Sunteți pe pagina 1din 24

shandy.

Valery Larbaud dijo:


A propósito de la reciente Feria del Libro de Buenos Aires celebrada apenas
del 24 de abril al 12 de mayo, Shandy dedica su primer número a la literatura
argentina y sus autores más trascedentes. Sobre todo al genio demiurgo Ro-
dolfo Fogwill, quien expone en su obra una literatura atroz y tierna al mismo
tiempo, que si bien o mal, ha sido ignorada por los lectores de Latinoamérica y
el mundo, aún está latente: es una literatura llena de vida. Shandy es un catálo-
go de literatura contemporánea que aspira a divulgar las novedades editoriales
del mundo y establecer un diálogo más directo con la actualidad de las letras.
Sus secciones son El maletín Duchamp (se exponen las publicaciones más
recientes), El cajón de Fitzgerald (desempolva un autor importante que vale la
pena explorar), Rayógrafo Man Ray (revela las noticias más destacadas de la
literatura), El whiskey de Picabia (un brindis en honor a un país de reconocida
historiografía literaria en cada edición), El botón de Rigaut (apartado de cre-
ación literaria) y La máquina de Walter Benjamin (información periférica del
universo literario). Consideramos que la literatura tiene otras miras, y está en
otra parte, no en las escuelas, ni en las grandes industrias del aparato literario.
Quizá Shandy para algunos sea una insolencia, pero eso es Shandy.

Consejo Editorial:
Óscar Ariel Grajeda
F. Arturo Landavazo
Pío Daniel
Franco Félix

Consejo consultivo
David Miklos
Óscar Benassini
Imanol Caneyada

Contacto:
revistashandy@hotmail.com
www.revistashandy.blogspot.com

Shandy 1. mayo de 2008. Hermosillo, Sonora, México.


En portada: Rodolfo Fogwill
maletín duchamp

J. M. Coetzee
Diario de un mal año
Editorial Mondadori. 240 páginas

El personaje J.C. es un literato sudafricano naturalizado australiano,


prestigioso y entrado en la senectud, que tiene el encargo de escribir
un libro de opiniones sociopolíticas para una compilación de textos
elaborados por varios escritores que será editado y publicado en Ale-
mania. Lo obvio: J.C. es la figura de John Maxwell Coetzee (Ciudad
del Cabo, 1940), ganador del premio Nobel a la literatura 2003; en
esta ocasión la novela no pretende ser autobiográfica, recordemos sus
obras Infancia: escenas de una vida de provincia (1998) y Juventud (2002)
que rayan precisamente en esa tendencia. Diario de un mal año se erige
como una obra atrevida pues experimenta con su estructura, sin des-
cuidar con esto los temas siempre abarcados por el autor, propios de
la condición humana y del alma. La novela está apartada en tres dis-
cursos que no buscan contrarrestarse el uno al otro, ni tener el mando
narrativo. Cada uno de ellos se vuelve revelador y es ajeno al otro, se
equilibran y complementan:
maletín duchamp

El primero, un compilado de ensayos que son llamados “Opiniones


contundentes”, son una serie de escritos en los que J.C. -hombre añejo
de 72 años- plasma sus percepciones siempre con una postura neutral
ante los hechos reales que acontecen en el mundo, abandonando la
ficción y acercándose a la realidad. Al igual que en Elizabeth Cotello
(2003), Coetzee hace uso de la narrativa para imprimir sus puntos de
vista sobre la actualidad, pero esta vez su novela ha sido reconocida
por la crítica literaria como una obra magistralmente lograda.

El segundo discurso se vocaliza en este hombre sudafricano al que le


nace una necesidad de amar, con un amor puro y lejos de lo sexual,
ya sea por los impedimentos fisiológicos que una persona de su edad
puede llegar a experimentar, o por un sentimiento más íntimo, que el
escritor necesita llenar un espacio vacío.

La tercera voz que conforma la tríada de discursos lo presenta Anya,


una mujer filipina descrita en cierta medida como una fémina exube-
rante pero un poco tonta. Se percibe como el personaje menos logrado
de la novela, pues a pesar de que J.C. siempre está envuelto en un halo
de misterio eso mismo lo reafirma, mientras que la aparición de la fili-
pina se muestra contradictoria en su naturaleza. Alan es el amante de
Anya y juega un papel crucial en la narración, ya que es quien provoca
el conflicto y da pauta al desenlace, toma la voz desde el discurso de
su compañera, formando el triángulo perfecto (Anya, Alan y Juan C.)
consolidando la trama de la obra en su totalidad.

Nota final: Sin considerarme un purista, dentro de la obra encontré


unos detalles editoriales. La errata: “solo” no se acentúa en ninguna
ocasión, aunque a veces lo amerite.
ÓscarAriel Grajeda
maletín duchamp

Haruki Murakami
Sauce ciego, mujer dormida
Editorial Tusquets. 386 páginas

Enfermedad Murakami
Luego de leer Crónica del pájaro que le da cuerda al mundo, un carpetazo
de casi setecientas páginas, me ha dado por buscar un pozo para medi-
tar dentro de él. Esta demencia se la debo a Murakami, a su personaje
Tooru Okada, el protagonista del magnífico libro que explora la oscu-
ridad y las aleaciones de la mente con maestría narrativa. Después,
me he puesto frente a un gato y he intentado hablar con él. Nakata es
idiota, le digo. Pero el felino se limita a maullar y poner la almohadilla
de su pata izquierda en mi nariz. Tampoco funciona. No soy Nakata, el
personaje, aunque idiota no se podría decir que no. Intentar el diálogo
con los animales es un síntoma de mi lectura: Kafka en la orilla. Otra
obra del autor japonés con la que he terminado enfermo, padeciendo
fantasmas en la memoria. Cierro el libro. Adiós Kafka Tamura, adiós
Satoru Nakata. 584 páginas más. La literatura de Haruki Murakami
tiene esa virtud. Es contagiosa. Su rareza, su extravagancia es tan se-
ductora que los lectores, paseándose en sus páginas, sienten la nece-
sidad de imitarlo, de rasparse con el mundo, aunque a veces bastante
normal, otras demasiado extraño.
maletín duchamp

Los gatos de mi amigo.


Abro el más reciente. La editorial me ha enviado una copia para es-
cribir sobre él. Sauce ciego, mujer dormida. Lo hojeo. No se trata de una
novela. Sino de una recopilación de cuentos. Veinticuatro en total. Des-
de el prólogo, Haruki -de ahora en adelante me daré el lujo de tutearlo.
Luego de más de mil páginas en su universo literario tengo mi derecho
como lector- confiesa que escribir un cuento es como plantar un jardín,
y escribir una novela es como plantar un bosque. La analogía tiene
su sello. La relación que tiene mi amigo Haruki con la naturaleza es
innegable, pero aún más su relación con los animales. En Crónica del
pájaro que da cuerda al mundo hay un capítulo sanguinario en el que
aparece un zoológico en tiempos de guerra, en éste hay un cuento en el
que uno de sus personajes sufre de una manía de visitar los zoológicos
en Japón cuando hay tifones. En Kafka en la orilla ocurre algo similar,
algunos de los personajes son gatos demasiado elocuentes. En Crónica
del pájaro la trama es generada por la desaparición de un gato, en éste
nuevo libro hay un cuento llamado “Los gatos antropófagos”, tres fe-
linos que devoran a su dueña. Siempre he detestado a estos animales,
sin embargo, después de estas lecturas, tengo un poco de fe en ellos.
Les digo, hola, amigo gato, hoy comí atún. Aunque no contestan, me
siento satisfecho cuando sacan su lengua. Imagino sus papilas gustati-
vas. Es que habría que leer a Mura (kami) para comprender la diferen-
cia que hay entre mundo posible y mundo improbable.

Diferencia entre mundo posible y mundo improbable.


Estoy conciente que dos líneas atrás escribí que habría que leer a M
para comprender la diferencia, pero lo explicaré un poco por mi her-
mano nipón ya que muy posiblemente esté ocupado elaborando una
novela. Aquí vamos. Cuando el lector se zambulle en una novela del
realismo mágico -verbi gratia- se puede topar con un personaje que
tiene la sangre de color verde. Eso es ficción. Se establece un pacto con
el universo narrado y asume la posibilidad de mundo. Basta con quitar
la vista del libro para concienciar que la sangre es roja, no verde. En
cambio, con Murakami, pasa algo distinto. Un personaje suyo puede
hablar con los gatos, y en la ficción nadie le cree, aunque en la realidad
-luego de quitar la vista del libro- tampoco podríamos creerle, porque
somos personas bien sanas y estamos comprometidos con la verdad
(nótese el sarcasmo). Podríamos ver a un gato y pensar en la posibili-
dad de un lenguaje alterno, pero no podríamos saberlo, no podríamos
comprobarlo. En ese momento, la telaraña tejida de la incertidumbre
que hay entre la ficción y la realidad, se crea una extensión de la novela
maletín duchamp

de Murakami, otro pacto, pero que ahora se hace con el vacío, con la
oscuridad que hay entre la realidad y el misterio. Luego está lo otro.
Está comprobado que la sangre es generada por los glóbulos rojos, por
lo que su color es casi una obviedad, pero un hecho del que no existe
registro -la comunicación entre un gato y un hombre- está aún más
sumergido en la oscuridad del conocimiento, pero no deja de ser una
probabilidad. En cuatro palabras: la sangre verde es imposible. Hablar
con un gato es improbable. En dos palabras: Mi odradek Murakami es
mucho mejor que García Márquez, pues.

Sauce ciego, mujer dormida.


El título del libro es epónimo del cuento con el que se inauguran las
páginas de este libro al alto vacío. Tengo la impresión de que mi doble
Haruki escribe desde un pozo. Es decir, si no físico, al menos virtual.
Su narrativa flota, se desliza extrañamente como un espíritu sobre el
agua. Pero también debajo de ella. Si en sus inmensas novelas no con-
creta una historia circular, obedece la Noveau Roman de Robe-Grillet, y
hace de los finales un precipicio doloroso y lleno de paz, en sus cuen-
tos levita como un gas raro con una densidad más ligera pero con más
libertades, con más experimentación. En estos textos, las conexiones
narrativas son más complejas. Hay historias dentro de las historias,
y éstas se comunican a través de asociaciones que el narrador hace a
lo largo de sus páginas. En “Sauce ciego, mujer dormida”, mientras
el personaje principal lleva a su primo menor con el otorrino viene a
su mente el poema que una amiga suya escribiera años atrás y que le
compartiría cuando precisamente estaba ella hospitalizada: un hombre
que trata de rescatar a una joven dormida luego de pasar las colinas de
los sauces ciegos. La sorpresa del héroe: la mujer ha sido devorada por
las moscas que se metían en su oído para alimentarse de las entrañas.
Dos asociaciones muy concretas, el hospital y el oído, como puente
entre una narración y otra.
Otros cuentos que aparecen en el índice son “El espejo”, “Un día per-
fecto para los canguros”, “El año de los espaguetis”, “El hombre de
hielo“, “La piedra con forma de riñón que se desplaza día tras día”.
Títulos bastante atractivos que invitan endemoniadamente a la lectura.
Dos docenas de cuentos que navegan sobre la melancolía, el dolor, el
amor, el sueño y la vigilia. En ellos, mi mellizo, Haruki Murakami,
corta a destajo pedazos de la vida cotidiana para desangrar su excen-
tricidad oculta, la que mana escandalosamente cuando planta un ár-
bol, o reforesta un bosque, desde el fondo de un pozo.

Haruki Murakami (Franco Félix, en cualquiera de los casos)


maletín duchamp

Rafael Lemus
Informe
Editorial Tusquets. 106 páginas

Informe es el título de la obra publicada por la editorial Tusquets en febrero


del año en curso, del joven crítico literario Rafael Lemus, quien hace su debut
en el seleccionado mundo de autores mexicanos. Luego de ser él quien dis-
parara contra las novedades editoriales, Lemus es hoy la mira del snipper.
En éste primer libro, Rafael, quién colabora con una variedad de revistas
como La Tempestad, Letras Libres y Día siete, presenta ocho relatos en los
cuales los personajes se encuentran inmersos en un ambiente nebuloso carente
de tiempo y espacio.

El título de esta ópera prima alude a los objetos sin forma, carentes de un es-
queleto que define las estructuras en el mundo, una influencia directa de lo que
podemos suponer son algunos de sus autores favoritos (Hernández, Beckett).
Cierto, aunque de entrada la palabra “Informe” evoca un documento adminis-
trativo, nada tiene que ver con la naturaleza de estos textos.
maletín duchamp

Encontramos en estos cuentos sin estructura –como afirma su propio autor-, a


un viejo crítico literario en compañía de un mozo que debe soportar su estadía
monótona a lado de su desagradable amo; a un enamorado que concibe la
felicidad mediante la hostilidad hacia su pareja; a un indigente que pretende
plantar un lápiz en la nieve; entre otros seres patibularios cuyos discursos
monológicos “informan” sus condiciones no paradigmáticas sobre el ser. Cada
uno de estos personajes desempeña una tarea de la que no pueden desligarse,
teniendo como único fin el presentar a la humanidad en su máximo nivel de
subordinación ante un mundo que no suele ser cuestionado.
El tedio, el amor, la hostilidad, la locura y la muerte fungen como comple-
mentos que permiten presenciar al lector la naturaleza no estructural de la
existencia.

Debido a esta incursión en el gremio de escritores, el mismo autor señala


en el epílogo que no le molestaría que su obra fuese catalogada como pro-
ducto de un crítico literario. Con tal sentencia, Lemus se antecede a cualquier
represalia, réplica o crítica que pueda recibir sobre su primera publicación,
argumentando que la finalidad de sus relatos es establecer un diálogo entre él
y los autores que de alguna manera lo han influenciado: Juan Vicente Melo,
Stephen Vincent Benét, Efrén Hernández, Samuel Beckett, o el mismísimo
Franz Kafka, de los que confiesa robar algo de sus esencias primigenias.
Ante esto, sólo me queda decir que mediante su epílogo, Lemus, se pone el
chaleco antibalas antes de hacer el disparo. No obstante, y dejando a un lado
todo el retoricismo especulativo que pudiese surgir en torno a la crítica de la
obra de un crítico, prefiero callar y comentar que Informe es una buena opor-
tunidad para explorar el lado oscuro de la mente humana o en su caso, el de la
literatura, más allá de los elogios y los reproches.

Breve nota “informativa”


Recordemos el conflicto a principios de año. Christopher Domínguez Michael
lanzó en noviembre pasado su Diccionario crítico de la literatura mexicana
(1955-2005) publicado por el Fondo de Cultura Económica. Las críticas se
desbordaron, y muchos de los autores del país adujeron que no era un trabajo
profesional, sino una compilación de escritores de su preferencia. Lemus hizo
una apología sobre este libro enfrascándose en un conflicto que todavía no
termina. ¿Domínguez Michael hará lo mismo por él ahora que este libro no ha
sido del todo aceptado entre la crítica?
Rayógrafo Man Ray
Bolaño interminable
Quizá ésta sea una buena noticia para los
lectores de Roberto Bolaño (Santiago,
1953-2003). Luego de que Edmundo Paz
Soldán y Gustavo Faverón publicaran
en la editorial Canyada el libro Bolaño
Salvaje (2007) se ha destapado una infor-
mación que alegrará a quienes necesiten
una dosis más del detective salvaje. Caro-
lina López, viuda de Bolaño, encontró
en un cajón un manuscrito que tiene por
título de Los sinsabores de la verdadera
policía, una obra escrita entre Los detectives salvajes y la colosal 2666. Su
protagonista es Archimboldi, un personaje que aparece en las dos novelas
mencionadas, incluso en la segunda es uno de los protagonistas. Los prime-
ros dos libros póstumos (El secreto del mal y La universidad desconocida,
2007) no fueron recibidos con gran emoción por la crítica, pues no estaban
terminados, aunque Jorge Herralde, director de la editorial Anagrama, decidió
explotar su mercado con la firma de Bolaño. Quizá un desacierto. Los sinsa-
bores de la verdadera policía resulta la tercera obra luego de su muerte. En
casa de Bolaño hay cajones infinitos. Trágico y extraordinario, ¿hasta dónde
llegará Herralde para seguir actualizando su catálogo con uno de los autores
más importantes de Latinoamérica? Quizá no sea una buena noticia.

Nuevo nombre para el premio FIL


Tras haber superado los problemas legales en los que se vieron envueltos los
familiares del escritor jalisciense y los responsables de la Feria Internacional
del Libro de Guadalajara (FIL), los directivos de la FIL renunciaron a utilizar
el nombre de Juan Rulfo para el galardón que se entrega cada año a un autor
en reconocimiento de su trayectoria literaria. La Asociación Civil del Premio
de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, pese a haber recibido
el fallo a favor por parte de Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial
(IMPI), optó por el nuevo nombre, mismo que ya se utilizó en la premiación
de 2006 y 2007. Una modificación en la convocatoria: el premio abarcará
nuevos criterios, permitiendo la participación de cualquier autor que escriba
en lenguas romances vivas, por ejemplo, catalán, francés, portugués, italiano,
español o rumano: además, el premio ascendió a la suma de 150 mil dólares.
Con el nuevo Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, se demuestra
la importancia de la feria, al consolidarse como un evento trascendental en el
mundo editorial y literario del habla hispana.
Rayógrafo Man Ray
Nuevo libro de Poniatowska
Dentro del marco de la Feria Nacional del Libro León 2008 (FeNal) la escrito-
ra Elena Poniatowska (París, 1932) presentó su más reciente libro El tren pasa
primero, que está situado temporalmente en los cincuentas, durante la huelga
ferrocarrilera en México. Un viaje narrativo que explora la tiranía con que
fueron reprimidos los líderes sindicales por el partido gobernante en curso: el
Partido Revolucionario Institucional (PRI). El personaje principal, Trinidad
Pineda, descubrirá una verdad que antes no podía ver a pesar de tenerla en
sus narices. La historia, sobre un tren, lleva a este hombre a experimentar otro
mundo, otra visión de mundo. Descubre que existe una utopía y –junto a sus
compañeros- organiza una lucha obrera que buscará frenar la corrupción en el
país. Una novela más, como un testimonio, de una de las autoras más queridas
en el medio literario en México y América Latina. Es autora de La noche de
Tlatelolco (1971) y De noche vienes (1979). El año pasado recibió el Premio
Rómulo Gallegos precisamente por El tren pasa primero.

El fantasma de Nabokov
A poco más de tres décadas de su deceso, la
imagen del autor ruso nacionalizado norteame-
ricano Vladimir Nabokov (San Petersburgo,
1899-1977) vuelve a ser noticia en el mundo li-
terario. Un texto inédito del autor está próximo
a ser publicado, aunque aún se desconoce cuál
será la editorial que cumpla con ese objetivo.
La obra incompleta del autor -conocido mundi-
almente por la novela Lolita (1955), lleva por
título Laura. A pesar de que Nabokov, en su
lecho de muerte, ordenó que fuese destruido,
el manuscrito estuvo resguardado en una caja
fuerte durante treinta años. Incapaz de cumplir
con la voluntad de su esposo, la también finada
viuda del célebre escritor, Vera Nabokov, mantuvo en secreto la última novela
–aunque inconclusa- del autor. Al fallecer en 1991, el documento quedó en
poder de su hijo, el catedrático y crítico literario Dimitri Nabokov, quién tras
reconsiderarlo a lo largo de algunos años decidió, finalmente, que la obra de
su padre debía ser presentada al mundo. La decisión de Dimitri ha generado
gran controversia entre la crítica que considera que debe ser cumplido el úl-
timo deseo del también autor de Risa en la oscuridad (1932). No obstante el
heredero ha comentado que ha sido su padre quién lo ha llevado a tomar esta
determinación por medio de un sueño.
El whiskey de Picabia

Literatura Argentina
Siglo XX
Es innegable. La literatura argentina es medular en el len-
guaje hispanoamericano. Un pilar de la literatura universal.
A continuación, hacemos un brevario sobre los escritores
más importantes de este país, acompañados por la obra que
los hizo aparecer en el mapa literario.

rial importante: la revista Sur en


ANTECEDENTES
los treintas publicó a muchos de
Esteban Echeverría los antes mencionados, y a extran-
(El matadero, 1838) jeros como Victoria Ocampo, Wal-
Juana Manso
(Los misterios del Plata, 1846)
ter Gropius, Alfonso Reyes, Jaime
Estanislao del Campo Torres Bodet, Henri Michaux, en-
(Fausto, 1866) tre otros. Esta publicación se dio el
José Hernández lujo de seleccionar a autores que
(Martín Fierro, 1879)
ahora reconocemos en la actua-
lidad, pero también discriminó a
Cuando Europa le pone atención otros que, por lo mismo, quedaron
en los cincuentas a Latinoamérica, relegados en el olvido, como es el
ya hay una historiografía literaria caso de Héctor Murena, un ensa-
que conviene revisar. La revista yista combativo de izquierda que
Martín Fierro fue una publicación escribió siempre contra el fascis-
en los veintes que fungió como mo; es preciso mencionar el título
escenario para presentar a escri- El pecado original de América.
tores que más adelante serían la Los primeros movimientos an-
literatura argentina: Jorge Luis tagónicos en Argentina: los gru-
Borges, Raúl González Tuñón, pos de La Florida –que se liga a
Leopoldo Marechal, Fernando los escritores que participaban en
Fader, Macedonio Fernández, la primera revista enlistada- y del
entre otros. Otro espacio edito- Boedo. Entonces, la literatura era
El whiskey de Picabia

inherente a las posturas políti- sesentas, las influencias de Sartre,


cas. Mientras los primeros –fieles Camus y Eluard, se manifiestan en
lectores del realismo ruso- pro- Alejandra Pizarnik, Marta Lynch,
movían en sus obras la ostenta- Manuel Puig. Aparece la concep-
ción y la elegancia, los segundos, ción del exilio en Juan Gelman y
con Roberto Arlt a la cabeza, –más Antonio Di Benedetto.
cercanos a la literatura inglesa- se Pasado el medio siglo, los au-
proyectaban más por el movi- tores que han escrito la literatura
miento obrero y la vagancia, la argentina contemporánea y que
ciudad, sus calles. han logrado el reconocimiento al-
Los nombres que formarían la rededor del mundo, son, sin duda
generación de los cuarentas, con alguna, Ricardo Piglia, Juan José
movimientos como el Ultraísmo y Saer, Rodolfo Fogwill, Osvaldo
los Novísimos (Bioy Casares, Julio Lamborghini, Alan Pauls, Rodrigo
Cortázar, Ernesto L. Castro, Ernes- Fresán, César Aira, Antonio Dal
to Sábato, Abelardo Arias, Roger Masetto, Tomás Eloy Martínez.
Plá, Oliverio Girondo) consigui- Los antecedentes del golem argen-
eron dar la pauta para la siguien- tino: la literatura gauchesca y ru-
te tendencia conocida como el ral quedaron atrás hace poco más
Neohumanismo, que contrasta el de un centenar y medio de años.
pensamiento de la postguerra en Hoy, su historia literaria es uno de
boga (Edgar Bayley y Julio Llinás, los pilares más importantes en el
Miguel Ángel Viola). Ya para los continente y el mundo entero.

PRIMERA MITAD

Alfonsina Storni (La inquietud del rosal, 1916)


Leopoldo Lugones (Cuentos fatales, 1926)
Ricardo Güiraldes (Don Segundo Sombra, 1926)
Oliverio Girondo (Espantapájaros, 1932)
Roberto Arlt (El jorobadito, 1933)
Raúl González Tuñón (Poemas de Juancito Caminador, 1934)
Óscar Ponferrada (El carnaval del diablo, 1943)
Enrique Molina (Pasiones terrestres, 1946)
Alberto Girri (Playa sola, 1946)
Olga Orozco (Desde lejos, 1946)
Ernesto Sábato (El túnel, 1948)
Jorge Luis Borges (El Aleph, 1949)
El whiskey de Picabia

SEGUNDA MITAD

Juan Gelman (El juego en que andamos, 1959)


Edgar Bayley (La vigilia y el viaje, 1961)
Silvina Ocampo (Lo amargo por dulce, 1962)
Roberto Santoro (Oficio desesperado, 1962)
Horacio Salas (El caudillo, 1962)
Harold Conti (Sudeste, 1962)
Cortázar (Rayuela, 1963)
Marta Lynch (Al vencedor, 1965)
Juana Bignozzi (Mujer de cierto orden, 1967)
Leónidas Lamborghini (La estatua de la libertad, 1968)
Alejandra Pizarnik (Extracción de la piedra de locura, 1968)
Adolfo Bioy Casares (Diario de la guerra del cerdo, 1969)
Rodolfo Walsh (¿Quién mato a Rosendo?, 1969)
Antonio Di Benedetto (Los suicidas, 1969)
Manuel Puig (El beso de la Mujer Araña, 1976)
Rodolfo Fogwill (Mis muertos punk, 1980)
Osvaldo Lamborghini (Las hijas de Hegel, 1982)
Juan José Saer (Glosa, 1985)
Abel Posse (Perros del Paraíso, 1987)
Julio Carreras (El Malamor, 1992)
Antonio Dal Masetto (La Tierra incomparable, 1994)
Martín Gambarotta (Punctum, 1996)
Ricardo Piglia (Plata quemada, 1997)
Rodrigo Fresán (Mantra, 2001)
Tomás Eloy Martínez (El vuelo de la reina, 2002)
César Aira (El mago, 2002)
Alan Pauls (El pasado, 2003)
El cajón de Fitzgerald

El terrible Fogwill

Aunque nunca obtuvo el Nobel, Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-1986)
ha sido el máximo exponente de la literatura argentina del siglo pasado. Sus
múltiples reconocimientos bastaron para que su nombre fuera un sinónimo
de la creación literaria de ese país (Literatura argentina = Borges). Su legado
permanece, y escritores como Rodolfo Fogwill (Buenos Aires, 1941), que han
hecho de su literatura casi un divertimento y no un desplegado intelectual en
sus libros, han sido opacados por el autor de El libro de arena (1975) y otros
como Bioy Casares, Julio Cortázar, y otras figuras de la talla, quedando ocul-
tos bajo la sombra de estas moles literarias que dibujan el mapa de la pampa.

Para referirnos al estilo literario de Fogwill contemplemos el uso de adjetivos


como atroz y compasivo al referirnos a su narrativa; los elementos que com-
ponen sus textos tienen esa virtud: ser contradictorios. Tomemos en cuenta los
elementos inauditos y directos que suelen encontrarse en su prosa. Ya en la
lectura, sus relatos están constituidos a base de experiencias simplemente vi-
tales, experiencias que seguramente son parte de una biografía estrafalaria que
El cajón de Fitzgerald

resulta el compilado de su memoria. Entre sus protagonistas, es común en-


contrarnos a seres que distan de los tópicos totalitarios y fantásticos a los que
estamos acostumbrados a leer en la literatura argentina. Por el contrario, sus
personajes habitan un mundo más real e inmediato. Esos personajes comunes
y el mundo en el que se desarrollan, o existen, colocan a Fogwill dentro de
un nuevo orden literario, ajeno al ambiente erudito y de tertulia, y le permiten
apoderarse de un espacio completamente suyo dentro de la historiografía lite-
raria de ese país.

Su literatura, sus cuentos, su narrativa, pues, logran generar en el lector un


sentimiento de cercanía, de proyección, pues las historias relatadas, bien po-
drían ser desarrolladas por cualquier persona con capacidad de complacerse
con el mundo. Un claro ejemplo de esto se puede percibir en uno de los mejo-
res cuentos de Fogwill: “Muchacha punk” que le otorgó el premio Coca Cola
–algo bastante ¿excepcional?-. Gracias a este texto despuntó como autor más
o menos reconocido en 1980, decidiendo abandonar su ya digerida carrera
de empresario. A partir de ese momento, resuelve dedicarse a ser escritor y
comenzar “una trama de malentendidos y desgracias” como apuntó el autor
del cuento galardonado.

En “Muchacha punk” se encuentra una voz narrativa muy simpática, ya desde


el principio, el lector descubre que se trata del mismo Fogwill quien narra
la trama. La impresión del personaje resulta una proyección de su escritor:
se plantea como un hombre con bastante sentido común, aunque de forma
sarcástica, e inteligente, un poco mayor, características muy de Fogwill, un
demente más con un teclado en las manos. Es entonces, Fogwill personaje,
un tipo equilibrado, con una supuesta madurez moral, y corrección política
–hasta donde se puede decir o pensar ya que esto esta cubierto por un velo de
ironía-, en un mundo que le es ajeno: una muchacha punk con la que fornicó
en un invierno de 1978 en Londres. En su obra es común encontrar ese toque
anecdótico que lo convierte en personaje de sus relatos, no con pretensión in-
telectual; en el caso de “el Fogwill” (llamado así en el mundo de las letras) la
intención es mostrar una literatura viva, en movimiento, donde es posible una
historia demasiado cotidiana pero abordada desde una perspectiva inhumana,
extraña, literaria.

Rodolfo Fogwill está loco, es un tipo que ama la provocación, pero si hay algo
que decir de él es lo siguiente: hay un genio en Argentina que aún no se ha
leído. Sin duda, un Shandy.
La Redacción
El botón de Rigaut

TACHAS Efrén Hernández

Eran las 6 y 35 minutos de la tarde.


El maestro dijo: ¿Qué cosa son tachas? pero yo estaba pensando en mu-
chas cosas; además, no sabía la clase.
El salón de estos hechos tiene tres puertas, de madera pintada de rojo, con
un vidrio en cada hoja, despulido en la mitad de abajo.
A través de la parte no despulida del vidrio de la puerta de la cabecera
del salón, veíanse, desde el lugar en que yo estaba: un pedazo de pared,
un pedazo de puerta y unos alambres de la instalación de luz eléctrica. A
través de la puerta de en medio, se veía lo mismo, poco más o menos lo
mismo, y, finalmente, a través de la tercera puerta, las molduras del remate
de una columna y un lugarcito triangular del cielo.
Por este triangulito iban pasando nubes, nubes, lentamente. No vi pasar en
todo el tiempo, sino nubes, y un veloz, ágil, fugitivo pájaro.
Es muy divertido contemplar las nubes, las nubes que pasan, las nubes
que cambian de forma, que se van extendiendo, que se van alargando,
que se tuercen, que se rompen, sobre el cielo azul, un poco después que
terminó la lluvia.
El maestro dijo:
—¿Qué cosa son tachas?
La palabrita extraña se metió en mis oídos como un ratón a su agujero, y se
quedó en él agazapada. Después entró un silencio caminando en las pun-
titas de los pies, un silencio que, como todos los silencios, no hacía ruido.
No sé por qué, pero yo pienso que lo que me hizo volver, aunque a medias,
a la realidad, no fueron las palabras, sino el silencio que después se hizo;
porque el maestro estaba hablando desde mucho antes, y, sin embargo, yo
no había escuchado nada.
¿Tachas? ¿Pero, qué cosa son tachas? Pensé yo. ¿Quién va a saber lo que
son tachas? Nadie sabe siquiera qué cosa son cosas, nadie sabe nada,
nada.
El botón de Rigaut

Yo, por mi parte, como ejemplo, no puedo decir lo que soy, ni siquiera qué
cosa estoy haciendo aquí, ni para qué lo estoy haciendo. No sé tampoco
si estará bien o mal. Porque en definitiva, ¿quién es aquel que le atinó
con su verdadero camino? ¿Quién es aquel que está seguro de no haberse
equivocado?
Siempre tendremos esta duda primordial.
En lo ancho de la vida van formando numerosos cruzamientos los sende-
ros. ¿Por cuál dirigiremos nuestros pasos? ¿Entre estos veinte, entre estos
treinta, entre estos mil caminos, cuál será aquél, que una vez seguido, no
nos deje el temor de haber errado?
Ahora, el cielo, nuevamente se cubría de nubes, e iban haciéndose en cada
momento más espesas; de azul, sólo quedaba sin cubrir un pedacito del
tamaño de un quinto. Una llovizna lenta descendía, matemáticamente ver-
tical, porque el aire estaba inmóvil, como una estatua.
Cervantes nos presenta en su libro: Trabajos de Persiles y Segismunda,
una llanura inmóvil y en ella están los peregrinantes, bajo el cielo gris, y
en la cabeza de ellos, hay esta misma pregunta. Y en todo el libro no llega
a resolverla.
Este problema no inquieta a los animales, ni a las plantas, ni a las piedras.
Ellos lo han resuelto fácilmente, plegándose a la voluntad de la Naturaleza.
El agua hace bien, perfectamente, siguiendo la cuesta, sin intentar subir.
De esta misma manera, parece que lo resolvió Cervantes, no en Persiles
que era un cuerdo, sino en Don Quijote, que es un loco.
Don Quijote soltaba las riendas al caballo e iba más tranquilo y seguro que
nosotros.
El maestro dijo:
—¿Qué cosa son tachas?
Sobre el alambre, bajo el arco, posó un pajarito diminuto, de color de
tierra, sacudiendo las plumas para arrojar el agua.
Cantaba el pajarito, u fifí. fifí. De fijo el pajarito estaba muy contento.
Dijo esto con la garganta al aire; pero en cuanto lo dijo se puso pensativo.
No, pensó, con seguridad, esta canción no es elegante. Pero no era ésta la
verdad, me di cuenta, o creí darme cuenta, de que el pajarito no pensaba
con sinceridad. La verdad era otra, la verdad era que quien silbaba esta
canción era la criada, y él sentía hacia ella cierta antipatía, porque cuando
le arreglaba la jaula, lo hacía de prisa y con mal modo.
La criada de esa casa, ¿se llamaba Imelda? No. Imelda es la muchacha
que vende cigarros “Elegantes”, cigarros “Monarcas”, chicles, chocolates
y cerillas, en el estanquillo de la esquina. ¿Margarita? No, tampoco se
El botón de Rigaut

llamaba Margarita. Margarita es nombre para una mujer bonita y joven, de


manos largas y blancas, y de ojos dorados. ¿Petra? Sí, éste sí es nombre de
criada, o Tacha. ¿Pero en qué estaría pensando cuando dije que nadie sabe
qué cosa es tacha?
Es una lástima que el pajarito se haya ido. ¿Para dónde se habrá ido ahora
el pajarito? Ahora estará parado en otro alambre, cantando u fiiiii, pero yo
ya no lo escucho. Es una lástima.
Ya el cielo estaba un poco descubierto, era un intermedio en la llovizna.
Llegaba el anochecimiento lentamente. La llegada de la sombra le daba
un sentido más hondo al firmamento. Las estrellas de todas las noches,
las estrellas de siempre, comenzaron a abrirse por orden de estaturas y
distancias.
De abajo subía el ruido de toda la ciudad; de arriba caía el silencio de todo
el infinito.
De cierto, no sé que cosa tiene el cielo aquí, que transparenta el universo a
través de un velo de tristeza.
Allá son muy raras las tardes como ésta, casi siempre se muestra el cielo
transparente, teñido de un maravilloso azul, que no he encontrado nunca
en otra parte alguna. Cuando empieza a anochecer, se ven en su fondo las
estrellas, incontables, como arenitas de oro bajo ciertas aguas que tienen
privilegios de diamante.
Allá se ven más claritas que en ninguna parte las facciones de la luna.
Quien no ha estado allá, de verdad no sabe cómo será la luna. Tal vez, por
esto, tienen aquí la idea de que la luna es melancólica. Ésta es una gran
mentira de la literatura. ¡Qué ha de ser melancólica la luna!
La luna es sonriente y sonrosada, lo que pasa es que aquí no lo conocen.
Su sonrisa es suave, detrás de sus labio asoman unos dientes menuditos y
finos, como perlas, y sus ojos son violáceos, de ese color ligeramente lila
que vemos en la frente de las albas, y entorno a sus ojeras florecen mano-
jitos de violetas, como suelen alrededor de las fuentes profundas.
Allá todo es inmaculado, allá todo es sin tachas... tachas, otra vez tachas.
¿En qué estaría yo pensando, cuando dije que nadie sabe qué cosas son
tachas?
Había pensado esto con la propia velocidad del pensamiento, y que Dios
diga lo que seguiría pensando, si no fuera porque el maestro repitió por
cuarta o quinta vez, y ya con voz más fuerte:
—¿Qué cosa son tachas?
Y añadió:
—A usted es a quien se lo pregunto, a usted, señor Juárez.
El botón de Rigaut

—¿A mí, maestro?


—Sí, señor, a usted.
Entonces fue cuando me di cuenta de una multitud de cosas. En primer
lugar, todos me veían fijamente. En segundo lugar, y sin ningún género de
dudas, el maestro se dirigía a mí. En tercer lugar, las barbas y los bigotes
del maestro parecían nubes en forma de bigotes y de barbas, y en cuarto
lugar, algunas otras; pero la verdaderamente grave era la segunda.
Malos consejos, experimentos turbios de malos estudiantes, me asaltaron
entonces y me aseguraron que era necesario decir algo.
—Lo peor de todo es callarse, me habían dicho. Y así, todavía no des-
pertado por completo, hablé sin ton ni son, lo primero que me vino a la
cabeza.
No podría yo atinar con el procedimiento que empleó mi cerebro lleno de
tantos pájaros y de tantas nubes, para salir del paso, pero el caso es que
escucharon todo esto que yo solté muy seriamente:
—Maestro, esta palabra tiene muchas acepciones, y como aún es tiempo,
pues casi nos sobra media hora, procuraré examinar cada una de ellas, co-
menzando por la menos importante, y siguiendo progresivamente, según
el interés que cada una nos presente.
Yo estoy desengañado de que no estoy loco; si lo estuviera, ¿por qué lo
habría de negar?, lo que pasa es otra cosa, que no está bueno explicar,
por que su explicación es larga. De modo que la vez a que me vengo
refiriendo, yo hablaba como si estuviera solo, monologando. Y noto que
usted guarda silencio. . .
Usted, en aquel rato, para mí, no significaba nadie; según la realidad, debía
ser el maestro; según la gramática, aquel a quien dirigiera la palabra, más
para mí, usted no era nadie, absolutamente nadie. Era el personaje imagi-
nario, con quien yo platico cuando estoy a solas. Buscando el lugar que le
corresponda entre los casilleros de la analogía, corresponde a esta palabra
el lugar de los pronombres; sin embargo, no es un pronombre personal,
ni ningún pronombre de los ya clasificados. Es una suerte de pronombre
personal que, poco más o menos, puede definirse así. Una palabra que yo
uso algunas veces par fingir que hablo con alguien, estando en realidad a
solas. Seguí:
—Noto que usted guarda silencio, y como el que calla otorga, daré prin-
cipio, haciéndolo de la manera que ya dije. La primera acepción, pues, es
la siguientes: tercera persona del presente de indicativo del verbo tachar,
que significa: poner una línea sobre una palabra, un renglón o un número
que haya sido mal escrito. La segunda es otra: si una persona tiene por
nombre Anastasia, quien la quiera mucho, empleará, para designarla, esta
El botón de Rigaut

palabra. Así , el novio, le dirá:


—Tú eres mi vida, Tacha.
La mamá:
—¿Ya barriste, Tacha, la habitación de tu papá?
El hermano:
—¡Anda, Tacha, cóseme este botón!
Y finalmente, para no alargarme mucho, el marido, si la ve descuidada
(Tacha puede hacer funciones e Ramona), saldrá poquito a poco, sin decir
ninguna cosa.
La tercera es aquélla en que aparece formando parte de una locución ad-
verbial. Y esta significación, tiene que ver únicamente con uno de tantos
modos de preparar la calabaza. ¿Quién es aquél que no ha oído decir al-
guna vez, calabaza en tacha? Y, por último, la acepción en que la toma
nuestro código de procedimientos.
Aquí entoné, de manera que se notara bien, un punto final.
Y Orteguita, el paciente maestro que dicta en la cátedra de procedimientos,
con la magnanimidad de un santo, insinuó pacientemente:
—Y, díganos señor, ¿en qué acepción la toma el código de procedimien-
tos?
Ahora, ya un poquito cohibido, confesé:
—Ésa es la única acepción que no conozco. Usted me perdonará, maestro,
pero . . .
Todo el mundo se rió: Aguilar, Jiménez Tavera, Poncianito, Elodia Cruz,
Orteguita. Todos, se rieron, menos el Tlacuache y yo que no somos de este
mundo.
Yo no puedo hallar el chiste, pero teorizando, me parece que casi todo lo
que es absurdo hace reír. Tal vez porque estamos en un mundo en que todo
es absurdo, lo absurdo parece natural y lo natural parece absurdo Y yo soy
así, me parece natural ser como soy. Para los otros no, para los otros soy
extravagante.
Lo natural sería, dice Gómez de la Serna, que los pajaritos dormidos se
cayeran de los árboles. Y todos lo sabemos bien, aunque es absurdo, los
pajaritos no se caen.
Ya estoy en la calle, la llovizna cae, y viendo yo la manera como llueve,
estoy seguro de que a lo lejos, perdido entre las calles, alguien, detrás de
unas vidrieras, está llorando porque llueve así.

*Tomado del libro Tachas y otros cuentos, publicado por el FCE en 2004
La máquina de Walter Benjamin

34 Feria del Libro de Buenos Aires


Argentina celebró por trigésima cuarta ocasión la importante Feria del
Libro de Buenos Aires del 24 de abril al 12 de mayo con el lema “El es-
pacio del lector”. Esta reunión, quizá la más trascendental en Latinoa-
mérica, fue inaugurada por el escritor oriundo Ricardo Piglia, quien
en su discurso de apertura reconoció que la poesía de su país debía ser
reivindicada y se mostró bastante contento y satisfecho con la premia-
ción del Cervantes a su coterráneo, el reconocido poeta Juan Gelman.
Fueron bastantes los escritores que participaron en la feria, entre ellos,

Tom Wolfe en la FLBA

debemos destacar a Tom Wolfe (Richmond, 1931), autor del libro La


izquierda exquisita (1970), y padre del famoso movimiento “El nuevo
periodismo” que encuentra gran expresión en la novela A sangre fría
de Truman Capote (Nueva Orleáns, 1924-1984), pues mezcla la inves-
tigación periodística y la literatura, como lo estipulara Wolfe en su
manifiesto de 1973, quien también auguró que se aproximaba el nuevo
La máquina de Walter Benjamin

género llamado Novela documento. Wolfe, el acérrimo antagónico de


Norman Mailer, en la Feria del Libro de Buenos Aires, comentó que la
novela está cerca de su “suicidio”, ya que los escritores no tienen un
contacto tan directo con la vida. Opinó también que los nuevos poetas
deben salir más a las calles para confrontarse a la realidad humana,
pues considera importante mantener un diálogo actualizado con el
mundo.

Además asistieron, entre otros extranjeros, la canadiense Naomi Klein


que escribió el libro No logo (2001), la española Almudena Grandes es-
critora de Malena es un nombre de tango (1994), el mexicano Juan Vil-
loro, ganador del premio Antonine Artaud (2008) por Los culpables, la
nicaragüense Gioconda Belli, autora de La mujer habitada (1988), y los
cubanos Jorge Fornet (Premio de Ensayo Alejo Carpentier 2005) y Al-
berto Guerra quien presentó su libro Desde la soledad y la esperanza en
este gran acontecimiento literario.

Dentro del marco de las actividades de esta 34 Feria del Libro de Bue-
nos Aires se presentó también la tercera edición del Festival Interna-
cional de Poesía, que tuvo la presencia de nombres de distintos países
como Florencia Abadi, Daniel Chirom, Jean Marc Desgent, Laura Ana-
bel López, Alejandro Margulis, Hugo Padeletti, entre muchos otros.

Pero no todo fue literatura e intelectuales. Como parte de las activi-


dades alternativas, la FLBA organizó presentaciones de danza con-
temporánea y folclórica, así como un homenaje al trovador Atahualpa
Yupanqui (Pergamino, 1908-1992), quien se caracterizó por ser el can-
tautor de folclor representativo de Argentina, que por otra parte ha
sido interpretado por muchos músicos de la talla de Mercedes Sosa,
Alfredo Zitarrosa, Víctor Jara, Marie Laforêt, etcétera.

La nota curiosa
Con el propósito de que la literatura y la gastronomía generen nexos
muy íntimos, en esta ocasión la feria organizó un ciclo titulado “Pla-
ceres y sabores”, en el que diversos cocineros han prepararon platillos
y conferencias. Destaca como ponente-cocinera la Hermana Bernarda
-quien es conocida en televisión por su alta repostería europea- algo
muy poco común en este tipo de eventos, y que, sin embargo, atrajo a
más de 300 personas a su exposición.