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E L S U I C I D I O

Se considera suicidio al acto en el que una persona realiza un proceso por el


cual ya tiene entendido, tendrá de resultado la muerte. Este acto ha sido
condenado por mucho tiempo, sobretodo en sociedades influenciadas por
ideologías que plantean la vida como la única posesión del hombre por lo que
se le debe proteger bajo toda circunstancia. La culpa y el temor son las
principales causantes de estigmatizar el suicidio. Por un lado, se tiene todo un
paradigma religioso y social que pregona el respeto por la vida y el cuerpo; por
el otro, se tiene miedo a ingresar a la muerte, pues implica un contacto con lo
desconocido. Así, el no atreverse a conocer lo desconocido y el sentimiento de
culpa por atentar contra paradigmas sociales, son unos de los principales
obstáculos de la humanidad para llegar al verdadero entendimiento. Es, sin
duda, la estigmación del suicidio, producto de los males del miedo y la culpa
que no permiten ver y comprender tal acto como una alternativa válida para la
humanidad y a la vida y la muerte como un estadio parte de una larga
existencia.

Es necesario resaltar la ambivalencia de la existencia comprendida entre


cuerpo y alma. El cuerpo es el producto de materialización de la existencia
para nuestro estadío en un mundo que se nos presenta tridimensional y que
prioriza la experiencia por encima de la sensación. El alma es justamente esa
esencia que se mantiene intacta y que trasciende cualquier estadío de la
existencia. Desde este punto de vista ya se comprende la poca importancia del
elemento cuerpo para el ser. El cuerpo resulta entonces un momento, un
objeto desechable, un accesorio, una utilería. Es así que el existir guarda en su
naturaleza el poder para declararnos en contra de la materia (cuerpo) y poder
disponer de ella como queramos, abarcando aún, la destrucción del cuerpo.
Debemos estar confiados y seguros que nuestra existencia va más allá del
cuerpo y que justamente esta existencia nos da suficiente poder para acabar
hasta con la máxima expresión de lo tangible.

La mayoría de religiones, aunque por sentido común acepta la posibilidad del


suicidio, condena a cualquier suicida en el estadío inmediato a la vida.
Entienden la posibilidad del suicidio, pero le atribuyen cierta carga negativa. Es
el poder, pero no deber. Todo esto basado en la interpretación que ellos
mismos hacen de un Dios que nos ha regalado la vida y por lo tanto no
tenemos derecho a intervenirla. Ir contra tal dogma, genera un sentimiento de
culpa incontrolable que asegura el cumplimiento del mandato. Además, hay
que considerar que esta culpa no sólo se aplica a los creyentes; sino también,
aunque con menos fuerza, a todos aquellos individuos a los que llega el
mensaje. Sin embargo, tal interpretación es una incompleta. La mayoría de
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religiones solo relaciona el regalo de la existencia a un elemento material
(cuerpo) que se mueve dentro de un universo también material. La verdad es
que Dios nos ha dado una existencia mucha más rica que la materia y nos ha
hecho poseedores de una realidad impalpable, pero que si se puede percibir,
sentir. Es justamente el aferro a la materia lo que destruye el argumento
religioso, pues es el mismo Dios el que nos concede la facultad de desechar la
materia, sin que esto signifique el fin de nuestra existencia. Simplemente nos
da la posibilidad de retirarnos de una pequeña parte que implica el existir.

Uno debe entender, que uno no existe para defender el cuerpo, sino la
dignidad que es parte de nuestra esencia. El filósofo Séneca nos dice que de
nada sirve vivir dentro de este mundo, si, en realidad, esta vida no produce
fruto. No se trata de vivir, ni de vivir lo más posible; sino, de vivir bien y lo
mejor posible. Si en nuestro paso por la humanidad, nuestra dignidad se ve
afectada y llega al punto en el que se desvalora el cuerpo y la moral de manera
irreversible, lo más lógico es que nuestra humanidad carezca de sentido y que
es hora de acabar con ella. Otro punto que desvalora la existencia humana es
el sufrimiento. Una vida no se le puede considerar digna si el sufrimiento es el
protagonista. El estadio por la humanidad se nos ha posibilitado para
disfrutarlo y aprender de él. Si este goce es reemplazado por el dolor
incontrolable, obstaculizará el aprendizaje. La supresión del goce y el
aprendizaje tumba el sentido del existir como humano. Ahora, quiero dejar en
claro que no solo me refiero a un sufrimiento meramente físico, sino también al
sufrimiento moral, de conciencia. A veces sentimientos que degradan el alma
se apoderan de nuestro cuerpo y atacan la dignidad humana. ¿Qué tipo de vida
terrenal le espera a un individuo que la depresión o la extrema ansiedad se
han apoderado de él? No una muy buena, ni productiva, ni mucho menos útil
ni provechosa para sus pares. Es ahí que uno se debe dar cuenta que su
estadio terrenal ya no tiene sentido, por lo que debe acabar con su elemento
corpóreo.

También, se debe entender que el suicidio no es una decisión espontánea, si


no que es producto de una reflexión. Nadie se suicida porque se le antoja; sino
porque hay una causa que impulsa la motivación del acto. Tal causa es
debidamente analizada para encontrar salidas alternas. Un sociólogo de
apellido Durckheim, tras hacer un estudio del suicidio por diferentes países,
apunta que el acto suicida no es propio de locos y que el suicidio es resultante
de un condicionamiento conjunto que implica sociedad, familia y religión. Yo
creo que lo que está tratando de hacer el autor es justificar el suicidio apelando
que es un acto que tiene como causas agentes externos al individuo. Esto
limpia al humano, pero no limpia al acto en sí de culpa. Es por esto que yo
considero que, en efecto, el suicida no está vinculado con alguna patología
psiquiátrica (interna), pero que si está relacionado a una locura que se le
atribuye desde afuera. La sociedad, que está inmersa en paradigmas que

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glorifican el cuerpo antes que el alma, consideran “locos” a aquellos que
tengan otra línea de pensamiento. Es así cómo el adjetivo de “loco” recae en
un individuo con pensamientos suicidas o a favor del suicidio. Sin embargo esta
locura es no es razón de vergüenza, sino, de convicción y orgullo. Afirmar una
creencia que va en contra de lo estandarizado y defender esa posición es
reflejo de un correcto orden de vida que se caracteriza por priorizar el saber
intrínseco antes que el consensuado por los demás. O como dice Nietzsche, el
seguir a tu corazón.

Creo yo, además, que es de valientes aceptar el momento en el que te


encuentras en un callejón sin salida. Sin alternativas. Aferrarse al cuerpo, con
la excusa de tener la esperanza de encontrar una salida que revierta su
situación desfavorable y denigrante, sabiendo, bien en el fondo, que esto no
sucederá así es un acto de cobardía que debería ser altamente condenado.
Una persona cobarde que se aferra al mundo de los humanos no resulta más
que un estorbo para los humanos y para el transcurso de su existencia misma.
Retardar la muerte cuando esta ya sea necesaria, enlentece el proceso del ser,
el cual, repito, no acaba con la destrucción del cuerpo, sino que sigue su
proceso.

Ahora, aterrizando en la actualidad y ubicándome dentro de marco político-


legal estoy convencido que la prohibición del suicidio es un atropello a los
derechos constitucionales e intrínsecos del humano. El derecho a la vida viene
adherido al derecho a la muerte. Un humano, esta vez entendido como parte
de una nación, tiene derecho a escoger entre seguir con su vida terrena o
terminarla. Ver el suicidio como insignia de algo condenable hace interpretar la
vida como una cárcel de cadena perpetua en la que solo puedes y debes
esperar que siga su curso hasta que ya no pueda más. El hombre por
propietario de su vida es propietario de su muerte. El hombre tiene la
posibilidad de decidir cuándo desligarse a su cuerpo en el momento que éste
considere que su vida terrenal ya no tiene sentido. Me parece un acto de
injusticia social, atarle las manos a un individuo que escoge deshacerse de su
cuerpo y, en consecuencia, tenga que hacerlo de manera precaria y artesanal.
Es como si para acabar con el sufrimiento en el que ya está metido, el
individuo necesite aplicarse una última fuerte dosis de sufrimiento mayor. Al
parecer la sociedad no ve esto o simplemente, no lo quiere ver, pues le resulta
más fácil obviar alguien, o algo, que no existe.

Por último, la misma humanidad se ha entrometido con el curso “natural” de la


vida al analizar y poner en práctica técnicas que la prolonguen o ayuden a
mantener vivo a un ser cuando este ya debió haber muerto. Esta intromisión
para la sociedad no implica sentimiento de culpa ni una acción que vaya en
contra de lo “natural”; sin embargo, sí se condena la intromisión cuando el
efecto es la muerte.

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Aceptar una ideología de esta categoría implica creer en estos lineamientos
con fuerza extrema. Hace falta creerlos de verdad. Es necesaria la
autoconfianza que plantea Emerson para poder sostener un pilar que vaya
radicalmente en contra de lo estipulado por la sociedad. Hace falta
interiorizarse y encontrar las incógnitas de la vida en uno mismo. La verdad de
la sociedad es una verdad que vive en la tierra, la auténtica verdad vive dentro
de uno mismo, en la esencia. Este concepto de seguirse uno mismo, y no
seguir a los demás es mencionado también por el alemán Nietzsche. Este
plantea que el hombre debe seguir su propio instinto. Si tiene que ser esclavo
de algo, que lo sea de su propio corazón y que no lo sea de lo que le dictan los
demás. Así, puede que seas un loco denominado por los demás pero tú estarás
convencido que tus creencias son las correctas.

Diego Hernández Meneses


200920501