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¿Qué fue, qué es, qué será?

Ángela Barrera

Óscar Fernando Pérez


Código: 20161057026

Profesor
Oscar Useche Aldana

Universidad Distrital Francisco José de Caldas

Maestría en Investigación Social Interdisciplinar


Línea de Lenguaje e Interpretación Cultural
Practicas discursivas y comunicativas de diferentes colectivos

Bogotá
2015
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Ninguna civilización ha conocido una sexualidad más charlatana que la nuestra.


Foucault (Dits et écrits III, 90)

Asumiendo la sexualidad como un personaje, se puede constituir su perfil desde


diferentes trasfondos partiendo desde los rasgos característicos que sus diversos
autores le han asignado, transformándola a lo largo de la historia. En un principio si
pensamos en la sexualidad del hombre primitivo, se puede pensar de una forma más
salvaje, instintiva y reproductora, que no toma en consideración agentes agregados
como la vestimenta o los accesorios, por el contrario se basa en impulsos físico
químicos que orientan sus formas de interacción. Sin embargo, con el avance y la
evolución de la especie humana, este tópico en su forma práctica y conceptual ha
mutado y se ha asimilado como “el conjunto de los efectos producidos en los cuerpos,
los comportamientos y las relaciones sociales por cierto dispositivo dependiente de una
tecnología política compleja” Foucault (2003, p. 154), que si bien la sexualidad es
necesaria en las interacciones humanas, esta se ha conformado con un elemento
regulador de comportamiento y agente de control jerarquizadado no solo a nivel macro,
sino que también a nivel micro social, desde la familia y la pareja. Es en este momento
en que las asociaciones sociales que avanzaron conformando tribus, colonias,
civilizaciones, imperios y estados, en las que se originan teorías que cruzan por lo
mitológico hasta lo científico, el hombre se ha encargado de ejercer control y
regulaciones sobre los actos que movilizan la existencia humana.

Esas formas de control que se dan desde el poder tener, hacer, saber y ser, seducen
sobre la idea de ejercer poder sobre el tener, hacer, saber y ser del otro en beneficio
propio, lo que posibilita la creación de artificios de dominación simbólica, mental y física
apresando la voluntad de quienes son sujetados. Elementos desarrollados a lo largo de
la historia como el trabajo, la fe, la salud, la espiritualidad, la naturaleza, la sexualidad
entre otros, han sido sometidos desde el lenguaje promoviendo discursos, que operan
desde un estado de saber-conocer y actuar con relación al tiempo y el espacio. “Los
sujetos pueden constituir textos particulares pero ellos operan dentro de los límites de
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una episteme, la formación discursiva, el régimen de verdad de un periodo y cultura


particular” Hall (ed. P. 37). Este juego de fuerzas ha constituido esferas de poder que
desde estructuras sociales se modifican con relación al tiempo y lugar frente a los
sucesos acontecidos en él, entrando en escena la sexualidad como dispositivo de
poder, estableciéndose como elemento esencial en la regulación del cuerpo y desde
este del alma, la mente y la subjetividad.

La sexualidad tuvo cambios significativos desde su apresamiento en un contexto


religioso que la condenaba a unas funciones reproductoras, sometiéndola y con ella al
cuerpo al servicio de Dios, consignado desde la Biblia, “¿No sabéis que vuestro cuerpo
es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros, y que habéis recibido de Dios?” (1
de corintios 6:19. Nuestra Sagrada Biblia), esta reducción del cuerpo y todas sus
funciones sexuales a la regulación institucional de la iglesia, que como jerarca y
delegada divina, dicto las normas de acción y comportamiento; por lo tanto en la
profesión de fe del IV Concilio de Letrán afirma que Dios, "al comienzo del tiempo, creó
a la vez de la nada una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y
la mundana. Catecismo de la iglesia católica. Iglesia Católica (327), Esta dualidad del
ser entre lo divino y lo mundano repercutió constantemente en las formas de relación e
interacción humana, reduciendo y dejando de lado el cuidado y la atención al cuerpo, ya
que según el pensamiento de este sistema de creencias, éste era el camino hacia el
mundo, puerta al pecado y ruta directa al infierno. Por lo tanto para purificar el alma
contaminada por las manchas causadas por el cuerpo, este debía ocultarse, someterse,
así tener el mínimo contacto con el mundo pagano, ya que “uno no es este cuerpo, sino
un alma espiritual al servicio eterno de Dios” (Vallverdú p.212).

Es así que se constituyó como dispositivo de poder la confesión, la cual cumple una
doble función, la de informar sobre las actuaciones intimas de cada sujeto y regular su
comportamiento mediante la penitencia y sometiendo las mentes y desde ahí la
subjetividad y por su puesto la corporalidad. Sin importar la corriente religiosa esta idea
de cuerpo como camino de condenación se ha manifestado, haciéndose evidente con
fuerza en las vertientes católicas y protestantes que tuvieron gran pugna por la
concepción religiosa y espiritual, que logro dividir una tradición milenaria en relación a
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cuestiones de forma, más no de contenido. Estas luchas de poder se constituyeron a


partir de la oscuridad, el miedo, el frío de las tinieblas, el temor a lo oculto, a la plaga y
por ende a la enfermedad y la muerte, símbolos que se reforzaban con la situación
política que vivía Europa en la transición de la edad media a la industrialización y así al
capitalismo salvaje. Sin embargo a partir del siglo XVIII, el imperio británico logró salir
avante y establecer un estado de seguridad política con relación a sus vecinos,
permitiéndole ascender rápidamente en el proceso industrialización y conformación de
empresas productoras, que contaban con grandes capitales humanos al servicio de la
máquina; para lo cual se generaron nuevos dispositivos que iban acorde con la
situación política, económica y por supuesto religiosa desde la adopción del
protestantismo luterano, que le permitió cortar todo vínculo asistencialista hacia Roma,
aumentando las arcas de la monarquía y de la creciente burguesía.

Inglaterra se instituyo como una sociedad de dos pisos, en el piso de abajo la clase
obrera; que solo tenía su cuerpo, su fuerza y su mano de obra para subsistir bajo unas
condiciones deplorables de esclavismo, en las que debían laborar más de 16 horas
diarias, sin derecho a salud, educación y mucho menos interacción. Sumado a esto, los
niños eran subyugados desde los 5 años de edad a trabajos extenuantes, grillos y
cadenas que los sometían a las maquinas, para únicamente recibir un lugar donde
medio dormir y un mendrugo de pan. Por otro lado en el piso de arriba estaba la
aristocracia y la burguesía que rápidamente aumentaba su capital y de esta forma
lograba cumplir sus deseos de similitud con la monarquía, que si bien no tenían el
derecho de sangre, si tenían el derecho de tierra, el capital y las riquezas, que le
permitían obtener todos los lujos y el nivel de vida de cualquier miembro de la casa real.
Es así que en este juego de poder, entra en escena la reina Victoria, quien siendo
puritana, establece una moral pacata, en la que toda expresividad emotiva estaba mal
vista y era un acto de mala educación, a lo que por supuesto se sometía todo lo
relacionado con la sexualidad, implantando las normas de buenos modales, la
delicadeza al vestir, hablar y sobre todo al actuar; indicaciones que eran aplicadas con
extrema rigurosidad por sus súbditos e impuestos por los industriales a sus empleados,
ya que la sexualidad para los de abajo era un asunto netamente reproductor, pues
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como dice el adagio popular “el tiempo es oro y el oro es un tesoro”, por lo que no se
puede perder el tiempo en actos improductivos y por de mas concupiscentes.

En escena anticatólica, monárquica, burguesa, capitalista e industrializada, el


dispositivo de confesión ante el sacerdote se convirtió en líquido y poroso, donde ya no
era un verdadero contenedor de información y por su puesto débil en su papel
regulador, por lo que se debió actualizar y constituir una nueva herramienta que
cumpliera de la mejor forma, el papel que cumplía la confesión sacerdotal. Por lo tanto
nada mejor que la creciente y vigorizante ciencia, que para finales del siglo XIX y
principios del siglo XX, aumentaba su credibilidad y se imponía con certezas y una
metodología positivista. Es así que la medicina, la psiquiatría, la economía, la moral, la
biología, la pedagogía entre otras, conformaron un nuevo agente regulador, que
señalaba desde la certeza académica como debía organizarse las realizaciones
individuales y el comportamiento social, en aras del “bienestar y desarrollo” nacional,
para lo que se formularon políticas de control de la natalidad, mortalidad, esperanza de
vida, salud pública, asociaciones maritales, entre otras que promovieron otras plazas de
confesión, en donde se le contaba al médico, al psiquiatra, al psicólogo, al banquero, el
maestro, etc., las actuaciones y dentro de estas los actos relacionados con la
sexualidad, lo que favoreció la mutación del dispositivo de control y enriqueció el saber
sexual de los individuos.

La permanencia del poder en unas esferas, se traslada hacia otros elementos de


control y regulación, pero su trasfondo de sentido permanece inmutable, es así que se
pasó del exclusivo temor por el alma a la combinación del temor divino y el temor
científico, de tal forma que “a la expiación que causa estragos en el cuerpo debe
suceder un castigo que actúe en profundidad sobre el corazón, el pensamiento, la
voluntad, las disposiciones”. Foucault (2002, p.18).

Esta nueva fórmula domina, controla y regula de forma exhaustiva aprovechándose de


lo que le conviene y señalando, marcando, cuestionando y excluyendo lo que no le
beneficia. Es así como por mucho tiempo la homosexualidad fue considerada un
accionar anti natura y así “apareció como una de las figuras de la sexualidad cuando
fue rebajada de la práctica de la sodomía a una suerte de androginia interior, de
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hermafroditismo del alma” Foucault (2003, p. 57), que hoy por hoy, es considerada
como una de las banderas de la libertad sexual y digna de todo respeto, constituyendo
una maquinaria simbólica de reproducción ideológica y de economía prominente que
mueve miles de millones de dólares diariamente, desde los distintivos, manifestaciones
espacios web, lugares especializados y artículos representativos. Ésta, como otras
formas sexuales y por ende del sexo, han elaborado una serie de mecanismos de
control que permite regular, vigilar, inspeccionar e incitar desde y hacia un interés
establecido desde los actores poseedores del poder. “En suma, se trata de definir
estrategias de poder inmanentes en tal voluntad de saber. Y, en el caso preciso de la
sexualidad, constituir la “economía política” de una voluntad de saber”. Ibíd., (2003, p.
92).

Cuando Foucault se remite a la represión de la sexualidad, su intención no es negar


que haya existido, mas bien, mostrar cómo a través de la historia constituye una línea
de fuerza en la modernidad. Por eso antes no se habia hablado de la sexualidad de
forma tan detallada.
Dice Foucault, que asistimos a una proliferación de la discursividad y sus prácticas
generales. Sostiene Foucault "Nuestra civilización, a primera vista al menos, no posee
ninguna ars erotica. Como desquite, es sin duda la única en practicar una scitia
sexual. O mejor, es la única que ha desarrollado durante siglos, para decir la verdad del
sexo, procedimientos que en lo esencial corresponden a una forma de saber
rigurosamente opuesta al arte de las iniciaciones y al secreta magistral: se trata de la
confesión." Foucault (2002, pág. 58).

Realmente trataba de mostrar como en las sociedades occidentales de la modernidad


se implantaba la experiencia como facultad de los individuos para reconocerse como
sujetos de la sexualidad y así, abrir sus conocimientos de dominios y de saber dentro
de una cultura que ejerce dominios de poder muy variables.

La experiencia de la sexualidad a través de la historia se podría dar como una


experiencia cristiana de la carne a través del hombre del deseo. Por eso se hizo difícil
ser el objeto de análisis de la formación y desarrollo de la sexualidad en el siglo XVIII.
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Es decir, era desenmascarar la manera como los individuos sentían la necesidad de


ejercer sobre sí y sobre los otros una herméutica del deseo, de cómo el hombre de
occidente había llegado a reconocerse como sujeto de deseo, implantado una situación
de poder-saber.

Foucault plantea en el libro una hipótesis represiva en la cual hace referencia a una
represión del sexo por parte del poder que posee la sociedad a partir de la cual
plantea 3 preguntas: “¿la represión del sexo es en verdad una evidencia histórica?, la
mecánica del poder, y en particular la que está en juego en una sociedad como la
nuestra, ¿pertenece en lo esencial al orden de la represión? y el discurso crítico que se
dirige a la represión, ¿viene a cerrarle el paso a un mecanismo del poder que hasta
entonces había funcionado sin discusión o bien forma parte de la misma red histórica
de lo que denuncia llamándolo "represión"? Planteadas estas preguntas se evidencian
las diferentes formas de poder.

Foucault afirma que los dispositivos de poder y de saber no necesariamente son


secundarios, para lo que indica que, no es necesaria una represión, mas bien, que se
deben partir de mecanismos que produzcan saber y así se multipliquen los discursos.

Cuando se habla de la relacion de poder y sexo existen unos análisis políticos de poder
que se caracterizan principalmente por:

 La relación negativa: entre el poder y el sexo, no existe relacion alguna,


rechazo, sus efectos adquieren la forma general del limite y la carencia.

 La instancia de la regla: el poder, dicta al sexo lo que significa al sexo su ley.


Este es colocado bajo un régimen binario. Este se encuentra dominado por el
poder y las reglas que este establece.

 El ciclo de lo prohibido: “el poder no aplicaria al sexo más que una ley de
prohibición” Foucault (2003 pág.79). el objetivo que renuncie a sí mismo, y su
método, la utilización de castigos.
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 La lógica de la censura: se adoptan tres formas principalmente: afirmar que eso


no esta permitido, impedir que eso sea dicho, negar que exista. De esta forma se
afirma que lo prohibido debe permanecer así hasta que el hecho cambie.

 La unidad de dispositivo: el poder sobre el sexo es igual en todos sus niveles.

Foucault toma como partida para hacer la historia de la sexualidad los siglos XV, XVI,
XVII, XVIII Y XIX. Ya que estos presentaban momentos en donde la historia
representaba los placeres más singulares, que eran llamados a una formulación de si y
sobre sí mismos, es decir, un discurso verídico, que no tomara en cuenta los de la
iglesia, el pecado, la salvación, muerte y eternidad, mas bien que hablara del cuerpo y
de ese scitia sexual, la ciencia.

Esta época fue importante en la investigación ya que, nacía, tomaba fuerza el discurso
del conocimiento científico, ya se dejaba de lado las ideas y creencias, las cosas se
comprobaban.

A finales del siglo XVIII se empieza a dar un discurso que afirmaba que la sexualidad
era reprimida cuando históricamente se había mantenido en silencio. Entonces se toma
en juego esta categoría de análisis histórico-político: la represión.

El tema de los interrogantes anteriormente planteados por Foucault torna en resituar la


hipótesis represiva que a su vez es histórica, política y teórica en un contexto de
“economía general del discurso sobre el sexo dentro de las sociedades modernas a
partir del siglo XVII” Foucault (1986 pág. 19). Lo que finalmente se busca es responder
a la pregunta de si somos o no reprimidos sexuales, mas bien responder a por qué se
dice con vehemencia que somos lo que somos.

Es por eso que el psicoanálisis no se separa de los dispositivos de sexualidad, mas


bien la tarea que desarrolla el psicoanálisis es eliminar los efectos de represión
mediante el discurso. Por eso tan importante su papel diferenciador dentro de este
dispositivo.

Esta amplia proliferación de discursos que se tornaron alrededor del sexo se volvió
posible gracias a las limitaciones de cómo hablar, con quién y dónde, bajo cuales
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circunstancias. Así, de esta forma, funcionaron como mecanismos de producción


discursiva. Foucault asevera, “lo propio de las sociedades modernas no es que
condenaron al sexo a permanecer en la sombra, sino que siempre se dedicaron a
hablar de él, pero siempre haciéndolo valer como un secreto” Foucault (1986. Pág. 49).

En los siglos del XVII al XIX se evidenció una avalancha discursiva respecto a los
modelos sexuales, por eso, en el trascurso del siglo XIX el sexo se afirma en el campo
del saber.

Foucault muestra la historia de la sexualidad centrada en una periodización en el


campo de la represión donde evidencia dos rupturas. La primera en el siglo XVII con la
aparición de las prohibiciones, y la otra en el siglo XX, donde los mecanismo de
represión empiezan a ceder, es decir, a una tolerancia frente a relaciones
extramatrimoniales.

En la pedagogización del sexo infantil, Foucault señala en el libro Los Anormales; es el


masturbador, “es un espacio mucho más estrecho. Es el dormitorio, la cama, el
cuerpo; son los padres, los supervisores directos, los hermanos y hermanas; es el
médico: toda una especie de microcélula alrededor del individuo y su cuerpo”.
(Foucault, 2011). La sexualidad toma fuerza en la incitación a hablar, de los placeres, de
cómo las formas de conocimiento y de los controles que se establecian con respecto a
eso, al sexo.

En este recorrido histórico por que el que Foucault nos lleva, esa seri de estudios
concernientes en cuanto a las relaciones históricas de poder y el discurso sobre el
sexo, se evidencia que el poder en estas sociedades modernas no ha regido a la
sexualidad desde el enfoque de ley y soberanía. Por eso, Foucault invita a un
desciframiento histórico para avanzar a otra concepción de poder, es decir, pensarlo sin
ley.

“Y debemos pensar que quizás un día, en otra economía de los cuerpos y los placeres,
ya no se comprenderá cómo las astucias de la sexualidad, y del poder que sostiene su
dispositivo, lograron someternos a esta austera monarquía del sexo, hasta el punto de
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destinarnos a la tarea indefinida de forzar su secreto y arrancar a esa sombra las


confesiones más verdaderas.

Ironía de un dispositivo de sexualidad: nos hace creer que en él reside nuestra


“liberación”.
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BIBLIOGRAFIA
Foucault, Michel. (2003). Historia de la sexualidad. 1. La voluntad del saber. Argentina:
Siglo XX.

Foucault, Michael (2002). Vigilar y castigar. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI editores.

Foucault, M. (2011). Los anormales. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Hall, Stuart (ed.), El trabajo de la representacion, En: Representation: Cultural


Representations and Signifying Practices. London, Sage Publications, 1997. Cap. 1, pp.
13-74. Traducido por Elías Sevilla Casas.
http://metamentaldoc.com/14_El_trabajo_de_la_representacion_Stuart_Hall.pdf

Iglesia Católica. “Catecismo de la iglesia católica”. 2do. ed. Vaticano. En:


http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p1s2c1p5_sp.html, 327

Santa Biblia: Nuestra Sagrada Biblia. (2014). Colombia: San Pablo.

Vallverdú, Vallverdú Jaume (2012). El poder sobre el cuerpo y el poder del cuerpo
religioso: dos casos para la comparación. Revista de dialectología y tradiciones
populares, 67 (1). En: http://rdtp.revistas.csic.es/index.php/rdtp/article/viewFile/271/271.