

americano estaba irritado sobre todo por las limitaciones que el pacto de la S. D. N. podía plantear a la autonomía de las decisiones de los Estados Unidos. Wilson se agotó intentando atraerse, en una vasta jira, el favor de la opinión

pública. Cayó gravemente enfermo, lo que contribuyó a su

Cabot Lodge

propuso como condiciones formales para la aprobación del tratado. El Senado votó en dos sesiones, el 19 de noviembre de 1919 y el 19 de marzo de 1920, el tratado y las enmiendas. No se alcanzó la mayoría de los dos tercios a causa de la coalición de los «irreconciliables» que no querían el tratado ni siquiera con

las enmiendas, y de los wilsonianos que no querían las enmiendas.

aislamiento.

Mal

informado, se negó a

transigir

con las

enmiendas que

No

sólo era

en la

un

grave fracaso

para

Wilson, sino que para

la

de la futura paz,

S.

representaba un insuperable handicap inicial.

D. N.,

que aquél había visto la garantía

3. La transformación interna de los Estados

La guerra sirvió de acelerador al proceso según el cual las «masas» sucedáneas de las «nuevas capas sociales» de que hablaba Gambetta —es decir, de la pequeña burguesía, los comerciantes y los campesinos propietarios— aumentaron su participación en la vida política de los países. En toda Europa, los desmovilizados regresaron con mayores reivindicaciones y rechazaron la dirección de los «no-

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tables». La élite campesina y sobre todo obrera, formada y descubierta gracias a la acción sindical, consideró que debía jugar un papel cada vez más importante, En todas partes, los sindicatos, en franco progreso por los efectivos y la disciplina, intentaron organizar a la clase obrera y utilizaron el arma de la huelga. Querían que se pasase del Estado liberal, que consentía, que concedía algunas reformas, al Estado social, que debía preocuparse ante todo de los intereses populares. En todas partes, los sindicatos y los partidos obreros chocaron con las líneas defensivas de la gran burguesía capitalista, el «muro de plata». No se sabe qué forma hubiera tomado esta lucha si en un país, el más vasto por sus dimensiones, la facción revolucionaria de los bolcheviques, marxistas por excelencia, no hubiera tomado el poder (noviembre 1917); la «Revolución de Octubre» (según el calendario juliano, aunque se haya mantenido el nombre) tiene una importancia comparable a la Revolución francesa. El genio de Lenin le permitió crear, sobre las ruinas del Estado zarista en plena disgregación, y porque era más eficaz que los demócratas liberales, por primera vez en la historia del mundo, un «Estado proletario». Lenin dio a este Estado un gobierno autoritario, basado en la «dictadura del prole- tariado», que se tradujo en la dictadura del «Partido comunista (bolcheviques) de la U. R. S. S.» (nombre implantado a partir de diciembre de 1922), El país estaba exangüe y agotado. La lucha revolucionaria contra los impopulares «rusos blancos», más o menos sostenidos por la Entente, duró hasta 1921. Lenin prefirió sacrificar territorios, sobre todo en Europa, lo que significaba la creación de un rosario de Estados hostiles en el oeste (Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia y Rumania) antes que perder el poder. Los cálculos se mostraron excelentes a largo plazo. En todo caso, Lenin pudo crear un Estado de tipo nuevo, que se diferenciaba del resto del mundo y se oponía a él violentamente, intentando desencadenar por todas partes revoluciones proletarias. La pura existencia de este Estado (pronto se hablaría del «socia- lismo en un solo país») cambió completamente las perspectivas de la acción proletaria. En efecto, después del fracaso de las revolu- ciones comunistas en Alemania (enero 1919: los «espartaquistas» de Berlín) y en Hungría (Bela Kun en el poder de marzo a mayo), los partidos socialistas de todos los países debieron elegir entre la adhesión a la III Internacional, creada por Lenin el 24 de enero de 1919, o la negativa. Algunas veces la mayoría optó por la adhesión (Francia). La minoría volvió a crear entonces un «partido socialista» en general reformista. Más a menudo, sólo una minoría se adhirió

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6.

DUROSELLB: Europa desde

1315.

a la III Internacional (Italia, Alemania). La mayoría conservó el nombre de «partido socialista». Únicamente los países anglosajones escaparon a este dilema, ya que las tendencias pro-soviéticas eran en ellos muy débiles.

Hasta 1934-1936, los partidos comunistas permanecieron en la más

intransigente

promiso con los «partidos burgueses» y con los mismos socialistas. La vida política de la mayor parte de los países europeos se vio afectada por la existencia de esta minoría revolucionaria e inasi- milable. Algunas veces el partido comunista fue prohibido y perse-

guido (Europa central y oriental, Italia desde los comienzos del fas- cismo). Por todas partes despertaba indignación y provocaba las represalias de.los hombres que ocupaban el poder. Progresivamente,

se acabó por creer que una serie de amplias reformas sociales y el

aumento del nivel .de vida de los trabajadores serían un medio de lucha mucho más eficaz que las acciones represivas. Pero probable- mente la existencia de este «cuerpo extraño» en la estructura de los viejos Estados es el fenómeno más significativo de la Europa de la posguerra. Es cierto que las esperanzas de Lenin de ver triunfar rápidamente la revolución en Europa fueron vanas. Otro «peligro» apareció, mucho más grave de un modo inmediato: el fascismo.

oposición, rechazando cualquier alianza, cualquier com-

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CAPÍTULO VIII Democracias y totalitarismos

Vimos cómo aurgía de la gran guerra un régimen nuevo, bolche- vique, en Rusia, Si exceptuamos los meses transcurridos entre marzo

y noviembre de

extremo—9 Rusia no conoció nunca la democracia liberal de tipo occidental. Pasó de la autocracia zarista a la «dictadura del prole- tariado». Entre estos dos regímenes no hay más que un punto en

común, pero de gran importancia: la libertad individual se sacrifica

a intereses superiores, a una razón de Estado. Después de muchas

vacilaciones, los comunistas acabarán por adoptar la expresión «de- mocracia». No se tratará de «democracia liberal» sino de«democracia popular». Entre «democracia liberal» y «democracia popular» la contra- dicción es total. La primera niega a la segunda el derecho a llamarse democracia, ya que, para los liberales, la democracia es el régimen que se esfuerza en asegurar la libertad y la igualdad; la democracia debe basarse, pues, en la- voluntad popular, surgida del sufragio

1917 —en los que, por otra parte, el desorden fue

universal. Y la libertad del sufragio es la garantía de que la voluntad popular será realmente expresada. En consecuencia, el sufragio debe ser secreto y la pluralidad de partidos y de candidaturas debe permitir que se manifiesten todas las tendencias y todas las oposiciones. En la democracia popular tan sólo el partido comunista presenta candidatos,

o bien se trata de una coalición de comunistas y de sus partidarios.

El elector no tiene facultad de elegir entre varias tendencias. En general, su voto no es secreto. Teóricamente podría abstenerse. Pero,

¿qué sucedería si las autoridades se dieran cuenta? Semejante elec- ción parece a los ojos del liberal como un enorme artificio cuya finalidad consiste en asegurar a esta minoría todopoderosa la apa- riencia de un apoyo popular unánime. El partidario de la «democracia popular» denuncia inversamente

a la «democracia liberal» como un régimen «de clase» en el que la burguesía capitalista detenta la parte esencial del poder.

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