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FINLANDIA

Iván Rojo

FINLANDIA Iván Rojo Colección poets

Colección poets

FINLANDIA

Finlandia - Iván Rojo Junio de 2017

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Diseño: Constanza Fuenzalida Diagramación: Matías Fuentes Aguirre Corrección de estilo: Tito Manfred Van Battenburg

Finlandia de Iván Rojo editado por Jámpster Ebooks está bajo una licencia de Creative Commons 4.0 Internacional Reconocimiento - No Comercial - Sin Obra Derivada.

FINLANDIA

Iván Rojo

FINLANDIA Iván Rojo

Abetos azules

Apoyo la frente en la ventanilla.

Siento el aliento del invierno al otro lado del cristal.

Siento, también, la vibración del motor, el temblor en mi cabeza.

30 de noviembre. No sé muy bien qué hago aquí.

El bus cruza la noche, el bus atraviesa el frío, el bus recorre Finlandia.

Se supone que he venido a escribir en paz.

Pero la verdad es la que digo: no tengo ni idea de qué hago aquí.

Mis ojos desengañados recuerdan avideces antiguas mientras contemplan los árboles de ahí afuera.

Abedules, creo. Miles y miles y miles, todos pelados.

Se ciernen sobre el camino:

manos huesudas con decenas de dedos crispados hacia un cielo sin estrellas.

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Cada cierto rato vislumbro pálidos resplandores en las entrañas del bosque.

Rojos, verdes, azules. Fantasmagóricos.

No sé qué los emite. Ni quiero saberlo.

Me siento como un niño a punto de descubrir misterios que no debería descubrir.

Al cabo de un rato, sin embargo, la verdad se impone.

Veo a un hombre de pie junto a la carretera. Lleva un gorro de Papá Noel.

Y la silueta azul de un abeto de neón brilla a su lado.

Unos cuantos más, de verdadera madera, yacen apilados sobre la tierra helada.

30 de noviembre.

Ni siquiera es diciembre, joder.

En España hace un mes que empezó la campaña de Navidad de El Corte Inglés.

Aquí, muy arriba en los mapas, en los bosques de Sysmä, también.

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61º Latitud Norte

A lo lejos pasa el tren.

Un rápido destello metálico corta la noche nevada.

A lo lejos pasa el tren, sin ruido.

Un cuchillo haciendo su trabajo sobre piel pálida.

Pero nada se estremece. Nada sangra.

Supongo que este valle lleva muerto mucho tiempo.

Un hombre sale de la licorería de la esquina.

Se tambalea en la acera, la botella en la mano.

Sus pies patinan sobre charcos de vodka helado.

Sus pies resbalan sobre su propio reflejo.

Una y otra y otra vez. A cada paso.

Parece un milagro que no se caiga.

Pero no, no es una suerte. No es un milagro.

Es todo lo contrario: costumbre. Práctica.

Son las cuatro de la tarde aquí,

61 grados latitud Norte y unos cuantos bajo cero.

El sol hace un rato que se ha puesto.

Observo al borracho alejarse.

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El hielo se resquebraja bajo sus pies.

Me pregunto cuánta gente querrá que la tierra se lo trague.

Observo al hombre fundirse con la noche.

Y

luego miro los campos helados.

Y

el tren ya se ha ido.

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Árbol

Aquí la noche se extiende estación tras estación.

Pero ese árbol pelado sigue esperando el sol:

sus ramas ateridas abiertas hacia el cielo,

empeñadas en un abrazo que no llega.

Lo miro y pienso en mis neuronas.

Llevan tiempo congeladas,

revestidas de cristal.

En hibernación.

Cobijo para lechuzas de nieve.

Surgen silenciosas de la oscuridad,

se posan en mis nervios glaseados de escarcha.

Y miran el mundo con indiferencia, casi desdén:

como si nada les interesara. Ya nada.

Piensan, lo sé, que se quedarán para siempre.

Creen que me han convertido en su hogar.

Y yo dejo que se equivoquen.

Permanezco callado, muy quieto;

savia fría, madera helada.

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Árbol de hueso pálido en lo más crudo del crudo invierno.

En pie con los brazos desplegados hacia la borrasca.

La mitad obstinada de un abrazo que no llega.

Mientras espero que tu luz arda por el Este.

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SAUNA

En el sótano había una sauna, qué maravilla.

Yo nunca había vivido en una casa con sauna.

Nunca había vivido en una casa con sótano.

En realidad nunca había vivido en una casa,

solo en pisos de alquiler pequeños o diminutos,

así que me hizo mucha ilusión bajar al sótano

y meterme en la sauna con una karhu bien fría.

Abrí la cerveza y me senté en la banqueta.

El aire empezó a calentarse rápidamente.

Al cabo de tres minutos ya sudaba a chorros

y me había despachado la birra de dos tragos.

La atmósfera se hacía irrespirable por momentos.

Aquello no me gustaba. Aquello era una mierda.

Como andar al brutal sol de mi Valencia natal.

Y yo estaba harto del mediterráneo y su calor,

estaba cansado de una infinidad de cosas.

No quería nada que se pareciera a mi vida.

No había ido a Finlandia para sudar, ni hablar.

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Salí en cueros de la sauna, subí las escaleras,

atravesé la casa corriendo y salí al jardín nevado.

Me eché en la nieve nueva, limpia, de espaldas,

las estrellas arriba quemando hidrógeno helado.

Sentí el suelo licuarse bajo mi peso caliente,

mi carne a seis mil grados, la corona del sol.

Sentí cómo poco a poco me hundía en la nieve

hasta quedar dos palmos bajo la superficie,

desnudo y en la tripa de esa tumba blanca.

Tracé líneas entre las estrellas, uní los puntos

para cartografiar el mapa del cielo a mi antojo:

La

constelación de mi madre, la de mi padre,

las

constelaciones de mis hermanos y amigos

y las de de todos los amores de fuego de mi vida.

Las dejé allí, en el silencioso incendio del tiempo.

Y me sentí mejor. Salí de la tumba. Resucité.

Entré en casa, me vestí y abrí otra cerveza.

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DICIEMBRE

Iba al supermercado casi todas las tardes,

no había mucho más que hacer en aquel pueblo.

El K-Market, una nave cuadrada a las afueras

iluminada como una ventana gigantesca

en mitad de la superoscuridad de Escandinavia.

Recorría los pasillos sin quitarme el gorro,

arrastrando una cesta del tamaño de un sofá.

Con frecuencia no me cruzaba con nadie.

El hilo musical cantando en sueco para mí.

El personal servicial, discreto, trabajando para mí.

El supermercado entero funcionando para mí.

Y yo allí dentro, en el centro de todo. Era fantástico.

Compraba latas de arenques y moras de 800 gr.

Compraba bricks de leche rusa de cinco litros.

Bandejas de tomates de Almería de diez.

Filetes anchos como la espalda de un hombre.

Peces, enormes pedazos de peces pálidos.

Bolsas de ganchitos de 1/2 metro cúbico.

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Compraba pizzas del diámetro de una mesa camilla.

Compraba la oferta de 36 birras por 40 euros.

Porque todo allí se vendía en grandes formatos.

Ni a los fineses les gusta salir a comprar a -20.

Así que cargan de sobra, cargan y congelan.

Congelan lo congelado, congelan en medio del hielo,

abren una cerveza y se encierran en sus casas.

Pero sus paquetes de tabaco son como los nuestros:

solo tienen 20 disparos, lo sé demasiado bien.

También sus luckies se acababan en plena noche.

Y parecía que el día no fuera a llegar nunca.

Pero llegaba. A las 10 de la mañana, pero amanecía.

Siempre nublado, escarchado, pero amanecía.

Y yo me alegraba, me volvía loco de alegría.

Me ponía 50 prendas térmicas y salía a la calle.

A

Finlandia, tan blanca y limpia como tú.

Y

tan fría, aunque te joda escucharlo.

Y

caminaba por la nieve, mi sangre hirviendo

a

37 grados, hasta derretir tu recuerdo.

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Lago Päijännen

Lanzo piedras al lago congelado.

Piedras tersas como cráneos

pero negras, macizas, pesadas.

Las lanzo tan alto como puedo

hacia el cielo color aluminio,

y las veo caer a plomo contra el hielo.

Sin embargo impactan con ruido hueco,

de huesos, de maderas secas.

Con ruido de cosas muertas, frías.

Me gustaría ver hundirse esas piedras.

Me gustaría ver cómo atraviesan el hielo.

Pero el escudo blanco aguanta.

No quiere que ensucie su alma líquida.

No quiere que vierta en él mi rabia sólida.

No quiere que haga de su lecho

el cementerio acuático de mi frustración.

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Creo que hace ya bastante tiempo

que mi cerebro me pide lo mismo:

un poco de paz. De tregua, al menos.

Pasar a otra maldita cosa.

Asumir que hay imposibles.

Pero pese a ello y a que un jubilado

me increpa en finés desde la otra orilla,

sigo arrojando piedras al lago.

A los lagos: al Päijännen y al mío.

Quiero ver hundirse a esas piedras.

Hay que dar sepultura a las cosas muertas.

Necesito ver cómo el lago se las traga.

Verlas desaparecer bajo las aguas

para no emerger nunca jamás.

Y después que el hielo se cierre de nuevo

separando para siempre mi nueva vida

de los pesados cadáveres de las anteriores.

Y arrodillarme sobre el cristal azulado,

y frotarlo con las manos hasta pulir un círculo,

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y contemplar mis viejas amarguras ahí abajo,

en el fondo pálido, entre peces dulces.

Por eso sigo lanzando piedras al lago.

Creo que el hielo empieza a resquebrajarse.

19

FINLANDIA

No sabía muy bien qué hacía en Helsinki y además llovía.

Tenía la cabeza congelada y al mismo tiempo en llamas.

Desprendía humo, o vapor, o vida, o muerte, lo que fuera.

Lo veía en mi reflejo en los escaparates iluminados.

Solo eran las tres de la tarde y ya estaba oscuro.

Se acercaba la navidad. Allí la llaman jolu no sé qué.

Los finlandeses la viven de manera extrema, orgiástica.

Es su 4 de julio. Su oktoberfest. Sus sanfermines nevados.

Engalanan sus casas, van al trabajo con gorros de Papá Noel.

Y cualquier cosa vendible lleva el prefijo jolu desde octubre.

Joluperfumes, joluvídeoconsolas, jolupatésdereno, jolulencería.

Jolucervezas. Sobre todo jolucervezas, joluvodkas, jolugüisquis,

jolutequilas, joluchampanes, joluginebras, etc.

Cómo bebe esa gente. No he visto cosa igual en mi vida.

Así que todos aquellos rubios medio borrachos bajo las luces

dando traspiés alrededor de las tiendas Alko,

licorerías con videocámaras y guardias de seguridad.

Todas aquellas rubias cantando borrachas por las calles,

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más luminosas que todas las luces de colores de la ciudad,

sus risas como campanillas del trineo de Yulupuki.

Y yo había calculado mal; no me quedaba un céntimo, joder.

9 euros y medio una copa de vino de garrafa, joder, joder.

Me metí en una iglesia para pasar un rato gratis a cubierto.

No había nadie. El silencio me abrazó y dije Gracias en voz alta.

El eco me devolvió mi voz. Me pareció extraña, claro.

Me pareció el sonido más raro que jamás hubiera oído.

Bueno. Todo allí dentro era de madera clara, limpia.

Las ventanas, las lámparas, el techo, las paredes, el suelo.

También los bancos. Me senté en uno a mitad de la nave.

Jesús me miraba clavado a las alturas, pero no me dijo nada.

Yo a él sí:

Hola, Jolucristo.

Esperé su respuesta durante un buen rato, educadamente.

No llegó. Pero el mundo es de los perseverantes, e insistí:

Hola, Jolucristo, me vendría bien algo de pasta;

quiero pasarlo bien como esa gente de ahí fuera;

quiero dinero inflamable para calentar diciembre,

euros que ardan de maravilla para quemar esta ciudad;

podrías currarte un milagro, tío;

anda, Jolucristo, cúrratelo: bendíceme.

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Y contra todo pronóstico ocurrió. El milagro se produjo.

Con celestial nitidez escuché la voz del hijo de Dios:

El cepillo, capullo, ¿es que no ves el cepillo?

Y

miré bien y sí: lo vi en un rincón, junto a una batería de velas.

Y

me levanté, me levanté como un nuevo Lázaro,

casi en contra de mi voluntad me levanté del banco

y corrí, levité por el pasillo hasta aquella caja plana.

Tenía cerradura pero lleno de fe probé a alzar la tapa,

y, oh, sí, se alzó, se abrió para mí como la puerta del cielo.

Hundí mis manos en sus tripas calientes y hermosas.

Me llené los bolsillos con aquellos billetes y monedas.

Cuatrocientos seis divinos euros con ochenta y tres céntimos

con los que adelanté tres noches más en el hostel,

llené la pequeña nevera de comida y bebida,

me compré un gorro verde con doble forro

y

salí por ahí a predicar el amor y la paz en el mundo,

y

te mandé una postal.

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El Resplandor

Siempre estoy observando

por eso cuando salgo al porche esta tarde en realidad ya noche

cerrada

a

fumar un cigarro apresurado por el frío

y

oigo a lo lejos los golpes de stick

los golpes del puck contra la chapa

me subo la cremallera del anorak y me dirijo a la pista de hielo

Mientras recorro calles oscuras desiertas

me la imagino como un enorme zafiro pálido bajo las torres de

focos

una isla de luz en mitad de la noche

y los chavales deslizándose por su superficie tersa

ágiles

jóvenes

llenos de vida

veloces siluetas negras surcando el azul brillante

con decisión

con valentía

exhalando al cielo nubes de vaho densas y blanquísimas

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y tan preciosas como todo lo que se desvanece ante los ojos

tan preciosas como tú ahora mismo, a miles de kilómetros y me- ses de silencio

Entonces me detengo

Sé que si llego a la pista de hielo no será esa imagen la que con- temple

habrá torpeza y resbalones y caídas

habrá apatía y duda y error

habrá cierta clase de miedo

Habrá todas esas cosas que se revelan de cerca

todas esas cosas sobre las que me gusta o no puedo evitar escri- bir

El puck no alcanzará su destino más que una vez de cada cien

el resto será esfuerzo inútil

patinaje a la deriva sobre la pista

cuchillas rajando en balde lo que una vez fue una piel suave y per- fecta

No habrá nubes de aliento limpio sino nubes de humo gris, como las mías

Así que me doy la vuelta y desando mis pasos

hoy no quiero mirar, observar, analizar y concluir

hoy me quedo con el resplandor imaginario de la pista de hielo

esa irradiación azul celeste

una burbuja luminosa retando a la oscuridad

24

un

bastión de neuronas centelleando eléctricas e irreductibles en

mi

cerebro gris

una frágil bóveda de cristal bajo la que todo es posible

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Abetos.

Abedules.

Infinitos de nieve.

Ahora mismo

SUOMI

tres mil setecientos kilómetros

separan mi destino de tu origen.

Cojo el tren para alejarme un poco más.

Todavía y siempre un poco más lejos en los mapas.

Jämsä.

Lapua.

Nivala.

Sigue sin ser suficiente.

Pongo un poco más de hielo de por medio.

Raahe.

Oulu.

Mañana al anochecer: Rovaniemi. La aurora.

Miraré los inmensos neones cósmicos en el cielo

por ver si así olvido las luces estroboscópicas

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de la disco subterránea en que te conocí.

Pero me temo que será inútil.

Me conozco y sé que no servirá de nada.

Mis engranajes no son de metal frío.

No soy un instrumento científico,

preciso, fiable, infalible.

Ojalá lo fuera. Pero no.

Soy una brújula de carne,

y mis nervios señalan el calor de tu sur sudeste.

Poderoso campo magnético, tu nombre.

Invencible.

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JARI

Estábamos en Lahti a 18 bajo cero,

buscando unas botas polares.

Las que habíamos comprado en Decathlon

resultaban tan útiles como unas sandalias

en el invierno finés.

Y también estaba el viento.

Aquel puto viento: una máquina cortafiambres.

Y nieve sucia,

en realidad hielo,

hielo sucio en el suelo y en el cielo,

hielo color agua de cubo de fregona en las nubes

y en las aceras,

aceras amplísimas,

aceras anchas como autopistas,

aceras que habrían podido conducir con desahogo

cualquier marcha verde, o negra, o amarilla o arcoíris

y por las que

sin embargo

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no deambulaba más de una docena de locos o valientes,

sacudidos por el vendaval.

Dios santo,

dijo mi colega,

creo que se me ha congelado una oreja.

No nos acostumbrábamos a aquel frío despiadado,

éramos españoles,

éramos de la orilla del Mediterráneo,

éramos naturales de la tierra de las flores, de la luz y del amor,

donde la temperatura nunca baja de los diez grados.

Yo, por mi parte, no sentía ni uno solo de los dedos.

Eso de ahí parece un bar,

dije haciendo un esfuerzo por señalar con el brazo;

temí que se me rompiera como una estalactita;

vamos.

El local estaba prácticamente vacío.

La decoración era surrealista:

un oasis.

Palmeras,

arena en los rincones,

siluetas de camellos en las paredes,

una laguna artificial del tamaño de un mantel.

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También hay desiertos helados; tenía cierto sentido.

Nos dirigimos a la mesa más alejada de la entrada.

Tiritábamos.

Vino la camarera y le pedimos café, café bien cargado.

Nos trajo un tazón de agua negra a cada uno.

Los fineses llaman a eso café, pero no lo es.

Nos dio igual;

estaba caliente. Hervía.

Qué maravilla.

Había un tipo en la barra de espaldas a nosotros,

evidentemente borracho.

La cabeza se le balanceaba sobre los hombros,

no paraba de balbucir para sí mismo

y a ratos se entretenía dando vueltas en el taburete giratorio.

El tipo me sonaba vagamente,

pero era imposible que lo conociera;

estábamos en Lahti, joder, a 4 mil kms de casa.

En una de esas vueltas reparó en nuestra presencia.

Se encaminó hacia nuestra mesa dando decididos tumbos,

un copón gigantesco en la mano,

se sentó sin que nadie le invitara y dijo en tono enfadado:

###### ########### ####### ############.

30

Por supuesto no entendimos una palabra,

así que:

Hello,

le contestó mi colega a lo que fuera que hubiera dicho,

y enseguida, dirigiéndose a mí:

Oye, no sé de qué pero yo conozco a este tío.

Y yo, macho, y yo,

le dije;

qué marcianada.

Entonces el borracho nos sacó de dudas.

En

un inglés cristalino dijo:

I’m Jari Litmanen, motherfuckers.

Mi

amigo y yo nos miramos pasmados,

volvimos a mirar al tal Jari,

y de nuevo escrutamos mutuamente nuestras caras

en busca de veredicto.

Hostia puta, era él: Jari Litmanen,

el mejor futbolista finés de todos los tiempos.

Era impresionante.

Allí estaba la leyenda del Ajax, a nuestro lado,

borracho como una cuba

maldiciendo al equipo de Lahti,

su ciudad natal,

por no haber querido renovarle el contrato.

Solo tengo 44 años, joder,

se lamentaba;

yo jugué en el Barça, joder,

soy mejor que cualquiera con las piernas atadas;

y ahora estos cabrones dicen que estoy viejo

Se empeñó en invitarnos a una ronda.

Luego a otra y a otra y a unas cuantas más.

Cantamos canciones pop en su lengua cacofónica.

Nos contó turbios secretos de grandes jugadores.

Quiso que acabáramos la fiesta en su villa de las afueras.

Ya era noche cerrada.

Subimos los tres a su Hummer blanco blanquísimo,

un enorme copo de nieve metálico y rugiente.

Estuvimos a punto de matarnos tres veces

en aquella carretera helada.

Pero de algún modo conseguimos llegar a la casa.

Seguimos bebiendo y cantando.

Jugamos al Fifa en la Play.

Jari hizo que su clon virtual marcara 15 goles

en un solo partido.

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A través de la ventana veíamos las pocas luces de Lahti.

El campo de fútbol,

allí a lo lejos,

estaba a oscuras.

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ADRIANO CELENTANO

Ahora es verano, entonces invierno

pero me he acordado leyendo a Paasilinna

Cruzábamos el Báltico

4 de la mañana Tallin-Helsinki

después de recorrer Estonia

menos doce grados

todo el mundo borracho a bordo del

Viking 2

nueve alturas

un bar en cada una

aquella gente, cómo bebía

cuando un viejo dijo:

Impresionante

##### ########### ######

############### #####

o algo por el estilo

en su lengua consonántica

como un añico de cristal

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Una chica nos lo tradujo:

El Viking 1

un ferry gemelo

naufragado hacía unos años

1.000 muertos

“De vez en cuando

todavía emerge algún coche”

Miré por la ventana

Solo aguas negras

y una boya iluminada a lo lejos

una tenue crisálida azul

algo así como una luciérnaga de niebla

En cierto modo parecía un ser vivo

Pero no lo era

Durante tres o cuatro segundos

imaginé el ferry

justo debajo de nosotros

repleto de

huesos

ladas

y volkswágenes

Luego nos pedimos un par de cervezas

en el pub inglés de la planta 6

A fin de cuentas

estábamos allí para pasarlo bien

Como todo el mundo

Éramos turistas

Como todo el mundo

En el hilo musical Adriano Celentano

De eso también me acuerdo

Quizá fuera de lugar en mitad del norte

pero seguramente no

Siempre me ha caído bien ese tío

SUOMI ES LIBERTAD

Estaban los bosques.

Estaban los paisajes infinitos,

estaban los bosques,

los bosques, los bosques, los bosques sin pausa

y los lagos a millares y más bosques

pero la sensación de libertad genuina

la experimentaba en casa,

delante del televisor a la hora del informativo,

la presentadora hablando,

mirándome a los ojos y

hablando, hablando, hablando sin pausa

en su lengua preciosa e indescifrable

y yo ahí sentado a la luz nívea de la pantalla,

sin entender una sola palabra,

libre de imaginar que cuanto salía de su boca

eran buenas noticias.

Las mejores.

37

IVÁN ROJO (Valencia, 1976). Autor del libro de relatos Pantano (Sven Jorgensen, 2014), del libro de relatos y poemas La vida salvaje (Rasmia, 2015) y de la novela Ultraligero (Rasmia, 2016). Ha partici- pado en las antologías La Locura (Neurótika Books, 2015), Música de ventanas rotas [Homenaje a John Fante] (Dalya, 2016) y Diez mil caba- llos de guerra (Versátiles Editorial, 2016). En 2014 fue becado para una estancia de un mes en la residencia Villa Sarkia para escritores y traductores de la Fundación Nuoren Voiman Liitto, en la ciudad de Sysmä, Finlandia, donde trabajó en el desarrollo de un poemario titulado León de Invierno.

Tiene un blog de relatos y poemas: http://ivanrojo.wordpress.com