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San Atanasio de Alejandría

Por P. Félix López, S.H.M.

“... tomó un cuerpo como el nuestro, aunque no a la manera usual y corriente, sino que el suyo es un
cuerpo puro y en modo alguno contaminado de unión marital. Lo asumió de una virgen inviolada,
pura y que no conoció varón”

Atanasio nació en el 295, probablemente de padres no cristianos de lengua griega, en Alejandría,


Egipto. Parece que conoció las persecuciones siendo niño. Tuvo una formación clásica profunda y
conoció las obras de Homero, Demóstenes y Platón. Se piensa que se convirtió al cristianismo en
su primera juventud. Sus estudios de teología se fundamentan en la Biblia griega, y estudió los
escritos de S. Ignacio de Antioquía, S. Ireneo y Orígenes, aunque se muestra independiente del
pensamiento de este último.

El obispo de Alejandría era entonces Alejandro. Hizo secretario suyo a Atanasio hacia el año 318, y lo
llevó consigo al Concilio de Nicea en el 325. Atanasio era entonces diácono, y en el Concilio fue
el gran defensor de la fe ortodoxa sobre Cristo frente a los errores de Arrio, quien
sostenía que Cristo no era Hijo de Dios sino una criatura más excelsa que realizaba el papel de
intermediario entre Dios y los hombres.

Gracias a San Atanasio, el Concilio de Nicea declaró que Cristo es homooúsios con el Padre, es
decir, de la misma sustancia, de la misma naturaleza divina, y por tanto Dios como el
Padre. La negación de la divinidad de Cristo echaba por tierra todo el valor redentor de la vida y
muerte de Cristo. Si Cristo no era Dios, su muerte no tenía un valor infinito. Al mismo
tiempo, los errores sobre Cristo influían en su Madre. Si Cristo no era Dios, María no
era la Theotokos.

El obispo Alejandro murió en el 328 y San Atanasio fue elegido como su sucesor. Sufrió muchas
persecuciones a causa de su lucha contra los arrianos ya que estos contaban con el apoyo de las
autoridades políticas y de algunos emperadores. San Atanasio fue desterrado cinco veces y
pasó un total de diecisiete años fuera de su sede episcopal.

Fue acusado falsamente de haber asesinado al obispo Arsenio, a quien Atanasio mismo presentó vivo.
Con la misma falsedad se le imputó haber interrumpido el tráfico de trigo desde Egipto a Roma.

Del 346 al 356 fue la llamada “década de oro” de San Atanasio porque durante esos años desarrolló
una labor inmensa en la predicación y la composición de sus obras.
Escribió también la “Vida de Antonio”, biografía de S. Antonio Abad, padre del monacato
oriental.

San Atanasio murió el 2 de mayo del año 373.

San Atanasio defiende la realidad divina de Cristo. Él es el Logos eterno, por medio del cual se
ha realizado la restauración del hombre, su redención. La incorruptibilidad que el
hombre había perdido por el pecado ha sido recuperada a través de Cristo, que ha
asumido un cuerpo humano, un cuerpo como el nuestro. Ha asumido este cuerpo
verdadero de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. San Atanasio tendrá que luchar
también contra aquellos que niegan la realidad humana de Cristo, por lo que escribirá mucho sobre el
misterio de la encarnación.

Defendió la concepción virginal de Cristo: “Si Él hubiese querido solamente aparecerse,


habría podido asumir un cuerpo más excelente, pero en realidad tomó un cuerpo como el nuestro,
aunque no a la manera usual y corriente, sino que el suyo es un cuerpo puro y en modo alguno
contaminado de unión marital. Lo asumió de una virgen inviolada, pura y que no conoció
varón” (De Incarnatione Verbi, 8). “El cuerpo tenía una naturaleza común a todos; era
realmente un cuerpo humano, si bien fue engendrado de la Virgen con un prodigio
extraordinario” (Ib., 20). San Atanasio aplica a María el título de aeiparthenos, siempre virgen.
Probablemente, junto a S. Epifanio de Salamina, son los primeros autores que usan ese
término aplicado a María, aunque la fe en la virginidad perpetua está presente en la Iglesia
desde los comienzos.

De igual modo, S. Atanasio presenta a María como modelo de las vírgenes. En su época tuvo lugar
una gran expansión del movimiento monacal de hombres y mujeres. ¿Quién podría ser mejor modelo
para las vírgenes consagradas que María?

“El Señor viniendo a la tierra tomó carne de la Virgen… El Señor quiere instruirnos sobre este
hecho: María permaneció virgen hasta el fin de su vida… María perseveró siempre en su
virginidad, como virgen que había engendrado al Señor y que había de ser un ejemplo. Por tanto, la
que desee permanecer virgen y ser esposa de Cristo puede contemplar la vida de María e imitarla,
pues su programa de vida, cumplido con fidelidad, es adecuada norma de vida para las vírgenes.
Por tanto, la vida de María, Madre de Dios, sea para todas las vírgenes como la imagen perfecta,
según la cual cada una configure su propia vida de virginidad. En efecto, es necesario que conozcáis
por medio de ella lo que debéis ser, como viendo mediante un espejo, las virtudes que deben
constituir vuestra belleza“ (Sobre la virginidad, CSCO 151).

En una de sus homilías, S. Atanasio, inspirándose en el Magnificat, canta las alabanzas de los
personajes del Antiguo Testamento a la Theotokos: “Verdaderamente tu alma en-grandece al Señor
y tu espíritu exulta en Dios tu salvador; en el futuro te alabarán por toda la eternidad todas las
generaciones (…) Te alaba Adán, llamándote madre de todos los vivientes. Te alaba Moisés al
contemplarte como Arca de la Nueva Alianza, revestida de oro por todas partes. David te aclama
bienaventurada, declarándote ciudad del gran Rey, ciudad del Dios de los ejércitos. También en el
futuro te alabarán todas las genera-ciones humanas” (Sermo de Maria Dei Matre).

La Palabra tomó de María nuestra condición humana


San Atanasio

Carta a Epicteto 5-9

La Palabra tendió una mano a los hijos de Abrahán, afirma el Apóstol, y por eso tenía que
parecerse en todo a sus hermanos y asumir un cuerpo semejante al nuestro. Por esta razón, en
verdad, María está presente en este misterio, para que de ella la Palabra tome un cuerpo, y, como
propio, lo ofrezca por nosotros. La Escritura habla del parto y afirma: Lo envolvió en pañales; se
proclaman dichosos los pechos que amamantaron Señor, y, por el nacimiento de este primogénito,
fue ofrecido el sacrificio prescrito. El ángel Gabriel había anunciado esta concepción con palabras
muy precisas, cuando dijo a María no simplemente «lo que nacerá en ti» -para que no se creyese
que se trataba de un cuerpo introducido desde el exterior-, sino de ti, para que creyésemos que aquel
que era engendrado en María procedía realmente de ella.
Las cosas sucedieron de esta forma para que la Palabra, tomando nuestra condición y
ofreciéndola en sacrificio, la asumiese completamente, y revistiéndonos después a nosotros de su
condición, diese ocasión al Apóstol para afirmar lo siguiente: Esto corruptible tiene que vestirse de
incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad.
Estas cosas no son una ficción, como algunos juzgaron; ¡tal postura es inadmisible! Nuestro
Salvador fue verdaderamente hombre, y de él ha conseguido la salvación el hombre entero. Porque
de ninguna forma es ficticia nuestra salvación ni afecta sólo al cuerpo, sino que la salvación de todo
el hombre, es decir, alma y cuerpo, se ha realizado en aquel que es la Palabra.
Por lo tanto, el cuerpo que el Señor asumió de María era un verdadero cuerpo humano,
conforme lo atestiguan las Escrituras; verdadero, digo, porque fue un cuerpo igual al nuestro. Pues
María es nuestra hermana, ya que todos nosotros hemos nacido de Adán.
Lo que Juan afirma: La Palabra se hizo carne, tiene la misma significación, como se puede
concluir de la idéntica forma de expresarse. En san Pablo encontramos escrito: Cristo se hizo por
nosotros un maldito. Pues al cuerpo humano, por la unión y comunión con la Palabra, se le ha
concedido un inmenso beneficio: de mortal se ha hecho inmortal, de animal se ha hecho espiritual, y
de terreno ha penetrado las puertas del cielo.
Por otra parte, la Trinidad, también después de la encarnación de la Palabra en María,
siempre sigue siendo la Trinidad, no admitiendo ni aumentos ni disminuciones; siempre es perfecta,
y en la Trinidad se reconoce una única Deidad, y así la Iglesia confiesa a un único Dios, Padre de la
Palabra.