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TITULAR 309

CAPÍTULO 10

LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA

por JOSÉ ANTONIO NOGUERA1


Y ANDRÉS DE FRANCISCO

1. El surgimiento de la sociología analítica como alternativa:


raíces y precedentes

Aunque sus raíces se hunden en muchas de las aportaciones de la tra-


dición sociológica clásica y contemporánea, puede decirse que la sociolo-
gía analítica es una orientación intelectual y científica que sólo reciente-
mente ha cobrado autoconciencia y se ha autoidentificado bajo esta
expresión. Sin embargo, en los inicios de la segunda década del siglo XXI,
la sociología analítica es ya un programa de investigación que despierta
una notable atención internacional. Las revistas más prestigiosas abren
más y más sus páginas a artículos escritos dentro de esta línea, y el movi-
miento aumenta paulatinamente su visibilidad en congresos y reuniones
científicas internacionales. Se trata de una tendencia cada día más reco-
nocida como intelectualmente fructífera y vigorosa, está contagiando ese
vigor intelectual a muchos científicos sociales y, en algunos casos, consi-
guiendo sumar esfuerzos que se institucionalizan en comunidades inte-
lectuales amplias.2
1. José Antonio Noguera agradece el apoyo del MICINN a través del proyecto de I+D+i con refe-
rencia CSO2009-09890 y del proyecto CONSOLIDER-INGENIO CSD2010-00034 («SIMULPAST»).
2. Desde el año 2009 existe una red europea de sociología analítica (ENAS, European Network of
Analytical Sociologists, www.enas.org, que en su último congreso en París en 2011 decidió convertirse
en red mundial con el nombre de INAS, International Network of Analytical Sociologists). La celebración
de congresos y workshops específicos sobre «Sociología analítica y mecanismos sociales» tiene ya una
periodicidad anual (Oxford y París, 2008; Turín, 2009; Barcelona, 2010; París, 2011; Nueva York, 2012);
recientes congresos de la International Sociological Association (ISA) y del International Institute of So-
ciology (IIS) han albergado sesiones monográficas sobre sociología analítica; el recientemente publica-
do Oxford Handbook of Analytical Sociology (2009), compilado por Peter Hedström y Peter Bearman, da
cuenta de la variedad e importancia de las contribuciones dentro de esta línea (véase también Manzo,
2010 y 2011). En España, la reciente creación del grupo de Sociología Analítica en la Federación Espa-
ñola de Sociología (FES), del Grupo de Sociología Analítica y Diseño Institucional (GSADI) de la Uni-
versidad Autónoma de Barcelona (http://gsadi.uab.cat), o algunos de los debates al respecto (véase
Aguiar, de Francisco y Noguera, 2009; Ovejero, 2009), son pasos modestos en la misma dirección. En
mayo de 2007 se celebró en Barcelona la I Jornada sobre Sociología Analítica y Diseño Institucional, y
en noviembre de 2009 se llevó a cabo una segunda edición de la misma.
310 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

En realidad, puede decirse que la sociología analítica contemporánea


es más la resultante de una confluencia de esfuerzos y aportaciones que el
surgimiento de una orientación teórica radicalmente nueva. En efecto, las
obras pioneras de James S. Coleman y Raymond Boudon no sólo introdu-
jeron en sociología los avances de la teoría de la elección racional y la teo-
ría de juegos de estrategia, sino que adaptaron dichas herramientas para
hacerlas sociológicamente aplicables y perfeccionaron un estilo de razo-
namiento teórico y unos planteamientos empíricos caracterizados por el
rigor lógico y la formalización matemática, algo que, desde presupuestos
algo diferentes, también habían conseguido otros sociólogos norteameri-
canos como Arthur Stinchcombe y George Homans. Tras ellos, toda una
serie de sociólogos y científicos sociales con similar talante se lanzaron a
desarrollar aplicaciones sociológicas de los modelos de elección racional,
o a intentar completar la ampliación de dichos modelos en la línea de un
mayor realismo y relevancia sociológica: Peter Abell, Christopher Edling,
Hartmut Esser, Thomas Fararo, Diego Gambetta, Michael Hechter, Dou-
glas Heckatorn, Karl-Dieter Opp y otros muchos. El propio Raymond
Boudon, a partir de la década de 1980, encabezaría también esta etapa de
crítica analítica de los modelos estándar o convencionales de elección ra-
cional importados de la economía. De hecho, los modelos sociológicos de
elección racional, ya desde Coleman y el primer Boudon, se inspiraban
mucho más en clásicos de la ciencia social como Weber, Mill, Pareto o
Tocqueville que en la economía neoclásica (a esta lista podría añadirse
parcialmente la obra de Marx, según Elster, y la de Durkheim, en opinión
de Boudon). Y, como luego se dirá, la aportación de Merton, exceptuando
los supuestos funcionalistas que a veces proclamaba, constituye también
un precedente de la sociología analítica en numerosos sentidos.
La teoría de la elección racional y sus ampliaciones no fueron, por
tanto, contra lo que a veces se cree, la única (ni quizá la principal) línea
que confluyó en la sociología analítica actual: también muchas de las me-
jores críticas a dicha teoría (tantas veces denostada desde el desonoci-
miento o con escaso fundamento), y algunos desarrollos bastante hetero-
doxos de la misma, contribuyeron decisivamente a la formación de la
corriente analítica: entre ellos destacan sin duda Jon Elster y el grupo de
los marxistas analíticos (como Erik O. Wright, Gerald Cohen, Philippe
Van Parijs, John Roemer o Adam Przeworski), quienes consiguieron, ya
desde la década de 1980, introducir en la teoría social unos niveles de ex-
celencia formal y de rigor teórico-metodológico que hasta entonces sólo
otras disciplinas habían conocido. La «trilogía de la racionalidad» de Els-
ter, la formalización del materialismo histórico de Cohen, o la teoría de la
explotación y las clases sociales de Roemer, fueron el punto de partida
para una de las corrientes teóricamente más fértiles y prolíficas de la cien-
cia social de las últimas décadas.
Adicionalmente, cabe también mencionar la línea de investigación pro-
movida por John H. Goldthorpe desde Oxford, que abrió los modelos socio-
lógicos de elección racional a ser contrastados mediante bases de datos de-
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 311

mográficos y actitudinales a gran escala provenientes de encuestas longitu-


dinales, y que adoptó la lógica de la modelización de los problemas teóricos
y el ajuste de los modelos a los datos empíricos como estrategia adecuada
para la derivación y verificación de hipótesis y el contraste de teorías en ma-
cro-sociología; dicha estrategia ha hecho progresar decisivamente áreas
como la estratificación social, la sociología de la educación o la sociología
de la cultura (Goldthorpe, 2007a, 2007b; Chan y Goldthorpe, 2007).
Pero aún más decisiva en la configuración de la sociología analítica
fue quizás la influencia de la idea, proveniente de una renovada filosofía
post-positivista de la ciencia, de la explicación por mecanismos (Elster,
1989; Hedström y Ylikoski, 2010; Machamer, Darden y Craver, 2000), que
permitió superar la herencia del positivismo, del conductismo, del funcio-
nalismo y de la sociología estadística sin caer en el descriptivismo herme-
néutico de algunas sociologías comprensivas (Noguera, 2010a). Conjunta-
mente con ello, los nuevos debates en el ámbito de la ontología social
analítica, emprendidos por John Searle, Margaret Gilbert, Raimo Tuome-
la, Philip Pettit y otros muchos, proporcionaron también una buena fun-
damentación lógica del vocabulario y el estilo de teorización típicamente
analítico. Finalmente, el auge de los métodos experimentales en ciencia
social (promovido por las estimulantes aportaciones de la nueva econo-
mía experimental, pero también visible en ciencia política y en sociología,
y en las nuevas teorías de la evolución cultural), así como la disponibili-
dad de las nuevas técnicas y softwares de simulación basada en agentes
(Axelrod, 1986; Epstein, 2006; Gilbert, 2007; Macy y Willer, 2002; Macy y
Flache, 2009), pusieron a disposición de todos los investigadores de talan-
te analítico dos herramientas idóneas para la implementación de sus mo-
delos teóricos y el contraste de las hipótesis de ellos derivados.
Con todos estos ingredientes, la cristalización de la sociología analíti-
ca como programa de investigación común y autoconsciente tuvo lugar
en la última década del siglo XX, en torno a una conferencia sobre meca-
nismos sociales organizada en Estocolmo en 1996 por Peter Hedström y
Richard Swedberg que reunió a figuras como Jon Elster, Raymond Bou-
don, Diego Gambetta, Arthur Stinchcombe, Thomas Schelling, Axel van
den Berg, Aage B. Sorensen o Timur Kuran (con la notable presencia de
Robert K. Merton como asistente, quien proclamó su adhesión al movi-
miento; cfr. Hedström y Udehn, 2009:43).
Durante la primera década del siglo XXI, Peter Hedström encabeza
desde Oxford la defensa internacional de la sociología analítica como
perspectiva epistémica y metodológica y como programa de investigación
empírica. Alrededor de los principios por él especificados en su texto pro-
gramático de 2005, Dissecting the Social, se aglutinan científicos sociales
como Filippo Barbera, Peter Bearman, Michael Biggs, Diego Gambetta,
Klemens Kröneberg, Stewart Lindenberg, Michael Macy, Gianluca Man-
zo, P. O. Wikström, Andreas Wimmer, y muchos más. En 2009, ve la luz el
Oxford Handbook of Analytical Sociology, que constituye un compendio de
las principales aportaciones empíricas, teorías y principios epistémicos y
312 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

metodológicos de la corriente que nos ocupa, y un sólido testimonio de su


vocación de vanguardia en la construcción de una sociología científica
que nada tiene que envidiar a otras ciencias, sociales o no.
Probablemente, una de las razones que subyacen a esta confluencia
de esfuerzos que está en la base de la sociología analítica sea el diagnósti-
co crítico que los sociólogos analíticos comparten acerca de algunas co-
rrientes y prácticas extendidas en la sociología actual. Tres problemas
principales destacan en esa situación a juicio de los analíticos:

1) La fragmentación epistémica de la disciplina (algo en ocasiones


defendido como inevitable y beneficioso; cfr. Noguera, 2010c), que hace
imposible una auténtica comunidad científica basada en la crítica mutua,
y convierte la sociología en una serie de discursos y vocabularios particu-
lares con escasa posibilidad de comunicación entre sí. Esta situación ge-
nera desde hace tiempo un recurrente debate sobre la naturaleza de la so-
ciología, y un malestar en los científicos sociales que ven cómo la labor
propiamente científica se mezcla y confunde habitualmente con otros gé-
neros de discurso: es el caso de lo que Boudon (2002) llama «sociología
expresiva», o de lo que Goldthorpe (2004b:123) denomina escritos de «re-
velación social», de «poesía social», o pretend-social science; o, en fin, de
lo que Elster (2007) ha bautizado como soft social science (véase también
Abell y Reyniers, 2000, o Steuer, 2003).
2) La desconexión entre teoría sociológica (muchas veces entendida
como mero comentario de conceptos y autores más que como construc-
ción teórica propiamente dicha) e investigación empírica (a menudo ba-
sada en un puro registro estadístico descriptivo o bien en la elaboración
narrativa de casos idiosincrásicos).
3) Las serias limitaciones de los enfoques que han dominado la teo-
ría sociológica del siglo XX, como el funcionalismo (lastrado, tanto en su
versión estructural-funcionalista como en la marxista, por la utilización
de teleologías objetivas que atribuían sentidos sin agentes), el estructura-
lismo (que entendía lo social mediante una arriesgada analogía lingüísti-
ca, y hacía abstracción de los sujetos intencionales), las teorías hermenéu-
ticas y comprensivas (a menudo atrapadas en la descripción narrativa de
un «contexto» no capturado formalmente, en la renuncia a la explicación
causal, y en la falta de controles metodológicos rigurosos para sus inter-
pretaciones), la teoría de la elección racional estándar proveniente de la
economía (basada en modelos altamente irrealistas de las capacidades
cognitivas y las motivaciones del ser humano, y frecuentemente anclada
en un conductismo que prescindía de los estados mentales), las pseudo-
integraciones teóricas (por ejemplo, entre «acción» y «estructura») que
suponen meras yuxtaposiciones lingüísticas o retóricas de conceptos y vo-
cabularios extraídos de diversas «tradiciones» (véase Van den Berg, 1998),
o, en fin, el postmodernismo y el postestructuralismo francés, que delibe-
rada y simplemente abdican de cualquier cosa que pueda merecer el nom-
bre de ciencia social.
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 313

Frente a este diagnóstico, la sociología analítica tiene sus propias recetas:

ad 1) La sociología es una empresa cognitiva de explicación causal


de los fenómenos sociales, y por ello exige un discurso claro y el uso de la
formalización allí donde sea conveniente. La institucionalización de la so-
ciología como una disciplina «a la carta», tan idiosincrásica que puede al-
bergar géneros discursivos expresivos, crítico-políticos, técnico-ingenieri-
les, u otros (Boudon, 2002) no ha sido beneficiosa para la misma. A juicio
de los analíticos, la «sociología que realmente importa» es la que tiene
pretensiones primordialmente cognitivas, como cualquier otra disciplina
científica. El problema es que, a diferencia de lo que ocurre en esas otras
disciplinas, el buen trabajo explicativo de muchos sociólogos coexiste con
otros géneros de discurso y otras prácticas que se pretenden «sociológi-
cas» pero que tienen objetivos bien distintos, no por legítimos menos di-
vergentes de los que suelen caracterizar a cualquier disciplina científica.
ad 2) La sociología analítica se inspira en buena parte en la ya vieja
(pero poco practicada) idea de Merton de las middle-range theories o teo-
rías de alcance intermedio. La manera de reconectar teoría e investiga-
ción empírica es partir de patrones o regularidades empíricas reconoci-
bles que requieren explicación, y construir teorías como conjuntos de
proposiciones deductivamente conectadas a partir de las cuales es posi-
ble derivar fácilmente hipótesis empíricas susceptibles de contrastación,
esto es, teorías con contenido informativo que explican un rango concreto
de fenómenos típicos, en vez de grandes sistemas conceptuales que son
compatibles con casi cualquier mundo posible y, por tanto, imposibles de
refutar. Para los sociólogos analíticos, explicar fenómenos sociales cientí-
ficamente no es hacer una mera descripción en lenguaje pretencioso de
los mismos, ni clasificarlos en una pura taxonomía conceptual, ni etique-
tarlos con un nuevo lenguaje «metateórico», ni extraer el mínimo común
denominador de todas las tradiciones de «pensamiento social», sino cons-
truir teorías operativas y que especifiquen y puedan mostrar las causas de
esos fenómenos, que superen el hiato entre la grandilocuencia de la teoría
entendida como «elaboración de conceptos» o «comentario de autores» y
la investigación empírica ateórica o puramente descriptiva.
ad 3) En este sentido, la explicación por mecanismos sociales que la
sociología analítica defiende parte de una idea de causalidad local (no le-
galiforme), pero no basada en las meras correlaciones estadísticas, sino
en una concatenación plausible de acontecimientos capaces de generar el
fenómeno necesitado de explicación. Los modelos de acción e interacción
social que la sociología analítica construye formalmente, la aportación de
los microfundamentos a nivel individual de la acción social, la construc-
ción de modelos realistas de motivaciones y cogniciones humanas, el
abandono de debates teóricos esencialistas y de pseudo-integraciones
conceptuales, y el uso de modelos de simulación basados en agentes (o
agent-based models, ABM en lo sucesivo) permiten a los analíticos superar
las limitaciones de las corrientes dominantes en la sociología del siglo XX.
314 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

2. La identidad de la sociología analítica: principios


y rasgos básicos

Como lo anterior ya sugiere, la identidad de la sociología analítica


como orientación de investigación científico-social es una cuestión com-
pleja y, a menudo, discutida. Al decir de Manzo (2011, en prensa), «los pi-
lares básicos de la sociología analítica [son] una forma compleja de indi-
vidualismo metodológico, un concepto amplio de racionalidad, una
concepción dinámica de las redes sociales, un uso cuidadoso de las esta-
dísticas y los experimentos, y un fuerte compromiso con los modelos
computacionales (…). La originalidad de la sociología analítica reside en
la integración de esos elementos bajo un marco meta-teórico unitario».
En otro lugar, dicho autor abunda en la misma idea pero va un poco más
lejos al afirmar que la combinación de principios en que se basa la socio-
logía analítica conforman una «agenda de investigación coherente» cuyo
«rasgo distintivo» es «una sintaxis de la explicación, esto es, un conjunto
de límites dentro de los cuales una explicación debe serconstruida y empí-
ricamente testada» (Manzo, 2010:138).3 Por su parte, Hedström (2005:1)
ofrece una definición más canónica, según la cual «la sociología analítica
busca explicar procesos sociales complejos diseccionándolos cuidadosa-
mente y arrojando luz sobre sus componentes constitutivos más impor-
tantes. Este enfoque se centra en preocupaciones tradicionales de la so-
ciología pero usa estrategias explicativas que se hallan más a menudo en
la filosofía analítica o la economía conductual. Se trata de un enfoque que
busca explicaciones precisas, abstractas, realistas y basadas en la acción
de diversos fenómenos sociales».
Lo primero que cabe advertir, por tanto, es que la sociología analítica
no puede ser identificada con una «teoría», ni siquiera con una «orienta-
ción teórica», pues en su interior pueden coexistir, y, de hecho, coexisten
teorías diferentes e incluso, a veces, opuestas, aunque, y esto sí caracteri-
za a los analíticos, sus defensores tengan claro qué reglas hay que seguir
para formularlas, dónde reside exactamente el eventual desacuerdo, y me-
diante qué procedimientos cabría decidir la cuestión (lo cual ya es un
gran avance en sociología). El pluralismo de teorías, la existencia de diver-
sas teorías que compiten por explicar los mismos hechos o tipos de fenó-
menos, es algo consustancial a toda ciencia: la competición entre distin-
tas teorías, en términos empíricamente decidibles, es una condición de
posibilidad del progreso científico. En la ciencia social de orientación
analítica han competido entre sí modelos teóricos diferentes para explicar
hechos similares (por ejemplo, los modelos de Boudon, Goldthorpe y
Manzo para explicar las desigualdades educativas; o los modelos de Fehr
y Gintis frente a los de Binmore para explicar la conducta aparentemente

3. En este mismo texto puede consultarse con provecho la narración personal de uno de los prin-
cipales sociólogos analíticos, Diego Gambetta, sobre cómo nació la expresión «sociología analítica», y
qué principios fundamentales del quehacer sociológico buscaba capturar.
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 315

prosocial de los individuos en diversos experimentos conductuales; o las


explicaciones del surgimiento y mantenimiento de las normas sociales
que ofrecen Coleman, Elster y Bicchieri; etc.).
Este saludable y necesario pluralismo teórico, sin embargo, no tiene
nada que ver con lo que usualmente se considera como tal en sociología, y
que es, más bien, pseudo-pluralismo: la «coexistencia pacífica» entre diver-
sas teorías autorreferentes, inasequibles a la evidencia empírica y a la críti-
ca desde otras posiciones teóricas, y cultivadas por comunidades cerradas
de adeptos, cual si de creencias religiosas o clubs de fans se tratase.4
Por otro lado, y como sugieren las dos definiciones mencionadas, la
sociología analítica defiende también un sano pluralismo metodológico,
que admite toda una serie de aproximaciones metodológicas científica-
mente útiles para los propósitos explicativos enunciados: desde el inten-
cionalismo al estudio de causas no intencionales o procesos evolutivos de
selección cuasi-funcionales, desde la reconstrucción histórica formal al
método comparativo, desde el diseño cuantitativo al cualitativo,5 desde el
estudio de casos o la etnografía rigurosa (existe una «etnografía analíti-
ca»)6 a la investigación demoscópica teóricamente orientada, desde la si-
mulación multi-agente a la experimentación conductual. Lo importante
es advertir (como Goldthorpe, 2007a, o King, Keohane y Verba, 1994) que
todas estas opciones metodológicas siguen una misma lógica de inferen-
cia científica, ajena a la arbitrariedad y el «todo vale» que aún impera en
algunos círculos académicos en ciencias humanas y sociales.
Si la sociología analítica no es una teoría u orientación teórica, ni
tampoco una metodología particular, entonces ¿qué es lo que la distingue
de otros tipos de prácticas y discursos dentro de la sociología actual? En
realidad, como se ha sostenido en otro lugar (Aguiar, De Francisco y No-
guera, 2009; Noguera, 2010b), y al hilo de lo apuntado por la definición de
Manzo, lo que mejor define a esta sociología es la integración de una serie
de elementos y principios ontológicos, epistémicos y metodológicos tradi-
cionalmente dispersos y su cristalización en un conjunto de principios

4. Goldthorpe (2000:7), por ejemplo, observa que el auténtico pluralismo «debe ir acompañado de
una vigorosa competición entre ideas, que a menudo sea incluso mortal. Por el contrario, el pseudo-plu-
ralismo se caracteriza por el hecho de que ‘la confrontación de puntos de vista’ no se organiza como una
competición, ya sea porque las escuelas rivales saben protegerse contra los ataques ‘ajenos’, ya porque
sus ‘aproximaciones’ se formulan de tal forma que resulten inmunes en gran medida a todo tipo de crí-
tica». Para evitar esta situación debe existir un «consenso metodológico básico que determine cuáles
son las reglas fundamentales y los criterios de éxito de acuerdo con los cuales debe guiarse la competi-
ción entre ideas». Obsérvese además lo que lúcidamente apunta Hedström (2005:37): «El pluralismo te-
órico puede ser una valiosa propiedad de una disciplina en la medida en que suponga la competición
entre diferentes enfoques, y en que esta competición estimule un desarrollo teórico ulterior. Pero el plu-
ralismo dentro de una teoría o teórico particular no suele producir ningún resultado deseable. Por regla
general, conduce a largas listas de factores potencialmente importantes sin que se especifique clara-
mente ningún mecanismo en absoluto».
5. Véase King, Keohane y Verba (1994); Abell (1988); Lago (2008); el propio Elster afirma: «Lo
que se puede denominar como ‘el giro analítico’ en ciencias sociales no descansa, a mi modo de ver, en
el uso de metodología cuantitativa, sino en un interés casi obsesivo por la claridad y la explicitud»
(2007: 455).
6. Véase una panorámica a este respecto en Vaughan (2009).
316 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

meta-teóricos, un «aire de familia» (por decirlo con Wittgenstein) que to-


dos los científicos sociales analíticos comparten; este talante incluye, en-
tre otros rasgos, los siguientes:

1) Claridad, precisión y rigor lógico. La precisión en las definiciones


y la reducción de la ambigüedad, evitando los juegos de palabras supues-
tamente ingeniosos que no aportan información alguna, y estableciendo
con nitidez el significado de los términos y conceptos utilizados, es sin
duda una seña de identidad inequívoca de la sociología analítica. Sólo
cuando todos usamos conceptos clara y distintamente definidos puede fa-
cilitarse la replicabilidad de resultados o su refutación, y puede florecer la
discusión científica sustantiva, en vez de la mera discusión por palabras.
Asímismo, los analíticos están sumamente comprometidos con los ideales
de la racionalidad del discurso y del rigor lógico de la argumentación. El
«talante analítico» no busca primordialmente «sugerir», sino explicitar
todos y cada uno de los pasos lógicos de una cadena argumental, así
como asegurar la correcta trabazón entre ellos. En este sentido, su actitud
epistémica es claramente racionalista, en la mejor tradición sociológica.
2) Mecanismos sociales. La explicación basada en mecanismos su-
pone una concepción local de la causalidad (por tanto, antipositivista) y
resulta especialmente adecuada para las ciencias sociales o la biología
(aunque también para otras disciplinas). La idea general consiste en que,
incluso en presencia de elevada variabilidad y altos niveles de compleji-
dad (como los que las ciencias sociales afrontan), es posible explicar cau-
salmente un fenómeno o rango de fenómenos haciendo referencia a pro-
cesos causales típicos que pueden o no estar presentes en el contexto
relevante. Aunque estos procesos causales típicos, o mecanismos, tienen
una generalidad mayor que el fenómeno a explicar (lo que permite esca-
par de una mera narración de casos idiográfica), tampoco pueden recla-
mar una generalidad de tipo nomológico o legaliforme, pues su presencia
en cada caso depende de factores locales o contextuales altamente varia-
bles (Elster, 2007; Hedström y Ylikoski, 2010). Los sociólogos analíticos
aspiran a tener relativamente «a mano» una «caja de herramientas» (por
usar la expresión de Elster) repleta de posibles mecanismos cuya plausibi-
lidad teórica y empírica esté ya testada, y con los que poder dar cuenta de
los engranajes y cadenas típicas de eventos que son responsables de la
aparición de diversos fenómenos sociales. En este sentido, Hedström defi-
ne un mecanismo como «una constelación de entidades y actividades or-
ganizadas de tal manera que producen con regularidad un particular tipo
de resultado» (2005:25).
¿Por qué la explicación en términos de mecanismos resulta más de-
fendible que otros enfoques sobre la explicación en ciencias sociales? En
primer lugar, y frente al modelo de la explicación nomológica o de la cove-
ring-law hempeliana, el enfoque de los mecanismos ofrece mucha mayor
viabilidad (pues cabe dudar de que existan leyes realmente generales en
las ciencias sociales), amén de proveer mayor inteligibilidad (especifican-
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 317

do, en vez de una «ley» opaca, las cadenas causales concretas responsa-
bles de la aparición de cada caso empírico, sin necesidad de tener que
subsumirlo bajo un tipo general o clase natural; obsérvese que la mera
enunciación de una «ley» sólo nos informa sobre la sucesión regular de
dos tipos de acontecimientos en el mundo, no sobre el mecanismo causal
que explica la regularidad de esa sucesión; véase Hedström, 2005:18-19).
En segundo lugar, frente a la explicación estadística en términos de
correlaciones, los mecanismos aportan microfundamentos y abren la
«caja negra» que cualquier relación meramente estadística alberga: una
relación estadística entre dos fenómenos es algo a explicar (a microfunda-
mentar mediante mecanismos), no una explicación (Boudon, 1998). La
adjetivación de la sociología que nos ocupa como «analítica» hace refe-
rencia a la descomposición de procesos complejos en elementos más sim-
ples, de cara a entender los mecanismos causales por los que éstos se im-
brican y relacionan para componer procesos y fenómenos de enorme
complejidad. La sociología analítica intenta, por tanto, erradicar (o, como
mínimo, minimizar) las numerosas «cajas negras» existentes en los dis-
cursos habituales de la ciencia social (y, especialmente, de la basada en
«explicaciones» estadísticas).
En tercer lugar, frente sustitución de la explicación causal por la
«comprensión» del «sentido subjetivo» que los agentes dan a sus accio-
nes, la perspectiva de los mecanimos ofrece dos ventajas indudables: pri-
mero, evita la proliferación de conceptos cuya única función es el etique-
taje y re-etiquetaje de fenómenos o la discusión sobre las esencias de los
mismos (algo a lo que se ha visto abocada mucha investigación cualitativa
dentro de aquellas sociologías «comprensivas» que, contra Weber, renun-
ciaban a la explicación causal), y, segundo, aporta una mayor generalidad
sin renunciar a la idea weberiana de la Verstehen, puesto que, efectiva-
mente, la comprensión de los sentidos subjetivos no es otra cosa que la
atribución de deseos y creencias a los actores, una pieza fundamental de
cualquier mecanismo social que se precie (por ejemplo, en el enfoque
DBO de Hedström que se comentará más abajo). La «comprensión»,
como ya sabía Weber, es un paso de la explicación causal en sociología, no
un objetivo en sí mismo ni un sustituto de esa explicación.
3) El «barco de Coleman» y la transición macro-micro-macro. La es-
trategia típica de explicación para un sociólogo analítico suele seguir lo
prescrito por Coleman en su famoso «barco» o diagrama de relaciones
«micro-macro» (Figura 1).
En el diagrama de Coleman, las flechas 1, 2 y 3 representan la ruta que
debería seguir la explicación completa de cualquier fenómeno social. La
«completud» aquí tiene un sentido puramente metodológico, no ontológi-
co: obviamente, se podría seguir la cadena causal hacia atrás en el tiempo,
reproduciendo el «barco» tantas veces como se quiera (o se tenga tiempo y
recursos para investigar); y, por supuesto, se podría seguir microfundamen-
tando los fenómenos de nivel micro o indvidual en términos de elementos o
niveles «inferiores» (psicológicos, neurobiológicos, químicos, físicos…),
318 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

4
Nivel
macro
(social)

1 3

Nivel micro
(individual)

FIG. 10.1. Relaciones micro-macro en el «barco de Coleman» (Coleman 1990).

pero ello no necesariamente compete a los sociólogos (a menos que estén


inmersos en investigaciones o equipos multidisciplinares) y además, típica-
mente, no exime del tránsito por el nivel de las acciones individuales.
Cada una de las tres flechas representa un tipo de mecanismo:

• Mecanismos situacionales (flecha 1): lo que hacen otros individuos, y


las estructuras sociales que generan con esas acciones, constriñen e
influencian lo que creo, lo que quiero y lo que puedo hacer (o creo
que puedo hacer). Esta influencia causal puede ser consciente (por
ejemplo, si formo conscientemente mis deseos y creencias sobre la
base de la información que tengo sobre determinados estados ma-
crosociales o sus correlatos en el nivel micro) o inconsciente (por
ejemplo, si mis oportunidades de acción se ven constreñidas o mis
acciones dirigidas hacia un determinado objetivo como consecuen-
cia de esa influencia causal, sin haber formado creencias y deseos
consistentes con dichas acciones).
• Mecanismos de formación de acciones (flecha 2): mis creencias, de-
seos y oportunidades conforman mis intenciones y acciones indivi-
duales mediante diversos procesos causales. Sustanciar esta flecha
causal podría considerarse como el aspecto «psicológico» de la ex-
plicación sociológica, pero cabe aquí hacer dos precisiones: una,
que (como ya apuntaba Weber) se trata de sustanciar procesos cau-
sales simples muy típicos a nivel psíquico, y no de entrar en la ca-
racteriología o psicología individual; y dos, que también a este ni-
vel existen aspectos no psicológicos o no mentales en la manera en
que, por ejemplo, las oportunidades individuales afectan a lo que
cada individuo puede acabar haciendo, sean cuales sean sus creen-
cias y deseos.
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 319

• Mecanismos transformacionales (flecha 3): las acciones de los indi-


viduos se agregan o componen de forma compleja e interdepen-
diente para dar lugar a fenómenos sociales en el nivel macro. La
complejidad de esta transición desde las acciones individuales a los
resultados macrosociales nunca será suficientemente enfatizada:
los resultados macrosociales, aunque generados a partir de accio-
nes intencionales de individuos, no tienen por qué reflejar las in-
tenciones, preferencias o expectativas de esos individuos; dicho de
otro modo, la flecha 3 del diagrama no suele representar procesos
de agregación simple, sino dinámicas complejas que dan lugar a fe-
nómenos emergentes, cuyas propiedades no pueden ser predicadas
de cada uno de sus elementos aisladamente (ese, y no ninguna mis-
teriosa emanación mística, es para los analíticos el significado ca-
bal del término «emergencia» en ciencias sociales). Sustanciar esta
flecha causal con mecanismos plausibles y empíricamente testa-
bles era, a juicio de Coleman, la tarea más importante y difícil de la
sociología, la que puede conducir a resultados más contraintuiti-
vos, y, por tanto, a los mayores progresos científicos.

Proveer mecanismos explicativos, para la sociología analítica, signifi-


ca entonces conocer qué patrones de acción e interacción en el nivel mi-
cro producen los fenómenos a explicar en el nivel macro (esto es, proveer
de microfundamentos adecuados a nuestras explicaciones). Por tanto, el
establecimiento de meras relaciones o correlaciones directas entre fenó-
menos de nivel macro (flecha 4) no es una auténtica explicación, pues se
basa en una «caja negra».
4) El individualismo estructural. La estrategia explicativa expuesta
implica un determinado tipo de individualismo metodológico, alejado del
atomismo social y de las ideas originales al respecto de la escuela econó-
mica austríaca, y que los sociólogos analíticos han acabado bautizando
como «individualismo estructural» (Barbera, 2004; Hedström y Bearman,
2009:4 y 8; Manzo, 2009): la idea básica es que (a) no sólo las propiedades
de los invididuos son explicativas, sino también las relaciones entre ellos
(sus propiedades propiamente sociales); (b) un fenómeno macro previa-
mente existente (como una determinada estructura social), aunque no sea
otra cosa que una determinada configuración de acciones a nivel micro,
puede tener influencia causal propia sobre las oportunidades, deseos y
creencias de los individuos en el momento temporal posterior. Esta idea
estaba ya inserta en la definición del individualismo metodológico que
Elster o Boudon dieron desde principios de la década de 1980, pero ha
sido refinada y clarificada por los sociólogos analíticos contemporáneos.
El individualismo estructural sigue siendo una forma de individualismo
metodológico en el sentido de que «todos los hechos sociales, su estructu-
ra y su cambio, son en principio explicables en términos de individuos,
sus propiedades, acciones y las relaciones entre ellos», si bien «enfatizan-
do la importancia explicativa de las relaciones y las estructuras relaciona-
320 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

les», lo que es compatible con la tesis de que «todas las estructuras rela-
cionales son explicables como resultados intencionados o no intenciona-
dos de las acciones individuales» (Hedström y Bearman, 2009:8).7
Con todo, algunos teóricos sociales analíticos aceptan que puede ha-
ber espacio para algún tipo de explicación cuasi-funcional de naturaleza
evolutiva, que postule la existencia de mecanismos de equilibración por
consecuencias activados por atractores evolutivos ya sean de selección na-
tural, ya de refuerzo (véase Van Parijs, 1982a y 1982b); obsérvese, no obs-
tante, que dichas explicaciones evolutivas no operan con causas finales
sino con causas eficientes (como por otra parte, lo hace la teoría de la evo-
lución en biología), y que, para ser legítimas, deben estar nítidamente es-
pecificados los mecanismos causales estándar que permiten la persisten-
cia de un determinado rasgo o fenómeno (que lo «seleccionan») por sus
consecuencias para las acciones individuales en un contexto dado. Como
advierte Boudon con brillantez, «el concepto de función es aceptable
cuando se usa como una especie de atajo para resumir procesos sociales
que pueden también describirse sin usar ese concepto, aunque más tor-
tuosamente. Para decirlo en la forma de un teorema metodológico: la no-
ción de función sólo es útil si no es indispensable» (Boudon, 1990:136).8
5) Racionalidad amplia, distorsiones de la racionalidad y pluralismo
motivacional. A diferencia de la economía neoclásica, del conductismo, o
de la teoría del intercambio, la sociología analítica no se compromete con
un supuesto motivacional universal de egoísmo o de auto-interés, sino
que asume y desarrolla las rupturistas aportaciones contemporáneas de la
economía conductual y la ciencia social experimental que muestran el no-
table pluralismo motivacional de la especie, esto es, la presencia de moti-
vaciones altruistas, de aversión a la inequidad y de reciprocidad fuerte,
que están ampliamente extendidas interculturalmente, y en virtud de las
cuales los agentes asumen costes innecesariamente para conseguir ciertos
resultados y distribuciones grupales de cargas y beneficios que perciben
como más deseables y/o equitativas que las que a ellos les convendrían.
Por otro lado, y a diferencia de la teoría de la elección racional con-
vencional (otra cosa serían sus más recientes desarrollos conductualmen-
te enriquecidos), la sociología analítica no se compromete con el supuesto
de racionalidad perfecta y maximizadora de los agentes, sino que lo admi-
te como un mecanismo de formación de acciones entre otros muchos po-
sibles, aunque poco realista en la mayoría de contextos de interacción so-

7. Resulta algo sorprendente que Hedström y Bearman identifiquen la posición de Elster con la
del «individualismo metodológico tradicional» (2009:8), cuando ellos mismos reconocen que la diferen-
cia entre sus concepciones reside en el mayor o menor énfasis en este punto, y no en cuestiones subs-
tantivas.
8. Sobre la legitimidad de las explicaciones evolutivas en ciencias sociales véanse Van Parijs
(1982a) y Faia (1986). Véase asimismo el debate original sobre individualismo metodológico y explica-
ción funcional mantenido sobre esta cuestión entre los marxistas analíticos en Cohen (1982), Van Parijs
(1982b) y Elster (1982); o las posturas anti-individualistas de Pettit (1993) o Levine, Sober y Wright
(1987), entre otros teóricos analíticos. De hecho, uno de los campos más interesantes de la filosofía de la
ciencia social es hoy el de la ontología social, inexplicablemente descuidado en la tradición sociológica.
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 321

cial. Los sociólogos analíticos suelen preferir concepciones más «limita-


das» de la racionalidad, basadas en las aportaciones de Herbert Simon o
de las teorías sobre sesgos y heurísticas de base evolutiva; o bien concep-
ciones más «amplias», como la teoría de la racionalidad cognitiva o axio-
lógica de Boudon, que supera la idea de racionalidad puramente conse-
cuencialista; o bien, en fin, aceptan sin más la existencia de distorsiones
de la racionalidad en la interacción entre deseos, creencias y acciones en
el nivel individual, en la línea de las aportaciones de Elster sobre los me-
canismos del pensamiento desiderativo (wishful thinking), las «uvas
amargas» o preferencias adaptativas, las preferencias contra-adaptativas,
la «debilidad de la voluntad», etc. En el fondo de esta actitud hay un pro-
fundo compromiso de la sociología analítica con el realismo, que la sepa-
ra radicalmente del instrumentalismo de la mayoría de enfoques de la
elección racional, ejemplificado en la posición clásica de Friedman
(1966), según la cual no importa que los supuestos de un modelo sean
irreales si éste hace predicciones empíricas adecuadas. Para los sociólo-
gos analíticos, las explicaciones deben ser realistas, apuntar a los meca-
nismos realmente presentes tras el fenómeno a explicar, y, por tanto, huir
de las explicaciones del tipo «como si»: no se trata de predecir sin más,
sino de hacerlo basándose en los mecanismos realmente existentes.9
6) Modelización formal. Los sociólogos analíticos suelen mostrar
una marcada tendencia a formular modelos explicativos en lenguaje for-
mal o matemático, y, cada vez con más frecuencia, implementables com-
putacionalmente. La formalización y los modelos formales son para ellos
herramientas útiles para la teorización y la explicación científica, que
aportan ventajas tales como disciplina, sistematicidad, exhaustividad,
economía intelectual, ahorro de tiempo y esfuerzo, replicabilidad de re-
sultados, y explicitación clara de supuestos. Sin embargo, y a diferencia
de algunas tendencias de la economía neoclásica, la modelización y la for-
malización no son para los sociólogos analíticos más que un medio, nun-
ca un fin de la investigación. El objetivo de la sociología analítica es siem-
pre la producción de conocimiento y el aumento de la potencia
explicativa de las teorías, no la ostentación de habilidades técnicas.
7) Una metodología innovadora: los modelos de simulación basados en
agentes. Los llamados agent-based models (ABM) están convirtiéndose en
la metodología favorita de muchos sociólogos analíticos en su intento por
proveer mecanismos explicativos de los fenómenos sociales. No es extra-
ño, pues tales modelos proporcionan una vía accesible y poco costosa
para resolver el problema de la transición micro-macro, esto es, la genera-
ción de resultados de macronivel en sistemas complejos no lineales, y con

9. Pueden verse dos potentes argumentaciones a favor del realismo explicativo y contra la simpli-
ficación excesiva de algunos modelos formales en Elster (2007:24-26 y 461-464) y Hedström (2005: 60-
66 y 107-108). Ello no obsta para que el principio de parsimonia siga siendo una guía de la construcción
de modelos explicativos en la sociología analítica: la cuestión es cuánta parsimonia o simplicidad cabe
sacrificar en aras de un mayor realismo de los modelos, una vez demostrados repetidamente determi-
nados fallos predictivos de los mismos.
322 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

agentes indviduales sumamente heterogéneos y dinámicamente interde-


pendientes. Los ABM son, hoy por hoy, la mejor manera de testar y re-
construir (si bien virtualmente) la eficacia de los mecanismos pertinentes
sin «cajas negras» (siguiendo el principio verum-factum de Vico, que tan-
to agradaba a Marx, de que sólo se comprende realmente lo que uno pue-
de fabricar o producir).
Los ABM han dado lugar a lo que Epstein denomina «ciencia social
generativa» (Epstein, 2006), y en sociología son los analíticos los princi-
pales defensores de esta estrategia metodológica, cuyos pasos típicos son
los siguientes (Hedström y Bearman, 2009:16):

1. Identificar con claridad la regularidad o hecho social a explicar.


2. Formular diferentes hipótesis sobre mecanismos en el nivel mi-
cro (de acción e interacción) que podrían generar el fenómeno en
el nivel macro.
3. Implementar esas hipótesis en un modelo computacional basado
en agentes.
4. Ejecutar las simulaciones y controlar la sensibilidad de sus resul-
tados a ciertas condiciones (como el número de agentes, o el nú-
mero de rondas de simulación).
5. Comparar los resultados simulados con los patrones empírica-
mente observados. De esta comparación pueden obtenerse dos
posibles resultados:

1. a. Sólo uno de los mecanismos propuestos es capaz de generar


el resultado empíricamente observado (de forma aproximati-
va): en este caso, se dice que la suficiencia generativa del mo-
delo (su capacidad para generar virtualmente el resultado
que se busca explicar) basta para sustentar la hipótesis.
1. b. Más de uno de los mecanismos propuestos muestra dicha su-
ficiencia generativa: en este caso será necesaria una calibra-
ción empírica mayor o más profunda del modelo (ya sea en
las condiciones iniciales como las propiedades de los agen-
tes, la distribución de los mismos, o sus reglas de actuación,
ya sea exigiendo suficiencia generativa también en estadios
intermedios de la simulación y no sólo en el resultado final);
ello implica el refinamiento y complejización de las implica-
ciones de los mecanismos propuestos hasta discriminar cuál
de ellos está presente.

Los ABM han aportado a la ciencia social reciente algunos resultados


sorprendentes y contraintuitivos, basados en dos posibilidades típicas en
las transiciones micro-macro: primera, las preferencias individuales ma-
yoritarias en un sentido pueden dar lugar a resultados macrosociales en
un sentido opuesto (como ocurre en los procesos de segregación social si-
mulados por Schelling, 1978), por lo que no es aconsejable inferir explica-
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 323

ciones directamente de la observación de fenómenos macro, sin «abrir la


caja negra» mediante un modelo ABM; segunda, variaciones muy ligeras
e incluso triviales en las condiciones de micronivel pueden causar enor-
mes diferencias en las consecuencias a nivel macro (una ligerísima dismi-
nución del nivel de tolerancia a los diferentes en los agentes del modelo
de Schelling produce aumentos espectaculares en la segregación social;
una ligera variación en los umbrales de participación de los individuos
puede producir el éxito o el fracaso de una acción colectiva; un ligero au-
mento en el número de individuos que transmiten un mensaje puede pro-
ducir una cascada informacional que convierta ese mensaje en crencia
dominante, etc.).
Los ABM resultan suficientemente abiertos y flexibles como para in-
corporar diferentes tipos de agentes, creencias, preferencias, redes socia-
les, estructuras sociales y reglas de interacción, y como para endogeneizar
todas esas propiedades, en vez de tomarlas como dadas. Frente a ellos (o
al menos esta es la opinión cada vez más extendida entre los sociólogos
analíticos), otros métodos como la experimentación o el uso de las esta-
dísticas y las encuestas acabarán teniendo un papel auxiliar o comple-
mentario en la explicación mediante mecanismos, aunque no menos im-
portante y necesario: la experimentación puede ser clave para testar la
plausibilidad empírica de un mecanismo y sugerir su rol en ciertos fenó-
menos, aunque no sea una estrategia apta para generalizar o explicar fe-
nómenos de nivel macro, mientras que las grandes bases de datos estadís-
ticos obtenidos mediante encuesta seguirán siendo claves para ofrecer
información sobre regularidades sociales o motivaciones de actores, y
para calibrar empíricamente los modelos ABM. Sin embargo, al decir de
Manzo (2011), sigue existiendo una diferencia entre proveer un mecanis-
mo, probando su eficacia generativa (algo que sólo los ABM podrían ha-
cer), y simplemente inferir su existencia y posibles efectos a partir de una
evidencia indirecta o parcial.

3. Los temas de la sociología analítica

Aunque una panorámica completa de las aportaciones de la sociolo-


gía analítica excede los límites del presente capítulo (véase Hedström y
Bearman, 2009, para la más completa hasta la fecha), no estará de más
ofrecer algunas indicaciones sobre los principales temas y campos de in-
vestigación que los sociólogos analíticos han abordado, y sobre los frutos
que su trabajo ha generado.

3.1. LA INVESTIGACIÓN BÁSICA SOBRE MECANISMOS SOCIALES

En consonancia con la preferencia de la sociologia analítica por la


explicación mediante mecanismos, muchos de los principales teóricos
324 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

dentro de la misma han dedicado un gran esfuerzo a especificar los prin-


cipales mecanismos típicos que cabe encontrar en la interacción social.
En este sentido cabe destacar tres aportaciones teóricas fundamentales:

1. Teoría DBO (Hedström, 2005). La formulación de la llamada teo-


ría DBO (DBO theory)10 por parte de Peter Hedström ha sido probable-
mente el paso más importante de la sociología analítica en busca de lo
que Manzo denominaba «un marco meta-teórico unitario». Dicha «teo-
ría» (que, en rigor, y como su propio autor admite, no es tal, sino que
constituye más bien un conjunto de principios y orientaciones para la for-
mulación de teorías concretas) busca sistematizar conceptual y metodoló-
gicamente los componentes básicos de los mecanismos más típicos en la
acción y la interacción social. Su objetivo es enfocar la teoría sociológica
hacia la generación de modelos explicativos plausibles (tanto psicológica
como sociológicamente, esto es, que admitan desviaciones respecto de la
racionalidad estándar y mecanismos de influencia social no estratégicos),
simples (que apunten a los elementos y mecanismos fundamentales que
explican los patrones y regularidades sociales, haciendo abstracción de
las anécdotas y detalles irrelevantes), e intencionales (dotando así a unos
individuos heterogéneos y a sus intenciones de plena influencia causal en
los resultados sociales, y huyendo tanto de los modelos sociales atomistas
como de una concepción sobresocializada del ser humano).
El enfoque DBO permite incorporar, además de la racionalidad estra-
tégica o paramétrica (ya sea en sentido estándar o en su sentido limitado),
otros mecanismos típicos de interacción entre deseos, creencias y oportu-
nidades, como el pensamiento desiderativo, las preferencias adaptativas y
contra-adaptativas, o la debilidad de la voluntad. Hedström muestra cómo
diversas concatenaciones de dichos mecanismos pueden hacer emerger di-
versos patrones típicos de interacción social. Es importante distinguir, a
este respecto, un efecto de interacción social (lo que cada individuo cree-
quiere-hace está determinado por lo que cree-quieren-hacen los demás) de
un mero efecto ambiental (lo que cada individuo hace está determinado
por las condiciones ambientales objetivas) o de un efecto de selección (la
exposición reiterada a ciertos filtros y presiones ambientales ha seleccio-
nado a ciertos individuos en ciertos contextos, o a ciertas creencias y dese-
os dentro de los mismos). Efectos típicos de interacción social estudiados
mediante el esquema DBO son la imitación racional, la coordinación so-
cial, la reducción de disonancia, la influencia social, las cadenas de opor-
tunidad, las profecías que se cumplen (o inclumplen) a sí mismas, etc.
2. Racionalidad, emociones y normas sociales (Elster, 1989b, 1999,
2007, 2009a y 2009b). Probablemente sea Jon Elster el teórico analítico
que más ha destacado en la empresa de ofrecer un «inventario» lo más
amplio posible de mecanismos «listos para el uso» del científico social,

10. DBO son las iniciales en inglés de deseos (desires), creencias (beliefs) y oportunidades (oppor-
tunities).
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 325

aunque haya sido al precio de una menor sistematicidad conceptual que


la ofrecida por la teoría DBO. Aunque toda su trayectoria teórica es una
rica ilustración interdisciplinar de dichos mecanismos a muchos niveles,
destacan sin duda sus elaborados intentos por ofrecer una visión plausi-
ble (y coherente con todo lo que las ciencias cognitivas y neurológicas
contemporáneas saben) de la interacción entre racionalidad, emociones y
normas sociales. En este sentido, y por poner un solo ejemplo, su distin-
ción reciente entre normas sociales y morales es un ejemplo de buena de-
finición científico-social, que «corta la realidad por sus junturas»: la dis-
tinción resulta empíricamente iluminadora, operativa, y se basa en el
mecanismo causal subyacente que es propio de cada tipo de norma, pues
las conecta con una emoción típica asociada a cada una de las conductas
pertinentes. En el caso de la norma social, la conformidad con la norma
es meramente conductual y se apoya en la vergüenza que sentiríamos al
ser descubiertos infringiéndola, mientras que las sanciones que recibiría-
mos se apoyan en el desprecio que sentirían quienes presencien dicha in-
fracción (piénsese, por ejemplo, en la conducta de escupir en el suelo).
Por el contrario, en el caso de una norma moral, la conformidad con la
norma es psíquica, y la infracción hace nacer sentimientos de culpa en el
infractor (tanto si es descubierto violando la norma como si no), y de ira
en el resto, en caso de cobrar conciencia de la violación (piénsese, por
ejemplo, en un asesinato por dinero).
3. Racionalidad cognitiva y axiológica (Boudon, 1992, 1995, 2001,
2003 y 2009): Uno de los problemas tradicionalmente irresueltos por la
sociología y la economía, pero que la sociología analítica no elude, tiene
que ver con lo que se ha llamado mecanismos situacionales: ¿cuál es el
origen causal de las creencias y deseos de los individuos, en base a los
cuales forman sus acciones e intenciones? Seguramente es Raymond
Boudon quien ha abordado con mayor profundidad y seriedad este pro-
blema (mostrando, contra lo que Coleman sostenía, que la flecha causal
que va de lo macro a lo micro puede resultar tan compleja e intrincada
como la que va de lo micro a lo macro). En una serie de trabajos durante
las últimas dos décadas, Boudon ha defendido un concepto de racionali-
dad cognitiva más amplio que (y previo a) la racionalidad instrumental o
estratégica. Dicha racionalidad tiene que ver con la justificación cotidiana
de nuestras creencias en base a «buenas razones», y englobaría también,
como un sub-tipo, a lo que Boudon llama racionalidad axiológica (que ten-
dría que ver con la justificación de los valores y creencias normativas o
sobre lo que es «bueno»). El objetivo de dicha teoría no es, sin embargo,
psicológico, sino netamente sociológico: persigue la explicación de las
creencias y valores sociales que la teoría de la elección racional estándar
toma como «dados» en los individuos, y que las sociologías estructuralis-
tas o sociologistas simplementen adscribían a fuerzas deterministas ocul-
tas e irracionales. Para Boudon, albergar ciertas creencias, fácticas tanto
como normativas, acerca de la sociedad, puede explicarse, por lo general,
en base a una racionalidad puramente cognitiva semejante a la que utiliza
326 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

el método científico (que, en el fondo, no es sino racionalidad de sentido


común, pero refinada y sistematizada); dicho método se basa en la deriva-
ción lógica de proposiciones a partir de un sistema bien establecido de
principios y proposiciones más generales, y en el examen de la correspon-
dencia de las proposiciones así derivadas con la realidad percibida. Fuer-
tes razones basadas en principios y evidencias cognitivamente bien esta-
blecidas (o percibidas como tales) nos harían seleccionar ciertas
creencias como defendibles o no. La racionalidad cognitiva no es otra, se-
gún Boudon, que la racionalidad que los filósofos de la ciencia ponen en
la mente de los científicos: la racionalidad como consistencia y veracidad
de nuestros sistemas de creencias.
A partir de estos sencillos supuestos, Boudon se lanza a explicar, en-
tre otras, creencias muy extendidas pero contrarias a la evidencia, creen-
cias contraintuitivas o valores aparentemente irracionales. Para ello hace
un amplio uso de todos los sorprendentes descubrimientos de la psicolo-
gía y la economía conductuales recientes, de las teorías de los sesgos que
sistemáticamente afectan nuestros juicios y conductas, y de las heurísti-
cas que utilizamos para hacer inferencias rápidas y tomar decisiones en
contextos cotidianos. Un ejemplo típico lo constituye su explicación de las
creencias y rituales mágicos, como la danza de la lluvia de los indios
Hopi, analizada por Merton, pero que prescinde del famoso concepto de
funciones latentes de Merton (inadecuado, según Boudon, por adscribir
finalidades sin un sujeto consciente de las mismas): para Boudon, los in-
dios Hopi creen realmente que la danza de la lluvia produce la lluvia, por-
que esa creencia es coherente con el resto de creencias que albergan, y se
ve reforzada porque perciben una correlación empírica aproximada (aun-
que inexistente) entre el ritual y la lluvia efectiva (correlación posiblemen-
te causada por el hecho de que los responsables de programar el ritual lo
hagan de forma intuitivamente acorde con sus previsiones climáticas ba-
sadas en la experiencia, o bien por sesgos de autoconfirmación que sobre-
estiman la importancia de las predicciones correctas, y viceversa). Este
simple mecanismo cognitivo evita tanto la necesidad de explicaciones te-
leológicas como la atribución de irracionalidad a los agentes.

3.2. INVESTIGACIÓN APLICADA: LA EXPLICACIÓN DE FENÓMENOS SOCIALES


CONCRETOS

La misión primordial de la sociología, según Hedström (2005:67), es


explicar fenómenos sociales y propiedades colectivas que no son predica-
bles de ningún miembro individual de la colectividad. Ejemplos habitua-
les son acciones, deseos y creencias típicas, distribuciones y patrones
agregados, topologías de redes o normas sociales. Tomaremos (comple-
mentándola libremente) esta lista como guía para mencionar algunos de
los programas de investigación empírica aplicada más prometedores de la
sociología analítica actual:
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 327

1. Acciones, deseos y creencias típicas. La sociología analítica ha


mostrado, ya desde Coleman, un amplio interés por los mecanismos de
difusión de conductas, creencias y valores. Desde el clásico modelo de di-
fusión de una innovación médica de Coleman y sus colegas (1957), hoy
día se ha avanzado hacia la explicación de la difusión de conductas tan
dispares como los atentados terroristas suicidas (Gambetta, 2005), el con-
sumo de best-sellers y el éxito de determinados productos culturales
(Hedström, 2006; Salganik y Watts 2009), la explicación de ciertas creen-
cias y valores dominantes (Boudon, 1992, 1995, 2001; Goldstein, 2009), el
conformismo como dependiente de la interacción repetida (Rydgren,
2010), las prácticas de elección de pareja (Bearman et al., 2004) o el diag-
nóstico del autismo (Bearman, 2011).
Dos campos que se han visto particularmente desarrollados en este
aspecto han sido la criminología y el estudio de las acciones colectivas.
En el primer campo, los estudios de sociólogos analíticos como Esser
(2009), Wikström (2006) o Kroneberg (2006, 2010) han cristalizado en los
que hoy en día resultan los modelos más prometedores de explicación de
las conductas desviadas y criminales (aunque pueden funcionar también
como teorías generales de la acción): la teoría de la acción situacional de
Wikström y el modelo de «selección del marco» de Esser y Kroneberg, que
comparten la idea de combinar elementos de cálculo racional con normas
y compromisos morales en un marco unificado de explicación de la con-
ducta; según el segundo de estos modelos, por ejemplo, determinados fra-
mes o «enmarcados» de un cierto contexto de interacción social permiten
activar ciertos mecanismos psíquicos de «neutralización» de las sancio-
nes y frenos internos que serían esperables a la hora de violar normas so-
ciales, morales y legales; ello, en combinación con las variables más tradi-
cionales de los modelos de elección racional (valor de lo obtenido con la
infracción, probabilidad de que la infracción sea detectada y sancionada,
etc.), puede predecir razonablemente bien la probabilidad media, para un
determinado tipo social de individuo, de embarcarse en actividades delic-
tivas (en términos más generales, de seguir o violar una determinada nor-
ma). En cuanto a las acciones colectivas, los modelos de los sociólogos
analíticos han superado ampliamente las limitaciones de los modelos clá-
sicos de elección racional inspirados en Olson (1965) a la hora de explicar
la participación en dichas acciones y sus probabilidades de éxito (véanse,
por ejemplo, los trabajos compilados en Aguiar, Miller y Robles, 2007, o
Baldassari, 2009), incorporando variables como el compromiso moral, la
creencia en la eficacia de la propia contribución, la influencia social, la
estructura de las redes sociales de los participantes potenciales, la hetero-
geneidad motivacional de los agentes, sus umbrales de participación, etc.
2. Distribuciones y patrones agregados. Los individuos cuyas creen-
cias, deseos y oportunidades configuran los fenómenos macrosociales se
distribuyen de maneras determinadas tanto en el espacio (geográficamen-
te, residencialmente), como en las posiciones de mercado (por ejemplo, el
mercado de trabajo), como en la jerarquía social (estratificación social),
328 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

como, en fin, en función de determinados recursos (educativos, económi-


cos, etc.). Los sociólogos analíticos han intentado desentrañar la intrinca-
da red de procesos causales que genera estas distribuciones sociales y pa-
trones agregados, aislando los mecanismos fundamentales que permiten
explicarlos. Por poner sólo algunos ejemplos, basten los siguientes: a) Las
dinámicas de segregación residencial y geográfica en zonas urbanas son
un tema clásico de la sociología analítica desde los estudios de Schelling
(1978); Van de Rijt, Siegel y Macy (2009) han mostrado, mediante mode-
los ABM, cómo dichos estudios acertaban en lo fundamental: la segrega-
ción residencial no tiene por qué ser el producto de una conspiración so-
cial para oprimir a las minorías, sino, más plausiblemente, el resultado de
decisiones residenciales interdependientes de individuos cuyas preferen-
cias no son especialmente segregadoras, pero sí ligeramente homofílicas
(esto es, se prefiere ligeramente convivir con los iguales que con los dife-
rentes). b) Las desigualdades educativas por clase social (otro de los te-
mas clave de la sociología) dependen, como han mantenido varios soció-
logos analíticos desde Boudon y Goldthorpe, de decisiones sobre las
trayectorias educativas que los individuos toman en función de un cálculo
aproximado sobre sus costes, riesgos y oportunidades de éxito asociadas a
cada nivel educativo (cálculo que no es perfectamente racional sino que
puede seguir heurísticas simples y a menudo inadecuadas, y puede estar
mediado por el conocido mecanismo de la privación relativa; véase Man-
zo, 2009); ello permite explicar la evolución y la persistencia de las desi-
gualdades educativas relativas (e, indirectamente, de las desigualdades de
clase) en numerosas sociedades de nuestro entorno. c) Las teorías del
matching (o «emparejamiento») han iluminado los mecanismos subya-
centes a muchas dinámicas estructurales, como las del mercado de traba-
jo, las formas de familia, u otras; su idea fundamental es estudiar los pro-
cesos por los que los individuos se asocian entre ellos en pares exclusivos,
escogiendo «parejas» de entre un pool de potenciales «socios» (tanto si se
escoge pareja sexual o cónyuge, una universidad, o una vivienda, como si
se firma un contrato de trabajo). Los estudios al respecto han mostrado
cómo la información disponible y las normas sociales de emparejamiento
suelen ser más determinantes que las preferencias de los invididuos o su
estructura de oportunidades a la hora de restringir sus elecciones posi-
bles, y que tales procesos conducen típicamente a la formación de agrupa-
ciones o clusters locales (Stovel y Fountain, 2009).
3. Redes sociales y capital social. El interés de los sociólogos analíti-
cos por desentrañar los mecanismos de micronivel que están detrás de las
dinámicas macrosociales les ha dirigido con suma frecuencia hacia el es-
tudio de las redes sociales. La ciencia de las redes sociales es hoy una sub-
disciplina sumamente fértil de la sociología, que está realizando aporta-
ciones muchas veces sorprendentes. Tres ejemplos ilustrativos, desde
registros muy diferentes, son los que siguen: a) Duncan Watts, en sus li-
bros Small Worlds (1999) y Six Degrees (2003), ha sido probablemente el
principal responsable del notable avance analítico en el estudio de las re-
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 329

des sociales, sus determinantes y sus efectos, usando para ello metodolo-
gías de simulación. La famosa hipótesis de los «mundos pequeños», ya
avanzada por Milgram o Granovetter, fue matematizada y generalizada
por Watts; una red presenta el rasgo de ser un «mundo pequeño» cuando
la mayoría de sus nodos no están conectados directamente entre sí, pero,
al mismo tiempo, a la mayoría de ellos se puede llegar por un camino re-
lativamente corto (con pocos pasos); Watts encontró que numerosas redes
sociales y naturales exhiben esta propiedad, por sus notables ventajas evo-
lutivas. b) Peter Bearman y sus colegas (2004), en su estudio sobre las re-
des sexuales entre los universitarios, mostró con un modelo ABM el meca-
nismo que explica que dichas redes tomen la forma de árbol extensivo sin
nodos centrales y sin ciclos: el mínimo ciclo sexual entre individuos hete-
rosexuales consta de 4 personas, pero cerrar un ciclo semejante implica
tener relación sexual con la ex-novia del sujeto que ahora está con tu ex-
novia (o con el ex-novio de la chica que ahora está con tu ex-novio), lo
cual hace perder estatus en las comunidades estudiantiles. Este es el úni-
co mecanismo capaz de generar una red de interacciones como la que se
observa empíricamente. c) Los avances de la ciencia de las redes sociales
han sido aplicados también al estudio de uno de los temas centrales en la
obra de Coleman: el capital social y la confianza; invertir esfuerzos en
mantener y conservar relaciones sociales de confianza y ayuda mutua re-
porta diversas utilidades a los individuos, y puede resultar un factor clave
para la movilización de recursos y personas, pero la eficacia y rentabili-
dad de esas relaciones dependen mucho del tipo de redes sociales en las
que se hallen inmersas. González-Bailón (2010) ha mostrado, mediante el
análisis de redes con modelos ABM, como algunos de los supuestos más
habituales de las teorías del capital social deberían ser revisados (como el
de que la densidad de la red está directamente relacionada con la difusión
eficiente de información o recursos a través de la misma).
4. Normas sociales y reglas informales. Las aportaciones teóricas de
Elster han sido completadas por numerosos estudios empíricos sobre
normas sociales, la mayoría de ellos experimentales, tanto de campo
como de laboratorio. En primer lugar, la investigación sobre normas de
conducta prosocial ha fructificado durante las dos últimas décadas (Boh-
net, 2008; Camerer y Fehr, 2004; Fehr y Gintis, 2007; Lindenberg, 2006;
Kroneberg, 2006; Tena, 2010), y hoy día estamos mucho más cerca de en-
tender en qué contextos y por qué se activan motivaciones no egoístas
para actuar según dichas normas (ya sean puramente altruistas, de reci-
procidad fuerte, o de aversión a la inequidad). En segundo lugar, ha avan-
zado mucho el estudio empírico de la emergencia y mantenimiento de
normas (Axelrod, 1986; Bicchieri, 2006; Hechter y Opp, 2001; Ullman-
Margalit, 1977), incluyendo casos de difícil explicación como el de las
normas impopulares o irracionales, hoy satisfactoriamente resueltos me-
diante los mecanismos de la ignorancia plural y similares procesos de fal-
sificación de preferencias (Centola, Willer y Macy, 2005; Kuran, 1995).
Por último, cabe mencionar los estudios sobre confianza social (Herreros,
330 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

2002; Gambetta, 2005) y su aplicación a la teoría de la señalización (sig-


naling theory; véase Gambetta, 2009a, 2009b), que explica, entre otros
fenómenos, cómo comportamientos muy costosos, autolesivos o dañi-
nos para el propio agente pueden representar una ventaja estratégica
para el mismo, al señalizar de forma fiable la pertenencia a un determi-
nado «tipo», y permitir la confianza de los demás en la posesión de una
determinada propiedad social o grupalmente valorada (esta teoría ha te-
nido interesantes aplicaciones, por ejemplo, al estudio de las organiza-
ciones mafiosas o criminales, el comportamiento en las cárceles, las cre-
denciales educativas, el comportamiento en diversos mercados, la
publicidad, las donaciones caritativas, la política internacional, la com-
petición electoral, las conductas de derroche u ostentación, la búsqueda
de pareja, etc.).
5. Instituciones y organizaciones. Las instituciones sociales de ma-
cro y meso-nivel son fenómenos cuya emergencia y rasgos diferenciales
pueden ser explicados en base a los principios de la sociología analítica,
que se interesa, asímismo, por los procesos mediante los que esas institu-
ciones y organizaciones constriñen o amplían las oportunidades de los
actores. Como más abajo se comentará, esta es sin duda una de las inten-
ciones centrales del proyecto de una macrosociología histórica analítica:
puede verse un impresionante resultado reciente de este proyecto en
Wimmer y Kroneberg (2011), quienes, mediante un modelo formal im-
plementado computacionalmente y empíricamente calibrado, muestran
cómo la emergencia de «naciones» más o menos integradas desde un
punto de vista étnico, con mayor o menor intensidad de episodios popu-
listas, depende crucialmente de la centralización del poder estatal, la mo-
vilización de masas, y la organización de la sociedad civil, factores todos
ellos que impulsan (y aquí estaría el mecanismo testado) a los actores po-
líticos y sociales a negociar estratégicamente unas u otras clasificaciones
«étnicas». La ventaja de este tipo de modelos es que se sitúan a medio ca-
mino entre las narrativas de micronivel o los estudios de caso, y la gran
sociología macrohistórica huérfana de modelos formales. Wimmer y
Kroneberg muestran, adicionalmente, cómo bajo determinados supues-
tos la sociología analítica puede trabajar con «actores corporativos»
como sus unidades de análisis, en la línea propuesta por Coleman en su
obra seminal.

4. Las críticas a la sociología analítica

Como todo enfoque meta-teórico con voluntad de reordenación de la


disciplina, la sociología analítica ha recibido críticas y ha generado deba-
tes, en ocasiones suscitados por algunos de sus propios defensores o sim-
patizantes. Sin ánimo de exhaustividad, podemos agrupar las discusiones
más relevantes en cuatro apartados:
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 331

1) El debate epistemológico sobre el enfoque de los mecanismos es


recurrente a la hora de enjuiciar la sociología analítica. Varias cuestiones
pueden suscitarse al respecto:

a. ¿Qué es un mecanismo y cuál es su estatus ontológico? No existe


consenso acerca de una única definición de los «mecanismos so-
ciales» (véase Hedström, 2005:25, para una lista de definiciones,
cada una con connotaciones diferentes), ni sobre cuál sea su esta-
tus ontológico: para unos, más realistas, como Manzo (2011), los
mecanismos están «en el mundo real», y son concatenaciones de
eventos que producen otros eventos; para otros, más idealistas, se
trata de una mera herramienta conceptual, y la delimitación de
uno u otro conjunto de eventos como «mecanismo» depende de
diferentes criterios de relevancia explicativa y de qué dimensio-
nes de la «potencia explicativa» de una teoría se quieran priorizar
(Gross, 2009; Hernes, 1998; Ylikoski y Kuorikoski, 2010).
b. ¿Cómo se «comprueba» un mecanismo? Frente a la pretensión de
que los ABM sean la única manera de «ver» realmente el meca-
nismo en acción (su suficiencia generativa), algunos científicos
sociales han sostenido que el uso de esos modelos no siempre
debe ser transparente (por ejemplo, en modelos relativamente
complejos, ¿qué datos y en qué momentos de la simulación nos
demostrarán la eficacia del mecanismo hipotetizado?; ¿no se
acabará obteniendo, en última instancia, unas correlaciones es-
tadísticas internas a la propia simulación, que renueven la nece-
sidad de abrir la «caja negra»?); que no siempre está claro cómo
garantizar en ellos la calibración o suficiencia empírica; y que, en
cambio, otras metodologías, como la experimental, o determina-
do uso semi-experimental de los datos estadísticos o las encues-
tas, pueden ser también aptas para determinar la eficacia causal
de ciertos mecanismos.
c. ¿Mecanismos o leyes de cobertura? Karl-Dieter Opp (2005, 2011),
entre otros, ha cuestionado que el enfoque de los mecanismos
deba abandonar tan rápidamente la pretensión de explicar fenó-
menos sociales mediante leyes de cobertura (covering-laws); su
argumento es sencillo: para seleccionar como explicativamente
relevante un mecanismo respecto de otros posibles, hacemos su-
puestos implícitos sobre leyes generales que asocian tipos de fe-
nómenos entre sí; por ejemplo, ¿por qué se asume que la peres-
troika de Gorbachev, y no la victoria de Steffi Graf y Boris Becker
en Wimbledon en 1989, está en el origen causal de las protestas
en la República Democràtica Alemana en ese mismo año?: según
Opp, estamos utilizando un criterio de selección para atribuir
causalidad potencial al primer factor (y no al segundo) que, en el
fondo, se basa en leyes de cobertura del tipo «mayor información
y transparencia públicas producen mayor descontento social» y
332 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

«a mayor descontento social, mayores protestas». En suma, se-


gún este punto de vista, el enfoque de los mecanismos y el de las
leyes de cobertura no sólo no serían incompatibles, sino que el
primero requeriría del segundo.
d. ¿Cómo interpretar el «barco» de Coleman? La aparente simplici-
dad del esquema micro-macro de Coleman, como han apuntado
algunos teóricos, esconde algunos problemas no siempre adverti-
dos. Baste enunciar aquí dos: primero, ¿qué tipo de mecanismos
corresponden a cada flecha causal, y cómo decidir cuáles son los
más relevantes desde el punto de vista explicativo?; o, dicho de
otro modo, ¿es siempre necesario recorrer todas las flechas del
barco en cualquier investigación social? Parece que algún tipo de
criterios de relevancia sobre poder explicativo y causalidad son
necesarios para responder estas preguntas (Ylikoski y Kuorikos-
ki, 2010). En segundo lugar, a menudo el esquema de Coleman
conduce a confudir relaciones causales con relaciones constituti-
vas entre fenómenos micro y macro, o, en términos gráficos, un
«barco» con un «cubo» de ángulos rectos: unos miles de indivi-
duos comprando acciones no causan una subida de la bolsa, sino
que la constituyen («n individuos compran acciones» y «la bolsa
sube» son dos descripciones extensionalmente equivalentes del
mismo fenómeno, una en el nivel micro y otra en el macro),
mientras que unos miles de individuos vendiendo acciones en el
momento t causan (ahora sí), en el momento t+1, una pérdida de
confianza generalizada en la posibilidad de obtener beneficios
por parte del resto de inversores potenciales. Distinguir entre es-
tos dos tipos de relaciones no siempre es fácil, y los ejemplos del
propio Coleman a menudo no acertaron a hacerlo plenamente.
e. ¿Sociología explicativa vs. descriptiva? Contra la pretensión de
Boudon y otros de que la misión fundamental de la sociología es
puramente explicativa, autores como Goldthorpe (2004a) han re-
clamado un mayor énfasis en la utilidad y necesidad de una so-
ciología descriptiva, que, basándose en generalizaciones estadís-
ticamente rigurosas, pueda proveer de información fiable a los
sociólogos sobre regularidades sociales a gran escala, que consti-
tuyan los explananda para la sociología analítica, y que permitan
calibrar y testar empíricamente sus modelos. En este sentido, la
«sociología que realmente importa» sigue siendo, para los analíti-
cos, la que construye teorías explicativas de los fenómenos socia-
les, pero ello no obsta para que muchas otras tareas cognitivas
y/o instrumentales sean también necesarias en una disciplina
científica.

2) El papel de las intenciones y de las acciones individuales en las


explicaciones sociológicas ha generado también un intenso debate. Algu-
nos autores han criticado la preferencia de la sociología analítica por las
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 333

explicaciones intencionales y el individualismo estructural, y han llegado


a hablar de «fundamentalismo intencional» para referirse a la tesis de que
la microfundamentación de una explicación en base a las intenciones indi-
viduales debe por fuerza conducir a una mayor inteligibilidad de esa expli-
cación (Ylikoski y Kuorikoski, 2008). Quienes han defendido dicha tesis,
como Boudon o Elster, argumentan que la sociología analítica siempre ha
admitido explicaciones causales no intencionales, y, al mismo tiempo, que
el considerar a las intenciones como causas de muchas acciones (según la
posición clásica de Davidson, 1963) es precisamente lo que evita un re-
duccionismo mal entendido en ciencias sociales, al que nos veríamos abo-
cados si buscásemos causas directamente en el nivel sub-intencional. Sin
embargo, otras críticas a la predilección por la explicación intencional,
como ya se comentó, provienen de la posibilidad de «salvar» algún tipo de
argumento cuasi-funcional a la hora de explicar la evolución de las insti-
tuciones sociales (Linares, 2011).
3) En ocasiones, se ha criticado un supuesto desinterés de la socio-
logía analítica por las investigaciones de tipo cualitativo o que se centren
en los aspectos narrativos e históricos de la comprensión de los fenóme-
nos sociales. Aunque la existencia de este desinterés es muy dudosa (baste
considerar, por ejemplo, la obra entera de Elster, o bien Abell, 1988; Gam-
betta, 1993; Wimmer y Kroneberg, 2011), es cierto que ha habido un cier-
to debate en torno al lugar que dicho tipo de estudios pueden encontrar
en la sociología analítica. No cabe duda de que la sociología analítica es
plenamente sensible a la naturaleza histórica de la realidad social y a la
insoslayable dimensión histórica de las ciencias sociales; su «valor añadi-
do» consiste, en este caso, en aportar a la sociología histórica modelos
formales que puedan hacer visibles patrones y mecanismos en el material
histórico y cualitativo que, de otro modo, pasarían por alto a las lentes,
más intuitivas, del historiador, el erudito o el etnógrafo. Por ejemplo, tan-
to los modelos de juegos evolutivos, como los ABM, permiten simular di-
námicas históricas de un modo controlado y obteniendo resultados de
una generalidad superior a la habitual en las disciplinas históricas. Al
mismo tiempo, muchas corrientes de investigación históricas como el ne-
oinstitucionalismo, la sociología económica, las «narrativas analíticas»,11
o las teorías de la path-dependence (o «dependencia del sendero»), han
convergido con la sociología analítica en el empeño por introducir una
mayor formalización y potencia explicativa de las teorías y modelos den-
tro de estos campos de investigación.
Desde la perspectiva analítica, por tanto, la sociología histórica, com-
parativa o no, puede ser tan científica como cualquier otra subdiscipli-

11. Las «narrativas analíticas» intentan utilizar la elección racional enriquecida conductualmente
en el estudio de la historia social. Puede rastrearse el interesante debate al respecto en textos como
Abell (2007, 2004), Bates et. al. (2000, 1998), Gould (2007), Levi (2006), Schiemann (2007). El American
Political Science Review (vol. 94, n.º 3) y la revista italiana Sociologica (n.º 3/2007) han publicado sendos
simposios monográficos sobre el tema.
334 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

na.12 En general, los mismos principios que la sociología analítica propo-


ne para el estudio de los fenómenos sociales presentes pueden ser aplica-
dos sin más para el de cualesquiera fenómenos históricos. Es verdad que
la sociología histórica tiene limitaciones metodológicas intrínsecas que el
análisis comparado no puede erradicar, como ya señaló Max Weber en su
día, y como Goldthorpe (1991) volvió a recalcar en el célebre debate de los
noventa. Estas limitaciones tienen que ver con la naturaleza de segundo
grado del saber socio-histórico y con la «libertad» del sociólogo histórico
para elegir las interpretaciones historiográficas que mejor se amolden a
su esquema general. Sin embargo, la presencia de estos reisgos no impide
hacer análisis científicamente rigurosos y progresos reales en este campo:
por ejemplo, la teoría de Rueschmeyer, Stephens y Stephens (1992) corri-
ge la de Barrington Moore («sin burguesía no hay democracia») a la hora
de explicar las trayectorias democráticas europeas, con una tesis alterna-
tiva: «sin proletariado no hay democracia»; o la teoría de Brenner (1988)
sobre la transición al capitalismo corrige las teorías exogenistas y determi-
nistas proponiendo una explicación endógena y contingentista basada en
la lucha de clases. Habría otros muchos ejemplos. Lo que sí acostumbran
a rechazar los analíticos es la utilización de eslóganes sobre «la historici-
dad de lo social» como coartada para la ausencia de controles metodoló-
gicos rigurosos.
4) Por último, cabría hacerse eco aquí del debate, sin duda no ex-
clusivo de la sociología analtíca, pero también presente en ella, sobre las
implicaciones normativas de la investigación social. Resulta obvio que,
junto a la preocupación por la ética y la honestidad intelectual, la sociolo-
gía analítica es plenamente compatible con cualquier inquietud por la éti-
ca y la justicia social (no cabe olvidar que ha existido y existe un «marxis-
mo analítico», y que los científicos sociales que utilizan este enfoque
mantienen posiciones políticas a lo largo de todo el espectro ideológico).
Pero los analíticos también están de acuerdo en que ello no implica nin-
gún compromiso «esencial» de la sociología analítica en términos políti-
cos; la utilidad social y política de la sociología, y el compromiso personal
de quienes la cultiven, es perfectamente compatible con su «neutralidad
valorativa» en el sentido weberiano, como no puede ser de otro modo en
ciencia, si se quiere evitar el sesgo ideológico en el planteamiento de mo-
delos teóricos, hipótesis, selección de casos y recogida e interpretación de
datos.
¿Quiere esto decir que la sociología analítica como tal es insensible a
las implicaciones éticas y políticas de la ciencia social? En absoluto. Re-
sulta también obvio que la ciencia social puede tener una dimensión prác-
tica, orientada también a la intervención social. Una buena sociología
científica, además de explicar fenómenos sociales, o precisamente por

12. Así lo certifican, por ejemplo, los trabajos recientes de Tilly (2006, 2008), que pueden situarse
sin demasiadas reservas dentro del enfoque de los mecanismos sociales, o el más clásico de Rueschme-
yer, Stephens y Stephens (1992).
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 335

ello, será capaz de hacer buenos diagnósticos sociales, que son imprescin-
dibles para cualquier intervención social sensata y para cualquier pronós-
tico social: como sabía el Marx que se encerró durante años en la bibliote-
ca del Museo Británico, la acción práctica sostenida en el tiempo, si no
está basada en un buen conocimiento teórico, está condenada al fracaso,
por muy bienintencionada políticamente que sea.
En este sentido, algunos (cfr. Aguiar, De Francisco y Noguera, 2009)
hemos sostenido que la perspectiva analítica aún puede ir más allá en este
terreno (más allá, por cierto, de lo que ninguna «sociología crítica» ha ido
nunca): para intervenir en la sociedad, para contribuir al progreso social
como saber práctico no bastan los diagnósticos y las explicaciones causa-
les: hacen falta ideales o principios normativos y claridad sobre las razo-
nes que los sustentan. El rigor analítico que se le exige al conocimiento de
lo que es, se le puede exigir también al conocimiento de lo que debe ser.
Así pues, el giro analítico de la sociología podría ser también una invita-
ción a desarrollar una sociología normativa con personalidad propia, al
igual que existe una economía normativa o economía del bienestar plena-
mente asentada como sub-disciplina científica. Una tarea importante, por
realizar, de la sociología analítica podría ser precisamente desarrollar una
rama normativa, articular un concepto (o familia de conceptos) con los
que la sociología podría organizar un saber normativo capaz de «discutir»
en pie de igualdad con la ética social o la economía del bienestar. Esa fa-
milia de conceptos podría ordenar el rico complejo conceptual elaborado
por la tradición sociológica, un complejo que incluye conceptos como los
de cohesión social, cooperación y confianza, solidaridad y reciprocidad,
identidad y pertenencia, capital social y cumplimiento de normas, jerar-
quía y autoridad, etc., con vistas a clarificar sus implicaciones normativas
y a resolver los posibles trade-off que se puedan plantear en la aplicación
de los mismos.

5. Conclusión

En suma, la sociología analítica busca replantear las preocupaciones


de la tradición de pensamiento social clásico y de la teoría sociológica del
siglo XX de modo compatible con los conocimientos provenientes de otras
disciplinas científicas (sociales o no), y con los valores epistémicos de la
cientificidad y el avance del conocimiento racional, pues, como bien sabía
Harsanyi, «no existe ninguna incompatibilidad entre, de un lado, el pen-
samiento claro y preciso que sigue las mejores tradiciones de las ciencias
matemáticas, y, de otro lado, una preocupación profunda por los valores
humanos, en la línea de las mejores tradiciones de las humanidades y la
filosofía política clásica» (Harsanyi, 1969:168).
En realidad, como advertía Manzo, el reciente «giro analítico» en so-
ciología no supone algo conceptual o científicamente novedoso como tal;
es más, implica en gran medida una vuelta atrás, un retorno a los funda-
336 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

mentos clásicos de la disciplina. Pero, en el contexto institucional y acadé-


mico de la sociología, presenta también aspectos notablemente novedosos:
la apuesta por la interdisciplinariedad (estableciendo relaciones incluso
con disciplinas tradicionalmente alejadas de la sociología, como la biología,
la arqueología, las ciencias cognitivas o la inteligencia artificial);13 la utili-
zación de técnicas de investigación innovadoras (como la simulación basa-
da en agentes o la experimentación conductual); la refrescante perspectiva
metodológica de los mecanismos sociales; la introducción de una perspec-
tiva evolucionaria en la ciencia social; el desarrollo de nuevas teorías y
fructíferos campos de investigación acumulativa. Todo ello hace albergar
esperanzas sobre un prometedor futuro para el «programa» analítico.
La sociología analítica, además, y a diferencia de otros programas u
orientaciones teóricas en sociología, no busca crear ortodoxia o «escuela»
alguna. Para los analíticos, es inviable querer mantener los propios uni-
versos discursivos como reinos de taifas impertérritos a la crítica externa
e impermeables a la evidencia empírica y el progreso del conocimiento.
En Economía y sociedad, Weber definía así la sociología: «una ciencia que
pretende entender, interpretándola, la acción social para de esa manera
explicarla causalmente en su desarrollo y efectos» (1922: 5). Este y no
otro es el objetivo de la sociología analítica. Aunque a veces, desde un
cierto desconocimiento de la misma, puedan emitirse acusaciones de
«cientifismo» o similares, los analíticos no suelen verse impresionados
por las mismas, a la luz de los frutos que su perspectiva ofrece. La ciencia,
con todas sus limitaciones y episodios oscuros, nos libera de la ignorancia
y confiere al ser humano un enorme poder de transformación de la reali-
dad; un poder (todo hay que decirlo) tan grande que a menudo nos ciega,
y que puede también tener consecuencias negativas y ser susceptible de
usos éticamente cuestionables: como sabía Manuel Sacristán, es el buen
conocimiento el que resulta peligroso.14 Pero los analíticos tienen claro
que abdicar del saber o renunciar a la racionalidad científica no nos va a
situar en mejor posición para hacer frente a nuestros problemas, sino
todo lo contrario: por decirlo con Mosterín (2000), sería tan absurdo
como cortarnos las manos porque pueden servir tanto para acariciar como
para golpear.

13. Véase, a este respecto, el macro-proyecto de investigación SIMULPAST (www.simulpast.


com), que reúne a investigadores de todas estas y otras disciplinas, incluidos algunos sociólogos analíti-
cos españoles, en el intento de usar modelos de simulación basados en agentes para responder algunas
preguntas clave sobre la evolución de algunas de las sociedades primitivas humanas de las que se tiene
constancia arqueológica.
14. Véase Sacristán (1983:201): «lo característico de la tecnociencia contemporánea (como de
todo conocimiento, en realidad) no es una supuesta bondad o maldad, sino su constitutiva ambigüedad
práctica»; todo producto científico «conlleva un riesgo probablemente proporcional a su calidad episte-
mológica».
LA SOCIOLOGÍA ANALÍTICA 337

Bibliografía comentada

Dado que la sociología analítica es, como se ha dicho, un movimiento intelec-


tual relativamente reciente en sociología (al menos bajo esa denominación), exis-
ten aún pocos textos introductorios a la misma en español. El volumen compila-
do por José A. Noguera, Teoría sociológica analítica (Madrid, Centro de
Investigaciones Sociológicas, 2010), compendia algunos de los textos programáti-
cos de este enfoque, así como algunas aportaciones que constituyen precedentes
clásicos del mismo. La Revista Internacional de Sociología publicó, en su vol. 67,
n.º 2 (2009) un texto polémico de Fernando Aguiar, Andrés de Francisco y José A.
Noguera, con el título «Por un giro analítico en sociología», que desató un ilustra-
tivo debate posterior con otros sociólogos españoles, publicado en ese mismo nú-
mero. Otro comentario útil en español sobre la sociología analítica es el de Félix
Ovejero, «Sociología analítica: por lo menos, el qué», publicado en la Revista de
Libros, n.º 151-152 (2009). También existe una traducción del texto programático
de Raymond Boudon «La sociología que realmente importa» en Papers. Revista de
Sociologia, n.º 72 (2004; original de 2002). En italiano, una excelente panorámica
de la sociología analítica es la de Filippo Barbera, Meccanismi sociali. Elementi di
sociologia analitica (Bologna, Il Mulino, 2004).
En inglés, la bibliografía sobre la sociología analítica es mucho más amplia.
El germen de la perspectiva tal y como hoy la conocemos es el libro compilado en
1988 por Peter Hedström y Richard Swedberg Social Mechanisms. An Analytical
Approach to Social Theory (Cambridge, Cambridge University Press), que incluye
las ponencias de la primera conferencia sobre mecanismos sociales celebrada en
Estocolmo en 1996. Posteriormente, Hedström dio a la sociología analítica su ex-
posición más acabada hasta la fecha en Dissecting the Social. On the Principles of
Analytical Sociology (Cambridge, Cambridge University Press, 2005). Sin embar-
go, el compendio más completo y sistemático de las aportaciones realizadas den-
tro de la línea analítica a la sociología es el volumen editado en 2009 por el propio
Hedström y Peter Bearman, The Oxford Handbook of Analytical Sociology (Oxford,
Oxford University Press).
Un par de textos esenciales (ambos traducidos al español) que adoptan la óp-
tica de la sociología analítica presentando puntos de vista particulares son los de
Jon Elster, La explicación del comportamiento social (Barcelona, Gedisa, 2010; ori-
ginal de 2007) y John H. Goldthorpe, De la sociología: números, narrativas e inte-
gración de la investigación y la teoría (Madrid, Centro de Investigaciones Socioló-
gicas, 2010). También de suma utilidad son el volumen recientemente compilado
por Pierre Demeulenaere, Analytical Sociology and Social Mechanisms (Cambrid-
ge, Cambridge University Press, 2011) y dos piezas de Gianluca Manzo: «Analyti-
cal Sociology and Its Critics», European Journal of Sociology, vol. 51, n.º 1 (2010),
y «The whole is greater than the sum of its parts. Some remarks on The Handbook
of Analytical Sociology», European Journal of Sociology (2011, en prensa).
La obra de James S. Coleman es ingente, pero probablemente sus aportacio-
nes fundamentales están recogidas en Foundations of Social Theory (Cambridge,
The Belknap Press, 1990). De la también extensísima obra de Raymond Boudon
cabría seleccionar, entre otros, el ya clásico de 1977 Effets pervers et ordre social
(París, PUF) y los más recientes La racionalidad en las ciencias sociales (Buenos
Aires, Nueva Visión, 2010; original de 2009), Raison, bonnes raisons (Paris, PUF,
2003) y The Origin of Values. Sociology and Philosophy of Beliefs (Londres, Tran-
saction, 2001). Asímismo, uno de los libros más programáticos de Jon Elster para
338 TEORÍA SOCIOLÓGICA MODERNA

los sociólogos analíticos ha sido Tuercas y tornillos. Una introducción a los concep-
tos básicos de las ciencias sociales (Barcelona, Gedisa, 1991; original de 1989),
aunque El cemento de la sociedad (también traducido por Gedisa en 1991; original
de 1989) y Alquimias de la mente (Barcelona, Paidós-El Roure, 2002; original de
1999) son también textos clave en la evolución de su teoría de las normas y las
emociones, que en su forma más acabada aparece en el citado La explicación del
comportamiento social y en sus capítulos incluídos en el Oxford Handbook of
Analytical Sociology.
Algunas de las principales discusiones metodológicas en la sociología analíti-
ca pueden rastrearse en textos como los siguientes: sobre la perspectiva de los
mecanismos sociales, una buena panorámica es la de Peter Hedström y Petri Yli-
koski, «Causal Mechanisms in the Social Sciences», Annual Review of Sociology,
vol. 36 (2010). Los debates sobre el lugar de los estudios cualitativos y narrativos
en la explicación causal pueden hallarse en textos como The Syntax of Social Life
(Oxford, Oxford University Press, 1988) y «Narrative explanation: an alternative
to variable-centred explanation?», Annual Review of Sociology, vol. 30 (2004), am-
bos de Peter Abell, o en R. H. Bates et al., (1998). Analytic Narratives (Princeton,
Princeton University Press, 1998). La mejor crítica de algunos usos de la metodo-
logía cualitativa y de los enfoques histórico-comparativos puede encontrarse en
John H. Goldthorpe, De la sociología, ya citado. En cuanto a las discusiones sobre
la viabilidad de las explicaciones funcionales, dos textos básicos son los de Jon
Elster, «Marxismo, funcionalismo y teoría de juegos. Alegato en favor del indivi-
dualismo metodológico», y Gerald A. Cohen, «Réplica a «Marxismo, funcionalis-
mo y teoría de juegos» de Elster», ambos traducidos en Zona Abierta, n.º 33 (1984;
originales de 1982).
Los modelos de simulación basados en agentes (ABM) fueron utilizados pio-
neramente por Thomas Schelling en Micromotivos y macroconducta (México,
FCE, 1989; original de 1978) y por Robert Axelrod en La complejidad de la coope-
ración (Buenos Aires, FCE, 2003; original de 1986). Buenas introducciones a esta
innovadora forma de hacer ciencia social son las de Michael Macy y Robb Willer,
«From Factors to Actors: Computational Sociology and Agent-Based Modeling»,
Annual Review of Sociology, vol. 28 (2002), y Jon Epstein, Generative Social Scien-
ce: Studies in Agent-Based Computational Modeling (Princeton, Princeton Univer-
sity Press, 2006).
Aunque la sociología analítica se dedica mucho más a desarrollar su progra-
ma de investigación que a criticar a otros, algunos textos valiosos para entender
su descontento con las corrientes dominantes en la «teoría social» son los de Pe-
ter Abell y Diane Reyniers «On the failure of social theory», British Journal of So-
ciology, vol. 54, n.º 4 (2000); John H. Goldthorpe, «The Scientific Study of So-
ciety», British Journal of Sociology, vol. 55, n.º 1 (2004), así como, del mismo
autor, la introducción y algunos capítulos del ya citado De la sociología; y Axel van
den Berg, «Is Sociological Theory Too Grand for Social Mechanisms?», incluido
en el Social Mechanisms de Hedström, y Swedberg. Debates sustanciosos en este
sentido pueden hallarse también en los ya citados artículos de Aguiar, De Francis-
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