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EUROPA

EDAD
MEDI A
PAIDOS STUDIO/BASICA

Títulos publicados:
1. K. R. Popper - La sociedad abierta y sus enemigos
2. A. Mclntyre - Historia de la ética
3. C. Lévi-Strauss - Las estructuras elementales del parentesco
4. E. Nagel - La estructura de la ciencia
5. G. H. Mead - Espíritu, persona y sociedad
6. B. Malinowski - Estudios de psicología prpnitiva
7. K. R. Popper - Conjeturas y refutaciones. El desarrollo del conocimiento
científico
8. M. Mead - Sexo y temperamento
9. L. A. White - La ciencia de la cultura
10. F. N. Cornford - La teoría platónica del conocimiento
11. E. Jaques - La forma del tiempo
12. L. White - Tecnología medieval y cambio social
13. C. G. Hempel - La explicación científica
14. P. Homgsheím - Max Weber
15. R. D. Laing y D. G. Cooper - Razón y violencia
16. C. K. Ogden y I. A. Richards - El significado del significado
17. D. I. Slobin - Introducción a la psicolingüística
18. M. Deutsch y R. M. Krauss - Teorías en psicología social
19. H. Gerth y C. Wright Mills - Carácter y estructura social
20. Ch. L. Stevenson - Etica y lenguaje
21. A. A. Moles Sociodinámica de la cultura
22. C. S. Niño - Etica y derechos humanos
23. G. Deleuze y F. Guattari - El Anti-Edípo
24. G. S. Kirk - El mito. Su significado y funciones en la Antigüedad y otras
culturas
25. K. W. Deutsch - Los nervios del gobierno
26. M. Mead - Educación y cultura en Nueva Guinea
27. K. Lorenz - Fundamentos de la etología
28. G. Clark - La identidad del hombre
29. J. Kogan - Filosofía de la imaginación
30. G. S. Kirk - Los poemas de Homero
31. M. Austin y P. Vídal-Naquet - Economía y sociedad en la antigua Grecia
32. B. Russeil - Introducción a la filosofía matemática
33. G, Duby - Europa en la Edad Media
Georges Duby
Y . - ‘‘

EUROPA EN LA EDAD MEDIA

ediciones í ^ 0 -4

MDOS i
Barcelona —— ».'
Buenos Aires
México
Título original: L’Europe au Moyen Age. Axt román, art gothique
Publicado en francés, en edición ilustrada, por Arts et métiers graphiques, París,
1979, y en edición no ilustrada por Flammarion, París. 1984

Traducción de Luis Monreal y Tejada

Cubierta de Julio Vivas

1* edición, 1986

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida,
transmitida o almacenada, sea por procedimientos mecánicos, ópticos o químicos,
incluidas las fotocopias, sin permiso del propietario de los derechos.

© de todas las ediciones en castellano,


Ediciones Paidós Ibérica, S. A.;
Mariano Cubí. 92; 08021 Barcelona;
y Editorial Paidós, SAICF;
Defensa, 599; Buenos Aires.

ISBN: 84-7509-384-1
Depósito legal: B. 6291/1986

Impreso en Limpergraf, S. A.;


Del Río, 17; Ripollet (Barcelona)

Impreso en España • Printed in Spain


S22.S'*'

INDICE

P r e f a c i o .......................................................................10

El año m i l .......................................................................13

La búsqueda de D i o s ..................................................... 35

Dios es l u z .......................................................................53

La catedral, la ciudad, la e s c u e la ................................... 71

El r e in o .............................................................................89

Resistencia de las naciones............................................... 103


El giro del siglo x i v ........................................................... 121

La felicidad.......................................................................137

La m u e r t e .......................................................................161

Referencias bibliográficas 183


r

K cykjavik
PREFACIO

Hace veinte años, Albert Skira, por sugerencia de Yves Rivié-


re, me proponía trabajar en la colección que más tarde tituló
«Art Idées Histoire». Su propósito consistía en situar las formas
artísticas entre aquello que las rodea y dirige su creación, mos­
trar de época en época el significado de la obra de arte, la función
que cumple bajo su aparente gratuidad, las relaciones que man­
tiene con las fuerzas productivas, con una cultura de la que es
una expresión entre otras y con la sociedad cuyos ensueños ali­
menta. Me agradó el proyecto: precisamente en ese momento
empezaba a preguntarme acerca de lo que liga las formaciones
sociales con las culturales, lo material con lo que- no lo es, lo
real con lo imaginario. Escribí primero uno, dos, luego tres de
estos libros, tratando de la Edad Media occidental entre el final
del siglo x y el comienzo del xv. Aparecieron en 1966 y 1967. Ya
en esta primera obra, el texto y la imagen se bailaban necesaria­
mente coordinados.
En 1974, Pierre Nora me incita a reanudar, a remozar, a con­
centrar aquel ensayo. Así sale «Le temps des cathédrales». Roger
Stéphane opina que en ese libro hay materia para componer una
serie de filmes para la televisión. Roland Darbois, Michel Alba-
ric, el propio Stéphane y yo nos ponemos juntos a traducirlo.
Claro está que se trata de la traducción de un lenguaje a otro,
totalmente distinto, de construir un nuevo discurso. De impri­
mirle su ritmo. Situar donde conviene las etapas, los momentos
culminantes, las transiciones. Construir la armadura sobre la que
vendrán a organizarse las imágenes. Pues esta vez, las imágenes
son las soberanas. Roland Darbois marcha a recogerlas. Las
reúne. Ante este primer montaje, yo pongo un comentario. En
función del texto hablado, se rehace por última vez el texto vi­
sual. Y así se concluye la obra.
Le debo mucho. Los medios empleados en las tomas revela-
PREFACIO 11

ban ante todo lo que yo no había podido ver: por ejemplo, los
detalles del tímpano de Conques, de las naves de catedrales va­
ciadas de su mobiliario moderno., Cangrande durmiendo su últi­
mo sueño sobre la altura de la tumba que Tuzó edificar en Verona.
De todos modos el provecho vino principalmente de que otra
mirada se había posado en las obras de arte: sobre la marcha,
se habían impuesto otras selecciones y los montajes sucesivos,
yuxtaponiendo de manera inusitada las imágenes, provocaban
confrontaciones y suscitaban reflexiones nuevas. Esto explica la
sensible distancia entre el texto del libro de que partimos y éste.
Lo presento sin retoques, tal como fue elaborado con la vi­
veza de una primera impresión visual, tal como fue dicho. Estas
fases han sido habladas. Ante un público inmenso y diverso. Lo
importante era que no desviaran la atención de la imagen. A la
imagen se han sometido y subordinado por entero. Son insepa­
rables de ellas. Su única razón de ser consiste en ayudar a apre­
ciar mejor su sentido. Aquí están fijadas simplemente para me­
moria.

Georges Duby
1

EL AÑO M IL

Imaginemos. Es lo que siempre están obligados a hacer los


historiadores. Su papel es el de recoger los vestigios, las huellas
dejadas por los hombres del pasado, establecer, criticar escru­
pulosamente un testimonio. Pero esas huellas, sobre todo las que
han dejado los pobres, la vida cotidiana, son ligeras y disconti­
nuas. Respecto a tiempos muy lejanos como estos de que aquí
se trata, son rarísimas. Sobre ellas se puede construir un arma­
zón, pero muy endeble. Entre esos pocos puntales permanece
abierta la incertidumbre. No tenemos más remedio que imaginar
la Europa del año mil.
Ante todo, pocos hombres, muy pocos. Diez veces, quizá vein­
te veces menos que hoy. Densidades de población que son actual­
mente las del centro de Africa. Domina tenaz el salvajismo. Se
espesa a medida que nos alejamos de las orillas mediterráneas,
cuando se franquean los Alpes, el Rin, el mar del Norte. Acaba
por ahogarlo todo. Aquí y allá, a trozos hay claros, cabañas de
campesinos, pueblos rodeados de jardines, de donde viene lo
mejor de la alimentación; campos, pero cuyo suelo rinde muy
poco a pesar de los largos reposos que se le conceden; y muy de­
prisa, desmesuradamente extendida, la zona de caza, de reco­
lección, de pastos diseminados. De tarde en tarde una ciudad.
Casi siempre es el residuo de una ciudad romana; monumentos
antiguos remendados de los que se han hecho iglesias o fortale­
zas ; sacerdotes y guerreros; la domesticidad que íes sirve, fabri­
cando armas, moneda, ornamentos, buen vino, todos los signos
obligados y los utensilios del poder. Por todas partes se entre­
mezclan las pistas. Movimiento por doquier: peregrinos y mozos
de carga, aventureros, trabajadores itinerantes, vagabundos. Es
asombrosa la movilidad de un pueblo tan desguarnecido.
Hay hambre. Cada grano de trigo sembrado no da más que
tres o cuatro, cuando es verdaderamente bueno. Una miseria.
14 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

La obsesión: pasar el invierno, llegar hasta la primavera, hasta


el momento en que corriendo los pantanos y las espesuras, se
puede 'tornar el alimento en la naturaleza libre, tender trampas,,
lanzar redes, buscar bayas, hierbas, raíces. Engañar el hambre..
De hecho, ese mundo parece vacío y en realidad está superpo­
blado. Desde hace tres siglos, desde que han menguado las gran­
des oleadas de peste que durante la más alta Edad Media habían
arrasado al mundo occidental, la población se ha puesto a crecer.
El aumento iba creciendo a medida que fenecía la esclavitud, la
verdadera, la de la antigüedad. Aún queda gran cantidad de no
libres, de hombres y mujeres cuyo cuerpo pertenece a alguien
que lo vende, que lo da, y a quien deben obedecer en todo. Pero
ya no se les retiene hacinados en chusmas. Sus dueños, precisa­
mente porque se reproducen, han aceptado verlos establecerse en
una tierra. Viven en familia entre ellos. Proliferan. Para alimen­
tar a sus hijos debían roturar y agrandar los viejos terruños,
creando otros nuevos en medio de soledades. Ha comenzado la
conquista. Pero todavía es demasiado tímida: el utillaje es irri­
sorio ; subsiste una especie de respeto ante la naturaleza virgen
que impide atacarla con demasiada violencia. La inagotable ener­
gía del agua corriente, la inagotable fecundidad de la buena tie­
rra, profunda, libre desde hacía siglos, desde la retirada de la
colonización agrícola romana, todo se ofrece. El mundo está por
domar.

¿Qué mundo? Los hombres de aquel tiempo, los hombres de


alta cultura, que reflexionaban, que leían libros, se representaban
la tierra plana. Un vasto disco cubierto por la cúpula celeste y
rodeado por el océano. En la periferia, la noche. Poblaciones ex­
trañas, monstruosas, de unípedos, de hombres lobos. Se contaba
que surgían de vez en cuando, en hordas terroríficas, como ade­
lantados del Anticristo. En efecto, los húngaros, los sarracenos
y los hombres del norte, los normandos, acababan de devastar
la cristiandad. Estas invasiones son las últimas que ha conocido
Europa. Esta no se hallaba librada del todo de ellas en el año
mil y la gran oleada de miedo levantada por las incursiones no
había terminado. Ante los paganos, se había huido. El cristianis­
mo y las formas frágiles, preciosas, veneradas, en que se había
introducido durante el Bajo Imperio la lengua latina, la música,
el conocimiento de los números, el arte de construir en piedra,
permanecían aún como soterradas en las criptas. Los monjes que
construyeron la de Toumus habían sido expulsados cada vez
EL AÑO M IL 15

más lejos por la invasión normanda, desde el océano, desde Noir-


moutiers, y no habían hallado la paz más que en el centro de las
tierras, en Borgoña.
Jerusalén constituye el centro de este mundo plano, circular, j
cercado de terrores. La esperanza y todas las miradas se dirigen
hacia el lugar donde murió Cristo, de donde Cristo subió a los
cielos. Pero en el año mil, Jerusalén está cautiva, en manos de
los infieles. Una ruptura ha dividido en tres porciones la parte
conocida del espacio terrestre: aquí el Islam, el m al; ahí el se-
mimal, Bizancio, una cristiandad, pero de lengua griega, extraña,
sospechosa, que deriva lentamente hacia el cisma; por último,
Occidente. La cristiandad latina sueña en una edad de oro, en el
imperio, es decir en la paz, el orden y la abundancia. Este recuer­
do obsesionante se vincula a dos lugares insignes: Roma — aun­
que Roma en esa época es marginal, más que a medias griega—
y Aquisgrán, nueva Roma.

En efecto, dos siglos antes había resucitado el Imperio roma­


no de Occidente. Un renacimiento. Las fuerzas que lo habían
suscitado no venían de las provincias del Sur donde la impronta
latina quedaba marcada más profundamente. Brotaban en lo más
silvestre, en una región bravia, vigorosa, tierra de misión, frente
de conquista, del país de los francos del este, en la unión de la
Galia y la Germania. Aquí había nacido, había vivido y había sido
sepultado el nuevo César, Carlomagno. Un monumento capital
mantiene su memoria, la capilla de Aquisgrán. Maltratada por
los rapaces, restaurada, permanece como el sello indestructible
de la renovación inicial, como una invitación a proseguir el es­
fuerzo, a mantener la continuidad, a renovar perpetuamente, a
renacer. Los que construyeron este edificio lo quisieron imperial
y romano. Tomaron dos modelos, uno en la propia Roma, el
Panteón, templo erigido en tiempos de Augusto y ahora dedicado
a la Madre de Dios; el otro en Jerusalén, en el santuario levan­
tado en la época de Constantino sobre el emplazamiento de la
ascensión de Cristo. Jerusalén, Roma, Aquisgrán, este lento des­
plazamiento de este a oeste de un polo, del centro de la ciudad
de Dios sobre la tierra, condujo así a esta nueva iglesia redonda.
Las disposiciones de su volumen externo significan la conexión
de lo visible y de lo invisible, el tránsito ascensional, liberador,
de lo carnal a lo espiritual, desde el cuadrado, signo de la tierra,
hasta el círculo, signo del cielo, por el intermedio de un octógo­
no. Tal organización convenía al lugar donde venía a rezar el
16 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

emperador. Este tenía por misión ser intermediario, intercesor


entre Dios y su pueblo, entre el orden inmutable del Universo
celeste y la turbación, la miseria, el miedo de este bajo mundo.
La capilla de Aquisgrán tiene dos pisos. En la planta inferior está
la corte, las gentes que sirven al soberano por la oración, las
armas o el trabajo; son los representantes de la inmensa multi­
tud que el maestro rige y ama, que él ha de conducir hacia el
bien, más arriba, hacía su persona. E l mismo ocupa su lugar en
la planta superior. Allí es donde se asienta. Los signos de alaban­
za que se cantan en las grandes ceremonias lo proclaman eleva­
do, no naturalmente hasta el nivel del Señor Dios, pero al menos
hasta el nivel de los arcángeles. Esta tribuna se abría hacia el
exterior sobre el gran salón donde Carlomagno administraba la
justicia dirigida hacia las cosas de la tierra. Pero mediante un
diálogo solitario entre el Creador y el hombre al que ha hecho
guía de su pueblo, el trono imperial mira hacia el santuario, del
lado de esas formas arquitectónicas que hablan a la vez de con­
centración y de ascensión.
Sigue existiendo en el seno del siglo xi un emperador de Oc­
cidente, heredero de Carlomagno, que como aquél quiere ser un
nuevo Constantino, un nuevo David. Roma lo atrae. Desearía
residir allí. La indocilidad de la aristocracia romana, los lazos
sutiles de una cultura demasiado refinada y los miasmas de que
está llena esa ciudad insalubre lo alejan de ella, La autoridad
imperial permanece pues anclada en la Germania, en Lotaringia.
Aquisgrán sigue siendo su raíz. Otón III, el emperador del año
mil, ha hecho buscar el sepulcro de Carlomagno, romper el pa­
vimento de la iglesia, ha tomado la cruz de oro que colgaba al
cuello del esqueleto y con ella se ha adornado simbólicamente.
Luego, como lo habían hecho sus antepasados y como lo harán
sus descendientes, ha depositado lo más espléndido de su tesoro
en la capilla de Aquisgrán. Así se acumulan objetos maravillosos,
apropiados para liturgias donde se entremezclan lo profano con
lo sagrado. Los signos que los revisten expresan la unión entre
el imperio y lo divino. Muestran al emperador prosternado a los
pies de Cristo, minúsculo, pero presente, sólo con su esposa, nue­
vo Adán, único representante de la humanidad entera; o bien,
teniendo en la mano, como Cristo lo tiene en el cielo, el globo,
imagen del poder universal. En la catedral de Bamberg se con­
serva hoy el manto con que el emperador Enrique I I se vestía en
las grandes fiestas. En él están bordadas las figuras de las. cons­
telaciones y de las doce casas del zodiaco. Esta capa representa
EL AÑO M IL 17

el firmamento, la parte más misteriosa del universo y la mejor


ordenada, la que se mueve dentro de un orden ineluctable, que
gravita en lo alto, que no tiene límite. El emperador se muestra
ante sus fieles asombrados, envuelto en las estrellas. Para afir­
mar que es el dueño supremo del tiempo, del pasado, del futuro
— que es el dueño del buen tiempo, por tanto de las coseehas
abundantes, el vencedor del hambre— que es el garantizador del
orden, que es vencedor del miedo. Admiremos la inconmensura­
ble “distancia entre esas ostentaciones del poder donde se enun­
ciaban en formas fascinantes tales pretensiones y todo alrededor,
a dos pasos del palacio, el bosque, las tribus salvajes de criado­
res de puercos, un paisanaje para el que el mismo pan, y el pan
más negro, seguía siendo un lujo. ¿El imperio? Era un sueño.
En la Europa del año mil, la realidad es lo que llamamos la
feudalidad. Es decir, las maneras de mandar adaptadas a las con­
diciones verdaderas, al verdadero estado, áspero, mal desvastado
de la civilización. Todo se agita en ese mundo, pero sin camino,
sin moneda o casi, ¿quién puede hacer ejecutar sus órdenes lejos
del lugar donde él se halla en persona? El jefe obedecido es aquel
a quien se ve, a quien se oye, a quien se toca, con quien se come
o se duerme. La invasión de los paganos sigue siendo amenaza­
dora, el temor que inspira sobrevive a la progresiva retirada del
peligro; el jefe obedecido es pues aquel cuyo escudo está allí,
cerca, que protege, vela sobre un refugio donde el conjunto del
pueblo puede encontrar abrigo, encerrarse, hasta que pase la tor­
menta ; la feudalidad es por consiguiente, en primer lugar, el cas­
tillo. Innumerables fortalezas diseminadas por todas partes. De
tierra, de madera, algunas ya de piedra, sobre todo en el sur.
Rudimentarias: una torre cuadrada y una empalizada son el sím­
bolo de la seguridad. Pero también son amenazas. En cada casti­
llo anida un enjambre de guerreros. Hombres a caballo, caballe­
ros, especialistas de la guerra eficaz. La feudalidad afirma su
primacía sobre todos los demás hombres. Los caballeros — una
veintena, una treintena— que por turno montan la guardia en la
torre, salen de ella con la espada en el puño, exigiendo como pre­
cio de la protección que aseguran ser mantenidos, nutridos por
el país llano y desarmado. La caballería campa sobre la Europa
de los campesinos, de los pastores y de los hombres del bosque.
Vive del pueblo, duramente, salvajemente, aterrorizándolo: un
ejército de ocupación.
Frente al manto de Enrique II, cuyas constelaciones hablan
de paz imaginaria, sitúo otro bordado: la «tela de la conquista»-
SÜROPA EN LA EDAD MEDIA

como se llamaba en su tiempo a la «tapicería» de Bayeux como


decimos nosotros. Mujeres bordaron en la Inglaterra que los
normandos acababan de someter esta larga banda de tejido his­
toriado cuyas imágenes, hada 1080, unos sesenta años después
de la capa de Bamberg, contradicen el sueño imperial. Muestra
a un rey de Inglaterra, Eduardo el Confesor, sentado en un trono
semejante al de Aquisgrán, creyéndose también mediador y en
posturas que todavía son las de Carlomagno. En realidad, toda
fuerza se ha retirado del rey al que rodean los obispos. Esta
pertenece al duque de los normandos Guillermo el Conquistador,
príncipe feudal. En tomo a él los hombres de guerra. Sus hom­
bres, los que le han rendido homenaje. Se han ligado a la roma­
na, no por escrito, sino por el gesto, por la palabra, por ritos de
boca y de mano, mágicos. Estos guerreros, ante los cuales tiem­
blan los campesinos y los sacerdotes, han venido a arrodillarse
un día al pie del dueño de los castillos más fuertes del país, con
la cabeza desnuda. Han puesto las manos entre las suyas. Este
ha cerrado sus manos sobre las de ellos. El los ha levantado, res­
tableciéndolos así en la igualdad y en el honor, adoptándolos
como sus hijos suplementarios, y les ha besado en la boca. Luego
estos caballeros han jurado, con la mano sobre los relicarios,
servirle, ayudarle, no atentar jamás contra su vida, contra su
cuerpo, convirtiéndose así en sus vasallos (la palabra quiere de­
cir zagales), sus muchachos, obligados a conducirse como buenos
hijos respecto a este patrón a quien llaman señor (es decir el vie­
jo, el anciano, el mayor), el cual está obligado a mantenerlos, a
alegrarlos y si puede a casarlos bien. Y ante todo a proveerlos
de armas.
Lo mejor del progreso técnico cuyos primeros movimientos
se aprecian está dirigido hacia el perfeccionamiento del arnés
militar, hacia la metalurgia de armamento. Todavía falta hierro
para los carros. Los forjadores hacen con él cascos y cotas de
malla que vuelven invulnerables al combatiente. Los utensilios
en que aquella época puso mayor cuidado para elaborar, aquellos
cuyo peso simbólico era mayor, son las espadas. Insignia de un
«oficio» considerado noble, instrumento de la represión, de la
explotación del pueblo, la espada, más que el caballo, distingue
al caballero de los demás. Proclama su superioridad social. Se
cree que las espadas de los príncipes fueron fabricadas en un pa­
sado legendario, mucho antes de la evangelización, por artesanos
semidioses. Están cargadas de talismanes. Tienen su nombre. La
EL AÑO M IL 19

espada del año mil es como una persona. A la hora de morir,


como se sabe, el primer afán de Roldan fue por Durandarte.

El caballero disfruta de su cuerpo. La función que cumple le


autoriza a pasar su tiempo en placeres que son también una ma­
nera de fortificarse, de entrenarse. La caza y los bosques para
ella, las áreas reservadas a este juego de aristócratas, se cierran
a los leñadores. El banquete: hartarse de piezas cazadas mien­
tras el pueblo común muere de hambre, beber el m ejor vino,
cantar; hacer fiesta entre camaradas para que se estreche, en
tomo a cada señor, el grupo de sus vasallos, banda alborotada a
la que sin cesar hay que tener contenta. Y ante todo, como ale­
gría primera, la de combatir. Cargar sobre un buen caballo con
sus hermanos, sus primos, sus amigos. Gritar durante horas en­
tre el polvo y el sudor, desplegar todas las virtudes de sus bra­
zos. Identificarse con los héroes de las epopeyas, con los antepa­
sados cuyas proezas hay que igualar. Superar al adversario,
capturarlo, para ponerlo en rescate. En el arrebato, a veces se
dejan llevar hasta matarlo. Borrachera de la carnicería. Gusto
de la sangre. Destruir y por la tarde dejar el campo esparcido:
he aquí la modernidad del siglo xi.
En el alba de un crecimiento que ya no cesará, el impulso que
inaugura la civilización occidental se revela ante todo por esa
vehemencia militar; las primeras victorias sobre la naturaleza
indócil de los campesinos, inclinados bajo las exigencias seño­
riales, forzados a arriesgarse entre las malezas y los pantanos,
a sanear y a crear nuevos terruños, consiguen alzar en primer
plano, aplastándolo todo, a la figura del caballero. Ancho, grue­
so, pesado, contando sólo el cuerpo, con el corazón, no con el
espíritu, pues aprender a leer le estropearía el alma. Situando
en la guerra, o en el torneo que la sustituye y la prepara, el acto
central, el que da sabor a la vida. Un juego en el que se arriesga
todo, la existencia y lo que acaso es más precioso, el honor. Un
juego en el que ganan los mejores. Estos vuelven ricos, cargados
de botín, y por eso generosos, difundiendo en torno a ellos el
placer. El siglo xi europeo está mandado por ese sistema de va­
lores, fundado enteramente en el gusto de rapiñar y de dar, en
el asalto.
El asalto, la rapiña, la guerra, excepto en algunos Lugares res­
petados. El feudalismo ha disociado totalmente la autoridad del
soberano en Italia, en Provenza y en Borgoña. La socava en la
mayor parte del reino de Francia y en Inglaterra. En el año mil,
20 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

todavía no ha hecho mella en las provincias germánicas. Estas


siguen siendo carolingias, es decir imperiales.
En Germania aún no se ha establecido el feudalismo; es el
emperador quien asume la misión de paz, quien apacigua la tur­
bulencia de los obispos y de los monasterios donde, de vez en
cuando, va a rendir homenaje a Cristo, su único Señor.
En esta parte menos evolucionada de la cristiandad latina se
prolonga así ia empresa de renacimiento. Sigue denso el esfuerzo
que mantiene en pie, que vivifica lo que la Roma antigua dejó
de sí misma. Esta herencia se enriquece entonces con lo que, a
través de Venecia o de las extensiones eslavas, llega fresco de
Bizancio. Los emperadores de aquel tiempo tienen como esposas
o como madres a princesas bizantinas. Mediante vínculos más
rígidos con las cristiandades orientales, mucho más civilizadas,
hay como una segunda primavera, una floración abierta en Rei-
chenau, en Echternach, en Lieja, en Bamberg, en Hildesheim.
Estos lugares no son capitales. Tampoco la tiene el imperio.
Para cumplir su misión de ordenador, para mostrar en todas
partes la imagen de la paz, el rey de Alemania debe cabalgar sin
cesar, siempre en camino, de un palacio a otro. De tarde en tar­
de, en las grandes fiestas de la cristiandad que son también las
fiestas de su poder, viene a entronizarse ion momento, revestido
de todas sus galas, en medio de los obispos y los abades, en los
santuarios. Allí, junto a las catedrales en las que se apoya su
poder semidivino, en los grandes monasterios donde se ruega por
su alma y la de sus padres, están establecidas las escuelas, los
talleres de arte. Allí se reúnen hombres cuya visión del mundo
difiere totalmente de la de los caballeros de Francia, de Ingla­
terra o de España. Perfectamente conscientes de la barbarie que
en tomo a ellos invade las costumbres. Resistiendo con todas sus
fuerzas a la degradación de una cultura que veneran. Tomando
como modelo lo que han legado los tiempos antiguos en los que
radica, para ellos, toda perfección. Como el propio Carlo/nagno,
del que se cuenta que se levantaba por la noche, estudioso, para
aprender a leer latín, los pintores, los escultores, los que tallan
el marfil, los que funden el bronce, los que trabajan por encar­
gos imperiales los materiales más nobles, los únicos dignos de
celebrar la gloria de su dueño, es decir la gloria de Dios, todos
tienen actitudes de discípulos atentos, aplicados, esforzándose
por aproximarse lo más cerca posible a los clásicos. Por sus cui­
dados respetuosos, amorosos, sobreviven en el corazón de la más
densa rusticidad de las formas que hacen eco a los versos de la
EL ANO M IL 21

«Eneida», un arte que rechaza las abstracciones de la bisutería


bárbara, prohibiéndose deformar la apariencia de las cosas, ía
apariencia corporal del hombre, una estética de la figuración, del
volumen equilibrado, de la armonía, una estética de arquitecto
y de escultor, clásica.
Fue ante todo por el libro como se mantuvo la tradición del
clasicismo. Para los hombres de que hablo, los dirigentes de las
iglesias imperiales, el libro era sin duda el más precioso de los.
objetos. ¿No encerraba la palabra de los grandes escritores de
la Roma antigua, y sobre todo las palabras de Dios, el verbo, por
el que el Todopoderoso establece su poder en este mundo? Les
correspondía adornar ese receptáculo más suntuosamente que
los muros del santuario o que el altar y sus vasos sagrados, cui­
dando de que la imagen y la escritura estuvieran en la más estre­
cha consonancia. En los armarios donde se conservaban los li­
bros litúrgicos subsistían cantidad de biblias, de leccionarios que
habían sido ilustrados en la época de Luis el Piadoso o de Carlos
el Calvo. Sus páginas estaban decoradas con pinturas que imita­
ban casi todas ejemplos romanos. El vigor plástico de las figuras
de evangelistas, los simulacros de arquitectura erigidos en tomo
a ellas, el adorno de las iniciales respondían a las lecciones de
humanismo que distribuían los escritos siempre releídos de Sé­
neca, de Boecio o de Ovidio. Se copiaron estos libros en el año
mil, en las iglesias a las que el emperador venía a rezar. Se quiso
hacer algo mejor, más magnífico todavía. Los tejidos, los marfi­
les, los libros importados de Bizancio donde las letras se inscri­
bían en oro sobre fondo púrpura, invitaban a mayor fidelidad
en la representación de la figura humana, a más lujo en el des­
pliegue de la ornamentación. Sobre el pergamino de los «Perico-
pios», confeccionados hacia, el mil veinte para el emperador En­
rique II, el oro, ese oro que los príncipes feudales derrochaban
entonces en el torneo y en las francachelas, ese oro se tendía
como fondo de una representación sagrada. Sobre los espejismos
de ese último término que los transporta a lo irreal se desarro­
llan los episodios sucesivos de un espectáculo, desfilan los per­
sonajes del drama, Cristo y*sus discípulos. Personas asombrosa­
mente vivas. Y se Ies ve reaparecer dentro del oro, revestidos
por el relieve con más presencia aún, sobre las paredes de los
altares, en la capilla de Aquisgrán, en la catedral de Basilea. Li­
bros, frontales de altar, cruces. En el arte cuyo inspirador es el
emperador del año mil, la cruz no se muestra como un instru­
mento de suplicio. Es el emblema de un triunfo, de una victoria
22 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

alcanzada sobre las potencias de subversión en el universo ente­


ro, de norte a sur, de este a oeste, sobre ios dos ejes cuyo nece­
sario encaje figura la cruz. Sobre ella está aplicada la imagen de
un Cristo coronado, siempre vivo, del que el emperador, lugarte­
niente del cielo, arcángel, es delegado en este mundo. La cruz es
el signo de tal investidura. Lo mismo que la espada sirve de em­
blema a la caballería y a todos los poderes de agresión de que es
portadora, del mismo modo la cruz, hablando de orden, de luz
y de resurrección, hace sensible lo que constituye la esencia del
poder imperial. Hacia esas cruces enriquecidas con las más so­
berbias joyas heredadas de la gloria romana, hacia esas cruces
blandidas como estandartes para rechazar el mal, es- decir el tu­
multo y la muerte, convergía toda la empresa de renovación.
Uno de los mejores artesanos de esta empresa fue Bemward,
obispo de Hildesheim. Un obispo consagrado como lo eran los
soberanos. Impregnado por los ritos de la consagración de una
sabiduría venida del cielo, designado para difundirla aquí abajo,
para iluminar. Educador por consiguiente: fue el preceptor de
los infantes imperiales. Bemward hizo levantar cerca de su sede
episcopal una réplica de la columna Trajana que había visto en
Roma. También historiada, envuelta por una larga banda dibu­
jada semejante a la tapicería de Bayeux, pero no bordada como
ésta, sino fundida a la antigua en bronce. Bemward también
hizo fundir en bronce en Hildesheim las dos hojas de una puerta
para una iglesia dedicada a san Miguel, otro arcángel, abriéndose
al interior del santuario, es decir a la verdad. Sobre cada uno de
los batientes, anillas a las que los criminales fugitivos venían a
amarrarse, agarrándose a lo sagrado en la esperanza de conver­
tirse en intocables como los suplicantes de la antigüedad clásica,
y los dueños del poder, a quienes la pasión desviaba del camino
recto, les cortaban a veces las manos con la espada para apresar­
los. Sacrilegio.
También Bemward lo imitaba. Seguía el ejemplo de Carlo­
magno y de los grandes dignatarios de la iglesia carolingia. Pero
hasta él, los bronces de las portadas no habían llevado imáge­
nes. Los de Hildesheim están tan poblados de ellas como las pá­
ginas de los evangeliarios. Puestas a la vista del pueblo, de cara
al mundo corrompido, hundido en la barbarie, estas puertas te­
nían la función de enseñar el bien, la verdad, la sabiduría. De­
sarrollaban una exhortación fundada en la yuxtaposición de die­
ciséis escenas. Hay que detenerse en su disposición, pues revela
la visión del mundo de los hombres cuya cultura ara en aquel
EL AÑO M IL 23

tiempo la más alta, su manera de pensar, ae enunciar un mensa­


je que se creían obíigados a lanzar por todas partes hacia una
sociedad cuyas primeras fases de desarrollo modificaban en este
momento las estructuras, que se feudalizaban, que resbalaban
insensiblemente bajo la dominación de los guerreros, es decir de
la violencia. Dos hojas: la de la izquierda y la de la derecha. El
mal y el bien. La desesperación y la esperanza. La historia de
Adán y la historia de Jesús, con dos movimientos inversos.
El discurso debe leerse de arriba abajo en la parte izquierda
que habla de degradación, de decadencia, de caída. Se lee de aba­
jo arriba en la parte derecha, la buena, puesto que proclama aquí
la posible reincorporación, puesto que invita a resurgir, puesto
que señala el camino ascendente, el que hay que seguir. Muy
hábilmente, la retórica visual saca provecho igualmente de las
analogías entre cada uno de los episodios de estos dos relatos
yuxtapuestos. Insiste en las concordancias que, dos a dos, unen
las escenas de la derecha a las de la izquierda. Propone una lee-
tura horizontal para determinar más claramente dónde está el
bien y dónde el mal. Conduciendo la mirada desde Adán y Eva
excluidos, arrojados del paraíso, condenados a morir, hacia Jesús
presentado en el templo, recibido, admitido, desde el árbol de
muerte hacia la cruz, árbol de vida, desde el pecado original
hacia la crucificación que lo borra, desde la creación de la mu­
jer hacia esa especie de gestación cuyo lugar fue la tumba de
la resurrección. Así es como enseña Bernward. No con palabras,
sino con signos abstractos. Mediante una especificación anun­
ciadora de los grandes misterios que tres siglos más tarde
vendrán a representar ante las catedrales actores vivos. Ya se ve
aquí actuar a los hombres y a las mujeres. Presencia del hombre.
Ya que se trata del hombre, de la suerte de cada hombre. Del
hombre caído, arrojado hacia abajo, hacia la tierra por el peso
de la falta, humillado hasta esta condición despreciable en que el
feudalismo rebaja a los campesinos sometidos, envilecido, obli­
gado a trabajar con sus manos, empujado en fin, en última etapa,
hasta el homicidio, hasta la violencia, hasta ese encarnizamiento
por destruir de que dan pruebas, en la época, los caballeros que
como sabemos derraman cada día la sangre de los justos. Mien­
tras que en el otro batiente, la vida de una mujer y la vida de un
hombre, María nueva Eva, Jesús nuevo Adán, afirman que el gé­
nero humano debe salvarse finalmente.
Caída y redención. Una historia inmóvil, inmediata, actual.
En el seno del siglo xi, la humanidad se alza de su degradación.
24 EUROPA EN' LA EDAD MEDIA

Se ha puesto en camino bajo la dirección del emperador. La obra


de arte está allí para orientar su marcha. Es indicativa y por eso
adopta de nuevo el lenguaje más claro, el de la Roma antigua.
Sin embargo, el mensaje está lanzado muy tejos de Rema, fin
los límites extremos de la era civilizada. Muy cerca de los san­
tuarios y de los sacrificios humanos del paganismo escandinavo.
En las primeras líneas de combate que el pueblo de Dios debe
librar contra las tinieblas.
Un e r e m it a a c o m ie n z o s d e l s i g l o x i i

«Las vastas soledades que se hallan en los confínes del Maine y de Bre­
taña florecían entonces, como un segundo Egipto, con una multitud de ana­
coretas que vivían en celdas separadas, santos personajes, famosos por
la excelencia de su regla de vida. |...j
¡Entre ellos, uno llamado Pedro.|
Pedro no sabía cultivar los campos ni el jardín; eran los brotes jóvenes
los que, con el complemento de su trabajo de tornero, le proporcionaban
los platos cotidianos de su mesa. Su casa, todo menos grande, se la había
construido igualmente con cortezas de árbol dentro de las ruinas de una
iglesia consagrada a san Medardo, cuya mejor parte habían abatido las
tempestades. |...|»
Geofroy le Gros,
« Vida de san Bernardo de T irón»

El c o m e r c io en L o m ba kd ia e n el sig lo x

«A su entrada en el reino, los mercaderes pagaban en los puntos de


paso, sobre los caminos pertenecientes al rey, el diezmo de toda mercan­
cía; he aquí la lista de esos pasos: el primero es Suse, el segundo Bard, el
tercero Bellinzona, el cuarto Qhiavenna, el quinto Bolzano (o Bolciano),
el sexto Volargno (o mejor Valamio), el séptimo Trevale, el octavo Zuglío,
sobre el camino de Monte Croce, el noveno cerca de Aquilea y el décimo
Cívidale del Friul. Toda persona al llegar a Lombardía desde más allá de
las montañas debe pagar el diezmo sobre los caballos, los esclavos mascu­
linos y femeninos, los paños de lana y de lino, las telas de cáñamo, el
estaño, las espadas; y allí, en la puerta, cada uno debe pagar el diezmo
de toda mercancía al agente del tesorero. j...|
En lo que concierne a ingleses y sajones, gentes de esta nación tenían
la costumbre de venir con sus mercancías y géneros. Pero cuando en la
aduana veían vaciar sus fardos y talegos, se acaloraban; surgían altercados
con los agentes del tesoro, se injuriaban, se atacaban a cuchilladas y por
ambas partes había heridos,»

« Honoranciae Civitatis Papiae»


26 EUROPA EN JLA EDAD MEDIA

La c e r e m o n ia de a r m a r caballero en el SIGLO XII

«Teniendo en la mano Durandarte la espada


El rey la sacó de la vaina, enjugó la hoja
Luego la ciñó a su sobrino Roldán
Y he aquí que el papa la ha bendecido.
El rey le dijo dulcemente riendo:
«Y o te la ciño con el deseo
»De que Dios te dé valentía y audacia,
«Fuerza, vigor y gran bravura
»Y gran victoria sobre los infieles.»
Y Roldán dijo con el corazón en fiesta:
«Dios me la co«eeda por su digno mandato.»

Cuando el rey le ha ceñido la hoja de acero,


El duque Naimas va a arrodillarse
Y calzar a Roldán su espuela derecha.
Para la izquierda, es el buen Oger el danés.»

« E l cantar de Aspremont»

R evuelta de lo s s ie r v o s de V ir y
CONTRA LOS CANONIGOS DE NUESTRA SEÑORA DE PARIS, 1067

«E l año de la Encarnación del Señor 1067 bajo el reinado de Felipe


rey de los francos, viviendo Godofredo, obispo de París, viviendo Eudes,
decano y Raúl, preboste, viviendo igualmente Herberto, conde de Veranan-
dois, de Vuacelin, procurador de Viry, los siervos de Viry, sublevándose
contra el preboste y los canónigos de Santa María, afirmaron no deber
aquello de que manifiestamente habían sido absueltos sus antepasados,
a saber, la guardia de noche, y poder además, sin autorización del preboste
y de los canónigos, casarse con las mujeres que quisieran. Su oposición nos
condujo a participar en un litigio en el que demostrarían que no tenían
que esperar la autorización de los prebostes y canónigos. Pero como pen­
saban reducir con sus razonamientos esta costumbre a la nada, por los
méritos de María, la Santísima Madre de Dios, su lengua se embrolló de
tal modo que lo que adelantaban, pensando hacer progresar sus asuntos,
se volvió para abrumarlos y dar plena satisfacción a los nuestros. Confun­
didos así, por juicio de los ediles hecho conforme a ley, nos restituyeron
el derecho de guardia entregando al deán Eudes el guante izquierdo. Por
derecho abandonaron la reivindicación acerca de las mujeres forasteras: en
adelante no se casarían con ellas sin la autorización del preboste y de los
canónigos.»

«Cartulario de la iglesia de Notre-Dame»


EL AÑO JtfJX 27

V id a de N o rb erto , a r z o b is p o de M agdesurgo ; h a c ia 1160

«A l llegar a la ciudad fortificada de Huy, situada en el Mosa, distribuyó


a los indigentes el dinero que acababa de recibir y habiendo descargado
así el fardo de los bienes temporales, vestido tan sólo con una túnica de
lana y envuelto en un manto, con los pies desnudos, en un frío espantoso,
partió hacia Samt-Gilles con dos compañeros. Allí encontró al papa Gela-
sio que había sucedido al papa Pascual después de la muerte de éste y...
recibió de él el líbre poder de predicar, poder que el papa confirmó por la
sanción oficial de una carta... [Ñ orberta vuelve a marchar, pasa por Va-
lencienn.es y allí se asocia a un clérigo llamado H ugo.] Norberto y su com­
pañero recorrían los castillos, los pueblos, los lugares fortificados, predi­
cando y reconciliando a los enemigos, pacificando los odios y las guerras
más arraigadas. No pedía nada a nadie, pero todo lo que se le ofrecía lo
daba a los pobres y a los leprosos. Estaba absolutamente seguro de obte­
ner de la gracia de Dios lo que era indispensable para su existencia. Como
le gustaba ser en la tierra un simple peregrino, un viajero, no podía ser
tentado por ninguna ambición, él cuya esperanza estaba ligada al cielo.
¡Fuera de Cristo todo le parecía vil.| La admiración y el afecto generales
crecieron tanto en tom o a él dondequiera que se dirigiera, haciendo cami­
no con su único compañero, que los pastores abandonaban sus rebaños
y corrían por delante para anunciar su llegada al pueblo. Las poblaciones
se reunían entonces alrededor de él en multitud y, al escucharlo durante
la misa exhortarlos a la penitencia y a la esperanza en la salvación eter­
na — salvación prometida a cualquiera que haya invocado el nombre de
Señor— , todos se regocijaban de su presencia y cualquiera que hubiera te­
nido el honor de albergarlo se consideraba feliz. Se maravillaban de este
género de vida tan nuevo como era el suyo: vivir sobre la tierra y no bus­
car nada de la tierra. En efecto, según los preceptos del Evangelio, no
llevaba zapatos ni túnica de recambio, contentándose con algunos libros
y sus vestiduras sacerdotales. No bebía más que agua, a menos que fuese
invitado por personas piadosas; entonces se acomodaba a su manera de
hacer...»

« Vida de san Norberto, arzobispo de Magdeburgo»

S uecia en e l sig lo x i

«Los que atraviesan las islas danesas ven abrirse (ante ellos) otro uni­
verso, en Suecia y en Noruega, dos inmensos reinos del norte que hasta
el presente nuestro mundo casi ha ignorado. A este respecto, he tenido
informaciones del muy sabio rey de los daneses: para atravesar Noruega
hace falta al menos un mes; en cuanto a Suecia, difícilmente bastan dos
meses para recorrerla. « Y eso, yo mismo he hecho la experiencia, me dijo,
yo que no hace mucho tiempo, bajo el rey Jacobo, he servido doce años
en estos países, ambos encerrados en montañas muy altas y principalmen­
te Noruega que rodea a Suecia cotn sus montes.» Suecia no fue pasada
completamente en silencio por los autores antiguos Solín y Orosio. |...|
28 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

Es un país muy fértil, de suelo rico en cosechas y en miel y que además,


por la fecundidad de sus rebaños, supera a todos los demás; los ríos y los
bosques £Stán muy bien situados y por todas partes el país rebosa de mer­
cancías extranjeras. También se podría decir que los suecoe no se privan
absolutameats..£le nada, srno de aquello que nosotros queremos o mejor
adoramos: el orgullo. Pues todos estos instrumentos de una vana gloria, es
decir el oro, la plata, corceles regios, pieles de castor o de marta cuyo
atractivo nos vuelve locos, ellos no los M een ningún caso. |...[
Ahora vamos a decir dos palabras sobre las supersticiones suecas. El
templo más noble que posee este pueblo y que se llama Ubsola está situa­
do no lejos de la ciudad de Sectona. En este templo, enteramente adorna­
do con oro, son objeto de veneración popular las estatuas de tres dioses:
el más poderoso, Thor, en medio del trásMiBáiia posee un trono; a un
lado y otro se hallan los lugares ocupados por Wodan y Fricco. Estos
dioses tienen el significado siguiente: «Thor, me han dicho, se asienta en
los aires, manda en la tempestad y el rayo, el viento y la lluvia, el buen
tiempo y las cosechas. El segundo, Wodan, es decir furor, dirige las guerras
y procura a los hombres valor contra los enemigos. El tercero es Fricco
que distribuye a los hombres paz y placer. |...i Honran también a dioses
creados a partir de hombres que por sus altos hechos se ven atribuir la
inmortalidad: así lo han hecho, según se lee en la vida de san Anscario,
del rey Erik.»

Adam de Bremen,
« Gesta Hammaburgensis ecclesiae pontificum »

Los HUNGAROS VISTOS POR EL SAJON WlDUKINDO


(925?-1004?), MONTE DE CORVEY (W e STFALIA)

«X V III. Entretanto los ávaros, según lo que piensan algunos, eran los
restos que subsistían de los hunos. Los hunos habían salido de los godos;
los godos habían salido de una isla que se llama, según cuenta Jordanes,
Suiza. Los godos reciben su nombre de su duque llamado «Gotha». Como
algunas mujeres en su ejército hablan sido acusadas ante él de prácticas
mágicas, fueron examinadas y halladas culpables. Como formaban una
multitud, se abstuvo d e castigarlas según merecían, pero de todos modos
las expulsó del ejército. Así, echadas, alcanzaron un bosque próximo. Como
estaba rodeado por el mar y las marismas Meóticas, no había ninguna sali­
da para escapar. Pero algunas de ellas estaban encinta y alumbraron allí.
Nacieron otras y otras de ellas; se formó una raza poderosa y viviendo
como bestias salvajes, incultas e indómitas, estas gentes se convirtieron
en cazadores infatigables. Después de muchos siglos, como a fuerza de
morar en este sitio ignoraban absolutamente la otra parte dei mundo,
ocurrió que hallaron cazando una cierva y la persiguieron tan lejos que
franquearon las marismas Meóticas por un camino impracticable hasta en­
tonces para todos los mortales de tiempos pasados; allí vieron ciudades,
fortalezas y una raza de hombres antes desconocida; volvieron por el
mismo camino y contaron estos hechos a sus compañeros. Estos, por cu­
riosidad, se desplazaron en multitud para tener pruebas de lo que habían
EL AÑO M IL 29

oído. Entonces las gentes de Jas ciudades y fortalezas limítrofes, cuando


apercibieron esta multitud desconocida y estos cuerpos repelentes por sus
vestiduras y su aspecto general, se pusieron a huir creyendo que eran de­
monios. En cambio ellos, asombrados y admirados ante nuevos espectácu­
los se abstuvieron en principio de matar y de saquear; pero nadie resiste
el afán humano de tocar; después de haber asesinado a los hombres en
gran número, pusieron mano en los objetos y no escatimaron nada. Ha­
biendo hecho un inmenso botín, volvieron a su territorio. No obstante, vien­
do que las cosas tomaban para ellos otro sesgo, volvieron por segunda vez
con mujeres, niños y todo su bagaje bárbaro, y devastaron los pueblos
vecinos a la redonda; para terminar se pusieron a instalarse en Panonia.
X V IIII. Vencidos por Carloraagno, empujados más allá del Danubio y
encerrados en un inmenso atrincheramiento, escaparon a la habitual desa­
parición de los pueblos.»

« Widukindi Mariachi Corbeiensis rerum saxonicarum libri tres»

En Laon, en e l sig lo x i i

«A título de ejemplo citemos un caso que si tuviera lugar entre los


bárbaros o los escitas sería ciertamente juzgado por esas gentes, que no
tienen ninguna ley, como perfectamente impío. Como en sábado, de diver­
sos rincones de la campiña, el pueblo campesino se dirigía a este lugar
para comerciar allí, los burgueses circulaban por el mercado llevando en
un vaso para beber, una escudilla o cualquier otro recipiente, legumbres
secas o trigo o cualquier otra especie de fruto, como para venderlos y
cuando habían propuesto la compra a un campesino que buscaba tales
productos, éste prometía que lo compraría al precio fijado. «Sígueme,
decía el vendedor, hasta mi casa, a fin de que allí puedas ver el resto de
este fruto que te vendo y que después de haberlo visto lo tomes.» El otro
seguía, pero cuando habían llegado ante el cofre, el fiel vendedor habiendo
levantado y sosteniendo la tapa del cofre: «Baja la cabeza y los brazos
dentro del cofre, decía, a fin de ver que todo ello no difiere en nada de la
muestra que te he ofrecido en el mercado.» Como el comprador colgándose
por encima del borde del cofre’ estaba suspendido por el vientre, con la
cabeza y los hombros hundidos dentro del cofre, el buen vendedor que se
mantenía a sus espaldas, después de haber levantado los pies del hombre
que no desconfiaba, lo empujaba rápidamente dentro del cofre y volvía
a bajar la tapa sobre su cabeza; lo conservaba al abrigo en esta ergástula
hasta que se rescatara.
Esto tenía lugar en la ciudad así como otras cosas parecidas. Los
robos, digamos mejor los bandidajes, eran practicados en público por los
notables y por los subordinados de los notables. No existía ninguna segu­
ridad para el que se arriesgaba a salir de noche y no le quedaba más que
dejarse despojar o apresar o matara

Guíbert de Nogent,
« Historia de su vida, 1053-1124»
30 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

El h a m b r e de 1033

«En la época siguiente comenzó a desarrollarse el hambre por toda la


superficie de la tierra y se llegó a temer la desaparición del género huma­
no casi entero. Las condiciones atmosféricas iban contra el curso normal
de las estaciones hasta tal pimío que el tiempo no era jamás propicio para
las siembras y sobre todo a causa de las inundaciones, nunca era favorable
para las cosechas. Se creía ver a los elementos dirimir entre ellos sus que­
rellas, pero estaba fuera de dada que para ellos se trataba de castigar el
orgullo de la humanidad. Lluvias incesantes habían empapado el suelo tan
completamente que en el espacio de tres años no se abrió un surco que
se pudiera sembrar. En la época de la cosecha, la cizaña estéril y otras
hierbas malas habían cubierto por entero la superficie de los campos.
Allí donde los rendimientos eran mejores el almud de semilla daba, a la
cosecha, un sextaiio; en cuanto al sextario, apenas si daba un puñado. Esta
vengativa esterilidad comenzó en Oriente. Despobló Grecia y pasó a Italia;
desde, allí, por las Galias, donde penetró, alcanzó a todas las naciones
inglesas. Entonces la presión de la escasez se cerró sobre la población en­
tera: ricos y gentes acomodadas palidecían de hambre lo mismo que los
pobres. Los procedimientos deshonestos de los poderosos desaparecieron
en la miseria universal. Cuando se llegaba a descubrir alguna vitualla pues­
ta en venta, el vendedor según su fantasía tenía completa libertad para
superar el precio o para contentarse con él. En muchos lugares el almud
costó sesenta sueldos y en otras partes el sextario quince sueldos. Entre­
tanto, cuando se hubieron comido bestias y pájaros, empujadas por un
hambre terrible, las gentes llegaron a disputarse carroñas y otras cosas
innombrables. Algunos buscaron un recurso contra la muerte en las raíces
de los bosques y en las plantas acuáticas, pero en vano. No hay refugio
para la cólera vengadora de Dios más que en sí mismo. Da horror contar
ahora la corrupción a que llegó entonces el género humano. ¡A y! ¡Ah,
dolor! Cosa en otro tiempo inaudita: enrabiados por las privaciones, los
hombres en esta ocasión fueron acosados hasta recurrir a la carne hu­
mana.»

Raúl Glaber,
«Historias;>

P e n u ria en F landes en 1125

«En esta época, nadie podía alimentarse normalmente en comida y be­


bida; contrariamente a lo acostumbrado se consumía de una sola vez, para
una comida, todo el pan que antes de la época del hambre se tenía cos­
tumbre de consumir en varios días. Se saciaban así sin medida y la exce­
siva carga de la comida y la bebida distendía los orificios naturales de los
órganos y declinaban las fuerzas naturales. Los alimentos crudos e indi­
gestos agotaban a los individuos a quienes el hambre no cesaba de trabajar
hasta que rendían su último suspiro. También muchos a quienes desco­
razonaban los alimentos y ías bebidas, aunque los tuviesen en abundancia,
estaban todos hinchados.
EL AÑO M IL 31

En la época del hambre, en plena Cuaresma, se vio a gentes entre


nosotros, en la región de Gante y de los ríos del Lys y del Escalda, comer
«¿bree <ai faltarles absolutamente el pan. Algunos que hacían camino hacia
las ciudades y los castillos para allí procurarse pan, no habían llegado a
medio camino cuando morían oprimidos por el hambre; cerca de los do­
minios y de las mansiones de los ricos, cerca de los castillos y lugares
fortificados, pobres gentes llegadas po?« pedir limosna al término de un
penoso viaje morían mendigando. Un hecho increíble que decir es que
nadie en nuestra comarca había conservado su color normal; todos tenían
esa palidez peculiar propia de los muertos. La misma debilidad tomaba
a enfermos y sanos; la vista del sufrimiento de los moribundos ponía ma­
los a aquellos cuyo organismo se conservaba sano.»

Galberto de Brujas,
« Historia del asesinato de Carlos el Bueno»

C ontra lo s sacerdotes y l o s o b is p o s

«H e aquí al monje promovido a obispo:


Pálido y adelgazado por el ayuno, pronto a
conseguirlo,
Con un diente ruidoso e incansable,
Engullendo en seis bocados seis gruesos
pescados,
Poniendo fin a su comida con enorme lucio,
Ganar en menos de dos años peso y grasa,
A imagen de los puercos hambrientos.
El que en el claustro bebía en el río
Ahora hace tan gran diluvio de vino,
Que se ie lleva a la cama por los brazos, ebrio.
Ahora veréis venir en tropel de mil en mil
A sus padres y sus sobrinos
«Y o soy, dicen, un pariente del obispo,
Yo soy de su famüí^»,
Y hacer a éste canónigo, a este otro tesorero.
Los viejos servidores de mucho tiempo,
Pierden su trabajo y su puesto.

El triste hipócrita que habéis elegido,


Una vez adquirido el honor que no ha merecido,
Se muestra para comenzar bueno y dulce:
Ante todo encorva el occipucio
Dispuesto a dar todo lo que se exige.
Pero una vez pasados los dos primeros años,
se muestra en adelante duro, odioso a sus
subordinados.
Os persigue, os abruma con procesos y pleitos,
Se retira a los campos y en rincones ocultos
Y allí, secretamente, a escondidas,
32 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

Usa de viandas prohibidas por la regla.


Pues lo exige la rabia de su deseo lascivo,
Y, sin esperar, un adolescente, hijo de caballero,
Al que hizo armar por sus méritos
Lo zarandea con sus dedos acariciantes;
Y con más empuje que un carnero realiza su
tarea.

Es entonces cuando se revela vuestra locura,


Cuando la incontinencia del pontífice
Se apoya en su vanidad, en su avaricia,
Y en algunos la estupidez y la ignorancia.
Que Beauvaís se guarde en lo sucesivo de tales
prácticas.»

Atribuido a Hugo de Orleans o Primado


(nacido hacia 1095), compuesto hacia 1144-1145

D e E bles, conde de R o u c y (1102)

«Dilapidando los bienes de la noble iglesia de Reims y de las iglesias


vinculadas a ella, el poderoso y turbulento barón Ebles de Roucy y su ¡hijo
Guichard las sometían a los estragos de su tiranía. Su actividad en el ofi­
cio de las armas (había llevado su ostentación hasta partir hacia España
con un ejército de una importancia que sólo correspondía a los reyes) se
alzaba a la par con una rapacidad desordenada que le empujaba a los
pillajes, a las rapiñas y a las maldades de toda especie.
Contra un criminal de este tamaño el señor rey Felipe había recogido
cien veces quejas lamentables; acabaron por llegar en dos o tres ocasiones
hasta su hijo; ese hijo convoca y reúne entonces un pequeño ejército de
unos setecientos caballeros escogidos entre los más nobles y más robustos
barones de Francia; marcha a su cabeza hacia Reims; en una activa cam­
paña de casi dos meses castiga a los merodeadores que anteriormente ha­
bían ocupado las iglesias, devasta las tierras del tirano mencionado y de
sus cómplices, los anonada por el fuego y los entrega al pillaje. Bien he­
cho: he aquí los saqueadores saqueados y los verdugos también, o más
duramente torturados. Tan grande era y tanto fue el ardor del señor y el
de su ejército que apenas dejaron —no cesaron si se exceptúan los sába­
dos y los domingos— sea de buscar contacto con las espadas y las lanzas
en el puño, sea de devastar los campos para vengar las injurias recibidas.
Esta lucha, nn estaba dirigida solo contra Ebles, sino también contra
todos los barones vecinos que, con los grandes barones loreneses sus pa­
rientes, formaban una hueste extraordinariamente provista.»

Suger (1089-1151),
«Vida de Luis el Gordo»
EL AÑO M IL 33

C a rta d e A e lr e d de R ie lv a u x , abad c is te rc ie n s e ,
a un abad de F oü n tain s Abbey; 1160

«Una monja de la orden de Gilberto de Sempringham, monasterio de


Watton, ha pecado con un canónigo. Encinta y descubierta, es puesta en
prisión, encadenada. Se hizo venir a su cómplice... algunas de las monjas,
llenas de celo por Dios y no de prudencia, y que deseaban vengar la inju­
ria hecha a su virginidad, pidieron en seguida a los hermanos que les
entregaran al hombre por un momento, como para escuchar de él algún
secreto. Se apoderaron de él, lo arrojaron a tierra y allí lo mantuvieron.
La causa de todas estas desgracias (la monja) fue introducida como a un
espectáculo; se puso un instrumento en sus manos y fue- forzada, a su
pesar, a cortar con sus propias manos las partes viriles de su cómplice.
Entonces una de las que lo sujetaban arrancó las partes que le habían
sido quitadas y las hundió en la boca de la culpable, tal como estaban,
manchadas de sangre.»

De lo s que duerm en co n dos h e r m a n a s

«Veamos las prescripciones de los cánones respecto a los que se acues­


tan con dos hermanas o con dos hermanos. Quien haya dormido con dos
hermanas, si está casado con una de ellas, que no tenga a ninguna de las
dos; y que los adúlteros no sean unidos jamás en matrimonio (Concilio de
Orleans). Del mismo modo, respecto a su propia mujer, ya no se le per­
mite cumplir el deber conyugal: al conocer & su hermana se le ha hecho
intocable. La muerte de la esposa no autoriza al culpable, o al adúltero, a
casarse. El mismo punto de vista hay en el papa Zacarías: te has acostado
con la hermana de tu mujer; si lo has hecho, no tengas ninguna de las
dos; tu mujer, si este delito se ha cometido a sus espaldas y no quiere
permanecer casta, que se case ante Dios con quien quiera. En cuanto a ti
y a la adúltera, permaneced sin esperar jamás el matrimonio y pasad toda
vuestra vida en la penitencia. Cuando dice «que se case con quien quiera»,
da a entender «después de la muerte del marido». Y Gregorio: quien sor­
prende a su mujer en adulterio, ’que no tome otra esposa, y la mujer otro
marido por todo el tiempo que vivan. Sí la adúltera muere, que él (el
marido) se case si quiere. La adúltera nunca, ni siquiera después de la
muerte de su marido; que pase todos sus días gimiendo en la penitencia.
Se trata aquí del adulterio cometido con un pariente del marido o una
pariente de la mujer.»

Pedro Lombardo (finales del siglo xi-1160),


« Libro de las Sentencias»

2
34 eüropa en l a edad m e d ia

F o r u m C o n c h e (F u e r o de C uenca ), 1189

X I, 27. Del que forzare a la m ujer de orden (religiosa). Cualquiere que


a la mujer de orden forzare, despéñenlo, si preso fuere; si non, peche qui­
nientos sueldos de las cosas que hubiere.
X I, 29. Del que denostare a m ujer ajena. Cualquier que denostare a la
mujer ajena llamándola puta o rocina o malata, que peche dos marave­
díes e sobre esto jure que non sabe aquel mal en ella; e si non quisiere
jurar, salga enemigo; pero si alguno forzare a la puta pública o la denos­
tare, non peche nada.
X I, 32. Del que robare los paños a la mujer que se bañare. Cualquier
que a la mujer que se bañare robare los paños o la despojare, peche tres­
cientos sueldos; si negare e el querelloso non lo pudiere probar, jure con
doce vecinos e sea creída, sacada la puta pública que non ha la caloña
como dicho es.
X I, 33. Del que cortare las tetas a la mujer. Cualquier que cortare
las tetas a la mujer peche doscientos maravedíes e salga enemigo; e si
negara escoja la querellosa entre la jura de los doce vecinos o del riepto,
lo que más quisiere.
X I, 34. Del que cortare las faldas a la mujer. Cualquier que a la mujer
cortare las faldas, sin mandado del juez o de los alcaldes, peche doscien­
tos maravedíes e salga enemigo; e si negare, sálvese con doce vecinos e sea
creído o respondan a su par.
X I, 36. Del que toviere m ujer velada e barragana. Otrosí, quien en otro
lugar hubiere mujer velada e viviendo la primera, tomare otra encubierta,
despéñenlo; otrosí, si la mujer hubiere marido en otro lugar e casare en
Cuenca con otro, quémenla; e si tomare señor, azótenla por las plazas e
por todas las calles de la ciudad e láncenla así fuera de la ciudad.
X I, 37. Del que tuviere concubina. El omne que mujer velada en Cuenca
o en otro lugar hubiere e tuviere concubina paladina, ambos los aten en
uno e azótenlos.
X I, 39 y 40. De la que ficiere con que abuerte lo que tuviere en él vientre.
La mujer que a sabiendas ficiere con que abuerte, quémenla si fuere mani­
fiesta; si non, sálvese con fierro caliente; otrosí, la mujer que dijere que
concibió de alguno e el omne non lo creyere, tome el fierro caliente, e si
se quemare, non sea creída; e si sana fuere, el padre reciba a su fijo e
críelo como fuero es.
X I, 42 y 43. De las mujeres que son herboleras. Otrosí, la mujer que
fuere herbolera o fechicera, quémenla o sálvese con fierro; e la mujer
que a su marido matare, quémenla o sálvese con fierro; e en este caso
toda mujer ha de tomar el fierro e en otro caso ninguna non ha de tomar
el fierro, sinon la puta que con cinco omnes hubiere fecho fornicio o puta
paladina.
X I, 44. De las alcahuetas. Cualquiere que probada fuere por alcahueta o
medianera, quémenla; e si fuere sospechosa e negare, sálvese con fierro.
2

LA BUSQUEDA DE DIOS

Obstinadamente fiel a la tradición romana, el arte imperial


muestra rostros de hombres y de mujeres. La mayoría con los
ojos abiertos a otro espectáculo, al más allá, por encima de las
apariencias. Sin embargo, algunos rostros se nos parecen. Estos
corresponden generalmente a las representaciones del infierno.
Por una razón muy sencilla; los intelectuales de aquel tiempo, los
hombres de iglesia que guiaban la mano de los artistas, juzgaban
que el infierno es el mundo visible, camal, el nuestro. Perverti­
do, invadido por el pecado, pudriéndose lentamente, condena­
do. Va a terminar. Porque está moribundo y porque es malva­
do hay que darle la vuelta. Si se es capaz de ello. Pueden hacerlo
algunos, los monjes, los héroes. El siglo X I los veneró. Puso toda
su esperanza de salvación en los monasterios. Los mimaba. Col­
maba con sus dones a esos refugios. Como los castillos, son luga­
res tutelares, ciudadelas alzadas contra los asaltos del mal, a me­
nudo encaramados en la montaña, símbolo de alejamiento y de
ascensión, grado por grado, hacia la pureza. Como el castillo, el
monasterio extrae las riquezas de los contornos. Pero los caba­
lleros y los campesinos entregan de buen grado lo que tienen,
porque temen a la muerte, al juicio y los monjes les protegen
contra los peores peligros, los que no se ven.
Al sur de la cristiandad latina, tampoco los reyes eran visi­
bles. Aún se Ies nombraba, todavía se pronunciaba su nombre
en las liturgias, pero parecían tan lejanos como los dioses. La
realeza no era ya más que un mito, una idea de paz y de justicia.
Las monarquías estaban de hecho marginadas en la exuberancia
del empuje feudal. En la Europa del Mediodía, los focos de la
innovación artística no se hallaban pues, como en Germania, a
las orillas del Oise y del Sena, en Winchester, en las cortes rea­
les ; estaban en ios grandes monasterios, sobre todo en aquellos
que se hallabais en relación más estrecha con las áreas de cultura
36 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

adelantada. Este era el caso de los de España. No había aquí


frontera entre cristianos y musulmanes. Un enfrentamiento mili­
tar permanente; alternativas de éxito y de reveses; tan pronto
los escuadrones del Islam profundizando hasta Barcelona, empu­
jando hasta los Pirineos, como los guerreros de Cristo galopando
hasta Córdoba, forzando sus puertas. Intercambios siempre. La
Europa cristiana apoderándose de aquello que podía tomar, oro,
esclavos, más refinamiento en las palabras y en los gestos, más
sutileza en las especulaciones del espíritu. Porque prosperaban
vigorosas comunidades cristianas bajo la dominación tolerante
de los califas, los monasterios ¿b .Castilla, Aragón y Cataluña se­
guían en relación, por Zaragoza y Toledo, con los viejísimos focos
muy vivos, las cunas orientales del cristianismo. Esta comunica­
ción favoreció las innovaciones arquitectónicas que tuvieron su
lugar en las iglesias de los Pirineos a comienzos del siglo XI.
Conforme a la regla benedictina, la existencia de los monjes
es en principio separación, ruptura. Pero al abrigo de la clausura
que guarda de las corrupciones del siglo, es también comunidad.
La soledad se vive en grupo. Algunas decenas y a veces algunas
centenas de hombres, salidos todos de la aristocracia, forman
una fraternidad. La conduce un padre, el abad. De estas grandes
casas de familia que eran entonces las abadías hoy no queda casi
nada. Tan sólo a veces el patio central, en tomo al cual se orde­
naban los locales colectivos, el dormitorio, el refectorio, la sala
donde se reunían para tratar los asuntos comunes. Este espacio,
rodeado de arcadas, encerrado en sí mismo, imagen del retiro,
del repliegue, es el claustro. Dispuesto para la deambulación,
para que cada hermano vaya allí a rumiar, caminando, la palabra
de los libros, el claustro muestra la creación reducida por la obe­
diencia y la humildad a sus ordenanzas primitivas, los cuatro
elementos de la naturaleza visible, el aire y el fuego, la tierra y
el agua, arrancados de la turbulencia: 3a tierra prometida. Junto
a una de las crujías, la iglesia. Con frecuencia sólo ésta permane­
ce en pie después de mil años.
Es la obra de arte por excelencia, de ese arte nuevo que se ha
forjado en la raíz del segundo milenario de la era cristiana en
Lombardía, en Borgoña, en Cataluña. Todo el esfuerzo de inten­
ción, todas las investigaciones se han concentrado en el edificio
que alberga el altar del sacrificio. Para que sea construido con
bellos bloques ajustados, una roca, una piedra, contra la que
satán no pueda prevalecer. Para que sea bellísima, puesto que el
oficio, para ser agradable a Dios, debe desarrollarse en plena
LA BUSQUEDA DE DIOS 37

magnificencia. Sobre todo para que por la perfección de sus for­


mas sea el monumento de expresión deí orden invisible. Como la
pintura de los libros, y mejor que ésta, la arquitectura de la igle­
sia es desvelamiento, revelación del misterio.
Ya por la manera en que se implanta dentro del espacio, la
iglesia deja entrever la verdad oculta bajo el velo de las aparien­
cias. Siempre está orientada. Su cabecera, el punto hacia el que
la comunidad vuelve los ojos cuando reza, mira hacia el este,
hacia la aurora, hacia la luz que cada mañana se levanta disipan­
do la ansiedad, proclamando la victoria cierta del bien sobre el
mal, de Dios sobre lo diabólico, de la eternidad sobre la muerte.
La estructura del edificio también enseña. Si los constructores
se empeñaron en susti tur la armazón de madera por la bóveda,
es porque al emplear un solo material, la piedra, querían hablar
de homogeneidad, de coherencia indisociable, dar una equivalen­
cia visible de la unidad del género humano reunido por la misma
fe, de la unidad de las tres personas divinas, de la unidad con­
sustancial del Creador y sus criaturas. Las primeras experiencias
fueron emprendidas en la parte subterránea del santuario, en esa
necrópolis sobre la que estaban plantados la mayoría de ios mo­
nasterios, entre las tumbas de santos y bienhechores, pues una
de las funciones del monasterio era la de guardar a los muertos
y favorecer la comunicación entre el mundo de los vivos y el de
los difuntos. Puestos a punto en las criptas los procedimientos
de construcción, fueron luego transportados a la iglesia alta: el
pilar reemplazó a la columna, se tendieron bóvedas sobre las na­
ves laterales y sobre la central. Este era el propósito: estable­
cer, a semejanza de la cripta y de sus sarcófagos, el coro y sus
altares.
En la iglesia alta cumplía "la comunidad monástica su oficio es­
pecífico, su función. Pues los monjes son funcionarios. El «opus
Dei», el trabajo para Dios, les incumbe. Consiste en pronunciar,
en nombre de todos los demás hombres, en nombre del pueblo
entero, las palabras de la plegaria, sin interrupción, de día en
día, de hora en hora, desde el corazón de la noche, cuando des­
cienden del dormitorio para lanzar en medio de las tinieblas y del
silencio la primera imploración, hasta completas, momento de
terminación en que se tiembla al ver ai mundo balancearse de
nuevo en la noche. Rezar, es decir, cantar. La edad románica
ignora la oración muda y cree a su Dios más sensible a la ora­
ción en común, proferida con una misma voz, pero sobre los rit­
mos de la música, puesto que esta alabanza debe sincronizar con
38 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

aquellos himnos con los cuales el coro de serafines rodea, en lo


más alto de los cielos, el trono del Omnipotente. Durante ocho
horas diarias, los monjes cantan a pleno pulmón. Del canto gre­
goriano hemos olvidado que era masculino, que era violento, que
era un canto de guerra gritado por los monjes, combatientes,
contra los ejércitos satánicos para ponerlos en derrota, lanzando
contra ellos, como dardos, la más segura de las armas ofensivas:
las palabras de la oración.
Cantar, danzar: la liturgia se despliega como una ronda muy
lenta, majestuosa, a lo largo de la nave, de los ambulatorios, en
tomo a la piedra del sacrificio, entré las piedras de los muros,
bajo las piedras de la bóveda.
Amamos estas piedras desnudas. Los que las ajustaban las
quisieron adornadas. Instalaban ante los altares la efigie del Se­
ñor, sentado solo, rodeado de su corte de ángeles y de bienaven­
turados, presidiendo las pompas ceremoniales. Situaban sobre
los muros reheves y colgaduras explicando la creación, contando
historias y ante todo la de Jesús, crucificado. No muerto, sin em­
bargo, sino con los ojos abiertos. No desnudo, sino con vestidu­
ra regia, abrazando al universo con el gesto de sus brazos exten­
didos. Reapareciendo en su gloria triunfante, sobre los frescos
del ábside, tal como se le verá volver cuando se desgaire el velo,
cuando se abran las puertas del cielo y toda la humanidad al tér­
mino de su marcha salga del tiempo. Tal es el sentido del oficio
monástico y del edificio dispuesto para su desarrollo: exponer
las correlaciones entre la tierra y el cielo, entre el tiempo y la
eternidad. El espectáculo cuyos actores son los monjes de nuevo
cada mañana y cuya decoración es la iglesia llega, el día de Pas­
cua, a la escenografía de una resurrección. Dentro del transcurso
de su ciclo anual, la procesión de monjes en el seno del espacio
arquitectónico imita, en realidad, la marcha del género humano
hacia el fin del mundo. Desprendido ya a medias de lo camal, ya
con un pie en el otro mundo, la comunidad monástica guia esta
marcha y la activa. La sociedad de aquel tiempo creía firmemente
en la solidaridad, es la responsabilidad colectiva. Tanto en el
bien como en el mal. Cuando un villano cometía un crimen, to­
dos sus vecinos se sentían manchados. De igual modo todos pen­
saban poder salvarse por la pureza, por las abstinencias de algu­
nos delegados. Estos eran los monjes. Un puñado de hombres
encargados de desviar con gestos y fórmulas la cólera del cielo,
de captar el perdón divino y de difundir en torno a ellos este
rocío benéfico.
LA BUSQUEDA DE DIOS 39

Los monjes no construyeron su iglesia con sus propias ma­


nos. Empleaban a obreros, asalariados. De todos modos, los
creadores, los que concibieron el edificio y escogieron sus orna­
mentos. eran sabios, iniciados. Para todos ellos, las claves del
conocimiento perfecto se encontraban en los números y en sus
combinaciones. Se tenía entonces a la matemática por la más
alta de las ciencias humanas, la que llevaba a acercarse más a la
naturaleza divina. No estaba separada ni de la astronomía, es
decir de la observación en el firmamento de los reflejos más
puros de la razón divina, ni de la música, es decir del acto mismo
de rezar. Al curso de los astros y a las armonías del canto llano,
la ciencia de los números unía indisolublemente a la arqui­
tectura.
Una iglesia románica es una ecuación al mismo tiempo que
una fuga y una trasposición del orden cósmico. La biografía del
hombre que calculó las proporciones de la gran basílica de Cluny,
quizá la más perfecta de toda la cristiandad, dice en primer lugar
que había recibido su inspiración de los santos, de Pedro y Pa­
blo, patronos de aquel monasterio. Añade que era «un admirable
salmista» y entendamos en ello un compositor, hábil en la orde­
nación de la salmodia. Efectivamente el edificio está construido
sobre un complejo armazón de combinaciones aritméticas. Esta
trama de relaciones numéricas entrecruzadas es como una espe­
cie de red tendida para captar el espíritu del hombre y atraerlo
hacia lo incognoscible. Cada una de esas cifras asociadas posee
una significación secreta: el uno evoca a quien sabe entender
al Dios único; el dos a Cristo, en quien se mezclan las dos natu­
ralezas divina y humana; el tres a la Trinidad; el sentido del
número cuatro es muy rico: dirige la meditación por un lado ha­
cia la totalidad del mundo, los puntos cardinales, los vientos, los
ríos del paraíso, los elementos de la materia (por esta razón, el
claustro, imagen de la naturaleza reordenada, es cuadrado), por
otro hacia realidades inmateriales, morales, hacia los cuatro
evangelistas, hacia las cuatro virtudes cardinales, hacia los cua­
tro extremos de la cruz; habla también de la homología entre lo
visible y lo invisible. El mensaje que solamente por sus proporcio­
nes emite el edificio es más sencillo en las iglesias de los prioratos
rurales, en Chapaize o en Cardona; por el contrario, despliega
sus innumerables armónicos en las abadías mayores, en Tour-
nus o en Conques, No obstante la enseñanza es sustancialmente la
misma. Así, por todas partes, en todos los cruceros, se halla- ins­
crito el signo del tránsito, del traspaso que la oración monástica
40 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

tiene la función de apresurar. En este punto, crucial propiamente


hablando, como en el centro del oratorio imperial de Aquisgrán,
como en el centro del baptisterio de Aix-en-Provence, la mirada
es atrapada, obligada a elevarse desde el cuadrado a ras de tierra
hacia el círculo, hacia el hemisferio de la cúpula, a fin de que el
alma se inscriba en un recorrido de sublimación, de transfigura­
ción verdadera.
El cuadrado, el círculo; el paraíso perdido, el paraíso espera­
do. La arquitectura que llamamos románica, instrumento de adi­
vinación al mismo tiempo que ofrenda, participa de la magia
tanto como de la estética. Tomó forma en el pensamiento de al­
gunos hombres muy puros que se esforzaban por atravesar los
misterios» por penetrar en provincias desconocidas que ellos vis­
lumbraban, deseables, inquietantes, más allá de lo que los sen­
tidos y la razón humana son capaces de aprehender. Su espíritu
corría el riesgo de perderse en el laberinto de los fantasmas. Es­
peraban de la obra de arte que les sirviera de hilo conductor.

En el tapiz de Gerona, la creación se representa tal como hu­


biera sido menester que permaneciera, tal como era cuando salió
de las manos de Dios, ofrecidas todas sus maravillas, los peces,
las flores, los pájaros, Adán invitado a disfrutar el jardín, solici­
tando a la naturaleza con gestos apacibles, al correr de los me­
ses. Sobre este mundo sin fisura, coherente, en el centro de todos
los círculos, reina un Cristo joven, imberbe, príncipe de la paz.
En realidad, el mundo se ha resquebrajado y desencajado. Está
infectado, podrido. Y la pregunta que se alza obsesionante, a la
que buscan respuesta la obra de arte y la oración unidas, es
¿por qué el mal? ¿Por qué las plantas venenosas, los animales
con garras, los humanos frenéticos, crueles, perversos? ¿Por
qué los caballeros rapaces, por qué los campesinos retorcidos
por la miseria? El arte monástico quiere mostrar que también
los santos de Dios han sido presa del mal. Se les ha torturado,
se les han sacado los ojos, se les ha cocido o partido en dos, he­
chos pedazos. Eso en el mundo. Pero hoy, fuera del mundo, como
todos estaremos mañana, viven en la gloria. Han recibido su re­
compensa, un feudo en el cielo. Son vasallos de un señor al que
sabemos vengador de toda injusticia, que fulmina y pisotea, que
humilla a los orgullosos y exalta a los más humildes. El monas­
terio es el palacio de este formidable soberano. Lo hace muy her­
moso para que el dueño sea clemente y por eso siempre hay que
adornarlo. Es la antecámara de] paraíso. Allí se espera que la
LA BUSQUEDA DE DIOS 41

puerta se abra. Se llama, se grita para que se abra más pronto,


para que acaben el mal y la miseria, para que por fin se baga la
luz. Para que vengan los días terribles de que habla el Apocalip­
sis. Escuchemos las palabras de san Juan: «Y vi cuando abrió el
Cordero uno de los siete sellos, y oí uno de los cuatro seres vivos
que decía como en voz de trueno: “Ven.” Y vi, y se mostró un ca­
ballo blanco, y el montado sobre él tenía un arco, y le fue dada
una corona, y salió venciendo y para vencer. Y cuando abrió el
segundo sello, oí al segundo ser vivo que decía: “Ven.” Y salió
otro caballo, éste alazano, y al montado en él le fue dado el lle­
varse la paz de la tierra y que se degollasen unos a otros, y le fue
entregada una gran espada. Y cuando abrió el tercer sello oí al
tercer ser vivo que decía: “Ven.” Y vi, y se mostró un caballo ne­
gro, y el montado en él tenía una balanza en su mano. Y oí como
una voz en mitad de los cuatro seres vivos que decía: “Un cuar­
tillo de trigo por un denario, y tres cuartillos de cebada por un
denario; pero no estropeéis el vino ni el aceite.” Y cuando abrió
el cuarto sello oí una voz del cuarto ser vivo que decía: “Ven.”
Y vi, y se mostró un caballo de color verde pálido, y el montado
en él tenía por nombre “Muerte” , y el infierno iba con él y se les
dio potestad sobre la cuarta parte de la tierra para que matasen
con el cuchillo, con el hambre y con la mortandad y por medio
de las fieras de la tierra. Y así vi a los caballos en la visión y a
los montados en ellos que llevaban corazas de fuego, y de color
de jacinto y de azufre y las cabezas de los caballos eran como
cabezas de leones, y de sus bocas salía fuego, humo y vapor sul­
fúreo. A consecuencia de estas tres plagas murieron la tercera
parte de los hombres: del fuego, del humo y del azufre que salía
de las bocas de aquéllos. Porque el poder de los caballos está en
su boca y en sus colas; sus colas, en efecto, son semejantes a ser­
pientes con cabezas, y con ellas dañan. Y las figuras de las lan­
gostas serán semejantes a caballos apercibidos para la guerra, y
sobre sus cabezas habrá como tinas coronas semejantes al oro,
y sus rostros serán como rostros de hombres; y tenían cabellos
como cabellos de mujeres, y sus dientes eran como de leones; y
tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas era
como el ruido de carros de muchos caballos que corren a la gue­
rra. Y tienen colas semejantes a las de los escorpiones, y en esas
colas suyas está su poder de dañar. Después de esto vi, y se mos­
tró una gran muchedumbre que nadie podía contar, de toda gen­
te y tribus y pueblos y lenguas; estaban delante del trono y de­
lante del Cordero, envueltos en blancas vestiduras y tenían unas
42 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

palmas en sus manos. Y gritan con voz recia diciendo: “ Salud a


nuestro Dios, el sentado en el trono y al Cordero.” Y los ángeles
todos estaban de pie en derredor del trono y de los ancianos y de
los cuatro seres vivos, y cayeron ante el trono sobre Isus rostros,
y adoraron a Dios, diciendo: “Amén, la bendición y la gloria y
la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el poder y la fuer­
za a nuestro Dios por los siglos de los siglos; amén.” »

Para los hombres que no se habían lanzado dentro de un mo­


nasterio, rompiendo con todo, existía un medio de lavar sus fal­
tas, de ganar la amistad de Dios, que era la peregrinación. Dejar
la casa y los parientes, aventurarse fuera de la red de solidarida­
des protectoras, caminar durante meses o años. La peregrinación
era penitencia, prueba, instrumento de purificación, preparación
para el día de la justicia. La peregrinaciós^era también símbolo,
marcha hacia el Canaán, soltadas las amarras, preludio a la
muerte terrenal, a la entrada en otra vida. La peregrinación era
también placer. Ver países, distracción de aquel mundo gris. En
cuadrillas, entre camaradas. Y cuando los caballeros peregrinos
se iban hacia Santiago de Compostela o Jerusalén llevaban armas,
esperando la ocasión de empujar un poco al infiel: la idea de la
guerra santa, de la cruzada, se formó durante esos viajes. No di­
ferían de los que periódicamente conducían a los vasallos hacia
sus señores para su servicio cortesano. Este servicio ¡lo rendían
los peregrinos a otros patrones, los santos. Sus reliquias reposa­
ban aquí y allá, en las criptas de los monasterios. Los peregrinos
pasaban de una a otra, acogidos, nutridos, enseñados.
El sermón monástico discurría sobre el miedo del; juicio. Lo
esencial ha pasado a la gran imaginería que fue esculpida a pri­
meros del siglo xn en los pórticos de las basílicas, en las más
ricas abadías. Allí se ve principalmente al Eterno en su función
de justiciero, separando con el gran gesto que le da el tímpano
de Conques, diagonal inexorable, con la mano derecha: levantada
hacia los elegidos y la izquierda baja, castigadora, obrando la
partición definitiva entre el grano bueno y la cizaña que se hallan
todavía, en este mundo, inexplicablemente mezclados. A la dere­
cha de Cristo, el seno de Abraham, la morada, la paz, los ritmos
equilibrados de una arquitectura. Del otro lado, todo lo que es
vicioso, atormentado, la gesticulación, el desorden. Una limpia.
Una criba que deja penetrar lo que es puro, reteniendo en el exte­
rior, en las tinieblas, la contaminación y todas las miserias hu­
manas. He aquí exactamente lo que el monasterio quiere ser y lo
LA BUSQUEDA DE DIOS 43

que el arte monástico, la arquitectura monástica pretenden mos­


trar que es. Pasada la puerta, y al franquearla, se prefigura el
óbito al mismo tiempo que el fin del mundo: el peregrino se in­
troduce en la otra parte del universo, la buena. Ha dejado detrás
de él la fealdad y el sufrimiento. Menos abruptamente, de manera
menos ruda que como lo han hecho ya las esculturas de la porta­
da, las disposiciones del espacio en el interior de la iglesia llaman
a salir de sí mismo, a desnudar poco a poco al hombre viejo, a
medida que se aproxima paso a paso a esta maravilla oculta, el
relicario. Allí se encuentra lo que queda sobre la tierra del santo,
ese amigo del gran juez, su asesor, el eficaz abogado cuyos favo­
res hay que ganar. Por eso se ha venido con tanta fatiga, para
honrar al santo y permanecer un momento con él en su casa.
Conseguir pasar allí la noche. Aguardar bajo las bóvedas el re­
tomo de la luz, la liberación, una aurora que quizá será la del
último día, la de la gran migración al son de las trompetas.
Los hombres más sabios de la Iglesia, cuando su peregrinación
les llevaba a los monasterios del sur, se sentían a veces extraña­
dos, a comienzos del siglo xi, por hallar relicarios en forma de
cuerpos, de rostros, y ver a las multitudes fascinadas por tales
simulacros. ¿No era volver a caer en la idolatría? Se tranquiliza­
ban. A los santos les gustaba ser figurados y que se adornaran sus
estatuas. Lo fue la de santa Fe en Conques. Las limosnas de ricos
y pobres recubrieron enteramente su cuerpo con lo más rutilante
que se pueda encontrar, con viejísimas joyas que generaciones de
guerreros se habían legado sucesivamente y sobre todo con ese
oro que el Occidente agresivo, conquistador, victorioso, iba aho­
ra a arrebatar a manos llenas, por el éxito de las armas o por el
comercio de la paz, en la España todavía infiel.
f
He aquí lo que se construyó durante el siglo xx entre los cla­
ros que se abrían. Durante el siglo XI esos espacios no cesaron
de ampliarse. Las extensiones de soledad forestal son recortadas,
agujereadas, se reducen y poco a poco penetran los movimientos
de la vida en su espesura. Los campesinos son obligados a traba­
jar con más dureza y sus señores les toman casi todo. Sin embar­
go, consiguen alimentar m ejor a sus hijos: en otro tiempo, de
seis o siete que nacían vivos, morían cuatro o cinco antes de la
adolescencia; ya no mueren más que tres y esto basta para esti­
mular todos los progresos. El arte, el gran arte de que habla, nació
de la opresión señorial y de ía sumisión del pueblo ante las fuerzas
oscuras que lanzan el hambre, ía epidemia, la invasión y a las que
44 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

iñ y que conciliar dando, enriqueciendo cada vez más a los mejo­


res servidores del Dios bueno, a los monjes. Pero también los
monjes se sienten obligados a ofrecer. ¿Qué? La obra da arte. El
arte monástico es una ofrenda. Es un don de gratuidad hecho al
Señor, del que se espera el contradón, la reciprocidad. El arte
monástico es una llamada a la paz lanzada desde mil abadías.
Entre 980 y 1130, los cristianos de Occidente no se han levantado
todavía de su prostemación ante un Dios al que se figuran terri­
ble. Sin embargo, salen del selvatismo. Producen más. Sacrifican
una gran parte de esas riquezas nuevas. Quieren que ésta? sean
consagradas. Y así es como su sueño pudo encamarse en/obras
que vemos todavía y que comprendemos mal. En este corto inter­
valo nació el más alto y quizá también el único arte sagrado de
Europa.
F o r u m C o n c h e ( F u e r o de C u e n c a ), 1189

«Fuero de Cuenca». Edición por don Rafael de Ureña. Real Academia de


la Historia, Madrid, 1935.
(Se ha modernizado la ortografía original, así como algunas palabras,
para hacer el texto asequible al lector medio.)

X I, 45. Del fierro de qué form a ha de ser. El fierro para facer justicia
haya cuatro palmos en alto e esto porque aquella que lo hubiere de salvar
pueda poner de yuso la mano, e haya un palmo en luengo o en ancho
dos dedos; e aquella que el fierro hubiere de tomar, llévelo nueve pies e
póngalo en tierra quedo, mas primeramente sea bendicho de clérigo mi-
sacantaño.
X I, 46. De cómo calienten el fierro. El juez e el clérigo caüenten el
fierro, e entretanto non se llegue ninguno al fierro porque non fagan algún
maleficio; e aquella que el fierro hubiere de tomar, primeramente sea
escudriñada porque non tenga algún mal fecho, e desende lávese las manos
delante todos, e las manos limpias, tome el fierro, e después que el fierro
hubiere llevado, cúbrale el juez las manos con cera e sobre la cera ponga
estopa o lino, e desende átela bien con un paño; e esto fecho, traígala el
juez a su casa e después de los tres días cátele la mano e si la mano fuere
quemada, quémenla a ella o sufra la pena que le fuere juzgada; e aquella
sola mujer tome el fierro que fuere probada por medianera o la que con
cinco omnes hubiere fornicado, e la otra que de furto o de omnecillo o de
encendimiento fuere sospechada, jure o dé lidiador como es fuero.
X I, 47 y 48. Del que vendiere cristiano. Otrosí, el omne o la mujer que
cristiano vendiere, quémenlo, si probado le fuere; si non, el omne pásese
a la lid e ía mujer tome el fierro; e si alguno vendiere cristiano e fuyere,
nunca sea recibido en concejo; otrosí, la mujer que con moro o con judío
fuere tomada, quémenlos ambos.
X II, 8. Del que quebrase al otro el ojo. Cualquier que a otro quebran­
tare el ojo, peche cien maravedíes; e si lo negare, sálvese con doce vecinos
o responda a su par; e quien diente quebrantase a otro, peche veinte mara­
vedíes, e si lo negare, sálvese con doce vecinos o responda a su par; e quien
a otro tajare- e l dedo, peche veinte maravedíes, e si lo negare, sálvese con
siete vecinos o responda a su par; e quien el pulgar tajare, peche cincuen­
ta. maravedíes, -& si lo negare, sálvese con doce vecinos o responda a su
46 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

par; e quien brazo tajare, peche cien maravedíes, e si lo negare, sálvese con
doce vecinos o responda a su par.
X II, 13. Del que la pierna quebrantare a otro. Quien quebrantare a otro
la pierna, peche cincuenta maravedíes; e quien el pie tajare, peche cien
maravedíes, e si lo negare, sálvese con doce vecinos o responda a su p^r.
X II, 16. Del que castrare a otro alguno. Cualquiere que onme castrare,
peche doscientos maravedíes e salga enemigo; e si lo negare, sálvese con
doce vecinos o responda a su par; pero si con su mujer o con su fija fuere
preso e lo castrare, non peche nada.
XI I , 28. Del que fuere fallado en pecado sodomitico. Cualquier que fuere
fallado en pecado sodomitico, quémenlo; e cualquier que a otro dijere «yo
te fodí por el culo», si pudiere ser probado aquel pecado que es verdad,
quémenlos ambos; si non, quemen a aquel que tal pecado dijo.

La cruzada llam ad a de l o s n iñ o s , 1212

«En dicha época tuvo lugar una expedición ridicula: niños y hombres
estúpidos tomaron la cruz sin ninguna reflexión, por curiosidad más que
por afán de salvación. Participaron niños de ambos sexos, chicos y chicas,
y no solamente pequeños sino también adultos, lo mismo mujeres casadas
que solteras, marchando todos con la bolsa vacía y esto no sólo en toda
Alemania, sino también en la región de las Galias y la de Borgoña. N i sus
amigos ni sus parientes podían impedirles de ninguna manera intentarlo
todo para tomar el camino: la cosa iba tan lejos que por todas partes, en
los pueblos y en los campos, dejaban los instrumentos que teman en la
mano para unirse a los que pasaban. Como frente a tales acontecimientos
constituimos una multitud a menudo fácilmente crédula, muchas gentes,
viendo en esto el efecto de una verdadera piedad animada por la inspira­
ción divina y no un entretenimiento irreflexivo, subvenían a las necesida­
des de los viajeros distribuyéndoles víveres y todo lo preciso. A los clérigos
y a algunos otros de espíritu m ejor equilibrado, que ponían objeciones
contra esta partida considerada por ellos enteramente vana, oponían los
laicos una resistencia vehemente, tachando a los clérigos de incredulidad
y diciendo que, más que la verdad y la justicia, era la envidia y la avaricia
lo que les empujaba a oponerse a esta empresa. Pero un asunto iniciado
sin que lo hubiera examinado la razón y la discusión lo hubiera consoli­
dado no llegó nunca a nada. Y así, cuando esta multitud estúpida llegó a
tierra de Italia, se desparramó y sé dispersó por las ciudades y poblacio­
nes, muchos de ellos fueron retenidos como esclavos por las gentes del país.
Se dice que otros llegaron hasta el mar y allí, burlados por los marineros,
fueron transportados hacia otras tierras lejanas. Los que quedaron, cuan­
do llevados a Roma vieron que no podían ir más lejos —pues no estaban
apoyados por ninguna autoridad— reconocieron por fin que su fatiga era
vana y huera, sin que por eso fueran relevados de su voto de cruzada a
excepción de los niños que no tenían la edad de la razón y de aquellos a
quienes la vejez abrumaba. Así es como, decepcionados y confusos, toma­
ron el camino de vuelta. Los que antes tenían la costumbre de atravesar las
LA BUSQUEDA DE DIOS 47

provincias en masa, cada uno dentro de su grupo y sin olvidarse jamás


de cantar, volvían en silencio, uno por uno, con los pies desnudos y famé­
licos. Eran objeto de todas las vejaciones y más de una muchacha fue
raptada y perdió la flor de su pudor.
El mismo año, el duque de Austria, algunos barones y otros hombres
de condiciones diversas emprendieron una cruzada para ayudar al conde
de Montfort en su combate contra los albigenses... herejes de la tierra de
Saint-Gilles. E l papa Inocencio Id había pedido y organizado y es él quien
imponía esta cruzada para la remisión de los pecados.»

« Armales Marbaccenses»

«Cuando se ama a una imagen o a una persona, es el accidente quien


ama al accidente, y no debe ser así; entretanto me resigno hasta que me
haya Sferado de ello.»
*

«E l que querría tener reposo en todo tiempo se dejaría prender en


ello lo mismo que todas las demás cosas.»
*

«Permanece en ti mismo; la ocasión de ocuparse de cosas ajenas te hace


pasar por una necesidad, pero no es más que un pretexto.»
*

«Feliz el hombre que no se prodiga mucho en actos y en palabras;


cuanto más numerosos son los actos y las palabras más se encuentra el
accidente.»

Enrique Suso (1295-136á)

D e LA CONTRICION DE TE0VALD0, USURERO PARISINO

«En tiempos del rey de Francia Felipe (Augusto), predecesor del que
reina hoy, había en la ciudad de París un usurero muy rico llamado Teo-
valdo. Terna numerosas posesiones, vina infinidad de dinero amasado por
la usura. Presa de remordimientos por la gracia divina, vino al Maestro
Mauricio, obispo de la ciudad, y se remitió a su consejo. Este, inflamado
entonces por la construcción de la catedral dedicada a Nuestra Señora, le
aconsejó consagrar todo su dinero a la continuación de la obra emprendi­
da. Habiendo parecido este consejo un poco sospechoso al usurero, fue a
encontrar a Maestro Pedro el chantre y le refirió las palabras del obispo.
48 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

MaestcaJPedro le respondió: «Por esta vez no te ha dado un buen


consejo. Pero ve y haz gritar a través de la ciudad por la voz del .heraldo
que estás resuelto a restituir todo lo que has recibido por préstamos.»
Así lo hizo.
Y luego volviendo al Maestro, le dijo Teovaldo: «A todos los que han
venido hacia mí, les he dado en conciencia todo lo que les había tomado
y aún me queda mucho.» - —
«Ahora podrás dar limosna con toda seguridad.» El- aba<(|¡£>aniel de
Shónau ha contado que por consejo del chantre, había marchado por las
plazas de la ciudad desnudo con sus bragas, flagelado por un siervo que
decía: «H e aquí al que el Estado honraba a causa de.su dinero y retenía
como rehenes a los hijos de los nobles.»

Cesáreo de Heisterbach,
« Dialogus M iracuiorum »

«Un campesino agonizaba; un diablo estaba allí amenazándole con me­


terle una estaca encendida en la boca. Conociendo su pecado, el campesino
se volvía a una parte y otra, pero siempre estaba el diablo delante de él
con su estaca. Había instalado una estaca de la misma forma y del mismo
grosor desde su campo hacia el de un honrado caballero del mismo pueblo
para quitarle su propiedad. Envió a los suyos a este caballero, prometien­
do restituir lo que había tomado y suplicando que le perdonase. El caba­
llero les dijo: «N o perdonaré; que se le deje torturar.» De nuevo se espan­
tó el campesino como la primera vez; de nuevo envió a los suyos, pero
no obtuvo el perdón. Por tercera vez vinieron mis mensajeros con lágri­
mas diciendo: «Os rogamos señor en nombre de Dios que remitas su falta
a este desgraciado, pues no puede morir y no se le permite vivir.» El caba­
llero respondió: «M e he vengado bien; lo perdono.» En aquel instante,
cesó toda la angustia diabólica.»

Cesáreo de Heisterbach
« Dialogus Miracuiorum »

«Quiero contaros una historia bastante extraordinaria, ocurrida real­


mente en mi época, en Toledo. Muchos escolares de diversos países iban
allí a estudiar la nigromancia. Algunos jóvenes bávaros y suavos, oyendo
a su maestro decir cosas asombrosas, increíbles, y queriéndolas compro­
bar, le pidieron: «Maestro, queremos que nos muestres lo que nos ense­
ñas»... A la hora conveniente, los llevó a un campo. Con una espada, tra­
zó un círculo en tomo a ellos ordenándoles, bajo pena de muerte, que
permanecieran encerrados en él. Les recomendó también que no dieran
nada de lo que se les pidiera y no aceptaran nada de lo que se les ofre­
ciera. Apartándose un poco, evocó a los demonios con sus encantamientos.
En seguida estaban allí, bajo las apariencias de caballeros bien armados,
practicando en torno a los jóvenes los juegos de la caballería. Tan pronto
fingían caer como tendían hacia ellos su lanza o su espada, esforzándose
LA BUSQUEDA DE DIOS 49

de -faí£$»aoeras por sacarlos fuera del círculo. Al no conseguirlo, se trans­


formaron en bellísimas muchachas e hicieron la ronda en tom o a los jó­
venes. incitándolos con toda suerte de mohines. La muchacha más seduc­
tora sscogió a uno de los escolares, cada vez que se acercaba a él bailando,
le presentaba un anillo de oro, turbándolo e inflamándolo de amor por
ella cpn el movimiento de su cuerpo. .Repitió su maniobra muchas veces.
El joven, vencido, tendió por fin sy' dédo;í¿¿c!a el anillo fuera del círculo.
En seguida, ella lo arrastró. El desapareció. Llevándose su presa, la tropa
de espíritus malignos se disipó en un torbellino.
Se produjo un clamor y un tumulto entre los discípulos. Acudió el maes­
tro. Se quejaron del rapto de su camarada. «N o es culpa mía, respondió
él, vosotros me habéis obligado. Os había advertido. No lo volveréis a ver.»

Cesáreo de Heisterbach
«Dialogus M iraculorum »

«En la diócesis de Colonia, un odio mortal separaba a dos linajes de


campesinos. Cada uno tenía como jefe a un campesino magnánimo, orgu­
lloso, que siempre fomentaba nuevos conflictos y los envenenaba, impidien­
do todo acuerdo. El cielo permitió que ambos murieran el mismo día.
Y como eran de la misma parroquia, por voluntad de Dios que quería dar
a conocer a través de ellos cuán mala es la discordia, los dos cadáveres
fueron puestos en la misma tumba. Cosa admirable e inaudita: todos los
que estaban allí vieron a los dos cuerpos volverse la espalda chocando im­
petuosamente con la cabeza, los pies y la espalda como caballos indómi­
tos. Se retiró a uno de ellos para enterrarlo en otra tumba. Por la pelea
de los dos muertos, volvió la paz entre los vivos.»

Cesáreo de Heisterbach
« Dialogus Miraculorum »

«Había un caballero en Sajonia que se llamaba Ludolfo. Era un tirano.


Un día que cabalgaba por el camino vestido con ropas nuevas y de color
escarlata, encontró a un campesino sobre su carro. Habiendo el movimien­
to de las ruedas salpicado de lodo su vestidura, este orgulloso caballero,
fuera de sí, sacó su espada y cortó uno de los pies del hombre.»

Cesáreo de Heisterbach
«Dialogus Miraculorum»

«Había un campesino llamado Enrique que se aproximaba a la muerte:


vio una piedra grande y ardiente suspendida en el aire por encima de él.
Enfermo, abrasado por el ardor de esa piedra, clamó con voz horrible:
«E l fuego de esta piedra por encima de m i cabeza me devora.» Se llamó a
un sacerdote que le confesó, pero en vano, y que le dijo: «Recuerda si no
50 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

has causado uaal a alguien con esta piedra.» Volviendo sobre sí mismo, el
campesino dijo: «Y a me acuerdo: para extender mis campos, he despla­
zado esta piedra más allá de los linderos.»

Cesáreo de Heisterbach
«■Dialogus M iraculorum »

Ca r ta de pa z pa ra L a o n . 1128

«5. Si alguien tiene un odió mortal contra otro, que se le prohíba per­
seguirlo cuando salga de la ciudad o tenderle emboscadas cuando va a ella.
Si lo mata cuando va allí o se aleja o si le corta cualquier miembro y se
produce queja contra él, sea por haberlo perseguido, sea por haberle ten­
dido emboscadas, que se purgue de la acusación por el juicio de Dios, Si
le ha golpeado o herido fuera de los límites de la Paz, cuando se haya
podido probar bajo testimonio legal de los hombres de la Paz que ha
habido persecución o emboscada, le será permitido purgarse de esta
acusación por juramento. Si se ha descubierto que es culpable, que entre­
gue cabeza por cabeza, miembro por miembro, o bien, según decisión del
alcalde y de ios jurados, que se rescate honorablemente por la cabeza o
por el miembro, según la naturaleza de éste.»

«.Ordenanzas de los reyes de Francia»

De la ADORACION DEL PERRO GüINEFORT

«H ay que hablar en sexto lugar de las supersticiones ultrajantes, algu­


nas de las cuales por ultrajantes para Dios y otras para el prójimo. Son
ultrajantes para Dios las supersticiones que conceden honores divinos a los
demonios o a alguna otra criatura: es lo que hace la idolatría y lo que
hacen las miserables mujeres echadoras de suerte, que piden la salvación
adorando saúcos o haciéndolos ofrendas: despreciando las iglesias o las
reliquias de los santos, llevan a sus hijos a estos saúcos o a hormigueros o
a otros objetos a fin de que venga la curación.
Es lo que pasaba recientemente en la diócesis de Lyon donde, cuando
yo predicaba contra los sortilegios y oía confesiones, muchas mujeres con­
fesaron que habían llevado sus hijos a san Guinefort. Y como yo creía que
era algún santo, hice mi investigación y supe por fin que se trataba de
un perro lebrel que había sido muerto de la siguiente manera.
En la diócesis de Lyon, cerca del pueblo de las monjas llamado Neu-
ville, en la tierra del señor de Villars, ha existido un castillo cuyo señor
tenía un hijo de su esposa. Un día, cuando el señor y la dama habían sali­
do de su casa y la nodriza había hecho lo mismo, dejando solo al niño
en la cuna, entró una serpiente muy grande en la casa y se dirigió hacia
la cuna del niño. AI verlo, el lebrel que había quedado allí, persiguiendo
a la serpiente y atacándola bajo la cuna, volcó la cuna y daba mordiscos
a la serpiente, que se defendía y mordía a su vez al perro. El perro acabó
LA BUSQUEDA DE DIOS 51

por matarla y la arrojó lejos de la cuna. Dejó la cuna y también el suelo,


su propia garganta y su cabeza inundados de sangre de la serpiente. Mal­
trecho por la serpiente, se mantenía en pie cerca de la cuna. Cuando entró
la nodriza, creyó al verlo que el niño había sido devorado por el perro
y lanzó un grito muy fuerte de dolor. Al oírlo la madre del niño acudió
a su vez, vio y creyó las mismas cosas y lanzó un grito semejante. Del
mismo modo, el caballero, llegando allí a su vez creyó la misma cosa y sa­
cando su espada mató al perro. Entonces, al acercarse al niño, lo encon­
traron sano y salvo durmiendo dulcemente. Intentante comprender, des­
cubrieron la serpiente desgarrada y muerta por los mordiscos del perro.
Reconociendo entonces la verdad del hecho y deplorando haber matado
tan injustamente a un perro tan útil, lo arrojaron a un pozo situado ante
la puerta del castillo, lanzaron sobre él una gran masa de piedras y plan­
taron al lado árboles en memoria del hecho. Pero el castillo fue destruido
por la voluntad divina y la tierra reducida al estado de desierto, abando­
nada por sus habitantes. Pero los campesinos, al oír hablar de la noble
conducta del perro y decir cómo había sido muerto, aunque inocente y
por una cosa de la que debió esperar el bien, visitaron el lugar, honraron
al perro como a un mártir, le rezaron por sus enfermedades y sus necesi­
dades y algunos fueron víctimas de las seducciones y de las ilusiones del
diablo que por este medio empujaba a los hombres al error. Pero sobre
todo las mujeres que tenían niños débiles y enfermos los llevaban a este
lugar. En un burgo fortificado que distaba una legua de este lugar, iban
a buscar una vieja que les enseñaba la manera ritual de actuar, de hacer
ofrendas a ios demonios, de invocarlos, y que las conducía a este lugar.
Cuando llegaban, ofrecían sal y otras cosas; colgaban en las zarzas de al­
rededor los pañales del niño; clavaban un clavo entre los árboles que ha­
bían puesto allí; pasaban al niño desnudo entre los troncos de dos árboles;
la madre, que estaba a un lado, tenía al niño y lo arrojaba nueve veces
a la vieja que estaba al otro lado. Invocando a los demonios, conjuraban
a los faunos que estaban en el bosque de Rimite para que tomaran a este
niño enfermo y debilitado que era para ellos, según decían; y a su hijo,
que habían llevado consigo que se lo devolvieran gordo y robusto, sano
y salvo. Hecho esto, estas madres infanticidas volvían a tomar a su hijo
y lo ponían desnudo al pie del árbol sobre la paja de una cima y con el
fuego que traían consigo encendían a un lado y otro los cabos de dos. can­
delas que medían una pulgada "y las fijaban en el tronco por encima. Luego
se retiraban hasta que se consumieran las velas, a fin de no oír los vagidos
del niño y no verlo. Al consumirse así las candelas quemaron por entero
y mataron a varios niños, como lo hemos sabido por muchas personas.
Una mujer me contó también que acababa de invocar a los faunos y se
retiraba cuando vio a un lobo salir del bosque y acercarse al niño. Si el
amor maternal no hubiera forzado su piedad y no hubiera vuelto hacia
él el lobo o el diablo bajo su forma, como ella decía, hubiera devorado
al niño.
Cuando las madres volvían a su hijo y lo hallaban vivo, lo Llevaban
a las aguas rápidas de un río próximo llamado Chalaronne, donde lo su­
mergían nueve veces; si salía de ello y no moría en el momento o poco
después, era que tenía las visceras resistentes.
Nos hemos trasladado a aquel lugar, hemos convocado al pueblo de
esta tierra y hemos predicado contra todo lo que se ha dicho. Hemos
52 EUROPA EK LA EDAD MEDIA

hecho exhumar al perro muerto y cortar el bosque sagrado y lo hemos he­


cho quemar con los huesos del perro. Y he hecho dar por los señores
de la tierra un edicto previniendo la incautación y reventa de los bienes
de aquellos que en lo sucesivo afluyan a aquel lugar por tal ra2 Ón.»

Esteban de Borbón (hacia 1180-1261)


3

BIOS ES LUZ

Bruscamente, en el siglo xn, se acelera el movimiento de ex­


pansión. De ese crecimiento es un signo la cruzada, el tropel de
los caballeros de Cristo hacia las riquezas de Oriente, la aventura
fabulosa. Hay otro menos brillante pero más seguro inscrito en
el paisaje: es entonces cuando aparecen los rasgos que éste pre­
senta todavía hoy. Pueblos nuevos, campos floridos, viñedos, y el
nuevo actor en el que se adivina que se va a apoderar del primer
papel, el dinero. La moneda, siempre demasiado escasa porque
cada vez hay más necesidad de ella en todas partes, porque todos
los comercios se animan. Efervescencia, un progreso tan trastor­
nante como el que arrastra a nuestra época y del que apenas po­
demos soportar la idea de que pueda hacerse más lento. En todos
los pisos del edificio cultural repercutieron los contragolpes de
aquel impulso. El sentimiento religioso tomó otro tinte, impo­
niéndose la convicción de que la relación con Dios es un asunto
personal y que la salvación se gana viviendo de cierta manera.
Desde el Apocalipsis, la mirada se deslizó insensiblemente hacia
los Hechos de los Apóstoles y hacia el Evangelio, para buscar
modelos de conducta en esta parte de la Escritura. Semejante
traslación resonó directamente en la obra de arte.
Por la misma época, las relaciones entfe los hombres ganaban
en ligereza. Esto favorecía los reagrupamientos, las concentracio­
nes, las síntesis. Las primeras fases del crecimiento se habían ma­
nifestado, alrededor del año mil, por una dispersión de los pode­
res, por la feudalizacíón. Cien años más tarde comienzan a re­
construirse los Estados, los principados, los reinos. Ya las abadías
se habían retiñido en congregaciones, lo que conducía a proseguir
en común las investigaciones estéticas que se habían inaugurado
aisladamente, en Toumus, en Saint-Bénigne de Dijon, en Saint-
Hilaire de Poitiers. En 1100, la más poderosa de esas congregacio-
54 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

ixss eran la orden de Cluny y el monumento más prestigioso la


nueva iglesia abacial de Cluny, edificada en algunos años gracias
al oro venido de España y a la plata venida de Inglaterra. Ya está
la moneda en posición dominante. Y de nuevo hay soberanos con­
siderados, por razón de los dones pecunarios que habían hecho,
como los verdaderos constructores.
¿Qué queda de este monumento? Ruinas desoladoras. A co­
mienzos del siglo xrx esa maravilla sirvió como cantera de piedra.
Los escasos vestigios revelan sin embargo lo que fue el proyecto:
restablecer en su plenitud lo que el feudalismo había ahogado, el
palacio imperial. Más espléndido de lo que había sido el de Carlo­
magno, puesto que era el palacio de Dios. Digno de él y de las so­
lemnidades que exige. La luz es discretamente admitid* «an el es­
pacio contenido por sus muros y estrictamente cerrado, separado
de las turbaciones de la tierra. Pero ya se tienden los pilares para
elevar las bóvedas hasta perderse de vista, «in excelsis». Son arre­
batados por este mismo impulso a que invita la gran escultura
del portal, del que ya no subsisten más que algunos despojos irri­
sorios y que precisamente representaban la Ascensión. Hay una
réplica que permite imaginar lo que fue el gran Cluny: Paray-Le-
Monial. El discreto exterior sólo deja entrever la invasora multi­
plicación de las capillas. En la fachada occidental se abren las
puertas como una llamada a precipitarse dentro, a abandonarlo
todo para situarse por fin dentro del orden. Todo el interior con­
verge hacia el presbiterio, lugar de la ofrenda, de la elevación, al
que los abades de Cluny veían como el «paseo de los ángeles».
Un palacio, cabeza de un imperio más perfecto que cualquier otro
sobre la tierra. Para construirlo se han vuelto a tomar natural­
mente las columnas acanaladas, los gabletes. Formas tomadas de
la romanidad clásica cuya conservación habían prolongado los
emperadores del año mil. En este palacio, la fiesta y todas las sun­
tuosidades del mundo. Pues los monjes de Cluny, con muy buena
conciencia, se consideraban como príncipes, formando la corte
del Todopoderoso, como los cortesanos de una especie de Versa-
íles inmaterial, sacralizado, persuadidos de que les incumbía orga­
nizar con gran pompa una ceremonia ininterrumpida y que para
ello debían dilapidar tesoros. Esta propensión al lujo se mani­
fiesta de manera evidente en la pequeña capilla de Berzé-la-Ville,
un oratorio privado que el abad Hugo hizo decorar en uno de los
grandes dominios donde le gustaba residir. La ornamentación re­
cobre aquí toda la muralla, desplegando todos los primores de la
linea y del eolor. En los castillos de Judea, príncipes francos se
DIOS ES LUZ 55

acostumbraban entonces a vivir con refinamientos parecidos. Pero


los cruzados y los sacerdotes que les acompañaban descubrían
también en Tierra Santa, en su plena realidad, la existencia que
Jesús había llevado. Se apercibían de que este mismo Dios, des­
mesuradamente lejano cuando se habla de él en el Apocalipsis,
había vivido un día como cada uno de nosotros, como Lázaro,
como Magdalena, como sus amigos, y que el Señor supremo entro­
nizado en los ábsides, antes de haber vencido a la muerte, había
sido ese maestro escarnecido que un discípulo traicionó y entre­
gó. Ya en los frescos que adornan el priorato de Vic, en un sim­
ple intercaláis® «te «asadas, la humanidad prevalece sobre lo
divino.
Sin duda, lo que venía de la tradición monástica y culmina en
la estética cluniacense conducía siempre a preparar el alojamien­
to del Salvador para su retorno triunfal, a aclamarlo, a tratarlo
como a un rey. Tal intención había autorizado la innovación te­
meraria y trastornante de erigir en las basílicas, al aire libre, a la
mirada del pueblo, altas figuras esculpidas semejantes a las que
la Roma pagana situaba en otro tiempo sobre sus arcos de triun­
fo. Tallar en la piedra la efigie de los profetas era sin embargo
figurar forzosamente con una cierta verdad cuerpos y rostros de
hombres, arrancar la visión a lo irreal. Así en Moissac, el escultor
siguió de cerca el texto de san Juan. Quiso mostrar, en el centro
del cielo abierto, al Eterno inaccesible. Este se halla atraído de
manera irresistible hacia la tierra y como capturado. ¿Con qué
medios? Por la música, que fue sin duda el arte mayor de aquel
tiempo, el instrumento más eficaz de conocimiento, y del que san
Hugo había ordenado que los tonos fuesen representados sobre
los capiteles del coro de Cluny, es decir en el corazón de todo el
programa iconográfico, en el punto de convergencia de todos los
gestos de la liturgia. En el tímpano de Moissac, los músicos son
reyes. Llevan las insignias de los reyes de la tierra. El Cristo cuya
gloria cantan los domina y el archiabad domina también a los so­
beranos terrestres. El crecimiento económico entraña entonces
muy rápidamente la restauración del poder de éstos.
Suscita sobre todo, después del renacimiento carolingio del
siglo xi, después del renacimiento otoniano del año mil, un nuevo
renacimiento más vigoroso. Revivifica lo que sobrevive de la he­
rencia romana, el humanismo. Se ve muy bien en Lieja. En bron­
ce, en los lados de una pila bautismal, instrumento de un ritual
de renovación, tie un sacramento que no está reservado a algunos
elegidos como lo estaban las liturgias cluniacenses, sino destinado
56 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

a distinguirse sobre todo el género humano, aparecen personajes


en las actitudes más -verdaderas. Han caído todas las trabas que,
cien años antes en esas provincias, impedían a los artistas servi­
dores de los emperadores alejarse demasiado de los modelos clá­
sicos, expresarse según su propio temperamento. El arte renacien­
te del siglo xix es de libre audacia. Y entre los nuevos bautizados
se hace sitio al filósofo, pues en el impulso que la arrebata, la cris­
tiandad latina está ahora dispuesta a apropiarse sin temor de todo
el saber de los paganos.
Por todas partes figuras de hombres a los que poco a poco
penetran los temblores de la vida. Se acumulan en los claustros
benedictinos, dispuestas allí para que la meditación de los reli­
giosos salte cada vez más arriba, de imagen en imagen. A la del
hombre se yuxtaponen las representaciones de cosas naturales,
plantas, animales. La escultura muestra a las criaturas reducidas
al plan muy sencillo, regular, racional de que Dios tenía el espíri­
tu lleno cuando las formó. Del mismo modo, la sociedad humana
aparece en sus estructuras ideales, conforme a la voluntad divi­
na: tres categorías, los campesinos, los guerreros y los sacerdo­
tes, unos y otros subordinados a los monjes, que miran a la hu­
manidad de la que se han separado desde lo alto de su perfec­
ción. Cuando disponen en las galerías del claustro las expresio­
nes figuradas de sus sueños, se distinguen dos tendencias cuya
oposición revela entre los valores del pasado y los del porvenir
una tensión tanto más viva cuanto más se precipita el progreso.
Por una parte, el eco del mensaje evangélico que, en las escenas
que representan la vida de Jesús, invita a no rechazar la parte de
carne que se halla en la persona de cada hombre y también en la
de Cristo. Por otra parte, el relente del antiguo pesimismo, la con­
denación de lo que no es espíritu puro, la obstinación de ver en
todas partes al maléfico, a denunciarlo en todo lo que toca a lo
corporal, por una multitud de signos que son los de la pesadilla
y la frustración. Los monjes cluniacenses eran señores orgullosos
de serlo. Su arte es un arte de grandes señores. Por el lugar que
concede a las representaciones del pecado, por ejemplo a los mons­
truos que bullen en el gran tumulto del pilar de Souillac, da testi­
monio de la violencia, de una civilización dolorosamente alum­
brada.
«¿Qué vienen a hacer en vuestros claustros donde los religio­
sos se entregan a las santas lecturas esos monstruos grotescos,
esas extraordinarias bellezas disformes y esas bellas deformida­
des? ¿Qué significan aquí los monos inmundos, los leones feroces,
DIOS ES LUZ 57

los bizarros centauros que no son hombres más que a medias?


¿Por qué los guerreros en el combate? ¿Por qué los cazadores so­
plando en los cuernos? Aquí tan pronto se ven varios cuerpos
bajo una sola cabeza como varias cabezas sobre ion solo cuerpo.
Aquí un cuadrúpedo que arrastra una cola de reptil, allá un pez
tiene cuerpo de cuadrúpedo. Aquí está un animal a caballo. En íin,
la diversidad de estas formas aparece tan múltiple y tan maravi­
llosa que se descifran los mármoles en lugar de leer en los ma­
nuscritos. Se ocupa el día en contemplar esas curiosidades en
lugar de meditar la ley de Dios. Señor, si no se enrojece ante estos
absurdos, que se lamente al menos lo que han costado.» Esta voz
que se alza para condenar a Cluny, para gritar que Cluny traicio­
na el espíritu del monaquisino, es la de san Bernardo. Contesta­
ción. Expresa en este altísimo nivel, en las finas capas de la más
alta cultura, las contradicciones de que aquella época estaba llena,
lo mismo que la nuestra. Ruptura violenta. Bernardo de Claraval
luchaba. Contra todo. Contra ios monjes de antigua observancia,
contra los cardenales ávidos, contra los filósofos y los humanis­
tas, contra los reyes incestuosos, contra los caballeros a quienes
gustaba demasiado el amor y la guerra. Luchador infatigable, in­
tratable, imposible, que se arrastraba enfermo hasta los cuatro
rincones de la cristiandad para moralizar. Ninguna imagen mues­
tra los rasgos de su rostro. No tenemos de él más que palabras.
Tonantes. Cantidad de folletos y sermones cuyo texto se habían
encargado los copistas de difundir por todas partes. Durante una
generación fue Bernardo la conciencia exigente de la cristiandad.
Conocía al mundo, había vivido veinte años como hijo de caballe­
ro antes de convertirse y entrar con una banda de allegados en el
monasterio más austero, en Citeaux. Había tenido tiempo de per­
cibir esta nueva forma de corrupción cuyo agente es la moneda.
Por eso llamaba a despojarse cada vez más. Criticando precisa­
mente a los monjes de Cluny por el gusto excesivo que manifes­
taban hacia el lujo y hacia la comodidad. Proponiendo otro estilo
de vida monástica, otro estilo de arte monástico, el cisterciense.
Es un retorno. El propósito cisterciense es reaccionario, retró­
grado: resistir a las tentaciones del progreso y para ello, ante
todo, huir lo más lejos posible. Volver a los principios del mona­
quisino benedictino implicaba separar a la comunidad del siglo
o mejor aislarla en pleno desierto. Esto dio el éxito a la orden.
La sociedad del siglo xn se enriquecía. Estaba aún dominada por
representaciones morales que lé hacían pensar que un hombre
puede ser salvado por el sacrificio de otros hombres, sus susti­
58 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

tutos. Tenía siempre necesidad de monjes. Pero de monjes más


pobres, pues se sentía manchada por sus riquezas. Admiró en los
cistercienses el que no se dejasen prender en las precipitaciones
que entonces hacían acelerarse al tiempo, que volvieran al ritmo
tranquilo de las estaciones y los días, a los alimentos frugales, a
las vestiduras sin apresto, a las liturgias rigurosas, que la desnu­
dez y el renunciamiento de esta pequeña selección compensara la
voracidad del resto de los pecadores y obtuviera el perdón para
ellos.
Citeaux vuelve pues a la sencillez de las formas arquitectóni­
cas. Conservando las mismas, pero expulsando de ellas lo super-
fluo, desembarazándolas de todo lo que las abruma inútilmente.
Limpiándolas. La abadía vuelve a ser una roca. La piedra con que
está construida se deja tosca, en su aspecto natural. Allí se han
conservado las huellas dejadas por el trabajo de los hombres.
Cada sillar está marcado con el signo, con el sello del artesano
que lo ha labrado con gran esfuerzo. El claustro cisterciense está
desnudo. Como debe ser un taller para el trabajo eficaz, que aquí
es el de encontrar a Dios a través de sus palabras. Nada de imáge­
nes: líneas rectas, curvas y algunos números sencillos. Que no se
distraiga la atención. Que ésta se fije en la escritura a fin de dedu­
cir su sentido, alternando el trabajo del cuerpo con el trabajo del
espíritu, puesto que lo prescribe la regla de san Benito. En otros
talleres, el esfuerzo de los religiosos se aplica a la materia bruta,
retirando el metal de su ganga, afinándolo, purificándolo para que
se haga útil. La intención es la misma: hay que explotar los recur­
sos que Dios creador pone en profusión a nuestro alcance en las
palabras y en las cosas. De unos y otro debe extraer el hombre su
jugo, pacientemente, humildemente, empleando el vigor de sus
brazos, de su razón, de su alma. He aquí por qué las forjas y los
graneros construidos por los cistercienses tienen la majestad de
sus iglesias; el granero, la forja, el claustro, la iglesia son los di­
ferentes utensilios de una misma función, de un mismo oficio.
El propio monasterio, como la nuez en su cáscara, como el espí­
ritu en medio de la carne, se establece en el centro de un claro,
donde la naturaleza vegetal es laboriosamente domesticada y
arrancada a su turbulencia, a su somnolencia. ¿No ha sometido
el Señor a todas las criaturas bajo el hombre? ¿No espera del
hombre que coopere con El, usando su inteligencia, en esa obra
continua e ininterrumpida que es la Creación? Los monjes del
Císter que ya no aceptan vivir como señores, ser alimentados por
el trabajo de otros como hacían los monjes de Cluny, se pusieron
BIOS ES LUZ 59

pues al trabajo manuaL Por este solo hecho, y a pesar de su reso­


lución de volver la espalda al progreso, se instalaron en la van­
guardia de todas las innovaciones técnicas, sobre el frente pione­
ro de aquel siglo conquistador. Produjeron con abundancia lo que
las ciudades y los castillos en el crecimiento general, precisamen­
te reclamaban: la madera de fuego y de construcción, el hierro,
el vidrio, la buena lana. Los monjes habían escogido la abstinen­
cia. No consumían casi nada de esta producción, sino que la lle­
vaban al mercado. Sacaron dinero de esto. ¿Qué hacer con él?
¿limosna? Era difícil, pues las abadías cistercienses estaban al
margen de todo. Este dinero servía para construir. Trescientos
monasterios en treinta años, diseminados por toda Europa. ¿Cómo
evaluar la inversión, según decimos nosotros, que necesitó la crea­
ción de esta obra de arte inmensa, múltiple y sin embargo una,
puesto que las formas de aquellas iglesias proceden del mismo
propósito de simplicidad, de solidez serena?
Cada una de estas abadías mostraba, en medio de las soleda­
des, la imagen de una ciudad perfecta, de un paraíso sobre la tie­
rra. No separado de la tierra, muy al contrario, enraizado en lo
material, encamado. Por esta voluntad de encarnación, por una
reflexión sostenida, por ía fuerte tendencia que llevaba a los me­
jores en la iglesia a meditar sobre el misterio de Dios hecho hom­
bre y que la. cruzada amplificaba por la convicción —la de san
Bernardo— de que los monjes no son ángeles, que les sería perni­
cioso querer demasiado parecer que son un cuerpo, como los clu-
niacenses, que deben dominar la carne de que están hechos a fin
de dominar al mundo, es por lo que — a diferencia de los monjes
que les habían precedido y también a diferencia de los cátaros—
rehusaban evadirse a lo irreal, porque se sentían obligados a asu­
mir plenamente, como su rrfaestro Cristo, la condición humana
por lo que los cistercienses aceptaron el movimiento general. Los
arrastró a pesar suyo sin darse cuenta de ello. La contradicción
se acusó en la segunda mitad del siglo x i i entre sus propósitos de
austeridad y el logro de la economía cistercíense. Después de la
muerte de san Bernardo, estos religiosos que pretendían ser muy
pobres ganaron cada vez más dinero y se apreció lo que había de
arrogancia en la majestad de sus granjas. La sociedad laica se des­
vió lentamente del Císter, pues esperaba en adelante que los hom­
bres de Iglesia no fueran ya a ocultarse en el fondo de los bos­
ques, sino que se ocuparan de ella. La institución monástica per­
tenecía va al pasado, ai pasado rural, como toda la tradición que
comportaba la condenación, de lo terrenal. El arte cisterciense
60 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

fue un último fruto. Admirable. Maduró en el otoño del mona­


quisino. La primavera estaba en otra parte.
Estaba en el impulso de optimismo conquistador que en Pisa,
con el botín arrebatado a los infieles y los beneficios del negocio,
hacía enriquecer la decoración de una catedral construida al modo
romano, embellecer en Palermo palacios de príncipes, dueños del
mar y de sus maravillas, al modo bizantino y musulmán. La pri­
mavera estaba más aún en esa revolución profunda que hacía to­
mar conciencia progresivamente de que el pecado reside en cada
hombre v .que ha de ser él mismo quien se libere de él, que no
puede remitirse a los demás y que para eso debe escuchar el
Evangelio. San Bernardo, y ésta fue su verdadera victoria, había
expulsado los monstruos, rechazado a los fantasmas. La figura
del mal, en la portada de la catedral de Autun, ya no es una sire­
na, una quimera. Es una mujer muy bella, a la vez tentadora y
culpable, que lo sabe. San Bernardo había predicado la segunda
cruzada en Vézelay. Había hablado ante un prodigioso conjunto
esculpido, todavía monástico, de inspiración cluniacense, pero
ilustrando el nuevo espíritu del cristianismo. En el tímpano de
la basílica de Sainte-Madeleine, donde se veneraban las reliquias
de una mujer, de una pecadora a la que sin embargo Jesús ama­
ba, Cristo está sentado en su majestad. Es fuente de la luz. Ella
emana vivificante de sus manos. No ya puesta bajo el celemín, en­
cerrada en las criptas del año mil o como estaba todavía en las
suntuosas clausuras de Cluny, tampoco mantenida lejos de las
multitudes como permanecía en las abadías cistercienses sólo
para la iluminación de algunos perfectos. Difundida. Extendida
por todos lados, de manera que el universo sea adoctrinado en
sus dos dimensiones, espacio y tiempo, hasta los extremos de la
tierra y hasta el fin del mundo. En efecto, la expansión luminosa
ya no es en adelante empujada a un porvenir incierto, como- lo
es por el Apocalipsis. No es esperada, rechazada por el momento;
Está allí, en el instante. El reino puede ser de este mundo. Lo
construyen hombres, los apóstoles, hombres que no han sido
monjes, sino sacerdotes, levadura en la masa, de ningún modo re­
cluido, marchando con los pies desnudos por las grandes rutas,
hablando al pueblo. Son los enviados del maestro llamados a lle­
var su palabra. Hay que ver en el tímpano de Vézelay el emblema
de un momento de la historia europea, el de la gran partida y el
signo de una verdadera ruptura que no es retomo al pasado como
todas las tentativas imperiales de renovación e incluso como la
reacción cisterciense, sino avance resuelto hacia los tiempos nue­
DIOS ES LUZ 61

vos. Bajo la dirección de un Dios del que aquí se proclama que


es luz.
La luz, la perpetua irradiación del dios luz extendido sobre las
criaturas en que insensiblemente se juntan la materia y el espíri­
tu, es la idea que está en el corazón de la estética de Saint-Denis.
Ella condujo a Suger, abad de Saint-Denis, a querer reducir tanto
como fuera posible en un santuario el lugar del muro, a hacer
los muros porosos, translúcidos. A sacar todo el partido de la
bóveda de crucería, artificio de constructores del que los cister­
cienses no habían usado más que como un medio de consolidar
el edificio. Los rayos luminosos se introducen así ampliamente y
Suger quiere que sean triunfales, adornados con todas las ruti-
Iancias de las gemas. Gloria de la vidriera.
El monumento así concebido celebraba simultáneamente la
gloria del rey de los cielos y la del rey de Francia. Suger era
monje, pero ponía el monaquisino al servicio de lo que se hallaba
entonces en plena adolescencia, el Estado, el Estado monárquico.
Conjugando, para servirlo, lo mejor de las innovaciones estéticas
cuyos lugares habían sido las diversas provincias del reino, su­
mando la estatuaria monumental de las basílicas del sur y suman­
do lo que en el norte podía prolongarse de la tradición carolingia,
en los esmaltes y los bronces del país mosano. Perfeccionando
a Cluny. Oponiéndose así violentamente a san Bernardo. Todo
ello en la misma época del florecimiento cluniacense y de la eclo­
sión cisterciense. He aquí lo que hay que guardar en la mente:
la eflorescencia, la ebullición, una vehemencia en la búsqueda,
pues todas esas obras son contemporáneas. No hay más distan­
cia cronológica entre Cluny, que se termina penosamente hacia
el 1130, Fontenay, construido algunos años después de 1135, Vé-
zelay, cuya escultura data de* ese mismo momento y Saint-Denis,
cuyos pórtico y ábside se comienzan a reconstruir por esas fe­
chas, entre la madurez de lo que llamamos arte románico y las
primeras floraciones de lo que llamamos arte gótico, que la que
hay entre Picasso, Matisse y Bonnard, o Marcel Duchamp. Con­
temporaneidad, discordancia, conflicto. Pero por todas partes el
mismo deseo de pureza interior y de nobleza exterior; alma y
cuerpo, encarnación. Suger ha reanudado dentro de este espíritu
el esquema intelectual de concordancias entre el Antiguo y el
Nuevo Testamento, sobre el cual ja se había apoyado la icono­
grafía de las portadas de Hildesheim. Pero se ha modificado la
entonación, pues enire tanto la cruzada ha puesto en evidencia
la parte camaí de la vida de Cristo. Sobre una de las vidrieras
62 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

del coro de Saint-Denis, el árbol de Jessé muestra el cuerpo de


Jesús como el final de un linaje de hombres, de una alta rama
que brota de un vientre de hombre y cuya savia sube de genera­
ción en generación, de flor en flor: estos eslabones son reyes, los
reyes de Judá. Fero los que veían la imagen reconocían en sus
rostros los rasgos del rey de Francia. Veían en la faz de Cristo,
radiante, haciendo explotar en el ápice del empuje vital, hacia
todos los puntos deí espacio, los siete dones del Espíritu Santo, el
símbolo de toda expansión.
Durante el último tercio del siglo xn, la empresa inaugurada
en Fontenay, en Vézelay y en Saint-Denis continúa en las catedra­
les. En la de Laon confluyen las dos corrientes principales y las
más paras: una voluntad de rigor y sencillez que viene del Císter
y una voluntad de iluminación que viene de Saint-Denis. De esta
conjunción salió el principio de lo que las gentes de la época lla­
maron arte de Francia. Dios es luz, como repiten los nuevos teó­
logos. Ven la creación como una incandescencia que procede de
una fuente única, llamando la luz a la existencia, de grado en
grado, a las criaturas y desbordando por reflejos, de eslabón en
eslabón de esta misma cadena jerarquizada, la luz desde los con­
fines tenebrosos para volver a su origen que es Dios. ¿Qué es
este doble movimiento sencillamente sino el de un intercambio
amoroso? El amor de Dios dirigiéndose hacia lo que él ha creado
y el amor de los seres dirigiéndose hacia su creador. Reciproci­
dad. «Que el alma busque la luz siguiendo la luz» había dicho san
Bernardo. Abelardo, que no sólo medita en un claustro, que en­
seña a la sombra de una catedral lo repite: «Nos aproximamos a
Dios en la medida exacta en la que él se aproxima a nosotros,
dándonos la luz y el calor de su amor.» Por el fuego del amor,
verdadera inteligencia de Dios, el alma escapa a la oscuridad y
flamea en la luz del mediodía. He aquí por qué la catedral, estan­
cia de Dios, fue querida transparente, reduciendo progresivamen­
te su arquitectura a los nervios y sustituyendo la vidriera al
muro. He aquí por qué en el crucero la cúpula opaca deja su lu­
gar a la linterna. Se suprime todo lo que pueda romper la unidad
del espacio interno. Este se hace homogéneo, uniformemente ba­
ñado por esos xavos que son a la vez conocimiento y caridad. En
este monumento llega a su término el lentísimo movimiento de
elevación. Este había sido animado en el año mil en las criptas.
Había salido de la tierra. Ascensión, despliegue. Llegó a ese haz
de ramas verticales en las que lo celestial es aprisionado. En ade­
lante la ventana es el adorno alrededor del cual se ordena todo.
DIOS ES LUZ 63

Reviste dos aspectos: el de una rosa que poco a poco adquiere


ligereza y se pone a girar para mostrar precisamente el movimien­
to de difusión y de retomo que distribuye lo creado en una in­
numerable diversidad al mismo tiempo que lo reduce a la unidad ;
o el aspecto de una flecha, en forma de dardo, cada vez más aérea.
G odofredo de V il l e h a r d o u i n ( h a c ia 1150-1213)
« L a c o nq u ista de C o n s t a n t in o p l a »

«Y entonces los griegos, que así estaban en conflicto con los francos,
vieron que ya no era cuestión de paz; y tuvieron consejo secretamente para
traicionarlo. Había allí un griego que estaba mejor visto por él que todos
los demás y que le había hecho entrar en conflicto con los francos más
que ningún otro. Este griego se llamaba Morchuflo ¡Alexis Ducas|.
De acuerdo y en connivencia con los otros, a media noche, cuando el
emperador Alexis dormía en su cámara, los que tenían que guardarlo,
Morchuflo en persona y los demás que estaban con él, los sacaron de su
lecho y lo arrojaron en una mazmorra, prisionero. Y Morchuflo se calzó las
botas rojas, ayudado y aprobado por los otros griegos, y se hizo emperador.
Después lo coronaron en Santa Sofía. Mirad si nunca fue hecha por nadie
tan horrible traición I...I
Cuando el emperador Sursac supo que su hijo estaba en prisión y que
aquél había sido coronado, tuvo gran temor y le acometió una enfermedad;
no duró mucho tiempo, murió. Y este emperador Morchuflo hizo dar ve­
neno dos o tres veces al hijo que tenía en prisión; y no agradó a Dios
que éste muriera. Después de esto, lo estranguló para matarlo y cuando
lo hubo estrangulado, hizo decir por todas partes que había muerto de
muerte natural; y lo hizo enterrar como emperador, honorablemente; y
puso gran semblante de sentir aflicción. j...|
Entonces hubieseis visto abatir griegos y tomar caballos y palafrenes,
mulos y muías y otro botín. Hubo tantos muertos y heridos que aquello
no tenía fin ni medida. Una gran parte de los hombres principales de Gre­
cia volvió hacia la puerta de Blanquema. Y era ya muy tarde al anochecer
y los del ejército estaban cansados de la batalla y de la matanza. Y comen­
zaron a reunirse en una gran plaza que estaba en Constantinopla; y deci­
dieron que acamparían cerca de los muros y de las torres de que se habían
apoderado; pues no creían que hubiesen podido vencer la ciudad en mi
mes, las fuertes iglesias y los fuertes palacios y el pueblo que estaba
dentro. Tal como se decidió así se hizo.
Acamparon delante de los muros y ante las torres, cerca de sus navios.
E l conde Balduino de Flandes y de Hainaut se alojó en las tiendas rojas
del emperador Morchuflo que éste había dejado puestas y su hermano
Enrique ante el palacio de Blanquema; Bonifacio, el marqués de Montfe-
rrato, con sus gentes al lado de la parte principal de la ciudad. El ejército se
hallaba acampado como habéis oído y Constantinopla tomada el lunes de
DIOS ES LUZ 65
Pascua Florida. Y el conde Luis de Blois y de Chartres había padecido
todo el invierno anas fiebres cuartanas y no se había podido armar. Sa­
bed que era gran lástima para los del ejército, pues era muy buen caballe­
ro en su persona y estaba acostado en un portal.
Así reposaron aquella noche los del ejército que estaban muy cansa­
dos. Pero el emperador Morchuflo no descansó: reunió a todas sus gen­
tes y dijo que iría a atacar a los franceses. Pero no. hizo lo que dijo: ca­
balgó hacia otras calles, lo más lejos que pudo de los del ejército y llegó
a una puerta que se llama la Puerta Dorada. Por allí huyó y abandonó
"'tS-Sáldad; tras él huyó quien pudo huir, y de todo esto no supieron nada
los del ejército.
Aquella noche, por la parte del campo de Bonifacio marqués de Mont-
ferrato, no sé qué gentes que temían que los griegos los atacase», pusieron
fuego entre ellos y los griegos. Y la ciudad empezó a arder y a abrasarse
violentamente, y quemó toda esa noche y el día siguiente hasta la tarde.
Y fue el tercer fuego que hubo en Constantinopla desde que los francos
habían llegado al país. Y hubo más casas quemadas que las que hay en
las tres mayores ciudades del reino de Francia. j...¡
Entonces se publicó en todo el ejército por el marqués de Montferra-
to, que era jefe del ejército, y por los barones y por el duque de Venecia,
que todas las pertenencias fuesen aportadas y reunidas, como se había
convenido y jurado bajo pena de excomunión. Y fueron fijados los luga­
res en tres iglesias, y se pusieron guardias de franceses y venecianos, de
los más leales que se pudo encontrar. Y entonces cada uno comenzó a
aportar el botín y a reunirlo.
El uno aportó bien y el otro mal, pues la codicia, que es raíz de todos
los males, no estuvo ociosa; pero los codiciosos comenzaron desde enton­
ces a retener cosas y Muestro Señor comenzó a amarlos menos. ¡ Ah, Dios,
qué lealmente se habían comportado hasta ahora! Y el Señor Dios les
había mostrado que en todos sus asuntos los había provisto y cultivado
más que a cualquier otra gente; y muchas veces los buenos sufren perjuicio
a causa de los malos.
Fueron reunidos el dinero y el botín; y sabed que no todo fue entrega­
do, pues hubo muchos que lo retuvieron, a pesar de ía excomunión del
papa. Lo que fue aportado a las iglesias fue juntado y repartido entre los
francos y los venecianos por mitad así como se había jurado en su con­
trato. Y sabed que cuando hubieron repartido, jlos peregrinos] pagaion por
su parte cincuenta mil marcos de plata a los venecianos; y repartieron al­
rededor de cien mil entre sus gentes. Y sabed cómo: dos sargentos a pie
por un sargento a caballo y dos sargentos a caballo por un caballero.
Y sabed que ningún hombre tuvo ventaja por rango o por méritos que
tuviera, sino según había sido decidido y establecido, a menos que no
fuese robado.
Y para el robo, aquel que fue convicto, sabed que se le hizo gran jus­
ticia y que hubo muchos colgados. El conde de Saint-Pol hizo tomar con
el escudo al cuello a un caballero suyo que había retenido alguna cosa.
Y hubo muchos que retuvieron, pequeños y grandes, pero no se supo.
Podéis saber que mucho fue el caudal, pues sin lo que fue robado y sin
la parte de los venecianos, se entregaron unos cuatrocientos mil marcos
de plata y unas diez m il monturas, tanto de unas como de otras. El botín
de Constantinopla fue repartido como acabáis de oír. |...|

3
66 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

Cuando el emperador Morchuflo supo que venían así, no se atrevió a


esperar, sino que huyó siempre dos o tres jomadas por delante; y así se
fue hasta Messínopla, donde estaba el emperador Alexis. Y le envió sus
mensajeros y le mandó que le ayudara e hiciera toda su voluntad. Y el
emperador Alexis respondió que fuera bienvenido como su hijo, pues que­
ría que tuviera a su hija por esposa y haría de él un hijo suyo. El empera­
dor Morchuflo se alojó así ante Messinopla y armó sus tiendas y sus pabe­
llones; y el otro estaba alojado en la ciudad. Y entonces hablaron juntos
y |Alexis| le dio su hija y se aliaron y dijeron que no serían más que uno.
Estuvieron así no sé cuántos días, unos en el campo y otros en la ciu­
dad. Y entonces el emperador Alexis invitó al emperador Morchuflo a ve­
nir a comer en su casa, diciéndole que irían juntos a los baños. Tal como fue
convenido se hizo. El emperador Morchuflo, tal como el otro le rogó, vino
sencillamente y con poca gente; y cuando estuvo en su casa, el emperador
Alexis le hizo venir a una cámara y lo hizo tirar a tierra y le hizo arran­
car los ojos de la cabeza por la traición que habéis oído. Mirad si tales
gentes habían de tener una tierra o perderla, cuando cometían tan gran­
des crueldades unos contra otros. Y cuando los del emperador Morchuflo
supieron esto se desbandaron y emprendieron la fuga, unos por aqiií y
otros por allá; y los hubo que fueron al emperador Alexis y a su obedien­
cia como a su señor y permanecieron junto a él. |...|
En aquel tiempo, ocurrió que el emperador Morchuflo, que tenía los
ojos arrancados, el que había matado a su señor el emperador Alexis (el
hijo del emperador Sursac, aquel que los peregrinos habían llevado al país),
huyó más allá del Bras secretamente y con poca gente, Y Thieriy de Los
lo supo porque le fue denunciado y lo apresó y lo llevó al emperador Bal-
duino en Constantinopla. Y el emperador Balduino estuvo muy contento
y tuvo consejo con sus hombres sobre lo que haría de un hombre que
había cometido tal asesinato en su señor.
El consejo concluyó en esto: había una columna en Constantinopla,
hacia el centro de la ciudad, que era una de las más altas y m ejor esculpi­
das en mármol que jamás hubiese visto mirada de hombre; se le haría
llevar allí y se le haría saltar abajo a la vista de todo el pueblo, pues todo
el mundo debía ver bien tan alta justicia. El emperador Morchuflo fue así
llevado a la columna y fue puesto en lo alto y todo el pueblo de la ciudad
acudió para ver la maravilla. Entonces se le empujó abajo y cayó de tan
alto que cuando llegó a tierra quedó triturado.»

D el castigo de la bruja K a t la y de su h ij o O dd

«Geirrid, el ama de casa de Mavahlid, envió a decir a Bolstad que estaba


segura de que era Odd, hijo de Katla, quien había cortado la mano de
Aud. Declaró que le constaba por las propias palabras de Aud y también
porque Odd se había jactado de ello ante sus amigos. Cuando Thoraiin y
Arnkell oyeron esto, abandonaron la casa con diez hombres, fueron hasta
Mavahlid y pasaron allí la noche. Al día siguiente por la mañana fueron
a Holt, de donde se observó su expedición. Allí no se hallaba otro hombre
que Odd. Katia estaba sentada en el estrado e hilaba; dijo a Odd que se
sentara junto a ella, «cállate y estáte tranquilo». Pidió a las mujeres que se
DIOS ES LUZ 67
sentaran en sus sitios. «Permaneced silenciosas, dijo, soy yo quien habla­
rá.» Cuando llegaron Arakell y los suyos entraron en seguida y cuando
penetraron en la estancia, Katla saludó a Amkell y le pidió noticias. Am-
kell dijo que no tenía ninguna que contar y preguntó dónde estaba Odd.
Katla dijo que había ido al sur, a Breidavik, «y si estuviera en la casa, no
te evitaría, pues tenemos conñanza en tu magnanimidad». «Puede ser eso,
dijo Arakell, pero queremos indagar aquí.» «Será como gustéis», dijo Katla
y pidió al intendente que trajera una luz ante ellos y abriese la despensa,
pues «es el único lugar cerrado con llave en la granja». Vieron que hilaba
en una rueca. Buscaron pues por la casa, no encontraron a Odd y después
de esto se fueron.
Cuando llegaron a corta distancia del recinto, Amkell se paró y dijo:
«¿Acaso Katla no habrá engañado nuestras miradas? Odd su hijo, estaba
donde nosotros hemos creído ver una rueca.» «N o es incapaz de ello, dijo
Thorarin, retrocedamos.» Esto es lo que hicieron. Cuando desde Holt se
vio que volvían, Katla dijo a las mujeres: «Vais a sentaros de nuevo en
vuestros sitios; Odd y yo vamos a salir a su encuentro.» Cuando ella y Odd
llegaron a las puertas, ella entró en el vestíbulo, ante las puertas exterio­
res, peinó a su lujo Odd y le cortó los cabellos. Amkell y los suyos corrie­
ron a las puertas y vieron dónde estaba Katla: se ocupaba de un macho
cabrío, igualaba su lana y su barba y desenmarañaba sus pelos. Amkell
y los demás entraron en la estancia y no vieron a Odd por ninguna parte;
la rueca de Katla se hallaba sobre el banco; entonces se dijeron que Odd
no debía encontrarse allí; luego salieron y se marcharon.
Pero cuando hubieron llegado cerca del lugar desde donde habían de­
sandado el camino anteriormente, Arakell dijo: «¿No creéis que Odd ha­
bría tomado la apariencia de un macho cabrío?» «N o se puede saber, dijo
Thorarin, pero si volvemos ahora nos apoderaremos de Katla.» «Intente­
mos otra vez, dijo Arakell, y veamos lo que pasa.» Y rehicieron el camino
una vez más. Cuando los vio aproximarse, Katla dijo a Odd que la acompa­
ñara y cuando hubieron salido, ella fue hasta un montón de cenizas y
ordenó a Odd que se echase junto a él, «y permanece ahí, ocurra lo que
ocurra». En cuanto Am kell y los suyos llegaron a la granja, corrieron al
interior y entraron en la estancia. Katla estaba sentada en el estrado e
hilaba. Los saludó y dijo que hacían visitas frecuentes. Arnkel asintió. Sus
compañeros tomaron la rueca y Ip. hicieron pedazos. Entonces Katla dijo:
«N o podréis decir, cuando estéis esta noche en vuestra casa, que habéis
venido a Holt para nada, puesto que habéis roto mi rueca.» En seguida,
Arakell y los demás, se pusieron a buscar a Odd dentro y fuera y no vieron
a ningún ser viviente aparte de un verraco criado en el cercado, que per­
tenecía a Katla y que estaba echado cerca del montón de cenizas. Después
de esto se marcharon.
Llegado a medio camino de Mavahlid, Geirrid vino a su encuentro con
ana de sus obreros y preguntó cómo lo habían pasado. Thorarin se lo dijo.
Ella les dijo que no habían buscado bien a Odd «y quiero que rehagáis el
camino una vez más y yo iré con vosotros; no hay que tomar las cosas a la
ligera cuando se trata de Katla». En seguida dieron media vuelta. Geirrid
llegaba un manto azul. Cuando los vieron acercarse desde Holt, dijeron a
Katla que había ahora catorce personas en tota], una de ellas con traje
efe calores. Entonces Katla. dijo: «Eso significa que viene Geirrid la maga
y tas solas ilusiones de los sentidos no podrán ya bastar.» Se levantó del
68 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

esírado y quitó un cojín de debajo de ella; allí debajo estaba la puerta de


una trampa y un agujero bajo el estrado; hizo pasar a Odd, se instaló
como antes, se sentó encima y dijo que no se encontraba bien. Cuando
entraron Am kell y los demás en la sala no hubo saludos. Geirrid se quitó
el manto y fue hacia Katla, tomó un saco de piel de foca que había lleva­
do consigo y lo puso sobre la cabeza de Katla; tuego sus compañeros ata­
ron el saco por abajo. Entonces Geirrid ordenó romper el estrado, se en­
contró allí a Odd y se le amarró. Después de lo cual, Katla y Odd fueron
transportados hacia el interior hasta el promontorio de Buland y allí Odd
fue colgado. Mientras se le ahorcaba, Amkell le dijo: «Mal te ha sobreve­
nido de tu madre; es probable también que ella sea mala.» Katla dijo:
«Ciertamente puede ser que no haya tenido una buena madre, pero no
porque yo lo haya querido le ha venido el mal de mí; mas lo que yo que­
rría es que el mal os tocase a todos a causa de raí; espero que así sea.
Ya no se os ocultará que soy yo quien ha causado a Gunnlaug, hijo de
Thorbjom, los males de los que han resultado todas estas molestias; en
cuanto a ti, Arnkell, dijo, no te puede venir mal de tu madre puesto que
ya no vive. Pero deseo que la suerte que yo te eche sea causa para ti de
mayor mal por parte de tu padre que el que Odd ha recibido de la mía
y tanto más cuanto que tú corres más riesgos que él; también espero que
se diga antes de que esto acabe que tú tenías un mal padre.» Después de
esto, lapidaron a Katla hasta la muerte allí, bajo el promontorio. Luego
se fueron a Mavahlid. Se recibieron todas estas noticias juntas y nadie
sintió pesar. Así se pasó el invierno.»

« La Saga de Snorri el Godi», hacia 1230


(invención literaria sobre acontecimientos
de la historia islandesa en el siglo X )

«...Luego fueron franceses a Constantinopla para conquistar la tierra


y encontraron a esta secta; al ser muchos, hicieron un obispo que fue
llamado obispo de los latinos... luego los franceses que iban a Constanti­
nopla volvieron a su casa, predicaron y, llegando a ser muchos, instituyeron
un obispo de Francia. Y porque los franceses fueron al principio sedu­
cidos en Constantinopla por búlgaros, por toda Francia se llama búlgaros
a los herejes. Del mismo modo los provincianos que están en los confines
de Francia, oyendo sus predicaciones y seducidos por los de Francia, llega­
ron a ser tantos que hicieron cuatro obispos, a saber el de Carcasona, de
Albi, de Tolosa y de Agen.»

Anselmo de Alejandría
« Tractaius de hereticis», hacia 1260-1270

«Después de haberse reunido con nosotros en la iglesia de San Esteban,


el obispo de Poitiers, el conde de Tolosa y alrededor de otros trescientos
clérigos y seglares, les conminamos a exponemos su fe y abandonar la in­
famia que extienden por toda la tierra con su satánica predicación, para vol­
DIOS ES LUZ 69

ver a la verdad de la fe católica con tina confesión saludable. Y ellos, en


medio de sus palabras, presentaron una carta en la que habían escrito los
artículos de su fe y se pusieron a leerlos. Como, entre las palabras que
comprendíamos, algunas que nos parecían sospechosas podían ocultar la
herejía que predicaban, salvo más amplias explicaciones, les pedimos que
defendieran su fe en latín, porque su lengua no nos era bastante cono­
cida, porque era sabido que los Evangelios y las Epístolas de que querían
servirse para demostrar su fe estaban escritos en latín. Y como no osaron
hacerlo, ya que ignoraban en realidad el latín, tal como se vio por las pala­
bras que uno de los dos quiso pronunciar en latín, pudiendo apenas aso­
ciar dos palabras y perdiendo pie completamente tuvimos que condescen­
der a escuchar un. discurso en lengua vulgar sobre los sacramentos de la
Iglesia, a causa de su ignorancia, lo que es bastante absurdo...»

Pedro de San Crisógono

«Aquellos herejes a los que se llamaba creyentes se dedicaban a la usu­


ra, al robo, al homicidio, a todos los placeres de la carne, al perjuro y
a todas las perversidades; pecaban con una seguridad y un frenesí tanto
mayores cuanto pensaban que habían de salvarse sin restituir sus robos,
sin confesarse y sin hacer penitencia, con tal de que en el artículo de la
muerte pudiesen recitar el «Padre Nuestro» y recibir la imposición de
manos de sus maestros... decían aún que no hay más pecado en dormir
con su madre o su hermana que con cualquier otra mujer...»
«En cuanto al conde de Tolosa que parece haber hecho un pacto con
la muerte y no soñar en la suya, si por azar el tormento le da inteligencia
y si su rostro, cubierto de ignominia, empieza a reclamar el nombre de
Dios, continuad haciendo pesar sobre la amenaza hasta que dé satisfac­
ción a nosotros, a la Iglesia y a Dios. Expulsad a él y a sus cómplices de
las tiendas del Señor. Despojadlos de sus tierras a fin de que habitantes
católicos sustituyan a los herejes eliminados y, conforme a la disciplina
de la fe ortodoxa que es la vuestra, sirvan en presencia de Dios dentro
de la santidad y la justicia.»

«Hystoria albigensis»,
de Fierre des Vaux de Cemay

«E l vizconde y los suyos han subido a los muros,


Se lanzaron con ballestas flechas guarnecidas de plumas,
Y de una- parte y otra muchos murieron.
Si el pueblo que se había juntado no hubiese sido tan grande,
Pues de toda la tierra había entrado allí.
Jamás se habría podido tomarla y forzarla en menos de un año.
Pues las torres eran altas y los muros almenados.
Pero Ies ha sido quitada el agua y los pozos están secos,
A causa del gran- calor y del pleno verano,
A causa de ¡a infección que se extiende entre los hombres que han caído
enfermos.
70 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

Y del mucho ganado que se había descuartizado,


Que había sido llevado de todo el país,
A causa de los grandes gritos que lanzaban por todas partes
Mujeres y niños, de los que todo estaba lleno.
Las moscas que molestaban a todos, por el calor.
No habían conocido tanta aflicción desde que habían nacido.
No hacía ocho días que el rey (de Aragón) se había marchado,
Cuando un rico hombre entre los cruzados pidió una entrevista,
Y el vizconde de allí cuando hubo recibido un salvoconducto,
Con algunas de sus gentes (30, v. 10-25).»

« Canción de la cruzada albigense»


4
LA CATEDRAL, LA CIUDAD, LA ESCUELA

Por definición, la catedral es la iglesia del obispo. Desde los


comienzos de la cristiandad se estableció un obispo en cada ciu­
dad. La catedral es pues una iglesia urbana. Lo que el arte de
las catedrales significa, ante todo en Europa, es el despertar de las
ciudades. En las vidrieras, muchas de las cuales fueron ofrecidas
por asociaciones de trabajadores, intentaban consagrar así osten­
siblemente las primicias de su joven prosperidad. Aquellos do­
nantes no eran campesinos, eran gentes de oficio, hombres que en
la ciudad y en sus barrios, en constante expansión, trabajaban la
lana, el cuero, los metales, vendían las bellas telas, las joyas, y
coman en caravana de feria en feria. Estos artesanos y estos ne­
gociantes quisieron que en la iglesia madre de su ciudad, en los
huecos transfigurados por la luz de Dios, se representaran los ges­
tos y los utensilios de su labor. Que su oficio, su función producti­
va, fueran así celebrados en el monumento que los reunía a todos
en las grandes fiestas, tan grande como para acoger a la población
entera de la ciudad. Pues los burgueses no entraban allí sólo para
rezar. Allí se reunían sus cofradías y toda la comunidad para sus
asambleas civiles. La catedral era la casa del pueblo. Del pueblo
ciudadano.
Domina la ciudad. Brota de ese núcleo de fertilidad. Vela sobre
todo lo que se forja y se intercambia dentro de una aglomeración
que al margen de ella no es más que laberintos de callejuelas, de
cloacas y de pocilgas. Concentrada. Apretada. Ciudad pequeña a
nuestros ojos. ¿Cuántos hombres vivían reunidos en Laon en el
siglo x ii cuando fue construida la catedral? Algunos millares, no
más, pero muchos eran ricos, con una nueva riqueza, la moneta­
ria. Es mucha verdad que la vitalidad urbana procedía de la vi­
talidad rural, que la ciudad sacaba del campo circundante, matriz
generosa, y de los inmigrantes, su sustento y las materias primas
72 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

que elaboran todos sus talleres. La fuente de la fortuna burguesa


se hallaba allí entre los campos. Y los bueyes que pusieron, tute­
lares, en lo alto de las torres de Laon, ¿no eran sristos como un
homenaje al trabajo rústico? En todo caso es segura una cosa, que
el dinero, las innumerables monedas que pasaron de mano en
mano para edificar las catedrales, habían sido ganadas antes por
el esfuerzo y la fatiga de los campesinos.
No obstante, las ciudades pretenden estar separadas del país
llano. El burgués desprecia a los rústicos. También les teme. Se
atrinchera ante ellos. Cada ciudad es un recinto con puertas que
se cierran cuidadosamente por la noche, con murallas que se mo­
dernizan gracias a esos rápidos adelantos que favorecieron a la
arquitectura militar tanto como a la de las iglesias. Es un castillo
más fuerte que los otros. ¿Y qué eran en su origen estos comer­
ciantes y estos artesanos sino los domésticos especializados de los
señores de las torres, del obispo, de los canónigos, del jefe de la
fortaleza y de su guarnición de caballeros? La ciudad era ciudade-
la porque las riquezas que contiene son tentadoras, fáciles de
tomar, porque los que ostentan el poder en estos muros saben que
es el lugar de las percepciones más fructíferas y que hay que pro­
teger estos recursos; el primer cuidado del rey Felipe Augusto fue
fortificar París de donde le venían sus mejores ingresos moneta­
rios. Y cuando san Luis, su nieto, fundó Aigues-Mortes en las ori­
llas mediterráneas de su dominio, para embarcarse con más facili­
dad hacia Tierra Santa, en primer lugar hizo construir el recinto
en tomo a este punto de apoyo donde se acumulaban las vituallas.
Tan celosamente guardadas como todas las demás, estas forta­
lezas que son las ciudades se distinguen porque se abren al tráfico.
Viven de ello. Guerreros y sacerdotes residen allí, pero son los
hombres de negocios quienes mantienen su prosperidad y a veces
las gobiernan solos. Hacia sus puertas convergen todos los itine­
rarios, caminos de tierra y vías fluviales. Hasta los instrumentos
de la circulación sirven para la defensa, pues el puente es también
muralla. Se ve muy bien en las miniaturas del siglo x i i i que ilus­
tran una vida de san Dionisio. Los puentes de París que, trescien­
tos años antes, habían salvado a la ciudad de los rapaces norman­
dos, siguen en pie flanqueados por sus torres e insertos en el
coordenado conjunto de fortificaciones. Los molinos coronan sus
arcos, pues hay que sacar provecho de la energía del agua corrien­
te. N o pasan los navios y hay que desembarcar en la Gréve el vino
de Auxerre con destino a Normandía y a Inglaterra, trasbordán­
dolo más allá del Puente Grande. Sobre éste, cubierto de casas
LA CATEDRAL, LA CIUDAD, LA ESCUELA 73
como todavía está hoy el Ponte Vecchio en Florencia, porque se
le considera el lu ^ í más seguro de la ciudad, se concentra la ani­
mación más viva, en el punto de unión de los acarreos por agua y
por tierra firme, en la convergencia de lo que se fabrica, de lo que
se descubre por el estudio y el artificio, de lo que se intercambia
y de lo que los convoyes traen de los pueblos de la comarca, los
más ricos entonces del mundo conocido. La ciudad, lugar de abun­
dancia, bulliciosa, es para los moralistas de la catedral un lugar
de perdición. Dicen que está viciada por la concupiscencia, la glo­
tonería y el lujo. De hecho es un lugar de placer y todos los ca­
balleros sueñan con prolongar su estancia en ella. La felicidad de
vivir confina con la extrema inteligencia; por los muros, a la
espera de lo que se reparte, de lo que se tira, de lo que se puede
robar, de las pequeñas ganancias que se llegan a sacar entre los in­
tersticios de las actividades honorables, viene a hacinarse la masa
de los marginados del crecimiento, de los lisiados, de los inmi­
grantes, de los pobres. Dentro del espacio urbano, en el seno de
una sociedad violentamente contrastada, en movimiento, mal con­
tenida en cuadros todavía demasiado imprecisos, se descubre la
desoladora miseria.
Las solidaridades la amortiguan en el mundo rural donde se
reabsorbe. En la ciudad se la ve instalada, para la mala conciencia
de las gentes demasiado ricas, de los banqueros, de los prestamis­
tas, de los cambistas que tienen tienda en París sobre el Puente
Grande, y de todos los profesores y maestros establecidos en el
Puente Pequeño, y que también se enriquecen con su oficio. En la
ciudad, al correr del siglo XII, se ha reforzado el sentimiento de
que ser cristiano no es sólo hacer ciertos gestos, recitar ciertas
oraciones, sino recordar que un rico tiene pocas oportunidades de
entrar en el reino de los Cielos. Lo dijo Jesús, que vivía con las
prostitutas y los leprosos, y que los amaba. Inquietud que incita a
dar lo que se posee; a darlo para construir la catedral. Esta, no
hay que olvidarlo, bajo sus soberbias apariencias, es un monumen­
to de humildad, el símbolo de una renuncia. Procede, como la
iglesia cisterciense, del sacrificio gratuito de beneficios adquiridos
demasiado rápidamente. Si se ha podido construir tan amplia y
con frecuencia tan rápidamente, es porque los beneficiarios de la
expansión urbana, para salvar su alma que sabían amenazada,
daban el dinero a manos llenas. La catedral domina la fiebre y los
pecados del mundo urbano. Es su orgullo, su protección, su coar­
tada.
El monasterio se replegaba sobre sí mismo. La catedral está
74 F U R O ÍA EN LA EÍfSD MEDIA

completamente abierta. Es una proclamación pública, mudo dis­


curso que se dirige a la totalidad del pueblo fiel y ante todo de­
mostración de autoridad. Por medio de sus fachadas con aire de
fortaleza, por medio de las torres que las prolongan, intomables,
habla de soberanía, del Cristo Rey. Y sobre sus muros hay gale­
rías de reyes y galerías de obispos. La catedral afirma que la sal­
vación se gana dentro del orden y la disciplina, bajo el control
de un poder o más bien de dos poderes asociados, el del obispo
y el del príncipe. La iglesia episcopal, una vez establecida, para
regirla y para explotar la fuente más fluida de riqueza, en la ciu­
dad, afirma la convivencia entre la Iglesia y la monarquía, una
y otra reformadas, restauradas.
Pero la Iglesia no domina por las armas, sino que domina por
la palabra. Enseña los dogmas, el camino recto del que ninguno
debe desviarse, reglas, una ética que cada uno debe poner en prác­
tica sin vacilar ni murmurar. Para persuadir mejor, recurre a la
imagen. La imaginería pedagógica se despliega pues, en tomo a
las puertas de la iglesia episcopal, sobre tres de las caras del edi­
ficio: al norte, al sur, en los extremos del crucero que ya no tiene
función y ha sido integrado en la nueva homogeneidad del espa­
cio interior y que no sigue presente más que para añadir dos pre­
dicaciones visuales a la que tradicionalmente se establece del
lado oeste, hacia el sol poniente, es decir, hacia la parte del Uni­
verso que a toda costa hay que liberar del mal. Se ve aquí rea­
parecer un teatro inmóvil como el de San Miguel de Hildesheim,
pero mucho más amplio. La escena no se reduce a los dos batien­
tes sino que se extiende a una y otra parte sobre los muros, en
aberturas anchas y rasgadas. La creación entera se muestra allí
apartada de disonancias, reagrupada, conducida hacia el bien por
un movimiento de aspiración semejante al que hace girar los ro­
setones. La catedral es una llamada. Emite los signos de la ver­
dadera creencia, pero para captar, para sujetar las fuerzas vivas
de que está animada esta época en pleno desarrollo. Pretende dis­
ciplinar esta fuerza, vela para que se aplique a sabiendas, con
buen fin. Las consignas que propagan estas formas y su decora­
ción son de estabilidad, de encuadramiento.
Los escultores que acababan de terminar en Saint-Dems la
tarea que les había asignado Suger fueron a trabajar a mediados
del siglo x ii a la puerta real de Chartres, en la fachada occidental
de una catedral que el imperio destruyó algunos decenios más
tarde. Aquí se reconoce lo que viene fresco de la edad románica.
Ante todo el tema central: es la visión del Apocalipsis : Dios
LA CATEDRAL, LA CIUDAD, LA ESCUELA 75
■victorioso de las tinieblas, en la gloria del Juicio Final. Sin em­
bargo el espectáculo se aparta ya claramente de lo irreal. Se atri­
buye al Señor esa humanidad que asumió por un momento en la
historia. Abajo aparecen los testigos de su encamación, las figu­
ras de reyes y reinas del Antiguo Testamento. Estas estatuas tie­
nen todavía aire de columnas, encajadas, prisioneras del muro;
en sus cuerpos estrechos, acanalados por los pliegues rígidos de
la ropa que les ciñe, no apunta ningún movimiento. No obstante,
ya están temblorosos los rostros, despojados de aquella exacta
simetría que en otro tiempo les transportaba a la abstracción.
Por último, en el tímpano de la derecha se ve por primera vez,
de manera tan ostentosa, la infancia de Cristo escenificada. Un
relato, sus figurantes, su decoración trivial: un lecho de alumbra­
miento, pastores que se parecen a los de la llanura de Beuace,
un instante de la vida de la aldea grabado en piedra para la pos­
teridad. La vida.
En Chartres rebosan de vida los portales del norte y del sur
que fueron trabajados medio siglo más tarde. Los rasgos se han
acentuado fuertemente para que se exprese la fraternidad entre
Dios y los profetas que anunciaron la venida del Mesías, los após­
toles que lo dejaron todo para seguir al maestro, los mártires
que sufrieron por la verdadera fe y los confesores que fueron sus
propagandistas. Desde hacía mucho tiempo se empleaban todos
los artificios de la escenografía para hacer más convincentes los
relatos de la Escritura por la mímica y el diálogo. Antes de Na­
vidad, recitantes hacían por turno el papel de Isaías, de David,
de Juan Bautista, del anciano Simeón, de Isabel y de los héroes
de la Historia Sagrada, Adán, Abel, Noé, Desfilaban ante los fie­
les. Estas representaciones, fijadas en la piedra, son ya perma­
nentes, sin haber perdido por eso su poder de convicción. Las
estatuas se han liberado del muro, bullen y avanzan al borde del
estrado. Cada uno de los personajes se singulariza. Se le puede
distinguir, no sólo por sus atributos tradicionales, por sus insig­
nias, san Pedro con sus llaves, san Andrés con su cruz, san Pa­
blo con su espada. Se reconocen en la expresión de sus rostros.
Son caracteres, personas que respiran, cuya mirada no está ya
vuelta hacia el interior del alma, y los labios cerrados, que las
pasiones conmueven, sin quitarles la gravedad que les conviene,
esa altura que los mantiene a distancia de la multitud agitada de
los vivos. Precedido de esta cohorte, el Hombre Dios se alza sobre
el umbral en Reims y en Amiens. «Y o soy la puerta, ha dicho
Cristo, y el que entre por mí será salvado.» Con una palabra
76 EUROPA EN LA . EDAD MEDIA

comprendida al fin: que los sordos oyen y los ciegos ven, Jesús
se muestra en la postura del maestro, del doctor, del que sabe,
.enseña. En su persona se celebran la sabiduría y el arte
del discurso. Las palabras que ha pronunciado y que todavía se
le ve pronunciar aportan la vida, aquella vida a la que los hom­
bres se despertarán después de la muerte.
La muerte es un sueño. Si se pone la esperanza en Jesús, este
sueño será apacible. Y el despertar también, en la gran aurora
de la resurrección de los cuerpos. El gótico del siglo xin ya no
anuncia el fin del mundo de manera que haga temblar. Lo que
el año mil mostraba como un espantoso cataclismo se promete,
en esta época, por los señores de la Iglesia, como una liberación
gozosa. Los resucitados de Reims, los de Bourges, los de París,
se levantan de sus tumbas serenos, con gestos lentos, de dur­
mientes que salen relajados del reposo; se estiran los cuerpos,
cuerpos jóvenes, en la edad de la plenitud, de una belleza que
conviene a la carne transfigurada. Se llaman unos a otros, se
reencuentran, reunidos en una comunidad perfecta que ya no
tendrá fin.
Antes de que sobrevengan esos tiempos de reconciliación, lo
esencial es confiarse. ¿A quién?, a la Iglesia. Es decir a la Virgen,
imagen de la Iglesia, la Virgen Madre. En el portal real de Char-
tres se había levantado su efigie al aire libre; todavía era hierá-
tica; apartada del tiempo, casi tan lejos como santa Fe de Con­
ques. María era menos una persona que un signo, el instrumento
de la encamación, la sede de la divinidad, el trono de Dios. Cien
años más tarde, en Reims, hay estatuas de María por todas par­
tes. En el vértice de todo el conjunto iconográfico, lanzada como
una flecha, está la Virgen coronada por su Hijo. Apoteosis. Esta
escena es la simple trasposición de las fórmulas litúrgicas de las
ceremonias de la Asunción: «la reina está sentada a su derecha
con un vestido de oro; él ha puesto sobre su cabeza una corona
de piedras preciosas». En esta fiesta de coronación, ángeles son­
rientes que se parecen a los resucitados forman el necesario acom­
pañamiento. Una consagración. Una delegación de soberanía.
Pero si recordamos que la Iglesia del siglo xm se identifica
con Nuestra Señora, se comprende el mensaje: le pertenece el
poder supremo en este mundo hasta el fin de los tiempos. Alinea­
da detrás del papa, tras los arzobispos y los obispos, la Iglesia
quiere ser, como la Virgen en la gran vidriera de Chartres, impe­
rial, asentada, como creía serlo el emperador del año mil, hasta
el punto de unión entre la naturaleza y la sobrenatuxaleza, entre
LA CATEDRAL, LA CIUDAD, LA ESCUELA 77
el pueblo de los hombres y el cielo donde entrarán todos, a con­
dición de seguir los mandamientos de la Iglesia, de caminar rec­
to, en buen orden, obedientes.
La eclosión del arte de las catedrales fue asombrosamente rá­
pida. Chartres se construyó en veintiséis años, Reims, más de
prisa todavía entre mil doscientos doce y mil doscientos treinta
y tres. Tal vivacidad se explica por el impulso de prosperidad
que, surgiendo de los campos, arrebataba a la economía urbana.
Pero también fue efecto de otro desarrollo que no es disociable
del primero, el desarrollo del conocimiento. Toda catedral tenía
a su lado una escuela. Las más activas de esas escuelas se halla­
ban en las provincias del arte de Francia, del arte gótico. Claro
está que también se estudiaba en los monasterios, pero el mo­
nasterio era clausura. La escuela catedralicia, al mismo tiempo
que la economía mercantil, se expansionó cada vez más durante
el siglo xir.' En efecto, la función del obispo es difundir la pala­
bra de Dios. La reforma eclesiástica hizo que esta función preva­
leciera por el momento sobre todas las demás. Luego fue demasia­
do pesada para que el obispo pudiera cumplirla por sí solo. Le
hicieron falta ayudantes que predicaran con él por todas partes
y, para formar estos predicadores, talleres bien equipados, pro­
vistos de buenos libros, con buenos maestros que supieran co­
mentarlos. Como cada vez se hacia más fácil viajar, los aventu­
reros de la inteligencia se precipitaron hacia las mejores escue­
las. Así se concentraron los estudios y sobre los mismos lugares
donde se alzan las obras maestras del arte gótico, en Laon, en
Chartres, en París que pronto superó a todas. Coincidencia en­
tre los focos de la investigación intelectual y las vanguardias de
la creación artística.
El ciclo de los estudios>no había cambiado desde el primer
renacimiento de la cultura antigua, desde la época carolíngia.
Siete «artes liberales», como se decía. Tres disciplinas de inicia­
ción: la gramática, la retórica, aprendizaje del discurso, y la dia­
léctica, aprendizaje del razonamiento. Y cuatro disciplinas ter­
minales que ayudan a descubrir las leyes misteriosas del univer­
so: aritmética, geometría, astronomía y música. Estas siete vías
del saber 'conducían a la teología, reina de las ciencias, por la
que nos arriesgamos a penetrar en los secretos de Dios, interpre­
tando sus mensajes, lo que él ha dicho, y otros signos invisibles
esparcidos por la naturaleza. El prodigioso éxito de las escuelas
de París, donde se formaron durante la segunda mitad del si­
glo x i i todos los buenos obispos y todos los papas, se atuvo por
78 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

una parte a la enseñanza de Abelardo. Con esta enseñanza se


inauguraba una teología fundada principalmente en la dialéctica.
Abelardo partía de la palabra y buscaba sus significaciones pro­
fundas. Pero no, como en los claustros, dejándose llevar al en­
sueño, a las asociaciones fortuitas de vocablos o de imágenes.
Por los rigores del razonamiento. Pero los instrumentos de la
lógica se perfeccionaban sin cesar. Equipos de clérigos habían
seguido a los caballeros que arrebataban España y Sicilia del po­
der musulmán; aquéllos se lanzaban sobre los libros reunidos en
las admirables bibliotecas de Toledo y de Palermo. Se habían
hecho traducir febrilmente, del árabe al latín, lo que los árabes
habían traducido en otro tiempo del griego. París conoció estas
traducciones. Desvelaban la ciencia de los antiguos, que los ro­
manos habían descuidado, Euclides, Tolomeo; desvelaban un
pensamiento y revelaban los tratados lógicos de Aristóteles, más
seductores que todo lo demás. Se afirmó el método. Abelardo
pone a la duda en el borde de la investigación: «Venimos a la
indagación dudando y por la indagación percibimos la verdad.»
Orgullo, presunción; no faltaron hombres que se asustaron de
tal actitud y que la condenaron violentamente, como san Bernar­
do, que acabó por vencer a Abelardo. Pero al menos suscitó el
entusiasmo entre los estudiosos sabios, cuyo ejercicio principal
no era ya la lección sino la discusión. Discutir, debatir: «Mis es­
tudiantes, decía aún Abelardo, reclamaban razones humanas; ne­
cesitaban explicaciones inteligibles más que afirmaciones. Decían
que es inútil hablar si no se da la inteligencia de sus proposi­
ciones y que ninguno puede creer si ante todo no ha compren­
dido.» Toda nuestra ciencia ha salido de ahí.
Conservamos el reglamento de un colegio parisino, el colegio
de Hubant. Este libro — tardío, pues data del siglo xiv— está
lleno de imágenes que hacen darse cuenta de lo que era entonces
la escuela. Un equipo, una escuadra disciplinada, dirigida por un
capitán, el maestro. Jóvenes que todos son eclesiásticos, tonsu­
rados, que llevan la vestidura clerical; viven en común, comen
juntos, como monjes, y el maestro es como un abad. No olvi­
demos que todos sus gestos eran gestos de sacerdotes. Los ejer­
cicios propiamente escolares alternaban con la meditación y la
práctica litúrgica. El estudio se mezclaba a la oración, de la que
no se distinguía, pues era otra manera de servir a Dios. De todos
modos, entre los ritos de oración y de procesión se deslizan otros
dos para revelar lo que distingue a la escuela del monasterio:
es el cuidado de los desgraciados de que la ciudad rebosa, es
LA CATEDRAL, LA CIUDAD, LA ESCUELA 79
decir la práctica de la caridad evangélica, y es también la mano
tendida a los que detentan la riqueza y el poder, pero a quienes
debe ser transmitido el saber y mostrado el ejemplo, es decir el
aprendizaje de la predicación.
De tales escuelas salió el espíritu que animó la estética de las
catedrales. Todo, el simbolismo de la luz, el sentido de la encar­
nación, el concepto de la muerte serena y esta inclinación progre­
siva a observar de cerca la realidad de las cosas, a transcribirla
lúcidamente en la obra figurativa. De tales escuelas vinieron tam­
bién los progresos de la técnica constructiva, una ciencia de equi­
librio que permitió en mil ciento ochenta, gracias al recurso de
los arbotantes, levantar de un golpe, vez y media más alto de lo
que se había hecho nunca, el presbiterio de Nuestra Señora de
París, y por el cálculo, la escuadra y el compás, vaciar los muros
cada vez más, dominar mejor el material, vencer la pesadez. En
el siglo xxxx aparecen los primeros arquitectos, orgullosos de sí,
firmando la obra con su nombre, respetados; como los maestros
de las escuelas, se dicen doctores, doctores en piedra. Se aprecia
en el cuaderno de uno de ellos, Villard de Honnecourt, lo que
su arte soberano debía a los ejercicios del «trivium» y del «qua-
drivium». La razón es la que concibe la catedral, la que se coor­
dina en conjuntos de series de elementos discretos. Esta lógica
se hace cada vez más rigurosa y el edificio cada vez más abstrac­
to. Y puesto que el arquitecto es igualmente maestro de la obra
decorativa, ya que establece el programa que ejecutan los tallis­
tas de imágenes, trata de buen grado a la naturaleza, como quiso
hacer Cézanne, por el cuadrado y por el círculo, reduciéndola a
formas razonables. ¿No estaba el propio diseño del Creador cons­
truido según la razón? No hace falta intentar hallar de nuevo,
bajo la abundancia desordenada que los enmascara, los esquemas
geométricos del plan director, si se quiere figurar todos los se­
res, animados o no, los hombres tal como deberían ser, tal como
eran en su origen, tal como volverán a ser cuando hayan tenido
fin las perturbaciones de la historia. Por otra parte, la escuela
enseñaba también a abrir los ojos. Los intelectuales de aquel
tiempo no vivían encerrados en sus cámaras, sino entre los pra­
dos, los vergeles, y la naturaleza, obra de Dios en su frescura y
su diversidad, les parecía cada vez menos odiosa. La atención
prestada a la realidad fue transmitida a los constructores de ca­
tedrales. Ella fue la que hizo poco a poco subir la savia a lo largo
de los fustes de Nuestra Señora de París hasta los capiteles,
hasta su corona vegetal. Esta flora, en el coro, acabado en 1170,
80 ’SÜKOPA EN TLA "EDAD MEDÍA

era aún inventada; diez años más tarde, en la nave, toma vida y
se empieza a poder reconocer en su follaje, en su verdad, cada
especie de plantas.
No se comprendería este arte si no se señalara lo que debe a
la cruzada, a los viajes por ultramar, recomenzados siempre con
la esperanza siempre fallida de reconquistar la tumba de Cristo
caída en manos de los infieles. Ante éstos estaba el fracaso. Los
cristianos orientales, considerados cismáticos, fueron al menos
vencidos y Constantinopla conquistada en 1204. Esta espléndida
ciudad desbordaba de tesoros. El saqueo fue completo, inolvida­
ble. Con el oro y las mujeres se arrebataron las reliquias de las
que aquella ciudad santa estaba llena; reliquias de la Pasión,
con las arquetas historiadas, cubiertas de imágenes, que las con­
tenían. Este botín maravilloso acentuó bruscamente la tendencia
que hacía más de un siglo inclinaba a los cristianos de Occiden­
te a meditar sobre la vida terrenal de Cristo. Descubrían expre­
siones que los artistas bizantinos, fecundos, habían sabido repre­
sentar de la ternura y del sufrimiento. En Chartres, los escultores
posteriores al saqueo de Constantinopla no muestran ya al Cris­
to Juez como un soberano glorioso, sino como un hombre des­
pojado, exponiendo sus quejas, rodeado de los instrumentos de
su suplicio. Reims coloca por encima de toda la representación
al crucifijo. El cuerpo de éste, en el cuaderno de Villard de Hon-
necourt, se abate retorcido cuando es desclavado y los gestos que
hacen las santas mujeres para llorar su muerte vienen en línea
recta de Bizancio, sometida por un momento. Sólo algunos de­
cenios separan esa imagen punzante de las arquerías desnudas
de Sénanque y del Thoronet; la historia, y sobre todo la historia
de la espiritualidad cristiana, marchaba entonces muy de prisa.
Entre tanto se había producido un giro capital. Inocencio III,
papa inteligente, había comprendido que para responder a la
expectación del pueblo fiel, ávido de una enseñanza sencilla, ator­
mentado por su enriquecimiento y que soñaba con escapar a la
corrupción del dinero para desarmar también a la herejía puru-
Iante e invasora, había que dejar actuar a dos jóvenes. Eran sos­
pechosos: pretendiendo ir directamente al pueblo, queriendo
ser totalmente pobres, partiendo con los pies desnudos acompa­
ñados de sus discípulos vestidos de saco, como los discípulos
de Jesús, hablando en la lengua vulgar que los indigentes podían
comprender. Estos dos hombres, santo Domingo de Guzmán y
san Francisco de Asís, representaban toda la renovación del mun­
do. El primero venía de una escuela catedralicia, la de Burgo de
LA CATEDRAL»-LA CIUDAD, LA ESCUELA 81
Osma, en España; el otro de una ciudad mercantil, Asís, en Italia,
Giotto ilustró la vida del «pobrecito» un siglo después de la
muerte de Francisco. Realizaba un -encargo de la curia romana
y por eso evidentemente deformó y manipuló el recuerdo por las
necesidades de una propaganda, pero no demasiado. De joven
era Francisco inmensamente rico, su padre era traficante de pa­
ños, él recibió la educación de un caballero, era lírico y se prendó
de la cortesía y de las canciones. De repente oyó que el Crucifi­
cado le hablaba, le decía que reconstruyera la Iglesia y para eso
renunciara a todo. Aquí se sitúa la escena dramática; en plena
ciudad de Asís, en la plaza mayor, ante los patricios vestidos coa
sus atavíos y su orgullo, Francisco se quedó desnudo; se envol­
vió en el manto de su obispo, afirmando con este gesto que él no
se desviaba, que él no era, como tantos adeptos de la pobreza, un
hereje adversario del clero, que él permanecía sometido a la au­
toridad eclesiástica. Inocencio I I I le ve en sueños, sosteniendo
la Iglesia que se desploma. Autoriza a predicar el Evangelio a
este hombre que no es un sabio, que no es sacerdote, que no se
inquieta por la marcha de las cosas, que conversa con los pája­
ros, extendiendo su canto de alabanza a la naturaleza entera, di­
ciendo que también ella es buena puesto que sale de las manos
de Dios. La palabra sembrada en las ciudades de Umbría y de
Toscana por Francisco y los amigos que le siguieron invitaba a
la penitencia, a vivir como había vivido Jesús, a imitarlo. Y Fran­
cisco llevó tan lejos este mimetismo que llegó a llevar sobre su
cuerpo los estigmas de la Pasión. Cuando murió, descarnado,
llorado por sus hermanos en pobreza y por su hermana santa
Clara, a la manera que había sido llorado Cristo muerto en los
frescos bizantinos, todo el mundo lo tenía por un santo y mu­
chos por un nuevo Jesús. La Iglesia no tuvo más remedio que
honrarlo como tal, esforzándose tanto como pudo en atenuar lo
que había de contestación radical de sus pretensiones temporales
en el mensaje lanzado por aquel loco de Dios.
Domingo fue menos celebrado. No porque su acción hubiese
sido menos profunda. La congregación que fundó, también una
fraternidad de pobres, la orden de Predicadores, estaba dedica­
da a hablar; se aplicó en principio a desarraigar la herejía cáta-
ra; proporcionó a la Iglesia romana el armazón dogmático que
todavía le faltaba y que aseguró efectivamente su triunfo sobre
las sectas heréticas. ¿No fue dominico el héroe de la teología
católica, Tomás de Aquino? Pero los dominicos eran intelectua­
les, gente de escuela, razonadores; se dirigían al entendimiento.
82 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

Los franciscanos llamaban a la compasión y al gozo perfecto que


ésta proporciona. Tocando directamente la sensibilidad de los
humildes, recibieron una adhesión más multitudinaria. Pero unos
y otros, dominicos y frañcfeeasíos, hermanos mendicantes que
no querían poseer nada, hicieron juntos del cristianismo en el
curso del siglo xiii lo que jamás había sido: una religión popu­
lar. Estoy dispuesto a decir que lo que hoy queda de cristiano
entre nosotros procede de ese refuerzo llegado en el momento
decisivo, en la época en la que se reconstruía la catedral de Char-
tres: la palabra y el ejemplo de Francisco de Asís.
F ie s t a de J-a c a b a l l e r ía de E d u a r d o , p r i n c i p e de G a l e s , 1306

«Con el fin de reforzar su ejército contra Escocia, el rey hizo proclamar


a través de Inglaterra que todos los hombres tenidos por sucesión pater­
na a hacerse caballeros y obligados en consecuencia al servicio de hueste
•viniesen a Westminster para la fiesta de Pentecostés, donde recibirán del
guardarropa real todo el equipo militar a excepción de sus monturas. Así
fueron reunidos trescientos jóvenes, hijos de condes, de barones y de ca­
balleros. Recibieron telas de púrpura, tejidos de calidad, ropas tejidas
de oro que fueron distribuidas a cada uno según su rango con gran libe­
ralidad. A pesar de sus dimensiones, el palacio real era demasiado pequeño
para contener la muchedumbre de los que llegaban; por eso, cerca del
nuevo templo de Londres, se cortaron los árboles frutales, se derribaron
los muros y se alzaron pabellones y tiendas, donde los futuros caballeros
pudieron engalanarse con sus vestiduras doradas. En la medida en que
este lugar pudo acogerlos, hicieron en él su vela de armas durante la noche.
Pero el príncipe de Gales, por orden del rey su padre, pasó la suya con
algunos compañeros elegidos en la iglesia de Westminster. Alh, los clamo­
res de las trompas y de las trompetas, los gritos de alegría de los asisten­
tes fueron tales que un coro no podía hacer oír sus cánticos al otro.
Al día siguiente, el rey entregó a su hijo el tahalí de caballero en su
palacio y le dio el ducado de Aquitania. Una vez hecho caballero, el prín­
cipe se dirigió a la iglesia de Westminster para conceder a su vez a sus
compañeros la gloria de la caballería. Pero hubo tal tumulto ante el altar
mayor que dos caballeros murieron y varios se desmayaron; hay que
decir que cada futuro caballero era guiado y protegido al menos por tres
caballeros.
A causa de este tumulto, el príncipe no ciñó a sus compañeros al pie
del altar mayor sino sobre el altar mayor, tras haber dividido a la multitud
gracias a fogosos corceles.»

«Flores Historiarían»

E s LA P R ÍÜ 1VEKA DE 1210, ASALTO DE BRAM POR S lM O N DE M otíTFORT

«Llegaron al castillo de Bram, lo sitiaron y lo tomaron al asalto en


meaos de tres días, sin utilizar máquinas. A los hombres del castillo, que
84 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

eran más de cien, les vaciaron los ojos y les cortaron la nariz, pero dejan­
do un ojo a uno de ellos para que -condujera a los demás a Cabaret...»

xHystoria albigensis»,
de Pierre des Vaux de Cemay

S u e r te de lo s h e r e je s en C astres, en septiem bre de 1209

«N o queremos olvidar un milagro que se produjo en este castillo en


presencia del conde. Se le presentaron dos herejes: uno de los dos era
perfecto de la secta, el otro no era todavía más que su novicio o su dis­
cípulo. Después de haber tenido consejo, el conde quiso hacer quemar a
ambos. Pero el segundo hereje, el que parecía ser discípulo del otro...,
empezó a arrepentirse y prometió abjurar de la herejía y obedecer en
todo a la Iglesia romana. Por esto comenzó a levantarse gran discusión
entre los nuestros, había quienes decían que no se le debía condenar a
muerte..., había otros, por el contrario, que afirmaban que era necesa­
rio que muriera, pues era manifiesto que era hereje y se podía pensar
que sus promesas estaban dictadas por el miedo a una muerte inmi­
nente antes que por amor hacia la religión cristiana. ¿Qué más? El con­
de estuvo de acuerdo en que fuera quemado por la razón de que si se
arrepentía verdaderamente, el fuego le haría expiar sus pecados, y si ha­
bía mentido, tendría el castigo de su perfidia. Fueron pues sujetados am­
bos sólidamente por lazos duros y sólidos, alrededor de las piernas, del
vientre y del cuello, con las manos sujetas detrás de la espalda. Hecho
esto, se preguntó al que parecía haberse arrepentido dentro de qué fe
quería morir; respondió: «Y o abjaro la depravación herética, quiero mo­
rir en la fe de la santa Iglesia romana y ruego que este fuego me sirva
de purgatorio.» Se encendió un gran fuego alrededor de un poste.
Quien era perfecto en la herejía se consumió en un instante; el otro
salió del fuego indemne, habiéndose roto inmediatamente sus sólidas liga­
duras, sin el más mínimo rastro de quemadura salvo un poco en la punta
de los dedos.»

« Hystoria albigensis»,
de Pierre des Vaux de Cemay

M atanza de lo s h e r e je s de Lavaü r, 1211

<tSe hizo salir del castillo a Aimerico, que había sido señor de Mon-
treal, y alrededor de ochenta caballeros más. El noble conde propuso que
todos fueran colgados; pero cuando Aimerico, que era mayor que los
otros, fue ahorcado, se rompieron las horcas porque no habían sido fija­
das bien en tierra a causa de la excesiva precipitación. El conde, al ver
el mucho retraso que resultaría de ello, ordenó matar a los otros. Los
peregrinos se acogieron a esto con gran avidez y los mataron en aquel
lugar con la mayor rapidez. Se arrojó a un pozo a la dama del castillo-,
LA CATEDRAL, LA CIUDAD, LA ESCUELA 85
qae era la hermana de Aimerico y la peor de los herejes, y el conde la
biza cubrir de piedras. Nuestros peregrinos quemaron a innumerables
herejes con inmensa alegría.»

«Hystoria álbigensis»,
de Fierre des Vaux de Ceraay

«Encontramos allí (en Morthon cerca de Rodez) a siete herejes de la


secta de los valdenses; se les condujo en seguida al legado, confesaron su
incredulidad con plena claridad y nuestros peregrinos se apoderaron de
ellos y los quemaron con inmensa alegría.»

« Hystoria albigensis»,
de Fierre des Vaux de Cemuy

«Ningún creyente de los herejes, ni siquiera reconciliado, puede ser pre­


boste, baile, juez, asesor de justicia, testigo, abogado, ni ningún judío,
salvo que un judío pueda aportar testimonios contra otro judío (artículo
14). Ningún hereje profeso reconciliado tiene derecho a permanecer en el
pueblo donde ha profesado la herejía (artículo 15).»

Estatutos de Pamiers, 1212

«Ninguna viuda, ninguna heredera, noble, teniendo castillos y fortifica­


ciones, puede casarse con un indígena de esta tierra de aquí a diez años,
sin autorización del conde. Pero pueden casarse con los franceses que quie­
ran sin requerir el consentimiento del conde o de cualquier otro. Pero pasa­
dos diez años, podrán casarse normalmente.»

Estatutos de Pamiers, 1212

■x... ocurrió el invierno siguiente (en 1219-1220) que Foucaud y su her­


mano Juan y muchos otros caballeros salieron de nuevo en busca de botín
y tomaron mucho. El hijo del conde de Tolosa fue tras ellos, los venció, los
apresó a todos y los hizo traer a Tolosa, como ofrenda bien recibida, con
las. cabezas cortadas de estos hermanos puestas sobre palos como espec­
táculo. Esto se atribuyó a la justicia divina pues el tal Foucaud era un
hombre muy cruel y orgulloso. Se decía que en su casa había ordenado
que todo hombre capturado en la guerra fuera muerto a menos de dar
cien sueldos. Torturaba con hambre a sus prisioneros en mazmorras sub­
terráneas y de vez en cuando les hacía salir muertos o medio muertos,
para arrojarlos en el estiércol. Se contaba y se dice todavía que la última
vez. en -que hizo botín mandó colgar a dos infelices, un padre y su hijo,
Só EUROPA EN LA EDAD MEDIA

a los que tenía prisioneros y que obligó al padre a ahorcar a su hijo... no


se puede decir cuántas cosas inmundas se hacían en su casa. Pues la
mayoría tenían y mantenían públicamente concubinas y algunos tomaban
las esposas de otros. Todo esto y más se hacía impunem|pte, £wes no se
ocupaban de aquello para que habían venido... y el Señor se puso a mu­
darlos y a expulsarlos de esta tierra que habían adquirido con su ayuda.»

«Crónica»,
de Guillermo de Puylaurens

La suerte de l o s h e r e je s de M in e r v e , e .h j u l io de 1210

«... el abad ordenó pues que el señor del castillo y todos los que esta­
ban en el interior, incluso los creyentes de los herejes, salieran a condición
de que quisieran reconciliarse y ponerse a disposición de la Iglesia y de­
jasen el castillo al conde; incluso los herejes perfectos, de los que había
una numerosa multitud, saldrían si querían convertirse a la fe católica.
A estas palabras, un noble totalmente católico, Roberto Mauvoisin, oyen­
do que los herejes, por cuya pérdida habían venido los peregrinos, serían
liberados, temiendo que el miedo no les llevara a prometer cumplir lo que
los nuestros querían, visto que ya estaban cautivos, se opuso al abad. Dijo
que los nuestros no lo seguirían de ninguna manera; a lo que el abad res­
pondió: «N o temáis nada, yo creo que muy pocos se convertirán.» Después
de haber dicho esto, los nuestros, precedidos por la cruz y seguidos por
la bandera del conde, entran en la ciudad cantando el Te Deum laudamus
y van a la iglesia después de haberla reconciliado, colocan la cruz del
Señor en lo alto de la torre y ponen además la bandera del conde; Cristo
había tomado la ciudad y era justo que su bandera pasara delante y fuera
colocada en el lugar más elevado, atestiguando la victoria cristiana. El
conde no entra todavía.
Hecho esto, el venerable abad des Vaux de Cemay que estaba en el
asedio con el conde y se ocupaba de los asuntos de Jesucristo con un celo
único, al oír que había una multitud de herejes reunidos en una mansión,
se dirigió allí profiriendo palabras de paz y frases de salvación, deseoso
de convertirlos al bien pero ellos interrumpen sus palabras y dicen to­
dos a una voz: «¿Qué nos predicáis? Rehusamos vuestra fe. Rechazamos la
Iglesia romana. Trabajáis en vano. Pertenecemos a una secta de la que ni
la muerte ni la vida nos podrían arrancar.» A estas palabras el venerable
abad sale en seguida de la mansión y llega hasta las mujeres que estaban
reunidas en otra casa para llevarles la palabra de la predicación. Pero él,
que había hallado a los hombres heréticos duros y obstinados, encuentra
a las mujeres todavía más duras y más profundamente obstinadas. Luego
nuestro conde entra en el castillo y, como hombre católico que quería
que todos se salvaran y llegaran al conocimiento de la verdad, viene allí
donde los herejes estaban reunidos y comienza a decirles que se conviertan
a la fe católica; pero como no pasaba absolutamente nada, les hizo llevar
fuera del castillo; eran ciento cuarenta herejes perfectos o más. Después
de haber hecho preparar un inmenso fuego, se les arroja allí a todos y no
fue necesario que los nuestros los arrojaran porque, obstinados en su error,
LA CATEDRAL, LA CIUDAD, LA ESCUELA 87
todos se precipitaban por sí mismos. Sólo escapan tres mujeres a las que
una noble dama, madre de Bouchard de Marly, salva del fuego y reconcilia
con 1a Iglesia.»

«Hystoria albigensis»
de Fierre des Vaux de Cemay

«Había allí dentro una pedrera que hizo un carpintero.


La pedrera es llevada de San Satxrrnino al techo
(a 2o alto de las murallas)
Y la manejaban damas, muchachas y mujeres.
Y fue derecha la piedra allí donde necesitaba,
Y golpeó tan fuerte al conde sobre su yelmo que es de acero,
Que los ojos, el cerebro, los dientes de arriba,
La frente y la mandíbula le hizo pedazos;
Y el conde cayó a tierra, muerto, en sangre, y negro (205, v. 122-129).

« Canción de la cruzada albigense■


EL REINO

Notre-Dame de París se termina a mediados del siglo xin. Su


reconstrucción había comenzado en 1163; Suger y san Bernardo
acababan de morir entonces. Hacia 1250, Pierre de Montereau
decide suprimir casi totalmente los muros del crucero y situar
los dos inmensos rosetones, afirmando ante la herejía aún viru-
•le-ata -que la Creación irradia desde ese único foco, el Dios luz,
afirmando ante los filósofos la identidad del universo concéntrico
de Aristóteles y las efusiones circulares que descubría la teología
escolástica. Este monumento es un admirable testimonio de todo
lo que se transformó durante aquel siglo. Atestigua las prodigio­
sas conquistas intelectuales cuyo lugar fueron las escuelas que
se apretujaban en torno a él, reunidas poco a poco en ese pode­
rosísimo sindicato científico que se llamó la universidad. Atesti­
guan también el prodigioso enriquecimiento de las ciudades.
¿Cuánto costó este edificio, cuántos millones de esas piececillas
de plata que servían para comprar el pan? Y algunos se pregun­
tan: ¿era necesario levantarlo tan soberbio? ¿No era contradecir
la enseñanza del Evangelio, insultar la miseria de los trabajado­
res de los barrios? Atestigua finalmente el reforzamiento de la
monarquía: ¿hubiera sido edificado jamás sin las larguezas de
los reyes, sin el dinero que sacaba el impuesto regio?
Monarquía. Los príncipes del siglo xm han yugulado la tur­
bulencia feudal y han vuelto a tomar el poder en sus manos. De
esta suerte recuperaron su vigor formaciones políticas que desde
el año mil ya no existían más que en la imaginación. Las tumbas
comienzan a mostrar los rostros de estos príncipes. Se les ve
acostados como si estuvieran sobre el lecho de la parada fúnebre,
durmiendo, bañado el espíritu en las oraciones que acaban de
leer en su libro. Los designan los atributos de su función: la es­
pada del combate contra el mal, el cetro de la justicia, la corona
90 EUROPA EN LA EDAD MEDÍA

que viene de Dios. He aquí, en Fontevrault, cerca de Leonor, a


Enrique Plantagenet, conde de Anjou por su padre, duque de
Normandía por su madre, rey de Inglaterra por la victoria de las
armas y por la consagración. He aquí, dispuestas a enderezarse,
a ocupar su lugar en la galería alta de las catedrales, las estatuas
de todos los reyes de Francia, los antepasados de tres dinastías
sucesivas, que san Luis, su retoño, hizo alinear en orden en el
presbiterio de Saint-Denis.
Fue san Luis quien en París, capital del reino capeto, realizó
en su plenitud, cuando se terminaban las fachadas de Notre-Da-
me, la idea de qn® ®¡áad Media se hizo en la realeza. No tene­
mos de él un retrato verídico, como tampoco lo tenemos de san
Bernardo, de santo Domingo o de santo Tomás de Aquino. Pero
revive en la impresionante biografía que escribió su amigo Join-
ville muy viejo, dictando sus recuerdos, treinta años después de
la muerte del soberano. En el más bello ejemplar de esas memo­
rias, que data del siglo xxv, hay pinturas que muestran a san Luís
tal como se le quería presentar para ejemplo de sus descendien­
tes. Debidamente formado desde niño, bajo la férula imperiosa
de su madre, en la lectura constante de la Escritura, visitó como
Jesús a los pobres, los alimentó con su mano, con el mismo gesto
del sacerdote cuando distribuye la hostia, a doce pobres con los
que el rey imitaba la Santa Cena día tras día. Se arriesgó sobre
la mar afrontando el peligro. «Puso su cuerpo en aventura», como
dice Joinville, a la cabeza de los últimos cruzados, dirigiendo obs­
tinadamente la lucha de Dios contra los infieles. Victorioso al
principio y después vencido, prisionero como lo había sido san
Pedro, partió cuando fue liberado a visitar uno tras uno todos
los santos lugares de Palestina. Como los emperadores del año
mil, era el lugarteniente de Cristo, su imagen. Obligado a dialo­
gar con él. Por eso hizo construir la Sainte-Chapelle en su palacio
de París. Había adquirido muy cara en Constantinopla la corona
de espinas. Reliquia insigne: este instrumento del sufrimiento
de Dios significaba claramente lo que vincula lo divino a la mo­
narquía. «El rey san Luis, dice un cronista, tenía la corona de
espinas de Nuestro Señor Jesucristo y un gran trozo de la Santa
Cruz en que Dios fue puesto y la lanza con la que fue atravesado
el costado de Nuestro Señor. Para estas reliquias mandó hacer
la Sainte-Chapelle de París, en la que gastó cuarenta mil libras
tornesas y más (gigantesco dispendio: se aprecia si recordamos
que todo el condado de Mácon, en 1239, no había costado- más
que diez mil libras). Adornó con oro y plata y piedras preciosas
EL REINO 91
y otras joyas los lugares y el arca donde reposaban las Santas
Reliquias y se cree que estos ornamentos valían cien mil libras y
más (diez veces el valor de una provincia),»
El gesto regio es siempre el mismo: dar a manos llenas. Es
el gesto de Carlomagno. Igual que para Carlomagno, una capilla.
Esta no es redonda, pues la catedral, cuyas formas lo han sojuz­
gado todo, ha impuesto su plan. Pero, como la de Aquisgrán,
tiene dos pisos. En el interior están acantonadas las gentes de la
casa real; por encima de ellos, más cerca del cielo, bañándose
en la luz, transfigurado, el rey Luis, frente a la corona de la Pa­
sión, medita sobre el destino de Cristo Rey, que sufrió, que fue
lacerado y abofeteado. Y poco a poco, a medida que avanza su
vida, contemplando su fracaso en Egipto como la prueba de sus
imperfecciones, ansioso por corregirlas, este gran muchacho a
quien en otro tiempo le gustaba reír, que quería que cuantos le
rodeaban estuviesen bien vestidos y alegres, ya no se rodeó más
que de franciscanos que le hablaban de abstinencia. Renunció,
se humilló. Se arrodilló ante el Crucificado, él que no se arrodi­
llaba ante nadie, él ante quien se arrodillaba el rey de Inglaterra
cuando venía a rendirle homenaje. Por último Luis IX decidió
ganar de nuevo el Oriente, a pesar de sus amigos que refunfuña­
ban. Intentó sacrificar su vida, como su maestro. Murió mártir
en Túnez en 1270 y en seguida se le veneró como sanio.
Sin embargo no era beato ni santurrón. Los valores a que se
refiere el rey de Francia los veo encarnados en una estatua ecues­
tre, esculpida durante la juventud de san Luis, la del san Jorge
en la catedral de Bamberg. Es la antítesis de la estatuaria de
Reims, aclimatada en Franconia por el obispo Egberto, cuñado
del rey Felipe de Francia. El héroe caballero, como las estatuas
yacentes de Saint-Denis, está en la edad de la consumación, en
la edad en que el hijo mayor toma el poder de las manos de su
padre difunto, asume la responsabilidad del patrimonio ancestral
y la dirección del linaje. Viril, portaestandarte de una cultura
que todavía está enteramente gobernada por los hombres de gue­
rra, cuyos principales valores son masculinos, de fuerza, de va­
lentía y de lealtad, se apresta a conquistar el mundo. Resuelto,
fiel, inquieto y confiado a la vez, bastante lúcido para saberse pe­
cador, abandonándose sin embargo a la infinita misericordia di­
vina. San Jorge es el patrón de los caballeros. Por consiguiente,
el modelo del rey san Luis que quiso llevar a su perfección las
virtudes caballerescas, que logró refrenar el feudalismo en la
misma medida en que él superaba a sus mejores vasallos por su
92 EUROPA EN LA EDAD MEDL4

largueza y por sus proezas. Pero Luis IX intentó ejercer plena­


mente la delegación de poder que había recibido en la catedral
de Reims el día de su consagración. Enseñó a sus descendientes,
los reyes de Francia, a entronizarse sólo para dictar el derecho,
en la cumbre de una pirámide jerárquica. En primer lugar sus
hijos, debajo de éstos los dóciles príncipes de las flores de L y s;
más abajo, los pares del reino, los obispos a la derecha y los feu­
dales tomados a la izquierda; por último, dominado por las gen­
tes de ley, de guerra y de finanzas, eficacísimos servidores del
Estado, el pueblo común cuya garantía anterior es el soberano.
Poder de uno solo en el cielo y poder de uno solo en la tierra:
las estructuras de lo visible y de lo invisible no se interfieren,
pues ¿no tiene el rey consagrado en este mundo el lugar exacto
que ocupa en el Paraíso Cristo, fuente de toda autoridad y de
toda justicia? Porque san Luis estaba persuadido de ello, a me­
dida que avanzaba hacia el misticismo, no se inclinó jamás ante
las pretensiones de los sacerdotes y dio la cara respetuosamente,
sólidamente, a ese otro monarca que se le enfrentaba, el papa.
En el siglo xm, el obispo de Roma, rodeado de sus cardena­
les, domina a todos los demás obispos. En 1250, a la muerte de
Federico II, hizo todo lo posible para anular el imperio. El papa,
sucesor de san Pedro y heredero de Constantino, pretende el po­
der universal; se considera juez supremo de todos los príncipes
de la tierra; extiende su poder sobre ellos de todas las maneras,
especialmente por los vínculos del homenaje y del feudo. Coro­
nado también, no con una sola corona, sino con las tres que se
superponen orgullosamente sobre la tiara, es el jefe indiscutido
de esta formación política en que se ha convertido la Iglesia,
muy robusta, apoyada por un código, por una jerarquía de tri­
bunales, por agentes de mucha cultura repartidos por todas par­
tes, por un sistema fiscal que cada vez rinde más, por la red de
parroquias que cuadriculan toda la cristiandad y proporcionan
el medio de controlar a cada uno de los habitantes de esas célu­
las por la confesión obligatoria cada año ; en fin, por dos milicias
que descubren las desviaciones e imponen por la predicación el
modelo de un comportamiento uniforme, la orden de los domi­
nicos y la orden de los franciscanos, obligados unos y otros a la
docilidad.
Es en Asís donde se miden las ambiciones pontificias en toda
su envergadura; san Francisco había muerto en un desprendi­
miento total. Roma intentó someter a su ppoyseío de dominación
temporal a aquel hombre que había tenido la fuerza y el valor de
EL REINO 93
repetir las palabras sencillas, las palabras desnudas del Evange­
lio y conformar su vida plenamente a ellas. Sobre su tumba, acu­
muló Roma suntuosamente todos los emblemas del poder. La
basílica altanera luce como un palacio, gótica en su estructura,
a la manera de Francia. No obstante, no hay escultura ni vidrie­
ra. Hay muros, sobre ellos frescos y los mayores pintores del
mundo, Cavallini, Cimabue, Simone Martini, los hermanos Loren-
zetti y Giotto, trabajando reunidos para traducir en imágenes
los principios de una ideología forjada por la curia romana. Una
inmensa y soberbia prisión: el espíritu de pobreza se encuentra
allí encarcelado en cierta manera, voluntariamente ahogado bajo
un cúmulo de adornos deslumbrantes.
De todos modos, en el momento en que se terminaba de mon­
tar en la basílica de Asís, el gran espectáculo de la autoridad ca­
tólica, el papado había acabado por deslizarse de hecho bajo el
protectorado del rey de Francia. Tras violentos enfrentamientos,
la corte pontificia había tenido que ceder y abandonar Roma,
Italia, transferir su sede no en el propio reino, sino en su fron­
tera, a la orilla izquierda del Ródano, en Aviñón. A uno y otro
lado del gran río, en los extremos del desmesurado puente que
se había conseguido lanzar entre sus orillas, se alzan dos forta­
lezas: la del guardián, en Villeneuve, la torre de Felipe I el Her­
moso, pronto gran castillo moderno, el fuerte de San Andrés
vigilando. La del papa, el palacio de Aviñón, asentado en la roca,
impresionante símbolo de la incrustación, de la penetración de
lo espiritual en lo temporal. Esta construcción es austera, desde
luego: en la parte más antigua de su interior muestra la sencillez
de un claustro cisterciense. Pero exteriormente proclama por to­
das partes, con su erizamiento, con sus almenas, la voluntad de
dominar. Cuidadosamente cerrada sobre sí misma, una guarida,
una cámara fuerte donde, por estrechas fisuras, viene el oro a
amontonarse, capturado por la tenaz fiscalidad sobre la que re­
posa el imperio de los cardenales. Una potencia de dinero, es­
candalosa. Todo un sector de la congregación franciscana, re­
calcitrante y fiel al espíritu de su fundador, deriva hacia la
contestación herética. Por la «cautividad de Babilonia», por las
rapacidades de la corte pontificia, se agrava el malestar que sen­
tía la cristiandad desde hacía algún tiempo.
Entre el momento en que fueron colocadas las vidrieras de
la Sainte-Chapelle y aquel en que se pintaron los frescos de Asís,
especialmente entre los. años sesenta y setenta del siglo xih, fue
sacudida la conciencia de los intelectuales de Europa. Recibieron
94 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

entonces lo que aún no se había traducido de la obra de Aristó­


teles, la Física y la Metafísica, acompañadas por los comentarios
de los pensadores árabes. Entonces descubrieron como admira­
blemente coherente una explicación global del universo que con­
tradecía la doctrina cristiana. Afirmaba la eternidad del mundo
y por tanto negaba la creación; rehusaba toda libertad al hom­
bre; negaba la encarnación y la redención. Lo negaba todo. En
1255, el papa Alejandro solicitó del maestro parisino Alberto
Magno una refutación de esta filosofía. Dos años más tarde ins­
taló en la Universidad de París para enseñar allí la teología a
un dominico, Tomás de Aquino, a un franciscano, Buenaventura,
ambos italianos. Tomás edificó sobre una punta de alfiler, con
la intención de conciliar el dogma y la razón, una construcción
dialéctica descabellada. Vertiginosa. Inquietante: en 1277, el obis­
po de París condenaba algunas proposiciones de aquel sistema.
¿Había que decidirse a la partición, a confinar el cristianismo
en la vía mística, en lo irracional — éste fue el partido que tomó
Buenaventura— , admitir la autonomía de una provincia de la
reflexión y de la acción, liberada del dogmatismo y que no de­
pendería más que de la experiencia, de la lógica? ¿Había que ad­
mitir la relatividad del pensamiento cristiano?
Pero en ese mismo momento se descubría también la relativi­
dad de la historia cristiana. La cruzada había fracasado. San Luis
había muerto en Túnez, los griegos habían reconquistado Constan-
tinopla. Tierra Santa fue definitivamente perdida cuando cayó
San Juan de Acre en 1291. Era vano el esperar acabar con los
infieles por las armas. ¿No valía más, como ya había hecho san
Francisco, ir hacia ellos con las manos desnudas, hablar, predi­
car? ¿Sustituir a los cruzados por misioneros? ¿Y levantar las in­
terdicciones que impedían a los comerciantes traficar y captar las
riquezas de Oriente? La cristiandad se apercibía de que no era
más que una pequeña parte de la tierra y que ésta es inmensa.
Los marinos de Pisa, de Génova, de Marsella y de Barcelona se
habían hecho dueños del Mediterráneo. Habían reconocido todos
los estrechos, todas las orillas; en navios cada vez mayores y me­
jor gobernados se atrevían ahora a atravesarlo de parte a parte.
Aprendían a levantar mapas precisos del mar interior. Sobre los
portulanos, el país interior salía poco a poco del sueño. En ellos
veían representados al sur y al este, pueblos desnudos, caníbales.
Pero igualmente había reinos sólidos, soberanos sabios, en esas
regiones de donde habían salido en otro tiempo los tres reyes
magos siguiendo a la estrella y de donde llegaban hoy, traídas
EL REINO 95
regularmente por caravanas de camellos, mercancías maravillo­
sas. Se asombraban al saber que en el extremo del mundo exis­
tían otros cristianos. ¿Era imposible convertir a la espalda del Is­
lam tantas tribus pululantes que todavía no sabían nada del
verdadero Dios, pero que no parecían adorar a otro? Ya se aden­
traban los predicadores en las profundidades de Asia. Ya se
arriesgaban los negociantes a remontar las pistas hasta las fuen­
tes del incienso, de la pimienta y de los brocados.
En 1271, el veneciano Marco Polo se lanza a su vez a la gran
aventura. Acompaña a dos de sus tíos; el papa les ha enviado
cartas para los soberanos mongoles; toman la ruta de la seda.
A través de las montañas del Turquestán, entre los pueblos pas­
tores, encuentran comunidades nestorianas, implantadas allí des­
de hacía siglos y a las que nadie persigue. Llegan a Pequín en el
invierno de 1275. El Khan mongol les da su amistad, les confía
misiones dentro de su imperio, recorren el Extremo Oriente has­
ta 1292; luego regresan por Indonesia, Persia, Trebisonda. De
retorno, Marco Polo relata su asombroso periplo. «Señores, em­
peradores y reyes, duques y marqueses, condes, caballeros y bur­
gueses, todos vosotros que creéis conocer las diversas razas de
hombres y la variedad de las regiones del mundo, estar informa­
dos de sus usos y costumbres, tomad este libro y hacedlo leer.»
Es el libro «De las maravillas del mundo» que también se llama
«E l millón». Fascinó. Durante más de medio siglo, generaciones
de europeos soñaron sobre este texto y las miniaturas que lo
ilustraban.
Estas mostraban aún hombres sin cabeza, oíros con un solo
pie o -un solo ojo, dragones unicornios, el fabuloso bestiario de
las fantasías románicas. Pero también lo que Marco había visto
con sus ojos, elefantes de combate, ciudades, puertos inmensos.
Se enteraban de cómo se recoge el oro en los ríos y la pimienta
en las plantaciones. Hablaban de un tráfico intenso fundado en
la escritura, el papel moneda y la confianza. De muertos que no
eran enterrados sino quemados. Celebraban el orden mantenido,
la justicia hecha por soberanos tan valerosos como los esforza­
dos de la leyenda y menos crueles. Describían costumbres civili­
zadas, el placer de dejar correr el tiempo en calma, con lujo,
junto a princesas perfumadas.
El velo se desgarraba. Multitudes humanas viven allá, prós­
peras, en la paz y la tolerancia, bajo otras leyes, en otras creen­
cias. En la felicidad. Esa felicidad terrestre conforme al orden
natural de la que los nuevos filósofos afirman, en la misma épo­
96 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

ca y en París, que responde al designio de Dios. Al deseo avivado


de xana alegría que será gozada en esta vida, sin relegarla a la
otra, y que no será ya la alegría helada de vencerse a sí mismo
renunciando a todo, responde la búsqueda de la belleza en sí.
Hasta entonces, en el gran arte, la intención estética había estado
siempre subordinada a la teología. Ahora se libera. En Reims, a
mediados de siglo, Gaucher,.el último maestro de obra de la ca­
tedral, pone en su lugar las grandes estatuas preparadas para el
portal mayor. Las dispone a su antojo. Descuida la ordenación
que se había previsto y que seguía paso a paso la enseñanza doc­
trinal. Las estatuas comienzan a ser tratadas aquí como nosotros
las tratamos en los museos, en función de su valor plástico y no
de su significación. La sonrisa del ángel de la Anunciación, el
punto de malicia sobre el rostro asombrado de María y, vistien­
do a la Virgen de la Visitación, esos pliegues que recuerdan ine­
vitablemente aquellos en que la estatuaria de la Grecia antigua
había envuelto el cuerpo de las diosas, esos acentos ligeros y
tantos otros temblores preludian la infiltración del deleíte pro­
fano en la representación sacra. Las estatuas de la Sainte-Cha­
pelle son objetos bellísimos; figuran entre las obras maestras de
la escultura de todos los tiempos. Sin embargo se ha evaporado
un poco de espiritualidad. A los que los contemplan al final del
siglo x iii , los grandes rosetones góticos hablan menos de los ri­
gores de la demostración escolástica que de los azarosos avan­
ces del alma devota. Muestran la complicación de ese laberinto
donde, de prueba en prueba, como los caballeros errantes de
Lancelot, el amor —el amor del hombre por la mujer tanto como
el amor de Dios— tiende hacia su fin. Estas rosas se identifican
con las del «Román». Son también los braseros en que flamea la
felicidad de vivir.
Cambia el tono. También la mirada que se dirige hacia la obra
de arte. En la misma época, el nervio de la creación artística se
desplaza desde el norte de Francia hacia Italia. Francia es cam­
pesina. Cuando muere san Luis, en Arras está en pleno apogeo la
pañería y los mayores negocios se tratan en las ferias de Cham­
paña. Pero la tierra comienza a agotarse. Se han dejado de con­
quistar nuevos campos en los yermos. En los viejos terruños, ya
superpoblados, el suelo al que se le exige producir demasiado se
va aquejando de anemia y rinde cada vez menos. La fuente de
la riqueza se seca poco a poco en las provincias donde es princi­
palmente rural. En Italia, donde la riqueza es burguesa, la viva­
cidad de los intercambios la hace brotar más vigorosamente por
JEL REINO 97
todas partes. Aquí se derraman los tesoros de Oriente. Es en Ve-
necia, en Genova, en Florencia donde después de siete siglos de
interrupción se reanuda la acuñación de moneda de oro. Los ban­
queros florentinos y sieneses son en adelante los amos de la eco­
nomía occidental; los Estados* no pue*dea prescindir de su servi­
cio, el papa de Roma o de Aviñón, el rey de Francia, el rey de
Inglaterra están obligados a ellos. Contar las monedas, sembrar­
las, hacer que circulen cada vez más de prisa, inventar para ello
la letra de cambia, -conducirse como deudores respecto a los po­
bres, a los santos y al mismo Dios, y como acreedores respecto
a los destajistas que fabrican los paños y las sederías, llevar
siempre escrupulosamente sus libros: de esta manera se alzan,
codo a codo, los linajes patricios en las ciudades de Italia cen­
tral, levantando sus torres rivales cuya elevación hace insignifi­
cante la silueta de la catedral, que se desafían, afirmando cara a
cara una gloria y un poder que aún pretende fundarse en las
proezas caballerescas y que en realidad sostiene el sentido del
ahorro y de la inversión, la astucia. Competencia. Esta se halla
laboriosamente regida por el derecho, por las palabras en públi­
co, en el foro de las arengas donde se forja el espíritu cívico.
Italia es otro mundo. Ciertamente deslumbrado por la espléndi­
da cultura que irradia desde París, Marco Polo eligió escribir su
libro en lengua francesa; todos los prelados italianos han visto
construir y decorar Notre-Dame de París. Han traído esquejes
de las floraciones del arte francés y los han plantado en su ciu­
dad ; los mercaderes italianos hacen comercio con los objetos ar­
tísticos parisinos. Mientras unas tras otras se cierran las obras
de las grandes catedrales de Francia, todos los valores espiritua­
les y estéticos cuya exaltación proponían estos monumentos se
trasladan a este país afortunado. Italia los codiciaba y se apode­
ra de ellos. Pero para asimilarlos e integrarlos en sus propias
tradiciones. Utiliza a su manera el aristotelismo. ¿Cuántos son
entonces en Italia aquellos a los que Dante llama epicúreos y que
dudan de la inmortalidad del alma? Las esculturas colocadas en
la fachada de la catedral de Orvieto son de inspiración francesa,
¿pero acaso Eva, que nace del costado de Adán, se parece a las
vírgenes necias de Estrasburgo? En la Italia de los enriquecidos
en el negocio, de los surcadores de mares y de las cofradías fran­
ciscanas, las seducciones del arte francés han venido, a chocar
con el fondo indígena que revigoriza la apertura progresiva del
universo. Sólidos, mesurados y opacos se alzan los muros en San
Marcos de Venecia, en San Miniato, en el baptisterio de Floren­

4
98 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

cia. Rechazan la temeridad ascensional del coro de Beauvais, la


translucidez de la Sainte-Chapelle. Están cubiertos de mármol
policromo como el Panteón de la Roma antigua, o de mosaicos
descriptivos como las cúpulas del Oriente cristiano. Roma y Bi-
zancio son dos partes de una misma herencia cultural. Nacional.
Dante, cuando escribió 3a «Divina Comedia», exilado, lejos de
Florencia, recordaba con nostalgia a su «hermoso San Juan», el
baptisterio. Las representaciones del infierno en las alturas del
octógono habían sostenido antaño su sueño. Su poema es una
catedral, la última. Se funda en la teología escolástica, la de Pa­
rís, de la que no se sabría decir exactamente por qué canal había
llegado hasta Dante. Como las catedrales de Francia, la «Divina
Comedia» intenta elevar el espíritu de grado en grado hasta la
luz divina, según las jerarquías de Dionisio Areopagita y por la
intercesión de san Bernardo. Dante admiraba a los trovadores,
sus maestros. Vaciló. ¿Compondría su obra, como Marco Polo,
en el habla ultramontana? Eligió escribir en toscano, dotando así
a Italia de su lengua literaria.
Cuando coloca en el fondo de su Infierno, con el traidor Ju­
das, a Bruto y a Casio porque traicionaron a César, es a Roma
y al Imperio, es decir, a la patria italiana, a quien dedica este
monumento. Lo erige, en los umbrales del siglo xiv, como el
anuncio de un nuevo renacimiento cuya cuna fue en efecto la
península y que arrojó el arte de Francia a las tinieblas llamán­
dolo gótico, que quiere decir bárbaro.
Cuando Dante empezaba a escribir su poema, las raíces de
este renacimiento se hallaban plantadas desde hacía veinte años
en Toscana, cerca de Florencia. A la orilla del mar latino, en Pisa,
en un gran puerto que todavía no estaba vedado ni sojuzgado,
en el interior de otro baptisterio cuya corona de arquerías es
como un homenaje al gótico, Nicola Pisano había puesto placas
de mármol sobre bases en las que también se ve el reflejo de la
estética francesa. Rodean el púlpito, el lugar de predicación. El
escultor hace reaparecer aquí formas con las que se había ador­
nado, en marfil, las encuadernaciones de los evangeliarios para
los emperadores alesnanes del año mil. En realidad, el resurgi­
miento es mucho más profundo y viene de su propio país. Su
más lejano origen está en las tumbas etruscas: la matrona del
Nacimiento tiene la pensativa gravedad de sus difuntos recosta­
dos. Las cabalgatas son las de los triunfos augústeos, y el tumul­
to ordenado el de los sarcófagos del siglo n. Es a Roma, a la
Roma antigua a la que aquí se ve resucitar.
De u n gato negro que fue puesto en u n e s c r iñ o
en TIERRA, EN UNA ENCRUCIJADA, POR BRUJERIA

«En este año sucedió también que a un abad del Císter le robaron una
gran suma de dinero. Ocurrió también que por mediación de un hombre
que vivía en CMteau-Landon y que había sido preboste, por lo que se
llamaba todavía Jehan Frevost, se acordó entre él y un malvado brujo
que se procuraría saber quiénes eran los ladrones, y que éstos se verían
obligados a restitución, de la manera que sigue. En primer lugar, hizo
hacer con ayuda de dicho Jehan Prevost un escriño o canasto y meter
dentro un gato negro; luego lo hizo enterrar en el campo junto a una
encrucijada, le preparó su comida y lo puso en el canasto durante tres
días: con pan remojado y rociado con crema, óleo sagrado y agua bendita.
Y a fin de que no muriese el gato así enterrado, había once agujeros en
el escriño y once largas cánulas que sallan de la tierra donde había ente­
rrado el escriño, gracias a lo cual el aire pudo entrar y respirar el gato.
Pero ocurrió que los pastores que llevaban sus ovejas a los campos pasa­
ron por esta encrucijada según tenían por costumbres. Sus perros comen­
zaron a olfatear y a sentir el olor del gato; encontraron en seguida el sitio
en que estaba y se pusieron a cavar y rascar con sus uñas creyendo que
habían olido un topo, y tan fuerte que nadie los podía mover de allí. Cuan­
do los pastores vieron que los perros estaban tan obstinados se acercaron
y oyeron maullar al gato quedándose embobados. Y como los perros se­
guían arañando, un pastor más viv;o que los otros fue a contar esto al
alguacil que se dirigió rápidamente al lugar y encontró el gato y la ma­
nera en que había sido instalado. Se maravilló mucho, así como la gente
que había venido con el alguacil. Por esto el preboste de Cháteau-Landon
se sintió lleno de angustia ante la idea de saber cómo descubrir al autor de
tal maleficio, con qué fin y para quién, pues no entendía nada. Pero ob­
servó, pensando dentro de sí mismo, que la arqueta era nueva, por lo
cual convocó a todos los carpinteros de la ciudad y les preguntó quién la
había, fabricado. Hecha la pregunta, se adelantó un carpintero y declaró
que había hecho este escriño a instancias de un hombre que se llamaba
Jehan Prevost, pero poniendo por testigo a Dios, no sabía con qué finali­
dad lo había mandado hacer. Algún tiempo más tarde, dicho Jehan Pre­
vost fue aprehendido; puesto en la prueba del fuego, muy pronto confe­
só el hecho y laego acusó a un hombre que era eí principal responsable
y que había imaginado esíe maleficio y esta maldad que se llamaba Jehan
Persact. Además acusó a un monje del Císter, que era apóstata, como el
100 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

principal discípulo de este Jehan Persant, así como al abad de Cercan-


ceaux de la orden del Císter y a varios canónigos regalares, todos los
cuales eran cómplices de esta maldad, los cuales fueron cogidos, atados
y llevados a París ante el arzobispo de Sens y ante el inquisidor. Cuando
estuvieron ante ellos se les preguntó con qué fin y para qué habían hecho
esta cosa y sobre todo a aquellos de los que se creía que eran maestros en
el arte del diablo. Respondieron que sí el gato hubiera permanecido ence­
rrado tres días en la encrucijada, después de estos tres días lo hubieran
sacado y luego despellejado. Después habrían hecho correas con su piel
que hubieran anudado juntas de manera que pudieran formar un círculo
en cuyo espacio hubiera podido contenerse un hombre. Hecha esta cosa, el
hombre que estuviera en medio del círculo, metería primero en su trasero
comida con la que había sido alimentado el gato, pues de otro modo sus
invocaciones no tendrían efecto ni serían de ningún valor. Y hecho esto,
llamaría a un diablo de nombre Bericfa, el cual vendría en seguida y sin
dilación y respondería a todas las preguntas t¡ue se le hicieran, y revelaría
el latrocinio y quiénes habían sido los autores. Y además enseñaría a
hacer mucho mal a quien se lo preguntara. Oídas estas confesiones y fran­
cas diablerías, Jehan Prevost y Jehan Persant, como autores y principales
responsables de esta maldad y de este maleficio, fueron condenados a ser
quemados vivos. Pero como la sentencia tardó en ser ejecutada, uno de
ellos, Jehan Prevost, murió y sus huesos y todo su cuerpo fueron quema­
dos y convertidos en polvo por el espanto de un crimen tan horrible; y el
otro, Jehan Persant, con el gato colgado al cuello, fue quemado vivo y
reducido al polvo al día siguiente de San Nicolás. Después el abad y el mon­
je apóstata y los otros canónigos regulares, que habían ayudado a este
maleficio proporcionando la crema y las otras cosas, primero fueron degra­
dados y luego, por juicio legal, fueron condenados y puestos, jen prisión a
perpetuidad.»

De la batalla en el V ig rafjo r d

«Cuando vio que Steinthor desenvainaba su espada, Thorleif el burlón


dijo: «Siempre llevas guardas blancas, Steinthor, dijo, pero me pregunto
si también tienes una hoja flexible como este otoño en el Alptafjord.»
Steinthor respondió: «M e gustaría que probaras antes de que nos separe­
mos si mi hoja es flexible o no.» Les faltó tiempo para atacar la roca.
Hacía un largo rato que peleaban cuando Thord con la mirada fija se
lanzó sobre la roca y quiso arrojar su lanza sobre Thorleif el burlón por­
que era siempre el más adelantado de sus hombres. El golpe dio en el
escudo de Thorleif, pero como Thord había hecho un gran esfuerzo, res­
baló por el hielo en pendiente, cayó del revés y volvió a bajar de la roca
sobre sus espaldas. Thorleif el burlón cayó sobre él y quiso matarlo antes
de que se pusiera de pie. Freystein el picaro seguía a Thorleif de cerca,
estaba calzado con garfios para hielo. Steinthor saltó y alzó su escudo por
encima de Thord justo cuando Thorleif iba a golpearle, y con la otra
mano pegó a Thorleif el burlón y le cortó la pierna por debajo de la rodi­
lla. Durante este tiempo, Freystein el picaro apuntaba a Steinthor en me­
dio del cuerpo. Pero viendo esto, Steinthor saltó en el aire y el golpe le
EL REINO 101
pasó entre las piernas, y estas tres cosas que se acaban de contar las hizo
al mismo tiempo. Después de esto, hirió a Preystein con la espada al
cuello y hubo un violento crujido. Steinthor dijo: «¿Lo tienes ya, picaro?»
«Sí, lo tengo, dijo Freystein, pero no tal como tú crees, pues no estoy
herido.» Llevaba alrededor del cuello un capuchón de fieltro forrado de
cuerno y es allí dentro donde había llegado el golpe. Freystein volvió a
subir en seguida a la roca. Steinthor le gritó que no huyera puesto que
no estaba herido. Entonces Freystein plantó caira sobre la roca y se ata­
caron furiosamente. Steinthor estuvo en peligro de caer, pues el hielo era
a la vez resbaladizo y en pendiente, mientras Freystein se mantenía, ñrxne
sobre sus garfios para hielo y daba golpes redoblados. Pero sus disputas se
terminaron de tal suerte que Steinthor asestó a Freystein un golpe de es­
pada por encima de las caderas y partió al hombre por mitad del cuerpo.
Después de esto, treparon sobre la roca y no se detuvieron hasta que
hubieron caído todos los hijos de Thorbrand. Thord, con la mirada fija,
dijo que iba a cortarles la cabeza a todos, pero Steinthor declaró que no
quería que se matara a hombres cuando yacían en tierra. Descendieron
entonces de la roca y fueron hasta el lugar donde yacía Bergther. Todavía
se hallaba en estado de hablar y lo transportaron con ellos hacia la tierra
firme siguiendo los hielos, luego hacia el exterior, al otro lado del istmo
hasta el barco; volvieron en barco, a remo, hasta Bakki por la tarde.
Un pastor de Snorri el godo había estado en Oxnabrekkur aquel día
y desde allí había visto la batalla de Vigrafjord; en seguida fue a la casa
para decir a Snorri el godo que había habido en el Vigrafjord una batalla
poco grata. Entonces Snorri y los suyos tomaron sus armas y se dirigie­
ron hasta el ñordo, siendo en total nueve. Cuando llegaron allí, Steinthor
y los suyos habían partido y llegado al interior, más allá de los hielos del
fiordo, Snorri y sus hombres examinaron las heridas de los que habían
caído. No había ninguno muerto, fuera de Freystein el picaro, pero todos
estaban heridos gravemente. Thorleif el burlón llamó a Snorri el godo y le
pidió que persiguiera a Steithor y los suyos sin dejar escapar a ninguno.
Luego, Snorri el godo fue al lugar donde Bergthor se había echado y vio
una gran mancha de sangre. Recogió un puñado de nieve mezclada con
sangre, la apretó, se la metió en la boca y preguntó quién había sangrado
allí. Thorleif el burlón dijo que era la sangre de Bergthor. Snorri dijo
que era sangre de herida profunda, «Puede ser, dijo Thorleif, pues venía
de una lanzada.» «Creo, dijo Snorri, que es sangre de hombre destinado
a la muerte y no los perseguiremos.»
En seguida los hijos de Thorbrand fueron trasladados a Helgafell y
se les curaron las heridas. Thorodd Thorbrandsson tenía detrás del cuello
una herida tan grande que no podía mantener la cabeza derecha; llevaba
unos calzones largos que estaban empapados de sangre. Fue necesario que
lo desnudara un doméstico de Snorri; cuando tenía que retirar ios calzo­
nes no se los pudo cuitar. Entonces dijo: «N o se miente cuando se dice
de vosotros, hijos de Thorbrand, que sois gentes a quienes les gustan los
trajes extraordinarios; tenéis vestiduras tan estrechas que no se os pueden
quitar.* Thorodd dijo; «Quizá no lo haces como se debe.» Entonces el do­
méstico se apoyó con el pie en el montante de la cama y tiró con todas
sus fuerzas, pero ios calzones no salieron. Snorri fue allí, palpó la pierna
y descubrió que un hierro de lanza atravesaba la pierna entre el tendón
de Aquiíes y e! empeine y que había atravesado juntamente el calzón y la
102 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

pierna. Snorri dijo entonces que el doméstico era un imbécil de una es­
pecie poco común al no haber pensado en esto.
Snorri Thorbrandsson era el menos abatido de los hermanos: por la
noche se sentó a la mesa al lado de su homónimo y comieron requesón
y después queso. A Snorri el godo le pareció que su homónimo no comía
mucho queso y le preguntó por qué comía tan lentamente. Snorri. Thor­
brandsson respondió que cuando se les acababa de amordazar, los cor­
deros no tenían ganas de comer. Entonces, Snorri el godo le palpó la
garganta y descubrió que se la atravesaba una punta de flecha en la raíz
de la lengua. Tomó unas pinzas y retiró la flecha. Después de esto, Snorri
Thorbrandsson comió. Snorri el godo curó a todos los hijos de Thorbrand.
Cuando el cuello de Thorodd comenzó a cicatrizar, la cabeza le quedó un
poco echada hacia delante. Thorodd dijo que Snorri quería curarlo para
hacer de él un inválido, pero Snorri declaró que esperaba que la cabeza
se enderezara cuando volvieran a anudarse los tendones. Pero Thorodd
no quiso oír nada de que se volviera a abrir la herida y de que se le pu­
siera la cabeza más derecha.»

« La Saga de Snorri el godo»,


hacia 1230

«Todos los que tienen una falsa libertad no buscan más que su propia
imagen.»

«Querer ser descargado de toda justa carga es la más peligrosa libertad


que se puede tener.»

«H ay más personas razonables que personas simples.»

Enrique Suso (1295-1366)


6

RESISTENCIA DE LAS NACIONES

Llamamos gótico a cierta manera de concebir el espacio arqui­


tectónico, de alzar la silueta de una iglesia, de presentar a un
personaje, de inclinar los párpados sobre una mirada y los labios
para una sonrisa. A esta manera de dibujar, construir y esculpir,
los contemporáneos la llamaron sencillamente francesa. Tenían
razón. Pues no hablaban de la Francia de hoy, sino de una región
estrecha, del viejo país de los francos, del país de Clodoveo, de
los campos en tomo a París. Desde allí se extendió, en los si­
glos xii y xiii , la riqueza y la ciencia. El «arte de Francia» estaba
predispuesto a conquistar las demás provincias. No conquistó a
todas. Se opusieron tenaces resistencias a su expansión. Se de­
bían a la política, pues los soberanos rivales del rey de Francia
intentaban apelar a otras fórmulas estéticas para distinguirse.
Se debían también al substrato cultural; cada país conservaba
maneras de sentir, de pensar y de creer, que levantaban panta­
llas más o menos sólidas ante la irrupción del arte gótico.
Las más vivas reticencias y las más francas reivindicaciones
de autonomía se enraizaban evidentemente en los extremos y en
los más civilizados: en el sur, el extremo sur de Europa. En nin­
gún sitio eran tan firmes como en Sicilia. Hay una iglesia que
domina el golfo de Palermo. Lleva el nombre latino de Monreale,
es decir monte real. En efecto allí se coronaban reyes, reyes que
hablaban latín y era en latín como los sacerdotes celebraban sus
alabanzas. El Estado cuya capital era Palermo pertenecía en el
siglo xii a la comunidad cultural de la que igualmente formaban
parte el reino de Inglaterra, el de Alemania y el de Francia. Sin
embargo este Estado era singular por sus orígenes y por su más
honda naturaleza. Era el fruto de una anexión, la más bella con­
quista de la caballería de Occidente, verdadero desbordamiento
esta vez, puesto que Sicilia, Calabria, Campania y Apulia no per­
104 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

tenecían a la latinidad. Habían formado la Magna Grecia. Ha­


bían permanecido griegas bajo el Imperio romano. La invasión
musulmana había cubierto en parte estas provincias, depositan­
do sobre la capa profunda del helenismo un nuevo estrato, el de
la cultura árabe. Por último, durante el siglo xi, jefes de bandas
venidas de Normandía se habían apoderado de este país. Habían
sabido conservar estructuras políticas muy sólidas, una fiscalidad
y todas las prerrogativas de los déspotas a quienes habían reem­
plazado. A sus brutales manos había pasado esta encrucijada de
los itinerarios marítimos, opulenta, abierta a las tres caras del
Mediterráneo, la griega, la musulmana y la latina. Bajo la domi­
nación de los reyes de Sicilia las poblaciones de estas provincias
siguieron viviendo a su manera, según sus creencias y sus tradi­
ciones. Los príncipes acogían a los trovadores, pero en tomo a
ellos se hablaba griego, árabe y hebreo. Más que Venecia, Paler-
mo, capital abierta a todos los horizontes del mar, era el Oriente
en verdad poseído.
Colonia de la cristiandad latina, construido por los reyes nor­
mandos para servir de marco a liturgias cuyos oficiantes fueran
también normandos, Monreale es un monumento colonial. Sus
formas son extranjeras, importadas. Fueron modificadas, igual
que mucho más tarde lo fueron en México y Perú las formas de
las iglesias barrocas, por un espíritu, un toque de mano, un gus­
to que son indígenas. El claustro de Monreale se adosa a la ca­
tedral como el de Vaison-Ia-Romaine. Es cuadrado como el de
Moissac. Su estructura es la misma que la del claustro de Saint-
Bertrand-de-Comminges, porque las funciones de este patio in­
terior dispuesto para los paseos meditativos son idénticas. En
un ángulo, como en el Thoronet, la fuente de ablución. Es el
plano y son ¡as masas adoptadas de un extremo a otro de la
cristiandad romana por las necesidades corporales y espirituales
de una comunidad de canónigos o de monjes benedictinos. Sin
embargo, la luz juega aquí como en los jardines de Granada; el
agua fluye como en las madrasas de Fez y esta similitud no se
debe sólo al clima y al-sol, pues los colonizadores, el rey y los
eclesiásticos que le servían no tallaron y apuntaron esas piedras
con sus propias manos. Fue obra de artesanos locales. Seguían
el plan director en sus grandes líneas. Pero añadían cosas de su
propia cosecha, persuadidos de que su virtuosismo y su sentido
de los valores y de los colores agradarían a esos caballeros y a
esos monjes que irremisiblemente se iban haciendo sicilianos.
Por esta razón, la cabecera de la iglesia de Monreale, construida
RESISTENCIA DE LAS NACIONES 105
con los mismos principios de tantas basílicas borgoñonas o pro-
venzales, fue revestida de una decoración discreta como un bor­
dado., como esas túnicas de seda oriental con que se revestían
los príncipes normandos para las ceremonias de corte. Un sim­
ple velo. Basta para cambiar el aspecto del cuerpo. El aspecto
del claustro ha cambiado de manera parecida: las columnas pa­
recen dispuestas allí sólo para el placer de los ojos pues no cum­
plen ningún papel en la arquitectura; no sostienen bóveda; no
soportan más que una armadura ligera. Lo que Ies vale es esta
gratuidad, Los adornos que llevan, incrustaciones policromas o
grabadas, son los de las cajas de perfumes, de las placas de mar­
fil, de los tableros de ajedrez, de todos los accesorios de las
diversiones profanas que el artesanado bizantino y musulmán
elaboraba para deleite de una aristocracia fastuosa. Sobre sus
fustes se entremezclan figuras abstractas y formas animales esti­
lizadas como en los tejidos de Persia, traídos de Trevisonda o de
Alejandría. La flora que corona sus capiteles procede de la tra­
dición clásica tal como la había suavizado, en la parte oriental
del Imperio romano, el refinamiento, el gusto del placer y todas
las seducciones de Asia. Las estructuras intrusas, implantadas
por los colonos, desaparecen así bajo esta magia decorativa.
Disfrazadas, están aquí finalmente capturadas, aclimatadas. Pa­
recen nacidas en esta tierra embriagadora.
En el interior de la basílica, en Monreale, nada de vidrieras:
mosaicos, como en las iglesias de Oriente. El santuario está re­
plegado en sí mismo, concebido como una caracola, cerrado,
opaco. Un joyero. La luz no debe derramarse allí desde fuera.
Se espera que la destilen las paredes. Su fuente es el oro de los
fondos. Un centelleo brumoso, impalpable. En la penumbra, en­
tre los resplandores, el juego »de curvas destruye todo linde. Ilu­
sión del infinito, de lo intemporal. Este espacio no pertenece a
la tierra, es celestial. El mosaico, arte de encantamiento, de trans­
figuración — pero también adorno muy costoso al que habían te­
nido que renunciar la mayoría de las ciudades de Italia por su
pobreza y sustituirlo por frescos— el mosaico triunfa en Mon­
reale, en otras iglesias de Palermo, en la Martorana, en la capi­
lla palatina, y esto en la primera mitad del siglo xn, es decir en
el mismo momento en que el abad Suger en Saint-Denis reuma
los elementos de una estética nueva cuyo elemento clave es la
vidriera. Como la vidriera, el mosaico muestra al fiel la verdad
desde que éste se introduce en el lugar sagrado. En primer lugar
las palabras. La mayor parte son griegas. No obstante, se mez­
106 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

clan otras latinas y esta yuxtaposición de lenguas da testimonio


de una compenetración de culturas cuyo privilegiado lugar era
entonces el reino de Sicilia. Las figuras ilustran estas palabras.
En;.eli#j«*tFo del discurso, es decir en lo más alto del edificio,
en la cúpula, un vuelo de arcángeles rodea la efigie del Cristo to­
dopoderoso. «Pantocrator.» Reina sobre innumerables, siluetas
fijadas en todas las bóvedas y en todos los muros. Prodigioso
tesoro de imágenes que expresan un cristianismo mucho menos
rudo de lo que era todavía en el resto de Occidente. Venía de
Bizancio.
En la cristiandad bizantina no era tan grande la distancia
entre el clero y el pueblo. No existían esas barreras que ¡os sacer­
dotes de Francia o de Lombardía acababan de levantar en tomo
a su persona bajo el pretexto de preservar su pureza. Aquí se im­
ponía la idea de que el espíritu se extiende por igual sobre todos
los fieles, clérigos y laicos, y por eso la Iglesia oriental acogía
con más facilidad formas de espiritualidad desarrolladas espon­
táneamente en las conciencias populares. Había añadido a su pre­
dicación muchos relatos emotivos, anécdotas, las que cuentan
los evangelios apócrifos. Todo un teatro. Mediante series de es­
cenas, esta narración prolija se hallaba traspuesta en cada san­
tuario, ofreciendo vivos a los múltiples personajes del nacimien­
to, de la infancia de Cristo, de su vida activa, la resurrección de
Lázaro, la procesión de ramos. Por una sorprendente adición, se
desplegaba así, sobre la irrealidad de los fondos de oro, una ges-
tualidad expresionista. El papel principal correspondía a la Ma­
dre de Dios, a la Virgen. En efecto, los grandes santuarios de
María se hallaban en Oriente y eran objeto de una devoción apa­
sionada. De allí vino en especial el tema de la Dormición, del que
se apoderaron los decoradores góticos a finales del siglo xii para
instalarlo en la portada de las catedrales de Francia. María no
está muerta, sólo dormida. Pues Dios no ha querido que su ma­
dre sufra la corrupción en su cuerpo. Angeles vendrán a llevarse
este cuerpo y elevarlo con su impulso hasta el paraíso. Todas
estas imágenes estuvieron presentes- es Palermo mucho antes de
propagarse hacia el norte y poco a poco a toda Europa. Estaban
expuestas en aquel lugar de encuentro ofrecidas a la vista de
todos los peregrinos que, salidos de Galia, de Germania, de In­
glaterra, atravesaban Palermo para alcanzar la Tierra Santa. En
estas iglesias maravillosas se halla la fuente esencial de nn re­
juvenecimiento de la espiritualidad católica de donde procedió
especialmente el franciscanismo. Vitalidad de la tierra siciliana.
RESISTENCIA DE LAS NACIONES 107
Había conquistado a sus conquistadores. No dejaba que se le
impusiera nada. Distribuía pródiga sus riquezas por todas partes.
El rey era aquí el único promotor del arte sagrado. Su poder
no se había desafectado, pues en la Italia del sur las institucio­
nes feudales importadas contribuían por el contrario a reforzar
la monarquía. El soberano viene a rezar en la capilla de su pa­
lacio de Palermo, como rezaba Carlomagno. Se sienta sobre un
trono parecido. Los muros y los techos dicen lo mismo al modo
bizantino y musulmán: que el monarca es la imagen terrenal de
Dios. Por encima del soberano, en majestad, se alza dominante la
figura de Cristo flanqueado de san Pedro y de san Pablo, los dos
patronos de la Iglesia de Roma, cuyos más seguros aliados eran
los reyes sicilianos. En el vecino santuario de la Martorana, Dios
corona al rey igual que coronaba a los emperadores en los evan­
geliarios alemanes de comienzo del siglo xi. Con este gesto se
proclama que el poder del soberano de Palermo es total, autóno­
mo, como lo es su responsabilidad. El peso del mundo parece
abrumar a ese rey que sufre, cuyo rostro es el de los santos as­
cetas o el de los padres del desierto egipcio. Sin embargo, pasa­
ba su vida en una mansión suntuosa, dispuesta para los placeres
del cuerpo como lo estaba el palacio de los príncipes sasánidas.
¿Qué queda de las grandes salas donde Guillermo el Conquista­
dor y san Luis iban a dormir entre sus vasallos amontonados?
Nada; aquellos cobertizos con el heno esparcido eran comple­
tamente rústicos. Y efímeros: los reyes del Norte acampaban en
ellos al pasar, lo mismo que vivaqueaban en pleno campo según
las etapas de sus continuas cabalgadas. Mientras que aquí en Pa­
lermo, para el rey Rogerio, como para el emperador de Bizancio,
como para el califa, como para los soberanos de Oriente que
iban a acoger a Marco Polo, %e había construido sólidamente, cu­
briendo los muros de las habitaciones con imágenes placenteras,
leopardos, bosques soñados, pájaros extraños, toda una fauna
fantástica. Las ropas bordadas del conde de Anjou, del conde de
Poitiers o del de Flandes quizá llevaban una decoración seme­
jante, pero los atavíos de los barones de Francia eran tan frági­
les que todos han perecido. Mientras permanece lo que se ofrecía
a los ojos del rey de Palermo a cada aurora: una invitación a di­
vertirse, y en aquellas cámaras flota todavía un perfume de oda­
lisca. Imaginemos el asombro de todos los cruzados, de Ricardo
Corazón de León, de Felipe Augusto, cuando sus primos de Si­
cilia los hospedaban en medio de jardines de naranjos.
Ocurrió a comienzos del siglo xm que el descendiente de los
108 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

soberanos sicilianos, su heredero, fue ei nieto de Federico Bar-


barroja, rey de Alemania, rey de Italia del norte por consiguien­
te, como su abuelo, y como él, por último, emperador de Occi­
dente. En noviembre de 1220, en la iglesia de San Pedro de Roma,
el papa colocó la diadema sobre su frente, se prosternó ante él
como ante el dueño del universo, reconociendo que el trono de
Federico II, Federico de Hohenstaufen, tenía su puesto entre las
constelaciones, en aquel campo de estrellas cuyo reflejo simbó­
lico había mostrado el manto de Enrique II, dos siglos antes.
Federico II reanudaba pues el papel de Carlomagno. ¿Fue ale­
mán? No. Su abuelo lo era, e incluso su padre. Pero no él. El era
siciliano. El no hizo más que pasar por Aquisgrán, Bamberg y
Ratisbona. En el país de su madre, al sur de Italia, donde había
nacido, es donde le gustó vivir. Hizo construir iglesias en los pri­
meros años de su reinado, como san Luis; ningún soberano, salvo
san Luis, edificó tantas durante el siglo x iii . Estas iglesias no
son bizantinas. En el ambiente de Federico I I empezó a tomar
fuerza la voluntad de rechazar lo que venía de Oriente, de Cons-
tantinopla, igual que de la civilización musulmana, a fin de que
nada viniera a disimular el carácter latino, romano del imperio.
Federico II, primer soberano de Occidente que acuñaba de nuevo
moneda de oro, como la había acuñado Augusto, no .olvidaba las
fórmulas con que se le había reconocido en Roma a su corona­
ción: César, luz admirable del mundo. Y cuando hubo aplastado
la revuelta de las ciudades lombardas fue al Capitolio donde hizo
llevar las insignias de su triunfo. Dentro de las formas artísticas
pretendió que se manifestara la esencia de su propio «imperium»,
el sacro imperio romano germánico. Rehusó igualmente el arte de
Francia. Sacó las espigas de la tierra alemana. Las iglesias que
hizo construir y decorar en el sur italiano, son carolingias y oto­
manas. En la catedral de Bitonto, el pulpito se alza sobre un pa­
vimento de mosaico en el que figuran Roldán y Oliveros, héroes
franceses, pero cuya leyenda habían transmitido poetas de Sua-
bia y del Friul. Este púlpito viene directamente de Aquisgrán.
Sólo el material ha cambiado. AI oro lo ha sustituido el mármol,
el de los arcos de triunfo que la Roma clásica había elevado para
sus emperadores. El águila es a la vez la de san Juan Evangelista,
la de los antiguos reyes de Sicilia y la del imperio alemán. En el
reverso, el emperador, se ha hecho representar sentado, en la
postura de la soberanía; como en los rituales de corte, los miem­
bros de su linaje y sus consejeros están de pie a su alrededor.
No hay ningún reflejo del arte gótico. Las mascaras son las de
RESISTENCIA DE LAS NACIONES 109
ídolos románicos. Se transparenta ya el recuerdo de una figura­
ción mucho más antigua, la de los sarcófagos de la antigüedad
tardía.
El emperador hallaba frente a él un rival, el papa, tanto más
agresivo cuanto que veía sus Estados rodeados al norte y al sur
por los de Federico. Se entabló una lucha sin piedad, en la que
de un lado se blandía la excomunión y del otro la espada. Con­
vencido de que su dignidad lo situaba por encima de todos los
sacerdotes, incluido el obispo de Roma, de que a él le incumbía
rebajar su orgullo por la fuerza e imponer el orden sobre la
tierra mediante la aplicación militar de las leyes civütes,^ partir
de entonces Federico hizo construir sobre todo castillos. Castel
del Monte, ese sello aplicado a la tierra de Apulia, procede tam­
bién de la tradición carolingia. Su macicez y su opacidad renie­
gan de la translúcida acuidad de las catedrales francesas. Esta
fortaleza en octógono flanqueado en todas sus esquinas por to­
rres octogonales reproduce las formas de la corona de Otón y
de la capilla de Aquisgrán. N o se abre como ésta al otro mundo
sino a este mismo mundo, a su verdadero cielo. Habla de un po­
der guerrero, de una potencia terrestre, como habla con la mis­
ma entonación la tapa timbrada con el águila de una caja de
ungüento de que se servía Federico II. Lo que la arquitectura
tiene de imperial se ha desprendido resueltamente de la sobrena-
turaleza, dirigiéndose hacia lo concreto, lo presente, lo desacrali-
zado. El castillo es un signo que llama a la obediencia a los la­
bradores de la llanura. Sirve de guarida para el descanso de un
rey cazador, ávido de poseer el mundo visible, de batirlo por las
marismas y los cotos, como a la caza.
El mismo Federico I I dictó un «Tratado de Alconería» cuya
traducción francesa fue ilustrada con miniaturas hacia 1280.
Mientras el emperador Enrique II, a comienzos del siglo xi, en­
cargaba a los imagineros de su casa representar lo que el ojo
humano no puede ver, el artista que trabajó sobre el texto de Fe­
derico era invitado a hacer el inventario minucioso de la crea­
ción, a distinguir cuidadosamente cada especie animal, cada gé­
nero. Y por ello a observar, a acechar para captar lo vivo del
movimiento, el vuelo. Lo que suponía una mirada aguda, analí­
tica, la mirada de Aristóteles. El astrólogo del emperador le ha­
bía traído de Toledo una versión del «Tratado de los animales».
Pues Federico amaba los libros, los que hablan de la naturaleza
de las cosas. Como los teólogos de París, hubiera querido que se
tradujeran de una vez todas las obras en las que se hallaba la
110 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

ciencia antigua enmascarada bajo la lengua de los griegos o de


los árabes. Ahora bien, aquí, en Palermo y en Castel del Monte,
estos libros de Euclides y de Averroes no parecen, como en París
o en Oxford, objetos extraños e inquietantes que hay que exor­
cizar. En Sicilia, en Nápoles, todos los saberes del Islam y de
los antiguos griegos parecían surgir del suelo indígena. La tra­
dición incitaba en aquellas regiones a proseguir la experimenta­
ción. Se contaba de Federico que una vez había hecho morir a
un hombre dentro de una vasija herméticamente cerrada a fin
de descubrir dónde podía ir el alma después de la muerte. Esta
tradición mantenía también el deseo de aprehender todas las for­
mas visibles en su infinita diversidad, deseo que compartían Al­
berto Magno y los escultores de las arquivoltas de Chartres, pero
que en Federico no estaba condicionado por la esperanza de lle­
gar a Dios al término de tal examen. El propósito era otro: cons­
truir una historia natural autónoma, no sierva de la teología. Es
pues en la corte de Federico donde hay que situar el origen de
una voluntad de realismo figurativo. No procede del espíritu bur­
gués como se dice demasiado a menudo. Fue suscitada por las
curiosidades de un príncipe del que se contaba que había vivido
como un sultán.
Federico II, «stupor mundi», «asombro del mundo». Nervio­
so, enfermizo, un cronista dice de él: «como esclavo, no se le
hubiera querido por doscientos sueldos». Un hombre sorpren­
dente. Para muchos era el Anticristo, para otros muchos era la
esperanza. Dante lo situó en el infierno y tenía que hacerlo, pero
se nota cómo lo lamentó. Todos los que han escrito acerca de
Federico han celebrado su bravura y el don que tenía de hablar
todas las lenguas, francés, toscano, alemán, griego, sarraceno y
latín. Lo han censurado por haber querido gozar de todos los
placeres de la carne, por haberse «conducido como si no hubiera
otra vida». Sí: guerreros musulmanes tenían guarnición en su
castillo de Lucera. Sí: armaba caballeros a embajadores de los
príncipes infieles y fue por negocio como accedió a volver a abrir
el camino de Jerusalén a los peregrinos. Pero cuando tomó la
cruz, dijeran lo que dijeran los cardenales, no sonreía. De nin­
gún modo era escéptico y todavía menos descreído. Sencillamen­
te quería comprender y pedía que se le explicara el Dios de los
árabes y el Dios de los judíos, como un día quiso encontrarse
con Francisco de Asís. Persiguió a los herejes, sostuvo la inqui­
sición con más rigor que cualquier otro soberano. Eligió morir
bajo el sayal cisterciense. Complejidad difícil de comprender
RESISTENCIA DE LAS NACIONES 111
para los religiosos del siglo x iii que pensaban de una pieza. Sobre
todo, apertura de una prodigiosa inteligencia a la complejidad de
un mundo del que el- triángulo siciliano constituía como el pivote.
Luchando cada vez con mayor aspereza contra las pretensio­
nes pontificias —y Luis IX de Francia, su primo, por santo que
fuera estaba de su parte— Federico II, en la época en que san
Luis se disponía a edificar la Sainte-Chapelle en torno a la coro­
na de espinas, hizo elevar en las ciudades de su reino del sur, su
verdadera patria, sus propias estatuas. Bustos. Son los bustos de
César. En la persona de Federico II, el Imperio romano salía de
su exilio alemán, volviendo a sus fuentes mediterráneas. Aquí, en
la única corte de Italia donde se pudo desplegar ampliamente el
mecenazgo de un príncipe, tuvo su punto de partida el verdadero
renacimiento. Fue aquí donde Roma comenzó a revivir en formas
esculpidas y fue en estas esculturas donde Nicola Písano, algunos
años más tarde, buscó su inspiración.
¿No tenían también ese rostro atormentado otros sobera­
nos, más allá del mar latino, los reyes de Castilla, los reyes de
Aragón? España, las Españas habían sido testigos de una expan­
sión parecida de la caballería cristiana, de análoga aculturación,
una apropiación de riquezas culturales exóticas de las que se
habían saciado, tanto como Sicilia, los territorios arrebatados a
los musulmanes. Toledo, vuelta a los cristianos en 1085, estaba
llena de libros. Eran libros en árabe. Pero había judíos, muy
vivas comunidades judías que los califas de Córdoba y los reye­
zuelos musulmanes de las ciudades españolas explotaban, pero
no perseguían. Tampoco los conquistadores los persiguieron en
seguida. Se sirvieron de ellos. Los letrados judíos fueron los in­
termediarios, los intérpretes. Quedan hoy en Toledo, transfor­
madas mucho más tarde en iglesias, soberbias sinagogas que fue­
ron construidas y decoradas al mismo tiempo que las catedrales
góticas surgían por doquier. Todas las galas del Islam son utili­
zadas para adornar estos lugares sobriamente, pues el Todopo­
deroso que allí se venera prohíbe representar a los seres que ha
creado. Cubierto de madera como las mezquitas, cuajado de in­
crustaciones y estucados, el interior de la sinagoga del Tránsito
tiene como única decoración las letras de una palabra, las de un
dios, el mismo, pero que se expresa soberbiamente en hebreo.
Mientras en otra sinagoga que tras los primeros rechazos del ju­
daismo se convirtió en Santa María la Blanca, una iglesia de la
Virgen, se ha dado un paso hacia la figuración en los capiteles.
La vegetación que los corona no está tan alejada de la -que se ve
112 EUROPA EN LA EDAD MEDIA .

en los capiteles de Cluny, aunque en este monumento hebraico


sus funciones arquitectónica y simbólica sean fundamentalmen­
te diferentes. En todo caso, en la vertiente meridional por donde
se derramaba el exceso de su vitalidad, la cristiandad hallaba,
en tiempos de Enrique Plantagenet y de san Luis, cuando descu­
bría el sistema filosófico de Aristóteles, irreductible al cristianis­
mo, cuando los cruzados se daban cuenta de que los descreídos
de Tierra Santa y los cismáticos de Grecia eran invencibles, obras
de arte espléndidas que contradecían radicalmente su estética.
El gótico surgía desbordante de fuerza desde París donde se
precisaba la doctrina católica. La iglesia monolítica del papa Ino­
cencio I I I había encontrado en el gótico uno de los vehículos más
eficaces de su ideología unificadora y como el símbolo mismo de
la catolicidad. En Toledo, finalmente, se implantó, imperiosa, una
catedral gótica. En las provincias que habían pertenecido al im­
perio franco dé Carlomagno, la inserción del arte de Francia fue
evidentemente más precoz. Sobre todo fue mucho más profunda.
En Alemania, las fórmulas parisinas se conjugaron sin dificultad
con las tradiciones locales: la catedral de Ulm está como liberada
por el espíritu gótico de la pesadez de los pórticos otomanos. Lo
está también una de las provincias de España, la Cataluña caron-
lingia. Los guerreros de Ludovico Pío la habían liberado de la
ocupación musulmana. Pronto se había convertido en el baluarte
de la cristiandad contra las incursiones del Islam. Sin embargo
resistió a la irrupción gótica, apoyándose en la herencia románica.
La estética románica estaba aquí en su casa. En gran parte había
nacido de esta misma tierra. Hacía falta tiempo para desarraigar­
la. ¿Pero lo fue jamás? No ocurrió hasta mediados del siglo xtv.
En el claustro de Lérida, las enramadas de piedra que en las ca­
tedrales francesas tenían la función de sostener las vidrieras, se
aplican, frente al viento, en las arquerías. Esto les vale una gran
libertad, una gran ligereza. Las brisas juegan entre estas clarabo­
yas completamente abiertas al cielo como en los monasterios la­
tinos de Chipre. ¿Qué queda de sacralidad en este jardín de pie­
dra? La fantasía se despliega con el mismo virtuosismo que ve­
mos en los calígrafos árabes. En los capiteles se explora lúcida­
mente la naturaleza como en las cámaras de Palermo o en los
manuscritos de Federico II. Pero la observación no sirve más que
para descubrir, dando satisfacción al espíritu, equivalencias plás­
ticas.
RESISTENCIA DE LAS NACIONES 113

La Europa de aquel tiempo era inmensa y múltiple. Pero nin­


guna de sus provincias escapó a las seducciones de la cultura pa­
risina. Mas en casi todas, y hasta en las más sumisas, lo que vino
de París fue también incitación para revigorizar los rasgos indí­
genas. Así ocurre en Inglaterra. Este país había sido subyugado
totalmente uno de los primeros. Desde 1066, desde la época de la
tapicería de Bayeux, no era más que un anejo de Normandía. Su­
cesivamente sus reyes habían sido normandos, angevinos y aqui-
taños, hombres nacidos en el reino de Francia y que no lo aban­
donaban más que para volver a él rápidamente. Hasta finales del
siglo xiir, la clase dirigente de Inglaterra fue por entero francesa
de lengua, de cultura y de maneras; inversamente en la Univer­
sidad de París, los maestros y los estudiantes venían en su mayo­
ría de este lado del mundo. Osmosis. Cuando las escuelas de Ox­
ford llegan a ser rivales de las parisienses, el obispo Roberto
Grossatesta que las lanzó, proclamaba como Suger, que Cristo es
luz, luz engendrada de la luz, que el universo es el efecto de una
irradiación y que todo el saber humano no es más que la difusión
de la luz increada. De estas proposiciones se deducía como prin­
cipio estético la afirmación de que la luz constituye la perfección
de las formas corporales. La atención de los investigadores se
concentró por consiguiente en la óptica. Esta culminó en trata­
dos sobre la refracción de los rayos luminosos. Y desembocó en
una geometría, rigurosamente tejida, en ángulo recto, sobre las
proyecciones de la luz. Esta es la que sirve de armazón a la ar­
quitectura rígida de las catedrales inglesas, a la lógica verticali­
dad de Salisbury, de Ely y de Wells. Entre las vastas praderas,
en ciudades muy campesinas, muy pastorales, estos edificios se
extendían desmesuradamente puesto que los obispos y abades
ingleses, poderosamente ricos y siempre amenazados con ser ex­
poliados por el rey, se apresuraban a poner al abrigo sus bene­
ficios inviríiéndolos en la construcción. En Inglaterra, el espíritu
de geometría se llevaba más resueltamente quizá que en Ile-de-
France en busca de una voluntad de austeridad, dentro de comu­
nidades religiosas más fuertemente marcadas por la moral cis-
terciense. Añadamos que el propósito estético se hallaba todavía
dominado por las costumbres técnicas particulares. En estos con­
fines de la Europa civilizada, donde se había construido por más
tiempo en madera, la habilidad manual propia de este país de te­
jedores, de arqueros, de calafates, de constructores de navios .mar­
caban estas formas con un acento singular. Por fin la intención
política vino a acusar este particularismo. El rey de Inglaterra
EUROPA EN LA EDAD MEDIA

era vasallo del rey de Francia. Pero sobre todo era su rival. Para
defender su independencia se aferró al fondo cultural de sus pro­
vincias insulares, a lo que quedaba de céltico, de escandinavo en
Gran Bretaña. Contra Caríomagno, contra Roldan y Oliveros, con-
los gustos franceses, contra Francia, los literatos dieron for­
ma a la «materia de Bretaña» para agradar a su señor, Enrique
Plantagenet, rey de Inglaterra. Los constructores y los tallistas de
imágenes actuaron de igual modo, afirmando, como en Castel
del Monte y como en Lérida, la autonomía de una cultura nacio­
nal. Dieron cuerpo a sueños forestales evocando, por fragosida­
des y entrelazos, al rey Arturo, a Brocelianda, a las inmensas re­
servas de caza donde los reyes y ios barones corrían el venado.
La fantasía se había liberado precozmente en la miniatura, arte
secreto y por ello independiente; permaneció durante mucho
tiempo reprimida en la arquitectura por el doble afán de raciona­
lidad matemática y de renuncia cisterciense. Se la ve chisporro­
tear bruscamente por todas partes en el siglo xxv, cuando se
desatan los lazos políticos que sujetaban la gran isla a Francia.
En Gloucester Abbey, levantada gracias a la limosna de los pere­
grinos que venían a rezar sobre la tumba del rey Eduardo I I al
que se tenía por mártir, las bóvedas se convirtieron en arboledas
extravagantes. En las crujías del claustro acabó por desaparecer
toda la geometría de las estructuras, anegada en la exuberancia
de los follajes. La torre linterna de la catedral de Ely se había
hundido en 1325. Para reconstruirla, el maestro de la obra mandó
izar a lo alto del crucero ocho troncos de árboles. Más allá de
los grandes vanos donde se quería que las vidrieras fueran cada
vez más permeables a las iluminaciones, desde entonces la luz
cayó del punto culminante del espacio interior, donde el haz de
todas las oraciones se ata como una gavilla para ser lanzada a
lo más alto de los cielos. Cayó desde el lugar crucial de la comu­
nicación mística, del centro del octógono de madera, vegetal
tanto por sus formas como por el material del que está hecho.
Esta corola se abría muy lentamente durante las horas matina­
les, a medida que se levanta la bruma, lo mismo que la gracia di­
vina, disipando las tinieblas, y se infiltra progresivamente hasta
lo más profundo del mundo.
F e d e r ic o II
«E ra un hombre astuto, trapacero, ávido, lujurioso, malicioso, irrita­
ble. Y era al mismo tiempo un hombre lleno de valor cuando quería mos­
trar sus bondades o amabilidades, benévolo, encantador, delicioso, activo;
sabía leer, escribir, cantar y componer cantinelas y canciones; era un
hombre hermoso y bien proporcionado, pero de talla media. Lo vi y lo
aprecié en seguida. Sabía igualmente muchas lenguas distintas. Para ter­
minar, diré que si hubiera sido buen católico, hubiera amado a Dios y a la
Iglesia y a su alma, hubiera habido en el mundo muy pocos iguales entre
los soberanos |...|. Quiso saber por experiencia qué clase de lengua y de
idiomas tenían los niños cuando crecen sin hablar con nadie. Y mandó a
las sirvientas y a las nodrizas que dieran leche a ios infantes, que les hicie­
ran tomar el pecho, que los bañaran y los limpiaran, pero no les mimaran
de ninguna manera ni les hablaran; pues quería saber sí hablarían hebreo,
la primera lengua que hubo, o el griego o el latín o el árabe, o bien la len­
gua de sus padres de los que habían nacido. Pero se esforzaba en vano
pues todos los niños morían. Dio una excelente y copiosa comida a dos
hombres, envió uno a dormir y otro a cazar y a la noche les hizo sacar las
entrañas ante sus ojos porque quería saber cuál de los dos había digerido
mejor. |...|»

« Crónica de Fray Selimbeno de Adamo»

«Los inquisidores de Carcasona, de Albi y de Tolosa imponían, en vir­


tud de una vieja costumbre, dos clases de peregrinaciones: las «mayores»
y las «menores».
Los lugares de peregrinación mayor, situados todos fuera de Francia,
eran de Santiago de Compostela, Roma, Santo Tomás de Cantorbery y los
Tres Reyes de Colonia. Los que se dirigían a la Ciudad Eterna debían que­
darse allí habitualmente usa quincena a fin de efectuar la visita de las
tumbas de los santos y de las iglesias a las que la Santa Sede había con­
cedido indulgencias numerosas y fructuosas.
Los lugares de peregrinaciones «menores» eran los siguientes: Notre-
Dame de Rocamadour, del Puv, de Vauvert, de Sérignan, Notre-Dame-
des-Tables en Montpelier, Saint-Guilhem du Désert, Saint-Gilles en Pro-
venza, San Pedro de Montmajour, Santa Marta de Tarascón, Santa María
116 EUROPA. EN LA EDAD MEDIA

-Saám-Maximin. San Antonio de Viennois, San Marcial y


"San'Leonardo en el Lemosín, Nuestra Señora de Chartres, Saint-Denis en
París, Saint-Seurin de Burdeos, Notre-Darae de Souíllac, Santa Fe de
Conques, San Pablo de Narbona y San Vicente de Castres. A estas peregri­
naciones se añadía siempre la visita anual de por vida a San Esteban de
Tolosa, el tres de agosto, y de San Saturnino de Tolosa, dentro de la
octava de Pascua, con la obligación de oír por entero la misa y el sermón,
de San Nazario de Carcasona, el 28 de julio, de Santa Cecilia de Albi, el
22 de noviembre, de San Antonio de Pamiers, el 13 de junio y de Notre-
Darae de Aucb, el 8 de septiembre.
Los peregrinos se comprometían por juramento a ponerse en camino en
el plazo de uno, de tres o de cuatro meses a partir del día de la libranza
de sus cartas penitenciales que les servían de salvoconducto. A su regreso,
presentaban al inquisidor certificados acreditando que habían cumplido
las peregrinaciones y visitas obligatorias.»

«.Manual del Inquisidor», 1323

De la secta de lo s que se l l a m a v u lg ar m e n te beguino s y beguinas

La secta de los beguinos —los que se llaman pobres hermanos y decla­


ran abrazar la tercera regla de san Francisco— ha aparecido recientemen­
te en las provincias de Provenza y de Narbona y en algunos lugares de la
de Tolosa, que desde hace mucho tiempo está comprendida en la provin­
cia de Narbona. Pero comenzaron a ser señalados y a ser desenmascarados
a cansa de sus opiniones erróneas hacia el año del Señor de 1315, un poco
antes o un poco después, aunque muchos los hubiesen tenido ya común­
mente por sospechosos. En el curso de los años siguientes, en las provin­
cias de Narbona y de Tolosa y en Cataluña, fueron detenidos un buen
número, sorprendidos en sus errores, y en el año 1317, varios de uno y otro
sexo fueron convictos de herejía, juzgados como tales y quemados, sobre
todo en Narbona, en Beziers, en la diócesis de Agde, en Lodéve, cerca de
Lunei (en la diócesis de Maguelonne), en Carcasona, en Tolosa, donde tres
eran extranjeros.

E rrores y o p in io n e s e r r ó ne as de lo s beguino s de la épo ca actu al . Su o rig e n

Los beguinos y beguinas de Cristo; ellos y los clérigos de andar pom­


poso son de la familia dei anticristo.
«Item , los beguinos y pobres de la tercera orden, aunque denunciados
como pertenecientes a la secta y herejía de los beguinos y llevados precisa­
mente para responder de esta acusación, no están obligados a prestar ju­
ramento ante los prelados e inquisidores, a menos que se trate de la fe
o de los artículos de fe. Item, los prelados e inquisidores tienen derecho
a interrogar únicamente sobre los artículos de la fe, sobre los mandamien­
tos o sobre los sacramentos. Si ios interrogatorios llevan a otros temas,
no están obligados a responder. ¿No son laicos y gentes sencuias? —o lo
RESISTENCIA DE LAS NACIONES 117
pretenden al menos— pues son en realidad astutos, taimados y trapa­
ceros.
Item, no se les puede ni se les debe obligar por juramento a revelar ni
descubrir a sus «creyentes;?: cómplices y compañeros; en semejante caso
no están obligados a jurar pues esto sería, al escucharlos, contrario al
amor del prójimo y actuar en detrimento de otro.
Item, si se les excomulga porque, requeridos en juicio, no aceptan el
juramento puro y simple de decir la verdad, salvo en lo que concierne
a los artículos de fe, los mandamientos o los sacramentos, porque rehú­
san responder respecto a otros y no quieren revelar a sus cómplices, tal
excomunión es injusta, no Ies vincula y no han de tener cuenta de ello en
absoluto.
Item, el papa no puede, según Dios, imponer a los beguinos, incluso
por una sentencia de excomunión no vivir de mendicidad por la razón
de que pueden trabajar y procurarse mediante el ejercicio de un oficio los
víveres necesarios y que no son obreros del Evangelio, puesto que no
Ies corresponde enseñar o predicar: su perfección, dicen ellos, sería dis­
minuida y pues no deben obediencia al papa en esta memoria y tal senten­
cia no Ies ataría. Si por esta razón fueran condenados a muerte, serían
gloriosos mártires,»

«Manual del Inquisidor», 1323

«Que s o n lo s brujos , a d iv in o s e in vo c ad o r e s de d e m o n io s

La peste y error de los brujos, adivinos e invocadores de demonios


reviste, en diversas provincias y regiones, formas numerosas y variadas en
relación con las múltiples invenciones y las falsas y vanas imaginaciones
de esas gentes supersticiosas que toman en consideración los espíritus de
error y las doctrinas demoníacas.

I n t e r r o g a to r io de brujos , a d iv in o s e invo cad o r es de d e m o n io s

Al brujo, adivino e invocador'de demonios inculpado se le preguntará


la naturaleza y el número de los sortilegios, adivinaciones o invocaciones
que conoce y quién se los ha enseñado.
«Item , se descenderá a los detalles, teniendo cuidado en la calidad y con­
dición de las personas, pues los interrogatorios no deben ser los mismos
para todos. Üno será el de un hombre y otro el de una muier. Se podrá
poner al inculpado Sas siguientes preguntas: qué sabe, qué ha aprendido,
a qué prácticas se ha entregado a propósito de niños víctimas de sortile­
gios y a desembrujar.
Item, a propósito de las almas perdidas o condenadas;
ítem, a propósito de ladrones a encarcelar;
itero, a propósito de acuerdo o desacuerdo entre esposos;
ítem, a propósito de la fecundidad de las estériles;
ítem, a. propósito de substancias que los brujos hacen tomar: pelos,
uñas y demás;
118 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

ítem, a propósito de la condición de las almas de los difuntos;


ítem, a propósito de predicciones de acontecimientos por venir;
ítem, a propósito de las hadas que traen felicidad o, se dice, circulan
por la noche;
ítem, a propósito de los hechizos y conjuros por mediode encantamien­
to, de frutas, de plantas, de cuerdas, etc.;
ítem, a quiéa los ha enseñado, de quién los tiene él, quién se los ha
descubierto.
Item, qué sabe de la curación de enfermedades por medio de conjuros
o encantamientos.
Item, qué sabe de esa manera de recoger las plantas de rodillas, cara
a oriente y recitando la oración dominical.
Item, qué hay de peregrinaciones, misas, ofrendas de cirios y distribu­
ciones de limosnas que imponen los brujos.
Item, cómo se hace para descubrir los robos y conocer las cosas ocultas.
Item, especialmente se dirigirá la encuesta a las prácticas que suponen
una superstición cualquiera, la falta de respeto, la injuria frente a los sa­
cramentos de la Iglesia, en particular del sacramento del cuerpo de Cristo,
frente al culto divino y los lugares consagrados.
Item, se investigará sobre esta práctica que consiste en conservar la
Eucaristía y en robar en las iglesias el crisma o el santo óleo;
ítem, de la que consiste en bautizar imágenes de cera u otras se pregun­
tará la manera de bautizarlas, qué uso se hace de ellas y qué ventajas se
sacan.
Item, se interrogará al acusado sobre las imágenes de plomo que fabri­
can los brujos: modo de fabricación y empleo.
Item, se le preguntará de quién recibe todas estas informaciones;
ítem, desde cuánto tiempo utiliza tales prácticas;
ítem, qué personas y cuántas han venido a pedirle consultas, especial­
mente durante el año en curso;
ítem, ¿se le ha prohibido anteriormente entregarse a tales prácticas?
¿Quién le ha hecho esta prohibición? ¿Ha prometido no entregarse más
a estas prácticas y no usar de ellas en lo sucesivo?;
ítem, ¿ha recaído a pesar de esta promesa y abjuración?;
ítem, ¿creía él en la realidad de lo que los demás le enseñaban?;
ítem, ¿qué beneficios, regalos o recompensas ha recibido con sus ser­
vicios?»

« Manual del Inquisidor», 1323

Los ERRORES DE DOLCINO

«Item , Dolcino tenía una amiga llamada Margarita que le acompañaba


y vivía con él; él pretendía tratarla con toda castidad y honestidad como
a una hermana en Cristo. Y como ella había sido sorprendida en estado
de gravidez, Dolcino y los suyos la declararon encinta del Espíritu Santo.
Itera, los discípulos y adeptos de Dolcino que se dicen apóstoles vi­
vían, y esto ha sido comprobado muchas veces, en compañía de seme­
jantes amigas a las que llamaban hermanas en Cristo y se acostaban con
RESISTENCIA DE LAS NACI OMES 119
ellas, jactándose falsamente y aparentando no sentir de ningún modo las
tentaciones de la carne.
Item, se observará que dicho Dolcino era hijo ilegitimo de un sacerdote.»

/ « Manual del Inquisidor t>, 1323

CONDENACION Y SUPLICIO DE DOLCINO

«Contra dicho Dolcino, hereje, y sus adeptos, el señor papa Clemente V


ordenó proceder como resulta de las cartas apostólicas dirigidas a los
inquisidores de la herejía, al arzobispo de Milán y a sus sufragáneos en
las regiones lombardas...
También, por mandato apostólico, fue predicada una cruzada contra
dicho Dolcino, con concesión de indulgencias por los pecados. Varias ve­
ces levantaron los inquisidores un ejército contra él, pero no podían llegar
a término, por lo mucho que había crecido en las regiones lombardas el
número de sus adeptos «creyentes», encubridores, «fautores» y defen­
sores.
Por último, los inquisidores de Lombardía, de acuerdo con el obispo
de Verceil, predicaron una cruzada con concesión de indulgencia plenaria
y organizaron una importante expedición contra el susodicho heresiarca
Dolcino. Este, después de haber infectado a muchas personas, haberlas
atraído y haberse hecho numerosos discípulos y adeptos, no sólo resuci­
tando antiguos errores, sino sobre todo inventando dogmas nuevos y per­
versos, se había retirado con ellos a las montañas del Novarais.
Allí sucedió, como consecuencia de la temperatura inclemente, que mu­
chos desfallecieron y perecieron de hambre y de frío, de modo que murie­
ron en sus errores. Además el ejército, escalando las montañas, hizo pri­
sioneros a Dolcino con unos cuarenta de los suyos; entre los matados y
los que habían muerto de hambre y de frío se contó más de cuatrocientas
víctimas. Con Dolcino se apresó igualmente a Margarita, hereje y encan­
tadora, su cómplice en el crimen y en el error. Esta captura tuvo lugar
durante la semana santa, el día de jueves santo, a comienzos del año 1308
de la encamación del Señor. Se imponía la ejecución judicial de los cul­
pables, que corrió a cargo de la corte laica. Dicha Margarita fue cortada
a trozos ante los ojos de Doícmó y luego éste fue igualmente hecho peda­
zos. Los huesos y los miembros de los dos ajusticiados fueron arrojados
a las llamas y al mismo tiempo algunos de sus cómplices, pues éste era
el castigo merecido por sus crímenes.»

«.Manual del Inquisidor», 1323


7

EL GIRO P E L SIGLO X IV

En la Italia de 1300 adonde se tras!Wáb tot fuerza innovadora


no son los campesinos, ni los guerreros, ni los sacerdotes quie­
nes dominan. Son los negociantes, los banqueros, que trafican
con todo, con especias, con paños, con seda, con obras de arte,
que prestan al rey, que recogen por toda la cristiandad el im­
puesto que establece el papa, formando para todo ello lo que lla­
man compañías, presentes mediante filiales en las principales
plazas del comercio. La catedral no es pues en las ciudades de
Toscana o de Umbría lo que es en Francia y en Inglaterra, el
centro de todo. Es un objeto, un hermoso objeto puesto entre
otros. La vida se ordena en tomo a la plaza donde se discute,
donde se intercambian las cosas y las palabras, y a lo largo de las
calles en las que se abren talleres y tiendas. La cultura más alta
no es aquí teológica. Es práctica, civil, profana, fundada en el
derecho romano que se enseña en la Universidad de Bolonia,
fundada sobre el cálculo y, en sus puntos avanzados, sobre Aris­
tóteles, pero cuando Aristóteles habla de lógica y de virtud.
Estas ciudades son repúblicas. Teóricamente sus ciudadanos
son iguales. ¿Democracias? Oligarquías: los más ricos dirigen la
asociación, el común. Para conquistar los mercados que codician
se ponen a luchar contra sus vecinos. Las ciudades se enfrentan
constantemente. Se repliegan detrás de las murallas, almenando
sus puentes, almenando cada uno de sus palacios, pues también
las familias patricias son rivales y forman partidos que se quere­
llan sin cesar en el interior de los muros. Se sueña con un orden
que para apaciguar al menos esas discordias intestinas, descan­
sara sobre la fidelidad mutua, la concordia, sobre el amor común
de la patria chica. El recuerdo de la libertad romana nutre esta
ideología cívica. Se encarna en las empresas de decoración con-
122 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

fiadas a artistas reclutados por concurso y que son llamados a


celebrar el culto de una diosa: la ciudad.
La comunidad florentina había encargado a Giotto de dirigir
a la vez los trabajos de los puentes y las murallas, los del palacio
municipal y los de la catedral, pues ésta en realidad pertenecía
mucho más a la colectividad de ciudadanos que al clero. En la
base del campanario fueron colocados medallones que glorifica­
ban las labores del pueblo y la moral política. Antes los písanos
habían puesto la efigie de su ciudad en el ábside de la catedral,
junto a la del emperador. Era una figura de reina, de madre,
arrodillada ante la Virgen. Hacia 1310 se le encargó una nueva
estatua a Giovanni Pisano. Se instaló en el centro del edificio y
de su decoración, bajo el púlpito donde está con la estatua de
Cristo. Estrechos vínculos de parentesco unen las obras de Gio­
vanni Pisano a la estatuaria de Reíms. Los escultores de Toscana
estaban fascinado también por el gótico. No obstante, en aquellas
regiones, el orgullo urbano se asociaba a la nostalgia de Roma y
con frecuencia a la devoción al imperio, prudente en cuanto tal
adhesión no contrariaba demasiado los negocios. Este llevaba al
reencuentro de las ruinas romanas para celebrar la gloria de la
ciudad. El Jesús del pulpito pisano está sostenido por cuatro esta­
tuas, las de los evangelistas. La mujer que representa a Pisa lo
está simétricamente por las cuatro virtudes cardinales, las de la
vida práctica. Una de ellas, la Prudencia, está desnuda como una
Venus antigua.
En estas ciudades contraídas, aglutinadas como colmenas o
como las medinas del Islam, el palacio comunal constituía la ar­
ticulación maestra de toda estructura social y topográfica. En
Siena, la más antigua ordenación del urbanismo que conociera la
Europa moderna hace converger todos los barrios hacia un solo
lugar, una concha, la Piazza del Campo. Las milicias se reu­
nían allí. El pueblo entero escuchaba allí las arengas. Todos los.
intereses privados se encaminaban hacia la sede del poder, hacia
el espacio cerrado donde los magistrados deliberan lejos de la
multitud y de sus sobresaltos. Al abrigo. En todas las comunida­
des de Italia, los edificios municipales, el palacio, del podestá
encargado de controlar las facciones, son casas romanas, con pa­
tio interior, de plan parecido al de los monasterios benedictinos,
pero dispuestos como fortalezas, ásperos, capaces de sostener un
asedio. Era necesario, pues siempre había que temer la revuelta.
Pero sobre todo el poder de los magistrados, igual al de los reyes,
es también de esencia militar. Lo mismo que el rey, se asientan
EL GIRO DEL SIGLO XIV 123
a la sombra de una torre. En el corazón de la ciudad se eleva por
consiguiente un símbolo guerrero de soberanía.
Para ayudar a los dirigentes de Siena a permanecer en el ca­
mino recto, Ambrogio Lorenzetti fue llamado en 1337 a colocar
ante sus ojos la representación de los principios y las consecuen­
cias de sus decisiones políticas. Sobre los muros de la sala del
consejo, como sobre uno de esos estrados estrechos donde los
franciscanos se ponían para rezar, el pintor ha dispuesto a los
actores. En esta época el espíritu de los laicos no llegaba a ias
ideas abstractas más que por la alegoría, por el cuadro vivo, por
el teatro. Había que dar a las ideas un cuerpo, una vestidura, em­
blemas significativos, un rostro, una voz. Había que vestirlos y
animarlos con gestos. Por un lado, aquello de que hay que apar­
tarse: el mal gobierno. Rodeado de todas las fuerzas de confu­
sión, la avaricia, la vanagloria, el furor, el príncipe del mal, ges­
ticulante, pisotea a la justicia. Al lado opuesto, el buen gobierno
es un anciano. Prudente, como lo son todos o como deberían ser­
lo. Barbudo. Sus rasgos son los del rey Salomón o más bien los
de Marco Aurelio, el emperador romano. Se parece también a
Dios Padre. Escoltado por caballeros como éste lo es por los ar­
cángeles, ocupa un lugar y hace gestos de Juicio Final. Eligiendo
a los buenos y los malos. A su izquierda los enemigos de la comu­
nidad, los agitadores, los sublevados, con cadenas, están puestos
en condiciones de no poder hacer daño. A su derecha, en el lado
de la salvación, desfila la tranquila asamblea de veinticuatro con­
sejeros, Pomposamente adornados, son los jefes de las casas no­
tables de la ciudad, jóvenes y viejos. Posaron ante el pintor. To­
dos seglares, ni un sacerdote, ni un príncipe. Todos iguales. Uni­
dos por la concordia. Se ve muy bien en la imagen que los une un
mismo lazo, trenzado con dos cuerdas que salen de los dos plati­
llos equilibrados de una balanza sostenida por la justicia distri­
butiva. En tomo a la figura ejemplar del buen poder y ligeramen­
te más bajos, porque están subordinados a él, hay todavía seis
personajes. Son mujeres: las cuatro virtudes, la magnanimidad
y por último la paz, admirable ociosa. Sobre el tablado se repite
la escenografía del tímpano de Conques. Pero ya no sirve a la
teología. En esta composición pictórica, demostración minuciosa
y explicativa, que para eso combina los artificios de la pedagogía
y de la ilusión, es llevada la desacralización más lejos que en el
Castel del Monte. Todos los gestos, todas las posturas rituales,
las de las procesiones y las letanías que desde hacía siglos se es­
forzaban por procurar las equivalencias visuales de los misterios
124 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

del cristianismo, ya no anuncian el Juicio de Dios. Ahora están al


servicio de una justicia terrestre, de la política.
En efecto, y he aquí el espíritu nuevo: la mano de los artistas
ya no va guiada por hombres de Iglesia, sino por hombres de Es­
tado. En la Italia central, los dueños de la señoría urbana son
gentes de negocios. Todavía austeros, aplaudiendo a Dante cuan­
do éste celebra el rigor de los antiguos florentinos y vitupera la
propensión al lujo de sus descendientes. Su ideal de vida laborio­
sa y rígida concuerda con el universo mineral y cubista que Am-
brogío Lorenzetti figura en la otra vertiente del fresco. Se le ha­
bía encargado representar los efectos de un gobierno justo y des­
cribe sencillamente la ciudad. Nada de maquinaria, nada de es­
cenografía: la mirada se extiende libremente, como podría hacer­
lo desde la ventana más alta del palacio comunal, sobre la ciudad
y su contorno. Campo y ciudad reunidos bajo el poder del magis­
trado, aunque aislado uno de otra por la muralla. Una línea de
horizonte desmesuradamente elevada, ningún juego atmosférico,
nada de sombra. El espacio está congelado, lleno como el de Aris­
tóteles. Y sin embargo rea1, tal como lo perciben estos comercian­
tes, estos propietarios, estos plantadores de viñas que saben per­
fectamente el precio del grano y de los cerdos, el precio de los
sacos de lana y que quieren ver claro en sus cuentas. Esperaban
que el pintor hiciera el elogio del trabajo eficaz, disciplinado,
que produce mucho. En esos tenderetes, en las escuelas, sobre
los andamiajes de la ciudad en permanente construcción y des­
pués fuera de los muros, entre los campos y los vergeles, están
escrupulosamente pintados todos los gestos de la labor. Tam­
bién lo están en París y en Amiens, en el pórtico de la catedral.
Pero en Siena no son los símbolos de los meses, del curso del
tiempo. Demuestran que el pueblo puede prosperar en la seguri­
dad y el bienestar si trabaja con buen orden. Afirman que sólo
los patricios tienen el derecho de disfrutar en paz de los placeres
nobles, de no hacer nada más que bailar, lo que castamente ha­
cen las señoritas en la plaza, con sus bellos vestidos primavera­
les. O bien cazar, como hacen los jóvenes galopando más allá de
las murallas, como Federico I I el halconero a través de un paisa­
je desmesurado, dominado, proveedor, el primer paisaje verdade­
ro que se intentara pintar en Europa.

No obstante, los celos y las agresiones de las comunidades


competidoras amenazaban a este territorio. Había que proteger­
lo y si era posible extenderlo. Por eso la ciuáa-d glorifica también
EL GIRO DEL SIGLO XIV 125
a los guerreros de profesión, a los emprendedores ce combates
que contrata y que mantienen en su provecho la lucha armada
como un negocio: discutiendo fuerte con su patrón, jugándose a
veces el resto unos contra otros en una batalla, pero de ordinario
respetándose mutuamente. La comunidad dedica estatuas ecues­
tres a estos condotieros. Los primeros jinetes de bronce, con aire
de emperadores romanos, van a instalarse pronto en las plazas de
las ciudades europeas, dentro del siglo xrv, como adelantados de
una larguísima cohorte. Por el momento, es en los muros de los
palacios comunales donde se pone la silueta de los capitanes.
Simone Martini representó en su gloria al que trabajaba para
Siena. Había vencido. Impulsa su caballo a través de la comarca
adversaria, devastada, pisoteada, destrozada. El enemigo se aga­
zapa erizado en su atrincheramiento. En el horizonte, un fantas­
ma de ciudad, un esqueleto vacío. La guerra lo ha destruido todo.
Pero detrás de esta explanada de destrucción, la comunidad vic­
toriosa puede respirar, lo mismo que puede correr la fuente cí­
vica, símbolo de paz y abundancia, en el corazón de la ciudad.
En 1278, Perusa encarga la suya a Nicola Pisano. Este revistió los
flancos del monumento municipal con los mismos símbolos que
los tallistas de imágenes ponían entonces en los pórticos de las
catedrales de Francia, los santos, los patriarcas, los signos del
zodiaco, los trabajos de los meses, las siete artes liberales. Pero
añadió otras figuras como la de la loba romana y trató las esta­
tuas y los bajorrelieves a la manera latina. Pues la Italia del Tre-
cento soñaba obstinadamente en la edad de oro, en el tiempo en
que Roma, la de César y no la del papa, dominaba al mundo.

Esta nostalgia incitaba a rechazar todo lo que venía de fuera


y, para empezar, la espesa capa con que la cultura bizantina ha­
bía revestido a la península italiana durante la alta Edad Media.
Reclamaba una liberación. Nacional. Dos hombres fueron cele­
brados a comienzos del siglo xiv como sus héroes: un poeta,
Dante; un pintor, Giotto. De Giotto dice Cennino Cennini que
cambió el arte de pintar del griego al latín. Del griego, una lengua
extranjera, al latín, el dialecto autóctono. A decir verdad, Giotto
no era el único. Algunos se le habían adelantado. Otros lo acom­
pañaban.
En 1311, los sieneses transportaron en triunfo a su catedral un
retablo dedicado a la Virgen, la Maestá, constituido por muchos
paneles reunidos, como los iconostasios de las iglesias bizantinas.
Duccío acababa de pintarlos con un tono que ya no era el de los
126 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

mosaicos palermitanos. La ruptura es clara. Se atiene a la pre­


sencia plástica de los personajes. Rechaza el hieratismo. Libertad
en el uso de los colores: una emancipación. Lo que se conocía
en Siena, a comienzos del siglo xiv, acerca del arte parisino lo
facilitó. En efecto, fue al principio apoyándose en otra potencia
cultural extranjera como Italia sacudió la tiranía que le oprimía
más que cualquier otra. Simone Martini sigue muy sometido a
las fórmulas góticas. Se las había apropiado en Nápoles, sirviendo
a príncipes estrechamente unidos ahora a la Francia de los Ca-
petos. Por el trazo nervioso, sinuoso, por el arabesco envolvente,
por todas los graciosos adornos de la fiesta cortesana, la argolla
del bizantinismo aparece esta vez totalmente desarticulada en
los frescos con que Simsne deaeró con los hermanos Lorenzetti
la iglesia interior de Asís. El espíritu francés, la cortesía, reina
en estas imágenes de una vida de san Martín (de Tours, que está
en Francia). Los cardenales protectores de la orden franciscana
habían encargado esta narración pero no se ha de desconocer lo
que hay de festivo en el mensaje franciscano. ¿No había cantado
Francisco que la naturaleza es una fiesta ofrecida por Dios a to­
dos los hombres? A comienzos del siglo xiv, cuando no era cáta-
ra, Italia se adhería plenamente al franciscanismo. Este le hizo
adoptar lo que hay de sensible en el gótico, lo que liga sus formas
a aquéllas, a la vez heroicas y engalanadas, de la caballería. San
Martín había sido soldado romano. Simone hizo de él un caba­
llero nuevo, recibiendo la espada y las espuelas, parecido a esos
hijos de banqueros de Florencia a los que se armaba al son de las
flautas, la mañana de Pentecostés, en el gozo de la primavera.
Como san Francisco cuando era joven, como todos los enriqueci­
dos en el negocio y en la guerra, los prelados que dirigieron la
decoración de la basílica de Asís soñaban en el fondo con ser
otros Láncelo tes y Parsifales. Se abalanzaban sobre las modas
de París. Incluso las exageraban, añadiéndoles una punta de ex­
ceso meridional. Sin embargo, para desprenderse más deprisa de
las plantillas bizantinas, ¿no corrían el riesgo de dejarse subyugar
por otro poder colonial? ¿Cómo afirmar lo italiano?
No es menos evidente la influencia del gótico sobre Giotto. La
recibió directamente de las estatuillas que los mercaderes tosca-
nos traían de Francia e indirectamente de las esculturas pisanas.
Pero de la obra de Giovanni Pisano retuvo ante todo lo que resu­
citaba de la majestad romana y todo lo que concordaba con el
fervor de los primeros humanistas de Toscana y de Venecia por
la antigüedad latina. En Padua, los herederos de un gran finan­
EL GIRO DEL SIGLO XIV 127
ciero tuvieron que edificar una capilla por el descansa de su alma.
Invitaron a Giotto a decorar sus muros. Giotto recorta el espacio
y el tiempo en fases sucesivas como los mosaístas de Palermo y
como Duccio. Pues cuenta como ellos la vida de Cristo. No obs­
tante, intenta situar la escena en la tonalidad afectiva que la dis­
tingue; quiere expresar la alegría, la serenidad, el dolor; busca
entre la gama de las pasiones humanas la que conviene y la que
les da consonancia con la humanidad de Cristo. Así es como con­
figura una parte esencial de la predicación franciscana la necesi­
dad para el hombre, para cualquier hombre, de vivir en la unión
del Salvador. Porque estamos acostumbrados a la escena a la
italiana, a ver el acto teatral encuadrado por esta especie de ven­
tana rectangular, pensamos en el teatro e imaginamos a Giotto
trasladando a la pintura los artificios teatrales. Olvidamos que el
lugar escénico no estaba organizado en aquel tiempo de esa ma­
nera. Lo que vemos aquí es una transformación genial del espa­
cio pictórico tal como había sido tratado hasta entonces.
Giotto quiere conmover. Por eso anima a los personajes. Tie­
ne pues que producir la ilusión de un vacío donde sus actores
puedan agruparse o bien, solos, desplegar los gestos de una mí­
mica expresiva. Tiende una tela de fondo tras ellos. Es azul. Pero
este azul no es, como lo harían creer hoy las alteraciones quími­
cas del pigmento, el de la atmósfera, el del verdadero cielo. Este
azul es abstracto, lo mismo que el fondo de oro de los mosaicos
de Palermo o de las miniaturas otónicas. Su papel es el de trans­
portar la escena fuera de lo cotidiano. Algunos elementos de de­
coración localizan el relato. Son los del arte románico, de la pin­
tura bizantina, ideas de árboles, de rocas, de construcciones, de
tronos. No deben parecer, frente al necesario realismo del juego
de los actores, de una irrealidad demasiado discordante. Por me­
dio de una perspectiva todavía vacilante, se esfuerza el pintor en
significar las tres dimensiones de esos objetos sencillos. Expre­
sionismo — el de los sermones franciscanos— pero nada de ilu-
sionismo. Si le importaba a Giotto hacer convincentes los actos
del drama, aún le importaba más — porque este drama es sagra­
do— mantener la distancia entre ellos y el público. Tienen apa­
riencias de vida: los soldados que guardan la tumba de Cristo
duermen como todos los militares. Sin embargo, no pertenecen a
este mundo. Pertenecen al otro. La monuxnentalidad de su postu­
ra los transporta allí y eí peso de estatua que inmoviliza sus pa­
siones hace de ellos héroes antiguos. Giotto supo unir al arte efe
pintar los valores de persuasión del arte de esculpir. Por su genio
128 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

se convirtió la pintura en Europa, para varios siglos, en el arte


mayor.

Vitalidad prodigiosa del arte italiano. Sobre esta profusión,


sobre esta floración de obras maestras cayó de golpe, en 1348, la
catástrofe: la epidemia de la peste negra. Fue la contrapartida
de la expansión europea. Los gérmenes de la enfermedad vinieron
por la misma ruta que Marco Polo había seguido. Los trajeron
las naves mercantes, desde las factorías genovesas de Crimea, a
Nápoles y a Marsella; la corte de Aviñón, encrucijada del mun­
do, los dispersó. Las mareas de la muerte rompieron entonces en
grandes olas estacionales, subiendo poco a poco hacia el norte
hasta los confines del mundo habitado. A falta de documentos
estadísticos, los historiadores no pueden estimar el número y la
proporción de las víctimas. Además el azote golpeó muy desigual­
mente. Parece que provincias enteras, por ejemplo, Bohemia, lo
hayan evitado; aquí escapó tal pueblo mientras que allá, a algu­
nos kilómetros, otro era anegado y definitivamente borrado del
paisaje. La peste era a la vez pulmonar y bubónica. Los contem­
poráneos no sabían nada de los mecanismos del contagio. Creían
en una especie de putrefacción del aire y encendían grandes fue­
gos de hierbas aromáticas en las puertas de las ciudades. Estas
fueron las más alcanzadas. El mal se propagaba mejor en el
amontonamiento de los tugurios insalubres. Era ciego. Se le veía
■segar a los niños y a los pobres. Atacaba más a los adultos jóve­
nes, en pleno vigor y lo que resulta francamente escandaloso es
que también atacaba a los ricos. Los contemporáneos creen que
el tercio de la población europea desapareció en esta plaga. El jui­
cio parece conforme a lo que en conjunto se puede comprobar.
El tributo pagado por las grandes ciudades fue ciertamente más
pesado. Veamos respecto a Florencia el testimonio de una cróni­
ca: «La crueldad del cielo y quizá la de los hombres fue tan ri­
gurosa que la epidemia hizo estragos de marzo a julio de 1348
con tanta violencia y una multitud de enfermos fueron tan mal
socorridos o incluso abandonados por razón del miedo que inspi­
raban a las gentes de bien, en un tal desamparo que hay alguna
razón para estimar en más de cien mil el número de los hombres
que perecieron dentro del recinto de la ciudad. Cuántos grandes
palacios, bellas mansiones, moradas llenas en otro tiempo de do­
mésticos, de señores y de damas vieron por fin desaparecer hasta
a los más humildes servidores. Cuántas ilustres familias, qué im­
ponentes dominios, cuántas fortunas acreditadas quedaron pri-
5
130 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

vadas de herederos legítimos. Cuántos valerosos señores, bellas


damas y graciosos jovenzuelos tomaron la comida de la mañana
con sus padres, sus camaradas y sus amigos y., al llegar la noche,
se sentaron, en el otro mundo, a cenar con sus antepasados.»
Imaginemos, intentemos imaginar, trasponiendo a nuestros
días lo que sería, en aglomeraciones como las de París o Londres,
cuatro o cinco millones de muertos en algunos meses de verano;
los supervivientes, agotados, tras semanas de espanto, repartien­
do las herencias, hallándose por consiguiente menos pobres de
lo que antes eran, precipitándose a casarse y a procrear; se ob­
serva una prodigalidad de nacimientos en el año que siguió a la
hecatombe. Sin embargo, no fueron colmados los vados; se había
instalado la enfermedad y rebrotaba periódicamente cada diez o
veinte años con igual furia. ¿Qué hacer? Había grandes médicos
junto al papa de Aviñón y en París junto al rey de Francia, que
se interrogaban ansiosos en vano. ¿De dónde viene el mal? ¿Del
pecado? Son los judíos, que han envenenado los pozos e indiscri­
minadamente se les mata. Es la cólera de Dios: hay que flagelar­
se para apaciguarlo. Las ciudades se encogieron dentro del cintu­
rón de sus murallas, se emparedaron. Se mataba a los que que­
rían colarse por la noche o por el contrario se salvaban en bandas
errantes, enloquecidas. En todo caso el espanto, el parón, la gran
fractura. En los cincuenta o sesenta años que siguieron a la
pandemia de 1348 y que fueron sacudidos por los rebrotes de la
peste, se sitúa uno de los mayores cortes de la historia de nuestra
civilización. Europa salió aliviada de la prueba. Estaba superpo­
blada. Restableció el equilibrio demográfico. El bienestar que se
estableció explica que la creación artística no haya perdido su
vitalidad. Pero como todas las cosas, cambió de tono.
Habían desaparecido grandes artistas como Pietro Lorenzetti.
Y se puede atribuir a la mortandad la brusca esterilidad de los
talleres ingleses de miniatura. Hubo que abandonar los grandes
proyectos. Siena había soñado con una catedral inmensa. La obra
se cerró por falta de medios, de finanzas y de obreros. La catedral
de hoy ocupa sólo el crucero del plan primitivo ajustado media­
namente. Lo que debía ser una de las naves laterales^ inacabada,
se convierte en galería y el emplazamiento de la nave mayor abier­
ta, en un espacio vacío. Por todas partes se redujeron las empre­
sas de arquitectura. Sobre la obra de arte repercutió la catástro­
fe de manera más sorda pero muy profunda. El organismo social
fue trastornado de arriba a abajo. En las ciudades italianas de­
saparecieron muchos de aquellos notables que las dirigías, es­
EL GIRO DEL SIGLO XIV 131
cogían a ios artistas, les dictaban un programa, amigos de huma­
nistas, cuyas maneras educadas y el más notable cristianismo ha­
bían inspirado la perfecta elegancia de Simone Martini, la mode­
ración y la gravedad de Giotto. Fueron sustituidos por recién
llegados más toscos. Esto se observa en la infiltración de vulga­
ridad revelada después de 1348 en la pintura toscana; los artis­
tas quisieron agradar a hombres cuyo gusto era menos seguro y a
la vez menos estrictamente gobernado por la inteligencia. Y en
fin, el choque de la gran peste contribuyó a romper la unidad de
alta costura. Luego ya no se dirige hacia un solo fin: avanzar
tranquilamente, como el caballero de Bamberg, hacia el gozo
perfecto, asumiendo plenamente la condición humana mediante
una disciplina igual del cuerpo y del espíritu. He aquí la diver­
gente #rüpc5to'"5é'-!©'®2eábro y de la futilidad. El patetismo fran­
ciscano se había insinuado en el gran arte desde comienzos dei
siglo xrv: las crucifixiones de Asís son trágicas y suscitan la com­
pasión mostrando cuerpos atormentados. Después de la peste es­
tos cuerpos se convierten pronto en cadáveres, invitando con su
putrefacción y su escarnio a aprovechar la vida lo más de prisa
posible.
Quizás es en Aviñón donde se aprecia mejor el efecto de esta
especie de explosión de la sensibilidad. Los papas habían comen­
zado aquí la mayor obra del siglo, reuniendo a los pintores más
célebres de entonces. De los frescos con que Simone Martini de­
coró los muros de la catedral no quedan más que los estudios
preparatorios hechos con rojo de Sinope, dibujados sobre el en­
lucido ; estos admirables dibujos traducen, lo mejor de la espiri­
tualidad gótica; muestran a la Virgen y a Cristo en majestad con
la nobleza que se ve en las portadas de la Ile-de-France. Pasada
la epidemia, otro italiano, Matteo Giovanetti de Viterbo, tomó la
dirección del equipo decorador. Con él se terminó la síntesis en­
tre la estética parisina y la de Italia central. Pero del fondo gótico
sacó principalmente lo que podía dar alegría. Una alegría super­
ficial que despreciaba el cristianismo racional y teológico de París
y el cristianismo estoico de los admiradores de Giotto. Y en la
torre del guardarropa, el papa Clemente hizo disponer sobre los
muros de su cámara una decoración de verdura, vergeles de pis­
cinas. La decoración de los jardines de Palermo. Intentaba dis­
frutar del mundo como había disfrutado de él Federico II. Profa­
nación.
Boccaccio ha situado los divertidos cuentos del «Decamerón»
en una viSa de la campiña florentina. Huyendo de la ciudad donde
132 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

la peste negra hacía estragos, se han reunido allí hombres y mu­


jeres jóvenes. Para olvidar, dudan entre el ensueño místico y el
placer. Secretamente confiesan sus pecados. En la asamblea apa­
rentan reír y no hablan más que del amor gallardo y caballeres­
co. Aturdirse en la fiesta y hacerse uno mismo su paraíso aquí
abajo. Un paraíso profano donde, de una orilla a otra del arroyo,
se tenderán la mano el hombre y la mujer.
O r d e n a n z a de J o a n e l B u e n o p r o m u l g a b a e n f e b r e r o de 1351

«Juan por la gracia de Dios, rey de Francia, eíc. 1. Porque muchas per­
sonas, tanto hombres como mujeres, se mantienen ociosos en la ciudad de
París y en otras ciudades del Prebostado y Vizcondado de ésta y no quie­
ren exponer sus cuerpos a hacer ningún trabajo, sino que unos vagabun­
dean y otros están en tabernas y en burdeles, se ordena que toda clase de
tales gentes ociosas, o jugadores de dados, o encantadores en las calles,
o vagabundos, o mendigos de cualquier estado o condición que sean, ten­
gan oficio o no, sean hombres o mujeres, que estén sanos de cuerpo y de
miembros, se expongan a hacer algunos quehaceres en los que puedan
ganarse la vida, o vacíen la ciudad de París o las otras ciudades de dicho
Prebostado y Vizcondado dentro de tres días después de esta llamada.
Y que si después de dichos tres días son hallados ociosos o jugando a los
dados, o mendigos, serán cogidos y llevados a la prisión a pan y tenidos
así por espacio de cuatro días; y cuando hayan sido liberados de dicha
prisión, si son hallados ociosos o si no tienen bienes con los que puedan
mantener su vida, o si no tienen garantía de personas suficientes, sin frau­
de, a las que hagan trabajos o sirvan, serán puestos en la picota; y la
tercera vez serán marcados en la frente con un hierro caliente y desterra­
dos de dichos lugares.
2. Item, se perseguirá con el obispo u oficial de París y con ios religio­
sos jacobinos, franciscanos, agustinos, carmelitas y otros que digan a los
hermanos de su orden que cuando sermoneen en parroquias y en otras
partes y también los curas en sus propias personas digan en sus sermones
que los que quieran dar limosnas no las den a nadie sano de cuerpo y de
miembros, ni a gentes que puedan hacer trabajo, puesto que pueden ga­
narse la vida; sino que las den a gentes ciegas, y a otras personas mise­
rables.
3. Item, que se diga a los que guardan y gobiernan los hospitales o ca­
sas de Dios que no alberguen a tales truhanes o a tales personas ociosas,
si no son impedidos o enfermos o pobres de paso sólo una noche.
4. Item, los prelados, barones, caballeros, burgueses y demás digan a
sus limosneros que no den ninguna limosna a tales truhanes sanos de cuer­
po y de miembros.»

« Ordenanzas de tos reyes de Francia»


134 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

La peste negra e n S i c i l i a , 1347

«H e aquí que en octubre del año de la encamación del Señor de 1347,


a comienzos del mes de octubre, primera indicción, genoveses, sobre doce
galeras, huyendo de la cólera divina que se había abatido sobre ellos por
razón de su iniquidad, arribaron al puerto de la ciudad de Mesina. Los
genoveses transportaban con ellos, impregnada en sus huesos, una enfer­
medad tal que todos los que habían hablado a uno de ellos eran alcanzados
por esta enfermedad mortal; esta muerte, muerte inmediata, era absolu­
tamente imposible de evitar. He aquí cuáles eran los síntomas de la muer­
te para los genoveses y las gentes de Mesina que los frecuentaban. A cau­
sa de una corrupción de su aliento, todos los que se hablaban mezclados
unos con otros se infectaban uno a otro. El cuerpo parecía entonces sacu­
dido casi entero y como dislocado por el dolor. De este dolor, de esta sa­
cudida, de esta corrupción del aliento nacía en la pierna o en el brazo una
pústula de la forma de una lenteja. Esta impregnaba y penetraba tan com­
pletamente el cuerpo que se veía acometido por violentos esputos de san­
gre. Las expectoraciones duraban tres días continuos y se moría a pesar
de cualquier cuidado. La muerte no tocaba sólo a los que les hablaban,
sino igualmente a todos aquellos que compraban sus cosas, las tocaban o
se acercaban a ellas. Comprendiendo que esta muerte súbita se había aba­
tido sobre ellos a causa de la llegada de las galeras genovesas, las gentes
de Mesina'los expulsaron a toda prisa del puerto de dicha ciudad, pero
dicha enfermedad permaneció en dicha ciudad y de ello siguió una mor­
tandad absolutamente general. Se aborrecían unos a otros hasta el punto
de que si un hijo era alcanzado por dicho mal, su padre se negaba en
absoluto a quedarse a su lado, y si se había atrevido a acercarse a él, era
tomado por el mal de modo que no podía escapar de ninguna manera de
la muerte; dentro de los tres días entregaba el espíritu. Y no era el único
en morir de las personas de su casa: los familiares de la casa, los perros,
los animales existentes en dicha casa, todos seguían al padre de familia
en la muerte. Dicha mortandad tomó tal amplitud en Mesina que eran mu­
chos los que pedían confesar sus pecados a los sacerdotes y hacer testa­
mento; pero los sacerdotes, los jueces y los notarios rehusaban entrar en
las casas y si uno de ellos entraba en una mansión para redactar un tes­
tamento o un acto de esta naturaleza, no podía evitar una muerte súbita.
Y como los hermanos menores, los predicadores y los hermanos de otras
órdenes querían penetrar en la casa de dichos enfermos, recibir la confe­
sión de sus pecados y darles la absolución, la mortalidad asesina, según
la voluntad de 1a justicia divina, los infectaba tan completamente que al­
gunos apenas sobrevivieron en sus celdas. ¿Qué más decir? Los cadáveres
permanecían abandonados en las casas y ningún sacerdote, ningún hijo,
ningún padre, ningún prójimo osaba penetrar allí; se daba a los enterra­
dores un salario considerable para que llevaran dichos cadáveres a sus
tumbas. Las casas de los difuntos quedaban abiertas de par en par con
todas sus alhajas, su plata, sus tesoros; si se quería entrar allí nadie pro­
hibía el acceso. j...|
Las gentes de Mesina, ante este golpe terrible e increíble, prefirieron
huir de la ciudad antes que morir en ella, y se prohibía a cualquiera, no
sólo entrar en la ciudad, sino incluso acercarse a ella. Fuera de las ciuda­
SE* •GIRO DEL SIGLO XIV 135
des, establecieron para sus familias refugios en las plazas y en las viñas.
Algunos, y éstos eran los más numerosos, alcanzaron la ciudad de Catania
con la esperanza de que la bienaventurada Agueda, la Virgen de Catania,
les libraría de esta enfermedad, |...|
Las gentes de Mesina se dispersaron pues por toda la isla de Sicilia y
cuando llegaron a la ciudad de Siracusa, el mal golpeó tan fuertemente a
los siracusanos que mató a muchos o m ejor a un inmenso número. La
ciudad de Sciacca, la de Trapani y la de Agrigento fueron atacadas como
Mesina por esta misma peste y especialmente la ciudad de Trapani que
quedó como viuda de su problación. ¿Qué diremos de la ciudad de Catania
ahora desaparecida de las memorias? La peste que se extendió por esta
ciudad era tan fuerte que no eran sólo las pústulas, a las que se llama
ántrax, sino también glandes que se formaban en las diferentes partes
del cuerpo, tanto en el pecho como en las piernas, en los brazos o bien en
3a región de la garganta. Estos tumores eran al principio como almendras
y su formación iba acompañada de una gran sensación de frío. Fatigaban,
agotaban tanto el organismo que faltaban fuerzas para permanecer más
tiempo de pie y había que meterse en el lecho, febril, abatido y lleno de
angustia. Luego los tumores aumentaban como una nuez y después como
un huevo de gallina o de oca. Eran muy dolorosos. La corrupción de hu­
mores que arrastraban al organismo hacía escupir sangre. Estos esputos,
subiendo del pulmón infectado hasta la garganta, corrompían el organis­
mo. Una vez corrompido el organismo y desecados los humores se moría.
Esta enfermedad duraba tres días. Hacia el cuarto día los enfermos que­
daban liberados de los negocios humanos. Cuando las gentes de Catania
se dieron cuenta de que el mal era tan fulminante, en cuanto sentían un
dolor de cabeza o un escalofrío empezaban por confesar al sacerdote sus
pecados, después de lo cual redactaban su testamento. Por eso era opinión
general que todos los que morían eran recibidos sin discusión en las mo­
radas divinas.»

Michele de Piazza (muerto en 1377),


« Historia Sécula ab armo 1337 ad annum 1361»

R ecetas

« Civet de liebre.
Primero cortad la liebre por el pecho; y si está recientemente cogida,
como de uno o dos días, no la lavéis, sino ponedla a tostar sobre la pa­
rrilla, esto es, asar sobre buen fuego de carbón o al espetón; tomad luego
cebollas cocidas y tocino en un pote y poned las cebollas con el tocino
y vuestra liebre en trozos y rehogadlo al fuego moviendo la cazuela rany
a menudo o rehogadlo en la sartén. Luego tostad pan y mojadlo en el
caldo con vinagre y vino; y antes habréis cocido jengibre, grano, clavo,
pimienta, nuez moscada y canela, y cuézanse y diluyanse agraz y vina­
gre o caldo de carne; recogedlo y ponedlo aparte. Luego tostad el pan,
vertedlo en el caldo y colad el pan y no las especias por el tamiz, y po­
ned el caldo, las cebollas y el tocino, especias y pan tostado, todo cocido
136 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

junto, y también la liebre; y cuidad de que el ciyei sea oscuro, sazonado


de vinagre, templado de sal y de especias.
Nota. Conoceréis la edad de una liebre por los agujeros que hay deba­
jo de la cola, pues por tantos orificios tantos años.

Garza

Desplumadla y vaciadla; en seguida buscaréis seis partes amargas que


están sobre su cuerpo y otra que hace la séptima que está dentro; doblad
las patas a lo largo de los muslos, hacedlas blanquear al fuego y golpead­
las, envolved el cuello con papel engrasado y luego asadlas y una vez
cocidas, servidlas.

Cervatillo

Antes de que esté demasiado macerado, preparadlo con gran limpieza,


arregladlo y quitad algunas pieles viscosas que hay por encima, luego so­
carradlo al fuego para escaldarlo de modo que no esté demasiado socarrado
ya que esto os daría mucho trabajo para mechar. Tened también cuidado
de no quemar la cabeza o de que el pelo no se vuelva negro. Ponedlo
en el asador y envolved la cabeza con un papel untado de manteca. Una
vez cocido, servidlo con pebrada.»

«L e Ménagier de París»,
final del siglo xiv
8

LA FELICIDAD

En Pisa, cerca de la catedral, próximo al baptisterio, fuente


de vida, se había construido en el siglo xin el campo de reposo
para los muertos, el Campo Santo. Un claustro donde, por una
confluencia estética cuyo lugar eran entonces naturalmente las
riveras mediterráneas, la ligereza de las arquerías góticas enca­
jaba perfectamente con la tradición románica. Este patio interior
es tan austero como los claustros cistercienses. No está dispues­
to para monjes sino para cuerpos difuntos en espera de la resu­
rrección. Está lleno de silencio y de sepulcros. En una de las cru­
jías se pintó un fresco hacia 1350. Ilustra un sermón, una predi­
cación edificante construida sobre un tema viejísimo: la historia
de tres muertos y tres vivos. Tres caballeros muy ricos y muy fe­
lices fueron a cazar al bosque; su tropa da de repente con tres
sarcófagos abiertos mostrando tres cadáveres que se pudren, hir­
viendo de gusanos. En el colmo del placer de vivir, el pasmoso
encuentro con la muerte, con la descomposición de la carne, dice
que nuestro cuerpo es m ortal; mañana, en seguida, va a volver al
polvo a convertirse en esa cosa repugnante, en una carroña. Ante
este horror, la revulsión suscitada por el espectáculo, se constru­
ye la exhortación a arrepentirse.
Para guardar a sus ovejas del pecado, los predicadores del si­
glo xiv reavivaron incansablemente esta angustia: «Sois jóvenes.
Jugáis, amáis las canciones, la danza, amáis el amor. Atención:
la muerte está ahí, planea sobre vuestras diversiones, invisible,
imprevisible. No escaparéis de ella. Está en vosotros como el gu­
sano en el fruto». De tales palabras surge la inquietud que se ve
en estos rostros. Estos muchachos y estas muchachas se esfuer­
zan en bromear. Trabajo perdido: a la vida, a la carne, se adhiere
esta ansiedad, la culpabilidad que mantienen los directores de
conciencia. Se han disipado la sonrisa y la serenidad de las esta-
138 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

tuas de Reims, mientras la cristiandad, dócil, aprende la contric-


ción. El miedo. Este miedo es ingenuo y desnudo en las bestias.
Ved en el fresco la retirada de los caballos, ved sus ojos. La mo­
ral de la historia está inscrita en la segunda cara de la composi­
ción pictórica: morir es traspasar. Franquear el paso. Ir más allá.
¿Hacia dónde? Hacia los lugares que Dante ha visitado: el purga­
torio, el infierno y el paraíso. Si estáis bien preparados, si ha­
béis vivido como quiere la Iglesia, tendréis lugar entre los santos,
aunque seáis un pobre, aunque seáis una mujer. Con los reyes,
los cardenales, los patricios, dentro del orden, para la eternidad.
Allá, en el cíelo, ya no hay inquietud para los elegidos. La libe­
ración.
El infierno, el cielo, el juicio final: el arte sacro, el gran arte,
desde el año mil no había hablado más que de esto, pero en otro
registro, litúrgico, teológico. Poco a poco, paso a paso, al hilo de
los siglos de crecimiento, en el gran impulso de optimismo, se
había retirado la angustia. Los sabios de la alta Iglesia, por el ra­
zonamiento y la meditación mística habían llegado a desterrar lo
que la muerte tiene de terrorífico. Habían amansado a la muerte
y disimulado el cadáver bajo las siluetas tranquilizantes de la re­
surrección. El miedo vuelve al galope en el siglo xiv. La muerte
es de nuevo trágica, un abismo negro y abierto. ¿Por qué? Eso
atañe a las circunstancias. Ha tenido fin el progreso de todas las
cosas que empujaba hacia adelante las conquistas campesinas.
Europa se halla enfrentada con la recesión, el subempleo, la gue­
rra y la peste. Desgracia de los tiempos. ¿Se puede hablar sin em­
bargo de repliegue, de decadencia? Las mortandades han purgado
a la sociedad de sus excedentes. Se vive mejor. ¿Prueba de ello?
Jamás hubo tantos pintores, escultores y orfebres. Todos prós­
peros, pues prolifera la obra de arte. Esta ha entrado en el comer­
cio, se ha hecho objeto de consumo corriente. En eso está lo que
provoca el cambio de tono de que hablo. Porque las estructuras
del Estado adquieren cada vez más aplomo, porque el impuesto
capta cada vez mejor la riqueza y la pone en manos de los deten­
tadores del poder laico, porque éstos abren sus manos, distribu­
yen el dinero entre sus funcionarios, sus banqueros, los grandes
negociantes proveedores de su corte, la empresa artística deja de
ser cosa de prelados, de teólogos e intelectuales. Sigue siendo di­
rigida por los reyes, pero reyes que se apartan de la influencia de
los sacerdotes. Está dirigida sobre todo por los hermanos y pri­
mos de los reyes, por los príncipes de la sangre, por los nobles de
sus casas. Lo está por los patricios de las grandes capitales. Estos
LA FELICIDAD

hombres no son sagrados. Son simplemente ricos. La decoración


que piden a los artistas no es ya la de las liturgias sino de la vida
profana. Y los objetos maravillosos <jue-*alen de los grandes ta­
lleres son copiados por otros artistas sin genio para una clientela
de vuelo menor; a la que ofrecen réplicas vulgarizadas, menos
sutiles, capaces de impresionar a esos enriquecidos que remedan
torpemente las maneras de los príncipes. Secularización, vulga­
rización: así se explican los nuevos rasgos con que está marcado
el arte del siglo xxv.
Nada de catedrales, pues todas están construidas. Falta sólo
añadirles ornamentos anejos. La creación deja de aplicarse a
obras comunitarias. La obra de arte reduce sus dimensiones. Se
convierte en un objeto de apropiación individual. Se le posee, se
quiere tenerlo consigo, en su patrimonio, tomarlo en las manos
para su propia delectación personal, pues se ha pagado con sus
propios, dineros. Las formas de la catedral mantienen su influen­
cia. Pero achicándose. Ante todo, en las dimensiones de la capilla,
pequeñas cámaras de oración dispuestas para la devoción privada
doméstica. Capillas de príncipes, todavía majestuosas. Pero en
cada mansión aristocrática hay también capillas mucho más sim­
ples, y a lo largo de las naves laterales de las grandes iglesias, la
alineada multitud de capillas nobles, patricias, cada una timbra­
da con las armas de un linaje, su posesión. Hasta esta época, el
arte mayor era la arquitectura. Todo le estaba subordinado. Ahora
cede el paso. En especial a la orfebrería que se apropia de la de­
coración de los grandes monumentos de la época anterior miniatu-
rizándola. Muchas de esas joyas, relicarios, cruces procesionales,
custodias, sirven todavía en las liturgias públicas. La mayoría son
el soporte de una piedad individual, como las estatuillas y las pla­
cas de marfil que se elaboraji en París y son vendidas a toda Euro­
pa, sobre las que se proyectan las arquerías, los gabletes y toda la
gama ornamental heredada de la arquitectura. En los términos de
este descenso hacia lo popular, el fantasma de una catedral esque­
mática, última pervivencia de lo que fue la estética mayor del
siglo m i, sirve de marco a las imágenes de la xilografía, irrisorio
tesoro de los pobres. Desde el monumento hacia el objeto menu­
do hay un primer movimiento de conjunto.
El segundo hecho consiste en lo que pensaban y sentían los
laicos, de lo cual nada había mostrado hasta entonces el arte, el
gran arte cuyas huellas conservamos. En realidad traducía el pen­
samiento y el sentimiento de los grandes clérigos. En el siglo xiv
se levanta la cortina. Entonces se descubre la repercusión de los
140 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

sermones franciscanos y dominicanos en Jas conciencias laicas.


Hablando sin cesar de la muerte, los hermanos predicadores y los
hermanos menores estimulaban simultáneamente el deseo de
hacer penitencia y el apetito del placer. La piedad y la fiesta, los
dos polos opuestos — de hecho complementarios al equilibrarse—
de una cultura laica cuya calidad revela por primera vez el arte
nuevo. Una piedad cada vez más íntima hasta el egoísmo. Una fies­
ta que también tiene tendencia a prescindir de lo natural, de lo
colectivo, a encerrarse cada vez más, como la plegaria en los her­
méticos lugares de la ilusión.
Los príncipes son quienes dan el tono de la piedad y de la fiesta.
Veamos hacia 1400 al más fastuoso de esos príncipes-, el duque
Juan de Berry. Era tío de Carlos V I de Francia, el rey loco, con
una locura intermitente y que por lo tanto seguía siendo rey. Sus
tíos lo dejaban allí como un títere. Ellos aprovechaban su riqueza
con las manos hundidas en el tesoro más rico de Europa. El duque
de Anjou y el duque de Borgoña, megalómanos, utilizaban el oro
del impuesto, el oro del reino, para conquistar territorios. Juan
de Berry era un sibarita y se servía de él para su placer. Como su
padre Carlos V, amaba apasionadamente los objetos bellos, en
especial los libros. La más hermosa pieza de su colección es las
«Muy Ricas Horas». Justamente un libro de oración. Este es el
nuevo cristianismo: los seglares rezan como sólo lo hacían en otro
tiempo los monjes, al correr de las horas canónicas y siguiendo
el oficio en un libro. Pues prende el uso de la lectura, de una lectu­
ra que se hace muda, personal. Como lo es también la oración.
Este libro, objeto de piedad, es además un objeto artístico.
Hacia 1415, Juan de Berry encargó a varios pintores, servidores
suyos, a ios que alimentaba con sus larguezas, que decoraran una
tras otra sus páginas, constituyendo así como una galería de pin­
tura lo que para nosotros es un museo. Pero secreto, cerrado, ce­
losa posesión del mecenas, equivalente por tanto de lo que más
tarde fueron y de lo que son hoy las colecciones de los aficiona­
dos. El libro se abre, como se abrían las catedrales, con un calen­
dario: los doce meses y las labores campesinas que los simbolizan.
Como fondos, paisajes, campos, bosques, ríos, pero no aglomera­
dos y planos como los pintaba medio siglo antes Ambrogio Lo-
renzetti, sino bañados de atmósfera, profundos, luminosos. Vivos.
En el horizonte de cada uno de ellos, un castillo, una de las man­
siones en las que sucesivamente hacía etapa la corte del duque
Juan: Lusignan, Saumur, Etampes, Ríon, Dourdan y; Poítlers, el
palacio de París, el Louvre, Yincennes. De una a otra de esas están-
la FEiJíaesai)

cías era un placer el viaje. 'El que üsaeíañlos peregrinos del año
mil, pero sin pretexto religioso. Precedidos de heraldos, de fan­
farrias, los elegantes y las elegantes desfilan, rivalizan en frivoli­
dades y todos los refinamientos de los oficios se aplican a sofisti­
car sus atavíos. Situemos en el centro del arte cortés a la alta
costura que disfraza el cuerpo, lo envuelve en irreal, exhibe y en­
mascara alternativamente los atractivos del cuerpo, femenino o
masculino. Ante todo la fiesta es esto: vestirse de extravagancia.
Acumular sobre sí lo insólito y lo inútil, lo que tiene el mundo de
más rico y más vano. El oro y las piedras preciosas que los cris­
tianos del siglo XI, que Suger y san Luis todavía apilaban en torno
a las reliquias, ahora están sembrados, rutilantes, sobre la carne
de los caballeros y de las damiselas. Para el gozo.

Gozo de ser rico. Disfrutar, jugar. Cuando el gobierno de la


creación artística escapa de las manos de los sacerdotes y pasa a
las manos de los príncipes, la parte lúdica de la cultura caballe­
resca se descubre por fin plenamente. La alta sociedad del si­
glo xiv está verdaderamente intoxicada por las novelas de la ca­
ballería. Los jefes de Estado instituyen en tomo a su persona, una
tras otra, las órdenes de caballería, la Jarretiére, San Miguel, el
Toisón de O ro; quieren remedar con algunos compañeros esco­
gidos las virtudes y las proezas ritualizadas de los héroes de la
tabla redonda. Estas liturgias, donde lo profano se une a lo sa­
grado, los aleja cada vez más de la realidad, es decir del pueblo.
Se rechaza y niega todo lo popular, ya sea como los campesinos
en el calendario de las «Muy Ricas Horas», caracterizados, afec­
tados, en tropel, entre los comparsas de la fiesta, exorcizados;
ya, por el contrario, bestializados como aparecen en alguna minia­
tura que ilustra un libro de canciones populistas; colección de
monos y no de pastores, llegando a transgredir lo burlesco las
fronteras del sacrilegio. El pueblo está anulado porque los de arri­
ba le temen y lo mantienen prudentemente a distancia de los tres
placeres de la caballería: la caza, la guerra y el amor.
Lanzar los halcones y los perros, forzar las bestias salvajes
como se veía en la tapicería de Bayeux; la cetrería fue quizá la
primera de las «artes» aristocráticas. En todo caso es la más an­
tigua, pues ya los reyes merovingios hallaban en ella su diversión.
Gastón Febo, conde de Foix, escribió un tratado de caza, como
ya había hecho Federico II. Pues la caza es juego de príncipes;
corresponde pues a los principes enseñar las reglas, cómo reco­
nocer, mediante signos, las llamadas de trompa, los rastros, los
142 £URO?A EN LA EDAD MEDIA

ojeos; cómo cuidar a los perros y a las aves, tender trampas y


redes. En esto pasa la nobleza lo mejor de su tiempo, aventurán­
dose en lo más espeso de la naturaleza selvática, perdiéndose.
Gozo brutal del cuerpo extenuado. Peligroso, pues muchos genti­
les hombres se rompieron la cabeza o los miembros, alcanzaron
la muerte sudando sangre y agua en persecuciones desenfrenadas,
temerarias. En compañía de cazadores, sus camaradas, sus cóm­
plices, y de damas para limpiar las piezas cobradas.
Combatir es otra manera de jugar que no difiere sensiblemen­
te de la caza. La omnipresente guerra llegó con el siglo xrv a la
atrocidad: la guerra de los Cien Años y las guerras civiles, los
Armagnacs, los Borgoñones y esas grandes compañías devasta­
doras que queman y matan salvajemente. La muerte está en to­
das partes. Acechando. A los príncipes reales como a los demás ;
Orleans y Borgoña asesinados, encadenándose las venganzas. La
guerra ahora da miedo. Su verdadero rostro lo ha mostrado ya
Jean Colombe en una de las hojas de las «Muy Ricas Horas»,
frente a las oraciones del vigésimo nocturno de difuntos: los
combatientes que retroceden aterrados, el ejército de los espec­
tros alineados en batalla que avanza paso a paso, invencibles,
conducidos por el caballo lívido. Es en la ilusión y el simulacro
donde se refugia el placer y se ha disfrazado la guerra como se
disfrazan las fortalezas, cubiertas de una decoración erizada de
arabescos, restallantes de llamas y de banderas, de todo el fla­
mear de los penachos. El torneo es el combate transformado en
fiesta, reglamentado. Otro príncipe. René de Anjou, compuso y
quizás ilustró él mismo un libro de torneos. Otra ciencia. Todo
gentilhombre debe ser tan experto en ello como lo es en la caza;
este saber es privilegio que distingue de los demás hombres a
una selección de caballeros enmascarados. El tratado se abre con
un inventario de los campeones, todos nobilísimos: escudos, di­
visas, gritos de guerra constituyen el Gotha del siglo xv. Describe
luego su ruidosa panoplia, que de cada justador hace un gran
escarabajo pesado, crujiente, erizado de espinas. Y sin embargo,
en cada una de las piezas de esta deslumbrante carrocería hay el
mismo afán de elegancia y cada vez más de superfluidad. De todo
ello se da muestras en las reuniones que se suceden a lo largo de
la temporada deportiva. Los príncipes son los ordenadores de
estas liturgias caballerescas. Ellos han fijado el día. De todas par­
tes acuden los caballeros en bandas. Su entrada en la villa engala­
nada es triunfal. Ya se expone, se exhiben. Preludio musical.
Llamadas de los heraldos de armas, distribución de insignias:
LA FELICIDAD 143
comienza el juego bajo la mirada de las mujeres. Por una parte,
es todavía como en el siglo x ii un deporte de equipo. En un tu­
multo confuso se enfrentan dos o tres campos. Servidos por los
pajes y los sargentos, como en la guerra, los caballeros intentan
hacer prisioneros y sueñan con el rescate, con el botín. Pero lo
mejor de la fiesta está en los combates singulares, las justas.
Cada cual puede saborear entonces el virtuosismo de lo que Jean
Froissart llama «apetises d armes», demostraciones de destreza
y de fuerza que valen a los mejores la gloria y el premio. Paradas
casi nupciales, danzas amorosas de los. machos ante las damas.
¿Es, a fin de cuentas, el juego de combatir otra cosa que una de
las peripecias del juego del amor? En efecto, es en el amor no­
ble, el amor cortés — es decir aquel cuyo monopolio tienen las
gentes de corte— donde culmina en el siglo xxv la fiesta caballe­
resca. Por los extravíos del erotismo ante todo — el fresco del
Campo Santo da fe de ello— se esfuerza la aristocracia en enga­
ñar su miedo a la muerte. También un juego, cuyas reglas fue­
ron fijadas poco a poco trescientos o doscientos años antes: ele­
gir su dama, llevar sus colores, servirla como un vasallo sirve a
su señor, esperar sus dones, conquistarla. Cuando pasado el 1300
se seculariza el gran arte, describe infatigablemente los ritos del
juego del amor. Este juego también se realiza al aire libre. Sin em­
bargo, no le convienen ni el campo abierto de las justas, ni las
arboledas de la caza, sino el vergel, los jardines cerrados, como
los de Saint-Pol, en París, en el Marais, donde el rey de Francia,
abandonando el Louvre y la Cité había preferido residir, en fron­
das de fantasías y zarzales de rosas, equivalente profano de los
claustros monásticos. Allí se halla la naturaleza igualmente en­
cerrada, domesticada. Las brisas, los perfumes de la hierba y de
las fuentes, capturados, poseídos como se poseen las joyas, lla­
mados como éstas a reforzar el gozo. En la emoción ante las ma­
ravillas de la creación se encuentran el espíritu de la cortesía y
el espíritu del franciscanismo.
Para penetrar en las clausuras del reposo, para aproximarse
a las doncellas con. sombreros de flores, el hombre cortés ha teni­
do que dejar su caballo, su armadura, su daga, vestir a otro per­
sonaje con ropas semifemeninas. Contiene la brusquedad de sus
gestos. Con sus encantadores atavíos se esfuerza por tener gracia,
se ensaya en otros escarceos observados, criticados, coronados,
como lo son los de los campeones en los torneos. Los tallistas de
marfil parisinos representaron con cuidado las fases de la justa
amorosa en los reversos de espejos o en las cajas para perfumes:
144 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

el encuentro, intercambio en primer lugar de miradas, pues los


pasos de armas son ante todo golpe de vista, el rayo la flecha
asesina penetrando para inflamar el corazón. Viene después la
estimación: el hombre y la mujer uno al lado de otro, en el mis­
mo banco, como Cristo y la Virgen en el tímpano de las catedra­
les, en las escenas de la coronación. Por último el juego de las
manos, las caricias, imponiendo la regla que no se fuerce a la
dama y a ésta que ceda poco a poco, que tome hasta cierto punto
la iniciativa. He dicho secularización del arte, invasión de los va­
lores profanos. Pero dentro de los mar-oos-que ha legado el arte
sacro. Las formas y los temas de la iconografía de iglesia han
sido vueltos a utilizar uno tras otro y el árbol del paraíso, la falta
de Adán y la tentación se convierten fácilmente en este de la fe­
licidad.
Ambigüedad. Por la superposición de los ritos del placer y los
de la devoción, el arte nuevo no traduce otra cosa que la indiso-
ciable conexión de la angustia y la fruición. El genial pintor del
Campo Santo de Pisa lo ha marcado en la fisonomía de las mu­
chachas en el jardín del amor. Sobre tal entrelazo de la oración
y el juego se construyó la existencia de todos ios hombres y de
todas las mujeres en la alta sociedad de la época. Prolongando
las tentaciones de san Bernardo sobre la encamación, y el júbilo
de Francisco de Asís ante las bellezas naturales, los más auste­
ros teólogos de la universidad profesan ahora que el conocimien­
to se desarrolla en dos direcciones, la vía mística y la vía camal,
legitimando así en lo cotidiano el desdoblamiento de las actitu­
des. Los señores de la corte de Francia, los de Windsor, de Pra­
ga o de Nápoles se aturdían, pero temblando, sabiendo que el
mundo que creían poseer a manos llenas se abre a la noche, al
temor, a la muerte y a un incierto futuro del que ella es el um­
bral. Esto les incitaba a alternar el placer con las maceraciones
ascéticas. Al salir de los bailes y de los torneos, las damas y los
príncipes iban a lanzarse a una celda, a una capilla, a abismarse
ante la imagen del Crucificado. Hasta entonces el gran arte no
había mostrado más que uno de los lados de la vista, el monás­
tico, el clerical. Por fin refleja la totalidad de la cultura, su dua­
lidad.
A los mismos artistas encargados de adornar sus naves, sus
ameses y el cuerpo de sus enamoradas, pidieron los mecenas
imágenes capaces de hacer más ferviente su plegaria, de acer­
carlos a Dios, cada uno por sí mismo, de estimular este ardor
devoto, «moderno» como se decía, es decir individual. El arte
LA FELICIDAD 145
cortesano se llenó con los accesorios de la piedad. Preciosos,
aunque poco distintos de las joyas profanas. Relicarios, pues
en el mundo laico se creía más que nunca en los poderosos pro­
tectores y salvadores de los cuerpos sanios. Porque no sólo se les
iba a visitar en sus criptas, sino que se quería tener fragmentos
en la cámara, cerca de uno, sobre sí, llevados como amuletos.
También gustaba tener, para guardarse del mal, la imagen re­
dentora de Cristo en la cruz; poner cerca la efigie titular de los
ángeles guardianes y, para las oraciones íntimas, en la hora de
peligro, de inquietud, o sencillamente en las horas prescritas por
el ritual de devoción, trípticos y dípticos, minúsculas capillas de
viaje, que se abrían en las etapas como se abrían los retablos
sobre los altares, para caldear el corazón ante el espectáculo con­
movedor de la vida de Cristo y de los sanios. No se pretendía
que estas imágenes llevaran a lo divino por la inteligencia, sino
por la sensibilidad, que emocionaran. Unas de ternura y por eso
femeninas: innumerables estatuas de santas amables y compa­
sivas ; la Virgen con el Niño por todas partes, engalanada, mater­
nal, amamantando; la leche, el seno de María, invenciones icono­
gráficas destinadas a remover hasta las fibras oscuras de lo
inconsciente, retomo a la infancia, descubrimiento de la infan­
cia; la mirada se desliza hacia lo que más puede enternecer de
la humanidad de Dios; el Niño Jesús. Como contrapunto, otras
imágenes para arrancar lágrimas, atacan por otro aspecto. Expo­
nen los cuerpos martirizados, el sufrimiento del cuerpo, la muer­
te en el dolor que por todos lados y en su maldad distribuye
un mundo ineluctablemente pecador. Coronándolo todo, la re­
presentación de la muerte de Dios, como negación de todos los
engañosos encantos del mundo. Dentro de la catedral había co­
locado el siglo xm el rostro de un Cristo sereno, que habla de
paz, de resurrección en la luz proclamando la vida. En la cartuja
de Champmol, en Dijon, para su patrón el duque de Borgoña,
príncipe de las ñores de Lys, al final del siglo xiv alzó Claus Slu-
ter la efigie de Jesús difunto, muerto en la angustia y la desespe­
ranza, como todos los hombres, hermanos suyos, morirán un día.
¿ P ueden el in q u is id o r y e l o b is p o e x p o n e r a alg u ie n a in t e r r o g a t o r io
Y A TORMENTOS? E n CASO AFIRMATIVO, ¿EN QUE CONDICIONES?

«Pueden torturar conforme a las decretales de Clemente V {concilio


de Viena), a condición de decidirlo juntos.
No hay reglas precisas para determinar en qué caso se puede proceder
a la tortura. A falta de jurisprudencia concreta, he aquí siete reglas seña­
ladas:
1. Se tortura al acusado que vacila en sus respuestas, afirmando tan
pronto esto como lo contrario, negando los capítulos más importantes de
la acusación. Se presume en este caso que el acusado oculta la verdad y
que, hostigado por los interrogatorios, se contradice. Si negara una vez
y luego confesara y se arrepintiera, no sería considerado como «vacilan­
te», sino como hereje penitente y sería condenado.
2. El infamado que tenga contra él aunque no sea más que un testigo
será torturado. En efecto, un rumor público más un testimonio constitu­
yen juntos una semiprueba, lo que no asombrará a nadie sabiendo que
un solo testimonio ya vale como indicio.. ¿Se dirá testis unus, testis nu-
llus? Esto vale para la condenación, no para la presunción. Un solo testigo
de cargo basta pues. No obstante estoy de acuerdo en que el testimonio
de uno solo no tendría la misma fuerza en el juicio divino.
3. El infamado contra el que se llegue a establecer uno o varios indi­
cios graves debe ser torturado. Infamación más indicios bastan. Para los
sacerdotes, basta la infamación (aunque no se tortura más que a los sa­
cerdotes infames). En este caso las condiciones son bastante numerosas.
4. Será torturado aquel contra quien declare uno solo en materia de
herejía y contra aquel que tenga además indicios vehementes o violentos.
5. Aquel contra quien pesen varios indicios vehementes o violentos será
torturado, incluso aunque no se disponga de ningún testigo de cargo.
6. Se torturará con mayor razón al que, lo mismo que el precedente,
tenga además contra éi la deposición de un testigo.
7. Aquel contra quien haya sólo infamación o un solo testigo o un
solo indicio, no será torturado; cada una de estas condiciones, sola, no
basta para justificar la tortura.»

« Manual de Inquisidores»
LA FELICIDAD 147

T ercer ve r e d ic to : el t o r m e n t o

«Se aplica el tormento al cteSSBSBíario que no pase a declarar y al que


no se ha podido convencer de herejía en el curso del proceso. Si este acu­
sado no confiesa nada bajo la tortura, será considerado como inocente.
El acusado que denunciado no confiesa en el curso del interrogatorio, o
-4 PS uo es «wvenckfc) ni por 3a «videncia de los hechos ni por los testimo­
nios valedero's# aqual sobre el ::qa§PW» pesan indicios suficientemente cla­
ros para que se le pueda e x ig ir' una abjuración, pero que varía sus res­
puestas, éste debe ser torturado. Debe serlo también aquel contra el que
hay indicios suficientes para exigir una abjuración. La forma del veredicto
de tortura es la siguiente:
«Nosotros, inquisidor, etc., considerando el proceso que te hacemos,
considerando que varías en tus respuestas y que hay eontra ti indicios
suficientes para someterte a la tortura; para que la verdad salga de tu
propia boca y no ofenda más los oídos de tus jueces, declaramos, juzga­
mos y decidimos que tal día a tal hora serás sometido a la tortura.»

¿Deben tos in q u is id o re s d ar cuenta a l o s s u p e rio re s de sus ordenes


DE SUS ACTIVIDADES REFERENTES A l SANTO OFICIO?

«No. Los inquisidores son ciertamente religiosos, pero también delega­


dos de nuestro señor el papa. En cuanto religiosos, deben obediencia y
sumisión a sus superiores y al papa; entended por tanto que deben con­
formarse a su propia regia y respetar sus votos, etc. En cuanto inquisido­
res, son delegados del papa y de nadie más. No tienen pues que rendir
cuentas más que al papa en lo que concierne a su delegación.
Lo que significa que no es al provincial o al general de la orden a quien
se recurrirá en caso de irregularidad de un inquisidor en el ejercicio de
su función, sino al papa.
De todos modos, puede corresponder al provincial o al general revocar
a un inquisidor; no puede hacerlo a su arbitrio, sino sólo después de haber
solicitado el parecer de la inquisición.
Se impone la revocación en ciertos casos a causa, por ejemplo, de im­
potencia, de enfermedad grave, de extrema vejez o, lo que es mucho peor,
de ignorancia del inquisidor.»

« Manual de Inquisidores»

I n s t r u c c ió n perfectam ente detallada sobre e l t o r m e n t o

«Si el acusado varía en sus respuestas, si hay además indicios contra


él, se pondrán ambas cosas en la sentencia, como antes se ha dicho. Si no
hay más que variación en las respuestas y no indicios, o indicios sin va­
riaciones en las respuestas, se tendrá cuenta de ello en la redacción de la
sentencia.
148 EUROPA E ff LA EDAD MEDIA

El inquisidor no debe mostrarse demasiado apresurado en aplicar la


tortura, pues no hay que recurrir a ella más que a falta de otras pruebas
que al inquisidor corresponde intentar establecer. Pero si no las encuen­
tra y considera que hay probabilidades de culpabilidad del denunciado y
que es probable también que no confiese por miedo, introducirá a los fa­
miliares junto al acusado y a los amigos para que le convenzan de que
declare. Las incomodidades de la prisión, ia reflexión, las exhortaciones
frecuentes de gentes probas disponen a menudo a los acusados para con­
fesar.
Pero si no se obtiene nada y si el inquisidor y el obispo creen con toda
buena fe que el acusado les oculta la verdad, entonces que le hagan tor­
turar moderadamente y sin efusión de sangre, recordando siempre que
los tormentos son engañosos e ineficaces ( scientes quod quaestiones sunt
fallaces et inefficaces). Hay gentes con tal debilidad de corazón que con­
fiesan todo a la menor tortura, incluso lo que no han cometido. Otros son
testarudos hasta tal punto que no dicen nada, cualesquiera que sean las
torturas que se les inflige. Los hay que ya han sido torturados; éstos so­
portan la tortura mejor que cualquier otro, pues éstos tensan en seguida
sus miembros y los afirman; mientras otros salen debilitados de las pri­
meras torturas y así son incapaces de soportar las nuevas. Hay los embru­
jados que, por efecto de sortilegios utilizados bajo la tortuca, se vuelven
casi insensibles; éstos morirán antes que declarar.
Una vez dada sentencia, los asistentes del inquisidor se disponen a la
ejecución. Durante la preparación de la ejecución, el obispo y el inquisidor,
ellos mismos o por boca de algún creyente fervoroso, presionarán al acu­
sado para que declare espontáneamente. Si el acusado no lo hace, ordena­
rán a los verdugos que les quiten sus vestiduras, lo que harán inmediata­
mente, pero sin júbilo, como movidos por cierta turbación. Le exhortarán
a declarar mientras los verdugos lo desnudan. Si todavía resiste, será con­
ducido aparte, totalmente desnudo, por estos valerosos creyentes que le
exhortarán más y más. Al exhortarle, le dirán que si declara no será ma­
tado, desde el momento en que jurará no cometer más estos crímenes.
Muchos declararían la verdad si no estuvieran atenazados por el temor
de la muerte y he hecho la experiencia de ello muchas veces; muchos de­
clararían si se les prometiera salvar la vida. Que el inquisidor y el obispo
prometan pues, ya que podrán, mantener su palabra (salvo si se trata de
un relapso y en este caso no se prometerá nada).
Si no se avanza por estos medios y las promesas resultan ineficaces,
se ejecuta la sentencia y se tortura al acusado de la manera tradicional,
sin buscar nuevos suplicios ni inventar otros más refinados; más suaves
o más fuertes según la gravedad del crimen. Mientras se tortura así al
acusado, se le interroga sobre los artículos menos graves al principio y
sobre los más graves luego, pues confesará más fácilmente las faltas lige­
ras que las graves. Durante este tiempo, el notario anota las torturas, las
preguntas y las respuestas. Sí después de haber sido decentemente ( de­
cent er) torturado, no declara, se le mostrarán los instrumentos de otro
tipo de tormento, diciéndole que tendrá que sufrirlos todos sí no confiesa.
Si nada, se obtiene, incluso con esto, se continuará torturándolo al día
siguiente o al otro día sí es necesaria {pero no se «volverá, a empezar» las
torturas, pues no se pueden «volver a empezar» más que si se dispone de
LA FELICIDAD 149
nuevos indicios contra el acusado. Además está prohibido «volver a empe­
zar», pero no «continuar»).
Cuando ei acusado sometido a todas las torturas previstas no ha con­
fesado nunca, no es molestado más y marcha libre. Y si pide que se esta­
blezca una sentencia, no se le podrá negar. Será establecida al tenor si­
guiente: que tras examen minucioso de su expediente, no se ha hallado
nada legítimamente probado contra él sobre el crimen del que se le había
acusado y se continuará en los términos previstos para la sentencia abso­
lutoria. El que confiesa bajo los tormentos ve sus declaraciones anotadas
por el notario. Después de la tortura, será conducido a un lugar en el que
no habrá ningún signo de tortura. Allí se le leerán las declaraciones toma­
das bajo la tortura y se continuarán los interrogatorios hasta obtener de
su boca toda la verdad. Si no confirma sus declaraciones o si entonces
niega haber confesado bajo los tormentos y si todavía no ha sufrido todos
los tormentos previstos, se continuará torturándolo sin «volver a empe­
zar» los tormentos. Pero si ya ha sufrido todos los tormentos, será solta­
do. Y sí pretende absolutamente tener una sentencia, se le dará como en
el caso precedente.
En cambio, si mantiene las declaraciones hechas bajo tortura y si re­
conoce su crimen y solicita el perdón de la Iglesia, se considerará que ha
quedado convicto de herejía y que se arrepiente. Entonces será condenado
a las penas reservadas a los convictos y arrepentidos de que se trata en el
octavo tipo de sentencia.
Si después de la tortura mantiene las declaraciones hechas bajo tortu­
ra, pero no solicita el perdón y no es relapso, será entregado al brazo se­
cular para ser ejecutado (como en el décimo tipo de veredicto).
Si es relapso, será condenado de la manera expuesta en el undécimo
tipo de veredicto.»

«Manual de Inquisidores»

La jaquebia (1357)

«Bastante pronto, tras la liberación del rey de Navarra, sobrevino una


gran maravillosa tribulación en* varias partes del reino de Francia, tai
como en Beauvoisin, en Brie y sobre el río de Mame, en Valois, en Lao-
nois, en la tierra de Coucy y alrededor de Soissons. Pues algunas gentes
de las villas campesinas, sin jefe, se reunieron en Beauvoisin; y no fue­
ron menos de cien hombres los primeros; y dijeron que todos los nobles
del reino de Francia, caballeros y escuderos, deshonraban y traicionaban
el reino, y que sería bien que se Ies destruyera a todos. Y cada uno de
ellos dijo: «Hay que ver, hay que ver, maldito sea aquel por quien suceda
que todos los gentiles hombres no sean destruidos.» Entonces se reunie­
ron y se marcharon sin otro consejo y sin algunas armas, fuera de basto­
nes herrados y cuchillos, a la casa de un caballero que habitaba cerca de
allí. Violentaron la casa y mataron al caballero, a la dama y a los hijos,
pequeños y grandes, y quemaron la casa. En segundo lugar se fueron a
otro castillo y obraron bastante peor, pues tomaron al caballero y lo ata­
ron a una estaca fuerte y varios violaron a su mujer y a su hija viéndolo
150 EUROPA EN LA EDAD MEDU

el caballero; después mataron a la mujer que estaba encinta y grávida y a


su hija y a todos los niños y después pusieron a dicho caballero en gran
martirio y quemaron y derribaron el castillo. Así lo hicieron en varios
castillos y buenas casas. Y se multiplicaron tanto que llegaron a ser seis
mil; y por todos los sitios a donde venían crecía su número, pues todos
los de su calaña los seguían. Todos los caballeros, damas y escuderos, sus
mujeres y sus hijos huían de ellos; y se llevaban las damas y las señoritas
a sus hijos a diez o veinte leguas de distancia, donde se podían sentir segu­
ras.; y dejaban sus casas vacías con sus pertenencias dentro; y estas malas
gentes reunidas, sin jefes y sin armas, robaban y quemaban todo y ma­
taban y forzaban y violaban a todas las damas y doncellas sin piedad y
sin merced, como perros rabiosos. En verdad no ocurrían entre cristianos
y sarracenos las fechorías que hacían estas gentes, ni quien hiciera hechos
tan malos y perversos, tales que criatura alguna debería atreverse a pen­
sar, observar ni mirar, y el que más lo hacía era el más aclamado y el
principal señor entre ellos. No osaré escribir ni contar los horribles he­
chos e inconvenientes que hacían a las damas, pero entre los otros desór­
denes y hechos perversos, mataron a un caballero y lo pusieron en un
asador y lo giraron en el fuego y sgSítm ante la dama y sus hijos. Des­
pués de que diez o doce hubieron forzado y violado a la dama, se lo quisie­
ron hacer comer por fuerza y luego los mataron e hicieron mork-^de mala
muerte. Y habían hecho un rey entre ellos que era, según se decía, de Cler-
mont de Beauvoisin, y eligieron al peor de los malvados; y este rey se llama­
ba Jacques Bonhomme. Estas malas gentes quemaron en el país de Beauvoi-
sin alrededor de Corbie y Amiens y Montdidier más de sesenta buenas casas
y castillos; y si Dios no hubiese puesto remedio por su gracia, el daño
fuera tan grande que todas las comunidades hubiesen sido destruidas, la
santa Iglesia después y todas las gentes ricas, por todos los países, pues
todo lo hacían de tal manera tales gentes en el país de Brie y de Pertois.
Y convino a todas las damas y doncellas del país y a los caballeros y es­
cuderos que les pudieron escapar huir a Meaux en Brie uno tras otro, en
sus puras cotas, tal como podían; también la duquesa de Normandía y la
duquesa de Orleans, y abundantes altas damas, como otras, si querían
guardarse de ser violadas y forzadas y luego muertas y asesinadas.
De idéntica manera tan malas gentes se mantenían entre París y Noyon
y entre París y Soissons y Ham en Vennandois, y por toda la tierra de
Coucy. Allí estaban los grandes violadores y malhechores; y asaltaron
entre la tierra de Coucy, entre el condado de Valois, en el obispado de
Laon, de Soissons y de Noyon más de cien castillos y buenas casas de ca­
balleros y escuderos; y mataban y robaban cuanto hallaban. Pero Dios,
por su gracia, puso tal remedio del que hay que darle las gracias tal como
oiréis después.»
Jean Froissart (1333 o 1337 - después de 1400)
«Crónicas-»
LA FELICIDAD 151

P e r se cu c ió n de ju dío s en P a r ís , 1382

«Carlos L.| nos ha sido expuesto por los amigos de Philippot du Val,
velero de sebo que vivía en otro tiempo en 5a vieja calle del Temple en
París, que por el tiempo de la rebelión que fue hecha en París de muchas
gentes que allí vivían, que en el presente se le llama Maillez, en el mes de
marzo del año de gracia de mil C C C IIII° y uno, dicho Philippot, estando
en su hotel donde hacía su oficio, inocente y no sabiendo de ninguna re­
belión o desorden que debiese ser hecho, oyó y vio a muchas gentes co­
rriendo que decían: «Venid a ver, toda la comuna de París se agita y no
sabe por qué».- Luego fue dicho Pñifippot para ver a esos malhechores que
eran en gran número y tai corno parecía, muy malas gentes. Y vinieron a
él algunos y le dijeron: «S i tú no vas bien pronto a armar y hacer como
nosotros, nosotros te mataremos aquí en tu casa, dentro.» Y fue lastimado
porque no estaba armado. Y entonces huyó a su casa y dudó mucho de
que no fuese muerto o escarnecido por aquellas gentes.
Después de esto, vio y oyó a sus vecinos que decían que un grandísimo
número que llevaban mallas de plomo iban y corrían a Saint Martin des
Champs, porque ellos hacían muchos males. Dicho Philippot dudó que no
fuese hallado y muerto en su hostal, fue a dicho lugar de Saint Martin,
sin armadura ni bastón y fue al lugar donde se hallaba el acólito de un
impostor, el cual estuvo en grandísimo peligro de ser muerto por los que
llevaban dichas mallas. Y con él fueron hallados dos monjes prisioneros
en dicho lugar, los cuales fueron dejados ir, tal como se decía, por lo que
no vio nada.
Y también, ese mismo día por la tarde, dicho Philippot estaba retirado
en su dicho hostal y oyó el estruendo de las gentes que decían que las
gentes de las mallas entraban en casa del maestro Guillermo Porel y que
destruían todos sus bienes. Y salió a la calle donde encontró a su cincuen-
tenero, quien le dijo que iba a ver si era verdad. Y entonces fue allí a ver
sin ninguna armadura y encontró tropeles de aquéllos con mallas y malhe­
chores que rompían por fuerza puertas, ventanas y cofres, comían y be­
bían de los bienes del lugar y se pusieron a beber delante de dicho Philip­
pot y saquearon y se llevaron gran cantidad de dichos bienes. Y oyó a
uno que llevaba dos medidas de sebo, que pueden valer V II I o X sueldos
parisinos, diciéndole: «Toma, tú eres velero, quédate este sebo.» Y dicho
Philippot lo tomó que no osó rehusarlo por temor de muerte; y fuera del
hostal se lo dio a otro.
Y luego dicho Philippot oyó decir que habían tomado a una mujer ju­
día en la encrucijada del Temple y fue allí a ver y encontró que aquellas
gentes de las mallas la tenían y le decían: «Falsa judía, que forjaste los
clavos con que Dios fue clavadlo, si tá no te haces cristiana, te daremos
muerte.» Y ella decía que más prefería morir. La cual fue muerta y roba­
da. Y del robo fue lanzado a dicho PMEippot la pelliza que era de poco
valor, y él tomó y en seguida entregó a otro de la compañía.
Ai día siguiente dicho Philippot, estando y haciendo sts quehacer en su
hostal, varios le dijeron: «Vea con nosotros, a ver a los judíos que se han
encontrado en el Temple.» El cual fue a llí para verlos y halló que estaban
muertos por los dichos de las mallas y que se íes robaba y despojaba de
su dmera y ropas-
152 EUROPA EN LA EDAD MEDÍA

Mirando aquellos muertos, uno de los ladrones le dijo: «Ven con noso­
tros a beber y huye de aquí y así procederás con prudencia.» El cual fue
allí y comió y bebió con varios de aquellos malhechores por el temor que
tenía de ellos. Y le dieron I I sueldos parisinos del pillaje de aquellos ju­
díos los cuales no osó rehusar y los tomó y los dio ai hospital de París.
Después de este día, estando dicho Philippot en su hostal vio multitud
de gentes que llevaban a bautizar a Saint Germaia en Greve a dos judíos,
y entre ios demás había un escudero a quien dichos judíos habían dado
todo lo que tenían, para que ellos fuesen cristianos y les saivase la vida.
Dicho Philippot fue allí para verlos bautizar. Y después fue con dicho es­
cudero y más de L X personas que iban a buscar el dinero de aquellos
judíos que habían dado a dicho escudero. Cuyo dinero estaba en casa de
Roger Gresillon. Y le dio dicho escudero l i l i francos y a todos los otros, a
uno más y a otro menos. Pero al partir del hostal hallaron varias gentes de
extrañas lenguas que por fuerza les robaron, especialmente a dicho escu­
dero, a dicho Philippot, y a varios otros de su compañía, lo que tenían de
dicho dinero.»

M uerte de G e o f f r o y T éte -N o ir e (1388)

«Ya sabéis, tal como está contenido más arriba en nuestra historia,
cómo el señor Guillermo de Lignac y el señor Juan de Bonne-Lance y va­
rios otros caballeros y escuderos de Auvemia y del Lemosín habían ase­
diado el castillo de Ventadour, y Geoffroy Téte-Noire dentro. Y duró este
sitio más de un año, pues el castillo es tan fuerte que, por asalto que se
pudiera hacer, no se ha de conquistar y dentro estaban provistos de todas
las cosas necesarias que les hacían falta para siete u ocho años aunque
no tuviesen nada nuevo. Los compañeros que estaban dentro y que lo
habían sitiado con bastidas venían a la vez a hacer escaramuzas como po­
dían; y allí, durante el sitio, hubo muchas escaramuzas de armas; y había
a la vez heridos de los unos y de los otros. Sucedió que en una escaramu­
za que hubo, Geoffroy Téte-Noire avanzó tan adelante que del tiro de una
ballesta fueron atravesados el bacinete y la cofia; y fue herido de un golpe
en la cabeza tanto que tuvo que yacer en el hecho; de que todos lo cam­
paneros se encolerizaron; y en el término en que se halló tal estado, cesa­
ron todas las escaramuzas. De esta lesión, si se hubiese guardado bien,
pronto hubiese estado curado; pero mal se guardó, especialmente de for­
nicación de mujer; la carne lo corrompió y murió de ello. Pero antes de
que lo tomase la muerte, tuvo mucho conocimiento; le fue dicho que
se había guardado mal y que estaba y yacía en gran peligro y que quisiera
pensar en sus quehaceres y en sus ordenanzas. Pensó en ello. En primer
lugar hizo venir ante él y en su presencia a todos los soberanos compa­
ñeros de la guarnición y cuando los vio se sentó en medio del lecho y Ies
dijo así: «Gentiles señores y compañeros, siento y conozco bien que estoy
en peligro y en aventura de muerte. Y hemos estado largo tiempo jimios
y hemos tenido buena compañía unos con otros. Yo os he sido jefe y ca­
pitán leal según mi poder; y vería con gusto que viviendo yo tuvieseis un
capitán que ieaímente se portase con vosotros y guardase esta fortaleza,
pues la dejo provista de todas las cosas necesarias que corresponden para
LA FELICIDAD 153
guardar un castillo: "vmo, víveres, artillería y todas las demás cosas. Tam­
bién os ruego que me digáis entre vosotros y en genera1 si habéis previsto
ni elegido capitán, ni capitanes, que os sepa, u os sepan llevar y gobernar
en la forma y manera que las gentes de armas aventureras deben ser
llevadas y gobernadas. Pues mi guerra ha sido siempre tal que ea. el fuerte
yo no tuviera cuidado de para quién sino de que allí hubiese provecho.
Además, a la sombra de la guerra y querella del r e y de Inglaterra me he
formado la opinión, pues siempre me he hallado en tierra de conquista;
y allí se deben traer y tener siempre compañeros aventureros que pidan,
armas y deseen avanzar. £n esta frontera hay buen país fructífero y por
añadidura gran cantidad de bienes, aunque hasta el presente nos hagan la
guerra y mantengan el sitio; pero eso no ha de durar siempre. Este sitio
y estas bastidas se romperán un día, Pero respondedme a este propósito
de que os hablo si habéis elegido capitán o hallado o previsto.»
Todos los compañeros se callaron un poco y cuando él vio que se ca­
llaban, íes refrescó con dulces y nuevas palabras diciéndoles: «Creo que
esto que os pregunto lo habéis pensado poco; estando en este lecho yo he
pensado por vosotros.
—Sire, respondieron entonces, lo creemos y nos sería más aceptable
y agradable si viene de vos que de nosotros; y vos nos lo diréis si os place.
—Sí, respondió Geoffroy Téte-Noire, os lo diré y nombraré. Gentiles se­
ñores, dijo Geoffroy Téte-Noire, sé muy bien que siempre me habéis amado
y honrado, así como se debe hacer a su soberano y capitán; y a mí me
agradaría mucho, si lo acordáis, que tengáis como capitán a hombre que
descienda de mi sangre mejor que de ninguna otra. Ved aquí a Alain
Roux, mi primo, y a Pierre Roux, su hermano que son buenos hombres
de armas y de mi sangre. También os ruego que queráis tener y recibir a
Alain como capitán; y que ie juréis en mi presencia, fe, obediencia, amor,
servicio y alianza, y también a su hermano; pero de todos modos quiero
que la soberana carga esté sobre Alain.» Respondieron: «Sire, de buen
grado y vos lo habéis elegido y escogido bien.» Allí Alain Roux fue jurado
por todos los compañeros y también lo fue Pierre Roux su hermano. Cuan­
do se hubieron hecho y hubieron pasado todas estas cosas, Geoffroy Téte-
Noire habló todavía y dijo: «Ahora bien, señores, habéis obedecido a m i
placer. Sé que estáis contentos y por eso quiero que compartáis aquello
que habéis ayudado a conquíste. Os digo que en esta arca que veis ahí,
y entonces la señaló con ei dedo, hay hasta la suma de treinta mil fran­
cos. Quiero ordenarlos, darlos y dejarlos en conciencia y vosotros cum­
pliréis lealmente mi testamento. Decid sí.» Y todos respondieron: «Sire,
sí.» «En primer lugar, dijo Geoffroy, dejo a la capilla de San Jorge que
está en este recinto, para las recepciones, diez mil quinientos francos.
Luego, a mi amiga que me ha servido lealmente, dos mil quinientos fran­
cos, y después a mi acólito quinientos francos. Además, a Alain Roux
vuestro capitán, cuatro mil francos. Y a Pierre Roux su hermano, dos
mil francos. Y a mis ayudas de cámara quinientos francos. A mis oficiales,
mil quinientos francos. Item el resto io dejo y ordeno tal como os diré.
Sois, según me parece, treinta compañeros a una; y debéis ser hermanos,
en una alianza, sin que haya entre vosotros debate, n i burla, ni riña. Todo
lo que os he dicho bailareis en el arca. Repartid entre vosotros treinta, el
resto, tranquilamente y si no podéis estar de acuerdo y el diablo se mete
entre vosotros, ved allí un hacha buena y fuerte y bien cortante y romped
154 EUROPA EN JLA EDAD MEDIA

el arca; pues no lo tenga quien no lo pueda tener.» A estas palabras res­


pondieron todos dijeron: «Sire y jefe, estaremos muy de acuerdo. Tanto
os hemos respetado y amado que de ningún modo romperemos el arca
ni quebraremos cosa que hayáis ordenado y encomendado.»
Tal como os cuento, hizo testamento Geoffroy Téte-Noire y no vivió des­
pués más que dos días y fue enterrado en la capilla de San Jorge de Ven-
tadour. Todo fue cumplido y los treinia m il francos repartidos a cada uno
tal como dijo y ordenó; y quedaron como capitanes de Ventadour Alaín
Roux y Pierre Roux. Y por eso no se levantaron las bastidas que se tenían
alrededor ni dejaron de hacerse muy a menudo las escaramuzas. Tras la
muerte de Geoffroy Téte-Noire, cuando k> supieron los compañeros de Au-
vemia y de Lemosín, caballeros y escuderos, todos se alegraron y no temie­
ron tanto al que quedaba, pues aquél había sido en su tiempo muy temido
y gran capitán, que sabía guerrear sabiamente y tener guarniciones.»

lean Froissart
« Crónica»

De la acu sació n h e c h a a l r e y p o r e l pueblo de L akgüedoc


en la ciudad de B e z ie r s sobre u n lla m ad o B e tisac ,
B e r r y , p o r las grandes e x t o r s io n e s
te so re r o del duque de
QUE HABIA HECHO AL PUEBLO Y DÉ SU CONFESION, Y COMO FUE CRUELMENTE
AJUSTICL4D0 E N DICHA CIUDAD (1389)

«Tres días estuvo ei rey en Beziers en gozo y recreo con las damas
y damiselas antes de que Betisac fuese anulado ni demandado; pero los
inquisidores, que estaban comisionados por el consejo del rey, hacían
celosamente y secretamente una encuesta sobre él. Por encuesta hallaron
varios casos horribles acerca de él, los cuales no se podían perdonar.
Ocurrió que al cuarto día en que el rey hubo estado allí, fue demandado
ante el consejo del rey y encerrado en una cámara y examinado y le fue
dicho así: «Betisac, mirad y responded a estas cédulas que veis aquí.»
Entonces le fue mostrada una gran cantidad de cartas y de quejas, las
cuales habían sido traídas a Beziers y dadas al rey a manera de suplica­
ciones, todas las cuales hablaban y cantaban del loco gobierno de Betisac
y de las impresiones y extorsiones que había hecho al pueblo. Todas le
fueron leídas en su presencia, una tras otra. A unas respondió bien y pru­
dentemente para sus defensas y a otras no y dijo de éstas: «N o tengo
ningún conocimiento; habladlo a los senescales de Beaucaire y de Car-
casona y ai canciller de Berry.» Finalmente por eí momento se le dijo que
para purgarlo convenía que estuviera en prisión. Obedeció y hacerlo así
le convino. Tan pronto como fue aprisionado, los inquisidores fueron a su
hospedaje y tomaron todos los escritos y las cuentas en que se había mez­
clado desde hacía tiempo y las llevaron consigo y las revisaron con gran
cuidado y hallaron, muchas cosas diversas y grandes sumas de dinero, las
cuales había tenido y sacado del tiempo pasado en las senescalías y seño­
ríos deí rey ya dicho, y k>s números eras tan grandes que los señores, al
oír leer, estaban tocos asombrados- Entonces fu e demandado y llevado de
nuevo ante el consejo. Cuando hubo veaido se le mostraron sus escritos y
XA FELICIDAD 155

se le preguntó si todas las sumas de florines que habían sido levantadas


en su tiempo en ías senescalías dichas eran buenas, y qué cosa se había
hecho de ello, ni dónde podía haber ido a parar. A esto respondió y dijo:
«Las sumas son buenas y verdaderas y todo está devuelto a monseñor de
Berry y pasado por mis manos y por sus tesoreros y de todo debo tener
y tengo buenos recibos en mi hostal, en tal lugar.» Fueron allí y traídos
ante el consejo y leídos concordaban bastante con las sumas de los ingre­
sos. Pero con abuso de los inquisidores y el consejo, Betisac fue puesto
en prisión cortesana; y los cónsules hablaron reunidos sobre esto y dije­
ron: «Betisac está limpio de todas estas demandas que se le piden; de­
muestra bien que todas las recaudaciones de que se queja el pueblo, todas
las ha tenido monseñor de Berry. ¿Qué puede hacer él, si han ido mal y
han sido mal puestas?»
En buena razón, Betisac no se equivocaba en sus defensas y excusas,
pues este duque de Berry fue el más codicioso hombre del mundo y no
le preocupaba dónde se tomase, sino que se tomase. Y cuando tenía el
dinero consigo, io empleaba m uy poco a poco, tal como muchos señores
hacen y han hecho en el pasado. Los cónsules del rey no veían en Betisac
ninguna cosa por la que debiera recibir muerte, es decir algunos y no
todos; pues había otros que decían así: «Betisac ha hecho tan crueles
exacciones y empobrecido a tantos pueblos para satisfacer el deseo a mon­
señor de Berry, que la sangre humana del pobre pueblo se queja de ello
y grita muy alto y dice que ha merecido la muerte; pues él que formaba
parte del consejo del duque de Berry y veía la pobreza del pueblo, le
debió haber advertido suavemente; y si el duque de Berry no quisiera
haberlo oído, hubiera venido ante el rey y su consejo y Ies hubiera mos­
trado la pobreza del pueblo y cómo el duque de Berry los llevaba; se
hubiera provisto en ello; y él se hubiera excusado de los trastornos en
que ahora está envuelto e inculpado.» Luego fue enviado Betisac a una
cámara ante el consejo. En seguida fue muy examinado para saber lo que
todas sus finanzas podían haber llegado a ser, pues se halló la suma de
treinta cientos de miles de francos. Respondió a esto y dijo: «Monseñores,
no io puedo saber bien; se ha puesto gran cantidad en obras y reparacio­
nes de castillos y hostales, y en compra de tierras al conde de Boulogne
y al conde de Estampes y en piedra; así que sabéis que tales cosas las
compró a la ligera. Y se ha ahogado al grandísimo estado que él tuvo
siempre y ha sido dado a Th ibaiit y a Morínot y a sus criados en tomo
de él, a tal punto de que todos son ricos. —Y vos, Betisac, dijo el consejo
dey rey, bien habéis tenido por vuestros trabajos y servicios que le habéis
hecho cien mil francos a vuestro particular provecho. —Monseñores, res­
pondió Betisac, lo que yo he tenido me lo consiente monseñor de Berry,
pues quiere que sus gentes se hagan ricas.» Y respondió el consejo a una
voz: «¡A h !, Betisac, eso es hablar neciamente. La riqueza no es buena
ni razonable cuando es mal adquirida. Habéis de voLver a la prisión y
tendremos opinión y consejo sobre lo que aquí nos habéis dicho y mos­
trado; habéis de esperar la voluntad del rey, a quien mostraremos todas
vuestras defensas. —Monseñores, respondió Betisac, Dios tome parte en
ello.» Fue devuelto a la prisión y dejado allí, sin ser demandado ante
el consejo del rey, más de cuatro días.
Cuando se extendieron las noticias en el país de que Betisac estaba
preso por parte del rey y tenido y puesto en prisión y que se hacía inves-
156 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

tigacíón sobre él por todas partes, y tal era la fama que quien nada
sabía preguntaba si esto iba adelante y ver a gentes de todas partes venir
a Beziers y preguntar por el hostal del rey y echar en aquel lugar supli­
caciones y quejas crueles y dolorosas sobre Betisac. Algunos se quejaban
de que Betisac les había desheredado sin causa y sin razón; otros se que­
jaban de la fuerza que les había hecho a sus mujeres o a sus hijas. Debéis
saber que cuando tantos casos caían sobre Betisac, los cónsules del rey
estaban cansados de oírlo; pues por lo que las quejas subían, era dura­
mente odiado del pueblo; y todo le venía, ai parecer, por cumplir el gusto
y voluntad del duque de Berry y para Henar su bolsa. Los cónsules del
rey no sabían qué hacer; pues habían venido dos caballeros de parte del
duque de Berry, el señor de Nantouillet y el señor Fierre Mespin, que
aportaban y habían aportado cartas de crédito al rey; y defendían estos
caballeros, de parte del duque de Berry, todo lo que Betisac había hecho
en tiempo pasado, y requería el duque de Berry ai rey y a su consejo para
que devolviera a su hombre y tesorero. El rey había acogido a Betisac con
gran rencor por el fuerte escándalo y la fama diversa y cruel que corría
acerca de él; y se inclinaban el rey y su hermano en tan gran manera que
se vio perdido. Y decían que bien lo habían perjudicado. Pero los cónsu­
les del rey no se atrevían a juzgarlo. Temían irritar al duque de Berry.
Y así se dijo al rey: «Sire, en el caso de que monseñor de Berry defienda
todos los hechos de Betisac como buenos, sean los que sean, no podemos,
ver, por ninguna vía de razón, que Betisac haya perjudicado, pues' en el
tiempo en que él se metió en las comarcas de aquí para asentar y poner
talas, subsidios y ayudas, tomar y alzar, monseñor de Berry, en cualquier
instancia que lo hiciera, tenía poder real como vos tenéis al presente. Pero
se podrá hacer una cosa según los artículos de sus delitos, tomar todos
sus muebles y pertenencias, y dejarlo en el punto en que lo tomó primero
monseñor de Berry, y restituir y dar a los pobres, por las senescalías, a
los que él más ha estrujado y empobrecido.» ¿Qué más os voy a decir?
Betisac estuvo a punto de ser liberado, claro que quitándole todo lo suyo,
cuando llegaron otras noticias; yo os diré cuáles. No sé ni puedo saber
más que por su conocimiento si era tal como se juzgó y dijo: que él había
sido mucho tiempo hereje y había hecho una cosa muy maravillosa y
desgraciada. Según lo que se me informó, vinieron de noche a Betisac
para asustarlo y se le dijo: «Betisac, vuestros afanes están en muy mala
situación, el rey de Francia, su hermano, y el duque de Borbón su tío os
han acogido mortalmente, pues les han llegado acerca de vos tantas que­
jas diversas, de diversos lugares de las opresiones que habéis hecho por
ahí en el tiempo que habéis gobernado Languedoc, que todos consideran
que hay que prenderos y ni siquiera podéis pasar por vuestro señorío. Se
le ha ofrecido al rey; pero el rey, que os odia mortalmente, ha respondido
que vuestro señorío es suyo y el cuerpo también y no seréis guardado
largo tiempo; os lo decimos bien, pues mañana de día se os entregará; y
suponemos bien, por las apariencias que vemos- y hemos visto, que seréis
juzgado a muerte.» Esta palabra espantó grandemente a Betisac y dijo
a los que le hablaban: «Ah, Santa María. ¿Y no hay ningu-na razón que
pueda aducir? —Sí, respondieron ellos: por la mañana decid que queréis
hablar al consejo del rey, vendrán a hablar con vos u es enviarán a buscar.
Cuando estéis en su presencia les diréis: “ Monseñores, entiendo haber
irritado demasiado a Dios y por la irritación que Dios tiene sobre m i me
LA FELICIDAD 157

acaece este escándalo” . Se os preguntará en qué; responderéis que habéis


errado mucho tiempo contra la fe y que habéis heredado y tenéis esta
opinión. Cuando el obispo de Beziers os oiga hablar, os redamará y que­
rrá tener; seréis entregado inmediatamente a él, pues tales casos corres­
ponden ser aclarados por la Iglesia. Se os enviará a Avignon ante el papa.
Una vez llegado a Avignon, ninguno tomará partido contra vos, por temor
a monseñor de Berry; ni el papa osaría irritarlo. Por este medio que os
decimos tendréis vuestra liberación y no perderéis ni cuerpo ni señorío.
Pero si permanecéis en el estado en que estáis, sin salir del día de mañana
seréis colgado, pues el rey os odia por el fervor del pueblo del que sois
demasiado bien acogido.»
Betisac, que se confió en esta falsa palabra e información, pues quien
está en riesgo y peligro de muerte no sabe qué hacer, respondió: «Sois
mis buenos amigos que iealmente me aconsejáis, y Dios lo puede premiar,
y aún vendrá el tiempo en que yo os lo agradeceré grandemente.» Ellos
partieron y Betisac se quedó.
Cuando llegó la mañana, llamó al carcelero que lo guardaba y le dijo:
«Amigo mío, os ruego que vayáis a buscar o enviéis a buscar a tales y cua­
les que le nombró, quienes eran informadores e inquisidores acerca de él.»
Respondió: «De buen grado». Fueron informados de que Betisac les llama­
ba en la prisión. Vinieron ios informadores, que ya sabían qué cosa quería
o debía decir Betisac. Cuando estuvieron en presencia de Betisac, le pre­
guntaron: «¿Qué queréis decir?» Respondió y dijo así: «Gentiles señores,
he considerado mis afanes y mi conciencia. Entiendo que he irritado gran­
demente a Dios; pues durante mucho tiempo he errado contra la fe; y no
puedo creer que haya nada de la Trinidad, ni que el hijo de Dios se dig­
nara rebajarse tanto que viniera desde los cielos a descender en cuerpo
humano de mujer; y creo y digo que cuando morimos no hay nada de
alma. —Ah, Santa María, Betisac, respondieron los informadores, erráis
demasiado contra la Iglesia. Vuestras palabras piden el fuego; preparaos.
—Yo no sé, dijo Betisac, lo que mis palabras piden, fuego o agua, pero
he tenido esta opinión desde que tuve conocimiento y la mantendré siem­
pre hasta el fin.» Los informadores no quisieron oír más por el momento;
y confiaron muy contentos en estas palabras; y encargaron muy estrecha­
mente al carcelero que no dejara a hombre ni mujer hablar con él a fin de
que no se volviera atrás de su opinión; y vinieron ante el consejo del rey
y le manifestaron estas noticias. Cuando ellos las hubieron oído fueron
ante el rey que estaba en su cámara y se levantaba. Le dijeron toda la
declaración de Betisac tal como la habéis oído. El rey quedó muy asom­
brado y dijo: «Queremos que muera; es un hombre malvado, es hereje y
ladrón. Queremos que sea colgado, así tendrá la recompensa de sus méri­
tos. Ni siquiera por su buen tío de Berry será excusado ni inhibido.»
Estas noticias se extendieron por la ciudad de Beziers y por varios lu­
gares que Betisac había dicho y confesado por su voluntad sin coacción,
que era hereje y había tenido durante largo tiempo la opinión de los búl­
garos, y que el rey había dicho que quería que fuese colgado. Ved enton­
ces en Beziers gran multitud de pueblo regocijado, pues era muy odiado.
Los dos caballeros que lo solicitaban de parte del duque de Berry supieron
estas noticias. Quedaron tan asombrados y maravillados que no sabían
qué suponer. Micer Fierre Mespin se dio cuenta y dijo «Sír de Nantouillet,
dudo que Betisac haya sido traicionado. Y quizá secretamente hayan ido
138 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

a él en la prisión y le hayan informado de que diga esto; y se le ha dado


a entender que si mantiene este error, que es horrible e infame, la Iglesia
lo reclamará y será enviado a Avignon y allí libelado por el papa. Qué
Insensato. Está desengañado, pues ya oí decir que el rey quiere que sea
ahorcado. Vamos, vamos en seguida hacia: él a la cárcel y hablemos con
él y pongámoslo en otra situación pues está desviado y mal aconsejado.»
Los dos caballeros partieron en seguida de su hostal y vinieron hacia
la prisión del rey, y requirieron al carcelero para que pudiesen hablar con
Betisac. El carcelero se excusó y dijo: «Monseñores, se me ha encargado
y mandado, y también a estos cuatro sargentos de armas que aquí han
sido enviados y puestos del rey, sobre nuestras cabezas que nadie hable
con él. No osaríamos quebrantar el mandato del rey.» Los caballeros com­
prendieron en seguida que trabajaban en vano y lo que Betisac había
hecho, y que sólo le quedaba morir, pues tanto habían cambiado las cosas.
Así volvieron a su hostal, pidieron la cuenta, pagaron, cabalgaron y se
volvieron hacia el duque de Berry.
La conclusión de Betisac fue tal que cuando llegó el día siguiente al
-f»m to de las diez, se le sacó fuera de la prisión del rey y fue llevado al pala­
cio del obispo, y allí estaban los jueces y oficiales, al par que el obispo
y todos los de la corte. El vailio d « ©eziers, que lo había tenido en prisión,
dijo así a las gentes del obispo: «Ved aquí a Betisac al que os entregamos
por hereje y errante contra la fe y si hubiese sido clérigo, nosotros hubié­
semos hecho de él lo que sus obras piden.» El oficial preguntó a Betisac
si era tal como se les entregaba y que, oyéndolo el pueblo, quisiera decir
y confesar. Betisac, que creía hablar muy bien y escapar con su confesión
respondió y dijo: «Sí.» Se le preguntó por tres veces y por tres veces lo
contestó en voz alta oyéndolo el pueblo. Pero mirad si estaba bien enga­
ñado y encantado, pues si él hubiera mantenido siempre su palabra de
aquello por lo que había sido preso y detenido no hubiera tenido ningún
mal, sino que se le hubiese liberado, pues el duque de Berry defendía to­
dos sus hechos, tantos crímenes, presiones y extorsiones que por su en­
cargo había cometido en el Languedoc; pero se puede suponer que la for­
tuna se la jugó y cuando creía ser el más afirmado en su rueda, ella lo
volvió hacia abajo tal como ha hecho a cien mil desde que el mundo fue
primeramente edificado e instaurado. Betisac de la mano del juez oficial
fue entregado y puesto en manos del vailio de Beziers, que gobernaba lo
temporal por el rey, cuyo vailio, sin ninguna dilación, lo hizo llevar a la
plaza "ante el palacio; y fue tan apresurado que Betisac no tuvo lugar a
responderle y desdecirse, pues cuando vio en la plaza el fuego y se encontró
en manos del verdugo, quedó estupefacto y vio que había sido engañado
y traicionado. Requirió gritando muy alto para ser oído, pero no se le hizo
caso; y se le dijo: «Betisac, está ordenado y habéis de morir. Vuestras
malas obras os llevan a mal fin.» Fue empujado y el fuego estaba dispues­
to. Se había hecho levantar en la plaza unas horcas, y bajo estas horcas
había una cadena y un collar de hierro. Se abrió por una bisagra dicho
collar y le fue puesto rápidamente y luego vuelto a cerrar y tirado hacia
arriba a fin de que durase más tiempo. Se le envolvió con la cadena para
que se mantuviese más tieso. El gritaba y decía: «Duque de Berry, se me
hace morir sin razón; se comete un error.» Tan pronto como fue atado
a la estaca, se apoyó en tom o a él una gran cantidad de broza y de gavi­
llas secas y se prendió fuego dentro. En seguida se encendiaron Jas gavi-
LA FELICIDAD 159
lias. Así fue Betisac colgado y quemado, y lo podía ver el rey de Francia
desde su cámara si quería. A este pobre final vino Betisac. Así se vengó
el pueblo de él, pues según se dice, les había hecbo muchas extorsiones
y grandes daños desde que tuvo en gobierno las marcas de Languedoc.»

Jean Froissart,
« Crónicas»
9
LA MUERTE

El espectáculo del calvario, las cruces, los cuerpos de ios eje­


cutados, reina aplastante sobre el arte del siglo xiv. Llama a la
contricción. Al mismo tiempo llama a la esperanza: a uno de
sus compañeros de tortura, un ladrón, el propio Cristo le prome­
tió que estaría en el paraíso-aquella misma tarde.
¿No resucitó Jesús al tercer día, salido de la tumba, triunfante
para subir a los cielos en la gloria? Sobre la escena del Gólgota
se coloca así la alegoría de la Trinidad: el cadáver de Jesús re­
posa en los brazos del Padre y entre los dos rostros está la palo­
ma del Espíritu como un lazo de unión. Ayudando el pueblo cris­
tiano a unirse al destino de Cristo, a morir como él murió, pero
a vencer a la muerte como el mismo Jesús le había vencido mil
cuatrocientos años antes. El verdadero medio de conseguirlo es
identificarse con Cristo como llegó a hacerlo Francisco de Asís,
unirse a Cristo en sus sufrimientos y sus humillaciones y para
ello contemplar sin cesar las imágenes de la vida y de la muerte
de Jesús difundidas profusamente por todas partes. ¿Pero quién
puede vivir bien sobre la tierra, hostigado por tantas apetencias?
Al menos cada uno puede morir bien. Pero todo se juega en ese
momento decisivo, el último, el del tránsito. Hay que estar pre­
parados. Seguros del éxito, los fabricantes de libros se pusieron
a difundir, a finales del siglo xrv, recetas de buena muerte, las
«Artes moriendi», finas plaquetas, colecciones de imágenes, guian­
do y mostrando el itinerario.
La hora de la muerte es la de un torneo cuya liza constituye la
cámara mortuoria o más bien el lecho de agonía (no se muere
bien más que en el lecho; la más temida es la muerte súbita,
imprevista, no preparada). Ante el estrado de los jueces, un de­
fensor, el ángel de la guarda, planta cara, a los demonios erizados
que están fuera. El alma del moribundo es la apuesta ¿el comba-

6
162 EUROPA EN LA EDAD MEDIA;

te. Los cuadrilleros del mal usan una estratagema para triunfar:
lanzan cebos uno tras otro, hacen espejear todo lo que el agoni­
zante ha deseado toda su vida, pues es lo que conviene hacer a la
hora del traspaso, rememorar las concupiscencias que en otro
tiempo han hecho tropezar, no para lamentarlas, para maldecirlas,
para deshacerse de ellas para siempre. He aquí pues la visión
tentadora de lo que el pecador ha tenido en sus manos, ha queri­
do guardar: el poder, el oro, todas las irrisorias riquezas que no
se lleva consigo y evidentemente la mujer. El buen cristiano re­
chaza todo eso, proclamando la vanidad de las cosas perecederas.
Morir es predicar un poco. Por eso hay que morir en público, para
distribuir en tomo a sí, a todos aquellos que allí están todavía
vivos, una lección de renunciamiento. No obstante, el «arte de
morir», recuerda cuán dudosa es la lucha, que no se salva uno solo
y que conviene tender los brazos en buen momento hacia el Sal­
vador, es decir hacia Cristo en la cruz. Confiarse, en la esperanza:
en seguida los demonios huyen y el alma está salvada.
¿Pero y el cuerpo? ¿Este cuerpo «sabroso y tierno» del que
tanto se ha gustado disfrutar? El cristianismo que revela el arte
al secularizarse se ordena alrededor de esta cuestión primaria:
¿Qué sucede al cuerpo de los difuntos? La religión del pueblo es
naturalmente funeraria. La muerte es transición. Sobre el suelo
queda un objeto: el cadáver. En tomo a él debe desplegar sus
fastos un ceremonial. El uso impone una última fiesta, como para
las bodas, para la entrada de los príncipes en las ciudades, acu­
mulando las larguezas en tomo a un héroe, el difunto. Sus des­
pojos son engalanados, acicalados, embalsamados si se es bas­
tante rico, largamente expuestos, conducidos en cortejo por todos
los amigos, los cofrades y los pobres hasta su última morada. Se
quiere que esto sea solemne. La obra principal de arte del si­
glo xiv no es la catedral; más que el palacio, es la tumba. Cuando
una familia había adquirido cierta riqueza se preocupaba de sus­
traer a los suyos de la fosa común, de esos osarios donde las
carretas iban a verter deprisa los despojos de los indigentes. La
familia encargaba que fuese dispuesto un lugar de reposo aná­
logo al de los santos, al de los reyes de Saint-Denis, donde ma­
rido, mujer, hijos, primos vendrían a alinearse uno al lado de
otro. Para la mayoría era una simple losa. Pero había de ser tan
decorada como fuera posible: usa figura, figuras de los desapa­
recidos, mostrados tal como se Ies había visto por última vez
sobre el lecho funerario, vestidos, adornados, armados si eran
caballeros o bien arrodillados juntos ante la Virgen de la Mise­
LA MUERTE 163
ricordia, los hombres a la derecha, las mujeres a la izquierda,
como en la iglesia. En todo caso, sus nombres grabados y sus
divisas a fin de identificarlos, pues el muerto quiere ser recono­
cido. Pretende no salir de las memorias, que se le sepa allí, hasta
el fin del mundo, hasta que los cuerpos resuciten. Todos esos
difuntos gritando desde ultratumba, suplicando al que pasa que
llame a la misericordia divina para ellos. Estas piedras sepulcra­
les pavimentaban por completo las cercanías y el interior de la
iglesia. Hacer testamento en aquella época es en primer lugar
escoger una sepultura, establecer rentas para asegurarse servi­
cios religiosos, aniversarios perpetuos, doscientas misas de re­
quiera, mil misas, cien mil misas, y todo un proletariado de
sacerdotes vive de las pensiones así dadas, y en todas las ciuda­
des se enriquece una próspera corporación de tallistas de tum­
bas. El dinero bien o mal ganado durante la vida iba en otro
tiempo a los monasterios, servía para construir claustros y cate­
drales ; ahora se emplea sobre todo en edificar y embellecer pe­
queños santuarios familiares.
Estos monumentos son a la medida de cada fortuna. No hay
igualdad en la tumba: la sociedad de los muertos está tan com-
partimentada como la de los vivos, jerarquizada, la humanidad
pasa al más allá tal cual es, con sus grados, sus dignidades y sus
oficios. Durante la alta Edad Media, la evangelización de Europa
había vaciado lentamente las tumbas de estas armas, estos uten­
silios y estos adornos, espléndidos o insignificantes, que los muer­
tos se llevaban consigo a la otra vida. Cuando a partir del siglo
xili, la predicación de franciscanos y dominicos hizo del cristia­
nismo una religión verdaderamente popular, las sepulturas vol­
vieron a cubrirse de adornos. Lo mejor de la creación artística
vino entonces a aplicarse a»algunos sepulcros, la de los podero­
sos de la tierra.
Para que Enrico Scrovegni, el riquísimo usurero de Padua
reposara en paz, pero también en un marco digno de su grande­
za pasada, el mejor pintor del mundo, Giotto, fue invitado a cu­
brir la capilla funeraria con obras maestras. No hay que olvidar
que estos frescos son, como las pinturas del Valle de los Reyes,
los accesorios de un culto a los muertos. Convergen hacia la tapa
del sarcófago donde se ve esculpido el cuerpo del difunto dur­
miendo. ¿Vivo o muerto? En todo caso el mismo, identificable
en sus rasgos. Ante todo se esperaba del arte de los constructo­
res de tambas que fijara hasta el juicio final la inmóvil fisonomía
de tal hombre o de tal mujer. Se querían retratos parecidos. En
1 64 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

esta época aparecen los primeros retratos en nuestra civilización-


reclamados por los cuidados que la alta sociedad comenzaba a
tomar de los difuntos y que los ricos difuntos empezaban a tomar
de sí mismos, ansiosos de no desaparecer totalmente, exigiendo a
los escultores y pintores que se aplicaran a transcribir lo real
cada vez con más exactitud.
Entre el siglo xiv y el xv, el cardenal de Lagrange, en vidar
concibió una decoración compleja destinada, como la de una vas­
ta pantomima o de una predicación, a coronar su sepulcro. Quiso
tres escenas superpuestas en las que se viera en medio su propia
momia acostada sobre el catafalco, que en el piso superior se le
viera despierto, transportado a la otra vida, rezando, protegido
por su ángel guardián, y por último que apareciera en la parte-
baja la cruda verdad, lo que pasa en el interior de la tumba, la
descomposición, el tránsito. Transición. Esta es la imagen que la
muerte impone poco a poco de sí misma, es decir, el horrible y
nauseabundo espectáculo ante el cual retroceden los jinetes ca­
zadores y sus caballos en el fresco del Campo Santo. Lo macabro-
proliferó después de 1400. Si ese canónigo de Arras, que era mé­
dico, y sabía perfectamente en lo que se convierte la carne cuan­
do la vida se retira de ella, hizo representar de tal manera su
propio cuerpo, no era por morbosa delectación. Quería partici­
par perpetuamente él mismo, en persona, en la gran exhortación
de penitencia, predicar que cada uno de nosotros llegará a ser
aquello, que hemos de esperar y por consiguiente, como dice la.
inscripción, ponemos «sólo a la merced de Dios».
De todos modos, para los grandes príncipes de este mundo-
—y sobre todo para los de Italia que reanudaban, recogiendo la
herencia antigua, el gusto por la ostentación triunfal— erigir su
tumba era también afirmar por última vez su poder. Un poder
terrestre. El mausoleo, consolidando los derechos de una dinas­
tía, era una operación política. La tumba se convierte pues en un
monumento de majestad civil, análogo a los bustos laureados que
había hecho esculpir Federico II. Al final del siglo xiv, sirve de
pedestal a la estatua del príncipe difunto. En Verona, las tumbas
de los tiranos de la ciudad, los Scaligeri, alzadas en plena caller
parecen capillas; las formas reducidas de una catedral rodean el
túmido elevado y la estatua yacente; el personaje reaparece en
la cumbre del edificio, no ya arrodillado, rezando, devoto, sino
con casco, alzado sobre la silla y los estribos, coronado por las
águilas del imperio, proclamando su victoria sobre el olvido a los
cuairo vieBíos. El Estado. El Estado laico afirma su perennidad
LA MUERTE 165
mostrando a los súbditos al jefe bajo estas apariencias de vence­
dor: un orgulloso que no reclama misericordia, sino su alegría
de dominar aún, desde el panteón donde ha ido a unirse con Héc­
tor, Alejandro, Julio César, Roldán, Carlomagno: el caballero he-
roizado.
En Milán, la tumba del señor de la ciudad, Bemabo Visconti,
era de la misma especie. La atención no se detiene sobre el sar­
cófago, en cuyas caras se puede ver al difunto como pecador arre­
pentido, escoltado por sus santos patronos. La estatua ecuestre
atrae la mirada sobre el príncipe, abombando el torso, con los
grandes ojos abiertos. La justicia, la equidad y todas las demás
virtudes lo escoltan, pero a sus pies, como simples seguidoras,
como mujeres. Mientras que él quiere estar siempre vivo, orgu­
lloso de su sexo, orgulloso de su vida, no dejando esta vida. No
dejando nada de su poder que aprieta en su puño cerrado. Un
poder que proporciona gozo. Por el cual se toma, se arrebata a
manos llenas, la plata, el oro, para derrocharlo en la fiesta. Poseer
el mundo, doblegarlo a sus leyes, someterlo a su propio placer,
toda la alta cultura del siglo xrv culmina en estos jefes de Estado
que fueron ante todo jefes de guerra. Por eso el arte de la época
está dominado por tantas figuras tonantes, cabalgantes, y por
tantas torres erigidas. La fortaleza es el sostén de toda formación
política al mismo tiempo que reducto donde se entierra su teso­
ro, sus libros, sus joyas, sus devociones, sus placeres. Todo hom­
bre que accede al pleno poder eleva simbólicamente una torre al
mismo tiempo que hace preparar su tumba. En el horizonte de
todas las capillas se alza una torre y en las páginas de las «Muy
Ricas Horas», el admirable paisaje no es más que un pretexto
para mostrar la silueta de un castillo. Central. Dominante, como
lo es en la realidad la guarida militar del príncipe. Hacia él son
aportados los frutos de la tierra por los campesinos, campesinos
ahora mucho menos miserables en verdad que el año mil, co­
miendo mejor, mejor vestidos, pero trabajando cada vez más
duramente para pagar el impuesto, Gracias a su labor se amplía
y se embellece la mansión del dueño, como en otro tiempo la
casa de Dios. Castillo y palacio dispuestos para resistir el asedio,
pero abriendo su cámara alta a la alegría de respirar y de pavo­
nearse.
¿Percibieron los pobres algo de la alta cultura del tiempo?
¿Compartieron al menos la calderilla? Los educadores no fueron
los príncipes, que no se cuidaban de ello. Fueron los predicado­
res, los dominicos, los franciscanos. Reunían multitudes para
166 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

otras fiestas, fiestas de la palabra y del entusiasmo místico. Toda


la ciudad reunida para escucharlos en las plazas, o bien en las
grandes iglesias, nuevas, claras, espaciosas, edificadas por las ór­
denes «mendicantes» ahora ricas y bien arraigadas, como grandes
salones sin tabiques, dispuestas para que cada uno vea claramen­
te al sacerdote elevar la hostia, para que cada uno siga el desa­
rrollo de un sermón que exhorta a vivir mejor y sobre todo a
morir bien. Apoyan estos discursos los simulacros, las equivalen­
cias visuales: se montaban representaciones de la Pasión en tor­
no a los púlpitos. Y para que no se borrara demasiado rápida­
mente el recuerdo de las palabras oídas, de los gestos rituales
entrevistos, se distribuían imágenes piadosas. Se las podían lle­
var, coserlas bajo sus vestidos, traerlas como los príncipes traían
las joyas talismanes sobre su cuerpo. Estas hojas fueron los díp­
ticos, los trípticos y los relicarios privados de los pobres. En
efecto, al final del siglo xxv, cuando tomaban más amplitud con­
juntamente los grandes viajes de predicación y el teatro popular,
los progresos técnicos hicieron estas imágenes accesibles a la
mayoría, por el empleo del papel y la xilografía, verdadera revo­
lución que se adelantaba unos sesenta años a la imprenta y cuyo
efecto sobre las conciencias fue sin duda revolucionario en las
profundidades de la sociedad.
Se divulgaron libritos historiados, junto a las «Artes de bien
morir», las Biblias, «Biblias de los pobres» como se decía justa­
mente. Casi nada de texto. Algunas leyendas muy cortas (pues a
la Iglesia le repugnaba poner el texto de la Escritura al alcance
de aquellos cuyo espíritu no había formado y vigilado en sus
escuelas. Se asustaba de que se tradujera; perseguía como heré­
ticos a los que se arriesgaban a hacerlo y no entregaba más que
a los príncipes más poderosos, bastante instruidos para no hacer
mal uso de ella algunas migajas, adaptaciones prudentes de la
palabra divina). Estas Biblias eran pues libros de imágenes. Las
escenas sucesivas de la vida de Jesús, esenciales, ocupaban el
centro de cada página; junto a ellas se establecían algunos de los
relatos del Antiguo Testamento, que intervenían como refuerzo
de la enseñanza evangélica al mostrar su prefiguración. El paso
del mar Rojo, el racimo de la Tierra Prometida encuadran por
ejemplo el bautismo de Cristo, a fin de que se comprenda mejor
que cada cristiano, por el bautismo que recibe a imitación del
Salvador, escapa a la persecución del ejército malo y se introduce
en el país bendito donde corre el vino del verdadero conocimien­
to: frente a la traición de Judas, la tentación de Adán; frente a
LA MUERTE 167
la Cena, Melquisedec y el maná nutriendo en el desierto al pueblo
elegido. Esta pedagogía, fundada en las concordancias, prolon­
gaba la de Suger y la enseñanza que de la misma manera daban
en el año mil las puertas de bronce de Hidelsheim.
Junto a los libros, las dispersas hojas volantes reproducían
simplificados y esquematizados los temas principales de la icono­
grafía dominante, la de la gran pintura y la gran escultura de
corte. Estas imágenes menos costosas, puestas sobre las estructu­
ras maestras de la imaginería de devoción, exagerando y carica­
turizando los temas, muestran cómo se derramaba la piedad
entre la multitud.de santos y de santas, pequeñas divinidades
auxiliadoras, que dan suerte y guardan de la desgracia, muestran
lo que rebajaba el sentimiento religioso hacia puerilidades ante
el belén, y sobre todo la influencia de un gusto profundo por las
representaciones de suplicio. ¡Cuántos cuerpos desgarrados y
maltrechos! La carne de los mártires traspasada de heridas; san
Sebastián acribillado con flechas; Cristo flagelado, aplastado por
la Cruz, muerto sobre las rodillas de su madre desconsolada,
sangrando; y como en una historieta, editada hacia 1440, bajo el
pretexto de contar la vida de san Erasmo, el horrible encadena­
miento de todos los medios de hacer sufrir. Obsesión: el Niño
Jesús, la leche de la Virgen, la sangre, la muerte de los justos:
he aquí lo que nos queda del arte popular.
¿Popular? Entendámonos: este arte es el de una clase media,
de una burguesía urbana enseñada, por los sermones dominicanos
y por la representación de los misterios. ¿Pero y el verdadero
pueblo, el de los campos? Percibía sin duda más de lo que imagi­
namos. Domrémy no era más que un gran pueblo y Juana de Arco
de familia acomodada, pero campesina: sus sueños están poblados
de figuras muy concretas; no vacila, reconoce muy bien a san
Miguel, a santa Catalina y a santa Margarita. Reconoce su rostro,
que había visto en retablos y en grabados. Poder de la imagen
más que de las palabras. Con tantos frescos y estatuas, el espíri­
tu del hombre ordinario, entre 1400 y 1430, fue invadido por vi­
siones muy claras, pues para él lo invisible no era menos pre­
sente que lo real. En el primer plano de sus fantasmas, la silueta
de la Virgen y la del Crucifijo. Detrás de ellas, el infierno y el
paraíso: el porvenir de todo hombre y de toda mujer, uno u otro,
más ailá de la muerte, ineluctablemente. Dos estancias, dos puer­
tas abiertas a una parte y otra del gran juez. Como, en el tímpano
de Cosques.
Los ricos soñaban el paraíso como uno de esos jardines cuida­
168 EUROPA SU ÍA &&ái¿ MEDIA

dos donde se complacían en divertirse: flores, aguas cantarínas,


hermosísimos cuerpos de muchachos ligsr-as y de esbeltas mucha­
chas, no imaginando la casa de Abraham, la Jerusalén celestial,
de otro modo que bajo el aspecto de un vergel de amor, sólo un
poco más embalsamado, un poco mejor protegido del invierno ;
no sabiendo figurar la alegría de los resucitados más que por la
gracia de los cuerpos. Las imágenes del infierno son menos po­
bres: la angustia, el cielo vacío, caer dentro de lo negro como en
los malos sueños y como cayeron los ángeles rebeldes; el cuerpo,
la carne, abandonados a las bestias inmundas, convertidos en
juguetes de los demonios; devoración, quema; un fuego que no
es purificación sino tortura sin fin: ardor de deseos insatisfechos,
ardor de remordimiento. Los infiernos huyen de esos condenados
en tropel que obsesionaban al espíritu de Dante. En Pisa, en már­
mol, sobre el púlpito de la catedral, es un embrollo de músculos
y de serpientes y, en el fresco del Campo Santo, de decapitados
cuya cabeza cortada, gesticulante, ocupa el lugar del sexo.
En la capilla de la Arena, en Padua, sobre la pared occidental,
frente a la tumba ante los ojos del yacente, Giotto sitúa el espec­
táculo de la parte maldita. Es aún un hundimiento, sexos devo­
rados, el hombre castrado, la mujer desollada, los refinados cas­
tigos de la carne demasiado querida y, bajo el pretexto de
describir los tormentos, Giotto pinta aquí los primeros desnudos
sexuales de la Europa cristiana.
Cuatro siglos después de los Apocalipsis españoles y de la ta­
picería de Bayeux, tres siglos después de Conques y de los enre­
dos demoníacos de Souillac, pasado el intermedio teológico del
siglo xm, la luz, la paz, la sonrisa del gótico, acaba la Edad Me­
dia con estos acentos trágicos, estas gesticulaciones, en el Iaci-
nante recuerdo del mal, del sufrimiento, de la putrefacción de
los cuerpos. ¿Cuándo acaba? Vana cuestión. En todo caso es in-
soluble, ante todo porque Europa era diversa y en sus múltiples
provincias el tiempo no corría al mismo ritmo, la Edad Media
había acabado hacía cinco o seis generaciones en Toscana mien­
tras Nuremberg y Upsala seguían siendo plenamente medievales.
La cuestión es vana sobre todo porque la Edad Media después
de haber sido una sucesión de renacimientos encadenados se ha
precipitado en el último renacimiento, el grande, el del siglo xv
italiano. Se precipita en él con todo, con Roldán, con la reina de
Saba y san Buenaventura, con lo macabro, el fervor, los juegos
del esoterismo, del erotismo, con la devoción moderna. Esta co­
rriente de supervivencias, tan espesa como en cualquier otro mo-
LA MUERTE 169
mentó de la historia y que el historiador, siempre atento a lo que
se innova, corre a veces el riesgo de olvidar, convence de que todo
corte es arbitrario.
Sin embargo yo me detengo en 1420 o 1440, cuando se amor­
tiguan las últimas repercusiones de la peste negra. París ya no
es, como lo era en tiempos de Juan Berry el Magnífico, el punto
central, la encrucijada de la investigación y de la invención de
donde irradiaban las modas nuevas a todas partes. El eclipse es
accidental; resulta de azares políticos, del debilitamiento de la
monarquía francesa abrumada por una guerra desgraciada de
la revuelta que obliga al rey a huir, a transplantar su corte por un
tiempo al valle del Loira. Aviñón sobrevivió mal a las sacudidas
del Gran Cisma. Lo vivo de la creación estética tiende entonces
a concentrarse en los principados más fuertes de aquel tiempo,
en el norte, en el estado autónomo que los primos del rey de
Francia han construido en tomo al ducado de Borgoña y al con­
dado de Flandes, en eí sur en la república de Florencia que se
desliza sin preocupación hacia el poder de una tiranía acolchada,
la de los Médicis. Hacia esos dos polos, que son los de los co­
mercios más fructíferos, afluyen por el momento los mejores ar­
tistas para glorificar los poderes del dinero. Lo mismo que cien­
to cincuenta años antes Nicola Pisano se había adelantado a
Giotto, también son los escultores, Claus Sluter en Borgoña, Do-
natello en Toscana, quienes se sitúan en la vanguardia. Pero to­
dos los esfuerzos plásticos conducen a la pintura, a la de Van
Eyck, a la de Masaccio. Sobre las dos vertientes de una misma
cultura.
Van Eyck prosigue las experiencias góticas. Su obra prolonga
la de los artistas domésticos del duque de Berry. Con más maes­
tría que aquéllos, pone a la, vista, con su exacta verdad, una mul­
titud de sensaciones fugaces, reunidas por el juego de las som­
bras y de las irisaciones, por la luz, la de la teología mística.
Masaccio vuelve a la majestad giottesca para celebrar las virtu­
des estoicas de un cristianismo tan austero y -equilibrado como
los escritos latinos que encantan a los humanistas. No busca
capturar los espejismos de la realidad, sino captar con la razón
estructuras lógicas y medidas ideales. Sin embargo, el arte de
Van Eyck y el arte de Masaccio tienen en común el sentido del
hombre: en el centro de sus creaciones, para expresar la gran­
deza y la miseria de la condición humana, uno y otro han colo­
cado ai hombre nuevo, Adán. Y a Eva. Y sobre todo, mientras
hasta allí iodos los pintores, todos los escultores y todos los or­
170 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

febres habían sido obreros o bien domésticos que dependían de


un maestro o de un cliente cuyos caprichos debían respetar. Van
Eyck, cuando un día decidió pintar el rostro de su mujer sólo
para placer suyo, o Masaccio cuando puso su propio rostro entre
los apóstoles del «tributo», afirmaban ambos soberbiamente, por
primera vez, que el mismo gran artista es un príncipe y que tie­
ne el derecho, como Dios, de crear libremente lo que quiere.
Castigo de C olinet de P uiseüx
«E l jueves 12 de noviembre, Colinet de Puiseux fue conducido a los
Halles con otros seis traidores; aquél se hallaba en séptima posición sen-
ja d o -ea la carreta sobre un poste más alto que los demás, teniendo una
cruz de madera de las manos y vestido tal como estaba cuando fue pren­
dido, en hábito de sacerdote; así es como fue llevado al cadalso, desnu­
dado y decapitado. Fue despedazado y sus cuatro miembros fueron col­
gados cada uno en una de las puertas principales de París, y su cuerpo
fue puesto en un saco en el patíbulo... Y se tenía por cierto que este
Colinet era causa, por su traición, de más de dos millones de daños en
Francia sin hablar de las gentes que hizo matar, poner en rescate o de­
portar, y de las que nunca más se oyó hablar.»

« Diario de un burgués de París


durante la guerra de Cien años»

Un c u r io s o m a l : l a i o s f e r in a

«En esta época los niños cantaban por la tarde al ir a por vino con mos­
taza; «Vuestro coño tiene tos, señora; tiene tos, tiene tos.» Ocurrió en efec­
to, por capricho de Dios, que un aire malo y corrompido se abatió sobre el
mundo que hizo perder el bebser, el comer y el sueño a más de cien mil
personas en París, Se tenía dos o tres veces al día una fiebre muy fuerte,
sobre todo cada vez que se comía; todo alimento os parecía amargo, ma­
lísimo y hediondo; a continuación se temblaba y por último, lo que
era peor, el cuerpo perdía todas sus fuerzas. Este mal duró, sin cesar, tres
semanas y más. Y comenzó por cierto hacia finales de marzo y se le llama­
ba «E l golpe» o «E l porrazo». Y los que no lo tenían o ya se habían curado
se burlaban de los demás diciendo: «¿Lo tienes? Me parece que has can­
tado: vuestro coño tiene tos, señora.» Pues además de todo lo que acabo
de decir, este mal daba una tos tan fuerte, un catarro tan cruel, una tal
ronquera que ya no se cantaba en las misas mayores en París y muchos,
a fuerza de toses, se rompieron los órganos genitales por el resto de su
vida. Mujeres encintas, que estaban lejos de su término, dieron a luz pre­
maturamente sin ayuda de nadie a fuerza de toser, lo que no dejaba de
traer la muerte para la madre y para el niño. Cuando se acercaba la cu­
ración, los enfermos lanzaban mucha sangre por la boca, por la nariz y
172 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

por abajo, lo que asustaba mucho, y sin embargo nadie se «aoráa. Pero
había trabaje para curarse, pues se necesitaba contar unas seis semanas
después de la curación completa antes de que volviera el apetito; y ningún
médico sabía decir de qué mal se trataba.»

«59?arf<> 3e vm 'outgüés d e P a rís


durante la guerra de Cien años»

D e te n cio ne s y m at an za s de l o s A r m ag nacs

«Pronto la multitud, muy exaltada, recorrió todas las hosterías de París


en busca de los Armagnacs y todos los que encontraban eran llevados en
seguida a los hombres de guerra en medio de la calle y despiadadamente
muertos a golpes de hacha o de otras armas, Y aquel día cualquiera que
tenía un arma golpeaba a los Armagnacs hasta que cayeran muertos. Las
mujeres, los niños y el pueblo bajo, que no podían hacer más, los mal­
decían al pasar cerca de ellos: «Perros traidores, todavía estáis mejor de
lo que merecéis. Aún habrá más. Quisiera Dios que todos fuesen en tal
estado.» No había entonces la más pequeña calle en ¡a que no se consu­
mase algún asesinato y apenas había tiempo de dar cien pasos cuando
a los Armagnacs no les quedaba más que las bragas. Y se apilaban sus
cuerpos como cerdos en ei barro (que era abundante pues llovió mucho
todos los días aquella semana). Aquel día fueron muertos 522 hombres
así en las calles, más los que perecieron en sus casas. Y llovió tan fuerte
aquella noche que los cadáveres no olían mal; sus llagas fueron tan bien
lavadas por la lluvia, que por la mañana no quedaba en las calles más
que sangre cuajada, pero ninguna porquería. Entre los Armagnacs de
gran renombre que fueron presos en el curso de estas jomadas se halla­
ban Bernard d'Armagnac, condestable de Francia, tan cruel como Nerón,
el canciller de Francia Henri de Marle, Jean Gaudé, maestro de la arti­
llería, el peor de todos, que respondía a los obreros cuando éstos le pe­
dían sus salarios: «¿No tenéis cada uno de vosotros una moneda para
comprar la cuerda y colgaros? Por san Claudio, canallas, es por vuestro
bien.» Y no sacaban otra cosa, de modo que este Gaudé amasó un tesoro
más considerable que el del rey. Hubo aún un tal maestre Robert de
Tuilliéres, maestre Oudart Baillec; el abad de Saint-Denis en Francia, fal­
sísimo hipócrita; Remormet de la Guerre, capitanes de los peores ladro­
nes que se pueda encontrar, mucho peores que sarracenos, maestre Fierre
de l'Esclat; maestre Fierre le Gaiant, cismático, hereje, que había predi­
cado en La plaza de Gréve y era digno de la hoguera: el obispo de Cler-
mont, el más encarnizado de todos contra la paz, y muchos otros. Los
había tanto en el palacio, en el Pequeño y en el Gran Chátelet, en San Mar­
tín, en San Antonio, en Tirón, en el Temple, que ya no se sabía dónde
meterlos. Entre tanto los Armagnacs estaban todos en la puerta de San An­
tonio y cada noche se daba la alarma y se hacían grandes fuegos, se toca­
ba la trompa, antes y después de medianoche y a medianoche; y sin
embargo todo esto le gustaba a l pueblo que lo hacía de buen grado. El jue­
ves 9 de junio el pueblo estableció la cofradía de San Andrés en la parro­
quia de Sais Eustaquio; cada miembro llevaba rosas rojas en su sombre-
I A MtrERTE 173

xo, y entraron ea «lia íaaíos parisinos que los jefes de la cotradia afirma­
ban que habían tenido que mandar hacer más de 60 docenas de sombreros
y sin embargo faltaban antes de mediodía. La iglesia de San Eustaquio
estaba llena a rebosar y olía tan bien que se hubiera dicho lavada con

.a ios parisinos <ju tes


agua de rosas. La misma semana, los habitantes de Rouen pidieron ayuda
e «aviaron 3€0 lanzas y 300 arqueros para luchar
contra los ingleses.»

«D iario de un burgués de París


durante ia guerra de Cien años»

M uerte del verdugo Ca p e l u c h e

«E l lunes 22 de agost» algunas mujeres fueron llevadas a juicio y eje­


cutadas en las calles, teniendo por todo vestido su camisa. En esta faena
el verdugo estuvo más encarnizado que cualquiera; pero en el número
que ejecutó, también a una mujer encinta que de ningún, modo era culpa­
ble; también él fue arrestado, aprisionado en el Chátelet con otros dos cóm­
plices y tres dias después los tres fueron ejecutados. Y antes de morir,
enseñó a su sucesor la manera de cortar las cabezas; se le desató y él
mismo dispuso la cuchilla sobre su cuello y su cara, sacó su azuela y su
cuchillo como si fuese a ejecutar a cualquier otro, lo que asombró a todo
el mundo; luego pidió misericordia a Dios y su ayudante le decapitó. Hacia
fines de agosto hacía tanto calor noche y día que nadie podía dormir,
hubo además una epidemia de bubas que afectó sobre todo a los jóvenes
y a los niños y causó gran mortandad.»

« Diario de un burgués de Pa rís.


durante la guerra de Cien años»

El ham bre

«Menos de 3 días después 'el trigo y la harina se encarecieron de tal


modo que el sextario de grano valía en los Halles, medida de París, 30
francos en la moneda que entonces tenía curso y la buena harina 32
francos; a 24 dineros parisinos la pieza no se podía encontrar pan y el
más pesado no debía pesar más que 20 onzas. Era un momento bien malo
para los pobres y los sacerdotes sin medios, que no recibían más que dos
sueldos parisinos por una misa. A guisa de pan, los pobres no comían más
que cuatro coles y nabos sin pan y sin sal. Antes de Navidad, el pan de
cuatro blancos valía 8 y aún no se podía tener más que a condición de ir
a casa del panadero antes del día y ofrecer unas copas a los mozos para
conseguirlo. El vino valía por lo menos 12 dineros la pinta; y el que lo
obtenía a este precio no se quejaba, pues a las ocho ya había a la puerta de
las panaderías tal gentío que hubiera sido increíble si no se hubiese visto.
Y cuando por falta de dinero, o porque la afuencia era demasiado grande,
esas pobres criaturas que habían ido allí por sus maridos que trabajaban
174

en los campos, o por sus niños que .gritaban de hambre en casa, no po­
dían tener pan, había que oír sus quejas y sus lamentaciones y a los niños
que gritaban: «¡M e muero de ham bre!»
Sobre los montones de estiércol en París hubieseis podido encontrar 20
o 30 niños, muchachos o muchachas, muriendo de hambre y de frío y no-
ta y corazón tan endurecido que al oírlos gritar: «¡Hay, me muero de ham­
bre!», no hubiese sido trastornado y conmovido por la piedad. Pero los
pobres jefes de familia no podían venir en su ayuda sin pan, sin trigo, sin
madera ni carbón. Y el pobre pueblo estaba tan abrumado de buscar
noche y día que nadie podía ayudarse... El 27 de diciembre, Catalina de
Francia, con quien se había casado el rey de Inglaterra, partió para Ingla­
terra: dejó al rey su padre con mucha emoción. El rey de Inglaterra dejó
al duque de Clarence y a otros dos condes como capitanes de París y ellos
hicieron muy poco bien. El sextario de trigo alcanzó entonces los 32 fran­
cos y más, el sextario de cebada 27 y 28 francos y ei pan de 16 onzas -8
blancos. En cuanto a los pobres, no podían comer guisantes o habas a.
menos que se les regalaran. Una pinta de vino ordinario costaba por lo me­
nos 16 dineros. No hacía tanto tiempo que se hubiera tenido m ejor o tan
bueno por 2 dineros.»

« Diario de un burgués de París


durante la guerra de Cien años»

El d ram a del ár b o l de V auru

«E l 5 de mayo el bastardo de Vauru fue arrastrado por toda la ciudad


de Meaux y luego decapitado; su cuerpo fue colgado en este árbol, un
olmo al que él mismo en vida había llamado el árbol de Vauru; su cabeza
fue puesta en lo más alto en el extremo de una lanza y su cuerpo recu­
bierto con su estandarte. Al lado de él fue colgado un ladrón asesino lla­
mado Denis de Vauru, que se decía primo suyo y por su crueldad era bien
digno de serlo pues nunca se oyó hablar de un tirano semejante. Todo
trabajador al que podía descubrir y atrapar o hacer atrapar y del que
se aseguraba de que no podía sacar ningún rescate, era sujetado a la cola
de un caballo y arrastrado hasta este olmo. Y si no encontraba verdugo
para hacerlo, él mismo o su primo lo ahorcaban, pero he aquí la peor de
las crueldades de este hombre que en la materia superaba a Nerón:
habiendo apresado un día a un joven que trabajaba, lo ató a la cola de
su caballo y lo arrastró así hasta Meaux, donde lo hizo torturar; el joven,
en la esperanza de escapar a los tormentos que soportaba, le concedió lo
que pidiera; pero el rescate era tal que tres hombres como él no hubieran
podido pagarlo. Esta suma la pidió a su mujer, casada este mismo año
y que iba a tener un niño. Su mujer, que amaba tiernamente a su marido,
vino a Meaux, con la esperanza de enternecer el corazón del tirano, pero
nada consiguió; el maldito hombre le dijo que si el día fijado no tenía
el rescate prometido, su marido sería colgado en el olmo. Entonces la
-mujer encomendó su marido a Dios y llorando tiernamente y él por su
lado se compadeció de ella. Partió ella entonces maldiciendo su suerte y
se esforzó por reunir Ja suma, pero no lo consiguió más que unos 8 días
LA MUERTE 175
•después de expirar el plazo fijado. Cuando éste se agotó, el tirano hizo
m orir al joven sin piedad y sin merced en su olmo, como lo había hecho
con todos los demás. En cuanto ella hubo reunido el montante del rescate,
la mujer volvió y reclamó su marido al tirano llorando; no podía tenerse
ya de pie, pues se acercaba a su término y había hecho un largo trayecto;
estaba tan agotada que se desmayó. Vuelta en sí, reclamó de ¡en
marido, pero se le respondió que no podía verlo más que cuando hubiera
pasado el rescate. Ella esperó todavía un poco y vio llevar a otros traba­
jadores que no podían pagar y eran en seguida ahogados o colgados sin
merced. Por eso ella tuvo mucho miedo por su marido al que su pobre
corazón temía encontrar en lamentable estado pero lo amaba tanto que
les dio el rescate. En cuanto lo tuvieron, le ordenaron que se fuera y le di­
jeron que su marido estaba muerto como los demás villanos. Cuando es­
cuchó estas palabras crueles, su corazón se rompió de dolor y se puso
a hablar como una desesperada y frenética a la que el dolor hubiera vuel­
to loca. Cuando el bastardo de Vauru oyó lo que ella decía y que no era
de su gusto la hizo apalear y conducir a su olmo atándola después al
árbol; hizo cortar sus vestidos tan cortos que se le podía ver el ombligo;
jamás se vio semejante inhumanidad... por encima de su cabeza se balan­
ceaban los cuerpos de por lo menos ochenta ahorcados; los más bajos
rozaban su cabeza, lo que le causaba tal espanto que ya no se tenía sobre
sus piernas; las cuerdas que le ligaban los brazos lastimaban su carne
y no cesaba de dar grandes gritos y lastimeros gemidos. Vino la noche
y su desesperación no tuvo límite con la idea de que sufría tanto y en
tan horrible lugar, se lamentaba diciendo: «Señor Dios, ¿cuándo cesará
para mí el espantoso dolor que sufro?» Gritó tan fuerte y tanto tiempo
que se la podía oír desde la ciudad; pero nadie habría osado ir a librarla
sin arriesgarse a la muerte. En medio de estos sufrimientos y de estos
gritos, le tomaron los dolores tanto a fuerza de gritar como por el frío, el
viento y la lluvia que la asaltaban por todas partes. Gritó tan fuerte que
los lobos, que buscaban alguna carroña, vinieron derechos hacia ella, se
lanzaron sobre su pobre vientre, lo abrieron a dentelladas, sacaron al niño
en trozos y despedazaron todo el resto del cuerpo. Así pereció esta pobre
criatura, en marzo, durante la Cuaresma de 1421.»

«D ia rio de un burgués de París


* durante la guerra de Cien años»

La llegada de l o s r o m a n íe s

«E l domingo 17 de agosto llegaron a París doce penitentes; un duque,


un conde y diez hombres, todos a caballo, que se decían buenos cristianos
y pretendían venir del bajo Egipto; decían que habían sido en otro tiempo
cristianos y que hacía poco tiempo que habían vuelto a serlo, después de
que los cristianos hubieran sometido de nuevo todo el país, bajo pena de
muerte. Los que estaban bautizados eran señores del país como antes y
habían prometido mostrarse fieles buenos y leaies y guardar 3a ley de Cris­
to hasta la muerte... y afirmaban que cuando eran cristianos tras un
cierto tiempo, habían sido asaltados por los sarracenos; entonces se había
176 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

cancelado su fe, no habían defendido su país y no habían hecho la guerra


con bastante corazón, se habían rendido a sus enemigos, habían renegado
su fe y se habían hecho sarracenos. Luego, cuando los soberanos cristia­
nos, como el emperador de Alemania, el rey de Polonia y otros señores
supieron que habían abandonado así nuestra fe para hacerse sarracenos e
idólatras, se pusieron a perseguirlos y poco después los vencieron; habían
esperólo que se les dejaría en su país, pero el emperador y otros señores,
tras haber deliberado, decidieron que no podían permanecer en sus tierras
más que con el consentimiento del papa y que era necesario pues que se
dirigieran a Roma, cerca del santo padre. Todos fueron allí, grandes y
pequeños, estos últimos con muchos trabajos y confesaron sus pecados.
Cuando el papa hubo oído su confesión,,les dio como penitencia ir durante
los siete años venideros a través del mundo, sin acostarse jamás en una
cama, ni disponer de ninguna comodidad. Para sus gastos, ordenó que
todo obispo o abad que llevase báculo les daría de una vez para todas diez:
libras tomesas, y les hizo proveer de cartas en este sentido para los prela­
dos de la iglesia y les dio su bendición. Partieron y antes de llegar a París,
corrieron el mundo durante cinco años. El grueso de la tropa —de ciento
a ciento veinte hombres, mujeres y niños— no llegó hasta el día de la De­
gollación de san Juan Bautista; la autoridad judicial no les permitió en­
trar en París y les obligó a residir en la capilla de Saint-Denis. Al salir de
su país, eran unos mil doscientos, pero el resto había muerto en el camino.
Su rey, su reina y todos los que habían sobrevivido tenían aún la esperan­
za de poseer los bienes de este mundo, pues el santo padre les había pro­
metido, una vez cumplida su penitencia, darles un país bueno y fértil don­
de podrían establecerse.
Cuando fueron instalados en la capilla, no se vio nunca tanta gente en
la bendición del Lendit, pues vinieron de París, de Saint-Denis y de los
alrededores de París para verlos; es verdad que sus hijos, niños y niñas,
eran de una destreza incomparable; casi todos tenían las orejas perfora­
das y llevaban en cada una de ellas uno o dos anillos de plata, decían que
era moda en su país.
Los hombres eran muy negros, con los cabellos crespos, las mujeres las
más feas y negruzcas que se pueda ver; todas tenían llagas en el rostro
(sin duda, algunos tatuajes) y los cabellos negros como cola de caballo.
Llevaban a manera de vestidura una vieja frazada (especie de cobertor
bastante tosco, de lana o algodón), atada sobre la espalda con una gruesa
atadura de trapo o de cuerda; debajo no llevaban más que un viejo delan­
tal o una vieja blusa; en una palabra eran las más pobres criaturas que se
haya visto en Francia. A pesar de su pobreza, había entre ellas brujas, que
leyendo en las manos de las personas les decían el pasado o el porvenir
y pusieron discordia en más de un matrimonio diciendo al marido: «Tu
mujer te hace cornudo» o a la mujer: «Tu marido te engaña». Lo peor
era que, mientras ellas hablaban a sus clientes, por magia, por el diablo
o por habilidad, vaciaban el contenido de la bolsa de sus oyentes en la
suya propia. Al menos esto es lo que se decía, pues en verdad yo fui a ha­
blarles tres o cuatro veces y jamás me apercibí de que me faltara un
solo dinero a la vuelta y no les he visto leer en las manos. Pero el pueblo
hacía correr por todas partes este rumor, que por fin llegó a los oídos del
obispo de París quien fue a verlas, acompañado de un hermano menor,
llamado el pequeño jacobino, quien por su orden les hizo un buen sermón.
X A M * }e S T £ 177
y excomulgó a todos los que habían dicho o se habían hefíso decir la buena­
ventura y mostrado sus manos. Se les obligó entonces a marcharse de allí
y partieron el día de Nuestra Señora de setiembre para Pontoise.»

« Diario de un burgués de París


durante la guerra de Cien años»

ÜN CAMPESINO INGLES Y Sü FAMILIA HACIA 1394

«\..Y cuando yo iba por el camino llorando de pena, vi a un pobre


hombre detrás de su carreta. Su cota era de tela tosca llamada cary, su
capuchón estaba todo agujereado escapándose de él sus cabellos; de sus
zapatos, abollados y claveteados salian sus dedos cuando pisaba la tie­
rra; sus medias caían sueltas sobre sus polainas y se habían manchado
todo de barro siguiendo la carreta; dos mitones hechos de harapos cuyos
dedos estaban gastados y cubiertos de barro. Este hombre se había me­
tido en el barro casi hasta los tobillos; ante él, cuatro vacas que se habían
vuelto éticas; eran tan miserables que se podían contar sus costillas. Su
mujer marchaba ai lado de él con una larga aijada; llevaba un refajo
corto muy arremangado y se había envuelto en un cedazo de aventar para
protegerse del mal tiempo; los pies desnudos incluso en el hielo de suerte
que corría la sangre. Y en el extremo del campo había una pequeña caja
de basuras, donde se hallaba un niño pequeño andrajoso y al otro lado
otros dos niños de dos años y todos cantaban una canción que se oía con
piedad. Todos gritaban el mismo grito, una nota miserable. El pobre
hombre suspiraba tristemente y decía; '“ Silencio, niños” »...

« Pierce the Pioughmans Crede»,


hacia 1394

«En su juventud, era vivo cíe naturaleza. Cuando ésta comenzó a com­
prenderse a sí misma y se dio cuenta de que para sí misma era una pe­
sada carga, esto le fue amargo y penoso. Buscó tretas y grandes peniten­
cias para someter el cuerpo al "espíritu. Llevó algún tiempo una camisa
de crin y una cadena de hierro hasta que la sangre corría en fuente, tanto
que tuvo que quitárselas. Se hizo hacer en secreto un vestido interior y
dentro áe este vestido interior correas guarnecidas con ciento cincuenta
puntas de latón finamente limadas y estas puntas estaban siempre vuel­
tas hacia la carne. Este vestido era muy ajustado y sólidamente apretado
por delante para que se adaptase tanto mejor al cuerpo y los clavos pun­
tiagudos penetrasen hasta la carne; subía hasta la altura del ombligo.
E l Servidor lo llevaba por la noche para dormir. En verano,- cuando ha­
cía mucho calor, la marcha le había fatigado y se sentía debilitado, o des­
pués de ia sangradura cuando estaba así prisionero de sus sufrimientos,
atanneniadc por la miseria,- a veces lloraba, rechinaba los dientes en si­
178 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

lencio, se volvía y revolvía lastimosamente como un gusano al que se


pincha con agujas puntiagudas. A menudo parecía estar echado en el hor­
miguero pues tanto corrían sobre él los parásitos. Cuando hubiera podido
dormir o estaba ya dormido, éstos le picaban y mordían a placer. Se diri­
gía a veces a Dios con el corazón grave. «¡Oh, tierno Dios, qué muerte es
ésta. Para aquel a quien matan los bandidos o las bestias la cosa es rápi­
da y yo estoy aquí bajo esta espantosa miseria, muero y sin embargo no
puedo m orir!» Por largas que fuesen las noches en invierno y cálidas en
verano, no se desembarazaba de ella y £ara que tuviese menos atenuación
en este martirio, todavía imaginó una cosa: anudó alrededor de su cuello
una parte de su cinturón y le adaptó hábilmente dos anillos de cuero;
deslizó allí sus manos y encerró sus brazos por medio de dos cadenas;
puso las llaves sobre una plancha delante de su lecho hasta la hora de le­
vantarse para Maitines y liberarse: dentro de estos lazos estaban sus bra­
zos tendidos hada lo alto a los dos lados de la garganta y los lazos esta­
ban tan apretados que si se hubiese prendido fuego en su celda no hu­
biera podido salir de aquella situación. Y así fue hasta que sus manos y
sus brazos fueron presa de temblores a fuerza de estar tendidos; enton­
ces intentó otra cosa.
Se hizo hacer un par de guantes de cuero como los trabajadores tienen
costumbre de llevar contra las espinas; los hizo guarnecer de trecho en
trecho con finas puntas de latón por un hojalatero y se los puso por la
noche a fin de que, si hubiera querido rechazar ei vestido interior de crin
o hallar de alguna otra manera un alivio contra las mordeduras de los pa­
rásitos, las puntas entraran en su carne, y esto es también lo que ocurría.
Cuando quería ayudarse con sus manos y durmiendo llevaba las puntas
agudas sobre su pecho y se rascaba, se arañaba tan horriblemente como
si le hubiera lacerado un oso. La carne de sus brazos y alrededor de su
corazón supuró y después de haber sido curado al cabo de muchas sema­
nas, todavía tuvo mayor mal y se hizo nuevas heridas. Este martirio duró
dieciséis años, pero como sus venas y su cuerpo se habían debilitado y
arruinado, se le apareció un mensajero del cielo el día de Pentecostés y
le anunció que Dios no quería que continuara. Entonces cesó y arrojó todo
a la corriente de agua.»

Enrique Suso (1295-1366)

D ia l o g o a m o r o s o d el a l m a c o n c r is t o s u e s p o s o
DESCLAVADO DE LA CRUZ

« Quid, düecti mi, ¿qué, mi bien amado; qué, cumplimiento de todos


mis deseos; qué he de decirte, Señor, bien amado, cuando el amor me
vuelve mudo? Mi corazón está lleno de palabras de amor, ¡si mi lengua
pudiera expresarlas! Insondable es mi sentimiento, infinito mi amor que
hace inexpresable a m i pensamiento porque tú eres mi rey, tú eres mi Se­
ñor, tú eres m i amor, tú eres mi gozo, tú eres mi hora de alegría, tú eres
m i guía Feliz, tú eres todo lo que puede resultar amable en mi corazón;
por eso, ¿qué más decir, m i bien amado? Tú estás en mí, yo estoy pues
LA MUSRTE 179

en ti y así será para siempre jamás. ¿Cuánto tiempo estará m i lengua si­
lenciosa, mientras todo mi ser íntimo exclama así? ¿O bien debo callarme,
porque no puedo tener al bien amado corporalmente cerca de mí? No,
absolutameEfl». a quien ama mi alma está oculto, los ojos de mi co­
razón lo ven, lo miran, lo contemplan. Veo a m i bien amado descansando
bajo un manzano silvestre, agotado por sus heridas de amor y no puede
sostenerse; ha inclinado su cabeza sobre su amor, está sostenido por las
flores de la Divinidad rodeado por la corte de sus discípulos en su digni­
dad. Por eso empiezo por pedir el permiso de hablar, pues soy ceniza y
polvo en razón de nú propia reprobación y quiero hablar a mi Señor, a
mi Esposo, eternidad y sabiduría luminosa y tierna, nadie me lo puede
impedir. Quiero conversar con mi bien amado y tal es el deseo de mi co­
razón antes de que desaparezca a mis ojos y se oculte en ¡a tumba con
aromas.
Ah, dime, mi bien amado, ¿por qué has dejado a mi alma buscarte
tanto tiempo, tan ardientemente sin poderte encontrar? Te he buscado a
través de la noche en la voluptuosidad de este mundo y no he hallado más
que gran amargura de corazón, tribulación y tristeza constante en las imá­
genes humanas; en la escuela de la frivolidad he aprendido a dudar de
todas las cosas y no te he encontrado en ninguna parte, oh verdad pura,
por lo que he seguido mi propia voluntad, he atravesado montes y cam­
pes, sin sentido como un caballo desbocado que, para su perdición, se pre­
cipita impetuosamente hacia los combates y mi pobre alma descarriada
en la tiniebla profunda estrechamente cercada por los dolores de la muer­
te y del infierno, lamentablemente anegada por las olas desencadenadas
de la irreflexión, rodeada por las redes de la muerte eterna. Tú me has
mostrado en todas las cosas muchas nefastas vicisitudes, pero cuando fue
tu voluntad y tu gusto, enviaste a mí tu luz y tu verdad que antes me eran
por completo desconocidas, te volviste hacia mí y me confortaste, me re­
tiraste de los abismos de la tierra, luego me alzaste por tu misericordia
cuando yo había caído, me orientaste cuando me había perdido, me lla­
maste dulcemente cuando yo había huido, me mostraste verdaderamente
en todas las cosas que tú eres el Dios de misericordia y que es justo que
yo me retire en adelante de todo este miando y me dé a ti desde el fondo
de m i corazón.
Por eso, adiós, adiós al mundo engañador, hoy y para siempre. He des­
pedido al mundo engañador y a’ su amor; que desaparezca la sociedad, la
amistad que hasta aquí he manifestado al mundo sin recibir de él ningún
reconocimiento. Porque quiero darme absolutamente al que me ha guar­
dado cuando ha dejado perderse durante mucho tiempo a tantos atolon­
drados muertos en la flor de la juventud, y me ha atraído misericordiosa­
mente hacia él. Así, alma mía, alaba, bendice en lo más profundo de ti
al que ha nutrido y renovado su juventud como la de un águila; alábalo,
bendícelo, exáltalo siempre más, eternamente, y no olvides la multitud de
beneficios con que te ha colmado.
Oh vosotras, estrellas errantes, yo quiero decir pensamientos incons­
tantes, yo os conjuro por las rosas floridas y los lirios de los valles, es de­
cir por todos los santos adornados de virtudes, que no me importunéis.
Alejaos de mí un instante, dejadme cerca de él una sola hora, dejadme
hablar al bien amado, dejadme el beneficio de su presencia. Oh, todos mis
sentimientos interiores, tenéis que contemplarlo, dadle vuestro corazón.
180 EUROPA EN LA EDAD MEDIA

y vuestras miradas pues él es mi bien amado, es blanco y rojo, elegido por


todos los que residen en este mundo, oh dulcísimo Jesucristo, qué biena­
venturados son los ojos que te han visto vivo en tu cuerpo y oyeron tus
suavísimas palabras. Pues tú eres el todo amable que ha producido este
mundo, único y sin par. Tu cabeza, de curva graciosa, es semejante a la
forma del cielo en su sublime belleza, es bien digna de ser la cúspide del
mundo y las partes de tu cabeza todas son sin igual. Los bucles rubios de
tu cabeza encantadora están adornados como los rosales floridos y las
ramas verdes que adornan la deslumbrante llanura, pero al presente, está
lamentablemente desgarrada por las espinas aceradas, llenas del rocío
sangriento y de las gotas de la noche. ¡ A y !, sus ojos tan claros que, como
los del águila, podían afrontar sin pestañear el resplandor del sol y bri­
llaban como luminosos carbunclos, están ahora extinguidos y desencaja­
dos como los de otro muerto, sus cejas semejantes a negras nubes que
planean bajo el resplandor del sol y lo cubren de sombra, su nariz bien
formada como el pilar de un bello muro, sus mejillas rojas, ardientes
como las rosas, están ahora desfiguradas por las manchas, pálidas y de­
macradas. Oh, mi bien amado, cómo has llegado a ser disemejante a ti
mismo.
Pues tus labios delicados, como dos rosas rojas todavía sin abrir,
tu boca, escuela de todo saber y de toda virtud por la que dispensabas
todo conocimiento y toda sabiduría, empapando de dulzura, de leche y de
raiel palabras suavemente deliciosas que fluían de ella, embriagando los
corazones fervientes, tu boca está ahora tan seca que la púdica lengua está
pegada al paladar, tu gracioso mentón parecido a una encantadora vagua­
da entre colinas está torpemente manchado y tu dulcísima garganta de
donde resonaban los discursos más suaves, tanto que los que los oían
eran heridos por la flecha del dulce amor, esta garganta ha probado la
amargura del vinagre y de la hiel. ¡Ah, desgraciado de mí, qué desfigurado
está tu delicioso rostro, antes deslumbrante como un paraíso de delicias
en el que se complacían todos los ojos! Ya veo que no tienes belleza ni
encanto.
Tus manos graciosas, redondeadas, lisas y bellas, como hechas a tor­
no, adornadas con piedras preciosas, tus piernas parecidas a columnas
de mármol fijadas en zócalos de oro, están desfallecientes de tanto como
han sufrido al ser estiradas, tu cuerpo bien formado como una alta colina
rodeada de lirios, está ahora cubierto de sangre y escuálido de tanto como
ha sido distendido que se podrían contar tus huesos.
¿Qué más diré, mi bien amado? Todos tus miembros, cada uno en
particular y tomados en conjunto, semejantes a una suma de gracias que
embriagaban los espíritus de todos los hombres y atraían su deseo, han
tomado ahora una forma mortal que hiere íntimamente con un dolor amar­
go todos los sentidos de los que te aman. Oh, lágrimas ardientes, corred
sin cesar del fondo de mi corazón y bañad todas las llagas de mi bien
amado.
¿Qué corazón, aunque sea de hierro o de piedra, no se enternece­
ría por tan crueles heridas como acaban de hacerte? Ah, mi dulcísimo
maestro, ¿quién me dará el poder morir por ti? Deseo que toda mi fuerza
muera contigo, que todos mis huesos sean quebrados al mismo tiempo
que a ti, que mi alma sea suspendida contigo. Oh, bienaventurado el que
muere y, como un fuerte luchador, entra en liza contigo en el combate
XA M «ERT£ 181

de las virtudes, que no hace retroceder el dolor ni cancelar el gozo porque


combate firmemente contigo y muere voluntariamente todos los días. ¿No
está suavemente herido el que busca con constancia tus heridas y que,
por esta contemplación, es liberado de todas las adversidades?»

Enrique Suso (1295-1366)


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105, 107, 135, 137).
Nicolau Evmerich, Francisco Peña, Le manuel des inquisiteurs, íntroduc-
tion, traduction et notes de Louis Sala-Molins, Mouton, París, 1973
(p. 207, 2098, 158, 159, 160, 161). (Versión original: Directorium Inquisito-
rum, Venecia, M. Antonio Zalterio, 1607. Trad. castellana: Manual de
inquisidores, Barcelona, Fontamara, 1982, 2.* ed.)
«Les chroniques de sire Jan Froissart», Historiens et chroniqueurs du Mo-
yen Age, Bibliothéq-ue de la Fléiade, Gallimard, París, 1952 (p. 388 a
600, 644 a 651).
Journal d’un bourgeois de Paris á la fin de la guerre de Cent ans, texte
présente et adapté par Jean Thiellav, coilection 10/18, Union générale
d’éditions, París, 1963 (p. 18, 28-29, 4546, 52-53, 68-69, 76-78, 97-99).
«CMtiment de Colinet de Puiseux.»
«Un curieux mal: ...la coqueluche.»
«Arrestations et massacres des Armagnacs.»
«M ort du bourreau Capeluche.»
«La faroine.»
«Le drarae de l’arbre de Vauru.»
«Attraction: l’arrivée des romanichels.»
Georges Duby

Europa en la Edad Media

Este libro intenta descubrir el significado del arte


en la Europa medieval y las relaciones que lo unían
al conjunto de la sociedad y de la cultura. De
aquellas inmensas creaciones del Medievo han
sobrevivido las obras maestras y poco más, pero
eso ya es suficiente para medir la grandeza de una
é p o c a a la q u e ta m p o c o s e p u e d e d isociar d e la
servidumbre y la desolación. Porque aquellas so­
berbias construcciones y aquel refinamiento artís­
tico fueron también un hermoso disfraz bajo el que
se ocultaban la brutalidad, el terror y la miseria.
A través de la revisión de los tópicos medievales,
Georges Duby nos ofrece un texto que se caracte­
riza por el rigor del estudioso y la curiosidad del
experto apasionado.

Georges Duby fue uno de los máximos exponentes


de la escuela histórica francesa y un erudito me-
dievalista cuya elegante prosa también supo trans­
mitir al público no especializado los secretos y
claroscuros de la época.

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