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No pretendemos tomar partido por una forma de ver el mundo o por

otra. Este no es un manifiesto a favor de un mundo al que creemos


mejor que el antiguo. Es una descripción de la realidad, como hemos
visto que la perciben los electores, a través de una vida dedicada a la
investigación de la política, desde una perspectiva práctica.

PRIMERA PARTE

EL NUEVO ELECTOR LATINOAMERICANO

EL NUEVO ELECTOR LATINOAMERICANO

Hay una serie de ideas que se publican en la inmensa mayoría de los trabajos
académicos y periodísticos acerca de la política en América Latina, que deben
ser revisadas si queremos llegar a una comprensión realista del tema. Algunas
de estas tesis se han convertido en dogmas que "no se deben cuestionar"
porque la sola idea de hacerlo pone al autor en entredicho y bajo la sospecha
de herejía. Sin embargo, para entender lo que está ocurriendo en la realidad
política latinoamericana es indispensable pensar con libertad, a despecho de
tener problemas con algunas mentes inquisitoriales que existen, especialmente
en los ámbitos intelectuales.

Muchos políticos, periodistas y estudiosos del continente, repiten que la


democracia latinoamericana se ha restringido. Algunos de ellos postulan que
el "pueblo" quiere una democracia más amplia, y participativa y preconizan
modelos fascistas de representación por intermedio de gremios e instituciones
fáciles de manipular, como una alternativa a la democracia representativa. La
raíz ideológica de muchos de ellos es el antiguo "vanguardismo" marxista, que
suponía que el "proletariado" no tenía conciencia real de cuáles eran sus
intereses y postulaba que las que sabían lo que debía querer la "clase obrera
para sí", eran ciertas elites iluminadas, a pesar de que no habían nacido en el
seno de esa "clase en sí".

En muchos casos, esos intelectuales han intentado llegar al poder por la vía
democrática, han fracasado en las elecciones y desconfían de la "democracia
burguesa" porque suponen que es un sistema en el que la gente participa
poco y es manipulada. Sienten que sería absurdo que no los elijan a ellos si los
votantes no estuviesen alienados. Los argumentos son semejantes en todo el
continente: “a los idealistas nos falta dinero para competir en las elecciones”,
“la burguesía y el gran capital son los dueños de los medios de comunicación
que manipulan la mente de la gente”, “la gente no oye ideas profundas”, “los
consultores políticos son los Maquiavelos electrónicos que engañan a las masas
populares”, “hay una gran confabulación del capitalismo y la CIA que impide
nuestro triunfo”. Incapaces de abrirse campo en la democracia representativa,
proponen nuevos esquemas en que se amplíe la democracia desde su punto
de vista, en que la gente participe permanentemente en el manejo del poder,
mediante gremios y otras organizaciones. La idea es la de que no basta con
votar. Todos deben gobernar. Una democracia en la que sólo se va a las urnas
es una mascarada que no resuelve todos los problemas de la sociedad.

Suponen también que todo esto se produce porque la democracia elitista del
pasado era más pura, ideológica y amplia. Creen que se ha restringido en los
últimos años, porque cada día la gente quiere participar menos.

Este tipo de argumento contradice un hecho de la realidad que se puede


constatar empíricamente: la democracia de América Latina se ha ampliado de
manera importante en las últimas décadas, cuantitativa y cualitativamente,
aunque no en la dirección en que los libros y los académicos habríamos
querido. No tenemos poblaciones que se comportan como sociólogos, sino que
los intelectuales nos hemos convertido en una minoría menos importante, en
el seno de una amplia población que maneja sus destinos a su manera. Esos
ciudadanos no participan menos que antes. Simplemente son nuevos electores
que nunca fueron sujetos en la política tradicional. Hace años, fueron carne de
cañón de los delirios ideológicos de ciertos caudillos y de ciertas elites, o
simplemente no participaron en nada. Ahora son parte del juego democrático.
Tan lo son, que pueden decir que no les interesa la política y su voz se deja oír
de alguna manera.
Son muchos los cambios que se han operado en estos últimos cincuenta años.
Occidente es distinto. Los electores, y en especial los nuevos electores, los
jóvenes y los que antes estaban excluidos del sistema viven en un mundo
nuevo. En esta primera parte del trabajo, queremos describir su mundo de
alguna manera.

A. EL MUNDO DE LOS NUEVOS ELECTORES

1. Son más numerosos

a. La población ha crecido

Empecemos por decir que la población de nuestros países ha crecido de


manera dramática. Esta parecería una afirmación de Perogrullo, pero no lo es.
Hemos pasado de una democracia en la que reducidos números de personas
participaba activamente en los procesos electorales, a una democracia de
masas. Hasta hace cincuenta años, en nuestros países, la gente que votaba
podía conocerse personalmente. Las ciudades eran mucho más pequeñas y
había menos ciudadanos envueltos en lo político. Hoy vivimos una democracia
de masas, integrados a multitudes sin rostro que existen pero no se pueden
conocer, al menos en las elecciones nacionales o de las grandes ciudades
latinoamericanas.

Cuando trabajamos en circunscripciones pequeñas, sea en campañas


electorales o asesorando a gobiernos elegidos por pocos electores, la
estrategia que elaboramos y las tácticas que usamos son distintas a las de
elecciones nacionales o elecciones de grandes ciudades. La política real se hace
de manera distinta en sitios con grandes concentraciones de población y en
otros menos habitados. Cuando los electores son pocos, las relaciones
personales son más importantes que los medios de comunicación colectiva
para conseguir votos. Cuando los electores son muchos, las campañas son
centralmente mediáticas. No se pueden ganar usando solamente métodos
clientelares y relaciones personales, de la misma manera, en una campaña
electoral en Buenos Aires o el Distrito Federal mexicano, que en Quito,
Mendoza o Ciudad de Guatemala.

Hasta 1980 algunos políticos exitosos de nuestro continente, mantenían en sus


ciudades o provincias, redes de "compadres" bien estructuradas. Los fines de
semana los dedicaban a asistir a bautizos, primeras comuniones,
confirmaciones y eventos religiosos que les permitían construir su red
clientelar. Ese era el aparato que usaban para enterarse de lo que "decía la
gente" y para conseguir adherentes. Era obvio que, haciendo política de esa
manera, no necesitaban de encuestas o asesores en el manejo de medios
masivos. Eso era posible por el número de electores al que se dirigían y por las
características del momento histórico en que vivían. Hoy ese esquema puede
servir, parcialmente, en algunas ciudades pequeñas, pero no en una elección
nacional o en una elección en una ciudad relativamente grande.

Hacer o no una campaña electoral usando métodos clientelares o con


herramientas propias de la democracia de masas, no es una decisión de tipo
ideológico. Hay sitios en los que la política clientelar es útil, otros en los que la
comunicación por los medios masivos es indispensable, y lugares en los que
ambas herramientas deben combinarse para conseguir el triunfo. Usar
métodos clientelares en una elección en la ciudad de Buenos Aires es imposible.
Todos los electores son urbanos, la mayoría de los ellos no se reúne en ningún
sitio, el ser humano de la gran ciudad está acostumbrado a relaciones seriales
que hacen menos importante a la relación personal. Cambia la situación en la
propia provincia de Buenos Aires en donde las redes del peronismo mueven a
muchos votantes con esos métodos. Intentar hacer una campaña mediática
en el Municipio de Cayambe sería absurdo: en ese municipio son las
comunidades indígenas las que determinan la dirección del voto de mucha
gente, que apoya a uno u otro candidato, porque lo conocen y mantienen
relaciones humanas directas con él. A pesar de esas diversidades, sin embargo,
en el tiempo actual no existen en el continente elecciones nacionales, o
elecciones en grandes ciudades o estados, en las que las redes personales,
aisladas de otros medios, permitan manejar a un electorado que se ha vuelto
muy numeroso.

Por lo demás, los cambios cuantitativos suponen cambios cualitativos. No se


trata de enfrentar el crecimiento de los electores con la multiplicación
aritmética de las antiguas herramientas. No se puede afrontar los retos de la
manera política contemporánea multiplicando los “compadres” o extendiendo
las redes clientelares. Es necesario hacer las campañas electorales de otra
manera. Las redes de amigos y conocidos no pueden dar una información
comparable a la que proporcionan los métodos modernos de investigación. La
comunicación con multitudes de electores anónimos, no puede ser la misma
que la que se hacía con los electores que eran "amigos del barrio". En general,
nada existe si no está en la televisión y muchos contactos “personales” se
hacen para ser difundidos de alguna manera por los medios masivos de
comunicación. Quien no aprende a usar las nuevas herramientas
adecuadamente, está perdido.

El elevado número de votantes supone que muchos seres humanos anónimos,


sin relaciones personales que los unan, participan en procesos electorales que
tienen otra lógica. Actualmente es simplemente absurdo organizar una
campaña sin investigar sistemáticamente la opinión de los electores. Para
conocerla, no basta conversar con unos pocos amigos o tenderos del barrio
como lo hacían los antiguos. Las tiendas ya no son lo que eran. El almacenero
amigo, ha sido reemplazado por el cajero serial del “mall” que juega un rol sin
rostro y sin posibilidades de conversar y difundir los chismes que eran parte
importante de la comunicación política del pasado. Tenemos que averiguar su
opinión, empleando métodos de investigación modernos. Quien hace una
campaña sin un plan sistemático de encuestas está perdido si enfrenta a un
contendor más moderno. Solamente podrá ganar las elecciones si su
contrincante es tan primitivo como él. En una guerra en que se utilizan
solamente flechas, alguien gana. Eso no significa que las armas de fuego no
sirven para nada.

Por otra parte, los nuevos electores que se incorporaron masivamente a los
padrones, no son semejantes a los antiguos electores. Antes, los que
participaban en la política eran parte de una elite que se interesaba más en los
textos y las ideas. En la democracia contemporánea, participan muchos
votantes sin sofisticación intelectual, que dejaron en minoría a los “cultos". Los
nuevos electores, son en gran parte, ciudadanos que estuvieron sometidos en
la sociedad tradicional y no podían opinar. Hoy son mayoría, imponen su
agenda y sus gustos. Una mentalidad elitista como la de Ortega y Gasset intuyó
hace años el germen de este fenómeno, y lo expuso en su libro, “La Rebelión
de las masas”. En él, anticipó el triunfo de la “vulgaridad” y el “mal gusto” sobre
la sofisticación intelectual. Vivimos sociedades en las que las masas, eligen a
Presidentes que maltratan el castellano y que no han leído tres libros
medianamente profundos a lo largo de toda su vida. Los intelectuales corren
generalmente en desventaja. Esta es otra consecuencia de esa masificación
del electorado, de ese crecimiento que es propio de los enormes países y
ciudades en que hoy vivimos.

Mencionemos unos pocos números: México hace cincuenta años tenía tres
millones de habitantes y hoy tiene veinticuatro millones; Lima tenía un millón
de habitantes y hoy tiene nueve. Vale decir, el México de hace cincuenta años,
era como un tercio de la Lima contemporánea, con una población menor a la
de Guadalajara o Monterrey. Lo mismo ocurre con casi todas las ciudades
latinoamericanas: han crecido de manera descomunal en poco tiempo, gracias
a las altas tasas de natalidad, a la caída de la mortalidad infantil y al éxodo
masivo del campo a la ciudad que se ha operado en estas décadas.

b. Proporcionalmente votan más.

El número de electores y ciudadanos envueltos en la política no se ha


incrementado solamente en proporción al crecimiento del número de
habitantes del continente. En contra de lo que dicen muchos autores y
periodistas, la democracia se ha ampliado, porque dentro de cada país hay una
mayor proporción de ciudadanos que votan. Los “nuevos electores” son
mayoría.

En la actualidad, participan en los procesos electorales muchas personas que


no podían hacerlo en la antigua democracia, porque no se lo permitían las
leyes, las costumbres o los hechos físicos. Las mujeres votan de manera
masiva, igual que los hombres. No olvidemos que el voto de la mujer es algo
relativamente reciente. Se aprobó en la legislación de nuestros países a lo largo
de la primera mitad del siglo XX. En la concepción arcaica de la vida, incluso
en países que lo habían aprobado legalmente, el voto femenino no era una
práctica tan frecuente. Fueron mujeres valientes, de recia personalidad, las
primeras que concurrieron a las urnas, desafiando las maledicencias de mucha
gente.En la actualidad nadie imagina que las mujeres puedan perder ese
derecho.

La Revolución francesa habló de la igualdad, y este parecía un principio propio


de la democracia, pero en una primera etapa unos eran más iguales que otros.
Se empezó por conceder el derecho de voto a los propietarios, a grupos que
cumplían con ciertos requisitos. Hasta hace pocas décadas, los votantes debían
ser “cultos”. Actualmente la legislación de casi todos nuestros países reconoce
y estimula el voto de los analfabetos. Nadie está legalmente excluido de las
urnas, salvo los militares en algunos países y los interdictos por razones
mentales o legales.

Hay además un hecho físico: las comunicaciones se han desarrollado, las redes
viales se han extendido y los habitantes de sitios que antes se comunicaban
con dificultad con los centros urbanos, se han incorporado a los procesos
electorales. Antiguamente, para una buena proporción de la población, era
difícil concurrir a los recintos electorales o informarse acerca de esos procesos.
Muchos ciudadanos no sabían en que país vivían y menos lo que pasaba con
el mundo del poder. Hoy eso no es así. Bien o mal, casi todos están informados
sobre la política y estén o no muy enterados, votan.

En promedio, podemos decir que hasta la década de 1960, menos del 20% de
ciudadanos mayores de 18 años participaban en los procesos electorales de la
región, y que en estos años lo hace alrededor de un 80%. La democracia fue
hasta hace cincuenta años un privilegio de minorías más urbanas, masculinas,
relativamente informadas. Hoy se ha extendido al conjunto de la población.

Entra la década de 1960 y la de 1980, la mayoría de nuestros países fueron


gobernados por militares. Los últimos presidentes elegidos en el anterior
período democrático, como Arturo Illía en Argentina (1963), Velasco Ibarra en
Ecuador (1968), Paz Estensoro en Bolivia (1964), Fernando Belaúnde Terry en
Perú (1963) y otros, fueron los últimos elegidos dentro de los cánones de la
antigua democracia. Al iniciarse el proceso de vuelta a la democracia, en la
década de 1980, casi todos los países adoptaron reformas que ampliaron el
número de electores.

Suponer que ahora se pueden hacer las campañas electorales como se las
hacía en el tiempo de Velasco Ibarra, Haya de la Torre o Perón, es simplemente
insensato. Los cambios cuantitativos suponen también cambios cualitativos
radicales y el solo hecho de este descomunal crecimiento y la incorporación a
los procesos electorales de nuevos participantes tan variados hace necesario
repensar todo el esquema.

El tema de la mayor densidad de electores en la población tiene una serie de


consecuencias prácticas. Unas fueron las elecciones en esas sociedades en las
que pocos participaban en los comicios, sometidos a las elites de los países,
por diversas razones que exponemos más adelante. Ahora todos pueden votar.
Lo hacen con bastante autonomía. Los ciudadanos comunes son muchos,
quieren y pueden opinar, y los políticos se ven obligados a buscar su apoyo.

Los nuevos electores que se incorporaron a los procesos electorales en esta


nueva etapa fueron menos ilustrados, menos “leídos” que los anteriores,
respecto del promedio de formación intelectual propio del momento en que
vivieron. Sacerdotes, intelectuales, doctores, tenían influencia sobre una
pequeña burguesía compuesta por gremios artesanales, sindicatos,
profesionales, y militantes de una serie de grupos que manejaban a los
electores.

Casi todos los que podían leer periódicos votaban desde principios del siglo XX.
Buena parte de los nuevos electores vinieron de masas sin formación
intelectual, a las que no se les exigió que hagan cursos de formación política
para que ejerzan su derecho al sufragio. Conquistaron ese derecho, lo ejercen,
pero conservan sus puntos de vista, costumbres y su desinterés hacia los temas
de los que hablaban los “políticos”. No tuvieron tiempo para desencantarse de
la política, porque nunca estuvieron encantados por ella. Su incorporación al
mundo político, al igual que la de muchos de los jóvenes, que también odian
ese tipo de política, se dio cuando nacía en Occidente una nueva forma de ver
la vida, hija de las transformaciones que conmovieron a nuestra civilización en
las últimas décadas del siglo XX.

La gran mayoría de los nuevos electores vota y participa en los procesos


electorales, pero los temas de la política tradicional les aburren o les son
indiferentes. Algunos teóricos suponían que al ampliarse la democracia, la
gente se interesaría en la gobernabilidad, el parlamentarismo y la construcción
de la ciudadanía, porque las mujeres, los analfabetos, los campesinos de sitios
marginados, afrontarían “responsablemente” las nuevas circunstancias,
estudiarían idearios, asistirían a cursos sobre la ideología liberal, marxista,
social demócrata o demócrata cristiana, leería libros sobre estos temas. En
definitiva, terminaríamos con una población de sociólogos.

Ocurrió lo inverso. Estas masas se incorporaron los procesos electorales con


sus valores y sus gustos y de alguna manera “despolitizaron” la política. Tenían
otros intereses y visiones, a las que pretendemos aproximarnos en este texto.
La crisis de las ideologías se produce porque la mayoría de los electores
contemporáneos se interesan poco en sus discusiones y se mueven en el
escenario electoral tratando de satisfacer necesidades concretas, o
satisfaciendo sentimientos de envidia, solidaridad, confianza, respondiendo a
identidades grupales, regionales o étnicas, o simplemente porque les gusta un
espectáculo. Cualquier cosa, menos las propuestas sesudas de nuestros
intelectuales.

Este crecimiento de los electores entonces, no tiene solo una importancia


cuantitativa, sino que supone un cambio radical en las actitudes de las
mayorías que determinan la suerte de nuestros procesos electorales.

Cuando participamos en una campaña electoral en los Estados Unidos de


Norteamérica, país en donde el voto es optativo, debemos tomar en cuenta
que el elector cuyo voto buscamos, vive en un ambiente de baja intensidad en
cuanto a la discusión del proceso electoral. Muchas personas de su entorno no
votan, ni están interesados en votar, ni tienen mayor interés en conversar
sobre temas políticos.

En países de voto obligatorio como Ecuador, Argentina o México, la densidad


de electores es mayor. La mayoría de ciudadanos vota. Esto supone una cierta
participación en el proceso, pero no es realmente una intervención en la
política, en la acepción estricta del término. Conversan acerca de la política y
la aquilatan desde su mundo, pero la mayoría de los ciudadanos no vota por
los “issues”, que son tan importantes en las campañas norteamericanas, sino
que escoge a su candidato por otro tipo de motivaciones.

Aunque algunos de los que hemos estudiado política quisiéramos que toda la
población lea textos, reflexione sobre nuestras ideas, analice programas de
gobierno y decida racionalmente su voto, eso no ocurre, ni ocurrirá nunca. En
los países con voto obligatorio un alto porcentaje de electores llega a las urnas
sin haber decidido cuál es su preferencia, y se decide a última hora, a veces
sin siquiera conocer quienes son los candidatos. En muchos casos, el
espectáculo y otros elementos que nada tiene que ver con la política, terminan
determinando el resultado de la elección.

Manuel Mora y Araujo publicó hace poco el tratado más interesante de los
últimos años acerca de cómo se genera la opinión pública, "El poder de la
Conversación”, en el que afirma que la opinión pública se forma, más allá de
la prensa y la publicidad, a través de la conversación de la gente, en una
sociedad en la que la gente común cobra creciente poder. Esa conversación
incorpora más referencias a la política que antes, por la densidad de electores
en el conjunto de la población.

Resumiendo, diríamos que la democracia se ha extendido, no solo porque vota


un número mayor de ciudadanos, sino porque lo hace una proporción mayor
de personas que en la vieja democracia. Esto supone una alta densidad de
votantes que conversan sobre la elección y que participan del proceso electoral
con sus propias motivaciones. Conocerlas y respetarlas pueden determinar el
resultado de las elecciones. Es difícil pensar en los procesos electorales sin
tomar en cuenta esta invasión de la cotidianidad sobre los temas propiamente
políticos y sin entender que ese nuevo elector masificado, llega con su propia
agenda al juego electoral.

2. Son más independientes

1. Son más urbanos

En las últimas décadas hemos vivido un proceso de urbanización del continente

casi masiva. Actualmente, la mayoría de la población de casi todos nuestros

países es urbana.

Pero nuevamente, lo importante no es solamente que ahora hay más gente

viviendo en las ciudades y menos en el campo. La urbanización supone que

esos nuevos electores adquieren otra mentalidad. No solo hay más personas

que viven aglomeradas, sino que la urbanización de los espacios en que viven,
conduce a la “urbanización” de la mente de los electores, que adquieren nuevos

valores, diversos a los de la sociedad tradicional.

En la primera mitad del siglo pasado, la mayoría de nuestras ciudades eran

centros de acopio y comercialización de productos agrícolas, cuyos habitantes

mantenían una mentalidad rural. Buena parte de los personajes prestigiosos

de las pequeñas ciudades eran terratenientes y los miembros de las clases

subalternas eran campesinos o parientes de campesinos. La mayoría eran

ciudades con muy poca población que no había desarrollado los valores

urbanos como los entendemos actualmente.

En la sociedad contemporánea no solo que la mayoría de la población es

urbana, sino que la mentalidad de las luces ha invadido al conjunto de la

sociedad. La situación es la inversa: el habitante del campo ha urbanizado sus

percepciones de la vida. Todos los latinoamericanos, somos intelectualmente

menos rurales que los de hace medio siglo, incluso los campesinos que viven

en los sitios más apartados.

Actualmente, muchos latinoamericanos de las grandes ciudades no tienen

contacto con el agro, cuyos valores y realidades les son totalmente extraños.

Muchos niños suponen que la carne crece en los Supermercados, se extrañan

cuando ven gallinas vivas, tienen asco de la leche ordeñada porque ven que
sale de la vaca y prefieren tomar leche de caja porque les parece que no

procede de ningún animal.

Los habitantes del campo adquieren costumbres y valores urbanos a través de

los medios de comunicación y su contacto con las grandes ciudades. Los mitos

de la comunidad rural tienden a perder terreno y los hombres y mujeres se

integran a una sociedad individualista, en la que las relaciones personales,

propias de la sociedad tradicional, entran en crisis. La ciudad supone relaciones

seriales y más anónimas. Los fantasmas, los curas sin cabeza y los huaikacikes

desaparecieron cuando llegó la luz eléctrica. Con ellos se fueron también la

lumbre de las fogatas, que iluminaba el rostro de los viejos campesinos que

nos contaban leyendas de aparecidos, que permanecen en el fondo de la

memoria de los mayores de cincuenta años, con su olor de leche ordeñada,

leños y pan cocido en hornos de barro. Todas esas cosas fueron parte de la

vida de quienes dirigen nuestros países y nunca han existido para el nuevo

elector.

El nuevo elector, al ser más urbano, es más libre. No vive en un entorno que
controlaba permanentemente la vida cotidiana y todo lo que hacían los
antiguos y determinaba también su decisión política. Los patronos de la
hacienda, los curas, los vecinos, los parientes, los señores “importantes” de los
pueblos, resolvían cómo votaban los campesinos que eran llevados a las urnas
en camiones. Todavía en zonas rurales de Guatemala, Bolivia, Ecuador, Perú
son las “comunidades” las que deciden cómo votan muchos indígenas, sin que
exista mayor espacio para sus preferencias personales. No existen los derechos
humanos del individuo como los concibe la cultura occidental. Al que piensa
por sí mismo se lo acusa de “divisionista” y enemigo del bien común. Se supone
que en las elecciones está en juego el interés comunitario y no el individual,
perpetuando relaciones de dominación que están socialmente aceptadas. Hay
familias de líderes indígenas y “estudiados” mestizos, que manejan el voto de
masas obedientes, de la misma manera como ocurría con la mayoría de la
población hace cincuenta años. Todo eso, tiene cada día menos espacio.

El votante urbano se ha liberado de esas cadenas, es más independiente. No


hay una "comunidad" que decida por él. No está sujeto a la voluntad y a los
intereses de nadie. El voto del elector moderno se consigue gracias a
preferencias que surgen de una relación individual del votante con el
candidato, el mensaje de la campaña, y de otra serie de elementos sobre los
que hablaremos más adelante.

Los nuevos electores, entonces, a más de ser más numerosos y vivir en una
sociedad con mayor densidad electoral, son más independientes e
individualistas, gracias a este proceso de urbanización que no tiene retorno. Es
poco previsible que en el futuro inmediato se produzca un proceso de
"ruralización" masiva de nuestras sociedades. Es más probable que dentro de
cincuenta años más campesinos de nuestras zonas rurales usen blue jeanes y
menos que para ese tiempo, los habitantes de Buenos Aires o Bogotá adopten
las vestimentas y costumbres de los actuales campesinos.

El grado de urbanización de una circunscripción electoral influye en la forma


en la que los candidatos deben diseñar la campaña electoral. Los medios que
se emplean son diversos según el nivel de urbanización de cada caso.

Como dijimos antes, una campaña moderna no puede hacerse sin


investigaciones sistemáticas. Su uso, sin embargo, tiene limitaciones. Las
encuestas son una herramienta de investigación propia de la civilización
occidental, más eficiente en la zona urbana que en la rural, poco aplicable en
áreas indígenas, en las que perviven viejas formas de voto "comunitario". La
opinión pública, entendida como el resultado de la agregación de actitudes
individuales, supone que existe el individualismo propio de la civilización
occidental. Cuando se aplican en una comunidad indígena, poco importa que
el encuestado sea joven o viejo, que sea hombre o mujer. Todos los posibles
encuestados llaman al dirigente para que responda las preguntas y diga como
votarán los miembros de la “comunidad”. La investigación debe incorporar
elementos antropológicos y otras herramientas de investigación.

Lo mismo ocurre con los medios que se usan para comunicarse con los
electores. Los medios masivos, tienen distinta importancia según el grado de
“ruralidad” de los votantes. La televisión, la radio y los periódicos son
indispensables para atraer los votos de los electores urbanos. En zonas rurales
hay que estudiar otros elementos: redes de tiendas, lugares de encuentro de
los vecinos y docenas de otros medios a través de los cuales los consultores
hacemos proselitismo en ese tipo de realidad.

América Latina no es uniforme y en cada sitio hay peculiaridades. Esas


diferencias no están marcadas por las fronteras nacionales como creen algunos
analistas chauvinistas que dicen que "los mexicanos" o "los argentinos" o los
"peruanos", o los habitantes de cualquier otro país son algo muy especial.
Dentro del mismo México, una es la campaña que se puede plantear en el DF
y otra muy distinta en Chiapas o en Sonora. La de Chiapas, ciertamente será
más parecida a la que se plantea en Guatemala, que es un país cuyos electores
se parece más al Sur Mexicano que los de la Capital Federal. Tampoco es lo
mismo una campaña en la provincia de Misiones en Argentina, que una en la
ciudad de Buenos Aires. La densidad urbana de cada sitio nos pone frente a
electores que reaccionan de una manera totalmente distinta.

Como línea general podemos decir sin embargo, que los electores
latinoamericanos son cada vez más urbanos y adoptan, en su vida cotidiana y
frente a la política, actitudes propias del habitante de las ciudades. Este
fortalecimiento de lo urbano significa también una difusión de los valores y
formas de ver el mundo propias de las ciudades hacia las áreas rurales, por
medio del tránsito de las gentes de un sitio a otro y de lo que difunden los
medios de comunicación masiva.

Son más laicos

La evolución de los datos de las encuestas a través de los años y toda la


información que disponemos, permite decir con certeza que se ha dado un
gran cambio en la relación de los latinoamericanos con la Iglesia Católica y la
religión en cuanto a su influencia en los procesos políticos. Aunque la inmensa
mayoría de los latinoamericanos se dicen católicos, la Iglesia no tiene el mismo
papel que tuvo en otros momentos, especialmente en el ámbito electoral.

Durante la lucha entre conservadores y liberales, la Iglesia movilizó y motivó a


las masas "conservadoras". En esto hubo diferencias importantes. Países como
México, Costa Rica y Ecuador vivieron revoluciones liberales que les llevaron a
la separación del Estado con la Iglesia muy temprano. Colombia, Argentina y
Chile tuvieron un enorme retraso en lo que a esto respecta y algunas
instituciones como el divorcio o el matrimonio civil, se instauraron recién hacia
fines del siglo XX.

Durante la Guerra Fría, la Iglesia Católica se alineó en contra de la Unión


Soviética y varios jerarcas eclesiásticos tuvieron un papel destacado en la lucha
anti comunista. Los obispos llamaban a votar en contra del comunismo y a
respaldar a candidatos conservadores.

Esa etapa pasó. Actualmente la Iglesia no es una maquinaria con fuerza


electoral sino mas bien una institución con una enorme fuerza moral en
momentos de crisis. Solo a ella se pudo recurrir cuando las dictaduras militares
del Cono Sur asesinaban disidentes, y es la instancia a la que acude todo
Gobierno latinoamericano, en busca de auxilio cuando tambalea. Sin embargo
ya no es la institución que puede determinar el curso de una elección o la
popularidad de un Gobierno. Muchos párrocos y algunos obispos tienen alguna
influencia en los votantes, más por su gestión personal que porque representan
a Dios. La separación de la Iglesia y la política es un hecho y en todos nuestros
países, alrededor del 80% de la población no tiene ningún interés en la opinión
de los jerarcas eclesiásticos en el momento de la elección.

En muchos aspectos, la Iglesia Católica se ha deteriorado. Durante un largo


período, al igual que otras religiones monoteístas pretendió ser poseedora de
verdades absolutas. Cuando en los templos católicos de nuestros países se
realizan ceremonias con magos y shamanes indígenas, que en otros tiempos
habrían sido perseguidos por la Inquisición como mensajeros del Maligno, la
Iglesia pierde la fuerza y transparencia teológica para convocar a sus bases.
La desmitificación de la liturgia, la expansión del protestantismo, los grupos
carismáticos, la aparición de las religiones de la New Age y otra serie de
elementos a los que nos referimos más adelante, han agudizado esa crisis.

Lo divino tiene mucho de misterioso, de inexplicable. Los ritos católicos de hace


cincuenta años, con un sacerdote vestido de manera fastuosa, que hacía cosas
extrañas en el altar, de espaldas al público, que pronunciaba conjuros en un
idioma incomprensible, estaban mucho más cercanos a la magia. Actualmente
han desaparecido los ritos espectaculares, los feligreses ven lo que hace el
sacerdote con el pan y el vino, entiende el sentido de las palabras que
pronuncia y sabe lo que significan sus respuestas. Ha desaparecido el misterio
en las formas, y la religión necesita un asidero espiritual más profundo para
sobrevivir a ese debilitamiento de su comunicación. Los ciudadanos más
sofisticados, tienen menos problemas: pueden permanecer en la religión por
principios e ideas en los que creen. En los sectores populares, se siente más
esa falta de elementos mágicos.

Probablemente por eso, grupos con ritos menos racionales como los
shamánicos, los éxtasis de los pentecostales y los delirios de algunos tele
evangelistas han quitado espacio a una religión católica, que a fuerza de
incorporar a sus doctrina elementos de la racionalidad occidental, ha perdido
el encanto de lo mágico.
A partir del Concilio Vaticano II, el Catolicismo ha vuelto a los orígenes y está
más cerca de la doctrina predicada por Cristo, personaje alejado de los
poderes, que no fue Rey, ni líder militar de un pueblo. En esto fue diferente de
los otros fundadores de religiones monoteístas, Moisés y Mahoma. Nos hemos
alejado del cristianismo impuesto por Teodosio II como Religión Oficial del
Imperio Romano. Los grupos que siguen mezclando la religión y la política,
como Tradición Familia y Propiedad o la Teología de la Liberación están en
franco retroceso.

Al mismo tiempo, en Occidente, lo místico se ha banalizado con el auge de las


supersticiones de plástico relacionadas con el New Age, los platillos voladores,
los "misterios" de las culturas ancestrales, y la creciente presencia de iglesias
y sectas pintorescas de diversos tipos.

Desarrollamos el tema más ampliamente en la segunda parte de este escrito.


En todo caso, está claro que los electores latinoamericanos actuales no
obedecen a la Iglesia como en otros tiempos en los temas políticos y este es
otro elemento que los vuelve más independientes.

Son más educados

Desde que se constituyeron nuestros países, una serie de pensadores temieron


una incursión de masas ignorantes, identificadas en muchos casos con “lo
americano”. Esa dicotomía entre el racionalismo y el “salvajismo” tenía una
historia en nuestro pensamiento: la lucha entre "civilización" y "barbarie"
planteada por Sarmiento generó una corriente de pensamiento a la que el
filósofo argentino Arturo Andrés Roig denominó "Arielismo" En el caso de los
pensadores arielistas esta dicotomía se asoció a la de América indígena
enfrentada a la América europea". Lo blanco europeo era visto como lo “culto”
y lo americano indígena como parte de la barbarie que había que superar. El
arielismo tuvo más fuerza en el Cono Sur y particularmente en la Argentina,
Chile y Uruguay, en donde se exterminó a los indios y se estimuló una
inmigración masiva de europeos para incrementar la "civilización". Muchos
dirigentes políticos del siglo XX, como Velasco Ibarra, varias veces Presidente
de un país con un porcentaje importante de habitantes indígenas, fueron
exponentes de esta forma de ver el mundo. Fue la tónica generalizada entre
las élites europeizadas del continente. En el otro extremo estuvo México que
en 1858 tuvo, por primera vez, como presidente y padre de la nación a Benito
Juárez, un indígena que habló zapoteco durante su infancia y aprendió el
español como su segunda lengua. En este país, se generó una corriente
indigenista, que defendió los valores de las poblaciones nativas americanas.
En una primera etapa se identificó a lo “culto” con lo europeo y la educación
se planteó como un complemento del proceso de occidentalización de América.
Avanzado el tiempo, surgió otra oposición. Los "cultos" temieron que los
“ignorantes” impusieran a la sociedad sus modos de ver el mundo, sus gustos
y sus modas. La expresión más importante de esos temores de los "cultos" por
una posible insurrección de los "vulgares" fue el libro de Ortega y Gasset, "La
rebelión de las masas", en el que se dice que la democracia de Occidente
marcha hacia una rebelión de los menos sofisticados en contra de los
educados, de masas ignaras en contra de elites ilustradas. Ortega fue un
aristócrata del pensamiento, cercano al régimen falangista que combinó el
pragmatismo, el existencialismo, y una versión elitista de la sociedad. Los
temores del intelectual español, parecen haber sido una premonición de lo que
ocurrió con la expansión de la democracia de estos últimos años.

Las contradicciones son parte inevitable de la historia y fue, justamente la


difusión de la educación, la que produjo la insubordinación de los menos
educados en contra de los más ilustrados en términos formales.

Hasta mediados del siglo XX ser "doctor" fue un privilegio que concedía a los
miembros de ciertas elites intelectuales un papel preponderante en la sociedad
y en la política. Había un respeto sacramental por la cultura. Algunos de los
personajes más importantes de nuestros países eran la personificación de este
valor: escritores, pensadores, rectores universitarios, profesores. En la edad
de la palabra, los que manejaban libros, tenían un enorme peso en la sociedad.
Quienes añoran esa época, dicen que los líderes de entonces hablaban "como
se debe hablar" y que las piezas oratorias de Velasco Ibarra, Gaitán o el propio
Perón, nada tenían que ver con los desvaídos discursos de los líderes actuales.

Las cosas cambiaron radicalmente desde que, en casi todos nuestros países,
se produjeron auténticas "revoluciones culturales", en la década de 1970, que
popularizaron la educación universitaria. En países como Argentina, con una
tradición universitaria más rígida, el proceso fue lento, en países como Perú o
Ecuador más acelerado, pero a la larga, la educación universitaria se masificó.
Millones de latinoamericanos accedieron a las aulas universitarias y los títulos
académicos se distribuyeron como propaganda de circo. En uno de los últimos
eventos que siguen esa línea, el coronel Chávez ha masificado totalmente la
educación universitaria en Venezuela financiando programas que la ponen al
alcance de todos. No se trata de que nuestros países han terminado poblados
por sabios y científicos, pero la mayoría accede a algo que, no es una educación
muy superior, pero es lo que ahora tiene ese nombre: un poco de información
y un cartón.
La democratización de la educación superior condujo a una enorme
proliferación de las universidades. Países que hasta los años setenta tenían
pocos centros de Educación Superior dedicados a la formación de elites,
mantienen ahora decenas o centenas de universidades a lo largo de todo su
territorio, abiertas a millones de latinoamericanos. En algunos países se
tomaron medidas "revolucionarias" que ayudaron a esa masificación, como
suprimir los exámenes de ingreso o facilitar de diversas maneras el tránsito de
los estudiantes por las aulas, para conseguir un título universitario sin realizar
mayor esfuerzo intelectual.

El hecho es que los títulos universitarios se popularizaron y mucha gente


accedió a ese nivel de educación, sin que eso signifique necesariamente que
adquirieron los conocimientos suficientes para competir en el mercado laboral
con las elites tradicionales. La economía de nuestros países tampoco se
expandió al ritmo en que se incrementó la población "titulada”, muchas
personas con títulos de doctor terminaron conduciendo taxis o buscando
empleos modestos. La calidad del "docente universitario" también se
generalizó y se devaluó. Antes, ser catedrático universitario era un enorme
honor. Hoy hay tantos maestros con niveles de preparación tan modestos, que,
actualmente, serlo tampoco es garantía de conocer mucho y no concede la
autoridad moral que en otros tiempos.

Mencionemos al menos dos consecuencias de este hecho en la política. Por un


lado, nos encontramos con un sector de la población que vive una enorme
frustración. Millones de latinoamericanos hicieron esfuerzos para llegar a ser
doctores porque creían que con el título, iban a vivir como doctores y sin
embargo no lograron mejorar sus condiciones de vida. Los viejos conceptos de
incongruencia de estatus de Peter Heintz podrían ser útiles para entender la
conexión entre esta masificación de la educación y la inconformidad radical de
importantes grupos de ciudadanos que se sintieron "estafados" vitalmente con
sus cartones bajo el brazo. No hay duda de que existe una relación entre esa
masificación de la educación superior y la aparición de Sendero Luminoso en
Perú, los Tupamaros en Uruguay y otras manifestaciones de rebeldía en el
continente. En la historia de muchos grupos "subversivos" latinoamericanos
encontramos profesionales universitarios, frustrados por su falta de inserción
en el mercado laboral, que ante la imposibilidad de mejorar su mundo
individual, fantasearon con cambiar de raíz, la sociedad en que vivían. Esta
inconformidad de importantes sectores del electorado con su vida, acicateada
por sus incongruencias de estatus, fomenta la sensación de inconformidad que
se ha generalizado en nuestros países.

Muchos creen que “ somos más pobres que antes” Aunque desarrollamos el
tema en otra parte de este texto, digamos aquí que muchos que fueron muy
pobres, o que nacieron muy pobres, son ahora doctores, viven mejor que sus
padres, pero se sienten más pobres, porque estudiaron para ser tan
importantes como los doctores de antes y no lo han logrado.

Pero hay más. Esta masificación de la educación superior fortaleció la


independencia de los electores. Muchos latinoamericanos son doctores,
licenciados o tenedores de alguno de los muchos títulos que se inventaron, y
se sienten en plena capacidad de decidir acerca de sus preferencias políticas
sin consultar con nadie. Exitosos o fracasados, son profesionales que buscan
realizar sus sueños armados con su cartón y lo hacen con total autonomía. Tal
vez no consiguieron conocimientos, ni fortuna, pero sí seguridad.

La población común desmitificó a los "superiores" intelectuales. Es poco


probable que los jóvenes electores crean que los doctores son demasiado
exitosos o que tienen algo importante que decirles al momento de tomar su
decisión electoral, cuando su tío vende helados por la calle con un título de
doctor en Biología bajo el brazo, sobre todo en una sociedad en la que la
prosperidad económica es la medida del éxito en la vida.

En este sentido, los intelectuales perdieron poder. Las "estrellas" de la


televisión, los deportistas, los artistas de las telenovelas, a veces muy
ignorantes y con una modesta formación intelectual, terminaron copando los
espacios de prestigio y de liderazgo, reservados antes para los doctores. Los
electores que votan por este tipo de personajes no lo hacen ilusionados por
una ideología o porque sus ídolos les comunican un pensamiento importante.
Votan por ellos simplemente porque "les caen bien" o porque son su ideal de
vida en la medida en que han llegado a triunfar.

Hay que decir también de que el mito de que los antiguos líderes eran sabios
y los actuales son mediocres, es relativo. Muchos estudiantes de secundaria de
nuestros tiempos tienen una información mayor que nuestros grandes líderes
de antaño. La ciencia está al alcance de todos. Hace cincuenta años, muy pocos
sabían sobre la existencia de Afganistán o Irak. Hoy vemos lo que pasa en esos
países en una ventana, que está en todos los hogares, que nos permite
asomarnos al mundo. Si se leen los textos de los viejos discursos, uno no puede
dejar de sonreír por la cantidad de cosas simplonas que se dicen. No estamos
diciendo que, para su tiempo, esos líderes no fueran informados. Decimos que
la crisis de la democracia, en lo que al nivel cultural tiene que ver, no se da
porque los líderes actuales sean más ignorantes que los antiguos, sino porque
las masas actuales son mucho más informadas que las del siglo pasado. Desde
ese nivel mayor de información, exigen ser oídas y terminan imponiendo sus
puntos de vista.
En todo caso, estos hechos significan una transformación de la democracia
difícil de asumir para muchos intelectuales. La democracia se ha ampliado
porque se ha despolitizado y se ha vulgarizado. Las gentes comunes, las masas
de Ortega, imponen su agenda, sus gustos y sus preferencias electorales. Los
partidos, si quieren tener éxito deben incorporar en su agenda temas y
soluciones que proceden del mundo de la gente común. Es más, en muchos
casos, los candidatos “serios” necesitan incluir en sus listas candidatos
“vulgares” que se identifiquen con ese electorado. Saben que si no lo hacen
pueden perder la elección.

Actualmente si queremos ganar las elecciones en América Latina, necesitamos


trabajar dando importancia a los sueños de los ciudadanos "comunes",
entendiendo su lógica. Durante siglos, las elites los mandaron a la guerra
porque querían rescatar los santos lugares, luchar por la Iluminación, la Iglesia,
o las utopías de grupos milenaristas, nazis o comunistas. Hoy ellos quieren que
las elites les sirvan. Que les ayuden a conquistar sus propios sueños. Quienes
queremos comprenderlos estamos obligados a hacer un enorme esfuerzo de
investigación empírica tratando de desentrañar esos mundos, especialmente
con técnicas cualitativas.

La idea de que los intelectuales "tenemos la razón" y de que el problema se


superará cuando la masa estudie sociología, aprenda a discutir ideologías y
programas de Gobierno y hable nuestro lenguaje es equivocada. Ellos están
cada vez más lejos de los libros y tal vez nosotros cada vez más lejos de la
vida real.

Son más independientes de los ricos y los poderosos

Las viejas prácticas de regalar comida y juguetes para conseguir votos ya no


tienen la eficacia de antes. Incluso la obra que hacen los gobernantes sirve
para conseguir votos solamente a veces. El votante tiene una actitud utilitaria.
Aprecia que el Gobernante haga una buena obra, pero cree que tiene el
derecho a recibir ese servicio. No siente la gratitud que antes tenían las gentes
sencillas ante la dádiva del poderoso. Utilitariamente puede reelegir a un
gobernante eficiente, si cree que le conviene, pero juega independientemente
con sus sentimientos e intereses, como lo veremos más adelante. Los nuevos
electores tienen un sentido de autonomía y dignidad, que no es muy teórica,
sino práctica.

Los políticos que no entienden este nuevo mundo, siguen repartiendo regalos
y suponen que van a conseguir en contrapartida el voto de los electores, pero
generalmente consiguen el efecto contrario. La gente concurre a las reuniones,
recibe los obsequios, toma los refrescos que les ofrecen, disfruta de la fiesta,
y después vota como le da la gana.

Hay aquí un juego de manipulaciones mutuas que se resuelve en la soledad de


las urnas. Los candidatos regalones creen que compran los votos y la gente
disfruta de los presentes y los usa. Se han debilitado el respeto reverencial a
los importantes y la gratitud de los sumisos.

Cuando un Alcalde o un Presidente hacen una obra en beneficio de los más


pobres no debe esperar su lealtad solamente por ese hecho. Los electores
creen que está cumpliendo con su deber y ante toda obra acabada, exigen una
nueva. Si les dan alcantarillado, piden luz, si tienen ambas cosas piden
parques, si tienen todo eso quieren una universidad en el barrio, en un proceso
que no tiene fin.

Un discurso que se repite a lo largo de todo el continente es que ahora somos


más pobres que hace años. La prensa y algunos organismos internacionales
dicen todos los años que la miseria se ha incrementado y que la gran mayoría
de nuestros habitantes vive por debajo de la línea de pobreza crítica. Esta
visión del mundo, impulsada por tecnócratas progresistas, lleva a que algunos
digan que “la democracia está en crisis porque ha fomentado la pobreza”.
Trataremos más delante de este tema con más detenimiento.

Digamos por el momento que, quienes creen en ese discurso y suponen que
hay ahora más pobres de “venta” en la política de equivocan. Los pobres
actuales no son las personas que antes vivían en el límite de la subsistencia y
dependían física y psicológicamente de los ricos. No hay pobres sumisos y ricos
dueños de vidas y haciendas. Los pobres actuales se sienten iguales a los
poderosos. En estos años, sería difícil que algún aristócrata venido de Francia,
lleve a la fuerza a “sus indios” para que participen de las manifestaciones para
la formación del Partido Comunista, como lo hizo uno de los “Marqueses”
ecuatorianos en la década de 1930. Ya no son dueños de otras personas.

Podemos decir con evidencias empíricas, que actualmente los latinoamericanos


viven mejor que antes, pero sus necesidades son mayores. Quieren y necesitan
consumir nuevos bienes y servicios que antes no existían. En algunos países,
millones de latinoamericanos han transitado desde una economía de
subsistencia a una economía de consumo y ese progreso ha generado nuevas
demandas que han crecido mucho más rápidamente que nuestras economías
nacionales.

En países con estructuras más conservadoras como Perú, Guatemala o


Ecuador, han desaparecido las servidumbres y las instituciones semi feudales
que mantenían a más de la mitad de la población en un nivel de vida
infrahumana. La inmensa mayoría tiene ingresos básicos, se siente
independiente y puede pensar en términos de orgullo y dignidad. Esta realidad,
que la gente vive mejor que antes, no invalida la idea de que somos más pobres
que antes. La pobreza crecerá, mientras más se incremente nuestro nivel de
vida y la gente tenga un mejor acceso a los medios de comunicación. Vivirán
mejor, pero sentirán de manera cada vez más nítida la desigualdad, que ha
roto los niveles nacionales y también se ha globalizado. La casa de cualquier
latinoamericano medio tiene distancias enormes con las de Beverly Hills y cada
día parece que todos vivimos una sola realidad en la que debería haber pocas
distancias entre ricos y pobres a nivel global.

Por otra parte, los líderes contemporáneos han sido desmitificados y cosas que
parecían "naturales" en los "grandes señores" de la sociedad tradicional, lucen
ridículas cuando sus protagonistas son simplemente seres humanos. Las
ceremonias de las casas reales europeas son bastante pintorescas, pero
parecen "naturales" por prejuicios que se acumulan en nuestra memoria
histórica. Cuando el sargento Bokassa se coronó Emperador de Centro África
con la misma pompa que Napoleón, el espectáculo fue absolutamente ridículo.
Nos parece natural que los miembros de la familia Windsor hagan ciertas cosas,
que resultan indignantes cuando las hace un sargento del ejército francés que
se convierte en Emperador. Sucede algo semejante con nuestros líderes
contemporáneos, más parecidos a Bokassa que a la realeza europea.
Repartiendo bolsas de comida o heladeras, para comprar votos, lucen más
torpes que los antiguos oligarcas que parecían desempeñar esos roles con más
naturalidad.

En definitiva, para lo que importa en esta reflexión, los nuevos electores son
más independientes y menos manipulables por políticas clientelares burdas,
que los votantes de hace cincuenta años. No temen a los ricos, no les tienen
el respeto reverencial de antaño.

Están más informados

El mito de que la gente común contemporánea es ignorante y de que sus


antepasados eran mucho más cultos, no tiene ni pies ni cabeza. No hay duda
de que los actuales electores latinoamericanos nn están mucho más
informados de lo que estaban sus mayores. La televisión, la radio, la Internet,
las migraciones, ponen al alcance de millones de latinoamericanos una
cantidad de datos que antes eran imposibles de conseguir y que les permite
conocer datos acerca de deportes, mascotas, brujería, sexo, eventos
nacionales e internacionales y toda suerte de temas.
Casi todos han ido, mal o bien, a la escuela, al colegio y en muchos casos a la
universidad. El poder de la conversación del que habla Mora y Araujo ha
crecido. Se conversa acerca de cosas más interesantes y diversas. Los
campesinos de las zonas más alejadas tienen parientes que han emigrado a
Europa y preguntan con inocencia si podrán inscribirse como mercenarios para
la guerra en Irak. La mayor parte de los pobres de antes, no sabían siquiera
cuáles eran los países fronterizos.
En el campo de la política tienen también mucha más información que antes.
Cualquier ciudadano de clase n popular sabe que Estados Unidos invadió Irak,
que hubo un atentado en las Torres Gemelas. Conoce, en líneas generales, lo
que hace el Presidente de la República, el Alcalde, los partidos. Opina sobre el
Fondo Monetario Internacional y sobre el tratado de libre comercio con los
Estados Unidos.

En ese sentido, son también más independientes; tienen una información que
consiguen de primera mano, procedente de la televisión, la Internet, la radio
y la conversación cotidiana. No necesitan que se la transmita el cura párroco,
ni el maestro de la escuela, ni alguna persona con “autoridad moral”, como
ocurría en la vieja sociedad. Al adquirir por sí mismos esa información, los
ciudadanos se sienten más libres para tomar posiciones sobre esos eventos.

Hay que tener cuidado con este dato. El hecho de que tengan más información,
nn no significa que están más politizados en el sentido original del término.
Saben más acerca de la política que sus antepasados pero, en proporción con
el resto de información con la que ahora cuentan, los datos sobre la política
tienen en su mundo un espacio menor del que tenían en la sociedad anterior.
Si imaginamos que la mente del elector es una biblioteca de cien tomos,
podemos decir que hace cincuenta años era una biblioteca aburrida, con
muchos tomos que contenían alguna información chata acerca de la vida
cotidiana, unas pocas supersticiones y con cinco libros acerca de la política.
Hoy puede tener diez tomos con información política, pero inmersos en
decenas de tomos sobre temas que le apasionan: el fútbol, sus aficiones, el
sexo, los chismes acerca de los famosos, la crónica roja, las mascotas, los
bailes etc.

Hay tanto que ver en la televisión, hay tanto de qué hablar, han aparecido
tantas cosas interesantes, que lo político, que por lo general se transmite con
técnicas muy atrasadas, pierde espacio frente a ese mundo al que el nuevo
elector tiene acceso desde sus primeros años.

La información se procesa desde el mundo del ciudadano. La realidad no es la


misma para todas las personas. Cuando la primera invasión norteamericana a
Irak, conocimos campesinos latinoamericanos que se refugiaron en la cordillera
de los Andes temerosos de ser reclutados por los “gringos”. Vieron la guerra
por la televisión en vivo y creyeron que algunos resplandores provocados por
relámpagos en la Cordillera eran efecto del Bombardeo de Bagdad. Los datos
se difunden en realidades diversas y se decodifican de manera diversa.

Cuando la información era transmitida por maestros, sacerdotes y otros


notables, estaba direccionada. Todos le daban al elector su visión militante de
los hechos políticos. Cuando se hablaba desde los púlpitos, se buscaba apoyo
para los políticos conservadores o las luchas anticomunistas. Los maestros, por
lo general, trataban de consolidar el laicismo y las tesis de izquierda. Quedaba
poco espacio para que el ciudadano común pueda interpretar individualmente
una información tan sesgada.

Hoy, el elector consigue a través de los medios una información múltiple y


teóricamente neutra, que puede interpretar desde su punto de vista personal.
Las imágenes permiten que cada uno las ubique en su propio mundo. El acceso
a la información directa, le da la ilusión de que él mismo se entera de lo que
le interesa. Accede a su verdad. Todo esto fortalece la independencia del nuevo
elector.

La revolución sexual y la familia

Aprenden el juego del poder en una familia menos autoritaria y democrática

Los seres humanos pertenecemos a un tipo de primate que construye


socialmente la realidad. Vivimos en un mundo que existe como nos enseñaron
que era, en los primeros años de nuestra vida. Aprendemos los límites de la
realidad a partir de la experiencia de otros, padres, familiares, maestros, que
nos la han transmitido. Algunos creen en dioses, otros en aparecidos, otros en
la fuerza de la santería. Los lamas del vudú son o no reales, según el sitio en
que nos socializamos los primeros años. Un gato negro es visto como una
amenaza en occidente, mientras en Japón es un animal que ahuyenta a la mala
suerte.

Mientras otros mamíferos nacen sabiendo que la hierba es hierba, que otros
animales son peligrosos y una serie de cosas útiles para la vida, los humanos
nacemos inermes, dependiendo de nuestros mayores para aprender el sentido
de las cosas. En el caso extremo, cuando dos niños fueron criados por lobos
en el sur de la India, terminaron sintiéndose seguros con ellos y aprendieron a
sentir el temor propio de los otros lobos hacia los seres humanos, supieron que
la carne cruda era un alimento delicioso y desarrollaron una serie de gustos y
destrezas lobunos. Sobre este caso, de los niños lobos de Madrás, son
interesantes las reflexiones de Pedro Laín Entralgo en su libro “El yo y los
otros”.

La familia es el campo primario en el que nos socializamos y en el que


aprendemos las reglas básicas de relación con el mundo. A nivel consciente e
inconsciente, la familia es el ámbito en el que los padres transmiten a sus hijos
la cultura que recibieron de sus propios padres. Comprendemos el mundo de
la política desde los juegos de poder que experimentamos en nuestros
primeros años de vida. A la larga la figura del padre y el tipo de relación que
nos unía a él en la sociedad machista, se proyectaban después en nuestras
relaciones con otras autoridades como el maestro, el sacerdote, el líder, el
candidato.

Nuestras actitudes frente a la política no dependen solamente de la adquisición


de valores a través de la educación formal. No podemos cambiar, con cursos
de cívica, las actitudes de los futuros ciudadanos ante la política. Por debajo
de esas actitudes están estructuras de la personalidad, sistemas de creencias,
valores, disposiciones sicológicas para la acción política, y otra serie de
elementos que se implantan en los años más tempranos de la vida. Nadie es
violento porque escoge racionalmente entre la posibilidad de vivir en paz o de
agredir a otros. Normalmente arremete con pasión en contra de lo que ama, o
que tiene en su interior y se resiste a aceptar. Detrás de la opción consciente
por una ideología totalitaria, están una serie de elementos que nos explican la
formación de la personalidad autoritaria, como lo estudió en su momento, con
enorme apoyo de investigación empírica Teodoro Adorno. El fanatismo, el
sectarismo, la violencia, tienen raíces más profundas en la biografía de los
individuos que en las teorías que estudian. Es la forma en que se vive la infancia
la que determina en buena parte esas visiones de la vida y en esto, la familia
ocupa un lugar central. El sectarismo, el racismo, el machismo, la homofobia,
la intolerancia ante otras culturas, permiten que Adorno construya los
“factores”, en términos estadísticos, que explican la conformación de esa
personalidad autoritaria.

Esa familia, que es tan importante para nuestra socialización en todos los
ámbitos de la vida y también en lo político, que es lo que nos interesa más en
este texto, ha sufrido una norme transformación en los últimos cincuenta años.
Esos cambios están en la base de las nuevas actitudes del elector
latinoamericano.

La familia y su rol de perpetuar valores conservadores se han debilitado, no


solamente porque ha perdido el espacio que tenía en la construcción social de
la realidad de sus hijos, sino porque es más abierta y liberal. El niño ya no
convive con sus padres y especialmente con su madre, como lo hacía hace
cincuenta años. Quienes vivimos nuestra infancia en esa época, aprendimos
nuestros valores en familias cerradas, en las que la madre estuvo presente de
manera permanente y en la que primos, tíos y otros parientes eran parte
importante de un entorno en el que se transmitían las tradiciones. Las
costumbres de la época y el reducido desarrollo de las comunicaciones, hacían
que sea difícil conocer a niños muy distintos de uno mismo.

En contraste, los niños de la actualidad salen del círculo familiar a edad muy
temprana. A los dos o tres años van a parvularios en los que alternan con niños
de otras familias y con institutrices y otras personas extrañas al entorno
familiar, que están con ellos tanto o más tiempo que sus propios padres y su
familia biológica. Duverger oponía, hace años, a la familia como instancia
transmisora de las ideas conservadoras, con la escuela, como una instancia de
innovación, en la que los maestros daban a los discípulos una información que
los sacaba de los parámetros tradicionales en los que querían socializarlos sus
progenitores, en especial su madre. Actualmente ocurre que, la educación
formal ha avanzado de manera impresionante, llegando casi a sustituir a la
educación familiar. Podríamos decir que el nuevo elector se socializa fuera de
la familia, de manera que los valores conservadores se transmiten menos. El
niño se acostumbra a vivir en una realidad que cambia permanente desde sus
primeros años.

Este nuevo tipo de socialización es de alguna manera "subversiva". El niño


aprende visiones diversas del mundo, que socavan la autoridad paterna,
porque muchos de los maestros "saben más" que sus padres biológicos y les
transmiten valores y conocimientos que atentan en contra del monopolio del
saber, y por tanto de la autoridad absoluta, que los infantes de otra época
atribuíamos a nuestros progenitores. El padre omnipotente que todo lo sabía
de la antigüedad, cede el paso a un padre que es autoridad, pero no suprema.
Esta desmitificación subversiva es mayor entre los niños de estratos populares,
cuyos padres son notablemente menos informados que sus maestros.

Desde sus primeros años, el niño experimenta una nueva sociedad en la que
lo efímero sustituye a lo perdurable. Las personas, las cosas, las ideas, todo
cambia permanentemente, está para no permanecer.

Las relaciones que entablaban las personas en la sociedad tradicional,


pretendían ser definitivas y su entorno, o al menos duraderas. Nos criábamos
en el seno de la familia, con parientes a los que nos unían lazos permanentes.
No se cambia de padres, hermanos y abuelos todos los años. Los vínculos
pretendían ser “para toda la vida”. Actualmente, el niño se acostumbra a
cambiar de compañeros, de maestra y de autoridades todos los años. Las
relaciones con ellos no tienen la profundidad que tenían las relaciones
familiares. Se socializa en una vida en la que todo tiende a ser efímero y
utilitario y todo puede cambiar: la maestra, los compañeros, los locales del
parvulario, y después, los amigos, los socios, el matrimonio, los partidos, las
ideas.

Desde la infancia, aprende que las relaciones con los objetos también son
efímeras. Cambian constantemente no solo las personas que se relacionan
con él sino también las cosas. Sus padres ya no le compran una "máquina
Rémington “que durará toda la vida” como en otros tiempos, sino
computadoras que irán a la basura en pocos años. La ropa, el carro, la casa,
los textos en la pantalla de la computadora, todo lo que se usa, es efímero y
se desecha cuando deja de ser útil. Otro tanto ocurre con las relaciones de
pareja, que en un alto porcentaje no pretenden ir al matrimonio o que
fácilmente terminan en divorcio. Si esa es la relación con las personas y las
cosas, ¿por qué habría de mantener relaciones definitivas con una ideología o
un partido cuando sea adulto? ¿No sería lógico que tenga en este campo la
misma actitud que con los seres humanos y las cosas?

Lo político y los valores no pueden estar fuera de esa nueva realidad y de ese
nuevo orden de las cosas. El nuevo elector, socializado de esa manera, no
aprecia los valores permanentes a los que rendían culto las viejas
generaciones. En la antigüedad, discrepando o no con sus ideas, admirábamos
a personajes como aquel militante consecuente, que luchó toda su vida en el
Partido Comunista buscando la instauración de una sociedad utópica y nunca
se cambió de camiseta, lo que le condujo a morir en la miseria.Cesar Vallejo,
el gran poeta peruano, sufriendo y muriendo de hambre en Paris porque “se
desayunaba con Comunismo” parecía un modelo de ser humano. Actualmente
un personaje así tendría poco prestigio. Se valora más al que cambia de su
forma de pensar las veces que fueran necesarias hasta tener éxito, que al que
por consecuencia con sus ideas es capaz de morir de hambre. Es más, si
alguien toma esa actitud en estos años, podría ser encerrado en una casa de
enfermos mentales. Se admira más al triunfo en la vida, que a la consecuencia
con las ideas. Por lo demás en un mundo en que se descubren tantas cosas,
parecería un poco obcecado negarse a cambiar y aprender. También la
sociedad es menos afecta al sufrimiento, y más lúdica. La gente común no
admira a los que padecen, sino a los que gozan de la vida. Incluso cuando los
jóvenes católicos participan en procesiones como la de la Virgen de Luján en
Argentina, la Guadalupana en México o la Virgen del Quinche en Ecuador, hay
más búsqueda de placer que de penitencia. En las grandes peregrinaciones
religiosas los chicos se divierten, buscan novias, rezan pero también bailan y
tienen ocasión de sexo. Ya no se azotan, ni usan silicios.
Cuando llegan a la adolescencia o aun antes, la pertenencia a "grupos de edad"
juega un papel importante en sus procesos de identidad. Los jóvenes se
identifican con grupos generacionales o con grupos menores de amigos,
condiscípulos o miembros de grupos barriales que en gran parte han sustituido
a la familia biológica, a los hermanos y primos.

La constitución de pandillas, bandas de rock, barras bravas de los equipos de


fútbol y otros grupos ajenos a la familia, en los que muchos adolescentes viven
las rebeldías propias de esa etapa de la vida, terminan siendo fundamentales
para la obtención y transmisión de valores e informaciones, que
inevitablemente pesan en las actitudes políticas de los jóvenes.

Si un político quiere llegar a los jóvenes con un mensaje, es indispensable que


comprenda su mundo, sin prejuicios. Los valores no son eternos y menos los
políticos. Suponer que los jóvenes de antes eran más idealistas y éticos porque
oían a los Intillimani y cantaban la Internacional Comunista, es un disparate.
Tratar de atraer a los jóvenes hedonistas de hoy con esas viejas canciones tan
llenas de elogios a la muerte y al odio, es un disparate todavía mayor. Quieren
vivir, no sacrificarse. Para algunos esto es lamentable. Para nosotros, no está
claro que nuestros valores belicistas hayan sido más deseables que su
búsqueda de bienestar.

Hace pocos años, un candidato que pretendía lograr una importante votación
entre los jóvenes, repetía el mito de que el demonio envía mensajes a través
del rock, cuando se escuchan algunas canciones al revés. Pretendía denunciar
esta conspiración satánica y anunciar que prohibiría los conciertos de rock en
su país. Le pedimos que tuviera más sentido común y tratara de ver la vida
como sus electores. Debía dialogar con ellos. Si quería atraer votos juveniles,
debía compartir el gusto por esa música o al menos ser capaz de comprenderla.
La siguiente actividad de campaña era asistir a una par de espectáculos y
comprar unos tantos discos que le sensibilicen. Para gustar del rock metálico
es necesario educar el oído, así como otros se educan para disfrutar de la
música de Stravinsky.

El nuevo elector no busca como líderes a seres extraterrestres. Quiere personas


“como él”, dirigentes que le comprendan, compartan sus valores, sus
angustias, sus inquietudes. Vivimos en democracia y el candidato debe
respetar al elector, sus costumbres y sus gustos. Cuando diseñamos una
estrategia de comunicación para un candidato o un Gobierno, si lo hacemos
con seriedad, debemos utilizar los mecanismos comunicación propios de los
grupos a los que queremos llegar. En muchos casos, el uso de esos
mecanismos es más eficiente que hacer un spot de televisión que sea muy
estético, pero aburra o transmita un mensaje errado a los electores.
Las relaciones de autoridad en la familia han cambiado radicalmente. El trato
de los niños con su padre tiende a ser igualitario y sin ceremonias. De la época
en que los padres tuteaban a sus hijos y ellos los trataban con un cariñoso,
pero distante "usted", hemos pasado a un trato casi de camaradas. Más que
una autoridad vertical, el padre es un compañero, un amigo. Su autoridad
incuestionable, propia de la sociedad machista, ha sido reemplazada por otra,
más democrática. Hemos pasado de la sociedad patriarcal en la que el padre
era la autoridad suprema, a una sociedad en la que la madre cogobierna y los
hijos son miembros de una pequeña democracia. Lo oímos en todos lados: “los
niños tenemos derechos”. Si hace cincuenta años los niños hubiésemos
reclamado esos derechos en la escuela, con un par de patadas en salva sea la
parte, habríamos aprendido que era una teoría de locos. En ese entonces,
padres y maestros repetían una antigua máxima: “la letra con sangre entra”.
Actualmente, si un padre o un maestro golpean a los niños, pueden terminar
en el psicólogo o en la estación de policía.

Aprendemos a relacionarnos con los otros en esa etapa de la vida. A la larga,


la imagen del padre, se proyecta en el conjunto social y determina las formas
en que nos vincularemos con el poder en general, y con las autoridades
políticas. El tránsito del padre omnipotente e incuestionado, al padre “amigo y
camarada” inevitablemente tiene consecuencias en las conductas del nuevo
elector.

Otro tema apasionante es el de la relación de la violencia familiar con la opción


política. El castigo físico a los hijos, tan común hace cincuenta años, es
actualmente mal visto y tiende a desaparecer. Las legislaciones de muchos
países lo castigan como delito. El padre de familia que arreglaba las cosas con
dos buenos correazos es visto ahora como un salvaje. Cuando el niño tiene
problemas de este tipo, termina hablando con la sicóloga de la escuela,
acompañado por un padre socializado en la época de la violencia, que no
entiende el nuevo escenario. Otro tanto ocurre con el marido que golpeaba a
la mujer. En la sociedad machista era visto como un "hombre con autoridad".
Tiene ahora un rechazo masivo. Los valores han cambiado. Quien golpea a su
mujer es visto con desprecio y si lo hace, lo niega avergonzado. Todavía no
hemos avanzado a la época en que la mujer que golpea a un hombre sea mal
vista, pero la sociedad va hacia eso: el rechazo a la violencia familiar.

Estudios empíricos realizados por la encuestadora latinoamericana Informe


Confidencial, han encontrado una alta asociación entre educación autoritaria,
violencia en la familia y preferencia electoral. Los electores que sufrieron
golpizas a manos de padres autoritarios tienden a votar por líderes autoritarios
y los electores educados sin violencia, a votar por líderes que parecen más
liberales. El caso se estudió con profundidad, con mucha investigación
cuantitativa y cualitativa, en las elecciones presidenciales ecuatorianas de 1996
en las que se encontró una alta asociación entre haber sido víctima de la
violencia doméstica y el voto por dos candidatos violentos y “machistas”.

La relación padre - hijo de antaño, correspondía a una política en la que los


líderes eran seres míticos, autoridades lejanas y casi sobrenaturales. Los
líderes políticos actuales son mucho más humanos y responden a las nuevas
relaciones de autoridad en la familia. Al menos, en la ilusión de las campañas
electorales y en las fantasías que crea la televisión, los líderes contemporáneos
son personajes a los que se puede tratar por su nombre, que se parecen al
ciudadano medio y se dirigen a él de manera horizontal, tratando de generar
confianza. Si recorremos el mapa político de América Latina, veremos que en
casi todos los países se copian lemas y consignas que se refieren al candidato,
usando simplemente su nombre o su apellido y en el que los gritos de las
manifestaciones se enmarcan en esta visión de la política. Los nuevos electores
tienden a elegir mandatarios que parecen "gente común". En la práctica, todo
esto ha significado el cambio del general Perón por Kirchner, de Haya de la
Torre por Toledo, de Velasco Ibarra por Gutiérrez, de Rómulo Betancourt por
el Coronel Chávez. El padre sabio y todopoderoso, ha sido cambiado por “uno
como nosotros”.

Vale aclarar que esta anotación no supone una valoración negativa de los
líderes contemporáneos. Simplemente llama la atención sobre un cambio de
estilos. No está muy claro que los líderes mesiánicos hayan sido buenos para
nuestras sociedades y que los actuales sean nocivos. Si lo vemos en el largo
plazo histórico y lo referimos a países de otros continentes, con los que
estamos menos envueltos sentimentalmente, claramente parecen preferibles
las grises figuras de Putin y de la señora Schroeder al frente de Rusia y
Alemania, que las de dos iluminados excepcionales como Hitler y Stalin.

La crisis de la familia tradicional provoca otro cambio importante en cuanto a


la participación de los ciudadanos en la política. El nuevo elector vota por el
candidato que le llega con un mensaje, de manera individual, y no se siente
coaccionado para votar de acuerdo a las preferencias de los demás miembros
de la familia. Siente que tiene una relación personal con el candidato, que no
depende de las opiniones de sus padres, hijos o hermanos. La familia ampliada
va extinguiéndose y el debilitamiento de la autoridad vertical en la familia
nuclear, hace que cada uno decida las cosas por sí mismo. El candidato debe
buscar los votos de los jóvenes como los de un grupo objetivo específico, que
tiene sus propias normas, sus propios códigos de comunicación y al que se
llega directamente y no por la influencia de sus mayores.
Digamos, en definitiva, que como fruto de la crisis de la familia y de su
democratización, los nuevos electores tienden a buscar líderes menos
autoritarios, son más abiertos a la adopción de nuevos valores, mantienen con
el mundo y con la política, una relación efímera, utilitaria y dependen menos
de su familia para tomar decisiones en el campo electoral.

Todos estos elementos fortalecen la independencia y el individualismo del


nuevo elector.

La feminización de la sociedad y de la política

Uno de los elementos más importantes del cambio del mundo contemporáneo
tiene que ver con los nuevos roles de la mujer en la sociedad y en la política.
Uno de los mayores logros del racionalismo occidental fue comprender que las
mujeres son seres humanos con derechos iguales a los de los hombres y que
merecen las mismas oportunidades en todos los ámbitos de la vida. En este
sentido, tal vez Occidente ha dado un paso adelante en la evolución, que lo
separa de su propio pasado y de las prácticas de casi todas las demás
civilizaciones.

La aparición de la píldora anti conceptiva y su difusión en la década de 1950,


permitió a las mujeres controlar su sexualidad, que dejó de ser una actividad
vinculada exclusivamente con la reproducción. La mujer dejó de ser un ente
que se dedicaba al alumbramiento y al cuidado de los hijos, para convertirse
en un sujeto que participa en todas las actividades, con la misma energía y con
el mismo protagonismo que el hombre. En las últimas décadas se dio una
incorporación masiva de mujeres al mercado laboral, a las universidades, al
mundo profesional, la política y a una serie de actividades que antes estaban
reservadas para los hombres. Este hecho, provocó un cambio radical y
permanente en la forma en que se concebía la política en todos sus aspectos,
y la enriqueció con nuevas perspectivas. Algunos autores han planteado que
vivimos un proceso de feminización del mundo occidental y de todas las
actividades humanas. La afirmación no es exagerada. En Occidente los valores
machistas han perdido espacio, se tiende a respetar la igualdad de los géneros
y toda la gente "civilizada" rechaza la discriminación contra la mujer. El macho,
que se creía superior, mientras más violento y primitivo era su
comportamiento, pierde prestigio y aparece una nueva definición de la
masculinidad.

Román Gubern, en su libro “El Eros Electrónico” dice que en épocas remotas,
las hembras preferían a los machos de mayor tamaño y de peor aspecto,
porque asustaban a los demás animales agresivos y protegían mejor a sus
crías. Los machos más fuertes dominaban territorios más extensos y
proporcionaban más comida a su familia. Ahora las necesidades han cambiado.
No vivimos en esa etapa de simios territoriales y agresivos. Pensamos,
estudiamos, nos entendemos, dialogamos, tenemos valores superiores. La
preferencia actual de las mujeres hacia rostros “feminizados” y menos
desagradables, se explica porque “en la especie humana, la capacidad de tener
descendencia fértil depende en gran parte del cuidado que se presta a los hijos,
que ahora es compartido por padre y madre. El padre de esta nueva etapa
debe desarrollar características como la ternura y debe saber expresar sus
afectos apara colaborar en la crianza de niños que viven una nueva etapa.”
Gubem afirma que estas son características “definidoras contemporáneas del
rol de buen padre y auguradas por un rostro masculino con rasgos
feminizados.” El padre no es ya un perro guardián del territorio, sino un ser
humano que comparte con la mujer una vida más diversa y comparte con su
pareja roles más semejantes.

Más allá de que se han debilitado los prejuicios en contra de los homosexuales,
la misma apariencia física de los heterosexuales ha cambiado. En la moda
metrosexual, actualmente en boga, los rasgos feminoides en la vestimenta y
el aspecto físico de los hombres, no están relacionados con una preferencia
erótica por el propio sexo, sino que son una nueva forma de afirmar la
heterosexualidad de muchos hombres jóvenes. Los hombres actuales se bañan
con frecuencia, tratan de no oler mal, van al gimnasio, se pintan el pelo, utilizan
cremas de belleza, se hacen la cirugía plástica, tratan de parecer “hermosos”.
Esto era impensable hace pocos años, cuando la sociedad machista rendía
culto al macho apestoso y brutal.

La feminización de la cultura ha liberado a los hombres y les ha permitido


superar algunas taras ancestrales. Gracias a la influencia de la mujer en las
sociedades, los hombres pueden expresar sus sentimientos. Hace pocas
décadas, los niños tenían que demostrar que eran “hombres”, dándose de
golpes con sus compañeros de la escuela. Hoy, un niño que ataca a otros es
mal visto y si persiste en su actitud, tiene que ir al psicólogo. Las costumbres
violentas ya no son vistas como un valor sino como una patología. La verdad
es que un burro no es más hombre que un ser humano porque da patadas más
fuertes, pero esta verdad elemental ha tardado miles de años para ser
entendida. Ese tipo de actitudes fue común entre intelectuales y elites
ilustradas del pasado, pero hoy tiende a convertirse en un valor generalmente
aceptado.

Otro tanto ocurre con el derecho de los hombres a expresar sentimientos


“débiles” como llorar o demostrar afecto. Fueron actitudes prohibidas porque
“un hombre macho no debe llorar”. Estos tabús se superan cada vez más en
Occidente, gracias a la influencia de la mujer en la sociedad contemporánea y
la reivindicación general de algunos valores que antes eran vistos como
debilidades femeninas. No son ahora debilidades sino valores. Las mujeres no
solo que se han liberado así mismas, sino que han logrado que los hombres se
liberen de prejuicios y conquisten nuevos espacios que les permiten vivir de
una manera más plena.

En el caso de la política, el asunto es capital. Muchas mujeres se han


incorporado a los procesos electorales y a los gobiernos y toda la acción política
se ha transformado, y se ha enriquecido con una serie de puntos de vista y
percepciones de la realidad propias de la mujer. Ha entrado en crisis el rol de
la madre conservadora, sometida al macho, sumida en la ignorancia, que
transmitía los valores tradicionales a las crías. Hasta el siglo pasado se creía
que la mujer no debía aprender a leer y escribir y que simplemente debía
dedicarse a reproducir y criar niños. Se pensaba, como todavía hoy se supone
en otras culturas, que la sofisticación intelectual de la mujer iba a conducirla
al “desorden” sexual. Desde el punto de vista político, la mujer estuvo
marginada por casi todos nuestros estados falocéntricos. En un país como
Ecuador, Matilde Hidalgo de Prócel fue la primera mujer que se acercó a votar
en una urna en 1929, provocando un escándalo nacional. Lo curioso es que la
legislación ecuatoriana es una de las más tempranas en reconocer el derecho
al voto a la mujer, desde el fin de la guerra civil en 1895, pero era una "mala
costumbre" que nadie se había atrevido a desafiar. En países como la
Argentina, cuya legislación ha evolucionado lentamente, en octubre de 1944,
cuando Eva Duarte Landívar lideró un virtual golpe de Estado, el "Argentinazo
por Perón", la mujer todavía no tenía la facultad legal de votar.

En el tiempo contemporáneo, la mujer trabaja, estudia y se realiza como ser


humano asumiendo un importante papel en muchas áreas que antes estaban
reservadas para los hombres. La primera consecuencia de este hecho ya la
habíamos anotado: la desintegración de la familia tradicional. La mujer ya no
es una “criadora de niños” y los hijos ya no se educan con sus madres con la
intensidad con que lo hacían en el pasado. Se forman básicamente fuera del
hogar, adquieren una enorme autonomía frente a la transmisión de valores de
sus progenitores.

Pero esta incorporación de la mujer a la sociedad y su salida del ámbito


meramente familiar, hace también que las propias mujeres incrementen sus
horizontes y tengan posiciones menos conservadoras que las que mantenían
en el pasado. Las madres contemporáneas son más abiertas para comprender
las nuevas ideas y valores que los hijos adquieren fuera de la familia.

El nuevo rol de la mujer transforma las relaciones de autoridad dentro de la


familia, ayuda a debilitar la imagen autoritaria del padre y colabora en la
consolidación de una familia que transmite valores más democráticos. La
sociedad en su conjunto se vuelve más tolerante y pacifica por la feminización
de la cultura: en las zonas urbanas la violencia y la muerte son
estadísticamente menos frecuentes que en las regiones más atrasadas de
nuestros países, o en culturas orientales en las que la violencia contra la mujer
es aceptada socialmente y en las que la autoridad paterna es absoluta.

Pero tal vez el aporte más importante de las mujeres a la nueva democracia
es que, en general, tienen una visión más práctica de la vida y un enorme
sentido común. Muchas de las masacres de la historia de la humanidad, desde
Stalin a Bin Laden pasando por Hitler, Duvalier y Videla se habrían ahorrado,
si hubiésemos vivido en sociedades con menos hombres que se creían
iluminados y más mujeres con poder. El sentido común, más frecuente en las
mujeres que en los hombres, es probablemente su mayor aporte a la
transformación de lo que llamamos en este trabajo el "nuevo elector".

Vale la pena destacar que, como en todo el trabajo, nos fijamos más en las
mujeres como conjunto numeroso de seres humanos comunes que
transforman y mejoran la sociedad, más que a sus elites. Hay dirigentes
feministas que reproducen los valores de la sociedad machista, son tan
agresivas y salvajes como los viejos simios y no son parte de este salto delante
de la especie.

Es la presencia masiva de la mujer en la democracia de los países de Occidente,


la que trae esas consecuencias: tenemos un nuevo elector con más sentido
común, menos milenarista, más pacifista. La feminización de la política supone
también la imposición de una agenda más pragmática, menos teorizante, más
centrada en atender las necesidades concretas de la gente y más alejada del
discurso político tradicional.

Viven en un mundo erotizado

Con la televisión y la revolución de las comunicaciones murieron algunos viejos


mitos. Muchos líderes latinoamericanos actuales, creyeron durante sus
primeros años de vida, que habían llegado a los brazos de sus padres
procedentes de París, en el pico de una cigüeña. La sexualidad era algo
misterioso de lo que no se podía hablar con parientes, ni con maestros.
Asociada al pecado y a la reproducción, la sexualidad no daba espacio al
erotismo como se lo vive actualmente en Occidente. El sexo era un “deber”
vergonzante y no un instrumento de placer.

Los jóvenes llegaban a informarse de los temas sexuales de manera accidental,


por conversaciones y experiencias con gente de su edad. El prostíbulo tenía
un papel importante en la iniciación sexual de los muchachos, mientras, al
menos en teoría, las “mujeres decentes” debían esperar la bendición de un
sacerdote para conocer por primera vez su cuerpo. Los chicos de las elites, que
se educaban en colegios católicos aprendían algunas cosas acerca del sexo
guiados por los “Padres Espirituales”, sacerdotes que les informaban sobre el
tema y que mediante las confesiones vivían hurgando en las sábanas y los
detalles de la vida sexual de los colegiales.

En el siglo XIX la Iglesia Católica reglamentó de manera tan minuciosa lo


sexual, que solamente era permitida una posición para el juego erótico. Los
pobladores de las islas del Pacífico Sur la llamaron la “posición del misionero”,
porque los sacerdotes que viajaron a convertirlos a la fe y la santidad, solo
pecaban en esa posición y, aparentemente, lo hacían con frecuencia. Su
monotonía llamaba la atención y provocaba las burlas de los nativos. Cuando
en 1954 un importante Cardenal ecuatoriano escribió una carta pastoral
prohibiendo a los católicos asistir a las salas de cine, argumentaba que en esos
lugares, hombres y mujeres que presenciaban las películas en medio de la
penumbra, iban a terminar inevitablemente pecando. La cuestión era más
grave, porque además de proyectarse en un ambiente pecaminoso, se había
perdido todo recato en el cine. Algunas “rameras” se atrevían a exhibir sus
tobillos en la pantalla, desatando la libido de los espectadores. Tal descaro
pornográfico iba a desatar pasiones incontrolables.

Cuando se produce el gran estallido revolucionario de los sesentas que


conmueve a Occidente, la liberación del erotismo fue uno de los motores de la
revuelta. En esa sociedad, sexualmente reprimida, era más elegante
preocuparse por el futuro de la humanidad que por las fantasías eróticas y era
más elegante luchar por la paz en Vietnam y el socialismo, que por la libertad
sexual. Lo más probable, sin embargo, es que en las movilizaciones de esos
jóvenes, la liberalización de Eros haya tenido más importancia que el combate
a Tánatos. En 1969, la oposición de los jóvenes norteamericanos a la guerra
de Vietnam se expresó de una manera espectacular en el concierto de
Woodstock, del que hablaremos más adelante, bajo el lema de “Peace,
Flowers, Freedom, Happines”. Esos muchachos y muchachas, no solo se
movilizaron en contra de una guerra injusta, sino que disfrutaron de setenta y
dos horas de sexo, música y drogas, en las que participaron quinientos mil
jóvenes, sin que se produjera ningún hecho de violencia. Muchos tabúes
sexuales se derrumbaron de manera acelerada.

Con un poco más de retraso, sin tanta espectacularidad, pero con fuerza, el
desate de lo erótico llega a América Latina en las últimas décadas y es uno de
los elementos que transforman al nuevo elector.
Actualmente los niños latinoamericanos tienen acceso a la información sobre
los temas sexuales desde sus primeros años. No solo que en las escuelas se
imparten materias de educación sexual, sino que mediante muchos medios,
los pequeños se informan sobre temas, que sus padres descubrieron,
dificultosamente, cuando ya eran adultos. Toda la sociedad vive una
erotización masiva que llega a través del cine, la televisión, la Internet, las
modas, la propaganda.

Un importante político latinoamericano decía en alguna ocasión que los


dirigentes nacidos a mediados del siglo pasado no habrían asistido a tanto
seminario acerca del pensamiento de Marx o Maritain, si hubiesen tenido la
libertad sexual de la que gozan los jóvenes de ahora. Lo más probable es que
eso sea así. La erotización de la sociedad supone la apertura de una serie de
posibilidades vitales que cambian la agenda de los latinoamericanos, en
general, y de los jóvenes en particular.

La invasión de lo sexual en todos los órdenes de la vida ha sido tratada por


varios autores. En "La transparencia del mal” Baudrillard dice que “Se nos ha
impuesto la ley de la confusión de los géneros. Todo es sexual. Todo es político.
Todo es estético. A la vez, todo se ha vuelto sexual, todo es objeto de deseo:
el poder, el saber, todo se interpreta en términos de fantasía y de inhibición,
el estereotipo sexual se ha extendido por todas partes". No se trata solamente
de que hay una mayor libertad sexual, sino también de que se ha producido
una erotización generalizada de los comportamientos humanos, respecto de
todas las actividades y desde luego también respecto de la política.

Las consecuencias de esta erotización sobre el nuevo elector son enormes. En


esta sociedad lúdica, el sexo, cada vez más alejado de la reproducción y más
asociado al placer, socava antiguos valores y consolida nuevas normas de
comportamiento en todos los aspectos de la vida. Los muchachos se inician
cada vez menos con prostitutas. Las muchachas reprimen menos su
sexualidad. La iniciación sexual tiene lugar a edades cada vez más tempranas
como fruto del amor, o simplemente de la curiosidad o la búsqueda de placer.

Los líderes nacidos en una sociedad más reprimida, necesitan una enorme
apertura para comprender la vida de los nuevos electores que experimentan
una libertad sexual que, aparentemente, no tiene retorno. Si elucubramos
acerca de lo que ocurrirá en el futuro, es difícil creer que los niños volverán a
creer en la cigüeña y los adolescentes en las virtudes de la virginidad. Lo más
probable es que las libertades no solo se afirmen, sino que se extiendan aún
más, como parte de la evolución de una humanidad que nos es difícil de
imaginar. La creciente autonomía del sexo respecto de la reproducción y su
desarrollo como mero instrumento de placer, es el horizonte hacia el que
camina nuestra cultura.

La relación del sexo con la política ha sido tratada por varios autores desde
hace mucho tiempo. Freud, además de tratar sobre el tema de manera
indirecta en “Más allá del principio del placer” y en “El malestar de la cultura”,
fue autor de un texto en el que hizo una interpretación de la guerra mundial a
partir del psicoanálisis del Presidente Thomas W. Wilson. El psicólogo Eysenck,
en los años cincuenta, realizó una serie de estudios para analizar la relación
entre la posición política de los británicos y su relación con las actitudes que
mantenían frente a la sexualidad. Entre los descendientes intelectuales de
Freud se generó toda una corriente que empezó con su discípulo Wilhem Reich
y siguió con el “Freudismo Marxista” de Cooper y Laing que tuvo impacto entre
los revolucionarios de los años sesentas, como analizamos, con más detalle,
en otra parte de este escrito. El tema por tanto, ya está un poco viejo en
Occidente.

Sin embargo, en esta época en la que lo erótico ha invadido la vida cotidiana


de la gente, los líderes latinoamericanos tienen recelo de hablar del tema. Los
medios de comunicación incursionan a veces de manera irreverente en ese
campo, pero la mayoría de los políticos no saben qué decir sobre el asunto.
Mientras los grupos más conservadores temen usar anticonceptivos, o al
menos lo dicen, aunque el número reducido de sus descendientes parece
desmentirlos, viene desde Europa y Norteamérica la discusión en torno al
matrimonio gay, que se ha incorporado a los postulados de varios partidos tan
importantes como el PRD de México o el PT de Brasil.

Los nuevos electores se interesan más en discutir estos temas que en las
ventajas de la revolución cubana y mantienen puntos de vista distintos a los
de las elites políticas conformadas por mayores de cincuenta años. La temática
sexual les mueve mucho y sienten frustración porque los viejos políticos casi
nunca la tratan con naturalidad. En los últimos años, esta problemática inquieta
más a los votantes jóvenes, porque a más de vivir una sexualidad más
temprana, frecuente y con más parejas que sus antecesores, apareció una
enfermedad de transmisión sexual que pone en peligro su propia vida. Si
vemos las estadísticas, hay muchos más jóvenes inquietos por el SIDA, que
por las políticas del FMI. Pocos candidatos están dispuestos a hablarles de los
preservativos y no de la deuda externa. Es más académico y serio hablar de
los grandes problemas de la humanidad o definir si son de izquierda o derecha,
cosa que a la mayoría de esos muchachos les interesa mucho menos que la
información acerca de cómo tener sexo seguro. Como estos, hay una serie de
temas que interesan mucho a los electores jóvenes e incomodan a los viejos
políticos.
Cuando hablamos de estos temas no estamos mezclando esferas de la vida
que nada tienen que ver entre sí. Todo es político y todo al mismo tiempo es
sexual. El voto de esos jóvenes se puede mover más fácilmente si el mensaje
del candidato tiene que ver con una sexualidad que les interesa y a veces pone
en peligro su vida, que con elucubraciones acerca del ALCA o la guerra en Irak.
Son pocos los que sienten una pasión más ardiente por la política internacional
que por su pareja y muchos los que viven intensamente su sexualidad y quieren
una sociedad más libre que les permita debatir este tema.

La erotización tiene también consecuencias en cuanto a los contenidos y las


formas de la comunicación. Algunas personas creen que la calentura está en
las sábanas y culpan a la televisión y a la publicidad de la “degradación moral”
de la sociedad. Aunque estos fenómenos se han generalizado por la revolución
en las comunicaciones, la verdad es que la publicidad comercial no es la que
ha erotizado a la sociedad porque presenta desnudos en sus vallas o anuncios
de televisión, sino que los publicistas producen ese tipo de anuncios porque
los elementos eróticos son útiles para que la gente se fije en la propaganda y
consuma los productos que publicitan. En definitiva es la demanda de la
sociedad la que provoca esa oferta de publicidad erótica. Los publicistas saben
que viven en una etapa de la historia en la que el deseo se ha desatado en
Occidente. No es que la nueva moral se orienta por la publicidad, sino que la
publicidad tiene que ajustarse a las nuevas costumbres y valores
prevalecientes en esta época. En una sociedad invadida por el erotismo, la
publicidad no hace más que reflejar ese hecho y usarlo para su trabajo.

La publicidad se ha adaptado a los cambios operados en la población en casi


todos los órdenes de la vida, menos en lo político. Sería impensable que en
estos días se proyecte una propaganda de Coca Cola de hace treinta años sin
que el público se ría, se aburra o se indigne. Esos comerciales han tenido una
evolución extraordinaria que los ha convertido en verdaderas obras de arte
popular, plenas de color y deseo. Lo mismo ocurre con la publicidad que se
hace de ropas, comidas o cualquier otro producto que inunda las calles y las
pantallas.

Sin embargo, en este aspecto como en otros, la publicidad política es


enormemente atrabiliaria. Sigue reproduciendo los patrones aburridos de hace
décadas, carece de sensualidad y de humor. En todos nuestros países, desde
el Río Grande hasta la Patagonia, podemos ver los mismos comerciales: gentes
agitando banderitas, caravanas de partidarios que aplauden al candidato, un
pescador lanzando su red en el mar, una montaña, políticos con caras adustas,
repitiendo las mismas frases con tono solemne, hablando sobre la pobreza, la
educación y la corrupción como lo han hecho permanentemente desde hace
cincuenta años. Las cadenas de televisión con Presidentes y viejos líderes
acartonados, detrás de un escritorio, con banderas y escudos en la pared,
producen risa o aburrimiento en los nuevos electores. Tal vez los productores
de propaganda política producirían algo más imaginativo, si los estrategas de
las campañas les recordaran que el mundo de los electores a los que quieren
cautivar, ha cambiado radicalmente en estas décadas. Quienes están al frente
de las campañas tienen allí un desafío: lograr que los publicistas hagan un
trabajo creativo y que al mismo tiempo no se produzcan piezas incomprensibles
o con mensajes equivocados, por la “inspiración artística” que muchos de los
publicistas suponen tener.

En todo caso, podemos decir, que la mente del nuevo elector está cargada de
erotismo. El sexo ocupa un lugar muy importante en su percepción de la vida.
Sus actitudes frente a la sexualidad son distintas de las que tienen los líderes
de mediana edad que prefieren ignorar el tema. Los jóvenes están mucho más
informados y tienen menos prejuicios que los líderes. Juegan con el erotismo
constantemente y se sienten distantes de una política que no incorpora ese
aspecto de su vida a su discurso, ni lo usa para comunicar su mensaje.

El culto a la juventud

Todos los elementos de los que hemos hablado hasta aquí van en la misma
dirección: la aparición de un nuevo elector con una agenda propia, que es más
independiente, lúdico e individualista que los antiguos electores y que habita
en un mundo erotizado. Estos elementos vienen de la mano con el renovado
culto a la juventud como valor. En las antiguas sociedades el Consejo de
Ancianos regía a la tribu. En ese entonces, ser viejo fue credencial de sabiduría
y experiencia. Hoy es casi un delito. Cuando el ciudadano pasa de los cincuenta
años, en la plenitud de su desarrollo intelectual, se ve excluido paulatinamente
de todo y, si queda en el desempleo, se angustia todos los días leyendo
anuncios de prensa que ofrecen trabajo a personas menores de treinta años.

En Occidente, desde la Revolución del Mayo Francés de 1968, se desató un


culto a la juventud que no se ha detenido hasta el momento y aparentemente
se mantendrá por mucho tiempo. Curiosamente ese fenómeno se produce en
una época en que, proporcionalmente, hay más viejos que antes, por el
incremento de las expectativas de vida y la baja tasa de natalidad. En esos
años muchos jóvenes soñábamos con la revolución, sentíamos que la
"izquierda formal" se había institucionalizado y que había dejado de ser una
alternativa realmente de izquierda. Sospechábamos lo que luego se confirmó:
que los comunistas eran tan reprimidos como los sectores más anticuados de
la Iglesia Católica, en muchos temas que eran parte importante del nuevo
mundo que pretendíamos instaurar.
Lo que fue visto como una traición de los Sindicatos Franceses a la Revolución
Juvenil de Mayo, la invasión soviética a Checoslovaquia, las actitudes
conservadoras de los países comunistas frente a la mujer y los temas sexuales,
terminó distanciando a los jóvenes radicales de un "comunismo fosilizado" y
alentó los intentos de formar una Partido Mundial de la Juventud. En muchos
casos no hubo una conciencia clara de cuáles eran las discrepancias, pero algo
olía a “totalitario” y anquilosado en las propuestas del comunismo, que llevaba
a los jóvenes a explorar nuevos horizontes. Quienes en ese entonces decíamos
que los que cumplían veinte años eran potenciales traidores, no sabíamos que
la juventud es una enfermedad que se cura inevitablemente con el tiempo y
que este corre con una velocidad vertiginosa.

Pero el culto a la juventud fue más allá de las fronteras de los politizados, de
los que leían con curiosidad a Marcuse. Dejó de ser un tema de las elites para
generalizarse como un nuevo valor de Occidente. Nuestras sociedades han
sacralizado lo "joven" y existe en todos los órdenes de la vida una segregación
en contra de quienes ya no son jóvenes. Si alguien se queda sin empleo a los
cuarenta años, es muy difícil que pueda encontrar una nueva colocación.
Hombres y mujeres se pintan el pelo y se hacen cirugías para tratar de borrar
las huellas de los años. En el mundo occidental, día a día, se devalúa el respeto
por los mayores. La experiencia y sabiduría que se suponía que acumulaban
a lo largo de la vida ya no son un valor cuando lo prioritario es la permanente
innovación y cuando los menores saben tantas cosas.

Entre otras cosas, el fenómeno tiene que ver con la aceleración de los
descubrimientos tecnológicos y con el acceso masivo de los niños y de los
jóvenes a la información que se encuentra en la televisión, en la Internet y en
muchos otros medios que les ofrece la revolución de las comunicaciones.
Muchos de ellos sienten un cierto desprecio intelectual por adultos que saben
menos que ellos acerca de temas que les parecen importantes. Se dan cuenta
de que las viejas generaciones mantienen prejuicios que no tienen sentido a la
luz de los nuevos descubrimientos de la ciencia. Por lo general no se burlan
abiertamente, pero callan y sonríen cuando se dan cuenta de que sus padres
creyeron en la cigüeña y siguen actuando de acuerdo a una mentalidad que
se formó a la sombra de esos mitos.

Muchos padres y abuelos sienten una cierta sorpresa y fascinación cuando los
niños llegan de la escuela con preguntas que no pueden responder, o cuando
tienen que recurrir a ellos para solucionar problemas que no pueden resolver
al usar sus computadoras o al navegar en La Red. La nueva tecnología es
parte natural de la vida del niño y los adultos no pueden competir con ellos en
ese campo.
El culto a la juventud tiene que ver también con la erotización de la sociedad
y la fascinación por la hermosura del cuerpo. Antes, particularmente los
hombres, daban poca importancia a su belleza física. Decían los antiguos que
el hombre, mientras más oso es más hermoso. Esto ha cambiado. Todos los
occidentales creen ahora que alguien no puede ser exitoso si no es apuesto,
joven, flacos, sanos.

Cientos de miles de latinoamericanos corren todas las mañanas por las calles
y los parques de nuestras ciudades, tratando de huir de la vejez, la muerte y
la gordura. Buscan Spas, hacen aeróbicos y llegan a la anemia con tal de
conseguir esos cuerpos lánguidos que satisfacen los estándares de la belleza
contemporánea. Los desnudos de Fragonard se esconden en las bodegas con
vergüenza, sin que nadie entienda cómo alguien pudo pintar mujeres tan feas,
mientras todos los días asoman especialistas que han descubierto alguna
nueva dieta, una pócima mágica que borra las arrugas o combate
cancerígenos, colesteroles o cualquier otro elemento que engorda, enferma y
del que hay que cuidarse. El café tiene cafeína; la carne, grasa; los fideos,
azúcar; la lechuga lechuguina. Todo lo que es agradable, si no mata, al menos
envejece. Este es el único espacio para la ascética. El ayuno, para conseguir el
cielo, como lo hacían los antiguos, tiene poco sentido. El nuevo elector está
dispuesto a hacer esos sacrificios, para conseguir algo más importante que el
cielo: preservar su imagen juvenil y cumplir con los cánones de belleza
vigentes.

El culto a la eterna juventud y a la salud crea en el elector, nuevas necesidades


y demandas económicas. Ya no se puede beber el agua de la llave, hay que
comprarla embotellada. Se pueden comer solamente comidas sanas. Los
antiguos ponían agua en la leche para hacer trampa y vender más leche “pura”.
Hoy la leche “descremada” es más cara, porque no tiene grasa. Es necesario
más dinero para comprar ese alud de elementos que son la nueva fuente de la
juventud.

Las culturas antiguas como las indígenas, que forman parte de nuestros países
y viven también este proceso, tienen aquí uno de sus principales problemas.
Los consejos de ancianos, portadores de la "sabiduría milenaria" sucumben
ante los conocimientos de las nuevas generaciones. En muchos casos, las
ceremonias y los ritos que se conservan, se han postmodernizado. Se
mantienen y multiplican porque son fuente de ingresos para nuevas
generaciones que, detrás de sus túnicas de druidas o sombreros con plumas,
viven el mismo individualismo y el consumismo que hemos descrito, y
encuentran, en su adhesión a las tradiciones, un buen instrumento para
conseguir los dólares que necesitan para comprar walkmans, computadoras,
carros y los productos propios de la cultura occidental que cuestionan.
Comunitariamente, chantajean a empresas petroleras y de otro orden que
viven en sus “territorios ancestrales”, y obtienen dólares para conseguir vías,
hospitales, canales de televisión y todos los adelantos tecnológicos que
aplastarán lo que queda de su cultura tradicional, manteniendo ciertas formas,
cuando son un buen negocio.

El culto a la juventud y la devaluación de la madurez abre otro espacio de


independencia de los nuevos electores frente a la política. Son pocos los que
se integran a los partidos políticos tradicionales y tratan de aprender las
destrezas de los viejos líderes. La política en general, parecería una actitud de
viejos. La discusión política también. Se percibe una caducidad de todo lo que
se relaciona con la política, en una sociedad que sacraliza lo nuevo.

En las ciencias sociales, en la poesía y en una serie de actividades de ese tipo,


hay pocos “jóvenes valores”. La búsqueda del placer, el culto a Eros, el dinero
y la juventud llevan a la mayoría de los jóvenes al consumismo y a las escuelas
de Marketing y no a las de Sociología, ni a los cursos de militancia partidista.
Los que se dedican a pensar y a cultivar las artes, lo hacen cada vez más
alejados de las cadenas de “arte comprometido” y de la “militancia teórica”. Un
arte de masas se desarrolla a nivel de las multitudes que asisten a musicales y
a versiones livianas de la Opera difundida por los grandes tenores que han
sabido manejar el mercado. En círculos más reducidos, aunque mucho más
numerosos que en el pasado, se siguen presentando las obras de teatro y de
música clásica, para quienes nos formamos en la edad de las palabras.

Una nueva moral efímera y plural.

El nuevo elector vive una libertad que habría sido inimaginable hace pocas
décadas. De los cuestionamientos que movilizaron a la generación de los años
sesenta, uno de las que dejó una huella más permanente fue la revolución
sexual. Cuando se celebraban los veinte años de la Revolución del Mayo
Francés, Dany Cohn Bendit, afirmó que una de las principales consecuencias
de esa revolución fue que el mundo occidental nunca podrá volver a ser como
antes, particularmente en el campo de la sexualidad.

No se cumplieron las fantasías apocalípticas de llegar a una sociedad


foureriana, que movieron a varios de los líderes juveniles de ese entonces,
pero los europeos y muchos norteamericanos, especialmente los habitantes de
las grandes ciudades y los de mayor educación, viven una libertad sexual sin
precedentes. Estas transformaciones han demorado en llegar a América
Latina, pero en los últimos años se han implantado de manera más uniforme
que en los Estados Unidos, país fundado por peregrinos y cuáqueros, en el que
existe una gran proporción de la población que vive una religiosidad anticuada,
que incluye la fe en la interpretación literal de la Biblia.

Actualmente, una serie de valores como la virginidad prematrimonial y la


indisolubilidad del matrimonio están en decadencia. No es que están en
discusión. La gran mayoría de los jóvenes los da por caducos. Entre los
electores más jóvenes, el sexo es visto como un evento normal de la vida
cotidiana y el matrimonio suele llegar después de largos períodos de vida
sexual en común, cuando llega. Estadísticamente, en varios de nuestros
países, una gran cantidad de parejas menores de treinta años no están
casadas. En la terminología juvenil se ha acuñado el término de "amigo con
derechos" o amigovios, para referirse a amigos que tienen intercambio sexual
sin siquiera plantearse ser pareja permanente. El sexo se vive cada vez más
vinculado al placer y menos a la reproducción.

Hay entre los jóvenes un respeto creciente por las diversas alternativas
sexuales. Cada vez más se entiende el sexo como algo en lo que cada uno
decide lo que hace, sin opinar sobre lo que hace su vecino. La legislación de
varios países ha despenalizado la homosexualidad y en toda ciudad
medianamente grande hay un espacio para la llamada subcultura gay.

En los últimos años, la liberación sexual tiene un nuevo aliado en la Internet


que con su enorme cantidad de información y acceso a sitios pornográficos y
con la posibilidad de comunicarse por los chats en diálogos directos, ha
incrementado de manera considerable el sexo casual. Especialmente en Europa
y en los Estados Unidos hay chats que permiten encontrar a otra persona o
grupo de personas que pueden satisfacer cualquier fantasía sexual con
facilidad, y todo está organizado para posibilitar cualquier aventura.

En el cine, el desnudo y las escenas de sexo explícito son frecuentes. Los


presencian público de todo tipo, riéndose y comiendo palomitas de maíz.
Cuando se presentan determinadas películas de Almodóvar, los lectores de la
Biblia, que creen que el relato de lo ocurrido en Sodoma y Gomorra es literal,
deberían ir provistos de extinguidores de fuego y trajes de asbesto. Es poco
probable que en esas ciudades bíblicas se hayan vivido las libertades que ahora
están al alcance de todos en barrios de todas las ciudades desarrolladas del
continente. El fenómeno solo es comprensible cuando analizamos el mundo en
el que nacieron estos nuevos electores y las revoluciones de la década del
sesenta. Más adelante volveremos sobre el tema con más detalle.

Pero, más allá del sexo, en Occidente vivimos una crisis de valores radical. Una
nueva ética orienta la vida cotidiana de nuevas generaciones que no tienen
que ver con las normas del pasado. Ni siquiera han roto con ellas. Eso lo
hicieron sus padres. Los nuevos electores simplemente viven un mundo que se
desestructuró y está tomando nuevas formas.

El libro de Pekka Himanen, prologado por Linus Trovalds, “La ética del Hacker”,
esboza algunas de las posturas ante la ética de jóvenes que se encuentran el
la vanguardia tecnológica. No son representantes del adolescente medio, pero
ocupan en esta época, el lugar que tuvieron las bandas de rock en los años
sesentas: son los anti héroes que expresan de manera más radical los nuevos
valores.

Linus es el creador del sistema operativo Linux, alternativa al Windows de la


Microsoft, que se ofrece gratuitamente en la Red a quien quiera usarlo. Esta
es una de las grandes hazañas colectivas de miles de hackers que trabajan por
el simple placer de reírse de Bill Gates. Linus dice en su prólogo que la
humanidad atraviesa, en todas sus actividades tres etapas: supervivencia, vida
social y entretenimiento. El sexo fue inicialmente una herramienta para
asegurar la supervivencia de la especie, después pasó a ser un elemento que
permitía desarrollar la socialización. Ha llegado en esta época a su culminación:
ser simplemente entretenimiento, busca de placer, liberado de toda otra
cadena.

Lo mismo ocurre con los seres humanos y su relación con los ordenadores.
Inicialmente fueron una herramienta de trabajo y por tanto de sobrevivencia.
Después hicieron posibles nuevas formas de socialización a través de los chats,
las amistades virtuales y otras relaciones humanas hijas de esta tecnología.
Con los hackers, la relación de lo seres humanos con los ordenadores llega a
su cumbre: se convierte en un entretenimiento que solo se justifica por sí
mismo. El hacker disfruta de su relación con la Red porque juega con ella sin
límites y se divierte.

La ética protestante que, según Max Weber, estuvo en el centro del


capitalismo, convirtió al trabajo en una virtud que hacía que los laboriosos sean
buenos y los ociosos malos. Frente a ese “trabajo – centrismo”, los hackers
plantean el “ocio – centrismo”. Nuevos valores que tratan de superar una ética,
según ellos, aburrida, que hizo del sufrimiento un valor. Lo que ellos llaman la
Netaetica es una concepción de la vida que rinde culto a la libertad sin ningún
límite, a la libre relación con el tiempo frente al horario rígido de los que viven
en la realidad no virtual. Cultivan la vida apasionante del domingo, día en que
Dios descansó, frente a la vida aburrida del viernes, día en el que Dios se
dedicó a trabajar.
Dicen que la nueva ética supone un cambio vertiginoso, que arrasa con la ética
del inmovilismo y de las verdades definitivas. Plantean los valores de la nueva
época: el ocio, la pasión, la libertad sin barreras, la creatividad.

Más allá de estos planteamientos que pueden ser extremos, en Occidente la


crisis de los antiguos valores es total. La conmoción llega a América Latina. Esa
crisis y esos nuevos valores se instalan en primer lugar entre los jóvenes de
las grandes ciudades, pero transforman paulatinamente al conjunto de
nuestras sociedades. De todas maneras, llegan también a todos los sectores d
nuestra sociedad. Suponer que un cambio de esta magnitud no implica un
cambio de actitudes de esos nuevos electores frente a la política, es realmente
inocente.

B. LA REVOLUCIÓN TECNOLÓGICA

1. La Revolución en las comunicaciones

Estos cambios en la visión de la vida de los nuevos electores, se dan al mismo


tiempo que se produce una gran revolución en el campo de las
comunicaciones. Desde hace cincuenta años, vivimos la mayor transformación
tecnológica que se ha dado desde la Revolución Industrial. En términos de las
comunicaciones, la transformación producida en ese período de tiempo, es
mayor que todos los cambios ocurridos desde la aparición de la especie, hace
varios millones de años. Este es un elemento al que no se ha dado tanta
importancia en los textos tradicionales.

Como lo estudia Hobsbawm, la Revolución Industrial no solo significó un


crecimiento descomunal de la producción y oferta de bienes y servicios, sino
que aceleró las comunicaciones entre los seres humanos. Hasta la Revolución
Industrial las noticias llegaban de boca en boca, gracias a viajeros y
vagabundos. Los puertos estaban más informados que las ciudades que se
encontraban tierra adentro. La noticia de la toma de la Bastilla tardó trece días
en llegar a Madrid y catorce en llegar a Péronne, una ciudad interiorana situada
solamente 133 Kilómetros de París.

Dice Hobsbawm que "el mundo de 1789 era incalculablemente vasto para la
mayoría de sus habitantes. La mayor parte de los europeos, de no verse
desplazados por un acontecimiento terrible o el servicio militar, vivían y morían
en la misma parroquia de su nacimiento: nueve de cada diez personas en
setenta de los noventa departamentos franceses, vivían en el mismo
departamento en que nacieron. Lo que sucedía en el resto del globo era asunto
de las gentes del Gobierno y materia del rumor. No había periódicos, salvo
para un escaso número de lectores de clase media y alta. La circulación
corriente de un periódico francés era de 5.000 ejemplares en 1814, y no había
mucho que leer. Las noticias eran difundidas por los viajeros y la parte móvil
de la población: mercaderes, buhoneros, artesanos y trabajadores de la tierra
sometidos a la migración por la siega o la vendimia, la amplia y variada
población vagabunda que comprendía desde frailes mendicantes o peregrinos,
hasta contrabandistas, bandoleros, titiriteros, gitanos y desde luego los
soldados que caían sobre las poblaciones en tiempos de guerra.". Todo esto
cambió con la aparición de la máquina de vapor que movió nuevos tipos de
barcos y especialmente con el invento del ferrocarril. Los occidentales
desarrollaron técnicas que les permitieron moverse de manera constante y a
velocidades inimaginables hasta entonces. El desarrollo de nuevas máquinas
para imprimir y del telégrafo significó otro gran adelanto en términos de
comunicar a la gente entre sí.

En los albores del siglo XX, un invento desarrollado por Alejandro Graham Bell
hacia 1895, hizo posible que mucha gente se pudiera en contacto a grandes
distancias, que pudiera intercambiar ideas, y que se empezara a derrumbar la
pared que encerraba a los ciudadanos en los límites de su familia. El invento
del teléfono permitió que la comunicación personal rompiera muchas barreras.
Aceleró la comunicación entre los seres humanos y abrió espacios de libertad
inimaginables en la sociedad tradicional, permitiendo una comunicación libre y
ágil entre la gente. Obviamente, enfrentó los temores de los conservadores de
esa época. De una parte, fue posible que las noticias y las comunicaciones se
difundieran a una velocidad vertiginosa. Se podía marcar un número y hablar
con una persona que estaba muy distante para conversar con ella e informarle
sin censuras, sobre lo que pasaba. Parecía inaudito.

La popularización del teléfono atentó contra el elitismo de algunos


conocimientos. De pronto, cualquier ciudadano podía llegar a cualquier otro,
por distante que estuviese, física y socialmente, sin necesidad de ser
"importante". Cabía conversar entre personas diversas, que de otra manera
nunca se habrían comunicado. En la línea de reflexión de este trabajo había
allí un elemento muy importante de democratización y, sobre todo de
ampliación de horizontes: el individuo ya no estaba condenado a hablar
exclusivamente con sus parientes y vecinos del barrio. Podía comunicarse con
otros seres humanos lejanos, anónimos o no, más allá del control de sus padres
y familiares y romper el cerco de vigilancia y control social en que vivía.

Pero se produjo algo mucho más importante. El teléfono permitió romper las
censuras que impedían la comunicación entre seres humanos que, según sus
padres o patronos, no debían hablar entre sí. La sociedad occidental,
acostumbrada, como casi todas las otras, a vigilar y castigar a sus ciudadanos,
experimentó la apertura de un inesperado espacio de libertad. De pronto, los
jóvenes, no tenían que pararse en la esquina de la casa de su amada, durante
días, para verla a la distancia. Gracias al teléfono podían conversar,
directamente, sin censuras, incluso "obscenidades" burlando la vigilancia de
padres, madres y hermanos. Durante toda una época los padres de familia
vigilaron con recelo al nuevo huésped de la casa y respondieron personalmente
el teléfono, para controlar que sus hijos e hijas no hablen con personas poco
deseables, o acerca de temas prohibidos. Después se cansaron de vigilar y el
teléfono fue una línea de comunicación con lo prohibido. El teléfono jugó un
rol importante en el derrumbe de la moral tradicional, porque aumentó las
posibilidades de que se establezcan vínculos no controlados por los mayores,
por los cónyuges, por todos los que según Foucault están para vigilar y
castigar. Todo esto parece casi cómico en una sociedad en la que los celulares
están en manos de los niños y en la que parecería inverosímil que hayan
existido estas barreras.

Desde el punto de vista del desarrollo económico, el teléfono hizo posible que
se fomentara la velocidad de los negocios y que se hicieran transacciones que
antes habrían sido imposibles.

El impacto de la telefonía en la sociedad fue lento y limitado por la escasa


cobertura del servicio. No era tan fácil tener teléfono, pero cuando alguien lo
conseguía, se conectaba con el mundo. Todavía, hace cincuenta años, llegar a
un sitio en el que había teléfono era reincorporarse a la sociedad y conectarse
con la civilización.

El 24 de Diciembre de 1906 el canadiense Reginald Fassenden utilizó un


alternador de alta frecuencia, para transmitir voces y música a través de ondas
de radio a embarcaciones que se encontraban en el mar, con los respectivos
receptores. Lo que su inventor llamó “telefonía sin cables” era mucho más que
eso. Se había producido un milagro que transformaría la política de manera
radical: la radio llevó la voz a través del espacio a una velocidad increíble. Los
líderes hablaban en cualquier sitio y eran escuchados en territorios cada vez
mayores. Muchísima gente se incorporó a la política a través del oído. La
democracia se amplió y con la radio, nacieron en América Latina los
“populismos”. No habría existido un Perón, un Velasco Ibarra, un Haya de la
Torre, un Gaitán, sin la posibilidad de impactar con su palabra a través de la
radio. Desde luego que, sin este instrumento, tampoco habría sido posible
Hitler que manipuló los sentimientos de masas poco ilustradas de Alemania,
que sufrían las humillaciones de los Tratados de Versalles, le llevaron al triunfo
en las urnas y luego le respaldaron en una de las aventuras “ideológicas” mas
demenciales del siglo XX.
2. La televisión y la democracia

En esta carrera tecnológica, cada vez más acelerada, a mediados del siglo XX
aconteció algo que transformó al homo sapiens en homo videns. Es probable
que los historiadores del futuro marquen, con el aparecimiento y difusión de
la TV o de la Internet, la fecha del nacimiento de una nueva etapa en la historia
de la especie. La historia de las comunicaciones es la historia de nuestra
diferenciación con los otros simios y en estos años, estamos inmersos en una
transformación radical que recién ha empezado y que se acelera
constantemente. No logramos apreciar todavía la magnitud de sus
consecuencias.

A partir de la década de 1950 se generalizó el uso de la televisión. La


hegemonía de la imagen sobre la palabra, constituye el centro de su
innovación. Hay abundante material escrito sobre el tema. Mencionaremos
solamente lo que tiene que ver directamente con la política y el nuevo elector.

La imagen proporciona al televidente una comprensión del mundo y de los


hechos, contundente y directa, que nunca pudieron transmitir otros medios de
comunicación, como los impresos o la radio. Los viejos medios permitieron que
cada individuo pueda imaginar la realidad a partir de estímulos visuales o
auditivos. Cada lector o radioescucha, podía crear en su mente realidades
distintas a partir de esos estímulos. La TV, en cambio, nos proporciona una
información que no deja espacio a la imaginación individual.

Pero hay un hecho que se debe destacar: los televidentes tienen acceso a una
cantidad descomunal de información, que está totalmente fuera del alcance de
quienes no tienen acceso a esta tecnología. Los actuales ciudadanos comunes
de Occidente siguen la misa del Papa, los bombardeos en Irak y las bodas de
los príncipes europeos en directo, mientras sus padres tuvieron ideas difusas
de esos mundos, imaginando lo que podían, a partir de lo que leían o
escuchaban.

La TV influye de manera determinante en la forma en que los seres humanos


estructuran la realidad. Desde los primeros años de su vida, en los que el niño
construye su mundo en el seno de la familia a la que nos habíamos referido
antes, la televisión permanece con él más tiempo que sus propios padres.
Vivimos en el mundo de la televisión. La realidad es la televisión. Uno de los
mayores consultores políticos en medios de comunicación dice que,
actualmente, para tener éxito en la vida real debemos actuar como si
estuviésemos en un estudio de televisión.
Como dice Tony Schwartz en “Media the Second God”, "la radio y la televisión
están en todo sitio y siempre están con nosotros. Millones de personas oyen
las mismas cadenas, tararean los mismos jingles comerciales, comparten las
angustias de sus almas con los personajes de sus telenovelas, el misterio del
amor y la muerte, la agonía del pecado, y el triunfo de los "buenos". Los
canales transmiten los mismos programas por todo el mundo... dos billones de
personas pudieron ver al mismo tiempo al primer hombre caminando sobre la
luna".

Este acceso generalizado a un medio que da poco espacio a una decodificación


individual de lo que comunica, porque transmite imágenes que “lo dicen todo”,
lleva a la globalización de los valores y de las actitudes de los occidentales y
ha influido de manera poderosa en dos hechos importantes de los últimos
tiempos: el resultado de la Guerra de Vietnam y la caída de los países
comunistas. Los jóvenes norteamericanos no podían ser indiferentes ante la
guerra de Vietnam después de ver las imágenes brutales de la masacre de Mai
Lai y otras brutalidades en las que participaban las tropas de su país. Para los
habitantes de los países socialistas era difícil creer que el comunismo tenía
algún sentido, cuando comparaban, a través de la pantalla de la televisión, sus
condiciones de vida, con las de la gente que vivía en los países democráticos.

La televisión, contrariamente a lo que defienden muchos conservadores,


reduce la violencia. Más allá de la polémica acerca de su influencia sobre los
niños, el hecho es que en los países con mayor desarrollo de la televisión, la
opinión pública se conmueve cuando hay un asesinato o cuando se atropellan
los derechos de un pequeño grupo de personas. Cuando la policía de un país
desarrollado aparece en las pantallas de la televisión matando a un estudiante,
el mundo protesta y las masacres se detienen. En países sin televisión, como
la Etiopía del coronel Mengistu Hallie Maryam, la Camboya de Pol Pot, el Zaire
de Mobutu Zeze Tseko, o el Afganistán de los Talibán, se cometieron
genocidios que no se frenaron, porque ocuparon un lugar marginal en la
pantalla de la televisión internacional.

El uso generalizado de la televisión permitió a los ciudadanos comunes el


acceso masivo a una información que antes estaba al alcance solamente de
ciertas elites que leían. En este sentido, su difusión democratizó la información
y fortaleció la independencia de los electores al disminuir la brecha entre los
menos informados y los más informados.

Por otra parte, la televisión creó la ilusión de una relación directa entre los
candidatos y los mandatarios, con los electores. En la antigua sociedad, los
líderes eran seres míticos a los que se veía alguna vez en la vida y cuyas voces
decían por la radio cosas poco comprensibles. De pronto se convirtieron en
visitantes cotidianos de la casa de la mayoría de los ciudadanos. La distancia
que separaba a los gobernantes de los gobernados se redujo en el imaginario
de la gente.

Hoy, los electores ven a los candidatos en su pantalla, todos los días, en primer
plano. Miran su rostro, observan sus ojos, creen saber cuando les mienten,
cuando les hablan con alegría y cuando están deprimidos. Los personajes de
la televisión y los políticos se han integrado a la vida cotidiana del ciudadano
común. La distancia sicológica entre los líderes y los nuevos electores, ya
mermada por todos los elementos que hemos mencionado antes, se ha vuelto
ínfima.

La gente común siente que tiene el derecho a opinar sobre lo que ve en la


televisión. Se informa de manera sencilla de los eventos de la vida y de la
política, tanto de su país como de otros que están distantes. Esa información
viene mezclada con otra serie de programas que constituyen también parte de
su realidad: las telenovelas, los programas deportivos, la música, los talk shows
y todo lo que se encuentra en la pantalla chica. El periódico en la vieja sociedad
machista, estaba dirigido al jefe de familia para que se enterara de las cosas
importantes del mundo, sean estas la política, la crónica roja o el fútbol. La
televisión está diseñada para que se diviertan todos los miembros de la familia.
Los medios de comunicación impresos fueron creados para informar acerca de
cosas serias. La televisión está ante todo para relajar y dar un buen momento
a personas que generalmente la ven cuando están cansadas, al terminar su
jornada de trabajo.

El mensaje de los candidatos y de los gobernantes aparece en ese contexto de


espectáculo. En casi todos nuestros países, una comunicación política atrasada,
aburre a los televidentes con propagandas monótonas que suenan a falsedad.
Casi todos los gobiernos de la región se empeñan en proyectar aburridas
cadenas, que en muchos casos son simple culto a la personalidad del
gobernante de turno. Esas propagandas y enlaces, impiden a la gente común
ver lo que quieren en ese momento, como las telenovelas y los programas
deportivos. Por eso, normalmente, suelen fastidiar más que comunicar.

Los políticos de América Latina no tienen mucha conciencia de que el nuevo


elector ve la televisión para divertirse y no para aburrirse con sus discursos. El
uso del humor y la imaginación son raros en la región. Los políticos tienden a
ser demasiado serios y solemnes, no se dan cuenta de que la nueva política
supone no caer mal a las personas con las que se quieren comunicar. Tampoco
cabe ir al otro extremo de la frivolidad. No es un problema de marketing. Hay
Presidentes que encargan el manejo de su imagen agencias de publicidad que
pretenden venderlos como teléfonos celulares. Hacen el ridículo. Es necesario
transformar realmente la comunicación política y producir algo nuevo, que
siendo comunicación política y no propaganda de jabones, responda a las
visiones del mundo de las nuevas generaciones.

En lo formal, la propaganda política debería ponerse al aire solamente cuando


pueda competir en interés con la de algunos productos, que son tan divertidas,
que las buscamos con nuestro control remoto y las recomendamos a los
amigos. En lo de fondo, tampoco deberían salir si no tienen claro el mensaje
que quieren transmitir y los grupos objetivos a los que quieren llegar, dentro
de una estrategia de comunicación bien elaborada. Nada peor que producir un
precioso anuncio de televisión que sea incomprensible para los electores o que
tenga el mensaje equivocado. Mientras mejor sea su producción, hará más
daño al candidato.

Tomemos en cuenta, además, que la aparición del control remoto permite que
el televidente cambie de canal cuando le viene en gana. Esto hace más
necesario y urgente que los políticos se renueven, muestren algo original y den
un mensaje que esté muy claro.

La televisión es un elemento importante en el proceso de construcción de la


realidad. Los nuevos electores conocen el mundo desde los mensajes que les
da esa pantalla. Es también el amigo con el que están más tiempo. Aprenden
a moverse como sus personajes, a reír con sus chistes, a llorar con sus dramas.
Es allí en donde conoce a los exitosos y a los famosos. La televisión les informa
a los ciudadanos sobre cómo llegar a ser “alguien en la vida”, les proporciona
los modelos que deben imitar para “realizarse”.

Durante muchos años, la televisión fue el centro de las inquietudes de los


estrategas de las campañas electorales y se suponía que podía determinar su
resultado. Algunos datos del tiempo contemporáneo ponen en cuestión el
asunto, especialmente en América Latina, en donde varios candidatos como
Hugo Chávez, en Venezuela, o Abdalá Bucaram, en Ecuador, han tenido sólidos
triunfos electorales a pesar de contar con la resistencia masiva de los medios.

Los programas de opinión y los debates, que deberían cumplir un papel


importante para la democracia porque son los espacios en los que los
candidatos pueden exponer tesis y dar a conocer sus puntos de vista sobre los
asuntos importantes del Estado, parecen poco útiles para influir sobre los
votantes. Los indecisos no ven ese tipo de programas. Generalmente no han
optado por ningún candidato, justamente porque no tienen información
política, ni quieren tenerla. Quienes ven programas políticos, normalmente
buscan reafirmar actitudes que ya tenían antes de verlos. Miran el programa
para felicitarse de cómo se luce su candidato favorito o para encontrar defectos
en su adversario.

El uso cada vez más generalizado de la televisión por cable constituye otro
elemento que ha limitado la influencia de la televisión convencional. El
ciudadano quiere controlar lo que ve y cuando tiene televisión por cable tiene
más opciones que pueden satisfacer sus intereses individuales. Algunos
terminan conociendo mucho sobre la vida de determinados animales, estudian
historia, saben todo sobre el fútbol, se vuelven expertos en películas violentas,
platillos voladores, o se inician en los secretos de las religiones de la nueva
era, sintonizando canales especializados.

En todo caso, la televisión fortalece la autonomía de un elector que recibe


directamente información sobre muchas cosas y estructura su mundo con esos
datos en un proceso sin mediaciones. Entre esas muchas cosas está la política.
No necesita que un partido político, el sindicato, el líder, o el “doctor”, le
expliquen los problemas del país. La televisión se lo dice todo. En la soledad,
frente a la pantalla, el nuevo elector "sabe lo que pasa" y toma sus decisiones.
Vive una relación mediática intensa con el mundo, con sus líderes, con estrellas
del cine, con personajes que viven en sitios distantes o que simplemente son
imaginarios, pero le hablan cara a cara. The Osborns, Sex and the City, Cristina,
el Chavo del Ocho, Solteros sin compromiso, la Guerra de las Galaxias, los
huracanes del Caribe y la Guerra de Irak se confunden con los líderes políticos
en una amalgama de sensaciones que inundan su cabeza y con los que se
comunica permanentemente. Comunicación intensa que lleva a la
incomunicación, intercambio con otros que ahondan la soledad y el
individualismo.

3. Las computadoras

De la sociedad tradicional en la que construimos el mundo desde los ojos de


nuestros padres, de nuestros abuelos, de nuestros amigos, pasamos a una
nueva realidad en la que las pantallas reemplazan a los rostros y la
computadora es, después de la televisión, la otra ventana a través de la que el
nuevo elector se relaciona con la realidad.

Las computadoras cumplen una serie de papeles importantes. Son una


extensión de nuestra memoria, nos permiten acumular y procesar datos, y en
los últimos años, son el vínculo con la realidad virtual creada por la Internet,
que es tan importante como la “otra” realidad.

Originalmente, las computadoras fueron artefactos creados para uso de


científicos, militares y grandes universidades. Cuando aplicamos las primeras
encuestas políticas en el Ecuador, en el año 1978, trabajamos con la
Computadora de la Universidad Central, una enorme máquina en la que
esperábamos nuestro turno quienes hacíamos trabajos estadísticos
sofisticados. El enorme mamotreto tenía un poco menos de capacidad que
cualquier computadora portátil actual. En 1982 compramos la primera
computadora personal para lo que es hoy Informe Confidencial. Fue necesario
conseguir una autorización de la Presidencia de la República para adquirir una
máquina con 15 K de memoria. En ese entonces, una computadora de esa
capacidad era considerada un bien estratégico que podía poner en peligro la
seguridad nacional si caía en manos de los “peruanos”. Han pasado apenas
veinte años desde entonces.

Desde la década de 1980, los microprocesadores invadieron vertiginosamente


el mundo, hasta convertirse actualmente en algo que se encuentra en todo
lado y que se ha incorporado a la vida cotidiana de la gente. La difusión de las
computadoras cambió el mundo de la gente común y especialmente de los
jóvenes. Las nuevas generaciones usan los ordenadores y la Internet como
algo natural. Muchos latinoamericanos nacidos antes de 1950, incluso siendo
profesionales con una educación sofisticada no han aprendido a usarlas. En el
año 2003 hicimos un sondeo que nos permitió conocer, que un porcentaje
importante de legisladores, de al menos tres países, no navegaban nunca y no
abrían personalmente su correo electrónico. En pleno siglo XXI, los dirigentes
de estos países no usaban esta herramienta, que es algo sin lo que otros
ciudadanos ya no podríamos vivir. Desde su aparición, con solo aplastar unos
botones escribimos, calculamos cifras y hacemos complicadas operaciones que
antes demandaban mucho tiempo. Desaparecieron de los colegios las tablas
de logaritmos, las reglas de cálculo, las máquinas de escribir con papeles de
carbón. La computadora agilitó todos los órdenes de la vida.

En cuanto al aprendizaje de sus destrezas, el ordenador agudiza la tendencia


al aislamiento respecto de otros seres humanos reales. La computadora
requiere entrenamiento para el que no son indispensables otras personas, al
menos por mucho tiempo, y las utilidades de los programas se descubren, en
la mayoría de los casos, jugando con sus iconos. Cada vez el software es más
amigable y conduce al individuo a trabajar en la soledad. Los jóvenes exploran
el mundo virtual con total independencia de maestros. De la pantalla de
televisión que permite prescindir de la familia, para aprender los valores y los
límites entre lo real y lo irreal, pasa el nuevo elector a la pantalla de la
computadora, se conecta a La Red y descubre un mundo virtual en el que
puede prescindir de otros seres humanos para conseguir nuevos
conocimientos.
En 1978 aparecieron las primeras computadoras personales, capaces de
conectarse vía modem a servicios de discado telefónico. Con ellas, se puso la
condición para que pudiera desarrollarse la Internet, la mayor revolución en
las comunicaciones, desde que se inventó el alfabeto.

4. La Internet

La gran revolución de la informática llegó con la Internet. Cuando en 1968, el


año en que sucedieron tantas cosas, una computadora de la Universidad de
California, se conectó a una red llamada ARPANET, que permitió que se la
pueda consultar desde sitios remotos, se pusieron las bases de la mayor
transformación en la historia de las comunicaciones.

Hay decenas de libros escritos sobre el tema y se hacen actualmente algunas


investigaciones importantes acerca de La Red y la política. Por el momento, las
conclusiones son provisionales y en cada campaña descubrimos nuevas
posibilidades para usar la Red en nuestro trabajo.

En los primeros años de la Revolución Industrial el ferrocarril desató la


imaginación de muchos europeos, que pensaron que iba a ser un negocio
extraordinario. A partir de la construcción de las primeras vías de tren inglesas,
se crearon decenas de empresas de ferrocarriles por todo el mundo. Se suponía
que iban a colmar de riquezas a sus promotores. En la práctica, la inmensa
mayoría de ellas quebró. Con los años, algunas sobrevivieron y fueron negocios
sensatos. Algo semejante ocurrió con la Internet: la ilusión de que había nacido
el supermercado mundial unificado y de que las empresas “punto com” eran
las nuevas vendedoras globales resultó falsa. La economía de mucha gente,
llevada por esa idea, fracasó de manera estrepitosa.

Es discutible si la Red resucitará como una gran herramienta para hacer


negocios. Lo que es indiscutible, es que ayudó a acentuar de una manera
dramática varias de las líneas de transformación del nuevo elector de las cuales
hemos hablado en este texto.

Ante todo, la Internet es una herramienta que agudizó el individualismo del


nuevo elector, que se impone por sobre los valores tradicionales de solidaridad
y comunidad. Ha surgido un nuevo sistema de relaciones sociales, centrado en
el individuo. No hay algo que explique por sí mismo este auge del
individualismo, ni existen causas puras y efectos puros. La crisis de la autoridad
en la familia, la liberación de la mujer, la existencia de la televisión, la tendencia
a vivir relaciones efímeras, fortaleció y, al mismo tiempo, fueron provocadas
por el individualismo. La Internet potenció el fenómeno. Nunca antes los seres
humanos estuvimos comunicados con tanta gente como ahora, ni tampoco
experimentamos nunca una soledad tan enorme.

El nuevo elector vive frente a la pantalla, viaja, compra, conversa, hace


amistades, a veces tiene sexo virtual. Rara vez necesita que alguien le enseñe
nada para navegar. Su autonomía es absoluta. Cuando se aprende a explorar
la Red, se descubren los sitios sin necesidad de ningún entrenamiento o guía
que venga del mundo real. Todo es virtual. La inmensa mayoría de la gente no
aprende a navegar interactuando con seres humanos reales. El aprendizaje es
una aventura personal y solitaria. Un juego con iconos que no tienen que ver
con conceptos abstractos, en el que participan solamente el cibernauta y las
imágenes. Si en algún momento excepcional el cibernauta necesita algún
consejo, lo pide mediante La Red a personas que están en el hiperespacio y a
las que generalmente conoce solo por su “nick”. Muy rara vez acude a personas
que estén fuera de la pantalla.

El acceso a la información hizo al elector más independiente, y la Internet


abrió las puertas para que esa independencia llegara más allá de cualquier
frontera previsible. Usando la Red, un ciudadano medianamente entrenado,
puede conseguir toda la información que quiera, acerca de cualquier tema. Es
posible viajar por el sistema solar y aprender astronomía en el sitio de la NASA,
averiguar acerca de las características y remedios de la enfermedad que ha
contraído su tía, conocer los resultados electorales de Nicaragua, averiguar la
genealogía del rey de Jordania, acceder a sitios en los que se discute acerca
de mascotas, salud, espectáculos, museos o literatura. La Internet es una
biblioteca universal, la más grande que se haya creado en la historia de la
humanidad y está al alcance de cualquier persona que quiera y pueda
conectarse a la Red. Pagada la conexión, la mayor parte de sus contenidos son
gratuitos.

Es tan enorme la cantidad de información existente en la Red que algunos


autores creen que "el exceso de información conduce a la degradación
entrópica de las ideas, es decir, a la desinformación cualitativa pues las ideas
se simplifican y se convierten en eslóganes, píldoras o clichés" y "más
información no significa muchas veces otra cosa que más confusión".

Sin embargo, la mayor parte de los usuarios no usan la Red para informarse y
estudiar. Se ha comprobado, estadísticamente, que se usa principalmente para
la comunicación y la interacción entre seres humanos que establecen
relaciones virtuales. Los “chats” permiten un nuevo tipo de comunicación
desconocida para los antiguos y cotidiana para muchos nuevos electores. La
mayoría de quienes saben navegar, contactan con personas con gustos afines,
que pueden ser de cualquier tipo. Aquellos con quienes conversan y entablan
ciberamistades pueden pertenecer a todos los mundos posibles. Las barreras
de sexo, edad, distancia, clase social, caen de manera casi mágica. A través
de la Red, es posible conectarse con personas de cualquier país o condición,
que simplemente comparten algún interés con otro cibernauta.

En el mundo real habría sido imposible que muchos de estos seres humanos
contacten entre sí, por las barreras que las costumbres de cada cultura ponen
entre las personas de diversa condición. Somos simios que tendemos a
desconfiar de los diversos y buscamos a los semejantes en todos los órdenes.
Hay normas que regulan nuestras relaciones. Prejuicios y prohibiciones
raciales, sociales, sexuales, de edad. Dijimos antes que el teléfono empezó a
derrumbar esos muros. La Red permite superar esas limitaciones de una
manera mucho más eficiente. Todos pueden conversar con todos porque nadie
puede impedírselo y porque la pantalla nos protege de los peligros. Hemos
conocido jóvenes comunes y corrientes que “chatean” y son amigos de
personajes importantes como un ex Presidente latinoamericano, católico
convencido que hace apostolado aconsejándoles. Para esos chicos, hablar en
persona con un personaje tan importante habría sido imposible.

La Red genera también comunidades especializadas, grupos de personas que


socializan porque tienen intereses específicos. Se vuelven amigos porque se
informan mutuamente acerca de lo que les gusta. Cada día millones de
personas intercambian mensajes, sensaciones, sentimientos e imágenes por
la Red. Su temática es cada vez más variada al mismo tiempo que focalizada.

La política ocupa un espacio minúsculo en esa enorme masa de información a


la que acceden los electores. Debe haber más sitios orientados a la cría de
determinadas razas de perros que sitios para reflexionar sobre la política
latinoamericana. En ese sentido, la Red despolitiza aún más a los cibernautas.
Llena su cabeza con datos que les parecen realmente interesantes.

Al mismo tiempo, todo se sabe de manera inmediata. La Red difunde las


informaciones de lo que ocurre en cualquier lugar del mundo en tiempo real.
Mientras en un “chat” de literatura conversamos acerca de un libro de poemas
que se ha publicado en Argentina, amigos que están en los más diversos
lugares avisan que se ha producido un tsunami en el sur de Asia, que la CNN
han dicho tal o cual cosa acerca de la guerra del Golfo, gritan el gol de un
partido de fútbol del campeonato mundial o mencionan cualquier otro tema
que les parezca interesante. Nada de lo que se supone importante para quienes
están conectados, deja de comunicarse por la Red.

En este sentido, la Red mantiene muy informado al nuevo elector, pero no


tanto sobre la política, sino acerca de una multitud de temas que les parecen
interesantes a los cibernautas. Ese es el filtro: lo que a cada uno de ellos como
individuo y a sus ciberamigos les gusta. Los temas políticos no tienen mayor
importancia en los sitios de “chat” ni suelen ser objeto de una conversación
sostenida. No solo que son irrelevantes para la gente común, sino que en la
Red no existen jerarquías y es imposible que algunos dirigentes ilustrados
obliguen a los demás a discutir sobre “lo importante”. En la Red no hay “cultos”
e “incultos”, sino que cada uno habla sobre lo que se le ocurre. Si alguien se
pone pesado, simplemente lo “banean” del cuarto y siguen conversando de lo
que la mayoría quiere.

Pero la Red no permite solamente la comunicación mediante los sitios de


“chat”, sino que es la madre de los correos electrónicos. En 1972, Ray
Tomlinson escribió el primer programa de “e-mail” y eligió arbitrariamente el
signo @ para su uso en esta nueva forma de comunicación. Los correos
electrónicos se difundieron de manera masiva y terminaron sustituyendo al
correo tradicional. Actualmente, quien no tiene una dirección de correo
electrónico, simplemente no existe: no puede recibir ni enviar comunicaciones
a otras personas. El viejo correo murió para estos efectos y aunque estuviese
en su momento de mayor pujanza, no podría competir ni en número, ni en
velocidad con los “e-mails”.

La aparición del correo en el siglo XVIII produjo una revolución en las


comunicaciones. Hobsbawn relata cómo en muchos pueblos europeos la
llegada de una carta era motivo de fiestas y celebraciones. Hasta el siglo XX
ese correo tradicional creció, las cartas se hicieron frecuentes, y también los
coleccionistas de estampillas. Pero solo permitía una comunicación lenta y
esporádica.

Antes de la existencia de los correos electrónicos recibíamos, pocas veces por


año, alguna carta con noticias atrasadas, que merecía una respuesta que a su
vez se demoraba mucho tiempo en volver a su destinatario. Actualmente,
millones de latinoamericanos recibimos y enviamos decenas de correos
electrónicos todos los días, intercambiamos, a veces en pocas horas, varios
mensajes de ida y vuelta con una misma persona, que puede encontrarse en
algún país remoto o en la oficina contigua. Con la aparición del mundo virtual
las distancias reales no tienen importancia y la velocidad de la comunicación
depende solamente del tipo de conexión que estamos utilizando. Quienes
trabajamos en Consultoría Política podemos hacerlo en varios países al mismo
tiempo, sin que esto signifique un problema. Leemos la prensa de todos ellos
cada mañana, nos comunicamos con nuestros clientes, recibimos sus
respuestas, opinamos sobre sus discursos. Todo esto sin movernos de nuestra
computadora, ventana que nos conecta con las más diversas realidades sin
que importe la ciudad o el país en que nos encontremos en ese momento.
En el campo de la sexualidad, la Red amplía las libertades que se instauraron
en Occidente en las últimas décadas y las potencia de una manera dramática.
El anonimato con que opera el cibernauta hace que desaparezcan las
inhibiciones en la realidad virtual y se superen las discriminaciones que se dan
en la vida real, por razones sociales, de fealdad, edad, enfermedad, raza o por
cualquier otra causa. Esa falta de inhibiciones hace que el diálogo sobre el
tema sexual sea muy explícito y que pueda terminar con relativa facilidad en
sexo casual.

Hay un dato curioso que motiva de discusiones y teorías: la Red no está


controlada por nadie y expresa de manera espontánea las demandas y deseos
de millones de personas que están conectadas a ella. Lo curioso es que un
70% de la Red está dedicado a la sexualidad y la pornografía. De los que
concurren a sitios pornográficos, el 89.9% son hombres. Las redes privilegian
"variantes alternativas especializadas como la paidofilia, hebefilia, y parafilias
diversas" por encima de lo que podríamos llamar "pornografía convencional”.
La conclusión de los expertos, es que "en las sociedades modernas existen
deseos confesables y deseos inconfesables y que el volumen de estos últimos
desborda las previsiones de sicólogos, sociólogos y los políticos".

Suponer por estos datos que la Red promueve el desorden sexual o la


erotización de la sociedad a la que nos referimos antes, no es correcto. La Red
expresa lo que millones de seres humanos quieren cuando no se sienten
coaccionados por convenciones sociales. En la Red aparecen sus pulsiones y
ansiedades no confesadas. De alguna manera podríamos decir que expresa lo
que los seres humanos conectados a ella quisieran ver o discutir, si pudiesen
expresar sus impulsos sin inhibiciones. La Red no ha inventado nada. Expresa
lo que antes existió reprimido y soterrado, deseos que circularon en otra época
tímidamente, en sobres de correo anónimos y en folletos distribuidos de
manera vergonzante. La Red ha favorecido su fluidez, capilaridad y alcance y
nos ha dado noticia de cuán fuertes podrían ser en un mundo sin inhibiciones.

Pero hay más. La intimidad es un valor a la baja. Entusiasmados por la


posibilidad de saberlo todo y de espiar a los demás, los televidentes y los
cibernautas se solazan en fisgonear toda actividad humana. El vouyerismo y el
exhibicionismo aparecen como pasiones muy difundidas que se liberan con la
Internet. Todo lo privado puede ser invadido y de pronto, la ansiedad de hurgar
en la vida íntima de otros es una de las pulsiones que se desatan con la Red.
Programas como "Gran Hermano" revelan la fuerza de esa pasión. Cuando se
ha proyectado ese programa millones y millones de personas han dedicado su
tiempo a espiar la vida cotidiana de sus protagonistas. Los espiados no han
sido siquiera “celebridades”, sino gente común, que busca salir del anonimato
participando en ese juego exhibicionista. El atractivo del juego es conocer los
aspectos intrascendentes de la vida de algunos ciudadanos anónimos. El
fenómeno se complementa con los reality shows de la televisión que también
hacen algo semejante: ponen en la pantalla los detalles de la vida privada de
la gente común. No hay duda de que millones de telespectadores ven esos
programas con más interés que cualquier programa serio acerca de la política
o un programa en que lee sus trabajos un célebre poeta.

La Internet se ha difundido ampliamente en Occidente y ha sido reprimida en


muchas sociedades no occidentales. La innovación tecnológica, y más cuando
amplía los horizontes de la libertad, produce temor en las mentalidades
conservadoras y los gobiernos totalitarios. Particularmente en algunas
teocracias orientales, países islámicos integristas y los restos de los regímenes
comunistas, la Red es vista como un instrumento de transmisión de la cultura
occidental y sus "perversiones", en esta época de postmodernismo.

El inglés es el idioma de la Red. Solo un 4% de los sitios están en francés o


alemán y menos todavía en español u otros idiomas. Ni que hablar del peso
de idiomas como el holandés y el quechua. Simplemente no existen. De todas
maneras, más allá de las barreras de la lengua, la Red ha proporcionado a
muchas minorías la posibilidad de expresarse y en esa medida ha ampliado la
democracia. Las protestas nunca fueron tan internacionales como ahora,
cuando grupos anti globalizadores emplean la Red para conectarse y
encontrarse periódicamente en los sitios más diversos del mundo para luchar
en contra de la globalización.

La mayoría de nosotros, abrimos nuestro correo varias veces al día y recibimos


permanentemente “mails” con noticias, información y puntos de vista de otros,
sobre los más diversos aspectos. En este sentido, el individualismo al que nos
hemos referido reiteradamente, tiene un extraño desarrollo con la Red. Es
cierto que tendemos a permanecer cada vez más tiempo solos frente a la
pantalla, pero al mismo tiempo interactuamos cada vez con más gente, de más
sitios físicos, de condiciones más distintas, pero lo hacemos de manera virtual.

Tenemos acceso a una información abundante, veloz, de calidad, que es


diversa y nos llega sin censuras. Nadie puede impedirnos leer o ver imágenes
que están el la Red. Interactuamos con personas de distintos tipos de
ideologías, razas, lugares y edades. Recibimos una información enormemente
variada, tanto por quienes nos la envían como por su contenido.

No estamos condenados a comunicarnos solamente con quienes por el


parentesco o el vecindario nos tocaron en suerte. Escogemos nuestros amigos
sin límite, de acuerdo a nuestros gustos y nuestros intereses. Soledad brutal
en medio de la fiesta virtual, nos conmovemos por los avatares de la vida de
algunas personas a las que estimamos mucho, aunque nunca dejarán de ser
un icono en la pantalla. La revolución tecnológica pone en nuestras manos la
posibilidad de crear nuestro propio mundo, con referencias a seres que son
reales, pero cuya realidad la controlamos haciendo un click en la pantalla.

Nada está vedado. Todo es posible. La Red permite que se cumplan las
fantasías más extrañas y las depravaciones más absurdas. Solamente por
medio de ella es posible que gente con gustos extremadamente exóticos pueda
encontrarse e interactuar. Armin Meiwes, un técnico informático de 42 años
que adquirió triste celebridad como el "caníbal de Rotemburgo", fue condenado
a ocho años y medio de cárcel porque dando rienda suelta a sus fantasías
sexuales, cuando la noche del 10 de marzo del 2001, mató y descuartizó a un
ingeniero, un año mayor que él, tras haberle cercenado el pene, que víctima y
victimario intentaron comer juntos.

La condena que recibió Meiwes fue leve a pesar de lo horripilante del crimen y
la espectacularidad del proceso judicial, en el que salieron a la luz pormenores
escabrosos del caso. El tribunal tuvo toda la información: Meiwes había filmado
un video que permitió constatar que la víctima consintió la mutilación de sus
genitales e intentó ingerirlos. Sin embargo, el delito no estaba tipificado en el
código penal y en ningún país civilizado se puede condenar a alguien por una
acción que no cumple con esa condición. A ningún legislador se le había
ocurrido que alguien podía actuar de manera tan monstruosa como para incluir
este tipo de crimen en el Código Penal.

Según las investigaciones, no se determinó con seguridad, si el ingeniero


berlinés fue la única víctima del caníbal porque, al parecer, otros 204 aspirantes
habrían respondido a los anuncios de Meiwes en la Internet, sin que se sepa si
llegaron a contactar físicamente con él. Todo esto habría sido irrealizable sin
las posibilidades de información y búsqueda casi ilimitada que proporciona la
Red.

El nuevo elector vive este fenómeno y es poco probable que deje de vivirlo.
Muchos miembros de la generación de dirigentes de América Latina que
estuvieron sobre los cincuenta años al empezar el milenio, cultos, inteligentes
y que han viajado en el mundo real, no saben navegar en la Red.

Navegar o no navegar no es simplemente cultivar un pasatiempo como criar


iguanas o coleccionar sellos de correo. Quien navega en la Red es distinto de
quien no lo hace, porque accede a una herramienta de información que amplia
sus horizontes de manera radical y le permite cambiar de mentalidad. La
transformación es semejante a la que produjo, en su momento, el invento de
la escritura: el que lee, tiene actitudes y posibilidades de desarrollo diversas
de las del analfabeto. Lo mismo ocurre con los cibernautas y los que no saben
usar la Red.

Se agigantó la brecha generacional. Hay poca gente de edad avanzada que


puede navegar y pocos jóvenes que desconocen lo que es la Red,
especialmente si son urbanos. Estar dentro o fuera de la Internet es vivir otra
realidad.

Por lo demás, la emigración masiva de ciudadanos de América Latina hacia los


países del Norte ha hecho que los “e-mails” se conviertan en algo
indispensable, también para las clases más pobres. En pueblos recónditos de
El Salvador, Nicaragua, México o Ecuador hay "ciber cafés" que contactan a los
familiares con los emigrantes. Estas nuevas estaciones de correo, más vivas
que las antiguas, son de encuentro, de los electores en esos países. La
influencia de quienes están fuera del país sobre sus comunidades, se mantiene
gracias a la Red y se fortalece cuando son ellos quienes mantienen a los
parientes que se quedaron en el sitio de origen. La Red transmite los valores
que aprenden esos emigrantes y acelera la globalización. Todo lo que ocurre
en cualquier lugar de occidente repercute de alguna manera en la realidad
nuestros países y sus clases populares, gracias a los emigrantes y la Red.

Las nuevas generaciones procesan sus rebeldías más extremas en el mundo


de la Red. Los anarquistas seguidores de Steirner habrían encontrado en la
Internet la realización de su utopía: subvertir el orden constituido, sin
necesidad de reunirse, organizarse y correr el riesgo de poner el germen de un
nuevo estado, al elegir un coordinador de la célula. Los hackers, personajes
mitificados por la rebeldía juvenil, son los anarquistas contemporáneos. Son
piratas de la Red que invaden sitios, computadoras, consiguen información
clasificada, atacan puntos vitales del sistema constituido. Son la expresión
emblemática de la subversión contemporánea.

Los hackers son personas que establecen jerarquías gracias a una


"meritocracia tecnológica". El valor fundamental de la cultura hacker es la
libertad para crear, para absorber los conocimientos disponibles, y para
redistribuir dichos conocimientos como les venga en gana. "La comunidad del
hacker es global y virtual. Aunque se producen algunos encuentros casuales
en el mundo real, la interacción suele tener lugar electrónicamente. La mayoría
de los hackers se conocen entre ellos solo por su nombre virtual, no porque
pretendan ocultar su identidad. Mas bien ocurre que su identidad como hacker
esta ligada al nombre que utilizan en la red."
Para un joven rebelde contemporáneo, la revolución tiene que ver más con los
hackers, y las bandas de rock, que con las ideas de antiguos guerrilleros que
han pasado a ser guardias armadas de grupos de narcotraficantes y cuyo
discurso ideológico repite teorías que fracasaron en el siglo pasado.

5. Los celulares

El teléfono celular es otra herramienta que acelera esta transformación de las


comunicaciones y que se ha unido a la Internet para potenciar su influencia.
Ahora es posible hablar, casi desde cualquier sitio, con una persona que está
en cualquier otro lugar del mundo de manera directa, sin ningún control. Las
barreras interpersonales se debilitan más gracias al celular. Esa posibilidad de
comunicación de la gente, ha fortalecido su libertad y su individualismo.
Cualquier persona puede comunicarse con cualquier otro con solo saber su
número telefónico. Así como la Red permite formar comunidades virtuales,
unidas por un gusto común, sin ninguna otra limitación, el celular permite la
comunicación entre personas que quieren hablar entre sí por cualquier causa,
en cualquier momento y desde cualquier sitio.

La interacción entre la Red y el celular acelera estos fenómenos. En algunas


ciudades estamos permanentemente en la Red. Elucubrar sobre lo que viene
es imposible, porque en los últimos años, la tecnología ha rebasado a las
ficciones más audaces. Lo que está claro es que esta tendencia a fomentar la
libertad, la comunicación y el individualismo tiende a fortalecerse y es poco
probable que volvamos al ábaco y al sobre con estampillas.

Lo que es seguro es que las conexiones inalámbricas potencializarán todos


estos fenómenos. Algunos autores dicen que vamos hacia “un modelo social
organizado en torno de comunidades electivas y a la interacción
individualizada, basada en la selección de tiempo, lugar y compañeros para
dicha interacción”.

El uso del celular se ha popularizado en casi todo el continente. Todo joven


quiere tener celular e Internet y ambos forman parte de la canasta básica en
varios países. Según nuestros expertos económicos, quien no tiene celular y
no se conecta a la Red, vive en condiciones de extrema pobreza. La
incorporación y dominio de lo tecnológico forma parte importante de los sueños
del nuevo elector.

6. La revolución de la información

En definitiva, el cambio del nuevo elector del que hemos hablado, se ha


profundizado gracias a la revolución de las comunicaciones. El parroquianismo
y las tradiciones tienden a desaparecer cuando el ser humano accede a una
información que ha cambiado en cantidad, calidad, velocidad y diversidad.
Todos estos elementos han aumentado la autonomía del nuevo elector.

Si calculamos con cuántas personas podía comunicarse el antiguo elector a lo


largo de un día, antes de que existieran la televisión, la Internet, los correos
electrónicos y los celulares, y con cuántas pueden hacerlo ahora, nos
percataremos de la magnitud de esta transformación. La comunicación ha
crecido de manera inconmensurable si comparamos el número de cartas que
recibía un latinoamericano hace diez años, con la cantidad de “e-mails” que
recibe hoy.

En la vieja democracia, cada elector podía ponerse en contacto o interactuar


con un reducidísimo número de personas con las que podía comentar acerca
de la política, de los candidatos, de lo que ocurría en el país y en el mundo.
Hoy, gracias a todos los instrumentos de que hemos hablado, el ciudadano
común recibe diariamente una cantidad descomunal de información y ese mar
de datos influirá en sus decisiones políticas. La información, en general, ha
crecido de manera espectacular en cuanto a su cantidad, al mismo tiempo que
lo propiamente “político” se ha vuelto casi marginal.

Pero está, también, el tema de la calidad. Cuando se instaló la televisión en


nuestros países, transmitía programas de baja calidad, a veces vinculados a
grupos religiosos o simplemente de dibujos animados. La gente tenía que
verlos, porque era lo único que se encontraba en la pantalla y el hecho de ver
cómo funcionaba el novísimo aparato, era en sí mismo motivo de reuniones y
curiosidad. Cuando recordamos esa época, y miramos nuestro control remoto,
que nos da acceso directo a decenas de canales en los que podemos ver a
cualquier hora del día películas, noticias e informaciones acerca de la
astronomía, la historia, la magia, y cuanto capricho intelectual se nos ocurre,
parecería difícil comprender cómo pudieron vivir los seres humanos de otra
época, sin toda esta información.

La calidad de lo que proyecta actualmente la televisión no tiene nada que ver


con la de hace dos décadas. Los discursos acerca de la "decadencia" de la
televisión, que suponen que antes había una programación de gran calidad
que se ha desmoronado con los reality shows, parten de un mito sin sentido:
suponen que había una televisión intelectual, seria, profunda, que se ha
banalizado. La televisión nació para divertir. Nunca tuvo las pretensiones de la
escritura que nació transmitiendo la palabra de los Dioses y llevó a la reflexión
y a la elaboración intelectual. Los programas de televisión de antes no eran
más profundos que los actuales, sino menos divertidos.
No hay duda de que cualquier ciudadano medio de la América Latina de
nuestros días, tiene en su cabeza, una información más amplia y completa que
la que tenían los líderes más sofisticados del pasado. Si a todo lo que nos
proporciona la televisión, añadimos lo que nos entrega la Internet, las
herramientas multimedia, y tomamos en cuenta el incremento de la calidad de
los periódicos y de las radios, gracias a la revolución tecnológica, veremos que
la información que se encuentra en cualquier casa, al alcance de los niños, es
mayor que la que contenían muchas grandes bibliotecas de hace diez años.
Las lamentaciones de quienes añoran un pasado imaginario en el que “había
verdaderos líderes, realmente preparados” se topan con ese hecho simple. Los
genios del siglo pasado nunca tuvieron la posibilidad de acceder a la
información que ahora está al alcance de cualquier adolescente conectado a la
Red.

Otro tanto ocurre con la velocidad de la información. Vivimos un mundo en el


que estamos al minuto. Nos hemos acostumbrado a saberlo todo
inmediatamente. Más se tardaron los servicios policiales españoles en
percatarse de que los autores del atentado al subterráneo de Madrid eran
islámicos, que la masa de votantes. Su demora produjo una derrota
espectacular del PP. Antiguamente, los periódicos eran los portadores de las
noticias y se peleaban por obtener la primicia. Actualmente, ningún periódico
puede competir en velocidad con la televisión, cuando se trata de una noticia
importante. Ya no es un medio que trae novedades, sino que su papel es más
bien comentar hechos, que seguramente ya fueron conocidos por sus lectores
por medio de la televisión antes de su impresión.

El 11 de Septiembre de 2002 dictábamos una conferencia en un curso


organizado por la Organización de Estados Americanos. Se nos pidió que
interrumpiéramos la charla porque un avión se había accidentado en las Torres
Gemelas de Nueva York y querían pasar imágenes de esa noticia. Mientras lo
hacían, quienes estábamos en el auditorio, vimos en vivo y en directo a un
segundo avión que se estrellaba en los edificios y las dramáticas secuencias
siguientes. La velocidad de la información fue la de la luz. Vimos ese atentado
terrorista, el mismo momento en que se cometía, cosa que habría sido
imposible hace pocos años.

Pero no solo es que la televisión nos transmite lo que ocurre en tiempo real.
Los celulares nos mantienen en permanente comunicación con el mundo.
Mientras caminamos, mientras conducimos el coche, o aun cuando nos
encontramos cabalgando en desolados páramos de los Andes, nos
mantenemos en contacto con otras personas de cualquier lugar del mundo.
En cuanto ocurre algo importante, la noticia se nos transmite por el celular y
nosotros podemos transmitirla a otros. No importa la hora, el sitio, ni ninguna
circunstancia. Estamos permanentemente conectados con seres humanos que
están lejos del entorno físico que nos rodea.

El “Messenger” y otros programas semejantes hacen que, mientras trabajamos


en nuestra computadora, amigos, colegas o clientes de todo el mundo puedan
hablar con nosotros en el momento en que lo deseen. Mientras escribimos este
texto, hemos consultado con amigos y amigas que conocen con profundidad
algunos temas: un psicólogo que vive en Venezuela, una periodista mexicana,
un especialista en religiones que está en Quito. Puedo hablar con ellos en
cualquier momento, enviarles pedazos de estos textos, pedirles su opinión.
Nada de esto habría sido posible antes de la existencia de la Red.

Cuando quiero conocer el punto de vista de los guerrilleros colombianos acerca


de un acontecimiento, voy a su página en el web y puedo saberlo de primera
mano. Si me interesa el punto de vista de la CIA puedo abrir otra ventana y
consultarla al mismo tiempo. Si quiero saber lo que opinan los narcotraficantes,
me basta con ir a marihuana.com y abrir otra ventana. Si quiero conocer otros
puntos de vista, puedo leer un periódico colombiano o de cualquier otro lugar
del mundo o buscar por medio de links, miles de sitios que me proporcionan
informaciones sobre el tema.

Esto, que ocurre cuando hablamos sobre las guerrillas, vale para cualquier otra
faceta de la vida. La Internet es una ventana abierta al universo, contiene toda
la información imaginable, e inimaginable y para el nuevo elector muchas de
estas cosas son más interesantes que la política.

C. EL NUEVO ELECTOR Y SUS ACTITUDES ANTE LA VIDA

Los nuevos electores ven la realidad desde esa perspectiva, democrática,


lúdica, pragmática, individualista, erotizada. Son mucho más informados que
los electores de antes, están liberados de una serie de mitos y visiones
verticales de la vida propias de la sociedad rural. Sería absurdo que, siendo tan
distintos de lo que fuimos quienes nacimos hace cincuenta años, no desarrollen
actitudes distintas de las nuestras hacia la política.

En diversos seminarios internacionales hemos discutido sobre las actitudes de


los nuevos electores y su falta de interés en las utopías de largo aliento.
Algunos nos han criticado suponiendo que ensalzamos la “falta de valores” de
la cínica juventud posmoderna y que nuestras reflexiones no ayudan a orientar
a los jóvenes a plantearse un mundo mejor, entendido como un retorno al
pasado. Nos han dicho también que no hacemos un esfuerzo por restaurar una
sociedad en la que actuábamos movidos por ideologías y no por la política del
espectáculo.
En tanto que consultores políticos, no tenemos ningún interés en orientar a
nadie hacia ninguna posición teórica, ni en llegar a ningún mundo, ni en juzgar
a los demás. Nuestra función es conocer la realidad como es, actuar en ella, y
lograr que nuestros clientes triunfen en las contiendas electorales. Tampoco
estamos seguros de poseer verdades definitivas, ni nos parece tan claro que
la historia tenga una teleología que determine el alfa y omega, en los que creía
Theillard de Chardin, capaces de definir la dirección correcta de nuestras
acciones. No escribimos estas reflexiones para cuestionar si los valores de los
nuevos electores son mejores o peores que los del mundo antiguo.

Vivimos en el mundo en que hemos nacido, y no el que desearíamos vivir. Por


lo demás toda la literatura acerca de la “falta de valores de la juventud”, es
cuestionable. No hay razón para suponer que una sociedad más ignorante,
machista, supersticiosa, con relaciones de autoridad verticales, con temores
apocalípticos, haya sido mejor que esta.

No pretendemos discutir acerca de un “deber ser”. Tratamos de comprender


el mundo de los electores como es. Tenemos nuestras ideas acerca de cómo
quisiéramos que sean las cosas, pero somos conscientes de que esas son
preferencias de personas que crecieron en medio de libros y utopías, en una
época en que vivíamos enamorados de las palabras y creíamos que la política
era una lucha entre ideas absolutas en la que decíamos que estábamos
dispuestos a dar la vida. En la realidad, pocos de nuestros coetáneos dieron su
vida en esa guerra y fuimos más los que terminamos escribiendo textos como
este, pero las grandes utopías marcaron la vida de quienes "amamos tanto a
la revolución". Después de 1968, como dice Juan Rial, la muerte de la utopía
dejó a las ideologías partidistas un campo más estrecho, un tanto "aburrido", en
el que simplemente se trata de negociar, transar entre posiciones más o menos
parecidas y llegar a discursos, en donde la "grandeza" está excluida.

Para lograr éxito en nuestro trabajo, no podemos imponer nuestro mundo a


los electores, sino que tenemos la obligación de dejar entre paréntesis nuestras
verdades para comprenderlos como son. La investigación empírica y la
experiencia de trabajar en la política concreta de varios países de América
Latina nos dice que estas son las líneas generales hacia las que evoluciona el
nuevo elector. Mencionamos solamente las que parecería que tienden a
profundizarse en el mediano plazo, evitando hablar sobre otros asuntos que,
en cambio, dan la impresión de ser más reversibles.

La problemática que estudiamos, se ubica en ese ámbito concreto en el que


nos hemos desenvuelto durante dos décadas: los nuevos electores de América
Latina. No hay duda de que estas reflexiones no serán útiles para comprender
la política de los países islámicos y ni siquiera son demasiado útiles para
analizar la política de otros países de Occidente. De hecho, en los países
islámicos parecería que sus habitantes revalorizan cada vez más la utopía
religiosa y todos los días hay atentados suicidas de creyentes que suponen que
de esa manera consiguen el cielo.

Las zonas rurales de los Estados Unidos son otra región del mundo en la que
la antigua religiosidad se conserva intacta y los electores se mueven por valores
tradicionales como se demostró en la elección presidencial del año 2004. Hay
el temor de que, como dice Carl Sagan, en uno de sus libros más
desconcertantes, un nuevo fundamentalismo cristiano y una nueva época de
oscuridad surja encabezada por personas que creen en la interpretación literal
de la Biblia y en otras supersticiones.

No intentamos tampoco rescatar, ni refutar, los puntos de vista de pensadores


postmodernos superados o no. En este texto, no nos interesa ese debate.
Nuestras reflexiones se basan en la investigación empírica y en la constatación
pragmática de la "validez" de estos conocimientos en el trabajo en diversos
países latinoamericanos. Cuando diseñamos una estrategia de campaña
tomando en cuenta estas ideas, actuamos mejor en la realidad y ganamos más
fácilmente una elección.

Comprender que los cambios en la vida cotidiana de los nuevos electores que
hemos descrito tienen consecuencias importantes en su comprensión de lo
político, nos permite orientarnos mejor en la realidad.

1. El individualismo

El nuevo elector latinoamericano es marcadamente individualista y esa actitud


tiende a agudizarse por todas las razones que hemos expuesto. Transitamos
de una sociedad basada en la familia y en lealtades comunitarias y
permanentes, a una sociedad compuesta por individuos y grupos heterogéneos
que se relacionan con lealtades efímeras. Habiendo aprendido sus valores en
una familia en crisis, viviendo una democracia de masas, hijo de la televisión y
la Internet, el nuevo ciudadano toma sus decisiones electorales y políticas ante
sí mismo, con una independencia respecto de su entorno social, que nunca
tuvieron sus padres. En esta época, esa autonomía se incrementa cada día,
más allá de las fronteras físicas, culturales y éticas de antaño.

La televisión conduce a la ilusión de una relación personal mediática entre el


elector y el candidato. En esa realidad virtual, los líderes políticos visitan
personalmente al elector en su casa, todos los días. El primer plano de la
televisión permite que los ciudadanos vean el rostro y los ojos del candidato o
del Presidente, lo critiquen porque está mal rasurado, o elucubren acerca de la
fiesta a la que debe haber asistido la víspera, si aparece con el rostro
descompuesto. El elector toma sus decisiones participando de esa relación
mediática con los líderes, mediante las imágenes de la televisión.

La relación del elector con el candidato es cada vez menos racional. Los textos
y la prensa escrita, que ocuparon un lugar importante en la antigua
democracia, llevaban a pensar y a discutir temas más abstractos. El
instrumento de comunicación privilegiado de estos tiempos es la televisión, un
medio inventado para entretener, no para analizar, que transmite sentimientos
y sensaciones. La relación del elector con el candidato está plagada de
emociones, resentimientos, prejuicios regionales, raciales y de todo orden,
pero es ante todo, una relación entre individuos. El televidente no puede ver
en la televisión al "proletariado", al PRI o al APRA. Mira personas a las que a
veces aprecia, otras teme y en las que puede o no confiar.

Por eso las campañas electorales se centran más en los atributos personales
de los candidatos. Los votantes cada día se interesan menos en los programas
de gobierno y más en las personas que eligen. Los programas, finalmente se
parecen mucho unos a otros. El libre mercado no tiene oposición y se discuten
solamente tonos de una misma opción. Cuando algún candidato logra hacer
un planteamiento novedoso, las encuestas detectan su impacto y sus
competidores le copian inmediatamente. Lo gracioso es que este plagio,
gracias a la Internet, tiene ahora una dimensión continental. Cualquier idea
curiosa que se usa en una campaña electoral en Argentina termina siendo
reproducida en pocas semanas en México o República Dominicana.

Cuando creen en tesis que, según las encuestas, pueden quitarles votos, los
candidatos evitan mencionarlas porque su fin es ganar la elección. Aunque
sepan que, cuando ganen las elecciones, subirán los impuestos, o el precio de
los combustibles, no lo dicen. Esperan para asumir el mando, “sorprenderse”
con el estado en que se encuentra el país y tomar medidas económicas de
ajuste culpando del hecho al anterior mandatario. No estamos refiriéndonos a
nadie en particular. Este es un rito que cumplen la mayoría de mandatarios.
Los que dicen la verdad en la campaña como Mario Vargas Llosa en Perú, no
ganan las elecciones. Las campañas terminan unificando las propuestas de los
candidatos de acuerdo a que lo que recogen las investigaciones sobre las
opiniones de la gente. La mayoría de los electores cree que los políticos son
bastante mentirosos y prefieren votar por los que parecen más confiables.

Prima entonces la confianza que produce el candidato, sobre el contenido de


las propuestas. En varios sitios hemos aplicado encuestas, y hemos encontrado
que un alto porcentaje de los electores que favorecen a un candidato, cree que
cumplirá sus propuestas, aunque, normalmente, casi nadie sabe en que
consisten estas propuestas. Los profesionales sabemos que la credibilidad del
candidato es una de las claves del éxito electoral y que el respaldo que reciben
algunos out siders, tiene que ver generalmente con la búsqueda de rostros
nuevos, porque "los de siempre son mentirosos”.

En todo caso, este individualismo propio de los electores ha debilitado a una


serie de organizaciones intermedias y, particularmente, a los partidos políticos
en su rol tradicional de mediación entre los ciudadanos y el poder. Trataremos
el tema con más detalle cuando hablemos de los partidos políticos.

Es tan marcado este individualismo, que algunos autores han elucubrado


acerca de la posibilidad de llegar a una democracia mediática directa, en la que
cada ciudadano, desde su casa, terminará participando de las decisiones
mediante la Red, votando en referéndums que decidirán el destino de los
países y que nos llevarán a un sistema de participación permanente en el
manejo del poder. Esas utopías, desde luego, no toman en cuenta que la
democracia directa no es una alternativa real. Por el momento, no se vislumbra
un reemplazo para la democracia representativa.

En todo caso, hay que tomar en cuenta el individualismo de los electores, que
ven la política desde sus pequeños mundos. En reiterados estudios de grupos
de enfoque, cuando pedimos a la gente, de clase popular, que dibuje cuál es
el principal problema del país, aparecen su casa, su hijo, su empleo. El país
para ellos es eso: su vida, sus necesidades. Lo previsible es que esa tendencia
al individualismo que interpela al paradigma de la democracia representativa,
tienda a fortalecerse de manera notable en el mediano plazo.

2. El dinero como valor central

En la sociedad occidental contemporánea, el dinero se ha impuesto como un


bien universalmente intercambiable. Hoy todo, o casi todo, se puede conseguir
con dinero. Es cuestión de encontrar el precio adecuado.

Es probable que este fenómeno venga larvándose desde hace rato y que el
postmodernismo simplemente lo haya desnudado. Marx habló de lo económico
como de algo "determinante en última instancia" de la historia y en eso, tenía
razón en el mediano y largo plazo. Los conflictos por intereses concretos y la
lucha por el control de territorios y bienes son los que explican finalmente casi
todos los conflictos ideológicos y religiosos que han existido. En la mayoría de
los casos, en la dimensión micro, la política actual se explica, de una manera
abierta, por el dinero. Antes, las ambiciones de los individuos y grupos se
escondían detrás de supuestas motivaciones altruistas. La “Patria”, Dios, la
lucha por la Iluminación, la construcción del hombre comunista, la defensa de
la democracia, eran altos fines colectivos, que se invocaban para dar un sentido
épico y desinteresado a la lucha política.

Para los nuevos electores esos maquillajes tienen poca importancia. La regla
para medir la realización en la vida, es el éxito económico individual. Si un
joven acomodado de la Recoleta, en Buenos Aires, tira por la ventana los
bienes de su padre y sale a caminar desnudo por el parque, terminaría en el
manicomio, sería objeto de mofa en el barrio y no terminaría en los altares
como San Francisco de Asís. En estos tiempos la respetabilidad y el triunfo,
van de la mano con el dinero y no con la ascética.

Hasta la caída del muro de Berlín había gente dispuesta a sacrificarse, concurrir
a manifestaciones, participar como voluntario en las elecciones, movida por
tesis más o menos abstractas. Actualmente, los “voluntarios” de las campañas
son casi siempre remunerados de una u otra manera y el dinero es
indispensable. Sin él no se puede movilizar adherentes que necesitan
transporte, refrigerio, y que se les reconozca el “día perdido de trabajo”.

El dinero se intercambia prácticamente con todo y sin dinero no se puede hacer


casi nada. Las campañas electorales suponen una actividad de recaudación de
fondos que es indispensable y que, en algunos casos abre la puerta para la
corrupción y el chantaje. En esta nueva sociedad, las gentes necesitan del
dinero mucho más que en otros tiempos y la sociedad consumista obliga al
elector a buscar incesantemente nuevos ingresos.

3. El consumismo

En las Ciencias Sociales hay toda una polémica acerca de la creciente pobreza
de la región, sobre la que volveremos más adelante. Esa discusión tiene una
lógica propia, llena de elementos afectivos. La definición de la pobreza y el
señalamiento de los indicadores que pueden medirla, son parte de ese debate.

Pero más allá de esas discusiones hay un hecho: amplias masas de


latinoamericanos tienen actualmente más acceso al consumo del que tenían
hace cincuenta años. El elector quiere vivir mejor y esa es la principal
motivación de todo lo que hace y también de su decisión política. Vota por
quien cree que le ayudará a mejorar su nivel de vida, y reacciona violentamente
en contra de quien pueda quitarle recursos económicos, a través del
incremento de impuestos u otras medidas. Los alegatos en contra de la
sociedad unidimensional de Marcuse no tienen ninguna vigencia en el horizonte
del nuevo elector.
Sucede que nadie puede vivir actualmente sin una serie de bienes y servicios
que hasta hace pocos años parecían innecesarios, o simplemente no existían.
Ahora son necesarios. La gran mayoría de los electores necesita esos
productos, los demanda, los usa. La regla es que la mayoría quiere consumir
y cambiar constantemente de muebles, de carro, de mascota y de todo lo
posible. Hablar en contra de esta forma de ser, es simplemente un desastre
electoral. Consumir y exhibir bienes de marca es obtener prestigio y bienestar.

La misma revolución tecnológica supone la necesidad de comprar cosas sin las


cuales la vida parece miserable. La televisión a colores, que es el centro de
todo hogar modesto, el walkman, el celular, la computadora y la Internet,
tienen mas interés para el nuevo elector, que la lucha de clases, la idea de
afiliarse a un partido político, o de participar acerca de seminarios acerca de
cualquier teoría política.

Vivimos en una sociedad en la que casi todos somos consumidores y cada día
queremos consumir más. La televisión nos dice que debemos pertenecer al
mundo Marlboro, aprendemos en los comerciales que quien no tiene los
zapatos de determinada marca adecuada es un idiota y que para ser
verdaderamente sexy es indispensable comprar tal perfume. Demás está decir
que ya nos han vendido la idea de que estamos obligados a ser “sexy”. Se
podría creer que para mantener la condición de ser humano es necesario estar
protegido por alguna marca. La sociedad de consumo es la sociedad de las
marcas.

Esto tiene una serie de consecuencias en la vida de la gente y por tanto en su


participación en la política.

¿Cuál puede ser la reacción de la mayoría de los electores que no pueden


acceder a estos bienes que parecen indispensables? Todos quieren consumir.
Lo quieren todo para sí mismos, para sus parientes, para los grupos con los
que se identifican. Se ha perdido el respeto a la austeridad y a la modestia. El
nuevo elector trabaja en cuanto puede y en lo que puede, para comprar los
productos que le darán reconocimientos en su entorno inmediato.

Desgraciadamente nuestra economía no puede crecer al ritmo en que crecen


esas masas que se incorporan al mercado. Es casi imposible satisfacer las
necesidades de esos nuevos electores, especialmente en países con un
porcentaje importante de población indígena, que mantuvieron una estructura
de tipo feudal hasta hace cincuenta años, en los que un sector importante de
la población pasa de una economía de subsistencia, a peinarse con gel, ver
películas en DVD y vestir ropa importada. Esa es una de las razones de la
inestabilidad política de los países que integraron el antiguo Tahuantinsuyo,
Perú, Bolivia, Ecuador.

La política latinoamericana está cargada de una dosis fenomenal de bronca


provocada por los sueños consumistas. Uno de los mejores analistas del tema
decía que los electores están siempre dispuestos a votar "en contra" de lo que
sea. Votan en contra del Gobierno de manera casi sistemática y critican a los
mandatarios. El estrés se ha generalizado. Todos vivimos presionados por el
consumo y cuando alguien se aleja del vértigo de esa sociedad, se dedica a la
meditación y aparece con un rostro radiante y sin las marcas de moda, pierde
prestigio.

Muchos hombres y mujeres de clase media, que tienen recursos para una vida
"pasable" buscan dos trabajos y se desesperan por incrementar su nivel de
consumo. Los ciudadanos comunes necesitan realmente una parafernalia de
electrodomésticos, quieren ir al cine, divertirse, una escuela mejor para sus
hijos. Los de clase media y alta necesitan viajar, mandar a sus hijos a
especializarse en el extranjero. Los más intelectuales que encuentran en la
Internet un arma para luchar en contra de la globalización, viajan, necesitan
comprar computadoras, software y muchas otras cosas para luchar en contra
del consumismo y de ese mundo globalizado que rechazan. Se dedican
febrilmente a trabajar escribiendo libros en contra del imperialismo para
conseguir los recursos necesarios para enviar a sus hijos a estudiar en los
Estados Unidos.

Casi todos los ciudadanos tratan de conseguir dinero por cualquier medio para
satisfacer sus necesidades en una sociedad en la que la ascética tiene poco
espacio.

4. Un mundo sin dolor

Los seres humanos, vivíamos hasta hace pocas décadas, en un mundo en el


que padecíamos de muchos dolores y en el que se rendía culto al dolor. La
medicina se había desarrollado poco hasta el siglo pasado. Los peluqueros
extraían las piezas dentales dañadas y aunque existía la cirugía, las
operaciones se realizaban con el paciente totalmente consciente. Es
estremecedor imaginar esas intervenciones quirúrgicas en las que los enfermos
daban de alaridos, en locales especialmente acondicionados, con varias puertas
sucesivas, para que sus lamentos no conmovieran al barrio. Eran necesarios
varios ayudantes para que sometieran a la víctima y lo redujeran a la
impotencia para que el cirujano pudiera operar. Es obvio que, en esas
condiciones, las tasas de mortalidad, fueran muy altas. Operarse era llegar a
los límites de la muerte. Relatos de principio del siglo XX nos dicen que algunos
pacientes, ante la posibilidad de ser intervenidos quirúrgicamente,
simplemente se dejaban morir o se suicidaban por temor al dolor.

Ni que hablar del parto, que era mucho más frecuente que en la sociedad
occidental contemporánea. No existían métodos anticonceptivos modernos,
casi todas las mujeres tenían muchos hijos que con frecuencia no sobrevivían.
Las tasas de mortalidad infantil eran muy altas. Las mujeres daban a luz a sus
criaturas sin anestesia y experimentaban dolores brutales sin ninguna ayuda
para mitigarlos.

En el campo de la salud casi todos los seres humanos estaban condenados a


experimentar enormes dolores físicos. Antes del uso generalizado de la
anestesia, la penicilina y los desinfectantes, y de que se implantara en los
hospitales y casas de salud una higiene estricta, estos sitios eran la antesala
de la muerte y un foco de infección para sus vecindarios.

Actualmente no solo que nos ponen una inyección de anestesia para que no
sintamos molestias cuando nos calzan un diente, sino que pedimos que nos
apliquen anestesia local, para no sentir ni siquiera el pinchazo de la aguja
hipodérmica con que nos aplican el medicamento. Todos los hospitales, aun
más modestos, son lugares en que los enfermos están asilados en silencio,
cumpliendo con prácticas de higiene básicas. La medicina se ha especializado.
Los odontólogos les han quitado este trabajo a los peluqueros y hay pocos
doctores en medicina general. Casi todos están especializados en distintas
ramas de la disciplina. Un medico sabe de pulmones, otro de fracturas, otro de
ojos, otro de hígado. Nos hacemos exámenes y radiografías con relativa
frecuencia. En todos estos procesos, tratamos de no sentir dolores. Podemos
hacerlo. Ya no es parte inevitable y casi permanente de la vida como lo fue en
otros tiempos.

Tampoco experimentamos la muerte con tanta frecuencia. Los índices de


mortalidad han bajado mucho. Hace pocas décadas, prácticamente todos los
latinoamericanos tenían uno o varios hermanos que habían muerto en sus
primeros cinco años de vida. Sus hijos, sus parientes y amigos morían con
mucha más frecuencia. Hoy, esto es mucho menos usual. Nuestras
expectativas de vida son mucho más altas y el dolor y la muerte, inevitables
por otra parte, nos visitan menos.

En el ámbito religioso, el dolor era visto como una prueba divina e incluso como
una vía para conseguir la realización. Cuando se padecían infortunios de
cualquier orden, había que dar gracias a Dios por la prueba que nos había
enviado. No solo que había que aceptar los dolores que aparecían por sí
mismos, sino que a veces, el masoquismo era visto como virtud. En los
monasterios y en las procesiones, los fieles católicos se azotaban, se ponían
cilicios, se infligían diversos martirios para "agradar a Dios". No estamos
hablando de costumbres de la época de los padres de la Iglesia, que tuvieron
ocurrencias tan brutales como Orígenes. Los estudiantes y profesores de los
conventos e institutos religiosos practicaban hasta la década de 1970 la
"penitencia" como una forma de purificación. Esa es otra costumbre que casi
ha desaparecido en Occidente. En una de sus novelas, Leopoldo Marechal
describe las nuevas actitudes ante la ascética cuando uno de sus personajes,
Pablo Inaudi, encerrado en una celda, enfrenta la posibilidad de hacer
penitencia azotándose las espaldas. Examina los diversos tipos de látigos que
se encuentran a su alcance, unos con pedazos de metal y otros con diversos
aditamentos para producir mayor dolor y termina azotándose las espaldas con
los cordones de los zapatos, herramienta suficiente para espantar a las moscas
que revolotean por el cuarto, y para producir el dolor que puede soportar un
asceta contemporáneo.

En Occidente, ya no rendimos culto al dolor sino al placer. No pasa lo mismo


en otras regiones del mundo. Siguen siendo estremecedoras las sangrientas
fiestas con las que los Chiítas celebran el aniversario de la muerte del Profeta
Hussein en Irak o la Ceremonia de los Mil nombres de Dios en Kataragma, Sri
Lanka. En general, en el sur de Asia, hay muchos santones que pisan sobre
brazas encendidas, se cortan partes del cuerpo o juegan con el dolor como
parte de su camino a la perfección.

Cuando esas religiones se trasladan a Occidente, dejan de lado esas prácticas


y las reemplazan por la meditación y la aromaterapia, actividades bastante más
lúdicas para llegar a la perfección, que los sacrificios y mortificaciones que
practican los santones en la India o en Nepal.

5. Las masas "incultas" imponen sus gustos.

En la mayoría de nuestros países mucha gente que antes consumía muy poco,
consume bastante. Los campesinos, que producían buena parte de sus
alimentos, son cada vez menos y compran también buena parte de su comida.
Los pobres de las ciudades compran todo tipo de bienes y servicios. Todos son
clientes potenciales y muchos productos se elaboran dirigidos explícitamente a
los sectores menos ricos y menos cultos de la población. Todos somos
consumidores, clientes potenciales, víctimas propicias de la propaganda.

Los medios de comunicación viven de los anuncios y necesitan atraer a esos


nuevos consumidores procedentes de las clases emergentes, que son los más
numerosos, los ricos son pocos. Llegar a las masas es indispensable para la
publicidad y los medios de comunicación, que para lograrlo, aceptan sus
demandas, su sentido de la estética, sus gustos, su agenda.

Tenemos aquí un nuevo elemento que concede importancia a la gente común.


Los programas de televisión "sesudos" pierden espacio frente a los "talk
shows", los libros ceden su espacio a los canales de televisión, las telenovelas
sentimentaloides tienen más público que la ópera clásica. Los medios viven de
la publicidad y los ciudadanos comunes deciden, con sus preferencias lo que
ve y por tanto que programa puede cobrar más. Las tarifas dependen de los
“raitings” de cada programa.

Sus gustos son claros: están más para jugar que para ser héroes. Prefieren ver
telenovelas que leer Thomas Mann. Oyen tecnocumbias o rock y no les gusta
Mahler. Prefieren programas en que “gente como ellos” va a contar sus
intimidades, en medio de los gritos y risas de un público que hace barra para
que se divorcie un marido, que descubre ante las cámaras que su mujer sale
con su mejor amigo. El “Gran Hermano” tiene más teleaudicencia que todos
los programas de análisis juntos. Muchos de los héroes y heroínas de la pantalla
chica, son más pintura que contenido. Usan más tiempo en maquillarse que en
leer algún texto profundo.

El arte sofisticado tiene un nicho de mercado peculiar. Algunos libros y cuadros


se venden a personas que han cultivado su sensibilidad artística, pero muchos
más a numerosos pequeño burgueses que los compran por metros de
estantería o porque sus colores combinan con los de las paredes de sus casas.
Se han convertido en símbolos de estatus de gente que los usa para sentirse
más importantes. No importaría que estén en blanco. Son un adorno.

Desde el punto de vista pragmático del manejo de las campañas electorales


los consultores tratamos de conseguir votos. Al igual que los medios,
necesitamos estar cerca de la mayoría, elaborar un discurso que solucione los
problemas de la gente a corto plazo. No nos sirven muchos discursos
complejos, acerca de la economía o de la sociedad, que son incomprensibles y
alejan a los electores indecisos.

En cuanto al manejo de los medios, buscamos espacios de comunicación en


los que podamos encontrar a los votantes que no se han decidido y pueden
votar por nuestro candidato en una elección. Nuestro trabajo prioriza a los
mundos en que habitan esos indecisos, que son los que más rechazan la
política. Se dormirían si les hablamos de gobernabilidad, izquierda, derecha, y
participación ciudadana. Tenemos que hablarles de sus problemas. Debemos
elaborar una agenda electoral que parece "superficial", y poco importante para
los electores politizados y los intelectuales.
La participación de los nuevos electores en las campañas electorales tiene en
la mayor parte de los casos un contenido utilitario. Quienes trabajaban como
activistas en los comicios de la vieja democracia, aspiraban al mismo cargo
burocrático al que aspira el que pega carteles y pinta paredes actualmente,
pero guardaban ciertas formas. Se luchaba por la democracia o por Cristo, y
de paso se conseguía un empleo, que solo era una oportunidad para servir a
los ideales. Muertas las grandes utopías se pide el empleo sin esos ropajes. En
la sociedad contemporánea, se han devaluado los ritos y los eufemismos. Las
cosas se hablan directamente. La gente de base, es además más autónoma y
desconfiada. Generalmente, no solo hay que prometer un cargo futuro, sino
que a muchos activistas de la campaña, hay que pagarles por adelantado.

6. La corrupción.

La visión utilitaria de la política hace que el discurso ético haya perdido


profundidad y que muchos de los nuevos electores, al mismo tiempo que
rechazan la “corrupción”, admiren a los que no “son tontos” y usan su paso
por la política para enriquecerse de cualquier manera. La posición es todavía
más flexible para quienes hacen trampas para enriquecerse en el sector
privado. Hemos estudiado el tema, exhaustivamente con investigación
empírica y hemos encontrado que un alto porcentaje de nuestros votantes dice
que su pudiese se enriquecería pidiendo pequeñas coimas en un trabajo
público y que, si estuviese a su alcance, podría hacer un negociado, sobre todo
si es posible huir impunemente a Miami. En toda la región se pronuncia un
discurso altisonante sobre la corrupción pero esta lacra se presenta en la vida
cotidiana en casi todos los niveles.

En muchos de nuestros países, cuando llega al poder un partido, sus militantes


ocupan funciones en el estado y en muchos casos, pelean a brazo partido por
empleos con remuneraciones oficiales ridículos. En una época en que son pocos
los que dan su vida por ideales, es poco probable que busquen un empleo de
inspector de aduanas, porque quieren defender con su vida los intereses del
pueblo. Cuando pelean a brazo partido por un puesto en el que van a ganar
mucho menos que en su trabajo privado, es posible que algún otro ingreso
justifique esos entusiasmos.

En Estados Unidos, los militantes mantienen a los partidos. En América Latina,


los partidos mantienen a muchos de sus militantes. Su financiamiento viene
del apoyo de grupos económicos que, a veces solamente están respaldando a
candidatos de una tendencia funcional con sus intereses, y en otros casos están
buscando negocios. El tema es complejo pero no secreto. El nuevo elector no
lo conoce en detalle pero lo intuye.

En muchos casos, la corrupción de políticos de alto nivel es bastante descarada.


Hay en todo el continente negociaciones parlamentarias que se hacen
distribuyendo “responsabilidades” con diputados que saben que las
responsabilidades y las obras vienen con porcentajes de participación. En
muchos casos, políticos que defienden valores éticos, terminan pidiendo
"compartir el peso del poder" con nombramientos para sus parientes y amigos,
justificando su posición en nombre de una política realista.

Hay mucha confusión acerca de la opinión de los electores frente a la


corrupción, porque la mayoría de los políticos y analistas no saben usar las
encuestas y se equivocan al usar números sin el apoyo de profesionales. Las
respuestas declarativas tienen siempre una respuesta masiva en alguna
dirección, pero no significa nada. La inmensa mayoría de los electores dice
que rechaza la corrupción y cree que se debe luchar en su contra, cuando se
hacen preguntas declarativas. A pesar de la contundencia de los números, para
quienes saben interpretar profesionalmente las encuestas, el tema tiene
muchas aristas. Este tipo de respuestas lleva a confusiones. Algunos
periodistas y políticos creen que el rechazo generalizado a la corrupción refleja
las actitudes de un pueblo "correcto" que lucha por valores y que está
dispuesto a defenderlos rechazando a los políticos corruptos. En la realidad
esto es poco exacto. El nuevo elector es pragmático y, en principio, maneja
su vida muy al filo de las normas. La mayoría de los habitantes de nuestros
países viven inmersos en una corrupción cotidiana, dicen que si fueran
funcionarios cobrarían coimas y no están realmente inquietos por el tema en
la medida en que no los afecte. Muchos comerciantes venden libras de diez
onzas, hay policías que ganan más extorsionando a los choferes que cobrando
su salario, funcionarios que venden pequeños favores. El discurso ético en sí
mismo, desconectado de la vida cotidiana, carece de sentido para ellos.

Son varios los casos de candidatos que siendo vistos como corruptos por los
electores han obtenido un importante respaldo electoral. No hacemos aquí un
juicio de valor acerca de la realidad, sino que nos referimos simplemente a las
percepciones medidas por las encuestas. Abdalá Bucaram cuando ganó la
Presidencia del Ecuador; Alan García cuando perdió por pocos puntos frente a
Toledo, y Menem cuando obtuvo su reelección, eran vistos por la mayoría de
los habitantes de sus países y por muchos de sus propios votantes como
corruptos y, sin embargo, tuvieron éxitos importantes. En algún país en el que
trabajamos en la campaña presidencial, los resultados de las encuestas decían
que el 95% de los electores consideraba que lo más importante era que el
nuevo Presidente no sea corrupto. El día de las elecciones pasaron a la segunda
vuelta dos candidatos, que tenían, justa o injustamente la imagen de
corruptos. En ningún caso hacemos juicio de valor sobre los políticos
mencionados. Hablamos simplemente de las percepciones del electorado.

Muchos políticos usan el tema para atacarse entre ellos y se acusan


mutuamente de corrupción, provocando una consecuencia que les hace daño
a todos: la gran masa de electores termina pensando que todos los políticos
son corruptos. La lucha de unos contra otros acaba los hunde a todos. En la
mente del elector esta corrupción tiene que ver con obsolescencia, con traición,
con "olvidarse de nosotros cuando termina la campaña", con no cumplir las
promesas, más que con actos de abuso en el manejo de los fondos públicos.
Cuando preguntamos en las encuestas “que tiene de malo” un líder político,
casi siempre tenemos al menos 5 % que dice “corrupto”, aun en el caso de
personajes que no los son. Es parte de la idea que tiene el elector acerca del
conjunto de los políticos.

En definitiva, si queremos comprender el tema de la corrupción desde la mirada


del nuevo elector, es necesario replantearlo desde la base. Tal vez eso nos
lleve a una comprensión menos demagógica del asunto que permita una lucha
real en contra de la corrupción, más allá del oportunismo político.

6. El auge del hedonismo

En este contexto, cada vez hay menos voluntarios dispuestos a trabajar en la


campaña electoral motivados por ideas trascendentes. Los conservadores que
daban la vida por el triunfo de la tradición católica en contra de la Iluminación,
o los jóvenes que iban a la guerrilla porque no temían morir "entre árboles y
pájaros", son personajes de otros tiempos.

Actualmente, las campañas electorales son ocasión propicia para socializar,


encontrarse con otros y divertirse. Lo son también para encontrar algún
empleo, si triunfa el candidato, o para ganar un poco de dinero pintando
paredes o imprimiendo folletos. Antes los activistas de la campaña asistían a
seminarios teóricos o recibían instrucciones de intelectuales que los motivaban
ideológicamente. Actualmente esos seminarios son una excepción. La campaña
debe ser divertida, amena. Tanto para los que trabajan en ella, que quieren
pasar un buen momento o ganar algún dinero, como para los como los
electores que no quieren aburrirse.

La mayoría de "voluntarios" que reparten folletos o pasan el día agitando


banderas en la esquina de una ciudad están pagados para eso. Las grandes
concentraciones, que nunca fueron muy eficientes para conseguir votos en las
campañas electorales, tienen todavía menos sentido en estos días. En casi
todos nuestros países hay “empresas” que movilizan gente pobre. Pueden
llevar a una concentración un número casi ilimitado de personas, según el
precio que se les pague. Estas organizaciones pagan a su vez, a los asistentes
para que vayan a gritar o agitar banderas realizando un trabajo como cualquier
otro, que poco tiene que ver con la forma en que votan. Hemos conocido
varios candidatos que han sacado menos votos que las personas asistieron a
la concentración con que culminó su campaña.

En un caso emblemático de este tipo, los “piqueteros” argentinos son


desempleados que viven de un seguro de cesantía pagado por el estado, y
trabajan como fuerzas de choque de algunos políticos que les consiguen estos
ingresos. Los libros románticos que se han escrito hablando de una nueva
opción revolucionaria que nace de los piqueteros no toma en cuenta que, por
definición, una alternativa política revolucionaria debería tener como referente
al conjunto de la sociedad y no solamente los intereses de un grupo marginal,
que lo que busca es sobrevivir a su manera en esta sociedad consumista.

Son pocos los que trabajan en el puerta a puerta, o los bancos telefónicos, por
simple adhesión al candidato o al partido. Menos, los que lo hacen por
adhesión a ideas y tesis por las que en otro tiempo se daba la vida. Me refiero,
como es obvio, a las campañas importantes, con posibilidades de triunfar
electoralmente. Las campañas de grupos ideológicos duros, tienen más
voluntarios reales y muy pocos votos. En muchos casos son una actividad de
minorías movidas por ideales, que tienen poco espacio en la mente del nuevo
elector al que hemos descrito.

Incluso las únicas guerrillas que existen son poco ideológicas. Es difícil imaginar
al Che Guevara o a otros idealistas del siglo pasado, equivocados o no,
participando en bandas armadas que protegen a narcotraficantes y viven del
secuestro y la extorsión, como lo hacen ahora los que se dedican a "luchar"
por esa alternativa política.

En definitiva, los nuevos electores no tienden a participar en la política y


cuando lo hacen, sus motivaciones no son políticas o éticas, sino lúdicas y
pragmáticas. En todo caso el dinero es, abiertamente, el norte de la sociedad
en la que vive el nuevo elector. Casi todas las demandas de los grupos y de
las personas en la campaña, están orientadas por la búsqueda más o menos
desenfadada de recursos económicos. El elector lo sabe y esta es parte de su
percepción de la política.

7. Creen menos que los antiguos


La vida es un constante acto de fe. La racionalidad no es la norma, sino la
excepción. Si tratamos de entender racionalmente cada acontecimiento y no
damos simplemente por válidos a una serie de principios y hechos, no
podríamos hacer nada. Lo mismo ocurre con nuestras acciones: si cada vez
que tenemos sed, necesitamos demostrarnos la existencia del agua en el
mundo extra mental antes de tomar un vaso, moriremos en el intento.

Generalmente, no solo creemos en las cosas que nos rodean, sino que
tratamos de encontrar un sentido a nuestra vida y a todo lo que suponemos
que existe, a partir de grandes explicaciones que son nuestros puntos de
referencia para creer que actuamos bien o mal. Desde nuestros primeros años
de vida aprendemos que determinada religión es la verdadera, que ciertos
objetos son comestibles o agradables, que otros no son buenos, que
determinadas actitudes o acciones deben ser reconocidas y que otras merecen
la reprobación. Eso va desde la aceptación o el rechazo oficial de la poligamia,
que diferencia a un islámico de un cristiano, hasta el gusto de saborear frutas
con chile, tan difundido entre los niños mexicanos, que causa sorpresa y casi
horror en un niño chileno.

En algunas sociedades contemporáneas, ocurre lo mismo que en el Occidente


del pasado. Grandes grupos de seres humanos creen en verdades absolutas
que les mueven y que les pueden llevar a ofrendar su vida o la de los demás,
en nombre de esas ideas. La Iglesia Católica lo hizo en el pasado, cuando a
partir de publicación del Malleus Maleficarum y la Bula de Inocencio VIII para
combatir a la brujería, se quemaron a varios miles de mujeres porque
supuestamente eran brujas. Los nazis se comportaron de esa manera y
provocaron un holocausto enorme porque creían en la perversidad de otras
razas. Lo hicieron los comunistas soviéticos cuando supusieron que las
naciones distintas a la rusa representaban un peligro y mataron a treinta
millones de personas de “minorías” en el tiempo de Stalin. Hasta el siglo
pasado, en Occidente los militantes religiosos, políticos o de otro tipo se
enfrentaban a muerte porque creían en ideas definitivas.

Creer o no en verdades absolutas supone una actitud ante la vida. Cuando el


reconocido psicólogo inglés Eyseneck quiso estudiar la asociación que había
entre la militancia política y las actitudes de los ingleses hacia el sexo, aplicó
una serie de encuestas que arrojaron un resultado sorprendente. El autor, era
un socialista faviano convencido de que los laboristas tendrían actitudes más
modernas que los conservadores y las encuestas le demostraron que no había
ninguna asociación entre la militancia en uno u otro partido y las actitudes
acerca del sexo. Analizando detenidamente el estudio se encontraron otras
asociaciones. Las actitudes hacia las costumbres sexuales era tanto más
rígidas, cuanto más ortodoxos eran los encuestados, más allá de la corriente
ideológica en que militaran. El creer o no creer, ser dogmático o mantener una
posición de apertura ante las verdades ajenas, tiene que ver más con actitudes
ante la vida y con características sicológicas, que con la militancia en una
doctrina política o una religión.

Somos fruto de una educación. Si, desde nuestros primeros años vemos a
nuestros padres dándose golpes hasta sangrar, en las procesiones de Karbala,
porque creen que con eso hacen un homenaje a Hussein, también nosotros
creeremos que eso es bueno. Si nos educan con la idea de que hay que matar
a los infieles porque eso agrada al Dios en el que creemos, podemos terminar
autoinmolándonos en un atentado suicida suponiendo que eso es normal. Si
nuestros padres fueron al festival de Woodstock y viven en San Francisco, es
poco probable que pensemos de la misma manera.

Son las adhesiones definitivas a verdades absolutas las que se han debilitado
en Occidente. La gente cree menos en ese tipo de cosas. Casi nadie está
dispuesto a dar su vida por sus creencias. La mayoría de la gente, acepta que
hay diversas creencias que son respetables, y no ve bien que alguien mate a
otro porque discrepa con él.

No significa esto que nos hemos vuelto racionales. En “El mundo y sus
demonios”, Carl Sagan dice que ya no creemos en brujas y demonios, sino en
platillos voladores y cientos de supersticiones propias de las religiones de la
nueva época y de una sociedad en la que el mito se ha vuelto cotidiano y
superficial. Probablemente esto es cierto. Felizmente, la fe en esos mitos
livianos no conduce a exterminios ni a brutalidades. Hace cuarenta años,
cientos de personas fueron fusiladas en Cuba por “contrarrevolucionarios” y los
intelectuales del continente aplaudieron la hazaña. Hace menos años todavía,
miles de argentinos, chilenos y uruguayos fueron asesinados por las dictaduras
militares de esos países y no fue posible detener la masacre. Tenemos la
fortuna de vivir en unos años en los que parece que eso sería más difícil que
ocurra dentro de Occidente.

La democracia de masas supone más tolerancia. Los nuevos electores quieren


vivir y dejar vivir, no morir o matar porque alguien piensa de otra manera.

D. LA BANALIZACION DE LA POLÍTICA

1. Han desmitificado el poder


Todo lo dicho ha vuelto a la política más cotidiana y ha despojado al poder de
sus aspectos místicos y misteriosos. Todos los regímenes totalitarios han
tratado de ocultar las facetas humanas de la vida de sus dirigentes. El poder
absoluto jugó con deificar a los líderes. Eran pocos los que podían ver al
Emperador de la vieja China. Hitler, era visto por sus partidarios como un ser
excepcional que iba a transformar el mundo. Franco decía ser “Caudillo de
España por la Gracia de Dios” y algunos de sus partidarios creían que eso era
cierto. Duvalier en Haití regía sobre la muerte, mantenía ejércitos de muertos
vivientes, zombies, a su servicio, y hasta las hormigas le obedecían para
combatir a sus adversarios. En los países comunistas no se podía saber cómo
vivían, quienes eran los familiares, o cuales los pasatiempos de sus principales
dirigentes. El hecho de tener aficiones mundanas parecía propio de los vulgares
mandatarios capitalistas y no de líderes proletarios que trabajaban por los altos
fines de una historia teleológica. El Libro de Mao Tse Tung llegó a ser un
amuleto que producía milagros. El heredero del poder de Corea del Norte, Kim
Jong II, afirma en su biografía oficial, que nació en una Montaña Sagrada,
iluminado por dos arco iris, mientras se escuchaban cantos misteriosos de aves
desconocidas. Para un Soberano proletario como él, sería demasiado humano
haber nacido en un una simple maternidad cerca de Vladivostok, como ocurrió
en la realidad.

En el mundo que hemos descrito, el nuevo elector no toma en serio ese tipo
de mitos. Sabe que sus dirigentes son humanos y quiere elegir mandatarios
humanos. Intuye que detrás de los delirios de grandeza de muchos héroes de
la historia se ocultan psicopatías que podrían perjudicarle. Ni Hitler, ni
Duvallier, ni Stalin, ni los otros líderes mitificados del pasado, conseguirían hoy
su voto.

La televisión permite a la gente común, conocer detalles de la vida de sus


líderes, que antes estaban reservados para las elites cortesanas. En estos
tiempos, los aburridos romances del Príncipe de Gales con una divorciada,
tienen gran despliegue y parecerían una prueba de la corrupción de las
costumbres de los monarcas. ¿Que habría pasado con la mayoría de los líderes
de la antigüedad si hubiesen estado sujetos a ese escrutinio? Es fácil imaginar
lo que habría ocurrido si existían canales de televisión poniendo en el aire los
detalles de la vida privada de los Papas Borgia, de Enrique VIII de Inglaterra,
o de Santa Irene de Bizancio reventando los ojos de su hijo para arrebatarle
el trono.

Hoy los dirigentes son vistos como personas normales. Cuando organizamos
sesiones de grupos focales para diseñar una campaña electoral, se organizan
diversos juegos que permiten conocer la relación de los electores con los
diversos líderes de ese país o esa ciudad. En uno de ellos, los asistentes
conversan con los candidatos que se encuentran sentados, imaginariamente,
en sillas vacías, para que el participante del experimento dialogue con ellos.
Su lenguaje corporal, sus palabras, sus actitudes, demuestran cuanto han
desacralizado a los dirigentes. Los tratan sin reverencias, como personas a las
que pueden hallar de manera horizontal.

El temor reverencial por la autoridad entró en crisis. Los electores buscan y


encuentran dirigentes que se les parecen en su apariencia física, su
indumentaria, sus gustos, sus aficiones. Desconfían de los que parecen muy
distintos, aunque sea por tener más méritos que la media. Ser muy inteligente,
culto o rico es peligroso. Cuando algún dirigente contemporáneo cae en los
arrebatos místicos de los caudillos clásicos que exigían a sus seguidores
permanecer en la lluvia o el sol para oír su mensaje, causa sonrisas y miradas
de picardía. Algunos piensan inmediatamente que podrán ganar unos pesos
extra por la extravagancia del orador. Los discursos de varias horas, usuales
en los antiguos líderes, solamente los escuchan multitudes atemorizadas por
gobiernos autoritarios. Los electores libres quieren relacionarse con dirigentes
humanos, que tienen también deseos, sentimientos. Con gente capaz de
equivocarse, reír, llorar, emocionarse. Con personas que, como ellos, se
aburren con los discursos pomposos.

En este punto hay que tener cuidado al interpretar determinados hechos desde
el paradigma de la política antigua propio de las elites. Lo que algunos
interpretan como necesidad de un liderazgo mesiánico en los casos de Hugo
Chávez o Abdalá Bucaram, tiene que ver más con el espectáculo, la diversidad
y la revancha social que con el "carisma". Desde los ojos de sus electores, más
que líderes mesiánicos, son actores de espectáculos divertidos protagonizados
por "uno de nosotros", que ofrece además fastidiar a los más ricos.

La falta de formación de muchos de nuestros dirigentes, los lleva a organizar


campañas electorales de una manera primitiva. La conducen guiados por sus
intuiciones, no tienen encuestas sistemáticas y después ni siquiera saben bien
porqué han ganado la elección. Normalmente no fue porque los creían una
nueva encarnación de la patria y la honestidad, como ellos suelen creer, sino
por razones más cotidianas, que analizamos en la última sección del libro. Allí
empieza su divorcio con amplias masas de electores que los votaron por
motivos que los propios candidatos no fueron capaces de percibir. Si hicieran
investigación científica durante la campaña y actuaran de manera racional
conocerían la lógica de su triunfo desde los ojos de los electores, cuáles fueron
las demandas que los movieron, y podrían gobernar de manera más eficiente,
con una estrategia de comunicación asentada en la realidad y no en mitos.
Quienes se creen Napoleón están en los sanatorios. Los dirigentes de la
democracia de masas deben ser conscientes de que los electores actuales han
desmitificado el poder y buscan gente menos excepcional.

2. Han desacralizado los símbolos

En ese juego, la presencia de una serie de símbolos puede llevar a equívocos.


Los íconos se han extraviado de su significado original y se usan en medio de
la confusión general causada por el derrumbe de las utopías del que hablamos
en la segunda parte del libro. Cuando una banda de Heavy Metal usa camisetas
con las efigies del Che Guevara, eso no tiene nada que ver con que sus
integrantes conozcan las ideas del antiguo guerrillero, las compartan y mucho
menos que quieran vivir una en un país como Cuba. Lo más probable es que
si hubiesen vivido en la isla de la época en que la revolución estaba viva,
habrían sido ejecutados por "raros" o drogadictos. La imagen del Che en este
contexto no es más que un icono que significa “rebeldía” y sería torpe intentar
buscar otros significados. De hecho es reemplazada o combinada con los
rostros de Jim Morrison, Marilyn Mason, o máscaras con el rostro del demonio,
sin que esto signifique nada en términos políticos.

Otro tanto ocurre con las religiones orientales transplantadas a nuestras


sociedades, que en muchos casos son tan auténticas como la nieve de los
árboles de Navidad en la Patagonia. Más allá de haber difundido visiones
curiosas del mundo, distintas de las occidentales, las túnicas de los monjes
budistas que venden incienso en las calles de México, Lima o Buenos Aires
tienen tanta relación con las enseñanzas de Buda, como las camisetas del Che
con la Revolución Cubana. Son manifestaciones de la crisis de la religión oficial
y manifestaciones de nuevos misticismos, que casi nada tienen que ver con las
Cuatro Nobles Verdades que son la columna vertebral de la doctrina del
Iluminado.

La actitud novelera de millones de personas que esperaban el fin del mundo al


llegar el año dos mil, mientras organizaban fiestas y compraban copitas de
plástico conmemorativas de la hecatombe, es un síntoma de la actitud
desacralizada de los latinoamericanos que ahora consumen y organizan fiestas
incluso para recibir al fin de los tiempos. En todos nuestros países los más
jóvenes tienen menos respeto del que tuvieron sus mayores, por las banderas,
los escudos, los himnos nacionales.

Incluso la guerra toma nuevas dimensiones y se cuestiona. Las comunicaciones


permiten conocer la realidad y muchos occidentales sienten asco de la guerra.
De cualquier guerra. Otros la apoyan cuando se sienten en riesgo, pero se
conmueven con los atropellos que se producen. Por algo la generación que vio
en la televisión las brutalidades de la guerra de Vietnam levantó el lema de la
paz. Si a principios del siglo XX hubiese existido la CNN, habría sido imposible
la primera Guerra Mundial, fruto de tantas desinformaciones. La muerte de
cada soldado norteamericano en Irak conmociona a su país. Se entrevista a
sus parientes y su mascota se convierte en personaje mundial. En el siglo
pasado la muerte de millones de personas tenía menos impacto y se justificaba
en nombre de grandes ideales. Actualmente la validez de una guerra se pone
en cuestión, por el sufrimiento de una familia, sobre todo en la medida en que
aparece en la pantalla de la televisión. No tiene el mismo efecto la muerte de
miles de iraquíes cuando no aparecen en la realidad mediática.

Desacralizados los símbolos y banalizada la guerra, algunos siguen sus


peripecias para armar un video juego que será el éxito comercial que se
regalará a los niños la próxima Navidad.

Todo se ha banalizado y se ha integrado al mercado. Los símbolos partidistas,


las pancartas, los discursos, pasan a ser un producto más de esa sociedad
consumista en la que los contenidos importan poco, priman las formas y la
búsqueda de placer.

3. Izquierda y derecha significan poco

No queremos entrar aquí en la discusión teórica acerca de la actualidad o


caducidad de los conceptos de izquierda y derecha que son uno de los ejes del
paradigma vigente. Fukuyama provocó una gran conmoción cuando habló de
la muerte de las ideologías y del "fin de la historia". Se han escrito decenas de
libros, apasionados, atacando o defendiendo sus tesis y la polémica subsiste
en el mundo de los intelectuales. En otra parte de este escrito analizamos el
tema desde otro ángulo.

Por el momento veámoslo solamente desde los ojos del nuevo elector. Toda la
investigación empírica nos dice que la inmensa mayoría de los latinoamericanos
no tiene interés por las posturas ideológicas cuando escoge a su candidato. En
nuestros países el porcentaje de ciudadanos que rechaza las discusiones
ideológicas y dice que no le importa si un mandatario es de izquierda o de
derecha, oscila entre un 70% y un 90%. Esas cifras tienen relación con otras:
entre siete y ocho de cada diez latinoamericanos dicen que no se interesan en
la política y no quieren saber nada de ese tipo de temas.

Por otra parte, otros actores políticos importantes tampoco parecen muy
interesados en esa distinción. En la práctica de nuestra profesión, hemos
conocido a muchos candidatos que antes de una elección, piden que
averigüemos si les conviene presentarse por la izquierda o la derecha para
ganar el comicio. Esta actitud es menos frecuente en las capitales de los países
relativamente grandes, en donde suele existir una elite teorizante y más
frecuente en sitios menos urbanos y refinados intelectualmente. El caudillismo
se renueva dentro de este mundo pragmático y desmitificado, pero se
mantiene como un elemento importante en los procesos electorales de la
región. Hay líderes locales que "tienen" sus propios votantes, que los respaldan
sin que les importe el partido por el que se postulan.

En estudios que se hacen después de las elecciones, los académicos


tradicionales, tratan de explicar el avance o retroceso de la izquierda o la
derecha, desde el desarrollo de las fuerzas productivas, el crecimiento de la
pobreza o desde otras teorías complejas. La verdad es a veces más simple:
cuando uno de estos caudillos cambia de la derecha a la izquierda, no se
produce un proceso de industrialización masiva y un fortalecimiento del
proletariado, sino que simplemente sus seguidores clientelares votan por él.
No hay un cambio en el curso de la historia sino que se ha producido un hecho
accidental, que no tiene explicaciones ideológicas.

Si la contradicción entre izquierda y derecha es algo que no tiene importancia


para la inmensa mayoría de los electores y para muchos de los candidatos ¿qué
sentido tienen esas categorías para explicarnos, en la realidad, los procesos
políticos que se desarrollan en la región? ¿No serán simplemente un juego
intelectual de sectores minoritarios que todavía se mueven en un viejo
paradigma?

La tendencia de los candidatos a conceder poca importancia al partido por el


que participan en la elección, es mayor en países cuyos partidos viven una
crisis radical como Venezuela o Perú, más o menos general, en países con
sistemas partidistas en crisis como Ecuador y menor en países como Colombia
o Chile, en los que todavía existen partidos consolidados. En países grandes
como México, o Argentina, el aparato partidista del PRI, el PAN o el Partido
Justicialista son útiles para ganar la elección. Desde el punto de vista del elector
son canales de comunicación que no tienen que ver mucho con las ideologías.
El tema de las ideologías merece una reflexión más detenida, que la hacemos
en otras parte del texto.

La política es cada vez más local y sólo los partidos que dan espacio a
problemas de la vida cotidiana, vistos antes como intrascendentes,logran
sobrevivir. La capacidad de los partidos de atraer a las masas es inversamente
proporcional a su ortodoxia ideológica. Esa pérdida de definición ideológica en
las formaciones partidistas hace que los electores den todavía menos
importancia a los idearios de los partidos y que los candidatos puedan
transitar fácilmente de un partido a otro, cosa que era más difícil cuando los
liberales eran liberales, los conservadores, conservadores y los izquierdistas
ateos y racionalistas.

En la antigüedad, los líderes políticos suponían que tenían doctrinas, que


debían predicar a un pueblo ignorante. Se formaban leyendo y perfeccionando
sus técnicas oratorias para convencer a los demás con sus teorías y conseguir
el voto gracias a la palabra. En la sociedad democrática contemporánea los
líderes tienen sus ideas, pero deben dialogar con los electores, que tienen sus
propios puntos de vista acerca de las cosas y no las van a cambiar por un
discurso. Además de leer libros, están obligados a estudiar encuestas y a
conocer lo que los técnicos les decimos acerca de la opinión pública.

En ese dialogo que se establece entre el líder y el elector, descubren muchas


veces que sus ideas eran equivocadas y en otras, elaboran estrategias para
mantenerlas y persuadir a los electores de sus tesis. Cuando un líder se siente
muy iluminado y pretende revelar “la verdad” a los electores, suele causar
rechazo.

En todo caso, podemos decir que el nuevo elector, más allá de lo que piensen
las elites intelectuales, tiene cada vez menos interés por lo ideológico y ha
puesto en la agenda electoral otra serie de temas que los políticos deberían
discutir.

4. No quieren ser representados

Particularmente los estudios cualitativos que se hacen con grupos juveniles,


dicen que los nuevos electores son críticos radicales del orden establecido, pero
no tienen ningún interés en transformarlo, al menos dentro de sus propios
parámetros. Rechazan las tesis que se debaten dentro del paradigma, sean
“socialistas” o “neoliberales”, porque están fuera de su lógica.

Muchos de los nuevos electores no sienten ningún entusiasmo por participar


en la vida de los partidos, ni en plantear alternativas para revitalizarlos. En
todos los países hablan de manera despectiva de los Parlamentos, suelen
hablar mal de los Presidentes, sienten que la política es una actividad corrupta,
extraña a su mundo, en la que es mejor no participar.

En ese sentido, cuando se diseña el mensaje electoral desde el punto de vista


de las elites y no desde los ojos del ciudadano común, se pueden cometer
graves equivocaciones. Las polémicas que apasionan a los políticos suelen ser
irrelevantes e incluso repelentes para los electores indecisos son la mayoría y
deciden la suerte de los comicios.
El elector común rechaza lo "político" como algo dañado, más por sensaciones
que por argumentos. Sospecha de todos los que aparecen como políticos y a
veces, vota por un candidato solo porque les parece distinto. Se deja llevar
más por aspectos formales y no se preocupa mucho de que el "nuevo caudillo”
mantenga ideas distintas. Busca formas distintas. Lo curioso es que algunos
candidatos, no son concientes de éste hecho y cuando asumen el poder,
habiendo sido votados por ser distintos, caen en el discurso de los políticos
tradicionales, se dedican a confrontar con los otros políticos y terminan siendo
"uno más de los de siempre". Pierden su encanto de “novedad” ante la
población. Quieren ser Velasco Ibarra o Perón sin darse dan cuenta de que los
han elegido justamente parecen distintos de los viejos líderes.

Por otra parte, todos los estudios de opinión dicen que los electores desconfían
de casi todos los entes colectivos. En la mayor parte de los países de la región
las instituciones han perdido prestigio. Cuando se mide su imagen, suelen tener
saldos positivos la Iglesia Católica, los medios de comunicación y a veces, las
Fuerzas Armadas, en los países en que sus dictaduras no fueron muy brutales.
Tomemos en cuenta que las tres son organizaciones que no pretenden, al
menos formalmente, ser voceros políticos del conjunto de la población. Casi
siempre las organizaciones e instituciones que tienen que ver con la política:
partidos, parlamento, gobierno, tienen una imagen negativa.

Si la crisis no fuese tan homogénea, podría explicarse por los errores de


determinado partido, sindicato o Congreso, pero no es posible que todos se
equivoquen. Debería haber un porcentaje aceptable de organizaciones que
estén haciendo bien las cosas en algún sitio del continente. El hecho es que
incluso en los países como México, Argentina o Colombia, en los que los
partidos tradicionales mantienen su vigencia, la gente los critica más cada día.

Pero hay algo más: no hay otras organizaciones que hayan podido llenar ese
vacío. Sindicatos, asociaciones indígenas, ONGs, grupos ecologistas y otra serie
de grupos de todo tipo han presentado o apoyado a candidatos y en muchos
casos han sufrido derrotas aparatosas. Los estudios de opinión nos dicen que,
en general, los electores no sienten que estas instituciones les representan.
Sería absurdo que, no solo las instituciones políticas, sino que todas las
organizaciones de todo orden, se equivoquen en el continente.

En realidad, pasa algo más profundo: los nuevos electores no sienten la


necesidad de ser representados. Desde el mundo individualista en el que se
han socializado y desde la ilusión de participación que produce la política
mediática, los nuevos electores, no quieren, ni necesitan, que alguien hable
por ellos. Pretenden vivir su relación con el poder, o su falta de relación con el
poder, desde su propio horizonte personal, usando los medios de
comunicación. Opinan sobre economía o política cuando creen que algo les
afecta y adoptan posiciones más bien por sentimientos, sin interesarse en los
debates teóricos, y sin hacer ningún esfuerzo por estudiar esos temas.

Están en contra del ALCA o de la invasión a Irak simplemente por antipatía a


los Estados Unidos de Norteamérica. Odian al Fondo Monetario Internacional
porque cuando llegan sus delegados sube el precio de la gasolina, se producen
problemas, hambrunas, huelgas y fastidios, sin que esté muy clara la relación
entre esos burócratas antipáticos y las conmociones que les acompañan. No
tienen tiempo, ni paciencia, para comprender los sesudos análisis de los
burócratas internacionales que demuestran que las medidas de ajuste les
provocarán hambre por unos pocos años, pero tendrán efectos
macroeconómicos positivos de largo plazo. En realidad, les importa el momento
y no el largo plazo. Los burócratas internacionales suelen decir que saben que
finalmente, los ciudadanos son sensatos y apoyarán “lo que hay que hacer”
aunque produzca problemas. Esto es absurdo. Se puede lograr con una
campaña de investigación y comunicación muy bien llevada, explicar lo que
ocurre, pero va en contra de lo natural. La gente común cree que lo que
“deben hacer” los gobernantes es no fastidiar, satisfacer sus necesidades y
dejarles vivir en paz.

Algunos políticos e intelectuales pretenden llegar a esos nuevos votantes con


un discurso teórico complejo, suponiendo que los conceptos mueven a los
votantes. Eso no funciona. Los electores toman sus decisiones desde sus
sentimientos y sueños, positivos o negativos, constructivos o destructivos, en
un juego personal individualista, en el que solamente importa el corto plazo y
para el que no necesitan mediaciones.

5. Rechazan las dictaduras y los autoritarismos

Pero su crítica a la política y a las instituciones democráticas no significa que


estén en contra de la democracia. Cuando las encuestas miden las actitudes
de los electores frente a las dictaduras, la inmensa mayoría de los
latinoamericanos dice que prefiere la democracia a la dictadura. Critican a la
democracia, pero no estarían de acuerdo con que un grupo de militares “asuma
todos los poderes” como lo hacían en la antigüedad. En eso, también hemos
avanzado. Parecería que, al menos en el mediano plazo, la brutalidad de las
dictaduras militares no volverá a nuestros países.

En realidad, el respeto a las diversidades y todas las actitudes que hemos


descrito en este trabajo, llevan a los occidentales más cerca de una utopía
individualista liberal, que de un modelo comunista o fascista. Los nuevos
electores prefieren que no existan autoridades que coarten sus espacios
vitales. Saben que los gobiernos autoritarios no respetan las libertades básicas.
En sus versiones extremas, los dictadores de China, Cuba, Corea,
Turkmenistán, y otros países semejantes han terminado prohibiendo o
restringiendo la música, la televisión o la Internet que desde su perspectiva
son elementos indispensables para vivir mejor la vida. Han oído, sorprendidos,
que las dictaduras militares de los años setenta perseguían a los jóvenes para
cortarles el pelo, prohibían el rock, atropellaban los derechos más elementales.
Todo eso parece ahora insólito y absurdo.

Son críticos de la democracia pero no quieren una sociedad autoritaria. Sienten


fastidio por el actual sistema porque no les proporciona toda la libertad que
quisieran y no porque demandan una autoridad que les reprima. En todos los
países, la mayoría se opone a la adopción de sistemas corporativistas que
algunas minorías pretenden imponer en nombre de una "democracia
participativa". No quieren participar de esas democracias. No quieren
"desperdiciar el tiempo" dedicándose a la política, pero tampoco quieren perder
ese pequeño espacio de poder que les da su voto en la democracia
representativa. En ese sentido, no querrían que exista una democracia
“participativa” que les aburra con temas políticos. No quieren ser representados
de manera absoluta, pero prefieren que otros se hagan cargo de manejar el
poder.

Defienden su derecho a votar porque saben que esa pequeña fuerza impide
que los atropellen y les permite conseguir algunas cosas que les parecen
importantes desde su vida cotidiana.

6. Se sienten insatisfechos, frustrados y querrían emigrar

A lo largo de veinte años hemos trabajado en investigaciones cualitativas con


Roberto Zapata, un consultor que, a despecho de vivir casi toda su vida en
Venezuela, conserva su acento español. La escena se repite una y otra vez en
diversos sitios: al terminar las sesiones con jóvenes, los asistentes se
arremolinan en su derredor pidiéndole ayuda para emigrar a España.

En casi todos nuestros países la mayoría de los jóvenes, en particular de los


estratos populares, lo que quieren es emigrar. Creen que nuestra realidad no
les permite lograr las metas con que sueñan. Quieren consumir más, vivir
mejor, y creen que nuestros países no les dan las mismas posibilidades que los
países capitalistas avanzados.

Si leemos viejos textos constataremos que, desde siempre, los


latinoamericanos sentimos que atravesamos una crisis económica. El deseo de
emigrar no tiene que ver con que se haya producido una caída en el nivel de
vida de la mayoría de nuestros países. Esto puede ser real en la Argentina del
2002, cuando los deseos de emigrar alcanzaron a sectores educados de clase
media, pero no es la norma en los países de la región.

Por lo general, los que emigran no son hijos de personas que viajaban en
primera y que ahora, como efecto de la crisis, se ven obligados a emigrar en
clase turista, sino que son ciudadanos de hogares modestos, cuyos padres
nunca salieron del país, a veces ni siquiera de su aldea, que ven en la
emigración la posibilidad de mejorar sustancialmente su nivel de vida. Con el
dinero que envían los emigrantes, pueblos y barrios enteros se transforman en
El Salvador, México, la República Dominicana o El Ecuador. Quienes se van
obtienen ingresos que nunca habrían conseguido en su propio país, aunque
sus economías hubiesen progresado más.

La televisión, la Internet y el desarrollo de las comunicaciones les ponen en


contacto con el mundo. Quieren vivir como los habitantes de países prósperos
y quieren emigrar movidos por las visiones del mundo de las que hemos
hablado antes. Son pragmáticos, individualistas, buscan dinero. No emigran a
Cuba o a Corea del Norte para entregar sus esfuerzos a la construcción del
paraíso de los trabajadores. La gran masa se va a los países capitalistas
"neoliberales", para buscar una vida mejor, en sociedades rechazadas por
algunos políticos de izquierda que pretenden representarles en sus países de
origen. No huyen de nuestros países semi estatistas a los totalmente estatistas,
sino hacia el liberalismo. Escapan de países que dan muchas garantías a los
trabajadores, hacia países en los que impera la “ley de la selva” del capitalismo,
porque allí les va mejor.

Los emigrantes mantienen una intensa relación con sus lugares de origen, lo
que promueve nuevas oleadas migratorias. Varios estudios han comprobado
que la gente emigra hacia donde viajaron anteriormente sus vecinos o
parientes. El dinero que envían, es una de las fuentes más importante de
ingresos de varios países de la región y ha generado la aparición de
importantes grupos de electores, que viven de los envíos de sus parientes y
que terminan constituyendo un grupo de privilegiados con motos y ropa de
marca que viven en barrios marginales. El tema de cómo llegar a esos votantes
de extracción popular, con acceso a un consumo inusual en el entorno en que
viven, socializados en familias que se han desarticulado completamente y que
trasladan a sus comunidades costumbres propias de otros países, está poco
estudiado. Su voto, en algunas ciudades más pequeñas puede ser decisivo.

En todo caso, esto no ha permitido la aparición de nuevos partidos de


izquierda. Lo que motiva a estos jóvenes no es la sed de justicia y de igualdad
que invocábamos los antiguos, sino la búsqueda de ascenso social y de placer.
Aunque tienen dinero, se sienten marginales y alientan otros fenómenos de
rechazo al orden establecido, que se expresan a través de la formación de
pandillas, el uso y comercio de drogas y el incremento de otras actitudes
marginales.

Pero no sólo es dinero lo que envían los emigrantes. Transmiten valores y


visiones del mundo que agudizan las líneas de los fenómenos señalados
anteriormente. La post modernidad viaja en los “e-mails” que relatan
anécdotas y experiencias. La sociedad tradicional sufre un nuevo ataque desde
este flanco, las visiones comunitarias se debilitan y nuevas ideas se difunden
y corroen las identidades locales.

Poco se ha pensado sobre el efecto de estos fenómenos en las campañas


electorales y en las crisis de imagen de los gobiernos de la región.

7. Quieren un cambio radical que va más allá de la política

Todo esto les lleva a buscar un cambio radical que está fuera del paradigma
de la ciencia política tradicional. Los antiguos sueños revolucionarios han
muerto, pero la subversión es uno de los motores de la evolución de la vida y
del progreso de la especie. Los avances se producen porque distintas formas
de vida tratan de innovar el mundo.

Las masas suelen ser poco innovadoras. Los nuevos electores son también
conservadores, pero hay una nueva realidad que no es compatible con las
viejas formas políticas. Tal vez les interese un cambio que esté más allá de la
vieja política y que replantee una política que incluya sus demandas.

Si leemos este deseo de un cambio radical desde la lectura tradicional,


parecería que la mesa está puesta para que prosperen las alternativas de la
izquierda y de la revolución socialista, pero esto es enteramente falso. Esas
son alternativas concebidas dentro del paradigma antiguo y están más lejos de
los sueños de nuestros jóvenes que las instituciones de la sociedad liberal a la
que rechazan. Estos nuevos electores no quieren volver al siglo XIX, sino
avanzar hacia un tiempo vertiginoso que está más allá del XXI. No quieren un
comunismo aburrido y austero como el de la China de Mao, o la Unión
Soviética. No quieren que les controlen y coarten sus libertades. Quieren
consumir y ser libres.

En América Latina, los sindicatos y los partidos de izquierda no se convirtieron


en la vanguardia de la lucha de las grandes mayorías en contra de los
capitalistas, como lo pretendía la teoría marxista. En general, los sindicatos se
fortalecieron en el sector público más que en el privado y terminaron
representando intereses de grupos concretos de burócratas que luchan por
mantener sus conquistas y mejorar sus condiciones de vida. Los grandes
protagonistas de las luchas sindicales no son ya los Sindicatos de la Carne del
primer peronismo o los sindicatos de los obreros metalúrgicos. Son los
maestros y los empleados de empresas estatales, que en la práctica las han
privatizado para sí mismos, cuyas reivindicaciones no favorecen al conjunto de
los pobres. Las pagan los pobres.
Desde la teoría marxista los sindicatos eran organizaciones de trabajadores
que debían luchar para arrebatar a los dueños de los medios de producción la
plusvalía. El incremento salarial que exigían era una porción de riqueza que,
desde la perspectiva de Marx, era robada por los ricos y debía ser devuelta a
los pobres para satisfacer sus necesidades. Cuando los sindicatos son estatales,
no están disputando la plusvalía de ningún rico. El costo de sus demandas los
paga el conjunto de ciudadanos, incluidos los más pobres, a través de
impuestos e incrementos de precios.
Por todo esto, el cambio que buscan los nuevos electores está más allá de las
propuestas de esos grupos organizados. No quieren pagar más impuestos para
que los burócratas tengan mejores sueldos. Quieren cambiar el mundo de
manera más radical y personal. Su revolución tiene que ver con realidades
físicas o virtuales que cobran sentido desde otras instancias, más pragmáticas
y al mismo tiempo más simbólicas que las tradicionales. Quieren líderes
diferentes a los “políticos de siempre”. Ese “ser diferentes”, es lo único en lo
que han coincidido, más allá de sus ideologías, los presidentes Menem,
Fujimori, Chávez, Gutiérrez y Collor de Mello, los alcaldes Belmont de Lima,
Mockus de Santa Fe de Bogotá, y Palenque en La Paz que, al menos en sus
primeras campañas, tuvieron algo de “distinto” por su apariencia física, sus
costumbres estrafalarias o incluso elementos étnicos o religiosos.

Uno de los principales desafíos de la nueva política en la región es comprender


esa necesidad de cambio desde una perspectiva que supere los esquemas
tradicionales, basándose en investigaciones empíricas rigurosas, tanto
cualitativas como cuantitativas, que permitan conocer objetivamente los
puntos de vista del elector. La nueva democracia no puede existir sin un
proceso de diálogo permanente entre los líderes y los ciudadanos de esta
sociedad en que la democracia se ha ampliado y profundizado de esta manera.

Todo lo dicho no es lineal ni mecánico. América Latina es un enorme crisol de


mundos superpuestos que va desde la feria de pulgas de San Telmo en Buenos
Aires, tan europea y pintoresca, hasta los grupos indígenas de la Sierra
Taraumara en Chihuahua, que viven en las cavernas. Los temas que hemos
analizado impactan en todos esos sitios, con distintas intensidades y
modalidades, pero han alterado la vida de todos los latinoamericanos.
Como dijimos en otra parte del texto, tampoco creemos que la historia sea
teleológica y que vayamos de un punto alfa a un punto omega, como supuso
Theillard de Chardin. Ni siquiera estamos seguros de que la historia va en
realidad a algún sitio. Sin embargo, parecería claro que estas visiones del
mundo de los electores y estas actitudes frente a la vida y la política son
irreversibles y se incrementarán durante los próximos años.

SEGUNDA PARTE

LA AGONÍA DE LAS GRANDES UTOPÍAS

EL MUNDO EN EL QUE NACE EL NUEVO ELECTOR


1. La agonía de las grandes utopías y la democracia de masas

Normalmente el discurso va de lo general a lo particular. Al escribir estas


líneas lo correcto habría sido, empezar reflexionando sobre los
conceptos, que permiten descubrir leyes generales acerca de la realidad
política de nuestro continente, para luego ir a las efímeras percepciones
del mundo que viven los nuevos electores latinoamericanos. Hemos
invertido el orden de nuestra exposición para expresar, con la estructura
del texto, los valores vigentes en la mentalidad del nuevo elector. Lo