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María Cristina Giraldo

¿POR QUÉ HABLAMOS DE SÍNTOMAS EN PLURAL Y DE SINTHOME EN


SINGULAR?

Partamos de una pregunta referida al título: ¿Por qué hablamos de síntomas en


plural y de sinthome en singular? Para
responderla, nos moveremos en tres
campos que están vinculados en la
formación analítica: lo epistémico, la
clínica y la política, anudados mediante
tres dispositivos: el control de la práctica
clínica, la Escuela y la experiencia del
analista como analizante que es,
esencialmente, la formación analítica.
(Ver. Fig. 1)

Los síntomas, en plural, nos remiten a las


formaciones del inconsciente, al síntoma freudiano, a una axiomática que Miller
ha situado en Lacan como la anterioridad lógica del Otro, al síntoma como
posible de ser develado para encontrar en él un núcleo de verdad inconsciente.
El sinthome, en singular, supone por su parte un cambio de axiomática:
la anterioridad lógica del Uno. A nivel epistémico encontramos entonces
este cambio de axiomática. Este significante viene de la lógica matemática y
representa a un conjunto de definiciones, axiomas y postulados en los que se
basa una teoría; un cambio de axiomática, supone un corte epistemológico.
Estos cambios teóricos intentan responder a los problemas planteados por la
práctica clínica, y se constituyen por ello en una teoría de la clínica. Esta
orientación es coherente con el título bajo el cual reunimos los temas de este
curso.
No se trata, en psicoanálisis, de una teoría que se desarrolle sin conexión con
la práctica, y a la cual se haga responder con un forzamiento. Entre teoría y
clínica hay una relación möebiana: no hay teoría, sin clínica y, en la otra cara
de la banda de Möebius, podemos afirmar a la vez, que una nueva clínica es
orientada por la última enseñanza de Lacan.
Este planteamiento orienta en cuanto a que no forzamos a los analizantes
dentro de los textos y a que no nos servimos de la teoría al modo del lecho de
Procusto de la clínica; la teoría responde a los problemas cruciales de la
práctica analítica, y por ello las enseñanzas de Freud y de Lacan pasan por
tiempos lógicos distintos en la investigación o, como diría Miller, en la
elucubración de saber que, a su vez, orienta la clínica.
En Lacan se han situado 3 tiempos lógicos en su enseñanza: luego de un
primer momento, el seminario 10, La angustia, propone un viraje hacia la
segunda enseñanza; así como el 20 Aún, precipita la tercera. Estas enseñanzas
están reunidas en dos axiomáticas, producidas por un corte epistemológico que
da lugar a dos clínicas.

En Iluminaciones profanas, Jacques-Alain Miller opone y relaciona a la vez los


puntos de amarre de esas dos axiomáticas.
Encontrarán en ellos los resortes conceptuales que han servido a los temas del
curso. Voy a servirme de esta cartografía para mostrar cómo Lacan nos
introduce en un cambio de perspectiva en cuanto a la relación del sujeto con el
Otro y, con base en ello, para situar elementos que nos permitirán entender el
pasaje del síntoma al sinthome. Hay que advertir que los conceptos de la
primera axiomática no desparecen, pero se resitúan en la segunda, al tomar
prevalencia el campo del Uno.
Otro Uno
Síntoma Sinthome
Verdad Goce varidad
Deseo Pulsión
Tyché Automatón
Falta Agujero
Falta-en-ser Hablanteser
Sujeto Parlêtre
Fantasma Cuerpo

En la anterioridad lógica del Otro, tenemos la versión del síntoma como


formación del inconsciente y del inconsciente animado por una voluntad de
decir, en tanto está estructurado como un lenguaje. Este concepto implica una
paradoja: a diferencia del sueño, del lapsus, del acto fallido, el síntoma no es
efímero, compulsa a repetirse, y en similitud a las demás formaciones del
inconsciente, tiene un sentido que llama al Otro para ser descifrado.
En esta primera axiomática, el síntoma está constituido por un significante
cuyo significado está reprimido, y opera como mensaje aún no develado por el
Otro. En tanto se trata, en consecuencia con esto, del sentido del Otro, el
síntoma está situado en el campo del deseo y no en el del goce; es el síntoma
como metáfora que supone la sustitución de un significante por otro que está
reprimido y que opera como un enigma a descifrar. Es el síntoma-verdad como
formación del inconsciente, a diferencia del síntoma-goce, de la última
enseñanza, que no es una formación del inconsciente, que está más allá de
este inconsciente transferencial, que implica un movimiento hacia el campo del
inconsciente real, porque es el síntoma como un medio de la pulsión.
El síntoma-metáfora supone que la práctica se desarrolle en la dimensión del
análisis del lenguaje, del desciframiento del mensaje cifrado para el Otro, del
síntoma analizable e interpretable. Es la cara simbólica del síntoma de la
clínica estructural, donde la pregunta por el Nombre del Padre, para diferenciar
psicosis de neurosis, la ha dado a conocer también como la clínica de la
metáfora, o más puntualmente como la clínica estructural.
En su más reciente curso Cosas de finura en psicoanálisis, Jacques-Alain Miller
afirma que “la oposición de la antigua y de la nueva clínica requiere alguna
dialéctica, pues la clínica, llamada antigua está conservada en la nueva. Y
luego, ¿qué dice, esta nueva, o esta segunda clínica? Mucho más que la
primera, invalida, ridiculiza la idea de cura, relativiza el efecto terapéutico”. A
la última clínica se la ha llamado de varias formas; según la orientación pone
su acento en uno o en otro concepto: borromea, clínica de los nudos, de las
suplencias. El síntoma-goce muestra la cara real del síntoma.
Lacan pasa a la clínica de los nudos, porque se produce un avance con relación
a la discontinuidad de las estructuras, que es lo que permite darle estatuto
clínico a las psicosis ordinarias.
Según Miller: “Esta segunda clínica destruye en sus bases la referencia a la
normalidad, a la salud mental, tomando como principio esta fórmula, que vino
una sola vez bajo la pluma de Lacan: Todo el mundo está loco, es decir,
delirante…esta fórmula de la que hago un principio, plantea como radical la
inadecuación de lo real y de lo mental, y comporta que de lo real no se pueda
decir más que lo falso, no se pueda más que mentir”. De ahí que la verdad, en
esta última enseñanza, tenga estructura de ficción.
Si retomamos nuestro hilo conductor, que es el síntoma, podemos afirmar que
mientras los síntomas están del lado del inconsciente como discurso del Otro,
el sinthome está del lado del Uno, de lo que compulsa a repetirse. A diferencia
de las formaciones del inconsciente, es el “hueso del análisis”, “la piedra en el
camino”; está en la perspectiva del inconsciente real, son los restos
sintomáticos que hacían pensar a Freud que el análisis era interminable. Lacan
encontró en esos restos, la singularidad de la forma como cada uno goza, con
la que el sujeto se identifica al final del análisis; es el partenaire-síntoma, en
tanto no se atraviesa, ni se supera, ni se resuelve, ni se descifra, ni cae como
las identificaciones. Es con lo que hay que vivir: “soy como gozo”. No se trata
de la verdad del síntoma freudiano, que al ser revelada produce la superación o
el levantamiento del síntoma. “La segunda clínica psicoanalítica es
precisamente aquella que reconfigura el concepto del síntoma sobre el modelo
de estos restos. Y es de este modo que lo que Lacan llamó el sinthoma, con la
ortografía antigua que restituyó -s.i.n.t.h.o.m.a.-, el sinthoma es propiamente el
nombre de lo incurable… Dicho de otro modo, la llamada nueva clínica
psicoanalítica es una teoría de lo incurable”.
Con respecto el sinthome, la verdad es variable según el significante, es varité;
Mónica Torres habla de verdades variables del síntoma, Lacan las nombró con
un neologismo, varidad (que condensa verdad y variabilidad). El sinthome es
entonces un modo de gozar: “por un lado, es un modo de gozar del
inconsciente y por otro lado, un modo de gozar del cuerpo del Otro. Por cuerpo
del Otro debe entenderse, al mismo tiempo, el cuerpo propio y el cuerpo del
prójimo”. Es decir, que lo seres sexuados formamos pareja a nivel del goce y
ese enlace es siempre sintomático.
Miller se sirve de las fórmulas de la sexuación introducidas por Lacan, para
mostrar el estatuto del partenaire-síntoma como medio de goce para cada
sexo, es decir, que si no hay relación sexual, entonces hay del sinthome, que
es lo mismo que decir que entre el hombre y la mujer, está el síntoma. “Del
lado del hombre, el partenaire está determinado como a, tiene la forma del
fetiche que impone al partenaire, espera que responda a un modelo, el hombre
pone el ojo en el detalle y esto tiene que ver con lo fantasmático”.10
Un analizante tenía el siguiente modo de goce fetichista: hacía que sus
amantes se pusieran unos zapatos rojos, de tacón alto, que él guardaba. La
misma talla para todas las mujeres, una horma estándar en la que debía caber
el pie; no importaba si le quedaban grandes o pequeños a la amante de
ocasión, lo que importaba al pedirles que bailaran con los tacones rojos, era
ver resaltado en ellos el empeine del pié y el tacón, como sustitutos fálicos -el
empene– (equívoco homofónico). Ese detalle fantasmático hace de horma, de
modelo en la condición de elección del partenaire.
Del lado femenino, el amor está entramado en el goce, la mujer exige que su
partenaire hable y ame. Tomemos fragmentos del discurso amoroso: “te amaré
por siempre y un día más” o “Me estabas destinada desde siempre”, de ahí que
Lacan afirme, dada esta vertiente erotomaníaca, que las mujeres son locas. En
ese juego ritual que es la seducción, como lo llama Jean Baudrillard, el hombre
juega a conquistar el deseo de una mujer que calce la horma de su objeto a, el
divino detalle de un pliegue en el cuello, un lunar, la hendidura del nacimiento
de los senos, la curva del empeine; por su parte, la mujer se toma en serio el
juego y lo experimenta como una promesa de amor. Esto muestra ese vínculo
sinthomático que viene al agujero de la relación sexual y a la relación de cada
uno con su goce autista -un fetichista seduciendo a una erotomaníaca-. Y sin
embargo, están el deseo y del amor, como respuestas a ese imposible.
Retomemos la reflexión sobre el eje epistemológico. Estamos advertidos de
que estos cortes epistémicos, orientan la clínica y comportan implicaciones en
la política del psicoanálisis.
Además del cambio de axiomática, otra vertiente para responderse a la
primera pregunta sobre los síntomas y el sinthome, es la perspectiva de los
recorridos del síntoma en un análisis, como los llama Mauricio Tarrab.11 El
sujeto que busca la escucha analítica, responde inicialmente al síntoma
dotándolo de sentido y responde del síntoma en la localización de ese enigma
que es la verdad de su
ser. Es en eso insoportable del vínculo social, que la cara real del síntoma se
presenta, es la manera como el sujeto hace al inicio la experiencia de lo real.
Es en esos destellos del goce, que le impiden
su conformidad con el ideal, allí donde no puede sostenerse como alma bella, o
como una perla caída en el lodazal del mundo, donde el sujeto puede llegar a
creer en su síntoma y formular la demanda.
Con respecto a la relación entre el saber y la verdad, dice Tarrab: “Aquel que
entra en el camino de un psicoanálisis y se mantiene en esa ruta, no lo hace
por “amor al saber”, o por tener una “pasión por la verdad”. El que entra y se
mantiene en ese camino, lo hace porque sufre intensamente por el saber o por
la verdad”.12

2. UN ESCAPISTA: DEL EMPACHO A LA SED

Veremos en uno de los testimonios del pase de Luis Darío Salamone,13 el paso
del síntoma a la entrada, nombrado por él como “empacho”, a la construcción
del sinthome, como una nueva manera
de relación con el goce, la sed. Hay que advertir que en las entrevistas
preliminares en el dispositivo analítico, bajo transferencia, es importante que el
síntoma se despliegue en la cadena asociativa.
Si bien el síntoma tiene un núcleo silencioso, autista, que es lo real -como
veremos en este testimonio-, el sujeto mismo le da sentido a ese síntoma
inicial. La orientación de la práctica por lo real, no supone que se excluya el
primer tiempo lógico de la misma, ni que se enfrente prematuramente al
analizante con el goce, lo que solamente produce deserción. Tienen que darse
algunas condiciones, preparar el terreno, para que ello llegue a darse. El
recorrido del síntoma va de lo Simbólico a lo Real, que no es sin lo Imaginario
(las identificaciones del sujeto que caen); el aislamiento de puntos de real que
irrumpen, allí donde se fuga el sentido.
El pasante describe el sufrimiento anterior a su análisis como una profunda
infelicidad jugada a partir de inhibiciones (timidez), síntomas corporales
(dolores de cabeza, empacho y vómitos) y angustias, la tríada freudiana, tres
nombres de lo real. Los libros y las películas, eran a la vez refugio y
encierro, con una fuerte atracción hacia lo siniestro; gozar de lo angustioso en
la literatura y el cine, evitaba que la propia angustia se desencadenara;
escapaba a veces y cuando la parálisis lo impedía, aparecían síntomas:
cefaleas y dolores de estómago.
Después del pase, este síntoma hace lazo de otra manera; lo siniestro toma la
vertiente de lo cómico y de la episteme sobre la angustia en la conexión cine-
psicoanálisis, lo que se pone en acto en su trabajo en las Noches de cine en la
Escuela, con un ciclo sobre El imperio de la angustia.
Relata que tuvo un primer análisis que le permitió situar algunos S1, pero sin
tomar en serio lo real. Su primer analista deja el psicoanálisis por la medicina y
él elige un segundo analista, procurando antes escuchar de él en la Escuela,
durante un año, un deseo decidido hacia el psicoanálisis. Elige a Jorge
Chamorro. Es interesante que diga el nombre del analista, lo que es algo que
solo saben algunos pocos, o que casi nunca se menciona, porque se trata, al
final, del pasante como analista que deviene de su análisis y de la lógica de la
cura que él logró cernir. No se habla mucho del analista, porque se advierte
que el Otro no es más que un semblante y eso hace caer, al final del análisis, la
transferencia, porque “la transferencia es un baile de máscaras con el Otro que
no existe”,14 y sus restos se dirigen a la Escuela y al psicoanálisis. Me serviré
de esta excepción para acompañarme, en el trabajo sobre este testimonio, de
algunas enseñanzas de Jorge Chamorro sobre la Dirección de la cura.
Lo que aparecía a título de síntoma a la entrada, eran dolores de estómagos
que llevaban a descomposturas y vómitos incoercibles que requerían
antiespasmódicos. Despliega asociativamente el “empacho”, que es el nombre
del síntoma, y aparecen dolores de cabeza y estómago padecidos desde niño.
La abuela quería curarlo del “empacho” tirándole “el cuerito”, o utilizaba una
cinta que le ponía en la boca del estómago apartándose unos pasos para
volver a acercarse mascullando oraciones. Esa práctica le resultaba dolorosa y
humillante y hacía que se escapara. Para Lacan, en 1976, el pase es la puesta
a prueba de la hystorización en el análisis y ésta la hace el analizante al
recortar la historia con respecto a un significante, que en este caso nombra
uno de los síntomas, el empacho, puntuado por el analista con un corte. La
entrada en análisis se da en la entrevista siguiente con un sueño transferencial
que enlaza al analista con el síntoma: “En el sueño concurría a análisis, tocaba
el timbre, bajaba por las escaleras una señora gorda que me aseguraba que no
iban a
poder atenderme porque el señor estaba empachado” y aparece una
respuesta: el escapismo. Esta entrada en análisis hizo que afloraran recuerdos
en los que logró decantar los S1, los “titiriteros de su posición subjetiva”.
Veremos el extravío inevitable en el sentido; es la ficción de la novela familiar
del neurótico, como decía Freud y el momento preciso en que el sujeto se
percata de “su extravío”, al que lo ha conducido el análisis mismo con la
proliferación de sentido que ha promovido. Al promover la articulación del
inconsciente con el síntoma, la operación analítica alienta el florecimiento del
sentido sexual, que al mismo tiempo que promueve la elaboración extravía al
analizante…y se topa con los bordes donde naufraga el sentido”.15
Es decir, que si hay una orientación hacia lo real por parte del analista, el
sujeto encontrará los límites del sentido, de las certezas que espera obtener
de él y es en esa fuga de sentido, que puede aislar lo real.
De lo que se trata es de situar esa fuga y no de
introducir de manera abrupta lo real por parte del
analista, lo cual sería lo mismo que responder al
síntoma con sentido, o llevar al analizante a responder
al síntoma con lo real y no a responder del síntoma por
su real. Este tipo de intervenciones no son más que la
incapacidad para acoger lo real en el dispositivo. De
nuevo volvemos a que es en el análisis del analista, en
forma privilegiada, donde se opera su formación; así que
si el analista no ha obtenido de su propio análisis la
neutralidad “con sus propios amores con la verdad y el
sentido” entrará a la escena analítica como sujeto de
goce, operando con su propio fantasma y no con su
deseo de analista. Es en la fuga de sentido que extraemos la orientación y la
neutralidad analítica.
Continuemos con el testimonio. El primer Salamone, llamado Luis, vendría
proveniente de Sicilia, escapando de la mafia con una amenaza de ser capado.
“Te voy a capar”, por otra parte, era una amenaza frecuente en el discurso
paterno que explicaba ese significante amo como “es lo que le hacen a los
toros para que no tengan más hijos”. Otro de los Salamone, Francisco, era un
arquitecto famoso, con una obra monumental en el Cementerio de Laprida que
simbolizaba cómo el cuerpo que reposa se reintegra a la tierra, mientras el
sujeto se obsesionaba precisamente lo contrario: en los sueños, lo visitaban los
muertos. En el pueblo decidieron homenajear a la familia poniéndole Salamone
a una calle, no por homenaje ni al genial arquitecto, ni al padre, sino por una
contingencia: la tatarabuela fue el primer muerto enterrado en el cementero
del pueblo y Salamone nombraron a la calle que va al cementerio. La manera
de empalagarse con el sentido sobre la muerte, fue esta mitología familiar y el
gusto por lo siniestro en la literatura y en el cine.
Es importante entonces orientar la escucha analítica de esta novela familiar en
dos campos: el $ (lo pulsional) y el A.

Laurent opone “los artificios del inconsciente”, que remiten siempre a la


división subjetiva, y los “artificios del goce”, que llevan a la práctica fuera-del-
sentido”.18 Ese fuera-de-sentido es el goce que nos reconduce a la letra y al
cuerpo; el goce no se inscribe por la vía significante, sino haciendo letra en el
cuerpo, deja sus marcas, como estigmas de lo real y por esa vía, el sujeto
puede transformar su relación con la repetición. Esas marcas son
acontecimientos del cuerpo para los que Lacan creó el concepto de sinthome.
En la lógica de la cura comentada, el sinthome es la sed, ese más allá del
fantasma que se tornó “ridículo e innecesario” y que ocultaba la verdadera
naturaleza del síntoma del sujeto. “El atravesamiento del fantasma implica que
ya no se puede extraer más de allí ese goce-sentido que lo saturaba…el sujeto
ya no se empalaga con él”.19 “El fantasma está esencialmente ligado al
cuerpo mortificado y a ese resto de goce que es a; mientras que el sinthome se
refiere al cuerpo vivificado por el significado, el cuerpo en tanto goza
intensamente a causa del significante”.20 En este caso, la sed, el entusiasmo
de “abrazar las cosas que le interesaban sedientamente” y el truco de poder
mezclar el humor con la magia, con cierto cinismo cómico.
En el plus de gozar que es el a, podemos reconocer una nueva relación con el
goce: el plus de gozar, como opuesto al goce.
La extracción del objeto a, permite que lo oral deje de estar en el campo del
Otro; su no extracción, hacía que apareciera como goce del Otro: “morir
ahogado ante la mirada del Otro”, los dolores de estómago con los que
respondía a la demanda del Otro materno, el empacho, el vómito incoercible
con el que le devolvía todo al Otro. El silencio del analista hizo caer la
consistencia del Otro, así como aislar y hacer caer los S1 y las identificaciones
(la amargura del padre y el dramatismo de la madre). El analista desmantela
esa configuración con una interpretación: “el pesimista siempre tiene la razón”.
Miller afirma: “o bien la sesión analítica es una unidad semántica, o bien es una
unidad a-semántica que reconduce al sujeto a la opacidad de su goce”.21 La
opacidad del goce está del lado de lo real del síntoma, más allá del
inconsciente; mientras que el goce sentido está del lado del inconsciente y del
fantasma y es necesario que se opere un vaciamiento. Tarrab dice: “la
orientación es entonces clara: ni la sopa del sentido, ni el desierto de lo
real”.22
En esa reducción del síntoma, nos queda de éste un uso, o un saber hacer con
eso que el analizante logró secretar de esa experiencia: su trozo de real, su
partenaire, su síntoma, lo más real de su ser. Esos restos muestran que no hay
pase perfecto, sino restos fecundos; si los síntomas estaban en función de las
identificaciones, el sinthome produce un anudamiento.
“Al final el sujeto se vuelve responsable del uso de su síntoma, es decir, de su
modo de gozar de la lengua y de la incidencia que él le otorga en lo social, en
lo político, y en particular en la política del psicoanálisis”.23
Notas:

1 Psicoanalista. Miembro de la AMP y de la NEL-Medellín. Profesora


Universidad de Antioquia
2 Miller, Jacques-Alain, Iluminaciones profanas. La Orientación
Lacaniana III, 8. Enseñanza pronunciada por Jacques-Alain Miller en el marco
del Departamento de Psicoanálisis de París VIII. Texto y notas establecidos por
Catherine Bonningue, sobre la lección del 9 de noviembre de 2005.
3 Algunas obras de referencia: Lacan, Jacques. Función y campo de la
palabra (1953); IBID. El deseo y su interpretación (1959). Miller, J-A. Los signos
del goce (p.249); IBID El psicoanalista y sus síntomas (p. 18, 23)
4 Miller, Jacques-Alain, Cosas de finura en psicoanálisis. Curso de la Orientación
Lacaniana. Clase del 12 de noviembre de 2008. Traducción de Silvia Baudini.
Disponible en: http://www.wapol.org/es/orientacion/TemplateArticulo. asp?
intTipoPagina=4&intPublicacion=13&intEdicion=5&intIdiomaPublicacion=1&int
Articulo=1690&intIdiomaArticulo=1
5 Ibid.
6 Expresiones de Miller en diferentes textos.
7 Ibid.
8 Torres, Mónica, Fracaso del inconsciente, amor al síntoma. Buenos Aires:
Grama Ediciones, 2008, pág.154.
9 Miller, Jacques-Alain. El partenaire-síntoma. Buenos Aires: Paidós, 2008, pág.
409.
10 Ibid. Pág. 414
11 Tarrab, Mauricio, En las huellas del síntoma. Buenos Aires: Grama Ediciones,
2005
12 Ibid., Pág. 11
13 Salamone, Luis Darío, Más que un truco. EOL Seminario del Pase 2008.
Testimonios de los AE en el VI Congreso de la AMP, Buenos Aires Abril de 2008.
14 Tarrab, Mauricio. Testimonio presentado en las V Jornadas de la NEL. Lima,
Octubre de 2008.
15 Tarrab, Mauricio. La fuga del sentido y la práctica analítica. Buenos Aires:
Grama, 2008, pág.16.
16 Miller, Jacques-Alain. El partenaire-síntoma. Buenos Aires: Paidós,
2008. pág. 90.
17 Ibid. Pág. 17.
18 Laurent, Eric, El camino del psicoanalista. En: Lo real en la experiencia
analítica. Buenos Aires: Paidós, 2003. pág. 290.
19 Miller, Jacques-Alain. El partenaire-síntoma. Buenos Aires: Paidós,
2008, pág. 385
20 Ibid.
21 Miller, Jacques-Alain, Entonces Shhh!. Buenos Aires: EOLIA, 1998.
22 Ibid. Pág. 18
23 Pierre-Gilles Guéguen en el seminario de Jacques-Alain Miller, El partenaire-
síntoma.