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DEDICATORIA

A LEÓN WERTH

Pido perdón a los niños por dedicar mi libro a una


persona mayor. Tengo una buena razón: esta persona
es el mejor amigo con que cuento en el mundo. Tengo
otra excusa: lo comprende todo, aun los libros para ni-
ños. Tengo una tercera disculpa: esta persona vive en
Francia, donde padece hambre y frío. Necesita mucho
que alguien la consuele. Si todas estas razones no
bastan, quiero dedicar este libro al niño que antaño fue
este amigo. Todas las personas mayores fueron niños
alguna vez. (Pero muy pocos lo recuerdan) . Corrijo
entonces mi dedicatoria:

A LEÓN WERTH
CUANDO ERA NIÑO

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I

Cuando tenía seis años, vi una hermosa ilustración


en un libro sobre la Selva Virgen, que se llamaba His-
torias de la Vida Real. Representaba una serpiente
boa devorando una fiera.
El libro decía:
“Las serpientes boas devoran su presa entera, sin
masticarla. Después no pueden moverse y duermen
durante los seis meses que demoran en hacer la di-
gestión”.

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Me impresionaron mucho las aventuras de la jungla
e hice mi primer dibujo con lápices de color.
Mostré mi primera obra de arte a las personas ma-
yores y les pregunté si les daba miedo.
Me contestaron: “¿Por qué nos va a dar miedo un
sombrero?”
Mi dibujo no representaba un sombrero, sino una
serpiente boa digiriendo un elefante. Para que los
grandes pudieran comprenderme, dibujé la serpiente
boa por dentro. Es decir como si la una parte de la boa
fuera transparente y dejara ver en su interior un elefan-
te. Ellos siempre necesitan explicaciones.

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Los adultos me aconsejaron abandonar los dibujos de
serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesa-
ra más en la geografía, la historia, la aritmética y la
gramática. De este modo, a los seis años, abandoné
una magnífica carrera de pintor. Me sentí descorazo-
nado por el poco éxito de mis dibujos. Las personas
mayores nunca comprenden nada por sí solas y es
cansador para los niños, darles todo el tiempo explica-
ciones.
Así, tuve que elegir otro oficio y aprendí a pilotear
aviones. Volé un poco por todas partes del mundo. Y
por cierto la geografía me sirvió mucho. A la primera
ojeada podía yo distinguir la China de Arizona. Es muy
útil si uno no se desorienta en la noche.
A lo largo de mi vida he tenido montones de en-
cuentros con cantidad de gente respetable. He vivido
bastante entre personas mayores. Las conozco muy
de cerca. Y esto no me sirvió para mejorar mi opinión.
Cuando me encontraba con una persona que me
parecía inteligente, hacía el experimento de mostrarle
mi primer dibujo, que aún conservo, para saber si
realmente era comprensiva. Pero siempre contestó:
“Es un sombrero”. Entonces, no le hablaba de serpien-
tes, ni de selvas vírgenes, ni de estrellas. Me ponía a
su altura y le hablaba de bridge, de golf, de política y
de corbatas. Y esa persona se sentía feliz de conocer
a un hombre tan sensato.

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II

Fui un ser solitario, no hallaba con quién hablar a


fondo, hasta que sufrí un accidente en el desierto de
Sahara, hace ya seis años. Algo se rompió en el motor
de mi avión. Como no iban conmigo ni mecánico ni pa-
sajeros, traté de arreglar como pude una avería difícil.
Era cuestión de vida o muerte; apenas me quedaba
agua para beber durante ocho días.
La primera noche me dormí sobre la arena, a mil mi-
llas de cualquier lugar habitado. Estaba mucho más
solo que un náufrago sobre una balsa en medio del
océano. Pueden imaginar ustedes mi sorpresa cuando
al alba desperté al escuchar una increíble vocecita me
que me decía:
-Por favor, dibújame un cordero.
-¿Cómo?
-Dibújame un cordero.
Me puse de pie como tocado por un rayo, me res-
tregué fuertemente los ojos y miré con cuidado. Vi a un
extraordinario muchachito que me examinaba con gra-
vedad.
Contemplé esta aparición con ojos redondos de
sorpresa. No olviden que me encontraba a mil millas
de las regiones habitadas. Sin embargo, aquel hom-
brecito no me pareció extraviado, ni muerto de can-
sancio, ni desfallecido de hambre o de sed, ni asusta-
do. No tenía en lo más mínimo el aspecto de un niño
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perdido en medio del desierto, a mil millas de un lugar
habitado. Cuando al fin logré hablar, le dije:
-Pero, ¿qué haces tú aquí?
Como si se tratara de algo muy serio, me repitió con
suavidad:
-Por favor, dibújame un cordero.
Cuando el enigma es demasiado impresionante, re-
sulta imposible desobedecer.
En peligro de morir, y a mil millas de todos los luga-
res poblados, saqué una hoja de papel de mi bolsillo y
una lapicera, por muy absurdo que parezca. Pero en-
tonces recordé que había estudiado especialmente
geografía, historia, aritmética y gramática, y advertí al
muchachito (con algo de mal humor) que no sabía di-
bujar.
Me contestó:
-No importa, dibújame un cordero.
Como nunca había dibujado un cordero, le hice uno
de los dos dibujos de que era capaz: el de la boa ce-
rrada.
Y con asombro escuché la respuesta del hombreci-
to:
-¡No, no! No quiero un elefante dentro de una boa.
La boa es muy peligrosa y un elefante resulta embara-
zoso. Allá, donde yo vivo, es muy pequeño. Necesito
un cordero; dibújame un cordero.
Entonces se lo dibujé.
Lo miró con atención y luego:
-¡No! Este se encuentra muy enfermo. Hazme otro.
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Volví a dibujar.
Mi amigo sonrió amablemente, con indulgencia:
-Te das cuenta..., éste no es un cordero sino un
carnero. Tiene cuernos.
Hice otro dibujo aún; pero también lo rechazó como
a los anteriores.
-Este es muy viejo. Quiero un cordero que viva largo
tiempo.
Como yo estaba apurado por desmontar el motor,
perdí la paciencia y garrapateé un último dibujo. Una
caja. Y lancé al azar:
-Esta es la caja. El cordero que tú quieres está
adentro.
Para mi gran sorpresa, la cara de mi joven juez se
iluminó:
-¡Este es precisamente el que yo quería! ¿Crees tú
que necesitará mucho pasto?
-¿Por qué?
-Porque el lugar donde vivo es muy pequeño...
-Con el que haya bastará, seguramente. El cordero
que te di es menudito.
Inclinó la cabeza sobre el dibujo, éste... ¡mira, ya se
durmió!
Así conocí al principito.

III

Pasó un tiempo sin que yo pudiera comprender de


dónde venía. El principito me hacía muchas preguntas,
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pero parecía que nunca escuchaba las mías. Fueron
algunas palabras dichas al azar las que poco a poco
me fueron revelando todo.
Cuando vio por primera vez mi avión, me preguntó:
-¿Qué es esta cosa?
-No es una cosa, es algo que vuela. Es mi avión.
Y me sentí orgulloso de que supiera que yo volaba.
Él se sorprendió.
-¿Cómo? ¿Acaso caíste del cielo?
-Sí -dije con modestia.
-Ah, ¡esto sí que es divertido!
Y el principito lanzó una risa cristalina que me mo-
lestó bastante. Creo que mis desgracias deben tomar-
se en serio.
Luego añadió:
-¿Entonces, tú también vienes del cielo? ¿De qué
planeta eres?
Vi de pronto una luz en el misterio de su aparición y
le pregunté bruscamente:
-¿Acaso vienes de otro planeta?
Pero no contestó. Inclinó la cabeza, examinando mi
avión.
-Realmente, arriba de eso, no puedes haber venido
de muy lejos...
Y se sumió en una especie de ensueño que duró
largo rato. Sacó luego mi cordero de un bolsillo y se
embebió en la contemplación de su tesoro.
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Pueden imaginar ustedes lo intrigado que estaba yo
por esa confidencia a medias sobre “los otros plane-
tas”. Y me empeñé en averiguar algo más del asunto.
-¿De dónde vienes, muchachito? ¿Dónde está tu
casa? ¿Para dónde quieres llevar mi cordero?
Después de un silencio pensativo, me contestó:
-Lo bueno de que me hayas dado una caja, es que
le servirá de refugio para dormir en la noche.
-Seguro. Y si tú te portas amable, te daré también
una cuerda para atarlo durante el día. Y una estaca.
Mi ofrecimiento le pareció chocante.
-¿Atarlo? ¡Qué idea más absurda!
-Si no lo amarras, se irá por ahí y puede perderse...
Mi amigo volvió a reír alegremente.
-¿Pero dónde quieres que vaya?
-Bueno, a cualquier lado, caminando derecho...
Entonces el principito observó muy serio:
-Eso no importa, ¡es tan pequeño allá donde vivo!
Y con un poco de melancolía, tal vez, agregó:
-Caminando derecho, no se puede ir muy lejos...

IV

Así supe de un segundo hecho muy importante: el


planeta de donde venía era apenas más grande que
una casa.
Esto no me asombró mucho. Yo sabía que además
de planetas grandes, como la Tierra, Júpiter, Marte,
Venus, a los que se les ha dado nombres, hay cientos
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de planetas que son tan pequeños, que es difícil verlos
a través de telescopios. Cuando un astrónomo descu-
bre uno de ellos, en vez de nombre le pone número. Lo
llama, por ejemplo, “el asteroide número 3251”.

Tengo serias razo-


nes para creer que el planeta del cual venía el principi-
to, es el asteroide B 612. Sólo ha sido visto una vez a
través de un telescopio, en 1909, por un astrónomo
turco.

En ese entonces, dictó una importante conferencia


sobre su descubrimiento en un Congreso Internacional
de Astronomía. Pero nadie le creyó porque su aspecto,
su vestimenta, era diferente a la que usaban los otros
astrónomos. Las personas mayores son así.

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Felizmente, para la reputación del asteroide B 612,
un dictador turco ordenó a su pueblo, bajo pena de
muerte, vestirse a la europea. El astrónomo repitió su
demostración en 1920, vestido con un elegante traje
occidental. Y esta vez todo el mundo estuvo de acuer-
do con él.

Si les cuento estos detalles sobre el asteroide B 612


y si les confío su número, es por las personas mayo-
res. A ellas les encantan las cifras. Cuando se les
habla de un nuevo amigo, nunca preguntan lo esencial.
Jamás dicen: “¿Cómo suena su voz? ¿Qué juegos pre-
fiere? ¿Colecciona acaso mariposas?” En cambio,
preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuánto gana su pa-
dre?” Solamente entonces creen conocerlo. Si ustedes
cuentan a las personas mayores: “Vi una linda casa
con ladrillos rosados, con geranios en las ventanas y
palomas en el tejado”, no se la pueden imaginar. Hay
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que decirles: “Vi una casa de cien mil francos”. Enton-
ces exclaman: “¡Qué hermosa debe ser!”

Aunque a ustedes les digan: “El principito existió, por-


que tenemos pruebas de que era encantador, sabía re-
ír y deseaba tener un cordero; desear un cordero es
una prueba de que uno existe”, se alzarán de hombros
y dirán que son niñerías. Pero si ustedes les dicen: “El
planeta donde vivía el principito es el asteroide B 612”,
se convencerán y los dejarán tranquilos con sus pre-
guntas. Son así. No hay que tomarlas a mal. Los niños
deben ser indulgentes con las personas mayores.
Nosotros, que comprendemos la vida, nos reímos
de tales cifras.
Me habría gustado empezar esta historia a la mane-
ra de los cuentos de hadas. Me habría encantado de-
cir: “Había una vez un pequeño príncipe que vivía en
un planeta apenas más grande que él y que necesita-
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ba tener un amigo...” Para los que comprendemos la
vida, este comienzo habría sido más real.
Porque no me gusta que lean mi libro a la ligera. Me
da mucha pena contar estos recuerdos. Hace seis
años que mi amigo se fue con su cordero. Es triste ol-
vidar a un amigo. Y no todo el mundo tiene un amigo.
Puedo convertirme en alguien parecido a las personas
mayores, que sólo se interesan en las cifras. Esta es
una de las razones por las que compré cajas de acua-
relas y de lápices de color. A mi edad, dibujar resulta
fatigoso, sobre todo cuando no se han hecho otras ex-
periencias que las de la boa cerrada y la boa abierta
desde la edad de los seis años. Traté de pintar retratos
que se le parezcan en lo posible, pero no estoy seguro
de salir airoso. Un dibujo puede salir bien y otro no te-
ner ninguna semejanza. Me suelo equivocar incluso en
la talla. Acá, el principito aparece muy crecido; allá,
demasiado pequeño. Hasta dudo del color de su traje.
Voy a tientas, así y asá, a veces bien y a veces mal.
Es posible que me equivoque en detalles importantes;
pero habrá que perdonármelo. Mi amigo nunca daba
muchas explicaciones. Tal vez me consideraba seme-
jante a él. Desgraciadamente, no sé ver los corderos a
través de las cajas. Parece que soy como las personas
mayores. Quizás ya he envejecido.
V

Cada día aprendía algo nuevo sobre su planeta, so-


bre su partida y su viaje. Todo esto llegaba llegaba de
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a poco, al azar, a medida que escuchaba sus reflexio-
nes.
Al tercer día, supe el drama que crea el crecimiento
de los baobabs en los planetas pequeños.
También fue gracias al cordero. El principito me in-
terrogó de súbito, como si lo hubiera asaltado una gra-
ve duda.
-¿Será cierto que los corderos se comen los arbus-
tos?
-Sí, es cierto.
-¡Ah, eso me parece muy bien!
No comprendí por qué se alegraba de que los cor-
deros se comieran los arbustos; pero en seguida aña-
dió:
-Por consiguiente, ¿se comen también los baobabs?
Hice notar al principito que los baobabs no son ar-
bustos sino árboles inmensos como catedrales, y que
aunque acarrease un rebaño de elefantes, no acabaría
con un solo baobab.
La idea de tal rebaño hizo reír al principito.
-Habría que ponerlos unos arriba de otros.
Luego reflexionó sabiamente:
-Antes de crecer, los baobabs son pequeñitos.
-Es verdad. Pero, ¿por qué quieres que los corde-
ros se coman los pequeños baobabs?
Me contestó:
-Bueno. ¡Claro! -como si se tratara de algo eviden-
te.
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Tuve que hacer un gran esfuerzo para entender por
mí mismo el problema.
Como en todos los planetas, en el del principito
había buenas y malas hierbas. Las hierbas buenas,
por consiguiente, daban buenas semillas y las malas,
daban semillas malas. Pero las semillas no se ven:
duermen en el secreto de la tierra hasta que una de
ellas tiene la fantástica ocurrencia de despertar. En-
tonces se abre y al comienzo estira hacia el sol una
graciosa brizna inofensiva. Cuando salen las hojitas
del rábano o del rosal, se las deja crecer a su antojo;
pero si aparecen plantas dañinas, es necesario arran-
carlas de inmediato, apenas se las reconoce.
Había, pues, semillas terribles en el planeta del
principito, semillas de baobabs. Su tierra estaba infec-
tada de ellas. Si no se arranca a tiempo un baobab,
puede ser demasiado tarde para deshacerse de él.
Obstruye todo el planeta, lo perfora con sus raíces, y si
el planeta es demasiado pequeño y los baobabs muy
numerosos, lo hacen estallar.
-Es una cuestión de disciplina -me explicó más tarde
el principito-. Cuando uno termina su aseo matinal, tie-
ne que hacer en seguida la limpieza cuidadosa del
planeta. Hay que dedicarse diariamente a arrancar los
baobabs desde que uno los distingue de los rosales, a
los que se parecen mucho. Es un trabajo tedioso pero
fácil.
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Y un día me aconsejó que me aplicara a hacer un
hermoso dibujo sobre este asunto para que lo com-
prendieran los niños de mi tierra.
-Si un día viajan, les podrá ser útil -dijo-. La mayoría
de las veces no importa dejar un trabajo para más tar-
de; pero cuando se trata de los baobabs, resulta catas-
trófico. Supe de un planeta donde vivía un muchacho
holgazán; se despreocupó sólo de tres arbustos.
Y bajo las indicaciones del principito, dibujé aquel
planeta. No me gusta asumir el papel de un moralista;
pero el peligro de los baobabs es tan desconocido y
los riesgos que corre el que se pierde en un asteroide
son tan enormes, que por una vez abandonaré mi re-
serva y les advierto: ¡Niños, tengan cuidado con los
baobabs! La lección que les doy vale la pena. Ustedes
se preguntarán, quizá: ¿Por qué en este libro no hay
ningún dibujo tan grandioso como el de un baobab? La
respuesta es simple: Intenté hacerlo pero no tuve mu-
cho éxito.

VI

Príncipito: ¡he comprendido muy lentamente tu vida


melancólica...! Durante largo tiempo, no tuviste más
distracción que la dulzura de las puestas de sol. Supe
este nuevo detalle la mañana del cuarto día, cuando
me dijiste:
-¡Me encantan las puestas de sol! Vamos a ver una.
-Tendremos que esperar.
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-¿Esperar qué?
-A que se ponga el sol.
Al comienzo, te causó una gran sorpresa, pero lue-
go te reíste de tí mismo, diciendo:
-¡Siempre creo que estoy en mi casa!
En efecto, como todo el mundo sabe, cuando en Es-
tados Unidos es mediodía, en Francia el sol se está
poniendo. Bastaría irse a Francia en un minuto para
ver la puesta de sol. Por desgracia, este país se en-
cuentra demasiado lejos. Pero en tu pequeño planeta
bastaba que arrastraras la silla unos cuantos pasos y
contemplabas el crepúsculo cuantas veces querías.
-¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!
Y al rato agregaste:
-Tú comprendes, cuando uno está demasiado triste,
desea ver las puestas de sol.
-¿Estabas así de triste ese día que contemplaste las
cuarenta y tres puestas de sol?
El principito no me contestó.

VII

El quinto día, y siempre gracias al cordero, se me


reveló otro secreto de la vida del principito: me pregun-
tó de repente, sin anuncio, como cuando se ha pensa-
do largo tiempo y en silencio sobre un problema:
-Si un cordero se como los arbustos, ¿puede tam-
bién comerse las flores?
-Se come todo lo que encuentra.
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-¿También las flores que tienen espinas?
-Sí, también las flores que tienen espinas.
-Entonces, ¿para qué les sirven las espinas?
No lo sabía y en ese momento estaba yo atareado
de destornillar un perno demasiado apretado del mo-
tor. Me sentía bastante preocupado porque el desper-
fecto era más grave de lo que parecía: el agua para
beber estaba escaseando y empecé a temer lo peor.
-Las espinas, ¿para qué sirven?
El principito no renunciaba jamás a una pregunta
una vez que la había hecho. Irritado a causa del perno,
le contesté cualquier cosa.
-¡Las espinas no sirven para nada, es pura maldad
de las flores tenerlas!
-¡Oh!
Luego de una pausa, me dijo casi con rencor:
-¡No te creo! Las flores son débiles, son inocentes.
Se protegen como pueden y se creen terribles con sus
espinas.
No contesté nada. En ese momento pensaba: “Si el
perno sigue resistiendo, lo haré saltar de un martilla-
zo”. El principito me volvió a interrumpir:
-Y tú crees que las flores...
-¡No creo nada! Contesté cualquier cosa porque es-
toy preocupado de cosas muy serias.
Me miró estupefacto.
-¡De cosas muy serias!
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Me vio con el martillo en la mano, los dedos negros
de grasa, inclinado sobre un objeto que para él no te-
nía atractivo ninguno.
-Hablas como las personas mayores.
Esto me avergonzó un poco, pero continuó implaca-
ble:
-¡Confundes todo!... ¡Todo lo mezclas!
Estaba irritado, realmente, y agitó al aire su pelo do-
rado:
-Conozco un planeta donde vive un señor de cara
roja. Nunca ha olido una flor ni mirado una estrella.
Jamás ha querido a nadie y no ha hecho otra cosa que
sumar. Durante todo el día repite como tú: “Soy un
hombre serio, soy un hombre”, y se infla de orgullo.
Pero ése no es un hombre, es un hongo.
-¿Un qué?
-¡Un hongo!
El principito había palidecido de rabia.
-Hace millones de años que las flores producen es-
pinas. Y millones de años que los corderos se las co-
men igualmente. ¿No es algo serio tratar de entender
por qué se dan tanto trabajo para producir esas espi-
nas que no les sirven para nada? ¿No es importante la
guerra de los corderos y las flores? ¿No es esto más
serio y más esencial que las sumas de un señor gordo
y colorado? Y si yo sé de una flor que es única en el
mundo, que no existe en ninguna otra parte sino en mi
planeta y que un pequeño cordero puede aniquilar de
golpe, así, una mañana, sin darse cuenta de lo que
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hace, ¿no es esto importante?
Enrojeciendo, continuó:
-Cuando alguien ama una flor de la que sólo existe
un ejemplar en los millones y millones de estrellas, le
basta mirarla para sentirse feliz. Piensa: “Mi flor está
más allá, en alguna parte”. Pero si el cordero se come
la flor, para él es igual que si todas las estrellas se
apagaran bruscamente. ¡Y esto no es importante!
No pudo añadir más porque de pronto estalló en so-
llozos. La noche había caído. Dejé a un lado mis
herramientas. ¡Qué me importaban el martillo, el per-
no, la sed y la muerte! En una estrella, en un planeta,
en el mío, la Tierra, había que consolar a un principito
venido de un pequeño y lejano planeta. Lo tomé en
brazos, lo acuné y le dije: “La flor que tú amas no corre
peligro. Dibujaré un bozal para tu cordero y una defen-
sa para tu flor. Yo...”.
No supe qué otra cosa decirle, me sentí muy turba-
do. No hallaba cómo consolarlo, cómo darle confianza.
¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!

VIII

Aprendí a conocer bien esta flor. En el planeta del


principito habían existido siempre flores muy sencillas,
con sólo un hilera de pétalos, que apenas ocupaban
lugar. Aparecían entre el pasto cualquier mañana y se
marchitaban en la noche. Pero la flor aquella brotó un
día de una semilla que vino de quizás dónde y el prin-
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cipito vigiló atentamente sus brotes tan distintos de los
otros. Podía tratarse de un nuevo género de baobabs;
pero el arbusto pronto dejó de crecer y anunció su pri-
mera flor. El principito asistió al desarrollo de un botón
enorme y se dio cuenta de que de allí saldría una apa-
rición milagrosa; pero la flor no terminaba nunca de
acicalarse al abrigo de sus paredes verdes. Elegía con
cuidado sus colores, se vestía lentamente, acomodaba
uno a uno sus pétalos. No quería salir con arrugas,
como las amapolas, sino abrigarse en la radiante pleni-
tud de su belleza. ¡Ah, sí, era una buena coqueta! Su
misterioso tocado duró días y días. Y he aquí que una
mañana, en el momento mismo de la salida del sol, se
abrió. Y ella, que había elaborado cada detalle, dijo
bostezando:
-¡Ah, acabo de despertarme!... Te ruego que me
perdones, aún estoy despeinada...
El principito no pudo contener su admiración:
-¡Qué hermosa eres!
-¿Verdad? - contestó la flor dulcemente-. Nací al
mismo tiempo que el sol.
El principito comprendió que no era muy modesta,
pero en cambio ¡se veía tan conmovedora!
-Me parece que es la hora del desayuno -añadió
ella-. ¿Tendrías la bondad de atenderme un poco...?
El principito, muy confuso, buscó una regadera y ro-
ció la flor.

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De este modo, desde el comienzo, lo atormentó con su
vanidad un poco recelosa.
Un día, por ejemplo, hablando de sus cuatro espi-
nas, dijo al principito:
-¡Ya pueden venir los tigres con sus garras!
-No hay tigres en mi planeta -objetó el principito-, y,
además, los tigres no comen vegetales.
-Yo no soy un vegetal -respondió la flor con suavi-
dad.
-Discúlpame.
-No les tengo ningún miedo a los tigres; en cambio,
tengo horror de las corrientes de aire. ¿No tienes aca-
so un biombo?
-Horror de las corrientes de aire... No es mucha
suerte para una planta -observó el principito-. Esta flor
es muy complicada...
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-Por la noche me pondrás bajo un fanal. Aquí hace
mucho frío, no me encuentro muy a gusto. De donde
vengo...
Se interrumpió. Había llegado en forma de semilla y
no podía conocer otros mundos. Humillada por haber
sido sorprendida tratando de inventar una mentira tan
ingenua, tosió dos o tres veces para complicar al prin-
cipito.
-¿Y ese biombo?
-Iba a buscarlo, pero como me estabas hablando...
Entonces ella se esforzó en toser para hacerle sentir
remordimientos.
Fue así como el principito, a pesar de su amor lleno
de buena voluntad, empezó a dudar de ella. Tomó en
serio palabras sin importancia y se sintió muy desdi-
chado.
-No debí escucharla, no hay que escuchar a las flo-
res -me confió un día-. Sólo hay que mirarlas y olerlas.
La mía embalsamaba mi planeta, pero no supe apre-
ciarlo. Esa historia de las garras, que tanto me irritó,
más bien debió enternecerme.
Y me hizo otra confidencia:
-No supe comprender nada entonces. Debí juzgarla
por sus actos, no por sus palabras. Me daba su aroma
y me iluminaba. ¡Jamás debí huir! Tendría que haber
adivinado la ternura que escondía detrás de sus inge-
nuas astucias. ¡Las flores son tan contradictorias! Pero
yo era muy joven para saber amarla.

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IX

La mañana de su partida, dejó su planeta aseado y


en orden. Deshollinó a fondo los volcanes en actividad.
Tenía dos volcanes activos que le servían para calen-
tar el desayuno. También era dueño de un volcán ex-
tinguido, pero, decía él, “uno nunca sabe”, también
limpió el volcán inactivo. Si están deshollinados como
se debe, arden de una manera suave y regular, sin
erupciones, las erupciones son como el fuego de las
chimeneas. Es evidente que nosotros somos demasia-
do pequeños en la Tierra para deshollinar nuestros
enormes volcanes y por esta razón nos causan tanto
daño.
Con algo de melancolía, el principito arrancó tam-
bién los últimos brotes de baobabs. Creía que jamás
iba a regresar. Todos estos trabajos domésticos le pa-
recieron esa mañana extremadamente agradables. Y
cuando regó la flor por última vez y se preparó para
protegerla con el fanal, se dio cuenta de que tenía ga-
nas de llorar.
-Adiós -dijo a la flor.
Pero ella no respondió.
-Adiós -repitió él.
La flor tosió, aunque no a causa de un resfrío.
-He sido muy tonta -dijo al fin-. Te pido perdón. Tra-
ta de ser feliz.
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El principito se sorprendió de que no le hiciera re-
proches. Desconcertado, se quedó inmóvil con el fanal
en la mano, sin comprender esta mansedumbre.
-Por cierto que te amo -dijo la flor-. Fue culpa mía
que no lo supiera. No tiene ninguna importancia; pero
tú también has sido tan torpe como yo. Que seas fe-
liz... ¡Deja de una vez ese fanal! No lo necesito.
-Pero el viento...
-No estoy tan resfriada ya. El aire fresco de la noche
me hará bien. Soy una flor...
-Pero los insectos...
-Tendré que aguantar dos o tres orugas si quiero
conocer las mariposas. Parece que son muy bellas. Si
no, ¿quién va a visitarme? Tú estarás lejos. En cuanto
a los animales feroces, no me dan miedo. Tengo mis
garras...
Y mostró ingenuamente sus espinas. En seguida
agregó:
-No te demores más; me molesta. Ya que decidiste
partir, vete de una vez.
La flor no quería que la viera llorar, porque era una
flor muy orgullosa.

Se encontraba en la zona de los asteroides 325,


326, 327, 328, 329 y 330. Decidió visitarlos para hacer
y conocer algo.

29
30
En el primero, vivía un rey, vestido de púrpura y ar-
miño, sentábase en un trono muy sencillo y, sin em-
bargo, majestuoso.
-Ah, tengo un súbdito -gritó el rey cuando divisó al
principito.
Y el principito se preguntó:
“¿Cómo puede reconocerme, si nunca me ha visto?”
No sabía que, para los reyes, todo el mundo es muy
simple: todos los hombres son súbditos.
-Acércate para verte mejor -dijo el rey, orgulloso de
reinar al fin sobre alguien.
El principito miró dónde podía sentarse, pero el pla-
neta estaba enteramente cubierto por el magnífico
manto de armiño. Permaneció de pie y, como estaba
cansado, bostezó.
-Es contrario al protocolo bostezar en presencia de
un rey -dijo el monarca-. Te lo prohíbo.
-No puedo dejar de hacerlo- respondió el principito,
sintiéndose avergonzado-. He hecho un largo viaje y
no he dormido.
-Entonces, te ordeno bostezar -dijo el rey-. Hace
años que no veo bostezar a una persona. Los boste-
zos son una verdadera curiosidad para mí. ¡Vamos,
bosteza, es una orden!

31
-Me da vergüenza..., ahora no puedo -murmuró el
principito, enrojeciendo.
-¡Ejem, ejem! -Exclamó el rey-. Entonces... te orde-
no que bosteces como que no bosteces.
Tartamudeó un poco, y parecía humillado, porque
un rey debe cuidar ante todo que su autoridad sea res-
petada. No podía tolerar la desobediencia. Era un mo-
narca absoluto. Pero como, sin embargo, era bueno,
daba órdenes sensatas.
Explicaba frecuentemente:
“Si le ordeno a un general transformarse en gaviota
y el general no me obedece, no sería por su culpa sino
por la mía”.
-¿Puedo sentarme? -Preguntó tímidamente el prin-
cipito.

32
-Te ordeno que te sientes -respondió el rey, reco-
giendo majestuosamente la cola de su manto de armi-
ño.
El principito se sentía desconcertado. ¿Sobre qué
podía reinar el rey, en verdad, en tan minúsculo plane-
ta?
-Señor, perdóname por hacerte una pregunta -dijo.
-Te ordeno preguntar -se apresuró a contestar el
rey.
-Señor, ¿sobre qué reinas tú?
-Sobre todo -respondió sencillamente el rey.
-¿Sobre todo?
Con un gesto discreto, el rey mostró su planeta, los
planetas circundantes y las estrellas.
-¿Sobre todo eso? - se asombró el principito.
-Sobre todo eso -repitió el rey.
No era sólo un monarca absoluto, sino también un
monarca universal.
-Y... ¿las estrellas te obedecen?
-Por cierto -contestó el rey-. Obedecen de inmedia-
to; no tolero la indisciplina.
Un poder de tal naturaleza maravilló al principito. Si
él lo hubiera ejercido, habría podido contemplar no só-
lo cuarenta y cuatro puestas de sol, sino sesenta y
dos, o tal vez cien o doscientas en un mismo día, sin
tener que trasladar su silla.
Y como se sintió un poco triste al recordar su pe-
queño planeta abandonado, se atrevió a solicitar una
gracia al rey.
33
-Quisiera ver una puesta de sol... Dame ese gusto...
Ordena que el sol se ponga.
-Si yo ordenara a un general que volara de flor en
flor al estilo de una mariposa, o escribir una tragedia o
transformarse en gaviota, y si el general no ejecutara
la orden recibida, ¿quién de los dos, él o yo, estaría
cometiendo una torpeza?
-Serías tú -dijo el principito con firmeza.
-Exacto. A cada persona hay que exigirle lo que
puede hacer -replicó el rey-. La autoridad reposa pri-
mero en la razón. Si le ordenas a tu pueblo arrojarse al
mar, haría la revolución. Puedo exigir obediencia por-
que mis órdenes son sensatas.
-¿Qué pasa entonces con mi puesta de sol? - recor-
dó el principito, que no olvidaba nunca una pregunta
una vez hecha.
-Tendrás tu puesta de sol. La exigiré, pero tengo
que esperar, según mi experiencia de gobernante, a
que las condiciones sean favorables.
-¿Cuándo será eso? - quiso informarse el principito.
-¡Ejem, ejem! - exclamó el rey, consultando su grue-
so calendario-; será cerca... cerca de... será esta tarde,
cerca de las siete cuarenta. Verás cómo me obedecen.
El principito bostezó, añorando su puesta de sol im-
posible. Además, se sintió un poco aburrido.
-Aquí no hay nada que yo pueda hacer -dijo al rey-.
Quiero irme.
-No te vayas -exclamó el rey, que se sentía orgullo-
so de tener un súbdito-. ¡Te nombro ministro!
34
-¿Ministro de qué?
-De... ¡de justicia!
-¡Pero aquí no hay a quién juzgar!
-Quien sabe -replicó el rey-. Todavía no he recorrido
mi reino. Estoy muy viejo y no tengo sitio para una ca-
rroza y me fatiga caminar.
-¡Oh! Pero yo lo he visto ya -dijo el principito, incli-
nándose para echar una mirada sobre el otro lado del
planeta-. No hay nadie allá abajo, tampoco.
-Entonces, te juzgarás a ti mismo -insistió el rey-.
¡Eso es lo más difícil! Es más difícil juzgarse a si mis-
mo que a otro. Si consigues juzgarte correctamente,
serás un verdadero sabio.
-Yo me puedo juzgar a mí mismo en cualquier parte
-dijo el principito-. No tengo para qué permanecer aquí.
-¡Ejem, ejem! - exclamó el rey-. Creo que en mi pla-
neta hay una vieja rata en alguna parte. Suelo escu-
charla por la noche. Podrás juzgarla y la condenarás a
muerte cada tanto. Así, su vida dependerá de tu justi-
cia. Pero la tendrás que perdonar cada vez para con-
servarla. No hay mas que una.
-A mi no me gusta condenar a muerte a nadie, y
creo que voy a irme -respondió el principito.
-No -porfió el rey.
Aunque había terminado sus preparativos, el princi-
pito no quiso, sin embargo, apenar al viejo rey.
-Si vuestra Majestad desea que le obedezca fiel-
mente, podría darme una orden sensata. Por ejemplo,
35
podría ordenarme partir dentro de un minuto. Me pare-
ce que las condiciones son favorables.
Al no recibir respuesta del rey, el principito se sintió
indeciso, pero luego, con un suspiro, inició su marcha.
-¡Te nombro mi embajador! - se apresuró a gritar el
rey, con aire de gran autoridad.
“Las personas adultas son muy raras”, meditó el pe-
queño príncipe durante su viaje.

XI

En el segundo planeta vivía un vanidoso.


-¡Ah! ¡Viene a visitarme un admirador! - gritó el va-
nidoso cuando divisó al principito.
Para los vanidosos, todos los demás hombres son
sus admiradores.
-Buenos días -saludó el principito-. Tiene usted un
sombrero muy curioso.
-Lo uso para saludar -respondió el vanidoso-, para
saludar cuando me aclaman. Desgraciadamente, por
aquí nunca pasa nadie.
-¿Ah, sí? - dijo el principito, sin comprender nada.
-Golpea tus manos, una contra la otra -le aconsejó
el vanidoso.
El principito lo hizo y el vanidoso lo saludó recata-
damente, levantando su sombrero.

36
“Esto es más divertido que la visita del rey” se dijo el
principito. Y siguió golpeando sus manos una contra la
otra, mientras el vanidoso lo saludaba con su sombre-
ro.
Al cabo de cinco minutos de aplausos, el principito
se cansó de la monotonía del juego.
-¿Y qué tengo que hacer para que se te caiga el
sombrero? - preguntó.
Pero el vanidoso no lo comprendió, porque los vani-
dosos sólo entienden las alabanzas.
-¿Realmente me admiras mucho tú? - preguntó.
-¿Qué significa admirar?
-Quiere decir que reconoces que soy el hombre más
hermoso, el mejor vestido, el más rico y el más inteli-
gente del planeta.
37
-¡Pero en tu planeta vives tú solamente!
-Dame ese gusto. Admírame de cualquier modo.
-Bueno. Te admiro -dijo el principito, encogiéndose
de hombros-. Pero no entiendo por qué puede impor-
tarte.
Y el principito se marchó.
“Las personas adultas son francamente extrañas”,
pensó durante su viaje.

XII

En el planeta siguiente vivía un bebedor. Aunque


esta visita fue muy corta, sumió al principito en una
gran tristeza.
-¿Qué haces? -le preguntó al borracho, que se
hallaba instalado delante de una colección de botellas
vacías y llenas, en gran silencio.
-Bebo -contestó el borracho con aire lúgubre.
-¿Por qué bebes?
-Para olvidar -contestó el bebedor.
-¿Olvidar qué? -inquirió el principito, compadecién-
dolo ya.
-Para olvidar que tengo vergüenza -confesó el bo-
rracho, bajando la cabeza.
-¿Vergüenza de qué? - quiso saber el principito, de-
seando ayudarlo.
-¡Vergüenza de beber! - concluyó el borracho ence-
rrándose en un silencio definitivo.
38
El principito se alejó, perplejo.
“Las personas adultas son, realmente, muy extra-
ñas”, se dijo durante su viaje.

XIII

El cuarto planeta pertenecía a un hombre de nego-


cios. Estaba tan ocupado, que ni siquiera levantó la
cabeza a la llegada del principito.
-Buenos días -lo saludó éste-. Su cigarrillo se apa-
gó.
-Tres y dos son cinco. Cinco y siete, doce. Doce y
tres suman quince. Buenos días. Quince y siete son
veintidós. Veintidós más seis son veintiocho. No tengo
tiempo de encenderlo. Veintiséis más cinco son treinta
y uno. ¡Uf! Esto suma en total quinientos millones seis-
cientos veintidós mil setecientos treinta y uno.
-Quinientos millones ¿de qué?
-¿Ah? ¿Sigues ahí? Quinientos millones de... no me
acuerdo. ¡He trabajado tanto! Soy muy serio, no me
entretengo con palabrerías. Dos y cinco son siete...
-Quinientos millones ¿de qué? -insistió el principito,
que jamás en su vida renunció a una pregunta que
hubiera hecho.
El hombre de negocios levantó la cabeza.
-En los cincuenta y cuatro años que vivo en este
planeta, sólo me han molestado en tres ocasiones. La
primera vez, hace veintidós años, fue un aberrojo que

39
cayó de quizás dónde: hacía un ruido espantoso y co-
metí cuatro errores en mi suma. La segunda vez, hace
once años, me dio una crisis de reumatismo. Me hace
falta hacer ejercicio, pero no tengo tiempo de vaga-
bundear. Soy muy serio. La tercera vez es ésta. Decía
recién quinientos un millones...
-Quinientos millones ¿de qué?
El hombre de negocios comprendió que no tenía
esperanzas de que lo dejaran en paz.
-Millones de cositas que se ven a veces en el cielo.
-¿Moscas?
-No, esas pequeñeces que brillan.
-¿Abejas?
-No, no. Bagatelas doradas que hacen soñar a los
holgazanes. Soy un hombre serio y no tengo tiempo de
andar divagando.
-¡Ah!, ¿estrellas?
40
-Eso es, estrellas.
-¿Y qué haces con quinientos millones de estrellas?
-Quinientos un millones seiscientos veintidós mil se-
tecientos treinta y uno. Soy un hombre muy serio y
muy preciso.
-¿Y qué haces con las estrellas?
-¿Qué es lo que hago?
-Sí.
-Nada. Soy su dueño.
-¿Tú eres el dueño de las estrellas?
-Sí.
-Pero acabo de ver a un rey...
-Los reyes no poseen nada. Ellos “reinan”, lo que es
muy diferente.
-¿Y para qué sirve tener estrellas?
-Para ser rico.
-¿Y para qué te sirve ser rico?
-Para comprar más estrellas, si alguien descubre
otras.
“Este hombre razona igual que el borracho”, pensó
el principito.
Sin embargo, le hizo otras preguntas.
-¿Cómo se pueden poseer las estrellas?
-¿De quién son las estrellas? - replicó ásperamente
el hombre de negocios.
-No lo sé, de nadie.
-Entonces son mías, porque fui el primero que tuvo
esta idea.
-¿Basta con eso?
41
-Por cierto. Cuando encuentras un diamante que no
pertenece a nadie, es tuyo. Si hallas una isla sin due-
ño, puedes apropiártela. Cuando eres el primero en te-
ner una idea original, la patentas y te pertenece. Yo
soy dueño de las estrellas, porque nunca nadie pensó
en poseerlas.
-Eso es verdad -reconoció el principito-. ¿Pero qué
puedes hacer con ellas?
-Las administro. Las cuento y sumo -explicó el hom-
bre de negocios-. Es difícil, pero yo soy un hombre se-
rio.
El principito no se sintió satisfecho.
-Si yo tengo una bufanda, puedo amarrármela al
cuello y usarla. Si soy dueño de una flor, puedo cortar-
la y llevármela. ¡Pero tú no puedes recoger estrellas!
-No, pero puedo depositarlas en un banco.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Quiero decir que yo escribo en un papelito el núme-
ro de mis estrellas y después guardo este papel en un
banco.
-¿Y eso es todo?
-Con eso basta.
“Es curioso -pensó el principito-, muy poético; pero
no es en absoluto serio”
El principito tenía una noción de las cosas serias
muy diferente de la que tienen las personas mayores.
-Yo tengo una flor a la que riego todos los días -
añadió-. Tengo tres volcanes que deshollino una vez
por semana, porque limpio también el que está inacti-
42
vo. Nunca se sabe. Es bueno para mis volcanes y para
mi flor que yo sea su dueño. Pero tú no eres de ningu-
na utilidad para las estrellas.
El hombre de negocios abrió la boca y no halló qué
responder. Y el principito se marchó.
“Las personas adultas son francamente extraordina-
rias”, reflexionó mientras viajaba.

XIV

El quinto planeta era muy especial, era el más pe-


queño de todos. Apenas había lugar para un farol a
gas y un farolero. El principito no lograba comprender
para qué podrían servir, perdidos en el cielo, sobre un
planeta sin casas y sin gente, un farol y un farolero. Sin
embargo, pensó para sí:
“Es posible que este hombre sea absurdo. Sin em-
bargo es menos ridículo que el rey, que el vanidoso,
que el hombre de negocios y que el borracho. Por lo
menos, su trabajo tiene sentido. Cuando enciende el
farol hace nacer otra estrella o una flor. Y cuando lo
apaga, es como si la flor o la estrella se durmieran. Es
una tarea hermosa y realmente útil porque tiene gra-
cia.”
En cuanto abordó el planeta, saludó respetuosamente
al farolero:
-Buenos días. ¿Por qué apagaste recién el farol?

43
-Es la consigna -respondió el farolero-. Buenos días.
-¿Qué es eso, la consigna?
-Apagar mi farol. Buenas noches.
-¿Pero por qué lo enciendes de nuevo?
-Es la consigna.
-No entiendo -dijo el principito.
44
-No hay nada que entender -respondió el farolero-.
La consigna es la consigna. Buenos días.
Y apagó el farol.
Se enjugó la frente con un pañuelo a cuadros rojos.
-Desempeño un oficio terrible. En otro tiempo, era
sensato: yo apagaba el farol en la mañana y lo encen-
día en la noche. El resto del día y de la noche, descan-
saba.
-Y desde ese tiempo ¿cambió la consigna?
-No, no ha cambiado -dijo el farolero-. ¡Ese es el
drama! Cada año el planeta gira más y más rápido y la
consigna es la misma.
-¿Y entonces? - insistió el principito.
-Ahora el planeta da una vuelta por minuto y no
puedo descansar ni un segundo. Enciendo y apago el
farol una vez por minuto.
-¡Esto sí que es divertido! ¡Los días, en tu planeta,
sólo duran un minuto!
-No tiene nada de gracioso -dijo el farolero-. Hace
ya un mes que estamos conversando.
-¿Un mes?
-Sí, treinta minutos. ¡Treinta días! Buenas noches.
Y encendió el farol.
El principito miró al farolero con cariño por ser tan
fiel a la consigna. Recordó las puestas de sol que an-
taño él mismo provocaba arrastrando su silla y decidió
ayudar a su amigo.
-¿Sabes? Yo sé la manera como puedes descansar
cuando quieras.
45
-Es lo que siempre he deseado -confesó el farolero-.
Porque se puede ser perezoso y fiel a la vez.
El principito continuó:
-Tu planeta es tan pequeño, que puedes darle la
vuelta de tres zancadas. No tienes que caminar lenta-
mente para permanecer siempre al sol. Cuando quie-
ras descansar, avanzas y el día durará tanto como
quieras.
-Eso no me ayuda mucho -contestó el farolero-. Lo
que más me gusta en la vida es dormir.
-No tienes mucha suerte -dijo el principito.
-No, no tengo mucha -murmuró el farolero-. Buenos
días.
Y apagó su farol.
Mientras proseguía su largo viaje, el principito re-
flexionó:
“ A este hombre lo despreciarían todos los otros, el
rey, el vanidoso, el borracho, el hombre de negocios.
Sin embargo es el único que no me parece ridículo. Tal
vez será porque se preocupa de algo y no sólo de sí
mismo”.
Suspiró con tristeza y continuó pensando:
-Este hombre es el único que yo habría elegido por
amigo. Pero su planeta realmente es muy pequeño. No
hay lugar para dos...” Lo que el principito no se atrevió
a confesarse, es que deploraba alejarse de este bendi-
to planeta por las cuatrocientas cuarenta puestas de
sol que habría podido gozar allí cada veinticuatro
horas.
46
XV

El sexto planeta era diez veces más grande. Lo


habitaba un anciano que escribía enormes volúmenes.
-¡Vaya, un explorador! - exclamó cuando vio al prin-
cipito.
El principito se sentó junto a la mesa. Estaba muy
cansado. ¡Había viajado tanto!
-¿De dónde vienes? - le preguntó el anciano.
-¿De qué trata este libro tan grande? ¿Qué haces
aquí? - preguntó a su vez el principito.
-Soy un geógrafo -dijo el anciano.
-¿Y qué es un geógrafo?
-Es un sabio que conoce la ubicación de los mares,
de los ríos, de las ciudades, de las montañas y de los
desiertos.
-Eso es muy interesante -comentó el principito-. ¡Pa-
rece un verdadero oficio!
Y lanzó una mirada en torno al planeta del geógrafo.
Nunca había visto uno tan majestuoso.
-Tu planeta es muy hermoso. ¿Tiene océanos?
-No puedo saberlo -contestó el geógrafo.
-¡Ah!... -el principito se sintió desilusionado-. ¿Y
montañas?
-No puedo saberlo -repitió el geógrafo.
-¿Y ciudades y ríos y desiertos?
-Tampoco puedo saberlo.

47
-¡Pero tú eres un geógrafo!
-Es cierto: pero no soy un explorador y tampoco
dispongo de ninguno. No es el geógrafo el que lleva la
cuenta de las ciudades, los ríos, los mares, los océa-
nos y los desiertos; es demasiado importante para va-
gabundear. No debe abandonar su escritorio, donde
atiende a los exploradores y los interroga para anotar
las observaciones que han hecho. Si alguno de ellos
descubre algo interesante, el geógrafo hace una in-
vestigación sobre la moralidad del explorador.
-¿Por qué lo hace?
-Por que un explorador mentiroso acarrearía verda-
deras catástrofes en los libros de geografía. Y pasaría
lo mismo con un explorador que bebiera mucho.
48
-¿Por qué?
-Por que los borrachos ven doble. Y el geógrafo
anotaría dos montañas en lugar de una.
-Conozco un hombre que sería un mal explorador -
dijo el principito.
-Es posible. Si la moralidad del explorador parece
buena, se hace una investigación sobre su descubri-
miento.
-¿Se va al lugar?
-No, eso sería muy complicado. Se le piden pruebas
al explorador. Si se trata, por ejemplo, del descubri-
miento de una montaña, se le pide que traiga rocas de
buen tamaño.
De pronto el geógrafo se sintió impresionado:
-¡Pero tú vienes de lejos! ¡Eres un explorador! Des-
críbeme tu planeta.
Y abrió su libro de registros y le sacó punta al lápiz,
porque las primeras declaraciones de un explorador se
anotan con lápiz. Para escribirlas con tinta, se espera a
que traiga las pruebas.
-¿Y bien? - interrogó el geógrafo.
-¡Oh!, mi planeta no tiene mayor interés porque es
muy pequeño -dijo el principito-. Tengo tres volcanes,
dos en actividad y uno extinguido; pero nunca se sabe.
-No se sabe jamás -afirmó el geógrafo.
-También tengo una flor.
-No anotamos las flores -advirtió el geógrafo.
-¡Por qué no, si son lo más hermoso!
-Las flores son efímeras.
49
-¿Qué significa “efímeras”?
-Los libros de geografía son los más valiosos -dijo el
geógrafo -nunca pasan de moda. Es muy raro que una
montaña cambie de sitio o que un océano se vacíe y
quede sin agua. Escribimos sobre cosas eternas.
-Pero los volcanes apagados pueden activarse -
interrumpió el principito-. ¿Qué significa efímera?
-Nos da lo mismo que los volcanes estén apagados
o activos -continuó el geógrafo-; lo que cuenta para
nosotros es la montaña, porque no cambia.
-¿Pero qué significa “efímera”? - insistió el principito,
que nunca en su vida renunciaba a una pregunta una
vez que la había hecho.
-Significa “que está condenada a desaparecer muy
pronto”.
-¿Mi flor está condenada a desaparecer...?
-Seguramente.
“Mi flor es efímera -pensó el principito-, no tiene sino
cuatro espinas para defenderse del mundo. Y la dejé
completamente sola en mi planeta.”
Y por primera vez se sintió arrepentido; pero volvió
a cobrar ánimos.
-¿Qué me aconsejas visitar? - preguntó.
-El planeta Tierra -contestó el geógrafo-. Tiene co-
sas muy interesantes.
Y el principito partió pensando en su flor.

50
XVI

La tierra era el séptimo planeta que visitaba el prin-


cipito.
¡No es un planeta cualquiera! Cuenta con 111 reyes
(sin olvidar, por cierto, a los reyes africanos), siete mil
geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete
millones y medio de borrachos, trescientos once millo-
nes de vanidosos; es decir, cerca de dos mil millones
de personas mayores.
Para que puedan apreciar el tamaño de la Tierra,
les contaré que antes del descubrimiento de la electri-
cidad, había que mantener sobre los seis continentes
un verdadero ejército de cuatrocientos setenta y dos
mil quinientos once faroleros.
Visto desde cierta altura, el efecto era espléndido.
Los desplazamientos de este ejército estaban regla-
mentados como los de un ballet de ópera. Primero ve-
nía el turno de los faroleros de Nueva Zelandia y de
Australia. Una vez encendidos sus farolillos, se iban a
dormir. En seguida entraban a la danza los faroleros
de China y Siberia, para desaparecer luego entre bas-
tidores. Venía el turno de los faroleros de Rusia y la
India. Y después el de los África y Europa. Seguían los
de América del Sur y más tarde los de América de Nor-
te. Y jamás se equivocaban de orden para entrar en
escena. ¡Algo grandioso! Solamente el farolero del úni-
co farol del Polo Norte y su colega del único farol de
51
Polo Sur podían llevar una vida de ocio y descanso:
trabajaban dos veces por año.

XVII

Cuando se juega con la imaginación, es imposible


no mentir un poco. No he sido muy veraz al hablarles
de los faroleros. Me arriesgo a dar una falsa idea de
nuestro planeta a los que no lo conocen. Los hombres
ocupan muy poco lugar en la Tierra. Si los dos mil mi-
llones de habitantes que pueblan la Tierra se colocaran
uno junto a otro, un poco apretados, como en una ma-
nifestación, podrían pararse cómodamente en una pla-
za pública de veinte millas de largo por veinte de an-
cho. La humanidad podría amontonarse sobre cual-
quier pequeño islote del Pacífico.
Seguramente las personas mayores no le creerán
tal cosa, porque imaginan que necesitan ocupar gran-
des espacios. Se sienten importantes como los bao-
babs. Ustedes deben decirles que hagan el cálculo,
eso les encantará, porque adoran las cifras. Pero uste-
des no pierdan el tiempo en este trabajo, no sirve para
nada. Confíen en mí.
Al llegar a la Tierra, el principito se sorprendió al no
encontrar a nadie. Temía haberse equivocado de pla-
neta, cuando un anillo color de la luna removió la are-
na.
-Buenas noches -murmuró el principito por si acaso.
-Buenas noches -susurró la serpiente.
52
-¿Sobre qué planeta he caído? - preguntó el princi-
pito.
-Sobre la Tierra, en África -contestó la serpiente.
-¡Ah!... ¿No vive nadie, entonces, sobre la Tierra?
-Este es el desierto. En los desiertos no vive nadie.
La Tierra es muy grande -dijo la serpiente.
El principito se sentó sobre una piedra y miró hacia
el cielo.
-Me pregunto si las estrellas brillan sólo para que
uno pueda encontrar algún día la suya -dijo -. La mía
está justo arriba de nosotros, ¡pero tan lejos!
-Es muy hermosa -reconoció la serpiente-. ¿Qué
haces por aquí?
-Tuve desavenencias con una flor -confidenció el
principito.
-¡Ah! - exclamó la serpiente.
Y guardaron silencio.
-¿Dónde están los hombres -preguntó al cabo de un
rato el principito-. Uno se siente un poco solo en el de-
sierto.
-También se está solo entre los hombres -replicó la
serpiente.
El principito la observó durante un rato.
-Eres una buena bestezuela harto rara, delgada,
como un dedo -dijo al fin.
-Pero soy más poderosa que el dedo de un rey -
contestó ella.
El principito sonrió:
53
-No te ves tan poderosa, ni siquiera tienes patas... ni
puedes irte de viaje...
-Puedo llevarte más lejos que un navío -advirtió la
serpiente.
Y se enroscó en torno al tobillo del principito como
un brazalete de oro.
-Al que toco, lo devuelvo a la tierra de donde salió.
Pero tú eres puro y vienes de una estrella...
El principito no contestó.
-Siento compasión por ti, tan débil sobre esta tierra
de granito. Si un día quieres regresar a tu planeta, yo
puedo ayudarte. Yo puedo...
-¡Oh! Ya te comprendo -interrumpió el principito-,
pero ¿por qué hablas siempre en enigmas?
-Yo los resuelvo todos -dijo la serpiente.
Y guardaron silencio.

XVIII

El principito atravesó el desierto y sólo encontró una


flor de tres pétalos, casi no era una flor.
-Buenos días -saludó el principito.
-Buenos días -contestó la flor.
-¿Dónde están los hombres? - preguntó cortésmen-
te el principito.

54
55
La flor había visto un día pasar una caravana.
-¿Los hombres? Creo que hay seis o siete. Los divi-
sé hace años, pero no se sabe dónde encontrarlos. El
viento los acarrea. No tienen raíces y eso les causa
mucha molestia.
-Adiós -dijo el principito.
-Adiós -repuso la flor.

XIX

El principito subió a una montaña muy alta. Las úni-


cas montañas que había conocido hasta ahora eran
sus tres volcanes que le llegaban a la rodilla. El volcán
apagado solía servirle de pisito.
“Desde esta montaña tan alta, podré darle una mi-
rada a todo el planeta y a todos los hombres”, pensó
entonces. Pero no vio sino cumbres rocosas muy pun-
tudas.
-¡Buenos días! - gritó por si acaso.
-¡Buenos días..., buenos días..., buenos días..., dí-
as..., días... -contestó el eco.
-Ustedes, ¿quienes son? - preguntó el principito.
-¿Quienes son?..., ¿quienes son?..., ¿quienes
son?... son..., son... -respondió el eco.
-Seamos amigos, estoy solo -exclamó el principito.
-Estoy solo..., estoy solo..., estoy solo..., solo... so-
lo... -respondió el eco.
“¡Qué planeta más raro! - pensó-: Está enteramente
seco, lleno de picachos y es salado. Y los hombres no
56
tienen imaginación, siempre repiten lo que uno les di-
ce. En mi casa, yo tenía una flor: ella siempre hablaba
primero.”

XX

Después de mucho andar a través de arenas, rocas


y nieves, el principito encontró finalmente un camino. Y
todos los caminos conducen hacia donde viven los
hombres.
-Buenos días -saludó.
Era un jardín lleno de rosales en flor.
-Buenos días -contestaron las rosas.
El principito se quedó mirándolas: todas se parecían
a su flor.
-¿Cómo se llaman ustedes? - les preguntó descon-
certado.
-Somos rosas -dijeron ellas.
-Ah... -murmuró el principito.
Y se sintió muy triste. Su flor le había dicho que ella
era la única de su especie en todo el universo, ¡Y aquí
había cinco mil, todas iguales, en un solo jardín!
“Ella se sentiría muy avergonzada si viera esto -se
dijo-. Se pondría a toser con insistencia y fingiría morir
para no hacer el ridículo. Y yo tendría que aparentar
cuidarla, porque si no, se dejaría morir realmente para
humillarme de algún modo.”
Y continuó pensando: “Yo me sentía feliz al tener
una flor única y resulta que es sólo una rosa vulgar.
57
Con ella y mis tres volcanes que me llegan a la rodilla,
y de los cuales uno tal vez está extinguido para siem-
pre, no soy en verdad un gran príncipe”.
Y echado en el pasto, lloró y lloró mucho rato.

XXI

Fue entonces cuando apareció el zorro.


-Buenos días -dijo.
-Buenos días -respondió educadamente el principito
y se volvió, pero no vio a nadie.
-Estoy bajo el manzano -dijo la voz.
-¿Quién eres? - preguntó el principito-. ¡Pareces
muy simpático!
-Soy un zorro -contestó el animal.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-. Es-
toy tan triste...
-No puedo jugar contigo, porque aún no me han
domesticado.
-¡Ah! Perdóname -se disculpó el principito.
Pero en lugar de reflexionar, añadió:
-¿Qué significa “domesticar”?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro-. ¿Qué andas
buscando?
-A los hombres -contestó el principito-. ¿Qué signifi-
ca “domesticar”?
-Los hombres tienen fusiles y salen a cazar -dijo el
zorro-. ¡Es muy desagradable! Pero también crían ga-
58
llinas, y es por lo único que me interesan. ¿Andas bus-
cando gallinas?
-No, busco amigos -contestó el principito-. ¿Qué
significa “domesticar”?
-Es algo que se ha olvidado -dijo el zorro-. Significa
“crear vínculos”.
-¿Crear vínculos?
-Eso es -dijo el zorro-. Para mí, eres como cualquier
muchachito parecido a otros cien mil y no te necesito.
Tampoco tú tienes necesidad de mí, porque no soy si-
no un zorro igual a otros cien mil. Pero si tú me domes-
ticas, nos necesitaremos el uno al otro. Tú serás para
mí único en el mundo y yo seré único en el mundo pa-
ra ti.
-Empiezo a comprender -dijo el principito-. Hay una
flor... yo creo que ella me domesticó.
-Es posible -contestó el zorro-. ¡Sobre la Tierra se
ve toda clase de cosas!
-¡Oh! ¡No sobre la Tierra! - advirtió el principito.
El zorro pareció muy intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-Eso es interesante. ¿Y gallinas?
-Tampoco.
-No hay nada perfecto -suspiró el zorro.
Y volvió a su explicación:
59
-Mi vida es monótona. Yo cazo gallinas y los hom-
bres me cazan a mí. Las gallinas se asemejan entre sí
y los hombres son todos iguales. Me aburro un poco,
entonces. Pero si tú me domesticas, mi vida estará
como iluminada. Conoceré un ruido de pasos diferen-
tes a todos los demás. Los otros pasos me hacen es-
conderme en mi madriguera; los tuyos me harán salir,
como si fueran música. ¡Y pon atención! ¿Ves allá
abajo los trigales? El pan no es mi alimento; para mí el
trigo es algo inútil. Los trigales no me recuerdan nada y
eso es triste. Pero tú tienes cabellos color de oro ¡Y
será algo maravilloso cuando tú me domestiques! El
trigo hará que te recuerde y amaré el ruido del viento
sobre los trigales.
El zorro guardó silencio y miró largo rato al principi-
to.
-Si quieres, domestícame -dijo.
-Me gustaría mucho -contestó el principito-, pero no
tengo mucho tiempo. Quiero descubrir amigos y cono-
cer muchas cosas.
-No se conoce sino lo que se domestica -dijo el zo-
rro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer na-
da. Compran cosas hechas en las tiendas. Pero como
no existen vendedores de amigos, los hombres ya no
los tienen. ¡Si quieres un amigo, entonces domestíca-
me!
-¿Qué hay que hacer? - preguntó el principito.
-Hay que tener mucha paciencia -contestó el zorro-.
Al comienzo, te sentarás un poco lejos de mí, sobre el
60
pasto. Yo te miraré por el rabillo del ojo y no dirás na-
da, las palabras son fuente de malos entendidos. Pero
cada día podrás sentarte un poco más cerca...
Al día siguiente, el principito volvió:
-Es mejor que vengas siempre a la misma hora -
advirtió el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro
de la tarde, tres horas antes empezaré a sentirme feliz.
A medida que se acerque la hora, aumentará mi felici-
dad. A las cuatro, me sentiré nervioso e inquieto: ¡des-
cubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cual-
quier hora, no sabré cuando preparar mi corazón. Los
ritos son necesarios.
-¿Qué son los ritos? - preguntó el principito.
-Es algo que también está muy olvidado -dijo el zo-
rro-. Es lo que hace que un día se distinga de otro y
que una hora sea diferente de las otras. Por ejemplo,
los cazadores tienen un rito: los jueves bailan en la al-
dea con las muchachas. ¡Entonces el jueves es un día
maravilloso para mí! Salgo de paseo hasta la viña. Si
los cazadores salieran a bailar cuando se les antojara,
los días serían todos iguales y yo no tendría descanso.
De este modo el principito domesticó al zorro. Y
cuando se acercó el día de su partida:
-¡Ah! Creo que voy a llorar -dijo el zorro.
-Es culpa tuya -dijo el principito-. Yo no deseaba
hacerte daño, pero tú quisiste que te domesticara.
-Así es -contestó el zorro.
-¡Pero vas a sufrir! - exclamó el principito.
-Seguramente -respondió el zorro.
61
-No has ganado nada.
-Por cierto que he ganado -replicó el zorro - a causa
del color de los trigales.
Enseguida añadió:
-Vete a mirar las rosas y comprenderás que la tuya
es única en el mundo. Regresa para que nos despida-
mos y te regalaré un secreto.
El principito se fue a mirar las rosas:
-Ustedes no se parecen en nada a mi rosa, ni signi-
fican nada -les dijo-. Nadie las ha cuidado y ustedes
tampoco han domesticado a nadie. Son ahora como
fue mi zorro antes, que se parecía a otros cien mil zo-
rros; pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el
mundo.
Las rosas se sintieron molestas, oyéndolo. Y él con-
tinuó:
-Ustedes son bellas, pero están vacías. Nadie mori-
ría por ustedes. Por cierto, algún viajero podría creer
que mi rosa se les parece mucho; pero ella sola es
mucho más importante que todas ustedes juntas, por-
que yo la he regado, porque fue ella a la que puse bajo
un fanal y a la que protegí con un biombo. Y le maté
las orugas (salvo dos o tres, por las mariposas), y la
escuché quejarse o envanecerse, y hasta quedarse ca-
llada. Porque ella es mi rosa.
Y regresó junto al zorro.
-Adiós -le dijo.
62
-Adiós -contestó el zorro-. Mi secreto es algo muy
simple: no se puede ver sino con el corazón. Lo esen-
cial está oculto a los ojos.
-Lo esencial está oculto a los ojos -repitió el principi-
to para recordarse.
-El tiempo que has entregado a tu rosa es lo que la
ha hecho tan importante.
-El tiempo que entregué a mi rosa... -dijo el principi-
to para recordarse.
-Los hombres olvidaron esta verdad -contestó el zo-
rro-. Pero tú no debes hacerlo, eres responsable para
siempre de lo que has cuidado. Eres responsable de tu
rosa.
-Yo soy responsable de mi rosa -repitió el principito,
a fin de recordarlo.

XXII

-Buenos días -dijo el principito.


-Buenos días -contestó el guardavías.
-¿Qué haces aquí? - preguntó el principito.
-Distribuyó los pasajeros en paquetes de a mil -
contestó el guardavías-. Despacho los trenes que los
llevan a veces hacia la derecha, otras a la izquierda.
Y un tren expreso muy iluminado pasó tronando e
hizo temblar la caseta del guardavías.
-Están muy apurados -observó el principito-. ¿Qué
buscan?
-Ni el maquinista lo sabe -dijo el guardavías.
63
Y un segundo tren pasó rugiendo en sentido contra-
rio.
-¿Vienen de vuelta, ya? - preguntó el principito.
-No son los mismos -advirtió el guardavías-. Es un
tren de intercambio.
-¿No se sentían a gusto donde estaban?
-Nunca se siente uno a gusto en el lugar donde está
-dijo el guardavías.
Y tronó un tercer expreso iluminado.
-¿Están persiguiendo a los viajeros anteriores? -
preguntó el principito.
-No están persiguiendo a nada afirmó el guardavías-
. Van durmiendo o bostezan. Los niños, solamente,
aplastan la nariz contra los vidrios.
-Sólo ellos saben lo que buscan -comentó el princi-
pito-. Dedican su tiempo a una muñeca de trapo que
llega a ser tan importante para ellos, que si alguien se
las quita, se pone a llorar.
-Tienen mucha suerte -comentó el guardavías.

XXIII

-Buenos días -saludó el principito.


-Buenos días -contestó el comerciante.
Se trataba de un mercader que vendía píldoras para
apagar la sed. Tomando una por semana, no se sentía
necesidad de beber.
-¿Por qué vendes esto? - preguntó el principito.
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-Significa un gran ahorro de tiempo -contestó el co-
merciante-. Los expertos calcularon que se pueden
economizar cincuenta y tres minutos por semana.
-¿Y qué se puede hacer con esos cincuenta y tres
minutos?
-Lo que uno quiera.
“Si yo tuviera cincuenta y tres minutos de sobra, los
gastaría caminando lentamente hacia una fuente...”,
pensó el principito.

XXIV

Era el octavo día desde mi caída en el desierto y


bebí la última gota de mi provisión de agua escuchan-
do la historia del comerciante.
-¡Ah! Tus recuerdos son muy hermosos -dije al prin-
cipito-; pero aún no he arreglado mi avión y no me
queda nada para beber. También yo me sentiría feliz si
pudiera caminar lentamente hacia una fuente.
-Mi amigo, el zorro, me dijo...
-¡Mi buen hombrecito, ya no se trata del zorro!
-¿Por qué?
-Porque vamos a morir de sed.
Como no comprendió mis razones, contestó:
-Es bueno haber tenido un amigo, aun si uno va a
morir. Me siento feliz de haber conocido a mi amigo el
zorro.
65
“No se da cuenta del peligro -pensé-. Nunca ha su-
frido hambre ni sed. Un poco de sol le basta...”.
Pero al mirarme, comprendió lo que yo pensaba:
-También tengo sed..., busquemos un pozo...
Hice un gesto de cansancio. ¡Es tan absurdo buscar
un pozo en la inmensidad del desierto! Sin embargo,
nos pusimos en camino.
Avanzamos durante horas en silencio, hasta que
cayó la noche y las estrellas empezaron a brillar. Yo
las divisaba como en un sueño, afiebrado a causa de
la sed. Las palabras del principito bailaban en mi cabe-
za.
-¿También tú tienes sed? - le pregunté.
No contestó a mi pregunta, sino que me dijo sim-
plemente:
-El agua también es buena para el corazón.
Aunque no entendí su respuesta, callé. Sabía de-
masiado bien que era inútil hacerle preguntas. Tam-
bién él estaba cansado y se sentó. Me coloqué junto a
él y luego de un silencio, dijo:
-Las estrellas son hermosas debido a una flor que
no vemos.
Yo contesté “por cierto” y me puse a contemplar las
ondulaciones de la arena bajo la luna.
-El desierto es hermoso -agregó él.
Y era verdad. Siempre he amado el desierto. Cuan-
do uno se sienta sobre una duna, no ve ni oye nada y
sin embargo hay algo que irradia en el silencio.
66
-Lo que embellece al desierto es el pozo que se
oculta en alguna parte -dijo el principito.
Me sorprendió comprender de pronto ese misterioso
resplandor de la arena. Cuando era niño, viví en una
casona antigua y la leyenda contaba que allí había un
tesoro enterrado. Por cierto nadie lo descubrió, y tal
vez ni siquiera lo buscaron, pero llenaba de magia el
ambiente de ese lugar. Mi casa ocultaba un secreto en
el fondo de su corazón.
-Ya se trate de una casa, de las estrellas o del de-
sierto, lo que los embellece es invisible -dije al principi-
to.
-Estoy feliz de que estés de acuerdo con el zorro -
comentó.
El principito se durmió y lo tomé en brazos y me pu-
se de nuevo en camino. Me sentía conmovido. Me pa-
recía transportar un tesoro muy frágil. Llegué a imagi-
nar que no existía nada tan frágil sobre la Tierra. A la
luz de la luna, miré su frente pálida, sus ojos cerrados,
los mechones de su pelo que se agitaban con el viento
y pensé: “Estoy viendo apenas la cáscara. Lo más im-
portante permanece invisible...”
Sus labios entreabiertos esbozaban una sonrisa y
me dije: “Lo que más me conmueve en este principito
dormido, es su fidelidad a una flor. Aun soñando, la
imagen de una rosa brilla en él como la llama de una
lámpara”.
67
Y percibí con mayor fuerza su fragilidad. Hay que
proteger las lámparas, porque cualquier golpe de vien-
to puede apagarlas.
Y así, caminando, descubrí el pozo al amanecer.

XXV

-Los hombres se meten en los trenes sin saber lo


que buscan ni adónde van y dan vueltas y vueltas -dijo
el principito. Y agregó-: No vale la pena...
El pozo que habíamos encontrado no se parecía en
nada a los del desierto del Sahara. Estos son simples
hoyos abiertos en la arena. El que hallamos, en cam-
bio, era igual a un pozo de aldea; pero como allá no
había ningún pueblo, creí que estaba soñando.
-Es raro que todo esté dispuesto -dije al principito-:
la roldana, el cubo, la cuerda...
Riendo, cogió la cuerda e hizo funcionar la roldana.
Y la roldana gimió como un vieja veleta cuando el vien-
to se ha dormido largo tiempo.
-¿Oyes? ¡Hemos despertado al pozo y canta! - dijo
el principito.
Yo no quería que él hiciera fuerzas.
-Deja que yo lo haga, es demasiado peso para ti -
dije.
Lentamente levanté el cubo hasta el brocal, donde
se lo aseguré. En mis oídos seguía tañendo el canto
de la roldana, y en el agua, agitada aún, vi temblar la
luz del sol.
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-Tengo sed de esta agua -dijo el principito-. Dame
de beber.
¡Y comprendí entonces lo que él había buscado!
Levanté el cubo hasta sus labios y bebió con los
ojos cerrados. Fue tan dulce como una fiesta. Esta
agua era algo más que un sustento. Había surgido de
la caminata bajo las estrellas, del canto de la polea, del
esfuerzo de mis brazos. Hacía bien al corazón como
un regalo. Cuando era niño, las luces del árbol de Na-
vidad, los cantos de la misa de medianoche, la suavi-
dad de las sonrisas, constituían el verdadero resplan-
dor del regalo que yo recibía.
-Los hombres de tu tierra cultivan cinco mil rosas en
un solo jardín -dijo el principito-. Y no encuentran allí lo
que buscan.
-No lo encuentran nunca -respondí.
El principito continuó:
-Y sin embargo lo que buscan pueden hallarlo en
una sola rosa o en un poco de agua.
-Sin duda -respondí.
Y el principito agregó:
-Porque los ojos no ven. Es necesario buscar con el
corazón. Yo había bebido, respiraba a mis anchas; la
arena, al amanecer, tenía el color de la miel. Y este co-
lor de miel aumentaba mi felicidad. No tenía por qué
sentirme triste y sin embargo...
-Tienes que cumplir tu promesa -dijo con suavidad
el principito, que había vuelto a sentarse junto a mí.
-¿Qué promesa?
69
-No te acuerdas..., un bozal para mi cordero. Yo soy
responsable de mi flor.
Saqué del bolsillo mis bosquejos y el principito se
puso a reír al verlos.
-Tus baobabs parecen repollos...
-¡Oh!
¡Y yo que estaba tan orgulloso de mis baobabs!
-Tu dibujo del zorro... ¡sus orejas parecen cuernos,
están demasiado largas!
Y siguió riendo.
-Eres injusto, hombrecito, yo no sabía dibujar sino
boas abiertas y boas cerradas.
-¡Oh! ¡No te preocupes! Los niños comprenden - dijo
él.
Dibujé en seguida un bozal y, al entregárselo, mi co-
razón se apretó.
-Tienes planes que desconozco...
Pero él no me contestó. Dijo:
-Debes recordar..., mi caída a la tierra..., mañana se
cumple un año.
Al cabo de un silencio, agregó:
-Caí muy cerca de aquí.
Y el principito enrojeció. De nuevo, sin comprender
bien por qué, sentí una extraña tristeza. Y me vino una
duda:
-Entonces, ¿no fue por casualidad que hace ocho
días, la mañana que te conocí, estuvieras paseándote
solo, a mil millas de cualquier región habitada? ¿Acaso
volvías al lugar de tu caída?
70
El principito enrojeció aún más. Y añadí, vacilando:
-¿Tal vez, por ser el aniversario...?
El principito enrojeció otra vez.
Nunca contestaba a las preguntas, pero cuando uno
se ruboriza, eso significa “sí”, ¿no es cierto?
-Ah, tengo miedo... -exclamé.
Pero él no me contestó.
-Debes trabajar ahora. Vete a revisar tu máquina, yo
te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde.
No me sentí tranquilo. Me acordé del zorro. Cuando
a uno lo cuidan, se arriesga a llorar un poco.

XXVI

Junto al pozo había un resto de un antiguo muro de


piedra. Cuando regresé de mi trabajo a la tarde si-
guiente, divisé desde lejos al principito sentado allí
arriba, con las piernas colgando. Lo escuché conver-
sar:
-¿No te acuerdas, entonces? No fue precisamente
aquí.
Otra voz le contestaría, porque él replicó:
-Sí, sí, fue ese día, pero no era este el lugar.
Continué caminando hacia el muro. Aunque no vi ni
escuché a nadie, el principito replicó de nuevo:
-Estoy seguro. Podrás ver dónde comienzan mis
huellas en la arena. No tienes más que esperarme
allá. Iré esta noche.
71
Yo me encontraba a veinte metros del muro y se-
guía sin ver a nadie.
El principito añadió, luego de un silencio:
-¿Es rápido tu veneno? ¿Estás seguro de que no
sufriré mucho?
Me detuve con el corazón oprimido, pero sin com-
prender aún del todo.
-Ahora vete -dijo él-. Quiero bajarme.
Con la mirada recorrí entonces hasta el pie del muro
e instintivamente di un salto. Allí, erguida frente al prin-
cipito, había una de esas víboras amarillas que matan
en menos de treinta segundos. Me puse a correr tra-
tando de sacar mi revolver del bolsillo, pero con el rui-
do que hice la serpiente se deslizó suavemente por la
arena, como un surtidor de agua que se corta, y se co-
ló sin apuro entre las piedras con un ligero ruido metá-
lico.
Llegué justo a tiempo para recibir en mis brazos a
mi principito, pálido como la nieve.
-¿Qué historia es esta? Ahora conversas con víbo-
ras.

72
73
Le aflojé su bufanda dorada, le mojé las sienes y le í
un poco de agua, sin atreverme, de pronto, a interro-
garlo. Me miró con gravedad y me rodeó el cuello con
sus brazos. Sentía latir su corazón como el de un pája-
ro moribundo al que se la ha disparado un tiro de cara-
bina.
-Estoy feliz de que hayas arreglado la falla de tu
máquina -dijo-. Podrás regresar a tu casa.
-¿Cómo lo sabes?
Precisamente yo venía a comunicarle que, contra
toda esperanza, mi esperanza, mi trabajo había termi-
nado con éxito.
No respondió a mi pregunta, sino que añadió:
-Yo también regreso hoy a mi casa.
Y luego, algo melancólico:
-Está mucho más lejos... y es mucho más difícil...
Sentí que en ese momento sucedía algo extraordi-
nario. Lo estreché entre mis brazos como a un niño
pequeño y sin embargo me parecía que se deslizaba
verticalmente hacia un abismo sin que me fuera posi-
ble retenerlo.
Su mirada seria se perdía en algo muy lejano.
-Tengo un cordero, y para él, tengo la caja y el bo-
zal.
Y sonrió con tristeza.
Esperé un rato largo. Sentí que se iba entibiando de
a poco.
-Tuviste miedo, hombrecito.
74
¡Había tenido miedo, por cierto! Pero rió con dulzu-
ra:
-Tendré más miedo esta noche.
Volví a sentirme helado como ante algo irreparable.
Y comprendí que no podía soportar la idea de no vol-
ver a escuchar su risa. Para mí era como una fuente
en el desierto.
-Quiero escucharte reír otra vez, hombrecito.
Entonces me advirtió:
-Esta noche se cumple un año. Mi estrella se encon-
trará justo sobre el lugar en que me caí.
-¿No es cierto, muchachito, que esa historia de la
serpiente y de la cita y de la estrella es sólo un mal
sueño?
Pero no contestó mi pregunta, sino que dijo:
-Lo que realmente importa, no se ve.
-Sin duda.
-Es lo mismo que la flor. Si amas a una que se en-
cuentra en una estrella, se siente una gran dulzura al
mirar el cielo nocturno. Todas las estrellas parecen
haber florecido.
-Así es.
-Es igual que con el agua. La que me diste a beber,
a causa de la polea y la cuerda, parecía una música.
¿Te acuerdas? Era tan agradable...
-Sí.
-En la noche tú podrás mirar las estrellas. Aquella
donde vivo yo es muy pequeña para mostrártela y es
75
mejor así. Te gustará mirarlas a todas y todas serán
tus amigas. Además, quiero hacerte un regalo.
Volvió a reír.
-¡Ah, muchachito mío, me encanta tu risa!
-Ese es precisamente mi regalo..., será igual que el
agua.
-¿Qué quieres decir?
-La gente mira las estrellas de maneras distintas.
Para los viajeros, las estrellas son su guía; para otros,
no son sino pequeñas luces; para los sabios, encierran
un problema; para mi hombre de negocios, represen-
tan oro; pero todas estas estrellas están silenciosas.
Solamente tú tendrás estrellas como no las tiene na-
die...
-¿Qué quieres decir?
-Cuando en la noche mires el cielo, como yo viviré
en una de ellas y estaré riendo, para tí será como si
todas las estrellas se rieran. ¡Solamente tú serás due-
ño de estrellas que ríen!
Y de nuevo rió.
-Y cuando te hayas consolado un poco (porque uno
siempre termina por consolarse), estarás feliz de
haberme conocido. Serás mi amigo para siempre.
Cuando tengas ganas de reír conmigo, abrirás tu ven-
tana porque sí, por darte el gusto. Y tus amigos se ex-
trañarán de que te rías mirando el cielo. Entonces les
dirás: “Sí, las estrellas siempre me hacen reír”. Y te
creerán loco. Y te habré jugado una mala pasada...
Y rió otra vez.
76
-Será como si en lugar de estrellas, te hubiera rega-
lado una inmensa cantidad de pequeños cascabeles
que ríen.
Y rió todavía. De pronto se puso serio.
-¿Sabes? No vengas esta noche.
-No te dejaré solo.
-Parecerá como si estuviese enfermo, tendré cara
de alguien que se está muriendo..., no es así. No vale
la pena que lo veas.
-No, no te dejaré solo.
Se sentía preocupado.
-Te lo digo por la serpiente, no quiero que te muer-
da. Las víboras son malvadas y suelen morder porque
sí.
-No te dejaré.
Pero algo le dio seguridad.
-Es cierto que no les queda veneno para una se-
gunda mordedura.
Esa noche no lo vi cuando se puso en camino. Se
escapó sin hacer ruido y, cuando logré alcanzarlo, iba
rápido, con paso decidido. Me dijo solamente:
-Ah, estás aquí...
Y me tomó la mano. Pero volvió a inquietarse.
-Has hecho mal, sentirás pena. Y yo tendré la apa-
riencia de estar muerto y no será verdad.
Guardé silencio.
-Tú comprendes, está demasiado lejos y no puedo
llevarme este cuerpo..., pesa mucho.
Seguí callado.
77
-Será como una cáscara que se abandona. Las
cáscaras no dan pena.
Continué en silencio.
Se desanimó un poco, pero hizo un esfuerzo:
-Será algo gracioso, tú sabes. Yo también miraré las
estrellas y serán para mí unos pozos con sus roldanas
enmohecidas. Todas las estrellas me darán de beber.
Callé todavía.
-¡Será algo tan divertido! Tendrás como quinientos
millones de cascabeles y yo tendré quinientos millones
de fuentes...
Y guardó silencio, también, porque estaba llorando.
-Es allá. Déjame dar un paso a mí solo.
Y se sentó porque tenía miedo. Y luego dijo:
-Tú sabes..., mi flor... Soy responsable de ella. ¡Y es
tan frágil! ¡Y tan ingenua! Tiene cuatro espinas para
protegerse del mundo.
También yo me senté porque no podía mantenerme
de pie y él dijo:
-Está ahí..., eso es todo.
Vaciló todavía un instante y se levantó. Dio un paso.
Yo no podía moverme.
Cerca de su tobillo brilló algo así como un relámpa-
go amarillo. Se quedó inmóvil un momento, sin lanzar
ni un grito. Cayó lentamente, como cae un árbol. Ni si-
quiera hizo ruido, a causa de la arena.

78
XXVII

Y ya han pasado seis años... Nunca antes había conta-


do esta historia. Los camaradas que he vuelto a encontrar
se alegran de verme vivo. Yo me sentía triste, pero les de-
cía: “Es el cansancio”.
Me he consolado un poco, aunque no completamente.
Pero sé que él regresó a su planeta, porque, a la luz del
amanecer, no encontré su cuerpo. Después de todo, no te-
nía mayor peso. Y en las noches, me encanta escuchar las
estrellas: son como quinientos millones de cascabeles.
Sin embargo, me sucede algo insólito: ¡olvidé agregar la
correa de cuero al bozal que le dibujé al principito! No podrá
ajustárselo nunca a su cordero. Entonces me pregunto:
“¿Qué habrá pasado en su planeta? ¿Y si el cordero se ha
comido la flor?...”
A veces me digo: “¡Seguramente no! El principito guarda
su flor todas las noches bajo el fanal y vigila bien al corde-
ro”. Y me siento feliz y todas las estrellas ríen dulcemente.
Otras veces pienso: “Uno suele distraerse y con una sola
ocasión basta. Tal vez una noche olvidó el fanal, o el corde-
ro pudo salir sin hacer ruido durante la noche”. ¡Entonces
todos los cascabeles se transforman en lágrimas!
Y éste es el misterio mayor. Para ustedes, que quieren
tanto como yo al principito, nada en el universo será lo
mismo si en alguna parte, quién sabe dónde, un cordero
que conocemos se ha comido o no una rosa.
Miren al cielo y pregúntense si el cordero se comió o no
la flor. Verán cómo todo cambia.
Ninguna persona adulta comprenderá jamás que esto
sea tan importante. FIN

79
80
ANTOINE DE SAINT EXUPÉRY: (1900-1944). Escritor
y aviador francés, nacido en Lyon y muerto en acción
de guerra.
Su percepción de la vida se forjó en medio de la in-
certidumbre y las privaciones de la segunda guerra
mundial. Su pensamiento está plasmado en hermosas
reflexiones del que busca y espera al amigo que com-
parta el sentido de la vida y las mil esperanzas. Su vi-
da fue una permanente búsqueda del amor humano,
particularmente en su noble expresión de la amistad.
Fue un constante interrogarse en torno a aquellas
fuerzas que impulsan al hombre hacia uno u otro lado.
En medio del dolor y de la muerte fue capaz de descu-
brir un mundo de pureza y trascendencia llegando a
develar los más profundos sentimientos del alma
humana.
El Principito es quizá la más poética expresión de
las reflexiones que en torno a los valores humanos
hiciera el autor. Si bien transporta a los niños a un
hermoso mundo de fantasía, al adolescente le plantea
81
inquietudes vitales relacionadas con su cuestionamien-
to de algunos comportamientos de los mayores y a los
adultos los hace recrear mágicamente su sensibilidad.

OBRAS: Correo del Sur (l928);Vuelo de noche (1930),


inspirada en un accidente aéreo mientras sobrevolaba
la Cordillera de Los Andes; Tierra de Hombres: Piloto
de guerra: Un sentido de la vida; Carta a un rehén;
Hitler es un idiota; El Principito (su obra más famosa,
1943); La ciudadela (1948, publicado póstumamente).

EL
PRINCIPITO

ANTOINE DE SAINT EXUPÉRY

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