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HISTORIA

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o

38

f i m m HISTORIA °^MVNDO ANTÎGVO

1.

A. Caballos-J. M. Serrano, Sumer y Akkad.

2.

J. U rruela, Egipto: Epoca Ti- nita e Imperio Antiguo.

3.

C. G. W agner, Babilonia.

4.

J. U rruela, Egipto durante el Imperio Medio.

5.

P. Sáez, Los hititas.

6.

F. Presedo, Egipto durante el Imperio Nuevo.

7.

J. A lvar, Los Pueblos del Mar

y otros movimientos de pueblos

a fines del I I

milenio.

8.

C . G. W agner, Asiría y su imperio.

9.

C. G . W agner, Los fenicios.

10.

J. M. Blázquez, Los hebreos.

11.

F. Presedo, Egipto: Tercer Pe- nodo Intermedio y Epoca Sal­ ta.

12.

F. Presedo, J. M. Serrano, La religión egipcia.

13.

J. A lvar, Los persas.

14.

J. C . Bermejo, El mundo del

Egeo

en

el I I

milenio.

15.

A. L ozano, La Edad Oscura.

16.

J. C. Bermejo, E l mito griego

y

sus interpretaciones.

17.

A. Lozano, La colonización

gnegtf.

 

18.

J. J. Sayas, Las ciudades de Jo-

nia y el Peloponeso en el perío­ do arcaico.

19.

R.

López M elero, El estado es­

partano hasta la época clásica.

20.

R.

López Melero, La forma-

21.

ción de la democracia atenien­ se, I. El estado aristocrático.

R. López Melero, La form a­

ción de la democracia atenien­

 

se,

II. D e Solón a Clístenes.

22.

D.

Plácido, Cultura y religión

en la Grecia arcaica.

23. M . Picazo, Griegos y persas en

el Egeo.

24. D . Plácido, La Pentecontecia.

Esta historia, obra de un equipo de cuarenta profesores de va­ rias universidades españolas, pretende ofrecer el último estado de las investigaciones y, a la vez, ser accesible a lectores de di­ versos niveles culturales. Una cuidada selección de textos de au­ tores antiguos, mapas, ilustraciones, cuadros cronológicos y orientaciones bibliográficas hacen que cada libro se presente con un doble valor, de modo que puede funcionar como un capítulo del conjunto más amplio en el que está inserto o bien como una monografía. Cada texto ha sido redactado por. el especialista del tema, lo que asegura la calidad científica del proyecto.

25. J. Fernández N ieto, La guerra del Peloponeso.

26. J. Fernández N ieto, Grecia en la primera mitad del s. IV.

27. D . Plácido, La civilización griega en la época clásica.

28. J. Fernández N ieto, V. A lon­

so, Las condiciones de las polis en el s. IV y su reflejo en los

pensadores griegos.

29. J. Fernández N ieto, E l m un­

Mace­

do

donia.

griego y

FHipa de

30. M. A. R abanal, Alejandro

Magno y sus sucesores.

31. A. Lozano, Las monarquías helenísticas. I: El Egipto de los

Lágidas.

32. A. Lozano, Las monarquías

helenísticas. II: Los Seleúcidas.

33. A.

Lozano, Asia

lenística.

Menor he­

34. M. A. Rabanal, Las monar­ quías helenísticas. III: Grecia y

Macedonia.

35. A. Piñero, La civilización he­

lenística.

ROMA

36.

37.

J. M artínez-Pinna, etrusco. J. M artínez-Pinna,

primitiva.

El pueblo

La Roma

38. S. M ontero, J. M artínez-Pin­

El dualismo patricio-ple­

na,

beyo.

39. S. M ontero, J. M artínez-Pin-

na, La conquista de Italia y la

igualdad de los órdenes.

40. G. Fatás, E l período de las pri-

meras guerras púnicas.

41. F. M arco, La expansión de Roma por el Mediterráneo. De

fines de la segunda guerra Pú­ nica a los Gracos.

42.

J.

Gracos y el comienzo de las guerras civiles.

Los

F.

Rodríguez

N eila,

43. M .a L. Sánchez León, Revuel­

tas de esclavos en la crisis de la

República.

44. C. González R om án, La R e­

pública

pompeyanos.

Tardía:

cesarianos y

45. J. M. Roldán, Instituciones po­

líticas de la República romana.

46. S. M ontero, La religión roma­

na antigua.

47. M angas, Augusto.

48. M angas, F. J. Lomas, Los

Julio-Claudios y la crisis del 68.

49. F. J. Lomas, Los Flavios.

50. G. Chic, La dinastía de los Antoninos.

51. U. Espinosa, Los Severos.

J. Fernández U biña, El Im pe­

rio Romano bajo la anarquía militar.

53. J. M uñiz Coello, Las finanzas

52.

J.

J.

públicas del estado romano du­ rante el Alto Imperio.

54. J. M. Blázquez, Agricultura y minería romanas durante el

Alto Imperio.

55. J. M. Blázquez, Artesanado y comercio durante el Alto Im ­

perio.

56. J. M angas-R. Cid, El paganis­ mo durante el Alto Imperio.

57. J.

M.

Santero, F.

Gaseó,

El

cristianismo primitivo.

58. G. Bravo, Diocleciano y las re­

formas administrativas del Im ­

perio.

59. F. Bajo, Constantino y sus su­

cesores. La conversión del Im ­ perio.

60. R. Sanz, E l paganismo tardío y Juliano el Apóstata.

61. R. Teja, La época de los Va-

lentinianos y de Teodosio.

62. D. Pérez Sánchez, Evolución

del Imperio Romano de Orien­ te hasta Justiniano.

63. G. Bravo, El colonato bajoim- perial.

64. G. Bravo, Revueltas internas y penetradones bárbaras en el Imperioi

65. A. Jim énez de G arnica, La desintegración del Imperio Ro­ mano de Occidente.

WmWum

HISTORIA

^MVNDO

A ntîgvo

ROMA

Coordinación:

Pedro López Barja de Quiroga

Diseño y maqueta:

Pedro Arjona

«No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, •mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.»

© Ediciones Akal, S. A., 1990

Los Berrocales del Jarama Apdo. 400 - Torrejón de Ardoz Madrid - España

Tels. 656 56

Depósito Legal:M. 5.478-1990

ISBN: 84-7600-274-2 (Obra completa)

ISBN: 84-7600-487-7 (Tomot XXXVIII)

Impreso en GREFOL, S.A. Pol. II - La Fuensanta Móstoles (Madrid) Printed in Spain

11

- 656

49

11

EL DUALISMO PATRICIO-PLEBEYO

S. Montero, J. Martínez-Pinna

Indice

ï.

El

origen de la República

7

IL

El

dualismo patricio-plebeyo

12

ÏII.

El decenvirato y el desarrollo constitucional

21

IV.

Las leyes licinio-sextias

33

V.

La

Liga Latina y los pueblos sabélicos

41

VI.

Roma y Veyes

44

VII.

La

invasión gala

47

VIII.

La

expansión política romana

51

Cronología

54

Bibliografía

55

El dualismo patricio-plebeyo

7

I. El origen de la República

El problema de cómo se instituyó la República en Roma constituye toda­ vía un tema muy complejo y amplio en los diferentes aspectos que conlie-

ne. y por ello no deja de atraer cons­ tantemente la atención de los investi­ gadores. Según cuenta el relato tradi­ cional, el último rey de Roma, Tarqui­ nio el Soberbio, se distinguió por su perversidad, su crueldad y su arro­ gancia, así como por cometer todo tipo de atrocidades, y fue precisamen­

te una acción de este tipo, en concreto

la violación de Lucrecia por Sexto Tarquinio, hijo del rey, la que provo­ có la expulsión de la realeza. Esta úl­ tima es presentada como una revuelta de palacio dirigida por L. Junio Bru­

to. quien tomando como pretexto el

ultraje de Lucrecia, levantó al pueblo

y al ejército contra la tiranía de Tar­ quinio. De esta manera, el año 509 asiste en Roma a la desaparición de la monarquía como sistema político y

a su sustitución por un régimen repu­

blicano: el poder del rey fue a partir de entonces ejercido por dos magis­ trados, llamados consules, elegidos anualmente por la asamblea popular; por otra parte, la institución monár­ quica no desaparece del todo, sino que se mantiene relegada a la esfera religiosa representada por el rex sa­ crorum o sacrificulus y bajo el control del pontífice m áxim o; el Senado, muy mermado por los crímenes de Tarquinio, fue recompuesto cubrién­

dose las vacantes con elementos to­ mados de las centurias ecuestres. Sin embargo, los Tarquinios no re­ nunciaron sin más a sus derechos so­ bre el trono de Roma y durante varios años intentaron por todos los medios reconquistar el poder. Para ello no dudaron en fomentar conspiraciones en la propia ciudad, con participa­ ción incluso de los hijos del liberta­ dor Bruto, pero habiendo fracasado por este camino, trataron de lograr sus propósitos acudiendo a la fuerza de las armas con la ayuda exterior:

las sucesivas intervenciones de diver­ sas ciudades etruscas, primero Veyes y Tarquinia y a continuación Clu­ sium con su rey Porsenna. y en últi­ mo lugar de los latinos comendados por la ciudad de Tusculum, tampoco consiguieron entronizar de nuevo a Tarquinio en Roma, por lo que final­ mente el rey se retiró a Cumas, donde fue acogido por su tirano Aristodemo, muriendo en el año 495 a. C. A partir de estos momentos ya no vuelve en Roma a oirse hablar de los Tarqui­ nios, y el régimen republicano mar­ cha ya firmemente hacia adelante. El relato tradicional sobre el origen de la República romana, que tan su­ mariamente acabo de exponer, inten­ ta demostrar que el cambio de régi­ men se produjo debido a una impe­ riosa necesidad de modificar las ins­ tituciones, que la monarquía había degenerado en una tiranía y que en

8

consecuencia era imprescindible de­ volver a los ciudadanos la libertad perdida. Para ello, los analistas acu­ dieron a toda clase de anéctodas o historietas morales que justificaran esta transformación, elevaron a los protagonistas de tan trascendental acto a la categoría de héroes, no sola­ mente a aquellos calificados de tira- nicidas. sino también a otros (Hora­ cio, Cocles, Mucio Scévola, Clelia) cuya intervención no deja de ser epi­ sódica. y en definitiva recurrieron a todos los elementos posibles que de una manera clara evidencien el co­ mienzo de una nueva y gloriosa era en la que el odium regni se perfila como pauta de comportamiento polí­ tico. La nueva ideología y sentido que adquiere la historia de Roma es per­ fectamente definida por el historia­ dor lito Livio al comienzo de su libro segundo: «Es una Roma libre de la que voy a contar ahora sus hazañas en la paz y en la guerra, con unos m a­ gistrados anuales y con leyes cuya au­ toridad es superior a la de los hom ­ bres» (Livio. 11.1.1). La evidente artificiosidad del relato analístico plantea un primer proble­ ma sobre esta cuestión, el de la histo­ riografía antigua. Si para la última etapa del período monárquico los analistas disponían de fuentes etrus- cas y griegas que mejoraban sustan­ cialmente sus posibilidades de infor­ mación, para el primer siglo republi­ cano estas últimas se limitan prácti­ camente a las propias tradiciones lo­ cales. Estas son de muy diversa pro­ cedencia y en general se prestan a la manipulación y en última instancia a la falsificación, como suele ocurrir con muchas tradiciones gentilicias, epopeyas populares, etc. Pero junto a este tipo de información nos encon­ tramos también auténticos documen­ tos públicos, como algunos textos le­ gales y los llamados Fastos consula­ res. esto es, la lista de magistrados su­ premos que daban nombre al año. Los Fastos constituyen sin duda una

Akal Historia del Mundo Antiguo

de las fuentes fundamentales para el estudio de la República romana, so­ bre todo para su primer siglo: hay que tener presente que la lista de m a­ gistrados no sólo servía a efectos de cómputo de tiempo, sino que además marcó el punto de arranque de la for­ mación de la tradición analística, proporcionándole una sólida estruc­ tura. La historicidad de los Fastos ha sido repetidamente puesta en duda, llegándose incluso a negarle toda va­ lidez documental con anterioridad al siglo IV a. C. (R. Werner): en la actua­ lidad la tendencia hipercrítica parece haber disminuido considerablemen­ te. aceptándose su historicidad en ge­ neral excepto para los primeros cole­ gios de magistrados. Un hallazgo reciente ha vuelto a re­ sucitar la polémica. Durante las exca­ vaciones practicadas en la antigua ciudad latina de Satricum apareció una inscripción arcaica, probable­ mente de finales del siglo VI a. C , en la que se menciona a un tal Publio Valerio. Con este mismo nombre se conocía en la tradición a uno de los principales protagonistas de la crea­ ción del régimen republicano, apare­ ciendo asimismo en los primeros co­ legios de magistrados supremos. Si fuese posible identificar a ambos per­ sonajes. significaría un cambio radi­ cal en las perspectivas de acerca­ miento a la cuestión del origen de la República, imponiéndose la necesi­ dad de depositar una mayor confian­ za en el relato tradicional. Sin embar­ go, por el momento hay que esperar a que las investigaciones en curso so­ bre este documento avancen lo sufi­ ciente para sacar unas conclusiones firmes, pero aun así su sola presencia es claro indicativo de la extraordina­ ria movilidad de nuestros conoci­ mientos sobre este importante pro­ blema histórico. Un importante sector de la investi­ gación moderna, partiendo de la su­ puesta falta de historicidad del relato analístico, interpreta el origen de la

El dualismo patricio-plebeyo

República a partir de una tradición griega, la llamada «crónica cumana». texto conservado en Dionisio de Ha­ licarnaso (VII.3-11), quien a su vez lo tomó de Hyperochos de Cumas. Este relato cuenta las hazañas del tirano Aristodemo de Cumas, quien tras ha­ ber salvado a su patria de un ataque de varios pueblos itálicos coaligados, entre los que se encontraban los etruscos, acudió en ayuda de la ciu­ dad latina de Aricia, sitiada por el etrusco Arrunte, hijo del rey Porsen- na de Clusium; Aristodemo levantó el cerco y destrozó al ejército sitiador. La «crónica cumana» demostraría entonces que la tradición romana fal­ seó el relato de Porsenna. quien ver­ daderam ente habría conquistado Roma y expulsado de allí a los Tar­ quinios, hasta que la intervención de Aristodemo le obligó a su vez a reti­ rarse: «la República nacería bajo el protectorado de Porsenna» (J. Hcur- gon). Ahora bien, esta opinión parte de un hecho que en sí mismo no es histórico, esto es, que Roma fue du­

M uralla

rante el siglo VI víctima de las ambi­ ciones expansionistas de las ciudades etruscas, representando precisamente Clusium y su rey Porsenna la última ola invasora. Muy posiblemente la fi­ gura de Porsenna no es ficticia, así como tampoco su expedición sobre el Lacio, reflejo de la potencia alcanza­ da por Clusium en las postrimerías del siglo VI; pero estas expediciones nunca comportaban la conquista de ciudades, y todavía más estando tan alejados de su punto de partida, he­ cho que todavía choca más al cali­ brar la categoría demográfica y políti­ ca de Roma. Esta última es cierta­ mente minusvalorada al interpretar desde una perspectiva externa todos sus grandes acontecimientos, sin te­ ner apenas en cuenta la propia diná­ mica interna de la ciudad. Otro aspecto de la cuestión que ha levantado cierta polémica se refiere a la cronología, a partir fundamental­ mente de la presunta invalidez de los Fastos y también del análisis del ma­ terial arqueológico. Así, K. Iianell y

de

Ardea

COMI/.*

9

10

Akal Historia del Mundo Antiguo

E.

Gjerstad situaban el comienzo de

dición afirma que el rey fue inmedia­

la República a mediados del siglo V

tamente sustituido por una pareja de

a.

C., lo que implicaba rebajar en casi

cónsules, que heredaron todos sus

un siglo el inicio de la monarquía «etrusca» de Roma: Tarquinio Prisco habría reinado en el último tercio del siglo VI, mientras que Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio lo habrían he­ cho en la primera mitad del siglo si­ guiente. Por su parte, R. Werner parte de la falsificación de los Fstos para el

poderes excepto los religiosos, confia­ dos a un rex sacrorum. Ya en el siglo pasado, las tendencias más críticas hacia el relato analístico considera­ ban la institución consular como el resultado de una evolución que pasa­ ba a través de fases intermedias, ca­ racterizadas por el poder único o por

período comprendido entre el 509 y el incendio de Roma por los celtas en el

una colegialidad desigual, entrando en una fuerte discusión con aquellos

390

a. C., y sitúa

el

final

de la

m onar­

otros que, como Th. Mommsen, man­

quía a mediados del siglo V. o en todo caso no antes de la derrota etrusca en Cum as en el año 474. Este último dato es considerado fundamental por

tenían la versión tradicional, reflejo según ellos de la original capacidad creadora del pueblo romano. En los tiempos más recientes la polémica

R.

Bloch, quien se imagina, a tenor de

continúa a partir de viejos y nuevos

la documentación arqueológica, una Roma fuertemente etrusquizada y rica y en consecuencia dominada po­ líticamente por los etruscos: la derro­ ta de estos últimos en Cumas les obli­ gó a abandonar el Lacio y con ellos se fue también el último rey etrusco de

argumentos, pero puede afirmarse que prácticamente se encuentra en el mismo punto, sin percibirse todavía una pequeña luz que pueda conducir hacia la solución del problema: la cuestión sigue abierta y probable­ mente se mantendrá así durante mu­

Roma.

Desde hace varios años existe sin embargo la tendencia a admitir con mayor o menor precisión la fecha tra­

para los seguidores de esta teoría, la

chos años. El recurso a la historia constitucio­ nal itálica ha dado de momento nue­ vas perspectivas de acercamiento al

dicional, si no tanto el 509 exacta­

problem a. El célebre hallazgo

de

mente. sí al menos las postrimerías del siglo VI a. C. Así ocurre con el grupo de opinión, todavía mayorita- rio, que acepta la historicidad de la «crónica cumana» y la convierte en la piedra angular de todo su sistema:

República nace en el año 504, fecha de la batalla de Aricia según las fuen­ tes griegas. Por el contrario, otros in­ vestigadores siguen prefiriendo la fe­ cha tradicional del 509, aunque sin admitir en su totalidad y con todos

unas pequeñas láminas de oro en Pyrgi, antiguo puerto de la ciudad etrusca de Caere, muestra que en esta localidad el paso de la monarquía a la República se produjo a través de una fase intermedia, personalizada en Thefaries Velianas, cuyo título es republicano (zilaíh) pero que ejerce el poder de manera vitalicia. Asimismo, en las constituciones de diferentes pueblos itálicos aparecen algunos magistrados, por ejemplo, el zilaíh purthne entre los etruscos o el summus

sus detalles el relato analístico (J. G a­

meddix entre los oscos, que parecen

gé,

F.

De Martino. J.-C. Richard. P.

indicar la existencia de una colegiali­

M.

Martin).

dad desigual, esto es. de un colegio de

Una tercera e importante cuestión se centra en los aspectos instituciona­ les, es decir, en la definición del m a­ gistrado republicano que sucedió a los reyes al frente de la ciudad. La tra­

magistrados (zilath, meddices) a cuya cabeza se encuentra uno de ellos con mayor poder que los demás. Todas es­ tas situaciones se han intentado apli­ car al caso romano, utilizando tam­

El dualismo patricio-plebeyo

11

bién las propias instituciones de Roma, con un resultado no siempre satisfactorio, como lo prueban las di­ versas opiniones emitidas y los pun­ tos oscuros que todas ellas dejan sin explicar. Admitiendo que Roma participaba de los elementos de una amplia koiné arcaica. J. Heurgon se inscribe en la línea anterior e imagina que tras la expulsión de los reyes, como una so­ lución impuesta por las circunstan­ cias. Roma fue gobernada por un co­ legio de pretores a cuyo frente se co­

por

una mención de Livio (VII.3.5) que hace alusión a la antiquísima ¡ex de clavo pangendo . esto es. que tal pretor

se encargaba de la clavifixión anual en el muro del templo de Júpiter Ca­ pitolino; en un segundo momento se

crearon

con la

plena colcgialidad. que a mediados del siglo V tomaron el título definiti­ vo de cónsules. Por el contrario, para F. De Martino los difíciles momentos que vivió Roma en el año 509 a. C. hacían necesario un poder central só­

lido, que se encarnó en la figura del magister populi o dictador, quien reu­ nía en sus manos la práctica totali­

dad de los poderes regios; la dictadu­ ra pasó de ser magistratura ordinaria

a extraordinaria cuando la introduc­

ción de la provocatio a d p o pulum en el

año 449, que exigió además la crea­ ción del praetor m a xim u s como nuevo magistrado ordinario; el consulado apareció en el año 367 como culmi­ nación de la lucha de clases entre pa­ tricios y plebeyos. Recientemente P. M. Martin ha propuesto una interpre­ tación que toma elementos de las dos anteriores. Según este autor la mo­ narquía no desapareció con el último rey, sino que pervivió aunque desa- cralizada durante un breve tiempo en

la persona del tiranicida Junio Bruto;

tras éste aparece Porscnna. bajo cuyo

protectorado se crea la primera ma­ gistratura anual, la pretura máxima, que se mantiene mientras Porsenna

locó praetor

m a x im u s. conocido

dos praetores m axim i,

domina en Roma; la marcha de este

último hacia el año 500 supone tam ­

bién

poder supremo pasan

un

cambio

constitucional

y a ocuparlo el

el

m agister p o p u li y el m agister equitum ,

formando una colegialidad desigual;

aparece ya

de manera definitiva la magistratura binaria colegiada, esto es, el co n ­ sulado.

Junto a todas estas opiniones que entre muchas más mantienen una postura crítica hacia la tradición, tampoco faltan las que por el contra­ rio observan cierta fidelidad al relato analístico. Volviendo a las posiciones defendidas porTh. Mommsen, diver­ sos autores de época más reciente (A. Momigliano, A. Magdelain, J.-C. Ri­ chard) sostienen que el consulado es una creación original de la clase polí­ tica romana, que mediante tal acción supo dar prueba de su madurez y ca­ pacidad de respuesta a una situación tan crítica. Ciertamente tal opinión choca con graves dificultades que no se escapan a estos investigadores, pero que en definitiva no son suficientes para negar el hecho en sí, unánime­ mente transmitido por la tradición.

una

lectura de estas páginas, los proble­ mas que envuelven el origen de la Re­ pública en Roma son muchos y com­ plejos, mientras que las soluciones propuestas son todas incompletas, gi­ rando siempre sobre los mismos ar­ gumentos sin proporcionar apenas nuevas perspectivas que empujen la investigación. La propia tradición no ofrece suficientes garantías para aceptar a ciegas su testimonio; pero el recurso al exterior tampoco es por el momento un medio seguro, pues la historia constitucional itálica es peor conocida que la romana. En conclu­ sión, todavía no se puede presentar una síntesis válida sobre este aconte­ cimiento de la historiade Roma y cualquier opción que tomemos sobre las propuestas anteriores forzosa­ mente ha de ser arbitraria.

493

a partir del

año

a.

C.

Como

puede

observarse

tras

12

Akal Historia del Mundo Antiguo

II. El dualismo patricio-plebeyo

La historia de Roma durante el siglo

V a. C. y gran parte del siguiente bas­

cula fundamentalmente sobre el con­ flicto que sostuvieron los dos órde­ nes, el patriciado y la plebe, en que se dividía la población romana. Como ocurre con otras muchas institucio­ nes de antiquísimo origen, la tradi­ ción atribuía esta división del cuerpo cívico romano a una decisión indivi­ dual del fundador de la ciudad, Ró­ mulo, quien al designar a los prime­ ros cien senadores instituyó con ellos

el orden patricio, relegando al resto

de la población a la categoría de ple­ beyos (Livio. 1.8.7; Dionisio. II.7-8; Plutarco. Rómulo. 13.2). El origen de los órdenes ha consti­ tuido durante mucho tiempo uno de los temas más propicios para la dis­ cusión científica, que prácticamente se inicia a comienzos del siglo XIX con B. G. Niebuhr, auténtico padre de la historiografía moderna sobre la historia más antigua de Roma, cuali­ dad que goza con los ilustrados L. de Beaufort y G. Vico. Niebuhr identifi­ caba a los patricios con los compo­ nentes de las tres tribus primitivas y a los plebeyos con los campesinos que fueron subyugados por los primeros. Esta teoría fue dominante en la histo­ riografía del siglo XIX. pero contra ella se alzaron las voces de otros im­ portantes investigadores que partien­ do de distinto punto, confluyen reco­

nociendo en la clientela el origen de la plebe (W. Ihne, Th. Mommsen. K. J. Neumann). Los años postreros del si­ glo XIX y el primer tercio del XX asistieron a un predominio de las teo­ rías étnicas y raciales, que identifica­ ban a patricios y plebeyos con cuales­ quiera de los diferentes pueblos su­ puestamente partícipes en la funda­ ción de Roma (latinos, sabinos, etrus­ cos) o bien con las razas que pobla­ ban Italia a comienzos del primer mi­ lenio a'ntes de nuestra era (indoeuro­ peos. mediterráneos, figures, etc.). Un cambio trascendental en el mé­ todo sobre esta cuestión lo produjo un trabajo de H. Last publicado en 1945, que hace tabla rasa de todas las opiniones anteriores y ofrece una nueva perspectiva mucho más con­ corde con los testimonios disponi­ bles. Según este investigador, durante la m onarquía la población romana constituía un único cuerpo, aunque con las lógicas estratificaciones co­ rnil nés a toda sociedad, derivadas del desigual reparto de la riqueza; ello no impedía sin embargo que todos goza­ sen de los mismos derechos. El anta­ gonismo se manifestó a comienzos de la República, cuando una oligarquía de patres trató de canalizar en su ex­ clusivo provecho los beneficios de la expulsión de los reyes. A partir de este trabajo un hecho fundamental queda perfectamente claro, a saber

El dualismo patricio-plebeyo

13

que el patriciado es el único que se define positivamente, y éste será en­ tonces el motivo de discusión entre los investigadores, mientras que la

plebe lo hace negativamente, es decir, que engloba a todos aquellos que no son patricios. Las tendencias de los últimos años se han centrado en el proceso de for­ mación del patriciado, elevándose en

general su origen a la época m onár­

quica. El patriciado comienza a sur­ gir en la segunda mitad del siglo VIII a. C., en el momento en que se mani­ fiestan las primeras diversificaciones en cuanto al reparto de la riqueza en las primitivas comunidades latinas. Sin embargo, la distinción no es tanto económica como sobre todo social y política, ya que en la primera fase monárquica unas cuantas de estas fa­ milias más poderosas ostentan su ambición a ocupar hereditariamente las principales instituciones, como el Senado, las centurias de caballería y los sacerdocios más representativos. Bajo los llamados reyes «etruscos» esta aristocracia patricia vivió situa­ ciones muy críticas, pero también supo consolidar y ampliar sus posi­ ciones, de manera que cuando se pro­ dujo el cambio del régimen monár­ quico al republicano, el patriciado se presenta como un grupo todavía en formación pero con la suficiente fuer­ za para erigirse en protagonista de la nueva era que entonces comenzaba. Mientras tanto la plebe no existía en cuanto grupo organizado y definido, esto es, no tenía una gran existencia jurídica ni tampoco política, sino que constituía la gran masa de la pobla­ ción totalmente indiferenciada: se­ gún aparece designada en los textos históricos griegos, la plebe se define como oipolloí, es decir, «los más», «la muchedumbre». Los primeros años que siguieron a la expulsión de la realeza vienen marcados por el signo del aequum , de una actitud conciliadora por parte del patriciado hacia los humildes.

Existe todavía un evidente temor al retorno de la monarquía, que seguía contando en Roma con un número nada despreciable de partidarios, so­ bre todo entre aquellas clases menos favorecidas y entre los proletarii, que años atrás habían encontrado en Tar­ quinio un valiosísimo defensor de sus intereses. Esta política de unidad se percibe asimismo en las instituciones superiores del Estado: la reconstruc­ ción del Senado que tuvo lugar inme­ diatamente a la instauración de la República propició la admisión de elementos no patricios, los llamados conscripti, que constituían una catego­ ría de senadores diferente a la de los patres, y en consecuencia privados del privilegio de los auspicios; este grupo de los conscripti es el reflejo de una fue iza política no incluida en el patri­ ciado. pero también opuesta a Tar­ quinio, y que alcanzó a ocupar la ma­ gistratura suprema, como lo mues­ tran esos nombres plebeyos que apa­ recen en los primeros colegios con­ sulares. En el año 495 murió Tarquinio el Soberbio en su exilio de Cumas, lo que unido a la victoria romana sobre la coalición latina en el lago Régilo (496) y a la posterior firma del fo ed u s C assianum (493). provoca en la políti­ ca interna de Roma un brusco giro, tendiendo hacia posiciones más radi­ cales por parte del patriciado. que al ver alejarse definitivamente la ame­ naza del retorno del reg n u m y el afianzamiento de Roma en el Lacio, trata de monopolizar en su exclusivo beneficio las ventajas de la nueva si­ tuación. A partir de estos momentos puede observarse claramente la vo­ luntad por parte del patriciado de avanzar hacia la instauración de un régimen oligárquico, quizás no tanto de derecho, sino, sobre todo, de he­ cho. mediante el control de los órga­ nos de gobierno, de la religión públi­ ca, del derecho y de los recursos eco­ nómicos, culminando con el propósi­ to de convertirse en una casta cerrada.

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Akal Historia dei Mundo Antiguo

Las causas del conflicto patricio- plebeyo son muy diversas, tantas cuanto variados son los componentes

de la plebe, y no todas ellas se hacen sentir contemporáneamente, mez­ clándose con otros motivos que pro­ piamente escapan a esta dualidad y que son más característicos de una época de crisis económica. En efecto, la plebe se componía de una masa muy heterogénea, sin una clara con­ ciencia de clase en un primer mo­ mento de su historia y con una enor­ me variedad de intereses, pues en ella se encontraban los proletarios —que

a su vez formaban un conjunto muy

dispar—, los pequeños y medianos campesinos —que constituían los lla­ mados infra classem en el ámbito m i­ litar— y una élite que por su riqueza era admitida en la classis y cuyos ele­ mentos más destacados llegaron a ocupar en momentos de victoria puestos políticos elevados. Los primeros síntomas de la lucha se detectan tras la victoria del lago Régi lo y presentan un carácter agra­ rio evidente. El conflicto se plantea a propósito de dos cuestiones: la utili­ zación del ager publicus y el problema

del nexum . Bajo el nombre de ager p u ­ blicus, los antiguos romanos enten­ dían aquel territorio cuya propiedad correspondía al Estado, es decir, al pueblo romano, y, en consecuencia,

se oponía a la propiedad

privada o

ager privatus: este tipo de tierras pro­ cedía de anexiones que mediante conquista llevaba a cabo el Estado romano sobre territorio enemigo, y su disfrute venía a ser monopolizado por las grandes familias sin poseer por ello un derecho de propiedad, sino tan sólo de ocupación, lo cual no les impedía situar en ellas a sus clien­ tes y en definitiva actuar como si ver­ daderamente fuesen suyas. La plebe,

y concretamente aquellos ciudadanos

que dada su condición »dc propieta­ rios rurales (adsid u i) eran incluidos en el ejército y en consecuencia ha­ bían contribuido en mayor o menor

medida a la adquisición de tales tie­ rras, pretendían asimismo disfrutar­ las, pero no en el mismo régimen de ocupación, sino mediante su trans­ formación en propiedad privada y su reparto entre los campesinos. Sin em­ bargo, los patricios, dueños del poder político, no estaban dispuestos a aceptar estas reivindicaciones y si­ guieron incrementando su patrimo­ nio a costa de los terrenos públicos. La frustrada reforma agraria atribui­ da por la tradición a Spurio Casio en el año 486, y que finalizó con la con­ dena y muerte del propio Casio acu­ sado de aspirar al regnum , aunque adornada con elementos totalmente anacrónicos, constituye un fiel reflejo de la lucha iniciada poco antes por la plebe para mejorar su situación. Otro importante problema que re­ crudeció la lucha social fue la cues­ tión de las deudas. Habida cuenta de la escasa fertilidad del suelo latino y sobre todo debido a las obligaciones militares de los campesinos, constan­ temente llamados a filas por la ame­ naza exterior, llegó a ser frecuente que tras una mala cosecha o como consecuencia de la guerra —bien por una incursión enemiga, bien porque los deberes militares impedían desa­ rrollar norm alm ente las labores agrícolas—. muchos campesinos em­ pezasen a arrastrar una vida mísera, con lo cual se encontraban en la ne­ cesidad de acudir a los ricos propieta­ rios y contratar con ellos un préstamo de ganado o productos agrarios para intentar salvar su difícil situación. El deudor que no podía hacer frente a sus compromisos quedaba atrapado por el nexum , es decir, totalmente vin­ culado al acreedor, quien se apropia­ ba de su tierra y le obligaba a trabajar en una situación teóricamente simi­ lar a la del cliente, pero de hecho bas­ tante peor. La institución del nexum es un claro exponente de la «despia­ dada explotación del hombre por el hombre» (J.-C. Richard); la crisis agraria jugó en favor de los grandes

El dualismo patricio-plebeyo

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Planta de la Regia a comienzos de la República. Según F.E. Brown

propietarios, quienes por todos los medios posibles incrementaban sus patrimonios y el número de personas dependientes, dejando al mismo tiempo al descubierto la completa in­ defensión de los pequeños campesi­ nos en esta lucha desigual. Por otra parte, el conflicto patricio- plebeyo obedece en una de sus face­ tas a causas políticas y afecta funda­ mentalmente a la élite plebeya. Esta última, y su representación de los conscripti, constituía una aristocracia de segundo orden, totalmente a mer­ ced de los patricios para conseguir el desempeño de un cargo público. En los primeros tiempos republicanos los magistrados no eran elegidos por el pueblo, sino designados por sus predecesores en el cargo, limitándose la acción popular a la simple investi­

dura mediante la lex curiata de impe­ rio. Las circunstancias imperantes en Roma con la expulsión de Tarquinio el Soberbio favorecieron, como he­ mos visto, un compromiso que facili­ tó el acceso al consulado de elemen­ tos vinculados a los conscripti. Así, se puede comprobar la presencia de doce cónsules plebeyos entre el 509 y el 486, pero a partir del 485 la situación cambia radicalmente: si recurrimos a la estadística, podremos observar que en el casi siglo y medio comprendido entre el inicio de la República y la concordia de los órdenes en el 367 a. C , dos tercios del total de los magis­ trados supremos los monopolizan apenas diez familias patricias, mien­ tras que los elementos plebeyos son raros y muy mal repartidos, encon­ trándose tan sólo siete nombres entre

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Aka! Historia del Mundo Antiguo

el 485 y el 451, cuando se instituye el

decenvirato legislativo. Ante esta si­ tuación, en la que sistemáticamente se les negaba el acceso al consulado, los conscripti hicieron suyas las rei- vindicaiones de la masa plebeya y se pusieron a la cabeza de su lucha, aprovechándose de esta nueva fuerza para poder alcanzar sus propios propósitos. En cuanto a la plebe urbana en ge­ neral, su participación en la lucha también se deja sentir, pero siempre en un segundo plano por detrás del indiscutible protagonismo de los ad- sidui. Las razones de los proletarios eran totalmente diferentes, pues hay que tener en cuenta, que el medio ur­ bano no vivió la misma crisis que el rural: las importaciones de cerámica ática y la construcción de templos asegura para la primera Roma repu­ blicana una prosperidad similar a la del siglo VI. No obstante también en la ciuda existían problemas sociales cuya responsabilidad era achacada por la plebe urbana al gobierno patri­ cio, como ocurría, por ejemplo, con las dificultades en el abastecimiento de grano que provocaban tempora­ das de hambre. Por otra parte, las cla­ ses artesanales y mercantiles, más en contacto con otros ambientes cultura­ les y políticos, servían de vehículo para la introducción en Roma de las

tendencias isonómicas existentes en el sur de Italia, y cuando a partir del año 475 aproximadamente. Roma se vio afectada por la misma crisis que sacudía a las ciudades etruscas marí­ timas, estas clases ya no dudaron en ponerse abiertamente al lado del res­ to de la plebe con el objetivo común de obtener una total paridad jurídica

y social, pero también con la esperan­

za de mejorar su situación econó­ mica. Para poder hacer frente con ciertas posibilidades de éxito al estamento patricio, la plebe necesitaba una or­ ganización propia, unos instrumen­ tos que aglutinaran toda su energía

dispersa y opusieran un bloque con­ junto a las ambiciones crecientes del patriciado, y esto se consiguió según

la tradición en el año 494 a. C. A tra­

vés de un relato muy elaborado y car­

gado de todo tipo de anécdotas, cuen­ tan los analistas que al regresar de una campaña y estando todavía bajo las armas, la plebe se retiró en masa al monte Sacro —o al Aventino, se­ gún otras versiones— como respuesta

a la escasa voluntad patricia por re­

solver el problema de las deudas. Te­

merosos los patricios de que esta si­ tuación se prolongase dejando inde­ fensa a la ciudad, enviaron junto a los secesionistas a Agripa Menenio, quien con el famoso apólogo del estó­ mago y de los miembros del cuerpo

humano, logró convencer a la plebe para que regresara a Roma. Se acordó entonces conceder a la plebe unos ma­ gistrados propios y excluir a los patri­ cios de esta función (Livio, 11.31.7-

consecuencia de estos

acontecimientos, más o menos edul­ corados por la tradición, se destaca la aparición de una estructura política plenamente revolucionaria, la crea­ ción de un Estado plebeyo dentro del propio Estado romano, y que en m u­ chos aspectos sirvió de motor para el desarrollo de este último. Tal estruc­ tura consistía en unas magistraturas (tribunos y ediles de la plebe), en una asamblea (concilium plebis) y en un centro político, religioso y adminis­ trativo. La secesión al monte Sacro fue obra de los adsidui, es decir, de los propietarios de tierras, temerosos de verse atrapados por el nexum. Con este acto, la plebe inicia una larga lu­ cha que no terminará completamente hasta el año 287 a. C. Este primer paso no fue sin embargo un episodio cuyo valor simbólico superara con creces su valor real, sino que tuvo una importancia trascendental al propor­ cionar a la plebe una sólida organiza­ ción: mediante la adopción de una serie de decisiones unilaterales, sin participación del patriciado ni en ge­

33.3). Com o

El dualismo patricio-plebeyo

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neral de todos aquellos que no ha­ bían participado en la sedición, la plebe reivindicó su autonomía, forta­ leció su unidad y adquirió una con­ ciencia de clase necesaria para iniciar la lucha. El hecho fundamental fue sin duda la creación de los tribunos de la plebe como magistrados característicos de este estamento. El tribunado nace como una magistratura en cierta me­ dida anárquica, sin unas condiciones muy claras en cuanto a su modo de elección, duración en el cargo, facul­ tades, etc.; vino en todo impuesta por las circunstancias y por ello los pri­ meros tribunos de la plebe se recluta­ ron entre los oficiales del ejército (tri­ buni militum) que encabezaron la re­

vuelta y de ellos tomó el nombre la institución. Su creación se caracteriza por una lex sacrata, esto es, un jura­ mento de carácter militar que obliga­ ba a todos los que lo prestaban a obe­ decer a su jefe y como garantía del mismo se ponía a la divinidad, con lo cual todo aquél que faltaba a su pala­ bra se exponía a la venganza divina, era declarado sacer, maldito, y perse­ guido por cualquiera. Como conse­ cuencia de esta ley, el tribuno era considerado sacrosanctus, esto es in­ violable, y la plebe se conjuró para defender la inviolabilidad de sus jefes ante todo aquel que atentase contra sus personas, bien fuese plebeyo o pa­ tricio. De esta manera la plebe logró imponer en Roma una organización

A ltares de

L avin iu m , hoy Pratiza di Mare

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propia que si bien no tuvo en un prin­ cipio una sanción jurídica, al incluir­ la en el ámbito de lo divino la hizo extensible a toda la comunidad, con lo cual los patricios se vieron asimis­ mo obligados a respetar la inviolabi­ lidad tribunicia. El tribunado de la plebe ofrece en sus comienzos un carácter fuerte­ mente revolucionario, con un poder,

la tribunicia potestas, opuesto al im pe­

rium consular. Desgraciadamente no conocemos la historia del tribunado en sus primeros años; se sabe que a partir del 471 los tribunos fueron ele­ gidos en los concilia plebis, pero sc desconoce la situación anterior, ha­ biéndose propuesto que quizás fue­ ron designados por sus predecesores, como sucedía con el consulado, aun­ que tampoco existía una regla fija so­ bre la temporalidad; los mismos pro­ blemas se tienen sobre su número, ya que con anterioridad al 457, fecha en que se incrementó a diez, todo son hi­ pótesis; lo más probable es que en un principio los tribunos fuesen dos, como dos eran los cónsules a los cua­ les se oponían, pasando por una fase intermedia de cuatro o cinco miem­ bros antes de alcanzar los diez defi­ nitivos. Los poderes de los tribunos no na­ cen mediante un acto concreto, sino que se van formando paulatinamen­ te. conforme lo impone la práctica política. La primera obligación del

tribuno

adversus

consules, es decir, la protección del

plebeyo contra el im perium

gistrados supremos. Como dice F. De Martino, «tal auxilium era la expre­ sión no del derecho, sino de la fuerza de la plebe», lo que quiere decir que detrás de aquel ciudadano que el tri­ buno intentaba defender, se encon­ traba toda la comunidad plebeya. A partir del auxilium original se desa­ rrolla el gran poder del tribuno, la in ­ tercessio, esto es. el derecho a oponer­ se a la acción del magistrado: el a u xi­ lium era ejercido sobre el plebeyo in­

era

la

auxilii

latio

de los ma­

Akal Historia del Mundo Antiguo

dividualmente para defender de un acto individual de persecución por parte del magistrado; pero como al­ guna soperaciones, aunque dirigidas contra individuos, eran la ejecución de disposiciones generales, el a u x i­ lium se transformó en intercessio con­ tra el acto en sí. La intercessio podía paralizar la vida del Estado, ya que mediante su utilización el tribuno po­ día oponerse a cualquier acto admi­ nistrativo. como prohibir la leva del ejército, las propuestas de leyes, las elecciones, la ejecución de las delibe­ raciones del Senado e incluso la mis­ ma convocatoria de los comicios. Ahora bien, todas estas aplicaciones

de la tribunicia potestas no surgieron

en el acto mismo de creación del tri­ bunado, sino que es el producto final de un largo proceso de lucha y de ex­ periencias negativas que refleja en úl­ tima instancia el progresivo triunfo de la plebe. La inviolabilidad del tribuno de la plebe, uno de los elementos más sin­ gulares de su figura jurídica, experi­ mentó asimismo una evolución con el paso del tiempo. Según Dionisio (VI.89.3) el tribuno se encontraba protegido de cualquier constricción, de la prisión y de la muerte, en clara referencia al poder de coercitio de los magistrados supremos, consistente en

prensio, verbera y supplicium ; es decir,

que el tribuno no podía ser coaccio­ nado a desistir de su actividad, ni en­ carcelado ni procesado por la misma, e incluso llegó a prohibirse interrum­ pir al tribuno cuando se dirigía a la asamblea. En síntesis, el magistrado de la ciudad era prácticamente impo­ tente y la enorme fuerza de su im pe­ rium se detenía ante la persona sacra- Jizada del tribuno. Además, como consecuencia de la inviolavilidad y para asegurar el libre ejercicio de la intercessio, los tribunos de la plebe po­

en

virtud de la cual podía actuar contra

todos aquellos que se oponían a la práctica de sus funciones o habían

seían la summa coercendi potestas,

El dualismo patricio-plebeyo

atentado contra su persona, llevando consigo la posibilidad de imponer multas, aspecto que recibió a poste­ riori una sanción jurídica a través de

la ¡ex A I tern ia Tcirpeia del año 454 a. C.

Con el desarrollo de sus funciones, los tributos llegarán incluso a proce­ der contra antiguos magistrados por hechos cometidos mientras desempe­ ñaban el cargo. La naturaleza de los poderes y fun­ ciones de los tribunos les impusieron finalmente unas normas de compor­ tamiento. El tribuno ejercía su poder en la ciudad y en una milla en torno

al

el ejército salía a campaña, éste que­

daba totalmente al margen

risdicción y bajo el poder absoluto del magistrado cum im perium . Por esta razón, el tribuno no podía ausen­ tarse de Roma y su casa tenía que es­ tar abierta noche y día, convirtiéndo­ se en un lagar permanente de asilo y al igual que su propietario, protegida también por la inviolabilidad. Según cuenta Dionisio (VI.90.2), en ese clima de conciliación que existía en Roma tras el retorno de la plebe del monte Sacro, esta última solicitó e inmediatamente obmvo del Senado la creación de dos nuevos magistrados, llamados ediles de la plebe, para que auxiliaran a los recien instituidos tri­ bunos. Sobre esta nueva magistratura algunas fuentes dicen que estaba igualmente protegida por la sacro- sanctitas, qua hacía inviolables a sus titulares; sin embargo, como los edi­ les no nacieron en virtud de una ¡ex .sacrata, se duda sobre las particulari­ dades de dicha inviolabilidad y los autores antiguos tampoco asumen una postura uniforme al respecto. Los ediles eran dos y se encontraban en estrecha relación con el templo de Ceres el centro político religioso de la plebe, pero sin desempeñar ninguna función sacerdotal. Aunque situados en una posición muy inferior a la de los tribunos, los ediles contribuyeron notablemente a la lucha plebeya pro­

p o m eriu m , de manera que cuando

de su ju ­

porcionando el necesario fundamen­ to administrativo. Los ediles se encargaban de los ar­ chivos de la plebe, del cuidado del templo de Ceres, de la administra­ ción del tesoro allí guardado y ali­ mentado por los bienes de aquellos declarados sa c er; tam bién es muy probable que las cuestiones relativas al aprovisionamiento de grano no fuesen extrañas a las competencia de los ediles; en definitiva, casi todas sus funciones estaban vinculadas al tem­ plo de Ceres, del cual tomaron inclu­ so su propio nombre (aedilis, deriva­ do de aedes. santuario). La plebe poseía para su autogo­ bierno una asamblea exclusiva, el concilium plebis, en el cual los patri­ cios lógicamente no tenían entrada. Esta institución no se creó en el mo­ mento de la primera organización plebeya, cuando la secesión al monte Sacro, sino que nació años más tarde en virtud de un acto unilateral de la propia plebe, durante el tribunado de Publilio Volerón, en el año 471, quien organizó las tumultuosas reuniones que la habían precedido, dando lugar a una auténtica asamblea, perfecta­ mente organizada y fuera del alcance político del patriciado. El concilium plebis no utilizaba los antiguos criterios de división de la población, sino que se basó en el más democrático de las tribus, constitu­ yendo por ello el antecedente de los

tribus

pero que ya reunía al conjunto de los ciudadanos. La asamblea plebeya es­ taba presidida por un magistrado ple­ beyo, el tribuno o el edil, y los proce­ dimientos que regulaban sus sesiones no se veían constreñidos por las nor­ mas imperantes en las asambleas ciu­

dadanas; por ejemplo, no era necesa­ ria la consulta previa de los auspicios, con lo cual no se podía invocar el te­ rror religioso y la asamblea actuaba con mayor libertad. El concilium ple­ bis decidía sobre todas las cuestiones relativas a la plebe, comenzando por

com itia

tributa,

asamblea

por

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2 0

Akat Historia del Mundo Antiguo

la designación de sus magistrados, que a partir del año 471 fueron elegi­ dos directamente, poniendo fin a una etapa de cierta irregularidad. Las de­ cisiones de esta asamblea, llamadas plebiscita, tenían fuerza de obligado cumplimiento tan sólo para los ple­ beyos, ya que los patricios, al no par­ ticipar en estas asambleas, no tenían porqué observar sus mandatos. El concilium plebis tiene gran importan­ cia en la historia constitucional ro­ mana, pues puede decirse que fue la primera asamblea con capacidad electiva y legislativa, aunque reduci­ da a un sector del cuerpo cívico; sin embargo, las asambleas ciudadanas todavía carecían de estas facultades y hasta mediados del siglo V a. C. no veremos a los comicios por centurias constituirse en el auténtico órgano de representación popular. Como último eslabón en la organi­ zación plebeya se destaca el centro que este estamento buscó como, pun­ to de referencia religioso, político y económico. El lugar elegido fue el Aventino, colina situada fuera del/;o-

merium de la ciudad, y allí tenían ce­ lebración las asambleas plebeyas y todos sus actos políticos. A los pies del Aventino se construyó el templo de Ceres que alberga también a sus paredors Liber y Libera, verdaderos símbolos de la autonomía de la plebe, dedicado en el año 493. Así como los plebeyos nacieron en oposición a los cónsules, este santuario constituía para los plebeyos lo que el templo de Júpiter Capitolino era para toda la ciudad. Con un carácter más frumen­ tario que agrícola, el templo de Ceres era el centro de toda la diversidad de gentes que formaban la plebe, como lo muestran las funciones adminis­ trativas que cumplía bajo el estricto control de los ediles: era a la vez lugar del archivo plebeyo, donde se deposi­ taban los plebiscitos; sede del tesoro y centro de distribución del trigo. El fuerte carácter plebeyo del Aventino fue confirmado en el año 456, cuando en virtud de la llamada lex Icilia de Aventino publicando, esta colina fue objeto de reparto de tierras entre la plebe.

Llegada de la serpiente a la Isla Tiberina. Culto de Asclepio en Roma. Según medallón de Antonio Pío, Biblioteca Nacional, París

El dualismo patricio-plebeyo

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III. El decenvirato y el desarrollo constitucional

En la primera mitad del siglo V a. C. la plebe había conseguido alcanzar un importante objetivo, como fue el dotarse de una organización interna que conjugaba en un mismo esfuerzo la enorme diversificación sociológica y económica de los elementos que la componían. Por su parte el patricia- do, como toda oligarquía, manifesta­ ba una clara tendencia hacia el estan­ camiento, a monopolizar los resortes del gobierno y gran parte de los recur­ sos económicos y en definitiva a constituirse en casta cerrada con la conciencia de pertenecer a una clase superior. Su acción es profundamen­ te negativa, en el sentido de que go­ bierna prácticamente por inercia, de espaldas por completo a los proble­ mas que vivía la sociedad romana y con el único propósito de consolidar su poder. El inmovilismo del patricia- do contrasta pues con el enorme di­ namismo de la plebe, lo cual no deja­ ba de ser a la larga contraproducente para sus propios intereses, mientras que el elemento plebeyo, acuciado además por los graves problemas que sacudían a Roma, encontraba conti­ nuamente nuevos motivos para conti­ nuar en su lucha. Efectivamente, la situación por la que atravesaba Roma a mediados del siglo V era dramática. La amenaza

principal procedía del exterior, con­ cretamente en la presión creciente que ejercían los pueblos montañeses osco-sabélicos en su afán por ocupar las tierras de la llanura, según la di­ námica general que entonces envol­ vía a toda la península Itálica. Prácti­ camente desde comienzos de siglo, raro es el año en que el relato analís­ tico no hace mención a una campaña dirigida contra estos pueblos (in sin­ gulos annos bellum timebatur, dice Li­ vio. III. 15.4), y aunque el esfuerzo era conjunto con los latinos y hérnicos, no cabe la menor duda de que Roma sentía en su propia carne los estragos causados por una guerra continua. De todo el cuerpo cívico romano, los campesinos plebeyos eran los que su­ frían en mayor medida las conse­ cuencias de esta situación: continua­ mente eran llamados a filas y en muy pocas ocasiones su esfuerzo se veía compensado por el botín: además, las obligaciones militares Ies impedía atender adecuadamente el cultivo de sus tierras, con lo que el fantasma de las deudas y del nexum planeaba amenazante sobre sus cabezas. Por otra parte y desde la perspectiva del patriciado dirigente, el peligro exte^ rior era su principal preocupación, pues además era él el principal bene­ ficiario de las ventajas económicas

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Aka! Historia del Mundo Antiguo

que en ocasiones podía reportar la guerra. Por ello su interés se centraba en disponer de las tropas necesarias para hacer frente a la guerra, y es en este sentido como debemos compren­ der esa actitud conciliadora que de vez en cuando el patriciado asumía al

aceptar el reparto de tierras, esto es, incrementar el número de propieta­ rios y con ello el de soldados. Pero por esta misma razón la plebe dispo­ nía de un arma eficaz en su lucha, pues al negarse a la leva presionaba sobre el patriciado para conseguir sus propósitos y es precisamente en este aspecto donde con mayor frecuencia se ejercía la intercessio tribunicia. La situación interna de Roma tam­ poco dejaba de ser preocupante. Las fuentes mencionan durante estos años constantes tumultos provocados por la cuestión de las deudas y por la reivindicación de la plebe sobre la parcelación del ager publicus. Por otra parte, la escasa productividad agríco­ la del suelo latino se agravaba con los efectos de la guerra, lo cual producía con frecuencia un grave desequilibrio

entre alimentos y

bre se presenta pues como otra cons­ tante en la inestable situación social de Roma, que sólo se podía resolver acudiendo a las ricas zonas trigueras del interior de Etruria y del sur de Ita­ lia. Finalmente hay que señalar una nueva causa de descontento en la cri­ sis económica por la que atraviesa Roma a partir del 475, aproximada­

mente, en consonancia con lo que por entonces sucede también en la Etruria meridional marítima: la ar­ queología muestra perfectamente el descenso de las importaciones de ce­ rámica ática a partir del 475, alcan­ zando cotas mínimas desde el 450; este cuadro concuerda con el de la construcción de edificios religiosos, pues si en los primeros veinticinco años de la República se*dedican cua­ tro nuevos templos (4%: Saturno; 495: Mercurio: 493: Ceres, Liber y Li­ bera: 484: Dióscuros), durante el resto

población: el ham ­

del siglo V tan sólo se documentan dos más, el de Dius Fidius (466) y el de Apolo (431). Estos datos demues­ tran que las clases artesanales y mer­ cantiles, tan florecientes en el siglo VI y en los primeros años de la Repúbli­ ca, atraviesan ahora momentos muy difíciles, propiciándose de esta mane­ ra su integración política en el orden plebeyo y su oposición al gobierno patricio. Gracias a su organización interna, la plebe pudo disponer de una plata­ forma efectiva para llevar adelante las diferentes reivindicaciones que te­ nía planteadas. Sin embargo, en algu­ nas ocasiones la situación escapaba de las manos de los tribunos, surgien­ do espontáneamente nuevos líderes que trataban de conducir la lucha de una manera más radical, en cierta medida al estilo de algunos tiranos griegos. Un ejemplo de esta faceta se encuentra, en mi opinión, en el episo­ dio de Apio Herdonio, fechado en el año 460 a. C. Según el relato tradicio­ nal (Livio, III.15-19; Dionisio, X.14- 17; Floro, 11.7.1-2; Orosio, II. 12.5) era este personaje un sabino que al frente de un nutrido grupo de exiliados, siervos y clientes se apoderó por sor­ presa y durante la noche del Capito­ lio, con la intención de liberar a los esclavos y favorecer las pretensiones de la plebe, en esos momentos engar­ zada en un violento conflicto con el patriciado; tras varias discusiones en­ tre los cónsules y los tribunos, triunfa finalmente la opinión de los prime­ ros, quienes con la inesperada y grati­ ficante ayuda del dictador de Tuscu­ lum, Mamilio, toman al asalto la co­ lina, dando muerte a sus ocupantes. Este episodio es interpretado general­ mente en el contexto de las guerras que por entonces enfrentaban a ro­ manos y sabinos, lo cual no deja de sorprender, puesto que parece suma­ mente difícil que un ejército sabino ocupara sin más la acrópolis de Roma sin unas consecuencias dra­ máticas para la ciudad. En mi opi­

El dualismo patricio-plebeyo

nión. la acción de Apio Herdonio hay que entenderla como un movimiento de carácter isonómico de corte radi­ cal. en el que participan elementos en situación prácticamente desesperada que al haber perdido la confianza en el medio legal de lucha, recurren a una vía extrema para conseguir sus fines. El episodio es claramente sinto­ mático de las fuertes tensiones socia­ les que sacudían a Roma a mediados del siglo V. y a cuyo fin tuvo que con­ tribuir el magistrado de Tusculum, prueba de la solidaridad de clase que

existía entre las aristocracias latinas.

no sólo

en el conflicto patricio-plebeyo, sino también para la historia de la prime­ ra República romana, tiene lugar en los años centrales del siglo V con la aparición del decenvirato legislativo. La relación de los Fastos interrumpía en los años 451 y 450 a. C. la mención de cónsules y en su lugar era designa­ do como titular de la magistratura su­ prema un colegio compuesto por diez miembros, que respondían al título oficial de decemviri legibus scribundis consulari potestate. La tradición situa­ ba la institución de esta magistratura en el contexto de la lucha entre los dos órdenes, calificándola como uno de los mayores logros conseguidos por la plebe. La historia de este acon­ tecimiento se inicia en el año 462. cuando el tribuno C. Terentilio pre­ senta una propuesta de ley que con­ templaba la elección de un colegio de cinco miembros con la misión de re­ visar los poderes de los cónsules; esta pretensión no fue aceptada por los patricios, iniciándose así una de las décadas de mayor enfrentamiento en el conflicto patricio-plebeyo, compli­ cada con unos momentos de gran presión por parte de volseos y ecuos y por las propias tensiones sociales de Roma, reflejadas en el episodio de Apio Herdonio que acabamos de ver. F inalm ente la propuesta plebeya triunfó, naciendo el decenviriato le­ gislativo como magistratura suprema.

Un

momento

culminante

con decisiones no sujetas a la apela­ ción al pueblo y dejando en suspenso todas las otras magistraturas. La mi­ sión de los decenviros era la de redac­ tar unas nuevas leyes que regulasen las relaciones entre los ciudadanos, normativa conocida con el nombre de ley de las XII Tablas. Esta nueva magistratura se mantu­ vo en el poder durante más de dos años y fue ocupada por dos colegios sucesivos. F.I primero de ellos, com­ puesto exclusivamente por patricios y presidido por Apio Claudio, dio cum­ plimiento a su objetivo redactando un conjunto de leyes que fueron ins­ critas sobre diez tablas. Una vez lle­ gado a término el plazo prescrito, los decenviros alegaron que todavía no habían acabado su labor, por lo que se decidió elegir un nuevo colegio, presidido también por Ap. Claudio y con participación de plebeyos, para terminar la elaboración de las leyes. Si el primer colegio había actuado siempre con equidad y justicia, el se­ gundo se caracterizó precisamente por lo contrario, dando muestras de su ambición y deseos de conservar el poder desde el mismo momento de su entrada en funciones. La labor de este segundo decenvirato se limitó a la redacción de las dos últimas tablas, señalándose el resto de su gobierno por la tiranía que ejercieron y que les valió la oposición tanto de la plebe como del patriciado. Cuando agotado el año de su nombramiento los de- cenviros tenían que dimitir, no hicie­ ron tal cosa, sino que continuaron en el cargo gobernando a su antojo, has­ ta el punto de que fueron calificados como «los diez Tarquinios», en clara alusión a la tiranía del último monar­ ca. Finalmente, como consecuencia de graves fracasos militares, del ini­ cuo comportamiento de Apio Clau­ dio y de una segunda retirada de la plebe al monte Aventino, el deccnvi- rato cayó por sus propios errores y la República fue restaurada con todas sus magistraturas, siendo elegidos

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24

Akal Historia del Mundo Antiguo

Vista general de la Isla Tiberina desde río abajo

cónsules L. Valerio y M. Horacio (449), quienes restablecieron la con­ cordia entre los órdenes mediante la publicación de tres leyes claramente favorables a la plebe: los plebiscita obligarían a todos los ciudadanos; confirmación de la scicroscmctitas de tribunos y ediles, y prohibición de crear nuevas magistraturas sine pro­ vocatione. Este relato tradicional sobre el dc- cenviralo es sin duda una de las par­ tes más elaboradas de toda la tradi­ ción analística referente a los prime­ ros tiempos republicanos. En él se pueden encontrar todo tipo de ele­ mentos literarios e hisloriográficos. detectándose un paralelismo muy singular con otro acontecimiento de gran importancia, el origen de la Re­ pública, sobre todo en momentos de gran patetismo narrativo: así, la ima­ gen tiránica de los decenviros repite la de la familia de Tarquinio el Sober­ bio; dos de los protagonistas del naci­

miento de la República llevan los mismos nombres que los restaurado­ res de la misma (Valerio y Horacio); y finalmente la figura de Virginia, cuya honestidad es la causa que provoca la caída de los decenviros, está modela­ da sobre la de Lucrecia que desempe­ ñó idéntico papel en el hundimiento de la monarquía. A pesar de todo este ropaje literario, no podemos sin em­ bargo negar el auténtico valor históri­ co que contiene la tradición, la exis­ tencia de los decenviros y la obra legislativa que realizaban. El decenvirato presenta en la ac­ tualidad algunos problemas para la crítica histórica, comenzando por el de su valor constitucional. Para los defensores de que la constitución re­ publicana se fue forjando consuetu­ dinariamente. el decenvirato se defi­ ne como una institución de carácter arcontal intermediaria entre la ma­ gistratura suprema con poder absolu­ to y aquella otra limitada por la pro-

El dualismo patricio-plebeyo

25

26

Akat Historia del Mundo Antiguo

vocatio, sancionada esta última por

una de las leyes de Valerio y Horacio (F. De Martino). Por el contrario, otros autores prefieren ver en él una magistratura extraordinaria creada para cumplir un fin concreto, más de acuerdo con el sentido de la tradi­ ción. Asimismo, se ha discutido mu­

cho sobre la cuestión de la influencia

griega en el contenido de la ley de las

XII Tablas, influencia reconocida por

la propia analística, que habla de una

legación enviada a Atenas para ase­ sorarse sobre su sistema jurídico por si fuera posible aplicarlo a Roma; in­ cluso se mencionaba a un tal Hermo- doros, exiliado efesio, que había aconsejado a los decenviros y cuya estatua fue erigida en el Foro. Algu­ nas de las normas incluidas en las

XII Tablas, como la prohibición del

lujo en los funerales, recuerdan dis­ posiciones similares del mundo grie­ go, pero es sumamente difícil precisar hasta dónde puede llegar tal in­ fluencia.

Más que en su propia existencia, la importancia del decenvirato está en su obra legislativa, en la ley de las XII Tablas, considerada por Livio como fons om nis publici privatique iuris (III.34.6). En realidad las XII Tablas no constituyen un código, en el senti­ do de pretender ser una relación sis­ temática de preceptos legales para re­ gular las relaciones cívicas, sino un conjunto muy variado de normas de todo tipo de las que la mayor parte ya existía con anterioridad. Aunque el texto completo se ha perdido, su con­ tenido nos es conocido por gran can­ tidad de fragmentos que permiten ha­ cerse una idea bastante exacta del mismo: hay que tener presente que tales tablas estuvieron expuestas en el Foro durante siglos y que su estudio

era obligatorio en las escuelas roma­

nas. La ley de las XII Tablas constitu­

ye quizás el más antiguo monumento

legislativo del derecho romano y en

sus normas de naturaleza arcaica se

ocupa del derecho procesal, de fami­

lia, de sucesiones, de propiedad, pe­ nal y público. Para los analistas, a cuyo frente se coloca Tito Livio, el objetivo de esta legislación sería establecer la igual­ dad jurídica para todo el cuerpo cívi­ co; sin embargo, algunas disposicio­ nes de las XII Tablas confirman la desigualdad entre diferentes grupos sociales, no sólo respecto a patricios y plebeyos, sino también entre adsidui y proletarii. Por su parte, los propios ju­ ristas antiguos daban otra interpreta­ ción, reflejada en el propio título de los decenviros, legibus scribundis, esto es reemplazar un derecho consuetu­ dinario por otro escrito. Un jurista del siglo II d. C„ Pomponio, lo expli­ ca muy claramente diciendo que «tras la abrogación de las leyes reales, el pueblo vivía de nuevo bajo el impe­ rio de la costumbre y de un derecho incierto, más bien que bajo el imperio de una legislación positiva» (Digesto, 1.2.2.3); esta última sería la misión de los decenviros. En general, las leyes no eran de conocimiento público y se aplicaban según un procedimiento cargado de fuerte contenido religioso y que obraba en poder de los pontifi­ ces en este sentido, la codificación y publicación del derecho suponían un intento por acercarlo al conocimiento de todos, y así iniciar el camino hacia la paridad jurídica; al mismo tiempo se destaca otra importante conse­ cuencia de la política de los decenvi­ ros, esto es la laicización del derecho, el intento por privarle de sus antiguas connotaciones religiosas presentán­ dolo como expresión de la voluntad humana: como dirían los antiguos ju ­ ristas, el ius desplaza al fas en la con­ cepción del derecho. La situación imperante en Roma en estos años centrales del siglo V a. C. recuerda en muchos aspectos la que existía en algunas ciudades grie­ gas durante la edad arcaica, no sólo en las circunstancias que propiciaron la crisis (problema agrario, esclavitud por deudas), sino también en su con-

El dualismo patricio-plebeyo

27

elusion. Las nuevas corrientes de pensamiento habían incidido en la mentalidad aristocrática griega, fé­ rreamente apegada a las condiciones oligárquicas del poder, logrando im­ poner finalmente el ideal de la euno- m ía, que en algunas póleis se tradujo en la publicación del derecho y en el establecimiento de organizaciones censitarias. siendo sin duda la más célebre la que Solón proporcionó a Atenas. Precisamente la tradición ro­ mana trataba de vincular la legisla­ ción decenviral a las reformas de So­ lón, y con tal fin enviaron esa lega­ ción a Atenas. Salvando natural­ mente las distancias cronológicas — siglo y medio entre Solón y los de- eenviros— el paralelo no deja de te­ ner interés, pues es muy probable que fuese por entonces cuando en Roma se dio forma a los comicios por centu­ rias, el comitiatus maximus, cuya pri­ mera mención aparece precisamente en una disposición de las XII Tablas. Estos comicios tienen su origen en la organización centuriada del rey Ser­ vio Tulio, que dividió a la población de acuerdo a la capacidad militar de cada ciudadano; durante la época monárquica no llegaron a constituir una auténtica asamblea y lo mismo en el primer período republicano; ge­ neralmente se supone que en un de­ terminado momento de la primera mitad del siglo V (459?) se convirtió en asamblea, pero el paso definitivo se produjo en la época decenviral, cuando se introdujo la costumbre de la aestimatio en metal. Así pues, a partir del decenvirato existe en Roma una asamblea censi- taria en la cual los ciudadanos están repartidos en cinco clases según su fortuna personal, medida siempre en términos de economía agraria, y cuya organización interna refleja la estruc­ tura del ejército. Esta asamblea pare­ ce además dotada de la plenitud de sus poderes, es decir, el legislativo, el electivo y el judicial. Dentro de esta dinámica, es también muy probable

que fuese a partir de esos momentos cuando los cónsules, hasta entonces designados por sus antecesores, pasa­ sen a ser elegidos directamente por el pueblo reunido por centurias, si hace­ mos caso del siguiente testimonio de Livio: «Las XII Tablas contenían una ley en virtud de la cual toda decisión tom ada en última instancia por el pueblo ha de ser legal y válida; asi­ mismo las elecciones serán decisión del pueblo» (Livio, VII. 17.12). La nue­ va organización política romana se vio completada con la reforma del ca­ lendario, introduciéndose entonces un calendario lunisolar que estuvo en vigor hasta la reforma juliana. La obra de los decenviros puede considerarse como un gran triunfo de la plebe, pues logró extender a la or­ ganización cívica de Roma el talante más democrático que había propicia­ do su propia estructura interna. Ade­ más el conocimiento de la ley supo­ nía asimismo un notable avance, ya que privó al patriciado de su m ono­ polio y le permitió afrontar con ma­ yor seguridad sus problemas. Tam­ bién habría que señalar como una conquista más de la plebe el recono­ cimiento oficial de sus tribunos por toda la comunidad romana, como pa­ recen probarlo por una parte el pro­ cedimiento de restauración de esta magistratura plebeya en el año 449, llevada a cabo bajo la presidencia del pontífice máximo, y por otra la ley consular de tribunicia potestate. única de las leyes promulgadas por los cón­ sules L. Valerio y M. Horacio con vi­ sos de historicidad. Sin embargo, el patriciado se reser­ vó bazas trascendentales, pues el mis­ mo sistema censitario le proporciona­ ba. pese a su enorme minoría demo­ gráfica. una clara mayoría política. En efecto, el com ido por centurias no contemplaba una equitativa distribu­ ción de la población ciudadana: a la cabeza de la tabla se situaban 18 cen­ turias de caballería, a continuación las 80 que componían la primera cía­

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Akal Historia del Mundo Antiguo

se, las 20 de la segunda, otras tantas la tercera y lo mismo la cuarta, a las que seguía la quinta clase con 30 centu­ rias; el cuadro se cerraba con una centuria de proletarios, dos de músi­ cos y dos de ingenieros. La plebe do­ minaba lógicamente las clases infe­ riores, aunque tenía también desta­ cados elementos, aquéllos con mejor situación económica, encuadrados en la primera; sin embargo, la unidad de voto estaba constituida por la centu­ ria, con lo cual la plebe siempre esta­ ba en minoría, pues sumando el voto de la primera clase con el de la caba­ llería, dominadas ambas por el patri- ciado, este último alcanzaba fácil­ mente la mayoría (98 sobre 193), con lo que la segunda clase rara vez era llamada a votar. De todas las leyes incoiporadas a las XII Tablas tan sólo una hace di­ recta alusión al conflicto patricio-

plebeyo. A probada según

tradicional por el segundo colegio de decenviros, esta ley prohibía los ma­ trimonios mixtos entre patricios y plebeyos, manifestando el patriciado de esta manera su ambición por constituirse en una casta cerrada. Sin embargo, aparte su valor sociológico, la medida tiene también un impor­ tante carácter político, pues se trataba de invocar un principio religioso para privar a los plebeyos del acceso a la magistratura suprema, y por ello no es de extrañar que pocos años des­ pués, en el 445 a. C., cuando el tribu­ no C. Canuleyo logró suprimir tan in­ humanissima lex, como la calificaba Cicerón, sus propuestas llevaban también la petición de que los plebe­ yos pudieran acceder al consulado. Al privar a los plebeyos del ius conu­ bium , lo que se hacía al mismo tiem­ po era reservar al patriciado las iustae nupticie y la confarreatio. forma de ma­ trimonio solemne que se celebraba públicamente en presencia de los pontífices y de los magistrados de la ciudad, y tan sólo los nacidos de pa­ dres vinculados mediante este rito

el relato

reunían las condiciones para poseer los auspicios públicos, requisito fun­ damental para acceder a las magis­ traturas ciudadanas que tuvieran la facultad de consultar a los dioses. Los años inmediatamente posterio­ res al decenvirato legislativo asisten a determinadas reformas constitucio­ nales, las cuales son encuadradas por la tradición —y también por gran parte de la investigación moderna— en el contexto del enfrentamiento po­ lítico entre el patriciado y la plebe; sin embargo, en cierta medida res­ ponden asimismo a causas más es­ trictamente administrativas, a la pro­ pia dinámica del desarrollo y perfec­ cionamiento de la constitución repu­ blicana. Este último motivo es más claro en el caso de la creación de la censura, mientras que para los tribu­ nos militares con poder consular ya no es tan evidente. Según relata la tradición, en el año 443 a. C. se propuso al Senado la ins­ titución de una nueva magistratura para que se encargara «del control de los escribas, de la conservación de los registros públicos y de la elaboración del censo» (Livio, IV.8.4); los senado­ res acogieron con agrado la propues­ ta, pues significaba la inclusión de nuevos magistrados patricios en el gobierno, mientras que la plebe no opuso resistencia por considerar esta magistratura más necesaria que bri­ llante. Nace así la censura, magistra­ tura compuesta por dos miembros, elegidos en los comicios por centurias cada cinco años y con una duración de 18 meses, tiempo considerado sufi­ ciente para realizar el censo. La apa­ rición de la censura en estos momen­ tos se encuadra perfectamente en el contexto de la obra política del de­ cenvirato que acabamos de ver, y en este sentido la tradición está en lo cierto al poner mayor énfasis en las razones administrativas que en las políticas. En efecto, la institución de la asamblea centuriada, dividida en cinco clases tomando como criterio la

El dualismo patricio-plebeyo

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29

30

riqueza del individuo y su evaluación en metal, exigía unos magistrados es­ pecializados que periódicamente ela­

boraran las listas del censo y situaran

a cada ciudadano en el lugar que le

correspondía dentro de la nueva or­ ganización. liberando así a los cónsu­ les de una labor administrativa que les apartaba de la función eminente­ mente militar en que se iban especia­ lizando. Ahora bien, la creación de la censura tiene también un marcado carácter político, en la medida en que trata de consolidar la situación de po­ der del patriciado. ya que a través de estos magistrados controlaba la dis­ tribución de los ciudadanos en la asamblea y con ello aseguraba que la mayoría de las 80 centurias de la pri­ mera clase defendiera los intereses de su clase. En el año 444 a. C. se produce otro nuevo intento por cambiar la magis­ tratura suprema. Según la narración

de Tito Livio, la victoria conseguida por Canuleyo al conseguir abolir la

ley sobre los matrimonios mixtos, le llevó a solicitar el consulado para los plebeyos; las presiones fueron enton­ ces más grandes que nunca, y a pesar de la gran resistencia del patriciado,

el Senado tuvo finalmente que ceder

ofreciendo una solución de compro­ miso, consistente en «la creación de tribunos militares con poder consular

{tribuni m ilitum consulari potestate) to­

mados indistintamente entre los pa­ tricios y los plebeyos, pero sin modifi­ car las condiciones de acceso al con­ sulado» (Livio, 1V.6.8). La plebe acep­

la nueva fórmula y para el año 444

se

eligió el primer colegio de esta ma­

gistratura. compuesto por tres miem­ bros y en el que figuraban uno o dos personajes plebeyos; sin embargo, por un defecto de forma (vitio creati), los tribunos fueron depuestos por los augures en el tercer mes de su m an­ dato y en su lugar fueron de nuevo elegidos cónsules. En el año 438 se re­ pitió la experiencia, esta vez con éxito.

Akal Historia del Mundo Antiguo

El origen e importancia del tribu­ nado consular es algo que en gran medida se escapa por completo. Insti- tucionalmente esta magistratura deri­ va del tribunado militar, esto es, que los antiguos oficiales del ejército son elevados a rango de magistrados y se les concede el poder del cónsul. Se discute mucho acerca del exacto po­ der del tribuno consular, si posee tan sólo la potestas del cónsul, como pare­

ce indicarlo su título oficial, o si a esta última hay que añadirle también el im p eriu m ; de todos modos su situa­ ción respecto a la del cónsul era bas­ tante inferior, pues los tribunos con­ sulares no podían nombrar auxiliares

y asimismo se veían privados de gran

parte de los honores que sí poseían los cónsules, com o el derecho al triunfo tras una campaña victoriosa, el ius im a g in u m , el privilegio de llevar la toga de púrpura y ser enterrado con ella, el rango de consulares, una posición inferior en el Senado, etc. Un aspecto que no deja de sorpren­ der en la historia de esta magistratura

es su falta de continuidad. Cada año

se decidía en el Senado si para

guiente procedía elegir cónsules o tri­ bunos; durante los primeros años prevalecieron los colegios consulares sobre los tribunicios, a partir del 426 los consulares vienen a ser la excep­ ción y desde el 391 no se eligieron

más que tribunos consulares, hasta que finalmente en el 367 se restauró

el consulado y los tribunos volvieron

a su antigua función de oficiales del

ejército. Otro aspecto que muestra la variabilidad de la situación es el nú­

mero de estos magistrados, que de ser tres en un principio, pasaron a cuatro

en el año 426 y en último lugar a seis en el 405 a. C.; en algunas ocasiones se mencionan ocho, pero es un claro error de los analistas, que añadieron

a los seis tribunos los dos censores de

ese año. Las causas de la institución del tri­ bunado consular son oscuras, y al respecto se han propuesto diversas

el si­

El dualismo patricio-plebeyo

31

opciones que por sí solas no contem­ plan toda la complejidad del proble­ ma, ofreciendo tan sólo una visión parcial. Un grupo de opinión se incli­ na hacia razones puramente milita­ res: estando Roma comprometida en

como compensación crearon el tribu­ nado consular abierto a la plebe (F. De Martino). Sin embargo, de ser cierta esta opinión, un examen de los Fastos indica claramente que los ple­ beyos no accedieron con facilidad a

guerras de una enorme importancia

la nueva

magistratura, pues hasta el

—las tradicionales contra volscos y ecuos, que ahora alcanzan un mayor impacto, son acompañadas por otras

año 400 a. C. tan sólo en cuatro oca­ siones consiguieron alcanzar el pues­ to. lo que hace difícil creer que esta

contra la ciudad etrusca de Veyes—. las necesidades militares se imponen

institución fuese creada con la finali­ dad fundamental de hacer partícipes

como prioritarias, con lo cual el ejér­

a

los plebeyos del disfrute de la ma­

cito crecía constantemente, llevando parejo un incremento de los jefes mi­ litares, y de ahí la sustitución de los dos cónsules por unos nuevos magis­ trados cuyo número creciente viene a indicar precisamente el aumento de

gistratura suprema. Finalmente una tercera opinión es aquélla que hace hincapié en razones especialmente administrativas. Los cónsules cumplían funciones no sola­ mente militares, sino otras muchas

los efectivos. Por otra parte, el estar abierto el tribunado consular a los elementos plebeyos, los problemas que frecuentemente tenían lugar cuando la leva, desaparecían ante la

más: la creación de la censura les li­ beró de parte de las mismas, pero para una administración eficaz se re­ quería una mayor diversificación. La solución que se adoptó entonces fue

presencia de la aristocracia plebeya

la

de multiplicar los magistrados que

encargada ahora del mando del ejér­ cito (J. Heurgon). La teoría militar ha sido, sin em­ bargo. fuertemente criticada y recha­ zada por otro importante sector de la investigación, que prefiere adoptar como causa fundamental una de ín­ dole política, enmarcada en el con­ texto del conflicto patricio-plebeyo.

gobernaban la ciudad, surgiendo así los tribunos consulares, cuyo número se fue incrementando conforme a las necesidades administrativas. Sin em­ bargo. una solución como esta no po­ día ser permanente, pues suponía concentrar la totalidad de los poderes en muchas manos, lo que iba en con­ tra de su eficacia. Por ello cuando en

Se basan estos autores en que en los

el

año 367 se restableció el consulado,

momentos de mayor peligro exterior

se

procedió a una reorganización del

no se recurría a tribunos consulares,

sistema de gobierno creando tres nue­

sino a los propios cónsules y con más frecuencia al dictador, de manera que la guerra no puede ser indicio del cambio constitucional. Invalidada la

vos magistrados, los dos ediles curu­ les y el pretor, que en unión de los cónsules cumplían en su conjunto las funciones que antes desempeñaban

razón militar, la única explicación posible habría que buscarla en la lu­ cha política, es decir, que sería el re­ sultado de las presiones de la plebe

los tribunos consulares, pero con la gran diferencia de que éste era un sis­ tema jerarquizado (P.-CH. Ranouil). En conclusión, muy probablemen­

por alcanzar la suprema magistratu­

te

el tribunado militar con poder con­

ra, privando del monopolio de su de­ sempeño al orden patricio: por razo­

sular puede explicarse a través de una conjunción de las tres opiniones

nes religiosas, el exclusivismo de los auspicia, los patricios habrían enton­ ces suspendido el consulado, que se­ guía reservado a sus miembros, y

mencionadas, que en ningún mo­ mento se oponen sino que por el con­ trario se complementan. Esta nueva institución supone un paso más en la

32

Akal Historia del Mundo Antiguo

búsqueda de la definición constitu­ cional de la República, pero marcado por las propias necesidades de la pra xis política, que en estos años del si­ glo V. a. C. viene determinado por los dos mayores problemas con que se enfrentaba la ciudad, esto es, la cre­ ciente amenaza del exterior y la cri­ sis interna favorecida por el co n ­

flicto patricio-plebeyo. Estos tres fac­ tores son fundamentales para com­ prender la evolución histórica de Roma en los primeros tiempos repu­ blicanos, que al superarse en el pri­ mer tercio del siglo IV, permitirá co­ locar a esta ciudad latina en una

situación de privilegio en texto itálico.

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Italia en el siglo V a.C.

El dualismo patricio-plebeyo

33

IV. Las leyes licinio-sextias

El triunfo de la plebe con el decenvi­ rato no benefició por igual al conjun­ to de este estamento, resultando más ventajoso para el sector más privile­ giado. es decir, para esa élita plebeya que desde el comienzo había dirigido la lucha y cuyas reivindicaciones eran esencialmente de índole políti­ ca. Por el contrario, los problemas tradicionales de la plebe agraria no sólo no se vieron resueltos, sino que además se vieron confirmados en al­ gunos aspectos por la legislación de- cenviral, como esa norma que sancio­ naba la situación de los deudores insolventes. El período comprendido entre el 440 y las postrimerías del siglo V se caracteriza por una crisis profunda, cuyas raíces se encuentran en la fase anterior y que afectó muy de lleno a la plebe rural y urbana. Efectivamen­ te, la arqueología muestra que las im­ portaciones tanto griegas como etrus- cas siguen descendiendo vertigino­ samente, continuando la tendencia iniciada a partir del año 475 aproxi­ madamente. Las fuentes literarias mencionan frecuentes períodos de hambre y el recurso al exterior para conseguir el alimento necesario, de manera que Etruria, Campania y Si­ cilia se convierten en los auténticos graneros de Roma; consecuencia de

las pésimas condiciones alimenticias

y sanitarias imperantes en esos mo­

mentos fueron las distintas epidemias que asolaron la ciudad, teniendo que

acudir a Apolo, cuyo templo se levan­

tó en el año 431. para que con sus vir­

tudes terapéuticas pusiera fin a los es­ tragos causados por las enfermeda­ des. El problema agrario tampoco en­ cuentra una solución y en repetidas ocasiones Livio hace referencia a las peticiones plebeyas al respecto, que

aunque en sus detalles denuncian una anticipación de elementos carac­ terísticos de la época de los Graco. no por ello dejan de indicar las presio­ nes que insistentemente ejercía la plebe en su búsqueda incesante de mejores condiciones de vida. Una anécdota que aparece en la narración de Livio, y cuya autenticidad no ofre­ ce motivos de duda, puede servir de ejemplo para comprender la desespe­ rada situación por la que atravesaba parte de la población romana: en el año 440, en medio de un período de hambre y enfermedad, «muchos ple­ beyos, perdida toda esperanza, antes que arrastrar una vida de sufrimiento,

se cubrieron con un velo la cabeza y

se precipitaron en el Tíbcr» (Livio. IV. 12.11). Una situación como esta puede fá­ cilmente ser considerada como pre-

34

Akal Historia dei Mundo Antiguo

revolucionaria, como causa determi­ nante de una explosión social y po­ lítica que altere totalmente las rela­ ciones existentes en la ciudad. Sin embargo no ocurrió así. pues la aris­ tocracia dirigente plebeya no estaba todavía dispuesta a llevar a hasta sus últimas consecuencias el movimiento que encabezaba, pero con esta políti­ ca de contención corría el riesgo de

intentar sacar provecho de una crisis drásticamente resuelta por el Senado. La guerra continuaba siendo asi­ mismo un factor de empobrecimiento para el campesino plebeyo, no sólo por las cargas y obligaciones que les exigían, sino también por los escasísi­ mos beneficios que podían lograr con la victoria. En el año 414, tras una campaña victoriosa conducida con­

que

la situación

escapase a su con­

tra los ecuos, el tribuno consular M.

trol. Así había ocurrido en el año 460 con el episodio de Apio Herdonio y lo mismo vuelve a suceder ahora, en 440-439. con Spurio Maelio. Según la tradición era este un miembro de las centurias de caballeros que utilizó sus propios recursos y las relaciones que mantenía con Etruria para con­ seguir, durante un dramático período de hambre, trigo abundante que in­ mediatamente distribuyó entre la ple­ be; paralelamente el Senado desarro­ llaba una gestión sim ilar a cuyo frente situó a L. Minucio, pero con re­ sultados bastante inferiores a los con­ seguidos por Maelio; éste pretendía atraerse el apoyo de la plebe y modifi­ car el régimen republicano transfor­ mándolo en una monarquía persona­ lizada en él mismo; sin embargo, sus planes fueron descubiertos por Minu­ cio, quien los puso en conocimiento del Senado, abortando finalmente la

Postumio fue linchado por sus solda­ dos por negarse a repartir el botín conseguido, habiéndolo prometido antes de llevar a cabo el asalto defini­ tivo contra la ciudad de Bolas. En este aspecto el gobierno patricio poco a poco lue dando cumplimiento a las reivindicaciones de los soldados, que en determinadas circunstancias fue­ ron admitidos al reparto del botín. Como punto culminante de esta polí­ tica conciliadora, en el año 406 el Se­ nado decretó la institución del sueldo militar (Livio. IV.59.11), con lo cual se ayudaba al campesino-soldado a so­ portar los gastos que le ocasionaba la guerra, aunque el equipo siguió cos­ teándoselo cada ciudadano a sus pro­ pias expensas; además hay que tener en cuenta que a partir del año 403 se formalizó el cerco a la ciudad de Ve- yes, lo que exigió disponer perm a­ nentemente de un ejército que se hi­

co

n sp iració n con el asesinato de

ciera cargo del mismo, ampliando el

M

aelio (Livio, IV. 13-16; Dionisio.

tiempo de servicio militar a todo el

XII.1-4). Aunque este relato se nos presenta bajo un ropaje un tanto no­ velado. no por ello deja de señalar un nuevo intento de un sector de la plebe por encontrar una solución a sus pro­ blemas por vías diferentes a la insti­ tucional. favoreciendo la aparición de personajes que aprovechándose de una situación social dramática, tra­ tan de alcanzar un poder personal. Es sintomático al respecto que tanto en este episodio como en el anterior de Apio Herdonio, los tjribunos de la plebe no adopten una postura clara, interviniendo tan sólo al final, cuan­ do el orden ha sido restablecido, para

año y no tan sólo a unos meses, como se había hecho hasta el momento. Por su parte, el beneficio político que obtuvo la élite plebeya tras el de- ccnvirato tampoco fue completo. Ciertamente con la ley Canuleya. que abolía la prohibición de matrimonios mixtos, los elementos dirigentes de la plebe lograron un triunfo notable, pues abría la posibilidad de empa­ rentar y con ello trazar alianzas polí­ ticas con aquellas familias patricias menos radicalizadas; pero los frutos de esta medida no se podrían recoger sino hasta pasado un plazo de tiempo relativamente largo. Y así vemos

El dualismo patricio-plebeyo

cómo la plebe no consigue forzar, sino esporádicamente, la barrera im­ puesta por el patriciado a su acceso a la magistratura suprema. Pese a la creación del tribunado militar con poder consular, la influencia patricia en los comicios por centurias y én los otros órganos de gobierno se mani­ festaba lo suficientemente fuerte para frenar las aspiraciones plebeyas, per­ mitiendo tan sólo en ocasiones una participación mínima de la plebe en las tarcas de gobierno, bien mediante una aparición esporádica en el tribu­ nado consular, o bien accediendo a la libertad de candidatura para la elec­ ción de los cuestores en el año 421

a. C. A partir del año 400 la situación co­ mienza a cambiar favorablemente hacia la plebe. En ese año sitúa la tra­ dición al primer plebeyo ocupando el tribunado consular. P. Licinio, y aun­ que esta afirmación es falsa, pues de­ lata el interés del analista Licinio Macer por distinguir con tal honor a un antepasado suyo, lo cierto es que

desde

mayor

plebeya

peso en la magistratura suprema. La razón de este cambio hay que buscar­ la en parte en el resultado de la lex Canuleia, que ya empiezan a percibirse sus consecuencias, pero también en una transformación que paulatina­

mente se va produciendo en el seno del patriciado. En primer lugar se ob­ serva una disminución creciente del número de familias patricias, efecto lógico en todo grupo con tendencias endogámicas. Pero al mismo tiempo

la sustancial unidad que frente al ex­

terior ofrecía el patriciado comienza

a resquebrajarse, percibiéndose qui­

zás los primeros síntomas en las cir­ cunstancias que favorecieron la apa­ rición del decenvirato legislativo, y en este sentido la prohibición de matri­ monios mixtos habría que interpre­ tarla también en una nueva vertiente, es decir, la pretcnsión del sector del patriciado más radical por evitar una

estos

se

momentos

hace

sentir

la

presencia

con

fragmentación del mismo. De todas maneras, a comienzos del siglo IV a. C. el patriciado aparece dividido en dos tendencias, una conservadora, con deseos de mantener a ultranza sus privilegios tradicionales, y otra más progresista, representada, entre otros, por Fabios, Manlios y Corne- lios. que ya no sentían escrúpulos en emparentar con distinguidas familias plebeyas, como los Licinios. y con el propósito de proporcionar al gobier­ no de la ciudad una base sociológica mucho más amplia. La consecuencia de este compromiso entre la élite ple­ beya y el patriciado progresista será la publicación de las leyes Licinio- Sextias en el año 367 a. C., que signifi­ cará la equiparación jurídica de los órdenes. Pero antes de pasar a exponer las características de este momento cul­ m inante en el conflicto patricio- plebeyo. es conveniente detenerse en otros aspectos. En la primera década del siglo IV a. C. Roma se vio sacudi­ da por dos importantes fenómenos procedentes del exterior, pero con enormes repercusiones en su vida in­ terna: la conquista de Veyes y la inva­ sión celta. El primero de estos aconte­ cimientos (396 a. C.) supuso el inicio de la expansión romana, que ya no se detendrá hasta considerar el Medite­ rráneo como un lago propio, el Mare Nostrum; después de una guerra dece­ nal, la ciudad etrusca de Veyes fue conquistada y su territorio incorpora­ do al ager romanas, alcanzando éste una extensión superior al doble de lo que poseía con anterioridad. A partir de estos momentos Roma disponía de una enorme extensión de tierra prácticamente libre, a la que hay que añadir el ager Pontinus anexionado unos años antes, con lo cual el Sena­ do se vio carente de argumentos que oponer a la demanda constante de la plebe sobre el problema agrario. En el año 393 el patriciado gobernante tuvo que acceder a estas pretcnsiones, ordenando la concesión de pequeñas

35

36

Akat Historia del Mundo Antiguo

Tarquinia

\

Γ

MAR TIRRENO

h Λ

L. de Vico

Faleria

• Sutri

L. Bracciano

Etruria meridional

Nepi

Narie

e Veyes

n /

Capena

Lucus*"

Feroniae

9 Eretum

Crustumeriun

Tusculum

©

parcelas de tierra a título individual a todo plebeyo que quisiera desplazar­ se al territorio recién conquistado. Sin embargo, la alegría no duró mucho tiempo, pues hacia los años 390-387 a. C. una violenta irrupción de tribus celtas asoló el territorio de Roma e incendió la ciudad. Si el epi­ sodio no tiene gran importancia en la política exterior, pues la banda inva- sora se retiró inmediatamente venci­ da por los romanos, sí repercutió con gran fuerza en la situación interna de Roma, ya que dejó tras sí unas conse­ cuencias muy graves. La ciudad tuvo que ser reconstruida allí donde había

sido dañada, con la inclusión de un nuevo sistema defensivo que evitara calamidades futuras. La plebe resultó muy perjudicada con este aconteci­ miento, pues tuvo que contribuir con medios económicos y humanos a los trabajos de reconstrucción, soportar las levas necesarias para hacer frente al peligro exterior y sus campos no dieron los productos esperados. La depresión económica se abatió sobre Roma y la plebe vio recrudecer sus ya tradicionales sufrimientos a causa del hambre y de las deudas. La situación volvía a ser de nuevo límite y otra vez surge un personaje que ha-

El dualismo patricio-plebeyo

37

Apolo de

Veyes.

Museo de Villa Giulia, Roma

38

riendo suyos tales problemas, preten­ de aspirar a un poder personal. En los años 385 y 384 tiene lugar la lla­

mada seditio M anliana, cuando el

p a­

tricio Tito Manlio, héroe de la defen­ sa del Capitolio contra los galos, trata de levantar a la plebe contra el go­ bierno patricio, tomando como ban­ dera de su revolución la cuestión de

las deudas, que había conducido a gran número de ciudadanos a unas

condiciones desesperantes. Al igual que sus antecesores Casio. Herdonio

V Maelio.

pena capital acusado de aspirar a la realeza. Ahora bien, si Manlio fraca­ só en su intento de poder personal, otro personaje si alcanzó el éxito, aunque disfrazándolo bajo aparien­ cias constitucionales. Este último fue

Marco Furio Camilo, el conquistador de Veyes y vencedor de los galos, lla­ mado «segundo fundador de Roma»

y cuya figura domina la política ro­

mana en las dos primeras décadas del siglo IV. Personaje un tanto con­ tradictorio. Camilo aparece envuelto en la tradición por una aureola de le­ yenda y mitificación que sin embargo no logra esconder el hecho real de haber sido el p rim e r princeps romano:

como ha puesto en relieve J. Helle- gouarc’h, en Camilo se encuentran elementos fundamentales que carac­ terizarán el régimen imperial roma­ no, como son la realización de una monarquía sin recurrir a un título que exprese claramente esta situa­ ción, mantenimiento de las potesta­ tes tradicionales, respeto a la auctori­ tas del Senado y búsqueda del con­ sensus popular. Censor en una oca­ sión, tribuno militar con poder con­ sular en siete y dictador en cinco, constituye un cursus honorum que ha­ bla por sí solo de la importancia de Camilo en la vida política romana. En el año 377 a. C. son elegidos tri­ bunos de la plebe Cayó Licinio y Lu­ cio Sextio y con ellos se inicia la recta fnal en el triunfo de la plebe. Inme­ diatamente a la entrada en el cargo.

Γ. Manlio sufrió la misma

Akal Historia del Mundo Antiguo

estos tribunos presentaron tres pro­ puestas de ley para dar cumplimiento

a todas las reivindicaciones plebeyas:

el acceso de este estamento a la m a­

gistratura suprema, la cancelación de las deudas y un mejor reparto del ager publicus. Naturalmente el patri­ ciado hizo oídos sordos a proposicio­ nes de este tipo, pero los tribunos, conscientes de su fuerza, no estaban

dispuestos a dejarse vencer y utiliza­ ron todos los medios a su alcance para conseguir sus propósitos. A lo largo de diez años consecutivos Lici­ nio y Sextio fueron elegidos tribunos

y durante cinco, según dice Livio, fue­

ron las únicas elecciones que pudie­ ron celebrarse, pues haciendo uso de su intercessio los tribunos paraliza­ ban los comicios para evitar la elec­ ción de nuevos magistrados. El Sena­ do tuvo que recurrir a la dictadura de Cam ilo para restablecer el orden, pero fracasó en su intento. Finalmen­ te, en el año 367. Licinio y Sextio lo­ graron triunfar y sus leyes fueron aprobadas, siendo L. Sextio el primer plebeyo que según la tradición alcan­ zó el consulado. A pesar de que las leges Liciniae- Sextiae han sido muy criticadas, lle­ gándose incluso a querer privarles de valor histórico, lo cierto es que sal­ vando algunos detalles, su trasfondo se adapta con bastante facilidad a las condiciones de la época. La primera ley es de orden constitucional y esta­ blece que en lo sucesivo ya no se vol­ verán a elegir tribunos militares con poder consular, ordenando el resta­ blecimiento del consulado, con la obligación de que uno de los cónsules ^ ha de ser plebeyo. Esta norma es con­ siderada por algunos autores moder­ nos no como la restauración, sino como el nacimiento del consulado, que habría sido precedido, según he­ mos visto, por otras magistraturas

(m agister populi, decemviri, praetores,

con. pot.) a tenor de las

condiciones políticas imperantes. Sin embargo, en la actualidad muy pocos

tribuni

mil.

El dualismo patricio-plebeyo

dudan de que este episodio de la tra­ dición es histórico: tras varios inten­ tos por definir el ejercicio del poder supremo, el consulado se manifestó como la solución más práctica, pero adaptándolo a la nueva situación, por lo que su reinstauración hay que con­ siderarla conjuntamente con otra me­ dida constitucional, que si bien no emana de la misma ley. se inserta en idéntico contexto: la creación de nue­ vas magistraturas especializadas, la pretura y la edilidad curul, encargada la primera de la administración de la justicia y la segunda de asuntos de la administración local, en consonancia con los ediles de la plebe. De esta m a­ nera se va perfilando el contenido de las magistraturas republicanas, que habiendo nacido uniformadas en

una única, con la creación de la cen­ sura primero y de la pretura y edili­ dad después, se la va descargando de funciones con una clara tendencia hacia la especialización, reflejo de la complejidad creciente de la adminis­ tración de la ciudad. La segunda ley hace referencia a la cuestión de las deudas, una de las grandes lacras que había sacudido a la sociedad romana. La ley de los tri­ bunos Licinio y Sextio trataba de cancelar las deudas estableciendo que las cantidades entregadas en con­ cepto de intereses serían deducidas del capital, y si todavía quedaba parte de éste por redimir, se pagaría en tres anualidades iguales. Sin embargo, aunque esta disposición supuso un gran alivio para los deudores, no ata­

La ciudad de Roma

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40

Representación de Horacio Cocles sobre el puente del Tiber, según moneda. Biblioteca Nacional, París

caba directamente el mecanismo del endeudamiento, pues la altísima tasa de interés, que alcanzaba práctica­ mente el 100% anual del capital pres­ tado, no fue modificada. Habrá que esperar a los años 357 y 342 para que la tasa vaya decreciendo progresiva­ mente, y hasta el 326 a. C. la plebe empobrecida no verá desaparecer por completo el tan odioso nexum. La tercera y última ley Licinio- Sextia se centra en el problema agra­ rio, concretamente en la cuestión del ager publicus, estipulando que en lo sucesivo no se podrá ocupar una ex­ tensión superior a las 500 yugadas de esta tierra comunal. La razón de esta disposición se encuentra en el hecho de que la clase superior del cuerpo cí­ vico, y no sólo el patriciado, sino tam­ bién la aristocracia plebeya —no en vano se decía que el primer contra­ ventor de la ley fue el propio legis­ lador—, acaparaban la mayor parte

AkaI Historia del Mundo Antiguo

de las tierras públicas, a partir de es­ tos años en continuo incremento por las sucesivas conquistas, y aunque ya se habían llevado a efecto repartos entre la plebe necesitada, tal acapara- ción obstaculizaba posteriores parce­ laciones. La ley de Licinio y Sextio iba dirigida a una mejor distribución

de la tierra, a evitar una excesiva acu­ mulación en pocas manos y a procu­ rar extender a un mayor número de ciudadanos el beneficio de unas con­ quistas conseguidas gracias al esfuer­ zo de todos. En conclusión, las leyes Licinio- Sextias marcan el fin de una época y sientan las bases del comienzo de una nueva era. Aunque la dualidad patricio-plebeya no ha desaparecido por completo, lo que no ocurrirá jurí­ dicamente hasta el año 287 a. C., lo que sí ha pasado a la historia es el conflicto entre los órdenes: la dedica­ ción por Camilo de un templo a C on­ cordia en el año 367, se alza como un símbolo de la superación de una épo­ ca. A partir de estos momentos, la lu­ cha ya no se planteará en términos de patricios contra plebeyos, sino de grupos en los que indistintamente participan elementos de uno y otro estamento: la nueva clase dirigente recibe ya el nombre de nobilitas pa­ tricio-plebeya. De las tradicionales reivindicaciones plebeyas, salvo el ne­ xu m , respecto al cual se ha iniciado ya el camino hacia su total extinción, poco es lo que se puede oir de conflic­ to. Con los repartos de tierras y la li­ mitación establecida sobre el derecho de ocupación, el campesinado sale robustecido de la lucha, viviendo a partir de estos momentos un largo pe­ ríodo de estabilidad, que sólo se verá comprometido prácticamente como consecuencia de la segunda guerra púnica: la conquista de la península Itálica, hecho fundamental de la his­ toria de Roma en el siglo IV a. C., que

exigió notables esfuerzos a

pesinos romanos es prueba palpable de la solidez de esta clase.

los cam ­

El dualismo patricio-plebeyo

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V. La Liga Latina y los pueblos sabélicos

La evolución iniciada durante la mo­ narquía, por la cual Roma había in­ corporado un buen número de aldeas latinas, tuvo que ser imprevistamente suspendida tras la caída de la «dinas­ tía» etrusca. Pero la expulsión de los Tarquinios se convirtió en una revuelta de Roma contra los latinos. Según una opinión muy extendida, Roma, ocupada por Porsenna, fue base de sus campañas contra la Liga Latina, encabezada por Tusculum y Aricia, cl santuario fede­ ral. La desaparición de Porsenna dejó, pues, a Roma enfrentada con la Liga pese a los vínculos geográficos, históricos y culturales que le unían a ella. Parece cierto que a comienzos del s. V. a. C., se produjo una confronta­ ción entre los treinta populi latinos y Roma. La tradición presenta esta ba­ talla, la del lago Regilo (499 a. C.). como un triunfo de los romanos, sin que falten en el relato motivos mito­ lógicos como la colaboración militar de los Dióscuros, Cástor y Póllux, y su posterior presencia en el Foro. La victoria no debió ser tan rotunda como las fuentes la presentan, pero es evidente que la posición de Roma en

el Lacio era sumamente fuerte. Tar­ quinio, que según Livio (11,19,3) esta­ ba en las filas latinas, se retiró a Cu­ mas, donde, acogido por Aristodemo, vivirá sus últimos días. Es posible que la muerte de Tarqui­ nio, con el consiguiente cambio de actitud del tirano griego respecto a los latinos y, por otra parte, la presión de los volseos y ecuos, hayan obligado a Roma y a los latinos a unirse de nue­ vo. El foedus Cassianum, cuyo texto ha sido resumido por Dionisio de Hali­ carnaso (VI.95). firmado en torno al 493 a. C„ es su mejor expresión. Se atribuye a Sp. Cassio —un hom ­ bre ligado a los intereses de la ple­ be— la firma del tratado que más tar­ de. durante su tercer consulado, en el año 486, ampliará a los hérnicos. Pro­ bablemente —así lo ha sugerido, por ejemplo, M. J. Pena— el regreso de Roma a la Liga fue bien acogido por la plebe, que veía en los latinos los antiguos colaboradores de la monar­ quía, cuya expulsión significó más la victoria del patriciado que la liberali- zación del pueblo. De hecho la caída de Sp. Cassio en el 485 señala el triunfo de la aristocracia gentilicia romana y el fin de una época de transición.

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Aka! Historia del Mundo Antiguo

Sin embargo, el contenido de este tratado es, aún hoy, algo muy discuti­ do; todavía no existe un acuerdo uná­ nime sobre la posición de Roma den­ tro de la Liga. Para unos, siguiendo la tradición antigua, Roma se convirtió en cabeza hegemónica de la misma, en pie de igualdad con los restantes miembros. Para otros el fo ed u s supuso la integración de Roma en la confe­ deración latina como un miembro más. Esta última parece ser la tenden­ cia que, a juzgar por los trabajos más recientes, tiende a ser aceptada de forma más generalizada. En su obra, A. Alfóldi ha advertido cómo la soberanía del concilium L a ti­ norum se impuso a la misma Roma hasta comienzos del s. IV. Reunido, según la tradición, en la fuente Feren­ tina, se dictaban decisiones comunes de gobierno que afectaban a todos los miembros. Sólo cuando, tras guardar un riguroso turno, correspondía a Roma asumir el m ando del ejército federal, enviaba un comandante. J. Heurgon cree oportuno, por tanto, hablar mejor de «conquista latina» que de «conquista romana» durante todo el siglo V y la primera mitad del IV. Donde mejor se percibe el espíritu de colaboración entre Roma y la Liga Latina es, sin duda, en la política de fundación de colonias. Frente a la vi­ sión de la tradición, que atribuye a Roma las fundaciones anteriores al 338 a. C. (Livio habla sólo de coloniae R o m a n a e ), ha quedado suficiente­ mente demostrado el auténtico carác­ ter latino de dichas fundaciones. El establecimiento de una colonia durante este período no pudo ser de­ cidido en solitario por Roma: la deci­ sión partía, según E. T. Salmon, de la propia Liga Latina, sin duda tras la consulta con los romanos. De haber­ se tomado individualmente las inicia­ tivas, éstas hubieran varjado mucho:

los romanos hubieran propuesto co­ lonias en la frontera con los etruscos, en tanto los latinos sugerirían fundar­

las en la zona volsea. El hecho de que la decisión era, en última instancia, responsabilidad de la Liga Latina lo demuestra el que cada colonia, desde su creación, se transformaba en una ciudad latina independiente y sobe­ rana, admitida en el conjunto de los p o p u li latini de la federación. El título para estas colonias es el de Priscae L a ­

tinae Coloniae.

La lista de estas colonias no se con­ serva completa, pero conocemos los nombres de las más importantes: Fi­ denae, sobre la línea del Tiber, para contener a los etruscos y falis- cos; Cora y Signia, en las montañas volseas para luchar contra ecuos y volseos. Otras fueron deducidas pos­

teriormente con idénticos fines mili­ tares: Velitrae (494), al sur de las coli­ nas albanas y Norba, bastiones con­ tra los volseos; Antium (467), en la costa lacial. Ardea (442), Labici (418), etc. La cuidadosa elección del empla­ zamiento, su posición estratégica frente al enemigo, garantizaba a la alianza latina una sólida defensa del Lacio. A lo largo de este mismo siglo,

a

ecuos y volseos, cuyas invasiones afectaban más al territorio meridio­ nal del Lacio que al de Roma. Estos pueblos pertenecen al con­ junto sabélico, gentes asentadas en los Apeninos que conocían una pri­ mitiva economía pastoril, organiza­ das políticamente en agrupaciones tribales. Es lógico, por tanto, que se sintieran atraídas por las mejores tie­ rras del Lacio y la Campania. Si a esto añadimos el vacío creado tras la retirada de los etruscos, comprende­ remos fácilmente la voluntaria ex­ pansión de estas poblaciones. J. Heurgon, en un conocido traba­ jo, estudió una de las instituciones que más les caracterizan: el ver sa ­ crum o «primavera sagrada». Cuando una epidemia o escasez se abatía so­ bre sus pobres pastos, consagraban a Marte los hijos que nacieran en la

Roma

y

la

Liga

se

enfrentaron

El dualismo patricio-plebeyo

43

primavera siguiente y, llegados éstos a la edad adulta, se les enviaba a fun­ dar una ciudad siguiendo las huellas de un animal totémico. La guerra contra estos pueblos de las montañas fue larga y dura. La tra­ dición analística describe con detalle, no exento de rasgos heroicos, el papel de Roma en ella. Las célebres leyen­ das del traidor coriolano (491) que conduce a los volseos contra la ciu­ dad y de Cincinato, el orgulloso y austero patricio vencedor de los ecuos (458), testimonian la peligrosa situación que duró al menos hasta la mitad del siglo. Las incursiones de ecuos y volseos contra la confedera­ ción en la llanura latina consistía en la mayor parte de las ocasiones en rá­ pidas razzias contra los centros ha­ bitados. Sólo a partir de la segunda mitad del siglo V, romanos y latinos pudie­ ron afrontar la guerra en mejores condiciones abandonando poco a poco la estrategia defensiva. En este nuevo contexto debemos situar la vic­ toria del dictador A. Postumio Tuber­ to, en el 431, sobre los ecuos, en el Al­ gido. La impresión de la victoria fue tan profunda que se ha conservado el recuerdo de aquel día, un 19 de junio, en el calendario. No sabemos si la paz del 396, soli­ citada a la Liga por los volseos, es una simple invención de la analística (Liv. V,23,13) o fue histórica, pero, en cualquier caso, parece justificada. Los latinos, mediante las colonias fundadas en el país volseo, controla­ rán en el futuro los movimientos de estas gentes'. Más pacíficas fueron las relaciones de Roma y la Liga Latina con otro pueblo vecino: los sabinos. Habita­ ban un amplio territorio, en las lade­ ras del Apenino. que se extendía des­ de la confluencia del Anio con el Tiber a las fuentes del Ñera. El con­ tacto de Roma con los sabinos era muy antiguo; un importante sector de la historiografía romana menciona la

participación sabina en la formación de la ciudad. Desde entonces las in­ cursiones o infiltraciones en la llanu­ ra romana eran frecuente: un eco le­ gendario de ellas lo constituye el asentamiento de Atta Clausus, el an­ tepasado de la gens Claudia, con toda su clientela, en Roma, donde obtuvo el derecho de ciudadanía. Este grave peligro pudo ser en parte neutralizado al encontrarse en los hérnicos un nuevo aliado de la Liga. Esta tribu montañosa, que ocupaba una buena parte del valle del Sacco. se encontraba también amenazada por ecuos y volseos. El acuerdo con los hérnicos ha sido adscrito —como hemos visto— a Sp. Cassio hacia el 486. Sin que debamos exagerar la co­ laboración hérnica es indudable que sin ésta sería difícil explicar la resis­ tencia de los latinos.

Pero las hostilidades tampoco fal­ taron, al menos durante la primera mitad del siglo V, hasta que, en el 448, cesaron imprevistamente. A este pe­ ríodo pertenece el episodio del jefe sabino Apio Herdonio que, hacia el 4-60, llegó a adueñarse del Capitolio, lo que parece poco verosímil tratán­ dose más bien de un asunto interno de Roma. El relato impreciso y convencional de las fuentes hace pensar que la gue­ rra no fue generalizada ni intensa, pero, pese a su inestabilidad, durade­ ra. Piganiol piensa que los enfrenta­ mientos terminaron con el estableci­ miento de acuerdos entre Roma y la Sabina: la transhumancia de los re­ baños y el comercio de la sal creaban entre el campo romano y las monta­ ñas una verdadera solidaridad eco­ nómica. No obstante, las tierras del Anio al Tiber, un territorio compren­ dido entre los sabinos y Roma, aca­ baron en poder de los romanos, creando la tribu Clustumina que, al tiempo de garantizar cierta seguri­ dad. p ro p o rc io n a b a tierras a los ciudadanos.

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VI. Roma y Veyes

Roldan ha expresado con claridad que. si excluimos a los sabinos, la po­ lítica romana durante el siglo V tiene fundamentalmente dos frentes: uno federal —contra ecuos y volseos— y otro particular que la enfrenta en so­ litario con su vecino etrusco más pró­ ximo: la ciudad de Veyes. Efectiva­ mente. la participación de Roma en la Liga latina no supuso nunca pérdi­ da de independencia o de capacidad individual de actuación, incluso en política exterior. La liga permitía a sus miembros, independientemente de los esfuerzos comunes federales, luchar o suscribir tratados con otras ciudades. Veyes se encontraba a una veintena de kilómetros al norte de Roma: su territorio se extendía hasta el Tiber, límite de la nación etrusca. De la Ve­

yes tosca na se ha conservado

quizá el edificio más conocido sea el llamado templo de Apolo o templo del Portonaccio levantado fuera de los muros occidentales. Su apogeo fue alcanzado a mediados del s. VI cuando se transformó en un impor­ tante centro artístico especializado en la producción de terracotas. Uno de sus artistas, Vulca, fue llam ado a Roma por Tarquinio para que reali­ zase una estatua de terracota de Júpi­ ter para el Capitolio; qukzá se deba a él —o a su escuela— las estatuas del templo del Portonaccio.

poco:

Pero no fue la actividad de su in­

Akal Historia del Mundo Antiguo

dustria o la fertilidad de sus campos lo que despertó las ambiciones de Roma, sino el monopolio de las sali­ nas de la desembocadura del Tiber y el control de la ruta comercial de este producto, la conocida vía Salaria, hasta el momento en manos de Veyes gracias al control de Fidenae. Quizá para legitimar esta aspiración la tra­ dición sostiene que Rómulo obligó a los veyentinos a ceder a Roma las sa­ linas, iniciándose entonces las prime­ ras hostilidades. La lucha de Roma contra los ve­ yentinos comenzó en el 485 ó 483 con encuentros que podríamos conside­ rar como incidentes fronterizos. Pero el primer episodio serio se produjo en el 479 a. C., cuando los romanos, sin el auxilio de sus aliados, intentaron adueñarse de Fidenae, último bastión etrusco en tierras laciales, sufriendo en las orillas del río Cremera un gra­ ve revés; no pudieron impedir tampo­ co que los etruscos devastasen el te­

rritorio rom ano hasta

(Liv. 11.48). Más tarde, un destaca­ mento de la gens Fabio y sus clientes, en número de 300, murieron también

en el intento de ocupar una fortaleza, quizá para cortar las comunicaciones entre Veyes y Fidenae. Los detalles del relato liviano son muy sospecho­ sos, pero nadie duda de su autentici­ dad original. Constituye, como señala J. Heurgon. un ejemplo sociológica­ mente muy claro de aquellas guerras

el Janiculo

El dualismo patricio-plebeyo

45

gentilicias en que un clan asumía la responsabilidad de las mismas por entero, solo y al margen del Estado. G eneralm ente se interpreta que la poderosa gens Fabia, que controlaba también la vida política romana, con­ sideraba esta guerra como propia, un verdadero bellum privatum. De todos los acontecimientos pro­ ducidos entre el 485 y el 474. el princi­ pal recuerdo fue el desastre del Cre­ mera. Debemos entender que en los años siguientes mientras Roma con­ servó su cabeza de puente más allá del Tiber, el Janiculo. Fidenae per­ maneció independiente de Roma y aliada con Veyes. La tradición asegu­ ra que la paz entre romanos y etrus­ cos fue concluida por 40 años (Liv. 11,54; DH. IX.36). Este particular es muy dudoso, pero lo cierto es que. de cualquier modo, en la margen dere­ cha del Tiber, la ripa Veiens, la paz fue duradera y estable. Sólo cuando el ejército romano es­ tuvo mejor organizado, medio siglo después, estimulados quizá por la victoria del Algido, renovó el ataque de Fidenae. En el curso de una bata­ lla, en torno al 426. cuerpo a cuerpo entre las fuerzas romanas y las fide- natas, el general romano A. Cornelio Cosso mató personalmente al rey de los veyentinos, Tolumnio. La arma­ dura que Cosso quitó del cuerpo de su adversario fue depositada en el templo de Júpiter Feretrio, preten­ diendo las fuentes que la inscripción dedicatoria de la ofrenda fue desci­ frada por Augusto. Caída Fidenae, tras una corta tre­ gua, los romanos se lanzaron a la conquista de Veyes, objetivo que po­ demos considerar com el primer paso en la conquista de la Italia central. La tradición, para realzar el logro, sostiene que el asedio de Veyes duró diez años —del 406 al 396—, los mis­ mos que el de Troya por los griegos. En realidad la guerra contra Veyes costó a Roma una elevada suma de vidas humanas y pérdidas materiales.

La ciudad etrusca, en un promonto­

rio de difícil acceso, defendida por el Tiber, resultaba prácticamente inex­ pugnable y se explican los esfuerzos romanos para tomarla. Veyes contó con escasas ayudas de otras ciudades etruscas. lo que debe atribuirse tanto a la ausencia de un sentimiento nacional entre los etrus­ cos como quizá a la presencia gala en la Etruria padana. Su vecina occiden­

tal. Caere, se mantuvo neutral, anun­

ciando así su futura política filo- romana. Tan sólo Capena y Faleri, en la Etruria meridional, colaboraron eficazmente con Veyes. Pero los ro­ manos. con la ayuda de algunos con­ tingentes latinos debilitaron las fuer­

zas de socorro y m an tu v iero n el asedio. Finalmente, en el 396, el dictador

M. Furio Camilo, tomó la ciudad al

asalto. Este hecho debió de constituir, por la opulencia y la antigüedad de la ciudad enemiga, un verdadero acon­ tecimiento, no exento, desde luego, de grandes sacrificios para los campesi­ nos romanos mantenidos todo el año bajo las armas, pues, si obstinada era la actitud de los asediados, no menos perseverante fue la de los romanos. La ciudad fue destruida, tratándose de evitar a toda costa que sobre este punto estratégico pudiera surgir en el futuro un centro enemigo. Pero antes del éxito final se intentó atraer a la causa romana a la diosa protectora de la ciudad de Veyes, con la prome­ sa, en caso de victoria, de un templo y de un culto en Roma, según el anti­ guo rito de la evocatio; tras la conquis­ ta y destrucción de la ciudad, la diosa Uni fue trasladada a Roma y honra­ da como Juno Regina. La conquista de Veyes supuso para Roma no sólo un considerable botín, sino también el reparto de un fértil te­ rritorio con el cual duplicaba su ex­ tensión. La parcelación de las nuevas tierras y su posterior distribución en­ tre los ciudadanos contribuyó a una cierta distensión social en Roma y

46

permitió la creación de cuatro nuevas tribus. La ocupación del territorio veyenti- no obligó a Roma a someter a los an ­ tiguos aliados de la ciudad etrusca o bien a suscribir acuerdos con ellos. Según Livio (V,97), Capena primero (395) y luego Sutri y Nepet cayeron en manos romanas; estas dos últimas fueron precisamente, hacia 383-382.

Aka! Historia del Mundo Antiguo

las últimas colonias latinas anteriores a la guerra latina. El estado romano limitará a partir de entonces con po­ tentes ciudades etruscas como Caere, Tarquinia, Falerii o Volsinii. Estas conquistas iban a preparar, a corto plazo, un profundo cambio en las relaciones entre Roma y la Liga Latina que ya era poco mayor en ex­ tensión que el territorio romano.

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1 a i

Muro do la ciudad

etrusca. Rastos consorvados.

 

Limito aproximado de la ciudad etrusca.

 

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_

Limite aproximado de la ciudad romana.

Plano de Veyes

El dualismo patricio-plebeyo

VII. La invasión gala

Según Plinio (NH 111,172), el mismo día que Veyes caía en poder de los ro­ manos. los galos conquistaban la ciu­ dad de Melpum. bastión septentrio­ nal de los etruscos. La expansión gala en Italia es con­ secuencia de los movimientos inter­ nos del mundo celta de lines del s. VI. Los celtas llegaron a Italia, proceden­ tes de la Europa central, atravesando algunos de los principales pasos alpi­ nos e infiltrándose en la península itálica durante varias generaciones. Estas gentes habían determinado una nueva-civilización, la de la Teñe, ca­ racterizada frente a la anterior, la de Hallstatt, por una transformación de los ritos funerarios, modificaciones en el armamento, y un mayor enri­ quecimiento de la cerámica y las al­ hajas por influencias mediterráneas. Los primeros indicios de la presen­ cia celta en Italia, las necrópolis célti­ cas de la Romagna, pertenecen a los comienzos del s. V. Las fuentes hacen alusión a las antiguas relaciones co­ merciales entre los celtas y las ciuda­ des etruscas. De la misma manera, la arqueología ha puesto al descubierto tesoros como el de Vix, una de las más típicas estaciones del Hallstatt fi­ nal. donde junto a cráteras de bronce de procedencia griega figuran algu­ nas piezas de importación etruscas.

Pero estas infiltraciones sobre sue­ lo itálico sólo fueron un tímido prece­ dente de las invasiones a comienzos del siglo IV de boyos, lingones y sesno- nes, tribus conocidas más tarde en Roma con el nombre de galli, que sembraron el pánico y la desolación. La mayor parte de las ciudades de la Etruria padana fueron cayendo en manos de las diferentes tribus celtas:

Melpum y Marzabotto fueron, entre otras, tomadas pese a la resistencia de sus habitantes, poco numerosos y es­ casamente unidos entre ellos. Algu­ nas, sin embargo, lograron resistir cierto tiempo, como Felsina, cuyas es­ telas funerarias ilustran la lucha de sus habitantes —a caballo— en acto de luchar contra los galos ignudos. La zona septentrional de Italia reci­ bió. de los romanos, desde mediados del s. IV, el nombre de Galia Cisalpi­ na, nombre que conservó hasta fines del período republicano. Los galos no celtizaron completamente esta región y así Mantua, al norte del Po, protegi­ da por sus pantanos, permaneció etrusca; de forma similar. Ravenna y otras ciudades al sur del río nunca se transformaron en centros galos. Por lo demás. Italia no fue una ex­ cepción: arrastradas por igual ímpetu otras bandas célticas siguiendo la vía del Danubio asolaron Grecia (Delfos

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Aka! Historia del Mundo Antiguo

Lozas pintadas de Paestum (Siglo IV a. C.

fue saqueada en el 279 a. C.) y alcan­ zaron la península anatólica, donde fundaron el reino de los gálatas. Polibio (11,17,10) señala que junto al trabajo del campo, otra de las for­ mas principales de vida de los galos era la guerra, las incursiones por tie­ rras de los umbros y etruscos en bus­ ca de botín. Una de estas, posible­ mente tras el frustrado intento de saquear la ciudad de Clusium, fue la que llegó hasta Roma. En el año 390, según la tradición latina, o el 387, según la cronología de los historiadores griegos, un grupo de galos senones, siguiendo el valle del Tiber penetró en el Lacio con el pro­ pósito de tomar la ciudad más rica y potente de la zona. El jefe militar es llamado por las fuentes, Brenno; en cuanto al número de bárbaros, la exa­ gerada cifra propuesta por Diodoro

suele ser reducida a la mitad, es decir,

a unos treinta mil hombres. Contra los invasores hay que supo­ ner que los romanos movilizaron to­ das sus fuerzas. De Sanctis, en base al número de tribunos militares y legio­ nes, calcula una cifra de quince mil hombres, incluyendo los contingen­ tes de aliados, que, como señala Poli­ bio (11,18,2). colaboraron con los ro­ manos en la defensa de la ciudad. Los romanos salieron al encuentro para cortar el avance de los galos. Ambos ejércitos se enfrentaron a ori­

llas del Allia, afluente del Tiber por la derecha, a unos 16 kilómetros de la ciudad: el ejército romano sufrió una derrota calificada por la tradición de verdadera catástrofe. Vencidos y dis­ persados. la mayor parte de las tropas

se refugió en Veyes, mientras otros re­ gresaron desordenadamente a Roma.

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La fecha —que quizá con intenciones propagandísticas hostiles a los Fabios se hizo coincidir con el día de la derro­ ta sufrida en el 437 por los Fabios fren­ te a Veyes en el río Cremera, el 18 de julio— viene registrada en los calenda­ rios imperiales de Amitemo y Anctium como maldita (dies religiosus Alliensis). El breve descanso tomado por los vencedores bastó a los romanos para organizar en la ciudad una defensa articulada en torno al Capitolio; el resto de la urbe no tenía medios para contener la avanzada y las murallas construidas por los reyes etruscos eran insuficientes. La tradición admi­ te que los galos realizaron la ocupa­ ción sin encontrar resistencia, entre­

gándose a una devastación sistemá­ tica cuyas evidencias arqueológicas, sin embargo, se discuten. Sólo la roca capitolina, verdadera acrópolis de la ciudad, logró resistir. Los analistas han embellecido la ocupación y liberación de Roma. Se narra así que las vestales huyeron a pie hasta Caere, que había estableci­ do como veremos un hospitium con Roma, transportando los objetos sa­ grados (sacra). Los antiguos magistra­ dos no se comportaron menos heroi­ camente: esperaron la muerte en la Cu­ ria, sentados con sus insignias y vesti­ dos solemnemente, pronunciando pre­ viamente la fórmula de la devotio que les consagraba a los dioses infernales.

Lozas pintadas de Paestum (Siglo IV a. C.)

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Akal Historia del Mundo Antiguo

El Capitolio fue asediado durante siete meses (de julio a febrero), tras los cuales los galos se retiraron mediante el pago por parte de los romanos de un rescate de mil libras de oro (Liv. V,48,7). A este acuerdo se llegó por in­ terés de ambas partes: los romanos difícilmente podían resistir por más tiempo en la roca, mientras a los ga­ los se les presentaron también nume­ rosas dificultades. De esta manera los templos de la ciudadela y los archivos de la ciudad quedaron intactos. La intervención de Camilo en este episodio histórico plantea serios pro­ blemas. Martínez-Pinna, en un artí­ culo sobre este personaje, considera que para entonces Camilo ya había sido nombrado en Veyes dictador, or­ ganizando desde aquí los preparati­ vos para liberar el Capitolio. Para ello procedió al reclutamiento de tro­ pas entre las ciudades latinas que gi­ raban en la órbita de Roma y entre los habitantes de Caere. Siempre se­ gún este autor, cuando los galos aban­ donaron Roma con el botín repartido, en dirección norte, fueron sorprendi­ dos por las fuerzas reunidas por Ca­ milo. Parte de los galos consiguieron regresar a sus tierras, pero otros m u­ chos quedaron sobre el campo muer­ tos o hechos prisioneros. A éstos se les despojó de sus pertenencias —que como era costumbre en ellos llevaba cada uno consigo tras el reparto del botín— entre las que se encontraban lo que se habían llevado de Roma. Este hecho tuvo amplias repercusio­ nes en el mundo griego, lo que testimo­ nia su importancia: tanto Teopompo, a mediados del s. IV, como el mismo Aristóteles se interesaron por la suerte de Roma frente a las bandas galas. No han faltado tampoco estudio­ sos, dentro de la moderna investiga­ ción, que interpretan la caída de Roma en poder de los galos como un incidente en el amplio conflicto que enfrentaba a los griegos de Sicilia con el mundo etrusco. Dionisio de Sira­ cusa, que hacia el 388-387 había des­

truido tras un largo asedio la ciudad de Rhegion, entró en relaciones con los galos intentando así afirmar su dominio sobre la península o, cuan­

do menos, controlar

rítimo. La fuente de Justino, Pompe- yo Trogo, dice efectivamente que los galos solicitaron la alianza con Dio­ nisio haciéndole ver que, situados en medio de sus enemigos, podían pres­

tarle grandes servicios: el enemigo co­

m ún era, sin

La alianza entre Dionisio y los galos

fue concluida ante todo en función de una política antietrusca. Pero, si bien es cierto que el tirano

siracusano se benefició de las corre­ rías de Brenno y, en general, del asen­ tam iento celta en el valle del Po —que provocó la desaparición del co­ mercio etrusco en el Adriático y per­ mitió una colonización siracusana— no podemos, sin embargo, exagerar dicho entendimiento considerando que los saqueos de los galos —tam­

bién en

azar, sino que fueron dirigidos como mercenarios a sueldo por el tirano griego o, de igual manera, que la polí­ tica adriática y tirénica fue ejecutada por una «entente» galosiracusana. La destrucción gala de Roma trajo

como primera consecuencia muchos daños materiales que obligaron a le­ vantar barrios enteros y a rodear la ciudad, desde el 378, con una sólida cinta amurallada —los llamados mu­ ros servíanos— que comprendía el Capitolio y el Aventino y en la parte oriental el Quirinal, el Viminal y par­

te del Esquilino. La movilización de todas las fuerzas de la población en el interior para reconstruir la ciudad fa­ voreció decisivamente las aspiracio­ nes políticas de la plebe.

el

efectos morales: el temor a nuevos ataques galos y la necesidad de reco­ menzar la obra de decenios para con­ solidar la hegemonía en el Lacio de­ bieron de influir muy negativamente sobre la población.

el comercio m a­

duda, el pueblo etrusco.

Rom a— no se efectuaron al

Pero

tam bién

saqueo

produjo

El dualismo patricio-plebeyo

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VIH. La expansión política romana

Merecen subrayarse también los vín­ culos que desde entonces unieron a Roma con la etrusca Caere. Ambas

ciudades eran vecinas desde la ane­ xión del territorio veyentino; durante el saqueo galo, Caere acogió a las ves­ tales y a los fugitivos romanos, lo que contribuyó aún más a un favorable entendimiento entre ellas. El ataque conducido por Dioni­

en el 384-383 contra Pyrgi, el

puerto de Caere, cuyo santuario fue saqueado, con el propósito de fijar un establecimiento sobre esta zona de la costa tirrénica, animó también a los romanos a hacer causa común con los etruscos en los años siguientes a la invasión gala para defenderse de la expansión siracusana. Esta alianza romano-ceretana se estableció, tras la retirada de los ga­ los, bajo el marco de un hospitium pu­ blicum, según M. Humbert, que fue reemplazado más tarde, hacia el 350, por la civitas sine suffragio. Esto no im­ plicó que la ciudad etrusca perdiera su autonomía local: Caere mantuvo las magistraturas y los cultos locales. Una prueba de dichas relaciones la constituyen las denominadas tabulae caeritanae, en las cuales venían con­ signados aquellos que no tenían dere­ cho de voto, quizá tampoco ninguna

sio I

de las obligaciones militares y fisca­ les propias de los ciudadanos de ple­ no derecho, pero sí todas las garantías jurídicas para los comerciantes y ar­ tesanos ceretanos que vivían en Roma. Algunos autores, como J. Hcurgon, consideran que en los años siguientes a la invasión gala comenzó, lenta­ mente, la colonización ultramarina de Roma. Tal suposición se basa, fun­ damentalmente, en el testimonio de Teofrasto, quien conocía una colonia que «antiguamente» trató Roma de fundar en la isla de Córcega con 25 navios. También Diodoro (XV,27,4), corroborando dicha afirmación, co­ nocía una expedición a Cerdeña, ha­ cia el 377, de quinientos colonos. De ser esto cierto es preciso admitir que Roma utilizaba la flota y los puertos de Caere tratando de asegu­ rarse el dominio de una zona contro­ lada por Dionisio de Siracusa, quien desde el 382 había iniciado una nue­ va guerra contra Cartago. Desde el 350 la pujanza marítima de Caere pa­ sara bajo el control de Roma —lo que será sancionado en el II tratado romano-cartaginés— iniciándose lo que J. Heurgon considera «su entra­ da en la política mediterránea». El tratado entre Roma y Massalia, recordado por Justino, podemos da-

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tarlo en el mismo período y suscrito en circunstancias análogas al de Caere. M. Sordi considera que no es un tra­ tado dirigido ni contra los etruscos ni contra los cartagineses; los massalio- tas obtuvieron, según Justino (43,5), la inmunitas, el locus spectaculorum in se­ natu y un foedus aequo iure percussum, expresión que parece aludir a un pac­ to de alianza o de amistad entre am­ bas ciudades. Hemos visto hasta ahora cuáles fueron las causas que motivaron la aproximación entre Roma y Caere y en qué se tradujo ésta. Veamos ahora sus principales consecuencias en el contexto de la política exterior. El acercamiento de Roma a los etruscos precipitó, por una parte, las malas relaciones existentes con los aliados latinos. La Liga, tal y como se concibió a mediados del s. V a. C., se había transformado, lenta pero pro­ gresivamente, en una hegemonía de Roma sobre el Lacio. Con la claridad que le caracteriza, Roldán considera que Roma, como dueña de una ma­ quinaria militar efectiva, había ca­ pitalizado, en parte en su favor, el peligro de los pueblos montañeses,

AkaI Historia del Mundo Antiguo

creándose frente a las ciudades de la Liga una posición central que se acer­ caba mucho a la hegemonía, pero que en cualquier caso fue tolerada ante las necesidades exteriores. Al pa­ sar el auténtico peligro ecuo-volsco, las ciudades latinas comenzaron a cuestionar esta pretensión de Roma y a ambicionar las mismas metas. Durante el asedio galo, cuando di­ fícilmente seguían celebrándose ya las reuniones federales, la Liga se en­ contraba prácticamente disuelta: las ciudades latinas, o al menos muchas de ellas, suspendieron el envío de fuerzas auxiliares a Roma, con lo cual sus habitantes se vieron obliga­ dos a combatir en solitario. Después de la catástrofe gala, una de las primeras ciudades en romper sus relaciones con Roma fue Tibur, la más importante de las aliadas, si bien sólo se llegó a la guerra abierta en tor­ no al año 360 a. C., pues los Fastos conservan en esa fecha el recuerdo de un triunfo de Galléis et Tiburtibus. Otra ciudad que asumió un gran protagonismo fue Praeneste, que dio la mano a los volseos rebeldes; posi­ blemente Roma obtuvo frente a ella

Moneda más antigua de Roma (Siglo IV)

Proa

de

nave y Jan o

bifronte.

Pigorini

M useo

L.

El dualismo patricio-plebeyo

una relevante victoria, aunque no de­ finitiva, tras la cual las hostilidades entre ambas ciudades cesaron o per­ dieron importancia. Tanto Tibur como Praeneste busca­ ban, como hemos señalado antes, el restablecimiento de la Liga bajo nue­ vas bases o su control; de áquí la fre­ cuencia con la que acudían en de­ m anda de auxilio al enemigo galo o volsco. El país volsco, con la amputación de los territorios donde se fundaron las colonias de Secia y Circei (393), estaba dividido en dos partes. Contra los volscos más occidentales Roma dirigió preferentemente sus ataques duante la primera mitad del s. IV. Los ecuos también trataron de aprove­ charse de la debilidad de Roma, intentando asaltar la ciudad ha­ cia el 389, pero según la tradición (Liv. VI,2,14) fueron derrotados por Camilo en Bola. En todo caso, refu­ giados en sus montes, los ecuos per­ manecieron inactivos hasta finales de este siglo. Junto a la de los latinos, la tradi­ ción recuerda después de la invasión gala, la defección de otros antiguos aliados de los romanos: los hérnicos. No sabemos, sin embargo, que antes del 362 este pueblo se haya enfrenta­ do abiertamente a Roma. Del 362 al 358 la tradición enumera varios triun­ fos sobre los hérnicos. Por el contrario, desde el 390, el grupo meridional de ciudades latinas, el más amenazado por los volscos, Aricia, Ardea, Lavinio, Lanuvio, per­

maneció fiel a Roma, como también las colonias latinas en territorio vols­ co, Cora, Norba, Signia y Secia. Mientras los romanos combatían al sur del Tiber, al norte, tarquinios y faliscos trataban de aprovechar la ca­ tástrofe gala para recuperar el territo­ rio sobre el que Roma había reempla­ zado desde el 383 sus avanzadas sep­ tentrionales: Sutri y Nepet. Los hechos

por Livio (VII, 12-22) y

por Diodoro (XVI,31,7; 36,4), a los

son narrados

que hay que añadir la versión etrusca referida por los Elogia Tarquinensia. Esta genealogía, con biografías de los protagonistas, escrita en latín sobre m árm ol, recuerda a Velthur Spurinna Lartis filius y a Aulus Spurin­ na Velthuris filius, hijo del anterior y dux Tarquinensis de la guerra del 358 al 351. En el elogio, Aulo Spurinna depo­ ne al rex de Caere, Orgolnius, libera Arretium de un bellum servile y toma a los latinos nueve oppida, actuando junto a los faliscos. En las fuentes romanas los tarqui- nienses, que iniciaron la guerra con una coniuratio de los «doce pueblos» en alianza con los faliscos, derrotan a los romanos, guiados por un miem­ bro de la gens Fabia, ejecutando a 307 prisioneros en el foro de Tarquinia. El conflicto concluyó sólo cuando, en el 351, se firmó una larga tregua de cua­ renta años. M. Torelli, autor de un magnífico estudio sobre los Elogia, considera el intento de Spurinna —cuya tumba es conocida como «deH’Orco I»— como el último intento de gentes etruscas de conducir una política de hegemo­ nía a escala peninsular. Los intentos de defección de los aliados concluyeron, según Livio (VII,12,7), hacia el 358, lo que es con­ firmado por Polibio (1,6,4) y admitido en general por los historiadores mo­ dernos. Es ya algo más discutido que Roma haya logrado renovar el trata­ do con los latinos y hérnicos, aunque tampoco podemos descartarlo. De ser así, desde luego, la Liga se estableció bajo nuevos términos que favorecían claramente la posición hegemónica de los romanos. Esto, unido al armis­ ticio con las potentes ciudades de la Etruria meridional, explica la facili­ dad con que la República, que se ex­ tendía ya desde Tarracina a la selva Ciminia, pudo afrontar desde media­ dos del siglo no sólo las nuevas incur­ siones de los galos, sino también su definitiva anexión del Lacio.

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Cronología

Akal Historia del Mundo Antiguo

509

Fundación de la República.

494

Institución de los tribunos de la plebe.

493

Foedus Cassianum.

486

C ondena de Spurio Casio.

479

Batalla del Cremera.

474

Batalla de Cumas.

471

Tribunado de Publilio Volerón.

462

Rogatio Terentilla.

460

Episodio de Apio Herdonio.

451-450

449

445

444

443

441

431

426

396

393

390-387

384

367

Decenvirato y ley de las XII Tablas.

Leyes de Valerio y Horacio.

Ley de Canuleyo.

Institución del tribunado m ilitar con poder consular.

Creación de la censura.

Episodio de Spurio Maelio.

Batalla del Algido.

Conquista de Fidenas.

Conquista de Veyes.

Reparto del ager Veientanus.

Invasión de los celtas en Roma.

Episodio de Tito Manlio.

Leyes Licinio-Sextias.

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