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Santo Rosario

Nos ponemos de pie.

Credo

División

Vamos a ofrecer éste Santo Rosario por la Santa Iglesia Católica, por el Santo Padre el Papa
Francisco, por su misión y apostolado. Los obispos del mundo entero, para que el Espíritu
Santo los ayude.

Te pedimos Señor por los que estamos aquí reunidos a los pies de tu Madre María, por nuestro
retiro y conversión. Por nuestros familiares.

Meditaremos los misterios gozosos.

Primer Misterio: Anunciación y Encarnación del Señor en el Seno de la Virgen maría

“<< Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y lo
llamarán Hijo de Dios.”>> Lc 1, 38

El Ángel se acerca, la saluda, ¡Alégrate llena de Gracia!. Las palabras del ángel muestran la
identidad del que iba a nacer y con esto la profunda identidad de María como Madre del Hijo
de Dios.

María con su humildad y obediencia dice fiat, uniendo el Cielo y la Tierra. Luego el Ángel la
dejó. María queda sola con una misión, ya no está el ángel a su alrededor. Ella debe continuar
el camino el cual habrá muchas dificultades, comenzando por el desconcierto de José ante su
embarazo y luego más tarde, la noche de la Cruz. ¿Cuántas veces María habrá vuelto a éste
suceso, a ésta vocación? ¿A aquel saludo del Ángel? “no temas”.

Pidamos para que en los momentos de dificultades, tengamos la humildad de pedir la Gracia a
nuestro Padre del Cielo, como sus hijos.

SEGUNDA MEDITACION: La visitación de María a su Prima Isabel

“Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre”, Lc 1,42

Toda su vida está en las manos de Dios. Ella deja su casa, sus comodidades, para ir más allá de
las montañas donde se encontraba Isabel esperando un hijo. El mismo Espíritu Santo que ha
actuado en María también actuó en Isabel. María saluda primero a su anciana prima. Luego,
todo es un misterio de silencio, de secreto y alegría. María no dice nada más que un saludo, y
ya Isabel sabe todo. ¿De dónde a mí, que la madre de mi Señor venga a visitarme?
TERCERA MEDITACION: El Nacimiento del Señor Jesús en Belén.

El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría,
os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo el Señor;
Y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un
pesebre.» Lc 2 10-12

No había sitio para ellos en la posada, por eso Nuestro Señor nace en un pesebre. No es un
Dios que pertenece al mundo de los poderosos, sino todo al contrario, de la humildad, de la
pobreza, “siendo rico, se hizo pobre”, como nos recuerda San Pablo.

Los primeros testigos del gran acontecimiento son pastores, ellos representan a los pobres de
Israel, los predilectos del amor de Dios.

Para nosotros que somos sus discípulos, seguimos a un Dios, que no tiene donde reclinar la
cabeza, e implica ser signo de contradicción a un mundo que nos propone muchas veces el
bien aparente y superfluo.

Cuarto Misterio: La presentación del Niño Jesús en el Templo

“Éste niño está puesto para caída y elevación de muchos, y para ser señal de contradicción”

(Lc 2, 34,35)

Es el momento en que María, cuarenta días después del parto, presenta su Niño a Dios en el
Templo, según lo prescripto por la Ley. Todo primogénito pertenece al Señor. Llena de
dignidad en su pobreza, María pone al Niño en brazos del sacerdote y lo vuelve a recibir a
cambio de la modesta ofrenda (dos pichones).

Aquello que nos viene de Dios, es un don, no pertenece de una manera egoísta a nosotros
mismos. La vida nueva, al cual accedemos por acoger el bautismo y cada día ser fieles
cristianos, es un regalo. Tenemos que estar preparados para no seguir nuestra propia voz, sino
de Aquel que nos ha amado primero. Ayúdanos Jesús a ser como tu Madre María, que se donó
completamente a seguir el Plan del Padre.
Quinto misterio: La pérdida y el hallazgo del Niño Jesús luego de tres días.

“¿Hijo, porque nos has hecho esto?” (Lc 2, 46-48)

Del acontecimiento anterior hasta este misterio, han pasado doce años. A los doce años Jesús
cumple el precepto de la Ley, acercándose en peregrinación por primera vez a Jerusalén. Allí,
se queda en el Templo sin que sus padres lo supieran, y María sufre por su Hijo.

En la íntima unión entre la Madre y el Hijo, hay una respuesta ¿no sabían que debo atender las
cosas de mi Padre?. Pensemos un momento en el corazón de José, ¿Qué habrá pensado?,
¿Cuáles habrán sido sus cuestionamientos?, ¿dudas o temores?. Pero ante esto sigue
confiando en Dios, porque era un hombre justo.

A pesar de las dudas que pueden llegar a cuestionar o dificultar el camino, recordemos la
confianza en Dios Padre, que no abandona, sino que se encuentra cerca de los que ama.