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República Dominicana y Haití, dos Estados en una misma isla con dos idiomas, que han

vivido una conflictividad histórica generada la mayoría de las veces por el colonialismo
europeo (siglos xvi-xix), el norteamericano (siglo xx) y los correspondientes proyectos
recolonizadores o neo colonizadores.

Para liberarse del colonialismo, ambos países están llamados hoy a construir relaciones
armónicas, crear una fraternidad-sororidad intercultural, trabajar por un proyecto
ecológico insular, contribuir a un desarrollo sostenible, salvaguardar la biodiversidad
amenazada por megaproyectos extractivistas, cultivar la cultura de la vecindad, que
comporta la práctica de la inter solidaridad, trabajar por una cultura de paz, y resistir
frente al imperialismo y el colonialismo desde la identidad afro caribeña común y el
empoderamiento como pueblos libres.

La filosofía de la religión analiza la racionalidad o


irracionalidad de las afirmaciones religiosas. La fenomenología de la religión
estudia los elementos comunes de la experiencia religiosa a partir
de las plurales y complejas manifestaciones del fenómeno religioso: lo sagrado,
el misterio, la actitud religiosa del sujeto, etc. La psicología de la
religión estudia el impulso religioso, su origen y evolución y sus motivaciones:
consuelo, necesidad de protección, anhelo de trascendencia, búsqueda
de sentido.
La historia de las religiones muestra la gran creatividad mítica y simbólica
de la humanidad y su capacidad para plantear las preguntas sobre
el origen y destino del mundo, el sentido y sinsentido de la vida y de la
muerte, y buscar caminos de salvación, tanto histórica como trascendente.
La antropología de la religión estudia la religión como sistema cultural,
simbólico, moral, de creencias y de acción. La sociología de la religión
analiza la relación de las creencias religiosas con la sociedad, así como sus
funciones sociales2.

He aquí algunos de los desafíos que conforman el cambio de era que


estamos viviendo y que son especialmente significativos para el presente
y el futuro de las religiones y de las teologías:
— La pobreza estructural y la creciente desigualdad, que constituyen
«el mal común» y dan lugar al estado de malestar, y los movimientos de
lucha contra la pobreza.
— La crisis y el letargo de la democracia, sometida a la dictadura
de los mercados, y los movimientos de despertar de la democracia
participativa.
— La globalización neoliberal excluyente, la globalización posliberal
y contrahegemónica y los movimientos alterglobalizadores.
— La pervivencia del patriarcado, en alianza con otros sistemas de
dominación, las discriminaciones de género que desembocan en violencia
contra las mujeres o, por mejor decir, en terrorismo patriarcal, y la
respuesta de los diferentes feminismos, tanto los occidentales como los
periféricos.
— La depredación de la naturaleza, el eco-cidio y la nueva conciencia
ecológica que da lugar al paradigma holístico eco-humano.
El armamentismo, el terrorismo global y la construcción de una
cultura de paz.
— El choque de civilizaciones, la diversidad cultural y el diálogo simétrico
entre cosmovisiones, culturas y saberes.
— La proliferación y el fortalecimiento del fascismo social, el debilitamiento
de los procesos democráticos y la democratización de la democracia
como alternativa.
— El imperialismo cultural, que desemboca en epistemicidio, y la
reconstrucción cultural alternativa.
— La mercantilización de la vida, la cosificación del ser humano, la
depredación de la naturaleza y la desmercantilización de las relaciones humanas
y con la naturaleza como respuesta.
— Los fundamentalismos religiosos y los deicidios, el pluriverso religioso
y el diálogo entre religiones y espiritualidades.
— La cultura de los derechos humanos y su sistemática transgresión.
— Las diferentes formas de increencia religiosa, la idolatría y el despertar,
con frecuencia patológico, de las religiones.
— La posmodernidad, la cultura, la sociedad y la vida bajo el signo
de la liquidez y la teoría de la complejidad como alternativa.
— Las migraciones y sus respuestas: la xenofobia y el racismo o la
hospitalidad y la acogida.
— La injusticia cognitiva global y la justicia cognitiva alterglobalizadora.
— Los modelos capitalistas de desarrollo y progreso, presentes en las
mentalidades, las prácticas políticas de los gobiernos, las instituciones internacionales
y las corporaciones privadas, y los movimientos de resistencia
activa frente a dichos modelos.
— El colonialismo, el neocolonialismo, los movimientos descolonizadores, y las teorías poscoloniales y
decoloniales.

La pervivencia del proyecto cultural colonial se retroalimenta y refuerza


con otros sistemas de dominación como el patriarcado, el capitalismo
global, el desarrollo científico-técnico de la Modernidad, el antropocentrismo
depredador de la naturaleza y los diferentes fundamentalismos.
Por eso es tarea prioritaria descolonizar, lo que significa erradicar
de las relaciones sociales toda forma de dominación basada en la dialéctica
superioridad-inferioridad tanto a nivel individual como colectivo.

En América Latina, por ejemplo, asistimos a importantes avances en


los procesos de descolonización y despatriarcalización a través de los cambios
constitucionales, las nuevas formas de participación política, el reconocimiento
del protagonismo de las mujeres, de los pueblos indígenas,
de las comunidades afrodescendientes y del campesinado como actores de
transformación social y sujetos de ciudadanía, de la que antes se veían
privados. La descolonización avanza a buen ritmo y se concreta en la liberación
de la dependencia de las grandes potencias, la afirmación de la
dignidad nacional de los pueblos, el reconocimiento de la identidad plurinacional
de los Estados y el cuestionamiento del sistema capitalista.
Ahora bien, el proceso de descolonización no está terminado. Tiene
no pocas carencias y sigue constituyendo un desafío fundamental y una
tarea prioritaria. Sugiero algunas propuestas que pueden contribuir a llevarlo
a feliz término:
— Cuestionar las visiones que se han centrado en la descolonización
política y económica, pero han descuidado la interseccionalidad del poder
colonial: etnia, género, sexualidad, cultura, religión, y tomar en consideración
el estrecho e indisociable vínculo entre racismo, imperialismo,
prácticas e ideologías patriarcales en los procesos de descolonización.
— Elaborar teorías poscoloniales que incluyan las categorías antes
indicadas y ofrezcan nuevas herramientas de análisis más acordes con la
diversidad cultural de los pueblos.
— Crear nuevas estrategias de lucha para construir sociedades descolonizadas
inclusivas, interculturales, interétnicas, interreligiosas e interidentitarias,
sin que ninguna cultura, religión o etnia sea hegemónica.

El discurso poscolonial es «un conjunto de esfuerzos, principios, actitudes,


fuerzas y procesos que buscan transformar la posición marginalizada
de sujetos y sociedades dentro de una perspectiva global [...]. Es
un discurso antisistémico, no teleológico, ni necesariamente oposicional,
cuyo interés radica en deconstruir binarismos, interrogar linearidades y
facultar sujetos marginalizados»
Durante las últimas décadas se han desarrollado importantes discursos
poscoloniales y decoloniales que tendré muy presentes como guía
teórica a la hora de estudiar el giro descolonizador de las teologías del
Sur. Entre ellos cabe destacar la descolonización de las ciencias sociales
(antropología, sociología, historia, economía) los Subaltern Studies [estudios subalternos], de
intelectuales indios, la filosofía latinoamericana de la
liberación, los estudios poscoloniales y las prácticas políticas de descolonización
de Aimé Césaire y Frantz Fanon, los estudios sobre prácticas políticas
y crítica cultural, el proyecto Colonialidad-Modernidad, la teoría
del Encubrimiento del Otro y de la trasmodernidad, las epistemologías del
Sur, la teoría del orientalismo y el feminismo decolonial. Ofrezco a continuación
las principales líneas por las que discurren dichos estudios

«el robo de la historia» Goody (2011) se refiere a


la apropiación de la historia y del humanismo por parte de Occidente, a la
imposición de sus propias versiones del tiempo, del espacio y de la historia,
así como de sus valores e instituciones, y a la conceptualización y presentación
del pasado conforme a lo ocurrido «a escala provincial en Europa
», que se impuso a todo el mundo. Y ello con la habilidad de ocultar
la continuidad y las similitudes con los valores y las instituciones de otros
lugares del mundo.
El «robo de la historia» es obra de determinados eruditos, pensadores
e historiadores occidentales que han impuesto —o al menos lo han
intentado— sus propias categorías a otros pueblos a la hora de narrar
e interpretar la historia de la humanidad. Dicho robo se traduce en la
dominación colonial que justifica el trato desigual a los otros, a los diferentes,
alegando, por ejemplo, el carácter dinámico de Occidente y la concepción
estática de Oriente.

Césaire critica la civilización europea, a la que


califica de decadente, herida y moribunda, y la considera moral y espiritualmente
indefendible porque despierta sus más viles instintos de codicia,
violencia, odio racial, relativismo moral, desciviliza, embrutece, y degrada
a las personas y los pueblos colonizados.