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El esplendor de la nada

A TRAVÉS DE SUS IDEAS

Rafael Redondo Barba

El esplendor de la nada

Prólogos de Willigis Jäger y Vicente Gallego

Desclée De Brouwer

© Rafael Redondo Barba, 2010

© EDITORIAL DESCLÉE DE BROUWER, S.A., 2010 C/ Henao, 6 – 48009 BILBAO www.edesclee.com info@edesclee.com

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Impreso en España – Printed in Spain ISBN: 978- 84-330-2391-9 Depósito Legal: BI-806/2010 Impresión: RGM, S.A. – Urduliz

Dedicado a Ramón Cao y Teresa Velasco. Su honda amis- tad me pone alas.

A Begoña Intxaustegi, esa gran mujer, cuya sola existencia

dignifica a la especie humana.

A José Antonio Abad, amigo de juventud, que se despidió

muy despierto: “vida y muerte son la misma cosa”.

A Liher y Gari mis maestros en el respirar.

A Mari Ángeles, otra vez, siempre.

Índice

Prólogo de Willigis

Jäger .

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Prólogo de Vicente Gallego

 

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Introducción

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1. Vacuidad

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2. Des-prenderse

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3. Sobre la

unidad .

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4. Cuando “eso” llega .

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5. Obstáculos en el camino

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Epílogo de Mercedes Sáinz

 

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Agradecimientos

A Ramón Cao, que tan generosamente se encargó del arduo

trabajo corrector. A Mercedes Sáinz, que me orientó en aspec- tos estructurales. A Lourdes Barrera, cuya sugerente creativi- dad limó alguna aspereza en el estilo.

A mi maestro Willigis Jäger, por su constante apoyo.

A mi buen amigo el poeta Vicente Gallego, compañero de

camino, por su afectuosa cercanía.

Prólogo

Willigis Jäger

Hasta hace bien poco, el Zen era para occidente como una semilla extraña, como una especie de planta exótica que a lo largo de los últimos decenios enraizaba en nuestro suelo hal- lando en él un espacio reconocido y respetado por las restantes clases de plantas.

En este cambio de escenario, es inevitable que el Zen se vaya adaptando y ampliando a nuestras formas occidentales. El hecho es que el Zen ha marcado su impronta en occidente, pero también el occidente en el Zen. Se trata de una interrel- ación recíproca, aunque todavía en marcha, en movimiento. Sin embargo, lo esencial del Zen –el despertar de la estrechez de los límites de la personalidad– permanece inalterado, aunque hoy ya se halla en condiciones de abandonar sus ropajes asiáticos para acercarse a nuestro modo de pensar.

El Zen, es un camino apto para las gentes de todas las clases y culturas. Es cierto que nos ha llegado desde un entor- no budista oriental, pero ya se está revelando a occidente. Y aquí, no tendrá más remedio que desprenderse de sus ini- ciales épocas monacales, para adaptarse mejor tanto a la antropología como a los nuevos paradigmas de nuestro siglo

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XXI. El hecho es que los occidentales que transitan en el

camino del Zen ya no viven bajo la protección de un monas- terio, sino insertos en su muy concreta vida cotidiana con su familia, con sus hijos, con sus problemas laborales, de pareja y financieros. Problemas de los cuales los monjes siempre estuvieron exentos bajo la protección de sus monasterios.

El camino del Zen, ha estado siempre –y seguirá estando– condicionado por las influencias culturales de cada época, por tanto, su desplazamiento hacia nuestra cultura moderna le habrá de exigir los importantes cambios provenientes desde la nueva psicología y la nueva psiquiatría como desde los actuales hallazgos de la neurología.

La transformación del mundo comienza en la transforma- ción de cada individuo, y el Zen nos ayudará a dejar atrás lo que ya no nos va y nos molesta como una vieja prenda que se nos ha quedado demasiado estrecha. Pero de lo que aquí se trata no es tanto de una simple reforma en nuestra man- era de ver la vida y el mundo, sino de una real transforma- ción, si es que de verdad queremos dar nueva forma a la nueva realidad. Es nuestro deber entrar en otras dimensiones de la experiencia que nos permitan conocernos mejor.

Este nuevo libro, tan personal, de Rafael Redondo, inten- ta introducir el Zen en la vida y los paradigmas del siglo

XXI. Podrá servir de ayuda a muchas personas tanto a la

hora de transformar su vida como a la hora de contemplarla

de otra nueva forma.

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Prólogo

Vicente Gallego

Alguien que hubiera leído sobre el zen de manera superfi- cial, viendo que sus maestros más destacados guardan silen- cio muchas veces cuando se les pregunta por la esencia de tal asunto, podría quizá pensar que escribir un prólogo zen es cosa harto sencilla: bastará con no decir una palabra. Sin embargo, esto es olvidar que los maestros, antes de dar su callada como la mejor respuesta, hacen acto de presencia, se ofrecen y se retiran. Y esto es así porque el zen traba una uni- dad de sentido entre todo lo que aparece y podemos nom- brar y aquello que, siendo sin nombre y sin traza, tan sólo se muestra al hombre anonadado. No hay que confundirlo, pues, como ocurre a menudo, con una forma de nihilismo o de negación absoluta, porque su insobornable poner en tela de juicio esta realidad hecha de conceptos en la que nos parece vivir es sólo la primera entre sus fases: el surgir de la Gran Duda, que nos conduce a la Gran Certeza. El zen es entera afirmación de todo bajo el aspecto de un rotundo primer ¡no! frente a todas las cosas, pues son precisamente los conceptos cerrados sobre sí que manejamos de ellas los que nos impiden verlas tal y como son, tan concretas en su apariencia como inconmensurables en su trasfondo. Las

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palabras no son nuestra meta final, ni siquiera se le parecen, pero construyen el camino de llegada y, una vez llegados, todas ellas se funden en ese silencio feraz del que salieron, el silencio docto y vivo, el no-saber de Sócrates y de los místi- cos renanos. Rafael Redondo se ha visto obligado a escribir –el lector lo sentirá pronto– movido por una necesidad inter- na que está mucho más allá de cualquier intención o propósi- to personales. Y puesto ya a ello, ha entendido que la mejor manera es confiar a la poesía, al arte de apuntar más allá del verso, lo que, siendo música callada y no siendo tampoco eso, es aquello por lo que suena la canción intemporal de la conciencia: “Utilizo el poema como la herramienta expresi- va más cercana a la no-palabra, ya que en el más hondo capilar del ser humano el Gran Poema declara nuestra ver- dadera identidad”, escribe en una página de este libro.

Lo que aquí se busca atestiguar y proponer es la presencia pura de la Palabra primigenia en cada uno de nosotros, puesto que, una vez hallada en nuestro interior, dentro y fuera, yo y el otro, antes y después vienen a ser lo mismo:

una misma Verdad, un mismo asombro, un mismo gozo. El Verbo le ha llamado el cristianismo a esa Palabra, es decir, el “Yo soy”, el sentido de ser que nos hace conscientes de nosotros mismos en nuestra primera y última identidad no construida, desde la que construimos la persona con las ide- as heredadas acerca de lo que debe ser el hombre: ese ser que nos parece prisionero del tiempo y de la corporalidad cuan- do todo transcurso e imagen aparecen en su conciencia, la cual no está separada de la Mente atemporal del Buda sino por un velo de falsas creencias aprendidas. Es decir, que esa

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PRÓLOGO

separación no es real, sino imaginada. De ese aliento tan cristiano bebe este escrito en lo que tiene de efusión amorosa al ir siempre a buscar el corazón del lector antes que apelar a su inteligencia, pues, en el maestro Rafael, la severidad de la tradición que lo ha hecho nacer donde se unen y prueban todas las tradiciones verdaderas ha sido dulcificada por el soplo evangélico, que no espera ni a que surja el mal en el dormido, que se adelanta en su intento de despertarnos antes de que comiencen las pesadillas.

Contra la anormal normalidad del “pensamiento único” se alza esta voz de avisado, porque se nos ha convencido de que vivimos en el único momento de la Historia en que el hombre ha llegado a ver, fiando en su razón y ciencia, la ver- dad definitiva de las cosas, siendo que lo único que hacen nuestras fatuas razones es ocultarla. El positivismo que nos aflige ha perdido de vista hasta tal punto la Realidad que ni siquiera sabemos ya que existe, pues creemos percibirla don- de no pululan más que fantasmagorías. Afirmamos conocer a las personas sin caer en la cuenta de que lo único que de ellas nos resulta cognoscible son nuestras opiniones y, a partir de ahí, la pretendida realidad se convierte en una sucesión de pareceres particulares. Por su parte, Rafael Redondo trata de exponer el conocimiento verdadero: aquel que repara en lo que es idéntico a todos, el Ser como con- ciencia pura, porque sabe que ese hondo descubrimiento obra de inmediato el milagro de instalarnos en lo vivo Real, en cuyo seno todo queda eternamente unido y a salvo. Conocer es amar y ser en unidad. Nadie conoce lo que siente ajeno, pues esa misma distancia que interpone su mente lo

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llevará a detenerse en las apariencias del prójimo sin per- mitirle llegarse hasta su fondo, donde habría de encontrarse consigo mismo en el que semejaba otro.

No ha caído en este libro ni una gota del veneno de la dis- criminación entre esto y aquello, porque no la hay en la Realidad, donde todo es Uno; y así vemos que el maestro no va contra la carne al afirmar el espíritu, sino que nos invita a atenderla en su momento de mayor esplendor: el acto de la entrega amorosa, para que lleguemos a percibir cómo en el orgasmo, al que los franceses llaman la “pequeña muerte”, se nos adelanta una suculenta prueba del efecto de esa reunión de los contrarios de la que han cantado la alabanza todos los sabios. Cuando la mente salta hecha pedazos, pues toda nuestra atención se centra en amar y ser amados y no queda allí lugar para pensarnos, cuando los dos, trascendi- endo toda diferencia en el instante del perfecto acoplamien- to, se hacen uno solo, sabemos bien la catarata de gozo en que se funde el universo. Ahora bien, ese gozo que nos parece un regalo breve de nuestra naturaleza es en realidad nuestro estado natural, y si no somos capaces de percibirlo así a cada instante es sólo por nuestro sentido de separación. Sólo el que ama por igual todas las cosas y personas vive en el Ser, donde gusto y disgusto saben a lo mismo, donde no son dos cuerpo y espíritu. Pero esto no serán más que palabras, nos recuerda Rafael con tesón, mientras no las hagamos carne de nuestra carne, porque lo que no es posible expresar con la boca sólo se presta a ser vivido en lo profundo.

El zen no es una disciplina apta para pusilánimes y asus- tadizos, pues no hay mayor acto de coraje que el de aceptar-

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PRÓLOGO

nos tal y como somos: “La liberación real alcanza su cenit cuando el ser humano llega a caer en la cuenta de la vacui- dad que traspasa el universo exterior e interior. Eso es la ilu- minación. Esa realización es la que nos libera del sufrimien- to”. Se trata, para hablar en términos más cercanos a nuestra tradición cultural, de la humildad suprema, aquella que sólo la gracia nos concede, puesto que si hubiera quien pudiese conquistarla, el humilde devendría el más soberbio de los mortales. Nadie puede comprender el Zen, porque el Zen, como el Tao, el Parabrahman, el Padre, Alá para los musul- manes, es uno más de los modos de referirse a aquello en lo que todo se halla comprendido. Toda la sabiduría práctica que necesita el ser humano para dejar de correr detrás de sus deseos y delante de sus temores cabe en una frase: por más que parezca lo contrario, no hay nada que ganar o que per- der en el seno del sueño de la vida, pues de ninguna pérdida o ganancia, de ningún prestigio o desprecio de los que aquí se cosechan en saco roto quedará memoria en la Realidad, a la que la tan temida muerte nos franquea la entrada. Se nos ha enseñado a sufrir la muerte en vida como si fuera el peor mal, cuando es precisamente el final de todos ellos. Si nadie ha padecido jamás su propia muerte, como vio Epicuro, porque ya no estamos cuando ella reina, ¿quienes son los que murieron? Llegamos desnudos y así habremos de partir. Por eso, el que se ve con algo propio, ya sea la voluntad, el cuerpo, el mérito, ya tiene algo seguro que perder; pero, si mira mejor, quizá alcance a vislumbrar que lo perdió antes de llegar a exhibirlo. Entender esto aquí y ahora, sostenerle la mirada a nuestro cadáver, nos hará libres, y sólo en esa

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libertad hay paz y amor enteros, aunque ya no haya quien los goce o pueda desbaratarlos.

Hemos de agradecer a partes iguales la dureza zen y el amor cristiano que hacen de este libro lo que es: un esfuerzo por abrir los corazones a su mejor sinceridad. El atento y el veraz siempre van juntos, y así, si se nos permitiera atender un instante, espantando miedos y apegos, a ese latido de nuestro silencio interior del que todo parte y en el que todo se abisma, no haría falta que buscáramos la Verdad, pues es ella la que nos encuentra en cuanto encontramos oídos con que escucharla. Mientras algo despreciemos o temamos, mientras busquemos algo, ya sea en la materia o en el espíritu, estando el Ser colmado desde el principio sin ori- gen, la plenitud nos huirá. Todo este asunto nuestro es tan simple y tan jovial, de tan resuelto, que la mente, la solemne enredadora, no puede tolerar la solución, pues se siente mor- ir donde no caben sus dicterios y agonías. En alguna parte hemos leído esta tentativa de expresar el espíritu del Zen, nuestro espíritu verdadero, y con ella queremos poner fin a estas palabras de gratitud: “El verdadero Zen es el de aquel sencillo cofrade que ha renunciado a todo lo que el zen pue- da ofrecerle y, en su vacía plenitud, queda ya para siempre sonriendo”.

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Introducción

Cuando uno se aproxima a los recintos sagrados del mis- terio, debe hacerlo descalzo y, a poder ser, de puntillas; sólo así estará en disposición de escuchar el silente fragor que brota de la tierra, de las alas del trigo que el viento bam- bolea. Como un acontecimiento que indefectiblemente sucede, como una íntima certeza devenida en tacto, tan cierta, tan reveladora. La poesía –vamos a llamarle así– lle- ga, entonces, rebasando las fronteras de la sórdida vida organizada, mercantilizada, administrada y alienada. Todo místico alberga en sí un poeta. El poeta –creo haber oído algo así– es un cultivador de grietas que fractura la realidad aparente para captar lo que está más allá del simulacro. Y aunque, empujados por un enajenante hábito suicida, regre- semos después al puerto de la resignación torpemente bauti- zado como la realidad, el perfume de lo Otro ya ha sembrado en nosotros su semilla e invade las barreras de acceso a los ecos del Espíritu.

La experiencia del Ser es una vocación inherente al ser humano, sólo por ser humano; y si son contados los que per- miten su extinción después de haber saboreado su luminaria,

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ello es debido a esa honda necesidad. Por lo demás, el evento del escenario interior se aviene muy mal a ser definido por humanas argumentaciones, ya que la conmoción anímica que tales situaciones provocan, conlleva una siempre gozosa dicha, aunque a veces en forma de agitada superación de los cauces emocionales reconocidos por las disecadas muecas de la costumbre.

Al artista interior que en nuestro fondo alienta le ha sido concedido el brotar, al menos fugazmente, el fulgor del abis- mo luminoso que le habita. Y ello le sorprende. Esa vibración invade su palabra, aunque sin que ella jamás consiga apresar el caudal de fondo de ese Fondo.

En este trabajo he intentado la imposible misión de poner en escena la imaginación simbólica y sugerir en su palabra el brote del aliento inefable de la vida. Que me vive porque sabe que:

al filo de cada verbo y cada instante, alienta un gran latido: la pasión de verdad –y bondad– que dan brío a la Vida, la que impele a tremular, a desvivir, a perseguir con ardor el sortilegio de una gran Noticia. En la pasión de volar, caer de bruces, sobre este espacio de papel-materia… ahí hace el Espíritu su experiencia como palabra nueva.

Mas llegar al umbral de la palabra nueva es arte peli- groso, lector, no sólo por la dificultad que entraña dar razón, de “ESO” que el místico escarba allá en su más oculta vena, sino porque cuando ese místico piensa, es porque ha vaciado

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INTRODUCCIÓN

su alma previamente. Abreva en el Silencio. Instalarse previ- amente en el Vacío y atravesar la celada de las palabras, es arriesgado, da miedo; mucho miedo: vivir en el Espíritu es conceder cuerpo a lo que se nos expresa en los adentros, una suerte de escritura al rojo vivo, más bien en carne viva.

Un místico es un ladrón de vacíos, un extraño híbrido pescador-cuatrero, que, apoyado en el brocal de la Nada, lanza su lazo al pozo del misterio albergado en el fondo de la Palabra Primigenia. Y lo hace hasta con el riesgo de hun- dirse, para emerger renovado y hacerse cumbre. El poeta verdadero es el noble pastor del Ser, el guardián de la Noti- cia. Y este libro quisiera ser un despertador, un noticiero de la buena nueva que albergas, lector, allá en la hondura de tu pecho, eso pretende.

Pero, el poeta verdadero provoca, no se vende ni vende a ajenos ruidos su des-palabrada poesía. Persigue y comunica la verdad acotada a los pragmáticos; de ahí que jamás plante su tienda de campaña en campos banales, pues es denso su vacío, que es plenitud, no insustancialidad, por docta que se muestre en el Mercado. Además, por catar el fondo, el mís- tico sabe habitar el ventisquero de la periferia; busca sólo la autenticidad, ya que el fuego de su palabra se ha forjado en el yunque de la soledad. Y él lo sabe.

Fuente oscura y siempre clara, ¿dónde se hallará el gran cazador de instantes, el de directa visión e idea muda, que no sea en las afueras de su personaje? Quizá a un milímetro de ti y de mi, lector amigo, o quizá menos, o quizá nada… Quién sabe: es cuestión de meditar –más bien de pre-medi-

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tar– en la atmósfera virgen que brinca de instante en instante.

Por todo eso, el que esto firma se ve obligado a utilizar el poema como la herramienta expresiva más cercana a la no- palabra ya que en el más hondo capilar del ser humano el Gran Poema declara nuestra verdadera identidad, que pugna por decirse y expresarse. Y este libro, lector, te invita a explorarla y a explorarte, a vaciar tu interior del carcelero sutil del Pensamiento Único, que siempre deseó hacer de tu paraíso una cloaca. Reconócete: Tu Fondo es subversivo, un objeto de deseo, no un objeto de consumo. Transfórmate en el ser que eres.

Este trabajo es una aventura imposible de narrar, no se pre- senta a los ojos del lector en una estructurada unidad ni en sus formas ni en sus tonos; no podría hacerlo de otro modo, todo

es uno: habla de la experiencia del Ser. Entra, pues, lector, en él y en sus poemas como entras en un camino lleno de curvas, ascensos y descensos y aquiétate donde él se aquieta. Detente en sus vericuetos, para en las encrucijadas, reanuda tu andar de tema en tema, o de poema en poema, porque en ellos tú resue-

nas golpe a golpe, verso a verso

Y te darás cuenta de que tan

sólo existe un Poema del que emergen otros, como cada verso da paso al siguiente, como hay un solo camino del que parten los demás y como existe sólo una luz de la que prenden todas las antorchas. Todas las páginas, lector, todas, quieren ilumi- narse mutuamente. Una se contiene en otra, como pasos que definen la continuidad de la ruta y todo es cuestión de dejarse andar por ellas, porque incluso la acción impulsora de nuestros pasos nos ha sido dada, no nos pertenece.

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INTRODUCCIÓN

Dejarse andar equivale a ganar en cada página el sentir total de todo verbo, de toda palabra, de los ritmos mudos de cada estrofa. Y de todo el libro, aunque por otra parte, lec-

tor, y no te desanimes, todo esto da casi igual, porque el Ser se encargará de fugarse de las frases, de las letras, de las páginas, y te espera donde menos piensas, juega al escondite

y sopla donde quiere, porque es salvaje. Sí, produce como

risa, porque de nada nos sirve emprender el Camino si por otro lado no nos desprendemos de las telarañas de los hábi- tos de un marmóreo ego sin fisuras, adaptado a los abismos de las tercas categorías convencionales; foso donde incluso caen los santos oficiales, incluidos tantos ortodoxos segui- dores del Zen.

Este libro, en la mayoría de sus partes, está escrito des- pués de una “sentada” en Zazen, por ello, lector, no te sor- prenda si ocasionalmente sus contracorrientes y contralen- guajes pisoteen las fórmulas lógicas más ahincadas en nues- tro razonar occidental. El Zen es el territorio sin costuras

que habita otro territorio situado más allá de los contrarios

y nada tiene que ver con los escuálidos cánones de los pactos

entre caballeros, ni con las momificadas formas bienpensan- tes. En cada una de sus páginas te encontrarás –o quisiera que te encontraras– con contragolpes afirmativos y caricias negadoras, las que desnudan y desprotegen, las que violan y rajan de abajo arriba los telares de la llamada buena con- ciencia. Pero, sobre todo, los que nacen de la impensable ter- nura que brota de la Unidad vital hecha experiencia cercana; esa que Jesús de Nazareth, al igual que la sabia Maestra coreana Daheaeng, un día llamó abba, Padre.

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Cada página, detrás de su arrullo y su sosiego, es una airada y pacífica denuncia a quienes, con nuestra fiel colabo- ración, falsifican la humanidad. Denuncia que precisa ser gritada, contra las simplificaciones acomodaticias del suici- dio colectivo que nos ha arrojado tan lejos de nosotros. También quiere ser una invitación a mirar hacia otra orilla, a mantener allí la vista firme. Con toda el alma. Con todo el cuerpo. Con toda la Conciencia. Con todo el Corazón, hasta desgastarse en la propia mirada y hacerse transparente.

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Vacuidad

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Introito

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Recógete, lector, en ti mismo, y figúrate en un lento deshacerte de ti, en que la luz se te apague, se te enmu- dezcan las cosas y no te den sonido, envolviéndote en silencio, se te derritan de entre las manos los objetos asideros, se te escurra de bajo los pies el piso, se te des- vanezcan como en desmayo los recuerdos, se te vaya disipando todo en nada y disipándote también tú, y ni aun la conciencia de la nada te quede siquiera como fantástico agarradero de una sombra.

(Miguel de Unamuno)

La Ciencia moderna nos brinda la ocasión de caer en la cuenta de que formamos una indisoluble unidad con lo inanimado; que la frontera que separa la vida de la no-vida es una arbitrariedad. El soplo de la Vida es el aliento de la creación.

Los descubrimientos científicos aclaran cada vez más esa conciencia, tan extendida en la Física Cuántica, de nuestra unidad con todo el cosmos.

¿Por qué disociarnos –se preguntaba, en tal sentido, Rus- trum– de un simple átomo que estamos pisando? ¿Qué obje- to tiene pretender, únicamente por motivos de dignidad, que la vida humana tiene más valor que las demás formas de vida del conjunto del cosmos? ¿Acaso no podemos ensalzar la vida como tal, toda la vida, sin perder nuestro propio presti-

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VACUIDAD

gio? ¿Acaso no somos un componente del todo? El dolor del mundo es nuestro dolor, sus sueños nuestros sueños.

Tanto desde la Filosofía, como desde la ciencia moderna, vemos cómo místicos, poetas y físicos saben bien de esa uni- dad del Ser, donde no existe límite entre lo macroscópico y lo microscópico. Y si hay unidad en el universo –afirma Larry Dossey– la muerte es imposible.

La Ciencia Transpersonal consolida esa experiencia de unidad del Ser con todo lo animado e inanimado, liberando al ser humano de la más grave de sus ignorancias, la que provoca su neurosis: el sentimiento de sentirse aislado, y su inevitable terror a la extinción.

Deshaced este verso

quitadle los caireles de la rima,

el metro, la cadencia y hasta la idea misma.

Aventad las palabras,

Y si después queda algo todavía

Eso será la poesía.

(León Felipe)

Nada alcanza una palabra apoyada sobre otra palabra. La luz y el poema que de ella brota, emergen en las fronteras del lenguaje, en la fertilidad de las vacías sendas. Se ensalza en el silencio de la inasible oquedad, donde estallan los nom- bres al desvelar la honda sima que aboca a lo indecible.

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EL

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NADA

El poema es un dardo de luz, saeta de la nada que atravie- sa lo innombrado. El mismo se diluye y se hace nada. Ello me hace decir con Rilke: “yo me cuento, mi Dios, como moneda, y tuyo es el derecho de gastarme. Quitarme de en medio es ser Unidad.

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VACUIDAD

Vaciarse de “zen”

Un monje, y próximo sucesor de su maestro, preguntó a éste en el lecho de muerte:

–“Maestro, existe alguna enseñanza más que yo deba aprender de ti?”–.

–“No, respondió el maestro– me hallo plenamente satisfecho; sin embargo hay algo en ti que me preocupa bastante”.

–“¿A qué te refieres, Maestro? Dímelo por favor, para que de ese modo pueda yo corregirme”.

–“¿Sabes qué es lo que me preocupa de ti –dijo el maestro–:

me preocupa que sigas apestando a Zen”–.

La esencia del Zen –seré reiterativo– no tiene nombre, sobrepasa el mismo Zen, incluido su nombre. Cuando uno ha experimentado lo innombrable no puede adherirse a nada ni a nadie, porque nada y nadie –ni siquiera el desprenderse total, o el Vacío– pueden dar cuenta de ESO. Adherirse a las creen- cias y adherirse al Vacío, en tanto que adherencia, supone el mismo mal. La misma Nada, en su plenitud, rehúsa ser vene- rada como objeto de adhesión. Y no hay palabras para poder explicar lo inexplicable. Será preciso, incluso rehusar al pro- pio Zen. El desapego, cuando lo es, es total, incluido el deseo de perfección, que se queda vacío, y suprimidos tanto el indi- viduo como su situación. Una experiencia de absoluta nega- ción, donde sujeto y objeto se dejan diluir en la nada; tal es la más genuina expresión del Zen, que incluye su propia nega-

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ción. La negación como un no-espacio originario, entendido como manantial de donde brota todo pensamiento y toda palabra, pero a la vez inalcanzable por el pensamiento y la palabra. Un no-espacio que está fuera de toda terminología y expresión. La palabra apenas si tiene que ver con el hecho que nombra; la palabra sol no es el sol. Pero la palabras, creadas en el espacio y el tiempo, están asociadas a los sentimientos y afectos espacio-temporales; de ahí que seamos esclavos de las palabras. Tanto si soy católico como si soy budista o ateo, debo liberarme de mis creencias, sustentadas en palabras, para poder mirar la realidad, el hecho, como es, sin palabras. Esa dificultad desaparece cuando practicamos el Zen.

A ESO conduce el Zen, a vaciarse del mismo Zen, y ESO,

paradójicamente, constituye la esencia del Zen. Y a ESO, que no se sujeta en la palabra, más paradójicamente aún quiero yo, aquí, con mi palabra, introducirte. Por eso, necesariamen- te he de remitirte al ejercicio de la atención. Al ejercicio de la sentada en silencio, al ejercicio, al ejercicio, al ejercicio; a la atención, a la atención, siempre a la atención.

Y cuando esto escribo, por medio de la palabra escrita,

intento enviarte con todo mi ser, con toda mi atención, e inclu- so con todo mi cuerpo, un dardo verbal que se hinque en el punto más neurálgico de la palabra, para intentar el imposible de extraer el zumo del fruto del origen de toda palabra y colo- carme contigo en el instante: en el instante que nos vacía, que nos destituye, para así alcanzar el corazón de la semilla de la Vida, tan sólo desvelada en el filo de ese mismo instante. No escribo para que me leas; escribo para que seas. Mejor sería decirlo con un soneto:

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VACUIDAD

Vaciar la envoltura

Escribo sin palabras. Mi voz de hombre hoy desea extinguirse en la aventura de des-nombrar, vaciando la envoltura del lenguaje, y alzarme a lo sin-nombre,

que es muerte y es silencio, oda sin nombre; un rumor sin rumor, y partitura que evoca otras orillas sin costura; luz que invita a su sombra a que me asombre.

Extraña muerte en la que resucito del Silencio, vaciada melodía que atraviesa esta piel que me contiene

en un cuerpo incendiado de infinito. Extraña Nada ardiendo en poesía. Extraña Nada, luz que me sostiene.

El Za-Zen, escarba en los desvanes de nuestra propia inti- midad, allí donde, vaciado de toda palabra se expresa ESO:

el corazón del Zen, que no tiene palabras. Entonces, escribir, como dice Juarroz, es la manera de quien usa la palabra como un cebo, la palabra que pesca lo que no es palabra. Y cuando esa no-palabra muerde el cebo se puede con alivio prescindir de la palabra. O tirarla.

La palabra de un maestro en un teishô, quiere incorporar- se perdiéndose a sí misma en el significado de un fundamen- to que le pasa y sobrepasa; quiere, desnudándose a sí misma, llegar a las raíces que revientan la propia palabra; quiere lle-

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ESPLENDOR

DE

LA

NADA

gar a la realidad sutil e intangible que origina toda palabra.

Y allí, donde nacen y mueren todas las palabras, anunciar

esa pureza natural que el contacto con lo intangible propor- ciona y que es de un orden que nada tiene que ver con lo visible.

Dejemos ya hablar, pues, al Silencio para entrar en ese otro Orden que respira y nos respira. Quedemos desnudos hasta del propio nombre de Zen; dejemos a nuestro propio ego que abdique de sí mismo, que a sí mismo se suceda. Para que ESO, al fin, suceda.

Del eterno presente emerge en cada instante la profunda inocencia de lo nuevo, que arrasa la hojarasca de tiempos de sequía. En cada instante, al respirar en el vaivén de los pul- mones, podemos respirar-nos y respirar el olor y el sabor de

la transparente inocencia del mundo, como una sobrevenida

lluvia tras tiempos de sequía, que abona de dicha regiones donde nunca hasta entonces estuvimos. En cada instante, efectivamente, en cada instante, libre de los aferramientos del ego podemos resucitarnos. En cada instante.

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VACUIDAD

Palabra a la intemperie

Vivir en el Vacío, la esencia de Dios, lugar sin lugar en la raíz de la conciencia.

Ausencia del pensar donde domina el pensamiento.

Desnudos labradores, desnudas manos que labran el vacío. Sabios que se aposentan en la ignorancia de ser.

Quisiera encontrar la palabra que soporta la desnu- dez del tiempo, la que puede pronunciarse antes de dejarse decir, la que se deja escuchar con nitidez bajo el fragor de las tormentas o el griterío alienado de los hombres. La palabra luz que ve luz, que exuda luz, la que se da a buscar.

Quisiera oír la palabra reventada de grietas de infi- nito, la palabra sola, la despojada de acentos esparci- dos como avena; la palabra indolente del ser, la pala- bra iletrada, sin tildes, desierta de fonemas. La que no se deja escribir y nos escribe.

Hablo de esa palabra extraña, olvidada, a la intem- perie, la que se deja pronunciar antes de que nacieran nuestros padres. Palabra resistente al tiempo de los tiempos, la que se deja exclamar después de cada muer- te.

No se trata de hablar, ni tampoco de callar:

se trata de abrir algo

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

entre la palabra y el silencio. Quizá cuando transcurra todo, también la palabra y el silencio, quede esa zona abierta como una esperanza hacia atrás. Y tal vez ese signo invertido constituya un toque de atención para este mutismo ilimitado donde palpablemente nos hundimos.

(Roberto Juarroz)

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VACUIDAD

Caracolas vacías

Largos siglos rodaste por la orilla al vaivén de ondulados remolinos.

Tu carcasa, lamida por las algas,

tallada en la embestida de las rocas,

hoy expande sus restos infinitos por mares de arrecifes y corales,

por resacas, tormentas y salitres, hacia el silencio de honduras siderales. Gran ecuación, cumplida desde lo alto. Ahora,

mi frágil caracola,

suena tu sordo y salado eco

en la honda plenitud de las mareas,

Ahora, que ya eres polvo, y ya eres brisa, ungida por la espuma de las olas besas tu ultimo beso

sobre el lecho abrasado de la arena.

El sereno espejismo de los siglos,

nos hizo creer que eras tan sólo caracola. Ahora, eres océano, eres ola; eres ya el Ser del mar, cumplido eco que queda en la oquedad

de un cuerpo imperceptible,

fundido ya en su lecho transparente.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Nada, nada de nada nace, muere; la concha repite una y otra vez desde la profundidad del vacío.

Su cuerpo arrastrado por la marea. ¿Y qué? Duerme en la arena, se seca al sol, se baña a la luz de la luna. Nada que ver con el mar u otra cosa. Una y otra vez desapa- rece con la ola.

(Shinkichi Takahashi)

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VACUIDAD

Junto al río Ambía

Hay una palabra matriz, vacía, a la que tan sólo acceden los místicos y contados poetas como José Ángel Valente, que describe cómo en nosotros habita el Ser latente y su Verbo sin voz, sin sonido, anterior a la locución, a la acción y al pensamiento, pero que los crea y los contiene.

En nuestra más profunda veta existe un potencial de manifestación que antecede y excede a la palabra, lengua que no es lenguaje. Un verbo que, aunque callado, va siem- pre con nosotros. Palabra primigenia, antepalabra, cuya naturaleza no es significar sino manifestar. Por eso el poeta verdadero no nombra, desnombra; desbautiza, para alcan- zar la presencia real de cada cosa, su Epifanía. Se trata de despertar a ese vacío de sombras sin forma, de donde emer- gen los más luminosos verbos del Cosmos. “In principio erat Verbum”.

En bellas palabras de Lezama Lima, “la luz es el primer animal visible de lo invisible” y en tal sentido, José Ángel Valente señala que el despertar es ese modo de preaparición todavía informe, ininteligible, hasta que llega el Alba. Nues- tro Origen es un estado de inocencia del que puede brotar “una aprehensión –sigue Lezama-repentina que destruye las palabras para sumergirlas en un amanecer en el que ellas mismas no se reconozcan”. Me refiero aquí a una palabra que no es concepción o concepto, ya que ella misma es la que nos fuerza a concebir y a crear. Palabra seminal, el semen o esperma de Dios, justo en el instante en que la materia inorgánica comienza a respirar como cuerpo y palabra. Una

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EL

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DE

LA

NADA

palabra que, como los poemas de Juan de la Cruz, no se leen, alimentan, nutren, transforman. Fueron escritos fuera de la conciencia ordinaria alienada que habita en la peor manifes- tación de la patología de la “normalidad”.

Eso vi, y viví, junto a Anke, Teresa y Ramón, en el cora- zón de un bello paraje orensano, en Vilariño, junto al río Ambía.

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VACUIDAD

Al alba

Liberada del yugo de las horas, se desliza la Acción de lo sin forma:

insomne,

sin gesto que la arrumbe.

Y aún más implacable

cuando a mis manos se entrega y me devora

en mutua dádiva imparable. Acción de lo sin-nombre, abierta al arco múltiple que estalla en la Materia. Acción que, sin hacer, me hace hacerme Nadie

y de Nadie me fecunda,

esculpiendo en el alba su palabra.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

La estepa habitada

(Escrito en mi refugio de Miñón)

Encontrar el lugar propio en una parte que no es parte. Y comprobar, acto seguido, que no estamos, ni jamás estuvimos en parte alguna…

A menudo me rehuyo, me recojo, en las alas del ángel ver-

de de los campos de Miñón. Saben las gentes de este escondi- do pueblo castellano hacer buen uso de sus soles y sus nie- ves; todo es sagrado y dócil hasta en el olor a leña que tem- pla sus tejados centenarios. En sus amaneceres camino entre los trigos incipientes, allí enderezo la andadura y, al ritmo del chasquido de la escarcha, se robustece mi espíritu, recom- pongo mis pasos, aderezo mis sonetos; qué hermoso es ser caminante sin meta y sin camino.

Aunque en tu bella iglesia románica, Miñón, yo no me reconozca, sí en el vaivén de la avena, (que, inocente, ignora el origen del viento que la mece), en el piar de la alondra y en la ancha geometría de tus cielos que a nadie pertenecen. El sabio decir de tu aire, atempera y suena en el siseo del soneto como lo hiciera un oboe sobre los cuarteados labios de tus piedras milenarias.

A ti me traigo, de nuevo Miñón, en el vencido atardecer

de un marzo gélido; viento del cipresal, que aventa el aleteo de las últimas torcaces. En ti me retraigo, Miñón, y se retraen

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VACUIDAD

los mudos ojos de mis dedos tecleantes, que tan sólo con- templan, nada dicen, porque aquí nada tiene edad ni noche,

y la tierra roturada también lo está de decires y palabras. En este atardecer de mi atardecer, la escritura me es ajena: se sale de sus cauces formales en pos de otros significados que la literatura se hace incapaz de concederme.

… Sentarme y atender mi respirar hasta ser mi respirar.

(Lourdes Barrera)

Cae, mansa y sublime, la noche hacia el centro de mi adentro. Cuánta vacía noche en las frías noches de Miñón, tan copiosas de galaxias; cuánta noche vacía en mi noche,

tan ebria hoy de silencio; cuánta luz en mis pupilas barridas por lágrimas que osan fertilizar la estepa… Noche de bruma

y luz en mis tan húmedas retinas, tan cercadas por el indeci-

ble soplo que me habita, el que, en su insomne fluir, preludia

el alba de las albas de la Tierra…

Vencida está la tarde, y anochece. La luz se hundió en la sierra, pero arriba, en sus crestas, queda un dorado rastro sin noche, sin edad, en leve lumbre.

Qué sonoro silencio el de estas horas que en mis pliegues labiales entreabiertos ahondan mi callar en su brillar. Cristo hecho roca y dios del horizonte.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Oh, noche de mis noches, tan callada… mi soneto de furia y mansedumbre urdimbre de honda paz apasionada.

Noche eterna, y tan breve en breve lumbre, noche mía, temida y deseada donde aguarda una antorcha que me alumbre.

En medio de muchas noches –ahora es una de ellas– me despierto, abro los ojos, y palpo en el vientre y en el pecho a lo Sin forma. Y “ELLO” se extiende a todo el cuerpo, que, al perder también su forma, se expande más allá de los lími- tes de su epidermis.

Todo queda sin piel y todo cuanto es Nada se hace cuerpo en un cuerpo sin piel. Y todo se hace uno, ilimitada sensa- ción de Uno, como una vaharada de energía. Sereno y fuerte vendaval que abre las ventanas y arrasa todo límite sin mover apenas nada; quebranta los muros, las horas, penetra por las células y poros. Fuerza en la fragilidad, desierto de gran luz, Real, tan real como marea tan cumplida…

Y la Vida, espacio cóncavo de Fuego, cobra sentido, pal- pa el sentido. Eso, te dejas palpar. Y entras más que nunca en con-tacto con el mundo, abrazas el mundo y a sus seres. No cabe aquí odios, ni patrias ni fronteras. El abrazo al mundo es más fuerte cuando me transformo en Nadie. Y aunque sepa de antemano que lo que me habita no cabe en el mejor poema, porque es indescriptible: te pones delante de un ordenador… quieres comunicar-lo, comunicar-te Y escribes sin saber qué es lo que vas a escribir. Es entonces,

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VACUIDAD

cuando uno recorre los vocablos, persiguiendo, quizá, otras voces distintas, otros verbos sin voz, otras voces sin tiempo, otros espacios sin anchura. Y, de súbito, se encuentra frente a un marco cuadrado, aunque sin puntos cardinales; una estepa sin testigos, abierta a un final sin final, a un comien- zo sin comienzos. Y, entonces, uno contempla el fluir de su teclado como simientes de palabras que persiguen un espa- cio que nunca tuvo espacio, un tiempo que está fuera del tiempo. Y surgen las formas de la estepa, donde el tiempo se ha derretido.

Nada puede atraer ni sujetar al inerme poder de la ino- cencia que brota de lo Uno. El fluir es tan sólo fluir ¿cómo pronunciarlo? ¿Cómo expresarlo? Tan sólo queda atisbar el sortilegio de las formas que en su verdor solemne va desve- lando lentamente el alba. Y observar; tan sólo estar atento, ser testigo mudo de lo que acontece en el filo de ese instante.

Dejarse fluir… y dejar paso al sonido elemental que des- punta de lo Uno y sus palabras mudas; estrofas que, como un inerme rocío, van empapando con sus versos las crines de la estepa ilimitada.

Y así, hecho Nadie, en la misma hilatura de la Nada el observador con lo observado se hace uno, se hace estepa, aurora, estrofa, verso, Nada. Es cuando el poeta escribe al dictado.

Observa el temblor de las formas que emergen del Silencio.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Escucha, poniendo tus oídos en la tierra, el pulso cadencioso de sus fibras, tejido en la hilatura de la audacia seductora de la Vida. Observa, el amor entreverado en la materia, cuán lentamente late en los latidos de su más profunda arteria envuelta en la techumbre de los cielos.

El alba, hipnotizada de silencio, despierta a la gran luz resucitada. Como si la Naturaleza, inmóvil, se dejara habitar por lo inaudible.

El fresco corazón de la Materia

palpita en cada forma estremecida,

y, grávida, la tierra va extendiendo

los pliegues de sus alas incendiadas.

Estallan las primeras claridades

y de sus hondos senos, como un ascua, se alza la meseta amanecida.

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VACUIDAD

Nada

Mi voz ya no me pertenece,

hoy quiere ser semilla al viento, y desea perderse en la honda tierra. Voz, mi frágil polen, ya de todos y de nadie.

Mi

voz, sin más refugio que el viento,

sin

más garganta que el aire.

En nuestra profundidad puede detectarse la expresión poética de una conciencia que apunta hacia una nueva iden- tidad del ser humano. Los poetas parten del laboratorio de su propia intimidad y respiran el aire que fluye de una escu- cha profunda, de una fina intuición que responde a las pre- guntas ¿por qué y para qué estamos aquí?

La expresión poética auténtica procede de un fondo vacío que nada tiene que ver con el pensamiento, ni con la propia palabra que lo expresa. Porque el poeta ha escuchado con antelación la música que procede de la plenitud de la nada. Un proceso interior, que es también un primer momento donde el lenguaje aún no ha devenido en lengua. Una previa acogida que es capaz incluso de escuchar la propia escucha; fondo y fuente de las formas expresivas de la palabra primigenia. Des- de esa receptividad el poeta se anticipa al propio hablar, dela- tando su ser, y cuando aquí digo poeta me refiero al trozo de eternidad que todo nacido alberga en su seno, sin excepción.

Una de las grandes tragedias sociales radica en que la gen- te se reconoce más con lo que hace que con lo que en el fon-

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

do es. Ignora que pertenece a una totalidad. Pero la identi- dad se confirma y adquiere validez como vía de acceso a esa totalidad, aunque para ello sea preciso afrontar el vacío de la profundidad, la profundidad es riesgo, el riesgo de encon- trarse con la Nada. El poeta Juan de Yepes –San Juan de la Cruz– habla también de esa Nada. Pero el mayor riesgo, como dice Antonio Porchia, es el toparse con algún sucedá- neo de la Nada, y encender la luz para no ver. Y los poetas esenciales saben bien el sentido de esa soledad, a veces abis- mal, como fundamento, como base insobornable del sentido de su trabajo.

Profundizar, señala R. Juarroz, es la forma más radical y generosa del heroísmo. Y es también quedarse sin referen- cias…

Lo que ocurre es que el auténtico poeta, al instalar su identidad en el Ser, no tiene miedo al vacío, que es la propie- dad del Ser, y que es, también, su honda identidad. En tal sentido, dice el mismo Juarroz que la poesía nace y se inserta en el silencio que no pasa, y esa convicción vivida le previene de la epidemia de autoexaltación y promoción de la que adolecen la mayoría de los escritores: Mi objetivo es sentir que estoy viviendo lo que creo que debo vivir. El ojo públi- co, la promoción, me parecen cosas insustanciales y peligro- sas (…). Creo que una de las pruebas más duras que se le presentan a veces al poeta, al artista, es la aceptación de su marginalidad (…). La poesía es el anticomercio. La poesía, ineludiblemente, pone en crisis. Y nadie compra crisis, la cri- sis no tiene valor de mercado

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VACUIDAD

El poeta verdadero es, por todo ello, “el gran obediente”

a la poesía de esa realidad que se le impone, y donde él mis-

mo sobra, y habrá de quitarse de en medio para poder hacer- se transparente a ella.

Convertirse en verso. Todo ello rompe con el sentido común, con el mundo de los conceptos, para habitar y dejar- se habitar por esa realidad que no se ve; es más, que no exis- te en la existencia. O mejor aún, que jamás ha existido. El poeta –en palabras de María Zambrano– saca de la humilla- ción del no ser a lo que en él gime, saca de la nada a la nada

misma y le da nombre y rostro

a la luz la estrofa, el poeta quisiera des-nombrarla de nuevo;

Yo añadiría: una vez salida

des-bautizarla de nuevo, para ganar en la ausencia la presen- cia del Ser, que es su nostalgia más allá de las palabras. Por eso comprendemos que el auténtico poeta, al caminar desnu- do, jamás tema a la nada.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Caminar desnudo

Caminar desnudo, escuchando el chasquido de la escarcha, para llegar a nadie, para llegar a nada; como una desnudez que marcha y marcha, viendo en el horizonte un gran atajo. Caminar desnudo, rodando en los caminos igual que rueda un pedazo de esperanza, sin sentirse extranjero en el silencio. Caminar desnudo,

hasta hundirse en el corazón del viento, Caminar desnudo,

y caer en el suelo

como cae una hoja de retama en la cuneta; como cae la tormenta, que sólo sabe ser tormenta.

Llueve sobre la misma lluvia, que abre nuevos surcos,

dejando a la intemperie, las perlas de hondas cicatrices de la tierra. Caminar desnudo,

y abrirse al silencio

cuando han quedado atrás el tiempo, la palabra, el pensamiento Caminar desnudo, caminar, caminar y caminar

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VACUIDAD

hasta que el aire pulverice tus límites,

y la lluvia

te vaya haciendo permeable,

y el viento

te arranque del tiempo, hasta hacerte transparente.

EL

ESPLENDOR

DE

Nadie

LA

NADA

El arte no es nunca una operación tangencial, un acercamiento entre dos realidades separadas, sino más bien una feliz disolución en la realidad única del alum- bramiento… Hay un solo instrumento, afinándose eternamente a sí mismo. Y los poetas no son más que los dedos que lo pulsan para que podamos escuchar su melodía.

(Vicente Gallego)

Captamos lo Real tan sólo al percatarnos de que aquí estamos de más. Sobramos. Pero el hombre, fuera de sus dis- fraces es, en potencia, un artista de la Vida, un poeta que puede cantarla solamente al constatar que él es Nadie. Vaciarse, para dejar espacio a la experiencia del Ser, poema inexpresable, pero audible. Estrofa, que, libre de ropajes, se ofrece y se revela a un poeta diluido.

Caer en la cuenta de nuestra Naturaleza escondida y con- vertirla en segunda epidermis, para así palpar la Vida y vivir- la despojada de abalorios, es el más bello soneto jamás can- tado, la oda desnuda de tildes y fonemas; la que, espontánea y súbita, rebrota de la Nada. Cuestión es de estar atento:

“Por toda la hermosura –clamaba Juan de la Cruz–, nunca yo me perderé, sino por un no sé qué que se alcanza por ven- tura”.

Captar el Poema que re-suena allende el verbo. Mejor hacerlo sonar en un soneto.

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VACUIDAD

Poeta

Vacía de tu nombre lo nombrado

y déjalo sin voz, que quede mudo,

sin palabras; sin más arma y escudo que el cuenco de este verso vaciado.

El poema, se apoya en lo in-nombrado, su fuente es el silencio. Yo no dudo:

el poeta, en su ser, bebe desnudo del propio manantial que aún no ha encontrado.

Tan sólo cuando él mismo, se hace verso,

y su palabra, ya rota, hecha ceniza, desvela, así, vaciada, su secreto

bajo el ritmo del Ser, que se desliza en la danza que baila el Universo, sonando en el sonido del soneto.

En el cuenco de esa voz cabemos todos porque el acto creador radica en aceptar la Vida Única que emerge al diluir- se quien se cree el creador. El poeta des-aparece en su poe- ma; en él se anonada, se hace nada, para que así emerja la Noticia del poema. Tal es el fruto –hecho conciencia– de vivir la Vacuidad.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

El Vacío es Dios

Origen y final que no se acaba; cálido invierno, helada primavera. En ti estalla la luz como si fuera el alba, y, a la vez, su noche aciaga.

¿Qué podré hacer? Porque, haga lo que haga, nunca hallo en ti ni forma ni manera,

y mi razón, tan mala consejera,

ella misma ignora que se apaga.

Extraño –y natural, después de todo- es buscar lo Absoluto en cada verso; que el Vacío es Dios, es mi secreto.

Porque en la Nada hoy ví el fuego del Todo, que hace brotar la luz del universo,

y las ascuas que incendian mi soneto.

Permanencia abierta, el Vacío no cabe en lugar alguno, “no ha lugar”. Por eso estremece al cuerpo y a la mente, aunque el Fondo esté tranquilo. Lo sé. Vacío, permanencia sin fondo, lo eterno más allá de las palabras y decires, pre- sencia pregnante en las afueras del tiempo.

Vacío, lo que no podemos hablar. No tiene espacio, ni es espacio. Ni lugar; aunque ofrece espacio y da lugar. El Vacío succiona, vacía, tal es su acontecer y su don, su aparecer en portentosa Epifanía, que re-clama radicales rupturas libera- doras.

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VACUIDAD

Nacimos para abrirnos al prodigio de la creatividad que es captar lo eternamente naciente, albergue, patria, nuestro Fondo; sin fondo, saco sin fondo, para abrirnos al mensaje que cada forma creada hace bullir allá en su más profunda vena. Nuestra naturaleza originaria, nuestra posibilidad inagotable, el prodigio de la otredad, la apertura naciente que brota en cada instante. Es por eso que el acto creador humano jamás quedará plenificado como obra terminada, sino como un final que se abre a esa Epifanía, manifestación de “lo abierto” que nos incluye y nos habita; la que tan sólo en la desnudez somos capaces de des-velar.

Cada obra humana, de suyo inacabada, contiene lo in- contenible, y abrazando la infinitud, desdice al yo de su artí- fice, abriéndose a un infinito que traspasa diferencias. Toda obra humana es un después, porque toda obra, en mayor o menor grado, testifica el Origen de su anterioridad a sí mis- ma: ella misma es, por tanto, un después, su ahora. Y su eterno despliegue hacia otra orilla. Su ser es su abrirse.

Captar el eterno presente del silencio:

Silencio del mar. Silencio del viento.

Silencio del poeta cuando mira, y aun cuando escribe.

Silencio del Maestro, aun cuando habla.

Silencio del filósofo, silenciosa verdad, ilesa, intacta, que no se ofrece a ser interpretada, que no ha necesidad de signo alguno, que tan sólo se ofrece para ser contemplada.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

La nada, el todo

Cuando despertamos completamente al cuerpo Dharma, Allí no hay nada,

En nuestro sueño vemos claramente los seis niveles de

la ilusión;

Una vez despiertos, no hay ni una sola cosa. Cuando caemos en la cuenta de la verdadera realidad,

Allí no hay sujeto ni objeto,

Y el sendero que nos hace caer en el infierno del mayor

sufrimiento, Desaparece instantáneamente. Cuando vemos verdaderamente, allí no hay nada. No hay ninguna persona; no hay ningún Buda.

(Yoka Daishi)

Morar en el instante es morar en la Vacuidad. El ser pro- pio, que llamamos YO, está vacío; como también está pene- trado de vacío el mundo exterior, que llamamos mundo objetivo. La liberación real alcanza su cenit cuando el ser humano llega a caer en la cuenta de la vacuidad que traspasa el universo, exterior e interior. Eso es la iluminación. Esa realización es la que nos libera del sufrimiento, de la angus- tia, problema básico de la existencia. La raíz de la paz verda- dera se fundamenta en esa experiencia, en esa conciencia de que todo es Vacío y es la única manera de trascender la vida y la muerte hacia una expansión ilimitada. Es preciso saber escuchar la profundidad sonora del Vacío, para, pasado un tiempo, llegar a constatar que en ese abismo no existe la

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VACUIDAD

nada sino la totalidad, la totalidad sin centro, sin norte o sur; la totalidad ilimitada y sin puntos cardinales; la totali- dad que nada tiene que ver con lo conocido ni con lo poseí- do. La plenitud del Vacío. El esplendor de la nada.

La meditación nos brinda la oportunidad de vivenciar la nada, que es el Absoluto. Y lo único necesario es afinar la escucha, afinar los sentidos, afinar todo nuestro ser a fin de percatarnos de la plenitud liberadora que surge al despuntar del Ser.

La alegría que sigue a la liberación, no tiene igual; yo creo que la misma palabra alegría resulta corta. Mejor cambiarla por la palabra paz. ¡Qué difícil expresar por la palabra, por muy poética que fuere, esa inefable experiencia!

La inmensa, la honda, paz que se desprende de la vivencia de que el Vacío traspasa cada objeto está más allá de toda descripción racional, y cuando uno es consciente de ese hecho cualquier problema pierde relevancia. Esa es la libera-

Las

ción del Zen. Esa es la comprensión de la Unidad: “ diez mil cosas se vuelven una

Za-Zen es des-aparecer, paso a paso, en la quietud eterna del corazón del Ser; paso a paso, sin apenas dejar huella. Zen

es latir en los propios latidos de esa secreta dádiva que, suave y quedamente, nos envuelve. Es caminar haciéndose uno con

el paso: paso a paso, paso a paso, paso a paso

aparecer y hacernos transparentes sin darnos cuenta.

hasta des-

Todo lo que las palabras no alcanzan a decir, lo dice, vibrando, el viento; lo dice el murmullo del arroyo, lo dice la quietud de las piedras del camino. Todo lo que las palabras

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

no alcanzan a decir, lo expresa, sin quererlo, el suave tem- blor de la amapola, lo clama el aire peinando las avenas y lo dice el incansable volar de los vencejos. Todo lo que las pala- bras no alcanzan a decir, lo afirma el corazón en sus latidos, lo confirma el vaivén de tu respiración. Todo lo que las pala- bras no alcanzan a decir, lo dice, sonando, el gong, cuando se expande, imparable, por el zendo.

Y de ese modo, el cuerpo, atravesado de silencio, diluido en las alas de su aliento, él mismo se ha hecho ausencia. Y se ha hecho soplo. Y se ha hecho viento; como un tilo en otoño al que sus propias hojas ya le pesan, y al que su propia des- nudez ya le es ajena. Tan sólo permanece el frágil rumor del palpitar. El resto, el meditador incluido, ha perdido su volu- men. Sólo queda eso: la meditación, sólo queda eso: el impa- rable y no causado respirar.

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Meditación en Aránzazu

Aquí, donde la plegaria se agrieta, las rocas, dadivosas, se cuartean, y al cincel creador se someten…

Los rayos del ocaso penetran por los ángulos del último suspiro de la tarde cuando el silencio se descuel- ga, resbalando sus mudas notas musicales por la espal- da vacía de la Nada, que se esfuma en la noche de la noche. Y, en una cita no anunciada, se escucha al Mis- terio llover sobre la estepa.

Contemplando, a solas, todo el movimiento que habita en los vitrales contraluces, atravesé, en alas de la luz anochecida, el palacio de rocas que yace sofoca- do entre la hiedra de tiempos y de espacios abolidos.Y de toda palabra desasida, mi soledad tan sólo fue apa- riencia fundida en la espesura de los nimbos: rumoroso desierto, desierto de poemas, clamando tras la tarde desertada; rumoroso desierto, desierto de memoria, donde atento, igual que un centinela, contemplo las fauces del foso de la noche tragándose los últimos ful- gores de las sombras. Esperando, atento, muy atento, que el espejo, hecho añicos, de la noche, refleje, espabi- ladas por la brisa, las perlas incendiadas de la aurora.

El mágico roquedal de Aránzazu, exhibe su rostro platea- do en esta silenciosa aurora invernal.

Desde la ingente catedral rocosa, hasta las verdes campas de Urbía, Dios, ayudado por la gubia del tiempo, esculpe en

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EL

ESPLENDOR

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la eterna noche una espesa blanca barba de rizosas formas lácteas, que, lentamente, emerge de la escarcha de granito, cuya mansa blancura esconde el volcánico corazón de un artista:

Oteiza, huracanado Basajaun de estos sagrados espacios, escultor enfebrecido de la Madre Tierra, hunde su escoplo en Aránzazu, esparciendo trozos de silencio desprendidos de la magia del Vacío. Aránzazu, paraíso de riscos silentes, cin- celados al viento del barranco por el airado formón de este arcángel creador que taladra, enfurecido, la maciza levadura sumergida en la roca mineral.

Oteiza, como Chillida, es la palabra pedernal de aristados silogismos siderales penetrando en el Ser de la Nada, desve- lando la Nada del Ser. Artista de la Oquedad, venablo de huecos invisibles donde el Vacío es Forma y la Forma es Vacío. Artista del Origen, poeta de las piedras, solitario ven- tisquero de aire airado, que retumba, atroz, en las concien- cias de académicos desiertos desolados.

Oteiza, escarpado riscal del verbo hecho tierra y eco atro- nador de los profundos terraplenes, donde emerge, silente, lo sin-nombre. Manantial de rumores de alabastro aireados en los aires deshojados del numinoso Silencio esplendoroso de este mítico lugar de Euskal-Herria.

Oteiza, imaginación libre de imágenes, abrupto poema del ritmo hecho guijarro, que horada entre las peñas la eva- nescente frontera de las Forma desnuda de forma.

Esta mañana, aquí, en Aránzazu, la eterna Gran Natura- leza me ha desvelado, magnánima, la generosa, la exuberan-

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VACUIDAD

te desnudez de la plenitud del Vacío, mostrando la definitiva forma de sí misma. La Nada, hoy se ha visto cincelada. La Nada, despojada de su nada; la Nada, de su muerte vaciada; la Nada, la densa Nada.

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NADA

Presencia en la ausencia

A cada segundo suena y suena la hora de prestar atención a lo que somos, a respirar la amorosa Vacuidad que no tiene ni horas ni geografías, ni edades, ni estaciones preferidas. Su movilidad es el puro obrar del Ser que se reabre, y se reobra, en los instantes. Tan sólo queda al margen de ella la melan- colía. Todo pensamiento queda en suspenso. Se trata de ESO…

Lo presente, el instante, lo que insta e interpela: Presencia vacía. Abierta en manos y alma. En la apertura somos don, forma de ofertorio brazos alzados al cielo del ocaso (qué más da si nublado o despejado). Simplemente estar y constatar, despierto, como una llamada:

en la apertura se hace real toda posibilidad. ESO no engaña.

Nuestra identidad última: soplo que nos alcanza desde una lejana cercanía. Profunda identidad vacía, la que todo lo inspira e impregna de sentido.

Penetrante Vacío, nuestro aliento. Soplo del Ser que todo lo traspasa. En ÉL vivimos, respiramos nos movemos,

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VACUIDAD

somos, Y nos respira. La Nada, que en el hombre busca ser dicha y expresada. Inmensurable Vacuidad que en todo se propaga.

Viento vacío. El Dios que nada exige y todo ofrece. Pre- sente ausencia. Principio sin fin, fin sin origen ni principio. Nos reclama el Todo para ser dicho y ofrecido.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

Ser vacío

NADA

La rama tiene sus pájaros fieles porque no ata, ofrece.

(Pedro Salinas)

Tu mano abierta es dádiva que espera… Me acojo en su vacío.

El lenguaje no se reduce a lengua. El acto creador tan sólo se limita a vaciar el espacio interior de las palabras que lo colonizan y dejarlas flotando, sin más asidero que el Vacío del que surgen, para, seguidamente, colocarlas, suspendidas, en el hueco asentamiento del Origen, donde nada ni nadie habla.

Alcanzar el difícil arte en el que la palabra, silenciada en el lecho de su propio manantial, deguste en esa expectante vacuidad el sabor del profundo mutismo que traspasa las entrañas de sus rimas silenciosas. Arañar las fronteras vacías hasta perforar las sombras ilusorias que envuelven al Ser. Hundirse, hasta embriagarse, en el licor de la Oquedad que está fuera del tiempo, en ese espacio sin formas donde la palabra apenas balbucea su intención de resistirse a hablar, siendo ella tan sólo un barrunto de esa intención primigenia del ser humano, reprimida y olvidada, de permanecer calla- do en la experiencia del Ser.

Deslizarse por las espaldas de la Nada, por el envés del Ser, por el dorso vacante del lenguaje olvidado a causa de la

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VACUIDAD

incontinencia verbal de los desustanciados discursos: el Gran Silencio que habita las palabras, antes de estas se dejaran decir

Ya es hora de sellar el poder del desolado lugar común, de horadar sus acotadas, y agotadas, tribunas abismales, hasta que, más allá del ruido, se deje atisbar el entreverado portal donde mora aquello que en cada instante ofrece la plenitud de su vacío cuenco. Transformarse en su silencio vacío, ser sólo su vacío. Y regenerarse en la sola sensación de ser para seguir hablando a través de la no-palabra que mana del Todo. Y, siendo Nadie, trasformarse en Testigo de la Nada.

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2

Des-prenderse

EL

ESPLENDOR

DE

Introito

LA

NADA

“Estas buscando una experiencia: Dios, la Belleza… esto significa que ves lo que estás buscando como un objeto. En ese caso: explora simplemente quién ve. Cuando explores realmente, comprenderás que buscas a quien ve. Es el camino más directo, si es que se puede hablar de camino.

Ten claro que lo que estás buscando nunca puede ser un objeto, porque tú eres lo que estás buscando, así que no podrás verlo ni comprenderlo nunca: solo podrás serlo. Serlo significa que no hay una interpreta- ción, una idea acerca de ello. Estarás libre de concep- tos. Cuando la mente llega a esta situación, se aquieta. Hay una suspensión. Todas las ideas sobre ti, todos tus atributos deben suspenderse. Entonces te encontrarás en una suerte de desprendimiento. Tú eres ese despren- dimiento, esa presencia libre de atributos. De manera que sé eso, completamente en sintonía con ello”.

(Jean Klein)

La belleza simplemente es; no se inventa, menos aún se aprende, no es una asignatura. Y en el ser humano, la belleza se da sin intención, simplemente, se es. Nadie, por muy eru- dito y documentado que fuere, o por muy instalado que se hallara en la más prestigiosa cátedra universitaria, podrá transmitir la belleza, ya que esta no se cede; en el mejor de los casos, y no siempre, se contagia. Pero nadie jamás podrá contagiar la belleza sin que previamente se haya experimen-

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DES-PRENDERSE

tado a sí mismo en el silencio de su más profundo seno. La belleza no es exterior sino que –y en el mejor de los casos– se exterioriza cuando no se pretende hacerlo. Sus raíces no emergen de las cosas, ni en el rotar del pensamiento ni de los más sugestivos sentimientos, ni es fruto de las más atractivas ideas. Su residencia se halla instalada bastante más allá. En tal sentido, puedo decir y repetir que durante cuarenta años de docencia universitaria, a excepción de un sabio bedel de nombre Leonardo Sarasketa, jamás hallé dentro de los muros universitarios un solo maestro de la vida que suscita- ra la lucidez de la que estoy hablando.

La belleza trasciende el gusto del más acreditado crítico de arte, que tan sólo sabe hablar desde el baúl de los conoci- mientos acumulados en criterios aprendidos. He conocido a grandes profesores, caballeros de gesto muy pulido y refina- do, sí, de mente ingeniosa y porte cultivado, muy capaces de comunicar cultura pero no así de contagiarla, virtud reserva- da al sabio, que sabe deambular humilde y silencioso por territorios incultivables.

La belleza, está libre de todo pre-juicio; en eso se parece al amor. Habita más allá del juguete del pensamiento o del capricho pasional de las escuelas de arte, porque la belleza es nuestra innombrable esencia y ninguna mente podrá medirla, ni palabra alguna formularla o con imágenes imagi- narla: La belleza, simplemente, se es.

En el territorio de la experiencia poética, hay espacios sin espacio y lugares fuera de todo lugar donde podemos decir que surge el Verbo virgen de todo presupuesto. Esa es la

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

razón de que la poesía verdadera brote al margen del poeta; ella siempre será una recién nacida de la nada, en el alba del Vacío. Misión del poeta será el construir sus estrofas sin ale- jarse de esa Aurora que le habita. Por eso, exclama Zambra- no, “el poeta no teme a la nada”. Y como pisa tierra, sabe alzarse al aire. Mejor decirlo en un soneto.

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DES-PRENDERSE

Soledades

Hoy me arraigo en tu aire, Dios del viento,

me acaricias y alientas con tu aliento. Hoy me elevas del barro al aleteo de tu soplo vacante. Y te presiento

Te presiento en mi antorcha, hambre de lumbre, temblando en el fulgor de no ser nadie, (buscador de sonetos a deshora:

Dime ya ¿Dónde estás? ¿En dónde moras?)

Mi albergue está en las simas de tus rimas,

donde truenan los vientos de la Nada, donde rugen los ecos del Silencio.

Yo

moro en tus destierros cuando escribes,

me

abismo en tus abismos cuando callas,

y te amo en la intemperie, donde hoy te hallas.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Des-prenderse

¿Qué mayor sinceridad que hacer a un lado todo aquello que se sabe y dejar que hable en uno, aunque sea sin uno, aquello que no se sabe?

(R.Juarroz)

A veces, y esta es una de esas veces, la vida se aparece como un temblor, como una mezcla de frío y de deseo; sobre todo, de extraña dicha. Ahogado en una Presencia que, como un lucero en las entrañas, tan sólo aparece cuando, en plena soledad, mente y cuerpo se anonadan. Curiosamente es en esa nada sonora soledad, cuando más me siento desprendido y solidario. Pero estas palabras se quedan cortas, muy cortas, para una mínima aproximación a lo que me habita…

Quizá –sin quizá–, en tales momentos convenga cerrar los ojos y aguardar como una larva a que suceda lo que haya de llegar: lo simple preñado de grandeza. A mí me sucedió en una fría mañana de noviembre: observar lo extraordinario en el corazón de la simplicidad.

Lentamente, sin darse apenas cuenta, los copos se desprenden del vacío. Y, cada uno en su sitio, van posando en la tierra sus pétalos helados. Tan, suaves, tan quedos, tan despacio. Lentamente, sin darse apenas cuenta se extinguen, en el suelo, devolviendo al silencio lo que es suyo.

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DES-PRENDERSE

La Vida, se hace ostensible, en el corazón de lo real, vibran- te incluso en su quietud, cuando, solo y mudo, temblando como una cuerda de guitarra, el observador y lo observado se hacen uno, se expanden como espuma por la arena.

Saberse des-prender de las posesiones, del prestigio y del poder. Saberse des-prender de los lazos familiares, de la pro- pia historia… Saberse des-prender de la salud… Saberse des-prender de las creencias. Saberse des-prender del miedo. También del valor. Para abrirse a otra dimensión que nos trasciende. Tan sólo aspira a la desnudez: saber des-aparecer para que lo que no es aparezca.

No hablo como quien niega o renuncia a la Vida, sino como quien se apresta a vivirla intensamente. Vivirla como quien conoce lo inefable, su inmensidad, en este mismo instante Porque nacimos para tener Vida y disfrutarla en su abundancia.

El silencio es todo lo que queda Cuando todo, Incluido lo sagrado, Calla, Y la verdad No se deja interpretar, Queda intacta, ilesa.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Despertar

Trascenderme es mi esencia, abrir mi morada es mi morada, mi forma de vivir en ella.

Hay quien utiliza el razonar como narcótico, pero lo cier- to es que el ser humano allá en su mas profunda hondura, siente –más bien padece– un hambre secreta. Su cuerpo, más aún que su mente, presiente un destino distinto del que la conciencia cotidiana le brinda. Hambruna de otra latitud oculta que tan sólo descubre cuando se halla su casa sosega- da. Una secreta, aunque muy persistente, voz le interpela como un grito milenario que retumba en su interior; voz sin voz que se aviene a las enseñanzas de los sabios de todos los tiempos y lugares, la que denuncia y proclama que somos peregrinos de una nostalgia: la añoranza de un Origen al que hemos dado las espaldas: nuestra verdadera naturaleza vela- da por los velos de una conciencia simple, asfixiada, casi atrofiada por los lugares comunes y las programaciones mentales de una civilización narcotizada.

Pero esa nostalgia late fuerte por re-conocer y re-cobrar el paraíso perdido. Re-conocer que nuestra vida posee una profundidad a la que no alcanza la razón más refinada ni el más cumplido silogismo. Ello le impele a una transforma- ción, a veces devenida en crisis que desgraciadamente no comprenden la mayoría de los terapeutas. ¿Quién soy yo? Es la pregunta que la conciencia cotidiana no llega a responder porque, encerrada en afanes vacuos, no comprende, ni

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DES-PRENDERSE

entiende, el fondo del existir. Y así, aferrada a un sistema de referencias fabricadas en torno a los genes, familia, educa- ción, relaciones sociales, política y religión, se ha forjado un modo de asegurar su corralito y una patria en medio de un infinito universo que desconoce los puntos cardinales.

Pero ese montaje afecta tanto al yo individual como al colectivo y tanto los sabios como los neurólogos confluyen en afirmar la falsedad de tal montaje. El yo es una ilusión que enmascara la naturaleza humana auténtica.

Nuestra des-gracia radica en habernos identificado con una mente personal y con una conciencia encapsulada en un cuerpo limitado rodeado de lo ilimitado, un yo simple, fun- ción, rol y papel a cuyo través se manifiesta la naturaleza auténtica. Es preciso, pues rebasar esos límites; diría más:

soltar toda imagen que se sustente en el yo. Tan sólo quien tiene el valor de pulverizar esas fronteras hallará la libera- ción que añora el ser humano en su más profunda arteria.

Somos más que cuerpo, más que mente y pensamiento, más que sentimientos y deseos. La práctica de la meditación es capaz de disolver esas fronteras hasta alcanzar la concien- cia testigo –el hacedor vacío– que nos faculta para percibir- nos como presencia, como Presencia. Eso es el despertar.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Un arriesgado don de sí mismo

No se aparta la luz de quien no huye de las sombras… (¡Cuánto se puede ver al no ver nada…!) Ver fluir los instantes como fluye el alba tras la noche. Saber resistir el estallido de la umbría en plena luz captando, y, si es posible, celebrando, la fluencia del Ser en la entrelínea de las luces y las brumas.

Cuando el maestro interior toma las riendas de la exis- tencia, se ve forzado el hombre a dejar toda posesión y posición logradas. Llegado a una determinada fronte- ra, se plantea –y no sin sufrimiento– la disyuntiva de adaptarse al entorno o saltar al vacío. Este salto com- prende a la vez la destrucción total y una nueva vida. Cuando el hombre tiene el valor de dar tal salto, des- aparecen la disyuntiva y las fronteras. Todo es uno, Uno.

El primer contacto con la experiencia del Ser, no supone una transformación sin más. Para poder hablar realmente de transformación en otra dimensión, es preciso tener el valor de atender constantemente al sacrificio de la forma, morir y renovarse en cada instante. Ver, y seguidamente destruir lo caduco, para des-cubrir lo esencial que emerge renovado en cada momento.

La metanoia que aquí nos interesa –dice Dürckheim– pasa por la ruptura y destrucción de los viejos siste-

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DES-PRENDERSE

mas. Sin una aniquilación del antiguo estado del suje- to, sin la muerte del yo y sin abandonar las formas caducas, sin sacrificio en última instancia, no hay transformación del ser humano en su camino hacia su centro.

Dos fuerzas, luz y tinieblas, se mantienen en vilo en el escenario interior del ser humano, y es preciso vivirlas en su doble polaridad de opuestos, una lucha que termina en lo que la psicología analítica llama coincidentia oppossitorum. Se trata de no detenernos. Nuestro camino no tiene ni prin- cipio ni fin.

Surge un estadio de madurez en el que el caminante se centra, llega a su centro; su cuerpo incluso lo evidencia, pero aun en semejante centro, quien camina no se liberará de los empellones esporádicos de la angustia: es la conse- cuencia de vivir aún en el cuerpo, que es sensibilidad trans- parente, pero también aferrante y resistente. La experiencia de la luz, aun transformadora, y en virtud de dicha sensibi- lidad, está sujeta a ser percibida en una dialéctica de luces y contraluces, en cadenas de sombras y fulgores, un proceso de eterna maduración donde el caminante caerá un día en la cuenta que umbra y luminaria son un todo. Por esas razo- nes el ser humano, y en la misma medida en que esté muy atento a semejantes fluctuaciones, sabrá bien discernir la diferencia existente entre lo que es un estadio del ser, de suyo inmutable, de lo que es una mera reacción sensible de naturaleza esporádica por la que, aunque efímera, el Ser se hace notar.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Pero, efectivamente, en la medida en que estamos instala- dos en la existencia, no somos pura conciencia –el cuerpo no lo resistiría– y nuestros sentidos (por los que penetra esta conciencia) cumplen con la misión de comprobar cómo la percepción de la dimensión numinosa, se extingue y renace, renace y se extingue. Y en ese movimiento ondular, en ese vaivén de sube y baja, llega un momento de madurez en el que semejante dimensión puede establecerse y consolidarse más allá de los vaivenes, ofreciendo al que camina el claro del bosque de su esencia indestructible ya enraizada. Es entonces cuando, percatado el caminante de su doble natu- raleza, celeste y terrestre, se halla en inmejorables condicio- nes para arrostrar el sufrimiento inherente a una existencia sensible y peregrina a la Otra Orilla: que sepa sufrir –y no que ya no sufra– es la prueba de que ha alcanzado su cen- tro… vencer el sufrimiento significa ser capaz de sufrir el dolor… tener el coraje de hacer un arriesgado don de sí mis- mo es lo que engendra la forma por la que el hombre, con plena conciencia, responsable y libre, mantiene el contacto con su Ser Esencial permaneciendo en su centro, no de modo pasajero sino constante.

Caminar sin punto de llegada, porque el amor es siempre eso:

Los modos del Origen tenazmente escondidos en las espaldas de las cosas.

Algunas veces –escribe Juarroz– nos sentimos por fin asentados en la tierra. Ella parece entonces nuestra casa. Y

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DES-PRENDERSE

por un momento olvidamos nuestros pintorescos atuendos de seres destinados al exilio.

Quizá por esas pocas horas de arraigo sabemos que las cosas podrían haber sido de otro modo: tener un lugar, habi- tar nuestra casa, aunque periódicamente nos expulsara el infinito.

Pero lo mismo en el arraigo o el exilio seguimos sin cono- cer nuestra función, quizá porque ignoramos la función de la tierra.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Peregrino

Angosto, aunque accesible, es el camino por el que hoy deseo confiarme

a ti, eterno instante; y entregarme

a ti, en el vaivén del torbellino.

Degustar, paso a paso, el noble vino del dios que paladeo hasta embriagarme,

diluirme, y, sin forma conformarme, al aliento de mi aliento peregrino.

Pararme a respirar, beberte un trago, caro elixir, que late en mis latidos; huracán que, aún silente, me despiertas

sin que yo pueda, al fin, frenar tu estrago.

Y

así camino, ardiendo en mis sentidos,

y

su fuego me alcanza ante tus puertas.

Caer en la cuenta de que eso que llamamos vida es un pálido reflejo de nuestro verdadero rostro, aunque deforma- do por imágenes ajenas o razonamientos anestésicos. Ideas ondulantes, como las aguas de un lago que tan mal transpa- rentan o emborronan la verdadera faz que allí quiere aso- marse. Confuso espejo y falsa faz de una promesa que allí no puede asirse… génesis del miedo a respirar y a vivir, peor que el miedo a la muerte, pues todo suicida añora querer ser lo que no es pero que en su Fondo es. Añoranza de ser lo que se es más lo que no se es, nostalgia de un más allá de la vida y

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DES-PRENDERSE

de la muerte que la torpe mirada desfigura. De ahí la melan- colía, lo sé.

Abrirse paso hacia el Ser, en un camino continuamente renovado. Un proceso en el que el ser humano puede llegar a ser capaz de observar el desmoronamiento de los pilares que sostienen a su pequeño ego y los roles que está empujado a ejercer en el mundo.

Tan sólo un sacrificio total de lo que interrumpe el proce- so de ser, abre las puertas al absoluto que nos busca. Tener el valor de tal afrontamiento forma parte del caminar, porque ese caminar es la luz con la que, aceptando su contingencia y finitud, el ser humano es capaz de avivar el fuego incandes- cente que en él fulge, la llama de infinito que le habita.

Un comprometerse con la vida y con la muerte, para la vida y para la muerte. De eso se trata.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

Soltar-se

NADA

Para iniciar este tema, quisiera despojarme de las palabras, por lo menos de las palabras que sobran; quisiera ser la trase- ra del pensamiento, y me siento molesto con tanto equipaje verbal acumulado. Pero debo hablar y estoy obligado a hacer- lo, ya que de lo contrario tendría que reinventarme en el espa- cio vacío dejado en cada palabra, o entre las líneas de pala- bras. Por tanto, lector, sé benévolo, comprende mi disconti- nuidad, mis sinceras discontinuidades. Quizá nos encontre- mos ahí, de vez en cuando, tras abandonar el dosel del interli- neado; eso: de vez en cuando, o de vacío en vacío… La dis- continuidades pertenecen también a un ego, el mío de escritor, que se desgasta como tiza que ha escrito demasiado, pero cuya última e íntima partícula le invita a des-asirse de nudos, a des-nudarse, a hacerse transparente a aquello que le vive.

Como un viento de fondo, la densidad de lo invisi- ble, penetra hasta el último tejido. Fuerza del Ser, alien- to en las horas oscuras. La in-presencia, deviene en gran presencia, certera condición de una experiencia que allana los sentidos. Y se hace Toque. Y se hace Tac- to, presión del Infinito en cada célula. Tan denso es el fulgor del Ser en el No-Ser, que el retal nebuloso de la avalancha de sombras parece aligerarse ante la luz y ensombrece a la muerte.

La trama del Ser y del No-Ser como única expresión del Uno, el último asidero que nos salva. Nuestra úni- ca identidad real.

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DES-PRENDERSE

Llegar a ser lo que en el fondo somos es el fruto de un lento desprendimiento, incluida la creencia de que hay que llegar a ser.

Vivir la vida junto a la muerte. Sin separarlas, porque tal separación es fruto del pensamiento y el tiempo. Ello implica un profundo cambio en la conciencia, y en la existencia. Liquidada esa separación, el miedo se diluye.

En el vivir y el morir están los fundamentos de la plenitud que en cada instante se nos da.

Quienes experimentan el silencio del sólo dejarse ser en su más profunda muerte, logran atisbar también su más honda belleza; ellos conocen bien que el trabajo personal, la disci- plina del ejercicio que les antecede, no es otra cosa que el desprendimiento de todo pensamiento, incluido el propio pensador: la inteligencia desprovista de imágenes, el espejo vacío. No hay nada acerca de lo que se tenga que pensar. Tan sólo limitarse a ser, a ser lo que se es, ahora, aquí, al filo del instante. Al leer esta página.

Contemplar la sigilosa experiencia del silencio que va más allá –bastante más allá– del habla, y más allá de la simple insonoridad. Y el silencio, atributo del Atman, se desvelará como lo que es, como conocimiento. La verdad es que no sé por qué dicen que es tan difícil constatar esa evidencia.

Observar la experiencia del silencio, es constatar– que no hay nada que alcanzar. Observar que sólo ese ser silencioso merece el sin-nombre del nombre de Dios. Observar que sólo el Ser es. Vivir el Ser, vibrar en el Ser. Tal es la conse- cuencia de ese desprenderse: muerte devenida en Vida.

Eso es la liberación.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Soltar presa

Contemplar el evento de limitarse a sólo ser. Permitir el suceso de dejarse suceder,

extrayendo el zumo de la vida escondido en cada ins-

tante,

y

en el orden, tan fingido

y

tan agazapado en el desorden aparente.

Atravesar la lógica estatuida

y dejarse absorber por la materia prima

tan ajena al pensamiento y a las horas:

el trasfondo del tiempo, el evento del Ser. Contemplar

el evento…:

fue Dios quien te ha inventado.

El prisionero del yo, desconoce otro medio para afirmarse en el mundo que no sea la razón y la voluntad; su eficacia se

reduce a las fuerzas que le han sido donadas por la naturale- za. Ahí reside su poder. Más no se puede devenir persona completa mientras el yo esté al servicio de los objetivos externos y no sea el núcleo de su ser el que le mueva. Hemos

Y hemos

reducido la identidad de nuestra actividad con el servicio al Dios Mercado.

Así, al pequeño narcisista le obsesiona mantener sus posi- ciones, cerrando de ese modo sus ojos a toda nueva perspec- tiva. Es el mundo de la esterilidad, se cierra todo él a seguir caminando hacia otras formas de conciencia y de acción a las que tiende y demanda desde el Fondo de su ser. Por eso

hipertrofiado el rendimiento, la productividad

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DES-PRENDERSE

sufre sin saberlo. Y solicita el servicio de psiquiatras y psicó- logos que, curiosamente, padecen también esa epidemia.

Pero una persona, tan sólo alcanza la salud en la medida en que en todo su ser se garantice el libre desarrollo de un proceso de transformación en mente y cuerpo. De etapa en etapa, día a día, en cada aquí y ahora del mundo. La trage- dia del ser humano radica en que llegue a rendirse y se inmo- vilice ante las resistencias que de su yo fluyen para estancar- se en cada logro alcanzado, en cada forma devenida. Tan sólo aquel que sea capaz de liberarse al soltar la presa reteni- da, se halla en condiciones de abrir su ser hacia nuevos hori- zontes y posibilidades.

El ser humano, hoy tan desorientado, desvive, pero puede en estos momentos de crisis colaborar con su no-existencia, o como decía Juarroz:

Tal vez la existencia del hombre consista simplemente en perfeccionar el no existir.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Transformarse en poema

ENTREMOS MÁS ADENTRO… (Con un verso de Juan de la Cruz)

Entremos más adentro, en la espesura, donde el tiempo se pierde, bosque adentro, campo a través en cielo y luna; al centro de un frondoso silencio. Noche oscura.

La brújula interior de mi cordura licua sus agujas, mientras centro la mirada abrazada a mis adentros

y al resuello final de la andadura.

Allí escucho el fluir de aguas secretas, mudos sonetos sin abecedario al son de trompetistas sin trompetas.

“Sólo estar siendo” y ver lo extraordinario:

el sol en la honda noche. Horas muy quietas de un tiempo quieto, ajeno al calendario.

Me pregunto a diario, ¿qué indecible fulgor hoy me convoca

a extinguirme en su luz y hacerme roca.

En la Nada somos lo que somos; en la vacuidad emerge la Noticia de nuestro sentido aquí y ahora.

Nacimos para ser artistas de la vida, somos nosotros la sustancia y materia prima de semejante obra de arte, y el objetivo –si de objetivos aquí pudiera hablarse– de la medi-

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DES-PRENDERSE

tación es transformarse de arriba abajo, cuerpo y mente. Convertirse en verso. Todo ello rompe con el sentido común, con el mundo de los conceptos, para habitar y dejarse habitar por esa realidad que no existe en la existen- cia. O mejor aún, que jamás ha existido. El verdadero poe- ta extrae del humus del no ser aquello que en su fondo late; extrae del vacío el vacío mismo, para luego ver su rostro y rebautizarlo…

Aún más: una vez salida a la luz la estrofa, el poeta quisie- ra des-nombrarla de nuevo; des-bautizarla de nuevo, para ganar en la ausencia la presencia de aquello que es su nostal- gia más allá de las palabras. Por eso comprendemos que el poeta no sólo no tema a la nada, sino que, además, se sienta incluso atraído por ella…

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Aquello que en el fondo soy

Paladear los versos imposibles de escribir, deambulando entre dos pensamientos, entre dos respiraciones. Callar entre dos palabras escritas en líneas vacías; extinguirse ante la obra acabada, extinto el aposento del silencio que se desprende del subsuelo del silencio. Y, ya libre, habitar fuera de la propia existencia. El Ser no existe, tan sólo se limita a ser.

Bajar de mi mismo hacia el centro de mí mismo. Lugar sin más señalización que la pura ausencia; incipiente brotar de la aurora, cuyo sol se expande en las propias espaldas, allí donde no estoy. Lugar sin lugar, en las fronteras del aire, donde la divinidad aprendió a hablar un lenguaje sin lengua, un poema escrito entre líneas vacías.

Bajar por las laderas de mí mismo, permitiendo que aflore la realidad como si ella se dejara inventar de nuevo, inclu- yendo en su fingido invento el necesario aire para remontar de nuevo un nuevo vuelo.

Anidar en la Ausencia; un espacio que en ocasiones emer- ge en nuestra verdadera orilla, más allá –o más acá– de la vida y de la muerte, cuando el hombre, la eternidad y su dios se han agrietado y desprendido. Vacío páramo donde es posible hallarlo todo.

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DES-PRENDERSE

En ese irremediable desierto se hace inminente una com- pasión que recorre su entraña y sus afueras, un amor que no lo para la muerte. Vacuidad densa y real, donde los demás han dejado de ser los demás, recobrando la más íntima for- ma escondida en el todo, donde lo otro no existe sino en el todo; donde todos son, somos, uno.

Aquello que en el fondo soy no se deja pensar, ni decir, su esencia es el silencio, el reverso impar de un poema. Por eso, cada estrofa siempre deja un espacio vacío informulable que es sagrado. Yo no soy el autor de este poema, tan sólo acaso su testigo, que en cada verso empieza a consumirse y en el punto final con él yo me he extinguido.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

El valor de des-aparecer

Si tienes el valor de quitarte de en medio,

puede llegar un día, quizá un momento cumbre,

en que tu sombra brinque del suelo y te abandone.

Y la copa vacía de tu existencia,

(o de tu inexistencia) inundada de luz, haga crujir la luz, reviente sus costuras

y

como un enorme brazo abrace el Cosmos.

Si

tienes el valor de quitarte de en medio…

No soy mis pensamientos. No soy mis sentimientos. No soy mis deseos. No soy mi cuerpo. Es una verdad inamovible que yo no soy lo que percibo o veo.

¿Entonces, ¿qué es lo que yo soy? Soy aquello que no pue- de ser pensado, ni sentido, ni deseado, ni concebido. La con- dición del despertar a lo que verdaderamente soy es mi pro- pia desaparición. Sin dejar huella. Tan sólo se ilumina quien ha desaparecido. O quien ha muerto. Ningún ego particular (todo ego es particular) tiene acceso a la Luz si no se rompe.

Des-aparecer con todas mis circunstancias, despejarme y despojarme de ese ensueño malamente llamado la realidad.

Realizarse, ver la Verdad es sencillo: consiste tan sólo en borrarse, desbautizarse. Sólo entonces me daré de bruces con aquello que ya soy. No me refiero a un estéril nihilismo, sino a la liberación del enramado de hojarasca con que he

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DES-PRENDERSE

formado el personaje de un escenario que, también falsa- mente, he llamado vida: al vacío absoluto de mi mente. La iluminación es la Nada en su más esplendorosa plenitud.

No es preciso hacer algo para iluminarse. Aquí –para decepción de los hiperactivos redentores comprometidos con la política o la religión– el esfuerzo es un obstáculo. El Ser – si le apetece otro apelativo, el lector puede buscarlo–, que es

plenitud dejaría tal plenitud, y dejaría por tanto de ser Ser, si

es que dependiera de la acción de aquellos mediadores o

redentores que dicen completar la redención. O la creación.

Nadie puede salvar a nadie, si previamente no ha autopulve- rizado su yo. Pero esto mismo es una fatua conceptualiza- ción que también será preciso erradicar. Tan sólo en ese

silencio veré lo que en el fondo soy. No se trata de reformar

mi

casa, de cambiar los muebles de mi casa, sino de cambiar

de

casa. O, como dice Armes S. Balsekar, ver la realidad no

implica, simplemente, un cambio en la dirección de tu visión sino un cambio en su mismo centro en el que el propio espec- tador desaparece. Todo eso no implica lucidez sino valor, el valor de atreverse a dar un salto, un gran salto en el vacío.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

El secreto de ser nadie

Aferrarse al vacío, y reconocerse en la propia desnu- dez. Limitarse en la humildad de ser lo ilimitado, don- de la lejanía extingue sus distancias y creencias. Reen- contrarse en la profundidad interior, derramándose cada vez más adentro. Extra-limitarse en el impudor de sólo ser, para ganar así la Presencia, que es tacto, y contacto, del alma con su carne, del Ser con el mundo. Reducir el lenguaje a su esqueleto y palpar la Presencia que emana de la Ausencia, como el que, siendo arqui- tecto de su vida, sabe instalar en el aire su morada.

Lograr, sin darse cuenta, ser Nadie, la inefable belle- za del rastro de una ola extinta que nace y se deshace, que avanza y des-avanza, en el eterno vaivén que fluye de su origen inmutable.

Caminar tan sólo es desandar en el secreto de ser Nadie.

Desde muy pequeños, tanto a la hora de aprender como a la de jugar, nos enseñaron a consolidar nuestro yo, a compe- tir para afirmarnos frente a los otros. La Universidad sigue empeñada más en enseñarnos el mundo que en saber quiénes verdaderamente somos. Y, ahora más que nunca, el alumno vive fielmente la epidemia de los dictados de esa programa- ción mental; somos una generación de obedientes. Nos vivi- mos como islotes, fragmentados, instalados en una imagen prefabricada que se configura mediante un personaje que vive de espaldas a la Vida y ocurre que nuestro ego, repatria-

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DES-PRENDERSE

do de las raíces de su origen, pasa la vida –si a eso puede llamarse vida– en continuo temor por la suerte de su super- vivencia; se halla obsesionado con la muerte.

Sin embargo, quien vive anclado en su verdadero Ser conoce de primera mano que precisamente cuando esa ima- gen programada muere es cuando está en condiciones de vivir su plenitud. Una experiencia de total integridad impo- sible de ser objetivada, ya que no existe sujeto alguno al margen de semejante realidad. No puede ser definida, tan sólo vivida.

Los maestros nos invitan a familiarizarnos con el hecho de morir y denuncian de qué manera nuestro ego, hablando desde su afán de sobrevivir, vive ese acontecimiento conside- rándolo como una ausencia. Se trata de liberarse del yugo de la estrechez del ego, porque la muerte del inseguro ego –dice Jean Klein– te deja en completa seguridad. De modo –aña- de– que lo que es inseguridad desde el punto de vista del relativo “yo”es seguridad absoluta en términos de la seguri- dad de tu ser. La propia experiencia nos dice cómo existen personas que viven las tragedias de la vida sin considerarlas como tales, ya que, aunque pueda parecer masoquismo (y no lo es) en tales circunstancias, fuera de toda situación y cir- cunstancia, el ego tan sólo tiene la oportunidad de aferrarse a su ser esencial, y no a situación exterior alguna.

El origen de la angustia se gesta precisamente en esa sen- sación de aislamiento con que nos programan diariamente, alienando de ese modo nuestras posibilidades de vivirnos como unidad y como totalidad. Es una gran experiencia ser

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

uno con la Nada, vivir la vacuidad, libre de toda imagen prefabricada, exento de todo punto de vista y opinión. Ahí nos lleva el ejercicio de la meditación. Y, curiosamente, lejos de apartarnos del mundo, es la mejor forma de participar en él. Viviendo en la dicha de ser, tan sólo ser.

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DES-PRENDERSE

Ocurre, a veces

El pensamiento y el lenguaje son puente entre yo y la realidad exterior.

La poesía y el amor son formas de comunicación con- creta. COMUNIÓN.

Creo que en el caso de la poesía, la comunión comien- za en una zona de silencio, precisamente cuando termina el poema.

La FUSIÓN se opera no en el regreso al silencio como refugio de subjetividad, sino como ENTRADA en el gran todo, donde el yo se vuelve un NOSOTROS.

(Lourdes Barrera)

A veces, ocurre a veces, tras horas de silencio y soledad,

que, entre libros, papeles y palabras, brota la ligereza de un fulgor inextinguible que se deja leer. Puede advertirse enton- ces el aliento, voraz y salvador, de una borrasca que penetra los poros de los folios y atraviesa el tejido de las células. Pre- sencia sin cuerpo…

A veces, ocurre a veces, como ahora, en que al cabo del

desayuno, se presenta a mi vista el lejano roquedal de Anbo- to, al que hoy se interpone, en contraluz, el verdor de las hojas que acompañan los claveles de la mesa. Detengo mi atención en una de ellas:

Todo el potencial del universo en su frágil e inmensa sen- cillez. Se extinguen las distancias, queda abolido el tiempo; tan sólo queda un ver ligero que atraviesa los instantes. Olor,

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

sabor a existencia verde en un trozo de infinito. Pocas veces la lucidez nos asoma a lo real que toca y quema

Hoy, me aprestaba a viajar, mas desisto para tan innece- saria cabalgada. recojo las maletas. ¿Viajar adónde? Aquí está el Amazonas…

Y así, ante esa ola quieta del Anboto,

frente a ese mar de inmensa roca,

me asomo al asomar de lo sin-nombre. Bajo un aliento quieto que me toca,

el alma muy serena, al rojo vivo,

se descuelgan los versos muy alerta.

Y listo hacia el gran vuelo,

me entrego a la pasión de ser tan sólo un hombre que ante una frágil hoja hoy se despierta

del sueño en que se había entretenido.

Somos pura Presencia. Cuando no nos identificamos con esos estados de ánimo que van y vienen; o con esos pensa- mientos invasivos; o con esas imágenes que desfilan por nuestra mente sin otro fin que el propio desfilar. Somos pura Presencia, sin elaboración mental alguna; somos lo que no puede ser percibido sin aniquilar el falso yo, sin más afán que constatar lo que ya somos. Aquí el esfuerzo volitivo es un obstáculo porque equivaldría a reforzar la falsedad del personaje yo, y la Noticia del Zen emerge en la pura ausen- cia de propósito y de voluntad, que tanto enervan a los fal- sos “agentes de cambio” que nuca cambiaron nada porque nunca se cambiaron a sí mismos.

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DES-PRENDERSE

Percibir directamente, sin que el pensamiento y las imáge- nes lleguen a interferir. Despertar. El despertar que se da cuando nos quitamos de en medio al saborear nuestra exis- tencia en el corazón de su propia impermanencia, que es la entraña del no ser. Ahí es cuando ESO puede revelarse.

Se trata de dejar a un lado el ego artificioso para permitir que el YO perciba lo que es directamente, ajeno y lejano a toda distorsión. Convertirse, como dice Wei Wu Wei, en el agua libre del hielo que la mantiene congelada. Percibir con claridad inmediata. “Sólo así –reza el sutra–, si nuestra con- fusa subjetividad no nos lo impide, la vida cotidiana se pue- de convertir en el nirvana”.

Nos demos cuenta o no, somos la vida de Buda: la Vida. Somos pura Presencia del Ser, aquí, ahora.

De esa experiencia del Ser, si verdaderamente lo es, inde- fectiblemente, y libre de redentorismos, brotará el amor de la acción y la acción del amor. Eso somos, eso vemos des- pués de desprender-nos de la hojarasca que re-cubre lo sin- forma.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Más allá del amor y de la muerte

Marcharse, sin dejar, apenas, huella.

Y

dejarse borrar del tiempo, como

la

lluvia va borrando, (sin asomo

de piedad) en el viejo muro, aquella

estrofa escrita a mano, extraña y bella. Escaparse del mapa no sé cómo… desnudo de equipaje… Y nada tomo:

como nací, me voy no sé a qué estrella.

Que es hora ya de des-nombrar mi nombre,

y de des-bautizar lo bautizado,

abandonando el rastro de mi historia

tan breve y tan fugaz como ser hombre. Este soneto es ya una Ausencia. Acabo:

un verso entre el verdín de la memoria.

Experimentar el Vacío, no es caer la desesperación, ni el sufrimiento, aunque estos no estén ausentes en el camino, porque somos expresión de una Realidad primera que en nuestro cuerpo estamos llamados a transparentar. Pero tene- mos pánico a la extinción; nos aferramos a lo conocido, y nuestro cuerpo, como una lapa, se aferra también a la memo- ria adquirida insertada en sus tejidos; se apega a las convic- ciones almacenadas desde la niñez, a las experiencias protec- toras, a la fijación a nuestra madre, a la tierra, a la patria, y a todas las construcciones que han edificado el personaje que llamamos yo

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DES-PRENDERSE

Pero sé, y, por cierto, lo sé muy bien, que el miedo a la extinción del yo es la última frontera que me impide experi- mentar quién soy de verdad, qué impide la experiencia del Ser, porque sé muy bien que es en la disolución donde preci- samente esa frontera se franquea. En el abandono a “lo que venga”, empleando todo el valor que ello comporta, se abre

la limitación del falso yo. Sí, cuando la estructura de mi per-

sonaje se disuelve, o desaparece, con ella desaparece el mie- do. La Salud total estriba en la liberación del causante de la angustia: el ego. Y eso es una GRAN experiencia, determi- nante experiencia…

Lo que llamamos yo es un simple envoltorio aterrado, sin existencia permanente. Cuando uno aprende a morir en vida, ya no morirá más, y eso es verdad, una verdad tan sólo

revelada a quien vive el eterno presente, aquí, ahora, que es

la eternidad. “La muerte –dice Willigis Jäger– es la apertura

de nuestra conciencia personal hacia un conocimiento exten- so de la naturaleza verdadera que podemos llamar divina o Vacío, o lo numinoso. Entramos en la no-dualidad…”.

Entramos en una experiencia más amplia. En un amor,

que, si es auténtico, no caben despedidas ni rupturas. La Unidad nos habita en lo eterno. Somos el océano, en la ola.

Y esa experiencia está más allá del amor y de la muerte. En

esa realidad vivimos, nos movemos y somos.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Ser uno con el universo

El Universo azul nos constituye.

Y su Ser nos impregna. Y nos llena.

Traslúcido infinito, Esencia Plena, torrentera de un Dios que adentro fluye.

En la realidad se reconstruye

tu latido en mi más profunda vena.

Y el rocío hecho lágrima de avena,

que en tu seno evapora y se diluye.

Mi

yo, ese gran delirio ensimismado,

ese

círculo opaco y bien pensado

que en su propia razón se deshereda,

hoy ve cómo en su afán deshabitado tu Presencia, sin forma, se ha filtrado por esta estrecha rima que aún le queda.

En el Pragñaparamita sutra encontramos el siguiente tex- to: “Oye bien Sariputra, todos los dharmas (acontecimientos o fenómenos) se caracterizan por hallarse vacíos, no sólo no pueden crearse ni destruirse sino ni siquiera aumentar o dis- minuir”. El vacío es nuestra esencia unificante, nuestro nexo con el todo; es impensable hallarse separados porque un yo separado es una ilusión. Todo cuanto nos rodea se manifies- ta a nuestros sentidos debido a que forma parte de otras condiciones que permiten tal manifestación. Nuestro ser habita en el inter-ser. Captar eso, vivir eso es precisamente lo que llamamos iluminación.

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DES-PRENDERSE

En ti respira todo el universo; todos sus elementos bullen sin parar por y en los flujos de tu cuerpo, habitando en él todo el océano Pacífico. Soy una ola de ese mar, pero, a la vez, en mi inconsciencia, no sé si soy mar o si soy ola. Estoy compuesto de los elementos que componen a toda la huma- nidad. Habrá variaciones de color de la piel, de estructura corpórea, pero ellas no dejan de ser un mero accidente den- tro de una única sustancia. Desde esa perspectiva ¿Qué tie- nen de personal mi páncreas, el color de mis ojos, mí hígado y mis pulmones? ¿Qué hay, de personal en el psiquismo inconsciente, cuya esencia es asimismo colectiva? Tan sólo soy un eslabón en la cadena del Ser. Mi auténtica identidad es el Ser, Él, mi verdadera naturaleza.

Cuando sé esto es cuando puedo liberarme de esa alienan- te contractura, de esa restrictiva identidad del pequeño ego narcisista. La educación –confundida hoy como capacita- ción– nos ha programado el cerebro, desde la Educación Pri- maria hasta la Universidad para servir como marionetas de guiñol a ese modelo. Por eso es cuestión de tener el valor de tomar conciencia de la jaula-escenario en el que nuestra obe- diencia sumisa nos ha metido. Y, sobre todo, es cuestión de salir ya de ese teatro. Porque lo nuestro es amar…

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Hasta la propia extinción

Cuando este corazón se desmorona, por él el Universo fluye entero. Más allá del dolor, el verdadero Yoga (yugo), que une, el que corona

mi esfuerzo por llegar a ser persona.

Hoy he tocado fondo. Y así, entero, se abrieron mis entrañas. Lo primero que yo advertí fue el Ser que arranca (y dona)

esa experiencia: “Soy”, “yo soy”… Y fluyo al Silencio del Cosmos. Fluyo siendo lo que soy (aunque siga estando roto).

Yo soy tu yo, tu-yo: tuyo. E intuyo

que el mismo ser que veo me está viendo.

Lo noto, ¡ya lo creo que lo noto…!

Tener el valor de entregarse hasta la propia extinción, y hacerse tierra. Convertirse en su fruto sazonado hasta dejar- se devorar por la brasa escondida en el corazón de ese fruto, sostenido, alimentado por la Fuerza de la oscuridad, donde anida el secreto de la Luz.

Frágil forma que, torpe, se resiste a su Vacío… Penetrante Vacío que se resiste a dejarse invadir por las ruidosas for- mas, a dejar de ser su propio Ser.

Con los brazos alzados hacia el cielo, me abandono en el viento, y me hago viento.

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DES-PRENDERSE

Me entrego a Ti, Muerte que es Vida, me entrego a Ti, Mater Materia, en una comunión que duele y que libera. Y así, mi corazón carnal, dura Materia, es absorbido en tu amplio seno, como rápido sorbo, como humilde bocado del corazón del Infinito.

Duro y suave cincel, que me hace cumbre en una nueva génesis; buril de cada aurora, que talla nuestro cuerpo entre la dicha y el llanto, paz y desasosiego. Las dos caras del Dios recóndito, silente y envolvente. Magnánimo jardinero del Ser, que forma y conforma nuestras formas haciendo brotar en ellas las alas que alcanzan lo insondable.

Materia vacía, Materia de Luz, animada Materia. Muerte y Vida, Abismo y Cielo. Cauterio suave, toque delicado; un dulce y árido escarpelo del que se desprenden trozos y más trozos de silencio, hasta tallar en nuestro corazón el mismo corazón del Universo.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Disolver el ego

Desnombrarse, destituirse, para tocar lo único que callan las estrofas,

para que se hagan tan presentes innombrables poemas sin fonemas.

Y palpar la materia prima del Ser, descubierta

en el tiempo real de una In-presencia,

de un llegar sin llegar, que se extingue al filo del instante,

cuando allá, más allá de cualquier cuando,

el poema se escapa de sus versos.

La experiencia del Ser no se refiere al ser particularizado de las ciencias de la naturaleza, ni al ser vagoroso del sentido común, ni al ser des-realizado que contemplábamos cuando estudiábamos Lógica. Se trata de una percepción directa, inmediata, del fondo que nos habita; de una visión muy sim- ple, aunque superior a todo discurso y a toda demostración, puesto que se encuentra en los orígenes de toda demostración.

La Experiencia del Ser es una experiencia que ningún vocablo del lenguaje puede agotar…

Llega un momento en que semejante vivencia se instala en el Verdadero Yo, el gran Testigo: el que no es sus pensamien- tos, el que no es sus deseos, el que no es sus sentimientos. Hablamos aquí de ser testigo de los pensamientos, de los sentimientos, de los deseos.

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DES-PRENDERSE

En vano alcanzarán sus depredadores al desasido que no alberga imagen de su rostro ni idea de su alma. Hablamos de un ser humano liberado de la peor esclavitud, que es la de su propio personaje; una liberación trabajada, ejercitada, dia- riamente labrada, consistente en ejercer esa labor de deses- combro que es el ejercicio de la verdadera meditación: este raro remedio que cura porque mata al que padece, este raro ejercicio que persigue quitarse de en medio, borrarse del cen- so, destituirse, no dejar huella, la absoluta autodimisión. Un disolvente del que basta una sola cucharada; esa locura cuer- da que libera a un mundo loco. Si algún elixir –escribe mi amigo, el gran el poeta Vicente Gallego– lograra estimular unas sensaciones corporales parecidas a las que disfruta la conciencia del despierto durante el breve espacio de unos días, los voluptuosos de este mundo matarían por una sola de sus gotas.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

¿Quién soy?

Vine a saber quién soy. Y por qué atajo arribé a un apellido, a un personaje, que indaga, en la mitad de su viaje, si es águila, o si es escarabajo

Un

ser, que ni es de arriba, ni es de abajo;

un

silencio asfixiado en el lenguaje,

un

estruendo en un mar sin oleaje,

un

tañer de campanas sin badajo.

Eso que llaman yo es la falsa historia de un falso personaje verdadero, que vive una comedia equivocada.

Mi yo, una referencia en la memoria

de un tiempo sin reloj y sin minutero, perdido en la pasión de no ser nada.

La verdadera muerte es vivir aterrado y aferrado a una parcela que jamás fue propiedad de nadie. Vivir despierto consiste en contemplar de qué manera en cada segundo somos expulsados de un nido que creíamos nuestro. Un nido artificial. Siempre apegados a lo mío, a lo nuestro, hemos dejado de preguntarnos quiénes verdaderamente somos, cuál es nuestra verdadera patria más allá de las fronteras. Y sobre todo, por qué y para qué estamos en la tierra. Preguntas que la mayoría de la gente soslaya, y muere sin atreverse a res- ponderlas.

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DES-PRENDERSE

Sólo aquel, dice Karl Durckheim, que conoce a los cóm- plices de la muerte –el desasosiego, la angustia, el horror– y les hace frente, es el que puede contemplar la claridad que viene del infinito, la que traspasa toda finitud y elimina las fronteras llevando al hombre por encima de ellas y haciendo de él un testigo de la eternidad. Esta claridad, añade, es un reflejo de la luz que en realidad nosotros mismo somos. El sí a la muerte abre en nosotros ese ojo perceptor.

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3

Sobre la unidad

EL

ESPLENDOR

DE

Introito

LA

NADA

La verdad se sitúa más allá de los contrarios, donde no cabe la elección del fondo. La claridad no toma partido más que desde la Unidad; está más allá del amor y el odio, pero la captan los sentidos.

Cuando se “toca” el espacio vacío, la entrelínea del poe- ma de la vida, se puede arrojar al lodo la palabra, siendo entonces cuando podemos ver que habíamos hecho difícil lo que es fácil. Confundimos el terreno con el mapa; las pala- bras no son la realidad, y es preciso recelar de ellas ya que, en tanto que palabras, no dejan de ser un cobertizo artificial que enmascara lo auténtico, y ellas, las palabras, además de disfrazar también pueden separarnos y alejarnos de la ver- dad.

La palabra puede ser luminosa, efectivamente, pero tam- bién posee la potencia de arrastrar a la desunión. La pala- bra, puede ser estéticamente hermosa, aunque también vehí- culo de sentimientos o sensaciones dualistas: noche y día, hombre y mujer, odio y amor, lo nuestro y lo vuestro, tu patria y la mía, oriente y occidente.

Pero la Gran Experiencia nos previene ante la posible enajenación de sentirnos separados, ya que tan sólo el hecho de elegir, provoca que caigamos en la ficción de esa progra- mación mental, llamada Pensamiento Único con la que nues-

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SOBRE

LA

UNIDAD

tra sociedad narcisista adormece las mentes de los ciudada- nos convertidos en súbditos; y ello provoca sufrimiento, porque hemos nacido para la verdadera luz, no para vivir entre las sombras disfrazadas de fulgor.

Nuestra verdadera morada es la Unidad y enfermamos al apartarnos de nuestro origen. ¿Cómo expresarlo? Aquí se trata de utilizar el concepto y la palabra en vez de ser utiliza- dos por ellos; se trata de des-nombrar, de des-bautizar el mundo para palpar la Presencia de la Vida que sólo late en el lenguaje del silencio, aquí, ahora, al filo del momento pre- sente (Presencia que nos habita en cada una de nuestras célu- las, siendo capaz de hacerlas vibrar).

La Verdad “acecha” en cada segundo y su aliento, silen- cioso soplo del Espíritu, puede nutrir, lector, tu corazón; absorberlo y vivirlo. Fúndete con él, sé silencio tú mismo en el huracán del ruido callejero, en el meollo de la agresividad de las organizaciones; sé tu mismo silencio ante la enferme- dad y ante la muerte; porque es falso que para ello necesites apartarte de la Materia.

Sagrado acceso copular de un tálamo en su sima abierta y desplegada; germen que en vida eterna aflora. Semilla de Apolo en flor de Venus; eterno vaivén de Tierra y Sol hecho caricia. Germen de mi poema, semen de tu palabra.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Impermanencia

Igual que un centinela espera el alba, sobre la hierba, frágil, temblorosa,

la

gota de rocío, aguarda, quieta,

la

caricia silente de la aurora.

Y

empieza a evaporarla el Gran Silencio

cayendo de hoja en hoja; y se disipa, como lo hace un sueño pasajero que busca enajenarse de sí mismo.

Fragilidad acuosa entre las flores, sutilidad del Ser temblando al viento que entre los versos se disuelve.

Bajo el rayo de sol que la derrite,

la gota, exenta de agua, hoy se ha hecho luz;

danza del alba, luz, fuego y vacío

La gran iluminación de Shakiamuni Buda fue simplemen- te darse cuenta de que el “universo –mi ego incluido– es uno y vacío”. Y cuando nos hacemos uno con la meditación, también nos hacemos uno con la verdad experimentada por todos los budas (los despiertos) pasados, presentes y futuros de la Humanidad. En esa experiencia se transciende la duali- dad, fenómeno que experimentamos al despertar. Y el des- pertar llamado “iluminación” es eso: palpar de modo vibrante esa unidad vacía en una experiencia viva, que, por ser viva, tiene la propiedad de con-movernos.

112

SOBRE

LA

UNIDAD

Cuando superamos la dualidad de los opuestos y llega- mos a ser uno con quien percibíamos como enemigo, se transciende la ceguera, se toca, esa unidad. Y al tocarla, uno se libera de la esclavitud del odio al enemigo. Al tocar la uni- dad llega la liberación, todo se dispone y presenta a nuestros ojos con la real sencillez del Ser. Y los problemas se resuel- ven por sí mismos, sin el apremio de ser el primero y sin el temor de ser el último.

De ahí que el personaje que nos hemos construido sea una ficción que nos distrae de nuestra verdadera identidad. Y por eso “quitar de en medio” al personaje, al pequeño yo, es parte de la meditación. El final del yo es la única meditación.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

La fuerza del ser

La experiencia del Ser siempre va unida a la conciencia de una Fuerza que nos habita, una Plenitud que, de forma inequívoca, alcanza nuestras células y que, por consiguiente, se siente y percibe en nuestro cuerpo. Pero para expresar esto sería necesario antes el arduo –y liberador– ejercicio de despojarse de uno mismo.

No se trata aquí de la fuerza que nace de la voluntad del yo, esa que provoca distancia y separación, no; la Fuerza a la que aquí me refiero nace de una dimensión inefable, pero real, que, lejos de separarnos del mundo, nos ata a él en indi- soluble abrazo. Fuerza que tiene su origen en la unidad uni- versal de la Vida y que, paradójicamente, suele muchas veces aparecer en los instantes en que nos hallamos más desposeí- dos, cuando la voluntad de nada sirve, cuando nos sentimos desfallecer.

La meditación nos coloca en contacto con esa Fuerza; ella misma es esa Fuerza que nos conecta con lo más íntimo de nuestra intimidad, con lo Uno, más allá de las fauces de la muerte, porque lo que realmente somos no conoce la muerte.

Lector, si algún día vives así, tus amigos te llamarán loco, mas se trata de la única cordura. Oirás, también, que no per- teneces al género humano. Mentira: vivir Eso es vivir en car- ne viva. Muy viva, carne que abre su clara cima al infinito.

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SOBRE

LA

UNIDAD

La verdad que cura

Los extremos combaten entre sí, tal es nuestra neurosis. Vivir de espaldas al Origen Es fuente de conflicto, el conflicto Tal es nuestra psicosis.

La causa de los conflictos llamados “mentales” no tiene un único manantial, y, por tanto, no es adecuado, como aún afirman la mayoría de los especialistas en “salud mental” centrar en el cuerpo o en la mente el acontecer neurótico, porque somos más que cuerpo y mente. Freud, por ejemplo, centró el sufrimiento humano en la represión de los instintos sumergidos, pero desde él hasta hoy, nos hemos olvidado de los “instintos emergentes”. Jung fue una excepción.

Vivir la vida desde el dualismo sujeto-objeto es fuente de sufrimiento y desorientación. Pero sufriremos hasta hallar el sentido del vivir, que reside en el conocimiento de la verdad original más allá de los contrarios. La verdad que cura.

La neurosis, en general, consiste en una especie de rebe- lión de la Naturaleza cuando la hemos maltratado: la ilusión de vivirnos separados del Todo es el mal de nuestra civiliza- ción narcisista. Y conocer esto ya es un principio de cura- ción.

Durante el ejercicio del Za-Zen, suele frecuentemente emerger a la luz de la conciencia la espesura de lo negro; una mole sombría que surge del dualismo, en forma de capricho, en forma de apego: lo que me gusta contra lo que me disgus-

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

ta; pero allí anida la luz, al traspasar la identificación con la mente. La verdadera meditación ejercitada con constancia, pulveriza al pequeño ego y extingue el narcisismo, causa de la mayoría de las neurosis.

El trabajo meditativo incluye el milagro de la fusión de los contrarios, lo bueno y lo malo, hombre y mujer, guerra y paz, día y noche, sol y luna, luz y sombra.

Se trata de volver de nuevo a la patria, a la Totalidad sin frontertas. Lo expresé en otro libro “… Regresar al Castillo Interior, donde se alberga el dios, mi cuerpo… allí clavas, puñal, la honda espuela de tu hiel, mientras de su profunda brecha brotan cascadas de turbios pensamientos, que agitan, asediándola, la noche blanca de la meditación, aunque de aquel sórdido piélago qué bien sé yo el vigor con que brota la luz, fundida con la sangre de mi herida, en la quietud silente del Za-Zen…”.

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SOBRE

LA

UNIDAD

Nostalgia del origen

En Oriente, el Absoluto se representa como una esfera, redonda y perfecta. En ella no falta ni sobra nada; en ella no cabe la diferenciación, ni la dualidad, la voluntad de quien desea o quien rechaza.

En la práctica de la meditación, y contra lo que pueda parecer, no se pretende regresar hacia el paraíso perdido de los estadios infantiles. No se trata de fomentar una regresión hacia el útero materno, porque lo que se pretende es caer en la cuenta de nuestra verdadera identidad, de la que nos hemos separado analizando, distinguiendo, contrastando y comparando, lo que es la fuente principal de todas las for- mas de angustia. Y eso es el pináculo de la madurez.

Pero ocurre que el ser humano forzosamente separado de su fuente nutricia, preserva en su fondo inconsciente las pri- meras experiencias de su infancia, esas que rayaban lo tras- cendente y la educación oficial se ha encargado de reprimir.

La experiencia del Ser es esencialmente atemporal e ilimi- tada. Está situada fuera del espacio, al margen de cualquier tipo de anchura. Quien ese informal espacio transita, se halla más familiarizado con el Camino que con las obras; más acostumbrado e inclinado al ejercicio que al rendimiento. La Mente Original es idéntica a sí misma”perfecta como el vas- to espacio”. La pura vacuidad que el oriental representa en la imagen simbólica del círculo llamado “enso”. Todo es allí circular como en el Mito del Eterno Retorno, redondo como el Cosmos, tranquilo como el Fujiyama. Todo mantiene el

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

único sabor de la Unidad: ESO, el Todo, nos impregna. Se trata de vivir, Vivir Eso: la mente original redonda y perfec- ta…

El Camino, ese vasto espacio, invita, como afirma Larry Dossey, a hacerle un guiño a la muerte, ya que lo perecedero se subsume en lo imperecedero y las formas, en su eterno devenir, se afirman en las vacías esferas sin forma del Ori- gen, orientándose hacia la Plenitud de la Nada, a lo Sin- Nombre: Captar lo invisible a través de lo visible… Sentir respirar la Vida en mi respiración; sentirla palpitar en mi palpitar; aquí, ahora, sin demora. Sentir la Fuerza de la Vida expandirse en mi cuerpo y en el cuerpo del mundo. Más allá del tiempo y sus fronteras…

Cuando me acerco a lo Sin-Forma desde mi pequeño yo, lo Sin-Forma, a su vez, me alcanza como un tú. Pero cuando ese pequeño yo se ha quitado de en medio, es cuando el Tú absoluto me abraza por siempre en su Unidad ilimitada. Así es como yo me convierto en un tú, en un Tú, en TU-YO, en tuyo… Consciente y muy despierto a un único sabor.

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SOBRE

LA

UNIDAD

Impregnados de ser

La Unidad es nuestra verdadera patria, manantial de vida que alberga y da sentido a la existencia y fuente de salud.

La clave de la vida, lo que nutre su sentido, radica en albergar nuestro corazón en la Unidad de la misma VIDA.

Mantenerse en continuo contacto (con-tacto, palpar,

constatar…) con el hilo que me une a lo que en el Fondo soy,

a

la serenidad que mora en mis entrañas: palpar, sí, el Todo,

y

la angustia, por si sola, desaparecerá a su ritmo.

Vaciarse del pequeño “señor don” hasta que brote el Vacío que somos, el que nutre toda forma. El miedo viene del pensamiento del espacio y del tiempo de cada ego, y vaciado de tal ego no cabe ya la angustia. La Unidad nos

vivifica, es más: somos la Unidad: un tú y un yo que es no-

dos…

Se trata de un Tú, expresado falsamente en segunda per- sona; Tú, amor envolvente y penetrante; Tú, divinidad omniabarcate, en cuya Nada, mi yo, diluido, se transmuta en el Ti que insta en este instante. Más allá de mí, más allá de lo mío, me adentro en tu yo, transformándome en TU-YO, TUYO, y en nada, como la voz que clama en el silencio del Vacío inaugurado. En tu Unidad, me hago uno contigo, y, así libre de todo dualismo, vaciado de mi pequeño ego, contacto la transparencia vacía, mi genuina naturaleza, mi conciencia sin fronteras, mi serenidad en la Unidad de las cosas.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Y en tal disolución, tan sólo cabe una oración sin yo, sin una sola plegaria sin un destinatario ajeno y lejano; porque borrado, el ego mismo se hace oración más allá de todo monólogo autista; y se forja el silencioso diálogo de mi pro- pia esencia con mi propia esencia. De ese modo me dirijo a un Tú, habiendo dejado ya de ser yo. Pero con más limpidez hallo ese Tú, desierto de imágenes y pensamientos, en el desierto interior y sus imperceptibles expansiones, en una oración sólo aparentemente dirigida hacia mi mismo, sin palabras o con ellas.

El Ser impregna, es pregnante, es envolvente: Penetrante en la más íntima intimidad: TÚ Y YO FUSIONADOS en el gran Uno.

Aquí, se trata de un nuevo rito, el de rezarme a mí mismo en mi no existencia; aunque muy libre de requiebros narci- sistas. Un nuevo y eterno rito en el eco de un Único Sabor, que comienza ahora mismo, aquí mismo, en esta biblioteca donde escribo, y en esta hoja en blanco que ahora ocupo. Espacio orante y silencioso, donde, sumido en una oración autónoma, tan sólo escucho mi-propio teclear, mi propio respirar, que es el propio teclear del Tú… el teclear del uni- verso.

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SOBRE

LA

UNIDAD

Dinámica quietud

Como en la arena va extinguiéndose el enorme vaivén del oleaje, y aunque de sus húmedos agujeros sigan brotando, y estallando, aun las burbujas…

El movimiento del Ser nada tiene que ver con la corriente del tiempo, siendo una ola que no comienza, sin playa que la sujete, un motor interior atemporal. Por esa razón, nada persigue ni desea para sí, porque es el Todo; es la plenitud del Vacío que late en la incombustible quietud de la inefable experiencia de Unidad. Toda una gran experiencia… cuando el buscador cae en la cuanta de que él mismo es lo buscado.

Cualquier poeta que escribe desde la experiencia del Ser, sabe muy bien que la Vida palpita allende cualquier límite, y como un río sin orillas, sabe trascender los “lados” y atrave- sar las fronteras para poder palpar el Infinito que habita y nos habita en su profunda quietud atemporal. Vibrar, igual que los bambúes cara al viento, al captar que todo es Uno; vivirlo como el cimbrear con que se vive una llama en su pro- pio fuego: arder de modo incombustible en el corazón mismo del Ser. Sí, la experiencia de ese fuego es una fuerza anterior a toda acción: la quietud del Gran Silencio que late en nues- tra más profunda vena. La Quietud no se gana. La Quietud se es: la Quietud del Ser hecha cuerpo y experiencia.

El Maestro, nos invita a sentarnos en silencio, a sentarnos sin más, perseverantes, como un nenúfar lo hace en el conti- nuo vaivén del remanso del río. Sentarnos sin más, sí, como

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EL

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DE

LA

NADA

la rosa quieta… “La rosa nace sin porqué

su belleza consiste en la propia ignorancia de tal belleza.

¿Cómo pretendemos realizar la Unidad si ella es lo irreali- zable? El corazón del Zen es la quietud que habita lo infini- to, fuera de todo objeto y objetivo. Nuestra acción esencial radica en “dejarse ser”, y sólo desde ahí emprenderemos conscientemente nuestra vuelta al mercado en la vida coti- diana, porque esta, sin aquella, ni siquiera llega a vida.

No sabemos –ni podemos– pronunciar ese Fuego que des- de nuestra más profunda entraña nos enciende. No se deja decir. Y le llamamos fuego y le llamamos Ser, o fuerza y sen- sación de Ser… da igual. Comprobar el brotar en los senti- dos, la fiebre del existir latiendo a lo largo de la columna, partiendo del volcán del Hara. Tu cuerpo arraigado en la Salud.

El ejercicio radica en sentarse sin demora, sentarse y asen- tarse en plena actividad, en la confianza básica de ser, de sólo ser, viviendo en la Unidad siendo Unidad, cumpliendo el don del existir como una plenitud que no se busca, porque ya nos fue dada desde antes de nacer el tiempo; libres de la instancia mediadora de cualquier religión, creencia o confe- sión.

Sentarse sin más, permanecer sentado incluso en pleno afrontamiento, ante la fusta de los poderosos de la tierra. Eso es despertar: cuando compruebas que tus células se abren por todos los costados y los poros al infinito, y la resistencia radical destila compasión. Sentarse, sí, con la pancarta entre tus manos, libre de tu personaje, respirando

” ignorando que

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SOBRE

LA

UNIDAD

la libertad que se respira cuando, quitado de en medio, no eres tú ya quien respira, sino tan sólo el respirado. Es enton- ces cuando los miedos se adelgazan, más bien arden en una combustión que se va haciendo lentamente perceptible a los sentidos. Des-aparecer hasta volverse transparente, precisa- mente por haber des-aparecido.

Sentarse sin más, porque la meditación no tiene objeto.

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EL

ESPLENDOR

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NADA

Evolución hacia la Unidad

Más allá del ser y el poseer, y más allá del más allá…

No se puede, sugieren los maestros, captar la Realidad desde la mente calculadora, la que analizando, divide y enfrenta; es más, salir de la conciencia de Unidad supone el gran fracaso.

La ciencia, sigue considerando al ser humano como el sujeto que observa, analiza y juzga los objetos. De ahí que el Método Científico pueble de objetos el mundo, y tema hasta

la angustia toparse con la nada. Tanto la afirmación (esto

es), como la negación (esto no es), presente en los juicios humanos, y más presente aún en los científicos académicos, puede inducir a error.

Pero en la actividad meditativa, la negación de la realidad material llamada “objetiva”, no implica que esta suponga por si misma un desprecio del mundo y sus objetos. Estos no pueden despreciarse. El vacío –Vacío– es Plenitud y origen

del mundo y de sus formas. Se trata, y en el Zen así se consi- dera, de alejarse de la falacia de la separatividad, o como observa Suzuki: “el Zen evita el error de la unilateralidad que abarca tanto al realismo como al nihilismo”. Mundo, materia y espíritu son Uno en eterna expansión y evolución.

A esa comprensión tiende nuestra conciencia. Al encuentro

de Eso se llega cuando no se distingue “el no tener” del “tener”. Hacia tal experiencia conduce la evolución…

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SOBRE

LA

UNIDAD

Evolución, esa amable persuasión que inexorablemente nos dirige a un despliegue infinito: luz que elige su fuego en el fulgor de su expansión. Evolución, Espíritu en acción, pasión de la Materia, horno que aflige, que derrite y que libera; que inflige dolor –y también dicha– en su expresión.

De la ameba hasta el hombre, tu camino apunta, Evolu- ción, hacia el crujido de un destello de Dios… ¿o qué otro sino, si no, puede caber? ¿Quizá el olvido del Ser? Sería un suicidio ese destino; tan sólo en ser está nuestro sentido.

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ESPLENDOR

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LA

NADA

La presencia del Ser en el no-ser

Pretender dibujar con la palabra lo indecible, y ver que eso es un imposible…

Así que entre pedazos de palabras, puedo decir en esta aurora algo así como una intuición perdida que llega por mi ventana desde los ojos de la noche: mira- mos y somos mirados. El mundo, aun antes de des- puntar el alba, está penetrado de vivos ojos vacíos, en una sola mirada resumida. Un invisible aliento pene- tra la Tierra de un resplandor que a veces se hace más diáfano en las noches de mis noches. La noche es luz que acaricia los trozos de mis palabras cuarteadas hechas papel de papelera. Vuelvo a la cama, tranqui- lo, a descansar mi sombra y protegerla, mientras mis ojos, aunque cerrados, agradecidos cobijarán la luz del universo.

Una ausencia tremenda y dadivosa derramada en la mano esperanzada. Aquel que la recibe en su palma acogedora se encontrará siempre sin límites…

La práctica de Zen, parte de la premisa de mantener cons- tantemente la atención. En la mística cristiana se bautiza como “el sacramento del instante”, una especial devoción hacia la observación y la exploración, así como hacia el no perderse en la verborrea dialectica, en los pensamientos y sentimientos que constantemente fluyen por nuestra cabeza, a los que es preciso dejar pasar para no darles fuerza, por

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SOBRE

LA

UNIDAD

eso el Zen es vigilancia. Tan sólo el atento Silencio es la guía de practicante. La atención.

Atención sin esfuerzo carente de la más mínima búsqueda de provecho alguno, es decir, la vigilancia gratuita, sin más; la atención desnuda, la contemplación sin objeto, la mirada sin propósito alguno y centrada en ese estar alerta. Alerta, como un guerrero en territorio enemigo, como un campesi- no atravesando un río helado…”. Es preciso, decía Jean Klein, ser como los animales salvajes, que están perfecta- mente alerta sin referencia a ninguna imagen de sí mismos, ni a un pasado o futuro. El cuerpo natural está tan despierto como una pantera”.

Estar alerta no es un hacer sino un recibir. Ese es el estado natural del cerebro. Y esa serena aceptación acabará, mediante el ejercicio cotidiano, de dar la bienvenida a una nueva dimensión. Esa es la promesa del Zen.

Se trata de ver claro dentro de la Nada: Volcarse hacia los propios abismos interiores, donde anida el Silencio. Des- prenderse en el Vacío, como aquel que persigue su antorcha en el no-ver. Y acabar viendo claro, en la oscura raíz del espacio vacante, los ojos, aún más claros, de la noche. Con- templar la ceguera propia, igual que se presiente el preámbu- lo de un encuentro: la presencia del Ser en el no-ser.

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ESPLENDOR

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NADA

Volver al origen

El humilde recato del origen se expande en el aliento del aliento que inspira al que respira.

Volver a las raíces, tal es la verdadera revelación más allá de los libros sagrados, por muy sagrados que ellos sean. El manantial de la gran experiencia del ser reside en el corazón humano; allí cabe la posibilidad de hallar la verdad más que en los conceptos, imágenes y pensamientos.

Se trata de recuperar nuestra Naturaleza Original, des- pertar a ella, porque ella es la fuente, la plenitud del Vacío; ver eso es la iluminación, ver eso es el despertar.

Volver a la raíz: en el instante en que nos iluminamos por dentro y atravesamos el vacío de un mundo que nos enfren- ta. Lo real reside en la raíz, no en sus sucedáneos y la Vida, verdadero maestro, invita aquí a algo más que a la simple comprensión intelectiva, a pasar a la otra orilla del río. Nos remite al silencioso ejercicio del Za-Zen.

El Zen habla (sin palabras) de la experiencia del Vacío. La auténtica salvación del ser humano consiste en que este cai- ga en la cuenta de que tanto él como el mundo circundante están “hechos de vacío”, son vacío. La verdadera paz se pro- duce cuando el ser humano alcanza esta experiencia de vacuidad y la transporta a su vida cotidiana; cuando la saca fuera del Zendo y la convierte en su propia carne. Cuando volvemos a la raíz, ganamos el significado y sentido de nues- tra existencia.

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SOBRE

LA

UNIDAD

La experiencia in-corporada (hecha carne, hecha cuerpo) del Vacío es, por si sola, capaz de liberarnos de todos los sufrimientos de este mundo, incluido el miedo a la muerte. La experiencia de vacío nos libera de las sombras de la vida y de la muerte. Se trata de no enredarse en la verbosidad de los objetos, porque esa actitud nos esclaviza y exilia de noso- tros mismos. Se trata de volver a la raíz de nuestra verdadera patria. En esa aventura, la gran aventura, se han embarcado desde hace milenios los sabios de oriente: atendiendo a la respiración, al ritmo del paso andado, del silencio contem- plativo…

Una invitación: desgarra, pensador, tu pensamiento en el sordo regazo de la respiración, escarba en la palabra hasta horadar sus propios límites. Y, llegado al gran abismo, abre de par en par sus hondas vetas en sus tildes y acentos, en las rimas salidas del yunque de los ritmos de un poema. y si ves que aún sobreviven las imágenes, desagárralas, desángralas, desóllalas, sin dejar vestigio alguno. Y cuando hayas perdido ya toda memoria, arrójate tu mismo al Gran Silencio. Trans- fórmate en silencio, sé tu propio fermento. Luego, atento, aguarda en la alborada la dádiva secreta de la luz. Y sigue estando atento, muy atento…

El ejercicio meditativo traspasa las palabras para alcanzar el corazón del Ser, más allá del pensamiento, y la opinión. Traspasa el dualismo sujeto-objeto. Alcanza la Unidad que no necesita ser alcanzada, porque siempre anidó en nuestras más profundas raíces. Sí: en el instante en que nos iluminamos por dentro, renacemos, atravesamos el vacío de un mundo que nos enfrenta. Seguir meditando es continuar el nacimiento.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

La meditación favorece redescubrir el acto inaugural que da sentido a la existencia; el evento creador de la vida, causa de todo modo y forma: más abismal que el conocer y deba- tir, más definitivo que la acción externa. Estoy hablando del acontecimiento sin lugar y de un contenido sin continente; ese “allí” sin espacio: la Nada de la Unidad consciente desde la que corrimos el telón que dio pie a nuestro nacimiento como seres humanos. La creatividad devenida en Creación; el Ser “acontecido” en nuestra historia, o en la Historia. El Ser hecho experiencia.

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SOBRE

LA

UNIDAD

Mercadillo de ideas

Cuando despertamos al cuerpo Dharma, allí no hay nada. En nuestro sueño vemos claramente los seis niveles de la ilusión;

y ya una vez despiertos,

no hay ni una sola cosa.

Cuando caemos en la cuenta de la verdadera realidad, allí no existe ni sujeto ni objeto

y aquel sendero que nos hace caer en el infierno del mayor sufrimiento, desaparece instantáneamente. Cuando vemos verdaderamente, allí no hay nada. No hay ninguna persona; no hay ningún Buda.

(Yöka Daishi)

Librarse por entero de las imágenes y pensamientos pere- grinos que nos acechan cada instante; des-poblarse de las opiniones, de suyo pasajeras, discutibles. El Zen desprecia las especulaciones y opiniones porque se centra en la viven- cia, en la experiencia.

Nadie se transforma por el impacto de una simple opi- nión o prejuicio, que anida en el pensamiento adquirido en el mercadillo de las ideas. No hace falta buscar la verdad. Se halla dentro. Así lo vivió Agustín de Hipona, que, harto de especulaciones mentales, supo caer en la cuenta de que lo que buscaba ya residía en él antes de que nacieran sus padres.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

La experiencia del Ser es Vacío, incluido el vacío de pala- bras, de imágenes y sentencias, porque la esencia del Ser es el Vacío que nada tiene que ver con el nihilismo carente de sen- tido, sino con la plenitud del sentido; un Vacío que está lleno hasta los bordes de potencia y de energía. Donde no hay nin- guna cosa, allí está el Todo.

Se trata de “quitarse de en medio, o como señala el poeta español José Ángel Valente, “borrarse hasta no dejar huella” Única condición para experimentar el Todo que en el fondo somos.

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SOBRE

LA

UNIDAD

No morar en el dualismo

Apartarse de en medio, sin habitar lugar ni lado. Libre incluso de uno mismo, sin otorgar poder a nadie. Discernir sin separar, sin calcular. Alerta desde el corazón, muy alerta.

No emplear la energía en seguir los modelos establecidos; no identificarse con posiciones discutibles: el territorio dual. En tales análisis, la mente pierde su paz.

“No ponerse a ningún lado”, decía El Maestro Seng Can. Ello no significa vivir en las nubes. Es equiparable a decir:

“No mores en el dualismo”. El ejercicio meditativo traspasa las palabras para alcanzar el corazón del Ser, más allá del pensamiento, y la opinión. Traspasa el dualismo sujeto-obje- to. Alcanza la Unidad que, valga la palabra, no necesita ser alcanzada, porque siempre anidó en nosotros. Quien vive el Zen, sabe que éste no se reduce a una moral, porque la moral reside en el binomio “bueno-malo”, y lleva a la falacia de caer en la confusión mental de la mente discursiva del peque- ño ego. Quien vive el Zen; sabe que el comportamiento bue- no se desprende de la vivencia interior no de los preceptos externos en tanto que externos. La verdadera contemplación –contemplar lo que se presenta– no está sujeta a categorías morales.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

“El sentido del arte del silencio –dice Jacques Casterma- ne– está en un «saber ser», una disposición de la persona capaz de sentir y mantener la calma, la tranquilidad y la serenidad en las distintas circunstancias de su vida cotidia- na. La experiencia del silencio se puede convertir, ejercitán- dose, en un estado permanente. Es el estado del hombre que ha alcanzado la madurez, una disposición mental que le per- mite percibir una unidad esencial más allá de todas las dis- cordancias de la vida cotidiana. Quien vive esa unidad en su vida de cada día, ha pasado de la edad adulta a la madurez”.

Practicando la sentada en silencio, uno se aparta de la confusión dualista que anuncia distinguir lo erróneo de lo correcto… Y surge un momento en que nuestro cuerpo, entero, se convierte en respiración. Aquello que se inicia con cierta artificialidad, acaba espontáneamente transmutado en un fluir natural y acompasado. Y ello, de tal forma, que quien respira acaba “siendo respirado”. Sale de la caverna del dualismo y emprende su acción –la que fuere– más sere- na y más comprometida, con plena autonomía.

Respirar es el fundamento de la vida, porque mediante el acto de respirar el ser humano inicia, cimenta y plenifica el desarrollo de su devenir como sujeto en su doble vertiente, en su doble naturaleza terrestre y celeste. Ha dejado de ser un “individuo” para convertirse en sujeto.

Respirar transparenta el ciclo del ser y del no ser, la emer- gencia y la desaparición de la forma mediante un abrir y cerrarse, un dar y un recibir, un descender y un elevarse.

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SOBRE

LA

UNIDAD

En la respiración, con su eterno vaivén, somos –o pode- mos serlo– conscientes de cómo la meditación es un movi- miento de Unidad, de transformación, siendo el respirar el medio por donde accede a la conciencia el soplo del Ser. El Ser que se ha hecho cuerpo. Esa es la mente libre y tranquila, a la que se referían los maestros del pasado.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Morir en el cojín

Todo, incluido el mundo que ves, así como tú mismo, el testigo del mundo, todo es Uno

(Texto tamil annónimo del siglo XIX)

Decía el Maestro Seng Can: “El dos viene del uno. Ni siquiera la unidad se puede mantener. Si uno no tie- ne prejuicios, las diez mil cosas no tendrán culpa”.

–¿Qué puedo hacer por ti? –preguntó a Diógenes Alejan- dro Magno–.

–¡Que te quites de en medio para que se pueda ver el sol –exclamó el sabio.

Sin asirme a Dios, ni al Zen, ni a la misma Unidad. Ellos, en tanto que conceptos, no son la realidad. Mediante pala- bras ni siquiera la Unidad se puede mantener. Es preciso alcanzar el umbral de la no-palabra, para des-cubrir la Pre- sencia que emerge de la ausencia. Todo es Uno, el dos viene del uno.

Saltarse las afiliaciones, las religiones los grupos de refe- rencia, las asociaciones, las escuelas Zen… hasta quedar- nos desnudos, vacíos de equipaje. Tan sólo entonces la Ausencia puede devenir en Presencia y el sueño en desper- tar. Como cuando limpiamos un cristal, el sol entra sin obstáculo. Dios no puede dejar de entrar cuando nos quita- mos de en medio.

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SOBRE

LA

UNIDAD

Como literato, Seng Can, al igual que Parménides, se “vació” en un solo poema. Luego desapareció del escenario. Vaciarse del prestigio, del ego, para perderse en la Unidad. Desgastarse como se desgastan y vacían las caracolas cuan- do durante años se hallan a merced del vaivén del oleaje, hasta –ya rendidas– hacerse transparentes en la arena…

Hasta el último momento, hasta el último aliento de nues- tra existencia, el ego pretende “dar la talla”, hacerse notar, quedar “como un caballero”, morir como “deben” morir los maestros. Esa es la última demanda del narcisismo latente. Ah, nosotros, “los del Zen”. Ah, los Maestros Zen…

Si la palabra “humildad “posee aún algún sentido”, yo sólo me dejaré guiar por un Maestro humilde, pues pienso tal es la “prueba del algodón” del sabio.

Si uno no tiene prejuicios, las diez mil cosas no tendrán culpa.

El discípulo avanzado no sabe de dogmas, de creencias, de rituales, o religiones. Hay un momento –insisto– en que al Zen le sobra hasta su nombre, “Zen”. El discípulo, sólo sabe o le interesa saber ser, tan el sólo ser. No le perturba ni su sombra ni su luz, ni se ofende o tiembla por la opinión que de él se prodigue. El verdadero discípulo muere todos los días sentado en el cojín. Y, a la vez, no muere, porque ya ha muerto a sí mismo antes de morir. De ese modo transcen- derá la muerte

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

La falacia sujeto-objeto

Libre de imágenes, de pensamientos, de pre-juicios. Libre de culpabilidades religiosas, libre de la tiranía del super-yo. No hay objeto sin sujeto, ni formas sin quien las configura.

No existe la ofensa para quien vive la Unidad, porque, para que se de la ofensa se entiende que debe haber un ofen- sor y un ofendido, que pertenecen al reino de lo múltiple. ¿Mas ¿quién es sino el pequeño ego el que percibe así? ¿Es real el yo ofendido por un ofensor? Sufrir la ofensa implica “que haya dos”, pero sufrimos a causa de la ilusión de vivir- nos en un yo separado. Dar vida a lo múltiple es un error si tal multiplicidad se vive repatriada de su fuente primigenia, que es la Unidad de los contrarios; de ahí que debido a que el ofensor y el ofendido se perciban como que no SON lo mismo. El Zen libera de lo que Karl Marx llamó “la falsa conciencia”, porque la desmonta derivándola hacia su Ori- gen: El poder subjetivo desaparecería sin la existencia objeti- va y la existencia objetiva no tendría sentido sin el poder subjetivo.

Así, la mente, repatriada de su Fondo, es la” productora” de la perturbación, con lo que todo ello conduce a vivir en la ilusión de separatividad, al sentimiento de sentirse aislado y separado del soplo inicial de la Vida, a la identificación des- tructora con el binomio bueno-malo; uno y múltiple (“las diez mil cosas”). Quien vive la Unidad no sólo está en paz,

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SOBRE

LA

UNIDAD

sino que él mismo es la Paz. Lo cual no quiere decir que ignoremos el mal en el mundo, sino que él, el mal, devenido en sufrimiento, se nutre de la falsa conciencia de vivirnos como entes separados.

Sí hay sombra es porque hay luz. Ambas son consustan- ciales; sólo la mente las separa, ambas pertenecen al Uno, son lo mismo, porque “la sombra, es un fruto madurado a destiempo, si se lo aprieta suele soltar el jugo de la luz”(R. Juarroz). Además, quien vive inmerso en la Unidad no se aparta del mundo sino que adquiere la Fuerza del todo para enfrentarse a la tiranía de la ignorancia. Los místicos siem- pre fueron y son revolucionarios. Por eso fueron y siguen siendo incómodos y hasta perseguidos.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Un solo sabor

Al final de la vida sólo queda el Origen, soplo del que procede toda vida, temblor que late en las entrañas pulidas del Fondo Vacío de todo Universo

Para la opinión establecida, la objetividad requiere subje- tividad, como el objeto un sujeto exterior, y al revés. Aunque lo cierto es que ambos extremos proceden de un Fondo vacío, la Unidad Vacía, se centra en experiencias. El Maestro inte- rior es una voz que nos habla de las cosas reales y tangibles, y cuando hablo de “realidad” no quiero hacerlo de modo vagoroso. La realidad nos arranca del palacio de la ilusión para llevarnos a nuestro verdadero hogar. Nuestros sentidos “no se enteran”. Tan sólo atisba la realidad vacía quien él mismo se ha hecho vacío. Perderse, quitarse de en medio… camino peligroso, en la medida en que traspasa la soledad. Camino liberador, también. El camino de todo verdadero Maestro, él mismo transmutado en el evento originario.

Reposar en el Testigo es habitar en las “espaldas” de Dios, en el dorso del pensamiento, en las afueras del deseo, en las antípodas del sentimiento; desde donde se es testimo- nio de Dios, del pensamiento, del deseo y del sentimiento.

Testigo del Ser; esa es la posición, la Última identidad ina- movible, e infinita, del fondo que somos: la plenitud del Vacío. Quien ha saboreado la experiencia del Ser, compren- de y conoce qué quiere decir eso de que tanto la objetividad

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SOBRE

LA

UNIDAD

como la subjetividad, provienen de la Nada

reposar, en última instancia, en un solo sabor. Eso, ESO, es

la Unidad; eso, ESO, es lo que los místicos contemporáneos dicen y, sobre todo, viven, cuando, transmitiendo su propia experiencia y vibración al texto en que se expresan, hablan del Testigo, y hablan de Un Solo Sabor.

Se trata de

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EL

ESPLENDOR

DE

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NADA

El ser como Vacío

El Vacío habita lo múltiple, absorbe los opuestos, penetra en toda forma, nutre las diferencias. En el despertar no cabe la elección, estamos absorbidos en lo Uno para manifestar lo Uno en nuestro gesto…

El despertar radica en lograr ser lo que en esencia ya éra- mos; la iluminación reside en ser la Unidad y caer en la cuen- ta de la verdad que se es. Pero ese acto consciente no emerge de una actividad exclusivamente racional, sino que abarca todo el espectro sensorial.

En el fondo, la verdad que se es, es estimulada por la ver- dad que se siente, una verdad vivida, que es de lo que se tra- ta cuando hablamos de una verdadera experiencia: la sensa- ción de ser. El Ser como Vacío. Allí, en ese lugar aespacial y atemporal, se genera el bing-bang de las formas infinitas de lo múltiple. “En el Uno los dos no se distinguen, y cada cual contiene en sí la totalidad de las diez mil cosas” (el reino de lo múltiple) (Seng Can).

Abrirse a la experiencia del Ser, lector amigo, es el cambio más decisivo que se nos puede otorgar en la existencia. Supo- ne tanto un viraje crucial como el comienzo de una transfor- mación. La persona que haya caído en la cuenta de lo que supone ser su verdadero ser, comprenderá que toda la natu- raleza, incluida la de su propia mente y de su propio cuerpo, se halla impregnada por el Ser que la envuelve. Estar des-

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SOBRE

LA

UNIDAD

pierto, es captar que no sólo es uno quien toma conciencia de la Vida, sino que es la propia Vida la que toma conciencia de sí misma a través de nuestra forma humana y se inaugura en cada acto creador.

VIVIR la Unidad, vibrar la paz de la Unidad EL NO- DOS…

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

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Vivir (en) lo ilimitado

Escuchar es bastante más que oír palabras, Se trata de captar la voz que truena en este instante ilimitado. No es fácil ni difícil, sino más bien inevitable su clamor.

La “prueba del algodón” del Zen radica en que su camino hace al caminante generoso, amplio de horizonte; no persi- gue más objetivo que su amoroso y firme caminar. El fin es el comienzo; y al revés. Está desierto de ambición, de ansie- dad por llegar. Los que por el Camino deambulan, cuando más se apresuran más lentamente avanzan, y cuanto más prisa tienen, más tarde llegarán.

El Camino es el amor latente que habita en la Unidad:

Una forma de comenzar obstinadamente agazapada detrás de los finales, donde el fondo es la superficie y el centro es una ausencia. Por eso, al celebrar el hecho de caminar se brinda con la copa al revés. Es el espacio sin puntos cardina- les donde el caminante, presente en cada paso y siendo uno con el paso, se hace más ausente en cada aliento. La Ausen- cia se orienta hacia la Presencia. La gran verdad no tiene límites, sí, porque no hay mayor generosidad y compasión que acercarse al otro y a lo Otro habiéndose quitado de en medio con antelación, vaciándose previamente del ego, para insertarse en esa verdad ilimitada.

Sabe el caminante que la amplitud de corazón, la concien- cia ensanchada en cada paso, nada tiene que ver con la mez- quindad del que busca en el Camino algún provecho: . Somos

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SOBRE

LA

UNIDAD

el camino y la meta. Todo a la vez: el sujeto y el objeto; el buscador y lo buscado. La Vida nos habita, nos palpita, y nos interpela en cada recodo.

La sensación de ser es ese aliento que nos penetra. Más cerca imposible. Siempre está al alcance. Despierto o dormi- do, quieto o parado, siempre está en ti y tú en él. El Camino es omnipresente, tan inevitable como el propio respirar.

El caminante, comienza dormido, lleno su cerebro de opi- niones y pensamientos adquiridos en el mercadillo de segun- da mano, y al despertar cae en la cuenta de que lo que siem- pre buscó se hallaba siempre delante de sus ojos, o más exac- tamente: en el fondo de su corazón. Antes de que sus padre nacieran.

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

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Su aliento sopla donde quiere

Mente libre aflojada por la respiración libre. Fluyendo de ese modo a la Unidad, la verdad sorpren- de en cada esquina, incluso allí donde no miramos, Apartarse de la Unidad es la Muerte. La Unidad es Libertad, la Libertad.

Dejando en libertad la Mente, –decía Sosan– la verdad estará dondequiera, seguirá su rumbo. Se trata de fluir, de dejarse solicitar por la Vida, libre de apegos a espacios y tiempos. El camino del Zen es incompatible con el ansia de logro, con el aferramiento a las personas, a las cosas, a los objetivos, incluso al propio Zen.

Abandona la crispación de forzar al Ser que nos habita a transitar el estrecho camino del pequeño ego. Aquella perso- na que, fundida en el Ser, realiza en cada instante su camino, es guiada por el Espíritu. Abandona la crispación, y las cosas seguirán el rumbo que le es propio. La Esencia ni se marcha ni permanece, porque la verdad estará (siempre) donde quie- ra. Deja que Dios sea Dios en ti. No podría ser de otro modo.

La persona que, fundida en el Ser, realiza en cada instante su camino, es penetrada por una nueva forma de conciencia que nada tiene que ver con la mente habitual ni con el pensa- miento cotidiano; una forma de conciencia libérrima que no se queda limitada al ejercicio meditativo, sino que alcanza a ser un estado permanente, donde el ser humano se libera de las viejas formas que aprendió desde pequeño. Su expresión

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SOBRE

LA

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se ha hecho transparente al Ser que le habita y su mente y su cuerpo han quedado para siempre transformados.

Todo es cuestión de saber escuchar, y de llegar a oír, y sen- tir, los ritmos de la danza de la creación, cuya manifestación ideológica son los símbolos: un ser humano, un perro, un árbol, una planta, el agua, el fuego, el Camino… imágenes universales, cargadas todas ellas de la energía que impregna el lenguaje simbólico, y cuyo grado de veracidad a él atribui- do es una de las más ricas expresiones del respeto que el ser humano es capaz de otorgar a la fuerza de la vida. Pero, sobre todo, todo es cuestión de saber permanecer quieto para permitir que Eso acontezca…

Caminar, caminar… Mientras, la verdad estará donde- quiera, la Esencia ni se marcha ni permanece. Es libre hasta de sí misma, sopla donde quiere…

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EL

ESPLENDOR

DE

LA

NADA

Miedo a ser la totalidad

Ser Nadie es respirar todos los vientos, ser Nadie, es escuchar todos los sonidos; ser Nadie es estar a la intemperie de la sombra y de la luz, de la muerte y de la vida. Ser Nadie es vibrar en todas las posibles oraciones de todas las posibles religiones. Ser persona verdadera es ser todas las personas.

Miedo a dejar de ser, angustia existencial. Miedo a ser nadie, miedo a ser… Infieles a nuestra naturaleza real, nos hemos apartado del Camino y tal repatriación produce angustia; ésta es el exponente de un estancamiento colectivo, hoy llamado Pensamiento Único. Y creemos que eso, “eso” es la verdad…

Nuestros pensamientos nos atan a pensar que sólo somos eso, pensamiento: cogito ergo sum. No salimos de lo conoci- do, del mundo de las opiniones, del lugar común, del Pensa- miento Plano que caracteriza a la cultura neoliberal.

Dice el psicólogo Stanislasv Grof que nuestro mayor mie- do es el miedo a ser la totalidad. Se trata del miedo a salir de los parámetros establecidos por quienes organizan la socie- dad; un marco referencial asumido sin rechistar, convertido en fe, en devoción, y en creencia. Tenemos miedo a salir de nuestro corral familiar, pavor a acceder a un nivel más pro- fundo de conciencia que trascienda el cieno chato del pára-

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SOBRE

LA

UNIDAD

mo que habitamos y que-lo que es aún peor– nos habita. Miedo a ver claro, miedo a despertar, porque ello modifica- ría el concepto que tenemos de nosotros, cambiaría lo que pensamos, trastocaría lo que sentimos, lo que imaginamos que somos y nos aterra todo lo que huela a cambio porque se tambalearía la concepción de mi yo, de mis amigos, de mis delirios patrióticos… Sería necesario morir a lo conocido, pasar por la experiencia de ser Nadie. Esa es la Liberación.

Se trata de un miedo a que cada uno llegue a poner en duda mis falsas concepciones y vivencias “mamadas” desde apenas haber nacido. Se trata del recelo a saber adónde vamos, del miedo a morir a lo conocido. Nos negamos a cre- cer. Nuestra idea de la muerte –como señala el mismo Grof– también se basa en un error: la confundimos con un final, cuando es tan sólo un tránsito o una apertura a cosas nue- vas. Por eso, todo lo que implica morir en algún sentido o cambio despierta temor. Se trata de ser Uno con la naturale- za de las cosas, de ponerse de acuerdo con el sentido real de la vida, ajeno al suicidio del “sentido común”. Obedece a la naturaleza de las cosas y estarás en concordia con el Méto- do, calmo, cómodo y libre de molestias… Fiel a uno mismo y siguiendo el camino correcto, uno estará libre de preocu- paciones –decía Seng Can–.

Lo fundamental es ser fiel al ejercicio constante, a la prác- tica no menos constante de la atención al presente que es Presencia. Más para ello es preciso “hacerse Ausencia”. Todo es Uno.

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