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DEBATE: ¿IGUALDAD DE POSICIONES O IGUALDAD DE

OPORTUNIDADES?

Por François Dubet* Fuente: el Diplo

Elegir para actuar


El editorial de el Dipló de enero puso en cuestión la perspectiva liberal de igualdad de
oportunidades defendida por el gobierno de Mauricio Macri. En este debate, el
sociólogo François Dubet, responsable de haber reintroducido el tema en la discusión
europea, analiza las diferentes concepciones de igualdad.

as sociedades democráticas que afirman que todos los individuos “nacen


libres e iguales” se dividen en dos grandes concepciones de justicia social:
la primera apunta a reducir las desigualdades entre las posiciones (o
resultados) sociales, entre los ricos y los pobres; la segunda busca
promover la igualdad de oportunidades para que cualquiera pueda
acceder a cualquier posición social. Ambas concepciones parten de un
problema común: buscan reducir la tensión fundamental entre, por un
lado, la idea de la igualdad de todos, y, por otro, las desigualdades sociales reales
surgidas de las tradiciones, la competencia de intereses y el funcionamiento “normal”
de las sociedades modernas y más o menos capitalistas. Estas dos grandes soluciones,
la de la igualdad de posiciones o resultados y la de la igualdad de oportunidades,
apuntan a reducir ciertas desigualdades sociales para volverlas aceptables, cuando no
perfectamente justas.
El primer modelo, la igualdad de posiciones, está centrado en el conjunto de
lugares ocupados por los individuos, sean estos hombres o mujeres, miembros de las
minorías visibles o de la “mayoría blanca”, más cultos o menos cultos, más jóvenes o
menos jóvenes… Esta representación de la justicia social invita a reducir las
desigualdades de ingresos, de condiciones de vida, de acceso a los servicios y de
seguridad que están asociadas a las posiciones sociales que ocupan individuos muy
diferentes en numerosos aspectos: las calificaciones, el sexo, la edad, el talento… El
objetivo es corregir la estructura social más que fomentar la circulación de los
individuos entre las diversas posiciones desiguales.
En este esquema, la movilidad social –la posibilidad de cambiar de posición a lo largo
de las generaciones– es una consecuencia indirecta de la relativa igualdad social, pero
no es la prioridad. Para decirlo en pocas palabras: no se trata de prometer a los hijos
de los obreros que tendrán tantas posibilidades de convertirse en ejecutivos como los
hijos de los propios ejecutivos, sino de reducir la brecha en las condiciones de vida y
trabajo entre los obreros y los ejecutivos, entre los asalariados y los patrones. Los
sindicatos y los partidos de izquierda, y en América Latina los partidos populistas,
fueron en general los que impulsaron este proyecto de justicia social, en nombre de
las clases trabajadoras, contra la explotación. Dicha concepción considera que el
progreso social consiste en redistribuir la riqueza de los ricos hacia los pobres a
través de los impuestos y el desarrollo del sector público.
La segunda concepción de la justicia está centrada en la igualdad de
oportunidades, la posibilidad de que cualquier individuo ocupe cualquier posición
social en función de un principio meritocrático. No apunta tanto a reducir la
desigualdad como a luchar contra las discriminaciones que obstaculizan la realización
del mérito que permite que cada uno acceda a posiciones desiguales luego de una
competencia equitativa en la que los individuos se enfrentan para ocupar posiciones
sociales jerarquizadas. Bajo esta perspectiva, las desigualdades serían justas, dado que
todas las posiciones son accesibles para todos. Y la definición de las desigualdades
sociales cambia sensiblemente, ya que éstas son vistas menos como desigualdades de
clase que como el conjunto de obstáculos que se oponen a una competencia equitativa
entre los individuos, sin que la estructura de clases sea objetada a priori.
El ideal aquí no es reducir las desigualdades sino construir una sociedad en la que
cada generación se distribuya equitativamente en todas las posiciones sociales en
función de los proyectos y el mérito de los individuos. En este modelo, la justicia
requiere que los hijos de los obreros tengan las mismas posibilidades que los hijos de
los ejecutivos de convertirse en ejecutivos, sin que se ponga en cuestión la distancia
entre unos y otros. Asimismo, implica la paridad de la presencia de las mujeres en
todos los escalones de la sociedad, pero sin que se transforme la propia escala de
actividades profesionales e ingresos. Esta figura de la justicia social también obliga a
tener en cuenta la denominada diversidad étnica y cultural, de modo que esté
representada en todos los niveles de la vida social.
Esta concepción liberal de la justicia, que apela a la libertad, la movilidad y el mérito
de los individuos, parece imponerse en todas partes, tanto a la derecha como a la
izquierda del espacio político. La lucha de clases es reemplazada por la tensión entre
incluidos y excluidos, y la educación es percibida como la principal herramienta.
Elegir

Estas dos concepciones son excelentes: al fin y al cabo, queremos vivir en una
sociedad que sea a la vez relativamente igualitaria y relativamente meritocrática. Nos
escandalizan las brechas de ingresos que separan a los pobres de los ricos, así como
nos escandaliza la discriminación impuesta a las minorías, las mujeres, los
inmigrantes y los aborígenes que no pueden cambiar de posición social porque, de un
modo u otro, están asignados a su lugar. A primera vista, no se trataría de elegir entre
el modelo de posiciones y el de oportunidades, dado que una sociedad democrática
verdaderamente justa debe combinar la igualdad básica de todos sus miembros y las
“desigualdades justas” que surgen de una competencia equitativa. Por lo demás, los
que objetan esta competencia en la economía la aceptan de buena gana en la escuela o
en el fútbol.
Sin embargo, el hecho de que queramos a la vez la igualdad de posiciones y la igualdad
de oportunidades no nos dispensa de elegir el orden de nuestras prioridades. En
términos prácticos, es decir en términos de políticas sociales y programas políticos, no
se hace exactamente lo mismo según se elija en primer lugar una u otra. Por ejemplo,
no es lo mismo priorizar el aumento de salarios y la mejora de las condiciones de vida
en los barrios populares que implementar políticas educativas para que los niños de
esos barrios tengan las mismas oportunidades que el resto de acceder a posiciones
sociales más ventajosas. Una cosa es abolir una posición social injusta y otra permitir
que los individuos puedan superarla, sin cuestionarla. Ambas cosas son deseables,
pero hay que elegir cuál hacer primero.
Otro ejemplo: en una sociedad que necesariamente debe establecer prioridades, no es
lo mismo mejorar la calidad de la oferta escolar en los barrios desfavorecidos que
ayudar a los alumnos desfavorecidos más meritorios para que tengan la posibilidad de
unirse a la elite social. En otras palabras, no es lo mismo buscar que los miembros de
las minorías etno-raciales estén representados equitativamente en el Parlamento y en
los medios de comunicación que orientar la acción política a que los empleos que ellos
ocupan estén mejor remunerados y sean menos penosos. El argumento según el cual
todo debería hacerse al mismo tiempo no resiste los imperativos de la acción política,
que obliga fatalmente a elegir lo que parece más importante y más decisivo. Podemos
desear tanto la igualdad de posiciones como la igualdad de oportunidades, pero si no
queremos contentarnos con palabras estamos obligados a elegir el camino que
consideremos más justo.
La elección se impone porque estos dos modelos de justicia social no son solamente
esbozos teóricos. En los hechos, son impulsados por movimientos sociales diferentes,
que privilegian grupos sociales e intereses distintos. No movilizan y no construyen
exactamente los mismos actores ni los mismos intereses. Una persona no se define ni
actúa de la misma manera si lucha por mejorar su posición que si busca incrementar
las posibilidades de salir de esa posición. En el primer caso, el actor generalmente es
definido por su trabajo, por su “función”, por su “utilidad”… y por su explotación. En el
segundo caso, es definido por su identidad, por su “naturaleza”… y por la
discriminación que padece en tanto mujer o en tanto minoría estigmatizada. Por
supuesto, estas dos maneras de definirse, de movilizarse y de actuar en el espacio
público son legítimas, pero no deben ser confundidas, y en todo caso tenemos que
elegir cuál priorizar. No hace falta caer en una cosificación de las clases sociales, por
un lado, o de las minorías, por otro, para comprender que una sociedad no se percibe
y no actúa de la misma manera según elija ante todo las posiciones o las
oportunidades.
Posiciones

Defender como prioritaria la búsqueda de la igualdad de posiciones no supone negar


toda legitimidad a la justicia de las oportunidades y el mérito. Pero es la perspectiva
que considero más adecuada por dos razones esenciales.
La primera es que la igualdad de posiciones, al invitar a reformar la estructura social,
es “buena” para los individuos y para su autonomía; aumenta la confianza y la
cohesión social en la medida en que los actores no se inscriben en una competencia
continua, que consiste tanto en triunfar como exponer su estatus de víctima de
discriminación para beneficiarse de una política específica. La igualdad de posiciones,
aunque siempre relativa, crea un sistema de obligaciones y derechos que lleva a
destacar lo que tenemos en común más que lo que nos distingue y, en ese sentido,
refuerza la solidaridad. No apunta a la comunidad perfecta de las utopías y las
pesadillas comunistas, sino que busca mejorar la calidad de la vida social y, por ende,
la autonomía personal, ya que uno es tanto más libre de actuar cuando no se ve
amenazado por desigualdades sociales demasiado grandes. No contradice la filosofía
política liberal, aunque lleve a controlar y limitar el libre juego del liberalismo
económico. En síntesis, la mayor igualdad posible es buena en sí misma, siempre y
cuando no ponga en cuestionamiento la autonomía de los individuos; más aun: es
deseable porque refuerza esa autonomía.
El segundo argumento a favor de la igualdad de posiciones se relaciona con el hecho
de que es probablemente la mejor forma de hacer realidad la igualdad de
oportunidades. Si las oportunidades se definen como la posibilidad de circular en la
estructura social, de subir los escalones, parece evidente que esa fluidez es mayor
cuando se reduce la distancia, cuando los que suben no tienen demasiados obstáculos
que superar y los que bajan no corren el riesgo de perderlo todo.
Efectivamente, en su propia definición la igualdad de oportunidades no dice nada de la
distancia social que separa las posiciones sociales, que puede ser tan grande que los
individuos no logren superarla nunca, exceptuando héroes de los que podemos
preguntarnos si no son el árbol de la fluidez que tapa el bosque del inmovilismo o, en
otras palabras, si no son héroes de propaganda.
A pesar de la sensatez de lo que Rawls llama el “principio de diferencia”, que invita a
que la igualdad de oportunidades no degrade la situación de los menos favorecidos,,
claramente hay que constatar que las desigualdades se profundizaron más allí donde
se priorizó la perspectiva de igualdad de oportunidades por sobre la igualdad de
posiciones. En definitiva, cuanto más valorizan las sociedades únicamente la igualdad
de oportunidades, más aceptan las desigualdades sociales reales en nombre de un
darwinismo social latente. El caso de Estados Unidos así lo demuestra: en nombre de
la igualdad de oportunidades, la desigualdad se duplicó.
En otras palabras, tenemos buenas razones para pensar que el viejo proyecto de
reducción de las desigualdades entre los gerentes y los trabajadores, entre los
empleados calificados y los menos calificados, entre los barrios ricos y los pobres
sigue siendo la mejor manera de hacer que las sociedades se vuelvan más soportables
y, a largo plazo, el camino más adecuado para promover indirectamente la igualdad de
oportunidades. Si lo pensamos a escala internacional, allí donde las desigualdades son
profundas conviene más reducir las desigualdades macrosociales que crear una
competencia de todos contra todos en nombre de la igualdad de oportunidades. La
igualdad de oportunidades se mejora cuando somos relativamente iguales. En ese
sentido, los “viejos proyectos” del movimiento obrero y la socialdemocracia no
perdieron su vigencia.
Traducción: Bárbara Poey Sowerby
* Sociólogo francés, autor de Repensar la justicia social. Contra el mito de la igualdad
de oportunidades y ¿Por qué preferimos la desigualdad? (aunque digamos lo
contrario), ambos publicados por Siglo XXI.