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PROBLEMAS QUE PLANTEA LA LITERATURA URUGUAYA.

LITERATURA, NACIÓN E
IDENTIDAD. FORMACIÓN DEL CAMPO INTELECTUAL EN EL RÍO DE LA PLATA.
PANORAMA HISTÓRICO GENERAL DE LA LITERATURA DEL SIGLO XIX.

LA FUNDACIÓN POR LA PALABRA – PABLO ROCCA:

La búsqueda de los orígenes o la revisión del pasado:

La idea de un momento fundacional ha obsesionado desde siempre la imaginación del ser


humano. Necesidad de marcar un origen, un comienzo, un momento o un acto
fundacional. La idea de la fundación por la palabra, en cambio, parecería implicar que ese
momento fundacional fue producido por el ser humano en tanto “homo fabulator” y no
como resultado de un hecho astrofísico o de la voluntad divina.

El privilegiar la palabra por parte de los letrados y sacerdotes en determinados períodos


históricos bien puede haber sido un modo de autolegitimación de su función social. La
palabra era su oficio y proponerla como el primer fundamento o la fundación de todas las
cosas y de la historia era un modo de reafirmar su poder:

Validar el poder de la palabra frente al poder de las armas. El poder de una palabra
que se hacía “principio, erección, establecimiento y origen de una cosa” al ser utilizada
para el acto mismo de la fundación.

La idea de fundación implica, además de la idea de un corte en el tiempo, un antes y un


después. Es, en este sentido y en relación con el surgimiento del estado-nación en
América Latina durante el siglo XIX, que nos interesa la fundación por la palabra.

Momento de clausura de un pasado y de comienzo de una nueva época. Fundación que,


aún cuando tuvo formas militares, en esta oportunidad nos importa su versión letrada.

No es casual que en este fin de siglo la reflexión sobre la nación se haya vuelto central y
que se proceda a una revisión minuciosa de los orígenes; en particular, del pasado y de
los orígenes del estado-nación. Más aún, buena parte de la reflexión teórica
contemporánea parace otorgar un lugar fundamental al pasado.

La reflexión sobre el pasado surge de muchas situaciones y más que buscar una única
explicación mecánica o causal quizás el modo más adecuado sería la multiplicidad y
diversidad de raíces como ocurre con el rizoma.

La revisión del pasado ha llevado y, en cierto modo, está presupuesta en la afirmación de


que frente al legado de un único relato de la historia – propio del proyecto de la
modernidad – se debe postular la multiplicidad de relatos y de sujetos.

Ocurre, sin embargo, que esta revisión del pasado, se da en medio de un proceso
económico, político y cultural que ha sido llamado de globalización económico-financiera.
Los procesos de mundialización y los de revisión del pasado que caracterizan el
escenario del presente fin de siglo, han colocado a la memoria en un lugar privilegiado.

Pierre Nora: “hablamos tanto de memoria porque queda muy poco de ella”. Se podría
decir que el fantasma de un Alzaheimer colectivo recorre el mundo.

Todos estamos angustiados o estimulados por la necesidad de proceder a revisar la


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memoria o las memorias – individuales o colectivas – heredadas para poder dar cuenta de
aquello que no deseamos sea olvidado.

Tanto el relato de la historia nacional como la rpopia nación se vuelven altamente


cuestionables o son intensamente cuestionados. La supuesta cantidad de la categoría de
la nación – o del estado-nación.

Lo que ha llevado a que se sostenga que vivimos tiempos “posnacionales”.

El presente debate sobre el pasado entonces supone cuestionar la nación. La nación tal
como había sido pensada durante el siglo XIX y parte del siglo XX pero también la nación
entendida como lo hacía Ernst Renan en su más que conocido ensayo de 1882 y que
todavía hoy marca mucha reflexión sobre el tema: “La esencia de una nación es que
todos los individuos tienen muchas cosas en común y también que han olvidado muchas
cosas”. Olvido consensuado que supuestamente implica un relato o una memoria también
consensuada o negociada.

Supone, más que la polémica idea de un sujeto histórico de la nación colectivo y único, la
de la nación como un espacio de negociación de varios sujetos y/o de los varios
nacionalismos en juego.

Pero el olvido – consensuado o no – y memoria – elegida o no – suponen el tema del


poder. La memoria se ejerce y se evalua siempre desde una posición o desde un
posicionamiento en relación con el poder y la autoridad. En ese sentido, lo que parece
haber ocurrido es, como propone Habermas, una “reubicación de la autoridad”. Esa
“reubicación de la autoridad” y el modo en que esa reubicación se está procesando es
precisamente lo que ocupa el debate sobre el pasado.

O dicho de otro modo la reubicación de la autoridad, es la reubicación del pasado y,


consecuentemente, una reubicación de la memoria colectiva. Reubicación del pasado que
es también una redefinición de lo memorable y de lo olvidable.

No otra cosa está detrás de la discusión sobre el canon literario o artístico, a no otra cosa
se aspira sino a reubicar la autoridad.

Toda memoria, toda recuperación de la memoria o toda conmemoración implica evaluar el


pasado. El tiempo de la evaluación/conmemoración de este fin de siglo globalizado es
para unos, el posnacional, para otros, el poscolonial.

La revisión del pasado está asociada con la necesidad de conocer los orígenes, de
averiguar filiaciones y pertenencias, de precisar el momento inicial de individuos y
colectividades; y de un modo particular con la necesidad de revisar el origen del estado-
nación, precisamente en momentos en que este está amenazado. Sin embargo, la
revisión del pasado del estado-nación desde el presente plantea otros problemas; entre
muchos el que surge cuando se parte de la nación como sujeto de la historia.

Al respecto “la nación como sujeto de la historia nunca puede solucionar el abismo de la
aporía existente entre el pasado y el presente”.
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La búsqueda de los orígenes y la revisión del pasado del estado-nación no es sencilla


como tampoco fue sencillo el “esfuerzo fundacional” de quienes intentaron en el siglo XIX
crear nuestros países.

La memoria nacional y el esfuerzo fundacional:

Si el cuestionamiento o la revisión de las categorías de la nación y del estado-nación


vienen fundacionalmente del campo de los estudios económicos, el debate en torno al
nacionalismo implica el de las ciencias sociales y el de la reflexión cultural.

El actual debate sobre nación y nacionalismo que ha llevado a revisar las relaciones entre
historia y nación (Duara), memoria y nación (Gillis), nación y narración (Bhabha), etnia y
nación, identidad sexual y nación (Epps, Piedra), género y nación, identidad y cultura
(entre muchos otros, García Clanclini) y ha adquirido formas especiales según la agenda
intelectual y política del “lugar desde donde se habla” y desde donde se piensa o se
reflexiona en relación con estas problemáticas.

Por si fuera poco, dicho debate se articula con los de la posmodernidad, el


poscolonialismo, la posdictadura, los derechos humanos y las reivindicaciones de las
diversas minorías.

Creo que todo esto se vincula, además, con la fuerte sensación de estar viviendo tiempos
de inicio y de clausura, lo que es decir, tiempos de balance y cambio, de mutación
civilizatoria.

José Joaquín Brunner señala que: los índices más penetrantes del futuro y de sus
posibilidades deberían estar contenidos en las mutaciones que acontecen en el mundo
del empleo, evoluciones de la comunicación y en las respuestas que proporcionan, los
núcleos formativos de la sociedad: la familia y la escuela.

No es casual que Brunner mencione a la familia y a la escuela como uno de los ámbitos
donde las épocas de cambio producen mayores efectos pues estos lugares representan,
a nivel público y privado, los ámbitos donde se procesa y se construye la memoria; sea
esta, respectivamente, la memoria personal o la institucional o estatal. La memoria es uno
de los campos en que se procesan estos múltiples cambios. Un campo de batalla donde
el presente debate el pasado como un modo de construir el futuro. De ahí que tanto los
movimientos de restauración del pasado como normalización del pasado tengan peculiar
atracción para quienes no desean una revisión de dicho pasado.

Habermas – la “futuridad” del pasado (“al igual que como ya lo hicimos antes”).

Todo lo anterior nos introduce en el tema de la memoria nacional y en los del lugar de
enunciación y del sujeto de enunciación. Gillis:

La memoria nacional es compartida por gente que, aun cuando nunca se ha visto o nunca
ha oído hablar del otro, se consideran como teniendo una historia común. Gente unida
tanto por el olvido como por el recuerdo.
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PANORAMA HISTÓRICO GENERAL DE LA LITERATURA DEL SIGLO XIX.

Gillis recuerda lo sostenido por Benedict Anderson y Ernst Renan, lo relevante es su


afirmación acerca del nacimiento de la memoria moderna; es decir, “el esfuerzo masivo
por rechazar el pasado y construir un futuro radicalmente nuevo”. Ese es el esfuerzo al
que llamo: “fundacional”. Esfuerzo fundacional que, dicho sea de paso, se constituye
siempre desde un tiempo posterior al del tiempo histórico en que se supone se realizó el
mencionado esfuerzo, ya que lo fundacional es caracterizado como tal por las
generaciones posteriores al proceder o construir o reconstruir el pasado y ubicar en el
pasado un momento que quizás no tenía significado que el presente le atrubuye,
inventando de ese modo el comienzo de la memoria.

“Esfuerzo fundacional” presupone o está unido, al surgimiento de la memoria nacional.


Pero ¿qué es la memoria nacional? ¿de cuál memoria se trata? ¿de la memoria oficial, de
la memoria pública o de la memoria popular? Memoria oficial no es igual a memoria
pública.

Se debe distinguir entre memoria popular y memoria oficial pues “la memoria pública es el
campo de batalla en el que los dos tipos de memoria (oficial y popular) compiten por la
hegemonía”. Obligaría a preguntarse si hay un único lugar de la memoria o si las distintas
memorias establecen distintos espacios.

La memoria oficial puede operar sin tener una materialidad o una localización física sino
ser un espacio intelectual o el ámbito del debate académico.

La memoria pública de la nación en tanto campo de batalla puede también ser


identificable con la esfera pública o con esa forma jibarizada de la esfera pública que es el
ámbito académico de la iglesia universitaria o el de la educación. Otro aspecto lo presenta
la memoria no registrada por la escritura, me refiero a la memoria oral pero también a la
memoria fijada a través de lo visual.

Lugar de memoria – Pierre Nora.

¿Quién enuncia el discurso nacional y/o nacionalista? ¿se puede identificar discurso
nacional con discurso nacionalista? ¿qué tipo de memoria supone el o los esfuerzos
fundacionales de los estados-nación durante el siglo XIX en América Latina? ¿quiénes
son los sujetos del discurso nacional: el pueblo, los letrados, los caudillos cívicos, los
militares, los artistas?

El sujeto enunciador del discurso fundante del estado-nación en América Latina durante el
siglo XIX tuvo un proyecto patriarcal y elitista que exluyó no solo a la mujer sino a indios,
negros, esclavos, analfabetos y en muchos casos, a quienes no tenían propiedades.

Este perfil del sujeto enunciador contribuyó a construir el perfil de un sujeto de la nación
(ciudadano) que se identificó con el discurso de cierto nacionalismo.

Los nacionalismos con que se entendieron y con que se construyeron las identidades
nacionales y/o culturales en nuestros países podrían se considerados como
“comunidades interpretativas” (Fish) o “formaciones discursivas” (Foucault) desde donde
se producía un discurso fundante que actuaba como un elemento religante e interpelante
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(Althusser).

La pertenencia a estas comunidades suponía participar en un “orden ritual” que implicaba


adherir y ser leal al proyecto ideológico y ético que estructuraba dichas comunidades.

Orden ritual – supuso la obliteración de todo aquello que, aún cuando presente en la
memoria popular, no contribuyera a la consolidación de la memoria oficial.

Creación de poemas, imágenes, himnos, formaron parte de la labor por construir la serie
de símbolos necesarios a ese orden ritual, que operaría como uno de los elementos
centrlaes del esfuerzo fundacional para la constitución de un imaginario nacional que
terminaría por se objeto de recordación y se objetivaría en la memoria nacional oficial.