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Algunas reflexiones éticas sobre el poder en y desde la investigación social1

Juan Guillermo Figueroa Perea, El Colegio de México

Introducción
El objetivo de este texto es compartir algunas reflexiones sobre el poder que ejercemos al
hacer investigación, paralelo al poder mismo que nos ofrece el oficio de la investigación.
Creo que es apasionante ser investigador, pero al mismo tiempo necesitamos reconocer que
a través de la investigación se ejerce poder sobre otras personas, tanto por el conocimiento
generado como por el procedimiento seguido para obtener información. Antes de calificar
dicha influencia y proceso de una forma maniquea, es interesante recordar que el origen
de los cuidados éticos en la investigación no surgió de la genialidad de filósofos o bien de
abogados interesados en prevenir lo que puede suceder en este tema, sino de un abuso del
poder en algunos procesos de investigación. Es conocida la experiencia crítica de algunas
investigaciones clínicas y biomédicas, pero la pregunta que sugiero es si algo se puede
extrapolar al ámbito de las ciencias sociales, incluso dialogando y reconociendo sus
diferentes metodologías y objetos de estudio con respecto a otras disciplinas.
La propuesta de que haya comités de ética de la investigación social, suele generar
un temor a controlar la investigación o a poner límites a la libertad de cátedra; por ende,
algunos colegas me han dicho “deja que cada quien lo resuelva a su manera, para eso están
formados como investigadores”. Mi pregunta es ¿quién defiende a los investigados de los
investigadores? No me interesa satanizar la investigación pero sí hacer evidente, como lo
diría Foucault (1998), que en cualquier relación social hay relaciones de poder. ¿Qué pasa
cuando una persona sobre la que se ejerce poder no siente que tenga los recursos para
negociar esa relación?; ¿qué hacer cuando quien ejerce dicho poder ni siquiera se percibe
haciéndolo (o no quiere hacerlo), en parte porque no se nombra?
Me interesa proponer algunas reflexiones sobre el poder desde la investigación y a la
par en la investigación, en especial pensando en las ciencias sociales y dialogando con la
experiencia acumulada en la investigación biomédica y clínica. No las propongo como un
ejemplo a seguir, sino como una experiencia con la cual dialogar. En un primer apartado
muestro algunas posibilidades para leer de manera conjunta el binomio del poder y la
investigación social, incluyendo el aprendizaje que se obtiene al investigar, sus
consecuencias y el sentido de la devolución de la información. En el segundo apartado hago
un recuento de algunos de los principales cuidados éticos en la investigación clínica y
biomédica, con el fin de esbozar vertientes de diálogo sobre su posible significado en el
ámbito de la investigación social. El tercer apartado incluye algunas reservas y críticas que
se han planteado desde un ámbito de investigación social, en especial ante el temor de que
“lo ético” le imponga una rigidez y censura al trabajo académico y de que se trasladen
paradigmas epistemológicos que no corresponden a la dinámica de este ámbito del
conocimiento. Dado que el consentimiento informado es uno de los cuidados éticos más

1
Publicado en Catalina Denam y Carmen Castro (coordinadoras) La ética en la investigación
social. El Colegio de Sonora 2014, México, pp. 21-61.
1
trabajados en otras disciplinas y a la par uno de los que generan más cuestionamientos
desde las ciencias sociales, en el cuarto apartado propongo algunas reflexiones sobre dicho
tema con el fin de diversificar la forma de abordarlo y por consecuencia, de dialogar sobre
sus posibilidades en la práctica de la investigación social. El apartado quinto y último,
retoma la reflexión sobre el sentido de pensar y dialogar sobre el poder de y en la
investigación, a la par que presenta algunas sugerencias para seguir reflexionando en los
espacios de diferentes comunidades académicas.

1. Poder en el ejercicio de la investigación


Hablar del poder de la investigación puede parecer redundante y obvio, ya que esta es
conceptualizada como un proceso ordenado, sistemático y crítico que busca generar
conocimiento (Ander Egg 1976). Como se asume que dicho conocimiento es un bien
individual y colectivamente imaginado, son múltiples los valores que se le atribuyen.
Paralelamente, se le suele demandar a dicho conocimiento, la capacidad de ofrecer guías u
opciones para influir sobre la cotidianidad, ya sea resolviendo problemas específicos o bien
ayudando a interpretar procesos sociales. Existe una larga discusión sobre los criterios de
utilidad de los productos de la investigación, en especial cuando se piensa en desarrollos
teóricos, así como procesos de abstracción matemática o de otros tipos de razonamiento
formal, los cuales también son parte de sistemas más complejos de conocimiento y de
construcción de objetos de estudio.
No obstante, en general se reconoce como propósito y como utilidad de la
investigación el avanzar en el conocimiento y de ahí que aludir al poder de la investigación,
pretende hacer referencia a su potenciales consecuencias, las cuales pueden ser más
amplias dependiendo de la rigurosidad de los estudios, de la socialización de los mismos y
de ciertos cuidados éticos en los procedimientos seguidos para generar la información
necesaria. Paralelamente, está el componente de la necesidad de dar cuenta de los
supuestos que permiten inferir de lo aprendido en poblaciones más amplias que las
consideradas para una investigación, así como evidenciar los riesgos de generalizar más allá
de lo que el conocimiento acumulado permite, considerando su propio entorno
epistemológico.2
Ahora bien, hablar de poder en la investigación, alude al tipo de relaciones que se
establecen entre quienes participan en una investigación, desempeñando diferentes
papeles, tanto como investigadores como en el papel de personas investigadas. No incluyo
en este momento reflexivo las relaciones con ayudantes de investigador o bien entre
investigadores, pero es necesario no ignorarlas en esta dimensión.3 Dichos actores del
encuentro que posibilita una investigación suelen llegar con expectativas diferentes al
mismo, a la par que cargan con sus respectivas historias culturales, de género, de
formación escolar y disciplinaria, de pertenencia étnica y de grupos sociales, entre otras

2
Mario Bunge (2007) señala que el científico es el conocimiento más honesto, ya que se
cuestiona permanentemente a sí mismo.
3
Puede verse Aluja y Birke (2004) para una revisión de “malas prácticas” reconocidas por
los propios investigadores.
2
características que pueden permear las formas de relacionarse. Un componente adicional
es la preparación, entrenamiento y familiaridad de cada quien para conversar, nombrar y
analizar los temas sobre los que se centra una investigación, pero a la par los sentimientos
que puede tener asociados el enfrentarlo, recordarlo y nombrarlo, en lo cotidiano y ante
una persona no necesariamente conocida con anterioridad. Un elemento más es la
disposición a compartir ciertas experiencias en función de lo que la otra persona promete
que hará con dicha información, ya sea que lo comente explícitamente o que se suponga
por el papel que juega.
El origen de ciertos cuidados éticos (ya sea a través de códigos o de comités de ética)
está asociado a potenciales abusos o descuidos en los procedimientos de obtención o uso de
la información, ya sea por engañar, por obligar a participar en un estudio (coaccionado o
forzando a partir de relaciones de dependencia)4 o bien, por usar la información en contra
de la persona que la facilitó (por ejemplo no respetando cierto criterio de privacidad). En
algunos estudios clínicos el efecto negativo en la persona consiste en daños físicos no
previstos, en otras por no dejarle la opción de no ser investigados (como algunas
poblaciones cautivas) y en algunas menos documentadas, por la posibilidad de detonar
situaciones conflictivas anímicamente y sin saber cómo cerrar una conversación que pudo
haberlas generado, al margen de no haberlas producido.
No se está minimizando ni subestimando a la población o a las personas entrevistadas
en su capacidad de negociar la conversación, pero es heterogénea la forma en que procesan
experiencias vividas y es evidente que quizás las compartieron por cierta confianza que les
inspiró una persona dedicada a la investigación. Además, pueden haber optado por
socializarla ya que asumieron que si abordaban el tema dicha persona seguramente podría
decirles o acompañarles de alguna manera en una situación crítica, lo cual no siempre
sucede, precisamente porque en muchos procesos de investigación social no se discute
sistemáticamente el efecto posible del quehacer académico a través del cual se genera la
información. Es cierto que no se puede equiparar el efecto de la prueba de una sustancia
que puede generar efectos físicos de diferente magnitud, con respecto a una entrevista que
puede detonar malestares afectivos. No obstante, se reconoce que si se justifica
teóricamente la búsqueda de conocimiento, no tendría porqué obviarse alguna medida ante
reacciones inciertas, desagradables o hasta conflictivas para quien participa en una
investigación. De otra forma, la relación entre actores es desigual y puede acabar
generando abuso de poder, justificado por la representación social que se tiene de quien
investiga, la cual en muchos contextos (sin poder generalizarlo) es una imagen positiva.
Como un paso intermedio entre el poder de y en la investigación, se puede afirmar
que algunos cuidados éticos han abogado por diseñar procedimientos de devolución de la
información generada en una investigación, con el propósito de compartir el poder

4
Casos extremos son estudios que se han hecho engañando y dañando a las personas
investigadas, como la experimentación con judíos durante la segunda guerra mundial, o
bien la inoculación de microbios de infecciones de transmisión sexual a población
guatemalteca por parte de investigadores norteamericanos, con el argumento de generar
conocimiento científico.
3
adquirido a través del proceso de conocimiento, pero a la par como un reconocimiento al
aporte relevante de quienes aceptan participar en una investigación, sin que por ello se
descuiden las posibles reacciones durante un estudio. No obstante, en la práctica esto no se
ha generalizado y por lo mismo, existen interpretaciones heterogéneas sobre el significado
de devolverle algo a quien acepta participar en una investigación. Esto fluctúa entre
quienes consideran que basta con compartirles el producto derivado de una investigación
en formato académico (libro, artículo o tesis), hasta quienes consideran que se justifica
pagar o dar un obsequio para reconocer el valor del tiempo compartido (algo que algunos
cuestionan bajo el argumento de que se sesga y hasta prostituye el encuentro de la
investigación), pasando por quienes proponen identificar algunas necesidades a las cuales
se les pudiera dar respuesta (por ejemplo, información sobre el tema de estudio,
referencias a lugares en donde dialogar al respecto, o bien intervenciones sociales más
explícitas, lo cual también es objeto de disputas y de diferentes posicionamientos
políticos).
Otras lecturas argumentan que no es el papel de quienes investigan desempeñarse
como activistas, gobernantes o proveedores de algún servicio, ni como ‘potenciales
educadores de la sociedad’ explicándoles los hallazgos, ya que podrían hacerlo con menor
calidad que quienes están entrenados para ello, sino que su responsabilidad consiste más
bien en difundir académicamente su conocimiento y esperar que alguien haga uso del
mismo para devolvérselo de alguna forma (decodificado, procesado y reinterpretado) a la
sociedad (incluso, aunque no sea específicamente la misma población investigada). Una
inquietud que surge a partir de estas posturas es si debe quedar a discreción o a la suerte
que quienes participan en investigaciones reciban los resultados de investigaciones en las
que participaron o bien, de los efectos benéficos de dichos estudios. Para esto también
sería necesario contextualizar el componente de la devolución de la información.
Por otra parte, existen universidades (como la Universidad Nacional Autónoma de
México) que le piden a sus nuevos egresados, que en el momento de obtener su título
académico prometan usar el conocimiento alimentado en dicho espacio institucional por el
bien de la sociedad (Figueroa 2012); siendo parte de un trámite formal, todas las personas
efectivamente lo prometen. Sin embargo, la lectura universitaria es que quienes egresan,
en especial de universidades públicas, asumen un compromiso de ‘devolver algo’, lo cual no
siempre se delimita ni tampoco se monitorea que dicha promesa se lleve a la práctica. En
el ámbito de la investigación, algunas disciplinas (como la antropología) promueven como
deseable, éticamente hablando, dicho proceso de devolución de la información, algo a lo
que en otros textos le he llamado acompañar el empoderamiento de quienes son
investigados (Figueroa 2001), a través de lo que Freire (1971; 1973) describiría como ayudar
a tomar distancia de sí. Esto asegura que no es únicamente la persona investigadora quien
se enriquece por el conocimiento generado a través de la información compartida (tanto
por lo que aprende, como por el estatus que va adquiriendo, por las intervenciones que
puede ir identificando o bien, por la diversidad de experiencias que se viven a través del
conversar con otras personas), sino que la persona investigada se enriquece por este diálogo
u observación, pero además por un mínimo de devolución de lo aprendido. ¿Podría ponerse

4
a discusión lo que significa la jerarquía desigual con la que llegan a un encuentro de
investigación los personajes que participan en el mismo y cómo se enriquece y empodera
cada quien, en especial cuando es ambiguo el proceso de devolver información?
No obstante, decía anteriormente que los temas sensibles pueden generar tensiones
en quienes son entrevistados y ello de alguna manera puede generar un sentimiento de
fragilidad, no necesariamente intencional o buscada por quien investiga. No obstante, se ha
documentado que personas que intervienen o investigan sobre temas sensibles (como la
violencia doméstica o la violación sexual) pueden requerir de espacios de descanso, de
terapia y hasta de toma de distancia del tema, precisamente por sensaciones de agobio
ante lo compartido, por posibles recuerdos de experiencias vividas o bien, por la conmoción
que les produce enfrentarse a quienes de alguna manera también esperan una respuesta
ante lo narrado. Una temática sobre la que valdría la pena reflexionar colectivamente es
qué procedería hacer y cómo podrían interpretarse y anticiparse las reacciones de crisis en
las personas entrevistadas sobre temas que les resultan difíciles de procesar y que quizás de
saber de antemano lo que se iba a detonar, hubieran preferido no hablar del tema, en
especial si no hay calidad suficiente en la forma de abordarlo por parte de quien pregunta.
¿Habría algo que necesitarían anticipar los investigadores y sus comunidades de apoyo,
como para evitar que cada persona lo viva de manera aislada, o bien, que quienes
investigan asuman algún compromiso que evite convertirlo en un tipo de abuso de poder?
Ahora bien, limitarnos a explicitar las posibles consecuencias negativas, tensas o
críticas de una intervención académica, sería dar un panorama algo sesgado de la misma.
Más aún cuando sigue encontrándose una postura defensiva de algunos investigadores
sociales, argumentando que no existe comparación entre “las arbitrariedades, abusos y
evidencias de efectos colaterales de la investigación clínica” comparada con los procesos
de generación de información de las diferentes modalidades de investigación social (nadie
se muere por ser entrevistado, se sugiere en un texto de Dingwall 2006). Al margen de que
sugiero cuestionar cualquier pretensión de una comparación unívoca entre las
consecuencias de ambos tipos de intervenciones, ya que pretenderían trasladarse
literalmente los procedimientos de acompañamiento ético de la biomedicina y la clínica a
la investigación social (a pesar de las diferencias entre las mismas), sí sugiero documentar
los ‘resultados no deseados’ de las investigaciones sociales (sin tintes maniqueos ni con
cargas moralistas y menos con cargas de censura), tanto para investigados como para
investigadores, en tanto materia prima para construir criterios específicos de
acompañamiento ético. Para ello es necesario evitar lecturas maniqueas y de paso cargas
moralistas o cualquiera aproximación que suponga intentos de censura, a la par de que no
puede ignorarse una dimensión menos trabajada, la cual aludiría a los derechos y
prerrogativas de quienes son investigados (Figueroa 2001). Con el fin de estimular una
visión más integral del entorno de la investigación, sugiero recuperar algunos ejemplos de
lo que podría denominarse empoderamiento y desempoderamiento de quienes son
investigados, lo cual he trabajado en otras reflexiones en el marco de “la investigación
como acompañamiento de ejercicios ciudadanos” (Figueroa 2005).

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Diferentes experiencias de investigación permiten afirmar que múltiples personas
que aceptan ser parte de un estudio encuentran en una entrevista de investigación la
oportunidad de platicar por vez primera sobre temas que en algunas ocasiones no habían
compartido con nadie más. No es extraño que quien entrevista o acompaña por algún
tiempo a alguien que aceptó ser investigado, le agradezca hasta disculpándose por el
tiempo que “le quitó”. Tampoco es raro que la respuesta de quien fue entrevistado sea en
sentido contrario; es decir “le agradezco la conversación, ya que no había platicado sobre
eso con alguien cercano, ni con mi pareja, ni con amigos, e incluso, no había pensado al
respecto”.
Sin necesidad de idealizar la investigación, existen casos en donde esta acompaña a
quienes investiga en una toma de distancia sobre un tema, contexto, problema o conjunto
de situaciones de las que conforman y permean su cotidianidad. No obstante, en alguna
reflexión previa, preguntaba si no sería que a ratos los investigadores sacamos ventaja de
ciertas experiencias de soledad y de necesidad de conversar sobre sí mismos de quienes son
investigados, en especial si se saben importantes ante quien los invita a aceptar participar
en un estudio (Figueroa 2002). Si bien esto puede tener una parte de cierto, tampoco
puede descartarse una lectura en sentido opuesto y positivo, a partir de reconocer que la
investigación puede representar una compañía para muchas personas en los temas que
aborda. De ahí la relevancia de construir de manera sistemática, ordenada y crítica la
investigación (para evitar rastrear temas o enfoques que han evidenciado sus limitantes,
por lo que se evitaría quizás exponer a entrevistados a tensiones de manera innecesaria),
además de ser sensible a los parámetros de comunicación de quien la hace posible, sin
minimizar ni subestimar la forma en que los investigados procesan la entrevista.
Vale la pena retomar un ejemplo de personajes investigados y aparentemente
empoderados, como lo serían investigadores eméritos de la UNAM, a quienes se les invitó a
conversar sobre sus temas de investigación y sobre su vida cotidiana en tanto
investigadores. Las entrevistas eran parte de un proyecto de difusión de la ciencia, el cual
incluía el interés por desmitificar la vida de investigadores hombres y mujeres,
preguntándoles en una misma entrevista por aquellos temas que han concentrado su
trayectoria académica, así como por la forma en que organizan en su vida diaria los tiempos
de sus investigaciones, su vida familiar, sus aficiones, sus entretenimientos, sus momentos
de descanso y cualquier otra actividad que acostumbran realizar. La entrevistadora que
conversó con ellos tenía una larga experiencia en entrevistas dentro de proyectos de
investigación social, por lo que dialogaba con ellos sobre sus temas de estudio y sobre los
tiempos que le dedicaban a cada ámbito de su cotidianidad, incluso sondeando por
demandas de otros actores sociales relevantes, como sus parejas, sus hijos, sus amistades y
algunos familiares, pero también sobre sus compañeros en diferentes espacios laborales.
Vale la pena señalar que las entrevistas eran grabadas con su autorización, pero además
anunciándoles que serían editadas para transmitir en radio una versión con su propia voz;
es decir, sin necesidad de traducción de quien entrevistaba o de quienes editaban, aunque
sí seleccionarían algunas partes que consideraran relevantes.

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A lo largo de la entrevista, se daban momentos en que la persona entrevistada le
pedía a la entrevistadora que apagara la grabadora para hablar más libremente de ciertos
temas, pero al final no fue extraño que algunas de estas personalidades destacadas en los
espacios académicos (muchos ya tenían el carácter de eméritos como profesores o
investigadores de la UNAM o incluso del Sistema Nacional de Investigadores) le pidieran a la
entrevistadora una copia de la entrevista pues les había agradado, interesado o llamado la
atención (sin decir específicamente la razón de ello), la forma en que se habían escuchado
hablando de sí mismos, en particular sobre temas que no son el eje de muchas de las
entrevistas que conceden regularmente. La entrevistadora les comentaba que siendo una
entrevista sobre ellos, por supuesto que podría regalarles una copia de la misma, ante lo
cual varias veces le comentaron que querían regalárselas a su pareja, a algún hijo/a o bien
a otra persona relevante, argumentando que así dicha persona los re-conocería y
entendería lo que habían hecho en algunas etapas de su vida. Lo que la entrevistadora solía
comentarles es que a ella le parecía gratificante que esa fuera la percepción que tuvieran
de la conversación, si bien les sugería conversarlo de manera más espontánea con la
persona con quien querían compartirlo. El comentario recurrente era que no creían poder
reconstruir la entrevista de la misma forma, ya que les había generado una novedad y
riqueza la forma de preguntar o bien una lectura distinta a cómo se pensaban y nombraban
a sí mismos.
A pesar de la riqueza del relato anterior, la misma entrevista le generó algunos
dilemas éticos a la entrevistadora, ya que ella reconocía que por su habilidad como
conversadora, sentía que había experiencias que había obtenido que “eran demasiado
íntimas” (desde su lectura). A pesar de haber pedido autorización para grabar y de que
sabían que cualquier parte de la entrevista podría ser utilizada en su propia voz para
programas de radio, ella sentía que por la novedad del formato y de los temas de la
conversación, quizás no se habían dado totalmente cuenta de lo conversado, al margen de
ser personajes renombrados en sus respectivos ámbitos de trabajo. Es claro que no los
estaba subestimando, pero sí reconocía la influencia que ella pudo haber ejercido en la
conversación y que al escucharse pudieran sentir que “habían hablado de más”, quizás por
no estar preparados de alguna forma para este tipo de encuentros, incluso a pesar de
habérseles solicitado su ‘consentimiento’. La sugerencia de quien esto escribe fue que
intentara un ‘consentimiento informado a posteriori’; es decir, confirmar si aceptaban el
uso de la información ya compartida, dado que la persona que había realizado la entrevista
percibía que dicha información era “demasiado personal”. Si ellos la avalaban podría usarse
pero si no, se comprometía a no hacerlo, a pesar de tenerla grabada.
La entrevistadora encontró los dos tipos de respuesta: personas que agradecieron ese
filtro, pues reconocían que se sintieron tan a gusto en la conversación que “se explayaron
de más”, olvidando el uso que se haría de la información, mientras que otras también
agradecieron la atención de la alerta, pero confirmaron que no tendrían mayor problema en
su uso. No era un proyecto de investigación ni un protocolo que requiriera una firma
explícita de un permiso para hacer la entrevista, pero la conciencia de algunas referencias
éticas por parte de quien hacía las entrevistas permitió identificar esta situación

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ambivalente en términos del “poder de y en” una herramienta de investigación, como lo es
la entrevista. Es decir, incluso con personas que han logrado cierto estatus académico y
social, se presentaba un dilema: la posibilidad de reconocerse de otra forma pero a la par
la no conciencia de cierta fragilidad por “hablar de más”. Irónicamente hay aproximaciones
metodológicas que buscan privilegiar que quien es entrevistado no controle la conversación,
por el riesgo de justificarse y de no “lograr objetividad”. No obstante, ¿qué hacer con la
fragilidad detonada?, ¿requiere un acompañamiento quien la vivió sin pedirla?, ¿qué podría
sugerirse desde una reflexión ética?, ¿lo dialogamos?

2. Algunos cuidados éticos e instancias que los monitorean


Entre los temas que se han venido estableciendo en documentos que orientan la
evaluación ética en la investigación clínica en el contexto internacional, quiero destacar el
consentimiento informado, la ponderación de riesgos y beneficios al investigar, la
confidencialidad sobre la información captada, los compromisos sobre efectos asociados a
investigación y finalmente, la pertinencia de socializar los resultados de la investigación.
Me pregunto si vale la pena aplicar estos cuidados al espacio de las ciencias sociales, como
criterios éticos, a pesar de que no abundan loa códigos o comités sobre el tema, e incluso,
a pesar de las resistencias al respecto.
Es evidente que los objetos de estudio tienen diferencias, así como algunos de sus
recursos y estrategias metodológicas; sin embargo, ¿serán tan diferentes como para dejarlo
a criterio de cada investigador o bien requiere acciones explícitas desde las comunidades
académicas? En las investigaciones clínicas y de laboratorio se ponderan los riesgos y los
beneficios de lo que se investiga. Incluso en esos ámbitos se establece que si aparece un
riesgo que no se tenía contemplado, los investigadores y la institución que los apoya, se
comprometen a tratar de reparar el daño asociado a ese riesgo que ocurrió. No dicen que
aseguran que lo reparan, pues si supieran qué va a pasar quizás podrían prevenirlo, pero si
no existe una clara evidencia de que pasará, prometen hacer lo posible por repararlo.
Una pregunta más es si los investigadores sociales alguna vez reflexionamos sobre los
riesgos y beneficios de lo que estamos investigando. Sin querer hacer extrapolaciones
acríticas y menos sobre-simplificaciones de lo estudiado, puede preguntarse ¿sabemos
cuáles son los riesgos de nuestra investigación y cuáles son sus posibles beneficios? En la
investigación clínica se dice que sólo se justifica la investigación si los beneficios superan
significativamente a los riesgos. No basta que sean ligeramente superiores los efectos
positivos, ya que si es un beneficio mínimo el que se gana, se sugiere repensar si esa es una
intervención que vale la pena realizar. ¿Será pertinente este tipo de argumentación en lo
social sin pretender censurar y menos despolitizar los estudios?
Otro elemento a reflexionar es qué sentido tiene para los científicos sociales el
consentimiento informado. Muchos colegas temen que este requisito burocratice la
investigación, ya que interpretan que el consentimiento informado se reduce a los
documentos que se firman. No obstante, este cuidado ético implica mucho más que el
formato; el consentimiento informado es el proceso para asegurar que la persona
investigada es tomada en cuenta, a la par que asegura que sabe en qué está participando.

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De hecho existen dos justificaciones para el consentimiento informado (Figueroa
1999a). Una es que aquel que interviene tiene una prueba de que la persona sobre la que
intervino le dio permiso de hacerlo (y pareciera que en eso se quedan muchos formatos de
consentimiento clínico y de contratos comerciales), pero la segunda justificación es que la
persona sobre la que se interviene sabe qué está aceptando al ser intervenida. En un
debate que tuvimos en 1994 un grupo de filósofos de varios países, buscamos identificar
cuál era la mejor definición de consentimiento informado, y llegamos a la conclusión de
que no es válido un consentimiento informado si la persona que lo da no vivió la posibilidad
real de disentir sobre el objeto de atención (Isaccs, Macklin y Cook 1996). Es decir, si no
vivió la posibilidad de decir que no, lo que está haciendo es aceptando y no consintiendo.
En una institución chilena dedicada al estudio de la medicina reproductiva (Instituto
Chileno de Medicina Reproductiva) se desarrolló una investigación sobre ‘el proceso de
consentimiento informado’, proponiéndole a las personas llevarse el formato a su casa, con
el fin de que pudieran consultarlo con quien la persona quisiera y después de ello, si
decidía participar en el proyecto de investigación, la invitaban a regresar. Hubo personas
que decían que no hacía falta, pues lo que le habían explicado le parecía convincente. No
obstante, se le insistía que no importaba que ya estuvieran convencidas, pues lo que
querían era invitarlas a que tomaran distancia de este momento con el fin poder hablarlo
con alguien más en otro contexto, simplemente con alguna persona a quien le tuviera
confianza para dialogar sobre ello. Sólo después, si la persona quería ser investigada le
pedían que regresara, pero si no, no tenía que dar ninguna explicación. Es interesante,
pues quien es invitado a una investigación podría asumir que si no quiere ni le interesa debe
dar una razón válida –desde ciertas representaciones-, mientras que en este caso, le
aseguraban que si no regresaba eso bastaba para saber que no estaba interesado en el
estudio, sin necesidad de ninguna explicación adicional (Sánchez, Salazar, Tijero y Díaz
2001).
Resulta interesante que algunas de las personas que decían “yo ya estoy
convencida”, nunca regresaban. Eso puede querer decir que si se toma distancia de la
relación que genera un entorno de investigación y si se prepara de otra manera (alejándose
de la coacción que podría representar el encuentro con el investigador) para ese encuentro
podría decidirse de otra forma. Otra lectura es que no tienen la misma urgencia o
compromiso con el ser investigados, por razones de otros tiempos y prioridades, que no
necesariamente se aseguran en un encuentro rígido. Podrían hacerse otra serie de
analogías con estos y otros requisitos de cuidados éticos; por ejemplo ¿qué significa la
existencia de “poblaciones o sujetos sobre-investigados”, cuando además no siempre se
hace devolución de la información con dicha población, sino con académicos o bien con
administradores de programas gubernamentales, quienes tienen la posibilidad de influir
sobre la población investigada? ¿Existirá el riesgo de legitimar con la investigación un
incremento en la fragilidad de dichas personas, al sobre-exponerlos a los ojos de alguien
más?
Otra dimensión que quisiera proponer para reflexionar es que para cuidar el poder en
la investigación lo que se ha trabajado son tres requisitos o instancias institucionales

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(Figueroa 2005). Se han definido códigos de ética al por mayor en muchos ámbitos y el
código de derechos humanos es un ejemplo de ello. Si bien un código por sí mismo no
cambia las relaciones de desigualdad, es un avance pues se establecen parámetros, pues ya
no se dan por obvias las condiciones a ser cuidadas. Esos códigos de ética no han bastado,
por lo que en diferentes instituciones además se han creado comités de ética con el fin de
evaluar la aplicación de los códigos de ética, sobre todo porque no siempre pueden
contemplarse todos los casos posibles en dichos códigos. Por ende, se requiere de gente
que los interprete y aplique, como los abogados respecto a las leyes. Sin embargo, eso
tampoco es suficiente, pues puede haber personas que en lo general cumplen con un código
pero que en la práctica lo infrinjan, consciente o inconscientemente, dada su falta de
especificidad o sus diferentes posiciones morales, políticas e ideológicas.
Por ende, en algunas instancias se ha buscado formar éticamente a los
investigadores, a través de que exista un currículum de ética en la práctica de formar a
profesionistas, ya sea que vayan o no a dedicarse a la investigación. De alguna forma se
busca que desarrollen una sensibilidad y conciencia sobre los posibles dilemas y discursos
éticos. A pesar de ello, hay gente que se resiste porque asume que hablar de ética es una
visión moralista, autoritaria o burocrática (Dingwall 2006, Hammersley 2006 y 2009, Reed
2007, entre otros); no obstante, en múltiples facultades de medicina hay cursos de ética
médica, dentro de los cuales incluyen la categoría de negligencia médica, la cual alude a la
mala práctica que se espera sea evitada, una vez que se tiene conciencia de la misma. Una
categoría que sugiero que discutamos es la “negligencia como investigador”; ¿tendría
sentido hablar de la negligencia antropológica o bien sociológica, por poner dos ejemplos?
Para ello se requeriría hacer explícito qué se espera de alguien que ejerce dicha disciplina.5
Ahora bien, una constante de los tres recursos anteriores (códigos, comités y
procesos de formación ética) es estimular que se tome conciencia de las relaciones de
poder que emergen en un encuentro de investigación y que se reflexione que no basta
cuidar lo metodológico para resolverlos y prevenirlos. Adicionalmente, se busca hacer
evidente que la Ética no tiene un carácter moralista, sino que como una parte de la
filosofía, concentra su interés en desarrollar una reflexión sistemática sobre los supuestos
de los códigos normativos (Sánchez Vázquez 1982), a través de la cual se pueden evidenciar
dilemas, actores involucrados en los mismos, personajes considerados como autoridades
para resolverlos y a la par, sujetos no considerados explícitamente al resolver algún dilema,
a pesar de ser afectados por el mismo. Sobre eso trata la ética; no busca decir qué es lo
bueno y lo malo, ni que es aceptable y qué no; solamente analiza cómo es que se han
definido dichas categorías y desde qué supuestos, con la idea de sugerir estrategias para
evitar conflictos y para negociar lecturas diferentes para resolverlos. En una lectura crítica
de la ética, se le da un lugar especial a la preocupación de identificar a sujetos
potencialmente excluidos, por si fuera necesario reparar dichas exclusiones, o bien,
constatar que no es necesario por no considerarse autoridades en el tema (Figueroa 1999b).

5
En algunas escuelas de medicina se promete cumplir el juramento hipocrático, mientras
que en la Facultad de Psicología de la UNAM, con el código ético de dicha disciplina.
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Sería interesante reflexionar sobre el sentido de dicha autoridad en los espacios de
investigación social: ¿qué papel juegan investigadores e investigados?
Ahora bien, además de los tres recursos anteriores, he sugerido trabajar en el
proceso de empoderamiento de los investigados (Figueroa 2001 y 2005). No es que los
investigadores los empoderemos, sino que sugiero discutir ¿cómo nos aseguramos que se les
reconoce como personajes con derechos en la investigación? Hace falta discutir cómo se
defienden sus espacios en el intercambio con un investigador y cómo negocian con dicha
persona. ¿Tendrá sentido preguntarse cuántas veces le decimos a las personas que
investigamos “tiene derecho a guardar silencio, porque lo que diga puede ser utilizado en
su contra”? Esto no se refiere solamente al posible uso de los investigadores o bien de otros
lectores de la información, sino por el lugar en los propios recuerdos de la persona que es
investigada. ¿Tendrá sentido reflexionarlo desde esta aproximación?
Si una persona acepta participar en un estudio y no tiene claro qué era lo que le iba
a generar el diálogo o bien el alcance del mismo, o incluso su capacidad para procesarlo,
¿cómo lo acompañamos en aquello crítico que estimuló la entrevista?, ¿qué pasa si alguien
lo humilló y trato de borrarlo de su historia, como para poder sobrevivir y no obstante viene
una persona a entrevistarlo, con una gran habilidad para la entrevista y le dice que “está
haciendo una investigación pues va a cambiar las políticas públicas” y lo convence de
conversar al respecto? ¿Qué sucede si le pregunta y con mucha suavidad va sacando su
historia, y cuando lo va diciendo (pues le inspira decírselo a alguien), empieza a
desbaratarse y resulta que la otra persona era simplemente un investigador que no previó
qué hacer ante esto? ¿Qué pasa si le dice “perdón que la haya molestado, pero le agradezco
el tiempo que me dedicó”? ¿Qué hace esa persona con aquello que nadie le dio permiso al
otro de sacarlo o que no sabe ahora qué hacer con ello? Es decir, ¿cómo estimulamos que
las personas que participan en ‘investigación social’, no sean desdobladas de más, por lo
menos más de lo que aceptarían si supieran de qué se trata su participación?
Insisto en que no se trata de que los investigadores pretendamos empoderarlos y
menos si son personajes cuestionables en su ejercicio del poder o la violencia (por ejemplo
un dictador, un político autoritario o un asesino, entre otros), o bien cuando hay relaciones
de poder entre quien puede dar un permiso para ser investigado y la persona investigada
(que podría empoderarse a través de una investigación sensible, solidaria, pertinente,
capaz de acompañar críticamente a quien acepta ser investigado), pero me preocupa que
un investigador abuse de su posición como investigador, simplemente porque se idealiza
que en todo lugar y contexto vale la pena hacer investigación. ¿Cómo recuperar los
cuidados éticos sin forzar el objeto de estudio de las investigaciones sociales?

3. Algunas críticas y resistencias a los cuidados éticos


Antes de proceder a presentar algunas propuestas para seguir dialogando con esta
pregunta, en especial a partir de resignificar el requisito ético del consentimiento
informado en la investigación social, así como de enfatizar el de la devolución de la
información, este apartado recupera críticas de algunos sociólogos a la “lógica de los
cuidados éticos”.

11
El texto de Kate Reed (2007) se centra en la descripción de problemas burocráticos a
partir de la puesta en práctica en el Reino Unido de requerimientos éticos para
investigadores que hacen investigación social sobre salud. En una primera lectura pareciera
que cuestionara la pertinencia de la evaluación ética, pero más asociada a la burocracia del
procedimiento de evaluación que a su contenido; sin embargo, publicar un texto o
financiar un proyecto requiere también de trámites burocráticos que no son tan
cuestionados por el autor de manera tan insistente, ni siquiera por otros autores que cita
en su documento. Por ello, más adelante reconoce que quizás el gran problema es la
pertinencia o no de los criterios con los que se evalúa éticamente a la investigación social,
forzando quizás los criterios establecidos en ámbitos médicos de salud a partir de otro tipo
de objeto de estudio, más cercano a las ciencias biomédicas y a la investigación clínica.
Cuanto más desglosa la complejidad de la investigación social, en mayor medida el
autor enfatiza que no es tan simple operacionalizar los cuidados éticos con reglas y normas.
Sin embargo, alude a una serie de principios diseñados por la Asociación Británica de
Sociología (British Sociological Association 2002) y eso le permite concluir que a pesar de
los vericuetos que ha vivido como investigador en salud o de las limitantes de algunos
comités con los que ha interactuado, reconoce más bien que “hay un entendimiento muy
pobre o limitado de aspectos éticos asociados a la investigación social”, (p. 4) si bien no los
descarta, pero tampoco explicita qué entiende por “lo propio de dicha investigación
social”.
El autor reconoce y subraya un nivel de paranoia que generan ciertas prácticas
defensivas en la evaluación de la investigación, pero a pesar de ello concluye que sí se
necesitan algunos procedimientos para cuidar la vulnerabilidad en la que a ratos están
posicionados tanto los investigadores como los sujetos de investigación (pp. 4-5). Para ello,
sugiere asegurar cierta flexibilidad en la definición de normas éticas y por otra, que haya
científicos sociales en los comités de ética, ya que ello asegurará que los criterios de
evaluación recuperan preguntas más orientadas desde la lógica de las ciencias sociales.
El texto de Reed acaba sugiriendo centrarse en la declaración de “práctica ética” de
la Asociación Británica de Sociología (British Sociological Association 2002), suavizando sus
críticas a lo burocrático. Es interesante que dicha declaración contempla sugerencias que
coinciden con códigos de ética que se trabajan en ciencias biomédicas. Incluso, comienza
señalando la necesidad de que los sociólogos “estén conscientes de los elementos éticos y
que asuman responsabilidades de su práctica como tales”. (Art. 1) Si bien se señala que no
pretende ser un texto exhaustivo, sí contempla algunos principios básicos para una
“práctica ética” de los sociólogos (Art.4). Quizás una problemática básica es cómo pasar de
estos enunciados a un acompañamiento crítico, no coercitivo ni controlador de las
libertades de los investigadores, lo cual pareciera ser la principal resistencia de algunos
investigadores sociales al tema de los “cuidados éticos”, más aún cuando dicha vigilancia
está institucionalizada. Por ejemplo, en el apartado de integridad profesional se
recomienda que los sociólogos consideren los efectos y las consecuencias de su trabajo (Art.
6), lo que recuerda el cuidado “de los riesgos” de los clínicos y biomédicos, aunque esta
expresión no les parece replicable a algunos sociólogos.

12
En el apartado sobre las responsabilidades que tienen los sociólogos respecto a los
sujetos que investigan, el documento señala que el avance del conocimiento no justifica
violentar los derechos de los investigados y además contempla cuidar el uso de los datos y
la difusión de los mismos (Art. 11 y 12). Además, recomienda asumir responsabilidades
sobre el bienestar físico, social y psicológico de los investigados (Art. 13), en especial
porque reconoce que las relaciones entre ellos están caracterizadas por desigualdades en el
poder de cada quien. El documento menciona el tema del consentimiento informado por
parte de la población estudiada y reconoce el derecho a rehusarse a participar,
independientemente de la razón que tengan para ello, además de que alude al anonimato y
a la confidencialidad, a la vez que reconoce que los investigados tienen derecho a ser
retroalimentados con los resultados de los estudios (Art. 16 a 20). Sus planteamientos
coinciden con la lógica de diferentes códigos, si bien queda clara su resistencia a la
burocracia y a la exportación de parámetros de otras disciplinas que no coinciden con las
características de la investigación social.
El documento le da un buen espacio a la reflexión sobre el consentimiento
informado, como proceso y como un espacio de negociación (Art. 25); es decir, va más allá
de un mero documento que se firma como si fuera un contrato legal. Esta es una de las
principales resistencias que se han identificado en investigadores sociales sobre este
cuidado ético, tan relevante en lo clínico y biomédico, así como en “lo legal”. El
documento de la Asociación Británica de Sociología recupera y detalla algunos ejemplos de
“las consecuencias” del trabajo de la investigación sociológica, por lo que recomienda
anticiparlas y tomar acciones en consecuencia (Art. 26). Ejemplo de ello es crear falsas
expectativas, generar una ansiedad innecesaria y de paso un autoconocimiento no buscado
por quienes son investigados (Art. 27). Por ello, recomienda formas de minimizar o aliviar
cualquier molestia o incomodidad causada en quienes participan en la investigación (Art.
28). Incluso, sugiere cuidados especiales cuando los participantes en investigación pueden
ser considerados como vulnerables, por ejemplo el caso de menores de edad (Art. 29 y 30)
El documento en cuestión le presta especial atención a lo que denomina
“investigación encubierta” (Art. 31 a 33) y sugiere que esta podría venir acompañada del
proceso de consentimiento informado a posteriori (post-hoc). Aborda también el tema del
anonimato, la privacidad y la confidencialidad, sugiriendo varias estrategias para ello (Art.
34 y siguientes). No termina sin enfatizar la importancia de difundir ampliamente los
resultados y de publicarlos (Art. 60 y 61), si bien no aborda el tema de los ciudadanos como
beneficiarios de la investigación, lo que aseguraría una forma de empoderamiento.
A pesar del espíritu de este texto citado por Reed, también hace mención en su texto
a un artículo de Dingwall (2006), con el provocador título de “Confrontando a los
antidemócratas” y además, aludiendo a la “naturaleza antiética de la regulación ética de
la investigación social”. Este texto se centra en comentar los riesgos de aplicar los cuidados
éticos desde el modelo de la investigación biomédica para el caso de la investigación social.
Para eso, comenta de manera algo drástica que la investigación social no daña físicamente
ni mata a nadie (“We have not suddenly developed new techniques that can kill people”,

13
p.53) y por lo tanto, critica los procesos de evaluación ética, calificándolos de “tiranos,
represores y censuradores de ideas” (como sinónimo de “antiético”).
Este autor incluye un apartado donde alude a “la fetichización del consentimiento
informado” y cuestiona la expresión “conducta adecuada de investigación”. Así mismo,
hace comparaciones con el trabajo de los periodistas y a partir de ahí, alude a que la
sociedad necesita periodistas e investigadores libres, para lo cual critica cualquier
formulación legalista de los cuidados éticos, que inhiban “la comunicación libre de ideas”
(p. 56). Pareciera que interpreta la ética como un proceso de censura, antes que cualquier
otro referente sobre los derechos de quienes son investigados o bien, las responsabilidades
de los investigadores (y hasta de los periodistas). Valdría la pena recordar que en los
gremios periodísticos también existen criterios éticos para acompañar su quehacer, incluso
por las consecuencias legales de la información socializada.
En la conclusión, Dingwall (2006) sugiere un tema que pudo haber abordado en su
texto, antes que limitarse a descalificar los cuidados éticos. Se refiere a la diferencia entre
la ética profesional y la vigilancia ética, ya que en su opinión la primera ayuda a la
integridad y a la virtud en la práctica académica, mientras que la segunda la describe como
censura, ejercicio del poder y antidemocracia. Lo interesante sería saber cómo propone
asegurar que la ética profesional es llevada a la práctica y que además no es violentada
por posible abuso del poder de sociólogos no íntegros ni virtuosos, a los que parece
referirse.
En este tenor es interesante el comentario que hace Edwin van Teijlingen (2006), del
texto anterior, ya que por una parte reconoce el temor de que los comités de ética sean un
obstáculo burocrático y por otra, afirma que los sociólogos sí pueden generar ciertos daños
emocionales en sus entrevistados, a pesar de que afirma que dichos sociólogos se reconocen
“más reflexivos y de mentalidad abierta” (p. 59). Por eso, alerta sobre el estrés psicológico
que pueden generar algunas investigaciones y concluye que “los cuidados éticos al hacer
investigación social deben ser una responsabilidad de cada quien” (p. 60), lo cual tampoco
resuelve el problema planteado por Dingwall.
Otra forma de abordar el tema es la de Hammersley (2006), quien cuestiona los
alcances de los comités de ética. La clave de su reflexión es la referencia a un documento
del Consejo Económico y de Investigación Social, que pretende servir como guía tanto para
la investigación en el Reino Unido como para avalar financiamientos de proyectos de
investigación (ESRC, 2005). El autor comenta que es difícil llegar a consensos en aspectos
éticos en las ciencias sociales y por tanto, cuestiona que los comités de ética pueden
decirles a los investigadores lo que deben hacer. Valdría la pena reflexionar si esa será
específicamente la función de dichos comités, lo cual no parece confirmarlo la literatura,
ni mi experiencia en comités de ética, pero sí refleja una confusión entre ética y código
moral.
A pesar de eso, el autor reconoce la importancia de la ética, si bien pareciera que su
crítica es más al ESRC que a la idea de acompañar éticamente a la investigación, pues lo
cuestiona en varios de sus artículos. Por ejemplo, el autor reconoce la importancia del
consentimiento informado en los cuidados éticos pero critica que su aplicación se base en

14
los modelos médicos y psicológicos; más aún en la sociología lo ve como un requisito menos
claro, por ejemplo cuando hay complejos intereses incluso de tipo político.
Lo que me pregunto es la razón por la que los diferentes autores que cuestionan el
consentimiento informado no recuperan que hay diferentes niveles de obligatoriedad del
mismo en la investigación clínica, dependiendo del nivel de riesgo que tiene la
investigación y que incluso, hay casos en que se acepta que se puede obviar este requisito
en función del tipo de estudio. Otro aspecto que poco se discute es la doble justificación
del consentimiento informado, ya que se busca proteger tanto al investigado como al
investigador. Esto podría ayudar a interpretar de otra forma las tensiones que menciona el
autor entre los derechos de tutor y tutorado, así como entre lo ético y lo metodológico.
El autor concluye que “las guías éticas se deben de interpretar siempre en
contexto”, para inmediatamente cuestionar si los comités son independientes de las
instituciones, si realmente tienen algún tipo de representatividad y si se asegura la
autonomía de quienes investigan (pp. 5-6). No obstante, estas mismas críticas se les
podrían hacer a cualquier tipo de comité académico o financiador y no únicamente al de
tipo ético, por lo que se hecha de menos una reflexión más específica al respecto. Es
rescatable que al final de su artículo, el autor sugiera como funciones posibles de los
comités brindar asesoría sobre aspectos éticos y estimular el debate colectivo para asegurar
una práctica de investigación más reflexiva.
No obstante, la experiencia personal de quien esto escribe, es que al invitar desde
un comité de ética a los investigadores que compartieran sus dilemas éticos, casi nadie lo
hace por temor a que les rechazaran sus respectivos proyectos de investigación. Es decir,
existe la percepción de que por tener un dilema o problema ético debe cancelarse un
proyecto, cuando al contrario, si se dialogara un poco más, quizás podrían reducirse,
eliminarse o cuidarse dichos dilemas, una vez que se muestra y justifica la pertinencia de
un estudio. Quizás lo que hizo falta también en este texto es desmitificar la imagen que se
tiene de dichos comités como inquisidores de la libertad de investigación. En un trabajo
previo sugerí la posibilidad de hablar de los derechos de los investigadores, incluyendo un
acompañamiento ético solidario a partir de las características de la investigación social
(Figueroa 2001). ¿Por qué no reflexionarlo haciendo investigación sobre la investigación?
El mismo autor Hammersley (2009) aborda el tema de la regulación ética en otro
texto, citando a un médico y filósofo griego en su libro Against the ethicists, si bien
Hammersley le añade la categoría de “fantasmas o demonios” de la regulación ética. La
idea básica de su texto es cuestionar la capacidad y la legitimidad de los comités de ética,
asumiendo que dichos comités pretenden definir dogmáticamente lo que es bueno o malo
en un proyecto de investigación, lo cual sugiero discutirlo, pues no es obvio. Sus tres
supuestos de trabajo son: que los comités de ética son incapaces de tomar decisiones sobre
los proyectos; que además carecen de legitimidad para opinar sobre otras investigaciones, y
que incluso pueden provocar consecuencias indeseables a través de su regulación. Me
pregunto si se está entendiendo lo mismo por ética, ya que una lectura posible es
pretender definir de manera unilateral lo que normativamente se ve como la diferencia
entre lo bueno y lo malo y otra muy diferente, es una reflexión que hace explícitos los

15
supuestos normativos de diferentes códigos asumidos en la práctica de investigación y que
trata de evidenciar conflictos alrededor de la misma, sin necesidad de dar respuestas
definitivas, pero sí abordando dichos conflictos, al explicitar criterios sobre derechos y
responsabilidades de las personas partícipes en el entorno de la investigación.
El autor afirma la dificultad de llegar a consensos entre científicos sociales sobre
cuestiones éticas y luego de hacer un listado sobre aspectos problemáticos que merecen ser
cuidados desde la ética (el respeto a la autonomía, no dañar a las personas, reconocer sus
necesidades, tratarlas justamente, respetar su privacidad y la confidencialidad), destaca
que los investigadores le dan diferentes prioridades a cada uno. Sin dejar claro el
argumento, concluye que “los comités de ética no tienen el suficiente conocimiento para
ordenar estas problemáticas”. ¿Por qué no discutirlo de manera menos defensiva y sí más
propositiva?
Lo mismo sucede cuando habla de dos posturas extremas entre los principios y las
prácticas; es decir, si los principios deben de preceder a la experiencia de investigación o
al revés. A pesar de lo relevante de su distinción, afirma (con cierta dosis de pretensión)
que es poco probable que los miembros de cualquier comité de ética tengan un
conocimiento suficiente y comprensivo de la metodología de investigación y por otra parte,
que es poco probable que los investigadores puedan anticipar y describir todas las
circunstancias relevantes de su investigación. Por ende, descalifica la pertinencia de dichos
comités.
Ahora bien, las críticas anteriores serían válidas para cualquier comité de evaluación
académica y requerirían muchos matices si reconociera que la ética no pretende dar
respuestas definitivas, como sigue asumiendo en su argumentación, además de que muchos
investigadores llegan a ser parte de comités de ética. Coincido cuando señala que “no
pueden asumirse algoritmos rígidos sino guías” que estimulen lo que denomina
“consideraciones prudenciales” (p. 215). Sin embargo, ¿cómo hacerlo sin desglosar posibles
conflictos en el entorno de la investigación, sin superar una postura maniquea y sin
pelearse con un “imaginario médico” al que alude como modelo de los comités?
Es curioso que el autor afirme categóricamente que los “comités de ética no están
bien ubicados para evaluar la metodología ni para evaluar lo ético” y que distinga el autor
que “las habilidades para ser parte de un comité de ética deben ser diferentes a las
necesarias para hacer reflexiones éticas”. ¿Cómo cuáles? Adicionalmente, llama la atención
que nombre a uno de sus apartados “la ética de los comités de ética”, pues parece
interpretarlos solamente como reguladores y no como quien reflexiona sobre los supuestos
de las normas. No obstante, al cuestionar que es necesario atender las necesidades de
autonomía e integridad de los investigadores y no únicamente de los investigados (p. 217)
(por ejemplo con el principio de consentimiento informado), de alguna manera está
sugiriendo temas de trabajo para los propios comités de ética a los que está criticando. En
ese mismo apartado sugiere “cuidar la invasión de la privacidad, la invasión de la
autonomía y la generación de daños en cualquier actividad cotidiana” (p. 217). Sin
embargo, no establece cómo sistematizar ciertos cuidados, ya que además de los comités,
existen códigos de ética y procesos de formación ética de los investigadores, precisamente

16
para generar una “conciencia ética” en las personas que intervienen sobre otras. Esto es
parte del monitoreo ético, aunque el autor sólo cuestiona a los comités.
Concluye su texto asumiendo que un comité de ética es “ilegítimo ya que pretende
legislar la moralidad” (p. 218), además de restringir la libertad de los investigadores. Lo
anterior no se sostiene con sus argumentos ni con lo que la literatura sugiere sobre los
comités y menos aún, con sus recomendaciones finales, las cuales aluden a ofrecer asesoría
y a estimular discusiones sobre principios éticos y sobre su aplicación, así como a proponer
debates sobre casos problemáticos. Es decir, la crítica pareciera centrarse en comités que
de manera unilateral definen normas para regular las actividades de otras personas, con lo
cual se puede estar de acuerdo, pero sin comprobar que eso es lo propio de los comités de
ética en general, aunque pueda haber casos similares. Queda la inquietud al leer este texto
de si realmente se sostiene que la calidad de la investigación va a tener consecuencias
negativas por ser acompañada éticamente; incluso, parece soberbio el afirmar que “los
comités de ética no tienen ni experiencia ni autoridad para determinar lo que es o no es
ético” (p. 220). Quizás la clave es analizar si es tan heterogéneo el quehacer de la
investigación social, como para que no se puedan acotar ciertos cuidados mínimos al
acompañar críticamente las relaciones de poder que se dan en muchos procesos de
investigación.
Un ejemplo de que no es tan lineal la relación entre cuidados éticos con la calidad
de la investigación, se encuentra en el estudio de Crow, Wiles, Heath y Charles (2006), ya
que se hace un análisis de las consecuencias del uso del consentimiento informado,
entrevistando a investigadores que lo han usado. Un grupo de ellos, englobados en un
“escenario optimista”, alude a que la investigación mejora tanto por que el investigador
necesita aclarar qué busca con su proyecto y porque estimula un ejercicio más reflexivo de
su parte, como porque mejora la comunicación que le brinda a los investigados, facilita un
mejor intercambio y relación de confianza con ellos, incrementándose incluso la tasa de
participación en las investigaciones, en términos de porcentaje de reclutamiento (p.85-87).
Los autores reconocen también otro escenario como “pesimista”, recuperando
testimonios de investigadores que muestran algunas reservas sobre el consentimiento
informado. Aluden a que “hace la investigación más difícil y genera desconfianza en los
investigados” y señalan que pueden quedarse con un grupo selecto y sesgado, en función de
la población que acepta la investigación (pp. 88-92). Otros ejemplos son que este requisito
pueda dificultar el investigar temas complicados o subversivos, por ejemplo en población
demente, con prácticas ilegales o bien en gente violentada, que no puede ser investigada
sin el permiso de algún cómplice de la violencia. Varios investigadores hablan del requisito
como un “respeto demasiado formal que hace burocrático el procedimiento” y que además
consume tiempo, pero nadie cuestiona que el formato puede ser opcional cuando al evaluar
la investigación se considera que no tiene riesgos considerables.
En ambos escenarios un tema complicado es el de la investigación oculta, pues por
una parte queda el tomar de sorpresa a una persona, con el riesgo de afectar
negativamente su autoestima, por no avisarle que se le está investigando y en la otra parte,
el temor de que se pierda precisión en los datos, por “informarle de más”, de acuerdo a

17
ciertos parámetros. Los autores concluyen que las dos son posiciones extremas y que
documentarlas y analizarlas cuidadosamente podría ayudar a matizar las condiciones del
consentimiento informado con el fin de desarrollar una conciencia ética y así descubrir
cuánta información es recomendable compartir con los investigados, a partir de reflexionar
cómo funciona el consentimiento informado en la práctica. ¿Suena factible para dialogarlo?
En la lógica de las investigaciones identificadas como “ocultas”, es interesante
considerar el artículo de Macklin (2002), quien cuidadosamente lo denomina “aspectos no
resueltos en investigación social”6. Es decir, más que pretender guiar respuestas éticas para
la “buena investigación” propone reflexiones sobre tres problemas que hace falta seguir
discutiendo. El primero tiene que ver con el engaño al investigar, ocultándose o
manipulando variables con información incompleta o falsa, por la búsqueda de “generar
conocimiento”. Macklin plantea argumentos a favor y en contra de estas prácticas como
recursos metodológicos y hace alusión a diferencias de opiniones de algunos comités de
ética cercanos a la medicina, recurriendo a una lectura de tipo filosófico, con la que
organiza preguntas más que obsesionarse por dar respuestas.
El segundo problema no resuelto es el que incluye investigación a través de
observaciones en lugares públicos, pues se pone en juego el anonimato y la invasión de la
intimidad, incluso aunque sea un lugar público. Alude en especial a la dificultad de obtener
consentimiento informado; sin descartar este procedimiento, la autora sugiere una revisión
sólida del recurso analítico para obtener la información, pero a la vez sugiere cuidados a la
intimidad y la dignidad de las personas observadas. El tercer tema que discute en su texto
se refiere al uso de expedientes médicos, en especial cuando los pacientes no autorizaron
que se investigaran sus casos ni que dieran la información para ser atendidos por una
persona de servicios de salud. Incluso nombra un caso más complejo cuando personas
diferentes al médico que dio la consulta de la que se obtiene el expediente, llegan a visitar
a la persona para entrevistarla, a veces sobre temas sensibles, como lo es un diagnóstico
médico sobre una enfermedad que el paciente todavía no conoce, que no se lo ha dicho el
médico y que posiblemente no regresó a la clínica porque no quería saber el resultado.
Macklin no pretende establecer una guía que requiere éticamente la investigación
sino opta por una aproximación que documenta dilemas éticos y los pone a debate. En esa
lógica, propone algunas preguntas, centradas sobre todo en los compromisos de los
investigadores. Muestra la diferencia entre un investigador social que simplemente observa
de manera supuestamente neutral, a diferencia de otro que interviene de alguna manera a
partir de lo observado, si bien con el riesgo de no conocer muchos elementos de lo que
piensan, sienten y esperan los investigados. El artículo concluye con la siguiente pregunta,
sobre la que vale la pena reflexionar “¿cuáles son las obligaciones de los investigadores
hacia la comunidad de estudio antes, durante y después de la investigación?” (p. 76)

6
Castro y Bronfman (1999) publicaron un texto con un título análogo, contrastando los
enfoques cuantitativos y cualitativos, y dentro de los problemas no resueltos aluden a las
relaciones jerárquicas entre investigadores e investigados. Puede verse también Guba y
Lincoln (2000), ya que las autoras ejemplifican cómo a partir de paradigma seleccionado
para un estudio la dimensión de los cuidados éticos adquiere una relevancia diferente.
18
En un libro publicado por Macklin, Luna, Ramos y quien esto escribe (Macklin, Luna,
Figueroa y Ramos 2001), seleccionamos dilemas éticos reconocidos por investigadores
sociales, lo analizamos desde la ética y desde la sociología, y más que resolverlos,
concluimos la necesidad de crear conciencia ética entre gente dedicada a la investigación,
promoviendo posiciones menos defensivas sobre los códigos y comités de ética y en su
lugar, centradas en hacer investigación de los mismos procesos de investigación, como
parte de un ejercicio clásico de reflexión ética.
Otra vertiente de reflexión consistiría en construir alguna tipología de dilemas éticos
al investigar, así como esbozar el posible origen de dichos dilemas. Ello permitiría trabajar
desde la lectura del conocimiento significativo lo que es la ética en la investigación y se
evitaría el riesgo de limitarse a enunciar reglas y normas que se espera que las personas
usen acríticamente o por imposición burocrática. Si se hace explícito que los dilemas
pueden generarse porque hay diferentes cosmovisiones entre las personas que participan en
una investigación, porque hay un ejercicio del poder diferencial, porque hay expectativas y
preparaciones heterogéneas para encontrarse en dicho momento, porque hay una
vulnerabilidad distinta y sobre todo, por una percepción diferencial de derechos, de alguna
manera sería más fácil acceder a identificar dichos dilemas en el ámbito de la
investigación, documentarlos, evidenciarlos y potencialmente tratar de hacer algo para
contrarrestarlos.7
Desde hace casi dos décadas he invitado a investigadores sociales a nombrar dilemas
éticos de su práctica cotidiana y no son pocos los que han contestado que nunca los han
vivido; al ponerles algunos ejemplos, no es raro que reconozcan que no sabían que eran
dilemas ya que nadie les habló de los mismos, aunque tenían experiencias análogas en
varios sentidos. “Lo que no se nombra se acaba asumiendo que no existe”, suele
comentarse entre quienes realizan reflexiones desde la filosofía del lenguaje. ¿Por qué no
hablar de las consecuencias éticas de esos silencios? En el apartado siguiente, incluyo un
conjunto de reflexiones sobre el requisito ético que busca “tomar en cuenta” a la población
estudiada, a saber, el consentimiento informado, con el fin de seguir dialogando8.

4. El recurso del consentimiento informado: una revisión crítica


En un apartado previo comenté que el consentimiento informado tiene como doble
justificación el que puede servir de protección para la persona que investiga o interviene
(con el fin de evitar cualquier demanda posterior), pero a la par se justifica como un apoyo
para que la persona investigada o sobre quien se interviene tenga conocimiento y
comprenda aquello a lo que se está exponiendo. No obstante, los formatos de
consentimiento informado, utilizados frecuentemente como requisito para la participación

7
Ver Figueroa 1999b, 2002 y 2005, así como Macklin, Luna, Figueroa y Ramos 2001,
para diferentes ejercicios de sistematización de dilemas éticos al investigar.
8
Puede verse Figueroa 1999a para una revisión amplia del significado posible del
consentimiento informado en la investigación social.

19
de personas de manera voluntaria en proyectos de investigación clínica, no han sido
incorporados del todo a la investigación de la ciencias sociales. Incluso, son vistos con
escepticismo, ya sea porque pueden alterar la confiabilidad de la información que se
genera a través de la investigación, o bien, porque se considera innecesario, bajo el
supuesto de que la investigación social no genera efectos indeseados en la persona que se
investiga.
Esta calificación suele argumentarse haciendo equivalencias con los posibles efectos
de sustancias que se prueban en estudios clínicos (algunas de las cuales podrían tener
efectos muy dañinos en algunos casos, al margen de controles y precauciones que se toman
en diferentes estudios), mientras que en la investigación social se asume que las
entrevistas, la observación y las diferentes formas de obtener información son más
inncocuas. Además, se considera que un requisito que implica firmar un documento, con el
propósito de que una persona conceda su autorización para ser parte de una investigación,
puede predisponerla a asumir una actitud defensiva y de desconfianza con respecto a quien
lleva a cabo un estudio, lo cual pareciera no justificarse, precisamente por esa percepción
de que la investigación social no tiene efectos negativos. A pesar de lo anterior, son varios
los niveles de análisis que suelen ignorarse en algunas críticas y sobre los cuales valdría la
pena reflexionar. A continuación presento algunas vertientes para dialogarlo
sistemáticamente.
El primer elemento tiene que ver con una lectura reduccionista y hasta burocrática
del requisito del consentimiento, asumiendo que este solamente consiste o que incluso
privilegia la firma de un documento (quizás por la justificación de la protección de quien
interviene en el espacio de otra persona), cuando en el fondo es igual de relevante la
necesidad de acompañar a la persona que está siendo invitada a participar en una
investigación, con el fin de que tenga la posibilidad de decidir con toda confianza si acepta
o no ser parte de la misma, una vez que tiene cierta claridad sobre el contenido y
propósitos de la misma. Es probable que algunos enfoques de investigación postulen que si
la persona firma posiblemente se imagine que algo tendrá de riesgoso el estudio (aunque no
alcance a darse cuenta) que hasta se le pide firmar para hacer evidente su aceptación en el
estudio. Sin embargo, lo central es la actitud de hacerle saber que podría no aceptar ser
investigada o bien que prefiera guardar silencio o reservar cierta privacidad en algunos
temas, si ello le genera mayor comodidad en el intercambio. Es decir, se trata de asegurar
que la persona es tomada en cuenta para ser investigada, con o sin formato firmado de por
medio.
Un segundo componente alude a la insistencia de que la investigación social en sus
diferentes tipos, nunca tendrá riesgos equivalentes a los que se derivan de manipular el
cuerpo con sustancias o con procesos experimentales, como se identifica en la investigación
clínica, de donde se originaron muchos de los comités y códigos de ética más reconocidos
como el de Nuremberg, el de Helsinki o el Informe Belmont.9 Por el tipo de objeto de

9
Puede verse Figueroa 2002 y 2005 para una referencia temática de dichos códigos, así
como para conocer una propuesta para identificar y analizar dilemas al investigar.
20
estudio y por las formas de intervención, resulta claro que existen diferencias importantes,
pero dentro de esa diversidad no podría afirmarse de manera tan simple que la intervención
de la investigación social es neutra y no tiene algún tipo de consecuencias en la experiencia
de las personas investigadas, por ejemplo al ser interrogadas sobre temas sensitivos o
dolorosos, o bien que al socializar su nombre como informantes tenga consecuencias
negativas, por no guardar cierta privacidad.
Incluso, es cuestionable el hecho de que quien investiga no prevea alguna situacion
crítica que puede asociarse a la entrevista o a la observación, al margen de que la
intervención no lo produzca, pero sí que detone un recuerdo que le pueda ser poco
manejable a la persona investigada. Esto podría hacerse aún menos controlable cuando la
persona que investiga o entrevista no tenía contemplado que su presencia o que el
contenido de su entrevista pudiera generar cierto tipo de reacciones incómodas a la
persona investigada. Poco se discute en los estudios sociales que en las mismas
investigaciones clínicas y biomédicas se ponderan los posibles riesgos de los estudios y que,
dependiendo de su nivel, se puede sugerir como obligatorio el requisito del consentimiento,
como opcional o incluso casos en que se puede obviar, precisamente por identificar como
innocuo el objeto de estudio. No obstante, todo ello se define una vez que se reflexionó
sobre sus posibles consecuencias y no dando por hecho que toda investigación está exenta
de posibles efectos no deseables en todo contexto y lugar, simplemente por ser de índole
social.
Un tercer elemento a ser analizado en reflexiones colectivas, no maniqueas ni
dogmáticas, es el caso del tipo de investigación que acompaña estrategias de intervención
política, ya que el mismo objeto de estudio podría consistir en decodificar características
de una persona o situación crítica, violenta o antagónica que se quiere subvertir (por
ejemplo el ejercicio autoritario del poder de un político), o bien que si la persona
investigada supiera de antemano de lo que se quiere investigar, opte por no aceptar la
participación en el estudio (por ejemplo pedirle que hable de experiencias de agresión y
violencia que ha ejercido) o incluso, que distorsione sus posibles respuestas al respecto
(como podría ser preguntarle por actos de violencia a alguien que la ejerce). Sin pretender
resolverlo como válido o no, es poco lo que se discute sobre formas de analizar este tipo de
implicaciones, e incluso el contexto ético de una investigación crítica como
acompañamiento de ciudadanía. En este caso el beneficio social posible entra a competir
con algunos riesgos individuales; no obstante ¿existirán términos o matices a ser acotados
colectivamente?
Asociado a ello, un cuarto elemento es la inquietud por problematizar algunas
estrategias de investigación que optan por representar un papel artificial, fingiendo o
actuando como un cierto personaje, con el fin de obtener información respecto a un tema
de estudio (alguien que actúa como consumidor, o bien como paciente de un hospital en los
denominados ‘estudios de sombra’), o bien a través de cámara de gessel, sin avisar a la
persona que está siendo observada, precisamente porque se asume que de haber informado
antes la situación estudiada no sería ‘natural’. Algunas personas lo califican como engaño,
mientras que otras lo describen solamente como teatralización y lo justifican por el bien

21
superior que se espera a alcanzar, a saber el conocimiento derivado de ello, incluso aunque
el procedimiento pudiera tener algunos cuestionamientos éticos. ¿Habrá que dialogarlo en
el ámbito de la investigación social?
Un quinto elemento a incorporar en esta reflexión, es el del momento para poner en
práctica el consentimiento informado, ya sea como formato o bien como proceso que
indaga la opinión de quien participa en una investigación. Existen observaciones e
intervenciones aparentemente innocuas y otras muy lejanas de ello, por lo que
efectivamente la observación más espontánea podría generar un conocimiento más crítico,
sistemático y ordenado. Sin embargo, poco se discute la posibilidad de consentimiento
informado a posteriori (después de haber sido observado, documentado, monitoreado), e
incluso reflexionar sobre cuándo tiene derecho la persona estudiada (con o sin su
consentimiento) a intervenir sobre el uso de lo documentado a partir de ella, de su
experiencia y de su ser objeto de estudio, en particular en estudios “menos politizados”.
Un sexto elemento es de índole filosófica y semántica y alude al significado de la
categoría consentir, a diferencia de la categoría aceptar. Desde una reflexión más cercana
a la filosofía, consentir supone una toma de posición ante algo que se propone y por ende
cuando la persona pudo disentir (es decir, cuando pudo decir que no y optó por decir que
sí), parecen existir más elementos para afirmar que consintió (Isaccs, Macklin y Cook 1996;
Figueroa 1999a). En la contraparte, si por relaciones de poder con quien interviene e
investiga, o bien por otras coacciones externas o internas la persona no percibe otra
posibilidad más que decir que sí, su respuesta afirmativa pareciera más cercana a una
aceptación que a un consentimiento. No estaría de más una reflexión sobre la validez de
intervenir en poblaciones con coacciones evidentes y que las mismas les dificultan
acercarse a un consentimiento, incluso a pesar de recibir información.
No es homogénea la forma en que las personas procesan, introyectan y se asumen
con autoridad o no para tomar una decisión ante otros actores sociales, ni lo significativo
que les resulta el conocimiento que desarrollan ante la información. Por ende, una
pregunta adicional –sin exportar linealmente lo trabajado en los cuidados éticos de la
investigación clínica- es ¿nos estará faltando algo en la reflexión sobre el contexto de la
investigación social, a propósito del proceso de consentimiento informado, más allá de “lo
burocrático”?

5. Derechos y responsabilidades de una comunidad académica


Quienes investigamos obtenemos información y generamos conocimiento, a través del
cual nos acercamos y nos vinculamos asertivamente sobre el otro o la otra, y generalmente
cuando se es buen investigador, a través de la investigación también se conoce más de sí
mismo, y eso es muy interesante, pues hace muy vital la investigación de ciencias sociales.
Ahora bien, una de las dimensiones que se identifican en este proceso suelen ser
intervenciones posibles sobre la problemática que está investigando, y es frecuente señalar
que vamos a darles la información a los "tomadores de decisiones". Pero ¿quiénes son
dichos tomadores de decisiones? Se piensa frecuentemente en administradores de política
pública y en coordinadores de programas gubernamentales, lo que puede ser muy

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contradictorio en una sociedad jerárquica y autoritaria, ya que se puede acabar
legitimando al sistema social y sus relaciones de poder desde la misma práctica de la
investigación.
De alguna manera se corre el riesgo de convertirse en intelectuales orgánicos, al
darle información a quien ejerce el poder muchas veces para mantener la sociedad como
está. En la contraparte, cuando se investiga sobre ciudadanía los principales tomadores de
decisiones son los ciudadanos, por lo que incluso podría ser peligroso para los investigados
darle la información a los administradores de programas. No obstante, esta disyuntiva es
más compleja cuando no tenemos una reflexión explícita respecto a con quién son nuestros
compromisos éticos y políticos en el proceso de socializar información (Figueroa 2012).
Regreso a la categoría de empoderamiento de los investigados, ya que propongo que las
personas estudiadas sí tienen derecho a empoderarse de alguna forma con la investigación,
si bien vale la pena seguir dialogando sobre su significado con el fin de acotarlo.
No quiere decir que las personas investigadas se empoderan porque les damos una
tesis o un artículo. El proceso de investigación bien armado y articulado, teórica y
metodológicamente estructurado, posibilitaría que el investigado o la investigada, tome
distancia de lo que está viviendo, y más aún si se sabe socializar el conocimiento en
términos significativos. Freire (1971 y 1973) diría que no hay mejor forma de empoderarse
que tomar conciencia de lo que se es: tomar distancia de sí mismo y nombrar su propia
realidad es un ejercicio de ciudadanía. Creo que una buena conversación, derivada de una
investigación sistemática, rigurosa y que respeta los tiempos, los ritmos y las formas de
comunicarse, puede acompañar a la persona a tomar distancia de sí misma. No es que solo
por la entrevista va a tomar distancia, pero la conversación y el intercambio podrían
acompañar la conciencia de sí mismos, ya que puede detonar una relación dia-lógica, o sea
que reconoce dos logos que están interactuando. Con ello se estarían cumpliendo los
compromisos éticos y políticos de la investigación cuando se reconoce a la otra persona en
una interlocución, como un ser humano con el que se interactúa y con el que se dialoga, si
bien en el diálogo los dos deben escucharse y el ritmo de los dos debe estar considerado en
el intercambio. De otra manera sería como un juez que está interrogando y donde el
investigado es un mero informante. Es claro que quien investiga se beneficia con el
intercambio, investigando, buscando referentes y tratando de entender elementos de la
realidad. Pero falta reflexionar si se requiere asegurar que la persona investigada se
empodera de alguna forma a través del proceso de investigación o bien si ello es aleatorio.
De ser así, se necesita acotar el procedimiento para ello.
Por ello propongo preguntarnos constantemente para qué investigamos, tanto en
ciencias sociales como en ciencias básicas. ¿Investigamos por coyuntura o por mera
curiosidad?, ¿lo hacemos para controlar un fenómeno y evidenciar exclusiones sociales? De
ser así, ¿quiénes nos imaginamos que va a controlar el fenómeno a través de utilizar el
conocimiento? ¿Les compartimos realmente la información? Cuando se logra explicitar para
qué se investiga y desde dónde se hace, es factible que se ejerza lo que podríamos
denominar una honestidad epistemológica; esto se vincula con la ética de la investigación
social. Ligado a ello está la necesidad de explicitar si se reconocen derechos para quienes

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se exponen a una investigación y cuáles serían estos. Lo que propongo es preguntarnos si se
requiere tener algún tipo de preparación para el encuentro, pero no únicamente el
encuentro de investigación, sino el encuentro que en muchos momentos es consigo mismo,
por el tipo de temas y metodologías que abordamos dentro de las ciencias sociales.
Las últimas vertientes de reflexión que propongo aluden a los derechos y a las
responsabilidades de una comunidad académica, tanto en términos de la devolución de la
información y la generación de conocimiento, como la obligación ética de llevar a cabo
investigación sobre su propio proceso de investigación. Para ello, propongo recordar el
carácter social de la investigación y de la comunidad científica y por ende, la posibilidad
incluso de exigir apoyos para poder llevar a cabo la investigación que la sociedad pudiera
estar requiriendo y demandando potencialmente.
En esta vertiente, una posibilidad analítica es pensar en la investigación como una
estrategia de ciudadanía, por una parte en términos positivos en la medida en que pueda
acompañar las voces de sus sujetos de estudio, sabiendo dialogar, preguntar, renombrar y a
su vez, renombrarse a través de ellos y con ellos. Por otra, en la parte negativa, como una
posibilidad de negligencia y omisión, de atentados, precisamente por lo no investigado, por
lo silenciado o por lo manipulado a través de los procesos de investigación. Valdría la pena
acotar de quién es la omisión o negligencia; ¿de quien investiga, de quienes apoyan la
investigación, o bien de quienes la evalúan y definen prioridades?
Como una manera de concluir, propongo un análisis más exhaustivo de los criterios
de evaluación ética que existen o que faltan en el entorno de la investigación social, en la
medida en que estos podrían posibilitar un acompañamiento solidario tanto a quienes son
investigados o investigadas, como a quienes realizan investigación. Por ende, valdría la
pena documentar dilemas en los procesos de investigación empírica y documental, pero
también en las políticas que son alimentadas por la investigación, en las políticas de apoyo
a la investigación, en las prácticas de docencia con futuros investigadores, pero incluso en
la violencia que llega a ejercerse al evaluar la investigación, ya que puede que en ese paso
se manipule y se tergiversen la búsqueda y las características de la misma, pensada como
una actividad ordenada, sistemática y crítica que busca generar conocimiento, respetando
tiempos y características del encuentro.
Finalmente, propongo en el espacio de la docencia sistematizar dilemas éticos en el
proceso de investigar, con el fin de familiarizar a los estudiantes en la reflexión ética desde
antes de iniciar sus labores profesionales (sean académicas o no), discutir los silencios
intencionales o discrecionales sobre lo investigado y lo no investigado y en síntesis,
construir criterios de evaluación académica con congruencia ética, de manera que
coincidan y se concilien los derechos y las responsabilidades de los investigadores con
respecto a aquello que puede imaginarse también en el ámbito de los investigados.
Este texto no pretende concluir con certezas, sino simplemente sugerir mayor
imaginación teórica, política y analítica para reflexionar sobre el sentido de los cuidados
éticos en las ciencias sociales, partiendo de reconocer en su origen una preocupación por el
ejercicio unilateral del poder en la investigación y la puesta en riesgo de los derechos de
las personas que participan en este apasionante proceso. ¿Por qué no construimos

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categorías para visibilizar y dar cuenta de cotidianidades cada vez más complejas que se
presentan en esta interacción, asegurando un acompañamiento ético de investigadores e
investigados y recuperando las características de la investigación social?

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