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“LA FAMILIA METODISTA:

UNA EDUCACIÓN CRISTIANA DESDE EL MODELO DE SUSANA WESLEY”

En el poblado de Epworth, una comunidad de Lincolnshire, Inglaterra, ahíí, Susana


Wesley educoí al iniciador del metodismo y marcoí en eí l los rasgos de su propio y
extraordinario caraí cter.

I. SU CARÁCTER.
Susana estaba emparentada con la nobleza, habiendo sido hija del doctor Samuel
Annesley quien, heredoí de su padre todas esas cualidades de caraí cter energeí tico
que transmitioí a su distinguido hijo, Juan.

Susana habíía sido educada a conciencia y conocíía el latíín, el griego y el franceí s.


Teníía gran capacidad para juzgar libros y hombres, representa uno de los
personajes maí s completos en lo mora y en lo intelectual que se pudieran encontrar
en la historia de su sexo.

En lo intelectual la principal caracteríística de Susana fue un balance perfecto de sus


facultades, a esto ella combinoí una profunda piedad.

Susana consagroí una hora cada manñ ana y cada noche al retiro completo para la
meditacioí n y la oracioí n; sus reflexiones de esos momentos fueron registradas
varias veces y presentan una feliz combinacioí n de un buen juicio con fervor
religioso.

Sus cartas estaí n marcadas con un pensamiento no solamente preciso, sino con
frecuencia profundo. La madre de los Wesley proyectoí varios trabajos literarios, y
un fragmento que auí n se conserva acerca del “Credo de los Apoí stoles”.

II. SU MARIDO.
Susana se casoí con el Reverendo Samuel Wesley, allaí por el anñ o de 1689 cuando
contaba alrededor de 19 o 20 anñ os de edad.

Samuel Wesley nacioí en Whitchurch en 1662, y fue siete anñ os mayor que ella. El
caraí cter de este hombre contrastaba con el de Susana, pero compartioí plenamente
su independencia.

Despueí s de una breve residencia en Londres lo encontramos en una capilla del sur
de Ormsby, cerca de Epworth, con un salario de 50 libras al anñ o. Aquíí su familia
aumentoí a seis hijos. EÉ l dice en una carta al Arzobispo de York que soí lo obteníía 5
libras en seis o siete anñ os juntos y un hijo, al menos, por un anñ o.

El Marqueí s de Normandíía le otorgoí en ese tiempo una parroquia, pero un ejemplo


caracteríístico de su conducta lo llevoí a la renuncia.

La dedicacioí n de uno de sus trabajos a la Reina Maríía le permitioí a Samuel Wesley


la rectoríía de Epworth, en donde, con 200 libras anñ o y los productos de sus
trabajos literarios, sostuvo y educoí a su numerosa familia, en la que nacieron 19
hijos.

Por razoí n de una pequenñ a deuda que al momento no podíía pagar, Samuel fue
arrestado cuando dejaba su iglesia y encarcelado en el castillo de Lincoln, en donde
permanecioí por 3 meses, pero su espííritu nunca desmayoí .

Samuel fue consolado por la fortaleza de su noble esposa. “No es que todos escribioí
nuevamente al Arzobispo puedan soportar estas cosas; pero yo bendigo a Dios que
mi esposa estaí menos preocupada en sufrirlas de lo que yo estoy en escribir, al
menos de lo que creo que vuestra gracia lo estaraí al leer”.

III. SU HOGAR.
Las imaí genes que obtenemos de la vida interior de la rectoríía de Epworth nos dan
la idea de una familia cristiana casi perfecta.

La rectoríía Epworth presenta el cuadro de una iglesia domeí stica y de una escuela
de familia. El edificio era una humilde estructura de piedra y yeso, techada con
paja. Teníía un saloí n un amplio corredor, una alacena, tres grandes recaí maras,
ademaí s de algunos apartamentos maí s pequenñ os y un estudio, en donde el rector
pasaba lo maí s de su tiempo, dejando el manejo de todos los asuntos temporales a
su mujer.

Juan Wesley expresa admiracioí n a la seguridad con que su madre llevaba a cabo los
negocios o escribíía cartas y conversaba, rodeada de trece hijos. Todos los chicos
teníían apodos en el cíírculo hogarenñ o y los motes familiares surgen carinñ osamente
por toda la abundante correspondencia de los Wesley. Se nos asegura que “ellos
teníía fama de ser la familia maí s amorosa del condado de Lincoln.

IV. SUS HIJOS.


Varios de sus diecinueve hijos murieron joí venes, pero de acuerdo a una alusioí n de
Juan Wesley, trece vivieron a un tiempo. Algunos de ellos eran notables por la
belleza, otros por el ingenio y a inteligencia.

Samuel, el hijo mayor, era poeta desde su ninñ ez, y ha dejado algunos de los himnos
maí s bellos del himnario metodista.

A Susana se le describe como “chistosa y un poco romaí ntica”.

Maríía aunque algo deforme, es descrita con un rostros exquisitamente bello


indicador de una mente casi angelical” y “uno de los caracteres maí s exaltados, llena
de sabiduríía y bondad”.

Mehetabel, es mostrada como capaz a los ocho anñ os, de leer el idioma griego, y
como festiva, llena de regocijo, de buen humor e ingenio que atraíía a muchos
pretendientes.

Carlos y Juan dieron muestras inconfundibles, auí n de pequenñ os, de su grandeza


futura. El genio natural de Juan se describe en su juventud. “Alegre, con tendencia
al ingenio y al humor”. Carlos era excesivamente alegre, activo y notable por el
valor y la habilidad en los encuentros juveniles.

Martha, aunque habitualmente seria, sino triste, teníía una memoria notable y
estaba magnííficamente dotada con los resultados de su estudio, especialmente en
historia y de poesíía.

V. SU SISTEMA EDUCATIVO.
El sistema educativo en la rectoríía ha sido la admiracioí n de todo el que ha escrito
respecto a la familia Wesley. Teníía algunos puntos extraordinarios. Era conducido
solamente por la senñ ora Wesley, quien combinaba asíí las labores de la escuela con
los otros numerosos cuidados de la casa.

Ella ha dejado una larga carta dirigida a Juan en la que describe detalladamente su
sistema educativo. “Los ninñ os, dice ella siempre tuvieron, desde que nacieron: un
meí todo regular de vivir, en las cosas de que era capaces, vestirse y desvestirse,
cambiar su ropa de cama, etc.

El primer trimestre lo pasaban comuí nmente durmiendo; despueí s de eso si era


posible, se les dejaba a costados en su cuna despiertos y se les mecíía para que
durmiesen, y, asíí, se les manteníía hasta que ya era tiempo para que despertaran.
Esto se hizo para tenerlos en un curso de suenñ o regular que primero era de tres
horas en la manñ ana y tres horas en la tarde; despueí s de dos horas, hasta que ya no
lo necesitaran.

Cuando teníían un anñ o de edad, y en algunos casos antes, se les ensenñ aba a “llorar
suavemente”. Asíí la familia vivíía, con tanta quietud como si no hubiera ninñ os entre
ellos; no se permitíía beber ni comer entre comidas, a menos que fuera en caso de
enfermedad, lo que “rara vez sucedíía”.

Los ninñ os se retiraban a las ocho de la noche y se les dejaba despiertos en sus
habitaciones, pues no existíía en la casa algo como el sentarse junto a un ninñ o hasta
que se durmiera.

Los ninñ os de Susana fueron ensenñ ados a estar callados durante la oracioí n familiar
y a pedir una bendicioí n inmediatamente despueí s, por medio de senñ as auí n antes de
que pudieran arrodillarse o hablar.

La escuela familiar se habríía y se cerraba con cantos. A las cinco de la tarde todos
teníían un momento de retiro en el que el mayor tomaba al menor que podíía hablar,
y el segundo al siguiente, a quienes leíían el salo para el díía y un capíítulo del Nuevo
Testamento.

Tambieí n ella misma conversaba, cada noche con uno de sus hijos sobre asuntos
religiosos y en algunas noches con dos, de tal forma que lo hacíía con todos los
ninñ os cada semana.

“La cobardíía y el miedo al castigo senñ ala ella, con frecuencia guíían al ninñ o a
desarrollar el habito de mentir, el cual es difíícil desligarse de la vida posterior. Para
evitar esto se hizo el acuerdo de quien fuera acusado por una falta de la cual fuera
culpable, no habíía de ser castigado si la confesara francamente y prometiera
enmendarse. Ninguí n hijo fue castigado dos veces por la misma falta; y si se
reformaba, la ofensa nunca maí s era recordada despueí s. Las promesas se debíían
observar estrictamente.

Ninguna ninñ a era ensenñ ada a trabar hasta que leyera correctamente; entonces se le
manteníía en su trabajo con la misma aplicacioí n y el mismo tiempo que ella habíía
dedicado a su lectura.

Ninguno de los ninñ os fue ensenñ ado a leer antes de tener cinco anñ os de edad
excepto una hija, la que tardoí maí s anñ os en aprender que los meses de los demaí s.

Se daba un díía al alumno para que aprendiera sus letras, y cada uno de ellos las
aprendioí en ese tiempo, excepto dos, que tardaron un díía y medio en la tarea.

Samuel, que fue el primer hijo en ser ensenñ ado asíí, aprendioí el abecedario en pocas
horas. Empezoí a estudiar el díía posterior a cumplir cinco anñ os, y tan pronto como
aprendioí las letras procedioí a deletrear el primer capíítulo del Geí nesis.

El mismo meí todo fue seguido para todos los ninñ os. Tan pronto como adquiríían el
conocimiento del abecedario, se les poníía a deletrear y a leer una líínea, luego un
versíículo y no dejaban la tarea hasta llegar a leer perfectamente la leccioí n
designada, fuera esta corta o larga. Asíí era la escuela familiar en Epworth.

La religioí n marcaba la vida cotidiana de la familia. Susana Wesley fue su pastora, y,


maí s que el rector mismo, ministro de sus necesidades espirituales.

Durante maí s de cuarenta anñ os hizo de la rectoríía de Epworth un santuario de


virtudes domeí sticas cristianas. Diez de los hijos alcanzaron los anñ os adultos. Todos
ellos llegaron a ser cristianos devotos y cada uno de ellos “murioí en el Senñ or”.

“Queí poderosa senñ ala el bioí grafo Adaí n Clarke al terminar su relato -es una
educacioí n cristiana-; y que verdadero es el versíículo: “Instruye al ninñ o en su
camino, y auí n cuando fuere viejo, no se apartaraí de eí l”.

VI. SUS ÚLTIMOS AÑOS.


Habiendo perdurado hasta septuageí simo tercer anñ o, aconsejando y dando aí nimo a
sus hijos, y habiendo ayudado a consolidar los prospectos del metodismo por
medio de la introduccioí n del ministerio laico, Susana Wesley murioí en el local de la
Fundacioí n (la primer capilla metodista abierta en el mundo).

Juan y cinco de sus hermanas estuvieron alrededor de la cama de su sana cuando


expiraba, el 23 de julio de 1742.

QUINCE CONSEJOS PARA LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS


DE SUSANA WESLEY
1. Ensenñ a a tus hijos a conocer, a amar y servir a Dios y a Cristo como su
Salvador y Senñ or.

2. Con amor, sabiduríía y firmeza quebranta la natural necedad de todo ninñ o,


asíí ayudaraí s a la salvacioí n de sus almas.

3. Ensenñ a a tus hijos a orar tan pronto como sepan hablar y a estudiar la biblia
a penas sepan leer.

4. Forma buenos haí bitos en tu ninñ o, asíí formaraí s en eí l un caraí cter ííntegro para
toda la vida.

5. Alaba cualquier esfuerzo que haga tu ninñ o por portarse bien aunque no lo
haga totalmente.

6. Has que aprenda a respetar la propiedad de sus hermanos y de las demaí s


personas de la familia.

7. Cumple las promesas pero nunca lo sobornes con falsas ofertas ni lo


intimides con amenazas falsas.

8. No permitas que tus hijos coman entre alimentos ni que coman muchas
golosinas.

9. Acuesta a tus hijos lo maí s temprano posible y enseí nñales a ser madrugadores
y puntuales.

10. Ensenñ a a tus hijos a tomar sus medicinas sin llorar y protestar.

11. Ensenñ a a tus hijos a no llorar ruidosamente, no les des nada por lo que
hayan llorado o dales soí lo lo que pidan corteí smente.

12. Infuí ndeles que primero que el juego estaí n lo deberes de la escuela.

13. Nunca dejes pasar un acto reprobable sin castigarlo debida y


oportunamente, pero no con ira, sino con justicia y con amor.

14. No lo castigues por una falta que haya confesado de la cual se haya
arrepentido, asíí evitaraí s muchas mentiras.

15. Nunca castigues a un ninñ o dos veces por la misma falta; una ves castigado,
perdona y olvida.

Tomado de: Susana Wesley: Instrumento de Dios. Abel Stevens. 2006 Casa Unida de
Publicaciones.